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Examen critico de las revoluciones de España




ArribaAbajoTomo I

Portada del primer tomo

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ArribaAbajoAdvertencia

Esta obrilla debió haber salido á luz en 1825, que es cuando pudiera haber producido los buenos resultados, que su autor se propuso al escribirla. Para ello se hicieron algunas de las muchas diligencias, que entonces se requerian para su impresion y circulacion; pero desde los primeros pasos se echó de ver la imposibilidad material de obtener el necesario permiso, y la ninguna disposicion moral de los que en aquella epoca podian tener influjo en los destinos de los hombres para correjir el equivocado sistema de su gobierno con el conocimiento de la verdad. Hubiera sido facil publicarla en francés, mas no por eso se hubiera conseguido el objeto principal de ella, que no es otro, sino el de señalar las causas y las personas que influyeron en la destruccion del regimen constitucional en España.

Por otra parte, fue tal el diluvio de relaciones, folletos, y articulos, en que con mas ó menos   —vj→   pasion se desfiguraban hechos recientes, y se interpretaban las intenciones mas puras, que hubimos de renunciar al deseo de decir la verdad á quienes no querian escucharla, ni marcar la senda del acierto á los que se complacian en su marcha temeraria hacia el precipicio. El gobierno español era incorregible en sus ideas de reaccion, y por mas que el monarca indicó algunas veces cierta intencion de suavizar las consecuencias del gobierno interino, que precedió á su salida de Cadiz, siempre le fue forzoso mostrarse inexorable contra todo el partido liberal.

El gobierno francés, sin arrepentirse de la intervencion egercida en nombre de la santa alianza, y reclamada por la violencia misma de los hechos, asi como por la voluntad de la mayor parte de Españoles, deploraba el corto fruto, que su empresa habia producido para la tranquilidad de la Europa, y la consolidacion de las verdaderas ideas sociales. Se felicitaba de haber hecho lo bastante para reprimir los principios demagogicos, mas no lo necesario para sentar las bases del orden, que nunca pueden ser otras que las de la justicia acompañada de una prudente tolerancia. En una palabra veia viciado el fruto de   —vij→   sus buenas intenciones y que el resultado de su noble empresa no habia sido otro que el de arrancar el puñal de las manos de un partido para colocarle en otras no menos feroces y sanguinarias. Sus esfuerzos se limitaron en adelante á aconsejar lo que hubiera debido prescribir, y tal vez a reprobar lo que no estaba lejos de aplaudir interiormente.

Sola la opinion general, asi en Francia como en Inglaterra y en España, hacía la debida justicia á los hombres y las cosas, y tal vez hubiera bastado su influjo para el remedio de muchos males, si la impaciencia y el deseo de venganza de los emigrados no hubiese venido á justificar rigores, que todo el mundo tenia por escesivos. Las diferentes empresas temerarias, que intentaron contra el gobierno de su pais, dieron sobrado pretesto para que fuesen mirados no solo como revolucionarios incorregibles, sino como enemigos de su patria.

No lo eran ciertamente los que de ella habian salido en fuerza ó por temor de las persecuciones, que podian ejercerse contra sus opiniones politicas; mas no nos atreveriamos á decir lo mismo   —viij→   de una multitud de vagos y gente de mal vivir, que usurpando la honrosa denominacion de liberales, inundaron la Francia y la Inglaterra, y se aprovecharon de los generosos socorros destinados en ambas naciones á la desgracia y á la virtud. Todos cuantos escesos ó crimenes puedan echarse en cara á algunos individuos refugiados, deben sin duda alguna atribuirse á esa clase espuria y pegadiza, que parece no haber tenido otro objeto que desacreditar y envilecer al partido liberal. Ha sido necesaria una larga serie de casualidades, para que vuelvan á sus hogares muchas familias, malamente confundidas con otros millares de transfugas.

Fue ciertamiente doloroso para esta parte de la historia contemporanea, que una prematura muerte nos privase de la continuacion de la obra, que principió á publicar el señor vizconde de Martignac, porque en ella se hubieran insertado documentos, que confirmarian la mayor parte de los hechos, que asentamos en los ultimos capitulos de esta obrilla y que recibirian notable fuerza en la autoridad de su pluma. Mas aunque hemos tenido una gran parte de ellos en nuestras manos, no créemos deber publicarlos por no   —ix→   ser ni propiedad nuestra, ni del publico. Ademas, los sucesos mismos, que referimos, son tan conocidos en ambas naciones, que no necesitan de comprobacion, sino de un examen imparcial.

Este ultimo trabajo no ha sido desempeñado hasta ahora por nadie, y ya es tiempo de que acabe de fijarse la opinion historica, si es que ha de servir de norte para otras epocas, en que puedan reproducirse las mismas circunstancias y tal vez los mismos errores. Ya desgraciadamente se empiezan á notar muchos de los estravios, que hizieron naufragar la libertad y el orden en nuestro fertil suelo. Ya la guerra civil con todos sus horrores sirve de pabulo y pretesto á la impunidad de muchos crimenes, y ya por ultimo la paz de la Europa amenaza turbarse con ocasion de la situacion critica de España. No porque tenga nada de nuevo que en ella se combatan, como se han combatido en otros muchos pueblos, las cuestiones de sucesion y de principios gubernativos, sino porque un tratado reciente ha dado una estension europea á lo que solo debió ser negocio domestico y objeto de la decision de la mayoria.

Podra servir tambien este ligero examen para   —x→   apreciar debidamente y resolver tal vez la celebre teoria sobre las intervenciones. Nosotros nos guardaremos de emitir nuestra debil opinion sobre un punto, que ofende y humilla nuestro amor proprio, porque, blasonamos antes de todo de ser Españoles. Pero no tememos asegurar que en el caso urgentisimo de la necesidad (unico en que este remedio no es humillante) prefeririamos dos cosas, Iª que una sola potencia ausiliase con sus fuerzas las del gobierno español, que para nosotros es el de la reina Isabel; 2ª que si se verificase este triste caso, la intervencion fuese directa, lata, y estensiva no solo á los sucesos militares, sino tam á la organizacion politica, mientras que el gobierno español, fuerte con una inmensa mayoria, pudiera ejercer la superioridad, que le pertenece dentro de los limites constitucionales. Toda otra manera de intervenir, y sobre todo la incompleta y dudosa, con que se está haciendo en el momento que escribimos estas lineas, nos parece la mas funesta de todas. La lucha actual de España, cruel y obstinada de suyo, se ha prolongado indefinidamente por las simpatias, que la han proporcionado esas medias intervenciones, que envilecen al gobierno, sin ausiliarle con eficacia: y muchos de los instrumentos arrojados   —xj→   para acelerar el triunfo, parecen espresamente elegidos para imposibilitarle ó hacerle temible á los hombres de bien. Plegue á Dios, que antes que nuestros vaticinios empiezen á cumplirse, un rayo de luz ilumine á los dos grandes gabinetes, que tienen mayor interes, en que la España no se destroze á si misma con guerras intestinas. La naturaleza, la razon, y la politica quieren que sea su aliada, no su victima ni su sierva; pero acuerdense una y otra de que jamas un aliado pobre, ni un vecino infeliz sirvieron para nada en el mundo.



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ArribaAbajoIntroduccion

La revolucion de España será sin duda un acontecimiento notable en los anales del mundo. Una nacion que pasaba por apatica, y de la cual solo se hablaba alguna vez para zaherirla, toma de pronto el aspecto mas imponente, y varía la forma de su gobierno, casi sin derramar una gota de sangre. Á la libertad sigue bien pronto la licencia; esta produce immediatamente la anarquia; tras de ella viene la guerra civil; cuatro años de convulsiones crean nuevos intereses, desquician enteramente la antigua monarquia, y sin embargo un egercito estrangero, poco numeroso para tan grande empresa, invade todo el reino casi sin pelear, y la contrarevolucion queda terminada en seis meses; pero el orden no se restablece, ni   —2→   se pone termino á la efervescencia y á la agitacion.

Es sumamente curioso examinar las causas que produjeron tan estraordinarios efectos, y no es menos importante el conocerlas para formar un juicio exacto de la situacion de España. Hasta ahora creo que apenas se tiene noticia en Europa de la revolucion de aquella potencia, sino por las relaciones exageradas y contradictorias de los periodicos, y hay motivos para créer que esta falta de datos se estiende tambien á los gobiernos. Aun en la misma peninsula la diferente posicion en que cada uno se encuentra, y el espiritu de partido hacen formar ideas inexactas y falsas, y generalmente son poco conocidas las causas de la revolucion, su marcha, y el estado actual de las cosas.

Persuadido de que esta es una de las principales causas de los males que afligen á mi patria, me he decidido á tomar la pluma con el objeto de que todos los que tienen alguna influencia en los negocios y en la opinion publica, fijen de un modo irrevocable su concepto sobre la revolucion de España y contribuyan eficazmente á que se restablezca el orden en aquel pais. Como cada dia es esto mas urgente, me acomodo á las circunstancias, y ni aun me tomo el tiempo necessario para corregir este escrito. Los hechos no se desmentirán, y como no busco aplausos, me importa   —3→   poco que el estilo parezca descuidado, y que se eche menos alguna correccion: la verdad necesita pocos atavíos.

Testigo de muchos de los hechos que refiero, sin que haya tenido en ellos una parte esencial, libre del espiritu de partido, del que siempre procuré conservarme, independiente, y sin mas pretensiones que la prosperidad de mi patria, en la que debo encontrar la mia, no me ha sido dificil revestirme de la mas severa imparcialidad. Conozco bastante el mundo para prevéer que este trabajo va á suscitarme enemigos, por que no disimulo ni las faltas ni los crimenes, y procuro que las cosas aparezcan buenas ó malas como son en si. No ignoro tampoco cual es el poder de los partidos, y con que encarnizamiento persiguen á los que se atreven á combatirlos de frente, pero tengo bastante valor para correr estos peligros, y habiendo llegado á créer que esta obrita puede ser util, no titubeo en publicarla, porque mi corazon palpita de gozo al pensar que puedo llamar la atencion sobre España, y contribuir de este modo al bien estar de mi patria: Pro qua quis bonus dubitet mortem oppetere, si ei sit profuturus?

No terminaré esta breve introduccion sin hacer presente á mis compatriotas que se ven precisados á mendigar el amparo de los estrangeros, que si se proponen abrazar aun los objetos caros á su   —4→   corazon, si quieren volver á pisar el suelo que los vió nacer, y si desean que amanezca en su patria un dia de calma y de prosperidad, deben emplear para conseguirlo las armas del raciocinio, de la prudencia y de la moderacion. Cualquiera tentativa violenta solo servirá para que perezcan millares de victimas, y para prolongar los males que agobian á la desgraciada España.



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ArribaAbajoRevolucion de 1820 y causas que la produjeron

Cuando se trastorna en una nacion el sistema de gobierno que la ha regido por muchos años, preciso es que hayan concurrido á producir este efecto diferentes causas lejanas, y que el mismo gobierno haya cometido faltas de gran trascendencia. El examen de los motivos que dieron margen á la revolucion de España en el año de 1820, no puede dejar de ser util á todos los gobiernos, y particularmente al español, pues, conocido el origen de aquellas novedades, es facil evitar que se renueven.

Los que no reflexionan sobre los sucesos, no ven en la revolucion de España mas que una conspiracion militar, y dan por supuesto que los pueblos estaban contentos con el gobierno que entonces habia. Pero como no se pueden desmentir los hechos, y como era imposible que algunos miles de conspiradores diseminados en toda la peninsula consiguiesen hacer adoptar, casi sin oposicion alguna, la constitucion de 1812, sin que la masa de la nacion se prestase ó accediese á sus tentativas, seria una temeridad el negar que el animo de los Españoles se hallaba en 1810 dispuesto á novedades. No diré yo que quisiesen los pueblos la constitucion, pero es innegable que   —6→   descontentos con la marcha incierta de los negocios y con la debilidad del gobierno, deseaban un nuevo orden de cosas y el espiritu publico habia llegado á tal punto, que un puñado de agitadores podia trastornar impunemente el estado.

Pero como los pueblos llegaron á interesarse tan poco por el gobierno que los regia, y porque germinaron en el egercito las semillas de la rebelion?

La España, en 1814, recibió con entusiasmo á su rey que regresaba de la cautividad, y esta epoca, para tener todo el prestigio de afortunada, coincidió con las victorias conseguidas sobre los egercitos franceses, que se vieron obligados á evacuar la peninsula. Pero mientras que no se perdonaron los mayores sacrificios para conservar la independencia, y mientras que en seis años de la guerra mas cruel, los Españoles no cesaron de sellar con su sangre el amor que tenian al rey Fernando, creyeron muchos que habia llegado la epoca de hacer innovaciones en el sistema de gobierno, y que era tiempo oportuno de cerrar para siempre la puerta á los infinitos males que habia acarreado á la nacion un privado en el reinado anterior1. Mas en lugar de retocar el edificio   —7→   de la monarquia, puede decirse que se destruyó el antiguo, y sobre sus ruinas se levantó otro nuevo que fué la constitucion de 1812. Por desgracia, esta constitucion era imperfecta2, porque   —8→   no dejaba á la autoridad real la latitud que es necesaria para que sea reprimida la anarquia, y la representacion nacional no estaba en ella combinada de tal modo, que se pudiese sostener el equilibrio de los poderes respectivos.

El rey no quiso reconocer la constitucion, y declaró nulo lo obrado por las cortes. Los pueblos aplaudieron esta medida, porque todo lo esperaban del rey, que era entonces su idolo, y al cual hacian interesante no solamente sus persecuciones, sus trabajos y su cautiverio, sino tambien el que sus infortunios tenian por autores á los mismos que habian causado las desgracias de la nacion. Pero no dejó de producir disgusto la prision de los diputados que mas se habian distinguido en las discusiones de la constitucion. Quizá aquellos hombres habian manifestado principios poco monarquicos, y quizá sus intenciones no eran buenas, mas esto no estaba claro, y en lo que no podia caber la menor duda era en que habian sido los mas firmes defensores de la independencia, y los que habian establecido por base de todas sus operaciones el principio de que Fernando VII era el rey de España3.

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Por otra parte habiendo quedado la nacion abandonada á si misma, y no, pudiendo resistir á la opresion sino por medio de esfuerzos y de medidas extraordinarias, eran disculpables hasta cierto punto las opiniones que se habian manifestado, porque aun las mas exagerados, dando   —10→   cierto impulso á los animos, contribuyeron tambien á que se desplegase mas energia contra los Franceses. Los que aconsejaron ál Rey que hiciese prender á varios diputados á cortes, y otras personas, debieron enterarle del verdadero estado de las cosas, y manifestarle que era muy conveniente dar muestras de que en todos los Españoles no veia el monarca mas que subditos fieles, que habian hecho los mayores sacrificios para restituirle al trono. Asi cumplia el Rey con lo que debia aun á los mismos constitucionales, por la parte que habian tenido en la derrota de los Franceses, y en su rescate, y no aparecia al frente de un partido que se formó en las cortes, y que se aprovechó del regreso de S. M. para perseguir encarnizadamente á los del bando opuesto.

