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Unamuno y Clarín: ¿una amistad frustrada?

Yvan Lissorgues





Cuando se considera la vida y la manera de ser de ambos escritores, se imponen ciertas semejanzas: parecida trayectoria espiritual, igual apego a la familia, idéntico gusto por la vida provinciana. También, como ha mostrado Franco Meregalli, hay indudables contactos en la temática de sus respectivas obras1. Unamuno que, como se sabe y como volveremos a ver, no apreciaba mucho al crítico Clarín, admiraba la obra de creación del autor de La Regenta, porque veía en ella un reflejo de «hondas inquietudes íntimas espirituales»2. Cuando le confiesa a Alas que éste es «casi el único escritor español que le hace pensar»3, no se puede dudar de su sinceridad, aunque el hecho de reiterar cuatro o cinco veces el elogio de 1895 a 1900 raye en adulación. Dicho sea de paso, la sinceridad de quien sigue proclamando que tanto vale la tesis como la antítesis no debe medirse a la luz de sus contradicciones. Unamuno es un hombre fundamentalmente sincero... sólo cambia el objeto de su sinceridad.

Las diez cartas que, entre 1895 y 1900, Unamuno mandó a Clarín y los comentarios que suscitaron de parte de varios críticos, entre los cuales destacaremos a Manuel García Blanco4 y a Antonio Ramos-Gascón5 permiten hoy formar idea clara de lo que el joven profesor de Salamanca pensaba y sobre todo de lo que esperaba del poderoso crítico asturiano. Y no hay para qué insistir demasiado en este aspecto. Pero, y es tal vez lo más interesante, esas cartas, en las que Unamuno «desnuda el alma» con brutal y destemplada sinceridad, ponen de manifiesto la verdadera idiosincrasia del autor de Paz en la guerra. No cabe duda de que Alas, después de leerlas, conocía a Unamuno mejor que éste se conocía a sí mismo, pero sin la indulgencia de quien se contempla desde dentro. Hasta 1901, cuando el temido crítico habla de su joven compañero (y habla poco de él, lo que es ya significativo de un entusiasmo muy moderado) lo hace siempre mezclando elogios, a veces ambiguos, con críticas que, si no matan, hieren profundamente el amor propio de éste.

¿Cómo explicar esa actitud ambigua de Alas frente a Unamuno?

Porque ya no se puede hablar como hacía García Blanco de «honda» y «trascendente» amistad6 entre los dos escritores.

También tenemos que ir más allá de la atinada conclusión de Ramos-Gascón, según la cual las relaciones entre el crítico y el joven Unamuno eran un reflejo de «las polémicas e incomprensiones que tuvieron lugar entre Clarín y otros miembros de la llamada gente nueva»7. Es verdad que Alas nunca manifestó simpatías por el grupo de intelectuales inquietos, ambiciosos, iconoclastas y más bien demagogos así denominados: «La gente nueva nos desprecia a los viejos de cuarenta años, porque no hablamos de ellos, y hablar de ellos, en su propósito, es llamarlos genios»8. Es verdad también que esta crítica general se aplica perfectamente (como veremos) al caso particular de Unamuno. Además, como para aislar mejor a la gente nueva, Clarín le opone la gente novísima (Rodó, Ochoa, Chocano...), «más respetuosa», «más modesta» y que «sabe lo que cuesta un noviciado»9.

Sin embargo, esa actitud de general desconfianza hacia la gente nueva no basta para explicar la posición ambigua que Clarín mantiene con Unamuno. Hay, en efecto, notables diferencias de apreciación, según los individuos, en su crítica. Ignora totalmente a Ganivet, manifiesta sin rodeos su desprecio por Dicenta, pero tributa cálidos elogios al joven Martínez Ruiz, mucho más hábil, cabe decirlo, que Unamuno.

En las páginas que siguen nos proponemos profundizar la posición de Alas frente a Unamuno. Pero, para no alargar demasiado el estudio, no volveremos, sino incidentalmente, sobre el conjunto de las relaciones entre los dos escritores y remitimos a los trabajos antes citados de M. García Blanco y de Ramos-Gascón. Nos limitamos, pues, al estudio de la última fase (1900-1901), cuyo climax, por decirlo así, es la carta de Unamuno10 escrita inmediatamente después de la publicación de la Revista literaria que Clarín dedica a Tres Ensayos11. Esta Revista literaria, conocida ya, es muy reveladora de la posición de Clarín, sobre todo si se pone en relación con el contenido, el sentido y el ideario de Tres Ensayos. Pero hay otro artículo, desconocido, publicado en el diario de Blasco Ibáñez, El Pueblo, de Valencia12, que permite puntualizar ciertas censuras veladas de la Revista literaria.

