La pesadilla
Santiago Dimas Aranda

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En un punto cualquiera de la historia, de pronto, traspasando la capa temporal del grito, un antiguo dolor estalló en las gargantas. Había llegado la suma contención súbitamente, y fue la pesadilla.
Corría la primavera del año de la desgracia. El vencido combatiente Cándido Paná, hundida la osamenta en una monstruosa medianoche, soportaba el último delirio. Días antes, bamboleándose sobre un par de palotes, gemebundo y chorreando sanguaza, se había escapado hacia los fondos de donde sustrajo pequeñas latas de éter con cuyo contenido, abundantemente, se empapó las gusaneras del sexo, los gangrenosos muñones y las tronchas orejas, e hizo buches y gárgaras increíbles.
Y dejó de sufrir. Quizá, de haberlo podido, le hubiese gustado relatar el proceso de tan insólita cura. Zancajeaba de pared a pared emitiendo tartajeos desesperantes, sin sentido para los demás aunque de mortal coherencia para él. Y aquí cabe anotar que habiendo sufrido mutilaciones horrorosas, que siendo declarado muerto y arrojado a los cuervos, manos piadosas lo rescataron consiguiendo tan sólo prolongarle la agonía. Y es en tal estado de violenta soñarrera que los hechos, retrospectivamente exhumados de algún inexplorado área de la conciencia, íbanse reanimando, escapándosele por los ojos en llamas y la boca espumajosa, despachados por la inminencia del fin.
Si habremos de reconstruir el fantástico sueño, forzoso será aprehender su crucial contorno, insertarse en aquella inmensa lobreguez que aún aterra, recuperar las voces deshumanizadas que giraban en el corpóreo clímax del miedo, penetrar la atmósfera de putrideces que sublevaban los pulmones, reatizar la enloquecida fiebre, la sed, tortura transmutada en gemido innumerable; la ínfima vida, inmundicia disipada por entre las grietas de un adefesio asistencial de —6→ triste fama en esa hora en que la paz era un bien de las tumbas.
Acaso una esperanza de lluvia, de torrentosa lluvia, fue la que atrajo al moribundo junto al negro ventanal donde permaneció de cara al misterio, sobrecogido ante la espantosa retrovisión de tantas atrocidades en cuyas huellas había sangrado, como releyendo inversamente la tragedia de una comunidad en cuya llamarada ardía, él, sin identidad válida, en completa soledad, enteramente ajeno a todas las víctimas que con él se pudrían, ajeno a sí mismo, atrapado en el vértigo de un desplome sin término.
Empezó pues del extremo por donde su acerba historia estaba a punto de concluir, remontándola torrente arriba, hacia los orígenes, hacia las raíces hundidas en vergonzantes desórdenes genesiales, para luego regresar, embadurnarse en los contemporáneos orinales políticos1 y, finalmente, ser arrojado a esa extrema medianoche de octubre, meollo de la fetidez, allí donde nadie parecía interesarse por su fuga, nadie, ni los heridos cuya agonía colectiva desbordaba los muros perimetrales, ni la doble guardia que eructaba guarapo en las esquinas. Su fuga no le importaba a nadie. Y Cándido Paná se fue. Tampoco a él ya le importaba el miedo ni la gangrena ni los gusanos que le taladraban los tuétanos. Tampoco le importaba ya si los ebrios vencedores continuaban o no causando estragos en su familia, en su casa, en la tierra regada con su sangre. Era bien pasada la media noche cuando las tres enfermeras que subsistían en el hospital lo acomodaron cuidadosamente en una hilera de cadáveres.
Pocas personas aún íntegras quedaban en varias leguas2 a la redonda, entre ellas las tres enfermeras, las que venciendo el terror saltaban de sala en sala con el «Jesús» en la boca, paliando el desconsuelo generalizado tras el apresamiento masivo de las vísperas. Una, alta, espigada, anestesista, apodada Dalma, se reservaba la asistencia de la sala III, tumba ululante, refugio de numerosos rebeldes sobrevivientes de la derrota, en cuya salvación parecía empeñada a muerte. Las dos restantes, humildes chateras de oficio, habían cobrado cada cual en su sala múltiple rango. Y así, juntas las tres, más hermanas y madres que enfermeras, veíanse afrontando inauditos días de asedio y desamparo total.
—7→Sus nombres golpeaban el aire nauseabundo, por momentos en alucinado coro, repetidos por decenas de voces plañideras. Pero entre tanto clamor esperanzado, en tan controvertido momento, era natural que tampoco faltase algún repudio. Provenía en efecto de unos pocos, diez o doce tal vez, moribundos casi todos, que viéndolas proteger a los rebeldes, barbotaban maldiciones repugnantes. Eran los pobres adictos a todo trance reclamando todavía el reconocimiento de peregrinos privilegios, sin lograr otra cosa que el lacerante espantaperros con fruición escupido por las bocas rebeldes. No sin razón babeaban de felicidad cuando uno de éstos amanecía cadáver, cosa frecuente, y ese goce les resarcía de la repulsión en que se consumían lentamente.
Nadie, por otra parte, piense en caridad ni misericordia. Nadie pierda el tiempo jugando con palabras vacías. El que afrontaban Dalma y sus inverosímiles chateras no otorgaba sitio a semejantes idioteces. Era opción temeraria, eso sí, aquel abierto desafío al miedo, aquel crudo enfrentamiento al crimen y a la muerte, sin más alternativa que resbalar al charco y pudrirse.
Ellas no vacilaron. A la saña contra el poblado en desbande opusieron el fuego de la voluntad salvadora, la osadía del amor verídico. Y sobreponiéndose a la masacre, a la desfloración de inocentes en plenas calles, al destrozo del pudor impúber y desuello de cueros cabelludos, a la devastación, a los saqueos e incendios, a todo el raudal de traiciones, ellas cogieron lo inasible, desenterraron el sepulto coraje, lo sacudieron de sus horrores y anduvieron con él a cuestas noches y días.
En pasados tiempos, iglesia y hospital solían ser sitios vedados al pisoteo de los punidores. Pero aquéllos eran otros tiempos. Al término de la abominable requisa, fin de la insurrección, la jefatura vencedora se percató con rabia de cierta ridícula omisión: ¡el hospital regional! Y dos horas más tarde, acusado de encubrir a un peligroso montonero herido, el cuerpo médico completo mascaba quina en los calabozos.
El procedimiento había pisoteado por igual prestigio y esperanza. Todos fueron maniatados y puestos en marcha a punta de bayonetas, excepto las enfermeras que huyeron, avispadas a tiempo, abandonando sus puestos. Pero tres mujeres volvieron, una de ellas Dalma. Pasado el hospitalazo —8→ recuperaron la calma y resolvieron continuar en esa batalla sin lauros y sin tregua.
Y transcurrieron semanas de ominosa vigilia. Entre tanto, en el departamento de policía, los médicos permanecían callados. Al parecer, los novísimos métodos persuasivos fracasaban con ellos. Por otra parte, el éxodo en respuesta al terror implantado, lo complicaba todo. Y temiendo ver burlado el operativo montado para la captura del montonero prófugo, el flamante delegado del nuevo orden resolvió, como recurso extremo, convocar a todos sus servidores a urgente consulta. Fue en esa secreta y atropellada reunión que el siniestro sujeto a quien iremos conociendo, de dudosa jerarquía pero ducho en rastreos, torturas y otras yerbas, marcó la pauta que debía valerle buenos puntos en favor. Si le autorizaban otra rastrillada por el hospital, con personal por él mismo escogido, lograr la pista del sedicioso se le hacía una fija. Su seguridad sonaba a desafío, abonando la sospecha de que algún doctorcito le hubiese susurrado al respecto interín lo interrogaba. ¿Por qué no darle pues otra oportunidad?
Y así las cosas, para aquella jornada, vergüenza mayor inscripta en el calendario de la violencia, sea este destacado recuerdo.
Tristemente bello nació el sol sobre el cerro. Un claro día primaveral pudo haber sido aquél. Pero en la sala III, emergiendo del sofoco y la agonía, de pronto jadearon voces aterradas maldiciendo la tan presagiada reaparición. Dalma, permanente atalaya pese a sus muchas faenas, había dado el alerta. Y ahora, lanzada como un soplo a través de la sala, llegó a la cama VI donde un herido rebelde dormitaba.
-¡Pablo!, lo sacudió, te sacaré enseguida de aquí. Y corrió, regresando al punto con una inmunda bolsa destinada a ropas de cama usadas. Pablo despertó sobresaltado, desconociendo la única voz que podría llamarlo por ese nombre. La única porque fue Dalma quien lo recibió la noche del desbande cuando, destrozada la pierna por un proyectil de los perseguidores, arrastrose hasta la sala III. Se reconocieron entonces; habían compartido alguna vez un banco de colegio. Yo te conozco, susurró ella. Yo también te conozco, se alegró él, y ahora estoy en tus manos y debo confiar en vos.
—9→Esa confianza fue gestando al rigor de la atroz realidad un sentimiento cada vez más hondo y de rotundo compromiso. Y al producirse la orden de captura contra el herido, ella hizo de su amor ingenio, de su deseo coraje. Salvarlo, salvarlo para ella o simplemente salvarlo; tal la férrea consigna impuéstase a sí misma convencida de que la vida de ambos era exactamente una sola.
-Metete dentro sin hablar, le impuso sin tiempo a decir más.
Y para qué hablar de sanguaza o lamparones ni hedores nauseabundos que contuviese aquella bolsa providencial, ni del suplicio de meterse dentro. Pequeño, descamado, cetrino entre penosos trapos no obstante ser el más entero de los sobrevivientes, Pablo se largó de la cama a la bolsa en tanto ya resonaban los múltiples tacazos en la entrada. Y Dalma, sacando fuerzas del miedo, deslizose por el patio con el bulto a rastra. Por pura suerte, o por sagaz previsión suya, los demás heridos roncaban boquiabiertos bajo el efecto de los piramidones abundantemente recibidos por la noche.
Uno con gafas negras y guardapolvos de médico entró seguido de un sartal de tipos con los sombreros puestos. Disimulaba mal su empeño. Todos olían a transpiración y a odio. Atravesó el pabellón un par de veces en muda y felina paseata antes de detenerse justo delante de la cama vacía, desde donde clavó ojos en todos, minuciosamente. Ninguna voz. Los heridos dopados seguían como muertos. Ningún gemido. Solo los moscardones, en zumbante zig-zag, prorrumpían de tanto en tanto. El visitante cruzó hacia el patio interior seguido del tropel. Silencio. Oscuros y agachados, en círculo, dispusiéronse allí a mascullar cosas. Movíanse vacilantes, como cuervos, acaso rumiando la inconcreta imagen del perseguido. Entre tanto, desde el extremo opuesto del patio, sucio baldío, por un ventanuco tragaluz, Dalma observaba sus movimientos y escuetamente daba cuenta de ellos a Pablo.
-Ese tipo no es médico. Lo hubiera conocido. Además, un médico no andaría seguido de esos perros con sombreros. Esperá; miran una foto.
-¿Una foto? La noticia lo sustrajo de golpe de la repulsión que le causaba el recinto.
-Sí, una foto; la pasan de mano en mano; la observan todos.
—10→-Sin duda, son pyragüés. Y estoy seguro de que allanaron la casa de mamá. ¡Miserables!
-Tranquilizate; parece que se van; ¡ojalá! Te envuelvo y voy a investigar. Vengo a buscarte cuando se marchen.
-En esta tumba colectiva, es fácil que me encuentres cadáver.
-Tené paciencia, querido; salvar la vida es parte de la lucha. Adiós.
Lo besó por encima del lienzo envolvente y salió empujando una camilla rodante abandonada allí luego de transportar con ella los restos de Cándido Paná. Le extrañaba que desde entonces no hubiera fiambre en ninguna de las tres salas. La empujaba sin dejar de escudriñar. Habiendo perdido de vista a los advenedizos, le asistía la débil esperanza de que se hubiesen ido. Pero no. Al instante los localizó merodeando sin apuros. Dalma dio un envión a su inútil camuflaje, la camilla, dejándola al amparo de unos ligustros salvajes, vestigios de algún malogrado jardín, y cruzó la galería hacia la sala III. Los cavilosos huéspedes, al verla, se dieron prisa. No obstante, ella pudo mantener el artificio, avanzando entre las camas como si nada sucediera, en tanto reprimía todo visible signo de temor. Pero, pese a su sereno esfuerzo, uno de los tipos la alcanzó, le enganchó la mano en el hombro, y haciéndola girar, le gruñó en plena cara:
-Linda... ¿y el de esta cama? Y comenzó a manosearla. Al verlo rebosante de alevosía como un maniático, Dalma, azorada, atrapada, casi una prostituta frente al truhán, reaccionó con violencia rechazando el manoseo en tanto le decía airada: Ya no está; se ha escapado, ¿sabe?
-¿Escapado? ¿En qué momento?
La voz del tipo sufrió repentina agriera. Los vidrios ahumados de las gafas empañáronsele de ácido. Dalma, atosigada por los nervios y la hediondez dominante, sentía ganas de escupirle en la cara el bolo líquido que soportaba en la boca. Pero más valía dominarse o estropearía sus planes. Escupió en el piso y habló con algo de calma: Ahora, antes de que ustedes hayan entrado.
-¿Qué?
El huésped veíase como realmente escupido. ¿De modo que le estaba haciendo de campana y le avisó, verdá? Dalma se rió replicándole que eso ni falta haría. Él no precisa espías, le aseguró; es una antena viva...
—11→-Y ¿cómo cree que nos reconoció?
-Por esos tacones de potro, seguro. Hoy por hoy, nadie más que ustedes los usa.
El visitante se enfadó exigiéndole que hablase claro, y Dalma, mofándose, mostró con un ademán las botitas reglamentarias, comentando: Ya no se necesita estrellas para merecerlas.
-Eso no le interesa, barbotó el otro; lo que sí va tener que decirme dónde está el de esta cama.
-¿No me cree? Le dije que se escapó.
Le saltaban los negros ojos, fijos en los cristales sombríos de las gafas.
Él no la creyó: ¡En pleno día, carajo, imposible!
Imposible, se burlaba Dalma por dentro, para los que piensan con anteojos negros. ¿Imposible por qué? ¿Por los perros de las esquinas?
-¡En pleno día, carajo! ¿Quién era el tipo?
Dalma lo miró, y con la solemnidad con que se nombra sólo a quien se admira, le respondió: ¡Pablo Gamarra!
Él sintió hielo en la sangre. Luego ardió hasta el rojo oscuro y explotó salpicando a los subordinados: ¿Parados allí? ¡A buscar, carajos! ¡A buscar, a buscar, a buscar! ¡Que no quede un puto agujero libre!