Los pueblos, que para resistir á los Franceses, crearon ellos mismos autoridades, que no pocas veces se vieron en oposicion las unas con las otras, y que en medio de la confusion y del desorden que agitaban la peninsula, se acostumbraron en gran parte á no obeceder sino al mas fuerte, habian quedado despues de la guerra en una especie de anarquia4. Los partidos formados en las   —11→   cortes y sostenidos y propagados por los periodicos, y las doctrinas que esparcieron los Franceses en los pueblos que dominaron, habian sembrado no poca division en los animos. La España de 1814 no era la España de 1808, como se hizo créer al Rey, y el gobierno necesitaba tener mucha energia, y marchar con firmeza, siempre á un mismo obgeto, para reunir tantos elementos, y restablecer el orden. Mas las riendas del gobierno pasaron por tantas manos, que aun cuando hubiéran sido diestras, era imposible que los negocios dejasen de resentirse de tan repetidas mudanzas; y distaban tambien mucho de ser hombres de estado los que fueron llamados succesivamente al ministerio. Si se examina la larga lista de los que gobernaron la España desde mayo de 1814 hasta marzo de 1820, apenas se encontrarán en ella tres ó cuatro sujetos á proposito, para desempañar tan dificil encargo. El mismo ministro que firmó el decreto de 4 de mayo de 1814, en el que se declaraba nulo todo lo hecho por las cortes, fué arrojado poco despues de su puesto con ignominia,   —12→   y el Rey no se desdeñó de adquirir personalmente las pruebas del abuso que se hacia de su confianza5.

Pero aun cuando no hubiesen sido tan continuas las mudanzas de ministros, y aunque hubieran ocupado estos destinos hombres capaces de dar al gobierno la fuerza de que tanto necesitaba, no por eso debian esperarse grandes ventajas, porque el ministerio tenia atadas las manos. No hay nadie en España que ignore, que existía en la corte una reunion de personas con quienes el Rey tenia mucha deferencia, y esta reunion era conocida con el titulo de camarilla. Los sujetos que la componian eran los que daban casi todos   —13→   los destinos. Su ambicion no se estendia á dictar decretos, ni reglamentos, ni planes, y se contentaban unicamente con disponer de los empleos, y sostener en ellos á sus hechuras y á sus amigos, y con derribar á los hombres de merito. De este modo, los ministros por lo regular no tenian facultades para encargar la egecucion de sus providencias á hombres capaces de llevarlas al cabo, porque muchas veces recibian orden para nombrar á las personas designadas por la camarilla, y asi se frustraba hasta la responsabilidad de opinion que tienen los ministros aun en los gobiernos mas despoticos.

En efecto, cualquiera que sea el sistema de gobierno de una nacion, bastarà que en ella se discurra para que el ministro se averguence de haber nombrado para un destino en rentas á un malversador de la fortuna publica; para el mando de una provincia ó de una plaza á un militar inepto, cobarde y avaro; para ponerse al frente de un egercito á un general desmoralizado, ambicioso y despota, y para administrar justicia á un ahogado ignorante, venal y lleno de vicios. Pero en España ni aun existía esta especie de responsabilidad, porque quien real y verdaderamente empleaba á sujetos parecidos á los que acaban de describirse era un hombre oscuro, que no tenia obligacion de conducirse de otro modo, el condescendiente ministro no hacía mas   —14→   que prestar su firma para autorizar el nombramiento.

Y á cuantas reflexiones no daria lugar el examen de los infinitos decretos espedidos por el gobierno español desde 1814 hasta 1820! En vano se dispuso que todo volviese al ser y estado que tenia en 1808, porque el gobierno empezó desde luego à hacer innovaciones en casi todos los ramos. Se anuló el decreto de las cortes sobre señorios, pero el Rey incorporó á la corona los derechos que tenian los señores juridicionales. Se estableció una contribucion directa, y los bienes de la nobleza y del clero quedaron sujetos á ella. Por otro decreto, se abolió el privilegio que tenia la nobleza de no reémplazar el egercito. Estas providencias produjeron mucho disgusto en las clases superiores, y los pueblos no quedaron satisfechos con ellas; porque los jueces nombrados por las autoridades reales no fueron mejores que los que elegian antes los señores jurisdicionales, y porque la contribucion directa se repartió con una desigualdad monstruosa, pues no habia datos estadisticos, y para adquirirlos, se poblaron las campiñas de comisionados, que exigieron de los pueblos crecidas sumas por sus lentos y casi siempre inutiles trabajos. Los del estado llano tampoco agradecieron el que se obligase á los nobles á entrar en quintas, porque este favor venia mezclado con la pension de contribuir cada año con   —15→   un contingente para reémplazar el egercito, lo cual antes de 1808 no se verificaba, sino muy de tarde en tarde.

Pero la enfermedad mortal del gobierno era la apatía y la falta de caracter y de sistema. Las contribuciones no se exigian con puntualidad, permitiendose á los pueblos el que se recargasen con grandes atrasos. Las atenciones del estado se pagaban muy mal, y con una enorme desigualdad. Los empleados en rentas nadaban en la abundancia; á los civiles se les debian muchos meses, y las viudas y los retirados perecian. El egercito tenia grandes atrasos, pero con una monstruosa diferencia; pues unos cuerpos estaban vestidos con lujo y bien pagados, al paso que en otros los soldados no tenian con que cubrirse las carnes, no salian de los cuarteles porque estaban descalzos, y tomaban al fiado en las tiendas los viveres, que necesitaban para su sustento diario. En un mismo cuerpo, unos cobraban mas de lo que les correspondia, y otros eran acreédores á grandes cantidades. En fin todo era desorden, y el gobierno nada hacia para remediar tan fatales abusos. Facil es conocer que descontento no produciria, y cuantos desordenes no llevaria consigo la falta de recursos, y sobre todo la injustisima distribucion de lo poco que habia. En muchas provincias era publico el trafico que no solamente los particulares, sino los mismos cuerpos militares, hacian   —16→   con sus creditos, pues se veian precisados á ceder una buena parte de ellos á favor de los mismos que debian pagarlos integros6.

Aunque es casi imposible que un gobierno que consiente tal abandono en la reparticion de los fondos, y que de este modo hace un numero tan grande de descontentos, tenga prevision y fuerza para dirigir ningun ramo, sin embargo aun podria créerse que el ministerio español se ocupaba con eficacia en conservar la tranquilidad interior. Pero las conspiraciones se sucedian las unas á las otras, y todas tenian por motivo ó por pretesto restablecer la constitucion de 1812. Los agentes del gobierno, ó no tenian conocimiento de la mayor parte de estas maquinaciones, ó no querían tomar providencia, alguna con respecto á ellas hasta que habian estallado, y de este modo se multiplicaban los males y los escandalos. Aun despues de descubierta una conspiracion, despues de haber sido cogidos las sublevados con las armas en la mano, el gobierno no tenia fuerza ni para castigarlos ni para perdonarlos. Fueron ajusticiados Porlier y Laci, pero las causas, que se formaron á los que los habian seguido, caminaban con la mayor lentitud. En fines de 1815 se verificó la   —17→   conspiracion de Porlier: la constitucion de 1812 se publicó en la Coruña, fueron arrestadas las principales autoridades y el gefe de los sublevados fué cogido con muchos oficiales, cuando marchaba á apoderarse de Santiago. Porlier fué ahorcado á los pocos dias, pero las causas de los que le acompañaban tardaron en verse hasta fines de 1819. Entre tanto los procesados escitaban la compasion general, porque todo el mundo conocia la debilidad del gobierno, y creia que no era un crimen muy grande el desear un nuevo orden de cosas. Llegaba á tanto el influjo de esta opinion, que en algunos puntos los oficiales, que conspiraron con el general Porlier, disfrutaban de libertad, sin embargo de que en el proceso constaba que se hallaban todos en carceles y en castillos; pero los comandantes de las guardias les permitian entrar y salir cuando les acomodaba, y el que no les daba libertad era muy mal visto entre sus compañeros. Los gefes de los cuerpos, los gobernadores de las plazas y las autoridades superiores de las provincias consentian esto: el gobierno no debia ignorarlo, y sin embargo el desorden duró años enteros. Y una conducta tan estraña por parte del gobierno y de las autoridades ¿no fomentaba las conspiraciones? ¿Como los oficiales jovenes y la tropa habian de mirar con horror el crimen, cuando velan á los criminales gozando de grandes consideraciones, y que su desgracia era un titulo   —18→   para que se les -facilitasen ausilios, dispensados á veces por los mismos agentes del gobierno?

No se procedió con mas acierto en la organizacion del egercito ni en disponer las espediciones que fueron ó debian ir á America. El egercito español era demasiado numeroso al fin de la guerra, y convenia disminuirle, pero no tanto que se redujese como se fué reduciendo á casi nada7. Á la dotacion suficiente de oficiales que tenia cada cuerpo, se agregaron los muchos que se hallaban prisioneros en Francia, y que regresaron á España á la paz general. Era impossible acomodar en los regimientos á tantos oficiales, y aunque se permitió pasar á milicias con medio sueldo á los que lo solicitaron, esta medida no fué suficiente para reducir el numero á los precisos. Las reformas se sucedian sin embargo unas á otras: se suprimieron muchos regimientos; los de infanteria quedaron con solos dos batallones, y los cinco oficiales que antes tenia cada compañia se redujeron á tres. De esto resultó un escedente de tres cuartas   —19→   partes de oficiales, á quienes, en lugar de darles licencias para que se retirasen á sus casas con medio sueldo hasta que fuesen necesarios, se les obligó á permanecer en los cuerpos con el nombre de agregados y de supernumerarios, sin tener mas ocupaciones que el servicio de armas, bien ligero repartido entre tantos. Vieronse entonces en los regimientos pocos menos oficiales que soldados, y la reunion de tantos jovenes ociosos y sin estimulo, por que el gran numero de sobrantes en cada clase imposibilitaba les ascensos, y sin medios, porque no se les abonaban sus haberes, debia producir y producia en efecto las mas fatales consecuencias. Era preciso que el gobierno y las autoridades cerrasen absolutamente los ojos, para no ver que los vicios, la murmuracion y el libertinage, eran el fruto de una ociosidad continua, y que en cada cuerpo se sostenia un semillero de hombres dispuestos siempre á abrazar cualquier partido que les ofreciese ventajas. La lealtad, la virtud y la resignacion en los trabajos y en las privaciones, son prendas que adornan á muchos militares; pero sola la disciplina es capaz de contener en sus deberes á un egercito.

En cuanto á las espediciones ultramarinas, el gobierno dió el primer paso para que las tropas fuesen á ellas descontentas, porque ofreció un   —20→   grado mas á todos los oficiales destinados á America. El egercito miró esta gracia como una recompensa que se preparaba para los trabajos estraordinarios que habia que sufrir en ultramar. Si en efecto eran escesivos, premiasense en hora buena en estando allá, pero recompensarlos de antemano, era retraer á los oficiales de hacer semejante viaje, y sobre todo era alarmar mucho los animos de los soldados, para quienes no se señalaban recompensas. Por esto á pesar de la miseria que agobiaba al egercito, y á pesar de las poquisimas esperanzas que habia de obtener un solo ascenso, eran muy raros los oficiales que tomaban voluntariamente el partido de ir á America.

Con estos antecedentes prepara el gobierno una espedicion considerable, y empieza por ir reuniendo muy de antemano las tropas en Cadiz y en sus inmediaciones, sin estar prontos los transportes, ni equipados, ni aun organizados los cuerpos, algunos de los cuales permanecieron á la orilla del mar años enteros. ¿Era tan dificil organizar la espedicion en diferentes provincias maritimas, evitando de este modo los inconvenientas de reunir tantos descontentos? Aun cuando no hubiese motivos politicos para esta medida, la reclamaba imperiosamente la salud de los soldados y de los pueblos, porque debia presumirse que si retoñaba en Cadiz la fiebre amarilla, como era   —21→   muy probable, se contagiase el egercito, y se malograse la espedicion8.

A mediados de 1819 aparecieron en el egercito espedicionario los primeros sintomas publicos de rebelion, y faltó poco para que se verificase entonces lo que sucedió pocos meses despues. Se arrestaron algunos gefes; mas tarde se quitó el mando al general, y á esto se redujeron las medidas que tomó el gobierno. Era, sin embargo, bien facil preveér que la semilla de la sublevacion habia infestado aquellas tropas, y que solo separandolas, ó dandolas un gran impulso de actividad, podian cortarse las raices del mal. Entonces se echó menos que el infante generalisimo no se acercase á examinar el espiritu de un cuerpo de egercito bastante numeroso, y que de las manos de un general intrepido y emprendedor habia pasado á otras, cuya aptitud era poco conocida en el egercito.

Declaróse, en efecto, la fiebre amarilla en Cadiz, en el otoño de 1819, y las tropas se acantonaron à pocas leguas de aquella plaza, con la fortuna de que no llegó á ellas el contagio; porque entonces hubiera sido muy dificil, ó casi imposible,   —22→   formar un cordon, y es probable que la epidemia se hubiese estendido en una gran parte de la peninsula. En algunos de estos cantones fué donde el dia Iº. de enero de 1829 se proclamó la constitucion de 1812.

Por mas que se hubiese trabajado de antemano, para que todas las tropas espedicionarias siguiesen el impulso dado por algunos batallones, no fué posible que los conjurados lo consiguiesen, y la mayor parte permaneció fiel al Rey. Los sublevados, de resulta de haber rehusado unirse á ellos algunos generales á quienes ofrecieron el mando, se vieron en la necesidad de elegir por su gefe á un oficial de poca graduacion, que no tenia en el egercito una opinion muy ventajosa. Sus primeros pasos se dirigieron á la isla de Leon, con animo de apoderase tambien de Cadiz, donde contaban con que sus partidarios serian bastante poderosos para facilitarles la entrada, en el caso de que se opusiesen las autoridades. Pero sus projectos quedaron frustrados; la guarnicion de Cadiz y la escuadra tomaron una actitud imponente contra ellos, y se vieron precisados á encerrarse en la isla. El numero de los sublevados no llegaba á cinco mil hombres, entre los cuales habia muchos reclutas, y muchisimos descontentos. El disgusto era cada dia mayor, viendo que se iba á concluir el mes de enero, sin que recibiesen socorros de ninguna parte, y que una tentativa, que   —23→   se hizo en Cadiz el 24 para abrirles las puertas, fué reprimida immediatamente por la guarnicion, que cada dia se mostraba mas inaccesible á las promesas de los revolucionarios.

