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Acto II


Escena I

 

DON LIBORIO solo.

 
DON LIBORIO
Mirándolo bien, he sido
en no encontrarle dichoso;
que no me hubiera podido
reportar, porque estoy todo
inmutado, y no conviene 5
que él sepa que soy yo propio
quien a Isabelita guarda;
pero no soy yo tan tonto
que deje que un mozalbete,
que apenas le apunta el bozo, 10
confunda todas mis tretas.
No; que yo sabré muy pronto
oponer a sus amores
insuperables estorbos.
Averigüemos primero 15
en qué estado está el negocio.
Yo ya miro a la muchacha
como si fuera su esposo;
no puede dar un tropiezo
sin que ceda en mi desdoro 20
y en mi deshonra; sin duda
fue tentación del demonio
el irme y dejarla sola.
¡Qué viaje tan costoso!
Maldita mi ausencia sea. 25

 (Llama a la puerta.)  



Escena II

 

DON LIBORIO, COSME, BLASA.

 
COSME
Esta vez abrimos pronto,
que...
DON LIBORIO
Silencio. Ven aquí.
Anda acá tú. ¿Qué, estáis sordos?
Con viveza, o juro a Dios...
BLASA
¡Si pone usted unos ojos, 30
señor, que me mete un miedo!
DON LIBORIO
Bribones, ¡ese es el modo
de cumplir con lo que mando!
BLASA

  (Hincándose de rodillas.)  

¡Ay, señor! Por San Antonio
no me coma usted.
COSME

  (Aparte.) 

¿Le habrá
35
mordido un perro rabioso?
DON LIBORIO

  (Aparte.) 

La respiración me falta.
Paf; sin remedio me ahogo;
la gota sudo tan gorda.

  (A COSME y a BLASA.)  

Malditos, ¿conque aquí un mozo 40
ha venido, mientras...?

  (A BLASA que se quiere escapar.)  

Mira,
si te mueves...

  (A COSME, que también se quiere ir.) 

Oyes, tonto,
si te meneas...

 (A BLASA, que hace lo mismo.) 

¿No he dicho
que te estés quieta?...

  (A los dos, que se quieren ir.) 

Pues voto
a Jesucristo que mato 45
a quien diere un paso solo.
¿Cómo fue el meterse en casa
ese hombre de mil demonios?
Vamos, responded apriesa;
sin pararse: pronto, pronto. 50
¿Conque no se me responde?
BLASA y
COSME
¡Ay, ay!
COSME

  (Hincándose otra vez de rodillas.) 

Señor, si estoy tonto
con el susto.
BLASA

  (Hincándose también de rodillas.) 

Si no acierto.
DON LIBORIO

 (Aparte.) 

Hecho una sopa estoy todo
de sudor; mejor será 55
que aguarde a cobrar un poco
el aliento. ¿Quién dijera,
cuando le veía con otros
muchachos andar tirando
cantos y jugando al toro, 60
que había de darme tanto
que sentir en siendo mozo?
Estoy que pierdo el juïcio.
Más vale saberlo todo
de la propia boca de ella. 65
Moderemos el enojo,
y averigüemos el caso
sin cólera ni alboroto.
Paciencia, pecho, paciencia.

  (A COSME y a BLASA.) 

Subid al punto vosotros, 70
y que baje Isabelita.
Esperad.

 (Aparte.)  

Mas bien escojo
ir a llamarla yo mismo.
Le dirían lo furioso
que me he puesto, y no conviene 75
que lo sepa...

 (A COSME y a BLASA.) 

En este propio
sitio me habéis de aguardar.


Escena III

 

COSME, BLASA.

 
BLASA
¡Jesús, Cosme, qué rabioso!
De pies a cabeza tiemblo.
Si parecía un demonio. 80
¡Y qué feo que se pone!
COSME
¿No te dije yo que el otro
le enfadaría? ¿Lo ves?
BLASA
¿Por qué querrá que nosotros
la guardemos a nuestra ama 85
tanto, y se pone hecho un toro
cuando un mozo viene a verla?
COSME
Eso, Blasa, es que los mozos
le dan celos.
BLASA
¿Y por qué
se los dan?
COSME
Porque es celoso.
90
BLASA
¿Pues por qué lo es, y por qué
echa fuego por los ojos?
COSME
Consiste eso en que los celos...
¿me entiendes...? son cosa... como
si te clavaran a ti 95
treinta agujas... Mira: si otro,
cuando tienes muchas ganas,
y estás comiéndote un pollo,
te quitara la mitad,
y se la zampara, ¡poco 100
te enfadaras!
BLASA
Ya se ve.
COSME
Pues, Blasa, del mismo modo
viene a ser, pintiparado.
Figúrate que es el pollo
la mujer; que el hombre tiene 105
ganas, y viene un goloso
a comerse una pechuga,
o cosa tal; el demonio
se le reviste en el cuerpo
con mucha razón al otro. 110
BLASA
¿Pero por qué no se enfadan,
como hace mi señor, todos?
¿No ves tantas señoritas,
que andan con señores mozos,
y muy majos, sin que riñan 115
los maridos? Pues conozco
a muchas yo.
COSME
Eso consiste
en que dejan a los otros
comer en su mismo plato,
porque no son tan ansiosos, 120
ni tan glotones.
BLASA
El amo
viene, si no me equivoco.
COSME
Tienes buena vista; él es.
BLASA
¡Qué triste que viene!
COSME
Como
que tendrá algún sentimiento. 125


Escena IV

 

DON LIBORIO, COSME, BLASA.

