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ArribaAbajo1. Latinos y anglosajones: contextos para una reconquista


Eres los Estados Unidos,
eres el futuro invasor
de la América ingenua que tiene sangre indígena,
que aún reza a Jesucristo y aún habla en español.


Rubén Darío, «A Roosevelt»                


El 20 de mayo de 1898 Rubén Darío publicó en El Tiempo (Buenos Aires) un artículo titulado «El triunfo de Calibán», donde el vate nicaragüense planteaba la necesidad de unión de la raza latina frente a la prepotencia imperialista del enemigo común, encarnado en Calibán-EE. UU.; una más de las múltiples manifestaciones del conflicto finisecular entre el panamericanismo desplegado por EE. UU. tras la guerra de Cuba -a través de la Unión Panamericana y la doctrina «Monroe»-, y el iberoamericanismo meridional: «No, no puedo, no quiero estar de parte de esos búfalos de dientes de plata. Son enemigos míos,   —34→   son los aborrecedores de la sangre latina, son los Bárbaros. Así se estremece hoy todo noble corazón, así protesta todo digno hombre que algo conserve de la leche de la loba»19. En el ámbito de esta polémica, y en el resurgimiento de ese hervor de lo hispano-latino, la acción americanista desarrollada desde principios de siglo por Rafael Altamira y su plasmación en una amplia bibliografía sobre las relaciones entre España y América desde los tiempos de la conquista, plantea la necesidad de una reflexión sobre la recepción de su discurso en distintos países de América Latina, imprescindible para un acercamiento a su faceta americanista. Como he adelantado, esta recepción generó posicionamientos contrapuestos y polémicos que se vinculaban, directamente, con la gestación de la identidad latinoamericana, es decir, con la definición del concepto de América Latina desde finales del siglo XIX. Pero para abordar los encuentros y desencuentros de Altamira con los intelectuales latinoamericanos del momento, enraizados en los debates sobre la identidad, así como en la reivindicación de una nueva «españolidad» regeneradora del maltrecho espíritu nacional, ciertas claves del contexto histórico son, por supuesto, absolutamente imprescindibles.

Parece redundante insistir en la relevancia de 1898 como fecha emblemática que genera la paradoja del resurgimiento   —35→   de América en el imaginario español, precisamente cuando se extinguían los últimos vestigios del imperio americano de España. Y parece redundante también abundar en la coyuntura que marca el año 1898 como momento que propicia el restablecimiento de un diálogo cultural entre intelectuales de España y América Latina, respuesta a la manida polémica entre la cultura expansiva anglosajona y la tradición humanista de la cultura latina. Sin embargo, es ineludible acudir a estas paradojas de la historia para poder entender el sesgo que tomaron las relaciones intelectuales entre España y América Latina desde la pérdida de las últimas colonias.

Durante las últimas décadas del siglo XIX, el decaimiento de los países latinos europeos se manifestó a través de sucesivas derrotas -la francesa frente a Alemania en 1870, la italiana en Adua20 en 1896 y el descalabro español de 1898-, que se convierten en detonantes de esa fractura cultural desarrollada en los ámbitos intelectuales europeos a través de la polémica entre las dos civilizaciones principales: la latina frente a la anglosajona y germánica21. Una amplia bibliografía recorre esta polémica desde   —36→   distintos puntos de vista que dan cuenta de la existencia, a principios de siglo, de una corriente ensayística destinada a penetrar en las motivaciones profundas de la oposición latinos-anglosajones. Sirvan de ejemplo algunos de los títulos y autores principales: Leyes psicológicas de la evolución de los pueblos (1894), de Gustave Le Bon; En qué consiste la superioridad de los anglosajones (1897), de Edmond Demolins, que generó como respuesta el libro del argentino Víctor Arreguine, En qué consiste la superioridad de los latinos sobre los anglosajones (1900); A ilusão americana (189322), del brasileño Eduardo Prado; El continente enfermo (1899), del venezolano César Zumeta; La decadencia de las naciones latinas (1900), de G. Sergi; La americanización del mundo (1902), del venezolano Rufino Blanco Fombona; Pueblo enfermo (1909) del boliviano Alcides Arguedas; América Latina: ante el peligro (1914), de Salvador R. Merlos; Yanquilanda bárbara; la lucha contra el imperialismo (1922 ), del argentino Alberto Ghiraldo; Nuestra América (1903), del argentino Carlos Octavio Bunge (con prólogo de Rafael Altamira), que denuncia los defectos de las dos razas, hispánica e indígena: pereza, tristeza y arrogancia, como rasgos consubstanciales   —37→   al carácter hispanoamericano, al «genio de la raza»; Ante los bárbaros (1903), del colombiano José María Vargas Vila, quien plantea que el futuro de América Latina depende de su capacidad para unirse con la «Madre Patria» y de acercarse a Italia y a Francia, «las dos hijas mayores de la raza», entendiendo el término desde el punto de vista de los ideales compartidos de una civilización y no desde la definición de los factores étnicos; o los libros del argentino Manuel Ugarte, miembro de la generación argentina del 900, en los que desarrolla sus ideas sobre la «Patria Grande», es decir, acerca de la necesidad de unión latinoamericana sobre la base de la defensa de la tradición hispana frente a la invasión anglosajona: El porvenir de la América Española (1910), El destino de un continente (1923), Mi campaña hispanoamericana (1922) o La Patria Grande (1922).

En todas estas obras el planteamiento difiere en muchos aspectos pero robustece la idea de una oposición entre los países latinos -cuyos males se diagnostican en algunas de ellas partiendo de la valoración de la composición étnica o de los ideales de la comunidad- y el enemigo común, inglés y norteamericano. Y polariza ambos extremos desde el punto de vista de los valores morales que definen sus respectivas sociedades: frente al materialismo, el utilitarismo, el culto a la riqueza, a la fuerza y a la competitividad del modelo nórdico, emergió, en los decaídos países latinos de Europa, el panlatinismo, como afirmación rotunda y exaltación de los valores culturales comunes   —38→   -el espiritualismo, el idealismo, y la reivindicación de la cultura23-, pero también como corriente que propició, en el ambiente cultural del regeneracionismo, el imprescindible autoanálisis para diagnosticar las causas del atraso y hacer frente a la superioridad que se atribuía a los países nórdicos. «El contraste con el modo de vida inglesa y americana -escribe José Luis Calvo Carilla- descubrí a las debilidades del viejo mundo mediterráneo, cuyas naciones venían arrastrando hasta el fin de siglo las cadenas de la cultura latina y de la religión católica»24. En suma, la evidencia del poder industrial, militar y económico adquirido por los países sajones, frente al sentimiento de amenaza de los decaídos países latinos genera una confrontación que, en última instancia, se resume en el conflicto entre nordicismo y mediterraneísmo.

