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ArribaAbajoImportancia especial de la televisión

Hogar y disponibilidad

La televisión está destinada desde su nacimiento a tener su puesto en la vivienda familiar. Y el hecho patente es que en los países desarrollados y en vías de desarrollo la televisión se ha introducido en casi todos los hogares.

Esto hace que la televisión adquiera papel preponderante en la vida actual aunque sólo sea por la cantidad de horas que se le pueden dedicar y se le dedican.

Según una encuesta realizada en 1958 en los Estados Unidos, el adulto medio pasaba más tiempo ante su televisor que en el trabajo.

Aparte lo hiperbólico del resultado, sí hay que reconocer que la televisión ocupa en la vida de las personas y sobre todo de los niños, más tiempo que cualquier otro medio de comunicación social. Con la excepción sola de la radio para determinados tipos de trabajo como los conductores, las trabajadoras de pequeños talleres de confección, los conserjes y los jubilados en sus interminables permanencias en los parques.

El hecho de encontrarse con el televisor en el propio hogar y su fácil manejo confieren a este medio de comunicación una disponibilidad de que no gozan los demás.

Sin necesidad de recurrir a estadísticas ni a encuestas es fácil concluir que quien tenga televisor en su casa le dedicará alguna hora de atención diaria, bien sea a los programas de sobremesa, bien a los de la noche, bien a los concursos y retransmisiones deportivas o de acontecimientos importantes de la vida nacional e internacional.

La suma de horas al final de la semana será superior sin duda a las dedicadas al teatro, al cine e incluso a la lectura de diarios y revistas.

Cuántas horas dedican los niños a la televisión

El anuario Broadcasting Yearbook indica que en los Estados Unidos el televisor del hogar funciona más de seis horas diarias. Esto brinda bastantes oportunidades para los niños sobre todo en algunas épocas del año.

La BBC puntualiza que en Inglaterra los niños comprendidos entre los cinco y los once años ven más de dos horas diarias de televisión. Pero a partir de los doce, según esta información, los niños ingleses disminuyen sus horas de dedicación a la televisión.

Dada la amplitud de las afirmaciones, para cualquiera de los casos habría que señalar fluctuaciones notables de acuerdo con el nivel económico, social y cultural de la familia.

Para cada caso concreto de los niños españoles pueden servir de indicativo los resultados de una encuesta -a la que aludiremos repetidas veces- realizada por Manuel Rastoll y aparecida en la revista Vida nueva (Madrid, 31 de marzo de 1973).

Los muchachos interrogados ascendían a 1304 y sus edades oscilaban entre los ocho y los catorce años al siguiente tenor:

8 años 142
9 años 199
10 años 246
11 años 225
12 años 214
13 años 230
14 años 47

La encuesta se llevó a cabo en la localidad de Ibi (Alicante) y los encuestados eran alumnos de dos centros educativos religiosos, de los que se pueden clasificar como de clase media tirando a popular.

Por supuesto que el 99'9 % de los encuestados afirmaron que les gustaba la televisión, frente al 0'7 % que confesaron que no.

La pregunta ¿cuántas horas al día ves la televisión?, tuvo las siguientes respuestas:

1 hora 117 niños 8'9 %
2 horas 262 niños 20'09 %
3 horas 344 niños 26'3
4 horas 259 niños 19'8 %
5 horas 153 niños 11'7
6 horas 115 niños 8'6 %
7 horas 15 niños 1'1 %
8 horas 12 niños 0'9

Evidentemente resulta mucho más fácil para padres y educadores calcular el tiempo que el niño dedica al cine que a la televisión. Del cine puede saberse con todo detalle e incluso sacar un término medio que para niños de ciudad suele llegar a las tres horas semanales. Depende de la asiduidad fácilmente controlable.

Para la televisión hay que recurrir al sondeo y a la encuesta con todos los graves riesgos por parte del encuestador que se ha de fiar de respuestas presumiblemente poco precisas.

Por lo que respecta a los días de la semana en que ven la televisión los citados niños de Ibi respondieron:

Lunes 331 niños 11'7 %
Martes 312 11 %
Miércoles 183 6'5%
Jueves 227 8 %
Viernes 183 63%
Sábado 882 34'9%
Domingo 690 24'5%

Si nuestros cálculos no fallan y las confesiones se atienen a la realidad, cosa harto difícil, estos niños de Ibi veían más de tres horas diarias de televisión sin llegar a las tres y media.

Estos datos pueden completarse y cotejarse con los obtenidos por Joan Soler Amigó en una encuesta realizada en Barcelona en 1973 y dirigida a los padres de los alumnos:

Niños de 3 años 45 minutos diarios
Niños de 5 y 6 años 2 horas
Niños de 12 y 13 años 3 horas
Niñoa de 13 a 16 años 2 horas

De traducir realidades generales estos datos revelarían asiduidad superior a la de Francia y los Estados Unidos. Para Soler Amigó los niños pasan en clase un promedio anual de 800 horas mientras que el promedio anual de horas ante el televisor se eleva a 1.000.

A nuestro alcance, un estudio de René Courtois realizado con casi 3.000 jóvenes belgas de Bachillerato y Escuela Normal, en 1958, arrojaba porcentajes más elevados todavía. Tal vez el paso del tiempo haya hecho descender el fervor por un medio de comunicación social que ahora no supone ya tanta novedad.

De todas formas los porcentajes totales son francamente elevados sobre todo para estudiantes, aunque la respuesta no ataña al tiempo de visión, sino al que permanece abierto el aparato.

1 hora 2 horas 3 horas 4 h.y más
Chicos 16% 41% 23% 10%
Chicas 21% 45% 20% 7 %

La cosa se complica más cuando para las mismas fechas la audición de la radio ocupaba a estos jóvenes belgas en la siguiente proporción:

1/2 h. 1 h. 2 h. 3 h. 4 h. 5 h. y más
Chicos 9 % 23% 24% 12% 8 % 10 %
Chicas 10% 21% 21% 11 % 8 % 11 %

De todas formas cualquier consideración, por somera que sea, sobre estos datos y otros posibles pone de relieve que los medios de comunicación social ocupan un porcentaje elevado de tiempo en la vida de muchas personas y concretamente en la de los niños.

Indiscriminación en el auditorio

Es bien sabido que alrededor del mismo televisor se aglutinan todos los miembros de una misma familia. Y puede comprobarse fácilmente que, pese a la catalogación de los programas según los distintos tipos de auditorio, éste es indiscriminado. Los niños ven programas de adultos y los mayores ven algunos de los destinados a los niños.

Pensando de forma realista hay que concluir que todos esos niños que confiesan ver de 4 a 8 horas diarias de televisión, superiores en amplitud a los programas infantiles, por fuerza han de ver programas de adultos.

Bastará señalar algunas preferencias para descubrirlo. En la citada encuesta de Manuel Rastoll el 43'25 % de los niños declaraban sus preferencias por el concurso Un, dos, tres; el 39'4 % preferían la sesión de cine de noche.

De los programas calificados oficialmente como infantiles, ninguno gozaba del favor de un 20 % de los muchachos, excepto los dibujos animados, si se toman como infantiles.

El resultado de esta indiscriminación del auditorio hace que la televisión adquiera carácter familiar y esté en disposición de ofrecer lo que podríamos calificar como «socialización» del espectáculo.

Indudablemente esto presenta ventajas e inconvenientes. Y, si entre las primeras se cuenta la posibilidad de recalcar, explicar o reprobar ante el niño lo que tal o cual actitud merece según el adulto, también presenta la dificultad de enfrentar al niño con proyecciones que no han sido pensadas para él. Cierto que algunas no le interesarán, otras, en cambio, lo harán prematuramente.

Masificación y trivialización

Anteriormente hemos aludido al peligro de trivialización que acecha a la televisión sobre todo. En realidad esta trivialización forma parte del capítulo de la masificación.

