-¡La puta, carajo, déjese de picotearme el cerebro!
El auxiliar dejó la máquina de escribir en que tecleaba su aburrimiento, y levantándose de un salto, arrastró la silla que ocupaba.
-Más vale váyase a ver si trajeron a esos tipos.
La repentina energía del jefe lo tomó de sorpresa. Desde la puerta, donde llegó un tanto aturdido, mirando a uno y otro lado sin seguridad de lo que hacía, informó:
-Parece que ya les traen, señor.
-¡Cómo que parece!
-Quiero decir que ya les traen, señor.
El que daba las órdenes fumaba mirando al techo. Cirilo y el rengo, pálidos, mucho más pálidos que de costumbre, desorbitados, quedáronse como estatuas después de que los agentes se retirasen. Al cabo de buenos minutos, como si fuera algo calculado, el funcionario giró sobre los tacones clavándoles en los ojos eclipsados de miedo los suyos de perro rabioso, ocultos tras unas gafas negras.
-¡Asesinos!
El efecto fue rotundo. A los infelices cayóseles la mirada al piso, donde las viejísimas baldosas decoradas de arabescos, —57→ totalmente opacas y borrosas por un siglo de sombrías pisadas y la evidente falta de periódica escoba, empezaron a girar. Algo parecido solía sucederles cuando, desde el bote, fijaban la vista en las tumultuosas aguas del río.
-¿No? ¡Qué carajo! Le mataron y le tiraron al río. ¿O solamente le dieron un empujón?
Una colilla fue a sumarse a las muchas esparcidas por el piso. Y otro cigarrillo entró en función. Los detenidos mirábanse vacilantes. Dudaban en serio. No es común que algo supuesto diera semejante seguridad a las palabras de un tipo. Estaban seguros de que aquella espectral madrugada, ni uno ni el otro habían probado más que unos asquerosos [...]
-¿Y no sabían que un individuo que cae al agua se ahoga, verdá?
Ambos hubieran podido contestar a todo rotundamente mates de yuyo, por lo que se mantenían bien sobrios. Pero... «no». Hubieran protestado incluso por caer víctimas de una falsedad. Pero vacilaron en serio; dudaban de los hechos como de sí mismos y hasta del tipo de las gafas negras. El moho decorativo de las baldosas movíase como si flotara en un líquido. El representante de la ley se sahumaba clavado frente a la ventana, alto, enjuto, rubio. Increíble que fuese criollo neto. Su arrogancia completaba su cuadro, propio de gente gringa maleva con sangre y sentimientos ajenos.
-A lo mejor e una equivocación, señor.
-Una degracia, ni ma ni meno.
Las palabras nada tenían que ver con el estado mental de los reos. Simplemente respondían a un juego absurdo. Se les abrió la boca; nada más. Y era fácil que se les volviese a abrir, principalmente al más afectado, el rengo. Por eso, Cirilo le aplicó un camuflado codazo. Pero el rengo no se hallaba en condiciones morales de comprender semejante lenguaje. Ni otro distinto tal vez. En plena caída, todo le resultaba resbaloso. Y nuevamente, la boca se le abrió.
-Yo voy a contar lo que pasó, señor.
Cirilo echó la cabeza atrás y cerró los ojos, sintiéndose a punto de divisar estrellas, pese a que, a través de sus terrosos párpados y de las tablas y tejas podridas, no hubiese podido verlas, siendo además pleno día.
Sin embargo, unas desesperadas estrellas giraban para él en un cielo sin sentido.
-Y bueno, hable, pero que sea la verdá.
—58→El rengo asintió con profundas caídas de cabeza. El indagador vería en él, seguramente, algún ejemplar prototipo mencionado en los manuales de la sabuesería universal: Mente obtusa16, propensión a la autodenuncia y a la mentira. ¿Merecía confianza un sujeto capaz de darle la razón a él? El rengo, cabeceando como atorado, comenzó endilgándole a Cirilo la causa primera del presunto error cometido en el río.
-Este pue... demasiado luego se asutó. La gendarmería nomá co era lo que largó uno tiro...
Y buscó en la cara lentuda la aprobación. Una corbata exageradamente roja sobre un traje ridículo soportaba una cabeza alta de cara rematada en una columna de humo.
-...el tipo, o sea el herido nio se tiró encima de éste para sacarle su remo, y éste...
Cirilo le cortó el aliento de un pisotón en el único pie aprovechando la aparente abstracción del indagador.
-...este... Y ya no pudo concluir pero sí devolvió el pisotón con la muleta, escena que sacó de quicio al funcionario de la ley, quien súbitamente dejó su fingida estratosfera para intervenir como sabía hacerlo.
-¡Carajo! ¿Por qué no se dejan de joder y hablan de una vez? ¡A ver, usté, vamos!
Cirilo sintió introducírsele entre las piernas un rabo que creía no tener.
Y, compungido, habló:
-Estábamo cincuenta metro masomeno de la orilla cuando hubo el tiroteo, y el finado quiso seguir precisamente, y nosotro teníamo miedo, porque eso curepí co e demasiado asesino, y ansí e que le pegué con el remo, y el infelí se cayó. Era sin querer pa sabé, defensa propia y nada ma.
De las alfajías color tabaco pendían cadáveres succionados, estrangulados por arañas famélicas, desproporcionadamente armadas y despiadadas. Concéntricos anillos de humo se sucedían dilatándose a la manera de un grotesco embudo, por cuya parte más ancha se disgregaba luego en tufos que invadían los pulmones.
La vista del policía se esfumaba a través de las gafas hasta donde las volutas permanecían girando entre telarañas, en torno de unos insectos viscosos y sucios aunque todavía vivos; los atrapaba en la sutil red gris tendida con deleite de maligna astucia. Las arañas, infelices crápulas, jamás osarían succionar sus ojos.
—59→-¡Bueno, basta! ¡Asesinato! «Cualquiera sea la forma y el móvil, matar es crimen». ¡Y el crimen se paga con la cárcel!
El insólito funcionario memorizaba oculto bajo sus vidrios una bolilla de cierto odioso texto que debió tragar antes de acostarse para soñar con su último ascenso de simple pyragüé calificado a jefe del departamento. Los ojos de Cirilo y el rengo rodaban entre lágrimas y hediondas colillas de cigarrillos. ¡Cuánta suciedad la de ese par de vidas! Podrirse en el yuyal; luego podrirse en la cárcel. ¡Vaya, destino! Era como para matarse o matar. ¡Matar! Cirilo tragó saliva. Hay casos en que no es fácil distinguir entre el bien y el mal. Depende, por ejemplo, de quién mate, y a quién; de quién aplaste y quién sea el aplastado. Lástima que las revoluciones terminan siempre tan pronto.
«Pero cuando el hecho se materializa en beneficio de la justicia... eso es».
-¡Eso es!, concluyó el funcionario pensando en voz alta.
Los reos lo miraron de abajo para arriba hasta tropezar con las gafas, detrás de cuya negrura se encendía el terror.
Y sus ojos desplomáronse. Sobre las baldosas ondulantes, una sombra larga, fría y sanguinolenta se desplazaba en círculos de vértigo. En el centro, sí, en el centro flotaban sus ojos en un río de lágrimas.
-¡Eso es!
Y ambos temblaron conteniendo el aliento en espera del derrumbe total.
-Sin embargo, según como se comporten, ustedes podrían...
El efecto logrado con el cambio de tono fue sorprendente. Diluyose la sombra que envolvía a los reos, quedando ante sus desorbitados ojos sólo un claro afiche del tamaño de un oficio magistralmente sostenido en el aire por dos tahúricos dedos. Una voz medidamente musical reproducía el texto:
-Se establece recompensa de pesos diez mil por la captura vivo o muerto del sujeto Pablo Gamarra, montonero, enemigo de la paz y el orden.
-¡Diemil!
-¡Diemil!
-No se apuren. Hay una condición. Habrá perdón y recompensa si colaboran, como les dije, declarándose autores materiales de la muerte...
El rengo yacía absorto. Soñaba con una pila de billetes olorosos. Nunca había visto tantos y le resultaba difícil imaginar —60→ el volumen. ¡Diemil! Cirilo secose con la manga mugrienta, rescatando del charco lacrimoso sus pobres ojos, los que, como voraces insectos, aplicáronse a recorrer el cuadrilátero impreso, hecho sin cuidado para el policía, seguro de que ninguno sabía leer. Luego el afiche desapareció de vista, pero ambos habían llegado a ver la foto impresa, la que reconocían, sin duda. ¿O no?
-¡Diemil! ¿No será pa bola?, pensó a plena voz, imprudentemente, el rengo.
-¡Carajo!
Y la autoridad quemó otro cigarrillo sin percatarse de que aún ardía uno sobre el chamuscado borde del escritorio. Chupó y alzó la vista al techo, momento justo en que sucios y simultáneos garfios disputábanse despojos irreconocibles17 de inmundas existencias acabadas entre aburridos pataleos.
Todo sea por la paz y el orden, pensaba el funcionario retocándose el bastante ajustado nudo de la corbata que pretendía simbolizar acatamiento a muerte.
-Como todo el mundo sabe, el maleante Gamarra fue en vida el «comandante Pablo», criminal antipatriótico. Así que ustede, firmando la confesión, ya van a merecer el justo premio. ¿Entendido?
En el chato ámbito mental de los reos no podía caber la imagen de tantos billetes juntos. Les irá a costar esfuerzo acostumbrarse a una vida distinta con ayuda del dinero, aunque el sólo hecho de poseerlo ha de dar un gran placer.
Ha de ser algo así como el de llevarse a cuestas una hermosa mujer aunque no se la sepa disfrutar. ¡Adió mante bañado! ¡Adió, hambre de perro!
De pronto, levantándose de su rincón exclusivo, el auxiliar presentó al jefe un escrito sacado de la máquina como pan del horno. Enseguida trajo una pizarra entintada disponiéndose a untar el pulgar de cada implicado, y uno después del otro los apoyó al pie del texto convenientemente redactado para que sirva de testimonio a la autoridad competente y para su debida publicidad.
Y tras un sorpresivo cencerreo, manos a las viseras y golpeteo de tacones en la puerta, aparecieron dos guardias. Cirilo y el rengo intercambiaron miradas de agonía. El jefe dio la orden.
-Incomunicados.
Cirilo y el rengo abrieron la boca sin llegar a protestar. —61→ Los guardias los empujaron afuera antes de volverse y repetir la venia. El de las gafas, ojos al techo, veía caer flotando en humo dos leves cadáveres chupados por las arañas. Entonces, como buscando refugio, sacó del bolsillo interior una manoseada foto, la miró con detenimiento, acaso con nostalgia. ¿Qué anhelo perdido o qué bien inasequible guardaba en el bolsillo interior ese hombre sin alma? La ocultó entre las hojas de un libro encuadernado en rojo y letras de oro extraído de un cajón del escritorio, «Pensamientos Célebres», único que le agradaba al parecer y al que recurría, según decires, en procura de aliciente dadas las coyunturas. Lo leyó brevemente en voz alta: Una victoria o un éxito importante suelen lograr el efecto de impulsar el espíritu a un nivel superior. El auxiliar lo interrumpió:
-Señor, traen a la muchacha.
Un cigarrillo, un ajuste a la corbata y un toquecito al traje completaron la nueva pose funcional. El rojo libro se cerró en tanto los tipos que traían a Dalma groseramente sujeta por los brazos, una vez adentro la soltaron y a un mínimo signo del jefe, desaparecieron.
Dalma contuvo un grito ante el sorpresivo encuentro con el demoníaco atracador de anfiteatros, ahora transfigurado, que fumaba mirando al techo, parado junto a la ventana, en cuyo lado de afuera copulaban las moscas resbalando sobre el vidrio mientras la tarde huía montada en un haz de luz sucia. Ignorada con premeditación, Dalma aguardaba nerviosa. El auxiliar, al notarlo, se inquietaba.
-Señorita, tome asiento.
Un largo banco de alfajías, pulido a fuerza de holganzas, yacía allí. Sus patas de hierro aseguradas con bulones enormes parecían patas de fieras.
Dalma se sentó con un suspiro de resignación. Al poco rato, el auxiliar abandonó su rincón, y dando un rodeo por el recinto, detúvose frente al superior interrumpiéndole el arrobo.
-Señor, la muchacha está aquí.
Él huía, ajeno a todo, a través del vidrio, hacia la calle cuya vista asqueaba. El auxiliar, entre tanto, no le quitaba el ojo a Dalma. Había empero en su mirada respeto o tal vez compasión. Ella también lo miraba, de tanto en tanto, interrogante, inquietándolo más aún. De pronto, el muchacho, con tímida sonrisa en los pómulos, tomó un anotador y se acercó a ella sentándose a poca distancia.
—62→-¿Su nombre?
-Dalmacia Tornado. Pero, ¿por qué me pregunta si ya lo saben?
-Tiene razón; sabemos su nombre y sabemos que le dicen Dalma.
La brusca intervención del meditabundo que hablaba sin volverse la exaltó.
-Sí, señor. ¿Y pueden decirme, por favor, de qué se me acusa18?
En medio del odioso silencio que sobrevino, el auxiliar le habló a media voz.
-Es una historia larga, Dalma, pero no se preocupe.
Quedó desconcertada cuando el jefe volviose a ella inesperadamente manso, desprovisto de la brutalidad que esperaba. Las moscas, cada vez más numerosas contra el vidrio, punzaban la quietud con diminutos quejidos al forrarse de telaraña en su pretensión de entrar allí donde el tiempo olía a cosa muerta. Oscuras, ávidas y violentas, hembras o machos, disputábanse indistintamente el ilusorio disfrute que malveían a través de la suciedad, sin percatarse de la vaciedad en que la muerte desovaba. Dalma entró a exasperarse.
-¿No me pueden decir por qué estoy aquí?
El auxiliar la miraba preocupado, sin atreverse a seguir hablándole por miedo al jefe, a pesar de encontrarse éste vuelto hacia la semi-luz. Sabía que el acercarse a ella y hablarla ningún favor le haría. Creía conocerla; estaba casi seguro de ello y se consumía en ganas [de] decirle algo. Ella lo notaba y se fastidiaba ante su mirada escrutadora, ante esos ojos que le caminaban por el cuerpo como moscas lamedoras.
Cuando los dos sujetos fueron a entregarle la citación obligándola a acompañarlos, ella había entrado en conjeturas acerca de la misteriosa causa del procedimiento policíaco, encontrándose ajena a toda actividad comprometedora desde tres meses atrás, desde aquel día... y entró a dudar. ¿Es que habría surgido algún delator? ¿Quién? Tres meses es mucho tiempo, o tal vez poco. ¿Quién podía saberlo? Decididamente, si no se trataba de eso, algo tenía que ver con su repulsión a afiliarse o al trato de los asquerosos que tomaban el hospital como prostíbulo. Zas, ¿sería el traicionero doctorcito que la venía presionando? Menos mal que al fin pudo zafarse del putrefacto. ¿Cuánto tiempo la retendrán? —63→ Si fuera por jorobarla solamente no sería tanto. ¿Y si decidieran mandarla al calabozo? ¡Dios mío!
