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Obras Poéticas

Clemente Althaus

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Este volumen contiene, con algunos cambios y bastantes supresiones, las «poesías patrióticas y religiosas», publicadas en parís el año de 1862, y las «poesías varias»; tomo este último que, publicado el mismo año que el anterior, puede sin embargo considerarse todavía como inédito, pues ni lo puso el autor en venta, ni repartió sino un escasísimo número de ejemplares del escaso que hizo imprimir.

Contiene también muchas de las composiciones, patrióticas o no, publicadas por él desde entonces en el comercio y otros periódicos, y además un gran número de trabajos inéditos del todo y pertenecientes a diversos géneros, entre los cuales hay dos leyendas, un drama, y algunas sátiras literarias y políticas.

Por último, el autor se ha determinado a dar esta vez cabida entre sus obras a algunas de sus antiguas poesías escritas antes del año 1855 y excluidas de sus anteriores colecciones. Las hubiera podido corregir harto más de lo que Lo ha hecho; pero ha creído que pasar de pocas y ligeras enmiendas era exponerse a quitarles la fisonomía propia de aquel tiempo y, por decirlo así, infantil, que a su juicio debían conservar, y que probablemente constituye su único mérito. Serán las primeras que halle el lector, pues el orden seguido en la colocación de estas poesías es el de sus fechas, las cuales comienzan el año de 1852 y acaban el de 1871.

Presento pues a mis paisanos, reunidas en un volumen, las obras que he compuesto en el espacio de casi veinte años que ha que cultivo la poesía: conviene a saber, la parte de ellas que reputo menos indigna de la luz pública, pues otro tanto, por lo menos, como lo publicado aquí será lo desechado o reservado.

Era mi ánimo escribir un largo prólogo en el que hubiera hablado con la conveniente extensión acerca de lo que entiendo por poesía y del alto ministerio civil y moral que tiene para mí esta reina y señora de las artes de lo bello; contestando asimismo al cargo de no haber sido hasta aquí más que poeta que me hacen muchos de los que juzgan que la poesía es una vana gracia, un frívolo adorno, y a quienes la misma belleza y hechizo de la forma hace desconfiar de la gravedad e importancia del fondo.

Pero no me consienten realizar mi propósito, por una parte, la flaqueza presente de mi salud y el deseo, por otra, de que no se dilate por más tiempo la publicación de esta obra.

Me limito pues a llevar al pie del ara santa de mi patria mi humilde ofrenda, templando el temor reverente del que se dirige a un objeto tan grande con la conciencia de haber cumplido con ella en la corta medida de mis fuerzas.

Mis continuos achaques me obligan a suspender por ahora mis trabajos literarios y poéticos; pero, después del descanso necesario, espero volver con mayor empeño al ejercicio de lo que ha sido a la vez el deleite y tormento de mi vida. Y quizá entonces, restauradas mis fuerzas y refrescada mi mente, al cantar de nuevo a dios, la naturaleza, la libertad, la patria, serán mis acentos menos indignos de la majestad de tan augustos e inspiradores temas.

Lima, 15 de enero de 1872.

Canción de Coralay

   Tendió lla noche su manto

sobre el mundo silencioso,

y el desëado reposo

suspende penas y llanto.

   La clara luna se mira
5

del mar en la linfa pura,

y apenas lla onda murmura

y el aura apenas suspira:

   todo en paz yace sumido,

y del universo dueño,
10

vierte su bálsamo el sueño

y su benéfico olvido.

   En el monte misterioso,

y en la floresta sombría,

y en la verde pradería,
15

y en el azulado mar,

todo calla, todo olvida

su fatiga y su quebranto,

y mi sollo triste canto

hace el eco resonar.
20

   Depone el león su saña,

y en lla quieta selva muda

hasta lla tórtola viuda

al sueño da su dolor:

sollo yo, al placer extraña,
25

solitaria gimo y vello,

y en vano demando al cielo

tregua un instante a mi amor.

   Luna, del amor testigo

con que al extranjero adoro,
30

duélate mi amargo lloro

y mitiga mi pasión:

no te pido, casta diosa,

que cese la llama mía:

sin ese amor moriría
35

mi desierto corazón.

   Tampoco que, más dichosa

que la que reina en su pecho,

consiga yo ver deshecho

el juramento nupcial:
40

Goce la virgen hermosa

de su amor puro y entero,

que ninguna dicha quiero

que se compre con su mal.

   Solo quiero una sonrisa
45

ver vagar en su semblante

y solo por un instante

su puro aliento aspirar;

y cuando lleve lla brisa

mi triste queja a su oído,
50

su corazón condolido

sienta por mí palpitar.

   Más no, que en su altivo pecho

la tímida queja mía

acaso solo hallaría
55

un injurioso desdén;

y no merece esta humilde

India, en su amor tan osada,

que una piadosa mirada

sus bellos ojos lo den.
60

   Orgulloso castellano,

para las dichas nacido,

no hiera nunca tu oído

de mis pesares el ay:

y mientras consuelo en vano
65

pido a la luna serena,

ignora siempre la pena

de la triste Coralay.


1852.

    ¡Qué dulces pasan los días

a tu lado, Magdalena!

quién consolará mi pena,

¿cuando tú no estés aquí?

Prométeme no olvidarme
5

en tierra alguna lejana,

que yo te prometo, hermana,

nunca olvidarme de ti.

Si alguna vez me olvidaras,

el dolor me mataría,
10

y sin tu amor, alma mía,

No podría vivir, no:

En ta amor está mi vida,

tu olvido será mi muerte;

donde te lleve la suerte,
15

¿quién te amará como yo?

   Cuando pienso que mañana,

al asomar en oriente

la aurora su blanca frente,

en vario te he de buscar,
20

y que, si alguien me pregunta

por mi dulce compañera,

le diré: la suerte fiera

hoy la arrastra por el mar;

   a tan triste perspectiva,
25

a tan crudo pensamiento,

desmayar la vida siento,

cual si fuera, ya a morir;

y en contraste con los días

que pasé a tu dulce lado,
30

se me ofrece el enlutado

solitario porvenir.

   Adiós pues: cuando la tarde

comience a esparcir sus sombras,

mis pies las verdes alfombras
35

de la playa pisarán;

y anegados en el llanto,

del sol a la luz viajera

por mi dulce compañera

mis ojos preguntarán.
40

   Y recorrerá las ondas

después mi vista anhelante,

por si una vela distante

consiguen mis ojos ver,

que de la nave en que vengas
45

anuncie la cercanía;

porque ¿no es verdad que un día,

Magdalena, has de volver?


1853.

Las cautivas de Israel

I

   Junto a los ríos de Babel sentadas,

fijos los tristes ojos en el cielo,

al acordarse de, su patrio suelo,

lloraban las cautivas de Israel;

y al ver volar en el azul espacio
5

las aves de la tarde plañideras,

«id, les decían, dulces mensajeras,

»y llevad nuestros votos a Salen:

   »saludad por nosotras esos campos

»donde natura prodigó sus galas,
10

»¡ah! quién tuviera vuestras libres alas,

»para partir de vuestro vuelo en pos

»felices las que van, como vosotras,

»a ver de nuestra infancia los hogares!

»nunca se calmarán nuestros pesares
15

»hasta pisar la tierra del Señor.»

   Y así diciendo, las cautivas míseras

las seguían con lánguida, mirada,

y mil recuerdos de la patria amada

agitaban sus mentes en tropel;
20

y cuando las veían alejarse

del moribundo sol a los reflejos,

y entre las negras nubes, a lo lejos,

las miraban al fin desparecer,

   bajaban silenciosas la cabeza,
25

se cubrían el rostro con las manos,

y después exclamaban: «Señor, danos

»volver a nuestra patria alguna vez.»

Y como si el dolor más las uniera,

se abrazaban llorando con ternura;
30

¡Quién librará la turba prisionera!

¡Cuando a sus campos volverá Israel!

   Y se quedaron luego anonadadas

en el silencio triste del recuerdo,

fijas las melancólicas miradas
35

del sordo río en el raudal veloz:

pero se levantaron de repente,

de vértigo divino poseídas,

e irguiendo al cielo la inspirada frente,

alzaron este canto de dolor:
40

II

   «Nos sentamos orillas de estos ríos,

»y lloramos pensando en nuestro suelo

»y en ese verde campo, en ese cielo

»llenos del esplendor de Jehová:

»y hemos colgado nuestras dulces harpas
45

»de los sauces que cubren la ribera,

»que la mano cautiva no pudiera

»sino sones dolientes arrancar.

   »Cuando los que cautivas nos trajeron

»quisieron recrearse con sus sones,
50

»diciéndonos: cantadnos las canciones

»que en un tiempo solíais entonar,

»respondimos: los cantos de la patria

»¿cómo cantar en extranjera orilla?

»y donde el sol de libertad no brilla,
55

»¿cómo cantar la dulce libertad?

   »¿Cómo entonar cantares de ventura

»en medio del dolor que nos abisma?

»Olvídese mi diestra de sí misma,

»si me olvido de ti, Jerusalén:
60

»péguese al paladar mi lengua muda,

»si no hablo siempre de la patria amada,

»y si a su santa maternal morada

»no anhelo siempre en mi dolor volver.

   »Desde que vine de Sïón cautiva,
65

»su memoria es mi solo pensamiento,

»y a cada hora, en todas partes siento

»de los recuerdos el crüel pesar:

»cuando cierra mis parpados el sueño,

»volver creo a los campos de mi infancia,
70

»y estar venciendo la postrer distancia

»que me separa de mi dulce hogar;

   »y llegar creo y reposar al cabo

»cubierta por las ramas de una palma,

»a cuya sombra en otro tiempo el alma
75

»soñaba en un sereno porvenir:

»¡Cuan venturosa soy! pero mi sueño

»pasa, y con él se aleja mi ventura;

»de nuevo me hallo en servidumbre dura

»y soy, al despertar, más infeliz.
80

   »Señor, Señor, que en extranjera tierra

»no abra el destino mi sepulcro helado;

»que repose mi cuerpo ya cansado

»en el bello país donde nací:

»allá donde los huesos de mis padres
85

»reposan ya, donde mi madre un día

»con canciones de amor me adormecía,

»allá, gran Dios, allá quiero morir.»

III

   Y aquí cesó la voz de las cautivas

y el eco triste repitió su canto,
90

y sus mejillas el amargo llanto

de los recuerdos a regar volvió;

mas un presentimiento misterioso

se hizo oír en sus almas desoladas,

y se vio relucir en sus miradas
95

de la esperanza el dulce resplandor.


1854.

A un viajero

    Tu existir agitado y vagabundo

recuerda nuestro frágil existir:

todos somos viajeros en el mundo,

todos andamos por llegar al fin.

   Pero a veces retorna el marinero
5

al duce puerto que le vio pasar;

mas ¡ay! el hombre, mísero viajero,

a las playas que amó no volverá.

   Nadie puede pararse en el camino,

porque es preciso eternamente andar:
10

nos obliga a seguir nuestro destino

el ciego impulso de la ley fatal.

   Si algo encontramos que la vista encante

y que halague y deleite el corazón,

al querer detenernos -«¡Adelante!»-
15

nos grita fiera irresistible voz.

   También en mi alma soñadora existe

una sed misteriosa de viajar,

y al mirarte partir, quédome triste:

yo también te quisiera acompañar.
20

   Quisiera visitar esas regiones

donde las ruinas que ama el trovador

se levantan pobladas de visiones

que nos hablan del tiempo que pasó.

   ¡Ah! ¡quién contigo visitar pudiera
25

aquella Roma que tan grande fue,

y esa Grecia tan bella y hechicera,

maestra de las artes y el saber!

   ¡Quién pudiera en tu nave voladora

pasear de sus deseos la inquietud,
30

del Occidente a la brillante Aurora

y del helado Septentrión al Sur!

   Mas ya movidas del propicio viento,

se ven las blancas velas desplegar:

éste es, amigo, el último momento:
35

¡adiós! es fuerza separarnos ya.

   Cuando interponga la distancia un velo

que las costas te vede distinguir,

y cuando solo mires mar y cielo,

entonces ¡ay! acuérdate de mí:
40

de mí que quedo en este triste mundo,

negro e inquieto y borrascoso mar,

mar más embravecido y más profundo

que el que tú te preparas a surcar.


1854.

Las aves de la tarde

    ¿A dónde partís tan lejos,

tristes aves de la tarde,

que a los cansados reflejos

del día que va a expirar,

atravesáis en bandadas
5

el firmamento sombrío,

y atrayendo mis miradas,

me hacéis de pena llorar?

   ¿Por qué en contemplaros hallo

una dulzura secreta
10

y agitan mi mente inquieta

mil recuerdos en tropel?

¿Por qué de deseos vagos

el corazón siento lleno,

y estremecido, mi seno,
15

gimo sin saber por qué?

   Cuando se pierde en las nubes

vuestro plañidero canto,

siento un misterioso encanto

de placer y de dolor:
20

¿Por qué así vuestro gemido

me entristece y me consuela?

¿Quién hace que así se duela

y se alegre el corazón?

   Decid, ¿qué secreto instinto
25

os mantuvo siempre errantes,

siempre inquietas y anhelantes

de otro mas bello lugar?

¿Nada amáis tal vez vosotras

que detenga vuestro vuelo?
30

¿En el anchuroso suelo

no tenéis patria ni hogar?

   En mi alma también existe

un instinto misterioso

que me tiene siempre ansioso
35

de otro mundo, otra región:

cual huracán prisionero,

dentro del pecho se agita

esta ansiedad infinita

que me llena el corazón.
40

   Cuando en occidente muere,

el sol en su lecho de ondas,

y nuestros oídos hiere

de la campana el clamor;

cuando la noche se acerca
45

con sus sombras silenciosas,

y mil voces misteriosas

forman un vago rumor;

   entonces yo me entristezco

y gimo profundamente,
50

y empiezan mi triste mente

mil recuerdos a agitar,

y mi alma intenta lanzarse

hacia un bien desconocido

cuyo instinto habrá nacido
55

en otro mundo quizá.

   ¡Ah! yo soy tan desgraciado

como el triste prisionero

que, a su alta torre asomado,

ve el suspirado país
60

donde nació, dibujarse

en la vasta lejanía,

y mira el distante día

en sus montañas morir.

   Sin cesar, do quiera pienso
65

en ese lugar dichoso

donde el ansiado reposo

encontrar al fin podré.

Este mundo no es mi patria;

de esas nubes tras el velo
70

está; mi patria es el cielo:

¡cuándo allá podré volver!

   Peregrinas del espacio,

deteneos un momento:

¿no me oís? el raudo viento
75

muy lejos os arrastró.

Si escuchasteis mis gemidos,

tristes aves plañideras,

sed vosotras mensajeras

de mis votos al Señor.
80


1851.

(Fragmento)

    Me acuerdo siempre: era una tarde triste

el sol se hundía entre las olas ya:

y tú ya no te acuerdas? me dijiste

que nunca te podrías olvidar.

La brisa suspiraba tristemente
5

sobre las aguas del dormido mar,

y las sombras confusas de la tarde

sobre ellas se apiñaban más y más.

   ¡Cuánto amor se leía en tu semblante!

¡Cuánta tristeza en tu pupila azul!
10

¡Y no te acuerdas ya de aquella tarde!

Nunca creí que la olvidaras tú.

   Dime, tu pecho, tan ardiente un día,

tanto la vida con su soplo heló,

¿que no escuchas jamás en tus ensueños
15

de lo pasado la doliente voz?

   Al expirar el sol en occidente,

mientras las nubes siguen en tropel

su lúgubre carera por el cielo,

¿no te entristeces, como yo, mujer?
20

   ¿No piensas ver en la expirante hoguera

la imagen moribunda de tu amor?

¿No recuerdas que así también moría

entre las nubes esa tarde el sol?

¿No piensas ver las sombras de otros tiempos
25

riendo tristes acercarse a ti?

¿No escuchas sordas y dolientes músicas

vagar por los espacios y morir?

   ¿Se agotaron tus lágrimas acaso,

de nada te entristeces, y jamás
30

en lo pasado? ¡Ah! ¡quién pudiera!

¡Ah! ¡quién pudiera, como tú, olvidar!

   No te amo ya; mas la profunda herida

que me hizo tu amor siempre está aquí;

y aunque quiero olvidarte, noche y día
35

miro do quier tu aparición gentil.

   ¡Ah! ¡cuando pienso que de aquellas horas

ni una tan solo volverá jamás,

que ya no habré de verte enamorada

mirarme largamente y suspirar;
40

   entonces siento inmensas amarguras

y mi alma se estremece de dolor,

y en el desierto porvenir no encuentra

ni un consuelo mi triste corazón!

   Te amo como eras en aquellos días,
45

dulce, tierna, purísima, idëal,

¡ángel hermoso que bajó del cielo

para venir mi vida a consolar!

   Es tu imagen en mi bello retrato

que, aunque el modelo envejecer se ve,
50

siempre lozano y juvenil se muestra,

que eterna juventud le dio el pincel.

   Y ahora te aborrezco: con sus brazos

ciñeron tu beldad amantes mil;

aun es bello tu rostro, mas el alma.....
55

y el alma fue lo que yo amaba en ti.....

...........................................................

No, ya no más acuerdate del cielo

y a é levanta tus alas, corazón:

sólo allá, sólo allá podrá apagarse
60

la sed que sientes de infinito amor.


1854.

    «En vano a mis plantas veo

desparramado un tesoro,

en vano de piedras y oro

resplandece mi prisión:

el recuerdo de otros tiempos
5

entristece el alma mía,

y tenaz melancolía

Me consume el corazón.

   Aves que cruzáis el cielo

al oscurecerse el día,
10

y que en anheloso vuelo

a otras regiones partís,

descended a la ribera

desde las etéreas salas,

y llevadme en vuestras alas
15

al lugar donde nací.

   Y vosotras, oh viajeras

rápidas olas sonantes,

que a ignotas playas distantes

miro partir sin cesar,
20

reventad en la ribera

de los lugares amados

donde mi madre me espera,

presa de inmenso pesar.

   Decidle que siempre lloro
25

tan larga prolija ausencia,

y que al cielo siempre imploro

que me devuelva a su amor;

contadle que con vosotras

se mezcló mi triste llanto,
30

y decidle mi quebranto

y mi infinito dolor.

   Cuando salí de mi patria,

sólo diez años tenía:

¡Oh triste y amargo día
35

de eterna recordación!

Los piratas me arrancaron

de los brazos de mi madre,

y mataron a mi padre

que me defendió cual león.
40

   Recuerdo que cuando el buque

de la orilla se alejaba,

a mi madre oí que enviaba

su despedida postrer:

corí a la popa, y entonces
45

la vi ondear su pañuelo,

y luego mirar el cielo,

y desmayarse, y caer.

   ¡Cuán en vano pedí entonces

que hicieran parar la nave,
50

y por los aires, cual ave,

hasta mi madre volar!

Mirando estuve la costa

con ojos húmedos, hasta

que no vi sino la vasta
55

circunferencia del mar.

A un príncipe de estas tierras

por los piratas vendida,

doliente paso mi vida

llorando el tiempo que fue:
60

¡Ah! ¡quién pudiera gozarte

otra vez, tiempo dichoso!

¡Quién tus montes, pueblo hermoso,

trepar con ligero pie!

   ¡Quién pudiera allá en la tarde,
65

de la solitaria estrella

reflejada la luz bella

en tu puro lago ver!

Y cruzando la pradera,

cuando la noche llegara,
70

madre mía, ¡quién pudiera

a tu regazo volver!

   En lágrimas me deshacen

mis dulces memorias tristes:

tiempo feliz, ya no existes
75

y no volverás jamás:

al menos, aunque pasado,

nunca pierdas tus encantos,

nunca tus recuerdos santos,

me permitas olvidar.
80

   Un dulce presentimiento

que nunca en el alma muere

me dice que espere, espere

volver a mi patria al fin:

pise yo la tierra amada,
85

bese el rostro de mi madre

y el sepulcro de mi padre,

y podré después morir.

   Como un ángel, acompáñame

oh esperanza, mientras viva:»
90

y de la triste cautiva

aquí el acento expiró;

a una roca su cabeza

apoyó en su mano fría,

y la inmensa mar sombría
95

contemplando se quedó.


1854.

    Si justo elogio sincero

escucho en ajeno labio,

que alaba en ti al caballero,

al padre, al esposo, al sabio,

al amigo y al guerrero;
5

   Con justa causa me aflijo,

viendo que a extraños la suerte

dio la dicha y regocijo

de tratarte y conocerte,

y no a mí que soy tu hijo.
10

   No, no hay desdicha ninguna

como que la Parca aleve

del tierno padre desuna

a niño que aun duerme en cuna

y humano alimento bebe.
15

   Dígalo yo, pues aun no

hube el mes cuarto cumplido,

cuando mi padre murió:

todos le habéis conocido,

¡Oh hermanos, excepto yo!
20

   Al dolor que el pecho siente

creces el recuerdo da

de que, al nacer tu Clemente,

estabas en viaje ausente

de que no volviste ya.
25

   Y así jamás tierno beso

en mi faz, oh padre, fue

por tu amante labio impreso,

ni en ser nunca me alegré

de tus brazos dulce peso.
30

   Y agonizaste, lejano

de tus hijos y tu esposa;

ni cerrarte amiga mano

los ojos, pudo amorosa,

que nos buscaban en vano.
35

   Moriste entre extraña gente,

a tu muerte indiferente:

¡Ah! ¡cuánto mas te valiera

lidiando en batalla fiera,

sucumbir gloriosamente!
40

   Si para consuelo nuestro

existieras todavía,

fuérasme en la vida diestro,

amoroso, experto guía,

y dulcísimo maestro.
45

   ¿Qué reprensión blanda y pía

no me sonara en tu labio?

Justo exceso, demasía

del mismo amor, que no agravio,

tu castigo me sería.
50

¡Con qué atención y placer

las inmortales hazañas

con que el antiguo poder

y yugo de las Españas

pudo América romper,
55

Fuérame dado escucharte!

Hazañas de que testigo

mereciste ser y parte

(con noble orgullo lo digo)

por el denuedo, y el arte.
60

   Mas ¡ay de mí! que, en lugar

de tan feliz y süave

vida que pude gozar,

odiada orfandad me cabe:

¡Desdicha inmensa y sin par!
65

   Que hizo más extraña y fuerte

el que entonces no pudiera

llorar, oh padre, tu muerte,

que ni ese alivio siquiera

quiso dejarme la suerte.
70

   Pues tan tierno simple infante

preciar ni entender podía

desventura semejante;

y ¡acaso entonces reía

mi ledo infantil semblante!
75

¡Ah! por qué la muerte en mí

no se cebó, y el desierto

de la vida huyendo así,

¡ah! por qué no te seguí,

¡apenas nacido, muerto!
80

Por desgracia tan impía,

sirve solo de consuelo

pensar, oh padre, que un día

te conoceré en el cielo.


1855.

    Ya de suena de la santa Ave María

la solemne campana, que el ocaso

llorar parece del lejano día:

   Como de encanto súbito por caso,

Sucede hondo silencio de repente,
5

al urbano bullicio; el presto paso

   detiene al son la pasajera gente,

que con rápida mano la cabeza

a os cielos descubre reverente;

   y la salutación gloriosa reza
10

con que el arcángel anunció a María

que, sin perder su virginal pureza,

   en sus entrañas Dios encarnaría;

y Lima toda, de silencio llena,

en su santo pensamiento se une pía.
15

   Mas rápida cambiar se ve la escena,

cuando cesan las santas campanadas;

y ya de nuevo donde quiera suena

el rumor de coloquios y pisadas.


1855.

   Un día, España, en tu anchuroso imperio,

moviendo el sol el refulgente paso,

jamás hallaba tenebroso ocaso

al ir de un hemisferio a otro hemisferio;

   cual ya al romano, así al valor iberio,
5

el ámbito del orbe vino escaso:

mas a tu antigua majestad, acaso

iguala tu presente vituperio.

   De tal altura a sima tan profunda

te hizo caer del hado la inconstancia,
10

que Roma el mundo te llamó segunda:

   Dad escarmientos a Inglaterra y Francia,

y teman que en abismo igual las hunda

su proterva ambición y su arrogancia.


1855.

    Pláceme contemplar desde la playa

el infinito mar que me convida

a que del patrio suelo me despida

y a otras riberas venturosas vaya.

   Del lejano horizonte tras la raya,
5

al umbral de otro mundo parecida,

tal vez mas dulce placentera vida

y mas felices moradores haya.

   Oh naves que a la aurora, al occidente,

al sur partís y al septentrión, ¡quién fuera
10

con vosotras! Mas ¡ay! que solamente

   me es dado vuestra rápida carrera

seguir con la mirada y con la mente:

¡Y la dicha tal vez allá me espera!


1855.

    En el puro azul de cielo

de esos ojos que en mí fijas,

en las doradas sortijas

de tu finísimo pelo,

y de tu corpóreo velo
5

en las otras ricas galas,

hermoso niño, te igualas

con los ángeles de modo,

que para serlo del todo

solo te faltan las alas.
10

   ¡Cuan dulce descanso son;

de mis pensamientos graves

tus palabras que aun no sabes

decir con entero son;

tu infantil conversación,
15

tu preguntar inocente,

tu labio que nunca miente,

y la consonante fe

que a cuanto dicho te fue

concede fácil tu mente!
20

   ¡Goza, goza, rubio infante,

de tu ventura presente:

ríe, core, juega, aumente

tus contentos cada instante;

nunca de noche te espante
25

medroso duende, y tus sueños

de ángeles cual tú pequeños

te ofrezcan la grata imagen,

que a jugar contigo bajen

Cariñosos y risueños!
30

   Pero ¿por qué de repente,

y cuando más me recrea

tu vista, importuna idea

viene a entristecer mi mente?

como tú, feliz, rïente,
35

era yo en aquellos años

al mal y al dolor extraños;

mas sueño los juzga ahora

mi alma que sin cuento llora

dolores y desengaños.
40

   ¿Con que1 te habrán de afligir

los que a mí me afligen hoy?

Temblando, al pensarlo, estoy,

niño, por tu porvenir.

Y ¿habrá de ser tu vivir
45

como mi vivir? ¡Ah! ¡no!

Y, si ya Dios decretó

días negarte serenos,

¡nunca te veas al menos

tan infeliz como yo!
50


1855.

    Febrífuga corteza, de la humana

enferma gente celestial tesoro,

por el que más que por su plata y oro

el mundo debe a la región peruana:

   ¡Cuántas gracias te rinde el alma ufana!
5

Por ti se enjuga mi encendido lloro;

tú vuelves la salud a la que adoro,

y a su semblante la nativa grana.

   Por ti de nuevo blancos velos viste,

y sus divinas perfecciones muestra
10

a Lima, con sil ausencia sola y triste;

por ti en el baile alegre con su diestra

mi diestra junto, y venturoso enlazo

su talle estrecho con mi amante brazo.


1855.

    No tanto el rico abono te insolente

que hoy tan famosa te hace cual ya el oro,

que no es eterno, oh patria, tal tesoro

y su fin aceleras imprudente.

   De haberlo poseído vanamente
5

te ha de quedar entonces el desdoro,

y la miseria y el inútil lloro

del que en hora tardía se arrepiente.

   Que, aunque mil fuentes de riqueza tienes,

todas por ésta tu confianza olvida,
10

con que justo será que luego penes:

   Teme que cuenta el Creador te pida

de tantos raros malogrados bienes

de que indigna la tierra te apellida.


Después de haber oído por primera vez la plegaria del «Moisés»

    Aún me parece que en el Cielo santo

con desusada gloria

en medio de los ángeles estuve

a donde de tu canto

la constante memoria
5

de nuevo el alma estremecida sube:

mas di Rossini, dime

si propicio querube,

celeste amigo que tu canto inspira,

en noche solitaria
10

te enseñó el más ardiente y más sublime

himno que sabe su divina lira,

en esa pura celestial plegaria;

o si tú mismo al cielo suspendido,

al angélico coro
15

¿la escuchaste cantar en harpas de oro,

con ella absorto el soberano oído?

   Por esa hora dichosa,

por el celeste olvido

del mundo, de mí mismo, de mis males;
20

por el alto placer que mi alma endiosa,

a tu valor divino desiguales,

estos versos te envío agradecido,

¡oh delicia y amor de los mortales!


1855.

Rossini y Mozart

A uno que me preguntó cual de estos dos músicos me parecía mayor

    Entre Rossini y Mozar

Sentencie otro la porfía

por el primero lugar,

no quien, cual yo, se extasía,

en lino y otro a la par.
5

   Cada cual es el primero;

y, sin sentenciar jamás,

siempre el que escucho postrero

es el que me gusta más,

y aquel que entones prefiero.
10

   Si dignos entrambos son

de que la dulce Cecilia

cante su música en Sión,

con la angélica familia,

de aquellas harpas al son;
15

   si el uno escribió «Don Juan»

y «Moisés» el otro, ¿vano

no es inquirir con afán,

si merece el italiano

la palma, o el alemán?
20

¿Quién entre una y otra estrella

de Géminis luminoso

dirá cual es más bella,

si en claro fulgor hermoso

gemela es ésta de aquélla?
25

   Y así, sin dar el laurel

a ninguno de los dos,

baste decir que con fiel

igualdad no creó Dios

mas rival de éste aquel.
30


1855.

    Cuando abrumado me siento

con los males de la vida,

y mi dolor la medida

excede del sufrimiento;

   tú, dulce sueño profundo,
5

ser mi único alivio sueles,

pues traspaso los dinteles

contigo de aqueste mundo.

   ¡Cuán dichoso soy, si duermo!

¡Cuán diverso el paraíso
10

que mis dulces sueños piso

de este tristísimo yermo!

   Y sus altos moradores,

¡Cuánto más bellos y buenos

y afables que los terrenos,
15

y en mente y saber mayores!

   Luz que vista y alma alegra

brilla, allí tan pura y clara,

que con ella semejara

triste nuestra luz y negra.
20

   Donde quiera sin cesar

blanda música se siente,

que envuelve, cual nuevo ambiente,

aquel sagrado lugar!

   Flores mil veces más bellas
25

que las de nuestros jardines,

lirios de luz y jazmines

que vencen a las estrellas

   cría ese eterno pensil,

y libres corren por él
30

de dulce fragante miel

y néctar arroyos mil.

   Si os sucede vez alguna

hallarme al sueño rendido,

no me despertéis, os pido,
35

porque el vivir me importuna.

   Y me acomete un pesar

tan hondo, cuando despierto,

que quisiera haberme muerto

para nunca despertar;
40

   y por templar mi aflicción,

en convencerme me empeño

de que es la verdad el sueño

y la vida la ilusión.


1855.

    ¿Qué has hecho, ingrata Flérida, que has hecho?

¡Así a tu amante dejas, y a un anciano

por un vil interés vendes tu mano

a que solo el amor tiene derecho!

   ¡Ay! ¡qué vida te aguarda! en mesa, en lecho,
5

do quier al lado de ese espectro humano,

tu dulce amante extrañarás en vano,

que no se vende con la mano el pecho.

   No marmóreo palacio, áurea carroza,

claros diamantes, ni real boato
10

la pena aliviarán que te destroza:

   mas que tal vida y el continuo trato

de tu odiado consorte, en pobre choza

con tu amante vivir te fuera grato.


    Descubridor de un mundo y adivino,

¡quién añade a mi lira cuerdas nuevas!

¡quién da a mis manos el laúd divino

del lírico de Tebas,

o de aquel por quien osa
5

la palma a Tebas disputar Venosa!

¡Lograra entonces con ingenio y arte

dignos de tu grandeza celebrarte!

Que igualarla tan solo alcanzaría

de aquellos dos el portentoso metro
10

a quien corona y cetro

dio del lírico canto Poesía.

Mas, aunque remontarse no presumen

de tu grandeza hasta el remoto cielo

las cortas alas de mi infante numen,
15

en entusiasmo tanto

tu rara celsitud mi pecho inflama,

que me fuerza a juntar mi humilde canto

con el sonoro aplauso de tu fama.

   Yo, que hijo soy del mundo descubierto
20

por tu divino acierto,

que sin ti de los mares de la nada

jamás saliera de la vida al puerto,

mi agradecida voz es bien que añada

a tan glorioso universal concierto:
25

y aunque con verso inculto

indignamente tu alabanza trate,

es cantarte, oh Colón, forzoso culto,

saro deber de americano vate.

   Mi amor mi audacia excusa,
30

no la ofrenda desdeñes de mi musa;

que acaso fuerzas y vigor un día

y en el difícil arte la destreza

ayuntando a su ingénita osadía,

podrá, mi numen, que a volar empieza,
35

menos indigno canto dedicarte;

y dilatar así por toda parte,

tu nombre no, que el universo llena,

sino el de tu cantor, hoy en olvido

y odiosa y vil oscuridad sumido.
40

   Pero nunca será el ingenio mío

el que, igualando tan sublime tema,

entre los hijos de Caliope y Clio

logre la palma merecer suprema,

a más dichoso vate reservada
45

que a ti consagre el épico poema

que ha de vencer a la divina Iliada.

   ¿Cuál, entre los varones inmortales

que, de virtud y de grandeza ejemplo,

celebran de la tierra los anales;
50

cuál hay que en sí reúna

tantas glorias y tales

cuantas en ti resplandecer contemplo,

oh sólo a quien no falta gloria alguna?

que en ti, de su obra el Creador contento,
55

juntó adivinador entendimiento,

constancia vencedora de fortuna,

valor de que se espanta el Valor mismo

y que halla en el peligro su elemento;

irresistible mágica elocuencia,
60

fe de santo y piedad, de rey clemencia...

Mas ¿dónde así me abismo?

ni ¿quién sintió jamas vanos antojos

de contarle a la mar toda su arena,

o sus hermosos rutilantes ojos
65

a la noche de estío más serena?

Tantos semblantes tu grandeza muestra,

lograr pudiste tan diversas palmas,

cual si te diera la divina diestra

en muchas vidas diferentes almas:
70

y si en mil y mil héroes te divides,

cada cual de ellos basta

A ser de los mayores

que cantan de la fama los loores.

¿Qué Teseo ante ti? ¿Qué ante ti Alaídes?
75

¿O el que, en busca del áureo vellocino,

por peligrosos campos de Neptuno,

nunca surcados antes de otro alguno,

más avaro que audaz se abrió camino?

¿Que en fin cuantos endiosa
80

remota antigüedad y mentirosa

en pródigas ficciones lisonjeras?

Exceden sus fantásticas hazañas

las tuyas verdaderas:

que en héroe ideal o semidiós fingido
85

la fábula ingeniosa en vano aspira

a ofrecer tu trasunto y tu figura

y a igualar tu verdad con su mentira.

   Entre las grandes famas de la historia

resplandece tu gloria,
90

bien así cual descuella,

entro las cinco en que se parte el mundo,

la región portentosa

que arrancaste al océano profundo.

a la capacidad venía estrecho
95

de tu gigante pecho

el mundo conocido hasta tus días;

otro mundo mayor necesitabas,

y así tal vez en tu anhelar decías:

«será que del planeta,
100

de los humanos natural morada,

la contraria mitad entera invada

el horrendo océano inhabitable?

No: mi ambicioso corazón desdeña

en tierra aprisionarse tan pequeña:
105

inmenso solitario continente

guarda la mar de Atlante prisionero;

y al que los ojos miran de mi mente

de cerca osado contemplar espero:

de la suerte la envidia no lo estorbe,
110

y seré yo el primero

que dé la vuelta, como el sol, al orbe:

Yo salvaré las lindes y señales

que de océano incógnito el misterio

y horror de los mortales
115

hoy ponen a la tierra apequeñada,

y antípoda hemisferio

sumido dejan en segunda nada.»

   Tu patria preferida,

Venecia rica y en el mar potente,
120

y el lusitano y el francés monarcas

desdeñaron tu espléndido presente

y el valioso laurel de cien comarcas:

cual suele, el mundo te llamó demente;

y los que el mundo sabios denomina
125

con su ciencia mezquina

medir quisieron tu gigante numen

y mente creadora

que, sola, sabe lo que el mundo ignora.

¡Y a punto estuvo la envidiosa huesa
130

de hundir contigo tu divina empresa!

Y por siglos sin cuento

se dilatará el gran descubrimiento

que concebir y ejecutar podía

tu ingenio solo y sola tu osadía!
135

   Mas no cedes, y al cabo a la dichosa

presencia de magnánima princesa,

que levantarse a comprenderte pudo,

te guió la amistad; fe generosa

concede a tu promesa;
140

y uniendo en fuerte nudo

su gloria con la tuya,

nunca será que el tiempo la destruya.

Y a romper de los mares las cadenas

y descubrir su pavoroso arcano
145

de playas españolas al fin sales:

¡Cuán heroicas escenas

Mirar pudo el atónito océano,

que no tuvieron en la tierra iguales!

   La chusma, en vano del terror esclava,
150

con tempestuosos gritos te intimaba

que la sonante quilla

rauda volvieras a la patria orilla:

¿Rayos brotaba tu semblante augusto?

¿Hablaba un dios por tu inspirada boca,
155

que así la saña y el valiente susto

domar pudiste de esa turba loca?

¿Dejaba acaso los felices cielos

alado mensajero de Dios pío,

para traerte fuerzas y consuelos?
160

Al mirar siempre en torno cielo y onda,

y eterno centro tu veloz navío

ser de la mar redonda,

¿temor no te asaltaba

que nuca, nunca, de acabar hubiera,
165

o allá tan solo donde el orbe acaba,

aquel trémulo llano y tu carrera?

¡Y sólo a ti no consiguió vencerte

el ciego horror que a tantas

almas amedrentaba, aunque españolas,
170

y por do apenas, de pavor confusa,

osa seguirte la valiente musa!

Viendo que tan seguro te adelantas

por medio de aquellas misteriosas olas,

¿quien no dirá pasmado
175

que privilegio celestial consiente

a tus miradas solas

América remota estar patente?

¿O que no es ya para tus plantas nueva,

y que a su rica playa
180

no es hoy cuando te lleva

por vez primera tu impaciente nave

que la ancha senda que surcó ya sabe

y va segura adonde el sol desmaya?

   ¿Mas no temes2 que sea
185

hija de engaño tu atrevida idea?

¿Ni un instante la duda

la fe combate que tu pecho escuda?

Piensa en el justo escarnio que te espera

en la hispana ribera,
190

si no es tu extraño pensamiento cierto;

dado que al fin a puerto

de la distante tierra

tu nave frágil a llegar acierte,

y huyas la horrenda misteriosa muerte
195

que en los abismos de la mar se encierra...

Mas mis voces desoyes, y adelante

tu leve carabela,

que a tu impaciencia perezosa vuela,

diriges impertérrito y constante.
200

   Sí, firme sigue, sin reposo avanza,

no llorarás perdida tu esperanza:

Constancia tan tenaz, fe tan ardiente

dignas se ostentan de que Dios por ellas

mundos al mundo, liberal, aumente
205

y al firmamento estrellas;

y si el mundo que llevas en la mente

no existiese en la tierra todavía,

la diestra omnipotente

tan solo para ti lo crearía.
210

   Y llega, y llega la anhelada llora,

y a tu absorta mirada

se presenta la tierra adivinada,

al rico albor de tropical aurora;

verde, feraz, magnífica, opulenta,
215

no ajada su beldad por los humanos,

a tus ojos ostenta

el virginal semblante

con que salió de las divinas manos.

   Como Dios en el día del reposo,
220

al contemplar el universo infante,

se recreaba en el secreto seno

de su inmensa grandeza creadora:

tal de un placer que el pensamiento ignora

el pecho sientes rebosarte lleno,
225

al contemplar el mundo

del cual tú fuiste creador, segundo.

   Gózate, sí, descubridor sublime,

que has acabado la mayor hazaña

que vio la edad pasada o ver espera
230

la edad advenidera:

El mundo que hoy arranca al océano

tu osado numen, tu constancia extraña

es de todos los mundos soberano:

sus montañas, del cielo cual pilares,
235

de oro se encumbran y de plata llenas,

y de sus ríos, que semejan mares,

son oro las arenas;

son edenes sus vastas praderías

y son sus noches días:
240

cuan bello rico y cuanto rico vasto,

tres mundos a la par contrapesando,

del orbe la mitad ocupa sólo;

su talle en derredor la zona ardiente

ciñe, cual ancho cinturón de fuego,
245

y es un polo corona de su frente

y estrado de su planta el otro polo.

Vuele a henchir de profunda maravilla

la vieja Europa tu triunfal regreso;

hinche de orgullo la feliz Castilla
250

que tu promesa, para el vulgo insana,

cumplida palpe con inmenso exceso,

y se engría, de un mundo soberana:

y arrebatada entonces,

en celebrar tan único suceso
255

canse la Fama sus sonantes bronces:

La Fama que por ti dilatar pudo

En ámbito mayor tu excelso nombre,

sin que a tu nombre baste

digno de más, el mundo que doblaste.
260

   y cual de hado enemigo, los rigores

probaron tu invencible sufrimiento,

en medio de la dicha y los honores

muestra darás de tu templanza heroica;

que de la suerte al inconstante, viento
265

las grandes almas, de la tuya hermanas,

no obedecen livianas,

de escollo empinadísimo al estilo

que el piélago, ya manso, ya furente,

encuentra siempre inmóvil y tranquilo
270

y a sus mudanzas mil indiferente.

   Y te está bien esa igualdad del alma,

que tardan poco los veloces años

en darte sus usados desengaños,

y en olvidar los hombres tus inmensas
275

portentosas hazañas

que jamas igualarán recompensas:

malvados, viles, envidiosos pechos,

hombres no, pero monstruos infernales,

atán con férreos lazos
280

tu débil planta y tus ancianos brazos!

¡Y no ya en triunfo, cual la vez primera,

que eterno para ti durar debiera,

mas aherrojado como vil pirata

o malhechor insano,
285

llegar te mira la nación ingrata

a quien un mundo regaló tu mano!

   ¡Cual tu vivir entonces lastimero!

¡Cuán cruda y largamente la Amargura

apurar te hace su colmada copa
290

hasta que el mudo acero

corta de Atropos tu vital estambre!

Y ¡oh vergüenza de Europa!

¡Oh del siglo baldón no encarecido!

¡A las congojas de miseria y hambre
295

gimió tu santa ancianidad sujeta!

¡Y el más rico varón que el tiempo vido,

de quien era el caudal medio planeta,

murió como el postrero desvalido!

   Si, que en el mundo que habitar nos cabe
300

es la desdicha fiera

calidad de grandeza verdadera.

Nada turbe tu paz, oh Dios humano;

que, si tu mortal vida

fue por tantas desgracias afligida,
305

no habrá edad que la gloria no acreciente

de aquel que pudo completar la tierra,

hallando el misterioso continente

que el porvenir del universo encierra.


1856.

    ¡Cuánto tus días serenos,

dulce Lima, echo de menos!

¡Cuánto extraño

de tu clima la blandura,

tu primavera que dura
5

todo el año!

   En esta región do eterno

durar anuncia el invierno,

donde va

uno de otro día en pos,
10

ni asoma el astro que dios

te fue ya;

   y envuelto en oscuro manto,

derrama el cielo su llanto

sin cesar,
15

y del frío el rigor ciego

me encadena junto al fuego,

del hogar;

   y en el silencio y la calma

de mi estancia siento el alma
20

siempre triste,

que de la naturaleza

la contagiosa tristeza

me la viste.

   Jamás la lluvia iracunda
25

en sus piélagos te inunda

resonantes;

solo la Noche o la Aurora

líquidas perlas te llora

y diamantes.
30

   Nunca brilló a tu mirada

del relámpago la espada,

ni a tu oído,

de blandas músicas lleno,

sonó del hórrido trueno
35

el rugido.

Muy mas claras que los días

de estas regiones sombrías

son tus tardes:

tiempo en que vuelva de Lima
40

al templado elíseo clima,

ven, no tardes.


1856.

A mi hermana Grimanesa,

Con motivo de la muerte de su hija Eufemia, niña de tres años

    No desesperada, llores,

así de tu hija la muerte,

ni maldigas de la suerte

los aparentes rigores;

   que, siempre que deja un niño
5

la dura región del suelo,

es porque le lleva al cielo

de Dios piadoso el cariño.

   Y en vez de la veste negra,

indicio del alma triste,
10

de blancas galas te viste,

y en santas fiestas te alegra.

   Pues, por merced especial,

ha sido admitida Eufemia

a la gloria en que Dios premia
15

a los que evitan el mal:

   a cuantos. aquí en la tierra,

con heroicos corazones,

vencieron de las pasiones

la dura constante guerra.
20

   El hondo dolor pues calma,

y no pongas en olvido

que, sin haber combatido,

tu hija ha logrado la palma.

   Vela en Sïón soberana
25

lograr feliz acogida,

por ángeles recibida

como una esperada hermana.

   Allí suplica al Señor,

pues ni el cielo te olvida,
30

que de la madre afligida

temple el agudo dolor.

   ¡Ah! ¡quién tu felicidad

gozando, Eufemia, estuviera!

¡Por qué no morí, cuando era
35

niño de tu misma edad!

   Que no aguardan la enemiga

tristeza y los desengaños

al número de los años:

mi triste pecho lo diga.
40

   Pues desde mi hora primera

diez giros y diez tan solo

en torno al dorado Apolo

cumplió la terrestre esfera,

   y tan breve vida ya
45

es a mis desdichas larga;

como a quien pesada carga

en hombros llevando va;

   que, como llegar ansía,

por verse libre del peso,
50

larga y penosa en exceso

se le hace la corta vía.


1856.

    ¡Yo te saludo, dulce encantadora

indefinible hora,

donde se unen y mezclan noche y día!

¡Hora de suave calma

y de vaga inefable poesía!
5

   ¡Oh romántica virgen sonadora!

a tu triste beldad ceda la palma

la rozagante Aurora:

que su faz leda y su mirada viva

menos al tierno corazón agrada
10

que tu faz pensativa

y dulce melancólica mirada.

   ¡Qué bella eres, qué bella,

ostentando en la frente

como un diamante, la amorosa estrella,
15

mientras el sol que brilla

con moribunda luz en occidente

arrebola tu pálida mejilla!

   ¡Qué bella, cuando a veces sol y luna

en ti el sereno firmamento aduna,
20

cual de un palacio la mansión gloriosa

junta a un monarca y a su excelsa esposa!

   ¡Cuánto me plugo siempre en tu reposo,

de la ciudad huyendo

la confusión y estruendo,
25

irme poetizando silencioso

a los campos mas tristes y desiertos,

do sólo llega el son de la lejana

plañidera campana

que habla de es ausentes y los muertos!
30

Y lejos de los hombres y del vano

conversar ciudadano,

las más altas verdades,

moradoras de augustas soledades,

allí, vate filósofo, medito,
35

y el destino del hombre y lo infinito,

y en silencio converso

con el alma que llena el universo!


1856.

El desgraciado

    «Solo me miro en la tierra;

cual con tenaz enemigo,

están las cosas en guerra,

desde que nací, conmigo;

y un espíritu a mí adverso
5

reside en el universo.

   »No consiente el mar turbado

que a surcarle yo me atreva,

y la tierra mal su grado

en sus espaldas me lleva,
10

y me tienen odio ciego

aire, tierra, mar y fuego.

   »Mujer ninguna me ama,

ni me es ningún hombre amigo,

y es; emblema de la llama
15

a que da mi pecho abrigo,

volcán que arde triste solo

entre las nieves del polo.

   »Cual vasta ciudad desierta

o en el sueño sumergida,
20

donde el paso no despierta

señal ninguna de vida,

se me ofrece el mundo, donde

nadie a mi clamor responde.

   »Y en vano me agito y ando
25

peregrino por la tierra,

los portentos visitando

que la vieja Europa encierra,

y que allí en la patria mía

por mirar me desvivía.
30

   »Cuando me mezclo en la calle

con la multitud festiva,

será me digo, que no halle

tal vez uno, mientras viva,

uno entre tantos millares,
35

que comprenda mis pesares?»

   «No pude en ninguna parte

del ancho poblado mundo,

oh mitad de mi alma, hallarte,

hallarte, oh mi yo segundo;
40

y de hallarte ¡oh dolor fiero!

en la tierra desespero.

   »Cual si me hubiera hecho reo

de algún tremendo delito

antes de nacer, me veo
45

por cielo y hado maldito,

y de herirme no se sacia

con sus flechas la Desgracia.

   »¡Si en este colmado abismo

de desventuras, siquiera
50

en paz yo conmigo mismo

interiormente estuviera!

Pero de mí propio siento

un profundo descontento.

   »¡No, no pose el infierno
55

más espantoso suplicio

que este descontento eterno!

Quisiera perder el juicio

y beber de mi amargura

el olvido en la locura.
60

   »Cuando esta máquina enferma

en polvo se haya deshecho,

y mi último sueño duerma

en hondo y oscuro lecho,

nadie a llorar irá junto
65

a la losa del difunto.

   »Ni plantará pía mano

ciprés que mi tumba asombre,

ni pasajero en humano

labio sonará mi nombre,
70

ni se hará jamás presente

mi recuerdo a humana mente.

   »Y en su ancho seno profundo

me esconderá tanto olvido,

como si yo en este mundo
75

no hubiera nunca existido;

y no resarcirá nada

vida tan desventurada.»

   Así una noche sin luna,

en mudo ancho despoblado,
80

del rigor de su fortuna

se quejaba un desdichado,

haciendo a sus quejas dúo

e triste canto del búho.


1856.

    Aun estoy en la aurora de mi día

y de mi año en la dulce primavera;

mas la luz no veré del mediodía

ni a mi verano llegaré siquiera.

   ¡Un siglo viven otros, y yo muero,
5

cual flor nacida apenas y marchita!

¡Y a otras vidas añade el hado fiero

tal vez los años que mi vida quita!

   Flor que se, abre a la risa de la aurora

prolongar a lo menos debería
10

su frágil existencia voladora

la corta edad de un fugitivo día.

   Más ¡ay! tal vez la cortador reja

O mordedura de reptil aleve

cumplir siquiera a la infeliz no deja
15

ni el curso entero de vivir tan breve.

   Pedí a Europa el alivio para el grave

oculto mal que lento me devora:

¡Ay! que remedio para mí no sabe

su ciencia, para tantos salvadora.
20

   ¡Oh amores y placeres de la vida!

otro os goce y apure largamente,

que la borde yo de vuestra copa henchida

apenas puse el de mi labio ardiente.

   ¡Mágicos sueños de mi infancia leda!
25

¡Cuánto me habéis, cuánto me habéis mentido!

Solo al desierto corazón le queda

dolor y llanto, soledad y olvido,

   dichas, amores, lauros inmortales,

¡Ay! me pintó vuestra falaz promesa:
30

¡y en vez de glorias y venturas tales

me aguarda el seno de temprana huesa!

   Y es mi dolencia cada vez más fuerte,

y me siento fallecer de modo,

que poco esfuerzo costará a la Muerte
35

para acabarme de vencer del todo.

   No te pido vivir, tan sólo espera

que al seno torne de mi madre amada,

y descarga después, oh Muerte fiera,

el golpe postrimero de tu espada.
40


1856.

A Lope de Vega

    ¡Salve, gran Lope, de la tierra espanto,

de España eterno honor, oh el más fecundo

de cuantos vates vio jamás el mundo

y la Gloria endiosó en su templo santo!

   Si a tu tan fácil vena, a caudal tanto,
5

arte correspondiera más profundo,

sin par te declarara, y sin segundo

el dios augusto que preside al canto.

   ¡Cuántas veces tu rica fantasía

las tres jornadas animó de un drama
10

en el pasmoso término de un día!3

   Y aunque imperfectos la Razón los llama,

bástele de tu patria a la ufanía

que de ti sólo lo contó la Fama.


Despedida de un indio

al partir a la guerra civil

    Adiós, madre, adiós, esposa,

hijos de mi vida, adiós;

¿Os volveré a ver? Lo sabe

tan solamente el Señor.

El corazón se me arranca,
5

y sin vida y alma estoy,

no por mí, más por vosotros,

prendas de mi corazón.

Mal haya la odiosa leva

que, al blanco ilustre color
10

respetando, prende solo

a la triste sucesión

de la gran gente que un día

estas tierras señoreó,

o al que arrancado a las playas
15

que abrasa africano sol,

con nosotros a ser vino

compañero de opresión!

¡A mis hogares me arranca

ella con violencia atroz,
20

y por homicidas armas

que jamás mi mano usó,

me hace trocar el arado

y la pacífica hoz!

   Oh vos, Señor, que mirando
25

estáis, mi inmenso dolor,

vos que de los desvalidos

tierno común padre sois,

vele de lo alto del cielo

vuestra dulce compasión
30

sobre las prendas amadas

cuyo único amparo soy,

y a quienes pan y sustento

faltará, Señor, sin vos.

       Si de la patria en defensa,
35

contra extranjera Nación,

a combatir nos llevaran,

¡cuán gozoso fuera yo!

nada me arredrara entonces

morir; celeste favor
40

antes juzgara mil vidas

perder de la patria en pro,

y con más vivo deseo,

con regocijo mayor

fuera entonces a la guerra
45

que a esperada fiesta voy.

¡Ah! ¡feliz, feliz mil veces

el soldado que peleó,

bajo el mando de Bolívar,

contra ejército español!
50

Entonces sí que se daba

empleo digno al valor;

pero sólo contra hermanos

a pelear vamos hoy,

y Peruanos con Peruanos,
55

sin sospechar la ocasión,

que nos matemos es fuerza

en bárbara lid feroz.

Mas ¿cómo sentir podré

ciego bélico furor,
60

si sé que en cada contrario

la muerte a un hermano doy?

¡No da, no, en contiendas tales

el triunfo satisfacción,

y tanto como al vencido
65

llorar cumple al vencedor,

porque fue a común patria

quien siempre las lamentó!

Y entretanto al extranjero,

a quien la fama veloz
70

va a contar nuestras discordias,

de regocijo le son,

si piensa que nuestras fuerzas

tesoros, gente, valor

estarán exhaustos, cuando
75

le dé la suerte ocasión

de invadir la moribunda

antigua tierra del Sol.


1857.

Noticias de la patria

    Es dulce a quien habita tierra ajena

nuevas sabe su país nativo,

que engaña de la ausencia la gran pena;

   mas yo, que ausente de mi patria vivo,

consuelo ni alegría sentir suelo
5

con lo que a todos es grato y festivo.

Antes me oprime grave desconsuelo;

llanto vierten los ojos, hechos fuente,

y me lamento al poderoso cielo.

   Pero ¿cómo alegrarme? ¿cómo ardiente
10

no derramar inconsolable lloro?

Si es fuerza siempre que la fama cuente

   que el dulce patrio suelo a quien adoro,

y de quien sus miradas Dios aparta,

hijos pierde, virtud, honra y tesoro;
15

   sin que jamás un punto de él se parta

la atroz Discordia, como siempre ayuna,

nunca de presas y de estragos harta.

   Tal vez, por excusar tan importuna

pena, estar anhelé do no pudiera
20

de mi patria saber nueva ninguna.

   ¡Dichoso el hombre que la luz primera

ver alcanzó de la bondad divina

en tierra que en sosiego y paz prospera,

   ni a sí propia se labra la rüina!
25


1857.

    Cuando doblen las campanas,

no preguntes quien, murió:

quien, de tus brazos distante,

¿quién puede ser sino yo?



    Harto tiempo, bellísima ingrata,

sin deberte ni en sombra favores,

padecí tus crüeles rigores

y lloré como débil mujer;

ya me rinde el dolor y me mata,
5

acabárseme siento la vida;

ya te doy mi final despedida,

y ya escuchas mi queja postrer.

   ¡Cuántas veces riendo me has dicho

que en el mundo de amor nadie ha muerto!
10

¡Ya verás, ya verás si no es cierto

que hay quien muere de pena y amor!

Ya verás que tu duro capricho

¡Oh tirana! la vida me cuesta,

y bien pronto la queja molesta
15

cesará de tu odiado amador.

   Cuando el doble de lenta campana

vibrar oigas en son plañidero,

no preguntes qué humano viajero

de la vida las playas dejó:
20

quién, esclavo de suerte tirana,

blanco triste de tu odio y tu tedio,

¿quién, enfermo de mal sin remedio,

quién ser puede, mi bien, sino yo?

   Mas si el largo rigor de tu fiera
25

esquivez llega un día a dolerte,

si al pensar en mi trágica muerte

y en mi amor y mi inútil afán,

compasivos derraman siquiera

una gota de llanto tus ojos,
30

en la tumba mis yertos despojos

de placer y de amor temblarán.


1857.

I

    ¿Qué loor hay que te cuadre,

reina de la empírea corte,

hija del eterno Padre,

del Paráclito consorte,

y del Verbo virgen madre?
5

   Tú a quien, aunque hija de Adán,

de emperatriz nombre te dan

los nobles hijos del cielo,

y atentos en santo celo

a tus preceptos están;
10

   Tú que eres ¡en tal manera

de Dios la gracia en ti abunda!

la criatura primera

de la creación entera,

y a Dios tan sólo segunda;
15

   sublime María, nueva

mayor mejorada Eva,

segunda madre del hombre,

¿Qué honores hay que a tu nombre

agradecido no deba?
20

   Rompiendo antiguo contraste,

tú con Dios emparentaste

al hombre abatido y siervo,

hermano por ti del Verbo

a que fue tu seno engaste.
25

   Por especial gracia y acto

de la paloma celeste,

entra el Verbo a tomar veste

humana en tu vientre intacto,

sin que tu candor te cueste;
30

   como, dejándola entera,

y sin teñirla siquiera,

el puro rayo solar

entra a cerrado lugar

por trasparente vidriera.
35

   De la tartárea serpiente

la dura soberbia frente

en triunfo glorioso fue

quebrantada eternamente

por tu delicado pie;
40

   pagando así el fiero mal

que irreparable en Edén

hacernos quiso, y del cual

supo sacar mayor bien

la clemencia celestial.
45

   de ti la mujer se alaba

que del hombre vil esclava

y de sus antojos era,

y por ti de compañera

derechos recuperaba.
50

   Con Dios piadosa nos vales,

si justamente se aíra:

por tantas gracias y tales,

toda boca, toda lira

te celebren perennales!
55

III

   De los hombres abogada,

clementísima Señora,

hasta nuestra postrer hora,

a la Trinidad sagrada

por todos nosotros ora.
60

   Nunca a ti se alzan en vano

nuestras afligidas voces,

que los más duros y atroces

modos del dolor humano

por larga prueba conoces.
65

   Tu ruego, madre, socorra

a los que, lejos del grato

humano consorcio y trato,

en negra húmeda mazmorra,

del hondo Averno retrato,
70

   viven años prisioneros;

a los nocturnos viajeros

que no dan con su camino,

y del ladrón o asesino

temen los asaltos fieros;
75

   a los huéspedes del mar

que, a punto de naufragar,

al cielo trémulas manos

y agudos clamores vanos

alzan todos a la par;
80

   al que desde playa ajena

mira llorando la nave

que zarpa a la patria arena,

a donde destierro grave

a no volver le condena;
85

   a los pacientes soldados

que, alegres y denodados,

en defensa de su tierra,

van a morir a la guerra

a millares y olvidados;
90

   Al que en su instante final

teme del Juez inmortal

la pavorosa presencia,

y escucha ya la sentencia

del último tribunal;
95

   al alma que, acrisolada

del purificante fuego,

espera allí que la entrada

a la celestial morada

le abrevie el humano ruego.
100

   No te olvides de la viuda,

de crecida prole ayuda,

que, en medio a pobreza acerba,

casto su lecho conserva

y el antiguo amor no muda;
105

   ni del padre a quien están,

con voz y ansioso ademán,

la consorte y el enjambre

de hijuelos, pálidos de hambre,

pidiendo un trozo de pan.
110

   Ruega por el ternezuelo

infante que aún por el suelo

con manos y pies se arrastra,

y por rigor de madrastra

trueca materno desvelo;
115

   Por la simple niña hermosa,

burlada de amante aleve,

y que madre, más no esposa,

ante el mundo no se atreve

a mostrarse vergonzosa;
120

   Por el triste a quien condena

un delito, tal vez falso,

a la irreparable pena,

y que ya sube al cadalso

en plaza de gente llena;
125

   por el pueblo donde impera

la voluntad altanera

de coronado verdugo,

y por el que oprime el yugo

de una nación extranjera.
130

   Débante preces constantes

las repúblicas infantes,

de que mi patria ¡ay! es una,

víctimas desde la cuna

de discordias incesantes.
135

   Pues todos tus hijos son,

ruega por los de nación,

color y culto diversos,

por los justos y perversos,

por todos sin excepción.
140

   Todos en igual empleo

merecen tu ruego pío:

el inocente y el reo

el cristiano y el judío,

el apóstol y el ateo.
145

IV

   Puerta de los cielos ancha,

de toda virtud dechado,

a quien el Terno increado

sola exentó de la mancha

del original pecado;
150

   Pura fuente cristalina

de nuestra vida en los yermos,

santa alegría divina

de los tristes, medicina

y salud de los enfermos:
155

   mi viciosa juventud

enmienda, y haz que me inflame

el amor de la virtud;

contento y paciencia dame,

y vuélveme la salud.
160

   Mas tu piadosa oración,

si muero en edad tan tierna,

me dé el divino perdón,

y dulce morada eterna

en los palacios de Sión.
165


1857.

    Entre cien luces y ciento,

tan clara del firmamento

resplandece en la mitad

la blanca hermana de Febo,

que es la noche día nuevo,
5

de más suave claridad.

   Tiempo ha que la hermosa fiesta

no vi de noches como ésta:

Las noches de mi país,

rivales del día ufanas,
10

Oh noches napolitanas,

a mi recuerdo mentís.

   De las brisas al halago,

¿No semeja el mar un lago,

de tormentas incapaz,
15

en cuyas aguas serenas

moran hermosas sirenas,

amigas de calma y paz?

   Se está dormida quedando

Parténope bella, al blando
20

vago arrullo de la mar:

¡Qué quietud! vosotras solas

murmuráis, continuas olas,

apenas, al expirar.

   No; que la brisa sonora
25

la canción me trae ahora

de fino amador que al píe

del usado balcón vela,

y al son de blanda vihuela

canta su amorosa fe,
30

   El fresco nocturno ambiente

todo empapado ¡se siente

en el aroma sutil,

que hurta a vecinos jardines,

de azahar, mirto, jazmines,
35

y olorosas flores mil.

   Cuanto siento, escucho y veo

es deleites; el deseo

anhelar no puede más;

¿Por qué pues, dime, alma mía,
40

llena de melancolía

aquí y en tal noche estás?

   ¡Ah! porque ningún amigo

o amada goza conmigo

de tal noche la beldad,
45

y aun en sitios tan amenos

mi corazón echa menos

su otra no hallada mitad.


1857.

    «¿No oyes? la aguda cántiga temprana

del ave conocida en la ventana,

oh amado, nos avisa

que torna la mañana

con importuna desusada prisa.
5

   »¡Ay! ya de tu partir llegó la hora:

¡Cuán presurosa fue de la traidora

breve noche la fuga!

La diligente aurora

Hoy ¡qué temprano en nuestro mal madruga!
10

   »Mas deja el lecho, y tus disfraces viste;

y, aunque me miras congojada y triste,

parte ya, dulce amigo,

secreto cual viniste:

nadie de tu salir sea testigo.
15

   »Mas ni hablas, ni respiras» ¡ay! que nada,

nada responde el joven; espantada,

ella le toca y mueve,

e inmoble inanimada

masa siente, más fría que la nieve.
20

   ¡Ay! ¡qué gritos arroja de hondo espanto!

¡Qué alaridos! ¡qué voces! ¡y qué llanto!

La familia despierta

y acude a rumor tanto,

y es de todos su infamia descubierta.
25

   Y la culpada que a sus padres mira

llenos de asombro y de vergüenza y de ira,

y al que amaba difunto,

solo a morir aspira,

que honra, dicha y amor perdió en un punto.
30


1857.

    En vano, altiva Londres, a porfía

te enriqueces, te ensanchas y te pueblas,

si en una nueva atmósfera sombría

te envuelve el humo y tus eternas nieblas;

si no difiere lo que llamas día
5

de las nocturnas lóbregas tinieblas,

o, como triste pasajera tarde,

entre dos noches dilatadas arde.

   ¿Qué vale tu grandeza y poderío

y la corona azul del océano,
10

Si tiembla en ti junto al hogar el Frío

tendiendo al fuego la aterida mano,

si en tus vastos palacios el Hastío,

roído el pecho de tenaz gusano,

gime y suspira y sin cesar bosteza,
15

sin que el sueño le rinda la cabeza.

   Tú no conoces esa indefinida

dulce tristeza, soñadora y vaga,

encanto y poesía de la vida

que en otro clima el corazón halaga;
20

sólo conoces el Esplín suicida

que todo bien con su veneno estraga

y que o corta la vida o la convierte

en una lenta prolongada muerte.


1857.

    Labios tienes cual púrpura rojos,

tez de rosa y de fresco azahar,

y rasgados dulcísimos ojos

del color de los cielos y el mar.

   Oro es fino la riza madeja
5

que hollar puede el brevísimo pie,

y flor tierna tu talle semeja

que temblar al favonio se ve.

   La hija bella del Cisne y de Leda,

te pudiera envidiar cuerpo tal;
10

pero en él más bella alma se hospeda,

Que no empaña ni sombra de mal.

   Prole augusta tal vez me pareces

de himeneo entre dios y mujer:

¡ah! ¡dichoso, dichoso mil veces
15

quien amado de ti logre ser!

   No yo, indigno de tanta ventura,

a cuya alma pesó, cada vez

que te viera, no ser ya tan pura

cual lo fue en su primera niñez.
20


1857.

    «Temblor» sonó; con subterráneo ruido

velocísimo llega de repente;

moverse el suelo, cual bajel, se siente,

y crujir techo y muro sacudido.

   Con voladora planta sin sentido
5

la calle ocupa la espantada gente,

que se humilla confusa y se arrepiente

y a Dios clama en altísimo alarido.

   Pasa el peligro y rápido se olvida;

al saludable espanto reemplaza
10

la viciosa costumbre de la vida.

   Mas teme, oh Lima, teme a tu enemigo

que, si hoy sólo pasó cual amenaza,

vendrá tal vez mañana cual castigo.


1857.

El juicio final

    Ya en el postrero universal jüicio

del Juez supremo a la presencia me hallo,

y aguardo el justo inapelable fallo

que eterno espera a la virtud y al vicio.

   Mas ¡ay! ¿adverso me será o propicio?
5

¿de Cristo o de Satán seré vasallo?

En duda tan crüel, temblando callo,

mas digno que de premio de suplicio.

   Ya las turbas el Juez ha separado,

y el rostro favorable o enemigo
10

al diestro vuelve y al siniestro lado:

   pero yo, justo Dios ¿a quienes sigo,

cuando a la Virtud abras y al Pecado

los palacios del premio y del castigo?


1857.

El picaflor y la florecilla

    De un pintado picaflor,

de los campos maravilla,

una incauta florecilla

se prendó con loco amor.

   Mas, como es aquél al par
5

de mariposa inconstante,

no tardó la flor amante

su esquivez en lamentar.

   Y al verle pasar a veces,

en tristes voces así
10

se le quejaba: «¡Ay de mí!»

¿Por qué, mi bien, me aborreces?

   ¿Qué te hice? ¿Estos desdenes

te ha merecido mi fe?

¿Por qué en mis hojas, por qué
15

a columpiarte no vienes?

   ¿Has olvidado que apenas

abrí mi tierno capullo

de las auras al arrullo

que me halagaban serenas,
20

   viniste a posar en él,

y a besarme, de amor lleno,

hasta apurar de mi seno

la sustentadora miel?

   ¡Ay! no supe qué inconstante
25

eras y mudable y leve

como el aura que me mueve

y que cambia en cada instante.

   No supe que tus amores

multiplicabas sin cuento,
30

y que, más falso que el viento,

engañabas a las flores.

   Hoy de tu odio en el exceso,

a todas besando vas,

y a mí triste, a mí no más
35

me exceptúas de tu beso.

   Deja ya tanto desdén,

no me des pena tan fuerte,

y aunque hubieres de volverte

luego al punto, al menos ven.
40

   Pero desoyes crüel

mis quejas y vivo anhelo,

siguiendo tu raudo vuelo

por el florido vergel.

   ¡Ah! ¡quién, de hojas en lugar
45

alas como tú tuviera

para seguirte doquiera

que te pluguiera volar!

   ¡Mas ay! que tengo infeliz

inmóvil clavado el pie,
50

y aprisionada se ve

del suelo mi honda raíz.

   Cuando me maten congojas,

¡lleve el viento noche y día

haciéndote compañía
55

mis enamoradas hojas!»

   Así la flor se querella

con modo tierno y sencillo,

más el crüel pajarillo

no tornó a acordarse de ella.
60

   Doncella incauta en amor,

bella y simple cual las flores,

cuenta, con que te enamores

de algún galán picaflor,

   que, volando sin cesar
65

de flor en flor con fortuna,

sin detenerse en ninguna,

burla de todas al par.


1857.

Adela a Carlos

    Apenas el billete

recibas, Carlos, de tu amante Adela,

incansable jinete,

clava la aguda espuela

a tu caballo y a mis brazos vuela.
5

   Siglos me son las horas,

de tu lado distante; considera

que, si venir demoras,

de congoja tan fiera

es fuerza, es fuerza que tu Adela muera.
10

   Que enferma estoy de muerte,

y mi remedio el físico no sabe;

mi remedio es el verte,

y tu beso süave

será el elixir que mi mal acabe.
15

   Ni un punto a tu violento

curso descanso des, brutos desboca;

sus alas roba al viento;

a mi impaciencia loca

mira que toda rapidez es poca.
20


1857.

    No siempre triste al contemplarme y serio

en los verdores de mi edad florida,

intentes, bella joven, de mi vida

penetrar el tristísimo misterio.

   De horrendos males cuyo antiguo imperio
5

padece un alma que jamás olvida

sólo me ha de librar la apetecida

profunda eterna paz del cementerio.

   Sí, soy bien desgraciado; más no quieras

tan extraños pesares roedores
10

y desventuras conocer tan fieras:

   es bien que para siempre las ignores,

ni de ellas consolarme tú pudieras,

que consuelo no admiten mis dolores.


1857.

I

    Iba la más oscura taciturna

y triste Hora nocturna

moviendo el tardo soñoliento vuelo

por el dormido cielo,

cuando, dejando mi alma
5

en brazos del hermano de la Muerte

a su cansado compañero inerte,

libre de su cadena,

voló a su patria desde el turbio Sena.

   Y toda en breve punto recorriola,
10

desde el postrero linde Ecuatoriano

hasta la gran laguna,

de los hijos del sol sagrada cuna,

y desde el océano

hasta el inmenso río
15

que entre todos merece el señorío:

así en el breve Mapa retratada,

la recorre la rápida mirada.

Mas ¡ay! que por do quiera

que el vuelo dirigiera,
20

de pasadas contiendas las señales

y aprestos encontraba

de futuras contiendas fraternales,

y de discordia que jamás acaba.

   Al fin rendido me senté y doliente
25

en un profundo valle que, a la falda

de los Andes tendido, en noche doble

se envolvía a la sombra de su espalda:

de aquel salvaje natural retiró

era el silencio dueño,
30

y sólo de mi pecho algún suspiro

tal vez interrumpía con son blando

de la naturaleza el hondo sueño.

   En tal estado ignoro

cuanto tiempo pasé, mi faz regando
35

con encendido lloro,

cuando llegó a mi oído

desde el confín del cielo

como el rumor que alzara de distante

ejército de cóndores el vuelo:
40

los ojos alzo, y miro tan radiante

blanca figura descender ligera,

cual si astro rutilante

despeñado bajase a nuestra esfera;

las débiles pupilas, deslumbrado,
45

fuerza cerrar me fue, y cuando las hube

de nuevo abierto, ya encontré a mi lado

a celestial querube.

   Tan alta remontaba su estatura,

que ni cerca del Ande
50

se olvidaban los ojos de su altura;

no de la Tierra la soberbia prole

que al magno Jove pudo dar asombros

alzaba al cielo tan gigante mole;

aún tremolaban en sus altos hombros
55

sonantes alas, en grandeza tales,

que con alas rivales

nunca los ojos míos

volar miraron sobre el mar navíos4.

Era su cuerpo deslumbrante nieve,
60

Y de su rostro la beldad tan rara,

Que mi estro no se atreve

de su pintura a acometer ensayos;

y cual del Sol la rutilante cara

en la mitad del día,
65

derramaba ancho círculo de rayos,

sol portentoso de la noche umbría.

   A vista tal, lleno de asombro y miedo,

con las manos cubriéndome los ojos,

caí sin voz, helado, fiel remedo
70

de mortales despejos;

entonces a mi oído aquestas voces

llegan, cual si del cielo descendieran:

«Yo soy el genio del Perú, el arcángel

a quien el sumo rey del Universo
75

encargó de esta tierra la custodia;

yo, a pesar del perverso

ángel que la verdad y la luz odia,

ciego rey de las indias muchedumbres,

a los míseros Incas
80

de la fe verdadera di vislumbres:

yo vi, como falange del Averno,

inundar las riberas perüanas

negra nube de iberos asesinos,

y mis ojos divinos
85

verter pudieron lágrimas humanas;

yo acompañaba al mísero Atahualpa,

al último suplicio,

donde, a la luz que le mostré propicio,

la vanidad de sus creencias palpa;
90

yo, desatando de su error la venda,

el agua santa que las culpas lava

y del glorioso cielo abre la senda,

hice que recibiera, y consolaba

del imperio perdido la amargura
95

con la promesa del que nunca acaba;

yo en las heroicas vengadoras lides

de Junin y Ayacucho

estuve con los libres, y delante

de los dos inmortales adalides,
100

iba sus nobles pechos resguardando

con el escudo de tenaz diamante

que en los combates embrazaba, cuando

en los campos celestes

desbaratamos de Luzbel las huestes.
105

Mas tú ¿por qué a estas horas

en tan desiertas soledades lloras?

Desata el labio, y sin tardanza dime

qué congoja te oprime.»

   Alcé a estas voces la abatida frente,
110

y, mirando al arcángel cara a cara,

que el fulgor igualó que despedía

con la flaqueza de la vista mía,

respondí de esta suerte,

que, al solo nombre de la patria cara,
115

se despejó mi corazón de miedo:

   «Celeste ciudadano», ¿cómo puedo

no penar y gemir constantemente,

cuando el hado consiente

tantos desastres a la patria mía,
120

de la Discordia y Ambición teatro?

Como el inquieto imperio en que a los cuatro

elementos indómitos gobierna

la Discordia bëoda,

mírala en honda confusión eterna,
125

segundo caos, agitarse toda.

Cual se disputan en porfiada riña,

con pico agudo y garra carnicera,

hambrienta turba de aves de rapiña

el gran cadáver de enemiga fiera,
130

así un puñado de ávidos caudillos

por los despejos de la patria triste

esgrimen los sacrílegos cuchillos.

   «Mas ¿qué digo un puñado?

Si ya no hay ruin soldado,
135

ni vil cabeza de más vil pandilla,

que a la suprema silla

no ambicione subir, y al más indigno

tal vez da el triunfo nuestro adverso signo;

y en vano de la insignia blanca y roja
140

el uno al otro sin cesar despoja;

que nunca, por cambiar eternamente,

fue mejor nuestro estado;

antes siempre nos hizo lo presento

extrañar, cual dichoso, lo pasado;
145

ni porvenir aguardo diferente;

que entre cuantos la atenta

mirada en torno a divisar alcanza,

ni uno, ni uno tan sólo se presenta

en quien ponga la patria su esperanza.
150

   «¿Cuándo el Señor nos enviará piadoso

el heroico varón, digno del Tibre,

amador de la patria verdadero,

que por solo su amor el noble acero

do quier triunfante vibre,
155

y cuando de famélicos millares

de pretendientes nuestro suelo libre,

volver anhele a sus modestos lares?

Mas, ¿qué profiero insano?

¡Hechos espero de valor romano
160

adonde sombra no hay de patriotismo,

sino abyecto interés, duro egoísmo!

Bailes, palacios, coches, pingüe mesa,

esa, de cada cual la patria es ésa;

la patria, el bien primero,
165

el dios universal es el dinero,

que aún por infames modos

alcanzan muchos y codician todos.

La Justicia comprada

deja dormir la vengadora espada,
170

sin que supla siquiera

su venganza, con oro adormecida,

el castigo del público desprecio;

antes a aquel que el robo no enriquece,

y a quien en vano la ocasión convida
175

con risa infame lo apellidan necio:

y lo que escapa a tan rapaces manos

de mar y tierra la milicia sorbe,

y hambriento enjambre de empleados vanos.

Y en tanto ¡cuánta aldea,
180

sumergida en tinieblas de ignorancia,

la luz primera del saber anhela,

sin que a su tierna infancia

abra sus puertas solitaria escuela!

   Y en tanto, ¡entre las penas del camino,
185

por montañas y selvas y el desierto,

para el viajero, de su senda incierto,

o del bruto a merced vaga sin tino!

Y echando menos el seguro puente,

¡tienta el difícil peligroso vado,
190

do perece tal vez, arrebatado

del ímpetu veloz de la corriente!

Y en tanto ancho arenal, cuya encendida

sed no alivia ni el llanto del rocío,

¡espera en vano que distante río
195

venga a llenarle de verdor y vida!

   «De los jueces la hidrópica codicia

convierte en compra y venta la justicia;

no Jesucristo, Satanás modela

el vivir del indigno sacerdote;
200

y es la milicia de traición escuela

y de la patria el más crüel azote;

el tierno joven en la mente abriga

torpes sofismas, y en el pecho bajo

el ardiente deseo,
205

(Pues el paterno ejemplo es bien que siga,)

no de honroso trabajo,

sino del sueldo y del ocioso empleo;

y ansiando todos del Estado oficios,

la industria nacional yace desierta,
210

y a objetos que fomentan lujo y vicios

abre solo el Comercio fácil puerta;

las ciencias y las nobles liberales

artes que el mundo acata, aquí de franco

menosprecio son blanco;
215

y a los hijos de Apolo,

que la presencia de tamaños males

a sacrosanta indignación provoca,

torpe escarnio y baldón les cabe solo.

   «Por eso ¡ay Dios! con arrogante boca,
220

bien como a gente bárbara o inculta,

nos befa el extranjero y nos insulta;

y los Peruanos defender no pueden

en ajenas orillas

a su patria afrentada, y sus mejillas,
225

(Pues fuerza es siempre que verdad tan clara

sus amorosos argumentos venza,)

se tiñen del color de la vergüenza;

y así de nuestras armas la divisa

que a mísera, discorde, débil gente
230

Feliz y firme por la unión declara

es un sarcasmo que provoca a risa...

Pero de nuestros males ¿quién contarte

podrá jamás más que una breve parte?

en turba tan crecida,
235

por uno que relata cien olvida

el labio, y aún mil bocas

con que hablarte pudiese fueran pocas.

   «Y a tal estado, celestial mancebo,

dime, ¿hasta cuándo nos condena el hado?
240

¿O es maldito de Dios nuestro linaje,

que en él castiga sin piedad, cual nuevo

original pecado,

la inaudita traición que cometieron

esos que un día al crédulo hospedaje
245

del Inca generoso respondieron

con robo, estupro, llamas y matanza

y cuanto daño a imaginar se alcanza?

¿Y nosotros, remotos descendientes

de tan bárbaras gentes,
250

de sus delitos fieros

y del castigo somos herederos?

   «¡Con que5 no hay de esperanza luz alguna!

Y, sin vivir, perecerá mi patria,

niña a quien sirve de ataúd la cuna!
255

Naciones mil la Fama nos recuerda

que sepultó en su ocaso la Fortuna;

mas murieron decrépitas ancianas,

de más lauros cubiertas que de canas:

mas ¿cuál hubo jamás como la nuestra
260

que, ayer no más nacida,

dando está clara muestra

que se le acaba la doliente vida?

Y, como muchos de sus propios hijos,

niños de edad y en corrupción ancianos,
265

ningunos vicios ya le son extraños

de cuantos manchan en crecida tropa

de Asia las sociedades y de Europa,

ya mayores en siglos que ella en años.

   «¿Y a quién pues que esto mira
270

del hondo corazón lágrimas rojas

no exprimen sus fierísimas congojas,

su generosa cuanto inútil ira?

Dadme, dadme la lira

con que el triste profeta Jeremías
275

de Sión cantaba los postreros días,

y vierta en cantos de tristeza suma

el duelo inmenso que mi pecho abruma,

viendo a fatal inevitable ruina

mi infortunada patria ya vecina!»
280

II

Así dije, y el llanto y los sollozos

mi discurso acabaron, mas el hijo

del cielo esto me dijo:

   «Hombre de poca fe, bien sé que es cierto

cuanto con voces de dolor me dices;
285

mas no por eso es bien que llores muerto

el último consuelo de infelices;

que, aunque el mal, en tan hondo desconcierto,

echara profundísimas raíces,

para la fuerte voluntad sagrada
290

es el mayor impedimento nada.

   «Dios del abismo de la negra pena

sacar la dicha y el contento sabe,

y el mal más fiero, si morir le ordena,

antes fenece que su voz acabe;
295

corta de su ira y su furor la vena,

y ya en la palma de un infante cabe

el mar que, derramado y furibundo,

bajo sus ondas sepultaba el mundo,

   «Aquel en cuyo pecho halla cabida
300

la desesperación cobarde y ciega,

mientras aún dura la mudable vida,

no merece la dicha, que al fin llega:

la merece tan sólo quien anida

la fe en el suyo, y siempre espejea y ruega;
305

que todo, todo del Señor se alcanza

con oración, con fe, con esperanza.

   «Abrigad firme fe; ved que sin ella

todo falta, con ella todo sobra;

y quien la abriga, mientras más le huella
310

el hado, más aliento y fuerzas cobra;

vence el influjo de contraria estrella

y maravillas o imposibles obra;

manda al sol que al ocaso no descienda,

y abre en el océano enjuta senda.
315

   «De esperanzas, oh jóvenes, colmaos,

que como al huracán cuya pujanza

hunde o estrella las endebles naos

sucede placidísima bonanza,

como al confuso alborotado caos
320

siguió la creación, tened confianza

que, madre de mil bienes, la paz leda

a la discordia bárbara suceda.

   «Concordia tal, de la del cielo emblema,

ha de enlazar a todos los Peruanos,
325

que de sus armas ya no mienta el lema,

y sean todos con verdad hermanos

firme estado fundando que no tema

extranjeros audaces ni tiranos,

cuya amistad y alianza Europa pida,
330

hoy con él tan injusta y engreída.

   «Del negro Averno a los profundos senos

volverá de los vicios la cohorte

que a cada estado, y a ninguno menos,

visiblemente hoy amancilla el porte;
335

de esa feliz república de buenos

será la santa ley único norte,

y la Justicia romperá su espada,

en sola su balanza confïada.

   «Las que hoy son espantosas soledades,
340

océano de plantas o de arenas,

serán grandes magníficas ciudades

de población y de bullicio llenas;

y el que desierto fue tantas edades

podrá en sus senos abrigar apenas
345

la gente innumerable pobladora

que abunde entonces cual arenas hora.

   «Los monstruos, del espacio vencedores,

que del vapor el alma inquieta mueve,

escalarán del Ande las mayores
350

cumbres que ciñe sempiterna nieve;

recorrida de carros voladores,

tan inmensa región ya será breve,

y rival el vapor del pensamiento,

difundirá sus luces al momento.
355

   «El mar, hoy de bajeles tan escaso,

de tantas naves se verá cubierto

que manden Norte, Sur, Este y Ocaso,

que ostente dos ciudades cada puerto;

y abriéndose en las ondas libre paso
360

vuestros bajeles hasta el polo yerto,

sin que su hielo, perennal lo estorbe,

descubrirán los límites del orbe.

   «De Europa abandonando las orillas,

donde siglos su luz resplandeciera,
365

las Artes nobles sus doradas sillas

trasladarán a esta feliz ribera:

y pródigas, aquí de maravillas,

audaces moles hasta en alta esfera

verán erguirse los nocturnos soles
370

que venzan griegas o italianas moles.

   «Las ornará la pródiga Escultura

de estatuas que parezcan animadas,

y de frescos y telas la Pintura

que persuadan vivir a las miradas;
375

y se verán do quier con tal hartura

estatuas y pinturas derramadas,

que parezcan artísticos museos

palacios, templos, plazas y paseos.

   «De tan sublimes vuelos Poesía,
380

digno amor tuyo, entonces hará muestra,

que igualar mi logre su osadía

el alto numen de la estirpe nuestra;

no se disputen ya la primacía

Roma, Florencia y quien les fue, maestra,
385

y a la Atenas mayor del Mundo Nuevo

concordes rindan el laurel de Febo.

   «Y con artistas sumos y poetas

florecerán filósofos y sabios,

que ahonden las verdades más secretas
390

y eternos hagan al error agravios;

y en espaciosas academias quietas

verás colgada de sus doctos labios

inmensa juventud, cuya impaciente

sed de saber con el saber aumente.
395

   «Ni en extranjero labio ya el idioma

molestará, Peruanos, vuestro oído,

por el que ardiente a vuestro rostro asoma

de la amarga vergüenza ecolorido;

y, como el hijo de la antigua Roma
400

con patria tan magnánima engreído,

así vosotros donde quier ufanos

ya podréis exclamar: somos Peruanos.

   «Y, como hoy vais, llevados del deseo,

de Europa a visitar las capitales,
405

os vendrá a visitar el Europeo

a quien la sed hoy trae de caudales.

vencer en fin por todas partes veo

futuros bienes a pasados males,

y ser tu patria, en hado tan diverso,
410

modelo, asombro, luz del Universo.»

Así decía el celestial gigante,

y de extraña alegría

que renueva el recuerdo a cada instante,

me colmaba la dulce profecía
415

de tiempo tan glorioso y tan risueño;

y mientras nuevamente hablarle fío,

en menos que lo dice el labio mío,

se van juntos el ángel y mi sueño.


1857.

A una espada

    Un tiempo, oh insigne espada,

en defensa del honor

y la libertad sagrada,

te esgrimió el mismo Valor

con mano jamás domada.
5

   Desde tu primer ensayo,

fuiste por siniestra lumbre

relámpago que desmayo

dio a la opuesta muchedumbre,

y al herir certero rayo.
10

   Desde el ocaso a la aurora

celebrada por do quiera,

Iberia tus danos llora,

y la Fama pregonera

te llamó la Vencedora.
15

   Diga su eterno clarín

cuánta portentosa hazaña

ejecutaste en Junin,

y allí do el poder de España

tuvo ara siempre fin.
20

   Cual degüella inermes reses

de ayuno león la saña,

como en los ardientes meses

del segador la guadaña

corta las espesas mieses;
25

   regida por mano fuerte,

asimismo tú veloz

cuellos segabas de suerte,

que la misma fatal hoz

pareciste de la Muerte:
30

   Y de tu sedienta hoja

era la sangre enemiga

una nueva vaina roja,

sin que sintiera fatiga

la diestra que así te moja.
35

   ¿Ni esto, espada, ni el ser hija

de las fraguas de Toledo

bastar pudo a que te aflija,

dando ya pena y no miedo,

fortuna menos prolija?
40

   De tu heroico dueño el fin

te condena a olvido oscuro,

y en ocio torpe y rüin,

pendiente de servil muro,

te envuelven polvo y orín.
45

   Y la ingrata incuria deja

que en tus embotados filos

y dorado pomo teja

t extienda Aracne sus hilos;

mas quien tan poco semeja
50

   a su padre esclarecido

y más que al virtuoso Marte

sigue a Baco y a Cupido,

es bien que de sí te aparte

y te condene al olvido;
55

   Y que de verte se ofenda

quien solo de fácil juego

lidia en infame contienda,

en donde, demente y ciego,

pierde la heredada hacienda.
60


1857.

Reto al destino

    No más supliques, corazón, ni llores:

¿de qué tu llanto te valdrá? de nada;

de nada humildes ruegos: tus dolores

sufre de hoy más con altivez callada:

¿No sabes, di, que el Hado sus rigores
5

nunca remite ni jamás se apiada,

y cuán en vano su nobleza humilla

quien dobla ante sus aras la rodilla?

   De la dura paciencia los diamantes

te abroquelen el pecho, que no pudo
10

quebrantar en sus golpes incesantes

la clava del destino tal escudo:

su saña y su tesón se rindan antes

que tu orgulloso sufrimiento mudo,

que halle más firme sin cesar y grande
15

cada mayor desdicha que te mande.

   Del añoso, arraigado, excelso roble

que crece de una sierra en la alta cumbre

emblema fiel de la Constancia noble,

imita la magnánima costumbre;
20

al cual nunca hace que la frente doble

de los vientos la airada muchedumbre

que nunca aplaca su tremenda guerra

contra el monarca altivo de la sierra.

   Sé como firme escollo cuya planta
25

azota el océano eternamente,

mientras el huracán, si se levanta

hiere tronando su desnuda frente

con saetas de fuego; y él aguanta,

sin parecer siquiera que la siente,
30

del mar y el cielo la batalla doble,

eternamente tácito e inmoble.

   Sí, que de hoy mas sin las cobardes preces

y llantos de la humana criatura,

que tú siempre o desoyes o escarneces,
35

ah Destino crüel, de la amargura

apuraré la copa hasta las heces:

tu saña pues en mi constancia apura,

y contra mí asestándolas, acaba

de agotar las saetas de tu aljaba.
40

   Dispuesto a todo estoy; desde este día

entra en combate singular conmigo:

haz tan extrema la miseria mía,

que envidia sienta del más vil mendigo;

me devore en larguísima agonía,
45

sin que me dé la caridad abrigo,

horrible mal, espanto de la gente,

que aún a la misma Compasión ahuyente.

   De mí se aleje la Amistad esquiva

y me nieguen sus labios desleales;
50

como a extraño, mi patria me reciba,

y ciérreme sus brazos maternales;

de mí afrentada, mi familia altiva

me arroje con baldón de sus umbrales,

y en pos corriendo de mi huella, impía
55

la plebe vil de mi infortunio ría.

   De la Calumnia pérfida me acierte

cada tiro traidor; todos estimen

que por maldad, no por adversa suerte,

desgracias tantas mi existencia oprimen;
60

pena parezcan corta, aunque, tan fuerte,

a tanto horrendo nunca oído crimen,

merecedor de justiciera llama,

con que mancille mi virtud la fama.

   Haz por fin que me ponga la Fortuna
65

en la parte más baja de su rueda;

sobre mi frente miserable aduna

cuanta desdicha imaginar se pueda;

de ellas no falte a mi aflicción ninguna;

aún del bien de esperar me deshereda:
70

y males para mi tu saña invente

cuales no puede adivinar la mente.

   Ya verás, oh Destino, que mi alma,

más sufrida que el justo de Idumea,

de su constancia te opondrá la calma,
75

que nunca esperes que domada sea;

y, aunque no pueda merecer la palma

en tan tremenda desigual pelea,

me quedará el consuelo todavía

de la invencible resistencia mía.
80


1857.

La transfiguración

    Ya la gloriosa cumbre del Tabor

atrás dejaron los divinos pies;

nieve la veste, un astro la faz es

que del sol avergüenza el resplandor.

   Así, del alto cielo oh morador,
5

a la diestra del Padre arder lo ves;

y en los aires Elías y Moisés

ciñen un lado y otro del Señor;

   Mientras yacen por tierra, en ademán

de asombro, de pavor y adoración,
10

Pedro, Santiago y el amado Juan:

   ¡Cuándo, oh Señor, en la celeste Sión

sin velo así mis ojos te verán,

si de verte mis ojos dignos son!


1857.

A Jesucristo

    ¿A quién acudiré, cuando estoy triste,

en busca de remedio y de consuelo,

si no a ti, que comprendes nuestro duelo,

del que experiencia tan crüel hiciste,

   Cuando la mortal carne que nos viste,
5

te vio vestir el asombrado cielo,

y las miserias del mezquino suelo

todas por larga prueba conociste?

   Me espanta de tu Padre soberano

la majestad tremenda; más contigo,
10

que te muestras tan dulce y tan humano,

me es dado hablar cual con estrecho amigo,

o cual pudiera hermano con hermano,

y mis dolores íntimos te digo.


1857.

    Tal vez a celebrarte

me arrastra ardiente irresistible afecto:

mas, vanos numen y arte,

remeda mi imperfecto,

canto el zumbido de volante insecto.
5

   En corto labio humano

mal el loor de tus grandezas cabe;

en Sión y a ti cercano,

el serafín te alabe;

mas ni él loarte dignamente sabe.
10

   Loores y armonías

dignas de ti no tiene lo creado;

solo de ti podrías

en suficiente grado,

pues en él te conoces, ser loado.
15

   Mas de tu crïatura,

que en destierro que alivia la esperanza,

de tu santa luz pura

tenue vislumbre alcanza,

sea humilde silencio la alabanza.
20


1857.

    Dulcísima virgen, eres

bella entre cuantas mujeres

de rara belleza vi;

ni en el bajo suelo hay cosas

dignas, por puras y hermosas,
5

de que las compare a ti.

   Jamás estrellas rivales

de tus ojos celestiales

en la tierra contemplé,

ni les hallo semejantes
10

entre los ojos distantes

con que la Noche nos ve.

   Más blanca eres que la luna,

y no es dado en flor ninguna

tan fresca púrpura ver,
15

que de tu lozana cara,

que la Salud envidiara,

no la venza el rosicler.

   Si sonríe tu bermeja

boca, que engañada abeja
20

por flor pudiera picar,

enseñas entre corales

perlas más blancas e iguales

que las de rico collar.

   Tu dorada cabellera
25

que te cubre toda entera,

suelta al céfiro feliz,

ya es diadema de tu frente,

ya te viste un manto ardiente

de gloriosa emperatriz.
30

   De frente en igual decoro,

no parte y destrenza el oro

marfil dentado o carey;

ni tal ser pudo el cabello

del tan6 vano cuanto bello
35

hijo del profeta rey.

   No a Venus formas envidias,

ni las ideó tales Fidias;

ni tanto el gran Rafael

voló con su ingenio y arte,
40

que presuman igualarte

las hijas de su pincel.

   La tierra toca tan blando

tu breve pie, cual si hollando

frágil piso de cristal
45

con timidez estuvieras,

o como si a volar fueras

a tu patria celestial.

   Tal, antes de darse al vuelo,

por sobre el herboso suelo
50

andando un pájaro va

con tan airosa manera,

que a cada instante se espera

Verle que se encumbre ya.

   Si de beldad tan subida
55

es tu cuerpo, en él se anida

hermosura superior:

una alma tan noble y pura,

que recrearse en su hechura

debió el divino Hacedor.
60

   Luce en ti tan manifiesto

tu virtuoso ánimo honesto,

que el mismo impío Don Juan

hubiera dicho a tu vista:

«Es imposible conquista
65

al más obstinado afán.»

   Si a loarte alguien comienza,

tu faz modesta vergüenza

tiñe en más vivo carmín;

y, bajando la mirada,
70

muda ruegas y turbada

de tus loores el fin.

Cuando bordas, sobrepuja

a diestro pincel tu aguja,

y en su tarea menor
75

representas a Minerva,

cuando de la gente sierva

presides a la labor.

   Tus músicas y canciones

aquietan de las pasiones
80

el tumulto y fiera lid,

como de Saúl la ira

apaciguaban la lira

y los cantos de David.

   Nada dices, no haces cosa
85

que no te muestre graciosa,

y tenga secreto imán;

la Gracia misma te enseña

hasta la acción más pequeña

y descuidado ademán.
90

   No hay matrona que no quiera

y solicite tal nuera,

ni tierno noble garzón

que su esperanza y empeño

no ponga todo en ser dueño
95

de tu mano y corazón.

   Por ti el extranjero olvida

su dulce patria querida,

y alarga su estancia aquí;

y en vano de allá le llama
100

o madre, o amante dama

que echó en olvido por ti.

   ¡Ah! ¡feliz tu noble padre!

Y tu envanecida madre

¡Feliz cien veces y cien!
105

Y ¡felices tus hermanos,

y cuantos te están cercanos

y siempre te oyen y ven!

   ¡Y tus amigos y amigas,

y aquellos a quienes digas,
110

adiós, al pasar, siquier!

Y ¡más que todos dichoso

quien ser el amado esposo

alcance de tal mujer!


1857.

    Nada presta tu ruido a mi contento,

París, de gente y de placeres lleno:

¡Vasta y altiva capital! no cuento

ni un solo amigo en tu gigante seno.

   Gozan en ti os ojos y la mente
5

con lo grandioso y opulento y vario:

mas siempre gime el corazón doliente,

en ti sin alimento y solitario.

   Con tus fiestas y pompas y placeres

y vasta agitación que nunca calma,
10

Babel segunda a mis sentidos eres,

pero eres un desierto para mi alma.


La virgen María

    ¿Qué digna lengua la alabanza entona

de la que, siendo madre, fue doncella?

La adora el ángel, y se mira en ella

cada divina liberal Persona.

   Es diamante sin par de su corona
5

cada más pura rutilante estrella;

luna y sol su triunfante planta huella,

y es el arco Iris su listada zona.

   Alégrate y espera, estirpe humana

que Ésta, del cielo reina poderosa,
10

de los nobles querubes soberana;

   Esta, madre de Dios, de Dios esposa,

no ángel, nació mujer y nuestra hermana,

y en rogar por nosotros no reposa.


1857.

    Virgen, ¿por qué, cuando el divino infante

a la tuya su faz junta risueño,

o goza entre tus brazos blando sueño,

cubre grave tristeza tu semblante?

   ¡Ay! que ya de tu mente está delante
5

de sus verdugos el airado ceño,

y ya pendiente del infame leño

le ve morir tu corazón amante.

   Que es de tu claridad nube sombría

y a tus placeres todos mezcla duelo
10

de Simeón la triste profecía;

   mas mirarle te dé justo consuelo

resucitar en el tercero día,

y en gloria excelsa remontarse al cielo.


1857.

La tarde a orillas del mar

A ***

    ¡Oh melancólica virgen!

Cuando el sol se hunde en las olas,

ve con paso lento a solas

a la playa a meditar:

que siempre al incierto rayo
5

del agonizante día,

está la Melancolía

sentada orillas del mar.

   Hela allí -el ebúrneo codo

apoyado en la rodilla,
10

y en la palma la mejilla,

en pensativa actitud;

suelto el dorado cabello,

grave el rostro, la mirada

en el vasto mar clavada,
15

y toda en muda quietud.

   Allí soledad, oh virgen,

allí el sosiego y la calma

que son tan gratos al alma,

allí silencio hallarás:
20

silencio que sólo turba

de la onda el lento murmullo,

y al alma aduerme su arrullo

y monótono compás.

   Cruza las ondas tranquilas,
25

que parecen otro cielo,

el rápido barquichuelo

del nocturno pescador;

y al son del pausado remo,

por aliviar su faena,
30

alza en la tarde serena

un canto consolador.

   Más allí donde se juntan

el cielo y el océano,

ya busca la vista en vano
35

del sol el rayo postrer;

un crepúsculo dudoso

de luz y sombra formado,

como un velo delicado,

se difunde por doquier.
40

   Goza esta hora indefinible,

en que con vago lamento

la tierra y el mar y el viento

parecen de amor gemir;

y en que en abrazo amoroso,
45

que tan presto ¡ay! se deshace,

se dan la Noche que nace

y el Día que va a morir.

   Y muere al fin, y se apaga

su indecisa luz postrera,
50

y sola en el orbe impera

la callada Noche ya;

y como reina africana,

en la vasta negra frente

su corona refulgente
55

de estrellas llevando va.


1857.

Lamento de David

Por la muerte de Saúl y Jonatás

    ¡Oh montes de Gelboe, nunca caiga

sobre vosotros celestial rocío,

mas vuestros campos un eterno estío

esterilice con sediento ardor!

que en ellos ¡ay dolor! el rey guerrero
5

al par cayo del último soldado,

como si no le hubiera consagrado

       el óleo del Señor.

   ¡Cuántas hijas y esposas de Filiste

huérfanas y en viudez dejo su espada,
10

que nunca se envainó sino empapada

en sangre de los hijos de Belial!

¿Cuándo exterminador tan formidable

tendrá la gente de Jehová maldita?

¿Y a tener volverá el Israelita
15

       otro caudillo tal?

   Y tú, mi amigo fiel, tierno hermano,

que en la mañana de tu vida mueres,

más dulce que el amor de las mujeres

érame tu amistad, oh Jonatás;
20

yo, cual ama una madre a su hijo único

que alivia, amante, su viudez llorosa,

o ama un esposo a su novel esposa,

       así te amé, ¡y aun más!

   Eras amable en la paterna corte
25

cual noble virgen que agradar desea;

mas fuiste como tigre en la pelea,

y te daba la Muerte su furor:

jamás partió tu flecha silvadora

del arco resonante, que certera
30

en pecho hostil a terminar no fuera

       el vuelo matador.

   ¡Saúl y Jonatás! ¡como lëones

fuertes, raudos cual águilas! -Tan triste

muerte callad a la crüel Filiste
35

y a las plazas de Geth y de Ascalon:

Por que las hijas y consortes fieras

de la culpada gente incircuncisa

no cambien luego en orgullosa risa

       su llanto y aflicción.
40

   ¡Saúl y Jonatás! en esta vida

los enlazaba tan estrecho nudo,

de mutuo amor, que ni la Muerte pudo

unión partir tan amorosa y fiel:

tus vestes rasga, con ayuno y llanto
45

tan acerba desgracia solemniza,

y cubra tu cabeza vil ceniza,

       ¡Oh mísero Israel!


1857.

