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La fábula en Gracián

María Pilar Cuartero Sancho


Universidad de Zaragoza



La fábula, en principio un género literario menor, no fue tal para Gracián. Lo demuestra ampliamente en su teorización sobre ella, en el Arte de ingenio. Tratado de la Agudeza, en la Agudeza y Arte de ingenio y en El Criticón: pero todavía más, en su puesta en práctica en esas mismas obras y con anterioridad, en El Héroe, El Discreto y el Oráculo.


I. Teoría y praxis de la fábula en Gracián

Con su teorización, reivindicativa de la utilidad moral de la fábula, y explicativa del proceder literario que la define, Gracián se situaba en la línea de una larga tradición de obras retóricas, colecciones de fábulas y polyantheas, que había hecho y hacía otro tanto, y de la que, sin duda, conocía algunos de sus frutos. Con toda probabilidad. Gracián había leído las disertaciones sobre «fábula» (fabula) o -apólogo- (apologus) de las obras siguientes (de las que son colecciones de fábulas hablaremos en el apartado II): Esopete. pp. 1a-2b1, y ed. de 1546, A4 -2 (se alude a la fábula bíblica de «Los árboles eligiendo rey», como alude Gracián en Arte de ingenio. Tratado de la Agudeza, XLVII, y Agudeza y Arte de Ingenio, LVI); De copia uerborum ac rerum de Erasmo, II, pp. 254-2563 (además de la importancia de la obra, había un ejemplar en la Biblioteca de Lastanosa)4; Hecatomythia de Lorenzo Abstemio, «proemium», pp. 200-2095 (es colección humanística muy difundida); Aesopi Fabulae, de Pedro Simón Abril, carta al lector, A6 rº-A7 vº6 (había un posible ejemplar en la Biblioteca del Colegio de la Compañía de Jesús de Huesca7; se alude también a la fábula bíblica de «Los árboles eligiendo rey»; y hay alguna huella textual de sus fábulas en las de Gracián); Polyanthea Novissima, de Nani Mirabelli-Lang, s. u. Fabula8 (había ejemplar en la Biblioteca del Colegio de la Compañía de Jesús de Huesca9); Magnum theatrum, de Beyerlinck, s. u. «Fabula»10 (se cita como ejemplo, de nuevo, la fábula bíblica de «Los árboles eligiendo rey», y en la edición de 163111 figura el anagrama de los jesuitas).

Con esos y otros posibles antecedentes, Gracián forjó su propia teoría de la fábula, sustantiva en la presentación. He aquí los pasajes gracianos de la misma:

«Son las verdades mercaduría vedada, que han menester tanto disfraz para poder hallar entrada a la razón. Para esto se inventaron también los apólogos, que desengañan dulcemente. Parece vulgar su enseñanza, mas su artificio no lo es. Propónese pasar entre los irracionales brutos, árboles y otras cosas inanimadas, por ficción, lo que entre los racionales por realidad. Consiste también su primor en semejanza». (Arte de ingenio. Tratado de la Agudeza, XLVII12). Sigue ejemplificación, con alusión a tres fábulas13. Una de ellas es fábula bíblica, «Los árboles eligiendo rey» (Jueces, 9, 8-15), que hemos visto figuraba en la teorización sobre la fábula de varias obras14.

Incorporó el pasaje, en parecidos términos, en Agudeza y Arte de Ingenio, LVI: «Son las verdades mercaduría vedada, no las dejan pasar los puertos de la Noticia, y Desengaño, y así han menester tanto disfraz pata poder hallar entrada a la Razón, que tanto la estima. Para esto se inventaron también los apólogos, que desengañan mucho y dulcemente. Parece vulgar su enseñanza, mas su artificio no lo es [...]»15. Sigue ejemplificación, con una fábula, aludida en Falcón, y completa en Maleo Alemán16.

«Una mesma verdad puede vestirse de muchos modos, ya por un gustoso apólogo, que, con lo dulce y fácil de su ficción, persuade eficazmente la verdad. Usaron de ellos graves amores, en la más importante enseñanza, tanto política como moral [...] Enseñan mucho estos apólogos, y por la semejanza exprimen grandemente la verdad». (Agudeza y Arte de Ingenio, LV). Queda intercalada una larga fábula de Horacio, en versión de Bartolomé Leonardo de Argensola, la de «El ratón de campo y el de ciudad», y sigue la alusión a otra del duque de Nocera17.

«La semejanza es el fundamento de toda la invención fingida, y la translación de lo mentido a lo verdadero es el alma de esta agudeza. Propónese la fábula, emblema o alegoría, y aplícase por la ajustada conveniencia» (Agudeza y Arte de Ingenio, LV). Sigue una fábula de Lope de Vega18.

«Propónese pasar entre los irracionales brutos, árboles y otras cosas inanimadas, por ficción, lo que entre los racionales por realidad. Consiste también el fundamento de su artificio en la semejanza o paridad, pero después el primor está en la entretenida ficción con sus empeños y suspensiones, dándoles la extraordinaria salida». (Agudeza y Arte de Ingenio, LVI). Sigue ejemplificación, con alusión a las tres fábulas antes mencionadas en Arte de ingenio. Tratado de la Agudeza, y a una de la tradición oriental, la de «La zorra que se finge muerta» (Don Juan Manuel, El conde Lucanor, XXIX)19, más una fábula completa de Bartolomé Leonardo de Argensola, «La golondrina y los pájaros»20.

«[...] Los emblemas, jeroglíficos, apólogos y empresas, son la pedrería preciosa al oro del fino discurrir [...]».


(Agudeza y Arte de Ingenio, LVIII)                


«[...] Para apetito y regalo hizo [la Moral Filosofía] una ensalada de los diálogos de Luciano, tan sabrosa, que a los más descomidos les abrió el gusto no sólo de comer, pero de rumiar los grandes preceptos de la prudencia. Después de éstos echó mano de unas hojas muy comunes, mas ella las comenzó a celebrar con exageraciones. Estaban admirados los circunstantes, cuando las habían tenido más por pasto de bestias que de personas.

-No tenéis razón -dijo-, que en estas fábulas de Esopo hablan las bestias para que entiendan los hombres».


(El Criticón, II, IV21)                


En su obra Gracián puso en práctica esa teoría en no pequeña medida. Cerca de cuarenta fábulas -varias con repelida aparición- son fácilmente identificables en ella. En la ejemplificación se alude a una fábula bíblica y a otra de tradición oriental -lo hemos visto-, pero la gran mayoría de las fábulas que aparecen en Gracián son grecolatinas, ya clásicas, ya medievales, ya ambas cosas22.

En ocasiones, Gracián toma las fábulas de autores particulares a los que cita -he aludido a ello, a propósito de la ejemplificación, y lo veremos en el último apartado de la ponencia- pero sus referencias a Esopo (El Héroe, «Al lector» -con elogio: «sagaz Esopo»-; El Discreto, [XIII]; Arte, XLVI, y Agudeza, LVI; El Criticón, «A quien leyere», y II, IV), y la cita de dos fábulas bajo el nombre de Esopo (El Discreto, [IX] y El Criticón, III, I), hacen pensar que la mayor parte de sus fábulas proceden de las colecciones. En algunos de los casos, además -como hemos de comprobar- ratifican el supuesto los textos.




II. Colecciones por las que, con más probabilidad, pudo conocer las fábulas grecolatinas Gracián


A) Colecciones latinas

1) Versiones latinas humanísticas de fábulas griegas, y de fábulas de Fedro y Aviano prosificadas

  • Lorenzo Valla (hacia 1440): 33 fábulas.
  • Fabulae incerto interprete. 78 fábulas.
  • Rinuccio de Arezzo (1448; ed. 1474): Vida de Esopo y 100 fábulas23.
  • Gullielmus Gudanus o Canonicus: 45 fábulas.
  • Hadrianus Barlandus: 40 fábulas.
  • Gullielmus Hermanus: 38 fábulas.

Estos textos se editaron conjuntamente (con alguna otra versión), y con los Hecatomythia de Abstemio, en ediciones como las siguientes:

  • Aesopi Phrigis et Vita ex Maximo Planude desumpta et fabellae, Amberes Michael Hillenius, 1538.
  • Aesopi Phrigis et aliorum Fabulae. Lyon. Seb. Gryphius, 1542

Aldo Manuzio, Vita et fabellae Aesopi (1505; griego-latín); Vida de Esopo) y 192 fábulas24.

Pedro Simón Abril, Aesopi Fabulae (1575; latín-castellano): 149 fábulas25. Ya nos hemos referido a la posible identificación de un ejemplar de la obra en la Biblioteca del Colegio de la Compañía de Jesús de Huesca26.

2) Colecciones de fábulas humanísticas

  • Lorenzo Abstemio, Hecatomythia (1495 y 1505). 200 fábulas.
  • Girolamo Morlini, Fabulae (1520): 20 fábulas.
  • Gabriele Faerno, Fabulae centum (1563): 100 fábulas en verso.

3) Texto de Fedro, Fabularum Aesopiarum libri V (1596), París Sebastianus Cramoisus, 1630: 95 fábulas de Fedro y las 42 de Aviano. De esta edición de 1630 había un ejemplar en la Biblioteca de Lastanosa27.

4) Isaac Nicolás Novelet, Mythologia Aesopica (1610; griego-latín): Vida de Esopo, 297 fabulas de Esopo; las 40 fábulas de Aftonio; 54 atribuidas a Babrio; 90 de Fedro; las 42 de Aviano; las 60 del Anonymus; y Abstemius, Hecatomythia.




B) Colecciones castellanas

1) Esopete historiado (1482): la Vida de Esopo; 80 fábulas del Romulus; 17 «Fábulas Extravagantes»; 17 «Fábulas nuevas de Remicio» (Rinuccio); 27 de Aviano; y 22 «Fábulas colectas».

Hay ediciones que reproducen el contenido del Esopete, como la siguiente:

- Las fábulas del clarísimo y sabio fabulador Isopo ... A las cuales agora se añadieron algunas nuevas muy graciosas Amberes. Juan Sleelsio. 1540

2) Joaquín Romero de Cepeda. Vida y ejemplares fábulas del ingeniosísimo fabulador Esopo frigio y de otros clarísimos autores, Sevilla, Juan de León, 1590: Vida de Esopo y 104 fábulas en verso. Había dos ejemplares en la Biblioteca de Lastanosa28.

3) Sebastián Mey, Fabularia, Valencia, Felipe Mey, 1613: 57 fábulas.




C) Colecciones italianas

1) Ludovico Guicciardini, L'hore di ricreatione (1565). Es colección de relatos breves, que acoge bastantes fábulas, y que Gracián cita en El Criticón, II, IV.