Justo ahora que estaba segura de esperar un hijo. Calma, se dijo; en tal caso pediría la mandasen al Buen Pastor donde, según parece, las monjas, menos bárbaras que los pyragüés, dejaban trabajar a las reas y ahorrar algo para cuando salieran. Trabajar para el hijo por nacer. Suspiró. Trabajará, por supuesto, en lo que fuera, durante todo el tiempo que pueda. El tufo apestaba. Más parecía provenir de alguna chimenea incineradora antes que de la boca de un funcionario del orden. Dalma sufrió un acceso de tos al cabo del cual quedó muy abatida, a punto de desvanecerse. Pero, con gran esfuerzo, se contuvo. Cerró los ojos, respiró hondamente y el mal pasó. Si por lo menos el hijo tuviese un padre. ¿Qué estaba pensando? Sí, lo tiene, seguro que sí, mas ella se refería a un padre que estuviese presente, físicamente, ¡claro! Ojalá pudiera saber la suerte corrida por él desde la madrugada aquella, la eterna, la del adiós. ¡Claro!, buscó sobreponerse, si no tenía noticias de su hombre era porque... porque primero él tenía que curarse y luego, seguramente, recién escribirá cuando trabaje y pueda llamarla a su lado. Además el correo... Todo el mundo se queja porque las cartas llegan abiertas, y nada extraño sería que una dirigida a Dalmacia Tornado sea retenida. ¡Zas! Otra posible causa para una citación. Un flujo helado la invadió un instante. ¡Dios mío! Cerró nuevamente los ojos. El del orden, siempre huyendo a través del vidrio, extrajo del bolsillo una marquilla de cigarrillos encontrándola vacía y arrojándola con desdén al piso. El ruido sobresaltó a Dalma, quien, al mirar el cuadro, no pudo evitar una sonrisa amarga. Lo asociaba al de las llaves arrojadas sobre el fango de la morgue, reviviendo el espanto de aquel personaje ante la propia inhumanidad. Finalmente, lo veía empezando a salirse de su silencio como lenta crisálida de su envoltura de sombras. Lo veía abrir la boca girando en cámara lenta.
-Usted ha tenido un amante... o novio... algo así...
-Pablo Gamarra. ¿A él se refiere?
Para responder, Dalma se puso de pie. Pero el silencio tornó al recinto y el de las gafas a la ventana.
El sol no tardaría en ponerse. Zumbaban los mosquitos a medida que la noche difuminaba los rincones y el techo. ¿Hacia dónde se pondría el sol? Dalma, vuelta a sentarse, —64→ posó la vista en el vidrio por sobre el hombro del policía. Sólo podía ver la mohosa pared de enfrente ajada por lluvias y abandono. El sol estaría yéndose hacia sus espaldas, quizá. ¿Dónde irá a pasar la noche? Mentalmente pronunció el nombre de Pablo una vez más, como la centésima durante ese día. Pese a que el tiempo avanzaba sin noticias de él, su nombre se le anteponía a todo, como una obsesión; devenía el centro de su ansiedad constante. Otra vez regresaba ahora con un latido punzante, con palabras que revivían agónicos momentos compartidos. «Ya vendrá un tiempo nuevo también para el amor». Surgía la voz amada del cristal de sus sueños impreso entre las cortaderas de un madrejón: «Al menos, el amor podrá realizarse sin miserias y sin miedos». Entonces, la noche era febrilmente reclamada por ambos. Era la salvadora y se negaba a llegar. Manteníase como anclada detrás del horizonte. Ahora, la noche estaba metida en ella misma, y aunque la rechazaba, estaba allí, dentro de su corazón. Esa noche se llamaba ausencia y se llamaba terror. ¿Hasta cuándo, Dios mío? Los mosquitos zumbaban en cantidad creciente. Sólo faltaban allí el agua hedionda y las cortaderas. ¿Qué hora sería ésa de sin par angustia? ¿Las seis quizá? La demorada voz del policía cayó de pronto.
-Exacto. Sí, a él me refiero.
Dalma, como temiendo se le volviese a escapar, lo abordó con justo apresuramiento.
-Bien, señor, escuche: Pablo Gamarra, herido durante la retirada rebelde, se refugió en el hospital donde yo trabajaba. Y yo le presté auxilio como a cualquier otro herido.
Después nos enamoramos. Por último ordenaron su captura vivo o muerto con una recompensa por su cabeza. Y llegó usted. Fue entonces que lo ayudé colgándolo de mi hombro, arrastrándolo, empujándolo hasta verlo cruzar el río. Él es el padre del hijo que espero. Yo lo salvé. ¿Es lo que deseaba, saber?
Le quedó en el cerebro un vacío zumbante como el ocasionado por una explosión. Al captar el móvil del indagador, ella lo dijo todo de golpe sin reparar en las consecuencias. Sentía náuseas y lanzó todo su dolor como en un vómito, tal lo hiciera una vez en el hospital, ante los pyragüés, para que la dejasen en paz. El funcionario, vuelto a la ventana, parecía no oírla. Sin embargo, no hacía más que aguardar.
—65→-Sí y no. Francamente, todo eso ya sabemos. Todo es verdá, solamente que usté no lo salvó.
He ahí su venganza, un arma secreta ladinamente empleada. El golpe repercutió en lo hondo, un golpe convulsivo, el estallido de la sombra que se expandió provocando la crisis. Su estructura tangible crujió obligándola a pararse de un salto. Y quedó rígida como una estatua. Poco a poco, luego, como emergiendo de un colapso intemporal, dejó escapar la voz.
-Por lo que más quiera, diga todo lo que tiene que decirme de una vez.
-No lo salvó, lo dejó en manos de vagabundos... Ayer apareció el cadáver.
Sintiose Dalma reducida a un latido oscuro, a un punto sin dimensión, lejano, diluido en la claridad lechosa, inasible. Y la fatiga inmensa de aquella tenebrosa madrugada de la ribera se le agolpó en el pecho. Y el punto oscuro empezó a crecer en progresión acelerada hasta el tamaño de un mundo de color pizarra. Y cayó.
El sueño pavoroso continuaba. La pesadilla no había concluido en la ribera inhóspita, aquel martes increíble del mes de la derrota, del año de la ignominia. Lo entregué yo misma, musitó dentro de sí; yo misma, con mis propias manos. ¡Dios santo! ¡No! ¡No puede ser!
Al recuperar el conocimiento, levantose comprobando de inmediato que no soñaba, que aquello sí podía ser, que era.
Y ahogada por el dolor, gritó.
-¡Lo entregué, lo entregué yo misma!
El policía la trató con la conmiseración debida a un ser manoseado y desgarrado. Su burla fue ahora casi dulzura. Haciendo enorme esfuerzo, Dalma se puso de pie, alta la frente, la mirada perforando la infinita soledad en busca del perfil, de la cabal imagen del amor arrebatádole por la brutalidad.
Viéndola algo mejor, el auxiliar le rogó se sentara. Le alcanzó un vaso de agua. Ella bebió. Seguidamente le presentó la confesión firmada con huellas digitales. La firmó. Mas luego, procurando penetrar el contexto, tornó la crisis y nuevamente el auxiliar la ayudó a reponerse. Al cabo del mal rato, el jefe volvió a escena.
-Bueno, ya pasó. Solamente necesitábamos confirmar los hechos, señorita...
—66→-Dalmacia Tornado, completó el auxiliar.
-Yo, personalmente, no le acuso de nada. Al contrario, lamento su mala suerte, su sacrificio inútil. Después de todo, tal vez a cualquier mujer le hubiera pasado lo que a usté le pasó, enamorarse y volverse ciega...
Dalma, con voz profundamente herida, le cortó la perorata.
-Todo lo que pueda decirme está de más. Pablo Gamarra fue asesinado. Esa es la única verdad.
El auxiliar la miraba. Le temblaba en la mano la hoja apenas sostenida. Tal vez sentía pena, tal vez rabia. Tal vez, si esa sociedad no fuese lo que era, si al menos un tipo como él pudiese hallar otra ocupación, soltaría eso que le repugnaba. La hoja que Dalma firmó contenía la aceptación y confirmación de hechos relatados para que sirvieran fines asqueantes. Con extraño asombro, el muchacho se percataba de enfrentarse por primera vez a alguien capaz de sepultar en sí su propia tragedia, reprimiendo su inmenso dolor y escapando a la genuflexión del llanto: una mujer. ¿Cuánta diferencia notaba entre la que él se figuraba y ésa cuya estatura moral desconocía!
-¿Y ahora, señor, puedo irme?
Tal vez, el de las gafas hubiera pensado impresionarla dándole un paternal consejo, diciéndole por ejemplo que en adelante sepa elegir mejor de quién enamorarse, que un rebelde es un patibulario en potencia, un rebelde... un rebelde... un rebelde... Pero Dalma le había dicho simplemente que las palabras sobran. Y ella tenía razón; por eso no la desmintió. Ahora se veía pequeño, ridículo, casi sin valor para seguir representando y a punto de revelar su humana entraña.
-Sí, ya puede irse.
Su propósito era hacer que la muchacha viera el cadáver, un cadáver inidentificable, por supuesto, con meses de descomposición, mejor para el caso, pero no llegaba. Por causas que él desconocía, los enviados no regresaban con el despojo. Sin embargo, en las condiciones presentes, ya no deseaba martirizarla más, renunciaba, por causas igualmente desconocidas, al placer de verla consumida hasta el derrumbe.
El auxiliar la siguió hasta la puerta de calle a fin de que la guardia la dejara salir. Por el oscuro pasillo iba unos pasos detrás, los ojos en la punta de los pies. Pensaba: Ahora ¿qué —67→ hará la pobre? ¿Y qué se gana con todo esto? ¡Hijos de perra! En la vereda la despidió.
-Adiós, Dalma. No me guarde rencor a mí. Buena suerte.
Ella no pudo hablar. Lo miró en los ojos enrojecidos y huyó. Él la veía correr sollozando. Hubiera querido salir detrás, dejar ese oscuro sumidero y huir como ella, mas, para eso le era necesario cierto sentido del que estaba castrado, el de la libertad.
Dalma no se volvió. Al doblar la esquina, una anciana conducida por un pyragüé la rozó y ambas miráronse sin hablar. No se conocían o no se reconocieron. Frente a la oficina de guardias, la anciana quiso detenerse a tomar aliento. Le vacilaban los pies. Le temblaba la cara. Su acompañante, sujetándola del brazo la forzó a entrar. Y ya en el pasillo, el auxiliar se hizo cargo de ella, la condujo al despacho. Al traspasar el umbral pudieron ver al de las gafas negras apretándose las sienes, duro el semblante, bañado por el nácar sucio del ocaso, frente a la ventana. La anciana, golpeándose el pecho, murmuró: ¡Paniagua! Su guía se apresuró a imponerle silencio con el índice en la boca. El muchacho pudo haber anunciado: Señor, aquí está la señora citada. Mas, no lo hizo. Lo miraba con lástima en los ojos, entrando a sospechar seriamente acerca de la salud del jefe. ¿Se habría equivocado suponiendo fingido el arrobamiento de su superior? Parecía evidente que no los había sentido entrar. Parecía no esperar a nadie. Pero, de pronto..., a plena voz, mirando a lo lejos, a través de los vidrios, comenzó interrogándose.
-¿Qué papel cumplo yo? ¿A quién sirvo? ¿A la patria? ¿A la justicia? ¿A quién?
El auxiliar acababa de tomar la silla de su uso personal para ofrecerla a la anciana huésped, todo dentro del mayor cuidado. Al oír la voz enrarecida del jefe, la soltó provocando enorme estrépito. Y Paniagua, sin siquiera moverse de su sitio, contribuyó a su mayor confusión lanzándole una desusada pregunta.
-¿Qué somos yo y usté? ¿Seres humanos?
El subalterno lo buscó sigilosamente con la vista, notando con estupor que el señor jefe no lo miraba, no miraba a nadie, tal vez hablábase a sí mismo espejado en el vidrio empañado de cacas de moscas. Y no se atrevió a decir lo que pensaba. Sólo pudo responder con monosílabos.
—68→-Sí... sí... señor.
-Estúpido.
El infeliz guardó silencio.
-Vaya a comprar cigarrillos.
Le dio el dinero con la izquierda tendida hacia atrás.
-Y vea si llegó la vieja esa, citada esta tarde.
-Señor, la señora está aquí.
Paniagua se volvió de golpe. Realmente, la señora estaba allí. Demasiado anciana para que fuera molestada a esas horas. Estaba allí. Aguardaba con desazón la inevitable entrevista. No se detuvo a mirarla. No quería verla. La espió por el rabillo del ojo, yéndose a largos pasos hasta la puerta y de nuevo a la ventana. En tanto se demoraba el auxiliar, manipulaba distraído el encendedor, sacando y guardando y encendiendo y apagándolo mientras contemplaba el triste ocaso como si con él se estuvieran extinguiendo sus escasas luces. Señor..., escuchaba vanamente la angustiada voz de la mujer, señor... Sabía lo que ella deseaba preguntarle. ¿Acaso no vienen sabiendo de qué están acusadas? Estaba podrido de aguantar el mismo sin sentido. ¿Acaso no lo sabe?, dijo para sí, en un susurro. La voz continuaba.
-Señor, nunca hice mal a nadie. ¿No me confunden con otra?
-No.
-¿No?
-No, no sé cómo decirle, míreme usté, míreme; ¿cree que soy un ser humano?
-Sí, señor; ¡claro que sí!
La anciana estaba aterrada.
-No, no, usté no entiende. Usté ni nadie.
-Es cierto, señor, no le estoy entendiendo.
-Es porque... no se ubica; hay que ubicarse, señora; todos estamos comprometidos. Usté por ser lo que es y yo por ser lo que soy.
-Señor, por amor de Dios, ¿qué es lo que soy yo? ¿Por qué me tienen aquí?
-Usté ni yo no somos nada. Parecemos ser. Yo valgo por lo que hago; existo por mi papel, ése para el cual nací predestinado. Todos nacimos predestinados. Fíjese que hasta hace un minuto, ni usté ni yo existíamos el uno para el otro. Y de repente, en este asqueroso escenario, usté y yo tenemos un papel que cumplir. Mi papel es éste, el de policía. —69→ Usté debe representar un peritaje. Es sencillo. No es más que reconocer la identidá de un muerto. ¿Me entiende, verdá?
La anciana dejaba de comprender porque había entrado a pensar, y pensando, entraba a sospechar. ¿Por qué tenía que ser ella quien represente el peritaje? El ruinoso universo de maldades que conocía empezó a girarle en torno lentamente, reproduciéndosele la sucesión increíble de cuadros perpetuados en su alma, recubiertos por una leve ceniza de costumbre; imágenes de insospechado salvajismo proyectadas en una cadena sin término.