Nuestro propósito es mostrar que más allá de ciertas incomprensiones epidérmicas, hay otras más profundas que radican menos en la diferencia de «ideas» que en la incompatibilidad de dos idiosincrasias.

Antes de todo, y como ejemplo no explicado de incomprensión, conviene examinar el problema de Paz en la guerra que Clarín parece querer rematar (sin explicarse verdaderamente) en una Revista literaria publicada en Los Lunes de El Imparcial el 10 de junio de 1901.



*  *  *


El silencio de Clarín ante «Paz en la guerra»

Para Unamuno hay una jerarquía en las actividades intelectuales: «más me parece pensador que sabio y más que pensador, filósofo; pero al morir quisiera, ya que tengo alguna ambición, que dijesen de mí: ¡fue todo un poeta!»13 Por eso, cree que su primera novela, Paz en la guerra, en la que ha puesto, según dice, mucho de su alma14, es infinitamente superior a cuanto ha escrito. No cabe duda de que, después de mandarla a Clarín, en diciembre de 1896, pasa revista con avidez durante meses (y durante años) a todos los artículos del eminente crítico para saber qué juicio le merece. Pero éste, que sigue elogiando de vez en cuando sus trabajos filológicos o su traducción de Schopenhauer15, no dice nada de Paz en la guerra. Hasta, a veces, se empeña en clasificarle en la categoría de los «profesores tan dignos de alabanza por sus esfuerzos, su explicación y su talento, como Cossío, Buylla, Posada» y se permite añadir que «estos señores no tienen por profesión la literatura»16. En otros artículos, aparecen juicios sobre la gente nueva ante los cuales Unamuno no puede menos de tenerse por aludido: «En la nueva generación yo conozco muchos jóvenes de talento, de estudios serios, de actividad fecunda para el adelanto intelectual de España; pero no veo ni poeta lírico de verdadera inspiración, ni dramaturgo de índole propiamente literaria, ni novelista [...]»17. Efectivamente, Unamuno no olvidó nunca que Alas le había negado calidad de novelista y se lo echa en cara en la famosa Carta, porque piensa que su novela es «enormemente superior a todo lo demás que ha hecho»18: «Vuelvo a rogarle que lea mi pobre hijo, mi pobre hijo predilecto, y me desengañe en mi viejo cariño, si es que estoy engañado». Y aludiendo a la Revista literaria sobre Tres ensayos añade: «Un escritor que hace un librillo de setenta páginas, que 'hace pensar', y del que se propone usted hablar en muchos periódicos [...], un escritor así, ¿no merece que un crítico de profesión intente leer la obra en que enterró [Unamuno habla de sí en tercera persona] su juventud y diez años de meditación por las páginas de la historia [...]?»19

Pero, ¿Clarín había leído la novela?

En el primer apartado de la Revista literaria sobre Tres ensayos, en el que parece jugar sutilmente con el amor propio de su «querido compañero», diciendo que a Unamuno «no hay que llamarle sabio, porque se le molesta», y añadiendo que «tiene mérito grande [...] también como cuentista, como articulista ameno», confiesa: «no sé lo que vale su novela porque no la he leído todavía».

Sin embargo, el hijo de Clarín, Adolfo Alas, afirmó que tenía en su posesión el libro de Unamuno con anotaciones de su padre al margen, prueba de que éste lo había leído20.

Por lo demás, es difícil imaginar que Alas no hubiese intentado, siquiera movido por la curiosidad, darse cuenta por sí mismo de lo que podía valer la novela de quien tantas veces y con tanta fuerza le proclamó que era lo mejor de lo que había escrito.

En la Revista literaria titulada «Un discurso de Menéndez y Pelayo» y publicada en Los Lunes de El Imparcial del 10 de junio de 1901, es decir tres días antes de la muerte del crítico, Alas, esta vez con irritación, dice claramente lo que piensa de ciertos jóvenes, pero sin nombrar a nadie. No sabemos cuál fue el motivo de tal filípica, tampoco a punto fijo a quién iba dirigida, lo cierto es que algunos pasajes parecen respuestas a las reiteradas recriminaciones de Unamuno: «Se quejan algunos jóvenes de que la crítica siempre atiende a unas pocas personas, lee y comenta sus obras y olvida, y acaso no lee multitud de autores nuevos, que no tienen la culpa de ser nuevos. No digo que a veces no se peque por omisión; pero lo general es que el silencio sea un juicio, como el sueño del otro»21.

