Aunque la palabra mobiliario escolar es aplicable a otros objetos de las clases, tratándose de las cuestiones higiénicas, es lo común referirlo sólo a los muebles que en general se llaman cuerpos de carpintería, o sea, a las mesas y los bancos que sirven a los alumnos para los ejercicios de escritura principalmente. A esta clase de mobiliario es, pues, a la que nos referimos en las consideraciones que siguen, que también alcanzan, por razones que luego se dirán, al del maestro.
En este sentido, las observaciones del presente capítulo recaerán solamente sobre lo que en el moderno lenguaje pedagógico recibe la denominación de mesas-bancos y pupitres escolares.
La solicitud con que se miran, de algunos años a esta parte, las cuestiones referentes a la cultura física de los niños, de lo cual ha nacido la Higiene escolar, según queda dicho en la introducción de este libro, ha sido causa de que médicos e higienistas, secundados por ilustres pedagogos, fijen su atención en el mobiliario de las clases.
Prolijas observaciones y estadísticas minuciosas han puesto de manifiesto que las malas condiciones de que generalmente adolece ese mobiliario, son la causa ocasional de gran parte de las enfermedades que en dicha introducción designamos con el calificativo de escolares, y con las que tanto se embaraza el desarrollo físico de los niños, cuya vida se pone mediante ellas en inminente peligro con más frecuencia de lo que generalmente se piensa. De aquí que se haya impuesto como un problema de capital importancia la adaptación de las mesas-bancos o cuerpos de carpintería a las necesidades de aquel desarrollo, o, concretando la cuestión, a las leyes de la Anatomía y la Fisiología aplicadas a la estación de estar sentado en la actitud normal.
Dada la voz de alarma y señalado el problema, se han emprendido, con tanto entusiasmo como éxito, persistentes y concienzudos trabajos, encaminados a responder a la primera y resolver el segundo.
De los Estados Unidos partió en 1854 la señal de la reforma que, en consecuencia de lo indicado, reclamaba con toda urgencia el mobiliario de las clases. Dióla Henry Barnad, a quien cabe la honra de haber llamado la atención acerca de asunto tan interesante, e inmediatamente halló eco en toda la América, y a continuación en la Europa culta. El doctor Sehreben, en Alemania (hacia 1858); los doctores Fahrner y Herman Meyer, de Zurich; Hiss, de Basilea y Guillaume, de Neufchatel (1865), pueden considerarse en el viejo continente como los porta-estandartes de la reforma en cuestión, que tanto preocupa al presente a higienistas y pedagogos145. En uno y otro campo se han multiplicado de un modo verdaderamente prodigioso los trabajos encaminados a justificar la necesidad de la reforma, y procurar solución al problema que entraña. Serían menester muchos volúmenes para dar a conocer lo que con estos intentos se ha escrito, especialmente por autores tan caracterizados y que tanto renombre han alcanzado en materias de Higiene escolar, como Eulemburg, Dally, Herman Cohn, Erisman, Liebreicht, Cardot, Javal, Riant, Fonssagrives, Baguaux y otros que fuera prolijo enumerar, y que con ellos han contribuido y contribuyen a dar al mobiliario de que tratamos condiciones que, lejos de contrariar el desarrollo y la salud de los escolares, sean garantía eficaz de uno y de otra, favoreciéndolos todo lo posible.
Aunque no pueda afirmarse que se haya dicho la última palabra en la cuestión, cabe asegurar que el aspecto de ella ha mejorado notablemente, que el problema está resuelto en principio, y que su aplicación práctica se halla asegurada en muchas partes. Ya no se abre o no se reforma una escuela primaria sin que se piense antes seriamente en las condiciones de su mobiliario, considerándose como falta grave el hecho de no adaptarse éste a los tipos que, según el criterio de cada cual, están reconocidos como más idóneos para llenar las exigencias a que los promovedores y sustentadores de la reforma quieren que responda.
Hecha la revolución en el terreno de la teoría, ha empezado a trascender al de las aplicaciones; los principios científicos se traducen diariamente en hechos prácticos.

¿Tiene fundamento serio el clamoreo y la enemiga que se han suscitado contra el antiguo mobiliario de las clases? Basta con templarlo aunque sea someramente, y de él da una idea la fig. 2.ª, para decidirse por la afirmativa. Hecho para acomodar a él al niño (lo contrario precisamente de lo que debe ser), no es fácil que reúna condiciones que lo hagan aceptable, no ya al punto de vista higiénico, sino ni aun al pedagógico, no obstante de que sus principales defectos los debe a la influencia del sistema de enseñanza llamado mutuo, muy en boga hace algunos años, y, por fortuna, en evidente desprestigio al presente, según antes de ahora y con diferente motivo, hemos tenido ocasión de observar.
Pedagógicamente considerado, ofrece el mobiliario antiguo no pocos inconvenientes, entre ellos el de contener muchos niños en una fila, y el de impedir al maestro acercarse a todos los alumnos y observarlos de cerca: las dimensiones de semejante mobiliario (construido generalmente para colocar en una mesa diez o más alumnos), no permite moverlo para situarlo como mejor convenga, a lo cual contribuye también lo pesado que es de ordinario. Por todas estas causas resulta incómodo, no sólo para el alumno, sino también para el maestro, al que impide arreglar su clase conforme a sus planes, y ejercer sobre los alumnos una acción más eficaz que la que puede ejercerse cuando, como con dicho mobiliario acontece en la mayoría de los casos, tiene que mantenerse a cierta distancia de ellos.
Al respecto de la Higiene, se agrandan y multiplican los inconvenientes indicados, que, considerados en esta relación, toman un carácter agresivo contra la salud de los escolares, no sólo por el hacinamiento y la opresora inmovilidad a que los somete, sino por las actitudes viciosas que les hace adoptar y a que les habitúa, según se muestra en las observaciones que siguen.
Considerado bajo el solo aspecto de la Higiene, -que es del que aquí nos incumbe tratar,- el mobiliario antiguo presenta defectos de bulto, de los que son los principales los siguientes:
1º Altura muy grande del banco, que impide a los niños apoyar con firmeza los pies en el suelo, lo que les obliga a estar mal sentados y a plegar las piernas, que quedan colgando, hacia el banco.
2º La distancia, también muy grande (de 10 a 12 centímetros), que media entre el borde del banco y la vertical que pasa por la arista de la mesa, lo que es causa de que el alumno se incline hacia adelante, apoye el pecho en el borde de ésta y no descanse sobre el banco más que en algunos centímetros.
3º La distancia vertical del banco a la mesa, que frecuentemente es exagerada y obliga a los niños a levantar mucho el brazo para escribir.
4º El ancho insuficiente del banco y la falta en éste de respaldo, a lo que se debe que los escolares estén de continuo mal sentados, tengan el fémur insuficientemente sostenido, y para descansar cambien a cada momento de posición146.
Dan lugar estos defectos a las actitudes viciosas que de ordinario toman los alumnos y a las que se deben en gran parte las enfermedades que hemos llamado escolares. Semejantes actitudes, perjudiciales por varios conceptos, han sido analizadas por el doctor Liebreicht, que las resume del modo siguiente:
«1º Colocación del codo izquierdo en la mesa y cerca del borde; en su consecuencia, la parte superior del cuerpo se tuerce sobre sí misma hacia la derecha, y más o menos inclinada hacia adelante, según el grado de distancia que hay entre la mesa y el banco; la mano derecha se halla colocada sobre el papel, mientras que el codo derecho viene a apoyarse contra las costillas: el espacio reservado a cada alumno es muy reducido. Hasta aquí, se mantiene todavía bastante derecha la cabeza.
»2º La cabeza inclinada hacia la mesa, se baja gradualmente; el codo es llevado hacia adelante y la parte superior del cuerpo se ve todavía más torcida hacia la derecha. Las costillas del lado izquierdo se apoyan en el borde de la mesa.
»3º El cuaderno del alumno es empujado hacia adelante, sobre todo, por el lado derecho, de suerte que cesa de ser paralelo al borde de la mesa, con el que forma un ángulo de 45 grados, y aun mayor. La cabeza se halla baja y torcida, de modo que el ojo izquierdo no está más que a algunas pulgadas del libro, la mejilla izquierda casi toca con la mano, y aun frecuentemente descansa sobre el pulgar; el tórax se halla como suspendido de la espalda izquierda y de las costillas del mismo lado, que se apoyan en el borde de la mesa y lo traspasan.
»En las clases son sistemáticamente obligados los alumnos a tomar diariamente durante varias horas la misma actitud viciosa, fatigando siempre los mismos músculos, contorneando y plegando la columna vertebral, de continuo al mismo punto, y determinando por esto poco a poco una modificación en la forma y la disposición de los huesos».
Ya hemos visto (capítulos I y II de la primera parte) que semejantes actitudes son contrarias a las que el niño debe guardar normalmente y, en especial, en los ejercicios de lectura y escritura. Que son causa de deformaciones y enfermedades que es preciso vigilar, quedó indicado con ocasión de lo que dijimos en la introducción, a propósito de las enfermedades escolares, y en particular de las desviaciones de la columna vertebral y de la miopía. A mayor abundamiento, y remitiendo al lector a lo que entonces dijimos, añadiremos, por vía de resumen, el que hace M. Bagnaux147 de los efectos que hay que imputar a las actitudes viciosas que el antiguo mobiliario obliga a adoptar a los escolares. Dice así:
«El estómago, el corazón, los pulmones y los intestinos constantemente comprimidos cuando el cuerpo se halla replegado ssbre sí mismo, se sienten embarazados en sus funciones; la salud general se resiente de ello, y el resultado final puede. ser una constitución deteriorada para toda la vida. El talle se desvía, las espaldas se desenvuelven desigualmente, resultando una de las dos más voluminosa y más alta que la otra; en fin, los ojos, mirando sin cesar a muy cortas distancias, se modifican progresivamente, y al cabo de algún tiempo llegan a la miopía, que casi nunca es un estado que el niño trae al nacer, y que generalmente se adquiere por el hábito de ver desde muy cerca durante los años de asistencia a la escuela.
»En resumen: desviación del talle, deformación de los miembros, alteración de la salud general y miopía: tales pueden ser las deplorables consecuencias del uso de una mala mesa-banco escolar»148.
Tales son los resultados de las actitudes a que nos referimos, como originadas por las malas condiciones del mobiliario de las clases. Y aunque se admita que semejantes actitudes son a veces imputables a los maestros por no tratar de evitarlas y no corregirlas a tiempo, no puede desconocerse que el mayor celo que a este respecto se tenga es poco, y que en la mayoría de los casos resulta perfectamente inútil con un mobiliario como el antiguo, que, como hemos visto, no sólo se presta a dichas actitudes, sino que las favorece y aun provoca constantemente. Pero la verdad es que el asunto merece que fijen bien en él la atención los maestros, a fin de poner en lo posible remedio al mal denunciado y de cuya existencia no puede dudarse. La observación más somera hecha al respecto de jóvenes de uno y otro sexo que hayan frecuentado la escuela, revelará que muchos no tienen recto y simétrico el cuerpo, sino un poco levantado y al mismo tiempo encorvado del lado izquierdo, que otros son muy cargados de espaldas y que algunos presentan alteraciones más difíciles de apreciar, pero no menos reales, en la posición normal del cuello y de la cintura.
Para determinar las reglas a que debe ajustarse la construcción de un buen mobiliario escolar, es obligado fijar antes la posición que con respecto a él necesita guardar el alumno.
Aunque ya al tratar de la higiene de la lectura y la escritura (capítulo II de la primera parte) hicimos las oportunas indicaciones acerca de la actitud que el alumno debe tener en esos ejercicios, no estará demás que recordemos ahora lo dicho trascribiendo la descripción que de la actitud normal hace el doctor Liebreicht en los términos siguientes:
«La parte superior del cuerpo debe permanecer vertical; la espina dorsal no ha de torcerse ni a derecha ni a izquierda; los omoplatos deben quedar colocados a la misma altura; los brazos, aplicados a las costillas, no soportarán nunca el peso del cuerpo. Los dos codos, a nivel y casi perpendiculares bajo los omoplatos, no deben estar apoyados, y sólo las manos y el antebrazo descansarán en la mesa; es preciso que el peso de la cabeza esté bien equilibrado sobre la columna vertebral, sin que nunca se incline hacia adelante, ni debe torcerse sobre su eje horizontal más que lo precisamente necesario para que, estando la cara ligeramente inclinada, el ángulo formado por el rayo visual dirigido sobre el libro, no sea muy agudo».
Algo falta por determinar en esta descripción, por lo que para completarla, creemos oportuno añadir lo que en breve, pero preciso y acabado resumen, dice el Sr. Giner de los Ríos acerca del mismo particular149.

La posición higiénica exige que «los pies descansen con firmeza en el suelo; que pierna, muslo y tronco formen entre sí ángulo recto; que la cabeza no se incline hacia adelante; que los hombros estén en la misma línea horizontal y los brazos a igual distancia del tronco, y que el peso se reparta entre los pies, el asiento y la región lumbar». (Véase la fig. 3ª)
Como dice el doctor Liebreicht, «por sencilla y natural que parezca esta posición, no puede obtenerse con las mesas y los bancos actualmente en uso», es decir, con el mobiliario antiguo, que es el que posee la inmensa mayoría de nuestras escuelas. Conviene añadir que aun con el mobiliario que mejores condiciones reúna, no dejará el niño de tomar una posición viciosa, cuya repetición le llevará a contraer hábitos perjudiciales para la simetría de su cuerpo: la aplicación muy intensa, la necesidad de ver muy de cerca, cierta dejadez, el deseo perezoso de encontrar un apoyo, llevan con frecuencia al alumno, como dice M. Pécaut, a inclinarse y a recostarse en su pupitre, aun cuando se hayan tomado toda clase de precauciones. De aquí la necesidad de que, como más arriba queda dicho, el maestro vigile a los alumnos a fin de mantenerlos constantemente en la posición normal, lo que le costará menos trabajo a medida que el niño se habitúe a ella, por no permitírsele otra, y por las comodidades que al efecto le ofrezcan su mesa y su banco.
Después de lo dicho respecto de las actitudes viciosas que toman los niños en las clases, causas que las provocan y efectos que producen, así como de la posición que el alumno debe guardar delante de su pupitre, parece cosa fácil determinar las reglas que deben presidir a la construcción del mobiliario escolar, si ha de obtenerse uno a propósito que evite los inconvenientes señalados. Estas reglas podrían reducirse a las dos siguientes, que son como la base de todos los preceptos relativos a este particular:
I. Sentado el niño en el banco y teniendo los pies descansando en el suelo, las piernas deben formar con los muslos un ángulo recto, y los muslos con el tronco otro también recto.
II. Para que el niño pueda guardar más fácilmente esta posición, sobre todo cuando escribe, debe encontrar un apoyo en la región lumbar, ha de apoyar en el asiento la mayor parte posible de los muslos, y no ha de tener necesidad de encorvarse sobre la mesa, ni de encoger el hombro derecho para llegar a ella.
De estas reglas, propuestas por Fahrner y aceptadas después por higienistas y pedagogos, se desprenden otras de aplicación práctica a la construcción del mobiliario, a saber:
1ª La mesa y el banco deben aproximarse de modo que entre el borde de la una y el del otro quede poca o ninguna distancia.
2ª El banco debe tener alguna profundidad, y un respaldo que sirva de punto de apoyo a los riñones.
3ª La mesa y el banco deben tener una altura apropiada exactamente a la estatura de los niños.
Tales son, pues, las reglas que deben servir de base y norma a la construcción de las mesas y los bancos escolares, y a las que necesitan ajustar sus resoluciones maestros y constructores, que no deben olvidar nunca el siguiente principio, que es como el fundamento de dichas reglas la mesa-banco debe acomodarse al niño, y no el niño a ella, como acontece con el mobiliario antiguo150.
Mediante la observancia de dichos preceptos se conseguirá fácilmente que los niños guarden al colocarse en su respectiva mesa-banco la posición normal, de que dan idea las figs. 4ª, y 5ª que se refieren a la escritura y la lectura respectivamente.
Pueden referirse todas estas condiciones, salvo las relativas al material de construcción, a las dimensiones de las mesas y los bancos, y a las distancias que debe haber entre unas y otros. Según el criterio que presida al determinar estas condiciones, llenarán mejor o peor las mesas-bancos las exigencias que se originan de las reglas que, conforme a lo que acaba de decirse, deben presidir a la construcción de un buen mobiliario escolar. Su consideración reviste, pues, la mayor importancia, lo que explica bien que todas las discusiones relativas a la manera de estar dispuesto el mobiliario de las clases, versen principalmente sobre ellas, y se tomen en todo caso como base y punto de partida para precisar otras. Esto obliga a tratarlas con algún detenimiento.

Se hallan representadas primera y principalmente por las que se refieren a las alturas de ambas clases de muebles, y para determinarlas, teniendo en cuenta la necesidad de acomodar éstos a los datos anatómicos del organismo de los niños, higienistas y pedagogos están conformes en que debe partirse de estas bases: la longitud de la pierna, desde el suelo a la rodilla, estando el niño sentado, y en la actitud que antes se ha dicho (formando las piernas un ángulo recto con los muslos), da la altura del asiento; la altura de los riñones por encima del asiento (sentado el niño de la manera dicha, y formando el tronco del cuerpo con los muslos otro ángulo recto), tomada al nivel de la cadera, y aumentada en algunos centímetros (de 3 a 4), da la altura de la arista superior del respaldo del banco; y la cavidad del estómago del niño (colocado éste como se acaba de decir), determina el nivel en que debe encontrarse la arista inferior (la del lado del alumno) del pupitre151.
Tales son, pues, las bases para las dimensiones principales que deben darse a las mesas-bancos, por lo que a la altura respecta. En cuanto a la longitud, debe ser la suficiente para que los niños puedan estar con comodidad, y en caso de haber más de uno en una misma mesa, pueda cada cual mover libremente los brazos sin incomodar con los codos a sus compañeros ni ser incomodado por ellos; generalmente se considera necesario para cada alumno un espacio de 50 a 55 centímetros, a los que se añaden de 20 a 23 para el juego de los brazos. El ancho de la tabla de la mesa o pupitre (de adelante a atrás) varía, según los tipos, de 35 a 45 centímetros.
En los cuadros-resúmenes que más adelante damos, encontrará el lector determinadas por centímetros y milímetros todas estas dimensiones, con arreglo a varios tipos de mobiliario.
Con la cuestión de las dimensiones longitudinales de las mesas-bancos se halla íntimamente ligada la del número de plazas para que ha de tener cabida cada una de dichas mesas.
A los antiguos cuerpos de carpintería dispuestos para diez, doce, diez y seis y hasta veinte plazas, han sucedido los que sólo tienen asientos para cinco, para cuatro, para tres, para dos y aun para un alumno. Esto permite, no sólo que el orden se conserve mejor, y el profesor pueda vigilar más bien a sus discípulos, acercándose a todos fácilmente, sino también que se coloquen las mesas como mejor convenga para que aquéllos reciban la luz convenientemente, salgan de sus puestos y entren en ellos sin incomodarse unos a otros, y estén con más independencia entre sí.
En este sentido, la mesa preferible será la de sólo una plaza, la dispuesta para un solo alumno, lo que se llama el pupitre individual o aislado. Tal es, sin duda, lo que higienistas y pedagogos están conformes en reconocer como el ideal en este punto, y que en muchas partes es una realidad práctica: en América, donde las escuelas son espaciosas y ricas, es donde más generalizada se halla, pues las más comunes allí son las mesas-pupitres de una plaza.
Pero si teóricamente las mesas-pupitres de una plaza son las más racionales, no por eso dejan de ofrecer algún inconveniente. En primer lugar, exigen mucho espacio para su colocación, por lo que en escuelas numerosas no son tan prácticas, máxime cuando es lo común que los locales de las clases no se distingan por sus grandes proporciones: en las medianamente extensas, y que no exceden de treinta a cuarenta alumnos, el inconveniente a que nos referimos desaparece, y el maestro no encontraría sino ventajas en semejante mobiliario. Otra dificultad es la de que las mesas-pupitres de una sola plaza resultan algo caras, lo cual es un inconveniente del que no podrá prescindirse en mucho tiempo.
En consecuencia de esto, hay que convenir en que, prácticamente considerada la cuestión, son preferibles las mesas de dos plazas, que además de resultar más baratas, exigen menos espacio para su colocación, y no ofrecen inconvenientes para la entrada del alumno a su sitio. Esta es la opinión más generalizada, y los que la admiten están conformes en afirmar, como lo hace M. Bagnaux, que la mesa-banco no debe nunca ser de más de dos plazas, opinión que tenemos por muy aceptable, pues, como el mismo autor añade, más allá de este número es difícil asegurar la disciplina, y el sostenimiento del orden exige del maestro atención y esfuerzos que le desvían de su tarea y gastan inútilmente sus fuerzas; esto aparte de que bajo el aspecto higiénico no escasean los inconvenientes.
Aceptadas las mesas de dos plazas, -sin que por ello dejen de utilizarse las de una sola, siempre que se pueda,- hay que decidirse por el asiento continuo, como unos quieren, o por dos separados, como otros aconsejan, y a nosotros nos parece mejor, por lo mismo que se acerca más, por el aislamiento relativo que supone, a la mesa-banco individual, y evita los movimientos y las incomodidades que cuando el asiento es corrido, se proporcionan mutuamente los compañeros de pupitre152. A los asientos aislados se objeta su mayor coste y, sobre todo, que tienen que ser más reducidos en longitud que cuando son continuos, resultando ésta menor que la del pupitre. Pero debe tenerse en cuenta que esta disposición es, sin duda, la más conveniente, pues que debiendo estar, como luego se dirá, el borde del pupitre y el del asiento en una misma vertical, cuando menos, el asiento de menos longitud que el pupitre, permite que el alumno, mediante un paso a derecha o a izquierda, pueda quedar de pie detrás de su mesa, lo que en otro caso no le fuera posible. Y tal es la razón de que se adopte el asiento de menos longitud que el pupitre aun para las mesas de una sola plaza, no obstante que tratándose de éstas como de las de dos, la otra disposición -que en el segundo caso implica el asiento corrido- ofrece a los alumnos una superficie mayor y, en lo tanto, más facilidad para los descansos que le proporcionan las pequeñas variaciones de sitio que con esta disposición pueden realizar sobre su asiento. En cuanto al inconveniente del mayor coste que originan en las mesas de dos plazas los asientos aislados, aunque en muchas ocasiones no tenga importancia, habrá otras en que no pueda prescindirse de él, máxime cuando siempre complica algo la construcción del mueble.