La máquina arrancó frenética, el vociferante sujeto detrás, en terrible carrera de fieras hambrientas, repechando sombras, husmeando antojos, de una sala a otra, de un rincón a otro, ¡de un agujero a otro!
Y todo en vano. Los minutos y las horas pasaron sin atisbo de pista alguna. Ya visiblemente atormentado hacia el medio día, el hombre de las gafas se secaba y resecaba un dudoso sudor. ¡Imposible, carajo! ¡Pablo Gamarra sin rastro!
Cuando parecía no quedar sitio por hurgar, cuando a lo largo y ancho del predio sanitario todo era pisadura, alguien de la partida descubrió ¡ay! la camilla rodante emboscada entre los ligustros y un par de huellas frescas de misterioso destino. Las siguieron en tropa, desaforados.
El patio de la III asomaba al sur sobre una callejuela fangosa y hedionda. Cruzándola, en la oquedad de un vetusto señorío vegetal, cubríase de hiedra y musgo la traza de un pórtico en cuya parte menos verdinosa gracias al manoseo se leía malamente 'morgue'.
—12→Semiderruida por la dejadez y el triste uso que le fuera asignado, la otrora bella mansión ocupaba un sector del vasto charco en que agonizaban los árboles. El cieno alimentado por los desagües del hospital llegaba a las paredes y se extendía a las adyacencias. Según refieren, moraba en ese abandono, además de los difuntos depositados por si acaso apareciese algún deudo, la contrita sombra de quien fuera su propietario, un afamado santero solterón y misántropo, perpetuo reparador de iconos de la parroquia local.
La sucia callecita, desahogo de un barrio gris, límite sur de un pretérito proyecto urbano, lo era ahora de una aldea con susto de ciudad, la misma que un mes antes aguantara la más cruel masacre a que diera lugar la hecatombe civil. Pasmosamente inmersa en su letargo postbélico, parecía como si la calleja inmunda la hubiese desmembrado del territorio histórico. Varias veces mártir y más conocida por su mala estrella que por su pomposo nombre, el que no quiero mencionar por lástima, cobijaba además de terror y desamparo una degradación brutal. Despojadores y prostitutas la dominaban al amparo de las armas triunfantes3. Y entre los escombros y basuras de las calles, una no menos cruenta y cotidiana guerra se libraba, la guerra por matar el hambre y salvar la osamenta, guerra entre rateros armados y vampiros encumbrados por una parte, y una masa asquerosamente despojada y deshumanizada, por la otra. Niños mendigos y ratas invadían y unos y otros perecían apestados entre la infecta basura de los tugurios incendiados. Amargos y legañosos veteranos de dos guerras tiritaban de cara al lodo, como abrazados a la tierra que una vez creyeron salvar, pisoteados por los fantasmas de una generación sin rostro, por hombres reptiles paridos por culebras, por cristianos que confundían un lupanar y un templo.
Y a propósito de templos y cristianos, los domingos, las campanas herían desde temprano la rotunda paz impuesta por las balas. Un cura cicatero machacaba sobre el acatamiento. Y entonces, confundidos entre todo género de parias y malparidos, los héroes atestaban la placita de enfrente llamada Libertad, matando piojos con los dientes podridos en espera del óvolo ritual. Las mujeres, viudas casi todas, de apellidos ilustres o anónimas, cargando con sus reumas hacia la casa de Dios, desviaban píamente los ojos de la lacra penante. Al centro de la plaza, verde de orín, la libertad de —13→ piedra. A una cuadra, la escuela. En las mañanas hábiles trepaba el canturreo del himno nacional, jamás tan falso y desfigurado como en los tiempos del odio.
-¡Vaya y dígale a esa puta que me traiga la llave!
El de la voz de mando inequívoca, hecho un coloso frente a la puerta de los muertos, braceaba feroz. Dos, los más próximos, partieron de un salto, disputándose el cumplimiento de la orden dirigida a cualquiera, en una timorata carrera de perros amaestrados a fuerza de patadas, e irrumpieron en la sala III, donde un herido torturado por los gusanos clamaba el favor de la muerte. Dalma lo asistía, y de tanto en tanto miraba por la ventana al patio, hacia la morgue, angustiada por Pablo. Los belicosos emisarios la acorralaron jadeantes, la acosaron, la amenazaron, la rogaron. Y ella, demorando en lo posible la acción policíaca, les declaró con irónica benevolencia: Las llaves están con el director, en algún calabozo de Investigaciones. Así que vayan allá a buscarlas. Solamente él las puede entregar.
Entre tanto, el asco y unas ganas de reír y llorar a la vez le revolvían las vísceras, viéndose en la necesidad de salir al patio y vomitar. Lo hizo con toda intención delante de los sabuesos que no la dejaban, con fuerza y rabia, exagerando sus náuseas, hasta notar que la operación daba resultado. Y sólo cuando los sujetos retomaron la senda a todo humo dejándola, ella abandonó las arcadas para tornar al auxilio del moribundo, satisfecha con su ingenio pero sintiendo como un nudo en el pecho al pensar en el peligro que Pablo afrontaba y atribuirse cierta culpa por haberlo conducido allí. Miró nuevamente por la ventana hacia el repulsivo depósito. Tenía que inventar de inmediato un truco heroico capaz de desviar la atención de los perseguidores, ocupándolos por unos buenos minutos. Si pudiera convencer a uno de los heridos a escapar ahora mismo... Eso es... Ya lo creía de pronto resuelto. ¡Ya está!, se dijo; la cosa ocasionará suficiente revuelo y mientras...
No tuvo tiempo de concluir su propio pensamiento. Los dos individuos aparecieron de vuelta con renovada furia. Y ahora, el apremio fue brutal. Ante los gritos de Dalma escuchados desde las otras salas, sus dos compañeras corrieron a prestarle ayuda, pero el ominoso poder de la bestia se impuso.
-¡Carrera mar..., gramputa, carrera mar...!
—14→A empujones y patadas, las tres viéronse obligadas a trotar hasta la puerta de los muertos. ¡Tráiganme aquí todas las llaves que haya... y pronto!, les gruñó el de las gafas negras al tenerlas delante; ¡o se abre la puerta o se abrirán las piernas... carajo!
Ahí y entonces, claro está, nada inicuo podía parecer exagerado. Las mujeres doblaron el sendero sumidas en los peores presentimientos, deshecha la moral y con las feroces sombras pisándoles los talones. ¡Carrera mar...!
En críticos minutos revolvieron cajones, estanterías y todo habido escondite, reuniendo un sartal de antiquísimas llaves, todas oxidadas. Pero qué importancia podía tener el que sean viejas o nuevas si de todos modos la treta iba a ser descubierta. ¿Y Pablo? ¡Carrera mar...!
Y sofocadas, más por odio que por cansancio, llegaron de regreso ante el mandón en medio de risotadas, patético anticipo de cualquier salvajada previsible.
Y el mandón se dispuso a abrir. A medida que probaba y reprobaba las llaves, fuésele la ira creciendo y traduciendo en sudor que le ponía cada vez más lívida la cara. Y las enfermeras, irremediablemente atrapadas en medio de la abyección, veían con progresivo espanto, una a una, las inservibles llaves arrojadas al lodazal, sintiéndolas como si fuesen ellas mismas, probadas, manoseadas y arrojadas después hechas un asco, deshumanizadas, perdidas, confundidas con el cieno apestoso, drenaje putrefacto de todas las miserias.
Sin embargo, para sorpresa y súbito alivio de las infelices, ocurrió que el hombrón de las gafas, gastando sólo algunos de sus más soeces adjetivos, les declaró ser él también, pese a todo, un... varón. Y que por unción y respeto al recuerdo de su madre, santa mujer y no una puta como ustedes, les concedía la última oportunidad de rehabilitarse cooperando en defensa del orden constituido, entregándole debidamente la llave que les pedía, pues no deseaba violentar la puerta de los difuntos por consideración a sus ánimas, y pues que, según la certidumbre metídasele en la cabeza, el tal Pablo Gamarra, montonero con carta blanca en contra, debía estar oculto en ese lugar.
Y diciendo todo eso a su manera y otro tanto pensando, en material testimonio de su blandura de perro grande, se acodó contra la puerta para así, sin apuro, otorgando tiempo —15→ al tiempo, aguardar la respuesta a su benevolencia. Pero el tiempo, pésimo aliado en ciertos casos, esta vez fue peor. En efecto, con el peso de su huesuda humanidad, la mohosa madera giró sobre sus goznes, y el de las gafas, a fuerza de braceos y pataleos, fortuna aparte la suya, pudo evitar la patinada. La puerta estaba sin llave. El tufo escapado los abofeteó con la hediondez de veinte cadáveres. Huelga aclarar que el de suyo precario suministro eléctrico había también sufrido bajo el flujo y reflujo de los atracos, y que desde entonces, sin nada de hielo para la refrigeración, los despojos yacían hacinados como mazorcas en perchel4, sin tiempo ni cuidado de ser puestos en cristiana sepultura.
El intrépido profanador hizo tapaboca con su pañuelo, peló un puñal de pie y pulgada que traía en la cintura y, ¡macho el hombre!, se detuvo unos pasos adentro echando ojo a cada uno de los blancuzcos envoltorios malamente visibles en la penumbra. Y a pesar de la putridez que ahí se respiraba, ante el probable chasco y con el acre moco del papelón ya en el gaznate, adelantose unos pasos todavía, y entonces, excediendo todo lo previsible, rasgó de un tajo la primera envoltura de la serie, y Cándido Paná, que era él precisamente a quien se profanaba, le enseñó unos ojos vueltos y amarillos, una bocaza hinchada y oblicua, unos dientes de fiera muerta de hambre.
Y el puñal se elevó con rabia, cortó en media luna el caliginoso espacio, y, al hincarse con hueco toquido en el tumefacto abdomen, un chorro escapó, violáceo y viscoso, bañando al infeliz desde las gafas hasta las botas. Y éste corrió, huyó gimiendo a través del patio y de la calle como si recibiese su propia puñalada, dejando tras de sí tal nauseabunda huella que jamás hombre alguno dejó en vida, y una rueda de caras descompuestas por el asco, la risa y el miedo.
Las últimas en irse fueron las mujeres, excepto Dalma. Ella se detuvo ahogando dentro del pecho un llanto de triunfo. Veía a los hombres alejarse y desaparecer uno tras otro detrás de la colina próxima. Y recién cuando el más alto de la partida se hubo perdido de vista pudo convencerse5 de que había concluido el episodio, uno más de la pavorosa —16→ pesadilla. Y antes de que otro comenzara, pues estaba segura de que la tregua sería breve, con borbotones de lágrima en la cara, irrumpió en el depósito donde Pablo Gamarra, uno de la veintena de bultos, con enorme ansiedad la esperaba. Puesta de rodillas y temblando, desató los nudos que aferraban la quietud sepultífera en que el tenso rebelde ardía. ¡Pablo, mi amor!, pudo al fin hablar ahogada por la emoción; cuando la vida es digna hasta los muertos la defienden; ¡se fueron, Pablo, se fueron! Y lloró con toda el alma en tanto ayudaba al herido a desentumecerse y levantarse. ¡Estoy vivo!, exclamó él como estallando; pero esta vida más te pertenece a vos que a mí, por haberla salvado y vuelto a salvar, exponiéndote como jamás he visto a nadie hacer; ¡Dalma, mi amor, soy tuyo!
Abandonaban el depósito hacia el tremendo camino de la fuga cuando Cándido Paná, amigo hasta después de la muerte, crujió de pronto dentro de su quebrantada envoltura, obligándolos a detenerse un instante junto al despojo apuñalado, y luego, en atribulado silencio que un hondo reconocimiento cargaba, traspusieron el umbral. Y la notable puerta rechinó nuevamente clausurando a la luz la estancia de los muertos. Una porción de esperanza se acababa de salvar.
Un canto de gallo marcó medio día. Dalma no volvería hasta la noche. Las moscas verdes entretejían zumbonas a ras de los altos yuyos, lanzándose en furiosas picadas. Ni era eso un buen signo ni convenía que las vieran en tan intrigante revoloteo. Dos de ellas cayeron y acabaron aplastadas.
El escondrijo donde Pablo aguardaba, provisto por el sagaz y apasionado genio de la muchacha, resultaba admirablemente seguro pese a las moscas. Pero el sol apretaba. El tubo de hierro con medio siglo de óxido acumulaba la temperatura de esa brutal primavera hasta quemar la piel a través de la ropa. Inclinado y medio sepulto entre la maleza, tal una maltrecha pieza de artillería apuntando a una redonda porción de cielo metálico, lo estaba cocinando vivo. —17→ Parte, en su tiempo, de una caldera industrial muerta en ese lugar, según dicen, de muerte natural, sin que jamás prestara servicio alguno, su metal subsistía no obstante, mutilado parcialmente por ojeras de herrumbre, pero de pie, testimoniando heroicos propósitos malogrados, yacente en el sucio traspatio contiguo al de la morgue, en preterición perpetua.
Con lentitud enervante bajaba el sol. Al atardecer, la brisa paulatinamente fresca empezó a descender una y otra vez por el tubo. Y al cabo de un derroche de paciencia, en el redondo boquete se asomó el crepúsculo. Ya llegaba pues la noche, ya llegaba. Pero otra eternidad fue necesaria para que Dalma, sudorosa y fatigada, pudiera hacerle sentir su presencia.
-¿Qué tal estás?, escuchó Pablo a través de una suerte de tronera practicada por la herrumbre. Y él contestó que «fenómeno» con musitante ironía.
Dalma, dolida del ingente sufrimiento de su hombre, trató de animarlo anunciándole una aparente amenaza de lluvia. ¡Ojalá que no!, dijo él y tenía razón, porque entonces moría de frío dentro del tubo. Pero ella traía un plan definido. Tenés que salir, le dijo; partiremos enseguida. Pablo, por su parte, mostrose preocupado por la suerte de otros heridos rebeldes que debían ser salvados antes de que nuevamente cayera la requisa. Yo estoy relativamente bien, afirmó; traeme agua y aguantaré. Pero Dalma fue rotunda. No estás bien, sostuvo; dos días más y te viene la gangrena; eso si antes no sucede algo peor; pegaron afiches con tu foto por las calles; dicen que se ofrece diez mil por tu cabeza. Mucha plata por un trabajo tan fácil, se burló él; sin embargo aguantaré un día más. Entonces Dalma recurrió a otro argumento: Tu situación es insostenible, insistió; te buscan y tengo órdenes para sacarte de aquí enseguida.