-¿Un muerto? ¿Qué muerto? Paniagua se volvió exponiendo el perfil a la débil fosforescencia reflejada a través de la ventana en cuya opacidad rebotaban los últimos arreboles. Era él, Paniagua, la cara inconfundible que le recordaba saqueos y vejámenes, heridas imborrables que no podían ser transferidos al pasado porque todavía sangraban.
-El cadáver de Pablo Gamarra, señora.
- ¡Santo Dios de los ejércitos!
La anciana cayó desvanecida.
-¡Prenda la luz!
El auxiliar saltó. El vapor de kerosén se incorporó de inmediato al corrompido aire del despacho y una viscosa claridad logró introducirse en las pupilas de la desvanecida, la que sufría una suerte de colapso que le dejaba percibir a través de subsentidos muy golpeados la sucesión de horrores ininterrumpida que pocos pueblos han aprendido a soportar. Paulatinamente, entre las inconexas imágenes, la pesadilla le trajo una mano sosteniendo cierto monstruoso espectro fotográfico y otra mano sosteniendo un cuenco corrugado en cuyo interior brillaba algo repelente.
-¡Estúpido! ¡Yo no le pedí la foto ni el diente de oro sino el cadáver!
Fueron las primeras palabras que pudo comprender. La voz de Paniagua increpando al empleado le resonaba en el cerebro como dentro de una fosa.
-Ya enterraron el cadáver, señor. Dicen que el Juez ordenó por hallarse el occiso en estado de putrefacción. Pero antes de enterrarlo le sacaron la fotografía y este diente, única pieza reconoscible, según dicen.
-¿Un diente de oro?
—70→La voz de la anciana emergía del fondo de su derrumbe.
-Sí, señora, un diente de oro, ¿puede reconocerlo? El diente, señora, el diente, ¿usté conoce este diente, verdá?
El dolor contenido por el desmayo regresó estallante. No, por cierto, ella no conocía ese diente. No podía conocerlo puesto que había dejado de ver a su hijo desde años atrás, desde que el joven bachiller decidiera partir en busca de una plaza universitaria.
Desde entonces, las pocas cartas que recibía le decían que seguía bien, que pronto sería el doctor que su mamá soñaba.
Entre tanto transcurrían meses, luego años. La costumbre la ayudó a conformarse con una que otra carta siempre en espera del día triunfal. Pero luego aquéllas fueron menos frecuentes y finalmente cesaron. A partir de ese tiempo recibía noticias de él sólo de oídas. Así se enteró un día de que su hijo dirigía una montonera en los cerros de su localidad. No podía comprender enteramente aquello, pero al menos alimentó la vaga esperanza de verlo. Y la ilusión creció cuando supo que los montoneros marchaban sobre la guarnición militar local. Luego los días pasaron. La lucha parecía no tener fin. Le hablaban sin embargo de éxitos fantásticos, de inminente triunfo, hasta que, súbitamente, las emisoras del gobierno difundieron a todo pulmón el aplastamiento definitivo de los insurgentes. Y ella sintió desgarrársele algo en lo hondo. Después, una larga agonía, una cicatriz dolorosa y silencio. La esperanza acabó para ella al conocer la derrota del hijo. No podía comprender en profundidad el alcance de esa derrota, aunque sufrió atropellos, vejaciones, saqueos. Entonces quedósele grabada en la mente la imagen de Paniagua. Su corazón de madre sangró día tras día. Y pasaron tres meses al cabo de los cuales el desgarramiento parecía restañarse y sanó. Pero le pesaba el mundo mucho más que antes de la derrota. Lo soportaba entero sobre las espaldas. Veníase abismando, pero el día que recibió la citación se puso derecha. Presentía algo terrible por afrontar. Ella nada sabía del diente de oro, ni que perteneciera o no a su hijo. Pero sí estaba segura de que lo habían matado. ¿Por qué otra cosa la traerían a ella pues?
-¡Claro que lo asesinaron! ¡Tanto miedo que le tenían!
Una sola vez gritó desesperada. Y ese grito la tornó a su reciedumbre anterior. Tragó hiel y calló.
—71→Y doña Esperanza, que así se llamaba la madre de Pablo Gamarra, se puso de pie e irguiéndose cuanto podía, salió caminando lenta pero firmemente, secos los ojos, cancelada la voz.
Parado a la puerta del albergue pueblerino donde tuvo lugar la consulta, el paciente sopesaba las palabras del doctor cuya desgarbada silueta veía desdibujarse paso a paso entre la vegetación enana del callejón. Esta es nuestra última cita, Pablo Gamarra, le había dicho inesperadamente. Lo recordaba con renovada sorpresa. ¡Había sido, pues, reconocido! Tardíamente se percataba de la astuta maquinación del médico al imponerle un chequeo de cuerpo entero con el pretexto de verificar cierto alarmante síntoma comprobádole en la cara. Lo que en realidad buscaba era determinar si tenía ciertas cicatrices y suturas según informes obtenidos de su historia clínica archivada en el hospital regional.
Todavía le resonaba en los oídos la dura despedida: Ya no nos veremos más; usted siga con la nicotibina por un tiempo. Está curado, pero cuídese, cuídese...
Si lo llamó por su nombre para sorprenderlo, y atento a la reacción, confirmar sus comprobaciones, lo consiguió. Porque Pablo, al escucharlo, quedó pasmado. Una evidencia total.
No cabía dudas de que el doctor Cabral estaba enterado de que el misterioso pensionista de doña Esperanza Gamarra no era tal. Ahora bien, las palabras y la actitud, ese afán detectivesco del supuesto amigo y fortuito benefactor, ¿obedecían a simple personal curiosidad? ¿Y por qué se alejaba así, como espantado, apenas lograda la identidad? Las dudas empezaron a tender en él sutiles redes. Desde ese momento, los pro y los contra abrieron un peligroso juego en procura de la difícil verdad. Por momentos, los testimonios acusadores le resultaban bastante parcos y ambiguos. Pero la duda, alimentada con cualquier vestigio de sombra, persistía tenaz, a tal punto que, al cabo de cada esfuerzo, el cotejo debía comenzar de nuevo.
—72→¡Claro!, una vez identificado el paciente, su tratamiento exigía del doctor cierto grado de coraje que no parecía patentizarse en él. Naturalmente, si lo que perseguía era la verdad para su sosiego, la claridad sobre el compromiso en que estaba metido, la certeza de si le convenía o no continuar prestando esa asistencia, actuaba con justo derecho. Y, por otra parte, la seguridad de que el tratamiento médico en el caso estaba prácticamente completo debía eximirlo de cualquier problema de conciencia. Sin embargo, pese a las vueltas que Pablo daba al asunto, una sombría conclusión se le imponía: El doctor tiene miedo. Tratando de olvidarlo, pasó a reflexionar acerca de su salud. Debía reconocerse en rotunda mejoría. No se trataba de un decir. Una nueva sensación le dominaba el ánimo y nuevas ganas cobraban vida en él. A propósito, ¿se lo diría a su madre? ¡Pobre mamá!, pensó con íntima ternura, es tiempo de que le dé alguna alegría. Se lo dirá enseguida, antes de su salida habitual, pues a su regreso la encontrará dormida. ¿Qué rumbo tomaría Pablo esa tarde? Tenía recorrido casi toda la comarca en un callado y afanoso reconocimiento, invadido cada vez más por una rara ansiedad. Indudablemente, esas ganas revelaban salud. No podía comparar su estado actual con la piltrafa de seis meses atrás, cuando una noche, su anciana madre casi se muere al verlo, ¡ella que lo creía difunto! Pero era él, ¡Dios santo!, el amado hijo que regresaba, aunque no, por cierto, aquél cuya jovial estampa le poblaba el recuerdo. ¡Pobre vieja! No le fue fácil creer lo que veía. Pero al fin era él; sólo que las heridas morales y la grave enfermedad que traía lo desfiguraban enteramente.
La lucha que sostuvo el doctor duró seis meses hasta que las lesiones pulmonares desaparecieran y el antes agónico viajero recuperase sus ganas de vivir. Y bien, ahora que su benefactor le decía adiós a su manera, ¿tenía él, acaso, el derecho de poner en duda una conducta en todo simple y humana? Al sempiterno rebelde cuya suspicacia obnubilaba por momentos la natural gratitud del convaleciente19, le parecía que sí. Y ya dispuesto a ponerle una cruz a la cuestión e ir en busca de su madre con la noticia, nuevas conjeturas lo retenían acosándolo como moscardones, embarullándolo a pesar de que, ante la propia conciencia, el moribundo aquél, que volviera buscando el regazo materno para concluir la —73→ fuga, veíase nuevamente erguido y capaz de afrontar su destino.
Radiante de alegría, doña Esperanza festejó la buena nueva que el hijo se apresuraba a revelarle. ¡Gracias a Dios!, exclamó entre lágrimas y risa, ¡me quitás un gran peso de encima!
Dejó en olvido toda ocupación y ambos dispusiéronse a platicar. Tocaron diversos temas mantenidos en reserva por mutuo temor a crearse inútil desazón: la carestía, algún posible ingreso, alguna remota esperanza, la politiquería maldita, el miedo...
Cuando la madre, de paso, refiriose a la generosidad del doctor Cabral y a la confianza que le inspiraba, Pablo evitó mencionar su duda al respecto. Pero ella algo notó y prudentemente desvió del tema hacia un consejo:
-Hijo mío, tenés que cuidarte mucho.
-Eso mismo me recalcó el doctor. Que me cuide, que me cuide. ¿Pero en qué sentido me lo dijo?
-Bueno, no te lo puedo asegurar. ¿Creés que puede referirse a tu seguridad?
-Eso pienso. Pero es que nadie me conoce, salvo vos... y él.
-¿Él? ¿Llegó a saber quién sos?
-Hoy me llamó por mi nombre, tan de sorpresa, que caí. Me dijo que no volverá.
-De modo que sospecha. No quiero pensar lo que pasaría si algún otro se entera de quién es mi pensionista.
A Pablo lo tranquilizó un tanto la naturalidad con que la madre recibía en hecho y decidió no insistir dándole más valor de lo que en realidad parecía tener. Tanto vos como él, creo, se mortifican por placer, bromeó; yo no soy más que una sombra, tu pensionista, eso que todos creen. Si vieras a los vecinos cómo murmuran al verme: Ahí va el curepí, cuchichean hasta los chicos. Mi pelo, mi barba, mi modo de vestir, de hablar, todo les dice que no soy sino un pobre curepí. Y yo, como no entiendo nada del dulce guaraní, sigo de largo sin ver y sin oír. ¿Te acordás cuánto te costó creer que aquel forastero era yo?
La madre, risueña, meneaba la cabeza alejándose hacia el patio. De momento festejaba la ocurrencia del hijo pero en el fondo sufría no obstante estar habituada a que sus breves regocijos contengan siempre un sarro amargo. En —74→ su soledad rezongaba. Hablaba consigo misma confrontando sus envejecidos sueños con la cruda verdad. La afligía que él saliera todas las tardes, que anduviese por las calles sin objeto aparente, sin importarle eso por el cual ella temblaba, su seguridad. De pronto resolvió volver junto a él. Quizá decidía declararle su angustia, su temor incesante. Pero ya él había salido. Detúvose en la puerta protestando a solas. ¡Bah!, aunque le diga que no, igual salía... ¡los hombres! Más vale callarse. Lo único que una gana es que la llamen plagueona.
De tanto en tanto, un instintivo impulso la llevaba a orillar la incógnita que encerraban los cotidianos escapes de Pablo en horas que ella consideraba de real peligro. A ratos, sin embargo, le buscaba justificación. Pensaba en la soledad tan conocida por ella, en esa sensación de muerte en vida que da la inacción. Y pese a su desazón, no osaba traspasar el límite de sus dudas. Un respetuoso silencio continuaba tendido entre ambos.
Esa tarde, más optimista quizá que de costumbre, el convaleciente20 prolongó su paseo hasta las afueras, llegando hasta una elevada colina por cuyas pendientes serpenteaban las callecitas entre un paisaje de chircales y casitas de adobe donde iban a morir los últimos rayos del sol poniente. Luego, la cuesta, el rancherío agónico, y más al horizonte los cerros, legendaria base del inconformismo, donde más de una marcha temeraria se gestara. Allí se detuvieron sus ojos dialogando con las altas piedras blancas y grises de las faldas, con los inmemoriales quebrachos y guayacanes de las quebradas, y con cada uno de tantos hermanos que él vio surgir formando legiones, como paridos por esa arisca naturaleza, ofreciéndose enteros a la suprema causa del hombre.
Desde su enfermedad se había vuelto en extremo impresionable, rehuyendo por esa razón cualquier motivo de angustia. Y ante ese espectáculo de un dolor antiguo de pronto reviviendo ante su vista, involucrándolo, y ante la increíble resignación demostrada por ese pueblo entregado a lenta muerte, abandonó la cima a pasos acelerados, atropellando su larga sombra callejón abajo, perseguido en su huida por los amortecidos rayos del ocaso.
Una anciana cargando enorme canasto a la cabeza subía en dirección opuesta. Al cruzarse con él se detuvo, como es costumbre de la gente del campo, a saludarlo. Bajó el canasto.
—75→-Buenas tarde, señor. No e de por aquí, ¿ayé pa?
-Buenas tardes, ¿no me conoce?
-No le conozco, y eso que soy la ma vieja de aquí.
El desconocido disponíase a seguir su camino cuando ella, sentenciosa y segura, lo retuvo.
-Sabé pa, yo nací aquí dice que un tiempito despué de la guerra grande, y viví aquí nomá en este redondel.
-¿De modo que conoce a todos los de este lugar?
-Figúrese, yo pue vine al mundo cuando aquí no había ma de cuatro casita alrededor de la iglesia y uno cuantito ma. Ahora, mire, hay como docienta. Y eso juera de mi rancho y alguno que otro por el estilo.
Riose mostrando el hueco oscuro y desdentado en que flotaba una bola de tabaco. Pero viéndolo a él ajeno y frío quedó como confusa.
-Se ve que no e de por aquí. Lo de por aquí todavía se ríe.
Acabado el comentario, ya se inclinaba para alzar la carga y marcharse cuando el forastero habló.
-Señora, pienso que usted debe conocer a la que busco.
-Si e de por aquí, ma que seguro, ¿cómo se llama?
Se enderezó con un ¡ay! casi inaudible que una mano de reptil ahogó por encima de la cadera.
-Dalmacia Tornado; la llaman Dalma, y es enfermera.
-¿Dalmacia Tornado? ¿Dalma?
-Veo que tampoco usted la conoce.
La anciana entristecida se inclinó nuevamente por su carga, pero desistió levantándose de a poco, pensativa. Finalmente sonriose exhibiendo una picardía ingenua.
