Obras Poéticas
Clemente Althaus

Este volumen contiene, con algunos cambios y bastantes supresiones, las «poesías patrióticas y religiosas», publicadas en parís el año de 1862, y las «poesías varias»; tomo este último que, publicado el mismo año que el anterior, puede sin embargo considerarse todavía como inédito, pues ni lo puso el autor en venta, ni repartió sino un escasísimo número de ejemplares del escaso que hizo imprimir.
Contiene también muchas de las composiciones, patrióticas o no, publicadas por él desde entonces en el comercio y otros periódicos, y además un gran número de trabajos inéditos del todo y pertenecientes a diversos géneros, entre los cuales hay dos leyendas, un drama, y algunas sátiras literarias y políticas.
Por último, el autor se ha determinado a dar esta vez cabida entre sus obras a algunas de sus antiguas poesías escritas antes del año 1855 y excluidas de sus anteriores colecciones. Las hubiera podido corregir harto más de lo que Lo ha hecho; pero ha creído que pasar de pocas y ligeras enmiendas era exponerse a quitarles la fisonomía propia de aquel tiempo y, por decirlo así, infantil, que a su juicio debían conservar, y que probablemente constituye su único mérito. Serán las primeras que halle el lector, pues el orden seguido en la colocación de estas poesías es el de sus fechas, las cuales comienzan el año de 1852 y acaban el de 1871.
Presento pues a mis paisanos, reunidas en un volumen, las obras que he compuesto en el espacio de casi veinte años que ha que cultivo la poesía: conviene a saber, la parte de ellas que reputo menos indigna de la luz pública, pues otro tanto, por lo menos, como lo publicado aquí será lo desechado o reservado.
Era mi ánimo escribir un largo prólogo en el que hubiera hablado con la conveniente extensión acerca de lo que entiendo por poesía y del alto ministerio civil y moral que tiene para mí esta reina y señora de las artes de lo bello; contestando asimismo al cargo de no haber sido hasta aquí más que poeta que me hacen muchos de los que juzgan que la poesía es una vana gracia, un frívolo adorno, y a quienes la misma belleza y hechizo de la forma hace desconfiar de la gravedad e importancia del fondo.
Pero no me consienten realizar mi propósito, por una parte, la flaqueza presente de mi salud y el deseo, por otra, de que no se dilate por más tiempo la publicación de esta obra.
Me limito pues a llevar al pie del ara santa de mi patria mi humilde ofrenda, templando el temor reverente del que se dirige a un objeto tan grande con la conciencia de haber cumplido con ella en la corta medida de mis fuerzas.
Mis continuos achaques me obligan a suspender por ahora mis trabajos literarios y poéticos; pero, después del descanso necesario, espero volver con mayor empeño al ejercicio de lo que ha sido a la vez el deleite y tormento de mi vida. Y quizá entonces, restauradas mis fuerzas y refrescada mi mente, al cantar de nuevo a dios, la naturaleza, la libertad, la patria, serán mis acentos menos indignos de la majestad de tan augustos e inspiradores temas.
Lima, 15 de enero de 1872.
1852.
1853.
I
II
III
1854.
1854.
1851.
(Fragmento)
1854.
1854.
1855.
1855.
1855.
1855.
1855.
1855.
Después de haber oído por primera vez la plegaria del «Moisés»
1855.
A uno que me preguntó cual de estos dos músicos me parecía mayor
1855.
1855.
1856.
1856.
Con motivo de la muerte de su hija Eufemia, niña de tres años
1856.
1856.
1856.
1856.
al partir a la guerra civil
1857.
1857.
Cuando doblen las campanas,no preguntes quien, murió:quien, de tus brazos distante,¿quién puede ser sino yo?
1857.
I
III
IV
1857.
1857.
1857.
1857.
1857.
1857.
1857.
1857.
1857.
1857.
I
II
1857.
1857.
1857.
1857.
1857.
1857.
1857.
1857.
1857.
A ***
1857.
Por la muerte de Saúl y Jonatás
1857.
1857.
I
II
1857.
1858.
1858.
1858.
1858.
1858.
1858.
I
II
III
IV
V
1858.
1858.
1858.
1858.
1858.
1858.
I
II
1858.
Conocido con el nombre de «Pasmo de Sicilia»
1859.
1859.
1859.
1859.
1859.
1859.
1859.
Que conocí en un baile la noche antes de partir de...
1859.
1859.
1859.
1859.
(Habla una joven)
1859.
1859.
1859.
(Imitación)
1860.
Granada, 1860.
Mi nodriza
1860.
1860.
1860.
Que se quejaba de que nadie la retrataba bien
1860.
A ***
1860.
1860.
Pudo quitarte el nuevo atrevimiento,hijo bello del sol, la dulce vida,la memoria no pudo que extendidadejó la fama de tan alto intento.
ARGUIJO.
1860.
1860.
1860.
1860.