Y ya que de los asientos tratamos, no estará de más decir algo acerca de su respaldo. Que deben tenerlo, ya quedó dicho cuando tratamos de determinar las reglas que han de presidir a la construcción de un buen mobiliario; la necesidad del respaldo en los bancos de las clases, es un hecho perfectamente establecido en higiene escolar. El doctor Fonssagrives, que ha hecho estudios detenidos respecto de este particular, dice que son muy diversas las actitudes viciosas que instintivamente y para atenuar su malestar, toman los niños condenados al suplicio de los bancos sin respaldo, que por este motivo condena enérgicamente. «Ordinariamente, -dice, después de hacer un prolijo análisis fisiológico de los esfuerzos musculares a que semejante disposición obliga,- echan todo el peso del cuerpo sobre una cadera, se inclinan a un lado, y producen así una escoliosis momentánea, que no sería muy de temer si estas direcciones semilaterales las tomasen alternativamente, y si no tuviese el niño tendencia a preferir la inclinación hacia un lado más bien que hacia el otro, y a tomar, por consiguiente, actitudes perjudiciales. Lo más general es que caiga sobre sí mismo con la cabeza doblada sobre el pecho, y la columna vertebral encorvada». Y después de insistir en esto, analiza con Meyer (de Zurich), las posiciones sentadas hacia adelante y hacia atrás, que toman los niños en los bancos sin respaldo, y concluye que en la posición de estar sentado en esta clase de bancos, «la linea de gravedad oscila alrededor de una línea transversal, y va alternativamente a caer, según las posiciones que toma el alumno, hacia adelante o hacia atrás de esta línea. Va, pues, trabajosamente el niño, ya hacia adelante, ya hacia atrás, ya lateralmente, en busca de una posición que le libre de un cansancio que agota sus fuerzas, pero no la encuentra más que por un instante, y de aquí la movilidad de actitudes que se atribuye a indisciplina, y que el cansancio explica suficientemente»153. Esta última observación es muy digna de que la tengan en cuenta los maestros, pues que les evitará en muchas ocasiones, partir de ligero al juzgar la conducta de sus discípulos y tratar de ponerle el consiguiente correctivo. No debe olvidarse, por otra parte, que los médicos han visto en la falta de respaldo una causa de congestiones, de hemorragias de la nariz, y de la papera o escrófula escolar154.
Respecto de las condiciones del respaldo, dice el mismo Fonssagrives: «Los especialistas han discutido largamente las que deben reunir; unos han preferido los respaldos cortos e incompletos, ligeramente inclinados, vueltos hacia atrás, que se adapten a la concavidad de la región dorsal de la columna vertebral, y no pasen de la altura de los hombros, en lugar de los respaldos muy altos, y que pueden presentar un apoyo a la cabeza; otros exigen que el respaldo sea fijo; a otros les agrada más que pueda subirse y bajarse por medio de un pasador y una tuerca para adaptarse a la diferente talla de los niños. La imaginación puede tomar vuelos sobre el asunto, pero lo importante es que los niños tengan apoyados los riñones, y que encuentren un punto de apoyo convenientemente dispuesto»155. La conclusión en que acerca de semejante punto están conformes cuantos de estas materias se ocupan, es la de que el respaldo, sin entorpecer el libre juego de los brazos, sostenga la región lumbar sobre la que descansa todo el peso del cuerpo. Bagnaux pide una altura para el respaldo que, aplicada al sistema Cardot, varía, según los niños, de 19 a 28 centímetros; la propuesta por el doctor Guillaume oscila entre 12 y 19'5, debiendo ser 1 ½, más alto para las niñas que para los niños.
Para favorecer al alumno en el acto de apoyarse contra el respaldo, indican algunos autores la conveniencia de que el asiento esté ligeramente inclinado hacia atrás (10 grados como mínimo), y también el respaldo en su parte superior, si bien esto último no lo creen otros necesario por parecerles preferible el respaldo enteramente recto.
Todavía es necesario fijarse, respecto de los bancos, en una condición nueva: nos referimos a la profundidad que debe tener el asiento (de atrás a adelante) para que el niño pueda guardar la posición higiénica.
La mayor parte de los higienistas han sostenido que el fémur debe descansar enteramente en el asiento, de donde han concluido que «la profundidad de éste debe ser igual a la longitud del fémur». Pero M. Cardot156 ha demostrado que esa dimensión debe reducirse a la que representan las tres quitas partes del fémur, no debiendo tampoco ser menor, pues, como con gran claridad hace ver, ni en uno ni en otro caso será fácil al alumno conservar la actitud normal.
Pero para que esto suceda no basta con dar al asiento dicha disposición. Si los 3/5 del fémur de un niño de 1 m 35 equivalen, por término medio, a 25 centímetros, y el mismo niño tiene de grueso de adelante a atrás, de 15 a 16 centímetros, resulta un intervalo de 9 o 10 centímetros entre el borde del pupitre y el estómago del niño, o entre la espalda de éste y el respaldo del asiento, que en unos casos y en otros obligará al alumno a tomar una actitud viciosa.
Para evitarla se ha tratado de determinar la distancia que debe mediar entre el borde interior del tablero de la mesa o pupitre y el respaldo del banco, formulándose, en su consecuencia, esta regla: «El grueso del cuerpo de delante a atrás, aumentado en algunos centímetros, da la distancia horizontal entre el respaldo del banco y la arista posterior del pupitre». Variando ese grueso de 15 a 18 centímetros en los niños de seis a trece años, propone M. Cardot, y con él el citado Bagnaux, que la distancia en cuestión varíe entre 18 y 26 centímetros, según la edad y el desarrollo físico de los escolares157.
Claro es que esta última distancia, dada la profundidad que hemos dicho del asiento, implica la necesidad de que el tablero del pupitre avance algunos centímetros sobre el banco (de 3 a 5, según los tipos), de lo cual resulta lo que higienistas y pedagogos llaman, en el lenguaje del mobiliario escolar, distancia negativa y también menos distancia, que es la más generalmente aceptada, y con arreglo a la cual se dispone la construcción de los mejores modelos de mesas-bancos, como puede observarse examinando los construídos según los sistemas de Cardot, Kaiser y Kumtse, por ejemplo, y el inglés de pupitre movible.
Para la mejor inteligencia de lo que aquí decimos y de frases que más adelante habrán de emplearse, conviene conocer los términos que al respecto de las distancias horizontales, se emplean en el lenguaje relativo a la construcción del mobiliario escolar.
Distancia positiva o más distancia designa el espacio libre que en sentido horizontal resulta entre el borde posterior del tablero de la mesa y el anterior del banco. Es la que tiene el antiguo mobiliario y la que más inconvenientes ofrece, por lo que se halla condenada por pedagogos e higienistas. De ella puede formarse idea exacta consultando la fig. 2ª.
Se dice que la distancia es nula, cuando ambos bordes (el posterior del pupitre y el anterior del asiento) coinciden en una misma vertical, no quedando ningún espacio libre entre la mesa y el banco. De esta distancia, que para muchos es la preferible y en gran número de casos resulta ser la más práctica, da idea la figura 6ª.

Distancia negativa o menos distancia, es aquella en que el borde del tablero de la mesa avanza algunos centímetros sobre el asiento, según puede observarse en la fig. 7ª.Esta distancia es considerada como la más higiénica, por lo que conviene adoptarla siempre que se pueda, a cuyo efecto debe tenerse en cuenta lo que decimos más adelante.
Últimamente, se dice distancia variable cuando la nula y la negativa se pueden convertir en positiva y ésta en negativa y nula mediante ciertos movimientos del pupitre o del asiento, por los cuales se facilita la adopción, que en otro caso sería imposible casi siempre, de la distancia negativa o de menos.
Sin duda alguna que la disposición que supone esta distancia es la que mejor favorece la actitud higiénica, impidiendo que haya intervalo alguno, entre los riñones del niño y el respaldo del asiento, y el estómago del primero y el borde del pupitre; con la distancia nula resulta siempre alguno, y más si el asiento tiene la profundidad de la longitud total del fémur, siendo mayor el intervalo cuando la distancia es positiva o de más. Pero es también indudable que cuando el asiento es fijo, la distancia negativa -que impone la que hemos dicho que debe mediar entre el respaldo del asiento y el borde posterior del tablero de la mesa- ofrece el inconveniente de embarazar demasiado al alumno, dificultando su entrada y salida y teniéndolo como aprisionado hasta cuando ni escribe ni lee. Para obviar semejante inconveniente se ha recurrido a diferentes procedimientos, mediante los cuales pueda variarse, según convenga, el intervalo en cuestión, resultando de ello la que hemos llamado distancia variable, la cual permite a los escolares ejecutar con desembarazo aquellos movimientos.
De este modo se ha vencido la dificultad mayor que ofrecen las mesas- bancos dispuestas con arreglo a los principios y las reglas que hemos dicho que deben presidir a su construcción, dando lugar a diferentes sistemas, de los que conviene conocer los tipos principales, no sólo para explicar el modo cómo se realiza lo que acaba de decirse, sino también para en caso de necesidad, que pueda el maestro decidirse por tal o cual clase de mobiliario, con algún conocimiento de causa.
Todos los sistemas de mesas-bancos que se han originado de la aplicación de los diversos procedimientos a que acabamos de aludir, tienen por objeto hacer posible la cine hemos llamado distancia variable (para poder obtener la negativa y la nula cuando convenga) y cabe reducirlos a estos tres grupos: 1º, los que logran la realización del fin propuesto por el movimiento del pupitre; 2º, los que lo realizan mediante el movimiento del asiento; y 3º, los que consiguen el mismo resultado por ambos medios a la vez.
El primer grupo comprende varios sistemas, a saber:
(a) El de Kumtse, de Chemnitz, en el que el tablero del pupitre se halla empotrado en unas correderas que le permiten bajar y subir, con lo que, una vez sentado el alumno, puede quedar a la distancia conveniente, y cuando termine el ejercicio no hay más que subir el tablero y queda el espacio necesario para los movimientos del niño, pues una vez corrido hacia arriba el tablero, deja libre entre el pupitre y el banco, un hueco de 12 centímetros. Este modelo, muy generalizado en las escuelas de Alemania y Austria-Hungría, y algo en las de Rusia, puede tener dos, tres y cuatro plazas; es de los más sencillos y económicos de los de pupitre movible, y está representado por ocho tipos, respondiendo a otras tantas edades de los niños: los asientos son continuos, pero con los respaldos aislados.
(b) El llamado de charnela, que tiene el tablero dividido trasversalmente con charnelas, a fin de que pueda levantarse la parte posterior y colocarla sobre la anterior, en cuyo caso deja el espacio suficiente para que el niño pueda ponerse de pie, salir y entrar: cuando está echada la parte posterior ofrece la distancia negativa. De este sistema hay modelos rusos e ingleses, siendo de notar entre éstos el del célebre oculista, doctor Liebreicht, de Londres, quien ha dado una disposición especial a su pupitre, merced a la cual ofrece la inclinación más favorable para la escritura cuando dicho tablero está echado (20º), y para la lectura cuando está levantado (40º). Este modelo tiene tres tipos para otras tantas edades, no obstante que el pupitre puede subirse y bajarse; el respaldo de su asiento es muy ingenioso, y se le imputa el defecto de resultar caro: los hay individuales, y los que se hallan dispuestos para dos o más plazas, tienen los asientos separados unos de otros, si bien en un principio asientos y respaldos eran continuos.
(c) El inglés de pupitre movible, en el que en vez del tablero se mueve el pupitre entero, que al efecto se halla montado en un pie derecho, que generalmente es de hierro fundido, provisto de unas correderas, que permiten al pupitre avanzar hacia el alumno cuando está sentado y escribe, y retroceder cuando va a levantarse y salir de su asiento; éste es independiente del pupitre, pero se halla fijo al suelo.
(d) El modelo del ingeniero francés Cardot, de París, adoptado últimamente con algunas modificaciones paralas escuelas de aquella capital. Unida la mesa y el banco, se articula el tablero de la primera por su cara inferior a dos palancas que giran paralelamente la una a la otra, sobre un eje colocado sobre la parte posterior de dichos pies. Mediante este ingenioso mecanismo, el pupitre, colocado en su posición natural, deja entre él y el banco el espacio suficiente para que el alumno pueda entrar a su asiento cómodamente; una vez sentado, el mismo alumno lo hace girar hacia sí, resultando con la inclinación necesaria para escribir y la distancia negativa; terminado el ejercicio, lo empuja hacia adelante y queda el intervalo que antes dijimos, y que le permite moverse y salir fácilmente de su asiento. No debe olvidarse que M. Cardot es uno de los que con más detenimiento y mejor sentido han estudiado todo lo concerniente a las dimensiones, distancias y demás condiciones higiénicas de la mesa-banco, por lo que sus cinco modelos pueden considerarse como de los que mejor satisfacen las condiciones exigidas por la Higiene. M. Cardot se decide por la mesa-banco para dos plazas, pero es común disponer su modelo para una sola158.
Los cuatro modelos que acaban de darse a conocer, pueden considerarse como los fundamentales de las mesas-bancos en que, para atender a las exigencias de la distancia negativa o de la nula, se da algún movimiento al pupitre159.
Respecto a los que las distancias necesarias se obtienen por los movimientos del asiento, pueden considerarse como los tipos fundamentales los dos siguientes:
(a) La mesa del doctor Kaiser, de Munich, muy recomendada y muy en uso en la Alemania del Sur. Tiene una distancia negativa para el alumno una vez sentado; y para que éste pueda sentarse y levantarse sin salirse de su sitio, dicho doctor ha hecho movible el asiento, el cual se inclina hacia el lado del respaldo dentro de un marco, y de este modo deja el espacio necesario para entrar y salir; al colocarse el niño en el asiento, desciende éste y queda en la posición horizontal, resultando la distancia negativa. Excelentemente adaptada esta mesa-banco a las exigencias higiénicas (dimensiones, distancias, respaldo, etc.), está dispuesta, por lo general, para dos plazas (lo que no empece que se construya para una sola), teniendo separados los asientos unos de otro, lo que también la hace recomendable.
(b) El modelo André, de Neuilly, en el que, siendo fija la mesa, la altura del asiento y la distancia negativa varían, lo mismo que el apoyo de los pies, merced a dos marcos triangulares que corren el uno sobre el otro y que hacen subir y bajar el asiento; a medida que éste sube, avanza más, en sentido horizontal, hacia la tabla del pupitre, con lo que al cabo resulta la distancia negativa, y las piernas se aproximan más al banco, es decir, a la postura vertical que deben tener. Semejante disposición, que ofrece ciertas analogías con la del doctor Liebreicht, se presta perfectamente a todas las adaptaciones posibles de la mesa a las diferentes tallas de los alumnos, lo cual la hace preferible a las demás que se fundan en el mismo principio; sin embargo de esto, Bagnaux la cree, y con razón, más apropiada para las clases de los alumnos de mayor edad, v. gr., las de las escuelas superiores y de las normales.
Con modificaciones más o menos importantes y aceptables del sistema que nos ocupa, se han dispuesto muchos otros modelos de mesas-bancos, que no creemos de necesidad dar a conocer aquí, pues con los descritos basta para que los maestros sepan a que atenerse respecto de este particular y puedan elegir con algún conocimiento de lo que desean160.
En cuanto a los sistemas que buscan la distancia variable por el movimiento del pupitre y del asiento a la vez, he aquí los principales tipos:
(a) El de la Sociedad para el mueblaje de las escuelas de Nueva-York; que como la generalidad de los sistemas americanos, es de buenas maderas y fundición, se halla dispuesto para una o cuando más para dos plazas, y del pupitre de un alumno forma parte el banco del de la otra fila; la tabla del pupitre se halla articulada de modo que pueda describir tres cuartos de círculo alrededor de la arista superior del respaldo y aplicarse verticalmente sobre éste en toda su longitud, y el banco se puede también levantar y replegarse sobre el mismo respaldo, de modo que las tres superficies pueden quedar aplicadas una sobre otra, y el mueble ocupar un espacio reducido, con lo que se facilita grandemente la circulación en la clase, sin producirse ruido.
(b) El nuevo modelo de Bapterosses, en el que al movimiento de arriba a abajo, que ya hemos visto que tienen los asientos en el primitivo, se añade otro análogo, y además de adelante a atrás del pupitre, el cual se halla dispuesto de este modo para una sola plaza y tiene el asiento en forma de taburete: en el pie derecho que contiene el pupitre, hay una especie de muelle, que a la vez sirve de apoyo a los pies, mediante el que el alumno da el movimiento que necesita.
(c) El de Gatter, de Viena, en el que reconociéndose la necesidad de obtener una distancia variable, se imitan a la vez modelos suecos, ingleses (el de Liebreicht) y americanos, resultando un mueble complicado, pero que puede plegarse de modo que permita, no sólo la circulación, sino ejecutar ejercicios gimnásticos en la clase, para lo cual está dispuesto especialmente.
De más interés que estos tres modelos son, por sus condiciones prácticas, algunos de los dispuestos de modo que la distancia resulte siempre la misma, sea invariable, por ser fijos el banco y la mesa. Prescindiendo de los que ofrecen una distancia positiva o de más, demasiado grande (de 10 y más centímetros entre la mesa y el banco), pues no pueden considerarse sino como correspondientes al mobiliario antiguo, deben mencionarse algunos de los en que la distancia en cuestión es reducida (de 3 a 10 centímetros), como, por ejemplo, el modelo del doctor Frey, de Zurich, y el de M. Train, de París, el primero de altura variable y el segundo fija, y ambos con respaldo independiente y aislado, siendo los asientos continuos. Casi todos los modelos correspondientes al sistema de mesas y bancos fijos con distancia invariable menor de 10 centímetros, ofrecen la particularidad que hemos notado en la mayoría de los sistemas americanos, de estar unido al pupitre de un alumno el asiento del de la fila anterior161.
De los sistemas que teniendo la mesa y el banco fijos ofrecen una distancia invariable, se separan más del mobiliario antiguo y más se aproximan al ideal higiénico, son los mejores, sin duda alguna, los en que la distancia en cuestión es nula, esto es, que la arista interior de la tabla del pupitre y la anterior del asiento coinciden en una misma vertical. Permite esta disposición simplificar grandemente el mobiliario (suprimiendo correderas, bisagras, piezas movibles, etc.), al propio tiempo que, siendo de una o de dos plazas (que es como deben ser), puede el niño, si no estar de pie enfrente de su pupitre, estarlo al lado de él, a derecha o a izquierda, según el asiento que ocupe, y con sólo hacer un ligero encorvamiento al salir de éste. Por los motivos ya indicados, se consideran los modelos que nos ocupan como los más prácticos. De aquí que prevalezca en muchas partes el sistema de la distancia nula, en cuanto que, aproximándose mucho esta distancia a la reconocida como más higiénica, pueden tener, y comúnmente tienen las respectivas mesas-bancos, todas las demás condiciones que hemos reconocido como necesarias desde los puntos de vista higiénico y pedagógico, en los modelos de distancia variable.
Entre las mesas-bancos de distancia nula invariable, merecen citarse como de las mejores, aparte de-la del doctor Bucher, de Crevelt (el principal mantenedor del sistema), las de los doctores Fahrner, de Zurich, y Guillaume, de Neufchatel, dispuestas como la de Buchner, para dos plazas, con bancos y respaldos continuos y altura fija. Para escuelas numerosas, en que el maestro no puede ejercer una vigilancia constante sobre todos los alumnos, y en que, por lo tanto, no es fácil evitar los movimientos bruscos y el ruido que aquellos pueden hacer al manejar las piezas movibles, nos parece este sistema el más práctico y conveniente de todos162; lo cual no obsta, para que respecto de las clases poco numerosas y que cuenten con recursos, recomendemos el de Cardot, que de entre los que tienen partes movibles, es el que de mejor manera y con menos inconveniente y ruido manejan los alumnos163.
Lo dicho hasta aquí al respecto de las distancias que deben mediar entre el pupitre y el respectivo asiento, parte de la base de que éste es fijo, ya por hallarse unido a la mesa, que es lo más general (sistemas Kumtse, Cardot, Lenoir, Liebreicht, André etc.), ya, lo que es menos común, por estar sujeto al suelo, aunque independiente de la mesa, como acontece con el modelo Bapterosses y con la generalidad de los ingleses de pupitre movible. En uno y otro caso, a lo que se mira es a que la mesa y el banco se hallen constantemente en un sitio fijo, sin que para guardar las distancias convenientes varíen de lugar: tal es lo que se entiende por asiento fijo, lo cual es independiente de los movimientos, que sin variar de sitio el banco, puede tener, como se ha visto, al efecto de obtener las distancias indicadas.
Dada la importancia que éstas tienen, parece fuera de duda que la disposición más conveniente es aquella en que mesa y banco están constantemente en un mismo sitio, fijos, bien por su unión mutua (formando ambos como un solo mueble), o por hallarse adheridos al pavimento, en el caso de que constituyan muebles realmente separados; pues cuando no sucede nada de esto, es decir, cuando los asientos son independientes de las mesas y no están fijos al suelo, no es tan fácil conseguir que el alumno guarde la conveniente distancia, que en tal caso es lo común que no sea negativa o de menos, y ni siquiera meramente nula, sino que resulte un intervalo demasiado grande entre el pupitre y el asiento.
A pesar de esto, existe actualmente cierta tendencia en favor del asiento completamente libre, con lo cual se aspira a crear en el niño, mediante la acción del maestro, el hábito de colocarse bien por sí mismo. Sin duda que este sistema es más educador que el que hace guardar la postura higiénica mediante procedimientos mecánicos; pero no puede negarse que éste es más eficaz al presente. Tratándose de la gran mayoría de nuestras escuelas, el sistema del asiento libre, además de que resultaría al cabo perjudicial para la salud de los niños, por lo mucho que se presta (a despecho de toda la vigilancia que se quiera tener) a que éstos tomen actitudes antihigiénicas, sería un cuidado más y nuevo motivo de trabajo para el maestro, cuya vigilancia se halla constantemente solicitada por multitud de variados objetos, para que hayan de añadirse otros nuevos. En las clases numerosas, que en mucho tiempo han de constituir la casi totalidad de nuestras escuelas, es perfectamente ocioso querer dejar encomendado a los esfuerzos de maestros y discípulos el mantenimiento de la distancia negativa o de menos, ni aun la nula, que por lo mismo que ha de parecerle al niño incómoda, -en los principios al menos,- pugnará por hacerla desaparecer y trocarla en una distancia más positiva de lo que, aun aceptándola, pudiera desearse164.
