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Las circunstancias en que entraba á gobernar el nuevo ministerio eran terribles25. La nacion estaba en estremo agitada, y la confianza habia desaparecido enteramente. Los demagogos, dueños de las tribunas y de las imprentas, adquirian cada dia mas insolencia y nuevos seguaces. Las partidas de realistas tomaban incremento en Cataluña, y finalmente iban á abrir sus sesiones unas cortes, en las cuales el ministerio no podia prometerse ninguna influencia, porque se anunciaban como de ideas las mas exageradas.
Se instaláron en efecto las cortes el dia 1º. de marzo, y ya en la ultima junta preparatoria habian nombrado á Riego por su presidente. Deciase que una de las primeras proposiciones que se habian de hacer era la de que se declarase al Rey inhabil, y circulaban otras muchas especies parecidas —105→ á esta, las cuales nadie se atrevia á desmentir, porque se tenia en muy mal concepto á muchos diputados, y los elogios que de ellos hacian los exaltados, y lo satisfechos que se manifestaban, indicaba que habia mucho que temer.
Desde las primeras sesiones se notó en las cortes una tendencia decidida á las medidas estremas. Muchos diputados se complacian en hacer la apologia de los desordenes de Andalucia y de Galicia, pintando como encarnizadas persecuciones las causas que se formaban de orden de las cortes anteriores á algunos de los principales alborotadores, y abogando por ellos como por personas, que mas bien merecian premio que castigo. ¿Y como era posible que se condujesen de otra manera, cuando ellos mismos habian tenido parte en los alborotos, y á favor del desorden habian invadido el puesto que ocupaban? Uno de los ministros habló de los peligros á que esponian la causa publica los principios exagerados, y fue interrumpido por el presidente de las cortes, que le advirtió que el estaba al frente de los hombres, á quienes se llamaba exaltados. Citó tambien el ministro las prerogativas del Rey, y al momento el presidente le dijo que se espresase en otros terminos, porque el Rey no tenia prerogativas, sino deberes. La observacion del presidente manifestaba el deseo que habia de contrariar á los ministros y de deprimir la autoridad real, y era —106→ enteramente falsa, porque el articulo 171 de la constitucion dice asi: «Ademas de la prerogativa que compete al Rey, de sancionar las leyes y promulgarlas, le corresponden como principales las facultades siguientes,» etc. Enfin reinaba en las cortes el mayor acaloramiento, y olvidando absolutamente todos los negocios, se occupaban algunos diputados en referir las noticias que recibian, dando una ridicula importancia á cualquier acontecimiento, y deduciendo siempre consecuencias poco favorables al gobierno. Se descubria un odio limitado al nuevo ministerio, en el cual los exaltados no podian menos de reconocer un formidable enemigo.
Las declamaciones de los diputados contra el gobierno se sucedian unas á otras sin intermision, y finalmente fuéron convocados los ministros, la noche del 9 de marzo, para dar cuenta á las cortes del estado de la nacion. Todo indicaba que aquella sesion iba á ser decisiva para el ministerio, y se tenia por muy dificil el que pudiese sostenerse, atendida la prevencion y la animosidad que se manifestaba contra el. Sin embargo, su triunfo fue completo. El furor de que estaban poseidos los exaltados de las cortes no les permitió ceder la palabra á aquellos de sus compañeros que podian hablar con algun tino; todos quisiéron hacer cargos, en los que apareciéron de manifesto la mala fé, la ignorancia y hasta la groseria. Los —107→ ministros opusiéron la razon, la calma y la prudencia, á los impetus freneticos de sus adversarios; quedaron estos confundidos, y sus mismos corifeos terminaron esta memorable sesion, de la cual saliéron muy avergonzados.
Desde entonces el ministerio tomó ascendiente en las cortes. Su partido, que era el del orden y de la monarquia, se aumentó entre los diputados; los demagogos se desacreditáron, y el gobierno pudo hacer frente con buen exito á los reiterados ataques que sufria. Las cortes volviéron á examinar, y aprobáron la ley de señorios, decretada por las anteriores, y no sancionada por el Rey, que negó segunda vez la sancion26. Tambien se ocuparon en el reglamento, para el gobierno de las provincias, y en sus operaciones procuraban siempre disminuir la influencia del gobierno, y privar á sus agentes de los medios de sostener el orden y de hacer egecutar las leyes. De suerte que tendiendo ya la constitucion á la democracia, los decretos y reglamentos de la cortes solo servian para desnivelar mas y mas el edificio de la —108→ monarquia, á fin de que se desplomase cuanto antes. Las cortes querian invadir todos los ramos de la administracion publica, y hasta se ocupáron en la tranquilidad de Madrid, nombrando una comision que fuese á examinar si se reunian gentes sospechosas en uno de los arrabales, y dando una ridicula importancia á varias quimeras de taberna, que se habian suscitado aquéllos dias. Estos pasos tan imprudentes, mezclados con protestas de decision y de impavidez que se hacian cuando ya se sabia que no habia nada que recelar, ridiculizaban en estremo á las cortes, y contribuian sobre manera á neutralizar el funesto efecto de sus doctrinas anarquicas. Si en general los diputados, asi como estaban poseidos de ideas exageradas y de principios destructores del orden social, hubieran tenido mas ciencia, y hubieran observado una conducta mas prudente, es seguro que las cortes hubiesen trastornado el gobierno en el primer mes de sus sesiones.
Una de las primeras disposiciones del ministerio fue poner en planta el decreto de las cortes anteriores, que dividia la España peninsular é islas adyacentes en cincuenta y dos provincias; y esta operacion bastante dificil se llevó al cabo inmediatamente con un celo y una constancia tanto mas dignas de elogios, cuanto las cortes se oponian á que se realizase. Al frente de cada provincia se estableciéron autoridades politicas y militares —109→ eligidas en el partido moderado, y puede decirse que entonces fue cuando empezó á trabajarse de acuerdo, y cuando en todas partes se procuró afirmar y sostener la autoridad real, atacar las doctrinas anarquicas y restablecer el orden. El gobierno se afianzaba incesantemente con plan y con concierto, estendia su actividad y su prevision á todos los ramos, y combatiendo siempre en las cortes, aumentaba en ellas de dia en dia su partido, y se acreditaba con el cuerpo diplomatico, portandose con decoro y con firmeza.
Sin embargo, su marcha era contrariada por grandes dificultades. Los exaltados no cesaban de oponerle obstaculos, y los llamados realistas hacian progresos en Cataluña, donde la guerra se iba encendiendo con encarnizamiento entre los pueblos de la montaña y los de la marina. Ocurriéron tambien el 30 de mayo los desagradables sucesos de Aranjuez y Valencia. En el primer punto hubo desorden en palacio y se oyéron voces subversivas; y en Valencia unos cuantos artilleros se apoderaron de la ciudadela á las voces de muera la constitucion! Uno y otro acontecimiento se sofocáron inmediatamente, y el ministerio no desesperaba todavia del orden y de la tranquilidad publica, ni de cimentar la autoridad real sobre bases solidas, cuando los sucesos de los primeros dias de julio desconcertáron —110→ enteramente sus proyectos, y entregaron el estado á discrecion de los anarquistas.
Hacia ya tiempo que la guardia real era objeto de las declamaciones de los clubs, que veian en ella un poderoso instrumento de orden. La conducta de las compañias de guardias que estaban en el palacio de Aranjuez el 30 de mayo, y que parece que no se opusiéron con energia á aquel momentaneo desorden, dio nuevas armas á los exaltados. Hubo tambien varias reyertas entre los soldados de la guardia y los milicianos nacionales de Madrid en el mes de junio, y las cortes eligiéron precisamente aquella epoca, para tratar de la reforma de la guardia real. Esta imprudencia, unida al funesto efecto que producian en los soldados las continuas declamaciones que se propalaban contra ellos, llegó por fin á exasperarlos, y hacerles tomar un partido que les fue tan fatal, como á toda la nacion. Ya el 30 de junio cuando desfilaban las tropas, despues de haberse retirado el Rey del palacio de las cortes, que cesáron aquel dia sus sesiones ordinarias, los tambores de un batallon de guardias contestáron á sablazos á algunos insultos que parece se les dirigiéron, y hubo soldados que saliéron de la formacion para tomar parte en la reyerta. Pero aquello se apaciguó, y en todo el dia no ocurrió ningun otro acontecimiento que alterase la tranquilidad de la capital, pues no tuvo trascendencia en el pueblo —111→ la muerte del teniente de guardias D. Mamerto Landaburu, asesinado aquella tarde por sus mismos soldados, dentro del palacio del Rey. Mas en el silencio de la noche cuatro batallones de guardias toman las armas, y se salen de Madrid; los otros dos batallones estaban en palacio. Apenas el capitan general tuvo conocimiento de esta novedad, se dirige á los fugitivos, á los cuales halló formados á corta distancia. En vano les recordó su disciplina y la imprudencia del paso que daban; en vano les prometió que se les daria satisfaccion de los ultrages de que se quejaban, pues ellos se obstinaron en no volver á sus cuarteles, prorumpiéron en algunas voces contra la constitucion, é intentaron que el conde de Cartagena se pusiese á su frente. Entonces ya les hechó en cara su indisciplina, y no haciendo caso ni de sus promesas ni de sus amenazas, los dejó cuando vió que era ya imposible persuadirlos. Los cuatro batallones marcharon aquella misma noche al real sitio del Pardo, que dista dos leguas de Madrid.
Terrible fue la situacion del gobierno en estas circunstancias; la confusion y el terror reinaban en Madrid, donde nadie sabia el desenlace que podian tener sucesos de tanta trascendencia. No era posible reducir por la fuerza á su deber á los cuatro batallones de guardias que estaban en el Pardo, porque la guarnicion de la capital se componia —112→ unicamente de dos batallones de infanteria y de dos regimientos de caballeria de poca fuerza. Ni eran solos los guardias del Pardo los que habia que observar, sino tambien los dos batallones que estaban en palacio, los cuales se hallaban en el mismo sentido que sus compañeros, y era mas que probable que en el momento en que se emprendiese algo contra aquellos, tomasen estos abiertamente su partido. En palacio habia tambien un escuadron de caballeria de uno de los regimientos de la guarnicion, y estaba unido á los guardias. Las provincias inmediatas á la capital estaban casi desguarnecidas, porque la mayor parte de las tropas se habia dirigido á Cataluña y á Navarra, para apagar el fuego de la sedicion, que iba abrasando aquellas provincias. Pocos dias antes habian levantado el grito de contrarevolucion en Andalucia los carabineros reales y el regimiento provincial de Cordova; y casi al mismo tiempo se sublevó el regimiento provincial de Siguenza y todo aquel pais, que solo dista de Madrid doce leguas.
No habia por lo mismo ninguna probabilidad de que se pudiese obligar á los guardias á que volviesen á Madrid, y el gobierno, que aunque hubiera tenido á la mano egercitos numerosos, no hubiera apelado á medios violentos sino en el ultimo estremo, adoptó el partido de tratar con los sublevados. Cada momento aumentaba los peligros, —113→ y parcela ya imposible evitar mil catastrofes. Los guardias no obraban bajo un plan fijo, y en las contestaciones que tuviéron con el gobierno se quejaban solamente de los ultrages que habian recibido, y de que aun estaban impunes los que los habian insultado. Ninguna muestra daban de querer que se variase la forma de gobierno, y la lapida constitucional permanecia en la plaza del Pardo, como en la de Madrid.
Tampoco la posicion de los guardias era tan ventajosa que no tuviesen mucho que recelar sino se conducian con tino, y si poco á poco no iban cediendo á las insinuaciones del gobierno. Al salir de Madrid, los habian abandonado la mayor parte de sus oficiales, muchos sargentos y algunos soldados; la indisciplina tomaba cada dia mas cuerpo entre ellos, y no veian á su frente ningun hombre capaz de sacarles de un apuro, ni de darles el impulso que necesitaban para que no se aventurasen sus empresas. Es cierto que al pronto no habia á la mano fuerzas con que darles la ley; pero no podian dudar que acudirian inmediatamente de todas partes, mucho mas cuando en Andalucia eran derrotados los carabineros y sus secuaces, y se veian precisados á huir de aquellas provincias para rendir las armas en la Mancha.
Mientras que en el palacio de Madrid se deliberaba sobre el partido que deberia sacarse guardias; mientras que los mismos allegados á —114→ S. M., aquellos, de cuya fidelidad no podia dudar, discordaban entre si, porque no convenian en la especie de gobierno que debia proclamarse, los vecinos honrados de la corte vivian en una continua ansiedad, y los exaltados, apoyados por el ayuntamiento, aumentaban en estremo la confusion, y creian que era llegado el tiempo de poner en planta sus proyectos. Desde los primeros dias se empeñó el ayuntamiento de Madrid en que debia atacarse á los guardias con la tropa permanente, quedando en la capital los nacionales. Insistió repetidas veces en este empeño, que siempre resistió el gobierno, porque no solamente conocia las pocas fuerzas de que podia disponer para el ataque, sino que estaba persuadido de que las intenciones de los demagogos eran sacar de Madrid al capitan general con la guarnicion, para envestir en seguida el palacio, apoderarse, si era posible, de la persona del Rey, y dar á los negocios el impulso que mas les acomodase. Cada hora recibia el gobierno una nueva prueba de que estas eran las intenciones de personas, que no podian disimular los deseos que tenían de que empezasen las hostilidades. Es un hecho que, dias antes del 7, uno de los principales idolos de los clubs y del ayuntamiento empezó á dar ordenes en el parque de artilleria para que se arrojasen granadas á palacio, y á no ser por la firmeza con que se resistió á ello el gefe que mandaba en aquel punto, ¿quien —115→ podria calcular las consecuencias de aquel acto hostil, cometido contra la misma habitacion del Rey27?
Pero estas y otras tentativas se estrellaban contra la actividad, la firmeza y la energia del capitan general y del gefe politico, que ausiliaban las miras del gobierno con el mayor celo, y que en aquellas circunstancias, como en otras muchas anteriores, preserváron de infinitos males la persona del Rey y la poblacion de Madrid.
Llegó el 6 de julio, y la indisciplina de los soldados de los dos batallones de guardias, que estaban en palacio, iba creciendo en proporcion de lo que se acercaba el momento de declararse abiertamente. Sin duda se habia repartido dinero á los soldados, y el vino aumentaba los sintomas del desorden. Todo anunciaba dentro de palacio que era llegado el tiempo de obrar. Concurrian alli personas que no podian menos de tener parte en las resoluciones; la satisfaccion se leia en el semblante de unos; en otros se notaba tambien la alegria, pero, mezclada con la desconfianza; y algunos respiraban venganzas y esterminio. Los soldados impidieron la salida de palacio á los ministros, al gefe politico y á otras personas distinguidas, —116→ que se viéron precisadas á pasar alli aquella noche, precursora de tantas calamidades.