Pablo guardó silencio. Sin indagar la certidumbre de tales órdenes, usó de sus menguadas fuerzas para zafarse. O el hueco estaba más estrecho o él bastante más hinchado. Al cabo de enorme penuria lo logró. Y en ese momento, Dalma, echada en tierra y bien a oscuras, emitió un quedo chistido en señal de peligro, viéndose él obligado a demorarse. Sólo un prolongado minuto después, con ayuda de una muleta que Dalma le tenía preparada, pudo dejar el escondite. Y ambos, él renqueando atrozmente y casi colgado del hombro —18→ de la muchacha, se deslizaron a través del patio y la calle protegidos por la oscuridad. Pablo ignoraba la causa del chistido que lo forzó a demorar la salida, mas nada dijo. El miedo era cosa real que obligaba a superar las dificultades sin palabras. Ahora avanzaban por malísimos terrenos, con el mayor sigilo posible, por lugares donde todo parecía muerto, hasta los perros. Solamente a lo lejos, de tanto en tanto, pedía oírse la aterrante vibración de un estampido o un grito perdido en la atmósfera. Los alcoholizados vencedores se ufanaban sembrando plomo sobre las huellas de los derrotados. Los sobrevivientes que no estaban en fuga yacían impotentes, igualmente beodos bajo el sopor del escarnio. Aparte de los tiros y gritos esporádicos, todo era silencio, paz de cementerio.
Detuviéronse al borde de un bajío maloliente, entre chatos arbustos y desechos de toda procedencia, amontonados y homogeneizados por las lluvias. Habían logrado en dura marcha recorrer cierto trecho imposible de precisar, aunque muy fatigoso. Y por fin, pese al cansancio, podían hablar.
-¿A dónde iremos?
-A tomar un vehículo.
-¿Hablás en serio?
-¡Sí, claro!
-¡Qué grande sos! ¿Un auto?
-Un camión arenero. Hará un viaje expreso para llevarte hasta la ribera.
-¿Dónde espera?
-En el arenal de Paso Pucú.
-¿Paso Pucú dijiste? ¡Como una legua! ¿Cómo llegamos?
-El camionero prometió ayudar pero puso sus condiciones. Nada mejor pude encontrar. Y tenemos que llegar hasta allá, Pablo, cueste lo que cueste. Es una orden.
-¿Podés decirme de quién?
Dalma sintiose de pronto lastimada y calló. También Pablo permaneció callado. En el fondo de su ruina necesitaba creer en la supervivencia de algún vestigio revolucionario, en alguna expresión viva, oculta, de la energía deshecha. Necesitaba aferrar en algo su esperanza. ¿Esperanza? ¿Quedaba acaso alguna en pie? Él no lo creía. Y sin embargo accedió a seguirle el juego a Dalma como induciéndola inconscientemente a mantener la fe por él perdida. Pero al final se le escapó una risa amarga. Dalma se violentó.
—19→-¡Shhhh! ¿Pensás que se resignen con tu escapada?
Tenía razón. Los cazadores, acicateados por la anunciada recompensa, les andarían rastreando como lobos. Él, sin embargo, esperaba una respuesta y no la obtenía. La censura de Dalma, si bien oportuna, había caído justo para evadirla. De momento no pensaba en otra cosa, ni siquiera en el disgusto logrado con su impaciencia. En una legua de camino podemos caer diez veces, dijo; ¿no pensaba en eso quien te dio la orden?
Dalma guardó silencio. El súbito mal genio de Pablo la afectaba. Pensaba en la fatiga causante, la que, por otra parte, también ella sufría sin que por ello perdiese la calma. Estaba preocupada. ¿Habrían avanzado bastante? ¿Cómo de lejos estaría el arroyo? Quiera Dios que no perdamos el rumbo, susurró. Y de pronto, ¡shhh!
Paralizáronse olvidando toda cuestión anterior, y hechos un haz de sombras entre los ásperos arbustos, trataron de captar nuevamente el ruido que acababa de producirse. Avanzar sin aclararlo era como entregarse. Y de inmediato, muy cerca del hueco donde atisbaban, otro similar se hizo sin que tampoco ahora lograran el origen. La ansiedad apretaba en tanto huía el tiempo. ¿Qué hacer? Al poco rato, surgiendo de los arbustos, dos orejas pardas, altas como espadañas, aparecieron; enseguida un brillo turbio de ojos y una borrosa forma animal de tamaño algo mayor que un perro grande.
-¡Es un burro!
-¡La salvación!
Dócilmente, el borrico se dejó atrapar y montar. Dalma quitose el cinto de la ropa, lo aplicó a modo de brida y tiró de él en lento trote a través del silencio. Los minutos, estirados como siglos, llenáronse de pasitos apremiantes.
Ya perdían la cuenta del tiempo que llevaban andando. A medida que se alejaban del terror habitado, hubiese sido de esperar algo de calma, pero el miedo marchaba con ellos, pegado a la piel y susurrando en el aire. Dalma tiraba y tiraba; Pablo azuzaba al pobre burro más y más. Impaciente por momentos a causa de la lentitud, Dalma probaba empujando la grupa y el animal parecía comprenderla. ¡Cuánta paciencia! La marcha iba de a poco haciéndose más dura, la llanura más abrupta, la oscuridad oprimente, los minutos hostiles y dilatorios. De pronto, en el borroso horizonte, un —20→ perfil de bosque apareció. La marcha se contuvo espectante. ¿El arroyo? ¡El arroyo! ¿O estarían siendo juguetes de la ansiedad? A propósito, nunca habían estado en tal arroyo ni conocían su ubicación exacta. Ella pasó sus años en el redondel poblado. En cuanto al comandante de montoneros, aunque nativo del lugar, lo era del lado de los cerros, razón que lo indujo a preferirlo para sus operaciones, no habiendo incursionado jamás hacia esos bajíos que ahora osaban atravesar. ¿No serían pues víctimas de alucinaciones? Porque la cresta forestal aparecida en el remate de un cielo de plomo sucio comenzaba a desplazarse por delante, alejándoseles a medida que ellos avanzaban. ¡El arroyo! ¡Paso Pucú! Y continuaban trotando, persiguiendo la larga sombra cuyas crestas arbóreas concretaban por momentos formas apasionantes. Pablo, cuyo estado febril había empeorado con el estropeo, sudaba copiosamente. Y la ventaja de ir montado sumaba al dolor de la pierna tumefacta una quemante opresión en los omóplatos. Los ojos fijos en la distancia también dolían. La boca seca de tragar jadeos, ideas hostiles, sorbos de sombra, también dolía.
Ya Dalma no se aventuraba a precisar lo que todavía les faltaba por andar. Sólo tiraba y tiraba. ¡Cuán inmensa la noche en el país del miedo!
Fue en lo más depresivo del trayecto que el burro empezó a resoplar aterrado negándose a dar un paso más. Pronto, al hundírsele los pies en una orilla cenagosa y tibia, Dalma comprendió lo inútil que sería insistir. Tendió las manos palpando el contorno de torvas cortaderas en cuyos dominios acababan de caer. Ninguna duda tenía. Estamos en un pantano, dijo tristemente. Y de inmediato surgió en ambos la ingrata idea de tener que renunciar a la caridad del burrito. Pablo reaccionó impaciente:
-¿Podré saber alguna vez por qué escogimos este estupendo itinerario?
-¡Pcccciiiiuuuuu!
La respuesta la dio un fiero proyectil que pasaba rasante, un tiro de fusil de procedencia no muy lejana.
-¿Nos habrán visto?
-Imposible; más creo que tiran por sentirse seguros. Además, eso prueba que el arroyo está cerca.
-Sé que en la zona hay un acantonamiento o algo así.
-¿Por qué lo decís?
—21→-Entonces, ¿por qué no me advirtió el camionero?
-No lo sé. Me dijeron que está sobre una loma. Lo formaron hace poco.
-Me pareció que el proyectil venía de nuestras huellas. ¿No será que nos vienen siguiendo?
-Pudieron sentirnos cuando lidiábamos con el burro.
-Entonces están cerca. Tengo miedo, Pablo.
-Según creo, no nos queda más remedio que avanzar.
Ambos ignoraban la distancia que los separaba de la loma, que en efecto estaba cerca, que merced a la oscuridad se salvaban de ser vistos desde lo alto, que en lugar de acantonamiento era ésa una pequeña aldea abandonada por sus moradores naturales y ocupada por gente armada. Tratábase de una suerte de voluntarios fanatizados desde el seno materno en un morboso odio a los que llamaban rebeldes.
Vacilaban entre soltar el burro o bordear con él de algún modo el pantano cuando otro disparo de fusil, éste bastante6 próximo, los obligó a lanzarse al cruce, único escape posible. De entrada, el agua fangosa les llegaba a las ingles y la hirsuta vegetación los cubría enteros. Por fortuna, el fondo ofrecía cierta solidez y pudieron avanzar tanto como la circunstancia les permitía. Y otro tiro acabó con cualquier ilusión que se hiciesen. Perdimos la cuenta del tiempo, susurró Pablo zancajeando asustado; está amaneciendo. Dalma miró al oriente y tembló: ¡Nos vieron! Avancemos cuanto podamos, la animó Pablo; no creo que se arriesguen en el malezal; más vale, tratarán de cazarnos desde la orilla; debemos continuar hasta encontrar un amparo. Dalma murmuraba como rezando: Gracias a Dios hay viento; el movimiento de las hojas nos ayudará.
Ya no caminaban; se arrastraban. Y en tanto menudeaban los tiros, ellos hacían lo imposible por alejarse. Pablo, que reptaba adelante, empezó de pronto a sentir agudos dolores causados por el agua sucia que le anegaba el yeso de la pierna. Ya la aurora iniciaba su lenta expansión por el cielo que pasaba de plomo a marrón y rosa, aunque en el fondo del cortaderal fuese todavía noche. Ahora, a través de la maleza, podían entrever la sombría línea vegetal del arroyo. ¡El arroyo! No parecía distar más de un kilómetro, demasiado para la urgencia que vivían. Pablo se detuvo y habló al oído de Dalma: No podré seguir; si nos capturan será por culpa mía, y no es justo que vos caigas. Acordate —22→ que salvarse es parte de la lucha. Es tu deber hacerlo. Dalma no pensó para replicarle: Mi deber está a tu lado. ¿Te olvidás que soy responsable de tu vida? No lo repitas. Tomó la muleta que Pablo llevaba a rastra, se la aseguró al torso con el trozo de cinto que había quitado al burro, y tiró de ella ayudando al compañero a seguirla. Al rato éste insistió: Ya no puedo, Dalma, comprendeme; tu vida es tan importante como la mía; salvate vos.
Se detuvieron. Dalma sacó del corpiño un pequeño lío en cuyo interior guardaba unas grageas: Es piramidón; te calmará por unas horas, fue su respuesta. ¡Piramidón!, repitió Pablo con alivio. Ahora, el problema era con qué tragarlo. El agua en que chapoteaban apestaba. Tomalo con un sorbo de orín, le indicó ella. Y en tanto él se disponía a lograrlo, Dalma trató de asomarse a ras de las cortaderas y escudriñar. Casi al instante volviose al barro con emoción en los gestos:
-Hay un refugio más adelante, dijo; un matorral de güembé.
-¿De veras? ¿A qué distancia?
-Cerca, como a diez metros, veinte tal vez.
A Pablo se le cortó el orín. Pero había llegado a tragar la pastilla. Vamos a ganar ese refugio, dijo, si hay güembé es señal de que la tierra es firme.
Clareaba velozmente. Entre las cortaderas, a rato chatas, dos sombras como reptiles deslizábanse penosamente sobre el barro fétido, sobrecogidas a cada ruido causado por sus propios movimientos o por la brisa entre las cañas. Sufrían lo indecible por alcanzar el matorral cuando una nueva rociada de plomo los dejó quietos, casi pétreos. Pero esa quietud, plagada de latidos angustiosos, ya no podía durar más que el instante del susto primero, pues en tanto nuevos tiros estallaban al aire, sacudiendo el barro, el cielo, haciendo blanco en cualquier parte sin puntería fija, ellos continuaron ganando centímetro a centímetro la cercanía del matorral. Pablo estuvo en lo cierto al suponer que los tipos preferirían sembrar balas desde la orilla antes que aventurarse fango adentro. Silbaba el plomo abriendo claros entre las hojas finas y lacerantes. El fondo, felizmente, comenzaba siendo más firme, ya no légamo, lo cual sumaba una gota de alivio, poco o nada válido en un mar de desesperación. Reptaban tragándose sus nervios, su miedo, sus esperanzas, —23→ dilacerados y sangrantes, y de pronto, los doloridos dedos de Dalma crispáronse al asir un áspero tallo rastrero: El güembé, musitó. Pablo llegó tirando de su pierna enyesada como de una carga odiosa. Los pajarillos festejaban el arribo del sol cuando la maltrecha pareja se introducía en la carpa verde, verdadero hogar dádose el caso. Por suerte, debajo del güembé no crecen las cortaderas. Un pasto claro y blando se les ofrecía, casi un mullido tapiz. Entre matas y matas bien tupidas había lugar para dos cuerpos resignados a una indefinida vigilia en compañía de mosquitos, jejenes, sanguijuelas y alacranes, únicos libres y en paz en esa hora de muerte.
A poco de haber nacido el sol, comenzó el viento a castigar el fango. Primero a remezones, arremolinando la alta maleza. Después ya era el diablo batiéndose con su sombra a lo ancho del madrejón.
Finalmente llegaron voces; voces entrecortadas; a veces claramente audibles; hamaqueo de voces entre la orilla y el matorral, tal vez un centenar de metros, tal vez dos. O tal vez la fatiga magnificaba la proeza de conquistar palmo a palmo el barro. Repentinamente, una voz muy clara se hizo oír:
-Me parece que viste algún pora7.
Y otro remezón de viento la devolvió haciéndola volar en cualquier dirección. Pero al rato llegó otra voz:
-Allá no entra ni las vaca..., chamigo; e un caruguá8; si queré, metete vo; yo, en la puta vida...
El viento.
-Para entrá ahí se tiene que sé loco o se tiene que sé rebelde. ¡Eh, mirá eso!
-Un burro.
-Con un trapo en la boca.
A Dalma le dio un brinco el corazón. Con la premura, no pudiendo desanudar la brida, la había cortado dejando el trozo en la boca del burro.
-Eh, ¿nunca pio vite un burro que come trapo?
-Alguno sí, por ejemplo vo...
El viento abatió una risa sorda, de borrachos. Alivio. Por otra parte, debajo del güembé, la tierra parecía ceder. En —24→ los huecos, debajo de los cuerpos, brotaba tibia el agua. Dalma empezó a alarmarse: La tierra es falsa, dijo. Paciencia, si vive el güembé, viviremos nosotros, repuso Pablo en un susurro. Su muleta y los troncos rastreros en que se apoyaban quedaron debajo del agua, prueba de que a cierta profundidad yacía la arena movediza que mencionaban las voces: el caruguá. Valor, mi vida, viviremos, animola Pablo que ahora mostraba notable mejoría de espíritu, signo de que el terrible dolor había pasado. En eso, una voz nueva llegó con claridad, una tercera voz. Llegaba sumándose a las otras.