No por esto debe renunciarse en absoluto al procedimiento indicado, que creemos debe adoptarse desde luego para las escuelas primarias superiores, donde los escolares sean pocos en número y no menores de diez o doce años165, y por de contado, para los de las normales, a los que es conveniente, más que el otro, a fin de que el cuidado de la propia actitud (que creará en ellos un verdadero hábito) y las observaciones de los profesores, despierten en los futuros maestros la preocupación de la postura higiénica y de las condiciones del mobiliario escolar.
Así se ha hecho, por ejemplo, en la Escuela Normal Central de Maestras, en la que, al trasformarse al mobiliario por virtud de la reforma de 1882, se adoptó un modelo (por cierto tan bello como sencillo, como puede comprenderse consultando la figura 8.a), de mesa fija y silla movible para las alumnas de los cuatro cursos166, y las del especial para maestras de párvulos, y tres de mesa y bancos fijos (sistemas Kaiser, Cardot e inglés de pupitre movible), para las niñas de las tres secciones que constituyen su escuela práctica.
Recapitulando lo que hemos dicho acerca de los datos de que debe partirse para determinar las dimensiones y distancias de las mesas-bancos, resultan las conclusiones siguientes:
1ª La longitud de la pierna, desde el suelo a la rodilla, da la altura del asiento.
2ª La cavidad del estómago, sentado el niño y teniendo recto el tronco, determina el nivel a que debe encontrarse la arista inferior (la que da al alumno) del pupitre, y, por lo tanto, la altura a que el tablero de éste debe hallarse del suelo y del respectivo asiento.
3ª La altura de los riñones por encima del asiento, tomada al nivel de la cadera y aumentada en algunos centímetros, da la altura del respaldo.
4ª Los tres quintos de la longitud del fémur dan la profundidad del asiento.
5ª El grueso del cuerpo, de adelante a atrás, aumentado en algunos centímetros, da la distancia horizontal que debe mediar entre el respaldo del banco y la arista posterior del pupitre, e impone la distancia negativa, o por lo menos nula, entre éste y el respectivo banco.
Pero si, como ya se ha dicho, el mobiliario en cuestión debe acomodarse al niño y no éste al mobiliario, se comprende que las dimensiones y distancias que con arreglo a los datos expuestos se obtengan, no pueden ser las mismas para todos los niños, sino que necesitan ser diferentes, como diferentes son las tallas de los alumnos que concurren a las escuelas. De aquí la necesidad de que haya en cada clase varios tipos de mesas-bancos, que correspondan a las diversas edades, o mejor, tallas de aquéllos, pues si todos hubieran de acomodarse en bancos y mesas de iguales dimensiones y distancias, es claro que resultarían para muchos los mismos y aun más inconvenientes que hemos achacado al antiguo mobiliario.
Partiendo, pues, de los datos mencionados, hay que tener en cuenta para la determinación de las dimensiones y distancias, las diferencias de edad y de desarrollo físico que existen entre los niños que asisten a una misma escuela, y con arreglo a ellas disponer los tipos de mobiliario que debe haber en la misma, no olvidando que en las clases comunes, esto es, en las que concurren niños de seis a nueve, diez y aun once años, debiera haber cuatro tipos, o al menos tres, siendo realmente necesarios seis en las muy numerosas, sobre todo si asisten alumnos de más de once años, en los que suele variar la estatura de 90 a 180 centímetros167.
Lo que acaba de decirse impone la necesidad de muchas medidas tomadas en niños de edades y condiciones físicas diferentes, pues mientras más numerosas y variadas sean, más en camino se estará de que los resultados o términos medios que por virtud de ellas se obtengan, se ajusten mejor a las necesidades fisiológicas de la población escolar, y determinen con más precisión el número de tipos (tamaños) de mesas-bancos que sean menester para cada escuela, habida consideración al número y clase de sus alumnos168. De aquí se origina la variedad de datos de esta naturaleza que han procurado reunir los higienistas que con mayor empeño han estudiado y estudian los problemas relativos al mobiliario escolar, datos que es de sumo interés tener en cuenta, por lo que nos parece obligado ofrecer a nuestros lectores resúmenes de los más interesantes, acompañados de los que en correspondencia con ellos deben servir para determinar las dimensiones y distancias de las respectivas mesas-bancos. En ellos encontrarán los maestros y constructores del mobiliario que nos ocupa un guía seguro para sus determinaciones.
Fijándonos primeramente en los de M. Cardot, debemos decir que se fundan en mediciones hecha en 3.941 alumnos de ambos sexos de las escuelas públicas, cuando tuvo a su cargo la alcaldía del vigésimo distrito de París. Con los resultados que esas medidas le dieron, formó M. Cardot un cuadro completo de las dimensiones medias de dichos alumnos (de seis a trece años), divididos en cinco estaturas, que varían de 15 en 15 centímetros para los tres tipos mayores, y de 10 en 10 para los menores. En correspondencia con estos datos, que se refieren a cinco categorías de niños, clasificados según sus tallas, deduce M. Cardot las dimensiones y distancias, para otros tantos tipos o tamaños de mesas-bancos, según su sistema. Véanse los datos que contienen los dos siguientes cuadros en que resumimos su trabajo169.


Con arreglo a los datos que se resumen en los dos cuadros anteriores, se está llevando a cabo la transformación del mobiliario escolar en Francia, en donde de algunos años a esta parte se trabaja grandemente en este sentido, siendo muchos los modelos de mesas-bancos que se han ideado y ensayado170. De lo que acerca del particular se prescribía en el Reglamento de 17 de Junio de 1880 (fijando las condiciones del referido mobiliario), y de las conclusiones que posteriormente (Julio de 1884) ha emitido la Comisión de higiene de las escuelas en una Memoria dirigida al Ministro de Instrucción pública, resulta que el sistema Cardot es el que lleva la ventaja, según puede verse por lo que a continuación decimos. Con arreglo al Reglamento de 1880, debería haber en las escuelas cuatro tipos de mesas-bancos, con las dimensiones que se expresan en el siguiente cuadro:

Las conclusiones a que también hemos aludido prescriben asimismo cuatro tipos de mesas para las escuelas en que se reciban niños menores de seis años (es decir, para las de las poblaciones donde no haya salas de asilo), tres tipos (los 2º, 3º y 4º) para las en que no suceda esto, y un nuevo tipo (5º) para aquellas que tengan alumnos cuya talla exceda de 1 m 50. La talla de los alumnos es la que se toma por base, según puede verse en los datos que resumimos a continuación:

Son verdaderamente interesantes algunos otros extremos de los que se exponen en las conclusiones a que nos referimos, v. gr., lo referente al asiento y el respaldo171. Se prescribe que la inclinación del pupitre sea de 15 a 18 grados, no siendo menor nunca de 15; que el tablero este fijo y tenga todas las aristas redondeadas, y que la distancia entre el borde posterior del pupitre y el anterior del asiento sea negativa. A la manera que hemos visto que prescriben los reglamentos escolares, la Comisión cuyas son las conclusiones que nos ocupan, aconseja que al ingresar cada alumno en la escuela se le talle, y que esta operación se repita una vez al año con todos, inscribiéndose el resultado en los libros de matrícula; lo mismo se propone relativamente al estado de la vista de los niños. Tan útil y necesario es esto último, como hemos dicho que es la medición de la talla de los escolares, práctica que antes de ahora hemos aconsejado, y que desde que se planteó la reforma del Sr. Albareda (1882) se sigue en la Escuela Normal Central de Maestras, en donde al abrirse el curso se miden todas las alumnas de las clases prácticas, sin perjuicio de que se hace con cada una cuando ingresa. Y ya que de dicha Escuela tratamos, no estará demás decir que la transformación que, según antes hemos indicado, ha sufrido su mobiliario se basa principalmente en muchas y variadas medidas de las niñas y las jóvenes que a la sazón concurrían a aquellas aulas172.
Reforma análoga a la que acaba de darse a conocer propone la Comisión de higiene escolar en Francia, por lo que respecta al mobiliario de las Escuelas Normales de Maestros, cuyas mesas de estudio, dice, serán las mismas que las aconsejadas para las escuelas primarias, con la sola diferencia de cambiar les bancos por sillas, salvo en las clases dispuestas en forma de anfiteatro, para las que se dan reglas especiales, siempre en vista de las exigencias de la Higiene, y atemperándolas, en lo posible, a las propuestas para las mesas-bancos de las escuelas primarias173.
Según los sistemas varían los datos, aunque no en lo esencial, como puede juzgarse por lo que decimos a continuación.
Así, por ejemplo, el doctor Guillaume, de Neufchatel, divide a los niños en seis categorías, para cada una de las cuales se requieren dimensiones y distancias especiales, según expresa en el siguiente cuadro, que se refiere a las mesas y los bancos para alumnos del sexo masculino:
Los que sepan el interés con que en toda Suiza se miran las cuestiones que se relacionan con la educación pública, no mostrarán extrañeza alguna al saber que en la ciudad de Zurich, para obtener un buen mobiliario escolar, se ha sometido a todos los niños a las medidas necesarias, de las cuales han resultado los datos que se resumen en el siguiente cuadro (expresados en milímetros), y que sirven de pauta para la construcción de las mesas-bancos de aquellas tan bien atendidas escuelas:

El cuadro precedente requiere algunas explicaciones.
La mesa-banco a que se refiere, que es la adoptada en las escuelas de Zurich, corresponde al sistema de KoIler, y su pupitre al de Fahrner (adoptado en el cantón de Saint-Gall), estando dividido su tablero (a la manera del sistema que hemos llamado de charnela) en dos partes, fija la una y movible la otra; levantándose ésta, forma pupitre con la inclinación que se desea, con la ayuda de una charnela graduada y adaptada a los costados de la mesa; el niño puede mantenerse fácilmente en su sitio y ejecutar con holgura los movimientos de salir y entrar. Para la costura ofrece este sistema la ventaja de poderse dar al tablero la posición horizontal. La pendiente discrecional que puede darse al tablero responde, por otra parte, a las necesidades de la lectura, pues gracias a la inclinación que puede tomar el pupitre, cabe adaptarlo a la distancia necesaria para los niños predispuestos a la miopía. En cuanto al respaldo del asiento, consta, para los niños, de dos travesaños, destinado uno a sostener los riñones y el otro a servir de apoyo a la espalda, suprimiéndose el primero para las niñas, a causa de que el vestido les impide apoyarse completamente, y aumentando en 2 centímetros el ancho del segundo o respaldo superior. Las mesas que nos ocupan son de dos plazas, y como la de Koller, se hallan unidas a sus respectivos asientos por una especie de tarima o pequeña plataforma que se eleva sobre el suelo unos 20 centímetros.
Para terminar estos resúmenes, creemos que deben darse a conocer los datos que el doctor Erismann consigna en una Memoria dirigida a la Comisión del Museo pedagógico de San Petersburgo, relativamente a una clase-modelo. Con arreglo a ellos y a la talla de los alumnos rusos, se ha dispuesto para aquel país un modelo de mesa-banco, que empezó por introducirse en los establecimientos militares, y que hoy goza de bastante crédito. He aquí los datos del doctor Erismann:

Además de las mencionadas en las observaciones que preceden, deben reunir las mesas-bancos de las escuelas otras condiciones que no dejan de tener importancia.
La primera de ellas es que sean lo menos complicadas posible y tengan el menor número de piezas movibles que se pueda, no sólo por los inconvenientes de ruido, difícil manejo, etc., a que dan lugar las mesas-bancos en que no se tiene presente esta circunstancia, sino también por los desperfectos a que se prestan, que al cabo resultan costosos de reparar. Como ideal en este concepto, debiera tenerse la mesa adoptada para las normalistas de la Central de Maestras (fig. 8ª), que consta de dos pies derechos de hierro fundido, en cuya parte superior se halla fijo el tablero que hace de pupitre, con la inclinación necesaria, teniendo en su parte no inclinada el tintero empotrado, que se cubre con una tapa de metal fija al mismo tablero; por debajo de éste, y a una distancia de 15 a 20 centímetros, una tabla para colocar los libros, cuadernos, etc., y que por estar al descubierto por todas partes, permite la constante inspección del profesor, respecto del orden y el aseo que esta disposición facilita al alumno mismo, y que se hace más difícil con los cajones o cosa parecida que tienen otras mesas, y que suelen convertirse en depósitos de miasmas y en encubridores de los objetos que se desea poner fuera del alcance de la vista del maestro. Disposición tan sencilla, que creemos debiera procurarse acomodar a las escuelas primarias175, tiene además la ventaja de facilitar grandemente la limpieza de las clases (que se embaraza mucho cuando las mesas-bancos están, como las que nos ocupan, fijas al suelo y no son tan ligeras como ellas), y de asegurar la circulación del aire: no hay para que insistir en la importancia de ambas ventajas.

Aparte de todo esto, que se relaciona estrechamente con las condiciones pedagógico-higiénicas del mobiliario que nos ocupa, conviene advertir que su construcción, a la vez que sólida, no ha de ser apelmazada, y que al mismo tiempo que por su aspecto bueno y artístico, debe distinguirse por sus condiciones económicas; lo cual dice que no debe ser lujoso, en el sentido de emplear en él, como en algunas partes se hace, materiales muy caros (maderas de nogal, de roble, de haya, etc.); con buen pino o álamo (maderas que después de todo abundan en no pocas comarcas), se puede construir un excelente mobiliario, facilitándose a la vez su construcción para mayor número de escuelas, o permitiendo hacerlo más numeroso y realizar otras adquisiciones (de material de enseñanza, por ejemplo), allí donde los recursos consintieran emplear los materiales caros a que aludimos, cuya utilidad y conveniencia no vemos justificadas; el lujo y lo aparatoso no sientan bien en las escuelas, en las que deben predominar siempre lo útil, lo cómodo y lo conveniente, presentado en forma modesta, pero decorosa, al mismo tiempo que artística, según hemos dicho antes de ahora refiriéndonos a los locales.
En muchos modelos de mesas-bancos se emplea el hierro fundido como material de construcción, para pies derechos, travesaños, etc. Sin duda que con él ganan los muebles a que nos referimos en gallardía y sencillez, y hasta se facilita su aseo y la limpieza de la clase. Pero no deben perderse de vista los inconvenientes que ofrece su empleo al respecto de la economía y de la reposición de las piezas que se inutilicen, pues la gran mayoría de las escuelas radica en poblaciones que distan mucho de una fundición, y son muy pocas aquellas en que no haya al lado o cerca un carpintero capaz de arreglar un desperfecto y aun teniendo a la vista un modelo, construir las mesas y los bancos que se le pidan. Hay, por otra parte, muchas localidades en que la abundancia del pino y el álamo, por ejemplo, facilita la construcción del mobiliario que nos ocupa, con beneficio evidente, a la vez que para las escuelas, para la industria de carpintería, y no sería conveniente desaprovechar la ocasión. No quiere esto decir que desechemos el mobiliario en cuya construcción entre el hierro fundido; al contrario, en las escuelas cuyos recursos lo consientan y no sean un obstáculo los desperfectos a que hemos aludido, nos parece preferible, y desde luego lo recomendamos para las Normales de Maestros y de Maestras, en las que no tienen tanta importancia los inconvenientes, mencionados.
Para terminar estas indicaciones generales, falta decir algo respecto del color que deben tener las mesas-bancos y especialmente los tableros de los respectivos pupitres.
Depende esto, como muchas otras cosas de la escuela, de circunstancias especiales, en las que entran por mucho las condiciones de aptitud y celo que adornen al maestro. El ideal, respecto del punto que nos ocupa, consiste en dejar mesas y bancos del mismo color de la madera, por clara que sea, dándoles en vez de pintura dos manos de barniz, con lo que ganarán no poco, así bajo el punto de vista de la belleza como del aseo, pues el barniz no sólo resguarda, sino que permite y facilita la limpieza. Así es lo general disponer hoy el mobiliario que pasa como mejor construido y de mejores condiciones higiénico-pedagógicas; pero contra esta disposición se alega, y no sin razón, el inconveniente que ofrece un color tan clara (como generalmente resulta, dada la índole de las maderas que es lo común emplear para estos muebles), al respecto del aseo, por las manchas de tinta y de otra naturaleza que con frecuencia echan los niños en sus mesas y aun en los bancos, y, sobre todo, en el tablero del pupitre. De aquí que muchos prefieran pintar el mobiliario con colores oscuros, llegándose por algunos, como Cardot, por ejemplo, a pintar de negro dicho tablero, que, en este caso suele aprovecharse como encerado.
El tablero completamente negro nos parece, además de poco estético, algo antihigiénico para la vista, por lo mucho que absorbe la luz, y por motivo también del contraste que resulta entre él y el color blanco del papel en que los niños escriben o leen. Pero al mismo tiempo reconocemos que al respecto de la limpieza es preferible, aun con este inconveniente, para las escuelas en que por el excesivo número de alumnos o por falta de condiciones en el maestro, no sea fácil tener el cuidado que los colores claros requieren; en semejante caso, lo más práctico será el tablero de la mesa negro y todo lo demás de ésta y el banco, de un color oscuro y con barniz encima.
Esto no quiere decir que deba renunciarse en absoluto a los colores claros, como el que resulta de barnizar el pino en blanco, por ejemplo: en las escuelas en que el número de niños sea corto, puede un buen maestro, con algún celo y un poco de cuidado, no sólo lograr que mesas y bancos permanezcan limpios de manchas, sino que para conseguir esto cultivará en sus alumnos el gusto de la limpieza, dándoles prácticamente hábitos de aseo. Tiene esto un sentido educativo, que de seguro no se oculta a un maestro medianamente penetrado de su ministerio, y como lo que hemos dicho a propósito de los asientos libres, debe desde luego, y por lo mismo, aprovecharse para los alumnos de uno y otro sexo de las Escuelas Normales, en las que el mobiliario debe, en su consecuencia, estar barnizado sobre el color natural de la madera y ser ésta más clara que oscura. Después de todo, el ensayo está hecho con satisfactorios resultados, no sólo en el extranjero, sino también en nuestro país176.
De lo expuesto en el presente capítulo resulta la necesidad de introducir una gran reforma en el antiguo mobiliario de las escuelas, y que en todas partes se está realizando, con un entusiasmo que corre parejas con el éxito alcanzado y la importancia del asunto, la transformación que semejante reforma supone. El movimiento iniciado hace algunos años en favor de un mobiliario escolar en el que se tengan en cuenta con las necesidades pedagógicas de las clases las exigencias higiénicas de los alumnos, ha trascendido del terreno de la teoría al de la práctica, y empezado ya a dar los resultados más satisfactorios. El nuevo mobiliario, no obstante las dificultades con que las escuelas públicas luchan por doquiera, se generaliza en todos los países, y de sus ventajas y necesidad se penetran cada día más las personas llamadas a intervenir en las cuestiones escolares, y muy especialmente los maestros, que es a quienes incumbe en primer lugar poner de relieve la necesidad de esta clase de innovaciones, ensayarlas en la práctica y aquilatar el valor y alcance de sus resultados.
Cualquiera que sea el mérito que se conceda a cada uno de los diferentes sistemas de mesas-bancos que hemos dado a conocer, no puede negarse que todos ellos representan progresos grandemente estimables respecto del material antiguo, a la vez que son expresión del deseo de satisfacer las necesidades fisiológicas de los niños y de hacer a éstos más llevadera y menos nociva su estancia en la escuela.
Los puntos esenciales sobre que descansa la reforma en cuestión son: acomodar las dimensiones de las mesas y los bancos a la talla del alumno, y hacer que éste guarde la actitud normal y no tome posturas viciosas, a lo que responden principalmente las distancias que se prescriben entre la mesa y el banco y la exigencia de que éste tenga respaldo. Si a esto se añade la tendencia, nacida de exigencias higiénicas y pedagógicas a la vez, de que la mesa-banco sea individual, o a lo sumo de dos plazas, que es lo más práctico, procurándose en este segundo caso (como siempre que no sea individual) que los asientos y sus respaldos sean en lo posible independientes entre sí, habremos resumido los extremos sobre que descansa la reforma del mobiliario escolar, cualesquiera que sean los procedimientos o modos de construcción que se adopten: todos los sistemas y tipos que hemos dado a conocer giran sobre estos extremos, en los cuales descansa el ideal que la Pedagogía y la Higiene persiguen de consuno al respecto de dicho mobiliario.
Aunque con más lentitud de la que fuera de desear, empieza a introducirse en nuestras escuelas primarias el nuevo mobiliario, en consonancia con el movimiento y la reforma a que acabamos de referirnos. En bastantes escuelas de Madrid y de provincias, figuran ya mesas-bancos dispuestas con arreglo a algunos de los sistemas que hemos dado a conocer, siendo de notar que hay cierta tendencia a preferir las individuales, lo que dadas las condiciones de recursos y local de la mayoría de las escuelas españolas, no parece lo más conveniente por ser lo menos práctico; es, no obstante, un buen síntoma, pues revela propósitos muy estimables, que deben alentarse, encauzándolos, por cuantos medios sea posible177.
La Exposición escolar, celebrada en Madrid por consecuencia de nuestro Congreso nacional pedagógico de 1882, ha contribuido en gran parte a dar relieve, rectificándolo en el mejor sentido, al movimiento que en favor del mobiliario de las clases se había iniciado algunos años antes entre nosotros, especialmente en la corte, donde algún que otro celoso representante del Ayuntamiento y la Junta municipal de instrucción primaria178 había acometido la empresa -harto descuidada por lo general y no siempre llevada a cabo con la corrección apetecida- de mejorar, con arreglo a los últimos adelantos, el mobiliario y el material de enseñanza de las escuelas primarias. En dicha Exposición se pusieron de manifiesto los defectos de mesas-bancos que para muchos pasaban como inmejorables o poco menos, se establecieron comparaciones entre unos y otros modelos, y se dieron a conocer algunos de éstos, que para no pocos maestros eran desconocidos, no obstante sus evidentes ventajas y el crédito de que a la sazón gozaban ya en otras partes. Con todo ello se contribuyó notablemente a impulsar la reforma que nos ocupa, haciéndola más viable y beneficiosa, e interesando en ella a muchas de las personas que hasta entonces la habían mirado con indiferencia179.
Entre los centros docentes que han secundado de un modo más cumplido el pensamiento de esa reforma, debe colocarse en primer término la Escuela Normal Central de Maestras, que al transformarse en su manera de ser pedagógica, por virtud de la reorganización que lo diera en 1882 la fecunda e inteligente iniciativa de los Sres. Albareda y Riaño (como Ministro y Director de Instrucción pública y autores del decreto de 13 de Agosto)180, transformó también, con gran sentido pedagógico, su material de enseñanza y el mobiliario de sus clases.