Esta masificación está en relación directa con la concentración de los medios de comunicación social. Queda claro que allí donde sólo existiese un periódico como medio informante, monopolizaría la información y la opinión. Esto es lo que sucede precisamente con la televisión. En los países donde existe una sola organización de televisión, y más todavía si ésta se reduce en la práctica a un solo canal, el hombre que no quiera verse manipulado por las ideas esparcidas por esta televisión tendrá que buscar en la prensa, en la radio, en el libro, los recursos necesarios para no llegar a esa unificación de criterios.

Hay un hecho curioso que ilustra sobre estos mecanismos de defensa de la sociedad. Es sabido que los diarios han experimentado en todo el mundo los efectos de la concentración financiera e ideológica. Al lado de ellos se han multiplicado, como defensa ante el peligro de unificación subsiguiente, las revistas y publicaciones de todo tipo.

Esta falta de contraste de pareceres, en gran parte emanada del monopolio de la televisión, puede conseguir una cierta homogeneización que, en definitiva, por un lado aboque en la pobreza de ideas, pero por otro favorezca las bases de una comunicación más amplia.

Ha de existir por lo tanto un sistema que individualice y personalice para que, dentro de esa mayor igualación se permita el desarrollo de las condiciones de cada persona. De lo contrario caeríamos en una de esas utopías de la ciencia-ficción que nos presentan un mundo donde los hombres, todos iguales y perfectamente clasificados, dejan cabalmente de ser hombres para ser simples números, ya súbditos, ya consumidores.

Nicole Sauvage abundando sobre el tema afirma: «Abrevados en las mismas fuentes de información, los hombres tendrán que defenderse contra una cierta unificación de opiniones. Si quieren cultivar sus diferencias y preservar su personalidad, sin perder la facultad de escucharse y de construir juntos, siempre les será necesario insertarse en comunidades humanas vivas y más restringidas». Esto es particularmente grave por lo que afecta a personas débiles e indefensas como son los niños.

Hace unos años, pongamos por ejemplo, los niños españoles tenían variedad de libros y revistas que reclamaban su atención. Eran libres de escoger unos u otros. Ahora, gracias a series televisivas sobradamente conocidas, se han sentido presionados a caer sucesivamente ante la dictadura monocolor, primero de Pippi Calzaslargas, luego de Heidi, luego de Marco.

Gráficamente alude MacLuhan a estos efectos cuando afirma que bajo el signo de lo audiovisual el mundo se está convirtiendo en una inmensa aldea donde todos vibran al son de las mismas emociones y sentimientos.

La televisión, caja de resonancia de otros medios

Por una parte la televisión reviste caracteres de levedad. Aunque sólo sea por la necesidad de fraccionar el tiempo para no incurrir en el aburrimiento del espectador. Consecuencia inevitable es su superficialidad.

Por otra parte la televisión está acechada constantemente por su proclividad a la trivialización. Por si fuera poco, la irrepetibilidad de los programas la convierte en un horno crematorio donde se consumen cantidades ingentes de información, de espectáculo y de reportaje. Por todo ello la televisión se convierte en un punto de convergencia que atrae a profesionales de todos los demás medios de comunicación más que cualquiera de ellos.

Escritores, periodistas, dramaturgos, novelistas, guionistas de todo tipo. Artistas de teatro, de cine, de radio, de variedades: Músicos de toda condición. Cantantes de todo género... Y no hace falta seguir enumerando.

La televisión es, pues, la auténtica caja de resonancia de todos los demás medios y se convierte, además, en la caja de resonancia de cuanto sucede y hay en un país en la medida y en la proporción de su deseo de verdad y de su libertad de acción.

Estas condiciones engendran en el propio seno de la televisión dificultades enormes de dosificación, de jerarquización de valores, de selección adecuada. Por regla general todos los Estados controlan más de cerca a la televisión que a cualquier otro medio de comunicación, y a la postre todas estas medidas de control tienen un denominador común: suavizar los contenidos. Por ello alguien ha podido afirmar que la televisión es anodina en todo el mundo.

Al convertirse en caja de resonancia obligada pierde personalidad y fuerza.

La prueba la tenemos en que en la televisión sólo hay famosos, populares insistentemente asomados, pero no hay creadores de auténtica categoría como sucede en el terreno de la novela, el teatro, o del periodismo. Estos si acaso se trasvasan a la televisión.

Situación de los programas infantiles

Si toda educación supone programación, los programas infantiles han de sentir forzosamente esa necesidad que comporta notables dificultades.

Las dificultades se originan:

-en la naturaleza misma de estos programas,

- en la falta de personal especializado,

- en el espectro de edades a que han de atender.

Concebir los programas infantiles exclusivamente como diversión es inadmisible:

1.° Porque cualquier cosa que toca al niño, según la sentencia tradicional, lo educa o lo deforma. La asepsia total en la diversión, si fuera posible, se esfumaría ante la deformación evasiva que engendraría por fuerza.

2.° La educación por naturaleza es obra de artesanía, de reflexión serena sobre cada individuo. Así lo entienden las madres cuando se vuelcan sobre sus hijos a veces tan dispares. Y así lo hacen los auténticos educadores. Malamente pueden responder a estas exigencias programas destinados a una gran e indiscriminada masa de espectadores.

3.° El niño, indefenso, impresionable, limitado en su capacidad de atención y de comprensión, reclama un tipo de comunicación que permita al emisor corregirse y matizar sobre la marcha. Evidentemente, la reconocida dificultad de comunicación para este medio, se acentúa por las especiales condiciones del niño.

Lo que para unos niños puede servir de diversión, para otros será penoso ejercicio de comprensión y de descubrimiento.

Por regla general el personal que se ocupa de los programas infantiles de televisión se considera a sí mismo como en un peldaño. Y en él unos miran hacia arriba, y lo aceptan por la posibilidad de ascenso. Otros, por el contrario, llevan el sello de su descontento al reconocer que en esta escalera están en tal peldaño porque bajan de otros más elevados a los que no han podido acceder o porque no han logrado mantenerse.

Un equipo especializado de televisión infantil implicaría dos tipos de personal:

-los técnicos, y

-los creadores.

Entre los primeros, dispuestos a valorar y orientar la programación, tendría que haber educadores -pedagogos y psicólogos-, especialistas en lenguaje, críticos de arte y literatura para niños, entre otros.

Y entre los creadores, personas que además de tener creatividad, gusto e iniciativas, fueran capaces de plasmarlos en intentos apropiados para el niño, lo que implicaría no sólo el conocimiento intuitivo del mismo, sino también el científico.

Por supuesto que todos, escritores, intérpretes, decoradores, guionistas, realizadores tendrían que ser personas dispuestas a superar sus propios complejos, si los tuvieran, y capaces de mantener la serenidad y el equilibrio que tan delicada misión requiere.

Se objetará que, a causa de tantas exigencias, a la postre perderían espontaneidad los productos, a la fuerza recortados y mediocres.

Desde luego esto siempre es cierto cuando la suma de colaboradores se compone de medianías. Muestras, si no sobradas por lo menos suficientes, ejemplifican que en el terreno donde las obras para niños han dado mayor cabida a verdaderos creadores, como es en la literatura infantil, se han producido obras maestras para niños.

Por descontado que los resultados de una empresa no se pueden juzgar a priori. Por eso es preferible intentarlo antes que rechazarlo cómodamente.

La diferencia de edad de los niños destinatarios presenta uno de los problemas más graves. Por otra parte los departamentos de televisión para niños, al igual que las organizaciones de teatro para niños, engloban lo infantil y lo juvenil.

Solamente el común carácter educativo y la dificultad de deslindar dos etapas de la vida justifican la colocación de los programas infantiles y juveniles al mismo nivel.

Cabe recordar por otro lado que, aunque el límite inferior de la infancia todos sabemos dónde se sitúa, el límite superior de esos destinatarios juveniles no es de fácil concreción. Por supuesto hemos empleado el circunloquio «destinatarios juveniles» para huir de «jóvenes». Pues entonces sí que hubiéramos caído en terreno difícil e impreciso.