Más abajo, revela cuál es su actitud frente a los libros que recibe:

Yo empiezo a leerlo todo; sí, todo lo que llega a mis manos. Cierto arte experimental, sin el que el oficio sería imposible, me enseña a echar a un lado bien pronto lo que desde luego se ve que no puede tener nada bueno [...]. Otras cosas se siguen leyendo; a veces hay que llegar al final para juzgar bien. Y después se calla. No merecen ni pena ni gloria. Esto es, merecen pena, pues en arte hay que merecer gloria para no merecer pena; pero la pena adecuada es el silencio.



¿Cuál fue, pues, la suerte de Paz en la guerra? ¿Se leyó hasta el final o se echó «a un lado bien pronto»? Lo cierto es que aguantó la pena del silencio.

Lo cierto es también que Clarín no le otorga a Unamuno categoría de novelista:

Cuando los jóvenes demuestran que valen, con la fuerza con que lo han demostrado en el teatro, por ejemplo, los hermanos Quintero y Jacinto Benavente, se habla de ellos y se les admira y comenta. Como se habla, o se debe hablar de Medina, poeta, de Marquina, poeta; de Reyes, novelista; de Blasco Ibáñez, novelista; y así de otros pocos.



El afán de notoriedad que mueve a la mayoría de los escritores de la gente nueva no es privativo de Unamuno, pero las cartas de éste le permiten a Alas estudiar en lo vivo las manifestaciones del anhelo de gloria que tortura al joven profesor de Salamanca, una gloria que se quiere ardientemente conquistar, a toda costa y lo más pronto posible, porque es «ansia de vivir en la historia»22. Así que, cuando Clarín evoca a «estos señores impacientes que no pueden vivir sin hacerse célebres a la fuerza», es difícil no incluir en ellos a Unamuno. Como es imposible, después de leer las cartas, no pensar en él cuando se lee lo siguiente: «Y no valen recomendaciones, ni cartas cariñosas, ni dedicatorias llenas de encomio, ni mucho menos amenazas, chantage crítico, ni cosa que sea tomarlo por la tremenda». Porque cartas cariñosas de Unamuno a Clarín, las hay; y también hay, en cierto modo, amenazas y «chantage (sic) crítico», por ejemplo cuando escribe: «¿Y por qué cree usted que Unamuno no se ha metido a crítico? (y le incitan a que lo haga algunos de la gente nueva, diciéndole que es puesto vacante, y al decirlo, aluden a usted). Porque no tiene valor, porque le falta el mismo valor que a usted le falta para decir la verdad de nuestros consagrados»23. Otro ejemplo de implícito chantage crítico: Paz en la guerra, dice Unamuno, tuvo gran éxito ya que está agotada la primera edición, así que Clarín no puede menos de hablar de ella24.

En resolución, Unamuno nunca supo lo que Alas pensaba realmente de su «pobre hijo del alma». ¿Qué podemos pensar? ¿Creía verdaderamente Clarín que Paz en la guerra merecía la pena de silencio que le aplicó? ¿Quiso castigar el orgullo de Unamuno, darle una lección de humildad? Nos gustaría pensar que así fue; por lo demás, no sería la única vez, como veremos.

El orgullo de Unamuno, o por mejor decir el culto de su yo, fue, no cabe duda, lo que hizo imposible una verdadera comunión entre los dos escritores. No iremos hasta decir que la fuente informativa de Tres ensayos fue egolátrica, pero es indudable que la filosofía profunda de esos ensayos y particularmente de La ideocracia, se aviene perfectamente con la hipertrofia de un yo que anhela «¡Plenitud de plenitudes y todo plenitud!»25 La afirmación puede sorprender, pero vamos a ver que el mismo Clarín sugiere tal lectura, con gran perspicacia.



