-¿No quieres, pues, acompañarme a pasear esta mañana, como de costumbre? -dijo la niña.

-No, no me es posible -contestó Ricardo con tono resuelto.
-Está bien -replicó Matilde con acento de reproche; -en ese caso, yo tampoco te daré una buena noticia que te tenía preparada.
-¿Qué es ello? -interrogó Ricardito muy intrigado.
-Nada; si no te quedas, no lo sabrás, te lo aseguro.

-Pues bien -insistió Ricardito, parlamentando a medias, -si me lo dices, iré a ver amis amigos, porque lo tengo prometido, pero volveré en seguida a reunirme contigo.
-Está bien -replicó tenazmente la niña,- cuando vuelvas te lo diré.
Ricardo, lleno de despecho, partió para ver a sus amigos, y proseguir con ellos la construcción del trineo.

Hacía poco rato que estaba clavando clavos, cuando los otros tres aparecieron. Tenían el gran proyecto de coger el caballo del colono para que tirara del trineo, y Ricardo olvidó las penas de la noche aplicándose al trabajo.
Terminado el trineo, se apoderaron del caballo con poca dificultad y la partida marchó alegremente.
-¡Esta si que va a ser una verdadera expedición! -exclamó entusiasmado Ricardo.