    Luce del alba el resplandor primero,

y ya ante el claro tocador se aliña

Rosaura, hermosa, presumida niña

que el día en ataviarse gasta entero;

y, como enamorada de sí propia,
5

en su beldad se ufana y se recrea,

y en el cristal luciente que la copia

atenta ve el peinado y la presea

que más el blanco rostro le hermosea:

De frente ora contempla su hermosura,
10

ora entre dos espejos

su espalda o su perfil mirar procura,

de cerca ya se mira, ya de lejos;

y cuanta7 airosa artística postura

y ademán elegante
15

la Trinidad enseña de las Gracias

su vanidad ensaya y los apura

ante el amigo espejo

adulación pidiéndole y consejo.

Al verla así, creyeras
20

lector, que enamorada está de veras

de la hermosa que dentro

habita del espejo y al encuentro

le sale alegre y presta

siempre que a verse llega, y la saluda,
25

y con amor y con lisonja muda

sus miradas y risas le contesta.

   La Elegante voz pública la llama,

pues no hay en Lima dama,

o casada o soltera,
30

que le usurpe la fama

de ser en el vestirse la primera.

y como entre aves de pintada pluma

el pavón altanero

despliega de su falda la ancha rueda
35

de piedras salpicada, que remeda

deslumbrante vidriera de joyero;

como entre flores mil que del verano

pinto la rica mano

se mece al soplo de la plácida aura,
40

la presumida rosa, o entre estrellas

su luz ostenta la serena luna;

tal descuella Rosaura

entre mil y mil bellas

que iluminado ancho salón aduna.
45

   ¡Oh doncella feliz, cuyo cariño

único son las cintas, los encajes,

las joyas y los trajes

y los demás ministros de su aliño;

su afán estar al cabo de las modas
50

que nuevas cada día

al sexo encantador París envía,

y en Lima ser quien las estrene todas;

y que, cuando se case, su desvelo

mayor será el vestido y blanco velo
55

que ha de ponerse el día de sus bodas!

   Nunca mayor desgracia la molesta

que dejar de asistir al baile ansiado,

por no haber acabado el prometido

esperado vestido
60

la modista traidora;

pero lo que más lágrimas le cuesta

es que esa noche su rival Aurora

haya de ser la reina de la fiesta.


1857.

I

    Llega, y con tono magistral y grave

de la palabra al punto se apodera,

y empieza a disertar sobre cualquiera

materia, porque todas se las sabe.

   No habla más largo ni seguido el ave
5

que nuestro idioma imita vocinglera;

y aunque su voz apague la ronquera,

ni remota esperanza hay de que acabe.

   Crece en tanto el fastidio, el tiempo pasa,

a despedirse empieza ya la gente,
10

y a tanta reunión la antes escasa

   sala se desocupa, y solamente

con la infeliz señora de la casa

se queda el hablador impertinente.

II

   ¡Ay del que con Don Juan entra en disputa!
15

de aquel a quien siquiera se le escapa

la réplica menor, pues se reputa

más infalible que el romano Papa.

   Cuanto dice verdad es absoluta

que a la misma Verdad la boca tapa,
20

aunque diga que en Francia está Calenta

y a París ponga en África su mapa.

   Materia en todo para eterna plática

halla, a pesar de su apariencia tísica

y de su cruel respiración asmática;
25

   y desde rudimentos de gramática

hasta la más sublime metafísica

en todo su sentencia da, dogmática.


1857.

A Fray Luis de León

    Cuando mundano anhelo

o triste vanidad mi pecho inquieta,

alivio pedir suelo

en estancia secreta

a tu divina musa, oh mi poeta.
5

   Siéntese el alma luego,

cual si saliera presurosa de éste,

en mundo de sosiego;

ni hay ya qué la moleste,

y va cobrando un no sé qué celeste.
10

   Su alta nobleza entiendo

y «en suerte y pensamientos me mejoro;»

de la fama el estruendo

desprecio, y el vil oro,

y de mis vicios y defectos lloro.
15

   Y de la «descansada

vida del que huye el mundanal rüido»

y mueve la pisada

por sendero escondido,

me enamora tu cántico sentido.
20

Y « ¡oh feliz el viajero

humano, luego suspirando digo,

que sigue aquel sendero

al que Dios es amigo,

y desdichado yo que no le sigo!»
25

   Mas del mundo la ira

tú sentiste también, y un lustro entero

la envidia y la mentira

en calabozo fiero

te tuvieron sin culpa prisionero.
30

   Tu ingenio y vasta ciencia

tus solas culpas fueron, y tu pía

portentosa elocuencia,

y, mayor cada día,

el popular aplauso y nombradía.
35

   De ti el vïudo tracio,

tu canto al escuchar, se maravilla,

con Píndaro y Horacio:

tuya es la regia silla

entre líricos vates de Castilla.
40

   Fugaz tiempo y escaso,

antes de que tu luz resplandeciera,

la ocupó el dulce Laso,

y destronarte espera

Rïoja en vano y el divino Herrera.
45

   En tus cantos se hermana,

con tan estrecho nudo e igual parte,

la fuerza soberana

del numen: con el arte,

que no será jamás que de ellos me harte.
50

   Ni tan solo el divino

verso hispano por ti competir osa

con el griego y latino,

más fulgente y gloriosa

se alza por ti la castellana prosa.
55

   Tu frecuente lectura

es plática que tengo yo contigo,

y me es tanta dulzura

cual con estrecho amigo

estar hablando a solas sin testigo.
60

   Pues de los vates uno

eres, que por amigos he elegido,

y en mis lares aduno,

a quienes voy y pido

consuelo y de mis males el olvido;
65

   Por quienes a la lumbre

de vigilante, lámpara desdeño,

por antigua costumbre,

el tentador beleño

el reposo blandísimo del sueño.
70

   ¡Cuántas veces y cuántas

me sorprendió contigo el claro día!

¡Qué inspiraciones santas

a tu alta poesía

agradecida debe el alma mía!
75

   El cielo echabas menos,

como si antes en él morado hubieras,

y países ajenos

te eran estos, ni eras

amigo de las cosas pasajeras,
80

   y por eso, de llanto

despidiendo tus ojos larga vena,

desatabas el canto

de la «Noche serena»

para engañar así tu santa pena;
85

   o aquel donde interpretas

el ansia ardiente a tu Rüiz amado

de saber las secretas

leyes de lo creado;

o el que declara tu éxtasis sagrado,
90

   cuando, de tu Salinas

por la inspirada diestra gobernadas,

sonaban las divinas

músicas extremadas,

cual las que oyen las célicas moradas.
95

   Suspiros son continos

de quien del mundo en la prisión no cabe,

son lastimeros trinos

de dulce canora ave

que encierra en breve cárcel dura llave.
100

   También yo mis pesares

aliviar suelo si, pensando cuerdo,

hallo que son mis lares

otros cuyo recuerdo,

aunque antiguo, jamás del todo pierdo.
105

   Y, aunque afectos mundanos

me rigen, y son paro devaneo

mis pensamientos vanos,

también en mí el deseo

arde de contemplar lo que no veo.
110

   Y a las veces del cielo

me poseen vivísimos antojos,

y nada aquí en el suelo

ven entonces mis ojos,

que no me sea lágrimas y enojos.
115


1858.

    De adverso signo mi existencia es hija:

o de naturaleza, o de fortuna,

¿qué fiero mal habrá que no me aflija?

Yo a mi padre perdí desde la cuna.

   Mi esquiva fiera condición, que en vano
5

quise vencer con imposible hazaña,

me destierra del dulce trato humano,

y del amor y la amistad me extraña.

   En nada logran encontrar remedio

y más y más se aumentan cada día
10

este mi universal profundo tedio

y entrañable genial melancolía.

   Jamás siquiera de placer asomos

a mi triste vivir dieron los cielos;

yo y la Tristeza inseparables somos,
15

y de la misma madre hijos gemelos.

   Misteriosa dolencia antigua y lenta,

que combatió la ciencia vanamente,

sin cesar me consume y atormenta,

y ni me mata ni vivir consiente.
20

   Ausente me ha tenido el crüel hado

la mitad casi de mi triste vida

del patrio suelo y del materno lado,

que ni un instante mi cariño olvida.

   La negra Envidia con traición me acecha;
25

y bañadas del Orco en el veneno,

la Calumnia feroz flecha tras flecha

lanzando está contra mi inerme seno.

   Y aunque me veis en juveniles años,

anticipada la experiencia amarga,
30

padecí más crüeles desengaños

que contar puede la vejez más larga.

   Y aún me falta tal vez el solo escudo

que me abroquela el combatido pecho,

pues humillado de mi ingenio dudo,
35

y del orgullo la ilusión sospecho.

   Y otra desgracia el corazón me abruma,

mas que todas fatal, extraña y grave,

que no puede al papel confiar la pluma

ni al viento el labio, y que ninguno sabe.
40

   Y mi ardiente aprensiva fantasía,

cual si de males muchedumbre tanta

no bastase, los dobla todavía,

y los prolonga todos y adelanta.

   Mas tantas penas que me afligen, nada
45

son comparadas al dolor de verte

tan infeliz, oh patria, y humillada,

y al punto no poder cambiar tu suerte.

   Sí, son los tuyos mis mayores males;

y si fuerte y dichosa y grande fueras,
50

los que a mí solo tocan, aunque tales,

sonrïendo mirara cual quimeras.

   Por ti a quien para ti sin fruto adoro,

mi sangre toda en hiel trueca la ira,

y me deshace la piedad en lloro,
55

y hasta turbada mi razón delira.

   Tú el pensamiento eterno de mis días,

y tú el desvelo de mis noches eres,

tú el más dulce placer me amargarías,

si posibles me fueran los placeres.
60

   Y héroe quisiera ser por ti romano,

y dejando el laúd que en vano agrada,

en tu defensa armar la fuerte mano

con la triunfante salvadora espada.

   Y en mi extremo amoroso desatino
65

de un dios a veces el poder anhelo

para cambiar la faz de tu destino

y hacerte reina del inmenso suelo.

¡Ah! ¡con mi sangre toda merecerte

pudiera al menos la piedad divina,
70

y como Curcio a Roma, con mi muerte

salvarte, oh patria, de inminente ruina!


1858.

A la música

    Noble arte a quien la palma

otro arte en vano disputar procura,

por ti se engolfa mi alma

en un piélago inmenso de dulzura,

de donde no volviera
5

jamás a la tristísima ribera;

   mas antes, continuando

su viaje venturoso en presto vuelo

por piélago tan blando,

al fin llegara del distante cielo
10

a tranquila ensenada,

y en ella hiciera su inmortal morada.

   Tú manejas las llaves,

tú los senos más íntimos conoces

del corazón; tú sabes
15

templar mis penas y exaltar mis goces;

y si con vez frecuente

abres del lloro la profunda fuente,

   las gotas de mi llanto

mi faz refrescan, de dulzura llenas,
20

como rocío santo;

y si tal vez al corazón das penas,

no hay placer ni alegría

que más me halague que la pena mía.

   Apenas tu primera
25

nota me hiere, me transformo y mudo

todo yo en tal manera,

que soy otro hombre que espantarse pudo

con tu sin par hechizo,

maga divina, de lo que antes hizo.
30

   Como después me espanto

de lo que sentir me hizo tu inflüencia,

tu inflüencia que tanto

a mí mismo de mí me diferencia,

y aspecto tan diverso
35

a la vida le da y al universo.

    Desdén cobra al pecado

mi alma, y de los suyos se arrepiente

por ti, y menospreciado

es de ella el metal vil que ansía la gente;
40

los deleites le apocas

y las mundanas diversiones locas.

Tú su excelso divino

origen le recuerdas, la celeste

patria de donde vino
45

y a do, dejada la terrena veste,

volver aspira ahora

desde el triste destierro donde mora.

   Por ti desprecio noble

los insultos o halagos de la suerte,
50

y vida siento doble;

miro el martirio impávido y la muerte;

ni ya me son extrañas

de los mayores héroes las hazañas.

   A mi presente estado
55

presta me roba tu virtud amiga;

torna a ser lo pasado,

que con lazo tan fuerte a ti se liga,

que tan viva y fielmente

nada hay que como tú lo represente.
60

   De mis primeros años

las altas ilusiones infinitas

y sublimes engaños

en mi alma desolada resucitas;

mis ambiciones haces
65

y mis proyectos renacer audaces.

   Por ti confiado creo

en la engañosa voz de la Esperanza,

y presume el deseo

que alcanza ya lo que ninguno alcanza,
70

y aún lo imposible quiero,

que fácil me parece y hacedero.

   Clara sublime prueba

de la inmortalidad del alma humana,

que presiente su nueva
75

vida cuando te escucha, y de la arcana

celestïal delicia

mágica le anticipas la primicia.

   Del vivir sobrehumano

sensaciones me das, que gozar fío:
80

mas declarar en vano

procura con afán el labio mío

cuánto en mí puede y cuanto

la fuerza misteriosa de tu encanto.

   Mas ¿qué mucho que hieras
85

nuestras almas así tan hondamente,

si hasta las torpes fieras

sienten todas y entienden tu elocuente,

universal idioma,

que su crueldad nativa amansa y doma?
90

   No es ciego devaneo

ni de griega invención bella mentira,

que de Cadmo, y Orfeo

con el divino canto y con la lira,

fuiste a la estirpe nuestra
95

de la vida civil primer maestra.

   Ni es fábula que el canto

y laúd gemidor abrirle pudo

del sempiterno espanto

la óbrega mansión al tracio viudo,
100

haciendo a los precitos

olvidar sus tormentos infinitos;

   Ni que Plutón avaro

volvió al esposo fiel la dulce esposa,

que el aire no vio claro,
105

por inquieta mirada y amorosa,

del Oreo a la salida,

de nuevo y para siempre ya perdida.

    Las selvas y montañas

tuvieron para ti planta y oído;
110

criaturas extrañas

no hay al poder de músico sonido:

el fiero mar serenas

y al raudo río la corriente enfrenas.

   Manjar del alma mía,
115

néctar del corazón, como el beodo

más el licor ansía

mientras le bebe más, del propio modo

mi deleitado pecho

nunca de ti se siente satisfecho.
120

   Mas, aunque la dulzura

cese de tus acentos, no te pierdo,

pues en mi pecho dura

el celeste placer de tu recuerdo,

y sigue tu eco blando
125

en el fondo del alma susurrando.

   Cual santo monje, absorto

en éxtasis divino, a quien el día

es un instante corto,

tal yo la larga sucesión tardía
130

de las horas no siento,

y huyen8 mis días cual fugaz momento.

   Y «si así en este globo

la música suspende y da consuelo,

clamo luego en mi arrobo,
135

¡Ah! ¿cuál sera la música del cielo;

y la angélica orquesta

que alegra del Señor la eterna fiesta?

»Y si tanto un concento

de Mozart o Rossini me extasía,
140

dime, oh mi pensamiento,

¿cuál te finges aquella melodía

que, como mar sonora,

hinche el alcázar que el Eterno mora?»

   Tú, Música, el ambiente
145

eres que allí respira el labio santo,

y de esa noble gente

es el idioma natural el canto;

pues sólo tus acentos

expresarán tan altos pensamientos.
150

   No allí cada voz rota

suena, cual en mortal idioma muerto,

mas es viviente nota

de melodioso universal concierto

que en consonancia plena
155

por la feliz eternidad resuena.

   ¡Ah! cuando llegue el fijo

plazo fatal que a mi vivir espera,

y el santo crucifijo

levanten a mi triste cabecera
160

sacras piadosas manos,

y lloren junto a mí madre y hermanos;

   en tan terrible trance,

cumplido logre este postrer anhelo!

Tu acento oír yo alcance
165

cual dulce voz con que me llame el cielo,

para que de la vida

con menos sentimiento me despida.


1858.

    Como en la dura guerra

del océano y huracán tonante,

recuerda el navegante

el quieto asilo de la dulce tierra;

tal yo, madre querida,
5

sola dulzura de mi triste vida,

en este mar tempestüoso, inmenso

de tedio y amargura,

me vuelvo a ti y en tu cariño pienso,

como en puerto de amor y de ventura.
10

   Y cuando más la pena me castiga,

t al peso del tormento

parece que se rinde el sufrimiento:

¡Ay! ¿dónde, dónde estás, mi única amiga,

exclamo gemebundo,
15

que a tu Clemente a consolar no vienes,

tú que eres para mí todo en el mundo

y cifras para mí todos sus bienes?

Tú que eres de mi suerte en los rigores

padre, amigos y amores,
20

pues de todo me tiene despojado

la fiereza del hado.

¿Adónde, adónde estás, para contarte

mis desventuras mil parte por parte?

Que mal podré, si a ti no lo confío,
25

confiar a nadie el sentimiento mío;

y años ha que me dijo la experiencia

que no hay quien del que sufre, con espanto

y presurosa planta no se aleje,

cual católica turba del hereje
30

a quien persigue el anatema santo.

   Mas tú que eres mi madre,

que con ojos serenos

nunca pudiste oír malos ajenos,

que de dolor larga experiencia has hecho,
35

y a quien no hay alabanza que no cuadre

por tu sensible generoso pecho,

leerás sin hastío

los tristísimos versos que te envío

desde el lejano suelo donde moro;
40

antes los regará tu ardiente lloro,

y mirarme quisieras a tu lado

para darme el consuelo demandado,

y a mi lloroso rostro dulce abrigo

dar en tu seno amigo;
45

como allá en mis niñeces

cuando, en tu ausencia maltratado a veces,

a tu encuentro llorando veloz iba

a decirte mi agravio;

y tú me consolabas compasiva,
50

y mi oído halagabas con aquesos

dulces acentos de sin par terneza,

que sólo al dulce labio

de una madre enseñó naturaleza,

y mil me dabas regalados besos.
55

   Nací, y aún me arrullaban en la cuna,

cuando a mi padre me robó la fiera

enemiga Fortuna,

cual si darme a entender así quisiera

que a tan triste partida
60

correspondiera el viaje de mi vida.

   ¡Ay! madre, y el deceno

año apenas cumplí, cuando el malvado

destino me arrancó a tu dulce lado,

levándome a distante suelo ajeno!
65

Hoy es, y aún a recordar me aflijo

que, sin decir adiós a tu pobre hijo

ni estrecharle a tu seno,

del bajel con secreto te partiste,

temiendo el trance de un adiós tan triste.
70

¡Cuánto con voces, cuánto

no te llamé con alarido y llanto,

al verte de repente en la barquilla

que tornaba a la orilla,

el lloroso semblante
75

cubriendo, oh madre, con tu blanco lienzo!

Y en tanto la ligera resonante

nave iba ya rozando; San Lorenzo

pronto pasó, doblando su carrera;

y yo que contemplaba con ansiosa
80

vista la costa, al fin no vi do quiera

sino el cielo y la mar espacïosa.

   ¡Cuál entonces quedé, al pensar que a un tiempo

de mi madre y mi patria me alejaba!

¡Cuánto apuró de aquella doble ausencia
85

el profundo pesar! a mi presencia

la extraña gente, con mi llanto pía,

con blanda mano hiriéndome la frente,

«¡pobre niño, decía,

que de su dulce madre vive ausente!»
90

De pueril turba juguetona y leda

la bulliciosa rueda

abandonar usaba de repente;

y a llorar me apartaba,

a llorar sin consuelo,
95

que tu recuerdo y el del patrio suelo

súbito me asaltaba;

y recordaba los felices días

cuando en la tarde ociosa,

en el abierto corredor sentada,
100

jugar con mis hermanos me veías.

Y un lustro que duró tal pesadumbre

el estar triste y solo hizo costumbre

de sociedad esquivo

y taciturno siempre y pensativo;
105

pasó ya la tristeza

a ser naturaleza,

y la melancolía más profunda

de entonces fue mi condición segunda.

   Di al fin la vuelta a mi país nativo,
110

y de mi vida el júbilo más vivo,

que, en descuento de tantas aflicciones,

darme quiso la suerte,

fue el de volver, tras de la ausencia, a verte:

¿Quién dirá la dulzura de ese instante,
115

del largo abrazo estrecho

en que a tu pecho confundí mi pecho

y junté mi semblante a tu semblante;

y uno y otro deshecho

en dulcísimo llanto de alegría,
120

nada más murmuraron nuestros labios

que «hijo de mis entrañas», «madre mïa»?

   Y cuando de la patria la dulzura

y el amor de la familia y tu cuidado

a templar empezaban mi tristura,
125

de la vida en la más secreta fuente

me hirió con cruda saña

enfermedad extraña

que a la tumba me arrastra lentamente;

pues a tornarme la salud primera
130

vana la ciencia fue, como fue vano

de Lima la perenne primavera

abandonar por climas donde eterno

extrema sus rigores el invierno.

Mas con el dulce engaño
135

siempre me ha lisonjeado la Esperanza

de que, al nacer cada año,

le saludara mi feliz mudanza:

¡Ay! que los años huyen, y ya el quinto

empezó no distinto
140

para mí de sus tristes compañeros;

y otros tras él sucederán ligeros,

sin que ninguno en su fatal hüida,

me deje o traiga la salud perdida.

   Pero tales congojas, y mayores,
145

paciente tolerase, si pudiera

pábulo dar a mi afición innata

al arte que con voces por colores

creación retrata;

pero mi mal lo veda inexorable,
150

y, si sus leyes obstinado quiebro,

agudísima espada

atravesar parece mi cerebro,

envuelta en parda nube la mirada,

llenos de sordo estruendo los oídos,
155

y turbadas potencias sentidos:

tanto que pueden, dulce madre, apenas,

poetizando mis extrañas penas

y destino tirano,

idear la mente y escribir la mano
160

estos que a ti dedico versos rudos,

de primor y elegancia tan desnudos.

   Para mayor tormento, se imagina

donde quiera consuelos y divina

felicidad mi arrebatada mente,
165

que fácil se afervora y alucina,

y es en todo por ella divisada

la dicha que jamás encuentra en nada.

Como goloso infante, viendo henchido

de licor rubio el cristalino vaso
170

que de su audaz inquieta mano acaso

al alcance dejó servil olvido;

si engañado le coge y bebe ansioso,

en lugar de la miel apetecida

que imaginó gustar, gusta rabioso
175

el sabor de amarguísima bebida,

destinada al provecho

de enfermo preso en congojoso lecho;

tal engañada el alma, halla tan sólo

un sinsabor donde creyó un contento;
180

y aunque padece sin cesar el dolo

de suerte mofadora,

dolores no le excusa el escarmiento,

y en cada día un desengaño llora.

   Y ¡siempre así será! ¿de la ventura
185

nunca veré el semblante?

Y desde que del sol la lumbre pura

mis ojos alumbró hasta que en oscura

eterna sombra se hundan y alto sueño,

¿no habré de ser feliz ni un sólo instante?
190

¿Perenne desamor es mi destino?

¿Eterna soledad es mi camino?

¡Ay! tú mi adiós postrero

sola recibirás, si ya no muero,

para mi mayor daño,
195

de ti distante y en país extraño;

y solitario partiré del mundo,

cual de grande ciudad triste extranjero

parte, sin que de nadie se despida,

ni brazos le den fieles
200

el abrazo postrer de la partida

de su breve morada en los dinteles,

ni el usado lenguaje

de labio alguno amigo

oiga, que del vïaje
205

como augurio feliz lleve consigo.

   ¡Cuántas veces, como él, solo me alejo

de alguna gran metrópoli europea,

y en largo lloro mis mejillas baño,

al ver que a otras ciudades me encamino
210

donde nadie me espera ni desea,

donde será, como en aquélla, extraño

el triste peregrino!

Y este viaje que ignora

dulce saludo y tierna despedida
215

es una imagen fiel y dolorosa

del viaje solitario de mi vida.

   Mas no me niegue el hado

siquiera este consuelo

de morir en mi patria y a tu lado,
220

y en el regazo amado

donde durmió mil veces pequeñuelo,

incline tu hijo y hunda

su pálida cabeza moribunda.

   Cuando, en muerte próxima y temprana,
225

en la vecina iglesia triste doble

de los agonizantes la campana; inmoble

cuando sin alma esté mi cuerpo

y cual cera amarillo;

cuando, al sonoro impulso del martillo
230

el postrer clavo mi ataúd taladre;

cuando por fin con indolente priesa

escondan mi cadáver en la huesa;

me llorarás tú solamente, madre.


1858.

Tristeza de Lauro

    «Es tal mi tristeza

y melancolía,

la afición al llanto

en mí es tan nacida,

que, aunque he padecido
5

mil penas prolijas,

padecer quisiera

aún mas todavía:

trabajos de aquellos

que al mundo lastiman,
10

extrañas miserias,

grandes, inauditas,

por que se emplease

la tristeza mía,

que objeto hoy no tiene
15

bastante, en sentirlas,

y estarlas llorando

de noche y de día:

a Orestes, a Edipo,

a Job tengo envidia,
20

al famoso Hebreo

que siempre camina,

y a cuantos pasaron

tremendas desdichas:

y, así como algunos
25

al laurel aspiran

entre los guerreros

que el clarín publica

de la Fama, y otros

entre los artistas,
30

o entre los que pulsan

melodiosa lira;

así yo deseo

con ansia encendida,

merecer la gloria
35

y alta nombradía

del más desgraciado

varón cuyas cuitas

relatan historias

modernas y antiguas
40

   «Bien sé que es locura

esta conocida,

ni dudo que a muchos

parezca mentira;

mas no está en mi mano,
45

y es vana porfía

querer que se cambie

mi condición misma:

porque siempre extraña

me fue la alegría,
50

ni a mi alma se amolda

como su enemiga;

triste por esencia,

cual nuestra raza india,

soy; todo lo alegre
55

me cansa y hastía,

y solo en lo triste

hallo mis delicias.»

   Esto muchas veces

Lauro me decía,
60

el hombre más triste

que traté en mi vida,

en quien la tristeza

pasaba a manía,

y aun era corpórea
65

dolencia prolija,

que en su abril lozano

sepultó sus días.


1858.

    ¿Por qué, citando con voz mas dolorosa

en llamarte me empeño,

mientras la inmensa creación reposa,

de mis cansados ojos más te alejas,

hijo de la tranquila Noche umbrosa,
5

blando, plácido Sueño?

¿Por qué tan sólo a mis dolientes quejas

negando oído, a los vivientes todos

en profunda quietud sumidos dejas,

de tu licor dulcísimo beodos?
10

¿Por qué, por qué no vienes

con ala lisonjera

a cobijar mi ardiente cabecera

y a refrescar mis abrasadas sienes?

Harto estoy de la vida, cuyo peso
15

mis fuerzas vence con inmenso exceso;

ven, pasajera muerte,

y en tu hondo seno dándome acogida,

el alma torna vigorosa y fuerte

para volver o recibir la vida.
20

   A todos nos igualas

bajo la sombra de tus negras alas,

y espíritus extraños

a la ventura no hay de tus engaños;

el triste amante sueña
25

que, grata y halagüeña,

paga su ardiente llama

la hermosa que despierto le desama;

libre se sueña el que suspira preso

en calabozo lóbrego y profundo;
30

poseer imagina el vil mendigo

de Midas los tesoros y de Creso,

y dueño ser y emperador del mundo;

en su patria se sueña el desterrado,

de su consorte al lado
35

y entre los brazos de su fiel familia:

mas, mientras, gracias a tu error piadoso,

es cada desgraciado

el curso de una noche, venturoso,

yo tan solo, en durísima vigilia,
40

siento crecer en las nocturnas horas

mis ansias y congojas veladoras.

    Ve y lleva mi desvelo al centinela

que, sin salir del puesto,

al crudo hielo de la noche vela,
45

llevando al hombro su fusil molesto;

o al que en el mar oscuro, de la nave

donde cien vidas en tus brazos yacen,

el timón rige a solas,

y ya a tu halago resistir no sabe,
50

pues hasta el ronco arrullo de las olas

a saborear le brinda

el licor de tus blandas amapolas;

o a la humilde doncella, que, aunque linda,

guarda la flor de su pureza, y gana
55

el pan escaso de su madre anciana,

moviendo diligente hasta la aurora

la aguja voladora;

o a la viuda casta,

que, como a su, trabajo el sol no basta,
60

es bien que tu ley viole

para sustento, de su tierna prole,

y en su santa tarea

también las horas de la noche emplea.

De estos y de otros tales,
65

a quienes el deber o la enemiga

pobreza suma a desvelarse obliga,

dame el reposo y mi desvelo dales.

   Apiádate de mí, que a moribundo

en la congoja que me aflige copio,
70

y dejándome henchido de tu opio

largo reposo envíame y profundo;

que si favor tan alto me concedes

y repites constante tus mercedes,

coronas de tus flores
75

mi agradecida mano a tus altares

suspenderá a millares,

y extenderá mi lira tus loores.

   ¿Cuándo será que, cual beldad ingrata,

no huyas de aquel que te convida y ruega,
80

ni a cuantos te rechazan diligentes

sities, halagues, tientes,

hasta quedar de sus sentidos dueño?

¿por qué te muestras tan crüel y esquivo

a mí que tanto te codicio, sueño,
85

y tan dulce placer de ti recibo?

Mas ¿cómo desëoso

no viviré de tu feliz reposo,

si, como cuando vivo,

de alma y cuerpo a la vez no gimo enfermo
90

cuando en tus brazos amorosos duermo?

   Siempre anhelado llegas: ora seas,

sin visiones ni ideas,

hondo desmayo, como

el sueño eterno de pesado plomo
95

que en el sepulcro dormiremos; ora

te acompañe de ensueños voladores

la turba, encantadora,

tejiendo danzas y regando flores.

Tu a las riberas de mi patrio río,
100

por sobre montes e interpuestos mares,

me llevas blando y pío;

por ti penetro mis remotos lares,

y a mi madre querida

mis dulces hermanos reunido,
105

La doméstica vida

ufano vivo en mi dichoso nido.

   Por ti tal vez visito

una región tan bella como el cielo,

en la cual hallar suelo
110

con júbilo infinito

dulces seres amados

por muerte o por distancia separados,

y en hermanable sociedad con ellos

hallo otros puros nunca vistos seres,
115

tan divinos y bellos,

que dejan de ser bellas a su lado

las terrenas mujeres.

Goce pues ya de nuevo dicha tanta,

y de este triste valle
120

a mi dichoso cielo me levanta

do mis ausentes y difuntos halle.

Mas, cuanto más te llama mi gemido,

más apartas de mí tu raudo vuelo,

y el encendido anhelo
125

con que a venir en vano te convido

más exacerba mi tenaz desvelo.

   Depón al cabo tu crueldad avara,

dolido de mis cuitas,

excelso dios, que con potente vara
130

al cansado mortal tornas difunto,

y cual mago después le resucitas:

vénzate al fin mi ruego: ven al punto,

que del reloj vecino el suspendido

y dilatado golpe sonoroso
135

cuatro veces hirió mi atento oído;

y si más tu reposo

en venir se demora

a mi rendido pecho,

habré de abandonar el triste lecho,
140

duro potro sin ti, cuando el brillante

tálamo deje la rosada Aurora,

sin merecer siquiera

tan sólo breve instante

disfrutar de tu blanda adormidera.
145


    ¡Cuán vivamente anhelo

contigo hallarme a solas, sin testigo!

Mas apenas ¡ay cielo!

un instante consigo

quedarme solo faz a faz contigo;
5

   Súbitamente olvido

¡cuanto decirte mi pasión quería;

en lánguido gemido

fenece la voz mía;

y tú me ves indiferente y fría!
10

   Empaña negra nube

mis ojos, con tu luz deslumbradora;

ora a mi rostro sube

roja vergüenza, y ora

amarillez de muerte lo colora;
15

   Me ahoga la congoja;

tiemblo como del cierzo a los furores

tiembla la débil hoja,

o cual las leves flores

se doblan en los tallos tembladores.
20

   A compasión mi estado

te ha de mover o a risa: ¡trance impío!

y maldiciendo airado

el poco valor mío,

confuso de tu lado me desvío.
25

   De mi amoroso fuego

por señales clarísimas testigo,

si con la voz lo niego,

búrlase algún amigo

porque nunca cobarde te lo digo.
30

   Cual suele, lo murmura

hasta la extraña maliciosa gente:

   mi amorosa locura

a todos es patente:

Tú, su causa, la ignoras solamente.
35

   o si la sabes, muestra

tu indiferente rostro que la ignoras:

¿No sintió ayer tu diestra

mis manos tembladoras?

¿No habla de amor mi faz a todas horas?
40

   ¿Harto no te declara

mi palidez y súbitos sonrojos?

Aunque la voz callara,

¿no dije mis enojos

con el idioma mudo de los ojos?
45

   Hermoso ramillete,

matizado de vívidos colores,

fue tal vez el billete

donde escribí con flores

la vana confesión de mis amores.
50

   ¡Y en sus alas ligeras

usurpándome glorias y alegrías,

sin que entenderme quieras,

huyendo van los días

que tú encantarme con tu amor podrías!
55


1858.

    En su gruta la fiera, y en su nido

reposa el ave; yace el mar sin olas;

vierte el Sueño do quier sus amapolas

y de los males el sabroso olvido.

   Pero, por más que asalte tu sentido,
5

cerrar no logra tus pupilas solas;

tú solamente su precepto violas,

dando al trabajo lo que suyo ha sido.

   Mas de ti vanamente se querella;

con tan crecida prole, sin esposo,
10

es bien que veles sin cesar por ella;

   y el insomnio prefieras al reposo

con que, viéndote aún joven y bella,

te convida opulento voluptuoso.


I

   Despierta, y apercibe

la llama toda que en tu pecho vive;

tu esfuerzo dobla y tu valor, oh Musa,

por que con canto más sublime y grave

Hoy a cantar a tu Señor te atrevas:
5

¡Quién a mi labio enseña voces nuevas

dignas de su poder, con que le alabe,

y cantos no escuchados todavía!

¡Quién en su vuelo audaz venciendo al ave

que mas lejos se encumbra
10

del cielo azul por la infinita vía,

y, atrás dejando la inflamada esfera

del alto luminar que nos alumbra,

en Sión parara la veloz carrera,

y, oyendo allí a los célicos cantores,
15

del Eterno aprendiera los loores!

   O ¡quién hay que la cítara me preste

con que el real profeta

las obras del Señor magnificaba

en número celeste,
20

que de igualar soberbio no se alaba

osado acento de mortal poeta,

por que también mi verso

magnificar pudiera tu universo!

   Pero ¿cuál, entre tantas que mis ojos
25

miran, competidoras maravillas,

hijas, Señor, de tu creadora mano,

celebrará mi labio la primera?

¿Retrataré el vastísimo Océano,

que ya lame tranquilo sus orillas,
30

ya se hincha y se revuelve y ruge insano,

amagando cubrir la tierra entera?

¡Inútil amenaza! ¡vano miedo!

que, como de diamante alta barrera,

bien le aprisiona la invencible raya
35

que tu potente dedo

a sus furores señaló en la playa.

   Y ¿qué inmenso guarismo

abarcar jamás pudo

el escamoso mudo
40

vulgo que habita su insondable abismo?

desde el pintado pececillo leve

hasta el tremendo Leviatán gigante,

a viviente navío semejante

o a isla que se mueve:
45

arde, a su paso, el piélago, y se altera

como hirviente caldera,

y en riza espuma se dilata cano

como la cabellera de un anciano.

   ¡Cuán sublime la mar! ¡Cuál, a su abierta
50

ancha llanura, en términos incierta,

de tu inefable inmensidad, Dios mío

el sin igual concepto se despierta!

Y siempre que del puerto me arrebata

el vuelo del alígero navío,
55

cuando derrama su creciente velo

la vasta lejanía, y por doquiera

me circunda la doble

azul inmensidad de mar y cielo;

el interior reposo
60

¿Quién describir pudiera

y el hondo sentimiento misterioso

de que me siento todo poseído?

Pues entonces, Señor, en tu recuerdo

cual pez en ancho piélago, me pierdo,
65

y del mundo y de mí me ocupa olvido.

   ¡Quién como tú, Señor! pues, aunque sea

grande y ancha la mar a maravilla,

entre sus playas cabe;

y toda entorno mídela y pasea
70

el hombre osado con la aguda quilla

de leve frágil nave,

que a su ribera aborda más remota;

mas en tu inmensa idea,

Océano sin fondo y sin orilla,
75

con quien es breve gota

el anchuroso reino de Neptuno,

naufraga del pensar la navecilla.

   Mas ¿de qué material tu mano labra,

Señor, tales portentos? De ninguno
80

has menester: fecunda tu palabra

el seno oscuro de la Nada inerte,

que de su seno vierte

mundos tras mundos, hasta

que sonar oiga tu imperioso basta.
85

Como, al soplo del viento,

saltan sin cuento mínimas centellas

de las ardientes brasas,

así a tu soplo el vasto firmamento

se tachonó de estrellas
90

y fulgentes luceros que no tasas.

   Con ellos en el sol creó tu diestra

tu más sublime espléndido traslado,

que a nuestros ojos hechizados muestra

de tus divinas obras la armonía;
95

alma, vida, placer de lo criado.

Y la luna creó, del sol hermana,

quieta callada lámpara nocturna,

que en alumbrar la humana

mansión terrena con su hermano turna:
100

al caminante grata

y a triste solitario peregrino,

que, en nocturno camino,

su hermosa faz de plata

sin cesar considera,
105

y la juzga celeste compañera.

¡De arrobo cuántas horas y consuelo

mi corazón la debe!

¡Cuánto mirarla pláceme sin velo,

de la mitad del cielo enseñoreada,
110

vistiendo el llano con su luz de nieve,

y derramando luminoso hielo

que penetra hasta lo íntimo del alma

y del día el ardor serena y calma!

II

   Y así como crear no fue tarea
115

para tu omnipotencia descansada

y bastar pudo de tu labio un sea

para que el mundo fuese,

así fuerza será que de la nada

al hondo seno maternal regrese,
120

cuando falte decir fuere tu agrado;

pues sólo tu querer omnipotente

lo creado sustenta eternamente,

y dél el universo esta colgado.

   Como mirar entretenido suelo
125

vano aéreo palacio

que tal vez el acaso caprichoso

edifica de nubes en el cielo,

y repentino viento en breve espacio

lo deshace veloz y desordena;
130

o cual frágil arena

con que levanta torres un infante

que derriba su mano en el instante,

así tú el día del final jüicio

del orbe destruirás el edificio.
135

   Pestes y hambres serán, y universales

asoladoras guerras,

de tan tremendo día las señales;

y, cubriéndose sol y estrellas puras,

se quedará la Creación a oscuras;
140

sus olas empinando como sierras,

tan horrendos bramidos

levantará la mar embravecida,

que de pueblos distantes

con espanto mortal serán oídos,
145

y al fin los lindes le darán salida

que no salvaron sus furores antes;

y, en continuo vaivén, de polo a polo

el globo temblará como un navío

en mar airada que alborota Eolo;
150

y todo habrá de ser horror y asombros,

hasta que aquel que aquí profetizolo

baje en toda su gloria y poderío

del incendiado mundo a los escombros,

a juzgar a los vivos y a los muertos,
155

con la trompeta del querub despiertos.

¿Quién entonces podrá del juez augusto

sin mortales desmayos

el rostro contemplar? de sus giradas

iracundas miradas
160

¿Quién resistir los deslumbrantes rayos?

A su presencia temblara hasta el justo

cuya vida jamás manchó pecado,

y el mártir temblará, de espanto lleno;

y, si aun él temblará, ¿cuál del malvado
165

habrá de ser la confusión y susto,

cuando a é se vuelva tu furor y le hable

de aquella voz el espantoso trueno,

y le lance tu fallo inapelable

al vengador abismo, cuyas puertas
170

jamás serán por tu perdón abiertas?

   Mas, mientras llega el postrimero día,

de tus justicias el rigor tremendo

tal vez recuerdos suyos nos envía:

como cuando al ruinoso terremoto
175

mandas, que desalado de repente

llega con sordo subterráneo estruendo,

cubriendo el alma de pavor ignoto:

el suelo como el mar se hunde y levanta;

el polvo entenebrece el aire todo;
180

de la cima a la planta,

cual gigante beodo,

tiembla y vacila la encumbrada torre;

huye del muro y suspendido techo

y a las plazas y campos rauda corre,
185

en confuso tropel, la triste gente,

que, de espanto amarilla,

y con rápida mano hiriendo el pecho,

dobla en tierra la trémula rodilla:

   O como cuando sueles
190

recorrer los espacios celestiales

en tu ligero reluciente coche

que arrebatan sonantes vendavales,

tus alados prestísimos corceles.

En repentina noche
195

cambiar se mira el refulgente día;

sordo retumba cual cañón el trueno,

los relámpagos brillan cual espadas;

rasga el cielo y vacía

sus hondas cataratas; guarda el seno
200

de la tierra a las fieras espantadas;

mira el villano, de defensa ajeno,

anegadas, deshechas

las futuras cosechas,

que cual presentes la esperanza goza,
205

mientras el techo frágil y pajizo

de su desnuda choza

apedrean las nubes con granizo.

Mas, deponiendo tu irritado ceño,

con la luz nos devuelves la esperanza,
210

y en los aires descoges el risueño

arco listado de colores siete,

que, recordando la feliz alianza

que con Noé ya hiciste, nos promete

que nunca otro segundo
215

diluvio de agua ha de inundar el mundo.

III

   Tuya es, Señor, la tarde,

cuando, al tocar la cotidiana meta,

entre las olas arde

el rojo disco del mayor planeta:
220

entonces de la sacra Ave María

la lenta melancólica campana

llorar parece el moribundo día;

cesa el duro trabajo, y al reposo

se da y al suello la familia humana,
225

y queda el orbe oscuro y silencioso:

tuya es también la aurora,

cuando del sueño el mundo resucita

y el santo bronce con su voz sonora

el hombre llama a tu mansión bendita,
230

a darte humildes gracias en tal hora,

pues en la dulce vida

aún conservarnos bondadoso quieres.

y con nuevo vigor a la faena,

por la pasada noche interrumpida,
235

ya torna cada cual; y do quier suena

el rumor de oficinas y talleres.

   Tú en altos montes nuestro globo elevas,

cual gigante sostén del firmamento,

y ya en valles le bajas y quebradas,
240

por que así con escenas siempre nuevas

y bellezas sin cuento

se deleiten del hombre las miradas;

tú, en las alpestres rocas,

capaces grutas y profundas cuevas
245

abres, cual negras bostezantes bocas:

tú con puro inexhausto licor frío

las hondas fuentes cebas;

por ti nunca de andar se cansa el río

que viaja sin cesar al océano,
250

y nuestra vida rápida retrata;

por ti, cual sierpe de brillante plata,

por el herboso suelo

va jugueteando músico arroyuelo:

Tú das a las montañas
255

marmóreas y metálicas entrañas,

y alta cimera de perenne hielo:

tú cubres de la tierra la ancha espalda

con rico manto de verdor y flores;

tú el rubí leonado y la esmeralda
260

escondes en su seno, y el diamante

que al sol hurta sus claros resplandores,

rey de las otras piedras arrogante;

y cuantas piedras bellas,

uniendo el resplandor a los colores,
265

son rivales en luz de las estrellas

y en los ricos matices de las flores.

   ¿A quién, Señor, sino a tu diestra sola

debe el ave la armónica garganta,

con que hinche de dulzura la arboleda,
270

cuando el alba los cielos arrebola?

Mas al bello pavón, porque no canta,

vistes con fina matizada seda,

y pintas de su cola,

sembrada de ojos mil, la vasta rueda,
275

que se abre cual magnífico abanico

de pedrería salpicado y rico.

Mas, aunque tan hermoso, no presuma

la palma merecer de beldad suma:

al picaflor la ceda,
280

al picaflor que abeja o mariposa

imita por lo breve y, al par de ellas

del néctar se sustenta de las flores,

y en esmaltada pluma

es, como la menor, la más hermosa
285

entre las aves do la tierra bellas.

   Por ti, Señor los euros voladores

el águila soberbia desafía,

que tan veloz hasta los cielos sube,

cual baja el rayo de la negra nube;
290

y a sus felices ojos solamente

su faz deslumbradora

el sol radioso contemplar consiente:

mas ya cedió el imperio de los vientos

al cóndor peruviano;
295

que a la misma región donde tu mano

la menor ave cría,

dar así también sabes

el gigante monarca de las aves.

    Tú armas de agudas astas
300

la frente dura del valiente toro,

a quien provoca el hombre y amenaza

y vence y mata, de la llena plaza

entre el tumulto y aplaudir sonoro;

y entre torcidos cándidos colmillos
305

dobla por ti su dilatada trompa

el enorme elefante,

que, sustentando torres y castillos,

de las bélicas marchas en la pompa,

semeja viva fábrica ambulante.
310

   Das a la hiena temerosos ojos,

en viva sangre rojos;

al viajero camello,

nave de los desiertos, largo cuello,

y breve monte en prominente giba;
315

del tigre y la pantera tus pinceles

pintan a manchas las hermosas pieles;

y a ti debe el león su frente altiva,

y su roja melena,

de su cabeza natural corona
320

que por rey de las fieras le pregona,

y que, airado, sacude y desordena;

y a los roncos rugidos

con que la selva atruena

tiemblan los animales pavoridos.
325

Ligera diste voladora planta

y de ramosa cornamenta el alto

adorno al vividor medroso ciervo,

que de su propia sombra huye y se espanta;

paciencia de que nunca se vio falto
330

en su eterna tarea,

al torpe asno, del hombre humilde siervo,

y valor al caballo y hermosura,

en cuya espalda aquél viaja y pasea,

y le acompaña en la marcial pelea,
335

al freno dócil y a la espuela dura.

¿Mas qué diré del can, entre animales,

de tu bondad clarísimo testigo,

espejo de leales,

del hombre fiel inseparable amigo,
340

y valiente guardián de sus umbrales;

última compañía

del solitario mísero mendigo

y de la noche de sus ojos guía?

   Tu poder y sin par sabiduría
345

resplandecen do quiera; y a porfía,

desde el humilde lirio

que en el valle se oculta hasta el fulgente

astro remoto, y desde el vil insecto

al alado cantor del cielo empíreo,
350

narrándolas están en elocuente

sempiterno pregón todos los seres,

contentos igualmente de tus dones:

mas tales perfecciones

la demás perfecciones de que lleno
355

estás no eclipsa; y, pues no menos eres

que poderoso y sabio, dulce y bueno,

débate mi dolor que escuches pío

la ferviente oración del labio mío.

IV

   Los ojos vuelve a mi adorada tierra,
360

mansión antigua de fraterna guerra:

desventurada madre cuyo seno,

como de sierva ruin, hiere y maltrata

la torpe mano de su prole ingrata:

de la Discordia insana pronto freno
365

pon a las iras; el Orgullo loco

e hidrópica Ambición nunca contenta,

a quien la sed el refrigerio aumenta,

en este suelo humilla,

donde la igual República igualmente
370

a todos todo ambicionar consiente;

tu diestra ensalce a la suprema silla

modesto ciudadano

que ame la patria con amor romano.

Con tu ciencia y doctrina
375

nuestros legisladores ilumina,

y santifica con vigor su pecho,

por que del mando injusto

al despótico gusto

no los rinda temor o vil provecho;
380

de parecer se afrente compra y venta

la Justicia avarienta;

no de las mismas manos desleales

en que es mengua mayor tanto delito,

con descaro inaudito
385

presa sean los públicos caudales;

no, como en pueril juego,

cambie de enseña y parte

una vez y otra el seguidor de Marte;

ni, de tu, santa Religión en mengua,
390

destruya tu ministro con su ejemplo

cuanto en el sacro templo

al pueblo predicó su indigna lengua.

   Y, pues fue la familia

el fundamento siempre del Estado,
395

de las mujeres la flaqueza auxilia,

en que de aquélla el peso esta fundado:

no, el lecho conyugal amancillando,

incierta el adulterio haga la prole;

de la virgen sencilla
400

el pudor arrebole

la modesta mejilla

a una sola mirada menos casta;

huya del peligroso galanteo

y vano juego de vulgar Cupido,
405

que la virginidad, del alma gasta

que celoso reclama el Himeneo;

y pueda, esposa, recordar un día

que a un acento amoroso

jamás abrió el oído
410

sino del labio de su dulce esposo.

    No al hijo la materna idolatría

con el regalo engría

que postra el cuerpo y afemina el alma,

ni el exceso enemigo
415

de su ternura impune deje ahora

la falta, de otras mil engendradora

sin el justo benéfico castigo.

Y, si en el labio maternal aduna

la dulce persuasión todo su encanto,
420

inspírele con él desde la cuna

el amor de la patria sacrosanto;

y con las madres de la antigua Esparta

la alabanza comparta,

y aun les gane de fuertes la corona,
425

cada peruana varonil matrona.

   Tú quisiste que grande entre Naciones

la hermosa tierra de los Incas fuera:

¿Mas, di, no la colmaste de tus dones

que otra cualquier región del Nuevo Mundo,
430

y aún de la tierra entera?

¿Claro ingenio no diste a sus varones?

¿El suelo no blasona más fecundo

que el sol en ambos mundos considera?

¿do quier antigua fama no relata
435

que inundó su opulencia el universo

con ríos de oro y piélagos de plata?

¿No la privilegiaste con tesoro

que le tributan de la mar las aves

y cuyo humilde nombre al grave verso
440

veda decir poético decoro?

Mas de tales presentes

y otros mil, A que el labio viene escaso

que contarlos procura, ¿te arrepientes?

¿Cambiarse pudo tu designio acaso?
445

De nuestro llanto y aflicción te apiada,

y compasivo mira

cuán larga edad el peso de tu ira

la dejara a sí sola abandonada:

alárgale, Señor, la diestra fuerte,
450

y del profundo abismo

do la infeliz perece, la levanta;

deja que cumpla la gloriosa suerte,

que le quisiste señalar tú mismo,

al darla dones con largueza tanta.
455

V

   Y, si después de haber alzado el ruego

por la patria infeliz, sin desacato

me es dado por mí propio alzarlo luego,

de la muerte, Señor, vivo retrato

mírame, cuando apenas
460

de la mitad primera me despido

del lustro quinto de mi vida; grato

tiempo para otros, al amor debido,

mas, como la vejez, lleno de penas

para el que lento mal mina y devora:
465

de Hipócrates al arte

demandé en vano mi remedio; en vano

Lisonjera esperanza engañadora

me hizo surcar el húmedo océano;

ni así consigo que de mí se aparte
470

mi extraño mal; para tornarme sano,

dame tu voluntad, sola bebida

que me pudiera devolver la vida.

   Baje a mis preces tu piedad su oído,

y la salud infúndame tu aliento;
475

mas que para mí propio y mi contento,

para mi cara patria te la pido.

No me dejes morir tierno mancebo

que nada hacer en su provecho pudo,

y en mí, robusto pon un hombre nuevo,
480

que en juventud activa

para el servicio de la patria viva.

   Bien sé que estás, Señor, de mí ofendido,

y son tan numerosos mis pecados,

vuelta en naturaleza la costumbre,
485

que es fuerza que en el seno del olvido

los sepulte su misma muchedumbre;

mas ¿qué gran pecador que, arrepentido,

a ti volviera, halló jamás cerrados

los brazos que en el áspero madero
490

abriste a recibir al mundo entero?


1858.

Noche serena en el mar

    A que admires extático conmigo

de estiva noche la beldad extraña,

con presta planta sube

al techo de la nave, dulce amigo:

en la mitad del cielo, que no empaña
5

la más delgada transparente nube,

brilla la blanca luna,

y en la mar que parece ancha laguna,

por sosegada y lisa,

mayor su rostro copia; fresca brisa
10

roza apenas la faz, pura y suave,

como el húmedo aliento de la noche;

ondas divide la sonante nave

con ruedas que alzan espumosa nieve,

como marino gigantesco coche
15

que sin caballos por el mar se mueve.

Al ver tan s o mar y firmamento

que limitan a vista por do quiera,

¿no sientes dilatarse tu alma, dime,

y henchirse del profundo sentimiento
20

que engendran lo infinito y lo sublime?

¿De tu pocho no huyó la pena fiera

con que tu corazón en tierra gime?

de nuestra móvil casa de madera,

apenas el vaivén la planta siente:
25

¡Tan rauda a un tiempo y blanda

sobre las olas adormidas anda!

Aquí pues, platicando suavemente,

nos halle el nuevo día

en dulce compañía,
30

que a desdeñar del sueño

el reposo halagüeño

la noche nos convida,

por mirar su hermosura esclarecida;

y aún ser puede que en noche tan serena,
35

según relatan los parleros viejos

marineros, oigamos a lo lejos

el canto dilatado en el espacio

de la dulce Sirena,

que del divino son con la cadena
40

llevar nos quiera a su húmedo palacio.


1858.

    Siempre que miro, Clorinda,

tu hermosura, te cotejo

con el indio tominejo,

por lo pequeña y lo linda:

   por su pequeñez graciosa,
5

entre las flores semeja,

aún más que pájaro, abeja

o brillante mariposa.

   Es su pico fina aguja,

dos puntos sus ojos son;
10

mas con tanta perfección

el Creador la dibuja,

   que en hermosura rival

no conoce esta avecilla,

y a su plumaje se humilla
15

el soberbio pavo real.

   Hermosura tan extrema

adorna al pájaro mosca,

que fuera sin lustre y tosca

joya de imperial diadema,
20

   que innumerable caudal

a su noble dueño cuesta,

comparada con aquesta

viva joya natural,

   do las plumas verdes, gualdas,
25

azules y carmesíes,

topacios son y rubíes

y zafiros y esmeraldas.

    Se esmeró Natura en ella,

y juzgar así se debe
30

que sólo la hizo tan breve

para formarla, más bella.

   Pues, si en el ave menor

ostentó su mejor obra,

a la que en belleza sobra
35

lo que le falta en grandor,

   no te pese no ser alta,

oh graciosa criatura,

si te sobra en hermosura

lo que en tamaño te falta.
40


1858.

Retrato de Elena

    ¿Dónde, Elena, en qué parte

del tan vario universo,

hallar podrá mi verso

bellezas a que pueda asemejarte?

¿Con qué esfuerzo del numen o del arte
5

acertaré a formar tu fiel traslado?

Entre imágenes tantas que, de aquellos

y estos objetos bellos

que ofrece a los sentidos lo creado,

en sus inmensos senos cada día
10

la memoria riquísima atesora,

¿Cuál tan sublime imagen y tan pura

elegirá la amante fantasía,

para pintar ahora

tu milagrosa y única hermosura?
15

   Cedan de hoy más la palma y alabanza

los pardos, negros y celestes ojos

a los divinos tuyos, que colora

con su verdor alegre la Esperanza:

la mejilla lozana
20

de la rosada Aurora

iguala apenas la lustrosa grana

que en tu fresca mejilla

aun de la rosa el rosicler humilla;

humilde tributario
25

es de tu blanca tez el mármol pario;

y al oro envidia diera

tu riza y abundosa cabellera;

merecedora de adornar un día,

coronada de estrellas,
30

la vasta frente de la Noche umbría.

   De la Ciprina Diosa

la más bella afamada estatua griega,

de que hace alarde el orgulloso Louvre,

a la vista dichosa
35

del que anhelante a contemplarla llega,

más puras bellas formas no descubre

que las que sufre tu pudor sin velo;

sirviéranle tus brazos de modelo,

a escultor que quisiera
40

devolver, completando su hermosura,

a esta de Venus copia verdadera

los que hoy llora perdidos la Escultura;

y afrenta son de los rosados dedos

con que el Alba rïente
45

abre las puertas del dorado Oriente

al sol que vuelve a los mortales ledos,

los que rematan tu pequeña mano,

tu linda mano de rosada nieve

bajo la cual apenas
50

el néctar puro a azulëar se atreve

de las delgadas transparentes venas.

   Mas ¿quién dirá la gracia soberana

que aumenta tus hechizos

y que en tu acto menor luce patente?9
55

Cuando, al volver tu majestuosa frente,

mueves los blondos rizos,

o las miradas giras suavemente,

o tu boca risueña

perlas entre corales nos ensena,
60

abierto el mismo cielo se divisa.

No con tan dulce celestial sonrisa,

donde aún templar parece Amor su dardo,

se esta riendo la divina Lisa

en el lienzo inmortal de Leonardo10.
65

   Tu voz tan blanda suena,

que semeja tu hablar un dulce canto;

Mas, si cantas, vencida la Sirena

envidiosa te escucha con espanto;

y arroja, ardiendo en ira,
70

la menos dulce lira,

cuando, animado por tu diestra mano,

brota sublimes mágicos acentos,

y es el rey el piano

de músicos sonoros instrumentos.
75

   Es tu andar tan airoso y elegante,

que parece que fueras, escuchando

de música incesante

el süave son blando,

con el que vas acompasando cada
80

movimiento y pisada:

irresistible gracia en todo muestras:

de cuanto dices o haces las divinas

gracias te son maestras,

a ti siempre vecinas;
85

la perfección en fin nos pasma y ciega

que tu persona bienhadada enjoya,

y la beldad recuerda de la Griega,

cantada ruina de la excelsa Troya;

te adora reverente
90

quien de mirarte alcanza la ventura,

como imagen de Dios, que al bajo suelo

tu beldad estupenda

conceder quiso, en generosa prenda

de las que encierra el prometido cielo.
95


1858.

Sueño de un malvado

    Durmiose; y al profundo abismo luego

le parece que baja despeñado,

donde castiga inextinguible fuego

a cuantos mueren en mortal pecado,

   y donde son las penas tan atroces,
5

que las mayores penas terrenales

son ilusiones y parecen goces

junto a aquellos tormentos inmortales.

   Él, a quien enseñó Filosofía

que mueren alma y cuerpo juntamente,
10

él, que del fuego eterno se reía,

ya, ya se mira en la ciudad doliente.

   ¡Ay! ¡qué voces extrañas! ¡ay! ¡qué lloro

desesperado hiere sus oídos!

¡Ay! ¡qué confuso ensordeciente coro
15

de gritos, de blasfemias y gemidos!

   De hirsuta cola y retorcido cuerno,

ya lo circunda enjambre numeroso

de los feos señores del Infierno,

más feroces que toros en el coso.
20

   Prueba de ellos a huir; y a cualquier lado

un furioso demonio ve delante;

crudos hieren su cuerpo desdichado

con saetas de fuego penetrante,

cuyo incendio con tal viveza siente,
25

que súbito del sueño se recuerda,

dando por el terror diente con diente,

temblando todo cual vibrada cuerda.


1858.

    Duerme el anchuroso suelo;

mas con tristeza importuna

yo solo gimiendo velo;

y tú, solitaria luna,

velas también en el cielo.
5

   Y me parece que, en tanto

que los ojos fijo en ti,

tú me miras desde allí,

y al ver mi copioso llanto,

te compadeces de mí.
10


1858.

I

   Contemplando callaba embelesado,

feliz visitador, a dos doncellas,

tan puras y graciosas como bellas,

y bellas ambas en el mismo grado:

   mas, apenas llegaste, y el estrado
5

alto asiento te diera en medio de ellas,

como ante el sol se apagan las estrellas,

así se oscurecieron a tu lado.

   que, como el mismo sol humanas teas,

así tú, Elena, a las demás mujeres
10

cubres con tu luz fúlgida y afeas.

   Cesan contigo varios pareceres,

y aunque la sola en ignorarlo seas,

tú la beldad de las beldades eres!


II

   Cuando contemplo el delicado velo

que a tu alma bella da digna morada,

y pienso que beldad tan extremada,

de ideal perfección tipo y modelo,

   ha de sentir de la vejez el hielo,
5

y que la Muerte con su mano airada

ha de sumirla en espantosa nada,

de ley tan dura con horror me duelo.

   Mas ¿qué diciendo está mi Musa impía?

¿Alta revelación no me asegura
10

que, gloriosa y mas bella todavía,

   la de mí tan amada vestidura

ha de resucitar el postrer día

para unirse de nuevo a tu alma pura?


1858.

Delante del cuadro de Rafael Sancio

Conocido con el nombre de «Pasmo de Sicilia»

    ¡Al fin te miro, oh del divino Sancio

cuadro sublime, ni al Tabor segundo11,

Pasmo, no de Sicilia, mas del mundo;

donde rendido al humanal cansancio,

se ve doblar en tierra la rodilla
5

al Dios de quien espántase el profundo

y a quien la suya el querubín humilla!

¡Ved al peso doblarse del madero

al que sustenta el universo entero:

asida o dura piedra la sagrada
10

y creadora diestra omnipotente

que sacó las estrellas de la nada:

de espina punzadora

ved coronada la divina frente

que a los cielos suspensos enamora!
15

   Allí la amante madre congojada,

Por Juan y Magdalena sostenida,

Con sus brazos abiertos le convida

Y le envía ternísima mirada:

¿Qué corazón tan duro no se apiada
20

y se derrite en llanto

al ver, oh madre, tan atroz quebranto?

Esta es aquella dolorosa espada

que a tu materno pecho

el inspirado Simëón predijo:
25

este el tormento insano

que acibaró a tu amor desde temprano

la gloria de ser madre de tal hijo.

   Mas no miro, oh Jesús, dolor terreno

en tu rostro sereno;
30

y claro muestra tu mirar divino

que si las agrias postrimeras heces

del hondo cáliz del dolor apuras,

voluntario padeces,

y que eres aquel Dios que al mundo vino
35

a salvar a sus tristes criaturas.

   Mas tú, ¿cómo pudiste, ángel de Urbino,

copiar así el semblante, fiel traslado,

vivo espejo del Padre enamorado?

solo tu alma podría
40

de un Dios interpretarnos la agonía;

y como si, doliente

pío testigo entre la cruda gente,

el sublime holocausto hubieras visto,

nos representas el dolor de Cristo.
45

   Do quier se mira respirar la escena,

de tanta vida y movimiento llena,

que hasta parece a quien, al ver tan rara

verdad, se indigna y se estremece y llora,

que la memoria fiel la retratara
50

y no la fantasía creadora.

   Ni grito o voces a los labios pido,

que en cada rostro da tu viva tabla

más la expresión a las miradas habla

que hablaran las palabras al oído.
55


1859.

    Cuando el sol, al ocaso ya vecino,

alumbra el mundo con fulgor incierto,

mis pasos solitarios encamino

al vasto muro del hercúleo puerto;

que, triste e ignorado peregrino,
5

en Cádiz vivo como en un desierto,

y de la ausencia la aflicción no engaña

ciudad tan bella de la bella España,

   Y el codo en la muralla y en la palma

la faz, mirando el océano inmenso,
10

que ya sus ondas y murmullos calma,

en patria y madre enternecido pienso;

y traspasando arrebatada el alma

del postrer horizonte el velo denso,

vuela al suelo natal, y con la mente
15

a mi dulce familia estoy presente.

   Al contemplarte, Atlántico océano,

mas el amante corazón extraña

las dulces playas del Perú lejano;

que, aunque el mar tú no seas que las baña,
20

eres al menos mar americano,

y senda me será tu azul campaña

para tornar a su adorado seno

por el que lloro y sin descanso peno.

   Y no miro jamás rápida vela
25

Tus ondas navegar hacia occidente,

Que no imagine que a los puertos vuela

del dulce suelo que suspiro ausente:

copioso llanto mis miradas vela,

y envidia tengo a la dichosa gente
30

que a tus orillas anheladas parte

y en breve, oh patria, logrará mirarte.

   Y tú que te despides, a la fría

luna dando lugar, y al hemisferio

opuesto occidental llevas el día,
35

fulgente rey del celestial imperio,

saluda, oh sol, por mí a la patria mía,

y dí que un hijo desde suelo iberio

tierna memoria le envïó contigo

y te hizo de sus lágrimas testigo.
40


1859.

A la srta. D.ª Juana Y***

    Adiós, dulce amiga mía,

mas que mi amiga mi hermana,

que, aunque hace aún breve tiempo

que logré la dicha rara

de conocerte, me debes
5

tal cariño, amistad tanta,

como si te conociera

desde mi primer infancia;

si bien el cielo sus dones

te concedió tan sin tasa
10

y en tan alto extremo tel hizo

afable, modesta, casta,

de tan süave prudencia

y agudo ingenio adornada,

que para adorarte siempre
15

verte una vez sola basta:

omitiendo el verso mío

tu beldad, aunque extremada,

pues le sobra el ser hermosa

a la que prendas y gracias
20

en sí atesora, que en vano,

por ser tales y ser tantas,

quiere sumar el guarismo

ni ponderar la alabanza.

   Adiós, Juana; acaso nunca
25

torne yo a tu bella España;

tal vez nunca en esta vida,

la crüel fortuna avara

me dará que a verte torne

triste suerte del que viaja.
30

Mas cierta está que tu imagen,

entre las más gratas grata,

vivirá en mí, vencedora

del tiempo y de la distancia;

y cuando mi planta errante
35

halle reposo en mi patria,

con mi idolatrada madre

y mis hermanos y hermana,

de ti hablaré muchas veces,

de ti, y de tu madre cara,
40

que el postrer eterno sueño

duerme ya en la tumba helada.

Y les diré que mil veces

con vosotras largas pláticas

tuve de ellas, y que siempre
45

por ellas me preguntabais;

que largamente la historia

de mi familia os contaba,

y que tal vez de mi madre

me oísteis las tiernas cartas,
50

en bello piadoso llanto

las pupilas arrasadas.

   ¡Cuánto tengo de acordarme

de vosotras! ¡Cuantas, cuántas

veces, al sentir los tiros
55

de la fortuna contraria,

los desengaños del mundo

y de la envidia la saña,

a lo pasado volviendo

las anhelosas miradas
60

en busca de algún consuelo

a mi presente desgracia,

habré de acordarme que hubo

dos nobles piadosas damas

que con el triste extranjero
65

fueron benéficas hadas;

que, indulgentes con mi extraño

genio y condición extraña,

cual madre y hermana pueden,

disimulaban mis faltas;
70

a quienes mis tristes quejas

debieron preciosa lástima,

y que, si entonces me vieran,

de mis penas apiadadas,

como en un tiempo solían,
75

afables me consolaran:

una digo, que la otra

es presa ya de la Parca.

   Mas perdona, dulce amiga,

si renuevan mis palabras
80

en tu tierno filial pecho

la triste memoria amarga

de tu antigua compañera

de tu madre idolatrada,

que te dejó con su ausencia
85

en el mundo solitaria.

si yo que la traté apenas

como un hijo llegué a amarla,

¡Cuánto has de llorar sensible

a madre tan buena y santa,
90

tú que desde que naciste

nunca de ella te apartaras;

que nunca con dulce esposo

quisiste, aunque codiciada,

partir el inmenso afecto
95

que en ella sola cifrabas;

que, lejos del mundo vano

y de sus fiestas y galas,

otra fiesta no tenías

que estar con tu madre cara,
100

para quien ella era todo

y sin ella todo nada!

   ¡Cuál me quedé, cuando supe

de su muerte inesperada

la noticia que me dieron
105

cuando con ligera planta,

de abrazaros impaciente,

me acercaba a vuestra estancia!

¡Qué ajeno mi pensamiento

del fatal suceso estaba!
110

¡Qué alegre día y dichoso

en la sociedad de entrambas

a mi amistad prometía

la lisonjera esperanza!

Pero le pasé ¡cuan triste!
115

contigo y sin ella, Juana.

Avivose a mi presencia

de tu dolor la honda llaga,

y fueron nuestros saludos

ayes, gemidos y lágrimas,
120

¡Cuánto te hallaron mis ojos

en breve tiempo cambiada!

¡Cómo tus dolientes quejas

me traspasaban el alma

¡Qué suspiros te salían
125

de lo hondo de las entrañas!

De consuelo y sufrimiento

voces mi labio no hallaba,

que no pareciesen todas

en tan grande duelo vanas.
130

   Y cuando, variar queriendo

nuestra tristísima plática,

a hablarte empezé del viaje

que he de hacer presto a mi patria,

y te encarecí lo recio
135

que el paso de la mar vasta

el pensamiento le pinta

a mi enferma salud flaca,

aunque término dichoso

sean del Perú las playas,
140

y dulce madre me espere

y prendas que adora el alma,

llorosa me respondiste

con voz así entrecortada:

«¡Ojala yo hacer pudiera
145

»otro largo viaje, para

»volver a ver en la tierra

»viva a mi madre adorada!

»¡Pluguiera a Dios, aunque fuese

»doble, triple la distancia:
150

»aunque fuese al fin del mundo;

»aunque sola, a pie, descalza,

»enferma y mendiga, hubiera

»de hacer la larga jornada,

»y cuantos fieros trabajos
155

»puede sufrir la constancia

»fuerza padecer me fuese,

»con tal que a ver la tornara!»

Y cuantos asuntos iba

cambiando piadosa maña
160

en tu querida difunta

todos así remataban;

como en sabia sinfonía,

una juntamente y varia,

donde en el tema que reina
165

se convierten y rematan

todos los nuevos concentos

con insensible mudanza;

o como en aquellas tristes

canciones en donde cada
170

estrofa es fuerza que acabe

con unas mismas palabras.

   Ni fue menos triste día

el que contigo pasara,

cuando me brindó tu mesa
175

tu suave cortés instancia:

¡Ah! ¡qué fiesta tan alegre

la amistad y la confianza

hubieran tenido entonces,

si ella nos acompañara!
180

Como allá en Madrid un día

en nuestra común morada,

do para su dulce Cádiz

me convidó veces hartas.

¡Ah! ¡qué placenteras tardes!
185

¡Ah! ¡qué agradables mañanas!

Ah! ¡qué pláticas sabrosas

sin término prolongadas!

   Tú de tu madre quisiste

cumplirme el convite, Juana;
190

pero más valido hubiera

que tal convite excusaras.

Pues ¿cómo, dime, pudimos

tener de manjares gana,

cuando crüeles recuerdos
195

el pecho nos lastimaban,

viendo el asiento vacío

de nuestra cara Doña Ana?

Pudo nuestro labio apenas

balbucir voces escasas,
200

pues el dolor nos ponía

un dogal en la garganta;

y, vanos nuestros esfuerzos

para gustarlas, intactas

quitó la afligida sierva
205

cuantas exquisitas viandas

fueron por tus manos mismas

con esmero preparadas;

y nos levantamos hartos

sólo de tristeza y lágrimas.
210

   ¡Ah! si consuelo en el mundo

hay para pena tamaña,

¡Dilatártele no quiera

la clemencia soberana!

Yo se lo pido; o al menos
215

suave y lentamente vaya

el tiempo desenconando

tan viva profunda llaga;

torne a florecer un día

el abril de tu esperanza;
220

dete el Señor el esposo

que tú mereces; y en larga

vida apacible y tranquila,

de venturas rodëada,

tan querida esposa y madre
225

sé, como fuiste hija cara.

   Mi dulce esperanza es ésta;

éstas mis más vivas ansias;

y que de mí algunas veces

te acuerdes, y tus plegarias
230

al cielo devota eleves

para que de mi desgracia

el fiero rigor se temple,

y halle al fin salud y calma.

Mas, si te llegó la nueva
235

de que fallecí en temprana

edad, a manos de antigua

honda enfermedad extraña,

que mi juventud florida

en odiosa vejez cambia,
240

de Clemente a la memoria

piadoso llanto derrama,

y de tu difunto amigo,

allá en la noche callada,

cuando por tu madre reces,
245

reza, Juana, por el alma.


1859.

    Alma que en cadenas graves

vives triste o infeliz,

y ya en tu prisión no cabes,

como el ave, de las aves

coronada emperatriz,
5

   que, aprisionada, no deja

su altivo instinto rëal,

y aletëando forceja

por romper la dura reja

de su cárcel de metal:
10

   de tu triste hermano, a quien

casi moribundo han puesto

tu inquietud y tu desdén,

piedad generosa ten,

ni quieras romper tan presto
15

   la misteriosa lazada

con que la mano de Dios,

al enviarte desterrada

a esta doliente morada,

un ser formó de los dos.
20

   Calma ese encendido anhelo,

sufre esa angustia mortal;

de Dios aguarda el consuelo

de desplegar libre vuelo

a la patria celestial.
25


1859.

Santa Teresa

    Con voladora pluma que no cesa,

y ardiente estilo que las almas doma,

la divina Teresa

los conceptos altísimos expresa

que le dicta la célica Paloma.
5

   Y sobre los sublimes inflamados

renglones, suspendidos tras la silla,

dos ángeles callados

inclínanse curiosos a ambos lados,

leyendo con placer y maravilla.
10

   Y, cual de aplauso y de contento en muestra,

se miran sonriendo entre sí a veces,

con la inclinada diestra

mostrando de la mística maestra

cada alto rasgo, los divinos jueces.
15


1859.

    «Infeliz enamorado,

de la ciudad el estruendo

vengo solitario huyendo

a este triste despoblado,

   donde tú solo a mi acento
5

y alto gemido doliente,

respondes con balbuciente

lengua sonora de viento;

       repitiendo la postrera

sílaba de cuanto digo,
10

como invisible testigo,

que remedándome fuera.

   Y como en su soledad

compañía necesita

mi alma a quien decir su cuita,
15

cual histórica verdad

   a admitir mi fantasía

la hermosa fábula llega

que de ti fingió la griega

risueña Mitología.
20

   Ni te reputo ya un vano

compuesto de aire y sonido,

sino un errante afligido

viviente espíritu humano.

Sí, tú fuiste ninfa bella
25

de locuaz habla ingeniosa,

a quien de Jove la esposa

privó para siempre de ella,

   cuando, yendo de su infiel

esposo en busca, su curso
30

detuvo tu hábil discurso,

mientras se escapaba él.

   Mas tu desdicha mayor

no fue tan dura mudez;

que el que en eterna niñez
35

vive, crudísimo Amor,

   tu pecho acertó a prender

en la beldad de Narciso,

del que a sí mismo se quiso,

como un hombre a una mujer,
40

   cuando por la vez primera,

de una fuente en el cristal,

terso espejo natural,

vio su figura hechicera.

   En mirarse embebecido,
45

con clavado inmóvil pie,

al cabo trocado fue

en la flor de su apellido:

   Del Olimpo vengador

justo con digno castigo
50

al rigor que usó contigo

y con el vulgo amador.

   ¡A cuántas ninfas y cuántas

robado la paz había,

que iban en pos noche y día
55

de sus adoradas plantas!

   Mas lo que en ti su desaire

en ninfa ninguna pudo,

que te adelgazó el agudo

dolor trocote en aire.
60

   Desde entonces moradora

eres de las soledades,

de Narciso las crueldades

lamentando a cada hora.

   Por la voz tan solo viva,
65

con rubor eternamente

huyendo vas de la gente,

de todo consorcio esquiva.

   Y, si alguien con pie veloz

por alcanzarte se afana,
70

siempre igualmente lejana

oye tu imperfecta voz.

   Pero tus pasos detén

a mi ruego; sólo intento

contigo hablar un momento,
75

quizá por tu propio bien.

   Que, si mis penas crüeles,

ninfa infeliz, escuchares,

de tus antiguos pesares

podrá ser que te consueles.
80

   «Como tú, yo amo también,

y a una bella el alma di,

como Narciso a ti,

me paga a mí con desdén.

   Como tu ingrato doncel,
85

de sí misma enamorada,

de la turba no se apiada

en idolatrarla fiel.

   Y a su constante rigor

no es escarmiento y aviso
90

el ejemplo de Narciso

trocado, por vano, en flor.

   Ni, ya que esquive la dura

pena del que amó su imagen,

teme que los años ajen
95

y marchiten su hermosura;

   que cual si toda la vida

debiera ser bella y moza,

simple no aprovecha y goza

su risueña edad florida.»
100

   Así lamenta sus males

un desdichado mancebo,

a quien paga hermosa dama

con desvíos sus obsequios;

y a sus lastimeros ayes
105

con humano triste acento,

como de oírle apiadada,

sólo tú respondes, Eco.


1859.

    ¡Con cuán fiel semejanza, dulce España,

tú sobretodo, bella Andalucía

me representas a la patria mía,

cuyo recuerdo siempre me acompaña!

   Tanto tu idioma al peregrino engaña,
5

de tus hijas la gracia y gallardía

y de tu puro cielo la alegría,

que tal vez no se juzga en tierra extraña.

   Mas presto el llanto a su pupila asoma,

y se aflige de nuevo el pecho amante,
10

cuando, advirtiendo en breve su error vano,

ve que, aunque en claro cielo, dulce idioma

y bellas hijas ¡ay! tan semejante,

no es este suelo al fin el peruano.


1859.

A una señorita bellísima

Que conocí en un baile la noche antes de partir de...

    Hermosísima reina del sarao,

con quien apareciera menos bella

la esposa desleal de Menelao,

como al rayo del sol la última estrella;

¡Ay! que mañana voladora nao,
5

mientras imprima aún su leve huella

en la blanda almohada tu mejilla,

me apartará por siempre de esta orilla.

   ¡Dichosa danza que tu talle estrecho

enlazar con na brazo me consiente,
10

y que lata de amor mi ardiente pecho

junto a tu pecho cándido y turgente,

y que tu aliento beba en quien sospecho

que Amor respira su vital ambiente!

¡Ah! de felicidad tan soberana
15

solo el recuerdo quedará mañana.

   Apenas te conozco, ya te pierdo,

cuando en mi corazón y en mi memoria

ha de durar eterno tu recuerdo:

así tal vez ensueños, transitoria
20

visión endiosa el alma que, en su acuerdo

volviendo al despertar, llora su gloria;

y yo así lloraré cuando despierte

sin esperanza de volver a verte.

   ¡Injustas quejas! vale más que, apenas
25

vista, te oculte a mí la suerte avara;

que por siempre cautivo en tus cadenas,

si más tiempo te viera, me quedara;

y, habitando por ti playas ajenas,

familia, patria, todo lo olvidara,
30

y aún la ambición perdiera y sed de fama

que a grandes cosas mi destino, llama.


1859.

A la muerte de D. Pío de Tristán

    Padre segundo de mi madre y mío,

que la cumbre ocupaste del Estado,

luego a lo eterno y santo consagrado,

viviste de la tierra en el desvío:

   tu fin, temprano al mundo, a ti tardío,
5

lamenta el pobre a quien contigo el hado

quitó amparo y sustento y padre amado,

¡Oh en la virtud, como en el nombre, Pío!

   Tu familia a quien fuiste muro fuerte,

y que eterna anhelara tu existencia,
10

su gozo en llanto perennal convierte;

   y a mayor duelo el hado me sentencia,

pues dos años y dos tu acerba muerte

para mí solo adelantó la ausencia.


1859.

Ansia del cielo

    Tal vez el cielo, que por noble patria

confiesa el alma, y sin cesar la llora,

doloroso contemplo y pensativo,

desde este triste valle de miseria

do prisionero vivo;
5

cual desde orilla mora,

en encendidas lágrimas deshecho,

mirar solía el Español cautivo

os verdes campos de su dulce Iberia,

al otro lado del hercúleo estrecho;
10

y, cual sus lazos destrozar ansiaba

para volver nadando a sus hogares,

las cadenas romper de la materia

así entonces anhela el alma esclava,

desnudándose fuerte
15

del natural espanto de la muerte.


A un recuerdo

    ¿Por qué do quiera sin cesar me veo

de ti, triste recuerdo, perseguido,

en vano renovándome el deseo

de volver a gozar el bien perdido?

   ¡Quién las aguas me diera del Leteo
5

donde la paz se bebe del olvido!

¿De qué horrendo delito me hice reo

para dolor tan largo y desmedido?

   Dulce felicidad desvanecida,

de mi memoria perenal castigo,
10

pues me diste tu eterna despedida,

y lejana esperanza ya no abrigo

de que te goce aún mi triste vida,

tu recuerdo perder debí contigo.


1859.

A la naturaleza

    Que fiel logre mi verso retratarte

consiénteme, inmortal Naturaleza,

tú que de la verdad y la belleza

eres madre en la ciencia y en el arte.

   Por poco que el mortal de ti se aparte,
5

en su profunda ceguedad tropieza;

mas, nunca escarmentada su flaqueza,

no cesa en todo tiempo de dejarte.

   ¡Cuántos vanos errores a porfía

reinar ves en tus locas criaturas,
10

muertos y renacientes cada día!

   Pasan ellos: tú sola eterna duras,

siempre brindando al Arte y a Sofía

de belleza y verdad las fuentes puras.


1859.

(Habla una joven)

    Oh de la triste humanidad verdugo,

de todo mal origen, Amor ciego,

¿Por qué, di, al que me abrasa en vivo fuego

no amarraste conmigo al mismo yugo?

   ¡Ingrato! un tiempo mi beldad le plugo;
5

mas por otra mujer me olvidó luego

y hoy desdeña crüel mi humilde ruego,

mi ardiente llanto que jamás enjugo.

   Y en vano esfuerzos y promesas hago

de olvidar a tan bárbaro enemigo
10

por otro que a mi amor de digno pago.

   ¡Ay! que adorarle menos no consigo:

antes le ruego más y más le halago

mientras más desdeñoso está conmigo.


1859.

    Duélese Pigmalión, la vista fija

sin cesar en su amada efigie hermosa,

de que espíritu humano no la rija,

y a Venus que la anime pedir osa.

   De una pasión tan nueva y tan prolija
5

dolida al fin, le concedió la Diosa

que muerta estatua, de sus manos hija,

a sus brazos descienda, viva esposa.

   Así la imagen que mi mente crea,

única a quien adora el alma altiva
10

y que no hay perfección que no posea,

   Divinidad permita compasiva

que, el ser dejando de impalpable idea,

en humana mujer se encarne y viva.


1859.

    Si de cristal transparente

Fuera el hombre, y si se viera

por esa viva vidriera

cuanto quiere, piensa y siente;

   ¡Cuán crecida turba impía
5

de males varios, ahora

del mundo reina y señora,

entonces ser no podría!

   No hubiera boca embustera,

ni hubiera hipócrita cara,
10

siendo fuerza que igualara

lo de adentro a lo de afuera.

   No fuera un nombre el deber,

ni fuera el amor un nombre,

ni fuera juguete el hombre
15

de la pérfida mujer.

   Ni de su amante cohorte

se burlara la coqueta,

ni diera entrada secreta

al vil galán la consorte.
20

   Ni, como suyo, a su seno,

erradamente amoroso,

el triste crédulo esposo

estrechara al hijo ajeno.

   Ni tantos amigos Judas
25

prendieran de paz con beso:

acabáranse con eso

las sospechas y las dudas.

   Fama y vulgar opinión

no fueran, para ensalzar
30

y deprimir a la par,

tan injustas como son.

   De libertad no engañara

con el nombre y el abuso

al mísero pueblo iluso
35

quien cadenas le prepara.

   Ni del culpado la pena

padeciera el inocente

que por delito aparente

el juez a muerte condena.
40

   Y en fin, preciando el mortal

tanto el parecer ajeno,

fuerza le fuera ser bueno

sólo por parecer tal.

   Y ¡cuántos también que son
45

hoy de nuestra envidia objeto,

al ver su dolor secreto,

nos causaran compasión!

   Entonces, mortal, supieras

quién te odia y envidia, quién
50

finge que te quiere bien,

y quién te quiere de veras.

   Entonces tu alma desnuda

mirara yo, prenda mía;

entonces se apuraría
55

esta amarga mortal duda

   Con que tal vez deslëal

y engañosa te sospecho;

pues, mirando de tu pecho

por el diáfano cristal,
60

    al punto supiera yo,

con cuanta certeza sé

que te adoro y guardo fe,

si tú me quieres o no.


1859.

La estatua de Niobe

(Imitación)

    De un dios el rigor tremendo

cambió en piedra a una mujer;

pero del arte el poder,

carne la piedra volviendo,

la restituye a su ser.
5


    Cuando empieza el mundo

a gozar quietud:

en aquellas horas

en que incierta luz

viste mar y tierra
5

aire y cielo azul,

y no es ya de día

ni de noche aún:

yo, triste viajero

que de Norte a Sur
10

y de Oriente a Ocaso

lleva su inquietud,

como el que a andar siempre

condenó Jesús,

que sólo me veo,
15

solo con mi cruz,

sin ningún consuelo

ni amigo ningún:

entonces recuerdo

mi patrio Perú,
20

hermanos, parientes,

leda juventud

amiga, y aquellos

que ya la segur

hirió de la fiera
25

contraria común.

ero mi más tierna

memoria eres tú,

madre idolatrada,

de mis ojos luz;
30

y soy de tu vida

venturoso augur,

y cantos te envía

mi amante laúd:

¡llevarte éste quiera
35

afable querub

al limeño suelo

desde el andaluz!


1860.

    Cual de su sombra con locura rara

va huyendo un niño en rápida carrera,

mas nunca de la sombra se separa,

que tras él va, como su pie ligera,

hasta que al fin, de su tesón cansado,
5

se para el niño con la sombra al lado:

tal con vana porfía

y malogrado empeño

huyo de la Tristeza, sombra mía;

y nunca, nunca de burlar acabo
10

a quien me sigue como avaro dueño

tenaz persigue a fugitivo esclavo.

   ¡Ay! en vano me trajo mi deseo

de mi nativo suelo al europeo;

mi enemiga crüel el océano
15

pasó conmigo: en vano

de ciudad en ciudad voy peregrino,

y sus nombradas maravillas veo:

a mí entre absorta multitud curiosa,

en su hermoso palacio cristalino,
20

me vio la grande Londres populosa:

y en su seno me dio larga morada

la ciudad celebrada

que baña el Sena y parte,

la que en laceres sin cesar rebosa:
25

ya visité el divino

bellísimo país, templo del Arte,

que el mar circunda y parte el Apenino,

y que a mi enamorada fantasía

más que el resto del orbe sonreía:
30

Nápoles habité, cuyas amenas

playas, y de su golfo aguas serenas,

la antigua Poesía

morada imaginó de las Sirenas;

y la ceniza santa
35

de la ciudad, del mundo ya señora,

¡Ay! ¡tan mudada ahora!

con sagrado pavor holló mi planta;

y Pisa vi, y artística Florencia;

y hoy el hispano paraíso moro,
40

suspiro eterno del vencido Moro:

¡Ay! no se diferencia,

en cuanto ciñe el mar y alumbra el día,

¡por feliz tierra alguna de la mía!

   O ¿será que es acaso la ventura
45

fruto de un clima solo?

¿Ni avara ha consentido la Natura

del uno al otro polo

mas que un pueblo dichoso, de manera

que es buscarla locura
50

de esa región privilegiada fuera?

   Mas dónde habita aquella

afortunada gente?

¿Qué viajador de tan benigna estrella,

errante de la Aurora al Occidente,
55

en su suelo feliz posó la huella?

O ¿qué bajel, en mar desconocido

por su dicha perdido,

de ella nos trajo la gloriosa nueva?

¡Ah! quién habrá que otra región me muestre
60

como el bello jardín, cielo terrestre,

que habitaron mis padres Adán y Eva?

   Oh Sol, ojo del cielo,

que con tu alta mirada

todo lo abarcas en el ancho suelo;
65

¿Región alguna ignota y apartada,

isla alguna desierta

miras, aún negada

a la humana codicia y encubierta;

Ángulo ves de nuestro globo donde
70

la ventura se esconde

con el dulce Contento y el Reposo?

Dímelo, si lo sabes,

por que vuele en su busca presuroso.

   Y vosotras, viajeras
75

del espacio infinito, vagas aves,

que voláis a riberas

donde nunca llegaron nuestras naves,

decidme si sabéis dónde la ansiada

felicidad ha puesto su morada;
80

y por el aire leve,

sobre montañas que corona el hielo

y mar y selvas, vuestro raudo vuelo

a sus reinos incógnitos me lleve.


Granada, 1860.

Mi nodriza

    No, porque la noche fría

tu africana faz vistiera

con el color que la blanca

altiva estirpe desprecia,

fue menor nunca el afecto
5

con que te amé, Magdalena,

(que cual la tez no escondías

el alma por dentro negra,)

ni es menor mi pena ahora,

o el llanto es menos que riega
10

mi mejilla, y que me arranca

de tu fin la triste nueva:

tu fin que un lustro a tu amante

hijo adelantó la ausencia,

sin que pudiera volverte
15

así en tus horas postremas

los amorosos cuidados

que te debí en mis primeras;

sin que tus amados restos

a la mansión sempiterna
20

acompañara, o en llanto

bañara tu humilde huesa.

   Tú también eres mi madre,

tú que mi niñez enferma

sustentaste un año entero
25

con la sangre de tus venas;

tú que, partiendo conmigo

el amor de tu hija mesma,

a ella y a mí nos amabas

con igualdad tan perfecta,
30

que tan sólo declaraba

del color la diferencia

ser ella hija de tu sangre,

yo sólo de tu terneza;

tú, que de la noble y santa
35

caridad imagen eras,

cuando su blanco sustento

a un pecho yo, mientras ella

al otro pecho, exprimía

con boca asida y sedienta,
40

o cuando del diestro brazo,

dándote amor fortaleza,

era yo peso querido,

y del otro tu hija lo era.

   ¡Cuántas veces con mi llanto
45

te despertaste inquïeta!

¡Cuántas de mi cuna al lado

pasaste la noche entera,

sin dar al sueño un instante

tu fatigada cabeza;
50

o tal vez entre tus brazos,

cuna más blanda que aquélla,

me arrullabas y mecías,

y antiguas canciones tiernas

con baja voz me cantabas,
55

hasta que yo me adurmiera;

sin que jamás se agotase

el caudal de tu paciencia!

    Tan solícitos cuidados,

tal ternura, tantas penas,
60

¿Con qué premio jamás pude

en parte corresponderlas?

ni ¿qué valió el que la dulce

libertad luego te diera,

(que aún afrentaba o mi patria
65

de la esclavitud la mengua)

Si, siendo libre cual todos,

por ley de naturaleza,

te volví lo que era tuyo,

dejando intacta mi deuda?
70

estimar tan sólo pudo

excesiva recompensa

lo que solo era justicia

tu gratitud lisonjera.

   Ni, porque quisiste un tiempo
75

dejar a casa materna,

de mí te olvidaste nunca,

ni me faltaron las muestras

de tu amor: aún me parece

que con raudos pasos entras,
80

y que yo a tu encuentro vuelo,

y que a tu seno me estrechas

y me das mil dulces nombres

que aún hoy en mi oído suenan;

y luego a mi ansiosa vista
85

aún me parece que enseñas,

ya gracioso juguetillo

que mis miradas alegra,

ya sabrosa golosina,

de menos dulzura llena
90

que las caricias y extremos

con que la das y presentas.

¡Oh corazón generoso!

Vez ninguna se me acuerda

en que, de dones desnuda,
95

a tu Clemente a ver fueras,

que del óbolo postrero

se privara tu pobreza,

antes que el presente usado

faltara a tu larga diestra.
100

   Perdona, oh madre, perdona,

si mi condición soberbia,

por tu ternura engreída,

pudo en su cólera ciega

olvidar favores tantos
105

con la ofensa más pequeña;

perdona, si tal vez pudo

la injuriosa fácil lengua

ser ocasión de tu llanto

y de tus humildes quejas.
110

Sabe el cielo, sabe el cielo

con cuánto dolor me pesa;

él es testigo del hondo

desconsuelo que me aqueja,

al ver que negarme quiso
115

de mis hados la crudeza

el que, postrado de hinojos

a tu humilde cabecera,

te pidiera arrepentido

el perdón de mis ofensas;
120

y de tus amantes labios

escucharle mereciera,

de esos labios que no espero

que jamás a hablarme vuelvan.

   Mas, ya que consuelo tanto
125

me negó la suerte adversa,

blandos reciban tus manes

de aqueste canto la ofrenda:

él por mi perdón te pida,

él por mi perdón merezca;
130

la antigua deuda del hijo

pague siquiera el poeta;

y, si han de pasar mis cantos

a las gentes venideras,

en ellos, oh mi nodriza,
135

tu humilde nombre se lea.


1860.

Safo a Faón

    ¡En amor convirtieras el desvío,

si acertara a pintarte

del inmenso amor mío,

bellísimo Faón, pequeña parte!

¡Enseñárame Febo
5

modo de canto nuevo,

muy más eficaz arte,

para expresar pasión tan nueva y rara

que con pasión ninguna se compara;

y las penas tan bárbaras y atroces
10

que sin descanso siento,

al ver que con desdén la desconoces!

Para amor tanto y tan feroz tormento

fáltanme las imágenes y voces,

y es helado y escaso
15

aún el celeste idioma del Parnaso.

¡Por qué no sale el fuego

del furibundo, ciego,

desesperado amor con que te adoro

envuelto en mis palabras,
20

por que tu alma al amor o piedad abras!

¡No en licor negro, en encendido lloro,

o de mi corazón en tinta roja,

menester fuera humedecer la pluma,

para decirte la sin par congoja,
25

el duelo inmenso que por ti me abruma:

violento usurpador de mi albedrío

que, apenas te miré, ya no fue mío,

quedando de improviso en tanto grado

la voluntad de tu belleza sierva,
30

cual si me hubieras pérfido hechizado,

con el veneno de amorosa yerba!

   Y ¡si con la voz viva yo siquiera

significarte tal pasión pudiera,

y tan prolijas penas!
35

Mas llego apenas a tu dulce lado,

los ojos alzo por mirarte apenas,

(bien los tuyos lo saben, despiadado)

cuando la voz me falta y el aliento,

al paladar mi lengua se encadena,
40

y se entorpece tardo el pensamiento:

cunde llama sutil de vena en vena;

desampara la sangre mi mejilla

y al corazón agolpase que el pecho

rasgar ya quiere, a su latir estrecho;
45

negra nube a mis ojos amancilla

el puro sol; mi oído

llena sordo zumbido

un helado sudor toda me inunda;

me da apenas sostén mi débil planta,
50

y difunta semejo o moribunda:

y es fuerza así que tanta

furia de amor remita,

aunque tan muerta, a la palabra escrita.

Y ¡ojalá que tu mano no se afrente
55

de abrir, oh mi Faón, el triste pliego

de la que siempre te causara enojos,

ni de leerlo afréntense tus ojos,

si leer a tus ojos lo consiente

el piélago de llanto en que lo aniego!
60

   ¡Ah! como al viento el humo,

como al sol nieve, como al fuego cera,

del amor a las llamas me consumo,

sin que de cuerpo ni alma se preserve

mínima parte de la horrible hoguera
65

que más y más desesperada hierve.

No es amor, es la misma Citerea,

que ya de toda mí se enseñorea,

y Gnido deja y Amatunta y Pafo

por el ardiente corazón de Safo.
70

No en fuego tan funesto

ardió la triste furibunda Mirra

que al burlado Ciniro, en torpe incesto

gozó, agitada de mortal espanto,

y aún hoy, trocada en árbol, atestigua
75

su desventura antigua

e infausto amor con oloroso llanto;

no amaba tanto Fedra al desdeñoso

casto hijo de su esposo,

ni la maga de Colcos al perjuro
80

robador del dorado vellocino;

ni Eco al garzón divino,

de su propio traslado,

que vio del agua en el espejo puro,

por celestial castigo enamorado:
85

ni con mi ciego loco desatino

parangonar es dado

exceso alguno de amorosa llama

de que se acuerda con horror la Fama...

   Y esa que a mí prefieres ninfa bella,
90

¿Piensas que amarte sabe? el amor de ella

junto al amor de Safo es sombra vana,

apariencia, ilusión, juego, mentira...

Mas, si a pintarte aspira

en vano el labio mi pasión insana,
95

¿cómo pintar podré mis celos e ira,

al mirarte en los brazos de otro dueño?

Cuando de noche en solo lecho y frío,

de donde vivo desterrado el sueño

y que humedece de mi llanto el río,
100

revolviéndome inquieta a todos lados

en los ásperos linos; las almohadas

teniendo entre mis brazos enlazadas,

cual no puedo tus miembros adorados,

espantosa memoria de repente
105

viene a asaltar mi mente

de que en el punto mismo en que me abraso

con solitario amor no satisfecho,

y los suplicios del infierno paso,

os guarda blando lecho
110

unificados en abrazo estrecho,

y que otra goza lo que yo no gozo;

las negras furias todas del Cocito

apoderarse siento de mi pecho

y dél hacer fierísimo destrozo:
115

contra las duras gélidas paredes

que en el rigor excedes,

alzando ronco dilatado grito,

mi frente miserable precipito;

meso mi cabellera; con frecuente
120

diestra mi pecho despedazo, muerdo

entrambas manos con rabioso diente,

y con blasfemias ásperas irrito

a los Dioses, perdido todo acuerdo.

No hay en el Orco mísero precito
125

cuyo tormento compararse pueda

con el que apuro en tan tenaz recuerdo:

no aquel a quien dentada aguda rueda

rompe y asierra el cuerpo palpitante;

ni el que jamás a humedecer alcanza
130

su labio en la bullente

agua que mira sin cesar delante

y apeteciendo está sin esperanza;

ni el condenado al perennal trabajo

de subir a alto monte grave roca
135

que, siempre que la cumbre casi toca,

rueda de nuevo rápida hacia abajo;

ni el otro de cuyo hígado sangriento,

inmortal alimento

que sin cesar renace,
140

hambriento buitre sin cesar se pace:

ninguna de estas penas mi alma arredra,

mayor que todas ellas es la mía;

y, si trocarlas diéranos la suerte,

tu sed, Tántalo, alegre admitiría;
145

Yxión, tu rueda; Sísifo, tu piedra;

y el buitre que no se harta de roerte

las entrañas, oh Ticio, noche y día!

Todos juntos tomara vuestros duelos

como pena ligera,
150

y entre vosotros todos repartiera

el sin igual tormento de mis celos.

    ¿Cuál encarecimiento habrá expresivo

de la vida misérrima que vivo?

Siento en la más secreta
155

parte del corazón como escondida

honda aguda saeta,

o que mano de bronce, dél asida,

con sus tenaces garras me le aprieta;

duéleme el alma, duéleme la vida:
160

reposo no me da lugar alguno;

el manjar aborrece el labio ayuno;

y, si a gustarle a veces me violento,

cansada de sufrir ruego importuno,

me es acíbar y tósigo el sustento;
165

en perenne vigilia

consumo de la noche el giro lento;

los cuidados y amor de mi familia,

de mis amigas el sincero trato

donde las almas liga la confianza,
170

la placentera danza,

las femeniles galas y el ornato,

la variada belleza

de la naturaleza,

y cuanto me halagaba y complacía,
175

hoy en el dolor fiero

de no corresponderme a quien yo quiero,

todo en rostro me da, tolo me hastía.

Ni a consolarme parte

es del divino Homero
180

la excelsa poesía,

ni las bellezas mágicas del arte:

mi ingenio mismo entorpecido duerme;

mas, aunque a su primera

lozanía volviera,
185

¡ni aún él pudiera en mi dolor valerme!

   ¡Ay! en vano es insigne el nombre mío

entre los claros nombres

que celebra y pregona

en áurea trompa por do quier la Fama;
190

en vano con la délfica corona

que circunda mis sienes, a los hombres,

de mi sexo honra y luz, envidia causo:

¡Ah! ¿qué me importa la apolínea rama,

ni qué me importa el lisonjero aplauso
195

que ufana rinde la concorde Grecia

a su gran poetisa,

si Faón me desprecia

y los laureles que le ofrezco pisa?

¡Más me valiera ser hermosa y necia,
200

que hospedar alma grande y numen alto

en cuerpo humilde, de belleza falto!

   ¡Oh dichosa rival! por tu hermosura

que en adorada red tiene cautivo

a mi Faón esquivo,
205

Safo su dulce lira te daría

y su creciente gloria perdurable:

sí, que no aplaca la congoja mía

imaginar que en tanto

que haya en el mundo amor y poesía,
210

siglos sin fin después que ya no se hable

la melodiosa lengua en que los canto,

en idiomas diversos

resonarán mis amorosos versos.

De la gloria el fulgor no me compensa,
215

y no pudiera compensarme nada

la desventura inmensa

de no haber sido por Faón amada.

¡Ah! si penar debía como peno,

¡Por qué, por qué piadosa la Fortuna
220

no me dio muerte en el materno seno,

o mi tumba también no fue mi cuna!

   ¿Cuándo tu encono contra mí se aplaca,

Citerea crüel? ¿Qué desacato

a tu deidad soberbia jamás hice?
225

¿Con qué tremendo crimen esta flaca

mortal de tu rigor merecer pudo

amor tan insensato

por un esquivo corazón ingrato?

¿Por qué, cuando mi pecho
230

Cupido traspasó con dardo agudo,

no hirió con igual dardo

el pecho del mancebo por quien ardo?

Nunca mi labio las debidas preces

ni las ofrendas olvidó mi mano
235

que a tus aras consagra sacro rito...

Mas, ya que mis plegarias escarneces,

y el castigo me das sin el delito,

y en mi mal te recreas,

¡maléfica deidad, maldita seas!
240

   Bien se declara en mi tormento grave

que tu bárbaro pecho amar no sabe;

que, si no, mi dolor te condoliera:

a ti, insensible Diosa,

a ti, que madre le eres,
245

jamás cautivó Amor a la manera

que cautiva y acosa

a nosotras las débiles mujeres,

atenta solo, oh celestial ramera,

a tus carnales gustos y placeres.
250

no de tus negros cíclopes, Vulcano,

a la rápida mano

y golpear redoblado aumentes prisa:

deja ya, deja el ígneo Mongibelo;

tiempo es que mofa y risa
255

te avergüences de ser a tierra y cielo;

y, pues miras que Jove,

en premio de forjarle el rayo ardiente,

débil sufre y consiente

que su hija infame así el honor te robe,
260

tiempo es que sin tardanza

ejecutes tú mismo tu venganza;

tiempo es que, airado justiciero esposo,

el universo asombres,

escarmentando con terrible pena
265

el torpe adulterar escandaloso

de la vil que al oprobio te condena,

y ayuntada con dioses y con hombres,

cielos y tierra de bastardos llena.

   Y tú, Cupido, de tan mala madre
270

hijo peor aún, fiero verdugo,

antigua peste del linaje humano

que airado el cielo sujetó a tu yugo,

de sus miserias todas primer fuente;

tú a quien tu mismo padre, horrendo Marte
275

de quien tiembla la tierra,

en lo sangriento y bárbaro y furente,

no pudo aventajar, ni aún igualarte,

siendo sombra la suya de tu guerra,

sé maldito también: siempre a tu oído
280

la música más dulce y dulce canto

fue de odiados amantes el gemido

y el sollozo y el llanto;

y el más grato espectáculo a tus ojos,

y a tus feroces aras
285

las víctimas más caras,

los helados despojos

son de cuantos con fuerte

mano, armada de hierro o de veneno,

puerta abren a su espíritu indignado,
290

o hallan temprana voluntaria muerte

del ancho mar en el profundo seno.