2) Le quattrocento Favole di Esopo frigio ... alle quale di nuovo son aggiunte molte altre d'alcuni belli ingegni ... nuovamente ristampate, Venecia. Alessandro de Vecchi, 1607: 396 fábulas.

Lo dicho anteriormente anticipaba ya que en la obra de Gracián nos vamos a encontrar con dos tipos de fábulas: lo que vamos a llamar las «Fábulas de Gracián», es decir las fábulas de su propia cosecha, las que Gracián mismo ha adaptado de las colecciones o ha creado; y las «Fábulas asumidas por Gracián», o sea, las que, aunque no son suyas, porque no las ha adaptado o inventado él, sí las ha elegido de entre el amplio mundo de la fábula y el extenso número de autores que hacen uso de ella.






III. Fábulas de Gracián

Caracterización de la mayoría de las fábulas de Gracián: LA ORIGINALIDAD

FORMAS:

  1. ADAPTACIÓN
  2. INVENCIÓN

Ambas formas están dictadas por la idea graciana de la aemulatio, que se corresponde con la humanística. Es decir, para Gracián aemulatio es la imitatio que, mediante la uariatio, consigue la superación del modelo. La pauta para lograrla la daba en Agudeza, LXIII: «Suele faltarle de eminencia a la imitación lo que alcanza de facilidad; no ha de pasar los límites del seguir, que sería latrocinio [...] la destreza está en transfigurar los pensamientos, en trasponer los asuntos [...]».

Pero no hay que olvidar que esa aemulatio literaria, que Gracián lleva a la práctica en muchos pasajes de sus obras29, la aplicaba también a la conducta: «Propóngase en cada predicamento los primeros, no tanto a la imitación cuanto a la emulación: no para seguirles, sí para adelantárseles». (El Héroe, XVIII30); «Elegir Idea Heroica. Más para la emulación que para la imitación» (Oráculo, 7531).


A) Adaptación

Pocas fábulas adapta Gracián completas. La mayor parte lo son en forma de alusión. Ofrezco, a continuación, unas y otras, clasificadas, deteniéndome más en las fábulas de las que, o no se señala la fuente en las ediciones, o están insuficientemente anotadas (sobre todo, en punto a la presencia de un adagium o un refrán junto a la fábula), o no se identifica que son fábulas. Como grado máximo de originalidad, ofrezco una fábula recreada en la acción. De todas las fábulas doy la presencia en las colecciones antes indicadas.

A) 1. Fábulas completas

De la fábula de Momo (H. 102, «Zeus, Prometeo, Atenea, Momo»)32, que Gracián refiere entera en Agudeza, XXVIII, y, en forma de alusión, en numerosas ocasiones, no me voy a ocupar, porque nada tengo que decir ante el extenso y documentado estudio de A. Egido, sobre el tema de Momo en el Humanismo y la literatura española33. De la de «La zorra y la máscara», que, asimismo relata completa en Agudeza, XXVIII, hablaré dentro de las «Fábulas aludidas».

Mezcla de dos versiones de una fábula

[...] Venía otra madre en busca de la honestidad para su hija, y contola lo que le sucedió a la culebra madre con la culebrilla su hija: que, viéndola andar torcida, la riñó mucho y mandó que caminase derecha. «-Madre mía -respondió ella- enseñadme vos a proceder, veamos cómo camináis». Probose, y, viendo que andaba muy más torcida: «-En verdad, madre -la dijo-, que si las mías son vueltas, que las vuestras son revueltas».


(El Criticón, II, X)                


M. Romera Navarro decía: «El origen de esta fábula viene de la CLI de Esopo, con la diferencia de que éste presenta a la madre y la hija como cangrejos, y no culebras»34. A mi entender se trata de dos versiones de la fábula H. 211 y M. 80 «La serpiente y el cangrejo», que Gracián ha contaminado.

1. La primera versión aparece en Carmina conuiualia, 892 (la señala F. Rodríguez Adrados). En ella el cangrejo coge con la pinza a la serpiente y le dice que hay que caminar derecho y no pensar torcido. Como el texto figura en el Comentario de Eustacio, y éste se publicó en 1549, Odyssea, Antonius Bladus, Roma (sólo en griego), Gracián pudo conocer la versión, muy probablemente, de forma oral. Y no hay que olvidar que, en temática parecida, existe una fábula de Esopo, la 19635, que Gracián podía haber leído en Aldo, C3 rº, «Serpens et cancer»36, «Fabulae incerto interprete», 2037, o Simón Abril, F6 vº-F7 rº; en ella, las palabras finales del cangrejo, que acaba matando a la serpiente por su mala conducta, vienen a ser que no era ése, el de estar muerta, el momento en que debía ser recta, sino cuando él le aconsejaba que lo fuera y ella no le hacía caso. No parece descabellado pensar que la «culebrilla» de Gracián proceda de alguna de estas serpientes.

2. La segunda versión, que es la difundida, se presenta como «El cangrejo y su madre». Babrio, 109; Aviano, 3; Aftonio, 11.

Cols. Latinas: Gulielmus Hermanus, 338. Nevelet, Aftonio, 11; Aviario 339. Fedro (1630), Aviano, 340. Cols. Castellanas: Esopete, «Aviano», 3; idem 1546. Cols. italianas. Guicciardini, L'hore, p. 2041. Le quattrocento favole, 17342.


«De las dos langostas o cangrejas
No reprehendas la [sic] otro el vicio que en ti cabe»

Ninguno debe redargüir a otro de la tacha o vicio que él tiene, sin primero corregir a sí mesmo, según se nota de esta fábula:

Una langosta o cangreja, mirando a su hija que andaba tuertamente, e que no traía derechos los pies, porque se lisiaba en las piedras malas y ásperas de las aguas, por causa que anduviese derechamente y sin lisión, díjole la madre así: «-Hija amada, no vos plega de andar por estos caminos ásperos e sin carrera y también mirad porque no andéis así a tuertas, al través con los pies, mas andad derecha y hermosamente, y no vos lisiaréis tanto». Respondió la hija «-Madre, andad vos primero bonitamente adelante, y mirar vos he cómo os movéis, y seguiré lo mejor que podré vuestras pisadas». La madre comenzando a andar, vio la hija que iba tan tuerta y feamente como ella; y así le respondió «-Maravillome cómo me redargüís del andar, no sabiendo vos misma mejor caminar». Y así demuestra que torpe y fea cosa es reprehender el hombre a otro lo que en sí mesmo es digno de reprehensión.


(Las fábulas del clarísimo y sabio fabulador Isopo, f. 142 rº-vº43). Con mínimas variantes, es la versión del Esopete.                


La proximidad textual parece mostrar que sea esta versión, derivada del Esopete, la seguida por Gracián, tras cambiar por «culebrillas» a las «langostas o cangrejas».

«mirando a su hija que andaba tuertamente» / «viéndola andar torcida»

«por causa que anduviese derechamente» / «mandó que caminase derecha» / «vio la hija que iba tan tuerta» / «viendo que andaba muy más torcida».


Recreación de una fábula

«-Por eso cuentan de la raposa -dijo el Nariagudo- que volviendo un día muy asustados sus hijuelos a su cueva, diciendo habían visto una espantosa fiera con unos disformes colmillos de marfil. «-¡Quita de ahí, no hay que temer!» -les dijo-, «que ése es elefante y una gran bestia: no os dé cuidado». Volvieron al otro día huyendo de otra, decían, con dos agudas puntas en la frente. «-¡Eh, que también es nada!» -les respondió-, «que sois unos simples». «-Agora sí que hemos topado otra con las uñas como navajas, ondeando horribles melenas». «-Ése es el león, pero no hay que hacer caso, que no es tan bravo como le pintáis». Finalmente, vinieron un día muy contentos por haber visto, decían, un otro, no animal ni fiera, sino muy diverso de todos los otros, pues desarmado, apacible, manso y risueño. «-Ahora sí» -les dijo- «que hay que temer. Guardaos de él, hijos míos, huid cien leguas». «-¿Por qué, si no tiene uñas ni puntas ni colmillos?» «-Basta que tiene maña: ése es el hombre. Guardaos, digo otra vez, de su malicia».


(El Criticón, III, VI)                


M. Romera Navarro decía no haber encontrado el apólogo, ni en las colecciones de Esopo y Fedro, ni en las castellanas medievales, ni en el índice de Stith Thompson44. Lo cierto es que se trata de una fábula latina medieval:

M. 309 «El ratón, su hija, el gallo y el gato».

La fuente medieval es la fábula 40 (indicada por F. Rodríguez Adrados) del Romulus Bernensis, «Mus et eius filia, gallus et catus». Es relato breve. Pero hay versión humanística, que es la que sigue Gracián:

«De paruis muribus, gallo, cane et fele

Parui mures, quum primum e nido exiere, cristatum gallum gestuoso modo accedentem offenderunt; cuius terribili aspectu terrefacti aufugere, tremulique uastum ac ferocissimum animal (gallum designando) uidisse genitoribus denuntiauerunt. Qui taliter responderunt: «-Nolite, filii, animal illud amicissimum nostri generis expauescere, cum eo securius conflictari poteritis». Sequenti die, foramen egressi, catulum latrantem, huc et illuc concurrentem, inspexere; cuius latratu perterriti, ad genitores repedantes, cum fide omnia de cane eisdem adamussim renuntiauerunt. Denuo parentes taliler illos exhortati sunt: «Nec quidquam de isto dubilandum est, nam, ut proximus amicus noster est, cum eo tulius uersari poteritis». Tertio exeuntes, medio in atrio domus felem solaribus radiis adstantem acceperunt, eiusque humilitate, mansuetudine et pulchritudine allectati, confestim ad parentes reuenerunt; aientes pulcherrimum quoddam ac mansuetissimum (signis felem praedicando), cum quo bonum erat conuersari societatemque habere, in atrio domus creuisse, progenitoribus demonstrauere. Et eccum contentissima uoce parentes filias corripere ac monere initiauerunt, aientes: «Aufugitote, filii, animal hoc, cauetote ab eo, sit procul a uobis, in hostem illud habetote! Hoc est animal nobis infestum, hoc est lacerator et carnifex nostri generis, hoc est fusor nostri sanguinis [...] O quam rapacissimum ac dolosum animal' O quam hypocritum animal' Videtur bonum et est malum [...], Hoc pessimum animal moricula [sic] dicitur quasi murum laniatrix ac consummatrix quae ruinam tantum et perditionem nostri generis affectat. Ab ea fugitote uelut a morte, nam uere mors uestra est!». Cum dicto, ab inde musculi cauti aelurum fugerunt [...]».