Para examinar el estado de la opinion publica, reunir fondos y viveres, y atraer aquellos cuya lealtad vacilaba, hizo Riego una salida, el dia 27 de enero, con mil y quinientos hombres de las mejores tropas, y se dirigió á Algeciras, poniendose en comunicacion con Gibraltar, de donde recibiò algunos auxilios. De suerte que casi hacia un mes que los sublevados permanecian en la isla de Leon, y todavia no habia sido bloqueado aquel punto, sin embargo de que ademas de las numerosas tropas del egercito espedicionario que no habian tomado parte en la rebelion, eran muchos los cuerpos peninsulares de linea y de milicias que estaban en Andalucia, sin contar con los que llegaban de otras provincias. Riego permaneció en Algeciras hasta el 7 de febrero, y habiendo vuelto á tomar el camino de la isla, supo el 8 en Bejer, que aquel punto estaba ya bloqueado, y despues de una indecision de algunos dias, determinó por fin dirigirse á Malaga, en dónde esperaba ser bien recibido. Es muy notable que siendo muy superiores las fuerzas que obraban contra la columna de Riego, no fuese este atacado hasta el 17 de febrero, sin que aquel encuentro le impidiese seguir el camino de Malaga, y es   —24→   tambien digno de reparo el que Riego despues de su salida de la isla no hubiese aprovechado los primeros momentos, marchando sobre algun cuerpo de tropas, porque solo un golpe de audacia podia sostener su partido, y no era dificil atacar con ventaja algun destacamento aislado. Pero se contentó con evitar un encuentro, al paso que sus contrarios maniobraron con mucha tibieza, hasta que muy disminuido el numero de los sublevados por la fatiga et por la desercion, ofrecian un triunfo seguro donde quiera que se les alcanzase.

A ultimos de febrero, Riego huia ya sin plan, sin concierto y sin que los pueblos tomasen las armas para hacer causa comun con los sublevados, ni tampoco cometiesen contra ellos hostilidad alguna. El dia 7 de marzo, Riego, cuya fuerza estaba ya reducida á trescientos hombres descontentos, y desanimados, entró en Cordoba, atravesando el puente que hay sobre el Guadalquivir, y permaneció en la ciudad hasta el dia siguiente. Debe advertirse que en aquella ciudad había parte de un regimiento de caballeria, varios destacamentos de infanteria, y que encierra una poblacion de mas de treinta mil almas. Sin embargo, nadie inquietó á los rebeldes, que se acuartelaron en el convento de San Pablo, recibieron todos los auxilios que necesitaban, y al dia siguiente continuaron tranquilamente su camino. Esto pasaba   —25→   en Cordoba cuando por todas partes se hallaba rodeada de tropas realistas, y de aqui se puede inferir cual era el espiritu que en aquella epoca dominaba á los Españoles, y si es cierto que tenian á la revolucion el odio invencible que se quiere suponer.

El desaliento y el terror se habian apoderado tambien de l'espiritu de los sublevados de la isla, porque veian frustrados todos sus planes, y no podian creér que triunfase el partido que habian abrazado. El miedo á la horca les sostenia aun, y los gefes y oficiales se hallaban continuamente en la linea para evitar la desercion de la tropa descontenta ya, y amilanada. No es dificil calcular cual hubiera sido en semejantes circunstancias el resultado de un ataque dirigido por mar y por tierra contra la isla, pues todos los antecedentes nos inclinan á creér que hubiera esperimentado poca ó ninguna resistencia. Sin duda el general que mandaba el egercito del Rey creyó que era mas ventajoso sujetar á los sublevados sin derramar sangre, y esto se hubiera conseguido infaliblemente no haber mediado otros sucesos, que cambiaron enteramente el aspecto de las cosas.

De este modo se pasó todo el mes de enero y los dos tercios del de febrero, sin que en ninguna otra parte de la monarquia estallase conspiracion alguna. El gobierno entretanto no veia sino   —26→   lo que pasaba en un estremo de Andalucia, y amontonaba en aquella direccion casi todas sus fuerzas disponibles, dejando desguarnecidas provincias enteras. Todo se hacia en el silencio y en la oscuridad; no en aquel silencio que impone y llena de terror á los conspiradores, sino de un modo que indicaba miedo, y que alentaba sobremanera las facciones. No ha llegado á noticia del publico, ni aun de los que observaban atentamente la marcha de los negocios, que el gobierno tomase ninguna medida vigorosa ni aun prudente. Parecia regular que en semejantes circunstancias no se perdonase medio de asegurar la fidelidad del egercito, dirigiendose á los capitanes generales, á los inspectores y á los gefes de los cuerpos, dando impulso á todos los ramos del servicio militar, removiendo á los gefes y oficiales de quienes se sospechase con fundamento, é inspirando á la tropa sentimientos de disciplina y de lealtad. Nada de esto sucedió, y todo seguia el curso apatico que habia tenido hasta entonces.

Se creyó que el infante generalisimo marcharia á ponerse al frente del egercito de Audalucia, y no hay duda que su presencia, al paso que hubiera entusiasmado aquellas tropas, hubiera tambien acabado de abatir á los sublevados. Era opinion general que si S. A. les dirigia la palabra y permitia que algunos de los principales   —27→   conspiradores se salvasen fuero del reino, entregarian las armas antes de concluirse enero, y todo se terminaria sin disparar un tiro.

Entretanto se iban familiarizando los pueblos y las tropas con la sublevacion de la isla; el espiritu de partido y el deseo de novedades ensalzaban á los gefes que la dirigian, hacian admirar sus proyectos, y en una palabra la revolucion se alimentaba con la falta de energia y con la indecision del gobierno9. Los revolucionarios que estaban encargados de sublevar las provincias, trabajaban casi á cara descubierta, y su actividad se redoblaba en proporcion de los apuros de sus compañeros de la isla, porque estaban bien convencidos de que reducidos aquellos á si mismos, iban bien pronto á sucumbir. Las autoridades estaban ciegas y sordas, y no parecia sino que ellas mismas facilitaban los medios de que se trastornase el orden de cosas existente, y que participaban de la misma especie de letargo que habia adormecido y adormecia aun al gobierno. La unica señal que este habia dado de vida, era enviar á Andalucia tropas sin cuenta, ni razon, sin tomar en ninguna otra provincia las medidas que tan imperiosamente reclamaban las circunstancias.

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Llegó en esto el 21 de febrero, dia en que se proclamó la constitucion en la Coruña. Si en todas partes eran notorios los esfuerzos de los conspiradores para hacer una diversion en favor de los de la isla mucho mas en la capital de Galicia, donde ápenas habia quien dudase de lo que iba á suceder. En aquella ciudad habia estallado la conmocion de 1815, á cuyo frente se puso el mariscal de campo D. Juan Diaz Porlier, que consiguió apoderarse de las personas del capitan general y del gobernador. Parecia que esta sorpresa debia ser borron para aquellas autoridades, que cuando menos eran culpables de falta de vigilancia, y de ignorar absolutamente lo que pasaba á sus inmediaciones. Sin embargo el gobierno no les hizó ningun cargo, y desconcertados los proyectos de Porlier, volvieron desde la prision á ocupar sus destinos. Ni la experiencia los hizo mas precavidos, pues á su vista se volvió á anudar el hilo de la conspiracion, que en diferentes ocasiones antes del año de 1820 se creyó que iba á estallar. Tal era el abandono del gobierno, que mantuvo en destinos tan importantes á hombres que habian demostrado palpablemente que no eran á proposito para desempeñarlos.

A pesar de los preparativos anteriores no tomó por el pronto parte activa en la revolucion de la Coruña sino un puñado de oficiales y de soldados.   —29→   Se proclama la constitucion; el capitan general, el gobernador de la plaza y otros varios gefes son arrestados. Una casualidad pone en salvo al teniente general que estaba declarado segundo del capitan general, y que en su ausencia habia mandado muchos meses, y en lugar de tomar una determinacion vigorosa, presentandose en algun cuartel para que la tropa no olvidase su deber, ó en lugar al menos de retirarse á un punto, en el cual reuniese los cuerpos que estaban diseminados en la provincia, y los regimientos provinciales; en vez de cumplir con su deber haciendo frente á la revolucion por cualquiera de estos medios, tomó el cobarde partido de presentarse á los sublevados para que le arrestasen: como si un oficial general y una autoridad de su clase cumpliese con lo que debia al Rey en circunstancias tan criticas no tomando parte en la rebelion10.

La noticia de la revolucion de la Coruña llegó bien pronto al Ferrol, y sirvió para que los amigos de novedades siguiesen el egemplo de la capital de la provincia. En cuanto á las autoridades, ni reunieron las tropas, ni las hablaron, ni tomaron medida alguna vigorosa, y cuando   —30→   el 23 de febrero se publicó la constitucion, no tubo el gobernador mas animo que para dejarse arrestar en su casa. Lo mismo sucedió en Vigo. Pero el comandante de Santiago, que era un teniente general, se declaró por el gobierno existente, tomó el mando de Galicia, hizó poner sobre las armas los regimientos de milicias y reunió alguna tropa veterana. Sin embargo de que todos los esfuerzos de los sublevados no podian ser suficientes para dirigir sobre Santiago quinientos hombres en los primeros momentos, el nuevo capitan general tomó el partido de retirarse á Orense que dista veinte y cinco leguas de la Coruña. Los habitantes y los soldados adictos al Rey debieron formar una idea abultada de los recursos y de las fuerzas de los sublevados, viendo que se les abandonaba la ciudad mas rica y mas populosa de Galicia, al paso que los conspiradores, que al menor amago de resistencia hubieran sido abandonados por sus soldados, pudieron persuadirles que no tenian nada que recelar.

Llegaron los sublevados á Santiago, y el convencimiento de su debilidad les obligó á permanecer algunos dias en aquella ciudad, en la cual ápenas se contemplaban seguros. Entretanto el nuevo capitan general reunia en Orense varios destacamentos de tropas de linea y cinco regimientos de milicias, hallandose prontos á incorporarsele otros dos, un batallon de infanteria   —31→   y algunos escuadrones. Es cierto que entre los milicianos habia muchos desarmados; ¿pero como puede disculparse el abandono del gobierno y de las autoridades superiores, que no facilitaron armamento á unos cuerpos con cuya fidelidad contaron siempre? ¿Que prueba puede darse mas clara del desconcierto que se notaba en todos los ramos? sin embargo las fuerzas del capitan general eran imponentes, y aunque en la mayor parte se componian de milicianos, todos los oficiales de estos cuerpos, á no ser algunos subtenientes, y los mas de los soldados habian hecho la guerra de la independencia. Contaba ya con diez hermosas compañias de granaderos, y de un momento á otro podian incorporarsele otras cuatro. ¿Y que era lo que los sublevados podian oponer á estas fuerzas? Apenas unos ochocientos hombres, los mas de ellos reclutas que no inspiraban confianza bajo ningun aspecto. A pesar de todo los conspiradores tomaron el partido de marchar sobre Orense, porque conocian que solo á fuerza de actividad y de movimientos podian imponer algun tanto y conservar sus soldados. El capitan general no solamente contaba con una gran superioridad de fuerzas, sino que ocupaba una posicion ventajosisima. Para llegar á ella tenian los conspiradores que atravesar el Miño que corre por debajo de la misma ciudad de Orense, y que iba entonces muy caudaloso, no siendo vadeable   —32→   por ningun punto, y hallandose el puente mas immediato á diez leguas de aquella ciudad.

Todas estas consideraciones no fueron suficientes para que el nuevo general permanecíese en su posicion, y se retiró á Castilla, estableciendose en Benavente que dista de Orense cuarenta leguas. De este modo un puñado de sublevados casi sin disparar un tiro llevaron delante de si á fuerzas cinco veces mas numerosas, y todo el reino de Galicia, que equivale á la septima ú octava parte de la España se sometió á sus ordenes. Los pueblos permanecieron enteramente pasivos, y no tomaron ninguna parte en la contienda.

Me he detenido de intento en referir como se verificó la revolucion en Galicia, para que pueda formarse juicio cabal del estado en que se hallaban los pueblos, y de la resistencia que opusieron las autoridades. Es imposible que un acontecimiento tan escandaloso hubiera llegado jamas á suceder, si el deseo de novedades no hubiese cundido por todas las clases.

Los sucesos de Galicia tubieron en la corte una gran influencia, y el gobierno sobrecogido empezó á transigir con la revolucion, ofreciendo cortes por estamentos11. Desde este momento no   —33→   hubo ningun hombre de ilustracion y de prudencia que no conociese que el termino del orden de cosas existente habia llegado ya, porque un gobierno que empieza á perder terreno á la vista de los conspiradores, es perdido sin recurso. Aquel decreto no satisfizó á nadie, porque los revolucionarios se habian fijado en la constitucion de 1812, y los defensores de la antigua monarquia tenian por inoportuna y aun insignificante la promesa de cortes por estamentos, porque en el decreto de 4 de mayo de 1814, por el cual fué abolida la constitucion, ofrecia tambien el Rey que convocaria cortes, y sin embargo no se convocaron.

Animados los conspiradores de la corte con la debilidad del gobierno, trabajaron abiertamente para conseguir su objeto, y el 7 de marzo prometió el Rey que juraria la constitucion. Por una combinacion de cosas bastante rara, el mismo general, á quien el Rey habia mandado venir á la corte para salvar la monarquia, llegó á tiempo de decir á S. M. que era preciso prestar el juramento. Y por otra combinacion no menos estraña el Rey juró la constitucion el dia 9 de marzo, cuando los sublevados de la Isla habian llegado á los ultimos apuros, cuando la colunna de Riego, que apenas conservaba ya algunos hombres, tuvó que   —34→   disolverse el 11, y cuando la guarnicion de Cadiz se oponia abierta y aun atrozmente á que se publicase la constitucion en aquella plaza.

No hubó por parte del gobierno, ni de las autoridades de la capital mas energia ni mas decision que en las provincias, y parece increible que haya podido llegarse jamas á tal grado de inaccion y de inercia. La guarnicion de Madrid se componia de los dos regimientos de infanteria de la guardia real, del cuerpo numeroso de caballeria de guardias de la Persona, de dos regimientos de infanteria de linea, de dos de caballeria y de un escuadron de artilleria á caballo. La guardia real de infanteria era una hermosa division de mas de cuatro mil hombres escogidos, y los sucesos manifestaron despues el espiritu que animaba á estos soldados, asi como á los guardias de la Persona y en general á toda la guarnicion. ¿Que hizó pues el gobierno, no digo yo para atraer á estas tropas y que se conservasen fieles á sus deberes, sino para saber cual era el espiritu que las animaba? Absolutamente nada. En lugar de aconsejar al Rey que hablase á su guardia, y que hiciese demostraciones para que los soldados conociesen que de ninguna manera queria las innovaciones que se projectaban, en lugar de hacer que el Infante generalisimo recorriese los cuarteles y velase de cerca sobre la conducta de los generales, de los gefes y de los oficiales; en lugar de ensayar la fuerza   —35→   contra los grupos que se presentaron en la plaza de palacio, se contentó el gobierno con reunir, ya en la misma crisis, á los gefes de los cuerpos, que en general no dieron razon del estado de sus regimientos, y la inaccion y el abandono se arraigaron mas y mas. De este modo fue facil que unos cuantos amotinados obligasen al Rey á abrazar la revolucion. Dicen que lo que mas fuerza hizo para que se tomase aquel partido, fue el haberse presentado una lista de oficiales de guardias que entraban en la conspiracion. Pero la lista distaba mucho de ser autentica, y aun cuando lo fuese, ¿era imposible arrestar á muchos de los comprendidos en ella y remover á otros? ¿Y como los coroneles, los comandantes de los batallones y los capitanes, de cuyas clases parece que la lista no contenia casi ninguno; como estos gefes podian ignorar el manejo de sus subalternos con la tropa, por poco que cumpliesen con sus deberes? El hecho es que los soldados de guardias y los de toda la guarnicion se quedaron tan atonitos con la noticia de que el Rey habia jurado la constitucion, como los mismos dependientes de palacio; y es constante que la mas pequeña demostracion de vigor por parte de las autoridades hubiera desconcertado los proyectos del corto numero de conspiradores que habia en Madrid. Juzguese pues quienes fueron mas culpables en el juramento del Rey, si los revolucionarios mismos, ó el gobierno   —36→   y las autoridades que nada hicieron para contenerlos.