 
DON LIBORIO

 (Aparte.)  

Un filósofo famoso
de Grecia dio un buen consejo,
que debieran seguir todos,
al emperador Augusto;
y fue, que si mucho enojo 130
alguna cosa le diera,
en voz baja y con reposo
dijera el abecedario
entero, que es un buen modo
de que se temple la cólera. 135
Yo lo veo por mí propio
en este lance; ya estoy
más sosegado, y con tono
natural; a Isabelita
podré hablar, y saber todo 140
cuanto pasa de su boca,
y averiguar con mañoso
artificio si ha llegado
el chasco a ser tanto como
me recelo. Estando el día 145
tan sereno y tan hermoso,
la he llamado con achaque
de pasear, porque a fondo
me cuente el maldito lance
que me trae vuelto tonto. 150
Aquí esta ya.


Escena V

 

DON LIBORIO, DOÑA ISABELITA, COSME, BLASA.

 
DON LIBORIO
Isabel, vamos

  (A COSME y a BLASA.) 

Vosotros, adentro pronto.


Escena VI

 

DON LIBORIO, DOÑA ISABELITA.

 
DON LIBORIO
Bueno está el paseo.
DOÑA ISABELITA
Bueno.
DON LIBORIO
¡Y qué hermoso el cielo!
DOÑA ISABELITA
Hermoso.
DON LIBORIO
¿Qué hay de nuevo?
DOÑA ISABELITA
Que se ha muerto
155
aquel gatito tan mono.
DON LIBORIO
¡Qué desgracia! Pero es fuerza
conformarse, que al fin somos
mortales; hoy se fue el gato,
mañana iremos nosotros. 160
¿Ha llovido algo estos días?
DOÑA ISABELITA
No.
DON LIBORIO
Mientras estabais solos,
¿no te fastidiabas?
DOÑA ISABELITA
Nunca
me fastidio yo.
DON LIBORIO
Di, en todo
este tiempo, ¿qué te has hecho? 165
DOÑA ISABELITA
Seis camisas y seis gorros.
DON LIBORIO

 (Después de haber estado pensativo un rato.)  

¡Ah! ¡Cómo miente la gente!
Vaya, ¡qué tales embrollos
levantan! ¡Pues no me han dicho
los vecinos que aquí un mozo 170
entraba todos los días,
y estaba las horas solo
contigo! ¡Malditas lenguas,
y mentiras de envidiosos!
Yo quise apostar a que era 175
todo falso testimonio.
DOÑA ISABELITA
¡Jesús! Pues hubiera usted
perdido la apuesta.
DON LIBORIO
¿Qué oigo?
¿Conque es la verdad que un hombre...?
DOÑA ISABELITA
Tan verdad, que un punto solo 180
no se apartaba de casa.
Siempre junto a mí.
DON LIBORIO

 (Aparte, en voz baja.)  

¡Donoso
va el cuento! Pero a lo menos
es tal su candor, que en todo
dirá la pura verdad. 185

  (Recio.)  

Pero si no me equivoco
te dije que a nadie vieras
hasta volver yo.
DOÑA ISABELITA
Mas, como
sucedió el lance, no pude
hacer menos; y lo propio 190
hubiera hecho usted que yo.
DON LIBORIO
Puede; cuéntale.
DOÑA ISABELITA
Es gracioso,
y extraño sobremanera.
Estaba yo haciendo un gorro
al balcón, cuando hete aquí 195
que acierta a pasar un mozo
muy lindo; mira, y se quita,
el sombrero; con que al pronto,
para que él no se pensara
que trataba con un topo, 200
le hice yo mi cortesía;
él muy atento con otro
besamanos corresponde;
yo, sin quitar de él los ojos,
le hago cortesía nueva; 205
la tercera vez lo propio
sucede; y yo, siempre lista,
con otra le correspondo.
Se va, y vuelve, y pasa varias
veces, y con mucho modo 210
me quita siempre el sombrero;
yo, plantada como un tronco
en el balcón, le miraba
de hito en hito, sin que en todo
el día diera puntada, 215
siendo en mí lance forzoso
pagarle sus cortesías
con otras, porque este mozo
no dijera que tenía
más crianza que yo; y como 220
no hubiera sido porque
vino la noche, los ojos
no hubiera quitado de él.
DON LIBORIO
No va mal.
DOÑA ISABELITA
Pues luego al otro
día una vieja me viene 225
a ver, y hablándome en tono
muy compasivo, me dice:
«Bendiga Dios ese rostro
tan bello, hija, y le conserve
tan lozano y tan hermoso 230
muchos años; pero usted
no abuse de sus preciosos
dones, que le ofendería,
y sepa que un lindo mozo
le tiene muy mal herido...». 235
DON LIBORIO
¡Haya bruja del demonio!
DOÑA ISABELITA
¡Yo le tengo, digo, herido!
«Sí, dice, y muy peligroso
que es su estado; es aquel joven
de ayer». Señora, mi asombro, 240
hago yo, es mucho: ¿cayó,
mientras pasaba ese mozo,
un ladrillo del balcón
sin verlo yo? «No; sus ojos,
me hace la vieja, hija mía, 245
han causado este trastorno;
y si usted no lo remedia,
le enterraremos muy pronto».
Mucho lo siento. ¿En qué puedo,
le hago yo, darle socorro? 250
«Hija, me dice la vieja,
verla es lo que anhela sólo;
él sanará con su vista
de la herida que sus ojos
le hicieron». Con mil amores 255
venga al punto, le respondo,
visíteme cuando guste.
DON LIBORIO

 (Aparte.)  