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«Tres Ensayos», dos reseñas de Clarín y una carta de Unamuno

En el mes de abril de 1900, Tres ensayos (¡Adentro!-La ideocracia-La fe) estaba en manos de Clarín. El 7 de mayo del mismo año, se publica en Los Lunes de El Imparcial una Revista literaria de éste enteramente dedicada al librito. Dos días después, Unamuno le manda al crítico una larguísima carta (la Carta a la que hemos aludido ya varias veces), llena de recriminaciones, reproches, confesiones, alabanzas pro domo, pujos de vanidad herida, etc. El 9 de julio, pero con indicación de fecha: «Mayo (atrasado)», sale a luz en El Pueblo, de Valencia otro artículo, Como gustéis26, sobre Tres ensayos, artículo que plantea un delicado problema: ¿Clarín había leído la Carta cuando lo escribió?

La Revista literaria27, fundamentalmente elogiosa, subraya la originalidad en España del libro de Unamuno, y para dar idea de una admiración que Clarín, al parecer, no regatea, basta citar las últimas palabras: «En otros muchos periódicos hablaré de Ensayos, y acaso sean ellos el asunto del primer folleto que yo publique al empezar la segunda serie de mis interrumpidos Folletos literarios. ¡Hacen pensar tantos libros como el de Unamuno!».

En el primer apartado, Clarín, como hemos señalado ya, parece jugar amistosamente con el amor propio de su «querido compañero», pero lo que le sugiere es muy serio y revela que conoce a Unamuno tal vez mejor que éste se conoce a sí mismo. Sin decirlo de modo explícito, alude a la filosofía de Tres ensayos y particularmente de La ideocracia y a ciertas conclusiones personales que de ella saca Unamuno.

Para éste, en efecto, las ideas no son el hombre; así que cuanto menos respeto tengamos hacia las ideas, más respeto tendremos hacia el hombre. Pero el autor no se limita a desarrollar su teoría anti-intelectualista, sino que no puede resistir la tentación de aplicarla al propio caso. Sus estudios de lingüística, puras ideas, son algo exterior; por eso prefiere sus trabajos de creación infinitamente superiores, por naturaleza, ya que en ellos empeña todo su ser. «Apena -escribe- que delante de nuestros hijos naturales, de la flor de nuestro espíritu todo28, nos alaben los adoptivos [...]. Hay elogios que desalientan. Por mi parte, cuando amigos oficiosos me aconsejan que haga lingüística [...], es cuando con mayor ahínco me pongo a repasar mis pobres poemas [...]»29.

A lo cual Clarín objeta: «En supuesto, sólo así, cabe pensar que las obras puramente artísticas de Unamuno pueden ser malas o inferiores por lo menos en méritos relativos a sus trabajos científicos». Pero sobre todo, el crítico sugiere con bastante claridad que toda la filosofía de La ideocracia viene a ser una especie de justificación de la superioridad de las obras de creación y, por lo tanto, de las de Unamuno: «Él prefiere las obras de imaginación y sentimiento por motivos filosóficos y largos de explicar que justamente [el subrayado es nuestro] son el principal asunto de dos de estos ensayos [...]. Para enfadarse (?), como relativamente se enfada con varios amigos oficiosos, entre los que me cuento, que le animan a proseguir cultivando con ahínco la alta o mejor profunda filología, no tiene razón Unamuno, aunque él crea apoyarse en sus teorías sobre el valor deleznable de las ideas, del estudio, y cosas por el estilo».

Esta concepción fundamental de Unamuno, según la cual el hombre es superior a las ideas, la encontramos a menudo en su obra30. En última instancia, el anti-intelectualismo del profesor de Salamanca puede verse como un intento para liberar todas las potencialidades de un yo que se siente prisionero en los límites de la razón y aspira a llenarlo todo. «El poeta es el que nos da todo un mundo personalizado, el mundo entero hecho hombre, el verbo hecho hombre», escribe en 190431. Sea lo que fuere, para Alas, que, al parecer, no cree mucho en el genio artístico de Unamuno, la filosofía de Tres ensayos aparece demasiado (e indebidamente) como una justificación pro domo.

