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ArribaAbajoCapítulo sexto

Expedición de Alvarado


Noticias acerca de las riquezas del Perú.- Alvarado se dispone a venir a estas provincias.- Armada de Alvarado.- Su navegación hacia las costas del Ecuador.- Desembarca con su gente en la bahía de Caraquez.- Viaje penoso por la costa y al través de los bosques occidentales.- Paso de los puertos nevados.- Llegada a los pueblos de la provincia de Ambato.- Encuentro con los soldados de Almagro.- Preparativos de guerra por una y otra parte.- Avenimiento entre Alvarado y Almagro.- Otros sucesos.



I

La nueva de las fabulosas riquezas del Perú hubo grande agitación en todas las colonias, deseando así eclesiásticos como seculares venir a una tierra, donde, según fama, el oro se hallaba amontonado en todas partes. Pedro de Alvarado, uno de los más célebres compañeros de Hernán Cortés en la conquista de Méjico, solicitó permiso del Emperador para hacer descubrimientos y conquistas en las tierras que estuvieran fuera de los límites de la gobernación asignada a Francisco Pizarro. En la Corte se le hizo alguna oposición, mas al fin le fue concedida licencia con tal que enviase sus navíos a poniente o navegase a las islas de la especería, conforme a la instrucción que se le dio desde el principio, ordenándole que no entrase en ninguna parte descubierta por otros, ni que estuviese dada ya   —182→   en gobernación. Habida la licencia con las expresadas condiciones, Alvarado se ocupó en preparar la armada con que debía salir a los proyectados descubrimientos desde Guatemala, donde se hallaba entonces de Gobernador.

La noticia de los preparativos de Alvarado no tardó en llegarle a Pizarro causándole no poca inquietud, pues preveía las molestias y trabajos que semejante acaecimiento había de ocasionar en las provincias del Perú, cuando todavía no se había establecido en ellas definitivamente su autoridad; pero, como no podía estorbar los planes del ambicioso gobernador de Guatemala, resolvió estar a punto para desbaratarlos, defendiendo con las armas, si fuese menester, la posesión del imperio de los incas, que acababa de abatir29.

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Con grande diligencia aparejaba su armada en Guatemala don Pedro de Alvarado, anunciando públicamente que venía con su expedición a las costas del Perú. La Audiencia de Méjico le prohibió hacer expedición ninguna a tierras ya descubiertas y dadas por la corona a otros capitanes españoles, pero se disculpó diciendo que iba al Perú, para ayudar a don Francisco Pizarro en la conquista de aquel gran imperio; empresa para la que Pizarro carecía de medios suficientes. Desatendió las representaciones de la ciudad, que le pedía que no se ausentara de ella cuando era más que nunca necesaria su presencia, por la multitud de tribus belicosas que la rodeaban, y por quienes se veía sin cesar amenazada. Sordo a toda reflexión y aconsejado solamente de su ambición, Alvarado trabajaba con suma diligencia en acabar su armada; así es que en breve tiempo tuvo prestas ocho velas de diferentes tamaños y entre ellas un galeón de trescientas toneladas, al cual llamaron San Cristóbal, por sus grandes dimensiones30. En esta sazón, las noticias llevadas a Centroamérica por el piloto Fernández, que se volvía desde Cajamarca, donde había presentado   —184→   la captura del Inca y visto amontonar el oro para su rescate, aguijonearon la ambición de Alvarado, que ya no pensó más que en hacerse pronto a la vela, para ir a conquistar el Reino de Quito, donde la fama decía que había más riquezas que en el Cuzco.

A principios, pues, de 1534 se hizo a la vela Alvarado con su flota, compuesta de ocho navíos de diferentes tamaños, en los cuales se embarcaron quinientos soldados bien armados, doscientos veintisiete caballos y un número muy crecido de indios, los más de servicio; otros, como auxiliares, y algunos en rehenes. Por el número de velas y de gente de tropa, por los pertrechos y arreas de que venían provistos, ésta era la mejor armada, que había surcado las aguas del Pacífico en busca de las riquezas del Perú. Venía dirigiéndola el piloto Juan Fernández, ya conocedor y práctico en la navegación de estos mares. Acompañaban a Alvarado muchas personas distinguidas y nobles de España, de esas que venían a América ganosas de probar fortuna.

Llegado al puerto de la Posesión, se encontró con el capitán García Holguín, a quien de antemano había mandado Alvarado a las costas del Perú, para que se informara con exactitud del estado de las cosas. La relación de Holguín confirmó las noticias dadas por Fernández. La armada continuó su viaje con viento favorable, y, entrando de paso en el puerto de Nicaragua, el Adelantado se apoderó, a viva fuerza, de dos buques que tenía apercibidos Gabriel Rojas para traer a Pizarro doscientos soldados. Rojas era antiguo amigo de Pizarro y, llamado con ahínco   —185→   por éste, se preparaba a venir al Perú, para cooperar a la empresa y participar de la fortuna de su antiguo camarada; y como ni reclamos ni protestas fueron bastantes para hacer que Alvarado se retrajera de cometer aquel despojo, Rojas no tuvo otro partido que tomar, sino el de embarcarse inmediatamente con unos pocos compañeros, para venir a dar aviso de la expedición del adelantado de Guatemala a los conquistadores del Perú.

A los treinta y tres días de navegación se cambiaron los vientos, y, como arreciase la borrasca, rotas las antenas, se vieron en la necesidad de echar al mar noventa caballos, para aligerar las embarcaciones: éste fue el primer contratiempo que sufrió la expedición, triste anuncio y funesto presagio de los imponderables desastres que había de padecer después. Al fin, doblado el cabo de San Francisco, se acercó a tierra la flota, buscando puerto favorable para las naves.

En la bahía de Caraquez hallaron cómodo surgidero, y, tomando tierra, desembarcaron ante todo los caballos, que se hallaban enfermos y temían que se les muriesen. Desembarcada después toda la gente y acomodados del mejor modo posible, procuraba Alvarado disponer los ánimos de su numerosa expedición a la unión y concordia, poniéndoles delante de los ojos de su consideración los gastos inmensos que se habían hecho para aquella jornada, emprendida para medro y acrecentamiento común. Cuando llegó el día señalado para continuar la marcha hacia Quito, el Adelantado dispuso su gente nombrando por Maese de Campo a Diego de Alvarado; por capitanes de caballería a Gómez de Alvarado, Luis   —186→   Moscoso y Alonso Enríquez de Guzmán; de infantería, a Benavides y Lezcano y por justicia mayor, al licenciado Caldera. Hechas estas provisiones, dispuso que el piloto Juan Fernández fuese reconociendo la costa y tomando posesión de todos sus puertos por Alvarado, a nombre de su Majestad. Disposición o medida que manifestó, muy a las claras, el plan de la expedición del gobernador de Guatemala. Él mismo en persona con algunos de a caballo pasó a reconocer, entretanto, el puerto de Manta.

Principió, pues, al fin su camino la expedición; pero, no era un ejército lo que se ponía en camino, sino una verdadera población, compuesta de soldados, mujeres, negros esclavos e innumerables indios, traídos la mayor parte de Guatemala, y otros tomados en los pueblos de las costas de Manabí. Pero, ¿adónde marchaba esa variada muchedumbre de aventureros de diversas condiciones? ¿adónde?... A Quito, la fama de cuyas riquezas iba atrayendo tantas y tan diversas gentes. Pero caminaban a la ventura, sin norte fijo, ni rumbo conocido, por senderos escogidos al tanteo; así es que, con ser corta la distancia que hay entre Quito y la provincia de Manabí, Alvarado se tardó como cinco meses en salir de los bosques del litoral a los llanos interandinos de la República.

A las dos jornadas llegaron a un pueblo, al que pusieron el nombre de la Ramada, donde sintieron falta de agua. Siguieron luego de ahí para Jipijapa, y, tomando descuidados a los habitantes del pueblo principal, se apoderaron de muchas joyas y adornos de oro y bastantes esmeraldas; pero   —187→   todo les parecía nada con la esperanza de lo que se imaginaban hallar en Quito. A este pueblo le dieron el nombre del Oro, por el que allí encontraron; y al tercero, donde hicieron parada, le apellidaron de las Golondrinas, por las muchas que ahí vieron. En este pueblo se les huyeron los guías, dejándolos en grande confusión, sin saber por dónde era el camino. En semejante aprieto salió el capitán Luis Moscoso a descubrir y llegó a Chonana, donde hallaron bastimento y cogieron algunos indios, para que sirviesen de guías. Confuso se hallaba Alvarado en tierras desconocidas, sin saber qué camino tomar, y, para no seguir adelante sin tino ni dirección conocida, mandó a su hermano Gómez de Alvarado que, con algunos de a pie y otros de a caballo, fuera por el Norte a descubrir camino, mientras que Benavides lo buscaba por Levante. Uno de los exploradores descubrió el río Daule, y por él fueron a salir al de Guayaquil. Dieron oportuno aviso al Gobernador, para que siguiera en la misma dirección; como, en efecto, lo hizo descendiendo en balsas de Daule a Guayaquil. Parece que desde aquí volvió a retroceder al Norte, subiendo por el mismo río de Daule, y así anduvo de una a otra parte, yendo a Levante, volviendo al Norte, siguiendo hacia las faldas de la cordillera, sin atinar el camino por donde había de subirla, y mientras más caminaba hacia Levante, más y más iba penetrando en los intrincados bosques que cubren los declives y sinuosidades de la cordillera por aquella parte. Perdidos se hallaban en aquel asombroso laberinto que forman las selvas intertropicales: árboles seculares, que encumbran sus   —188→   copas frondosas hasta las nubes, parásitas numerosas, que en los viejos troncos de árboles gigantescos forman selvas aéreas; lianas, que, descendiendo de las ramas de los árboles y tendiéndose en todas direcciones, tejen una red estrecha, que uniendo árboles con árboles, ramas con ramas, impiden el camino, todo contribuía a retardar la marcha de la expedición; pues era necesario, a golpe de hacha, descuajar primero la enmarañada selva, para abrir camino; así es que con grande trabajo apenas alcanzaban a andar unas pocas cuadras por día.

No eran solamente las molestias del camino, eran también las acometidas de los indios, que les salían a estorbar el paso, la causa de su marcha lenta y trabajosa: levantaban el campo de una parte, y, como para seguir adelante, no tenían derrota conocida, era necesario aguardar en un mismo punto muchos días hasta que descubriesen camino los que se enviaban a explorarlo: tierra anegadiza aquella de las playas no presentaba sino ciénagas dilatadas, atolladeros profundos, donde se atascaban los caballos; en los pantanos formaban sus tiendas provisionales, para pasar la noche, y aguardar que se encontrase camino o siquiera alguna vereda para poder continuar la marcha, y cuando en la jornada llegaban a algún río, entonces eran los apuros, ahí crecían las dificultades para haber de pasarlo; tendían mimbres gruesos, para formar una especie de puente, y, colgándose de las ramas de los árboles, con grande trabajo y mucho tiempo pasaban a la orilla opuesta.

Entre tanto, el calor sofocante enervaba los   —189→   cuerpos y hacía postrar de fatiga a los más robustos: cansados, rendidos con el peso de las armaduras de hierro, se sentaban a descansar junto a los troncos de los árboles, pero para muchos ese descanso era funesto, porque se levantaban lánguidos de modorra; y soldado hubo que, perdida la razón, salió, espada en mano, a matar a su propio caballo: desgracia considerable, porque uno de esos animales importaba entonces en el Perú hasta cuatro mil pesos. La comida iba escaseando, pues la que traían se cubría de moho y podría con el calor y la humedad: carne en muchos días no la probaban, y, cuando se moría algún caballo, se repartían sus tasajos como un regalado manjar.

La sed los atormentaba cruelmente en el clima sofocante de la montaña, y su angustia crecía más con la falta de agua, pues, aunque cerca de ellos oían el ruido de la que bajaba por las peñas en arroyos, o corría por los ríos y quebradas, no podían tomarla, porque las ramas de los árboles, enredadas con los bejucos, formaban una espesura tan compacta que, por ella, era punto menos que imposible abrirse camino sin grande trabajo: o el cauce de los ríos y quebradas era tan profundo, que apenas se podía ver allá dentro el agua, que, como un delgado hilo de plata, iba corriendo por el fondo de un abismo de verdura, formado por rocas altísimas tajadas como a nivel, y sobre las cuales la exuberante vegetación de la costa había tendido sus cortinas de lianas y enredaderas.

Una tarde la avanzada de la expedición, que adelantaba abriendo camino, llegó a un punto,   —190→   donde encontraron un dilatado cañaveral de guaduas: creyeron que allí habría agua; pero no la encontraron, y hacía ya más de dos días que no habían hallado dónde apagar su sed. Como determinaron pasar la noche en aquel mismo punto, un negro principió a cortar cañas para formar un rancho, y con grande sorpresa vio que los cañutos contenían bastante agua pura y fresca; con que, cortando cañas, encontraron agua en cantidad suficiente para dar de beber a los caballos y apagar su propia sed.

Circunstancias inesperadas, fenómenos maravillosos contribuían a hacer cada vez más penosa una marcha, ya bajo tantos respectos difícil. De repente, un día el cielo se dejó ver encapotado, la atmósfera oscura y a poco rato una lluvia de tierra menuda principió a caer por largas horas en abundancia. Los árboles, las yerbas, todo estaba al día siguiente cubierto de tierra; los caballos no tenían qué comer, y, para darles un poco de yerba, era necesario lavarla primero con cuidado; las ramas de los árboles se desgajaban con el peso de la ceniza; y, cuando principió después a ventear, el polvo sutil y menudo, de que se llenaba el aire, yendo a dar en los ojos de los caminantes, los dejaba ciegos y desatinados. Los supersticiosos cayeron de ánimo con tan sorprendente y para los castellanos nunca visto fenómeno, y, sin acertar a explicarlo, se lamentaban de su fortuna, diciendo que aún el cielo, con señales maravillosas, contribuía a estorbar una empresa, que en mala hora habían acometido. La erupción del Tungurahua, uno de los volcanes de la Cordillera de los Andes, era lo que acababa de tener   —191→   lugar, y la ceniza arrojada por el volcán lo que llenó de asombro a los conquistadores.

Esta lluvia de ceniza, que desconcertó a los indios en Riobamba y les hizo levantar intempestivamente el campo tornando la retirada, sorprendió a los expedicionarios a la subida de la cordillera, y por entrambos fue recibida como un muy funesto agüero: tan extraordinario era para españoles e indios aquel fenómeno.