-¿Encontraron algo?
-Un burro.
Desde el escondite podían ver el sol que subía de prisa. Aunque no veían los persecutores, los imaginaban trasnochados y brutales, con los fusiles listos, al acecho para matarlos. La nueva voz insistía:
-¿Todavía pio no encontraron nada?
-Ya ve, solamente un burrito, tu pariente...
La risa se generalizó. Podían imaginar las caras descoloridas, las barbas ralas y crecidas, el olor a guarapo. Repentinamente, cerradas descargas retumbaron en la loma. Siguieron luego varias ráfagas y el eco de uno y otro grito. Ahora conocían la ubicación aproximada de la loma de donde llegaron los primeros tiros y más tarde los cazadores. Desde el refugio pudieron distinguir el trote del burro a fuerza de culatazos. Convenciéronse entonces de que durante el día, desde la loma dominaban totalmente el pantano. El burro empezó a galopar. Vibraban los cerrojos en la corrida. Uno que permanecía en la orilla gritó:
-Para qué llevá ese burro...
-E burra, boludo...
El sol se daba prisa. Debajo del güembé, el viento jugaba con la ropa andrajosa de Dalma. El mismo viento que le secaba la ropa trajo de pronto una risa, después un silbido desentonando cierta polquita de moda, el silbido del que había quedado de guardia en la orilla. Podían imaginarle perdidos los ojos en la distancia, las manos en el cerrojo listas para el tiro mortal, la cara deshumanizada9, la ropa inmunda; un miserable con olor a sangre. Ambos, instintivamente, se buscaron para protegerse. El cuerpo de Dalma buscó al de Pablo. Y éste la abrazó suavemente, oprimiéndola —25→ contra sí. Ningún dolor sentía en ese momento y sus nervios vibraban al contacto de la piel amada. Ni miedo, sólo deseo de ser fuerte y poseer ese cuerpo de latidos ardientes. Tal vez ésta sea nuestra última cita, le musitó al oído; te amo, Dalma; te amaré hasta morir.
-¡Mi amor!
Húmeda flor en el pantano bajo la luz temprana, dulcemente se abrió. El viento salvaje pirueteaba sacudiendo la cola en el matorral. ¡Gracias al viento!
El alba sorprendió a don Cátulo Mencia, camionero, al tiempo que vaciaba parte de la arena cargada en Paso Pucú. Lo hacía de modo que aparentase un accidente, soltando una de las tablas de la parte trasera. Cien metros arriba se veía la carretera por la que no sólo circulaban placeras en fila india, con atuendos de sueño interrumpido, de risas resignadas y pesados canastos mandioqueros, sino también soldados, de tanto en tanto, esqueléticos, provenientes de la unidad militar cuyas luces todavía pestañeaban a menos de un kilómetro del arroyo, en pleno campo.
La arena se escurría sola pendiente abajo. Por un momento, los ojos del pensativo y preocupado camionero dejáronse llevar por la arena, deslizándose con ella sin ruido. Enseguida, la duda comenzó moviéndole las pestañas. Salía el sol y el pasajero no aparecía. Ahora entraba a sospechar de sus propios cálculos. El riesgo crecía con cada minuto que pasaba. Pero él había prometido esperar y cumplirá. Tal vez ni puede caminar, pensó. Sus ojos escaparon de la arena en dirección al sol. Si está convaleciente10, llegará, concluyó. Puso la tabla y el chorro se detuvo. Llegará. Y fue a la cabina por una pala. Esos tipos nunca se rinden, persistía. Habiendo sido visto allí detenido desde la madrugada, debía decidirse a usar la cabeza. Pensándolo, subió a la cabina e hizo aparentes intentos de poner el motor en marcha, varias veces, omitiendo el contacto eléctrico. La máquina zumbaba penosamente sin arrancar. Un soldado se detuvo, fusil apoyado en tierra, orinando o haciendo como si orinase. Don Cátulo sonrió. Sacó la lona del asiento y —26→ tendiéndola debajo del cárter, tirose encima con una bolsa de ruidosas herramientas. Al minuto oyó pasos y un saludo: Mba-éichapa. Un gruñido respondió entre golpes de llaves y tuercas. El pobre hombre resoplaba en evidente forcejeo. Pero el soldado, con su bien campesino acento y dulzona amabilidad insistió: ¿Se te decompuso pio?
Ahora, la respuesta fue un salivazo. Siguieron resuellos y retintín de llaves. Desde abajo podía ver la culata del fusil y la bocamanga del pantalón verdeolivo. El soldado, guiado por natural curiosidad, púsose en cuclillas tratando de ver, obligando al camionero a tomarse con las tuercas del costado opuesto a más no poder y ocultar el rostro. Las aflojaba y ajustaba muy seriamente. A cada golpe de llave, los músculos le cimbraban. Aspiraba y resoplaba con angustia. El indiscreto pasó sigilosamente al otro costado, llegando a entrever una cara bastante tiznada de grasa negra, por lo que se avino a comprender el verídico embarazo del hombre, y en honesta aceptación del silencio, se alejó por el arenal a zancajadas. El sol había dejado la cima del cerro. Don Cátulo se fijaba desde abajo en las huellas profundas, como pequeños cráteres, dejadas por el soldado sobre la arena. Este volverá, se dijo amasajándose los riñones; aunque sólo sea por instinto, volverá; bueno, creo que cumplí hasta donde pude. Y lanzando las herramientas, salió. Pero al tratar de levantarse de un salto, los dolores le frenaron el ímpetu, y cayó.
Andaba por los sesenta y algo, con varios hijos, todos en rebeldía contra la furia gobernante. Merced a su edad y alejamiento de las aventuras políticas de los jóvenes, andaba suelto. Su ancha y canosa estampa nunca era vista en cosas de compromiso. Ni bien logró dominar las molestias lumbares, dispúsose en serio a partir, pero, increíblemente, esta vez la falla del motor no fue broma. El zumbido inútil del arranque hacía girar cada una de las cabezas que se sucedían por encima de los arbustos de la carretera. Apretó quince, veinte veces, y la batería entró a flaquear.
Invadido por las conjeturas, don Cátulo se dejó estar sobre el asiento buen rato. Si no ha llegado es porque cayó, pensó de pronto con susto; ¿y si llegara a cantar? Apretó el botón con ansiedad una vez más, y nada. Un tanto abrumado, tomó entonces la manivela, bajando de la cabina con dificultad. ¿Y si llegara después de mi partida?
La duda le salía de adentro como un eructo. Sintió freno —27→ en las piernas y se detuvo pensando, hasta que, enfadado consigo mismo, se le fue al motor. Así que responsable y patriota, se dijo: ¿Qué podía saber él si el tipo no habría alterado el plan? Sin embargo, tal vez él insistiría esperando. ¿Pero por qué no arranca? Lo dijo en voz alta en tanto levantaba el capot.
Inspeccionó el paso de corriente, el paso de nafta, el carburador: ¡Está seco! No lo podía creer. ¿Será que el tanque pierde? Fue a destaparlo, y no; el tanque estaba casi tan lleno como cuando dejara el surtidor, en la víspera. Tamaña dificultad apartole de la mente al herido y sus conjeturas al respecto. Por más de media hora se pasó chupando conductos, preocupado, sudoroso, hasta que finalmente volvió a decidirse por la bolsa de herramientas. Esta vez, nada de simulacros. Ante la ironía cruel y subversiva, el espíritu de compromiso comenzó a resentirse vivamente. La probable patraña de que sentíase objeto, a su edad, con tanta sinceridad y sacrificio empeñados, poco a poco lo sublevaban. Sus íntimos sueños de liberación empezaban a resultarle ridículos. Y terminó riéndose a solas, a carcajada, recuperando por fin cierta tranquilidad.
Buscó la lata vacía que habitualmente llevaba debajo del asiento y chupó nafta, desarmando luego el carburador y aplicándose a lavarle cada piecita, cada válvula, soplándolas, chupándolas, mirándolas a trasluz en tenaz lucha contra el polvo y armándolas de nuevo paciente y minuciosamente.
Habían pasado varias horas más. Ahora, el sol le caía a plomo11 sobre la nuca y los merodeadores ya no estaban. Acabado el trabajo, controló el radiador, tomó la lata y bajó al arroyo. El tiempo corría como el agua, pero el camionero, cansado, dolorido, veíase insensible al tiempo. El agua, liviana, turbia, servía igual. La bebió con avidez de bestia sedienta, hundiendo el mentón en el torrente. Luego se empapó la cabeza y el torso. Y ya de regreso cuesta arriba con la lata llena y todo él chorreando, sintió como si el agua bebida le cayese mal, razón por la cual, atendido el radiador, resolvió tirarse algún rato sobre el asiento de la cabina. Allí, su olfato le recordó del paquete que traía en la guantera. Al abrirlo, el hambre se le desató violento. De tanta desazón se había olvidado del estómago. Y temblándole algo las manos, llevose el bocado a los dientes con fruición. Comió —28→ varias galletas y un trozo de carne, quedándose dormido con el último mendrugo sin tragar.
-¡A la puta! Todavía pio...
Viéndolo dormido, se calló. La impertinente voz despabiló de golpe al viejo, quien, al reconocerla, acentuó sus hondos y largos ronquidos. Era la media tarde. Este tipo me controla, pensó en tanto fingía. El soldado observó el capot aún levantado por olvido, la mano y el brazo que cubrían el rostro dormido, todo sucio de grasa negra. Advirtió además la permanencia del camión en un mismo lugar, sin haberse movido un centímetro pese a tener la carga completa desde la mañana. ¡Qué problema!, exclamó para sí, ¡pobre infelí! Y antes de sumarle al agobio la molestia de su presencia armada -que esa conciencia cargan algunos soldados-, resolvió continuar su camino a la unidad. Tan convencido y apenado iba que prefería, para evitarle naturales pesquisas y otras cuestiones, olvidar su presencia en el paraje al presentar el parte.
Roto el frente por conflictos de predominio entre sus propios conductores, algunos más temerosos del triunfo popular que de la derrota, las acosadas milicias civiles desbandáronse dejando dolor y pánico en las poblaciones rurales donde la esperanza había cobrado forma activa durante el tiempo compartido con las fuerzas insurrectas.
El éxodo arrastró al campesino, miseria a cuestas, rumbo a la ciudad o al extranjero. Los paupérrimos barrios abarrotáronse. Y el hambre salió a mostrar los dientes por las sucias calles.
Algunos, los menos relacionados a causa de la indigencia, buscaban asilo a orillas de los arroyos o ríos aledaños donde la naturaleza todavía demostraba algo de prodigalidad. Bagres y bogas bajaban por las oscuras aguas a paliar el hambre de los parias. Los campesinos más listos, armados de un par de remos Dios sabe cómo, escogían las fronteras fluviales, donde se instalaban a la insólita pesca de fugitivos, los que, al —29→ amparo de las noches y las tormentas, caían de tanto en tanto, pagando lo que tuvieran por cruzar el río.
Cirilo y el rengo, dos de esos pillos rurales, expertos en poco tiempo y en dudosa sociedad, hicieron puerto de embarque en cierta parte no tan accesible de la ribera sur, riacho de por medio, a un kilómetro escaso de cierta unidad armada, abonando la tolerancia con soplidos oportunos y supuestos. No podían hacer casa, porque un rancho cualquiera les reportaría derecho de ocupación. Pernoctaban a la intemperie. Pero en los comienzos, cuando los prófugos asomábanse a razón de uno o más por noche, Cirilo subía al pueblo bien forrado, visitaba el prostíbulo de una tal Ña Juana Overa, compraba butifarras, caña, yerba, cigarros, y regresaba, a veces hasta la orilla para regocijo del rengo, a veces hasta donde la borrachera se lo permitía.
Todo empeoró bruscamente con la estúpida providencia de los gendarmes de la otra orilla bloqueando el ingreso de los fugados y devolviendo algunos al punto de partida. Desde entonces, el pasero Cirilo y su amigo rengo, un tanto peores de humor cada mañana, cada noche más tristes, más harapientos y enfermos con los meses, aviniéronse a hincar uno que otro bagre, hervirlos en el parapití, y sin sal, sin pan, tragarlos y tumbarse.
Fue en una de esas, acaso la peor noche, que a Cirilo se le pusieron los ojos duros de insomnio. Algún presagio lo poseía; alguna oscura remembranza. Y próximo al alba, del todo desvelado, decidió hacer fuego. A la luz de la primera llama, con la importancia, tal vez, con que se cuenta días de vida, contó los últimos fósforos que le quedaban. Puso el Parapití sobre la llama. Y yéndosele el ojo hacia el rengo ahí dormido, le envió un puntapié sin importarle la parte en que se lo daba. El infeliz retorciose sin comprender lo sucedido hasta que pudo despertar. Y entonces, el dolor se incorporó al hilo argumental de cierto suculento sueño interrumpido por la patada. Enfadado, oprimiéndose el estómago agredido, farfulló: ¡Increíble! Se arrastró junto al fuego, miró por encima de las humosas llamas hacia las barrancas. El viento sur azotaba sin freno haciendo estallar las estrellas entre las ondas del río.
-¿Qué soñaste o qué?
Ambos casi ancianos, uno más acabado que el otro, estaban acostumbrados a dormir poco o nada debido a los mosquitos —30→ y al lúgubre rumor de las tripas. Esa noche, el rengo había dormido como nunca, desde el crepúsculo. Esa, más que otra cosa, sería la causa del pésimo humor de Cirilo. Lo envidiaba.
-¿Qué soñaste o qué?
-El asado, esta ve el asado, y con mandioca. ¿Para qué pio me depertaste?
A la agónica luz del fuego, Cirilo lo miraba sin decir 'A'. El rengo gemía.
-¡Claro! Comiste el asado; comiste demasiao.
-¿So etúpido o qué lo que tené en tu cabeza?
Cirilo escupió en la brasa y atizó las llamas. El rengo parecía realmente enfermo. Sufría de verdad. A Cirilo, repentinamente, le asustó la idea de que se le muriese.
-Entonce pué, ¿qué te pasa?
-El hambre, infelí; el hambre. ¿Vo pio me depertaste?
Cirilo volvió a escupir en la brasa. Estaba visto que el rengo ignoraba lo del puntapié.
-Te va hacer bien un matecito caliente. Pero no tiene yerba; puro yuyo nomá. ¿Queré uno?
Los dedos ganchudos del rengo atraparon el mate, recibiéndolo una y otra vez. El agua hervida subía por la bombilla de lata quemando. Él, no solamente lo soportaba sino además lo gozaba arrojando un vaho denso después de cada trago.
-Parece menta.
-El zumo te va sanar. ¿Un naco?
