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Discordias entre los conquistadores.- Primera guerra civil.- Muerte desgraciada de Almagro.- Lorenzo de Aldana viene a Quito nombrado por segundo Gobernador de estas provincias.- Le sucede Gonzalo Pizarro.- Estado en que se encontraba Quito.- Expedición de Gonzalo Pizarro al país de la canela.- Viaje penoso de Gonzalo Pizarro y sus compañeros.- Francisco de Orellana.- Descubrimiento del Amazonas.- Asesinato del conquistador Francisco Pizarro.- Muerte del P. Fr. Vicente Valverde.- El nuevo gobernador del Perú.- Vaca de Castro llega a Quito.- Capitulaciones de Orellana con el Emperador.- Gonzalo Pizarro regresa a Quito.
Apenas había partido Alvarado para Guatemala, cuando estallaron en el Perú sangrientas discordias entre los conquistadores y sublevaciones espantosas de los hasta entonces pacíficos indígenas. Almagro y Pizarro tuvieron graves desavenencias, porque prendió en sus pechos la llama de la discordia, que, al fin, acabó con ambos. Hernando Pizarro volvía de España, después de haber negociado en la Corte nuevos títulos de nobleza, preeminencias y reatas para su hermano Francisco; al mismo tiempo que le llegaba también a Almagro una gobernación por separado, distinta de la que Pizarro tenía en el Perú.
—272→A Francisco Pizarro se le honraba con el título de marqués de los Atavillos, y a Diego de Almagro le hacía merced el Emperador de una gobernación aparte, a la cual se le daba el nombre de la Nueva Toledo, para distinguirla de la de Pizarro, llamada la Nueva Castilla. Como la gobernación de Almagro, según las disposiciones del Rey, debía comenzar allí donde terminasen las leguas de tierra señaladas a Pizarro, suscitose entre los dos Gobernadores una disputa reñida y tenaz sobre la posesión de la ciudad del Cuzco; pues los unos sostenían que la ciudad estaba incluida en la gobernación de Pizarro, y los otros pretendían que se hallaba dentro de los límites asignados a la gobernación, concedida recientemente a Almagro. Parecía que las cosas marchaban a feliz término, cuando el Mariscal, siempre amigo de la paz y la concordia, tomó el camino de Chile, resuelto a emprender la conquista de aquellas provincias; más pronto se vieron los resultados funestos de su mal aconsejada conducta.
Apenas se había alejado Almagro algunas jornadas del Cuzco, cuando hubo un general levantamiento de los indios, que, acaudillados por el mismo Inca Manco, coronado por Pizarro, pusieron cerco a las ciudades del Cuzco y de Lima y las estrecharon tanto que los españoles se vieron en ambas partes casi a punto de perecer.- Tanta constancia manifestaron los peruanos y tales muestras de valor dieron en aquella ocasión, que los españoles quedaron asombrados de ver tanta energía en una raza de gente, por ellos hasta entonces despreciada como cobarde y envilecida. Viéndose angustiado Pizarro con el cerco que —273→ los indios tenían puesto a la ciudad de Lima y al Cuzco, escribió cartas a las otras colonias, pidiendo que le auxiliaran con armas y soldados. A esta ciudad vino Diego de Sandoval, trayendo orden de que le enviaran la más gente de tropa que pudieran; pero Pedro de Puelles, (a quien Benalcázar había dejado aquí haciendo las veces de teniente de gobernador), no quiso acudir al llamamiento de Pizarro ni cumplir sus órdenes, temiendo, que, si esta ciudad quedaba desguarnecida, se alzaran los indios. Sandoval, oída la negativa de Puelles, se partió a la provincia del Azuay, y, recogiendo quinientos cañaris, se puso en camino para Lima, donde llegando muy a tiempo, prestó importantes servicios a los sitiados. El capitán Diego de Sandoval fue uno de los que vinieron a Quito con Alvarado, se quedó en el ejército de Benalcázar y le acompañó en la conquista, por lo cual recibió en encomienda o depósito casi toda la provincia del Azuay; pudo, pues, reunir fácilmente a los indios de guerra que le estaban encomendados y marchar a Lima, venciendo en el camino las partidas de indios alzados que le quisieron estorbar el paso63.
Mas, aún no habían acabado los hermanos de Pizarro de libertarse de los indios, haciendo heroicas hazañas de valor y constancia, cuando —274→ se presentó a las puertas del Cuzco Almagro con su tropa, intimándoles que desocuparan la ciudad, que ellos acababan de defender. A su vuelta de Chile, encontrando perturbada la tierra del Perú, creyó el Mariscal llegada la ocasión de apoderarse del Cuzco, haciendo alianza con el Inca; pero entonces los ánimos estaban muy poco dispuestos a arreglos y avenimientos pacíficos, y así las armas empleadas antes en domeñar a los indios, hubieron de tornarse contra los mismos conquistadores, en guerras fratricidas. Almagro hizo la guerra a los Pizarros y se apoderó a viva fuerza del Cuzco; pero muy pronto conoció cuán funesta le había sido su victoria, y, más que su victoria, su clemencia.
Si hubiera prestado oídos a sus consejeros, que le estimulaban a dar muerte a los dos Pizarros, Hernando y Gonzalo, a quienes tenía presos, aunque cometiendo indudablemente un crimen, habría arrancado de raíz toda causa de futuras discordias; pero Almagro, concediéndoles la vida, generoso, pensó que aseguraba mejor la posesión de la disputada ciudad: no obstante, Hernando y Gonzalo, así que se vieron en libertad, ya no procuraron otra cosa sino satisfacer la venganza, que contra Almagro ardía en sus irritados pechos. Una segunda vez las armas españolas volvieron a mancharse con sangre castellana, y la fortuna fue entonces adversa al Mariscal: el desventurado Almagro, anciano ya y achacoso, acabó sus días en un cadalso, condenado a muerte por los mismos que pocos días antes le debieran la vida; y su patíbulo se levantó en esa misma ciudad del Cuzco, donde había pensado establecer la capital —275→ de su gobierno. Almagro moría, pues, a manos de aquellos mismos a quienes, meses antes no más, teniéndolos prisioneros, les había perdonado la vida. Venganzas bastardas y ruines fueron la causa de la muerte del desgraciado Almagro, sacrificado por los hermanos de Pizarro a los reclamos de su sanguinaria codicia; pero, considerada esta misma muerte desde un más elevado punto de vista, no podemos menos de reconocer que fue el fallo inexorable, aunque tardío, de la Providencia contra el instigador de la muerte del desventurado Atahuallpa. Los intereses de una política infame obraron en el ánimo del caballeroso Almagro para estimularle a aconsejar a sus compañeros la muerte del Inca; y los intereses de una ambición criminal fueron parte para que Gonzalo y Hernando Pizarro sacrificaran sin piedad al viejo amigo y al leal compañero de su hermano: débil y acobardado al aspecto de la muerte, imploraba, en vano, Almagro la compasión de sus vengativos enemigos; como, años antes, el triste Atahuallpa había rogado, también en vano, a sus verdugos que le otorgasen la vida. En el silencio de un calabozo se dio garrote, como a un oscuro malhechor, al valiente soldado, que había gastado sus fuerzas y sus mejores años de vida en conquistar un imperio, del cual el justo Cielo no había de permitirle gozar. Santa y adorable Providencia, que de las pasiones de los hombres se vale para castigar, aun aquí en la tierra, los crímenes de los hombres: así la historia pone de manifiesto cómo gobierna Dios las cosas humanas.
Los últimos años de la vida de Almagro no correspondieron a las esperanzas con que principió —276→ a manifestársele risueña la fortuna, pues la prosperidad despertó en el desconocido expósito de un oscuro pueblo de Castilla pasiones viles, que una escasa medianía había tenido hasta entonces como adormecidas; y esas pasiones, a las que no cuidó de poner freno, le precipitaron a su ruina. Almagro dejó solamente un hijo, el cual fue heredero de su nombre y de su desgracia.
Una vez libre de competidores en el mando, ya Francisco Pizarro no pensó más que en hacer repartimientos de la inmensa tierra, que la fortuna había puesto en sus manos: verificó fundaciones de nuevas ciudades, distribuyó riquezas entre los colonos y se ocupó con afán en organizar el imperio que había conquistado y del cual se veía único señor y dueño absoluto: su voluntad, su querer, era la única ley con que se gobernaba la colonia en la dilatada extensión de casi mil leguas de territorio.
El marqués Gobernador había traído consigo desde Extremadura, su patria, cuatro hermanos suyos, para que tornasen parte en la conquista del Perú: de éstos, Juan, generalmente querido por su carácter suave o índole mansa, había muerto en el sitio del Cuzco; Hernando, el único legítimo entre ellos, y el más legitimado en soberbia, según la observación del viejo cronista Oviedo, había partido para España, llevando a Carlos Quinto un cuantioso donativo para las dispendiosas guerras que aquel monarca sostenía entonces en Europa: Martín, hermano sólo de madre, no había tomado parte muy activa en las empresas de los conquistadores, peleando únicamente como un honrado capitán; restaba sólo Gonzalo, el último —277→ de ellos, y a quien, por ser el menor en edad, el Gobernador amaba con amor de padre. En el repartimiento general de las tierras del Perú, Gonzalo había recibido de su hermano pingües encomiendas de indios en las comarcas australes de la remota Charcas.
La fama publicaba entonces que al Oriente de Quito había extensos territorios, ricos de oro, y donde abundaba el árbol preciado de la aromática canela: esos territorios todavía no habían sido bien explorados, y así, el que llegara a conquistarlos adquiriría no pequeña honra y, sobre todo, muchas riquezas. Pizarro pensaba en su hermano Gonzalo, y ninguna ocasión le pareció tan propicia como ésta, para engrandecerlo y hacerlo feliz. Le llamó, pues, mandándole que viniese al Cuzco desde Charcas, donde Gonzalo estaba ocupado en arreglar sus repartimientos; y el 30 de noviembre de 1539, hallándose ya Gonzalo en el Cuzco, le confirió la gobernación de todo el reino de Quito, de los territorios de Pasto y Popayán y de todo cuanto más se descubriese al Oriente de la cordillera en estas regiones. Menos próspera fortuna habría bastado para exaltar la fantasía de Gonzalo: así, pues, se preparó para venir a su gobernación haciendo grandes gastos y atrayendo a su devoción muchos españoles nobles, que resolvieron seguirle, halagados por sus pomposos ofrecimientos; y, acompañado de ellos, salió del Cuzco a principios de marzo de 1540, tomando el camino hacia Quito. Mas, mientras Pizarro llega a esta ciudad, veamos lo que en ella había sucedido.
Don Francisco Pizarro estaba inquieto y receloso, temiendo que Benalcázar se alzara con el mando de estas provincias y constituyera de todas ellas una gobernación independiente: los recelos de Pizarro no carecían de fundamento, antes lo tenían sobrado, pues Benalcázar había despachado ya clandestinamente a España un subalterno de toda su confianza, para que solicitara del Emperador el título de Adelantado y una gobernación separada de la de Pizarro. Mas, como Benalcázar tenía muchos partidarios en estas provincias, no era prudente destituirlo con estrépito del gobierno de ellas; buscó, pues, Pizarro un hombre sagaz y enérgico, y diole, en grande secreto, la comisión de venir a Quito y tomar en sus manos la autoridad, para lo cual lo constituyó su teniente de gobernador, con amplios poderes, en estas partes. Difícil y arriesgada era la comisión, pero Lorenzo de Aldana supo desempeñarla muy atinadamente.
Lorenzo de Aldana, el segundo gobernador de Quito, era un caballero extremeño, natural de Cáceres, de carácter firme y capaz de resoluciones enérgicas: vino a Quito y no se hizo reconocer por gobernador, sino cuando reservadamente hubo comprometido a los principales miembros del Cabildo de la ciudad, mostrándoles en secreto los títulos y comisiones que traía de Pizarro. Asegurado de la obediencia, se hizo reconocer en —279→ público por teniente de gobernador, el 9 de noviembre de 153864.
Seguro de su autoridad, desterró inmediatamente a los amigos de Benalcázar y luego se trasladó a Popayán, resuelto a poner en ejecución las órdenes secretas que tenía de Pizarro; mas Benalcázar había bajado ya al Atlántico y embarcádose para España.- Aldana procuró pacificar a los indios del valle del Cauca, que estaban alzados, y dio muy oportunas disposiciones para el arreglo y policía de las ciudades de Cali y de Popayán, que encontró casi despobladas a causa del hambre y la peste.
Las expediciones de Benalcázar a la provincia de Popayán y, con este motivo sus dilatadas ausencias habían sido muy perjudiciales a la naciente colonia, por lo cual el Ayuntamiento de Quito le requirió para que no dejase abandonada la ciudad, y sobre todo para que se abstuviese de llevar indios a la fuerza, lo que había principiado a causar en esta tierra alborotos y perturbaciones. Sin embargo, Benalcázar no dio oídos a los justos reclamos del Cabildo de Quito, y, —280→ cuando salió de esta ciudad para su última expedición a las provincias del Norte, se fue llevando más de cinco mil indios de servicio, y recogió pura su jornada cuantos caballos pudo, dejando la ciudad desamparada de armas y de gente. Apenas se habían reparado algún tanto estas pérdidas, cuando, dos años después, llegó a Quito Gonzalo Pizarro y se hizo reconocer por Gobernador de todas estas provincias.
Gonzalo había pasado del Cuzco a Lima y de allí, tomando por Piura el camino de la sierra, había bajado para el Norte con dirección a Quito, combatiendo con las tribus de indios alzados, que, en varios puntos del camino, salieron a impedirle tenazmente el paso, y por quienes en más de una ocasión se vio en riesgo de ser derrotado; y, acaso, lo habría sido sin remedio, si su hermano Francisco no le hubiera mandado oportuno refuerzo con el capitán Francisco de Chaves.
Gonzalo fue reconocido como gobernador de Quito por el Cabildo el 1.º de diciembre de 1540, día en que presentó las provisiones del Marqués su hermano, en las cuales se le nombraba Gobernador no sólo de todo lo descubierto y conquistado por Benalcázar, sino también de todo cuanto en adelante se descubriera y conquistara. Tan luego como el Ayuntamiento de Quito le reconoció por Gobernador, principió Gonzalo a ocuparse en poner por obra su proyecto de ir a descubrir y conquistar las provincias de Oriente; y cuando todo estuvo a punto, dejó por su teniente de gobernador en Quito a Pedro de Puelles, nombró por Alguacil de la ciudad a un hijo suyo pequeño llamado Francisco, habido en una india, —281→ y, como el muchacho era todavía de muy pocos años de edad, designó para que, entre tanto, desempeñara aquel cargo uno de sus amigos, apellidado Londoño; disposición con la cual manifestaba Gonzalo las poco nobles prendas de su alma.