Con quien, por haber quedado afeada por las viruelas, rehusaba casarse su novio
Cuando me disponía a volver a ella a fines de 1860
1860.
1861.
(Del diario de un viajero americano)
1861.
1861.
1861.
(Fragmento de un poema)
1861.
1861.
1861.
I
II
1861.
1861.
I
A SEMPRONIO
II
A SIMPLICIO
III
A SERGIO
1862.
1862.
Que me regalaron mi tío y mis primos de Alemania
1862.
Questo è de sette el più gradito giornopien di speme e di gioia:diman tristezza e noiarecheran l'ore, ed al travaglio usatociascuno in suo pensier farà ritorno.
LEOPARDI.
1862.
1862.
Con motivo de las frecuentes muertes de peruanos acaecidas en París, a principios de 1862
1862.
1862.
(Del diario de un viajero americano)
1862.
A un poeta
1862.
1862.
1862.
1863.
Amor y Guerra
1863.
1863.
1863.
1863.
1863.
1863.
Ciertos matrimonios de hoy
Sobre haber dicho un mal poeta que hasta la gloria era vana
A Lelio
A Crispín
Un sot trouve toujours un plus sot qui Padmire
Sobre el retrato de uno que estaba siempre callado
A Germán, que se jactaba de saber muchas lenguas, no sabiendo la suya
Caelum non animum mutant qui trans mare currunt.
HORACIO
1863.
1863.
A Amalia
1863.
A mi amigo el artista Francisco Laso
CANTO PRIMERO
CANTO SEGUNDO
CANTO TERCERO
1863.
Te suis matres metuunt juvencis,te senes parci, miseraeque nupervirgines nuptae, tua ne retardetaura maritos.
HORACIO
1863.
Que me aconsejaba dejar la poesía
SÁTIRA
1864.
En respuesta a una composición religiosa
1864.
1864.
1864.
A***
1864.
A mi querido amigo Federico Parra
(En la noche de un día de regocijo)
I
II
(Escrito al recibirse en Lima la noticia de la toma de las islas de Chincha)
16 de Abril de 1864.
De la Escuadra Española
22 de Abril de 1864.
de vagos rumores de mediación y concierto
27 de Abril de 1864.
14 de Mayo de 1864.
De mi prima hermana la señora doña Victoria Tristán de Echenique
Junio, 19 de 1864.
1864.
1864.
De mi amigo el artista Miguel Echerri, muerto en París a los 23 años de su edad, el día mismo en que salió el buque en que había determinado regresar al Perú
1864.
A***
26 de Enero de 1865.
I
Con motivo del tratado de enero, una de cuya cláusulas era el saludo simultáneo de las dos banderas
Enero 27 de 1865.
II
(Tres meses después)37
III
(Después del dos de mayo)
Febrero 23, aniversario de la muerte de estos dos héroes.
1865.
En una noche de luna en que, siendo aún muy temprano, no había gente en las calles a consecuencia de una orden del Ministro de Gobierno
1865.
Después de terminada la guerra civil
1865.
1865.
[Nota41]
1865.
30 de Agosto de 1865.
Por su bellísima copia en miniatura de la «Virgen de la Silla» de Rafael de Urbino que se dignó ofrecerme
1865.
De la señorita Petronila Ramos
1865.
En contestación a la oda en liras que me dedicó
1865.
Versos escritos cuando la escuadra española bloqueaba los puertos de esta república
1865.
1865.
1865.
1865.
(En el álbum de una amiga)
1865.
Dictador del Perú
Diciembre, 9 de 1865.
1865.
1866.
En la noche del día 14 de enero de 1866, en que se declaró la guerra a España y alianza con Chile
1866.
Con motivo de la muerte de la señora doña Dominga Ayarza de Amunategui
1866.
Con motivo de la muerte de su esposa
1866.
14 de Abril de 1866.
Soneto escrito al recibir la noticia del bombardeo de Valparaíso
30 de Abril de 1866.
19 de Mayo.
En la noche del dos de mayo
Mayo de 1866.
Por Segismundo al fin de «la vida es sueño»
¿Qué os admira? ¿Qué os España?Si fue mi maestro un sueñoy estoy temiendo en mis ansiasque he de despertar y hallarmeotra vez en mi cerradaprisión.
(Calderón: «La vida es sueño»)
1866.
1866.
1866.
1866.
1866.
1866.
De cantos populares toscanos
I
II
III
IV
V
VI
VII
1866.
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
1866.
[Nota51]
Sobre el que envidia al bueno
(O más libremente:)
Sobre el que a un tiempo envidia y es envidiado
Sobre los jueces venales
Sobre la embriaguez, la ira y la locura
Sobre los médicos o herbolarios
Sobre el que aspira a saber lo superfluo, no sabiendo lo necesario
Sobre los adúlteros
1866.
1866.
Que parece caricatura
Que ofrece un temblor por la mañana
1866.
1867.
1867.