-¿E pico alguna muy importante o qué...?
-¿Importante?
El forastero rió sin gusto. Ella lo miró con fijeza, cayendo en repentina cuenta de que algún drama latía en ese furtivo diálogo, sintiéndose no más involucrada que una hoja seca haciendo ruido al paso de un hombre triste.
-¿Es importante acaso alguien a quien se le debe la vida?
Ella acentuó su interés.
-¿Cómo pa e jhina esa mujer?
Y él describió la imagen de aquella Dalma que guardaba en una intacta zona del recuerdo desde siete años atrás.
Notábase en su voz la emoción de quien nombra algo que debía resignarse a perder. La había buscado desde el día en que pudo valerse de sí y caminar. Si Dalma no estaba en —76→ ese pueblo, sólo cabían dos posibilidades: o se marchó al extranjero o está presa.
-¿Sabé pa una cosa? Ahora me recuerdo jhina que encima del arroyo anda una que pone indicción, emplasto y eso...
Sorprendido por el repentino entusiasmo con que la vieja lo interrumpió, trató de precisar la información.
-¿Yendo por este mismo callejón?
-Sí, señor; a lo mejor nomá co e ella. Jhee, pero no se llama Dalma; se llama Juana. Ve pa que conozco el pueblo.
-¿Juana?
Repitió «Juana» y detúvose pensando. Tal vez haya tenido que cambiar el nombre.
-¿Dijo Juana?
-Sí, Juana. E una viuda parece. Anda con un hijito así de grande.
Y mostró la estatura de un chico de seis a siete años. A Pablo se le nubló la pequeña claridad.
-Ah, no. Entonces no es la que busco. Dalma es...
Se calló. Pensaba.
-¡E una lástima!
La anciana lo lamentaba sin percatarse de las dudas del hombre. Luego, reflexionando algo, agregó: Pero, por qué pa no preba nomá por si acaso... La mujere co a vece somo mentirosa, decimo una cosa y en el baile catu resulta otra cosa-ité...
Y se mandó otra carcajada, logrando contagiar su buen humor al desconocido, quien, riendo, largose por la pendiente hacia el arroyo, con la jarana de la vieja en los oídos. Al divisar el puente, distante todavía unas cuadras, contuvo la marcha en tanto ordenaba las ideas. Y retornando el hilo de su interrumpida cavilación, llegó al punto de concluir que Dalma bien pudo haber... Mas no se atrevió. De nada le serviría predisponerse aún, teniendo ante sí tan sólo suposiciones. Censurándose un tanto, echó a trotar nuevamente hasta alcanzar el extremo del puente, donde se detuvo un poco fatigado; y atraído por la apacible21 presencia del agua, aprovechó para librarse de las piedrecillas metidas en los zapatos. Miraba el agua quieta, recubierta de un vaho plúmbeo debido a esa hora en que el sol se había ido por encima de las colinas, descubriendo repentinamente, enrarecida e insegura, como emergiendo de las profundidades verdinosas, —77→ una increíble imagen, la propia. Y el hecho contribuyó a retenerlo, embelesado como un niño ante lo imprevisto.
Recostado en la rugosa madera del puente, absorto en sus reflexiones de buscador sin sosiego, encontraba allí una diminuta fuente de paz, un mínimo reposo a su inquietud antes de continuar buscando. Y no se percataba de que a pocos pasos, surgida de algún recoveco orillero, una mujer se había detenido y miraba y esforzábase por reconocerlo en la semioscuridad. Cuando de pronto la vio y ella se vio descubierta, tanto él como ella sintieron una misma e incontenible necesidad de aproximarse y hablar.
-Señora... señorita, disculpe, ¿conoce una tal Juana, enfermera, que vive por aquí?
-Soy... yo.
La voz de la mujer surgió temblorosa, frágil, pues, efectivamente, era ella. Frente a frente, desconcertados, confusos, miráronse un instante y...
-¡Dalma!
-¡Pablo!
Pronunciados casi al unísono, los nombres resonaron en la cóncava soledad, reproduciéndose en los remansos, en los recodos, en las barrancas inmersas en paulatina sombra.
La noche los encontró anudados en desesperado abrazo.
De la antigua iglesia de la colina llegaba el toque del ángelus en tanto Dalma y Pablo aún lloraban de alegría.
Recién cuando la inmensa emoción del reencuentro fue calmándose en ellos sobrevino la urgencia de revivir las ansiedades y penurias atravesadas, pero las palabras afloraban parcas, no lograban abarcar la vibración incomparable nacida en ambos con la fuerza de lo reprimido que estalla. Y se besaban otra vez y otra vez se besaban. Caminaban entre el susurro del follaje nocturno, maravillados todavía por la asombrosa casualidad, sin que Dalma se diese cuenta de que estaba llevándolo a Pablo sin decirle adónde; y sin que Pablo, por su parte, pudiera percatarse de lo dilatada que se venía esa distancia, tan poquita según la alegre vieja. A medida que la serenidad volvía y la alegría se convertía en palabras, la plática se animaba, mas no podían evitar de tanto en tanto un raudo retorno a los días innombrables. Todavía me parece un sueño, decía Dalma, ¡Dios mío! ¡Lo que habré llorado! Y Pablo contestaba: ¡Lo que habremos llorado todos! —78→ Mirábanse a los ojos a través de la noche, ya no la noche que separa y tortura. Era ésa la del hondo cielo aprisionado en el abrazo, la de los sueños altos como estrellas. Si hubiese claridad, Dalma podría ver los ojos de Pablo serenos pero un tanto apagados, ya sin esa intensidad que la dominara, en aquella su primavera trágica. Sus ademanes de alborozo, distantes, opaca reproducción de una alegría antigua. Los ojos de Dalma, él los hubiera visto profundas hoyas de agua tensa.
-Todavía me parece un sueño. Es casi increíble.
-Comprendo, no me esperabas con vida. ¿Cómo pudiste reconocerme?
-¿Olvidás que soy mujer y soy tuya?
Y con ternura, dispuesta su femenina ciencia, lo estrechó nuevamente todo entero contra sí, como queriendo cerciorarse de si ésa no fuera sino otra parte de la incesante pesadilla.
-¿Estoy con vida, verdad?
Ambos rieron y fue creciendo el calor que hace posible y necesaria la comunicación. Pero llegó un momento en que Dalma, hurgando de a poco sus oscuros años sin él, de nuevo percibía en la lengua el ajenjo incesante. Y sin darse cuenta, la angustia regresó hecha palabra.
-Conque no te pasaba nada... y yo, tonta, muriéndome de sufrimiento.
-¿Nada? Acabo de superar la última agonía: tuberculosis.
-¡Tuberculosis!
-No te asustes; ya pasó.
Aún se le notaba en la voz el sordo tañido de la tisis; un tañido sin timbre, único rastro del mal, en contraste con su apariencia física excelente. Y apenas conocida esa parte mínima de la tragedia, ya Dalma sintió borrado su resquemor.
-Has vuelto. Eso me importa más que todo. ¡Gracias a Dios!
-He vuelto, Dalma, pero debo confesarte que no muy conforme conmigo mismo. Volví arrastrando la sombra que me empujó al exilio, la sombra de la derrota.
-Pero ahora estamos juntos. Eso se te pasará; estoy segura.
Pablo hizo un ademán de duda. Ambos, de pronto, experimentaron como si el regocijo fuese borrado por esa sombra. Y Dalma, otra vez primera en la iniciativa, notó la —79→ necesidad de actuar. Tenía que mostrar a su hombre un nuevo camino hacia la vida.
-Pablo, la amargura no conduce a nada. La lucha no consiste en atropellar pirizales todo el tiempo.
-Discúlpame, querida. Te dije que no estoy conforme conmigo mismo.
Y el silencio se hizo hondo por un momento. Al evocar aquel horrendo pirizal, la imagen de los días del espanto revivía. Dalma la tenía grabada en la retina. Distante, encontrábase a sí misma cálida, pujante, parte vital de la furtiva estampa. Sus palabras eran ecos, sonoridades del recuerdo.
-¡Aquellos días! ¡Los días del adiós!
-Mejor no los menciones. Nos amargaríamos de nuevo.
-Pero estamos juntos. ¿Te das cuenta? Toda la vida es nuestra. Solamente que ésta será una vida sin llamaradas. No sé si mejor o peor.
Pablo sentía vivos deseos de manifestarle, al menos a ella, a alguien que lo comprenda, su repulsión ante el total conformismo que veía en la gente, ante la miseria pavorosa y callada. Dalma parecía adivinarlo. Se le anticipó diciendo:
-Llegaste a tiempo, Pablo. Siempre se puede llegar a tiempo.
-No te entiendo, dijo Pablo.
-Sé que te asfixia la vida quieta. Aquí la gente sufre callada, pero no deja de vibrar. El pueblo no está muerto, Pablo. Está dormido. Algún día volverá el grito que hemos enterrado. Y se despertará.
Esas palabras dichas con tanta convicción emocionaron profundamente a Pablo. Finalmente pudo hablar.
-Por algo te he buscado desde mi regreso. Te necesito, Dalma; te necesito para volver a pisar con fuerzas.
La noche se había poblado de estrellas. Algunas flores estallaban, otras dormían. A esa misma hora, años ha, un pantano era tálamo; en el aire repercutían los tiros de fusil. Ahora, sobre el césped del oscuro callejón, por todas partes, el amor germinaba en la garganta de los grillos. La sombra, la que el tiempo fue incapaz de borrar, comenzaba a esfumarse. Un camino nuevo, aromado de chircas y azahares atravesaba sin dolor la quieta noche.
-¿Dónde vivís?
-Estamos por llegar.
—80→-No tan encima del arroyo como me dijeron.
-¿Quién te dijo que vivía encima del arroyo?
Pablo vaciló antes de responder. Dadas las coincidencias, pensaba en el niño del que le habló la vieja.
-¿Qué pensás?
-Algo que me dijo cierta anciana al darme noticias tuyas.
-¿Mi nombre?
A Dalma le saltó el corazón. ¿Estaría Pablo al tanto de toda la verdad?
-Sí, sí, tu nombre.
-Tuve que cambiarlo. Muchas cosas cambiaron desde que te fuiste. ¿Quién sería la anciana que me conoce?
-Una vendedora de mandiocas, creo.
-¿Le dijiste mi verdadero nombre?
Pablo se mostró turbado, interiormente molesto. Haber bajado la guardia en esa forma significaba haber perdido su calidad militante.
-He cometido una tontería. Lo siento.
-No te preocupes. Si es la que estoy pensando, ésa habla tanto que tal vez nadie la tome en serio. Y a propósito, ¿a vos cómo te llamaremos?
-Yo también tuve que cambiar mi nombre. Para mi médico me llamo José. Es mi nombre de forastero.
-Me gusta. ¿Y quién es tu médico?
-Cabral. El doctor Cabral.
-¿Cabral? ¡Qué bárbaro! ¿Cómo pudiste dar con él?
-Cayó como mandado por la providencia justo cuando mi madre se preparaba a buscarlo. Es conocido de ella, buena persona según me dijo.
-Era buena persona antes de repudiar su partido y de volverse pyragüé.
-¡La pucha! ¿Y cómo se explica que haya tomado con tanto interés mi tratamiento?
-Dijiste mandado por la providencia, ¿y por qué no por la policía?
-¡Claro! Ahora caigo. Me trató, me ganó la confianza, y al asegurarse de quién era yo, se fue. Se acabó el interés.
-No deseaba otra cosa, pues. Y mirá, todo aquél que se trata con él, después cae.
-¡Qué desgracia! De modo que ahora vendrán por mí.
-Tranquilo, querido. Es persona importante y tratará de —81→ no ponerse en evidencia. Es carnada útil. Lo cuidarán. Dejarán pasar uno o dos días.
-¿Y qué hago?
-Tenés que desaparecer.
-¿Huir de nuevo?
-No, dejame pensar. Mirá, se me ocurre que tu mamá nos puede ayudar divulgando la noticia de tu sorpresivo regreso a la Argentina; que te curaste y te fuiste volando. Eso nomás. Que desde mañana temprano dé la noticia a toda la gente que vea. Mientras tanto, creo tener un buen refugio para vos. Ahora mismo iremos a ver eso. ¿Qué te parece?
-Mirá, mi única alternativa sería huir, y eso ya no voy a hacer. Pero quisiera avisar enseguida a mi madre antes de que cometa una inocentada.
-Ahora mismo, tal vez no te conviene; es mejor que ya nadie te vea. Esperá que la gente duerma. Tienen que creer que te fuiste con el tren de esta noche. Ahora, lo que tenemos que hacer es asegurar lo principal, el refugio.
-Hágase tu voluntad, mi querida Juana. El destino quiso que te encontrara hoy, precisamente, para que me guíes en este nuevo pantano.
-No exageres. Dios sabe lo que hace. ¿Y qué nombre te gusta?
-Juan. Confío en tu nombre, confío en vos y estoy listo para recomenzar. Pero esta vez no me iré de tu lado, te lo juro, aunque tenga que comer tierra.
Veíase nervioso. Fue para él un serio golpe descubrir al enemigo pisándole los talones, listo siempre para darle el oportuno zarpazo. Su pobre madre tenía razón. ¡Cosa de no creer! Caminando lentamente, ambos pensaban. Diríase que auscultaban el latido de la noche, el tambor de los grillos, sus propios pasos golpeando la tierra compacta por el sol. Tierra con sal de lágrimas. El viento inquietaba el sueño de las hojas. Dalma empezó de nuevo a hablar aprobándole la determinación. Pero su voz no lo tocaba. Pablo la escuchaba como distante. Es lo más sensato que pude oír en estos últimos años, le decía ella; todos se van y no se dan cuenta de que la lucha está aquí. Era una voz distinta la que él escuchaba, una voz nacida de la tierra mártir en un parto de palabras desusadas. Repentinamente, ante esa palabra lucha, casi olvidada, reaccionó.
—82→-¿Acaso hay lucha aquí? Yo no he visto más que un conformismo enfermizo.
-Hay una guerra sorda, cruel, entre la vida y la muerte, sin nadie que la dirija.
-Cuando huíamos del hospital, vos asumiste mi puesto, ¿te acordás?
-Sí, es verdad, ¿y a qué viene eso?
-Entonces me dijiste que cumplías instrucciones. ¿Instrucciones de quién?
-De nadie, Juan. No había nadie más que nosotros. Eras un soldado herido y pensé que me sería más fácil conducirte siendo tu superior. Eso era todo.
-Bien, Juana, o como quieras que te llame, jamás un soldado herido hubiera encontrado jefe mejor. Y ahora debo decirte lo que no te dije entonces, mí querida comandante, ¡a la orden!
