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El habla de los indígenas en «Hombres de maíz»

Dante Liano

(Università Cattolica del Sacro Cuore - Milano)

Cuando se habla de escritores indigenistas o neoindigenistas, generalmente se incluye en la lista a Miguel Ángel Asturias. Desde Leyendas de Guatemala hasta Mulata de Tal, los indígenas son personajes recurrentes en su obra. La temática asturiana al respecto ha sido ampliamente estudiada, pero hay un aspecto, que, a mi modo de ver, habría que volver a repasar. Se trata de la cuestión del habla de los indígenas en esas obras.

La literatura criollista trató de resolver la cuestión con una presunta mímesis. Escritores como Samayoa Chichilla, Carlos Wyld Ospina y Flavio Herrera, se limitaron a recoger lo que a sus oídos sonaba como un español hablado como segunda lengua. La imitación, de memoria, adquirió rasgos fantásticos, y en lugar de ser el español que verdaderamente hablan los indígenas de Guatemala, vino a ser algo así como la versión ladina de ese español.

Francisco Méndez, en «La canilla de Chicho Ramos», hace hablar a sus personajes de esta manera:

-La niña Lita -informaba Chicho, con la voz dentada de ayes- Dios se lo pague qu'es tan buena, me trajo esa bebida el otro día. ¡Pero diembalde!1


Y un personaje de Carlos Samayoa Chinchilla, en «Los quebrantahuesos», expresa así:

-Afigúrese que Chinto se bajó de un bodocaso a ese quebrantahueso... Dende ayer andaba volando sobre el rancho de la Macaria, donde hay pollitos tiernos... Y Chinto le dió en la mera ala y se la quebró... ¿No mira cómo la tiene caída?2


Un mozo de Flavio Herrera (El tigre) se prepara para la fiesta estropeando el español:

«Aju juy jajay... Y qué chupa nos poneremos!»3


Quizá para algunos sea una sorpresa que la mejor muestra de imitación del habla del indígena del altiplano nos la da el mismo Miguel Ángel, en el Capítulo XXVII («Camino al destierro»), de El Señor Presidente. Un indígena relata su historia al fugitivo general Canales:

Vas a ver, tatita, que robo sin ser ladrón de oficie, pues antos yo, aquí como me ves, ere dueñe de un terrenite, cerca de aquí, y de oche mulas. Tenía mi casa, mi mujer y mis hijes, ere honrade como vos...4


Examinemos un momento los casos citados.

En el texto de Francisco Méndez, la fusión de la «e» final de la palabra «que» con la inicial del verbo «es», se trata simplemente de la transcripción fonética de una sinalefa natural de la lengua española: lo que en el lenguaje escrito estamos obligados a escribir «que-es», en la lengua oral se vuelve, naturalmente, /kés/, en todo el ámbito de lengua hispánica. Subrayarlo en el texto sirve solo para indicar la supuesta ignorancia del hablante.

Asimismo, la fusión de «en balde», con «de balde». También aquí, la indistinción del hablante no es ociosa, pues refleja una ambigüedad contenida en la lengua en la época medieval. En efecto, no es lo mismo «de balde» (gratis) que «en balde» (vanamente, sin fruto). Sin embargo, los hablantes de la lengua encuentran dificultades casi siempre en la distinción de la locución5. En el caso de Chicho Ramos, la cuestión se resuelve en modo casi jocoso pero justo, desde el punto de vista lingüístico: esto es, la creación de un nuevo vocablo que contenga a los dos: «diembalde». En todo caso, no se trata de problemas específicos de la lengua hablada en Guatemala, sino de rasgos propios del español.