Jamas se hubiera alterado la tranquilidad en Madrid, ni se hubieran hecho peticiones al Rey, sino se hubiese contado con el aturdimiento y con la nulidad de los que mandaban, y un solo batallon de guardias bastaba para que todo volviese á entrar en el orden aun en el mismo dia 7 de marzo. Esto hubiera producido la rendicion de la Isla; la columna de Riego se disolvió el 11 de marzo, y las tropas realistas que estaban en Benavente podían marchar en seguida á la Coruña, seguras de que no encontrarian en el camino ningun obstaculo. El Rey, disipada la terrible tempestad que se habia formado por la impericia y por la desidia de los que mandaban, podia ocuparse seriamente en conciliar los animos y en sofocar los partidos, estableciendo un sistema de gobierno mas conforme con las necesidades de los pueblos. ¿Y á quienes culpará la historia de que esto no sucediese, y de que no se evitasen los infinitos males que sufrió y sufre aun la desventurada España?

No es mi animo disculpar á los que fueron los autores de aquella rebelion. Cualquiera que con las armas en la mano trastorna un gobierno, por malo que sea, prepara á su generacion males sin termino. Pero los sucesos hacen tambien los mas graves cargos al gobierno que cometió tan enormes faltas, que obró con tan poco tino, y que   —37→   tuvo tan poca energia. Hay sin duda hijos discolos á quienes no hacen virtuosos ni la buena educacion, ni los escelentes egemplos de sus padres, y sobre ellos solos recae la odiosidad de sus malas acciones. Pero si en la casa paterna solo hallaron indolencia, desidia, y malos egemplos; si se les hizo carecer de lo necesario; sino se puso tasa á sus furores ni á sus caprichos; los vicios de que adolezcan, los crimenes que cometan, refluirán tambien sobre sus descuidados padres, y aun estos serán mirados como la principal causa de la mala conducta de sus hijos. Si el egemplo de los padres es aplicable á los gobiernos, á ninguna clase del estado lo será tanto como al egercito, compuesto casi todo de jovenes á quienes solo sujeta la disciplina. Si el gobierno y las autoridades consienten que esta se relaje, si se abre la puerta al ocio, si se dan poderosos motivos de descontento, y si la debilidad y la apatía son el distintivo de los que mandan ¿que estraño es que la juventud se descamine, y que las naciones enteras sean victimas de su frenesi?



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ArribaAbajoPrimer Ministerio constitucional

Jurada por el Rey la constitucion de 1812, siguieron immediatamente este egemplo les pueblos y las tropas que aun permanecian fieles al antiguo gobierno; y por mas que hayan sido despues amargos los frutos de este juramento, por mas que se empeñen algunos en hacer créer que la violencia le arrancó de casi todos los Españoles, es innegable que se esperimentó un gozo universal, cuando se supo que el monarca habia adoptado aquel partido. Solo un cortisimo numero de personas conocia que la constitucion tenia defectos esenciales capaces de alterar la forma del gobierno monarquico, y los pueblos y el egercito que en el año y medio que rigió hasta el regreso de Francia de Fernando VII y se ocuparon mas en hacer la guerra que en materias politicas, no habian tenido lugar de examinar sus nulidades. Ademas todavia no se habia ensayado en la parte mas importante, pues el Rey se hallaba ausente, y solo existia un consejo de regencia, al cual las cortes no habian concedido sino una parte de la autoridad que la constitucion señalaba al monarca. Y no se trataba tampoco de examinar las buenas ó malas doctrinas de la constitucion, pues los mas de los que conspiraron   —39→   para restablecerla no la habian leido ni tampoco la immensa mayoria de los pueblos lo que principalmente se queria era destruir un gobierno debil e impotente, y dar curso al espiritu de novedades que agitaba á muchos.

Por otra parte desde los primeros dias de enero de 1820, hasta que juró el Rey la constitucion, y particularmente en los ultimos dias de febrero y los primeros de marzo, en que se multiplicaban las conspiraciones, la nacion estuvo en una continua y penosa alarma. El mal habia cundido ya tanto que parecia dificil librarse de el sin aplicar remedios sangrientos, y la guerra civil con todos sus horrores se presentaba sin cesar á la imaginacion de los Españoles en aquellos dias. La condescendencia del Rey disipó al pronto el nublado, y la multitud que prevée poco, y á quien por consiguiente apenas inquietan los males lejanos, se alegró de ver desvanecidos los peligros que creia proximos.

Aacute; tres clases pueden reducirse los descontentos de aquella epoca. Primera: la de los hombres ilustrados y prudentes que no solamente conocian las nulidades de la constitucion, sino que creian que no se observaria, porque el gobierno no seria bastante prudente, ni bastante fuerte para sujetar á ningun orden de cosas el espiritu de rebelion que trastornó el sistema anterior. Segunda: la de aquellos que rehusaban toda innovacion, porque   —40→   estaban persuadidos de que corrian mucho peligro sus intereses. Finalmente algunos de los mismos revolucionarios, que viendo destruida la antigua monarquia antes de que ellos hubiesen conseguido alguna parte de sus despojos, no podian estar contentos, y deseaban que habiendo rehusado el Rey prestar el juramento, se hubiera encendido la guerra civil, de la cual se prometían sacar grandes ventajas. El primer cuidado del nuevo gobierno debió ser el de atraer á las dos clases primeras, dando esperanzas á los unos de que se reformarian los defectos de la constitucion, y prometiendo á los otros que se respetaria toda especie de propiedades. Los anarquistas comprendidos en la tercera clase debieron ser observados constantemente para reprimir sus proyectos.

Establecido en España el nuevo orden de cosas, dejaron el ministerio los sujetos que le ocupaban, y fueron reemplazados por los que mas perseguidos habian sido en 1814 por sus opiniones, viniendo algunos desde los presidios á desempeñar las secretarias del despacho12. Parece que esto era entregar el estado en manos de un partido,   —41→   del mismo modo que en aquella epoca se dejó á discrecion de otro, y en efecto asi sucedió. Ls nuevos ministros no se señalaron persiguiendo á las personas, pero manifestaron una obstinacion de principios, que produjó las mas fatales consecuencias. Por otra parte era imposible que el Rey tuviese confianza en unos hombres, á quienes no conocia sino por la pintura poco ventajosa que le habian hecho de ellos sus enemigos en 1814, y tampoco los ministros podian mirar al monarca con el interes y el respeto que era necesario, supuesto que estaban recientes los malos tratamientos que habian sufrido por orden suya, y que de ningun modo le agradecian su exaltacion al ministerio, que era efecto de las circunstancias y no de la voluntad del Rey. De este modo tomaron las riendas del gobierno unos ministros enteramente populares, cuando mas se necesitaba que mirasen por la autoridad real y que la sostuviesen con energia.

Cuatro meses se pasaron desde el juramento del Rey hasta la instalacion de las cortes, y en este tiempo muchas provincias fueron gobernadas por juntas, y en la capital se estableció una con el titulo de provisional, con la cual el gobierno consultaba todos los negocios importantes. Estuvo entonces de hecho suspensa la autoridad real, reinó la confusion, y á su abrigo se multiplicaron los anarquistas.

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Vieronse aparecer en aquella epoca las sociedades patrioticas, establecidas algunas con la sana intencion de dirigir bien el espiritu publico. Estas concurrencias atrageron desde luego á todos los ociosos de los pueblos; el deseo de distinguirse y de ventilar las cuestiones mas importantes se hizó una especie de furor, y bien pronto la moderacion, la prudencia y el saber, abandonaron las sociedades, dejandolas en manos de la exageracion, de la ambicion y de la petulancia. De las discusiones sobre materias generales se pasó á tratar del gobierno, de las personas que le componian, y hasta de los mas insignificantes empleados, hallando en todos ellos motivos de reprobacion, porque lo que se deseaba era arrancarles los destinos para ocuparlos los declamadores y sus amigos. Vióse ya entonces una diputacion de una de estas sociedades dirigirse al palacio real, y pedir la destitucion de un digno ministro; vieronse asonadas y vióse enfin el ensayo de todo cuanto ha llorado despues la triste España. Asi se iba anulando mas y mas el gobierno, precisamente en la epoca en que debia tener la mayor firmeza, porque era preciso sujetar y contener los elementos de anarquia que se habian desplegado para trastornar el sistema anterior.

Instalaronse por fin las cortes, compuestas en gran parte de los mismos que habian sido ya disputados en las extraordinarias de Cadiz, y de otros   —43→   muchos hombres moderados; he dicho que por la obstinacion de sus principios podia creérse que el ministerio en general pertenecia á un partido, y esto mismo era aplicable á los mas de los diputados á cortes. Muy satisfechos los unos con la constitucion que habia sido obra suya, y juzgando otros ó que no tenia defectos, ó que no era todavia tiempo de tocar á ninguno de sus articulos, se defendieron todos con calor, y se tuvo por intempestivo, por impolitico y aun por criminal, el proponer algunas reformas utiles. Las cortes empezaron sus tareas con el firme proposito de llevar adelante la constitucion tal cual habia salido de manos de los diputados de las estraordinarias, y el ministerio se unió intimamente con ellas.

No tardaron las cortes en desacreditarse con todos los partidos. Los exaltados, que habian creido que iban á arreglar immediatamente todos los ramos del estado, y que vieron que se pasó el primer mes de las sesiones sin determinar casi ningun asunto de importancia, empezaron á murmurar porque los decretos no salian á borbollones, digamoslo asi, y porque no se acababa de desquiciar todo cuanto restaba aun del antiguo regimen. Por el contrario, el partido que no veia en la revolucion sino peligros y desastres, miró con asombro algunas proposiciones que se hicieron en las cortes, y los hombres juiciosos creyeron tambien que se trataba de precipitar las   —44→   reformas, y por consiguiente de descontentar á una gran parte de la nacion, y de escitar la ambicion y la codicia de otra porcion tambien considerable.

Empezó entonces la distincion de liberales de 1812 y liberales de 1820. Los primeros eran los autores de la constitucion y los que fueron perseguidos en 1814, y en los segundos entraban todos los que habían conspirado para restablecerla. Vociferaban estos que á ellos se les debia todo; que los de 1812 eran hombres sin prevision y sin energia; que se dejaron arrestar y consintieron en el trastorno de la constitucion sin hacer ninguna resistencia. Añadian que satisfecha ya la ambicion de los de 1812 con el ministerio, con la diputacion á cortes y con otros destinos de primer orden, se habían hecho moderados, y no hacían marchar la revolucion. Los de 1812 hubieran podido echar en cara á sus antagonistas que todas sus demostraciones tendian á la anarquia, y que atentaban contra la misma constitucion que se vanagloriaban de haber restablecido. Pero el gobierno y las cortes temian una reaccion del partido absolutista, y creian que era preciso tolerar á los que habian hecho la revolucion y se manifestaban resueltos á defenderla, por mas exagerados que fuesen sus principios. El numero de los exaltados se engruesó estraordinariamente con todos los pretendientes desgraciados y con   —45→   cuantos hombres turbulentos habia en España, y bien pronto este partido no guardó ya miramientos, y en su folletos y en las tribunas de sus clubs fueron atacados e insultados los ministros, las cortes y el Rey13.

Los gefes de la sublevacion de la isla, promovidos á generales despues del juramento del Rey, formaron un cuerpo de egercito compuesto de las tropas que los habian seguido y de otros batallones, que no habian tomado parte en la rebelion; porque prefirieron aumentar sus fuerzas á mandar unicamente á los que les habian sido fieles. Estas tropas, á las que se prodigaron los empleos, y los sueldos, bien pronto amenazaron al gobierno, y fueron el punto de apoyo de los exaltados. Fue pues preciso tratar de disolver aquel egercito como no necesario, diseminando en diferentes guarniciones los cuerpos que le componian. Se representó contra las primeras ordenes,   —46→   se pusieron dificultades y se inventaron pretestos; pero constante el gobierno en su resolucion, todo lo concedia, aunque fuese á costa de los mayores sacrificios, concluyendo siempre por mandar que se disolviese el egercito.

Estrechados los gefes de la isla ó á obedecer las ordenes del gobierno, ó á declararse contra el y contra las cortes que le sostenian, tomaron el partido de que Riego, que mandaba en gefe en ausencia de Quiroga, que era diputado á cortes, se presentase en Madrid. Es dificil formar idea de la petulancia y altaneria con que aquel joven inconsiderado apareció en la capital, y se presentó al Rey y á los ministros. Exaltada su cabeza con el incienso que no cesaban de tributarle sus partidarios, y con la escandalosa ovacion que le prepararon, haciendole correr en triunfo las principales calles de Madrid, se atrevió á todo; y si la sensatez de la guarnicion y de la milicia nacional, que entonces se componia de hombres amantes del orden, no hubiera frustrado sus planes, Riego destruye entonces mismo la constitucion, que pocos meses antes habia proclamado14.

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Triumfó en fin el gobierno aunque no sin dar muestras demasiado notorias de lo que temia á sus enemigos; se disolvió el egercito de la isla, y   —48→   Riego fué enviado de cuartel á Asturias. Pero no se destruyó el impulso que habia dado á los exaltados, ni el descontento de todos los hombres   —49→   sensatos de la capital al ver en el que se llamaba primer heroe de la revolucion un joven atolondrado, capaz de los mayores desaciertos, que ni tenia ideas fijas, ni era mas que el juguete de unos cuantos malvados, que abusaban de su imprudencia y de su arrogancia. Estos tristes efectos de la aparicion de Riego en la corte, tal vez produjeron   —50→   mas males que los que hubiera causado al frente del egercito de la Isla. Mientras que iba marchando á su destierro no resonaban en los clubs mas que los ecos de sus elogios, y las declamaciones mas violentas contra el gobierno y contra las cortes. Grupos de hombres recorrian las calles de Madrid, y se paraban en los sitios mas publicos victoreando á Riego, y lamentandose altamente de las injusticias que con el se cometian. El gobierno se contentó con su efimero triunfo, y dejó que se arengase y se gritase contra el, sin tomar mas providencias que la de poner á cada paso la guarnicion sobre las armas, no con ordenes de que despejase las calles y dispersase los grupos, sino para evitar el que se llegase á formar un alboroto general. De este modo, los gritadores se fueron familiarizando con la tropa, y los soldados se fueron acostumbrando á oir voces subversivas, sin tener orden para arrestara los que las proferian; de suerte que poco despues ni los que formaban las asonadas tenian miedo á la guarnicion, ni esta podia mirar ya como criminales unos desordenes tantas veces y tan impunemente repetidos.