El país de la canela o la provincia de los Quijos, como la llamaban entonces los conquistadores, está formada de todas aquellas comarcas situadas hacia el Oriente de Quito al otro lado de la cordillera de los Andes, donde se halla la hoya de los más caudalosos ríos que pagan el tributo de sus aguas al Amazonas. El primero que intentó el descubrimiento de ese país fue el capitán Gonzalo Díaz de Pineda, saliendo para esto de Quito por dos veces consecutivas con muchos indios de servicio; pero en ambas ocasiones se vio obligado a volver sin ventaja ni provecho alguno.
Gonzalo Pizarro, resuelto, pues, a emprender a toda costa la conquista del país de la Canela, donde creía encontrar ciudades populosas, imperios opulentos y grandes señores, con inmensas riquezas, reunió como unos trescientos soldados entre los que habían venido con él desde Charcas y los que reclutó en Quito; dio orden a los caciques para que alistasen cuatro mil indios, los cuales debían acompañar a los expedicionarios cargando los bastimentos, fardaje y pertrechos de guerra; aprestó como dos mil cerdos y un número crecido de llamas u ovejas de la tierra, para racionar a su gente en el camino, porque se imaginaba que al otro lado de la cordillera, encontraría tierras abundantes y provistas de todo. —282→ Dispuestas y arregladas las cosas necesarias para la expedición, se puso en camino en los primeros meses del año de 1541, alegre y regocijado con los ensueños de riqueza que había concebido su ambiciosa imaginación65. El Cabildo de la ciudad le requirió para que no llevara indios forzados, y, sobre todo, para que no los llevase amarrados con cadenas; pero Gonzalo no prestó atención a tan justos reclamos y siguió adelante en su propósito. Era de ver el afán y diligencia, con que el día señalado para la partida daban principio a la jornada los expedicionarios: ya desde la víspera había adelantado, tomando la derrota hacia Levante, la numerosa y gruñidora piara de cerdos, arreada por indios encargados de irla cuidando. El primer día se detuvieron en un punto denominado Daga, que está a este lado de la cordillera oriental, y mientras no salieron de poblado el viaje fue cómodo y agradable; pero, cuando principiaron a trasmontar la gran cordillera, entonces comenzaron sus trabajos; muchos murieron, principalmente de los indios, helados de frío con el viento recio y húmedo de las alturas y la copiosa nevada que cayó mientras pasaban los expedicionarios. Al descender a la parte oriental al otro lado de la cordillera, conforme iban bajando se internaban más y más en el cerrado bosque, donde no había señal alguna de vereda, ni camino —283→ trajinado. Después de haber andado como unas treinta leguas llegaron a una población, la primera de los Quijos; llamada Zumaco, puesta a las faldas de un cerro muy elevado: en el tránsito encontraron algunas cuadrillas de indios armados con intento de estorbarles el paso; pero al ver a los caballos y oír disparar los arcabuces, huyeron precipitadamente. Pocos días habían descansado en Zumaco los viajeros, cuando un fuerte e inesperado terremoto arruinó la aldea: una tarde tembló la tierra terriblemente, se abrió en diversas partes, se hundieron muchas casas y no faltaron supersticiosos que tomaran este fenómeno como funesto presagio de futuras desgracias: al terremoto se siguieron tempestades espantosas, acompañadas de truenos y relámpagos, y lluvias incesantes de día y de noche por dos meses continuos: la comida iba faltándoles, en las miserables chozas abandonadas por los salvajes, no se encontraba nada, y el río correntoso, aumentado grandemente con las lluvias, no permitía pasar a la banda opuesta, para buscarla. En el pueblo de Muti, de la misma provincia de Zumaco, les dio alcance Francisco de Orellana, el cual, invitado por Gonzalo Pizarro, acudía desde Guayaquil, con un buen refuerzo de gente, llevando en su compañía a Fr. Francisco de Carvajal, religioso dominico, que iba como capellán de la expedición. Con Pizarro había salido de Quito otro religioso, Fr. Gonzalo de Vera, de la Orden de la Merced66.
—284→Cuando la estación de las lluvias hubo amainado algún tanto, Gonzalo consultó con sus capitanes sobre lo que deberían hacer en aquellas circunstancias, y acordaron que el mismo Gonzalo, acompañado de setenta arcabuceros, siguiese adelante a explorar el camino; como lo hizo, en efecto, continuando hasta dar con los árboles de la canela. Son éstos tan altos como olivos; sus flores se abren a macara de capullos, en los cuales está la sustancia, que en fragancia y sabor es muy semejante a la canela. El mejor fruto y más oloroso suele ser el de los árboles cultivados en huertos, como los tenían los indios de Quijos antes de la conquista, para servirse de él, como de una especie de moneda, en las granjerías que acostumbraban tener con otros pueblos de la provincia —285→ de Quito en tiempo de los Incas.- Atahuallpa en Cajamarca obsequió a Pizarro unos cuantos puñados de estas flores olorosas67. Gonzalo no encontró población ninguna formada, sino miserables cabañas distantes unas de otras y separadas por trechos inmensos: unas veces los indios se negaban a servirle de guías, contestando, en frases breves y concisas, que no sabían si existirían más allá otras poblaciones, porque ellos no conocían más que sus montañas; otras, forzados por los españoles se obligaban a guiarles; pero, entonces, de propósito los conducían lejos de poblado, metiéndolos en lo más bravo y cerrado de la montaña. Gonzalo, en vez de halagar a los salvajes, para que le prestasen algún auxilio, los aterraba, haciendo quemar a unos, o despedazar con perros a otros: los pobres indios se dejaban —286→ matar, dando ayes lastimeros, pero que no enternecían el fiero corazón de Gonzalo. Mohíno y arrepentido de su malaventurada empresa tomó éste, al cabo de muchos días, la vuelta de Zumaco, para reunirse con sus compañeros y continuar todos juntos la marcha, dirigiendo su rumbo por la orilla derecha del Coca. Leguas y leguas anduvieron, buscando cómo pasar a la orilla opuesta, pero el cauce profundo del río no les ofrecía comodidad para vadearlo; así les fue indispensable continuar bajando, sin apartarse de la misma orilla; pero, ¡cuán difícil y penosa no les era la marcha! ¡qué tardía, mientras a golpe de machete se abrían paso por entre la tupida selva! El suelo en muchas partes no ofrecía piso firme y seguro ni para los hombres ni para los caballos; éstos ya no les servían de alivio, porque no podían viajar montados por entre el enmarañado bosque, y era necesario llevarlos tirados del diestro, dar grandes rodeos para no atravesar por las ciénagas y pantanos, y sacar a cada instante a los que se atollaban en los atascaderos y lodazales de la montaña; la piara de cerdos les daba todavía mayores trabajos para llevarla, sin que se les extraviasen en el camino: imposible era contenerlos a todos, pues, ya unos se huían, metiéndose entre las malezas; otros, se quedaban perdidos entre el bosque; y uno solo que se les quedase era gran pérdida para los expedicionarios, que se veían sin otra cosa para alimentarse que raíces desabridas y frutas insípidas: la carne de algún caballo que se moría se repartían con peso y medida como manjar regalado: tanta era ya la falta de alimentos.
—287→Cierta noche, cuando las selvas estaban en profundo silencio, oyeron resonar a lo lejos el ruido de una de las caídas del río que les pareció al día siguiente atronadora cascada, de doscientos pies de altura: como no era posible pasar por ninguno de esos puntos a la orilla opuesta, continuaron bajando todavía muchas leguas más hasta donde el cauce del río se estrecha tanto entre dos altísimas peñas, que de una orilla a otra apenas habrá veinte pasos de distancia. Todo aquel inmenso caudal de agua se recoge y comprime en uno como abismo, oscuro y profundo, donde las aguas, pasando en silencio, parece que hubieran perdido la rapidez de su movimiento, quedándose estancadas, temblando más bien que corriendo entre las peñas que forman sus orillas. Este punto les pareció a propósito para construir un puente, y luego, sin pérdida de tiempo, se pusieron a la obra: derribaron, no sin grande trabajo, el árbol más elevado que encontraron allí cerca, y lo tendieron, dejándolo caer de la una a la otra orilla; cortaron después otros iguales y, al cabo de setenta días de incesante fatiga, el puente quedó acabado: y por ahí principiaron a pasar guardando mucha cautela, pues, cuando lo estaban construyendo, un español, que desde el borde se acercó por curiosidad a mirar el fondo de las aguas, desvanecido, cayó dentro y se ahogó. Algunos indios, que desde el frente les habían querido estorbar el paso, al experimentar los terribles efectos de los arcabuces, huyeron despavoridos, llevando a sus aduares la noticia de los hombres barbados que habían asomado en las selvas.
Pocas jornadas después llegaron a una pequeña —288→ población asentada en campo raso, cuyo cacique les salió al encuentro y presentó en obsequio alguna comida, aunque poca; Gonzalo Pizarro le preguntó sobre el camino y los pueblos que había en aquella comarca, a lo cual, con astucia, respondió el cacique que, más adelante existían numerosas poblaciones con muy ricos señores: noticia dada adrede por el indio, para que los españoles saliesen de su pueblo. Gonzalo ordenó que el cacique fuese llevado con disimulación, y lo mismo dispuso que se hiciera con otros dos, a quienes tomaron de sorpresa en sus pueblos; pero los indios, cierto día, de repente, se arrojaron al río, y, aunque cada uno tenía una cadena al cuello, pasaron a nado a la otra orilla, sin que los españoles pudiesen impedírselo. Muchas leguas habían andado ya Gonzalo y sus compañeros sin encontrar señal alguna de población, cuando llegaron a una provincia, que en la lengua de los salvajes se llamaba Guema: repuestos allí algún tanto de sus fatigas, resolvieron continuar la marcha, pero iban ya tan desmedrados, que Pizarro juzgó necesario emprender en la construcción de un bergantín para seguir su viaje por el río. Pusiéronse, pues, todos a la obra, sirviéndoles de maestra la necesidad: cortaron árboles del bosque, fabricaron carbón y de las herraduras de los caballos muertos forjaron clavos con inexplicable sufrimiento, pues la abundancia de mosquitos era tanta que, para librarse siquiera un poco de sus molestas picaduras, mientras que unos, sentados en cuclillas atizaban la fragua, otros, parados delante, les aventaban la cara con el sombrero: de las mantas de los indios y de las camisas podridas de —289→ los españoles hicieron estopa, por brea emplearon la resina que destilaban en abundancia ciertos árboles, y, como todos trabajaban con grande afán, pronto el tosco y mal aparejado bergantín estuvo en estado de botarlo al agua. Cuando los compañeros de Gonzalo vieron balanceándose en las aguas del río su improvisada embarcación, no cabían de contento, creyendo haber redimido sus vidas de la muerte segura, que les amenazaba en medio de las soledades de los bosques del Ecuador. Cargaron en el bergantín todo lo más precioso que tenían, acomodaron en él a los enfermos y continuaron con nuevos bríos su viaje, observando orden y concierto, pues mientras los unos caminaban por la playa, el barquillo iba navegando a vista de ellos sin alejarse mucho de las orillas; y, cuando encontraban algún paso difícil y trabajoso, se embarcaban para trasladarse de una banda a otra en busca de mejor camino; aunque les era necesario gastar hasta dos y tres días yendo y volviendo, ocupados en trasportar los caballos y todas las demás cosas que llevaban.
Entre tanto, el número de muertos aumentaba cada día, pues habían perecido hasta entonces como dos mil indios y muchos españoles; la mayor parte de los restantes iban enfermos, los más estaban desnudos, todos descalzos y a pie, porque los pocos caballos, que les sobraban, más bien les servían de estorbo que de auxilio en las enmarañadas selvas, donde apenas podían caminar, abriéndose paso por entre malezas. Ya no les quedaba ni un solo cerdo, las ovejas de la tierra se habían acabado también; maíz no se encontraba, y la carne de los caballos que morían, servida —290→ sin sal, era potaje regalado, que los más robustos reservaban para los enfermos. Los perros, llevados para perseguir a los indios salvajes, se iban también acabando, pues, a falta de otro alimento, los hambrientos expedicionarios habían apelado a esa carne, la cual les hacía muy buen estómago en el hambre que los consumía. Desesperados, unos comían raíces, otros hacían hervir las suelas de los zapatos, las correas y los arzones de las sillas, para comérselos; y no faltaron también algunos que comieran sapos y otras sabandijas, tanta era su necesidad y tan extrema la falta de comida. Los indios de servicio buscaban con esmero algunas raíces suaves y recogían en el bosque frutitas silvestres, para obsequiar con ellas a sus amos. Por sin igual ventura tuvieron éstos encontrar en esas circunstancias una miserable población o cortijo de salvajes, cuyo cacique les hizo buen acogimiento: allí se regalaron comiendo maíz y pan de yuca, el cual les supo tan sabroso a su paladar que, según sus mismas expresiones, creían estar comiendo pan de Alcalá; y como les informasen los salvajes que el río Coca, por cuyas orillas iban caminando, desaguaba en otro más caudaloso que bañaba comarcas ricas, fértiles y pobladas, resolvieron que fuera allá el capitán Francisco de Orellana en el bergantín, para que reconociese la tierra, y, provisto de comida volviese sin tardanza, mientras Gonzalo, con los demás compañeros, los enfermos y los pocos indios de servicio que restaban todavía, quedaba aguardando en el mismo lugar68.
—291→Dejemos en este punto a Gonzalo Pizarro, esperando la vuelta de Orellana, y acompañemos a este capitán en su viaje, para ver cómo, siguiendo por el río Coca, llegó al Napo, descubrió el Amazonas y fue a salir al Océano Atlántico, desde donde, por inesperado rumbo, tornó a la corte de España.
El jefe de más confianza que tenía Gonzalo era Orellana, cuyas prendas de caballero y de soldado eran de todos bien conocidas: designole, pues, por capitán de una compañía de cincuenta hombres, escogidos entre los mejores, dándole cargo de ir a explorar la tierra y traer provisiones. Acomodaron en el bergantín toda la ropa de Gonzalo y de los demás compañeros, aseguraron también en él algunos instrumentos de hierro y cuantas esmeraldas y castellanos de oro tenían: hecho esto, Orellana emprendió su jornada con grande presteza, un lunes 26 de diciembre de 1541; y, como iban aguas abajo, caminaban con tanta velocidad, —292→ que, haciendo de navegación veinticinco leguas por día, a la cuarta jornada desembocaron en el caudaloso Napo. Habían andado hasta allí como cien leguas, viendo con admiración cómo el Coca engrosaba sucesivamente sus aguas con las del Quijos y el Cosanga.