En el texto de Samayoa Chinchilla, las desviaciones a la norma estándar del español, fijada por la RAE, son puramente léxicas: «afigúrese», «dende», y quizá el uso de «mero» entendido como «propio, preciso, cabal». El verbo reflexivo «figurarse» aparece, en su última acepción, como equivalente de «imaginarse», en el Diccionario de la RAE. Lo recoge, desde el siglo XVI, en esa misma versión, Sebastián de Covarrubias6. En el español de Guatemala, podríamos señalar una cierta preferencia a decir: «¡Figúrese!» por «¡Imagínese!», debido probablemente a una fijación del vocablo desde el momento en que fue introducido por los colonizadores. El prefijo «a», suena como reforzativo, de la misma manera que funciona con «acalorarse», «acercarse», «apadrinar», etc. Es decir, como una manera natural de la lengua de subrayar una determinada acción. Sin embargo, la Academia lo recoge, en su Diccionario de 1933, como arcaísmo, sinónimo de figurar, y lo sitúa en Badajoz: «se me afigura»7. Allí, se ve claramente la función de la «a», como prefijo, en su función de complemento directo: «se me figura a mí», con esa redundancia pronominal típica del castellano. En el texto de Samayoa Chinchilla: «Se le figure a usted»: «afigúrese».

Por su parte, el uso del adverbio «dende», por «desde», está documentado desde 1732, por la RAE, quien descompone el vocablo en la preposición «de» (proveniencia), y el adverbio «ende», «allí». Mientras «dende» ha caído en desuso, en cambio subsisten otras palabras compuestas con tal adverbio: «allende», «aquende». Covarrubias señala su uso como un «grosero castellano», que por grosero que sea, siempre castellano es8. En Guatemala, pues, se trata de arcaísmo proveniente directamente de los colonizadores.

El vocablo «mero», en su acepción de «puro, simple y que no tiene mezcla de otra cosa», ya aparece en el diccionario de la RAE de 1734 y subsiste hasta nuestros días. Por lo que se habla de una pura preferencia lingüística dentro de lo que ofrece la variedad del idioma.

La frase del campesino de Flavio Herrera recoge el vocablo «chupa», sustantivación de «chupar», que en casi toda América Latina está por ingerir licor9. Una «chupa», en el léxico general latinoamericano, es «una bebida de licor». Por último, el campesino se equivoca al conjugar el difícil verbo «poner», pues dice «poneremos», en lugar de «pondremos». Desde el punto de vista de una lingüística que no sea normativa, no hay error, sino la aplicación de la economía del lenguaje. El mozo aplica la regla del futuro que vale para los verbos regulares: «amaré», «comeré», «dormiré», y por tanto, «poneré».

Lo que me interesa señalar, en los ejemplos citados, es que no se trata de interferencias de la lengua indígena sobre el español. Como hemos visto, en todos los casos, excepto la acepción de «chupar» y el error de «poneré», se trata de vocablos registrados en la Península Ibérica, en algunos casos como vulgarismos, en otros como arcaísmos, y en otros como todavía vigentes. Debe subrayarse el poder de la ficción: contrabandear como indigenismos o interferencias de los idiomas indígenas lo que es puro idioma castellano. Más aún, nótese que son todos problemas léxicos, no fonéticos, sector en donde incidiría más la diferencia.

Por eso cobra importancia el habla indígena imitada por Asturias en El Señor Presidente. El hablante en cuestión posee una sintaxis impecable, incluso por el uso del hipérbaton que es propio de cualquier hablante del español. Igual, morfología y léxico, con excepción del indigenismo «tatita», proveniente del vocativo de las lenguas mayenses «taat», 'padre', 'señor'10. En donde Asturias pone énfasis es en la fonética, por el simple recurso de sustituir la vocal final de algunas palabras con la vocal «e». Así: «oficio» > «oficie»; «dueño» > «dueñe»; «terrenito» > «terrenite»; «ocho» > «oche»; «hijos» > «hijes»; «era» > «ere»; «honrado» > «honrade». Este fácil recurso es utilizado por los ladinos, cuando, ya en confianza, imitan burlonamente el habla de los mayas guatemaltecos.