    A trance tal tu crüeldad me lleva;

pronto, víctima nueva,

aumentaré tus triunfos, oh Cupido,
295

que el sufrimiento a resistir no alcanza

dolor tan desmedido,

y es ya la muerte mi única esperanza.

A mi desesperada furia loca

ya la pena fatal tienta y provoca,
300

de amantes desamados visitada:

pronto, pronto será que, de su altura

con intrépido pie precipitada,

halle en el océano sepultura.

   Y tú, Faón, cuando te diga alguno:
305

«Duerme en los negros senos de Neptuno

la triste Safo, por tu amor suicida»

Merézcate siquiera a la partida

cortés piadoso llanto

la desgraciada que te quiso tanto.
310

No te lo vedará tu amante esposa,

que, si hora me odia viva,

con Safo que en la tumba ya reposa

ha de ser generosa y compasiva.


1860.

Último canto de Safo

    La excelsa roca pisa,

de amantes desamados visitada,

con planta no indecisa,

la lesbiana divina poetisa

del ingrato Faón enamorada.
5

   Escucha en lo hondo y mira,

impávida, agitarse en son horrendo

del mar la indócil ira;

y por última vez pulsa la lira,

al aire estos lamentos esparciendo:
10

«Adiós por siempre, oh vida;

adiós, oh mundo; sin dolor ni llanto

os doy mi despedida,

que bien sé que en vosotros no se anida

para Safo infeliz sino quebranto.
15

»Muerte anhelo y cualquiera

la pena sea que al mayor pecado

en el Averno espera,

jamás las ansias igualar pudiera

de un furibundo amor menospreciado.
20

   »A los males sin cuento

con que os abruma el que su eterna fiesta

halla en vuestro tormento,

es, oh mortales, único descuento,

sola ventura que gozáis es ésta:
25

   »que, si del hado impío

fue decreto fatal el nacimiento,

es rey vuestro albedrío

de acelerar, como acelero el mío,

de vuestras vidas el final momento;
30

    »y que, si fue la entrada

a la prisión oscura de la vida

forzosa e ignorada,

dogal, y salto, y tósigo, y espada

siempre libre encontraron la salida.
35

   »Tú que las crudas penas

que lloro lloras, yo a romper te enseño

tus odiosas cadenas;

a padecer tú mismo te condenas,

sabiendo que eres de tu muerte dueño.
40

   »Usa tu alto derecho;

y o da veneno a la callada boca,

o el cuello a lazo estrecho,

o con agudo acero abre tu pecho,

o ven conmigo a la Leucadia roca.
45

   »No más tu pena aguarde:

Mas, si escoges vivir, lloro no viertas,

cesa queja cobarde:

culpa tuya será que se abran tarde,

cautivo vil, de tu prisión las puertas.
50

   »Vive, vive, tolera

tus fieros males, cada vez mayores,

y la vejez postrera

haga que apures tu desgracia entera,

que mal ninguno de la vida ignores.
55

   »Morir, morir escojo,

y rebelde al tirano omnipotente,

me burlo de su enojo,

y de la vida con desdén le arrojo

El falso funestísimo presente.
60

   »Y tú, mancebo ingrato,

a quien desesperadamente adoro,

tú a quien con insensato

furor mil veces convidé a mi trato,

pospuesto el casto femenil decoro:
65

   »Vive feliz, si pudo

Consentirlo a mortal el negro encono

del destino sañudo:

tu eterno desamor, tu desdén mudo,

y mis tormentos todos te perdono.
70

   »No fue amarme en tu mano:

tuya no fue la culpa; el rigor lo hizo

de Júpiter tirano

que, con avara diestra, velo humano

me dio, desnudo de beldad y hechizo.
75

   »El alma que era bella

no pudiste mirar; si la miraras,

te enamoraras de ella,

menospreciando la beldad de aquella

por quien a Safo triste desamparas.
80

   «Oh ponto, cuyo asalto

la excelsa roca azota, hirviente espuma

arrojando a lo alto,

no del mortal irrevocable salto

arredrarme tu cólera presuma.
85

   »Tu amenaza o insulto

mirando estoy impávida, que calma

es el ciego tumulto

de tus olas, al lado del que oculto

amoroso huracán dentro del alma.»
90

   Dice la triste amante,

y se arroja veloz: la mar hinchada

se abre y cierra sonante,

y, de las ondas a merced errante,

aquí y allí la leve lira nada.
95


1860.

Que se quejaba de que nadie la retrataba bien

    Razón, consuelo, has tenido

al decir que tu traslado

ningún artista ha logrado

que te salga parecido.

   Pero no es justo que estés
5

demostrando airado pecho

con ellos, por no haber hecho

lo que posible no es:

   ya que cincel y pinceles

en tu rostro soberano
10

probado hubieran en vano

el claro Fidias y Apeles.

   Y si ves de las demás

los parecidos retratos,

que a sus modelos son gratos,
15

por mejorados quizás,

   Es que de la tuya dista

mucho su beldad, y así

quéjate sólo de ti,

pues de que ningún artista
20

   que tu retrato hacer osa

le pinte bien o le esculpa,

no tiene el arte la culpa

sino el ser tú tan hermosa.


1860.

Juventud eterna

A ***

    Para tu belleza rara

vana es del tiempo la fuga:

que aún no con sus sulcos ara

la fea enojosa ruga

tu hermosa frente y tu cara;
5

   De tu purpúrea mejilla

aún el nativo carmín

vence al mentido y humilla,

y la reina del jardín

de verle se maravilla;
10

   aún no hay blancura tan rara,

cuajada trémula leche,

puro mármol, nieve clara,

que la vista no deseche,

si con tu albor los compara;
15

   aun en estos años tardos,

tus hermosos ojos pardos

despiden por rayos flechas

que al corazón van derechas,

como del Amor los dardos.
20

   Aún no al oscuro cabello

por quien ya no se celebra

el de Berenice bello,

se le argenta una sola hebra,

ni ningún odioso sello
25

   que imprime el tiempo crüel

tu altiva beldad desdora:

tu retrato aún copias fiel

que no ha envejecido una hora

desde que lo hizo el pincel.
30

   Dice la Envidia que diez

lustros cuentas si no más;

y verdad será tal vez;

mas, si tan joven estás,

y al mundo pongo por juez;
35

   ¿qué vale, di en casos tales

nacer antes o después?

Inciertos son tus natales:

lo cierto tu beldad es

y tus gracias sin rivales.
40

   Calle pues, y de ofender

te cese la Envidia osada,

que es la edad de la mujer

la que dice a la mirada

su faz y su parecer.
45


1860.

Vanitas vanitatum

    En un tiempo envidié la suerte ajena,

juzgándome yo solo desdichado;

mas sé que a todos a gemir condena

la inexorable voluntad del hado:

arrastra cada cual de la cadena
5

que envuelve y aprisiona lo creado

un eslabón, y por diversos modos,

todos padecen y suspiran todos.

   ¿Quién conoció jamás un venturoso?

Es máscara la dicha solamente;
10

el rostro más sereno y más radioso,

tristeza esconde, regocijo miente;

como tal vez entre el rosal frondoso

se anida venenosa la serpiente,

o al lindo fruto de color lozano
15

le roe el corazón negro gusano.

   ¡Cuántos felices reputé primero,

por gloria, por riquezas y boato,

cuyo tedio profundo y dolor fiero

me descubrió después estrecho trato!
20

Oye, oh mortal, mi verso verdadero,

ni ajena suerte envidies insensato,

que por diverso modo desgraciado

fueras quizá, más en el mismo grado.

   Es el Dolor un rey, cuyo tirano
25

maldecido poder menos no abarca

que cuanto rige con sangrienta mano

la universal inevitable Parca:

a entrambos cuanto el mísero aldeano

tributo paga el vencedor monarca,
30

y hasta hoy las duras inflexibles leyes

nadie burló de tan tremendos reyes.

Si no mintiera el rostro, o fuera el hombre

de trasparente cuerpo cristalino,

se viera que es la dicha un vano nombre,
35

y buscarla en la tierra es desatino:

ya no habrá desventura que me asombre;

a la coyunda del común destino

mi frente doblo, y de anhelar sin seso

terrenas dichas para siempre ceso.
40

   Los bienes a que da tan halagüeña

bella faz la distancia engañadora,

¡Cuán distintos de cerca los enseña

la verdad que su lustre descolora!

Siempre la hastiada Posesión desdeña
45

lo que el Deseo y la Esperanza adora;

y cuanto más ansió mi desvarío,

lo envidio, ajeno, lo desprecio, mío.

   Oh Salomón, Jehová con larga mano

te dio infusa sin par sabiduría,
50

riqueza, amor, poder, cuanto el humano

deseo en fin imaginar podría;

mas de que tanto don a dar es vano

la ventura, la paz y la alegría,

con esa triste voz me persüades:
55

Es todo vanidad de vanidades.

    Y si feliz tú, Salomón, no fuiste,

y si, cercado de grandeza suma,

eternamente suspirabas triste,

¿quién hay que serlo tras de ti presuma?
60

Ser vanidad cuanto en la tierra existe

fue la verdad que tu doliente pluma

legó a los siglos, cual final sentencia

de tantas glorias, de tan vasta ciencia.

   Tú viste que el saber sólo era viento,
65

carga el poder, la majestad vestido,

El amor la quimera de un momento,

las riquezas temor, la fama ruido,

llanto la risa y el placer tormento;

y que cuanto, con ansia apetecido,
70

de lejos nos deslumbra y nos agrada,

era de cerca dolorosa nada.

   Si oro me dan, y gloria, y poderío,

si dueño me hacen de la tierra vasta,

se quedará mi corazón vacío,
75

que cuanto alcanza, sin llenarse, gasta;

a lo infinito del anhelo mío

Dios infinito es quien tan solo basta:

y hasta que logre su divino objeto,

suspirará mi corazón inquieto.
80

   Gota sin él en ancho mar vertida

fueran bienes celestes y terrenos:

y a Dios es fuerza que sedienta pida

el alma que le copia, y que con menos

que con Aquel que la hizo a su medida
85

henchir no puede sus inmensos senos;

y a esa capacidad tan vasta y honda

es bien que un Dios entero corresponda.

¿Cuándo será, mi Dios, que, al contemplarte,

en tus inmensos piélagos, sin tasa
90

la sed eterna de mis ansias harte

y el amor infinito que me abrasa?

¿Cuándo será que tu rigor no aparte

del santo umbral de tu divina casa

al que, nacido para estar en ella,
95

el ancho mundo desdeñoso huella?


1860.

    Pudo quitarte el nuevo atrevimiento,

hijo bello del sol, la dulce vida,

la memoria no pudo que extendida

dejó la fama de tan alto intento.


ARGUIJO.



    Atrevimiento tan nuevo

con espantosa caída

pudo quitarte la vida,

hijo glorioso de Febo.

   Mas la pregonera Diosa
5

en edad ninguna cesa

de encarecer tal empresa,

cuanto infeliz generosa.

que, pues la envidia altanera

negó tu origen divino,
10

acreditarlo convino

por tan singular manera.

   Y por las abiertas sendas

de los celestiales llanos

fueron rigiendo tus manos
15

del sol las doradas riendas.

   Y aunque, por la omnipotente

diestra fulminado, el Po

helado sepulcro dio

a tu cadáver ardiente,
20

probó al mundo tu carrera

que hijo eras del mismo Apolo,

pues de él un hijo tan solo

tanto favor mereciera.

   No con tus tiernas hermanas
25

tu amante madre Climene

siempre sin consuelo pene,

quejas despidiendo vanas:

   Fin a su lamento triste

pongan, y a aliviarlas baste
30

ver que el lauro que ganaste

excede al bien que perdiste.


1860.

Risa y lágrimas

    Como, al rayar primaveral aurora

derramando levísimo rocío,

el cielo juntamente ríe y llora;

así la que gobierna mi albedrío

que, triste por mi ausencia,
5

perlas desperdiciaba cristalinas,

que rodaban copiosas

por sus tersas mejillas purpurinas,

émulas de las rosas;

al mirarme de súbito a su lado
10

volver enamorado,

si de placer reía,

lágrimas derramaba todavía,

de que mi amante corazón se engríe:

así en niño también se ve la risa
15

al llanto sucederse tan aprisa,

que llorando se ríe,

cuando su tierna madre y amorosa,

cuyo piadoso pecho no resiste

ver a la lumbre de sus ojos triste,
20

por que su llanto aquiete,

le acaricia extremosa,

y al fin le da el bellísimo juguete,

ocasión de su llanto,

que tanto ansiara y le pidiera tanto.
25


1860.

A una cabellera

    ¿Qué castaña madeja, negra, o de oro,

loor merece de tan rica y luenga,

que justa envidia a tu beldad no tenga,

cabellera feliz de la que adoro?

Ya desatada caigas, y el pequeño
5

pie besando a tu dueño,

toda la cubras como regio manto,

y tu dorada seda que envilece

la que el gusano artífice nos hila

el aura desordene juguetona;
10

ora su frente cándida y tranquila,

en primorosas trenzas,

circundes a manera de corona,

y de las reinas las coronas venzas;

ya en parte oculta quedes
15

en áurea red, juntas así dos redes,

ya, sembrada de perlas

y de las ricas piedras del Oriente,

logres con tu fulgor oscurecerlas;

ora campestre flor en ti se vea
20

por única presea;

ora te adorne tu hermosura sola

y el brillo natural con que la aureola

de un querubín semejas,

eres la reina tú de las madejas.
25

   No más la fama tu cabello cante,

aunque del oro del Ofir afrenta,

Absalón arrogante,

que en él tuviste inagotable renta,

y a las damas judías
30

sus anuales despojos les vendías;

mas ¡ay! que, caballero fugitivo,

perseguido del cielo vengativo,

árbol copado te retuvo preso

por las doradas hebras voladoras
35

enmarañadas con las altas ramas;

do, hallándote las huestes vencedoras,

aquel mismo bellísimo decoro

que te envidiaban las hebreas damas,

¡Oh no prevista suerte!
40

¡Fue la ocasión de tu temprana muerte

y del paterno inconsolable lloro!


El desahuciado

    ¡Ay! que ya el alma conoce,

por manifiestos indicios,

que pronto el último sueño

dormiré en el mármol frío;

   que, aunque del sabio piadoso,
5

cual tierno padre solícito,

aún no me lo dijo el labio,

el rostro ya me lo dijo.

   En vano tal vez procura

hacer con engaño pío
10

que dé a la dulce esperanza

en el corazón abrigo:

que sus palabras desmiente

el semblante dolorido,

ahuyentador de esperanza
15

que muestra al mirar el mío.

   Y aquella expresión le vende

que mal su grado le espío,

cuando avecina a mi pecho

el atento hábil oído,
20

mi pecho para el que fiera

lanzada es cada respiro

y por donde huye mi vida

de sangre en copiosos ríos.-

   ¡Oh Dios mío! ¿qué te hice,
25

para que así en lo florido

de mis verdes años quieras

cortar de mi vida el hilo?

   Si del hado inexorable

era ya decreto antiguo
30

que años tan cortos viviera

este desdichado niño,

   Mas valido a fe me hubiera

el no haber jamás salido

de los senos de la Nada
35

donde dormía tranquilo,

   hasta que tu omnipotencia

sacarme a la vida quiso,

sin que yo te lo pidiera

¡ni pudiese consentirlo!
40

   ¿Por qué cumplir no me dejas,

oh rey del cielo, el destino

que, al ponerme en este mundo,

me señalaste tú mismo?

   ¿Para qué, di, me creaste,
45

si para vivir no ha sido?

Aún no he vivido: consienta

que viva tu poderío.

   No parezca que, insensible

a mis dolientes gemidos,
50

sólo para darme muerte

me animaron tus caprichos...

   Mas de querellarse cese

mi vano labio atrevido:

tus juicios, Señor, acato;
55

pues lo quisiste, convino;

en mí tu querer se cumpla,

cual tuyo, siempre benigno,

aunque de crudo rigor

tal vez con disfraz vestido.-
60

   ¡Cuánto con la soledad

y hondo silencio continuo

de mis estancias, contrasta

de la ciudad el bullicio!

   Desde mis altos balcones
65

pasar a mis plantas miro,

barajándose confusos,

mares de alegre gentío:

   galas ostentan de fiesta,

pues con ocio y regocijo
70

de seis días el trabajo

hoy paga el día festivo:

   De mis ventanas en frente

se encuentran ya dos amigos,

y palma a palma juntando
75

con pronto mutuo cariño,

   traban con risueños labios

rápido coloquio vivo,

de que sólo rotas frases

y sueltas voces distingo.
80

   Mas, si el idioma no alcanzan

de sus labios mis oídos,

ven mis ojos el idioma

de sus rostros expresivos.

   Ya numerosa familia
85

pasa: de la mano asidos,

van delanteros dos bellos

graciosos rientes niños;

   uno de pecho en el hombro,

durmiendo sueño tranquilo,
90

lleva la fuerte nodriza,

pendiendo a un lado el bracito;

y al fin, del brazo enlazados,

pasan esposa y marido,

en su idolatrada prole
95

los atentos ojos fijos:

y ese gallardo mancebo,

lleno de lozanos bríos,

cuyo aspecto bien declara

que cuenta mis años mismos;
100

   ¡Cuanto me alegro al mirarle!

¡Y cómo después me aflijo,

cuando con él me comparo,

y su lozanía envidio!

   Con un báculo en la mano,
105

pasa ya corvo mendigo,

que, aunque debió precederme

en el eterno camino,

   verá mis yertos despojos

llevar al postrer asilo,
110

y Dios le dará que sumen

sus lentos años un siglo.-

   Pero ¿qué miran mis ojos?

¡Valor, oh cielos, os pido!

Luciendo gracia, belleza
115

y virginal atavío,

   una hechicera doncella

alza acaso el rostro lindo,

de la salud en la viva

alegre púrpura tinto,
120

   y me mira; mas, al verme

retrato de aparecido,

y al ver mis hundidos ojos

y enjuto rostro amarillo,

   los ojos aparta al punto
125

en pronto ademán esquivo,

donde al espanto se mezclan

de la compasión los visos.

   La crüeldad inocente

de tu horror irreflexivo
130

te perdono, bella joven,

y mi bendición te envío:

   Sé feliz, y digno esposo,

amante amado, contigo

la excelsa ventura goce
135

¡que yo gozar no he podido!

   En lloro ardiente deshecho,

del balcón el pie retiro,

y mi solitario lecho

de nuevo angustiado oprimo;
140

   que cuantos miro de pena

y envidia me son motivo,

y exacerba mi desgracia

el ajeno regocijo.-

   Nunca como ya que al trance
145

de la muerte me avecino,

pareció tan halagüeña

la vida a los ojos míos;

   nunca la lumbre del sol

tan dulce de ver se me hizo,
150

ni tan hermosa la luna

cruzó el celeste zafiro;

   nunca tuvieron las flores

tan ledos colores vivos,

tan bellas graciosas formas,
155

aromas tan exquisitos;

ni en la humana compañía

hallé jamás tanto hechizo,

ni tanto mundanas fiestas

sedujeron mi albedrío.
160

   ¡Ah! sí, la tierra es ameno

encantado paraíso,

de amores, fiestas, placeres

y felicidades rico:

   ¡Felices cuanto; se quedan
165

en tan deleitoso sitio,

y triste de mí que, apenas

al llegar, adiós le digo!

    Mas ¿qué profiero insensato?

¡Así la alta suerte olvido
170

que la Religión promete

a sus bautizados hijos!

   En tan profunda aflicción,

en tan horrendo martirio,

tú sola, Religión santa,
175

ser puedes mi dulce alivio.

   ¡Ay de mí! si verdad fuera

el insensato delirio

de los que matan el alma

con el cuerpo fugitivo,
180

   ¡que niegan que torne el alma

a su celestial principio,

y no consienten más mundo

que el mundo de los sentidos!

   ¿Qué fuera de mí en tal trance,
185

si a tan triste error impío

entrada en la ciega mente

hubiera yo concedido?

   ¡Desesperado, demente,

y de mí propio enemigo,
190

dando furiosos bocados

en mis miembros doloridos,

   con altos gritos muriera,

ya desde el mundo precito,

cual del venenoso diente
195

de rabioso can mordido!-

   Mas es felizmente un sueño,

tan mentido como inicuo,

y tú la verdad eterna,

sublime dogma de Cristo:
200

   ven pues, y al doliente lecho,

donde le aguardo contrito,

del perdón divino envía

al consolador ministro;

   la dulce imagen celeste,
205

de moribundos alivio,

del que, tomando en sus hombros

nuestras culpas y delitos,

   enclavado en un madero,

lanza el postrero suspiro,
210

de su fin con el recuerdo,

temple y dulcifique el mío.

   Consuélame, si del mundo

tan temprano me despido,

con la infalible promesa
215

de aquel alto globo empíreo;

   con ese mundo tan bello

que, aunque lo es tanto el que piso,

es, si con él se compara,

estéril yermo sombrío:
220

   Háblame de la celeste

Sión, y del gozo infinito

que será mirar a tantos

dichosos justos espíritus

irradiar como soles
225

con resplandor inextinto,

siendo de un sol más fulgente

amantes planetas vivos;

   y contemplar rostro a rostro

al Padre Eterno, y al Hijo,
230

del Padre animada imagen

y fiel espejo purísimo;

   y a la celestial Paloma

que en alas de albor divino

el único dosel abre
235

de tan altas frentes digno;

   Y a la Esposa y Madre Virgen,

a diestra del Uno, y Trino,

en trono que ornan estrellas,

no diamantes ni zafiros;
240

sonriendo a los loores

y ferventísimos himnos

que los angélicos coros,

en su hermosura encendidos,

   rendidamente le cantan,
245

mariposas de su brillo,

dando de su silla en torno

perennes rápidos giros.


1860.

    En vano esperas que la oscura nada,

que invocas como madre compasiva,

entero en el sepulcro te reciba,

cuando termines la mortal jornada.

   Te alienta alma inmortal que, de la helada
5

carne donde reside fugitiva,

maravillada de sentirse viva,

de ignoto mundo arrostrará la entrada.

   Ya su asombro y espantos imagino,

cuando, el fallo aguardando que la hiera,
10

se encuentre al pie del tribunal divino,

y mirando del Dios la faz severa

a quien negó su ciego desatino,

exclame estremecida: Verdad era!


    Tus hechizos, mujer, la eterna Suerte

para blanco creó de mis sentidos:

los ojos me los hizo para verte,

y para oír tu acento mis oídos;

me dio alma para amarte hasta la muerte;
5

y aún después que estuvieren desunidos

mi alma y mi cuerpo para siempre, espero

que te tengo de amar como primero.

   Pienso que te he querido en otro mundo,

y sentí, al encontrarte en esta esfera,
10

que ese placer tan vivo y tan profundo

yo no sentía por la vez primera:

sentí que en este mi vivir segundo

un recordarte el conocerte era,

y que, tras siglos de una ausencia impía,
15

a reunir el cielo nos volvía.

   Y cuantas veces por vivir yo muera

y para morir luego cobre vida,

volando de una esfera en otra esfera,

tantas habrás de ser por mi querida;
20

yo pasaré la eternidad entera

en adorarte, sin que Dios divida,

en su viaje infinito por los cielos,

tan amantes espíritus gemelos.


1860.

Escrito en nombre de una joven

Con quien, por haber quedado afeada por las viruelas, rehusaba casarse su novio

    ¿La misma ya no soy? Y porque ardiente

negra viruela mancilló la rosa

de mi mejilla y la nevada frente,

¿Ya me huyes y desdeñas por esposa?

   De tu injusta mudanza te arrepiente,
5

no humillada me dejes y celosa;

ven; y, aunque la beldad perdí aparente,

ve que me queda aún un alma hermosa.

   Mas que vivir, si fuerza era perderte,

de tu desdén objeto y de tu espanto,
10

¡Por qué mi horrible mal no me dio muerte!

   Rogarás por mi paz al cielo santo,

y te dolieras de mi triste suerte,

y mi tumba regarás con tu llanto.


A un peruano

    Honra mis lares, cariñoso amigo,

y pues la lluvia tan tenaz se muestra,

ven, de la lumbre al amoroso abrigo,

a hablar conmigo de la patria nuestra.

   Ven, y recuerde nuestro labio amante
5

su siempre puro transparente cielo

a quien no cubren el azul semblante

jamás las nubes con opaco velo.

   Y mientras nuestra vida prisionera

hiela y hastía el europeo invierno,
10

soñemos la constante primavera

y la dulzura de su Abril eterno;

   sus campiñas, magníficos jardines

que flores cuentan cual su cielo estrellas;

sus mujeres, humanos serafines,
15

tan puras y sensibles como bellas.

   Hablemos de la espléndida riqueza

que darle plugo a la bondad divina

para que ornara su sin par belleza

y no discordias le trajera y ruina.
20

   Hablemos del amor del océano

que arrulla y acaricia su ribera,

y en nombre y olas le presenta en vano

de la paz una imagen placentera.

¡Ay! que al hablar de nuestro suelo amado,
25

tardar no puede la filial tristeza,

y al recordar su doloroso estado,

en llanto acaba lo que en risa empieza.

   Mas, esquivando tan prolijo duelo

que el tierno pecho a resistir no alcanza
30

hoy remontemos nuestro libre vuelo

en alas de la mágica esperanza.

   Y huyendo sus presentes amarguras

y sus discordias bárbaras e impías,

soñémosle grandezas y venturas
35

en los futuros suspirados días!


Cuando me disponía a volver a ella a fines de 1860

    Ya se acerca el instante bienhadado

de volver, dulce Patria, a tu ribera,

que, ha un lustro, a mi profunda

constante pena siglo dilatado,

mi planta abandonó por vez segunda:
5

¡piadoso el cielo quiera

que sea de mi vida la postrera!

Que, aunque de ti destierro no me aparte,

sin cesar empleado en recordarte,

de la ausencia el tormento
10

al par de triste desterrado siento.

Y es el cielo testigo

que sólo aplaca la tristeza mía

el platicar de ti con dulce amigo,

hijo tuyo también, y de la propia
15

congoja enfermo de que peno y lloro,

y verte al menos en la breve copia

del mundo retratada,

y desde el suelo donde triste moro

viajar con la prestísima mirada
20

a tu playa feliz que tanto dista

¡Y ojalá que tan vasta lejanía

vencer pudiera en el veloz momento

en que anda el mapa la ligera vista

o la tierra y el mar el pensamiento!
25

   Y todo es ocasión de que a mi mente

en todos los instantes,

oh patria, tu memoria se presente:

si tranquilo y feliz un pueblo miro,

pensando en tus discordias incesantes,
30

exhala el corazón hondo suspiro;

si artísticas nombradas maravillas

admirado contemplo,

trasladarlas quisiera a tus orillas;

si de virtud y patriotismo ejemplo
35

leo o escucho celebrar preclaro,

le envidio para ti; y heroica hazaña,

hecho sublime y raro,

cuanto grande por fin, noble y hermoso

admira en gente extraña,
40

lo anhela para ti tu hijo amoroso.

   Mas no por lo que en ti de menos echo,

y que darte querría,

tan solamente me enternece el pecho

tu memoria dulcísima; que al día,
45

mil también y mil veces,

por los dones que encierras te me ofreces.

¡Cuánto, oh mi Lima, anhelo

ver de nuevo tu puro alegre cielo!

¡Cuánto echa el alma menos tus iguales
50

serenos días, y tus noches bellas,

de tus días rivales,

donde todo su ejército de estrellas

en campo azul el firmamento aduna,

y la luz de la luna,
55

no en lo claro, en lo suave solamente,

es de la luz dïurna diferente!

¡Cuánto extraño tu blanda primavera,

que alegre persevera

y el año cambia en sempiterno Mayo;
60

tu ambiente puro, sin cesar ajeno

a la lluvia y al trueno,

y al siniestro relámpago al rayo;

tus celestiales hijas, que la fama,

en elegante aliño,
65

Y en gracia y en beldad, únicas llama;

de tu tan hospital gente y humana

el genïal agrado y el cariño,

que el extranjero al natural hermana;

tus familiares frases expresivas,
70

donde nueva mayor dulzura toma

de Iberia el dulce idioma,

y su gracia y viveza más avivas;

tus casas, templos, calles y paseos

que niño hollé con indecisa planta;
75

tus cantos populares

que la memoria sin cesar me canta,

y hasta tus dulces frutas y manjares!

Ni hay en ti, patria amada, cosa alguna

de las que sólo precia quien te pierde,
80

con que mi ausencia no hagas importuna,

y de que con deseo no me acuerde.

   Nunca amarte juzgué con tanto exceso

como hora que de ti distante vivo;

cual la preciosa libertad más ama
85

el mísero cautivo,

así hora crece de mi amor la llama.

¡Cómo, cuando a tu seno dé la vuelta,

ha de preciar el alma su ventura,

de la familia la sin par dulzura
90

saborëando, y goces mil que encierra

en sí la propia tierra!

¡Cómo, feliz viajero,

visitaré una a una

tus hermosas ciudades! la ingeniosa
95

ciudad valiente, de mi madre cuna,

que del ardiente Misti al pie reposa;

Cuzco, que del primer glorioso brillo

despojó el hado aleve,

y la noble Trujillo,
100

de la opulenta Lima copia breve;

la triste Cajamarca,

que de Pizarro la traición aún llora

y la prisión del infeliz monarca;

y la heroica Ayacucho,
105

de Cajamarca ilustre vengadora,

cuyo glorioso nombre nunca escucho,

ni escuchar puede libre Americano,

sin que palpite el corazón ufano,

y al cielo gracias rinda el labio ardiente
110

de haber nacido en suelo independiente.

Mas ¿qué digo? no habrá mezquina aldea

que con ojos no vea

del que nacido fue en su dulce seno,

ni habrá pedazo en fin de tu terreno
115

que hermoso y santo para mí no sea.

   ¡Qué gozos tan sublimes me destinas,

cuando del inca imperio

huelle las tristes majestuosas ruinas;

y esas cuyo remoto origen vela,
120

en confuso misterio

que en vano se desvela

por penetrar el sabio encanecido,

la antiquísima noche del olvido!

O al recorrer, clavando aguda espuela
125

de generoso bruto en los hijares,

tus inmensas llanuras y praderas;

al penetrar tus selvas seculares,

donde no entra jamás el sol sereno;

al trepar tus Andinas Cordilleras,
130

de los cielos altísimos pilares;

al ver el breve mar que en tu ancho seno

encierras y aprisionas,

y al detener mi planta en las riberas

de tu caudalosísimo Amazonas
135

de los ríos del orbe soberano,

y orgulloso rival del océano!

   Y ¡cuánto escenas tales,

a la ambición de mi deseo iguales,

inflamarán mi osada fantasía,
140

que, de lo grande y de lo nuevo ansiosa,

en tu sin par naturaleza, virgen

al canto todavía,

nuevo mundo de rica poesía

conquistará, y laureles que a tu planta
145

pondrán mis manos en ofrenda santa!

   Y una vana ilusión tal vez me engaña:

mas espero que el sano

ambiente, henchido de pureza y vida,

de perüano valle o de montaña
150

al fin me torne la salud perdida,

       aquí buscada con afán tan vano;

y mayor esperanza aún me halaga:

que la antigua ilusión de inmensa y vaga

ventura que persigo
155

de ti, encarnada, viva,

en divina mujer tu hijo reciba,

y en ella encuentre la anhelada calma

y contra males de la suerte abrigo;

mereciéndote, oh patria, juntamente
160

el cuerpo su salud, su dicha el alma.

   Mas ya me la concedas generosa,

ya de ella seas con mi anhelo avara,

eternamente habrás de serme cara,

sin atreverse nunca la querella
165

a ti de mi dolor; feliz el hado

me des o desgraciado,

de espinas me corones o de flores,

Tú serás el mayor de mis amores;

y, hasta el postrer suspiro de la muerte,
170

corazón, alma, vida y pensamiento,

y de mi lira el ardoroso acento,

no he de cesar un punto de ofrecerte;

y, si mi alma amorosa

correspondencia no halla a su deseo,
175

y sus goces me niega el himeneo,

tú mi dama serás y tú mi esposa.

   Ni, por verte tan triste y desgraciada,

de la discordia y ambición teatro,

menos, oh dulce patria, te idolatro,
180

antes crece mi amor piedad sagrada;

ni, aunque ahora tanto en esplendor te venza,

pienses que la europea

tierra, que te desdeña en su ufanía,

de ser tu hijo me cansó vergüenza;
185

que ni a la hermosa celestial idea

correspondió del alta fantasía,

que pedazo del cielo la fingía;

mas, aún cuando excediera

las esperanzas mías,
190

y Edén segundo y mejorado fuera,

nunca tu hijo de ti se avergonzara,

ni jamás dejarías

de ser en sus afectos la primera;

y, si a nacer tornara yo y del cielo
195

la soberana ley a mi albedrío

elegir consintiera patrio suelo,

mas suelo no eligiera que el ya mío.

   Mas ¿quién nos dice, oh patria, que mañana

rayos no des de gloria soberana?
200

Si es de la vana Europa lo presente,

es tuyo lo futuro;

que nada persevera eternamente,

ni a cambios del destino está seguro;

y con nación alguna
205

hizo pactos eternos la Fortuna,

que, ministra del cielo, nos gobierna,

y a cada gente el principado alterna.

Tal vez no dista el venturoso día

que, a Europa, demostrando rostro adverso,
210

al vasto mundo de Colón sonría.

Y el imperio le dé del universo,

y su vez gloriosa le conceda

a mi dulce Perú su instable rueda,

que de tanto reyes en desagravio
215

con que le aflige y afligió le debe,

citando yazga quizás inútil plebe

quien hoy nos befa con soberbio labio,

   Mas para idolatrarte

no ha menester el alma imaginarte
220

de excelsa gloria y resplandor cubierta:

bástame que en tu cielo mis miradas

alegres saludaron al sol nuevo;

que en ti mi planta incierta

dio sus primeras trémulas pisadas;
225

que a ti familia y dulce madre debo,

y de la pura infancia los placeres;

a ti el primer amor y las sinceras

amistades primeras:

bástame en fin que tú mi patria eres,
230

que para el tierno corazón del hombre

todo se cifra en este dulce nombre.

   Sí, que en el pecho humano,

de todos sus afectos soberano,

de la patria el amor Naturaleza,
235

inmortal esculpió, profundo, inmenso,

del tiempo vencedor y la distancia;

y de nuevas regiones la grandeza,

poder, tesoro, amor, nada le entibia;

y, aunque el más triste páramo de Libia
240

te engendrara, y estancia

te dé en su vasto seno,

de eternas fiestas y delicias lleno,

la encantada metrópoli de Francia,

siempre suspirarás en suelo ajeno.
245

   Aunque terrenos paraísos pises,

nada el anhelo de la patria aplaca:

dígalo el sabio pacïente Ulises,

que, con morar en un Edén pequeño,

de bella diosa idolatrado dueño,
250

sólo anhelaba regresar a Itaca,

y, como favor sumo,

a Jove suplicaba queje diera

vivir donde siquiera

se divisase de su hogar el humo;
255

y, huyendo de la tierna amante diosa,

sentado tristemente en la ribera

del inmenso océano,

pasaba entero el día

en su patria pensando, hijo y esposa,
260

y en Laertes, su anciano

padre, que acaso ya no viviría.

   Y a su lado llegando, se quejaba

tal vez así la huéspeda divina:

«¿Por qué me huyes, ingrato?
265

¿La soledad prefieres de esta playa

de una diosa al amor y estrecho trato?

¿Por qué yaces sentado en la marina,

desde que el alba sonrosada raya

hasta que el sol declina,
270

en silencio y a solas

contemplando con lágrimas las olas?

¿Qué mortal, sino tú, pagar pudiera

mi amor en tal manera?

¿Quién en este terrestre paraíso,
275

del alma primavera eterna corte,

quién por mí no olvidara hijos, consorte,

familia, patria, y cuanto un tiempo quiso?

en jardín que deleita las miradas

del que deja las célicas moradas,
280

o a visitarme baje,

o me traiga de Júpiter mensaje,

¿Quién, dime, el mundo todo no olvidara?

Mas tú, la dicha rara

de ser el caro dueño de Calipso
285

mal preciando insensato, solo anhelas

a Itaca desplegar las raudas velas,

y volver de Penélope a los brazos:

mas, dime, ¿en hermosura no la eclipso

y en amor y en ingenio? pues mal puede
290

débil humana, que a los años cede,

a eterna diosa disputar la palma

en corporales prendas y del alma.

«Deja pues ese anhelo y largo llanto,

y mi amor goza en tanto;
295

de la inmortalidad con que te brindo

acepta el alto don, y sé mi esposo;

tiempo es que de tus viajes el reposo

quieras aquí gozar; de nuevas penas

en demanda no vayas,
300

libre de tantas por mi amparo apenas.

¡Ah! si supieses los trabajos grandes

que te esperan al irte de mis playas,

cuando por mares y por tierras andes

errante peregrino,
305

sin que un punto reposes,

juguete del destino,

y blanco de las iras de los dioses,

por siempre renunciarás al deseo

de salir de este plácido Eliseo;
310

y tu Itaca pusieras en olvido

y tu esposa, gozando satisfecho

de ilustre diosa el venturoso lecho,

que más de un morador esclarecido

del bienhadado Olimpo envidiaría.»
315

Entre airada y amante,

se querellaba así la hija de Atlante;

y el Itacense así le respondía:

   «Cierto es, augusta, Diosa,

cuanto decís, y mal comparar puedo
320

mi Itaca pedregosa

a esta florida, amena, feliz isla,

de los cielos bellísimo remedo

(y en el mismo de Jove alcázar alto

vos con vuestra presencia convertisla;)
325

ni soy tan ciego y de sentido falto,

que no alcance a entender con cuanto exceso

vence a la de mi esposa y anonada

vuestra inmensa beldad, que nunca el peso

del tiempo sentirá, ni de la helada
330

enfadosa vejez los graves daños,

habiendo de volar sin fin los años

sin que el menor hechizo nunca os roben,

mas siempre os hallen bella y siempre joven;

mientras la frágil suya,
335

cual flor que vive sólo una mañana

a marchitarse y fenecer condena

forzosa ley de nuestra estirpe humana:

mas Itaca es mi patria, y negra pena,

que resistir es vano,
340

me roe el corazón, de ella lejano;

a ella de noche viajo, y a su puerto,

do no puedo despierto,

abordar en mis sueños me imagino;

y paso, como veis, del sol el curso,
345

mirando el mar inmenso, que el camino

es de la patria mía,

y que al alma tristísima consuela

con la dulce esperanza de que un día,

si no me abandonó favor divino,
350

me ha de llevar por él rápida vela.

   «No hay hora, no hay instante en que no piense

cuando será que al fin suelo itacense

huelle, y bese con llanto y reverencia;

y sienta el indecible regocijo
355

de ver de nuevo, tras tan larga ausencia,

a mi tan fiel Penélope querida,

y a nuestro dulce hijo,

que tan niño quedara a mi partida;

y a mis amantes padres, cuyo largo
360

vivir prolongue hasta mi vuelta el cielo,

y a la fiel turba esclava,

y hasta a mi pobre perro, mi leal Argo,

¡que por seguirme, a mi partir, lloraba!

   «Mi pensamiento sin cesar desvela
365

de esposa e hijo la ignorada suerte,

y tan tenaz recuerdo

ni en vuestros brazos amorosos pierdo;

acaso, mientras yazgo en ocio inerte,

audaces pretendientes codiciosos
370

a mi pobre Telémaco dan muerte,

y a Penélope cercan, ambiciosos

de su himeneo, con tenaz asedio,

que a reducir no basta

el firme pecho de mi esposa casta;
375

tal vez, tal vez la dolorida exclama:

«¿Dónde mi esposo está, que no me auxilia?

Si en la tumba no duerme,

¿por qué así deja solitaria, inerme

tan largos años a su fiel familia?»
380

Sí, mi dulce Penélope, tus voces

escucho, y, pronto dando las veloces

lonas al viento, volaré en tu ayuda;

pronto a Plutón mi vengador encono

la turba loca lanzará, que solo
385

falsa esperanza de mi muerte alienta

a pretender del Laerciada el trono,

y la mano y el lecho de su viuda.

    «Sin que el anhelo del retorno templen,

que tan ardiente os muestro,
390

los males que me anuncia el labio vuestro:

no son para mí nuevas

de la suerte las pruebas,

con las que mi valor más acrisolo;

diez años en crudísimas batallas
395

me miraron de Troya las murallas;

las iras sé de Eolo,

y los peligros de Caribdi y Seila;

y del Cíclope hambriento,

a quien privé de su única pupila,
400

cercano a ser me vi triste sustento:

del hado a los insultos estoy hecho,

y así, cuantos añada

su cólera jamás apaciguada,

todos resistiré con fuerte pecho.
405

   «Mas no os enojen, Diosa, mis sinceras

palabras, ni temáis que en tiempo alguno

olvide ingrato cuán piadosa y noble,

en vuestras playas dándome acogida,

me salvasteis de la ira de Neptuno;
410

hasta la hora postrera de mi vida,

en cualesquiera mares o países

a do el hado me llevó,

siempre en el alma vivirá de Ulises

la memoria dulcísima de tantas
415

altas mercedes que a Calipso debe,

y que agradece humilde a vuestras plantas12

   Si pues Ulises, de una diosa amado,

gozando de su lecho y de su lado,

en valles siempre amenos,
420

en jardín sin cesar florido y verde,

que bello se mostraba a las miradas

a contemplar al cielo acostumbradas,

su patria echaba menos;

¿cuánto será razón que te recuerde,
425

dulce suelo peruano,

siendo tanto más bello

de Calipso el imperio sobrehumano

que la tierra que huello,

cuanto a ti cede Itaca, la postrera
430

hija del Océano,

de quien ni el nombre recordará el mundo,

si por aquel no fuera

a quien tornar a verla costó tanto

de deseos, de afanes y de llanto?
435


1860.

A un ruiseñor

    Con gemido tan doliente

rompes la nocturna calina,

cual si tuvieras un alma

que al par de la nuestra siente;

   el griego mito no en vano
5

te fingió infeliz doncella13,

pues en verdad tu querella

lamento parece humano.

   Y, aunque tu idioma no entiendo,

harto conocer se deja
10

que es sentidísima queja

esa que estás repitiendo.

   En estas tranquilas horas,

en las que yace la vida

en alto sueño sumida,
15

¿por qué solitario14 lloras?

   ¿De qué congoja importuna

tan sin cesar te querellas?

¿Qué desdicha a las estrellas

cuentas, y a la blanca luna?
20

   ¿De tu consorte fïel

te privó plomo encendido?

O ¿no hallaste, vuelto15 al nido,

tus dulces hijos en él?

   ¡Con tu queja lastimera
25

cuánto, cuánto me apiadas!

¡Quién tus prendas adoradas

volver g tu amor pudiera!

   Mas, como yo de tu pena,

piedad de mi pena ten,
30

que la ausencia de mi bien

lloro, cual tú, Filomena.

   Y, como a mi negro duelo

piedad no hallo entre los hombres,

de que venga no te asombres
35

a buscar en ti consuelo.

   Dolorosa simpatía

une nuestras almas hoy,

y, aunque superior te soy,

quiero hacerte compañía.
40

   Y, pues a ambos nos da16 Dios

los mismos males extremos,

acompañados lloremos,

oh Filomena, los dos.


1861.

Super flumina babylonis

    Junto a tus ríos, Babilonia altiva,

nos sentamos, mezclando a su corriente,

a su libre corriente fugitiva,

un largo mar de nuestro lloro ardiente:

y en vuestras ramas, sauces lloradores
5

que pobláis las riberas,

las resonantes cítaras colgamos

con que en días mejores,

a las orillas de los patrios ríos,

nuestras dichas y triunfos celebramos.
10

   Y cuando los impíos

que cautivos allí nos arrastraban

nos dijeron con bárbara ironía:

«cantadnos algún canto

de los que alzabais en la patria un día»
15

con voz interrumpida por el llanto,

nuestro mísero labio respondía:

«¿Cómo cantar en servidumbre fiera

los himnos de la patria vencedora?

¿Cómo cautivos levantar ahora
20

los cánticos que al viento

un día daba nuestro libre acento?»

   ¡Yerta quede mi mano,

oh dulce patria, si en comarca ajena

jamás del harpa los bordones toca!
25

¡Muda quede mi lengua, si en mi boca

tu santo nombre sin cesar no suena!

De mí se olvide la memoria mía,

si siempre no alimento

con tu dulce recuerdo el pensamiento,
30

y el triste corazón con la esperanza

de que a tu seno he de tornar un día,

cuando aplaquen los cielos su venganza.

   ¡Ah! ¡quién fuera, quién fuera

el aura voladora,
35

la nube pasajera,

para volar a tu mansión querida!

¡Envidio, envidio ahora

del ágil ave el presuroso vuelo,

cual envidiaba en mi crüel partida
40

la raíz de los árboles felices

que se quedaban en el patrio suelo!

¡O patria bella que al Edén te igualas,

tuvieran ¡ay! tus hijos infelices,

para volver a ti veloces alas,
45

para quedarse en ti, firmes raíces!

   ¡Hermosos campos del Jordán bañados!

¡Frescos viciosos prados!

¿Cuándo os verán mis impacientes ojos?

¿Cuándo, campiñas santas
50

os hollarán mis anhelosas plantas?

Tierra de la esperanza y del recuerdo,

que guardas de mis padres los despojos,

¿Será que nunca he de volver a verte,

y que en campos ajenos
55

mis tristes ojos cerrará la muerte?

¡Ah! no, jamás, y en mi vejez postrera,

en mis instantes últimos al menos,

me dé el Señor que a saludarte torne,

aunque, al llegar a tus confines, muera.
60


La desgracia

(Del diario de un viajero americano)

    Con esa sombra que jamás evito,

¿en mí castiga el soberano Juez

legadas culpas, o fatal delito

que en otra vida me manchó tal vez?

   En las partes más solas y calladas
5

sus pasos oigo resonar detrás,

y guardan sin cesar con mis pisadas

un siniestro monótono compás.

   Si tal vez apresuro mi carrera,

pensando que su alcance burlaré,
10

también ella sus pasos acelera,

e igualmente cercano oigo su pie.

   Y cuando más por escaparme peno,

su acento escucha mi mortal terror,

su horrible acento que, rival del trueno,
15

«sigue, grita, tu curso volador.

   »Que sin darte jamás treguas ningunas,

tras tus pisadas mis pisadas van:

de Venecia lo saben las lagunas,

los palacios lo saben de Milán.
20

   »Y los templos lo saben y las ruinas

de la que fue del mundo emperatriz,

y las músicas ondas cristalinas

y jardines de Nápoles feliz.

   »Y lo sabe la artística Florencia,
25

y Génova, la espléndida ciudad,

siendo lóbrego velo mi presencia

que te empañó de Italia la beldad.

   »Tajo lo sabe de dorada arena,

Betis ilustre y diáfano Genil,
30

Támesis frío, y cenagoso Sena,

y mil ríos lo saben y otros mil.

   »Busca, busca, insensato, nuevas playas,

más tristes siempre cuanto ansiadas más:

a donde quiera que en tu fuga vayas,
35

nunca, nunca de mí te librarás.

   »Te recibí al nacer: mecí tu cuna,

y fue mía tu lágrima primer;

en vano mi presencia te importuna:

acrece tu fastidio mi placer.
40

   »Para estar en eterna compañía

el supremo destino nos creó;

y para hüirme, menester sería

que de ti huyeras, que otro tú soy yo.»

   Y así es seguirme su constante empleo
45

de un confín de la tierra a otro confín,

como tenaz remordimiento al reo,

cual los divinos ojos a Caín.

   ¡Ah! por no ver a la que así me aterra

y acosa y atormenta sin cesar,
50

me escondiera en los senos de la tierra

y en los abismos húmedos del mar.

   Si a veces busco compañía humana,

vanos amigos cariñosos son

y hasta beldad enamorada es vana
55

para ahuyentar tan cruel persecución.

   Si en danza busco bulliciosa y leda

breve instante de tregua y de solaz,

de blancos rostros entre alegre rueda

súbito asoma su amarilla faz.
60

   Y cual armada sombra vengadora

visible sólo al matador, así

su atroz presencia que el sarao ignora

solo descubre la feroz a mí.

   Y tal vez de improviso entre el rüido
65

de la festiva música veloz,

palabras de terror me habla al oído

y yo sólo oigo su siniestra voz.

   Roba paz a la noche, luz al día,

blando aroma a las flores del jardín,
70

de los frutos aceda la ambrosía

y emponzoña el magnífico festín.

   Yo la siento ceñir mi cabecera

al dar al sueño mi abrasada sien,

y al abrirse mis ojos, ¡vista fiera!
75

en mí clavadas sus miradas ven.

   Ella será quien en la huesa me hunda,

y su semblante el último será

que divise mi vista moribunda

entre las sombras sempiternas ya.
80

   Así se queja; y a su espalda en tanto

la le tenaz perseguidora

recorre atenta el doloroso canto,

y cruda ríe, citando el triste llora.


1861.

    Virgen celeste, ¿cuándo

será que, mitigando

tan severos enojos,

vuelvas a mí los compasivos ojos?

   Ya siete veces el Abril rïente
5

de verdes hojas coronó las plantas

y de pintadas flores, y otras tantas

cubrió de nieve el suelo tristemente

el frío primogénito del año,

y aún gimo y lucho con el mal extraño
10

que mi cuitada juventud devora;

cual mísero doliente,

a quien lento veneno

dio en su tierna niñez mano traidora,

por largos años fallecer se siente,
15

tal agonizó y sin descanso peno,

y en vano, oh Diosa, tu favor invoco;

cual dura, apenas viva,

luz a quien va faltando poco a poco

el licor de la oliva,
20

y cada instante la mirada espera

que ya del todo muera,

yo así, en mal tan extremo,

en cada día el de mi muerte temo.

De él me liberta, Diosa,
25

y tu loor divino

eternamente cantará mi lira,

dulce ya y melodiosa,

si la sagrada gratitud la inspira.

   Mas ¿quién con dignos labios ensalzarte
30

iluso esperar osa?

De tu inmensa beldad ¿quién dirá parte?

Tiñe nativa grana tu mejilla,

que remedar no pudo nunca el arte

de afeitada beldad artificiosa;
35

mármol de Paros, nieve sin mancilla

es el turgente seno;

y tu mirada cual lucero brilla

en el éter sereno:

siguiendo donde quiera tus pisadas
40

van las turbas aladas

de las felices Risas y Placeres,

que con extraño error en compañía

pinta la Poesía

de la Diosa de Pafo y de Citeres;
45

tan bella por fin eres,

que de la envidia el áspid importuno,

pudo sentir por tu hermosura sola

la vencedora de Minerva y Juno,

y el carmín eclipsó con tu presencia
50

que sus blandas mejillas arrebola.

   ¿Qué sin ti vale el oro,

que no aprovecha más que al ruin avaro

su enterrado tesoro?

¿Qué la suerte más próspera y válida,
55

gloriosos lauros y linaje claro?

Las más alegres animadas fiestas

tristes son funestas

para quien llora con tu ausencia impía:

el sonoro compás de las orquestas,
60

las mil luces y mil que en nuevo día

la oscura noche tornan, la algazara,

y las sonantes olas del gentío

fueron siempre sin ti pena y hastío,

que todo tu enemiga lo acibara.
65

   ¡Cuánto te anhelo sin cesar! Contigo,

oh tú sin quien la vida es larga muerte,

por la de vil mendigo

trocará al punto con placer mi suerte;

Sin ti diademas reales
70

despreciaran mis sienes,

y mis manos del Inca los caudales;

que fáciles contigo son los males,

y sin ti males son los mismos bienes.

   Ven, y te apiade mi tormento duro,
75

desarme tu rigor mi humilde ruego,

que, si de nuevo a disfrutarte llego,

eternamente respetarte juro;

y como virgen pía

velaba asidua el sacrosanto fuego
80

con que la llama de su vida ardía,

así te he de velar yo sin sosiego:

no tantos de ti gocen

que, porque nunca los dejaste esquiva,

tu valor desconocen,
85

y, como ya este triste arrepentido,

te ofenden o te tratan con descuido;

y de mí que conozco cuánto vales,

y el amor te tendré que tú mereces,

no desoigas las preces,
90

y da piadoso fin a tantos males.


A un cóndor enjaulado

    Un tiempo, allá en el suelo americano,

rey te aclamó la voladora plebe,

y de los Andes la más alta nieve

atrás dejabas en tu vuelo ufano:

   el espacio sin fin del aire vano
5

era tu imperio; mas en cárcel breve

hoy en vano tus alas alza y mueve

tu no perdido instinto soberano.

   ¡Cuánto, al mirarte, oh cóndor, me apïadas

preso, y en suelo, como yo, extranjero!
10

Mas yo pronto a las playas adoradas

   de mi dulce Perú tornar espero,

y tú, blanco curioso a las miradas,

ausente morirás y prisionero.


1861.

Dido a Eneas

    Y ¡partes y me dejas, enemigo!

Y, por más que a tus plantas en un lago

de lágrimas ardientes me deshago,

¡ablandar tus entrañas no consigo!

   ¡Oh de tanta merced inicuo pago!
5

Aquí náufrago y prófugo y mendigo

llegaste, ingrato, y yo partí contigo

mi lecho y el imperio de Cartago.

   ¡Ah! pues no basta a detenerte nada,

permitan las deidades justicieras
10

que, al presentarse al fin a tu mirada

   de esa tu ansiada Italia las riberas,

súbita tempestad hunda tu armada,

y, como yo, desesperado mueras.


1861.

Descripción de un palacio

(Fragmento de un poema)

    Del encantado celestial palacio

miro brillar cada anchurosa sala,

de esmeralda, zafir, rubí y topacio

con color vario y lumbre, que no iguala

la luz cambiada en cada breve espacio
5

de los mágicos fuegos de Bengala;

y de una sola fina piedra es hecho

cada diáfano muro y alto techo.

   Y paredes penetra y techos una

extraña claridad, de otro sol hija,
10

que, mas que el nuestro claro, no importuna

la mirada jamás que en él se fija,

mas suave siendo aún que nuestra luna;

que los ojos y el alma regocija,

y que con rayos siempre iguales arde,
15

sin conocer jamás noche ni tarde.

   Por natural virtud, tan dulcemente,

por donde quiera que el pie lleves, suena

el armonioso musical ambiente,

que la más dura, antigua, tenaz pena
20

aduerme y desvanece de repente,

y quieta torna el ánima y serena;

ni vivo, como el agua del Leteo,

le deja algún recuerdo ni deseo.

   Una escondida no visible lira
25

en cada blando soplo se dijera

que amorosa y dulcísima suspira,

y que vuela una orquesta por do quiera:

así en la altura etérea donde gira

en resonante danza cada esfera
30

el antiguo Pitágoras creía

que música es el aire y armonía.

Y un canto aquella música acompaña,

que de dónde desciende no conoces,

en que, hermanadas en concordia extraña,
35

son una sola voz mil y mil voces:

voz dulce que de modo el tiempo engaña,

y hace huir los instantes tan veloces,

que, oyendo su dulzura arrobadora,

iguales son un siglo y una hora.
40

   Los que tanto preciáis y os gozáis tanto

en el canto y la música terrena,

si esa música oyerais y ese canto,

lo que hoy tanto os suspende y enajena

fuera de vuestro oído horror y espanto,
45

cual son de nube que, rasgada, truena,

o estampido de bronce cuyo seno

al aire lanza el imitado trueno.

   Allí Flora y Pomona sus imperios

tienen, do cuenta el Año doce abriles,
50

y que eclipsan y apocan los aerios

famosos Babilónicos pensiles;

y aun los huertos fantásticos Hesperios

fueran con ellos reputados viles:

dorados frutos su recinto cría
55

y flores de variada pedrería.

   Embriagadora celestial fragancia

desprendiéndose va de aquellas flores,

que no apaga o minora la distancia,

cual de flores terrestres los olores;
60

y en toda aquella venturosa estancia

música, así, y aromas y fulgores

compiten, sin que alcances qué sentido

es de más gloria y más dulzura henchido.

   Más suave que la miel y la ambrosía,
65

más que el maná de los desiertos suave,

mil sabores y mil como él varía,

sin que jamás de deleitar acabe,

ya lo que el gusto caprichoso ansía

de cada cual en cada instante, sabe
70

el fruto de los árboles de vida

con que el divino huerto me convida.

   Azules y tranquilos cual los cielos,

lagos miré de transparencia rara,

y en lecho de oro y perlas arroyuelos
75

de pura linfa como el aire clara;

el agua que al cristal da aquí más celos,

si a aquélla la memoria la compara,

con desdén la memoria la desecha,

cual por arte imperfecto contrahecha.
80

   Mas de lo que me ofrece este universo

es lo que aquel palacio soberano

en su seno atesora tan diverso,

que por pintarlo me fatigo en vano:

faltan colores al humano verso,
85

fáltale vuelo al pensamiento humano,

y así, desesperando del intento,

calla el verso, desmaya el pensamiento.


1861.

    Pródiga con el león, Naturaleza

de soberbia melena le corona,

y deja sin diadema la cabeza

      de la olvidada leona.

   No concede a la frente de la cierva
5

de las astas el árbol ostentoso,

que a la frente magnífica reserva

      del engreído esposo.

   Al pavón orgulloso dio la cola

que de mil ojos deslumbrantes siembra,
10

y sin tasa matiza y tornasola,

y la negó a la hembra.

   Mas ¡cuán distinta con la especie nuestra

plugo a la madre de las cosas ser!

¡Cuánta, más gracia y hermosura muestra
15

      que el hombre la mujer!

   De sauce babilonio cual ramaje,

le da rica sedosa cabellera

que por el hombro tornëado baje

      hasta el ancha cadera.
20

   Apretadas alzó y alabastrinas

en el turgente dilatado pecho

dos redondas purísimas colinas

      que parte valle estrecho.

   Quiso que al labio colorado y breve
25

la grana envidie, y en la faz hermosa

dulcemente mezcló púrpura y nieve

      y el jazmín a la rosa.

   La luz de las estrellas apartadas

en sus ojos clarísimos encierra,
30

que son, en sus espléndidas miradas,

      los soles de la tierra:

   añadiendo a beldad tan portentosa

un dulce hechizo, una inefable gracia,

que de ella en todo sin cesar rebosa
35

y que jamás nos sacia.

   Y tú, hombre, al verla tan graciosa y bella,

al cielo gracias y loores das

de ser vencido en la beldad por ella

para adorarla más.
40


1861.

A mi sobrina Manuelita C.

    Cuando en los días primeros

de tu existencia te vi,

lunar no hallaban en ti

ni los ojos más severos.

   Y si no me alucinó
5

el casi paterno afecto,

criatura sin defecto

te jurara entonces yo.

   Mas pronto Naturaleza,

arrepentida de haber
10

creado un humano ser

con tan divina belleza,

   dijo: «no es bien que te dé,

»predilecta criatura,

«la perfección de hermosura
15

»que siempre a todas negué.

   »Si signes creciendo así

»y humillando a las demás,

»soberbia te engreirás

»de la beldad que te di.
20

   »Un defecto has menester

»que sea en ti la señal

»de tu condición mortal,

»y te confirme mujer.

   »que, si no, supersticiosa,
25

»la tierra tributaria

»criminal idolatría

»a tu belleza de diosa,

   »por quitarte lo soberbio,

»fiebre tenaz te enviaré,
30

»que de tu pequeño pie

»tuerza el delicado nervio;

    »por que, cuando te engrïeres

»viendo en ti belleza tanta,

»al sentir tu enferma planta,
35

»recuerdes que mortal eres;

   »y para que, cuando quieras

»dejar la tierra afligida,

»tu planta grave te impida

»alzar tus alas ligeras.»
40


1861.

I

   Sé entre todos los astros tú maldito,

triste planeta, por mi airado verso:

de un linaje infeliz cuanto perverso

¡patria fatal que por desdicha habito!

   Entre el número de astros infinito
5

que pueblan el vastísimo universo,

eres, por culpa propia y hado adverso,

el astro del dolor y del delito.

   Antes que suene del querub la trompa,

el ciego choque de cometa airado
10

tu frágil mole estremeciendo rompa:

   ¡Y siga, sin tu globo, lo creado

en concertada majestad y pompa

su eterno movimiento arrebatado!

II

   Perdona, madre Tierra, si mi inquieta
15

alma soberbia, en su ambición osada

menospreciando un tiempo tu morada,

quiso por mejor planeta!

   Ya la divina voluntad respeta

que a ti la destinó, viendo humillada
20

que no hay mansión ninguna que a su nada

mas que la que hoy habita le competa.

   Y no arde acaso en la celeste altura

astro ninguno que de ti diverso

sea en estar negado a la ventura:
25

   acaso en el vastísimo universo,

donde quiera que esté la criatura,

la ley la oprime del destino adverso!


A mi tío el varón don Augusto Althaus

    No expresa mi placer lenguaje humano:

al fin antiguo anhelo he satisfecho,

y entre mis brazos vuestro cuello estrecho,

¡oh de mi padre idolatrado hermano!

   Pero de tanto júbilo a un insano
5

dolor pasa de súbito mi pecho;

y, en encendidas lágrimas deshecho,

pienso en mi padre, y le apellido en vano.

   Pienso que, como a vos en este instante,

nunca abrazarle a su hijo dio la suerte
10

ni conocer su voz y su semblante;

   pienso que, como vos, anciano fuerte,

aún hoy, consuelo de su prole amante,

¡burlar pudiera la terrible muerte!


1861.

Al concepto íntimo

    En el rico vastísimo universo

jamás tu objeto se ofreció al sentido,

concepto por mí solo producido,

cuando conmigo en soledad converso.

   ¡Cuántas veces probó a expresarte el verso,
5

por que no yazgas en eterno olvido!

Mas, apenas te doy forma y vestido,

eres en todo ya de ti diverso.

   Si tal cual te concibo te expresara,

nada hay que tanto al universo asombre,
10

cual lo asombrase tu belleza rara:

vive en lo hondo del alma, sin que el hombre

te penetre jamás, pues no declara

tu misterioso ser cifra ni nombre.


Al arco iris

    A ti mi canto ahora,

arco inmenso de paz, ansioso grita

el ala voladora:

del palacio de Dios, la fantasía

te finge la magnífica portada,
5

de perlas fabricada

y de varia chispeante pedrería:

por ella a socorrer del afligido

el humilde gemido

al suelo baja celestial querube;
10

y abre a los cielos venturosa entrada

al alma justa que, de Dios llamada,

a la perenne bienandanza sube.

   ¿O eres arco triunfal, resplandeciente

de vivas joyas y celestes flores,
15

por donde pasan coronada frente

los altivos etéreos vencedores?

¿O vastísimo puente

que sobre el mar del éter te levantas,

y paso das a gigantescas plantas?
20

   En ti vio la feliz animadora

griega Mitología

listada zona, cual ninguna bella,

que, enviada al suelo por su real señora,

en los húmedos aires descogía
25

de Juno la lindísima doncella17.

   Mas ya murieron los argivos mitos,

y sus bellos errores,

de genios infinitos

en mar, tierra, aire y cielo creadores:
30

ya la esposa de Júpiter no manda

a la hija de Taumante,

ni ya eres, Iris, la lujosa banda

que señala su vuelo rutilante.

Y la Musa suspira
35

mirando para siempre disipada

tan hermosa mentira.

   Mas de la fe cristiana la esperanza

en ti contempla la señal gloriosa

de la inmortal alianza
40

en que Dios a los hombres prometía

que jamás el furor de su venganza

a confiar a las ondas tornaría.

   Por castigar a las inicuas gentes,

al Creador ingratas,
45

rompió el abismo sus profundas fuentes

y el cielo desató sus cataratas:

y quedarse amagaron

de sus tesoros líquidos vacías,

lanzando sin reposo sus torrentes
50

cuarenta noches y cuarenta días:

y cubrieron las aguas resonantes

valles, bosques, praderas,

y los que nunca las bebieron antes,

abrasados desiertos:
55

a las fuertes ciudades altaneras

de la mar más distantes,

la suerte cupo de tragados puertos:

en vano a sus altivos moradores

por siempre preservarlos prometía
60

de las iras del húmedo elemento

la vasta lejanía,

pues portentoso súbito océano

vieron que del oscuro firmamento

sobre sus frentes pálidas caía.
65

Y en vano hasta las cumbres, nunca holladas

por mortales pisadas,

de los montes al cielo más cercanos,

se subieron los últimos humanos:

como islas eminentes,
70

ya sumergida toda humilde playa,

los Andes y el altísimo Himalaya,

aun asomaban las enhiestas frentes;

mas poco resistieron

al mar que sin descanso los devora,
75

y al fin del todo sepultados fueron

por el agua creciente vencedora:

y la tierra mar era,

mar inmenso sin islas ni ribera;

mar que, azotado de tormenta brava,
80

y no contento de invadir el suelo,

se avecinaba al tenebroso cielo,

nuevo mar que en el mar se derramaba.

El sol, oscuro en la mitad del día,

náufrago parecía:
85

y el vengador enojo soberano

sólo miraba aquí por toda parte

densa noche en vastísimo océano

donde alzaba la Muerte su estandarte.

   Y salvo la inocente
90

familia del Patriarca,

y cuantos animales escondía

en su recinto salvador el Arca,

murió de Adán, el infeliz linaje

y las especies animadas todas,
95

y cuanto, en la ancha tierra sumergida

y en el leve elemento que la ciñe

tuvo soplo de vida:

y en ese nuevo tenebroso caos

iba moviendo la segura prora
100

esa gigante reina de la naos,

de las aguas impávida señora:

sola, en tanta rüina,

que perdonó la cólera divina.

   ¡Cuán plácido y alegre reirías
105

a aquellas almas pías,

cuando por vez primera,

tras los largos horrores

de inundación tan fiera,

encendiste en el cielo tus colores!
110

¡Cuál te enviarían bendición ufana,

en su primer reposo,

aquellos solitarios moradores

del húmedo universo silencioso!

¡Cuánto, por sus postreros descendientes,
115

su corazón colmaba de alegría

tu vista, ofrecedora de que nunca

ya con furor tan ciego

el agua inundadora vencería

la grave tierra y el ardiente fuego!
120

   Mas hoy, al verte desde playa ajena,

no asoma al labio placentera risa,

mas rompe en llanto mi profunda pena

tú su patria recuerdas al ausente;

que blasón y divisa,
125

cual del astro divino procedente,

tú de los Incas fuiste,

antiguos reyes de mi patria triste.

¡Cuán larga edad, en su feliz carrera,

los peruanos ejércitos, triunfante
130

te pasearon del Sol en la bandera,

por la mitad de América gigante!

Y en civilizadora

noble conquista y generosa guerra,

(¡cuán otras ¡ay! de aquellas que la Aurora
135

mandó después a su remoto suelo!)

grande fuiste por ellos en la tierra,

como grande te ostentas en el cielo.

   Tú en la sagrada Cuzco, en la radiante

casa del Sol divina, mereciste,
140

con singular decoro,

sacros honores y aposento de oro18;

y allí, de muro a muro dilatada,

tu imagen fiel resplandeció gloriosa,

con el propio matiz y la luz misma
145

con que hoy a mi mirada

brillas, del claro Sol inmenso prisma.

   ¡Ay! Pronto la insaciable

codicia de los hijos de Castilla

por tierra echó tan rara maravilla;
150

y cuantas plagas vomitó el Averno

el suelo de los Incas devastaron:

piedad demuestra y corazón humano

con inerme rebaño tigre hambriento,

al lado puesto del león hispano
155

que hijos de Manco devoró sin cuento:

palacios, templos, todo lo derriba,

la humilde choza y la ciudad altiva,

con prestas manos el furor hesperio;

y en sólo un punto el peruano imperio
160

se cubre todo de confusas ruinas,

cual si de furibundo

terremoto las iras repentinas,

estremeciendo la mitad de un mundo,

la tornaran vastísimo desierto,
165

de escombros sólo y de pavor cubierto.

   La Cruz, ¡oh cielos! instrumento un día

del más infame bárbaro suplicio:

la Cruz a quien de un Dios el sacrificio

en instrumento convirtió de vida
170

y en Iris salvador del universo,

fue por bando tan crudo y tan perverso

a su primer empleo restituida:

y el sagrado madero,

la gloriosa señal de los Cristianos,
175

en tan inicuas manos

fue la sangrienta cruz de un pueblo entero.

   Mas ¡oh justicia celestial! no sola

corrió sangre peruana; pronto a mares

por do quiera corrió sangre española,
180

y españoles cayeron a millares;

no por la mano de la gente nuestra,

mas por su propia furibunda diestra:

cual codiciosos, en infame lucha,

se acuchillan feroces bandoleros
185

por el rico tesoro

de opulentos inermes pasajeros,

a quienes su traidora acometida

con el tesoro arrebató la vida;

así con viles fratricidas manos
190

los ciegos castellanos

contra sí convirtieron las espadas

en sangre de los Incas empapadas.

Y el arma fue la hidrópica codicia

con que el cielo enemigo,
195

vengador de los Incas, los forzaba

a darse por sí propios el castigo.

   Y desde entonces de gemir no cesa

mi triste patria, de discordias presa:

que en vano, oh Iris, en combates ciento
200

admiró el universo vencedores

del pendón castellano

los unidos pendones vengadores

que ostentaban tus vívidos colores

y la imagen del astro soberano19:
205

¡Ah! no siguió la paz a la victoria,

de la preciosa libertad estraga

el sumo bien nuestra feroz locura,

y la tremenda pena expïatoria

aún en nosotros, con el crimen, dura.
210

   Pero dé ya lugar a la clemencia,

y nos excuse la última rüina

la venganza divina,

con tan largo castigo satisfecha:

y cual tú sueles, arco lisonjero,
215

tras tenebrosa tempestad deshecha,

asomar, de bonanza mensajero;

y como ahora sonreír te miro,

de oro húmedo listado y tierna gualda,

de puro añil, de viola y de zafiro,
220

y de púrpura ardiente y de esmeralda,

así la Paz alegre y venturosa

asome al cielo de la patria mía,

y largos siglos nos consuele y ría,

madre del Arte y del Progreso esposa.
225


1861.

    Mi triste rostro riego

de ardiente lloro en incesable río:

perdona a un flaco y ciego;

pequé: pecar es mío,

y es tuyo perdonar, Dios blando y pío.
5

   Que siempre te has preciado

más que de ser inmenso, omnipotente

autor de lo creado,

de perdonar clemente

al que a tu seno torna y se arrepiente.
10

   No hay madre que así al niño

único y débil que a sus pechos cría

con tan tierno cariño

mime, regale, engría,

a é sólo consagrada noche y día:
15

    Y llena de desvelo,

en el nido cubriendo con süave

ala al dulce polluelo,

tan solícita el ave,

tan tierna y amorosa ser no sabe;
20

   como tú al hombre, cuando

deja sus vicios y sus obras malas,

dulce, amoroso, blando,

le acoges, le regalas,

y cubres con la sombra de tus alas.
25

   Ve, Señor, cuánto peno,

y que es el vicio mi mayor desgracia:

sácame de este cieno;

sienta yo de tu gracia

la poderosa súbita eficacia.
30

   A salvarse no basta

el débil, flaco, miserable humano,

a sí dejado; y hasta

que tú me des la mano,

siento todo mi esfuerzo salir vano.
35

   Tan fácil a la muerte

corro, y de tu ley santa me desvío,

que, para no ofenderte,

a mi libre albedrío

quisiera renunciar, Salvador mío.
40

   ¡Cuántas veces propuso

mi arrepentido corazón la enmienda!

Mas la fuerza del uso,

más que de error la venda,

presto me obliga a que otra vez te ofenda.
45

   Tú, refulgente faro,

la sombra ahuyenta de mi noche densa,

y haz que la que hoy declaro

sea la última ofensa

que haga, Señor, a tu bondad inmensa.
50


Recorriendo las campiñas de Baden

    Volar parece nuestro leve coche,

y huir veloces al opuesto lado

montes, árboles, quintas; y el plateado

luminar de la noche

   presuroso nos sigue por el cielo:
5

¡oh! ¡qué placer! mi descubierta frente

azota el aura fresca blandamente

en su contrario vuelo.

   ¿Dónde vamos? no sé, mas imagino

que a una encantada celestial morada
10

a donde nos espera cortés hada

va a dar nuestro camino.

   En vuestra tan querida compañía,

con vuestra dulce plática sabrosa,

y en noche recorriendo tan hermosa,
15

clara rival del día,

   esta amena región, Edén segundo,

quisiera que este viaje eterno fuera,

y nos llevara tan veloz carrera

al término del mundo.
20


    Garzón de tan linda faz,

que, vestido de mujer,

nadie pudiera creer

que fuera el traje disfraz:

   al presumido Narciso
5

en gracia y beldad excedes,

y al troyano Ganimedes

a quien Jove mismo quiso.

   No hay en nuestros campos flores,

ni en el firmamento estrellas,
10

como en Lima damas bellas

que codician tus amores.

   Mas las disuade y, arredra

de decirte su ardor vivo

ser tú mas fiero y esquivo
15

que el casto alnado de Fedra.


    Aunque tanto Lucinda se arrebola,

muy bien sabe su espejo que es mulata;

y así presume, tan jetona y ñata,

ser de estirpe purísima española.

   Cualquiera es a su lado zamba o chola,
5

a quien ensalza posición o plata;

a todas con desdén su orgullo, trata:

la noble, la señora es ella sola.

   A todos sin cesar les cacarea

que, no sé si de un Tello, o de un Fadrique,
10

procede su clarísima ralea:

   y aunque tanto su orgullo lo repique,

unos dicen que vino de Guinea,

y otros de la lanuda Mozambique.


I

A SEMPRONIO

   Con tus insulsas y continuas quejas,

oh llorón insufrible y sempiterno,

ya no más nos taladres las orejas:

   Al páramo me fuera, o al Infierno,

aunque la pena más atroz y fiera
5

allí de Ceres me impusiese el yerno:

   no hay donde por no oírte no me fuera,

y hasta en quedarme consintiera sordo,

para librarme así de tu, cansera.

   Mas, al verte tan fresco y carigordo,
10

gozando siempre de salud más rara

que gozar puede un marinero a bordo;

   ¿Quién hay, dime, quién hay que sospechara

los ocultos dolores de tu pecho,

que nunca se te pintan en la cara?
15

   Tú no eres desdichado: antes sospecho

que, como a todo necio, a ti la suerte

insensible y feliz también te ha hecho:

   Tú tienes la manía de dolerte

de males que no sientes, de quimeras
20

en que tu tonta Musa se divierte.

   Nunca tuviste penas verdaderas:

son de risa tu llanto y tus dolores,

que no eres digno de llorar de verás.

   Mas aún te puedo consentir que llores,
25

dando de tu torpeza testimonio,

y fiero asesinato a tus lectores:

   Pero, dime, ¿por qué, necio Sempronio,

juntas con tan ridícula manía

la de insultar a Dios como un demonio?
30

   ¿Con moda tan risible como impía,

a merecer aspira tu conato

de Byron del Perú la nombradía?

   Calla, calla, ni juzgues, insensato,

que ser gran vate piensas, que consista
35

en estar blasfemando a cada rato:

   bástete que eres pésimo coplista,

bástete que eres tonto en todo extremo,

mas tu torpeza criminal no insista

en ser a un tiempo tonto y ser blasfemo.
40

II

A SIMPLICIO

   Ya te llegó, ridículo Simplicio,

la vez en que mi Musa furibunda

en ti ejecute su sangriento oficio,

   y que una fiera soberana tunda

descargue al fin en tus enormes lomos,
45

y de vergüenza y rabia te confunda:

   de tus pesados indigestos tomos,

que no hay cuenta y paciencia que los sumen,

víctimas tristes los peruanos somos.

   No pasa un mes sin que tu fértil numen,
50

manchando de papel resma tras resma,

no para por lo menos un volumen:

   y aunque son todos de la laya mesma,

de tus admiradores el rebaño

clama, abriendo una boca de una sesma:
55

   «Rara facilidad! ¡ingenio extraño!

¡feliz fecundidad!» pero yo digo:

¡fatal fecundidad! ¡notorio daño!,

   ¡No envidiable favor del cielo amigo!

¡Vana, inútil, estéril abundancia,
60

de los lectores y el autor castigo!

   Hija de la audacísima ignorancia,

¿Quién habrá que, si quiere y si desea

tu apariencia sin forma y sin sustancia,

   No te logre al instante y te posea,
65

y escriba tomos ciento, que maldito,

el prójimo cuitado que los lea?

   Pero más vale nunca haber escrito

que ser autor, si no son ellos buenos,

de un número de libros infinito.
70

   Y pues tan malos son los tuyos, denos

pocos siquiera por piedad tu Musa:

serán mejores cuanto sean menos.

   El tiempo que empleaste no es excusa;

el arte de los versos no es de risa:
75

y más tu misma, rapidez te acusa.

   Son enemigas perfección y prisa:

sin tiempo y madurez no hay bueno nada:

el verdadero vate no improvisa.

   Años costó la sin igual Iliada
80

de los vates al príncipe y maestro,

ni fue la clara Eneida improvisada.

   No hasta la invención, no basta el estro,

si afán constante, en tan difícil arte,

y un estudio tenaz no te hacen diestro.
85

   Mas, ¿para qué me canso en predicarte,

pues, aunque tú estudiaras, no podrías

corregirte jamás ni mejorarte?

   Sí, vanas fueran todas tus porfías;

que adelantar no puede el que es tan bolo,
90

aunque estudie las noches y los días.

   Con el divino ingenio, don de Apolo,

confundes lo que es hipo y es manía

y comezón de ser autor tan sólo.

   Cual hoja que a los vientos se confía,
95

o como aquí y allí vuelan las aves,

sin seguir en su vuelo cierta vía;

   así, Simplicio, ni tú mismo sabes,

al sentarte a escribir, sobre qué escribas,

por dónde empiece, ni por donde acabes.
100

   ¿Será posible acaso que concibas

que, condolida de tu ruego ardiente

y atenta y dócia tus ansias vives,

   del encumbrado Pindo refulgente

bajo la Musa presurosa luego
105

a dictarte de versos un torrente,

   ¿como rápidos dicta un vate ciego

los versos que uno a uno antes compuso

de su callada estancia en el sosiego?

   Pero de ver me pongo ya confuso
110

que en tal bicho mis iras satisfago,

y de seguir haciéndolo me excuso,

que está Sergio aguardando mi zurriago.

III

A SERGIO

   Y tú que, por haber, sudando el quilo,

con el empeño más tenaz y fiero,
115

escrito en duro trabajoso estilo

   allí uno que otro verso pasadero,

tienes tu miserable personilla

acaso por igual a la de Homero!

   Pero ¡qué digo igual! no, tu pandilla
120

sin igual te reputa y sin segundo,

y al mismo Homero ante tu altar humilla.

   Son los vates que más acata el mundo

poetastros ridículos, respecto

de vate tan sublime y tan profundo.
125

   ¿Quién en é pudo hallar nunca un defecto?

¿Quién tan bien los afectos interpreta?

Él sólo realiza lo perfecto.

   Febo mismo es con é niño de teta,

y bien pudiera el coro de las nueve
130

tomar lecciones de tan gran poeta.

   Pues, ¿cómo así mi Musa se le atreve?

¿Cómo tan temeraria así blasfema?

Si el respeto a callarse no la mueve,

el castigo del dios al menos tema.
135


    El que perdidos para siempre gima

el contento del alma y el reposo,

vuele a tu seno, deleitosa Lima,

y s ser en breve tornará dichoso.

   Tú, cual palacio de potente maga,
5

virtud encierras de sin par dulzura,

que cicatriza la más honda llaga

y la dolencia más antigua cura.

   Tú a memorias acerbas y tenaces

la paz concedes del sabroso olvido,
10

y entre divinas ilusiones haces

mecerse el corazón adormecido.

   De su patria al recuerdo lastimero,

como yo al tuyo, con dolor no inunda

en lágrimas su rostro el extranjero,
15

que tú eres a su amor patria segunda.

   Y si te deja al fin, jamás olvida

tus blandos usos, tu vivir ameno,

y la noble dulcísima acogida

que le brindó tu hospitalario seno.
20

   No hay hora en que tu mágica hermosura

a mi amante memoria no sonría,

que en la luz viva que tu sol fulgura

resplandecer parece la Alegría.

   Y tu aire puro, tu apacible viento
25

parece, en vuelo perezoso y leve,

ser del Placer el deleitoso aliento

donde el anhelo del placer se bebe.

   Jamás viste al relámpago temido

tu cielo iluminar, siempre sereno;
30

ni nunca, oh Lima, resonó en tu oído

la ronca voz del pavoroso trueno.

   Ni te hirió con flamígera saeta

del cielo vengador la justa saña;

la tempestad tu atmósfera no inquieta
35

ni en sus sonantes piélagos te haría.

   Tan sólo el Alba nacarada y fría,

sacudiendo sus húmedos cabellos,

en líquidos diamantes te rocía

y blando aljófar que destilan ellos.
40

   No amortaja jamás escarcha o nieve

tus verdes campos, ni el Invierno frío

a penetrar tus términos se atreve,

también cerrados al ardiente Estío.

   Y cual del hombre en la mansión primera,
45

hoy a tal patria por su culpa extraño,

para ti la florida Primavera

es la perpetua juventud del Año.

   Sin tempestad que al navegante asombre,

el Pacífico mar a ti vecino,
50

conforme siempre con su dulce nombre,

semeja inmenso lago cristalino.

   Nunca más tarde en ti raya la Aurora,

ni más temprano se despide el Día,

ni a su claro enemigo breve hora
55

logra nunca usurpar la Noche umbría,

si es bien que llames Noche la que aduna

toda de estrellas la infinita hueste,

a quien preside incomparable luna,

nuevo sol de la bóveda celeste.
60

   Para ornarte el cabello, tus jardines

bellas flores tributan a millares,

y adornan tus espléndidos festines

los frutos más sabrosos y manjares.

   Y si la Peste, que te envía ajena
65

playa, tu sano cristalino ambiente

con su aliento mortífero envenena,

el cielo rara vez se lo consiente;

y en ti la fuerza y el furor declina

que ciudades despuebla en tiempo breve,
70

que el ver tu gracia y tu beldad divina

a piedad casi y a perdón la mueve.

   Fecunda madre de beldades eres,

que la Fama doquier canta y pregona,

y rinden a tus mágicas mujeres
75

las bellas Gëorgianas la corona.

   ¿Qué pecho habrá tan recatado y duro

que la preciosa libertad redima

de sus ojos que al Sol dejan oscuro,

de la gracia sin par que las anima?
80

   ¿Y quién habrá que se resista esquivo,

y quién habrá que se rehúse ingrato

al inefable agrado y atractivo

de su halagüeño cariñoso trato?

   Ni helada nieve, ni insensible peña
85

son del que abrasan al gemir doliente;

cuanto hermosa es sensible la Limeña,

y si amores inspira, amores siente.

   Y así en tu clima voluptuoso y blando

que a siempre amar el corazón convida,
90

ya entre amores eternos resbalando

el sueño deleitoso de la vida.

   Y para ti las Horas indolentes

se encadenan en danzas amorosas,

enguirnaldando sus risueñas frentes
95

blancos jazmines y purpúreas rosas.

   Al ocio, cual las árabes novelas,

son tus antiguas tradiciones gratas,

y al viajero suspendes y consuelas

con las dulces leyendas que relatas.
100

   La flor de España, la feliz Sevilla

por secular proverbio decantada,

a ti la frente coronada humilla,

con sus hermanas Cádiz y Granada.

   Al largo cielo en fin eres deudora
105

de tal beldad y gracias hechiceras,

que de toda ciudad reina y señora

y verdadero Paraíso fueras,

   si el odiado sonante Terremoto

tal vez no fuese a visitar tu suelo:
110

tu sola plaga, y humillante coto

que poner quiso a tu soberbia el Cielo.

   Pasa a veces veloz cual amenaza,

como del cielo saludable aviso,

soltar haciendo del placer la taza
115

a tu trémula mano de improviso;

   Con pecho helado, a tu indecisa planta

sonar escuchas su rumor profundo,

que al mundo de los vivos se levanta

como la voz del subterráneo mundo.
120

Y en el rugido de tu horrendo azote

breves instantes tu pavor respeta

acentos de inspirado sacerdote,

terribles amenazas de profeta.

   Y una vez y otra tu perenne fiesta
125

vuelve a turbar, y aunque tu enmienda tarda,

otra vez y otras ciento te amonesta,

y largamente tu mudanza aguarda.

   Ministro en fin de la implacable Muerte,

y de las iras férvidas divinas,
130

con vuelo menos raudo te convierte

en vasto campo de hacinadas ruinas.

   ¡Bella hermana de Nápoles que, siendo

rico jardín del suelo Italïano,

yace a las plantas del volean tremendo
135

que sepultó a Pompeya y Herculano;

con igual riesgo y el olvido mismo,

al arrullo de cantos seductores,

duermes al borde de un profundo abismo

cubierto, todo de verdor y flores!
140


1862.

    En ti se exceden las divinas manos,

mundo feliz que adivinó Colon:

tus mares dos inmensos océanos,

y tus lagos y ríos mares son.

    Altísimas se yerguen tus montañas,
5

que el cielo tocan con su blanca sien,

y es oro lo que esconden sus entrañas

que arena de tus ríos es también.

   Te rinden sus tributos cinco zonas,

provincias de tu imperio asombrador;
10

de ambos polos te calzas y coronas,

y te ciñes al talle el Ecuador.

   Es en ti cada inmensa selva oscura

un verde laberinto vegetal,

y el llano es mar de flores y verdura
15

que habita primavera perennal.

    A ti sola sus cuatro lumbres bellas

muestra del Sur la refulgente cruz,

y de los cielos todas las estrellas

regocijan tus noches con su luz.
20

   Ostente Europa a la extasiada vista

los milagros que el Arte ejecutó,

que los milagros del divino Artista

en tu suelo mirar prefiero yo.

   Tú henchiste de oro el universo pobre,
25

y no hay en suma codiciado bien

que a tu opulencia virginal no sobre,

imagen bella del perdido Edén.

   Pero el bien de que más te regocijas,

y que tu justo orgullo hace mayor,
30

es que tantas Repúblicas tus hijas

ardan de libertad en el amor.

   Juntos están los otros Continentes,

y un hemisferio son; pero tú estás,

por dos grandes océanos potentes
35

separado de todos los demás.

   Y en opuesto hemisferio, isla gigante,

entre uno y otro dilatado mar,

del resto de la tierra estas distante,

formando como un mundo singular.
40

   El providente Creador aislarte

quiso tal vez, para evitar así

que el contagio que reina en cada parte

del mundo antiguo, penetrará en ti.

   Por eso tantos siglos, en profundo
45

misterio, a aquéllas te ocultó tal vez,

y hoy tú sola eres joven en el mundo,

del decrépito mundo en la vejez.

   Y mientras, por monarcas humillada,

allá gime del mundo la mitad,
50

quiso que tú el asilo y la morada

fueras de la proscrita Libertad.

   Brille Europa un instante todavía,

que bien pronto su luz verá extinguir:

si es de ella lo pasado, ¡o patria mía!
55

Tuyo, tuyo será lo porvenir.

   La Civilización, hija de Oriente,

que el giro sigue de la luz solar,

en ti, cual nuevo sol más refulgente,

vendrá su largo curso a terminar.
60

   Ni tendrá ocaso tu esplendor divino:

antes, resplandeciendo más y más,

el progreso del hombre y su destino

en la asombrada tierra cerrarás.


1862.

Que me regalaron mi tío y mis primos de Alemania

    ¡Oh dulce y triste presente!

¡Oh más preciado reloj,

que si fúlgidos diamantes

te ornaran en derredor!

   Dulce eres por las queridas
5

manos de que fuiste don,

y el sincero y puro afecto

que a las mías20 te ofreció!

   Y eres triste porque mides

a mi pena y mi dolor
10

las pausadísimas horas

que lejos pasando voy

   de los que a mí te ofrecieron,

y a quienes el mutuo amor

y la pronta simpatía
15

aún más que el deudo me unió!

    ¡Ah! ¡cuán tardo al ansía mía

es tu acero medidor!

Las horas son días, y horas

los breves minutos son.
20

   En tu círculo callado

huya el tiempo más veloz;

y adelántame esos días

en que sueña mi dolor,

   Cuando, unido a aquellos seres
25

que adora mi corazón,

tan raudo las horas midas

cuan lento las mides hoy.


1862.

    Questo è de sette el più gradito giorno

pien di speme e di gioia:

diman tristezza e noia

recheran l'ore, ed al travaglio usato

ciascuno in suo pensier farà ritorno.


LEOPARDI.



    Víspera dulce del festivo día,

aún más que él dulce para el alma humana,

oh hijo, el más feliz de la Semana,

lleno estás de esperanza y alegría!

   Tú al hombre, a quien abruma de la larga
5

semana el vario afán y los negocios,

en los festivos, anhelados ocios

la tregua ofreces de su grave carga.

   ¡Cuán dulce y lisonjera tu promesa

sonaba un tiempo a mi infantil oído,
10

a la hora en que el estudio maldecido

entre mil gritos de algazara cesa!

   ¡Qué placeres tan vivos me pintaba!

¡Cuán ledo me mostraba y halagüeño

el solo día de que yo era dueño,
15

único libre en mi semana esclava!

   Mas ¡ay! apenas el mortal alcanza

el bien que más ansió, de él no se cuida,

y el único placer de nuestra vida

es el vano placer de la esperanza.
20


    Tú el día más dichoso de los siete

fueras, festivo suspirado día,

si nos dieras la paz y la alegría

que tu víspera dulce nos promete.

   Mas la esperanza que nos das, cercano,
5

la desvaneces, al lucir presente;

y tedio el hombre, en tu reposo, siente,

en vez de goces con que sueña en vano.

   Que a tan fatal alternativa impía

condena al hombre su hado rigoroso:
10

el trabajo le abruma, y el reposo,

por el que tanto suspiró, le hastía.

   Y de sombra y temor también te viste,

la vecindad del afanoso lunes,

haciendo que las mentes importunes
15

con el recuerdo del trabajo triste.

   Sigue, sigue llamándote mañana,

hoy no quieras llamarte todavía:

larga mire tu dulce cercanía.

el que tan solo en esperar se ufana.
20

   Detén, detén las alas voladoras,

aún no asomes tu rostro, ni tan presto

quieras hacer al mundo manifiesto

que sólo tedio traerán tus horas.

   Mas ya tu luz al horizonte vino,
25

y el desengaño a la ilusión sucede:

en ti el hombre infeliz encontrar puede

la semejanza fiel de su destino.

   Es nuestra vida igual a la semana:

dulce sábado tiene; mas funesta
30

nos es la misma suspirada fiesta,

triste domingo de la vida humana.


1862.

    Tú, cuyo pecho sin cesar se afana

con desvelo tan puro y tan ardiente

por el progreso y la ventura humana,

no el lauro esperes a tu noble frente.

   El premio considera que tributa
5

a la virtud de Arístides Atenas;

de Sócrates recuerda la cicuta

y de Colón divino las cadenas.

   Mira a Dante proscrito como reo,

preso al Taso entre insanos; ve el tormento
10

los miembros lacerar de Galileo,

atrevido Colón del firmamento.

   Entre hórridas congojas dar la vida

mira del mundo al Redentor, y dime

qué pueblo no es igual al deicida,
15

que crucifica a aquel que le redime.

   Cual culpa sin perdón, el mundo falso

castiga el beneficio recibido;

a éste da la prisión, a otro el cadalso;

su castigo menor es el olvido.
20

   Mas, aunque sepas que a la tierra vino

a solamente padecer el bueno,

cumple, oh joven, la ley de tu destino,

de vil temor y abatimiento ajeno.

   No pienses en humana recompensa,
25

cuya esperanza el mérito minora;

en los deleites que te brinda piensa

la virtud, de sí misma premiadora.


1862.

Con motivo de las frecuentes muertes de peruanos acaecidas en París, a principios de 1862

    Templa, Señor, tu rigorosa saña,

y a nosotros los ojos ya convierte

de tu dulce piedad; mira a la Muerte

embotar en nosotros su guadaña.

   Nuevo sepulcro cada aurora baña
5

el llanto nuestro, y sin cesar se vierte;

ve a la peruana esposa21, al joven fuerte22

morir, y a la vïuda23 en tierra extraña.

   Morir en apartado suelo ajeno,

desventura mayor que otra ninguna,
10

excusa a los que viven: oh Dios bueno,

   tu piedad a los nuestros nos reúna,

y nos dé tumba en su materno seno

a dulce tierra que nos dio la cuna.


1862.

    Desgraciada Nación, tan sólo rea

de ser menor en armas y pujanza,

en cuya reconquista hoy hace alianza

la codicia famélica europea:

    no el universo sucumbir te vea,
5

cual res cobarde, sin blandir la lanza;

y, aunque del triunfo falte la esperanza,

entra en la cruda desigual pelea.

   Cae a lo menos con honor y gloria,

y en el mayor conflicto nunca olvides
10

que es la lucha el deber, no la victoria;

   mas, si defensa al patriotismo pides,

tal vez en ti renovará la Historia

de Salamina y Maratón las lides.


1862.

    Sigue, sigue, atrevido navegante,

por los mares remotos de occidente:

ni la onda insana, ni la ciega gente

rinda tu fe, ni tu valor espante:

   que, si aún no existe la región gigante
5

que tu adivino corazón presiente,

   por ti solo el favor omnipotente

hará que de las ondas se levante.

   Y se presenta al fin; mírala: es ella,

madre del porvenir, Edén segundo,
10

reina del mar y de la tierra estrella;

la que aislaba el océano profundo,

para que virgen se guardara y bella,

y joven fuera en la vejez del mundo.


    Gloria suprema del linaje humano,

que al griego excedes y al valor latino,

Oh tú en quien plugo al Hacedor divino

juntar sus dones con profusa mano:

   ¡Oh grande vencedor del océano,
5

y vencedor más grande del destino,

descubridor de un mundo y adivino,

tipo ideal del héroe y del cristiano!

   Sin duda el mundo ante grandezas tantas

absorto, y grato a tan heroicas penas,
10

del orbe el cetro colocó a tus plantas...

   Mas ¡ay! de asombro y de dolor me llenas,

cuando indignadas tus cenizas santas

agitan en la tumba tus cadenas24!


(Del diario de un viajero americano)

    Y así con voz doliente

interrogaba al ojo de los cielos

el mísero viajero de Occidente:

   dime si miras desventura extrema

en tantos astros, como aquí, reinar,
5

si envuelve el Infortunio tu sistema

y erige en todos su sangriento altar.

   Di, eterno viajador del firmamento,

del universo fúlgido reló,

si siglos solo de inmortal tormento
10

a tantos mundos tu fulgor midió;

   si de sus moradores unos gimen,

y otros hacen gemir, gimiendo al par,

y si planetas de dolor y crimen

son, como aquel que nos tocó habitar.
15

   Si padecen sus pueblos férreo yugo,

y si coronas y tiranos hay,

y se mezcla la risa del verdugo

de víctima inocente con el ay.

   Si, cual la tierra, helada en doble zona,
20

y abrasada en el tórrido Ecuador,

así el hielo los calza y los corona,

y los faja candente ceñidor;

   si juntan mar y cielo tempestades,

y si el suelo en sonante retemblar
25

veloz traga magníficas ciudades,

cual flotas sorbe el borrascoso mar:

   ¿De las Dolencias la infinita hueste

allí se ensaña en el mortal también?

¿Súbita se alza ponzoñosa Peste,
30

víctimas devorando cien a cien?

       ¿Allá también engendra la Amargura

de las Dolencias todas la mayor,

la eterna bëodez de la Locura,

de espectros llena y de perpetuo horror?
35

   Dime si, cual la mísera terrena,

a vil trabajo y a constante afán

cada estirpe infeliz allí condena

el crimen de otra Eva y de otro Adán;

   Si, del paterno crimen inocente,
40

proscripta vive de otro dulce Edén,

y, para más gemir su mal presente,

guarda el recuerdo del perdido bien;

   si al mortal, en la culpa concebido,

le da a luz con dolores la mujer,
45

y su primera voz es un gemido,

y apenas nace empieza a padecer;

   si el aliento voraz de las pasiones

la vida agosta y la consume en flor,

y si roe también los corazones
50

tedio no menos grave que el dolor;

   si allá la mente, de verdad desnuda,

en todo sombras y misterios ve,

y en cada aurora sus creencias muda,

llorando en vano su extinguida fe.
55

   Si, en vez de unirse allí los moradores

contra el destino bárbaro común,

con sus odios, y guerras, y rencores

hacen más fiera su desdicha aún:

   dime si allá el vivir yace sujeto
60

a la oprobiosa edad de la vejez,

donde al hombre infeliz, vivo esqueleto

abruman tantos males a la vez.

   Dime si allá también quiso la Suerte

que, tras vida tan mísera y rüin,
65

de las desgracias la mayor, la muerte,

fuera de tantas desventuras fin.

   Quizá los astros todos de la fiera,

ley del dolor y mal esclavos son,

ni más tirana y necesaria impera
70

la ley universal de la atracción.

   Mas, si tan sólo lágrimas y afanes

alumbra en todos tu divina luz,

y ves la altiva planta de Arimanes

hollar el cuello del vencido Ormuz;
75

   si en rostro y forma y lo demás diverso

de todos, y del nuestro terrenal,

cada linaje, oh Sol, de tu universo

es en gemir y en padecer igual:

   ¿Por qué de alegre luz haces alarde?
80

¡Ah! no insultes del mundo la aflicción,

y alumbre triste amarillenta tarde

a la desventurada creación.

   O, extinguidos tus rayos, de profunda

noche eterna en el seno encubridor
85

el universo silencioso se hunda,

y estén juntos tinieblas y dolor.


1862.

A un poeta

    «¿De qué me sirve el fulgoroso manto

que oriental pedrería descolora,

y el canto que supera todo canto?

   ¿Qué vale que la turba voladora

rey me pregone, cuando el pecho mío
5

la sed en vano del amor devora?

   De mi grandeza en el fatal vacío,

si amor demanda el corazón sediento,

le dan loores y respeto frío.

   Bien mi beldad, y mi divino acento,
10

y del éter inmenso el principado,

con mi perpetua soledad descuento:

   ¡Por qué a mi solo me ha cabido el hado

de no tener igual ni semejante!

único de mi especie fui creado.
15

   Nunca veré a mi lado esposa amante

que el cetro alegre que llorando rijo,

y mi desierta majestad encante:

hijo o padre jamás nadie me dijo;

ningún afecto mi vivir suaviza,
20

que yo soy de mí mismo padre e hijo.

   Y el don de renacer de mi ceniza,

cuando entre llamas aromosas ardo,

mi soledad y penas eterniza.

   Mi ser renueva de la Muerte el dardo:
25

los siglas pasarán en lenta huida,

mas yo mi fin ni en el postrero aguardo:

   se matan otros, y acabó su vida;

yo, aunque la vida sin cesar me quito,

renazco siempre, perennal suicida.
30

   ¡Por qué a vulgares aves ¡ay! no imito

en amar a la amante compañera,

y en propagarse en número infinito!

   Mas ya que solo me creó, siquiera

el crudo cielo que feroz me agravia
35

morir, cual las demás, me concediera!

   En los desiertos de la ardiente Arabia

así el Ave inmortal en quejas vierte

su antigua pena y dolorosa rabia:

   ¡Oh vate! la del Fénix es tu suerte:
40

nadie te ayuda a consumir la taza

de un dolor más amargo que la muerte.

Con ninguno amistad o amor te enlaza;

tú vives solitario eternamente,

cual si el único fueras de tu raza.
45

   Y en vano te devora el ansia ardiente

de amar y ser amado, a pecho humano

tan sólo inspiras miedo reverente.

   Y tu celeste voz alzas en vano:

tu dulce canto, de tristeza lleno,
50

nadie comprende, cual idioma arcano.

   Todos te ven como a la tierra ajeno;

ningún mortal a tu nivel levantas;

tú ofreces el amante seno,

y humildes ellos caen a tus plantas.
55


1862.

El paso del mar Rojo

    Alza el caudillo de Israel la mano,

tendiendo al mar la portentosa vara,

y obediente a Moisés, el océano

en dos mitades su caudal separa;

   y cual paredes de cristal, levanta
5

a un lado y otro un gigantesco muro,

y por el centro con enjuta planta,

el pueblo de Israel pasa seguro.

   El fiero egipcio, que escaparse mira

la presa que ya toca su venganza,
10

al prodigio cegándole la ira,

en seguimiento de Israel se lanza.

   Y cuando el postrimer Israelita

huella con salvo pié la otra ribera,

y ya la hueste de Jehová maldita
15

el camino del mar ocupa entera,

   dócil de nuevo de Moisés al mando,

torna la mar a su nivel primero,

en su profundo seno sepultando

«el carro y el caballo y caballero».
20


1862.

A Martín de Porres

    En vano, gran Martín, la Noche fría

vistió tu rostro con su sombra oscura;

mas que la nieve era tu alma pura,

y más clara que sol de mediodía.

   Y hoy en la gloria perennal te alegras,
5

mientras gimen sin tregua en el profundo

mil y mil que tuvieron en el mundo

los rostros blancos y las almas negras.

   Si, como vil, el orgulloso suelo

y como infame, tu color rechaza,
10

igual es en honores cada raza

en la feliz república del cielo.

   Y hasta permiten las divinas leyes

que aquellos cuya vida más se humilla

allá reciban más augusta silla,
15

del mundo esclavos y del cielo reyes.

   ¿Qué corona de sol resplandeciente

hay que perder su resplandor no tema,

ante la luz de la inmortal diadema

que hoy enguirnalda tu gloriosa frente?
20

   Y son nuestras mas fúlgidas estrellas

bosquejo apenas y confusa sombra

de esas que tú, como brillante alfombra,

o cual dorado pavimento, huellas.