Mientras que esto sucedia en palacio, los cuatro batallones de guardias, que estaban en el Pardo, se pusiéron en marcha para Madrid, á donde llegáron antes del amanecer del 7, y consiguiéron entrar en la capital no solamente sin hallar resistencia, pero aun sin ser sentidos; de suerte que pudiéron combinar sus ataques del modo mas conveniente, y con tanta mayor probabilidad de buen exito, cuanto lograban sorprender á sus enemigos. Pero los resultados distáron mucho de coresponder á tan fundadas esperanzas; y mientras que la columna principal era rechazada en la plaza mayor por un puñado de nacionales y unos cuantos artilleros, otros destacamentos, que parece debian concurrir al mismo punto, fueron detenidos y aun dispersados en el camino por solas patrullas. Los guardias fugitivos se reuniéron á la columna que estaba en la puerta del Sol, no para intentar un esfuerzo, sino para retirarse todos precipitadamente á palacio, tan pronto como se dirigieron contra ellos algunas fuerzas. Los tiros y la algazara diéron á la mayor parte de la guarnicion, y á los habitantes de Madrid, la noticia de que los guardias habian entrado hostilmente en la capital. Cada uno concurrió á su puesto, no á disputar la victoria, sino á saber que los guardias habian huido á palacio en el mayor —117→ desorden. En medio del entusiasmo del triunfo por todas partes resonaban voces, pidiendo que se atacase á los guardias, y que se embistiese el palacio, á cuyo abrigo se habian guarecido. La facilidad de la victoria conseguida ya alentaba aun á los mas cobardes, y parecia inevitable el que disponiendo los vencedores de toda la artilleria, y no teniendo nada que temer por parte de sus enemigos, cuya consternacion acababan de esperimentar, parecia, digo, inevitable el que dejase de ser asaltado el palacio. Pero el capitan general, tomando el ascendiente que en tales casos da siempre un valor sereno é inalterable, á costa de los mayores esfuerzos consiguió calmar los animos, y los guardias no fueron atacados, y la habitacion del Rey fue respetada, y tal vez se salvó la vida del monarca. En lugar de embestir el palacio, el capitan general enviò oficiales á tomar las ordenes del Rey, y se determinó que los cuatro batallones de guardias, que habian venido del Pardo, dejasen las armas, y se retirasen á los cuarteles que se les designáron; que los dos batallones, que estaban en palacio, marchasen armados, el un á Leganès, y el otro á Vicalbaro, pueblos, que se hallan en las inmediaciones de Madrid. Pero los guardias del Pardo, dudando tal vez dé la generosidad de los vencedores, huyen de palacio, y toman el camino de Estremadura. Los siguen destacamentos de infanteria y caballeria con algunos cañones; el desorden se introduce en —118→ sus filas, se desparraman en todas direcciones, y ofrecen un triunfo facilisimo á los que los perseguian. Unos perecen, los mas se entregan prisioneros, y pocos consiguen ponerse en salvo.
De este modo termináron los proyectos de los guardias, y antes de examinar las consecuencias de aquellos desagradables sucesos, no será inoportuno hacer algunas observaciones sobre la clase de plan que se propusiéron, y el modo con que fue egecutado.
Los guardias no manifestáron abiertamente que querian hacer una contrarevolucion, sino el mismo 7 de julio. Hasta entonces algunos soldados pudiéron espresarse con mas ó menos claridad; pero los gefes, ni en sus contestaciones con el gobierno, ni en sus demonstraciones publicas, daban á entender cual era el objeto que se proponian. Todo lo que occurió inclina á créer que se retiraron al Pardo con animo de esperar alli las ordenes del Rey, para obrar con arreglo á ellas. Esto es tanto mas probable, ó mas bien pudiera decirse tanto mas evidente, cuanto los dos oficiales de guardias, que desde el Pardo fueron á tratar con los ministros, tuvieron con el Rey una conferencia reservada, y pudo conocerse que la entrevista con los ministros no habia sido sino el pretesto del viaje28.
Seis dias esperáron los guardias el impulso que les diese la corte, y es probable que en este tiempo fuesen continuas las conferencias en palacio, para deliberar el partido que podia sacarse de las tropas del Pardo. Los que merecian entonces la confianza del monarca no estaban acordes en su modo de pensar. Querian unos que el Rey se declarase absoluto, y que anulase enteramente lo hecho par las cortes; y pretendian otros que se modificase la constitucion, ó mas bien que se estableciese un gobierno representativo, en el cual la autoridad real quedase con todas las facultades y con todo el brillo, que es necesario para sostener las monarquias. Una y otra opinion debiéron tener muchos partidarios, pues que se pasaron tantos dias sin que se viese ningun resultado, y se dió lugar á que, en medio de semejante inaccion, se recobrasen los patriotas de Madrid del susto que concibiéron, cuando tuviéron noticia de la retirada de los guardias, y hubo tiempo de preparar algunos medios de resistir sus tentativas, y de que empezasen á moverse tropas de las provincias sobre la capital. ¿Quien ignoraba que el feliz exito de las empresas de los sublevados pendia de la pronta egecucion de sus planes? Cualquier partido que hubieran tomado la noche de 30 de junio ó el dia siguiente, es constante que por el pronto se hubiera egecutado casi sin obstaculo, porque nada habia prevenido contra ellos. —120→ Si en lugar de salirse de Madrid, donde eran los mas fuertes, se apoderan, la noche del 30 de junio, del parque de artilleria y del palacio de las cortes, y sorprendiendo dos ó tres cuarteles, hacen que los soldados tomen su partido; si al mismo tiempo detienen á los ministros, á los individuos del ayuntamiento, á las primeras autoridades, y toman posicion en los puntos principales; aquella misma noche quedan dueños de la capital. Y esto podian hacerlo sin encontrar el menor obstaculo, puesto que ellos cubrian los mas de los puestos, eran muy superiores en numero á todas las fuerzas reunidas de la guarnicion, y conseguian aprovecharse de las ventajas de una sorpresa, pues asi como sin que nadie tuviese noticia de su fuga saliéron de la corte, del mismo modo les hubiera sido facil marchar á cualquier punto sin ser sentidos29. En lugar de abrazar este partido, toman el insignificante de salirse de Madrid, y —121→ esto prueba que semejante determinacion fue precipitada, sin plan y sin combinacion con el palacio. Sin embargo, -no se debe omitir que cuando el capitan general habló á los guardias que se retiraban, estos manifestáron que iban á unirse con el Rey, que tambien habia salido de Madrid. ¿Pensaria tal vez S. M. dejar el palacio aquella noche, entregandose en manos de los guardias, ó esparcirían esta voz los comandantes de los batallones, para atraer mas bien á los soldados?
No es probable que el Rey tuviese intencion de abandonar aquella noche la capital, porque, en este caso, hubiera estado instruido de los planes de los guardias, y sin duda se hubiera sacado de ellos un partido mucho mas pronto y seguro. Por otra parte, si S. M. hubiera querido marchar, nadie podia impedirselo. Debemos pues créer, mientras que no lleguen á averiguarse, todos los pormenores de la sublevacion de los guardias, que estos por si, y antes si saliéron de Madrid, y que cuando estuviéron en el Pardo fue cuando empezó á pensarse que podian servir para trastornar el orden de cosas existente.
Y aunque no se hubiese tenido por conveniente apoderarse en los primeros momentos de la corte, como sin obstaculo pudo hacerse, no por eso los que dirigian la sublevacion debiéron dejar de tomar las medidas, que podian contribuir al exito de sus planes. A ocho ó nueve leguas del Pardo —122→ se halla el departamento de artilleria de Segovia, de donde, sin hallar oposicion, no solamente podian sacar artilleria y municiones, sino que era bien facil atraer al regimiento provincial de aquella ciudad, y mucha parte del de artilleria. Otro tanto pudo ensayarse en Avila, y en otros puntos, con el mejor exito. Interceptando los correos, se introducia la confusion en las provincias, y se podian circular las noticias que fuesen mas favorables á sus miras; pero los guardias ni detuvieron la correspondencia publica, ni aun diéron una proclama ó manifiesto que apoyase su determinacion y les atrajese partidarios. Todo esto corrobora lo que he dicho de que no tenían ningun proyecto fijo, y que en la incertidumbre de lo que dispondria de ellos la corte, ni se atrevian á emprender operacion alguna, ni siquiera se determinaban á espresar sus sentimientos, porque aun no estaban sancionados por el Rey.
Pero aun cuando la estraña indecision de palacio fuese la causa de tanta apatía, y aun cuando los diferentes partidos, que al lado del Rey se embarazaban mutuamente, pudiesen disculpar tan prolongada indecision, ¿porque, en tanto que se resolvia lo que habian de hacer los guardias, no se les daba un gefe que tuviese opinion en la corte, en el egercito y en las provincias, que mantuviese la disciplina, y que conservase el espiritu de los soldados siempre dispuesto á obrar? Es inconcebible —123→ por que especie de abandono se dejó al frente de los sublevados del Pardo á un comandante de batallon de la guardia, estrangero, cuyo nombre era desconocido, y que ni aun en su mismo cuerpo tenia la influencia necesaria para hacerse obedecer en aquellas circunstancias. ¿No habia al lado del Rey generales, que eran conocidos en toda la nacion, entre los cuales pudo haber se eligido uno, que se encargase de las tropas del Pardo? ¿Faltarian tal vez en aquella ocasion sujetos, que se ofreciesen al monarca para prestar este servicio? No parece creible; sin embargo, tenemos el egemplo de que aquellos que en una epoca mas reciente y menos espuesta han blasonado tanto de realistas, y han creido que este titulo les da derecho para perseguir á sus mismos compañeros, se vieron, en los primeros dias de julio, ó indecisos y enteramente nulos, ó en las filas de los constitucionales. Cualquiera que haya sido la causa de no haber tomado el mando de los guardias un general conocido, lo cierto es que este error solo puede disculparse con la confusion y el desorden que reinaba al rededor del trono, en donde tal vez los que tenian mas influencia se regocijaban estupidamente, creyendo que no habia ningun obstaculo para llegar al termino de sus deseos.
Vengamos ya al momento en que los guardias se decidiéron á entrar hostilmente en Madrid, y —124→ examinemos el modo con que lo egecutáron. Sin duda la operacion mas dificil que habia que hacer era llegar á la capital sin alarmar á la guarnicion, y esto lo consiguiéron tan completamente, bien fuese por descuido de los que observaban las avenidas y guardaban las puertas, ó lo que es mas probable, porque estuviesen de acuerdo con ellos, como que entraron en Madrid sin que se disparase un tiro, y sin que lo supiesen las autoridades. La ventaja estaba enteramente por su parte; el numero, la calidad de las tropas, y el hallar á sus enemigos desprevenidos y en un profundo sueño, les aseguraba la victoria. Su principal esfuerzo parece que se dirigió á la plaza mayor, y que debian desembocar en ella por diferentes calles. No solamente faltó esta combinacion, sino que la columna, que llegó hasta cerca de la plaza, retrocedió al primer cañonazo, sin intentar ningun esfuerzo. Es imposible hacer una descripcion de las operaciones de los guardias, porque desde los primeros momentos manifestáron tanta indecision y tanto desorden, que puede decirse que no hubo ningun ataque combinado, y que no hiciéron mas que marchar hasta donde halláron resistencia, y entonces retrocedieron y huyeron á palacio.
¿Pero por que causa los batallones, que estaban en palacio, no hiciéron ningun movimiento para proteger la operacion de sus compañeros? ¿No —125→ era llegado entonces el momento de hacer todos un esfuerzo, de que al frente de cada destacamento hubiese marchado un general, y de que un infante hubiese dirigido los ataques? No podia caber en esto la mas minima duda, cuando se sabia que los guardias tenian mucha falta de oficiales, y que era necesario no perdonar medio alguno de asegurar la empresa. La esperiencia lo ha demostrado sobradamente. Los soldados de guardias, casi abandonados á si mismos, y no viendo á su frente á las personas que quizá se les habian designado, perdiéron el animo, y aquellos valientes veteranos, la flor del egercito español, que tantas veces hablan arrostrado los mayores peligros, huyéron de unos cuantos hombres, que apenas sabian hacer uso de sus armas. ¿Quien no se llenó de indignacion al ver en las manos triunfantes de los milicianos la bandera del primer regimiento de guardias, aquella bandera que recordaba tantas glorias, y que guió tantas veces por el camino de la victoria, á los que peleaban bajo su sombra? ¿Y quien no derramó lagrimas de compasion y de ira á un mismo tiempo al ver los cadaveres de tantos guardias, que se dejaban matar casi sin resistencia, y al ver prisioneros á centenares de soldados que pocos dias antes eran el modelo de la disciplina y del valor, y que de tantos peligros habian librado al vecindario de Madrid, imponiendo á los alborotadores? Aquellos desgraciados escitaban la compasion, —126→ al paso que no se podia sofocar un movimiento de colera contra los que, despues de haber los conducido á Madrid, los habian abandonado. ¿Que habian de hacer casi sin oficiales y sin sargentos, y sin que viesen realizado nada de cuanto se les habia ofrecido? No fueron los nacionales, ni los soldados de la guarnicion de Madrid, los que derrotáron á los guardias; fue el abandono en que los dejaron, y fue la falta de plan, de concierto y de energia, la que asesinó á tantos infelices.