Aceptando convencionalmente que los programas infantiles y juveniles alcanzan hasta los catorce años, tendremos que convenir también en su complejidad, pues de un período de inconsciencia se pasa a otro de reconocimiento de la imagen, otro de lectura balbuciente de la misma, lectura consciente, lectura en continuidad, interpretación, nacimiento del espíritu crítico y descubrimiento del mundo adulto. Desde este momento los programas infantiles y juveniles dejan de tener interés por sí mismos.

Todo esto lo formulamos imprecisamente, porque ante un fenómeno inestable y condicionado como es la televisión en su situación actual, cualquier intento de mayor precisión lindaría con la utopía.




ArribaAbajoLos niños ante el televisor

Dificultades generales

Las realidades fundamentales del niño ante el televisor son, entre otras:

1.° Que no siempre los programas que más interesan a los niños son los destinados precisamente a ellos.

2.° Que hay infinidad de espacios, incluida la publicidad, sin determinar a quién van destinados.

3.° Que los rombos indicadores no especifican el contenido de los programas señalados y, por ende, gozan del mismo desprestigio que los famosos numeritos -1, 2, 3, 3R, 4- de las películas de cine.

4.° Que el niño ve, ha visto y seguirá viendo, mucha televisión, aunque a veces sea tan sólo como recurso empleado por la madre para tenerlo entretenido.

5.° Que, como puntualiza oportunamente Jesús M.ª Vázquez, «donde existe un rechazo significativo, donde los chicos ponen el acento de protesta es en los programas didácticos, con escasas excepciones».

6.° Que los padres son los primeros en adoptar actitud pasiva ante la televisión.

Captados por el medio e impreparados para ofrecerle resistencia, difícilmente pueden orientar a los hijos o lo harán con razones poco convincentes.

El problema suscitado por los rombos orientadores radica no sólo en la escasa información que proporcionan, sino en la confusión a que exponen. A veces los rombos hacen referencia a inconvenientes de tipo sexual, otras a la violencia, otras a lo elevado y complejo del tema dada la falta de formación del niño. Nada queda reflejado por estos indicadores. Añadir alguna letra que convencionalmente indicara los motivos de la clasificación no sería tan difícil y los padres podrían saber de antemano las razones de la llamada de atención. No como ahora que tienen que concluirlo después de haber visto el programa.

Esta falta de claridad de por sí ya inspira desconfianza.

Lo que urge tener presente

El proceso experimentado por el niño ante el televisor responde a tres urgencias indispensables:

1) La lectura de la imagen

El niño para descubrir el mundo real necesita tiempo. Es lento en sus adquisiciones. Y necesita observar repetidamente y desde distintos ángulos los objetos. El ejemplo más claro es el del juguete mecánico destrozado para descubrir qué tiene en su interior.

Pero la televisión tiene un ritmo muy rápido, que el niño no puede controlar. Tampoco le ofrece las opciones que el tebeo o el libro de la vuelta atrás y la contemplación reiterada y a voluntad.

La adaptación al ritmo impuesto por la televisión supone esfuerzo y cansancio para el niño.

La lectura de la imagen comporta, además, la interpretación de lo que se ha calificado como signos de puntuación, que anuncian principios o finales, saltos atrás, sueños, acciones paralelas, visiones subjetivas, pasos de una a otra escena.

No es sorprendente que niños distintos a partir de las mismas imágenes «monten» historias distintas. Y es interesante su comparación, porque los niños pueden captar una historia totalmente diferente de la que les comunica la pantalla.

Los comportamientos subsiguientes del niño -miedo, ansia, sufrimiento- pueden estar totalmente injustificados para nosotros, pero no para el niño.

El ensamblaje de las imágenes fragmentarias que componen una historia se apoya muchas veces en la música o en las palabras que la acompañan. Y éstas pueden contribuir a desconcertar más al niño.

Las actitudes del realizador frente al tema, por supuesto se le escaparán al niño. Es imposible pedirle que capte en su profundidad la diferencia entre el hecho narrado en sí y la opinión del realizador, sobre todo cuando ésta encierra matices y sutilidades.

2) La vivencia de la imagen

El libro exige un ejercicio intelectual complejo. El lector tiene que descifrar los signos arbitrarios de las palabras que expresan la realidad y la encadenan a una representación tan convencional gráficamente como puede ser una página de prosa.

Sólo a partir de cierto grado de madurez y de perfeccionamiento se llega a ello, y no sin esfuerzo muchas veces.

Los libros para niños se ayudan en esta tarea con ilustraciones gráficas. Imágenes que atraen directamente los sentidos e impresionan al niño hasta el punto de que muchas veces tan sólo éstas constituyen el objeto de su lectura. También en este caso, como en el anterior, el niño lee en los tebeos historietas distintas de las que plasmó el dibujante.

Este principio se realiza hasta sus últimas consecuencias en la televisión. La imagen es la única responsable de provocar un choque emotivo al que ha de seguir la interpretación intelectual.

La significación de las palabras y sonidos ilustradores llegan después.

Entre palabra e imagen, complementarias, se han cambiado las tornas desde el libro a la televisión.

No cabe la menor duda de que esta manera de dirigirse al niño es más simple, más primitiva, más elemental. Y ella sola, de por sí, justifica la alegría del niño ante el televisor que le ofrece muchas más posibilidades de ver sus historias que el libro y el tebeo, ya que la imagen se le ofrece de forma más continuada y además en movimiento.

Las vivencias son más ricas y más fáciles. Pero la imaginación queda recortada en comparación con el cuento narrado de viva voz o el retransmitido por radio.

En la narración oral el niño tiene que imaginar los bosques que salen al paso, las fuentes, los leones. Ante el televisor no tiene por qué imaginarlos, los ve. Y cuanto más realista sea la televisión -color- más facilidad comporta de identificación y menor necesidad de creatividad por parte del niño.

La acción excitante que sobre el niño ofrece el estímulo luminoso es superior a la que en la observación directa de la realidad sigue camino contrario. Es decir, en el cine o la televisión se le ofrecen imágenes seleccionadas ya, centradas y convenientemente graduadas, mientras que en la observación de la realidad es el niño el que selecciona, centra, interpreta con un esfuerzo indudablemente mayor y con mayor libertad.

Esta es la diferencia fundamental entre el cine o la televisión y el teatro. En éste, dentro del escenario, aunque acotado por la embocadura de la caja italiana, el espectador tiene que ir siguiendo el movimiento y la acción. En el cine esta función se le ahorra.

Por eso en una gradación de libertad para la función escrutadora del niño habría que colocar en primer lugar la realidad, en el segundo el teatro, y en el tercero la televisión.

En el cine, por sus condiciones de oscuridad, que centran la atención sobre la pantalla grande y por la mayor disponibilidad del espectador, la concentración es mayor todavía, pero del mismo orden que ante la televisión.

3) El paso de la inhibición al automatismo

Planteadas así las cosas, se opera en el niño una inhibición exterior aparente que esconde intensa actividad y participación a niveles interiores. Sobre todo el espectador infantil se ve obligado a emplear toda su inteligencia para apresar lógicamente las imágenes que se le sirven, averiguar su contenido e hilvanarlas en una historia provisional.

Esta participación intelectual junto con la emocional que brota a su conjuro son ya una preparación para la acción. Pero ¿qué tipo de acción? Es conveniente reparar en ello porque las respuestas periféricas observables a esta tensión interior siempre tienen carácter de reacciones incontroladas: los observadores que gritan, patalean, durante una secuencia o se desinflan al finalizar ésta; los alumnos que anticipan las respuestas cuando éstas se hacen esperar durante un concurso; los que tosen ante la presencia de vapores o humos que traspasan la pantalla, todos ellos obran condicionados por automatismos reflejos que son incapaces de controlar.

El paso de la imagen a la realidad se realiza y aprovecha el cúmulo de energías movilizadas durante la contemplación.