Tras la insufrible venia, ella lo besó muerta de risa, descubriendo en esa simple broma un signo de la confianza que permanecía intacta, como si los años transcurridos fuesen minutos y como si nunca hubiesen interrumpido el trato. Estrujados por una suerte absurda, emprendían el camino de regreso a su verdad, íntegros, con renacida fe, nuevamente unidos por un tácito acuerdo que días y noches los mantenía pendientes del minuto señalado. Tomándolo fuerte del brazo, ella le comunicó:
-Nos vamos a lo de don Cátulo Mencia.
Ese nombre surgido como de un sueño antiguo sorprendió a Pablo.
-¿Don Cátulo Mencia? ¿No es el viejo camionero aquél?
-El ex-camionero, ahora un anciano inválido. Él sí que fue derrotado, Pablo. Quedó sin mujer, sin un solo hijo y paralítico. Sin embargo, él nos ayudará. Estoy segura de que se sentirá feliz de poder ayudarnos.
-Si no me decís lo que pensás, seguiré en ayunas.
-Bueno, don Cátulo no tiene más que un rancho cayéndosele encima, algunas herramientas de labranza y unas cuantas hectáreas de tierra cubiertas de malezal, sin nadie que pueda trabajar. Esa tierra puede producir y permite vivir en ella lejos de toda la gente, así como vive él hasta hoy. Yo te ayudaré y seré tu contacto con el mundo. ¿Qué te parece?
-Tu ingenio es increíble, sencillamente estupendo.
—83→-Juan, hay una frase, que dice: «Donde está el amor, está Dios».
Llegaban frente a un portón distante como media cuadra del rancho de don Cátulo, del que se veía sólo una débil luz filtrada a través de un tupido bosquecillo. El anciano, postrado y en ansiosa vigilia, no los podía ver pero captaba con aprensión la animada charla entre Dalma y alguien para él desconocido. Ya impaciente, al fin se hizo oír: ¡Entrá, mujer!
Al asomarse Dalma en la puerta, una ancha sonrisa la festejó. Ella lo saludó con ternura e inocultado regocijo. El anciano protestó: Hoy te atrasaste. ¿Qué te pasó? El reproche dejaba traslucir cierta picardía cómplice, asociada al cariño que le guardaba, sin mencionar la voz extraña que pudo oír. Se lo decía con sus ademanes. Ella se le aproximó y le habló al oído.
-No protestes, abuelo; te traigo una sorpresa.
En el hueco de la puerta apareció un hombre saludando. Era la sorpresa. El anciano quedó mirando ese rostro detenidamente. Alguna vez lo había visto. Todavía distraído, dijo a Dalma: Con razón la demora, ¡caramba! me parece que lo conozco. Luego al muchacho: Adelante, amigo; lástima no poder levantarme y recibir la visita al menos, ¿no le parece? Adelante... pase... Con mano algo temblorosa estrechó la del huésped. Entonces Dalma intervino.
-Un nuevo hijo suyo, le presento.
-¿Cómo dijiste? Ah, el placer es mío. Siéntese donde guste. Un amigo de Juanita es realmente como si fuera mi hijo. Está en su casa. Pasa que yo no tengo hijos. Ella es la única. Dios la mandó a cambio de los míos... que se fueron... con la revolución. Si no era por ella ya me comían los gusanos.
-Bueno, bueno, prorrumpió Dalma, me prometió no volver a ponerse triste. ¿Verdad? Un día volverán sus hijos. Ya lo va a ver...
-Basta ya de ilusiones, Juanita. Traté de convencerme22 que algún día cambiarán las cosas, que algún día volverán, que algún día... ¡bah, bah!
-Las cosas cambian, dijo Dalma; nada queda igual, a no ser la miseria y el miedo.
-¿Hay algo, terció Pablo, que haya cambiado para bien?
-Para bien de unos pocos, síii. Pero esta corrupción, no —84→ durará cien años. Si no somos capaces de hacer nuestra propia revolución, al menos tendremos que aguantar la de nuestros vecinos.
-Has dado en la tecla, Juanita. Debo convencerme que la tierra de uno enseña mucho más que el exilio.
Absorto, el anciano posaba la vista ya en Dalma, ya en Pablo mientras éstos hablaban. Hacía años que no oía la cálida plática de los jóvenes. Limpiose alguna lágrima que le nublaba la vista sin que se lo notasen, y habló.
-Para mí, hoy no es como ayer, y esta noche es diferente de todas las noches de estos años.
Dalma se sentó a su lado y abrazándolo le dijo:
-Para todos nosotros, hoy es un día distinto. Hoy vuelve la esperanza, abuelo.
-Sí, intervino Pablo, depende de que todos miremos la vida con nuevos ojos. También usted, don Cátulo, porque nosotros lo necesitamos.
-¿A mí? No me hagan reír. Mi lucha ya terminó.
-No, abuelo. Le dije que le traía un hijo nuevo. ¿Lo acepta? Si lo acepta, él se quedará con nosotros. Y si nos presta su tierra, la trabajaremos, la haremos producir y volverá la alegría.
Tan de pronto así, semejante novedad lo desconcertó. La cosa se le ponía menos creíble de lo que podía pensar. Al cabo de un silencio, miró a Pablo.
-Francamente, dijo, no les entiendo. ¿Quién es usted?
-Mírelo bien, abuelo, intervino Dalma; lo vio hace muchos años.
-Me parece conocido. No sé...
-Es Pablo Gamarra.
El pobre viejo dio un salto en el catre. Emergía ante sus ojos la tangible réplica a siete años de silencio. De golpe, lo insospechado, el regreso de gente desaparecida y dada por muerta. Entonces, quizá también sus hijos vuelvan. ¿Por qué no? Su vencida imaginación empezó a cobrar vida con la remota visión de lo probable, de lo que sus sentidos urgían escapando al ensueño senil del inválido.
-¡Ha vuelto! ¿Se dan cuenta? No. No puede ser. Siete años es mucho. Si vivían, ellos me hubieran escrito siquiera dos palabras. Eso no cuesta nada. Se le anegó la voz y calló.
-No cuesta nada, replicó Pablo, pero tampoco sirve para nada. Yo escribí varias cartas y ninguna llegó. Si supieran —85→ lo que uno aguanta; ese aislamiento es peor que la muerte. Llegué a pensar que no las contestaban por miedo y dejé de escribir. Supe después, a través de un periódico clandestino, que se me daba por muerto. Encontré mi nombre en una larga lista y me dio alegría leerlo. Resolví callarme y dejar que lo creyeran todos. Pensé: cuando un día regrese, ya no seré Pablo Gamarra sino un Juan cualquiera a quien nadie conoce. A eso llegué. Creía estar castigando la cobardía de otros y no hacía sino castigar la mía propia. Ya no pensé en buscar otro medio más seguro de comunicación porque había renunciado a todos. Tanta es, señor, la ofuscación del exiliado que no se da cuenta del favor que le hace a la dictadura con su silencio.
El anciano suspiró.
-Tal vez vuelva la esperanza. Por ahora, para mí ha vuelto el insomnio, el no dormir esperando y pensando.
-Yo nunca dejé morir a la esperanza, y ya ve, Pablo ha vuelto.
-Ya lo sé. Y ahora, ¿dónde pensás tenerlo?
-Aquí, en la chacra de usted; a eso veníamos. Le prometo que nadie podrá reconocerlo nunca. Haré de él un viejito canoso, como si fuera un hombre de su edad, un hermano suyo tal vez. Y va a ver que esta tierra produce nuevamente con el trabajo de un hombre y una mujer. Será la nueva vida, abuelo. ¿No se imagina usted?
Casi es imposible describir las emociones agolpadas en don Cátulo. No siempre la razón alcanza la dimensión del canto. Y es que su corazón, castigado por el más impío destino, ahora cantó, e inundaron sus ojos lágrimas de felicidad. Hundido el pálido rostro entre las manos, dejó escapar el oscuro dolor de su pecho, y poco a poco aliviado, levantó la cabeza y tendió la vista hacia el hueco silencio, a través de la noche. A media voz, lentamente, reflexionó como hablando para sí:
-Si se han de quedar aquí por mí, yo no tengo derecho a privarles de sus alas. Ustedes se unirán y si quieren irse se irán.
-Se equivoca, abuelo, protestó Dalma; le estamos pidiendo que nos ayude; no pensamos irnos de aquí al menos que no nos eche. Necesitamos este refugio. Y ese gran favor le pagaremos con devoción y con cariño.
—86→-Esta chacra suya, aclaró Pablo, puede ser mi salvación y la de todos nosotros. Le prometo que he de trabajarla y hacerla florecer como cuando estaban sus hijos.
Se hizo un silencio parecido al sueño. Los presentimientos del viejo al oírles hablando ante el portón no llegaban a tanto. De nada sirve lo que se ha vivido, pensaba; se puede conocer a los hombres, a los buenos y a los malos, pero nunca se llega al fondo del alma ajena. Finalmente trató de disculparse.
-Cuando uno se vuelve tan inútil como estoy yo, hasta el entendimiento flojea. Ahora empiezo a ver la luz, amigo Gamarra. Ya le dije que no tengo otro hijo más que ella, Juanita, y a este rancho viejo y a esta tierra23 ya le estaban faltando brazos de hombre. Yo sirvo solamente para soñar y para dar algún consejo sin importancia.
-Está enfermo, es cierto, dijo Dalma, no puede caminar, pero para ayudar al prójimo, más que buenas piernas hace falta buen corazón. Y eso, abuelo, a usted le sobra.
-Cuando llegó esta muchacha, tartamudeaba el abuelo, llegó con ella un consuelo. Ese día volví a creer en Dios. Y mire, ahora me trae un compañero, un hombre que quiere a la tierra para trabajarla y hacerla parir como una hembra. ¡Ahora tengo ganas de vivir cien años!
Secose el rostro con la manga y, con voz cortada, entre risa y lágrima, como un niño, dijo:
-Juanita, pasame mi bastón. Es bueno que empiece a moverme.
Ella se lo pasó. Y don Cátulo, afianzándose como podía, en tanto la pareja, pendiente de cada movimiento del anciano, poníase tensa, se sentó, los miró con ternura y alzó la mano derecha diciendo: Escuchen estas palabras de viejo; no soy amigo de los curas ni soy pájaro de iglesia pero tengo fe y creo en la justicia de Dios. Por eso le pido a Él que bendiga esta unión de ustedes, porque veo que verdaderamente se quieren y se necesitan. Sé que no hay tiempo de buscar quien les eche unas cruces, pero el Señor nos escucha y eso basta.
Estaban asustados, paralizados por la voz del anciano, sumisos ante la original consagración, escuchándola con respeto, comprendiéndola, sintiéndola hondamente. Tratábase de la verídica concreción de un pacto teniendo por testigo al mismo Dios. E inesperadamente vieron al anciano, en tanto —87→ los estrechaba con sus largos y descarnados brazos, apoyarse en los pies y, vibrante de emoción, levantarse. Hacía varios años que no lo podía.
Cuando lo sentaron en el catre, ambos tenían los ojos enrojecidos y temblorosos los labios. Quedaron mirándose, e inmediatamente, un intenso abrazo dio viva respuesta al pacto que aceptaban de corazón. Pero volvió el silencio. El fervor sentido superaba a la fuerza del habla. El que habló fue don Cátulo.
-Juanita, tu hijo se va a poner muy contento. Yo sé lo que es no tener padre. Lástima que se durmió. Te estuvo esperan...
Quedó cortado al ver los ademanes de desconcierto de Dalma y los ojos de Pablo, llenos de ansiedad, clavados en ella. Y sobrevino un embarazoso paréntesis. Ella empezó balbuceando como al tanteo una vacilante explicación, con enorme miedo de echarlo todo a perder. ¡Cuánto hubiera deseado poder plasmar sin palabras tan simple verdad! Atrapados por súbita angustia, se abrazaron llorando.
-Sí, mi amor, es una sorpresa que te tenía reservada, ¡es tu hijo, Pablo!
Otra vez, don Cátulo se incorporó poco a poco, solo. Sonreía con los ojos llorosos. Pablo tomó el farol y seguido de Dalma corrió en busca del niño. Este dormía envuelto en una pobre manta. Se inclinó sobre el pequeño, lo besó en la frente, en las mejillas y quedó luego pensativo, al borde de la congoja, contemplándolo. Al fin dijo a media voz, como rezando:
-De modo que un hijo. ¡De modo que un hijo!
Y ahogó entre las manos una triste risa. Dalma, todavía turbaba, le dijo:
-Si vieras cómo te parece, hasta la manera de caminar...
-Es el tributo del amor, Dalma, del amor que fecundó tu desamparo. Un hijo sin padre, alimentado con lágrimas. ¡Cuánta razón tiene don Cátulo!
-No del todo, Juan; es un hijo tuyo, el que me puso tus latidos en mi sangre, el que me ayudó a soportar lo peor sin desmayos, un pedacito tuyo que me llenaba de gozo al sólo pensar que lo estaba salvando, que salvaba con él tus sueños, que el heredero de tus luchas estaba creciendo en mi vientre.
El niño se sobresaltó despertándose con la sorpresa de —88→ encontrarse ante un tipo de cara extraña, que le hablaba y abrazaba a la madre. Sus ojos interrogantes y muy abiertos la buscaron. Y ella acudió con voz cálida.
-¡Es... papá!
-¿Mi papá? Entonce... ¿no se murió?
El sueño lo venció. Dalma oprimió contra sí su cabecita tibia, lo mimó, lo cobijó. Luego bajó la mecha del farol y todo quedó en penumbra. De pronto, el penoso ambiente donde ella había encontrado alguna paz en los últimos años transfigurose ante sus ojos. Cobraba nueva dimensión. La fe nueva y desconocida que la llenaba a ella redundaba en todo. Se abrazó a ese hombre de mirada honda y voz algo triste, lo miró detenidamente ante la mortecina luz del farol, como buscando averiguar en su inverosímil presencia lo que de realidad y de ilusión contenía ese sublime momento. El niño, de regreso al mejor de los mundos, en su inocente seguridad sonreía.
-Más que nunca creo en el destino, susurró Dalma.
-Al nuestro lo hicimos nosotros.
-Pero, ¿te das cuenta que a pesar de todos los reveses lo nuestro nos estaba esperando? Tenía que ser.
-En cuanto a mí, el destino revestía dos imágenes y ambas me acompañaban constantemente mostrándome el camino del retorno, y eran vos y la tierra nuestra. Se me confundían a veces y se me aparecían en una sola, única. Ambas eran mi destino. Ahora se ha sumado él, nuestro hijo.
-Se llama Pablo, como su papá.
-Inmerecido homenaje, Juana. Ni siquiera he muerto peleando. Me vencieron y huí dejándote con el hijo adentro.
-Más vale así que muerto de verdad. Volviste y ése es tu mérito. Solamente vos podés ayudarnos a vencer la miseria y el miedo.
-Si supiera que él existía, tal vez volvería mucho antes. ¡Pablito! ¡Pablito! Tan orgulloso me siento de que le pusieras mi nombre.