Idea de Dios

    Cual del náufrago el ánimo desmaya,

que en vano mueve la mirada y mano

en medio del vastísimo océano,

lejos del puerto y de la dulce playa;

   Como el que imprime el pie del Himalaya
5

en la más alta cima, o Ande cano,

que sólo mira en torno el aire vano,

por más que lejos con la vista vaya;

   o como aquel que al cielo remontado

navega el aire en volador navío,
10

que mira por do quier espacio inmenso;

   así todo me abismo y anonado,

sin que te alcance a comprender, Dios mío,

cuando en tus altas perfecciones pienso.


1862.

Marta y María

    De Jesús en servicio, todo el día

pena la activa diligente Marta;

mas, absorta escuchándole, María

de sus divinos pies nunca se aparta.

   Dice Marta al Señor: «¿Bien no sería
5

que entre ambas el trabajo se reparta?»

Jesús responde: «En complacencia mía

mucho es tu afán, tu diligencia es harta:

   tu respetuosa actividad me agrada;

pero cesa importuna de quejarte
10

de la que yace ante mis pies postrada:

   Magdalena eligió la mejor parte,

la cual por nadie le será quitada,

y nada habrá que de su bien la aparte».


    ¡Cuánto de lo que fuiste eres diverso!

Ya del celeste Emperador privado,

a las dulzuras de tu ardiente verso

el sumo oído suspender fue dado:

hoy te oprime el destino mas adverso
5

y el más abyecto miserable estado:

que, en la balanza del Señor medida,

iguala a tu grandeza tu caída.

   Tú fuiste la más bella criatura

que animó la largueza creadora;
10

no igualaba la luz de tu hermosura

ni la estrella, del alba precursora:

mas hoy es copia de la noche oscura

tu blanco rostro que afrentó a la aurora,

y hórridas sierpes son los rizos bellos
15

que del sol eclipsaron los cabellos.

   A tu cambiado espíritu conforme

hoy se muestra tu faz: no hay aterrante

nocturno sueño que el semblante forme,

que se iguale al horror de tu semblante:
20

el hondo sello de tu culpa enorme

hace, maldito, que aún a ti te espante,

cuando en los lagos del Infierno rojos

le ven tal vez a su pesar tus ojos.

   Que con ingrato corazón perverso
25

y orgullo insano, pretendiste osado

la corona ceñir del universo

y disputar a Dios el principado;

pero tu bando, en confusión disperso

y al abismo infernal precipitado
30

por la diestra de Dios fulminadora,

castigo alguno ni tormento ignora.

   Mas no es el fuego que, cual rojo, ardiente,

eterno manto tus espaldas viste,

lo que con más crudeza, eternamente
35

hace tu suerte tan amarga y triste;

no a tu memoria sin cesar presente,

el recuerdo inmortal de lo que fuiste,

y en perenne tormento convertido

el bien pasado y el placer perdido.
40

   No: lo que más te aflige y atormenta

es del orgullo la incurable herida

que hace, con boca sin cesar sangrienta,

eterna muerte de tu eterna vida;

de tu derrota la rabiosa afrenta,
45

que ni un instante tu soberbia olvida,

y que tu pecho, con suplicio interno,

trueca en segundo más horrible infierno.

   Y ante esa pena que tu mal consuma,

y que tu orgullo rumiador devora,
50

son nada las demás con que te abruma

la celeste venganza triunfadora:

sólo castigo a tu soberbia suma

es ver que a Dios el universo adora,

y cuánto dista tu ambición demente
55

de su inmensa grandeza omnipotente.


1º de enero de 1863

    Reina en París unánime alegría:

y toda plaza y toda calle suena,

de alborozada muchedumbre llena,

que celebra del año el primer día.

   Mas, solitaria en tanto el alma mía,
5

con el contento, y la ventura ajena,

siente aumentarse su profunda pena,

y su tedio y mortal melancolía.

   En vano la esperanza me halagaba:

para mí ¡ay triste! el año nuevo empieza
10

tan desgraciado cual su hermano acaba:

¡aún el mal no remite su crüeza

que mi cuerpo consume, aún gime esclava

el alma del hastío y la tristeza!


    ¡Y será vana mi inmortal porfía!

¡Y esta antigua tristeza roedora

jamás de tregua me dará una hora,

tras mí corriendo cual la sombra mía!

   ¡Ay! de la zona tórrida a la fría,
5

del negro ocaso a la brillante aurora,

por cuanto con su luz el sol colora,

me persigue su odiada compañía!

   Fábula son las islas de Fortuna

que ser fingió el antiguo devaneo
10

de la Felicidad morada y cuna:

¡Dulce Felicidad! ya en ti no creo;

mas ¡ay de mí! sin esperanza alguna,

te busco eternamente y te deseo!


A una estrella

    ¡Cuán hondas melancólicas ideas

despiertas en el alma dolorida,

lejana estrella que, entre mil perdida,

cual ojo soñoliento pestañeas!

   ¿Por qué tu luz, entre tan claras teas,
5

mis tristes ojos sin cesar convida?

   ¿Por qué lloro al mirarte? de mi vida

¡quizá la estrella misteriosa seas!

   Sí: tú sola, cual cirio de agonía,

alumbrabas la noche tenebrosa
10

en que este triste a padecer nacía:

   ¡Ay! que ya cedo al hado que me acosa:

y pronto tú, como mirada pía,

alumbrarás mi solitaria losa.


    «Ni a la Fortuna sus tesoros pido,

ni ya codicio el mando peligroso,

ni de la Gloria el resplandor hermoso

ni el aura vana y popular ruido;

   Ni de insigne beldad, de gracias nido,
5

ser el feliz enamorado esposo:

sólo anhelo las playas del reposo

y el agua soñolienta del olvido».

Así dije, y eterna despedida

dar a dichas y pompas de este suelo
10

mi alma creyó, del desengaño herida:

   mas ya sacudo de la tumba el hielo,

y ya me torna a alucinar la vida,

¡y amor, fausto y poder y gloria anhelo!


El árbol y el pájaro viajero

    Un árbol que vegetaba

en apartado sendero,

así a un pájaro viajero

con tristes voces hablaba:

   «Yo a la tierra estoy sujeto,
5

y tú en el éter vacío

te espacias a tu albedrío:

tú vives y yo vegeto.

   ¡Ah! ¡Cuánta parte del mundo

recorres en sólo un día,
10

con sin igual alegría,

con deleite sin segundo!

   Adonde te place vas,

y doquier que el vuelo llevas

ves siempre bellezas nuevas,
15

sin que te hastíes jamás.

   Tú ves el inmenso mar

a quien el humilde río

donde se baña el pie mío

sus aguas va a tributar.
20

   ¡Cortárame la segur,

con tal al menos que en él

trocado en raudo bajel,

volara de Norte a Sur!

   ¡Henchidas de aura süave,
25

alas me fueran las velas

como esas con que tú vuelas,

y fuera yo también ave!

   Mas, preso en tanto en el suelo,

apenas una aura leve
30

mis hojas y ramas mueve,

alzar quisiera mi vuelo,

   mas,¿cómo volar podré

si, aunque son alas ramos

que los árboles llevamos,
35

lo impide el clavado pie?

    ¡Cuánto es fuerza que te asombres

y te deleites y agrades,

al visitar las ciudades

que edificaron los hombres!
40

   El que muchas cosas ve

logra de ciencia un tesoro;

pero yo todo lo ignoro:

sólo mi desdicha sé.

   Cuando aquí el invierno impera
45

los árboles despojando,

partiendo a clima más blando,

gozas siempre primavera.

   Ven, feliz pájaro, ven

a contarme cuanto viste,
50

aunque me deje más triste

la noticia de tu bien.

   Sobre mis hojas detente

que callarán entretanto

que tu dulcísimo canto
55

me relate largamente

lo que tan de paso nombra

la multitud caminante

que a descansar un instante

se sienta bajo mi sombra:
60

empiezan hermoso cuento

que oigo con curioso afán

mas de repente se van,

y el fin les escucha el viento»

Dijo el triste árbol así
65

con murmullo plañidero;

mas al pájaro viajero

esto responder oí:

   «Engañado árbol que dices

que, por tener libre vuelo
70

en tierra, océano y cielo,

somos las aves felices:

   sabe que es mas venturoso

quien nunca pudo viajar,

ni abandonó del hogar
75

el dulcísimo reposo.

   ¡Dichosas raíces tuyas!

cadenas que Dios te puso

para impedirte que iluso

de los patrios campos huyas!
80

   Desde que dejé mi nido,

sembrada está de millares

de peligros y pesares

la vida que yo he vivido.

   ¿Qué vale, dime, que viva
85

el pájaro libre en alto,

si allí el hombre le da asalto,

y le mata o le cautiva?

   ¿De qué nos valen las alas,

que juzgas tan alto bien,
90

si alas da el hombre también

a las flechas y a las balas?

   Y nuestras desdichas sumas

en sus alevosas flechas

lloran tal vez el ser hechas
95

¡Ay! ¡de nuestras propias plumas!

   Viví largos días preso

entre unas doradas rejas

do fueron mis tristes quejas

de una beldad embeleso.
100

   Si, burlando su custodia,

logré escaparme de allí,

en el ígneo, arcabuz di

del cazador que nos odia.

   Ve cuál a tus ramas llego,
105

herido del ala y pie,

y en todo mi cuerpo ve

las huellas del voraz fuego.

   ¡Ay! ¡fuera mortal herida

la que entonces me causara
110

bala que de mi hembra cara

fin puso a la dulce vida!

   Y a mis implumes hijuelos,

mis delicias y cuidados,

de su nido arrebatados
115

lloran también mis desvelos.

   No alcanzo cómo el dolor

de verme solo y vïudo

más en mi muerte no pudo

que el plomo devorador,
120

si mi canora garganta

despide tan dulce acento,

tú eres hojoso instrumento

en donde la brisa canta.

   Si de tus flores y verdes
125

móviles músicas hojas

en cada año te despojas,

y todas tus galas pierdes,

de los inviernos el daño

reparan las primaveras,
130

y tu pompa recuperas,

en la juventud del año.

   No iluso envidies la suerte

de tanto otro árbol hermano,

a quien del hombre la mano
135

en raudo bajel convierte.

   Esas orgullosas naves,

cual las que tú ser quisieras,

y que, aladas y ligeras,

son del mar gigantes aves;
140

   asaltadas de repente

por horrísono aquilón,

presto sepultadas son

en el vórtice rugiente.

   ¡Cuántas veces miré yo
145

llegar sólo a la ribera

la destrozada madera

de la que ufana partió!

   Yen los asaltos crüeles

de las ondas y del viento,
150

maldijo el fatal momento

en que por altos másteles

y flotantes banderolas,

sus ramas dejó infeliz,

por el ancla a raíz,
155

y la tierra por las olas.

   ¡Ay! el placer de viajar

es doloroso placer,

y vale más nunca ver

lo que siempre hay que llorar.
160

   Y pues ya de la sentida

voz de mis querellas sabes

cuál de las míseras aves

es la dolorosa vida,

   y cuál la astuta crueldad
165

que por do quier las insidia;

en vez de tener envidia,

al que merece piedad,

duélete de mis congojas,

y dame luego un asilo
170

secreto, blando y tranquilo

entre tus espesas hojas».


1863.

Amor y Guerra

    El estrago asolador

y los males de la Guerra

reparas, mísera Tierra

con los bienes del Amor.

   Y aunque aquélla de matar
5

nunca se cansa, a porfía

hijos del amor te cría

que llenen aquel lugar.

   Que por eso quiso Dios

en el éter colocarte
10

entre Venus y entre Marte,

partícipe de los dos.


1863.

A la Lengua Castellana

    ¡Y tu pureza sufres que corrompa

y empañe tu beldad frase extranjera,

y te arrebate tu nativa pompa,

Oh reina de las lenguas altanera!

Más resonante que guerrera trompa,
5

más manejable que la blanda cera,

más dulce que la miel y la ambrosía,

brillante como sol de mediodía!

   A abuela y madre los laureles niegas,

pues con las prendas de las dos te ufanas,
10

y con la gracia y la dulzura griegas

juntas la fuerza y majestad romanas:

ta, pura fuente, entre las flores juegas,

ya, raudo río, todo dique allanas;

ya eres aura sutil que gime apenas,
15

ya con la voz de la tormenta truenas.

   No el arco tus colores desafía

que por el firmamento se dilata;

más matices la tarde no varía,

ni más arden la grana y escarlata:
20

en ti con su riqueza y lozanía

la creación inmensa se retrata,

y sus bellezas menos fiel no pintas

que la Pintura con sus vivas tintas.

   Mas calle aquel que, aunque te dé la palma
25

y el loor te tribute sin segundo,

para pintar, en turbación o en calma,

de la materia el deslumbrante mundo,

te le negó para pintar del alma

el otro tan recóndito y profundo,
30

y encarnar las altísimas verdades,

conquista de las últimas edades.

   No; que, aunque traje de tan ricas galas

vistas a la lozana Poesía,

y encumbres libre sus brillantes alas
35

aún más allá del luminar del día,

las maravillas de la Ciencia igualas,

cual los vuelos de la ágil Fantasía,

y en sus augustos labios interpretas

las verdades más altas y secretas.
40

   ¿Quién declara, cual tú, gozos y penas?

¿Quién tan fielmente lo pasado evoca?

Mas, ¡cuán augusta y majestuosa suenas

de la Oración en la ferviente boca!

Si, cual gran parte de la tierra llenas,
45

entera la llenases, fuera poca

conquista a tu grandeza todo el suelo,

que aún eres digna de que te hable el cielo.

   ¡Quién dueño fuera del matiz ardiente

con que en ti el pensamiento se arrebola!
50

¡Quién poseyera aquel vigor potente

y la pompa magnífica española,

para poder cantarte dignamente,

porque digna de ti fueras tú sola!

¡Quién, cual los vates de tu grande era,
55

tus inmensos caudales poseyera!

   ¡Dichosa edad que vio ser de castiza

frase, maestra aún a la humilde plebe!

el veneno de frase advenediza

hispano infante sin recelo hoy bebe
60

en el blanco licor de su nodriza;

y en las antiguas páginas en breve

estudiada serás, cual habla muerta,

si genio salvador no te despierta.

   Como daba salvaje americano
65

al europeo, ansioso de tesoro,

por brillante cristal o dije vano,

de sus terrenos vírgenes el oro,

así la España con error insano

hoy menosprecia su mayor decoro,
70

y por el oro de su noble idioma

francesa, escoria y oropeles tonta.

   Mas, sí la madre tu pureza olvida,

de extranjero lenguaje imitadora,

vigor nuevo cobrando y nueva vida,
75

suena en el labio de las hijas hora:

América su pompa te convida

y belleza sin par que la decora.

Ven; de sus vates en la voz supera

tu antigua pompa, tu beldad primero.
80

   El mundo en verte celebrar se asombre

cuanto tus voces no cantaron antes:

ven a cantar la libertad del hombre,

merecedora de que tú la cantes;

si a grandes héroes diste ya renombre,
85

otros aquí te esperan más gigantes,

y cuales nunca celebró el idioma

de Grecia libre y triunfadora Roma.

   Cuando el osado Castellano vino,

por los remotos mares de Occidente,
90

donde nunca ni el Griego ni el Latino

llegaron con las alas de la mente,

hizo grande entre todos tu destino,

pues te habla el portentoso continente,

Edén segundo, cielo de la tierra,
95

que el porvenir del universo encierra.


1863.

    Deslumbrando nuestra vista,

compiten, finos, en ti,

zafir, topacio, rubí,

esmeralda y amatista.

   Y eres cuando al sol tus galas
5

vas ostentando a porfía,

pájaro de pedrería

o viva joya con alas:

   Joya que, ricos cambiantes

luciendo tornasolada,
10

siempre es distinta, y en cada

mudanza más bella que antes.

   De flor en flor siempre vas

en tu ligereza suma,

voladora flor de pluma
15

que eclipsas a las demás.

   En su triste cautiverio,

¡cuánto envidia el alma mía

la libertad y alegría

de ese tu vivir aerio!
20

   ¡Quién, sólo al capricho fiel,

llevando el vuelo, do quiera,

de amor, como tú, viviera,

de aire, de luz y de miel!


    La dulce final hora

de mi vivir anhelo, cual anhela

el rayo de la aurora

cansado centinela

que en larga noche solitario vela.
5

   O cual la patria ansía

el desterrado, el puerto el marinero,

el fin del lento día

rendido jornalero,

la cara libertad el prisionero.
10

   Fiero insomnio es mi vida,

largo viaje, durísima faena,

prisión aborrecida

en cruda tierra ajena,

mar borrascosa de peligros llena.
15

   Mi llanto doloroso

la noche implora, el sueño, la llegada:

dadme, dadme el reposo,

dadme la patria amada,

la dulce libertad tan suspirada.
20


1863.

La mujer con quien yo me casaría

    Pues no hay pariente ni amigo

que, de mis penas testigo,

no me repita el consejo

de que, antes que llegase a viejo,

busque el conyugal abrigo,
5

   respondo a todos al par:

mañana voy al altar,

si por mujer me dais una

que en sí las prendas reúna

que comienzo a enumerar.
10

   Es lo primero que anhelo,

que la adorne virtud tanta,

que no se encuentre en el suelo

mujer más honesta y santa,

ni ángel más puro en el cielo;
15

por que del peligro así

que siempre expuesto vi

al que escoge buena cara

su virtud me asegurara,

ni hubiera celos en mí.
20

   Que deseo, lo segundo,

que de una hermosura sea

como nunca vi en el mundo,

mas siempre llevé su idea

del alma en lo más profundo.
25

   Es una belleza tal,

tan maravilloso tipo,

tan inefable idëal,

que, mirándolo anticipo

la ventura celestial.
30

   Tras esto, en ella deseara

recto juicio, razón clara,

lozana imaginación,

gusto de fineza rara

y no vulgar instrucción.
35

   Que, aún más casta que Lucrecia,

y más bella que una Diosa,

a la larga no se aprecia

y nos es pronto enfadosa

la que es ignorante y necia.
40

   Mas, al desear que supiera

algo más que la cartilla,

líbreme Dios de que fuera,

vana Marisabidilla

e importuna bachillera.
45

   Pero juzgaréis olvido,

cuando tantas cosas pido,

el que no pida riqueza,

que es por donde siempre empieza,

el que aspira a ser marido.
50

   Pues bien: sabed que, aunque pobre,

rica mujer no codicio,

y como beldad le sobre,

virtud, talento y jüicio,

aunque no tenga ni cobre.
55

   Y así, amigos, prescindiendo

del metal que el alma humilla,

es bien que os siga diciendo

todo lo que hallar pretendo

en mi futura costilla.
60

   Quiero que mucho me quiera,

mas que no sea celosa;

que jamás me oculte cosa,

y que de mí nada inquiera,

aunque mujer no curiosa:
65

   que sea de genio blando,

y dócil como una pasta:

¿a qué os estáis asustando

de lo mucho que demando?

Pues todavía no basta.
70

   Porque consentir no puedo

que tenga la suerte negra

viva a la madre, pues miedo,

como a mi amigo Quevedo,

me da hasta el nombre de suegra.
75

   Tampoco, quiero cuñado:

buscádmela sin pariente,

si queréis que tome estado,

pues quisiera estar casado

con mi mujer solamente.
80

   Quiero que teja y que cosa

como Aracne primorosa,

y que, igualando el pincel,

copie con aguja fiel

la naturaleza hermosa.
85

   Que baile cual Salomé,

cante como un serafín,

toque ¿como quién diré?

y que no haya gracia en fin

de que adornada no esté.
90

   Pero tanto requisito.

que pide mi ansia avarienta

es muy largo para escrito,

y fuera seguir la cuenta

proceder en infinito.
95

   Y por que versos acorte

mi musa, ya tan prolija,

diré en fin que la consorte,

de mis ilusiones hija,

y de mis deseos norte,
100

   la que ansié desde la cuna,

las perfecciones aduna

de cuantas bellas serán

son y han sido desde Adán,

sin imperfección ninguna.
105

   No os riáis, al verme así

pintaros con frenesí

el bello imposible mío,

porque yo mismo de mí

antes que nadie me río.
110

   Que bien conozco, bien veo

que sería menester,

para encontrar la mujer

que me pinta mi deseo,

el que la mandara hacer,
115

que en este bajo lugar,

en mundo tan imperfecto,

es locura desëar,

como virtud sin defecto,

hermosura sin lunar.
120

   Si entre inmenso vulgo insano,

en plazas y calles llenas

de inútil número humano,

el gran Cínico de Atenas

un hombre buscaba en vano;
125

   no espero, que mi ansia eterna,

aún teniendo su linterna,

del un polo al otro polo,

como aquél un hombre solo,

sola una mujer discierna.
130

   Y a la que busco no topa

la más constante porfía

entre la femínea tropa

de Asia, de África, de Europa,

de América y de Oceanía.
135

Y, si quieres hallar una

tan extremada y completa,

puedes, iluso poeta,

irla a buscar a la luna

o a más lejano planeta.
140

   A mil millones quizá

de leguas lejos de acá,

en Aldebaran o en Sirio,

el portento se hallará

que busca aquí tu delirio.
145

   Y pues tan perfecta esposa

pretende tu desvarío,

resuélvete a que en tu losa

escriban: Aquí reposa

uno que sólo fue tío.
150

   ¡Oh dichoso Pigmalión,

tú que anudaste himeneo

con la rara perfección,

hija fiel de tu deseo

y de tu imaginación!
155

   ¿Hay escultor que le forme

a esta alma que sola gime

una hermosura sublime,

a mi deseo conforme,

y luego un dios me la anime?
160

   Pero tan sólo podría,

copiando mi fantasía,

dar cuerpo mi propia mano

al objeto soberano

de mi ciega idolatría.
165

   Fuera el genio más valiente

a creármela impotente,

en tan alto extremo bella;

si otra mano, si otra mente

me la forman, ya no es ella.
170

   Mas dado caso que hubiera

en esta tan baja esfera

criatura tan cabal,

faltaba lo principal,

y es que ella a mí me quisiera.
175

   Ella, que eclipsara a Elena,

yo (el espejo me condena)

que de Paris disto tanto;

ella tan pura y tan buena,

Yo... ¡qué contraste, Dios santo!
180

   Himeneo de tal suerte

la unión simbolizaría

del pesar con la alegría,

de la vida con la muerte,

de la noche con el día.
185

   ¿Quién pues posible creyó

que tal hembra iba a querer

a tal hombre como yo?

Aunque, como al fin mujer,

quizá no dijera: no.
190

   Y, como además sería,

aunque tan bella, hija mía,

o le cuadre o no le cuadre,

por gratitud amaría

y por deber a su padre.
195


1863.

    ¡Cuánta envidia mereces,

justo hermano de Marta y de María,

que viviste dos veces:

una naciendo del primer abrigo

que en el seno materno hospeda al hombre,
5

y otra del seno de la tumba fría!

Tú que, con tierno nombre,

ser mereciste apellidado amigo

de Jesús por el labio sacrosanto,

y costar mereciste
10

a sus divinos ojos

celestes perlas de piadoso llanto,

al acercarse triste

al lugar que guardaba tus despojos.

   «Nuestro amigo reposa,
15

vamos a despertarle de su sueño»

dice, y tributa a la amistad preciosa

su más alto portento, la más clara

muestra de su poder, antes que él mismo,

vencedor de la Muerte y del Abismo,
20

en gloria y majestad resucitara.

   A la turba llorosa

dijo: quitad la losa;

y los ojos al cielo levantando,

y al ladre gracias dando
25

de que siempre sus súplicas oyera,

te gritó en alta voz: « Lázaro, fuera»

y tú el acento, que escuchó la nada

desde la negra eternidad oíste;

y cual hombre dormido a quien despierta
30

voz familiar, a tan potente grito

sacudiste tu sueño de granito.

   ¡De qué curioso espanto poseída,

inmensa turba en torno a ti apiñada,

te contemplaba en tu segunda vida,
35

nuevas del otro mundo demandando!

Como el que sale de visión funesta,

en sueños aterrante,

durable en el atónito semblante

la impresión recibida manifiesta,
40

así en la faz enjuta y amarilla

impresa conservaste eternamente

la terrible impresión que te produjo

de la muerte la horrenda pesadilla.

   ¡Quién entonces lograra interrogarte
45

y entender el misterio de la muerte;

que siente el alma en aquel trance fuerte

en que del cuerpo, se desune y parte;

y el espanto que de ella se apodera

en las orillas de esa mar oscura,
50

donde se pierde, atónita y viajera,

del puerto adonde arribe mal segura.

   ¡Con qué dolor tan áspero y violento,

desde el solemne día

que miró tu segundo nacimiento,
55

hasta que al fin te hirió muerte segunda,

tu tierno corazón afligiría

de tus pecados contrición profunda!

¡Cómo, compadeciendo la locura

y extrema ceguedad de los mortales,
60

que igualan con sus horas sus pecados,

de la tumba olvidados,

las espantadas gentes moverías

a vida de virtud y penitencia

con la eficaz terrífica elocuencia
65

del que vivió en a eternidad tres días!


1863.

    Sufre, oh vate, con pecho adamantino,

y recuerda que a nadie impunemente

tener dejan el mundo y el destino

corazón grande o inspirada mente.

   Y de su envidia y su furor triunfante
5

fue siempre el vate principal terrero:

   ve errar mendigo de la Grecia al Dante,

mira proscripto al Italiano Homero.

   Ve a Torcuato entre insanos detenido

por el vil que en su canto endiosar quiso,
10

y morir ciego y pobre en el olvido

el cantor del perdido Paraíso.

   Como él, Cervantes da el postrer aliento

de una vida misérrima y mezquina;

mira a Gilbert agonizar hambriento,
15

y ensangrentar Chenier la guillotina.

   Así el mundo al poeta galardona:

su ardiente inspiración juzga delirio;

es corona de espinas su corona,

y su palma es la palma del martirio.
20


Aurora en el baño

    Ya llegó la feliz hora

en que la divina Aurora

contenta viene a entregar

su beldad encantadora

a los abrazos del mar.
5

   La escala desciende25 lenta,

y más y más se amedrenta,

y cuando cerca se ve

de donde es fuerza que sienta

del agua el frío su pie,
10

   se detiene, y de la hermosa

frente humedece la nieve:

al fin en las aguas osa

introducir el pie breve,

hecho de jazmín y rosa.
15

   Mas se estremece y espanta

del súbito intenso frío,

y, exhalando un ay, levanta

la apenas hundida planta,

con hechicero desvío.
20

   De nuevo la escala pisa,

temblando toda cual hoja,

y más que nunca indecisa;

más fuerte ola improvisa

viene, que toda la moja.
25

   Que el mar, aunque está sereno,

de amor y deseos lleno,

arrojó a la playa sola

esa alborotada ola,

para traerla a su seno.
30

   Mas, con el frío marino,

familiarizada ya,

del piélago cristalino

por entro las aguas va

abriendo fácil camino.
35

   ¡Oh dichosa la mirada

que la contempla extasiada,

cuando con gracia sin par

resbala süave o nada

por el sosegado mar!
40

   ¡Parece que el océano

está de llevarla ufano,

y que con placer se siente

cortar y abrir dulcemente

por tan delicada mano!
45

   Truécase en quieta laguna,

que no encrespa onda ninguna,

y ella de espaldas descansa

en la superficie mansa,

como un infante en la cuna.
50

   Tal vez, el leve sombrero

arrojando delantero,

tras él ardiente se lanza,

y en ágil nadar ligero

en breve ufana le alcanza.
55

   O tal vez de agua le llena

con que su cabeza baña:

o, como nueva Sirena,

canta con dulzura extraña

que las almas enajena.
60

   Tal vez a la dulce amiga

con quien más amor la liga

algo la cuenta muy quedo,

al labio aplicando el dedo,

para que a nadie lo diga,
65

   pasó ya una larga hora;

y aún dejar no quiere Aurora

baño que tanto la agrada,

y, si lo estuvo a la entrada,

más indecisa está ahora.
70

   Mas, aunque al vivo placer

que siente ninguno iguale,

pues ve en fin que es menester,

se llega ya a resolver,

y tarda y penosa sale.
75

   Y, aunque ella evitar procura,

llena de vergüenza casta,

que la húmeda vestidura

dibuje su forma pura,

su honesto empeño no basta:
80

   que el empapado vestido,

al cuerpo hermoso ceñido,

claro nos demuestra que ella

no ha menester para bella

de arte ni adorno mentido.
85

   Y nos da la ocasión fe

de que su beldad divina

de nada deudora fue

a la hueca crinolina

o al elástico corsé.
90

   Llora la mar su partida,

y rabiosa envidia siente

de la tierra que la anida

y goza más largamente

de su hermosura querida.
95

   Y yo gimo al contemplar

que tal vez el mar la encierra,

tal vez la tierra, y al par

tengo envidia de la tierra,

y tengo envidia del mar.
100


1863.

Ciertos matrimonios de hoy

    Si de Marcela y de su esposo Hernando

a Octavio en compañía siempre ves,

no te asombres, lector: se están usando

hoy día matrimonios entre tres.


Sobre haber dicho un mal poeta que hasta la gloria era vana

    Dijo una verdad notoria,

y nadie habrá que le arguya,

si, al llamar vana la gloria,

habló sólo de la suya.


A Lelio

    Poeta, Lelio, te estimas:

pregunto: ¿de cuando acá?

más entiendo tienes ya

el Diccionario de Rimas.


A Crispín

Un sot trouve toujours un plus sot qui Padmire

    Don Crispín el rimador

alabanzas tuvo pronto:

ya se ve, siempre halla un tonto

un más tonto admirador.


Sobre el retrato de uno que estaba siempre callado

    No: traslado más igual

jamás el arte haber pudo;

y es semejanza cabal

el que el retrato esté mudo,

que es mudo el original.
5


A Germán, que se jactaba de saber muchas lenguas, no sabiendo la suya

    Te doy que sepas el hebreo idioma

y que sepas el árabe, Germán,

y el idioma de Grecia y el de Roma,

y el ruso y el inglés y el alemán.

   Y ora las hables, ora las escribas,
5

con increíble perfección sabrás

las lenguas muertas y las lenguas vivas

y cuantas lenguas hay y muchas más.

   Digo y repito que más lenguas sabes

que hablar oyó la Torre de Babel,
10

y que el idioma entiendes de las aves,

Y el de las bestias interpretas fiel.

   Pero que sepas español te niego;

tu filóloga ciencia aquí dio fin:

escribe, pues, si te parece, en griego
15

en sánscrito, en hebreo o en latín.


    ¡Cuántas cosas hay secretas

para la humana razón!

¡Quién supiera cómo son

los que habitan los planetas

y la inmensa creación!
5

   Si son chicos cual infantes,

o como torres gigantes,

si un ojo o más ojos que Argos

tienen, y si viven largos

siglos, o breves instantes;
10

   si oyen con los ojos bien,

y huelen con los oídos

y con las narices ven,

o en vez de cinco sentidos,

tienen todos uno, o cien;
15

   s de ellos una mitad

e de hembras y otra de machos,

o hay de sexos unidad;

s hay mozos, viejos muchachos,

o son todos de una edad;
20

   si llevan cara y envés

al revés de los humanos,

y si natural les es

el caminar con las manos

y el agarrar con los pies.
25

   Ni de estas raras quimeras,

lector, te me asustes tanto;

que, si como son de veras,

las almas humanas vieras,

te causarán más espanto.
30

   Pues me veo de alas falto,

¡quién al cielo diera un salto,

y de uno en otro planeta

mi ardiente carrera inquieta

tocara al fin el más alto!
35

   Viendo fuera tantas cosas,

nuevas, grandes, portentosas,

extrañísimas escenas,

distintas de las terrenas,

¡y mil veces más hermosas!
40

   ¡Quién de tu cielo nocturno,

émulo casi del diurno,

que ocho claras lunas muestra,

en vez de la única nuestra,

gozará, bello Saturno!
45

   ¡Qué noches serán aquellas,

tan radiantes y tan bellas,

con ocho lunas y el brillo

de ese tu múltiple anillo

con que entre globos descuellas!
50

   ¡Quién en la noche más clara,

que tanta antorcha ilumina,

de bracero se paseara

con alguna saturnina,

tan hermosa como rara!
55

   Y tú, feliz morador

de orbe que gira en redor

de dos estrellas o tres,

que de varios soles ves

a turnos luz y color26:
60

verdes y dorados días,

blancos, azules y rojos

allí en mirar te extasías,

con los que noches sombrías

son los que ven nuestros ojos!
65

   Y de cadena en lugar

de tanta monotonía,

cambiando allí sin cesar,

el tiempo es rico collar

de variada pedrería.
70

   Mas de estas cosas ayuno

ha de quedarse mi anhelo,

inútilmente importuno;

pues hasta ahora ninguno

pudo viajar por el cielo.
75

   Y no hay ni nave, ni coche

que vencer pueda el camino

que hay desde aquí al argentino

astro que alumbra la noche,

que es el que está más vecino.
80

   ¡Un día se podrá ver

al hombre, venciendo al ave,

ir a la luna y volver

en la voladora nave

que descubrió Mongolfier!
85

   Osado Colón segundo,

mucho mayor que el primero,

surcando el éter profundo,

volará de mundo en mundo

de la creación viajero.
90

   Y anulada la distancia,

ir a los hombres ya veo

a los astros de paseo,

como hoy nos vamos a Francia,

cuando nos toma el deseo.
95

nacerán nuevos placeres,

cuando el feo sexo humano

se enlace con las mujeres

de Venus bella y de Ceres

y de Neptuno y de Urano!
100

   Y para entones confío

que un nieto de un nieto mío

se irá a casar con alguna

moradora de la Luna,

En el volador navío:
105

   de modo que, si el olvido

en la tierra ha de acabar

mi germánico apellido,

allá en el orbe lunar

se podrá ver mantenido!
110

   Y aquí el lector no se asombre

ni quimérico me nombre,

pues lo digo que el progreso

indefinido del hombre

ha de hacer mucho más que eso.
115

   Mas, aunque remonte el vuelo

a tan altas profecías,

me queda a mí el desconsuelo

que no se harán en mis días,

esos viajes por el cielo.
120


Diario de un viajero americano

    Caelum non animum mutant qui trans mare currunt.


HORACIO



    Vuelto a sus playas vírgenes natales,

tras larga ausencia de vagar lejano,

víctima eterna de secretos males,

un mísero viajero americano,

   así el ansia implacable y encendida,
5

dolor y tedio, que do quiera siente

traslada al libro, de su errante vida

y sus íntimas penas confidente:

   «¡Cuántas veces me ha visto el océano

ir buscando la paz del corazón!
10

Mas ambos mundos recorrer fue vano

para lograr tan suspirado don.

   Hasta en el polo que alta nieve esconde

mis errantes pisadas estampé,

ni hubo rincón de nuestro globo donde
15

yo no imprimiese el vagabundo pie.

   En las viejas metrópolis de Europa,

como en la tierra donde vi la luz,

a mi labio el Dolor su amarga copa

brindó, y a mi hombro su pesada cruz.
20

   Lo dejé en Francia; lo encontró en España;

y en Alemania y en Albion lo vi;

a Italia fui: me precedió su saña;

a la Grecia volé: ya estaba allí.

   Y donde quiera que mi curso incierto
25

lleve el raudo navío volador,

siempre, al hollar el anhelado puerto,

su conocida faz, llenos de horror,

   miran mis tristes ojos la primera;

y él me contempla con feroz placer:
30

odioso huésped que do quier me espera,

fantasma horrendo que hallo donde quier.

   Los que nunca dejasteis vuestro suelo,

largos viajes y vanos excusad:

jamás, os digo, encontraréis consuelo,
35

ni alivio vuestra férvida ansiedad.

   El alma no se muda con el clima:

si de vosotros mismos no partís,

cuales os vio la abandonada Lima,

os verá la magnífica París.
40

   Y, cual triste experiencia en mí lo muestra,

del tan largo viajar fruto será

que ni la ajena patria, ni la vuestra

pueda en su seno encadenaros ya.

   ¡Cuán ardiente y copioso, oh patria, el llanto
45

fue, que en mi ausencia a tu memoria di!

¡Cuánto do quiera te eché menos! ¡cuánto

suspiré siempre por volver a ti!

   Mas ¡ay de mí! que apenas a tu seno

me reconduce rápido bajel,
50

principio a desëar el suelo ajeno,

tan sólo ya porque no moro en él.

   Siempre estoy suspirando por lo ausente

y lo que me circunda aspiro a huir,

cual, contento jamás de lo presente,
55

en lo pasado vivo y porvenir.

   Dichoso me parece lo pasado,

aunque bien triste y doloroso fue,

y alegre y bello el suelo que he dejado,

aunque en él, como en todos, me hastié.
60

   Y cada cosa que de cerca veo

no es ya la misma que, al buscarla yo,

de la esperanza el prisma o del deseo

a mis ilusos ojos figuró.

   Mas, si de ella me aparto o si la pierdo,
65

cual primero la vi la torno a ver,

que el prisma le devuelve del recuerdo

su antiguo encanto, su beldad primer,

y con ansia perenne cuanto vana,

así abordando a las orillas hoy
70

de donde inquieto partiré mañana,

peregrinando por el mundo voy.

   De región en región ciego me arroja

de mi inquietud eterna el huracán,

cual recios vendavales débil hoja
75

de llano en llano arrebatando van.

   ¡Quién morara, cual Dios omnipresente,

antípodas regiones a la vez,

y le fuera un instante permanente

de los años la alada rapidez!
80

   Así tal vez en mi delirio insano

exclamo, y gimo al recordar después

que fuera siempre a mi ventura vano

lo que imposible a mis deseos es.

   Que, aunque habitara a un tiempo, cual la mente,
85

cuanto ilumina el sol y ciñe el mar,

fuera el vasto universo a mi ansia ardiente

lo que el breve recinto de mi hogar.

   Y aunque parar mi anhelo mereciera

del raudo Tiempo el inmortal reló,
90

¿qué instante de mi vida pasajera,

qué instante ser eterno mereció?

   ¿En qué hora, en qué hora de mis largos días

fijara el incansable medidor,

cuando todas, o tristes o vacías,
95

hijas fueron del tedio o del dolor?

   Yo he buscado la dicha en los placeres,

en las danzas de fúlgido jardín,

en el mágico amor de las mujeres,

y embriaguez y tumulto del festín.
100

   Nada a mi eterno hastío y mi funesta

genial tristeza pudo ser solaz,

triste me vio la más alegre fiesta

doblar al suelo mi doliente faz.

   Y al estrechar mi frente la más bella
105

a su turgente pecho de marfil

para llorar a solas, hüí de ella,

triste esquivando sus caricias mil.

   Y en la copa, oh amor, que nos ofreces,

en vez del néctar y süave miel
110

halló mi labio las amargas heces

de la más negra ponzoñosa hiel.

   Y la dicha busqué en la poesía,

y en su risueño venturoso error:

¡mas fue la Musa lamentable mía
115

musa del desengaño y del dolor!

   Y la busqué en la ciencia y, o desnuda

mirando la verdad, me horripilé

o sentí suceder inquieta duda

de mi niñez ala tranquila fe;
120

confirmando, en tristísima experiencia,

que estéril duda y fúnebre verdad

los frutos son que el árbol de la ciencia

dio siempre a la infeliz humanidad.

   En todo la buscó mi desvarío:
125

¡insensato de mí! que por do quier

hallé sólo dolor, sólo hallé hastío,

en lugar de la dicha y del placer».

   Y el triste infortunado peregrino

detiene aquí la dolorosa pluma,
130

pronto a seguir la ley de su destino,

y hender de nuevo la salobre espuma.

   Que, aunque por prueba dilatada sabe

que llevará a otras zonas vanamente

su vagabunda combatida nave,
135

imita empero al infeliz doliente,

   que, aunque sintiendo igual a cada lado

en el angosto lecho su tormento,

alivio a su dolor desesperado

busca siempre en el mismo movimiento.
140


1863.

A una señora

    Mudanza tú no conoces,

joven siempre y siempre bella;

ni en ti la más leve huella

dejan los años veloces.

   Como en mi infancia la vi,
5

contemplo tu beldad hoy,

cuando del tiempo ya estoy

mostrando la injuria en mí,

   Que de beldad tan divina

aún el Tiempo se prendó,
10

y dijo: «No quiero yo

causar tu lenta rüina.

   Condena la cruda suerte

todo lo que tiene ser

a que sienta mi poder
15

primero que el de la muerte.

   Mas mi saña te perdona;

sólo en ti no la ejecuto,

y te eximo del tributo

que se debe mi corona.
20

   que venga la muerte dura

y fin a tu vida dé;

mas yo te respetaré,

¡Oh milagrosa hermosura!»


1863.

Demócrito y Heráclito

A Amalia

    Preguntarme te plugo, amiga mía,

cuál es el que mi verso más alaba:

Demócrito que todo lo reía,

o Heráclito que todo lo lloraba.

   Parecerá contestación precisa
5

en mí que peno y me querello tanto,

y en quien, más que los labios a la risa,

Se abren los ojos al raudal del llanto,

   El que con labio siempre gemebundo

te diga27, bella Amalia, que prefiero
10

el llanto doloroso del segundo

a la risa burlona del primero.

   Mas la respuesta, que me dicta ahora

la razón, no mi genio tan doliente,

al par condena al que de todo llora
15

como a aquel que se ríe eternamente.

   Que, como al tiempo, en sucesión eterna,

componen negra noche y blanco día,

así en el mundo para el hombre alterna,

también con la tristeza la alegría.
20

   Quien siempre ríe, es porque siente poco;

quien siempre llora, demasiado siente;

si el risueño Demócrito era un loco,

era otro loco Heráclito doliente.

   Y solo aprobará mi poesía
25

al que, siempre guardando el justo modo,

algunas veces llore y otras ría,

que hay lugar en la vida para todo.

   Ni toda es farsa que a reír convida

nuestra vida, ni lúgubre tragedia;
30

si damos a la risa media viva,

damos también al llanto la otra media.


1863.

Cristina, o sea Venganza y perdón de amor

A mi amigo el artista Francisco Laso

CANTO PRIMERO

    Entre cuantas beldades, ora en prosa

han sido celebradas, ora en rima,

fue la mayor Doña Cristina Llosa,

flor la más bella del jardín de Lima;

que esta insigne ciudad, madre famosa
5

de hechiceras beldades de alta estima,

nunca engendró ni engendrará ninguna

que tantas gracias y atractivos una.

   Breve boca de perlas y de grana;

reluciente mejilla que púrpura
10

con sus pinceles la Salud lozana;

frente de lirios y de nieve pura:

hermosura ninguna circasiana

la igualara en las rosas blancura,

que cierto no es que pálida o trigueña
15

sea por fuerza la beldad limeña

   Díganlo mil a quienes Lima hoy debe

el no perder su fama gloriosa,

y en cuya faz, entre la blanda nieve,

arde perenne la purpúrea rosa:
20

dilo, tú, copia de la joven Hebe,

de cuya tez fresquísima y lustrosa

la imagen fiel contemplará quien eche

hojas de rosa sobre blanca leche.

   Y dilo, ingrata, tú cuya cadena
25

ha tanto tiempo que cautivo arrastro,

con quien se ennegreciera la azucena

y se ebanificara el alabastro:

ni tan blanca su faz, tranquila y llena,

muestra en verano de la noche el astro,
30

citando la noche, con la luz que envía,

es un segundo, pero fresco día.

   Tú, cuya pura virginal mejilla

carmín delicadísimo colora,

que al encendido rosicler humilla
35

que tiñe las mejillas de la Aurora,

por quien de envidia tornase amarilla

la hija más bella de la bella Flora,

cuando en campos que pinta primavera

es reina de las flores altanera.
40

   Mas, aunque hablar de ti me sea grato,

y pintar tu hermosura peregrina,

preguntará el lector si acaso trato,

en lugar del retrato de Cristina,

de hacer en estos versos tu retrato;
45

y como ella es ahora mi heroína,

es bien que vuelva el verso de contado

a seguir el retrato comenzado.

   Tuviera envidia a su flexible cuello

el ave dulce que su muerte canta:
50

su copioso larguísimo cabello

hollarle puede su pequeña planta

Dejárase por pie tan breve y bello

hollar Amor gustoso la garganta:

mas ya estoy en los pies ¡grave descuido!
55

Cuando el semblante aún no he concluido.

   Su nariz (que es facción que vez muy rara

se halla buena, de modo que nos mueve

a rabia ver en tina hermosa cara

luenga y corva nariz, o chata y breve)
60

ni un punto de la línea se separa

que una nariz perfecta seguir debe,

y no fuera, a compás y a cincel hecha,

ni más proporcionada ni derecha.

   Hasta la negra Envidia, a su despecho,
65

la linda mano de marfil alaba,

y el brazo hermoso y más hermoso pecho:

mas ¡ay! que lo mejor se me olvidaba:

sin ojos ¿qué retrato habrá bien hecho?

mas, como ésta concluyo, en la otra octava
70

sus ojos, buen lector, podré pintarte,

que bien merecen una octava aparte28.

   mas no atino a pintar, te lo confieso,

esas oscuras vívidas centellas,

y conozco que anduve bien sin seso
75

en, prometerte la pintura de ellas;

que es poco, aunque parezca grande exceso,

decir que soles son, que son estrellas;

y así nada diré, pues que me agrada

mas que poco decir, no decir nada.
80

   En fin ella era tal, que dificulto

que otra tan bella en todo Lima hoy halles,

y esto aquí sea dicho sin insulto

de tantos bellos soberanos talles:

a verla y dar a Dios ardiente culto
85

se paraban las gentes en las calles,

exclamando: Bendito el Señor sea,

¡que tan divinas hermosuras crea!

   Mas, como no hubo ni hay nada perfecto

en este bajo mando, borrón era
90

de tantas perfecciones un defecto:

ser la mujer más vana y altanera

y más contraria al amoroso afecto

que se ha visto jamás o verse espera,

pues quien le dio de la beldad la palma
95

olvidó darle un corazón y un alma.

   Y así, por dentro despiadada y cruda,

la aparente beldad engañadora

era estatua, de espíritu desnuda,

era flor, si bellísima, inodora;
100

pintura hermosa, pero inerte y muda,

rico palacio donde nadie mora,

suntuoso templo, de su dios vacío,

bello cadáver, insensible y frío.

   Ansiaba merecer su blanca mano
105

de galanes un número infinito:

pero siempre su afán les salió vano;

que al que el imperdonable atroz delito

de pintarle su amor ciego y tirano

osase de palabra, o por escrito,
110

anhelando a los vínculos nupciales,

colérica negaba sus umbrales.

   No valía con ella cosa alguna

para que depusiera su dureza:

buen nombre y opinión, ilustre cuna,
115

valor, ingenio, honores y belleza,

y hasta los mismos bienes de fortuna

todo lo despreciaba su altiveza:

ni ya más circunstancias enumero,

dicho que despreciaba hasta el dinero.
120

   Nada puede vencer su horror secreto

a Cupido, a quien teme al par que a Marte;

no fue el dios niño de más odio objeto

a la insensible bárbara Anaxarte;

ni la cruda beldad de quien Moreto,
125

con tan vivo pincel y feliz arte,

pintó el desdén en la española escena,

fue a la amorosa llama más ajena.

   Una vïuda ya y anciana tía,

que de madre en lugar siempre ha tenido,
130

de continuo, a elegir la persuadía

entre tantos amantes un marido;

mas la doncella con tenaz porfía

a su prudente voz negaba oído:

oigamos cómo la habla y aconseja,
135

algunas veces la sensata vieja:

   «¿Por qué la edad de los amores tierna

así malogras, y eximirte quieres

de aquella ley universal y eterna

que encadena varones y mujeres?
140

Amor es el monarca que gobierna

con blandísima ley todos los seres:

amor, después de Dios, es el segundo

conservador del venturoso mundo.

   »En aire, tierra y mar, pez, bruto y ave
145

sienten de Amor las fecundantes llamas;

plantas y árboles aman, en süave

lazo uniendo las ramas a las ramas;

amar la dura piedra también sabe,

¡y sola tú en el universo no amas,
150

y tú monstruosa indiferencia sola

la eterna ley del universo viola!

   »Ansiosa de lograr tu blanca diestra,

la nobleza de Lima te visita,

y a porfía su amor cada cual muestra,
155

y agradarte a porfía solicita:

pero tú, a todos a la par siniestra,

con la crueldad más negra e inaudita,

fieros desdenes sin cesar les haces,

despreciando el honor de sus enlaces.
160

   »Pero, al eres discreta, dime ¿dónde,

aunque le busques por el mundo entero,

hallarás un esposo como el conde

don Fabricio de Zúñiga y Guerrero?

Lo galán y discreto, corresponde
165

en él a lo valiente y caballero:

por él suspiran todas las limeñas,

y tú sola le esquivas y desdeñas.

   »Mas al tiempo veloz, que no reposa,

el persuadirte a costa tuya dejo:
170

cuando tan fea cuanto es hoy hermosa

tu cara mires en el fiel espejo,

sin esperanzas ya de ser esposa,

dirás arrepentida: buen consejo

me daba cuerda mi difunta tía,
175

¡y yo, necia de mí, no la creía!»

   Pero la interrumpía su sobrina

diciendo: «Será acaso devaneo,

mas la naturaleza no me inclina

al amor, ni a los lazos de himeneo:
180

deja que goce libertad divina

que a toda costa conservar deseo:

que viva deja, déjame que muera

en el feliz estado de soltera.

   »Si del placer es para ti la fuente
185

y el alma de la tierra y de los cielos,

Amor es para mí tan solamente

padre de las rencillas y los celos;

él es del llanto el manantial ardiente,

él cría las sospechas y desvelos,
190

y en fin él es la causa y el origen

de cuantos fieros males nos afligen.

   »Fuera de esto, a tu gusto en todo cedo;

mas te digo, por mucho que te asombres,

que vivo, ni pintado sufrir puedo
195

al odioso linaje de los hombres:

todos ellos me causan odio y miedo:

si me amas, ni siquiera me los nombres,

que es cual si me nombraras los demonios,

ni me propongas nunca matrimonios.
200

   «¡Tener yo amor! ¡yo de un tirano fiero

que marido se llame ser esclava!

¡Yo ser vasalla del Amor! primero

que me hiera una flecha de su aljaba,

mi pecho rasgue matador acero!»
205

Y tanto enojo y furia demostraba,

que la anciana callábase prudente,

compadeciendo su furor demente.

   Mas llegó un tiempo en que, de ver corrido

que a domar tal soberbia nada alcanza,
210

bien como suya, imaginó Cupido

una feroz y bárbara venganza,

sacándola de tino y de sentido

con un extraño amor sin esperanza,

en el cual escarmiente el mundo, y huya
215

de ofender tal deidad como la suya.

CANTO SEGUNDO

   Es de saber que a Lima entonces vino

para la noble tía una pintura,

obra maestra de pintor divino,

de tal celeste gracia y hermosura,
220

tan natural y viva, que no atino,

por mucho que mi ingenio lo procura,

su mérito a expresar remotamente,

ni lo lograra pluma más valiente.

   Representaba a aquel29 que la manzana
225

dio a Citerea; y nunca tan hermoso

pareció ante la adúltera Espartana

que, turbando a dos mundos el reposo,

huyó ciega con él a la troyana

ribera, abandonando al rey su esposo,
230

su patrio Eurotas y su infante prole,

cuanto hermoso allí el arte retratole.

   Y es, tanta la verdad del colorido,

y tal bulto aparenta y tal relieve,

que, del fondo del cuadro desprendido,
235

parece que respira y que se mueve:

espera las palabras el oído;

y para que a la vista su error pruebe

y la convenza de que es lienzo plano,

preciso se hace el aplicar la mano.
240

   Apenas le miró la humana fiera,

cuando, sin saber cómo, en un instante,

siente ablandarse y convertirse en cera

el pecho de durísimo diamante;

cual si echado raíces allí hubiera,
245

enclavada detiénela delante

del cuadro que figura al Pastor Frigio

la fuerza irresistible del prodigio.

   Fija la vista en él, no pestañea,

y ni un punto los ojos dél aparta,
250

que, mientras más le mira, más desea

mirarle, de mirarle jamás harta:

mas en verle, pintado, se recrea,

que, vivo, un tiempo la beldad de Esparta,

cuando el ofendido Menelao
255

los alejaba voladora nao.

   Y por mirar a Paris, no repara

en Citerea, en Juno y en Minerva

que hacia él avanzan con nobleza rara

a hacerle juez de su contienda acerba.
260

Su gran belleza diosas las declara;

pero Cristina su atención reserva,

sin hacer caso del divino grupo,

para aquel solo que hechizarla supo.

   Y sin color, y sin aliento, y muda,
265

tanto en mirar al cuadro se extasía,

que de si vive o de si muere en duda

quien la viera en tal acto quedaría:

su propio ser en el que mira muda,

e, inmóviles entrambos a porfía,
270

la creyeras inánime escultura,

o pintura mirando otra pintura.

   Un amor desde entonces infinito

de su alma y sus sentidos se hace dueño:

le es tósigo el manjar más exquisito,
275

y en blandas plumas la desoye el sueño:

ya el lozano frescor se ve marchito

del semblante purpúreo y marfileño:

ya no es más que la sombra ¡ay Dios! de aquella

tan vana y desdeñosa cuanto bella.
280

   Pendiente del retrato noche y día

de ella le pide que por fin se duela,

y tanto se afervora y desvaría,

que lo abraza y lo besa, muda tela

hallando solo, indiferente y fría,
285

en vez del hombre que encontrar anhela;

como, en vez de mujer, hallaban antes

una insensible estatua sus amantes.

   «¡Qué leo! ¡enamorarse de un retrato!

(No faltará lector que esto me diga)
290

¡No, no es posible amor tan insensato!»

Mas es bien considere que castiga

el corazón durísimo o ingrato

de su vana o indómita enemiga

El vengativo Dios, que bien pudiera
295

castigarla con pena más severa.

   A más, tan imposible no es la cosa

como parece, pues contino vemos

a mil prendados de una necia hermosa

hacer los más ridículos extremos
300

por el cuerpo sin alma de una diosa;

y tú, lector, y yo tal vez estemos

enamorados de mujeres fatuas

que más bien que mujeres son estatuas.

   Todo lo pueden el amor y el oro;
305

y en las historias de otros tiempos hallo

que Pasifae se prendó de un toro

y Semíramis quiso a su caballo;

con otros casos mil que, por decoro

y por huir prolijidades, callo;
310

y harto de Amor las fuerzas testimonia

la reina de la antigua Babilonia.

   Y si ella amó al corcel, y Pasifae

se enamoró de la cornuda fiera,

en rareza menor Cristina cae,
315

que el retrato de un hombre ama siquiera,

la semejanza fiel es quien la atrae,

que del pincel la magia es de manera,

que tal vez, al copiar, ya no es distinta

de la viva figura la que pinta.
320

   Y si el efecto o ilusiones raras

que obran las realizadas fantasías

de las artes, lector, dificultaras,

te diré que en Madrid por muchos días

(y eso que hay en Madrid muy buenas caras)
325

me enamoré de la hija de Herodias,

que viva al lienzo trasladó Ticiano,

y no es pintura, sino rostro humano.

       Y aunque debiera darme horror y espanto

verla con la cabeza del Bautista
330

infame premio de su danza tanto

supo hermosearla el inmortal artista,

que a su beldad y voluptuoso encanto

no hay duro corazón que se resista;

y de ella me prendé, como pudiera
335

de alguna mujer viva y verdadera30.

   Y todas las mañanas al Museo

íbame a devorarla con los ojos:

aún me parece que ante mí la veo

con esos entreabiertos labios rojos;
340

aún contemplar esa garganta creo

y aquella espalda, del amor antojos;

aun es de mis deseos acicate

la fresca carne que, cual viva, late.

   Y del Corregio y del pintor de Urbino
345

amé también las hijas hechiceras,

y tendrás por mayor mi desatino,

si el que están en el suelo consideras

que el mar circunda y parte el Apenino31,

y en donde el sexo hermoso lo es de veras,
350

no como en otras partes donde creo

que debiera llamarse sexo feo.

   Prendome sobre todo la divina

hermosura de aquella Galatea

que ostenta la orgullosa Farnesina32,
355

y que en su concha en triunfo se pasea

por la extensión pacífica marina:

copiola el Sancio de su propia idea33,

cuando, de perfección en tanto anhelo,

no le bastaba terrenal modelo.
360

   Pero, ¿qué corazón la más que humana

beldad, no dejará de amor cautivo,

de alguna, o Venus, o Minerva, o Diana,

marmóreas hijas del cincel Argivo?

Y de ti, oh de las Venus soberana,
365

Venus de Milo, enamorado vivo,

sintiendo que en el mundo las mujeres

no sean tan hermosas cual tú lo eres.

   Ni olvido a Pigmalión que, no contento

de terrena beldad, estatua labra
370

a quien da cuanto finge el pensamiento,

y a quien falta tan sólo la palabra:

y al contemplar tan mágico portento,

es fuerza que el Amor el pecho le abra,

y que, prendado de su propia hechura,
375

ciñan sus brazos una piedra dura.

   Y a Venus sin cesar sus preces manda

para que anime estatua tan hermosa;

hasta que, oyendo su tenaz demanda,

compadecida la potente Diosa
380

le da que el mármol duro en carne blanda

se cambie, descendiendo amante esposa,

el tálamo dichoso la reciba,

esculpida mujer, estatua viva.

   Mas del arte apartándonos ahora,
385

si a amar empieza una mujer cualquiera,

¿de qué es de lo que el hombre se enamora?

No ya de su belleza verdadera;

el propio parto de su mente adora,

enamorado está de una quimera,
390

que perfecta y divina se figura

y más hermosa aún que la Hermosura.

   Si pues es nuevo Pigmalión cada hombre

que se enamora de su propia idea,

¿quién habrá que se admire y que se asombre
395

del amor de Cristina y no lo crea,

y a mí me dé de mentiroso el nombre?

Mas Cristina me llama y me desea,

por que tanto su duelo no dilate,

y dél la libre o de una vez la mate.
400

   ¿Qué fue de esa Cristina tan hermosa,

altiva reina de sumisa corte,

la mujer mas altiva y desdeñosa

que se pudo encontrar del Sur al Norte,

la que, cual ángel o celeste diosa,
405

despreciara un monarca por consorte?

¡Ah! que hoy suspira, de un retrato esclava,

la que a todos los hombres desdeñaba.

   Ardía todo Lima en sus amores;

do quier seguían sus esquivas huellas
410

más amantes que Mayo cría flores

o noche de verano enciende estrellas;

pues la que ansiaban tantos amadores,

la que envidia causaba a las más bellas,

hoy en profunda soledad se mira
415

y sólo triste compasión inspira.

   Así a veces se queja en mal tamaño,

mientras vierte de lágrimas un río;

«¿cuándo un amor se ha visto tan extraño,

tan vano o imposible como el mío?
420

¡Ay! que yo soy la causa de mi daño:

yo con mi orgullo y mi desdén impío

merecí del Amor este castigo

y esta venganza atroz que usa conmigo.

   «Oh tú que así de amor me tienes loca,
425

¡Quién pudiera infundirte el alma y vida!

¡Quién amores oyera de tu boca

que a besos que no vuelve me convida!

¡Quién en tu pecho, que hoy en vano toca

mi ardiente pecho en que el amor se anida,
430

pusiera un corazón cuyos latidos

vibraran con los míos confundidos!

   « ¿Por qué no mueves hacia mí tus plantas,

cuando te buscan las ansiosas mías?

¿Por qué nunca a mi encuentro te adelantas,
435

cuando te vengo a ver todos los días?

¿Por qué tu eterna cárcel no quebrantas?

¿De tu inmovilidad nunca te hastías?

Baja, baja por fin, baja al momento

a la vida, al amor, al movimiento.
440

   «¿Por qué me miras con tan dulces ojos,

si nada sientes, ni me pides nada?

¿Por qué sonríen esos labios rojos,

si está la voz en ellos sepultada?

¿Por qué, sin que te apiaden mis enojos,
445

ni tu dureza mi pasión invada,

te miro, a mi dolor indiferente,

en el mismo ademán eternamente?

   «Baste ya, baste, y con mi ardor despierto,

oye por fin la voz con que te llamo;
450

ese labio que ríe entrëabierto

de abrir se acabe, y me repita: te amo;

anime un corazón tu pecho muero,

que responda al anhelo en que me inflamo,

y al fin abiertos tus inertes brazos
455

mi cuello ciñan con amantes lazos.

   «Mas, aunque sé que eres un vano lienzo

que con sombra y color animó el arte,

y aunque me asombro siempre y avergüenzo,

conociendo lo que eres, de adorarte,
460

con nada mi pasión combato y venzo;

nada ha podido ser, ni será parte

a que, aunque tengan vida verdadera,

mi amor a los demás no te prefiera.

   «Pero ¿qué digo? acaso fiel traslado,
465

copia de un hombre verdadero fuiste,

¡y vive de beldad ese dechado,

y aquella gracia celestial existe!

Y no sospecha que de mí es amado,

y que por é yo me desvivo triste;
470

que, si mis ansias y mi amor supiera,

también me amara, por piedad siquiera.

   «Mas, ¿dónde, dónde vives, alma mía?

¿Qué dichosa región tal joya encierra?

¡Ah! ¡yo, sin descansar noche ni día,
475

pasando mar, desierto ardua sierra,

a pie, mendiga, sola, llegaría,

a las extremidades de la tierra,

si al fin supiera que en alguna parte

del ancho mundo me era dado hallarte!
480

   «Mas ¡ay! es imposible que en aqueste

planeta vil tanta belleza exista,

y del Levante hasta el extremo Oeste

jamás la hallara la anhelante vista;

subió inspirado a la mansión celeste
485

el alto numen del sublime artista,

vio al más bello ángel, y al volver al suelo,

fiel le copió para mi eterno duelo.

   «¡Ay! que así delirando, el fiero dardo

ahondo más en la enconada llaga,
490

y, tanto apeteciendo, nada aguardo

que mi ardiente deseo satisfaga!

acelera hacia mí tu vuelo tardo,

oh tú, consoladora dulce maga,

porque de tanto mal en el asedio,
495

eres, oh Muerte, mi único remedio».

   Y así diciendo, pronto a las usadas

caricias torna, y a los vanos besos

y a los llantos y quejas no escuchadas

y a todos sus inútiles excesos:
500

sólo le puede hablar con las miradas,

los miembros todos en la tela presos,

la idolatrada imagen, y con esta

habla muda tan sólo le contesta.

   Pero tú, pero tú, que desconoces
505

mi sincera pasión, ni con el habla

de los ojos respondes a mis voces,

más insensible que pintada tabla

a mis tormentos duros y feroces:

mi amor en vano a tus oídos habla
510

un idioma ardentísimo de fuego:

vencer no logro tu fatal despego.

   Vano es mi dulce lisonjero halago,

vana de amor toda patente prueba:

tú miras de mis lágrimas el lago,
515

sin que su vista a compasión te mueva;

y en vano el gusto te adivino, y hago

en cada día una fineza nueva:

nada te infunde el alma y sentimiento:

soy cual la triste cuya historia cuento.
520

   Y tanto fue creciendo su manía,

que, privada de sueño y de sustento,

consumiendo se fue de día en día,

y se quedó cadáver macilento

que el más crüel a compasión movía
525

era sólo su vida un morir lento,

un doloroso agonizar constante,

un arrancarse el alma a cada instante.

   Acongojada la amorosa dama,

mirando adolecer a su sobrina,
530

facultativos, numerosos llama,

insignes por acierto y por doctrina,

para que den salud a la que ama:

mas, ¿qué maravillosa medicina,

o qué ignorada yerba el pecho cura
535

de la amorosa pertinaz locura?

   ¿Qué específicos raros, qué cordiales

podrán curar del alma la dolencia,

cual se curan dolencias corporales?

¿Cuándo los hombres lograrán la ciencia
540

que sane del espíritu los males

y del dolor aplaque la violencia,

y que corte del alma el amor fiero

cual corpóreo tumor corta el acero?

   ¡Ay! que ni hierro tajador, ni fuego,
545

de un alma arranca, en el dolor sumida,

el obcecado amor, rebelde y ciego,

que se arraiga en las fuentes de la vida;

y, aunque es para el Amor frívolo juego,

con nada cierra la profunda herida
550

que abre su aguda envenenada flecha,

cuando la asesta al corazón derecha.

   La rica anciana que jamás fue avara

vanamente ofreció toda su hacienda

al que a Cristina la salud tornara,
555

guardando a su vejez tan dulce prenda:

mas de dolencia tan profunda y rara

no hay quien la causa ni el remedio entienda,

y de curar tentados cuantos modos

enseña el arte, la desahucian todos.
560

   Se desespera la infeliz señora

viendo que su Cristina se le muere,

y noche y día sin consuelo llora,

y con ella morir a un tiempo quiere;

triste contempla a la que tanto adora
565

mirar al cuadro que de amor la hiere

con tan viva atención, cómo si fuera

cada vez que le mira la primera.

   Y tal vez a su pecho la estrechaba,

y en sus labios mil besos imprimía,
570

y consuelo infundirle procuraba,

y los nombres más dulces le decía;

lágrimas con sus lágrimas mezclaba

suspiros con los suyos confundía,

y los más crudos pechos que las vieran
575

en lágrimas también se deshicieran.

   Y así en tan crudas ansias veladoras

y en penas y congojas tan impías,

vio Cristina lucir tristes auroras,

vio Cristina cerrar noches sombrías;
580

hasta que el mudo vuelo de las horas

y sucesión eterna de los días,

el término cumpliendo de dos años,

puso fin a tormentos tan extraños.

   Pues el Amor, al cabo satisfecho
585

de horrible castigo que le ha dado,

y del estrago en sus encantos hecho

compadecido, y de su triste estado

volver resuelve al dolorido pecho,

que ya purgó bastante su pecado,
590

la paz perdida, y fue de la manera

que saber puede quien saberla quiera.

   Pues conocer el fin de su congoja

no te puede costar mayor trabajo,

lector querido, que voltear la hoja,
595

si es que un instante el cuento te distrajo

y mi estilo al contarlo no te enoja,

que encumbro a veces y que a veces bajo

y si esta parte entristecer te hace,

espera un venturoso desenlace.
600

   Mas, si en esta mi historia lo que enfada

son tantas digresiones por ventura,

cual río, que, vecino a su llegada,

al inmenso océano se apresura,

así mi narración acelerada
605

irá al cercano fin en derechura;

y si en más digresiones tú reparas,

serán, lector, tan cortas como raras.

CANTO TERCERO

   En aquella sazón llegó de España

con el nuevo virrey un caballero,
610

de belleza tan grande y tan extraña,

que contentara el gusto más severo:

ningún lunar su perfección empaña,

y ni la misma Envidia le halla pero,

junto a é de Belveder fuera el Apolo
615

sombra y bosquejo de beldad tan sólo.

   Pintártelo, lector, me proponía;

pero no es bien que retratar presuma

con mi descolorida poesía

su noble gracia y su belleza suma:
620

para pintarlas, menester sería

que se cambiara en un pincel mi pluma,

aunque hay plumas también que son pinceles

que igualan los del Sancio y los de Apeles.

   Y plumas suele haber tan superiores,
625

que, al pintar una cosa, linda o fea,

convierten las palabras en colores:

¡Lástima que la mía no lo sea!

Y así no puedo dar a mis lectores

sino una vaga o imperfecta idea,
630

bosquejo débil y no fiel traslado,

del hermoso Español recién llegado.

   Con el retrato a quien Cristina adora

mi admiración tan sólo le compara;

y del uno y del otro, a lo que ahora
635

se puede ver, la semejanza es rara:

mas, si hay tal semejanza asombradora,

yo te diré que la razón es clara,

pues es muy natural, lector sensato,

que un hombre se parezca a su retrato.
640

   Que, al pintar al adúltero Troyano,

el artista le tuvo por modelo;

y para hallar modelo más cercano

a suma perfección, con vano anhelo

no sólo recorriera el reino hispano,
645

sino también el ámbito del suelo;

y, si hermoso el retrato parecía,

él era más hermoso todavía.

   Más de una carta de favor traía

para la que madre es de la cuitada,
650

y a señora tan noble y de valía

fue solícito a ver a su llegada;

t, como ni un instante se desvía

Cristina de la imagen adorada,

al pie del cuadro, y en la sala sola,
655

el extranjero joven encontrola.

   No notó ella su entrada, que a la puerta

la espalda daba, el cuadro de hito en hito

mirando: llama aquél por que lo advierta

la que niega a sus ojos el palmito;
660

ella, al cabo, de su éxtasis despierta,

y volviendo la cara, lanza un grito,

viendo al retrato que ama al otro lado

en un hombre bellísimo encarnado.

   Y un sueño le parece, una mentira
665

que le finge su mente alucinada,

y ahora al vivo, ahora al pintado mira,

devorando a los dos con la mirada;

de verlos juntos más y más se admira,

y no sabe cuál es quien más le agrada,
670

aunque a creer que agrádale comienzo

mas el hombre de carne que el de lienzo.

   Y ¡qué ansias vivas y qué impulsos siente

de correr desalada al joven bello,

y estampar en su boca un beso ardiente
675

y con sus brazos enlazar su cuello!

Mas se reprime, que, aunque eternamente

al retrato acaricia, pasa aquello

con un retrato o una estatua hermosa;

mas con un hombre vivo, es otra cosa.
680

   Aunque habrá muchas que me arguyan que eso

hacerlo con un cuadro, es manifiesto

indicio de simpleza y poco seso,

y que es más natural y en razón puesto

a algún hombre abrazar de carne y hueso,
685

aunque no sea de tan lindo gesto,

que al lienzo más hermoso bello busto,

los cuales ni reciben ni dan gusto.

   El Español en tanto la saluda

y dice: Bella niña, Dios os guarde:
690

ella va a hablarle de su pena aguda

y del amor en cuyas llamas arde;

pero la lengua se mantiene muda,

y el natural pudor la hace cobarde,

y le detiene a la mitad la planta
695

que presurosa al joven se adelanta.

   Y, cuando advierte que hacia el joven iba,

sí el pudor celeste profanando,

Tiñe la blanca faz en grana viva,

al suelo las miradas humillando;
700

al fin de allí se escapa fugitiva,

al hermoso Español maravillando

que, al ver tal porte, con razón no poca

la califica rematada loca,

   Mas, quedándose solo, al fin repara
705

en lo que representa la pintura,

en que antes, claro está, no reparara

por mirar a la viva criatura;

en ella al punto conoció su cara

y su propia persona y apostura,
710

hallándose tan fiel en el cotejo,

como si se mirara en un espejo.

   Entonces algo a sospechar comienza

de la verdad de tan extraño caso

y a entender la atención y la vergüenza
715

de la doncella de juicio escaso;

otra vez llama, y antes que le venza

el tedio de aguardar, con presto paso

salió, y con la mayor cortesanía

le recibió la cariñosa tía.
720

   Sin quedar de su trato enamorado,

el joven de la vieja no se aparta:

venir con el virrey, ser su privado,

causa es de agrado y de atenciones harta;

y a tantas cartas de favor añado
725

la que fue de favor la mejor carta:

el gentil parecer y la belleza,

carta que da al nacer naturaleza.

   A todos se dirige el sobrescrito,

cual primitivo universal lenguaje,
730

y por ella el viajero y el proscrito

hallan más blando y fácil hospedaje;

no hay pueblo alguno de tan fiero rito

que al extranjero hermoso no agasaje:

¡Irresistible magia que conquista
735

los corazones a primera vista!

   Mas ya la triste enamorada espera

y a confortarla empieza la esperanza,

esa maga tan dulce y lisonjera

que todo mal a suavizar alcanza:
740

bastó que entre retrato y hombre viera

una grande perfecta semejanza,

y aguarda ya, por mucho que le cueste

lo que de aquél no pudo, lograr de éste.

   Y torna nuevamente a amar la vida,
745

y la muerte espantosa no desea,

ni a venir con instancia la convida

para que en trance tal su alivio sea:

ya la tiene de nuevo aborrecida

y ya de nuevo le parece fea,
750

y considera que es aún muy joven

para que penas el vivir le roben.

   Y se imagina con terror y espanto

verse envuelta en la fúnebre mortaja,

y, de los monjes al solemne canto,
755

ser conducida en la mortuoria caja

a la eterna mansión del Camposanto;

y le parece con horror que baja

al hondo seno de la oscura tierra

que ya sobre ella sus abismos cierra.
760

   Y como ya no es tanta su tristeza,

y como el alma admite algún consuelo,

ya su salud a florecer empieza,

y el ayuno ya cesa y el desvelo;

a retoñar principia su belleza,
765

cual planta, muerta con el crudo hielo

del invierno, en la nueva primavera

día a día sus galas recupera.

   El hermoso Español la extraña historia

de Cristina infeliz bien pronto sabe,
770

(que en Lima hasta a los niños es notoria)

y entiende que la abruma el peso grave

de la cruda venganza y la victoria

del dios que tiene en su poder la llave

de todos los humanos corazones
775

y envuelve lo creado en sus prisiones.

Primero el tierno corazón se apiada

del infeliz estado de Cristina,

y el verla de su imagen tan prendada

a justa gratitud después le inclina:
780

no era además de su beldad pasada,

cuando él la llegó a ver, tal la rüina,

que no pudiese conocer cualquiera

que igual no tuvo su beldad primera.

   Y torna a ver a la afligida presto
785

y la halla menos triste y más bonita,

y más le va gustando por supuesto:

cada vez es más larga la visita:

ella entre tanto con rubor honesto

calla del pecho la amorosa cuita,
790

mas la dicen sus ojos mal su grado,

que son lenguas que nunca se han callado.

   Cuando, ausente el que adora, mira atenta

de su retrato la beldad divina,

no como antes el verle la atormenta,
795

porque su amor en él ya no termina,

sino que pasa a aquel que representa

y a quien ver en el lienzo se imagina:

ya no ama la pintura en ella propia,

sino en aquel cuya belleza copia.
800

   Ya con primor se toca y atavía,

y vuelve a usar de femenil adorno,

y en públicos paseos extasía

la muchedumbre que se apiña en torno:

cobra una nueva gracia cada día;
805

ya parecen de nuevo hechos a torno

los blancos brazos, y la mano blanca

compite ya con el jazmín que arranca.

   Torna el pecho turgente a ser cual onda

de mar tranquilo que en la blanda orilla
810

va y viene, y la garganta ya redonda

se muestra, y purpurina la mejilla;

mas no encuentro expresión que corresponda

a tan perfecta hermosa maravilla,

que a la Cristina de otro tiempo excede
815

es lo más que mi verso decir puede.

   Que, si cual hoy, entonces la doncella.

más perfecta y hermosa fue de Lima,

entonces fría estatua se vio en ella,

y hoy es belleza que el amor anima;
820

pues, para que una bella sea bella,

es necesario que el amor le imprima

esa expresión de espiritual dulzura

que él sólo puede dar a la hermosura.

   Que, cuando un crudo pecho el amor doma
825

y en sus fuegos lo abrasa, de repente

animada expresión el rostro toma,

en vez de la primera indiferente:

hablan los ojos silencioso idioma

como el que hablan los labios elocuente,
830

y, sin que el labio a los acentos se abra,

iguala la sonrisa a la palabra.

   Ya es cual la flor que a su belleza junta

la fragancia más pura y exquisita,

es la hija de Jair, cuya difunta
835

beldad la voz de Cristo resucita,

la estatua a quien la diosa de Amatunta

traslada el fuego que su pecho agita;

palacio donde mora un rey potente,

templo que anima la deidad presente.
840

   Mas creció su belleza, si incremento

tanta belleza recibir podía,

de ser amada con el gran contento

y la felicidad y la alegría;

del cuadro a vista, el Español el cuento
845

a la atenta Cristina refería

de haber él sido (que amistad lo ordena)

vivo modelo del raptor de Elena.

   Y añadió: «¿Quién entonces me dijera

que, atravesando un día el océano,
850

y que, viniendo a Lima la hechicera

desde el distante suelo castellano,

antes que su modelo, conociera

vuestro divino rostro soberano,

y en vuestros lares mereciera abrigo,
855

la obra dichosa del pintor amigo!

   «Si copia fiel de la hermosura, vuestra,

sol cuya luz ni leve nube empaña,

hecha por mano primorosa y diestra,

llevado hubiera a la feliz España
860

la más divina y portentosa muestra

de la tierra gentil que el Rímac baña,

y las beldades mágicas que cría

¡esta nueva mejor Andalucía!

   «Si anticipado hubiéranme los fieros
865

hados, conmigo tanto tiempo avaros,

el celestial placer de conoceros,

y la inefable dicha de adoraros,

en copia sólo me bastaba veros,

¡oh divina belleza, para amaros,
870

y a vuestras plantas con fervor rendiros

del alma los más íntimos suspiros!»

   Dice, y cayendo ante sus pies de hinojos,

la de Cristina con su mano toca:

ella, encendidos los claveles rojos
875

de las mejillas, calla con la boca,

hablando sólo con amantes ojos,

que toda voz a declarar es poca

lo que sintiendo están entrambos pechos,

al gran tumulto del amor estrechos.
880

   Con miradas de imán vence y fascina

y atrae el uno al otro dulcemente,

y el uno al otro más y más se inclina;

ya se junta una frente a la otra frente;

de la joven la boca purpurina
885

toca del Español el labio ardiente,

y atados quedan en un largo beso,

de amantes brazos cada cuello preso.

   ¿Quién dulzura dará a mi pobre verso

con que la dicha de sus almas cante?
890

Un día de otro día no es diverso:

es todo el tiempo un venturoso instante.

Ante ellos desparece el universo;

para cada feliz amado amante

es el otro feliz amante amado
895

el solo ser que existe en lo creado.

    ¡Dulcísimos coloquios donde suena

sin cesar el tan dulce: «yo te adoro»,

bien a Cristina le pagáis su pena,

y su cruel desesperado lloro!
900

No envidia ya, de regocijo llena,

del cielo santo al más dichoso coro,

que no ha dicha mayor en lo creado

que la dicha de amar y ser amado.

   Y Cristina a su amante dice a veces:
905

«puesto que el cielo el bien me ha concedido

que no le osaban demandar mis preces,

mi tormento feroz echó en olvido;

y, aunque he apurado del dolor las heces,

no siento el haber tanto padecido,
910

pues del pasado mal me recompensa

de amar amada la ventura inmensa.

   «Cuando miro el placer que mi alma endiosa,

oh dulce dueño, cuando estoy contigo,

el tiempo de soberbia desdeñosa,
915

en que he vivido sin amar, maldigo...

Mas fue mejor mostrarse de amorosa

pasión el pecho entonces enemigo,

porque así, de tu amor cual adivina;

para ti sólo se guardó Cristina.
920

   «Si tanto te adoré sin conocerte;

y sólo por imagen y traslado,

cuando te reputaba tela inerte

y vano ser por el pintor ideado;

¿cómo habré de adorarte, hoy que la suerte
925

me da mirarte vivo, aquí, a mi lado,

y que tú, agradecido a mis amores,

con igual frenesí también me adores?

   «Y pues el amor tanta dulzura,

y sin amor la vida no comprendo,
930

y es el mundo desierta sepultura

de cuantos sin amor viven muriendo,

mientras aquí nuestra existencia dura,

gocemos en amarnos, y no siendo

sino un alma en dos cuerpos, ni la muerte
935

consiga desatar lazo tan fuerte».

   Y el amoroso joven respondía:

«no más recuerdes, adorado dueño,

el tiempo de tu loca idolatría,

y el vano ardor y el insensato empeño
940

con que, prendada de la imagen mía,

te consumiste cual ardiente leño,

la gran belleza reduciendo a sombra

que Lima entera su ornamento nombra.

«¡Ah! cuando pienso en el horrible duelo
945

que te hice padecer, aunque inocente,

de haberte amado el imposible anhelo

el corazón me abrasa vanamente.

¡Quién entonces a tu amor diera consuelo,

adelantando nuestro bien presente!
950

¡Cuántas veces, en vano, he deseado

que cambiar se pudiera lo pasado!

   «¡Y consumiendo tal belleza estuve,

sin yo saberlo! ¡y el divino rostro,

que fiel retrata el de inmortal querube,
955

y a cuya vista, idólatra, me postro,

por mí velaba del dolor la nube,

amortecidos el jazmín y el ostro!

¡Y por mí se quejó la dulce boca

que el beso de los ángeles provoca!
960

   «¡Y fue por mí por quien de amargo llanto

desperdiciaron cristalinos mares

los grandes ojos que me abrasan tanto,

que sufriera peligros a millares

y arrostrara mil muertes sin espanto,
965

para que ni el menor de los pesares,

ni la pena más leve y pasajera,

una lágrima sola les bebiera!

   «Mas, pues ni el mismo Dios cambiar pudiera

los días que pasaron, yo te juro
970

que horas de amor y dicha placentera

solo habrá de brindarte lo futuro:

adorarte será mi vida entera,

y de la tumba ni en el seno oscuro

podrá nunca extinguirse el amor mío,
975

que alma será de mi cadáver frío!

   «Del dilatado y hórrido tormento

que el cielo vengador enviarte quiso

será mi amor el inmortal descuento:

yo tu esclavo seré, tierno y sumiso,
980

y obedecer tu oculto pensamiento

en la tierra será mi paraíso».

Así la adora, y entre tanto extática

oye Cristina la amorosa plática.

   Con silencio expresivo le contesta,
985

ni consiente su gozo que más hable;

y le mira entre amante y entre honesta,

con celeste expresión inenarrable:

es para ambos la vida eterna fiesta,

una ilusión divina y perdurable,
990

un sueño celestial y permanente,

el mismo siempre y siempre diferente.

   ¿Quién dirá cuál se alegra y regocija

la tan discreta cariñosa anciana,

al ver a la que siempre amó cual hija
995

de una y otra locura por fin sana?

Alegres ojos en los novios fija,

y los bendice con la diestra ufana,

rogando que el Eterno les conceda

una vida tan larga como leda.
1000

   Al fin lució la aurora en que el divino

Himeneo encendió la pura tea,

uniéndolos con lazo diamantino

que hasta la muerte duradero sea.

Es el virrey el ínclito padrino;
1005

Lima toda en las fiestas se recrea,

siendo alegres y ricas entre todas

aquellas nobles venturosas bodas.

   Guardaron sus afectos amorosos,

en paz viviendo nunca interrumpida,
1010

aquellos felicísimos esposos

los años todos de su larga vida;

hijos tuvieron más que el padre hermosos,

hijas por quien la madre fue excedida,

pues cada uno es fuerza y cada una
1015

que de ambos padres las bellezas una.

   Y entre puros seniles regocijos,

de grato amor y reverencia objetos,

y de cuidados tiernos y prolijos,

en sus últimos días, siempre quietos,
1020

gozaron a los hijos de sus hijos,

y a los hijos gozaron de sus nietos:

y su vejez postrera parecía

tarde serena de sereno día.

   ¡Oh tú a quien este ejemplo hago presente,
1025

el leerlo, oh ingrata, te acobarde;

de Cristina el castigo te escarmiente;

y pues fuerza es amar temprano o tarde,

tu claro ingenio y tu temor prudente

el castigo de Amor no es bien que aguarde,
1030

y a su venganza y punición tremenda

adelanta solícita la enmienda.

   Pídele ya perdón de tanta ofensa;

y, pues bien sabes que te adoro ciego,

mis constantes ardores recompensa,
1035

y tu diestra a mi fe concede luego.

¡Ah! no retardes mi ventura inmensa;

y de amor, de placer y de sosiego

el hado blando nuestra vida teja,

cual la de aquella tan feliz pareja.
1040


1863.

    Te suis matres metuunt juvencis,

te senes parci, miseraeque nuper

virgines nuptae, tua ne retardet

aura maritos.



HORACIO



    Cual voluble mariposa,

en bellísimo jardín,

va del clavel al jazmín

y del jazmín a la rosa,

   así tú, bella liviana,
5

con versátil proceder,

hoy mudas tu amor de ayer

y el de hoy mudarás mañana.

   No tanta de estrellas es

la hueste en noches serenas,
10

ni tiene la mar arenas,

ni flores el quinto mes,

ni muda el cielo colores

en la tarde o en la aurora,

como tú, bella traidora,
15

cambias sin cesar de amores.

   ¿Qué hechizo tienes, qué imán

que cada día la cuenta

de tus galanes se aumenta

con algún nuevo galán?
20

   Vituperados en vano,

en tu salón juntamente

se ve el rubio adolescente34

y el encanecido anciano.

   ¿Qué rico no te promete
25

sus caudales? tu secreta,

¿de qué joven o poeta

versos no guarda o billete?

   Y, a pesar de tu liviano

harto conocido porte,
30

no falta quien de consorte

te ofrezca palabra y mano.

   Mas, ¿qué mucho, si severa

en ti la Envidia no ve,

desde la frente hasta el pie,
35

la imperfección más ligera?

   ¿Quién vio facciones tan bellas,

sin que las manche lunar?

¿Quién vio tal frente, y tal par

no de ojos, sino de estrellas?
40

   Son como hechas a pincel

tus cejas: tu dulce boca

a darte besos provoca,

mas suaves que la miel.

   Y con tu blancura suma
45

nada a competir se atreve;

que no es tan blanca la nieve,

y es menos blanca la espuma.

   No la iguala el naterón,

ni dentro el verde pacay
50

tan albos capullos hay

de dulcísimo algodón.

   Mas, si vista no hay que tache

tu blancura sin reproche,

a tu frente dio la Noche
55

su cabello de azabache.

   No hay flor ninguna del valle,

ni leve flexible mimbre,

que con la gracia se cimbre

con que se cimbra tu talle.
60

   Casto propósito arrollas

del que te ve a su pesar,

cuando con gracia sin par

bailas las danzas criollas,

   y con la planta ligera
65

tocando apenas el suelo,

juegas el blanco pañuelo

y la ancha arqueada cadera.

   A quien no rindió la vista

de tu beldad, no te hable,
70

que tu dulce trato afable

de seguro le conquista.

   Saben palabras tus labios

tan astutas y halagüeñas,

que fascinas y domeñas
75

los más duros y sabios.

   Y de los viejos despiertas

en los fríos corazones

las juveniles pasiones,

por tan largos años muertas.
80

   Las madres por sus hijuelos

viven de ti recelosas,

y noveles esposas

inspiras amargos celos.

   Temiendo su paz antigua
85

perder con tan fuerte encanto,

a tu encuentro el monje santo

retrocede y se santigua.

   Porque tu belleza es tal,

y tales tus gracias son,
90

que a veces (Dina, perdón)

te juzgó el genio del mal;

   pienso no eres Lucifer

que con obras y palabras

nuestro eterno llanto labras,
95

disfrazado de mujer.


1863.

Que me aconsejaba dejar la poesía

SÁTIRA

   No más me culpes de que en ocio inerte

las horas pase de mi inútil vida,

y que, con fin que unísono concierte,

líneas iguales al oído mida;

ni que, llamado a más dichosa suerte,
5

con que mi rica patria me convida

que nada a nadie liberal rehúsa,

siga las huellas de la hambrienta Musa.

   Ya sólo espero de tu cuerdo labio

saber qué oficio me dará más oro:
10

¿tal vez quisieras, persuasivo Fabio,

que, mono en gestos y en la charla loro,

y más que en leyes en engaños sabio,

lumbrera fuese del peruano foro?

¿O verme escriba tu amistad quisiera,
15

que al abogado en honradez supera?

   ¿O que acreciente el número prefieres

de aquellos que con sed, que el oro aumenta;

son viles insaciables mercaderes

de la que no es justicia sino venta?
20

¿O el cuerpo que entre bailes y placeres

nuestra patria en Europa representa,

y a quien la patria, liberal y noble,

los años de servicio cuenta al doble?

¿O qué me aliste en el logrero bando
25

que se enriquece en término de un día,

inicuos pactos del traidor comprando

a quien la patria sus destinos fía?

¿O que, vendida al poderoso mando,

de toda ley la violación impía
30

mi voz defienda, armada de sofismas,

en el santuario de las Leyes mismas?

   ¿O puede más aplauso merecerte

el que la espada manejando fiera,

su oficio usurpe a la enemiga Muerte
35

cual si dolencias, vejez no hubiera;

y que en los pechos la sepulte fuerte,

no de la gente pérfida extranjera

que nos insulta, mas de gente hermana

que ciega arrastra la ambición tirana?
40

   No soy; es cierto, un Cid: más el denuedo

no es lo que hoy más al militar decora,

y así en el riesgo del combate; el miedo

alas presta a su planta voladora;

o antes se pasa con feliz enredo
45

a la parte que espera vencedora,

y, de su infamia sin cesar premiado,

gana a cada traición un nuevo grado.

   ¿O me aconsejas que con vida ociosa

la fácil senda y el ejemplo elija
50

del vil que medra con su bella esposa

en quien un grande sus antojos fija?

Mas, si no es la mujer joven ni hermosa,

las gracias suplen de la virgen hija,

para granjearle, a costa de su afrenta,
55

ocioso oficio de cuantiosa renta.

   ¿O habré de consagrarme al sacerdocio,

y, con la carne a tentaciones blanda,

seguir por profesión y por negocio

lo que celeste vocación demanda?
60

Y el que debiera ser del ángel socio

su alma al Infierno y las ajenas manda,

y, diverso en la calle y en el templo,

destruye su enseñanza con su ejemplo.

   ¿O verme acaso desearás al lado
65

de circundada sobremesa verde,

donde, a las vueltas del ebúrneo dado,

el dinero es lo menos que se pierde;

y allí el alba me encuentre enajenado,

sin que mi esposa ni mi hogar recuerde,
70

y exponga al turbio mar de la Fortuna

de mi hijo tierno la inocente cuna?

   ¿Perder dije? no: pierde solamente

quien a la ciega suerte se encomienda;

no quien evita con temor prudente
75

posibles riesgos de una igual contienda:

ya la moderna jugadora gente

a la Fortuna le quitó su venda

que, comprada y parcial, concede sólo

ayuda y triunfo al avisado Dolo.
80

   Verme anhelarás, a mi bien propicio,

agiotista, logrero, juez, soldado,

alcalde, jugador, o en otro oficio

de provecho a mi propio y al estado:

que no hay infame degradante vicio
85

en este mi país afortunado,

ni granjería repugnante y fea

que honrosa y útil profesión no sea.

   Lícito es ser entre nosotros todo,

con tal, se entiende, de ganar dinero:
90

¿qué importa en suma de ganarlo el modo?

Tenerlo ha sido siempre lo primero:

sé vil traidor que pacte con el godo,

sé verdugo, sé espía, sé tercero:

oficio éste será que harto te rente,
95

si lo eres de un ministro o presidente.

   La misma hoy despreciada poesía,

si al fin llegara a dar dinero, luego

estimada de todos se vería,

tanto quizá como la usura y juego:
100

mas, como no dio nada hasta este día

y aun vivo pura de lisonja y ruego,

estima en vano o protección espera,

y ella sola, entre tantas, no es carrera.

   No es carrera, es verdad; pues no interpreta
105

de digno modo el nombre rehusado

el santo ministerio del poeta

y su augusto glorioso apostolado:

de lo futuro indagador profeta,

y fiel conservador de lo pasado,
110

a la Inocencia y la Virtud que gimen

alza, y fulmina al exultante Crimen.

   No por el brillo de metal mezquino,

mas por la gloria sin cesar se afana,

eterna gloria de fulgor divino,
115

no la presente pasajera y vana:

y cumple el inspirado su destino,

sin que le asombre ingratitud humana,

ni la incuria le arredre ni el desprecio

del torpe vulgo ni del rico necio.
120

   Y crean vulgo y rico envanecido,

y tú con ellos en buena hora creas

que es cosa sin sustancia ni sentido

el arte creador de las Pimpleas;

papel los libros y los versos ruido,
125

y frases y palabras las ideas,

siendo el oro a vuestra ávida ignorancia

lo solo, oh Fabio, donde halláis sustancia.


1864.

A la señorita Justa García Robledo

En respuesta a una composición religiosa

    Tu dulce voz, oh Justa, me convida

a levantar los ojos de la mente

a la segunda perdurable vida,

   aspirando a ese gozo permanente

que no cansa jamás, ni mezcla alguna
5

se dolor o de mal en sí consiente.

   ¡Ay! desde que la pérfida fortuna

en flor cortó las ilusiones mías,

y la experiencia me dejó importuna;

   desde que vivo tan amargos días,
10

hacer debí lo que hora me persuades

en los hermosos versos que me envías.

   Quien del mundo probó las vanidades,

¿cómo un punto es posible que difiera

el abrazar del cielo las verdades?
15

   El que del vano mundo aún algo espera

y, en mentidos placeres engañado,

su vanidad aun no conoce entera,

   disculpa ése merece en algún grado,

pues al menos el triste vive ciego:
20

¡Cuánto es mi miserable estado!

   Yo ni del mundo soy, ni a Dios me entrego;

y, aunque el mando me inspira un hondo hastío,

el alma no me abrasa santo fuego:

   ¡Ah! ¡qué nuevo infortunio es este mío,
25

que, tantos años ha, vivo suspenso

entre cielos y tierra, en el vacío!

   ¿Qué aguarda mi delirio, o en qué pienso?

¿Siempre habré de agitarme irresoluto?

¿Cuándo por fin me acojo a un Dios inmenso?
30

   ¡Si de tus persuasiones fuese fruto,

oh noble Justa, el acabar conmigo

el que siga lo eterno, y lo absoluto!

   ¡Si al alma enferma de tu triste amigo,

turbio océano que jamás reposa,
35

caos que lucha sin cesar consigo,

   de tu alma dieras la quietud dichosa,

que el cielo desde el mundo te adelanta,

sin que la ofenda ni la turbe cosa!

   Fervientes preces al señor levanta,
40

por que del borde del abismo ardiente

pío retire mi indecisa planta.

   Rompe ¡oh mi Dios! esta rebelde frente,

Y estos mis ojos áridos convierte

En arroyos de llanto penitente.
45

   Tal vez me acecha a traidora muerte,

y esgrime ya la inevitable espada:

¡perdido soy sin tu socorro fuerte!

   Si fue mi juventud tan mancillada,

sea esta edad, acaso la postrera,
50

por tu inmensa piedad purificada,

y con la muerte de los justos muera.


1864.

    Salve sin fin, oh tú de los planetas

fúlgido diademado emperador,

que a girar obedientes los sujetas

de tu radiante trono en derredor.

   Y a Júpiter, Saturno, Venus, Marte,
5

y a los demás que encadenó tu ley

vida y luz tu largueza les reparte,

cual a su corte poderoso rey.

   Y vasallos los rápidos cometas

de tu dominio dilatado son,
10

y en elípticas órbitas inquietas

obedecen también a tu atracción.

   Y sólo do se cansa la carrera

del que de ti más huye, allí el postrer

límite se alza y última frontera
15

de tu sublime imperio y tu poder.

   Con noble orgullo y con mirar ufano,

de tus regios estados en mitad,

desde un confín a otro confín lejano

abarcas su encendida vastedad.
20

   No empero gozas inmortal reposo;

el movimiento te abarcó también,

y en torno a tu eje tu girar radioso

los claros ojos de la Ciencia ven.

   Y con los astros todos que presides,
25

te ven, del éter vasto por el mar,

a las estrellas del remoto Alcides,

como celeste flota, navegar35.

   ¡Cuántas centurias de centurias, dime,

serán a tu alto vuelo menester
30

para que acabes viaje tan sublime,

y logres tanta inmensidad vencer!

   Al columbrar de siglos el abismo

que en tan luenga jornada medirás,

el Cálculo desmaya, y el Guarismo
35

con espantado pie se vuelve atrás.

   Di, ¿qué destino a ese celeste puerto,

qué misteriosa ley vas a cumplir?

Sábelo Aquel que rige el gran concierto,

y para quien ya fue lo porvenir!
40

   Aquel que en ti velada nos envía

su luz, cuando circundas a tu faz

la corona imperial del Mediodía

que vence y ciega la pupila audaz.

   Quien mira el rayo de tu lumbre viva
45

las negras sombras de la noche ve:

así no mira la Razón altiva

al Dios que adora la vendada Fe.

   Te viste ardiente impenetrable velo

el brillo de tu faz deslumbrador,
50

como hace a Dios para el humano anhelo

invisible su propio resplandor.

   Y aunque a Dios no comprenden nuestras mentes,

todo por é comprenden, bien así

como a ti mismo ver no nos consientes,
55

mas nada ver pudiéramos sin ti.

   Alzo a vosotros reverentes palmas,

atónito y postrado ante los dos:

él, sol maravilloso de las almas,

tú, de los cuerpos refulgente dios.
60

   Mas morir te contempla cada tarde,

y, si hoy renaces, feneciste ayer,

cuando él con rayos siempre iguales arde,

y ni un día le mira anochecer.

cien manchas en tu faz a Galileo
65

mostró el osado astrónomo cristal,

y fuera imaginarlas devaneo

en el glorioso Sol espiritual.

   Y, si a los ojos débiles mortales

por ti vencidas con exceso son
70

las nocturnas lumbreras celestiales,

es tu triunfo vanísima ilusión!

   Débil pupila, vasta lejanía

convierten en la azul inmensidad

estrella que o te vence o desafía
75

en punto de dudosa claridad.

   Innumerables venturosos soles

son, que brillan con propio resplandor,

y de cien globos las opacas moles

les son cortejo, como a ti, de honor.
80

   Quizá planeta de mayor sistema

los altos ojos del querub te ven,

y eres diamante de la gran diadema

que de más claro Sol orna la sien.

   Y en sistema más vasto, ni siquiera
85

planeta, mas satélite serás;

y, siendo ya planeta el que sol era,

te vas oscureciendo más y más.

   Por ley quizá que el universo ordena,

es cada gran sistema un eslabón
90

de una sola vastísima cadena

que envuelve la insondable creación.

   Y en tan sublime aterrador conjunto

que da a la humana mente frenesí,

te quedas breve luminoso punto,
95

tú a quien antes tan grande concebí.

   Pero el monarca y creador del mundo,

de quien eres imagen tan infiel,

ni igual conoce ni tendrá segundo,

y es vana sombra el universo ante él.
100

   Y tú, y cuanto divisa la mirada

o alcanza nuestra mente a imaginar

en los abismos de su seno nada,

como nadas del éter en el mar.

   En vano por edades infinitas,
105

sin que faltaras una sola vez,

en la infancia del día resucitas

y renaces del año en la niñez.

   Al fin vendrá la noche postrimera

que no siga del alba el arrebol,
110

y el invierno vendrá sin primavera

en que por siempre morirás, oh Sol.

   De los orbes la inmensa arquitectura

en tu eterna rüina arrastrarás:

mas no a Aquel de quien eres sombra oscura
115

morir verá la Eternidad jamás.


1864.

La campiña de Huacho

    Aura de estas campiñas fresca y pura,

como en las hojas de árboles y plantas

que con tu soplo inclinas y levantas,

tal en mi canto imitador murmura;

ven, y en torno suspira
5

de las trémulas cuerdas de mi lira.

   Y tú, arroyuelo transparente y terso,

cuya linfa se tarda serpeando,

tu lento curso y tu murmurio blando

remede el murmurante tardo verso;
10

y, fiel imagen tuya,

diáfano, perezoso, libre fluya.

   ¡Amadoras felices o inconstantes

de las pintadas flores olorosas:

rojas, blancas, doradas mariposas,
15

de flor en flor eternamente errantes,

que, en vistosos colores,

sois joyas vivas o volantes flores!

   ¡Rebaño que ya paces, ya retozas!

¡Oh largas, verdes, rumorosas calles
20

de ventilados sauces! ¡hondos valles!

¡Rústicas casas y pajizas chozas,

que el amarillo techo

modestas asomáis de trecho en trecho!

   ¡Larga hilera de huertos que al sendero
25

frutas y flores sobre el muro asomas!

¡Oh de ocultas blandísimas palomas

ronco arrullo amoroso y plañidero,

y ladridos leales

del vigilante can a los umbrales!
30

   ¡Azules mares! ¡encendidos montes

del alba y del ocaso a los reflejos!

¡Confusas perspectivas, vagos lejos,

últimos infinitos horizontes,

límite a la mirada,
35

mas no a la mente que os traspasa osada!

   ¡Días alegres, puros, libres, claros,

serenas tardes, fúlgidas auroras!

¡Oh deleitables, bien perdidas horas!

En mis versos venid a retrataros,
40

como en un fiel espejo,

mientras que abunden fáciles los dejo.

   ¡Campos de Huacho hermosos! ¡oh Luriama!

En tus prados y huertos y alamedas

el paraíso terrenal remedas
45

que eterna Primavera habita y amo,

y donde nunca pierde

una flor sola su guirnalda verde.

   Tú entre los valles todos que, cual breves

y verdes manchas salpicados muestra
50

la aridez vasta de la costa nuestra,

justo será que la corona lleves,

ni vi extranjero valle

que tu rival en mis recuerdos halle.

   Tú el laso cuerpo alientas, tú recreas
55

y sosiegas este ánimo afligido,

cansado del tumulto y del rüido

de las grandes Babeles europeas,

y que busca anheloso

la sombra del olvido y del reposo.
60

   Calmarse siento en ti de día en día

el antiguo dolor con que batallo;

y al oprimir el lomo del caballo

que por el prado o la floresta umbría

me conduce al acaso,
65

en la alba pura o el incierto ocaso;

al leve soplo del delgado viento,

al son de aguas y de árboles mecidos,

poco a poco por todos los sentidos

lánguidamente penetrarme siento
70

de una dichosa calma

que me llega hasta lo íntimo del alma.

   Y de gemir y de agitarme ceso,

y un instante infeliz no soy siquiera,

y parece que casi no sintiera
75

de la existencia el doloroso peso:

¡Quién pasar escondida

pudiera aquí la solitaria vida!


1864.

A***

    ¿Por qué, por qué te conocí tan tarde?