Con Orellana se embarcaron también los dos religiosos, el mercenario y el P. Carvajal, dominico, el cual escribió el diario del viaje hasta Cubagua.
A los nueve días después de haberse despedido de Pizarro y sus compañeros, arribó Orellana a una población llamada Imara, perteneciente a cierta tribu de indios apellidados irimaraes: allí encontró abundancia de maíz, ají y pescado. Era, pues, llegada la ocasión de hacer acopio de provisiones para remitírselas a Gonzalo Pizarro, como se lo habían ordenado y Orellana lo había prometido: pero ya entonces un proyecto de codicia y de gloria había cruzado también por su imaginación, y, para ponerlo por obra, solamente era necesario discurrir motivos especiosos, con que cohonestarlo a los ojos de sus soldados. ¿Cómo volver ahora al real de Gonzalo? Navegando río arriba contra la corriente, decía Orellana que ni en un año, les sería posible llegar al punto donde habían dejado a sus compañeros; y que, cuando llegaran, ya no los encontrarían: por tanto, añadía, que en aquellas difíciles circunstancias convenía, ante todo, mirar por su propia conservación y poner en salvo sus vidas, navegando hacia el mar Atlántico, pues, por lo que respecto al gobernador Gonzalo Pizarro y sus compañeros, ya ellos habrían tomado algún camino para salir —293→ de la apurada situación en que los dejaron. La proposición de Orellana fue escuchada con agrado por casi todos sus compañeros, quienes se manifestaron resueltos a seguir el consejo de su capitán; sin embargo, un joven español, apellidado Sánchez de Vargas, la rechazó con indignación, esforzándose por hacer ver a su jefe lo ruin e infame de su procedimiento, contra el cual, dijo, que, por su parte, protestaba con toda energía. Indignado Orellana de escuchar esta noble protesta, que para él no podía menos de ser inesperada, mandó dejar abandonado en los bosques al caballeroso Sánchez, en pena de su noble firmeza y lealtad; y faltó poco para que hiciera lo mismo con el P. Carvajal, a quien maltrató groseramente de palabra, porque también se opuso al proyecto de abandonar a Gonzalo Pizarro y seguir adelante la navegación. Pudo más en el ánimo de Orellana la codicia que la lealtad, y, desoyendo los consejos de la honradez, atendió solamente a los reclamos de su ambición.
Hizo luego que sus mismos soldados lo eligiesen por su jefe y caudillo, a fin de emprender nuevos descubrimientos, por su cuenta, y no a nombre y por autoridad de Gonzalo. Del pueblo de Imara, pasaron al de Aparia, donde fueron obsequiados por el cacique; y, haciendo allí buena provisión de comida, tornaron a navegar por el Napo, hasta que, al cabo de varios días de navegación, el barquichuelo de Orellana flotaba en las aguas del portentoso Amazonas. Tendió su vista hacia todos lados el jefe castellano, y contempló, lleno de admiración, el azulado lienzo de las aguas confundiéndose, allá, en lontananza, con —294→ el límpido azul del firmamento, sin que ni a un lado, ni a otro, alcanzasen los ojos a distinguir orillas en el remoto horizonte: entonces comprendió toda la importancia de su descubrimiento y tuvo por realizados los proyectos de su ambición.
Con grande trabajo y padeciendo increíbles contratiempos, logró Orellana recorrer en casi seis meses todo el curso del Marañón, y salir al Océano Atlántico tomando puerto en la isla de Cubagua, donde permaneció solamente poco tiempo, mientras se disponía a pasar a España. Curiosa e interesante era la descripción que el afortunado aventurero hacía de su expedición: había recorrido distancias inmensas, visitado comarcas hasta entonces ignoradas, tomado noticia de países y naciones innumerables, de extrañas costumbres, lenguajes difíciles y usos desconocidos. Ponderaba la riqueza de aquellas provincias, acerca de las cuales contaba cosas maravillosas, como aquello del imperio de las Amazonas, que vivían en ciudades pobladas solamente por mujeres y gobernadas también por mujeres guerreras, las cuales peleaban, manejando con singular destreza el arco y la pica. No se cansaba de referir las armas que usaban, las flechas emponzoñadas, con que daban muerte infaliblemente; enumerando los peligros de que se había librado, las batallas que había reñido y los triunfos que había alcanzado.
Durante toda la cuaresma los aventureros hicieron alto en un pueblo, ocupados en fabricar un nuevo bergantín; y todos los días, por lo regular, oían el sermón que les predicaba el P. Fr. Gaspar de Carvajal, y el Domingo de Pascua confesaron —295→ y comulgaron todos; aunque ya en adelante no pudieron volver a oír misa, porque en una hambre extrema de muchos días se comieron la harina, que, para hacer hostias, llevaba el religioso. Para poder navegar en alta mar, tejieron jarcias de raíces de árboles y de bejucos, y de las mantas con que se abrigaban para dormir, hicieron velas: en semejante embarcación muchos días fueron juguete de las olas en el golfo de Paria, y, cuando, por fin, lograron abordar a la isla de Cubagua, y vieron en ella pisadas de caballos, se alegraron grandemente, conociendo, por semejante señal, que estaba habitada por cristianos; y su primera diligencia fue ir derecho a la iglesia, para tributar gracias a Dios, porque les había concedido llegar salvos hasta aquel punto.
Orellana. poseía prendas nada comunes. Era audaz, arrojado, concebía altos pensamientos, formaba planes grandiosos y se complacía en ponerlos por obra, arrollando cuantos obstáculos se le presentaban delante para ejecutarlos. Comprendía con admirable prontitud los idiomas difíciles de los salvajes, y en poco tiempo se hallaba en estado de darse a entender; habilidad de ingenio que le sirvió muy mucho en su viaje por el Marañón para contratar con las tribus salvajes. De imaginación exaltada, veía siempre en las cosas más de lo que realmente había en ellas, y acostumbraba describirlas, ponderándolas, para darles mayor importancia. Constante en llevar a cabo cuanta empresa acometía, gustaba de hazañas dificultosas, para darse el placer de realizarlas. Amigo de Gonzalo mientras no se le ofreció ocasión de señalarse por sí mismo en algún —296→ descubrimiento famoso, quebrantó los fueros de la amistad e hizo traición a la confianza de su jefe, cuando vio que se le abría el camino para satisfacer su propia ambición.
La Corte de España comprendió fácilmente la grande importancia de los descubrimientos que acababa de hacer Orellana, y celebró con éste una famosa capitulación, en la cual es digna de particular recomendación la severa moral que exigía el Soberano de España al jefe castellano en las relaciones de comercio y tráfico, que le permitía entablar con los indios. Orellana aprestó una armada para venir a establecer colonias y pacificar las tierras bañadas por las aguas del Amazonas; llegó a las playas del río, pero murió desgraciadamente, víctima de inesperados contratiempos, antes de ver realizados sus sueños de grandeza. Con su muerte quedó por entonces abandonada su empresa.
Conviene que digamos una palabra siquiera acerca del religioso dominico, que acompañó a Orellana en toda su expedición.
Fue el P. Fr. Gaspar de Carvajal natural de Extremadura en España, vino al Perú el año de 1533, y se hallaba en Lima, cuando pasó por aquella ciudad Gonzalo Pizarro, viniendo a Quito para el descubrimiento del país de la canela. El padre Carvajal acompañó a los expedicionarios y tuvo la suerte de ser el primer sacerdote católico que surcara las aguas del Amazonas. En las varias refriegas que Orellana y sus compañeros sostuvieron con los indios fue herido gravemente dos veces, una en la hijada y otra en la cabeza, y, a consecuencia de esta segunda herida, —297→ causada por una flecha arrojada al bergantín en que iban los españoles, perdió un ojo. En el año de 1544 lo volvemos a encontrar en el Perú, ocupado en fundar algunos conventos de su Orden: en 1557 fue elegido Provincial de su provincia de Frailes Predicadores del Perú y murió en Lima en el convento del Rosario, en edad muy avanzada, el año de 1584. La Crónica de su Orden hace notar que fue el primero, a quien se dio sepultura en la Sala capitular de aquel convento, según la costumbre de los religiosos de Santo Domingo. El P. Fr. Gaspar de Carvajal gozó entre los suyos la fama de varón sencillo, de ánimo constante, grande sufridor de adversidades y muy ejemplar en sus costumbres. Después tendremos ocasión de hablar de la parte que tomó este religioso en las discordias entre el primer Virrey del Perú y la Real Audiencia de Lima69.
Graves e inesperados acontecimientos se estaban verificando al mismo tiempo: en el Perú, mientras el ambicioso Gonzalo andaba perdida en los bosques de Oriente, en demanda de imperios, que no existían más que en su imaginación. El viejo Almagro había dejado en el Perú amigos fervorosos y decididos, los cuales buscaban ocasión oportuna para vengar su sangre; —298→ formaban conjuraciones y hablaban públicamente de la necesidad de asesinar a Francisco Pizarro, para mejorar de fortuna, exaltando a la gobernación del Perú al joven Almagro, hijo de su difunto caudillo. El marqués Gobernador tenía conocimiento de la conspiración, estaba instruido menudamente en todos los planes de los conjurados; pero no sé qué especie de ciega confianza le mantenía descuidado, sin que quisiera, a pesar de repetidos avisos, tomar precaución alguna. Había llegado a tal extremo la audacia de los partidarios de Almagro que, a las claras, se reunían en Lima, para preparar el asesinato del Marqués: todos hablaban del peligro; nadie ponía los medios de evitarlo, y un domingo, después de mediodía, los conjurados, acaudillados por Rada, atravesaron, a vista del público, la plaza de la ciudad, penetraron, sin obstáculo ninguno, en casa de Pizarro y lo asesinaron, sin que hubiera quien lo defendiese; pues amigos y allegados, todos huyeron en el momento del peligro. Así acabó su vida, a manos de sus enemigos, el conquistador del Perú: había derramado sangre inocente, y el puñal del asesino puso término a sus días, cuando principiaba recién a gozar de los frutos del imperio, que, con tantas fatigas y no pocos crímenes, había conquistado!!
A la muerte de Pizarro se siguieron espantosos trastornos en el Perú; y de un cabo al otro la guerra civil recorrió el país de los incas. Los partidarios de Almagro exaltaron a la gobernación de las colonias al hijo del Mariscal, joven animoso y de partes aventajadas, así para la guerra como para el gobierno, pero a cuyo nacimiento —299→ parecía como si hubiese presidido alguna funesta estrella, que permitía su encumbramiento a la fascinadora cima del poder, solamente para precipitarlo de más alto en el hondo abismo de la desgracia.
Por este mismo tiempo sucedió la muerte del tristemente célebre P. Fr. Vicente Valverde, y fue de esta manera. Hallábase el P. Valverde en el Cuzco cuando acaeció el asesinato de Pizarro y el sucesivo alzamiento del joven Almagro con el gobierno de todo el Perú. Era entonces el P. Valverde obispo del Cuzco, y, así que supo la noticia de la muerte de Pizarro, quiso pasar a Lima, deseoso, sin duda, de impedir los escándalos que las pasiones desapoderadas de los partidarios de Almagro estaban cometiendo en aquella ciudad; pero el Cabildo secular le hizo presente que no debía abandonar su sede episcopal en tan críticas circunstancias, y por entonces se detuvo. El P. Valverde sintió profundamente la muerte de Pizarro, con quien tenía deudo muy cercano; pesábale también mucho del escándalo dado en tierra tan nueva con la usurpación del gobierno de ella por medio de un asesinato; púsose, pues, a predicar con grande desenfado contra la facción que llamaban de los almagristas, lo cual le ocasionó graves disgustos. Por esto, temiendo la venganza de aquellos a quienes habían herido sus palabras, se salió del Cuzco para Arequipa, y de ahí pasó a Túmbez, resuelto a llegar a Quito, donde sabía que estaba ya Vaca de Castro, el nuevo gobernador del Perú. En efecto, emprendió su viaje y venía navegando por el río de Guayaquil, acompañado de un hermano —300→ suyo secular y de otros once individuos más de familia, cuando de repente la balsa en que estaban embarcados fue acometida por los indios de la Puná: los bogas, que eran también indígenas de la Puná, deshicieron la balsa, y de los viajeros unos murieron ahogados enmedio del golfo, y otros perecieron a flechazos y a lanzadas: uno de éstos fue el desventurado P. Valverde, cuyo cadáver tuvo por sepultura las aguas del Océano. ¿Será lícito reconocer en un fin tan desastrado alguna expiación providencial?
No hay, por cierto, en la historia del Perú fisonomía más indeterminada, que la de este religioso; pues, cuando queremos condenarlo como duro y hasta cruel, se nos presenta como amigo de los indios y depositario de su confianza; trabaja por salvar la vida del viejo Almagro, llamando con instancia a Pizarro, quien dilata adrede su llegada al Cuzco hasta recibir la noticia de la muerte de su antiguo compañero; el Inca Manco le aprecia y reverencia; el Rey le presenta para primer obispo del Cuzco y le confía el cargo de Protector de los indios; algunas comunicaciones oficiales de aquel tiempo hablan de él con elogio; en otras se le pinta como hombre dominado de pasiones violentas. Tuvo la desgracia de ocupar destinos muy elevados, sin poseer las virtudes necesarias para desempeñarlos como debía; así es que, en tiempos de calma y tranquilidad, acertó a gobernar bien su inmensa diócesis; pero en épocas de trastorno y en ocasiones imprevistas manifestó los defectos espontáneos de su carácter, poco manso e irascible. Los cronistas de la Orden de Predicadores, a la cual perteneció, le cuentan —301→ en el número de los mártires; pero la Iglesia católica no podrá reconocerlo como tal, mientras sus manos no estén limpias de la sangre de los indios sacrificados impunemente por los conquistadores en Cajamarca70.