En realidad, los lingüistas hablan de «vocales caedizas» o de «debilitamiento vocálico extremo»11 cuando se refieren al habla española del altiplano mexicano, fuertemente influido por el náhuatl. Partiendo de la constatación de que la «s» mexicana puede ser particularmente extensa, la vocal precedente puede presentarse con una variedad de formas, desde la relajación: [tódºs] hasta la elisión [tód-s]. O simplemente, al final de la frase, la vocal puede presentar las mismas características: relajación [tódº] o elisión [tod]. La cuestión se hace mucho más clara con el ejemplo de la palabra «pues», que, en el habla de México, tiene el mismo recorrido, desde la relajación [pues] hasta la elisión [p's]. Habría que formular la hipótesis, no demostrada, de que la misma situación se da en el altiplano guatemalteco. De ser así, pero hay que advertir que estamos en el terreno de las hipótesis, el oído ladino percibe como «e», o sustituye mentalmente con la «e», lo que es un debilitamiento vocálico o una ausencia de la vocal. De ese modo, la lista de palabras enumeradas por Asturias, no debería llevar la «e», sino simplemente debilitar la vocal correspondiente. La conclusión provisoria es que no se trata de la mímesis del habla indígena, sino de una invención de esa habla por parte de hablantes ladinos. En otras palabras, los mayas de Guatemala no hablan como los «indios» de los chistes ladinos. El habla de esos chistes es una deformación deliberada y burlesca, otro índice del racismo guatemalteco.

Vayamos a Hombres de maíz, la obra de Asturias que la crítica reconoce como indigenista por excelencia. Examinemos, en primer lugar, una muestra del habla ladina, que nos servirá para compararla con el habla indígena que aparecerá después. El coronel Chalo Godoy, al llegar a Pisigüilito, es recibido por una comisión de marimbistas que ilustran su programa musical:

-Y ya que lo brusqueamos, mi coronel -dijo el que hablaba-, juiceye el programa: «Mucha mostaza» primera pieza de la primera parte; «Cerveza negra», segunda pieza de la primera parte; «Murió criatura», tercera pieza...

-¿Y la segunda parte? -cortó el coronel Godoy en seco.

-Asegunda parte no hay -intervino el más viejo de los que ofrecían la serenata, dando un paso al frente-. Aquí en propio Pisigûilito sólo son esas piezas las que se tocan dende tiempo, toditas son mías12.


Me parece evidente la intención del autor de hacer hablar a los personajes con un imaginario castellano arcaico. «Brusquear» es una verbalización del sustantivo «brusco», verbalización inexistente en el castellano normativo general y que no se encuentra en los diccionarios de guatemaltequismos más conocidos13. A este punto, si imitáramos los criterios de los diccionarios de uso más conocidos, deberíamos incluir el neologismo por la autoridad del escritor que lo inventó. «Juiceye», en cambio, presenta una anomalía fonética y léxica: la palabra está por «enjuicie», en la 3.ª acepción de la RAE: «someter a juicio», del léxico jurídico. Se trata claramente de una invención lingüística de Asturias, en donde lo interesante es la introducción de una consonante /y/ entre dos vocales idénticas, por la imposibilidad presunta del hablante de pronunciar la duplicación: juicee. La otra palabra, «asegunda», es caso distinto del «afigúrese» visto antes. El prefijo «a-» no tiene una significación precisa, simplemente refuerza, y en el caso específico se trata de una trasposición del verbo «asegundar» sobre el numeral «segunda», con efectos puramente cómicos. Sobre el «dende», ya se ha explicado al hablar de Samayoa Chinchilla.

Los ladinos, en Hombres de maíz, hablan este español fuertemente arcaico, que Asturias subraya con la creación de neologismos verosímiles pero que no siempre encuentran correspondencia con la realidad lingüística guatemalteca. Para bien de la literatura, habría que subrayar, pues nos encontramos ante un fenómeno de creación, no de imitación.

Quizá pueda sorprender que, en Hombres de maíz, la imitación del habla de los indígenas sufra una metamorfosis respecto de los intentos miméticos de El Señor Presidente. No debe ser casual el hecho de que Miguel Ángel Asturias abandone definitivamente la pedestre imitación según la cual todas las vocales finales se convierten en «e», y pase a otro tipo de lenguaje, siempre popular. En el capítulo intitulado «Venado de las siete rozas», hablan dos indígenas:

-Y qué dijo el curandero...

-Que qué dijo, que había que esperar mañana.

-¿Pa qué?

-Pa que uno de nosotros tome la bebida de veriguar quién brujió a mi nana y ver lo que se acuerda. El hipo no es enfermedad, sino mal que le hicieron con algún grillo. Ansina fue que dijo14.