¿Por qué, si ya no puedes ser tú mía,

sentí, al verte, tan honda simpatía,

y la lengua, al hablar, tembló cobarde?

   Adiós, adiós: no será bien que aguarde
5

que crezca junto a ti de día en día

el crudo fuego que, si ayer nacía,

hoy ya con llamas tan intensas arde.

   Adiós, que amarte yo fuera delito

y de tú gran belleza seductora
10

el fiero riesgo con la ausencia evito:

que un recuerdo le des tan sólo implora

el que de ti purísimo y bendito

eternamente lo tendrá, Señora.


1864.

La poesía y el poeta

A mi querido amigo Federico Parra

    No mayor dignidad le cabe al hombre

que el alto sacerdocio del poeta,

ni hay grandeza que al mundo más asombre

ni a quien más gloria el porvenir prometa:

mas no merece tan augusto nombre
5

quien sólo a rima y número sujeta

vanas frases que halagan el oído,

mas desnudas de espíritu y sentido.

   No, no es del vate el inspirado acento

vago murmurio que fugaz recrea,
10

como el que dan los árboles al viento

que con su blando soplo los menea;

infunde siempre un noble sentimiento,

enseña siempre una sublime idea,

y el alto nombre de poeta miente
15

quien no enloquece corazón y mente.

   ¡Oh chusma que, importuna y vocinglera,

oprobio siempre y deshonor has sido

de la prole de Apolo verdadera,

usurpando el clarísimo apellido:
20

sal del santuario venerando fuera

do vano suena de tu voz el ruido,

y en él deja que libre se dilate

el conceptuoso cántico del vate.

   ¿Quién mejor con tal canto no se siente
25

y enamorado de lo grande y bueno?

¿Quién no desprende corazón y mente

de lo caduco, frágil y terreno?

¿Qué frío corazón tan indolente

habrá, y al entusiasmo tan ajeno,
30

a quien propio sentir no enseñe cuánto

puede en las almas la virtud del canto?

   ¿Qué alma tan pusilánime y cobarde,

al escuchar los himnos de Tirteo,

no se siente mayor, e indócil arde
35

de morir por la patria en el deseo?

Si hago, al leerlos, de valor alarde

y si los riesgos de la lid no veo,

aún hoy que tanta edad de ellos me aparta,

¡cuál inflamaron la triunfante Esparta!
40

   Cuál fue del vate el ministerio, dilo

dilo tú, culta y elegante Atenas,

que temblabas de Sófocles y Esquilo

en las terribles trágicas escenas:

aún hoy las almas, do durmió tranquilo
45

el crimen, de terror despiertan llenas,

la pena al ver con que la suma diestra

hiere a Edipo, y nefanda Clitemnestra.

   Bien cumpliste tan santo ministerio,

tú que de los misérrimos precitos
50

nos descubres el lóbrego misterio,

y eco nos traes de sus roncos gritos;

tú retratas en el negro Imperio

de Italia las discordias y delitos,

y aun de los vivos a tan fieras penas
55

los traidores espíritus condenas.

   Visitas luego el temporal infierno,

de donde no está ausente la esperanza,

y, guía hallando más amado y tierno,

tras él tu vuelo rápido se lanza
60

a la morada del reposo eterno

y de la sempiterna bienandanza;

y, si la patria te cerró sus puertas,

ves las del cielo en su lugar abiertas.

   Tu gran virtud y firme resistencia
65

del llamado extranjero a la venida

las causas son, que el mundo reverencia,

de aquel destierro en que acabó tu vida;

pues, atinque, al cabo te brindó Florencia

su materna mansión apetecida,
70

desdeñó tanta dicha tu entereza

a precio conseguir de una bajeza.

   Que no envilece el pan de los destierros

al adalid de la Justicia santa,

ni le amedrentan lóbregos encierros,
75

ni el sangriento patíbulo le espanta;

al ronco son de eslabonalos hierros,

la dulce libertad celebra y canta,

y clamar «libertad» escucha el mundo

a su trémulo labio moribundo.
80

   No siempre habita el vate en el santuario,

que, de los malos y del mal azote,

en campos lidia, y del feroz contrario

legiones postra de su lanza al bote;

como la edad pasada vio al Templario
85

ser a un tiempo guerrero y sacerdote,

la poesía, si su ser no vicia,

es siempre sacerdocio y es milicia.

   Mas, aunque su alto ministerio es doble,

y vibra a veces armas homicidas,
90

al pecho pío, generoso y noble

es más grato que abrir cerrar heridas;

si derriba tal vez gigante roble,

mas veces alza plantas abatidas,

y de la dura tempestad preserva
95

la caña débil y la humilde yerba.

   Sublime celestial consoladora,

de mil secretos poseedora maga,

el llanto enjuga del que a solas llora

y desencona la más viva llaga;
100

al que un recuerdo perennal devora

con el licor de olvido ella embriaga,

y es la celeste solitaria amiga

de aquel que nada a la existencia liga.

   Sí, quiso Dios que de la humana gente
105

fuese el poeta corazón gigante,

común conciencia, labio y voz viviente,

que, como Homero, Shakespeare y Dante,

cuanto, piensa el mortal y cuanto siente

en el idioma de los Dioses cante;
110

idioma que artificio no remeda,

y el vulgo, entiende sin que hablarle pueda.

   No estudio enseña, ni tenaz desvelo

o de arte vanas leyes al profano

el dulce idioma que aprendió en el cielo
115

el vate, de los ángeles hermano:

de mil y mil el temerario anhelo

tenaz demanda, pero siempre en vano,

una mirada plácida y risueña

del inflexible Dios que los desdeña.
120

   Con mano caprichosa cuanto avara,

entre los hombres ese dios reparte

la facultad maravillosa y rara

que es del canto inmortal la mayor parte:

mas quiso que prudente sujetara
125

al alado corcel freno del arte,

cuando más raudo e impetuoso vuela,

del Numen acosado por la espuela.

   Ufano el vate y a los cielos grato

de cuanto al cielo y a sí mismo debe
130

en el arte adquirido y estro innato,

no vive solo en esta vida breve:

mira agitarse en vértigo insensato

para morir como olvidada plebe,

para pasar cual fugitiva sombra,
135

esos que grandes el engaño nombra.

    Tú a quien la sangre ensalza o el dinero,

y a quien un bien no tuyo el pecho ufana,

depón el ceño, en vano tan severo,

y tu ufanía y tu soberbia insana;
140

que de todo ese brillo pasajero

ni aún el recuerdo quedará mañana,

cuando del que hoy desdeña tu altiveza

segunda vida en el sepulcro empieza.

   Y tú, monarca altivo, en cuyas sienes
145

el oro en ricos lazos se eslabona,

breve y tasada la existencia tienes;

no salva del olvido la corona:

no envidia el vate tus mentidos bienes,

y tu frágil diadema no ambiciona,
150

cuerdo juzgando por mayor decoro

de laurel la corona que la de oro.

   Vanamente en los términos estrechos

del sepulcro se encierra la ceniza

de aquel que cría a sus fecundos pechos
155

la inspiradora celestial Nodriza:

mas no a sí solo, que los altos hechos

canta de los demás e inmortaliza;

y eterna vida, como el vate, alcanza

quien merece del vate la alabanza.
160

   Que al fatídico labio del poeta

la pregonera Fama da que aliente

su resonante mágica trompeta,

que a otros ningunos embocar consiente;

su voz el Tiempo vencedor respeta,
165

y a mil voces y mil irreverente,

hace que al fondo del olvido bajen,

y las desnuda de sonante imagen.

   La voz del vate solitaria suena

en los silencios de la edad remota;
170

ninguna edad es al poeta ajena,

y es de todos los pueblos compatriota;

sin él de humanidad la gran cadena

fuera por siglos o distancias rota;

él un clima a otro clima, raza a raza
175

y a lo pasado lo futuro enlaza.

   Es el Olvido un silencioso, oscuro,

soñoliento, vastísimo océano,

donde naufragan por destino duro

las muchedumbres del linaje humano:
180

tan solo el vate en su bajel seguro

alarga a pocos salvadora mano,

y los lleva por piélago tan muerto

de eterna Gloria al refulgente puerto.

   ¿Quién, sino fuera por la eterna Iliada,
185

supiera el nombre del airado Aquiles?

Bajado hubiera al seno de la nada,

como la turba de guerreros viles;

mas la meonia trompa, no su espada,

le hace vivir innúmeros abriles,
190

y que le envidie el Macedonio fiero,

ansiando a sus hazañas otro Homero.

   Hundida en vano en la profunda huesa

por la diestra infalible de la Parca,

eterna vive la beldad francesa
195

en los cantos divinos del Petrarca:

su dulce nombre de sonar no cesa

por cuanto alumbra el sol y el mar abarca,

   que, flor de una mañana, la hermosura

sólo en los cantos del poeta dura.
200

   Mas ¡ay! ingrato mundo, tú no sabes

con cuán profundas penas y crüeles,

y desengaños e infortunios graves

compra el noble poeta sus laureles:

para que tú le admires y le alabes
205

su labio apura del dolor las hieles,

y las que te deleitan dulces notas,

pedazos son de sus entrañas rotas.

   La aleve Envidia, la Calumnia artera,

el velar noche y día en el volumen
210

donde vivir, tras de su muerte, espera,

la inaccesible perfección, del numen

la abrasadora inextinguible hoguera,

al poeta fatigan y consumen;

y el furor sacro que jamás se calma
215

le enferma el cuerpo y le devora el alma.

   Nuevas penas padece en cada hora,

que exceden toda humana recompensa,

aquella alma sensible y pensadora,

que ya padece, cuando siente o piensa:
220

a la nocturna antorcha brilladora,

que con la clara luz que nos dispensa

va lenta consumiéndose a sí propia,

el noble vate en su destino copia.

   Y a males tantos su desdicha agrega
225

ver que rehúsa a su inspirada frente

tal vez la patria idolatrada ciega

el premiador laurel resplandeciente:

mas tu recuerdo su dolor sosiega,

futura edad, siempre a su fe presente,
230

que la injusticia de esta edad reparas,

¡y al Genio eriges inmortales aras!


(En la noche de un día de regocijo)

I

   En muda calma la ciudad reposa:

y yo, de codos en tu vasto puente,

miro brillar tu rápida corriente,

que al mar se precipita bulliciosa,

   hoy del placer la taza deleitosa
5

bebió de Lima la festiva gente,

y yo la del dolor, que eternamente

de hiel amarga para mí rebosa.

   Y ahora, Rímac, tu raudal sonoro

su sueño arrulla bajo puro cielo,
10

azul dosel con lentejuelas de oro:

   ¡y yo tan solo, con perenne duelo,

de la ciudad en la alegría lloro,

de la ciudad en el reposo velo!

II

   ¡Cuánto crecieron con el llanto mío
15

Arno y Betis y Támesis y Sena,

testigos todos de mi larga pena

y de mi insano amor y desvarío!

   Y hoy también a tus ondas, patrio río,

mezclan mis ojos su encendida vena;
20

que en la tierra natal como en la ajena,

tenaz me sigue mi recuerdo impío.

   Y en vano busco junto a ti reposo,

y el alivio del mal que me atormenta

al refrigerio de tus ondas pido:
25

   ¡Ah! sólo del Leteo silencioso

beber puedo en el agua soñolienta

la paz profunda der eterno olvido.


Canto guerrero

(Escrito al recibirse en Lima la noticia de la toma de las islas de Chincha)

    ¿Y es verdad? ¿Y es verdad? ¿No nos engaña

de alada Fama la cundiente voz?

¿Pudo la flota de la aleve España

consumar atentado tan atroz?

   La acción... nombre merece de española;
5

sólo España de tanto fue capaz,

y es digno a la verdad de España sola

traer la guerra, simulando paz.

   Esa nación que de la tierra entera

era la mofa y el escarnio ayer,
10

sin solo un rayo de su luz primera,

ni sombra ya de su fatal poder;

   hoy que despierta, de su sueño apenas,

y de su larga y honda postración,

¡Loca, intenta poner nuevas cadenas
15

a los que libres para siempre son!

   ¡Un instante ligero de bonanza

la engríe y desvanece, y ya se ve,

de América señora en esperanza,

hollar su cuello con soberbio pie!
20

   ¿Mas no recuerda ya el orgullo iberio

los campos de Ayacucho y de Junin?

¿No sabe acaso que su odiado imperio

en ellos tuvo para siempre fin?

   Pues, si pudo ponerlos en olvido,
25

habrá de probar pronto su altivez

que, si los hemos una vez vencido,

los venceremos por segunda vez.

   Que antes el mar se secará, y primero

dejará de verter su luz el sol,
30

que doblemos la frente al extranjero,

que de nuevo el Perú sea español.

   Doble hoy la afrenta y el baldón seria

y doble el yugo de lo que antes fue:

primero que ser sierva, patria mía,
35

sangrienta tumba de tus hijos sé.

   Y Chile y Venezuela, toda América

jure, de Patagonia a Panamá,

que antes que vuelva a la coyunda ibérica,

de sus hijos también tumba será.
40

   Al más cobarde volverá arrojado

del patriotismo el sacrosanto ardor,

y de cada peruano hará un soldado,

de la patria indomable defensor.

   Y los magnates y el plebeyo, el blanco
45

y al que la noche de ébano la tez

tiñe, y el amarillo hijo de Manco

volarán a lograr la marcial prez.

   Y a, porfía también el sexo hermoso

muestras dará de esfuerzo y de valor:
50

y tú, peruana esposa, al caro esposo

le dirás: «vuelve muerto o vencedor».

   Y tú a la lid sangrienta, oh madre fuerte,

todos tus dulces hijos enviarás,

y, si a todos les cabe honrosa muerte,
55

sólo lamentarás no tener más.

   Y tú, doncella, al joven que te adora:

«Ofrezco, dile, a, tu amorosa fe

que tu sangrienta mano vencedora

ufana con mi diestra premiaré».
60

   ¡Jamás, jamás, oh patria idolatrada,

tanto sintió mi corazón cual hoy

ver que no puedo en tu provecho nada,

y que el postrero de tus hijos soy!

   ¡Pero no, que esgrimir al menos puedo
65

las armas que mi diestra nunca usó,

y, volando al combate con denuedo,

morir también en tu defensa yo!

   Oh en Junin y Ayacucho vencedores,

que a, tan gloriosa edad sobrevivís,
70

¿Sufriréis que tan duros opresores

dominen otra vez vuestro país?

   ¿Y podréis consentir que vano sea

tanto esfuerzo sublime, tanto afán?

¿Tanta sangre vertida en la pelea,
75

tan heroico, valor, vanos serán?

   Esos los mismos son que vuestra espada

ahuyentó en la batalla veces cien;

hiérvaos la sangre por la edad helada,

y ciñan nuevos lauros vuestra sien.
80

    ¡Ah! sí, volemos al combate todos,

juntos volemos como un solo ser:

¡Guerra, guerra sin fin! mueran los godos

que a, la tierra del quieren volver!

   ¿Y hablar osáis, piratas, de justicia,
85

de derecho y razón? rubor tened:

vuestra razón es ávida codicia,

y de oro ardiente o insaciable sed.

   Todo, todo a la tierra patentiza

que nietos sois y digna sucesión
90

de la hambrienta canalla advenediza

que conquistó esta mísera región:

   De esos que son espanto de la historia,

en quienes el valor codicia fue,

y fue codicia el ansia de la gloria
95

y el decantado celo por la fe.

   Si ardéis en ansias de guerrera fama,

y queréis fuerza y brios desplegar,

una alta empresa en vuestro suelo os llama:

recobrad el peñón de Gibraltar.
100

   Sí, que ese puerto que en hispana orilla

ostenta al mundo pabellón inglés,

de España los blasones amancilla,

y oprobio y mengua de sus hijos es.

   ¡Ésa la hazaña, la alta gloria es ésa
105

que otro noble valor pudo tentar;

mas de vosotros es más digna empresa.

indefensos tesoros usurpar!

   ¡Ah! no esperéis que quede sin castigo

ofensa tan vandálica y feroz:
110

ya con la vista vuestra armada sigo

que, vencida y deshecha, huye veloz.

   Marina del Perú, la lid te espera

mas noble y santa que aceptó el deber:

¡dichosa tú, pues eres la primera
115

que vas la dulce patria a defender!

   Y tú que a nuestros pueblos hoy presides,

y de la patria riges el timón,

tú que triunfaste en las gloriosas lides

por las que es libre el mundo de Colón,
120

   no así el combate vengador retardes:

mira que te contempla el porvenir,

y que, tras tanto ultraje, es de cobardes

la sangrienta venganza diferir.

   A combatir, a triunfar nos lleva:
125

empiece ya el cañón a retumbar;

es tiempo, es tiempo que a torrentes beba

hispana sangre nuestro airado mar.


16 de Abril de 1864.

A los marinos

De la Escuadra Española

    ¡Oh de tanta maldad ejecutores!

Decid, ¿cómo pudisteis, con qué pecho,

exceder, los escándalos mayores

con la horrible perfidia de tal hecho?

   Como a extranjeros no, más como a hermanos
5

os recibieron las orillas nuestras,

y a las aleves españolas manos

francas se unieron las peruanas diestras.

   Todos nuestros domésticos hogares

os dieron fácil generosa entrada,
10

y en los largos coloquios familiares

os miró tomar parte la velada.

   Y os oyó en nuestras mesas la confianza,

ledos alzando la espumante copa,

brindar por la amistad y por la alianza
15

eternas, entre América y Europa.

   ¡Cuántas veces, ingratos, acordaos,

en ágil danza y ruedas cadenciosas

os vieron los espléndidos saraos

guïar a nuestras vírgenes hermosas!
20

   Con dulce agrado y amistad sincera

os halagamos todos a porfía,

y fuisteis recibiendo por do quiera

muestras de la peruana cortesía.

   Y bien pudisteis conocer, al veros
25

agasajados por tan varios modos,

que aquí no hay naturales y extranjeros,

e hijos de igual cariño somos todos.

   ¿Quién disimulo tal recelaría?

En paseos, en bailes, en festines
30

vuestra tenaz profunda hipocresía

supo ocultar vuestros intentos ruines.

   Y aún nos decían vuestros falsos labios:

«Dejad, hermanos, vuestra injusta idea,

»y no de España receléis agravios,
35

»que con vosotros amistad desea.

   »Sabed que como a niños os engaña

»quien a recelo y desconfianza os mueva:

»con armas conquistó la antigua España,

»pero con paz y con amor la nueva.
40

   »¿Madre amante no son o ingrata hija

»la peruana nación y la española?

»No ya a la madre odio filial aflija:

»Tornen a ser una familia sola».

   Y, mientras el Perú confiado duerme,
45

vosotros visitáis naves y puertos,

y, contemplando a nuestra patria inerme,

os alegráis, de vuestro triunfo ciertos.

   Todo fue en obra por vosotros puesto;

y para recorrer sierra y montaña,
50

os sirvió hasta la ciencia de pretexto,

cual si de ciencias se curara España.

   Y así, cuando de tanta alevosía

llegó la rauda nueva a nuestro oído,

ninguno darle crédito quería,
55

y el hecho torpe reputó fingido.

   Mas, ¿quién, en pago de amistad tan viva

temer pudiera tan cobarde insulto?

¿Ni quién de paz bajo la sacra oliva

el hierro aleve recelara oculto?
60

   ¡Oh tú, Pinzón! tú que con lengua ufana

de descender te jactas del marino

que tu nombre llevaba, y que en insana

envidia ardía de Colón divino:

   de aquel que, con sus pérfidos hermanos,
65

participando del rabioso susto

de los desalentados castellanos,

capitanearon su motín injusto,

   cuando la armada vil marinería

intimaba a Colón con ciega saña
70

dejar al punto su gloriosa vía,

y raudas proras convertir a España:

   de aquel que con su rauda carabela

se desertó por torpe sed del oro,

que siempre es oro lo que España anhela
75

poco el nombre cuidando y el decoro:

de aquel en fin que con audacia extraña,

al nauta heroico reputando muerto,

quiso apropiarse la sublime hazaña

de haber el Nuevo Mundo descubierto.
80

   ¡Y de la descendencia infamatoria

de este villano autor de alevosías,

quien consagra su desdén la Historia,

es de la que te precias y glorías!

   Negarla con rubor antes debieras:
85

¡mas tus infames pérfidas acciones

al mundo siempre pregonarán que eras

del linaje traidor de los Pinzones!

   Y tú también de quien decir mal puedo

si eres más necio y de ignorancia henchido
90

que osado e insolente, oh Mazarredo,

también es de traidores tu apellido.

   En torpeza, y en bárbara osadía,

Pinzón y Mazarredo, sois iguales:

bien os supo elegir quien os envía
95

para ministros de proezas tales.

   Y tú para quien nada es cuanto he dicho,

nada cuanto jamás decir pudiera,

tú el más inmundo y asqueroso bicho,

que hasta hoy brotó la podredumbre ibera:
100

tú que la torpe pluma y torpe lengua

siempre empleaste en alevosas tramas,

que aún de esa cansa eres oprobio y mengua,

y aun a Pinzón y a Mazarredo infamas:

tú, cuyo nombre, oh miserable, omito,
105

porque mi pluma en pestilente lodo

no está empapada, y sólo fuera escrito

dignamente tu nombre de tal modo:

   ¡Tú, aquí tan largos lustros tolerado,

tú, viva encarnación de la insolencia,
110

mostrar pudiste hasta qué heroico grado

sube nuestra magnánima paciencia!

   Crüel España, codiciosa, aleve,

que tan inicuos negros atentados

perpetras en el siglo diez y nueve,
115

y hechos que nunca vieron los pasados:

   ¡Ah! ¡cuando pienso en tan injusta ofensa,

mi sangre toda en lava se convierte,

y ardiendo el corazón en ira inmensa,

anhelo sangre y exterminio y muerte!
120

   ¡Para cubrirte de ignominia suma,

y el furor derramar de que estoy lleno,

quisiera, España, humedecer la pluma

en hiel, en vez de tirita, y en veneno!

   ¡Y pues nuevos delitos inventaste,
125

inventar nuevo idioma, nuevos nombres,

pues no hay ninguno que a expresarlos baste

en los idiomas todos de los hombres!

   Y que volara vengador mi canto,

y que volara incendiador mi verso
130

de comarca en comarca, y el espanto

te hiciera, y el horror del universo.


22 de Abril de 1864.

de vagos rumores de mediación y concierto

    Si pisoteada fue nuestra bandera

por alevosas plantas españolas

y donde tremolaba, allí altanera

hoy tú, bandera de Isabel, tremolas;

si la insolencia de la escuadra ibera
5

surcando sigue nuestras libres olas,

¿qué decir quiere ese rumor incierto

que habla de mediación y de concierto?

   ¿Quién, cuando tan reciente está la ofensa,

y es tan notoria y cual ninguna grave,
10

quién en concierto, en mediación quién piensa?

Aquí concierto o mediación no cabe:

¿Quién sintiéndose arder en ira inmensa,

no aspira solamente a que se lave

con española sangre nuestra afrenta,
15

y sed no tiene de la lid sangrienta?

   Estos solos ser pueden los conciertos:

que a cuantos forman esa aleve armada,

o nuestras balas los derriben muertos,

o siegue sus gargantas nuestra espada;
20

y hundiéndose después en los abiertos

hondos abismos de la mar airada,

harten el hambre de voraces peces,

pagando así sus locas altiveces.

   Tal linaje de ofensa no consiente
25

sutil discurso, artificioso pliego,

ni nuestra justa cólera impaciente

que cruda guerra nos demanda, y luego;

hierro agudo, veloz plomo y ardiente,

abordaje, matanza, estrago, fuego,
30

y de sangre en el mar un lago rojo:

eso nos pide nuestro justo enojo.

   ¿Sufrirán por ventura los peruanos

que se diga que sólo en civil guerra,

en la lucha de hermanos con hermanos,
35

cuando hasta el triunfo deshonor encierra,

prontos acuden con armadas manos,

y que, en defensa de la patria tierra,

cuando la invade pérfido extranjero,

los riesgos huyen del combate fiero?
40

   Si el Perú tal oprobio consintiera

y tan negro borrón en su honra clara,

merecería que la tierra entera

como al pueblo más vil le despreciara,

y a sus menguados hijos por do quiera
45

les escupieran todos a la cara;

y fuera entonces insultar a un hombre

darle siquiera de peruano nombre.


27 de Abril de 1864.

Al pie del monumento de Bolívar

    Era la hora solemne del ocaso:

y yo que el vagabundo paso lento

iba moviendo pensativo, acaso,

por donde un día alzábase el sangriento

Sagrado Tribunal, detuve el paso
5

al pie del majestuoso monumento

que alzó mi patria al héroe sin segundo

a quien debe ser libre nuestro mundo.

   Y cuando los atentos ojos hube

padecido en él, clamé: «Si a la morada
10

que cubre a nuestra mente oscura nube,

y a premiar a los buenos destinada,

algún rumor, oh gran Bolívar, sube

de nuestra triste tierra desdichada,

¿Será que a saña y a piedad no mueva
15

tu santo pecho la espantosa nueva?

   »¡No, no, jamás! y, si a tu ardiente anhelo

lo consintiera Dios, la dulce calma

ya dejando y los júbilos del cielo,

al cuerpo que animó volviera tu alma:
20

y, habitando de nuevo nuestro suelo,

lograrás otra vez la triunfal palma,

y a las hispanas huestes altaneras

¡rompieras, dispersaras, deshicieras!

   »Deja un instante el cielo soberano;
25

un instante no más torna a ser hombre;

la espada vibre tu robusta mano,

y tu presencia al enemigo asombre:

mas no te aguardará su miedo insano;

a dispersarlos bastará tu nombre,
30

cual a palomas tímidas ahuyenta

el lejano rumor de la tormenta.

   »Acude, vuela, que la gente misma

Que tú de aquí arrojaste quiere ahora,

esperanzada en nuestro interno cisma,
35

y ufana porque fácil vencedora

fue en Tetuán de la bárbara Morisma,

de nuevo ser nuestra feroz señora,

y apagar en nosotros la sed de oro

que hartar no pudo en el vencido Moro.
40

   »Vivo, Bolívar, tú, esa raza aleve,

esa degenerada gente ibera,

de las naciones europeas plebe,

que hoy osa pisotear nuestra bandera,

que hoy nuestras islas a invadir se atreve,
45

ni tan sólo el intento concibiera,

y apenas, separada por los mares,

segura se creyera en sus hogares.

   »Mas, aunque muerto, bastarán tus manes

a darnos sobre Espata la victoria:
50

pagará la insolente sus desmanes;

nuevo laurel nos ceñirá la Gloria.

De Iberia los altivos capitanes

aún conservan presente tu memoria,

que valdrá por ejército infinito
55

contra el hispano ejército maldito.

   »Tu recuerdo para ellos será espanto:

será para nosotros ardimiento,

santo coraje y entusiasmo santo,

gigantes fuerzas e invencible aliento;
60

y tu nombre será bélico canto

con que tronando nuestro libre acento

canse los ecos y los aires rompa,

al ronco son de la guerrera trompa.

   »Todos presto venid; venid, peruanos,
65

y al pie de este sublime monumento

alzad las libres generosas manos,

y haced el sacrosanto juramento

de que primero que sufráis tiranos,

caeréis en el campo ciento a ciento,
70

y que sólo entrará gente española

a vuestra tierra, despoblada y sola.

   »Con su heroica constancia no domada,

y su ingenio, y su esfuerzo sin segundo,

sacar la patria nuestra de la nada,
75

pudo Bolívar, como Dios al mundo;

cuando la Tiranía entronizada

aquí velaba con rencor profundo,

cuando todo a su empresa estorbos era,

y aún pudo al orbe parecer quimera.
80

   »¿Y nosotros, menguados, ni siquiera

podremos mantenerla independiente,

y, a las miradas de la tierra entera,

hoy defenderla de la misma gente?

¿Tanto ya nuestro brio degenera?
85

¿Y podrá la mitad de un continente

sufrir la mengua de arrastrar esclava

las cadenas que ayer despedazaba?

   »No: la obra de tu mente y de tu espada,

obra la mas sublime y gigantea
90

que vio esta edad, de admiración pasmada,

jamás receles que perdida sea:

que, aunque América estaba desarmada,

nunca lo faltan medios de pelea

a quien valor y patriotismo sobra:
95

héroe, no temas: es eterna tu obra.

   »Sí, será eterna mientras troncos haya

en la honda selva y flores en el llano;

mientras al mar el Amazonas vaya

desde el remoto origen peruviano
100

mientras do quier de América la playa

ciña cual isla inmensa, el océano;

mientras su frente el Chimborazo eleve

coronada de fuegos y de nieve.

   »Vacía su región y despoblada
105

deje España, de Gades a Pirene;

y en portentosa formidable armada,

en cuya cuenta la paciencia pene,

a las peruanas costas trasladada,

de feroces ejércitos las llene,
110

e intente y pruebe por la vez segunda

imponernos su bárbara coyunda:

   »no habrá peruano que los riesgos huya

de la tremenda desigual palestra,

aunque en mares de gente España afluya,
115

de su poder en asombrosa muestra;

a ver vendrá que, si la fuerza es suya,

nuestro el valor y la constancia es nuestra;

y buscar nos verá con pecho fuerte

romano triunfo o espartana muerte.
120

   »Y, si nos es contraria la fortuna,

no ha de regocijarse su arrogancia,

viendo que no hay aquí ciudad ninguna

que nombre do merezca de Numancia:

Tendremos mil, si ellos tuvieron una,
125

que de valor ejemplos y constancia,

cuando el hado les fuere más adverso,

ofrezcan al atónito universo... ...

   »Mas ¿adónde me arrastra mi deseo

y el coraje y la sed de la venganza?
130

¿Adónde el patrio amor? ¿No es devaneo

tan orgullosa intrépida confianza?

¿Es origen acaso lo que veo

de remontar tan alto la esperanza?

¿Y, a dicha, lo presento me asegura
135

de la peruana heroicidad futura?

   »¡Día tras día, la rosada aurora

allí donde flameó nuestra bandera

la odiada enseña de Isabel colora,

que a los vientos despliégase altanera!
140

¡Ay! cada nuevo día, cada hora

que huyendo van con ala tan ligera,

debieran, oh peruanos, parecernos

siglos de afrenta y de baldón eternos.

   Oh Sol, que ardientes religiosas preces
145

de los virtuosos Incas recibiste,

¿por qué, di, no te eclipsas y oscureces,

y negra nube tu fulgor no viste

en muestra de dolor? Ya treinta veces

el negro oprobio de tu pueblo triste,
150

al nacer y al hundirte en occidente,

ha contemplado tu ojo refulgente.

   »¡Al combate! ¡al combate! que es mancilla

que ya tanto el ataque se disponga:

hundamos esa bárbara escuadrilla,
155

Triunfo, Resolución y Covadonga:

y, pues ya su altivez cede y se humilla,

antes que en fuga vil Pinzón se ponga,

presto salgamos; que, en tal trance puesto,

irse podrá, si no salimos presto.
160

   »¡Lance ya el bronce el imitado trueno

y la ignea bala, de matar sedienta;

y en aire a trueno y rayo tan ajeno

rayos y truenos el cañón hoy mienta,

y en un mar tan pacífico y sereno
165

forme el combate artificial tormenta;

y cambie en negra noche el claro día

el humo de tronante artillería!

   »¡Sí, vamos, vamos antes que cobarde

veloz huya ese ibérico pirata:
170

temamos que quizá no nos aguarde:

ya por ventura de alejarse trata:

tal vez, cuando ir queramos, será tarde:

mengua ha de ser cuya memoria ingrata

sin cesar nos afrente e importune
175

que ese aleve ladrón se vaya impune!

   »Impune, si vivieras, no se iría,

oh padre del Perú, que justa pena

ya hubiera recibido el primer día,

insepulto cadáver en la arena:
180

o si aún con vida en tu poder caía,

con esposas y grillos cadena,

como ladrón entre ladrones preso,

pagado hubiera su inaudito exceso.

   »¡Ni ese andaluz soberbio e insolente
185

entonces fuera, como irá mañana,

a jactarse, ¡oh vergüenza! entre su gente

que puso miedo a la nación peruana!

¡Ni con él su caterva (¡ah! quién consiente

tal afrenta y rubor!) con lengua vana,
190

propia de la parlera Andalucía,

su hazaña vil a pregonar iría!»

   Así digo, y de nuevo triste callo:

y, a mis voces cobrando sentimiento,

parecían el héroe y el caballo
195

la vida simular y el movimiento;

y, oyendo que a su pueblo hacer vasallo

pretende España con avaro intento,

brotar el héroe rayos de ira ciega

y anhelar parecía la refriega.
200


14 de Mayo de 1864.

En la muerte

De mi prima hermana la señora doña Victoria Tristán de Echenique

    ¡Grandeza de los hombres ilusoria!

¿Qué valió que fortuna

de oro te diera y de marfil la cuna?

¿Qué valió que te diera una victoria,

cual presagio feliz, el fausto nombre,
5

ni que gozara tu engreída infancia

de cuantos bienes apetece el hombre?

¿Qué valió que a tu padre esclarecido,

y tu esposo después vieras alzado

a la más alta cumbre del Estado?
10

Tantas venturas prodigó la suerte

a la mitad primera de tu vida

sólo para colmar, mudable y fiera,

de desventuras su mitad postrera.

   Recelos, sobresaltos y cuidados
15

por la preciosa vida de tu esposo,

insomnes noches, de amargura henchidas;

separación y tiernas despedidas

de tus hijos amados,

y de tu anciano padre doloroso;
20

tristísimas partidas

de los dulces hogares,

de las patrias riberas,

y peregrinaciones por los mares

y apartadas comarcas extranjeras,
25

al desterrado esposo acompañando;

ingratitud, y extraños

acerbos desengaños:

todo sintió tu corazón, Victoria,

ni hubo ninguna dolorosa prueba
30

que a tu sensible pecho fuese nueva.

   Espantosa dolencia,

misterio incomprensible

a los afanes tolos de la ciencia,

en larga muerte convirtió tu vida;
35

y la que un tiempo mereció alabanza

por donoso semblante

y gracia y majestad de su talante,

la gallarda hermosura

que de salud y vida rebosaba,
40

ya viviente cadáver semejaba

ausente de la negra sepultura.

   ¿Quién dirá los dolores

que en ti extremaban su rigor violento,

y a cuyo exceso crudo
45

sólo igualarse pudo

tu angelical, cristiano sufrimiento?

¿A quién no le asombraba la pelea

que del martirio te ciñó la palma?

al justo de Idumea
50

el ser parangonada mereciste

del cuerpo en los dolores y del alma,

y paciencia tenaz que los resiste.

   ¡Oh pesada, lentísima agonía

en que de treinta días dolorosos
55

cada noche y auroras

viendo a la muerte batallar contigo,

ser esperaba de tu fin testigo!

El amor a tus hijos a tu esposo:

ese era el fuerte nudo
60

que ligaba tu espíritu amoroso

al cuerpo casi inerte;

ese el templado escudo

que te hizo resistir tiempo tan largo

a los fieros asaltos de la muerte.
65

   Esa apariencia de figura humana,

más vana sombra de otra sombra vana,

aún voluntad tenía

y sentía y amaba todavía!

Y ¡oh del amor milagros no igualados!
70

¡Por su esposo y sus hijos

aún su pecho ocupaban los prolijos

domésticos cuidados!

   ¡Cuál tu dolor sería,

cuando a tu mente se ofreció, Victoria,
75

de tus ausentes hijos la memoria!

¡Y confiabas, incauta, en la promesa

que a tu cariño la esperanza hacía,

de que antes que bajaras a la huesa

gozarías su dulce compañía!
80

Sólo a tu duelo ha de igualarse el suyo,

cuando la triste nueva voladora

disipe la esperanza lisonjera

que alimentaba el corazón amante

de circundar en el final instante
85

de tu lecho la triste cabecera!

   ¿Qué tristísimo acento

podrá pintar la dolorosa escena

que contempló tu lúgubre morada,

cuando exhalaste el postrimer aliento,
90

y al fin la muerte, te dejó postrada?

Sobre tus yertos pálidos despojos

se lanza el tierno esposo, atropellando

los vedados dinteles,

hechos mares de lágrimas los ojos:
95

de los amigos fieles

cruda piedad le arranca de tu lado;

«dejad, dejad, les dice, que de nuevo

»contemple su cadáver adorado:

»a esa santa mujer todo lo debo;
100

»mas que esposa, en amor madre me ha sido:

»¡ah! dejadme morir, y en el sepulcro

»guardad con ella al infeliz marido!»

   Cual herida del rayo,

cae la hija en súbito desmayo,
105

hasta que el desmedido

dolor recobre a un tiempo el sentido:

el hijo allá en el sacudido lecho

se revuelve demente,

por los sollozos ahogado el pecho,
110

ni de la tierna, hermosa

enamorada esposa

la voz escucha o la caricia siente:

aquí la hija pequeña,

que, como en su inocencia no creía
115

que su adorada madre se moría,

ayer no más mostrábase risueña,

hoy que el horror de la verdad comprende,

de dolor enloquece y desvaría:

y «mi madre me llama»,
120

súbitamente exclama,

«¿Dó está, decidme, dónde?»

Y se pone a imitar la voz materna,

y ella misma a sí misma se responde,

y en coloquio infantil que el alma parte
125

llanto con risa la infeliz alterna.

La fiel amiga, discurriendo en tanto

por las estancias todas, da su ayuda

a hijos y deudos, derramando muda

por ellos y por ti piadoso llanto.
130

   Suena más allá un coro

de quejas, de suspiros y de lloro,

de ayes y de infinitos

hondos, confusos gritos:

son las siervas leales
135

a quienes con tu muerte el cielo priva

de una madre amorosa y compasiva.

Y aún la ronca paloma plañidera

parece que de lejos también llora,

como si su desdicha conociera,
140

con lamentable canto a su señora.

   Mas ya mi voz el sentimiento traba:

¡Ah! sea nuestra gran consoladora

en trance tal la religión divina;

la misma que endulzaba
145

tus espantosas penas

al romper de la carne las cadenas;

y te mostraba el paraíso abierto,

sempiterna mansión de tu reposo,

donde del mortal sueño doloroso
150

se remontó tu espíritu despierto.

   Colmada ahora de ventura inmensa,

en la región te veo

donde la recompensa

excede o la esperanza y al deseo:
155

allí, a tus dulces padres reunida,

en aquella inmortal segunda vida,

do no puede el temor sobresaltarte

de que muerte siniestra

de los objetos de tu amor te aparte;
160

allí do un día la familia nuestra

se juntará de nuevo, allí, dolida

de nuestras largas desventuras fieras,

nos llamas, oh Victoria, y nos esperas.


Junio, 19 de 1864.

A los peruanos

    Mirad, peruanos, vuestra hermosa tierra

que, bajo un cielo, plácido y ajeno

de procelosos vientos a la guerra,

ostenta leda el venturoso seno

que los deleites de la vida encierra
5

de todos bienes y abundancia lleno;

y al cielo bendecid que por morada

os dio la tierra por el Sol amada.

   ¿Qué suelo el Sol contempla más fecundo

y más rico en sus frutos y diverso?
10

Es compendio magnífico del mundo,

hermosa abreviación del universo;

es cielo terrenal, Edén segundo,

que del primero que Luzbel perverso

hizo perder al hombre seducido
15

fue en cambio por el cielo concedido.

   ¿A qué mies para ella el sol no dora,

y no peina la brisa lisonjera

las ondas de la rubia, soñadora,

ardiente, dilatada cabellera?
20

¿Qué flor no hinche de aromas y colora

para ella la eterna Primavera

que, aquí de Otoño inseparable amiga,

flores y frutos a la vez prodiga?

    Con cuánto exceso es en metales rica
25

que más anhela la codicia ardiente,

la fama pregonera lo publica

en vulgar frase, donde quier frecuente;

sin cesar su riqueza magnifica

proverbio universal a toda gente,
30

y el nombre sólo del Perú opulento

ofrece montes de oro al pensamiento.

   Ella fue aquel espléndido Eldorado,

segundo Ofir, de la Codicia sueño,

por peligroso mar, nunca surcado,
35

de ella pedido con audaz empeño;

los rubios partos de su seno hinchado

hartaron casi a su avariento dueño,

y en ella pudo realizarse sólo

la pródiga ficción de Marco Polo.
40

   Todo la prodigó Naturaleza,

y se ven los tres Reinos a porfía

demostrarle en sus dones su largueza

con mano no agotada todavía:

no hay variedad alguna de riqueza
45

que su opulenta vanidad no engría,

y bien ninguno la orgullosa extraña

en su costa, en su sierra, en su montaña.

   Mirad los Andes cuya cima pura,

ceñida en torno de perpetuo hielo,
50

perderse es vista en la celeste altura;

cual indicando el misterioso anhelo

con que juntarse con amor procura

la humilde tierra al orgulloso cielo,

que, descendiendo cuando el monte sube,
55

su sien abraza con amante nube.

   Tanta mole el altísimo Arquitecto

al cielo levantó, para que encumbre

su vuelo el alma a tan sublime aspecto

y a hollar aspire la celeste cumbre;
60

para que santo religioso afecto

llegue a ser del espíritu costumbre,

y sea aquí Naturaleza templo,

donde aún nos dé lo inanimado ejemplo.

   Mirad el cielo puro que hace alarde
65

de la radiante luz que al suelo envía

donde sin velos importunos arde

el sol, como planeta de alegría;

do es nueva aurora la brillante tarde

y es la noche serena nuevo día,
70

y es un segundo sol la blanca luna,

ni el brillo falta de lumbrera alguna.

   Daros quiso el Señor patria tan bella,

de bienes y tesoros tan henchida

y estampada do quiera de su huella,
75

por que os fuera más dulce y más querida;

y combatiendo con valor por ella,

dierais alegres la preciosa vida

antes, peruanos, que dejar que ultrajen

ésta del cielo terrenal imagen.
80


1864.

    No a tu soberbia y tu codicia sumas

propicio aguardes el favor celeste,

ni breve triunfo conseguir presuntas

que poco esfuerzo a tu valor le cueste;

como; vestida de ligeras plumas,
5

te le dio un día la cobriza hueste,

de estos mundos antigua moradora,

cuyo infortunio el universo llora:

   La que opuso en la lid pecho desnudo

y cuerpo que cubrió leve vestido
10

a pecho que guardaba doble escudo

y a cuerpo de armadura revestido,

frente y faz descubierta al hierro agudo

a rostro por el yelmo defendido;

lidiando así entre el Indio y el Ibero
15

con un hombre de carne otro de acero:

   la que oponía flechas a arcabuces

y a los cóncavos bronces que en su seno

guardan del rayo las siniestras luces

y el estampido horrísono del trueno;
20

con que tan simples ánimos reduces

a pensar que un poder al hombre ajeno

e igual al de los Dioses soberanos

tremendo armaba tus feroces manos.

   No tales hechos a los siglos cuente
25

ni más que humanos tu altivez los nombre,

que a vista de ventaja tan patente

no hay quien de oírlos, sino tu, se asombre;

y la que a pie peleaba juntamente,

de ti invadida, con caballo y hombre,
30

cual con monstruoso aterrador centauro,

ceder debió de la victoria el lauro.

   Mas nosotros la flecha voladora

no te opondremos a la ardiente bala:

las armas mismas manejamos hora
35

el mismo bélico arte nos iguala:

a resonante mole destructora

sabremos dar del huracán el ala,

y en contra de tu escuadra fulminante

Armstrong nos presta su cañón gigante.
40

   Mas por ventura en esperar te ufanas

que nos cabrá de Méjico el destino,

y que Almontes tenemos y Santanás

que a la conquista te abran el camino:

mas, ¡cuánto son tus esperanzas vanas
45

y cuán ciego tu error y desatino,

si piensas que hallarás un sólo Almonte

que su amistad a tu venida apronte!

   Aquí nadie desea tu venida,

ni hay diestra alguna a recibirte presta:
50

si el noble corazón que pronto olvida

y a quien el odio y la venganza cuesta,

cerrar dejaba la profunda herida

de tu conquista y opresión funesta,

con el ultraje nuevo, nuevamente
55

abrirse ahora y enconar la siente.

   Y otra vez nuestros míseros anales,

con tanta sangre y lágrimas escritos,

recorren nuestros ojos; y los males

de tu cruda conquista y tus delitos,
60

a los horrores del Infierno iguales

y en fiereza y en número infinitos,

se ofrecen, como nuevos y presentes

a nuestros pechos e indignadas mentes:

   la inaudita traición de Cajamarca
65

y vasta mortandad del vulgo indiano,

y el suplicio del mísero monarca

tras el rescate que pagara, en vano;

y convertido en sanguinosa charca

por la codicia y el furor hispano
70

el ya dichoso dilatado imperio

que leyes dio al antártico hemisferio:

   casi extinguida innumerable raza,

más que con armas nobles y guerreras,

con el puñal y ponzoñosa taza
75

y el fuego abrasador de las hogueras;

de los hambrientos perros con la caza

que hombres descuartizaban como fieras,

con el látigo atroz de alambres hecho,

con el garrote y el candente lecho.
80

   Y al fogoso mancebo el viejo cano

tu yugo atroz que aún alcanzó le cuenta:

mayor siempre el orgullo castellano,

y más intolerable nuestra afrenta;

dueño de todo el ávido tirano,
85

la Inquisición de víctimas hambrienta,

muerto al nacer cuanto fulgor brillaba,

rey el Error y la Razón esclava.

   Y así la anciana voz añade cebo

al juvenil coraje y la bravura,
90

y al oírla el colérico mancebo

con labio ardiente la venganza jura;

y anhela que el Perú huelles de nuevo

y hacerlo de tus huestes sepultura,

vengando tu conquista y tiranía
95

no vengadas bastante todavía.


1864.

A la memoria

De mi amigo el artista Miguel Echerri, muerto en París a los 23 años de su edad, el día mismo en que salió el buque en que había determinado regresar al Perú

    Ya acaba el tercer año su carrera,

idolatrado amigo,

desde que en extranjera

tumba te sepultó la adversa suerte;

y aún puedes desde el cielo ser testigo
5

de que en lo hondo de mi alma persevera

el dolor de tu muerte.

   Radiante de alegría,

y bella nuncia de más bello día,

se avecinaba la feliz aurora
10

en que, tras los pesares

de larga ausencia, a tus remotos lares

te condujese nave voladora:

pero se adelantó la aguda espada

de la muerte traidora;
15

y aquella misma aurora tan ansiada

en que partir debiste al patrio suelo

desde playa francesa,

¡Te vio partir del puerto de la vida

a la oscura región desconocida
20

de la que nunca viajador regresa!

   ¡Y así en el alba de tu hermoso día,

cuando más lo futuro te reía,

tú, que eras de la patria una esperanza,

tú, puro corazón, tú, excelsa mente,
25

en el sepulcro lóbrego te hundiste!

¡Y en tanto el necio a ver cubierta alcanza

de blancas canas la insensata frente,

y un siglo entero el opresor existe!

¡Y nuestra patria triste
30

que en su florida primavera verde

sus buenos hijos pierde,

y tantos ya lamenta malogrados36;

vivir contempla días infinitos

a sus hijos infames y malvados,
35

y crecer con sus años sus delitos!

   ¡Y yo que ha poco en verte me agradaba

lleno de juventud y lozanía,

a tan clara verdad mi fe negaba

y comprender tu muerte no podía!
40

¡Y en pasajero olvido,

a las horas usadas,

a tu taller modesto y escondido,

como si aún vivo fueras,

llevé tal vez mis ávidas pisadas!
45

¡Y tal vez, recorriendo los lugares

y calles a tu planta familiares,

encontrarme de súbito creía,

como un tiempo solía,

con tu rostro risueño
50

y con tu ardiente presurosa mano

que estrechara la mía

en fraternal saludo cariñoso,

para seguir con enlazado brazo

y con pie perezoso
55

discurriendo al acaso

por las calles sonoras,

en vario platicar entretenidos

y olvidados del vuelo de las horas!

   ¿Con quién, pues en la tumba ya reposas,
60

tendré esas dulces pláticas sabrosas

de que eran tema poesía y arte,

y en las que tanta parte

pasamos de las noches silenciosas?

¿Qué otro placer se iguala en dulcedumbre
65

con el placer de conversar a solas

con caro amigo, a la süave lumbre

del hogar que chispea, despreciando

el tentador beleño del dios blando

cuya frente circundan amapolas?
70

   ¿Quién volverme pudiera esos momentos

cuando, ante los artísticos portentos

que al asombro descubre

el opulento y orgulloso Luvre,

mis oídos atentos
75

bebían de tus labios

los inspirados férvidos acentos

y discursos altísimos y sabios?

¡Y atónita sentía

entonces el alma mía,
80

de tus conceptos empapada y llena,

que era hermano tu espíritu divino

del espíritu angélico de Urbino

y del pintor sublime de la Cena!

Y esperaba engreído que suspensos
85

los artistas futuros

vieran tus tablas y sublimes lienzos

en esos mismos orgullosos muros

al lado de los lienzos inmortales

de Rafael, Corregio y Leonardo:
90

¡mas ¡ay! promesas y esperanzas tales

cortó la muerte con su crudo dardo!

   ¡Ah! si no hubiera muerte tan temprana

arrebatado a tu creadora diestra

los valientes pinceles,
95

tus gloriosos laureles

la frente orlaran de la patria nuestra,

de lauros tan desnuda todavía;

y los hijos de tu alta fantasía

y de tu diestra mano,
100

nos envidiara la opulencia ajena,

de tesoro sin tasa ofrecedora;

¡y el ingenio peruano

en ti admiraran la ciudad de Flora

y la que baña el orgulloso Sena!
105

   Y tu la gracia entonces halagüeña

trasladaras al lienzo, y la dulzura

de la Beldad Limeña,

que a la Ausonia Hermosura

y a a Hermosura Griega
110

rendir la palma triunfadora niega.

   ¡Y animados aquí por tus matices,

respiraran también a nuestra vista

del Inca imperio los antiguos fastos,

y trágicos sucesos infelices
115

y horrorosas escenas

de la española bárbara conquista!

Y al mísero Atahualpa entre cadenas,

o asesinado por la atroz perfidia

del codicioso hispano furibundo,
120

con vengador pincel representaras:

y revivir hicieras

los altos hechos y proezas raras

que dieron libertad a medio mundo:

y arder se vieran en pared o tela
125

de Junin y Ayacucho las batallas,

y resonaran al iluso oído

el plomo ardiente que silbando vuela,

y el derramado son de las metrallas

y del cañon el hórrido estampido;
130

y se mezclaran de ambos vivos mares

horrendamente las contrarias olas;

hasta que al fin, cual rayos de la Guerra,

los colombianos Martes aguijaran

la fuga de las huestes españolas.
135

   Y entonces mi semblante, en fiel traslado

por tu pincel amigo retratado,

en la edad venidera

mi nombre al tuyo uniera,

y tu amistad me hubiera eternizado!
140

Mas ¡ay! la amistad mía

que, anhelando pagar arte con arte

en el verso quisiera retratarte,

eterna vida darte desconfía:

que, de tu ingenio celestial diverso
145

el débil mío, mal podrá mi verso,

que corto vuelo alcanza,

dilatar tu alabanza

por la ancha redondez del universo.

   Mas, si voz de la Gloria no es mi canto
150

y darte nueva vida no consigo,

guarda mi corazón ardiente llanto

que con tristeza, de consuelo esquiva,

por la memoria de mi dulce amigo

derramarán mis ojos, mientras viva.
155


1864.

A las orillas del mar

A***

    Ven conmigo a la playa tranquila,

mientras tiende la tarde su velo:

¿No parece camino del cielo

la dormida llanura del mar,

y que el cielo, cual margen opuesta,
5

de la mar la llanura termina?

¿No parece que a playa divina

azul senda nos puede llevar?

   ¡Quién pudiera en blandísima nave,

por aligeras brisas llevada,
10

arribar a celeste ensenada,

floreciente de eterno verdor!

   ¡Quién allí donde vive perenne

el afecto del alma serena,

a la ley de mudanza terrena
15

quién pudiera arrancar nuestro!


Cuando venía la «Numancia»

    Flotante monte de macizo acero,

mandas, Iberia, a nuestra playa en vano,

rival del monstruo portentoso y fiero,

gigante emperador del océano.

   No ha de valerle su feroz grandeza,
5

ni el nombre con que torpe tu arrogancia

quiso manchar la singular proeza

que eterna gloria mereció a Numancia.

   Y si, anhelosa de vengar tus rotas,

los vastos senos de la mar invades
10

con fulminantes portentosas flotas

como nadantes bélicas ciudades;

   verás que al pecho que el morir desprecia

ni un sólo instante en el pavor sumerges,

cual no le puso a la invadida Grecia
15

la hueste inmensa del altivo Jerjes.

   Y los peruanos todos sus hogares

para esperarte dejarán desiertos;

y, cual segundos y vivientes mares,

inundarán las playas y los puertos.
20

   Y aunque, dejando tu región vacía,

aquí tus muchedumbres trasladarás,

nunca nos vieras en la atroz porfía

rendir las armas ni volver las caras.

   Y, uno luchando contra diez y ciento,
25

cual contra el Persa el espartano bando,

creciera en el peligro el ardimiento

y el ansia ardiente de morir matando.

   Y ardiendo en sed de libertad y gloria,

sólo pusiera a nuestra lucha calma,
30

o el laurel inmortal de la Victoria,

o del Martirio la sublime palma.


Al congreso y a los marinos

    ¿Y será acaso que la patria nuestra

se humille al ceño de la España altiva,

y amedrentada, sin rubor suscriba

su eterna infamia con su propia diestra?

   ¿Y que, cuando ella recibió el agravio
5

del universo atónito a los ojos,

ante España poniéndose de hinojos,

   perdón le pida con humilde labio?

   ¡Oh del Perú Congreso soberano!

Para tu triste patria no consientas
10

la más negra y atroz de las afrentas,

y el nombre salva y el honor peruano.

   Haz por lo menos que el Perú vencido,

guardando en el revés justa arrogancia,

pueda decir con aquel rey de Francia:
15

todo, menos la honra, se ha perdido.

   Si nos ha de costar mayor tesoro,

el tesoro del mar no se recobre:

haz que, aunque quede nuestra patria pobre,

la riqueza no pierda del decoro.
20

   Decid, ¿cómo podréis, cuando insolente

escarnezca al Perú labio extranjero,

rechazar un baldón que es verdadero,

y responder coléricos que miente?

   Preciso entonces ha de ser que venza
25

a vanas frases la verdad patente,

y que se os tiña la humillada frente

con el rojo color de vergüenza.

   ¡No habrá gente ninguna que, alentada

viendo el baldón que a nuestra patria humilla,
30

no estampe fácil mano en la mejilla

que de España sufrió la bofetada!

   ¡Ea, guerreros do los mares, ea!

Alzad al cielo agradecido acento,

pues hoy quiere que el húmedo elemento
35

el móvil campo del combate sea!

   Su honor guardando como siempre intacto,

por vuestras manos el Perú rescate

sus islas con el hierro en el combate,

y no con oro en afrentoso pacto.
40

   Entrad resueltos a la lid sangrienta,

que es la lucha el deber, no la victoria:

aún ser vencidos os dará la gloria;

ni el triunfo a España lavará la afrenta.


26 de Enero de 1865.

A la bandera peruana

I

Con motivo del tratado de enero, una de cuya cláusulas era el saludo simultáneo de las dos banderas

   ¡Oh de mi patria bicolor bandera,

si en padecer baldón fuiste la sola,

el mar que le miró, verte debiera

del cañón saludada la primera,

y no ¡oh mengua! a la par que la española!
5

   Doblar la altiva frente a ti debía

el audaz español, y sólo entonces,

al pabellón Ibérico podría

saludar, no el deber, la cortesía

con ronca voz de los tonantes bronces.
10

   ¡Ah! ¡si no diera ya la tumba helada

al noble San Román eterno abrigo,

por el heroico esfuerzo de su espada

ya tu afrenta crüel vieras vengada,

o sucumbiera intrépido contigo!
15

   Si un tiempo del océano el murmullo

te saludó triunfante, y de los vientos

te halagaba blandísimo el arrullo,

hoy tu baldón y tu abatido orgullo

lloren del mar y el aura los lamentos!
20

   No eres de hoy más la veneranda enseña

de una nación que con valor y arrojo

sabe su honor guardar, aunque pequeña;

no; para el mundo ya que te desdeña

eres tan solo un lienzo blanco y rojo.
25

   ¡En negro cambia tu color de nieve,

pues, sin lidiar, sufrimos que nos venza

quien ultraje nos hizo tan aleve;

mas el rojo color bien se te debe,

porque ése es el color de la vergüenza!
30


Enero 27 de 1865.

II

(Tres meses después)37

   Roba en vano y destierra y aprisiona

y azota y mata el opresor nefario

que te humilló de Iberia a la corona,

y quiso que del Sol a la matrona

Fueses, bandera, funeral sudario.
35

   Alégrate, que intrépidos peruanos

se alzaron ya, de tu baldón dolientes,

llamando a libertad a sus hermanos;

y ya te ondean generosas manos,

y ya cobijas generosas frentes.
40

    De Norte a Sur, del mar de ondas salobres

hasta el río que es mar de dulces ondas,

ricas ciudades y cabañas pobres

guerreros dan por que tu honor recobres

ni más al mundo con rubor te escondas.
45

   Pronto será que a la impaciente Lima

que oprime el bando de la España amigo,

el vencedor ejército redima,

dando a su empresa venturosa cima

y al vil hispano aterrador castigo.
50

   Pronto, pronto será que tu blancura

recobres más hermosa y esplendente,

lavándote de mancha tan oscura,

y que el vivo color que te purpura

no vergüenza, mas sangre represente.
55

   Mas no, no ostentes tu color de grana

cuando entres ondeando a naval riña,

por que a mares después la sangre hispana

en baño ardiente, cual tintura humana,

tu blanco paño victorioso tiña.
60

III

(Después del dos de mayo)

   Ya a ti, de nuevo ufano, el solar rayo

alumbra, el aura mece, el mar retrata;

que, a manos del Honor el dos de Mayo,

la sangre de los hijos de Pelayo

fue de tu paño fúlgida escarlata.
65

   Do quier te agite la triunfante diestra

de un pueblo entero con orgullo noble;

gloriosa enseña de la patria nuestra,

de nuevo ufana al universo muestra

tu simple nieve entre tu grana doble.
70

   Dinteles orna de privados lares,

altas torres, palacios y tugurios;

y citando húmedos llanos navegares,

entónente los vientos y los mares

triunfal canto entre plácidos murmurios.
75

   La sien corona, avecinada al cielo,

de los Andes altísimos, que alfombra

mortaja eterna de luciente hielo;

y baje, sosegando el alto vuelo,

el cóndor a dormir bajo tu sombra.
80

   Mas un rayo le falta a tu aureola;

que allí te ostente la feroz Numancia

donde la enseña de Isabel tremola,

y ni una nave hispana quede sola

que no humille a tu triunfo su arrogancia.
85

   Y alto dicta tal vez estro deífico

el vaticinio a mi valiente cántico

que no sólo las ondas del Pacífico

verán ufanas tu triunfar magnífico,

sino también las del remoto Atlántico.
90


A la Rosa y Taramona

    ¡Salve, oh La Rosa! ¡salve oh Taramona!

¡Pareja heroica que alentaba una alma,

a quien dio la Amistad su noble palma,

y dio la Gloria su inmortal corona!

   De sublime amistad nunca igualada
5

os enlazaba tan estrecho nudo,

que ni cortarlo de la Muerte pudo

la inexorable, apartadora espada.

   Juntos ceñisteis el acero fuerte,

juntos entrabais en la lid reñida;
10

y como juntos os miró la Vida,

juntos también os recibió la Muerte;

   cuando, por no rendiros al hispano

bando, que con el número os acosa,

buscó vuestro valor tumba gloriosa
15

en el seno del túrbido océano.

   Brazos ligando con estrecho lazo,

al mar caísteis: su furor violento

pudo arrancaros el vital aliento,

mas no romper vuestro postrer abrazo.
20

   ¡Oh mar que banas la sedienta Iquique,

que fuiste por tal sangre enrojecido,

tu tumultuoso estruendo y tu bramido

tan grande hazaña sin cesar publique!

   Y, como voces de venganza airadas,
25

recordadnos también, rugientes olas,

la crueldad de las armas españolas,

de lejos en los héroes enseñadas!

   ¡Oh patria mía! con soberbia pompa

a tus divinos mártires levanta
30

pirámide sublime, a cuya planta

el mar sus ondas rebramando rompa.

   Y con sus lenguas de agua, eternamente

a Taramona y a La Rosa cante

en confuso murmurio, semejante
35

a los clamores de infinita gente.

   Y el son del atambor y la trompeta

imite, y del cañón el estampido,

más dulces de los héroes al oído

que música amorosa en noche quieta.
40

   Y los peñascos azotando, mienta

el choque, y el estrépito y las voces

de encontrados ejércitos feroces,

y el tumulto y horror de lid sangrienta.

   Y el que del mar recorra los desiertos,
45

mostrando el mármol que a lo lejos brilla:

«Juntos yacen, exclame, en esa orilla

dos tiernos héroes por su patria muertos».


Febrero 23, aniversario de la muerte de estos dos héroes.

En la agonía de J. M. H.

    Todo te cubre de la muerte el hielo:

vanos ya los esfuerzos son del arte

de médicos humanos, y salvarte

sólo pudiera el Médico del cielo.

   Conozco en el instante de perderte,
5

cuánto a ti estaba mi existencia unida,

y el amor que durmiendo estaba en vida

se despierta ardoroso con tu muerte.

   Pronto, rotas del cuerpo las lazadas,

y libre de lo vano y aparente,
10

cuanto hoy ignoras brillará patente

de tu alma a las clarísimas miradas.

Y contemplando sin disfraz la mía,

verás de culpas y flaquezas llena

esa alma que tan pura y noble y buena
15

imaginabas con error un día.

   Y el amor y alta estima y el respeto

que me profesas y en tu error se funda

se trocarán en compasión profunda,

cuando penetres mi fatal secreto.
20

   A Aquel entonces que las almas sana

ruega que pio sane mi alma enferma,

porque, cuando en la tumba el cuerpo duerma,

vuele aquella a la gloria soberana;

y que no sean en mi daño eternos
25

estos tristes adioses que te digo,

sino que allá en el cielo, dulce amigo,

ledos volvamos algún día a vernos.


1865.

En una noche de luna en que, siendo aún muy temprano, no había gente en las calles a consecuencia de una orden del Ministro de Gobierno

    La clara luna su fulgor dilata

en cielo de purísimo zafir,

y en rico manto de luciente plata

parece, oh Lima, tu beldad vestir.

   Mas en vano te llama y te convida
5

de tan bello espectáculo a gozar

el astro en cuyas luces sumergida

toda te miro, como en claro mar.

   Silenciosas tus calles y desiertas,

cuando aún las horas del bullicio son,
10

de tus hogares las cerradas puertas

guardan a tu medrosa población.

   En vasto cementerio, de repente,

del día con el último fulgor,

te cambias, a las leyes obediente
15

de tu salvaje déspota señor.

   Que este tu clima voluptuoso y muelle

muelles tus hijos engendró también:

hijos que sufren que insolente huelle

salvaje planta su cobarde sien.
20

   Sumisa a los antojos de tu dueño,

hunde entre holandas la dormida faz,

y de la afrenta y la ignominia el sueño

duerme, oh sultana, en regalada paz.

   De un hijo tuyo el despotismo fiero
25

acostumbrando tu indolencia está

a que sirvas mañana al extranjero,

que en esperanza te posee ya.

   Y pues son para ti sagradas leyes

los caprichos de un déspota poder,
30

si la ciudad ya fuiste de los Reyes,

pronto de reyes volverás a ser38.


1865.

A la gran república Norte-Americana

Después de terminada la guerra civil

    De libertad al mundo eras maestra

mas aún su ciencia te negaba Marte;

y esa fraterna lucha te hizo diestra

de las crudas batallas en el arte.

   De tu pecho al valor y fortaleza,
5

por ninguna jamás sobrepujada,

se iguala de tu brazo la destreza

para esgrimir la ponderosa espada.

   Ya por civil saber eras Minerva,

mas hoy en todo a la gran Diosa igualas,
10

y pronto sentirá la Europa sierva

que a un tiempo eres Minerva y eres Palas.

   Ya el universo entero a desafío

provocar puedes, pues juntar te veo

a la destreza del pastor Judío
15

la fuerza del gigante Filisteo.

   Orgullo de la gente Americana,

tú, tú sola de ti maestra has sido,

porque nación ninguna pueda ufana

decir que en algún tiempo te ha vencido.
20

   Y así no te venció extranjera gente,

que una parte de ti venció a otra parte,

pues tú propia eras digna solamente

de vencerte a ti misma y de domarte.

   Y mientras que tu lucha a las esclavas
25

viejas naciones alegró la vista,

no sabían que fuerte te ensayabas

así del universo a la conquista.

   Ya no ha de lamentar el que te adora,

ni enrostrarte podrá quien te detesta
30

la esclavitud injusta y opresora,

al gobierno que ostentas tan opuesta.

   La Santa Democracia al ver se alegra

que la atezada estirpe, de tirana

suerte infeliz más que su rostro negra,
35

de quien niega la blanca ser hermana;

la que fue nivelada con el bruto,

y que parece que el semblante viste

de oscuras sombras y de eterno luto

para llorar su servidumbre triste;
40

   de sus graves cadenas despojada,

libre y dichosa, al asombrado suelo

pregona ya que no te falta nada

para ser de Repúblicas modelo.

   Al cielo, oh feliz negro, ensalza el nombre
45

del justo Lincoln, cuya pía mano

convierte al siervo miserable en hombre,

y en hombre de tal patria ciudadano.

   Mas, ¡ay cielos! tu triste voz lamente

su inesperado mísero destino,
50

cuando la honrada vida el plomo ardiente

le arrancó de frenético asesino.

   Como familia desolada y viuda,

llora su triste fin la unión entera;

ojos enjutos no hay, no hay lengua muda,
55

como si un padre cada cual perdiera.

   Mas en pesar, ¡oh gran Nación! tan fuerte,

por él te dueles, no por ti, segura

de que nada estorbar puede tu suerte

y tu inmensa grandeza y tu ventura.
60

   ¿Quién parar puede al Niágara potente,

cuando más despeñadas arrebata

sus ciegas ondas y fatal corriente

al salto de la inmensa catarata?

   Pues aún más fácil resistir sería
65

el curso irresistible de tu río,

que atajar el destino que te guía

a la cumbre de todo poderío.

   Y aunque es grande el que causa tu lamento

y digno sea de que tú le llores,
70

eres de grandes patria, y ciento y ciento

hijos tienes, iguales o mayores.

   Llore y gima sin fin gente Europea

héroes que cada siglo le da el hado,

y solitaria y huérfana se crea,
75

como Príamo de Héctor despojado.

   Que la Nación que a grande dicha cría

un hombre sólo entre infinita plebe,

en el lecho de su última agonía

desesperarse sin consuelo debe.
80

   Pero tú, si uno pierdes, no te olvidas,

aunque tu duelo el justo llanto vierte,

de que te quedan infinitas vidas

que te consuelen de una sola muerte.

   Tal, si entre luces fúlgidas sin cuento
85

desaparece rutilante estrella,

consuelan al poblado firmamento

mil y mil astros de la ausencia de ella.


    Tú que marcas con sangre tu camino,

beato tigre, loco sanguinario,

Nerón cristiano, místico asesino,

que envuelves el puñal con el rosario:

   tú que, el pan recibiendo que convierte
5

en el cuerpo de Dios el sacerdote,

a dar horrible dilatada muerte

sales, armado del sonante azote:

   tú que, después del celestial sustento

que la muerte te da, si a otros la vida,
10

comes del hombre el corazón sangriento,

siendo la humana sangre tu bebida:

   de América del Sur nuevo Luis Once,

mas de su ingenio y su prudencia ajeno,

que un pedazo de mármol o de bronce
15

tienes por corazón dentro del seno:

   tú que eclipsas las famas espantosas

de los monstruos más fieras y crüeles,

tu a quien envidia el execrable Rosas

los infames satánicos laureles:
20

   ¿Cuándo será que de tu horrendo yugo

respiren nuestros míseros hermanos,

y mueras bajo el hacha del verdugo,

para eterno escarmiento de tiranos?

   Que, aunque anhelara de uno al otro polo
25

ver abolida tan justa pena,

yo la dejara para ti tan sólo,

porque tú no eres hombre sino hiena.

   Mas no: más vale que el atroz convite

que te envidiaran las más crudas fieras,
30

tu famélico vientre al fin ahíte,

y por humana sangre ahogado mueras.


1865.

Al águila del norte

    ¡Oh tú que al ave celestial excedes

que en sus garras, de horror sobrecogido,

arrebató al Olimpo a Ganimedes!

¡Pues alegra la paz tu dulce nido,

ya por los aires remontarte puedes!
5

   Tiemblen las aves y orgullosas fieras,

y ponzoñosos lúbricos reptiles,

cuando las corvas uñas justicieras

y el pico agudo en tu peñasco afiles,

y, llamando a la lid, el viento hieras.
10

de tus inmensas vigorosas alas

tiemblen el raudo portentoso vuelo

con que deshecha tempestad igualas,

y ya desciendes, como rayo, al suelo,

ya el más remoto firmamento escalas.
15

   Estremecida de voraz deseo,

lanzar te escucho ensordeciente grito,

y el vuelo altivo remontar te veo,

cual devorar queriendo lo infinito:

consuelo a justos y terror del reo.
20

   Al triste Azteca, sin ayuda y flaco,

ya te miro valer en su abandono,

con que mis ansias y dolor aplaco;

y en su sangriento mal seguro trono

miro temblar al miserable Austriaco.
25

   Mas, apenas la Fama le pregona

que a la lid vengadora te previenes,

su mano el cetro trémula abandona;

y al suelo cae de tan viles sienes,

al aire de tus alas, la corona.
30

   Será de tu valor lauro segundo

que libre se alce la mayor Antilla;

ni mire gente alguna el Nuevo-Mundo

que doble al extranjero la rodilla

en su suelo vastísimo y fecundo.
35

    Traspasa luego el líquido elemento

que da al dorado sol tumba de plata,

y, conquistando un nuevo firmamento,

de tus garras coléricas desata

el rayo agudo, de partir sediento39.
40

   Trazando angosta luminosa senda,

y leves alas de rojiza llama

batiendo rapidísimas, descienda

donde el delito su caída llama

y aguarda ya la punición tremenda.
45

   Sobre altaneras coronadas frentes

ante quienes humillan los hinojos

de Europa sierva las cobardes gentes,

agota los flamígeros manojos

de tus trémulos rayos impacientes.
50

   Y mantos ardan, joyas, pedrerías,

palacios, tronos, cetros y coronas;

y a las cárdenas llamas y sombrías

del vastísimo incendio que ocasionas,

brillen las noches cual siniestros días.
55

   Tú desde lo alto con feroz recreo

verás la horrible hoguera a quien atiza

el sonante huracán de tu aleteo,

hasta que humosos mares de ceniza

sean de tu ira aterrador trofeo.
60

   Y, prosiguiendo tus tremendas sañas,

ya te miro del Águila Francesa

y del soberbio León de las Españas

en el seno clavar la aguda presa,

y abrirles con tu pico las entrañas.
65

   Nada resiste a tus justicias, y hasta

el Leopardo domador Britano

y ese a quien arma solitaria un asta

la altanera cerviz40, sienten que en vano

al valor tuyo su valor contrasta.
70

   ¡Ministra de la cólera divina

que con delitos tantos ya rebosa!

Amaga, aterra, hiere y extermina,

y cumpla tu venganza misteriosa

de lo pasado la fatal rüina.
75

   Pero, después que al crimen enemigo

abra tu enojo eterna sepultura,

y escarmiente a la tierra tu castigo,

América feliz duerma segura

de tus inmensas alas al abrigo.
80


1865.

A un fotógrafo

[Nota41]

    Da grima ver tanto europeo ingrato

que llega hambriento y con el pie desnudo,

y calumnia después, grosero y rudo,

al suelo que le dio pan y zapato.

   Dejaron de sus patrias las riberas
5

donde quizá no fueron ni criados,

y vienen a las nuestras, escapados

del presidio, tal vez o las galeras.

   Aquí más que su industria, nos arranca,

su engaño y mala fe nuestros dineros,
10

y se quieren meter a caballeros

tan sólo por tener la cara blanca.

   Tú, que le debes tu riqueza toda

al suelo a quien ahora le haces cruces,

y no adquirida con talento y luces,
15

sino merced a pasajera moda:

   tú, en quien la voz artista es profanada,

porque nunca el fotógrafo fue artista,

y siempre que la máquina está lista

el sol es el pintor, y tú eres nada:
20

   ¿Cómo forjar osaste tal novela,

despreciable, ridículo gabacho?

Mas sin duda escribístela borracho

después de alguna torpe francachela.

   Los excesos que Pintas, el insulto,
25

las heridas y muerte, robo y saco

todo, todo fue efecto del dios Baco

a quien tributas reverente culto.

   Una justa protesta, aunque ferviente,

donde fue muerto por su culpa un hombre,
30

¡suceso llamas que no tiene nombre,

ni en la historia ha tenido precedente!

   Recorre de la Europa los anales:

allí verás escándalos y horrores

y tu patria presenta los mayores
35

que con horror la fama hace inmortales.

   Jamás, jamás el universo olvida

de San Bartotomé la atroz jornada

que a Carlos vio desde su real morada

ser de los Hugonotes homicida.
40

   Ni olvida del terror el duro imperio,

que en toda mente para siempre impresa

está la atroz Revolución francesa

que convirtió la Francia en cementerio.

   Y dejando otra edad y entrando en ésta,
45

presente tiene el mundo horrorizado

el golpe sangrientísimo de Estado

que a Francia tantas víctimas le cuesta.

   ¡A hechos tales tu pecho horror no muestra;

mas tu ánimo se espanta y se contrista
50

al contemplar, severo moralista,

la corrupción y la barbarie nuestra!

   Vuelve a las playas que te son natales

de donde nunca salgas, y haga el cielo

que nunca pisen el peruano suelo
55

los que a ti, vil francés, sean iguales.

Si este pueblo a quien torpe satirizas

tuviera los defectos que le notas,

ya tú tuvieras las espaldas rotas

al golpe vengador de cien palizas.
60

   Pero el dejarte con el lomo sano

y el piadoso desdén con que te mira

es la prueba mayor de tu mentira

y de que él es magnánimo y humano.


1865.

A Santa Rosa

    Oh del Señor inmaculada esposa,

oh de pureza y de virtud modelo,

tú que la flor más bella y olorosa

un día fuiste del nativo suelo,

y hoy eres viva trasplantada rosa
5

en los floridos cármenes tel cielo;

flor que el Eterno con deleite mira

y cuyo aroma recreado aspira:

   orgullo del moderno continente,

y de sus pueblos inmortal patrona;
10

tú que circundas a tu blanca frente

de luceros espléndida corona;

oh el mayor timbre de la patria gente,

tú de quien este suelo más blasona

que del oro y la plata con que un día
15

el universo pobre enriquecía:

   vuelve los ojos a la triste tierra

que tanto amaste en tu primera vida;

los males mira que en su seno encierra,

los vicios mira que en su seno anida;
20

víctima vela de la cruda guerra

y furente discordia fratricida;

mira cuán presto en bandos se desune

la que extranjero agravio deja impune.

   No como el nombre de la raza hebrea
25

consientas, virgen, que a la gente humana

Ludibrio el nombre de peruano sea:

recuerda que también eres peruana;

que, aunque hoy celeste patria te posea,

aún eres en el cielo nuestra hermana,
30

y entre la dicha al pensamiento ignota,

aún eres nuestra dulce compatriota.

   La festiva ciudad que, aclamadora,

hoy su gozosa población aduna,

y ufana y reverente conmemora
35

tu milagrosa celestial fortuna,

vio de tu clara luz nacer la aurora

y el hogar guarda que abrigó tu cuna;

y aquí el cuerpo purísimo reposa

que fue velo de tu alma candorosa.
40

   Esta tierra a tus padres fue nativa,

tus padres que en castísimos amores,

enlazando de paz la verde Oliva

a las modestas inocentes Flores42,

eran vivo jardín, floresta viva
45

que daba de virtud blandos olores;

y la flor más balsámica y hermosa

de tan rico pensil era la rosa.

   Del eterno divino jardinero

por la mano vivífica plantada,
50

criada fue por su amoroso esmero,

y con celestes aguas rociada,

embalsamando el universo entero

y hechizando del mundo la mirada

con su fragancia y su beldad divinas,
55

guardó para sí sola las espinas.

   Las calles mismas que con pompa tanta,

de flores mil por alfombrada vía,

hoy recorriendo va tu imagen santa

entre humo vago que el incienso envía,
60

fueron holladas por tu viva planta,

siendo la tierna caridad su guía;

y estos templados aires bien conoces

que hinche el sacro metal de alegres voces.

   Esta la estancia fue do la mañana
65

te halló orando con labio fervoroso,

y donde el sueño con dulzura vana,

te convidaba a su feliz reposo:

este tu lecho, aquella la ventana

donde esperabas al divino esposo
70

que, en tu seno a su faz hallando abrigo,

dejaba el cielo por estar contigo.

   Aquí el florido y aromoso huerto

donde, invitadas por tu voz, las aves

al Señor tributaban un concierto
75

de alabanzas y cánticos süaves:

donde aún las hojas con murmullo incierto,

y aún los insectos con zumbidos graves,

como movidos por celeste encanto,

acompañaban tu inspirado canto.
80

   ¿Y será que en tu nueva patria mudes

el dulce amor de tu nativo suelo?

¡Ah! no: que de la tierra las virtudes

no cambian, sino crecen en el cielo:

al blando son de angélicos latidos
85

su voz levante tu piadoso celo,

y de Dios sin cesar en el oído

tu ruego suene, tierno y encendido.

   Sí, ruega siempre a la inmortal clemencia

por esta tu primera patria triste,
90

en donde con heroica penitencia

esa segunda patria mereciste:

ella que tu memoria reverencia,

aunque de tu alto ejemplo tanto diste,

en tus plegarias cifra la esperanza
95

de presente y futura bienandanza.

   Alcanza que el Eterno no consienta

que el hermano al hermano dé la muerte,

mas, desterrando la ambición sangrienta,

los divididos ánimos concierte:
100

haz que tu patria por la unión se sienta

Feliz y firme, vencedora y fuerte,

y que no quede con vergüenza inulto

del osado extranjero nuevo insulto.


30 de Agosto de 1865.

A la Sra. D.ª Carolina G. de Bambaren

Por su bellísima copia en miniatura de la «Virgen de la Silla» de Rafael de Urbino que se dignó ofrecerme

    Desde que el gran Rafael

dio al mundo, la maravilla

de la Virgen de la Silla,

trasladarla en copia fiel

procura en vano el pincel,
5

el buril procura en vano;

que no fue dado a otra mano

igualar la perfección

y la celeste expresión

de aquel grupo soberano.
10

   Mas tu ingenio, Carolina,

aun copiando débil copia,

la expresión y beldad propia

de esa pintura divina

cual por instinto adivina:
15

y, sin quedártele atrás,

hoy repetida nos das

en tan breve miniatura

la incomparable hermosura

que no miraste jamás.
20

   Pero su hechizo y beldad,

¡Cuánto más dulces me son

al ver que es precioso don

que me brinda tu amistad!

No de más preciosidad
25

me fuera el bello traslado,

si, de diamantes cercado,

cifrara inmenso caudal;

ni el sublime original

fuera de mí más preciado,
30

copia tan encantadora

me recordará al divino

pintor famoso de Urbino,

y a la bella copiadora;

en ella yo desde ahora
35

mi mayor riqueza fundo,

que con primor sin segundo

en mí para siempre liga

a mi dulcísima amiga

y al primer pintor del mundo.
40

   Al verla, ver creeré

la blanca tornátil diestra

tan linda como maestra

que el pincel guïando fue;

los grandes ojos veré,
45

en donde el numen centella,

que fijos tuviste en ella;

y de la virgen al lado,

ángel al grupo aumentado,

veré tu figura bella.
50


1865.

En la profesión

De la señorita Petronila Ramos

    ¿Y de padres y hermanos te alejas,

y adiós dices por siempre a la vida?

¿Y tus tiernos abriles convida

a sus goces en vano el amor?

¿Y renuncias al fausto y riqueza
5

que adornaron, oh virgen, tu cuna

y a los bienes que brinda fortuna

ni una lágrima da tu dolor?

   La ardua vía te muestra la hermana

que ya guardan las santas paredes.
10

Tú, que a su alto heroísmo no cedes,

fuerte cargas tan áspera cruz:

quiso haceros el rey de los cielos

como en sangre en virtudes hermanas,

y al desprecio de dichas mundanas
15

os dio presto clarísima luz.

   ¿No te arredra el tristísimo llanto

que derrama tu madre afligida,

ni la tierna postrer despedida

que tu amante familia te da?
20

   ¿No el oír, tras tus pasos cerrada,

resonar hondamente la puerta

de tu sacra prisión, que ni abierta

a tu helado cadáver será?

   Di ¿no sientes al ronco sonido
25

toda tu alma ocupar temblorosa

el horror que al cerrarse su fosa,

siente viva enterrada vestal?...

No, que nada tu pecho conturba,

ni te arredras, oh virgen, de nada,
30

bien juzgando con clara mirada

lo que juzgan los hombres un mal.

   ¡Ah! ¡cuán dulce y gloriosa es la suerte

a que te alza la gracia divina!

No la mente más gloria imagina
35

que logró tu feliz vocación:

si himeneos humanos esquivas,

otro logras más alto y glorioso;

que es Dios mismo tu amante, tu esposo,

y testigos los ángeles son.
40

   En los altos palacios del cielo

pulsar oigo las harpas de oro

al ardiente seráfico coro,

inflamado en más vivo placer:

y con voz cuya inmensa dulzura
45

no adivina el humano deseo,

solemniza el feliz himeneo

entre Dios y una humilde mujer.

   Hoy se digna con nudos eternos

enlazarse ¡oh portento! a su sierva
50

el que cielos y tierra conserva

con su eterna mirífica ley.

Un Señor de inefable grandeza

a mortal himeneo se allana,

cual se uniera a una pobre aldeana
55

poderoso magnífico rey.

   El nupcial juramento resuena,

ya te liga perpetua lazada:

¡ah! no vuelvas jamás la mirada

al vil mundo que dejas atrás:
60

¡Mundo vano, traidor, engañoso,

precipicio cubierto de flores,

nos prometes eternos amores,

y placeres de un día nos das!

   Dar humanos amores al alma
65

es dar sólo una mísera gota

a profunda vasija que, rota,

no llenarán las ondas del mar:

lo creado este abismo no colma;

y esta sed tan tenaz e infinita
70

todo un Dios, todo un Dios necesita,

y Dios sólo la puede apagar.

   El amor de terrenos esposos

ve nacer y morir breve día,

y su fuego se cansa y enfría,
75

y se muda en amargo desdén:

mas del célico esposo las llamas

se conservan por siempre ardorosas,

y jamás sus amantes esposas

desdeñoso o ingrato le ven.
80

   Cruda hiriendo tu cándido pecho,

a su pie los sagrados altares,

que tus lágrimas rieguen a mares,

noche día te escuchen orar:

en tu echo durísimo el sueño
85

breves horas cobije tu frente,

ni te dé tu virtud penitente

sino tosco y escaso manjar.

   No por ti, tierna virgen sencilla,

darte debes tan crudo martirio:
90

no por ti, que eres cándido lirio,

trasparente cristal, no por ti;

mas ofrece al Señor tus dolores

tu oración, penitencia y gemidos,

por los tristes mundanos perdidos,
95

por tu patria doliente... por mí.


1865.

Al señor don Ignacio Gómez

En contestación a la oda en liras que me dedicó

    De mi suerte las iras

seguir me niegan el vivir quieto

que tus hermosas liras

me pintan, y secreto

es de mis ansias perennal objeto.
5

   ¡Cuánta ventura goza

el morador de solitaria aldea!

En su pajiza choza

nada extraña o desea,

ni hay verdadero bien que no posea.
10

   Con el alba serena,

de las aves al cántico, madruga

a la usada faena,

que del tiempo a la fuga

retarda el vuelo y a su faz la ruga.
15

   Con la luz postrimera,

ufano vuelve a su mujer honesta,

que en el dintel le espera,

y la cena modesta

amorosa y solícita le apresta.
20

   Le rodea de hijuelos

el hechicero enjambre bullicioso;

y loando a los cielos,

feliz padre y esposo,

cierra el sueño su día venturoso.
25

   El triste vivir mío,

¡cuánto de su vivir es diferente!

El suyo es claro río,

quieta apacible fuente;

mar el mío, agitado eternamente.
30

   No con honestos lazos

circundará mi cuello esposa amante,

ni a mis brazos sus brazos

darán el tierno infante

que copie su bellísimo semblante
35

otro las alegrías s regocijos;

paterna goce y puros regocijos;

y en sus postreros días,

a sus males prolijos

den consuelo los hijos de sus hijos.
40

   No veré de mi mesa

la turba de mis nietos ser corona,

ni con planta traviesa,

en torno a mi poltrona,

se agitará festiva y juguetona.
45

   Son para el aldeano

la paterna heredad y humilde techo

todo un orbe mundano:

y a mi insaciable pecho

el vastísimo mundo viene estrecho.
50

   Él ni con el deseo

abandonó jamás sus dulces lares:

y yo triste paseo

por tierras y por mares

mi soledad eterna y mis pesares.
55

   En aquella ignorancia

inocente, tranquila y venturosa

en que vive la infancia,

él seguro reposa,

ni el ansia de saber jamás le acosa;
60

   Ninguna le es misterio

de cuantas leyes lo creado rigen;

de cuna y cementerio,

de nuestro fin y origen,

las tenebrosas dudas no le afligen:
65

   Yo, a quien paz no consiente

del negado saber el ansia aguda,

veo mi ciega mente,

de verdades desnuda,

solitaria vagar de duda en duda.
70

   La verdad me sentencia

a no mirar su lumbre suspirada:

y así toda la ciencia

por mi afán granjeada,

es tan sólo saber que no sé nada.
75

   ¡Tuviera la tranquila

dulce ignorancia que la fe respeta,

y no la que vacila

triste ignorancia inquieta

que aflige nuestras almas, oh poeta!
80


1865.

Ayuda a Chile

Versos escritos cuando la escuadra española bloqueaba los puertos de esta república

    No ausencia de entusiasta simpatía

de un pueblo hermano por la causa santa

enmudece la voz en la garganta

de Musa que el peligro desafía

y la verdad y la justicia canta.
5

   Entusiasmo y amor al pecho sobra

para que el labio a ardientes himnos abra;

mas ya el tiempo pasó de la PALABRA,

el tiempo es ya llegado de la OBRA

contra quien yugo a nuestros cuellos labra.
10

   Harto ya resonó la lira airada;

no más la lengua en gritos se desate:

hablen los hechos; y, soldado el vate,

la lira abandonando por la espada,

vuele con planta intrépida al combate.
15

   Sitiada así por el empeño loco

del vencido en Maipú y en Ayacucho,

no hablar con vana lengua a Chile escucho:

esa nación intrépida HABLA POCO;

esa nación intrépida HARÁ MUCHO.
20

   ¿Y será que mi patria en dar vacile

la noble ayuda que su hermana diola?

Si provocó la cólera española,

por venir a su voz, la heroica Chile,

¿Dejarla puede abandonada y sola?
25

   ¡Ah! si no por amor, por su decoro

y por lavar la afrenta que lo enloda,

hoy que la asedia la venganza goda,

darle el Perú sus naves, su tesoro

debe, y sus hijos y su sangre toda!
30


1865.

Imitado del quichua

    No más respondas incierto,

y pues que tus padres crudos

se oponen a nuestros nudos,

huye conmigo al desierto.

   ¡Eres hombre y del temor
5

te dejas así vencer!

Yo no temo, y soy mujer,

que audacia me da el amor.

   A la hora en que el sol más arde

yo tenderé mis cabellos,
10

toldo formando con ellos

que de sus rayos te guarde.

   Cuando el cansancio prolijo

mover no te deje el pie,

yo en brazos te llevaré,
15

cual madre amorosa al hijo.

   Si sed te abrasa encendida,

yo lloraré tanto y tanto,

que pueda mi triste llanto

darte copiosa bebida;
20

   y serán los ojos míos

dos inagotables fuentes,

donde tus labios ardientes

beban del dolor los ríos.

   Y, si te empieza a acosar
25

del hambre el fiero aguijón,

mi arrancado corazón

te ofreceré por manjar.


1865.

A la señorita D.ª Enriqueta Eléspuru

    Bien parece que, al crearte,

no te dio la suma diestra

tan celestial hermosura

y gracia tan halagüeña,

   sino por negarte dichas
5

y alegres horas serenas,

de éstas así descontando

lo que prodigó en aquéllas:

   pero, ¿cuándo, dime, cuándo

no fue infeliz la belleza?
10

¿Cuándo no fueron las gracias

blanco de la suerte adversa?

   Tu dulce hermana lo diga,

aquella Emilia hechicera

que en el abril de su vida
15

sepultó la oscura huesa.

   Tú de tu clara familia,

de Lima ornato y presea,

tan bella cuanto infeliz,

tan infeliz cuanto buena,
20

   la más desgraciada fuiste,

como fuiste la más bella,

pues era fuerza que iguales

desgracia y beldad midieras.

   Sólo alumbraron tu llanto
25

las tristes nupciales teas,

y donde otras hallan dichas

tú sólo lutos y penas:

   y por que ni perdonados

tus mismos encantos fueran,
30

hoy abate tu hermosura

horrible extraña dolencia,

   que de tus ojos divinos

los soles radiantes ciega

y el cuerpo airoso y flexible
35

a eterna calma condena.

       ¡Ay! ¡cuán otra mis recuerdos

te ven en mi edad primera,

cuando un ángel semejabas

recién bajado a la tierra
40

   y rivales no oponía

a tus once primaveras

la patria ciudad que sólo

beldades por hijas cuenta!

   ¡Cuán otra te vi más tarde
45

en Nápoles y en Florencia

y en las tumultuosas calles

de la capital eterna;

   cuando el altivo romano,

admirando a la extranjera,
50

su belleza anteponía

a la romana belleza,

   y parándose a mirarte,

seguía con vista atenta,

hasta perderlo distante,
55

tu abierto coche que vuela!

   Y al visitar a tu lado

las galerías soberbias

que, cual población marmórea,

millares de estatuas llenan,
60

   con atónitas miradas,

te vi, divina Enriqueta,

competir en hermosura

con las hermosuras de ellas,

   y parecer viva estatua
65

y animada efigie griega,

entre deidades de mármol

y entre mujeres de piedra.

   De las tres ínclitas Diosas

que al bello raptor de Elena
70

árbitro hicieron en Ida

de su insigne competencia,

   te comparaban mis ojos

con las efigies perfectas,

y adunar te vi de todas
75

las perfecciones diversas:

   que en la majestad a Juno,

en la pureza a Minerva,

y en la gracia te igualabas

a la dulce Citerea.
80

   Doquier que fuiste, el Hispano,

el Anglo, el Francés, el Belga

en ti prefirió a las patrias

la rara beldad limeña:

   coral que perlas abrían
85

era tu boca pequeña,

y tu frente y tus mejillas

rosas blancas y bermejas;

   tus ojos resplandecían

cual las hermanas estrellas
90

de Géminis luminoso,

en luz y en beldad gemelas;

    tu cuello hermoso y flexible

el ave envidiar pudiera

en cuyo disfraz fue Jove
95

furtivo esposo de Leda;

   no hay flor que al beso del aura.

con tanta gracia se meza,

cual tu talle se mecía

al mover tus blandas huellas;
100

   y del castaño cabello

la derramada madeja

toda entera te envolvía,

como el manto de una reina.

   ¡Ay! que para mí ese tiempo
105

ni para ti feliz era,

aunque sus horas fugaces

el alma de menos echa;

   porque siempre lo pasado

con deseo se recuerda,
110

aunque triste y doloroso

como lo presente fuera.

   Cierto que más infelices

somos hoy, cara Enriqueta,

dando el hado inexorable
115

a más años más miserias.

   Yo, enferma la débil carne

y el alma aún más enferma,

arrastro una triste vida

que larga muerte semeja;
120

   y entre tantas desventuras

no es la que menos me aqueja

el que hoy viviente cadáver

mis tristes ojos te vean.

   Mas tu mal no sobrepuja
125

de tu espíritu las fuerzas,

a padecer enseñado

desde juventud tan tierna:

   y cual roble a quien no abate

el furor de la tormenta,
130

cuanto más aquél se ensaña

crece más tu resistencia;

   sin que arranquen tus dolores,

cuando más fieros arrecian,

ni una lágrima a tus ojos
135

ni a tus labios una queja.

   A los más fuertes varones

tú, débil mujer enseñas

a sufrir, y de constancia

eres sublime maestra:
140

   del propio mal olvidada,

ajenos malos consuelas;

y cuando oyes de los tuyos

los ayes y las querellas,

   con relatos apacibles
145

con donaires los alegras,

y queja y llanto prohíbes

y regocijos ordenas:

   siendo el último prodigio

de la humana fortaleza
150

que todos sientan tus males

y tú sola no los sientas.

   Y yo aprender de tu ejemplo

tan alta virtud debiera,

mostrando menos al mundo
155

mis lágrimas y mis quejas,

   y oponer a las desgracias

el broquel de la paciencia,

imitándote en sufrirlas,

pues te imito en padecerlas.
160


1865.

Al doctor don Celso B***

    Si abarca fácil tu preclara mente

científicas verdades, ¿por qué, ciega

a la verdad, de las verdades fuente,

a Dios no mira, y los fulgores niega

de ese sol de las almas refulgente?
5

   No es hijo tal error de tu deseo,

ni el vicio te arrastró, pues considera,

dolido de tu insano devaneo,

en ti hoy el mundo por la vez primera

resplandecer virtud en el ateo.
10

   Alma perversa, más que mente oscura,

borrar logra la fe en el Infinito;

y siempre del ateo la locura

fue a la par desventura y fue delito;

pero en ti solo ha sido desventura.
15

   ¿Y a ver, oh dulce amigo, a Aquel no alcanzas

a quien canta una esfera y otra esfera

en reverentes armoniosas danzas,

y de quien no es la creación entera

sino un cántico vivo de alabanzas?
20

   Todo en la vasta creación le nombra:

¿No oyes, dime, cantar a las estrellas:

«Nosotras somos en azul alfombra

»de sus pisadas las lucientes huellas»,

y al sol: «yo soy su deslumbrante sombra»?
25

   El monte excelso que de huella humana

su virgen cima hasta los cielos sube:

«soy, dice, de su planta la peana»;

y «yo su carro soy», dice la nube,

«que le llevo a la estrella más lejana».
30

   «Soy su tremenda voz» retumba el trueno

«y yo» responde el rayo «soy su espada»;

«voy», ruge el Austro «de sus iras lleno»;

«soy de su alcázar la imperial portada»

proclama el arco de la paz sereno.
35

   Y desde el astro que la frente en oro

y llamas ciñe hasta la flor del valle,

en la ancha creación, templo sonoro,

no hay criatura que su nombre calle

y voz no sea del inmenso coro.
40

   Y este inmortal acento no aprendido,

y estas voces de todos escuchadas,

y este idioma de todos entendido,

¿será que no hablen sólo a tus miradas,

que tan sólo no suenen en tu oído?
45

   Mas, aunque el mundo con eterno grito

no me pregone tan augusto nombre,

esa voz exterior no necesito,

que en el amante corazón del hombre

con hondos caracteres le hallo escrito.
50

   Grabole él mismo con su santa diestra;

y esa profunda aspiración y vaga

que enciende sin cesar el alma nuestra,

sin que nada la alivie y satisfaga

en la tierra jamás, a Dios demuestra.
55

   Dios es Aquello que nuestra alma anhela,

mal contenta de todo lo terreno;

el blanco eterno a que, cual dardo, vuela;

el infinito mar en cuyo seno

perder ansiara su ambiciosa vela.
60

    Sí, Dios es todo: es la verdad secreta

que busca el sabio con tenaz porfía,

de toda ciencia cual postrera meta;

y es Dios lo que la ardiente fantasía

y el corazón persigue del poeta:
65

   lo que busca el amante en los amores,

lo que busca el artista en la belleza,

y busca el ambicioso en los honores,

y el avariento busca en la riqueza,

y en el claro laurel los triunfadores:
70

   lo que en la orgía buscan los beodos,

y en el torpe deleite el libertino;

que aún por indignos insensatos modos

van los humanos ese bien divino

con insaciable sed buscando todos.
75

   ¡Siempre, do quiera Dios! la humana gente

desde su origen y remota cuna

dobló a sus aras la sumisa frente,

y todas las edades una a una

a él inclinan su vuelo reverente.
80

   Bárbaro pueblo, en el desierto oculto,

si áureos palacios le levanta Roma,

en toscas aras le consagra culto;

y al par le nombra que el más rico idioma

el idioma más áspero e inculto.
85

   Sin ese ser tan grande y tan perfecto,

de nadie el universo comprendido

fuera alcázar real sin arquitecto,

libro fuera de frases sin sentido,

fuera sin causa solitario efecto.
90

   Mas de Dios clara prueba eres tú mismo:

tu ingenio, tu alma generosa y pía,

tu honradez, tu romano patriotismo,

y ese instinto feliz que al bien te guía,

vencedor de tu estéril ateísmo.
95

   ¡Quién palpable a tu mente hacer pudiera

que sólo la terrestre vestidura

muere de la divina pasajera,

y que la tenebrosa sepultura

es del hombre la cuna verdadera!
100

   ¡Dichosos dogmas! ¡esperanzas ciertas!

¡Anticipado Tártaro sería

nuestra vida misérrima, si abiertas

no esperase nuestra última agonía

de la profunda Eternidad las puertas!
105

   Di, ¿cómo puedes disfrutar de calma,

di, cómo algo en la vida te recrea,

di, cómo aspiras a gloriosa palma,

si abrigas, Celso, la terrible idea

de que fenece con el cuerpo el alma?
110

   Cuando partir para la eterna ausencia

ves a persona que te fue querida,

y a quien, postrada por mortal dolencia,

no pudo dilatar la dulce vida

todo el esfuerzo de tu vasta ciencia;
115

   ¿Qué alivio entonces quedará a tu duelo,

al pensar que al que acaba de dejarte

no volverás a ver ni aún en el cielo,

cuando la fe de que el que muere parte

es en tal trance el único consuelo?
120

   ¿Y tú mismo podrás, en la fijada

hora infalible de ese trance fuerte,

sostener con intrépida mirada

el aspecto terrible de la Muerte

y el más terrible de la eterna Nada?
125

   ¿Y podrás en tu lecho, moribundo,

recibir los adioses de la esposa

que te amó con cariño sin segundo,

sin la dulce esperanza religiosa

de volverla a encontrar en otro mundo?
130

   ¿Y ver podrás el doloroso llanto

que por ti viertan sus pupilas claras,

y oirás sus gemidos sin espanto,

si piensas que por siempre te separas

de quien tanto te amó y amaste tanto?
135

   Si fue tan dolorosa la partida

que os impuso una ausencia pasajera,

¿cuál será la postrera despedida?

¿Cuál será la partida que no espera

dulce regreso en la segunda vida?
140

   ¡Serán qué tristes los supremos vales,

si del mundo en que dices que termina

todo a la vez, sin la esperanza sales

que tu amor y el amor de Carolina

traspongan del sepulcro los umbrales!
145

   ¡Ni que reúna un día Dios clemente

en su dorado alcázar luminoso,

con nuevo lazo que su amor aumente,

la esposa amada y el amante esposo,

para no separarse eternamente!
150


1865.

A la amistad

(En el álbum de una amiga)

    Aunque de corte innúmera seguido,

el orgulloso Amor, tu bello hermano,

contigo aspira a competir en vano:

es grande, milagroso su poder;

mas, con poder igual, mayor pureza
5

asegura tu triunfo esclarecido,

que él no rompe los lazos del Sentido

ni las dulces cadenas del Placer.

   Mas nunca logra en ti, divino afecto,

el Sentido mezclar impura parte;
10

y desde aquí el mortal al contemplarte,

comprende cómo, en la ciudad de Dios,

se ama la noble angelical familia,

que, creada sin sexo diferente,

de un sólo afecto en la pureza siente
15

lo que siente el mortal partido en dos.

   Con la más lenta dilatada vida

tu duración y tu firmeza igualas,

que tú no tienes las inquietas alas

con que Amor siempre fugitivo fue:
20

cual clava de alta cumbre en dura roca

hondísima raíz roble gigante,

en base de granito o de diamante

así tú arraigas el inmóvil pie.

   Cual tal vez al Amor, duda no enturbia
25

a ti jamás, ni veladores celos;

tú, inmóvil y tranquila cual los cielos,

él, mudable o inquieto como el mar:

tú, siempre en un semblante permaneces,

y él, cambiando a cada hora de semblante,
30

es tal vez aún al Odio semejante

que también, al morir, suele engendrar.

   Ya de ilusión y de esperanzas lleno,

di al crudo Amor mis juveniles años;

mas amarguras sólo y desengaños
35

en su pérfida corte coseché:

harto por larga prueba escarmentado

de sus ansias y celos y pesares,

vengo, oh Diosa, a tus plácidos altares

a ofrecerte mis votos y mi fe.
40


1865.

Al coronel D. Mariano Ignacio Prado

Dictador del Perú

    ¿Y a los mismos que ayer de grave yugo

libertaron la patria, hoy de las leyes

la augusta voz enmudeciendo, plugo

darte un poder mayor que el de los reyes?

   El más audaz espíritu vacila
5

entre uno y otro parecer opuesto,

viendo que empuñas el poder de Sila,

si fausto alguna vez, ¡cuántas funesto!

