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Rafael Altamira y la «reconquista espiritual» de América

Eva Mª Valero Juan



Cubierta



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Como alguien ha escrito, «todos los libros tienen una historia». Y en esta ocasión la historia surge de un lazo de unión personal con Altamira que tiene que ver con un espacio común y un tiempo compartido a través del recuerdo de nuestros antepasados. Una persona muy querida me acompañó un día a visitar el lugar donde reposan los padres de Altamira en el pueblo de El Campello, y conocí también el espacio de la finca familiar desde la que el joven Altamira encontró la inspiración de su «paisaje del alma» para ensayar sus primeras páginas literarias; de aquel día y aquel lugar surgieron las historias vividas, los recuerdos de las visitas de Altamira a El Campello, los homenajes y discursos, las divertidas y entrañables anécdotas de Altamira con la gente del pueblo...; de aquellas conversaciones surgió también la idea de este libro, cuando a la historia personal se unió mi descubrimiento de América en el pensamiento y la vida de Rafael Altamira. México había sido su último destino, pero desde aquel pequeño pueblo costero de su infancia su presencia no siempre cayó en el olvido. Por fortuna, el recuerdo con el que mi abuelo pintó, entre papeles y palabras, su figura, me sugirió la posibilidad de este estudio. A sus recuerdos debo el origen de esta investigación, y a su memoria dedico las páginas de este libro.



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ArribaAbajoPrólogo

M.ª Ángeles Ayala


El Cincuentenario de la muerte de Rafael Altamira Crevea (1866-1951) ha sido una excelente ocasión para que estudiosos y admiradores de la obra jurídica, histórica, pedagógica y literaria de este intelectual llevasen a cabo, a lo largo de la geografía española, diferentes actos y homenajes con la clara intencionalidad de rescatar de un injusto olvido su figura. Homenajes a los que la propia Universidad de Alicante se ha sumado con la celebración en diciembre del pasado año de un Congreso Internacional en el que se ahondó en el estudio de las aportaciones más relevantes de este liberal y pacifista. Así, pues, escribir unas líneas como introducción al trabajo serio y meticuloso realizado por Eva Valero es motivo de enorme satisfacción, ya que me permite, de nuevo, rendir mi tributo de admiración a un intelectual demasiado desconocido para   —12→   la mayoría de los españoles de nuestra época. Es evidente que el tiempo no ha jugado a favor de Altamira, pues si su figura era admirada en la España de finales del siglo XIX y primeras décadas del XX, a raíz de su exilio en México en 1944 su obra fue silenciada sistemáticamente, sin que la llegada de la democracia a nuestro país diese paso al inicio de un proceso de recuperación de su figura, tal como ha sucedido con otros intelectuales que vivieron un silencio similar al sufrido por Altamira. Un intelectual como Altamira que escribió de literatura, de historia de España, de pedagogía, de Hispanoamérica, de política, de relaciones internacionales y que alcanzó el reconocimiento internacional con obras como la magna Historia de España y la civilización española, España y el programa americanista o La política de España en América, bien merece el esfuerzo de todos para tratar de divulgar sus ideas y que sus obras se integren en el patrimonio cultural de los españoles.

El trabajo riguroso e innovador que Eva María Valero Juan nos presenta en Rafael Altamira y la «reconquista espiritual» de América se centra en una de las facetas más ilustrativas del quehacer de un intelectual que a finales del siglo XIX deseaba por encima de todo que su patria volviese a recuperar su puesto en el concierto de las naciones civilizadas, lugar al que accedería sólo a través de una regeneración moral, política, económica y social. En el famoso discurso leído por Altamira en la apertura del curso 1898-1899 en la Universidad de Oviedo expone las dos condiciones ineludibles para alcanzar esa regeneración   —13→   nacional. En primer lugar era preciso restaurar el crédito de nuestra historia, con el fin de devolver al pueblo español la fe en sus cualidades innatas. En segundo lugar, entender la historia no cómo mirada retrospectiva hacia el pasado, sino como ciencia que permite aferrarse a un futuro de progreso conforme a nuestro genio nacional. Las antiguas colonias españolas del continente americano son para Rafael Altamira parte fundamental de esa historia y de esa raza o genio nacional, de ahí que el escritor insista en el citado discurso en la necesidad de establecer una política pedagógica que sea útil para recuperar, sobre la base de un sustrato ético y cultural común, los lazos entre España y sus antiguas colonias. Eva Valero centra su trabajo en esta interesantísima cuestión, analizando las repercusiones del viaje que Rafael Altamira emprende, ejerciendo de enviado especial de la Universidad de Oviedo, a tierras americanas entre junio de 1909 y marzo de 1910 y que, sin duda, supone el inicio de una etapa de acercamiento de España al continente iberoamericano. Un encuentro basado, tal como Altamira pretendía y expuso en España y el programa americanista, en el conocimiento profundo de la singularidad de cada país hispanoamericano. Eva Valero sitúa con todo acierto la labor americanista de Altamira tanto dentro del clima de pesimismo nacional que surge en España tras la pérdida de las últimas colonias, como en el ámbito de l a polémica que se desarrolla entre los partidarios de afianzar la unión con los EE. UU. y los defensores de la tradición hispana y que, tal   —14→   como señala Eva Valero, no es más que la expresión del modo en que se estaba gestando la nueva identidad de la América Latina desde finales del siglo XIX.