La decadencia de los países latinos tuvo como respuesta inmediata, en el ámbito de dicha querella, una reivindicación y reactivación de lo latino, cuya única posibilidad de empuje se veía en la necesaria unión cultural y técnica y en el acercamiento político entre estos países. Este concepto tuvo fervientes defensores en España y América, y aunque Miguel de Unamuno expresara sus reservas respecto   —39→   a esta idea -conocidas son sus reticencias frente al espíritu francés y su influencia creciente en los países hispanoamericanos-, demostró siempre una obstinada voluntad de acercamiento hacia dichos países, convirtiéndose en uno de los más ardientes paladines de la hermandad hispanoamericana25. En este sentido, es interesante recordar las siguientes líneas de su artículo «Don Quijote y Bolívar»:

...es uno de mis más repetidos estribillos: la necesidad de que todos los pueblos de lengua castellana se conozcan entre sí. Porque no es sólo que en España se conozca poco y mal a la América latina, y que en ésta se conozca no mucho ni bien a España, sino que sospecho que las repúblicas hispanoamericanas, desde México a la Argentina, se conocen muy superficialmente entre sí26.



Entre tanto, en el continente americano la amenaza creciente de los EE. UU. tras la guerra por la emancipación de Cuba alentó el rechazo ante el talante materialista y utilitario de los angloamericanos. Y, por otro lado, tal y como ha señalado Teodosio Fernández en su artículo «España y la cultura hispanoamericana tras el 98», «la derrota española llegaba, por tanto, cuando se agudizaba   —40→   la necesidad de analizar los factores que habían limitado o impedido el éxito de las nuevas repúblicas en sus esfuerzos para pasar de la barbarie a la civilización»27; es decir, en el momento en que comenzaba a gestarse el nacimiento del debate contemporáneo sobre la identidad americana. En este contexto, la coincidencia histórica del debate de latinos-anglosajones y latinoamericanos-angloamericanos crea el clima propicio para la formulación de un urgente intercambio cultural entre los países latinos de América y Europa. Y si las viejas naciones en decadencia veían en el renacimiento latino el acicate para su regeneración, las jóvenes repúblicas latinoamericanas reivindicaban la latinidad como concepto que está en el origen de su búsqueda de la identidad.

Desde el Viejo Continente, y en concreto desde España, las acciones emprendidas para construir puentes de comunicación con las naciones hispanoamericanas fueron esenciales para el pensamiento regeneracionista propio de la época, cuyos máximos representantes se esforzaron por combatir la ausencia de una opinión pública favorable al americanismo. Sin duda, la imagen que Bolívar vislumbró en 1822, la de América como una crisálida transformadora o regeneradora del hombre a través de la fusión de razas, sintetiza el papel decisivo que, para un sector   —41→   importante de la intelectualidad peninsular, debían ejercer las jóvenes naciones en la indispensable renovación del carácter reaccionario y dogmático de la España finisecular. De este modo la proyección americana adquirió una profunda significación para la necesaria redefinición de la identidad nacional española. Todo ello convierte el período de entresiglos en uno de los momentos más relevantes de la historia del intercambio cultural e intelectual entre España y América Latina. Teodosio Fernández profundiza en esa complicidad intelectual cuando plantea que

el papel de España no se limitó a representar la pervivencia de las tradiciones religiosas y caballerescas que Rubén identificó tempranamente con don Quijote, o la esperanza en un futuro basado precisamente en la recuperación de ideales de hidalguía y generosidad. Los escritores de Hispanoamérica buscaron la complicidad de los regeneracionistas españoles sobre todo a la hora de precisar las características psicológicas del conquistador y sus consecuencias, pero su relación con la generación del 98 fue más profunda: con ella compartieron la necesidad de una nueva vida espiritual, la convicción de que la vida es irreductible a la razón, la preferencia del sentimiento frente a la lógica. En esa orientación irracionalista también hay que resaltar la influencia de Unamuno más que de ningún otro, quizá porque (positivista spenceriano en los ochenta, socialista en los noventa) había sido de los primeros en recorrer el camino que conducía a la nueva fe. Esa fe jugaría un papel determinante a la hora de definir la identidad iberoamericana o   —42→   nacional, esa tarea que ahora se descubrió necesaria y que obligó a revisar la imagen de España en busca de las raíces propias, de la patria perdida que había que recuperar con el pasado y las tradiciones, con el paisaje y las costumbres locales28.



A través de la reivindicación de esa «nueva vida espiritual», los tradicionales valores hispánicos adquieren una decisiva carga en el discurso sobre la identidad de intelectuales de ambos lados del océano, que formulan dicha vindicación partiendo del concepto de raza. Desde esta perspectiva, Rubén Darío continúa su discurso en «El triunfo de Calibán»: «De tal manera la raza nuestra debiera unirse, como se une en alma y corazón, en instantes atribulados; somos la raza sentimental, pero hemos sido también dueños de la fuerza; el sol no nos ha abandonado y el renacimiento es propio de nuestro árbol secular»29. En definitiva, se trataba de una formulación de unión iberoamericana que proseguía los esfuerzos de tantos otros defensores de la «Patria Grande» que retomaron el sueño unionista del libertador Simón Bolívar: Martí, Vargas Vila, Darío, Ugarte, Blanco Fombona son algunos de los nombres más destacados en la gestación de este proyecto dirigido a estrechar los vínculos latinoamericanos. Y para la consecución de este proyecto, la reivindicación de los valores de la hispanidad tenía una función determinante. Por ello, Darío termina su   —43→   artículo «El triunfo de Calibán» con una defensa de España, de sus valores morales, de su tradición literaria, que no implica una opinión contraria a la emancipación de Cuba sino a los peligros que entraña «el enemigo brutal»:

Y yo que he sido partidario de Cuba libre, siquier fuese por acompañar en su sueño a tanto soñador y en su heroísmo a tanto mártir, soy amigo de España en el instante en que la miro agredida por un enemigo brutal que lleva como enseña la violencia, la fuerza y la injusticia.

«¿Y usted no ha atacado siempre a España?» Jamás. España no es el fanático curial, ni el pedantón, ni el dómine infeliz, desdeñoso de la América que no conoce; la España que yo defiendo se llama Hidalguía, Ideal, Nobleza; se llama Cervantes, Quevedo, Góngora, Gracián, Velázquez; se llama el Cid, Loyola, Isabel; se llama la Hija de Roma, la Hermana de Francia, la Madre de América.

¡Miranda preferirá siempre a Ariel; Miranda es la gracia del espíritu; y todas las montañas de piedras, de hierros, de oros y de tocinos, no bastarán para que mi alma latina se prostituya a Calibán!30.