Vieja, que Lucifer propio
trajo a mi casa, el infierno
te pague tu pïadoso 260
mensaje.
DOÑA ISABELITA
De esta manera
sanó el mancebo muy pronto.
Diga usted, ¿tuve razón?
Si se hubiera el pobre mozo
muerto por no darle yo 265
remedio tan fácil, ¿cómo
hubiera dado a Dios cuenta?
Si veo matar un pollo
echo a llorar; ¡y dejara
morir a un hombre que sólo 270
con visitarme sanaba!
DON LIBORIO

  (En voz baja, aparte.)  

Puede alegar en su abono
su ignorancia; culpa es mía.
¡Que haya sido yo tan tonto
que con mi ausencia dejara 275
expuesta al diente del lobo
esta simple corderilla!
Mucho me temo que el loco
se haya propasado a cosas,
si no encontró con estorbos, 280
sobremanera pesadas.
DOÑA ISABELITA
¿Qué es eso? O yo me equivoco,
o gruñe usted entre dientes;
¿le parece mal mi modo
de proceder?
DON LIBORIO
No por cierto.
285
Pero dime ahora, ¿ese mozo
qué hacía cuando se hallaba
contigo en visita solo?
DOÑA ISABELITA
¡Ay! estaba tan contento;
no cabía en sí de gozo; 290
sanó luego de su achaque;
¡me ha dado un medallón de oro
tan bonito! Y Cosme y Blasa,
vaya, no le quieren poco,
que les da tanto dinero; 295
así le queremos todos;
y usted también le querría
si le viera entre nosotros.
DON LIBORIO
¿Pero qué hacía contigo,
cuando ambos estabais solos? 300
DOÑA ISABELITA
Decirme que me quería
mucho; que tenía un rostro
muy peregrino; y mil cosas
tan bonitas, y en un tono
tan amable, que en mi vida 305
tuve ratos más gustosos
que mientras se las oía;
¡y aun de acordarme me pongo
tan encendida!
DON LIBORIO

 (En voz baja, aparte.) 

¡Funesto
examen, en que el curioso 310
es a quien le dan tormento!

 (En voz alta.) 

Y dime, después de todos
esos requiebros, ¿te hacía
algún cariño amoroso?
DOÑA ISABELITA
No es nada; se le bañaban 315
en tierno llanto los ojos,
y me cogía las manos,
y me las besaba, loco
de gozo.
DON LIBORIO
¿Y no te cogió
más que la mano ese mozo? 320

  (Viendo que se ha quedado confusa.)  

¡Hu!
DOÑA ISABELITA
Me...
DON LIBORIO
¿Qué?
DOÑA ISABELITA
Cogió...
DON LIBORIO
Adelante.
DOÑA ISABELITA
El...
DON LIBORIO
¿El qué?
DOÑA ISABELITA
No acierto cómo
decirlo, que ha de reñirme
usted.
DON LIBORIO
No haré.
DOÑA ISABELITA
Sí tal.
DON LIBORIO
Voto
a quien soy, no.
DOÑA ISABELITA
Deme usted
325
palabra.
DON LIBORIO
Bien.
DOÑA ISABELITA
Si conozco
que se ha de enfadar usted
si lo digo.
DON LIBORIO
No tal.
DOÑA ISABELITA
Sí.
DON LIBORIO
Otro
te pego: no, no, no, no.
¿Qué te cogió? Dilo pronto, 330
y no me hagas condenar.
DOÑA ISABELITA
Me cogió...
DON LIBORIO

  (Aparte.)  

¡Yo no sé cómo
no reviento!
DOÑA ISABELITA
Me cogió
aquel collar tan hermoso
de aljófar, que me dio usted 335
el día de San Liborio.
Yo no lo pude estorbar.
DON LIBORIO

  (Tomando respiración.)  

Salimos en fin de ahogo,
si cogió sólo el collar.
¿Pero no te hizo tampoco 340
más que besarte las manos?
DOÑA ISABELITA
¿Pues qué, señor don Liborio,
se hacen acaso otras cosas?
DON LIBORIO
No; pero como ese mozo
me dices que estaba malo, 345
bien te pudo pedir otro
remedio para su achaque.
DOÑA ISABELITA
No hizo; y, por darle socorro,
si él otra cosa me pide,
al instante se la otorgo. 350
DON LIBORIO

  (Aparte, en voz baja.)  

Demos mil gracias a Dios;
no he sido poco dichoso
en que haya parado en esto;
pero hago solemne voto
de no quejarme de nadie, 355
si segunda vez me expongo.

 (En voz alta.)  