Con el intento de poder apreciar experimentalmente las ventajas de diferentes sistemas de mesas-bancos, se han adoptado para las tres secciones en que se halla dividida la escuela práctica, las de Cardot, Kaiser e inglesa de pupitre movible (todas más o menos modificadas), habiéndose construido en Madrid181 bajo la dirección del profesorado de dicha Normal182 y previas las medidas de las niñas, según antes de ahora se ha dicho, lo que dio por resultado la necesidad de cuatro tipos o tamaños de cada modelo. Todas las mesas son individuales (los recursos con que se contó consintieron que fuese así, y el local lo permite también), y de los tres sistemas se obtienen en la práctica buenos resultados, si bien las maestras estiman bastante superiores los que ofrece el de Cardot, que tan fácil y convenientemente manejan las niñas, según antes de ahora hemos indicado.
Para las alumnas de la Escuela Normal se ha adoptado un modelo, también individual, de mesa fija y asiento libre (silla) que representa la fig. 8ª y que puede considerarse como propio de la Escuela, y, por lo tanto, como español. Descrito más arriba183, sólo nos resta añadir que este mobiliario se ha construido bajo la misma dirección y por el mismo artista que el anterior y previas mediciones análogas a las que antes se han indicado, de las cuales resultó ser necesarios tres tamaños diferentes. De igual clase son las mesas adoptadas para el Curso especial de Maestras de párvulos, y para una de las aulas184 de la Universidad Central; las de este último centro son para dos plazas en vez de individuales.
También el Museo de instrucción primaria de Madrid ha hecho ya en este sentido algo de lo mucho y bueno que está llamado a hacer en correspondencia con los fines de su institución185. Además de la exposición permanente de mobiliario escolar que en él puede estudiarse, y que constituye hoy una de las secciones más interesantes y ricas de las varias que lo forman, su Director ha facilitado medios y hecho indicaciones a varios artistas, maestros y otras personas para la construcción de dicho mobiliario, del que se hace, por lo tanto, un estudio constante y de aplicación en nuestro Museo pedagógico.
A esta acción beneficiosa sedebe, en gran parte, la reforma que en varias escuelas de provincias se ha realizado o se prepara por lo que respecta al mobiliario, según ya se ha indicado. Para facilitarla y procurar que se generalice todo lo posible, el mencionado Museo ha pensado en la necesidad de ofrecer a los maestros un sistema de mesas-bancos que por sus condiciones de construcción y baratura, sea a propósito para la mayoría de nuestras escuelas, y al efecto, y tomando por base el adoptado para las escuelas de París (que a su vez se funda en los principios y datos de Cardot), ha dispuesto la construcción del modelo que representan las figuras 9ª y 10ª, y que, a nuestro entender, se recomienda por varios y muy atendibles motivos.
El examen atento de dichas figuras y la descripción que a continuación hacemos, convencerán a los maestros de las razones que nos asisten para hacer esta afirmación.
El modelo adoptado por nuestro Museo pedagógico se halla dispuesto para dos plazas, que, como reiteradas veces hemos dicho, es lo más práctico, por motivos de economía de espacio y dinero. Ni la mesa ni el banco, que son completamente de pino (como el material que es más fácil de obtener aun en poblaciones pequeñas, facilitando, por lo tanto, en casi todas partes la construcción del mobiliario), tienen pieza movible alguna, lo cual constituye una ventaja positiva para la mayoría de las escuelas (para las numerosas especialmente), pues que se evitan los ruidos, los desperfectos y aun los accidentes para los niños de que suelen ser origen los muebles que constan de piezas movibles, sobre todo cuando la acción del maestro no puede ser todo lo eficaz que debiera. La circunstancia de no tener pieza alguna movible, obliga a que mesa y banco sean fijos, y constituyan en el modelo que describimos, un solo mueble.

La misma circunstancia obliga también a que la distancia entre el borde posterior del tablero que forma el pupitre y el anterior del asiento, sea meramente nula en vez de negativa o de menos, que es considerada como a más higiénica, según antes de ahora se ha dicho. Para que el niño guarde, no obstante esto, una buena posición, la distancia entre el borde posterior del pupitre y el respaldo del banco, resulta en dicho modelo, como no podía menos, igual a la profundidad del asiento, que es en el mismo de 21 centímetros, equivalentes a los 3/5 del fémur de los niños a que corresponde el tipo en cuestión (niños de seis a siete años). Para facilitar la entrada y salida de los alumnos (que siempre serán algo incómodas por ser invariable la distancia nula), el banco es algunos centímetros más corto que la mesa, lo que hace que puedan realizarse con más holgura dichos movimientos, máxime cuando cada niño entra y sale por un lado.

El banco es de los que hemos llamado de asientos continuos, circunstancia que también se observa en los respaldos y que obedece a la sencillez y la economía de la construcción. El asiento está formado por dos listones anchos, ambos con inclinación de unos dos centímetros hacia el centro, de modo que forman entre sí un pequeño ángulo, con lo que se hace más cómoda la posición de los alumnos. El respaldo, sin ser demasiado alto (de 19 centímetros sobre el asiento), es lo suficiente para que el niño pueda apoyar bien en él la región lumbar: tiene también una pequeña inclinación hacia atrás en su parte superior.
El tablero que constituye el pupitre, en la mesa a que nos referimos, es de una sola pieza, sin parte alguna plana, sino todo él inclinado, lo cual implica y abarata mucho la construcción. Dicho tablero tiene en su parte superior, a la altura de los tinteros, que se hallan empotrados en él, una media caña bastante profunda para colocarlas plumas, lapiceros, etc., sin temor de que se rueden y caigan; en su borde inferior contiene un baquetoncito para impedir que se caigan las planas, los cuadernos, libros, etc.186 El tablero de que tratamos ofrece una inclinación de 18 grados, y se halla pintado de negro, de modo que resulte mate como el del Cardot, lo cual tiene por objeto procurar la limpieza y el buen aspecto de las mesas, evitando al maestro cuidados que no siempre puede tener; el resto de la mesa y el banco pueden pintarse de un color oscuro, dándoles encima una mano de barniz, como al tablero, para que puedan lavarse.
Por debajo del tablero que hemos dicho que hace de pupitre, y a una distancia de unos 10 centímetros, hay en el modelo que nos ocupa una tabla completamente horizontal y al descubierto por ambas partes (por delante y por atrás de la mesa), destinada a que los alumnos coloquen sus libros, cuadernos, etc.: ya se ha dicho que esta disposición es preferible al cajón o taquilla cerrada, por motivos de limpieza y para la vigilancia del maestro.
Tal es, en suma, el modelo de mesa-banco aceptado como más práctico por el Museo pedagógico de Madrid, y que nosotros estimamos aplicable a la gran mayoría de nuestras escuelas primarias, por las razones que quedan apuntadas.
Se comprende que, una vez adoptado dicho modelo, hay que disponer las mesas-bancos que conforme a él se hayan de construir, con arreglo a varios tipos o tamaños (tres debieran ser por lo menos), en correspondencia con las tallas de los niños que asistan a la respectiva escuela. Determinado el número de los tipos, las dimensiones del mobiliario se ajustarán a las que en relación con las respectivas tallas se exponen en el segundo de los cuadros de M. Cardot que más arriba insertamos, teniendo en cuenta las modificaciones que se indican en la descripción que acaba de hacerse, respecto de algunas dimensiones.
Ocioso parece, por otra parte, advertir que siempre que las condiciones y los recursos de la escuela lo consientan, debe mejorarse el modelo descrito haciéndolo individual, empleando en él el hierro fundido o maderas superiores al pino, barnizándolo sobre el color de éstas, dándole una distancia variable para que pueda tener la negativa, y, en fin, aproximándolo en todos conceptos a lo que hemos dicho que debe considerarse como el ideal en esta materia, de todo lo cual no resultarán sino ventajas para el buen régimen de la escuela y la salud de los alumnos187.
La índole de estas escuelas, tanto por la edad de los niños que a ellas concurren, como por la clase de ejercicios que en las mismas se practican, requiere un mobiliario especial.
No queremos referirnos con esto, ciertamente, a la clásica gradería, que a la vez que un contrasentido pedagógico, es un elemento antihigiénico. Si en un concepto es expresión gráfica en la escuela de párvulos del tradicional intelectualismo, que favorece a maravilla, ofrece en otro todos los inconvenientes propios del hacinamiento de muchos alumnos en muy reducido espacio, con más los inherentes a la bajada y subida de niños pequeños por escalones estrechos. Añádase a esto lo incómoda que es para la posición sentada (lo que hace que los niños tomen en ella posturas tan reprensibles al respecto de la higiene como al de la urbanidad, cuando se prolongan los ejercicios, lo cual es harto frecuente que suceda)188, y lo mucho que favorece la inacción y aun el sueño de los niños más pequeños,-a los que no siempre pueden interesar las conversaciones y explicaciones que con los mayores sostiene el maestro, el que, por otra parte, no es fácil que pueda atender debidamente y dirigirse a la vez a todos los escolares,- y se comprenderá sin gran trabajo las razones por que va desapareciendo la gradería de las escuelas de párvulos, en las que más que en ningunas otras se impone la exigencia de que la maestra está constantemente entre sus alumnos, no se mecanicen los ejercicios, y los de carácter físico sean cosa muy distinta de los automáticos (los de levantarse y sentarse por ejemplo) que, cual si se tratara de polichinelas, se hace practicar a los pobres niños en la susodicha gradería, para consolarlos y compensarlos, sin duda, de la falta de juego189.
En las escuelas de párvulos debe haber, como en las demás, mesas y bancos, éstos con sus respaldos correspondientes, y acomodadas las dimensiones y distancias de unas y otros a la talla de los niños, por lo que no debiera tenerse en cada escuela menos de tres tipos o tamaños de los cuerpos de carpintería a que nos referimos.
Para el caso de que escriban algunos niños, que serán siempre los mayores, puede adoptarse para ellos, por lo que a las dimensiones y distancias respecta, el tipo más pequeño, o sea el primero (del correspondiente a la talla de 1 m a 1 m 10 centímetros) del sistema Cardot, pero dispuesto de modo que el tablero del pupitre pueda quedar completamente horizontal cuando se trate de otros ejercicios, v. gr., los juegos y trabajos manuales de Frœbel, que cada día se generalizan más en las escuelas de párvulos de todos los países, incluso Francia, donde con la nueva denominación de escuelas maternales, se están transformando en Jardines de la infancia las antiguas salas de asilo. Si todos los niños de la escuela hubiesen de escribir o entre los que deban hacerlo los hubiera de diferentes edades, pueden adoptarse diferentes dimensiones (tres o dos, según las tallas) para las mesas-bancos, las cuales podrán ser en ambos casos individuales o de dos plazas, según lo permitan los recursos de la escuela y la superficie de las clases190.
Para los párvulos que no escriban y practiquen los juegos y trabajos manuales a que antes hemos aludido, debe haber mesas especiales, que pueden disponerse para más de dos plazas, para cuatro o cinco a lo sumo. El tablero de estas mesas ha de ser enteramente horizontal y tener de ancho de 30 a 35 centímetros, con una longitud de 45 por alumno, por lo que si está dispuesta para tres de éstos será de 1 m 35 de larga, y si para cinco, de 2 m 25; la altura puede variar de 45 a 52 centímetros, según la talla de los niños que hayan de ocuparla, y para la que en una de las escuelas de que tratamos, se necesitan por lo menos tres tipos de mobiliario. En cuanto a los bancos, su longitud queda determinada por la de las respectivas mesas; su ancho de adelante a atrás, será de unos 20 centímetros, y su altura, desde el suelo, de 28 a 31; la del respaldo, desde el asiento, de 15 a 18191.
Es aplicable al mobiliario de las escuelas de párvulos cualquiera que sea, lo que relativamente a la posición que deben guardar los alumnos, condiciones y materiales de su construcción, pintura, etc., hemos dicho más arriba. Tratándose de los pupitres, sean para una o para dos plazas, mesas y bancos deben estar fijos en el suelo. Respecto del que acaba de ocuparnos, deben tenerse en cuenta las observaciones que hemos expuesto en otro lugar192:
«Dicho mobiliario, -decíamos,- ha de ser, en primer término, portátil, es decir, que no ha de estar fijo en el suelo como es costumbre en dichas escuelas, sobre todo, tratándose de las mesas-pupitres; esta condición se impone por el espíritu mismo del método de Frœbel, según el cual, en el Jardín de la infancia todo debe ser acción, movimiento, y los ejercicios que se practican de ordinario en las clases o salas de labor, deben llevarse a cabo algunas veces en el patio o el jardín, siendo los niños mismos los que trasladen las mesas y los bancos de una parte a otra; aun dentro de la clase debe variarse algunas veces la disposición de dicho mobiliario, siendo también los niños los encargados de realizar estas variaciones. Semejante circunstancia impone otra condición, cual es la de que el mobiliario que nos ocupa sea ligero, para que los niños puedan trasladarlo fácilmente, y, por lo tanto, sencillo a la vez que sólido, a fin de que no exija reparaciones; por este motivo es menester que no ofrezca complicaciones».
Cuanto hemos dicho respecto del mobiliario de los niños en general, es aplicable al del maestro, respecto del que el lujo es más censurable, por lo que proceden erróneamente los que se afanan por procurarse un mobiliario aparatoso, en el que se invierten inútilmente recursos que acaso hagan falta para remediar verdaderas necesidades; obrar así ofrece además el inconveniente de dar un mal ejemplo de vanidad y egoísmo.
En la disposición de su mobiliario no debe olvidar el maestro que su misión no le lleva a sentarse delante de su mesa a modo de catedrático, sino a circular constantemente entre sus alumnos, a conversar con ellos familiarmente, a hablarles como un padre conversa con sus hijos. De aquí que no debe preocuparse mucho de la plataforma, que como no ha de convertir en cátedra, no tiene necesidad de que sea muy elevada, ni menos cerrada a guisa de fortaleza: lo mejor es suprimirla.
La mesa será sencilla, cómoda y decorosa, de construcción y materiales modestos, a manera de las de los alumnos, a las que será en un todo semejante por lo que respecta al tamaño, la inclinación del pupitre, la altura del asiento, etc.: las mismas reglas que hemos dicho que deben presidir a la construcción de las de los alumnos, deben servir de base para la del maestro, con la modificación de que el asiento sea completamente libre. De este modo, es decir, con el ejemplo, le será más fácil hacer que sus discípulos conserven las actitudes convenientes, al paso que él mismo se habituará a tenerlas, con beneficio de su propia salud.
En cuanto a la situación, no ha de esforzarse el maestro por instalar su mesa y asiento en el centro de uno de los lados de la clase, cuando la colocación del encerado (que debe estar frente a los alumnos) y alguna otra circunstancia puedan ser obstáculo para ello: como el maestro ha de sentarse raras veces, es inútil darle el lugar central, como es común, y el cual corresponde más bien al encerado, delante del cual no debe haber nada que estorbe a los alumnos ver bien las operaciones que en él se practiquen.
Por último, no estará demás advertir que tratándose de las escuelas de párvulos, se impone más todavía, si cabe, la exigencia de la sencillez respecto del mobiliario del maestro, y resulta más innecesaria la plataforma a que antes hemos aludido, por lo mismo que en dichas escuelas se hallan más obligadas las personas que regentan sus clases (que siempre debieran ser maestras) a prescindir del asiento, para estar de continuo entre los educandos, los que más que explicaciones didácticas necesitan dirección genuinamente educadora y cuidados maternales.
En las cuestiones relativas al mobiliario de las clases, como en todas las que atañen al régimen general de la escuela, el primer factor con que debe contarse es el maestro, de cuyas condiciones pedagógicas (aptitud, celo y amor por la niñez, y la educación, inteligencia y cultura, etc.), depende en primer término la eficacia de los elementos de que disponga para el cumplimiento de su misión.
El buen maestro puede atenuar mucho los defectos y suplir algunas de las deficiencias de un mobiliario inadecuado. Y cuando la naturaleza de estas faltas no le permita subsanarlas por sí, seguramente que no dejará de tener medios con que remediarlas, ora valiéndose de la persuasión respecto de las autoridades a quienes incumba satisfacer las necesidades de la escuela (y a este propósito no se le recomendará bastante el tacto y la diplomacia bien entendida en sus relaciones con dichas autoridades), ya acudiendo con la eficacia de sus esfuerzos personales, a atenuar en lo posible los efectos de semejantes faltas, desplegando toda la actividad, todo el celo y toda la vigilancia que requieran las circunstancias. Por el contrario, con un maestro poco celoso, que no sienta entusiasmo por su profesión, el mobiliario mejor acondicionado puede ser hasta contraproducente en sus efectos.
El maestro debe tener presente -y más tratándose del mobiliario- que, como dice un proverbio muy repetido, lo mejor es muchas veces enemigo de lo bueno. En este sentido, antes de decidirse por tal o cual modelo, deberá estudiar las condiciones de su clase (así con respecto a su parte material como al número de los alumnos que deba contener), enterarse bien de los recursos de que disponga, y ver hasta dónde puede contar consigo mismo. Según lo que de este examen resulte, deberá proceder en la elección a que nos referimos, sin dejarse llevar de vanidades y pretensiones mal entendidas, que siempre son malas consejeras, ni menos de emulaciones pueriles, que de continuo resultan perjudiciales para aquellos que las sienten; sino procediendo en todo con calma y reflexivamente, y atemperándose a lo factible y preciso. El maestro que por igualar lo que tenga un compañero, cuando no por superarlo, se decida por tal o cual sistema de mesas-bancos, sin contar para nada con las condiciones antes dichas, dará pruebas de ser hombre poco reflexivo, de obedecer en sus decisiones a móviles vanos, y de no estar a la altura de su misión. Esto aparte de que lo natural es que luego tenga que arrepentirse de sus decisiones, por no poder soportar la carga que inconscientemente haya echado sobre sus hombros.
Por esto nosotros hemos procurado, en las observaciones que contiene este capítulo, poner al lado de lo mejor lo bueno, y señalar con el ideal lo práctico, según las circunstancias en que pueden encontrarse la escuela y el maestro. Lo que en unas partes puede ser una conveniencia y hasta una necesidad, podrá ser en otras un inconveniente grave.
Recordemos a este propósito que las mesas-bancos individuales (para una sola plaza), que están consideradas por higienistas y pedagogos de consuno como las mejores, pueden en muchos casos ofrecer inconvenientes que hagan imposible su adopción, v. gr., en los escuelas pobres, en las clases que no tengan la necesaria extensión superficial, y, en general, en las frecuentadas por muchos alumnos. En las que se dé esta última circunstancia, o el maestro no reúna las condiciones de aptitud antes indicadas, ofrecerán también inconvenientes los pupitres y asientos movibles (siquiera en el primer caso reúnan las buenas condiciones de los del sistema Cardot), y los tableros barnizados sobre el color de la madera. Por la misma razón podrá resultar inaceptable la distancia variable mediante la que se obtenga la negativa, que hemos considerado como la mejor, y ser preferible la invariable siempre que resulte la nula; así sucede en el modelo que antes hemos recomendado como el más práctico para la generalidad de nuestras escuelas. Por análogos motivos son muchas veces preferibles los asientos continuos o corridos a los aislados, y así de otros particulares de los que hemos tocado al hablar de las mesas-bancos.
En suma, todas estas cuestiones exigen verdadera circunspección por parte del maestro, el cual no debe olvidarse nunca de que la intemperancia en el pedir y los entusiasmos del momento y, como tales, irreflexivos, son casi siempre perjudiciales a las reformas más beneficiosas y más justificadas, sobre todo cuando lo que se pretende lucha con lo factible y no encaja en la práctica.
Esto no quiere decir, ciertamente, que el maestro, cualesquiera que sean las circunstancias en que se encuentre, haya de permanecer indiferente ante el movimiento que en todas partes se observa vigoroso, en favor de la reforma del mobiliario escolar, y, por ende, encontrarse como bien hallado con las antiguas mesas-bancos, que tantos y tan graves inconvenientes ofrecen para la buena organización pedagógica de las escuelas y para la salud de los alumnos. No es esta la intención que entrañan las precedentes observaciones. Todo maestro que estime en lo mucho que vale su elevada y delicadísima misión, que se precie de ser escrupuloso cumplidor de sus deberes, y que se sienta animado de verdadero amor a la niñez, no podrá quedar extraño a la reforma que nos ocupa, en pro de la cual está obligado a hacer por su parte cuanto le sea dado, en la medida que le permitan las circunstancias en que se encuentre. La sustitución de los antiguos cuerpos de carpintería por algunos de los sistemas de mesas-bancos que quedan descritos y hemos recomendado como aceptables, como un progreso respecto de aquel mobiliario, se impone a todo maestro como una necesidad imperiosa, a la vez que como un deber de conciencia. Que no deba aspirar a poner en práctica lo mejor, el ideal, cuando no se lo consientan los elementos con que cuente, no quiere decir que deje de llevar a cabo todo aquello de dicha reforma que sea hacedero, siempre con la tendencia de dotar al mobiliario de su escuela de la mayor suma posible de condiciones higiénicas. Una cosa es que proceda en esto con la circunspección que acabamos de aconsejarle, al intento de no comprometer ni malograr el fin que persiga, y otra muy distinta que sufra impasible la imposición de tales o cuales obstáculos, y cruzándose de brazos ante ellos, nada haga para introducir en su clase reforma tan beneficiosa y necesaria, y para lograr que desaparezca de ella a todo trance el antiguo mobiliario.
Para concluir este punto, debemos advertir, así a los maestros como a cuantas personas intervienen en las cuestiones escolares, que las concernientes al mobiliario de las clases entrañan capital importancia, como es evidente que la tienen todas las que como ellas pueden influir más o menos directamente en la amplitud de los diámetros del pecho, en la rectitud de la talla y, por consiguiente, de la columna vertebral, en el buen estado de la vista y hasta en la moralidad de los niños. La reforma que, como la de que tratamos, tiene por objetivo la realización de fines tan interesantes, reviste, sin disputa, -como hace observar M. Riant,- indiscutible importancia, y es de realización urgente, toda vez que mediante ella se tiende, no ya sólo a preservar la salud de la población escolar, favoreciendo el desarrollo físico de las nacientes generaciones, -lo que, ya de por sí es del mayor interés, -sino además, y como consecuencia obligada de ello, a fortificar y, por ende, a mejorar la raza, fisiológica y moralmente hablando.