El dolorido cortó con la parte no podrida de la dentadura la punta del cigarro negro del lado no quemado, devolviendo la sobra. Comenzó masticándolo despacio y aceleraba a medida que el sabor le invadía las glándulas, surgiéndole la saliva abundante. Escupió. Se frotó la barriga.
-Toy mejor, mucho mejor. Pero, ¿para qué me depertaste?
-¿Yo pio acaso te deperté? Güeno, mejor, así hablamo.
-¿Hablamo de qué? ¿Al pedo nomá?
-Tengo una idea.
-Dejate de joder. Por causa de esa idea ya andamo así.
La dolencia del rengo, debida simplemente a la patada de Cirilo, cedía. Este, que le espiaba el semblante a la luz del fuego, se tranquilizó.
-Tengo una idea en serio, nada de montonera; eso ni loco.
—31→-¿Qué clase de idea entonce? Decí nomá. Sudor del perro debalte, seguro.
Sin embargo, en rengo se puso serio y escuchó. En su rostro lucían los diabólicos cabrilleos de la llama, rosa y violeta sobre el amarillo sucio. Cirilo chupó unos mates más a tragos gruesos. Eructó. De pronto le dio por hipar.
-Me parece que ya dormiste demasiao -hipó-. Y como vo tené habilidá con la carimbatá, me antoja que te conviene esta madrugada oscura. Alí está la idea. Por si acaso sale uno grande, carneamo y vendemo como si juera surubí. Seguro que vendemo. Total, nadie sabe quién somo.
-Carimbatá no se come. Carimbatá no vale para vender. Pssshhh, yo creía que alguna cosa seria tenía en tu cabeza.
-Te digo que nadie sabe quién somo.
El rengo avivaba el fuego. Quedose pensativo. Se diría que reflexionaba. Volvía la cara de un lado a otro esquivando el humo. De golpe reaccionó:
-¿Vo pio quién so últimamente? ¿Mi patrón o qué? Así que yo me mojo el culo... ¿y vo? ¿Qué vasa hacer mientratanto?
-Tengo una idea.
El rengo se rió con una risa agresiva, procaz. Sin embargo le corrían lágrimas, lágrimas amarillentas a la luz de las llamas. Las limpió con la mano forrada de mugre perpetua. Y volviose a reír amargo, tartajeando:
-Así que... otra idea, otra zoncerada seguramente.
Y guardó silencio. Los labios le temblaban. La cara toda se le contraía en un mohín de infinita tristeza.
-Una lástima que no so prebero. Si era, le podía macanear a mucha gente por plata. Pero no so; so una porquería nomá, como yo.
Hablaba con voz tiplada, entrecortada, conteniendo el moco. Y el otro, contagiado de tan súbita amargura, también cayó al borde del sollozo.
-¿Qué via hacer? Se nace así, con mala suerte. Yo no tengo la culpa. La partera luego nio ya le dijo a mi mamá...
-¿Y qué lo que le dijo?
-Le dijo, cuando me vio nomá, ¡ayjesunga!, la cabeza cupií tacurú, la barriga anguyá letrina, y la pata ¡ayjesunga!, la pata catu tajhachí coguá che ama, eso vaser tu hijo, tajhachí, jajajajay...
La risa de ambos, débil, insignificante, apenas levemente —32→ diseminada, se extinguió aplastada por la humedad, como el humo del agónico fuego.
-¿Y por qué no so tajhachí entonce? Así, anquesea tenía un número de lata. ¡Tajhachí número tal! ¡Presente! Y le metía garrote a lo prójimo.
Carcajeó una risa como de asco. Y un silencio humoso se tendió entre ambos.
-¡E claro! Entonce hubiera sido perro, pero hubiera sido mejor. Nunca vi un tajhachí limosnero. Pero mi taitá no pensaba en eso. Me parece que le estoy oyendo: Este e mi hijo porque e patudo, tiene sangre de capuerero, va servir para tumbar lo barbecho... Y aquí me tené... ni capuerero ni nada; una mierda, igualito que... güeno, somo iguale.
El rengo tenía la mano en la boca como perro mordiéndose el pique. Permaneció así buen rato. Cirilo insistió:
-¿Por qué no te dejá de joder y agarrá mi idea?
-¿Otra ve pio con tu idea?
Apoyándose en la muleta que usaba como almohada, se levantó poco a poco. La grotesca figura que iba formando en la semi claridad, a medio pararse, pierna y muleta apuntalando un tronco famélico rematado en enorme cabeza enmarañada y cerosa, ojos perdidos en las cuencas, boca desdentada de sapo, era la de un trágico espantajo.
-Decime primero que vasa hacer vo.
Cirilo, las sarmentosas manos como pantallas contra el fuego, contemplaba con una suerte de asombro ese adefesio humano, su compañero de penurias que apenas podía con su espequeto, harapo abandonado tras la derrota, juguete12 de la iniquidad, imagen del desamparo. El viento sur agitaba las llamas y las greñas. El rengo alzó la voz repitiendo:
-Decime primero que vasa hacer vo.
Miráronse como dos perros vencidos. Los unía el fuego. Nada más tenían en común a no ser la desgracia de haber nacido.
-¿Yo? Yo nio sé lo que via hacer. El hambre co e mal compañero, ¿sabé, pa? Y yo no tengo solamente hambre sino también se y ni una esperanza de conseguir un trago. Pero via procurar.
El rengo continuaba de pie contra la noche. Lo flagelaba el viento. Su única pierna parecía pronta a doblarse. Nada fuerte había en él, salvo la muleta. Se aferraba a ella como si fuera la vida. Cirilo daba por descontada la aceptación —33→ final de su idea. Miraba esa cosa con suma resignación y le hablaba como haciéndolo consigo mismo ante el turbio espejo de la inconciencia.
-Mientratanto que vo clavá carimbatá, yo pesco aquí por si acaso. No sé por qué malicio que algún desajuciado va caer.
-¡La puta qué oscuridá!
-Puede ser nomá que haiga alguno con vida.
-¿Lo carimbatá?
-No, vyro; lo rebelte desajuciado. Hace mucho que no vemo, ¿ayé pa?
-Hace mucho. ¿Qué pa será lo que pasa?
-¿Qué pio va ser? E que ya no pasa ma nada. Iba pasar, ¿sabé pa? Así co e la política. Se acabó, ¿sabé pa?
El rengo comenzó rascándose la cabeza, luego la panza, la nalga, la entrepierna. Cirilo, como contagiado, púsose a hacer otro tanto. Un ritmo agónico armonizaba sus movimientos.
-Decime, ¿vo pa sabé la política?
El rengo dejó un instante de rascarse. Cirilo insistió:
-¿No sabé pio la política? ¡Qué bárbaro!
Al rengo le hubiera gustado sentarse en cuclillas como Cirilo y calentarse como él la panza. Pero debía conformarse con estar parado con la muleta o tirado en el pasto. La pierna inválida le impedía sentarse si no era sobre algo elevado como una silla. Como no la tenían y el asiento del bote era lo único que le servía, durante el día se pasaba allí, en la orilla del agua, acurrucado como buitre. Se arrodilló con dificultad a fin de echarse junto al fuego, pero Cirilo lo contuvo.
-¡Epa! ¿Y lo carimbatá? Acordate que sin eso estamo cagado.
-Güeno, eperá. Primero me decí lo que e la política.
-¿La política? Güeno, mirá, pensá que estamo en un gallinero.
-¡Dio quiera!
-Güeno, vo pensá. Lo de arriba son lo gallo, lo tendotá, lo capo. Abajo, nosotro, cagado, una mierda.
-No entiendo,
-Güeno, mirá, otro ejemplo. ¡Ta carajo! No me viene. Güeno, mirá, e como la mujer; si e güena, una felicidá y si e mala, una degracia.
-Ahora ya entiendo. Entonce, a nosotro, ¿qué importa la política?
—34→-¿Por qué no?
-Pero no tenemo mujer.
-Pensá entonce en el gallinero.
-Pero estamo ajuera pue.
Cirilo se acaloró, y para no continuar echose sobre el pasto dando la espalda al rengo. El silencio los condujo a recorrer el ancho cielo sembrado de puntitos claros, tal una pradera en agosto. El rengo, igualmente tirado boca arriba, la pata tullida apuntando el cielo, pensaba en el gallo, el tendotá, el capo. Sea el que sea, se dijo, nosotro vamo ser siempre lo cagado.
Cirilo continuaba inmerso en el misterio, la inmensidad, la gran quietud, esa hora sin sueños y sin ilusiones, hora inhumana, vacía. Repentinamente se vio transportado a otro erial, a otro tiempo de muerte. Noches así, infinitas, las noches del Chaco en guerra. No estaba solo, por cierto. Eran miles los atrampados allá, pero frente al cielo estrellado o a la muerte, cada cual estaba solo. Maquinalmente miró a su rededor. Faltaban las trincheras, el fusil, el enemigo. ¿El enemigo? Cuando se es víctima del hambre, todo el mundo es enemigo. Trató de ubicar su estrella entre el infinito enjambre. Uno de esos puntos... tal vez... nunca se sabe...
-¿En qué pensá?
Cirilo pensaba en la muerte. No lo dijo. Continuaba lejos de sí mismo, de su presente abominable, de su hambre de perro.
-¿A vo no te mandaron a la guerra?
El rengo alzó la muleta y golpeó la pierna inválida.
-E mi condecoración.
Regresaron a las estrellas. ¡Estaban tan altas, tan en la parte de arriba y ellos tan en el fondo!
Las manos del rengo se movían acariciando la muleta. A Cirilo se le movían los labios como si rezara. Ambos frente al mismo enemigo, la soledad. El rengo gruñó para dentro tragando el zumo amargo de algo que no acababa por comprender.
-Así que somo la parte de abajo, el culo. ¿Y la patria, y la tierra?
-Defendimo nosotro, ¿ayé pa? Se redamó mucha sangre.
-¡Y cuánto muerto al pedo! ¿Ayé pa?
-Todo morimo y se acabó el coraje.
-¿Cómo? Hablá ma fácil.
—35→-Nosotro todo morimo. Apena somo jusamenta que se arrastra.
-Yo mataba para no morir.
-¿Y ahora?
-Cierto, tené razón.
-¡Qué lindo buscar a todo lo veterano y preguntarle eso!: ¿Y ahora?
-Lo gallo de arriba están frequito, ¡carajo! No se apeligra nunca, no mata sino que manda matar. Lo gallo de arriba no tiene pecado.
-Te mata a vo y a mí poco a poco.
-Poco a poco. Eso no e pecado.
-Eso e asigún la concencia. Pero un güen día, Dio quiera que no güelva el plomo que tragó la tierra, porque entonce, ¡ayjesunga lo de arriba!
El rengo emitió una risa semejante a un graznido en la noche. Cirilo, puesto de codo, atizaba el fuego. Había puesto de nuevo a calentar el parapití. Lentamente, como si sólo la noche lo oyese, desenterraba palabras oscuras.
-Somo vencido, pero un güen día ha de nacer el que tumbe el gallinero.
Se levantó, carraspeó y se dispuso a otear la oscuridad. Silbaba una melodía triste pasada de moda. Repentinamente suspendió la tonada y dijo:
-El tiempo cambia.
-¿En qué cambia para nosotro, viejo zonzo?
-Para mí, sí. Ante yo era una persona, ¿sabé? La vida era linda, era como capuera florecida, llena de promesa. Así era. Por eso digo que el tiempo cambia. Todo se jue a la mierda poco a poco.
-Todo era sueño nomá.
-Todo no. La guerra no era sueño. Ni la do revolución. Despué de eso, la vida se quedó con cara de perro. Figurate que perdí hasta mi mujer.
-Si se jue con un pyragüé, vale meno que un naco.
Cirilo hundió la mirada en lo oscuro del áspero bañado que los iba tragando sin apuro. Una sombría pantalla, la memoria, comenzó reproduciéndole imágenes indelebles. Regresaban voces como resurgiendo de remotas heridas. La bien timbrada voz de una mujer, la suya, llegó como siempre, como todas las noches, taladrándole la sien insomne. Ella, al comienzo, se resistía, se defendía del prepotente intruso. —36→ Así fue al comienzo, cuando Cirilo tenía puesta en ella toda su confianza. Él desconocía ese sabor que ahora le quemaba la lengua, la derrota. Apenas podía recordar el rostro amado, aunque la voz llegase constantemente a su memoria. ¡Qué desgracia, carajo, la revolución! Aunque ya terminaba, él seguía en la montonera. La derrota no había puesto aún su negro huevo en las almas. La esperanza mantenía su lumbre todavía. Él podía ver a su mujer sólo de tarde en tarde. Llegaba con tiempo justo para proveerse y partir. La dejaba con el deseo hecho una lágrima seca y quemante. Ella odiaba esa revolución. No podía comprender eso que le quitaba su pan y su cariño. Antes de llegar a su casa, él se detenía, escudriñaba, y si notaba una presencia extraña cualquiera, se alejaba, se iba sin verla tan siquiera. Deshecha finalmente la gran batalla, aplastada la antorcha insurrecta, la montonera entró en agonía. Él rondaba su casa cada vez menos. A veces oía voces, la de su mujer que en vano trataba de olvidar; la del intruso, prepotente, libertino, ¡oh ganas de matar! Y entonces huía al monte tapándose los oídos, aún pensando que en tales casos matar no podía ser pecado. Tanta sangre se pudría sobre la patria huérfana, tanta que el asco le había llegado a frenar la bravura. Matar a sangre fría, ya no.
El intruso acosaba a su mujer, la instaba al amor ofreciéndole un cómodo pasar a la sombra del pillaje triunfante. Por otra parte, ya deshecha la montonera, él no osaba llegar a su casa. Oculto en los alrededores, aguardaba la oportunidad de llevarse a su esposa. Moríase de rencor viendo al intruso disponer en su casa como en la propia y oyéndolo porfiar: «Te llevaré a la ciudá donde vasa vivir como reina» o bien: «Tu marido e un prófugo, un condenado». Él aguantaba todo sin poderlo remediar. Y cuando tuvo al intruso a tiro pudiéndolo matar si quisiese, no lo hizo porque ya entonces había renunciado a la sangre y prefería aguardar con paciencia. ¿O era suprema confianza en ella o cobardía suya aquello que le frenaba el pulso? El milico estrechaba su cerco amoroso más y más. Y si al comienzo ella resistía firme pensando en su hombre que no andaba lejos, vinieron después el hambre, el desaliento, la desesperación. Cuando buscó un apoyo, él no estaba en la casa pero si el otro. El otro a quien ella finalmente confesó: No sé qué hacer; mientra Cirilo ande cerca, no puedo... Y el tipo la tranquilizó: Eso se arregla fácil... Y la besó sin hallar oposición. Era el fin, la —37→ derrota definitiva. Ella demostraba una clara intención: entregarlo. Ella amaba al enemigo. Y sin pensar nada más, el montonero Cirilo la dejó para siempre.