Esta formulación del « antiimperialismo» había comenzado años antes en Cuba con José Martí31, continuando en   —44→   Rubén Darío, con la oda «A Roosevelt» -que se recogería en sus Cantos de vida y esperanza (1905)-, y, con diferente matiz, en el Ariel (1900) del uruguayo José Enrique Rodó, obra que «inaugura los planteamientos contemporáneos sobre América Latina y su futuro»32, coincidiendo con la crisis de la España del fin de siglo. Fruto de esa coincidencia son algunos desarrollos de este debate sobre la base común de una marginalidad compartida ante el imperialismo moderno, que cimenta la pretendida afinidad de los países hispano-americanos tal y como han consignado José Gaos:

Pensamiento de la decadencia [en España] y pensamiento de la Independencia [en Hispanoamérica] presentan notorias afinidades de fondo y forma. Buscar las causas y encontrar los remedios de la decadencia nacional, resolver los problemas de la constitución y reconstitución de la patria son operaciones del mismo sentido...33.



y Roberto Fernández Retamar:

...la fecha señala el acontecimiento histórico clave que hace ya visible la nueva unidad de los países hispánicos,   —45→   conjuntamente marginales ante la presencia del imperialismo moderno en el mundo. Esta fecha es tanto española como hispanoamericana. Cuando los españoles la llaman el desastre, asumen una nostálgica posición colonialista, y por tanto tradicionalista. La verdadera postura modernista fue la de Unamuno escribiendo en favor de la guerra de independencia de Cuba, que al cabo sería cancelada por la intervención norteamericana de 1898. La realidad es que la fecha, si algo significa, no es una división, sino un nuevo nacimiento. En medio del dolor, como en todo alumbramiento, ha empezado la vida nueva para los hombres de nuestra lengua. Esa vida es todavía ésta34.



La derrota del 98 había generado el acercamiento entre los reformadores españoles e hispanoamericanos que trabajaron por superar los errores de un pasado compartido y por el progreso de sus respectivos pueblos. Pero este acercamiento se vería profundamente condicionado por la formulación de las inevitables interrogantes del fin de siglo español tras la pérdida de las últimas colonias de América: ¿qué es España?, íntimamente ligada a la que más nos interesa; ¿qué queda de la huella de España en América, y cuál es la fórmula para restablecerla?; que derivan en una de las cuestiones más problemáticas del americanismo   —46→   regeneracionista de principios del siglo XX: ¿cuál es el mejor camino para la reconquista espiritual de América? Preguntas que se planteaban, significativamente, no sólo tras la pérdida de las últimas colonias, sino además en el momento en que eclosionaron en España los nacionalismos vasco y catalán -en buena medida como consecuencia de la crisis económica, política y social española hacia finales del siglo XIX35- haciendo tambalear, entre unos y otros, los cimientos derruidos de la españolidad36.



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ArribaAbajo2. El americanismo regeneracionista: hacia una «modalidad hispana» supranacional

Sin dejar de ser patriótica, española, nuestra obra americanista ha sido, en primer término, y en su más alta intención, obra de paz, de concordia y de amplio humanitarismo intelectual.

Rafael Altamira                


Para responder a las cuestiones que cierran el capítulo precedente, Rafael Altamira ofreció en sus libros planteamientos enraizados en una vindicación de los valores hispánicos para el restablecimiento de la influencia de España en América, con especial incidencia en volúmenes como España en América (1908) o La huella de España en América (1924). Pero, como ya he adelantado, la acción desarrollada por Rafael Altamira en su viaje a América entre 1909 y 1910, como delegado cultural de la Universidad de   —48→   Oviedo37, generó diferentes respuestas sobre esa ansiada huella española que no siempre sería bien recibida en tierras americanas. Inevitablemente debía ser en Cuba, el último país emancipado, donde la animadversión hacia la hispanofilia generara un rotundo discurso de reivindicación nacional y de rechazo ante cualquier vestigio de paternalismo intelectual. Ahora bien, para entender las relaciones concretas entre Altamira y la intelectualidad hispanoamericana es preciso reparar en ciertos aspectos cardinales de su pensamiento con respecto a las antiguas colonias de América y a la acción protagonizada por España a lo largo de la historia.

El americanismo de Altamira se fundamenta en la ideología regeneracionista de base krauso-positivista, que formuló desde la etapa inicial de su pensamiento sobre América en el citado discurso inaugural del curso 1898-1899 de la Universidad de Oviedo, titulado Universidad y Patriotismo, y en su Psicología del pueblo español. A partir de aquí Altamira plantea en diversas obras, conferencias y artículos una necesaria vinculación   —49→   entre regeneracionismo y americanismo, dado que atribuye a ese americanismo la virtualidad de ser condición ineludible para la «modernización» nacional. Este discurso se expone desde una perspectiva teórica basada en la necesidad de una regeneración que pasa por la reivindicación y restauración de la influencia española en las repúblicas hispanoamericanas. Para fundamentar este objetivo, Altamira dedicó una parte importantísima de su labor historiográfica a la vindicación de la acción de España en América, defendiendo -en sus palabras- «la obra útil, civilizadora, tanto en el orden material como en el espiritual, que realizaron los españoles en su contacto con las nuevas tierras descubiertas del lado del Atlántico y del Pacífico»38. Y, si bien admitió la existencia de errores en el pasado colonial, convirtió su visión de la Historia en instrumento ideal para realizar un alegato defensivo que, en última instancia, tenía como finalidad la recuperación de la confianza en el espíritu nacional y, a su vez, el restablecimiento de las relaciones con los países hispanoamericanos. Su misión fue la de ensalzar los aspectos positivos de la conquista para la civilización y, de algún modo, empequeñecer las violaciones de las leyes protectoras que, desde su punto de vista, se debieron sobre todo a la codicia de algunos colonos y no a la acción del gobierno:

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...necesitamos hacer [...] el balance de los que podemos llamar «los humanitarios»; porque si es completamente seguro e indudable (y perfectamente inútil el negarlo) que muchos de los colonos, que muchos de los conquistadores españoles se portaron de una manera completamente inhumana -contradiciendo, cierto es, la labor y el esfuerzo constantes de nuestra legislación, en la cual, desde las primeras disposiciones de la reina Isabel la Católica hasta las últimas del tiempo de los Borbones, se ve el cuidado de librar al indio de la explotación del colono y de todas las gentes que tendieran a hacer del hombre un instrumento- también es verdad que al cabo de éstos hubo una serie de colonizadores, una serie de conquistadores, una serie de hombres que tuvieron a América por centro de su acción social, los cuales se produjeron inspirándose en aquel espíritu de nuestra legislación (que ha sido calificada por algunos historiadores modernos e historiadores además especiales de colonización, como Zimmermann, como la expresión más alta del ideal de igualdad entre la población colonizadora y la población colonizada, entre el hombre superior y el hombre inferior), que se produjeron, repito, con los indios de una manera humanitaria, correspondiente a la labor educativa de todo pueblo civilizado que quiere representar una obra tutelar39.