Ya no pudo reprimir sus ganas de llorar. Dalma lo tomó de la cintura y salieron hacia la cocina, cobertizo separado de la casa por un profundo cielo estrellado. Allí, vuelta la calma, hicieron fuego. Las llamas crecieron inundando de claridad los rincones. Contra las paredes de arcilla proyectábanse sus gestos como sombras chinescas. Bañábanse de —89→ oro las pajas del techo, los rostros, todo. En la sonrisa de Dalma, por muchos años mustia, subsistía el indeleble rictus de los padecimientos. Pablo la miraba rememorando su juvenil frescura.
Impensadamente, comenzaron el recuento de las peripecias como retornando el ensayo de un aciago drama. Era imposible despegarse de esa pasada herida cuyo dolor afloraba en todo momento.
-De modo que te echaron del hospital, ¿y no te apresaron?
-Mirá, la cosa sucedió de otra manera. Cuando llegué devuelta, mis compañeras ya no estaban, ni ellas ni los heridos rebeldes. Supe que los metieron a todos en camiones y los llevaron. Jamás he sabido nada más de ellos.
-Los liquidarían a todos, ¡monstruoso!
-¡Ay, Pablo, lloré tanto sin poder dominar el asco que sentía! No me dijeron nada, ni que estaba despedida ni que estaba presa, pero no me dejaban salir. Tenía que comer y dormir entre pyragüés y las prostitutas traídas en remplazo de las enfermeras. Me tenían allí con el abierto propósito de tomarme para el uso común; cada uno con distintos métodos lo intentaron, hasta amenazándome con el encierro total.
-¿Y el doctor Cabral?
-De él ya te hablé. Fue el único que regresó de la prisión a su puesto.
-¿Y no fue capaz de ayudarte?
-Me propuso el mismo negocio. Por él supe que la única forma de ganarme la vida sería aceptar sus proposiciones. ¡Era la náusea! Pensé suicidarme si no podía huir. Y pude. Tuve que cambiar de nombre y vivir disfrazada.
Hervía huevos y trozos de mandioca. A medida que relataba los hechos, éstos imprimían a sus ademanes una visible tensión. Grave en su natural dulzura, la herida moral afloraba en ella con reprimidas ansias de violencia. Cada palabra suya revivía la indignación, el odio justo que la mantenía rebelde. Los primeros huevos eran para el anciano. Fue a llevárselos. Pablo la esperaba afuera, mirando las estrellas, demasiado altas para que sean bellas, y pensando acerca de la contradictoria condición humana, de lo inconcebible en la gente y de la inconsecuencia de los amigos, principalmente de aquéllos como el doctor Cabral que debieran ser asidero y sostén de la juventud en su lucha por una —90→ vida distinta; esa juventud vencida por causa de que ellos, los amigos con experiencia, se venden miserablemente por un sucio confort. A pesar de su deuda personal para con él por haberlo sanado, lo condenaba por todo lo demás, por soplón, por corrupto, ¡por cobarde! Y sintió un temblor en los puños crispados. Acabará por mis manos, se dijo a viva voz al tiempo que Dalma volvía, sorprendiéndolo.
-Si no me equivoco, estás pensando en el doctor.
-Efectivamente. Lo creo más peligroso de lo que pensábamos, y si se le deja hará mucho más daño aún.
-De acuerdo. Pero ahora es más importante tu seguridad. Debemos actuar con inteligencia, querido, hacerles creer que realmente volviste a la Argentina. Para eso, primero, tenés que traer tus cosas esta misma noche, sin dejar nada que pueda indicar tu presencia.
Pablo no podía apartar de su mente al doctor Cabral. Imaginaba la decepción de su madre al enterarse de la novedad. Y debía decírselo. Ella debía actuar sabiendo que se trataba de un ex-hombre, de un médico entregador como en tiempos de Goebels.
-¿Creés que la policía me lo mandó?
-La policía o los milicos. Da lo mismo. Tendrían la red tendida; alguien dio aviso de la llegada de un viajero enfermo en tu casa. Y zas, aparece un médico conocido de doña Esperanza, el más llamado a presentarse, prestar desinteresada ayuda, averiguar si el paciente era el fulano buscado, e informar. Así evitaban levantar la perdiz antes de tiempo.
-¿Y qué será lo que planean?
-Después de la publicidad que dieron a tu muerte, no esperes una nueva comedia con tu resurrección. Lo lógico es que quieran borrarte del mapa.
-No les voy a dar el gusto. Te lo juro. Se morderán unos a otros, de rabia, el día que les chante su mentira.
-Yo te ayudaré a hacerlo. Pero ahora debes calmarte. Todo a su tiempo, querido. Ahora cenarás. Da gracias a tu hijo que se durmió.
-¡La ración de Pablito! ¡Qué honor! Disculpame que parezca indiferente; en realidad, sólo estoy preocupado. Te aseguro que me siento muy feliz de ser su padre.
-Te comprendo. Es humano preocuparse por la propia vida, más todavía si hay quienes te necesitan.
—91→-Claro, debo reconocer que en mí hay algo más que preocupación. Tengo la cabeza todavía revuelta por los horrores pasados. A veces olvido lo que hablo y hasta lo que hago. A veces me siento raro. Ahora mismo, al enterarme de tantas maldades, me sentí como nuevamente viviendo aquel tiempo de la atrocidad. De golpe se me presentaron todas las vejaciones, la masacre de seres indefensos cayendo y cayendo bajo el machete. No, no soy indiferente, Juanita; quiero a mi hijo tanto como te quiero a vos. Si en adelante a veces divago, tenés que perdonarme.
Dalma, que terminaba de servir la cena para ambos, quedó mirándolo con una mezcla de tristeza y estupor. Finalmente le dijo:
-Es justo que te sientas desgarrado, pero nadie tiene derecho a lamentarse todo el tiempo. Es hora de pensar fríamente y actuar con juicio.
Se calló. Ambos callaron. Pablo no podía evitar la sensación del ridículo. Su modesta compañera demostraba una madurez sorprendente, notablemente superior a la evidenciada por él. Es lógico, pensaba, ella no peleó cuerpo a cuerpo viendo caer a diestra y siniestra a sus amigos, ella no sufrió en carne propia la humillación del derrotado y perseguido, ¿o sí, la sintió?
-La lucha será larga, Juan. Tal vez triunfaremos nosotros, tal vez nuestros hijos. Lo primero es mantenerse con vida. Comamos antes de que se enfríe, ¿querés?
-No te digo «gracias» porque pienso pagarte el favor que acabás de hacerme, derrotándome a mí mismo y actuando como debo. Ya te hice sufrir bastante. Ya basta.
-Mi único sufrimiento fue el causado por tu ausencia, Juan. En cuanto al hijo, él me ayudó bastante; te lo digo en serio. Se hizo en mí la voluntad de Dios, Juan; amé y di un pequeño fruto al mundo. Y si te hubieras muerto de verdad, yo me sentía, como ya te dije, me sentía salvando algo tuyo, tus ansias de libertad tal vez, perpetuadas por mi intermedio. ¿Te parece poco? Pablo dejó de comer. Mudo de emoción, la abrazó y no encontró otro modo de expresar su gratitud que el beso. Ella trató sin embargo de que eso fuera natural, como algo cotidiano, e hizo que él comiera y continuaron conversando. Así le infundía la confianza y la paz en que aprendió a sustentarse. Acabada24 la cena, salieron caminando abrazados entre los árboles; llegaron hasta un —92→ prado donde la gramilla crecía blanda y cálida. El manso canto de los grillos acunaba la noche. Se acostaron. ¿Qué mejor, para olvidar la maldad del mundo, que un minuto de amor? La voz, la de ella, emergió como un suspiro: Este es un sueño. Estás conmigo y vuelvo a vibrar. Lo he recuperado todo, hasta el coraje. Hasta creo estar concibiendo otro hijo tuyo.
Pablo de nuevo callaba como si algún presentimiento lo hiciese sufrir. Era como si la amargura volviese de pronto deprimiéndolo. Recién después habló. Lo hacía con reserva.
-Si no hubiera regresado, si muriese como afirmaban, podrías verte atraída por otro hombre. Siempre ocurre.
Era como si el acto de amar lo enfrentase repentinamente a lo probable que intuía, como si súbitos temores lo impulsaran a decir algo que a pesar suyo le estaban procurando un dolor más. Y ese dolor salido de lo recóndito prendió. Ante lo inesperado, Dalma guardó silencio empezando a25 dudar seriamente. Si bien culpable no podía sentirse, ¿acaso le favorecía26 el seguir ocultando eso que temía revelar? ¿Debía, pues, decírselo todo con franqueza? ¿Con qué objeto? Ciertamente27, una vez prometió esperarlo e implícitamente lo había jurado. ¡Claro!, el caos posterior la disculpaba. La culpa no fue suya. Seguramente, la vieja estúpida le habrá referido a Pablo algo acerca de su vida, acerca de un hombre en su vida. ¿Debía esperar? No, ya no pudo. La insinuación de Pablo la arrebató. Tu trato es injusto, le dijo; ninguna mujer normal puede aguantar siete años sola. Hubo otro hombre, Juan. Y quedó callada. Pero lo dicho bastó. Lo que fuera un velado temor nacido en él cuando le mencionaron la existencia de cierta viuda llamada Juana, cobró de golpe el peso aplastante de la verdad confesada. Hubiera querido gritar pero sólo consiguió un gemido: ¿Por qué? ¿Por qué?... Y ambos callaron bloqueados por una angustia absurda aunque cada cual, en lo íntimo, trataba de recapacitar. Cada cual, pese a la ofuscación, debatíase por una salida, la menos hiriente.
-¡Otro hombre! ¿Es eso?
Dominado y enceguecido por esa primitiva y generalizada manía que lleva a pretender una suerte de señorío sexual sobre la mujer poseída, Pablo se negaba a creer lo que oía. Dalma lloraba en silencio. Apenas pudo decir:
-Sí, Juan.
—93→Lloraba sin remordimientos empero, sin autocompasión, sin -menos aún- rendición. Lloraba en ella un soldado que avanzaba pisando cadáveres. Pablo dijo entonces, pesadamente irónico: Creí que bromeabas.
Y Dalma reaccionó: Quiero que sepas que aún estando con él, tu presencia tenía en mí la forma de un niño, un hijo tuyo que crecía. Él no me abandonaba un instante, y en él podía acariciarte, y en él te quería más y más. Tendida de bruces al lado del hombre que continuaba hermético, sollozaba buscando en vano rescatarlo. Él permanecía evadido o pretendía evadirse hurgando en las profundidades estrelladas. Dalma se ahogaba en sus ansias de hallar algo que arroje una pizca de luz en esa confusión. A Pablo lo notaba ajeno, dolorosamente alejado. Y escapósele una voz, casi plegaria:
-Él no es culpable; él quiso ampararme.
-¿Y no lo hizo?
-¡Murió!
De repente, Pablo se encontró pequeño, sin nada válido que lo equiparase a un respetable recuerdo, sin nada que justificase su lucha estéril. Todo resultaba ahora tan controvertido que tanto él como ella trituraban entre dientes reflexiones que no osaban expresar. Finalmente, él pareció comprender la futilidad de su pobre empeño, y volviendo a ella, dijo como censurándose: No discutamos más, Juanita; ¿acaso me asisten derechos?
Ante los ojos de Dalma, ahítos de lágrimas, eclipsábanse unas estrellas enormes como heridas. En ese momento le cabía en el pecho todo el dolor del mundo. Se llevó a los labios una mano temblorosa, como deseando ayudarlos a lograr, para el sosiego de su espíritu, tan siquiera una palabra justa. Es preciso que comprendas, estalló suplicante. Pablo pensaba ahora cuánto peor se hubiera sentido si los encontraba juntos, si el otro estuviera con vida y él tuviese que perder a Dalma y a su hijo para siempre. Sí que lo comprendo, dijo tragándose un resto de amargor inocultable; la culpa la tuvo el tiempo, el que todo lo cambia, Juana Tornado. ¡Claro que hubiera sido peor si el otro...!, agregó, mas no completó la frase. Dijo en cambio: Nada tengo que reprocharte.
A Dalma no se le escapó la intención. Y lo hubiese preferido franco, sin dobleces, como una vez lo conoció. También —94→ a ella se le iba ensombreciendo aquella imagen celosamente atesorada en lo hondo de su ser. El ingrato giro del diálogo le dolía porque veía caído el objeto de su fe. Y resentida le dijo:
-No te reconozco, Pablo Gamarra.
-Mejor, llamame Juan.
-Bien, Juan; no te reconozco; tu actitud es egoísta, compañero; ya no sos el generoso compañero Pablo.
-Lo sé. De eso también es culpable el tiempo.
-De acuerdo, Juan, pero hablemos con calma y permitime al menos contártelo todo para que puedas juzgarme con razón.
-Te escucho, Juanita.
Pero no salía de su turbación. Continuaba protegiendo su pobre ego herido. Y ya Dalma no pudo más. Abandonando toda reserva, le puso delante la realidad desnuda. Empezó por lo más violento, por aquello que lo iba a desbravar sin remedio: Me encontraba embarazada, dijo con entereza, cuando llegó la infame novedad, ¡tu cadáver rescatado del río! Toda la propaganda desatada con ese motivo sepultó mi esperanza. Los diarios, la radio..., todo contribuyó a matar mi ilusión. La foto de tu madre apareció en la primera página. Ella decía que sí, que el muerto era su hijo, que era Pablo Gamarra. ¿Podés comprender ahora?
La tomó en sus brazos. Entre congojas que él trataba en vano de calmar, ella continuaba, soltaba palabra por palabra todo el tormento que venía acumulando desde años atrás. Esas palabras caían como gotas oscuras, golpeando el silencio que los envolvía, donde incluso los grillos habían cesado de cantar. No te podés imaginar mi desesperación, tartajeaba; corría por las calles repitiendo en mi soledad: ¡Pablo ha muerto, Pablo ha muerto! ¡Qué triunfo el de esos miserables! ¿Por qué no insististe escribiéndome? ¿Por qué no a tu madre?
-Me sentía más perdido que vos, eso es todo. Me desmoralicé; ésa es mi culpa.
-No te fatigues buscando culpables. Sabemos quiénes son los verdaderos.
-Yo creo que todos de alguna manera lo somos. Yo mismo, por haber callado cuando fabricaron mi muerte. Ellos suponían que así sería; por eso lo hicieron. Pude haber denunciado y convertido eso en una sensación periodística, y —95→ no lo hice. A vos te acosaron para prostituirte y no dijiste nada a nadie. Ellos pensaban que así sería y les diste la razón.
-Estaba acorralada y no había otra forma de salvar al hijo que tenía adentro; por él aguanté callada, pero también por él escapé, y precisamente por él dije que «sí» cuando el pobre Pánfilo me ofreció casamiento. Pero Dios dijo «no».