Se entiende, desde luego, que Unamuno se enfade y que, además, no pueda tolerar que su comentarista le regatee originalidad y con tanta insistencia. Porque lo que quiere ante todo es ser original. Se enfada de veras ante juicios como el siguiente (elegido entre otros): «No, lo que Unamuno dice a su modo, con la originalidad capital y evidente de decirlo por su cuenta, por haberlo discurrido él, aunque algo semejante -no igual- haya oído o leído, lo dicen hoy otros muchos, con matices diferentes y para fines, a veces hasta opuestos». La respuesta merece citarse para dar idea del estado de ánimo e incluso de la mentalidad del autor de Tres ensayos: «Pues bien, amigo Alas, yo creo que sí, que aquel Unamuno 'fuerte, nuevo, original' de En torno al casticismo [y de Tres ensayos, evidentemente], lo es, no porque piensa cosas nuevas (así no lo es nadie), sino porque las piensa con toda el alma y todo el cuerpo. Y su originalidad está en el modo de decirlas. ¡La aprecia en tanto el pobre! [...] ¿No resulta extraño que aplique usted en este caso con cierta hábil reserva ese criterio de la absoluta y por absoluta imposible originalidad, cuando no ha mucho encontraba usted que el señor Rodó 'muestra asombrosa originalidad (!!!)' al explicar el ocio clásico?»32 Clarín no olvidará la última parte de esta vehemente perorata, preñada de envidia y le dará, según creemos, indirecta y hábil respuesta en el artículo de El Pueblo. La fuerza del orgullo ofendido es tal que Unamuno pierde el sentido de la medida y llega a escribir: «Compare usted el modo cómo trata a Rodó, cómo trató a aquel noble espíritu de Ochoa (como escritor, bien poquita cosa)33 [...] compárelo con su silencio junto a Campión, sus injusticias con Doña Emilia, su frialdad respecto a la Barraca y a Ganivet y sus reservas subrayadas y de segunda intención respecto al pobre Unamuno»34.

La carta del 9 de abril podría proporcionar otros ejemplos de destemplanza, pero basta lo apuntado para imaginar y comprender la reacción de Clarín que debió de recibir ese chorro verbal de diecisiete páginas entre irritado y apenado. Sí, da pena, de veras, ver un espíritu como el de Unamuno zarandeado así por el orgullo y la vanidad...

Volvamos a la Revista literaria, tan sólo para aclarar un punto... serio. Dice Alas que La ideocracia es «doctrina errónea expuesta con elocuencia». Y añade: «Es claro que para esa tendencia peligrosa de la ideofobia de Unamuno ya encontramos antecedentes en los escépticos, en los sofistas, en Protágoras singularmente; y en otro sentido menos abstracto, más peligroso en Montaigne, en Pascal... a quien yo quisiera que Unamuno estudiase mucho para... evitarlo».

La lógica de La ideocracia (porque la hay a pesar de que el sistema unamuniano pretenda licenciarla) conduce a su autor a afirmar que «la distinción entre ideas buenas e ideas malas es secundaria» y que lo que importa es «la manera viva de discurrir»35. Es evidente que el sentido ético de Clarín no puede aceptar que se coloque en un mismo plano lo bueno y lo malo. Pero es más; esta tendencia anti-intelectual puede conducir a las peores consecuencias, a la justificación de lo injustificable. En 1899, Clarín dedicó todo un artículo a este problema. En Pedantería36, analiza la «lógica» de Montaigne que, partiendo de un sano deseo de luchar «contra el psitacismo», «contra el saber que sólo sirve para recordar la doctrina ajena», llega, sin darse cuenta a la apología de «los pueblos que saben menos, pero se defienden mejor». Si el pedantismo es un vicio feo, «no causa muchos estragos», dice Clarín, mientras que el irracionalismo puede abrir la puerta a las más funestas aventuras. Entre otras, la siguiente, y hay que subrayar el carácter premonitorio de las palabras de Clarín: «Hay [...] una corriente poderosa en ciencia, en arte, en política, en economía, en filosofía que maldice de la pura intelectualidad, del estéril conocer y busca la acción por la acción, la acción que es la vida». Evidentemente, no es el caso de Unamuno, pero su ideofobia se sitúa en una tendencia de la que nada bueno puede salir. «En España, hoy -escribe Clarín-, es necesario combatir ese prurito, que cada vez se acentúa más, de tener por pedantes a los que saben algo más que la generalidad de los letrados... que no saben una palabra»37. En plano general, despreciar las ideas no es la mejor manera de ser hombre; por eso, Clarín toma la defensa de Aristóteles tan atacado por el profesor de Salamanca38: «Tampoco estoy conforme con el poco respeto que Unamuno parece tener al aristotelismo. Aristóteles, el verdadero, él, no sus derivados, en lo fundamental, en la primera cuestión metafísica, es de una profundidad que se vislumbra a veces con verdadera emoción de lo sublime»39.