Este lance, Isabelita,
es de tu candor abono.
No te riño; a lo hecho pecho;
pero de veras te exhorto 360
a que huyas de ese galán;
que su designio no es otro
que el de burlarse de ti,
y satisfacer su antojo.
DOÑA ISABELITA
¿Qué? No señor. Si me ha dicho 365
más de cien veces él propio
que siempre me ha de querer.
DON LIBORIO
No conoces su alevoso
pecho, Isabel; pero sabe
que quien medallones de oro 370
toma, y escucha requiebros
de esos pisaverdes locos,
permitiendo que le besen
las manos, y le hagan otros
cariños, hace un pecado 375
mortal, y aquel que mas odio
le tiene Dios.
DOÑA ISABELITA
¡Un pecado!
¿Y por qué le causa enojo
a Dios eso?
DON LIBORIO
¿Por qué, dices?
Porque son pecaminosos 380
esos gustos, y los veda
la ley de Dios.
DOÑA ISABELITA
¿Pero cómo
se enoja el Cielo por cosas
que se hacen con tanto gozo?
Jamás he tenido ratos, 385
hasta ahora, tan gustosos,
ni supe que los hubiese.
DON LIBORIO
Cierto que es muy delicioso
esto de hacerse cariños;
pero, porque sea como 390
Dios manda, es fuerza casarse.
DOÑA ISABELITA
¿Y qué, no alcanza el enojo
de Dios a los que se casan,
ni pecan?
DON LIBORIO
No.
DOÑA ISABELITA
¡Qué gracioso!
Pues cáseme usted al punto, 395
que eso se despacha pronto.
DON LIBORIO
Más lo anhelo yo que tú,
y para casarte sólo
he venido de mi hacienda.
DOÑA ISABELITA
¿De veras?
DON LIBORIO
Sí.
DOÑA ISABELITA
¡Qué alborozo!
400
DON LIBORIO
No dudo yo que te guste,
querida, este matrimonio.
DOÑA ISABELITA
¿Quiere usted que ambos nos...?
DON LIBORIO
Cierto.
DOÑA ISABELITA
Tengo de hacer tantos cocos
y tantos mimos a usted. 405
DON LIBORIO
Verás si te correspondo.
DOÑA ISABELITA
Mire usted; si se chancea,
de veras que me incomodo.
¿Me dice usted la verdad?
DON LIBORIO
Tú lo verás, y muy pronto. 410
DOÑA ISABELITA
¿Nos casaremos?
DON LIBORIO
Sí.
DOÑA ISABELITA
¿Cuándo?
DON LIBORIO
Esta noche.
DOÑA ISABELITA

  (Riéndose.) 

¿Sí? ¡Qué gozo!
¡Esta noche!
DON LIBORIO
¿Qué, te ríes?
DOÑA ISABELITA
Sí señor.
DON LIBORIO
Yo no tengo otro
gusto que dártele a ti. 415
DOÑA ISABELITA
No puede haber matrimonio
más a mi placer; mañana
le podré llamar mi esposo.
Vaya usted por él.
DON LIBORIO
¿Por quién?
DOÑA ISABELITA
¿Por quién será? Por el otro. 420
DON LIBORIO
¡El otro! Buena la hicimos.
No se trata aquí de esotro.
El que con usted se casa
no es, señora, el lindo mozo
que adolece de una herida 425
mortal que hicieron sus ojos.
Déjele usted que se muera;
que desde ahora dispongo
que no me entre nunca en casa.
Has de hacer oídos sordos, 430
si te hablare; y si llamare,
darás con la puerta al mono
en los hocicos, y luego
con un guijarro bien gordo,
que le tires del balcón, 435
le echarás de aquí, que a todo
tengo yo de estar presente,
sin que él lo sepa. ¿Qué modo
es ese? ¿Qué estás gruñendo?
DOÑA ISABELITA
¡Qué lástima! ¡Es tan buen mozo! 440
DON LIBORIO
¿Qué se entiende?
DOÑA ISABELITA
Si no tengo
corazón...
DON LIBORIO
Si chistas, voto
a Dios que... vamos arriba.
DOÑA ISABELITA
¿Quiere usted...?
DON LIBORIO
Lo que dispongo
quiero que, sin replicarme, 445
se obedezca; vamos pronto.




Acto III


Escena I

 

DON LIBORIO, DOÑA ISABELITA, COSME, BLASA.

 
DON LIBORIO
Sí; te has portado muy bien;
has cumplido sin disputa
con cuanto yo te mandé.
El mancebito sin duda
que se habrá quedado helado. 5
Tanto vale, Isabel, una
persona que a salvamento
nuestra inocencia conduzca.
Tú te hallabas en camino
de perdición; y segura 10
era tu condenación,
si un momento más escuchas
a quien quería engañarte.
Todos son unos en suma
los mozalbetes del día; 15
pelo bien cortado, mucha
chorrera muy bien plegada,
y con esto más diablura
esconden que Satanás;
siempre están fraguando alguna 20
malicia por dar al traste
con aquella, que descuida
la guarda de su virtud.
Por fin, de esta barahunda
has salido con honor; 25
y, según se me barrunta,
la piedra que le tiraste
no le ha dejado con muchas
esperanzas de que tú
alientes más sus locuras; 30
y lo que acabas de hacer
a que acelere estas nupcias
me persuade; mas antes
quiero que escuches en suma
todas las obligaciones 35
de una doncella que muda
de estado; tú retenerlas
con mucho esmero procura.