Desde que Riego llegó á Madrid, la agitacion fue continua, y las sesiones de las cortes tomaron un caracter de turbulencia que no habian tenido hasta entonces. Se sentaron y sostuvieron proposiciones escandalosas, y puede decirse que   —51→   se quitaron la mascara los diputados que querian precipitar la revolucion.

El ministerio dió pruebas evidentes de que no tenía ni la prevision ni la energia que se necesitaban para afianzar el orden publico. Al paso que mantuvo sus providencias en lo relativo á Riego, y al egercito de la Isla, daba una satisfaccion á los descontentos, haciendo que abandonase su puesto el ministro de la guerra, que era quizá el unico general, que en aquel tiempo podía organizar el egercito, y restablecer la disciplina. Asi sacrificaron los ministros el interes publico, y su propia conveniencia, al deseo de conservar la popularidad, y se contentaron con paliativos, cuando las circunstancias exigían medidas fuertes, vigorosas y energicas. Jamas el gobierno se esplicó con franqueza en las cortes, en las importantes sesiones de los primeros dias de setiembre, en las cuales fueron llamados muchas veces los ministros para informar sobre el estado de la tranquilidad publica. Siempre digeron que no había cosa que pudiese dar cuidado, y que estaban tomadas todas las medidas necesarias para que no se alterase el orden. Estas medidas se reducian á fatigar inutilmente la tropa, manteniendola casi todas las noches sobre las armas, á consentir que en las tribunas de las sociedades se predicase abiertamente la insurreccion, á tolerar asonadas, y en fin á permitir que se faltase al respeto al gefe político   —52→   de Madrid, que se le persiguiese, y que fuese allanada su casa, sin duda para asesinarle, si los amotinados le hubieran hallado en ella. ¿Porque el gobierno no esponia á las cortes estos desordenes, cuando le preguntaban si los habia, y porque viendo desplegarse con tanta fuerza los elementos destructores del orden social, y amenazada hasta la existencia de las primeras autoridades, no se tomaron las medidas mas energicas contra los alborotadores?

La causa principal de la debilidad de los ministros dimanaba de sus escesivos recelos de que los absolutistas hiciesen una contrarevolucion. La idea de lo ocurrido en mayo de 1814, y los trabajos que habian padecido de resultas de aquellos sucesos, estaban tan fijos en su imaginacion, que apenas veian otros peligros. Conocian los escesos y los estravios de los que invocando la constitucion desechaban todo yugo y la infringian abiertamente; no podia ocultarseles la tendencia demagogica de los que manejaban los clubs y disponian las asonadas; pero no los temian tanto como á los absolutistas, y creian que estos debian estar siempre abatidos, y que la continua efervescencia en que los exaltados mantenian la capital y las provincias producia este resultado. Este equivocado concepto fue sin duda la base de la conducta incierta y apatica de aquel ministerio. Sin embargo era bien facil prevéer que los que   —53→   se llamaban serviles ganarian terreno y aumentarian su partido, en proporcion de los desordenes que cometiesen los llamados liberales. Era natural que los hombres que de buena fé habian deseado el restablecimiento de la constitucion, para que se remediasen los abusos del gobierno anterior, se separasen de sus partidarios viendo que no se observaba; era natural que se declarasen enemigos del nuevo orden de cosas los que creian que el Rey habia adquirido titulos al reconocimiento, jurando la constitucion para evitar la guerra civil, y veian que era insultado en los clubs y en los corrillos; y era en fin natural que estubiesen descontentos todos los propietarios que en la corte y en las grandes poblaciones vivían en una continua agitacion, recelando motines, saqueos, y todo genero de horrores.

Bien pronto se palparon los funestos resultados de los errores del ministerio, y los fatales sucesos de noviembre serán eternamente un cargo contra los hombres que le componian. Gobernaban estos la nacion en nombre del monarca, pero sin haber ganado su confianza, ni aun haber hecho nada para conseguirla. En una epoca en que la autoridad real debia ser sostenida á todo trance, porque era preciso reprimir la anarquia y restablecer el orden, que tanto habia sufrido en la revolucion misma y en los meses transcurridos hasta la instalacion de las cortes, en esta epoca   —54→   los ministros prefirieron el aura popular á la intima union con al Rey.

Las cortes se ocupaban en la estincion de los monacales y en la reforma de los mendicantes, y esta medida, en los terminos en que se proponia, era precipitada, y de ningun modo se conformaba con las reglas ni de la politica ni de la economia. Los ministros tenian en las cortes una influencia considerable; dimanaba de su amistad con muchos diputados, de la opinion de su ciencia, de la notoriedad de sus persecuciones y padecimientos y de las virtudes de algunos de ellos; y si hubieran formado empeño en que las cortes no deliberasen sobre la estincion de los monacales, es mas que probable que no se hubiese discutido la proposicion; y aun cuando se hubiese deliberado sobre ella, hubiera sufrido el decreto modificaciones esenciales. Esto debian hacer los ministros, atendida la conveniencia publica, y aun cuando la voluntad del monarca estuviese enteramente resignada á la suya. ¿Pero si lejos de esto no podian ignorar que la estincion de los monacales podia repugnar á los principios y á la misma conciencia del Rey, porqué no consultaron su voluntad? porque no calcularon los males que habia de producir la repugnancia del Rey á sancionar el decreto, la cual repugnancia era manifiesta? Si el Rey negaba la sancion, aparecia en contradicion con las cortes, lo cual debia   —55→   evitarse en aquella epoca; y si la concedia, no podia menos de resentirse y de tener por ilusorias las facultades que le atribuia la constitucion.

Pero no habiendo querido los ministros que se entorpeciese este asunto, y habiendole apoyado ellos mismos, se decretó la reforma de los mendicantes y la estincion de los monacales. El sordo murmullo, que desde entonces se empezó á sentir en todas partes, daba indicios ciertos de que estaba muy proxima la tempestad, y de que no era tan facil, como las cortes y los ministros habían creido, desarraigar añejas preocupaciones, y combatir los intereses de tantas personas, mucho mas cuando el gobierno no tenia la estabilidad necesaria para intentar operacion tan delicada. Las cortes cerraron sus sesiones á principios de noviembre, y los enemigos de las reformas publicaron escritos, y se insinuaron de tal manera en el animo del Rey, que estaba en el Escorial, que se decidió á no aprobar la ley de regulares, y sola la violencia pudó arrancarle la sancion.

El haber nombrado por aquel tiempo el Rey al general Carvajal capitan general de Castilla la Nueva, sin la formula de pasar el nombramiento por el secretario del despacho de la guerra, sirvió de pretesto para que se supusiesen peligros, y se prepararon escandalos, cuyos resultados han sido tan funestos y tan trascendentales. Es cierto que al nombramiento del general Carvajal le faltaba   —56→   una formula constitucional; pero ¿á que fin darlo á entender al publico y dejar en descubierto al monarca? Si Carvajal era sospechoso en tal grado que el ministro de la guerra creyese que no debia autorizar su nombramiento, facil era llegar al Escorial en tres ó cuatro horas, y hacer presentes al S. M. los motivos que se oponían á su eleccion. Si el Rey no los apreciaba, y el ministro de la guerra continuaba pensando que no le era licito firmar tal nombramiento, hiciese su dimision que era el unico recurso que le quedaba. Fatal pretension la de aquel ministerio de egercer la autoridad real contra la espresa voluntad del Rey!

Los ministros, viendo que se nombraba por capitan general de Madrid á un hombre que no merecia su confianza, se tuvieron por perdidos, y creyendo, como creian firmemente, que con ellos caia tambien la constitucion, se ligaron con los directores de los clubs, y se verificaron los alborotos que no contuvo la guarnicion, porque los veia sostenidos por las autoridades. En esta ocasion fue cuando el ayuntamiento de Madrid, atropellando sus atribuciones constitucionales, empezó á querer gobernar el estado, imitando la conducta de la commune de Paris en los dias mas deplorables de la revolucion francesa. Hizo representaciones atrevidas, pidiendo que el Rey volviese á la corte, y el ministerio las acogió con   —57→   entusiasmo. Los corrillos y las tribunas de los clubs se deshacian en amenazas contra el Rey, se formaban reuniones numerosas, compuestas de los verdaderos anarquistas, de los curiosos y de los pocos hombres de buena fé, que creian que aquel movimiento iba á impedir mil males. ¿Que estraño es que sean muchos los alucinados, cuando las autoridades consienten y aun promueven la insurreccion? La diputacion permanente de cortes, rodeada de los amotinados, representa tambien al Rey pidendole que vuelva á Madrid, los anarquistas amenazan que le irán á buscar al Escorial, la guarnicion permanece tranquila espectadora de tan enormes escandalos, y el monarca revoca el nombramiento del general Carvajal y vuelve á Madrid.

Le esperaban á las puertas de la capital los amotinados de los dias anteriores, que ufanos con el triunfo que acababan de conseguir, querian ver por sus propios ojos como se egecutaban sus ordenes. El Rey, la Reina, los Infantes, todos fueron insultados por una multitud desenfrenada, que ya no conocia ni respetos, ni miramientos, ni subordinacion. Desde este momento, el palacio no debió ser á los ojos del Rey, sino una prision, y la constitucion un espantajo, al abrigo del cual mandaban los ministros, invocando su real nombre contra su espresa volundad. Desde entonces, no pudó menos de desear el trastorno   —58→   de un orden de cosas que le precipitaba del trono, y que le esponia á desacatos, á insultos y á amenazas. Si los anarquistas daban cada dia vuelta á una hoja de la historia de la revolucion de Francia, para imitar lo mas detestable que se encuentra en ella, ¿podia el Rey menos de pensar en la suerte de Luis XVI, y de comparar su vuelta del Escorial con el viaje que hizo el monarca frances desde Versalles á Paris, escoltado por el populacho de aquella capital? Los disgustos del Rey y los escandalos, de que era teatro la corte, produjeron un sin numero de descontentos, y el systema constitutional marchaba á pasos largos á su ruina. No le querian muchos hombres de buena fé, porque le atribuian los desordenes que se esperimentaban, y tambien le detestaban los corifeos de los clubs, porque oponia algunas trabas á sus proyectos desorganizadores.

Para completar el cuadro de los escandalos del mese de noviembre de 1820, será conveniente trasladar aqui lo que los mismos alborotadores, á quienes no alcanzáron los premios, decian al Rey, un mes despues, en una representacion para que mudase el ministerio. La representacion se hizo en el club que se reunia en el cafe de la Cruz de Malta, y fue suscrita por una multitud de individuos de aquella sociedad patriotica.

.....«Nosotros hemos contribuido inocentemente, decia entre otras cosas la representacion,   —60→   á la ultima farsa del 16 de noviembre, en la cual el credito de la nacion se arriesgó sobre manera, como lo prueban las ocurencias del emprestito y otras, y en la que una infinidad de medidas estraordinarias nos hicieron creer en V. M. alguna novedad de consideracion capaz de hacer vacilar nuestro sistema.

Nosotros vimos á V. M. en la precision de volver á esta corte por la influencia de los ministros, y en necesidad de despedir á su confesor, de cuya conducta debieron sospechar alguna cosa relativa á sus destinos; y esto sucedió de modo que nadie lo ignoró en la peninsula, por los infinitos pliegos que despachó á las provincias el ministro de la gobernacion; acontecimiento memorable en que vimos abusar tan osadamente de la sagrada voz: la patria esta en peligro! y en el que fueron sorprendidos á un tiempo nuestro patriotismo y nuestra credulidad, con inminente riesgo de la tranquilidad publica.»

Es tambien muy notable que, mientras que en el club de la Cruz de Malta se declamó contra el monarca y se predicó la insurreccion, las autoridades no hicieron alto en aquellos escandalos, ni intentaron reprimirlos; pero asi que se estendió contra los ministros la representacion que queda citada, se tomaron medidas para disolver el club, y por fin se desplegó   —60→   todo el aparato de la fuerza armada, y el cafe de la Cruz de Malta se cerró á la hora en que solia reunirse la sociedad patriotica.

Mientras que todo era luto en palacio, y en tanto que los hombres de bien gemian sobre la suerte de la desgraciada España, los ministros se ocupaban en cumplir las promesas que habian hecho. Cuando buscaron el apoyo de los anarquistas, no dejaron estos de producir sus quejas, y de pedir desagravios que desde luego ofrecieron los ministros. Riego, que dos meses antes habia sido el escandalo de la capital, que habia degradado en ella su nombre y su graduacion, que se habia presentado en la corte amenazando al gobierno, que habia escitado todas las pasiones, que habia reunido al rededor de si los hombres mas turbulentos, el mismo Riego, á quien los ministros habian confinado á Asturias, fue nombrado capitan general de Aragon15. Los principales directores   —61→   de los clubs fueron promovidos á empleos distinguidos. Este estimulo dado á los anarquistas produjó su debido efecto; pues los desordenes fueron en aumento, porque aquellos que los preparaban tenian esperanzas de llegar á conseguir un buen empleo por semejantes medios.

Continuaban los insultos al Rey, y una tarde, que habia salido á paseo, se esparció la voz de que habia sido detenido el coche, y que se atentaba contra S. M. Al recibir esta noticia el gefe, que se hallaba en el cuartel de guardias de la persona, hizo montar á caballo los escuadrones, y salieron en la direccion que habia llevado el Rey. S. M. regresó á palacio por otra parte, y ápenas lo supieron los guardias volvieron á su cuartel. Es de advertir que ni los mas acalorados calumniadores de los guardias han dicho jamas que en esta correria se metiesen con nadie, ni diesen la menor señal de sedicion. Lo unico que se pretestó para los escandalos que sucedieron inmediatamente, fue el que unos guardias, que no estaban de servicio, habian maltratado á un nacional en las inmediaciones de palacio, y habian proferido algunas voces subversivas, lo cual creo que jamas se ha probado. ¿Podrá créer la posteridad que esto solo bastó para que   —62→   se formase una asonada contra los guardias de la persona, para que las autoridades pusiesen sobre las armas la guarnicion, y sitiasen el cuartel, y para que el gobierno estinguiese el cuerpo? Si algunos guardias habian faltado á su deber, castigaraseles en horabuena; pero la conducta del cuerpo en aquella tarde merecia los elogios de todo el que no estubiese dominado de una injusta y fatal prevencion. Su instituto era defender la persona del Rey, y sacrificarse por su conservacion; les digeron que estaba en peligro, y volaron á socorrerle. Es cierto que semejante conducta daba en cara con la que observaban diariamente las autoridades, no tomando medida alguna para poner al Rey á cubierto de los insultos y de las amenazas, y solo bajo este aspecto pudo mirarse como reprensible.