Octavas dedicadas a mi distinguido amigo monseñor Pedro García y Sanz
Un anciano
Una virgen
Un sacerdote
Carmen a Rafael
Rafael a Carmen
Rafael a Carmen
Carmen a Rafael
1867.
1867.
186752.
1867.
En la ultima guerra civil
1867.
1868.
1868.
[Nota53]
A su esposo
1868.
1868.
[Nota54]
1868.
1868.
Al casarse con una española
1868.
1869.
1869.
(En el cementerio)
1869.
Mayo de 1870.
1870.
Junio de 1870.
Junio de 1870.
1870.
En la súbita muerte de su esposo
1871.
Drama en cinco actos
[Nota57]
A mi madre
PERSONAJES | ||
| SELEUCO, rey de Siria. | ||
| ANTIOCO, su hijo. | ||
| ERASISTRATO, médico. | ||
| NICANOR. | ||
| ESTRATONICE. | ||
| OLIMPIA. | ||
| Damas, guardias y acompañamiento. | ||
La escena pasa en Antioquía.
La llegada
El teatro representa una gran sala del palacio de Seleuco.
Escena I
SELEUCO y ERASISTRATO.
Escena II
Dichos y NICANOR.
Escena III
Dichos, ANTIOCO, ESTRATONICE, OLIMPIA y acompañamiento.
(A ANTIOCO.)
(A ESTRATONICE.)
(Ap. a ERASISTRATO.)
(Ap. a SELEUCO.)
El teatro representa las habitaciones del príncipe : sobre una mesa habrá frascos y tazas con remedios.
Escena I
ANTIOCO.
Escena II
ANTIOCO y ERASISTRATO, con un libro en la mano.
ANTIOCO se ha quedado abismado en su dolor: ERASISTRATO lo contempla un rato y dice:
(A ANTIOCO.)
(A ANTIOCO)
Escena III
Dichos, SELEUCO y ESTRATONICE.
(A ERASISTRATO.)
Escena IV
ANTIOCO y ESTRATONICE.
Escena V
ANTIOCO.
Escena VI
ANTIOCO, SELEUCO y ERASISTRATO.
Éntrase ANTIOCO y SELEUCO tras él.
Escena VII
ERASISTRATO.
El proscenio representa en este y los siguientes actos la misma decoración que en el primero.
ERASISTRATO.
Escena I
ERASISTRATO y SELEUCO.
Escena II
SELEUCO, ERASISTRATO y ANTIOCO.
Van entrando músicos.
(A ERASISTRATO.)
(A ANTIOCO.)
Escena III
ANTIOCO, ERASISTRATO, y damas que van entrando.
Las damas van llegando de dos en dos: al pasar delante del príncipe, le hacen un saludo.
Escena IV
Dichos, ESTRATONICE y OLIMPIA.
ANTIOCO se ha demudado todo al ver a la reina: ERASISTRATO no aparta ni un punto los ojos de él. Al pasar la reina, todas las damas se inclinan profundamente.
(A la reina.)
(Dominándose.)
(A ESTRATONICE.)
(Fuera de sí.)
(Aplica la mano al pulso y corazón.)
El príncipe cae desmayado: ERASISTRATO y los criados se le llevan.
Vanse.
Las damas y músicos se van yendo y quedan sólo las dos damas que hablan.
Escena V
Vanse y vuelve ERASISTRATO.
Escena VI
ERASISTRATO.
Escena VII
ERASISTRATO y SELEUCO.
Al ver que se va ERASISTRATO.
ERASISTRATO hace ademán de replicar: el rey le impone silencio y le despide.
Escena VIII
SELEUCO.
Escena IX
SELEUCO y ANTIOCO.
Echándose a los pies del rey.
SELEUCO.
Escena I
SELEUCO.
Escena II
SELEUCO, ESTRATONICE y OLIMPIA.
El rey hace una seña a OLIMPIA.
Escena III
SELEUCO y ESTRATONICE.
Escena IV
SELEUCO.
Escena V
SELEUCO y ERASISTRATO.
Viendo a ERASISTRATO que vacila en entrar.
(Que va y vuelve.)
Escena VI
SELEUCO y ANTIOCO.
Escena VII
ANTIOCO.
ESTRATONICE.
Escena I
ESTRATONICE y OLIMPIA.
(Aquí llega ANTIOCO y al oír su nombre, se detiene.)
Escena II
DICHAS y ANTIOCO.
Escena III
ESTRATONICE y OLIMPIA.
Escena IV
DICHAS y SELEUCO.
(A OLIMPIA.)
Escena V
DICHOS y ERASISTRATO.
Escena VI
ESTRATONICE y OLIMPIA.
Escena VII
DICHAS, SELEUCO, ANTIOCO y ESTRATONICE.
(Cae a los pies del rey.)
(Arrodillándose también.)
(A ERASISTRATO.)
1869.