II

Nuevos trabajos aguardaban todavía a los cuitados aventureros al trepar a la cumbre de la cordillera occidental. Grande fue su alegría, cuando al salir de los bosques, donde habían andado perdidos tantos días, dieron en una campiña abierta, en la cual estaba paciendo una manada de llamas u ovejas de la tierra. Era ya cerca de la puesta del sol cuando llegaron: y, apoderándose de las ovejas, prepararon su cena, en la cual se regalaron comiendo carne, que hacía muchos días no la probaban. Como venían los expedicionarios divididos en diversos grupos o partidas, el capitán Diego García de Alvarado, cuya partida iba como de avanzada, llegó primero a aquel punto; y desde allí remitió al Gobernador veinticinco ovejas, dándole noticia de haber descubierto, al fin, buena tierra.

Los que todavía estaban abajo entre los bosques se hallaban padeciendo extrema necesidad, y comían cuanto encontraban, sin perdonar culebras ni otros animales por más repugnantes que fuesen. Pero el uso de comidas, a que no estaban   —192→   acostumbrados, enfermó a muchos, los cuales, faltos de todo remedio, murieron en el camino. A tanto extremo de necesidad llegaron los expedicionarios, que el alférez Calderón mató una galga, muy estimada que traía, y regaló con ella a sus compañeros. Un riñón de aquella perra, servido al capitán Luis Moscoso que venía enfermo, fue comido por éste con tanto agrado, que dijo que le sabía tan bien como gallina; pero le produjo el efecto de una purga enérgica. Con grande regocijo recibieron, pues, las ovejas que les enviaba Diego García; y con mayor, la noticia de que los que iban delante habían salido ya a tierra llana. De unas partidas a otras se obsequiaban con la carne, y se comunicaban las noticias de la tierra, animándose a seguir pronto, para descansar algún tanto de sus fatigas. El Adelantado venía con la segunda partida, y la última, en que estaban los cansados y enfermos, traía el licenciado Caldera.

Habían llegado, pues, ya a uno de los repechos occidentales de la cadena también occidental de los Andes; pero, para llegar a las llanuras y valles interandinos, donde estaban las grandes poblaciones de las tribus indígenas, todavía les faltaba que ascender a las cimas o páramos, para desde allí tornar a bajar nuevamente a los valles poblados. Pedro de Alvarado estimulaba a todos, con palabras blandas y persuasivas; levantaba, con halagüeñas promesas, el ánimo abatido de los más cobardes; se ganaba las voluntades de todos, sirviendo y regalando a los enfermos; y toda esa maña y sagacidad eran necesarias, para sostener en su propósito de seguir adelante a los   —193→   quebrantados expedicionarios. Empero, iban sobrevenirles nuevos e inesperados trabajos, que pondrían a prueba su constancia. Esas grandes alturas de la cordillera algunas veces se cubren enteramente de nieve en ciertas temporadas del año, de ordinario, a principios del verano en los meses de junio y julio, época en la cual debieron pasar por ahí Alvarado y sus compañeros, pues, en Riobamba estaban a mediados de agosto.

Débiles por falta de alimentos sustanciosos, enervados los cuerpos por la acción del calor en la montaña, aquejados de diversas enfermedades, los mal parados expedicionarios principiaron a subir la cordillera, a tiempo en que estaba llevando en las alturas. La niebla densa, que se difunde por todas partes en aquellas ocasiones, no les daba comodidad para seguir adelante su camino; el viento penetrante y helado que soplaba de los cerros y páramos ponía yertos y entorpecidos los miembros, y los menudos copos de nieve que llovían sobre ellos, y de los cuales no tenían donde guarecerse, iban entumeciendo a muchos, principalmente a los negros y a los indios de Guatemala, necesitados de mayor abrigo. Los castellanos, más robustos y mejor vestidos, resistían con fortaleza al frío y a la hambre; pero los indios, apenas mal cubiertos, sin abrigo, cansados, se sentaban arrimándose contra las peñas y se quedaban muertos allí, sin ánimo para valerse a sí mismos. Ya en la cima de la cordillera, cuando arreciaba el viento y el suelo estaba todo cubierto de nieve, la angustia de los expedicionarios llegó al último extremo. Algunos indios morían, dando gritos a sus amos y llamándolos en su auxilio: los bastimentos   —194→   se habían acabado, las poblaciones indígenas no se sabía dónde estaban y a cualquiera parte, donde volviesen los ojos, no veían sino páramos, yermos y agrestes, y el silencio de la naturaleza que reinaba en ellos daba grima al corazón. Tendían sus toldos de campaña y bajo de ellos, al amor de mezquina lumbre, acurrucados, pasaban la noche en mustio silencio, temiendo que llegara el nuevo día, por no verse obligados a contemplar el triste espectáculo de los cadáveres de los indios, que amanecían yertos en los puntos, donde se habían sentado a descansar en la jornada del día anterior. El desaliento, el despecho se habían apoderado de los más resueltos y animosos; pues los tímidos y cobardes ya no querían dar ni un solo paso más adelante. Para halagarles, Alvarado hizo pregonar que todos tomaran de las cargas cuanto oro quisieran, con tal que reservasen el quinto para el Rey; pero nadie se consoló con esto; antes un caballero, a quien su criado le presentó unas joyas de oro, las desechó diciéndole, con desagrado: quita allá, que el verdadero oro es comer!!... Otro murió, aterido de frío, sin poder andar por la carga de oro y esmeraldas que llevaba en su caballo, ya cansado: caballo y caballero perecieron, en tanto que otros botaban todas sus cosas, para salvar la vida, caminando, expeditos, más aprisa. Un español apellidado Huelmo sucumbió, víctima del amor a su esposa y a dos hijas doncellas que traía; como las oyese dar gritos, acudió a favorecerlas, y quiso antes perder la vida al lado de ellas, que salvarla, desamparándolas. Murieron quince castellanos, seis mujeres, varios negros, y muchos   —195→   indios en el paso de la cordillera, que los españoles llamaron los puertos nevados.

Los indios tuvieron aviso oportuno de la llegada de estos nuevos conquistadores, les salieron al camino armados y lograron matar un español y quebrar el ojo a otro. Desmedrados, pues, y con aspecto de difuntos llegaron al pueblo de Pasa y de allí pasaron al de Quisapincha, que están sobre Ambato en la cordillera occidental, y a no mucha distancia de la ciudad. Pasó revista a su tropa el Adelantado y halló que desde la costa hasta el último pueblo habían muerto ochenta y cinco castellanos y muchos caballos. Procurando ante todo descansar y reparar también a los enfermos, gastaron varios días, pues algunos soldados habían quedado ciegos después del paso de la cordillera, enfermedad o lesión que ordinariamente causa la refracción de la luz del sol en la nieve.




III

Mas, mientras Alvarado descansa y convalece con su gente de los quebrantos del viaje, veamos las medidas que tomaron Pizarro y Almagro para defender su conquista.

Con la llegada de Gabriel Rojas se confirmaron las noticias que corrían en el Perú acerca de la expedición que preparaba el gobernador de Guatemala; ya no era posible dudar de ella, porque se hallaba ya el Adelantado navegando con rumbo hacia el Sur y pronto debía tocar en las costas del Perú. Pizarro conoció al momento el peligro que le menazaba: bajó precipitadamente del Cuzco a los llanos, para vigilar los movimientos de Alvarado, y mandó a Almagro, su compañero,   —196→   que, sin pérdida de tiempo, pasara a tomar posesión de las provincias de Quito, en cuya conquista se hallaba ocupado el capitán Benalcázar.

Almagro cumplió su comisión de la manera más puntual: púsose en camino inmediatamente para San Miguel de Piura, recogió allí alguna gente de tropa, vino a estas provincias, combatió con los indios que le salieron al paso, llegó a Quito, se unió con Benalcázar, regresó de aquí con todos los soldados que tenían ambos capitanes y sentó sus reales en la provincia del Chimborazo; para no tener inactivo su ejército, expugnó al curaca de Chambo, lo venció y lo tomó prisionero; sabiendo luego la llegada de nuevos conquistadores, despachó una partida de soldados para explorar el campo y descubrir quiénes eran los recién venidos; la avanzada de Alvarado, compuesta de unos cuantos jefes bien armados, rodeó a los soldados de Almagro, les hizo rendir las armas y los condujo a presencia del Adelantado. Vueltos al campo de Almagro, refirieron el buen acogimiento que les había hecho el gobernador de Guatemala, el número de gente que le acompañaba y los intentos, que de enseñorearse de la tierra del Perú daba a conocer muy claramente. Almagro, para alegar el derecho que tenía a la posesión de estas provincias que componían el Reino de Quito, fundó en los llanos de Cicalpa una ciudad improvisada, estimuló el valor de su gente y se apercibió a medir sus fuerzas con las de Alvarado, en caso de que los requerimientos de paz no redujesen a éste a un amistoso avenimiento. De estos sucesos hablamos ya en el capítulo anterior.

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Tal era la situación o estado de las cosas por parte de los conquistadores, cuando Alvarado llegó a la altiplanicie de Ambato. Después de haber descansado algunos días, los expedicionarios bajaron de Quisapincha, y, cuando menos pensaban, encontraron en el gran camino de los incas, entre Ambato y Molleambato, huellas de caballos, lo cual no dejó de sorprenderles grandemente y de afligirles, porque eso era señal evidente de que otros españoles, antes que ellos, habían tomado ya posesión de la tierra, cuya conquista habían emprendido con tan grandes trabajos. Y, en efecto, era así, pues esas huellas eran las de los caballos, en que, hacía poco, habían pasado Benalcázar y don Diego de Almagro, de vuelta de Quito a Riobamba.

Desabrido quedó el Adelantado don Pedro de Alvarado con las señales y rastro de gente castellana que se había encontrado, y, para tomar lengua, mandó a su hermano Diego, deseando ser informado de la verdad del caso.

Cuando este regresó, trayendo prisioneros a Idiaquez y sus compañeros, el Adelantado les hizo muy buen acogimiento, y, como era naturalmente cortés y comedido, les dijo que no venía para causar escándalos, sino para descubrir tierras nuevas en servicio del Rey, a lo cual todos, añadió, estamos obligados.

Por medio de unos indios supo luego el Mariscal Almagro la prisión de los suyos, de lo cuál mostró gran sentimiento, haciendo ver cuánto los estimaba. El Adelantado don Pedro de Alvarado, no tiene provisión ninguna del Rey para entrar en estas tierras, decía Almagro; por tanto,   —198→   le he de hacer la guerra hasta la muerte, por ser justa, aunque no sea más que para impedir que un nuevo ejército quite el premio que el mío aguarda por sus servicios. Y con éstas y otras expresiones se ganaba la buena gracia de los soldados. Entre tanto, el Adelantado, mostrándose generoso, daba libertad a Lope de Idiaquez, mandándole que volviese a su cuerpo con una carta para el Mariscal, en la que, con términos muy discretos, protestaba Alvarado, que su intención era conquistar las tierras que cayesen fuera de la gobernación asignada a don Francisco Pizarro, y concluía diciendo que se acercaba a Riobamba, donde tratarían de lo que a todos fuese de satisfacción.

Leída la carta de Alvarado y conocida su verdadera intención, el Mariscal deliberó con los suyos sobre el partido que deberían tomar, y despachó luego al presbítero Bartolomé de Segovia, a Ruiz Díaz y a Diego de Agüero, para que fueran en comisión a dar la enhorabuena de su llegada al Adelantado, y significarle el sentimiento que tenía de los grandes trabajos padecidos por su gente en los puertos nevados. Debían decirle además a nombre de Almagro, que siendo el Adelantado un tan leal caballero, no podía menos de creer el Mariscal cuanto en la carta le decía; y que así le hacía saber oportunamente que don Francisco Pizarro era Gobernador de todos aquellos reinos, y que el mismo Almagro aguardaba por momentos sus despachos para gobernar las tierras que caían al Este, fuera del distrito señalado a su compañero.

Los mensajeros encontraron al Adelantado   —199→   en el camino con dirección a Riobamba; y, mientras Alvarado se daba tiempo para deliberar sobre la contestación más conveniente en aquellas circunstancias, ellos, con sagacidad y astucia, ponderaban entre los soldados de aquel las grandes riquezas de la tierra conquistada y los magníficos repartimientos que a cada uno le habían de caber, deplorando que este funesto acontecimiento hubiese venido a dilatar el día en que principiarían a gozar de tanta holganza y comodidad. Con estas pláticas encendían el ánimo de los recién llegados en deseos de entrar a la parte en tantas riquezas, con los del Mariscal.

Alvarado respondió que, cuando estuviese cerca de Riobamba, daría contestación con propios mensajeros; y así que llegó a Mocha envió a Martín Estete para pedir a Almagro que le proveyese de intérpretes y le asegurase el camino, porque quería hacer descubrimientos y pacificar las tierras que estuviesen fuera de la gobernación de don Francisco Pizarro. El Mariscal procuraba dar tiempo al tiempo, y así contestó que no permitiría pasar a descubrir con tan grande ejército por tierras ya pacificadas, pues habría falta de bastimento para tanta gente. Entre tanto, cada capitán andaba solícito en ganar ocultamente los ánimos de la gente de tropa de su rival; Alvarado a los de Almagro y éste a los de aquél; y tan buena maña se dieron uno y otro en procurar este negocio, que una noche se huyó el indio Felipillo, que servía de intérprete a Almagro, y amaneció en el campo de Alvarado, a quien dio menuda cuenta de todo cuanto le convenía saber. Pero también Antonio Picado, que venía sirviendo   —200→   como secretario de Alvarado, le abandonó, pasándose secretamente al campo de Almagro, a quien a su vez instruyó de cuanto había dicho a Alvarado el prófugo Felipillo. El número de soldados que tenía Almagro, las armas de que estaban provistos, las medidas que se habían tomado para la defensa en caso de ser atacados, todo lo sabía Alvarado por el indio Felipe; el cual le ofrecía, además, hacer incendiar el campo a la redonda, para obligar a huir a los de Almagro. Astucia infame, que Alvarado no quería dejar poner por obra.

Grande divergencia de opiniones había en el consejo del Mariscal acerca del partido que convenía tomar en las presentes circunstancias. Unos decían que convenía retirarse a San Miguel de Piura, para rehacerse allá con más gente y poder recobrar por la fuerza lo conquistado; otros aconsejaban discretas medidas de paz, y no faltaban también algunos, aunque pocos, que juzgaban oportuno resistir esforzadamente al Adelantado. Con notable firmeza y resolución, el Mariscal adoptó este último partido, aunque tenía un número muy escaso de gente en comparación de la que traía Alvarado; pero contaba con el valor y la decisión, y así tomó todas las medidas necesarias para no hallarse desprevenido en caso de ser atacado.