(Morlini, Fabulae, 1445)                


La extensa versión de Morlini, con el plural «parui mures», como pequeña ampliación de filia; incluye un animal más que la medieval, en los observados con temor por los ratones, el perro. La originalidad de Gracián le ha llevado a hacer una aemulatio de esa fábula humanística, mediante una forma de la uariatio, las sustituciones: los ratones padres han pasado, así, a ser una «raposa»; los animales que asustan a los hijos, de un gallo y un perro, se han convertido en un «elefante», un toro y un «león» -con aumento de tamaño, como lo tiene una «raposa», con respecto a unos ratones-; y el ENEMIGO, en mayúsculas, el gato, se ha transformado en «el hombre». El texto de Gracián, que empieza por arrancar de un diminutivo inicial, como el de Morlini: «Parui mures» / «sus hijuelos», tiene incluso aproximaciones textuales con él:

«eiusque humilitate, mansuetudine et pulchritudine allectati» / «pues desarmado, apacible, manso y risueño»

«Aufugitote, filii, animal hoc, cauetote ab eo, sit procul a uobis», / «Guardaos de él, hijos míos, huid cien leguas».

«Hoc pessimum animal moricula [sic]46 dicitur» / «ése es el hombre»

«Ab ea fugitote uelut a morte, nam uere mors uestra est!» / «Guardaos, digo otra vez, de su malicia».


A) 2. Fábulas aludidas

Procedimiento de gran originalidad, porque permite que pase desapercibida la existencia de la fábula. Es el más cultivado por Gracián en estas fábulas. La originalidad se consigue también con la mediación de un adagium o un refrán en la fábula.

Unión de dos fábulas

«Conteniese el pavón con su rueda, préciese el águila de su vuelo, que sería gran monstruosidad aspirar el avestruz a remontarse expuesta a ejemplar despeño; consuélese con la bizarría de sus plumas».


(El Héroe, IX)                


1. La primera fábula es No. H. 259 y M. 345 y M. 346 «El pavo a Juno sobre su voz»

Fedro, III, 18. El pavo real se queja a Juno, porque no le ha dado el canto del ruiseñor, pero ella le dice que debe contentarse con su belleza y corpulencia, ya que a cada especie le corresponden sus ventajas, y ninguna puede tenerlas todas.

Cols. Latinas: Adriano Barlando. 2147. Fedro (1630), III, 18. Nevelet, Fedro, III, 57. Cols. Castellanas: Esopete, IV, 4; idem 1546. Col. Italiana: Le quattrocento favole, 149.

Esa primera fábula corresponde a «Conténtese el pavón con su rueda».

2. La segunda es H. 249 y M. 131 «El pavo real y la grulla».

Babrio, 65. Aviano, 15. El pavo real alardea de la belleza de sus plumas ante la grulla, pero ésta le replica que él revolotea a ras de tierra, cuando ella, con sus feas plumas, vuela muy alto.

Cols. Latinas: Gulielmus Hermanus, 15. Nevelet, Aviano, 15. Fedro (1630), Aviano, 15. Cols. Castellanas: Esopete, Aviano, 12; idem, 1546. Col. Italiana: Le quattrocento favole, 171.

A esta segunda fábula corresponde el resto del texto, en el que Gracián sustituye a la grulla por el águila (en la fábula anterior se le daba el atributo de la fuerza), y al pavo real por el avestruz.

El pavo real volverá a ser protagonista de otra fábula, inventada en ese caso por Gracián, en el realce [XIII] de El Discreto, a ella me referiré en el apartado B) INVENCIÓN48.

Idem, pero con intervención de un «adagium»

«Bien pudiera de muchos reclamar, crítica, la vulpeja: «¡Oh, testa hermosa mas no tiene interior! En ti hallo el vacuo que tantos sabios juzgaron imposible». Sagaz anotomía, mirar las cosas por dentro. Engaña de ordinario la aparente hermosura, dorando la fea necedad; y si callare, podrá desmentir el más simple de los brutos a la más astuta de ellos, conservando la piel de su apariencia. Que siempre curaron de necios los callados; ni se contenta el silencio con desmentir lo falso, sino que lo equivoca en misterioso».


(El Discreto. [I]49)                


1. En la primera se mezclan una fábula y un adagium

H. 27 y M. 263. «La zorra (lobo, en la fábula medieval) y la máscara».

Esopo 27. Fedro I, 7 (fuentes clásicas señaladas por A. Egido50). Cols. Latinas: Lorenzo Valla, 1651. Rinuccio, 1452. Gulielmus Gudanus, 2853. Aldo, B7 vº y 8 rº. Alciato, Emblemata 18854. Faerno, Fabulae centum, 6655. Simón Abril, C vº. Nevelet, Anonymus. 34. Fedro (1630), I, 7. Cols. Castellanas: Esopete, II 14; idem, 1546. Romero de Cepeda, 956. Col. Italiana: Le quattrocento favole, 11.

En Esopo y Fedro la aplicación es semejante: en Esopo, al hombre extraordinario de cuerpo, pero falto de juicio; en Fedro, a aquellos a los que la Fortuna les ha dado honor y gloria, pero no sentido común. Lo misino hacen las otras colecciones. Sólo se diferencia Rinuccio. 14: «Fabula significat quod non omnes corpore decori eandem animo habeant pulchritudinem».

Y ésa es la línea que sigue Gracián, enseñando a no juzgar por las apariencias. Su texto depende claramente de los Sileni Alcibiadis de los Adagia de Erasmo, II, III, l57. Esa dependencia empieza por verse claramente en «mas no tiene interior». Luego, en «Sagaz anotomía juzgar las cosas por dentro. Engaña de ordinario la aparente hermosura, dorando la fea necedad». Bastará recordar, del largo adagium erasmiano, un par de fragmentos significativos: «[...] «Sileni Alcibiadis» [...] in collectaneis Graecorum proverbii uice referuntur, quo licebit uti uel de re, quae cum in speciem et prima, quod aiunt, fronte uilis ac ridicula uideatur; tamen interius ac propius contemplanti sil admirabilis, uel de homine, qui habitu uultuque longe minus prae se ferat, quam in animo claudat»58. «Haec nimirum est natura rerum uere honestarum, quod habent eximium id in intimis recondunt abduntque, quod contemptissimum id prima specie prae se gerunt ac thesaurum ceu uili cortice dissimulant, nec prophanis ostendunt oculis. At uulgarium et umbraticum longe diuersa ratio. Summa specie blandiuntur quodque pulcherrimum habent statim obuiis ostendant, sin penitius introspicias nihil minus sunt quam quod titulo specieque prae se ferebant»59.

Depende también de los Sileni Alcibiadis Oráculo, 48, donde, asimismo, se alude a la fábula: «Hombre con fondos tanto tiene de persona. Siempre ha de ser otro tanto más lo interior que lo exterior en todo. Hay sujetos de sola fachata, como casas por acabar, porque faltó el caudal: tienen la entrada de palacio, y de choza la habitación. No hay en estos donde parar, o todo para, porque, acabada la primera salutación, acabó la conversación. Entran por la primera cortesía como caballos Sicilianos y luego paran en silencianos, que se agotan las palabras donde no hay perennidad de concepto. Engañan éstos fácilmente a otros, que tienen también la vista superficial; pero no a la astucia, que, como mira por dentro, los halla vaciados para ser fábula de los Discretos».

La fábula se cita entera en Agudeza, XXVIII, como aludíamos antes, en «Fábulas completas»:

«Ayúdase con felicidad de crisi de las ficciones, para el censurar, porque, como es odiosa la censura, pónese en un tercero, ya por alegoría, ya por fábula. Como aquella de la vulpeja, cuando, entrando en la oficina de un estatuario, vio una cabeza de un gallardo mancebo, muy bien acabada y hermosa, pero advirtiendo que estaba vacía por dentro, exclamó, diciendo: «¡Oh, qué lindo vulto pero no tiene cerbelo!», con que zahirió a toda hermosura, que de ordinario es trono de la necedad.


Ingressa uulpes in Choragi pergulam,
      Fabre expolitum inuenit humanum caput,
Sic eleganter fabricatum, ut spiritus
      Solum deesset, caeteris uiuisceret.
Id illa cum sumpsisset in manus, ail.
      Hoc quale caput est! Sed cerebrum non habet»


El relato castellano se corresponde con el clásico, y el texto latino procede de Alciato, Emblemata, 188, «Mentem non formam plus pollere» (fuente anotada por A. del Hoyo y E. Correa Calderón)60.

Nueva alusión a la fábula, con las palabras clásicas de la zorra, en El Criticón: «[...] Sobre todo, guardaos no os vea la vulpeja, que dirá luego aquello de "Hermosa fachata, mas sin celebro"». (II, VIII).

2. La segunda fábula es H. 199 y M. 52 «El asno y la piel de león»

De las varias versiones clásicas de ella, la de la zorra es de Esopo, 188 (fuente señalada por Aurora Egido)61. Un asno, que se ha puesto una piel de león, asusta a los animales. Intenta meter miedo a la zorra, pero ésta le dice que también ella se hubiera asustado, si no le hubiera oído rebuznar62.

Cols. Latinas: Faerno, Fabulae centum, 88. Simón Abril, I 5 rº- vº. Nevelet. Esopo, 113. Col. Castellana: Romero de Cepeda, 31.

La fábula, con «máscara», en lugar de «piel», vuelve a aparecer en El Criticón: «[...] Y es cosa notable que todos tomaban las ajenas, y aun contrarias, porque la vulpeja salía con máscara de cordero, la serpiente de paloma [...] el lobo del que ayuna, el león de cordero, el gato con barba a lo romano, con hechos de tal, el asno de león mientras calla, el perro rabioso de risa por tener falda, y lodos de burla y engaño». (I, VIII).

Nada tiene que ver, en cambio, con la fábula Oráculo, 220: «Cuando no pueda uno vestirse la piel del león, vístase la de la vulpeja». Es un adagium clásico: Erasmo, Adagia, III, V, 81, «Si leonina pellis non satis est, uulpina addenda»63. Y ese adagium es lo que desarrolla Gracián en El Criticón, I, VII64.

Alusión a una sola fábula, pero repetida

«Métense a querer dar gusto a todos, que es imposible, y vienen a disgustar a todos que es mas fácil».


(El Discreto, [XI])                


«Bien vea cuan dificultoso es el asunto de contentar, cuanto más a muchos, y a todos imposible».


(El Discreto, [XXIII])                


Es la famosa fábula 100 de Poggio, que Rodríguez Adrados recoge como M. 340 «El padre, el hijo y el asno».