Tras pasar revista pormenorizadamente a obras y discursos como Cuestiones hispanoamericanas (1900), España en América (1908), Mi viaje a América (1911), España y el programa americanista (1917), Trece años de labor americanista docente (1920), La huella de España en América (1924), Cómo concibo yo la finalidad del hispanoamericanismo (1927), Últimos escritos americanistas (1929), La enseñanza de las instituciones de América (1933), etc., Eva Valero sintetiza con brillantez las ideas más destacadas que sustentan el americanismo de Altamira y la defensa que éste hace de la necesidad de una política de colaboración pedagógica que contribuya al acercamiento de todos los países del ámbito latino o hispano.

Especialmente significativos son los dos últimos capítulos del presente trabajo. En el primero de ellos Eva Valero ofrece los testimonios de los reformadores de un lado y otro del Atlántico -Clarín, Unamuno, Ganivet, Rodó, Palma, García Calderón, Gálvez, Rojas, Reyes, entre otros- dispuestos a superar el pasado y favorecer la hermandad entre todos los países hispanos, pensadores que con diversos matices coinciden en términos generales con la postura panhispanista de Altamira. Es obvio que no todos los intelectuales aceptaron esta propuesta abanderada por Altamira, defendiendo, por el contrario, una identidad propia, libre tanto del imperialismo español como   —15→   del anglosajón. Este sería el caso del Fernando Ortiz, ensayista cubano al que Eva Valero dedica un exhaustivo análisis, utilizando para ello materiales inéditos u olvidados hasta el presente momento y que aparecen parcialmente reproducidos junto a los pertenecientes a Altamira en el anexo final del libro.

Como resumen final quisiera señalar que estamos ante un excelente trabajo de investigación que arroja nueva luz sobre Rafael Altamira. Sin duda servirá de estímulo a quienes deseamos ahondar en la obra de este intelectual que en los últimos cincuenta años no ha recibido en España la atención que su vida y obra merece.

M.ª de los Ángeles Ayala

Universidad de Alicante



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ArribaAbajo Introducción

Seamos más y más cultos, para ser más y más libres.


Fernando Ortiz                


La disyuntiva entre hispanismo y americanismo -tantas veces conciliada por la crítica en la figura de Rafael Altamira (1866-1951)- genera el primer interrogante al abordar los diferentes discursos de recepción del hispanismo abanderado por Altamira en tierras americanas entre 1909 y 1910. Ante el talante progresista y moderno del intelectual alicantino, reconocido como una de las figuras más dinámicas del regeneracionismo español, la lectura del as primeras líneas de su Psicología del pueblo español (1902) podría suscitar el desconcierto cuando se trata de profundizar en su faceta americanista y en la relación que mantuvo con los intelectuales hispanoamericanos del momento, objetivo principal de este trabajo: «Escribí el presente libro en aquel terrible verano de   —18→   1898, que tan honda huella dejó en el alma de los verdaderos patriotas»1.

¿Desde qué perspectiva debe entenderse que Altamira, apóstol del hispanoamericanismo en España, califique de «terrible» la fecha de la independencia de las últimas colonias, rezagadas con respecto a las jóvenes repúblicas hispanoamericanas que se habían emancipado en las primeras décadas del siglo XIX? Para responder a esta pregunta cualquier visión anacrónica distorsionaría la interpretación de una frase cuyo lamento se refiere, fundamentalmente, a la derrota frente a EE. UU. en la guerra de la independencia cubana; y, en un sentido más amplio, a las circunstancias históricas en las que Altamira comienza a desarrollar el discurso americanista, central, por otro lado, en su concepción de la historia y de la civilización españolas. La apreciación extemporánea reclama por tanto la necesidad de calibrar los factores del contexto histórico que determinan la psicología de la España del desastre.