   Suspensa entre el temor y la esperanza,

no sabe el alma si suspire o ría:
10

haz que incline y que rinda la balanza

el peso vencedor de la alegría.

   Firmes advierte el mundo los primeros

pasos que imprimes: más la senda es larga;

do quier la rompen precipicios fieros;
15

y tu hombro oprime ponderosa carga.

   De haber fiado su destino a un hombre

no hagas que gima un pueblo arrepentido:

tu blando imperio, bajo duro nombre,

el alma alegre, si ofendió el oído.
20

   Nombre al pueblo más dulce haz que te cuadre,

y en el Indio postrero abraza un hijo:

haz qua la patria te apellide padre:

prueben los hechos lo que el labio dijo,

   cuando, desde el balcón de tu morada,
25

cual vivo mar que enmudeciera atento,

inmensa multitud, alborozada

hablar te oyó con paternal acento:

   ¡muestra a la patria «que el peruano escudo

está en tu amante corazón impreso»43;
30

yo te escuchaba pensativo y mudo,

y que lloré, al oírlo, te confieso!

   Mas, aunque afecto tal tu voz nos muestra,

con prudente temor empero viendo

que hoy no usado poder arma tu diestra,
35

necesario tal vez, pero tremendo,

    la voz del bardo impávida te grita

que, aunque enmudezca ahora y sea vana

mudable ley en el papel escrita,

hay otra ley eterna y soberana:
40

   ley que borrar no puede dedo humano

y que al monarca y al jüez sentencia,

porque la escribe la divina mano

en su invisible libro: la conciencia.

   De esa ley inmortal siempre obediente
45

sé a las eternas prescripciones santas:

¡Ay de ti, si la olvidas indolente,

o si con torpe mano la quebrantas!

   No, así al hablarte, te demando excusa,

ni teme el alma que mi voz te hiera;
50

digno te juzga la severa Musa

de oír la voz de la verdad sincera.

   Tu alma, prendada de la gloria, tema,

el nombre tema de opresor nefario,

y de la justa Historia el anatema
55

que al vencedor te igualará de Mario.

   Pronto de Sila al usurpado imperio

vio suceder la tierra, ya latina,

la infame tiranía de Tiberio

y del hijo demente de Agripina.
60

   ¿Qué vale, dime, que el tirano muera,

si vive su memoria aborrecida

y si, para execrarle justiciera,

le da la Historia perdurable vida?

   Mas no a castigo tan remoto apelo:
65

cercano te le anuncio y vaticino,

si no cumples la ley que el Patrio suelo

llama a glorioso singular destino.

   Cuando a la dada fe no correspondas,

tome las justas iras populares
70

muy más terribles que las ciegas ondas

que airados alzan tempestuosos mares.

   No te envanezca peligroso mando,

ni el esplendor de pasajera pompa;

ni con su halago tan oculto y blando
75

el postrador deleite te corrompa.

   ¡Ah!, no te fíes en grandeza humana:

lo que hoy iluso dueño eterno nombra,

sin dejar huellas, pasará mañana,

rauda nave, humo leve, vana sombra.
80

    ¡El jefe vil que la suprema silla

sólo ayer mancillaba, te recuerde

cómo la inestable suerte nos humilla,

un prestado poder cómo so pierde!

   ¡Cuántos la patria nuestra semejante
85

de un gran teatro a la mudable escena,

vio nacer y morir en el instante,

torres alzando en movediza arena!

   Y fuera aquí delirio tan insano

firme esperar y duradero asiento,
90

como pedir firmeza al océano,

como constancia demandar al viento.

   No tan fieros los Ábregos y Notos

el mar revuelven, ni de ruinas tantas

cubren los espantables terremotos
95

este suelo que huellan nuestras plantas,

   cual de revoluciones agitada

es nuestra triste patria, y combatida;

fijo y en pie no persevera nada:

todo es mudanza y súbita caída.
100

   Mas no siempre será: mintió mi verso,

si predijo inmortal hado tan crudo;

y, si tú no eres a tu estrella adverso,

podrás tú solo lo que nadie pudo.

   Componer de discordes elementos
105

la antigua confusión y la pelea,

calmar las olas y adormir los vientos,

a ti da el cielo que posible sea.

   Tú del rugiente tenebroso seno

de un caos tan inquieto y tan profundo,
110

sacar pudieras, de armonía lleno,

de luz, de paz y de ventura, un mundo;

   mundo feliz que, libre de tiranos,

locas Revueltas con su voz no asorden,

y donde unidos, como dos hermanos,
115

reinen sin fin la Libertad y el Orden.

   Mas escucha: primero que el Estado

sobre inmóviles bases constituyas,

al aleve extranjero escarmentado

dejen por siempre las hazanas tuyas.
120

De Bolívar la fausta dictadura

Ayacucho nos dio, tumba de hispanos44:

tú segundo Bolívar ser procura,

y otro Ayacucho glorïoso danos.

   El regocijo y el clamor presento
125

en tu alma encienda, de la gloria amante,

la sed de dar a la peruana gente

júbilo igual en día semejante.

   ¡Ah! ¡no en vano en tu pecho mi voz siembre,

y traiga el año otro glorioso día,
130

claro rival del nueve de Diciembre,

y nuevo orgullo do la patria mía!

   Del negro oprobio que su lustre empaña

del Sol a la Matrona tú redime,

y de la injuria que nos hizo España
135

alcanza ser el vengador sublime.

   Y pues «la patria bicolor bandera»

dices que «el tierno corazón te envuelve»

su mengua siente, y su beldad primera

y su candor perdido le devuelve.
140

   Al vivo afán con que lavarla intentes

sus aguas todas te darán en vano

claros arroyos, cristalinas fuentes,

lagos y ríos, mares y océano.

   Devolverle su prístina blancura
145

sólo un baño pudiera, una agua sola:

sólo una agua de mancha tan impura

la pudiera limpiar: sangre española.

   Si tanto alcanzas, y al Ibero trono

escarmienta tu enojo y tu castigo,
150

de dictador el nombre te perdono,

y a ti me postro y tu poder bendigo.

   Pulsando entonces armoniosa lira,

mi generoso numen abrasado

del entusiasmo en la Celeste pira,
155

e nombre al cielo encumbrará de Prado;

y audaz hollando solitaria senda,

desatará con labio resonante

sublimes cantos que la Fama aprenda

y en su trompeta sonorosa cante.
160


Diciembre, 9 de 1865.

    Glorioso te proclaman las auroras

cuando naces, cual vástago imperial

y enciendes con tus luces y coloras

el dilatado pórtico oriental.

   Huye la fría lóbrega tiniebla,
5

huye el sueño tu alegre rosicler,

y el orbe todo de rumor se puebla

de luz y de colores por do quier.

Te ensalzan los ardientes mediodías,

cuando desde el cenit abrasador
10

sobre la tierra fatigada envías

mares de luz y de insufrible ardor.

   Y te enaltecen las purpúreas tardes

cuyo rostro coloras de carmín,

cuando del cielo como el rey aún ardes,
15

y es el de un dios tu esplendoroso fin.

   Y aun las noches, calladas pregoneras

de tu grandeza y de tu gloria son,

que el brillo de sus pálidas lumbreras

es de tu ausencia generoso don.
20

   Mueren a tu glorioso nacimiento,

náufragas en el mar de tu fulgor;

y en el vasto desierto firmamento

dominas, solitario emperador.

   Sólo reinar sin compañía alguna
25

a tu inmensa grandeza le está bien,

desdeñando el cortejo que a la luna

forman claras estrellas cien y cien.

   Ni de luciente corte necesitas,

que, solo, al día más fulgores das
30

que, juntas, sus estrellas infinitas

dan a la noche que se enciende más.

   ¿Qué mucho, si tan bello y tan fulgente

y tan fecundo y bienhechor te ve,

que dios te juzgue la sencilla gente
35

que el sol no alumbra de celeste fe?

   Y esta región que sobre todas amas

y en quien viertes tus dones sin cesar,

¿Qué mucho fue que a tus divinas llamas

en áureo templo consagrase altar?
40

   Todo süave fruto le sazona

y toda mies lo enrubia tu calor,

y por ti a su magnífica corona

ni hermosa falta ni fragante flor.

   No más puro zafir cobija al hombre,
45

ni en más verde jardín estampa el pie:

ella entre todas mereció tu nombre,

y tuyo el nombre de sus hijos fue.

   ¡Cuántos siglos tu luz la contemplaba

ser del Sur la triunfante emperatriz!
50

Mas la viste después vencida esclava

a quien hollaba Iberia, la cerviz.

   Y de su redención fuiste testigo;

mas ¡ay! de bien tan único a pesar,

la viste insana combatir consigo,
55

y sus propias entrañas desgarrar:

   imprimiendo, alentado, a su bandera

el mismo crudo y bárbaro opresor

el torpe ultraje de que el mundo espera

el sangriento, castigo vengador.
60


1865.

    No de tu eterna soledad te espantes

ni del dolor que te devora insano,

que esta suerte les cabe a los gigantes

que atrás dejaron el nivel humano.

   Mira crecer, y con desdén la tierra
5

dejando profundísima a su planta,

aislarse más la solitaria sierra

cuanto se encumbra más y se agiganta:

   ronco grito de cóndor altanero

es sola voz que de la tierra siente,
10

y sin fin lanza el huracán guerrero

dardos de fuego en su desnuda frente.

   Mas nunca do su noble desventura,

nunca de su destino se lamenta,

pues sabe que pagar debe su altura
15

con soledad, con rayo, con tormenta.

   Sufre pues mudo tu dolor profundo,

y halla, como las cimas, el consuelo

de estar tan lejos del ruidoso mundo,

en tu gloriosa vecindad al cielo.
20


    En vano, con palabras que desmiente

tu porte que alevoso nos maltrata,

tal vez te escucha la peruana gente

Hija llamarla, a tu cariño ingrata.

   Que, aunque a nombrarte nuestra tierna madre,
5

cambiando estilo, tu interés te arrastra,

nombre te damos que mejor te cuadre:

nombre de perversísima madrastra.

   Tenemos, es verdad, sangre española

con que a tus propios vicios nos condenas;
10

pero esa sangre, España, no es la sola

que circula por dicha en nuestras venas.

   Mas tú deliras, si blasonas única

sangre que impura mezcla no desdora,

que, entre mil, la fenicia, celta y púnica
15

tu sangre forman, con la hebrea y mora.

   Y, si hora nuestra, madre ser te agrada,

madre es tuya la gente sarracena,

que ayer no más al filo de tu espada

bañó en su sangre la africana arena.
20

    Mas de pasados males a despecho,

y aún cuando tuyos son nuestros resabios,

perdonarte pudiera nuestro pecho,

respetarte pudieran nuestros labios,

   si no fuera la tierra fiel testigo
25

de que, no ya como nación extraña,

mas cual linaje odiado y enemigo

siempre nos tratas, orgullosa España.

   No pueden perdonarnos tus enconos

el que tu yugo ya no padezcamos,
30

y en nosotros más siervos que colonos

no tengan ya tus coronados amos.

   Ya ser no nos perdonas libre gente

que gente planta mortal nunca se humilla,

y que sólo ante Dios dobla la frente
35

y sólo a Dios prosterna la rodilla.

   Si, ocultando tal vez tu negra saña,

bañas en miel la lengua ponzoñosa,

a nadie, a nadie tu león engaña

convertido en la pérfida raposa.
40

   Tu antiguo sueño sacudiste apenas,

y ya intentaste por la vez segunda

echar a nuestros brazos tus cadenas,

uncir a nuestras frentes tu coyunda.

   Ávida ayer y torpe y traicionera,
45

(no pienses que el castigo mucho diste)

del Perú pisoteaste la bandera,

y las peruanas islas invadiste.

   Y hoy a la noble Chile, que indignada

contempló tan horrenda alevosía,
50

sitia y bloquea tu feroz armada

que no arredra su heroica valentía:

   que, en encadenamiento así infinito

que a tu rüina y perdición te lleva,

cada delito engendra otro delito,
55

cada injusticia es fuente de otra nueva.

   Y mientras a tan bárbaros extremos

te arrojes y nos trates de tal suerte,

¿cómo quererte, di, cómo podremos,

cómo podremos, di, no aborrecerte?
60

   Y nuestra mengua no es, sino tu mengua,

que a España insultos y a su gente agravios

escuche el mundo en española lengua

crudos volar de americanos labios.

   Ni mi culpa sera, sino tu culpa
65

y de tus hechos torpes y perversos,

que su memoria la justicia esculpa

en mis acerbos castellanos versos.

   Harto ya tu codicia y tu arrogante

impía condición que nada doma
70

en el idioma resonó de Dante,

sonó de Shakespeare en el idioma;

   y en la francesa lengua y alemana,

y sueca y rusa, y en las lenguas todas

harto sonará la crueldad hispana,
75

harto sonarán las, infamias godas.

   Y ya los vicios de tu estirpe rancia,

y la codicia y corrupción de Iberia,

fanatismo, pereza o ignorancia,

moral atraso y material miseria,
80

   mal que le pese al español soberbio

que luz de gentes a su patria llama,

son en el mundo universal proverbio,

y eterna voz de la parlera Fama.

   Y así de lenguas en tan rica copia,
85

que pregoneras son de tus maldades,

sólo faltaba ya tu lengua propia,

y hoy, España, tú misma, tú la añades.

   Pronto habrán de aprender nuestros infantes,

si no reprimes tu insolencia extraña,
90

el idioma pomposo de Cervantes

para ofender y maldecir a España.

   Ni de ello te lamentes; lo has querido:

pero tiempo es aún, y si mañana

cambias tu porte, en generoso olvido
95

te alargará el Perú su diestra ufana.

   Si no, el labio estará siempre dispuesto,

y dispuesta estará siempre la espada

a contestar denuesto con denuesto,

a oponer cuchillada a cuchillada.
100


1866.

Versos leídos en el teatro

En la noche del día 14 de enero de 1866, en que se declaró la guerra a España y alianza con Chile

    Desde el día que vio la audacia ibera,

¡cuantas noches cerrar, cuántas auroras

miró lucir nuestra congoja fiera,

sin que el continuo vuelo de las horas

la hora de la venganza nos trajera!
5

   Vio el peruano a su amada patria bella

con ojos de rubor, en su mejilla

mirando aún purpurëar la huella

que la insolente mano de Castilla

con inicua traición estampó en ella.
10

   Mas ya llegó de la venganza el día

La hora sonó por el honor ansiada;

no más llanto y suspiros, patria mía:

alza al cielo la fúlgida mirada,

y en la justicia de tu musa fía.
15

   No vengas, patria, tus afrentas solas:

la deuda pagas a tu heroica hermana

que provocó las iras españolas

por darte ayuda, y que a la flota hispana

sulcar hoy mira de su mar las olas.
20

   Y ya, mirando la amenaza ibérica,

como una patria, como un pueblo solo,

la libre independiente Sur-América

desde el golfo de Méjico hasta el polo

Indignada levántase y colérica:
25

   y en natural indestructible alianza

y poderosa formidable liga,

clamando en fiera voz: «Guerra y Venganza»

se arma contra su pérfida enemiga,

y a la pelea impávida se lanza.
30

   Deja ya, Iberia, tu esperanza vana,

y a saber tu arrogancia se disponga

que de las naves que mandaste ufana

la suerte que ayer cupo al Covadonga

cabrá también a las demás mañana.
35

   Si en esa nave al pabellón hispano

ha sucedido el tricolor chileno,

pronto verá tal vez el océano

la Villa de Madrid por su ancho seno

pasear triunfante el pabellón peruano.
40

   Mas... peruano, chileno, ¡vano modo

de hablar! si en igual roto nos reünes,

blancos iguales del insulto godo,

glorias y triunfos nos serán comunes,

será común entre nosotros todo.
45

   No esperes de las naves el retorno

que a nuestras playas en mandar te afanes,

que, para gloria nuestra y tu bochorno,

ninguna volverá de Magallanes

e estrecho a pasar ni el cabo de Horno.
50


1866.

A José Ayarza

Con motivo de la muerte de la señora doña Dominga Ayarza de Amunategui

    Crezca sin tasa el doloroso llanto

que las mejillas férvido te inunda,

y que das a la muerte

de tu madre segunda,

que con inmenso amor supo quererte:
5

llora, sin tregua llora,

desde que luce el rayo de la aurora

hasta que duerme el día

entre los brazos de la noche fría:

¡que en tan amargos duelos,
10

en tan hondos pesares,

tener el desgraciado anhelaría

por ojos las estrellas de los cielos

y por llanto las ondas de los mares!

   ¿Y es posible, posible ¡oh dura suerte!
15

que la que ayer sentía,

que la que ayer pensaba,

la que ayer os amaba,

hoy tronco sea de materia inerte,

que ni oye la voz nuestra
20

ni el tacto siente de la usada diestra?

¿Qué fue del pensamiento?

¿Qué se hizo el sentimiento?

¿En dónde está la luz de la mirada?

¿En dónde, en dónde la expresión amante
25

que animaba el semblante?

¿Dónde el alma sensible, inteligente,

por entre el claro cuerpo contemplada,

como al través de vidrio trasparente?

   ¿Hay vigorosa mente
30

que la crüel necesidad comprenda,

de separarnos ¡ay! eternamente

del ser idolatrado

a cuyo dulce lado

fue do la vida la difícil senda
35

menos áspera y larga;

que con nosotros compartió la carga,

y que por tantos años, día a día,

fue nuestra inseparable compañía?

Eterno adiós ya dijo
40

al esposo ya hijo;

ya partió a la morada

por los tristes difuntos habitada;

allí duerme en estrecho

oscuro frío lecho
45

en donde es dura piedra su almohada;

y en donde solamente

su sombra silenciosa

de vez en cuando escuchará su nombre

leído por la voz indiferente
50

del que fije los ojos en su losa

al visitar el mudo cementerio:

¡Oh destino misérrimo del hombre!

¡Oh de la muerte lóbrego misterio!

   Era la vida en vano
55

de la que lloras un dolor perenne;

que el corazón humano

jamás la muerte en su dolor desea,

y eterno apego a la existencia tiene,

por infeliz que la existencia sea.
60

   Es igual nuestra vida

a una hermosa querida

que con desdén constate nos maltrata,

y más amada cuánto más ingrata.

   ¡Crüel alternativa! ¡trance fuerte!
65

O la vida, o la muerte:

la vida despedaza,

crucifica, atormenta sin medida,

y apurar hace del dolor la taza;

la invierte nos arredra e intimida,
70

y su recuerdo sólo nos espanta,

y erízase el cabello

y se hiela la voz en la garganta:

si es proceloso el mar en que navega

la humana estirpe ciega,
75

y está de escollos por do quier cubierto,

es más horrible y temeroso el puerto

donde su nave destrozada llega.

   Del mortal el destino,

entre la vida y muerte, semejante
80

es al del navegante

que, náufrago y asido a débil pino,

en medio del mar vasto,

su único asilo y esperanza viera

en islas, de antropófagos manidas,
85

donde de humanos vientres será pasto,

y que sólo evitara la mar fiera

abordando a sus playas homicidas.

   ¡Y el que se queda, en tanto

suelta a rienda al llanto
90

y se queja de Dios y desespera,

y nada ven sus ojos

que no irrite su pena y sus enojos!

La creación entera

de su mismo dolor vestir quisiera:
95

pero la creación indiferente

su desventura y su dolor no siente;

y, como cada día,

a su infortunio y aflicción ajeno,

derrama el sol sereno
100

a torrentes la luz y la alegría;

y ríe la floresta,

y ríe el prado ameno,

el dolor insultando con su fiesta;

y leda canta el ave,
105

y de aromas derraman un tesoro,

con él enriqueciendo el aura pura,

flores de nieve y escarlata y oro;

y en el vasto universo nada sabe

ni de saber se cura
110

¡cuál es la fuente de tan largo lloro,

cuál el objeto de dolor tan grave!

   Así, triste hijo, tu dolor quisiera

que hallasen tus miradas

en todos los semblantes, por doquiera,
115

las penas que te afligen retratadas:

y yo que te amé siempre con ternura,

y a quien unen contigo

desde tus tiernos días

mas que lazos de deudo los de amigo,
120

a sentir te acompaño tu amargura

y mezclo con tus lágrimas las mías:

solo y triste consuelo

que darte pueda en tan amargo duelo.

   Otra voz a enjugar te invitaría
125

el llanto acerbo que tu pena vierte

y a distraer dolor tan desmedido:

yo a más pena y más llanto te convido;

y ojalá que muy tarde a poseerte,

muy tarde venga el tenebroso olvido,
130

que es la segunda muerte.


1866.

Al señor don Manuel Amunátegui

Con motivo de la muerte de su esposa

    Ya cerraste los ojos que fueron

tus estrellas, oh mísero esposo:

ya escuchaste del labio amoroso

¡el postrero tiernísimo adiós!

Y padeces, de aquélla privado
5

que te fue tan leal compañera,

los dolores que el alma sintiera,

si partirla pudieran en dos.

   ¡Ay! ¡cuán mudas las solas estancias!

¡Ay! ¡cuán vasta la casa desierta!
10

¡De la aurora la luz te despierta,

y a tu lado tu esposa no ves;

ves a su hijo, le abrazas, sollozas,

y recuerdas que en íntimos lazos

otros dulces y tiernos abrazos
15

os ligaron un día a los tres!

   Ya con alas movidas apenas,

silenciosas, eternas, vacías

van midiendo sus horas tus días

en la triste quietud de tu hogar:
20

el dolor en la mesa te aguarda,

el dolor en el lecho te espera,

y te aguarda el dolor donde quiera,

y te hiere el dolor sin cesar.

   Una dulce ilusión de tus sueños
25

te la pinta tal vez a tu lado,

y oír piensas su acento adorado

que te dice: «despierta, Manuel»:

mas despiertas, los brazos extiendes,

y hallas mudo y vacío tu lecho,
30

y tu suerte maldices, deshecho

en tristísimo llanto de hiel.

   Ocho lustros la dulce costumbre

con sus lazos unió vuestras vidas,

que, en un cauce mezcladas y unidas,
35

ríos fueron que corren a par:

del consorte raudal despojado,

hoy, cual pobre arroyelo de estío,

tristemente doliéndose un río

solitario camina a la mar.
40

   De los años que sólo viviste

ocupaba tu mente el olvido,

cual si juntos hubierais nacido,

cual si juntos debierais morir:

y sin esa mitad tan querida,
45

sin su amor y perenne cuidado,

para ti jamás hubo pasado,

ni jamás para ti porvenir.

   Mas aquel que imposible creías,

que sin ella llegaras a verte,
50

Lo demuestra implacable la muerte

y le arranca a tu llanto la fe:

a tus ojos las Horas futuras

tristes doblan la pálida frente,

aumentando la pena presente
55

la ventura del tiempo que fue.

..............................

..............................

   Pues quedasteis aquí solitarios,

pobre huérfano y triste vïudo,
60

estrechad más y más vuestro nudo,

acreced más y más vuestro amor:

ese sólo consuelo te resta,

pobre esposo, en tan único duelo;

hijo triste, ese sólo consuelo
65

hoy te queda en tu inmenso dolor.


1866.

    Sigue un día a otro día,

oh dulce patria, y el rubor los cuenta;

que, impune todavía

injuria tan sangrienta,

son dos años la edad de nuestra afrenta.
5

   Como el hijo que llora

de la madre la pública mancilla,

bañe tu prole ahora

en llanto la mejilla,

al ver, patria, la mengua que te humilla.
10

   No en brazos de Amor duerma

el buen peruano, ni descanse o ría,

estando tu honra enferma:

destierre la alegría

hasta que llegue de tu triunfo el día.
15

   Tal día en fin cercano

contemplas, patria; que la armada ibera

ya surca el océano,

pidiendo tu ribera

do el escarmiento y el baldón la espera.
20

   Oh Abril, oh Abril, tú viste

el ultraje del pérfido enemigo

y nuestro oprobio triste:

sé tú también testigo

de la justa venganza y del castigo.
25


14 de Abril de 1866.

Soneto escrito al recibir la noticia del bombardeo de Valparaíso

    Juntó la Muerte ante su trono un día

a los ministros do su furia aciaga,

por dar la palma al que, de todos, haga

mas fiero el cargo que a su saña fía.

   Fue la sangrienta Guerra a la porfía,
5

el Terremoto que ciudades traga,

Incendio y Hambre y Peste, y cuanta plaga

sirve del mundo a la señora impía.

   El premio horrendo cada cual espera,

indecisa la negra Soberana
10

sus méritos iguales considera;

   mas viene España, y los laureles gana,

que es ella de las plagas la más fiera

y el gran azote de la estirpe humana.


El Garibaldi y la carta

    Rosana, tierna hermosura,

hechizo y lustre de Lima,

en su estancia solitaria,

con mano diestra y prolija,

mueve la aguja ligera
5

por una roja camisa,

de esas que el insigne nombre,

deben al héroe de Niza.

Para su novio la labra

a quien puro amor la liga,
10

artillero que guarnece

de Junin la batería;

ya su preciosa tarea

la bella virgen termina;

en blanco paño la envuelve
15

a todo con rojas cintas;

y en tierno amoroso llanto

inundadas las mejillas,

estos renglones escribe

al que ni un instante olvida:
20

   «Bien quisiera, oh mi dueño, tu Rosana

que el Garibaldi por sus manos hecho,

en vez de ser de tan delgada lana

que mal bastara a proteger tu pecho,

   fuera de mano de potente hada,
25

de impenetrable mágico tejido,

semejante a la túnica sagrada

de que ángel lidiador está vestido.

   Cuando en los riesgos de la lucha pienso

y crudos tiros de la Muerte ciega,
30

me oprime el corazón dolor inmenso,

y mi semblante en lágrimas se aniega.

   Quisiera que tornaras a mi lado

para escapar a tan feroz tormento...

Perdona: soy mujer: te habré enojado:
35

mas ya recojo mi cobarde acento.

   Y aunque te mire mi cariño expuesto

al ciego golpe de homicida bala,

oprobio fuera abandonar el puesto

que el honor, que la patria te señala.
40

   Por la patria es la lid: con pecho fuerte

lucha, y vuelve a mis brazos victorioso:

pero, si encuentras en el campo muerte,

allá en el cielo te diré mi esposo».

   Esto al guerrero adorado
45

escribe la hermosa niña,

casi en el papel borrando

con sus lágrimas la tinta:

dobla la carta, y solloza,

escribe el sobre, y suspira;
50

llorando sella, y llorando

papel y presente envía:

ante imágenes sagradas

a su devoción queridas,

juntando las blancas manos,
55

cae luego de rodillas;

y a Dios sus preces eleva

y a la Virgen sin mancilla,

y a la que hoy del cielo es Rosa

y un tiempo lo fue de Lima,
60

para que en las olas hundan

los bajeles de Castilla

los valerosos guerreros

que por nuestros lares lidian,

y que, tornando el que adora
65

con gloria, pero con vida,

ella que llorar no tenga

de la patria en la alegría.


30 de Abril de 1866.

    No ya, no ya, cual las aciagas veces

en que hermanos armaste contra hermanos,

las almas afligidas estremeces

      de los buenos peruanos.

   De Sur a Norte, de Ocaso al Este,
5

armado se levanta el Perú entero,

como una sola e impaciente hueste,

      como un solo guerrero.

   Que no eres hoy el execrable horrendo

monstruo maldito cuyo nombre espanta:
10

hermosas apariencias revistiendo,

      hoy eres justa y santa:

   santa para la patria y quien derrame

su sangre y por tal madre dé la vida;

mas para el torpe Ibero eres infame
15

      e injusta y maldecida.

   Hoy doble faz ostentas: una bella,

otra feroz que el corazón aterra:

ésta conviertes a la mar, aquélla

      conviertes a la tierra.
20

   Una faz a mi patria alborozada

alto honor y victoria vaticina:

presagia la otra a la española armada

      derrotada, oprobio, ruina.


19 de Mayo.

Versos escritos

En la noche del dos de mayo

    ¡Oh entusiasmo sagrado!

Padre ardiente de mártires y fuertes,

que a los guerreros invencibles haces:

de provocar y padecer mil muertes

los pechos que te sienten son capaces;
5

del número te ríes,

y en héroe al pusilánime conviertes.

¡Eres licor divino

con que el humano espíritu embriagado

se llena de un glorioso desatino,
10

de una sublime celestial locura:

por ti los riesgos de la lid no cura,

y magnánimo olvida

que en frágil cuerpo mora,

sujeto al rasgo de mortal herida;
15

desafiando la lluvia atronadora

de ardientes proyectiles,

cual si le fuera invulnerable veste

el duro cuerpo del tremendo Aquiles

o de impasible lidiador celeste!
20

   Para aquel que, en defensa de sus lares,

en bélico ardimiento se entusiasma,

víctima de la patria en los altares,

no, no es la Muerte el hórrido fantasma

que ve en su lecho el infeliz doliente;
25

no es esa reina de terror y saña,

de huecos ojos, de amarilla frente,

y mano, armada de voraz guadaña:

es alada doncella,

de faz resplandeciente,
30

como el semblante de la Gloria bella:

es celestial esposa

que a placeres eternos nos convida,

mil veces más hermosa

y más dulce y risueña que la Vida.
35

   ¡Bien en tan fiero desigual combate

lo probasteis, ilustres campeones

del honor de la patria y sus derechos,

que a la muerte opusisteis vuestros pechos

y caísteis al pie de los cañones!
40

¡Y tú, Gálvez heroico,

de Libertad amante inmaculado,

que en tan alta encumbrada jerarquía

pereciste lidiando cual soldado!

No la patria en tu losa
45

derrame vulgar llanto,

que a vida tan gloriosa

un tan glorioso fin correspondía:

eterno tema de sublime canto

serás a la peruana poesía;
50

su más insigne página y más clara

a tu nombre dará la patria Historia,

y ya un himno mi Musa te prepara,

digno quizá de tu divina gloria.

   ¡Oh tú, del quinto mes día segundo,
55

si al altivo contrario

eras grande glorioso aniversario,

selo también de hoy más a todo un mundo!

El Español te empaña,

torpe eligiendo de tu sol el rayo
60

para que alumbre tan inicua hazaña:

mas, cual brillante ensayo

de cuanto hacer aguarda contra España,

el Perú tiene ya su Dos de Mayo.

   Que esta lucha no es lucha pasajera,
65

que se decide en única pelea,

que a una generación tan sólo alcanza;

esta es lucha inmortal: quien de paz hable

por cobarde y traidor tenido sea;

odio irreconciliable,
70

ira, rencor, venganza,

como preciosa herencia

de América los hijos legaremos

a nuestra más remota descendencia...


    ¡Ay! que han llegado a tan horrible punto

mi desesperación y negro hastío,

que parece que encierra todo junto

del infierno el horror el pecho mío:

envidio el sueño eterno el difunto,
5

sin que se sienta el corazón con brio

para vibrar la cortadora espada

que en el seno me abisme de la nada.

   Noches insomnes paso, hora tras hora,

cual la noche que pasa el desdichado
10

que sabe con certeza que a la aurora

será del nuevo día ajusticiado;

miro por fin la luz despertadora,

que en nada cambia mi anterior estado,

y un día añade a mi vivir amargo,
15

cual noche triste, como siglo largo.

no me dejó de mis felices días

el destino implacable ni despojos:

merecen mis eternas agonías

eterno llanto de raudales rojos:
20

aunque fuerais el mar, lágrimas mías,

y fuerais las estrellas, oh mis ojos,

en tanto duelo, en infortunio tanto,

ojos faltaran y faltara llanto.

   La fiel memoria, contra mí ensañada,
25

y que ninguna desventura olvida,

ofrece de la mente a la mirada

cuantas desgracias lamentó mi vida:

en vasto mar de pesadumbres nada

el alma triste sin hallar salida,
30

ni divisar, cual náufrago, la playa

donde anhelante a refugiarse vaya.

   Y en tanto que sin término me aflijo,

escucho, dulce patria, la algazara

que levantas en justo regocijo,
35

solemnizando tu victoria clara:

bien sabes, patria, que no tienes hijo

a quien más seas que a este triste cara,

y si un consuelo mi dolor consiente,

el de verte feliz es solamente.
40

   Sé feliz, oh mi patria, sé gloriosa;

ciñan tu noble sien nuevos laureles,

mientras mi pecho de dolor rebosa,

mientras apuro del dolor las hieles;

yo cantaré tu gloria esplendorosa
45

aun sintiendo las ansias más crüeles,

y con el corazón despedazado

celebraré tu venturoso estado.

   Yo, patria, te daré una poesía

que ardiente, noble, vigorosa y fuerte,
50

te arme contra extranjera alevosía

y apacigüe tus bandos y concierte;

mas a veces también lágrima pía

pueda tu hijo afligido merecerte,

si con el canto de tu gloria alterna
55

la triste voz de su congoja eterna.


Mayo de 1866.

Versos que se suponen dichos

Por Segismundo al fin de «la vida es sueño»

    ¿Qué os admira? ¿Qué os España?

Si fue mi maestro un sueño

y estoy temiendo en mis ansias

que he de despertar y hallarme

otra vez en mi cerrada

prisión.


(Calderón: «La vida es sueño»)



    No os asombréis tanto, no,

si en la templanza que muestro

tan otro de mí soy yo;

un sueño ha sido el maestro

que tal cambio me enseñó.
5

   Temo, fiel a su lección,

que, cuando más la altivez

levante mi corazón,

me he de encontrar otra vez

en mi lóbrega prisión.
10

   Yo con mi ejemplo te enseño,

raza de Adán engañada,

que toda la vida es sueño,

y el mayor bien es pequeño

y la mayor gloria es nada.
15

   Nadie con dichas se engría,

cual se engrió el alma mía,

ni abatido desespere,

por más que hollado se viere

de adversa fortuna impía.
20

   Sufra su injusto poder,

y de la pena mayor

consuélese con saber

que es sólo un sueño el dolor,

como es un sueño el placer.
25

   Como, durmiendo, la mente,

dichas o desgracias sueña,

así, despiertos, nos miente

o triste vida o risueña

una ilusión más potente.
30

   Pues del más grande al menor

sólo es soñar nuestra ley,

decid, ¿qué importa en rigor

el que uno sueñe ser rey

y otro pobre pastor?
35

   ¿Y a mí qué me ha de valer

soñar que monarca soy,

yo que preso soñé ser?

Tan vano es mi cetro de hoy

como mi prisión de ayer.
40

   Y adversa o feliz la suerte,

opulenta o desvalida,

es forzoso que la muerte

venga al fin y nos despierte

de este sueño de la vida.
45

   Viva pues la humana gente

viendo que es fuerza que muera,

viva como solamente

dormida, y como si fuera

a despertar de repente.
50

   Quien me vio proceder ciego

del orgullo con la venda,

al fin de este caso atienda

y en mí considere luego

el escarmiento y la enmienda.
55

   Míreme entre tanta gloria,

humilde, templado, blando,

tratarla como ilusoria

y usar de mi alta victoria,

generoso perdonando.
60

   Y atentos todos estén

a obrar bien y huir el mal,

pues en vida un sueño igual

es tan sólo el hacer bien

lo verdadero y rëal.
65


    ¿Por qué padeces tan enormes penas?

¿Por cuál empresa tan audaz y loca

de Júpiter las iras desenfrenas,

y yaces circundado de cadenas

sobre desnuda solitaria roca?
5

   ¿A los hijos seguiste de la Tierra

que, aconsejados por la fiera Diosa,

al cielo hicieron temeraria guerra,

y amontonando sierra sobre sierra,

Pelion alzaron sobre Olimpo y Osa?
10

   Mas tu ayuda no obtuvo la quimera

con que intentaba su demencia osada

alzar empinadísima escalera

que hasta el cielo llegase, y donde fuera

cada montaña una gigante grada.
15

   Compadecerte del linaje humano

de los dones de Júpiter proscrito,

y al hombre dar con generosa mano

el radioso elemento de Vulcano:

¡ese fue tu magnánimo delito!
20

   Le igualaba del cielo la sentencia

de ciegos brutos a la abyecta plebe:

y si la luz del arte y de la ciencia

hoy hace menos triste su existencia,

a tu enseñanza, a tu piedad lo debe.
25

   Mas vanamente al Caúcaso lejano

con eternas fortísimas amarras

te hizo ligar el celestial tirano

y el águila en tu pecho clava en vano

su pico agudo y sus tajantes garras.
30

    En vano irrita su furor hambriento

el siempre vivo renaciente pasto

del palpitante corazón sangriento;

y en vano abrasa el sol y azota el viento

la atada mole de tu cuerpo vasto.
35

   Tan injusto cuán hórrido castigo

con sufrimiento indómito padeces,

sin que nunca el dolor pueda contigo

acabar que a tu bárbaro enemigo

Humi de engrías con cobardes preces.
40

   Nunca vendrá para su orgullo el día

que te arrepientas del robado fuego;

y, aunque es rey de los mundos, todavía

un contento le falta a su ufanía:

mirar tu humillación, oír tu ruego.
45


    Como en la soledad de su conciencia

retirado mortal habla consigo,

así mi vida sin disfraz te digo

y te muestro hasta el fondo el corazón:

y el tuyo me descubres, y engolfados
5

en ese blando platicar estrecho

que cual cristal nos transparenta el pecho,

horas y días cual instantes son.

   La ausencia, tumba de menor afecto,

los ciegos cambios de la Suerte impía
10

y la mano del Tiempo, desafía

una amistad tan verdadera y fiel;

y cuando intente con su aguda espada

nudo romper tan enlazado y fuerte,

verá con ira la sedienta Muerte
15

sus duros filos embotarse en él.

   ¿Qué es para el alma, que al unirse a otra alma

del raudo tiempo el suceder olvida,

qué es la más lenta dilatada vida

sino un instante que pasará ya?
20

En mí tú sientes, como en ti yo siento,

que, a pesar de la Muerte y su crudeza,

la amistad nuestra que en el mundo empieza

en el cielo por siempre durará.

   Me verá lamparilla vigilante
25

altas verdades indagar contigo,

y un libro ser nuestro tercer amigo

que más estreche nuestro lazo aún.

Yo al arte consagrado, tú a la ciencia,

siguiendo cada cual su propio instinto,
30

aspiraremos a laurel distinto,

mas con esfuerzo idéntico y común.

   Mas no sólo del ansia de la gloria

en nuestros pechos arderá la llama

para que así los labios de la Fama
35

altos loores sin cesar nos den:

gloria ansiaremos para que esta gloria

también la gloria del Perú acreciente,

siendo siempre nuestra ansia más ardiente

de nuestra patria el esplendor y el bien.
40

   ¡Ah! ¡mil veces nosotros venturosos,

si por nuestra obra grande y bienhechora

lucir la patria la risueña aurora

viera de glorioso porvenir!

¡Mas felices aún, si siempre juntos,
45

así ganando la mayor corona,

como un tiempo La-Rosa y Taramona,

por la patria lográramos morir!

   ¡Y juntos nuestros restos guardaría

un sólo monumento que, cual ara
50

de amistad y de gloria, visitara

religiosa la fiel posteridad!

Y oyeran nuestras sombras consoladas

decir con pío reverente labio:

«¡Héroes amigos! ¡oh poeta! ¡oh sabio!
55

De la Patria los votos aceptad!»


Lo bueno de este mundo

    No es justo que viva el alma

siempre acongojada y triste,

que, aunque el mejor este mundo

no es de los mundos posibles,

cosas tiene todavía,
5

entre mil que nos afligen,

para solaz y consuelo

de los hombres infelices:

hay aromáticas flores

que esmaltan ricos matices;
10

pájaros que dulces cantan,

aguas que sonando ríen;

noches de luna; mujeres

con rostros de querubines;

de amistad dulces coloquios
15

y de amor indefinible;

tiernas y amorosas madres

que sin cesar nos bendicen;

hay el poema de Dante

y los de Homero sublimes,
20

y hay cuadros de Rafael

y hay música de Rossini.


1866.

El eco y la sombra

    Dios con el hombre a quien ama

siempre liberal y bueno,

un eco le dio a su voz

y dio una sombra a su cuerpo;

   queriendo así que, aunque huelle
5

los más desnudos desiertos,

del todo solo no vaya

y lleve dos compañeros.

   Al uno mudo contempla

ir a sus pies en el suelo,
10

su movimiento ajustando

a su mismo movimiento.

   Al otro invisible escucha

que responde a sus acentos,

repitiendo a la distancia
15

sus sonidos postrimeros.

   La sombra a los ojos sirve

de compañía y consuelo,

y es consuelo y compañía

de los oídos el eco.
20

    De la sombra se imagina

el solitario viajero

que sus pasos acompaña

taciturno esclavo negro;

   y del eco se figura
25

que amigo invisible genio

con él a solas conversa,

su largo viaje siguiendo.


1866.

A la flor del chirimoyo

    ¡Oh flor del trópico ardiente,

flor cuyo aroma divino

embriaga cual dulce vino

que hace delirar la mente:

   ¿qué importa, di, que no muestres
5

los deslumbrantes colores

de tantas altivas flores,

brillantes joyas campestres?

   Si ricos matices Flora

rehúsa a tu verde estrella,
10

de las fragancias en ella

la más divina atesora.

   Y a blancas flores y rojas

puedes disputar la palma

por el aroma que es alma
15

de tus balsámicas hojas.

   Más perfumas un retrete

o vastísimo aposento

que de cien flores y ciento

espléndido ramillete;
20

   y en los ardores del día

haces que lejos trascienda

como magnífica tienda

de varia perfumería.

   Entre flores decir puedes
25

que el alto lugar disfrutas

que merece entre las frutas

la que anuncias y precedes;

manjar que sólo debía

servirse en regio convite
30

y cuyo gusto compite

con la celeste ambrosía.

   Tal vez, en su ardiente seno

la beldad te anida, como

rico cristalino pomo
35

de esencia fragante lleno.

   Mis sentidos, flor del cielo,

no hartas ni ofendes jamás,

y cuanto te aspiro más,

aún más aspirarte anhelo.
40

   Y juzgo, cuando te siento,

que en ti la Diosa de amor

guardó la más pura flor

de su celestial aliento.


1866.

    ¡Cómo hasta el alma me llega

mirar el llanto tenaz

con que tu pupila ciega

silenciosamente riega

lo marchito de tu faz!
5

   Para la vista y el llanto,

mezclando el mal con el bien,

ojos nos dio el cielo santo:

mas ¡ay! tus ojos no ven,

¡ellos que lloraron tanto!
10

   Fuentes de mar encendido,

muertos a luz y color,

vanos son para el sentido;

sólo sirven al dolor

que puso en ellos su nido.
15

   Despertando a la natura,

en vano el brillante día

sucede a la noche oscura:

para ti, muy más sombría,

noche sempiterna dura.
20

   ¡Qué de gozos tienes menos

y que de bellezas pierdes!

Cielos limpios y serenos,

frescos valles, campos verdes,

y prados de flores llenos.
25

   ¿Cómo será que concibas

lo que son excelsos montes,

aguas bullentes y vivas,

infinitos horizontes

y lejanas perspectivas?
30

   ¡Infeliz, que el elocuente

rostro humano no conoces,

y hablar no ves juntamente

la faz de aquel cuyas voces

tu oído entre sombras siente!
35

   En vano la creación

allá en lo alto y a tus plantas

ostenta su perfección:

para ti bellezas tantas

como si no fueran son.
40

   Para tu muerta mirada

que nunca la luz alegra

la creación enlutada

es una página negra

del gran libro de la Nada.
45

   Mas, si a tus ojos faltar

pudo el oficio de ver,

¡con cuánto exceso el pesar

cumplir les hizo el deber

y el oficio de llorar!
50

    Para la vista y el llanto,

mezclando el mal con el bien,

ojos nos dio el cielo santo:

mas ¡ay! tus ojos no ven,

ellos que lloraron tanto!
55


1866.

A la felicidad

    Yo vi que no eran tu mansión mis lares,

amada entre las Diosas, y por ti

surqué extranjeros procelosos mares,

y apartadas regiones recorrí.

   Y cada orilla que tocó mi prora
5

con labio ansioso preguntar me oyó:

¿Aquí, decidme, la Ventura mora?

Mas ¡ay! doquier me respondieron: ¡no!

Id más allá: no mereció este suelo

que su áurea planta se imprimiera en él:
10

y sin cesar su arrebatado vuelo

sigue de playa en playa mi bajel.

   Y nunca abordo a la feliz ribera

donde me digan: La encontraste ya:

antes hiere mi oído donde quiera
15

ese eterno terrible ¡más allá!

   Así del mundo infante en el misterio,

anhelando tu asilo encantador,

las islas de Fortuna y el hesperio

jardín buscaba el hombre soñador.
20

   Mas, viendo que en las playas no resides

de su natal Mediterráneo mar,

mas allá de los términos de Alcides

tus islas bellas se lanzó a buscar.

   Y en el remoto piélago de Atlante
25

intrépido guïando su timón,

una siempre, esperando más distante

el fugitivo umbral de tu mansión.

   Y en el vasto Pacífico océano,

tras siglos largos, penetró también;
30

pero, sus playas recorriendo en vano,

no halló en ninguna el suspirado Edén.

   Mas siempre en lo ignorado todavía

su fe cifraba y su ilusión tenaz;

y más lejos, más lejos repetía,
35

y nunca daba a su carrera paz.

   Holló comarcas donde reina sólo

de eterno estío el implacable ardor,

y hasta los hielos últimos del polo

lanzó el audaz bajel explorador.
40

   Y hoy que el nativo globo descubierto

por donde quiera el desdichado ve,

¿A qué mar, se pregunta, y a qué puerto

para encontrar a la Ventura iré?

   Mas, aunque nunca a poseerte alcanza,
45

y a todos ve su decepción común,

no se rinde y fallece su esperanza,

y persevera su deseo aún.

   Que otra playa lo queda donde vaya

de tu hermosura misteriosa en pos,
50

y es la del cielo esa postrera playa

adonde puso tu morada Dios.

   Gozando allí lo que región alguna

le dio del mundo, encontrará por fin

las islas verdaderas de Fortuna,
55

de las Hesperias el rëal jardín.

y sois vosotras esas islas bellas

donde el hombre infeliz ha de abordar,

refulgentes altísimas estrellas,

doradas islas del celeste mar.
60


1866.

A la mitad de mi alma

    ¿Cundo será que los cielos

a ti piadosos me junten,

mitad ausente del alma,

beldad misteriosa y dulce?

   Tú que tan bella y perfecta
5

concibe mi ardiente numen,

sin que una sombra ligera

tantas bellezas anuble.

   ¿Quién me dirá donde moras,

qué extraña región te encubre,
10

qué isla de aquellas que cantan

los poéticos laudes?

   Quizá en la opulenta Europa,

incógnito transeúnte,

en rumorosos paseos,
15

entre inmensa muchedumbre,

   con miradas distraídas

a tu lado pasar pude;

¡y nada me dijo el alma

y tu presencia no supe!
20

   ¡Quizá en pública morada,

junto a ti hospedaje tuve,

do sólo delgado muro

de tu beldad me desune!

   ¡O tal vez cuando surcaba
25

del mar los campos azules,

te llevaba a opuesta orilla

veloz divisado buque!

   A veces la ilusa mente

a otra contigo confunde;
30

mas, presto desengañada,

ve que no hay quien te simule:

   ve que a ninguna te iguala

sin que tu beldad injurie,

y que ninguna fue digna
35

de que mi amor la tribute.

   Tras los floridos Abriles

van los nublosos Octubres,

y no te hallo, dueño mío,

y tu ausencia me consume.
40

   Acaso también me buscan

tus ardientes inquietudes,

y es, como el mío, el anhelo

con que me llamas inútil.

   ¡Ah! quién sabe si tú moras
45

por encima de las nubes

en esas islas brillantes

que la noche nos descubre,

   más cerca de los palacios

donde Dios sin sombras luce
50

a las miradas absortas

de los ardientes querubes.

   O quizá siendo este suelo

el que mereció tu lumbre,

ha ya infinitas edades
55

que frío mármol te cubre;

   y admiró tu claro ingenio

y tus divinas virtudes

y tu celestial belleza

otro siglo más ilustre.
60

   O quizá quieren los cielos

que tu nacimiento alumbre

futuro remoto día

que la mente no descubre.

   Tal vez será que el cuidado
65

el pecho entonces no turbe

y que de dolor y vicios

la humanidad esté inmune.

   ¡Ah! ¡por qué no quiso el cielo

que fueran las horas dulces
70

de tan venturosos días

a entrambas vidas comunes!


1866.

El año y la vida humana

    El cano Invierno con rigor impera

sobre campiñas desoladas ya;

mas de nuevo la joven Primavera

con blandísimo cetro reinara.

   Es el Año una imagen de la vida
5

desde la infancia hasta la edad senil;

muere en tumba de hielo, y en florida

cuna renace en el risueño Abril.

   Mas si del Año en giro sempiterno

sucede nueva infancia a la vejez,
10

del hombre frágil tras el mustio invierno

no ríe Abril por la segunda vez.


De cantos populares toscanos

I

    Breve carta, oh bella infiel,

mi inmensa pasión mal pinta:

y si la mar fuera tinta

y el cielo fuera papel,

antes que poder pintar
5

mi amor y constante duelo,

se llenara todo el cielo

y se secara la mar.

II

   ¿No te parece, di, mortal pecado

robarme y no volverme el corazón?
10

¿Qué sacerdote, di, te ha confesado,

que te ha podido dar la absolución?

III

   A Roma la celebrada

para ver San Pedro fui,

y estuve casi en la entrada:
15

pero me acordé de ti

y me volví sin ver nada.

IV

   A mirar el cielo ven:

¡Qué de estrellas! pues son más

los pesares que me das
20

con tu continuo desdén.

V

   Dicen que a casarte vas:

¡Ah! no te cases: espera;

deja que ésta triste muera

Y después te casarás.
25

VI

   Perdí mi corazón, y todos dicen

que tú lo has encontrado:

devuélvemelo pues, niña del alma,

o dame el tuyo en cambio.

VII

   A ti pie siento llevar,
30

privado de mi albedrío,

como el arroyuelo al río

o como el río a la mar.


1866.

El dos de mayo

I

   Ardiente Numen mío,

de quien es alma patriotismo santo;

tú que fuiste el primero

en levantar el indignado canto

contra el ultraje del inicuo Ibero,
5

y la voz despertando de otros vates,

con tu clamor guerrero

encendiste la patria a los combates:

hoy que triunfante sonreír la miras,

al universo cuenta
10

la vengadora lid y alta victoria

con que días de afrenta

convierte en siglos de radiante gloria.

II

   Sonó en nuestras riberas

voz espantada de la rauda Fama,
15

que narraba el escándalo inaudito

con que las españolas naves fieras

prendieron cruda llama

en puerto inerme de la heroica Chile:

se alza doquiera de venganza un grito;
20

no hay corazón peruano que no anhele

ver llegar a los torpes incendiarios

para que paguen tan atroz delito:

irrita la tardanza

el impaciente anhelo de venganza:
25

nadie hay que de su puesto se desvíe

ni del fiero peligro el paso tuerza:

se burla el patriotismo de la fuerza

y el denuedo del número se ríe.

   Arriba al cabo la feroz armada
30

que ya, cual suele, nos venció en idea,

y en su insensata vanidad ni aún piensa

que diestra se alce a contrastarle osada

y a oponerle brevísima defensa.

   Cual la justicia humana
35

deja de vida fugitivo plazo

al que la ley a perecer sentencia,

así el caudillo de la flota hispana,

ya suspendiendo el fulminante brazo,

tres días nos concede en su clemencia
40

para esperar la inevitable ruina

que su justa venganza nos destina.

   Mas no a vil muerte, sino a noble lucha

el peruano valiente se apercibe,

y la amenaza escucha
45

con desdeñosa mofadora risa:

los marciales aprestos acelera,

y con ardiente prisa,

del resonante mar en la ribera

bélicos aparatos improvisa
50

que, de virtud maravillosa llena,

brotar parece la fecunda arena,

como si la golpeara

de diestro mago la potente vara.

   ¡Oh entusiasmo! ¡oh ardor que no consiente
55

ser descrito jamás de humana lira!

Parece que en el aire se respira,

o que invisible eléctrica corriente

le lleva y comunica por doquiera;

y cae sublime universal contagio
60

que hasta del más cobarde se apodera

es ya de la victoria venidera

clara prenda, certísimo presagio.

   Lima al vecino amenazado puerto

su enardecida población traslada,
65

y de incesante turba apresurada

se ve el camino blanquëar cubierto:

del mar azul junto al movible llano,

la muchedumbre que su playa inunda

y, al fuerte impulso del trabajo activo,
70

baraja sus enjambres bullidores,

es otra mar segunda,

es un piélago vivo

de pintorescas ondas de colores.

En rivales esfuerzos combinados,
75

cada brazo se emplea

en tan santa patriótica tarea,

que iguala razas, nivelando estados:

que el corazón peruano es el que late

en el pecho del pobre
80

a quien tiñe la faz ébano o cobre,

y en el del blanco y rico y del magnate;

y hoy contra el desdeñoso

orgullo insano y proceder perverso

y la codicia pérfida española,
85

es el Perú vastísimo coloso

de rostros ciento de color diverso,

de blancas, negras y amarillas manos,

pero de un corazón y una alma sola.

III

   Musa de las batallas, ven y dame
90

con diestros labios alentar tu trompa,

que con hórrido son los aires rompa

que a lo lejos en torno se derrame:

haz que truenen mis versos, y veloces

vuelen del labio que tú inspiras, como
95

igneas saetas o encendido plomo,

tronantes rimas o inflamadas voces:

retumbe y vibre en ellos, como pudo

en los aires entonces,

el trueno horrisonante y rayo agudo
100

de mortíferos bronces:

torne a ser el estrago horrendo y crudo

y el herir y el matar en mis guerreras

estrofas, de la lid renovadoras;

y el glorioso combate de quien horas
105

fueron la edad veloz y fugitiva,

    como en lienzo que fiel lo represente,

para siglos sin fin haz que reviva

y que dure en mi canto eternamente.

   Mas ya siento en mi pecho que rebosa
110

y en mi agitada sien apenas cabe

tu inspiración, oh Diosa;

y en ágil vuelo pronto,

cual si en la espalda me nacieran de ave

encumbradoras alas, me remonto;
115

irresistible impulso me levanta

sobre la tierra y anchuroso ponto;

y en el sereno cristalino campo

del éter vasto, con segura planta

los firmes pasos orgulloso estampo:
120

hierven en mí los versos impacientes;

a mi trémula boca

altas voces afluyen a torrentes,

que en rápida cadena

un arte superior liga y coloca;
125

y mi ágil pluma con presteza rara

los albos pliegos ennegrece y llena,

como si escrito canto trasladara.

IV

   De la ardua lid al corazón sediento

luce el alba por fin del Dos de Mayo;
130

y cuando en la mitad del firmamento

desde el sol su más ardiente rayo,

en los aires serenos,

que creó Dios a la tormenta ajenos

y que hoy osa turbar furor humano,
135

principian cruda guerra

la ibera tempestad del océano

y la peruana tempestad de tierra:

retumba ronco trueno de contino

del huracán marino,
140

y sin cesar responde ronco trueno

del huracán terreno;

del humo negro dilatadas nubes

cambian el claro día en noche densa

por relámpagos mil do quiera rota;
145

espesa lluvia de granizo ardiente

ondas y tierra sin cesar azota:

y todo, todo, en confusión inmensa,

en nuestras playas apacibles miente

el estrago y el ímpetu y la saña
150

con que desraiga selva corpulenta

y en truenos y relámpagos revienta

furiosa tempestad de la montaña.

   Como león ayuno se abalanza

a la segura presa,
155

tal desdeñoso se abalanza el Godo,

mas que de lid, hambriento de matanza:

pronta victoria aguarda

sobre la vil afeminada gente,

de España hija bastarda,
160

del brazo no, mas de la voz valiente45;

pero su triunfo tarda,

y de tan largo resistir se admira,

y su desdén primero

trueca el soberbio en impaciente ira.
165

   Como resiste secular encina,

afianzada en hondísimas raíces,

al ímpetu del cierzo,

y ni aún la frente inclina,

así resiste el peruviano esfuerzo;
170

y, al ver el español que no se abate

más y más dobla su iracundo embate;

y con frecuencia igual, de cada parte,

serpëando entre nubes de humareda,

raudos vuelan los rayos con que el arte
175

los del tonante Jehová remeda.

   No ha pasajero instante

en que del trueno el hórrido estampido

no ensordezca el oído,

y en que del rayo la siniestra lumbre,
180

los atónitos ojos no deslumbre;

y cual propio elemento de la Muerte,

en ruido y luz el aire se convierte.

Parece con las armas del Averno

lidiarse la batalla;
185

y balas silbadoras,

bombas atronadoras,

esparcida metralla,

y formas ciento y diferencias miles

de letales ardientes proyectiles,
190

que cruzan encontrados sin sosiego

los espacios celestes,

cubren entrambas huestes

con resonante bóveda de fuego.

   Tiembla en torno el terreno,
195

como si el Terremoto en lo profundo

de su cóncavo seno

sus titánicos miembros prisioneros

bramando sacudiera, y furibundo

de su cárcel la bóveda golpeara
200

con vigorosa resonante frente,

y por romperla indómito pugnara,

de sus duras prisiones impaciente.

   Igual a cada parte, entre sangrientos

horrores, se mantiene la lid cruda
205

de quien teatro son dos elementos;

y cada combatiente semejando

al elemento mismo que lo encierra,

si como el mar el Español asalta,

el Peruano resiste cual la tierra,
210

o como excelsa roca a cuya planta

el mar sus ondas túmidas quebranta.

   Y en vano tú, vastísima Numancia,

al Leviatán inmenso semejante,

del océano emperador tremendo,
215

frente a la playa inmóvil te colocas,

llama con humo y horroroso estruendo

vomitando a la vez por tus cien bocas:

con nada tiemblan los heroicos pechos

que por la patria y el honor pelean;
220

y aun cuando en nube más espesa vean

fuego en torno llover horrendamente,

al Perú independiente

con clamorosos gritos victorean;

mezclándose al estruendo de los mares
225

y discorde compás de los cañones

las músicas sonoras militares,

¡y el himno patrio que en ardor heroico

inflama los peruanos corazones!

   Mas de tus tiros al acierto daña
230

hispano lidiador, y a tu destreza

el ciego empeño e impaciente saña

que tus confusos tiros precipita:

y en torpe desperdicio,

muchedumbre infinita
235

de bombas que prodigan tus descargas,

distante aún del término pedido,

cae para apagarse en las amargas

ondas, tras vano amenazante ruido.

    Mas tu insano furor, Numancia cruda,
240

al fin la Suerte en nuestro daño ayuda,

que bien tu acierto escaso

la ayuda pide del propicio Acaso.

de tus bocas lanzada bomba ciega,

de la Suerte guiada por la mano,
245

hasta la Torre llega

que el nervio encierra del valor peruano:

¡allí hacinado por funesto olvido,

el negro polvo que a las graves balas

viste del fuego las ligeras alas,
250

por la bomba fatal es encendido!

¡Y en el desastre horrendo y repentino

vuelan los generosos combatientes

entre la espesa nube

y humoso remolino
255

que hasta los cielos resonando sube!

V

   Fuiste, entre cuantos héroes allí abisma,

tú la presa más noble de la Parca,

GÁLVEZ inmaculado y cual la misma

Santa Justicia incontrastable y recto,
260

prez y honor de la antigua Cajamarca,

y el hijo de la Patria predilecto;

de la Patria que, hoy huérfana de tantos

hijos queridos que le cuesta España,

por ti se entrega a más aguda pena
265

y tu sepulcro baña

de acerbo llanto en más copiosa vena:

¡ah! si mi voz en la terrena vida,

oh Gálvez inmortal, te fue querida,

acepta grato este recuerdo breve
270

que hoy mi laúd te da junto a tu huesa,

hasta que el himno de alabanza eleve

que de mi amante Numen la promesa

a la esperanza de la patria debe.

   ¡Y a ti, CORNELIO BORDA,
275

a ti mi canto nombrará segundo,

que en el suelo nacido de la hermosa

nueva y mejor Granada,

hiciste con tu muerte a todo un mundo

tu patria dilatada!
280

Cual concebido en su fecundo seno

y o sus pechos crïado,

de su dolor el maternal tributo

no cesará mi patria de ofrecerte:

la faz cubierta por oscuro velo
285

de lamentable luto,

lloran las Ciencias tu temprana muerte

y de tu claro ingenio y tu desvelo,

en flor cortado, el abundoso fruto.

   También tu losa en lágrimas inundo,
290

¡oh tú, DOMINGO NIETO, que dos días

en doloroso lecho

yaciste moribundo,

y en cuerpo vigoroso y fuerte pecho

más vigoroso espíritu escondías!
295

No tan solo un hermano en ti lamenta

quien contigo nació del propio seno;

que a nadie, a nadie apellidaste amigo

a quien estrechos lazos fraternales

no ligaran contigo,
300

¡oh dechado y espejo de lëales!

   Ni a ti tampoco olvidará mi verso

ni de justa alabanza será parco

que escuche el universo,

¡Oh noble corazón, ANTONIO ALARCO!
305

No a la lid peligrosa

a ti el deber, sino el valor te llama46;

y de él guïada, a la funesta Torre

tu ansiosa planta corre,

allí acechando con tenaz cuidado
310

el instante propicio

para ocupar del último soldado

el más hüido peligroso oficio47;

al fin le ocupas con afán inquieto

desafiando a la Muerte;
315

y la Muerte aceptó tu osado reto,

de ti no perdonando los despojos,

ni sangrientos pedazos, ni señales

que contemplaran los fraternos ojos,

que besaran los labios maternales.
320

   Y el grato conocido

rumor de sus pisadas

en vano aguardará tu atento oído

en tus desiertos silenciosos lares,

¡oh adorada hermosísima doncella,
325

que al pie de los altares

unir pensaste a su robusta mano

tu blanca mano delicada y bella!

¡Las antorchas nupciales

que ayer regocijaban tu deseo
330

se trocaron en teas funerales,

y en endechas los cantos de himeneo!

   Y mi Musa también de ti se acuerda,

y te consagra mi laúd rendido

un fúnebre gemido
335

de su doliente cuerda,

¡ENRIQUE MONTES, que en aspecto blando

y dulce rostro hermoso

impreso demostrando

de la bondad y la nobleza el sello,
340

cual a esposa gentil gentil esposo,

alma bella juntaste a cuerpo bello!

En vano, en vano a la enlutada viuda

preguntan por su padre idolatrado

los hijos pequeñuelos:
345

ella, llorosa y muda,

abraza en ellos a tu fiel traslado,

clavando húmedos ojos en los cielos.

   Ni ausente se hallará, noble ZAVALA,

tu nombre antiguo entre los claros nombres
350

que en este canto premiador inscribo;

era tu anhelo más constante y vivo

por la patria morir, por esa madre

a quien un hijo indigno,

tu hermano en sangre pero no en virtudes,
355

guerra feroz enviaba

y hacer quería de su reina esclava:

y a Dios que tu anhelar cumplió benigno

repetías en tu hora postrimera:

«Gracias, gracias te doy, Señor clemente,
360

pues cuando ingrato a la que el ser le diera

hiere un Zavala, tu bondad consiente

que otro Zavala por la patria muera».

   Mas a vosotros, CÁRCAMOS ilustres,

os crearon los cielos
365

como en la sangre en la virtud hermanos,

y de idénticas prendas adornaron

vuestros nobles espíritus gemelos:

de ingenio igual, del mismo

ardiente acrisolado patriotismo,
370

que os hizo, con igual merecimiento,

juntos rendir el postrimer aliento.

De vuestro fin la roedora pena

pronto a otro hermano le abrirá la tumba,

y con él perderá su último alivio
375

anciana madre que feroz condena

a tan largo vivir la suerte esquiva

para que, sola y de consuelo ajena,

¡Ay! a todos sus hijos sobreviva.

VI

   Mas con rabiosa lengua
380

venganza grita el peruviano bando,

al contemplar caer tan escogidas

víctimas, y los brios redoblando,

hace pagar con espantable exceso

al torpe Ibero tan preciosas vidas.
385

   ¿Quién, quién ahora encarecer podría

de los peruanos jefes las hazañas

y el heroico valor y la osadía?

Impávidos, serenos,

Mueven do quiera la segura planta,
390

y ni el creciente riesgo los espanta

ni hace que venga su valor a menos;

es en vano que inmensa muchedumbre

de balas y de bombas y granadas

en torno siempre ensordeciendo llueva:
395

Con la voz y el ejemplo

animar a los otros los contemplo,

y hacer que todos con pujanza nueva,

cual si la lid de nuevo comenzara,

arrojen a porfía los letales
400

rayos artificiales

a la escuadra feroz de España avara.

   Con firme pulso y con tenaz mirada,

su afán heroico ni un veloz instante

remite el valentísimo artillero;
405

y cual de la Justicia disparada

por la certera mano,

cada entraña de acero

que vomita el cañón republicano

hambrienta despedaza
410

de los regios navíos la madera

o la férrea armadura y la coraza;

y la gran mole atravesando entera,

tal vez por el opuesto roto lado

sale, de muertes y de estragos harta,
415

a apagarse en el piélago salado.

   En el espacio breve

que les permiten sus flotantes casas,

amontonados mueren y confusos

los tristes siervos de una reina aleve:
420

rabiosamente cae y agoniza

sobre el tibio cadáver de su hermano

el doliente marino, que no espera

que descanse a lo menos su ceniza

de su remota patria en la ribera,
425

y que tendrá por tumba el océano.

   Y en vez de presenciar de los lejanos

hijos, padres y esposos

los triunfales regresos,

madres, hijas y esposas españolas
430

ver no podrán a sus amantes manos

llegar siquiera los helados huesos

de los que sepultaron nuestras olas.

¡oh peruanas, templad vuestros enojos,

que el llanto que hoy derraman vuestros ojos
435

será pronto venerado

con llanto más acerbo y doloroso

por ojos españoles derramado!

   Ni al soberbio caudillo

guarda de heridas el ferrado muro
440

del nadante castillo

donde pensaba combatir seguro:

aquí una nave, a zozobrar vecina,

por bocas mil el océano bebe:

otra, la cárcel rota
445

del espíritu ardiente que la mueve,

como cadáver flota:

ya por doquiera a desmayar empieza

el valor en el pecho

y en el brazo la usada fortaleza;
450

ya el español, en trance tan estrecho

vencer desesperando,

da al temor en el ánimo cabida,

triunfando del rubor y del despecho

el amor renaciente de la vida.
455

VII

   No para huir aguarda

que al claro día su enemiga venza,

para que el velo de la Noche parda

esconda de su fuga la vergüenza:

¡Y a los rayos del Sol que de occidente
460

una hora y otra dista,

del universo atónito a la vista,

allí en cien naves a la lid presente,

a rauda fuga lanza

la temerosa prora
465

esa escuadra feroz que en esperanza

era ya del Pacífico señora.

   En vano la convida y la provoca

el peruano cañón con Ignea boca

a combate segundo,
470

a nueva lid reñida:

desoye el reto y espantada olvida

que la contempla el mundo,

el mundo todo a quien hacer testigo

ofreció su jactancia
475

de nuestra rota y ejemplar castigo:

la Unión la mira e Inglaterra y Francia

su fuga acelerar, de pavor llena;

y aun la inmensa Numancia

mal su glorioso nombre respetando,
480

cual herida ballena,

busca su salvación en la distancia.

   Hüir, hüir la mira

el peruano guerrero y arde en ira,

de más lucha ganoso,
485

de más gloria sediento y codicioso:

acusa de sus naves la demora

y maldice al destino

que le rehúsa ahora

veloces alas de huracán marino
490

y en la playa lo prende y encarcela,

y de volar le priva

por el abierto acuático camino

en seguimiento, con vapor o vela,

de la veloz armada, fugitiva
495

   ¡Ah! si a los breves débiles navíos48,

cuya atrevida gente

con diestra, tan feliz y osados bríos

hoy segundó al terreno combatiente,

juntaran su valor el Huáscar fiero
500

y compañera nao

a quien dio nombre nuestro bien primero49

(en futuros combates vencedores)

¡y esas que vio la nebulosa Abtao50

a fuerzas resistir tan superiores;
505

en pos, España, de tu huyente flota

volarán ya nuestros guerreros prestos,

y consumada tu espantable rota,

el mar sembrarán sus aciagos restos!

   ¡No más, no más blasones
510

de ser, oh Iberia, fuerte y valerosa

entre todas las gentes y naciones;

ni más se jacte tu demente lengua

de ser tu pueblo el que imposibles osa!

¡Borrón tan negro, tan patente mengua
515

de hoy más, oh Iberia, abata

tu soberbia insensata,

y tu enhiesta cerviz humille y doble;

pues con tan grande y hórrido aparato

de orgullosos bajeles
520

y con pujante fuerza más que doble,

nos cediste del triunfo los laureles,

cuando tu brazo combatir podía

y vida te quedaba todavía!

No, no es esa la senda,
525

no es ese el porte que el honor señala;

tras tan fiera amenaza y tan tremenda

y pomposo arrogante desafío,

lazar debiste tu postrera bala,

perder debiste tu postrer navío!
530

VIII

   Tú al cielo, oh patria, en tanto

alza la frente, de rubor desnuda,

y en noble orgullo tu vergüenza muda,

y en risa ufana tu rabioso llanto.

Tan claro triunfo al universo muestra
535

que, si castigas tarde

el ultraje alevoso de Castilla,

tan sólo fue por que la alzada diestra

te desarmó el cobarde

que mancillaba la suprema silla.
540

Bien patentizas lo que libre valles

de cadenas violentas;

y esplendorosa página hoy aumentas

de tu moderna Historia, a los anales,

que a la posteridad menos no asombre
545

que la que lleva de Ayacucho el nombre.

   ¡América divina,

en tus vastas llanuras solitarias

enciende tus volcanes,

como grandes aéreas luminarias
550

que no apagan los recios huracanes!

Y a los ecos profundos

de tus inmensos caudalosos ríos,

que se llevan al mar cual otros mares

de lechos áureos y de dulces ondas,
555

mezclen do quier tus bosques seculares

y vastas selvas tenebrosas y hondas

su música salvaje y voz agreste,

entonando magníficos cantares

que asciendan a la bóveda celeste!
560

   Y tú, gigante emperador de ríos,

portentoso Amazonas,

que ufano naces de peruana fuente,

y de bosques umbríos

y de selvas antiguas te coronas;
565

apresura tu férvida corriente

por el vecino dilatado imperio,

tu festiva llegada anticipando

al poderoso océano de Atlante;

a quien la nueva venturosa anuncies
570

de nuestro triunfo y del desastre iberio,

y él alegre la cante

y la lleve al antípoda hemisferio.

IX

   Y tú, a quien tan espléndida victoria

en grande parte adjudicar es dado;
575

recibe de la Musa, ilustre PRADO,

el sincero tributo y merecido

que el loor te anticipa de la Historia;

y de libre poeta

concede, atento oído
580

al libre canto que de un pueblo entero

la gratitud y afecto te interpreta.

    Gózate en tanta hazaña

y sé grande y glorioso entre los hombres,

debelador de España,
585

que del magno Bolívar

y San Martín y Sucre entre los nombres,

con áureos caracteres ves escrito

de la gloria en el fúlgido volumen,

tu nombre por América bendito
590

y celebrado por mi altivo numen.

   Y pues ves que te sobra

el favor de los cielos y tu estrella,

la sucesión de tus hazañas sella

y pon cima a tu obra:
595

con el principio venturoso en ella

el venturoso medio corresponda,

y el fin con uno y otro se compase:

de América cumpliendo la esperanza,

la interna paz con mano firme en honda
600

inconmovible base

para siglos cimienta y afïanza:

a ti por fin se deba que el peruano

valeroso guerrero

no desnude la espada
605

para hundirla en el pecho del hermano

en impía contienda,

y para herir la guarde al extranjero

que sus hogares codicioso invada

o que insolente su decoro ofenda.
610

   La sangrienta Discordia furibunda,

domada por tu diestra victoriosa,

en los abismos hunda

el durísimo cuello,

y lívida cabeza ponzoñosa,
615

de quien son vivas hebras

y enmarañado y hórrido cabello

áspides silbadores y culebras.

   Por ti el hijo segundo

del quinto hijo del Año
620

sea padre fecundo,

aurora lisonjera,

tras larga noche oscura,

de una divina era

de progreso, de paz y de ventura.
625

X

   Entra a ceñir tus lauros, y contigo

los bravos campëones

que fueron el terror del enemigo:

ya os espera la ansiosa muchedumbre,

collados coronando hasta la cima
630

e hinchendo inquieta los vecinos valles;

de la opulenta Lima

ledos hollad las alfombradas calles:

cada privado hogar con puerta ornada

por vistosa flotante colgadura,
635

cual rostro amigo, sonreír procura

a vuestra fausta victoriosa entrada:

al son del atambor y los marciales

pomposos instrumentos

y al excelso clamor de las campanas,
640

que cuentan vuestra gloria al firmamento,

por los arcos magníficos triunfales

pasad con frentes del laurel ufanas:

ved de hechiceras vírgenes hermosas

coronados balcones y ventanas,
645

que con manos de nieve

blancas derraman y purpúreas rosas

y rica copia que sin tasa llueve

sobre vuestra cabeza, oh vencedores,

de cuantas bellas y fragantes flores
650

engendran en su seno

los esmerados huertos y pensiles

de la hermosa ciudad y campo ameno

en donde cuenta el Año doce Abriles.

   ¡Blanco e imán de innúmeras miradas
655

sois; a entusiastas gritos

hacéis abrirse innumerables labios,

y en sublime patriótico alborozo

palpitar corazones infinitos!

Os sonríe la virgen seductora
660

que siempre del valiente se enamora;

siente, al miraros, noble envidia el mozo,

os bendice entre lágrimas el viejo;

y hace el curioso infante

que la madre en sus brazos lo levante
665

para mirar el triunfador cortejo.

   Y entre el sonoro universal concierto

de alabanzas unánimes que escucho,

también las suyas añadir advierto

a los ancianos héroes de Ayacucho.
670

Sobre los lauros nuevos

los antiguos ceñid, claros mancebos,

que a vuestras frentes tiernas y lozanas

trasladan ellos de sus nobles canas:

¡recibiendo en la férvida alabanza
675

que al héroe por el héroe se dispensa

la más alta y honrosa recompensa

que pudo ambicionar vuestra esperanza!

XI

   Las densas olas blandamente abriendo

del vivo mar que vuestro pie embaraza,
680

hollad la bella y anchurosa plaza

donde se eleva el soberano templo:

allí os espera venerable anciano,

cuya rugosa frente

es ya la más antigua, en el cristiano
685

orbe, que mitra episcopal circunda,

y que la humilde gratitud profunda

que por merced tan clara

al Dios de las batallas debe el fuerte

se apercibe a ofrecer al pie del ara.
690

   Subid, subid con religiosa planta

a la morada santa

del solo a quien humilla

su corazón el libre y su rodilla:

allí, puestos de hinojos, e inclinando
695

a las sacras baldosas

las coronadas sienes victoriosas,

gracias rendid con labio reverente

al dios de los ejércitos potente.

   Él fue quien, de tan alto vencimiento
700

os concedió la suplicada palma:

él entusiasmo y generoso aliento

y heroico brío os infundió en el alma:

vuestro más débil brazo hizo robusto

él, y aceró sus decaídos nervios,
705

trocando doncel tímido en atleta;

y del contrario injusto

él quebrantó los ímpetus soberbios,

y le cubrió de confusión secreta.

   Fue su divina protectora diestra
710

la que trazaba la invisible curva

que siguieran los globos inflamados

que lanzaba la vuestra,

y fue esa diestra, que al más fuerte turba,

la que ahuyentó las españolas naves,
715

cual desbandada turba

de temerosas aves;

y esa diestra será la que, si intenta,

corrido de su afrenta,

hacer de su fortuna nuevo ensayo
720

el soberbio español en mar o en tierra,

circunde nuevo lauro a vuestra frente,

más fulguroso que el del Dos de Mayo:

¡Gloria a Aquel, gloria a Aquel eternamente

que es el Dios de la paz y de la guerra!
725

XII

   Tú que ya el eco de mi voz conoces,

ven, oh Fama, y aprendo el canto mío;

y sin cesar batiendo senadora

tus innúmeras alas y veloces,

del ardiente ecuador al polo frío,
730

del negro ocaso a la brillante aurora,

cántalo por doquier con tus cien voces;

llevando a los oídos

de las más solas gentes y apartadas

y más remotos pueblos y escondidos
735

las glorias de mi patria vencedora,

y la excelsa merced del poderoso

Dios de Israel cuya clemencia adora,

y cuyo nombre santo

coronará con esplendor radioso
740

este triunfal enardecido canto.


1866.

Sentencias del inca Pachacutec

[Nota51]

Sobre el que envidia al bueno

   El que tiene envidia al bueno

saca mal del bien ajeno

con que a sí mismo se daña,

como la asquerosa araña

saca de la flor veneno.
5


(O más libremente:)

   El que tiene envidia al bueno

saca para sí mal dél,

como en un jardín ameno

el áspid saca veneno

de donde la abeja miel.
5

Sobre el que a un tiempo envidia y es envidiado

   Aquel que, envidiado, envidia

con doble tormento lidia:

¡feliz aquel solamente

a quien en doble reposo

el cielo vivir consiente
10

ni envidiado ni envidioso!

Sobre los jueces venales

   Los jueces sin conciencia que a escondidas

las dádivas reciben de las partes,

pues son ladrones, por justicia sean

castigados con muerte como tales.
15

Sobre la embriaguez, la ira y la locura

   La ira, la embriaguez y la locura

corren parejas: más las dos primeras

voluntarias son siempre y pasajeras,

y la tercera, involuntaria, dura:

si a todos ves portarse de igual modo,
20

merézcante, por causa diferente,

tierna piedad el infeliz demente,

y desprecio el airado y el beodo.

Sobre los médicos o herbolarios

   El herbolario o médico que sólo

de algunas yerbas la virtud alcanza
25

y saber no procura la de todas,

ese tal sabe poco, o sabe nada:

porfiar conviene hasta saberlas todas,

como las que aprovechan las que dañan,

para alcanzar el codiciado nombre
30

y entera ciencia, no imperfecta y vana.

Sobre el que aspira a saber lo superfluo, no sabiendo lo necesario

   Digna es de befa y risa la manía

del que contar presumo las estrellas,

no sabiendo contar en su ignorancia

ni los ñudos y tantos de sus cuentas.
35

Sobre los adúlteros

   Si al que la ajena hacienda a hurtar se atreve

justa ley al patíbulo condena,

con más justicia sentenciar se debe

a la postrera irreparable pena

al adúltero vil que roba aleve
40

la honra, la fama y la quietud ajena:

pues, si riqueza aquél y éste honra y calma,

el uno roba al cuerpo, el otro a el alma.


1866.

    Alaban del universo

todos la armonía suma

y su orden maravilloso

y su inefable hermosura,

   Mas tal orden y belleza
5

no sólo a poner en duda,

sino hasta a negar se atreve

mi desvergonzada Musa.

   Dadme un Mapa que la tierra,

Patria del hombre, dibuja:
10

ved que de ella el océano

tres cuartas partes ocupa:

   los continentes son islas;

que el mar inmenso circunda,

cuando debieran los mares
15

ser, cuando mucho, lagunas.

   Si el mundo es mansión del hombre,

¿ha sido medida justa

que casi todo agua sea

para la escamosa turba?
20

   Patria del hombre a la tierra

llaman sin razón ninguna,

y patria de los pescados

se puede llamar con mucha.

   Nadie de alabar se cansa
25

la hermosa luz de la luna:

yo confieso que es hermosa

y que mis penas endulza;

   mas mi Musa cabalmente

en eso mismo se funda
30

para quejarse de que haya

mil y mil noches oscuras;

   y si en el mar cada tarde

halla el sol su sepultura,

todas las noches debiera
35

arder la antorcha nocturna;

   o, en vez de una luna sola,

debiera haber dos o muchas

cual las que a Saturno o Júpiter

magníficamente alumbran:
40

   aunque lo mejor sería

que el sol no se hundiera nunca

y que hubiera un día eterno

sin tarde ni noche oscura.

   Si bien en esta materia
45

habrá quien diga y arguya,

que para que el dulce Sueño

en el reposo nos hunda,

   es útil, es necesario

que el universo se cubra
50

con las espesas tinieblas

de la noche taciturna:

   pero ¿dormir era fuerza?

mi curiosidad pregunta;

¿qué necesidad había
55

de aquella muerte nocturna?

   ¿Es tan grande la distancia

que hay de la cuna a la tumba,

que así en pasajera muerte

media vida se nos huya?
60

   Es blanda la primavera:

pues ¿por qué eterna no dura?

Y el verano y el invierno

sin cesar con ella turnan,

   en alternativa inicua
65

condenándonos su furia

a que el calor nos derrita

y a que el frío nos entuma.

   Aún al Otoño pudiera

admitirle por sus frutas
70

y por los ricos racimos

de la dulcísima uva,

   con cuya caliente sangre,

ya dorada y ya purpúrea,

se consuelan los pesares
75

y alivian las desventuras.

   Pero al invierno y verano

hallar no puedo disculpa,

ni compensación discurro

a su venida importuna.
80

   Y ¿qué disculpa hallar pueden

zancudos, moscas y pulgas,

y mil molestos insectos

que en el aire y tierra abundan,

   que nuestro pellejo horadan
85

y que nuestra sangre chupan,

que asordan nuestros oídos

y nuestra paciencia apuran?

   ¿Para qué son las montañas

y las áridas llanuras
90

e inhabitables desiertos

que tanta extensión ocupan?

   Anchas páginas en blanco

del gran libro de Natura,

donde parece que nada
95

escribir supo su pluma...

....................................


1866.

Que parece caricatura

    Un hombre conozco yo

tan feo y malo, que habrá

quien se le acerque, quizá,

pero quien lo iguale, no.

   No es dable que otro se encuentre,
5

peor del ocaso al orto,

ni nunca más feo aborto

salió de un humano vientre.

   La Naturaleza, cuando

tan risibles monstruos forja,
10

parece que está de gorja,

y que los hace burlando.

   Mas, como de estos caprichos,

cuando está formal, le pesa,

rompe airada la turquesa
15

en que forjó tales bichos.

   ¿No has visto, lector, las caras

que el torpe lápiz produjo

de uno que aprende el dibujo,

tan mal hechas y tan raras?
20

   ¿O las que en blanca pared

dibujan manos traviesas?

¡Pues ojalá que como ésas

fuera la de su Merced!

   Sus tachas un ciego vélas:
25

y como si no bastara

tener tan hermosa cara,

le fueron a dar viruelas.

   Quedó el rostro hecho un arnero:

mas le igualaron después
30

estragos del mal francés

uno con otro agujero.

   Del ojo derecho es tuerto,

y del otro no muy sano;

es su frente un vasto llano
35

y su cabeza el desierto.

   Jorobado también es;

mas esta falta remedia

el no medir vara y media

de la cabeza a los pies.
40

   Y aunque está pegado al suelo,

lo sustenta tan gran base

como si se levantase

hasta muy cerca del cielo.

   Es pedestal cada pie,
45

pues cuanto crecer debió

en altura, no sé yo

como en patas se le fue.

   Que hay mortales tan felices,

que árboles se han de llamar,
50

pues van creciendo a la par

en las ramas y raíces.

   Poco él creció para arriba;

muchísimo para abajo,

aunque una gran parte trajo
55

para sí la enorme giba.

   Mas, si bellos en tal grado,

miembros y facciones son,

es la nariz la facción

que más hermosa ha sacado.
60

   Tanto que afirmarte puedo

que el lauro disputa y gana,

a la nariz soberana

que inmortalizó Quevedo:

   la que era por arco y puntas
65

espolón de una galera,

y que de narices era

todas doce tribus juntas.

   Una gracia al tal le encuentro

que compensa estas faltillas,
70

y es que sus huecas mejillas

se están besando por dentro.

   Y aunque de tan inaudita

fealdad su cuerpo sea,

una alma mucho más fea
75

dentro de ese cuerpo habita:

   una alma hipócrita y ruin,

sin nociones del deber;

cobarde más que mujer,

y envidioso cual Caín.
80

   Con chicos altiva fiera,

a grandes vilmente adula;

fuera muy dado a la gula,

si tan avaro no fuera.

   Dar de su torpe cabeza
85

justa idea desespero:

los otros son torpes, pero

él es la misma torpeza.

   No hay vicio alguno o defecto

que no reúna este tal:
90

es un modelo del mal,

del vicio tipo perfecto.

   Pero si, atónito y mudo,

al ver tan negros colores,

alguno de mis lectores
95

un instante dudar pudo

   que en cuerpo y alma tan feo

sea el hombre de quien trato,

sepa que en este retrato

no poco lo lisonjeo.
100


Que ofrece un temblor por la mañana

    ¿Visteis, cuando el temblor con improvisa

fuerza se siente al despuntar el alba,

que, como puede cada cual se salva,

sin que a nada lugar le dé la prisa?

   Saliendo sin zapatos y en camisa,
5

flacas piernas mostrando y lucía calva,

hacen Crispín y su mujer Grijalva

que en medio del terror nazca la risa.

   ¡Cuánto oculto galán más que de trote

con la infamada joven sale fuera,
10

sin temor de que el público lo note!

   Y hasta se ve salir ¡quién lo creyera!

a todo un venerable sacerdote

¡de la impura mansión de una ramera!


Inconvenientes de ser corto de vista

    Reniego del largo estudio

y las lecturas prolijas

a la luz de la nocturna

vigilante lamparilla,

que acortaron tan temprano
5

el alcance de mi vista

y que a llevar antiparras

parece que ya me obligan:

mas yo, por punto, no quiero

ni lente usar todavía,
10

al revés de tantos otros

que, aunque más que un lince miran,

llevan el lente tan sólo

por adorno y monería,

y el buen tono y la elegancia
15

hasta en los defectos cifran:

defecto y de los mayores

que a la humanidad fastidian.

   Pues qué, si voy por la calle

de un amigo en compañía,
20

que: «Mira, chico, me dice,

»en la otra acera esa chica:

»¡Qué guapa! ¡qué ojos, Dios santo!

»¡Qué boca! ¡qué dulce risa!

»No vi cara más hermosa
25

»en los días de mi vida».

Yo, al oír tales palabras,

muero de rabia y envidia,

maldiciendo mis estudios

y tanta docta vigilia;
30

y en vano alargo el pescuezo

y aguzo más las pupilas,

abriendo tamaños ojos

que casi se me vacían,

pues no miro sino un bulto
35

y unas formas indecisas,

y no veo tales ojos

ni esa cara tan bonita.

Mas dirán que me resarce

de no ver las caras lindas
40

el que no mire las feas

que las miradas contristan;

pero sepan que mi suerte

es tan fiera y tan impía,

que ni este sólo descuento
45

dar quiso a mi pobre vista;

porque siempre a las más feas

por la acera en que voy guía

y a mi encuentro eternamente

burlona las precipita;
50

como también a las viejas

de fábrica más antigua,

de esas que a Amat alcanzaron

en su juventud florida.

   Aunque lo peor no es esto,
55

mas que me expongo a que digan

que a nadie vuelvo un saludo

y estoy con todos de riña;

y yo que la igualdad santa

tuve siempre por divisa
60

y soy tan llano y humilde

demócrata y socialista,

ya por fin protestar quiero

contra fama tan inicua,

saludando desde ahora
65

con la mayor cortesía

a cuanta gente por esta

y aquella acera transita,

o conocida por mí

o por mí no conocida;
70

pues prefiero que de mí

como de un loco se rían

a que orgulloso y grosero

me llamen todos con ira.

    Pero la mayor de todas
75

entre las muchas desdichas

que el ser de vista tan corto

me ocasiona y origina,

es (de mi suerte reniego)

que casi no pasa día
80

en que mi flaca persona

el duro suelo no mida;

y no sé por qué milagro,

con tan frecuentes caídas

y con porrazos tan fieros
85

ya no me he roto la crisma:

no hay piedra en que no tropiece,

cual puesta allí con malicia,

ni charco en que el pie no meta,

aun del agua menos limpia;
90

y por mi pie negligente

no hay evitada inmundicia

de cuantas en nuestras calles

olvidó la policía;

si paso de acera a acera,
95

es tal la desgracia mía,

que no hay carreta ni coche

que no se me venga encima;

no hay cola en que no me enreden

mi distracción y mi prisa,
100

ni pisotón que me yerre

ni encontrón que no reciba.

   Y de tan horribles males

aquí interrumpo la lista

antes que al lector empiece
105

a ocasionarle fatiga,

y porque, contar queriendo

su muchedumbre infinita,

antes que el cuento acabara

se me acabara la vida.
110


1866.

Dafne y Apolo

    Al Céfiro venciendo en ligereza,

del impaciente enamorado Apolo

huye la ninfa con artero dolo.

para encenderlo más con su esquiveza:

   al fin alcanza el dios a la belleza,
5

que el Amor con sus alas socorriolo;

mas ¡ay! que al abrazarla, abraza sólo

de un árbol la durísima corteza.

   Dafne es toda mujer: oh ciego amante,

que ves de Apolo la funesta suerte,
10

teme, teme desdicha semejante.

   ¡En huir la hermosura se divierte,

y al abrazarla el pecho palpitante,

en insensible tronco se convierte!


1867.

A un plátano

    A la muerte mirándote vecino,

lleno de dolorosa simpatía,

comparo con el tuyo mi destino;

y aunque de ti doliéndome, imagino

menos triste tu suerte que la mía.
5

   Pues consuela tu vida moribunda

la tierna prole que tu seca planta,

numerosa y bellísima, circunda,

y llena ya de tu virtud fecunda,

presurosa a tu sombra se levanta.
10

   Contento de la savia te despojas

que beben ellos, y la vida pierdes

con menores tormentos y congojas,

cuando tus rotas y marchitas hojas

dejas caer sobre sus hojas verdes.
15

   Cercado en torno de sus hijos bellos,

tú me recuerdas a doliente anciano

que, amoroso inclinándose sobre ellos,

al oro de sus nítidos cabellos

junta la plata del cabello cano.
20

   Él dará con más plácido semblante

sus últimos adioses a la vida,

pues siempre alivia tan crüel instante

el ver que queda en sucesión amante

nuestra vida fugaz reproducida.
25

   Mas ¡ay! no espera mi vejez temprana

en dulces hijos existir segundo;

¡y sin dejar recuerdo en mente humana,

cual humo leve, como sombra vana,

habré pasado por el ancho mundo!
30

   ¿De qué mortal sobre la losa fría

el fiel Amor o la Amistad no llora?

¡Mas ¡ay! tan sólo regarán la mía

el llanto helado de la Noche umbría

y las lágrimas puras de la Aurora!
35


1867.

Octavas dedicadas a mi distinguido amigo monseñor Pedro García y Sanz

    ¡Viviente enigma que, a ti mismo opuesto,

con lazo que la mente desespera,

eres extraño sin igual compuesto

de cielo y lodo, de deidad y fiera!

Te desprecio tal vez y te detesto,
5

y aras tal vez mi asombro te erigiera,

que eres a un tiempo, misterioso y doble,

vil como nadie y como nadie noble.

   Hijo pareces de señor y esclava,

de poderoso rey y de pastora,
10

que ya la estirpe paternal alaba,

ya la materna con rubor deplora:

cuanto más la soberbia le endiosaba

mas le confunde la humildad ahora,

sin que nunca del todo la vergüenza
15

venza al orgullo, ni el orgullo venza.

   Misto el Centauro de deidad y bruto,

fingido monstruo fue: tú lo eres cierto;

tú del Edén vivificante fruto

en negro tronco de Sodoma injerto;
20

luz y tinieblas, regocijo y luto;

vivo amarrado por castigo a un muerto;

estatua en cuya frente el oro brilla,

siendo la planta de grosera arcilla.

   De antiguo templo de sin par belleza
25

eres la vasta profanada ruina,

árbol que encumbra al cielo su cabeza

y al Orco sus raíces avecina;

eres esfinge que en mujer empieza

y en cuerpo y garras de león termina;
30

sirena que une, bella y repugnante,

cola de pez a femenil semblante.

Ya, como águila, al cielo te levantas

y abarcas lo creado con tu mente,

ya al polvo te confundes de tus plantas
35

y te arrastras cual lúbrica serpiente;

capaz de ciencia angélica, y a tantas

viles necesidades obediente,

del cuerpo esclavo, si del mundo dueño:

¡Cuán grande te contemplo y cuán pequeño!
40

   A la par merecidos y sinceros,

tú de infamia a los últimos apodos

de honor juntas los títulos primeros;

en ti por raros portentosos modos

se hacen los imposibles verdaderos,
45

y en ti se hermanan los contrastes todos;

¡y eres, fuiste y serás para ti mismo

el más oscuro impenetrable abismo!

   No la más alta singular hazaña,

no el más horrendo singular delito,
50

es en tu rara heroicidad extraña,

en tu rara maldad es inaudito:

cuanto un hijo te ilustra otro te empaña,

raza que engendras a Nerón y a Tito,

al ruin Tersítes y al divino Aquiles,
55

a excelsos héroes y a traidores viles.

   Extraña madre, que al malvado y bueno

en sempiterna confusión das vida,

Eva te lamo que en el propio seno

llevó a Abel y a Caín el fratricida;
60

Israel que al divino Nazareno

engendró y a la turba deicida;

¡Tú haces que sea, con el lazo humano

Colón sublime de Marat hermano!

   Ni de tanto contraste testimonio
65

sola ofrece en común la humana gente,

que están fuertes un ángel y un demonio

luchando en cada cual eternamente:

¡de violento discorde matrimonio

fruto cada hombre, sin cesarse siente
70

a un lado y otro arrebatar inquieto,

de horrenda lucha perennal objeto!

   ¿Qué ofrecen a la historia las edades?

Portentos siempre en que el asombro se harta:

monstruos entre demonios y deidades
75

do nunca el bien de su rival se aparta;

un Temístocles vario, un Alcibiádes,

que, el mayor en Atenas y en Esparta,

aquí modelo, de virtud austera,

y allí de vicios repugnantes era.
80

   Mas nadie lo celeste y lo terreno

cual tú juntó, magnánimo y mezquino;

ni cupo, oh César, en tan bajo cieno

espíritu tan alto y tan divino:

¿Quién a más vicios se entregó sin freno?
85

¿Quién dio más glorias al poder latino?

¿Quién digno fue de tan opuestos nombres,

oh vergüenza y orgullo de los hombres?

   ¡Cuánto en mí mismo esos contrarios siento,

el espíritu excelso y los sentidos,
90

cuya eterna batalla es mi tormento,

y ocasión inmortal de mis gemidos!

Del cielo el uno sin cesar sediento,

los otros en el cieno complacidos:

entre la alta razón y el bajo instinto,
95

¡cuánto yo de mí propio soy distinto!

   No soy más de otro que de mí diverso;

tan cuerdo a veces como a veces loco,

y virtuoso no menos que perverso,

el fango beso, las estrellas toco:
100

ya me absorbe una nada, el universo

ya es a mis ansias infinitas poco;

y como con acérrimo enemigo.

lucho y relucho sin cesar conmigo.

   Y si yazgo tal vez en muda calma,
105

¡Ah! ¡cuánto más valiera la pelea!

Que del cuerpo vencida, oh débil alma,

duermes en torpe esclavitud: mas, ea!

Despierta y lucha, y la gloriosa palma

no dejes, no, que de tu esclavo sea:
110

vive siempre o luchando o vencedora,

tú que naciste para ser señora.


    Duerma ya el viento en el marino llano;

que la nave, desnuda de la vela

que su soplo impelió, rápida vuela

   sin su socorro vano.

   Tú a su gigante mole das una alma,
5

un impaciente espíritu de fuego,

que no se cura del tenaz sosiego

   de la más muerta calma.

   Y en vez del ala de turgente lino,

moviendo rauda cortadora rueda
10

y alzando espuma férvida, remeda

   vasto coche marino.

   No el noble bruto en largo viaje siga

cansando el brio de su ardor bizarro,

que a ti, cautivo en el volante carro,
15

   jamás domó fatiga.

   Por ti la larga encadenada fila,

cuyo rodar, competidor del vuelo,

doble metal angosto y paralelo

   afianza y encarrila,
20

   semeja extraño monstruo, inmenso y vivo,

que, cual la hermana máquina marina,

por propio impulso y voluntad camina,

   majestuoso y altivo.

   Y el humo denso, que en vagante espira
25

sonando sube por el roto viento,

es el espeso entrecortado aliento

   con que el monstruo respira.

   Domador de la tierra y océano,

a tu conquista voladora breves,
30

que nuevos monstruos en su seno mueves,

   hijos del arte humano;

   del Austro al Aquilón rápido lleva,

lleva desde la Aurora al Occidente

de la verdad la luz resplandeciente
35

   a tantos pueblos nueva.

   Y cual del Sol el fulgoroso coche,

el carro o nave que tu fuerza guía

do quier convierta en refulgente día

   las sombras de la noche.
40


    Tú que de océano y tierra

vences las largas distancias,

cual las distancias del éter

vencen voladoras alas:

   por la negra red que forman
5

rieles que tu curso pautan,

ven a surcar el inmenso

seno de mi dulce patria.

   Tu velocidad abrevie

tan espaciosas comarcas:
10

junta el mar al Amazonas

y a Tumbes el Titicaca.

   Ya por ti mande a la costa

de la sierra la abundancia

lo que a precio tan subido
15

ajenos campos hoy mandan;

y en vez de la lenta mula,

tú en breves horas traslada

al que en la flor de sus años

cercana muerte amenaza,
20

   a los valles apacibles

de la saludable Jauja

donde la Tisis respira

benignas fáciles auras.

   Rompe erizados peñascos,
25

macizos montes horada,

o con atrevido vuelo

trepa sus cimas más altas;

   antiguos bosques penetra;

ríos caudalosos pasa,
30

o en tus carros por el puente,

o en tus naves por el agua;

   salva horrendos precipicios,

valles hondísimos baja,

mudos desiertos anima,
35

puebla soledades vastas;

   y, competidor del cóndor,

en breves días acaba

de dar una vuelta entera

a región tan dilatada.
40

   El indio que más se interna,

con atónitas miradas

en sus dominios contempla

tu hilera de carros larga;

   y nuevo monstruo ver crea,
45

gigante sierpe que anda

tan veloz, cual si tuviera

de los cóndores las alas.

   Tú las aldeas despierta

dormidas en la ignorancia,
50

y a la vida de la mente

con aguda voz las llama.

   Lleva do quiera el Progreso

que, cual la creciente Fama,

a andar enano comienza,
55

mas andando se agiganta.

   Tú la Ociosidad destierra,

madre de todas las plagas,

y a la Industria se dedique

quien al Vicio se consagra;
60

   la mano ociosa, empuña

hoy la fratricida espada,

rural instrumento rija

o la productora máquina;

   y extinguidas para siempre
65

de la Discordia las llamas,

florezca la Paz hermosa

y la común bienandanza.


Cantos del cautiverio

    Nos sentamos orillas de los ríos

que undosos riegan la ciudad de Belo,

y a llorar nos pusimos sin consuelo

al recordarte, idolatrada Sión:

y de los tristes sauces lloradores
5

que le dan sombra, en los pendientes ramos

nuestras sonoras cítaras colgamos,

que hiera el aura leve en triste son.

   Y cuando nuestros crudos opresores

nos dijeron: «Pulsad los instrumentos,
10

»y a su brillante son vuestros acentos

»en placenteros cánticos mezclad»,

«los himnos de la patria», respondimos,

«¿Cómo hemos de cantar en tierra ajena?

»Y al son de nuestros grillos y cadena,
15

»¿cómo cantar la dulce libertad?

   »El rigor con que el cielo nos castiga

»lamentos pide y lágrimas a mares:

»no insultéis, no insultéis nuestros pesares

»pidiéndonos los cantos del placer:
20

»calle por siempre la culpada boca

»que abra sus labios al alegre canto;

»ciegos queden los ojos cuyo llanto

»se canse noche y día de correr».

Un anciano

   ¡Cuán larga edad ha que cautivo lloro!
25

En los brazos maternos vine infante,

y hoy, rugosa y doliente,

se dobla al peso de la edad mi frente,

antes que el sueño eterno me los cierre

los campos miren de Salem mis ojos,
30

y duerman a lo menos mis despojos

allá en el suelo santo

que fue el primero que regó mi llanto.

Una virgen

   Hija soy del dolor y el cautiverio,

y te conozco, Sión, ¡ay! solamente
35

en el narrar frecuente

de la adorada madre que conmigo

sin cesar recordaba

tu dulce, santo, maternal abrigo:

mas mi patria es la patria de mis padres,
40

no este suelo crüel y maldecido.

¡Ah! vuele presto al venturoso nido

de donde ni un momento

se ausenta el amoroso pensamiento.

Un sacerdote

   Enjugad vuestro llanto, compañeros,
45

que el instante anhelado se avecina

en que surja más bella de su ruina,

y nuevo asombro de la tierra sea

la hermosa emperatriz de la Judea:

ya miro erguirse sus soberbios muros
50

de torres coronados; ya contemplo

tocar las nubes el segundo templo

que, del primero vencedor, en este

mundo retrate la ciudad celeste.

   Y tú, tú entonces, Babilonia altiva,
55

que hoy bebes nuestras lágrimas ufana,

ya no serás sino memoria vana,

sólo en las letras de tu nombre viva:

vencedor despiadado,

de la venganza del Señor armado,
60

derribará tus muros cual violento,

torres de nubes desbarata el viento.

Al filo de su espada

tus hijos caerán como la yerba

que corta el segador: en tu agonía
65

la suerte en vano de tu triste sierva

envidiarás: como ella destrüida

serás; más no como a ella

te dará el cielo una segunda vida

y del Sepulcro renacer más bella.
70


Carmen y Rafael

Carmen a Rafael

   Hoy que santo deber de ti me aparta,

perdona, dulce dueño de mi vida,

si a los fríos renglones de una carta

confío mi postrera despedida.