Pero la forma cómo se produce, más en la línea del desahogo que del estímulo, hace que el espectador se habitúe a esta colaboración distante y no comprometida que en definitiva lo conduce a la inacción, a la falta de iniciativa, a la evasión.

Por otra parte la rapidez con que se desarrollan los hechos y con que se superponen las sensaciones engendra superficialidad hasta el punto de que el niño puede llegar a interpretar lo real como una serie de imágenes. Y el lenguaje dirigido constantemente a los sentidos disminuye la capacidad de reacción.

Abundando en la primera afirmación Henry Wallon señala que el niño llega a no saber distinguir entre lo que imagina y lo que ve. «Es como si se tratara de dos planos diferentes por definición, que se confunden, o más bien se sustituyen uno a otro. No se da perfecto acuerdo entre los dos, hasta que no alcancen a ser sistemáticamente susceptibles de oposición». El niño, concluye el autor, no es capaz de plantearse comparaciones, discriminaciones ni clasificaciones mientras se enfrenta con los datos cuantitativos. (H. WALLON, Les origines de la pensée chez l'enfant. P. U. F.)

Con respecto a la segunda aserción -el hablar constantemente a los sentidos disminuye la capacidad de reacción- en realidad entraña el eco de la ley de equilibrio que en la naturaleza parece imponer a la hipertrofia en un sentido o facultad, la atrofia en otra y viceversa.

Cualquier docente medianamente avisado puede constatar de forma alarmante la atrofia en las funciones de pensar, razonar y escuchar los alumnos de hoy. Escuchar y seguir razonadamente una explicación -no digamos ya una conferencia- se está convirtiendo para ellos en un suplicio atroz. No cabe dudar que parte de la culpa es achacable a la pereza engendrada por el auge de los medios audiovisuales y en particular la televisión.

Por otra parte la respuesta fácil, poco profunda, al estímulo de la imagen crea en el niño una sugestión notoriamente perjudicial: confunde el entender y el recordar con el saber.

Cuando ante el televisor se dispone a contemplar, pongamos por caso, una película repuesta, ya vista por él, tan pronto como recuerda los primeros planos, decrece su interés. Ya la ha visto. No la recuerda en su integridad ni mucho menos: la ha visto y eso basta.

Esta actitud, excusable ante lo que es de estricta obligación, en el terreno escolar dificulta la labor pedagógica de la repetición o el repaso. Si una vez ha oído explicar una lección y la ha entendido, aunque sea a medias, cree saberla ya. Le resultará difícil al profesor conseguir que la sepa, porque al conjuro de las palabras que oye -y que le sirven de recordatorio y guión- cree hallarse en posesión del tema como si lo supiera de carrerilla, empleando un término bastante en desuso.

¿Cabe alguna duda de que todo esto son factores de despersonalización?

Tiempo reservado a la televisión

Todo lo que se viene diciendo va perfilando una postura ante el televisor. Pero para muchos padres hay un problema difícil de resolver: ¿Cuánto tiempo de televisión hay que concederles?

Hay que reconocer que la planificación es ardua, y por otra parte cumplir un plan, por estudiado que esté, tampoco resulta fácil la mayor parte de las veces.

La televisión está mucho más al alcance del niño que el cine, e incluso que la revista gráfica. No necesita salir de casa. Está en ella. Y por otra parte la propia programación de los espacios infantiles en todo el mundo parece como pensada no tanto para servir al niño cuanto para conseguir de él un precoz consumidor y encuadrarlo en el mosaico de consumidores que se ordenan como en un rompecabezas. En efecto al niño se le dedican especialmente espacios, por ejemplo los del sábado por la mañana en horas que difícilmente podrían atraer a los adultos. Lo mismo cabe decir de los de cualquier día por la tarde en las horas que se yuxtaponen al horario escolar -18 h. a 20 h.- y en las cuales a su vez la madre está preparando la cena y el padre todavía no ha llegado del trabajo en la mayor parte de los casos.

Es una programación que encaja con las disponibilidades del niño ciertamente, pero no está menos claro que sirve fundamentalmente a la televisión. La prueba está en que cuando coincide con esas horas una retransmisión deportiva -de gran audiencia y por lo tanto buena ocasión para la publicidad- las cadenas de televisión se olvidan de los niños y sirven para todos fútbol, carreras, festivales, lucha o boxeo, aunque resulten poco educativos.

¿Qué proporción ocupa la televisión en relación con otras actividades del niño?

Para Soler Amigó, que ha desglosado el horario del niño, a lo largo del día, pese a lo globalizado y difuso del cálculo, el reparto sería:

10 horas para dormir.
8 horas de escuela.
1 hora de viajes.
3 horas de televisión.
Total: 22 horas.

Quedan unas dos horas diarias para desayuno, comida, cena, vestirse, asearse, hacer deberes, y practicar algún deporte o tener alguna lectura fuera de la escuela.

Por supuesto que las ocho horas diarias de estancia en la escuela deben incluir otras actividades además de las tenidas en las aulas, como recreos, deportes, gimnasia, etc., de lo contrario las horas de clase se elevarían por encima de la tasa deducida por la misma encuesta (800 en un curso). La citada encuesta realizada en Ibi señalaba otros resultados contrastables con los anteriores y con otros posibles:

• ¿Qué tiempo dedicas a los deberes?

0'0 horas 11'58 %
0'5 horas 18'06 %
1 horas 34'45 %
2 horas 19'29 %
3 horas 8'30 %
4 horas 4'22 %

• ¿Dónde y cuándo haces los deberes?

En casa 83 %
En el colegio 8 %
En clase particular 0,1 %
En casa de amigos 0,1 %
Mañana 61 %
Noche 13 %
Tarde 61 %
Mediodía 3 %

• ¿Cuántas horas al día juegas después de la clase?

No juegan 14 %
0'5 juegan 11 %
1 juegan 19 %
1'5 juegan 4 %
2 juegan 17 %
3 juegan 10 %
4 juegan 5 %
5 juegan 3 %

Consecuencias inmediatas

Repetidas voces se han levantado en contra de las derivaciones del carácter absorbente que la televisión está tomando en la vida del niño.

Sus consecuencias son fácilmente previsibles y no necesitan de la enumeración exhaustiva.

Apuntemos:

1 ° Reducción de las horas de sueño, y de juego.

Sin necesidad de estadísticas basta pensar a qué horas se transmiten algunos programas preferidos también de los niños para saber a qué horas se acuestan éstos, por lo menos algunos días.

Por otra parte, de los cuadros citados anteriormente se deduce que el 44 % de los niños de la encuesta de Ibi o no jugaban o apenas llegaban a una hora.

2.° Deficiencias notables en los estudios, por lo menos en ciertos aspectos.

A este propósito es luminoso el comentario que dedica E. Alonso del Prado (Del libro a la imagen... y sus consecuencias, Rev. «Educadores», n.º 72, Madrid, 1973) a las conclusiones de un grupo de maestros franceses desaconsejan a los niños en edad escolar el uso ininterrumpido de la radio, del cine y de la televisión. Aunque en ellos constatan mayor apertura hacia el mundo e incluso mayor agilidad verbal y mental, también comprueban inferior desarrollo en las técnicas de aprendizaje: juzgar, redactar, expresarse, leer en voz alta, etc.

3.° Monopolio casi exclusivo y creciente de la televisión como medio de información, con preterición de la lectura, las revistas y la radio.

Si a esto se añade la competencia en horas de dedicación sobre la escuela se verá cuál es la fuente principal de conocimientos para los niños. Y habrá que preguntarse con E. Alonso Prado si los medios audiovisuales son realmente una ventana abierta al mundo -ventana de observación directa- o una pantalla interpuesta entre la realidad y el observador, propensa a convertirse en filtro y obstáculo para la comunicación al ofrecer su imagen deformada.

Rafael Deherpe pudo escribir: «El cine tiende a modificar nuestra manera de ver para luego modificar nuestra manera de ser».

