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¿Qué clase de meteoro sería éste? ¿No sería, tal vez, algún cometa? El Barón de Humboldt piensa que fue el cometa observado por Apiano en 1533: se dejó ver en los meses de junio y julio. Según Mr. FAYE, este cometa debió pasar por él perihelio, del 15 al 17 de junio, y su órbita es muy incierta: apareció muy cerca de la constelación de Perneo, y tenía la forma como de una lanza.
HUMBOLDT, Cuadros de la naturaleza, (obra citada ya antes).
FAYE, Curso de Astronomía de la Escuela Politécnica, (Tomo segundo, Catálogo general de los cometas), en francés.
Humboldt opina que este mismo cometa debió ser el que se presentó el año de la muerte de Huayna Capac; pero entonces, acaso, no sería visible, a lo menos a la simple vista, más que en este hemisferio. Humboldt, apoyado en los cálculos de Hevelio, acepta la fecha de 1525, para fijar a fines de ese año la muerte de Huayna Capac. Garcilaso describe el cometa, diciendo que era una gran cometa verdinegra, poco menos gruesa que el cuerpo de un hombre y más larga que una pica.
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Muy común es vituperar con acrimonia a la España, por los crímenes que los conquistadores cometieron en América; siendo los escritores extranjeros los que más celosos se manifiestan a este respecto. No obstante, conviene saber que nunca se debe condenar a la nación española en general, por los excesos de la conquista; pues, en cuanto a la muerte de Atahuallpa, los escritores españoles de aquel tiempo fueron los primeros que condenaron a Pizarro y sus cómplices. Gómara dice terminantemente que las muertes, tan horribles y desastradas con que acabaron sus días, Almagro, Pizarro, el P. Valverde y los demás fue un justo castigo, con que la Providencia les hizo expiar la muerte del Inca. Las reflexiones que hace el cáustico Oviedo son terribles y manifiestan la indignación, con que los mismos españoles miraron los sucesos desgraciados de Cajamarca: españoles fueron los que cometieron los crímenes; pero los españoles fueron los primeros que los condenaron.
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He aquí las fuentes, donde hemos tomado los datos relativos a la conquista de las provincias de Quito.
LÓPEZ DE GÓMARA, Historia general de las Indias, (Página 234 en la edición de Rivadeneyra, Biblioteca de Autores españoles, Historiadores primitivos de Indias, Tomo primero).
OVIEDO, Historia general y natural de las Indias, (Tomo cuarto, Libro cuadragésimo sexto, Capítulo décimonono). Oviedo habla de la conquista de Quito y de la persona de Benalcázar en otros lugares de esté Tomo cuarto de su Historia.
ZÁRATE, Historia del descubrimiento y la conquista de la provincia del Perú, (Libro segundo, Capítulos 8.º y 9.º).
HERRERA, Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y tierra firme del mar océano, (Década quinta, Libro cuarto, Capítulos 11.º y 12.º).
CASTELLANOS, Elegías de varones ilustres de Indias, (Elegía a la muerte de Sebastián de Benalcázar, Canto primero).
VELASCO, Historia del Reino de Quito, (Tomo segundo, Historia antigua, Libro cuarto).
CEVALLOS, Resumen de la Historia del Ecuador, (Tomo primero, Capítulos 5.º y 6.º).
HERRERA, Apuntes para la Historia de Quito, (Quito, 1874, Artículo primero).
MEDINA, Documentos para la historia de Chile, (Tomo cuarto. Contiene documentos de gran importancia, relativos a Almagro y sus compañeros).
Pocos son, por desgracia, los documentos con que contamos para escribir la historia de la conquista de las provincias que formaban el Reino de Quito: a la pobreza de datos en los historiadores, se añade la oscuridad de la narración y la divergencia en la manera de referir los hechos hasta el punto que viene a ser casi imposible formarse idea clara de la serie de los acontecimientos. El mismo Benalcázar hizo una información prolija de todos sus servicios prestados en la conquista y pacificación del Reino de Quito, y la mandó a España para pedir la gobernación de Popayán; pero no hemos logrado descubrirla, y, si acaso se conserva será en alguna biblioteca o archivo de Bélgica o de Austria, porque fue dirigida al emperador Carlos V, para que fuera presentada en su mano cuando este monarca andaba lejos de la Península.
A esta información aluden los hijos de Benalcázar en las que presentaron después al gobierno español. Esta información se hizo en Cali en el mes de marzo del año de 1545: fue apoderado de Benalcázar un español llamado Francisco Rodas.