La fuga de su secretario indispuso el ánimo de Alvarado y le hizo formar la resolución de atacar el campo del Mariscal. Con el estandarte real desplegado y en son de guerra, con cuatrocientos hombres bien armados, marchó pues, hacia Riobamba. El Mariscal dispuso que Cristóbal de   —201→   Ayala, Regidor de la recién fundada ciudad, y el escribano saliesen al encuentro al Adelantado y le requiriesen de parte de Dios y del Rey, que no cometiera escándalos en la tierra, y que saliera de ella, volviéndose a su gobernación de Guatemala; y que, en caso de no hacerlo así, le protestaban de todos los males, daños y muerte de naturales que causara. El Adelantado, sin darse por notificado de la protesta, contestó que le entregasen a Antonio Picado, porque era su criado; a lo cual le hizo responder Almagro, que Antonio Picado era libre, y que, así, podía irse o quedarse, sin que nadie pudiese hacerle fuerza. Vista la resolución de Almagro, y conociendo por ella que en los del campamento opuesto no había señal alguna de flaqueza, el Adelantado entró en mejor acuerdo e hizo proposiciones de paz, mandando al Licenciado Caldera y a Luis Moscoso que pasaran a Riobamba a conferenciar con el Mariscal. Como éste se mantuviese terco en su primera resolución de exigir que el Adelantado retrocediera, a lo menos una legua, para tratar de cualquier avenimiento, respondió Alvarado que él era Adelantado por el Rey, de quien tenía provisiones para descubrir y pacificar en las tierras del Mar del Sur que no estuviesen asignadas a otro; pero, que, como Almagro tenía hecha ya fundación de ciudad, no quería sino proveerse en ella de lo necesario por sus propios dineros. Tanta fue la firmeza del Mariscal que, a duras penas, consiguieron los comisionados de Alvarado que se les permitiera alojarse con su gente y caudillo en unos edificios viejos que estaban abandonados, a poca distancia de Riobamba.

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Almagro y los suyos echaron mano de un ardid, para aparentar que tenían mayor número de gente, que la que realmente tenían: mataron muchas llamas y pusieron la carne de ellas, hecha tasajos, colgada al aire, y además una muchedumbre de indias ocupadas en moler maíz y preparar comida como para un escuadrón numerosísimo; con lo cual engañaron a los del bando contrario, haciéndoles creer que podían arrollarlos no sólo por el denuedo y el valor, sino también hasta por el número.

Difícil era la situación del gobernador de Guatemala: punzábale el ánimo haber traído consigo a una malaventurada empresa, contra las terminantes disposiciones de la corona, tanto número de indios, la mayor parte de los cuales se habían muerto en el paso de la cordillera; se inquietaba por haberse manifestado reacio a las órdenes de la Real Audiencia de Méjico y a los reclamos del obispo de Guatemala, que le habían procurado impedir que viniera a entrar en las tierras de la gobernación de don Francisco Pizarro; barruntaba la mala voluntad que tenía su gente de pelear con sus propios hermanos; veía los efectos funestos de la guerra civil y alcanzaba a comprender su responsabilidad; con todo, se mantenía dudoso e incierto. Retroceder era imposible; pelear no era prudente: un avenimiento de paz era, pues, el único atajo que le quedaba, para salir de aquel aprieto. Y para esto el licenciado Caldera trabajaba, con mucha discreción, en disponer los ánimos de los dos caudillos a un avenimiento honroso para entrambos, en lo cual le ayudaban grandemente Fr. Marcos de Niza y otros   —203→   sacerdotes, que estaban como mediadores de paz entre los dos campamentos. Y no fueron pequeña parte para impedir que viniesen a las manos los dos ejércitos las promesas y halagos, que, con sagacidad, se hacían a los de Alvarado por los de Almagro, a nombre de su caudillo. Dispuestos, pues, los ánimos a la paz, no fue difícil persuadir a los dos capitanes que tuviesen una conferencia, en la cual arreglarían lo que fuese más conveniente para el servicio del Rey y bien de la tierra: el ánimo naturalmente pundonoroso de los castellanos, hasta para satisfacer su codicia, buscaba motivos nobles con que cohonestarla.

Al día siguiente pasó el adelantado don Pedro de Alvarado a Riobamba, acompañado de algunos caballeros ocultamente armados, pues parece que no dejaban de temer alguna celada por parte de los de Almagro; mas fueron recibidos por éste con grande cortesía y muchas pruebas de lealtad. Alvarado, de gallarda y noble presencia, rostro hermoso y varonil, cuya tez roja y rubios cabellos le habían granjeado entre los mejicanos el nombre de hijo del Sol, contrastaba con la figura desmejorada de Almagro, enjuto de carnes, pequeño de cuerpo, de modales sencillos y a quien la falta del un ojo traía de continuo medio avergonzado entre sus mismos compañeros: el Adelantado hablaba mucho y con grande facundia; el Mariscal era parco en el hablar y usaba de palabras y términos precisos: el uno era violento en sus resoluciones; el otro meditaba despacio sus proyectos; aquél gustaba de imponer su voluntad a sus amigos; éste procuraba hacer placer hasta a sus propios soldados; leales a su   —204→   Rey y valientes ambos, no era, pues, difícil prever cuál de ellos había de triunfar. Notorio es, dijo don Pedro de Alvarado, tomando la palabra él primero, notorio es en todas las tierras e islas del mar Océano, por donde surcan quillas españolas, cuantos servicios tengo yo hechos al Rey; por lo que, su Majestad ha tenido a bien honrarme, haciéndome merced de la gobernación del gran reino de Guatemala. Mas, como no estaba bien que, quien como yo se había criado en el ejercicio y profesión de las armas sirviendo a su Rey, se estuviese mano sobre mano, gozando tranquilamente en la holganza de la paz, sobrado de bríos y ganoso de honra, por eso, con permiso de su Majestad, he salido a emprender nuevas conquistas. Dirigí mi rumbo hacia las Islas del Poniente y he venido a dar en tierras asignadas a la gobernación del señor don Francisco Pizarro, lo cual me ha acaecido contra mi voluntad, porque nunca tuve propósito de entrar en tierras ocupadas ya por castellanos. Oyendo estuvo Almagro la plática del Adelantado, y, así que éste calló, con discretas y bien concertadas razones le respondió que, de un tan leal y noble caballero no podía menos de creer que tuviese tan hidalgo procedimiento; y así concertaron la paz entre ellos. Benalcázar se presentó luego en la sala, donde estaban los dos capitanes, y acompañado de Vasco de Guevara, Diego de Agüero y otros, besó las manos al Adelantado; y los principales caballeros que acompañaban a éste hicieron el mismo homenaje a Almagro. Presentose después el secretario Picado y fue recibido en la buena gracia de Alvarado; también el intérprete Felipillo fue   —205→   devuelto al Mariscal, quien lo recibió sin hacerle reconvención ninguna.

Restituyose el Adelantado a su alojamiento, y pasaron algunos días en conferenciar entre los del Mariscal y los de Alvarado sobre el mejor medio de llevar a feliz término el principiado avenimiento de los dos capitanes. Negociaba con gran sagacidad por parte del Adelantado el licenciado Caldera, hombre de claro ingenio, corazón bien puesto y amigo de la paz. Insinuaban también medidas atinadas y decorosas hombres no menos discretos que Caldera, como Luis Moscoso y otros, los cuales miraban mejor por los verdaderos intereses de su jefe, que los jóvenes mal aconsejados, en cuyos pechos difícilmente tiene entrada la prudencia. Pactose, al fin, por ambas partes el siguiente convenio, que se puso en escritura pública para mayor solemnidad bajo la fe del juramento. El adelantado de Guatemala se comprometió a volverse a su gobernación, acompañado de los capitanes de su tropa que voluntariamente le quisiesen seguir; y el Mariscal se obligó a darle cien mil pesos de oro por la armada y los otros bastimentos que debían quedar en beneficio de los conquistadores del Perú. Hechos estos arreglos, restaba solamente persuadir lo oportuno de ellos a los capitanes de la gente de Alvarado, para quienes era recia cosa quedarse en esta tierra, sirviendo, como subalternos, después de haber tenido grados elevados en el ejército que mandaba el Adelantado. Con blandas palabras procuraba Alvarado inclinar el ánimo de sus soldados a aceptar gustosos las condiciones pactadas por el Mariscal. Nada habéis perdido, les decía;   —206→   venimos en busca de tierra rica y la hemos encontrado: seguir adelante en demanda de otra mejor, sería más que aventurada, temeraria empresa. Lo único que perdéis, añadía, es mi persona; pero esa pérdida os es ventajosa, porque, perdiéndome a mí, quedáis medrados, poniéndoos bajo la obediencia del Mariscal. Unos admitían contentos el cambio, otros se manifestaban desagradados; pero, al fin, les fue necesario convenirse, porque ya no era posible volver atrás de lo que una vez se había resuelto. Con buenas maneras y largas promesas procuraba, también, por su parte, el sagaz Almagro, ir trayendo a su devoción a los que se manifestaban descontentos31.



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IV

Dejados así en buen orden los negocios de la nueva conquista y conjurada a tiempo la guerra civil que amenazaba estallar entre los mismos castellanos, Almagro y Alvarado se pusieron en camino para el valle de Pachacamac, donde a la sazón se encontraba Pizarro. Habían llegado al punto en que, andando el tiempo, se fundó la ciudad de Cuenca, cuando tuvieron aviso de que Quizquiz, capitán de Atahuallpa, venía con un grueso ejército, resuelto a presentarles batalla, a fin de acabar con ellos. Era Quizquiz uno de los más célebres guerreros de los indios: formado en los ejércitos de Huayna Capac bajo la ruda   —208→   disciplina militar de los incas; juntaba a la paciente laboriosidad del soldado peruano la arrogancia y firmeza del quiteño. Súbdito de Atahuallpa, lo amaba con aquel amor o especie de culto religioso, con que los incas solían amar a sus soberanos, y Quizquiz reconocía además en el hijo predilecto de Huayna Capac al descendiente de los antiguos príncipes de su raza y monarcas de su nación. Había peleado al lado de su soberano, y, de batalla en batalla, victorioso de sus enemigos, había llegado al Cuzco, capital del imperio, y rendídola a la obediencia de Atahuallpa, al tiempo mismo en que los españoles entraban en Cajamarca. La muerte del Inca, la ocupación del Cuzco por los extranjeros y, últimamente, las noticias que le llegaron de lo que estaba pasando en Quito, le movieron a ponerse   —209→   en camino con su ejército, desde Huancabamba donde se hallaba apostado, resuelto a combatir con los extranjeros, para restablecer en el trono de los scyris a Huayna Palcon, hermano de Atahuallpa, que también venía en su compañía. Éste parece el propósito más probable, que estimuló a Quizquiz a venir a Quito, aunque otros historiadores dicen que el General quiteño nunca pensó en la exaltación al trono de Huayna Palcon, joven indio, de mucho valor y denuedo, pero de poco ingenio.

Quizquiz había dividido su ejército en tres cuerpos, para facilitar la marcha. La vanguardia venía al mando de Zota Urcu; la retaguardia, a tres leguas de distancia, seguía al grueso del ejército comandado por Quizquiz en persona, de manera que el General indio venía al medio de su gente, atento a dar órdenes a los que iban delante y vigilando sobre la marcha de los que venían detrás, guardándole las espaldas. El ejército, así dividido en tres cuerpos, ocupaba un espacio como de quince leguas. Quizquiz traía consigo muchas cargas de oro, vitualla y grande número de gente de servicio.

La vanguardia se encontró con don Pedro de Alvarado, quien se dio tan buena maña en la refriega que, con poco trabajo, logró desalojar a los indios de la ventajosa situación en que se habían colocado, y tomar prisionero al mismo Zota Urcu, de cuya boca supo todo el plan de campaña y el orden con que marchaba Quizquiz. Conociendo, pues, que debía caminar mucho, para cogerlo de sorpresa y dar sobre él, redobló las jornadas: a la bajada de un río les fue indispensable   —210→   detenerse, para herrar los caballos, que con los pedregales del camino se habían desherrado, y cogiéndoles la noche en esta operación se vieron obligados a terminarla con lumbre. Continuaron el camino a gran prisa y, al otro día por la mañana, descubrieron el real de Quizquiz. Mas el General indio no quiso hacerles frente, y, dividiendo su ejército, en dos alas, mandó la una con Huayna Palcon, quien se dirigió hacia lo más áspero de la sierra, mientras que Quizquiz, con la otra, tomaba una dirección opuesta. Diego de Almagro se encontró con la gente que mandaba Huayna Palcon y la cercó, acometiéndola por el frente y por la espalda; mas los indios se defendieron tenazmente, arrojando sobre los españoles grandes piedras que hacían rodar desde lo alto de unos riscos, donde se habían hecho fuertes. De noche los indios alzaron su campo y siguieron a reunirse con Quizquiz. Diego de Almagro y Alvarado continuaron su camino, y no les causó poca sorpresa encontrar los cadáveres de catorce españoles, a quienes habían descabezado los indios tomándolos de sorpresa; pues aquellos para seguir adelante habían echado a andar por un atajo. No tardaron los dos capitanes en descubrir la retaguardia de Quizquiz acampada a la orilla de un río: todo el día pelearon los españoles; pero no les fue posible pasar el río, porque los indios los combatían del otro lado sin cesar. Cuando éstos pasaron a la banda opuesta, para fortalecerse en un peñol, entonces los españoles pudieron seguir su marcha, dejando atrás a los indios. Sin embargo, la resistencia de los indios no había dejado de ser funesta para los españoles,   —211→   pues algunos fueron heridos gravemente, como Alonso de Alvarado y un comendador de S. Juan, cuyo nombre no refieren los historiadores. Almagro no creyó conveniente atacar a los indios en el peñol, en que se habían fortificado y continuó su viaje hacia San Miguel de Piura, donde descansaron pocos días, para seguir después a Pachacamac a verse con Pizarro. Allí pagó éste a Alvarado los cien mil pesos que habían pactado en Riobamba con Almagro, y entre manifestaciones de cortesanía y lealtad pusieron término los tres capitanes a un negocio, que amenazaba empapar en sangre española la ya maltratada tierra ecuatoriana.

Alvarado volvió a su gobernación de Guatemala y en su compañía partieron también muchos capitanes que no quisieron quedarse en el Perú, y varios otros españoles de aquellos que, habiendo allegado en la colonia grandes tesoros, regresaban a disfrutar de ellos en la tierra patria; pero la mayor parte de los soldados se quedó en el Perú, y algunos en el Reino de Quito al servicio de Benalcázar, y tanto éstos como aquellos, desempeñaron un papel muy importante en los acontecimientos posteriores. Entre los que vinieron con Alvarado y se quedaron en el Perú se cuentan Garcilaso de la Vega, padre del historiador, y Rada, jefe de los conjurados que asesinaron a Pizarro: de los que se quedaron con Benalcázar el más famoso fue Juan de Ampudia, que tan funesto renombre alcanzó después por sus crueldades en la conquista de Quito y descubrimiento del valle del Cauca en Colombia.

Los españoles que se quedaron en el Perú al   —212→   servicio de Almagro y de Pizarro después de haber venido en la expedición de Alvarado, eran entre los compañeros de armas motejados con el nombre de vendidos, aludiendo al convenio que hizo su jefe32.