Apéndice
Discurso pronunciado en el entierro de D. José Gálvez
Señores:
Todas las causas justas y santas necesitan para su triunfo de una víctima: la nuestra, que no podía ser más justa ni más santa, necesitaba también de una gran víctima; y el ciudadano D. José Gálvez estaba destinado a serlo. No podía en efecto la celestial justicia haber escogido otra más noble, otra más insigne. ¿Quién podrá enumerar sus virtudes y merecimientos? Varón digno, no temo asegurarlo, de los mejores tiempos de Grecia y Roma, reunía la justicia de Arístides, la inflexibilidad de alma de Catón y Bruto al valor de Milciades y Leonidas, y a la constancia y perseverancia de los héroes en quienes más hayan resplandecido tan raras y admirables virtudes. Agregad un clarísimo entendimiento, un recto y sólido juicio y el don de la elocuencia y persuasión. Agregad aún todas las virtudes del hombre privado; habiendo sido, en todo el rigor de la letra y no con la falsedad o exageración con que de tantos se dice, fiel amigo, excelente esposo y padre inmejorable, como es notorio y como no podrán negarlo ni sus mismos enemigos.
Porque no le faltaron enemigos y aun calumniadores: muchos, como el Ateniense de la Historia, estaban cansados de oír llamar justo a este Arístides peruano. Una virtud como la de Gálvez y unos merecimientos como los suyos no podían carecer de odio y envidia. Hay más: aquella espartana austeridad, aquella inflexibilidad catoniana, era natural que en nuestros muelles tiempos fuesen tenidas por inhumanidad y dureza, como así mismo había de confundirse por los malévolos y aun por los indiferentes con el encono y la venganza aquella hambre y sed de justicia que le poseía.
No es nuestro ánimo, ni el tiempo ni el lugar lo consienten, narrar la vida de este varón singular desde su nacimiento en Cajamarca, ciudad entre todas la más propia para infundir al que en ella nace odio profundo contra la crueldad española, (como que fue teatro de la más horrible maldad que ejecutaron los españoles en América) hasta su gloriosa muerte en el puerto del Callao, peleando en defensa de su patria contra la feroz armada de esa misma inicua nación. Sólo diremos que, considerando la vida entera de Gálvez, la influencia que ejerció en la juventud liberal de nuestro tiempo, de la que era el jefe, y los eminentes servicios que hizo a su patria, parece que tal hombre no debía haber muerto jamás; pero, pues ni los más grandes están exentos de la ley común, pues era fuerza que Gálvez muriese; ¿qué otra muerte podéis vosotros designarme para coronar tal vida, que la de morir en defensa de su patria y peleando como un simple soldado el que era Ministro de la Guerra?
Eacute;l mismo no hubiera elegido otra muerte. ¡Muerte digo! ¡Vano modo de hablar! vida, vida inmortal debí decir. Este desfigurado cadáver donde apenas te reconocerían los ojos de tu esposa, no eres tú, José Gálvez: ya, ya miro a lo que verdaderamente te constituía, ya miro a tu glorioso espíritu recibir el premio debido a tus virtudes en la morada de los héroes, de los justos y de los mártires, que merecías habitar por héroe, por justo y por mártir. Y no sólo alcanzas la celeste inmortalidad; alcanzas también la inmortalidad terrena, pues, mientras haya Perú y Peruanos, vivirá tu nombre, objeto de la gratitud más tierna, del amor más ardiente y de la veneración más profunda. Deshágase y consúmase en buen hora tu cuerpo, que tu alma allá en los cielos y tu recuerdo aquí en la tierra te hacen doblemente inmortal. No bañe pues la Patria en lágrimas tu sepulcro: el verdadero modo de honrar tu memoria es imitar tus virtudes y el heroico ejemplo que nos has dado, que hoy más que nunca necesita la patria de hijos que te imiten.
Y tú, amante esposa, a quien los estrechos lazos con la ilustre víctima tienen ausente de esta solemne ceremonia, no tan ciegamente te abandones a la desesperación y al llanto; sosténgante en tan dolorosa prueba las virtudes que te hicieron merecedora de que tal hombre te escogiese por compañera: consuélate con pensar que no hay ninguna mujer peruana cuya gloria pueda compararse con la tuya; tú verás pronto con un legítimo orgullo coronar la cúspide del monumento consagrado a las víctimas de Mayo la estatua de tu esposo, a cuyas plantas bullirá sin cesar todo un pueblo idólatra de su memoria: y siempre que dejes el santo recogimiento de tus hogares, los peruanos te señalarán con el dedo al extranjero y le dirán: «Esa enlutada matrona es la viuda de D. José Gálvez, muerto heroicamente el 2 de Mayo en defensa de su patria». Y vosotros, oh tiernos hijos suyos, pensad desde temprano en los deberes que os impone tan gloriosa ascendencia, procurando ser herederos de sus virtudes, como lo sois de su apellido.
1866.
A Italia
¡Yo te saludo, Italia, región del Destino, patria de la Gloria, antiquísima tierra siempre joven, fecunda engendradora de inmortales, madre de sabios y filósofos, de poetas y artistas, de guerreros y héroes, de mártires y santos! ¡Tú que, sola, has dado más grandes hombres que, juntas, todas las demás naciones de la tierra!