Col. Latina: Faerno, Fabulae centum, 100. Cols. Castellanas: Esopete, «Fábulas colectas», 22; idem 1546. Mey, Fabulario, pp. l-465.

Dado que hemos de volver a esta fábula en el apartado B) INVENCIÓN, voy a reproducir íntegro el texto de Poggio:

«C. FACETISSIMUM DE SENE QUODAM QUI PORTAUIT ASINUM SUPER SE

Dicebatur inter Secretarios Pontificis eos, qui ad uulgi opinionem uiuerent, miserrima premi seruitute, cum nequaquam possibile esset, cum diuersa sentirent, placere omnibus, diuersis diuersa probantibus. Tum quidam ad eam sententiam fabulam retulit, quam nuper in Alemannia scriptam pictamque uidisset.

Senem ait fuisse, qui cum adolescentulo filio, praecedente absque onere asello quem uenditurus erat, ad mercatum proficiscebatur. Praetereuntibus uiam quidam in agris operas facientes senem culparunt, quod asellum nihil ferentem neque pater, neque filius ascendisset, sed uacuum onere sineret, cum alter senectute, alter aetate tenera uehiculo egeret. Tum senex adolescentem asino imposuit, ipse pedibus iter faciens. Hoc alii conspicientes increparunt stultitiam senis quod, adolescente qui ualidior esset super asinum posito, ipse aetate confectus pedes asellum sequeretur. Immutato consilio atque adolescente deposito, ipse asinum ascendit. Paulum uero progressus, audiuit alios se culpantes, quod paruulum filium, nulla ratione aetatis habita, tanquam seruum post se traheret, ipse asello, qui pater erat, insidens. His uerbis permotus, filium asello secum superimposuit. Hoc pacto iter sequens, interrogatus inde ab aliis, an suus esset asellus, cum annuisset, castigatus est uerbis, quod eius tanquam alieni nullam curam haberet, minime apti ad tantum onus, cum satis unus ad ferendum esse debuisset. Hic homo perturbatus tot uariis sententiis, cum neque uacuo asello, neque ambobus, neque altero superimpositis absque calumnia progredi posset, tandem asellum pedibus iunctis ligauit, atque baculo suspensum, suo filiique collo superpositum, ad mercatum deferre coepit. Omnibus propter nouitatem spectaculi ad risum effusis, ac stultitiam amborum, maxime uero patris, increpantibus, indignatus ille, supra ripam fluminis consistens, ligatum asinum in flumen deiecit, atque ita amisso asino domum rediit. Ita bonus uir, dum omnibus parere cupit, nemini satisfaciens, asellum perdidit»66.


La fuente de Gracián, que lo que adapta es el preámbulo en el que están hablando los secretarios pontificios, es directamente el texto latino de Poggio, frente a las otras versiones «Métense a querer dar gusto a todos, que es imposible» y «cuan dificultoso es el asunto de contentar [...] y a todos imposible», están cerca del «cum nequaquam possibile esset [...] placere omnibus» de Poggio67.

Idem

«[...] Comenzó la Corneja a malear, como más vil, después que quedó pelada con afrenta».


(El Discreto, [XIII])                


«[...] ¡Pues las mujeres!: de pies a cabeza una mentira continuada, aliño de cornejas, todo ajeno y el engaño propio [...]»


(El Criticón, I, IX).                


Es la fábula H. 103 «El grajo y las aves»

Esopo, 101. Horacio, Epistulae, I, III, 18-20. Fedro, 1, 3 Babrio, 72. Luciano, El falso razonador, 5 (alusión). Aquiles Tacio, Leucipa y Clitofonte, II, 38, 2 (alusión). Aftonio, 37.

Cols. y obras latinas: Erasmo, Adagia, III, VI, 91, «Aesopicus graculus» (alusión); y Copia, II, p. 255 (alusión). Novelet, Esopo, 191; Babrio, 26; Aftonio, 31. Col. Castellana; Mal Lara, Filosofía Vulgar, X, I68.

La alusión de El Criticón se aleja de la condensación temática de la fábula -caso de la de El Discreto-, para acercarse a la formulación de un refrán: siempre la originalidad graciana69.

Idem

«Hacerse a las malas condiciones de los familiares; así como a los malos rostros. Es conveniencia donde tercia dependencia. Hay fieros genios que no se puede vivir con ellos, ni sin ellos. Es, pues, destreza irse acostumbrando, como a la fealdad, para que no se hagan de nuevo en la terribilidad de la ocasión. La primera vez espantan, pero poco a poco se les viene a perder aquel primer horror, y la refleja previene los disgustos, o los tolera».


(Oráculo, 115.)                


«Que aun el sol -dijo Critilo- a la segunda vez ya no espanta, ni a la tercera admira».


(El Criticón I, II)                


Es uno de los casos de mayor originalidad en alusión de fábula, ya que, al no nombrarse para nada a los animales protagonistas de la fábula, es imposible identificarla, a no ser que se conozca bien previamente a la lectura.

Se trata de la fábula H. 10 «La zorra y el león»

Esopo, 10. Cols. Latinas: Lorenzo Valla, 14. Rinuccio, 6. Aldo, B6 r° y 7 vº. Adriano Barlando, 13. Faemo, Fabulae centum, 18. Simón Abril, B4 rº-vº. Nevelet, Esopo, 5. Nani Mirabelli, Polyanthea, s. u. «consuetudo», Cols. Castellanas: Romero de Cepeda, 11. Mey, Fabulario, p. 80. Cols. Italianas: Guicciardini, L'hore, p. 226. Le quattrocento favole, 21.

«Vulpes el leo

Vulpes, cum leonem nunquam uidisset casuque quodam obuiam illi facta esset, principio quidem adeo grauiter extimuit, ut parum abfuerit quam prae timore moreretur. Cum autem secundo eum uidisset, extimuit quidem, non tamen ita ut prius. Cum uero tertio illum aspexisset, tanta contra eum audaciam sumpsit, ut et accedere ad ilium et cum eo colloqui ausa sit.

Fabulae explicatio

Haec fabula nos docet quae terribilia natura sint usu atque consuetudine fieri facilia.

La raposa y el león

La raposa no habiendo jamás visto al león, y topándose con él acaso, luego tuvo tan gran temor, que casi vino de temor al punto de la muerte. Pero, cuando lo vio segunda vez, aunque temió, pero no tanto como la primera. Mas cuando ya la tercera vez lo vio, tuvo para con él tan gran osadía, que se atrevió a llegarse a él y a comunicar con él.

Declaración de la fábula

Esta fábula nos muestra que las cosas que de su naturaleza ponen terror, con el uso y plática se hacen fáciles de tratar».


(Simón Abril, B4 rº-vº)                


«La raposa y el león

Topó acaso la raposa una vez con el león, y, no le habiendo antes visto jamás, quedó tan asombrada, que, de puro espanto, pensó perder la vida. Volvió pocos días después a verle, y se paró de propósito a mirarle, llegándosele bien cerca. Pero a la tercera vez que se encontraron, sin temor ninguno, se fue para él y le demandó que si tenía salud, y que holgaba de conocerle. Y de allí adelante tuvieron amistad.


En aprender no tomes pesadumbre,
pues lo hace fácil todo la costumbre».


(Mey, Fabulario, p. 80)                


«La primera vez espantan» y «a la segunda vez ya no espanta» parecen reflejo del «de puro espanto» de Mey.

«Es, pues, destreza irse acostumbrando, como a la fealdad, para que no se hagan de nuevo en la terribilidad de la ocasión» guarda gran semejanza con «Haec fabula nos docet quae terribilia natura sint usu atque consuetudine fieri facilia» de Simón Abril.

Probablemente Gracián tenía en su codex exceptorius la moraleja de Simón Abril, en latín; y, o en el codex, o en texto directo, la fábula de Mey70.

Idem

«Cuando no se puede alcanzar la cosa, entra el desprecio».


(Oráculo, 220)                


«Mas Critilo, anteviendo tantas y tan inaccesibles dificultades, trataba de retirarse, consolándose a lo zorro de los racimos y diciendo:

-¡Eh, que el mandar, aunque es empleo de hombres, pero no felicidad! [...]».


(El Criticón, II, XII)                


Es la conocidísima fábula H. 15a «La zorra y las uvas».

Esopo, 15; Fedro, IV. 3; Babrio. 19 (M. Romera Navarro señaló las fuentes de Esopo y Babrio)71.

Cols. Latinas: Rinuccio, 85. Aldo, d3 vº y D4 rº; y D6 rº. Faerno, Fabulae centum, 19. Nevelet, Esopo, 159; Babrio, 18; Fedro, IV, 61. Fedro (1630), I, 2. Cols. Castellanas: Esopete, IV, 1; idem 1546. Mey, Fabulario, p. 23. Versiones orales y otras versiones literarias: Camarena-Chevalier, Catálogo, pp. 110-11172.

Idem, con mediación de un refrán

«[...] enamorados de sus discursos como hijos, más amados cuanto más feos».


(El Discreto, [II])                


«[...] Había [...] ojos de madre, que los escarabajos le parecían perlas [...]».


(El Criticón, I. VII)                


Obsérvese que, en la versión de El Discreto, la no aparición de ningún animal, también dificulta la identificación como fábula.

La fábula es No H. 247 y M. 431 «La madre del mono y Zeus»

Babrio, 56, y Aviano, 14. Zeus convoca un concurso, para premiar a la cría más bella de todos los animales. La mona presenta a su hijo, y, ante la risa general por su fealdad, asegura que para ella es el más bello.

Cols. y obras latinas: Tomás Moro, Utopía, I, p. 38473 (alusión). Nevelet. Aviano, 14. Fedro (1630), Aviano, 14. Cols. Castellanas: Esopete. «Aviano», II; idem 1546. Col. Italiana: Le quattrocento favole, 166.

Además de la alusión genérica de Pedro Alfonso, 8, al deleite del hombre con sus hijos, hay, en el mismo sentido, otra fábula medieval, de Odo de Cheriton, 14 (M. 70 «El sapo y su hijo bellísimo»), con el sapo de protagonista. Col. Latina; Abstemio, Hecatomythia, II, 14, «De bubone dicente aquilae filios suos caeterarum auuium filiis esse formosiores». Col. Italiana: Le quattocenlo favole, 329, «Del aquila et il bubon». Versiones orales: Camarena-Chevalier, Catálogo, pp. 394-5.