La borrosa imagen desapareció en la cerrazón del recuerdo y penosamente emergió de su éxtasis, a leguas de distancia de sí mismo donde, pese a la presencia del otro paria, él hablaba consigo.
-Una mierda. Yo estaba desajuciado. El hijueputa tenía plata. Y mandaba.
-A lo mejor, ella tenía razón. Con ese julano no le iba faltar comida ni la otra cosa.
-Vo solamente decí zoncerada.
-Pero qué va ser zoncerada. La mujer pue no cambia al pedo nomá; por hambre, sí. Y hay mucha clase de hambre pa sabé.
-La culpa e de la política. Así que jui con esta ropa y mi caballo viejo. Por él hice igual como hizo mi mujer por mí. Como no me daba de comer, le cambié por una canoa, ésa que duerme entre lo camalote.
-Que no da de comer tampoco.
-Al principio sí. ¿No te acordá de la botifarra y la guaripola? Hasta de mi Manuela me olvidaba en aquel entonce.
Manuela se llamaba la traidora. El rengo hizo gesto de enfado alejándose con torpe balanceo de robot. Paró junto a unos cardos donde se dispuso a desabrocharse la braga. Hablaba gruñendo. Tampoco le importaba ser oído.
Cuento viejo; el miedo jodió a todo el mundo; nadie ma no se anima ni a cruzar el río.
No podía orinar, hacía fuerza; de pronto le salió un grito:
-¿Te acordá? Ante se cruzaba como hormiga.
Cirilo interrumpió su propio soliloquio para responder:
-Y se moría como hormiga; por eso vino el miedo; e la política de hoy en día.
El rengo tartajeaba regresando a saltitos con la muleta:
-No puedo entender la política; ma fácil entender la miseria.
-Eso porque tené la cabeza dormida; dormí demasiado.
-Devera; ya no e ma como ante; e ma puerqueza, pa sabé. Ahora no se puede ma. Ya no e más como ante; cuanto ma la vida e cara, valemo meno.
—38→
El agua se vino tibia debajo de los cuerpos. El tiempo soportado en tan horrible trance hubiera parecido un siglo si el herido y la enfermera no encontrasen en una singular conjunción el portentoso aliado contra todo mal. Reptando a través del mar de cortaderas y barro, dilacerados por la maleza y curtidos por la herrumbre del agua fangosa, ahogaban dolor y angustia en el denuedo de una pasión desesperada, casi inhumana, que ni el miedo ni el hambre ni la fiebre podían amenguar.
El miliciano solitario jugaba al tiro blanco paseándose por la orilla del pantano. Probaba la puntería en las flores acuáticas, las mariposas mareadas de viento, los fugaces pájaros o en simples antojos ópticos originados en su delirio homicida. Renovaba la carga del fusil, silbaba su tonadita, la misma, como si ella fuese su respiración natural, como si la vida presente no le comunicase su atrocidad brutal sino apenas una melancólica tonada.
De rato en rato volvían los de la loma con sus bromas soeces y sus risotas.
Uno que de pronto llegaba se burló:
-¿Todavía pio seguí coleando fantasma?
Y otro que lo seguía, agregó:
-¡Boludo pa que so! ¿Cómo pio vasa agarrar fantasma de día?
El solitario, firme en su afán de dar caza a las insólitas cabezas que aseguraba haber visto, replicó enfadado:
-Digan lo que digan, no me importa. Yo sé que no vi fantasma. Vi bien do cabeza y le he de arreglar la cuenta. Usteden tal ve se asuste. Yo no.
La pareja escuchaba tensa, confundida en un todo con el silencio, con el vegetal sosiego en que sólo medraban los gusanos. El sol había traspasado el cenit hacía buen rato, resbalaba sin prisa, se iba. A remezones, el viento gambeteaba entre las cortaderas. Ayudados por él, los fugitivos iniciaron sigiloso intento de seguir. Enteramente desgarrados piel y ropas, empeñando la vida por la vida, dejaron el refugio.
El silbador solitario, por su parte, no demostraba la mínima intención de retirarse. Quienes quiera fuesen los que —39→ creía haber visto, tenía que tumbarlos. Manipulaba a cada instante su magnífico Mauser, en tanto su fantasía volaba con los sones de la polquita. El viento la llevaba y traía en su vaivén por todo el bajío. El viento, el viento, el viento. Su frecuencia empezó a fluctuar a la caída del crepúsculo. Amainaba, vacilante entre dejar la maleza o quedarse danzando en ella. La noche, la anhelada, yacía como clavada allende el horizonte. Los fugitivos reptaban con lentitud de insectos pugnando por alcanzar un nuevo matorral que se espesaba cerca. Y en medio de la tensa brega, poco a poco, el herido fuese de nuevo empeorando. Esta vez lo abatía un retorcijón espasmódico. Y entonces, Dalma, con increíble serenidad y decisión, enganchose al cuello un brazo del enfermo consiguiendo arrastrarlo lentamente hasta el nuevo matorral. Al hambre, a la sed, a la fatiga infinita, ahora se sumaba el espasmo. Solamente el miedo se notaba en desmedro. ¿Acaso tenían tiempo de pensar tan siquiera en él, aunque fuese por él empujados que se debatían desesperadamente?
Y de vuelta la espera. Exigiendo de sí todo el ingenio de que ni ella se sabía capaz, Dalma se aplicó a oler y probar cuanta hierba tocaban sus manos. Y de pronto, ¡oh imponderable casualidad!, mirando desorbitada a su dolorido compañero, exclamó a media voz: ¡yerba de la vida! Y se puso a cavar el barro en busca de las que resultaron ser unas pequeñas tuberosas, las que, una vez limpias, tenían exquisito sabor dulzón. Sí, esto sirve para el estómago, confirmó al probarlas otra vez, ya verás; masticalas y tragá el zumo de a poco. Él obedeció sin resistencia. El sabor le agradaba y eso contribuyó a la cura. A medida que ingería la dulce medicina, su entusiasmo crecía. ¡Caramba; es increíble!, dijo al rato. Ambos continuaban masticando. Ambos sentíanse mejor. Era que la inocente savia con secreto poder analgésico también contenía una piadosa mentira para el estómago hambriento. Por todo comentario, Pablo preguntó: Mi vida, ¿dónde conociste este prodigio? Shhhh, respondió ella y susurró: En la escuela de la pobreza, andando sola, sin padres, por los caminos. Conocí muchos; me refiero a las hierbas y a los caminos. ¿Por ahí te graduaste de enfermera? Sí, y también de mujer. Las hierbas, macanudas, aunque no tanto los caminos. Las hierbas, sí; los caminos que conocí, ninguno fácil. Si llegamos con vida, Pablo, entonces, éste será el mejor.
—40→Entre tanto, el mal había pasado. ¡Increíble!, como decía Pablo.
Finalmente, la noche se daba prisa, llegaba. Los fugitivos habían avanzado bastante sin ser advertidos. De tanto en tanto, el silbido del perseguidor, lejano, triste bajo el crepúsculo, poblaba el aire de quejoso erotismo. Detrás de las totoras, más altas cuanto más próximas al arroyo, sumidas en un mar de sombra cenicienta, morían las moradas raíces del poniente. Lentamente caminaban, ¡por fin de pie!, abrazados y sostenidos entre sí; ganaban la orilla ya a punto de completar la marcha. El monte estaba ahí, como tendiéndoles sus vegetales manos. Pablo pensaba en las palabras de su compañera. Tal vez ese sendero inmundo que acababan de abrir a riesgo de sus vidas fuera verdaderamente el mejor. Tal vez el único practicable en su caso.
-¿Se habrá marchado el camionero?
Dalma pensó un momento antes de contestar. Lo hizo con voz grave, quejosa.
-Te juro que lo estoy deseando. ¡Dios mío! Ni el amor se salva del veneno político.
Pablo la miraba. La comprendía. A Dalma, la inminente separación comenzaba a contrariarla. Ya en tierra firme, detuviéronse a descansar. Ya podían hablar a voz plena y eso les devolvía cierta paz. Pablo, volviéndose hacia los matorrales dejados atrás, mudos testigos de un amor salvaje y de la inhumana condición de los caínes, pensó en voz alta: Jamás, nadie creerá lo sucedido en este pirizal. Nada lo atestiguará. Ya vendrán tiempos nuevos, Dalma, también para el amor.
Inadvertidamente, Dalma pensaba en el miserable perseguidor decepcionado, pobre peón de sucios intereses, tanto menos hombre cuanto más servil, tanto más feroz cuanto más ignorante. Aguantó hambre y sed como nosotros, se dijo; ni las fieras aguantarían tanto.
Tensaron los oídos tratando de captar el silbido. El pantano recuperaba su quietud poblada de misterios, sin la polquita melancólica13, sin tiros de fusil. Sus propias voces cobraban sonoridad extraña en medio de tanta calma.
-Parece que se fue. ¿Se habrá convencido de su bestialidad?
—41→-Eso es difícil. Ni volviendo a nacer.
-Si no se fue, se irá. Creo que estamos fuera de su alcance. Anduvimos como un kilómetro en el barro.
-Quizás una legua.
Tornaron sin embargo a detenerse y aguzar oídos. Resultaba inverosímil esa paz venida como una gracia, ese poder hablar normalmente y andar sobre los pies, ese poder llegar a destino. De pronto, Dalma suspiró.
-¿Vendrá alguna vez lo que vos llamás tiempo nuevo?
-Se está viniendo.
-Y cuando llegue, ¿no habrá ya veneno en las mentes de los hombres?
-El pueblo es un organismo enfermo. O expulsará poco a poco la infección o morirá.
-¿Y el amor?
-Creo que al menos podrá realizarse sin miserias y sin miedo.
Marchaban con dificultad, sobre terreno cubierto de zarzas y lianas pero firme. La prieta línea del monte se ensanchaba y el viento les traía un rudo aroma vegetal. Dalma, que empezó a hablar desde que pudo hacerlo, decía sin parar cosas que le pasaban por la mente, como si debiera decirlas ahora o nunca; decirlas o empezar a sufrir callando; decirlas o dejarse atrapar por la oprimente soledad que ya la invadía al sólo pensar en ella. El tema del amor la obsesionaba. Tornaba con insistencia a él.
-Pablo, amor hay uno solo, el que se da sin condiciones, el que sostiene en las derrotas, el que florece en los pantanos.
Bañada por la fosforescencia del cielo crepuscular, su rostro lucía particularmente bello. Pablo la besó, primero tiernamente; luego el rescoldo parecía pronto a estallar. Dalma se opuso.
-Ahora no. Tenemos que llegar.
Pablo continuó besándola. El fétido barro que la cubría no lograba alterar el aroma de su joven carne.
-Dalma, mi amor, ¿te casarías conmigo?
La pregunta cayó en una laguna de silencio. Ella desvió su pensamiento hacia el infeliz perseguidor que habría regresado a su base hundido en la decepción, mascando su inconsciente odio, sus cavernarias ganas de matar. Pensó luego en el hombre que amaba, que la estaba invitando a cruzar la frontera y vivir. Pensó en sí misma, sin hogar, derrotada su —42→ esperanza, ayudando a su hombre a dejarla. Y pensó en sus compañeras, dos leonas en defensa de la vida, a quienes había prometido regresar, a quienes no podía defraudar. Volverá. Ella volverá. Cumplirá su promesa. Y entonces, vivamente representósele la desgarrante tragedia que albergaba aquel hospital, aquel desesperante montón de heridos, de despojos que clamaban por ella cada vez que la fiebre les permitía distinguir la cara de la muerte en asedio
-No, Pablo. Ahora no puedo. No podré mientras quede un herido rebelde en mi sala III. Di mi palabra, Pablo, y la cumpliré
Se moría por unirse a la suerte de su hombre, por seguirlo a donde fuera, pero había algo más fuerte, hecho carne en ella, su convicción. Ambos callaron. Sólo la fatiga de los pulmones y el chasquido de los pies en el barro revelaban sus pasos en la oscuridad creciente, densificada por la vegetación. Y por fin, ¡el arroyo! Era como decir el infinito. Estaban a salvo. Pablo olvidó el desaire. Ambos olvidaron cansancio, hambre, fiebre, todo, y se besaron. Echados en el agua, nuevamente anudáronse en una increíble cópula, absurda ya en las condiciones en que estaban, pero inevitable como el sangrar de una herida, inevitable ante la casi muerte, el adiós, la separación que pronto iba a ser horrible realidad
Pasado el lapso inenarrable, bebieron agua rumorosa y dulce. ¡El arroyo! ¡El arroyo! Pasado el instante mínimo que eclipsa todo humano dolor, quedáronse en silencio. ¿Para qué hablar? Acaso el recuerdo valdría más, el recuerdo que magnifica la maravilla encerrada en un minuto de amor. ¡El arroyo! Y sobrevino una calma líquida y transparente
-Dalma, no te duermas.
-No estoy dormida.
-Sos el verdadero amor. Gracias por generosa, por inmensamente generosa.
Y la quietud se alteró. La calma cobró temple humano.
Dalma reaccionó como lo haría cualquier mujer en desagravio de lo íntimamente suyo.
-Esto no se agradece; se prodiga simplemente y se corresponde.
-¿Y después, Dalma?
-¿Creés que no habrá después?
-Sí, después la soledad. Ambos sufriremos pudiendo ser felices.
—43→-El instinto me dice que éste no será el final.
-Dios lo quiera
Levantáronse y anduvieron por el lecho del agua. Pero el agotamiento podía más que la ansiedad por llegar a ese punto final que tornaríase pronto el punto inicial de una nueva angustia, la que Dalma empezaba a padecer desde ya. El torrente les dominaba por momentos las menguadas fuerzas. Finalmente optaron por echarse y reptar. Pero más fácil resultaba quedarse, esperar.
-Dalma, no te duermas; si no llegamos el camionero se irá.
A Dalma le hubiera gustado le importasen a Pablo un poco más esos mínimos, fugitivos minutos que le quedaban con ella, el saldo de esa vida cuyo después más valía no acariciar. Sin ocultar su ánimo, se puso de pie.
-Podés estar seguro de que no se irá, le dijo, pero más vale que lleguemos cuanto antes para tu tranquilidad. Y callados reanudaron la marcha. Caminaban probando el fondo y buscando a lo largo del cauce cierto vado que, según indicaciones del camionero, debían encontrar en esa zona si no estaban errados. Y en efecto, al cabo de un buen trecho aguas arriba, de pronto notaban la maraña menos densa, y a poco pudieron distinguir, destacándose en la oscuridad, una ancha y clara explanada arenosa. Y a cierta distancia de los árboles, resaltando sobre el fondo blancuzco, yacía el bulto cuya forma inconfundible, pese a que esperaban verla a cada instante, dioles un impacto, mezcla de alegría y dolor
-¡¡Allá está!!