Como se puede observar, los indígenas hablan un español impecable desde el punto de vista morfosintáctico y también fonético. Hay algunas cuestiones léxicas, fáciles de explicar. El apócope «pa», de «para», presente en dos diálogos, es universal en los hablantes del castellano. «Veriguar», en cambio, propone una cuestión interesante. El Diccionario de la RAE propone «averiguar», y anota la etimología: la palabra está compuesta por el prefijo «a-» sin ninguna significación, y «veriguar» que viene del latín 'verificare'. La tendencia popular, en algunos países de América, de decir «veriguar» o «viriguar», simplemente restablece la etimología original, aunque es necesario decir que «averiguar» existe en el español desde 124015. En todo caso, se trata de una variante perfectamente explicable dentro del contexto de la lengua española, sin recurrir a interferencias de las lenguas indígenas. «Brujió» está por «brujeó» (le hizo una brujería) y el verbo está todavía vigente en todo el mundo hispánico. La transformación de «brujear» en «brujiar» es bastante corriente en la lengua española, debido a que se encuentran una vocal media /e/ con una baja /a/ y el núcleo silábico es la segunda de esas vocales. Para reforzar el acento sobre el núcleo, la primera tiende a deslizarse, de «e» a «i», como en el más conocido caso de «peor» > «pior»16. «Ansina» todavía es recogido en el DRAE como arcaísmo usado por hablantes rústicos. En síntesis: Asturias, en el diálogo citado, no hace hablar a los indígenas con interferencias de las lenguas mayenses, sino como hablantes campesinos del español, con rasgos que aparecen en el español peninsular.

He buscado otros ejemplos, en Hombres de maíz, con la intención de encontrar algún momento lingüístico similar al citado en El Señor Presidente. Esto es, una voluntad estilística de Asturias por inventar una lengua indígena particular, o la de recrear, en el modo burlón de los ladinos, los presuntos traspiés de los mayas cuando hablan el español como segunda lengua. Recorriendo el libro de arriba a abajo, no ha sido posible encontrarlo. Por eso, me parece inútil insistir en otros ejemplos, que simplemente repetirían la conclusión a la cual he llegado con el primer caso: los indígenas de Hombres de maíz hablan un español arcaico, rural, cuyos ejemplos pueden encontrarse todavía en la Península.

He creído mejor, entonces, recurrir a una curiosidad. La edición crítica de la novela que estamos tratando contiene unos apéndices, entre los cuales se encuentra un borrador del capítulo «En la tiniebla del cañaveral», con el diálogo que hemos examinado antes en su primera redacción. Veamos cómo Asturias escribió por primera vez ese diálogo, y tratemos de encontrar, allí, un habla supuestamente indígena.

-¿Y qué dijo el curandero...?

-Que mañana volverá al rancho.

-¿A qué?

-A que uno de nosotros beba el peyotle para averiguar quién tiene embrujada a mi nana, y ver lo que se hace, porque el hipo, dice, no es enfermedad, sino hechizo, hechizo de grillo.

-Lo beberés vos.

-Sigún. Más mejor sería que lo bebiera Calistro, que es el hermano mayor. Mesmo tal vez lo mande el curandero17.


La mayor tentación, aquí, es la de entrar en el análisis de las variantes filológicas, pero el planteamiento central de este trabajo no nos autoriza a hacerlo. Vayamos pues, a las cuestiones lingüísticas. Resulta evidente que «el borrador», que dará lugar al texto final, es mucho más plano. Su lenguaje es casi burocrático.

Hay un préstamo lingüístico de lenguas indígenas: «peyotle», del náhuatl «peyotl», ya aceptado por la RAE en su acepción «peyote». Y «nana» que podría creerse como procedente de lenguas indígenas, es, en realidad, vocablo hispánico que indica a la madre. Su aparición en las lenguas indígenas pareciera ser un préstamo del español.