Tres dias duró la efervescencia, tres dias estuvo sitiado el cuartel de guardias, y tres dias temblaron todos los vecinos honrados de Madrid, que á cada momento esperaban un desenlace fatal. Sino le hubo, si los guardias de la persona no salieron de su cuartel á caballo y espada en mano, si la guardia real de infanteria no los apoyó, fue porque se resignaron á sufrir toda clase de insultos, porque no tenian plan ni deseo de conspirar, y porque su moderacion fue sin egemplo, y escedió los limites de la prudencia. Entretanto el gobierno, aturdido, sin energia y sin prevision,   —63→   apenas dictaba una orden cuando la revocaba. Decretó que los guardias de la persona saliesen á Alcala, pero no habiendose conformado con esta providencia ni el ayuntamiento ni la guarnicion, determinó por fin que se estinguiese el cuerpo, y que dejando en el cuartel caballos y armas, saliesen los guardias á situarse en otros edificios, en donde permanecieron detenidos. Asi se privó al Rey de una guardia á la que estaba tan acostumbrado, y de la que era colonel, y de este modo el ministerio y las autoridades hacian marchar la constitucion, dando libre curso á los furores de los demagogos. Convenia sin duda hacer algunas reformas en la organizacion de aquel cuerpo; pero debian ser el resultado de la meditacion y de la prudencia, y no de los motines y de las tropelias. En esta escandalosa asonada, el ayuntamiento de Madrid y los alborotadores dieron la ley al gobierno, que debió conocer entonces cuanta fuerza habian adquirido los exaltados con su tolerancia y con sus transacciones.

El dia 1º. de marzo de 1821, volvieron las cortes á abrir sus sesiones, y el Rey fue á depositar en el séno del congreso los pesares y las afficciones que habia sufrido desde el mes de noviembre. La conducta del Rey fue franca, y sus espresiones merecen copiarse. Despues de manifestar en su discurso la situacion politica de la nacion y el estado de sus relaciones esteriores,   —64→   continuó: «De intento he omitido hablar de mi persona hasta lo ultimo del discurso, porque no se crea que la prefiero al bien estar y felicidad de los pueblos que la divina Providencia ha puesto á mi cuidado. Me es preciso sin embargo hacer presente, aunque con dolor, á este sabio congreso, que no se me ocultan las ideas de algunos mal intencionados, que procuran seducir á los incautos, persuadiendoles que mi corazon abriga miras opuestas al sistema que nos rige; su fin no es otro que el de inspirar una desconfianza de mis puras intenciones y recto proceder. He jurado la constitucion, y he procurado siempre observarla en cuanto ha estado de mi parte; ¡ojala que todos hicieran lo mismo! Han sido publicos los ultrages y desacatos de todas clases cometidos contra mi dignidad y decoro, contra lo que exige la constitucion, el orden y el respeto que se me debe tener como rey constitucional. No temo por mi existencia y seguridad; Dios, que ve mi corazon, vela y cuida de una y otra, y lo mismo la mayor y mas sana parte de la nacion; pero no debo callar hoy al congreso, como principal encargado por la misma en la conservacion de la inviolabilidad que quiere se guarde á su rey constitucional, que aquellos ultrages y aquellos insultos no se hubieran repetido segunda vez, si el poder egecutivo tuviese toda la energia   —65→   y vigor que la constitucion previene y las cortes desean. La poca entereza y actividad de muchas de las autoridades ha dado lugar á que se renueven tamaños escesos; y si siguen, no será estraño que la nacion española, se vea envuelta en un sin numero de males y desgracias. Confio que no será asi, si las cortes como debo prometermelo, unidas intimamente á su Rey constitucional, se ocupan incesantemente en remediar los abusos, reunir la opinion, y contenir las maquinaciones de los malvados, que no pretenden sino la desunion y la anarquia. Cooperemos pues unidos el poder legislativo y yo, como á la faz de la nacion lo protesto, en consolidar el sistema que se ha propuesto y adoptado para su bien y completa felicidad.»

Hecha por el Rey esta manifestacion en las cortes, por decreto del dia siguiente 2 de marzo exoneró de las secretarias del despacho á los sujetos que las desempeñaban, y solicitó de las cortes el que le indicasen las personas que debian ocupar el ministerio, á fin de asegurar mas y mas el acierto que tanto deseaba. Vióse en esta ocasion el partido que los ministros tenian en las cortes, y poco faltó para que estas en medio del calor con que abrazáron la defensa de los exonerados, no tomasen alguna medida imprudente, y declarasen inconstitucional la parte del discurso del Rey que queda copiada, bajo el pretesto de   —66→   que no estaba comprendida en la minuta que firmáron todos los ministros, y que fue presentada en las cortes,16 como si el Rey, con arreglo á la misma constitucion, al hablar al congreso tuviese necesidad de ceñirse á lo que le aconsejasen los ministros, ni aun de tomar su parecer, y como si fuese lo mismo una orden que un discurso17. Solo la parcialidad podia cegar á los diputados hasta el punto de no conocer que en toda la alocucion de S. M. no habia parrafo, mas fundado ni mas cierto que el mismo que se tachaba de inconstitucional. ¿A quien que hubiese residido en Madrid los tres meses ultimos no le constaban los insultos hechos á la persona del Rey y á su autoridad, y la apatía y debilidad con que el gobierno habia procedido, no tomando ninguna medida ni para castigar á los delincuentes, ni para prevenir nuevos y mayores desordenes? ¿Como pudo citarse la insolente esposicion del ayuntamiento de la capital sin mandar que se tomasen   —67→   providencias contra aquella corporacion, que tanto se escedia de sus atribuciones? No se quejaba el gobierno del gobierno mismo, como se dijo en las cortes: «Se quejaba el Rey del ministerio». No habia tomado las medidas á que le autorizaba la constitucion, porque veia que esta no se observaba, porque creyó que si antes de la reunion de las cortes hubiera exonerado á los ministros, los desordenes se hubieran aumentado en Madrid, se hubieran multiplicado los insultos á su persona, y se le hubiera obligado á reponerlos. Estos recelos eran justisimos, y sin duda se hubieran verificado, asi como se verificáron con respecto á otros ministros, el dia 19 de febrero de 1823.

Por fin, las cortes contestáron al Rey que no creian conveniente designar las personas que debian ocupar el ministerio; y S. M., habiendo consultado al consejo de estado, nombró nuevos ministros el 4 de marzo. Los antiguos fueron llamados á las cortes para dar cuenta del estado de la nacion, y responder á varias cuestiones; mas ellos escudandose con que no eran ya sino unas personas privadas, se negáron á entrar en materia sobre ningun asunto; y la moderacion y la prudencia que manifestáron en esta ocasion critica no contribuyó poco á que fuese calmando la efervescencia de los diputados.

Asi se termináron estas desagradables ocurrencias,   —68→   y el nuevo ministerio debió verse bien embarazado al tomar las riendas del gobierno; pues hallaba la capital y las provincias en una agitacion continua, fermentando las conspiraciones en todas partes, y desplegando los anarquistas sus doctrinas y sus proyectos con la mayor osadía. La impunidad de los que habian promovido tantos desordenes, y lo que es mas, los empleos repartidos de resultas de los sucesos de noviembre á los que habian manifestado ideas mas exageradas, diéron tal impulso á la demagogia que parecia ya muy dificil cortarla los vuelos. Por otra parte, los ministros nuevamente elegidos no tenian ninguna influencia en las cortes, donde al principio fueron mal mirados, porque duraba aun la especie de idolatria con que muchos de los principales diputados veneraban á sus antecesores.



  —69→  

ArribaAbajoSegundo ministerio

No estaba el nuevo ministerio compuesto de hombres de tanta opinion como el anterior; pero tampoco podia tacharse á los que le formaban de desafectos á la constitucion; puesto que algunos habian sufrido prisiones y persecuciones por sus ideas liberales18. Por otra parte, la marcha que desde luego emprendiéron manifestaba que conocian bien el estado de las cosas, y la necesidad que habia de reprimir la anarquía. Todos sus pasos se dirigiéron á este objecto y á sofocar las conspiraciones de los llamados realistas, que empezaban á presentarse en pequeñas partidas en varios puntos. No les fue facil contener á los exaltados, que habian tomado ya mucho incremento, y á pesar de la ley que habian dado las cortes, anulando en cierto modo las sociedades patrioticas, continuaban aquellos clubs sus turbulentas sesiones, y amenazaban á cada paso la   —70→   tranquilidad de la capital. El mal habia llegado ya á tal punto, que muchos sujetos condecorados con empleos distinguidos y con altas dignidades creyéron que podian satisfacer su ambicion alistandose entre los anarquistas y valiendose de su apoyo. Asi es que las ideas exageradas tenian muchos partidarios y promovedores en las cortes, y no pocos en todas las demas clases. Y como habia muchas autoridades encargadas de la tranquilidad publica que las profesaban, los alborotadores podian desplegar libremente sus planes, y turbar á todas horas el sosiego de los hombres de bien.

Supose por este tiempo la entrada de los Austriacos en Napoles, y aquellos sucesos diéron margen á que los exaltados de España cobrasen mas audacia de la que tenian, y marchasen de frente á destruir el gobierno. Por medio de motines se obligó á las autoridades de Barcelona á que arrojasen de aquella provincia á varios sujetos distinguidos; y en Galicia, el gefe politico, que estaba enteramente á las ordenes de los exaltados, hizo prender á mas de cien personas visibles, las cuales fuéron conducidas á la Coruña; se procuró escitar al pueblo á que las asesinase; y por fin mas de cuarenta fueron embarcadas, y deportadas á Canarias. Se mandó formar causa, tanto á los deportados como á los que quedáron presos, y todos fueron inmediatamente absueltos,   —71→   porque no habia ni un solo; cargo contra ellos.

Entretanto sucedia en Madrid un escandalo todavia mayor. Un capellan de honor de S. M. fue preso, y acusado de haber formado un plan de conspiracion, y de haber esparcido varias proclamas subversivas. Se siguió la causa, y en primera instancia fue sentenciado á diez años de presidio. No satisfizo esta pena á los exaltados, que creian debia espirar en un patibulo, y reunidos en bastante numero en uno de los sitios mas publicos de la capital, á las dos de la tarde del dia 4 de mayo de 1821, marchan á la carcel, fuerzan la puerta, porque la guardia ó no pudó ó no quiso defenderse, entran en el cuarto donde estaba el acusado, le asesinan barbaramente, y recorren en seguida algunas calles haciendo alarde de su triunfo. Estuvo tambien en mucho peligro la vida del juez que sentenció la causa; pero pudo salvarse á tiempo.

Atentados de semejante naturaleza dan bien á entender hasta que punto habia llegado el desorden, y el incremento que habia tomado la anarquía. El gobierno no tenia bastantes medios para remediar enteramente el mal; pero se esforzaba para restablecer el orden. No solo desaprobó altamente las deportaciones y tropelias de Galicia y de Cataluña, y mandó que los arrestados fuesen puestos en libertad, sino que exoneró al gefe   —72→   politico de Galicia, poniendo en su lugar un hombre de mucho caracter, y de conocida probidad y moderacion, que hizo frente con el mejor exito á la anarquía en aquella vasta provincia. Persuadidos los ministros de que la tranquilidad de la capital era de la mayor importancia, y convencidos de que el asesinato del capellan de honor nunca se hubiera verificado si las autoridades hubiesen tenidos buenos deseos y la energia necesaria, nombráron capitan general de Madrid al conde de Cartagena, y gefe politico al brigadier D. Jose Martinez San Martin, porque contaban con que estos sujetos, cuyos principios moderados y cuya firmeza de caracter eran bien conocidos, lograrian desconcertar los planes de los demagogos.

Para que se forme una idea de los medios con que contaban los alborotadores, y por consiguiente de los embarazos del gobierno, conviene tener en consideracion no solamente la fuerza que les daba el abuso que se hacia de una libertad mal entendida, sino tambien el poderoso influjo que manejaban en todas partes por medio de las sociedades secretas. Por este medio se combinó la revolucion de 1820, y las conspiraciones que habian estallado antes. Pertenecian á la unica que existia entonces en España (la masoneria) muchos hombres que, por curiosidad ó por otros motivos, se habian alistado en ella, y entre los   —73→   que tomáron parte en los sucesos de 1820, habia un gran numero que se distinguia por su moderacion. Sin duda estaban disgustados con el orden de cosas que existia en España; pero sus intenciones eran buenas, y sus deseos quedáron satisfechos despues que se publicó la constitucion. Creyendo entonces que ya no habia necesidad de sociedades secretas, no veian sin disgusto que continuasen las reuniones, y no disimulaban su opinion en esta parte. Los grandes debates que hubo entre el gobierno y los gefes de la Isla, con motivo de la disolucion de aquel egercito, acabaron de introducir la division en las logias, porque los moderados que habia en ellas opinaban con el gobierno, y los exaltados sostenian la permanencia del egercito. Como en general aquellos llevaban la voz en la sociedad, creyéron que retirandose recibiria un golpe mortal, y habria aquel foco menos de insurreccion. Abandonáron en efecto las logias; pero estas no quedáron desiertas, porque se apoderáron de ellas al momento los exaltados y los ambiciosos. Hasta entonces parece que se habia procedido con cierto miramiento en la admission de socios; pero desde aquella epoca, se atendió unicamente á aumentar el numero de los comprometidos, y á estender la masoneria en todos los pueblos de consideracion. Ya no se ocupó la sociedad sino en negocios politicos, proponiendo ponerse al, frente de los que   —74→   manifestaban principios exagerados, y hacer la guerra á todos los ministros, hasta que consiguiese gobernar la nacion.

Facil es de conocer cuanto daño harian y cuanto estraviarian la opinion las infinitas logias que habia en España, y que, recibiendo un mismo impulso, elogiaban ó vituperaban las personas ó las cosas que tenian orden de elogiar ó de vituperar. Si alguna autoridad hacía sombra á sus proyectos, mil voces repetian á un tiempo en diferentes puntos las mismas calumnias, y por el contrario si querían sostener á alguno de los suyos, ó ensalzarle, hacian resonar sus elogios en todas partes, y de este modo se iba formando una falsa opinion publica, y los directores conseguian su objecto. En las secretarias del despacho, en las oficinas de los gobiernos politicos, en las de correos y en todas partes tenian agentes que informaban á la sociedad de cuanto pasaba, y de este modo no pocas veces las logias recibian orden de preparar los animos contra un decreto ó contra una providencia que aun no se habia publicado.

Algunos masones de los mas exaltados se separaron de la sociedad á principios de 1821, y crearon la Comuneria que parece que al pronto se propuso hacer la guerra á los masones. Entraron comuneros muchos hombres de buena fé, que cansados de ver la preponderancia de los masones, y recelando que trastornasen el estado, abrazaron aquel partido,   —75→   creyendo que no habia otro medio mas eficaz de sostener la constitucion. Pero la division entre las dos sociedades duró poco, porque los masones mas astutos que los comuneros, y perfectamente enterados de los secretos de estos, los atrajeron á sus intereses, y el odio al ministerio fue el punto de reunion de unos y de otros.