1898, con la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, clausuraba el imperio y se convertía en la fecha detonante de una crisis de las conciencias que, agravada por la decadencia económica y sociopolítica de la nación, devendría endémica en el período de entresiglos2. Ante   —19→   este panorama, los españoles asumieron la depresión con matices distintos, según se tratara de los sectores más conservadores o de las fuerzas intelectuales progresistas del país. Pero si había algún factor común entre ellos, era sin duda la amargura ante una crisis nacional que elevó la palabra pesimismo al gobierno espiritual de una época; depresión que fue enfrentada por la intelectualidad peninsular desde diversos ángulos. La conclusión a la que pretendo llegar es que «aquel terrible verano de 1898» hay que entenderlo, en las palabras de Altamira, como expresión de un período profundamente contradictorio en el que el lamento ante el descalabro final de la patria no conllevaba necesariamente una actitud imperialista, sino que expresaba el sentimiento doloroso de la depresión nacional3, del que emergió una reacción de propensión utópica hacia la regeneración:

...acometí entonces -continúa Altamira- la traducción de los Discursos de Fichte. No es que yo acariciase la idea suicida de un desquite militar o de un renacimiento del imperialismo como al fin [...] vino a provocar la doctrina de Fichte. Lo que yo soñaba era nuestra regeneración interior, la corrección de nuestras faltas, el esfuerzo vigoroso que había de sacarnos de la honda decadencia nacional, vista y acusada, hacía ya tiempo, por muchos de   —20→   nuestros pensadores y políticos, negada por los patrioteros y egoístas, y puesta de relieve a los ojos del pueblo todo, con la elocuencia de las lecciones que da la adversidad, a la luz de los incendios de Cavite y de los fogonazos y explosiones de Santiago de Cuba4.



El pesimismo ante la realidad imponía, en el pensamiento de Altamira, el necesario optimismo del ideal y, desde un posicionamiento social comprometido diagnosticó con sus compañeros de generación los famosos «males de la patria» -la corrupción, la abulia, el dogmatismo religioso, el conformismo, la mediocridad...- para desarrollar una regeneración que superase el pesimismo de la psicología española del 98. Desde esta postura ética e intelectual, Altamira opuso ante el pesimismo aniquilador la fuerza constructiva de la voluntad:

...aun concedido que la leyenda respecto a nuestro pasado es falsa [...], y también que el pueblo español demostró plenamente, en otros siglos, cualidades relevantes y prestó servicios eminentes a la civilización del mundo, no pocos de nuestros pesimistas creen que el resultado de nuestra decadencia, desde mediados del siglo XVII, ha sido traernos a una situación de espíritu incorregible, que nos condena a estancamiento perpetuo o, cuando menos, sin fecha presumible de terminación5.

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Nuestra derrota de 1898 produjo dos movimientos opuestos: uno, pesimista, que prestó colores de verdad a todas las opiniones afirmativas de una [in]capacidad esencial de raza para adaptarnos a la civilización moderna; otro, de reacción contra ese pesimismo, de esperanza en un porvenir mejor, el cual llevaba en su fondo, más o menos consciente, la creencia en cualidades fundamentales de nuestro espíritu aptas para todo progreso. De ahí la palabra regeneración, que entonces se hizo común y corriente6.



Este segundo movimiento se sustentaba en tres pilares básicos, íntimamente relacionados en su ideario regenerador. La frase del cubano Fernando Ortiz que encabeza esta introducción -«Seamos más y más cultos, para ser más y más libres»- resume el ideal de Altamira, que desarrolló a través de un proyecto pedagógico basado en una educación igualitaria y accesible para toda la masa del país como único vehículo para la creación de una sociedad culta y libre. Pero si ésta es una de las piedras angulares de su proyecto regenerador, en el segundo fragmento citado se descubren esos otros dos pilares que contienen el significado de la disyuntiva entre hispanismo y americanismo planteada como problema cardinal al abordar la faceta hispanoamericanista de Altamira. Para consolidar la «creencia en cualidades fundamentales de nuestro espíritu aptas para todo progreso», los andamios cruciales en el ideario   —22→   de Altamira eran dos y dependían el uno del otro: la búsqueda y la redefinición de la identidad nacional que debía apoyarse en los rasgos positivos desarrollados por la comunidad; y la concepción de la historia como eje para la transformación social basada en la reivindicación del poder civilizador español a través de los tiempos y, especialmente, en la acción llevada a cabo en América durante los siglos de la Colonia. Fusionando estos dos objetivos, Altamira escribe en su Psicología del pueblo español:

...por muy honda que supongamos la decadencia, nada arguye contra la realidad de nuestro poder civilizador durante siglos, y no puede, por tanto, destruir la esperanza de un renacimiento [...] ni fundamentar la suicida hipótesis de una ineptitud constitucional7.



Sobre esta reivindicación identitaria e histórica Altamira erige su noción de «modalidad hispana» supranacional, destinada a enaltecer un espíritu común hispano-americano y a vigorizar la creencia en las cualidades de un pueblo herido por el desastre. Pero será también esta reivindicación -que partiendo de la rectificación del pasado y de la búsqueda en las raíces positivas pretendía encomiar las cualidades de la raza para redefinir su identidad presente- la que genere la problemática principal en el diálogo entre España y América desde 1898, enraizada en los debates sobre la identidad   —23→   que se desarrollan a ambos lados del Atlántico y que polarizan la disyuntiva entre hispanismo y americanismo. Altamira fue el abanderado de este diálogo desde que en 1909 fue enviado por la Universidad de Oviedo a tierras americanas, donde la defensa de lo hispánico era asimilada, rechazada o conciliada en el proceso de definición de las identidades nacionales hispanoamericanas.

En esta encrucijada, la recuperación de esta personalidad fundamental en la historia de España arroja luz sobre el fin de siglo hispanoamericano y la relevancia de los procesos culturales de Europa y América, desarrollados ampliamente por una extensa bibliografía ensayística sobre la polémica más significativa de la época: la que enfrenta a latinos y anglosajones como dos culturas opuestas tanto por las formas de vida que las caracterizan como por los acontecimientos históricos que detonaron dicho enfrentamiento.

Precisamente es en el año 1898 cuando Altamira, que en 1897 había ganado la Cátedra de Historia del Derecho Español en la Universidad de Oviedo, abre el curso académico 1898-1899 con el discurso titulado Universidad y Patriotismo8, donde diserta sobre la necesidad de una «política pedagógica» para restablecer los lazos entre España y las naciones hispanoamericanas, sobre la base del común sustrato ético-cultural. Como ha expuesto Santiago   —24→   Melon Fernández en su libro El viaje a América del profesor Altamira, «el discurso de 1898 es el primer paso ostensible de la política americanista de la Universidad de Oviedo»9 y constituye el precedente de la relevante labor americanista de Altamira en este momento decisivo de la historia; labor desarrollada con perseverancia tanto en la práctica de su viaje a América, entre junio de 1909 y marzo de 191010, como en las posteriores publicaciones sobre las relaciones culturales entre España y América y la necesidad de un programa americanista.

Para hablar de la función de Altamira en el ámbito del hispanoamericanismo español en las primeras décadas del siglo XX, es preciso recordar las evidentes limitaciones de la política internacional española de la época, que obstaculizaban la puesta en práctica de una verdadera política de orientación hispanoamericanista11. Y, seguramente, uno de los obstáculos que truncaban esta posibilidad era el desconocimiento de la realidad americana por parte de los peninsulares, quienes proyectaban la versión oficial   —25→   de un hispanoamericanismo quimérico, desprovisto de medios prácticos y objetivos concretos. En este ámbito, el viaje de Rafael Altamira a América, a modo de embajador o enviado especial de la Universidad de Oviedo, constituye un hecho de crucial relevancia, dado que se ubica en los orígenes de una vocación hispanoamericanista en España.