No hay particularidades fonéticas ni morfológico-sintácticas. Hay tres cuestiones léxicas: «beberés», por «beberás»; «sigún», por «según» y «mesmo» por «mismo». «Beberés» presenta un deslizamiento vocálico: «e» por «a» (en efecto, en la redacción final, Asturias escribe: «beberás»). Tal deslizamiento vocálico sigue la tendencia de atenuar el sonido de la vocal cerca de «s» final, cuando esta «s» es particularmente prolongada: [beberªs] y el oído traduce tal atenuación por una «e», como ya se ha explicado antes. Quizá aquí se encuentre, con mayor claridad, un influjo de las lenguas indígenas, en donde los grupos consonánticos son más frecuentes y naturales que en español. Como ya es tradicional explicar en el ámbito lingüístico, el náhuatl ofrece una gran cantidad de grupos consonánticos en «tl», «Atlacatl», «Netzahualcoyotl», «Quetzalcoatl», «Popocatepetl», «Tenochtitlán». El castellano, en cambio, es reacio a tales grupos consonánticos, al punto que, en la región de Castilla y León, la pronunciación del grupo consonántico «tl» es imposible para el hablante. Así, palabras del español como «atlántico», «atlas» o «atlético» resultan impronunciables en esa región, y la solución ha sido la caída de la «t», por lo que un madrileño siempre hará la separación silábica «at-lántico», «atlas» o «at-lético», aún en el caso de hablantes cultos18. El pasaje de «petatl», «ahuacatl», a «petate» y «aguacate» obedece a tal imposibilidad. Volviendo a nuestro texto, se comprende el acierto de Asturias al eliminar el «beberés» para retornar al «beberás». «Sigún» por «según» o el más conocido «asigún» (constatado por Sandoval, en su Diccionario de guatemaltequismos), responden a lo que Lapesa llama «vacilaciones de timbre en las vocales no acentuadas». En nuestro caso se trata del «cierre de la vocal en i, u», que el historiador de la lengua sitúa no solo durante todo el siglo XVI, sino que, en algunas formas, duradero en todo el XVII. El uso está documentado en Santa Teresa, junto con siguro, cerimonia, risidir19.

«Mesmo» pertenece al español actual, y es recogido por el DRAE como adjetivo familiar y coloquial, con la añadidura, hecha por el Diccionario panhispánico de dudas, de considerarlo vocablo incorrecto y que no debe ser usado en la norma culta.

A veces, se comienza un trabajo buscando algo y se termina por encontrar otra cosa, quizá más valiosa que la hipótesis de inicio. En este caso, la sensación de que los mayas de Hombres de maíz, en lugar de hablar con interferencias lingüísticas propias del español usado como segunda lengua por un maya, hablaban como habitantes del Oriente de Guatemala, no encuentra confirmación. La intuición nacía de la conversación de Asturias con Luis López Álvarez, cuando le relata que, en su niñez, el niño Miguel Ángel se entretenía absorbiendo la cultura de los indígenas de Salamá20. La afirmación me parecía contradictoria con ciertos rasgos lingüísticos de los protagonistas de su novela, que me parecían más afines al habla de la gente del Oriente de Guatemala. Esta intuición no ha sido confirmada por el análisis.

Lo que se ha encontrado, en cambio, y no solo en Asturias, es que la presunta habla de los indígenas, en la literatura, no presenta ninguna de las características señaladas por los lingüistas como interferencias del maya en el español: a) el ensordecimiento del fonema /r/ de forma vibrante o múltiple; b) la pronunciación de alófonos del fonema /k/ en modo africado /qx/; y c) la pronunciación del español con rasgos fonológicos no propios del español, especialmente en las interrogativas y exclamativas21.

De modo diferente, hemos visto, en los pocos ejemplos examinados, que todos los ejemplos de desviación de la norma estándar del español, atribuidos a hablantes indígenas, son, en realidad, fenómenos propios de la lengua española en su totalidad, sea en la Península Ibérica que en América, y que tales fenómenos se dan en el ámbito familiar o en el ámbito rural.

En conclusión. Según la elaboración ficcional de nuestros indigenistas, los indígenas literarios no hablan como los indígenas de los lingüistas, sino como campesinos de habla española, en España o América. Ello refuerza la idea de «verdad literaria», o sea, aquella verosimilitud que tiene tal fuerza como para aparecer como verdad llana y simple.