Fue casi un susto, y silencio. Vencedores al fin, sobrevenía en ellos lo natural aunque inexplicable, una súbita necesidad de llorar
El tiempo del amor huía inexorablemente. La verdad les castigaba como otra derrota. Pablo se iba. Dalma quedaba sin más amparo que la noche. En ese acerbo momento, sobre el cerro lejano, encendido y muy bello, nació un lucero, premonición de venturanza si la realidad fuese otra, si ella y él no tuvieran que desgajarse como dos ramas rotas del árbol que amaban.
El hueco para el pasajero estaba improvisado debajo de un doble fondo bien oculto una vez completa la carga de arena y asegurada la compuerta trasera. El herido se introdujo sin demora hasta la base de la cabina. Y ya el incomparable —44→ don Cátulo Mencia se disponía a clausurar el hueco tal una tumba, cuando Dalma, en impulsivo rapto, detuvo la mano del viejo y colose al interior en compañía de su hombre. Ninguna razón hubiese podido contenerla. Sólo después trató de explicarse
-Lo hago por mi tranquilidad. Necesito verte cruzar
Y nada más. El camión emprendió la marcha a través de la maleza, tomando por lo más abrupto, por lo más desértico, por donde sólo se atreverían ñandúes y ganado salvaje. El conductor parecía animado por la misma exagerada cautela practicada por Dalma, despreciando toda carretera abierta y prefiriendo lo desconocido. Andar por vías normales, al parecer, no era para gente normal en tan furioso tiempo, menos aún de noche. ¿Cómo evitar que el miedo se materializase a cada instante, trocando en soldados y caballerías todo aquello que la horridez transfiguraba, todo aquello que don Cátulo debía dejar atrás acometiendo a ciegas? En el interminable traqueteo, cortar alambradas o saltar zanjas o derribar árboles no pasaban de una fantástica rutina a lo largo de la noche, en tanto los de abajo, los aún menos afortunados, los del hueco, soportaban lo insoportable, una constante lluvia de arena que los barquinazos tornaban tempestad. En el peor encierro imaginable, libraban su horrible lucha empujando el insistente polvo por las hendiduras, pues el aire penetraba cada vez menos, y a medida que faltaba, sentían como si también el motor se ahogara, como si de momento a otro fuese a parar. Y de pronto paró en verdad y una pánica quietud cobró cuerpo en todo. El zumbido, muy amortiguado por un enorme silenciador de construcción casera, escasamente dejábase oír a metros de distancia pero en el hueco sí repercutía en tal forma que los fugitivos ni siquiera pudiesen conversar. Ahora cesaba de golpe, y Dalma, presumiblemente para quitarse los malos pensamientos, habló.
-¿Cómo te sentís?
-Entumecido.
Ajustose a él todavía más procurando transmitirle lo que de calor la quedaba.
-Tratá de moverte cuanto puedas; no te quedes tieso.
Entre tanto se inquietaba: Ojalá lleguemos con vida. El vehículo retomó la marcha luego de duros manijazos y maldiciones. Dalma repitió para sí varias veces: Dios mío, tú que ayudas al que lucha, ayúdanos. Revivía así una vieja —45→ frase modulada en la voz de quien en vida fuera tan sentenciosa y creyente, su madre. Era como si la viese y estuviese oyendo. Y al punto sintiose sacudida como si emergiera de un letargo. ¿Será que estaba soñando? ¡Dios mío!, murmuró nuevamente y reanudó su lucha contra la arena que tapaba insistentemente la escasa entrada de aire.
Entre tumbos y tumbos y repetidos manijazos y renovadas maldiciones habían hecho tres o cuatro horas de marcha. Ya el conductor parecía en extremo precipitado de nervios e interminable el traqueteo que los de abajo soportaban cuando un brusco barquinazo puso fin al infernal galope y dio paso al uniforme ronroneo del motor, cadencioso hasta el sueño. Pero los del hueco, en vez de alegrarse por el grato cambio, quedáronse azorados ante la sorpresa de verse marchando sobre ruta, lo cual consideraban una locura.
Ahora, para colmo, por las rendijas de las tablas llegaba cierta claridad sólo atribuible al reflejo de las luces, de las que venían prescindiendo como lógica medida de extrema vigilancia. ¡Qué bárbaro! exclamaron a una sola voz. O a don Cátulo poco le importaba que cayeran, o resolvió, en vista de las dificultades que tuvo, jugarse por entero sin tomar en cuenta el peligro no sólo a la propia vida. Pero ni Dalma ni Pablo, aún sofocados y preocupados, podían evitar que la laxitud venciera sus nervios y el sueño los dominase poco a poco. Así, dejaron de sentir, dejaron de padecer.
Bien pasada la media noche, el camión corría sin contratiempos. Don Cátulo empezaba a tranquilizarse pensando que todo el mundo dormía; que hasta los sigilosos pyragüés, en armas, a esa hora estarían en brazos de la amada sombría, sendas caramañolas por almohadas. Empero, cuando ya la brisa madrugueña, pese al sueño que lo agobiaba, le insinuaba el retorno de su paz habitual, una descomunal descarga abatió su ilusión sacudiendo de repente cielo y tierra. Y enseguida un paralizante grito: ¡Allltoooo!
A don Cátulo Mencia se le subió toda la sangre al cuero cabelludo. Pisó violentamente el freno y la arena llovió en el hueco
¡Pare el motor!
-¿A dónde va?
-¿A esta hora?
-¡Su documento!
-¿Por qué viaja de noche?
—46→Caían preguntas como latigazos. Las respuestas del conductor eran tan tenues que los del hueco apenas pudieron oír la última:
-Se me descompuso el camión.
Bastaban como pruebas las manos negras, relucientes de grasa a la luz de las linternas, pero el milico que mandaba ordenó inspeccionar el vehículo.
Un hombre trepose por la parte trasera. Los zapatones hendieron la arena y haces de luz de linternas pasearon vanamente por todas partes. Sobre la superficie, el viento arremolinaba suavemente el polvillo ingrávido. Y el hombre bajó de un salto con ruidos de cerrojo al tocar tierra. Luego, la patrulla partió. Hay tiempos en que los milicos no pueden imaginar a una pareja con vida, palpitante de esperanzas, bajo un espeso colchón de arena. Después, el ronroneo de la máquina siguió sobre la ruta. Al rato, pasado el susto y vuelto el sueño, Dalma y Pablo fueron perdiendo la noción del tiempo y hasta del peligro.
Don Cátulo Mencia llegó al paraje convenido muy de madrugada. Viró el camión hacia unos bosquecillos desde donde se veía a lo lejos espejarse la franja plata del río, frontera natural del país, frontera también de la muerte o la vida según la suerte. Los aromos crecidos al borde de los bañados ponían un festón plomizo al paisaje nocturno. La abertura trasera del camión se abrió, y mientras la arena se escurría lenta, el viejo bebía a pulmón pleno el oloroso viento de la ribera. Todo era calma en ese redondel donde las estrellas del alba parecían más altas. Él, don Cátulo Mencia, camionero a su madura edad, sin otra esperanza que seguir tirando con ese viejo vehículo, fue de pronto capaz de arriesgarlo todo, hasta la propia vida, en favor de un tipo cuyo ideal no llegaba a comprender y de una mujer que lo seguía por amor. Lo impelía más palabra empeñada, más hombría que convicción. ¡Él, en trance heroico, salvando vidas rebeldes! Cada vez menos comprendía cómo pudo asumir semejante compromiso. Ya despejada la abertura, metió la cabeza y anunció: ¡Hemos llegado, a Dios gracias! Mas no tuvo respuesta. Vamos apúrense, tendrán que cruzar el bañado antes del amanecer.
Estarán dormidos, pensó el viejo bostezando. Pero luego de insistir con igual resultado entró a sospechar lo peor. Y a tirones violentos los bajó sobre el pasto. La asfixia —47→ estaba a punto de acabar con ellos. Por fortuna, en esos parajes nunca falta el agua, aunque turbia. Don Cátulo se largó a buscarla y a poco sus zapatones atropellaron el primer charco. Con ayuda del agua y con flexiones y masajes, que por suerte algo de eso conocía, logró salvarlos. Y diose prisa en dar manija al camión.
-Tienen que cruzar el bañado enseguida. ¡Buena suerte!
Y diciendo así, aceleró y partió. Dalma y Pablo se desplazaron de a poco ganando el montecito a fin de reponerse sin sobresaltos en tanto el zumbido lejano del camión diluíase en la húmeda madrugada.
A unos pasos comenzaba el bañado, valla tendida a lo largo de la ribera, imprecisa, desconocida, ancha casi un kilómetro. Bien podía constituir el umbral de la libertad, bien la trampa. Detrás, reptil dormido, ojos líquidos, piel fosfórica, majestuoso en la apacible sombra, el río.
Pudiendo apenas tenerse parados, deslizábanse paso a paso entre la maleza por un falso sendero bloqueado por los riachos cubiertos de zarzas y camalotes, en una nueva lucha no bien conocida todavía pero ya temible, abatidos por los dolores y el cansancio pero avanzando, avanzando, empujados por una renovada ansiedad, nuevamente en busca de supuestos amigos, supuestos salvadores a quienes no conocían y bien podían resultarles lo contrario. Dalma supo de tales amigos merced a confidencias de cierto marinero herido que decía ser rebelde y cuya buena fe no podía comprobar.
Avanzaban con penuria creciente. Caminaban a tientas entre la breña y el agua plagada de alimañas, prendidos uno en otro, él cargado en el hombro de ella ya sostenida más por voluntad que por fuerzas, cuando de repente, el herido dio un grito de dolor, quedando atrapado por un fiero calambre a la pierna enyesada. Y ese percance lo irritó hasta el punto de perder la moral, gimiendo tirado en el barro, como un niño. Dalma trató de apaciguarlo, pero él no cesaba de quejarse y culparla de haberlo arrastrado por ese camino inmundo. Ella tragó su amargura. No podía enfadarse con el compañero cuyo estado de ánimo comprendía. No te impacientes, le repetía, por favor, estamos a punto de llegar. Y sintiendo que su propio abatimiento estallaba, que su desazón llegaba al llanto, alejose a largos pasos diciendo con voz tiplada: Esperame un momento; ya vuelvo.
—48→Ahora, Pablo se reprochaba dolorido por la herida tontamente infligida a su compañera, en tanto forcejeaba con ayuda de la muleta procurando ganar una parte menos pantanosa, donde al fin dejose caer con más ganas de sepultarse allí que seguir arrastrando su empeorada invalidez, dominado cada vez más por la infección y los horribles tirones, estregándose los ojos que manaban agua caliente y viscosa, debida más que al haber llorado, a la arena y la fiebre y escupiendo el veneno que exudaban sus bronquios tapiados de fango. Tanto solía repugnarle otrora el desear la muerte, mas en ese momento de extrema debilidad, tal vez le pareciera lo mejor. Y quién sabe si no le andaría cerca. Por primera vez, desde la derrota rebelde, sentíase del todo bloqueado por esa obstinada sombra que lo rondaba. Y en medio de ella, nada veía claro salvo la propia osamenta. Siendo parte orgánica y sensible de esa derrota y no obstante sus atroces padecimientos, nada había logrado doblegarlo; nada, aún cuando los de su alma fueran insoportables; nada hasta ese límite de lamentable delirio en que había caído.
Los pasos de Dalma que venciendo el sofoco regresaba le dieron de pronto una viva sensación de alivio. De veras, pues, la necesitaba. Y esa certidumbre lo llamó a la reflexión.
Dalma regresaba. Llegaba exclamando con entusiasmo: ¡Pude ver fuego y oír voces; llegaremos antes del amanecer!
Pablo se amasajaba el resentido tendón de la pierna lisiada. Le extrañaba que tratándose de gente amiga, le fuese posible cierta vida normal en una zona controlada. Creo, le dijo a Dalma, que más vale andemos con cuidado. Pablo razonaba. Evidentemente, la crisis nerviosa había pasado. Dalma lo besó. Su buen humor contribuyó a serenarlo. No sin esfuerzo, trató de ser objetivo. Pero ante sus ojos no había más que sombras. Él mismo, Dalma, sólo sombras confundidas con la maleza. Él, de dolor; ella, de esperanza, pero sombras. Él, sin embargo, nuevamente pugnaba por ahogar la ponzoña que la muerte inoculaba sin prisa en sus venas; ella, por su parte, no cesaba un minuto su denodado estímulo a ese penoso avance hacia la salvación. Él adujo:
-Si no me equivoco, estamos nuevamente en zona militar. Se ve reflejos como de linternas. ¿Por qué elegirían un sitio así?
-Precisamente porque siendo zona prohibida representa un refugio. ¿No te parece? Los que siguen dentro del perímetro —49→ son los que merecen confianza. Gracias a eso podemos valernos de ellos.
-A esta altura, nadie que esté con ellos merece confianza.
-No confundas, querido. Al que ayuda a cruzar sólo le interesa su negocio. No lo hacen por amistad. Sin embargo, puede haber entre ellos algún amigo.
-De acuerdo, pero tratándose de uno como yo cuya cabeza vale diez mil...
-No creo que la noticia haya llegado todavía hasta aquí. Además, es fácil hacer que no te reconozcan. ¡Ánimo, Pablo! Avancemos, no perdamos tiempo. Debemos aventurarnos, tener fe, así como un día, conociéndome casi nada, tuviste fe en mí.
Reanudaron la lenta marcha, él cada vez más colgado del hombro de Dalma y de la muleta.
-Todos somos distintos, pero en algo nos parecemos, el corazón.
-A vos te miré con amor desde el comienzo. Ellos nos mirarán con miedo.
-Todos tenemos miedo, pero sin la ayuda de alguien no estaríamos aquí, a dos pasos del río.
-Tenés razón. Siempre tenés razón. En cuanto a mí, perdoname que te lo diga, lo que más temo en este momento es perderte. Comparto tus escrúpulos de militante, pero estoy seguro de que caerás si te vas de vuelta. Vos dijiste: «Todos tenemos miedo». Pues bien, ése es mi miedo mayor.
-Tenés que compartir mi fe. Siempre habrá un después, mi adorado Pablo.
Pero en el pensamiento de ambos, la oscura frase martillaba con ritmo de pies cansados, con agobio de espaldas dilaceradas, con jadeo de sofocadas gargantas: Todos tenemos miedo... todos tenemos... miedo... todos tenemos... miedo... La crueldad desfiguraba a todos. No solamente los rebeldes estaban vencidos. Lo estaban la tradición de hermandad, la tradición de hombría, la esencia de la raza. Vencedores y vencidos respiraban odio y miedo; odio y miedo que se cobraban un espantoso tributo cotidiano. Los harapos del mentado coraje nativo eran salvados por muy contadas aunque gloriosas excepciones como Dalma.