Cuando el primer obispo del Cuzco fue asesinado por los indios de la Puná en el golfo de Guayaquil, las tribus indígenas de todo el litoral ecuatoriano estaban alzadas, haciendo la guerra a los primeros pobladores de las ciudades de Portoviejo y Guayaquil. Los de la Puná fueron conquistados y pacificados por Benalcázar, cuando —302→ este caudillo bajó a la costa el año de 1535, para hacer la primera fundación de Guayaquil; pero, seis años después, hubo un levantamiento general de todos los pueblos de la provincia del Guayas, capitaneados por los isleños de la Puná. La ciudad de Guayaquil fue sitiada por los indios, durante seis meses enteros, al cabo de los cuales logró el capitán Diego de Urbina salirse con todos los pobladores, trasladándose en veinte balsas a la provincia de Manabí. Como Urbina era teniente de gobernador en Portoviejo, colectó gente e invadió la isla de la Puná, haciendo a los indios la guerra a sangre y fuego, para aterrarlos y dejarlos escarmentados, a fin de que en adelante no intentaran nuevos alzamientos. Pacificada la isla, volvió Urbina a restablecer la ciudad de Guayaquil, disponiendo que regresaran los vecinos de ella, que andaban dispersos en la provincia de Manabí. Entonces fue cuando la ciudad se fundó definitivamente en la calzada llamada el paso de Huayna Capac, donde pocos años antes la había establecido por orden de Pizarro el capitán Francisco de Orellana.
Urbina continuó ejerciendo el cargo de teniente de gobernador en las ciudades de Portoviejo y de Guayaquil, por nombramiento de Vaca de Castro71.
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La noticia de las alteraciones de la colonia y de las sangrientas guerras civiles de los conquistadores del Perú había llegado a la Corte de España, y obligado al Emperador Carlos V a tomar serias medidas, a fin de asegurar el orden público y promover el adelantamiento y buen gobierno de estas lejanas comarcas. Entre muchos medios sugeridos por el Real Consejo de Indias, al cabo se adoptó el de mandar un comisionado regio, encargado de examinar escrupulosamente el estado y situación de la colonia e informar a su Majestad sobre lo que conviniera hacer para el bien y prosperidad de ella. Al efecto, fue elegido el licenciado Cristóbal Vaca de Castro, oidor de la Audiencia de Valladolid, a quien se le dieron las instrucciones convenientes para desempeñar con acierto el delicado cargo que se le confiaba. Diósele, además, muy oportunamente, el nombramiento de Gobernador del Perú, para el caso en que hubiese fallecido o falleciera el marqués D. Francisco Pizarro. Las circunstancias posteriores demostraron lo acertado de esta medida. Entre muchas otras disposiciones, cuyo cumplimiento se encargó a Vaca de Castro, había dos relativas a los asuntos eclesiásticos de estas provincias. La una era averiguar la conducta que observaban los clérigos y religiosos, que estaban residiendo aquí, para expulsar de América a los escandalosos o que no cumpliesen bien con los deberes de su elevado ministerio. La otra era respecto a la demarcación de los dos —304→ nuevos obispados, de Lima y de Quito, cuya erección se había pedido ya a la Santa Sede.
Vaca de Castro salió de la Península a principios de 1540, arribó al puerto de la Buenaventura, arrojado allí por una terrible tempestad que sufrió navegando de Panamá hacia el Perú, tomó por tierra el camino de Cali y pasó a Popayán, donde supo el asesinato de Francisco Pizarro; siguió su camino a Quito y en esta ciudad se hizo reconocer por gobernador del Perú. Hallábase entonces de teniente de gobernador de Quito por Gonzalo Pizarro, el capitán Pedro de Puelles, quien resignó su cargo en manos de Vaca de Castro.
El 26 de setiembre de 1541 presentó Vaca de Castro al Cabildo de Quito la provisión real, por la que se le nombraba gobernador del Perú, en caso de que sucediera la muerte del conquistador Francisco Pizarro.
El Cabildo le reconoció por Gobernador el mismo día: todos hicieron inmediatamente renuncia de los cargos que tenían por nombramiento de Gonzalo Pizarro, y luego fueron continuados en la posesión de ellos por el nuevo Gobernador72.
Gonzalo Pizarro había sido nombrado gobernador de Quito por su hermano, el conquistador, quien, para hacer ese nombramiento, carecía de —305→ autoridad competente; pues el Emperador le había permitido nombrar sucesor en el gobierno de todas las colonias; pero no, dividirlas, para formar gobiernos separados. Ninguna dificultad encontraron, pues, los miembros del Cabildo de Quito en reconocer a Vaca de Castro por Gobernador de todo el Perú y de Quito, a pesar del nombramiento hecho por Pizarro en la persona de su hermano Gonzalo. Todos estos acontecimientos tenían lugar en el Perú y en Quito, mientras Gonzalo Pizarro andaba ocupado en los bosques de Oriente en su malaventurada expedición.
Desde Quito mandó el nuevo Gobernador comisionados a Guayaquil, Puertoviejo, Trujillo, San Miguel y Lima avisando de su llegada, y dando órdenes de alistar soldados y aprestar armas y municiones: ni se descuidó de enviar un jefe con algunos pocos de a caballo en demanda de Gonzalo Pizarro, a quien llamaba en su ayuda. Mas el jefe se volvió del camino, asegurando que no había noticia alguna de Pizarro. Todo bien dispuesto y aparejado, salió de Quito Vaca de Castro, dejando por Teniente de Gobernador a Hernando Sarmiento. Escogió para ir a Lima el camino por tierra y, llegado a San Miguel, mandó volverse de ahí al adelantado Sebastián de Benalcázar, de cuya fidelidad había concebido injustas sospechas.
Benalcázar había regresado de España poco tiempo antes que llegara al Perú Vaca de Castro; pues, en alcanzando el objeto de sus pretensiones en la Corte, Benalcázar tornó inmediatamente a Popayán, para disfrutar de la gobernación —306→ independiente, que, con el título de Adelantado, le había sido concedida. En el año de 1541 era ya adelantado y gobernador de Popayán, con absoluta independencia de los gobernadores del Perú73.
Por su parte tampoco el joven Almagro se había descuidado en prepararse para sostener por medio de las armas la usurpada gobernación, en caso de que no tuviesen buen éxito las negociaciones de paz, que había entablado, aunque algo tibiamente, con Vaca de Castro. Cuando el nuevo Gobernador debía poner empeño en evitar a toda costa la guerra civil, empezaron a hacerse preparativos para ella en todas las provincias del Norte, por donde iba pasando; así es que, con semejante conducta, ninguna confianza podía inspirar a los del bando opuesto, para provocarlos a un amistoso avenimiento. Vaca de Castro se manifestaba con sus actos más decidido a castigar a los asesinos de Pizarro, que a celebrar con ellos tratados de paz. La infortunada tierra de los incas debía ser purificada por largos años con el fuego de la guerra civil, para que fuesen expiados los crímenes de sus conquistadores.
Los dos ejércitos, el de los almagristas y el de Vaca de Castro se dispusieron, pues, a combatir —307→ y, al efecto, se avistaron en las llanuras de Chupas: el encuentro fue sangriento y la fortuna adversa al hijo de Almagro.- Vaca de Castro entró triunfante en el Cuzco, y, pocos días después, la cabeza del infeliz Almagro rodó al golpe del hacha del verdugo en el mismo punto, donde poco tiempo antes había sido decapitado su padre. Así, los triunfos de los conquistadores del Perú acababan en el cadalso.
Digamos ahora, pues ya es tiempo, cómo se verificó la vuelta de Gonzalo Pizarro a Quito, desde el punto en que fue abandonado por Orellana.
Larga fue la permanencia de Gonzalo en aquel lugar, esperando la vuelta del bergantín provisto de víveres; pero, pasaban días tras días, y Orellana no volvía, ni había acerca de él noticia alguna; por lo cual, después de dos meses de inútil esperar, Gonzalo resolvió seguir adelante, animando a su desmayada tropa. Los escasos alimentos encontrados hasta entonces apenas les bastaban para conservar penosamente la vida, y aun esos estaban ya agotados.
Por dos ocasiones mandó Gonzalo exploradores, para que averiguasen por el paradero de Orellana y buscasen comida, pues de hambre se encontraban ya casi a punto de perecer. El primero de los comisionados volvió, sin haber encontrado huella alguna de Orellana; el segundo, que partió poco después, conoció por los desmontes —308→ que aquel capitán con sus compañeros había seguido aguas abajo; pero fue más feliz en su comisión, porque encontró extensos yucales abandonados, se proveyó abundantemente de comida y volvió a dar a Gonzalo noticia del hallazgo que acababa de hacer. Animados con la esperanza de remediar la penosa necesidad que padecían, acudieron todos al punto indicado, donde encontraron las grandes sementeras de yuca. Habían sido éstas plantadas por los salvajes, quienes las dejaron abandonadas, viéndose perseguidos por sus enemigos en esas guerras incesantes de unas tribus con otras. Tal era el hambre de los españoles, que muchos se comían las yucas sin limpiarlas bien de la tierra y a medio cocinar; lo cual les ocasionó monstruosas hinchazones de todo el cuerpo, poniéndolos en tal estado que no podían sostenerse en pie. Lo que más les atormentaba era la falta de sal, pues hacía meses que no la probaban.
Nuevos y más terribles trabajos se vieron obligados a padecer Gonzalo y sus compañeros mientras bajaban por las selvas de las márgenes del Napo; y su admiración subió de punto, cuando un día se les presentó el buen Sánchez de Vargas y les refirió cuanto había pasado con el capitán Francisco de Orellana. Estaban en la embocadura del Coca con el Napo, a cuatrocientas leguas de distancia de Quito; no hallaban ese imperio opulento en que habían soñado, y, en vez de las ciudades populosas, que su fantasía caballeresca les representara en ese país todavía desconocido tras la cordillera de los Andes, no encontraban más que miserables cabañas de salvajes, —309→ dispersas acá y allá, entre bosques interminables y enmarañadas selvas; el bergantín, con tanto trabajo fabricado, y en el cual habían puesto toda su esperanza, había desaparecido; donde creían encontrar aparejados alimentos suficientes, con que reparar sus debilitados cuerpos, no hallaban cosa alguna, y hasta la idea de la gloria, que se habían adquirido en el descubrimiento y exploración de esas misteriosas comarcas de Levante, se había convertido en motivo de amargo despecho. Orellana, el capitán de toda la confianza de Gonzalo, le había hecho traición, y, sin duda, pretendía adelantarse, para arrebatar a su jefe la honra del descubrimiento. Las intenciones de Orellana, puestas de manifiesto en su conducta con el noble joven Sánchez de Vargas, lastimaron el ánimo de Gonzalo, desprevenido para una tan inesperada traición, y allí se amontonaron de súbito en su imaginación la honra arrebatada villanamente por un subalterno, ¡y los trabajos sufridos tan sin fruto hasta entonces! Volver a Quito era muy difícil, por la larga distancia y los fragosos caminos; continuar adelante era imposible. Estaban viendo las aguas del anchuroso Napo, esas aguas corrían hacia el mar del Norte bañando regiones inmensas, donde, sin duda, habitaban pueblos innumerables; ¿cómo conquistarlos? Los medios para conservar la vida les faltaban, y no era tiempo para pensar en conquistas; resolvieron, pues, emprender la vuelta a Quito, escogiendo el camino que quedaba al Setentrión, por parecerles menos fragoso.
Pusieron a los enfermos en los pocos caballos, que todavía les restaban, asegurándolos con —310→ correas, para que no se cayesen: tan extrema era su debilidad. Y en servir a los enfermos y cuidar de todos se señalaba el caudillo, granjeándose el amor y cariño de sus compañeros.
Mas tantos habían sido los contratiempos padecidos por los cuitados aventureros, que sus ánimos estaban agriados, y faltos ya de paciencia cada paso que daba la caballería les arrancaba a los enfermos ayes dolorosos, los cuales, en vez de enternecer a los sanos y moverlos a compasión, les fastidiaban y, airados, reñían a los miserables, diciéndoles que más eran bellacos que enfermos.
Cada ciertos días sangraban de las piernas a los caballos, para dar con la sangre hervida algún poco de alimento nutritivo a los enfermos; mientras los otros se sustentaban de raíces de la tierra, de yerbas y de hojas de los árboles, maldiciendo de sí mismos y de la hora en que habían salido de Quito para una tan malhadada expedición.
Cuantos hayan sido los trabajos que Gonzalo y sus compañeros hubieron de padecer en su vuelta a Quito, no es posible ponderar. Faltos enteramente de alimento, débiles de fuerzas, rendidos de fatiga, iban volviendo por aquellos montes, hundiéndose en ciénagas y pantanos, vadeando los torrentes que bajaban hinchados de las montañas, dejando en todo el camino señalada la huella de su marcha por los sepulcros de sus compañeros, los cuales quedaban, para siempre, durmiendo el sueño de la muerte en la soledad. Abrióseles el corazón cuando, alzando un día los ojos, vieron a lo lejos en los remotos confines del —311→ horizonte las nevadas cumbres de los Andes, que se confundían con las nubes del cielo; aquella era señal de que se acercaban a tierras pobladas de españoles. Cuando al cabo de varios meses de caminar por montes y riscos fragosos, lograron llegar a la tierra de Quito, postrándose de hinojos, la besaron, llorando de consuelo. Mas ¡cuán otros asomaban entonces de cuando se fueron! La ropa, pudriéndoseles con la humedad, se les caía a pedazos, o se les iba en girones, arrancada por las espinas y malezas de los bosques; así es que, al cabo, se quedaron enteramente desnudos, viéndose obligados, para cubrir sus vergüenzas, a colgarse por delante unas hojas de árboles hilvanadas a manera de delantal. Cuando estuvieron cerca de la cordillera, con sus arcabuces mataron uno que otro venado, y de sus pieles se hicieron unos como calzoncillos o bragas para taparse honestamente. Como una tercera parte de ellos había perecido, de los indios que les acompañaban casi no había quedado ninguno; volvían, solos y pobres. Por medio de algunos indios que se prestaron a servirles de mensajeros, dieron aviso a la ciudad de su llegada, comunicando a sus vecinos la triste situación en que se hallaban. Quito estaba entonces tan escaso de recursos que, a pesar de la buena voluntad de sus moradores y de las diligencias que hicieron para favorecer a Gonzalo Pizarro y sus compañeros, apenas se pudieron completar seis mudas de ropa, y unos pocos caballos. Unos daban un jubón, otros unos zapatos y así otras prendas, pues con motivo de las guerras civiles del Perú, había quedado Quito muy desmantelado, porque, al pasar —312→ por la ciudad Vaca de Castro, se llevó cuantos caballos y recursos pudo reclutar para hacer la guerra a los de Almagro. Los pocos socorros que pudieron juntarse en Quito para Gonzalo y sus compañeros se los mandó el Cabildo a nombre de la ciudad con doce vecinos, a quienes encargó que se los llevasen al camino. Gonzalo dio en esta ocasión una prueba de notable magnanimidad, pues, viendo que no había vestidos para todos no quiso aceptar el que le presentaron para él, ni montar a caballo, determinando entrar en la ciudad como había venido. Los demás oficiales siguieron el ejemplo de su capitán, y todos llegaron a Quito y entraron por las calles de la ciudad, dirigiéndose derechamente a la iglesia, para oír misa y dar gracias a Dios. En unos causaba risa y en otros lástima verlos desnudos, con unos como calzoncillos de pieles de venado, con que cubrían por delante y por detrás sus cuerpos negros, flacos, desmedrados; los cabellos y barba crecidos, cubierto todo el cuerpo de llagas y cicatrices de lastimaduras causadas por las malezas de los bosques, con unas abarcas en los pies, las espadas enmohecidas al hombro, porque hasta las vainas se les habían destruido, y apoyados en toscos bastones, para sostener el cuerpo, que, de puro débil, apenas podía tenerse en pie. Era una mañana de los primeros días del mes de junio de 1543 cuando entraron en Quito, más de dos años después de su salida de la ciudad; y de los trescientos expedicionarios que fueron con Gonzalo, volvían sólo ochenta, pues habían perecido como doscientos. Allí fue el alegrarse de los unos, el preguntar de los otros, el llorar de aquellos, porque —313→ éstos no veían a sus deudos, esos se consolaban, esperando que Orellana y sus compañeros saldrían vivos al mar y volverían algún día, y los otros abrazaban vivos a los que habían tenido por muertos. No pasaremos en silencio una circunstancia, digna de llamar la atención, y fue que los comisionados de la ciudad, así que Gonzalo Pizarro se resistió a admitir los vestidos que le llevaban y a montar a caballo, se desnudaron también ellos y, a su manera, procuraron ponerse en el mismo traje y aspecto con que se hallaban los expedicionarios, y acompañando a éstos entraron en la ciudad; mas en una cosa no podían asemejárseles y era en el hambre con que aquellos venían. Se les salía el alma viendo la comida, pero tenían que ir comiendo poco a poco, con tasa y medida, porque a muchos de ellos el alimento sustancioso les iba quitando la vida: pues sus estómagos, acostumbrados por largo tiempo a extrañas comidas, por lo regular crudas y sin sal, rechazaban todo manjar sazonado, y así les era necesario tino en abstenerse de la comida, para no perder la vida ahitados, los que habían corrido peligro de perecer de hambre y necesidad.