Hemos visto que la conducta militar y politica de los que dirigiéron á los guardias fue tal, que desconcertó enteramente sus proyectos, y que aun teniendo, como tenian por su parte, todas las probabilidades de un feliz exito en las primeras operaciones que emprendiesen, perdiéron las ventajas de su posicion por la apatía y por la debilidad que manifestáron. Pero ademas su rompimiento fue muy intempestivo, y por poco que hubiesen reflexionado, hubieran conocido que el ministerio tendia constantemente á asegurar la autoridad real; que no perdonaba medio alguno de conseguirlo; que el Rey hacia ya mucho tiempo que no era insultado, y que no estaba distante la epoca en la que, de resultas del congreso de Verona, las grandes potencias hiciesen saber sus intenciones. Era mas que probable, y la marcha que habia seguid parecia que lo aseguraba, que —127→ el ministerio, lejos de oponerse á que se hiciesen en la constitucion las modificaciones necesarias, para que la autoridad del Rey adquiriese toda la fuerza que le faltaba, abrazaria con ansia este partido; y entonces, para imponer á los demagogos de las cortes y de la capital, al mismo tiempo que el egercito francés amenazase la frontera, convenia sobre manera tener á la mano un cuerpo de tropas, que apoyase las disposiciones del gobierno; y, este cuerpo debia ser la guardia real. El exito entonces era infalible; y aun, cuando los guardias hubiesen sido vencedores el 7 de julio, no por eso se aseguraba su empresa. Sin duda hubiéran corrido arroyos de sangre; pero como los constitucionales tenian el apoyo de las tropas, y eran dueños de todas las plazas y de las poblaciones principales, podia asegurarse que el triunfo de los guardias seria momentaneo. Era tambien muy diferente el proponer modificaciones dejando un gobierno representativo, ó el restablecer el absolutismo. En el primer caso, se podia contar con numerosos partidarios entre los mismos liberales, sin que pudiese presumirse que el partido, llamado servil, dejase de apoyar las modificaciones, porque entonces sus pretensiones estaban reducidas á librarse de la anarquia. Pero proclamando el absolutismo, se exasperaba á cuantos tenían alguna parte en los negocios, porque no se podrian contar por seguros; y los desordenes, que —128→ sin duda hubieran sucedido en Madrid, vista la indisciplina de los guardias y el partido que dominaba en palacio, señalando á los constitucionales y á los exaltados lo que tenian que temer, les hubieran obligado á hacer un esfuerzo y á marchar sobre la capital.
El Rey, á pesar del respeto y del decoro con que era tratado por los ministros, y á pesar de que no podia menos de conocer su aversion á la anarquia, y los afanes que se tomaban, y riesgos que corrian para establecer el trono sobre bases estables, se condujó con ellos con la mayor reserva en los sucesos de julio, y, como he dicho, la noche del 6 al 7 fueron detenidos en palacio.
Era imposible que, despues del 7 de julio, se sostuviese el ministerio, y no podia menos de suceder que el nuevo gobierno se compusiese de hombres de ideas exageradas. Sin embargo aun tardáron los exaltados en ponerse de acuerdo, y hasta principios de agosto, no se organizó el nuevo ministerio. Habia entre ellos dos partidos, que se apoyaban en dos sociedades secretas, y la desconfianza que tenia el uno del otro, hizo que al parecer ambos permaneciesen en inaccion despues del 7 de julio, esperando cada uno de ellos que llegaria á apoderarse de las riendas del gobierno. Triunfáron al fin los masones, y fueron bastante astutos para que los comuneros consentiesen en —129→ que el nuevo ministerio se compusiese enteramente de hombres de su secta.
El tercer ministerio tenia muchas ventajas sobre los que le habian precedido. No cedia en luces al primero; poseia el amor del orden en el mismo grado que el segundo, conocia perfectamente la marcha de la revolucion, estaban intimamente unidos entre si los que le componian, y no perdonaron medio de adquirir la confianza del Rey. Todos los ramos del estado recibiéron de este ministerio un fuerte impulso, y sus conocimientos, su tino en el mando, y la firmeza de su carácter, le diéron un ascendiente mucho mayor de lo que podia esperarse, atendida la epoca en que se encargó del gobierno. Hizo á la anarquia una guerra constante y metodica, y ostentó siempre las maximas mas monarquicas, no perdonando medio de hacer que el Rey fuese respetado. Enfin este ministerio estaba animado de los mas vehementes deseos de fijar la revolucion. Tenia para conseguirlo mas medios de los que tuvo, ni quizá tendrá ningún otro en mucho tiempo, y sino lo consiguió, si bajo su direccion no recobró la autoridad real todo el esplendor de que es susceptible, atribuyase esto, no á falta de los ministros, sino á la intempestiva sublevacion de los guardias, y al poco apoyo que halláron aquellos en el palacio de Madrid y en los estrangeros.
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Cuarto ministerio30
Lopez Baños, uno de los gefes de la Isla, fue nombrado ministro de la guerra, y tuvo el encargo de elegir sus compañeros, entre los cuales el principal era redactor del Espectador, periodico, que desde sus primeros numeros no habia cesado de combatir todos los principios de moderacion. Otros tres ministros habian sido diputados á cortes en la legislatura anterior, y se distinguiéron siempre por sus ideas exageradas. Ellos fueron de los que se espresáron con mas calor sosteniendo, á fines de 1821, la rebelion de Cadiz y de Sevilla, y dando elogios á la inobediencia y á la insurreccion.
Aacute; tales manos fueron confiados los destinos de la triste España! El primer cuidado de los nuevos gobernantes fue colocar en los puestos de consideracion á los hombres de su secta, que se habian distinguido combatiendo el orden y los —131→ gobiernos anteriores. No tardáron en esperimentar ellos mismos que, una vez dado el impulso al desorden, no es facil que disfruten pacificamente de su triunfo los que por semejantes medios llegan á apoderarse de los negocios, y bien pronto se viéron espuestos á las invectivas de los comuneros. Creyéron estos que serian consultados por el nuevo ministero en los negocios de importancia, y que la revolucion marcharia segun sus deseos, que eran los mismos que habian manifestado los masones; esto es, que reinaria el terror, y que no quedaria en España persona alguna distinguida en ningun ramo, con tal que no estuviese alistada en sus filas. Se prometian con tanta mas razon estos resultados, cuanto los periodicos de la secta entronizada, sus ordenes y todas sus demonstraciones no habian indicado otra cosa desde fines de 1820; desde cuyo tiempo se habia visto siempre á los masones en las cortes, en los clubs y en todas partes, declamar contra la moderacion, y predicar con furor la demagogía. Mas bien pronto se desengañaron, porque viéron que los ministros solo trataban de repartir entre los suyos el poder y la influencia, y de gozar en paz del fruto de sus trabajos.
Empezó pues á encenderse la guerra entre las dos sectas, y aunque parecia que todas las ventajas estaban por parte de los ministros, no obstante los comuneros que se habian apoderado de la —132→ causa que se formó sobre los sucesos del 7 de julio, se valiéron de ella para perseguir á todos los moderados, y publicamente se trataba, en sus periodicos y en sus clubs, de atacar al mismo ministro de estado, que habia sido el primer fiscal de aquel proceso, y al cual atribuian omisiones criminales en su formacion. De resultas de la causa se decretó la prision de los ministros que habia el 7 de julio; fueron conducidos á la carcel el conde de Cartagena y el gefe politico San Martin; se fugáron muchas personas distinguidas, y fueron presos el duque del Infantado y otros varios. El objeto era sin duda llenar las carceles de Madrid de los hombres mas distinguidos, y atacar hasta á los Infantes como complices en la conspiracion de los guardias. Nada era mas facil que lograr estos resultados, formando en ello empeño unos hombres que no conocian improbidad ni miramientos, y que presentarian testigos para declarar cuanto conveniese á sus miras, mucho mas cuando tenian á su disposicion mas de mil guardias, que habian sido hechos prisioneros el 7 de julio. Amontonadas en las carceles las victimas, se hubiera procedido con ellas seguir las circunstancias, y ó bien se les hubiera hecho espirar en un patibulo, ó se les hubiera asesinado en un motin formado, al intento. La existencia de estos planes atroces está bien demonstrada, no solamente por la tendencia de los demagogos que los —133→ habian concebido, sino porque sin rebozo los han espuesto en sus clubs y en sus periodicos.
Empezó el ministerio á ver con disgusto que sus contrarios tuviesen en la mano tan poderosa palanca, con la cual podian desquiciar hasta los fundamentos de su poder. Tan enemigos de los moderados, como los mismos que formaban la causa del 7 de julio, no se hubieran opuesto á que fuesen perseguidos, y ellos habian dado el egemplo con mas constancia que nadie; pero las circonstancias habian variado, y viendose ensalzados, quisiéron dar á su gobierno cierto caracter de moderacion. No obstante aun, hubieran permitido que la causa del 7 de julio siguiese la direccion que habia tomado, sino se hubiese tratado de envolver en ella al ministro San Miguel, y por consiguiente de hacer la guerra al ministerio. Ya entonces no se guardaron ningunos miramientos, y el proceso se arrancó de las manos del fiscal del modo mas ilegal y mas despotico, y se confió á otro, que puso en libertad á los principales presos, y que se limitó unicamente á proceder contra los oficiales de guardias. Á esto deben su existencia muchos hombres distinguidos, que han hecho servicios importantes á su patria, y á esto debe atribuirse el que no se precipitase entonces la revolucion en términos de que desapareciese la monarquia.
Entretanto la guerra civil se encendía con encárnizamiento —134→ en las provincias que confinan con Francia, y ya no podia dudarse que el gabinete de esta nacion protegia la insurreccion, viendo que un general de credito tomaba el mando de los realistas de Cataluña, y que en Urgel se establecia una regencia. Se dirigiéron á aquella frontera numerosas tropas, y los ministros eligiéron para mandarlas á gefes casi todos de su secta, pero que no por eso tenian las cualidades militares y politicas, que eran necesarias para triunfar de los sublevados, atraerlos, y conservar á los pueblos en la sumision. Muchas operaciones se combináron mal, y se egecutáron sin vigor y sin energia, y semejantes descuidos, que no dejaban de proporcionar ventajas á los llamados realistas, los alentaban para nuevas empresas. Se hacia una guerra de esterminio, y se asesinaban muchas veces los prisioneros, particularmente los que habia entre ellos que fuesen algun tanto distinguidos. Los pueblos estaban espuestos á los insultos y á veces á las exacciones de una soldadesca desenfrenada, porque el nuevo gobierno habia acabado de relajar la disciplina, y creia que no podia sacar partido de los soldados, sino tolerando la licencia. No solamente las partidas de realistas se engruesaban en la falda del Pirineo y hacian frecuentes correrías hasta el Ebro, sino que las provincias del interior estaban infestadas de cuadrillas mas ó menos numerosas, que interceptaban correos, atacaban, —135→ los pequeños destacamentos de tropas, y sacando de los pueblos lo que necesitaban, ó mas bien lo que querian, aumentaban la confusion, y hacian sumamente dificiles las comunicaciones. Se multiplicaban con este motivo los robos y los asesinatos; y á las mismas puertas de Madrid, se desobedecia al gobierno, y se reunian gavillas.
Es cierto que las tropas constitucionales consiguiéron en Cataluña grandes ventajas, y que tomados los puestos de Castelfullit y Balaguer, la division de realistas del general baron de Eroles tuvo que refugiarse á Francia; pero no obstante, la guerra continuaba aun en lo interior de la misma Cataluña, y particularmente en la parte que confina con Valencia. Los animos estaban ya encarnizados, y los infinitos desordenes que se cometian por una y otra parte atizaban mas y mas la discordia, y producian un furor que era ya dificil estinguir. Jamas el gobierno manifestó ni aun indicios de querer pacificar aquel pais, atrayendo á los habitantes; y los partes oficiales, las observaciones, que se insertaban en los periodicos ministeriales, todo respiraba esterminio, y hasta la eleccion del general, que mandaba en Cataluña, daba bien á entender que se contaba con empléar unicamente el hierro y la llama.
Lo mismo sucedia en Navarra y en Aragon, y la sangre española se derramaba á borbollones por los mismos que se proponian regenerar la nacion —136→ y hacerla feliz. Los generales en gefe de los egercitos publicaban á porfía bandos atroces, imponiendo la pena de muerte, de confiscacion de bienes y de espatriacion con la mayor ligereza. Los pueblos, desde donde se hiciese fuego á los constitucionales, debian ser quemados y saqueados infaliblemente, aun cuando no fuesen los agresores del mismo pueblo, con tal que no los entregasen; igual suerte se señalaba á los pueblos donde fuese muerto un patriota, y las penas de muerte se estendian hasta á los que diesen noticias favorables á los realistas31.
—137→Y estos decretos de furor y de esterminio no solamente se llevaban á efecto, sino que se hacia ostentacion de semejantes atrocidades, y el gobierno —138→ lejos de impedirlas, las promovia. Al dar parte Mina de la toma de Castellfullit cuyos habitantes, que no pudiéron fugarse, fueron asesinados, —139→ dice asi: «El pueblo, enteramente desierto, ha desaparecido con sus fortificaciones. Y a fin de recordar á los demas el tragico fin que deben esperar de sus locos intentos, si dando oidos á las sujestiones de los enemigos de nuestra felicidad, se atrevieren á tomar con ellos las armas para combatirla, en la parte mas visible de uno de los muros que han quedado en pie, se ha puesto la siguiente irscription: Aqui existió Castellfullit. Pueblos, tomad egemplo! No abrigueis à los enemigos de la patria». Y no se contentó con hacer quemar el pueblo y arrasarle, sino que habiendo sabido algun tiempo despues que se construian algunas barracas y casas por los vecinos de Castellfullit que habian escapado al hierro y á la llama, dió orden para que los nuevos edificios fuesen demolidos inmediatamente, y los habitantes dispersados.
Y para que se forme una idea cabal del espiritu de conciliacion que dominaba á los ministros y á sus agentes, me ha parecido oportuno insertar los documentos siguientes:
—140→«Orden general. La cuarta division del egercito de operaciones del septimo distrito militar (Cataluña) borrará del gran mapa de las Españas al nombrado y por indole faccioso y rebelde pueblo de San Llorens de Morunis (aliás Piteus)32, á cuyo fin será saqueado y entregado á las llamas.
Los cuerpos tienen derecho al saqueo en las casas de las calles que se espresan: el batallon de Murcia, calles de Arañas y Balldelfret; Canarias, calles de Segonés y Fasurés; Cordoba, calles de Serronés y Ascarvats; partida de la Constitucion y artilleria, el Arrabal. (Se esceptúan las casas de tres personas que se nombran en la orden). En todo el dia de hoy, se prepararán los combustibles en las que deben ser incendiadas, cuando se dé la orden para ello».
Siguen otros pormenores.
«Bando. D. Antonio Rotten, caballero de la orden nacional de San Fernando, brigadier, etc., prevengo y ordeno lo que sigue:
Art. 1º. El pueblo que fue de San Llorens de Morunis (aliás Piteus) ha sido saqueado é incendiado de mi orden, por la rebeldía de sus habitantes contra la constitucion de la monarquia, que jamás quisiéron jurar, y por haber incurrido en las penas que señala el bando del Excmo. señor general en gefe de este egercito (Mina), de 24 octubre ultimo, en donde fue Castellfullit.
Art. 2º. Este pueblo no podrá reédificarse sin el correspondiente asenso de las cortes.
Art. 3º. Ninguno de los que fueron sus vecinos y habitantes podrán fijar su domicilio en los partidos de Solsona y Berga sin permiso del gobierno, ó del Exmo. señor general en gefe del egercito.