Del estudio que hicimos en el Real Archivo de Indias en Sevilla de varios documentos antiguos, como cartas de Benalcázar y de Almagro y varias informaciones de servicios de algunos soldados, que vinieron a estas provincias en el ejército conquistador, hemos podido formar un concepto más claro del itinerario que siguieron los conquistadores y de los reencuentros que tuvieron con los indios. Citaremos estos documentos, con la indicación especial de inéditos del Archivo de Indias.- (i. ar. de I.).
En la segunda edición de la Historia civil y eclesiástica de Nueva Granada escrita por Groot, se ha publicado, entre los Apéndices al Tomo primero, una «Información de los servicios del conquistador Benalcázar», hecha a petición de sus hijos, y presentada en juicio por un descendiente del Adelantado, Popayán, 25 de junio de 1785.- Esta información está llena de inexactitudes históricas, y no puede admitirse como documento digno de fe, sino con grande reserva.
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Si nos atenemos al origen de este apellido, debemos escribirlo siempre Belalcázar y no Benalcázar, porque el nombre del pueblo, de donde fue nativo el conquistador de Quito, se escribe del primer modo y no del segundo; no obstante,
ha prevalecido en la práctica la costumbre de sustituir la n a la primera 1.- En el antiguo libro de actas de la Municipalidad de Quito, el conquistador firma indiferentemente,
poniendo unas veces Sebastián de Belalcázar, y otras Sebastián de Benalcázar, lo cual prueba que aquí en América, ya desde esos mismos tiempos, se había introducido la costumbre de pronunciar de entrambos modos este apellido. Oviedo dice siempre Benalcázar: «Su origen e naturaleza es de la villa de Benalcázar en Castilla»
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El P. Velasco dice que Benalcázar salió de San Miguel a principios de octubre de 1533; pero esta fecha está equivocada, pues en noviembre de aquel año todavía estaba Benalcázar en San Miguel, según se deduce de una carta, que, con fecha del once de aquel mismo mes, escribió Benalcázar al rey desde San Miguel (i. ar. de I.).
Según el cronista Oviedo, después que fue muerto Atahuallpa, salió de Cajamarca el mismo Francisco Pizarro, con doscientos noventa hombres, con ánimo de venir para Quito; llegó a Tomebamba y de allí pasó a otro pueblo llamado Churnabalta, (¿tal vez Zurampalta?), donde estaba una guarnición de gente de guerra de los quiteños, los cuales parecían resueltos a combatir; pero luego huyeron, sin oponer resistencia alguna. Parece que Oviedo confundió los hechos, pues consta que Francisco Pizarro, después de la muerte del Inca, se dirigió hacia el Cuzco; ningún historiador dice que haya venido antes para el Norte.
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El camino de los conquistadores no pudo menos de ser penoso: declinando hacia el Occidente pasaron el río de Chanchán subieron a las alturas de Sibambe y de ahí se dirigieron a la meseta de Tiocajas. Información de servicios de Hernando de la Parra (i. ar. de I.). Hernando de la Parra vino con Benalcázar y fue uno de los primeros pobladores y vecinos de esta ciudad de Quito.
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Vamos a rectificar aquí una noticia, que hasta ahora ha sido aceptada como históricamente cierta, bajo la autoridad de nuestro antiguo historiador el P. Juan de Velasco. Refiere este autor, que Rumiñahui levantó, inopinadamente su campo y se retiró con precipitación, dejando sorprendidos de su retirada a los conquistadores; a causa de que el volcán de Cotopaxi hizo su segunda erupción la misma noche en que, en las llanuras de Tiocajas, estaban frente a frente los dos ejércitos, el de los conquistadores y el de los indios, acaudillado por Rumiñahui: todo el día había durado el combate, sin que la victoria se pronunciara ni por los españoles ni por los indios. Aterrados éstos por la reventazón del volcán, se dispersaron, porque una antigua tradición les tenía advertido, que, cuando hiciera su primera erupción el Cotopaxi, la monarquía de los indios se había de acabar, principiando a dominar en estas partes una gente extranjera: tal era la tradición, según dice el P. Velasco. Pero hay en esta relación muchos puntos inexactos. No fue el Cotopaxi el que hizo entonces su primera erupción, sino el Tungurahua: el Cotopaxi estaba, seguramente, en actividad muchos siglos antes del descubrimiento y de la conquista del Perú, como lo manifiesta la condición geológica de los terrenos de la llanura de Callo y de otros puntos de la provincia de León. El Tungurahua no había hecho erupción ninguna antes de la conquista, y su puso en actividad, haciendo su primera erupción cuando ya los conquistadores estaban en estas provincias combatiendo con Rumiñahui y los demás jefes indios. Esta coincidencia fue notable, y, a consecuencia de ella, los puruhaes empezaron desde entonces a mirar con supersticioso terror las erupciones del Tungurahua, considerándolas como presagio seguro de acaecimientos funestos. Por lo que respecta a los indios, es muy probable que se hayan aterrado con la primera erupción que hizo el Tungurahua; pero no es cierto que hayan depuesto las armas: por el contrario, consta evidentemente que continuaron resistiendo a los conquistadores, con un valor notable y una constancia inesperada.