Aunque el material de enseñanza no revista, al respecto de la Higiene, tanta importancia como el mobiliario de las clases, no por ello deja de tener alguna, y de merecer, en lo tanto, que se le considere en esta relación, máxime cuando parte de él -el más común y necesario, sin duda, -puede influir favorable o adversamente, según que sus condiciones sean buenas o malas, en los órganos de la vista, como veremos en las observaciones que siguen.
A pesar de esto, y sin duda por las dificultades económicas que el asunto ofrece, es lo cierto que hasta el presente se ha hecho poco al intento de dotar al material de enseñanza de las condiciones que debe reunir para satisfacer las exigencias de la higiene del alumno; bien es verdad que en sus condiciones pedagógicas deja todavía bastante que desear.
En una obra de la índole de la presente, no podía dejarse de tratar asunto de la naturaleza del que nos ocupa, siquiera no sea con otro fin que con el de compendiar las opiniones más autorizadas que acerca de él se han emitido, y respecto de las cuales creemos útil llamar la atención de los maestros: tal es el objeto de las observaciones que siguen.
Ya al tratar en la primera parte (cap. II) de la Higiene especial de la lectura, se hicieron algunas indicaciones, que pueden considerarse como la base de los requisitos que la Higiene aconseja para los libros de lectura que se pongan en manos de los escolares.
El primero de ellos se refiere al color del papel en que deben imprimirse dichos libros, color que, en opinión de los higienistas, debe ser amarillento o agarbanzado, como más ventajoso para la conservación de la vista, a la que el muy blanco ofende, por refracción de la luz193. El papel que por ser muy delgado se transparenta, o el que se cala, resulta también perjudicial, porque hace el texto confuso.
Los demás requisitos se refieren a los tipos de letra y la longitud de las líneas: acerca de ellos se han hecho observaciones minuciosas, que resume el doctor Fonssagrives en estos términos194:
«La excesiva pequeñez de los caracteres de los libros de clase, dice, es una causa de miopía; Javal ha recriminado igualmente en este concepto la estrechez de las letras, y ha formulado la siguiente proposición: Que la legibilidad de un texto, más que de la altura de las letras, depende de su anchura; o, en otros términos, cuantas más letras hay en un centímetro, a lo ancho, de texto, menos legible es éste, y exige laboriosos esfuerzos de adaptación; de lo que resulta también la necesidad de aproximarse el libro, y, por consiguiente, una tendencia a la producción de la miopía. Él, partiendo de los datos de la experiencia, quisiera que no se admitiesen como libros escolares más que los que tuvieran como máximum seis letras por centímetro para los niños de siete años, seis y media para los de diez a doce, y siete para los de doce años. Perrin, juzgando, con razón, demasiado complicada y poco susceptible de recorrerse en la práctica esta escala tipográfica, propone que se adopte para los libros escolares el máximum medio de siete letras por centímetro. La longitud de las líneas tampoco debe ser indiferente: según estos oftalmólogos, cuantos más largas son las líneas, más fácilmente conduce a la miopía la lectura asidua. Javal estima que empieza el peligro excediendo de ocho centímetros».
De esto último proviene, sin duda, la recomendación de que las márgenes de los libros escolares no sean muy estrechas. Que la impresión de semejantes libros ha de ser siempre clara y limpia, por lo que no son convenientes los tipos gastados, es otra de los condiciones que deben tenerse presentes, así como la de que las páginas no ofrezcan, como es muy común que suceda, caracteres de clases y tamaños variados, y menos aun muy juntas las líneas, que siempre es conveniente separar -regletear que dicen los cajistas- para evitar lo que se llama una impresión apelmazada por demasiado compacta.
A propósito de la elección de los libros escolares, no debieran los maestros dejar de tener en cuenta esta observación de M. Bagnaux195: «La elección de los libros empleados en las clases, dice, tiene también su importancia, acerca de la que debe decirse algunas palabras, al respecto puramente material. Nuestros reglamentos prohíben en las escuelas los malos tratamientos a los alumnos, y yo me apresuro a añadir que los casos de infracción acerca de este punto son muy raros. Pero todos los malos tratamientos posibles no consisten en actos de violencia. El uso de un libro mal impreso, cuya lectura exija esfuerzos particulares que puedan ser fatigosos para los ojos, constituye un mal tratamiento para la vista del niño, la cual puede encontrarse pronto alterada».
Por lo que a la tinta respecta, lo primero que aconseja la Higiene es que cualquiera que sea su color, se destaque bien del fondo sobre que se aplique, pues cuando esto no sucede, es decir, cuando es demasiado clara, obliga al niño a aproximarse mucho al cuaderno o la plana en que escribe, y acorta su vista al mismo tiempo que le inclina a tomar actitudes viciosas. La tinta más propia de las escuelas es la negra, a la que se acomoda mejor la vista.
Algo más exige todavía la Higiene escolar relativamente a la tinta. Sabido es que los alumnos tienen la mala costumbre de llevarse a la boca las plumas para limpiarlas, y aun de quitar con la lengua las manchas de tinta que caen sobre las planas, los libros, etc. Todo cuanto hagan los maestros para desterrar semejante costumbre, será poco. Porque aparte de que en la composición de la tinta entran generalmente sustancias tóxicas con las que puede resultar perjudicada la salud de los escolares, la costumbre en cuestión, que nada tiene de aseada por más que parece encaminada a la limpieza, no habla muy en favor de los que la tienen. No debe olvidar el maestro, por otra parte, que nada caracteriza más favorablemente los hábitos de una escuela, que la ausencia de manchas de tinta, ora sobre las mesas y el suelo, ora sobre las planas, los libros y los vestidos de los alumnos, a los cuales debe dirigir en el sentido de que adquieran el hábito de no manchar nada con tinta.
Relativamente al papel que se emplee para escribir, su color debe acomodarse a lo que hemos dicho respecto de los libros de lectura. Por lo que daña a la vista y por otras razones, debe proscribirse el papel que por ser muy fino se transparenta, y, en general, el que se cala, pues que da lugar a que se confunda lo escrito en ambas caras. Por lo que a la cuadrícula respecta, no debe perderse de vista la influencia que en la posición que los niños adoptan ejerce el ancho de los renglones, de los cuales depende la altura de las letras. Esta altura, -observa el citado Fonssagrives,- es, por regla general, excesivamente grande, lo que constituye para los alumnos una causa de actitud forzada (haciendo, debe añadirse, que aprieten la pluma). Rendú ha insistido, con razón, acerca de este punto, -añade,- y recomienda que se empiece por la escritura del tamaño medio, o sea, de cinco milímetros (a esta distancia deben estar separados los renglones unos de otros), que se pase luego al tamaño mayor, esto es, a la de un centímetro, y que se llegue, por último, a la menor, es decir, a la de dos milímetros. Esta gradación parece muy acertada: es bueno, además, que alternen estos tamaños.
Los reflejos que comúnmente producen los encerados (v, gr., los de madera, por el barniz que suelen tener) son nocivos para la vista; de aquí que sean preferibles en este concepto los de pizarra que son los que menos reflejos producen, si bien bajo otros respectos dejan algo que desear (por ejemplo, bajo el punto de vista de los esfuerzos a que obligan y acostumbran a los niños). Para que el encerado no resulte incómodo a la vista debe ser de un color negro mate que haga que las líneas se destaquen mucho por la pureza del color y la falta de reflejos. Estas condiciones las reúnen los encerados apizarrados artificialmente por Suzanne, que por tal motivo se consideran superiores a los naturales y los más perfectos de los artificiales, razón por la cual los recomiendan pedagogos de tanta autoridad en la materia como Rapet, Brouard y Bagnaux. Los encerados especiales de la Casa de Hernando son también muy recomendables al respecto que nos ocupa196.
Además de su clase hay que tener en cuenta acerca de los encerados, su colocación, por lo que atañe a la higiene de la vista. Es lo general colocarlos verticalmente contra la pared enfrente de la cual se hallan situados los alumnos. En semejante posición, la luz se encuentra reflejada por la superficie lisa del tablero, y produce un reflejo que hace parecer blanca toda esa superficie o parte de ella, según el lugar en donde esté colocado el encerado y el sitio por donde reciba la luz. Resultan de esto dos inconvenientes: que los alumnos no pueden distinguir lo que el maestro escribe o traza sobre el encerado, y que su vista se deslumbra (con lo que no puede menos de padecer), sobre todo cuando el aparato se halla colocado entre dos ventanas.
Pueden obviarse estos inconvenientes, o suspendiendo el encerado de modo que su parte superior se halla lo suficientemente separada de la pared para que la inclinación que resulte destruya el reflejo dicho, -al modo que se hace con los cuadros de pinturas,- o bien fijándolo entre dos ejes, en un marco, por ejemplo, de modo que pueda inclinarse hacia atrás y hacia adelante, según convenga.
Parece ocioso advertir, que tanto por motivos de aseo como para la conservación de los encerados, deben limpiarse éstos una vez terminado un ejercicio, y que al efecto es lo más conveniente la esponja (de gamuza se recomienda para las pizarras) algo humedecida, secándolos después con un paño, pues la limpieza hecha con cepillo o con plumero produce un polvo perjudicial siempre para la garganta, de cuya higiene es obligación cuidar con particular esmero en las escuelas, por lo que debe evitarse en ellas durante la permanencia de los alumnos, y algún tiempo antes de que entren, cuanto sirva para producir polvo.
En muchas escuelas se ha introducido la costumbre de sustituir el papel y los cuadernos que emplean los niños para ciertos ejercicios (de escritura, de geografía, de aritmética y de dibujo), por unas pizarras pequeñas que los alumnos manejan con facilidad, y que con economía se prestan a las correcciones a que dan lugar dichos ejercicios. Por lo mismo que a primera vista parece a muchos ventajosa dicha sustitución (que por cierto se generaliza más cada día), creemos de nuestro deber llamar la atención de los maestros acerca de los reparos que se han hecho a las mencionadas pizarras y a los pizarrines y lápices que requieren.
El doctor Conh, de Bresláu, -a quien se deben muy interesantes y minuciosos trabajos relativos a la higiene de la vista en las escuelas,- considera el empleo de las susodichas pizarras, y especialmente de los pizarrines con que se escribe en ellas (sean naturales o artificiales), como una de las causas que favorecen el desarrollo de la miopía en los escolares. Ya en 1878, el profesor Horner condenó el uso de las pizarras, por lo que la ciudad de Zurich las ha suprimido en sus escuelas, reemplazando los pizarrines y aun el lápiz negro, cuyo trazo es gris, por la pluma y la tinta197. Posteriormente, M. Largiader, director de la Escuela Normal de Strasburgo, ha hecho observaciones acerca de los inconvenientes que semejante procedimiento ofrece para la vista de los escolares, y llama la atención, entre otros, respecto del resultado que sigue, debido a múltiples observaciones:
Escritas las letras E B con negro sobre blanco (con lápiz y tinta sobre papel), con blanco sobre negro (tiza o clarión en los encerados), y con gris sobre negro (pizarrín, lápiz de plomo en pizarras, encerados), siendo de un mismo tamaño y con igual luz, las distancias mayores a que el ojo las puede percibir se hallan representadas respectivamente por las cifras 496, 421 y 330. Resulta de esto, que el encerado con la tiza o clarión y la pizarra con el lápiz (entre el lápiz de pizarra -pizarrín- y el de plomo hay poca diferencia) son los que exigen mayor esfuerzo de la vista198.
El mismo Largiader atribuye al procedimiento que nos ocupa la dificultad de obtener de los alumnos de las clases elementales una buena escritura, sin duda porque, como afirma Horner, les obliga a mantener la cabeza en una posición oblicua.
No obstante estas autorizadas afirmaciones, una comisión médica encargada por el gobernador de la Alsacia-Lorena de informar acerca de la cuestión, ha declarado que el mal que pueden causar las pizarras no es tan grande como ciertos autores pretenden, sobre todo si el material en cuestión no se pone en manos de niños que tengan disposición a la miopía. Esto mismo dice que el empleo de las pizarras requiere cierta circunspección, y que su generalización a todos los alumnos de una escuela pudiera resultar nocivo. El asunto merece, pues, que se estudie, máxime cuando las pizarras naturales resultan además caras en las escuelas.
Y claro es, por otra parte, que cuando las pizarras no son de buenas condiciones ofrecen los inconvenientes que hemos señalado al tratar de los encerados, con relación a la mano, a la que dan hábitos, como el de apretar demasiado la pluma, contrarios a una escritura conveniente199.
Los contrastes y el abigarramiento de colores muy pronunciados que suelen ofrecer los mapas que se destinan a las escuelas, especialmente los murales, lastiman la vista de los alumnos, máxime si, como es frecuente, por su mala colocación y el barniz que es común darles, producen reflejos análogos a los que hemos condenado a propósito de los encerados. A estos inconvenientes hay que añadir el cansancio de vista que se origina, por una parte, de las malas condiciones de las letras (generalmente borrosas y pequeñas) y de las leyendas que contienen dichos mapas, y por otra, de la profusión de pormenores que en los mismos se aglomeran200. Este último defecto es mayor y se presta más al cansancio de la vista, en los atlas manuales y en los globos, por lo mismo que en muy reducido espacio se aspira a expresar mucho, amontonándose una excesiva cantidad de datos. De aquí que el manejo de semejantes atlas y globo se haga fatigoso para los niños, a los que inclina a la miopía, en cuanto que les obliga a fijar y a acercar mucho la vista para ver lo que apenas puede verse, y leer lo que en muchos casos es ilegible.
La Higiene no puede menos que preocuparse del material a que nos referimos, y, en su consecuencia, necesita dar algunos consejos respecto del mismo.
En cuanto a los mapas murales, deben colocarse de modo que los niños los vean bien y no produzcan reflejos; a esta exigencia hay que atender con más motivo cuando están charolados. Colores en mate evitarán en parte el inconveniente a que nos referimos. Con brillo o sin él, ha de procurarse que los colores no sean muy vivos (medios o neutros sería lo mejor), no produzcan contrastes muy pronunciados, y no formen abigarramiento. Aunque sean de grandes dimensiones, conviene economizar en ellos los pormenores, no dando más que los indispensables dentro de los límites que asigna la enseñanza propia de los niños, y procurando que las indicaciones gráficas, y muy particularmente las leyendas, se destaquen bien en vez de desvanecerse, como es frecuente que suceda, en el hacinamiento de pormenores y por falta de precisión. Lo mapas mudos, que desde el punto de vista pedagógico ofrecen ventajas muy estimables, evitan mucho el inconveniente de la aglomeración de datos, por lo que la Higiene no puede por menos que recomendarlos201.
En esta recomendación hay que insistir con respecto a los atlas manuales, en los que la confusión por el hacinamiento de pormenores, resulta naturalmente mayor y más nociva para la vista. Por esto creemos que en las escuelas no deben emplearse estos atlas, que para el papel de auxiliar a los murales, deben sustituirse por otros medios, como, por ejemplo, el de las hojas de Geografía (mapas mudos con muy pocos pormenores, dejando algunos para que el niño los señale, estampados en papel), el de las cartas manuales, en cartón apizarrado202 y el de las pizarras (naturales o artificiales) cuadriculadas. Pero como los niños no dejarán por esto de manejar mapas pequeños, no están demás las indicaciones hechas, a las que debe añadirse que es aplicable a ellos lo que referiéndonos a las cartas murales, hemos dicho respecto del tono, el contraste y el abigarramiento de los colores, la sobriedad y precisión en los pormenores y la claridad de las leyendas en los que no sean mudos203.
Todo esto es aplicable, por análogos motivos que a los atlas, a los globos, siendo igualmente recomendables, por razones pedagógicas e higiénicas, los mudos, de los que también los hay de cartón apizarrado, a propósito para que los niños señalen en ellos las indicaciones que se les pidan y no contengan204.
Lo que acaba de decirse respecto de las condiciones higiénicas de los mapas, grandes y pequeños, es aplicable a los cuadros, láminas, etc, que se utilizan en las escuelas para la enseñanza de las diversas asignaturas (la Historia sagrada y profana, las ciencias naturales, por ejemplo). El abigarramiento y los contrastes muy pronunciados de colores; la demasiada distancia y la mala colocación; la aglomeración y la confusión y vaguedad de pormenores, todo puede redundar, a la corta o a la larga, en perjuicio de la vista de los escolares. En este punto marcha la Higiene de acuerdo con la Estética, a cuyas exigencias más elementales y fáciles de satisfacer se falta de ordinario en la confección de dicho material, olvidando, sin duda, que cuanto en las escuelas tienda a favorecer el desarrollo del buen gusto, es un excelente medio educativo, a la vez que salvaguardia de la salud, al menos de los órganos de la vista.
Bajo ambos respectos falta mucho que hacer en el material de enseñanza propio de las escuelas primarias, que si es comúnmente antihigiénico, ostenta, por lo general, condiciones detestables artísticamente considerado, por lo que no es extraño que más que para educar el gusto de nuestra juventud, sirva para depravarlo. Los maestros que tengan presente lo que aquí indicamos, podrán prestar buenos servicios a la cultura de nuestro pueblo, al propio tiempo que contribuirán al perfeccionamiento de las industrias productoras del material a que nos referimos, punto que merece que fijen en él su atención las casas editoriales que se consagran especialmente al material de enseñanza para las escuelas primarias205.
Por una costumbre inveterada, que ha tomado más cuerpo a medida que las escuelas han enriquecido su material de enseñanza, se han convertido las paredes de las clases en exposición permanente de dicho material. Contra esta costumbre -que si en muchos casos es hija de necesidades originadas por falta de local y de mobiliario adecuado, en no pocos responde al vano deseo de hacer alardes ostentosos- empieza a pronunciarse la opinión de los pedagogos más autorizados, cuyas ideas acerca de este particular, condensa M. Trélat, profesor en el Conservatorio de Artes y Oficios y Director de la Escuela especial de Agricultura de París, en el siguiente pasaje206:
«Esos objetos -dice- de todos tamaños y de todos colores, guarnecen las superficies que sirven de fondo a la vista y perturban el espíritu sin interesarle. La vista se habitúa a ellos, es verdad, hasta el punto de no sufrir por el desorden de las formas que la excitan. Pero este mismo hábito destruye en el niño la curiosidad que le habría atraído y conquistado delante de un objeto que no se le hubiere mostrado la primera vez más que para ocuparle o hablarle de él. Si se quiere sacar un partido completo de las disposiciones que favorecen a un mismo tiempo el sosiego del cuerpo y el atractivo del espíritu, cosas que tan de desear son en la clase, es menester esforzarse en calmar la superficie de las paredes, no sobrecargarlas y contentarse con pintarlas, dándoles tonos neutros bastante claros. No ignoro que esto exige en la escuela la creación de un pequeño depósito destinado a recibir el material de enseñanza, y algún trabajo más por parte del maestro. Mas todo lo bueno se paga, y esto es bueno. A los que piensen que estos pequeños pormenores exceden las preocupaciones del higienista, diré que en la escuela todo es higiene».
Tiene razón M. Trélat; en la escuela todo es higiene. Y prescindiendo aquí de la higiene del espíritu, con la que tan estrechamente se relaciona el asunto que nos ocupa, según puede colegirse de las indicaciones que preceden, no cabe desconocer que la aglomeración en las paredes de las clases de mapas, carteles, modelos, cuadros, etc., dificulta la limpieza de las mismas y da lugar a que se formen depósitos de miasmas que al cabo tienen que resultar nocivos para la salud, puesto que poco a poco serán absorbidos por la respiración, para la que constituyen, por ello, un peligro evidente.
La Pedagogía y la Higiene están, pues, de acuerdo en pedir la supresión de esas exhibiciones más o menos forzadas y aparatosas, que convierten las paredes de las clases en medios de destrucción y de indiferencia para el espíritu de los escolares, al propio tiempo que en agentes nocivos para la salud de sus cuerpos. Debe, por lo tanto, procurarse que los muros de las clases estén lo más despejados que sea posible de material de enseñanza, el cual deberá conservarse en una dependencia especial que sirva como de almacén o depósito, o en muebles (armarios, mesas, compendiums, etc.) convenientemente dispuestos207. Esto tendrá además la ventaja para el maestro de poderse servir de los objetos sin las dificultades que ofrece alcanzarlos cuando se hallan a cierta altura o colocados en determinadas condiciones, circunstancias ambas que le obligan muchas veces a prescindir de ellos, sin que por otra parte le sea dado hacer que los alumnos fijen la atención sobre aquellos a que se refieren las explicaciones, porque la distancia a que se encuentran no les permite verlos bien; de lo cual resulta que semejantes objetos desempeñan un papel meramente decorativo, amén del perturbador y antihigiénico que ya les queda adjudicado. Y no hay para qué hablar del aspecto desagradable que ofrecen las clases en que se han descolgado cuatro o cinco láminas, modelos, etc. y del trabajo y la perturbación que su colocación produce.
Describiendo el aspecto que presentan las escuelas alemanas, y especialmente las de Berlín, dice Dumesnil: «Los muros están desnudos. Ningún ornamento, ni aun emblema religioso, y raramente mapas en lugar fijo. Un simple encerado. No se quiere que se distraiga la atención del alumno por ningún objeto extraño a la lección. Durante la lección misma, el mapa, la lámina, el objeto a que el maestro se refiere, se expone especialmente a la vista de los alumnos, a la que inmediatamente se sustrae una vez terminado el ejercicio».
Lo que acaba de decirse impone la necesidad de que haya en las clases un mobiliario especial destinado a la conservación y exhibición del material de enseñanza.
Para lo primero son siempre convenientes los armarios, que nunca debieran faltar, aun tratándose de escuelas en que haya una dependencia destinada a depósito de dicho material, pues parte de éste es oportuno que está constantemente en las clases y al alcance del maestro: en ellos debe custodiarse el material con que se ejercitan los alumnos y los objetos que éstos produzcan por virtud de los trabajos manuales, los ejercicios de escritura, los de dibujo, las colecciones que formen, etc.: en ellos ha de colocarse también el museo escolar. Para el material que ordinariamente se fija en las paredes (mapas murales, atlas de botánica, de zoología, de fisiología, etc., láminas de historia y de artes y oficios, por ejemplo), existen aparatos especiales de que dan idea los que sirven para tener enrolladas y desarrollarlas cuando van a utilizarse las cartas geográficas, los formados por hojas giratorias, en las cuales se presentan las láminas, y los estandartillos en que se cuelgan éstas y los mapas. En las escuelas de párvulos, especialmente en las ajustadas al patrón inglés, se halla muy generalizado el mueble llamado compendium, que sirve al mismo tiempo para guardar y exhibir parte del material que en ellas se emplea para los ejercicios de enseñanza.