En estrecha relación con la fábula, hay, además, un refrán glosado por Mal Lara, Filosofía Vulgar, VII 48, «El escarabajo a sus hijos dice granos de oro». Allí Mal Lara recuerda la fábula: «Así puso el refrán la semejanza del escarabajo y sus hijos, que les dice granos de oro, como podemos ver en las madres, que llaman a sus hijos con aquellos nombres de más precio y de más altos estados que haya. Esto [sic] se puede ayuntar la fábula de la mona, que vino con sus dos hijos a decir delante de Júpiter, que no había más hermosos animales que ellos». (III, pp. 106-107).

En la versión de El Criticón, Gracián se sirve, junto con la fábula, de dicho refrán. La versión de El Discreto, por su parte, da pie a pensar que tuvo en cuenta, igualmente al lado de la fábula, la glosa de Mal Lara al refrán74: «Así lo dice Aristóteles, en el 4 de las Éticas, al principio: "Las obras que cada uno hace le agradan: los hijos a los padres y los versos a los poetas" [...] Y dice que no sabe cómo esto se ve mejor en los poetas, a quien dan gran deleite sus obras y las aman en lugar de hijos» (III, pp. 106-107). De forma que, «Enamorados de sus discursos como hijos» parece reflejo de «a quien dan gran deleite sus obras y las aman en lugar de hijos», mientras que «más amados cuanto más feos», lo es claramente de la fábula.

Idem con intervención de un «adagium»

«Andan de parto, soberbios y hinchados montes, y abortan después un ridículo ratón».


(El Discreto, [XX])                


«El que ausente fue tenido por león, presente fue ridículo parto de los montes».


(Oráculo, 282)                


De nuevo, una fábula muy conocida: No H. 218 y M. 296 «El parto del monte»

Fedro, IV, 24. Horacio, Ars Portica, 139 (alusión) (Fuentes indicadas por M. Romera Navarro)75.

Cols. y obras latinas: Salisbury, Policraticus, I, 13 (alusión)76. Erasmo, Adagia, I, IX, 14, «Parturiunt montes, nascetur ridiculas mus» (se cuenta la fábula). Gulielmus Canonicus, 21, Antonio Campano, 277. Fedro (1630), IV, 22. Nevelet, Fedro, IV, 80; Anonymus, 25. Cols. y obras castellanas: Esopete, II, 5; idem, 1546. Romero de Cepeda, 68. Cols. Italianas: Guicciardini, L'hore, p. 78. Le quattrocento favole, 112.

En la versión del Oráculo, Gracián conoce la glosa del adagium de Erasmo. En ella se reproduce un pasaje de Ateneo, Deipnosofistas, XIV, 616 d, en el que el rey egipcio Taco se burla de Agesilao, cuando fue a pedirle ayuda para la guerra, diciendo: «Parturit mons, Iuppiter autem metuit, at ille peperit murem», en alusión a su pequeña estatura; a este insulto Agesilao, ofendido, replicó: «Atqui aliquando tibi uidebor leo». Poco después -siguen Ateneo y la glosa de Erasmo-, habiéndose producido una revuelta entre los egipcios, al no prestarle Agesilao su ayuda al rey, éste se vio obligado a huir a Persia. Al rey egipcio, pues, Agesilao presente le había parecido el parto del monte; ausente, un león. La originalidad de Gracián lo que hace es cambiar el orden de la perspectiva.

Una sola alusión a una fábula

«No anida segura el águila en el mismo seno de Júpiter el día que rompe con un escarabajo».


(Oráculo, 251).                


También es fábula muy difundida: H, 3 «El águila y el escarabajo».

Esopo, 3. Luciano, Icaromenipo, 10 (alusión). La fuente esópica fue señalada por M. Romera Navarro78.

Cols. y obras latinas: Rinuccio, 3. Aldo, B4 vº y B5 rº. Erasmo, Adagia, III, VII, 1, «Scarabaeus aquilam quaerit» (es una versión muy extensa); Copia, II, pp. 254-5 (alusión). Alciato, Emblemata, 168. Simón Abril, B1 rº - B2 vº. Novelet, Esopo, 2. Cols. Castellanas: Esopete, «Remigio», 2; idem 1546. Romero de Cepeda, 10379.

Idem

«Búrlanse luego las aves de las apariencias de bultos».


(Oráculo, 266).                


Es una fábula medieval, M. 440. «Una estatua en el campo y las aves», que Rodríguez Adrados recoge en el Prontuario Parisino (P. 720). Las aves se acostumbran al espantapájaros, y se ensucian en él.

No parece haber tenido gran difusión por sí misma, sin duda por la coincidencia temática (la importancia que tiene la costumbre) con la fábula clásica H 10 «La zorra y el león», que hemos visto antes.

Idem

«Allí veo un animal inmundo que pródigamente se está revolcando en la hediondez de un asquerosísimo cenagal, y él piensa que son flores».


(El Criticón, I, XII)                


Se trata de otra fábula medieval, M. 419 «El escarabajo que volaba», la fábula 28a de Odo de Cheriton. Un escarabajo vuela sobre almendros en flor, manzanos, rosas, lirios y otras flores; luego se lanza a un estercolero, donde encuentra a su esposa, y ante la pregunta de ésta que de dónde viene, responde que ha volado sobre la tierra y visto muchas flores, pero que no ha encontrado un lugar tan ameno y agradable como ése, el estercolero.

Idem

«[...] A instancia de Séneca y otros filósofos morales, sea tenido por un solemne disparate decir: Haz bien y no mires a quién; antes, se ha de mirar mucho a quien no sea el ingrato [...] a la serpiente que reciba calor en tu seno y después te emponzoñe [...]».


(El Criticón, III, VI)                


Otra vez, una fábula muy identificable: H. 62 y M. 429 «El labrador y la serpiente»

Esopo, 176. Fedro, IV, 20. Babrio, 14380.

Cols. y obras latinas: Aldo, D14 rº. Guliemus Canonicus, 7. Erasmo, Adagia, IV, II. 40, «Colubrum in sinu fouere» (reproduce y traduce la versión de Babrio). Nevelet. Esopo. 173, Babrio. 42; Fedro, IV, 77; Anonymus, 10. Fedro (1630). IV. 18. Cols. Castellanas: Esopete, I, 10; idem, 1540. Romero de Cepeda, 57. Col. Italiana: Le quattrocento favole, 105. Versiones orales: Camarena-Chevalier. Catálogo, pp. 272-4.

Idem, pero con intervención de un refrán

«Aborrecibles monstros, de quienes huyen todos más que del bruto de Esopo, que cortejaba a coces y lisonjeaba a bocados».


(El Discreto, [IX])                


La indicación «del bruto de Esopo» nos sitúa frente a una fábula, pero el contenido de ésta Gracián lo hace coincidir con un refrán que señala A. Egido como de Hernán Núñez, Horozco y Correas81, «El amor de los asnos entra a coces y a bocados».

La fábula es H. 93 y M. 45, «El perro y su amo». El amo jugaba con un perrito, y el asno, envidioso, quiso hacer lo mismo y le dio de coces al amo, quien lo ató al pesebre.

Esopo, 91 y Babrio, 129.

Cols. Latinas: Gullielmus Gudanus, 13. Cols. Castellanas: Esopete, I, 17; idem, 1546. Romero de Cepeda, 63.

Idem, pero con intervención de un «adagium»

«[...] ¡Oh, con cuánta razón el otro sátiro de Esopo abominaba de semejantes sujetos, que con la misma boca ya calientan, ya resfrían, alaban y vituperan una misma cosa!».


(El Criticón, III, I)                


Esta fábula, de la que el propio Gracián señala, de nuevo, la vinculación esópica, es H. 35 y M. 447 «El hombre y el sátiro»

Esopo, 35; Aviano, 29.

Cols. y obras latinas: Lorenzo Valla, 22. Aldo, C12 vº y D rº. Gulielmus Hermanus, 28. Erasmo, Adagia, I, VIII, 30, «Ex eodem ore calidum et frigidum efflare» (cuenta la fábula). Faerno, Fabulae centum, 58. Simón Abril, K 3 rº - v°. Nevelet. Esopo, 126; Aviano, 29. Fedro (1630), Aviano, 29. Cols. Castellanas: Esopete, «Aviano», 22; idem 1546. Romero de Cepeda, 41. Col. Italiana: Le quattrocento favole, 32.

Gracián vierte casi literalmente (con la simple inversión del orden) el comienzo de la glosa del adagium de Erasmo: «Bilingues et qui eundem modo laudant modo vituperant, ex eoden ore calidum et frigidum spirare dicuntur».

Idem, con intervención de un refrán y un «adagium»

«Item, a petición de los hortelanos, no se dirá mal de tu perro, pero sí de tu asno, que se come las berzas y las deja comer [...]»


(El Criticón, III. VI).                


La fábula es medieval: M. 86 «El perro en el pesebre»

Aquí la originalidad graciana proporciona al pasaje un tinte auténticamente simpático, ya que contrapone la digna conducta del asno a la indigna del perro, desde un ángulo de censura. En ese planteamiento se unen la citada fábula, un refrán y un adagium.

La fábula forma parte de las fábulas «Extrauagantes», y, por tanto, del Esopete. «Extravagantes» 11, y de la edición de 1546. En ella un perro, que estaba en un pesebre lleno de heno, no dejaba comer a los bueyes que acudían allí, ni daba tampoco a otro perro un hueso que él no podía comer.

En paralelo a la fábula, existe un refrán bien conocido, que en los siglos XVI y XVII adoptaba las formas siguientes: «El perro del hortelano ni quiere comer las berzas, ni que otro coma de ellas» (Valles, C 6 vº82); «El perro del hortelano ni come las berzas, ni las deja comer al extraño» (Hernán Núñez, f. 41 vº a83): «El perro del hortelano, que ni come las berzas ni las deja comer a otro» (Covarrubias, p. 864b84); «El perro del hortolano, ni quiere las manzanas -o las berzas- para sí ni para su amo» y «El perro del hortolano, que ni come las berzas, ni las deja comer al extraño» (Correas, p. 108b85). Huelga decir que la formulación del texto graciano deriva directamente del refrán.

Pero ese refrán, a su vez, había estado precedido de un adagium clásico, «Canis in praesepi»; que, en el Humanismo, recogen Erasmo, Adagia, I, X, 13, y Nani Mirabelli, Polyanthea, s. u. «inuidia», p. 602a (para este último «fabula de prouerbio composita est»). En apariencia, sin embargo, el texto de Gracián nada tiene que ver con este adagium, apreciación que cambia en el momento en que miramos la glosa de Erasmo. En ella dice: «Quemadmodum canis in praesepi nec ipse uescitur bordeo et equum uetat uesci», dando, seguidamente, un texto de Luciano, Contra un ignorante que compraba muchos libros, 30, en el que éste se refiere al perro echado en la cuadra, que ni come la cebada, ni deja que la coma el caballo, que si puede hacerlo. Los bueyes de la fábula son, pues, un caballo en la glosa de Erasmo, y de ese caballo parece muy probable que proceda el «asno» de Gracián.

