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ArribaAbajoApéndices


ArribaAbajoOrdenanzas del torneo y de la justa que hizo el señor don Alfonso XI cuando instituyó la orden de caballeros de la banda, sacadas de un libro viejo sin principio ni fin


ArribaAbajoOrdenamiento del torneo

Éste es el ordenamiento del torneo, que declara sobre qué cosas se ha de tomar juramento a los caballeros del torneo y qué son las cosas que han de hacer los fieles.

Lo primero es que los fieles han de catar las espadas: que no285 las traigan agudas en el tajo ni en las puntas sino que sean romas y también, que no traigan agudos los arcos de las capellinas; et tomar juramento a todos que no den con ellas de punta en ninguna guisa ni de revés al rostro, et que si a alguno se le cayere la capellina o el yelmo, que non le den golpe hasta que la ponga, y que si alguno cayere en tierra que le non entropellen; e hanles de decir los fieles que comiencen el torneo cuando tañeren las trompetas et los atabales, et cuando oyeren tañer el añafil que se tiren a fuera286, et se recojan cada uno a su parte. Et si el torneo fuere grande de muchos caballeros, en que haya pendones de cada parte, e se hobieren de trabar287 los caballeros los unos de los otros para se derribar de los caballos, que los caballos de los caballeros que fueren ganados de la una parte e de la otra et llevados a do288 estuvieren los pendones, que no sean dados a los caballeros que los perdieron hasta que el torneo sea pasado. E desque sea pasado el torneo hanse de ayuntar todos los fieles, et con lo que ellos vieren y preguntando a caballeros e escuderos et doncellas, de las que mejor lo pudiesen ver, escojan un caballero de los de la una parte et otro caballero de la otra, cuáles lo fueron mejor et hobieron la mejoría del torneo, e aquéllos den el prez et la honra dello; e en señal desto que lleven dos de los fieles sendas joyas de parte de las dueñas et doncellas que ahí se hallaren para estos dos caballeros, escogidos como dicho es. E si fuere el torneo de treinta caballeros ayuso, que haya cuatro fieles, dos de la una parte et otros dos fieles de la otra. E si fuere de cincuenta caballeros o dende arriba, que sean ocho fieles de la una parte et otros ocho de la otra; et si fuere el torneo de cient caballeros o más, que sean doce fieles de la una parte et otros doce de la otra.




ArribaAbajoOrdenamiento de la justa

Primeramente, que fagan cuatro venidas los que justaren et no más, et si en estas cuatro venidas el un caballero quebrare una asta289 en el otro caballero, e el otro no quebrare ninguna en él, que haya290 la mejoría el que la quebrare; et si quebrare el uno dos astas e el otro no más de una, que haya la mejoría el que quebró las dos; pero si el que quebrare la una derribare el yelmo al otro caballero del golpe que le dio, que sea igualado con el que quebró las dos astas. E otrosí, si algún caballero quebrare dos astas en algún caballero, e éste en quien fueron quebradas las astas derriba al291 caballero que las quebró en él, aunque no quiebre el asta, que sea igualado con el que quebró las dos astas, et aun que292 le den más loor. E si un caballero derribare a otro et a su caballo, e el otro derribare a éste sin su caballo, que haya la mejoría el caballero que cayó el caballo con él, porque parece que fue la culpa del caballo et no del caballero, e el que cayó sin caer el caballo con él fue la culpa del caballero et non del caballo. Otrosí ninguna de las varas o astas quebradas no sean juzgadas por quebradas quebrándolas atravesadas, salvo quebrantándolas de encuentro de golpe. E si en estas cuatro venidas dos caballeros con dos astas o sendas293 ficieren golpes iguales, que sean los caballeros juzgados por iguales. E si en estas cuatro venidas no se pudieren dar golpe, que juzguen que non hobieron buen acaescimiento. E si se cayere la lanza a alguno yendo por la carrera ante de los golpes, que el otro caballero alce la vara et non le encuentre con ella, ca non haría caballería ferir al que non lleva lanza. E para juzgar todo esto que haya dos fieles, e estos dos, preguntando a caballeros e escuderos et a dueñas et doncellas que allí estuvieren, para mejor juzgar con lo que ellos vieron et con lo que éstos dijeren, así juzgarán estas cosas como aquí está dicho. E después que las justas fueren acabadas, que los fieles que allí estuvieren pregunten a los caballeros, escuderos et dueñas et doncellas que se hallaren presentes, los que mejor lo pudieron ver, quién fueron los que mejor lo ficieron; et con acuerdo dellos el caballero de los de la tabla que fuere hallado llevar la mejoría de la justa, que le sea dada una joya en galardón de los caballeros de ventura; e esto mismo se hará con uno de los de la ventura, porque el que fuere hallado entre ellos haber llevado la mejoría, que los caballeros de la tabla le den otra joya en galardón, como hicieron los de la aventura al que llevó la honra de los de la tabla.