De La fe dice Clarín que «es infinitamente superior al resto del libro» que «tiene todas mis simpatías, es bellísima expresión de continuos pensares míos». Y eso es todo. Sorprende, desde luego, que tan profundo elogio no se justifique, tanto más que sabemos que, por aquellos años, pasaba la mayor parte de su tiempo en meditar sobre las cuestiones espirituales que son objeto del ensayo de Unamuno. Muchas de las «ideas» desarrolladas en La fe coinciden con las de Clarín. ¡Cuántas veces ha escrito Alas antes de Unamuno que en tiempos de Jesús la fe era «fe religiosa, más que teologal, fe pura, y libre todavía de dogmas»!40 Para él también «la fe es ante todo, sinceridad, tolerancia y misericordia»41. Es verdad que no acepta (y lo dice) en el último ensayo lo que es «derivación, corolario de la ideocracia»42; por ejemplo (y es tan sólo un ejemplo) no debe de suscribir a la definición de la tolerancia formulada por Unamuno: «¡Tolerancia! ¡hija de la profunda convicción de que no hay ideas buenas ni malas [...]!»43 Pero esto aparte, en lo esencial hay coincidencia entre los dos pensadores. Y sin embargo, Clarín no aprovecha la ocasión, como acostumbra, para hablar de esas cosas que tanto le preocupan. Es verdad que en la Revista literaria que analizamos no tiene suficiente espacio, pero promete volver sobre el asunto en otros periódicos. Sólo vuelve a hablar de Tres ensayos en el artículo de El Pueblo, artículo escrito algunos días o, a lo más, algunas semanas después de la Revista literaria, aunque publicado dos meses después.

En Como gustéis no hay ninguna alusión directa que permitiría afirmar que Clarín había leído la Carta. Se reiteran los elogios en cuanto a «la forma» que es «tersa, fluida», etc.

Pero se precisan las censuras sobre «el fondo» de ¡Adentro! y de La ideocracia. Clarín deja claramente traslucir que, para él, la filosofía de los dos ensayos es reflejo de una tendencia peligrosa que siguen varios jóvenes filósofos europeos «de gran talento pero poco prudentes». Lo que, dicho sea de paso, es una manera de insistir de nuevo sobre la originalidad muy relativa del «pensamiento» del autor. Además, y sobre todo, resulta bien claro que Clarín no puede considerar sino peligrosas y hasta cierto punto irresponsables proclamas como la siguiente, elegida entre varias: «No te empeñes en regular tu acción por tu pensamiento; deja más bien que aquélla te forme, informe, deforme y trasforme éste»44. Alas ha luchado durante toda su vida por el desarrollo del conocimiento, tiene fe en la regeneración del hombre por la cultura, y se entiende, desde luego, que la posición de Unamuno le parezca ingenua, en el mejor de los casos. Lo importante, dice el autor de Tres ensayos, es encontrarse y desarrollarse a sí mismo sin ayuda exterior que vendría a adulterar el ser profundo: «Busca tu mayor grandeza, la más honda, la más duradera, la menos ligada a tu país y a tu tiempo...»45. A la cual Clarín contesta con gravedad: «para recibirse a sí mismo, hace falta una preparación moral que no se encuentra fácilmente». Si estuviéramos seguro de que el crítico había leído la Carta, veríamos una alusión precisa a Unamuno en la frase siguiente: «Conócete a ti mismo..., pero no te conozcas con un tonto o con un presumido, como puede ser ese yo que quiere conocerse».

El hecho es que Alas no toma muy en serio las ideas superficiales (y poco originales, según él) que Unamuno desarrolla (¡expone!) en ¡Adentro! y en La ideocracia.

La tendencia de La fe, al contrario, es para él «de lo más sano y oportuno». Pero, y aquí viene la estocada, como diría Unamuno46, Clarín revela que, en el fondo de sí mismo, tiene dudas en cuanto a la sinceridad de Unamuno: «Al autor le deseo que aquello sea la fiel expresión de lo más íntimo y sincero de su alma. Desgraciado de él si no lo fuera». ¿Pensaba verdaderamente que el autor de La fe seguía la moda europea del neo-misticismo en el que, decía en 1893, «hay de todo, hay por de pronto farsantes y no pocos tontos sinceros»?47

De todas formas, se ve que toda la parte de Como gustéis dedicada a Tres ensayos es una refutación de las ideas y de la postura del autor a quien, además, se le niega originalidad y tal vez hasta sinceridad. La crítica no puede ser más negativa. Clarín parece querer sugerir a su «joven compañero» que está equivocado.