Art. 4º. Se esceptuan las familias de los patriotas y benemeritos (siguen los nombres de doce personas).
Art. 5º. Por la obligacion que tiene todo habitante, ó vecino, del que fue San Llorens de Morunis, de fijar su domicilio fuera de los partidos de Solsona y Berga, los que se encuentren —142→ en ellos serán pasados por las armas, sino justificasen que saliéron del pueblo antes del 18 del corriente, dia en que entráron las tropas nacionales, ó que estuviesen comprendidos en algunas de las escepciones ó bandos vigentes sobre facciosos.
Art. 6º. Los que hubiesen salido antes del 18 del corriente, los sexagenarios, las mugeres y los jovenes menores de diez y seis años, tampoco podrán fijar su domicilo en los referidos partidos, sin permiso del gobierno ó del Exmo. señor General en gefe, bajo pena de ser expulsados á la fuerza; en la Intelligencia, que para salir de ellos, se les concede un mes de termino, contadero desde la fecha.
Art. 7º. Circulese para su cumplimiento á los cuerpos y partidas dependientes de la division, á las comisiones de vigilancia y ayuntamientos constitucionales de las cabezas de partido, para que lo comuniquen á los pueblos de los mismos.
Dado sobre las ruinas de San Llorens de Morunis, á 20 de enero de 1823.»
Tal era el espiritu que dominaba al ministerio y á sus principales agentes, y tales medios se empleaban para conciliar los animos, para atraer los pueblos y para terminar la guerra civil. Rotten fue promovido á mariscal de campo. Parecia que los que dirigian los negocios habian cobrado un odio implacable á la misma nacion, que se proponian —143→ regenerar. Y esta conducta se observaba cuando por todas partes se aumentaban los peligros, cuando el numero de descontentos crecia todos los dias, cuando los recursos se disminuian, y enfin cuando la santa alianza pretendia intervenir en los negocios de España.
¿Pero como se ha de estrañar que las autoridades se condujesen de un modo tan impolitico y tan atroz, cuando las cortes daban el egemplo, entregando los pueblos á discrecion del gobierno y de sus agentes?
El dia 7 de octubre de 1822, se habian reunido las cortes estraordinarias, convocadas por el gobierno, para tomar en consideracion el estado de las cosas. En la sesion del 12 del mismo mes presentó el ministerio una manifestacion de las causas que habian influido en los males que se esperimentaban, y de los remedios que convenia aplicar para estirparlos. Las agitaciones que acompañan siempre á las mudanzas politicas, la ignorancia de los pueblos, el influjo del clero, el que muchos magistrados y autoridades municipales dejaron apagar el espiritu publico, el haberse separado de sus deberes algunos gefes de la guardia real, las intrigas de los estrangeros, y finalmente el influjo que algunas personas y corporaciones habian tenido en los pueblos, eran en el concepto de los ministros las causas principales del mal estado de los negocios publicos. Para remediar estos —144→ males, proponia el ministerio las medidas-siguentes: 1º. Que se fijase la suerte del clero. Que el gobierno señalase las cantidades con que se debia asistir á los prelados eclesiasticos estrañados del reino. 3º. Que se autorizase al gobierno para estrañar de sus respectivas diocesis á los prelados, curas parrocos y eclesiasticos, que inspirasen desconfianza. 4º. Que se concediesen al gobierno facultades para trasladar de una provincia á otra á los empleados cesantes. 5º. Que en el caso de ponerse un pueblo en estado de defensa, los empleados residentes en el perdiesen las dos terceras partes de sus sueldos, sino se presentaban á hacer frente á los facciosos. 6º. Que el pueblo, que siendo acometido por un numero de facciosos igual ó inferior á la tercera parte de su vecindario, no se defendiese, deberia pagar la fuerza militar que se destinase á ocuparle. 7º. Que las autoridades locales, que no diesen aviso á sus superiores de que los facciosos estaban en su recinto, serian multados por los gefes militares, segun estos tuviesen por conveniente. 8º. Que el gobierno pudiese suspender los ayuntamientos á propuesta de los gefes politicos. 9º. Que se declarase que respecto á los conspiradores habia llegado el caso de suspender las formalidades prevenidas en las constitucion, para el arresto de los delincuentes. 10º. Que, en las causas de conspiracion, deberian los reos pagar mancomunadamente —145→ todos los daños y perjuicios causados á tercero. 11.º Que se autorizase al gobierno para devolver al consejo de estado los espedientes de propuestas de empleados, que no se limitasen á sujetos adictos á la constitucion. 12º. Que se autorizase al gobierno por un termino fijo para remover y reémplazar en propiedad, y personalmente, á los gefes militares. 13º. Que igualmente se concediesen facultades al gobierno para reémplazar á los magistrados que no cumpliesen con sus deberes. 14º. Que todo funcionario publico, ó empleado civil ó militar, que se negase á admitir el destino que le diese el gobierno, quedase privado del que antes tenia, inhabilitado para obtener otro, y siendo militar, se le recogiesen los despachos. 15º. Que se creasen sociedades patrioticas reglamentadas, para fomentar el espiritu publico. 16º. Que, con el mismo objeto, se representasen en los teatros piezas, que inspirasen amor á la moral y al exercicio de las virtudes civicas. 17º. Que se diese un testimonio solemne de gratitud á todos los que se habian presentado á defenderlas libertades patrias, en Madrid, el dia 7 de julio. 18º. Que el gobierno deseaba que las cortes adoptasen cuantas medidas les sugiriese su particular celo y amor al bien publico.
Tal es el estracto de la esposicion presentada por el gobierno á las cortes; y en verdad, que si la ciencia y el tino de los ministros se han de —146→ graduar por este documento, no podrá formarse de ellos una opinion muy favorable, viendo la ligereza y la impericia con que tratáron un asunto de la mayor importancia. La exageracion de principios, la exaltacion de las pasiones, las medidas violentas adoptadas por las mismas cortes pocos meses antes, la anarquia, descollando en todas partes, promovida por los que se llamaban liberales par escelencia, el desenfreno de la imprenta, la ignorancia y la rapacidad de muchos empleados, y enfin el descontento general que se habia apoderado de la nacion desde las chozas hasta los palacios, nada de esto era de consecuencia en el concepto, de los ministros, ni podia ser causa de los males que se esperimentaban.
El mismo tino se manifestaba en los remedios propuestos. El ministerio, lejos de pretender que se conciliasen los animos, que se inspirase confianza á los pueblos, y que se cortasen los vuelos á la anarquia, que devoraba la España, creyó que se salvaba la constitucion con unas cuantas medidas, insignificantes algunas, absurdas y ridiculas otras, y dirigidas todas á poner en sus manos las facultades mas arbitrarias. La constitucion se infringia en algunas de estas medidas; y en lugar de la libertad y de la justicia tantas veces proclamadas, pretendian los ministros revestirse legalmente del despotismo mas feroz.
En los partes de las autoridades, en los papeles —147→ publicos, en las esposiciones del gobierno, en las sesiones de las cortes, se decia continuamente que el orden de cosas existente tenia infinitos enemigos; y era natural inferir de los documentos citados que el numero de adictos era mucho menor que el de desafectos. Prescindamos, por un momento, de la injusticia de las medidas propuestas por el gobierno, y de si merecia la pena de haberse hecho una revolucion para entregar en manos de siete hombres la autoridad que tenia el Rey antes del 7 de marzo de 1820; ¿cuales eran las pretensiones de los ministros y de sus secuaces? ¿Querian esterminar la mayor parte de los Españoles para gobernar sin zozobra y sin enemigos, ó querian convertir á los desafectos, haciendolos victimas de las persecuciones, y entregandolos á discrecion de autoridades arbitrarias y á veces inmorales? ¿El furor que respiraban los ministros, y sus agentes, era á proposito para conciliar los animos de los que odiaban la demagogia y el libertinage?
Las cortes tomáron en consideracion lo espuesto por el gobierno, y ademas de acceder á casi todas sus peticiones, decretaron que á los prelados estrañados del reino no se les atendiese con cantidad alguna. Autorizáron al gobierno para que pudiese trasladar de unas provincias á otras á los empleados, aun cuando estos renunciasen sus destinos y sueldos. Se suprimiéron los conventos —148→ que se hallaban en despoblado, en las plazas fronterizas, ó en pueblos de menos de cuatro cientos cincuenta vecinos. Finalmente, se autorizó á los agentes del gobierno para que, sin formacion de causa, pudiesen arrestar, por el termino de treinta dias, á los que tuviesen por conspiradores33. El ministerio, que habia hecho la prueba de la docilidad de las cortes, no quiso sancionar esta ultima medida, porque dijo, que en la constitucion y en las leyes hallaba suficientes medios de prevenir las conspiraciones, y de castigar á los conspiradores. «La formalidad que mas que todas parece indispensable, decia el ministro a las cortes, devolviendo el decreto no sancionado, es la previa informacion sumaria. El proyecto, de que se trata, debilita este antemural —149→ de la seguridad individual, y conmueve en cierta manera el edificio social en sus principales fundamentos. Confia ademas á los gefes politicos, es decir, al poder egecutivo el egercecio de funciones judiciales, puesto que no pueden caracterizarse de otra manera las facultades de arrestar y tener incomunicado á un presunto delincuente por el espacio de treinta dias, y la de estar practicando pesquisas é indagaciones durante este tiempo, y recogiendo pruebas del delito, para, segun el resultado de ellos, ó poner al reo en libertad, ó entregarle á disposicion, del juez.
Ademas, si tal articulo se sancionará, serian mayores las facultades de un agente del gobierno que las del Rey mismo, puesto que no puede este, sin quebrantar el articulo fundamental, decretar la detencion por mas tiempo que el de cuarenta y ocho horas; cuando por el contrario, segun el proyecto, cualquier gefe politico, ó cualquiera otro delegado suyo, podria prolongarla hasta treinta dias, sin responsabilidad alguna por haber tomado esta resolucion.»
Tal es la leccion que el gobierno de los siete patriotas, el mismo que propuso, que se le autorizase con facultades ilimitadas, se vió precisado á dar las cortes, para hacer alarde de que estaba animado de algunos principios de moderacion, y porque las facultades, que concedian las cortes, recaian —150→ en algunos gefes politicos, que no eran de la secta de los ministros, y á quienes no podian quitar de pronto los destinos sin gran escandalo, y acaloradas gestiones de los comuneros. Pero el ministerio se contradijo á si mismo, y daba en todos sus pasos muestras de su impericia y de la estremada ligereza con que trataba los asuntos mas importantes. «S. M., dice el ministro en la esposicion ya citada, abunda en estas mismas ideas (las de aterrar á los facciosos y conspiradores), y por lo mismo, su gobierno propusó á las cortes que declarasen haber llegado el caso del articulo 308 de la constitucion34; pero sin embargo, crée que el proyecto sometido á su real sancion no es necesario para conseguir aquel saludable obgeto, y que ademas contiene disposiciones que producirian inconvenientes muy superiores á las ventajas que de el podian resultar.
Cuando se dice que esta ley no es necesaria, no es porque se suponga que no se está en el caso que la constitucion previnó en el articulo 308. Al contrario, el Rey está mas convencido —151→ que nadie de la necesidad de apelar á medios estraordinarios, para consolidar mas y mas el imperio de la ley fundamental, arraigada ya en el corazon de la mayoria del pueblo español, pero combatida por algunos, á quienes ciega la ignorancia y la supersticion, ó preocupa su propio interes y el oro de que se dejan corromper. Pero al mismo tiempo, se persuade que con lo dispuesto en la constitucion, y lo que en aclaracion tuya disponen otras leyes posteriores, particularmente la de 11 de octubre de 1820, se ha provisto bastantemente á lo que exige el bien del estado, con respeto al arresto de los conspiradores, y que no hay un motivo para sujetarlos á leyes de escepcion, que no sean comunes á los demas delincuentes.»
Esto manifestaba á las cortes el gobierno en la esposicion, con que devolvia sin sancionar el decreto sobre el modo de proceder al arresto de los conspiradores. El ministerio, por una parte, creia que se estaba en el caso que previnó el articulo 308 de la constitucion, y no solamente lo creia, sino que, en la medida novena, propusó á las cortes que lo declarasen asi; y por otra parte, este mismo ministerio decia espresamente que estaba persuadido de que no habia necesidad de apelar á medidas estraordinarias, y que se habia provisto bastantemente á lo que exigia el bien del estado, con lo dispuesto en la constitucion —152→ y en otras leyes posteriores. Pero estas leyes no son mas que aclaraciones; en ellas no se prescinde de las formalidades que exige la constitucion para el arresto de los delincuentes, y existian cuando se propusiéron las medidas; de suerte que el gobierno, en esta misma esposicion, no solamente contradice sus propuestas anteriores, sino que el contenido de un parrafo está en contradiccion manifesta con lo que se dice en otro. Sin embargo, estos eran los ministros patriotas y los ministros sabios, en cuyas manos se depositaba la soberania de la nacion.
Entretanto los soberanos aliados trataban, en Verona, de oponer un dique al torrente de la revolucion que amenazaba inundarlo todo; y antes de emplear otros medios, quisieron manifestar su opinion sobre los negocios de España, y pasáron á sus embajadores y ministros plenipotenciarios en Madrid varias notas, para que las comunicasen al gobierno español.
Esta era la nota de la Francia:
«Al señor Conde de La Garde. Señor Conde, Pudiendo variar vuestra situacion politica, á consecuencia de las resoluciones tomadas en Verona, es propio de la lealtad francesa encárgaros que hagais saber al gobierno de S. M. C. las disposiciones del gobierno de S. M. Cristianisima.
Desde la revolucion acaecida en España en el —153→ mes de abril de 1820, la Francia, á pesar de lo peligrosa que era para ella esta revolucion, ha puesto el mayor esmero en entrechar los lazos que unen á los dos reyes, y en mantener las relaciones que existian entre los dos pueblos.
Pero la influencia, bajo la cual se habian efectuado las mudanzas acaecidas en la monarquia española, se ha hecho mas poderosa por los mismos resultados de estas mudanzas, como hubiera sido facil prevéer.
Una insurrecion militar sujetó al rey Fernando á una constitucion, que no habia reconocido ni aceptado, al volver á subir al trono.
La consecuencia natural de este hecho ha sido que cada Español descontento se ha creido autorizado para buscar, por el mismo medio, el establecimento de un orden de cosas mas analogo á sus opiniones y principios. El uso de la fuerza ha creado el derecho de la fuerza.