ArribaAbajoDocumentación del expediente Memoria histórico-política sobre los juegos, espectáculos y diversiones públicas usados en lo antiguo en España

(Real Academia de la Historia, 11-08046)294



ArribaAbajoParecer de los señores Capmany y Vargas [Ponce], comisionados295

[23 de marzo de 1791]


Excelentísimo señor:

Comunicada orden del Consejo a la Academia para que informase sobre los espectáculos y diversiones públicas, confió ésta el encargo a don Gaspar de Jovellanos, cuyo es el papel que ya se ha oído antes de remitírsenos para la comisión a que vamos a dar cumplimiento. No nos detendrá su elogio, pues nos acordamos del sonrojo a que se expuso en Atenas un orador que intempestivamente se detuvo en las alabanzas de Hércules cuando uno de sus oyentes prorrumpió: «¿Hay alguno que le vitupere?». Reduciremos, por tanto, a un sencillo extracto el parecer, y a continuación expondremos cuál sería, según nuestro juicio, el de la Academia.

Hecho cargo el señor Jovellanos que en el informe de un expediente gubernativo la erudición es la parte de menos importancia, sólo señala en cada espectáculo la época de su introducción, reservándose el llevar ese curioso e interesante objeto literario al tiempo que las memorias repartidas entre los académicos sobre las ciencias y artes españolas tengan efecto. Por consiguiente, sólo dice que nuestros espectáculos fueron los que tenían nuestros conquistadores hasta los godos; en la dinastía de éstos y durante los trece primeros reyes de Asturias, la caza; y que con la conquista de Toledo y unión de León y Castilla, empezaron los bofordos, o romper lanzas la nobleza, y el pueblo sus romerías y las danzas en ellas; mediado el siglo XIII los torneos, justas, cañas, sortijas y, tal vez, la lucha de toros y también los misterios, primer ensayo del teatro; como asimismo el ajedrez, los dados, pelota y tejuelo; los trovadores, juglares y juglaresas, los danzantes, representantes, ministriles, mimos y saltimbanquis, todos clara prueba que la nobleza se daba menos a la caza y que el pueblo no tenía ya que salir a las romerías para solazarse. Los torneos duraron hasta el siglo pasado, pues aunque prohibidos en otras partes por la autoridad real y eclesiástica, no se encuentra semejante prohibición en nuestra disciplina. De los toros apunta que, según una ley de Partida, ya parecen sólo lidiados por gente vil, aunque no se pueda dudar fuese antes ocupación de la nobleza. Aborrecidos de la reina Católica, se propagaron más en los siglos siguientes por el piadoso destino de su producto, con lo que se hizo una profesión, hasta que Carlos III los prohibió generalmente, con tanto consuelo de los buenos como pesar de los que no juzgan las cosas sino por la corteza; vergüenza por cierto (son palabras del informe) que este punto se haya presentado a la discusión como un problema, pues los toros no han sido jamás una diversión cotidiana, ni muy frecuente, ni de todos los pueblos de España, ni generalmente aplaudida ni buscada; así bueno haberlos prohibido y excelente acabarlos de una vez.

Introducido ya en la [e]scena la encuentra algo mejorada en Aragón con la cultura de la poesía y gaya ciencia, y en Castilla reducida a arte por don Henrique de Villena, y más generalizada en los autos sacramentales; fijada la escena profana en los reyes Católicos, mejorada en tiempo de Felipe II por Lope de Rueda, aunque todavía con grande atraso, y por fin encumbrada por Lope de Vega a aquel punto en que el vulgo y la generalidad de la nación creyó estar la suma de la perfección, y la razón y la crítica vieron la ruina del teatro. Creció éste más cuando sentó su corte Felipe III, y con Felipe IV tan aficionado suyo subió a su mayor auge, y la Zarzuela y el Buen Retiro disfrutaron la música, la danza, la poesía y la pintura aunadas y como nunca se habían visto entre nosotros, y entonces descollaron Calderón y Moreto. Decayó mucho el teatro bajo Carlos II y sólo se distinguió algo Candamo; no se alentó en la época siguiente, harto perjudicado por la ópera; se mejoró en la decoración, y un poco en la música, en tiempo de Carlos III, pero sucesivamente se fueron cerrando los de las provincias y lo que las había entretenido casi por el espacio de tres siglos, vino a formar la diversión de tres solas capitales, reservando al presente reinado la gloria de mejorar el estado del teatro y extender la [e]scena.

Hecho cargo el señor Jovellanos de las censuras contra el teatro, afirma que en estando corregido dejarán de ser justas, y en cuanto a sus defectos reconoce que, a pesar de sus apologistas, los eruditos nacionales del Censor, del Memorial Literario, de la Espigadera y otros papeles periódicos en que se ha tratado este punto, le han puesto ya fuera de tan antigua discusión.