Grandes sinsabores, no esperados sufrimientos se reservaban para Gonzalo a su llegada a Quito, pues una de las primeras noticias que se le dieron, tan luego como entró en la ciudad, fue la de la muerte de su hermano Francisco, asesinado en Lima por los partidarios de Almagro. Se le refirió cómo, a consecuencia de aquella muerte, se había cambiado notablemente el estado de las cosas del gobierno en todo el Perú: el hijo del Mariscal andaba lozaneando con sus partidarios —314→ en las provincias del Sur; para reprimirle y castigar su rebelión, Vaca de Castro estaba poniendo toda diligencia en equipar un buen ejército; su hermano Hernando se hallaba preso en España por orden del Emperador, y, por fin, el comisionado regio había sido reconocido por Gobernador de todas estas provincias, con lo cual Gonzalo había perdido todo mando y autoridad en ellas. Tantos y tan súbitos cambios de fortuna se habían verificado en el corto espacio de dos años y algunos meses.
Gonzalo escribió desde Quito a Vaca de Castro pidiéndole permiso para ir a servir al Rey en el ejército que marchaba contra Almagro. El Gobernador recibió esta carta en Jauja y, ya entonces mejor aconsejado, contestó a Gonzalo Pizarro agradeciéndole por sus buenos ofrecimientos, pero negándole discretamente el permiso que solicitaba, pues no podía menos de conocer Vaca de Castro cuán inoportuna sería la presencia de un hombre como Pizarro en el ejército real, para un avenimiento de paz con los contrarios. Disgustó a Gonzalo Pizarro la prudente negativa del Gobernador y, pocos días después de haberla recibido, salió de Quito tomando la vuelta de Lima, quejándose públicamente en todas partes de los agravios que había recibido y de la injusticia que se le había hecho en quitarle la gobernación de los reinos del Perú, la cual decía que a nadie con mejor derecho que a él pertenecía. Hombres sediciosos y mal acondicionados, para quienes las revueltas y trastornos son ocasión de medrar, aconsejaban al incauto Gonzalo que se resolviera a tomar las riendas del gobierno, y aun trataban de —315→ asesinar a Vaca de Castro como el medio más expedito para poner por obra su dañado intento. De todo fue instruido el Gobernador y, con sagacidad, hizo ir al Cuzco, donde entonces se hallaba, a Gonzalo Pizarro, y con maña le obligó a retirarse a los Charcas, de donde era vecino.
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Las nuevas ordenanzas.- Establecimiento del Virreinato del Perú.- Llegada del primer Virrey.- Perturbación de la paz pública.- Alzamiento de Gonzalo Pizarro.- Guerra entre el Virrey y Gonzalo.- Blasco Núñez Vela viene a Quito.- Se retira a Popayán.- Le persigue Gonzalo Pizarro.- Francisco de Carvajal.- Vuelve a Quito el Virrey.- Batalla de Iñaquito.- Muerte del Virrey.- Su carácter.- Triunfo de Gonzalo Pizarro.- Su conducta y sus proyectos.
Grandes y notables cambios iban a verificarse muy pronto en el Perú. Carlos V se había movido, por fin, a prestar atención a las incesantes reclamaciones, que, en favor de los desvalidos indios, le habían elevado varios prelados, algunos religiosos y principalmente el infatigable P. Fr. Bartolomé de Las Casas. Recordó el Emperador que tenía un Juez, a quien dar cuenta estrecha de su vida, y púsose a reflexionar sobre las medidas que convendría adoptar para el buen gobierno de las colonias americanas, de donde hasta entonces, al parecer, sólo se había pensado en sacar tesoros. El Consejo de Indias, después de largas deliberaciones, dictó varias Ordenanzas, para cortar abusos, remediar graves males y poner término a los excesos causados por el desgobierno en las colonias. Acordose también, —318→ como una de las más eficaces medidas, la erección de un virreinato en el Perú y la fundación de una Audiencia real en la ciudad de Lima.
Las nuevas ordenanzas, bien examinadas, honran altamente al Gobierno español, pues manifiestan cuán sincero deseo de hacer el bien y administrar justicia animaba al monarca; pero, por desgracia, las circunstancias eran muy adversas, para que tan justas leyes pudiesen tener debido cumplimiento. Se hacía la más completa justicia a los desgraciados indios; se reconocían y respetaban todos sus derechos y el Soberano mandaba considerarlos como vasallos libres, y no como esclavos; pero aquello era querer arrancar tímidas ovejas de las fauces de lobos hambrientos. Así es que, tan luego como en el Perú se tuvo conocimiento de las nuevas ordenanzas, hubo grande agitación y trastornos.
Bueno será que digamos cuales de las nuevas ordenanzas disgustaban más a los colonos. Cuando se descubría y conquistaba una tierra nueva, el conquistador, con autoridad del Rey, la repartía entre los soldados, señalando a cada uno muchas veces provincias enteras en encomienda, pues encomiendas llamaban entonces los repartimientos, que de la tierra conquistada se hacían a los soldados o conquistadores. El encomendero no adquiría derecho de propiedad sobre el territorio, sino más bien cierto derecho de dominio o de señorío sobre los indios, que moraban en la provincia o comarca, que se le asignaba en encomienda. Así el valor de las encomiendas se apreciaba por el número de indios encomendados; los cuales tenían obligación de tributar a su encomendero —319→ cierta tasa o gabela que se les imponía, según la calidad y condiciones de cada tierra. Por donde se ve que el encomendero podía estar en la ciudad holgadamente, percibiendo la renta, con que pechaban los indios de su encomienda: después de su muerte la encomienda pasaba en herencia a los hijos y nietos del conquistador.
Las nuevas ordenanzas disponían, pues, que a la muerte del primer encomendero los indios no pasasen en herencia a sus descendientes, sino que fuesen puestos en la Corona, y que sólo al Rey pagasen tributo.
A todos los que hubiesen tenido parte en las contiendas entre Almagro y Pizarro se les condenaba a perder la encomienda que estuviesen poseyendo.
A ningún indio podía sujetárselo a trabajos forzados, ni mandarlo al laboreo de minas, ni obligarlo a trasportar cargas a las espaldas, ni exigirle trabajo ninguno, sin su correspondiente retribución o salario.
Finalmente ni los monasterios, ni los magistrados, ni los oficiales públicos podían tener repartimientos de indios en encomienda.
Éstas eran las disposiciones de las nuevas ordenanzas, que causaron tantas perturbaciones y trastornos en el Perú. Años habían vivido los conquistadores sin tribunales ni leyes; el establecimiento de una Real Audiencia pondría término a la vida pacífica, que hasta entonces habían llevado, en envidiable libertad e independencia: quitados los repartimientos de indios, tornarían a la pobreza y estrechez no sólo ellos, sino hasta sus esposas y sus hijos; ¿y quién en —320→ todo el Perú estaba exento de culpa en las alteraciones y guerras de Almagro y de Pizarro?... Desatábanse, pues, los conquistadores en improperios e injurias contra Fr. Bartolomé de Las Casas, principal autor de las nuevas leyes; se quejaban del Emperador que los precipitaba en la miseria, ya viejos y achacosos, cuando en servir a su Majestad habían perdido vigor y fuerzas, que ahora echaban de menos para trabajar. Unos pedían, pues, que se suplicase al Emperador la suspensión de las nuevas ordenanzas y que, entre tanto, el Virrey no las promulgase en el Perú: ahí tenían el ejemplo de Méjico, donde las ordenanzas no se habían hecho ejecutar contra la voluntad de los conquistadores: otros pretendían poner, por medio de las armas y la violencia, a la Corte en la necesidad de concederles por la fuerza cuanto, tal vez, les negaría a sumisas representaciones. Este partido acaudillaba Gonzalo Pizarro74.
—321→
Carlos V había nombrado por virrey del Perú a Blasco Núñez Vela, caballero de Ávila, quien debía venir a promulgar y hacer cumplir las nuevas ordenanzas; mas la elección, según lo manifestaron después los acontecimientos, no fue muy acertada: Núñez Vela no pudo, a pesar de sus buenas intenciones, desempeñar tan difícil cargo. De carácter severo e inflexible, honrado y leal, austero en sus costumbres, nada estimaba tanto como el exacto cumplimiento de sus deberes.
Firme en cumplir la palabra dada al Emperador, de hacer ejecutar las ordenanzas, tan luego como llegó en Panamá, mandó volver al Perú trescientos indios, quitándolos a sus dueños, que —322→ los habían llevado allá, para ocuparlos en el servicio y trabajo de sus haciendas. No fueron parte para hacerle desistir de su propósito ni las más poderosas reflexiones, ni la repugnancia que a volver manifestaban los mismos indios: los hizo embarcar a todos en un solo navío, y, por la falta de comida y por los trabajos padecidos en la navegación, murieron muchos, y los más, al llegar al Perú, débiles y enfermos, perecieron en las costas, donde fueron abandonados. Tan funesta les fue a los miserables la indiscreta solicitud del Virrey en cumplir las ordenanzas, dictadas para favorecerles.
De Panamá se hizo a la vela para el Perú, desembarcó en Túmbez y prefirió ir por tierra a Lima, donde fue recibido con demostraciones de regocijo. Cuando llegó el día señalado para promulgar —323→ las nuevas ordenanzas, se levantó en todas partes gran alboroto; hubo quejas y se elevaron al Virrey numerosas peticiones suplicándole que suspendiera la ejecución de las temidas ordenanzas, mientras los colonos hacían al Rey una representación para que las derogase completamente, o, por lo menos, para que siquiera las modificase en ciertas partes demasiado rigurosas. Terco en su resolución, Blasco Núñez, sin impedir a los colonos la representación que proponían hacer al Rey, manifestaba que no cedería un punto de lo que se había determinado, y que las ordenanzas serían promulgadas y ejecutadas con el debido rigor. Grande era, con este motivo, la inquietud, sorda la agitación que principiaba a sentirse hasta en los puntos más remotos del recién erigido virreinato: los prudentes aconsejaban —324→ medidas discretas y honrosas; los inquietos, y sobre todo los culpados en las últimas perturbaciones civiles, querían a toda costa la suspensión de las ordenanzas, y los ambiciosos, vislumbrando en futuros trastornos la ocasión favorable de hacer fortuna, buscaban solamente el caudillo, a cuya voz pudiesen tomar las armas, para volver a la aventurera vida de los conquistadores. Gonzalo Pizarro, retirado en los Charcas, vivía mal avenido con las ocupaciones pacíficas de un simple colono; pues, para quien como él podía manejar gallardamente la lanza en empresas guerreras, no estaba bien gobernar la azada en humildes tareas rústicas. Acudió, pues, al Cuzco a tomar parte en la agitación común, se presentó en la ciudad y, por la fuerza, hizo que el Cabildo de ella le nombrase Justicia mayor y Procurador general de todas las ciudades del Perú, encargado de solicitar ante su Majestad la suspensión de las nuevas leyes; juntó después numeroso ejército y, reconociéndose fuerte marchó para Lima.
Mientras Gonzalo hacía armas en el Cuzco para venir sobre Lima, en esa ciudad todo era —325→ desorden y confusión: el Virrey, sospechando de Vaca de Castro, su antecesor en el gobierno, mandaba ponerlo preso; en un momento de mal reprimida cólera asesinaba, con sus propias manos, al honrado Illán Suárez de Carvajal: la Real Audiencia se rebelaba contra el Virrey, y, usurpando el mando supremo, lo reducía a prisión, para hacerlo volver, destituido, a Castilla: unos proclamaban el restablecimiento de Vaca de Castro en el gobierno; otros pedían el mando para la Audiencia; el licenciado Cepeda lo reclamaba para sí, alegando ser el primero de los Oidores; y los más invocaban el nombre de Gonzalo Pizarro, porque este caudillo se hallaba ya a las puertas de Lima, y su Maese de Campo, el feroz Carvajal, tenía difundido el pánico entre todos sus moradores, por haber ahorcado a algunos caballeros honrados, que se habían manifestado opuestos a la rebelión de Pizarro.