 (A COSME y a BLASA.) 

Una silla aquí a la puerta;
y si alguno no ejecuta 40
lo que mando...
BLASA
¡Qué! Si entrambos
lo tenemos todo en la uña.
Buen perro nos quiso dar
el tal mocito.
COSME
Que nunca
beba yo vino, si entrare 45
más en casa, por más bulla
que meta; es un majadero.
Anteayer me dio una chupa
que tenía un desgarrón.
DON LIBORIO
Pues sin tardanza ninguna 50
traed lo que tengo dicho
para comer.

 (A COSME.) 

Tú pregunta
por el vecino escribano,
que quiero que la escritura
de mi casamiento otorgue, 55
con lo demás que me cumpla.


Escena II

 

DON LIBORIO, DOÑA ISABELITA.

 
DON LIBORIO

  (Sentado.) 

Óyeme con atención:
suelta, Isabel, la costura,
y no has de pestañearme
mientras yo hable, que es de mucha 60
importancia lo que voy
a decir, y quiere suma
meditación... De hito en hito
mirando; no pierdas una
palabra; los ojos puestos 65

 (Señalando la frente.) 

aquí... Tienes la fortuna
de que me case contigo.
Da gracias de tu ventura
a Dios mil veces al día;
porque, siendo tú de cuna 70
villana, mi bondad quiso,
sacándote de tu oscura
condición, llamarte mía,
y a Vizcondesa te encumbra
del Atochal, despreciando 75
veinte hidalgas cejijuntas,
y algunas lindas y ricas.
En fin, Isabel, tú ocupas
mi lecho; y porque más bien
tus obligaciones cumplas, 80
siempre has de tener presente
que cuanto eres, a mi mucha
bondad se lo debes todo.
Piénsalo así, y no presumas
jamás alzarte a mayores, 85
porque yo tampoco nunca
de esta boda me arrepienta.
El matrimonio no es chufla,
Isabel; que trae consigo
obligaciones de mucha 90
entidad; y yo no quiero
que, por ser mi esposa, arguyas
que has de hacer lo que quisieres,
y vivir a tus anchuras.
El marido ha de mandar 95
solo en casa, y sin excusa
la mujer obedecerle,
que la potencia absoluta
pertenece a los calzones,
y el sexo imberbe sin duda 100
nace esclavo del barbado.
Aunque la mujer es una
mitad del género humano,
no por eso se concluya
que sea igual al varón; 105
que fuera poca cordura.
Una es mitad soberana,
otra vasalla, y se ajusta
en todo por la que manda;
una es árbitra absoluta, 110
y la otra su humilde esclava.
Lo que ves que una criatura
hace por obedecer
a cuanto su padre gusta;
cuanto un buen criado al amo; 115
cuanto un donado procura
contentar al guardïán,
y el bisoño de recluta
al sargento, es friolera
todo para la profunda 120
veneración y respeto,
humildad y compostura
con que una mujer casada,
que con su obligación cumpla,
ha de mirar a su esposo, 125
a su jefe, a su amo, en suma,
a su soberano dueño.
La mujer que no se asusta
cuando el marido le pone
ceño, y no se queda muda, 130
y sin levantar los ojos
de la tierra, sin disputa
es una mala mujer.
En el día se hallan muchas
que no siguen estas reglas; 135
no imites nunca esas sucias,
y mira cómo las gentes
de su conducta murmuran.
El diablo anda siempre listo,
y hacernos caer procura 140
en tentación; y por eso,
Isabel, te encargo que huyas
de esos mancebitos lindos;
piensa que de tu conducta
pende mi honra, y que con poco 145
se amancilla o se deslustra,
porque el honor no consiente
que se anden con él en burlas,
y el demonio en el infierno
tiene calderas profundas 150
de azufre y de pez ardiendo
para castigar las culpas
de las que contra el honor
pecan; no, pues no hablo en burlas,
sino muy de veras: cuenta, 155
Isabel, con que si escuchas
dócil todos mis consejos,
tendrás el alma más pura
y cándida que un armiño.
Pero si el diablo, que busca 160
ocasión para perderte,
lo logra, quedas más sucia
y más negra que un tizón,
y cuando mueras, sin duda
te vas derecha al infierno 165
como un huso, para nunca
jamás ver a Dios; el Cielo
de tamaña desventura
te libre. La cortesía...
Así va bien... Mira, estudia 170
un papelito que voy
a darte, y que encierra en suma
cuanto deben las casadas
hacer, y merece mucha
contemplación; no conozco 175
a su autor; pero es de pluma
bien cortada, y no era lerdo.
Apréndeme una por una
estas reglas de memoria,
hasta tenerlas en la uña 180
como el beabá, que en esto
nunca daña lo que abunda.
Léelas, a ver si aciertas,

 (Se levanta.) 

o tropiezas en alguna.
 

(Reglas del matrimonio u obligaciones de la mujer casada con su ejercicio cotidiano.)

 
 

(Regla primera.)

 
DOÑA ISABELITA

 (Leyendo.)  

«La que al conyugal lecho 185
el sacramento santo introdujere,
grabe bien en su pecho
que aunque en doscientas lo contrario viere
su esposo para sí solo la quiere».
DON LIBORIO
Yo te explicaré otro día 190
esta máxima profunda;
ahora lo que conviene
es que sigas la lectura.
DOÑA ISABELITA

  (Siguiendo.)  