Las representaciones que se dirigian contra los ministros, las sonadas, las insurrecciones, todo era el resultado de las maniobras de las sociedades secretas, que cada dia adelantaban un paso en la carrera de la desorganizacion del estado. Su fuerza era respetable y sostenian periodicos, que esplicandose en su sentido, haciendo la apologia de los que pertenecian á su bando, y calunniando á los que no eran de su faccion, sembraban en todas partes la cizaña. Otras sectas infestaron tambien el suelo español, pero hicieron muy pocos progresos, y tuvieron que agregarse á los masones y á los comuneros. Por fin despues de haber trabajado incesantemente en estraviar el espiritu publico, y despues de haber ensayado y cometido no pocas iniquidades, llegaron los masones á apoderarse del gobierno de resultas de los sucesos del 7 de julio de 1822. Poco tiempo despues los comuneros se declararon enemigos suyos, y estas dos sectas se combatieron mutuamente hasta los ultimos momentos del sistema constitucional.

Son incalculables los daños que las sociedades   —76→   secretas han producido en España. Ellas han sido constantemente un semillero de doctrinas anarquicas, de motines y de insurrecciones, y no han cesado de conspirar, hasta que una de ellas invadió el ministerio. La juventud inesperta e ignorante corria á alistarse en las filas de las sociedades secretas, y llena de orgullo con las relaciones que adquiria por este medio, creia que fuera de las logias ó de las torres19, no habia ni ciencia, ni virtud, ni patriotismo. De este modo en el seno de la libertad, ó por mejor decir de la licencia, crecia una generacion intolerante y fanatica, que se figuraba que por medio de unos cuantos gestos, y ataviándose con ciertos distintivos estravagantes, se llegaba al pináculo del saber, y se adquiria la dificilisima ciencia de gobernar á los hombres.

Los malvados que tenian en su mano el hilo de estas inicuas tramas, y que ya no eran contrariados por los hombres de bien, que, segun he dicho, se retiraron de la sociedad en el mismo año de 1820, podian trastornar á su antojo el sosiego de uno ó de muchos pueblos. En diciendo ellos que la libertad peligraba, que los intereses de la secta estaban comprometidos, volaban sus alumnos á declamar contra las autoridades, á formar una asonada, á hacer prender y deportar á muchas   —77→   personas, y á veces á ensangrentar el puñal, con que armaba sus diestras el mas estupido fanatismo. Ufanos de los desordenes que habian promovido, hacian alarde de ellos en sus tenebrosas sesiones, y alli recibian premios, segun los servicios que habian prestado á la secta, es decir, en proporcion de lo que habian adelantado en el trastorno del orden de cosas existente. Y es de notar que los mas de los jovenes entraban de buena fé en estos tortuosos y criminales manejos, creyendo que de este modo hacian grandes servicios á su patria.

No debo pasar en silencio otra prueba de la posicion critica en que se hallaba el gobierno y de la insolencia con que se atentaba á la constitucion y al orden social. Acercandose el tiempo en que debia procederse al nombramiento de diputados á cortes para la legislatura de 1822 y 1823, el ministro de la gobernacion de la Peninsula pasó una circular á los gefes politicos encargandoles que visitasen sus provincias, y que procurasen difundir las mejores maximas para que las elecciones fuesen acertadas. Esta circular era reservada, pero sin embargo parece que el gefe politico, antecesor del señor Martinez San Martin, la leyó publicamente en un café, y al momento levantaron la voz contra ella los periódicos anarquistas, los oradores de los clubs y los que pertenecian á sociedades secretas, presentandola como el mayor   —78→   abuso de la autoridad, y pidiendo que se exigiese por ella la responsabilidad al ministro de la gobernacion. Para que se vea hasta que punto se había estraviado lo que se llamaba espiritu publico, inserto aqui, la circular de que se trata, que al pie de la letra decia asi:

«Acercandose la epoca en que deben celebrarse las elecciones de diputados en cortes para la legislatura de 1822 y 1823, no puede el gobierno dejar de llamar la atencion de V. S. hacia un negocio de tanta importancia, porque es indubitable que del acierto depende absolutamente la consolidacion del sistema. Asi es que S. M. me ha mandado que yo escite (como lo egecuto) el celo y patriotismo de V. S. para que con la debida anticipacion adopte, cuantas medidas crea oportunas para conseguir el objeto esencial de que las personas, en quienes pueda recaer la eleccion para encargo tan delicado, reunan las circunstancias siguientes.

1ª Adhesion á la constitucion y al Rey constitucional.

2ª Que hayan dado pruebas de su amor á la independencia de la patria, y que en la ultima invasion de los Franceses no hayan obtenido destino del gobierno intruso, ni mantenido relaciones que hagan dudoso su patriotismo.

3ª Que no pertenezcan á los que la opinion publica designe fundadamente como promove dores de principios y opiniones exageradas.

4ª Que los elegidos sean tan amantes de las nuevas instituciones, como interesados en la tranquilidad de su patria; y que para esto, y siguiendo el espiritu del articulo 92 de la constitucion, se procure que en lo posible sean propietarios, ó de aquellos que por su posicion y por sus relaciones en la sociedad deben resistir innovaciones peligrosas y contrarias á la misma constitucion.

5ª Que como los eclesiásticos, que puedan merecer la confianza publica pará ser nombrados diputados en cortes, seran mas utiles empleandose en ilustrar al pueblo en sus respectivas diocesis convendrá que los que vengan al congreso sean en muy corto numero.

Tales son las advertencias generales que S. M. se ha servido resolver, que se hagan á los gefes politicos, y de cuya utilidad y ventaja debe V. S. persuadir á los habitantes de esa provincia; valiendose en unos casos de la imprenta, y en otros del influjo de personas ilustradas y de reputacion, para que de este modo se forme una verdadera opinion publica, y se resistan y destruyan las intrigas y maquinaciones de los enemigos de la constitucion en cualquier sentido.

Para todo esto y para otros objetos podria ser   —80→   conveniente el que con oportunidad visitase V. S. los pueblos de la provincia de su mando, y estableciese relaciones que asegurasen el resultado de las proximas elecciones, en inteligencia de que los gastos, que con motivo de este viage se originen, serán satisfechos á V. S. como invertidos en el servicio mas importante que puede hacerse á la nacion, y en lo de que S. M. espera ver confirmado el buen concepto que le merecen su patriotismo, celo por el bien publico y amor á su real persona y á las instituciones que nos rigen. Madrid, 27 de julio de 1821.»

Contra este documento se escribió, se vociferó, y se representó con el mayor calor, y llegó el escandalo hasta tal punto, que habiendo publicado el respetable gefe politico de Asturias una proclama en el mismo sentido que la circular, fue denunciada al alcalde de Oviedo, y el jurado la declaró subversiva. Tan general era el contagio y tanto chocaban ya entonces en España los buenos principios á los que hacian alarde de llamarse exaltados20.

  —81→  

Sin embargo el gobierno no cedia, y las nuevas autoridades de Madrid reprimian los movimientos de los alborotadores en su origen y frustraban sus   —82→   planes. Creyeron los anarquistas que podrian adelantar terreno, y tal vez aspirar á cosas mayores paseando por las calles de la capital el retrato de   —83→   Riego, llevandole á palacio y formalizando una asonada, cuyos resultados pudieron haber sido de la mayor trascendencia. Contaron para esto con   —84→   algunos cuerpos de la guarnicion, y empezaron el paseo llevando el retrato á varios cuarteles, donde fraternizaron con los oficiales y con la tropa; y habiendo adquirido de este modo mas osadía, se dirigian con gran algazara á la casa de ayuntamiento y á palacio, cuando el gefe politico les salió al encuentro y les intimó que se retirasen. No lo verificaron, y los insultos y las amenazas fueron la contestacion que dieron á aquella autoridad, que poniendose al frente de una compañia de granaderos de la milicia nacional, marchó á su encuentro y los dispersó de tal modo, que dejaron abandonado en la calle el retrato de Riego.

Por aquel tiempo se verificaban en Zaragoza otros acontecimientos de la mayor importancia. He dicho que de resultas de la fatal transaccion que el ministerio de 1820 hizo en noviembre con los alborotadores, fue sacado Riego de su destierro de Asturias y promovido á la capitania general de Aragon. Desde que llegó á aquella provincia, estuvo siempre rodeado de hombres de las ideas mas exageradas, que no podian tolerar el que se hablase de moderacion, y que abusaban   —85→   escandalosamente de su inesperiencia y de su atolondramiento. Entre ellos no faltó un aventurero frances llamado Montarlot, que le propuso el proyecto de presentarse con una colunna en la frontera de Francia y enarbolar alli la bandera tricolor. Los resultados no eran dudosos para aquellas cabezas exaltadas, y ya veian venir hacia ellos todo el antiguo egercito frances, y que las provincias llenas de entusiasmo arrojaban las lises, para ensalzar de nuevo las aguilas. Por fortuna el brigadier D. Francisco Moreda, gefe politico de Aragon, estaba dotado de toda la prudencia y sagacidad que se necesitaban para ir conteniendo la fogosidad de Riego, y los rectos principios de moderacion y de justicia que distinguen á aquel gefe, paralizaban en cierto modo los malos efectos que debia causar el fatal exemplo del capitan general. Saliò este á recorrer la provincia con el objeto sin duda de contar el numero de sus partidarios, y en cada pueblo por donde pasaba, establecia un club, que estendiese las mismas doctrinas que el profesaba. Entretanto en Zaragoza se hacian preparativos para llevar adelante los proyectos del transfugo frances; y el gefe politico Moreda, que seguia los pasos de los conspiradores, dió cuenta de todo al gobierno, y tomó por su parte las medidas que creyó convenientes para frustrar los planes de aquellos. El gobierno, justamente alarmado de las consecuencias que podia   —86→   tener la menor iniciativa de atentar á la tranquilidad de la Francia, y de lo que un acontecimiento de esta naturaleza le comprometeria con todos los gabinetes de Europa, dió inmediatamente la orden al brigadier Moreda para que reuniese el mando militar al politico, y para que previniese á Riego que, sin perdida de tiempo, pasase de cuartel á la plaza de Lerida. Hallabase este entonces en la correria de que dejo hecha mencion, y á pesar de la orden del gobierno se disponia á volver á Zaragoza, cuando supo que no le era favorable la efervescencia que habia en aquella ciudad, y tomó el partido de dirigirse á Lerida.

Facil es conocer hasta que punto exasperaria á los exaltados la conducta firme del gobierno, y si una circular como la que queda copiada bastó para alarmarlos, ¿cual seria su escandalo al ver exonerado á Riego del mando que tenia, confinado á una plaza de guerra, y frustrados los proyectos, que con tanto fundamento habian formando sobre Aragon? En todos los angulos de la monarquia no resonaron mas que injurias y amenazas contra los ministros; y no pudiendo acusarlos á las cortes, porque en sus operaciones habian marchado con la constitucion en la mano, tomáron el partido de formar asonadas en muchas capitales de provincia, y de hacer que las autoridades se reuniesen y representasen al Rey   —87→   contra el ministerio, amenazandole que no seria obedecido sino mudaba los ministros. Permitaseme que inserte aqui parte de una carta que se publicó entonces en algunos periodicos de la capital, porque en ella se hacen observaciones importantes, que manifiestan cual era la opinion de los moderados en aquella epoca. Está escrita en la Coruña, y su autor se proponia referir el modo con que se hizo alli la representacion contra el ministerio. Despues de manifestar los medios de que se valiéron los exaltados para reunir las autoridades y la violencia con que las tratáron, despues de decir que aquella representacion, asi como las de Sevilla, Cadiz, Badajoz y otras, eran el resultado de una misma maniobra, continua asi:

«Es indudable que la nacion entera se halla en una agitacion estraordinaria, porque las circunstancias nos han conducido naturalmente á este estado. Para romper los debiles vinculos, que nos unian al gobierno anterior, fue preciso dar á los animos un impulso que los moviese á correr tras de una felicidad de la cual carecian entonces enteramente, y no se adoptó el regimen nuevo sino para mejorar de fortuna; pero muchos no calculáron que su bondad no consiste en la prosperidad de este ó del otro individuo, sino en la que disfrutase la comunidad, y creyéron que al momento que se proclamase   —88→   la constitucion, se iban á esperimentar los efectos de un buen gobierno. Los que habian obtenido empleos en el regimen anterior se creyéron con derecho á conservarlos, porque dijéron que no habian cesado de servir á la nacion; los que contrajéron meritos en el alzamiento se persuadiéron que eran acréedores á ser colocados, y á proporcion que nos vamos alejando de la epoca de la restauracion, se va multiplicando el numero de los que dicen que tuviéron en ella una parte activa. No se necesitan otros elementos para que haya una efervescencia continua en todas las ciudades, en las cuales existen muchos empleados y muchos pretendientes.

Por lo que toca á la masa de la nacion que no vive del erario, se la persuadió que las contribuciones se disminuirian, que cesarian las injusticias, y que, libre de trabas y de vejaciones, podria cada uno egercer su industria del modo que mas le acomodase. Algunas de estas esperanzas se han realizado; pero distamos aun mucho de lo que prometimos. Contribuciones casi todas enteramente nuevas han reémplazado á las antiguas; los ayuntamientos, compuestos de hombres que viven de su propiedad ó de su trabajo, se han visto recargados con una multitud de atenciones, que pesaban antes sobre los funcionarios publicos, sin que estos se hayan disminuido, ni tampoco las contribuciones; el egercito   —89→   ha sido reémplazado; se han hecho grandes reformas que han envuelto á clases numerosas y de influencia, y la peste aflige á una parte de la peninsula: cuantos y cuan grandes motivos de agitacion y de descontento!

En tal situacion abundan los motivos de quejas, y la nave del estado se halla en mucho peligro de zozobrar entre tantos escollos, sin que sea licito dudar de esta verdad á ninguno que observe la marcha del espiritu publico. Pero las quejas son proporcionadas á las clases de personas que las promueven. En las ciudades, donde existen hombres mortificados de una ambicion sin limites y que calculan sobre las desgracias de su patria para aprovecharse de ellas, despues de haberlas promovido con todas sus fuerzas, se hace la guerra á las personas que componen el gobierno para réemplazarlas, y se exagera la translacion de este empleado, la colocacion de aquel, el nombramiento del otro, como si fuera la mayor de las calamidades publicas; y aun que he dicho en las ciudades, no debe entenderse esto con todos ni con la mayor parte de sus habitantes, sino con los ambiciosos que arrastran tras de si á los que viven en la ociosidad y en los vicios, á los amigos de novedades, y á facciones enteras que siguen maquinalmente el impulso que reciben de sus directores.

  —90→  

Pero la masa de la nacion, todos aquellos que tienen un verdadero interes en que el gobierno sea justo, y en que las leyes proporcionen el mayor grado de prosperidad posible, no claman contra estas ó las otras personas, ni aun creen que el poder egecutivo puede por si solo remediar los males que recelan y que tocan en gran parte. Piden que el numero de empleados publicos se disminuya, para que se disminuyan tambien las contribuciones; piden que las cortes y el gobierno, en lo que pueda corresponderle, se esfuercen en fijar, digámoslo asi, la revolucion, estinguiendo el furor de las pasiones, reconciliando los ánimos, y no tolerando que se dé á entender por mas tiempo que la mayoria de la nacion se opone á la felicidad de la nacion misma, y que solo un puñado de gentes conocen sus verdaderos intereses y son capaces de conducir á los demás. Desea con ansia que se restablezca la confianza, que se mejore la administration del credito publico, y que ningun pueblo ni fraccion de el se crea con derecho á impedir á las autoridades constitucionales el uso de las facultades que los concede el pacto fundamental.

