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1

No fue el privado solo la causa de los males de España, sino la ausencia total de instituciones y garantias, que principiaron á faltar desde la reunion de las coronas de Castilla y Aragon, faltaron del todo en el reinado de Felipe V y siguientes. En esta parte el favorito se lo encontró todo hecho por otros que sin ser designados en la historia con semejante titulo, administraron con la misma arbitrariedad que los favoritos. Se ha hecho mencion de este por haber sido el mas celebre de los tiempos modernos, el mas inmediato á nuestra epoca, y el que por mas largo espacio conservó el favor esclusivo de sus reyes, mas no por haber sido el mas perjudicial á los intereses bien entendidos de su patria.

 

2

Los defectos de la constitucion de Cadiz son de tanto bulto, que el indicarlos solo exigiria un capitulo tan largo como esta obrilla. Pero nuestro animo no es hacer el examen, ni mucho menos la critica de esta produccion de la necesidad. Baste saber que aun cuando se la quiera suponer la mas perfecta de todas, la sola circunstancia de ser casi una copia literal de la constitucion francesa de 1791, á pesar de lo que falsamente se asegura en el discurso preliminar, la quitaba el caracter nacional de que en vano quisieron revestirla sus autores. No, la constitucion de Cadiz no era una resureccion de las antiguas libertades de las monarquias Castellana y Aragonesa, sino un ensayo nuevo y peligroso de la mejor de las republicas, segun el verdadero sentido de la expresion de Lafayette. Aun en las mas demagogicas de entre estas ultimas, inclusa la francesa, se consideró siempre indispensable un poder conservador, que se interpusiese entre las exigencias del partido popular, y las tendencias al despotismo de que suele adolecer el poder ejecutivo. Pero en la constitucion de Cadiz, que se denominaba esencialmente monarquica, no se pensó siquiera en poner la menor traba al despotismo popular, pues aun el mismo consejo de estado tenia que tomar origen en la propuesta de las cortes.

 

3

Si este escrito se hubiera publicado cuando se quiso dar á la prensa y no se permitió, que era en fines de 1825, nada añadiríamos respecto de los liberales de Cadiz, porque entonces se hallaban injustamente perseguidos. Pero en el dia no militan las mismas razones para dejar de decir que pocos poquisimos de entre ellos contribuyeron eficazmente al buen exito de la guerra de la independencia, como ha querido persuadirse. Muchos acudieron á Cadiz en aquellos aciagos dias, pero rarisimo el que no fué conducido allí en busca de algun empleo futuro que le eximiese de servir activamente á la patria. Cadiz no fué durante los años de 1810, 11 y 12 sino una vasta antesala ministerial, donde se solicitaban y concedian todos los empleos de la monarquia, regada entonces con lo sangre de millones de Españoles, que ni estaban en Cadiz, ni se apellidaban liberales, ni pretendian una gratitud y una recompensa esclusiva. Estos sufrian, peleaban, y morian en silencio; aquellos gritaban, pretendian, sitiaban á los ministros, y conseguian al fin todas las plazas vacantes.

No es esto decir que algunas docenas de ellos no acudiesen á Cadiz con el mas puro y desinteresado deseo de substraerse á la dominacion enemiga y servir á la patria con sus consejos y ejemplo. Pero repetimos que estos fueron muy contados y que á su sombra se formó en seguida un tropel de benemeritos bastardos, tan insaciables en sus exigencias como injustos en la parte que solicitaban de la gratitud real y nacional. Este tropel de vampiros fué quien mas contribuyó con su insolente lenguaje á enagenar los animos de los Españoles contra este partido y á privar de protectores á los que inocentemente le habian dado el nombre. El gobierno hizo tan mal en mostrarse severo contra los que habian sobresalido en las cortes, como en recompensar á los que no probaron otro servicio que el de haber residido en Cadiz.

 

4

Cada provincia nombró una junta compuesta de individuos elegidos entre las diferentes clases del estado, á saber, la nobleza, el clero secular y regular, el comercio, y los propietarios. De modo que cada junta representaba una imagen en miniatura de las antiguas cortes por estamentos, como que no se conservaba en España ninguna otra idea tradicional de representacion. Que de males se hubiéran evitado á la peninsula, si en lugar de adoptar las bases de la constitucion francesa de 1791, hubiéran los diputados de Cadiz formado sus cortes por el metodo conocido y reclamado por tantos hombres ilustrados! Inde mali labes.

 

5

D. Pedro Macanáz, primer ministro de gracia y justicia del rey Fernando despues de su vuelta de Francia, tenia en su compañia una especie de ama de gobierno que trajó de Francia en quien habia depositado demasiada confianza. El rey recibia continuas quejas de la corrupcion que reinaba en la distribucion de algunos empleos, de cuyo trafico era instrumento aquella muger y no del todo ignorante el ministro. Un dia fueron tan especiales las señas, é indicado con tanta claridad el sitio y la cantidad en que se habia vendido una gracia, que S. M. quiso convencerse por si mismo, y llevando en su compañia un escribano llamado Negrete, se trasladó en persona á la habitacion de Macanáz y sorprendió en su casa el mismo paquete de onzas de oro que habia servido de precio á la corrupcion. El castigo no correspondió á la enormidad de la culpa, y se perdió el fruto del escarmiento con harto desaire de la magestad soberana.

 

6

Durante algunos años el unico medio seguro de cobrar sus sueldos, era sacrificar el ocho ó el diez por ciento de su importe en favor de algunos empleados corrompidos de las tesorerias.

 

7

El egercito español, comprendiendo las tropas de la grande espedicion que estaba destinada á Buenos Aires, se componia en el principio de 1820 de 39,652 hombres de infanteria, de 7,859 de caballeria, de 6,114 caballos, entre los cuales solo se contaban 2,975 utiles; de 5,459 artilleros, y de 736 zapadores. La guardia real ascendia á 5,472 hombres.

 

8

Prescindinos enteramente de la cuestion que tanto agitan los medicos en el dia sobre si la fiebre amarilla es contajiosa ó no, pues nuestras reflecsiones se apoyan en la idea generalmente recibida en Europa de que lo es efectivamente.

 

9

El duque de San Fernando era entonces ministro de Estado y presidente del consejo de ministros.

 

10

Igual conducta acaba de imitar en Valencia el general Carratalá, para que ni aun en esto se desemeje una revolucion de la otra.

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