¡Yo te saludo, patria de Cicerón y de Plinio, de Livio y Tácito, de Lucrecio y Virgilio, de Cincinato y Fabricio, de Régulo y Escipión, de Catón y César!
¡Yo te saludo patria del Alighieri y del Petrarca, de Miguel Ángel y Rafael, de Palestrina y Rossini, de Guicciardini y Machiavelo, de Galileo y Vico, de Colón y Buonaparte!
Yo te amé y admiré desde la infancia; desde que, abriendo los ojos de la mente a la luz de la enseñanza y la verdad, comencé a estudiar la historia de Roma, señora del mundo: creció mi afecto, cuando aprendí tus dos idiomas y estudié tus dos literaturas, latina y toscana, que, con la griega, son y serán la fuente de toda belleza, de toda sublimidad; llegando a su colmo mi amor, cuando hollé tus riberas y tu suelo feliz que el sol acaricia con sus más blandos rayos, que la Naturaleza y el Arte hermosearon a porfía y que los recuerdos de la historia han consagrado; cuando visité tus ciudades, rivales en hermosura y grandeza: ¡Nápoles la risueña y dulce, como la llamó Virgilio, cuyas cenizas reposan en su seno, Florencia la artística y elegante, Génova la soberbia y magnífica, Roma la eterna; cuando me paseé con reverente planta por tus majestuosas y venerables ruinas donde me parecía conversar melancólicamente con las sombras de tus héroes!
¿Quién no anhela con ardor conocerte? ¿Quién no te visita con amor y veneración? ¿Quién no te extraña y suspira después por ti con dolor? ¡A cuántos viajeros has hecho olvidar sus patrias y los más dulces lazos de familia y amistad! ¡A cuántos que sólo fueron a tu suelo por días, encadenaste con tu belleza largos años, hasta que al fin murieron en tu seno! ¡Ah! yo nunca te recuerdo, ni oigo siquiera pronunciar o veo escrito tu magnífico nombre sin sentir una profunda pena, semejante a la pena de la ausencia, cual si tú fueras mi segunda patria.
Tú eres en efecto, ¡oh Italia! para todos los hombres, cualquiera que sea su nación y raza, una como segunda patria, y puedes con verdad ser llamada la patria común de las inteligencias humanas. En todas las naciones que se precian de civilizadas, los entendimientos de los niños despiertan con las obras clásicas de Grecia y más aún con las de Roma, en todos los colegios del mundo las almas comienzan a educarse latinamente, esto es, italianamente: y cada nación estudia primero tu historia que su propia historia, conoce primero a tus héroes que a sus propios héroes.
Y esta vida, esta inmortalidad del pensamiento jamás te ha faltado, ¡oh Italia! cualquiera que fuese por otra parte tu condición política; aun esclava de otras gentes que te a sujetaron por las armas, reinaste sobre ellas por la doctrina y el pensamiento. ¡Destinada estás, oh misteriosa tierra, a renovarte eternamente, y a renacer, verdadero Fénix, de tus propias cenizas! Tuvieron las demás naciones una sola época, más o menos larga, de esplendor y poderío, pero sólo una vez fueron grandes y prepotentes, y, si cayeron, cayeron para siempre Cartago, Egipto, los imperios de Asia y aun la misma Grecia, veneranda madre tuya.
Solo tú, oh tierra fatal, como exenta de la ley común de las naciones, has tenido varias épocas de grandeza y preponderancia, cayendo siempre para tornarte a levantar. Si la vez primera fuiste señora del mundo por las armas, lo fuiste la segunda por la Religión que te eligió por asiento, y por las ciencias y artes bellas de que fuiste maestra a los pueblos de Europa; pero ahora que te levantas por la vez tercera, reinarás con la mente y la espada a la par:
como dice Dante. ¡Qué espectáculo vas a ofrecer al mundo! Aunque es tan grande y tan glorioso tu pasado, mayor y más glorioso será tu porvenir, de manera que lo que a cualquiera otra nación sería imposible, sólo para ti será hacedero; que tú sola puedes excederte a ti misma.
Volverás a sostener en tus robustas manos la balanza de los destinos de Europa; y ¡cuánto podrás también influir en la futura suerte de América!
América, esta gran patria nuestra, está llena de tus recuerdos, porque tú, oh Italia, llenas el espacio, como llenas los tiempos, y donde quiera que vaya el pie o la mente del hombre, allí te encuentra. ¿De dónde era sino hijo tuyo el hombre inmenso, superior a toda alabanza, cuyo genio, como no cabiendo en la prisión del continente antiguo, descubrió este nuevo continente que habitamos? Colón es el lazo eterno que contigo nos une; siendo muy de notarse que, si la suerte fue injusta con Colón, al quitar a esta parte del mundo el nombre de Colombia que le pertenecía, no lo fue contigo pues, llamándola América, le dio el nombre de otro hijo tuyo, del florentino Américo Vespucci, para que ese solo nombre bastase a despertar tu recuerdo.