Cuando los Oidores determinaron apoderarse de la persona del Virrey, para ponerlo preso y remitirlo después a España, el pueblo de Lima se alarmó, hubo mucho alboroto y a las gradas del atrio de la Catedral, donde estaban los Oidores, acudió gran tropel de gente, curiosa de ver en qué paraba acontecimiento tan inesperado. Los Oidores mandaron llamar al Virrey, por medio de Fr. Gaspar de Carvajal; autorizaron al capitán Robles para que lo prendiese y diéronle por prisión la casa del oidor Cepeda, donde aquel religioso le advirtió que preparase su alma, arreglando su conciencia, pues era prudente desconfiar de la vida, hallándose tan revueltas y trastornadas las cosas; y del mismo padre se valió después —326→ Blasco Núñez para que fuese con su anillo e hiciese entregar la armada, que estaba en el Callao, y poner en libertad a los hijos del marqués don Francisco Pizarro, a quienes el mismo Virrey había mandado tomar como en rehenes y custodiar a bordo. El padre cumplió su encargo, pero la suerte del Virrey no por eso mejoró de condición.
El oidor Cepeda había resuelto la prisión del Virrey, porque esperaba apoderarse del mando y gobernar en nombre de la Audiencia; empero el ambicioso Oidor no conocía el carácter de Gonzalo Pizarro. El desgraciado Blasco Núñez Vela fue deportado a una isla desierta, distante una legua de la costa, y allí se le conservó con buena custodia hasta que los mismos Oidores determinaron remitirlo a España, dando a uno de ellos, el licenciado Álvarez, la comisión de conducirlo preso a la Corte. Álvarez admitió el cargo y haciéndose a la vela con rumbo para Panamá, cuando ya se habían alejado algún tanto de la costa, se presentó al Virrey, le pidió perdón por los desacatos cometidos contra su persona, anunciándole que estaba en libertad, y, que, por lo mismo, podía hacer lo que le pareciera. Luego que contra toda esperanza se vio en libertad, mandó el Virrey desembarcar en Túmbez, donde procuró allegar alguna gente de los leales, que conservaban todavía algún celo del bien general.
Entre tanto, en Lima el desorden y confusión iban creciendo por instantes. Cuando fue preso el Virrey, no se hallaba en la ciudad don Alonso de Montemayor, porque con algunos soldados de a caballo había salido en persecución de los sobrinos de Illán Suárez de Carvajal, quienes —327→ se habían puesto en camino para ir al encuentro de Gonzalo Pizarro y darle aviso oportuno de los despachos y cartas del Virrey, que, para algunos de los principales jefes de su ejército, llevaba ocultamente el clérigo Loaysa. No sé qué suerte funesta perseguía a los amigos del Virrey. Loaysa fue sorprendido en el camino, y por poco no lo manda ahorcar Gonzalo Pizarro: se descubrieron los tratos dobles en que andaban metidos Gaspar Rodríguez y otros capitanes, a quien es Pizarro mandó dar garrote ocultamente, haciéndoles pagar con su vida el delito de haber pensado ser fieles a su Rey. Montemayor no pudo dar alcance a los tránsfugas de Lima y hubo de volver a la ciudad, cuando estaba ya preso el Virrey. Como soldado leal y caballero noble, resolvió salvarlo, pero fue descubierta la conjuración tramada para asesinar al oidor Cepeda, que era el medio excogitado para restablecer el orden. Montemayor con otros caballeros, fue, pues, desterrado, y a un soldado Barrio nuevo se le condenó a perder la mano derecha, bárbara sentencia, que, al punto, fue ejecutada.
Como el pretexto alegado por Gonzalo Pizarro para reunir ejército y marchar en son de guerra a Lima, era la terquedad con que el Virrey se negaba a suspender la ejecución de las nuevas ordenanzas, creyeron los Oidores que, desterrado el Virrey, ya no tendría Pizarro obstáculo alguno para deshacer su tropa, y así se lo mandaron a requerir en los términos más sumisos. Empero, Gonzalo Pizarro se burló de notificaciones y requerimientos y se acercó a la ciudad con su ejército bien armado. Francisco de Carvajal se adelantó —328→ a Lima, y, a vista de los Oidores, sin hacer ningún caso de la autoridad de ellos, prendió a algunos caballeros del Cuzco, que habían venido a la ciudad huyendo de Pizarro, ahorcó a dos de ellos, y habría dado muerte a todos, si no hubieran los otros salvado sus vidas, redimiéndolas a precio de oro. Con tales escarmientos nadie tuvo ya valor para resistir a Carvajal, que pedía que, sin pérdida de tiempo, fuese Gonzalo Pizarro nombrado gobernador del Perú.
Para salvar, pues, la ciudad de las violencias de Pizarro, el Ayuntamiento de Lima lo nombró Gobernador absoluto de todo el Perú; y entre matanzas y diversiones se celebró la inauguración del nuevo Gobernador. Había entonces profunda inmoralidad en todos los hombres públicos, y casi no podía encontrarse con seguridad ni un solo vecino honrado: la mala fe, la traición, la infamia habían transformado el desgraciado imperio de los incas en una mansión inhabitable.
Grande divergencia de opiniones había entre los capitanes que rodeaban al Virrey sobre las medidas que se debían tomar para hacer la guerra a Pizarro; unos aconsejaban la ida a Panamá, para reunir allá fuerzas competentes y no perder el dominio del mar; otros juzgaban más acertado marchar al Cuzco, donde podrían tener recursos abundantes para sostener la guerra; y algunos estaban por la retirada a Quito, país donde no había prendido todavía la llama de la rebelión. Prevaleció este último partido; y el —329→ Virrey se puso en camino la vuelta de Quito. Cuando llegó a esta ciudad, saliole a recibir el clero, y fue introducido bajo de palio en procesión: el Cabildo de la ciudad le tomó juramento de que respetaría los fueros y libertades de ella, y él juró que los respetaría, guardando lo que por su Majestad se le había mandado. Derramáronse espías por todas las provincias del Sur y de la costa, para observar lo que hacía Pizarro. En Quito estaban ya apercibidos para ayudar al Virrey, pues, cuando recibieron en el Cabildo las cartas de éste traídas por Hernando Sarmiento, los Alcaldes y Regidores ofrecieron ser fieles al Rey y servirle con sus vidas y haciendas.
Desde Quito mandó Blasco Núñez Vela anuncios y provisiones a todas las ciudades del Perú, para que acudiesen con armas, soldados y dinero en servicio de su Majestad; el primero que llegó fue Francisco Hernández Girón, vecino de Pasto, hombre valiente, y que después se hizo famoso por su levantamiento e insurrección contra el Gobierno. Llamó también en su ayuda al adelantado Sebastián de Benalcázar, que estaba en su gobernación de Popayán, y a Juan de Cabrera, a quien el Adelantado tenía ocupado en el descubrimiento y conquista de algunas tribus de indios bárbaros. Benalcázar hizo pregonar en todos los pueblos de su jurisdicción, que concedía permiso de ir a servir al virrey del Perú a todos cuantos quisiesen hacerlo.
Incierto se hallaba Blasco Núñez Vela y dudoso acerca del partido que debía tomar para principiar la campaña contra Pizarro, cuando llegaron a Quito Íñigo Cardo, Pedro Bello y otros —330→ seis soldados que venían desde Lima huidos del ejército de aquél. Los vecinos de Quito no manifestaban ya al Virrey la misma afición que al principio, pues el temor de ver ejecutadas las nuevas ordenanzas le enajenaba las voluntades, y de los descontentos y temerosos se engrosaban las filas del enemigo, porque el interés y provecho individual aconsejaban no robustecer la autoridad de quien había venido a despojar de riquezas y haciendas a tanta costa adquiridas. Con Pizarro creían asegurados su provecho e interés; con el Virrey se veían amenazados de miseria ellos, sus mujeres y sus hijos: los síntomas del descontento, precursores de la rebelión, comenzaron, pues, a sentirse en Quito bien pronto. Los que acababan de llegar del Perú decían que el malestar de todos los pueblos era grande, que el poder y la dominación de Pizarro, apenas experimentados, se habían hecho intolerables, y que así, a la voz del Virrey, no habría quien no acudiese a hacer armas contra los rebeldes. Creyó Blasco Núñez estas noticias y se apresuró a salir de Quito, con el pequeño ejército que había juntado, resuelto a no parar hasta Piura. Los vecinos de Quito contribuyeron con cincuenta mil pesos para la guerra, además de los muchos obsequios que hicieron a los soldados. El cuatro de marzo de mil quinientos cuarenta y cinco salió el virrey de Quito, llevando por Maestre de campo de su ejército, que no pasaba de unos doscientos hombres, a Rodrigo de Ocampo, de cuya lealtad no estaba muy seguro. En Riobamba se encontró el Virrey con Vela Núñez, su hermano, que le estaba aguardando allí con algunos pocos soldados, —331→ y juntos siguieron hasta Tomebamba, último lugar poblado de españoles, que había entonces por el Sur en todo el territorio de Quito. Con grandes trabajos, por ser tiempo de invierno, recorrieron la provincia que hoy decimos de Loja, y en más de ocho días llegaron a Ayavaca, donde hicieron alto, para tomar lengua del punto donde se hallaban los contrarios.
Cuando todavía estaba el virrey en Quito, le dieron aviso que tres capitanes del bando de Pizarro habían salido al encuentro del capitán Pereyra, a quien habían muerto y tomado toda la gente que traía de los Bracamoros, adonde, desde San Miguel de Piura lo había mandado el mismo Virrey, para que le trajese gente de allá. Estos dos capitanes se le había asegurado que podían ser vencidos fácilmente, tomándolos de sorpresa. Llegados, pues, a Ayavaca el Virrey y su ejército, quisieron hacer alto allí hasta saber en qué punto se hallaban los capitanes de Pizarro, y tan luego como supieron que estaban en la provincia de Cajas, marcharon a dar sobre ellos. Mas, como no los hallaron ahí, pasaron adelante, porque le fue dado aviso al Virrey que se habían retirado a Chinchacara, donde, en efecto los hubieron a las manos, cayendo de súbito sobre ellos y poniéndolos en fuga, por haberlos cogido desprevenidos; pues sus mismos corredores, a quienes habían mandado a explorar el campo, se presentaron al Virrey y se ofrecieron a servirle de guías, con tal que aquella misma noche se pusiese en marcha. La resistencia de los descuidados capitanes fue ninguna; viéndose de repente en manos de sus enemigos, sólo pensaron en la fuga, —332→ abandonando todo su fardaje. Uno murió a manos de los indios en las montañas, donde se había refugiado; otro pereció de hambre y de cansancio y sólo Jerónimo Villegas, con algunos soldados, logró llegar a Trujillo.
El Virrey trató muy blandamente a los rendidos y prisioneros, contra el dictamen de algunos de su tropa, amigos de medidas terribles; pero no supo aprovecharse de esta ocasión, en que la fortuna, por primera vez, se le mostraba propicia. Tenía por la sierra expedito el camino a Cajamarca y al Cuzco, donde le hubiera sido muy fácil fortalecer su bando y desbaratar el de sus contrarios; pero prefirió ir a Piara, y no de sorpresa, como le aconsejaban sus capitanes, si no despacio y previniendo al pueblo de su llegada por medio de requerimientos de paz. Como los vecinos del pueblo estaban prendados de Pizarro, no dieron oídos a las advertencias del Virrey y se pusieron en cobro ellos y sus haciendas, de manera que, cuando aquel llegó a San Miguel, halló el pueblo casi abandonado. Hasta allí el desgraciado Blasco Núñez había tenido que combatir con rebeldes; más desde entonces hubo de soportar también la contradicción hasta de la misma naturaleza, pues el mal clima y los escasos alimentos en poco tiempo asolaron su gente.
Pizarro, por su parte, no se había descuidado de tomar las mejores medidas para tener seguro el buen éxito de su empresa. Dio a Bachicao el cargo de guardar la costa, y Bachicao se hubo tan bien en desempeñarlo que, en pocos meses, recorrió todas las costas del Norte, llegó a Panamá, se apoderó de la ciudad, con muertes y —333→ robos inspiró terror, recogió cuantiosas sumas de dinero y, con una no despreciable armada, volvió al Perú y tomó tierra en el puerto de Túmbez. Sucedió esto poco tiempo después que el Virrey había desembarcado en la misma costa, y cuando todavía se hallaba en Piura, afanado por reunir tropa, con que hacer la guerra a los rebeldes antes de su primera retirada a Quito.
Las nuevas de la vuelta del Virrey a Piura y el desastre de los capitanes de Pizarro llegaron inmediatamente a Lima; el ambicioso Gonzalo conoció que aquel no era tiempo para perdido en fiestas y regocijos. Aparejose, pues, para pelear y, reuniendo hasta seiscientos hombres bien armados, salió para Trujillo, muy provisto de armas, caballos y demás pertrechos de guerra. Separa a Trujillo de Piara un despoblado de muchas leguas, en todas las cuales no hay agua, ni otro refrigerio alguno, sino arenales y mucho calor: por ese camino determinó marchar Pizarro al encuentro del Virrey, haciendo, con grande diligencia, a fin de impedir todo peligro, que se proveyese de agua para sus soldados. Los espías que tenía puestos el Virrey en los caminos por donde podían venir los enemigos, descubrieron los corredores del ejército de Pizarro, y, al momento, dieron aviso al Virrey. Hace éste tocar al arma en su campo, pone su tropa a punto de combate; mas, cuando decía que quería presentar la batalla a los contrarios, sin saber por qué, muda de parecer y resuelve la retirada otra vez hasta Quito. Llega Pizarro a las inmediaciones de Piura, sabe la retirada del Virrey, y, cobrando nuevos bríos, sin detenerse ni a entrar en la ciudad, —334→ sigue marchando adelante, y tanta prisa se da en perseguir a los que se retiraban, que alcanza la retaguardia del Virrey, toma algunos prisioneros, se apodera del bagaje, ahorca por ahí mismo en los campos a dos de los principales prisioneros para hacer sangriento ejemplar en los demás, y, muy astuto, y conocedor de todas las estratagemas de la guerra, procura inspirar desconfianza respecto de los mejores capitanes en el ánimo del cauteloso Virrey, echando, al efecto, cartas arrojadizas que lleguen a manos de éste, al mismo tiempo que trabaja por corromper la buena fe de los soldados con largas promesas y muchos ofrecimientos.