Para la elección del mobiliario que ahora nos ocupa, hay que tener siempre en cuenta las condiciones de la clase en que haya de colocarse, procurando en todo caso que ocupe el menor espacio posible, y sobre todo, tratándose del que se destina a la exhibición de mapas, láminas, etc., que sea de fácil manejo y pueda situarse donde mejor convenga, según el lugar donde se encuentren o puedan situarse los alumnos, el punto por donde se reciba la luz y otras circunstancias208.
Lo que hemos dicho en los lugares correspondientes, acerca de la influencia que puede ejercerse en el espíritu de los educandos por el buen aspecto de las escuelas en general y de las clases particularmente, es aplicable al material de enseñanza, mediante cuyas condiciones estéticas, siempre subordinadas a las higiénicas, y por su artística colocación, se pueden obtener resultados iguales a los que indicamos en los referidos pasajes.
Mirándose, pues, en dicho material y su colocación en las clases a satisfacer las necesidades de la higiene física, debe aspirarse también a realizar algunas de las que se originan de una higiene moral bien entendida y en su más amplio sentido considerada. Semejante exigencia, que se impone en todo cuanto se relaciona con la parte material de la escuela, es más imperiosa, si cabe, en lo que respecta al punto concreto a que ahora nos referimos. Por ello insistimos aquí en la necesidad de tenerla en cuenta, máxime cuando darle satisfacción incumbe particularmente al maestro. Es este, en efecto, el llamado a elegir el material que debe haber en su clase, a colocarlo en ella y a procurar que constantemente se halle dispuesto con el mayor orden posible. Cuidando atentamente de estos particulares conseguirá que, en cuanto sea dable, se llenen las condiciones de la higiene de la vista -que tanto interesa no desatender de la manera tan inconsiderada que es costumbre- y a la vez las del gusto estético, que es un excelente medio de preservar la salud del espíritu, al cual importa mucho, sobre todo en las escuelas, suministrar impresiones agradables, cautivarlo mediante la belleza, procurarle esa plácida alegría que producen el orden, la armonía y la proporción, que son los elementos constitutivos de las obras de arte.
Sabido es que la cultura artística se considera hoy como uno de los factores más importantes de la educación y, en lo tanto, de la escuela primaria, no sólo por el influjo que ejerce en el desenvolvimiento de la imaginación, el gusto y el sentimiento de lo bello, que existen en estado latente en el alma de los niños (y que por lo tanto es obligado cultivar), sino también por lo que el desarrollo de esos elementos influye a su vez en el de la inteligencia y la voluntad. Sin pretender que la escuela forme artistas, sea el aprendizaje del arte, sino en puridad el aprendizaje del buen gusto, cultivando las facultades que a él se refieren y preparando así al niño en general para ciertos trabajos del espíritu y las profesiones manuales, se aspira o debe aspirarse en ella a educar el gusto estético, figurando entre los medios de que al efecto debe valerse, el del buen orden y mejor aspecto de los objetos que haya en las clases y en las demás dependencias de la escuela. Así lo recomiendan todos los pedagogos que se ocupan de estas cuestiones con la seriedad que merecen, no haciendo en ello más que seguir los preceptos de la pedagogía antigua, que nos ha dejado dicho por boca de Platón lo que sigue:
«Conviene que los jóvenes -dice en su República el gran filósofo griego- educados en medio de las cosas más bellas como en un aire puro y sano, reciban sin cesar saludables impresiones por la vista y el oído, y que desde la infancia, todo les lleve insensiblemente a imitar, a amar la belleza y a ponerse de acuerdo con ella».
No puede hacerse a los maestros, a propósito del punto que nos ocupa, recomendación mejor ni más autorizada. Lo que Platón indica en el pasaje copiado, es lo mismo que dicen nuestros pedagogos cuando al tratar de la cultura estética en la escuela, señalan como medios indirectos para realizarla la decoración de la clase y los adornos sencillos con que se embellezca; las condiciones de las estampas que ornen sus muros; las ilustraciones de los libros; la armonía, el orden y la proporción; en una palabra, la belleza, que en todo debe resplandecer. Si además de esto se tienen en cuenta las relaciones que existen entre la belleza o su manifestación genuina (el arte) y la moral, fácilmente se comprenderá por qué damos tanta importancia a esta cuestión, y por qué consideramos el buen aspecto, las condiciones artísticas y la ordenada colocación del material de enseñanza, a la vez que como elemento de higiene física, como un excelente y poderoso medio de higiene moral.
El valor que cada día se reconoce más por todo el mundo a la educación física de los niños, es el fundamento del que, así fisiológico como moral, hemos atribuido a la Higiene de la escuela.
Se opera, efectivamente, en los tiempos presentes una profunda reacción favorable a la educación física, e hija del reconocimiento que en todos los espíritus encuentra la profunda verdad que entraña el tan repetido aforismo que la sabiduría antigua nos dejara formulado por boca de Juvenal en el Mens sana in corpore sano que ha venido a constituir como el lema de la pedagogía moderna, lema que ya enarbolara el padre de la pedagogía antigua cuando definiera la educación diciendo, que consiste en «dar al cuerpo y al alma toda la belleza y toda la perfección de que son susceptibles». En aquel aforismo del poeta latino y en esta definición de Platón se descubre a primera vista el sentido, que tan a maravilla pusiera en práctica el pueblo griego, de llevar a la vez, o sea paralela y armoniosamente, la cultura del cuerpo y la del alma; sentido que en los tiempos modernos ha recibido valioso refuerzo mediante los estudios de la Psico-física, cuyos datos experimentales e incontrastables han venido a legitimar, danle base indestructible, la doctrina de la influencia que ejerce lo moral sobre lo físico y viceversa, que ya bosquejara el sabio Bossuet209, y la novísima filosofía condensa en las siguientes conclusiones, que en otra parte hemos expuesto210, y que ciertamente no desdeña, sino que antes bien acepta desde luego y tiene muy en cuenta hoy toda la Psicología que excusando caer en el exclusivismo espiritualista característico del psicologismo escolástico y tradicional, concede el valor que realmente tienen a los datos que suministra la experimentación fisiológica211. He aquí las conclusiones a que nos referimos:
(a) El espíritu y el cuerpo se hallan unidos esencial y totalmente en estrecha y perenne convivencia, de modo tal, que toda la vida fisiológica se halla animada por el espíritu y toda la vida anímica condicionada por el cuerpo, lo cual se ha formulado diciendo que «incide todo el espíritu en todo el cuerpo, y recíprocamente»212. Semejante unión, que no es pegadiza, se revela en todos los hechos de la vida humana y se observa en lo más rudimentario y primitivo de sus manifestaciones.
(b) El espíritu y el cuerpo viven unidos en una acción y reacción recíprocas y constantes, experimentando el primero las influencias del cuerpo, y recibiendo sus determinaciones, e influyendo y determinando a su vez la vida del cuerpo, también constantemente.
(c) La unión y el paralelismo de que se trata es de tal manera, que no hay estado, cambio o movimiento anímico que no tenga su correlativo material en el organismo, como no hay estado o determinación del cuerpo que no encuentre su resonancia en el alma.
(d) Todos los fenómenos anímicos tienen en el organismo su condición necesaria, por lo que debe considerarse el cuerpo en general como ofreciendo al alma su base orgánica para la manifestación de su vida, a cuyo efecto ofrece al espíritu un organismo de instrumentos mediante el sistema nervioso; a su vez el alma es como la forma activa del cuerpo, y manifiesta su realidad en toda la vida corpórea mediante la unión de la fantasía con dicho sistema, y por medio también del lenguaje, por el cual se sirve el alma del cuerpo para expresarse y manifestarse.
Ponen de relieve estas conclusiones el valor psicológico del cuerpo, valor que, como es consiguiente, se manifiesta también en la educación física, la que, por lo mismo, tiene un aspecto que a la vez que a lo fisiológico, alcanza a lo anímico. Si espíritu y cuerpo viven unidos en íntima solidaridad y perenne convivencia, si se influyen recíprocamente y juntos cooperan a que realicemos nuestro destino, desatender la educación del segundo, vale tanto como dejar incompleta y sin base la del primero, y, mediante ello, manca y en perpetuo desequilibrio toda la cultura del ser humano. Origínase de esto el principio proclamado y aceptado con universal aquiescencia, de que la educación necesita ser integral o completa, carácter que pierde cuando no se desenvuelven, cuidan y disciplinan en armonioso concierto cuantos elementos y energías constituyen e integran nuestra total naturaleza.
En esta manera de considerar las relaciones que existen entre lo fisiológico y lo anímico, se funda la doctrina de la transcendencia moral de la cultura del cuerpo, -punto acerca del que ya hemos hecho bastantes indicaciones, señaladamente con ocasión de la higiene del alumno;- transcendencia que no debe circunscribirse a la Higiene, y que ha originado una nueva e interesante división de la educación física, que algunos autores aceptan cuando, como hacen Joly y Compayre, por ejemplo213, tratan de esa educación, por una parte, al respecto del beneficio que puede reportar al cuerpo mismo, y, por otra, teniendo en cuenta el que puede proporcionar al alma.
Implica esto dos distintas maneras de considerar y dirigir la educación física, encaminada la primera a proteger los intereses del cuerpo, y la segunda a favorecer los intereses del espíritu. Ambos puntos de vista entrañan sumo interés, y constituyen el fundamento de la importancia y transcendencia que en este libro hemos reconocido a la Higiene escolar, la que por lo mismo, tiene pleno derecho a que se la considere coma una higiene genuinamente pedagógica, en la acepción más lata que cabe dar a este calificativo.
En efecto; cuidando de la manera que se ha dicho en el curso de este libro de la Higiene, y haciéndolo en cuantas direcciones se han señalado en el mismo, no sólo se atenderá a las exigencias de la cultura física de los escolares, sino también y al propio tiempo, a muchas de las que impone la educación del espíritu. Los efectos que en éste hemos visto que producen, por ejemplo, la limpieza y el aseo, así con respecto a las personas de los niños como al local de la escuela; el buen aspecto de ésta y particularmente de las clases; la colocación ordenada y las condiciones estéticas del material de enseñanza; la corrección de ciertas actitudes viciosas y posturas incorrectas, y las recreaciones y los juegos que tanto favorecen la buena disciplina escolar y el aprovechamiento de las lecciones, nos dicen claramente que la Higiene es algo más que un conjunto de principios y reglas que tienen por objeto favorecer el desarrollo físico y preservar la salud de los alumnos, sino que a la vez es un medio de cultura, de educación general, y que su influencia, rebasando los límites de la esfera puramente fisiológica, se manifiesta potente y vigorosa en los dominios del alma, para cuyas facultades de sentir, pensar y querer constituye la Higiene una verdadera, benéfica y eficaz disciplina.
Bastan estas indicaciones, cuya exactitud queda confirmada en el cuerpo de la presente obra, para legitimar el calificativo de genuinamente pedagógica, que damos a la Higiene de la escuela.
Esta consideración, unida al interés que en todas partes despiertan hoy las cuestiones concernientes a la educación de los niños, explica la preferencia con que se estudia cuanto en las escuelas primarias se relaciona con la Higiene, atribuyendo a ésta el papel capitalísimo que le atribuye M. Trélat al afirmar que en la escuela todo es cuestión de higiene; afirmación que resulta más justificada cuando se tiene presente lo que reiteradas veces hemos dicho, a saber: que tomada la Higiene en el amplio sentido en que la hemos considerado, es a la vez que física, moral; pues que al mismo tiempo que higiene del cuerpo lo es del alma.
Por causa del doble carácter que en lo dicho reconocemos a la Higiene, tiene ésta una gran virtualidad educativa, a la vez que reviste un gran sentido ético de que nunca debe olvidarse el maestro, sino que por el contrario, se halla obligado a ponerlo de continuo a tributo para realizar cumplidamente los fines que en la escuela se persiguen; bien entendido, que aun circunscribiendo -si ello fuera posible- la acción educadora de la Higiene a lo puramente corpóreo, no desaparecerá la transcendencia moral que semejante sentido implica. Esto aparte de que cuidar de los intereses del cuerpo por el cuerpo mismo, abstracción hecha de los del alma, es de suyo interesante en alto grado -en cuanto tiene por objetivo el perfeccionamiento del organismo y la conservación de la salud, que tan cara y necesaria nos es a todos- y se impone como un deber así para el individuo, como para los llamados a regir su cultura durante los primeros años de la vida. Y dicho se está que semejante deber alcanza por esto muy señalada y estrechamente a los maestros, cuya negligencia en este punto puede acarrear daños de consideración a las nuevas generaciones, y ser para ellos origen de grandes responsabilidades, máxime cuando esos daños transcienden a la postre, por lo que antes se ha indicado, del cuerpo al alma de los educandos.
Por cuanto llevamos dicho hasta aquí hay que reconocer en la Higiene escolar, con el valor fisiológico que desde luego y a primera vista tiene, el psicológico que por transcendencia y aun directamente le hemos asignado al hablar de su aspecto estético214 y de su influencia ética; todo lo cual es causa de que a la vez que del cuerpo sea elemento de cultura para el alma y revista, por ende, el carácter eminentemente pedagógico de que tratamos.
Merced a los progresos de la Pedagogía, que no podía quedarse rezagada después del prodigioso impulso que en el presente siglo han recibido las ciencias, especialmente las que mayores relaciones tienen con ella; merced a esos progresos, decimos, la escuela primaria experimenta actualmente radical transformación en toda su manera de ser, siendo la nota característica del movimiento generador de la reforma que implica esa transformación, la tendencia a someter la vida escolar a un severo régimen higiénico, que así alcance al cuerpo como al alma de los educandos. Partiendo del hecho de las relaciones que existen entre lo fisiológico y lo anímico, y de las influencias que mutuamente se ejercen estas dos esferas de nuestra total naturaleza, se procura en la escuela moderna, no sólo satisfacer las exigencias que tiene, por una parte, la higiene del cuerpo, y por otra, la del alma, sino al propio tiempo establecer entre ambas higienes estrecha y perenne alianza, de que es consecuencia natural y obligada la higiene pedagógica a que más arriba hacemos referencia.
Ya se ha visto que los cuidados para con el cuerpo se traducen en gran parte en higiene del espíritu, y que de este mismo carácter participan los ejercicios que tienen por objeto inmediato el desarrollo de nuestro organismo. Y mirando la cuestión desde otro punto de vista, bien puede afirmarse que las direcciones que señalan los nuevos métodos y procedimientos de enseñanza, y los medios que en general se reputan hoy como los mejores para la cultura del alma, constituyen para ésta una verdadera higiene, cuya influencia se deja sentir desde luego con notoria eficacia en la esfera de lo fisiológico215. Porque si, por una parte, es cierto que los ejercicios corporales y el aseo y la limpieza, por ejemplo, dan por resultado favorecer el ordenado y armonioso funcionamiento de las facultades intelectuales, y en general de todas las anímicas, preservando a la vez que la del cuerpo la salud del espíritu, y despertando y robusteciendo de paso ciertas energías morales (v. gr., la fuerza de ánimo, el sentimiento de la propia dignidad y del respeto que debemos a los demás), no lo es menos, por otra, que en las maneras de enseñar y, hablando en términos generales, de dirigir a la niñez, inherentes a la escuela moderna, se tiene muy en cuenta la necesidad de no atrofiar las energías físicas y de mantenerlas en su integridad, a fin de que no sufra menoscabo alguno, antes bien, que se conserve en buen estado, al mismo tiempo que la pureza del alma, la salud del cuerpo, a cuyo resultado se enderezan especialmente muchos de los preceptos que sirven de base a los modernos sistemas disciplinarios. Resulta de todo esto que en el sistema de cultura característico de la escuela moderna palpita la idea de subordinarlo todo a la higiene física y moral, en cuanto que una y otra preservan a la vez la salud del cuerpo y la pureza del alma, y unidas, -esto es, constituyendo lo que hemos denominado higiene pedagógica,- son salvaguardia que garantiza y conserva la salud de nuestra realidad psico-física, o sea de nuestra naturaleza considerada en la unión de espíritu y cuerpo.
Tomada en este sentido la Higiene, puede aplicarse con toda exactitud a las escuelas en que ha penetrado el espíritu de la novísima Pedagogía, la frase de M. Trélat, arriba copiada, de que «en la escuela todo es cuestión de higiene». Cuanto en ellas se hace por preservar la salud del cuerpo, sirve para garantir la del alma, y viceversa. Y de la compenetración, que surge obligadamente y se impone, de ambas direcciones, resulta por encima de toda distinción, la unidad del régimen higiénico, esto es, la Higiene psico-física o pedagógica, que implica la buena y cabal cultura de la niñez.
En los progresos que la Higiene pedagógica realice, estribarán principalmente los adelantos positivos, el porvenir de la escuela primaria, la que se acercará tanto más a su ideal cuanto mayor sea el lugar que en sus medios educativos haga a la Higiene, tomada en el sentido amplio en que la hemos considerado. De este modo coadyuvará por su parte la escuela al perfeccionamiento, a la definitiva y cabal construcción de la Higiene pedagógica, cuyo porvenir se halla a su vez estrechamente ligado al de la institución llamada a cooperar con la familia en la obra, tan compleja como delicada y transcendental, de dirigir la educación de las nuevas generaciones; las cuales no tendrán las condiciones necesarias para realizar cumplidamente su destino, para hacer bien el aprendizaje de la vida, para vivir la vida completa, mientras que todas sus energías -lo mismo las físicas que las anímicas- no se hallen vigorosa y armoniosamente favorecidas y garantidas por un régimen higiénico que sea en verdad pedagógico o educativo, que es el carácter por que ha de distinguirse la genuina escuela primaria, la escuela donde realmente se eduque y no meramente se enseñe, la escuela del porvenir.
Tiene por objeto este Apéndice servir de guía a los maestros, principalmente en lo tocante a los preceptos legales que rigen en las diferentes materias que abraza la Higiene escolar.
Desgraciadamente, nuestra legislación de primera enseñanza, con ser por extremo rica en toda clase de disposiciones, al punto de que se cuentan por miles las que se hallan en vigor, y por centenares las que versan sobre asuntos fútiles o en los que sólo se descubre un interés personal o cuando más de amor propio político, es pobre -y pobre de solemnidad, pudiera muy bien decirse- en lo que concierne a la Higiene de la escuela.
La comprobación de este aserto no requiere de nuestra parte otro trabajo que el de remitir al lector a las páginas que siguen. Aunque por vía de antecedentes e ilustración, y también para señalar el camino que se ha seguido y los criterios que han dominado respecto del asunto entre nosotros, incluimos en dichas páginas disposiciones que no están en vigor, y aun documentos que no pueden considerarse como prescripciones legislativas, el lector no podrá menos que extrañarse de que, a la altura en que nos encontramos, dado lo mucho que se ha adelantado y en todas partes se hace relativamente a Higiene pedagógica, y con una Administración como la nuestra, poseída de fiebre legislativa, los gestores de nuestra primera enseñanza se hayan mostrado tan exageradamente parcos en atender a los intereses de la salud de la población escolar. Y subirá de punto la extrañeza del lector cuando sepa que nuestra legislación de instrucción primaria, a partir del año de 1857 hasta fin del de 1885 (con cuatro o cinco disposiciones generales de fecha anterior), forma cuatro volúmenes de gran tamaño, que juntos hacen un total de 3.190 páginas.
El desencanto es mayor cuando se sabe lo que preceptúan los Reglamentos escolares de los países extranjeros relativamente a la materia que nos ocupa, y se leen las disposiciones especiales que acerca de ella se dictan todos los días en los mismos.
Como quiera que sea, hemos compilado las disposiciones que contiene nuestra legislación acerca de la Higiene escolar, y lo hemos hecho con el intento expresado al comienzo de esta Advertencia. Para su mejor inteligencia y aplicación, hacemos algunas observaciones y la dividimos en correspondencia con las partes en que se divide la Higiene pedagógica, ajustándonos siempre a las exigencias del material que ofrecen las disposiciones compiladas.
Respecto de este punto no pueden citarse otras disposiciones que las del Reglamento de escuelas de 26 de Noviembre de 1838, y de la Ley de 9 de Setiembre de 1857, con las varias particulares que transcribimos en el capítulo primero de la primera parte de este libro. No ha podido hacerse menos respecto de asunto tan importante.
Remitimos, pues, al lector a las citas hechas en dicho capítulo al tratar de la edad escolar, de los certificados relativos a las enfermedades contagiosas y la vacunación, de las vacaciones, del aseo y limpieza de los alumnos y de los castigos en las escuelas.
Así, pues, debe tenerse presente respecto de:
La edad para la admisión de los niños en las escuelas, -el art. 7º de la Ley de 1857, el 12 del Reglamento de 26 de Noviembre de 1838, la Orden de 23 de Enero de 1875 y el art. 5º del Decreto de 4 de Junio de 1884.- Véanse las páginas 25 y 26.
El certificado de no padecer el niño enfermedad contagiosa y hallarse vacunado, -no existe más prescripción de carácter general que la del art. 22 del Reglamento de 1838, que citamos en la pág. 27: las demás tienen carácter especial, como se dice en la última nota de la pág. 26216.
El reingreso de los alumnos después de haber padecido enfermedad contagiosa, -no puede citarse disposición alguna de carácter general, ni otra de carácter particular que la relativa a las escuelas de Madrid que más adelante se inserta.- Véase la última parte de este Apéndice, que trata de la «Inspección médico-higiénica para las escuelas».
Las vacaciones por motivo de higiene, -los artículos 15 y 16 del Reglamento de 26 de Noviembre de 1838, y el 10 de la Ley de 1857.- Véase la última nota de la página 31, donde citamos algunas disposiciones especiales relativas a este particular; v. gr.: el Reglamento de la Escuela Normal Central de Maestras y el de las Escuelas municipales de Madrid.
El aseo y limpieza de los alumnos, -la prescripción general hay que buscarla en el Reglamento citado de 1838, art. 21, que copiamos en las páginas 32 y 33.
Los baños en las escuelas, -no puede citarse disposición alguna de carácter general, y sí sólo la relativa a los Jardines de la Infancia de Madrid, que contiene la Real orden estableciendo para ellos la inspección médica.- Véase la disposición tercera, del núm. 2º de dicha Real orden, que insertamos en la última parte de este Apéndice.
Las comidas y las siestas en las escuelas, -no puede citarse disposición alguna general ni especial.
Los castigos corporales.- Véanse los artículos 33, 34 y 35 del Reglamento del 26 de Noviembre de 1838, que copiamos en la pág. 42, nota.