¿Cuánto tiempo de televisión les conviene a los niños?

De las variadas respuestas con que se ha contestado a esta pregunta se puede deducir el siguiente esquema:

• Antes de los 2 años

la televisión sólo causa fatiga.

• A los 2 y 3 años

permanecer ante la pantalla causa opresión y se resiste por poco tiempo.

• Hacia los 4 años,

los niños, aunque no comprendan, se sienten felices ante el televisor:

- porque aquello se mueve,

- porque desde allí hablan,

- y, sobre todo, por el entorno familiar. La prueba de este último aserto es que cuando se queda solo el niño ante el televisor se marcha con frecuencia a buscar alguien que le haga compañía.

• A partir de los 6 años

se comprende mucho mejor el desarrollo de la historieta. Se pasan hasta una hora ante el televisor aunque casi siempre en compañía o entreteniéndose con algún juego o tebeo.

• A partir de los 8 años

40 ó 50 minutos consecutivos deberían bastarle. Pero no hace falta que sea cada día.

• De 8 a 12 años

ya captan lo esencial de un programa y para ello no necesitan la seguridad que da el entorno familiar.

A algunos adolescentes la televisión les resulta pesada, y se despierta su gusto por otras actividades como la lectura de novelas o los deportes. De la televisión les empiezan a gustar los programas deportivos y de cantantes. Esto no sólo es fruto de la evolución de los gustos, sino de la afirmación de los sexos.

—La televisión para los niños ¿subproducto?

Todos los sondeos que pretenden descubrir el gusto de los niños por los programas televisivos tropiezan con el escollo de enfrentar las edades y psicología tan variadas con los mismos espacios fácilmente adaptados para todos. Los juicios necesariamente han de ser dispares. Sin necesidad de reproducir datos expresados bajo fórmulas de preferencias o de rechazos se observa una doble nota común a todos los estudios consultados por lo que se refiere a TVE.

1.º Preferencia casi absoluta por los programas que disfrutan de mayor favor por parte de los adultos.

2.° Los rechazos más contundentes se los llevan programas infantiles y los didácticos elaborados para niños. Remitimos al lector interesado en examinar los datos en que se basan estos asertos a La televisión y los niños, de Liebert, Neal y Davidson, (Apéndice de Joan Soler Amigó), Editorial Fontanella Barcelona, 1976.

Los niños y la televisión, de Jesús M.ª Vázquez, Servicios de TVE, Madrid, 1975.

Los niños y la televisión, de Manuel Rastoll Aldeguer, en n.º 876 de «Vida Nueva», Madrid, 31 de marzo de 1973.

Sin pretender que los títulos de los programas sean un indicativo absoluto ni exclusivo a causa de su variabilidad, allí se podrá comprobar cómo programas especialmente proyectados para los niños, por otra parte largo tiempo mantenidos en pantalla -por no hablar más que del pasado- como Los Chiripitifláuticos o La casa del reloj eran objeto de los mayores rechazos y de las menores preferencias por parte de los niños.

Esto nos lleva a preguntarnos si realmente los programas infantiles están concebidos como subproducto, y si, incluso dentro de los sistemas competitivos de inspiración comercial impuestos en gran parte del mundo, ha de ser así. Los Estados Unidos son los mayores proveedores de programas infantiles no sólo para sus cadenas sino para casi todo el mundo. Unas consideraciones sobre su realidad, por muy breves que sean, pueden contribuir a despejar la incógnita que se nos plantea.

La televisión para niños es altamente rentable para las cadenas productoras de los Estados Unidos por varias razones:

1.° Por los bajos costes de producción.

Los programas infantiles son los más económicos de toda la producción.

Algún productor incluso ha reconocido el escaso estudio que dedica a tal tipo de producciones que, además, según su criterio, nunca piensa exclusivamente para los niños.

En estos espacios, a diferencia de los de adultos, se prescinde incluso del programa piloto. Y aunque los destinatarios son los niños, los productores están convencidos de que quienes compran las series son los adultos.

2.° Por los grandes ingresos.

Estos ingresos crecen en razón de los pases repetidos y,

• la fácil exportación.

De hecho una película de televisión para adultos no se puede repetir; lo más se autoriza a la cadena compradora de una serie a que pase otra vez la serie de 13 episodios durante el verano. Las series para niños suelen ser de 17 episodios y de media hora, y la cadena compradora suele firmar contrato para 6 pases durante dos años y hasta 8 pases durante tres años.

Los niños constituyen un público muy variable que acepta esta situación sin protestar.

Por otra parte las series americanas para niños se han hecho famosas en todo el mundo y apenas experimentan competencia.

3.° Por el interés suscitado en la publicidad.

Los anunciantes, como es lógico, buscan para sus anuncios los momentos de mayor audiencia y de permanencia más atenta ante el televisor.

Diversos estudios sobre la audiencia han marcado la diferencia que existe entre las horas en que el televisor permanece abierto y los momentos en que el espectador sigue el programa transmitido. Muchas veces el televisor permanece abierto mientras se come, se va a la cocina, se lavan los platos, se lee el periódico o se entretiene uno en ocupaciones domésticas.

Pues bien, los programas infantiles en los Estados Unidos alcanzan el porcentaje de tiempo de visión que ocupa el segundo lugar tras las películas. En las películas se llega al 76'0 % y en los programas infantiles al 71'4 %. Los últimos puestos de la clasificación corresponden, siempre según los datos de Robert Bechtel, a las Noticias con un 55'2 % y a la publicidad con un 54'8 %.

Nótese que según esto los programas infantiles concentran mayor atención y asiduidad de forma habitual que los programas de intriga y las retransmisiones deportivas.

En la encuesta realizada por J. Soler Amigó en Barcelona a la pregunta sobre Qué hacen los niños cuando se dan anuncios , los padres responden así:

Siguen atentos 71'7 %
Dejan de mirar la TV 19'5%
Quitan el sonido 0,9%
Es cuando más atentos están 0,9%

Los datos son suficientemente expresivos como para que la elaboración de programas infantiles para la televisión despierte interés.

El índice de interés de los programas infantiles en los Estados Unidos está claramente expresado desde el momento en que el porcentaje de publicidad autorizado para los programas infantiles en los Estados Unidos equivale casi al doble que el autorizado en Canadá y casi al triple que en Inglaterra y Japón. En muchos países los anuncios están prohibidos en los programas infantiles.

Por otra parte a juzgar por la lista de las compañías que se anuncian más en programas infantiles los productos se reparten en una amplia gama en la que caben no sólo juguetes o artículos relacionados con la infancia, sino cigarrillos, detergentes, productos de cosmética y aseo, bebidas y demás. O sea que sigue en líneas generales las pautas utilizadas para los demás espacios.

Los derechos del niño ante la televisión

Repetidamente proclamados y defendidos, reproducimos en extracto la formulación que de ellos hizo Félix Medin en 1969, con motivo del X Aniversario de la Declaración de los Derechos del Niño:

• «La televisión para los niños debe ser explícitamente recreativa.

• La forma externa de los programas para menores no implicaría en ningún caso renuncia ni falseamiento de los valores formativos.

• La función recreativa de la televisión para niños no debe ser excluyente y sus emisiones amenas han de ser compatibles con el clima familiar.

• El contenido de las emisiones infantiles ha de intentar siempre lograr la cohesión familiar y la adecuada integración del niño en la sociedad.

• El niño tiene derecho a que se empleen para él recursos de igual o superior cuantía y calidad que para la audiencia adulta.

• La responsabilidad de la emisión de programas televisivos para menores sólo debe confiarse a profesionales especializados.

• La programación televisiva en general debe discriminar adecuadamente sus emisiones y los horarios de difusión de las mismas, velando por no favorecer la visión por los niños de espacios de cualquier índole que sean inadecuados e informando al público periódicamente y con suficiente antelación de la calificación moral de los diversos programas»:






ArribaAbajoLa prensa infantil

Aclaración necesaria

La Real Academia Española ha aceptado la voz tebeo para designar en primera acepción la «revista infantil de historietas cuyo asunto se desarrolla en series de dibujos». Y en segunda: «la sección de un periódico en la cual se publican historietas gráficas de esta clase».