De aqui los movimientos de la guardia en Madrid, y la aparicion de cuerpos armados en diferentes partes de España. Las provincias limitrofes de la Francia han sido principalmente el teatro de la guerra civil. A consecuencia de este estado de turbacion en la peninsula, se ha visto la Francia en la nececidad de adoptar las precauciones convenientes, y los sucesos que han ocurrido, despues del establecimiento de un egercito de observacion en la falda de los Pirineos, —154→ han justificado la prevision del gobierno de S. M.
Entretanto el congreso, indicado ya desde el año anterior para resolver lo conveniente sobre los negocios de Italia, se reunia en Verona.
La Francia, parte integrante de este congreso, ha debido esplicarse ácerca de los armamentos á que se habia visto precisada á recurrir, y sobre el uso eventual que podria hacer de ellos. Las precauciones de la Francia han parecido justas á los aliados, y las potencias continentales han tomado la resolucion de unirse á ella para ayudarla (si alguna vez fuese necesario) á sostener su dignidad y su reposo.
La Francia se hubiera contentado con una resolucion tan benevola y tan honrosa al mismo tiempo para ella; pero el Austria, la Prusia y la Rusia, han juzgado necesario añadir al acto particular de la alianza una manifestacion de sus sentimientos. Estas tres potencias han dirigido, al efecto, notas diplomaticas á sus ministros respectivos en Madrid; estos las comunicarán al gobierno español, y observarán en su conducta ulterior las ordenes que hayan recibido de sus cortes.
En cuanto á vos, señor Conde, al comunicar estás esplicaciones al gabinete de Madrid, le direis que el gobierno del Rey está intimamente —155→ unido con sus aliados en la firme voluntad de rechazar, por todos los medios, los principios y y los movimientos revolucionarios; que se une igualmente á sus aliados, en los votos que estos forman para que la noble nacion española encuentre en si misma un remedio á sus males; males que son para inquietar á los gobiernos de Europa, y para precisarles á tomar precauciones siempre repugnantes.
Tendreis sobre todo cuidado en manifestar que los pueblos de la peninsula, restituidos á la tranquilidad, hallarán en sus vecinos amigos leales y sinceros. En consecuencia, dareis al gobierno de Madrid la seguridad de que se le ofrecerán siempre cuantos socorros pueda dar la Francia, en favor de la España, para asegurar su felicidad y aumentar su prosperidad; pero le declarareis al mismo tiempo, que la Francia no suspenderá ninguna de las medidas de precaucion que ha adoptado, mientras que la España continue siendo destrozada por las facciones.
El gobierno de S. M. no titubeará en mandaros salir de Madrid, y en buscar sus garantias en disposiciones mas eficaces, si continuan comprometidos sus intereses esenciales, y si pierde la esperanza de una mejora, que espera con satisfaccion de los sentimientos que por tanto tiempo han unido á los Españoles y Franceses —156→ en el amor de sus reyes y de una libertad juiciosa.
Tales son, señor Conde, las instrucciones, que el Rey me ha mandado enviaros en el momento en que se van á entregar al gabinete de Madrid las notas de Viena, Berlin y San Petersburgo. Estas instrucciones os servirán para dar á conocer las disposiciones y la determinacion del gobierno francés en esta grave ocurrencia.
Estais autorizado para comunicar este despacho, y entregar una copia de el, si se os pidiere. Paris, 25 de diciembre de 1822.»
He insertado la nota de la Francia, para que se vea el sentido en que se esplicaba aquel gabinete; y como las de las otras tres potencias parten de iguales principios, y son bastante estensas, me ha parecido que no deben tener lugar en este escrito. La de Francia basta para enterarse de que la santa alianza no reconocia la constitucion española, porque tenia por vicioso y criminal su origen, y que estas notas solo se dirigian á abrir la puerta á transacciones, puesto que no terminaban á ningun resultado fijo.
La lectura de unos documentos en que las principales potencias de Europa proponian reformas en el gobierno y amenazaban en el caso de que no se verificasen, debia producir en los ministros las mas serias reflexiones. Era demasiado cierto —157→ por desgracia que la guerra civil devoraba la España, que la anarquia habia hecho progresos muy rapidos, y que las cosas habian llegado á tal estremo, que sin modificar la constitucion, no era posible conservar la monarquia. El gobierno apenas era obedecido, y tampoco tenia energia ni prevision. Todo lo esperaban de el sus partidarios, todo lo prometia en las cortes; el palacio de estas resonaba continuamente con los elogios de los ministros patriotas, y los mas de los periodistas y todos los que pertenecian á su secta les ofrecian incienso sin cesar; sin embargo, no ha habido gobierno en el mundo que haya hecho menos. A la mas ligera insinuacion suya, decretaban las cortes contribuciones de hombres y de dinero, y mientras que destrozando la misma constitucion que con tanto enfasis se proclamaba, revestian á los ministros de unas facultades ilimitadas, vieron todos los Españoles que apenas se hizo uso de estas facultades, que tan encarecidamente habia pedido á las cortes el mismo gobierno. Aun en las provincias menos infestadas de realistas las contribuciones no se pagaban sino con mucho atraso, y se debian cantitades enormes. El contingente de hombres, que las cortes habían decretado para reemplazar y aumentar el egercito, se incorporaba en los depositos con la mayor lentitud, y los quintos, desnudos, hambrientos y en la mas deplorable ociosidad, porque ni aun se les —158→ daba la menor instruccion, demostraban el abandono del gobierno, que llegaba hasta el punto de tenerlos muchos meses en las casas sin destinarles á cuerpos. La milicia activa, que debia ascender á cerca de noventa mil hombres, segun lo decretado por las cortes en enero de 1822, apenas constaba de veinte y cuatro mil, y estos eran los que existian ya en 1820. Pues este mismo gobierno inepto y debil, que solo daba muestras de vida, cuando se trataba de proteger á los de su secta, no titubeó en contestar á las notas de las grandes potencias, desafiando á toda la Europa35.
—159→Esta fue la repuesta que dirigió al plenipotenciario de S. M. cristianisima. «Al ministro plenipotenciario de S. M. en Paris digo con esta fecha de real orden lo que sigue:
El gobierno de S. M. C. acaba de recibir, communicacion de una nota pasada por el de S. M. Cristianisima á su ministro plenipotenciario en esta corte, de cuyo documento se dirige á V. E. copia oficial para su debida inteligencia.
Pocas observaciones tendrá que hacer el gobierno de S. M. C. á dicha nota. Mas para que V. E. no se vea tal vez embarazado acerca de la conducta que debe observar en dichas circunstancías es de su deber manifestarle francamente sus sentimientos y sus resoluciones.
—160→No ignoró el gobierno nunca que las instituciones adoptadas libre y espontaneamente por la España causarian recelos á muchos de los gabinetes de Europa, y serian objeto de las deliberaciones del congreso de Verona; mas seguro de sus principios, y apoyado en la resolucion de defender á toda costa su sistema politico actual, y la independencia nacional, aguardó tranquilo el resultado de aquellas conferencias.
La España está regida por una constitucion promulgada, aceptada y jurada en el año de 1812, y reconocida por las potencias que se reunieron en Verona. Consejeros perfidos hicieron que S. M. C. el Rey Don Fernando VII no hubiese jurado á su vuelta á España este codigo fundamental, que toda la nacion queria, y que fue destruido por la fuerza sin reclamacion alguna de las potencias que lo habian reconocido. Mas la esperiencia de seis años y la voluntad general le movieron á identificarse en 1820 con los deseos de los Españoles.
No fue, no, una insurrecion militar la que promovió este nuevo orden de cosas á principios de 1820. Los valientes, que se pronunciaron en la isla de Leon y sucesivamente en las demas provincias, no fueron mas que el organo dé la opinion y de los votos generales.
Era natural que este orden de cosas produjese —161→ descontentos: es una consecuencia inevitable de toda reforma, que supone correccion de abusos. Hay siempre en toda nacion, en todo estado, individuos que no pueden avenirse nunca al imperio de la razon y de la justicia.
El egercito de observacion, que el gobierno francés mantiene en el Pirineo, no puede calmar los desordenes que afligen á la España. La esperiencia ha demostrado, al contrario, que con la existencia del llamado cordon sanitario, que tomó después el nombre de egercito de observacion, se alimentaron las locas esperanzas de los fanaticos ilusos, que levantaron en varias provincias el grito de la rebelion, dando asi origen á que se lisongeasen con la idea de una proxima invasion en nuestro territorio.
Como los principios, las miras ó los temores que hayan influido en la conducta de los gabinetes, que se reunieron en el congreso de Verona, no pueden servir de regla para el español, prescinde este por ahora de contestar á lo que en las instrucciones del Conde de Lagarde dice relacion con aquellas conferencias.
Los dias de calma y de tranquilidad, que el gobierno de S. M. Cristianisima desea para la nacion, no son menos deseados, apetecidos y suspirados por ella y su gobierno. Penetrados ambos de que el remedio de sus males es obra del tiempo y de la constancia, se esfuerzan, cuanto —162→ deben, en hacer sus efectos utiles y saludables.
El gobierno español aprecia en lo justo las ofertas que el de S. M. Cristianisima le hace de cuanto pueda contribuir á su felicidad; mas está persuadido de que los medios y precauciones que pone en egecucion, no pueden producir sino contrarios resultados.
Los socorros, que por ahora debiera dar el gobierno francés al español, son puramente negativos. Disolución de su egercito de los Pirineos, refrenamiento de los facciosos enemigos de España y refugiados en Francia, animadversion marcada y decidida contra los que se complacen en denigrar del modo mas atróz al gobierno de S. M. C., las instituciones, y cortes de España: hé aqui lo que exige el derecho de gentes respetado por las naciones cultas.
Decir la Francia que quiere el reposo de la España y su bienestar, y tener siempre encendidos los tizones de discordia, que alimentan los principales males que la afligen, es caer en un abismo de contradiciones.
Por lo demas, cualesquiera que sean las determinaciones que el gobierno de S. M. Cristianisima crea oportuno tomar en estas circunstancias, el de S. M. C. continuará tranquilo por la senda que le marcan el deber, la justicia de su causa, el constante caracter y adhesion —163→ firme á los principios constitucionales, que caracterizan á la nacion, á cuyo frente se halla; y sin entrar por ahora en el analisis de las espresiones hipoteticas y anfibologicas de las instrucciones pasadas al Conde de Lagarde, concluye diciendo, que el reposo, la prosperidad, y cuanto aumente los elementos de bienestar de la nacion, á nadie interesa mas que á ella.
Adhesion constante á la constitucion de 1812, paz con las naciones, y no reconocer el derecho de intervencion por parte de ninguna; he aqui su divisa, y la regla de su conducta tanto presente como futura.
Está V. E. autorizado para léer esta nota al ministro de negocios estrangeros, y para dejarle copia, si la pide. La prudencia y tino de V. E. le sugerirán la conducta firme y digna, que la España debe observar en estas circunstancias.»
Lo que tengo la honra de comunicar á V. E. de orden de S. M., y con este motivo le renuevo las seguridades de mi distinguida consideracion, rogando á Dios guarde su vida muchos años. Palacio, 9 de enero de 1823. B. L. M. de V. E. su atento y seguro servidor. EVARISTO SAN MIGUEL. Señor ministro plenipotenciario de S. M. Cristianisima en esta corte».
Cuando se publicó esta nota, observaron algunos que las facultades intelectuales de San Miguel —164→ se habian disminuido desde que habia subido al ministerio, porque generalmente los articulos del Espectador estaban mejor escritos que el documento que se ha insertado; pero prescindiendo de esto, me limitaré á observar que el mismo ministro de estado confiesa, que «aunque el gobierno español no ignoró que las instituciones adoptadas libre y espontaneamente por la España causarian recelos á muchos gabinetes de Europa, y serian obgeto de las deliberaciones del congreso de Verona, sin embargo aguardó tranquilo el resultado de aquellas conferencias».
Este parrafo manifiesta con la mayor precision la conducta de los ministros patriotas, que permanecieron tranquilos, mientras que les constaba, que en una asamblea de soberanos se iba quizá á decidir de la suerte de su patria. A ellos solos les era dado disfrutar de tranquilidad, entretanto que casi todos los Españoles vivian agitados, esperando unos y temiendo otros los resultados que podria tener el congreso de Verona. No es posible que gobierno alguno haya dado muestras de tanta apatía en semejantes circunstancias, y los mismos apasionados de los ministros no podrán menos de confesar que una conducta tan estraña no pudo proceder sino de la mas estupida ignorancia, ó de la mas inconcebible indiferencia. Doy por supuesto que la intencion de los ministros —165→ fuese no variar en nada la constitucion, ni conceder á los estrangeros la mas minima intervencion en los negocios de España; ¿se oponia acaso á esta resolucion el enviar á Verona un habil diplomatico, que apoyado en la Inglaterra procurase impedir ó al menos retardar una declaracion de la santa alianza poco favorable á su causa? ¿Por ventura esto mismo no influia estraordinariamente en la pacificacion de la peninsula, disminuyendo las esperanzas de los que se llamaban realistas? Los ministros como que se desdeñaban de dar un paso tan necesario, y parece que ellos mismos provocaban la declaracion de las grandes potencias continentales.
La respuesta dada por el ministro San Miguel á las notas de los gabinetes de San Petersburgo, Viena y Berlin, estaba fundada en los mismos principios que la contestacion al gobierno francés, aunque concebida en terminos mas fuertes. Los encargados de negocios de las tres cortes, apenas recibieron la respuesta á sus notas, pidieron sus pasaportes, y salieron de España; y el ministro plenipotenciario de Francia hizo lo mismo pocos dias despues.
Llegó á tal punto la petulancia, que no dió el ministro conocimiento á las cortes de las notas de las potencias aliadas, hasta despues de haber contestado á ellas, ni siquiera consultó al consejo de estado, infringiendo en esto la constitucion; —166→ pues el asunto era de la mayor gravedad36; solos los ministros que mandaban entonces eran capaces de tal inconsideracion. Como que les faltaba el tiempo para estrellarse con la Europa, y no parece sino que recelaban hacer participes á otros de la gloria, que debia resultarles de atraer sobre la España un diluvio de calamidades.
Se presentaron por fin á las cortes las notas de los aliados y la contestacion del ministerio, y son muy notables las espresiones, de que este se valió al motivar la remision de aquellos documéntos. Aunque el gobierno, dijo San Miguel, sabe que este negocio es de los que no reclaman necesariamente el conocimiento de las cortes, sin embargo, créeria faltar á los sentimientos de fraternidad que le unen con el congreso nacional, sino pusiese en su conocimiento este asunto». Nuevo modo de espresar las relaciones que debe haber entre los poderes representativo y egecutivo de una nacion: los sentimientos de fraternidad. Pudiendo alegar tantos motivos para enterar á las cortes de aquellos sucesos, apeló el ministro á la fraternidad, como si quisiese hacer —167→ ostentacion de la imprevision y ligereza con que se trataban los asuntos mas importantes.