Apenas podrá encontrarse en la historia una expedición que haya prometido más en sus principios y que haya tenido un éxito tan infructuoso como la del adelantado de Guatemala, pues, al vanidoso caudillo no le quedó más gloria, si gloria puede llamarse, que la del mercader, a quien una circunstancia inesperada le ofrece ocasión de hacer una pingüe granjería.

Alvarado acabó poco después su vida de una manera desgraciada estropeado por un caballo, a tiempo que se hallaba ocupado en cierta expedición militar, por encargo del virrey de Méjico, contra los indios de Nueva Galicia.





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ArribaAbajo Capítulo séptimo

Fundación de la ciudad de Quito


Nuevos combates con los indios.- Rumiñahui cae prisionero.- Muerte de Quizquiz.- Fundan los españoles la ciudad de Quito.- El primer templo católico.- Los primeros sacerdotes.- Ocupaciones de los colonos.- Fundación de los primeros conventos de religiosos. El Dorado.- Excesos de crueldad.- Suplicio de Rumiñahui y de otros jefes indios.- La agricultura en la colonia.- Fray Jodoco. Fundación de las ciudades de Portoviejo y Guayaquil.- Reflexiones sobre la conquista.- Los hijos del Inca Atahuallpa.- Levantamiento general de los indios del Perú contra los conquistadores.- Por qué no se llevó a cabo éste en Quito.



I

Mientras los españoles, divididos en contrarios bandos, se ocupaban en disponerse para combatir entre ellos mismos, Rumiñahui y otros jefes indios levantaban gente y hacían armas para reconquistar la tierra de sus mayores, librándola de las manos de los extranjeros. Verificado el avenimiento de paz entre el Mariscal Almagro y el Adelantado Alvarado, la conquista y pacificación completa del Reino de Quito fue la empresa, que, sin pérdida de tiempo, resolvieron Almagro y Benalcázar llevar a cabo. Una casualidad próspera había aumentado considerablemente la pequeña pero intrépida hueste de los conquistadores; contaban ya con gran número de aventureros, impacientes por hacer fortuna,   —214→   los cuales, venidos desde la remota Guatemala en busca de los tesoros de Quito, cuya riqueza tanto ponderaba la fama, no veían el momento de saciar sus deseos, adueñándose de una tierra, por cuya posesión habían expuesto tantas veces la vida. Antes de ponerse en camino de Riobamba para San Miguel de Piura, confirmó Diego de Almagro a Benalcázar en el cargo de teniente de gobernador por don Francisco Pizarro en las tierras de la banda equinoccial, con plenos poderes para pacificarla toda a nombre de su Majestad. Benalcázar, como hábil capitán, antes de salir a campaña con las tribus indígenas que le cerraban el camino para Quito, la capital del reino de los scyris, pasó revista a su ejército, hizo los nombramientos en los sujetos que le parecieron mejores, y con trescientos hombres bien armados principió su nueva jornada por el mes de setiembre del año de 1534, con el fin de redondear la conquista del reino.

Cuando todavía estaba en Riobamba, recibió embajada de parte de cierto cacique llamado Chamba, el cual se le entregaba de paz con todos los indios de su comarca. Para mayor seguridad de la paz prometida, el cacique recibió en su pueblo a algunos españoles enfermos, que habían llegado recientemente de Castilla, prometiendo cuidar de ellos y regalarlos. Pero el fementido procedía con traición, y, para ocultar mejor su dañado intento, fingió que iba en compañía de Benalcázar, sirviendo con sus indios al ejército castellano: hacía las mismas jornadas que los conquistadores y formaba sus tiendas donde éstos hacían alto, colocándose siempre a alguna distancia   —215→   del real. Los castellanos no le perdían de vista y observaban con sagacidad todos sus pasos, temerosos de alguna traición. A la tercera jornada, un español, de los que hacían de centinela, penetrando silenciosamente en el campo de los indios, se dirigió hacia la tienda del cacique, en son de darle los buenos días, porque era la hora en que principiaba a rayar el alba; mas halló la tienda vacía y, observando el campo, echó de ver cómo todas las demás tiendas, formadas a la redonda, estaban desiertas, y conociendo por ahí lo que había sucedido, al punto dio a Benalcázar aviso de la fuga del cacique con sus indios.

El capitán español, despachó inmediatamente a Juan de Ampudia con ocho de a caballo y algunos peones, en persecución de los fugitivos. Estos habían tomado diverso camino, para llegar pronto a su pueblo y matar a los enfermos; pero Ampudia se dio tanta diligencia en perseguirlos, sospechando ya el fin con qué se habían huido, que llegó al pueblo al mismo tiempo que los indios; pues, cuando éstos bajaban por una ladera, Ampudia se aproximaba al pueblo por el camino opuesto y alcanzó a ver a los asustados enfermos hincados de rodillas en la plaza, implorando la misericordia del cielo con las manos levantadas en alto, porque instruidos del plan del cacique por una india de Guatemala que estaba con ellos, aguardaban la muerte como segura. Esta india había venido en el ejército de Alvarado, y así que descubrió el plan de los indios, se lo comunicó a los españoles.

Ampudia dio orden a sus soldados de a caballo de acometer, lanza en mano, a los indios,   —216→   para salvar la vida a sus compatriotas, y, después de un ligero pero feroz encuentro, los segundos fueron puestos en derrota y se dispersaron. El cacique Chamba cayó prisionero con otros muchos en poder de Ampudia, quien, para venganza y escarmiento de los demás, lo hizo quemar vivo. De esta manera principió el sanguinario Ampudia a ensayar la ferocidad de que hizo alarde después en la conquista de Quito. Castigados los indios y escarmentados, el capitán español se llevó consigo a sus compañeros, para juntarlos con el ejército de Benalcázar, que marchaba a Quito33.

Rumiñahui ocupaba en la comarca de Píllaro, hacia un lado del camino real, un peñón, donde se había hecho fuerte; y, como no convenía dejar enemigos a las espaldas, Benalcázar determinó sitiar a los indios y desalojarlos, a viva fuerza, de las breñas en que se habían atrincherado. Dirigió, pues, allá toda la mayor parte de su gente, mandando a Juan de Ampudia, su teniente, que fuese a combatir con Zopozopangui, estacionado cerca de Latacunga en otro peñón. Los jefes indios hacían la guerra a la manera de los incas, acampando en colinas elevadas, donde formaban sus fortalezas, desde las cuales ofendían a los conquistadores, lanzando sobre ellos grandes piedras, con las cuales no dejaban de causarles mucho daño. Laboriosa en gran manera fue la empresa de rendir el fuerte en que estaba Rumiñahui. Cansados los españoles de hacer   —217→   esfuerzos inútiles, resolvieron al fin escalarlo con arrojo, desafiando los peligros. Echaron pie a tierra y principiaron a trepar la escarpada y agria peña, que flanqueaba uno de los lados de la fortaleza: al verlos subir, levantaron el grito los indios y se defendieron con grande furia, disparando contra los conquistadores dardos, piedras y haciendo rodar enormes galgas. Los dardos no hacían mucho daño, pero sí las piedras, que, arrojadas con hondas por la mano certera de los indios, estallaban en los morriones acerados de los españoles causándoles terribles heridas en la cabeza, y las galgas dejaban a no pocos quebradas las piernas y bien magullados los cuerpos. Se había puesto ya el sol cuando Benalcázar con sus soldados principió a subir la roca y, ayudados por la oscuridad de la noche; los indios que la defendían salieron de ella, tomando el camino hacia el Oriente; así es que, cuando los españoles llegaron a la cumbre, la encontraron abandonada, por lo que eligieron, el mismo punto, para descansar allí hasta la madrugada, curando a los heridos. Al día siguiente continuaron la persecución de los fugitivos, rastreando el camino por donde se habían ido: Después de la toma de la fortaleza, Benalcázar se detuvo algunos días en Píllaro, y desde allí destacó una compañía de a caballo al mando de Diego de Tapia, para que viniendo apresuradamente a Quito, pasara a las provincias del Quinche y de Pifo, donde intentaba fortificarse nuevamente Rumiñahui. La oportuna llegada de Tapia estorbó los planes del capitán indio, y mantuvo sumisas las poblaciones de esos valles. Tantos desastres habían quebrantado   —218→   el ánimo de los indios, que tomaban las armas de mala gana y defendían como a pesar suyo la patria de sus mayores; circunstancias muy favorables para que triunfase completamente el conquistador. El mismo general Rumiñahui no tardó en caer prisionero en manos de los españoles. Un soldado de a pie llamado Miguel de la Chica, lo encontró casualmente en una choza donde el indio se había ocultado; por los adornos de su vestido y por su continente conoció el español que aquel debía ser alguno de los jefes de los indios, y procuró tomarlo prisionero para presentarlo a Benalcázar; pero el indio se defendía gallardamente. Vio la porfiada contienda otro soldado de caballería, apellidado Valle, y espoleando a su caballo, acudió presuroso en auxilio de su compañero, y entre los dos se apoderaron del guerrero indio, holgándose grandemente, así que descubrieron que era Rumiñahui34.

Mayores fatigas tuvo necesidad de emplear   —219→   el ejército castellano, para enseñorearse de la peña donde estaba atrincherado Zopozopangui. Enormes rocas, tajadas a plomo, no ofrecían por ningún lado acceso a la cima; no obstante, el ojo experto del español descubrió que por un punto la peña podía ser tomada por medio de escalas, como los muros de un castillo. Para maniobrar con más cautela en la oscuridad, aguardaron la noche: así que ésta hubo avanzado en su curso, cuando todo el campo estaba en profundo silencio, dirigiéndose por ciertas estrellas que habían tomado por norte, se encaminan a la fortaleza, y arriman las escalas a la peña: Florencio Serrano es el primero que sube por ellas, y aunque encuentra que todavía no alcanzaba a tocar en lo llano, no se desalienta; echa la rodela a las espaldas, pone la espada a la boca y, agarrándose con ambas manos de la peña, logra con gran trabajo ponerse encima. Síguele, haciendo iguales esfuerzos, otro soldado, llamado Gómez Fernández. Una vez ambos en lo alto, ayudan a subir a los demás, haciéndoles cogerse de los extremos de una manta, que tienen asida con gran firmeza. Los indios dormían descuidados, y por el mucho frío de la noche se habían recogido en grupos apiñados, para calentarse recíprocamente. El grito de Santiago!!... que dieron los españoles, los despertó de repente y su turbación y asombro no tuvieron término, encontrándose con los enemigos que los herían sin piedad. Unos, por huir, se despeñaban de lo más alto de las rocas; otros corrían desatentados, sin atinar con el camino en la oscuridad. Su fortaleza, para ellos inexpugnable, había sido tomada por los extranjeros.   —220→   Muchos indios fueron hechos prisioneros, otros se mataron despeñándose. Zopozopangui huyó, pero pocos días después cayó también en poder de Ampudia. Le convidó éste con la paz; y, aunque al principio el indio rehusó aceptar el partido que le proponían, alegando que los españoles no cumplían nunca su palabra, con todo, al fin se presentó al capitán español, juntamente con Quingalumba y otros caciques, a quienes la defensa de la patria parecía ya imposible.

En el corto espacio de algunos meses la tierra toda del antiguo Reino de Quito había sido pacificada: los guerreros indios habían ido sucumbiendo uno después de otro; el valiente y atrevido Rumiñahui estaba preso, y en prisiones gemían también los otros jefes indios, que habían peleado defendiendo del conquistador su tierra y su libertad; Quizquiz había sido asesinado por el mismo Huayna Palcon, a quien pretendía ensalzar sobre el antiguo trono de los scyris; otros muchos caciques de diversos pueblos se habían aliado con los conquistadores, y ayudádoles a apoderarse de su propia patria, peleando contra sus hermanos en auxilio de los extranjeros; la conquista de la tierra ecuatoriana estaba, pues, terminada; restaba solamente que el conquistador le tomase cariño y fijara en ella su hogar.

El intrépido Quizquiz, observando que con Almagro y Alvarado se volvían más de trescientos españoles, creyó o que la tierra de Quito había sido abandonada, o que quedaban en ella tan pocos extranjeros, que sería muy fácil acabar con ellos, y así aceleró su marcha hasta llegar a las alturas de Riobamba, donde fue informado del poderoso   —221→   ejército de cristianos que estaban ocupados en guerrear con Rumiñahui. No tardó Quizquiz en tener noticia de la derrota de éste, y se hallaba inquieto sin saber qué partido tomar; quería retroceder, reclutar fuerzas y seguir haciendo resistencia: sus compañeros de armas estaban discordes en el consejo, pues unos querían morir peleando, al paso que otros, cansados de la guerra y faltos ya de bríos por su mala fortuna, proponían como el único partido aceptable entregarse de paz y someterse a la dominación de los venturosos extranjeros. Al ánimo noble y altivo de Quizquiz le pareció indigno semejante modo de pensar y reprendió a sus compañeros, tratándolos de viles y de cobardes; airado entonces Huayna Palcon, uno de los que habían hablado consejos de paz, hirió a Quizquiz, dándole un bote de lanza en el pecho, y acercándose al momento otros capitanes con porras y mazas le acabaron de matar. Así terminó su vida a manos de los mismos indios uno de los más leales y esforzados Generales del ejército de Atahuallpa. Vuelto en sí de la cólera ponderó Huayna Palcon su hecho y, lleno de dolor, púsose a lamentar al desventurado Quizquiz. De este modo los mismos indios cooperaron a la ruina de su nación, a la servidumbre de su raza y al afianzamiento de la dominación castellana35.



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II

Hemos referido los principales acontecimientos que se verificaron al tiempo de la conquista cuando ésta se hubo terminado, los conquistadores se ocuparon en fundar pueblos y ciudades en la tierra, de que por medio de las armas se habían enseñoreado.

La primera fundación española que se hizo en la tierra ecuatoriana fue la ciudad provisional, dirémoslo así, llamada Santiago de Quito, en las llanuras donde estuvo la antigua Riobamba. Los dos ejércitos, el del mariscal don Diego de Almagro y el del gobernador de Guatemala don Pedro de Alvarado, estaban a punto de venir a las manos, cuando Almagro resolvió verificar allí, en el mismo sitio donde estaba, la fundación de una ciudad, para alegar de esa manera la anticipada posesión de la tierra, en donde se había introducido tan incautamente el Adelantado. Verificose, pues, la fundación de la ciudad, que llamaron Santiago de Quito, según lo hemos referido ya antes, el quince de agosto de mil quinientos treinta y cuatro: nombráronse alcaldes y regidores, y aún fueron distribuidos solares a algunos castellanos, que se presentaron ante el escribano, pidiendo ser inscritos en el número de los vecinos de la nueva ciudad.