Como veremos, esta vocación no estuvo exenta de discrepancias ideológicas derivadas de su reivindicación hispanista en tierras americanas, pero, en cualquier caso, se gestó y desarrolló en el conocimiento directo de la realidad americana para la posterior reflexión y sistematización de los vínculos con España y la articulación de un pensamiento práctico que los consolidara. Altamira insiste en este sentido a lo largo de toda su obra, por ejemplo, en España y el programa americanista escribe: «El único hispano-americanismo eficaz es el que conoce concretamente la singularidad de cada país y de los problemas económicos, sociales y políticos que lo caracterizan»12. Como ha destacado Daniel Rivadulla, el viaje de Altamira, unido a los viajes de quienes siguieron sus mismos pasos en el periplo americano, llegó «en el momento decisivo en el cual se refuerza, aflora o cristaliza una tendencia; en el caso de alguna de las más destacadas personalidades de la élite pensante española de la época, su primer viaje a América   —26→   tuvo la máxima importancia en el plano vital y en su trayectoria intelectual»13. Sin duda, estas palabras son exactas en lo que respecta al futuro de Altamira a partir de aquellos años, ya que desde su primer viaje a América afianza el americanismo como campo principal de su actividad, estableciendo el lazo intelectual que, tras la Guerra Civil española y la II Guerra Mundial, marca el destino de sus últimos días como exiliado en México (entre 1945 y el año de su muerte, 1951), período final en el que desarrolla una prolífica actividad intelectual.

El estudio de las conferencias impartidas en los diferentes países que visitó (Argentina, Uruguay, Chile, Perú, México, Cuba y Estados Unidos ) y de los artículos de colaboración en la prensa hispanoamericana14, o un recorrido por las actividades desarrolladas en lo referente a su campaña de acercamiento entre España e Hispanoamérica15, dan la   —27→   medida del americanismo de Altamira, cuyo ideario plasmó además en diversas obras sobre las relaciones culturales entre España y América. Desde su exilio mexicano esta orientación americanista continuó dando sus frutos, y no me refiero sólo a los resultados bibliográficos, sino también al hecho de que Altamira, fiel a su talante dinámico y a su inquebrantable vocación pedagógica, todavía tuvo tiempo suficiente para crear escuela. Las siguientes líneas de uno de sus discípulos más destacados, el historiador mexicano Silvio Zavala, resumen la relevancia de la trayectoria americanista de Altamira desde la admiración y la conexión ideológica que le unió con su maestro:

Dos veces visitó Altamira las tierras de Hispanoamérica. El primer viaje fue más extenso, juvenil y fértil. Un profesor español de 43 años, bien preparado en filosofía, derecho, historia y literatura, siente la atracción del amplio mundo por el que se había extendido la civilización de su patria, y lo recorre a fin de poder penetrarse más íntimamente del carácter y de las obras del pueblo español. Esta acción sencilla deja en su formación un sello indeleble. Él predica a sus compatriotas que el conocimiento de la historia hispánica debe ganarse en España y también en América. Dedicará largos años de magisterio a comunicar esta lección a discípulos peninsulares, americanos y oceánicos. Y recogerá en su literatura histórica los frutos de esta vasta experiencia.

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Logra así iniciar un hispanoamericanismo de cultura, entendimiento y optimismo sobre un fondo histórico ensombrecido por las luchas del pasado y por los fracasos de los países hispánicos a uno y otro lado del Atlántico16.



Sin embargo, no todos los intelectuales latinoamericanos concibieron del mismo modo el hispanoamericanismo de Altamira. Algunos de ellos mantuvieron posiciones claramente antagónicas con respecto a su reivindicación hispanista en suelo americano y, por tanto, contrarias a esa concepción expresada por Silvio Zavala sobre la visión idealista de Altamira como portavoz español del nuevo hispanoamericanismo «de cultura, entendimiento y optimismo» desde principios del siglo XX. Quizá esta última sea la visión que ha prevalecido en los estudios sobre la faceta americanista de Altamira. De ahí la necesidad de conducir la investigación hacia la otra ribera del Atlántico para revisar esa controvertida «mirada del otro», imprescindible en el diálogo cultural entre España y América Latina; es decir, para analizar no sólo las afinidades ideológicas y el abrazo fraterno con que muchos intelectuales americanos recibieron a Altamira, sino también el choque frontal con aquellos otros que pretendían «desespañolizar América»:

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Lo único cierto en este asunto -escribe Altamira- es que existen en América hombres, y a veces corrientes de opinión, que, convencidos o no de lo que dicen (en algunos casos son boutades y gestos de malhumor, compatibles con el cariño a España y hasta con una fuerte influencia de españolismo), repiten la consabida leyenda de nuestro atraso y nuestro sentido viejo y antimodernista, o movidos por restos de antiguas animosidades políticas, que por fortuna ya no siente la mayoría, creen útil y hasta patriótico desespañolizar América, y para eso necesitan sostener que no servimos para nada en la obra actual de la civilización espiritual y material. La existencia de esos casos es indudable, y tenerlos en nada sería indiscreto y temerario; pero no son, ni con mucho, expresión de opiniones generales y difundidas, hasta el punto de impedirnos toda acción en América y convertir en vana la pretensión del hispanoamericanismo17.