¿Quien no créeria que al ventilarse esta cuestion en las cortes se iba á desenvolver con todo esmero el estado en que se hallaba el espiritu publico, y los medios que tenia la España de sostener las respuestas del ministerio? Aquella era la ocasion de averiguar el origen de la guerra civil, que devoraba las provincias, de examinar el numero y la clase de los descontentos, la opinion de la mayor parte de los pueblos y de los que mas influjo tenian en ellos, el estado del egercito, de las plazas y del erario; y enfin la decision de un asunto de tanta trascendencia no parecia posible que recayese, sino sobre el examen mas detenido y mas profundo del estado de la nacion en todos sus ramos. Sin embargo, nada de esto sucedió. Las cortes ocuparon las sesiones del 9 y del 11 de enero de 1823 en declamar contra la injusticia de la santa alianza, en exagerar el patriotismo de los Españoles, recordando sus esfuerzos en la guerra de la independencia, y en hacer protestas de morir libres, etc.; como si los representantes de una nacion debiesen dejarse arrastrar de un acaloramiento, apenas disculpable en un oficial subalterno, y como si aun cuando los diputados pereciesen con la constitucion de 1812 en la mano, dejasen de ser responsables de las consecuencias de una guerra temeraria! Y si el —168→ respeto á esa constitucion, tantas veces infringida por las cortes mismas, se queria hacer valer hasta el punto de que no se creyesen autorizadas para tratar de reformas, ¿porque no se pidieron á los pueblos nuevos poderes? Aun cuando nunca tuviesen intencion de transigir con la santa alianza, su mismo interes les dictaba que debia ganarse tiempo para preparar los medios de resistir la invasion. Pero ni la razon ni la conveniencia tenian influjo en las cortes, dominadas ya por una faccion; y hombres de buenos principios, pero debiles ya en otras ocasiones, mendigaron los aplausos de las turbulentas galerias, y fueron llevados en triunfo al lado de los apostoles de la anarquia37.
No era la cuestion si los estrangeros tenian ó no facultades para intervenir en los negocios de España, pues que ellos manifestaban estar resueltos —169→ á hacerlo; este punto debió tratarse en Verona. Lo que debian ventilar las cortes, era si empeñandose las grandes potencias continentales en tomar parte en el sistema de gobierno que debia regir en España, habia medios de oponerse á sus deseos. Este era el punto que debiera discutirse; todo lo demás se reducia á vanas declamaciones, que, arrancando aplausos de las galerias, no servían sino para comprometer á los pueblos, y para atraer sobre ellos desgracias sin numero. Parecerá increible á la posteridad la ligereza y la imprudencia con que se trataron cuestiones de tanto interes; pues no se hizo una sola observacion sobre el deplorable estado de todos los ramos, y sobre lo evidente que era que la masa de la nacion, que, en 1808, peleó á todo trance con los estrangeros, los recibiria con los brazos abiertos en 1823. Y á esto se llamaba conservar el decoro nacional; como si este consistiera en consentir la anarquia, en sufrir toda clase de desordenes, y en que fuese devorada la nacion por la guerra civil, y gobernada por una secta inmoral y ambiciosa.
Las cortes elogiaron, admiraron y aprobaron la respuesta dada por el ministro de estado á las notas de los soberanos aliados, y en un mensage, que dirigieron al Rey, ofrecieron contribuir á que el gobierno no careciese de nada para hacer frente á los estrangeros.
—170→Los acontecimientes demostraron inmediatamente cuan inoportunas eran los baladronadas de los ministros, y hasta que punto llegaba su imprevision, y la de sus agentes. Los que habian declarado que no temian á las grandes potencias continentales, se vieron amenazados pocos dias despues en la misma capital.
Un grueso de llamados realistas, que se habia reunido en las margenes del Ebro, hacia las fronteras de Aragon, Cataluña y Valencia, á las ordenes de un hombre que, pocos meses antes, habia sido sentenciado á muerte en Barcelona, por sus maniobras anarquicas, que tendian á establecer una republica se avanzó sobre Zaragoza, llegó hasta los arrabales de la ciudad, y tomó en seguida el camino de Madrid. El comandante general de Aragon, que era uno de los hombres de la confianza del ministerio, tenia fuerzas mas que suficientes para destruir á los tres ó cuatro mil facciosos ó realistas que se habian reunido en su distrito; pero no solamente no impidió que amenazasen á Zaragoza sino que no hizo ningun esfuerzo para alcanzarlos cuando se dirigieron á Castilla la Nueva, y dejó de perseguirlos luego que salieron de su distrito; Los realistas llegaron hasta la inmediaciones de Guadalajara, que dista unas ocho leguas de Madrid; y aunque su movimiento fue muy lento, pudieron sin embargo acercarse tanto á la capital, sin que hubiesen hallado la menor —171→ resistencia. Por fin conoció el gobierno que era preciso contener sus progresos, é hizo marchar contra ellos al comandante general del distrito (uno de los cinco caudillos de la Isla). Las fuerzas de que este podia disponer bastaban para derrotar á los realistas; pero todo se perdió por las malas disposiciones del que mandaba, como si se quisiese hacer ver que los principales agentes y compañeros de los ministros participaban de su misma ineptitud. Se obligó á los soldados á que marchasen rapidamente sobre el enemigo; que se habia replegado á Brihuega, y se dividieron las fuerzas, poniendo á disposicion del Empecinado una columna que debia concurrir al ataque. El comandante general siguió, con las principales fuerzas, el camino directo de Brihuega, halló á los enemigos en posicion cerca de la ciudad, y sin contar con la columna del Empecinado, que aun distaba algunas leguas, dió la señal de la accion. Vióse entonces cuanta diferencia hay de entonar canciones é insultos en las plazas y en las calles, á pelear, y de la disciplina á la licencia y á la insubordinacion. La columna de constitucionales fue derrotada enteramente, perdió su artilleria, tuvo muchos prisioneros, y sufrió una dispersion total. Un batallon que pocos dias antes habia llegadó á Madrid, haciendo las mayores demostraciones de exaltacion, y entonando la cancion que empezaba: «Diga, usted, que viva
—172→Riego! y sino le degollamos», se desordenó ignominiosamente á los primeros tiros. De esta clase era el patriotismo, de que tanto se prendaban las cortes y el gobierno, y con el cual contaban hacer frente á la santa alianza.
El comandante general, en su huida, ni aun tuvo la prevision de hacer saber al Empecinado lo que habia ocurrido, ni de darle orden para que se replegase sobre Guadalajara. Por otra parte, como si á porfia se hubiesen empeñado en cometer torpezas, el Empecinado se presentó, á las nueve de la noche, delante de Brihuega, sin haber enviado, ni siquiera un reconocimiento para saber lo que se habia hecho la otra columna. Quiso penetrar en la ciudad; pero hallando obstaculos, se retiró precipitadamente, abandonando las tropas que estaban empeñadas, y salvandose cada uno por donde pudo. Los enemigos, ó porque temiesen una emboscada, ó porque estuviesen fatigados, no siguieron el alcance. Esto sucedió el 24 de enero de 1823.
Esta derrota produjo en Madrid la mayor confusion. El gobierno, atonito, dió disposiciones para que se hiciesen algunas obras de fortificacion, y confirió al general Ballesteros el mando de la corte, dando el de las tropas al conde del Avisbal. Este general, desacreditado en todos los partidos, y envilecido por los mismos que ahora le empleaban, habia dado tales pasos, que nadie —173→ creia que se hubiese echado mano de el para ningun destino. Pero parece que el conde se habia reconciliado con la secta de los ministros, y decididos estos á emplear con toda preferencia á sus partidarios, entre los cuales no se hallaban generales de credito; acostumbrados, por otra parte, á despreciar la moralidad y la opinion publica, le habian nombrado inspector general de infanteria, y ahora le confiaron el mando de todas las tropas que pudieron reunir.
Llegaron los realistas á Guadalajara, y sin avanzar hasta Madrid, pasaron el Tajo casi á la vista del conde del Avisbal, que, desde el 27, se habia dirigido contra ellos, y entraron, el 30, en Huete, en donde hicieron demostraciones de fortificarse. Segun el mismo conde del Avisbal, las fuerzas de los realistas se componian de tres mil quinientos infantes, y doscientos caballos; y en el parte oficial del 30 de enero, decia: «No dudo asegurar á V. E. que donde quiera que pueda llegar á las manos con la faccion, no solo quedará en mi poder la artilleria, sino destruida enteramente esta horda de enemigos de la libertad de la patria»38. Sin embargo, el mismo conde se presentó, el 31, delante de Huete; y aunque los —174→ realistas ocuparon aquella ciudad hasta el 10 de febrero, nada se atrevió á emprender contra ellos, manifestando que el mal tiempo y las pocas fuerzas, de que podia disponer, eran la causa de esta inaccion.
La derrota de Brihuega fue, como he dicho, el 24 de enero; el conde del Avisbal tomó en seguida el mando, el gobierno le dió todos los ausilios de que podia disponer; y no obstante, el mismo conde, en el parte del 8 de febrero, dice que sus fuerzas estan reducidas á dos mil noventa infantes, y trescientos ochenta caballos, sin incluir el regimiento de Calatrava, que habia destacado á Cuenca, y que se incorporó el 10. De esto se podrá inferir cuales eran los medios y la autoridad de un gobierno, que, viendo amenazada la capital, y que permanecian los enemigos casi á sus puertas, en los dias que mediaron desde el 24 de enero, hasta el 8 de febrero, no pudo reunir dos mil y quinientos hombres para alejarlos. Y á pesar de todo esto, el ministerio era el idolo de las cortes y de muchos periodicos, que diariamente llenaban sus paginas de encomios á la prevision, á la ciencia, á la firmeza y al caracter de los ministros, y que no titubeaban en aplicar el epiteto de traidor al que se tomaba la libertad de criticar las providencias y la suficiencia de los siete patriotas.
El 10 de febrero, mientras que el conde del —175→ Avisbal hacia un movimiento en la direccion de Cuenca, para proteger la llegada de la columna que esperaba de Valencia, salieron los realistas de Huete. Como el movimiento del general Avisbal le separaba del camino por donde se retiraron los realistas, y como la primera noticia, que tuvo de la marcha de estos, fue un oficio del alcalde de Huete, no se les inquietó aquel dia. Se retiraron á marchas ordinarias, volvieron á atravesar el Tajo sin obstaculo, y diviendose, se dirigieron unos á Aragon, y otros á la frontera de Valencia, sin que las tropas constitucionales consiguiesen sobre ellos mas que pequeñas ventajas, sin embargo de que no parecia dificil obligarlos á una accion general, teniendo ya el conde del Avisbal mas de setecientos caballos. Esta espedicion, que duró hasta principios de marzo, no tuvo resultados importantes, y en ella desmintió el general, que la dirigia, el concepto de activo y emprendedor, que habia adquirido con justicia en la guerra de la independencia.
Por este tiempo los patriotas prodigaban elogios sin termino al general Mina: las cortes le mandaban dar las gracias, y el gobierno le condecoraba con la gran cruz de san Fernando, por la ocupacion de los fuertes de la Seu de Urgel. Periodistas, que en todas las materias tomaban un tono decisivo, comparaban la ocupacion de los fuertes á las mas brillantes acciones de guerra, de que haya —176→ noticia, y encontraban en ella mas merito que en otra alguna. Sin embargo, la hazaña consistió en bloquear á Urgel despues de haberse retirado á Francia el baron de Eroles, y en que los sitiados, cuando absolutamente les faltaron los viveres, evacuaron los fuertes, sin que se lo impidiesen los sitiadores. Por esta misma escala deben medirse todas las proezas de Mina en Cataluña. Reunida bajo sus ordenes una gran parte de la fuerza disponible, que habia en España, no quiso emprender ninguna operacion, hasta que estuvo enteramente seguro de que no sufriria reves alguno: para adquirir esta evidencia, perdió un tiempo precioso, y lo que, egecutó en el rigor del invierno, pudo haberlo hecho antes de concluirse el otoño y con ventajas mucho mas decisivas. Esta perdida de tiempo debe ser tanto mas notable, cuanto que si Mina hubiese arrojado de Cataluña al baron de Eroles, cuando pudo hacerlo, quizá en el congreso de Verona se hubiera dado á este suceso mucha importancia, y tal vez de este modo se hubieran impedido ó al menos retardado sus resoluciones. Porque no era lo mismo el que los soberanos aliados contasen con una regencia establecida ya en Urgel, y con un egercito realista, mandado por un general de credito, operando y consiguiendo ventajas, que el ver fugitiva á la regencia fuera de España, derrotados los realistas y ocupadas por los constitucionales las crestas de los Pirineos.
—177→Apenas restablecido el ministerio del susto, que le causó la derrota del 24 de enero, y la aproximacion de los realistas á Madrid, se presentó á las cortes el 5 de febrero, pidiendo que se decretase un reémplazo de treinta mil hombres, para poner el egercito al pie de guerra, y reclamando diferentes autorizaciones para si, para las diputaciones provinciales y para los comandantes generales de los distritos. Una comision, encargada de examinar las propuestas de los ministros, presentó al dia siguiente su dictamen aprobandolas y aun ampliandolas. En vano algunos diputados pidieron que digese el gobierno que resultados habian producido las quintas decretadas anteriormente; los ministros apenas se dignaron contestar, y seguros del exito de la discusion, se contentaron con decir que lo que se pedia se necesitaba, y se aprobó todo con la mayor ligereza.
En seguida hizo presentes el ministerio los medios, que creia necesarios para cubrir las nuevas atenciones, y es imposible que, desde que hay gobiernos representativos, se haya procedido con tan poca formalidad y tino. Ni decian los ministros á cuanto ascendian las obligaciones, ni cual seria el importe de los recursos, que solicitaban, ni si habia deficit en las contribuciones ya decretadas en fin, nada absolutamente de cuanto pudiese ilustrar la cuestion. A pesar —178→ de la condescendencia de las cortes, la comision, que diò su dictamen sobre los pedidos del gobierno, no pudo menos de rechazar tres de los articulos propuestos, porque en ellos se infringia manifiestamente la constitucion. No faltaron diputados que se opusieron al dictamen, porque siendo escandaloso el atraso de las contribuciones decretadas y la apatia é inaccion del gobierno, y de sus agentes, era inutil aprobar nuevos impuestos. Los ministros no supieron dar razon ni de los atrasos de las contribuciones, ni de las provincias, que debian mas, ni de las cantidades que se necesitaban, ni de aquellas á que ascendian los recursos que proponian. A pesar de un abandono tan escandaloso, se concedió al gobierno casi sin discusion todo cuanto pedia, á escepcion de los articulos, á que se opuso la comision.