Celebrado pocos días después un pacífico avenimiento con Alvarado, resolvió el Mariscal don Diego de Almagro que, la reciente fundación se trasladara al punto donde había estado la ciudad de los indios conocida con el nombre de Quito; por ser ese sitio mejor y más cómodo para   —223→   edificar ciudad de españoles. Este acuerdo se dio el 28 de agosto de 1534; y ese mismo día se celebró el acta de la fundación de la nueva ciudad, a la cual se le puso el nombre de San Francisco, no porque hayan entrado los conquistadores en la ciudad el día 4 de octubre, sino por honrar la memoria de Pizarro, gobernador del Perú, con cuya autoridad y poderes se hacía la nueva fundación. Ésta es la verdadera fundación de Quito y, por tanto, su verdadero fundador fue el mariscal don Diego de Almagro, quien dio a la nueva población el nombre de Villa de San Francisco, hizo el mismo día el nombramiento de alcaldes y regidores, les tomó juramento de cumplir bien con sus cargos y eligió a Sebastián de Benalcázar teniente de Gobernador en estas provincias: cargo que hasta entonces había estado ejerciendo el mismo Mariscal en nombre y con poderes de don Francisco Pizarro.

Celebrose luego ante el escribano del Rey, Gonzalo Díaz, acta solemne y escritura de todo lo acordado, y, como Almagro no supiese escribir, a ruego y encargo suyo, la firmó otro español, llamado Juan de Espinosa. De todos estos documentos se deduce que los conquistadores fundaron dos pueblos, el uno llamado la ciudad de Santiago de Quito, y el otro la Villa de San Francisco también de Quito, porque con este nombre designaban entonces los conquistadores toda esta tierra, región o comarca; así es que aquella expresión de Quito equivale a la del Ecuador, que empleamos nosotros ahora. Dadas estas disposiciones, Almagro partió para el Perú en compañía de Alvarado.

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La fundación de ésta nuestra ciudad de Quito se hizo, pues, cuarenta y dos años después del descubrimiento de América, el día en que se cumplía un año cabal de la muerte de Atahuallpa reinaban en España Carlos V y su madre doña Juana la loca; gobernaba la Iglesia el Papa Clemente VII, y había principiado ya en Inglaterra Enrique VIII la persecución contra los católicos.

Tres meses enteros tardó Benalcázar en trasladarse a Quito, y su segunda entrada la verificó el día seis de diciembre del mismo año de mil quinientos treinta y cuatro. Habiendo llegado a las inmediaciones de Quito en la tarde del día anterior, juzgó prudente hacer alto en las llanuras de Turubamba, donde durmió aquella noche, y a la mañana siguiente, así que hubo verificado su entrada en la ciudad, reunió el Cabildo y lo declaró instalado, a fin de que los miembros de aquella corporación principiaran a desempeñar sus oficios. Dispuso también que cuantos castellanos quisieran avecindarse en la nueva ciudad se presentaran a dar sus nombres ante el escribano público; y aquel mismo día se hicieron inscribir doscientos cuatro españoles, que fueron los primeros pobladores y vecinos de Quito.

Los alcaldes del primer Municipio de Quito fueron Juan de Ampudia y Diego de Tapia; y los regidores, Pedro de Añasco, Juan de Padilla, Alonso Fernández y Martín de Utrera. El primer escribano fue Gonzalo Díaz36.

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El gobernador Benalcázar hizo luego la distribución de solares a los nuevos vecinos, eligiendo por término de medida ciento sesenta pasos para cada vecino; y asignando una cuadra para cada dos vecinos. Las primeras casas que principiaron a edificar fueron las del lado del Norte de la ciudad, como quien va de la plaza al ejido. El terreno en que fue edificada por los españoles la ciudad de Quito, no es por cierto, ni el más hermoso, ni el más cómodo; pero los conquistadores lo prefirieron a otros mejores, como un excelente punto estratégico, para defenderse de los indios, que les hacían la guerra sin treguas, en los primeros años de la conquista; pues, como los españoles eran pocos y los indios muchísimos, se vieron obligados aquellos a buscar un sitio que les   —226→   presentara comodidad para la defensa contra los ataques y acometidas que les daban los indígenas, principalmente de noche. El punto que escogieron para principiar a poblar, les ofrecía muchas ventajas para la defensa, pues las dos quebradas profundas que rompen el plano de la ciudad, pasando ahora por medio de ella, quedaron entonces delante de la plaza mayor, como dos fosos naturales, que, puestos uno tras otro, la defendían por ese lado de los enemigos; por el lado del Oriente corre, en dirección de Norte a Sur, otra quebrada menos profunda que las dos anteriores, y al Setentrión se hallan los espaciosos llanos del ejido, donde podía desplegar todos sus recursos la caballería, en caso de un ataque. El sitio donde se principió, pues, a edificar la ciudad, quedaba como naturalmente resguardado por todos lados37.

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Hecha la distribución de solares, comenzaron los primeros pobladores de Quito a construir con afán casas de tabique, donde habitar, deshaciendo las chozas de los indios, para aprovecharse en las nuevas fábricas de los materiales de las antiguas. Edificaron también un templo provisional, rústico y sencillo, para dar culto al verdadero Dios, y con el templo y el Municipio quedó formada la nueva ciudad. El templo estaba al extremo de la ciudad, en la salida de ella por el camino del Norte, y fue el que hoy conocemos con el nombre de Belén y entonces se llamó la Veracruz. Andando los tiempos y edificada en un lado de la plaza mayor la iglesia parroquial, ese primer templo quedó abandonado y se arruinó. El rey de España dio orden para que se reedificara, y don José de Villalengua, presidente de la Real Audiencia, a fines del siglo pasado, construyó una capilla, sobre la misma traza del antiguo templo, la adornó poniendo el retablo de madera, que se conserva todavía, y colocó en la pared derecha, para perpetua memoria, una inscripción latina, esculpida en una lápida de mármol.

Nunca hemos podido entrar sin grandes emociones de respeto y veneración en esa pobre y humilde capilla de Belén; sus muros ruinosos, pero todavía en pie, son un mudo testigo de los tiempos que han pasado. Ese fue el primer templo que en estas comarcas se levantó al verdadero   —228→   Dios; allí fue donde, por la primera vez, se ofreció al Altísimo el augusto sacrificio del cuerpo y sangre adorables de Jesucristo; allí, puestos de rodillas y agachada la orgullosa frente, los altivos conquistadores se confundieron con los indios, asombrados al ver las graves ceremonias del culto cristiano; allí, vencidos y vencedores, amos y siervos, adoraron a Dios, llamándole Padre; aquellos, en el silencio de su oración; éstos, con las primeras palabras de un idioma desconocido, todos, en el lenguaje del alma que Dios entiende; porque la Religión recordaba a todos, a vencidos y vencedores, a amos y siervos, el dogma sublime de la fraternidad cristiana. Ese pobre templo, todavía en pie, a pesar, de su estado de ruina y de decadencia, es el emblema de la Santa Iglesia Católica, contra quien embisten furiosos los poderes de la tierra sin lograr destruirla: al parecer, nada la sostiene; y, cuando sus enemigos la creen destruida y muerta para siempre, ella se alza y yergue majestuosa de entre sus mismas ruinas!!38

  —229→  

Entre los primeros pobladores y vecinos de Quito se cuentan dos sacerdotes seculares, cuyos nombres nos ha conservado el acta de la fundación de la ciudad, y fueron los clérigos Juan Rodríguez y Francisco Jiménez; sin duda, ellos fueron los primeros que principiaron a administrar sacramentos en la nueva ciudad.

Domadas ya las tribus comarcanas, y reducidas de paz, los indios fueron deponiendo las armas y los conquistadores se ocuparon en fabricar mejores y más cómodas casas en la ciudad: destruyeron las primeras que habían hecho al principio y fabricaron otras de adobe con cubiertas de paja; delinearon la plaza principal y a un lado de ella, el que da al Mediodía, construyeron; también de tapias y con techumbre de paja, la primera iglesia parroquial. El aspecto que debió presentar entonces a la vista la naciente ciudad era el de un grupo de chozas pajizas, diseminadas, a trechos, en unas cuantas hileras en los declives de la falta oriental del Pichincha. Como la ciudad principió a fabricarse en el mes de diciembre; cuando, con las lluvias de invierno   —230→   en los siguientes meses, las lomas del contorno, las colinas y cañadas se vistieron de verdor, la entonces reducida Quito con su grupo de chozas de paja debió resaltar hermosamente entre el variado matiz de verdura que engalanaba los campos. Las profundas quebradas, todavía no cubiertas con sólidos puentes como están ahora, separaban unas de otras las partes de la población; la colina redonda y hermosa del Panecillo descollaba a un lado, viendo formarse a sus plantas la ciudad, y desde la suave pendiente, donde después se levantó el convento de San Francisco, asomaba el gigantesco monte de Cayambi, brillando con su manto de nieve a los últimos rayos del sol poniente. Los españoles debieron regocijarse, contemplando la hermosura del espectáculo que la naturaleza presentaba a sus ojos en la abrasada zona tórrida, que los antiguos creyeron inhabitable.

El Cabildo hizo el nombramiento de Cura en la persona del sacerdote Juan Rodríguez, uno de los primeros vecinos de Quito. Mas, ¿de dónde le venía al Cabildo el derecho de hacer ese nombramiento? ¿De quién recibía entonces el párroco la jurisdicción espiritual, anega a su sagrado ministerio? Esta es una cuestión curiosa e interesante, muy digna de ser estudiada en nuestra historia. Los Reyes de España, por concesión de la Sede Apostólica, ejercían en América un derecho de patronato muy extenso; pues no sólo tenían el patronato que podía pertenecerles según el Derecho común, sino además un patronazgo rico en privilegios y prerrogativas, por las cuales los Monarcas españoles fueron constituidos   —231→   verdaderos Delegados de la Sede Apostólica en el Nuevo Mundo39.

Siempre que se emprendía un nuevo descubrimiento o conquista, el Rey, así como para el gobierno temporal instituía Adelantados, Gobernadores, Mariscales, etc., así también para lo espiritual procuraba que fuesen erigidos obispados y nombrados obispos, que cuidaran de las necesidades espirituales de los conquistadores y colonos y trabajaran en la conversión y reducción de los indios a la fe católica. También ponían los Reyes grande diligencia en que pasasen a los países nuevamente descubiertos sacerdotes de buenas costumbres, a quienes, al concederles permiso para venir a las Indias, se les prevenía apercibirse de las facultades necesarias para ejercer el santo ministerio. Antes de la conquista del Perú ya fue creado por el Rey el obispado de Túmbez, y designado para gobernarlo como primer obispo el célebre Luque, canónigo de Panamá. Después de los días de éste, fue erigido el obispado del Cuzco y su primer obispo fue el P. Fr. Vicente Valverde. Así es que Quito al principio fue curato o parroquia del Cuzco, el primero y el único obispado que había entonces en todo el Perú; pues los obispados en los principios de la conquista más bien estaban demarcados por las personas sujetas a la jurisdicción espiritual de los Prelados, que por los límites territoriales de las diócesis. El cabildo de Quito no hizo, pues, otra   —232→   cosa sino designar el párroco, ejerciendo así el derecho de patronato de los Reyes, como solía practicarse en semejantes casos a los principios de toda nueva conquista o fundación. No sólo a los eclesiásticos, sino a los mismos seculares les era prohibido pasar a las Indias, sin previa autorización del Gobierno.

Hay además otra circunstancia, muy digna de llamar la atención, acerca de la manera cómo se hacían los nombramientos de curas en los principios de toda nueva conquista, pues entonces los Ayuntamientos de las ciudades recién fundadas, ejerciendo, como hemos dicho, por delegación del Soberano el derecho de patronato propio del Rey, nombraban un sacerdote para que desempeñara en la nueva población el ministerio de párroco, tanto para con los indios, como para con los españoles; pero este nombramiento, aunque daba al designado el derecho de percibir los frutos, no le confería la propiedad del beneficio. Eran beneficios eclesiásticos de esos que se llaman amovibles ad nutum; por esto, como sucedió pocos años después con el presbítero Juan Rodríguez, primer cura de Quito, los mismos Ayuntamientos que habían hecho el nombramiento de párroco en algún sacerdote de los que acompañaban al ejército de los conquistadores, lo removían y nombraban a otro, cuando les parecía conveniente. El derecho de presentar para todo beneficio eclesiástico, con título de propiedad, estaba reservado exclusivamente al Rey.



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III

Dentro de pocos años la población de la nueva ciudad creció considerablemente, pues la fama de su clima suave y benigno, de su hermosa campiña y fértiles terrenos atraía vecinos y moradores, que llegaban a Quito de lejanas distancias. Entre los que acudían a vivir en la recién fundada ciudad vinieron también, en diversos tiempos, religiosos de las principales órdenes monásticas establecidas entonces en el Nuevo Mundo.

Los primeros religiosos que se establecieron y fundaron convento en Quito fueron los franciscanos.

Los primeros franciscanos que vinieron al Perú fueron los padres Fr. Francisco de los Ángeles, Fr. Pedro Portugués, Fr. Francisco de la Cruz y Fr. Francisco de Santa Ana, con Fr. Marcos de Niza, Superior o Comisario de ellos. Fr. Marcos de Niza era natural de Saboya, vino a América el año de 1531 y, oyendo hablar en la Isla Española de los grandes descubrimientos que acababan de hacerse en las costas del Mar del Sur, formó la resolución de venir acá, para ocuparse en la predicación del Evangelio en estas comarcas, donde no dudaba que habría mucha falta de sacerdotes. Pasó con este fin a Nicaragua, desde donde se hizo a la vela para el Perú en la misma embarcación en que venía Benalcázar, trayendo auxilios a Pizarro, para que llevase adelante la conquista del imperio de los Incas. Fr. Marcos de Niza siguió a los conquistadores hasta   —234→   Cajamarca, donde estuvo cuando la muerte de Atahuallpa, y acompañó después a Benalcázar en su segunda expedición a la conquista de Quito; así es que este religioso fue uno de los primeros sacerdotes que predicaron en estas provincias el Evangelio. Volviose con Alvarado a Nueva España, y por encargo del virrey Mendoza, marqués de Cañete, emprendió dos veces la expedición a las provincias de Culhuacán y llegó hasta la famosa ciudad de Cíbola. Como este último viaje lo hizo a pie, andando descalzo por más de trescientas leguas, cuando volvió a Méjico se postró completamente, quedando baldado de pies por algunos años.

El P. Niza fue uno de aquellos sacerdotes virtuosos y doctos que, para honra de la Iglesia católica, vinieron a América en la época de la conquista. Amó a los indios, se compadeció siempre de ellos, púsose con laudable curiosidad a investigar sus tradiciones y trabajó, aunque en vano, por defenderlos de la tiranía de los conquistadores. En Méjico fue Provincial de los frailes de su Orden, y murió en la misma ciudad en 1558. Escribió dos breves tratados históricos acerca de los usos, costumbres y tradiciones de los indios de Quito, y dio al famoso padre Las Casas una sucinta memoria sobre las crueldades cometidas por los españoles en la conquista de Quito, la cual fue insertada por el obispo de Chiapa en su tratado sobre La brevísima destrucción de las Indias. Los otros dos no se han publicado hasta ahora40.