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...lejos de ser cierto que España pueda ser motejada de ignorante y cruel, ofrece el ejemplo único en la historia de haber dirigido todos sus esfuerzos al mejoramiento de la situación moral y material de los indios. Nadie puede negar que la obra legislativa fue la más benévola y educadora que sobre colonización se ha producido; pero también es cierto que se aplicaron estas leyes por las autoridades españolas a conciencia, y que sólo se dan algunas excepciones, muy pocas en relación con el caso general, por individuos particulares o que ejercían autoridad secundaria40.



Este tipo de manifestaciones las encontramos a lo largo de toda su obra, en sus libros, conferencias, y también en los prólogos que escribió a un buen número de libros que abordan los siglos de la Colonia. Entre estos prólogos, uno de los más ilustrativos es el que dedica a la obra de Carlos F. Lummis titulada Los descubridores del siglo XVI, vindicación de la acción colonizadora en América, en el que Altamira insiste en la necesidad de esclarecer

qué número de abusos hubo realmente y en qué proporción se hallaron con los casos de una administración, si no impecable, ajustada a los moldes corrientes que la   —52→   humanidad usaba entonces y hoy también. Sólo cuando pueda hacerse ese balance, procederá un juicio de conjunto respecto de la acción española, en la esfera en que todos sabemos que hubo abusos e injusticias41.



En definitiva, se trataba de concebir y reescribir la historia como única vía para abolir los prejuicios derivados de la dilatada empresa antiespañola, gestada fundamentalmente en Inglaterra y en menor medida en Francia -y posteriormente alimentada por los EE. UU.- para engrandecer los aspectos más negativos de la colonia hispanoamericana y, en consecuencia, para denigrar la imagen de la civilización española:

...la reivindicación del pasado y el reconocimiento de todos los elementos útiles que encierra, ha de servir grandemente para modificar la leyenda de nuestra historia, que ha creado en los demás pueblos una prevención tal contra nosotros, una falta tan grande de simpatía y confianza, que aun en los casos en que nos asistieron la razón y la justicia los arrastró, cuando no a otra cosa, a una indiferencia perjudicial para los intereses comunes de la civilización. Y aunque estos juicios se han rectificado mucho últimamente, aún son un peligro y un arma para volver a herir si no se la mella a tiempo42.



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Esta rectificación de la historia colonial por parte de Altamira que, al tiempo que asumía ciertos errores celebraba la obra de España en América, pretendía, en definitiva, conseguir dos objetivos: por una parte, atenuar la animadversión de los hispanoamericanos hacia los españoles infundiendo confianza en una nueva España joven y ávida de reformas, y, por otra, lograr un reencuentro de los españoles con su glorioso pasado civilizador para, a través de la recuperación de la historia, redefinir y consolidar la identidad nacional:

Restaurar el crédito de nuestra historia, para devolver al pueblo español la fe en sus cualidades nativas y en su aptitud para la vida civilizada, y aprovechar todos los elementos útiles que ofrecen nuestra ciencia y nuestra conducta de otros tiempos43.

...ser español no es algo contrario al resto de los hombres, sino ser hombre (con todo lo fundamental y esencial que esto supone) al modo nuestro, es decir, con el especial florecimiento de ciertas cualidades humanas, la originalidad de visión que caracteriza a cada grupo social y la modalidad de procedimiento genuina de cada uno. Mas lo primero que para lograr esto hace falta es convencer a los demás, y convencernos nosotros mismos, de que poseemos esas cualidades, esa visión y esa modalidad, y   —54→   de que somos capaces (no sólo en potencia, para el porvenir, sino en efectividad antes y ahora) de desarrollarlas y darles eficiencia44.



Este es el sentido que Altamira confiere a la noción de patriotismo, es decir, la defensa y el amor a la idiosincrasia propia, de la que no queda excluida la autocrítica para superar los consabidos «males de la patria» que, desde su punto de vista, no debían ahondar el arraigado pesimismo finisecular, antes bien debían superarse y regenerarse para motivar el renacimiento nacional:

...cumpliremos así con el deber del patriotismo, que no consiste, como ya dijo Iriarte, en la hinchada vanidad de proclamar lo propio como lo mejor del mundo, negando y encubriendo sus defectos, a reserva de cruzarse luego de brazos y eludir, con criminal egoísmo, el menor sacrificio por el interés común: sino que es, ante todo, «una noble pasión por engrandecer la tierra donde uno ha nacido», mediante el reconocimiento sincero de las faltas, el trabajo diario para corregirlas, el afán por aprovechar el ejemplo ajeno, el deseo vivísimo de igualar a los más perfectos y de conseguir, por amor a la patria, que en todas partes y en todos los órdenes valga realmente tanto o más que cualquier otra nación45.



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La consolidación de este proyecto idealista tenía por tanto dos resortes principales, su concepción del panhispanismo y el programa americanista, que a la vez se sustentaban sobre una base ideológica esencial: la rectificación de la historia de la colonia como medio para la reivindicación patriótica de la civilización española y de su prestigio internacional. En La huella de España en América, Altamira reconoce su «deseo de hallar en la historia de nuestra colonización cosas que alabar y errores de conocimiento que desvanecer»46. Para ello, utilizó argumentos justificativos que, en su intento de acabar con los prejuicios de la leyenda negra -«ligada, como es natural, a la lucha por la preponderancia en Europa»47-, caen en la atenuación de los aspectos negativos relacionados con la barbarie de la conquista por comparación con la acción llevada a cabo por otros pueblos colonizadores:

La manera de juzgar el sistema colonial de España en América ha experimentado notable reacción. Los historiadores ya no condenan ese sistema de una manera absoluta. Por el contrario, empiezan a reconocer que la labor social y política de nuestra Madre Patria en el Nuevo Mundo merece ser aplaudida y puede compararse ventajosamente con el régimen de las colonias inglesas en Norte América. [...] la conquista y colonización españolas   —56→   ya no se reputan como las peores de las conquistas y colonizaciones europeas, monstruosa excepción de crueldad, inhumanidad e ineptitud, sino como una de las que (con todos los defectos inherentes a esas empresas, no sólo en los siglos XV y XVI, sino en nuestro mismo siglo XX), más alto han tenido el derecho de los pueblos inferiores y más servicios han prestado a la obra universal de la ciencia y de la civilización48.

...ese repudio de nuestro pasado, en virtud de que en él hubo errores (de muchos de los cuales participaron coetáneamente todos los demás pueblos europeos y, a veces, con mayor agudeza que nosotros), tiene también la gravísima consecuencia de abandonar en manos de los reaccionarios todo el campo histórico, con la enorme fuerza moral que representa, decisiva en muchos momentos de crisis nacional49.