¡Y cuánto tus memorias, oh Roma libre, no influyeron en la gran alma y altos intentos del joven Bolívar, futuro libertador de un mundo! ¡Cuántas veces se paseaba silencioso y pensativo por tus ruinas y melancólicas campiñas! ¡Cuántas horas y días se le huían en tu vasto Coliseo, abismado en profundas meditaciones! ¡Cuánto se inflamaba con los ejemplos de tu historia! Y allí donde viste por dos veces afianzarse los sacrosantos derechos del pueblo, en ese Monte Sacro de inmortal memoria, allí fue donde un día, después de un sublime coloquio con su ayo Rodríguez, poniendo sus manos en las de éste, pronunció el solemne juramento, que pronto vio realizado el mundo de libertar a América del yugo español!
Y el héroe de estos tiempos y digno de los antiguos, el gran Garibaldi, no es también americano en cierto modo? ¿No quiso esgrimir su vencedora espada y derramar su generosa sangre por una República de América? ¿No fue americana su primera esposa, aquella animosa Anita, tan digna compañera suya? También Lima conoce al héroe, vio su noble figura y mereció el honor de hospedarle algún tiempo en su seno.
Jamás hemos dejado, oh Italia, los hijos de esta República de simpatizar con tu causa que es la nuestra porque es la causa de la Justicia y de la Libertad; siempre te hemos amado y admirado, y tú también nos has dado frecuentes muestras de simpatía y amor. En nuestra presente lucha con España, la más feroz y bárbara entre tus bárbaras y feroces opresoras, y por quien hasta el Austria es excedida, un hijo tuyo que ha vestido el uniforme de oficial peruano, levantó en tu parlamento su elocuente y agradecida voz en favor nuestro; y han sido tus hijos; los intrépidos Bomberos Italianos los que más nos ayudaron entre los que antes se llamaban extranjeros, y han dejado de serlo el Dos de Mayo.
Por eso ahora lamentamos como nuestros tus reveses, y acompañamos a nuestros hermanos en sus patrióticas y santas lágrimas. Espera sin embargo y consuélate: que bien ha visto el mundo que, si te ha faltado fortuna, te ha sobrado valor; y sobrándote también justicia, tarde o temprano vencerás.
Sí, vencerás, a despecho de cuantos, sobre no perdonarte tu grandeza pasada, temieron tu grandeza venidera y se empeñaron en mantenerte sierva, entendiendo que para ti no había medio entre las cadenas y el trono, y que de esclava pasarías a reina.
1866.
Al 9 de diciembre
¡No con acentos de regocijo te saluda mi voz, solemne día que recuerdas a mi patria y a América la mayor de sus victorias!
Triste y conforme al duelo presente de mi patria habrá de ser el saludo que te envíe: y tú también, al ver con qué furor están desgarrando su seno sus propios hijos, vístete de luto y de dolor.
Bello y alegre habías de lucir siempre d nuestros ojos, como cuando, en los campos inmortales de Ayacucho, las miradas de Sucre vencedor te saludaron cual aurora de una nueva edad. Sí, tú nos prometiste ser padre fecundo de largos días de ventura, de paz y de progreso; y el universo entero contempló nuestras repúblicas nacientes con esperanza y con amor.
Mas ¡ay! ¡qué suerte tan diversa de tu promesa y su esperanza nos ha cabido! ¡Cuánto hemos desengañado a las gentes! Ser debimos su admiración, somos su lástima. Y adonde quiera que llega nuestro nombre, allí se escucha decir que no éramos merecedores de la libertad, y que nuestra condición debió ser siempre la de colonos, como aquellos infelices faltos de juicio y a quienes, a pesar de la edad, una infancia perpetua condena a una perpetua tutela.
¡Oh sublime independencia! no seré yo, no seré yo ciertamente quien se atreva a blasfemar tu nombre santo, ni a poner jamás en duda tus infinitos o incomparables beneficios. Si pueblos insensatos los desaprovechan y estragan, tuya no es la culpa. Tú eres y serás siempre el primero de los bienes. ¿Qué mente tan ciega no alcanza tus divinos resplandores? ¿Qué pecho tan servil, qué labio tan
abyecto te negarán su gratitud y sus bendiciones?
Pero también, qué corazón no abominará, qué lengua no maldecirá el horrendo mal, el monstruoso vicio que basta para hacer inútil tan alto bien?