Cansado de una marcha precipitada por ásperos caminos, llega por fin segunda vez Blanco Núñez a Ayavaca, donde resuelve, hacer parada, mientras descansa su fatigada tropa. Gonzalo Pizarro, aunque de lejos, le iba siguiendo, sin darle un momento de tregua. Allí donde llegaba el Virrey, su primera diligencia era poner centinelas que estuviesen alerta para descubrir si asomaba el enemigo y tener tiempo de levantar el campo y huir, porque caminaban de noche y de día, sin parar más que por breves instantes, comiendo yerbas o maíz, unas veces tostado y otras hecho hervir en las mismas celadas, a falta de ollas. Cuando se les cansaban los caballos, se veían obligados a caminar a pie y algunos descalzos, porque los zapatos se les quedaban en los atolladeros del camino. El Virrey consolaba y animaba a todos, disimulando algunas veces las faltas, reprendiendo otras con blandas palabras y hasta sirviendo a los soldados, como sucedió cerca —335→ de Saraguro, donde, habiendo visto que un pobre soldado de infantería apenas podía caminar por tener los pies lastimados, se sacó sus propios alpargates, dióselos al soldado y él siguió a pie, descalzo, con grande trabajo, por ser persona delicada y ya anciano.
Las medidas infames de Pizarro habían logrado malear a algunos jefes del ejército del Virrey, los cuales venían ya de mala gana, unas veces quedándose atrasados, para comunicar con los del bando enemigo; otras adelantándose demasiado lejos, de manera que no podían recibir órdenes a tiempo, ni acampar con lo demás de la tropa. Al contrario, Pizarro marchaba con mucho orden, y, para perseguir más cómodamente al Virrey y apretarle más en los alcances, envió tras él a Francisco de Carvajal con cincuenta de a caballo escogidos, a fin de que sin descansar le fuesen dando caza en la retaguardia. Una noche cuando apenas habían principiado a descansar el Virrey y su gente, rendidos de fatiga por una larga jornada, Carvajal cayó sobre ellos y los despertó con el sonido de su corneta que tocaba al arma: levantáronse al momento y pusiéronse precipitadamente en fuga, hasta que con la claridad del nuevo día, conociendo el Virrey cuán pocos eran los contrarios, se revolvió contra ellos. Mas Carvajal se fue retirando, rehusando el empeñar batalla formal, porque, según repetía a sus soldados, al enemigo que huye conviene hacerle la puente de plata. Y por cierto que, atendido el carácter de Carvajal, no se sabe cómo explicar esta retirada, a no ser que, por el mayor número de los contrarios, temiese, acaso, un descalabro.
—336→Pizarro hizo adelantar al capitán Juan de Acosta con doscientos hombres, para que, reforzando a los compañeros de Carvajal, continuasen apretando al Virrey por la retaguardia; y así lo ejecutaron hasta el asiento de Calvas. Cansado y afligido llegó allí el Virrey; y, como los enemigos le diesen treguas en perseguirlo, se ocupó en poner en orden su gente, que venía muy desbandada. Allí hizo dar garrote y ajusticiar a dos capitanes suyos, llamado el uno Jerónimo de la Serna y el otro Gaspar Gil, como a traidores, porque se adelantaron de sus compañías, a lo que parece con el dañado intento de echar abajo una especie de puente, que sobre una peña, a orilla de un río, había mandado hacer con maderos el Virrey, cuando iba a Piura, en un punto, denominado Tambo Blanco, sobre un gran despeñadero, cuya profundidad causaba grima de sólo mirarla.
De Calvas vinieron a Tomebamba, donde descansaron algunos días y se fortalecieron con el buen clima y la abundancia de mantenimientos. Pero aquí también una inesperada sentencia de muerte llenó de abatimiento a los soldados. El Virrey condenó a ser degollado al jefe de su misma tropa, Rodrigo de Ocampo, por traición intentada, crimen que se le probó en un breve sumario. De Tomebamba vino a Quito, ya despacio y sin tanta penuria de comida. Mas en esta ciudad muy poco se holgaron con la venida del Virrey, porque barruntaban todos los vecinos de ella los funestos resultados que había de traerles una tan encarnizada guerra civil. Llegado en Quito Blasco Núñez hizo reseña de su ejército y apenas encontró una escasa porción o resto de —337→ los quinientos hombres que tenía al salir de Piura. Unos se habían quedado rezagados en los caminos, otros se habían pasado al enemigo, algunos habían muerto, varios habían sido tomados prisioneros y en muchos una retirada tan penosa les había infundido desaliento. En cada situación ventajosa de las muchas que había encontrado en el largo camino de Piura a Quito, había querido el Virrey detenerse, para empeñar de una vez un combate decisivo; pero, condenado por su mala estrella a que le saliese mal todo cuanto emprendía, en una parte la falta de munición, en otra el miedo o la sorpresa le habían impedido combatir, y llegaba a Quito como arrastrado por no sé qué fuerza secreta, que le impelía a huir y alejarse de los enemigos.
Gonzalo Pizarro con su ejército, siguiendo por el mismo camino que el Virrey, llegó también a Tomebamba, donde se detuvo por algunos días, pues a su gente le era necesario el descanso, tal vez más, que a la del mismo Virrey, porque, como este por donde iba ponía mucha diligencia en no dejar cosa de qué pudiesen aprovecharse los contrarios, Gonzalo y los suyos padecieron tan extrema necesidad que, llegaron al caso de comerse algunos de sus propios caballos. La fortuna, entre tanto, a pesar de todo, cada día se mostraba más próspera para con Pizarro y más adversa para con el Virrey. En cuantas cosas había puesto la mano éste, todas le habían salido desgraciadas; al paso que a aquel todo le acontecía prósperamente. Para gobernar con poder absoluto, sin leyes ni responsabilidad alguna discurrió deshacer la Audiencia Real, y lo verificó muy a sus anchas; —338→ pues de los cuatro Oidores, Zárate, hombre de conciencia recta e incorruptible, yacía enfermo en Lima y su vida se iba apagando lentamente entre el fastidio y el aburrimiento que le causaban la deslealtad y guerras civiles; Álvarez, otro de los Oidores, estaba con el Virrey, quien lo llevaba consigo, porque, en virtud de una orden secreta del Emperador Carlos V, podía en caso de necesidad formar tribunal con un solo Oidor a falta de los demás, Lisón de Tejada, el tercero de los Oidores, fue enviado a España por el mismo Pizarro con el encargo de informar a su Majestad acerca de los motivos que le habían impulsado a aceptar la gobernación del Perú y hacer armas contra el Virrey; quedaba sólo el cuarto, que era el licenciado Cepeda, el primero de todos según el orden de sus nombramientos; pero este letrado, hombre sagaz y ambicioso, había sido el principal autor de la prisión y destierro del Virrey, y, olvidando todos los sagrados deberes que le imponía el carácter elevado de Juez, no pensaba sino en medrar. Como las medidas empleadas contra el Virrey para desterrarlo del Perú y alzarse con la suma del poder no le habían salido bien, determinó Cepeda plegarse a las circunstancias y sacar ventajas del carácter de Pizarro, cuyos defectos y cualidades el astuto letrado caló al momento. Gonzalo, hombre de escaso ingenio, devorado por insaciable ambición de mando, incapaz de agachar su cuello al yugo de la ley, siempre muy pagado de sí mismo, fantaseando con proyectos de señorío y de grandeza, oía con gusto las astutas lisonjas del pérfido Cepeda, quien, para halagar la ambición del infatuado —339→ hermano del conquistador del Perú, solía recordarle a menudo las grandes hazañas de sus hermanos y los derechos que todos ellos habían adquirido a la posesión de las tierras y provincias conquistadas. Y cuando la reflexión inquietaba el ánimo de Gonzalo, haciéndole temer consecuencias funestas para su empresa, Cepeda desvanecía sus recelos y calmaba sus temores, diciéndole que toda monarquía había principiado siempre por tiranía, y así lo que a Gonzalo le acontecía no era para inquietar, porque la nobleza descendía de Caín y la gente plebe y miserable de Abel, como lo podía conocer, si observaba los blasones de los grandes señores y potentados, todos los cuales traían insignias de guerras y de muertes. Y, para persuadir tan extraña cosa al vanidoso Gonzalo, no eran poca parte los donaires, con que el cáustico Carvajal, hacía burla de los principios tan acatados entonces por los castellanos en punto a la obediencia debida a los soberanos, pues decía: que os muestren el testamento de nuestro padre Adán, para ver en cual de sus cláusulas dejó el Perú en herencia a Carlos V. Lo que os conviene es, añadía, proclamaros rey de estas provincias y armaros lo mejor que podáis; esa será la más oportuna explicación que daréis al Emperador de lo que hasta ahora habéis hecho: todo lo demás es para perderos.
Como en el camino de la rebelión, dado el primer paso, no es posible detenerse, Gonzalo Pizarro ya no pensó en medios de avenimiento y —340→ de paz, sino en asegurar de todas maneras el buen éxito de la arriesgada empresa, en que se había empeñado. Bachicao había logrado hacer más de lo que se esperaba, pues Panamá estaba aterrada y las costas vigiladas; por donde, el rehabilitamiento del Virrey era imposible, si no acudían en su auxilio las fuerzas del lejano Reino de Nueva Granada. Como Blasco Núñez Vela había elegido de entre los diversos modos de combatir el más extraño, que era el de huir delante del enemigo, retirándose cada día, sin presentar batalla; Gonzalo conoció que, para poner término a la guerra, era de todo punto necesario cerrar el paso al Virrey, cogiéndolo entre dos fuegos, para esto, desde que salió de los llanos a la cordillera, dio órdenes a Bachicao, disponiendo que se adelantara por Guayaquil y ocupara Riobamba antes que el Virrey pasara a Quito. Bachicao se hallaba entonces en el puerto de Túmbez: así que recibió la orden de Pizarro, dispuso su venida a Guayaquil y salió a las llanuras conocidas desde aquella época con el nombre de las Pampas de Luisa, que están entre la antigua Riobamba y el pueblo de Mocha por el camino de Chimbo; mas, por fortuna, en aquella sazón el Virrey había, pasado ya para Quito. Por lo cual Bachicao le siguió el alcance hasta Latacunga, donde hizo alto, para aguardar a Pizarro. Pocas figuras más terribles que la de Bachicao presenta la historia de las guerras civiles de los españoles en el Perú. Cobarde y, como tal, traicionero y alevoso, Bachicao servía con esmero a Pizarro, movido por el deseo de obtener remuneración copiosa por sus servicios, y tanta era su codicia, que, no encontraba —341→ premio digno de sus méritos. Empero, cuando Gonzalo Pizarro llegó en Latacunga, no hizo a Bachicao el acogimiento que éste aguardaba, antes se manifestó disgustado con él, porque no había obedecido puntualmente las órdenes que le diera de aguardarle en Riobamba y no seguir adelante. Ya desde algún tiempo antes Gonzalo Pizarro había concebido muchas sospechas contra Bachicao, porque, como los traidores son siempre muy cautelosos, Pizarro sospechaba de todos: y, en verdad, buenos motivos para dudar de la lealtad de Bachicao encontraba Pizarro, pues aquél en Túmbez había recibido cartas del Virrey: llegado de Panamá, primero exigió una muy buena remuneración antes de entregar la armada, y entonces se decía que pretendía derrotar al Virrey, para volver luego sus armas contra Pizarro. Con grande sorpresa y no poco desabrimiento escuchó Bachicao la reprensión de su General; pero hubo de aguantarla en silencio; cosa dura para su soberbia.
Mientras que Gonzalo Pizarro avanzaba hacia Quito en persecución del Virrey, éste se ocupaba con mucho afán en aprestarse para oponer resistencia vigorosa con intento de salir al encuentro de los enemigos; pero estaba condenado el triste a no acertar en lo que hacía. Apenas llegó en Quito, cuando, por injustificadas sospechas, manchó con sangre castellana el suelo de la afligida ciudad, condenando a muerte al capitán Ojeda, a Gómez Estacio y a Álvaro de Carvajal. Al primero se le cortó la cabeza, y los otros dos fueron ahorcados como traidores, después de un sumario precipitado. Estos infelices eran soldados —342→ de Gonzalo Pizarro, y se habían pasado al ejército del Virrey, huyéndose de Bachicao, bajo cuya autoridad militaban. De vuelta de Panamá, Bachicao tocó en el puerto de Manta, desde donde mandó venir a su presencia a Juan de Olmos, que gobernaba en Puertoviejo por Pizarro. Olmos temió y tardó en acudir al llamamiento de Bachicao; éste, para quien semejante crimen de desobediencia merecía pena de muerte, despachó al punto al capitán Ojeda con algunos soldados dándole cargo de llevar preso al Gobernador; mas sucedió todo lo contrario, porque Ojeda se puso de acuerdo con Olmos y acompañados ambos de Gómez Estacio, vecino de Guayaquil, y de Álvaro de Carvajal apalearon al alguacil, que quería prender a Olmos, y se pusieron, sin tardanza, en camino para presentarse al Virrey y servir bajo las banderas reales. ¡Y a estos hombres el inexorable Blasco Núñez Vela condenó a muerte como a traidores, porque sospechó que habían venido a militar bajo sus órdenes con el siniestro propósito de asesinarlo, sin más fundamento que algunas palabras que en el camino habían hablado contra el Emperador!!... El espectáculo de estas muertes llenó de consternación a Quito y acabó de enajenar los ánimos de los vecinos, ya muy disgustados del Virrey. Entre tanto, éste no se daba punto de reposo en disponer la manera de resistir con ventaja a Pizarro.
Despachó a Rodrigo Núñez de Bonilla, Tesorero de las cajas reales de Quito, con encargo de hacer y juntar gente en las provincias de Cali y Popayán y en los demás pueblos de la gobernación de Benalcázar. Parece que el desgraciado —343→ Virrey no sabía él mismo lo que debía hacer, por no haber formado un plan de guerra, ni acordado cosa ninguna de una manera definitiva: ya se determinaba a huir hacia Pasto, ya se disponía a dar la batalla en Quito. De repente, un día domingo por la mañana, estando todos en misa, un joven portugués, llamado Olivera, que había venido con el Virrey desde Piura, comienza a dar gritos de alarma, diciendo que venían los enemigos, y que ya llegaban a Quito. A las voces del portugués, todo fue alboroto y confusión en la ciudad: Blasco Núñez salió precipitadamente de la iglesia; todos le siguieron: unos huían desatinados, otros cerraban puertas y ventanas, los soldados buscaban sus armas, las mujeres pasaban de acá para allá: parecía que Gonzalo Pizarro estuviese ya sobre ellos. Mientras el Virrey, armado ya, discurría por las calles, dando órdenes para el combate, el portugués no se apartaba de su lado, y, tomándole aparte, le instaba para que no se pusiera al frente del ejército, y aun se esforzaba por persuadirle que se ocultara en el huerto de una casa cercana. Indignado, rechazaba el Virrey tan villana indicación. Pasaban horas tras horas y, los enemigos no asomaban por ninguna parte: al fin, por los espías que tenía puestos el Virrey en todo el camino, supo que no habían salido todavía de Latacunga, y resolvió abandonar la ciudad de Quito, retirándose a Pasto. Al día siguiente, lunes por la mañana, salió, pues, de Quito, dejando la ciudad desamparada, porque mandó que fuesen en compañía suya todos los principales vecinos, y que hiciesen adelantar hasta los rebaños de ovejas y las manadas de ganado. —344→ Era de ver esa confusa muchedumbre que por la mañana se puso en marcha camino de Imbabura: millares de indios, con enormes cargas a la espalda, hombres y señoras, caballeros en sendas mulas, soldados, negros esclavos con el ajuar de sus patrones, manadas de bueyes que caminaban paso a paso, numerosos rebaños de ovejas, rempujadas por sus pastores, todos, dirigiéndose por el extenso llano del ejido al valle de Guayllabamba. Pero los sentimientos de los viajeros eran todavía más variados que su aspecto: unos iban mal de su grado, porque temían la severidad del Virrey, y se habían puesto en camino sólo por no ser castigados como traidores, aunque en secreto tenían decisión por Pizarro; otros caminaban aterrados por supersticiosos agüeros, pues decían que, la noche antes de la partida, los perros habían discurrido por la ciudad lanzando tristísimos aullidos: algunos se volvieron del camino, y el día anterior varios vecinos de la ciudad, y aún soldados, habían aprovechado de los momentos de confusión para pasarse al campo de Pizarro.