No es casualidad, evidentemente, si el primer apartado del artículo es un elogio absoluto, por decirlo así, de Enrique Rodó. Todo pasa como si Clarín hubiese querido darle una lección a Unamuno, subrayando la ejemplaridad del pensador de Montevideo, joven «equilibrado», «de serios estudios», «hombre sincero, sencillo»... Hasta tal punto que resistimos mal la tentación de ver en este elogio una especie de respuesta a la Carta de Unamuno y, al mismo tiempo, una crítica indirecta de la posición afirmada en Tres ensayos.

Sea lo que fuere, es evidente que Clarín insiste en las cualidades de Rodó para ofrecer sus trabajos como ejemplo saludable a los jóvenes de la Gente nueva que «malogran vigor, estudios y talento por culpa del egoísmo, disfrazado de mil maneras y retorcido en repugnantes contorsiones». ¿Hasta qué punto piensa Clarín que Unamuno es uno de ellos? ¿Le incluye en la categoría de esos «ilusos» que «se empeñan en pasar por genios»?

Al parecer, todavía no, pues dice al final del artículo: «Por lo mismo que le quiero mucho y que espero de su talento muchísimo, quiero verle impecable [...] y, lo que importa más, lejos de tendencias y maneras que me parecen contrarias a la higiene del espíritu». No es sano, en efecto, hacer una «obra buena» para ganar los aplausos de los ilusos; lo importante es realizar, como el autor de Ariel, «una buena obra además de una obra buena». La elección no puede ser más clara.

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Entonces, ¿una amistad frustrada?

Sí, y doblemente. Unamuno no consiguió que el poderoso crítico le ayudase eficazmente a conquistar esa gloria tan anhelada y tan vitalmente necesaria para quien quería eternizarse en la historia.

Alas no encontró en Unamuno el apoyo moral que, en los últimos años de su vida, le hubiera permitido sentirse menos solo en su búsqueda espiritual. Admiraba sin reservas la inteligencia y los grandes conocimientos del profesor de Salamanca pero no le concedió nunca (a lo menos públicamente) cualidad de artista, de novelista o de poeta. Sobre todo, y a pesar de ciertas coincidencias en materias espirituales, Clarín dudó siempre de la absoluta sinceridad de su «joven compañero», víctima (inconsciente) de su afán de notoriedad y demasiado pronto a entusiasmarse por las corrientes de moda.






Apéndice

COMO GUSTÉIS


Mayo (atrasado)

[El Pueblo (Valencia), 9-VII-1900]

Aunque en otras partes he hablado ya de ellos, no quiero dejar de recordar aquí dos libros que merecen ser leídos: Ariel, del crítico Rodó, es el uno, y Tres ensayos, de Unamuno, el otro.

Rodó, catedrático de literatura en Montevideo, es uno de los jóvenes intelectuales de América más equilibrados, más perspicaces y de más serios estudios. Hombre sincero, sencillo, en sus escritos descansa uno de tanta afectación y falsedad vanidosa como se descubre debajo de las páginas de precaria originalidad con que se empeñan en pasar por genios muchos ilusos, más dignos de lástima, en definitiva, que de castigo. El mérito de Rodó no puede apreciarlo quien padece precisamente de enfermedades morales que él no tiene, y por lo mismo, se debe insistir más en ofrecer como ejemplo saludable los trabajos de este joven a otros muchos que malogran vigor, estudios y talento por culpa del egoísmo, disfrazado de mil maneras y retorcido en repugnantes contorsiones.

En Ariel se habla a la juventud hispanoamericana para que no abandone las tendencias idealistas de la raza, para que no se deje seducir por el utilitarismo anglo-americano, cuyas ventajas Rodó no niega, pero cuyo peligro advierte. Libro elocuente, sincero, sin vanidad pensado y escrito, es una buena obra además de una obra buena.

*  *  *

Unamuno, en cuanto escritor, va ganando cada día. Si un tiempo hubo que defenderle (y mis disgustos me costó a mí) de cierta crítica meramente retórica, por las coqueterías, de su enrevesado estilo, ahora puede presentársele como uno de los jóvenes que mejor manejan la pluma, que con más facilidad y gracia dicen lo que quieren, y saben ser claros, aun en materias algo abstrusas.