El dia 12 de febrero presentó el gobierno á las cortes una esposicion reducida á que, en atencion á las notas de las grandes potencias continentales y al discurso del rey de Francia en la apertura de las camaras, tomasen las cortes las medidas que tuviesen por convenientes. Una comision, que examinò este oficio del gobierno, propuso los dos articulos siguientes:
«1º. Si desde que las cortes estraordinarias cierren sus sesiones, las circunstancias exigiesen que el gobierno mude su residencia, las cortes —179→ decretan su traslacion al punto, que aquel señale de acuerdo con la diputacion permanente, y si esta hubiese cesado en sus funciones, la hará de acuerdo con el presidente y secretarios nombrados por las cortes ordinarias.
«2º En este caso el gobierno consultará acerca del parage, que crea conveniente para la traslacion, á una junta de militares acreditados por su ciencia, conocimientos y adhesion al sistema constitucional».
Dificil seria concebir como la comision encargada de examinar un oficio del ministerio en el que se decia, que las cortes, atendido el estado de los negocios, tomasen las medidas, que tuviesen por convenientes, se fijó en el abandono de la capital, y ya que le ocurrió esta idea, se limitó enteramente á ella, sin añadir ninguna otra medida. Pero como era notorio el ascendiente que los ministros, ó mejor diré, la secta á que pertenecian, tenia en las cortes, se convinieron con la comision en el sentido que debia darse á su oficio, porque sin duda no creyeron decoroso por entonces el pedir ellos mismos la evacuacion de Madrid.
Los limites de este escrito no me permiten estenderme en los pormenores de las sesiones de las cortes, en que se discutió el dictamen de la comision. En ellas se procedió con la mas singular inconsecuencia, y las bravatas de las notas vinieron á parar en confesar que nada habia preparado, —180→ y que era imposible resistir la invasion. Alli se dijo, que los Franceses podian llegar á Madrid con una sola division de ocho ó diez mil hombres: alli se manifestó, que no habia egercitos ni las plazas estaban surtidas, y alli enfin se dijo, que aunque existiesen cien mil hombres bien organizados, y aunque estuviesen fortificados Burgos y otros puntos intermedios entre el Vidasoa y Madrid, treinta mil Franceses podian llegar á la capital en cinco ó seis jornadas, sin que nadie se lo estorbase. El miedo se habia apoderado de las cortes, y si algun diputado hubiese propuesto que en aquella misma semana se abandonase á Madrid, lo hubieran aprobado, asi como aprobaron los dos articulos espresados. Es muy notable que los ministros no asistiesen á estas sesiones, pues no consta que despegasen en ellas sus labios, ni tampoco se pidió, como era regular, que informase el gobierno sobre los medios, que tenia para resistir la invasion, y sobre los recelos de que pudiese el enemigo penetrar hasta Madrid.
Al ver el apuro con que las cortes autorizaban al gobierno para salir de Madrid en los doce días, que faltaban para reunirse en sesiones ordinarias, se podriá créer que la capital de España dista poco de la frontera de Francia y que ya los enemigos habian atravesado los limites. Sin embargo los Franceses tardaron casi dos meses en pasar el Vidasoa y Madrid se halla á unas cien leguas de aquel —181→ rio: ¿Pero es posible que el miedo cegase de tal modo á los ministros y al partido dominante en las cortes, que no conociesen los funestos resultados, que iban á tener sus inconsiderados decretos y sus imprudentes declamaciones? Los Franceses, que quizá no tenian resuelta todavia definitivamente la invasion, y cuyo plan tal vez podria variar de un momento á otros como no se animarian al ver la ineptitud, la pusilanimidad y la impotencia del gobierno español? ¿Y que concepto formarian los pueblos de sus representantes, cuando viesen que apenas acababan de empeñarlos en una guerra, hacian publica ostentacion de la falta de recursos, y trataban de ponerse en salvo, cuando al parecer no existia ningun peligro? Si contaban con que la nacion resistiria á los Franceses, para que huian de Madrid? y si sabian que los enemigos no habian de hallar obstaculo, ¿á que fin empeñarse en una resolucion temeraria? Al menos los demagogos franceses fueron mas consiguientes, y arrostraron con mas firmeza los peligros: cuando los Prusianos amenazaban á Paris, no solamente no se abandonó la ciudad, sino que hubiera sido mirado como traidor el que hubiese hecho semejante propuesta. Pero los ministros españoles y el partido que dominaba en las cortes, no guardaron ningunas consideraciones, ni tuvieron reparo en ponerse con tiempo en salvo, despues de haber comprometido á la nacion.
—182→El gobierno decretó la formacion de dos egercitos de operaciones y dos de reserva. El primero de operaciones, mandado por el general Mina, se componia de las tropas de Cataluña. El segundo le formaban las que habia en Santander, en parte de Castilla la vieja, en las provincias bascongadas, en Navarra, Aragon y Valencia, y estaba al cargo del general Ballesteros. El primero de reserva debia organizarse en Madrid á las ordenes del conde del Avisbal, y el segundo de reserva, cuyo general en gefe debia ser el conde de Cartagena, se habia de formar en Galicia. Facil es demostrar que esta distribucion de las tropas era viciosa, y que ni aun en un punto tan trivial supo tomar el ministerio disposiciones acertadas. Todos cuantos han escrito ó hablado de las operaciones militares, que pueden egecutarse en España para guarnecer el Pirineo, han convenido en que es necesario formar tres cuerpos de egercito, encargado uno de la frontera de Cataluña, otro de la de Aragon, y el tercero de la Navarra. No es posible que obren con acierto y puedan aprovecharse de las circunstancias las tropas que esten en Aragon, si esperan las ordenes del general en gefe, que se halle en el Vidasoa, que es la parte mas amenazada de la frontera. Bien sé que los ministros no contaban con que se disputase el paso á los Franceses, porque no habia medios para defender la frontera; pero esto mismo era —183→ una razon mas para formar tres egercitos en lugar de dos. Debia entrar en sus planes el que los pueblos harian la guerra á los Franceses, y por mas absurda que fuese semejante opinion, por mas que ninguna persona despreocupada dejase de ver todo lo contrario, como se habia repetido tantas veces, era preciso tomar al menos algunas disposiciones para facilitar á los pueblos el que se alzasen contra los invasores, y para dar un punto de apoyo á las infinitas partidas de guerrilla, que decían iban á formarse. La primera consecuencia de haber puesto bajo el mando de un mismo general todas las tropas que habia en Santander, parte de Castilla la vieja, Aragon, Valencia, Navarra, y provincias bascongadas, fue que el general Ballesteros ni tuvo tiempo de reunir oportunamente sus fuerzas, ni pudo recorrer la frontera, ni aun llegó á los puntos mas amenazados. El mismo general, cuando supo que habian entrado los Franceses en España, llamó á si todas las tropas que ocupaban las provincias fronterizas, y todas las demas de la comprension de su mando, y no pudiendo hacer frente á los enemigos, se replegó sobre Valencia, dejando el pais sin un soldado á escepcion de las guarniciones de las plazas, y disminuyendose infinito sus fuerzas en tan larga retirada por la desercion y por otras causas. Asi es que ni en el Vidasoa, ni en las estrechas gargantas por donde atraviesa —184→ el camino que siguieron los Franceses hasta Vitoria, ni en el paso del Ebro, hallaron la menor oposicion; y aun cuando en los pueblos hubiese existido algun deseo de hacer la guerra, no hubieran podido menos de permanecer pasivos en vista del abandono absoluto, en que los dejaban las tropas por las disposiciones del gobierno; y por otra parte los Franceses, que nada tenian que temer por sus flancos y retaguardia, avanzaban directamente al centro de la peninsula.
Las cortes cerraron sus sesiones extraordinarias el 19 de febrero, no pudiendo prolongarlas mas tiempo, porque debian abrirse las ordinarias el de marzo. El mismo dia 19 de febrero el Rey exoneró á los ministros, encargando el despacho á los oficiales mayores de las secretarias, hasta la eleccion del nuevo ministerio. La medida del Rey estaba en los limites de sus atribuciones constitucionales, y ademas era reclamada imperiosamente por las circunstancias, cualquiera que fuese el giro que tomasen las cosas. Si la razon recobraba alguna parte de su imperio, debia al momento tratarse con las grandes potencias, y los ministros, que tan altaneramente contestaron á sus notas, que no daban ninguna garantia de orden, y que habian tenido parte en la rebelion militar, desaprobada en Verona, no eran á proposito para semejantes negociaciones. Pero aun cuando entrase en los planes de S. M. el hacer —185→ la guerra á todo trance, la primera medida, que debia tomarse, era la de relevar á los ministros patriotas, porque habian dado demasiadas pruebas de su ineptitud, y porque la confusion y el abandono en los negocios mas importantes resaltaban á los ojos de todos. Finalmente, era publico (lo habia dicho un diputado á cortes, intimo amigo de los ministros, y lo confirmaron los papeles ministeriales), que el ministerio todo entero pertenecia á una secta: otra secta estaba en guerra abierta con el, y exigia el bien general que fuese depuesto para reunir los animos. ¿Y no deberé hacer aqui tambien mencion del modo insultante con que los ministros trataban al Rey, lo cual dió lugar á que se les designase con el titulo del ministerio de los siete puñales? A lo menos Luis XVI, aun cuando alguna vez se le obligó á tener ministros que no eran de su devocion, y aun cuando estos marchasen al precipicio, se vió siempre tratado con el decoro debido al monarca, y casi todos se interesaron en su suerte. Pero Fernando VII, menos afortunado en esta parte, no solamente se veia tratado por los ministros con desprecio, sino que era insultado á la menor oposicion que manifestaba á sus ideas. Prescindiendo pues de las facultades constitucionales del Rey para mudar el ministerio, infinitas y muy poderosas razones persuadian la necesidad de esta medida.
—186→No lo creyeron asi los ministros ni sus amigos y compañeros. Decididos los unos á conservar el timon de los negocios para dar al traste con el navio del estado, y no pudiendo los otros conformarse con una providencía, que privaba á su secta de la influencia que tenia, y tal vez á ellos de sus destinos, determinaron echar el resto, y no reparar ya en los medios, con tal de que se obligase el Rey á reponer el ministerio. La misma noche del 19 de febrero unos doscientos conjurados se dirigieron á palacio, y haciendo resonar los mas furiosos y atroces gritos, amenazando á voces al Rey, y penetrando en su habitacion, le obligaron á reponer el ministerio, y la vida del monarca estuvo en esta ocasion muy espuesta. Cuanto debió entonces echar menos el Rey los seis batallones de guardias, tan impolitica é inutilmente sacrificados el 7 de julio, y cuan libre estaba de semejantes ultrajes, dirigiendo los negocios los ministros que entonces habia, apoyados en la respetable fuerza de la guardia real, y en las dos autoridades que mandaban en la capital! Dias de desorden, de confusion y de crimenes han suscitado los anarquistas en Madrid desde 1820; pero ningun motin habia tenido el caracter de atrocidad, que el de la terrible noche del 19 de febrero de 1823. Mientras que los amotinados de la plaza de palacio no perdonaban insultos ni amenazas para obligar al Rey á que repusiese —187→ á sus amigos, otros grupos de gente de la misma especie pedian á grandes voces á la diputacion permanente de cortes, que se nombrase una regencia. Los gritos de regencia y de muera el Rey! resonaban en todas partes, y en el sitio mas publico de Madrid se pusieron mesas para recoger firmas, pidiendo su destronamiento.
Los directores y principales agentes del motin habian dado el impulso á todos estos desordenes, y se mostraban resueltos á cometer toda especie de crimenes, sino conseguian su objeto; pero una vez lograda la reposition de los ministros, hubieran querido sufocar en un momento la asonada, y aun borrar la vergonzosa memoria de lo que habia pasado. Mas por pronto que quisieron contener á los amotinados, no fue posible evitar que las voces de regencia y los muera continuasen por mucho tiempo, y los mismos periodistas, organo de la secta de los ministros, que elogiaron el alboroto, tuvieron el descaro de asegurar que semejantes voces no las habian proferido los que le dirigieron; como si no fuese mayor crimen presentarse delante del Rey con el puñal en la mano y en aptitud de emplearle contra el, que gritar muera y pedir regencia, y como si los que cometieron aquel delito no fuesen capaces de este!
Pero aun no satisfizo enteramente la reposicion del ministerio. El Rey, en su decreto, decia: —188→
«Por ahora», y los partidarios de los ministros querian que los declarase perpetuos. La diputacion provincial de Madrid, la de Murcia y otras corporaciones, exortaban al Rey, en esposiciones atrevidas, á que suprimiese la clausula de por ahora, y declarase propietarios á los ministros. En todas partes, la secta á que pertenecian, hacia resonar las mismas voces, y cifraba esclusivamente lo que llamaba la salvacion de la patria, en que se sostuviesen aquellos en sus puestos, sin embargo de que era imposible que los sucesos demostrasen con mas evidencia su ineptitud y su abandono.
Las cortes abrieron sus sesiones ordinarias el dia 1º. de marzo. El 2, el Rey puso en su conocimiento que habia tenido por conveniente exonerar á los ministros, designando los sugetos que habia nombrado para reémplazarlos. Añadia el Monarca, que para que no sufriesen atraso los negocios publicos, debian continuar en sus destinos los exonerados, hasta que diesen cuenta á las cortes del estado de la nacion.
El Rey, al prevenir, que los ministros exonerados no dejasen sus puestos hasta enterar á las cortes de la situacion de las cosas, tuvo sin duda presente lo que habia sucedido dos años antes, cuando reemplazó el ministerio de 1820. Entonces se quejaron en las cortes muchos diputados, de que hubiesen sido despedidos los ministros en el —189→ momento en que, con arreglo á lo dispuesto en la constitucion y en el reglamento, iban á dar cuenta del estado de la nacion, y hubo dificultades para admitir en el congreso á los encargados de las secretarias del despacho, que iban á léer las memorias formadas por los ministros depuestos. Pero el Rey estaba destinado á esperimentar toda suerte de contradiciones, y así como las cortes de 1821 manifestaron que la base de sus trabajos era el que los ministros las enterasen del estado de la nacion, las cortes de 1823 declararon que esto no era esencial, y aun hubo algun diputado que lo tuvo por insignificante. Sin embargo, la situacion de las cosas en marzo de 1821, no era comparable con la de marzo de 1823, y las criticas circunstancias de esta ultima epoca debian estimular á las cortes á que los ministros leyesen cuanto antes sus memorias, en las cuales, suponiendo las medianamente redactas, era indispensable que constase la clase de recelos, que debia haber de invasion, que esperanzas podian concebirse sobre la alianza con Inglaterra y con Portugal, que pasos se habian dado para conseguir una y otra, cual era el espiritu publico, que numero de tropas habia, hasta que punto podian aumentarse, con que recursos se podia contar para sostenerlas, si habia deficit en los medios puestos á disposicion del gobierno, y otros muchos puntos que eran del mayor interes para entrar —190→ en las grandes cuestiones que debian ventilarse. Es cierto que los diputados podian adquirir noticias y datos; pero nunca tenian el caracter de oficiales, y era imposible que reuniesen tantos y tan seguros antecedentes, como debia tener el gobierno.