  —235→  

El convento de franciscanos de Quito es el más antiguo de la ciudad y de toda la República, pues se fundó, pocos días después de fundada la ciudad, a saber el 25 de enero de 1535, bajo la advocación de S. Pablo, porque ese día celebra la Iglesia la conversión de aquel glorioso Apóstol. Fueron sus fundadores tres religiosos, mandados al Perú desde Méjico por el Comisario de la Orden, residente en aquella ciudad. Esos tres primeros padres fueron Fr. Jodoco Ricki, natural de Malinas, Fr. Pedro Gosseal, también flamenco de nación y Fr. Pedro Rodeñas, castellano, los cuales vinieron a Quito, a pie, y se presentaron a Benalcázar con recomendaciones de Francisco Pizarro para que se les ayudase a construir un convento en la recién fundada ciudad. Fr. Jodoco pidió de limosna, por amor de Dios, al cabildo de Quito que le diesen sitio donde edificar iglesia y convento de su Orden. Como la nueva ciudad estaba dedicada a San Francisco de Asís y como llevaba el nombre del Santo, los conquistadores señalaron y dieron a Fr. Jodoco el sitio que les pareció mejor y más adecuado, y contribuyeron con cuantiosas limosnas para la construcción de la iglesia y convento, porque querían, según lo indicaba Pizarro, que el convento de San Francisco fuese el mejor y más galano edificio que tuviese Quito. La devoción de los primeros conquistadores heredaron sus descendientes; y ahí está, para orgullo y gloria de Quito y para testimonio de la generosa piedad de nuestros mayores,   —236→   ahí está, elevado sobre un magnífico atrio de piedras sillares, el suntuoso Monasterio de los pobres hijos de San Francisco41.

Delinearon los conquistadores una de las plazas de la ciudad delante del convento y le señalaron indios para que se ocuparan en la construcción de la nueva fábrica. Ésta, al principio, fue una choza humilde a uno de los extremos de la plaza: los padres construyeron primero su iglesia, sencilla y pobre, en el punto donde está ahora el templo de San Buenaventura, pues la iglesia grande y el convento tardaron más de un siglo en terminarse. El convento, en que vivieron en aquellos primeros años, fue también una pobre casa de paja con un dormitorio y algunas celdillas42.

Tres años después de la fundación del convento de Quito, a saber, en el año de 1538, Fr. Jodoco reunió a todos los religiosos que había en estas provincias; y, juntos todos en Congregación, con privilegios que para ello tenían por una Bula de Adriano VI los franciscanos de América, eligieron por primer Custodio al mismo Fr.   —237→   Jodoco. Así como custodia se gobernó por varios años, aun después de la erección de la provincia del Perú, que llamaron de los doce Santos Apóstoles, para perpetuar la memoria de los doce primeros frailes fundadores de ella, a quienes, por su ejemplar y santa vida, el pueblo llamaba los doce apóstoles. El primer guardián del convento de Quito fue el P. Gosseal, uno de los dos compañeros de Fr. Jodoco. La custodia de Quito formaba parte de la provincia del Perú erigida en 1553.

En los primeros años de la fundación los padres alcanzaron de Carlos V una cédula, por la cual se adjudicó en propiedad a los indios que servían al convento una legua de terreno, medida desde el mismo convento para atrás hacia las faldas del Pichincha. Los padres Franciscanos recogieron más tarde y mantuvieron en su convento a algunos individuos de la familia de los antiguos soberanos de Quito, que habían venido a extrema pobreza. Estos eran un hijo de Huayna Capac y dos hijos de Atahuallpa; uno, cuyo nombre ignoramos, y otro llamado Francisco Topatauchi. Ambos quedaron muy niños todavía cuando la muerte de su padre. El rey de España les concedió después una pensión para que tuviesen con qué sustentarse. Estos príncipes desheredados habían abrazado con fervor la religión cristiana y vivían al amparo de los religiosos de San Francisco. Y no eran éstos los únicos que habían abrazado la fe cristiana entre los principales indios de estas provincias, pues antes que ellos la había recibido Chalcuchima, tío de Atahuallpa, y régulo de los Puruhaes, a quien administró   —238→   el bautismo el P. Niza, imponiéndole su nombre, y llamándole Marcos, por haberlo pedido así el mismo indio, como prenda de cariño y veneración al religioso43.

El sitio elegido para la fundación del convento de San Francisco fue el punto donde existían las casas de algunos de los grandes señores de la tierra, en la época en que Quito fue corte y residencia predilecta del Inca Huayna Capac; y aun el acueducto, que todavía trae el agua desde el cerro de Pichincha al monasterio, fue construido en la misma canal que servía, en tiempo de los incas, para llevar agua a una de las fuentes públicas de la ciudad.

El segundo convento que hubo en Quito fue el de los padres de la Merced, pues, el cuatro de abril de 1537, concedió el Cabildo de la ciudad al P. Fr. Hernando de Granada, mercenario, solares para que edificase iglesia y convento de su Orden, y además dos fanegas de tierra para sembrar, las cuales, según se lee en el acta del Cabildo, estaban enfrente de la casa de placer del rey Inca Huayna Capac44.

Entre los primeros religiosos mercenarios que vinieron a Quito se distinguió Fr. Martín de Victoria, castellano, por su mucha facilidad para aprender las lenguas indígenas, pues, en muy breve tiempo llegó a hablar expeditamente la del Inca, y fue el primero que ejercitaba en ella en su convento   —239→   a varios clérigos y a los religiosos de su Orden.

Pocos años después de fundado el convento tenía ya un número considerable de religiosos, entre los cuales, se cuentan Fr. Sebastián de Trujillo, primer Comendador, y pariente de Pizarro, y Fr. Miguel de Orenes, que llegó a vivir ciento diez años y fue dos veces Provincial de su Orden en el Perú45.

Aunque el P. Fr. Alonso de Montenegro, acompañó a Benalcázar en la conquista de Quito, los padres dominicanos no fundaron convento de su Orden en esta ciudad sino cinco años más tarde; pues el 1.º de junio de 1541, concedió el Cabildo a Fr. Gregorio de Zarazo sitio para que edificase convento, a petición del mismo padre, quien alegaba la falta que había en esta tierra de sacerdotes que se ocupasen en la predicación de la divina palabra. Pidió el padre además al Cabildo que, cuando vacasen algunos indios, le hiciesen merced de darlos en encomienda a su convento. El Rey mandó regalarles un ornamento, una campana y que, por el primer año, de la real hacienda se les diese lo necesario para que costeasen todo el vino y el aceite que se gastaran en el culto divino. La gracia concedida al convento de Quito se hizo extensiva a todos los demás conventos que fundaran los padres de Santo Domingo   —240→   en estas provincias: igual merced se había hecho a los que se fundaban en el Perú, atendida la suma pobreza que estos monasterios tuvieron en sus principios46.

Hemos referido ya que cuando Pizarro salió de España, para llevar a cabo la proyectada conquista del Perú, vino acompañado de Fr. Reginaldo de Pedraza y de varios otros religiosos de la Orden de Santo Domingo, quienes, por disposición del emperador Carlos V, habían sido elegidos para predicar el Evangelio en las nuevas tierras que se fuesen conquistando. Verificado el descubrimiento del Perú, mientras Pizarro con su reducida hueste de aventureros tomaba osadamente el camino de Cajamarca, Fr. Reginaldo con la mayor parte de sus compañeros se quedó en San Miguel de Piura: poco después el P. Pedraza se volvió a España y el P. Montenegro se vino con Benalcázar a la conquista de Quito. Fue, pues, este religioso dominico el primer sacerdote que en compañía de Benalcázar recorrió la tierra ecuatoriana, en la primera expedición que hizo aquel capitán, pues, parece que el P. Niza debió venir, tal vez, a Quito con Almagro, y así acompañó a los españoles, cuando hicieron su segunda entrada a la capital. Disgustado el P. Niza de la conducta de los conquistadores, cuya crueldad no podía contener, se detuvo muy poco en estas provincias y partió para el Perú, a tiempo en que se hacía a la vela el navío, en que don Pedro de Alvarado volvía a Guatemala. Parece   —241→   indudable que estos religiosos y los dos presbíteros Juan Rodríguez y Francisco Jiménez, ya antes nombrados, fueron los primeros sacerdotes que hubo en Quito.

El P. Montenegro gobernó el convento de Quito casi diez años como Vicario de nación; asistió al Capítulo provincial, que en 1551 celebró su Orden en el Cuzco, y allí fue absuelto de su cargo. Sucediole en el gobierno de los conventos, que tenían fundados en estas provincias, el P. Fr. Francisco Martínez Toscano47.




IV

Hecha la fundación de la ciudad, se ocupó Benalcázar en nuevas expediciones, procurando reconocer en contorno toda la tierra conquistada, y explorar lo que todavía no estuviese descubierto. A este fin mandó al capitán Tapia para que fuese a reconocer las provincias del Norte: Tapia salió de Quito con treinta de a caballo y llegó en su exploración hasta el río de Angasmayo, último límite del imperio de los incas, sin encontrar resistencia en ninguna parte, excepto en Tulcán, donde las tribus de los quillacingas y sus aledaños quisieron impedirle el paso, pero fueron muy fácilmente dispersados.

Cuando los conquistadores venían a Quito y en su segunda expedición, Luis Daza topó en Latacunga con un indio extranjero, el cual le dijo   —242→   que había venido a Quito, desde una región llamada Cundinamarca, mandado por su rey, con otros compañeros, a pedir auxilio a Atahuallpa contra un enemigo poderoso, que le hacía la guerra, y a quien aquel con sus solas fuerzas no podía vencer. El indio extranjero añadió que, todos sus compañeros habían perecido en Cajamarca, cuando fue hecho prisionero el Inca; pues Atahuallpa había dispuesto que fuesen en su comitiva, prometiéndoles dar a su soberano el auxilio que le pedían, tan luego, como terminara la guerra que por entonces traía empeñada contra Huáscar, su hermano. Como para atizar la codicia de los conquistadores, daba además el indio ciertas noticias acerca de una laguna, donde los moradores de aquella tierra solían ofrendar cantidades inmensas de oro; hablaba también de un monarca, el cual, cuando había de ofrecer sacrificios solemnes a sus dioses, acostumbraba cubrirse todo el cuerpo de oro en polvo, enviscándose, para esto, de pies a cabeza con trementina. Noticias menos halagüeñas que ésta habrían bastado para hacer perder el seso a los conquistadores, quienes, con la descripción que acababan de oír de boca del indio extranjero, ya no pensaron más que en salir pronto en busca del Dorado, como dieron en llamar a ese país misterioso, que no sabían dónde estaba, que desde aquel día no cesaron de buscar por toda América y que, como encantamiento de magas, cuanto más lo perseguían, más huía de sus ojos. Por largo tiempo el Dorado trajo inquietos a los españoles que venían al Nuevo Mundo, halagados con la esperanza de dar con los tesoros que creían acumulados   —243→   en esa tierra, que, no sabiendo donde estaba, se obstinaban en buscar, penetrando por selvas intrincadas, metiéndose en bosques interminables, surcando aguas de ríos desconocidos y visitando playas de climas mortíferos.

Oída, pues, la relación del indio, se encendieron los españoles en deseos de ir prontamente a conquistar aquella región, donde esperaban hallar inagotables riquezas. Benalcázar eligió al capitán Pedro de Añasco para aquella empresa, dándole cuarenta de a caballo y otros tantos infantes; los cuales, llevando al indio extranjero por guía, salieron de Quito, tocaron en el valle de Guayllabamba, caminaron doce días sin parar, porque el indio decía que aquella tierra que les había descrito no distaba de Quito sino la puesta de doce soles; y, al fin, cansados y desalentados, se volvieron, porque, en vez de las ciudades y tesoros que se imaginaban, no hallaron sino tribus bárbaras, a quienes ni la civilización de los incas había alumbrado. Pocos días después de haber partido de Quito el capitán Pedro de Añasco en demanda del Dorado, le siguió, por orden del mismo Benalcázar, el capitán Juan de Ampudia con una buena compañía de a caballo, y, alcanzándole más allá de la provincia que se denominó de los Pastos, tomó el mando de la gente de tropa y siguió adelante en los descubrimientos hasta llegar a reconocer los orígenes del Cauca y del Magdalena. Benalcázar mismo en persona emprendió después el reconocimiento y conquista de aquellas comarcas, fundó las ciudades de Cali y Popayán; y, aunque al principio hizo aquella conquista con poderes de Francisco Pizarro   —244→   y como su teniente de Gobernador, con todo; después alcanzó del Rey de España la gobernación independiente de Popayán y el título de Adelantado. Su primera salida de Quito para el Norte la verificó Benalcázar en el año siguiente al de la fundación de esta ciudad: volvió a ella en julio de 1537, y en agosto de ese mismo año salió para su segunda expedición a esas mismas provincias, que ya tenía visitadas y exploradas48.




V

Uno de los móviles más poderosos, o, acaso, el único que estimulaba a los españoles a emprender tantas y tan famosas hazañas, cuando el descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo, fue la ambición y el anhelo de allegar grandes riquezas. Devorados de esa sed de riquezas, vinieron al reino de Quito Benalcázar y sus compañeros. La fama anunciaba cosas maravillosas respecto de los tesoros de Quito; pues, como por tantos años esta ciudad había sido residencia predilecta de Huayna Capac, el más poderoso de los incas; y después corte de Atahuallpa, se decía que en Quito estaban hacinadas inmensas riquezas. Conquistado el Cuzco, hallaron los españoles una inexhausta mina de oro, amontonado en los templos y palacios reales de aquella imperial ciudad,   —245→   y entonces se principió a anunciar que en Quito se hallarían riquezas aun mayores; así es que los castellanos vinieron gustosos a la conquista de estas provincias, fantaseando con las riquezas que aquí pensaban hallar acumuladas; pero, ¡cuán amargo no fue su despecho cuando, enseñoreados de Quito, no hallaron los esperados tesoros!

Tenían presos a buen recado a los principales caudillos de los indios con Rumiñahui, el más famoso de ellos, y les daban tormento, para que declararan dónde estaban los tesoros de Atahuallpa; pero los indios se burlaban de los españoles, engañándolos de diversas maneras, haciéndoles cavar ya en una, ya en otra parte, y, aunque cavaban en todas, en ninguna hallaban los buscados tesoros: por lo cual, cansados, los condenaron a muerte pocos meses después de su segunda entrada en Quito, como se colige de la relación, que, en veinticinco de junio de mil quinientos treinta y cinco, hizo el Procurador de la ciudad de Quito al Ayuntamiento de ella, acerca del repartimiento que debía hacerse del oro que en adelante se encontrase. El más valeroso de los generales indios, el sagaz Rumiñahui, fue, pues, ajusticiado en Quito, juntamente con otros jefes no menos célebres, como Zopozopangui, Quingalumba, Razo Rato y Nina, a quienes no sabemos si antes se les instruyó en las creencias cristianas para hacerles recibir el agua santa del Bautismo49.