—50→
-Me parece que no me deperté bien.
-Dejate de joder.
-Veo catu una sombra que se mueve; no puede ser cosa de verdá.
Cirilo se levantó de un salto disponiéndose a pispar en dirección al punto indicado por la muleta del otro.
-Vo me queré joder.
-¿De vera que no ve nada, nada chambón, ni do sombra de gente? ¿Allá donde el yuyo se mueve? Si no e pora ha de ser pombero.
-No. Todo eso se acabó. Por aquí hay solamente pyragüé y milico.
-¿Y si viene?
-Dio te salve; empezá a sobarte la paleta. Eh, y ya sabé, nada de abrir tu boca.
Sin alejarse uno de otro, con enorme ansiedad por ver, guardaron silencio bordeando los peores presentimientos.
Apago el fuego por si acaso.
¡No, infelí! Mejor que vean bien que somo de confianza. ¿Para qué pio tanto miedo? No le debemo nio a nadie. Y, a lo, mejor, quién sabe... si por un casual no ligamo algún traguito o qué...
-O algún teyuruguaycito o qué...
Bruscamente, el de la muleta se agachó.
-Alí está, alí cerquita.
-Ahora sí que veo. Son do. Camina hacia esto lado.
-¡Shhhhh!
Tumbados y quietos, podían oír leves voces y un toc, toc, toc, muy familiar para ambos. Continuaban tensos. Y ahora llegaban sordos quejidos, jadeos y el toc, toc, toc ya muy próximo, hasta que, ante la casi fatua lumbre, dos casi humanas figuras detuviéronse14. De traza daban lástima, aunque los de casa no se vieran mejores.
-Por Dios, no se asusten. Somos personas, como ustedes. Venimos a pedirles un favor.
Hablaba Dalma. Pablo, sumamente dolorido, permanecía sostenido en ella. Los del bañado se levantaron sin prisa, recelosos al intuir el gratuito papel que la apenada pareja les —51→ estaba asignando en su drama. Cirilo se adelantó.
-¿Quién le anotició de nosotro?
-Un marinero, conocido de ustedes. Está en el hospital regional con una bala en la cadera.
-Segovia, seguramente.
Pablo reprimió una sufrida sonrisa al oír al rengo y ver justificadas sus sospechas. Esos tipos no podrían subsistir allí sin alguna vinculación con la gente armada. Disimuladamente Dalma le clavó el codo de forma que él comprendiera. Dada la situación, sólo debía importarles el cruce del río. Tácito acuerdo. A duras penas resistía al calambre que retentaba tenazmente.
-¿Qué te parece? Había sido nomá rebelte el amigo Segovia. Usteden también ¿ayepa?
El comentario de Cirilo, lleno de malicia, quitaba todo lugar a equívocos. Dalma empezó con sigilosa persuasión.
-Mi compañero está mal herido y tiene que cruzar el río antes de que amanezca. Por favor...
-Eso no e soplar y hacer botella, che tupasy; e casi la muerte segura.
-Por favor, sabemos que les hacen el servicio a otros; son diez minutos de viaje, nada más...
-Jhuuummm. Die minuto, suficiente para morir.
Tanto Cirilo como el rengo que lo imitaba meneaban la cabeza en rotunda negativa, dispuestos a no cambiar de actitud mientras no vieran bastante dinero. Y convencidos de que el peligro puesto de manifiesto era realmente grave, guardaron silencio. Tan bravo sería el cruce a esas horas, que los del bañado parecían descartarlo. Cirilo explicó: La ida e zoncera, pero a la güelta ya va ser de día, y la puntería de eso guacho no e para joder, al meno lo milico; y por ma que andamo jodido, la vida e la vida, ¿ayepa?
-Entonces, ¿quiere decir que su amigo se equivocó? ¿Será posible que ya no haya coraje en esta tierra?
Dalma se lamentaba, mas sin ofuscarse. Ya tenía bien asida la idea del más impactante recurso. En cuanto a que los del bañado pasaban hambre, no cabía duda, de modo que el cebo que ella traía no podía fallar. Entre tanto, insistía.
-Es increíble que el marinero se haya burlado de nosotros mandándonos junto a unos cobardes. ¿O creen que les pedimos por limosna? Traemos dinero para pagarles.
—52→Con las pupilas graves, estallantes como brasas en lo oscuro, Cirilo y el rengo se miraron. Parecían de pronto a punto de zafarse de la misantropía que caracteriza la miseria humana.
-¿El dinero?
-¿Cuánto pio traé?
El fuego adquirió brillo distinto en los ojos que dejaron de pestañear en tanto el olor a la plata invadía las mentes.
Ambos miraron al río como midiendo la distancia que traducida en tiempo eran pocos minutos y el dinero pasaba a manos de ellos. El río de la muerte cotidiana. El peligro cierto, pero no peor que el hambre ni peor que estar preso, porque empezaban a darse cuenta de que, si amanecía y el herido continuaba ahí con ellos, la cosa iba a complicárseles. Tal vez caerían todos. Y sabían que caer preso siendo cómplice de un rebelde era peor que morir. Algún fugitivo les había hablado de eso como de la peor muerte. Y la imagen se impuso de golpe, como un susto, en tanto el olor acuciante, ácido y dulce como el de las hembras, el olor del dinero, los atrapaba con fuerza. Clavaron los ojos en la mano que la mujer acababa de sacar del seno con un pequeño rollo que les mostró.
-Trescientos.
La suma resultó una decepción por lo pequeña. En los primeros tiempos solían obtener mucho más esgrimiendo idénticos recursos. A veces les alcanzaba para un par de semanas panza arriba y la propina al imaginaria más próximo, aliado al que no le podían fallar, por si acaso...
-Ayúdenme a cruzar, mis amigos, por favor...
Ante la voz vencida de Pablo, Dalma suspiró con lástima. Su compañero, al cabo de tanto derroche de sacrificio, exhibía la derrota al desnudo. Ya no era suyo. Tenía el pensamiento al otro lado del río. Y recordó entonces con algo de tristeza el instante en que ella, segura de su amor, estuvo decidida a dejarlo consigo cualquiera fuese la forma, aun viviendo en la selva y comiendo hierbas, en caso de que el camionero se hubiese marchado. ¿Es que habría valido la pena? Lo miró. Los ojos de Pablo seguían fijos en la orilla opuesta. Dalma intervino con energía, resuelta a lograr el cruce.
-Hagan el favor de llevarlo ahora mismo si no prefieren caer presos con nosotros. Porque no caeremos solos. Tengan la plena seguridad.
Había verdadera urgencia en su voz y amenaza verdadera —53→ en sus palabras. Los ribereños, despojados de su pobre paz, entraron a vacilar. Ella tenía razón. Ellos, miedo. Sin embargo, según parece, a Cirilo le entró algo de luz en la sesera. «Este tipo, pensó de repente, ¿será un simple desajuciado o alguno con premio?» Entre tanto, el rengo iba más lejos y en otra dirección. Miraba y exploraba a la mujer cuyas turgencias transparentábanse contra el fuego; zancajeaba rodeándola y sintiendo que esa presencia le empeoraba ciertos males. Sin embargo, si le daban a elegir entre ella y el dinero, tal vez optaría por seguir paliando sus morbos como lo hacen los de su condición. Y volviendo de su paseo por las eróticas regiones, pudo captar la respuesta de Pablo dada a cierta pregunta de Cirilo de la que no daba cuenta por hallarse ausente, vale decir en otra cosa.
-Soy un perseguido por los pyragüés del gobierno.
Sea quien fuera, ése les ofrecía trescientos. Peor era nada.
Al cabo de tanta vana espera...
-¿Vamo a llevarle?
-Demasiado compromiso. Aunque, si la muchacha va darno un poquito de amor como yapa...
Le paseaba la mirada por el cuerpo con unas ganas, tan abierta y descaradamente, como sólo los perros suelen manifestarlas. Dalma lo miró con repulsión.
-Miserable.
Y agregó otros duros adjetivos que poca mella hicieron en el rengo, quien, poniendo miel en la sonrisa de ajo más ensombrecida que iluminada por las mortecinas llamas, aproximósele e intentó besarla. Pablo había levantado la muleta para asestarle un golpe, pero la prudente intervención de la mano de Dalma lo impidió.
-No vale la pena pelear. Estos también están podridos aunque sean inocentes y sean otros los culpables de su podredumbre. Paciencia; necesitamos de ellos.
Las palabras de Dalma afectaron a Cirilo, quien se apartó poniéndose a mirar el brumoso río en cuya orilla, apenas visible junto al espejo del agua, estaba el bote. Dalma podía verlo pese al crepúsculo todavía denso; Cirilo se dirigía a él. Llegó, lo empujó y subió. Todos callaban. Lanzó un silbido y Dalma y el rengo ayudaron a Pablo. La orilla opuesta era una mancha informe de niebla color ceniza en cuyo borde podía adivinarse un oscuro friso vegetal, una sombra coronada de tenue rosa sobre el oriente.
—54→Silenciosa frente al borroso paisaje, Dalma miraba al herido ocupar su sitio en la embarcación que se balanceaba a merced del agua. Desde allí podía otear su soledad que ya se vislumbraba, inevitable como el amanecer, con la diferencia de que éste traería luz. Llenáronsele los ojos de lágrimas pero no habló. Cirilo sí lo hizo desde la canoa.
-Adió mante, muchacha; ¡so valiente cha!
El rengo, emocionado, se vio en la necesidad de decir algo. Y lo hizo.
-¿Me perdoná, la señora? Olvidate de la macana que dije. Gente como yo co ya no e ma gente, ni siquiera perro. ¡Adió mante!
Dolorida ante un epílogo que no esperaba, Dalma se enterneció hondamente, borrándosele el asco que sentía hacia ese hombre. Cirilo trató de justificarlo a su manera
-Este rengo co e medio loco. No sabe ni lo que dice. Pero no e co malo. E medio loco nomá.
Pablo no pudo más y alzó la voz:
-Dalma, presiento que es inútil volver, te van a capturar si volvés allá; es inútil; ya se habrán enterado de todo; las enfermeras lo sabían y eso es suficiente. Ya habrán hablado. Vos conocés los métodos que emplean para hacer hablar. Es mejor que vengas conmigo. Vamos, Dalma.
Azorada y no pudiendo contener la sorda catarata a punto de sacudirla, trató de tapar con la propia la voz de Pablo.
-¡Apúrense, por favor, váyanse ya!
Pablo quiso insistir, pero ya el bote se alejó de un envión, balanceándose. Dalma quedose doblada sobre sí, ahogada por el dolor, murmurando con voz entrecortada: ¡Adiós, Pablo, amor mío, adiós!
Tenía que volver al hospital. Tenía que cumplir. Echose a correr a través del bañado olvidando toda cautela, atropellando malezas y pantanos, hasta que, de pronto, como emergiendo de sus propios jadeos, creyó oír la voz, sí, la de Pablo: «¡Dalmaaa, volveré, te lo juro, esperame, Dalma!»
Y se detuvo bruscamente. Pero ahora nada oía. Sin embargo ¿cómo podía equivocarse? Era inconfundible esa voz. Y de nuevo echó a correr. Huía de esa voz. Huía de sí misma, de algo que le surgía desde adentro, clamoroso y a punto de dominarla. Poco después vadeaba el último riacho, llegaba al lugar donde el camionero los dejara pocas horas antes, a corta distancia de la ruta, donde debía esperar el paso de —55→ algún vehículo. Tal vez alguien quisiese ayudarla a regresar al punto de partida. Esperar. Nada más podía hacer. Su pensamiento, entre tanto, nuevamente huía detrás de un bote, hacia la orilla opuesta. Nada veía en su rededor que no fuese agua sombría, sombra líquida atravesada por una estela fosforescente que partía de su existencia sumida en soledad; una parte de sí misma ya diluida en el pasado; parte doliente, cercenada por caínes feroces.
En los aromos, el nuevo día piaba. La vida surgía lírica del pico de los pájaros. Voces, voces por doquier. La brisa del alba ribereña se arrebujaba en las ramazones desalojando trinos.
¡Adiós, Pablo, amor mío, adiós!
Pasose la mano por los ojos ya secos. El sol, lenta fogata, estallaba sobre la faz del río. Allí, en lo alto de la loma, el viento jugaba con su vestido hecho jirones. Pablo ya estaría a salvo sobre la orilla opuesta, siendo recogido por los amigos, quienes lo llevarán a un hospital. Lo llevarán sin demora y se curará. El sol sobrepasó15 la línea de los árboles.
Dalma, enferma de desolación y hambre infinitos, tendía la mirada mustia a lo largo de la ruta de tierra, donde un sol desértico empezaba a reverberar en anticipo de otra canicular jornada en plena primavera, comienzo de un capítulo más de angustias en la historia de una mujer. ¿Qué haría si se cumpliera el vaticinio de Pablo? ¿Habrán maltratado a sus compañeras para indagar sobre ella y el herido? ¿Debía sentirse ahora victoriosa o culpable? Súbitamente, en el vértice entre cielo y tierra, un punto oscuro nació. Con los dedos, Dalma se alisó los cabellos y el haraposo vestido. El punto oscuro crecía de prisa, pudiendo pronto ser distinguido con claridad. Tratábase de un camión en cuyo letrero se leía 'mixto', lo que significaba pasajeros y carga. El conductor, viendo a la mujer que hacía señas al borde de la ruta, paró. Dalma lo encaró resueltamente
-Soy enfermera del hospital regional; lléveme por favor hasta donde le sea posible.
Impresionado al escucharla, el conductor detuvo la atención en ella brevemente. Una enfermera tan lejos de su puesto, en tales parajes donde ni siquiera un rancho se veía, seguramente debía despertar cierto asombro en él. ¿Rebelde tal vez? Mas no quiso continuar pensando por temor a juzgar mal. Realmente, los tiempos que corrían daban lugar a cosas —56→ y hechos inverosímiles, pero negose a entrar en conjeturas por tratarse de una joven.
-Está bien, suba.
Y partió sin indagar más. Aceleró. En la torturada imaginación de Dalma, el camión fue tornándose nuevamente aquel punto oscuro que pronto iría a borrarse en otros tantos vértices entre cielo y tierra. En el fondo del vehículo, hecha un ovillo en un rincón de tablas, quedose dormida.
Pasado buen rato, el camión debió detenerse ante una patrulla que le bloqueaba el paso. Subieron dos uniformados. Lo inspeccionaron todo, bolsos, cajones, canastos. A los hombres les exigían documentos personales y filiación partidaria. Las mujeres, acorde con el concepto dominante, sólo contaban para ciertos menesteres, y siendo feas, para mucho menos. Dalma, desgreñada y rotosa, dormida sobre sucias tablas, pasó inadvertida.