Una sola alusión a una fábula, que también podría serlo a un pasaje bíblico

«Arbitrio es hacer en el Estío la provisión para el Invierno, y con más comodidad».


(Oráculo, 113)                


Proverbios, 6, 6-8: «Ve, ¡oh perezoso!, a la hormiga [...] Y se prepara en el verano su mantenimiento, reúne su comida al tiempo de la mies»86.

La fábula, muy conocida, tiene doble versión: H. 114 y M. 163 «La hormiga y el escarabajo» y «La hormiga y la cigarra»

Esopo, 112; Babrio, 140; Aftonio, 1; Aviano, 34.

Cols. Latinas: Aldo, A rº; d vº y D2 rº; D6 vº-7 rº; y D13 vº. Adriano Barlando, Aviano, 3. Gulielmus Hermanus, 33. Rinuccio, 99. Faerno, Fabulae centum, 7. Simón Abril, K8 r°-vº. Nevelet, Esopo, 134; Aftonio, 1; Babrio, 41; Aviano, 34. Fedro (1630): Aviano, 34. Cols. Castellanas: Esopete, IV, 17; idem 1546; Romero de Cepeda, 14. Mey, Fabulario, pp. 9-10. Col. Italiana: Le quattrocento favole, 168. Versiones orales y otras versiones literarias: Camarena-Chevalier, Catálogo, pp. 417-8.

Idem

«-¿Qué palacio será aquel -preguntó Critilo- que entre todos los de la Francia se corona de las flores de oro?

-Gran casa y gran cosa -respondió Argos-. Ése es el trono real, ése la más brillante esfera, ése el primer palacio del Rey Cristianísimo en su gran corte de París, y se llama el Lobero [...] Llámase el Lobero (y no voy con vuestra malicia), porque ahí se les ha armado siempre la trampa a los rebeldes lobos con piel de ovejas; digo, aquellas horribles fieras hugonotas».


(El Criticón, II. II)                


San Mateo, 7, 15: «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestiduras de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces».

La fábula es No H. 188 y M. 361, y Rodríguez Adrados la localiza en Nicéforo Basilacas (S. XII d. C), considerándola derivada de la tradición india.

Col. Latina: Abstemius, Hecatomythia, I, 76. Col. Italiana: Le quattrocento favole, 392.

En este caso, parece predominar el pasaje evangélico sobre la fábula, pero ésta está presente, ya que se da una intervención activa contra esos lobos con piel de oveja, como es el caso del pastor de la fábula, que cuelga de lo alto de un árbol al lobo:

«De lupo ouis pelle induto qui gregem deuorabat

Lupus ouis pelle indutus ouium se immiscuit gregi, quotidieque aliquam ex eis occidebat. Quod cum pastor animaduertisset, illum in altissima arbore suspendit. Interrogantibus autem caeteris pastoribus cur ouem suspendisset, aiebat: «Pellis quidem ut uidetis est ouis, opera autem erant lupi».

Haec indicat fabula homines non ex habitu, sed ex operibus iudicandos, quoniam multi sub uestimentis ouium, lupina faciunt opera».


(Abstemius, Hecatomythia, I, 76)                


Una sola alusión a una fábula o un simple «adynaton»

«[...] pero lo común era decir ser una valiente maga [Artemia], una grande hechicera, aunque más admirable que espantosa. Muy diferente de la otra Circe, pues no convertía los hombres en bestias, sino al contrario, las fieras en hombres. No encantaba las personas, antes las desencantaba.

De los brutos hacía hombres de razón; y había quien aseguraba haber visto entrar en su casa un estólido jumento y dentro de cuatro días salir hecho persona. De un topo hacer un lince era fácil para ella; convertía los cuervos en cándidas palomas, que era ya más dificultoso, así como hacer parecer leones las mismas liebres y águilas los tagarotes; de un búho hacía un jilguero. Entregábanle un caballo y cuando salía de sus manos no le faltaba sino hablar, y aun dicen que realmente enseñaba a hablar las bestias; pero mucho mejor a callar, que no era poco recabarlo de ellas».


(El Criticón, I, VIII)                


El pasaje es claramente de adynata. De hecho, «de un búho hacía un jilguero» es adynaton que recuerda a Teócrito 1, 137: «desde el monte los búhos pónganse a competir con ruiseñores»87.

Pero «así como hacer parecer leones las mismas liebres» puede interpretarse también como alusión a la fábula No H 179 «El reinado del león», que se lee en Babrio, 102.

A) 3. Fábula recreada dentro de la acción88

Este procedimiento constituye, indudablemente, el grado máximo de originalidad, por parte de Gracián89.

«Comenzaron a discurrir por un camino tan trillado como solo y primero, mas reparó Andrenio que ninguna de las humanas huellas miraba hacia atrás: todas pasaban adelante, señal de que ninguno volvía. Encontraron a poco rato una cosa bien donosa y de harto gusto: era un ejército desconcertado de infantería, un escuadrón de niños de diferentes estados y naciones, como lo mostraban sus diferentes trajes. Todo era confusión y vocería. Íbalos primero recogiendo y después acaudillando una mujer bien rara, de risueño aspecto, alegres ojos, dulces labios y palabras blandas, piadosas manos, y toda ella caricias, halagos y cariños [...] Era tal el cariño y agasajo que esta al parecer ama piadosa les hacía, que los mismos padres la traían sus hijuelos y se los entregaban, fiándolos más de ella que de sí mismos [...]

-Lo que más me admira -ponderó Andrenio- es el indecible alecto de esta rara mujer: ¿qué madre como ella? ¿puedes imaginar tal fineza? De esta felicidad carecí yo [...]

-No envidies -dijo Critilo- lo que no conoces, ni la llames felicidad hasta que veas en qué para [...]

Caminaban con todo este embarazo sin parar ni un instante, atravesando países, aunque sin hacer estación alguna, y siempre cuesta abajo, atendiendo mucho la que conducía el pigmeo escuadrón a que ninguno se cansase ni lo pasase mal. Dábales de comer una vez sola, que era todo el día.

Hallábanse al final de aquel paraje metidos en un valle profundísimo rodeado a una y otra banda de altísimos montes, que decían ser los más altos puertos de este universal camino. Era noche, y muy oscura, con propiedad lóbrega. En medio de esta horrible profundidad, mandó hacer alto aquella engañosa hembra, y mirando a una y otra parte, hizo la señal usada: con que al mismo punto (¡oh maldad no imaginada! ¡oh traición nunca oída!) comenzaron a salir de entre aquellas breñas y por las bocas de las grutas ejércitos de fieras, leones, tigres, osos, lobos, serpientes y dragones, que, arremetiendo de improviso, dieron en aquella tierna manada de flacos y desarmados corderillos, haciendo un horrible estrago y sangrienta carnicería, porque arrastraban a unos, despedazaban a otros, mataban, tragaban y devoraban cuantos podían. Monstruo había que de un bocado se tragaba dos niños, y, no bien engullidos aquellos, alargaba las garras a otros dos [...] Y era tal la candidez o simplicidad de aquellos infantes tiernos, que tenían por caricias el hacer presa en ellos y por fiesta el despedazarlos, convidándolas ellos mismos risueños y provocándolas con abrazos.

Quedó atónito, quedó aterrado Andrenio viendo una tan horrible traición, una tan impensada crueldad; y, puesto en lugar seguro, a diligencias de Critilo, lamentándose decía:

-¡Oh traidora, oh bárbara, oh sacrílega mujer, más fiera que las mismas fieras! ¿Es posible que en esto han parado las caricias? ¿para esto era tanto cuidado y asistencia [...]»


(El Criticón, I, V)                


Gracián, con una forma de guiño literario, da en «mas reparó Andrenio que ninguna de las humanas huellas miraba hacia atrás: todas pasaban adelante, señal de que ninguno volvía», una advertencia, más que diáfana, de que está recreando una muy conocida fábula, la del león que se finge enfermo y se come a cuantos animales van a visitarle a su cueva. Pero no parecen haber percibido su gesto los editores.

La fábula es H. 147 y M 231 «El león viejo y la zorra»

Esopo, 142; Platón, Alcibíades, I, 123a (alusión); Horacio, Epistulae, I, I, 70-75 (alusión); Babrio, 103; Aftonio, 8.

Cols. Latinas: Rinuccio, 59. Gulielmus Gudanus, 43. Aldo, d vº y D2 rº. Faemo, Fabulae centum, 74. Simón Abril, L rº - 12 rº90. Nani Mitabelli, Polyanthea, s. u. fallacia. Nevelet, Esopo, 137. Cols. Castellanas: Esopete, IV, 12; idem 1546. Mal Lara, Filosofía Vulgar, X, 30 (aduce el texto de Horacio). Romero de Cepeda, 84. Col. Italiana: Le quattrocento favole, 148. Versiones orales: Camarena-Chevalier, Catálogo, pp. 90-91.




«Del león y de la raposa»


«Gran suma de animales visitaban
a su rey el león, que estaba enfermo.
Entre todos es sola la raposa
la que de visitarlo no se acuerda.
Escríbele el león luego una carta,
y en posta se la envía muy secreta;
en la cual, con dulzura, le amonesta
que venga a visitarlo, como hacen
los otros animales, sus amigos;
que le será muy dulce y agradable
ver su presencia alegre y amorosa;
que no hay algún peligro de que tema,
pues sabe que el león es grande amigo
de la raposa, y siempre aficionado,
por lo cual deseaba su visita,
adonde trataron [sic] grandes secretos,
cuales a tal estado convenían.
Y, pues que estaba enfermo y en la cama,
no se debe de temerle, aunque tuviera
ocasión de tener algún recelo.
La raposa responde al mismo punto:
que de su mal le pena en todo extremo,
y que de su salud tendrá cuidado;
en lo demás, le ruega le perdone,
que no piensa algún tiempo visitarle:
que las pisadas de otros animales
la tienen temerosa y espantada,
las cuales todas miran hacia adentro,
no teniendo al contrario ningún rastro,
por donde claramente conjetura
que muchos animales han entrado,
y ninguno de tantos no [sic] ha salido.




Declaración


La discreción y cordura.
según el tiempo y lugar,
deben hacer conjetura
que no todo asegurar
en toda parte asegura».