-¿Pánfilo?
-Sí, se llamaba Pánfilo Benítez.
-Lo conozco, creo. ¿De qué murió?
-De tuberculosis galopante. Murió en Bella Vista, un nuevo hospital de los norteamericanos, al mes justo de casarnos. Viajé para enterrarlo y me apresaron. Salí en libertad en vísperas del parto, me fui al hospital y me dijeron que en vista de no aparecer ningún familiar, el finado fue a parar al horno de la basura. Y así terminó la historia del casamiento. Casi me pongo a reír cuando me acuerdo.
Abrazados y cabizbajos caminaron de vuelta a la habitación donde permanecieron buen rato contemplando a la luz del farol el sueño del hijo, insondable como la noche estrellada. Sonreía ajeno a los dolores del mundo. Pablo preguntó bastante ingenuo:
-¿Lleva el apellido del finado?
-Naturalmente. Pero es más una cuestión formal. Es la ley.
-¡La ley! ¡Oh Dios! ¡Qué ironía! Muerto el padre legal, resucita el padre clandestino. ¿A cuál de los dos podrá amar Pablito?
-No conoce más que a vos. Además, lleva tu sangre en las venas, que es la única ley válida. ¿No te das cuenta lo feliz que va a ser ahora que tiene papá?
La tenue llama del farol se extinguió y llegó la plúmbea luna desde la cima del cerro, pasando por la puerta y evitando la completa oscuridad junto a la cama del niño donde los padres velaban.
-Mañana cumple seis años, y casi siete que vos faltás.
A remezones, el aire entraba por la puerta con su carga de polen. Llegaba desde el chircal de la colina y de los viejos rastrojos abandonados.
-Juanita, hagamos que mañana sea un gran cumpleaños.
-¡Claro que sí! Mañana tendremos papá por primera vez.
-Qué pena no tener un regalito para él.
—96→-Nada de pena. Serás el primero y el mejor regalo de su vida.
-Gracias. Antes del amanecer volveré con mis cosas.
-¿Te vas?
-Ya es hora; cantan los gallos.
-Tenés razón. Pasó el tiempo sin darnos cuenta. Bueno, estaré esperándote.
-Volveré enseguida, Juanita. ¡Chau!
Se besaron con pasión, largamente, como si ésa fuese la primera o la última vez. Y él partió. Dalma lo siguió hasta el portón con inquietud, con premonición tal vez.
-¡Chau!
Pablo Gamarra desapareció entre el vaho ceniza de la alta noche. Dalma ya no se ocupó de dar combustible al farol ni de encenderlo. Se acostó a los pies del hijo, pequeño bulto que latía en la débil claridad lunar. Aunque quisiera, ya no podía dormir. Al rato se levantó, salió a caminar hasta el portón, oteó el callejón donde un manto de rocío atrapaba como telaraña la dormida vegetación. Le dio frío, un frío que se le enroscaba en alguna parte del ser. Maquinalmente volvió al cuarto, nuevamente se tendió a los pies del niño y dejose conducir por las evocaciones tiempo arriba, remontando el pasado, río tumultuoso con trágicos recodos y una tromba infernal: 1947.
Allá se detuvo aterrada, pudiendo verse a sí misma envuelta y desesperada en la confusión general. Súbitamente un amor la rescata de la vorágine y la levanta a nivel humano, casi heroico, donde se descubre mujer. Después la bruma y el grito electrizante del parto en medio de la bruma. Y finalmente la esperanza, tierra fértil que perpetúa el sueño de los marginados.
Este reencuentro es el premio a mi fe -escuchaba su propia voz entre dormida y despierta-, a mi desprecio al sufrimiento, a mi confianza en la lucha. ¡Gracias, Dios mío, gracias! Es así, sufriendo y luchando como se alcanza tu reino en esta vida. Ahora comprendo y eso me da fuerzas. Ahora somos tres, casi un ejército. Sonreía, iba quedándose dormida. Dulce sueño. Sonreía. Te amo, te amo, te amo, repitió varias veces hasta el silencio. El eco de sus palabras continuó vibrándole en algún secreto recoveco sensorial, cobrando variaciones de color y sonido en la pizarra del alma adormecida; ya una combinación melódica inasible que sube escalando —97→ los persistentes latidos de la tiniebla, tomándose música en la diminuta garganta del grillo; ya palabras, nombres, un símbolo, un ideal, Pablo Gamarra. De pronto truécanse los nombres y ella tiembla. Luego, la integración física de ambos la recupera. Jamás ella ni él volverán a cruzar el río frontera. Permanecerán en la tierra natal formando con ella un bloque indivisible. La tierra, nombre de hembra. El hombre la trabaja y la canta. Y la defiende hasta morir. Y muerto se incorpora a ella.
Un benteveo sacudió las alas lanzando al día su estrepitoso trino desde un guayabo cercano. Dalma se sobresalta. Serían las seis. Habíase quedado tan profundamente dormida, escapando al insomnio que magnifica las múltiples resonancias y transposiciones de la vida exterior. ¿Qué le habría pasado a Pablo mientras ella dormía? ¿Por qué no regresó enseguida según lo prometido? Al arribar a este crítico punto de subconscientes cavilaciones, despabilose por entero ante la certeza que acababa de punzarle la mente cortándole un instante la respiración en tanto se ponía toda fría.
Desde el callejón, el día reportaba húmedas risas de placeras ahítas de caminos verdes, de agrestes amores, de deseos. Bocas ávidas reproducían sonidos excitantes. Ella nada oía. Del prado llegaban relinchos, gritos asordinados por la neblina, carcajadas de horneros que copulaban en la voluptuosidad del follaje. Ella nada oía. El sol se elevó sobre el cerro, sobre los árboles, abarcándolo todo hasta el umbral de la habitación. Serían las siete. Dalma, quieta, húmedos los ojos, los labios entreabiertos y mustios, miraba las telarañas del techo donde los insectos atrapados en la noche pendían muertos. De pronto, desde el desnivel donde la sangre late, se alzó la voz del niño:
-Mamita... mamá... ¿estás despierta?
-Sí.
Le palpó los pies y entre bostezos añadió:
-Mamita... ¿sabé una cosa? Anoche soñé que vino mi papá para vivir con nosotro. ¿Me oí?
-Sí. Yo también lo soñé.
—98→
Al primer toque de la puerta, doña Esperanza estuvo de pie. No dormía, permanecía con luz. Entre las cuatro paredes de barro guardando todavía parte del calor de la jornada, velaba. En el aire denso tejían los mosquitos.
-¿Dónde has estado, por Dios?; no he pegado los ojos de quebranto.
Pablo cerró la puerta y antes de responder la besó. Ella, toda húmeda, nerviosa, insistió: Creo que andan requisando el barrio. Los perros ladran y oigo golpes, gritos, qué sé yo... Cada día me convenzo más de que tenés que irte de vuelta. Te apresarán cualquier momento y te matarán.
-Calma, mamita, calma. ¿Por eso no dormías o por los mosquitos?
-Estoy acostumbrada a los mosquitos. Las aprensiones, eso sí, los quebrantos. Oigo cosas terribles. Tengo miedo.
Sus últimas palabras fueron sollozos. Pablo se sentó a su lado, le tomó la mano oprimiéndole suavemente la muñeca, lo que motivó su protesta. No, ella no está enferma, vive insegura, intranquila; esas son sus enfermedades. Pablo le acarició la cabellera gris caída en desorden sobre sus magros hombros. Ella pareció calmarse.
-Mamá, esta noche no quiero hablar de cosas desagradables.
La madre lo miró extrañada. Un aire jovial nunca visto en él desde su llegada le enmarcaba el semblante. Sus palabras bien timbradas ponían firmeza en él. Era pues de suponer que algo fuera de lo común ocurría. Mas no le preguntó. Reprimió la natural curiosidad que empezaba a roerla, prefiriendo esperar que él mismo se lo dijese. Y así fue.
-Esta noche soy feliz, mamá. He descubierto algo que ha de cambiar mi vida.
Y la ansiedad de la viejecita estalló.
-¿Qué descubriste, hijo? Decime.
-Un hijo, digo que un hijo mío, aquí, en este pueblo.
Doña Esperanza contuvo un fiero asombro en la boca. Con ojos desmesuradamente abiertos y la voz casi secreta, inquirió:
-¿Con Dalmacia?
—99→Pablo pensó al punto que la madre estaría enterada de todo, y nada le decía por algún motivo.
-Sí, con ella.
-Comprendo. Le pagaste la gauchada de salvarte la vida dejándole un hijo, ¿verdad?
-Mamá, ya no es tiempo de censuras. Nos amamos, y eso no es delito. Vos lo sabés.
-¡Sí! Y sé cuántas tribulaciones nos cuesta a algunas mujeres el amor.
Pablo dedujo ahora que se había precipitado respecto a su madre, pues empezaba a darse cuenta que lo de ella no pasaba de un presentimiento.
-Bueno, mamá, si lo que hice fue un daño, creo llegado el momento de repararlo. Quiero evitar al menos que las tribulaciones continúen.
-Ah, eso tenés que resolverlo vos. Ponete la mano sobre el corazón. Francamente, creo que tu presencia les traerá más quebranto que otra cosa. ¡Claro!, eso es lo que pienso yo, nada más.
-He resuelto unirme a ella, mamá. Siento la necesidad de hacerlo.
-Pondero tu buen corazón, hijo, pero me permito preguntar qué vas a darles de comer.
-No se trata de buen corazón; pensá más bien que yo los necesito. Y en cuanto a comer, comerán. Conseguí una chacra a media legua de aquí, en un lugar estratégico. Me voy allá esta misma madrugada. Trabajaré, mamá, y dentro de poco, hasta podré ayudarte.
-Se unirán, trabajarás en la chacra y que Dios te ayude, hijo. De mí no te preocupes. Será bastante ayuda la que tu mujer me da compartiendo mis angustias y sobresaltos.
-Mamá, ¿por qué tanta insistencia sobre ese punto? ¿Es que presentís algún peligro?
-Sí, Pablo. Alguien me indicó que te andan poniendo el ojo. Por eso prefiero que te vayas lejos, bien lejos.
-¿El Dr. Cabral, por si acaso?
Ella no dijo sí ni no. Dalma estaba en lo cierto. Conque arrepentido el infeliz, pensó murmurando para sí. Viendo que la madre prefería callar por algún motivo, levantose de su lado, dio largos pasos por la pieza hablando lenta y resueltamente.
—100→-Ya no me iré del país. En cuanto al doctor, se acabó la confianza.
-Nadie es de confianza en este lugar, Pablo, desde hace mucho tiempo.
-No podemos vivir sospechando de todos, pero sí del doctor Cabral. Tengo absoluta seguridad. Cuando los policías vengan por mí, te pido les digas que gracias al aviso del admirable doctor, pude adelantarme a la captura; que volví a la Argentina, ¿entendés?, que me escapé sabiendo que vendrían por mí.
-¿Qué tenés contra el doctor Cabral? ¿Así le agradecés por devolverte tu salud?
-¿No me entendés28, mamá? Mirá, primero: el día que llegué, él vino cayendo solo; ¿quién lo mandó?, misterio; segundo: me trató hasta el día en que pudo establecer mi identidad. Y se fue con mi historia clínica, ideológica y todo. Conclusión: actuó como un vulgar pyragüé.
-¡¡Dios todopoderoso!! ¿Cómo se puede creer semejante cosa?
-No hace falta que lo creas. Él te advirtió que me apresarían, ¿verdad? El tipo ya rindió su informe: Se trata de Pablo Gamarra en persona, y ya no es contagioso; ya pueden atraparlo sin peligro. Vas a ver que vienen entre mañana o pasado. Ah, pero no olvides de decirles tal cual lo que te dije.
-No me creerán.
-Sí. Buscarán por todos los rincones y al no ver nada mío, se convencerán.
-¿Y creés que en la capuera estarás seguro?
-Sí. No saldré de ahí hasta que las cosas cambien. Mientras, que se laman el hocico.
-¿Y si alguien te ve?
-No pensarán que soy Pablo Gamarra. A él lo mataron en el río. Esa mentira me será muy útil. Tal vez quieras irte más tarde a vivir con nosotros.
-Tal vez. Por ahora prefiero que me reconozcas el derecho a seguir viviendo con mis recuerdos. ¡Dios mío! ¡Tengo un grave temor, Pablo!
-Tu temor... tu angustia... tu quebranto... ¿También ellos se quedarán a vivir contigo?
Quedose sola, sentada en la cama, con las palabras del hijo palpitándole como una herida. Pablo, en la pieza contigua, se disponía a empacar. Con movimientos de vieja, doña —101→ Esperanza se acostó. Permaneció intranquila, sin conciliar el sueño, atenta al trajín de la pronta partida. Para darse la sensación de estar todavía acompañada, de pronto habló.
-¿A qué hora te vas?
-A las cuatro más o menos. Descansaré antes unos minutos; estoy rendido. Dormite vos también, mamá. Ya verás que todo sale bien.
-Estaría más tranquila si te fueras enseguida.
-¿Me echás?
-¡No, mi hijo! Pero tengo una aprensión terrible.
Inconforme, continuó atenta a los aprontes. Pablo terminó de empacar y dio cuerda al despertador. Si no fuera por el cansancio que sentía, se marcharía ya. Además, pese a la urgencia de su madre por que se fuera, a él le daría mucha pena no quedarse un rato más. Era único hijo, y esta vez la partida significaba la emancipación. Fatalmente, un hijo pertenece a la vida o a la muerte, pensaba, no a los padres.
Entre tanto, dejábase estar junto a la cama como indeciso, escuchando el metálico latido del viejo reloj que tenía ante sí, incansable computador del tiempo cuyo pulso le urgía partir. Lo miraba. Las oscuras agujas marcaban las tres. Antes de tomarse el breve descanso salió al patio a escuchar el viento, los grillos, algunos ladridos, y mirar el inmenso cielo estrellado. Lo hacía siempre sea cual fuese29 la hora. La voz de los gallos había quedado suspendida a la media noche, hora en que cayó la niebla, hora en que, tiempos atrás, los barrios poblábanse de música bohemia. El rocío de la madrugada se desleía en las cuerdas y el canto buscaba el arrullo de las alcobas de paja. Era otro tiempo.
Se fue a la cama. Pero, al igual que la madre, no podía dormir. Permanecía auscultando el silencio. Repentinamente, un sollozo llegado de la pieza contigua lo sacudió. Sentose en la cama y escuchó tenso. Doña Esperanza pudo calmarse para hablar.
-¿Estás dormido, Pablo?
-No, mamá; ¿qué sucede?
-Mi angustia y mi miedo son fundados, hijo.
Quiso insistirle que se fuera ya, que no importaba que ella tuviese pena.
Pero desistió. Pablo se levantó con intención de prender el farol; y ella, temerosa ahora de que ya se fuera, de que ya no se volviese a la cama, le rogó.