También respecto de este particular es por todo extremo parca nuestra exuberante legislación. El punto de partida hay que buscarlo, como en todo lo concerniente a la primera enseñanza, en el Reglamento de las escuelas públicas de instrucción primaria elemental, de 26 de Noviembre de 1838, cuyo artículo 3º dice así:
«En todos los pueblos se establecerá la escuela en lugar conveniente que no esté destinado a otro servicio público, en sala o pieza proporcionada al número de niños que haya de contener, con bastante luz, ventilación y defensa de la intemperie».
El art. 9º de dicho Reglamento, teniendo en cuenta, sin duda, otras exigencias de la Higiene escolar, preceptúa lo siguiente:
«Cuidará el maestro de que se barra diariamente la escuela, abriendo todas las comunicaciones cuando los niños no estén en ella».
La Real orden de 1º de Enero de 1839, dictada, como el Reglamento que acaba de mencionarse, para la ejecución, en lo que se refiere a los Ayuntamientos, del Plan provisional de Instrucción primaria mandado observar por la Ley de 21 de Julio de 1838, preceptúa lo que sigue en su disposición 7ª:
«El local para las escuelas deberá reunir las circunstancias de salubridad, extensión y demás, prevenidos en el Reglamento provisional de estos establecimientos, aprobado por S. M. en 26 de Noviembre último. Donde no hubiese ya un local conveniente destinado a este objeto, se procurará obtenerlo en arriendo, separado de otros edificios, y especialmente de lugares de concurrencia y ruido. La habitación del maestro deberá estar en el edificio mismo de la escuela o en otro inmediato, si en él no pudiera ser».
En el Decreto de 23 de Setiembre de 1847 (refrendado por el general Ros de Olano), dictando reglas para dar nuevo impulso a la Instrucción primaria, se dice (art. 37), que los Ayuntamientos deberán dar a todo maestro, «local para la escuela, con sujeción a las instrucciones que circule la Dirección general de Instrucción pública», y se insiste (art. 38) en que «la habitación (del maestro) y escuela, siempre que se pueda, deberán ser propias del Ayuntamiento, y las Comisiones superiores procurarán con la mayor eficacia que así se verifique, excitando el celo de los Alcaldes para que los pueblos adquieran o construyan edificios con este objeto, o reparen los antiguos, acomodándolos a los fines a que están destinados».
La Ley de Instrucción pública de 9 de Setiembre de 1857 nada dice respecto de las condiciones de los locales de escuelas; y en el Reglamento general dictado para la ejecución de dicha Ley en 20 de Julio de 1859, sólo hallamos aplicable al particular que nos ocupa, el art. 83 que dice así:
«Se procurará que todos los establecimientos de instrucción pública tengan edificio propio, bastante capaz y convenientemente distribuido».
Después de esto, apenas se ha legislado respecto del particular que nos ocupa, que merezca la pena de tenerse en cuenta, hasta fecha reciente. En el Reglamento de Instrucción primaria de 10 de Junio de 1868, dictado para la ejecución de la Ley del mismo año, que lleva el nombre del Sr. Catalina, se leen las disposiciones siguientes, que aunque derogadas por completo, deben tenerse en cuenta. Helas aquí:
«Art. 125. Se procurará situar las escuelas en paraje sano, apartado de los centros de reunión, y cómodo a la vez para la concurrencia de los alumnos.
Art. 126. Las escuelas de niños y las de niñas tendrán por lo menos una sala de clase, una antesala y un patio, donde se habilitarán los lugares comunes de manera que sean fáciles el aseo y la vigilancia.
Las escuelas de párvulos tendrán además una pieza-comedor y otra de recreo.
En cuanto sea posible, todas las dependencias de las escuelas estarán en la planta baja del edificio.
Art. 127. La sala de clase, de forma rectangular, de capacidad proporcionada al número de alumnos, con buena luz y ventilación, deberá habilitarse en la parte del edificio que, además de reunir las expresadas condiciones, esté apartada de la calle, para que el ruido exterior no altere el orden y el silencio durante los ejercicios.
Art. 128. Cuando se hallaren en un mismo edificio una escuela de niños y otra de niñas, tendrán entrada independiente.
Art. 129. En los edificios de escuela habrá una habitación decente y capaz para el maestro y su familia. No siendo esto posible, el Ayuntamiento cuidará de proporcionársela en otra casa próxima.
Art. 130. Los edificios que se construyeren en lo sucesivo, y en lo posible los que en la actualidad poseen las escuelas, se acomodarán a los planos y modelos aprobados por el Gobierno.
Art. 131. Los pueblos que trataren de construir edificios de escuela podrán encomendar la construcción a maestros de obras y aun alarifes, ajustándose a los modelos y planos oficiales, sin otras formalidades facultativas».
El Decreto-ley de 18 de Enero de 1869 (lleva el nombre del Sr. Ruiz Zorrilla),dictando disposiciones para la Construcción de escuelas públicas, dice en su art. 2º:
«Todas estas escuelas tendrán precisamente un local para clase o aula, habitación para el profesor, una sala para biblioteca, y jardín, con todas las condiciones higiénicas que exige un edificio de este género»217.
Nombrada una comisión para ejecutar el Decreto-ley a que queda hecha referencia, en lo que respecta al examen de los planos presentados al concurso para fijar su criterio, empezó por determinar las condiciones a que debían, en su concepto, ajustarse las construcciones de que se trata, que compendió en las siguientes bases:
«1ª Que el número de niños que deberá admitirse en una escuela, no ha de exceder de 120.
2ª Que la superficie que a cada niño se asigne en una escuela regida por el sistema simultáneo, sea como de unos 75 decímetros cuadrados, aumentándose hasta un metro cuadrado próximamente, si el sistema de enseñanza fuese el mutuo.
3ª Que la capacidad de la sala de escuela debe ser de tres metros cúbicos a lo menos por niño, y la altura mínima de la sala tres metros 10 centímetros.
4ª Que a cada niño o niña deben corresponderle por lo menos 14 decímetros cuadrados de ventana, y un área o superficie de calefacción para el invierno de 12 decímetros cuadrados de cañón de estufa de fundición, un metro 10 centímetros de altura y 45 centímetros de diámetro, con los cuales puede obtenerse satisfactorio resultado.
5ª Que las luces se reciban en la escuela por ventanas altas; y de no haber inconveniente que lo impida, por ambos lados, en atención a las condiciones climatológicas de nuestro país, y a la falta de vientos constantes que dificultan la orientación conveniente de estos edificios.
6ª Que el pavimento del salón de escuela y de todas sus dependencias ha de estar 80 centímetros sobre el nivel del suelo exterior, a ser posible, y que aquél sea de cemento o madera, según las localidades.
7ª Que los excusados o retretes para el servicio de los niños se sitúen en una galería, al costado o a la espalda de la plataforma, con salida cerca de la misma, y de modo que el profesor pueda vigilar perfectamente la galería y los excusados; esta galería tendrá comunicación directa con el patio o jardín, para que la ventilación sea continua y eficaz; los ojos que los excusados han de tener se calcularán en un 5 por 100 del número de niños.
9ª Que toda escuela ha de tener un paso cubierto para que los niños puedan guarecerse de la lluvia y de la intemperie en sus ratos de recreo y esparcimiento, pudiendo servir también de gimnasio en las poblaciones de corto vecindario; cuya galería o cobertizo no deberá tener menos de cuatro metros de latitud. Habrá además una pieza para la colocación de las gorras, y en la escuela de niñas otra para guardar las labores.
10. Que los muros deben hallarse cubiertos de yeso y pintados de un verde claro u otro análogo; y que en el edificio habrá de procurarse agua suficiente y en pieza a propósito para las necesidades de los niños.
11. Que todas las habitaciones de la escuela estén situadas en la planta baja, incluso la que se destine a biblioteca, si fuese posible.
12. Que la construcción del edificio ha de ser de fábrica, si bien sujetándose a las condiciones de cada localidad, respecto de los materiales, ornamento y demás circunstancias que puedan variarse».
Lo vigente en punto a las condiciones pedagógico-higiénicas de los locales de escuelas, es el Decreto de 5 de Octubre de 1883, refrendado por el señor Gamazo218. Este Decreto es, en la parte que a las condiciones de los edificios escolares se refiere, natural complemento y desarrollo de las disposiciones contenidas en el Reglamento de 26 de Noviembre de 1838, en la Real orden de 1ª de Enero de 1839, en el Decreto de 23 de Setiembre de 1847, en la Ley de 9 de Setiembre de 1857 y en el Reglamento de 20 de Julio de 1859. Más terminante y de más sentido pedagógico que todas estas disposiciones, -más arriba transcritas,- se acomoda mejor a los progresos realizados en estos últimos años en materia de Higiene escolar, que las conclusiones precedentes de la Comisión nombrada a consecuencia del Decreto-ley del Sr. Ruiz Zorrilla, que en algunos puntos no conforman con las que últimamente ha declarado la Higiene pedagógica ser las más adecuadas. He aquí lo que el Decreto en cuestión dispone en su art. 14:
«Los Ayuntamientos que soliciten subvención, estarán además obligados a que el proyecto y planos del edificio reúnan las siguientes condiciones:
1ª El edificio se ha de componer cuando menos de vestíbulo, sala o salas de escuela, patio de recreo, jardín, local para biblioteca popular y las dependencias necesarias para el aseo de los alumnos.
2ª Las salas de escuela no han de ser capaces para más de 60 alumnos cada una; tendrán de extensión superficial 1'25 metros cuadrados por plaza; la altura del techo ha de ser tal, que dé una capacidad de cinco metros cúbicos por alumno.
3ª La superficie del patio de recreo corresponderá a una extensión de cinco metros cuadrados por cada uno de aquéllos.
4ª Para la orientación de las salas de escuela, se tendrán presentes las condiciones climatológicas del país.
5ª En el caso de que las habitaciones de los maestros hayan de quedar situadas en los mismos edificios que las escuelas, se les dará entrada independiente, de modo que no tengan comunicación directa con éstas».
El art. 15 del mismo decreto preceptúa lo siguiente:
«La Dirección general de Instrucción pública negará desde luego toda pretensión que no se acomode a las prescripciones anteriores».
Aunque se refiera especialmente a las escuelas de párvulos y hoy no tenga valor oficial alguno, merece ser conocida la Circular redactada por el Patronato general de dichas escuelas (creado en 1882 por el Sr. Albareda, y suprimido, en 1884 por el Sr. Pidal), dando Instrucciones bastante meditadas y completas, acerca de las condiciones que deben reunir las mencionadas escuelas. Tócanse en ellas todos los puntos relacionados con la higiene de los edificios escolares, y se hace en vista de las opiniones más autorizadas y racionales que se han emitido en estas materias, que tanto preocupan hoy a los verdaderos amantes de la educación de la niñez. Por esto consideramos superior a todos los documentos que quedan mencionados, la Circular en cuestión (publicada en la Memoria de dicho Patronato relativa al año de 1889), que dice así:
«De los informes que el Patronato general de las Escuelas de párvulos ha recogido, resulta que los locales en que se hallan instaladas dichas escuelas, no contribuyen en la mayor parte de los casos al bienestar que en edad tan tierna y peligrosa debe proporcionarse a los niños, ni auxilian como debieran la influencia educadora del Profesorado, haciendo así ineficaces los sacrificios de los pueblos y los esfuerzos del Estado en favor de la primera enseñanza. El espíritu que ha dictado las disposiciones del decreto de 5 de Octubre del pasado año, es prueba clara de los propósitos que animan al Gobierno acerca de este asunto; y respondiendo a este mismo espíritu, y con el fin de que el Patronato pueda usar fácilmente y con la mayor rapidez posible de las facultades que la disposición 6ª del art. 11 del Real decreto de 17 de Marzo le confiere, cree conveniente manifestar que los Ayuntamientos que soliciten subvención para construir o reformar los edificios destinados a escuelas de párvulos, además de sujetarse en un todo a las disposiciones administrativas que en el Real decreto de 5 de Octubre se contienen, lo harán a las facultativas que a continuación se expresan:
1ª Las dependencias necesarias en las escuelas de párvulos son: vestíbulo, sala de trabajo, comedor, vestuario con lavabo, cobertizo o sala de juego, según las circunstancias climatológicas, campo de juego con jardín, y retretes y urinarios.
Dichas escuelas deben emplazarse en lugar sano y de fácil acceso para el mayor número de niños, si bien debe preferirse lo primero a lo segundo.
2ª La orientación en que las salas de trabajo caigan al Norte, es preferible a la del Este y Sur; pero se evitará siempre la del Oeste.
3ª Debe el edificio aislarse de todo otro, en medio del jardín y campo de juego, que en las ciudades se rodeará con verja y celosía sobre base mural, y con seto vivo en las poblaciones rurales.
4ª Si la escuela hubiere de emplazarse dando a calle o plaza, se procurará aislarla de todo otro edificio por una zona mínima de cuatro metros, y siempre se remeterá la fachada de tres a cinco respecto a la línea de las construcciones contiguas.
5ª El piso debe elevarse sobre la superficie del suelo cuanto fuere necesario para el saneamiento, y se dará entrada al edificio mediante una pequeña rampa, con preferencia a la escalinata de tres peldaños muy suaves y espaciosos.
6ª Si hubiere necesidad de reunir en un solo edificio la escuela elemental o de otro grado con la de párvulos, aquélla deberá estar en el piso principal y ésta en el bajo, teniendo siempre cada una entrada distinta.
7ª Detrás del edificio debe estar el campo de juego con árboles donde no impidan la libertad en los ejercicios. Este campo debe calcularse al menos a razón de cinco metros cuadrados por cada niño; debe tener el suelo pendiente para que viertan las aguas; estar cubierto de hierba muy corta, si es grande, o de arena gruesa en otro caso. Una parte del campo, la que rodee al edificio, debe dedicarse preferentemente a jardín de enseñanza.
8ª Las salas de trabajo no deben ser más de cuatro. Además de éstas podrá haber, si lo exige el clima, otra sala de juego, que nunca deberá ser central, esto es, situada delante de las de trabajo. Estas deben comunicar con una galería que dé al jardín y mediante ella con la de juego, situada en otro lado. En casi todas las localidades de España puede dicha sala de juego sustituirse ventajosamente con un cobertizo situado hacia el Mediodía o el Oriente.
9ª En la población rural de España no existen más de cincuenta niños de tres a siete años, por cada mil almas: la escuela de párvulos en dicha población no deberá tener, por consiguiente, más que una sala de trabajo. Ésta tendrá, como mínimum de área, a razón de un metro y cincuenta centímetros cuadrados, y cubicar cinco metros por alumno; la de juego, si la hubiere, a razón de cinco metros cuadrados y diez de cubicación por alumno.
10. La forma será ligeramente rectangular, y el pavimento, así como el de la de juego, galería y vestíbulo, serán, cuando los recursos lo permitan, preferentemente de adoquín de encina, roble u otra madera análoga, colocado sobre un subsuelo de asfalto. Si este piso no pudiese costearse, se empleará el de tabla de madera de pino del más resinoso o del que lo sea menos, con tal de que en ambos casos se impregne la madera con aceite de linaza, y el piso se coloque sobre una capa de un decímetro a lo menos de cok cribado.
11. Los ángulos de las salas deben estar ligeramente redondeados; las paredes estucadas y de un color claro muy neutro, protegidas por un zócalo de madera de un metro por lo menos. Si no pudiera costearse el estuco, se empleará la pintura de aceite, también con color claro muy neutro, o bien la pintura al temple con las mismas condiciones de color.
12. La luz se recibirá por ventanas apaisadas, cuya superficie total equivalga próximamente a un tercio de la del suelo, levantada de éste como unos ochenta centímetros cuando la sala haya de dar a calle o plaza; cuando haya de dar al jardín se levantará mucho menos, para que desde el interior los niños puedan alegrarse contemplando los encantos de la Naturaleza.
13. La luz debe ser unilateral, preferentemente del Norte, del Este, del Sur, pero nunca del Oeste; pueden, no obstante, existir ventanas opuestas para el solo objeto de facilitar la ventilación natural, que es la preferible.
14. El caldeo, si fuese necesario, no se proporcionará con braseros ni aparatos de palastro, que secan el aire o lo vician demasiado, así como la temperatura en ningún caso debe exceder de 18 a 20º centígrados.
15. El comedor no será sala de trabajo ni de juego: su piso no debe ser de madera.
16. El vestuario y lavabo podrán, en caso necesario, ser una misma habitación; los lavabos, uno por cada veinte alumnos, estarán en medio, y las perchas alrededor. En esta misma habitación podría estar la fuente o depósito de agua para beber.
17. Los retretes se situarán en medio del edificio, pero enteramente aislados del mismo. Tendrán boca de piedra, mármol mejor que pizarra, y si no fuese posible, de madera de la más compacta.
Para la desinfección se empleará el agua y chimenea de tiro espontáneo, o el medio preferible de la de tiro forzado por el alumbrado permanente de gas.
18. Conviene, como habitación aneja a la escuela, una sala para recibir a los padres o encargados de los alumnos, que podrá ser al mismo tiempo despacho para la profesora y sitio en que se deposite el material de enseñanza para que no esté constantemente a la vista de los niños: dicha habitación comunicará con el vestíbulo.
19. No es conveniente que esté unida a la escuela la habitación de la profesora; pero si así no pudiera ser, dicha habitación se situará de modo que no pueda confundirse con ella el local destinado a la escuela.
20. Convendrá, en fin, una pequeña habitación perfectamente ventilada para los enseres de limpieza, y que las poblaciones que cuenten con recursos, en vez de destinarlos a decorados ostentosos, casi nunca en relación con el interior del edificio, lo empleen en dotar estas escuelas de otras dependencias que, si no son absolutamente necesarias, pueden contribuir a mejorar la salud y estado moral e intelectual de los educandos, como son la cocina para calentar los almuerzos, las estufas e invernaderos para plantas, pequeños establos y jaulas para animales, piscina, ducha, baño, habitación en que colocar camas para que los niños puedan dormir un rato, etc.
21. No se proyectará escuela alguna para más de doscientos alumnos, ni englobada con otros establecimientos municipales que los destinados a enseñanza.
Que hay el propósito de perseverar en el camino iniciado en las precedentes disposiciones, y que se trata de preparar el terreno, estudiando el asunto, lo revela la Circular de la Dirección general de Instrucción pública de 16 de Octubre de 1884, tanto más significativa, cuanto que procede de una Administración poco afecta a las reformas pedagógicas. Dicha circular está dirigida a los Inspectores provinciales de primera enseñanza, y dice así:
«Considera esta Dirección muy necesario, como punto de partida para disposiciones del más alto interés en favor de la enseñanza, el conocimiento exacto de las condiciones higiénicas de las escuelas públicas y privadas; y a este fin, y limitándose por ahora a las primeras, ha acordado que los Inspectores del ramo adquieran por sí mismos, al practicar las visitas ordinarias y extraordinarias, los datos siguientes:
1º Superficie total de las salas destinadas a clase.
2º Superficie por plazas, o sea la que corresponde a cada uno de los alumnos o alumnas inscritos en los libros de matrícula.
3º Capacidad total, o sea cubicación de las mismas salas de clase.
4º Parte que corresponde a cada alumno en la capacidad total.
Igualmente ha determinado este Centro directivo, que en la segunda quincena de Enero y de Julio de cada año, se remita al mismo por las Inspecciones, dos resúmenes de las noticias reunidas, destinado el uno a las escuelas establecidas en locales propios, y el otro a las que los ocupan en virtud de arrendamiento, con arreglo a los modelos adjuntos, debiendo tenerse presente en su redacción estas reglas:
1ª En la columna núm. 1º se seguirá el orden alfabético.
2ª En la segunda y siguientes, se destinará un renglón para cada escuela.
Y 3ª Los datos se acomodarán al sistema métrico decimal, expresando las fracciones sólo en centímetros.
Lo que digo a V. para su inteligencia y exacto cumplimiento como servicio muy preferente, a que dará principio tan luego como reciba esta orden».
Otra prueba de que se persiste en el camino emprendido y de que se impone a todos el asunto, nos la suministran las disposiciones siguientes:
La disposición 4ª del art. 4ª del Decreto de 6 de Noviembre de 1884, dictando reglas para que las escuelas libres se cuenten en el número de las que deben sostener los Ayuntamientos, preceptúa, como uno de los requisitos necesarios para que pueda hacerse esta asimilación, «que se observen puntualmente las reglas de moralidad e higiene.
El art. 82 del Reglamento de la Junta municipal de primera enseñanza de Madrid, de 30 de Junio de 1885, dice refiriéndose a las condiciones necesarias para que tengan lugar la asimilación y subvención de escuelas libres, que: «Será asimismo requisito preciso la previa visita e informe del Médico Inspector jefe acerca de las condiciones higiénicas del local, debiendo determinar en su informe el número de alumnos que sin peligro de la higiene caben en las clases».
El Decreto de 18 de Agosto de 1885 (derogado), regulando el ejercicio de la libertad de enseñanza, contiene varias disposiciones que deben tenerse en cuenta. Ya en el art. 2º declara, respecto de los establecimientos libres, que el Gobierno se reserva el derecho de inspeccionarlos en cuanto se refiere, entre otras cosas, «a las condiciones higiénicas, y el corregir en la forma que los Reglamentos prescriban, las faltas que en esta materia se cometan». Entre los documentos que se exigen por el art. 11 a los que soliciten abrir establecimientos libres, se pide (núm. 3): «Un certificado de buenas condiciones higiénicas, expuesto, en forma de dictamen razonado, con arreglo al formulario (más adelante lo damos), que prescriban los Reglamentos, y autorizado por facultativo en ejercicio activo de la población». Por el art. 12 se autoriza a los Gobernadores para que, una vez presentada la solicitud de apertura de uno de dichos establecimientos, y dentro de treinta días, dispongan, «si lo creyeren conveniente, la inspección higiénica en comprobación de los datos presentados sobre este particular». Según el art. 17, a los mismos Gobernadores corresponde la resolución (en las solicitudes que se les presenten en demanda de apertura de establecimientos libres de enseñanza), «por motivos de higiene, oído el dictamen pericial, si la resolución fuere denegatoria». Por último, entre las condiciones que se imponen a los mencionados establecimientos libres para poder ser asimilados a los de la enseñanza oficial, figura la preceptuada en el art. 34, que dice así: «Toda cátedra o sala de estudio habrá de tener ventilación y capacidad suficiente, a razón de cuatro metros cúbicos por hora de clase para cada alumno que concurra a dicha cátedra».
El art. 6ª del Reglamento de 20 de Setiembre de 1885 (también derogado) para la ejecución del Decreto a que acabamos de referirnos, dice así:
«El certificado de buenas condiciones de higiene que previene el caso tercero del art. 11 del mismo Real decreto (véase esto más arriba), estará redactado para todo establecimiento libre de enseñanza en la forma siguiente:
«Don....., Doctor o Licenciado en Medicina o Cirugía, con ejercicio en....., y domiciliado en la..... de..... núm....., cuarto.....