 

(Regla segunda.)

 
«Nunca en vanos arreos
dinero y tiempo gaste inútilmente; 195
cuando de su marido los deseos
satisfechos están, es suficiente;
ni importa parecer a todos fea,
con que para su esposo no lo sea».
 

(Regla tercera.)

 
«Una mujer honrada 200
no estila colorete,
pastas de olor, perfumes ni pomada.
Quien tales cosas a gastar se mete,
no lo hace por petar a su marido,
sino por agradar a algún querido». 205
 

(Regla cuarta.)

 
«Los ojos en el suelo
clavados siempre, o puestos en el cielo,
por la calle los lleve,
porque sólo a su esposo mirar debe».
 

(Regla quinta.)

 
«Visitas no reciba 210
de otros que los amigos del marido,
que en esto la opinión de honrada estriba;
y es, uso muy valido
que los que más a ver la mujer vengan,
menos que hacer con el marido tengan». 215
 

(Regla sexta.)

 
«Regalos nunca admita,
que en el siglo presente
el que da solicita,
y la que toma, en dar también consiente».
 

(Regla sétima.)

 
«Tinta, papel y pluma 220
la que tiene recato siempre excusa;
escríbalo el marido todo en suma,
que la honrada mujer ni firmar usa».
 

(Regla octava.)

 
«De toda concurrencia
huya, porque es funesta a la inocencia. 225
Allí contra el honor de los esposos
conspiran mil ociosos.
Cuando concursos tales prohibidos
estén, irá mejor a los maridos».
 

(Regla novena.)

 
«La mujer recatada 230
de aficionarse al juego
líbrese más que de caer al fuego;
porque a veces perdiendo una jugada,
aventurarse suele
aquello que al marido más le duele». 235
 

(Regla décima.)

 
«Banquetes y paseos,
a la fuente del Berro en el verano
son meros devaneos,
y pruebas de juïcio poco sano;
que, aunque le den barato, 240
siempre el pobre marido paga el pato».
 

(Regla undécima.)

 
DON LIBORIO
Luego, cuando tú estés sola,
acabarás la lectura;
después yo te explicaré
las reglas una por una. 245
Me acuerdo ahora que tengo
un asunto, que es de mucha
entidad, que despachar.
Muy presto volveré; estudia
ese libro, y no le pierdas. 250
Si el escribano pregunta
por mí, dile que me espere.


Escena III

 

DON LIBORIO solo.

 
DON LIBORIO
Cierto, fue mucha fortuna
haber topado con tal
mujer, con alma tan pura. 255
Es más blanda que una cera;
la forma que más me cumpla
le puedo dar a mi antojo.
En poco estuvo sin duda
que su sobrada inocencia 260
me trajese desventura;
pero vale más que peque
por simple que por aguda,
porque a males de esta especie
fácilmente se halla cura; 265
y una simple los consejos
de su esposo los escucha
con docilidad; y si otros
la descaminan alguna
vez, vuelve al camino recto, 270
así que se lo insinúa
su marido... ¡Oh! no es lo mismo
mujer discreta, picuda,
culta y marisabidilla,
que no hay mollera segura 275
de desmán con ella, haciendo
de nuestros consejos burla,
y tratando nuestras máximas
de chochez y paparruchas
de antaño; y si se les planta 280
en el caletre, no hay duda;
hemos de entrar en el gremio
sin apelación ni excusa;
que no hay precaución que valga
contra sus artes y astucias, 285
y su habilidad les sirve
para que mejor encubran
sus vicios con el afeite
de recato y compostura.
Vaya; peor que el demonio 290
es una mujer astuta.
¡A cuántos conozco yo
que, por su mala ventura,
no me dejarán mentir!
Pero en medio de esta bulla 295
estará mi mancebito
maldiciendo su fortuna.
Bien empleado le está.
No callan cosa ninguna
estos galanes del día; 300
un secreto los asusta;
si se ven favorecidos
de una dama, lo divulgan
al momento, y se ahorcaran
si todas sus aventuras 305
no las supiera la gente;
y tan poco disimulan
su vanidad, que a mi ver
aquella que los escucha
ha perdido la cabeza, 310
y que... aquí viene. ¡Qué mustia
cara tiene! Averigüemos
el motivo de su angustia.


Escena IV

 

DON LEANDRO, DON LIBORIO.

 
DO N LEANDRO
Vengo de casa de usted.
Parece estrella sin duda 315
que nunca pueda encontrarle.
Al fin querrá mi fortuna...
DON LIBORIO
Por Dios, dejemos, amigo,
ceremonias importunas,
que en amistad tan antigua 320
enojan, si no se excusan.
Tantas personas malgastan
el tiempo en esas tontunas,
que no es cordura imitarlas.

  (Poniéndose el sombrero.) 