(Romero de Cepeda, 84 ff. 171 v -173 r)                


Los elementos del pasaje de El Criticón en común con la fábula, en cualquiera de sus versiones, son varios y evidentes:

-«mas reparó Andrenio que ninguna de las humanas huellas miraba hacia atrás: todas pasaban adelante, señal de que ninguno volvía»; es la apreciación de la astuta zorra.

-Los niños, seres inocentes, equivalen a los otros animales que han entrado a la cueva del león, con la generosidad de visitarle, y sin sospecha alguna.

-Critilo no se fía («-No envidies -dijo Critilo- lo que no conoces, ni la llames felicidad hasta que veas en qué para [...]»), como no se fía la zorra.

-«Dábales de comer una vez sola, que era todo el día», es señal de que la mujer los quiere engordar, porque se los van a comer, que es lo que hacía el león.

-De los animales que salen -y salen también de grutas- a devorar a los niños, justamente, los primeros son leones.

-Andrenio habla desde un lugar seguro («y, puesto en lugar seguro»): la zorra, cuando en las versiones se nos indica desde dónde habla, lo está haciendo desde lejos o desde la entrada de la cueva.

De las versiones cercanas a Gracián, he reproducido la de Romero de Cepeda, porque su texto parece traslucirse en «de risueño aspecto, alegres ojos, dulces labios» / «que le será muy dulce y agradable / ver su presencia alegre y amorosa».

Pero el genio de Gracián va más allá de la recreación, en la acción, de una fábula, y, audazmente, une ese género menor con uno elevado, el de la comedia dantesca91:

«y siempre cuesta abajo».

«Hallábanse al final de aquel paraje metidos en un valle profundísimo rodeado a una y otra banda de altísimos montes, que decían ser los más altos puertos de este universal camino. Era noche, y muy oscura, con propiedad lóbrega. En medio de esta horrible profundidad...»



«Vero è che'n su la proda mi trovai
de la valle d'abisso dolorosa,
...........................................................
Oscura e profunda era e nebulosa»


(Inferno, IV, 7-10)92                


Cuesta abajo, el ejército infantil, llega a un «valle profundísimo» («la valle d'abisso», «profunda»); la oscuridad del valle («Oscura») se traspone a la noche («Era noche, y muy oscura»): y se vuelve a recordar la profundidad del valle («En medio de esta horrible profundidad...»).

Creo que esta recreación graciana se ajusta, merced a la unión de la fábula y el Inferno de Dante, a la acertada teoría de Aurora Egido: «Esto explica, en buena parte, la elección de la alegoría por parte de Gracián en El Criticón, pues, aunque éste la desechara como vehículo expresivo de la Agudeza, le convenía para fundir los más diversos géneros, incluido el de la epopeya, y darles un común denominador en el fin moral que conlleva»93.




B) Invención

De una fábula creada por Gracián tenemos información por él mismo. Se trata del realce «Hombre de ostentación. Apólogo» de El Discreto, [XIII], donde cuenta, en extenso relato que ocupa todo el realce, la historia del «Pavón de Juno» y las aves envidiosas, a cuya conclusión dice: «[...] Aplaudieron todas al Arbitrio, obedeció él, y deshízose la junta, despachando una de las aves a suplicar al donosamente sabio Esopo se dignase de añadir a los antiguos este moderno y ejemplar suceso». Como muy bien señaló Aurora Egido: «Gracián quería, sin duda, convertirse en un nuevo clásico de la fabulación [...] siguiendo una tradición humanista [...]»94.

En efecto, Gracián deseó hacer algo equivalente a lo llevado a cabo por diversos humanistas, emuladores de Esopo, como Leon Batista Alberti, en sus Apologi centum. Este humanista había creado, en su colección, cien fábulas y sobre ellas pedía la opinión a Esopo, en breve carta, a la que Esopo contestaba, a su vez, alabando su ingenio95.

Varias fábulas más me parecen inventadas por Gracián, pero la prudencia me obliga a reducir el número de las que me voy a atrever a aventurar a dos. Si cualquiera de ellas tuviera un antecedente absolutamente directo, y constituyeran, por tanto, adaptaciones y no invenciones de Gracián, las razones en las que me he basado para sustentar mi hipótesis, en cada uno de los casos, espero sean un atenuante de culpa al pretenderlas inventadas.


Creación sobre un pasaje de la «Vida de Esopo»

«Zaherían a la lengua los huesos del cuerpo humano su tan murmurada flaqueza; ponderaban aquella su liviandad, con que no repara en anticiparse al mismo entendimiento, y no acababan de exagerar los vulgares empeños de su ligereza.

Pero la lengua, no faltándose a sí misma, defendíase con el corazón, que siendo principio de la vida y rey de los demás miembros, es también carne todo él. Excusábase con el celebro, que, siendo asiento de la sindéresis, es muy más muelle que ella; pero no le valía, porque respondieron entrambos por sí, el corazón representando su valor, y el celebro apoyando su mucha estabilidad.

Viendo la lengua lo que la apuraban, sacando fuerzas de su propia flaqueza dijo: "¿Qué, tan débil os parezco? Pues advertid que, si yo quiero, soy más fuerte que el más sólido de todos vosotros, y aquí donde me veis toda de carne, basto yo a quebrantar diamantes, que no digo ya huesos". Riéronlo mucho todos, especialmente los dientes, que hicieron amago de detenella como suelen, "Sí, yo lo digo -repitió ella-, y lo probaré con tal evidencia, que todos la confeséis con aclamación. Sabed, y nótelo todo el mundo, que cuando yo digo la verdad, soy lo fuerte de lo fuerte; nadie entonces me puede contrastar, y en fe de ello todo lo sujeto. Fuerte es un rey que todo lo acaba; más fuerte es una mujer, que todo lo recaba; fuerte es el vino, que ahoga la razón, pero más fuerte es la verdad y yo que la mantengo". "¡Verdad! ¡Verdad!", exclamaron todos, y diéronse por vencidos. Quedó triunfante la lengua, haciéndose mil en repetir y en celebrar este vitorioso suceso».


(El Discreto, [XXIV] «Corona de la discreción. Panegiri»)                


Al final del relato se utiliza el término «suceso» para definirlo, como ocurría en el de El Discreto, [XIII], que acabamos de ver: «este moderno y ejemplar suceso». / «este vitorioso suceso». Estamos, pues, parece, ante una sugerencia, por parte del propio Gracián, de que la fábula es de creación suya. Necesariamente no ha tenido por qué basarse en ningún apólogo clásico para configurarla, pero se pueden descubrir en ella ecos de un pasaje de la Vida de Esopo, 51-55, que no puedo reproducir por su extensión. En él, Esopo cumple dos enigmáticas órdenes de su amo, en forma que requieren explicación de palabra. Primero, Janto le manda que cocine algo que esté bien, si es que hay algo bueno en esta vida. Esopo compra lenguas de cerdos sacrificados, y les ofrece a él y sus invitados un monótono banquete a base de lenguas (cocidas, asadas, aliñadas, y en puré), demostrando, con las excelencias de la lengua, que ha comprado algo bueno: con ella se transmiten el saber y la cultura, sin ella nada se puede dar, ni tomar; por ella se rigen los estados, y se fijan los decretos y las leyes; luego, nada hay mejor ni más poderoso que la lengua. Los discípulos dan la razón a Esopo. En contrapartida, Janto da una nueva orden a Esopo, al día siguiente, la de que compre lo que esté peor. Esopo repite la compra y guiso de lenguas -con el consiguiente enfado de todos-, porque no hay mal que no venga por la lengua: odios, muertes, mentiras, peleas, discordias, guerras...

El pasaje pudo leerlo Gracián sobre todo en las versiones siguientes: Cols. Latinas: Aldo, A8 vº-9 rº. Nevelet. pp. 38-41. Cols. Castellanas: Esopete, pp. 12b-13b; ed. 1546, B12 vº-C2 rº. Romero de Cepeda, canto III, ff. 27 rº-28 rº (en octavas).

En la fábula de Gracián los defectos de la lengua preceden a los valores, dándose en estos últimos una cierta semejanza de contenido con el pasaje de la Vida de Esopo. Reproduzco la versión latina de la Aesopi Vita de Aldo Manuzio, por su difusión que arrinconó la de Rinuccio:

«Et Aesopus: [...] "Quid igitur fuerit lingua melius et praestantius in uita? Omnis enim doctrina et philosophia per ipsam monstratur ac traditur; per ipsam dationes, acceptiones, salutationes, benedicentiae, musa omnis; per ipsam celebrantur nuptiae, ciuitates eriguntur, homines seruantur. Et ut breuiter dicam, per ipsam tota uita nostra consistit; nihil ergo lingua melius" Ob haec discipuli Aesopum recte loqui dicentes, aberrasse uero magistrum, abiere singuli in domum».


(A 9r°)                


«Sabed, y nótelo todo el mundo, que cuando yo digo la verdad, soy lo fuerte de lo fuerte; nadie entonces me puede contrastar, y en fe de ello todo lo sujeto. Fuerte es un rey que todo lo acaba; más fuerte es una mujer, que todo lo recaba; fuerte es el vino, que ahoga la razón, pero más fuerte es la verdad, y yo que la mantengo». «¡Verdad! ¡Verdad!», exclamaron todos, y diéronse por vencidos».


No estará, no obstante, de más recordar el pasaje bíblico de Proverbios, 18-21: «La muerte y la vida están en el poder de la lengua»; y, asimismo, el apotegma de Anacarsis (Diógenes Laercio, I, 105 -señalado por M. Romera Navarro-96), respondiendo a la pregunta de cuál es la cosa mejor y peor, que la lengua. Gracián lo recoge en Agudeza, XL, y El Criticón, I, IX.

Finalmente, he de decir que Gracián conocía, sin lugar a dudas, la Vida de Esopo, porque, en Agudeza, XXV, recuerda un episodio que corresponde a la Vida de Esopo, 25, aunque no lo indiquen las ediciones: «Cautivo Esopo, y viéndole en la plaza con otro concautivo, preguntó a éste el comprador qué sabía hacer. Respondió, que todo. Preguntó a Esopo después, y dijo que nada; replicándole cómo decía aquello, dio la razón: "Si éste se lo sabe todo, no me deja para mí qué saber; y así, vuelvo a decir, que nada"».




Creación sobre una fábula de Poggio

Relato de la muerte seleccionando primero las víctimas con arco, para acabar sirviéndose de la guadaña, que siega igualitariamente a todos (El Criticón III, XI). Su extensión (pp. 356-61) me impide reproducirlo.

En mi modesta opinión, esta fábula es creación graciana sobre el relato 100 de Poggio, que hemos visto anteriormente (en «Fábulas aludidas»). Ha de entenderse, desde luego, que me refiero a la fábula en su conjunto, sin incluir la parte del marido llamando a la muerte para su mujer, de la que tan sabiamente habla, en estas mismas Actas, Maxime Chevalier.