En Tres ensayos la forma es tersa, fluida, y se puede decir que a ratos aquello parece algo de un Renan o de un France... bien traducidas. Me refiero a la forma, repito; en el fondo Unamuno para nada recuerda a esos señores; como tampoco yo compararía jamás a un France con Renan para cosas de sustancia, por mucho que ahora alaben y estudien al sabio bibliotecario austríacos y alemanes del Norte. France vale mucho, pero Renan es uno de los primeros franceses del siglo.

Adentro, el primer ensayo de Unamuno, ha gustado mucho a varios críticos jóvenes muy bien intencionados y más ingenuos que repletos de lectura. En Adentro hay peligros que esos jóvenes no ven y que no ve acaso Unamuno mismo; porque para recibirse a sí mismo, hace falta una preparación moral con que no se cuenta fácilmente. Por lo general, no somos dignos de entrar en nuestra pobre morada, y si entramos la profanamos malamente... Conócete a ti mismo..., pero no te conozcas con un tonto o con un presumido, como puede ser ese yo que quiere conocerse.

Algo hay en Adentro muy recomendable (me refiero al propósito ético; en lo formal, literario, todo está bien), y es cuanto sirve para apartar al lector joven e ilusionado de vanidades exteriores del centralismo estético a que hay tanta propensión, del afán de la corte, y otros por el estilo. En este sentido, el trabajo de Unamuno me recuerda otro también muy simpático y saludable del escritor, belga, creo, y también joven, Mr. Mavelair; estudio por cierto mal interpretado por cierto periodista español.

En la ideocracia, el segundo ensayo, hay gran habilidad artística, pero en el fondo latet el sofisma, acaso sin quererlo el autor. Una falsa idea de la idea es, a mi ver, lo que conduce a Unamuno por los caminos que ahora recorren en Francia, Alemania, Italia, etc., varios jóvenes filósofos de gran talento, pero poco prudentes.

El ensayo dedicado a La fe es, con mucho, el mejor del libro. Su tendencia es, para mí, de lo más sano y oportuno; y al autor le deseo que aquello sea la fiel expresión de lo más íntimo y sincero de su alma. Desgraciado de él si no lo fuera.

En otra parte dejo escrito el cumplido elogio que, por su fondo, este ensayo merece, a mi juicio, y ahora quiero alabar la gallardía del estilo, lo acertado y gráfico de ciertos trozos descriptivos. Pero... de paso, y para que haya de todo, voy a fijarme en un pormenor, en sí de escasa importancia, pero de alguna utilidad por lo que tiene de advertencia que debe generalizarse. En efecto, hay muchos que hablan del Derecho romano como de algo frío, formalista, de piedra... y cosas por el estilo.

El mismo Enrique Heine incurre en esta ...vulgaridad. Siento ver en el ensayo de Unamuno tendencias al mismo criterio48. Se puede asegurar que nunca son romanistas los que hablan así. Lo que dijeron San Agustín y Leibnitz sobre el caso está mucho más cerca de la verdad. Sobre todo, después de Savigny, y aún más después de Ihering (bien comprendido) no cabe ver en el Derecho civil romano esa aridez, esa vana formalidad, sino mucha enjundia y grandes y, en cierto modo, definitivas enseñanzas.

Como un ejemplo de la poca atención que se suele prestar al Derecho romano en sí, citaré el sentido en que se toma por los más las célebres palabras de las Doce Tablas: Adversus hostem aeterna auctoritas esto. Lo mismo que Unamuno, muchos escritores españoles y extranjeros creen ver en esta frase la ley de guerra, en general, contra el enemigo, el extranjero. Siempre hay derecho contra el de otro pueblo, nada se le debe en justicia: esto se piensa que significan esas palabras. No hay tal cosa. Se refieren, sencillamente, a la prescripción, derecho civil romano que los extranjeros no pueden invocar.

Tampoco estoy conforme con el poco respeto que Unamuno parece tener al aristotelismo. Aristóteles, el verdadero, él, no sus derivados, en lo fundamental, en la primera cuestión metafísica, es de una profundidad que se vislumbra a veces con verdadera emoción de lo sublime... Pero... ¡hablar de esto sería tan largo, y relativamente, tan obscuro!

Perdóneme Unamuno todas estas impertinencias. Por lo mismo que le quiero mucho y que espero de su talento muchísimo, quiero verle impecable, libre de todo error, o que me lo parezca; y, lo que importa más, lejos de tendencias y maneras que me parecen contrarias a la higiene del espíritu.

Clarín.



 
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