El reconocimiento de la palabra tebeo es un homenaje a la más popular de nuestras revistas infantiles, el TBO, que viene apareciendo regularmente desde 1917.

Ninguna de las definiciones contempla, como la denominación popular, el hecho de que en los tebeos se incluyan también historietas o partes contadas sólo con el empleo de la palabra escrita, razón por la cual el pueblo denomina tebeo a cualquier revista para niños en la que abunde la ilustración gráfica aunque no sea éste su exclusivo medio de expresión.

De sobra sabemos que existen otras denominaciones que acotan su significado: tiras, bandas dibujadas, viñetas... No obstante hay que llamar la atención sobre la palabra comic, de circulación internacional y usada preferentemente por los profesionales y por otros muchos. No viene recogida en el Diccionario de la Real Academia. Comic, justo es decirlo, acarrea para el hablante de lengua española una connotación que la aleja del mundo infantil la mayor parte de las veces, para destinarla a un producto principalmente para adultos y genéricamente a un medio de comunicación social con pretensiones culturales para las masas.

Román Gubern, gran conocedor del tema, atribuye ancho campo al comic al definirlo como «estructura narrativa compuesta por pictogramas en los que pueden integrarse elementos de escritura fonética». El tebeo, sin duda alguna, queda incluido por derecho propio en esta definición, ya que los pictogramas -entendidos como signos de la escritura a base de figuras o símbolos- constituyen lo nuclear de su sistema expresivo.

Número aplastante

La prensa infantil queda reducida a las revistas de aparición generalmente periódica, que se reparten con el libro la actividad lectora del niño.

La revista infantil debe despertar nuestro interés tanto o más que el libro ya que su difusión y variedad son mayores.

Aunque todas las publicaciones infantiles, tanto libros como tebeos, están supeditadas a fuertes oscilaciones en cuanto al número, se pueden consignar algunos datos que por comparación demuestran que el volumen de las revistas es netamente superior al de los libros.

Así el número de títulos de libros infantiles aparecidos cada año oscila entre los 7.009 y los 9.009, como máximo. Y, como es sabido, las tiradas rondan casi siempre los 3.000 ejemplares y rara vez alcanzan o superan los cinco mil.

Aceptando cálculos aproximados, estos datos arrojarían un volumen de libros que oscila entre los 2.100.000 de ejemplares al año, en el peor de los casos, y 4.500.000 en el caso de aceptar los datos más optimistas, evidentemente abultados.

En cambio, según datos del Ministerio de Cultura (Catálogo de publicaciones infantiles y juveniles, Madrid, 1977) el volumen de tebeos supera ampliamente estos datos en el espacio de un mes.

El total de ejemplares de tebeos al mes, alcanza los ocho millones. Una sola editorial, con una veintena larga de títulos entre semanales, quincenales y mensuales, totaliza alrededor de cuatro millones al mes. Y algunos títulos, como el célebre TBO o el popular Mortadelo, alcanzan los 150.000 ejemplares semanales.

A pesar de lo movedizas y fluctuantes que son estas cifras pregonan claramente la mayor difusión del tebeo frente al libro.

A esto habría que sumar las entregas masivas que de los tebeos hacen varios diarios y revistas de alcance nacional o regional al incluir suplementos semanales dedicados a los chicos que por supuesto, tienen a disposición las tiras cómicas que muchos periódicos sacan diariamente. Y todavía deberían añadirse los cuadernos importados también cuantiosos y significativos por su volumen.

La cantidad está asegurada, por descontado.

¿Sólo para niños?

La formulación de esta sencilla pregunta plantea de por sí parte de la problemática. Los tebeos no solamente van destinados al niño. Se destinan, o por lo menos los consumen también, un contingente nada despreciable de adultos. Lo cual, sin duda alguna, es tenido en cuenta por la industria editorial del sector.

Es significativo, por ejemplo, que se hayan publicado libros como El lenguaje de los cómics, de Román Gubern, Tebeo y cultura de masas, de Luis Gasca, o Los «comics», arte para el consumo y formas «pop», de Terenci Moix así como que el número 19-20 (julio-diciembre de 1971) de la revista Estudios de información, de la Secretaría General Técnica del Ministerio de Información y Turismo -544 páginas- se haya ocupado del tema monográficamente. Y en todos estos estudios el niño solamente ocupa una parcela, y no precisamente la más extensa. Los estudios no hacen más que reflejar y denunciar el hecho que subrayamos.

Como lo destacaron también las cartas de protesta de algunos lectores -suficientes para ser significativas- de uno de los diarios más incisivos de Madrid, cuando dejó de insertar una viñeta que ocupaba un insignificante espacio en la página de entretenimientos.

¿Por qué se leen tanto?

Las causas de esta popularidad que han suscitado la preocupación de ensayistas, sociólogos y estudiosos de los medios de comunicación social, tal vez haya que buscarlas en la naturaleza misma del lenguaje del tebeo y en sus temas.

El código o conjunto de convenciones, del lenguaje del tebeo, según Román Gubern, es el resultado de la integración de dos subcódigos: el fonético o de la palabra y el icónico o de la imagen. Y hay que destacar el acierto de designar aquí a la palabra por su aspecto más superficial representado por el sonido, de más fácil captación, pues gran parte de las comunicaciones hechas por medio de letras en el tebeo, ahorran de tal forma el esfuerzo lector que se reducen a expresiones onomatopéyicas, convencionales, perfecta y aparatosamente integradas con la imagen. Imagen y representación del sonido -¡Bang!, ¡Smash!, ¡Crok!, ¡Boum!- se integran, no se yuxtaponen en la viñeta. Y cuando se trata de diálogos, las exigencias de los bocadillos o globos-, palabras que salen de la boca de los personajes-, reducen la palabra a lo esencial. No digamos ya la infrecuencia de los cartuchos, explicaciones de sólo letra, colocadas entre los cuadros-, inexistentes en la mayoría de las historietas.

Clasificación de la prensa infantil

Para que el análisis sea más concreto hay que ver cuáles son los tipos más corrientes de revista infantil:

1.º Los tebeos

Considerando como tales los que contienen una serie de historietas gráficas, yuxtapuestas, sin relación alguna entre sí, aunque generalmente en episodios que cuentan con protagonistas fijos. A este material suelen añadirse chistes sueltos y pasatiempos. Es el tipo tradicional del TBO o el Pulgarcito, o del Jaimito.

2.º Los folletos o cuadernos

Tienen un solo argumento a lo largo de todo el cuaderno con sus héroes fijos que presentan aventuras seriadas a lo largo de los sucesivos cuadernos. Roberto Alcázar y Pedrín o Supermán pueden tomarse como ejemplos típicos de lo que estamos diciendo.

3. ° Los suplementos infantiles

De diversos diarios y revistas. También éstos con predominio gráfico, concretamente de dibujos a distintos colores como los tebeos.

4.° Las revistas propiamente tales

Reservando esta denominación para las que en su ilustración gráfica alternan el dibujo con la fotografía y sobre todo dan mayor cabida al texto tipográfico en forma de artículos, reportajes, informaciones y demás.

5.° Los fascículos coleccionables

Empezaron los fascículos coleccionables de tebeos en 1971. El fascículo apela al afán de coleccionismo. Aunque el fascículo por lo general se ha visto como una forma de cultura por entregas degradada y de planteamiento poco científico, por lo que respecta al tebeo ha sido principio de revalorización.

En los fascículos las reediciones de historietas clásicas ofrecen el atractivo de su integridad, y las historietas nuevas o experimentales están avaladas por la mayor calidad de sus guiones.

Ahora bien, la mayor permisividad respecto al erotismo y la violencia hacen que los fascículos sean apetecidos sobre todo por los adultos.