Todas estas consideraciones se pospusieron conservar en sus puestos á los ministros segunda vez exonerados, y para eludir la voluntad del Rey, mandaron las cortes que aquellos suspendiesen la lectura de sus memorias hasta nueva resolucion, con lo cual se obligó al monarca á conservar un ministerio, odiado por tantos titulos. Los amotinados forzaron al Rey, en la noche del 19 de febrero, con insultos y con amenazas, á reponer el ministerio; y las cortes, en las cuales se sentarian quizá muchos de los que tuvieron parte activa en el motin, hicieron violencia al monarca para que conservase los ministros depuestos.
Pero las cortes, suspendiendo la lectura de las memorias de los ministros, no solamente faltaban á lo que exigia la conveniencia publica, y se oponian á la manifiesta voluntad del Rey, que usaba de sus atribuciones, sino que infringian su mismo reglamento y la constitucion39.
—191→Es de advertir que las personas nombradas por el Rey, para componer el nuevo ministerio, no solamente pasaban por constitucionales, sino que habian dado pruebas de exaltacion, y pertenecian á los partidos que estaban en voga. Ademas, no se les podia disputar que tenian cuando menos tanta practica de negocios y tanta ilustracion, como los exonerados; de suerte que ni la menor disculpa quedaba á las cortes, para haber impedido el que entrasen desde luego en funciones los que se hallaban en Madrid, haciendo venir cuanto antes á los ausentes. Si se trataba de la libertad y de la constitucion del año de 1812, los nuevos ministros podian presentar mas titulos de amarla que los antiguos, aun cuando estuviese entre ellos —192→ uno de los caudillos de la Isla, puesto que los recien nombrados ó habian tenido que emigrar por los sucesos de 1814, cuando fue derrocada la constitucion, ó se habian espatriado, de resultas de las tentativas que se hicieron los años siguientes para restablecerla, ó habian sido perseguidos y presos por el mismo motivo. Algunos habian sido diputados en las cortes de 1820 y 1821, y se distinguieron en el partido exagerado; otros se habian hecho notables en las tribunas de los clubs; el nombrado para el ministerio de la guerra estaba mandando en gefe el egercito de Navarra, y el que debia desempeñar el de marina se hallaba al frente de una provincia; asi es que no había ni el mas minimo pretesto para que las cortes se opusiesen á su eleccion. Pero como los nuevos ministros pertenecian á diferentes partidos, veian los individuos de la secta dominante que iban á perder mucho terreno, porque ya no serian esclusivos en el manejo de los negocios; el fatal viage podia esperimentar tambien alguna detencion de resultas de la mudanza del ministerio; y de aqui dimanó la asonada del 19 de febrero, y la desatinada resolucion de las cortes, de que los ministros suspendiesen la lectura de sus memorias.
El dia 2 de marzo, en la primera sesion que tuvieron las cortes ordinarias (pues la del 1º. se reducia siempre á oir el discurso del Rey, y á nombrar una comision que contestase á el), propuso —193→ un diputado que se declarase la impotencia del Rey. Las galerias recibieron la proposicion con aplausos estraordinarios. Aqui pudiera repetir lo que he dicho con respecto á las voces de regencia, que se proferieron en la noche del 19 de febrero. Es muy probable, segun el espiritu que dominaba en las cortes, que hubiesen estas declarado la impotencia del Rey, si en la suspension de la lectura de las memorias, no hubiesen hallado un medio mas seguro, y menos estrepitoso, de conservar el poder, sosteniendo en el ministerio á sus compañeros.
La situacion de la familia real era sumamente critica. El Rey estaba sufriendo un ataque de gota, que se agravó con los sucesos del 19 de febrero; y la Reina, á quien sobrecogieron, como era natural, los escesos de aquella noche, padecia convulsiones, que no podian menos de dar cuidado, atendiendo á la delicada salud de S. M. Sin embargo, las cortes insistian en el viaje, y estaba ya resuelto que fuese la ciudad de Sevilla el punto á donde el gobierno y el congreso se retirasen por de pronto. El Rey hizo remitir á las cortes certificados de siete facultativos, que reconocieron el estado de su salud, y cinco aseguraban que no podia ponerse en camino sin arriesgarse mucho. Estos documentos, presentados á las cortes del 12 de marzo, pasaron á una comision, que dió su dictamen sobre ellos al dia siguiente, terminandole —194→ con la siguiente proposicion: «Que se envie una diputacion al Rey, haciéndole presente que las cortes esperan que S. M. se sirva disponer su partida para antes del 18 del corriente mes, señalando dentro de este termino prefijo el dia y hora que mejor le pareciese, y en el cual ha de tener precisamente efecto, sirviendose noticiarlo á las cortes, las cuales quedarán en sesion permanente hasta saber la respuesta de S. M., para en su vista acordar lo mas oportuno». Esta proposicion fue aprobada.
El Rey manifestó á la diputacion de las cortes, que fue á enterarle de lo resuelto por estas, que estaba pronto á salir á pesar de hallarse en cama; pero que desearia que la marcha no se verificase hasta el dia 20. Enteradas las cortes de este deseo de S. M., convinieron con el, dando á la proroga de solos dos dias una importancia tal, que algunos diputados quisieron hacerla pasar por una singular muestra de atencion y de generosidad.
¿Pero en virtud de que articulo de la constitucion las cortes violentaban el animo del Rey, y le obligaban á salir de Madrid, aun hallandose enfermo? Ninguno las autorizaba para semejante tropelia, y si de alguna manera podian mezclarse en la traslacion del gobierno, era tratando este asunto como cualquiera ley, siguiendo en la discusion todos los tramites, prescritos en el reglamento, y sometiendola á la sancion del monarca. —195→ Tal vez querrá decirse que el Rey habia accedido á emprender el viaje, y aun hablaba de el en el discurso de apertura de las cortes; ¿pero quien podia dudar que tanto la aprobacion del Rey, como el discurso, eran obra de unos ministros, que los asesinos del 19 de febrero le hicieron reponer, y que las cortes le obligaron á conservar, contra su espresa voluntad? ¿Como habia S. M. de espresar sus verdaderos sentimientos, no teniendo otro organo para comunicarlos que un ministerio insolente y osado, que tomaba su nombre sin consultarle? ¿No manifestaba el Rey bien terminantemente cuales eran sus intenciones, y la repugnancia que tenia á ir á Sevilla, enviando á las cortes los certificados en que se decia que tan largo viage podria ser muy perjudicial á su salud? Y finalmente, aun cuando el animo del Rey hubiese sido salir de Madrid, ¿bajo que pretesto se mezclaban las cortes en señalar un plazo, primero de cinco dias y luego de siete, dentro del cual debia emprender el viaje? De este modo, se observaba por las cortes una constitucion que, con tanto enfasis, se decia todos los dias que era el objeto de su veneracion, y el idolo de los Españoles; y por no alterar ninguno de sus articulos, se desafiaba el poder de las grandes potencias continentales, al paso que apenas se pasaba dia en que las cortes y el gobierno no la hiciesen pedazos.
—196→No bastaba sacar al Rey de la capital: era necesario que, á donde quiera que fuese, le rodease la misma atmosfera, digamoslo asi, que tenia en Madrid, y que las cortes y el gobierno llevasen consigo un firme apoyo de sus destructoras medidas. Con este objeto se escitó á los voluntarios nacionales de Madrid, para que siguiesen al gobierno, ofreciendoles partidos ventajosos. La milicia de la capital, compuesta en el principio de la revolucion de hombres que tenian arraigo, habia dado muchas pruebas de su sensatez, y mas de una vez habia hecho frente á los anarquistas, y desconcertado sus proyectos. Mas despues que se alistaron en ella infinitos empleados subalternos, y despues que se abrió la puerta á los vagamundos, ofreciendoles el ayuntamiento el vestuario, se crearon nuevos batallones, y el desorden hizo en ellos rapidos progresos. A la llamada hecha en las cortes, y apoyada por el gobierno, respondieron inmediatamente todos los que nada tenian que perder, y que en los seis reales, que se les ofrecian, hallaban un recurso contra la miseria, al paso que al lado del gobierno se prometian lograr algun destino, en medio de las nuevas revoluciones, que se persuadian iban á verificarse. Se formaron dos batallones de estos voluntarios, que en general lo mismo tenian en Madrid que en Sevilla, que eran un semillero de desordenes, y que estaban destinados á demostrar practicamente —197→ á los pueblos de las provincias, que un rey puede tambien ser insultado, amenazado vilipendiado.
El gobierno dispuso la creacion de otro egercito de reserva en Andalucia, á las ordenes del general Villacampa, y poco despues determinó que el primero y segundo de reserva fuesen tercero y cuarto de operaciones. Pero estos decretos no aumentaban las fuerzas ni los recursos que eran indispensables para organizar los cuerpos; el gobierno en este punto, como en todos los demas, manifestaba la inaccion mas completa. Le ocupaban sobre manera los preparativos del viage á Sevilla, y el poco dinero que habia disponible se reunia con este objeto. Tambien estaban destinadas á acompañar al Rey y á las cortes las mas de las tropas de que se podia echar mano, abandonando muchos puntos en donde eran en estremo necesarias. Ni arredraba tampoco á los ministros la consideracion de que, en los veinte y tres dias señalados para el viage, no podrian aplicarse de continuo á tomar las medidas, que exigia el estado critico de la nacion; estaban tan acostumbrados á no hacer nada, que ni aun les ocurriria, que su inaccion durante la marcha podia dejar algun vacio en los negocios. Por otra parte, segun todos sus recelos, la invasion debia verificarse durante el viage, y carecerian tambien del ausilio de las cortes, que, el 23 de marzo, —198→ suspendieron sus sesiones por un mes. Bastaban estos solos motivos para no hacer el viage, ó por lo menos para no acelerarle; pero lo que se queria era viajar con toda seguridad y comodidad, y gagnar tiempo para que, no leyendo los ministiros sus memorias en las cortes, conservasen los siete patriotas sus puestos.
Salió el Rey de la capital el dia 20 de marzo, escoltado por los nuevos batallones de voluntarios, de que hemos hablado, y por varios cuerpos del egercito, estando otros apostados en diferentes puntos, para proteger la marcha. Se habian puesto en movimiento todos los resortes del gobierno, los de sus agentes y los de las sociedades secretas, para que concurriesen al transito de S. M., no solamente los nacionales de los pueblos de la carrera, sino los de otros mas distantes; y todo estaba preparado para hacer una gran ostentacion del patriotismo, que entonces estaba en voga, es decir, para que no faltasen gritos. Mas de una vez, parte de la escolta del Rey se complació en entonar en la marcha, ó delante de la casa, en que se hospedaba el monarca, canciones insultantes, y los exaltados de los pueblos del transito se unieron con los que venian de Madrid para este insolente entretenimiento.
Mientras que los ministros amontonaban al rededor de si todas las tropas de que podian echar mano, las partidas de realistas tomaban en el —199→ reino de Valencia mucho incremento, y batian á un grueso de constitucionales, que iba á atacarlos; siguiendo sus ventajas, tomaron casi sin resistencia el castillo de Morviedro (la antigua Sagunto). La misma ciudad de Valencia fue bloqueada, y aunque tubieron alguna vez que desistir de su empresa, la hubieran llevado ultimamente al cabo, si algun tiempo despues el general Ballesteros, al retirarse de Aragon, no hubiera hecho levantar el sitio.
En aquel tiempo, aparecieron en Portugal los primeros sintomas de conspiracion; pero no como habian empezado á manifestarse en España, donde los llamados realistas eran capitaneados en general por hombres sin opinion, y de las ultimas clases de la sociedad; sino fomentada la sublevacion por personas muy respetables. Silveira, conde de Amarante, levantó la voz contra la constitucion en la provincia de Tras os Montes, y le siguieron las tropas de infanteria y caballeria, y las milicias que habia en aquella provincia. El general Luis do Rego reunió una division con la cual entró en Tras os Montes, se apoderó de Chaves, y Silveira, huyendo de su enemigo, se internó en la provincia de Zamora, con unos cuatro mil infantes y quinientos caballos, seis cañones y un grueso convoy. Esta ocurrencia aumentaba los apuros de los Españoles, que no tenian en Castilla la Vieja tropas que oponer al conde —200→ de Amarante. Es cierto que el general Rego, marchando á su alcance, atravesó la frontera; pero la esperiencia acreditó bien pronto, que solo trataba de alejar á su enemigo de las provincias portuguesas, y aunque tenia á sus ordenes una fuerza muy superior á la del conde de Amarante, no quiso venir con el á las manos, lo cual le hubiera sido sumamente facil, porque este hacia jornadas muy pequeñas, como que su artilleria estaba tirada por bueyes, y llevaba consigo un gran numero de carros. Vióse entonces palpablemente que el egercito portugues distaba mucho de tener el espiritu constitucional, que habian querido darle, y desde luego pudieron presagiarse los sucesos posteriores. Tengo datos seguros de que el encargado de los negocios de España en Portugal contestó á un general español, que se quejaba de la conducta apatica y sospechosa de Rego, en la persecucion de Silveira, que podía esperarse poco ó nada, de aquel gobierno. Esto mismo se sabia en Madrid, y sin embargo el ministerio y las cortes estaban empeñados á todo trance en llevar adelante sus quimericos planes.
El conde del Avisbal era entonces el hombre de moda para los ministros y para sus compañeros. Solo se les oían elogios al valor, á la actividad, á la energia y á los conocimientos de aquel general; y para que no hallase ningun obstaculo en la egecucion de sus proyectos, se le dió tambien —201→ el mando politico de Madrid; de suerte que el gobierno, que con su salida causaba tan incalculables males á la capital, privandola de sus principales recursos, todavia quiso hacer mas desgraciada la suerte de aquellos habitantes, dejando al frente de ellos, y con las facultades de un dictador, á Avisbal, cuyo caracter violento no perdonó medio de exigir todo cuanto le hacia falta.