El posicionamiento ideológico de Altamira en su tratamiento reivindicativo de la historia de la colonia -sobre el cual es muy significativo el texto titulado «El sentido realista y humano del régimen colonial español en América»50- ha sido ampliamente desarrollado por los principales investigadores de su obra. Entre ellos, Rafael Asín plantea que

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una de las reivindicaciones de las que más orgulloso se sentía Altamira era del reconocimiento y respeto de los derechos humanos de los pueblos colonizados. Las Leyes de Indias -era el máximo especialista en Derecho Indiano- constituían para él «el más alto ejemplo de legislación amparadora y tutelar de los humildes e incultos». [...] Este aspecto de los derechos humanos unido a la forma en la que la corona aborda la conquista y la colonización, más avanzada y metódica que ninguna precedente y capaz de resistir la comparación con cualquiera de los modelos de las potencias coloniales y de salir vencedor de la misma51.



Desde estas premisas, Asín llama la atención sobre esa visión de la colonia que «le permite obviar de forma concienzuda ¿y objetiva? los aspectos del gris al negro de nuestra Historia»:

El Altamira defensor del papel histórico de España tiene que utilizar argumentos similares a los de historiadores tradicionales. Las glorias del imperio. Para salvar su posición [...] necesita combatir, por medio de esos argumentos, las acusaciones de la leyenda negra. Su posición no es firme del todo y, junto a muchos argumentos sólidos y favorables, aparecen la justificación de que otras potencias hicieron lo mismo y hay que analizar los hechos en su contexto temporal y el de su sociedad52.



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Ahora bien, Altamira, sabedor de esa parte negativa cuya exageración pretende atenuar, se cuida mucho de posibles acusaciones de hispanófilo tradicional manifestando la necesidad de reconocer los errores del pasado como único medio para la regeneración nacional:

...así como el reconocimiento de los elementos útiles que encierra el pensamiento nacional antiguo no debe cegarnos en punto a los que no reúnen esa condición, así tampoco la seguridad [...] de que nuestro pueblo no pecó ni se equivocó tanto como han supuesto censores poco imparciales, debe llevarnos a negar la existencia de errores y defectos, ni a cejar en su censura, incluso cuando, por su continuación durante mucho tiempo, pueden inducir a pensar si obedecen a vicios constitucionales de nuestro carácter. Las reivindicaciones históricas no deben traspasar esos límites, so pena de caer en vanidades suicidas; ni tampoco deben tropezar en la ridícula satisfacción de pasadas glorias que cieguen en punto a la decadencia presente, haciéndonos dormir sobre los laureles antiguos53.



Y, consciente de los peligros que entraña esta posición defensiva del pasado, insta a creer en la modernidad de su prédica, apoyándose en la «imparcialidad histórica» omnipresente en su discurso:

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Afirmar el valor y la originalidad de la ciencia y de la civilización españolas en siglos pasados, no quiere decir que hoy debamos aceptar ni todos sus principios ni todas sus consecuencias. Por mi parte, no quiero que me confundan con ninguno de esos escritores que, al vindicar la historia y el pensamiento español, llevan el propósito de inmovilizar nuestra vida [...]. Soy y quiero afirmarme, resueltamente, un hombre moderno, un reformador, un liberal, como vulgarmente se dice: a cuya condición no se oponen, antes bien la ratifican, ni la imparcialidad histórica, ni el deber de afirmar lo bueno de la patria, cualquiera que sea el tiempo en que se produjo y contra todas las insidiadas o prejuicios que lo nieguen54.



Sin duda la cuestión del indio y de la legislación indiana es uno de los aspectos cardinales de la revisión histórica por ser el origen de la leyenda negra. Y evidentemente la rectificación debía comenzar por las obras que la promovieron, y que germinaron en la campaña antiespañola dilatada durante varios siglos y fomentada por diversos países hasta adquirir la dimensión de la leyenda. Me refiero a la obra del padre Las Casas55, génesis de la denuncia   —60→   del problema del indio cuya exageración Altamira trató de clausurar:

En primer lugar, nos falta una revisión de las obras todas del padre Las Casas, el cual, por la acción altamente simpática que representa en cierto orden de su orientación, ha llevado tras sí las voluntades y ha hecho que se desconozca durante muchísimo tiempo toda la parte falsa, toda la parte de posición insegura que tenía él en su campaña (aun siendo, repito, en el fondo altamente simpática y humana), y toda la parte de exageración de sus escritos, de los cuales no tardaron en apoderarse las naciones que lucharon políticamente en Europa y América con nosotros, en aquella contienda literaria que llenó todo el siglo XVI y el XVII, singularmente con la producción de la literatura política de Francia, haciendo de ellos un arma terrible que tocó lo mismo las cuestiones americanas que la leyenda de don Carlos, el hijo de Felipe II, y que se hartó de inventar calumnias y repartirlas y esparcirlas por toda Europa para desacreditarnos56.



Por otra parte, la utilización de la Historia, mediatizada para «sanear» la mancillada imagen nacional, implicaba una selección e instrumentalización que chocaba de frente   —61→   con sus propios postulados teóricos de objetividad histórica, basada en la necesaria investigación de los datos que los documentos aportan. Indudablemente, esa imparcialidad se refería a la necesidad de anular los efectos de los nocivos prejuicios que habían alimentado una visión degradada de España, es decir, afectaba sólo a los contrincantes, de manera que la pretendida objetividad perdía legitimidad en su mismo enunciado: «La Historia de España comienza ya a estudiarse de manera objetiva, imparcial, limpia de rencores o prejuicios; y hasta cabe decir que de autores extraños parte la rectificación de la censura, antes unánime, que entenebrecía el cuadro de nuestra colonización americana»57. Incluso la visión de Altamira respecto a la emancipación americana está teñida por la apología de las cualidades positivas de los descendientes de la civilización española que protagonizaron el proceso de la independencia, cuyos deseos de libertad y soberanía constituían otro voto a favor del espíritu nacional58. La conclusión definitiva es que esa revisión histórica   —62→   dio sus buenos frutos en la dirección deseada, tal y como Altamira afirma en su Psicología del pueblo español:

Igualmente se han conseguido deshacer las leyendas de nuestra inhabilidad absoluta (creída como artículo de fe hasta hoy) para beneficiar industrial y comercialmente las tierras americanas, en las que se suponía buscamos sólo los metales preciosos; de la influencia corruptora ejercida por nuestra literatura durante los siglos XVI y XVII; de la intransigencia y despotismo de nuestros poderes públicos respecto de la emisión del pensamiento en materias políticas, sociales y hasta filosóficas [...] en lo cual, ni la debida censura de lo históricamente comprobado, ni la repugnancia del espíritu liberal moderno a reconocer en derecho la más mínima opresión de conciencia, ni la enérgica reprobación de los autos de fe [...], excluyen la rectificación de las acusaciones exageradas, deber ineludible de imparcialidad histórica59.