En cuanto a los géneros que hemos catalogado como tebeos y folletos o cuadernos hay que reconocer que son los que saltan al quiosco y tienen mayor difusión.

Los suplementos infantiles siguen la trayectoria del periódico que los ampara, por lo cual tienen difusión fácil y más extensa que la aparente a primera vista. Y, por su puesto, se cuelan de rondón y sin esfuerzo en los hogares. Las revistas infantiles, en cambio, son variadas y de menor divulgación; casi todas ellas tienen carácter confesional o dependen de organismos paraestatales, y tienen mucho menor acceso al quiosco que los anteriores.

El periódico en la escuela

No pocas veces se ha creído que la escuela es el lugar más indicado para propagar estas revistas infantiles. De hecho bastantes de las de carácter confesional, como Vida y Lux o Aguiluchos en ella han encontrado y encuentran su mayor difusión y apoyo. De ahí también su mayor carácter didáctico frente a las que van al quiosco, que se proponen con preferencia la simple distracción. Por estas mismas causas los estereotipos y hasta el contenido de las revistas de quiosco, con su ausencia de texto tipográfico y sus tópicos habituales, pretenden un público más amplio, como hemos señalado, mientras las otras persiguen primordialmente comunicar determinados mensajes a sus lectores.

Desde marzo de 1973 se publica en España una revista quincenal, Saeta Azul, justamente con el subtítulo de «periódico para la escuela». De hecho rompe los moldes del tebeo en cuanto a formato e ilustración y pretende ser un acercamiento del periodismo adulto al niño. Su apariencia exterior es de diario y su contenido alterna lo más saliente de la actualidad con artículos de fondo de marcada línea periodística.

Va dirigida a los alumnos de la segunda etapa de E.G.B. Para la primera etapa de E.G.B. el mismo equipo de Saeta Azul publica otra revista denominada Saetín, de carácter similar, pero con adaptación total a los destinatarios. Ambas aparecen en Sevilla, pero se difunden por toda España.

Auque repetidas experiencias similares han tenido vida efímera, Saeta Azul constituye ya una excepción por la que hay que congratularse, pues a pesar de las dificulta des técnicas de una publicación de este tipo, agravadas por las crisis sucesivas, sigue manteniendo la nada despreciable tirada de 60.000 ejemplares cada 15 días.

Posteriormente Prensa didáctica, inspirada desde La Coruña, aparece semanalmente como suplemento didáctico del diario madrileño Ya, y pretende aportar a padres y a maestros, un tipo variado de material informativo de actualidad, cuyos últimos destinatarios son los niños.

Panorama general

Las publicaciones infantiles pueden cumplir una misión muy importante; no solamente como entretenimiento del niño, sino como ejercicio de lectura -lamentablemente, poco- de imaginación, de formación del gusto, de observación e interpretación de la realidad, de desarrollo del espíritu critico, de información y de sano recreo. Siempre, naturalmente, que se tengan muy presentes las recomendaciones del Estatuto de Publicaciones Infantiles y juveniles, de 1967, donde se preceptúa que debe evitarse en ellas cuanto suponga «desviación en el uso correcto del idioma, o deformación estética, cultural o educacional de los lectores».

Bastantes tebeos se autodenominan revistas juveniles. En realidad esto no pasa de ser un formalismo administrativo ya que, como se ha hecho notar, apuntan al público más amplio posible, sin excluir al adulto.

J-20, más revista que tebeo, según nuestra clasificación, es una excepción en este sentido tanto por dirigirse al joven, adolescente, de forma específica, como por su empeño de calidad y buen gusto.

El rastro del tebeo

Detectar la presencia del tebeo en la mente infantil supone intentar seguir un rastro difícil. A la condición compleja del tebeo se añade la condición variable del niño y las circunstancias que lo empujan a su lectura.

El tebeo suele ser amigo fiel del niño. Lo encuentra en los momentos de aburrimiento en casa o ante la televisión; lo busca para sustituir actividades desagradables como el estudio o la lectura convirtiéndolo así en cómplice de su pereza; lo persigue cuando se aficiona a sus entregas periódicas o cuando cede ante su afán coleccionista.

Todo ello crea una serie de relaciones afectivas y psicológicas que dejan entrever su papel importante en la vida del niño, a la vez que dificultan su estudio.

Dos puntos principales deben servirnos de referencia para intentar la aproximación al hecho real del tebeo en la vida del niño:

• la huella del lenguaje,

• la constancia del estereotipo.

La huella en el lenguaje

La influencia real del tebeo puede ser considerable si tenemos en cuenta la huella que los tebeos en general dejan sobre el lenguaje del niño y también del hombre de la calle.

El estudio que se entrevé encierra muchas posibilidades. Una de ellas es el intento de clasificación de estas huellas, intento susceptible de ampliación y de perfeccionamiento, pero no por ello menos sugestivo.

Según este punto de vista estas huellas pueden integrarse en distintos apartados que señalan las funciones atribuidas.

a) Empleo de la onomatopeya con finalidad descriptiva

Algunas son tan conocidas que no requieren explicación. Indican espontaneidad y grafismo.

Estas onomatopeyas pueden ir:

1.º Aisladas:

-¡Pum!, ¡plaf!, ¡crac!, ¡clas!, ¡catacroc!, ¡boum!, ¡boing!

-Genéricas de golpes, caídas, rupturas, choques. Otras más convencionales adquieren transparencia a medida que se usan:

-¡Ñam, ñam!,

chasqueando la lengua cuando un plato, preferentemente el postre, gusta mucho al comensal.

- ¡Mmmm, qué rico!,

para indicar la satisfacción que produce un manjar, un dulce, un guiso.

Y otras son tan arbitrarias como que deben interpretarse dentro del contexto de la viñeta:

- Bzzzzzz,

para indicar sueño.

- ¡Sssss!, deslizamiento, etc.

2.º Incrustadas en la oración

Además de espontaneidad, indican espíritu primitivo y a veces esconden pobreza de lenguaje bajo capa de expresividad:

«Iba comiendo, rasss... y de pronto ¡pum! y cayó al instante ¡plaf!»

«Al subir al coche, ¡clac! ¡cloc! ¡chas!...»

b) Aparición de lo descriptivo bajo la forma de:

1.º Frases construidas a la vista de la imagen

Parten de lo que Román Gubern llama «metáfora visual» porque aprovechan una imagen de contenido metafórico o metonímico.

El hecho de que cuando uno se da un golpe en la cabeza se represente gráficamente con varias estrellas a su alrededor y que estas estrellas frecuentemente estén coloreadas ha originado:

«Ver las estrellas».

«Verlas de todos los colores».

Y que, tras la duda, el alumbramiento de una idea se represente por una bombilla ha hecho que se hable de: «Ideas luminosas».

2.ºDefiniciones que parten del personaje antonomástico:

• «Ser gordito relleno», de Gordito Relleno.

• «Estar hecha una Mari-Pepa»,

para indicar una niña cabezona y desgarbada,

• «Ser una urraca»,

de la vieja gruñona Doña Urraca.

• «Ser un Diego Valor»,

para indicar tonterías semejantes a las de

• «Hacer jaimitadas»,

para indicar tonterías semejantes a las de Jaimito.

• «Es un guerrero»,

por lo de El Guerrero del Antifaz.

3.º Apreciaciones a partir de comparaciones o preferencias , que pueden ser:

Descriptivas:

- «Tiene tragaderas de Carpanta».

- «Allí, como en la familia Ulises».

- «Tienes cosas de Jaimito».

- «¡Cosas de tebeo!», «¡Invento de tebeo!»

- «Eso sólo pasa en los tebeos».

Ponderativas:

-«Es un tipazo de tebeo», igual que «es un tipazo de película o de cine»,

para indicar un galán elegante.

c) Empleo frecuente de expresiones familiares añadidas:

• «¿Qué hay, jefe?»

• «El dire ha dicho que...»

• «El capi...»

Palabras y frases con finalidad cómica o humorística:

• «Caco», por ladrón.