La erupción del volcán es cierta, y también la lluvia de ceniza; pero no fue el Cotopaxi sino el Tungurahua el que la arrojó. En cuanto a la profecía de la ruina del imperio peruano, cuya señal inmediata era la primera erupción que hiciera el Cotopaxi, nos parece de todo punto inadmisible. Esta profecía fue discurrida después de los acontecimientos a que se refiere.
Véase la Descripción de los pueblos de la jurisdicción del corregimiento de la Villa del Villar don Pardo, en la provincia de los puruhaes. (Es anónima y su fecha no puede pasar de 1605: está publicada en el Tomo nono de la Colección de documentos inéditos, que dio a luz Torres de Mendoza. Este documento como todos los que se publicaron en la Colección de Torres de Mendoza está lleno de faltas y de errores tipográficos).
También nosotros en nuestra Historia Eclesiástica del Ecuador, (Tomo primero, Capítulo cuarto), hicimos mención, aunque con la debida reserva, de la retirada de los indios y de la causa que se le atribuía; pero estudios más prolijos y un mejor conocimiento del asunto nos han obligado a rechazar como fabulosa la relación del P. Velasco en este punto.
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Conviene advertir que en este período, de la historia hay grande confusión en los hechos, poca exactitud en la narración y, frecuentes contradicciones. Hemos seguido en nuestra narración a Herrera y a Castellanos, los dos cronistas cuya autoridad nos parece mejor fundada; y, para buscar algún punto fijo despartida para arreglar la cronología de estos tiempos, hemos consultado los libros de actas del Cabildo de Quito, y por las fechas que constan en el libro más antiguo, donde se contiene el acta de la fundación de la ciudad, fijamos la época en que tuvieron lugar estos acontecimientos en 1534. Nos hemos valido también de la autoridad de Oviedo, escritor contemporáneo y que conoció y trató a muchos de los conquistadores.
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HERRERA, Historia general de los hechos de los castellanos etc., (Década quinta, Libro sexto: en los doce primeros capítulos de este libro).
OVIEDO, Historia general y natural de las Indias, (Capítulo vigésimo del libro cuadragésimo sexto, Tomo cuarto).
REMESAL, Historia de la Provincia de San Vicente de Chiapa y Guatemala, (Libro tercero, Capítulos 6.º y 7.º).
PIZARRO Y ORELLANA, Varones ilustres del Nuevo Mundo, (Vidas de don Francisco Pizarro y de Don Diego de Almagro).
MILLÁ, Historia de la América Central, (Tomo primero, Capítulos 12.º y 13.º), Guatemala, 1879.
Hablan de la expedición de Alvarado al Perú, además de los historiadores que acabamos de citar, Gómara, Zárate, Garcilaso, Montesinos y el P. Velasco entre los antiguos; y Quintana, Prescott, Lorente, Mendiburo y otros, entre los modernos. Robertson, en el Libro sexto de su Historia de América le consagra unas pocas líneas.
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Los navíos que hizo trabajar Alvarado, fueron los siguientes, según Remesal: un galeón de trescientas toneladas, llamado San Cristóbal; otros dos, el uno de ciento setenta toneladas, y el otro de ciento cincuenta, llamados respectivamente Santa Clara y San Buenaventura. Estos se fabricaron en el puerto de Iztapa, a quince leguas de la antigua ciudad de Guatemala: en el golfo de Chira se labraron una nao de ciento cincuenta toneladas, una carabela de sesenta, un patache de cincuenta y otras dos carabelas pequeñas, por todas ocho velas.