Para dar crédito a la objetividad de su revisión histórica, Altamira realiza un planteamiento metodológico sobre el estudio de los hechos que se derivan de la investigación documental en el Archivo de Indias60, pero la insistencia   —63→   en la necesidad de rectificar los puntos negativos evidencia una sujetivización61 evidente de la historia:

...sólo sobre la base de una rebusca constante en nuestro Archivo de Indias es como podemos ir poco a poco capacitándonos para saber qué pasó en América en punto al desarrollo de nuestra historia y para que podamos rectificar, para que podamos resolver toda la serie de afirmaciones, toda la serie de sentencias firmes que han ido rodando de libro en libro62.



En el marco de esa acción vindicativa se encuentra, en definitiva, el hilo conductor de toda la acción americanista de Altamira, que llevó a la práctica mediante la creación de instituciones, impulsando intercambios de profesores españoles e hispanoamericanos, o en las propias clases que impartió desde 1897 cuando ganó la Cátedra de Historia del Derecho Español en la Universidad de Oviedo; pero sobre todo desde 1914, en su Cátedra de Historia de las Instituciones Civiles y Políticas de América en Madrid. Este hilo conductor puede rastrearse en todos sus libros y   —64→   conferencias, con mayor insistencia en los de tema americano: Cuestiones hispanoamericanas (1900), España en América (1908), Mi viaje a América (1911), España y el programa americanista (1917), Trece años de labor americanista docente (1920), La huella de España en América (1924), Cómo concibo yo la finalidad del hispanoamericanismo (1927), Últimos escritos americanistas (1929), La enseñanza de las instituciones de América (1933), etc.; pero también con especial relevancia en su Historia de España y de la civilización española (1900-1911, 4 vols.) y en su Psicología del pueblo español (1902). En el prólogo de este último libro, Altamira declaraba el objetivo principal de toda su trayectoria: «a partir de 1898, puede decirse que la mayoría de mis escritos y de mis conferencias en el extranjero han versado sobre ese tema, es decir, sobre la rectificación de las leyendas, de los desconocimientos y de las calumnias que acerca de nuestra historia y de nuestra vida actual han circulado continuamente». En suma, formulaba la necesidad de «vindicación patriótica»63 a través de la historia para la regeneración del espíritu nacional.

Desde estos postulados ideológicos, Altamira apeló a los ideales colectivos y comunes entre España y los países de América Latina, es decir, a la identidad supranacional de la «modalidad hispana», para restaurar esa ansiada huella o influencia que, «por derecho», debía ejercer la primera sobre los segundos:

  —65→  

...nadie negará que tenemos derecho a un lugar en la obra de la cultura americana, y que constituye un deber para nosotros no abandonar ese puesto, antes bien defender su posesión a todo trance y con las mejores armas que nos sea dado utilizar64.



Y, en este sentido, planteó en su conferencia titulada Cómo concibo yo la finalidad del hispanoamericanismo que

nuestro americanismo tiene que ser radicalmente distinto de los demás. [...] todas las finalidades que principalmente busca, con toda razón y con todo derecho, el resto de los pueblos europeos y asiáticos en la América que habla nuestro idioma y procede de nuestra historia peninsular, son para nosotros finalidades secundarias, no principales. La nuestra, la fundamental, la básica, es la de cultivar, defender y perfeccionar dentro de su molde nuestra modalidad hispana, que es modalidad común a aquellos pueblos y a nosotros65.



  —66→  

Sobre esta identidad hispana supranacional, destinada a restablecer en América Latina el influjo intelectual español, insistió Altamira en muchos de sus libros y conferencias, por ejemplo cuando en sus Cuestiones hispanoamericanas perseveraba en «el reconocimiento de esa solidaridad ideal que nos une por encima de las pasadas luchas, convirtiéndonos en colaboradores de una misma obra superior a todas las diferenciaciones nacionales»; una voluntad de unión que también sintió amenazada cuando inmediatamente advierte que «el ejemplo de los Estados Unidos es, hoy por hoy, un obstáculo temible para la solidaridad que pretendemos establecer»66. Y para dar una base más sólida a estas formulaciones acude a declaraciones afines de intelectuales hispanoamericanos que corroboren sus tesis, por ejemplo, a las del chileno Valentín Letelier:

América quiere estar con España, desea constituir con ella, «en un porvenir no lejano -como ha escrito Letelier- una fuerza semietnológica que contrapese el influjo de las razas sajona y eslava y haga sentir su acción decisiva en los destinos del género humano»; verá con gusto virtualmente establecida en sus tierras jóvenes, «una hegemonía intelectual de España, que será, por cierto,   —67→   más provechosa para el mundo que la simple dominación política»; mas para todo esto impone condiciones, y tiene perfecto derecho a imponerlas. El poseer esas condiciones es obra nuestra puramente. Si queremos ir allá y ser para ellos lo que naturalmente debemos ser, no podemos presentarnos con las manos vacías67.



Se trataba, en definitiva, de fortalecer la idea de una identidad común hispanoamericana en la que España debía ejercer, desde su punto de vista, «lo que naturalmente debía ser»: guía espiritual de aquellas jóvenes repúblicas a las que, por otro lado, les concedía el beneplácito de la originalidad y la diversidad cultural. Se trataba, por tanto, de una reconquista del prestigio de España en América que debía repercutir de manera recíproca en el rejuvenecimiento y modernización nacional de España, para lo cual era necesario desplegar un «americanismo práctico» regeneracionista. Y para hacer realidad este objetivo era indispensable el encomio de las cualidades positivas de la raza -las proverbiales generosidad, altruismo, caballerosidad, humanidad, etc.- que se vería profundamente reforzado por su oposición al modelo norteamericano. Lo cual nos remite, de nuevo, a la mentada polémica entre latinos y anglosajones, imprescindible para entender los encuentros y desencuentros de Altamira con los intelectuales hispanoamericanos, polarizados no   —68→   tanto entre hispanófilos e hispanófobos, como en defensores y detractores de «la huella de España en América».

La tendencia hispanizante de Altamira en la recuperación del pasado y en la reivindicación de los valores hispánicos en el presente, lejos de ser una corriente homogénea en los diferentes países de América Latina, adquirió una pujanza bien distinta en cada uno de ellos e incluso encontró, como he apuntado, fervientes detractores. Ello dependió fundamentalmente del proceso histórico con que cada país desarrolló el proyecto de su independencia, de las relaciones mantenidas durante el siglo XIX con la ex metrópoli y de la manera como se manifestó el «peligro» de EE. UU. en cada país. Y de ello dependió también la respuesta que recibió Rafael Altamira por parte de los diferentes grupos de intelectuales con los que se encontró en su viaje por diversos países de América Latina entre los años 1909 y 1910.