• «Toma del frasco, Carrasco».

• «Toma jarabe de palo».

d) Exclamaciones para traducir emoción:

1.° A partir de palabras corrientes:

«¡Cielos!», «¡Rayos y centellas!», «¡Truenos!»

2.º A partir de fórmulas más o menos convencionales:

«¡Eureka!», para celebrar un hallazgo.

3.º Frases interjectivas y juramentos más o menos retóricos:

«¡Voto a bríos!»

«¡Por las barbas de Senaquerib! »

«¡Ostras, Pedrín! », bien, «¡Ostras!», a secas, procedente de Roberto Alcázar y Pedrín. Este lenguaje ha trascendido al habla coloquial y cobra incluso matices literarios de expresividad o pintoresquismo al aparecer ya en el teatro costumbrista y en los diálogos de la novela realista.

Su asimilación es tal que bastantes personas ignoran su procedencia.

La constancia del estereotipo

Inseparable de la consideración anterior es la presente. Si el lenguaje nos transmite elementos asimilados, la presencia en el tebeo de unos estereotipos constantes, sacados de la realidad y conformados por la caricatura, puede contribuir poderosamente a la transmisión de ideas más difíciles de detectar.

Sabido es que el estereotipo se define como el juicio explícito o implícito que se establece acerca de una realidad, independientemente de la experiencia y, casi siempre, por el influjo del medio cultural.

De hecho lo que sí está claro es la persistencia del estereotipo, y en ello precisamente se asientan las bases de la comunicación fácil y consecuentemente del éxito de un medio que se quiere como masivo y se cataloga como popular.

El profesor Álvarez Villar, tras ponderado estudio realizado en 1965, (Estudios de Información, Madrid, 1971, n.º 19 y 20) presenta un cuadro de estereotipos variado y preciso, que creemos imprescindible citar aunque sea en extracto. Su aportación nos parece muy valiosa y sugestiva. Los divide en:

a) Estereotipos familiares

Madre. A veces egoísta y dominante.

Padre. Excesivamente bonachón. Los hijos le toman el pelo.

Suegra. Gruñona y dominante.

Hermanos. Eternos rivales.

Novio. Interesado por el dinero de la novia.

Tío o tía. Poco inteligente. Sólo aspira a que el marido le pague las facturas.

Marido. «Pagano» por excelencia. Busca ocasión para escaparse con los amigos.

Abuelo o abuela. Pasados de moda, aconsejando siempre a los nietos.

b) Estereotipos profesionales

Portera. Mujer curiosa y entrometida.

Peluquero. Parlanchín incorregible.

Ladrón. Viste camisa a rayas y gorra. Oscila entre el «caco» simpático y el ladrón repulsivo.

Cazador. Sin puntería. Casi siempre mata a sus perros.

Arbitro de fútbol. Chivo expiatorio de las iras del público y de los jugadores.

Meteorólogo. Siempre yerra.

Oficinista. Oprimido por los jefes. Su ilusión: lograr aumento de sueldo y trabajar lo menos posible.

Sirvienta. Astuta y destructora de vajilla.

Mayordomo. Aparentemente distinguido, pero ladrón de los puros y de las bebidas de su señor.

Científico. Despistado y poco práctico.

Médico. Pasa minutas excesivas. Si es psiquiatra, bastante «trastornado».

Militar. Vanidoso de las apariencias externas (medallas, uniformes, desfiles)...

Secretaria. Utiliza siempre su atractivo para atraer al jefe.

c) Estereotipos sociales

Ricos. Generalmente «nuevos ricos». Ignorantes y exhibicionistas.

Hija de familia. «Niña tonta» que sólo piensa en casarse.

Turista. Estrafalario en el vestir. Despistado.

. Ama de casa. Abandona sus deberes caseros para escuchar seriales.

Hombre de pueblo. Cazurro y ansioso de adaptarse a la vida urbana.

Clase media. Sacrificada y con aspiraciones frustradas.

Ciudad. Extraordinariamente tecnificada.

d) Estereotipos nacionales y sociales

Negros. Siempre antropófagos. Salvajes, aunque utilicen los adelantos de la civilización occidental.

Judíos. Avaros.

Norteamericanos. Excéntricos e ingenuos.

Ingleses. Flemáticos y bebedores de güisqui.

Gitanos. Ladrones y nada amantes del trabajo.

e) Estereotipos culturales

La familia. Compuesta de gran número de elementos y unida.

El arte. Improductivo.

La ciencia. Produce casi siempre resultados poco prácticos.

El trabajo. Maldición bíblica.

La mujer. No ejerce ninguna profesión salvo sirvienta y mecanógrafa. Caprichosa. Poco culta.

La juventud. Sólo preocupada por el rock-and-roll , pero sin tendencias delictivas.

Carlo Frabetti ataca duramente al tebeo con la acusación genérica de contribuir no a la cultura, sino a la anticultura, ya que sus temas estimulan la agresividad, el afán de dominio, el culto a la fuerza, suministrando para ello «dosis calculadas de violencia y erotismo», a la vez que presenta esquemas éticos maniqueos -el simplismo de buenos y malos- de acuerdo con la ideología del sistema en que se amparan.

El profesor Álvarez Villar por su parte, en su informe presentado al Ministerio de Información y Turismo, concluía que los tebeos en general eran «marcadamente peligrosos para la formación caracterológica y moral», por varias razones: tales como ofrecer visión pesimista de la existencia, de las relaciones familiares y profesionales. La bondad aparece vencida por la astucia. El amor al dinero predomina sobre otros valores. Se ridiculiza el matrimonio, así como las relaciones entre patronos y empleados. Y se brindan machaconamente estereotipos falsos y anticuados como se puede comprobar con los expuestos anteriormente.

Tal vez se pueden calificar estas visiones de Álvarez Villar como un tanto exageradas y unilaterales. En todo caso responden a análisis realizados en un determinado momento, y lo que cabría hacer sería revisar hasta qué punto se mantienen estos esquemas constantemente y hasta qué punto los captan así los niños.

Que los captan así los adultos no cabe la menor duda, pues algunos héroes -tales los de Astérix o Mortadelo y Filemón tienen por lo menos tantos adeptos entre los adultos, incluidos los universitarios, como entre los niños. En todo caso el contacto con el tebeo entraña aportaciones positivas nada despreciables: inicia en el gusto por la lectura, acostumbra a operar en solitario por el ejercicio de interiorización, y nutre copiosamente un apetito que está por encima de lo puramente vegetativo.

El contacto con la prensa para adultos

Ni el niño vive aislado ni se puede pretender que lo haga. Por lo tanto su contacto con la prensa para adultos es imprescindible. Lo que no significa que necesariamente haya de ser perjudicial.

No obstante hay que distinguir dos aspectos fundamentales: el diario y las revistas gráficas.

El diario, por lo general moderado en expresiones y en imágenes, posee poco atractivo para el niño. La abundancia de letra impresa, monótona y prolongada, le produce cansancio. Cuando el diario caiga en sus manos se limitará casi siempre a leer sus titulares más destacados. Y fácilmente tras su lectura pedirá una explicación que lejos de negársele debe ser aprovechada.

La revista gráfica es más sensacionalista y mucho más atrevida en imágenes y lenguaje.

Aunque determinadas revistas no entren en su hogar, el niño las verá en el quiosco, en el autobús o en cualquier lugar. Ocultárselas celosamente parece empeño vano y en ocasiones perjudicial por el afán morboso que pueda despertar esta actitud. Permanecer impasibles ante el hecho es culpable inhibición. Por lo tanto habrá que recurrir, como medio más seguro y eficaz, a la instrucción ocasional, como impensada y sin importancia para no exacerbar lo que precisamente se quiere evitar.

Por otra parte existen factores que aseguran una cierta inmunidad para el niño, sobre todo a determinadas edades. Conocer esta circunstancia ha de ser motivo para contemplar el problema con la necesaria serenidad.



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