Apenas la tierra nos saludó libres, cuando la espada victoriosa enrojecida aún con sangre española se empapó en nuestra propia sangre. ¡Cuántos, para mayor baldón y desventura, cuántos de los que nos conquistaron patria o independencia se valieron del acero con que levantaran el edificio para mïnarlo y destruirlo! Y en casi nueve lustros de vida propia e independiente que contamos, ¿qué espectáculo hemos ofrecido al mundo en vez de las hazañas y virtudes que de nosotros esperaba? ¡Envidias, venganzas, sed insaciable de mando; desenfrenada codicia; las leyes pisoteadas; dilapidada la hacienda pública; paralizados el comercio y la industria; un puñado de vulgarísimos caudillos arrastrando a la muerte a las ilusas muchedumbres; constante desasosiego y universal inseguridad; guerras injustas por ambos lados, y tras batallas sangrientas, triunfos más vergonzosos y lamentables que las mismas derrotas; la autoridad suprema escalada a cada instante por salvajes motines de cuartel; llamados ¡oh vergüenza! los ejércitos extranjeros a nuestro territorio por los que no veían otro medio de recobrar o conservar el poder que se les escapaba; y manchada en fin la banda bicolor tanto como los mantos imperiales, y la silla presidencial no menos que los tronos de los reyes!
España en tanto, nuestra eterna enemiga, se alegraba al escuchar nuestras discordias, y atisbaba ansiosa la ocasión propicia para recuperar su perdido imperio y uncirnos de nuevo a su coyunda. Y alentada por tantos desórdenes, y juzgándonos exhaustos de fuerzas, recursos, vino al fin y con traición micua invadió nuestras islas y holló nuestra bandera.
El Perú entonces sintió profundamente tan cobarde insulto: olvidando sus disensiones y recordando su antigua grandeza, fue otra vez grande; y vencedor de España, hizo que el 2 de Mayo fuera el glorioso e inmortal hermano del 9 de Diciembre.
Tornó el mundo civilizado a esperar en nosotros, formando por el triunfo del Callao los mismos felicísimos presagios que había formado por la victoria de Ayacucho.
Mas ¡ay! ¡cuán pronto habíamos de desmentir los segundos, como desmentimos los primeros! ¿De qué nos ha valido la nueva y espléndida victoria? ¿Quién pudo creer que tan pronto íbamos a vengar en nosotros mismos la derrota y afrenta de España? Volvía a lucir tan glorioso aniversario, y ya se maquinaba y preparaba por todas partes la guerra civil: luce hoy el 9 de Diciembre, y encuentra ya envuelta en ella a la República entera. Tan impía guerra después de tan glorioso triunfo bien bastara a quitar las ilusiones al más obstinado optimismo, y a confirmar en su desesperanza a los que piensan que este desdichado país está condenado a perpetuas discordias en lo político, como en lo físico a continuos terremotos.
Y ¡cómo se presenta esta revolución! ¡Horribles y espantosos asesinatos nos la hacen mirar armada más que de la espada del puñal! ¡Cuántas ilustres víctimas han sido ya inmoladas, cuántas se siguen y seguirán inmolando cada día!
Ya por todas partes con denuedo digno de mejor causa, se derrama por manos peruanas la sangre peruana: ejércitos peruanos sitian a ciudades peruanas: ¡y hermanas, hijas, esposas y madres, lloran unas, temen otras, la muerte de sus hijos, esposos hermanos y padres!
¡Y puede la demencia humana ser causa, de tan horribles males, de tan atroces dolores! Pueden los hombres aumentar así la suma de sus miserias, como si el común destino no les hubiera impuesto bastantes!
Yo he sido testigo del dolor desesperado de una madre que acaba de perder el más amado de sus hijos en el sitio que contra el ejército Constitucional sostiene el funesto valor de Arequipa. No tiene el lenguaje humano palabras que digan lo que decían aquellos profundos sollozos, aquellos agudos alaridos, aquellos ojos enrojecidos por un llanto de fuego, aquellas facciones demudadas en tan breve tiempo, aquellas manos que se contorcían; aquellos gestos, gritos y ademanes que formaban como un nuevo idioma del dolor cien veces más elocuente que el de la palabra; aquel negarse finalmente a todo consuelo. Vox in Rama audita est, ploratus e ululatus multus: Rachel plorans filios suos; et noluit consolari, quia non sunt. Una voz ha sido oída en Rama, y gran llanto alarido; es Raquel que llora a sus hijos y no quiere ser consolada porque ya no son. ¡Ah! ¿cuál de los trastornadores del orden público, cuál de los atizadores de las llamas civiles, no renunciaría a sus criminales intentos en presencia de tamaño dolor?
Y sin embargo, ¡cuánto más desgraciada que esta madre, cuánto más desgraciada que todas las madres peruanas es otra madre de la que nadie se duele! ¡Oh matrona del Sol, oh patria mía, Oh madre desventuradísima que te ves reducida a envidiar el dolor de tus hijas! Tú sola sientes el dolor de todas; cada hijo que ellas pierden, también le pierdes tú, y al dolor de perderlos se añade el mucho más horrible todavía de verlos perecer a manos unos de otros. Tu suerte, oh patria, como la de la antigua Jocasta, ha sido dar la vida a hijos impíos que se aborrezcan y destrocen. Si un tiempo, mísera y encadenada esclava, te atormentaba la tiranía de tus injustos señores, aun más te atormenta ahora ver que tu propia prole es la que causa tus desdichas. Nadie se cuida de tus dolores, nadie escucha tus querellas, nadie enjuga tus venerandas lágrimas.