   No es bien que verte mi valor presuma:
5

huyo tu vista, es consejo sabio

que te declare la valiente pluma

lo que jamás te declarara el labio.

   No pienses, Rafael, que poco cueste

a la mísera Carmen su partida,
10

y sin la fuerza del favor celeste

nunca pudiera ser por mí cumplida,

   ¡Cuánto tiempo fue inútil mi porfía

y mi resolución ha sido vana!

Y la aurora al rayar de cada día,
15

débil pensaba: partiré mañana!

   Así he vivido, ¡ay triste! un año entero

de vano esfuerzo, de incesante lucha:

¡cuánto el combate y mi dolor fue fiero,

sólo el cielo lo sabe que me escucha!
20

   Y si al fin pude merecer la palma

en un combate tan reñido y fuerte,

siento que queda destrozada el alma

y herido siento el corazón de muerte.

   Como tal vez, por arrancar la bala
25

de su profunda dolorosa herida,

victorioso guerrero luego exhala

el aliento postrero de la vida;

   así yo, que arranqué de lo profundo

del alma enferma mi pasión funesta,
30

conozco que mi esfuerzo sin segundo

la vida misma, aunque triunfé, me cuesta.

   Sangre mi pecho desgarrado llora,

y de tan fuerte red al desasirme,

aún siento, aún siento vacilar ahora
35

la voluntad que imaginé tan firme:

   aún me seduce la costumbre ciega,

y a tus caricias renunciar me espanta

ya para siempre, y a mover se niega

trémulos pasos la cobarde planta,
40

   pero ¡qué dudo! mi vergüenza es harta

en que tanto durara la pelea:

hoy sin más dilación, fuerza es que parta;

sí, partiré: pues ha de ser, hoy sea.

   Mas, si es fuerza dejarte pesaroso,
45

no aumenten tu pesar los crudos celos:

no por hombre te dejo, que mi esposo

es el rey de la tierra y de los cielos.

   Sólo por Dios te dejo, y entretanto

que recorra estas líneas tu mirada,
50

ceñirá mi cabeza el velo santo,

en santo monasterio refugiada;

   donde de Dios a la clemencia pida

con lastimado corazón contrito,

mientras durare mi doliente vida,
55

perdón de mi feísimo delito;

   Donde con yerbas mi hambre satisfaga

Y sea mi descanso el suelo duro,

y hecha por los cilicios viva llaga,

pague la carne su deleite impuro.
60

   ¡Oh paciencia de Dios! seis largos años,

hecho Luzbel de nuestras almas dueño,

del adulterio en los mortales daños,

hemos dormido de la muerte el sueño.

   Sí; fue Luzbel quien con astuta traza
65

cubrió de flores tan inmundo cieno,

y del amor en la dorada taza

beber nos hizo su mortal veneno.

   Pero al fin el Señor de mí apiadado,

desvaneciendo el infernal hechizo,
70

la horrenda enormidad de su pecado

al ciego corazón conocer hizo.

   Y al escuchar en el sagrado templo

de Dios un día la eficaz palabra

de castigo ofrecer terrible ejemplo,
75

al fin es fuerza que los ojos abra.

   Desde entonces el alma no ha tenido

un instante siquiera de reposo,

y ni la santa voz daba al olvido

ni quebrantaba el lazo poderoso.
80

   Juzga cuál fue mi miserable estado,

cuando al remordimiento dando abrigo

a la vez que al amor, no me era dado

ni sin ti ser dichosa, ni contigo.

   Por eso me mirabas pensativa
85

y tu alegría me encontraba triste,

y a tu caricia más ardiente y viva

con mudo lloro responder me viste.

   ¡Ay! cada noche, mientras tú a mi lado

del sueño disfrutabas el sosiego,
90

a mi despierto espíritu espantado

presente estaba del Infierno el fuego.

   Me mantenía sin cesar despierta

mortal espanto hasta la aurora fría,

quedar temiendo entre tus brazos muerta,
95

si al sueño un sólo instante me rendía.

   ¡Cuántas veces al vil cómplice lecho

con perfecta ilusión mis tristes ojos

catre de llamas le miraron hecho,

donde ardían de entrambos los despojos!
100

   Y ya sentía al celestial castigo

raudo bajar, cual repentino trueno,

sobre ese lecho adúltero que abrigo

daba en mis brazos al esposo ajeno.

   Mas otras veces, con serena frente,
105

cual casto esposo lisonjero y blando,

al mismo hijo de Dios miré presente,

el alma a sus deleites convidando.

   Y una guirnalda de inmortales rosas

del celeste jardín, y el blanco velo
110

que guarda a sus castísimas esposas

a ceñirme bajaba desde el cielo.

   Piensa pues cuánto fue mi desatino,

juzga y comprende de mi amor lo inmenso,

cuando entre el amor tuyo y el divino
115

estuvo así mi corazón suspenso.

   Y pues tanto tardé en poner por obra

mi santo pensamiento, a tu amor baste,

como a mí culpa y mi vergüenza sobra,

que vencido no fuiste sin contraste.
120

   A Dios piadoso mi plegaria envío

por que tu corazón de fuerzas arme,

para que sufras el tormento impío

que quisiera a mí sola reservarme.

   Su pura gracia sobre ti descienda;
125

él te separe de la errada vía,

tu paso encaminando por la senda

que a la ventura celestial nos guía.

   Tan noble corazón no es bien que ande

por donde va la pecadora plebe:
130

es digna de salvarse tu alma grande

y de derecho a la virtud se debe.

   Haz que, si llega alguna vez tu nombre

a resonar al solitario oído,

dulce nueva me lleve de que el hombre
135

único a quien amé, no va perdido.

   ¡Qué consuelo llevara a mi retiro,

si supiera de ti que al soberano

eterno bien aspiras a que aspiro,

y al mundo fementido das de mano!
140

   Esto a Aquel que los ánimos gobierna

suplicará mi labio noche y día,

de tu ventura y salvación eterna

ansiosa aún más que de la propia mía:

   Por que de nuevo en la feliz morada
145

de los gozos perennes y supremos

nos junte pura e inmortal lazada,

y en el Señor sin culpa nos amemos.

   ¡Cuál mi dolor será, si en el postrero

jüicio estamos en opuestos lados,
150

si de Dios por el fallo justiciero

somos ¡ay! para siempre separados!

   Y aunque entonces a Sión alce mi vuelo,

volveré atrás el rostro para verte,

y entre los gozos que me brinde el cielo
155

me afligirá tu infortunada suerte.

   Y si el alma en el cielo no se olvida

de cuanto en este mundo hemos amado,

ni allá podrá mi dicha ser cumplida,

si te extrañan mis ojos a mi lado.
160

Rafael a Carmen

   Desde que me dejaste, y a mi lado

ya no me es dado a cada instante verte,

sin ti viviendo estoy, desesperado,

una vida más triste que la muerte.

   Me espanta cada interminable día
165

que he de pasar sin ti, desde que empieza:

¡Qué existencia ¡ay de mí! va a ser la mía,

privada de tu amor y tu belleza!

   ¿Y un día y otro día igual me espera?

¿Y un mes tras otro mes, y año tras año?
170

¿Y habré así de pasar la vida entera

en tal ausencia y en dolor tamaño?

   Tan espantosa negra perspectiva

a contemplar el alma se resiste:

¡venga al punto la muerte compasiva
175

vida a cortar tan solitaria y triste!

   De tu partida a la terrible idea,

que infernal sueño me parece, siento

que mi razón se rinde y titubea,

vencida del rigor de mi tormento.
180

   ¡Ah! si supieras, alma mía, cuánto

es mi dolor y, cuando el mundo duerme,

me contemplaras de profundo llanto

en mares encendidos deshacerme;

   Si me pudieras ver desesperado
185

en el desierto lecho silencioso,

revolverme del uno al otro lado

sin encontrar alivio ni reposo;

si lamentar me oyeras mi abandono

en ese lecho que por ti ser pudo
190

del placer y el amor ayer el trono

y tumba es hoy, de tu belleza viudo;

   aunque tuvieses las entrañas fieras

de dura roca o de inflexible acero,

pronto a mis brazos con amor volvieras
195

al contemplar que por tu causa muero.

   Vuelve ya, ingrata, vuelve, vida mía,

mira que es cierto que me estoy muriendo;

la vida sin tu dulce compañía

y a mí mismo sin ti no me comprendo.
200

   ¿Cómo tan dulces, tan antiguos lazos

romper pudiste de tan fiero modo,

y partir de improviso en dos pedazos

lo que ya no formaba sino un todo?

   No en unión más estrecha conceptúo
205

que son entrambos ojos un sentido,

y que dos voces que confunde el dúo

son una voz al encantado oído.

   Una vez y otra leo el fatal pliego,

y aún no sé si a mis propios ojos crea:
210

¿y es verdad que me dejas? ¡aún no llego

a creer, oh mi bien, que verdad sea!

   Y todo me parece un sueño horrendo

del que en fin es forzoso que despierte,

y a la dichosa realidad volviendo,
215

de nuevo espero entre mis brazos verte.

   Cuando el día fatal de tu partida

volví, tras breve ausencia, al hogar nuestro,

se apoderó del alma estremecida

presentimiento súbito y siniestro.
220

   Y comencé, no viéndote, a buscarte

y te llamé con angustiadas voces,

y toda hasta la más oculta parte

la casa recorrí con pies veloces.

   Y en las estancias solas y calladas,
225

otra vez recorridas y otras ciento,

resonaban tan sólo mis pisadas

y el eco triste de mi triste acento.

   Y a nuestra estancia entrando nuevamente,

al fin es fuerza que la vista advierta
230

la fatal carta que a la incierta mente

convence que era su desdicha cierta.

   ¡Y era ese, oh Carmen, el tenaz secreto

que en vano averiguaba mi porfía,

cuando a la voz de mi cariño inquieto
235

tu silencio o tu llanto respondía!

   ¡Ah! no pretendas entender ni esperes

la extraña pena, cual ninguna viva,

que sintiendo, al leer tus caracteres,

en lo hondo yo de las entrañas iba.
240

   Sentí a cada palabra, a cada frase

escrita por tu mano despiadada,

como si el corazón me atravesase,

de parte a parte, tajadora espada.

   Nada cerrar tan enconada herida
245

puede: la hallará el tiempo siempre nueva,

mientras durare la doliente vida,

el solitario corazón la lleva:

   parece que ciñera sus espiras

en torno al corazón ágil serpiente,
250

y que tal vez con repentinas iras

en él clavara venenoso diente.

   No, no es posible que el Señor reciba

el vano sacrificio que le has hecho;

estaba en mí tu libertad cautiva,
255

tú no tenías sobre ti derecho.

   Porque tú no eras tuya, sino mía,

como yo no era mío, tuyo era:

¡y pudiste dejarme! yo no habría

sido capaz de ingratitud tan fiera.
260

   Me dejas, Carmen, por lograr la palma

de la virtud y el premio sempiterno,

¡y yo por ti cien veces diera el alma

al inmortal suplicio del Infierno!

   Aunque, ¿qué importan penas infinitas
265

y gozo celestial y glorias altas?

Hay cielo para mí donde tú habitas,

infierno hay para mí donde tú faltas.

   ¡Nada hay en el Infierno que me espante,

si hemos de estar entre su fuego ardiente,
270

cual vio a Paolo y a Francesca Dante,

abrazados los dos eternamente!

   ¡Ay! al leer ese sublime canto

juntos los dos: De las eternas llamas,

clamó tu dulce labio, no me espanto,
275

si allá te amo, oh mi bien, y si allá me amas.

   Así dijiste, y a tu voz sentime

rey de los siglos y señor del hado,

al ver, oh Carmen, por tu amor sublime

el mío tan fielmente retratado.
280

   ¡Ah! pronto, tú también arrepentida,

sentirás renacer tu amor potente,

que un amor como el nuestro no se olvida,

e invocarás mi nombre vanamente.

   Maldecirás aquel fatal momento
285

de olvido, de ilusión y de demencia

en que en la prisión negra de un convento

para siempre enterraste tu existencia.

   Y entre los cantos del postrado coro

de las vírgenes castas, a tu oído
290

tan claro sonará mi «yo te adoro»,

cual por mi labio entonces repetido.

   Tan viva ante el altar, tan verdadera

será por ti mi imagen contemplada,

cual si yo mismo a interponerme fuera
295

entre el rostro de Cristo y tu mirada.

   No te valdrá ni penitente ayuno,

si del azote las sonantes cuerdas;

mi recuerdo, ofreciéndose importuno,

tan dura penitencia hará que pierdas.
300

   Mas no pienses que oculto monasterio

de mi amor implacable te liberta;

romperé tu violento cautiverio,

derribaré la usurpadora puerta.

   No habrá santo lugar do te asilares
305

que contra mi furor no sea vano,

y hasta del mismo pie de los altares

te arrancará, te arrancará mi mano.

   Que ya de un todo estoy desesperado,

nada en la tierra ni en los cielos temo,
310

si habrá horror de sacrílego atentado

que me acobarde en mi delirio extremo.

Rafael a Carmen

   Un año presto hará de tu partida,

que cual siglo ha pasado lentamente,

si hay año o siglo que las horas mida
315

al que vivió de tu beldad ausente.

   Viendo que eran en vano los papeles

que mi delirio me dictó sin cuento,

de dolor casi loco, los dinteles

nunca, dejaba del fatal convento.
320

   Verte imploraba entre las dobles rejas

y un instante siquiera hablar contigo,

para que oyeras mis dolientes quejas

y de tanto dolor fueses testigo.

   Imaginar, imaginar no puedes
325

los dardos que mi pecho atravesaban,

cuando sorda te hallé cual las paredes

que del mundo y de mí te separaban.

   Aquí de todo la memoria pierdo:

turbome el juicio mi dolor profundo,
330

y en triste lecho mi primer recuerdo

me encuentra por tu culpa moribundo.

   Larga fue y dolorosa mi agonía;

y yo, sin esperanzas ya de verte,

esperaba mi fin con alegría;
335

pero triunfó la vida de la muerte.

   Apenas vivo, me arrancó de Lima

de fiel amigo la piedad fraterna,

creyendo que aliviara ajeno clima

el mal del cuerpo, y la pasión interna.
340

   Mas no tan presto cual los otros males

el hondo mal del corazón se calma:

cesaron mis dolencias corporales,

mas no hallé nunca la salud del alma.

   Nada distraer pudo un pecho ajeno
345

eternamente a cuanto tú no seas,

e indiferente y aún de hastío lleno

contemplé las grandezas europeas.

   Mujeres vi que proclamaba bellas

como deidades la asombrada gente;
350

mas deslustraba la hermosura de ellas

tu sola imagen sin cesar presente.

   En vano, en vano mi mirada amante

otras hermosas encontrar procura,

y para mí tu cuerpo y tu semblante
355

único tipo son de la hermosura.

   La mujer más hermosa y hechicera

nada al alma me dice ni al sentido

cual si tu sexo para mí estuviera

a ti tan sólo, oh Carmen, reducido.
360

   Siempre te amé, sin que del hombre vario

la ley universal me comprendiera,

como amaba en el mundo solitario

el primer hombre o la mujer primera.

   ¡Oh tormento perpetuo y desmedido!
365

¡Amarte tanto e imposible verte!

¡Y no esperar conformidad ni olvido

ni siquiera en el seno de la muerte!

   ¡Sentir que en cualquier parte donde fuera,

en la tierra, en el cielo, en el abismo,
370

mi amor sería siempre y donde quiera

la más íntima parte de mí mismo!

   Mas ya estoy libre: nuestro amor no huella

la ley divina, ni la ley del hombre

ahora que duerme en el sepulcro aquella
375

que sólo tuvo de mi esposa el nombre.

   Ve que Dios mismo nuestra unión ordena,

haciendo ahora con bondad piadosa

que rota quede mi nupcial cadena

antes que seas su inmortal esposa.
380

   Viendo mi amor y que menguar no puede,

(¡por tan alta piedad sea bendito!)

cual rival generoso, a mí te cede

y me da poseerte sin delito.

   Ya queda nuestro amor santificado
385

y elevado a sublime sacramento:

ya vivir puedes con tu amante amado

sin sentir ni causar remordimiento.

   ¡Cuán felices seremos! nuestra vida,

aquella vida de perenne encanto,
390

se verá renovada o excedida,

convertido el amor en deber santo.

   Te llamará la sociedad mi esposa,

y te verás de todos respetada;

pero, si Lima ya te fuere odiosa,
395

fijarás donde quieras tu morada.

   Lejos de un mundo vano o importuno,

nos dará asilo solitaria aldea,

do no te pueda conocer ninguno,

y el uno al otro su universo sea.
400

   O iremos a vivir en el desierto

que me será contigo un paraíso:

yo habito el cielo por tu amor abierto,

el suelo no que indiferente piso.

   O si conmigo visitar prefieres
405

el mundo que abandona mi navío,

por ti y contigo encontraré placeres

do sólo he hallado sin tu amor hastío.

   ¡Qué placer me será en tu compañía

visitar las ciudades y lugares
410

que me escucharon solitario un día

tu ausencia lamentar y mis pesares!

   ¡Cuántas horas pasadas nuevamente

en ese estrecho platicar süave,

el mismo siempre y siempre diferente,
415

que Amor con pocas voces variar sabe!

       ¡O en esas dulces pláticas calladas

en que, asomado a la pupila tersa,

con la lengua sin voz de las miradas

lo más secreto el corazón conversa!
420

   Te contaré la dolorosa historia

de lo que ha sido sin tu amor mi vida,

y no será tormento su memoria,

si la miro por ti compadecida.

   En la dicha de verte y escucharte
425

iguales lo futuro y lo pasado,

parezca el año que infeliz los parte

horrible sueño por Luzbel enviado:

   sueño que hará más dulce todavía

la feliz realidad que le suceda,
430

como, tras noche tenebrosa, el día

su faz ostenta más serena y leda;

o cual más pura y halagüeña y grata

la luz del sol a las miradas brilla

de aquel que de los lazos se desata
435

de nocturna espantosa pesadilla.

   Sal pues, oh Carmen, a abrazarme esposo,

deja presto tu cárcel; considera

que tú sola me hicieras venturoso

en esta y en la vida venidera.
440

   Sólo A tu lado la virtud comprendo,

ser sola puedes mi adorada guía;

y de ti y de tu ejemplo careciendo,

me hallará impenitente la agonía.

   A Dios de mi destino darás cuenta:
445

Salvarme o condenarme está en tu mano:

mi fe conforta, mi virtud sustenta,

no amor te mueva, mas deber cristiano.

   Si tu salida mi esperanza premia,

será mi vida himno de gracias pío;
450

mas será sólo perennal blasfemia,

si te niegas, crüel, al ruego mío.

   De ti privado, los dolores siento

que, en dos partida por etérea espada,

sintiera un alma, en el sin par tormento
455

de vivir de sí misma separada.

   No hagas, tras esperanza tan ardiente,

no hagas que el más horrible desengaño

i desventura, y mi dolor aumente,

y crezca todavía mal tamaño.
460

   ¡Ah! si, los lazos que me ataban rotos,

a honesta dicha tu crueldad resiste,

si dar aún quieres los eternos votos,

si tan cambiada estás de lo que fuiste;

   ¡ah! si mi ruego gemidor se estrella,
465

cual mar en roca, en tu virtud de acero,

si no guarda tu pecho una centella,

si una centella del ardor primero;

   ¡ah! si la nave a quien vestir querría

las alas del amor y del deseo,
470

a tus brazos amantes no me guía

y a los vínculos santos de himeneo:

   ¡ese mar que se extiende tan sereno

se revuelva con súbita tormenta,

y me sepulte en su rabioso seno
475

antes que tanto desengaño sienta!

   ¡Oh! ¡si así fuera!... pero no, no cabe

tanto rigor en la crueldad humana:

rápida, vuela, perezosa nave,

que ser no puede mi esperanza vana.
480

   Así el triste sus ansias escribía,

y de lenta acusaba

la nave voladora

que a los brazos de Carmen le llevaba:

¡Con qué viva alegría
485

rayar miraba cada nueva aurora,

de su llegada avecinando el día!

Todo, todo calmaba sus pesares;

¡para él el cielo de placer reía,

y ventura y amor le prometía
490

hasta la voz de los azules mares!

«Movida Carmen de mi ardiente ruego,

(así hablaba consigo, enamorado)

su sagrada prisión dejará presta,

y de nuevo a su lado
495

será mi vida perdurable fiesta:

y mayor la alegría tras la pena,

en la larga cadena

de mis felices años,

parezca el que he vivido en el destierro
500

de la beldad que adoro,

tosco eslabón de hierro

en real cadena de diamantes y oro».

   Más no lo quiso la enemiga suerte,

enviándole tormenta, causadora
505

de muerte no, más de fatal demora

más triste que la muerte;

y bolló la patria orilla el desdichado

en la mañana, del siguiente día

de aquel en que ya había
510

de Carmen fenecido el noviciado.

   Vuela a Lima, y el bruto que, cual dardo,

el camino devora,

herido por la espuela punzadora,

aún le parece a su impaciencia tardo;
515

y hasta le fuera lento

el vuelo de su mismo pensamiento.

   Para al fin su fantástica carrera

en los santos umbrales del convento;

del jadeante corcel se precipita,
520

y, como a nadie viera,

llama y golpea con violenta mano,

cual si la puerta derribar quisiera:

tras un breve momento

le responde entreabriendo la portera:
525

«Dad a Carmen Ramírez al instante

ésta», le dice, y en sus manos pone

la carta que a dos vidas interesa:

«Carmen Ramírez» repitió la hermana,

»es ella en este instante quien profesa».
530

   Desalado a la iglesia entonces corre,

de una curiosa muchedumbre llena,

donde, al compás del órgano sagrado

místico canto suena:

ya el ministro del ara
535

a la esposa de Cristo ministrara

en hostia breve, el alimento donde

Dios la tremenda majestad esconde

que en la anchurosa creación no cabe;

cantaba Carmen los eternos votos,
540

y escuchó Rafael el conocido

acento de esa voz que el más süave

canto fue siempre a su amoroso oído:

romper aquel espeso mar de gente

en un punto veloz su esfuerzo pudo,
545

y cuando ya del coro estuvo en frente

y miró a Carmen, le gritó «detente,

no pronuncies tus votos: ya soy viudo».

   Tarde era ya: las sílabas finales

en los labios de Carmen resonaban
550

de las voces fatales

que por siempre del mundo la apartaban:

de Rafael a la presencia y voces

todo el concurso enmudeció suspenso;

todos quedan inmóviles de espanto,
555

y sin acción el sacerdote santo.

De rabia lleno y de furor inmenso,

a sacrílego exceso se arrojara

desesperado Rafael entonces,

si Carmen con dolor no le mirara.
560

¡Ay! ¡qué mirada aquélla!

¡Cuánto le dijo a Rafael en ella!

   Bien mostraba su pálido semblante

de larga y cruda penitencia el sello;

nunca empero más bello
565

resplandeció a los ojos de su amante;

ni nunca enviaron sus celestes ojos

más dulce, más angélica mirada

que la que entones, en Rafael clavada,

calmó la tempestad de sus enojos.
570

Cual borrascoso mar, si el sol le mira

rompiendo nubes, se apacigua, luego,

así murió de Rafael la ira

ante aquel mudo y elocuente ruego.

   Asidas de los hierros ambas palmas
575

y a ellos pegado el rostro, en Carmen fijo,

cuanto dicen las almas a las almas

con las miradas, Rafael le dijo:

al fin su pena reventó con llanto,

con sollozos y agudos alaridos,
580

en el silencio universal oídos

por toda la extensión del templo santo.

Cuantos aquella escena presenciaron

y a un hombre como un niño llorar vieron,

su dolor infinito comprendieron
585

y jamás de ese llanto se olvidaron.

   Y era su duelo y su pasión tan fuerte,

tan fiera su congoja,

que sólo el llanto que sin tasa vierte

y esos sollozos que de lo hondo arroja
590

libertarle pudieron de la muerte.

   También Carmen lloraba, y padecía

tormento aún más grave,

lo que ninguna voz decir podría,

lo que Dios sólo sabe.
595

   Al fin las recobradas religiosas

tras espesas cortinas la ocultaron,

mientras a Rafael manos piadosas

exánime del templo le arrancaron.

Carmen a Rafael

   ¡Qué fue de mí, al oírte, de repente,
600

y de mi unión en el solemne instante

con mi esposo divino, al ver presente,

tras larga ausencia, a mi terreno amante!

   ¡Qué fue de mí, cuando escuché tu llanto

y tus gemidos de amargura llenos!
605

Nunca pecho mortal padeció tanto:

quizá tú mismo padeciste menos.

   Luego al leer tus amorosas letras

que enternecieran a la más ingrata,

el alma con mil dardos me penetras,
610

y la memoria de otra edad me mata.

   Celoso tuve a mi divino esposo,

con el recuerdo de un amor profano,

y el santo lazo pareciome odioso

que hizo que el tuyo se rompiera en vano.
615

   Más en el polvo prosterné la frente,

mi ruego al cielo sin cesar implora;

y doblando el martirio penitente,

he salido de nuevo vencedora.

   Y al fin el alma serenada y quieta,
620

fortalecida en el favor divino,

al fallo omnipotente se sujeta

hasta entender que cuanto fue convino:

   hasta entender por fin que, ni siquiera

después de muerta la infeliz que en vida
625

tan vilmente ofendimos, ser debiera

nuestra unión por el cielo consentida.

   Y aunque mi llanto sin cesar la expía,

aún le faltaba este dolor gigante

a esa unión tan adúltera e impía,
630

para que expiada fuera lo bastante.

   Y es bien que el matrimonio Dios prohíba

a aquellos cuyo crimen lo adelanta

y que corrompen con unión lasciva

sus castos goces y su dicha santa.
635

   Y con justo castigo determina

la suprema justicia rigorosa

negar a la que fue tu concubina

el santo nombre y el honor de esposa.

   Dios empero aún amarte me consiente;
640

mas de humanas flaquezas acrisola

aquel amor antiguo delincuente,

y hoy en Dios te amo y con el alma sólo.

   Te amo cual, sin corpóreas vestiduras,

se aman de Dios a la inmortal presencia
645

las vírgenes aladas criaturas

que sexo desigual no diferencia.

   Con mayor perfección a ti me liga

cuanto amor cabe, puro, en alma humana,

y soy más para ti que casta amiga,
650

que santa madre, que inocente hermana.

   Mi amor se ha convertido en un anhelo

de tu bien, tan continuo tan ardiente,

que para verte merecer el cielo

cien muertes padeciera alegremente.
655

   Vuélvete a Dios, oh Rafael querido,

y dilo eterno al engañoso suelo;

por mí, por nuestro amor yo te lo pido,

dame, antes de morir, este consuelo.

   Este mismo dolor que hoy te traspasa
660

te lleve a esa piedad consoladora

que a cuantos la buscaron dio sin tasa

los inmensos caudales que atesora.

   Busca el consuelo allí do solamente

hallarle es dado al corazón humano,
665

ni des el agua de mezquina fuente

a sed que necesita un océano.

   Si tanto aquí ansias el estar conmigo,

¿querrás de mí por siempre separarte?

Sigue la senda que te enseño y sigo
670

por que vayamos a lo misma parte.

   Piensa, con alma a la partida presta,

que el mundo nos separa un día breve

y que del cielo la perenne fiesta

solemnizar nuestro himeneo debe.
675

   Como aguarda pareja enamorada,

para estrechar el nudo suspirado,

que se acabe la espléndida morada

digno hospedaje de su nuevo estado;

así nosotros, desdeñando ahora
680

este mundo, esperemos veladores

que se abra la mansión merecedora

de acoger y premiar nuestros amores.

   ¿Y mi voz desoyeras? no, yo fío,

que presto Dios te arrancará al pecado,
685

condolido por fin del ruego mío,

y de tan gran conquista interesado.

   Sin cesar me repite una esperanza

santa y secreta, cual de Dios promesa,

que aplaudirá mi celo tu mudanza
690

antes que baje a la callada huesa.

   ¡Pronto será! que como seca yerba

mi cuerpo muere, o como flor marchita:

ya llama Dios a su doliente sierva

y a la morada celestial la invita.
695

   Tal vez me asalta un ímpeto violento

de súbito morir, que por ti domo:

alas inquietas en el alma siento

y en cada miembro perezoso plomo.

   Parece que la triste prisionera
700

que ansia mayor de libertad acosa

sólo saber tu conversión espera

para romper su cárcel enojosa;

   volando al mundo que en su seno santo

toda belleza y venturanza encierra
705

y que reúne para siempre cuanto

por breve tiempo separó la tierra.

   Mis ruegos oye: merecer procura

esa mansión tan venturosa y bella,

para que pronto, de tu bien segura
710

vaya a esperarte, oh Rafael, en ella.


1867.

Al sol en el poniente

    ¡Mueres, excelso irradiador del día!

Mas, como fue de rey tu nacimiento,

¡así en la majestad de tu agonía

aún eres el señor del firmamento!

   Ardores pierdes y colores ganas,
5

disco mayor, envejecido, muestras,

y al fin concedes que un instante ufanas

en ti se fijen las miradas nuestras.

   ¿Cuál en el labio sonará del hombre

lengua feliz, tan abundante y rica,
10

que los colores y matices nombre

que tu luz en las nubes multiplica?

   ¿Ni cómo nunca pintará mi verso

las mezclas mil y visos y cambiantes,

y el rico tinte sin cesar diverso
15

y en cada cambio más hermoso que antes?

   No del pavón la descogida cola

tanta vistosa variedad remeda,

ni así dora, carmina y tornasola

el arte humano la lustrosa seda.
20

   Y de que tanto el resplandor los venza

de esas joyas celestes, carmesíes

se tornan los topacios de vergüenza

y amarillos de envidia los rubíes.

   Te espera el océano que al decoro
25

de ser espejo que tu faz retrata

junta el de dar a tu cadáver de oro

inmensa tumba de luciente plata.

   Pero entretanto que tus rayos bajea

a la acogida que su amor prepara,
30

él se consuela con tener tu imagen,

cual sol segundo deslumbrante y clara,

   y en tu sepulcro de ondas y de llamas,

que por tálamo un Dios envidiaría,

con manos llenas sin cesar derramas
35

diluvios de chispeante pedrería.

   En las túmidas olas que al encuentro

te salen, ya desciendes a ocultarte:

la mitad de tu disco está ya dentro

y sobre nada la restante parte.
40

   Mitad pareces de gigante escudo

que rojo sale de celeste fragua

y que apagar tan solamente pudo

toda esa azul inmensidad del agua.

   Aún arde en tierra la nevada frente
45

del empinado y altanero monte;

y junto al mar, con tu caída ardiente,

es otro mar de fuego el horizonte.

   Y presto sigue a tu mitad primera,

dentro del seno de la mar oculta,
50

la otra mitad que purpureaba fuera,

y ya todo la onda te sepulta.

   Mas, aunque en ella entero te amortajes,

aún pareces durar en los matices

que conservan los últimos celajes
55

en los que adiós al universo dices.

   Cual lavada paleta, el occidente

se deslustra por fin y descolora,

y una memoria de su rey fulgente

sólo le queda al universo ahora.
60

   Y el alma humana soñadora y triste

se torna en ese tan solemne instante,

y vaga sombra de tristeza viste

de la Naturaleza el gran semblante.

   Y te sucede del Amor la estrella,
65

clarísimo brillante, joya viva

que orna la frente de la Tarde bella

que se avanza callada y pensativa,

    en el instante breve meditando

que su existencia fugitiva dura,
70

pues nace apenas su belleza, cuando

muere en los brazos de la Noche oscura.


1867.

Con motivo de la vuelta anunciada de la escuadra española

    «Mar de libres, Pacífico océano

»que de hermanas repúblicas, ufano,

»circundas y acaricias las riberas:

»ya de leve España las guerreras

»naves, armadas de incendiantes truenos,
5

»surcan veloces tus tranquilos senos.

   »No a tu, apacible nombre

»que eterna paz, en venturoso agüero,

»promete al navegante, hoy correspondas;

»y en repentina tempestad que asombre
10

»el más osado corazón de acero

»hincha y revuelve tus serenas ondas;

»y pues hollarlas con desprecio miras

»tan fieros aparatos militares,

»la guerra imita y espantables iras
15

»de los más turbios procelosos mares.

   »No en ti permitas tal baldón; y como

»engreído corcel, que no consiente

»sino del dueño el conocido peso,

»lanza del fuerte sacudido lomo
20

»al que a oprimirle se atrevió imprudente;

»tal, indignado, de tu undosa espalda

»sacude los ibéricos navíos,

»y estrellados en ásperos bajíos,

»los sepulte tu líquida esmeralda.
25

   »Más ¿qué profiere la cobarde lengua?

»Tan insensato ruego

»es del honor, del patriotismo mengua:

»¿tan muerta yace nuestra fe ¿Tan poco

»en el vigor de nuestros brazos fío,
30

»que tu furor bravío,

»desalentado; en nuestra ayuda invoco?

»¡Ah! no, jamás: en tu llanura quieta

»quietud más honda esparzase: respeta,

»respeta, oh mar, las naves españolas;
35

»y, cual si fuese el que tu seno oprime

»dulce peso y amigo,

»aquí le traiga con amor tus olas;

»no: no nos niegues el placer sublime

»de la venganza y del feroz castigo.
40

   »Deja, deja que lleguen al alcance

»de nuestra ansiosa diestra furibunda

»que ardientes globos en sus cascos lance

»y en tus cavernas lóbregas las hunda:

»o las salven del último destrozo
45

»que amenazando esté nuestro denuedo

»las alas rapidísimas del Miedo».

   Así mi voz decía

presagiando a mi patria excelsa gloria,

y cumplió mi esperanza y profecía
50

del Dos de Mayo la inmortal victoria.

   Y hoy to renuevo mi plegaria ardiente:

de tu nombre a la paz siempre conforme,

rueda nadante o voladora vela

deja que muevan la «Numancia» enorme,
55

«Blanca» altiva y ufana «Berenguela»;

y cuantas, de armas y valor desiertas,

huyeron presurosas, o impacientes

de curar las heridas

en sus cascos abiertas
60

por nuestras crudas balas encendidas.

   Si el primer escarmiento no domolas,

las domará, las domará el segundo,

cuando, heridas de muerte,

pidan, por tantas bocas al beberte,
65

tu abismo más profundo.

   Y en vano, en vano a la vencida flota

otras se juntan naves altaneras:

ya tardan: lleguen; porque llegan sólo

a ser de la derrota,
70

a ser de la ignominia compañeras.

   Nada, oh Iberia, nada

arredra ya nuestro valor triunfante;

aunque repitas la Invencible Armada

que enviaste un día en opresora guerra,
75

cual móvil bosque, cual ciudad flotante,

contra las libres playas de Inglaterra.

   Una nueva belígera Venecia

ir cortando orgullosa parecía

las ondas cuyo enojo desafía,
80

los vientos cuya cólera desprecia:

y vientos y ondas, a la par crüeles,

sepultaron los últimos escombros

de la selva más densa de bajeles

que el mar sostuvo en sus movibles hombros.
85

   A igual suerte y más dura condenada

la que, de esa rival, mandes ahora,

verás cual la dispersa y anonada

el brío y saña del valor peruano,

que iguale en su pujanza destructora
90

a vientos y océano.


186752.

A media noche en chorrillos

    En hondo sueño reposa

la vasta mortal familia:

yo sólo gimo en vigilia

sempiterna y dolorosa.

   Y escucho desde mi lecho
5

el ronco son con que el mar

no cesa de acompañar

los suspiros de mi pecho.

   Somos, oh mar, parecidos:

tú de sonar nunca dejas,
10

ni yo de exhalar mis quejas

y mis profundos gemidos.


En la profesión de Isabel

    «¡Y te vas, hija del alma!

¡Y me dejas, Isabel!

¡Y mis súplicas no logran

tus pisadas detener!

   ¡Ah! recuerda que en mi seno
5

nueve meses te llevé,

padeciendo al darte al mundo

la congoja más crüel:

   Que güié en su primer paso

tu indeciso débil pie,
10

previniendo a tu caída

de mi brazos el sostén.

   Yo esperé que a tus hermanas

ayudaras tú también

a ser báculo y consuelo
15

de mi lánguida vejez.

   Ya podré sólo mirarte

de doble reja al través,

que mis ansiosos abrazos

querrán en vano romper.
20

   ¡Ay! espera breves años

a cerrar con mano fiel

mis cansados ojos tristes,

y podrás partir después.

   Deja, deja que en la tumba
25

doble yo mi cana sien,

aunque al pesar de tu ausencia

más pronto la doblaré:

   ¡Oh tú que de mis amores

eres el fruto postrer,
30

no me dejes, hija mía,

no te vayas, Isabel!»

   «¡Y te vas, oh dulce hermana!

¡Amadísima Isabel!

¡ah! recuerda que en la infancia
35

nuestro lecho el mismo fue:

   ¡ah! recuerda nuestros juegos,

en la plácida niñez

que miraba nuestra madre

con dulcísimo placer:
40

   ¡y la dejas ¡ay! ingrata

y nos dejas ¡ay! crüel!

¡Y es posible que el eterno

adiós último nos des!

   No el estilo dulce rompas
45

que, mañana uniendo a ayer,

o iguala a nuestra dicha

día a día y mes a mes:

   escucha nuestros gemidos

y nuestras lágrimas ve:
50

no nos dejes, dulce hermana,

no te vayas, Isabel».

   Así te hablan madre hermanas,

llorando mares de hiel:

y la amistad a su ruego
55

el suyo junta también.

   Y el mundo también te dice:

«¿dónde vas? los pasos ten:

en la edad de los amores

¿por qué me dejas, por qué?
60

   Yo te prometo placeres,

yo grandezas te daré;

ganarás entre las bellas

de beldad insigne prez:

   prenderás mil corazones
65

de tus trenzas en la red,

y en las salas, fulgorosas

con cien lámparas y cien,

   al mirar tus atractivos

y tu regia esplendidez,
70

de amor morirá cada hombre,

de envidia cada mujer:

   como leve mariposa

en un ameno vergel

volando de flor en flor
75

liba de todas la miel,

   tal volará tu capricho

de un placer a otro placer,

sin que, tan varios cuan dulces,

falten jamás a tu sed.
80

   Pero sobre tanta dicha,

pero sobre tanto bien,

te daré que ames amada,

que el bien de los bienes es.

   Compara a la dulce vida
85

que te ofrezco y cumpliré,

la espantosa que te aguarda

bajo lúgubre pared,

   en anticipada tumba,

en impenetrable Argel,
90

morada de penitencia

y de llanto y lobreguez.

   En sagrada prisión guarde

un humilde parecer

sólo aquella a quien avara
95

de beldad natura fue:

   mas en ti a cuya hermosura

entre todas el laurel

dar es fuerza, aunque la Envidia

de tus gracias sea juez,
100

   es linaje de suicidio,

criminal insensatez

en un claustro solitario

tantas gracias esconder.

   Aún es tiempo, incauta virgen,
105

aún es tiempo: el paso ten:

no traspases todavía

el terrífico dintel;

   ve lo que haces y no sea

que, pesándote después,
110

un vínculo indisoluble

quieras en vano romper.

   Ve las ledas muchedumbres

que en magnífico tropel

hoy presento a tus miradas
115

convidándote al placer.

   ¿Di, no escuchas los acentos

que te envían? vuelve pues:

no me dejes, bella niña,

no te vayas, Isabel».
120

   Y tu madre y tus hermanas

y el amor y amistad fiel

y el placer, la vida, el mundo,

prosternados a tus pies,

   todos, todos suplicantes
125

te repiten a la vez:

«no te vayas todavía

no nos dejes, Isabel».

   Mas tú al mundo así respondes

con heroica intrepidez:
130

«vano mundo, te conozco

y ya tus perfidias sé:

   no me engaña de tus pompas,

el falsísimo oropel,

ni me halaga de tus flores
135

el mentido rosicler:

   ya sé que eres mar turbado

donde el humano bajel

vaga incierto, de las olas

y los vientos a merced:
140

   sé que a tus crédulos hijos

jamás guardaste la fe,

que dulce miel nos prometes

y nos das amarga hiel;

   que el amor con que nos brindas
145

agua de los mares es,

que nunca sed apaga

y más irrita la sed.

   Amor verdadero busco,

eterno le he menester,
150

que ni los años le gasten

ni quepan dudas en él:

   esposo darme no puedes

como el que yo me busqué,

aunque me dieras del orbe
155

el más poderoso rey.

   Puerto seguro y tranquilo,

celeste asilo encontré

do nunca a llegar alcanza

de viento y onda el vaivén.
160

   ¡Mundo traidor! ¡falso mundo!

No al viento tus ruegos des;

te conozco, te desprecio,

y es tal por ti mi desdén,

   que te juzgan mis amores
165

corto mezquino interés

para darte en holocausto

al que hoy recibe mi fe.

   Y pues tu fango y peligros

trueco por tan alto bien,
170

sin un suspiro siquiera

te dice adiós Isabel.

   ¡No así a ti, madre del alma,

madre dulcísima, a quien

me ligan los dobles lazos
175

del amor y del deber!

   ¡Y vosotras, compañeras

de mi dichosa niñez!

¡Ay, mi madre! ¡ay, mis hermanas!

No mis ansias aumentéis.
180

   No está en mí tener la planta,

irme es ya forzosa ley;

ved que es Dios el que me llama:

¿quién resiste a su poder?

   Mas presentes noche y día
185

a mi afecto viviréis,

y al Señor de las clemencias

por vosotras rogaré,

   porque un día nos conceda

que nos volvamos a ver
190

en los fúlgidos Palacios

de la mística Salem».


1867.

A los peruanos

En la ultima guerra civil

    «Con temeroso son la fiera trompa»

los espacios asorda nuevamente:

¿A dónde corre esa confusa gente?

¿A quién amaga esa guerrera pompa?

   ¿Quizá con triple fulminante flota
5

España torna, de vengar sedienta

en vuestra ruina la insufrible afrenta

   de su reciente rota?

   Mas ¡ay! vana la vuelta vengadora

fuera ya de esa gente embravecida,
10

pues con insana lucha fratricida

vosotros mismos la vengáis ahora.

   No su enemiga y envidiosa diestra

arranca a vuestras frentes, oh crüeles,

de Mayo los espléndidos laureles,
15

   sino la propia vuestra.

   Y de la patria que os implora en vano

despedazáis el delicado seno,

cual la crudeza del encono ajeno,

cual la barbarie del furor hispano.
20

   Y va la Fama y su pregón avisa

a España ya vuestra discordia loca,

y ella su mengua olvida, y en su boca

   brilla feroz sonrisa.


1867.

    Bajan sobre mis dolores

tus palabras de consuelo,

como el rocío del cielo

sobre las marchitas flores.

   Y mis tormentos suaviza
5

tu plática consolante,

como adormece al infante

el canto de la nodriza.

   ¡Ah! no calle todavía

tu süave voz piadosa,
10

que en blando sueño reposa

al oírte el alma mía.

   En dormida mar serena

ir me parece bogando,

arrullado por el blando
15

acento de una Sirena!

   Por breves instantes cesa

mi antigua desconfianza,

y escucho de la Esperanza

la dulcísima promesa.
20

   ¿Quién te da tanta dulzura?

¿Quién a tu boca halagüeña

esas palabras enseña

que consuelan la amargura,

    y que en mi herida crüel
25

del puro labio elocuente

cayendo van dulcemente

cual blandas olas de miel?

   Todo recuerdo temido

así le borran tus frases,
30

como si las empapases

en el agua del olvido.

   Tú su risueño zafir

vuelves al nublado cielo

y arrancas su negro velo
35

al rostro del porvenir.

   ¡Bendita por siempre seas,

tú que de un triste te apiadas,

y con voces encantadas

sus pesares lisonjeas!
40


1868.

    Sobre el vasto universo adormecido

brilla en silencio la serena luna;

duerme la mar cual plácida laguna,

y suspenden las auras su gemido.

   Todo calla en redor: ningún rüido
5

de la naturaleza, voz ninguna

de los dormidos hombres importuna,

en tanta paz, el solitario oído.

   Y en la profunda misteriosa calma

de la tierra, del aire y océano,
10

el oído interior levanta el alma;

   y poseída de ferviente anhelo,

oír espera algún rumor lejano

de la inefable música del cielo.


    ¡Bendita sea la feliz tibieza

con que, celosa de su pura fama,

pagó tu amor la aviñonense dama

que igualó su virtud con su belleza!

   ¡Benditos el rigor y la esquiveza
5

que acrisolaron tu amorosa llama,

y te valieron la gloriosa rama

que hoy enguirnalda tu feliz cabeza!

   Así Apolo que a Dafne perseguía,

cuando a abrazarla llega, sus congojas
10

sienten de un árbol la corteza fría.

   Mas en sus ramas la deidad doliente

halla las verdes premiadoras hojas,

digna corona de su altiva frente.


1868.

La perla sin compañera

[Nota53]

A su esposo

    Para siempre, cual rápido sueño,

aquel tiempo feliz ha pasado

en que, amada y amante en un grado,

los deleites del cielo gocé:

Lima toda miró con envidia
5

nuestras dichas y castos amores,

y por fácil sendero de flores

resbaló descuidado mi pie.

   Un audaz misterioso extranjero

a quien yo, sin saberlo, inspiraba
10

vil amor, y una pérfida esclava

me envolvieron en red infernal:

mas no pudo domar mi constancia

el peligro de próxima muerte,

y morir prefiriendo a ofenderte,
15

di mi pecho al agudo puñal.

   El deber y el amor a par fueron

de mi fe combatida el escudo;

mas, si entonces el deber tanto pudo,

aún sin él me bastaba el amor:
20

y al caer, en mi sangre inundada:

«dulce esposo, clamé, por ti muero»

y tu nora re fue el nombre postrero

que en mis labios oyó el matador.

   ¡Ah! ¡por qué su puñal, más certero,
25

insanable no me hizo la herida!

¡Para qué he recobrado la vida,

si te miro dudar de mi fe!

Yo que quise la vida tan sólo

para ti, dulce bien, y contigo,
30

sin tu amor hoy la vida tan maldigo

que por él tan preciosa me fue.

   Tus recelos me dan lenta muerte:

cese, cese este largo combate:

toma al fin una espada que mate
35

de una vez a la triste Isabel:

¡ah! yo misma me abriera gustosa

este fiel corazón, si creyera

que, después de mi muerte siquiera,

mi inocencia leyeras en él.
40

   ¡Fuera mi alma visible a tus ojos!

¡Fuera el pecho cristal transparente,

por que vieras desde hora patente

cuán injusto es tu largo desdén!

Lo sabrás algún día en el mundo
45

donde no entran ni dudas ni celos,

porque en él, sin engaños ni velos,

cara a cara las almas se ven.

   Si del mundo el error me condena

y te aplaude, yo invoco, yo espero
50

en el juez imparcial y severo

que nos ha de juzgar a los dos:

me oirás en el último trance,

en esa hora en que el labio no miente,

repetirte que soy inocente
55

ante el santo ministro de Dios.

   Más, si acaso la voz del que muere

no bastara a borrar del delito

la sospecha tenaz, yo te cito

para el juicio tremendo final:
60

allí, en faz del humano linaje

convocado ante el trono divino,

oirás de mi propio asesino

que tu esposa te ha sido leal.

   Los que un día a Isabel conocisteis,
65

¡cuántas lágrimas dierais al verla!

ya no luce de Lima la Perla,

la que todos llamabais sin par:

de su seno el dulcísimo abrigo

hoy le niega su concha querida:
70

¡Pobre perla olvidada, perdida

en los negros abismos del mar!

   Mas adiós, que la Muerte me aguarda

y me llama, sus brazos abriendo:

a mis hijos no más te encomiendo;
75

son tus hijos, esposo, también:

estas prendas te daba tu esposa

en aquellos dulcísimos días,

en que, libre de dudas impías,

sólo en ella cifrabas tu bien.
80

   Y vosotros, pedazos del alma,

que reis, mi dolor ignorando,

sed felices, mis hijos, y cuando

de algún labio la amiga piedad

mi tristísima historia os relate
85

y mis fieras desgracias lamente,

bendecid a una madre inocente

y de un padre el rigor perdonad.


1868.

Al ángel de mi guarda

    Tú que por mi amor trocaste

el empíreo por el suelo,

amoroso, inseparable,

si invisible compañero;

   tú que en la débil infancia
5

me salvaste de mil riesgos,

escucha, celeste hermano,

escucha mi humilde ruego.

   Tú la flor de mi inocencia

resguardaste largo tiempo
10

de la tempestad mundana

y de sus impuros vientos:

   entonces te contemplaban

tal vez mis felices sueños

más bello que cuanto nunca
15

despiertos mis ojos vieron:

   tus alas me cobijaban,

me arrullaban tus acentos,

bien como al niño dormido

arrulla el canto materno,
20

   que entonces mi alma inocente

era purísimo espejo

donde tu rostro veías

y te agradabas en verlo;

   mas del mundo corrompido
25

al fin el impuro aliento,

de espejo que tanto amabas

manchó los cristales tersos.

   Tú sin embargo piadoso,

con amor más que fraterno,
30

tus inspiraciones santas

dabas al culpable pecho:

   pero yo las desechaba

con ingrato menosprecio,

y en la senda de los vicios
35

me desbocaba sin freno.

   ¡Cuántas veces te he obligado

a hollar lugares secretos,

indignos de las miradas

de un habitante del cielo!
40

   ¡Y al ver mis torpes delitos,

la faz en grana tiñendo,

a tus castísimos ojos

formaron tus alas velo!

   Empero nunca en el crimen
45

me has consentido sosiego,

y con la voz siempre me hablas

de santo remordimiento.

   Tú mi enmienda solicitas:

yo sin cesar la difiero,
50

y tus esperanzas burlo

y tu amistad desconsuelo.

   Tal vez no dista el instante

de mi vida postrimero,

que a comparecer me lleve
55

ante el tribunal supremo:

   ya me parece que triste

y turbado te contemplo,

al ser forzoso testigo

contra tan querido reo:
60

   ya te oigo en mi larga vida

contar apenas, gimiendo,

uno o dos actos virtuosos

entre mil actos perversos.

   Y al fulminar la sentencia
65

el juez airado y tremendo,

que con los lobos me junte

y aparte de los corderos,

   tú, forzado a separarte

de tu dulce compañero,
70

¡le enviarás con las miradas

el último adiós eterno!

   ¿Y qué será de mí entonces,

cuando te mire con lento

vuelo alejarte, el lloroso
75

rostro divino volviendo,

y yo arrastrado me sienta

a la morada del fuego

y toque su umbral ardiente

cuando tú el umbral del cielo!...
80

   ¡Ah! no, no sea: de Dios

alcance tu pío ruego

que su misteriosa gracia

salve mi postrer momento;

   porque en el último día
85

del transitorio universo,

lleves a tu excelsa patria

a este tu hermano terreno;

   y estrechamente enlazando

con mutuo brazo los cuellos,
90

en sus pórticos fulgentes

paremos el raudo vuelo:

   y allí entre tantas venturas,

y allí entre tantos contentos,

no será tu compañía
95

lo que me deleite menos.


1868.

A don José Gálvez

[Nota54]

    ¿Y de la tumba en el sagrado seno

aún te persigue la venganza impía?

¡Mas el inicuo, en su odio contra el bueno,

aún no perdona a su ceniza fría!

   Y los que ayer rieron con tu muerte,
5

que fue de un mundo universal lamento,

hoy no quisieran ni en imagen verte

de Mayo coronando el monumento.

   Y es razón; que aún en mármol tu semblante,

como ya en vida tu presencia austera
10

cruda amenaza a la maldad triunfante

y perennal remordimiento fuera.

   Y creyeran tu mármol impaciente

ver arder a su vista en ira santa,

y ellos bajaran con rubor la frente
15

y aterrados cayeran a tu planta.

   Mas, si a tus manes el honor postrero

niega la envidia, en su rencor constante,

pronto será que el popular dinero

monumento más digno te levante.
20

   Aunque el más digno de tus altos hechos

no son mármol ni bronce; no, tu gloria

otro tiene mayor en nuestros pechos

donde olvido no teme tu memoria.

   Y en asilo tan santo y tan secreto
25

seguro vives, porque allí no alcanza

poder sañoso, infamador decreto,

ni torpe envidia, ni feroz venganza.


1868.

    ¿Qué aguda inteligencia,

angélica o mortal, penetrar sabe,

Señor, tu arcana esencia?

¿En cuál tan vasto pensamiento cabe

tu infinita grandeza
5

que nunca acaba, que jamás empieza?

   En el principio fuiste

y serás en el fin: que el solo eres

que por sí propio existe:

sólo existen por ti los demás seres;
10

y es vano ser prestado

el que anima, Señor, a lo creado.

   Sólo tu vida es vida:

no hay cuento prodigioso de guarismo

que tu principio mida;
15

que eres eterno padre de ti mismo;

y de círculo a modo,

de ti sale y a ti regresa todo.

   De tu vital presencia

todo lo hinches, Señor: eres esfera
20

cuya circunferencia

no miro en parte alguna; mas doquiera,

doquier, Señor, encuentro

el portentoso inacabable centro.

   Y yo, débil gusano,
25

yo de la nada vil hijo doliente,

quiero entender en vano

cómo duras, Señor, eternamente,

cuando de un hilo asida

está mi triste pasajera vida.
30

   Y mientras que tú llenas

la eternidad pasada y la futura,

rápido instante apenas

del hombre frágil la existencia dura,

y como sombra vana,
35

ni tuvo ayer, ni logrará mañana.

   Mientras en ti más pienso

y más tu arcana majestad medito,

te me haces más inmenso;

y perdida en tu piélago infinito,
40

mi náufraga barquilla

ni encuentra fondo ni divisa orilla.

   Y como los fulgentes

rayos no ven del sol ojos terrenos,

yo así, Sol de las mentes,
45

cuanto más brillas, te distingo menos,

y creciendo tu fuego,

desmayo al fin, desatinado y ciego.

   Oh pensamiento, tente:

no divinos arcanos arrogante
50

indagues vanamente;

no quieras abarcar, cual loco infante,

en tu pequeña mano

el inmenso caudal del océano.


1868.

Un príncipe indio

Al casarse con una española

    La nieve de nuestros montes

en tu tez cándida brilla,

y en tus cabellos el oro

que sus entrañas nos crían:

   semeja la viva grana
5

que colora tu mejilla

purpúrea tarde que muere

en sus blanquísimas cimas;

   y el azul de nuestro cielo

y de nuestra mar dormida
10

tiñe de tus dulces ojos

la transparente pupila.

   ¡Oh bellísima española,

ante ti todas se eclipsan,

como ante el Sol las estrellas,
15

nuestras beldades nativas:

   que nunca copia su frente

y su cabello no imita

la nieve de nuestros montes

ni el oro de nuestras minas.
20

   Sólo por ti, blanca virgen,

olvidar pude que es mía

la sangre vertida a mares

de los infelices Incas.

   Desde mis años más tiernos
25

en sed55 de vengar ardía

a mi patria esclavizada

y asesinada familia:

   y era este ardiente deseo,

de venganza y de justicia
30

el desvelo de mis noches

y el ensueño de mis días.

   Pero miré tu hermosura,

sentí tu gracia divina,

mas temible que los rayos
35

que tus compatriotas vibran;

   y quedé al fin más rendido

de tu beldad peregrina

que de las armas hispanas

quedó mi patria cautiva.
40

    En vez de mandar guerreros

para afianzar su conquista,

envíe España bellezas

que con la tuya compitan.

   Si tanto te hubiera amado
45

aún siendo a mi amor esquiva,

¿Cómo adoraré a quien hallo

a mi amor agradecida?

   Adversas razas en ambos

hoy el himeneo liga:
50

en ti a la raza opresora,

en mí a la raza oprimida.

   Perdona, sombra sangrienta

del mísero Atabaliba;

perdonad, airados manes
55

de tantas inultas víctimas;

   si a mi venganza renuncio,

si mi soberbia se humilla,

si del injusto contrario

estrecho la mano altiva,
60

   no es porque tema los riesgos

de las sanguinosas lidias,

que poco en vuestro holocausto

juzgara perder mil vidas:

   mas, si conocido hubierais
65

la beldad que me esclaviza,

disculparais mi flaqueza

y mi amor comprenderíais.


1868.

    Ven: de la odiada realidad amarga

róbame al doloroso sentimiento,

y de mi vida la insufrible carga

ten, oh Sueño, en tus brazos un momento.

   ¡Ay! que en senda tan áspera y tan larga
5

más grave al hombro cada vez la siento,

y más la cuesta la subida embarga

al pie cansado, cada vez más lento.

   El peso horrible de la vida humana

Alíviame esta noche fugitiva,
10

y a recibirle tornaré mañana;

   hasta que al fin, doliente y compasiva,

venga, implorada, tu inmortal hermana

y en su seno piadoso me reciba.


    Descubra ufana la pomposa tierra

las maravillas que su seno encierra:

cual mares de colores,

sus llanos muestre de verdor y flores;

sus selvas, montes de nevada frente
5

y las ciudades que levanta el hombre;

su variedad ostente,

y con lo rico y lo diverso asombre.

   A ti tu austera desnudez te basta,

océano gigante;
10

y mientras que la tierra matizada

mil colores y mil luce sin cuento,

un color sólo basta a tu semblante,

como al semblante azul del firmamento.

   Siempre gocé en tu aspecto, ya te viera
15

desde firme ribera

contrastar por tu estruendo y movimiento

con el callado inmóvil elemento;

y recreado, en tanto

que en la orilla tu espuma se dilata,
20

orlar te mire tu cerúleo manto

con rica fimbria de luciente plata;

ya, lejos de tus playas,

habitador de trémulo navío,

te viera en torno mío,
25

ir a perderte en el inmenso cielo,

cual si él te limitase por do quiera,

y todo mar el universo fuera.

   Mas, aunque ocupas del común planeta,

inaquietable mar, la mayor parte,
30

no basta tanto imperio a contentarte,

que a más aspira tu ambición inquieta:

fiero desdeñas con poder diverso:

el imperio partir del universo:

a dominios sin límites aspiras
35

donde te tiendas sin confín ni vallas;

y a la enemiga tierra

eterna mueves implacable guerra,

y en derredor azotas sus murallas

con tus rabiosas ondas sitiadoras;
40

sus altos lindes sin cesar invades,

y ensanchas tus estados

con las vastas provincias que devoras.

Tal vez cual diestro atleta, te retiras

para tornar con ímpetus doblados
45

a descargar tus formidables iras

y ella, temblando muda,

resiste apenas tu inmortal asalto

y teme que sus campos y sus selvas,

sus empinados montes más aerios
50

y sus grandes metrópolis e imperios

a sepultar bajo tus ondas vuelvas.

   Aún el tiempo recuerdas en que ufano,

cual reino tuyo, la ocupaste entera,

cuando de Dios la vengadora mano,
55

a castigar del hombre los delitos,

lanzó desde la altura otro océano.

   ¡Cuál diste de placer largo rugido,

cuando reinar te contemplaste solo;

cuando, de polo a polo,
60

ceñiste el universo estremecido,

cual lidiador que con el peso abruma

del vasto cuerpo a su rival caído!

   Inmensa noche te cubría en torno,

horrenda noche, donde
65

su luz negaba la menor estrella,

noche que sólo se igualara a aquella

que lo más hondo de tu abismo esconde:

y en su negro silencio funerario,

con el bramido de tus ondas bravas
70

y ronca voz del huracán, cantabas

tu triunfo solitario.

   Mas fue breve la edad de tu conquista:

a sus antiguos lindes

el gran volumen de tus ondas baja;
75

y, como salva náufraga, fue vista

sacar la tierra de tu azul mortaja

la sumergida frente,

y de selvas la espesa cabellera

que sobre el ancho pecho goteaba
80

de tus saladas ondas el torrente.

   Y aunque la tierra en la inmortal promesa

de la bondad divina

de segundo diluvio se asegura,

no aleja empero su postrer rüina
85

y su infalible destrucción futura.

   Contó el Señor los siglos de su vida,

y los tuyos también: vendrá ese día,

a ella y a ti de espanto,

en que con la agonía de la tierra
90

mires también llegada tu agonía;

y a sus gemidos últimos respondas

con el medroso llanto

y bramador gemido de tus ondas.

   Ella remedará tu movimiento,
95

por el vaivén violento

de internas tempestades sacudida,

y mostrará sus lóbregas entrañas,

y el mar de fuego que su centro llena;

y tú, tus ondas hasta el cielo irguiendo
100

copiarás sus altísimas montañas

en Andes de agua, entre uno y otro abriendo

profundos valles de revuelta arena.

   Y a grandes trechos, tu anchuroso y hondo

secreto lecho dejarás vacío:
105

cual flota inmensa de varadas naos,

se verán tus atónitas ballenas;

y huyendo bajarán a tus enjutas

llanuras los terrestres animales,

y a guarecerse irán entre tus grutas
110

y entre tus rojas selvas de corales.

   Y en mortal confusión, cada elemento.

De sí mismo y los otros enemigo,

y luchando con todos y consigo,

en nuevo caos tornarán el mundo,
115

hasta que baje la ira justiciera

y abrase viva llama

el vil teatro del humano drama

que en otro mundo el desenlace espera.

   Cual bebe sol de estío
120

menuda gota de fugaz rocío,

así te sorberá súbitamente

la sed rabiosa de esa llama ardiente:

no quedará de ti recuerdo vano;

y entonces solo Dios, vasto océano
125

sin fondo ni ribera,

inundará la inmensidad entera.


1869.

Visita al cementerio

    ¡Oh ciudad silenciosa de los muertos!

En ti se apaga el huracán humano,

cual muere al pie de las tranquilos puertos

el estruendo y furor del océano.

   Tú el sólo asilo de los hombres eres
5

donde olviden del hado los rigores,

sus ansias, sus dolores, sus placeres

que no son en rigor sino dolores.

   Parece que me invitas a que vaya

en ti a librarme de este mar tan fiero,
10

cual a su abrigo la segura playa

convida al fatigado marinero.

   ¡Hay en ti tanta paz, tanto sosiego,

del otro mundo misteriosa orilla!

¡Y es tan turbado el mar en que navego,
15

y tan frágil y rota mi barquilla!

   Tantos a ti me ligan dulces lazos,

que no me juzgo a tu mansión ajeno:

¡Ah! ¡de mi corazón cuántos pedazos

están ya sepultados en tu seno!
20

   ¡Oh cementerio! ¡Cuántos de los míos

son ya de tu recinto pobladores!

¡Cuántos me piden a sus restos fríos

justa ofrenda de lágrimas o flores!

   Aquí estás, dulce padre idolatrado,
25

de mi vida perenne pensamiento,

cuyo fin, de los tuyos apartado,

¡Ay! ¡tan presto siguió a mi nacimiento!

   Tú cuyo elogio universal, sincero

excusa la inmodestia al filial labio
30

de enaltecer tu triunfador acero

y el lauro darte que corona al sabio:

   por ti el nacer maldigo, por ti anhelo

tal vez la cruda pavorosa muerte,

para irte a conocer allá en el cielo,
35

pues no pude en la tierra conocerte.

   Aquí estás, noble Pío, en quien el nombre

presagio fue de tu piedad divina:

¡y tú, digna consorte de tal hombre,

adorable dulcísima Joaquina!
40

   Y Plácido, y Victoria y Margarita!...

¡Ah! ¡quién la parte numerar pudiera

de la familia, que el sepulcro habita

y que a la viva en el sepulcro espera!

   Aquí también reposa tu ceniza,
45

tú cuya muerte desde playa ajena

sólo pude llorar, oh mi nodriza,

mi pobre inolvidable Magdalena!

   ¡Caros difuntos! Cuando gimo el lado

de vuestras tumbas, la esperanza siento
50

de que se anime vuestro polvo helado,

de que escuchéis mi dolorido acento.

   Y aún me parece que a mi atento oído

llega un son melancólico y profundo,

suspiro que, en respuesta a mi gemido,
55

me enviáis vosotros desde el otro mundo.

   Y entonces, caros seres, desearía,

diciendo adiós al mundo tempestuoso,

quedarme en vuestra dulce compañía,

gozar vuestro dulcísimo reposo.
60

   Y en el silencio de la noche oscura,

escuchar por el vasto cementerio

la voz de los difuntos que murmura

de la vida y la muerte el gran misterio.


1869.

El día de Difuntos

(En el cementerio)

    No la profunda paz apetecida

y el usado silencio aquí se advierte,

que hoy anima el bullicio, de la vida

el dormido palacio de la Muerte.

   Mas gente, a igual destino reservada,
5

es bien que, suspendiendo su alegría,

a conocer aprenda la morada

que para siempre ha de habitar un día.

   ¡Cuántos de los que aquí mueven el paso,

al lucir este día nuevamente,
10

con los que hoy duermen dormirán acaso

el sueño de la tumba eternamente!

   Y antes que muchos lustros su jornada

terminen, ni uno sólo habrá quedado

de los que hoy visitamos de pasada
15

este mudo recinto desolado.

   Oh Lima, de tus gozos y tu gloria

la vanidad tu población discierna,

pues eres la morada transitoria

de los que hallan aquí morada eterna.
20

   Vivan en ti su rápido momento,

cual en su breve viaje el peregrino,

que no pone su amor ni su contento

en las vanas mansiones del camino.

   Sucediéndose raudos sin medida
25

seres ofrece el universo vasto;

mas cuanto cría pródiga la Vida

a la Muerte voraz sirve de pasto.

   ¡Oh negra reina de implacable encono,

que jamás de tus víctimas te apiadas,
30

son montes de cadáveres tu trono,

y tus sangrientos cetros son espadas!

   Hambrienta emperatriz que cada instante

pueblas y ensanchas tu terrible imperio,

día vendrá que tu furor triunfante
35

cambie la tierra entera en cementerio.

   Mas sólo de cadáveres lo llenas;

sólo en el cuerpo tu poder señalas,

mas del alma desatas las cadenas

y la revistes de potentes alas.
40

   Vana conquistadora de despojos,

son a ti tus vasallos parecidos;

de calvas frentes y de huecos ojos,

sin formas, sin color y sin sentidos.

   Y aún esa tan efímera conquista
45

devolverás un día mal tu grado,

porque de nuevo el alma se revista

del cuerpo, por su luz transfigurado.

   Y cuando todo lo que tu ira inmola

a la feliz eternidad despierte,
50

verán los siglos una muerte sola

y esa será la muerte de la Muerte.

   Que, viendo que ya no hay adonde hiera

el filo matador de tu guadaña

contra ti misma volverás tu saña,
55

y tú serás tu víctima postrera.


1869.

    Tu beldad seductora me convida

con un mundo de dicha y de placer:

pero yo, en cambio, a tu serena vida

sólo puedo dolores ofrecer.

   ¡Ah! no juntes tu suerte con mi suerte,
5

ve que te diera mi destino horror:

mi amor, señora, es el dolor, la muerte;

huye por Dios de mi fatal amor.

   Digno no soy de tu beldad celeste,

no merezco tu puro corazón:
10

nunca, un suspiro este infeliz te cueste;

básteme tu amistosa compasión.

   Sólo te pido que en mi triste losa

esos ojos que afrentan al zafir

derramen una lágrima piadosa
15

«que haga mi helado polvo rebullir».


    ¡Cuánto ya del destino me quejaba!

Y ¡ay triste! no sabía

¡que su saña crüel me condenaba

a ser más desdichado todavía!

Entre males sin cuento
5

sólo un bien me restaba, una ventura:

isla risueña, solitario puerto

en el inmenso mar de mi amargura:

fresco oasis de flores y verdura

de mi vida en el árido desierto:
10

y eras tú, madre mía,

tú, mi amor, mi esperanza, mi alegría.

   ¿Quién les quitó a mis ojos el semblante

que su vista más bella siempre ha sido?

¿Quién me ha robado aquella voz amante
15

que era música eterna de mi oído?

¿Quién mi cuello privó del tierno brazo

que lo tenía dulcemente preso?

¿Quién le quitó a mi frente tu regazo?

¿Quién a mi labio le robó tu beso?
20

Gima el labio doliente,

dóblese al suelo la marchita frente;

sólo se abra el oído

para oír de mis labios el gemido,

y en tan fieros enojos,
25

sólo para llorar se abran los ojos.

   Aunque una larga eternidad viviera,

nunca el recuerdo en mí se borraría

de ese día fatal: rayó la aurora,

y murió la esperanza lisonjera
30

que engendró mejoría engañadora:

el que sueño tranquilo parecía

era el último ya: ¡cuán vanamente,

de rodillas en torno de tu lecho,

tus cuatro hijos, de dolor insanos,
35

con los nombres más dulces, a porfía,

te estuvimos llamando todo un día!

Tu cuerpo inmóvil, sin color tus labios,

sin luz tus ojos y tus manos yertas,

tan sólo en ti vivía
40

ese ronco estertor de tu agonía

que sonará en mi oído eternamente,

¡y que midió, como un reloj viviente,

las largas horas de ese eterno día!

   Vino la noche al fin y su reposo
45

interrumpió de la fatal campana

el doble doloroso

que el fin anuncia de una vida humana.

A tus dolientes hijos,

arrancados por fuerza de tu lado,
50

Ese toque les dijo

que estaba su infortunio consumado;

con cuyo son concierta

el lúgubre gemido

que dio, al cerrarse, la pesada puerta:
55

un agudo alarido

sonó, de cuatro pechos exhalado,

y ciñó cuatro cuellos un abrazo:

y así abrazados a tu estancia fuimos

y nos precipitamos a tu lecho,
60

y en el ardiente mar de nuestros ojos

inundamos tus pálidos despojos;

y besamos con labio reverente

el pecho que era nuestro santo escudo,

las inmóviles manos, los hermosos
65

ojos cerrados ¡ay! eternamente,

¡y el frío labio para siempre mudo!

   Y de nuevo arrancados a tu lecho,

en nuestra estancia solitaria, oscura,

pasar sentimos las eternas horas
70

midiendo nuestra eterna desventura:

y en la noche tercera,

sentimos ¡ay! que desfilando iba

delante a nuestra reja

la larga funeraria comitiva
75

que acompañaba tu ataúd al templo,

vibrando en nuestras almas desoladas

el compás de su marcha que se aleja

y el decreciente son de sus pisadas.

   Y de dolor y de infortunio ejemplo,
80

desde entonces vivimos, habitando

esta mansión en donde ya no moras,

cual tristes avecillas que han perdido

las maternales alas protectoras

lloran sin tregua en el desierto nido.
85

   ¡Y tú entonces faltaste a nuestro llanto

y a la materna muerte, tú que ausente

en las riberas de la antigua Europa,

apurarás en breve largamente

de la amargura la colmada copa!
90

¿Cuál será tu dolor, oh Grimanesa,

al escuchar la nueva

que ya sus alas el Vapor te lleva?

¡Cuando confirmen a ti, oído incierto

la desventura horrible,
95

que a tu cariño pareció imposible,

cuando te digan que tu madre ha muerto!

¡Que ha muerto ¡ay cielo! antes que tú volvieras

a las patrias riberas,

cuando ya estaba tan cercano el plazo
100

en que verla tu amor se prometía

y darle al fin el suspirado abrazo,

tras tantos años de una ausencia impía!

   ¡Ah! tu congoja por la nuestra mido:

morir querrás: a todo acento humano,
105

desesperada, negarás oído;

y consolarte intentarán en vano,

en círculo amoroso,

tus dulces hijos y tu tierno esposo.

   ¿Por qué, por qué con adivino pecho
110

no aceleraste tu veloz partida?

¡Ah! ¡si el peligro adivinado hubieras

que amenazaba tan preciosa vida,

hallara entonces tu impaciencia lento

el vuelo audaz del carro de los mares,
115

y ansiaras las ligeras

alas de tu amoroso pensamiento

para volar a los maternos lares!

   Y acaso el gozo de tornar a verte

a prolongar bastara la existencia
120

de aquella a quien tu ausencia

tal vez, tal vez aceleró la muerte:

pues, aunque a todos nos amaba tanto

la madre más amante que ha nacido,

tú fuiste el más querido
125

entre los frutos de su seno santo:

tú que fuiste para ella juntamente

hija, hermana y amiga y compañera,

de sus íntimas penas confidente.

   Mas, aunque ya no viva, ven siquiera
130

a ver, oh Grimanesa, los lugares

que la miraron por la vez postrera,

de su vida testigos familiares,

y que su sombra idolatrada habita;

ven, dulce hermana, a que lloremos juntos
135

nuestra común desgracia; en la luctuosa

solitaria mansión de los difuntos,

ven a orar con nosotros en la losa

que sus despojos adorados sella:

cual sólo alivio a tu dolor profundo,
140

ven a que hablemos sin descanso de ella

y a ocupar nuestra vida en la memoria

de la que fue en el mundo

nuestro amor, nuestro orgullo y nuestra gloria.


Mayo de 1870.

    Sólo la voz de mis gemidos suena

madre del corazón, en la morada

ayer no más de tu presencia llena,

y hoy sola y taciturna y enlutada.

   Ayer no más la henchía de contento
5

el son más regalado a nuestro oído

la música divina de tu acento

por cuatro corazones repetido.

   Ayer no más de tu ¡mansión doliente

las estancias desiertas y calladas
10

se animaban sonando alegremente

al rumor de tus ágiles pisadas.

   Ayer no más la mesa en que llorando

estas estrofas plañideras trazo

te vio en la tarda noche, a mí llegando,
15

ceñir mi cuello con amante lazo.

   Me recordabas cariñosa la hora,

y dabas, arrancando dulcemente

a mi mano la pluma veladora,

un fresco beso a mi abrasada frente;
20

   y me arrastraba tu amoroso empeño

al lecho, y en la orilla te sentabas,

y sólo en brazos de tranquilo sueño,

partiendo silenciosa, me dejabas.

   ¡No alcanzo ¡ay! cómo de dolor no muero,
25

muerta una madre tan amante y buena!

¡Fuerza es que abrigue un corazón de acero,

pues no me rompe el corazón la pena!

   De extraño mal que me consume lento

herido yo desde mi edad primera,
30

nunca mi amor se imaginó un momento

que tu muerte a mi muerte precediera.

   Esperaba por él interrumpida

esa ley natural, de rigor llena,

que el triste fin de quien le dio la vida
35

a un hijo amante a contemplar condena.

   Y la muerte espantosa no temía,

cuando a mi alma la interior mirada

representaba mi última agonía

por tu dulce figura coronada.
40

   ¡Y es posible, posible que el destino

de ti me despojara en un momento!

¡Y que no vuelva a hallarte en mi camino

ni a ver tu rostro ni escuchar tu acento!

   ¡Y es posible ¡ay dolor! que ya no pueda,
45

como cuando moraba en suelo extraño,

oír la voz de la esperanza leda

decirme: la verás dentro de un año!

   ¡Y que no pueda imaginarme un plazo

tras el cual, aunque largos años cuente,
50

espere darte el suspirado abrazo

y verte y escucharte finalmente!

   Un tiempo la esperanza lisonjera

en las playas de Europa me decía:

«hay una madre que con ansia espera
55

de tu regreso el venturoso día».

   «Cesen los ayes que sin fin exhalas:

¡el anhelado instante se aproxima

que del vapor las incansables alas

te llevarán a la remota Lima!»
60

   ¡Si estuvieras ausente, moradora

de Francia, a Grimanesa reunida,

y pudiese mi amor a cada hora

tu regreso esperar o mi partida!

   ¡Si a falta de tu voz, a tu hijo hablara
65

papel escrito por tu dulce mano,

y frecuente coloquio nos ligara,

vencedor del vastísimo océano!

   Pero en vez de ese viaje tan ansiado

y ya vecino a tu anhelar materno,
70

¡te preparaba la crueldad del hado

el postrer viaje y el adiós eterno!

   ¡Ah si posible el alma concibiera

ver, madre, alguna vez tu faz querida:

tarde, muy tarde, en mi vejez postrera,
75

en los últimos días de mi vida!

   Si me dijese la esperanza ahora:

«Resta un consuelo a tu dolor profundo;

»tu dulce madre idolatrada mora

»en los confines últimos del mundo:
80

   »crudo el viaje sera, de riesgos lleno,

»en montes, selvas y enemigos mares;

»mas llegarás a su adorado seno,

»después que largos lustros caminares»:

   ¡Ah! ¡cuán contento partiría entonces,
85

aunque gastara en viaje tan lejano

triples sandalias de macizo bronce

y al fin llegara moribundo anciano!

   Mas ahora ¡ay de mí! la vida entera

pasara vanamente en esperarte,
90

y en vano el universo recorriera,

¡pues ya no vives en ninguna parte!

   Ya no hay en el vastísimo universo

punto que habite mi amorosa mente,

¡y hoy sabe mi dolor cuánto es diverso,
95

llorarte muerta de llorarte ausente!

   Tal vez, mirando tu dolencia impía,

mil deseos formaba en mi locura,

y el patrio suelo abandonar quería

por no ver ni espantosa desventura;
100

   llevando antes, oh madre, de perderte

a otras playas mi planta fugitiva

donde incierto viviera de tu muerte,

y allí pudiera imaginarte viva.

   Y aun hoy, y aun hoy, aunque tu cuerpo he visto
105

inmóvil, frío y sin color y mudo,

a la verdad horrible me resisto,

y de tu muerte y mi desdicha dudo.

   ¡Ah! ¡cuántas veces en feliz olvido

pienso escuchar tu labio que me nombra,
110

o el usado rumor de tu vestido

que leve barre la mullida alfombra!

   Y si un instante dejo mis umbrales,

imagino al volver que tú me esperas,

y que a mi encuentro cariñosa sales
115

con semblante palabras placenteras.

   Mi pie las gradas del umbral traspasa

y con pisadas presurosas entro:

mas ¡ay! recorro la desierta casa,

y te llamo, y te busco, y no te encuentro
120

y cesa, entonces la ilusión dichosa,

y mi infortunio y mi tormento crece,

cuando de nuevo la verdad odiosa

a mi razón su desnudez ofrece.

   Y no alcanzo a entender de qué manera,
125

rota tan fuerte e íntima atadura,

¡huyó el cuerpo y la sombra persevera,

cesó tu vida y aún mi vida dura!

   La calma universal me maravilla,

y no comprendo en mi dolor profundo
130

¡cómo viven los otros, y el sol brilla,

y no fenece con mi madre el mundo!

   Y mudo, solitario y embebido,

días consumo en tu tenaz recuerdo,

y la extensión de mi infortunio mido,
135

y en el abismo del dolor me pierdo.

   Confusas sobre mí pasan auroras,

Días, tardes y noches que no cuento,

cual si cesase el vuelo de las horas

ante tan hondo y tan tenaz tormento.
140

   Para mí la existencia está cambiada:

en noche eterna se trocó mi día:

¡Ah! ya no espero ni ambiciono nada

de cuanto un tiempo ambicionar solía.

   ¿Qué me importan honores y grandezas
145

de los que tú no habrás de ser testigo?

¿Qué me importan el fausto y las riquezas

que ya no puedo dividir contigo?

   Si mi afán con tu amor no galardonas,

ya todo para mí lo desencantas:
150

que, si ansiaba poéticas coronas,

era para ponerlas a tus plantas.

   Ya no curo laureles inmortales

ni de la gloria el lisonjero aplauso,

si con él en los labios maternales
155

una sonrisa de placer no causo.

   La vida misma, ¿para qué la quiero,

si no la ha de encantar tu compañía,

y si tu eras el término postrero

y el solo fin de la existencia mía?
160

   ¡Ay! ¡qué va a ser de mí sin tu cuidado!

¡Qué porvenir tan enlutado el mío!

¡Sólo divisa el ánimo angustiado

llanto, tristeza, soledad, vacío!

   En nada, en nada encontraré consuelo:
165

eternamente viviré afligido:

a otros alivian en tan justo duelo

los afectos de padre y de marido.

Mas yo ni en dulces hijos ni en hermosa

consorte amante mi consuelo fundo:
170

que tú eras ara mí madre esposa,

y tú eras todo para mí en el mundo.

   Mas ¿qué digo? del hijo abandonado

un consuelo le resta a la amargura:

uno sólo: seguirte, y a tu lado
175

dormir en la callada sepultura.


1870.

Recuerdo del día de la comunión

    ¡Oh cuanto triste venturoso día,

que en mi memoria sin cesar contemplo,

cuando en tu estancia convertida en templo,

enfrente de tu lecho de agonía,

alzamos, madre, el ara
5

donde al eterno Padre el Sacerdote

la víctima inmortal sacrificara!

   Présaga, oh madre, de tu fin vecino,

y absuelta ya por la sagrada diestra

dispensadora del perdón divino,
10

¡cuánto imploraba tu impaciente anhelo

nutrir el alma con el pan del cielo!

¡Con la feliz confortadora vianda

que al humano viajero

un Dios piadoso desde el cielo manda
15

para que emprenda el viaje postrimero!

   Y de rodillas yo a tu cabecera,

las consagradas preces

quisiste que mi labio te leyera:

¡Dulce y triste deber! ¡ah! ¡cuántas veces
20

los sollozos y el llanto

la comenzada voz interrumpieron!

Mas, pensando en el santo

inefable deber que allí cumplía,

venciendo mi quebranto,
25

con labio balbuciente proseguía.

   Por fin llegó el momento

el ansiado momento venturoso

en que tu labio hambriento

gustara, oh madre, el inmortal sustento
30

que envidia al hombre el serafín glorioso.

   Celestial alegría

bañaba tu semblante,

y claro se veía

que hospedabas a Dios en ese instante:
35

brillaron tus miradas

    cual por luz inmortal iluminadas,

cual si ya viesen la celeste aurora;

¡pareciome sentir súbitamente

derramarse fragancia embriagadora
40

y oír un son divino, como el canto

de un coro angelical allí presente!

   Callaba en tanto yo: tus labios píos

pidieron a los míos

nuevos acentos con que dar al cielo
45

por tan alta merced gracias ardientes,

¡y de tu alma las alas impacientes

te iban creciendo para el grande vuelo!

   ¡Ah! ¡por qué con tus hijos no partiste

a la mansión divina,
50

y solos, oh dichosa peregrina,

nos has dejado en este suelo triste!


Junio de 1870.

Único consuelo

    Tan sólo encuentra mi dolor consuelo

en la voz que me dice: «No lo dudes,

»ya la madre que lloras, en el cielo

»recibe el galardón de sus virtudes».

   Es la voz de la amiga cariñosa
5

que conoció el tesoro de nobleza,

de bondad, de indulgencia generosa,

que en tu pecho encerró naturaleza.

   Es la voz de la huérfana inocente

que en tus hogares encontró un abrigo,
10

del anciano sin hijos e indigente,

de la mísera viuda, del mendigo:

   del mendigo infeliz que, siempre ufano,

al partir tus umbrales bendecía,

llevando dones de tu rica mano
15

y acentos dulces de tu boca pía.

   Es la voz de la enferma a cuyo labio

dio tu mano la médica bebida,

no reputando a tu nobleza agravio

ser sierva de la gente desvalida.
20

   Voz de otros tantos que humilló la suerte

y en secreto tus dones sustentaban,

dones que sólo descubrió tu muerte

y que tus propios hijos ignoraban.

   Todos, vertiendo lágrimas sin duelo
25

por su pía incansable bienhechora,

todos me dicen, señalando el cielo:

«Allá recibe el galardón ahora».

   ¡Ah! ¡yo maldigo esa fatal creencia

que al negro cetro de la muerte impía
30

sujeta el alma, y nuestra amarga ausencia

por una eternidad dilataría!

   Mas la promesa de esa fe celeste

que tú enseñaste a mi niñez bendigo,

¡pues me muestra otro mundo después de éste
35

donde por siempre me uniré contigo!

   Sí: ya te miro sobre regio estrado

ocupar el asiento luminoso

que ha tantos años a su noble lado

te guarda amante tu primer esposo.
40

   Y él al mirar por fin a su Manuela

que viene a hacerle eterna compañía,

de la ausencia tan largase consuela

que hasta en el cielo suspirar le hacía.

   Y por sus hijos, de ternura lleno,
45

pregunta a tu cariño largamente;

tú le respondes, en su noble seno

dulce inclinando la amorosa frente.

   Y a saludarte acudirán veloces

los que llorabas en la tierra triste;
50

allí a tu padre ves: allí conoces

a la madre que aquí no conociste.

   Y de placer y afecto te estremeces

al56 abrazar a la adorada hermana

que hizo de madre las piadosas veces
55

al desamparo de tu edad temprana.

   Y a la hija, causa de tan largo lloro,

que halló la muerte al empezar la vida,

encontrarás entre el celeste coro

en serafín ardiente convertida.
60

   Mas tan dichosa unión, tan alta gloria

un sólo pensamiento no destierra,

y aún aviva en tu pecho la memoria

de los hijos que dejas en la tierra.

   Y a Dios piadoso, con materno ahínco,
65

compadeciendo nuestras ansias fieras,

rogarás por la dicha de los cinco

que allá en el cielo recobrar esperas.


Junio de 1870.

    ¡Cuantas veces, oh madre, fatigado

del largo afán que el pensamiento abruma,

dejaba al fin la dolorosa pluma

para buscar tu cariñoso lado!

   Y me acogías en tu seno amante,
5

y en tu sofá tendido, a mi mejilla

era blanda almohada tu rodilla,

como cuando era pequeñuelo infante.

   La luz bebía de tus ojos bellos,

y sentía tu mano dulcemente
10

acariciar mi enardecida frente

o amorosa jugar con mis cabellos.

   Y de su tacto al refrigerio blando

sentía mi cabeza serenarse,

y la fiebre poética templarse
15

que estaba mi cerebro devorando.

   Que no hay tierna caricia que no cuadre

entre el materno y el filial cariño,

y aun cubierto de canas, siempre es niño

un hombre en la presencia de su madre.
20

   ¡Ay! ya no tengo la amorosa falda

donde la frente reclinar ahora,

cuando la larga fiebre abrasadora

de la tenaz inspiración la escalda.

   No hay pies ansiosos que a mi encuentro lleguen
25

ni ojos amantes a mi vista ledos;

ni cariñosos nacarados dedos

que nunca ya con mis cabellos jueguen.

   Salid, cual amarguísimo océano,

lágrimas mías, de mi pecho lleno:
30

¡ya no caéis en el materno seno,

ya no os enjuga la materna mano!


    ¡Cuán vasto, cuán callado, cuán desierto

hallan mis pasos el materno hogar!

Cada eco triste que al andar despierto

me parece, de pena sollozar!

   Ya tu acento mi oído no recrea,
5

oh madre, ni a escucharte volveré,

instando la doméstica tarea,

mover en torno el diligente pie.

   Cual antes, ese pie no ya impaciente,

vendrá a buscarme, ni a esa dulce voz
10

que llame cariñosa a tu Clemente

ya, como un día, acudiré veloz.

   Ya no podré, como antes, cada día

ir a darte el saludo matinal,

ni estampar en tu frente, madre mía,
15

el casto beso del amor filial.

   ¡Cuán tristes doblan las marchitas flores

su frente taciturna en tu jardín,

y apagando sus vívidos colores,

llorar parecen, como yo, tu fin!
20

   ¡Cuán tristes cantan en angosta reja

las aves cuya voz te deleitó!

lamento flébil su cantar semeja

con que te lloran, cual te lloro yo.

   ¡Con cuán fervientes preces las leales
25

siervas por tu alma suplicando están!

De tu cerrada estancia en los umbrales

¡Cuál gime y llama el solitario can!

   ¡Oh tú, de cuyo duelo soy testigo,

pobre animal, ven a mi lado, ven
30

como con dulce hermano o fiel amigo,

hoy contigo llorar quiero también.

   No pienses que soberbio te desdeño;

te ennoblece a mis ojos tu dolor:

sí, llora, llora por el noble dueño
35

que algo te dio de su precioso amor.

   Ya no, cual antes, con ladrido ufano

saldrás a recibirla en el dintel,

ni al tacto usado de su blanda mano

ledo y altivo erizarás la piel.
40

   ¡Ay! en vano la llama tu gemido

para yacer como antes a sus pies:

ya no tienes señora, y afligido

y sólo y triste, como yo, te ves.

   Que unas tu llanto a mi gemir consiento,
45

te doy parte en mi duelo y aflicción,

pues te basta el calor del sentimiento,

si te falta la luz de la razón.


1870.

Viajando por la costa

    Áridos cerros que ni el musgo viste,

cumbres que parecéis a la mirada

altas olas de mar petrificada,

¡cuánto me halaga vuestro aspecto triste!

   ¡Cuánto descansa el ánimo angustiado
5

en contemplaros, al fulgor sombrío

de un cielo oscuro, nebuloso y frío,

conforme, cual vosotros, a mi estado!

   Que en el mar y en la tierra y en el cielo

a un afligido corazón le agrada
10

encontrar donde quiera retratada

la fiel imagen de su propio duelo.


    Enmudece, fatal Filosofía,

que osas demente proclamar que cesa

con el cuerpo en el seno de la huesa

la vida del que vida le infundía.

   Mas ven, y temple la congoja mía,
5

religión santa, tu feliz promesa

que, del sepulcro tras la noche espesa,

la luz nos muestra del eterno día.

   Ven a brindarme el único consuelo

que a mi presente desventura cuadre:
10

alza mi mente y mi esperanza al cielo:

y abriendo a un hijo la inmortal morada,

muéstrale en ella a su perdida madre

en un ángel de luz transfigurada.


Al viernes 22 de abril de 1870

    ¡Oh doloroso inolvidable día,

más negro que la noche más oscura!

Tú sellaste mi inmensa desventura,

en ti el sol, se eclipsó de mi alegría.

   Tus lentas horas, en cadena impía,
5

insensibles al ay de mi ternura,

¡midieron, como siglos de amargura,

de mi madre adorada la agonía!

   Sé pues maldito; y entre todos triste,

nunca del astro con la luz te dores
10

que ardiente velo a tus hermanos viste:

   ¡negras nubes y vientos bramadores

te acompañen por siempre, o tú que fuiste

el Viernes para mí de los dolores!


Infinidad de la creación

    Huelle la tierra la rastrera planta:

pero tú, generoso pensamiento,

tus alas rapidísimas levanta

a la vaga región del firmamento.

   En ese claro piélago anchuroso,
5

con cien islas le luz resplandeciente,

boga, boga sin tregua ni reposo,

con raudo vuelo, sin cesar creciente.

   Surcando con intrépida confianza

el azul elemento como propio,
10

pasa los astros últimos que alcanza

el ojo de cristal del telescopio.

   Ve millares de nuevos resplandores

poblar sin fin la inmensidad serena,

como del campo las espesas flores,
15

o del desierto a menuda arena.

   Mas ten un punto tu inflamado vuelo,

y derrama tus ojos anhelante:

mira detrás la inmensidad del cielo,

la inmensidad del cielo ve delante.
20

   Su fin aspiras a tocar en vano:

aunque siglos tu viaje prosiguieras,

nunca de aquel vastísimo océano

encontraras las últimas riberas.

   Vanas fueran tus alas inmortales;
25

y, sin cesar creciendo su grandeza,

no salieras jamás de los umbrales

de aquella inmensidad que siempre empieza.

   Nunca, nunca en tu vuelo sorprendieras

la eterna diestra de crear cansada;
30

ni llegaras jamás a las fronteras

del silencioso imperio de la Nada.


A mi hermana Grimanesa

En la súbita muerte de su esposo

    ¡Ah! nunca vienen las desdichas solas:

siempre la pena sucedió a la pena,

como del mar las incesantes olas,

cual los anillos de una gran cadena.

   Flecha tras flecha la Desgracia vibra,
5

lazo ninguno su furor respeta,

y en el sensible corazón no hay fibra

donde no clave su mortal saeta.

   Y si con pecho de sufrir rendido,

grita tal vez la víctima: ¿hasta cuándo?
10

cierra la cruda el contumaz oído,

sus golpes y su saña redoblando.

   Y ha dos años, dos años, Grimanesa,

que su implacable encarnizada diestra

en partes mil de traspasar no cesa
15

el corazón de la familia nuestra.

   Y en tanto tiempo la mudable luna

no acabó una vez sola su carrera,

sin que al doliente corazón alguna

nueva desdicha a lacerar viniera.
20

   Y vino la más fiera, y los despojos

guardó de nuestra madre el Camposanto,

y derramaron nuestros tristes ojos

su más amargo doloroso llanto.

   Y hoy es la nueva víctima tu esposo
25

que la Parca feroz escoger quiso:

sin anunciarte el golpe doloroso,

le dispara su flecha de improviso.

   Y cae el triste entre tus brazos yerto,

y en vano de su muerte tu amor duda:
30

¡Ah! tu infortunio, tu infortunio es cierto,

¡pobre hermana, ayer huérfana y hoy viuda!

   ¡Oh terrible dolor que todavía

hace más fiero la crueldad del hado,

con la vasta invencible lejanía
35

que nos separa de tu dulce lado!

   ¡Ah! ¡quién alas prestara al impaciente

insano ardor que nuestro pecho encierra,

para volar, más raudos que la mente,

a las lejanas playas de Inglaterra!
40

   ¡Quién pudiera volar a la potente

ciudad soberbia, de la mar señora,

que no contiene entre su inmensa gente

más triste desdichada moradora!

   Sí; no hay, hermana, entre los tres millones
45

que hinchen de Londres el gigante seno,

uno sólo, de tantos corazones,

hoy más que el tuyo de amargura lleno.

   ¡Ah! ¡si aliviar pudiéramos la pena,

que hace tu tierno corazón pedazos!
50

Si en torno de tu cuello tina cadena

de amor formaran nuestros fieles brazos!

   Si, ya que nada en este trance fuera

capaz de mitigar tu atroz quebranto,

¡el consuelo quedáranos siquiera
55

de mezclar con tu llanto nuestro llanto!

   Mas quiso el hado en su crudeza rara,

con ausencia del mal acrecedora,

que antes al nuestro tu dolor faltara

cual falta al tuyo nuestro llanto ahora.
60

   Deja, deja por fin la tierra extraña:

no más moremos tan lejanos puntos:

del hado temple nuestra unión la saña,

y las desgracias nos encuentren juntos.

   Hijos sin madre, esposa sin marido,
65

más y más nuestros lazos estrechemos,

y del fiero destino embravecido

los futuros asaltos esperemos:

   Hasta que, exhaustas del dolor las heces

y abandonando este mortal desierto,
70

al fin muramos los que tantas veces

en los seres queridos hemos muerto.


A Juana Y***

    Ya doce años trascurrieron,

oh Juana, desde aquel día

en que contempló la tarde

nuestra última despedida.

   Y desde entonces, morando
5

en tan apartados climas,

de ti no logro mi oído

la más remota noticia.

   En vano, en vano a tu patria

voló mi palabra escrita
10

que a tus bellísimas manos

sin duda no llegaría:

   que un corazón como el tuyo

nunca la amistad olvida,

ni vencen tiempo y distancia
15

el afecto que nos liga.

   Yo sin cesar te recuerdo,

y sin cesar imagina

mi amistad cual es la suerte

que te cabe, fausta o mísera.
20

   ¿Vives triste y solitaria

cual te dejó mi partida

y la muerte de tu madre

lloras, Juana, todavía?

   ¡Ah! ¡cuán comprendo ahora
25

tu congoja por la mía!

yo también perdí a mi madre:

llora ¡oh Juana! mi desdicha.

   Esa madre de quien tanto

te hablé siempre, cara amiga;
30

esa madre idolatrada,

mi consuelo y mi alegría,

   el modelo de las madres,

el respeto de la envidia,

ya es tan sólo ¡oh desventura!
35

un puñado de ceniza.

   Yo la vi rendirse al peso

de su dolencia prolija,

y mis ojos presenciaron

su lentísima agonía.
40

   Por la mano de la muerte

vi cerradas las pupilas,

astros de mi negro cielo,

soles de mi noche fría:

   yo vi mudo el dulce labio
45

cuya fúlgida sonrisa

era el iris que del alma

las tormentas despedía:

   ¡yo vi inmóviles los brazos

que mi cuello y sien ceñían
50

con dulcísimas cadenas

de abrazos y de caricias!

   ¡Ah! ¡jamás sospechar pude

que abriera tan honda herida

en humano débil pecho
55

del dolor la espada impía!

   ¡Ni siquiera cuando en Cádiz

yo te vi en la pena misma

a tu madre lamentando,

o modelo de las hijas!
60

   Cierto; al ver el largo llanto

que bañaba tu mejilla

y al oír los hondos ayes

que del alma te salían,

   hasta el alma me llegaban
65

tu dolor y tus fatigas,

y tremenda reputaba

cual ninguna tu desdicha.

   Pues bien, Juana, ni aún entonces,

más me condolías,
70

la mitad calcular pude

de esa congoja infinita:

   pasar es fuerza por ella

para poder concebirla:

es el duelo más tremendo
75

de los duelos de la vida.

   Aún hoy tú a tu madre lloras

que yo a mi madre querida

habré de llorarla siempre

cual la lloré el primer día:
80

   para dolor tan inmenso

vana es del tiempo la huida,

ni dan los años el bálsamo

que esa llaga cicatriza.

   Un solo consuelo cabe,
85

y es la promesa bendita

de la esperanza dichosa

que un nuevo mundo nos brinda:

   mundo que junte por siempre

cuanto la tierra partía,
90

donde halle el hijo a la madre

y halle el amigo a la amiga:

   jardín de flores eternas

y de rosas sin espinas,

sereno mar sin tormentas,
95

cielo sin nubes sombrías.

   Allí hallarás a tu madre,

allí encontraré a la mía,

de eterna beldad ornadas,

de luz perenne vestidas:
100

   y ellas en dulces coloquios

y en amante compañía,

cual los hijos en la tierra,

serán en el cielo amigas.

   Allí nos veremos, Juana,
105

tras ausencia tan prolija:

¿Qué importa que tantos mares

en el mundo nos dividan?

   ¡Ah! ¿Qué importa que nos prendan

a ti Cádiz, a mí Lima,
110

si una y otra finalmente

son moradas fugitivas,

y si a entrambos nos espera

la ciudad santa y divina,

eterna mansión que ignora
115

ausencias y despedidas?


1871.

A la familia de Noé

    Padres segundos del linaje humano,

únicos libres del común pecado,

y de común castigo, cuando, airado,

cambió el Señor la tierra en océano:

   cuando ese mar inmenso tuvo orilla,
5

y dejasteis al fin el arca santa,

al estampar en tierra vuestra planta,

¿no regasteis en llanto la mejilla,

   al mirar que la tierra, ya segura,

que os acoja del naufragio ilesos,
10

blanqueaba toda con humanos huesos,

de los hombres inmensa sepultura?

   Preciso fue de las divinas manos

acatar el castigo, más en tanto

pudisteis lamentar con pío llanto
15

el fin de vuestros míseros hermanos.


Al recogerme

    En triste noche, como yo sombría,

vuelvo con lento paso a la morada

alegre ayer, hoy muda y desolada

desde que no la habitas, madre mía.

   ¡A nadie le parece ya tardía
5

mi vuelta, ni conoce mi pisada,

ni con amor sonríe a mi llegada,

ni me pregunta en qué pasé mi día!

   Entro: silencio donde quier profundo

hallo; voy a tu estancia, y tu desierto
10

callado lecho en lágrimas inundo:

   ¡ningún consuelo en mi dolor advierto,

y al sentirme tan sólo en este mundo,

quisiera, oh madre, como tú, haber muerto!


Drama en cinco actos

[Nota57]

A mi madre

PERSONAJES

SELEUCO, rey de Siria.
ANTIOCO, su hijo.
ERASISTRATO, médico.
NICANOR.
ESTRATONICE.
OLIMPIA.
Damas, guardias y acompañamiento.

La escena pasa en Antioquía.

Acto Primero

La llegada

El teatro representa una gran sala del palacio de Seleuco.

Escena I

SELEUCO y ERASISTRATO.

ERASISTRATO
Se acerca la hora dichosa,
gran Señor, de conocer
a la celestial mujer
que escogisteis por esposa:
si con amor tan ardiente
5
la adoráis sólo por fama,
¿Cómo arderá vuestra llama,
cuando la tengáis presente,
y os miréis dueño y señor
de la beldad más divina
10
que os miréis, miento imagina
y que codicia el amor?
el retrato es celestial,
y a Venus envidia diera:
pues, si al retrato supera,
15
¿cuál será el original?
SELEUCO
¡Quién como yo afortunado,
si, cual tu labio lo dice,
es más bella Estratonice
que tan divino traslado!
20
Aunque es tan bella esa cara
que más belleza no anhelo,
bastándome que el modelo
al retrato se igualara.
ERASISTRATO
Suele un pintor, al copiar
25
una bella criatura,
aumentarle la hermosura
y copiarla sin lunar.
Pero aquí vencido el arte
Dijo a la naturaleza:
30
«En tan perfecta belleza
es imposible igualarte.»
SELEUCO
Basta, amigo: no así añadas
más ardor a la impaciencia
con que anhelo la presencia
35
de sus gracias adoradas.
Digo en vano al corazón
que el momento está cercano
y a mi ciego anhelo insano
los instantes si los son.
40
de sus gracias adoradas.
Digo en vano al corazón
que el momento está cercano
y a mi ciego anhelo insano
los instantes siglos son.
45
De su vida perder creo
los segundos que la aguardo:
¡Quién pudiera al tiempo tardo
dar las alas del deseo!
Por qué, si afán tan prolijo
50
me cuesta esperarla aquí,
¡por qué yo mismo no fui,
en vez de mandar a mi hijo!
ERASISTRATO
Bien pronto aquí la veréis,
y su estupenda hermosura
55
os pagará con usura
cuantas ansias padecéis.
SELEUCO
Mas quizá te maravilla
que, ya cano mi cabello,
doble aún el regio cuello
60
al que cielo y tierra humilla,
después que tanto tributo
pagué de Amor a las aras,
y de tres esposas caras
vistió mi dolor el luto.
65
Pero el trono más altivo
donde Amor jamás se sienta
es una tumba opulenta
donde un rey se entierra vivo;
y del amor sin las flores,
70
la corona más luciente
despedaza nuestra frente,
cual abrojos punzadores.
Mas ¿qué digo? cosa es clara
que no juzgues insensato
75
el ardor, Erasistrato,
que mi labio te de lara:
Que, aunque, del sabio mayor
merecida fama goces,
por experiencia conoces
80
tú también lo que es amor;
y en su llama generosa
tan cumplidamente ardiste,
que a una ciudad preferiste
la posesión de tu esposa.
85
ERASISTRATO
Y de ello no me arrepiento,
que por tan cara beldad,
cual desdeñé una ciudad,
desdeñado hubiera ciento.
Con tan alta posesión
90
nada envidio ni ambiciono,
porque vale más que un trono
ese noble corazón;
y en su amor casto y profundo
donde soy rey absoluto,
95
hago cuenta que disfruto
todos los tronos del mundo.
Pero de pasos, Señor,
se siente un rumor vecino:
sin duda la reina vino:
100
alguien entra: es Nicanor.