Certifico: Que en el día del actual, y a instancia de D....., he inspeccionado el local destinado a establecimiento libre de enseñanza, sito en..... para informar, con arreglo a la disposición tercera del art. 11 del Real decreto de 18 de Agosto de 1885, si reúne condiciones higiénicas para un establecimiento de su clase. Del atento examen que con el expresado objeto practicó el que suscribe, resulta lo siguiente:
1º Que al indicado local da acceso (indicar las condiciones de luz, ventilación y anchura de este acceso).
2º Que la sala o salas que pueden o se desea utilizar para clases tienen (su forma, superficie en metros y decímetros, altura en metros y centímetros, capacidad en metros y decímetros). Número de huecos de ventana y superficie de los mismos en cada sala, expresada en metros y decímetros, sistema de ventilación que se haya adoptado o piense adoptarse.
3º Que por su distancia del local de las clases, su ventilación y demás circunstancias, los retretes y urinarios reúnen las debidas condiciones higiénicas para la asistencia escolar a que se destina el establecimiento.
4º Que ni en el edificio ni en sus inmediaciones existen establecimientos insalubres o incómodos, tales como mercados, hospitales, fábricas, etc., o aguas estancadas.
5º Si el centro de enseñanza comprende todo el edificio, o bien si hay en él otros vecinos, en cuyo caso se ha de fijar el piso en que esté constituido el establecimiento libre de enseñanza.
De lo expuesto deducimos:
1º Que el local indicado reúne condiciones higiénicas para (el objeto a que trata de destinarse).
2º Que en sus salas de clase y estudio puede admitirse, dada su capacidad, ventilación y demás requisitos, la asistencia escolar correspondiente. -Fecha y firma».
En el mismo Reglamento, y en el art. 45, se dispone que: «Los requisitos del art. 34 del Real decreto (más arriba queda transcrito este artículo) se justificarán presentando un certificado en la misma forma que previene el art. 6º de este Reglamento, sin otra modificación en el formulario que el hallarse redactada su conclusión en los términos siguientes:
«De lo expuesto deducimos:
1º Que el local indicado reúne las condiciones para (el objeto a que se destina).
2º Que en cada una de sus salas de clase y estudio pueden admitirse, dada su capacidad y demás requisitos, a razón de cuatro metros cúbicos por hora y alumno, y habida en cuenta la ventilación (tantos) alumnos.- Fecha y firma».
Por el art. 24 (núm. 1º) del Real decreto de 21 de Agosto de 1885, reorganizando la carrera de Inspectores de primera enseñanza, se impone a estos funcionarios la obligación de inspeccionar «el estado de los edificios, los locales de las escuelas, etc.», en conformidad con lo prevenido en el art. l43 del Reglamento general para la administración y régimen de la instrucción pública, de 20 de Julio de 1859, que prescribe a los Inspectores el deber de visitar cuidadosamente las escuelas «enterándose del estado del local».
Mucho más pobre que respecto de los locales es nuestra legislación de instrucción primaria en lo tocante al mobiliario de las clases y al material de enseñanza; en realidad nada se encuentra en ella que se refiera a las condiciones higiénicas, sino es para negarlas, como acontece en algunos de los artículos que a continuación copiamos, del Reglamento de escuelas de 26 de Noviembre de 1838:
«Art. 4º En la sala o pieza de la escuela, y a vista de los niños, habrá una imagen de Jesucristo, Señor nuestro.
Art. 5º La mesa del maestro estará colocada al frente de los discípulos, y de manera que pueda ver todas las clases y cuanto pase en la escuela.
Art. 6º Convendrá que las mesas de escribir sean largas y estrechas (de 16 a 18 pulgadas de anchura) con la conveniente inclinación para que puedan trabajar los niños sin incomodidad, evitando en cuanto pueda ser el servirse de mesas anchas en que se coloquen niños por ambos lados, por la mayor dificultad de vigilarlos.
A distancias proporcionadas, sobre la parte superior de las mesas, se fijarán tinteros de modo que uno de ellos pueda servir para dos discípulos.
Art. 7ª El maestro colocará en las paredes de la sala carteles donde estén escritos en letras grandes los principales deberes de los niños en la escuela. Igualmente se pondrán en parte conveniente de la pared cartelones o tableros, cuya superficie presente lecciones impresas o manuscritas, con el abecedario, tablas de multiplicación, pesos y medidas.
Art. 8ª En defecto de pieza para guardar los sombreros, gorras, etc., se colocarán dentro de la escuela en perchas o clavos puestos a la altura de los niños, observando como regla general la máxima de que haya un lugar parla cada cosa, y cada cosa esté en su lugar».
La Real orden de 10 de Enero de 1839 se limita, respecto del particular que nos ocupa, a lo siguiente (disposición 8ª):
«Las escuelas deberán estar provistas por cuenta de los Ayuntamientos, de los muebles y enseres necesarios para la enseñanza, bancos, atriles o mesas, tinteros, tableros o cartones con lecciones impresas, encerados o tableros negros y pizarras, donde se pueda, libros, papel y plumas para los niños pobres; y en fin, del Reglamento vigente de escuelas».
El Decreto de 23 de Setiembre de 1847 se circunscribe a decir, respecto del particular que tratamos, que los Ayuntamientos deberán dar a todo maestro, «menaje y los útiles necesarios a la enseñanza, conforme a la misma instrucción» (la de que se hizo referencia al tratar del local).
Tampoco dicen nada relativamente a las condiciones del mobiliario y material de enseñanza, la Ley de Instrucción pública de 1857 y el Reglamento de 20 de Julio de 1859.
En el Reglamento de Instrucción primaria de 10 de Junio de 1868, dado por el Sr. Catalina para la ejecución de su Ley (fecha 2 del mismo mes y año), se preceptúa lo que sigue, que no hay para qué tener en cuenta, no sólo porque realmente no llegó a regir, sino porque nada dice que revele el deseo de atender a las prescripciones de la Higiene escolar, que por lo visto eran un mito para el autor de dicho Reglamento. Véanse, en prueba de lo que decimos, los artículos que tratan del mobiliario y material de enseñanza:
«Art. 134. En todas las escuelas habrá un Crucifijo o una imagen de Jesucristo, Señor nuestro, otra de la Santísima Virgen y un retrato de S. M.
Podrán colocarse también cuadros con los retratos o los nombres en grandes caracteres de los patronos y bienhechores de la escuela, y de los hombres ilustres de la provincia, designados por la Junta de instrucción primaria.
Art. 135. La mesa del maestro se colocará en la sala de clase sobre una plataforma o tarima desde donde se domine toda la sala.
Las mesas de escribir de los niños, formando un solo cuerpo con los bancos respectivos, estarán en el centro de la sala en dirección paralela a la del maestro.
Art. 136. Las escuelas estarán provistas de los demás muebles y enseres, así como de los medios de enseñanza que fueren necesarios, y de libros, papel y útiles indispensables para la instrucción de los alumnos pobres, cuyos objetos se conservarán en la misma escuela, a excepción de los cuadernos de Escritura, Aritmética, Dibujo y otros ejercicios, que serán propiedad de los alumnos.
Art. 137. Corresponde al maestro cuidar de la conservación y aseo del edificio y de los muebles y objetos empleados en la enseñanza, de cuya obligación se le exigirá cuenta por la Junta local».
El Decreto-ley del Sr. Ruiz Zorrilla, ya citado (18 de Enero de 1869), no menciona para nada el mobiliario y material de enseñanza; pero la Comisión nombrada a consecuencia del mismo, dice lo siguiente en la sétima de las conclusiones de que antes hemos hecho mérito:
«Que las mesas que han de colocarse en las escuelas para el estudio y trabajos de los niños, tengan la misma forma que las que hoy existen en las escuelas públicas de Madrid, y que las dimensiones de cada una permita el fácil acomodo en ella por lo menos de seis niños».
Para encontrar algunas disposiciones relativas al mobiliario y el material de enseñanza, con relación a sus condiciones, precisa venir a la legislación especial de estos últimos tiempos, referente a la asimilación de las escuelas libres con las oficiales, y a las que tratan de regularizar el ejercicio de las libertad de enseñanza; pues el Decreto de 5 de Octubre de 1883 no contiene disposición alguna acerca del particular que nos ocupa219.
Por la primera de las indicadas disposiciones (Decreto de 6 de Noviembre de 1884), entre los requisitos que se exigen para que pueda hacerse la asimilación de las escuelas libres con las publicas, figura (art. 4º, núm. 4º) el de «que el material y los medios de enseñanza sean los debidos y convenientes».
El Decreto de 18 de Agosto de 1885 (derogado), relativo a la enseñanza libre, impone varias condiciones para la asimilación de los establecimientos de esta clase con los oficiales, y entre ellas la de que «el edificio reúne en sus locales el material y los medios de enseñanza debidos y convenientes, a juicio de la Inspección» (art. 33, núm. 5º).
El Reglamento dictado en 20 de Setiembre de 1885 (también derogado), para la ejecución del anterior Decreto, dice en su art. 43:
«Al efecto de acreditar que el establecimiento reúne en sus locales el material y los medios de enseñanza debidos y convenientes, según previene el mismo caso quinto del art. 33 del Real decreto, el Jefe o Director del establecimiento presentará una Memoria suscrita por él, en la que se haga detallada relación de las condiciones que acerca de estos extremos reúne el establecimiento». -Como se ve, no se determinan aquí, respecto del mobiliario y material de enseñanza, las condiciones, como se hace en la misma disposición respecto de los edificios.
Últimamente, en la disposición primera del art. 24 del Real decreto de 21 de Agosto de 1885, reorganizando la carrera de Inspectores de primera enseñanza, se impone a dichos funcionarios la obligación de «inspeccionar el material de enseñanza», en conformidad con lo preceptuado en el art. 143 del Reglamento general para el régimen y administración de la instrucción pública de 20 de Julio de 1859, que preceptúa que los Inspectores visiten cuidadosamente las escuelas, «enterándose del estado de sus enseres».
No pueden citarse, respecto de este particular, disposiciones generales: el asunto es bastante nuevo y necesita estudiarse detenidamente, por lo cual nada de extraño tiene que no se haya traducido en preceptos de carácter general.
Como en el capítulo preliminar de este libro quedó indicado, se han dictado dos disposiciones de carácter particular, estableciendo el servicio que nos ocupa en determinadas escuelas.
La primera de estas disposiciones es una Real orden que lleva la fecha del 17 de Marzo de 1879, está suscrita por el Sr. Conde de Toreno (iniciador de muy interesantes reformas en la primera enseñanza), se refiere a los Jardines de la Infancia de Madrid, que dicho Ministro creara, y dice como sigue:
«La aplicación de los principios de Higiene a las escuelas es una necesidad, cada día más imperiosa a medida que se propaga la enseñanza y crece la población escolar. Demostrado está, por la observación y los estudios de los hombres de ciencia, que ni las reglas generales de la Pedagogía, ni el más solícito afán de los maestros pueden evitar de un modo absoluto los peligros y las contingencias a que en aquellos establecimientos se hallan expuestos los niños, siendo hoy un axioma, por nadie puesto en duda, la conveniencia de la intervención de los profesores de las ciencias médicas en todas las escuelas, y muy especialmente en las que más corta es la edad y mayor el número de los niños que a ellas asisten. Así, pues, en la Escuela-modelo de párvulos que para la práctica del sistema de Jardines de la Infancia se ha de inaugurar en breve, y a la que han de asistir doscientos o más niños de uno y otro sexo, es preciso que el Gobierno dé el ejemplo en lo que se refiere a Higiene escolar, a fin de que este ensayo, que no puede menos de producir satisfactorios resultados, sirva de experiencia que estimule el celo y despierte el deseo de introducir esta mejora en las Diputaciones y Ayuntamientos, encargados por la Ley del sostenimiento de la enseñanza popular. En su consecuencia, S. M. el Rey (Q. D. G.) se ha servido disponer lo siguiente:
1º La asistencia y vigilancia higiénica de la escuela-modelo de párvulos estará a cargo de un Profesor de medicina nombrado por esa Dirección general.
2º Sus obligaciones serán:
Primera. Visitar diariamente la escuela, y reconocer a los niños y niñas que a ella asistan, haciendo las prescripciones oportunas respecto a los que presentasen indicios o síntomas de alteración en su salud, disponiendo que sean retirados de las clases y enviados a sus casas desde luego cuando lo considerase necesario.
Segunda. Dar las instrucciones convenientes al Maestro-regente para la calefacción, ventilación y reglas especiales de salubridad de las salas de trabajo y recreo.
Tercera. Dirigir y prescribir la forma, tiempo y demás condiciones de los baños de que pueden hacer uso los niños y niñas en la misma escuela.
Cuarta. Hacer presente en las conferencias mensuales, que con arreglo al art. 19 del Reglamento de la escuela ha de celebrar el personal de la misma, las reglas que a su juicio convenga observar en la distribución del tiempo y del trabajo de los alumnos, y para cuanto tenga relación con la salud y desarrollo físico de los mismos.
Quinta. Presentar todos los años en el mes de Enero en esa Dirección una Memoria que comprenda las observaciones deducidas del estudio y de la asistencia diaria a la escuela, así como las reformas y mejoras que crea necesarias o útiles.
3º El Profesor encargado de este servicio disfrutará una gratificación anual de 750 pesetas, que en el presente ejercicio se abonarán con cargo a las economías que resulten en el cap. 8º, art. 1º, por el concepto de personal de la Escuela-modelo de párvulos del presupuesto de este Ministerio, incluyéndose la partida correspondiente en el que ha de formarse para el próximo año económico».
La otra de las disposiciones mencionadas, es la Real orden de 18 de Noviembre de 1884, que se refiere a las escuelas públicas de Madrid, y dice:
«Mueven siempre particular atención los cuidados higiénicos de las escuelas, en interés del desarrollo físico y de la salud de los niños, reunidos allí muchas horas del día. En los grandes centros de población estos cuidados han de ser tanto más esmerados y minuciosos cuanto mayor sea la concurrencia escolar, y menos apropiado a su destino el lugar de la reunión. Los datos pedidos a los Inspectores de primera enseñanza por la Dirección general de Instrucción pública en 16 de Octubre último, servirán de fundamento para ordenar las reformas y mejoras en el particular que las circunstancias exijan y los recursos consientan. Entretanto, como medida urgente respecto a Madrid, por las malas condiciones de sus locales escolares, S. M. el Rey (Q. D. G.) ha tenido a bien disponer lo siguiente:
Primero. Se crea una plaza de Médico de las escuelas públicas de Madrid, dotada con el sueldo anual de 3.000 pesetas. Su nombramiento corresponderá al Ministerio de Fomento.
Segundo. Será obligación de este funcionario:
1º Visitar e inspeccionar las escuelas en todo lo concerniente a salubridad e higiene.
2º Proponer al Ministro de Fomento, o en su caso a la Junta local de primera enseñanza, las reformas higiénicas que considere indispensables.
3º Reconocer desde el punto de vista higiénico los edificios que en lo sucesivo hayan de destinarse a escuelas públicas. Iguales reconocimientos verificará en las escuelas privadas cuando la autoridad competente lo ordene.
Y 4º Presentar anualmente a la Dirección general de Instrucción pública una Memoria sobre el estado de salubridad de las escuelas, indicando las reformas hechas en este sentido y proponiendo las que deban realizarse»220.
En correspondencia con esta Real orden se dispone en el Reglamento de la Inspección de las escuelas públicas de Madrid (30 de Junio de 1885) y en su título V, que trata De la Inspección médica de las Escuelas de primera enseñanza, lo que sigue, que revela una vez más que nuestra Administración empieza a preocuparse de las cuestiones concernientes a la Higiene escolar:
«Art. 15. Para la inspección médica de las escuelas públicas y libres de Madrid, habrá un Médico Inspector jefe y los demás Médicos o funcionarios especiales que acuerden la Junta municipal y el Ayuntamiento.
Art. 16. El Médico Inspector Jefe lo nombra el Ministro de Fomento y percibirá el sueldo fijo anual de 3.000 pesetas con cargo al presupuesto del Ministerio del ramo.
Art. 17. Los demás Médicos Inspectores y funcionarios de este mismo orden son de libre nombramiento del Presidente de la Junta municipal, y percibirán, a cargo del presupuesto municipal, el sueldo que el mismo determine.
Art. 18. Son condiciones necesarias para optar el cargo de Médico Inspector:
1ª Tener el título de Doctor, siendo Licenciado con dos años de anterioridad por lo menos a la fecha del nombramiento para el cargo de Inspector médico.
2ª Ser vecino de esta Corte y estar en el servicio activo de la profesión.
Art. 19. En cuanto lo permitan los recursos del Municipio, el cuerpo de Médicos Inspectores del ramo de primera enseñanza se organizará por distritos y barrios.
Art. 20. Son atribuciones y deberes del Médico Inspector jefe:
1º Cuidar del cumplimiento de la Real orden de 18 de Noviembre de 1884.
2º Convocar y presidir las Juntas de los individuos de este Cuerpo especial que estime conveniente para el mejor servicio sanitario de las escuelas.
3º Ejercer la alta inspección médica en las escuelas de todas clases y grados de Madrid.
4º Visitar por lo menos una vez al año todas las escuelas de Madrid y llevar el Registro general de las mismas, procurando que los Médicos Inspectores de distrito lleven el suyo respectivo.
5º Informar todos los expedientes en que este requisito sea necesario.
6º Practicar todas las visitas extraordinarias que la Superioridad le encomiende o que él estime convenientes para el mejor servicio del ramo.
7º Redactar anualmente la Memoria y los trabajos estadísticos del ramo, según previene el caso 4º del art. 2º de la Real orden de 18 de Noviembre de 1884. Aprobada esta Memoria por el Ministro de Fomento, tendrá derecho a percibir, a título de gratificación con cargo al presupuesto municipal, una cantidad equivalente al sueldo máximo que perciban de este presupuesto los Médicos Inspectores de distrito.
Art. 21. Cuando por necesidades de higiene o salubridad conviniere la clausura de alguna escuela pública o privada, el Médico Inspector jefe será el personalmente encargado del informe facultativo. Acordada por estos motivos la clausura de alguna escuela, no podrá abrirse nuevamente sin el previo informe y aprobación del Médico Inspector jefe.
Art. 22. Son atribuciones y deberes de los Médicos Inspectores de distrito:
1º Llevar un Registro especial de las escuelas de su distrito, haciendo constar en el mismo todos los datos y observaciones sanitarias a ellas referentes y al resultado y fecha de cada una de sus visitas. Este Registro de inspección médica estará siempre a disposición de las autoridades encargadas de la vigilancia de las escuelas, que podrán examinarlo cuantas veces lo crean conveniente.
2º Visitar las escuelas de distrito dos veces al mes y siempre que lo creyeren necesario para el servicio, o que lo ordenare la Superioridad, o bien lo reclamase así el maestro de alguna escuela por haberse presentado en la misma algún caso que sospechase de naturaleza contagiosa.
3º Reconocer los niños que han de ingresar en las escuelas públicas del distrito, negándoles la autorización sanitaria para la matrícula si no estuviesen vacunados o padeciesen alguna enfermedad contagiosa. Si el padre de un niño u quien se negase el Vº Bº sanitario, no se conformase con la resolución del Médico, podrá recurrir al Médico Inspector jefe.
4º Reconocer en su visita a las escuelas a los alumnos, y si en alguno observase síntomas de enfermedad contagiosa o infecciosa, le prohibirá el acceso a la escuela, dando inmediato aviso a sus padres o encargados, en el cual se les prevendrán los motivos de esta resolución, haciéndoles saber que para que el alumno pueda volver nuevamente a la escuela, necesitará reconocimiento previo y autorización del Médico Inspector, en la que se hará constar que no ofrece inconveniente la nueva admisión en la escuela, si así resultare del acto del reconocimiento.
Art. 23. Si en las visitas observaren falta de aseo en los niños, dispondrán que no vuelvan a la escuela hasta tanto que consigan una nueva certificación de sanidad por parte de la Inspección médica. Si fuese considerable el número de estos alumnos que a un tiempo se encontrase en este estado en la escuela, lo pondrá en conocimiento de la Inspección pedagógica, para que ésta imponga al maestro la pena disciplinaria que corresponda, según el caso.
Art. 24. En el presupuesto municipal se consignará la partida precisa para cubrir las atenciones de material referente a los registros, impresos y demás gastos de escritorio referentes a este ramo; cuyos justificantes de inversión presentará el Médico Inspector jefe al Presidente de la Junta municipal, en los términos que éste señale.
Art. 25. A falta de una designación especial del Ministerio de Fomento de ausencia o enfermedad del Médico Inspector jefe, el Inspector de distrito más antiguo desempeñará las funciones de jefe, y será el que durante la interinidad desempeñe sus atribuciones para todos los efectos profesionales y administrativos.
Art. 26. Caso de que se organice la Inspección médica por barrios, el Médico Inspector de barrio tendrá dentro del suyo respectivo las atribuciones que el de distrito; y éste desempeñará el servicio de inspección con las atribuciones del Médico Inspector; pero sujeto siempre a la dirección superior del Médico Inspector general.
En virtud de las disposiciones que preceden, la Junta municipal de primera enseñanza de Madrid, de acuerdo con el Sr. Alcalde, ha nombrado, sin sueldo, diez Médicos que, bajo la dirección del Inspector jefe antes dicho, tengan a su cargo la inspección de las escuelas de los diez distritos en que se divide Madrid, a saber: en el de Palacio, D. Nicolás Alonso; en el de la Universidad, D. Carmelo Gómez; en el del Centro, D. Aniceto Bermejillo; en el del Hospicio, D. Rogelio Galera; en el de Buenavista, D. Julián Pascual Ortega; en el del Congreso, D. Vicente Gómez Matías; en el del Hospital, D. Leonardo Pérez; en el de la Inclusa, D. Nicolás Martín; en el de la Latina, D. Rafael Barrantes y en el de la Audiencia, D. Tomás Rodríguez.
Por Real orden de 6 de Marzo de 1885 se ha creado una plaza de Médico oftalmológico para las escuelas públicas de Madrid, habiendo sido nombrado para ella el especialista D. Santiago Albitos, sin sueldo ni gratificación alguna.
Con esto ponemos término a la Compilación de las disposiciones oficiales relativas a Higiene escolar, que hemos creído conveniente añadir aquí por vía de ilustración a las cuestiones que se dilucidan en el TRATADO a que dicha compilación sirve de Apéndice.