«Paz, paz,» gritas a tus hijos los fratricidas; pero los impíos, lejos de dar oído a tus voces, se vuelven todos contra ti y te insultan y vilipendian, hiriendo, cual no lo hicieran tus más encarnizados enemigos, el seno que los concibió.
¿De qué te sirven, en tan fiera pesadumbre, tu belleza, tu opulencia y los innumerables presentes que le plugo a Dios hacerte? La hermosura y magnificencia de la morada que habitas, palacio de América, Edén del universo; el esplendor tropical del firmamento, que te cubre, donde duplica su brillo el astro amante cuyo nombre mereciste, y cuyas noches alumbran todas las lámparas celestiales, como la iluminación de una fiesta inmensa; las portentosas riquezas que, como erarios naturales, guardan tus montañas; tanta pompa y sonrisa de la naturaleza que te circunda: todo, todo te parece una amarga ironía del destino. Tú anhelaras que fuera tu mansión desnudísimo desierto, y que te cobijara, un cielo nebuloso y oscuro, donde el sol brillara, apenas cual cirio funerario, y donde un huracán gemidor lamentara eternamente tu incomparable desventura y tus dolores inconsolables.
1867.
A Agustín Zubiaga
muerto de la fiebre amarilla en mayo de 1868
Hace pocos días que algunos de los amigos que formamos como una familia unida por los más lazos del corazón, nos lisonjeábamos con el pensamiento de que ninguno de cuántos la componen había sido víctima de la tremenda plaga que hoy diezma a Lima.
Pero decretado estaba que perdiéramos uno de los más amados, y tú has sido ése, Agustín; tú en quien competían la nobleza del corazón y la altura de la inteligencia; tú a quien nadie podía ver sin sentirsete inclinado, ¡tan retratada estaba en tu simpático rostro la bondad y dulzura de tu alma! Tú a quien nadie podía tratar sin estimarte y quererte!
El dolor general que parecía gastado con tantas muertes se ha avivado para ti. ¡Tenías tantas esperanzas! ¡Dabas tantas! ¡Recién llegado de un largo viaje emprendido para completar tu educación científica y literaria, mueres en vísperas de recoger el laurel debido a tus afanes para colocarlo a los pies de la patria!
¡Oh patria una y mil veces desgraciada! No sé qué estrella enemiga hace perecer en flor a tus mejores hijos y eternizarse a los perversos. Muere el sabio y honrado Pacheco, muere Agustín Zubiaga; mueren, lejos de su patria y familia, tantos industriosos y útiles extranjeros, y viven... ¡cien y cien que no debieran haber nacido!
Adiós, Agustín; ya no te volveremos a ver en este mundo: ya no oiremos tu dulce voz desenvolver hermosos conceptos o expresar nobles y patrióticos sentimientos: -ya, cuando apuremos la copa de la amistad, tú no estarás entre nosotros: cuando el campo nos reúna, cuando celebremos el natalicio o algún fausto suceso de alguno de nosotros, ya no te veremos a nuestro lado: ya no nos acompañarás, cuando sintamos juntos el entusiasmo sublime que infunde la lectura de los grandes poetas, o las profundas y misteriosas emociones que producen la música y el canto; la música y el canto que son ¡ay! como las voces de otros tiempos y de otros mundos y que tanto recuerdan a los ausentes y a los muertos. Ya una memoria de dolor se mezclará a todas nuestras reuniones: de hoy más habrá en ellas un asiento vacío, el primero que ha hecho desocupar la muerte. Mas no temas, oh incomparable amigo, que otro ninguno ocupe jamás ese asiento, como ninguno ocupará el lugar que tuviste y tienes en nuestro corazón.
Y tu madre, tu respetable y excelente madre, que te amaba tanto, a quien tanto amabas; ¡tu madre de quien eras el único consuelo, la sola esperanza! No hace aún un año que, al abrazarte tras tan larga ausencia, se consideraba la más feliz de las mujeres; ¡y hoy que su Agustín no existe, envidia los vientres que nunca concibieron y los pechos que jamás amamantaron! ¡Pobre madre! el dolor la desesperaría, si no fuera tan cristiana.
¡Sí: sólo la religión de Cristo puede librar de la desesperación en tales pérdidas! venga, venga a consolarnos esa sublime maestra: venga a decirnos que la muerte no es una extinción, sino una tras formación, no el fin del viaje sino una partida a otro viaje más largo; que la tumba es la puerta de otro mundo y que los muertos son los viajeros de la eternidad.
«Adiós, Agustín; hasta tu vuelta» te dijimos en la escalera de la nave que te llevaba a Europa. «Adiós, Agustín; hasta nuestra ida» te decimos ahora al borde de tu sepulcro.