  —246→  

Los indios llegaron a comprender el ansia que los españoles tenían de oro, y, en venganza y represalia de los malos tratamientos que de ellos recibían, ocultaron todas las riquezas que en la ciudad y en otros pueblos había, y tan bien las escondieron que, hasta ahora no se ha logrado descubrirlas, y, tal vez, no se hallarán jamás. Empero, los conquistadores viéndose burlados en sus más lisonjeras esperanzas, descargaron toda su cólera contra los indios y principalmente contra los caciques o régulos de los pueblos, a quienes tomaban presos y atormentaban para que declararan dónde estaban escondidos los tesoros de Atahuallpa. A unos quemaban a fuego lento, a otros les cortaban las orejas, o les mutilaban cruelmente, cortándoles no sólo las orejas, sino las narices, las manos y los pies. Amarraron a muchos   —247→   de dos en dos por las espaldas, y, así amarrados, los ahogaron en el Machángara, precipitándolos desde las peñas, por donde se complacían en verlos bajar, dando botes, rodando hasta el agua. Por dos ocasiones encerraron a muchos en casas y les pegaron fuego, haciéndoles morir dentro abrasados. Otro género de crueldad usaron que destruyó a millares a los indios, y fue la siguiente: para los viajes, para las expediciones que emprendían, reclutaban centenares de indios y los empleaban en hacerles llevar a cuestas el fardaje los pobres indios, con mezquino y nada sustancioso alimento, durmiendo a la intemperie, rendidos de cansancio, abrumados de fatiga, quedaban muertos en los caminos, de tal manera que de los muchos que eran llevados a esas expediciones, apenas volvían a sus hogares unos pocos. En esas expediciones no se respetaban ni los más sagrados vínculos de la naturaleza, ni los más tiernos afectos del corazón: el español tenía en más su rocín que un indio!!... Las familias se veían desoladas, porque los padres, los esposos, los hermanos   —248→   eran llevados por el conquistador lejos de sus hogares a climas mortíferos, de donde les era casi imposible volver; así es que el viaje con los extranjeros era la despedida para el sepulcro. Y muchas veces no era el clima insalubre, ni la falta de alimento, ni el cansancio lo que hacia perecer a los desventurados indios: los españoles, para hacerse temer, incendiaban de propósito los pueblos y los reducían a cenizas, o hacían despedazar a los desnudos indígenas con jaurías de perros, que andaban a llevar con ese objeto: ni era menos frecuente el ver las mujeres oprobiadas por el sensual conquistador, quien, para cohonestar sus vicios, calumnió a la raza americana, diciendo que era incapaz de los delicados afectos de familia50.

Mas, apartemos pronto los ojos de estas escenas de horror; para contemplar otras apacibles los hombres de la conquista no solamente destruían; se ocupaban también en edificar.

  —249→  

Pacificada ya la tierra y sumisos los indios, se ocuparon los españoles en fabricar casas cómodas para su habitación y en labrar los campos, plantando árboles frutales y aclimatando en el suelo feraz de las regiones interandinas las semillas de Europa. Trajeron animales domésticos, y en breve tiempo formaron rebaños de ovejas, greyes numerosas y grandes piaras de cerdos; no sólo trajeron las simientes útiles al hombre y necesarias, sino también hasta las mismas flores de Castilla, las cuales, sin duda, cuando brotaron por la primera vez en la tierra ecuatoriana, fragantes y hermosas, ¡recordarían a las mujeres castellanas los tiernos encantos de su lejana patria!

El primer trigo que hubo en Quito lo trajo de Europa un religioso franciscano, el P. Fr. Jodoco Ricki, y lo sembró delante de su convento en lo que ahora es plaza: allí, a los ojos de aquel sacerdote y bajo su vigilancia, contemplaron los quiteños de entonces ondear al viento del Pichincha las primeras espigas del trigo, que dentro de poco había de cubrir, como con cendales de oro, los valles y colinas de la antigua tierra de los scyris. Como un precioso monumento y un recuerdo grato, los religiosos franciscanos guardaron el cantarillo de barro en que el P. Ricki había traído la primera simiente del trigo; y, cuando estuvo concluido el templo, le dieron lugar en la sacristía, como joya de los antiguos tiempos, y objeto sagrado. A principios de este siglo allí lo vio el barón de Humboldt y, a ruego de los padres, interpretó la inscripción, que en antiguo idioma alemán, tenía el cantarillo y decía: Tú, que me vacías, no te olvides de tu Dios. «Yo no pude, dice   —250→   aquel sabio, menos de experimentar un sentimiento de respeto al ver ese viejo vaso alemán. ¡O pluguiese a Dios, que donde quiera en el Nuevo Continente se hubiesen conservado los nombres de esos varones, que cuando la época de la conquista, en vez de ensangrentar el suelo de la América, depositaron en él las primeras simientes de los cereales!»51.

Años después, el Libertador de Colombia examinó con vivo interés esa prenda venerable de la antigüedad, y un varón tan generoso como Bolívar no pudo menos de conmoverse tomando en sus manos aquel sencillo vaso de barro, en que un fraile flamenco, contemporáneo de la conquista, había traído a estas regiones las primeras semillas de trigo. Sin duda, el héroe de la guerra sintió una impresión agradable, viendo aquel cantarillo,   —251→   que no traía a la memoria sino recuerdos de paz.

Pero Fr. Jodoco no sólo sembró el primer trigo en Quito, sino que enseñó además a los indios a hacer arados de madera, labrar la tierra con bueyes y cultivar el terreno: abrió las primeras escuelas y recogió en ellas a los niños de los indios y les dio lecciones de aritmética, instruyéndoles en la manera de contar con cifras y guarismos; cuidó de hacerles aprender las artes de carpintería, de sastrería, y hasta la música, la pintura y el canto llano, mereciendo, por eso, ser justamente considerado como introductor de esas artes en Quito, y el primer civilizador de los indios52.

La introducción de las primeras vacas y de los primeros bueyes se debió a Alonso Hernández, compañero de Benalcázar, en la conquista de Quito. Hernández estaba avecindado en Jamayca, desde donde vino a tomar parte en la conquista de estas provincias, trayendo acá las primeras cabezas de ganado vacuno. Después de la muerte   —252→   de Quizquiz hízose cargo de los restos del ejército quiteño un indio noble llamado Tita Yupanqui, contra quien fue mandado Hernández por Benalcázar, así que terminaron los trabajos de la fundación de Quito. Hernández batió a los indios en el territorio de Chimbo, y los derrotó completamente; y con la gran cantidad de oro de que se apoderó en aquella ocasión pudo Benalcázar emprender la expedición a las provincias de Popayán, poniendo antes por obra la proyectada fundación de la ciudad de Guayaquil.

El mismo don Sebastián de Benalcázar fue el introductor de los primeros puercos, que se tuvieron en Quito: el conquistador los trajo para aclimatarlos en estas partes, a fin de poder tener en breve tiempo carne abundante para las expediciones y nuevas conquistas que había resuelto emprender. Y, en efecto, lo consiguió con la pronta multiplicación de los cerdos, que no tardaron en formar piaras numerosas53.

También algunos de los primeros vecinos de Quito, que llegaron de Méjico, trajeron vacas a esta provincia: al principio valía cada una de ochenta a cien pesos; mas pocos años después llegaron a aumentarse tanto, que una se vendía hasta por cuatro pesos.

Francisco Ruiz, uno de los primeros pobladores de Quito, plantó en Pomasqui una viña; el capitán Bastidas plantó también otra, pero dieron poco fruto y malo, por lo cual entonces   —253→   se creyó que para la plantación no se había escogido el temple conveniente.

Los primeros pavos que hubo en Quito los trajeron de Nicaragua, y desde entonces comenzaron a llamarlos aquí gallipavos, nombre con el cual se conocen hasta el día.

No sólo se distribuyeron solares dentro de la ciudad para que edificasen casas los vecinos, sino que a muchos se les repartieron tierras para sembrar y pueblos de indios en encomienda.

Prohibió el Cabildo vender caballos y yeguas, ausentarse de la ciudad a los moradores de ella, viajar haciéndose conducir en hamaca a hombros de indios, andar discurriendo por las calles desde la nueve de la noche y tener cepo en sus propias casas para castigar a sus dependientes. Así principió a organizarse poco a poco la nueva ciudad. Sus vecinos estaban entonces ocupados de preferencia en dos solos objetos, encontrar minas de oro y emprender en nuevos descubrimientos.




VI

Después de fundada la ciudad de Quito, conoció Benalcázar que convenía, para el comercio y la contratación, abrirle camino hacia las costas del mar y, por esto, resolvió hacer la fundación de otra nueva ciudad, que sirviese a Quito de puerto: por desgracia, el conquistador español no inspeccionó, sin duda, toda la costa y, por eso, escogió para la proyectada fundación un punto poco ventajoso en la boca del río de Babahoyo. De allí se trasladó al estero que entonces se llamaba   —254→   de Dima; poco tiempo después a la desembocadura del río de Yaguachi y, por fin, a la orilla derecha del río de Guayaquil, donde se verificó de una manera estable la tercera fundación de la ciudad con el nombre de Santiago de Guayaquil, en el punto donde estaba una calzada, que llamaban el paso de Huayna Capac, por haberla mandado construir aquel Inca. Para verificar la fundación de Guayaquil, Benalcázar regresó primero desde Quito a San Miguel de Piura, de donde trajo consigo gente para la nueva fundación, recogiendo algunos que habían llegado recientemente de España y de las otras colonias.

Por teniente de Gobernador de la primera población quedó el capitán Diego de Daza; pero tantas exacciones cometieron los españoles contra los indios, que éstos se levantaron, mataron a muchos, y Daza se vio obligado a volver de fuga a Quito con muy pocos compañeros. Es cosa para lamentar cuánto daño causaban en aquellos tiempos la codicia e incontinencia de los soldados españoles. En Quito se armó nueva expedición, para ir a sujetar a los indios, y el mando de ella se encargó al capitán Tapia, quien, después de varios reencuentros con los indios, y pérdida de gente; se regresó a Quito, dejando el cuidado de volver a fundar la ciudad, al capitán Zaera, mandado con ese objeto por Pizarro. Mas ni Zaera pudo poner por obra la intentada fundación, porque fue llamado a poco por el mismo Pizarro y hubo de partir aceleradamente para Lima, cuando el levantamiento general de los indios   —255→   del Perú, dejando por entonces abandonada la pacificación de la provincia de Guayaquil. Por último, la tercera y estable fundación la hizo el año de mil quinientos treinta y siete el capitán Francisco de Orellana, que, enviado por Pizarro, vino del Perú con gran recurso de soldados y caballos, fue reduciendo de paz a los caciques comarcanos de los pueblos de Daule, Chanduy, Colonche, Yaguachi, Chongón y Chonana, y logró así establecer la nueva ciudad54.

La fundación definitiva de la ciudad de Guayaquil, con la denominación de Santiago, la verificó Orellana, eligiendo el sitio que está al pie del cerro de Santa Ana, llamado antes cerrito verde; así es que, la primera población de Guayaquil estuvo al extremo de la ciudad actual, y no se extendió sino hasta el primer estero; de tal manera que, la iglesia y el convento de los padres franciscanos se edificaron en lo que en aquella época se conocía con el nombre de el arrabal. La población se proveía entonces de agua potable, sacándola de pozos o manantiales, que brotaban en las faldas del cerro de Santa Ana: había dos   —256→   de esos pozos, cuya agua, aunque gruesa, podía no obstante tomarse con agrado55.

Algunos años antes se había fundado ya en la provincia de Manabí la ciudad de Portoviejo. Cuando el Mariscal Almagro estaba aparejándose para venir a Quito a estorbar la invasión, con que había entrado Alvarado, conoció la necesidad de que se fundara una ciudad, para vigilar la entrada del Perú por las costas del Norte, donde, por lo regular, venían a tomar puerto todas las embarcaciones que llegaban de Tierra firme, Nicaragua y Panamá. Desde Riobamba, antes de regresar al Perú puso por obra el Mariscal su proyecto, encargando su ejecución al capitán Francisco Pacheco. Desembarcó éste en Picoazá y, siguiendo río arriba, escogió la parte que le pareció mejor para fundar una población. Elegido el punto, verificó la fundación de la ciudad, a la que dio el nombre de villa de San Gregorio, por haberla fundado el doce de marzo, día en que la Iglesia celebra la memoria de aquel Santo Papa. Esto fue el año de mil quinientos treinta y cinco. Estando entendiendo en esta conquista y población el capitán Pacheco, llegó de Quito Pedro de Puelles con alguna copia de españoles, para poblar en la misma costa, por encargo de Benalcázar, y hubo altercado entre los dos capitanes sobre cual de ellos tenía mejor derecho para hacer la fundación de la ciudad; y la disputa   —257→   habría tenido funestos resultados, si Pizarro no la hubiese cortado, declarando fundada la ciudad por el capitán Pacheco. Algún tiempo después llegó allí de vuelta de España Hernando Pizarro, y, llevándose consigo a Lima a Pacheco y a Puelles, dejó a Olmos encargado de la gobernación de la nueva ciudad. Olmos se ocupó con la mayor diligencia en buscar la mina de esmeraldas que tenían los indios y, sobre todo, el idolillo también de esmeralda que adoraban en Manta; pero, a pesar de todos sus esfuerzos, no pudo descubrir nada y hasta ahora la mina permanece oculta56.

Con el capitán Pacheco vino a Manabí un religioso mercenario, el P. Fr. Dionisio de Castro, y fundó convento de su Orden en Portoviejo al mismo tiempo que se fundaba la ciudad. Llegaron después otros religiosos y se consagraron a la conversión de los indios de la provincia, que en   —258→   aquellos tiempos eran numerosos: así los padres de la Merced fueron los primeros que evangelizaron las costas de Esmeraldas y Manabí y por largos años sirvieron como párrocos en los pueblos de esas dos provincias y en la isla de la Puná57.