Escena II

Dichos y NICANOR.

SELEUCO
¿Cómo así, Nicanor, solo
a nuestra presencia llegas?
¿Dónde al príncipe dejaste?
¿Dónde ha quedado la reina
105
NICANOR
Vuestra majestad, Señor,
le dé para hablar licencia
al que viene mensajero
de poco felices nuevas.
SELEUCO
Habla al punto, que no es más
110
lo que tú decirme puedas
que lo que es fuerza que el alma
con tan triste anuncio tema.
NICANOR
El príncipe vuestro hijo,
a cuyo celo y nobleza
115
confiasteis el alto cargo
de acompañar a la reina,
en la corte de Demetrio
dio tan señaladas muestras
de ser en todo, oh gran rey,
120
un trasunto y copia vuestra,
que, al punto prendados todos
de sus soberanas prendas,
hubo en hacerle agasajo
universal competencia.
125
Mas poco a poco se fue,
sin que la causa se sepa,
advirtiendo en su semblante
una profunda tristeza.
Y este misterioso mal
130
fue creciendo de manera,
que la tristeza del alma
fue ya del cuerpo dolencia.
Adoleció algunos días
sin que jamás consintiera
135
que de su estado mandaran
a vuestro oído las nuevas;
y atribuyéndolo todo
al dolor de vuestra ausencia,
aseguró que su alivio
140
volver a sus lares era.
Púsose en marcha por fin
acompañando a la reina:
y procurando vencerse
con heroica resistencia,
145
logró mostrar pocos días
más serenidad y fuerzas,
atento sólo al cuidado
de quien cual madre venera.
Mas en vez de ir en aumento
150
mejora tan halagüeña,
mientras nos íbamos viendo
de nuestra patria más cerca,
era mayor cada aurora
del príncipe la funesta
155
profunda melancolía,
y más mortales las señas.
Al fin cuando de Antioquía
tocamos casi las puertas,
le acometió el mal usado
160
con tan tirana violencia,
que, dudosos de su vida,
temimos que ni siquiera
lograra llegar a verse
en vuestra ansiada presencia.
165
Al fin recobró el sentido
y hasta aquí a venir se apresta
con la reina que en cuidarle
cual hijo vuestro se emplea.
Y yo, Señor, he venido,
170
pues dile los sepáis es fuerza,
a preparar vuestro pecho
a vista tan lastimera.
SELEUCO
¡Ay! Erasistrato amigo,
¡Quién creyera, quién creyera
175
que a una tan viva alegría
iba a suceder tal pena!
¡Mi hijo a la muerte cercano
mi Antioco, mi bien! ¡oh fiera
desdicha! ¡oh dolor horrible
180
adonde ninguno llega!
Solo en ti, oh Erasistrato,
solo en ti mi amor espera:
salva a mi hijo, salva a Antioco,
pues alcanzas tanta ciencia.
185
ERASISTRATO
Tened fe que haré, Señor,
cuanta humana ciencia pueda,
que amo al príncipe vuestro hijo
como a un hijo amar pudiera.
SELEUCO
¡Ah! Volemos a encontrarle,
190
ni un instante ya se pierda:
vamos pronto, Erasistrato.
¡Hijo mío!
ERASISTRATO
Mas él llega.

Escena III

Dichos, ANTIOCO, ESTRATONICE, OLIMPIA y acompañamiento.

SELEUCO
Ven a los brazos de tu padre amante,
hijo (Aparte ¿Quién hay que tal dolor resista?
195
a la muerte retrata su semblante.)

(A ANTIOCO.)

¿Cómo vienes?
ANTIOCO
Mejor: sólo tu vista
a volverme la vida era bastante.
SELEUCO
Y vos de Siria y de mi amor Señora,

(A ESTRATONICE.)

Perdonad hoy a la desgracia mía,
200
si un pecho que os acata y os adora,
al ver vuestra beldad deslumbradora,
así mezcla el dolor con la alegría.
Sólo el pesar de ver en tal estado,
presa de un mal tan bárbaro y violento
205
a un hijo tan amante como amado,
pudiera haber en mí contrapesado
de vuestra vista el celestial contento.
¡Cuán dichoso seré, si juntamente
logra dos altos bienes mi deseo:
210
ver la salud de Antioco floreciente
y coronada mi pasión ardiente
con los lazos felices de himeneo!
ESTRATONICE
Yo también, gran Señor, con el contento
de ver al que ya es rey de mi albedrío
215
el más vivo dolor mezclado siento,
al ver la postración y abatimiento
de un hijo ya tan vuestro como mío.
¡Qué cuenta os doy de un hijo tan amado!
SELEUCO
¡Ah! quién pudo temer que así volviera!
220
ESTRATONICE
El estar de vos lejos le ha enfermado,
y así espero, Señor, que a vuestro lado
volverá presto a la salud primera.
SELEUCO
Esa esperanza mi dolor mitiga:
pero es tiempo, querido hijo del alma,
225
que del penoso viaje la fatiga
alivie el sueño con su mano amiga:
ven a gozar su bienhechora calma.
ANTIOCO
No, mi padre y señor: ya ni un momento
he de quedarme aquí, y con el permiso
230
que me concedas, otra vez me ausento.
ESTRATONICE
(¡Oh cielos! ¿Cuál será su pensamiento?)
ANTIOCO
Al punto partir déjame: es preciso.
SELEUCO
¡Oh dioses! ¡Qué escuché! Llegas apenas
y quieres separarte de mi lado:
235
¿No es la ausencia la causa de tus penas?
A una muerte segura te condenas
partiendo, hijo del alma, en tal estado.
ANTIOCO
Al contrario, Señor: mi fin es cierto,
si partir no me dejas brevemente;
240
sólo partiendo mi penar divierto:
si me amas, si no quieres verme muerto,
hoy mismo, hoy mismo mi partir consiente.
ESTRATONICE
(¡Qué mal mis ansias refrenar consigo!)
SELEUCO
Tú, cuya ciencia lo más hondo sabe,
245

(Ap. a ERASISTRATO.)

Dime ¿qué es esto Erasistrato, amigo?
ERASISTRATO
Si la verdad, oh gran Señor, os digo

(Ap. a SELEUCO.)

Es cuanto miro misterioso y grave.
SELEUCO
De tu mal el exceso riguroso
es quien causa ese ciego desvarío.
250
ERASISTRATO
Estáis necesitado de reposo.
SELEUCO
Obedece a tu padre cariñoso:
Ven a tu lecho, ven, pobre hijo mío.
ANTIOCO
¡Ay padre! ¡Tú me matas! ¡Tú en mi daño
te conjuras, mis penas acreciendo!
255
ESTRATONICE
(Mi rostro en llanto, mal mi grado, baño.)
SELEUCO
¡Quién comprende tormento tan extraño!
ESTRATONICE
(Yo solamente su dolor comprendo.)

Acto Segundo

El teatro representa las habitaciones del príncipe : sobre una mesa habrá frascos y tazas con remedios.

Escena I

ANTIOCO.

ANTIOCO
Al ver tan mustia mi frente
y mi loco frenesí,
260
no comprenden ¡ay de mí!
que de amor estoy doliente;
y a mis ignorados males
cuya causa está en el alma,
quieren dar alivio y calma
265
con remedios materiales.
Mas remedios hoy tan vanos
a volverme la salud
sólo adquirieran virtud,
si me los dieran sus manos;
270
si a la taza que rebosa
con la médica bebida
ella aplicara dolida
sus puros labios de rosa.
Mas ¿qué profiero? ¿así trato
275
de sofocar mi pasión?
¡Oh cobarde corazón!
¡Hijo desleal e ingrato!
Pero, ¿no es fuerza que quiera
a quien mi madre ha de ser?
280
quererla en mí es un deber,
mas de distinta manera.
Y su hijo me llama ¡oh nombre
en esos labios odioso!
¡Cuando a otro hombre llama esposo,
285
y es ¡ay! mi padre ese hombre!
Suele siempre aborrecer,
con alma esquiva y celosa,
de un padre a la nueva esposa
el hijo de otra mujer;
290
pero es tal la suerte mía,
que tan sólo a mí me arrastra
un amor a mi madrastra
peor que el odio todavía.
¡Oh destino! ¡oh dolor fiero
295
que a todo dolor supera!
¡Morir sin poder siquiera
decir el mal de que muero!
Tal vez revelarle intento
que ella de mis males es
300
la causa, y morir después
que le diga mi tormento:
mas, al romper mi secreto,
mis labios audaces sella
la virtud y el honor de ella
305
y de mi padre el respeto.
¿Qué haré en tan crudo dolor?
¿Qué haré en trance tan fatal?
El callarme me está mal,
y el hablar me está peor.
310
Mas, si a un padre guardo fe
a quien amo y reverencio,
aunque me mate el silencio,
inocente moriré;
y pues fuerza es que me venza
315
de mi pasión el rigor,
máteme sólo el dolor,
no el dolor y la vergüenza.

Escena II

ANTIOCO y ERASISTRATO, con un libro en la mano.

ANTIOCO se ha quedado abismado en su dolor: ERASISTRATO lo contempla un rato y dice:

ERASISTRATO
¡Siempre apoyada en la palma
la meditabunda frente,
320
y absorto en un pensamiento
que sin cesar le posee!
Cada vez a mi sospecha
más las señales advierten
que es una pasión del alma
325
la que el príncipe padece:
pero si es pasión del alma
la que en tal punto le tiene,
¿Cuál puede ser sino amor?
Sin duda sus llamas siente.
330
Con el más prolijo examen
Sobre él mi cuidado vele,
sin que a la atención se escape
el más pequeño accidente.
Pueda, en alivio del príncipe,
335
en tal ocasión valerme
que no sólo por estudio,
sino por prueba igualmente,
conozco, Amor, tus efectos
tan violentos y crüeles!
340

(A ANTIOCO.)

¿Cómo, príncipe, os sentís?
ANTIOCO
Mi mal, amigo, decrece
por instantes
ERASISTRATO
(Él me engaña,
que su semblante le vende,
y claro en su faz se mira
345
que ni el instante más breve
tendió sus alas el sueño
sobre sus ojos ardientes.)
¿Qué os duele?
ANTIOCO
Nada (la vida,
el alma es la que me duele.)
350
ERASISTRATO
(Su voz, su ademán, su aspecto,
Todo, todo le desmiente:
Amor, amor es sin duda
El mal que descubrir teme,
y amor extraño, imposible,
355
y del que vergüenza tiene.)

(A ANTIOCO)

Pues que siempre sólo estáis,
¿No queréis, príncipe, a veces
distraer con la lectura
vuestras tristezas crüeles,
360
ya que a tan noble ejercicio
fuisteis inclinado siempre?
ANTIOCO
¿Y de qué, oh Erasistrato,
trata el libro que me ofreces?
ERASISTRATO
De los extraños efectos
365
que el amor producir suele.
ANTIOCO
¡El amor!
ERASISTRATO
(Se turba, tiembla;
no hay duda.)
ANTIOCO
¿Y decirme puedes
cuales son esos efectos?
ERASISTRATO
Muchos son y diferentes.
370
Mas, cuando un amor extraño
es el amor que nos vence,
son los efectos entonces
mas graves: una perenne
negra profunda tristeza,
375
a todo halago rebelde;
un obstinado silencio
que a ruego ninguno cede,
un continuo suspirar,
y un alternado y frecuente
380
palidecer de improviso
y en viva grana encenderse:
enferma el alma, es forzoso
que el cuerpo también enferme;
pierde su grana el semblante
385
y los miembros se enflaquecen;
huye el sueño que restaura,
los manjares se aborrecen
la vida cansa y hastía
y se desea la muerte.
390
ANTIOCO
¿Con qué esos son los efectos?
(¡Los mismos que en mí suceden!)
ERASISTRATO
Esos son; mas al miraros,
caro príncipe, parece,
por los efectos que explico,
395
que de amor adolecieseis.
ANTIOCO
¡Quién! ¡Yo! ¡Adolecer de amor!
¡Ah! Jamás, jamás lo pienses.
ERASISTRATO
Pues lo negáis, no lo creo.
(No hay verdad más evidente)
400
ANTIOCO
¿Y los remedios no indica
el sabio libro que lees?
ERASISTRATO
También los remedios trata.
ANTIOCO
¿Y cuáles son?
ERASISTRATO
Con valiente
labio decir la verdad,
405
o al dulce objeto que enciende
en nuestro pecho la llama,
o a quien decírselo puede;
procurando que su amor
nuestra pasión recompense,
410
porque amor se alivia y cura
con amor únicamente.
¿Queréis pues que os deje el libro?
ANTIOCO
No quiero que me le dejes,
que de bien diversa causa
415
los males míos proceden.
ERASISTRATO
Príncipe, el rey vuestro padre
con la reina a veros viene.
ANTIOCO
¿La reina dijiste?
ERASISTRATO
Sí:
la reina y el rey
ANTIOCO
(¡Qué siente
420
el alma, al oír nombrarla!
Ya la oigo entrar: solamente
el sonido de sus ropas
todo, todo me estremece.)

Escena III

Dichos, SELEUCO y ESTRATONICE.

SELEUCO
¡Hijo mío, hijo del alma!
425
¡Qué de cuidados me debes!
No habrá para mí sosiego
mientras así te contemple.
Solícita de tu estado,
la reina también a verte
430
viene conmigo, y saber
si tu mal mejora tiene.
ANTIOCO
¿Cómo estaré sino bien,
cuando ambos venís a verme?
ESTRATONICE
Ambos vivimos por vos
435
inquietos constantemente.
SELEUCO
Ni sólo a la reina aflige
el mal que te oprime y vence,
sino también a la corte
y al reino entero entristece:
440
tus amorosos vasallos
de tu dolencia adolecen,
todos están de las nuevas
de tu salud hoy pendientes;
todos elevan por ti
445
al cielo votos solemnes,
y por tu vida a los dioses
víctimas puras ofrecen.
Pero, ¿cuál, dime, hijo mío,
es de tus males la fuente?
450
¿Qué pena oculta te mata?
¿Qué ambicionas? ¿qué apeteces?
Si es tan anhelo, aunque grande,
que esté en mí satisfacerle,
sin disfraz dilo a tu padre
455
porque al punto le contente;
¿Es la mitad de mi reino
Lo que por ventura quieres?
Desde ahora todo es tuyo
cuanto serlo un día debe:
460
y no digo el áureo cetro
y corona reluciente,
por no vérte en tal estado,
aun la vida diera alegre.
ANTIOCO
(¡Y a tal padre ofendo yo
465
con querer a la que quiere!
Mas, si no querer no puedo,
callar puedo, aunque me cueste
la vida) Padre, de modo
tus palabras me enternecen,
470
que razones busco en vano
a responder convenientes.
SELEUCO
¿Qué dices a mi cariño?

(A ERASISTRATO.)

¿Qué a mi esperanza prometes?
ERASISTRATO
Deciros, Señor, quería
475
lo que mi cuidado advierte.
SELEUCO
Ven un instante conmigo
donde hablemos libremente.

Escena IV

ANTIOCO y ESTRATONICE.

ESTRATONICE
(¡Cuánto es tirana mi estrella!)
ANTIOCO
(¡Cuánto es mi suerte crüel!)
480
ESTRATONICE
(¡Me dejan sola con él!)
ANTIOCO
(¡Sólo me dejan con ella!
¡Qué es lo que pasa por mí!)
ESTRATONICE
(Turbada estoy de manera,
que salir de aquí quisiera.)
485
ANTIOCO
(Huir quisiera de aquí.
¿Qué la diré, si aún no tengo
para mirarla osadía?)
ESTRATONICE
(Pues él calla todavía,
a hablar por fin me prevengo;
490
que tiempo es ya que concluya
este silencio imprudente
que expresa tal, claramente
mi turbación y la suya.)
Me es dulce, Señor, pensar
495
que con las auras natales
vuestros rigorosos males
se han comenzado a templar,
y que, presto al fin exento
de tan tirano martirio,
500
volveréis al pueblo sirio
la esperanza y el contento.
Mas, entre tanta alegría
que todo un pueblo reciba,
no habrá ninguna tan viva
505
cual la paterna y la mía.
Al cielo tan alto bien
pedimos siempre los dos.
ANTIOCO
¡Y es verdad, Señora, y vos
por mí os desveláis también!
510
ESTRATONICE
Tal duda, Señor, no es justa:
tan mal, tan mal, me juzgáis?
¡Ya, príncipe, me miráis
como una madrasta injusta!
Si a las madrastras condena
515
la universal opinión
de que siempre hostiles son
al hijo de madre ajena,
probaros mi trato espera,
amandoos al par del rey,
520
que en mí tan odiosa ley
tuvo su excepción primera.
ANTIOCO
Bien se ve que en vos no más,
del corazón la nobleza
compite con la belleza
525
que nadie igualó jamás.
Si a otra que vos, oh princesa,
mi padre el rey se enlazara,
confieso que me pesara,
pero con vos no me pesa.
530
(¡Ay! que ordena mi tormento
y mi deber enemigo
que sea lo que le digo
al revés de lo que siento:
mas temo, si esta ocasión
535
se prolonga, que fielmente
al fin el labio le cuente
lo que siente el corazón.)
ESTRATONICE
¿Y vos, no imitáis también
a vuestro padre?
ANTIOCO
(¡Qué escucho!
540
¡Cielo santo! ¡ya esto es mucho!)
¡Yo casarme! ¡yo! ¿y con quién?
ESTRATONICE
Damas ostenta esta corte
tan nobles, príncipe, y bellas,
que bien pudierais entre ellas
545
elegir vuestra consorte;
y el himeneo templar
pronto quizá lograría
la negra melancolía
que os consume sin cesar.
550
ANTIOCO
Princesa, dijisteis bien:
el mal que es hoy mi verdugo
se templara, si a ese yugo
se doblegara mi sien.
Mas es de mi hado el rigor
555
tal, que la sola mujer
que mi amor pudo encender
está vedada a mi amor.
Nunca mis fieros enojos
la dije; y hasta hoy ignora
560
la llama devoradora
que en mí encendieron sus ojos.
Mas ¡ay! aunque la supiera,
sé que la sabría en vano,
que aliviar no está en su mano
565
lo que alivio alguno espera;
y aunque tal vez sin testigo
la veo, bien como ahora
os estoy viendo, Señora,
nunca mi pasión la digo.
570
¿Qué mal a mi mal alcanza?
Pues noche y día me empleo
en un estéril deseo
que no alienta la esperanza.
Y, víctima del deber,
575
yo muero, y muero callando,
y callo, Señora, cuando
es amor todo mi ser.
Así en tan crudo existir
que es sólo un continuo duelo,
580
no me queda más consuelo
que el consuelo de morir.
ESTRATONICE
(¿Quién escucharle podría
sin lamentar su quebranto,
sin derramar tierno llanto
585
por su desgracia y la mía?
Que su labio no contó,
las crudas penas que siente,
sin referir igualmente
las penas que siento yo.)
590
ANTIOCO
¡Qué veo! ¡Gotas piadosas
nublan vuestros ojos claros!
¡Pudo mi dolor costaros
esas lágrimas hermosas!
ESTRATONICE
De piedad, príncipe, llena,
595
al oíros...
ANTIOCO
¡Cuánto, cuánto
ese compasivo llanto
os agradece mi pena!
ESTRATONICE
(Si más permanezco aquí,
en mi alma leer podrá.)
600
Príncipe, adiós.
ANTIOCO
Cómo? ¡Ya
me dejáis, Señora, así!
Esperad sólo un momento.
¡Ay!
ESTRATONICE
(¡Qué voz tan angustiada!)
¿Qué tenéis, príncipe?
ANTIOCO
Nada
605
Pero sí: no sé qué siento:
Siento que crece mi mal;
mi pecho se despedaza.
ESTRATONICE
¿Queréis que os lleve la taza
ANTIOCO
del restaurador cordial?
610
Sí, dádmela.
ESTRATONICE
Veisla aquí:
gran sabio el licor compuso.
ANTIOCO
Estoy, princesa, confuso
de veros servirme así.
ESTRATONICE
Mal hacéis, si lo extrañáis:
615
quien hijo ya os considera
ser debe vuestra enfermera.
ANTIOCO
(¡Hijo me llama!)
ESTRATONICE
¡Tembláis!
ANTIOCO
Tiemblo: el corazón me salta;
cubre mis ojos un velo,
620
a un tiempo me abraso y hielo,
y hasta el aliento me falta.
ESTRATONICE
Tomad, príncipe, y bebed.
ANTIOCO
(Oh blanca mano hechicera,
¡quién en ti apagar pudiera
625
del alma la ardiente sed!)
ESTRATONICE
¿Qué decís? ¿Estáis peor?
¿A Erasistrato queréis?
Voy por él.
ANTIOCO
No le llaméis.
No os vayáis: ya estoy mejor.
630
No os vayáis aún: mirad
que del infeliz Antioco
menguan los males un poco
con vuestra noble piedad.
ESTRATONICE
Mucho vuestro mal me apiada:
635
pero permitid que os diga,
como madre y como amiga,
por vuestro bien desvelada,
que no es bien que así os dejéis
de vuestra pasión rendir,
640
que sin cesar combatir
con firme pecho debéis;
pues, luchando noche y día
contra ese imposible amor,
saldréis al fin vencedor
645
en la tremenda porfía.
Ríndase, ya que su suerte
reduce al amor su vida,
la mujer, de amor herida
pero el hombre ha de ser fuerte.
650
Y más quien nació, cual vos,
Porque a tantos pueblos mande,
de un héroe y de un rey tan grande
que Asia venera cual dios.
Venced pues de amor los males,
655
y con digna heroicidad
de vuestro padre emulad
las hazañas inmortales.
(¿Qué más he podido hacer
por cumplir con mi decoro?
660
Huyamos donde mi lloro
pueda en libertad correr.)

Escena V

ANTIOCO.

Oid, Señora, aguardad:
¡se va, y muriendo me deja!
Y pareció que mi queja
665
merecía su piedad.
Mas ¿para qué volvería,
cuando, a callar obligado,
crece mi pena a su lado
y se dobla mi agonía?
670
Que, desdichado igualmente,
quiere mi fortuna ingrata
que la que ausente me mata
también me mata presente.
Dice que a mi mal prolijo
675
tan fácilmente no ceda
y que más valor hereda
de heroico monarca el hijo.
No sabe, no sabe cómo
eternamente combato
680
con este amor insensato
cuyas ansias nunca domo;
¡pues contra su asalto impío
del todo inútiles son
las luces de la razón,
685
las fuerzas del albedrío!
¿Qué fuerza humana luchó
contra las de Amor celestes?
Ante él son nada las huestes
que mi padre debeló.
690
¡Oh padre! ¡cuánto me cuestas!
Pues, atento a ti, respeto,
no quebrantan mi secreto
amarguras tan funestas.
Tú Antioco, víctima triste
695
de la pasión más aciaga,
hoy con usura te paga
la vida que tú le diste.
Ven pues, oh Muerte; tú sola,
de males en tanto asedio,
700
ser puedes puerto y remedio
de quien por otro se inmola.
Ven, de mi ruego vencida,
antes que mi propia espada,
de esperarte fatigada,
705
acelere tu venida.

Escena VI

ANTIOCO, SELEUCO y ERASISTRATO.

SELEUCO
Hijo.
ERASISTRATO
Señor.
SELEUCO
Qué es esto?
ANTIOCO
Morir a manos de las penas mías.
SELEUCO
¡Morir tú! ¿pues mejor no te sentías?
ANTIOCO
Deja, oh padre, que acabe
710
una existencia tan doliente y grave,
una vida insufrible en tantos modos
a mí mismo y a todos.
Si algún amor te debo, yo te pido
que me dejes morir, y no acrecientes
715
con mi vida el suplicio desmedido
y las ansias furentes
del ser más desdichado que ha nacido.
SELEUCO
¡Que te deje morir, cuando mi vida
está a la tuya unida,
720
y cuando lo imposible solamente
será lo que por ti mi amor no tiente!
El sabio Erasistrato a mi ternura
tu salud asegura.
ANTIOCO
Cuando mi vida a prolongar acierte
725
su ciencia y tu cuidado,
sabe, oh padre, que sólo habréis logrado
trocar mi vida en dilatada muerte.

Éntrase ANTIOCO y SELEUCO tras él.

Escena VII

ERASISTRATO.

Cada vez a mi ciencia es más patente
que es amor lo que siente;
730
y aun a fijarse mi sospecha empieza
en la amada belleza.
¿No vi que se turbaba
cuando le dije que la reina entraba?
Y ahora, cuando sólo le ha dejado,
735
¿No hallo más grave y más mortal su estado?

Acto Tercero

El proscenio representa en este y los siguientes actos la misma decoración que en el primero.

ERASISTRATO.

Escena I

ERASISTRATO y SELEUCO.

SELEUCO
Con que juzgas que es amor
quien sus males ocasiona,
y más y más cada día
tu opinión se corrobora?
740
ERASISTRATO
Imposible es ya la duda:
son de amor sus penas todas.
Sólo saber el objeto
de su pasión resta ahora.
SELEUCO
Y ¿cómo saberlo, si él
745
oculta su pasión loca,
y aun a confesar se niega
que es amor lo que le agovía?
ERASISTRATO
Le venderán las señales
por más que su amor esconda,
750
mostrándonos el semblante
lo que recata la boca.
Por eso es bien que el sarao,
como os dije, se disponga
adonde de vuestra corte
755
asistan las damas todas.
SELEUCO
Ya está dispuesto el sarao:
pronto mil damas hermosas
vendrán, y entre ellas acaso
la beldad que le enamora.
760
Fue la idea como tuya,
Erasistrato, ingeniosa.
ERASISTRATO
Mucho fío de esta prueba.
SELEUCO
¡Dichoso yo, si se logra!
Que no tan sólo de un hijo
765
a quien adoro y me adora
siente el corazón paterno
la dolencia como propia,
sino que también me abraso
en la beldad seductora
770
de la reina, y cada día
más me enciende y apasiona:
y el alma con tales ansias
ni un breve instante reposa,
anhelando siempre el día
775
venturoso de sus bodas.
¡Qué bien me dijiste, amigo,
que, si era bella la copia
que tanto ya me encendía,
era más bella mi esposa!
780
Y así más ufano vivo
siendo dueño de esa joya,
que si de la tierra entera
me ciñeran la corona.
A tu amistad y a tu ciencia
785
el aliviarme les toca,
a dos enfermos sanando
que igual pasión acongoja.
¡Y ojalá que, hoy descubierta
de mi hijo la misteriosa
790
pasión, para ambos mañana
luzca la nupcial antorcha!

Escena II

SELEUCO, ERASISTRATO y ANTIOCO.

Van entrando músicos.

SELEUCO
Caro Antioco, este sarao
ordené que se disponga
por si se templa con él
795
melancolía tan honda:
ven pues, y un instante al menos
tus pesares desahoga,
de la música escuchando
las vivas alegres notas.
800
Pronto todas las beldades
vendrán, que mi corte adornan
para que el sarao empiece.
ANTIOCO
Y vendrán, ¿oh padre, todas?
SELEUCO
Sí, todas, hasta la reina.
805
ANTIOCO
¿También la reina?
SELEUCO
Ella propia.
ERASISTRATO
(Siempre es mayor mi sospecha,
pues sólo de ella se informa.)
ANTIOCO
Gracias te doy, padre mío,
por las muestras amorosas
810
que, en alivio de mis males,
tus ternuras eslabonan.
(Hoy quiero por vez postrera
beber la dulce ponzoña
que el alma apura en los ojos
815
de mi bella matadora.)
SELEUCO
Ya van viniendo las damas

(A ERASISTRATO.)

Alejarme de aquí importa
porque el príncipe a mi vista
no se reprima y componga.
820

(A ANTIOCO.)

Hijo, por breves instantes
mi cariño te abandona,
pues a otra parte me llaman
cuidados de mi corona.

Escena III

ANTIOCO, ERASISTRATO, y damas que van entrando.

ERASISTRATO
(Sobre él mis ojos agoten
825
su atención indagadora.)

Las damas van llegando de dos en dos: al pasar delante del príncipe, le hacen un saludo.

DAMA PRIMERA
¡Qué triste está, qué cambiado!
¡Y cómo, en la faz hermosa,
sucedió pálido lirio
de la salud a las rosas!
830
DAMA SEGUNDA
¡Quién creyera que es el mismo
cuya beldad portentosa
pudo mirar con envidia
el casto hijo de Latona!
Dicen que un amor secreto
835
es el que así le devora.
DAMA PRIMERA
¿Y por qué no se declara,
si de amor es su congoja?
DAMA SEGUNDA
Temerá quizá desdenes.
DAMA PRIMERA
Esa es necedad notoria:
840
¿Quién con el amor del príncipe
no se juzgara dichosa?
DAMA SEGUNDA
Apenas nos ha mirado,
y sin embargo, memoria
no guardo de haberte visto
845
nunca tan bella y donosa.
DAMA PRIMERA
La lisonja te devuelvo,
aunque en ti ya no es lisonja.
ANTIOCO
(No ha venido todavía:
me asesina su demora.)
850
ERASISTRATO
(Distraídas sus miradas
han visto a las más hermosas,
y parece que impacientes
aguardan y buscan otra:
¿Quién esa otra ser podría
855
sino Estratonice sola?
Ya la miro que se acerca
mas observémosle ahora.)

Escena IV

Dichos, ESTRATONICE y OLIMPIA.

ESTRATONICE
(¡Quién avisarle pudiera!
¡Ay!)
OLIMPIA
Disimulad, Señora,
860
que hay muchos ojos que estén
fijos en vuestra persona.
ESTRATONICE
Dices bien: alma, valor.

ANTIOCO se ha demudado todo al ver a la reina: ERASISTRATO no aparta ni un punto los ojos de él. Al pasar la reina, todas las damas se inclinan profundamente.

ESTRATONICE
Príncipe. (Tiemblo.)
ANTIOCO
Señora.
(Al verla, al oír su acento
865
todo mi ser se transforma.)
DAMA SEGUNDA
Bella es sin duda la reina.
DAMA PRIMERA
Es bella como una diosa;
mas yo no sé que tristeza
en su semblante se nota.
870
DAMA SEGUNDA
La habrá contagiado el príncipe
de su pasión melancólica.
DAMA PRIMERA
No parece que le halagan
mucho las cercanas bodas.
DAMA SEGUNDA
Si con el príncipe fueran,
875
estaría más gustosa.
ESTRATONICE
Bien vuestro padre dispuso
esta fiesta, pues no hay cosa
que los pesares alivie
cual la música.
ANTIOCO
Señora
880
ERASISTRATO
(¡Cómo la mira!)
ANTIOCO
(¡Qué hechizo!
Qué beldad deslumbradora!
¡Y que no haya de ser mía!
¡Oh fortuna rigorosa!)
ERASISTRATO
¿No os halagan y cautivan
885
tantas damas seductoras
que rara belleza ostentan
e ilustre sangre blasonan?
¿No hay alguna que os parezca
más hechicera entre todas?
890
ANTIOCO
Todas son a la par bellas.
(Solamente ella es hermosa)
ERASISTRATO
¿Y vos no juzgáis también,

(A la reina.)

Como yo juzgo, Señora,
que amantes lazos templaran
895
el mal que al príncipe agobia?
ESTRATONICE
Lo juzgo así, y ya o oyó
El príncipe de mi boca.
ANTIOCO
(¡Oh crüel!)
ESTRATONICE
Y oyó también
lo que le, repito ahora,
900
y es que con pecho valiente
a su mal se sobreponga.
(¡Ah! ¡quién valor le infundiera
porque su amor no conozcan!)
ANTIOCO
Lucho, Señora, y confío
905

(Dominándose.)

Que alcanzaré la victoria.
ERASISTRATO
(Veamos si con tal medio
más su pasión le traiciona.)

(A ESTRATONICE.)

¡Ya nuestro príncipe amado
logra notable mejora,
910
de modo que el nuevo día
verá vuestras altas bodas,
que más dilación no sufre
del rey la pasión furiosa.
ANTIOCO

(Fuera de sí.)

¡Qué oigo! ¡Oh cielos! ¿Y es posible?
915
¿Mañana os casáis, Señora?
¡Hablad! ¡yo muero!
ERASISTRATO
¡Qué miro!

(Aplica la mano al pulso y corazón.)

Ya su accidente le torna:
vuela el pulso, y los latidos
de su corazón le ahogan.
920
Ya es la sospecha evidencia,
y es la reina la que adora.

El príncipe cae desmayado: ERASISTRATO y los criados se le llevan.

ESTRATONICE
¡Ay de ti, príncipe amado,
y ay de mí!
OLIMPIA
Venid, Señora,
adonde sólo a mi vista
925
vuestro ardiente llanto corra

Vanse.

Las damas y músicos se van yendo y quedan sólo las dos damas que hablan.

Escena V

DAMA PRIMERA
¡De qué espantoso secreto
hemos sido sabedoras!
En tan juveniles años
¡cómo ya el amor le postra!
930
DAMA SEGUNDA
También de la reina, dime
¿no advertiste la congoja
y mal reprimido llanto?
DAMA PRIMERA
Fueron lágrimas piadosas.
DAMA SEGUNDA
¿La piedad también explica
935
su salida presurosa?
DAMA PRIMERA
Pues ¿qué piensas?
DAMA SEGUNDA
Pienso, amiga,
que ha tiempo que ambos se adoran.

Vanse y vuelve ERASISTRATO.

Escena VI

ERASISTRATO.

Al fin mi ardid le arrancó
al príncipe su secreto,
940
y sé cuál es el objeto
del amor que le venció:
mas poco en saberlo gano,
y aun pienso que era mejor
ignorar siempre el amor
945
que he sabido tan en vano.
Si el rey, ha un momento, aquí,
comunicaba conmigo
su pasión, ¿cómo le digo
la verdad que descubrí?
950
Cómo, si a la reina bella
me dijo que amaba loco,
¿cómo le digo que Antíoco
se muere también por ella?
Si su boda apetecida
955
me confía, ¿de qué suerte
le tengo de dar la muerte
a quien me pidió la vida?
¿Qué haré en tal trance, qué haré?
Si decirlo cierto escojo,
960
yo de Seleuco el enojo
el primero arrostraré.
Mas, si la verdad recato,
el príncipe morirá:
¡Ah! cese tal duda ya,
965
y en ti vuelve, Erasistrato.
¿Cómo en tal caso atender
puedes del rey a las iras?
¿Cómo a tu deber no miras,
cuando cumples tu deber?
970
Mi conciencia vigilante
me habla así, y su voz oyendo,
cómo pude no comprendo
vacilar un sólo instante.
Si pierdo, hablando, el favor
975
de un rey airado y violento,
sé que a la verdad contento,
que es el monarca mayor.
al ciego temor se doble
el médico vil que ignora
980
cuánto su arte salvadora
es entre las artes noble:
¡use silencio o falsía
el siervo del interés
para quien la ciencia no es
985
sino torpe granjería,
no quien, el propio negocio
desdeñando, como yo,
siempre su arte profesó
como un alto sacerdocio!
990
Mas, para ver si aprovecho
del príncipe al ansia extrema,
una noble estratagema
me inspira el prudente pecho.
Y quién sabe si quizás...
995
la acción es sin duda estoica,
pero el rey tiene alma heroica
y es padre suyo además.
Medio tan juicioso y lento
menguará también su ira:
1000
sin duda el cielo me inspire
tan piadoso pensamiento.

Escena VII

ERASISTRATO y SELEUCO.

SELEUCO
Ya vengo, amigo, impaciente
de saber el resultado
de tu experiencia prudente.
1005
ERASISTRATO
Ya el mal está averiguado.
SELEUCO
Heme de tu voz pendiente.
ERASISTRATO
¡Ay! que la causa, Señor,
de sus congojas es tal,
que ignorar fuera mejor
1010
cuál es el blanco fatal
de su desdichado amor.
SELEUCO
¿Qué oigo? ¿Es acaso el objeto
de su amorosa locura
un imposible sujeto?
1015
ERASISTRATO
Es tal, que a vuestra ternura
quise tenerlo secreto;
reputando conveniente
en el silencio y olvido
sepultar eternamente
1020
lo que después de sabido
ningún remedio consiente.
SELEUCO
Si es una humana mujer
a la que el príncipe ama,
¿cuál tan esquiva ha de ser
1025
que se resista a su llama,
o se niegue a mi poder?
Juzgo que no habrá ninguna
que enlace tan eminente
no tenga por gran fortuna
1030
aunque en sumo grado ostente
belleza o ilustre cuna.
ERASISTRATO
¿Quién ha de ser tan insano
que esa verdad evidente
ose negar?
SELEUCO
Luego es llano
1035
ERASISTRATO
Mas en el caso presente
Todo eso, Señor, es vano;
que no siempre...
SELEUCO
Acaba pues:
No más de misterios lleno
al ver mis ansias estés,
1040
ni con tan lento veneno
así la muerte me des.
ERASISTRATO
Pues vuestro labio lo ordena,
sabed que no admite cura
de Antioco la amante pena,
1045
pues quiso su desventura
que amase a mujer ajena.
SELEUCO
¡Tan extraño amor le acosa!
ERASISTRATO
Por eso a nadie confiesa
jamás su llama amorosa.
1050
SELEUCO
Mas di, ¿qué mujer es esa?
ERASISTRATO
Es, Señor, mi propia esposa.
SELEUCO
¡Tu esposa, tu esposa! ¡oh hado
funesto! ¡oh signo importuno!
¡Oh príncipe desdichado!
1055
ERASISTRATO
Ya veis, Señor, que su estado
no tiene remedio alguno.
SELEUCO
No le tiene... uno tuviera,
uno solamente.
ERASISTRATO
¿Cuál?
SELEUCO
Bien me entiendes.
ERASISTRATO
¿Y quién fuera
1060
capaz de heroísmo tal?
SELEUCO
¿Dejarás que mi hijo muera?
Si a ti mi cariño fía
lo que amo en el mundo más,
si en su vida está la mía,
1065
pudiendo ¿no aliviarás
mi tormento y su agonía?
ERASISTRATO
¿Qué me proponéis, Señor?
¡Que a la que idolatro pierda,
cediéndola a ajeno amor!
1070
SELEUCO
Lo que mereces recuerda
a mi amistad y favor:
ve que eres padre también
de ese hijo a quien desde niño
en la verdad y en el bien
1075
aleccionó tu cariño:
de él y de mí piedad ten.
ERASISTRATO
Grande, Señor, es la acción.
SELEUCO
No mayor de lo que vales;
tienes de héroe el corazón,
1080
y de tu ciencia rivales
tus altas virtudes son.
ERASISTRATO
¿Habéis el valor medido
del sacrificio exigido
por vuestro ruego tenaz?
1085
¿Vos mismo fuerais capaz
de lo que me habéis pedido?
Y si yo os dijese ahora
que es la reina la que adora,
¿qué os tocaba responder?
1090
SELEUCO
¡Pero eso no puede ser!
(¡Oh sospecha matadora!)
ERASISTRATO
Pues es, Señor, la verdad,
y fue lo primero engaño
que fingió mi lealtad
1095
para hacer menor el daño:
mi artificio perdonad.
y el que aconsejarme pudo
un sacrificio tan crudo,
viendo que en su mano está
1100
y a menos costa, no dudo
que él mismo lo cumplirá.
SELEUCO
¡Con qué tu ardid me engañó
hasta aquí! ¡Luego no quiere
Antioco a tu esposa!
ERASISTRATO
No.
1105
La reina es quien le prendó,
y por la reina se muere.
SELEUCO
¿Y cómo lo has descubierto?
ERASISTRATO
Eso bien claro lo vi.
SELEUCO
¿Lo que me dices es cierto?
1110
ERASISTRATO
Cierto, Señor.
SELEUCO
Sal de aquí,
que tus palabras me han muerto.
Sal de aquí, pues considero,
si al punto no te retiras,
que habrás de ser el primero
1115
en quien mis súbitas iras
descarguen su ímpetu fiero.
Vete, y a ese hijo malvado
aquí al instante me envía.
ERASISTRATO
Pensad, Señor, en su estado.
1120
SELEUCO
Todo lo tengo pensado.
ERASISTRATO
Ved que quizá no podría,
tan abatido y doliente,
sufrir la fiera batalla
de vuestra saña furente.
1125
SELEUCO
Basta: obedéceme y calla.

Al ver que se va ERASISTRATO.

Erasistrato, detente.
Por última vez me di
si estás seguro de que arda
por Estratonice?
ERASISTRATO
Sí.
1130
SELEUCO
Pues anda y dile que aquí
su rey y padre le aguarda.

ERASISTRATO hace ademán de replicar: el rey le impone silencio y le despide.

Escena VIII

SELEUCO.

¡Qué supe! ¡mi hijo se atreve
a levantar la esperanza
a quien mi esposa ser debe!
1135
¡Teme mi justa venganza,
hijo desleal y aleve!
¿Cuándo pude imaginar
que, con audacia sin par,
un hijo que amaba tanto
1140
osase el deber más santo
de sus deberes hollar?
¡Yo por mi esposa le envío,
yo mi honra y mi amor le fío,
y a mis confianzas infiel
1145
como a mis respetos, él
codicia un amor que es mío!
Y Yo su mal lamentaba,
y con tormento infinito
sin cesar me desvelaba,
1150
y entonces no sospechaba
que aún su mal era un delito.
Salvado su vida habría
aun a costa de la mía
mi tierna solicitud:
1155
¡Oh inaudita ingratitud!
¡Espantosa alevosía!
Apenas llego a creer
ingratitud tan extraña
y tan torpe proceder:
1160
crece a su vista la saña
que inflama todo mi ser.

Escena IX

SELEUCO y ANTIOCO.

ANTIOCO
Señor, a tus preceptos obediente,
vengo (mas ¿qué mudanza a mirar llego?
¡Nubes envuelven su ceñuda frente,
1165
sus ojos lanzan centellante fuego!)
SELEUCO
Príncipe, yo a llamar os he enviado
ANTIOCO
(¡Cuán severa su voz truena en mi oído!
¡Ah! Sin duda, sin duda ha penetrado
mi culpable pasión: yo soy perdido!)
1170
SELEUCO
¿Por qué, con turbación anticipada,
os miro estar temblando de ese modo?
mas, si mi labio aún no os ha dicho nada,
vuestra conciencia os lo habrá dicho todo.
Ella os dirá que vuestro padre sabe
1175
vuestro infame secreto vergonzoso:
nunca temí de vos culpa tan grave;
con razón la ocultabais receloso.
¿Sabéis lo que debisteis haber hecho
antes que dar en vuestro pecho entrada
1180
a tan torpe pasión? El propio pecho
rasgar mil veces con aguda espada.
¿Qué nombre habrá que a la perfidia cuadre
de una acción tan osada y delincuente?
Como rey, como amigo, como padre,
1185
príncipe, me ofendisteis juntamente.
Para enviar por mi esposa yo os elijo,
digno entre todos de tal honra os hallo:
¡y a la esposa del padre aspira el hijo!
¡Y a su reina y señora ama el vasallo!
1190
Mas, si amor o deber no os retenía,
¿No os arredró el justísimo castigo
que a vuestro triple crimen guardaría
vuestro rey, vuestro padre, vuestro amigo?
¿Pues no había en el mundo otras mujeres,
1195
que os atrevisteis a mi real esposa?
Para haceros hollar tantos deberes,
sólo ella era mujer, sólo ella hermosa?
Ella, entre todas, era la vedada
a vuestra osada llama incestuosa,
1200
y ser debió, de vuestro padre amada,
sagrada para vos, como una diosa.
El solo pensamiento era un agravio,
un agravio mortal sólo el deseo;
y quien sabe también si con el labio...?
1205
ANTIOCO
Nunca, padre, jamás.
SELEUCO
¡Ah! bien lo creo;
y si creyera que la culpa vuestra
llegara hasta tener atrevimiento
de hacer de amor ante ella alguna muestra
o murmurar de amor un solo acento,
1210
vive Dios que a mis furias homicidas
entonces no bastara el que mis brazos
arrancaros pudieran tantas vidas
como os hiciera mi furor pedazos.
ANTIOCO

Echándose a los pies del rey.

Ya estoy, Señor, a vuestras plantas puesto,
1215
y aunque bien veis que por instantes muero
de mi existencia el miserable resto
lo rindo y sacrifico a vuestro acero.
Vos me disteis la vida, y el despecho
tenéis vos de quitarla: no vacilo
1220
en ofreceros el desnudo pecho
de vuestra espada vengadora al filo.
Acabad pues, y os dé fácil despojo,
oh padre mío, este vivir funesto
que hoy que merezco vuestro fiero enojo
1225
mas que nunca maldigo y lo detesto.
SELEUCO
(Al alma sus acentos me han llegado,
y al escucharle demandar la muerte
y contemplar su doloroso estado,
en compasión mi saña se convierte.
1230
Si sus congojas por instantes crecen,
¿he de abreviarle un fin, ya tan vecino?
Mis entrañas de padre se estremecen:
más que suya, es la culpa del destino.)
Alza, hijo mío, y d tu estancia vuelve;
1235
allí un instante mi llamada espera.
(Veamos si mi pecho se resuelve
a que viva su amor y el mío muera.)

SELEUCO.

Escena I

SELEUCO.

¡Ah! ¡cuánto el combate dura
que estoy lidiando conmigo!
1240
¡Y aun renunciar no consigo
a su divina hermosura!
Mis esfuerzos, que hasta aquí
son tan vanos e infelices,
dicen cuán hondas raíces
1245
ha echado este amor en mí.
Mas, si amor mi pecho hiere,
¿el de mi hijo no traspasa?
¿Si yo ardo, él no se abrasa?
¿Si yo padezco, él no muere?
1250
Y si, aunque morir se viera,
su amor ocultaba mudo,
¿qué más, qué más hacer pudo
aun la virtud mas severa?
¿Qué, más puedo exigir de él,
1255
si se mostró tan mi amigo,
que por ser leal conmigo,
consigo ha sido crüel?
Si su estrella le arrastró
a amar a la reina bella,
1260
culpa será de su estrella,
pero de su pecho no.
¡Quién sabe si ella ha entendido
del príncipe el amor ya,
y si por ella quizá
1265
es su amor correspondido!
¿Qué mucho que ya le amara,
si aunque yo no me lo diga,
cuanto al príncipe la liga
tanto de mi la separa?
1270
jóvenes y hermosos ellos,
todo a adorarse los mueve;
y de los años la nieve
blanquea ya mis cabellos.
Tiempo ha que entender debí,
1275
abandonando ilusiones,
que la edad de las pasiones
ha pasado para mí.
Mas me dice esta pasión
que en vano apagar anhelo,
1280
que de mis canas hielo
no bajó a mi corazón.
Quizás, hablando con ella,
su pasión se mostrará.
Viene allí: ¡qué hermosa está!
1285
Nunca la miré más bella.

Escena II

SELEUCO, ESTRATONICE y OLIMPIA.

ESTRATONICE
(Por mi suerte y la del príncipe
inquieta estoy de continuo:
el rey aquí: ¡qué semblante
tan agitado y sombrío!
1290
¿Si será ya sabedor
se todo lo sucedido?
Tiemblo.)
SELEUCO
Princesa.
ESTRATONICE
Señor.

El rey hace una seña a OLIMPIA.

ESTRATONICE
Vete, Olimpia.
OLIMPIA
Me retiro.

Escena III

SELEUCO y ESTRATONICE.

ESTRATONICE
Más cuidadoso y suspenso
1295
que nunca, Señor, os miro.
SELEUCO
Sí, princesa; y mi cuidado
nace de grave motivo.
ESTRATONICE
¿Podrá merecer mi afecto
que os dignéis, Señor, decirlo?
1300
SELEUCO
Antes, Señora, os buscaba,
pues comunicar ansío
con vuestra amistad tan sólo
este tormento prolijo.
ESTRATONICE
Decid pues, y ojalá pueda
1305
daros mi amistad alivio.
Es el caso más funesto
que sucederme ha podido:
bien sabéis que a nuestro enlace
el único estorbo ha sido
1310
ver a una ignota dolencia
postrado mi único hijo.
Yo de su salud a un tiempo
y de mi dicha solícito,
averiguaba constante
1315
la causa de su martirio.
Al fin la supe, Señora;
pero mi desgracia quiso
que, si el mal era ya grande,
fuese mayor, conocido
1320
su salud y nuestras bodas
se excluyen, y ya es preciso
o que a su vivir renuncie,
o en vuestras bodas al mío.
ESTRATONICE
(¡Ya todo lo sabe!) En vano
1325
por entenderos porfío.
SELEUCO
Sabed que vos sois, Señora,
la cansa de sus suspiros.
ESTRATONICE
¡Yo la causa! absorta os oigo.
SELEUCO
Pues la verdad os he dicho.
1330
Cuando lo supe, os confieso
que, en saña fiera encendido,
me pareció hasta la muerte
corta pena la su delito.
Mas le vi, le hablé; a mis plantas
1335
cayó doliente y sumiso;
y en piedad troqué la ira
y en tierno halago el castigo.
Mas, si al mirar su congoja
mi enojo se ha suspendido,
1340
un largo y crudo combate
sostengo conmigo mismo.
Soy padre y amante a un tiempo,
y aun no sé si a vos de mi hijo
o a mi hijo de vos Señora,
1345
haga el duro sacrificio.
Y así en tan dudoso trance
a haceros me determino
juez a vos misma: elegid
vos entre el padre y el hijo.
1350
ESTRATONICE
(¿Será un ardid para ver
si amor al príncipe abrigo?)
Mal podéis, Señor, hacerme
juez en tan grave litigio,
pues de mí disponer debo
1355
si entre vosotros elijo,
y disponer de mi mano
a mí, Señor, no me es lícito:
desde que trató con vos
mis bodas el padre mío,
1360
ya yo albedrío no tengo,
que en vos está mi albedrío.
Vos sois mi dueño, vos solo
sobre mí tenéis dominio:
vos podéis darme o guardarme
1365
a vuestro placer y arbitrio.
No me pidáis pues que elija,
Decidid, Señor, vos mismo,
que a mí obedecer me toca
lo que hubiereis decidido.
1370

Escena IV

SELEUCO.

En vano con tal prudencia
y decoro ha respondido,
que sus palabras desmiente
la turbación que le he visto.
Sin duda el amor del príncipe
1375
ha tiempo que ella ha entendido,
sin duda le ama: ¡es Antioco
de ser amado tan digno!
Todo, todo me persuade
Este crüel sacrificio,
1380
y ya la pasión de amante
cede del padre al cariño.

Escena V

SELEUCO y ERASISTRATO.

Viendo a ERASISTRATO que vacila en entrar.

SELEUCO
Ven sin temor, fiel amigo,
y perdona si, ha un momento,
mi injusto enojo violento
1385
probó su rigor contigo.
De mis acerbas razones
ya pesaroso y corrido,
que las olvides te pido
y a tu monarca perdones.
1390
ERASISTRATO
Colmarais mi regocijo,
si cual, conmigo aplacado,
ya vuestro enojo ha cesado,
cesara con vuestro hijo.
Y ojalá, si fuera así
1395
posible salvarle a él,
que vuestra saña crüel
recayera toda en mí.
SELEUCO
No te afanes, noble pecho,
amigo leal y firme,
1400
no te afanes en pedirme
lo que está del todo hecho:
vencer mi enojo, al usado
halago y amor volviendo,
es lo menos que pretendo
1405
hacer por mi hijo adorado.
ERASISTRATO
¿Qué hazaña no es natural,
por más que esfuerzos demande,
a esa alma elevada y grande,
verdaderamente real?
1410
Pasajera indignación
otro os hizo parecer,
pero no tardó en vencer
vuestra noble condición.
SELEUCO
Como padre y como amante,
1415
harto conmigo he luchado:
mas ya la lucha ha cesado,
y el padre quedó triunfante.
Si de ti exigió mi error
la hazaña dificultosa
1420
de ceder tu propia esposa
al que moría de amor,
¿Cuánto más justo, pues vi
que hacerlo a mí me tocó,
que hiciera lo mismo yo
1425
que antes exigí de ti?
¿Qué menos hacer podía
en este trance, y más viendo
que él es mi hijo, no siendo
mi esposa ella todavía?
1430
Al sacrificio costoso
ya pues decidido estoy,
y sin mas aguardar, hoy
será de la reina esposo.
Es mi hijo, mi sucesor
1435
en quien nueva vida espero,
de mi corona heredero,
y también de mi valor.
Si a ambos la reina prendo,
con ambos cumpliendo así,
1440
debo quitármela a mí
para darla a mi otro yo
y su alta felicidad
mirando como común,
Poseeré a la reina aún
1445
en mi más dulce mitad.
Hazle al instante llamar,
estoy de hablarle impaciente,
ni quiero mas largamente
su ventura dilatar.
1450
ERASISTRATO

(Que va y vuelve.)

Dejad que exprese, Señor,
la admiración entusiasta
que el pecho a sentir no basta
al ver tan alto valor.
El sacrificio era tal,
1455
que aun yo que os lo aconsejaba,
aun yo lo dificultaba
de todo esfuerzo mortal.
¡Cuánto la alta idea gana
que tuve siempre de vos,
1460
pues hoy os iguala a un dios
esta hazaña sobrehumana!
Grandes las victorias son
que de vos cuenta la historia,
«Pero es más grande victoria
1465
vencer la propia pasión.»
Y de Persia el vencedor,
con extremado heroísmo,
hoy, vencedor de sí mismo,
logra su triunfo mayor.
1470
Vedle cuál llega doliente,
y abatido: ¡qué contento
a ese triste abatimiento
va a suceder de repente!
De su dolencia crüel
1475
le va a librar breve rato.
SELEUCO
Noble y fiel Erasistrato,
déjame solo con él.

Escena VI

SELEUCO y ANTIOCO.

SELEUCO
Hijo amado.
ANTIOCO
(¿Qué oigo?) Padre.
Ven, hijo, más no a mis plantas,
1480
ven a mis brazos amantes
que ya anhelosos te aguardan.
No receles, hijo mío,
que de mis iras pasadas
en el corazón paterno
1485
ni una reliquia quedara.
Pasó mi saña del todo,
y si alguna el pecho guarda,
sólo conmigo la tengo
porque la tuve sin causa.
1490
¡Y en tu doloroso estado
te lancé fieras miradas,
y te agravio el labio mío
con iracundas palabras!
¡Ah! perdona, hijo querido,
1495
esas palabras airadas
las primeras que escuchaste
en mis labios.
ANTIOCO
No así añadas
más extremos amorosos;
basta ya, padre del alma.
1500
Tus acentos me penetran,
me confunde bondad tanta:
si tus iras me abatieron,
tus piedades me restauran,
y tu perdón me da vida,
1505
si me mató tu amenaza.
Con volverme tu cariño
quedan mis ansias colmadas,
que al que tu perdón merece
esa ventura le basta.
1510
SELEUCO
Pues a una nueva ventura
hoy tu corazón prepara
y se abra ese triste pecho
finalmente a la esperanza.
Algo por tu vida y mía
1515
es bien que tu padre haga,
que en volverte mi cariño
claro esta, que no hice nada.
Yo moribundo te miro;
y si al inquirir la causa,
1520
hallo que agonizas presa
de ardiente amorosa llama,
en vez de dejar vencerme
por la sed de la venganza,
debí dar a la alegría
1525
en mi corazón entrada,
al contemplar que la suerte,
en esto menos contraria,
quiso poner en mis manos
el alivio de tus ansias.
1530
Digno de castigo fueras,
si con tu amor no lucharas;
mas si con tu amor violento
eternamente batallas,
si, a mis respetos atento,
1535
miro que aun muriendo callas,
debo premiar tus virtudes
y remediar tu desgracia.
ANTIOCO
¿Qué quieres, padre, decirme?
SELEUCO
Que de himeneo a las aras
1540
hoy conducirá tu, diestra
a la beldad que idolatras.
ANTIOCO
¿A quién, Señor?
SELEUCO
¿Lo preguntas?
A la reina: yo la amaba
y mucho, pero tu amor
1545
al fin rindió la balanza.
ANTIOCO
(¡Qué escucho! a mi padre debó
cariño y fineza tanta
que por dar a mi amor vida
el suyo sofoca y mata!
1550
¡Y tan crüel sacrificio
de mi padre un hijo aceptara!
No; la tentación es grande,
mas no excede mi constancia,
responder que no me toca,
1555
aunque la vida me vaya,
que su generoso porte
el mío a mí me señala.)
De mi silencio, Señor,
ha sido el asombro causa,
1560
al escuchar de tus labios
que con la reina me casas.
SELEUCO
¿Pues no es de amor tu dolencia?
¿A Estratonice no amas?
ANTIOCO
¿Yo a la reina? te repito
1565
que tus acentos me pasman.
SELEUCO
Pues, ¿cómo aquí mis enojos
te turbaron, y a mis plantas
te derribaste confuso,
si a Estratonice no amabas?
1570
ANTIOCO
Porque tanto te respeto
y tanto temo tu saña,
que, aun sintiéndome inocente,
me es fuerza, Señor, temblarla.
Si siempre con un cariño
1575
casi materno me tratas,
¿cómo resistir podía
tan repentina mudanza?
SELEUCO
Luego tu mal no es de amor,
y Erasistrato se engaña?
1580
ANTIOCO
No se ha engañado al decirte
que es amor el que me abrasa,
mas sí en creer que es la reina
el objeto de mi llama,
SELEUCO
Pues ¿quién es?
ANTIOCO
Es Cleonice,
1585
De Estratonice la hermana.
SELEUCO
¿Y cómo no la dijiste
La pasión que te inspiraba?
ANTIOCO
Porque va está prometida
al amor a otro monarca,
1590
y el mirarla de otro dueño
al silencio me obligaba.
SELEUCO
Pero, ¿cómo Erasistrato
creyó que a mi esposa amabas?
ANTIOCO
El vería que a su vista
1595
más mis ansias se agravaban,
porque a su hermana recuerda
con perfecta semejanza.
SELEUCO
Mira que no engañes, hijo,
al que darte vida trata.
1600
ANTIOCO
Señor, la verdad te digo:
recuerda que a mi llegada
partir de nuevo quería,
porque su amor me llamaba.
Pues, si es verdad lo que dices
1605
pienso que remedio aún haya.
¡Pero deja que de nuevo
maldiga la injusta rabia
con que te ofendió mi labio
cuando tan sin culpa estabas!
1610
Sólo te culpo en que tanto
decírmelo dilataras.
Mas aún abriga mi pecho
justa dichosa confianza
de que esas tratadas bodas
1615
por mí Demetrio deshaga.
Mucho Demetrio me debe:
a mí su interés le enlaza,
y se alegrará de ver
que mas vínculos nos atan.
1620
Como me dio a Estratonice,
así te dará a su hermana,
ufano si a padre e hijo
ver logra unidas entrambas.
ANTIOCO
¡Ojalá que aun tiempo sea!
1625
Y por que veas que te habla
la verdad el labio mío,
te pido que su tardanza
hoy con la reina celebres
tus bodas tan dilatadas,
1630
y yo a buscar a mi esposa
ledo partiré mañana.
SELEUCO
Corro a escribir a Demetrio:
después veré a mi adorada
esposa: ¡ah! ¡cuánto me alegra
1635
ver que no es ella quien amas!
Ven a mis brazos de nuevo;
hijo, me devuelves el alma,
pues, al darte a Estratonice,
el alma misma te daba.
1640

Escena VII

ANTIOCO.

¡Ah! ¡que yo mismo me espanto
de lo que acabo de hacer!
¡Apenas llego a creer
que fuera capaz de tanto!
Y, puesto ya en el dintel,
1645
yo propio a entender no acierto,
¡como viendo el cielo abierto,
no he querido entrar en él!
¿Mi padre no me ofreció
a la que mi amor provoca?
1650
Pues ¿cómo la falsa boca
pudo responder que no?
¡Quién desdecirse pudiera
de esa crüel negativa,
que de la dicha me priva
1655
y que mi fin acelera!
Mas, ¿no es tiempo todavía?
A mi padre ir no podré
y decirle: «Te engañé;
»pues me la cedes, es mía.
1660
»Fuerza es que tu hijo reciba
»de tu mano liberal
»la hermosura sin la cual
»es imposible que viva.»
Pero ¿qué digo? ¿qué intento?
1665
¡Mi heroica filial hazaña
así deslustra y empaña
un vil arrepentimiento!
Por ella, cual nunca, debo
estar de mí satisfecho:
1670
no me pese después de hecho
lo que aún haría de nuevo.
Ya del combate la palma
al padre ha ganado el hijo:
yo doy la vida, si él dijo
1675
que en ella me daba el alma.

ESTRATONICE.

Escena I

ESTRATONICE y OLIMPIA.

OLIMPIA
Cesad los hondos suspiros,
enjugad el lloro amargo,
que vuestra suerte, Señora,
dichosamente ha cambiado;
1680
el amor que decoroso
ocultó vuestro recato
aun a su objeto, pues era
vuestro deber contrario,
mostrar podéis sin rebozo
1685
como legítimo y santo,
pues en deber lo convierten
los castos nupciales lazos.
Ya vuestro nuevo himeneo
no es de ninguno ignorado,
1690
ni ya más plática se oye
en el alegre palacio:
vengo de oírlo yo propia
de boca de Erasistrato
a quien confiárselo digna
1695
del mismo Seleuco el labio.
Mas a entender no os lo dio,
en lo que me habéis contado,
a vos el rey?
ESTRATONICE
Cara amiga,
De creer aún no acabo
1700
Esta dicha; y es posible
que, después de sufrir tanto,
hoy me vea al fin unida
a mi príncipe adorado?
Persuadirme apenas puedo
1705
la felicidad que alcanzo,
cuando brillar no veía
de esperanza un débil rayo.
Y este amante corazón,
tanto tiempo lacerado,
1710
no resiste la alegría
de tan repentino cambio.
¡Y es cierto!
OLIMPIA
¿Admitir podéis
en Erasistrato engaño?
Os digo que oí yo misma
1715
el fiel relato el sabio.
Él al príncipe dejaba
con el rey su padre hablando:
¿Quién duda que ya le dijo
que le cede vuestra mano?
1720
Es vuestra dicha segura.
ESTRATONICE
Ven, dulce amiga, a mis brazos;
deja que en tu seno vierta
este placentero llanto.

(Aquí llega ANTIOCO y al oír su nombre, se detiene.)

¡Y tú idolatrado Antioco,
1725
las congojas y cuidados
que te he causado, no dudo
que me los perdones, cuando
sepas que a este triste pecho
igual amor inspirando,
1730
las mismas penas me cuestas
que a ti mi amor te ha costado!

Escena II

DICHAS y ANTIOCO.

ESTRATONICE
¡Qué miro! ¡el príncipe aquí!
Sin duda escuchó.
ANTIOCO
Escuché:
Pero más valiera a fe
1735
que no oyera lo que oí,
señora, pues, si primero
moría desconsolado,
sabiendo que soy amado
ya desesperado muero.
1740
ESTRATONICE
Morir, ¡Señor! ¿Pues diciendo
no os ha estado el rey ahora
que consiente...?
ANTIOCO
Sí, Señora.
ESTRATONICE
Pues entonces no os entiendo.
ANTIOCO
Ni yo me entiendo tampoco,
1745
ni sé lo que he dicho u hecho:
¡Ah princesa! yo sospecho
que me estoy volviendo loco.
Mas el tiempo finalmente
huye en que hablaros es dable;
1750
y es fuerza que villa vez hable
y que calle eternamente.
Ya sabéis si os amo; pero
no podéis ni imaginar
cuánto este amor singular
1755
es grande, profundo, fiero.
Pues bien, amándoos así,
mi padre a m os ofreció,
y dije a mi padre no
y a tal dicha resistí.
1760
ESTRATONICE
¿Qué escucho?
ANTIOCO
Diréis ¿por qué?
Porque os cedió a su pesar,
y yo que le gano a amar,
a ser noble le gané.
1765
Él os ama y os cedía,
señora, a mi amor ardiente
por remediar solamente
mi tormento y agonía.
Mas yo no pude aceptar
1770
sacrificio tan impío,
y, aunque era mayor el mío,
el suyo debí estorbar.
Le aseguré que no amaba
vuestra beldad hechicera,
1775
y que vuestra hermana era
la que mi amor inspiraba.
Él me escuchó como quien
alivio notable siente,
creyéndome fácilmente
1780
lo que le estaba tan bien;
y el excesivo placer
que al oírme demostró
más y más me persuadió
que cumplía mi deber.
1785
Hoy pues gozará felice
vuestra beldad soberana,
y yo partiré mañana
en busca de Cleonice.
ESTRATONICE
¡Atónita me dejáis!
1790
¡Y tanto valor tuvisteis!
Dos vidas a un tiempo heristeis
y también me asesináis.
Tal vez extrañar pudierais
que os hable así; pero ya
1795
sabido el secreto está,
y aun cuando no lo supierais,
me es fuerza hablar finalmente,
antes que, en tanta aflicción,
comprimido el corazón
1800
dentro del pecho reviente.
Sí, la ciega idolatría
que por mí sentís yo siento,
padezco el mismo tormento,
lucho con igual porfía.
1805
El silencio que os ataba
ataba más mi decoro,
y mi reprimido lloro
aquí se trocaba en lava.
Y así imposible os sería,
1810
vuestras penas al decirme,
una sola referirme
que también no sea mía.
Y hoy que ¡destino crüel!
salgo apenas del abismo
1815
de tantos males, ¡vos mismo
me hundís nuevamente en él!
ANTIOCO
Princesa, por compasión
calle vuestra amante boca,
pues en lo infinito toca
1820
esta desesperación.
Vuestro afecto me asesina
y acrece mi horrible mal:
¡yo soy el blanco fatal
de la cólera divina!
1825
¡Celeste venganza fiera,
saña atroz que te diviertes
en matarme con cien muertes,
mándame al fin la postrera!
Pronto me será forzoso
1830
mi suplicio presenciar
cuando os conduzca al altar
vuestro enamorado esposo;
y el regocijo paterno
en el semblante copiando,
1835
iré en el pecho ocultando
los tormentos del Infierno,
ESTRATONICE
Y así partiréis mañana
dejándome en tal dolor,
y no teniéndola amor,
1840
¿os casaréis con mi hermana?
¡Y querrán también los cielos,
tras estar tan congojada,
que, a mis tormentos se añada
el tormento de los celos!
1845
ANTIOCO
No temáis que tal partida
pueda efectuarse, Señora,
ni que hasta la nueva aurora
dure siquiera mi vida;
después de prueba tan fuerte
1850
es imposible que viva,
y hoy cerrará compasiva
mis tristes ojos la muerte,
ESTRATONICE
Yo a la tumba os seguiré,
ANTIOCO
No, vivid, vivid, Señora,
1855
de un esposo que os adora
pagad la amorosa fe:
pues yo mismo a él os cedí,
hacedlo feliz, amadlo,
de mi muerte consoladlo.
1860
ESTRATONICE
¿Y quién me consuela a mí?
Todo lo pierdo, si os pierdo.
ANTIOCO
El tiempo consolador
trocará el fiero dolor
en apacible recuerdo.
1865
Pedir, para hacer cumplido
el sacrificio, os debiera
que al fin del todo me diera
vuestra memoria al olvido.
ESTRATONICE
¡Daros al olvido! en vano
1870
me lo pidierais.
ANTIOCO
¡Ah! sí:
Pensad sin rubor en mí,
cual se piensa en un hermano.
Vuestra compasión invoco,
y una lágrima piadosa
1875
verted tal vez en la losa
del desventurado Antioco.
Mas ya de vos me despido,
para no perder aun esta
poca fuerza que le resta
1880
a mi pecho combatido.
¡Adiós, adiós, que mientras más, princesa,
miro vuestra hermosura,
más renunciar me pesa
a la vida, al amor, a la ventura!
1885

Escena III

ESTRATONICE y OLIMPIA.

ESTRATONICE
¡Príncipe, oíd!... ¡se aleja
y con el corazón despedazado
muriendo aquí me deja!
¿Quién hubiera pensado
que a tan viva alegría
1890
tan terrible dolor sucedería?
OLIMPIA
¡Qué nuevo cambio el hado os reservaba!
ESTRATONICE
Antes al menos, del deber esclava,
cual víctima al suplicio,
marchaba resignada al sacrificio.
1895
Mas, después que abro el pecho a la esperanza
después que esposa ya me considero
de mi adorado Antioco,
tras tanta dicha de repente toco
¡el desengaño más terrible y fiero!
1900
OLIMPIA
¡Cuánto más os valiera
que no abrigaseis la esperanza amada
que os había de hacer más desgraciada,
y no ganarais a tan dulce amante
sólo para perderlo en el instante!
1905
ESTRATONICE
¡Oh ley de la mujer dura y acerba!
¡Siempre del hombre sierva,
nunca manda en su pecho y en su mano,
y es su destino odioso
el que un padre tirano
1910
la entregue al lecho de un odiado esposo!
OLIMPIA
Callad, Señora: serenad el rostro,
lágrimas enjugad, cesad suspiros,
y reprimid congojas y pesares;
que pronto vuestro esposo a conduciros
1915
vendrá del himeneo a los altares.
ESTRATONICE
¡Deja que el labio mi tormento diga,
que harto tiempo callé; déjame, amiga,
que al reprimido lloro
suelte por fin la rienda largamente!
1920
Pues este llanto que a los ojos niego
y en silencio devoro,
torna de nuevo a su profunda fuente,
trocado en mar de devorante fuego.
OLIMPIA
Por aliviar vuestro crüel quebranto,
1925
diera la vida la que os ama tanto
ESTRATONICE
¡Ah! si de veras me amas, en mi seno
clava puñal agudo,
o dame, amiga, un rápido veneno
que me liberte del odiado nudo.
1930
Si, enamorada de otro,
con el rey me casaba a mi despecho,
hoy que a Antioco enlazada me creía,
ya de Seleuco el lecho
me es más odioso que la tumba fría.
1935
OLIMPIA
Mas recordad, Señora, que el monarca
al príncipe os cedía
por libertarle de la fiera parca,
y que solo del príncipe engañado
hoy vuelve al himeneo abandonado.
1940
ESTRATONICE
Verdad, amiga, dices:
sólo quejarme puedo del destino:
Sí, todos somos del furor divino
las víctimas sin culpa e infelices.
El cielo, el crudo cielo se recrea
1945
en inspirarnos este amor demente,
para que nunca satisfecho sea
y sin cesar tres almas atormente.
OLIMPIA
Recobraos un tanto,
secad, secad el llanto
1950
que nubla ardiente vuestra faz divina
que aquí el rey sus pisadas encamina.

Escena IV

DICHAS y SELEUCO.

SELEUCO
¡Con qué placer, dulce esposa,
a vuestra presencia vuelvo
y vuestros encantos miro
1955
sin el temor de perderlos!
Si antes os dije, Señora,
que batallaba suspenso
entre guardaros o daros
a un hijo de amor enfermo,
1960
ya por él desengañado,
a mi destino agradezco
que no se oponga mi dicha
a la del que tanto quiero.
Todo era falso, y él mismo
1965
me desengañó al momento,
diciendo que vuestra hermana
era de su amor el dueño.
Ya pues de escribir acabo
mis cartas al padre vuestro,
1970
la mano de Cleonice
para mi Antioco pidiendo.
Él quiso que hoy sin tardanza
nuestras bodas celebremos,
a fin de partir mañana
1975
en busca de otro himeneo.
ESTRATONICE

(A OLIMPIA.)

¡Quién hablar pudiera, amiga,
y descubrirle lo cierto!
OLIMPIA
Disimulad vuestras ansias
pues ya no tienen remedio.
1980
SELEUCO
No me respondéis siquiera
señora: ¿pero qué veo?
Recientes huellas de llanto
en vuestro rostro contemplo.
¿Qué súbito mal, qué causa
1985
nubla así ese rostro bello?
Romped al fin las prisiones
de ese obstinado silencio:
Decid, ¿qué tenéis, Señora?
ESTRATONICE
Yo, Señor, yo nada tengo.
1990
SELEUCO
Vuestra voz, vuestro semblante
todo, os está desmintiendo.
¿quizá me seguís al ara,
señora, a despecho vuestro?
ESTRATONICE
¿Qué decís? Señor, vos solo
1995
sobre mí tenéis derecho:
del padre que a vos me dio
en vos acato el imperio,
mandad: que tan solamente
me toca a mí obedeceros.
2000
SELEUCO
¡Así sólo a la obediencia
vuestra esclava mano debo,
y como víctima triste,
vais al altar de himeneo!
¡Qué es esto, cielos tiranos!
2005
¡Apenas me considero
de una confusión ya libre,
nueva confusión padezco!
¿Dónde está el príncipe? Importa
que con él hable de nuevo:
2010
Llamadle al punto, que acaso
él aclare este misterio.

Escena V

DICHOS y ERASISTRATO.

ERASISTRATO
Presa del mal tirano,
que como nunca le asaltó violento,
al príncipe infeliz dejo cercano
2015
a dar, Señor, el postrimer aliento.
SELEUCO
¿Qué dices?
ESTRATONICE
(¡Ay de mí! su fin me mata.)
SELEUCO
Ha un breve instante que le dejo ufano.
ERASISTRATO
Muriendo queda, y es su amor insano
el que la tierna vida le arrebata.
2020
SELEUCO
Pues ¿qué amor?
ERASISTRATO
El que os dije.
SELEUCO
Y por qué, cuando
a la reina yo mismo le brindaba,
¿por qué me respondió que no la amaba,
con otro amor sus penas explicando?
ERASISTRATO
Allí, Señor, se muestra
2025
su heroico esfuerzo y su virtud sublime,
pues su pasión reprime
por dar vida a la vuestra.
Él vio que vos la amabais,
que al suyo vuestro amor sacrificabais,
2030
y mostrándose digno de tal padre,
al devolveros la cedida esposa,
os compitió la palma generosa.
SELEUCO
¡Ah! no perdamos tiempo tan precioso,
y vos, Señora, suspended el llanto,
2035
porque a traeros voy a vuestro esposo.

Escena VI

ESTRATONICE y OLIMPIA.

OLIMPIA
Parece en fin que el hado,
que ya se mostró crudo, ya piadoso,
dar quiere a vuestro duelo dilatado,
tras tantas ansias, el final reposo.
2040
ESTRATONICE
¡Ay! que en la duración de un solo día
tantas mudanzas me previno el cielo,
que con justo recelo
aún en tal dicha el corazón no fía;
y no sé si este cambio lisonjero
2045
será de tantos cambios el postrero.
¿Mas qué digo? Quién sabe
si en este instante, el de su muerte toca
mi príncipe adorado?
¡Oh triste objeto de mi llama loca!
2050
¡Volar pudiera de tu lecho al lado,
y a la vida volverte
con el aliento de mi amante boca
o morir en tus brazos de tu muerte!
OLIMPIA
Venir al rey y a Erasistrato miro,
2055
y con ellos al príncipe.
ESTRATONICE
Respiro.

Escena VII

DICHAS, SELEUCO, ANTIOCO y ESTRATONICE.

SELEUCO
Llega a su dulce presencia
con ella casado estás;
y por que no opongas más
una inútil resistencia,
2060
y aun quieras negar tu llama
por guardar a un padre fe,
fuerza es que sepas que sé
que la reina también te ama.
Bien comprenderás ahora
2065
cuán imposible ha de ser
casarme yo con mujer
de quien sé que a otro hombre adora.
Con tus crüeles dolencias,
congojas, silencio y llanto,
2070
harto me probaste cuánto
me amas y me reverencias.
Hoy en la reina mirando
tu vida, dicha y sosiego,
que me la aceptes te ruego,
2075
y si no basta, lo mando.
ANTIOCO
Venciste, padre del alma:
pudiste al fin más que yo,
y tu mano me arrancó,
de la victoria la palma.
2080
Acepta el alma rendida
la ventura que le ofreces,
y confieso que dos veces
te debo, oh padre, la vida.

(Cae a los pies del rey.)

ESTRATONICE

(Arrodillándose también.)

A vuestras plantas dejad
2085
que agradezcamos los dos,
como ante el ara de un dios,
tanta magnanimidad.
SELEUCO
Alzad, alzad, hijos caros;
venid, que con nudo estrecho
2090
ansían a mi amante pecho
mis brazos encadenaros.
mucho me costó vencer,
no os lo niego, tanto amor;
mas se pierde mi dolor
2095
en un celestial placer.
Al mirar vuestra alegría,
yo también feliz me siento
y me digo: este contento,
esta dicha es obra mía.
2100
Y para hacer más patente
el cariño con que os miro,
hoy la corona de Tiro
ciño a vuestra noble frente.
ANTIOCO
¡Padre!
ESTRATONICE
¡Señor!
ANTIOCO
¿Quién pagar
2105
podrá?
SELEUCO
No se hable más de esto:
vamos hijos, vamos presto,
pues os espera el altar.

(A ERASISTRATO.)

Y a mi buen Erasistrato,
cuya ciencia y lealtad
2110
me descubrió la verdad,
¿Qué le dará un pecho grato?
ERASISTRATO
Por mérito tan pequeño,
otra merced no pretendo
que la de seguir sirviendo
2115
a tan generoso dueño.

1869.

Apéndice

Discurso pronunciado en el entierro de D. José Gálvez

Señores:

Todas las causas justas y santas necesitan para su triunfo de una víctima: la nuestra, que no podía ser más justa ni más santa, necesitaba también de una gran víctima; y el ciudadano D. José Gálvez estaba destinado a serlo. No podía en efecto la celestial justicia haber escogido otra más noble, otra más insigne. ¿Quién podrá enumerar sus virtudes y merecimientos? Varón digno, no temo asegurarlo, de los mejores tiempos de Grecia y Roma, reunía la justicia de Arístides, la inflexibilidad de alma de Catón y Bruto al valor de Milciades y Leonidas, y a la constancia y perseverancia de los héroes en quienes más hayan resplandecido tan raras y admirables virtudes. Agregad un clarísimo entendimiento, un recto y sólido juicio y el don de la elocuencia y persuasión. Agregad aún todas las virtudes del hombre privado; habiendo sido, en todo el rigor de la letra y no con la falsedad o exageración con que de tantos se dice, fiel amigo, excelente esposo y padre inmejorable, como es notorio y como no podrán negarlo ni sus mismos enemigos.

Porque no le faltaron enemigos y aun calumniadores: muchos, como el Ateniense de la Historia, estaban cansados de oír llamar justo a este Arístides peruano. Una virtud como la de Gálvez y unos merecimientos como los suyos no podían carecer de odio y envidia. Hay más: aquella espartana austeridad, aquella inflexibilidad catoniana, era natural que en nuestros muelles tiempos fuesen tenidas por inhumanidad y dureza, como así mismo había de confundirse por los malévolos y aun por los indiferentes con el encono y la venganza aquella hambre y sed de justicia que le poseía.

No es nuestro ánimo, ni el tiempo ni el lugar lo consienten, narrar la vida de este varón singular desde su nacimiento en Cajamarca, ciudad entre todas la más propia para infundir al que en ella nace odio profundo contra la crueldad española, (como que fue teatro de la más horrible maldad que ejecutaron los españoles en América) hasta su gloriosa muerte en el puerto del Callao, peleando en defensa de su patria contra la feroz armada de esa misma inicua nación. Sólo diremos que, considerando la vida entera de Gálvez, la influencia que ejerció en la juventud liberal de nuestro tiempo, de la que era el jefe, y los eminentes servicios que hizo a su patria, parece que tal hombre no debía haber muerto jamás; pero, pues ni los más grandes están exentos de la ley común, pues era fuerza que Gálvez muriese; ¿qué otra muerte podéis vosotros designarme para coronar tal vida, que la de morir en defensa de su patria y peleando como un simple soldado el que era Ministro de la Guerra?

Eacute;l mismo no hubiera elegido otra muerte. ¡Muerte digo! ¡Vano modo de hablar! vida, vida inmortal debí decir. Este desfigurado cadáver donde apenas te reconocerían los ojos de tu esposa, no eres tú, José Gálvez: ya, ya miro a lo que verdaderamente te constituía, ya miro a tu glorioso espíritu recibir el premio debido a tus virtudes en la morada de los héroes, de los justos y de los mártires, que merecías habitar por héroe, por justo y por mártir. Y no sólo alcanzas la celeste inmortalidad; alcanzas también la inmortalidad terrena, pues, mientras haya Perú y Peruanos, vivirá tu nombre, objeto de la gratitud más tierna, del amor más ardiente y de la veneración más profunda. Deshágase y consúmase en buen hora tu cuerpo, que tu alma allá en los cielos y tu recuerdo aquí en la tierra te hacen doblemente inmortal. No bañe pues la Patria en lágrimas tu sepulcro: el verdadero modo de honrar tu memoria es imitar tus virtudes y el heroico ejemplo que nos has dado, que hoy más que nunca necesita la patria de hijos que te imiten.

Y tú, amante esposa, a quien los estrechos lazos con la ilustre víctima tienen ausente de esta solemne ceremonia, no tan ciegamente te abandones a la desesperación y al llanto; sosténgante en tan dolorosa prueba las virtudes que te hicieron merecedora de que tal hombre te escogiese por compañera: consuélate con pensar que no hay ninguna mujer peruana cuya gloria pueda compararse con la tuya; tú verás pronto con un legítimo orgullo coronar la cúspide del monumento consagrado a las víctimas de Mayo la estatua de tu esposo, a cuyas plantas bullirá sin cesar todo un pueblo idólatra de su memoria: y siempre que dejes el santo recogimiento de tus hogares, los peruanos te señalarán con el dedo al extranjero y le dirán: «Esa enlutada matrona es la viuda de D. José Gálvez, muerto heroicamente el 2 de Mayo en defensa de su patria». Y vosotros, oh tiernos hijos suyos, pensad desde temprano en los deberes que os impone tan gloriosa ascendencia, procurando ser herederos de sus virtudes, como lo sois de su apellido.

1866.

A Italia

¡Yo te saludo, Italia, región del Destino, patria de la Gloria, antiquísima tierra siempre joven, fecunda engendradora de inmortales, madre de sabios y filósofos, de poetas y artistas, de guerreros y héroes, de mártires y santos! ¡Tú que, sola, has dado más grandes hombres que, juntas, todas las demás naciones de la tierra!

¡Yo te saludo, patria de Cicerón y de Plinio, de Livio y Tácito, de Lucrecio y Virgilio, de Cincinato y Fabricio, de Régulo y Escipión, de Catón y César!

¡Yo te saludo patria del Alighieri y del Petrarca, de Miguel Ángel y Rafael, de Palestrina y Rossini, de Guicciardini y Machiavelo, de Galileo y Vico, de Colón y Buonaparte!

Yo te amé y admiré desde la infancia; desde que, abriendo los ojos de la mente a la luz de la enseñanza y la verdad, comencé a estudiar la historia de Roma, señora del mundo: creció mi afecto, cuando aprendí tus dos idiomas y estudié tus dos literaturas, latina y toscana, que, con la griega, son y serán la fuente de toda belleza, de toda sublimidad; llegando a su colmo mi amor, cuando hollé tus riberas y tu suelo feliz que el sol acaricia con sus más blandos rayos, que la Naturaleza y el Arte hermosearon a porfía y que los recuerdos de la historia han consagrado; cuando visité tus ciudades, rivales en hermosura y grandeza: ¡Nápoles la risueña y dulce, como la llamó Virgilio, cuyas cenizas reposan en su seno, Florencia la artística y elegante, Génova la soberbia y magnífica, Roma la eterna; cuando me paseé con reverente planta por tus majestuosas y venerables ruinas donde me parecía conversar melancólicamente con las sombras de tus héroes!

¿Quién no anhela con ardor conocerte? ¿Quién no te visita con amor y veneración? ¿Quién no te extraña y suspira después por ti con dolor? ¡A cuántos viajeros has hecho olvidar sus patrias y los más dulces lazos de familia y amistad! ¡A cuántos que sólo fueron a tu suelo por días, encadenaste con tu belleza largos años, hasta que al fin murieron en tu seno! ¡Ah! yo nunca te recuerdo, ni oigo siquiera pronunciar o veo escrito tu magnífico nombre sin sentir una profunda pena, semejante a la pena de la ausencia, cual si tú fueras mi segunda patria.

Tú eres en efecto, ¡oh Italia! para todos los hombres, cualquiera que sea su nación y raza, una como segunda patria, y puedes con verdad ser llamada la patria común de las inteligencias humanas. En todas las naciones que se precian de civilizadas, los entendimientos de los niños despiertan con las obras clásicas de Grecia y más aún con las de Roma, en todos los colegios del mundo las almas comienzan a educarse latinamente, esto es, italianamente: y cada nación estudia primero tu historia que su propia historia, conoce primero a tus héroes que a sus propios héroes.

Y esta vida, esta inmortalidad del pensamiento jamás te ha faltado, ¡oh Italia! cualquiera que fuese por otra parte tu condición política; aun esclava de otras gentes que te a sujetaron por las armas, reinaste sobre ellas por la doctrina y el pensamiento. ¡Destinada estás, oh misteriosa tierra, a renovarte eternamente, y a renacer, verdadero Fénix, de tus propias cenizas! Tuvieron las demás naciones una sola época, más o menos larga, de esplendor y poderío, pero sólo una vez fueron grandes y prepotentes, y, si cayeron, cayeron para siempre Cartago, Egipto, los imperios de Asia y aun la misma Grecia, veneranda madre tuya.

Solo tú, oh tierra fatal, como exenta de la ley común de las naciones, has tenido varias épocas de grandeza y preponderancia, cayendo siempre para tornarte a levantar. Si la vez primera fuiste señora del mundo por las armas, lo fuiste la segunda por la Religión que te eligió por asiento, y por las ciencias y artes bellas de que fuiste maestra a los pueblos de Europa; pero ahora que te levantas por la vez tercera, reinarás con la mente y la espada a la par:

    Col senno e colla spada,


como dice Dante. ¡Qué espectáculo vas a ofrecer al mundo! Aunque es tan grande y tan glorioso tu pasado, mayor y más glorioso será tu porvenir, de manera que lo que a cualquiera otra nación sería imposible, sólo para ti será hacedero; que tú sola puedes excederte a ti misma.

Volverás a sostener en tus robustas manos la balanza de los destinos de Europa; y ¡cuánto podrás también influir en la futura suerte de América!

América, esta gran patria nuestra, está llena de tus recuerdos, porque tú, oh Italia, llenas el espacio, como llenas los tiempos, y donde quiera que vaya el pie o la mente del hombre, allí te encuentra. ¿De dónde era sino hijo tuyo el hombre inmenso, superior a toda alabanza, cuyo genio, como no cabiendo en la prisión del continente antiguo, descubrió este nuevo continente que habitamos? Colón es el lazo eterno que contigo nos une; siendo muy de notarse que, si la suerte fue injusta con Colón, al quitar a esta parte del mundo el nombre de Colombia que le pertenecía, no lo fue contigo pues, llamándola América, le dio el nombre de otro hijo tuyo, del florentino Américo Vespucci, para que ese solo nombre bastase a despertar tu recuerdo.

¡Y cuánto tus memorias, oh Roma libre, no influyeron en la gran alma y altos intentos del joven Bolívar, futuro libertador de un mundo! ¡Cuántas veces se paseaba silencioso y pensativo por tus ruinas y melancólicas campiñas! ¡Cuántas horas y días se le huían en tu vasto Coliseo, abismado en profundas meditaciones! ¡Cuánto se inflamaba con los ejemplos de tu historia! Y allí donde viste por dos veces afianzarse los sacrosantos derechos del pueblo, en ese Monte Sacro de inmortal memoria, allí fue donde un día, después de un sublime coloquio con su ayo Rodríguez, poniendo sus manos en las de éste, pronunció el solemne juramento, que pronto vio realizado el mundo de libertar a América del yugo español!

Y el héroe de estos tiempos y digno de los antiguos, el gran Garibaldi, no es también americano en cierto modo? ¿No quiso esgrimir su vencedora espada y derramar su generosa sangre por una República de América? ¿No fue americana su primera esposa, aquella animosa Anita, tan digna compañera suya? También Lima conoce al héroe, vio su noble figura y mereció el honor de hospedarle algún tiempo en su seno.

Jamás hemos dejado, oh Italia, los hijos de esta República de simpatizar con tu causa que es la nuestra porque es la causa de la Justicia y de la Libertad; siempre te hemos amado y admirado, y tú también nos has dado frecuentes muestras de simpatía y amor. En nuestra presente lucha con España, la más feroz y bárbara entre tus bárbaras y feroces opresoras, y por quien hasta el Austria es excedida, un hijo tuyo que ha vestido el uniforme de oficial peruano, levantó en tu parlamento su elocuente y agradecida voz en favor nuestro; y han sido tus hijos; los intrépidos Bomberos Italianos los que más nos ayudaron entre los que antes se llamaban extranjeros, y han dejado de serlo el Dos de Mayo.

Por eso ahora lamentamos como nuestros tus reveses, y acompañamos a nuestros hermanos en sus patrióticas y santas lágrimas. Espera sin embargo y consuélate: que bien ha visto el mundo que, si te ha faltado fortuna, te ha sobrado valor; y sobrándote también justicia, tarde o temprano vencerás.

Sí, vencerás, a despecho de cuantos, sobre no perdonarte tu grandeza pasada, temieron tu grandeza venidera y se empeñaron en mantenerte sierva, entendiendo que para ti no había medio entre las cadenas y el trono, y que de esclava pasarías a reina.

1866.

Al 9 de diciembre

¡No con acentos de regocijo te saluda mi voz, solemne día que recuerdas a mi patria y a América la mayor de sus victorias!

Triste y conforme al duelo presente de mi patria habrá de ser el saludo que te envíe: y tú también, al ver con qué furor están desgarrando su seno sus propios hijos, vístete de luto y de dolor.

Bello y alegre habías de lucir siempre d nuestros ojos, como cuando, en los campos inmortales de Ayacucho, las miradas de Sucre vencedor te saludaron cual aurora de una nueva edad. Sí, tú nos prometiste ser padre fecundo de largos días de ventura, de paz y de progreso; y el universo entero contempló nuestras repúblicas nacientes con esperanza y con amor.

Mas ¡ay! ¡qué suerte tan diversa de tu promesa y su esperanza nos ha cabido! ¡Cuánto hemos desengañado a las gentes! Ser debimos su admiración, somos su lástima. Y adonde quiera que llega nuestro nombre, allí se escucha decir que no éramos merecedores de la libertad, y que nuestra condición debió ser siempre la de colonos, como aquellos infelices faltos de juicio y a quienes, a pesar de la edad, una infancia perpetua condena a una perpetua tutela.

¡Oh sublime independencia! no seré yo, no seré yo ciertamente quien se atreva a blasfemar tu nombre santo, ni a poner jamás en duda tus infinitos o incomparables beneficios. Si pueblos insensatos los desaprovechan y estragan, tuya no es la culpa. Tú eres y serás siempre el primero de los bienes. ¿Qué mente tan ciega no alcanza tus divinos resplandores? ¿Qué pecho tan servil, qué labio tan

abyecto te negarán su gratitud y sus bendiciones?

Pero también, qué corazón no abominará, qué lengua no maldecirá el horrendo mal, el monstruoso vicio que basta para hacer inútil tan alto bien?

Apenas la tierra nos saludó libres, cuando la espada victoriosa enrojecida aún con sangre española se empapó en nuestra propia sangre. ¡Cuántos, para mayor baldón y desventura, cuántos de los que nos conquistaron patria o independencia se valieron del acero con que levantaran el edificio para mïnarlo y destruirlo! Y en casi nueve lustros de vida propia e independiente que contamos, ¿qué espectáculo hemos ofrecido al mundo en vez de las hazañas y virtudes que de nosotros esperaba? ¡Envidias, venganzas, sed insaciable de mando; desenfrenada codicia; las leyes pisoteadas; dilapidada la hacienda pública; paralizados el comercio y la industria; un puñado de vulgarísimos caudillos arrastrando a la muerte a las ilusas muchedumbres; constante desasosiego y universal inseguridad; guerras injustas por ambos lados, y tras batallas sangrientas, triunfos más vergonzosos y lamentables que las mismas derrotas; la autoridad suprema escalada a cada instante por salvajes motines de cuartel; llamados ¡oh vergüenza! los ejércitos extranjeros a nuestro territorio por los que no veían otro medio de recobrar o conservar el poder que se les escapaba; y manchada en fin la banda bicolor tanto como los mantos imperiales, y la silla presidencial no menos que los tronos de los reyes!

España en tanto, nuestra eterna enemiga, se alegraba al escuchar nuestras discordias, y atisbaba ansiosa la ocasión propicia para recuperar su perdido imperio y uncirnos de nuevo a su coyunda. Y alentada por tantos desórdenes, y juzgándonos exhaustos de fuerzas, recursos, vino al fin y con traición micua invadió nuestras islas y holló nuestra bandera.

El Perú entonces sintió profundamente tan cobarde insulto: olvidando sus disensiones y recordando su antigua grandeza, fue otra vez grande; y vencedor de España, hizo que el 2 de Mayo fuera el glorioso e inmortal hermano del 9 de Diciembre.

Tornó el mundo civilizado a esperar en nosotros, formando por el triunfo del Callao los mismos felicísimos presagios que había formado por la victoria de Ayacucho.

Mas ¡ay! ¡cuán pronto habíamos de desmentir los segundos, como desmentimos los primeros! ¿De qué nos ha valido la nueva y espléndida victoria? ¿Quién pudo creer que tan pronto íbamos a vengar en nosotros mismos la derrota y afrenta de España? Volvía a lucir tan glorioso aniversario, y ya se maquinaba y preparaba por todas partes la guerra civil: luce hoy el 9 de Diciembre, y encuentra ya envuelta en ella a la República entera. Tan impía guerra después de tan glorioso triunfo bien bastara a quitar las ilusiones al más obstinado optimismo, y a confirmar en su desesperanza a los que piensan que este desdichado país está condenado a perpetuas discordias en lo político, como en lo físico a continuos terremotos.

Y ¡cómo se presenta esta revolución! ¡Horribles y espantosos asesinatos nos la hacen mirar armada más que de la espada del puñal! ¡Cuántas ilustres víctimas han sido ya inmoladas, cuántas se siguen y seguirán inmolando cada día!

Ya por todas partes con denuedo digno de mejor causa, se derrama por manos peruanas la sangre peruana: ejércitos peruanos sitian a ciudades peruanas: ¡y hermanas, hijas, esposas y madres, lloran unas, temen otras, la muerte de sus hijos, esposos hermanos y padres!

¡Y puede la demencia humana ser causa, de tan horribles males, de tan atroces dolores! Pueden los hombres aumentar así la suma de sus miserias, como si el común destino no les hubiera impuesto bastantes!

Yo he sido testigo del dolor desesperado de una madre que acaba de perder el más amado de sus hijos en el sitio que contra el ejército Constitucional sostiene el funesto valor de Arequipa. No tiene el lenguaje humano palabras que digan lo que decían aquellos profundos sollozos, aquellos agudos alaridos, aquellos ojos enrojecidos por un llanto de fuego, aquellas facciones demudadas en tan breve tiempo, aquellas manos que se contorcían; aquellos gestos, gritos y ademanes que formaban como un nuevo idioma del dolor cien veces más elocuente que el de la palabra; aquel negarse finalmente a todo consuelo. Vox in Rama audita est, ploratus e ululatus multus: Rachel plorans filios suos; et noluit consolari, quia non sunt. Una voz ha sido oída en Rama, y gran llanto alarido; es Raquel que llora a sus hijos y no quiere ser consolada porque ya no son. ¡Ah! ¿cuál de los trastornadores del orden público, cuál de los atizadores de las llamas civiles, no renunciaría a sus criminales intentos en presencia de tamaño dolor?

Y sin embargo, ¡cuánto más desgraciada que esta madre, cuánto más desgraciada que todas las madres peruanas es otra madre de la que nadie se duele! ¡Oh matrona del Sol, oh patria mía, Oh madre desventuradísima que te ves reducida a envidiar el dolor de tus hijas! Tú sola sientes el dolor de todas; cada hijo que ellas pierden, también le pierdes tú, y al dolor de perderlos se añade el mucho más horrible todavía de verlos perecer a manos unos de otros. Tu suerte, oh patria, como la de la antigua Jocasta, ha sido dar la vida a hijos impíos que se aborrezcan y destrocen. Si un tiempo, mísera y encadenada esclava, te atormentaba la tiranía de tus injustos señores, aun más te atormenta ahora ver que tu propia prole es la que causa tus desdichas. Nadie se cuida de tus dolores, nadie escucha tus querellas, nadie enjuga tus venerandas lágrimas.

«Paz, paz,» gritas a tus hijos los fratricidas; pero los impíos, lejos de dar oído a tus voces, se vuelven todos contra ti y te insultan y vilipendian, hiriendo, cual no lo hicieran tus más encarnizados enemigos, el seno que los concibió.

¿De qué te sirven, en tan fiera pesadumbre, tu belleza, tu opulencia y los innumerables presentes que le plugo a Dios hacerte? La hermosura y magnificencia de la morada que habitas, palacio de América, Edén del universo; el esplendor tropical del firmamento, que te cubre, donde duplica su brillo el astro amante cuyo nombre mereciste, y cuyas noches alumbran todas las lámparas celestiales, como la iluminación de una fiesta inmensa; las portentosas riquezas que, como erarios naturales, guardan tus montañas; tanta pompa y sonrisa de la naturaleza que te circunda: todo, todo te parece una amarga ironía del destino. Tú anhelaras que fuera tu mansión desnudísimo desierto, y que te cobijara, un cielo nebuloso y oscuro, donde el sol brillara, apenas cual cirio funerario, y donde un huracán gemidor lamentara eternamente tu incomparable desventura y tus dolores inconsolables.

1867.

A Agustín Zubiaga

muerto de la fiebre amarilla en mayo de 1868

Hace pocos días que algunos de los amigos que formamos como una familia unida por los más lazos del corazón, nos lisonjeábamos con el pensamiento de que ninguno de cuántos la componen había sido víctima de la tremenda plaga que hoy diezma a Lima.

Pero decretado estaba que perdiéramos uno de los más amados, y tú has sido ése, Agustín; tú en quien competían la nobleza del corazón y la altura de la inteligencia; tú a quien nadie podía ver sin sentirsete inclinado, ¡tan retratada estaba en tu simpático rostro la bondad y dulzura de tu alma! Tú a quien nadie podía tratar sin estimarte y quererte!

El dolor general que parecía gastado con tantas muertes se ha avivado para ti. ¡Tenías tantas esperanzas! ¡Dabas tantas! ¡Recién llegado de un largo viaje emprendido para completar tu educación científica y literaria, mueres en vísperas de recoger el laurel debido a tus afanes para colocarlo a los pies de la patria!

¡Oh patria una y mil veces desgraciada! No sé qué estrella enemiga hace perecer en flor a tus mejores hijos y eternizarse a los perversos. Muere el sabio y honrado Pacheco, muere Agustín Zubiaga; mueren, lejos de su patria y familia, tantos industriosos y útiles extranjeros, y viven... ¡cien y cien que no debieran haber nacido!

Adiós, Agustín; ya no te volveremos a ver en este mundo: ya no oiremos tu dulce voz desenvolver hermosos conceptos o expresar nobles y patrióticos sentimientos: -ya, cuando apuremos la copa de la amistad, tú no estarás entre nosotros: cuando el campo nos reúna, cuando celebremos el natalicio o algún fausto suceso de alguno de nosotros, ya no te veremos a nuestro lado: ya no nos acompañarás, cuando sintamos juntos el entusiasmo sublime que infunde la lectura de los grandes poetas, o las profundas y misteriosas emociones que producen la música y el canto; la música y el canto que son ¡ay! como las voces de otros tiempos y de otros mundos y que tanto recuerdan a los ausentes y a los muertos. Ya una memoria de dolor se mezclará a todas nuestras reuniones: de hoy más habrá en ellas un asiento vacío, el primero que ha hecho desocupar la muerte. Mas no temas, oh incomparable amigo, que otro ninguno ocupe jamás ese asiento, como ninguno ocupará el lugar que tuviste y tienes en nuestro corazón.

Y tu madre, tu respetable y excelente madre, que te amaba tanto, a quien tanto amabas; ¡tu madre de quien eras el único consuelo, la sola esperanza! No hace aún un año que, al abrazarte tras tan larga ausencia, se consideraba la más feliz de las mujeres; ¡y hoy que su Agustín no existe, envidia los vientres que nunca concibieron y los pechos que jamás amamantaron! ¡Pobre madre! el dolor la desesperaría, si no fuera tan cristiana.

¡Sí: sólo la religión de Cristo puede librar de la desesperación en tales pérdidas! venga, venga a consolarnos esa sublime maestra: venga a decirnos que la muerte no es una extinción, sino una tras formación, no el fin del viaje sino una partida a otro viaje más largo; que la tumba es la puerta de otro mundo y que los muertos son los viajeros de la eternidad.

«Adiós, Agustín; hasta tu vuelta» te dijimos en la escalera de la nave que te llevaba a Europa. «Adiós, Agustín; hasta nuestra ida» te decimos ahora al borde de tu sepulcro.