  —69→  

ArribaAbajo 3. La política pedagógica hispanoamericanista

Necesitamos de toda nuestra libertad para seguir luchando por España y por la cultura en nuestro propio solar y en América. Y a ello nos limitamos, creyendo que es bastante para llenar una vida.

Rafael Altamira                


La utopía llevada al dificultoso ámbito de la acción, o el idealismo entendido como apuesta activa por las ideas -en contra de la pretendida connotación peyorativa del vocablo en ciertos ámbitos-, son los términos que mejor definen el pensamiento hispanoamericanista de Altamira, forjado en la educación y la maduración de las ideas regeneracionistas que fueron su escuela en la Institución Libre de Enseñanza, en cuyas aulas se dejaban sentir los últimos latidos de la «aventura krausista» española68.

  —70→  

En el libro titulado España y el programa americanista Altamira presenta una sistematización de los puntos que considera esenciales para la consecución de este programa: «el cambio de planes, programas, anhelos y necesidades»69, principalmente a través de una política de colaboración pedagógica con los países de América Latina70 y, sobre todo, a través del intercambio de profesores y alumnos, puesto que, en palabras de Altamira, «el único hispano-americanismo eficaz es el que conoce concretamente la   —71→   singularidad de cada país y de los problemas económicos, sociales y políticos que lo caracterizan»71. Pero tal vez interese más su libro España en América, que es una recopilación de artículos y trabajos dispersos en diferentes publicaciones del momento. En el «Prólogo», Altamira manifiesta con rotundidad cuál es el propósito de esta publicación:

El éxito de este libro consistirá, no en que lo aplaudan, sino en que suscite otros y otros, en larga serie divulgadora y propagandista [...] y en que se forme en España y en América [...] una corriente de opinión favorable a traducir en la práctica los anhelos de mutuas relaciones intelectuales, sobre la base -por lo que respecta a los hispanoamericanos- de una rectificación de los recelos en lo tocante a la España intelectual de nuestros días y un reconocimiento de la común conveniencia de cambiar, entre ellos y nosotros, los frutos del espíritu y los anhelos en que venimos a coincidir...72.



Y tanto en los artículos recogidos en este libro como en el resto de publicaciones dedicadas a las relaciones culturales entre España y América, Altamira insiste en la voluntad de desentumecer estas relaciones -marcadas por cinco siglos de dominio colonial- para establecer una   —72→   comunicación recíproca que debía repercutir en un beneficio común para el «pueblo troncal» formado por España y las naciones latinoamericanas. Este objetivo determina la constante alusión a la comunidad de intereses de la anhelada «modalidad hispana» supranacional y su papel civilizador en el mundo:

Por eso yo creo -frente a los que hablan de nuestro porvenir africano- que nuestro verdadero porvenir está en América, con la ventaja de que no es ni será nunca un porvenir imperialista, sino un porvenir de honda cordialidad, de alto respeto para todos, de solidaridad en la parte de obra que toca cumplir a los pueblos hispanos en la empresa mundial de la civilización73.



Desde esta perspectiva, independientemente de los problemas planteados en el capítulo anterior, el viaje de Altamira a América tiene la importancia, por un lado, de haber logrado reactivar la conexión cultural con el pueblo latinoamericano y, por otro, la de haber significado un revulsivo importante para la estimulación y el surgimiento en España de determinadas instituciones culturales que propiciaron el interés por los estudios americanistas en la cultura española de principios de siglo. Entre ellas, hay que destacar la participación de Altamira en el Centro de Estudios Históricos creado en 1910 por la Junta de Ampliación de Estudios, que impulsó tras su viaje a América   —73→   el intercambio de profesores, publicaciones, etc., así como también otras muchas iniciativas institucionales que Santiago Melon Fernández enumera en su libro El viaje a América del profesor Altamira:

En junio de 1909 se fundó el Instituto Iberoamericano de Derecho, y, por aquellos mismos días, se estableció la Biblioteca América en la Universidad de Compostela. En Barcelona apareció la Sociedad Libre de Estudios Americanistas con el objetivo primordial de divulgar en España el conocimiento de la América Latina; en Cádiz se creó la Real Academia Hispanoamericana de Ciencias y Artes, y en la Universidad Central se estableció un Centro y Seminario de estudios hispanoamericanos. Las veteranas Unión Iberoamericana de Madrid y su homónima de Bilbao continuaron sus quehaceres con redoblado esfuerzo74.



Las palabras de otro de sus discípulos, Javier Malagón -al igual que Altamira, exiliado en México tras la Guerra Civil- resumen la contribución de Altamira a la historia de España y América, desde una perspectiva de asimilación ideológica o afinidad de intereses en el tratamiento y el enfoque que Altamira imprime a esa historia, es decir, en la insistencia sobre el sustrato común de la hispanidad:

  —74→  

Gran parte del acercamiento de España al Nuevo Mundo y de América a la Vieja Península ha sido obra de don Rafael, directamente o por medio de sus discípulos o de los discípulos de éstos. Él ha hecho en este sentido más que los diplomáticos hispánicos de uno y otro lado del Atlántico. Al español le hizo comprender y amar a América, al americano [...] le ha hecho sentir sus raíces hispánicas y respetar y querer a España como un pueblo más en la cultura e historia común de ambos mundos.

Ésta fue sin duda la mayor y mejor lección que en la Cátedra de Historia de las Instituciones Civiles y Políticas de América regentada por don Rafael Altamira, aprendieron sus discípulos peninsulares, americanos y oceánicos75.



Para desarrollar la empresa hispanoamericanista en España, Altamira consideró preceptiva, como ya se ha visto, la labor de deshacer los prejuicios arraigados en la sociedad latinoamericana que alimentaban la leyenda hispanófoba, labor que, desde su punto de vista -imbuido de las ideas educativas del regeneracionismo-, tan sólo se podía acometer a través de la acción de los profesionales de la enseñanza:

Contra ese error [...] son principalmente los profesionales de la enseñanza los que tienen el deber de reaccionar. Es preciso que vayan a realizar en América, en el orden   —75→   intelectual, lo que nuestros americanos hacen en el económico: reivindicar el buen nombre de nuestro pueblo76.