Y bien necesitada de evangelización se hallaba la infeliz provincia de Manabí, pues Alvarado con su expedición la dejó asolada: los indios recibieron de paz a los expedicionarios, pero éstos les arrebataron cuantos víveres tenían, les quemaron las casas y los persiguieron como a fieras; muchos perecieron en el camino, abrumados con las cargas que les obligaban a llevar; otros fueron devorados, a presencia de los españoles, por los indios de Guatemala, que los mataban y se los comían impunemente; muchísimos huyeron y se ocultaron en los montes; el régulo principal de Manta fue ahorcado de un árbol en el camino de Paján, únicamente por sospechas que se tuvieron de que había aconsejado a los caciques de la comarca, que se ocultaran, para no ser víctimas de las extorsiones de los extranjeros. Alvarado en pago de la hospitalidad que le había dado el triste regulo indígena, se lo llevaba preso, y bastó una ligera sospecha para que lo mandara ahorcar inmediatamente. La provincia de Manabí estaba, pues, desolada; los pueblos desiertos, y los indios alzados: ya no acudían de paz a los blancos, que asomaban por ahí, sino que los acometían, de modo que era muy peligroso aportar a Santa Elena, donde   —259→   arribaban las embarcaciones, porque los indios se lanzaban contra todos los que ponían el pie en tierra y los mataban.

Conoció Almagro la necesidad urgente de pacificar de nuevo la provincia; y, para congraciarse con los moradores de ella, hizo regresar inmediatamente desde Riobamba a los indios manabitas que habían quedado con vida, como restos de los que arrancara de sus hogares el gobernador de Guatemala58.

La primera ciudad de Portoviejo se fundó en otro lugar distinto de aquel en que está ahora. Cuando más creció y próspera estuvo la antigua población, apenas alcanzó a tener cuatro calles, y casas cubiertas de paja. Un incendio la destruyó estando todavía muy a los principios, redujo a cenizas el archivo, y en menos de un cuarto de siglo llegó a tanta decadencia que hasta perdió su propio nombre, pues comenzaron a llamarla la Culata, que era como si dijesen la postrera.




VII

Muchas y diversas causas contribuyeron a hacer tan fácil la conquista por parte de los españoles. Llegaron éstos al Perú cuando el vasto imperio de los incas estaba dividido por la guerra civil; sus fuerzas se hallaban debilitadas y la unión y concordia, indispensables para la común defensa del estado, no existían, ni era posible inspirarlas a esa muchedumbre de tribus diversas,   —260→   rivales y enemigas unas de otras. En el reino de Quito, los indios cañaris, antiguos habitantes de la provincia del Azuay, fueron poderosos auxiliares de los españoles en la conquista. Eran los cañaris nación numerosa y guerrera, y desde tiempo inmemorial habían sostenido una lucha tenaz con la raza de los puruhaes y con otras que formaban el reino de Quito, propiamente dicho. Cuando la guerra civil entre los dos hermanos, Huáscar y Atahuallpa, los cañaris abrazaron el partido del Cuzco y se decidieron por el Perú; aunque parece que lo que pretendían entonces era más bien recobrar su propia independencia, aprovechándose para ello de las revueltas del imperio. Resentidos contra Atahuallpa, por haber condenado al exterminio la hermosa Tomebamba, y temerosos de las venganzas de Rumiñahui, imploraron el auxilio de los conquistadores españoles, enviando mensajeros a Piura, donde a la sazón se hallaba Benalcázar como teniente de Gobernador de Pizarro, poco después de la muerte del Inca; celebraron alianza con los castellanos, entregándose de paz, y fueron tan fieles en guardarla, que sirvieron para la conquista de muy oportunos auxiliares: ellos hacían de espías para observar el campo enemigo; advertían a los españoles de las celadas que disponía el astuto Rumiñahüi; les dirigían por sendas extraviadas, burlando las estratagemas del capitán indio, y pelearon en defensa de los extranjeros no sólo en Quito, sino hasta en el sitio del Cuzco.

También otras tribus o parcialidades se aliaron con los españoles al tiempo de la conquista,   —261→   y, aceptando el yugo del monarca de Castilla que estaba al otro lado de los mares, creyeron asegurar mejor su independencia, que coligándose con los generales de Atahuallpa para hacer la guerra a los conquistadores. La guerra con los extraordinarios advenedizos les parecía muy funesta, y así no juzgaron conveniente para su misma conservación tentar fortuna en luchas desiguales. Por otra parte, los caciques amaban esa independencia que cada uno de ellos había gozado en su comarca, antes de la dominación de los incas, y buscaron la amistad de los extranjeros, esperando vivir en paz. Los indios que se lanzaron al combate, experimentaron, a pesar de su desesperado arrojo, cuán inferiores eran los medios de que disponían para triunfar. Desnudos, armados sólo de hondas, sin más que una pica de madera aguzada, hachas de cobre o dardos frágiles, ofrecían en sus apiñadas filas blanco seguro a los arcabuces de los castellanos: las detonaciones y el estampido de las armas de fuego los ahuyentaban aterrados, porque, sencillos y supersticiosos, creían que los extranjeros manejaban el rayo, ese tremendo mensajero del sol, a quien adoraban por Dios; las cortantes espadas daban tajos mortales en sus miembros desnudos e indefensos, al paso que las flechas que ellos lanzaban no hacían más que rozar un poco la ferrada coraza de los soldados castellanos, y sus hachas apenas mellaban el yelmo de aquellos: el indio peleaba a pie; el español caballero en ligeros alazanes, con que ponía terror a los americanos, que no habían visto jamás aquel monstruo: las disciplinadas huestes de los conquistadores iban al combate con todo   —262→   aquel conocimiento de quién sabe cómo ha de salir con aquello que pretende; los indios se precipitaban en atumultuadas muchedumbres sin orden ni concierto, estorbándose unos a otros en las acometidas, y atropellándose en la fuga. Fieros y violentos en el momento de romper el combate, caían de ánimo muy pronto y se retiraban precipitadamente unas veces; otras perseveraban con tenacidad; pero, descuidados en la defensa, por la noche se entregaban al sueño, dejando el campo desamparado, porque no conocían el empleo de centinelas, tan necesario en el arte de la guerra; así eran casi siempre en la noche sorprendidos por los enemigos. De esta manera un corto número de soldados castellanos dio en tierra con uno de los imperios más populosos y antiguos de la América; aunque no son para olvidados ni el valor invencible ni la constancia inquebrantable ni la energía y fortaleza de los conquistadores, pues sin esas prendas extraordinarias las armas mismas y la disciplina habrían sido insuficientes para llevar a cabo la empresa de conquistar el Nuevo Mundo. Los españoles de aquella época tenían el espíritu caballeresco, amigo de aventuras difíciles, de empresas atrevidas, de hazañas peligrosas, de aquí es que cuanto hubiera acobardado a un hombre de nuestros tiempos contribuía a estimular el valor de los capitanes españoles de aquel siglo. Amantes de lo maravilloso, el secreto de lo desconocido era para ellos motivo poderoso para ponerlos en el terrible camino de la conquista. ¿Qué habrá allá en esas regiones? He ahí el amor de la novedad. ¡Habrá grandes riquezas!... Vamos allá, y peleando   —263→   venceremos: así discurría el orgulloso castellano y se lanzaba a la conquista, hacía maravillas que asombran, pero casi siempre el teatro de sus famosas hazañas era también el campo donde se levantaba su patíbulo; y la tierra americana, que los viera ayer triunfantes, al día siguiente los veía decapitados. Adorables lecciones de la Providencia, que no siempre deja impunes en esta vida los crímenes de los hombres.

¿Cuál fue la suerte de los indios inmediatamente después de la conquista? La suerte de los indios fue la miserable suerte de los vencidos, condenados a la dura condición de siervos; cerrose para ellos la puerta a toda prosperidad y ventura terrena, y hasta los hijos de los reyes, para no perecer de hambre, tuvieron que mendigar el pan a la puerta de los mismos que habían derribado en tierra el trono de sus padres. Nada más triste, nada más conmovedor en nuestra historia, que la suerte de los hijos del desventurado Atahuallpa. Recordemos que el Inca en sus últimos momentos se desesperaba de dolor, considerando que sus tiernos hijos quedaban huérfanos y completamente desamparados, y que se tranquilizó algún tanto con la promesa que le hizo Pizarro de mirar por ellos y protegerlos, como si fuesen sus propios hijos. En efecto, cuando Almagro llegó a Quito, averiguó por los hijos del monarca difunto, y los recogió de poder del curaca de Chillo, que tenía consigo a los tres varones. Unas niñas y algunos otros hijos bastardos del mismo Atahuallpa, se encontraron en la provincia de los Yumbos, situada al Occidente de esta ciudad en los bosques que pueblan   —264→   los declives de la cordillera de los Andes; allí se habían refugiado las madres, huyendo de los conquistadores, cuando éstos entraron en Quito la primera vez.

Atahuallpa, como todos los soberanos así de Quito como del Cuzco, estaba desposado con varias mujeres principales de sangre real, y tenía además muchas otras concubinas de linaje humilde: los hijos considerados como legítimos, según la costumbre de los príncipes quiteños, eran los habidos en las mujeres de elevada alcurnia; los otros se tenían como naturales, si es que estos calificativos de legítimos y naturales pueden usarse, tratándose de gentes para quienes la poligamia era no sólo costumbre sino deber.

Los niños que recogió en Quito don Diego de Almagro no eran hijos de la misma madre, sino de madres diversas: llamábanse Hilaquita, Ninacuro y Quispitúpac: la madre del primero era Chumbicarua; la del segundo, Naxi-coca, y la del tercero, Choquesuyo: todas tres princesas de noble sangre y esposas legítimas del Inca. A estos tres niños se los llevó Almagro al Cuzco, donde, por orden del conquistador Francisco Pizarro, fueron entregados a los religiosos dominicanos de aquella ciudad, quienes los tuvieron en su convento manteniéndolos e instruyéndolos en la religión cristiana. Cuando fueron bautizados les pusieron los nombres de Diego, Francisco y Juan respectivamente. Diego era el mayor en edad, el más parecido a su padre y el destinado por Atahuallpa para sucederle en el imperio. Pizarro dio a los padres de Santo Domingo una cédula, en la cual declaraba que aquellos tres niños   —265→   eran hijos legítimos de Atahuallpa, y esto fue lo único que hizo el conquistador para cumplir la palabra que diera solemnemente al Inca, en el instante de hacerlo matar59.

Los desgraciados príncipes huérfanos vivían en tanta pobreza, que Fr. Domingo de Santo Tomás, siendo Provincial de su Orden, movido de compasión, les dio un pedacillo de tierras donde sembraran, para que no perecieran de hambre; y Fr. Gaspar de Carvajal había pedido limosna para vestirlos. Juan murió en viajes del Cuzco a Lima, consumiéndose en diligencias estériles para alcanzar del Virrey algún socorro; Francisco, más tarde, regresó a Quito donde fue más afortunado, pues el Rey mandó, que de la Real hacienda se le acudiera con una renta vitalicia de mil pesos de oro por año. De este hijo de Atahuallpa dice Garcilaso   —266→   que era «lindo mozo de cuerpo y rostro»60. Tuvo también Atahuallpa una hija, la cual se llamó María, y fue casada en primeras nupcias con Alonso Pretel, uno de los primeros pobladores de Quito: el segundo marido de esta princesa quiteña, desheredada por la conquista, fue otro español llamado Blas Gómez.

Francisco fue recogido aquí en Quito por los religiosos franciscanos, los cuales, como lo hemos referido ya antes, lo educaron en su convento, hasta que el joven se casó con la hija del curaca de Otavalo.

El primer hijo varón que tuvo Atahuallpa fue un niño, llamado Puca-cisa, el cual murió siendo todavía muy tierno.

Honda pena causa la triste suerte de la familia   —267→   del infeliz Atahuallpa: su hijo Francisco murió en Quito, dejando un hijo varón llamado Alonso, el cual hizo viaje a España y acabó sus días, preso por deudas en la cárcel pública de Madrid, en enero de 1589. El Real Consejo de Indias le dio de limosna a su albacea cien reales, para que costeara con ellos el entierro. Este albacea del nieto de Atahuallpa fue otro indio noble, don Diego de Torres, heredero del cacicazgo de Bogotá en el Nuevo Reino de Granada. Apenas había transcurrido, pues, medio siglo cuando ya la familia del monarca de Quito se había extinguido casi completamente en la desgracia y en la miseria61.

La abyección en que cayó la raza indígena no fue, sin embargo, universal ni absoluta: muchos jefes indios, aunque reconocían la superioridad de los conquistadores, su valor indomable y la ventaja que tenían sobre ellos, así por sus armas como por las alianzas de amistad y la cooperación de muchas parcialidades, que se habían asociado al extranjero para ayudarle a vencer y dominar a su propia raza; con todo, hacían esfuerzos increíbles de constancia   —268→   y de valor, luchando heroicamente. Sea dicha la verdad, la raza indígena netamente quiteña no dobló tan fácilmente su cuello al yugo de la dominación castellana: Quizquiz sostuvo con denuedo un poderoso ejército, en el centro mismo del imperio peruano, y se batió con los conquistadores, riñendo con ellos en encuentros sangrientos. En uno de éstos, tomó prisioneros a varios españoles, de los cuales puso en libertad y agasajó a los que habían defendido a Atahuallpa, y ahorcó en Cajamarca, en el mismo patíbulo en que el Inca había sido muerto, al escribano que le notificó la sentencia. Más tarde, cuando los indios en todo el Perú se concertaron para levantarse contra los conquistadores, hacerles la guerra y echarlos fuera, librando de ellos el suelo de la patria, también los indios de Quito se conmovieron e intentaron secundar la insurrección armada de los del Perú.

Vivía entonces aquí en Quito una india del Cuzco descendiente de los Incas y esposa de Atahuallpa, llamada doña Isabel Yarucpalla: era ésta una de aquellas mujeres principales que encontraron en Quito los conquistadores, cuando su primera entrada en esta ciudad: desde entonces le regia viuda se estrechó en más que amistosas relaciones con el capitán Diego Lobato, uno de los compañeros de Benalcázar, por lo cual era de todos conocida con el nombre de la palla del capitán Lobato. Su nacimiento, los precedentes de su familia, el ser viuda de Atahuallpa y sus prendas personales le habían granjeado a esta india influencia grande sobre sus compatriotas y no poca consideración de parte de los españoles: era naturalmente aseñorada y   —269→   grave, generosa y afable en su trato, y tan gallarda y decorosa en sus maneras, que manifestaba en todo la nobleza y dignidad de su familia. Esta india llegó, pues, a descubrir que los indios de todas estas provincias se estaban preparando para un general levantamiento contra los españoles, e inmediatamente dio aviso de la conjuración a Pedro de Puelles, que en aquella sazón era teniente de gobernador en Quito, por ausencia de Benalcázar. Puelles invadió de sorpresa la casa del curaca de Otavalo, donde estaban reunidos todos los jefes indios, tratando de la manera de poner por obra su propósito; y, reduciéndolos a prisión a todos ellos, logró desbaratar a tiempo el plan de la intentada conjuración62.

Por esto, las provincias interiores de Quito se mantuvieron tranquilas, cuando todas las del Perú y las del litoral de nuestra República estaban agitadas con un alzamiento general contra los conquistadores.