Esta discusión era inevitable si tenemos en cuenta que nos hallamos en los albores del siglo XX, cuando emerge el debate contemporáneo sobre la identidad de América Latina, que coincide con la crisis de la identidad nacional española y con su complejo proceso de redefinición. Evidentemente, la disparidad en la recepción del hispanismo en los países hispanoamericanos dependió de los procesos históricos en que se desarrolló la emancipación política e intelectual de España desde la segunda década del siglo XIX.

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En la evolución de este estudio, el hallazgo sorprendente de algunos textos imprescindibles en los que se gesta dicho debate -La reconquista de América (1911) del cubano Fernando Ortiz es el libro central sobre la discusión con los planteamientos de Altamira- dirigió mi investigación hacia la necesaria revisión del americanismo del polígrafo alicantino desde una perspectiva hispanoamericana: fundamentalmente la de Ortiz como portavoz de la ansiada independencia intelectual con respecto a España (tras la independencia política) para la consolidación de la identidad nacional cubana. Lejos de mitificaciones infructuosas o de reivindicaciones reduccionistas y empobrecedoras de la figura de Altamira y su acción americanista, la perspectiva se dirige por tanto hacia el estudio de las distintas «miradas del otro» que, desde los diferentes países latinoamericanos, posibilitan una nueva visión. Al reencuentro ideológico de intelectuales españoles e hispanoamericanos desde principios de siglo -por ejemplo, la confraternidad ideal entre Altamira y el uruguayo José Enrique Rodó- se une la polémica ante los peligros de la ansiada reconquista espiritual de América preconizada por un grupo de intelectuales españoles desde finales del siglo XIX18; discusión que enriquece sustancialmente el cuadro   —31→   de las relaciones entre España y América Latina desde la fecha emblemática de 1898.

Esta revisión se centra necesariamente en las dos primeras décadas del siglo XX, con especial atención a las consecuencias del viaje de Altamira a América en 1909-1910, cuando se cumplía la centuria del proceso emancipador hispanoamericano. Pero para poder comprender el signo del discurso de Altamira sobre la relación España-América en pleno siglo XX, es indispensable abordar su concepción histórica de los siglos de la Colonia, indisolublemente ligada a su proyecto americanista de futuro. Y es igualmente necesaria una valoración de su pensamiento evitando apreciaciones anacrónicas que distorsionen una visión en la que el contexto histórico es determinante.

Se trata por tanto de entender y enlazar el americanismo de Altamira -como hilo conductor que define su concepción de la historia-, con el conflictivo proceso de la redefinición de las identidades nacionales tanto hispanoamericanas como española, es decir, con la problemática discusión histórica en la que conceptos como patriotismo, españolismo o raza, tan en boga a principios de siglo, polarizan el debate entre hispanófilos e hispanófobos sobre la base de la asimilación,   —32→   el rechazo o la asunción ecuánime de la influencia de España en América tras la Emancipación.

Para recorrer los caminos divergentes que conducen este debate considero necesaria la inclusión de aquellas citas, en ocasiones extensas, que esclarecen con mayor exactitud las ideas americanistas de Altamira y de los intelectuales hispanoamericanos que participan como figuras principales en la discusión planteada. Además, incluyo como anexo una selección de textos de Rafael Altamira y Fernando Ortiz que atañen exclusivamente a la temática abordada en este libro, esenciales para que el lector pueda acceder directamente al pensamiento de estos autores y contrastar personalmente las diferentes visiones que animan la polémica -tan rica en matices- sobre «la reconquista de América» desde las primeras décadas del siglo pasado.

Por último, quiero agradecer desde estas páginas la inestimable ayuda de Pilar Altamira -nieta del pensador- desde los comienzos de este trabajo, fundamental para el hallazgo de materiales de difícil acceso que sin duda han sido determinantes en la evolución de la investigación; también le agradezco su constante atención y las conversaciones en las que la presencia de Altamira cobra la dimensión del intelectual cuya vida, obra y memoria estuvo profundamente marcada por la historia nacional: la Guerra Civil española y la dictadura no sólo motivaron su definitivo exilio mexicano sino que también provocaron un vacío de su memoria que las investigaciones de las últimas décadas comienzan a clausurar.





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