Esto es decir que se cubra 325
usted. Vamos; ¿los amores
siguen bien? ¿Esa aventura
va viento en popa? Yo estaba
algo distraído en unas
reflexiones, cuando usted 330
me la contó. Pero es mucha
la presteza con que va;
y el galanteo se anuncia
con tan próspero semblante,
que aguardo buenas resultas. 335
DON LEANDRO
Señor don Liborio, ahora
el lance de aspecto muda;
que ha sucedido a mi amor
un gran revés de fortuna.
DON LIBORIO
¿Cómo así?
DON LEANDRO
La suerte adversa,
340
que siempre de amor se burla,
trajo al tutor de la niña
a Madrid.
DON LIBORIO
¡Qué desventura!
DON LEANDRO
Y es lo peor que ha sabido
la correspondencia oculta 345
de ambos.
DON LIBORIO
¿De dónde mil diablos?
DON LEANDRO
No sé; la cosa es segura.
Esta mañana a las once,
que es la hora que ella acostumbra
recibirme, me presento, 350
cuando, saliendo con furia,
el muchacho y la criada,
me gritan: es importuna
su visita de usted. Fuera;
vaya a buscar aventuras; 355
y en los hocicos me dieron
con la puerta con gran bulla.
DON LIBORIO
¡Con la puerta en los hocicos!
DON LEANDRO
En los hocicos.
DON LIBORIO
Sin duda
es mucho chasco.
DON LEANDRO
Les quise
360
hablar por la cerradura
de la puerta; pero a todo
respondían: es tontuna,
no quiere el amo que usted
entre en casa.
DON LIBORIO
¿Conque, en suma,
365
ellos no abrieron?
DON LEANDRO
¡Sí, abrir!
Para sacarme de dudas,
Isabel, desde el balcón,
me lo dijo en voz muy dura,
y tirándome un guijarro. 370
DON LIBORIO
¿Un guijarro?
DON LEANDRO
¡Qué pregunta!
Guijarro, y de buen tamaño,
que, en pago de mis ternuras,
me tiró ella con su mano.
DON LIBORIO
Mándole mala ventura, 375
amigo, a su amor de usted.
Digo, y, si usted se descuida,
le abre un palmo de cabeza.
DON LEANDRO
En verdad me descoyunta
el hombre con su venida. 380
DON LIBORIO
También a mí me da mucha
pena; sí, a fe de quien soy.
DON LEANDRO
En pensarlo se me apura
la paciencia.
DON LIBORIO
Pero creo
que hallará usted compostura. 385
DON LEANDRO
Veremos de encontrar treta
que en su casa me introduzca,
sin que lo huela el celoso.
DON LIBORIO
En eso no hay poner duda.
Ello es que la niña quiere 390
a usted.
DON LEANDRO
Es cosa segura.
DON LIBORIO
Pues lo logrará.
DON LEANDRO
Lo espero
así.
DON LIBORIO
Lo que más le asusta
a usted es aquel maldito
guijarro; pero se apura 395
sin motivo.
DON LEANDRO
Eso es muy cierto.
Al punto la mano oculta
conocí de aquel vestiglo,
que en guarda de mi hermosura
anda siempre vigilante. 400
Pero la parte más chusca
de la historia es la que queda
por contar, y es una astucia
de la niña, que me deja
atónito, y que yo nunca 405
de su inocencia aguardara.
Cierto es que el amor aguza
el ingenio del más topo;
la inteligencia más ruda
la convierte en un instante 410
en lince; transforma y muda
al hombre en otro distinto,
y mudanzas absolutas
en un punto, cual si fuera
encanto, las ejecuta. 415
Hace pródigo al avaro;
al rústico sin cultura
hombre de buenos modales;
al cobarde, que se asusta
de todo, le infunde aliento; 420
y a la simple vuelve astuta.
El amor este milagro
ha obrado con la hermosura
de Isabel; porque, fingiendo
que me denuesta y me insulta, 425
dijo, al tirarme la piedra,
alzando la voz: excusa
usted de hacerme visitas,
que su vista me importuna;
ahí lleva usted mi respuesta; 430
y el guijarro, que le asusta
a usted tanto, me traía,
¿lo dirá usted? carta suya;
y tan apropiada al lance
en que se halla, y que se ajusta 435
de modo a su situación,
que la mujer más aguda
y más discreta no hubiera
dictado mejor ninguna.
Es mucho maestro amor; 440
aquello que él no ejecuta,
nadie lo conseguirá.
¿Qué dice usted? ¿No es astuta
la invención para una niña
tan inocente y tan pura? 445
¿Qué piensa usted de la esquela?
¿Le parece bien la astucia?
Y digo, ¿en esta comedia
el celoso qué figura
está haciendo? ¿No es verdad? 450
Hable usted.
DON LIBORIO
Sí; es cosa chusca.

  (DON LIBORIO se ríe de mala gana.)  

DON LEANDRO
No ríe usted lo bastante.
Mire usted que es brava burla.
El hombre, al ver que yo quiero
a la muchacha, se asusta, 455
se atrinchera y fortifica
con guijarros, como en una
ciudadela amenazada
de asalto, y con mucha furia
a la gente de su casa 460
toda contra mí la azuza;
mientras la niña inocente
de las máquinas que el usa
se vale para escribirme,
y con sus ardides frustra 465
del celoso impertinente
la vigilancia importuna.
Yo, no obstante que su vuelta
mis esperanzas destruya,
reviento de risa, amigo, 470
al contemplar esta burla.
¡Pero usted está tan serio!
DON LIBORIO

 (Riéndose de mala gana.) 