Como marco, estamos ante una misma temática: el deseo de dar gusto por parte de la muerte, llevándose a quien piensa puede parecer bien a los demás (como el anciano de la fábula de Poggio intentaba satisfacer a cada uno de los que le daban su opinión), para acabar, al igual que éste, con una reacción de indignación y una decisión drástica (hacer uso de la guadaña indiscriminadamente, en la línea del anciano, que arrojaba el asno al río), ante la imposibilidad de conseguirlo.

Pero en el desarrollo hay, además, varios apuntes textuales que recuerdan la facecia-fábula de Poggio. Los señalo siguiendo el orden del relato de Gracián:

«Ahora yo os quiero contar al propósito y al ejemplo» / «Tum quidam ad eam sententiam fabulam retulit».



«De verdad que quedé confusa y aun arrepentida de lo hecho» y «Quedé aturdida de esta vez» /«His uerbis permotus» y «perturbatus tot uariis sententiis».



«tratándome... agora de necia» y «¿Hay semejante necedad...?» / «increparunt stultitiam senis» y «stultitiam amborum... increpantibus»



«Quedé, cuando oí esto...» / «audiuit alios se culpantes»



«No quedó persona que no murmurase» / «castigatus est uerbis»



«De modo que no hallaban la ocasión ni cuando mozos, ni cuando viejos, ni cuando ricos, ni cuando pobres» / «Hic homo... cum neque uacuo asello, neque ambobus, neque altero superimpositis absque calumnia progredi posset»










IV. Fábulas asumidas por Gracián

Los escritores de los que toma las fábulas Gracián y a los que siempre cita, son humanistas y autores más o menos contemporáneos.


1. Fábulas textuales completas

«Válese de la conversión o transposición comúnmente, transformando las cosas en otras de lo que parecen, y, cuando tercia la malicia crítica, es más agradable. Así Alciato, que fue ingenio de los de primera clase y universal en todo género de agudeza, introduce en uno de ellos un buitre tragador, que está trocando y quejándose a su madre, de que echa por la boca las entrañas; pero ella, con donosa retorsión, le dice: "No echas, hijo, sino lo ajeno, que siempre robas".


Miluus edax, nimiae quem nausea torserat escae.
       Hei mihi, mater, ait, uiscera ab ore fluunt.
Illa autem quid fles? Cur haec tua uiscera credas.
      Qui rapto uiuens sola aliena uomis».


(Agudeza, XVIII)                


El lugar exacto de la fuente es Alciato, Emblemata, CXXVIII, «Male parta, male dilabuntur» (señalado por A. del Hoyo y E. Correa Calderón)97.

Es fábula clásica, de doble versión, humana y de animales: H. 47 «El niño que vomitó las entrañas».

Esopo, 47 y Babrio, 34 (fábula humana). Plutarco, No es preciso endeudarse. 8 (fábula con buitres).

Cols. Latinas: Aldo, B6 rº y 7 vº. Nevelet, Esopo, 266; Babrio, 7.

Hay una alusión a la fábula en El Criticón, I, XI: «[...] Chupa la sangre del pobrecillo el ricazo de rapiña, mas después ¡con qué violencia la trueca al restituirla!: dígalo la madre del milano [...]»

«[...] Así Horacio, y así lo traduce otro filósofo, también en verso, Bartolomé Leonardo».


(Agudeza, LV, pp. 192-194)                


Es la fábula de «El ratón de campo y el de ciudad», que Gracián reproduce de Bartolomé Leonardo de Argensola, en Rimas (señalado por A. del Hoyo y E. Correa Calderón)98.

No H. 210 y M. 311

Horacio, Satirae, II. VI. 77-117 Babrio, 108.

Cols. y obras latinas: Salisbury, Policraticus, Prologus (alusión). Gulielmus Canonicus, 9. Erasmo, Adagia, III, v, 68, «Muris in morem» (alusión), y Copia, II, p. 256 (comienzo del texto de Horacio). Nevelet, Anonymus, 12. Cols. Castellanas: Juan Ruiz, Libro de buen amor, 1370-1385. Esopete, I, 12; idem 1546. Romero de Cepeda, 2. Mey, Fabularia, pp. 88-92. Versiones orales: Camarena-Chevalier, Catálogo, pp. 184-5.

«[...] propónese la fábula, emblema o alegoría, y aplícase por la ajustada conveniencia. Así el universal Lope de Vega, que no olvida toda manera de erudición para la moral enseñanza, dijo [...]».


(Agudeza, LV, p. 197)                


Es una fábula medieval: M. 55 «El asno y el cerdo», que Gracián toma de Lope de Vega.

Odo de Cheriton. 33

Col. Latina: Abstemios, Hecatomythia, II, 21. Col. Italiana: Le quattrocento favole, 336.

«[...] como se ve en éste [apólogo], que lo ilustraron muchos grandes ingenios. Falcón lo puso en el verso [...] Mateo Alemán, con su gustoso estilo, lo refiere así, y puede servir de traducción [...]».


(Agudeza, LVI, pp. 202-206)                


Es la fábula H. 107 «El caballo, el buey, el perro y el hombre», que Gracián ofrece, primero, en los versos iniciales de la versión de Jaime Juan Falcón (Sátira V, «De partibus uitae», en Operum poeticarum libri quinque, Madrid, 160099 -señalada por Francisco Rico-100) y, a continuación, completa, de la del Guzmán de Alfarache, II, I, 3 (indicada por A. del Hoyo y E. Correa Calderón)101.

Esopo, 105 (citada por A. Egido)102; Babrio, 74.

Col. latina: Nevelet, Esopo, 197

Gracián había reproducido parte de esta fábula en El Discreto, [XXV], p. 357, remitiéndola a Falcón; y había aludido también a ella en Oráculo, 276.

«Pero entre muchas [fábulas], merece toda estimación ésta de Bartolomé Leonardo, así por la moralidad, como la elegante descripción y propiedad de los epítetos».


(Agudeza, LVI, pp. 207-210)                


Es la fábula H. 39 a y b «La golondrina y los pájaros». La extensa versión que presenta Gracián es la de Bartolomé Leonardo de Argensola, en Rimas (señalada por A. del Hoyo y E. Correa Calderón)103.

Esopo, 39. Cols. Latinas: Gulielmus Canonicus, 16. Nevelet, Esopo, 290; Anonymus, 20. Cols. Castellanas: Esopete, I, 20; idem, 1546. Romero de Cepeda, 65. Cols. Italianas: Guicciardini, L'hore, p. 80. Le quattrocento favole, 130.




2. Fábulas aludidas

«Mereció el más prudente y real aplauso la fábula del elocuentísimo Terrones, a la Corte del divorcio entre el león y la leona, y el político desempeño del más astuto de los brutos».


(Arte de ingenio, XLVII, y Agudeza, LVI)                


Gracián alude a una fábula de Francisco Terrones Aguilar del Caño, en su Instrucción de predicadores, I, IV (señalada por E. Correa Calderón y reproducida por E. Blanco)104.

La fábula deriva de una clásica: No H. 200 y M. 229 «El león reinante», de Fedro, IV, 14.

«Brillaron [los apólogos] en los preciosos caracteres del señor de Argentón, en la polílica fábula de la piel del oso».


(Arte, XLVII, y Agudeza, LVI)                


Gracián se refiere a una fábula de Philippe de Commines, que él leyó en las Memorias de Felipe de Comines, señor de Argentón, I, LXVII, como anota E. Blanco, que reproduce el texto105.

Es fábula derivada de una fábula clásica: H. 66 y M. 437 «Los caminantes y el oso».

Esopo, 65; Aviano, 9.

Cols. Latinas: Lorenzo Valla, 7. Gulielmus Hermanus, 9. Rinuccio, 34. Abstemius, Hecatomythia, I, 49. Nevelet, Esopo, 253; Aviano, 9. Fedro (1630): Aviano, 9 Cols. Castellanas: Esopete. «Aviano», 8; idem, 1546 Romero de Cepeda, 7. Col. italiana: Le quattrocento favole; 9. Versiones orales. Camarena-Chevalier, Catálogo, pp. 324-5.

«Extremado fue aquel [apólogo] con que el excelentísimo señor don Francisco María Carrafa, duque de Nocera [...] representó los inconvenientes del romper la guerra con Cataluña. Especialmente ponderaba que llamarían los catalanes a los franceses en su auxilio, con la excelente fábula del caballo, cuando pidió favor al hombre contra el ciervo, y ése le ensilló y le enfrenó, y después le tuvo siempre sujeto»


(Agudeza, LV)                


Es la fábula H. 238 y M. 154 «El caballo y el cazador», que Gracián refiere escuetamente del duque de Nocera (en Memorial histórico español, XXI, como señalan A. del Hoyo y E. Correa Calderón)106.

Esopo, 269. Aristóteles, Retórica, II, 20. Horacio, Epistulae, I, X, 34-41. Fedro IV, 4.

Col. latina: Gulielmus Gudanus, 45. Cols. Castellanas: Esopete, IV, 9; idem 1546. Romero de Cepeda, 89. Col. italiana: Le quattrocento favole, 146.

Las páginas de la ponencia, aun con la generosidad de los organizadores, llegan a su final, y esta Andrenia, impetuosa en el hablar, debe volverse prudente Critila y callar. Se le va a permitir, sin embargo, terminar intentando imitar (que no emular), con un figurado realce, al propio Gracián. «Cisne de sabiduría» lo va a titular.

Cuando Gracián dice en El Discreto, [IX]: «[...] si los sabios mueren como cisnes, éstos, como grajos, graceando mal y porfiando», se está sirviendo de un adagium, que ha encontrado -una vez más- en Erasmo, Adagia, III, III, 97, «Tunc canent cygni, cum tacebunt graculi». No cabe, pues, ninguna duda de que Gracián conocía la glosa con la que explicaba el proverbio Erasmo, y que leyó, por tanto, estas palabras: «tum loquentur eruditi, cum garrulis non erit loquendi locus [...] Ita nunc loquuntur Cicero, Vergilius, Horatius, et tacent Pero, Philiscus, Meuius [...]». A los nombres de Cicerón, Virgilio y Horacio, que seguían para Erasmo, y siguen para nosotros, cantando como eruditi cygni, cuando tantos Perones, Filiscos y Mevios, garruli graculi, ya entonces habían enmudecido para siempre, creo que bien podemos añadir hoy, en nuestio nunc propio, el nombre de Gracián, que continúa y continuará cantando, como cisne de sabiduría, con canto de eternidad.









 
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