Algunos días después de la salida del Virrey, llegó a Quito Gonzalo Pizarro, y, sabiendo que Blasco Núñez estaba determinado a pasar a las provincias de la gobernación de Benalcázar, juró públicamente que le había de perseguir, sin descanso, hasta el mar del Norte. Hizo otro día alarde de su ejército y contó más de setecientos hombres, bien armados; se adjudicó para sí toda la tierra de los cañaris, hoy provincia del Azuay, distribuyó repartimientos a muchos de sus soldados, y, por fin, como capitán experimentado en —345→ cosas de guerra, mandó componer los caminos, por donde pensaba seguir el alcance al Virrey. Estando todavía en Quito, llamó a consulta Gonzalo Pizarro a todos sus capitanes, para pedirles consejo sobre lo que convenía hacer, y los más querían que se continuara adelante persiguiendo al Virrey; empero, Diego Maldonado aconsejaba que, ante todo, convenía pedir al Rey perdón por lo pasado: al oír semejante cosa Gonzalo le mandó callar. Y, porque otro capitán se atrevió a darle el mismo consejo, poniéndole disimuladamente en la cama una carta de letra disfrazada, se enfureció, mandó dar tormento a los sospechosos de haberla escrito, y castigó con la pena de destierro al que confesó ser autor de ella. Con los tiranos tan peligroso es hablar como callar.
Llegando en Otavalo encontró el Virrey a Juan de Cabrera, que venía a su llamada, trayéndole de Popayán en su ayuda y socorro más de cien hombres. El Virrey se holgó mucho con el encuentro de Cabrera, le recibió con muestras de grande amor y placer y tanto al capitán, como a los soldados hizo muchos ofrecimientos, dándoles gracias por su lealtad. Antes que el Virrey saliese de Otavalo, se descubrió la traición de Olivera. Sucedió que este infame, buscando modo de asesinar al Virrey, hablase con Diego de Ocampo y le descubriese su inicuo proyecto, pidiéndole cooperación para ponerlo por obra, porque creyó, sin duda, que Ocampo tendría venganza contra el Virrey, por haber éste condenado a —346→ muerte a Rodrigo de Ocampo, tío de aquel. Diego de Ocampo se informó prolijamente de todos los planes de Olivera, y los denunció al Virrey. Sometido el denunciado a cuestión de tormento, confesó su crimen, sin ocultar nada, declarando cómo Gonzalo Pizarro le había pagado para que asesinase al Virrey; y lo más extraño del caso fue que el miserable prometía asesinar a Pizarro, comprometiéndose a ello con juramento, con tal que le perdonasen la vida. Cuando le avisaron esto al Virrey, dijo, santiguándose: líbreme Dios de semejante cosa: piérdase todo, si para triunfar, fuese necesario cometer un crimen. Olivera fue sentenciado a muerte, se le dio garrote, y su cadáver fue colgado de los pies en un árbol a la vera del camino. En Trujillo se había comprometido con Pizarro el perverso Olivera a asesinar a traición al Virrey; y, para poder ejecutar cómodamente su crimen, se había presentado a Blasco Núñez y venido en su compañía desde Piura, halagándole y sirviéndole con grande comedimiento. Cuando al término de cada jornada se recogían a dormir bajo toldos de campaña, Olivera se metía en la tienda del Virrey, dándose modo para acostarse a sus pies, con pretexto de abrigárselos; por el camino cogía zarzamoras y se las presentaba, diciéndole que refrescase la boca con ellas, y con estos agasajos y cierto aire de bondad y sencillez con que procedía, traía completamente alucinado al Virrey.
De Otavalo siguieron para Pasto, donde Blasco Núñez con su desgraciada irresolución, tan pronto determinaba quedarse, como seguir adelante. Desde un pueblo cercano a la misma ciudad, —347→ proveyó que su hermano Juan Vela Núñez fuese a Cali, para que de ahí, tomando el puerto de la Buenaventura, pasase a Panamá a traer de allá mayores recursos de gente que los que hasta entonces se habían colectado. Partiose Vela Núñez, llevando algunos soldados y un hijo de Gonzalo Pizarro, aquel muchacho de quien hemos hablado antes, al cual el Virrey andaba a llevar consigo, como en rehenes, por el grande amor que sabía que le tenía su padre. En Pasto se juntó con el Virrey el capitán Juan Ruiz con unos sesenta soldados, que Santillana había traído de Panamá. Pasaban días y días sin que el Virrey supiese nada acerca de Gonzalo Pizarro, y, deseando tomar alguna noticia del lugar en que se encontraba, mandó a Sancho de la Carrera que fuese con quince de a caballo a saber de Gonzalo Pizarro y de su campo. Gonzalo había salido de Quito en seguimiento del Virrey; y, tan en silencio había verificado su marcha, que, hallándose entonces en Ipiales, aquel lo ignoraba completamente. Sucedió, pues, que Carrera, llegando cerca de Ipiales, se pusiese a descansar un breve rato, mientras echaba el pienso a sus caballos: el ejército de Pizarro estaba a alguna distancia, acampado tras unas colinas, y, en ese momento, acababa de salir Francisco de Carvajal a reconocer el campo; cuando, adelantándose de los suyos, un tal Martín Garay, va y topa de sorpresa con los corredores del Virrey. Lo toman éstos prisionero, quieren llevárselo consigo y pónense a disputar, porque Garay les pedía que más bien lo matasen allí mismo, pero que no lo llevasen a entregar al Virrey; y, diciendo esto, se alzaba la armadura, —348→ mostrándoles el pecho, para que le hiriesen. Llega de súbito Carvajal y se precipita sobre ellos: apenas tienen tiempo Carrera y los suyos para montar en sus caballos y echarse a huir a todo galope; los de Carvajal les siguen el alcance por gran trecho, y en las subidas y bajadas de algunas quebradas llegan hasta a dar lanzazos a los caballos: jadeantes y rendidos de correr, entran en Pasto y dan la noticia de que Gonzalo con todo su ejército se les viene encima. Al punto, el Virrey manda tocar al arma, y se apresura a partir de la ciudad, en retirada para Popayán. Empero, si el Virrey se daba prisa para huir, mayor se la daba todavía Gonzalo para perseguirle. Al cuarto día de la partida, como a eso de la una de la tarde, después de pasar el río de Patía, cuando acababan de subir la cuesta del lado de allá del río, echan de ver que la vanguardia del ejército de Pizarro les ha dado ya alcance, y que principiaba a descender por la cuesta abajo de la banda de acá del río. Allí quiere el Virrey combatir, y, aprovechándose de las ventajas de su situación, estorbarles el paso del agua; pero encuentra que sus soldados, apenas tienen un poco de pólvora, y, rabiando de despecho, sigue adelante su camino, dando malhayas contra la tierra, y los que la descubrieron y los que habían venido a vivir en el Nuevo Mundo.
Gonzalo Pizarro tornose a Quito, satisfecho de haber hecho huir al Virrey fuera de los límites del Perú, no queriendo continuar adelante en darle alcance, porque la tierra de Popayán le pareció escasa de vitualla y muy despoblada. En Quito se ocupó en diversiones y pasatiempos, dando —349→ banquetes a los amigos y banqueteando él, a su vez, en casa de ellos. Estando de vuelta en Quito, supo el alzamiento de Centeno en los Charcas y el de Melchor Verdugo en Trujillo, los cuales habían tomado las armas para levantar el partido del Virrey contra los rebeldes. A sujetar y castigar a Centeno, partió de Quito el famoso Carvajal, acompañado de un buen cuerpo de tropa; y, para prevenir los daños que le pudiera hacer el segundo trayendo refuerzos de Nicaragua, a donde había ido, dispuso Gonzalo que Pedro de Hinojosa con ciento cincuenta soldados tomara el mando de la armada que de Panamá había traído Bachicao. Hinojosa se dio tan buena maña en desempeñar el cargo que se le había confiado que, en poco tiempo, se enseñoreó de las aguas del Pacífico: fue recorriendo todas las costas y visitando todos los puertos desde Puertoviejo hasta Panamá. En la Buenaventura se apoderó del bergantín en que iba a hacerse a la vela el hermano del Virrey, lo tomó preso y le quitó el hijo de Pizarro. Llegado a Panamá, obligó a los vecinos a hacer una capitulación muy ventajosa a los intereses de Pizarro, y se mantuvo vigilando las costas hasta recibir nuevas órdenes de su caudillo.
El triste Vela Núñez, cuando se vio de repente en manos de sus enemigos, cayó de ánimo y se afligió sobremanera. Veía malogrados en un momento los penosos afanes de tres meses de trabajo, pues todo ese tiempo había gastado en Cali en fabricar un bergantín para seguir su viaje a Panamá. Fabricado el bergantín, en piezas lo hizo trasladar al puerto de la Buenaventura —350→ para armarlo allá; y cuando estuvo ya a punto, cayó en poder de Hinojosa y sirvió para llevar en él preso, al mismo Vela Núñez.
En Popayán no todos se holgaron con la llegada del Virrey, antes les pesó de ella, porque le había precedido la fama de su severa inflexibilidad, y le tenían miedo y desconfianza por las terribles ejecuciones, que había venido haciendo en todo el camino desde Piura hasta Pasto. Con todo no dejaba de acudir en su auxilio alguna gente, aunque provista de muy malas armas. De Santa Fe de Bogotá volvió el capitán Nieto trayendo apenas diez hombres, los únicos que había podido recoger del Nuevo Reino de Granada. Para proveerse de armas estableció fraguas y máquinas de fundición, donde se forjaban arcabuces, haciéndose hasta dos por día; de cueros de vaca y de danta se fabricaron morriones, corazas y rodelas, tan bien acondicionadas, que algunos viejos veteranos las encontraban tan buenas como las de fierro.
Muy discreto y advertido andaba, entre tanto, Gonzalo Pizarro haciendo cómo engañar al inexperto Virrey, a fin de traerlo sagazmente a una celada, en que poder acabar con él, poniéndolo en completa derrota, porque la prolongada guerra civil, que venía recorriendo las provincias del Perú desde el Potosí hasta Pasto, tenía a todos inquietos y agitados. Con grande astucia había logrado atraer a su devoción todas las tribus indias de Quito, de Imbabura y aun de Pasto, y de ellas se servía para espías del campo enemigo y atalayas que le diesen la voz de alerta al más pequeño peligro. Y tanto había logrado ganar a —351→ los indios a su partido, que el Virrey ignoraba completamente cuanto pasaba en Quito, al paso que Pizarro sabía hasta sus más pequeños movimientos, pues los indios le daban cuenta de todo, guardando con tenacidad el secreto de lo que hacía Pizarro. Después de bien pensado y calculado todo, echó Pizarro a volar la voz de que se iba de Quito a Lima, para atender a los asuntos del gobierno que reclamaban allá su presencia, dejando la ciudad de Quito desguarnecida de gente y confiada al cuidado de Pedro de Puelles, a quien por todo auxilio apenas le dejaba trescientos hombres. En efecto, hizo reseña de sus tropas y, con todo el aparato necesario para una larga marcha, se salió de Quito, fingiendo irse a Lima por el dilatado camino de la sierra. Caminando despacio y en muy pequeñas jornadas, llegó al fin a Latacunga, donde hizo alto, aguardando las noticias que le vinieran de Quito. Mucho antes que Pizarro hiciera su fingida marcha al Perú, ya la supo el Virrey en Popayán por medio de algunos indios, que le dieron la noticia de ella con tanta astucia y disimulo, que el cuitado Blasco Núñez no acertaba, por más diligencias que para ello hacía, a descubrir y poner en claro la verdad. Los indios daban la noticia, diciendo en su lengua, que un Hatun Apuc, o amo grande había salido de Quito; y aunque se les hacían muchas preguntas, los muy taimados no respondían otra cosa. Con tan vagas noticias se resolvió Blasco Núñez a venir de Popayán, y, deseando nuevamente tentar la fortuna de la guerra, mandó un capitán con una avanzada para ocupar a Pasto. Poco después llegó él mismo a aquella —352→ ciudad con todo el grueso del ejército, y se veía confuso sin poder descubrir nada acerca de Gonzalo Pizarro, porque un tal Márquez tenía tomados todos los pasos y no dejaba llegar a Pasto noticia alguna cierta, al mismo tiempo que instruía minuciosamente a Pizarro de todos los movimientos del Virrey75. Después de celebrar éste la fiesta de la Navidad, salió de Pasto trayendo en su compañía al célebre don Sebastián de Benalcázar, entonces gobernador de Popayán, el cual era el mejor capitán que venía en el ejército del Virrey. Llegando a Tusa supo Blasco Núñez que Pizarro estaba en Quito, pero guardó el secreto sin comunicar esta noticia a los soldados, para no desalentarlos. En Otavalo le fue confirmada la noticia; pasó revista a su tropa y halló que tenía como cuatrocientos hombres; la dividió en tres cuerpos y confió el estandarte real al capitán Ahumada, y así en orden vino a Guayllabamba: pues, aunque Benalcázar había querido quedarse dos días siquiera en Caranqui para dar un poco de descanso a los caballos, el Virrey no vino en ello, porque creía que el triunfar estaba en la pronta y acelerada marcha, antes que los enemigos tuviesen tiempo de hacerse fuertes.