Perdone usted, que me gusta,
y me río cuanto puedo.
DON LEANDRO
Pues no ha de haber cosa oculta 475
entre los dos; conque así
quiero que de mi hermosura
oiga usted leer la carta.
No verá usted de una culta
el estilo; pero sí 480
el candor y la ternura
de un amor casto, inocente;
bondad angélica; suma
inocencia, y del afecto
primero la impresión pura. 485
DON LIBORIO

 (Aparte, bajo.) 

¡Bribona! De eso te sirve
saber escribir. ¡Es mucha
maldad! Y eso que previne
que no te enseñaran nunca.

DON LEANDRO   (Leyendo.) «Quisiera escribir a usted, y no sé cómo, ni por dónde empezar. Me vienen mil ideas, que deseara que usted las supiera, y no sé cómo decírselas, ni me fío de mis palabras. Ahora que empiezo a ver que me han dejado muy ignorante, me recelo de decir cosas que sean malas, o que no sea bueno decirlas. Y, cierto, que no sé lo que usted me ha hecho; pero sí que siento a par de muerte lo que me hacen que haga contra usted, y que será para mí de mucho sentimiento el estar sin usted, y que quisiera ser suya. Acaso es malo decir esto; pero yo no puedo menos de decirlo; y quisiera, si fuera posible, que no fuese malo escribirlo. Me dicen continuamente que todos los mozos engañan, que no se les debe dar oídos, y, que todo lo que usted dice es mentira; pero le aseguro a usted que todavía no me he podido figurar que no me trate usted verdad, y que sus palabras me agradan tanto, que no me puedo persuadir a que sean falsas. Dígame usted la verdad sin rebozo, porque como yo no tengo picardía, fuera mucha maldad si usted me engañara, y me parece que me moriría de la pesadumbre».

DON LIBORIO

 (Aparte.)  

¡Perra!
DON LEANDRO
¿Qué tiene usted?
DON LIBORIO
Nada.
490
Es tos.
DON LEANDRO
¿Ve usted qué ternura
en la expresión? Es un pasmo
que una niña que así educan,
y en tanta sujeción tienen,
tan buen natural descubra. 495
Cierto que es una maldad,
que no merece disculpa,
haber dejado en tinieblas
de ignorancia tan oscura
inteligencia que luce 500
tanto, así que amor la alumbra;
de amor es este prodigio;
y si la suerte me ayuda,
como yo lo espero, el bruto
que la tiene entre sus uñas, 505
el pícaro, el majadero,
el infame, le asegura
mi...
DON LIBORIO
Agur...
DON LEANDRO
¿Se va usted tan pronto?
DON LIBORIO
Siento mucho que me ocurra
un asunto muy urgente. 510
DON LEANDRO
Quiere mi mala fortuna
que la tenga tan guardada,
que lo que más dificulta
la empresa es no poder verla.
Dígame usted, ¿no barrunta 515
algún medio de que yo
en la casa me introduzca?
Hablo con toda franqueza,
porque entre amigos hay mutua
obligación de servirse 520
en casos tales; discurra
usted que mozo, criada,
en fin, todos se conjuran
contra mí, y por más esfuerzos
que haga, ninguno me escucha. 525
Tenía una buena vieja,
que me servía con mucha
fidelidad, y que, cierto,
era un portento de astucia,
de la madre Celestina 530
traslado, y de calenturas
se murió habrá cuatro días.
DON LIBORIO
Lo pensaré a mis anchuras.
Más bien a usted es factible
que algún medio se le ocurra. 535
DON LEANDRO
Pues adiós, hasta más ver...


Escena V

 

DON LIBORIO solo.

 
DON LIBORIO
¿Habrá alguien que tanto sufra,
y que no reviente? El hombre
toda mi paciencia apura.
No sé cómo me contengo 540
sin que él conozca la zurra
que me está pegando; y, digo,
¿la bribona tiene astucias?
¿Quién diablos le enseñaría
tanta maldad? Y no hay duda, 545
ella quiere al picaruelo,
y me aborrece, y se burla
de mí; ¡pues estamos buenos!
Y lo que más me trabuca
los sentidos, y me pone 550
en una mortal angustia,
es que la quiero de veras,
de suerte que quien usurpa
mi puesto en su corazón,
dos heridas me hace en una, 555
en mi honor y en mi cariño...
¡Con que un mocosuelo frustra
mi prudencia, y coge el fruto
de mi afán...! Mi más segura
venganza fuera dejarla 560
arrastrar de quien la empuja
hacia su perdición; pero
fuera mucha desventura
perder la que tanto adoro.
¿De qué sirven mis profundas 565
meditaciones, si al cabo
de mis años me subyuga
una chicuela sin padres,
sin caudal, de baja cuna,
que desdeña mi cariño, 570
que de mis penas se burla,
y olvida mis beneficios;
y, aunque nada se me encubra,
más la quiero cuanto más
aborrecerla procura 575
mi pecho? ¡Ah loco! ¿No tienes
vergüenza de la censura
de los demás? Me daría
mil bofetadas por una.
Entraré a ver con qué cara 580
la bribona disimula
tan infame alevosía.
Si contra mí se conjuran
los hados, y es signo mío
que hasta mi mollera cunda 585
el mal de tantos maridos,
dame a lo menos, fortuna,
la resignación que sobra
a otros para que lo sufra.



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