Por ello, la política pedagógica fue uno de los proyectos primordiales de la acción americanista del incansable maestro, quien dedicó todos sus esfuerzos a dinamizar un programa de intercambio intelectual con América como uno de los mecanismos principales para combatir la corriente hispanófoba, pero nunca movido por un patriotismo autocomplaciente e inmovilista, sino todo lo contrario: desde la perspectiva de un idealismo progresivo y de un pesimismo activo. Es decir, un idealismo o utopismo que, partiendo del reconocimiento de una decadencia indiscutible, del autoanálisis y del diagnóstico de «los males de la patria», pretendía «infundir creencia en la posibilidad de la regeneración» y, al mismo tiempo, transmitirla a las naciones latinoamericanas para restablecer y normalizar la cooperación con España:

Destruiremos así nuestro propio pesimismo, que suele ser dificultad mayor que las exteriores y ajenas para una acción decidida y fervorosa en el trabajo de la civilización mundial77.



Es más, su americanismo no se limitó al ámbito estrictamente académico sino que, como impulsor en España   —76→   de la Extensión Universitaria, quiso trasplantar ese proyecto a tierras americanas potenciando un «programa integral» que, partiendo de las bases del reformismo krausista, proyectara los frutos de la cultura universitaria a todos los ámbitos de la sociedad.

Como manifestación del pensamiento de Altamira en relación a la política pedagógica hispanoamericanista, resulta muy interesante recordar la opinión que le mereció el proyecto de constituir en España una Universidad Hispanoamericana para atraer a la juventud americana que completaba sus estudios en Europa, proyecto finalmente fracasado que había comenzado a debatirse a finales del año 1904. Tanto Altamira como Miguel de Unamuno, Rector de la Universidad de Salamanca, donde se pretendía instaurar el citado proyecto, habían predicho con bastante antelación este fracaso, aduciendo razones que atañen directamente al dogmatismo religioso imperante en las instituciones del momento, que ahogaba los anhelos de instaurar una educación laica a través de la imposición de métodos autoritarios. Esta problemática pone de manifiesto, nuevamente, la polémica entre latinos y anglosajones. Sobre este aspecto, Lily Litvak recuerda que el libro de Edmond Demolins En qué consiste la superioridad de los anglosajones,

achaca los males de los países latinos a la educación autoritaria y dogmática que priva al niño de toda iniciativa y espíritu crítico. La de los ingleses, en cambio, contrasta por sus fines prácticos y porque permite el   —77→   desarrollo del espíritu. Estas ideas fueron recogidas por españoles de la época como Gabriel Alomar y Rafael Altamira78.



Por este motivo, Altamira consideró que, de no renovarse radicalmente la estructura educativa, el proyecto fracasaría y los estudiantes americanos regresarían a los centros de prestigio, establecidos en Francia y Alemania79. Idéntica opinión expresó Unamuno en carta dirigida al Heraldo de Madrid, calificando el proyecto de «fantástico y absurdo»80, a lo que Altamira apostilla:

¿Por qué? Fundamentalmente, porque la enseñanza americana es laica y científica, y la nuestra está dominada por la preocupación religiosa; cuando menos por la reliquia de intolerancia que aquella preocupación ha dejado en la mayoría de los espíritus81.



Para formular la necesidad de una orientación liberal en la enseñanza como base del restablecimiento de relaciones con los estudiantes americanos, Altamira se apoyaba nuevamente en las declaraciones de figuras principales de la intelectualidad latinoamericana del momento, como son el peruano Ricardo Palma y el   —78→   chileno Valentín Letelier, quienes -escribe Altamira- «con la España inculta, estancada en su progreso y reaccionaria en su política, nada quieren, porque otra cosa sería contradecir los mismos principios de vida de las repúblicas americanas»82. La sintonía entre Unamuno y Altamira es total en este caso. Si Unamuno plantea que

antes de pensar en atraer a nadie de fuera, debemos cuidarnos de modificar nuestro ambiente, liberalizándolo del todo; y para poder merecer un día el que vengan a estudiar aquí americanos, es menester, entre otras cosas, [...] la derogación solemne y formal de los artículos 295 y 296 de la Ley de Instrucción Pública y del 2.º del Concordato, en que se establece la inspección de la enseñanza por los señores obispos y demás prelados diocesanos. No olvidemos que en la América española toda, el laicismo es la ley de la enseñanza83.



Altamira le secunda en numerosas ocasiones, por ejemplo cuando expone en sus Cuestiones hispanoamericanas que

necesitamos demostrar a los hispanoamericanos que esto, no sólo es posible, sino que lo procuramos con ahínco mediante una orientación francamente liberal, a la moderna, de las fuerzas políticas del país y de los poderes públicos, y haciendo imposible una nueva guerra civil.

  —79→  

[...] pero ¿cómo hemos de pensar en ejercer influjo sobre los americanos, en crear en ellos centros de enseñanza, si antes no reorganizamos los nuestros y nos decidimos a emplear en su mejora y en su difusión grandes cantidades de nuestro presupuesto?84.



Sin embargo, aun siendo consciente de esta imposibilidad, Altamira pretendió hacerla posible: en un mismo período de tiempo quiso restablecer «la huella de España en América» e impulsar la regeneración de España. Es más, desde su punto de vista, esta regeneración nacional dependía en buena medida de la recuperación del papel de España como guía espiritual de su antiguo imperio para la elevación de las cualidades de la raza y la civilización hispánicas. El resultado es una paradoja elemental, e inevitablemente emergería en la denuncia de algunos intelectuales hispanoamericanos que no aceptaron claudicar ante una pretensión españolista inviable.

Siguiendo el ideario regeneracionista, por un lado Altamira atacó el dogmatismo educativo, la política reaccionaria, los altos niveles de incultura y analfabetismo, etc., y consecuentemente proclamó la necesidad de modernizar, liberalizar, culturizar... en suma, de regenerar el país; y, por otro lado, acatando ese mismo ideario, pretendió impulsar a través de su acción americanista la influencia de España en América, un problema irresoluble   —80→   por esa paradoja que define sus términos: la de pretender regenerar o civilizar desde un país -España- todavía no regenerado, al mismo tiempo que se diagnosticaban los males endémicos de España y se planteaban los problemas para su regeneración. En definitiva, Altamira y el grupo de Oviedo proyectaron restablecer la presencia de España en Hispanoamérica proponiendo a los hispanoamericanos un modelo español que, por los motivos señalados, no se sostenía y que en ese nuevo impulso de acercamiento a América Latina lo que pretendía precisamente era reconstruir un andamio imprescindible para su propia regeneración. Como veremos, sobre esta incongruencia germinará, inevitablemente, la polémica.

No obstante, y a pesar de la paradoja, la importancia del capítulo sobre la Universidad Hispanoamericana estriba en manifestar la consonancia que a comienzos de siglo comienza a fraguarse entre ciertos sectores de la intelectualidad española e hispanoamericana, conformando esa «patria intelectual»85 de la que resurge la idea de América como crisálida que había de transformarse en algo nuevo, y cuyo potencial era visto por aguzadas miradas españolas como energía regeneradora de la crisis nacional.



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