—102→-No, hijo; no lo prendas todavía; estoy bien; dormite unos minutos antes de irte.
Pablo, a fin de tranquilizarla, volvió a decirle que todo saldrá bien. Te sentirás encantada cuando tu nieto venga a verte y a mimarte, le dijo; es un lindo mita-í. ¡Qué padre tan eufórico se ha vuelto!, pensó la madre en voz alta. Y no era para menos. Ahora, mi vida y mi lucha tendrán sentido, respondió él, imaginate, ahora viviré y lucharé; no veo el momento de empezar.
Ambos guardaron silencio. Él se durmió en tanto la madre cavilaba. De a poco, el tictaceo del reloj acentuábase llenando el oscuro ámbito hasta el punto de tornarse un triquitraque diabólico que la atormentaba impidiéndole penetrar el misterio de la artera calma. A poco sumáronsele los espaciados ronquidos de Pablo. Permanecía alerta, sujeta entre ambas cadencias que crecían abarcando la enorme caja de sonoridad en que ella sudaba. Pero, finalmente, acunada por el mismo sombrío ritornelo, quedose adormecida. Y entonces, ni bien llegado el sueño, fue que una fiera pesadilla la atacó, pudiendo difícilmente desbaratarla, procurando discernir si los golpes y gritos que había oído eran provenientes de la puerta de calle o simple sueño. Pablo se había despertado al mismo tiempo y ambos vacilaban flotantes en un vacío de latidos convulsos, vacío en los pechos tensos, en las sienes azoradas, en los crispados miembros. Y nuevos golpes, éstos bien reales por cierto, seguidos de una áspera voz, cortaron toda cadencia, todo aliento y movimiento. Pasado el espanto inicial, doña Esperanza gimió.
-¿Quién es, por Dios?
-¡L'autoridá carajo, abran!
En plena oscuridad, Pablo saltó hacia la puerta, sacó el travesaño de seguridad y apostose a un lado con la madera lista. Entre tanto se oían voces y el trajín de soldados tomando posiciones alrededor de la casa. La madre estaba espantada.
-¿Qué hacemos, Dios mío, la abrimos?
-¡No! No la abras. Prendé la luz.
Una vez más vociferaron afuera y golpearon. E inmediatamente, un brutal envión dejó libre acceso al cuerpo de un hombre que, arrojado por su propia fuerza, fue a parar debajo de una mesa donde perdió el ímpetu que lo animaba y el arma. Trató de recuperarla manoteando el oscuro piso, pero —103→ la pistola había saltado justo a los pies de Pablo quien la levantó. Sonó un disparo y el arma fue arrojada al azar. El visitante quedó inmóvil.
La atormentada doña Esperanza pudo finalmente encender el farol. Y Pablo, que no abandonaba su posición ante la puerta, viendo la desesperación de su madre, desistió de huir. Prefirió aferrarse a su tranca de lapacho y esperar lo que fuera. La anciana, doblemente asustada al reconocer el rostro del caído, farfulló: ¡Pa... blo! ¡Es Paniagua! No era pues la primera vez que el personaje aparecía con sus guardias en plena noche ni menos brutal que de costumbre el procedimiento frustrado. Sólo que ahora le fue harto peor que en anteriores ocasiones. El pobre tenía los ojos vueltos e inmóviles y por un boquete abierto en la yugular, la vida se le iba. Pablo no podía reconocer en él al abominable profanador de la morgue y desollador de cadáveres, ya que el rebelde herido entonces hallábase sudando dentro de una hedionda mortaja de lienzo. La anciana, en cambio, varias veces víctima de nocturnas zozobras debidas al finado, temblaba por las indudables repercusiones del percance. Y en tanto el prepotente se acababa mansamente, en el hueco de la puerta, uno tras otro, cada cual más perplejo, aparecían los soldados. Tal vez haya tenido el oficial un buen motivo que lo indujo a proceder sin testigos, prefiriendo tener a los guardias ocupados en poner sitio a la casa. ¡Paniagua!, repetía la anciana ahogada en su confusión; ¡Dios mío, qué nos ha pasado, Pablo!
Uno de los presentes, lugarteniente del finado, examinó la pistola recogida del piso, cuya recámara todavía humeaba. Pablo, ante la sorprendente benevolencia de los soldados, abandonó la guardia y, aún asustado, habló:
-Fue un accidente, créame. Se lanzó contra la puerta sin darme tiempo a abrir.
-¿Y el tiro?
-Sonó al caer la pistola al piso. Estaría sin el seguro, claro.
-¿Y piensa hacerme creer que al oficial se le escapó el arma?
-¿Qué otra cosa pudo ser? La única pistola que usted puede encontrar en esta casa es ésa. Además, mi madre acaba de prender la luz. Ni sabíamos de quién se trataba.
El soldado le buscó el pulso al caído, le aplicó el oído al pecho y levantose meneando la cabeza. Los de la puerta, cada uno aferrado al fusil, permanecían como viendo fantasmas, —104→ blanco el semblante, salvo un negro pequeño que parecía contento de ver a Paniagua cadáver. El más aplomado del grupo, el único que hablaba, los miró con lástima diciendo con severo tono: Creo que si este hombre mató al oficial, lo mató en defensa propia. El finado le tenía marcado; por eso nos mandó a cercar la casa, para desligarse de nosotros. Parece que le quería cobrar una cuenta vieja. Los compañeros asintieron sin hablar, confusas las miradas, no comprendiendo por entero la intención del clase. Pablo, pálido; la madre, mordiéndose de nervios, adelantábanse presintiendo el imprevisible desenlace, esperando cualquier cosa, siempre la peor.
-Si le apresamos, ¿qué ha de pasar?
-Le matan enseguida, dijo sin vacilar, hablando por primera vez, el pequeño y oscuro subordinado.
Entonces, otro del grupo se dio coraje y agregó:
-¡Con el hambre que le tienen! Y hay estado de sitio, mi cabo.
-¿Y usted qué piensa?
Perdiendo el hilo inquisitorio pese a su crucial importancia, Pablo tenía involuntariamente el pensamiento puesto en algo que empezaba a mortificarlo: el error de haberse dejado dominar por el cansancio y la pena sentida por su madre sabiendo que Dalma no dormía esperándolo a salvo, que al despertar su hijo cumplirá seis años y no tendrá papá, que su promesa de volver le pesará toda la vida y que nunca tal vez podrá cumplirla ya ni amar a Dalma ni acariciar a su hijo, sueños no más de ternuras desbaratadas por un instante de flaqueza...
-¿Y usted qué piensa?
La pregunta fue una sorpresa, pero pudo hilvanar una respuesta, pese a todo, coherente:
-Que... que... francamente estoy confundido. Esperaba cualquier cosa menos razonamientos. Pero, según veo, ustedes son conscriptos de verdad y no politiqueros armados. Debo confiar en ustedes.
-¿Y qué cree que debemos hacer ahora, en esta situación?
Un inesperado cielo se le abría. Era su oportunidad. Ahora probará sus agallas y la calidad de esos jóvenes soldados.
-Soltarme y quedarse en paz con la conciencia, respondió con firmeza. Soy un luchador: no soy un criminal. Y algún día, ustedes mismos comprenderán mi lucha y ocuparán su —105→ puesto en ella. Por algo se nace varón en esta tierra. La patria no es una palabra, hermanos, ni una bandera ni un frío pedazo de tierra ajena; la patria es la felicidad pareja de todos los ciudadanos; esa felicidad despilfarrada cada día por una manada de hipócritas; hay que rescatarla, mis queridos hermanos; en esa lucha hay lugar para todos los verdaderos varones.
El soldado se emocionó. Un presentimiento nacido de pronto acababa de confirmársele. Ese hombre tenía que ser el mismo de quien cierto hermano suyo solía recordarle años antes de morir, en tanto le explicaba por qué se lucha y por qué se muere en este país. Sin detenerse en preguntas, díjole directamente:
-Pablo Gamarra, después de todo, usted es un hombre de suerte.
-¿Me conoce?
-Sí, ¿se acuerda de Cándido Paná?
-¡Cómo olvidar a un hombre que prefirió dejarse cortar la lengua y dejarse castrar antes que delatarme?
-Él fue mi hermano.
-Y usted sabía que éramos amigos.
-¡Claro que sí! Y que aquí, en este cuarto, ustedes dos amanecían sobre unos libros soñando con una vida mejor. A pesar de mi corta edad, él me contaba todos sus secretos. Fue mi hermano y mi mejor amigo.
Se le quebró la voz. Pablo, confuso todavía pero hondamente tocado, le tendió la mano, acabando ambos por abrazarse con ardor. La madre suspiró aliviada. Los demás patrulleros, pasando bruscamente a la confianza, los rodearon con simpatía. Paná les habló resueltamente.
-Muchachos, le daremos escapada a este hombre; yo me hago responsable.
El nuevo abrazo de Pablo Gamarra fue un elocuente '¡Gracias!'. El joven Paná hacía honor a su apellido. La madre se aproximó llorando y dio un beso en la sudorosa frente del soldado, murmurando: ¡Que Dios le bendiga, hijo mío!
-Agradezco a todos este gesto incomparable, concluyó Pablo, de corazón, y les ruego silencio sobre lo que aquí pasó, porque cualquier comentario irá en perjuicio de todos ustedes y de mi madre.
-Bueno, dijo Paná, no se olviden que Paniagua recibió el balazo de su propia pistola cuando se cayó en la zanja —106→ donde ahora llevaremos el cuerpo. Ahí mismo cayó y sonó el tiro; la bala que está en el cuello será la prueba. ¿De acuerdo? Y ahora, amigo Gamarra, no pierda más tiempo, váyase.
Pablo tomó sus cosas, abrazó a la madre, a cada uno de los soldados y partió. La niebla ponía fina ceniza sobre los senderos a lo largo del callejón. Jamás la luna estuvo más pálida y opaca. Al trote, pese a su carga, nuevamente fugitivo, Pablo marchaba apresuradamente rumbo al refugio elegido donde decidía quedarse cueste lo que costare, al calor de ese hogar que minutos antes le parecía perdido. ¿Qué podía importarle el lugar que le negaba la enferma sociedad si en aquel escondrijo lo aguardaban Pablito y Dalma? Hizo un kilómetro escaso, tal vez la tercera parte del camino cuando, al desembocar en un cruce, sorpresivamente, un numeroso y bien armado grupo le cerró el paso. Tan reducida distancia lo separaba de la partida que ni la neblina pudo impedir que fuera enfocado y avistado. Sin tiempo para pensar, en el lapso abarcado por la voz de '¡Allltooo!', arrojó cuanta carga traía y diose a la fuga.
El tiro de la pistola de Paniagua había repercutido muy lejos en la aciaga noche, llegando el eco hasta la base de donde procedían él y su gente. Llamó la atención el que fuese un solo tiro. Bien podía el reo haber preparado una de esas tretas de que sólo el diablo y los rebeldes eran capaces. Y por prever cualquier sorpresa de esa laya, un importante refuerzo fue puesto en marcha, al trote.
El eco provenía de una pistola 45, sin lugar a dudas. Y al no haber sonado disparo alguno antes o después daba lugar, entre otras, a dos suposiciones: accidente o emboscada. La tensión dominaba los ánimos. Ninguno hablaba. La partida aceleraba la marcha a medida que se aproximaba al barrio.
Al tocar el perímetro, las precauciones aumentaron, ni una voz, ningún ruido. Y a poco, al doblar una esquina, ¡zas!, el pobre fugitivo cargado de maletas abríase paso entre la niebla.
Como alevoso puñal, el grito hendió la grisura seguido del estruendo de la fusilería y el traqueteo de las corridas. Voces desaforadas mandaban liquidar, descabezar... y putas y —107→ carajos a granel. Los pobladores, ovillados en la orfandad de sus camastros, moríanse sobrecogidos de aprensión, una aprensión emergida del fondo de antiguas agonías nunca por entero borradas. El frío espectro del miedo se alzaba de la tierra. ¡Hasta cuándo la nocturna orgía de la muerte!
Lejos de verse doblegado por el grito, el fugitivo atropelló chircales, cardales y alambradas escapando por pura suerte a la granizada de plomo, pero a partir de ese momento y lugar, identificado sin esfuerzo por el contenido del bagaje abandonado en la huida, su persecución se desencadenó con furia.
Y fue entonces que el prófugo con fama de difunto supo de lo absurdo que resultaba continuar con vida y seguir amando la tierra y la gente de uno cuando el envilecimiento había nivelado a humanos y bestias, porque tanto los irracionales como los enceguecidos de la superior especie aportaron todas sus armas al servicio de la impiedad. Perros y zorros, lechuzas y teruterus, charatas y ñajhanaes, de pronto inficionados con el humano delirio, erigieron un cerco de colmillos, ladridos y graznidos. Y al amanecer de un oscuro día del mes oscuro de un año inmemorial, Pablo Gamarra cayó. Pero no fue ejecutado como vaticinaban los benévolos amigos de Paná. Las pasiones estaban en mengua, ahítas de escarnio. La embriaguez de sangre venía siendo suplantada por la de whiskys clandestinos y fortunas malparidas entre orgías y orgías. No fue ejecutado sino simplemente sepulto en alguna fosa de comisaría, de esas donde, según decires, yacen los no comunes; donde, según bocas maldicientes, el pudrirse en vida resulta un eufemismo y las ratas cobran alto valor social por transmitir increíble sensación de vida al sojuzgado, y donde, siempre según infundios, los tormentos, la locura y la tisis ofrecen generoso estímulo al suicidio, cosa que los presos no siempre aprecian enteramente debido a un ridículo apego a la esperanza.
No le ejecutaron. Ni el conscripto Paná ni sus amigos tuvieron los inmediatos graves problemas previstos, merced al proyectil extraídole al finado, material testimoniante de cuyo origen, la fácil determinación, también estaba prevista. De la simple comparación con otro, disparado al efecto en el agua de cualquier tina, habrían deducido con suficiente claridad la no implicancia de nadie. Conclusión: A Paniagua cúpole asumir post mortem su primer justiciero trabajo.
—108→No hubo pues asesinato. Lo aseveraban las crónicas emanadas de insospechables fuentes y los diceques de cuño popular. Y ninguna relación habría guardado con el hecho la fortuita muerte encontrada por Paná a medio camino del terruño, el día mismo de su licencia. La bala, de calibre no revelado, dirigida por manos anónimas, le partió la nuca, justo en mitad de cierta inhóspita picada donde fue hallado el despojo algún tiempo después. De sus amigos, nada se supo desde entonces, como nada, claro está, del rebelde Pablo Gamarra a quien nadie ha vuelto a ver. Se supone que lo mudan de fosa en fosa. Se supone que vive.
Su hijo, del mismo nombre, emigrado a Buenos Aires en compañía de su madre cumplió veintiocho años. Él asegura haber visto a su padre una vez, en un sueño.