Partiendo de estos datos, que no desmentirá la nacion, fácil es conocer que las representaciones hechas aqui y en otras partes no son la espresion de la opinion publica, sino el desahogo   —91→   de las pasiones y de la imprudencia, y que los verdaderos males, que afligen á la patria, distan mucho de consistir en los puntos que los tales escritos marcan como cardinales. También es bien fácil advertir que lo que quiere la masa de la nacion es justo, justisimo; y que si muy pronto no se toman en consideracion sus lamentos, si las leyes y sus egecutores no agotan todos los recursos para calmar la efervescencia, y para que la justicia presida á todos los actos del gobierno, entonces los males tomarán un incremento tal vez alarmante, los partidarios de la anarquia y los agentes de la arbitrariedad se aprovecharán de esta dificil situacion, y no es posible calcular hasta qué punto podria llegar el desorden.»

Me persuado que no se llevará á mal que haya insertado estas observaciones, porque dan bien á conocer las verdaderas calamidades que afligian á la España, y cuan espuesto era no aplicar el oportuno remedio. Este fue siempre el lenguaje de los moderados, que nunca se equivocáron sobre los intereses de su patria.

Pero las representaciones de los exaltados no eran sino anuncios de la furiosa tempestad que iba á descargar sobre la nacion. Sevilla y Cadiz se declaran en insurrecion contra el gobierno; no son admitidos los funcionarios publicos que el Rey envia á aquellas provincias; los alborotados   —92→   nombran los que han de mandarlos, ó mas bien los que han de egecutar sus ordenes; y declaran formalmente que seguirán siendo rebeldes, mientras que no sea renovado el ministerio. Las representaciones mas furiosas se dirigen al Rey y á las cortes, y circulan por todas partes; se invoca la constitucion, y se despedazan las atribuciones que señala al poder egecutivo21.

  —93→  

Otro tanto se verificaba en la Coruña, porque el gobierno, no desconociendo la fatal influencia que egercia Mina siendo capitan general de Galicia, y enterado de que era el punto de reunion de todos los demagogos, firme en su proposito de no consentir que se predicase ni se apoyase la anarquia por las primeras autoridades, le exoneró del mando, y se le confió al brigadier D. Manuel de Latre, que era tambien gefe politico de aquella provincia. Esta providencia dio margen á que estallase en la Coruña un motin, dirigido por el mismo Mina y sus amigos, y en el que entró parte de la guarnicion y de la milicia nacional. Es muy facil sorprender á los cuerpos militares, cuando en ellos hay algunos conspiradores, y cuando el que los manda se pone á la cabeza de la faccion. Latre fue desairado y atropellado, y Mina volvió á encargarse de la capitania general, en medio de una efervescencia, que hacia temer las mayores desgracias.

Parecia que ya nada podia oponerse á los planes de los anarquistas, y que, triunfantes en Galicia, en Andalucia y en otras provincias, iban á reunir fuerzas para marchar á Madrid, á destruir el gobierno y las cortes, y á precipitar la revolucion. Ellos mismos descubrian estos proyectos en sus tribunas, en sus periodicos y en sus corrillos, porque, contando con que era infalible su triunfo, tenian ya por inutil la reserva.

  —94→  

Sin embargo, aun no fuéron decisivas las ventajas que consiguiéron en esta ocasion. El brigadier Latre, conociendo las funestas consecuencias que debia tener su permanencia en la Coruña, como agente de un gobierno que ya no era alli reconocido, se evadió de la vigilancia de los alborotados, se retiró á Lugo, y circuló orden á todas las autoridades, que le reconociéron como gefe politico y como capitan general interino, quedandole solo á Mina el mando de la Coruña. Ya en algunos puntos de Galicia se habian manifestado sintomas de contrarevolución, y la provincia iba á arder en disensiones, sin que pudiese ponerse en duda el triunfo de los exaltados, que disponian de las tropas y eran los mas fuertes en las plazas y en los pueblos de consideracion. Pero todos los recelos desaparecieron á la voz de Latre, que unió los animos y los contuvo en el punto que era necesario para que impusiesen á todos los conspiradores. Mina salió de Galicia, segun lo dispuesto por el gobierno, y triunfáron el orden y las leyes.

Este acontecimiento al paso que desconcertó enteramente los planes de Andalucia y de otras provincias, alentó al gobierno, que, rodeado de disgustos y de apuros, no sabia donde volver la vista, porque en ninguna parte hallaba apoyo. Por fortuna, no estaba oprimido de cerca, porque, gracias á la constante actividad y energia   —95→   del conde de Cartagena y D. José Martinez San-Martin, los anarquistas de la capital no se atrevian á emprender nada, y permanecian simples espectadores de los desordenes de las provincias. La imprenta vomitaba sin cesar el veneno mas activo; pero no estaba en manos del gobierno poner remedio á tan grave mal, porque las cortes habían establecido, para los abusos de imprenta, el juicio, de jurados, y estos, elegidos por los ayuntamientos, ó pertenecian al partido desorganizador, ó no tenian casi nunca bastante resolucion para condenar sus principios.

Se hallaban entonces las cortes reunidas en sesiones estraordinarias, y el gobierno, rodeado de apuros, acudió á ellas con un mensage del Rey, para que tomasen en cuenta los desordenes que se iban haciendo familiares en algunos puntos y apoyasen al gobierno con medidas legislativas. El mensage decia asi:

«A las Cortes. Con la mayor amargura de mi corazon, he sabido las ultimas ocurrencias de Cadiz, donde, so pretesto de amor á la constitucion, se ha hollado esta, desconociendose las facultades que la misma me concede. He mandado á mis secretarios del despacho que presenten á las cortes la noticia de tan desagradable acontecimiento, en la intima confianza de que, penetradas de el, cooperarán energicamente con mi gobierno á que se conserven   —96→   ilesas, asi como las libertades publicas, las prerogativas de la corona, que son una de sus garantías. Mis deseos son los mismos que los de las cortes, á saber, la observancia y consolidacion del sistema constitucional; pero las cortes conocen que tan opuestas son á ellas las infracciones, que pudierán cometer los ministros contra los derechos de la nacion, como las demasías de los que atenten contra los que la constitucion asegura al trono. Yo espero que, en esta solemne ocasion, las cortes darán á nuestra patria y á la Europa un nuevo testimonio de la cordura que constantemente las ha distinguido, y que aprovecharán la oportunidad que se las presenta para contribuir á consolidar del modo mas estable la constitucion de la monarquia, cuyas ventajas no pueden esperimentarse, y aun estarian espuestas á perderse, sino se contienen al nacer los males que empezamos á sentir. San-Lorenzo, 25 de noviembre de 1821. FERNANDO.»

Las cortes dividiéron en dos partes la contestacion á este mensage. En la primera, desaprobáron altamente la conducta de los alborotadores de Cadiz y Sevilla, y se puso en manos del Rey antes de discutir la segunda parte. Ya entonces el partido exagerado contaba en las cortes, sino una mayoria, al menos numerosos y acalorados partidarios, y asi es que no faltáron celosos apologistas   —97→   de los desordenes de Andalucia. Se hiciéron al ministerio los cargos mas infundados, se procuró degradar en las sesiones á los individuos que le componian, y ya que no pudo exigirseles la responsabilidad, porque no habian hecho mas que atenerse á la puntual observancia de la constitucion, se dijo al Rey, en la segunda contestacion al mensage, que convenia que exonerase á los ministros, porque habian perdido la fuerza moral22.... Nuevo genero de inculpacion que podia servir en adelante, como sirvió en aquella desgraciada epoca, para procurar poner tachas á hombres que no las tengan legales. No es facil saber lo que quisiéron decir las cortes espresandose tan vagamente, ni se concibe que especie de fuerza moral han de tener los gobernantes, que se atienen exactamente á sus atribuciones, y que se afanan por egecutar las leyes y por sostener el orden publico. Y aun cuando se tratase del concepto personal en que pudiesen ser tenidos los ministros, ó sease de la opinion publica que disfrutaban ¿quien dijo á los diputados á cortes que los tales ministros eran mal mirados sino de los anarquistas que no podian tolerar el que con tanto ahinco se opusiesen á sus planes? Todos los amantes de la monarquia, todos los que querian   —98→   el orden, apreciaban á un ministerio que en medio de los mayores peligros, habia combatido la demagogia con una constancia heroica; pero algunos diputados á cortes tenian sin duda la pretension de que los ministros, siguiendo el fatal egemplo de sus antecesores, capitulasen con los gefes de los motines y con ellos mismos. No obstante, los hombres sensatos y prudentes que habia en las cortes proclamáron solemnemente en esta ocasion los verdaderos principios del orden social. A pesar de la primera contestacion al Rey, los rebeldes se resistian aun en Andalucia á obedecer al gobierno, gracias al apoyo que hallaban en las mismas cortes, las cuales examináron las nuevas representaciones de Cadiz y Sevilla, y decretáron que se formase causa á aquellas autoridades.

Las cortes estraordinarias se ocupaban tambien en reformar el reglamento de la libertad de imprenta, porque la esperiencia de pocos meses habia acreditado que daba margen á que se cometiesen impunemente los mayores abusos. El gobierno propuso una ley represiva que corregia algunos; pero dejaba sin embargo tanta amplitud, que la licencia fue estremada aun despues de publicada la ley. Los anarquistas, ó bien porque no querian ni aun las mas insignificantes trabas, ó porque se aprovechasen de esta ocasion para vengarse de los diputados que se habian pronunciado   —99→   con mas calor contra los escandalos de Andalucia, intentáron asesinar á los señores conde de Toreno y Martinez de la Rosa, y lo hubieran conseguido, si las autoridades hubieran sido menos vigilantes y celosas. La casa del conde fue allanada, y escapó con mucho trabajo de las manos de los asesinos.

Mientras que el gobierno peleaba con tanto teson con la anarquia, tuvo que tomar tambien algunas disposiciones contra los llamados realistas, que empezaban á formar pequeñas partidas en varios puntos. No se vió al frente de ellas á ningun sujeto de opinion ni á ningun militar de merito. Las mandaban hombres oscuros, ó nuevos en esta especie de guerra, ó que se habian ensayado ya en la de la independencia. Donde quiera que hallaban tropas constitucionales esperimentaban derrotas, y reducidos á vagar por las sierras y por los montes, era una verdadera calamidad para el pais que pisaban, porque ademas de no poder provéerse los pueblos para sus necesidades, sufrian el pillage de aquellas cuadrillas indisciplinadas, y de los soldados que las perseguian, y no pocas veces las rapiñas de los gefes de uno y otro partido. Tambien causaban un gravisimo mal á la nacion en general, porque daban terribles armas á los anarquistas, los cuales querian hacer autores y complices en estas conspiraciones   —100→   á la nobleza, al clero, á los moderados, á la familia real y al Rey mismo; y á fuerza de ponderar los peligros, y de amenazar á las clases mas respetables de la sociedad, conseguian estraviar el espiritu publico y adelantaban mas y mas en sus proyectos.

En medio de esta confusion, cuando todo era amenazas por una parte y recelos por otra, cuando los mas de los hombres de bien no se atrevian á manifestar su opinion, y cuando todo anunciaba la disolucion del estado, se verificáron las elecciones de diputados á cortes para la legislatura de 1822 y 1823. Era imposible que los nombramientos dejasen de resentirse de la preponderancia que tenian los exaltados. No se crea por esto que todos los elegidos eran anarquistas, pues habia entre ellos muchos de las mejores ideas, porque los exaltados, para conseguir su objeto, tuviéron que conceder algo á los electores que procedian de buena fé, y por otra parte algunos de los elegidos por aquellos en el concepto de que profesaban ideas exageradas, se condujeron con la mayor moderacion. Sin embargo, se viéron diputados nombrados por provincias en las cuales ni tenian vecindad, ni bienes, ni opinion, ni aun eran conocidos; se viéron otros que constantemente habian estado á la cabeza de los motines; algunos estaban procesados criminalmente, y habia   —101→   muchos sin propiedades, de quienes podia asegurarse que nada tenian que perder23.

El año de 1821 hubiera sido sin duda el ultimo de la monarquia constitucional en España, si el gobierno no hubiese mostrado tanta firmeza, si las autoridades de Madrid no hubiesen desplegado tanta energia y decision, y si Moreda en Aragon, y Latre en Galicia, no hubiesen contrariado y paralizado los planes de los demagogos. Las miras de estos se estendian á destruir la monarquia; asi lo daban á entender en sus escritos, asi lo espresaban en las tribunas de sus clubs, donde se hacia el elogio de la guerra civil24, y asi en fin la demostraban en sus obras no obedeciendo al gobierno,   —102→   ni respetando la constitucion. Tambien contribuyó mucho á detener el torrente revolucionario el haber negado el Rey la sancion á la ley de señoríos, pues cualquiera que fuese la justicia primitiva de este decreto, equivalia en las circunstancias, en que se daba, á autorizar á los colonos á que no pagasen ningunas rentas, y á encender una guerra de esterminio entre los propietarios y los labradores. El monarca, negando la sancion á esta ley inconsiderada, impidió que la anarquia recibiese un impulso formidable, y que triumfasen los niveladores. Tal vez algunos de los diputados, que declararon que los ministros carecian de fuerza moral, tuviéron entonces bien presente que el ministerio se habia opuesto á que se sancionase el decreto de señoríos.

A pesar de la famosa declaracion de las cortes, sobre la fuerza moral de los ministros, el Rey conservó los que tenia hasta fin de febrero. Entonces eligió nuevo ministerio, compuesto la mayor parte de los que habian sido diputados en la ultima legislatura, pues de los siete nombrados, cinco acababan de dejar los bancos del palacio de las cortes. Los escogió entre los que habian manifestado moderacion y conocimientos, y los anarquistas, que no habian perdonado medio para impedir el nombramiento, hiciéron grandes esfuerzos para anularle despues de verificado.

He dicho que el segundo ministerio no se componia   —103→   en general de hombres de tanta opinion como el primero, y antes de concluir este articulo, conviene añadir que el alma de este ministerio fue el señor don Ramon Feliu, secretario de estado y del despacho, primero de la gobernacion de ultramar, y despues de la gobernacion de la peninsula. Casi todas las demas secretarias fueron ocupadas alternativamente por varios ministros, algunos de los cuales estaban muy distantes de tener los conocimientos y la practica de negocios en sus respectivos ramos que era tan necesaria en aquella crisis. El distintivo de este ministerio fue su decision por el orden y por los principios monarquicos, y la guerra que hizo constantemente á la anarquia aun en medio de los mayores peligros. Bajo este concepto merece elogios, y los hombres de bien de todos los paises deben estarle reconocidos por los multiplicados esfuerzos que hizo para desconcertar los planes de los alborotadores. Si otros hombres de principios menos constantes y de un caracter menos firme, hubiesen ocupado las sillas ministeriales cuando ocurriéron los sucesos de Aragon, de Andalucia y de Galicia, la revolucion se precipita, y entonces mismo desaparece la monarquia.



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