Expuestos, pues, con energía los vicios actuales del teatro, concluye proponiendo la necesidad de su mejora en todas sus partes,

que un teatro tal es una peste pública, y el gobierno no tiene otra alternativa que reformarlo o proscribirlo para siempre. ¿Pero se puede esto último? No, porque no queda diversión alguna. ¿Y esto es un bien o un mal? Creer que los pueblos pueden ser felices sin diversiones es un absurdo; saberlo y negárselas es una consecuencia tan absurda como peligrosa; dárselas, prescindiendo de su influencia en las ideas y costumbres, es una indolencia harto más absurda, cruel y peligrosa; luego, el arreglo de las diversiones públicas es uno de los primeros objetos de toda buena policía.



Sentados los antecedentes principios, antes de tratar de cuáles deban ser estas diversiones, divide a los que pueden necesitarlas en dos partes: los que viven de su trabajo y los que pasan de sus rentas. De los primeros, con gran copia de filosóficas y poderosas razones, pretende que sólo necesitan se les deje divertir con una inocente libertad, y que la justicia no se haga pesada e importuna sobre ellos, sino les permita entregarse sin extorsiones indebidas a la alegría.

De los segundos, que es la gente acomodada, pone razones de gran peso para manifestar que necesitan espectáculos y, entre ellas, la de retenerlos en su provincia, que abandonan buscando la diversión de las cortes, con perjuicios de éstas y mayores daños de aquéllas. Tratando ya de cuáles sean estos espectáculos, pone el primero para las ciudades el de las maestranzas, que dice se deben multiplicar, cortando los abusos que halla introducidos, y sacando todo el fruto que se pudiera; segundo, el que ha dado la Corte de Parma fundando y dotando una academia dramática para cultivar todos los conocimientos relativos a este utilísimo ramo de la poesía, proponiendo asuntos para la composición de nuevos dramas, juzgándolos rigorosa e imparcialmente y premiando los que sobresalgan; y perfeccionando con su práctica, y por principios, el arte de la declamación, ejercitándose los discípulos en teatros privados. Explaya las utilidades de semejantes establecimientos en muchas de nuestras ciudades, y pasa al tercero, que son las casas públicas de diversión cotidiana, como trucos, juegos de pelota, bochas, bolos, corridas de caballos, gansos y gallos, soldadescas, comparsas de moros y cristianos, danzas, bailes públicos y otras diversiones, que convendría también arreglar y multiplicar, con tal que vele y cele la policía su inocencia y decencia sin perjuicio de su libertad. Cuarto medio: las máscaras, y asegura que las prohibidas en nuestras leyes no eran las que con tanto arreglo y buen orden se ejecutaron en Madrid.

En quinto lugar, el teatro, cuya superioridad y permanencia sobre todas las otras diversiones explica: señala sus grandes ventajas para deleitar e instruir y deduce la necesidad de que el gobierno lo tome por su cuenta para remediar los perjuicios en todas líneas que resultan del estado actual. Reduce a dos clases los defectos de nuestra [e]scena; una, que dice relación a la bondad esencial de los dramas, y otra a su representación; los de la primera los subdivide en los que pertenecen a la parte poética y los de la política; subdivide la segunda en defectos de los cómicos y de sus directores.

En la primera parte cree que la reforma del teatro debe empezar por el destierro de casi todos los dramas que hoy están sobre la [e]scena; prueba esta proposición completamente, y la extiende a los entremeses, sainetes, etc., y a los títeres y matachines, payasos, arlequines y graciosos del baile de cuerda, a las linternas mágicas y totilimundis; pues aunque inocentes en sí, por viciados no pueden tolerarse.

Para llenar este gran vacío que resultaría en el teatro y reemplazar aquellos pestíferos dramas, propone se abra en la Corte un concurso a los ingenios, estableciendo dos premios anuales de cien doblones y una medalla de oro cada uno, cuyos asuntos y todas las restantes circunstancias se confíen a la Academia de la Lengua. Algún año se reducirá la cantidad de los premios, pidiendo, en lugar de tragedia o comedia, entremeses, sainetes, letras de tonadillas, arreglando las condiciones de cada uno. Además del premiado, se imprimirán los que tuvieren mérito y fuesen dignos de las tablas, con las advertencias que mereciesen, y aunque cualquiera pueda componer e imprimir cuantos guste, sépase que sin la aprobación de la Academia no podrán salir al teatro.

Reformados los dramas, trata de los actores y cuál es su estado y las causas; manifiesta que se les debe enseñar la declamación; confía esta enseñanza a las academias dramáticas de que habló antes, o buscar maestros extranjeros o enviar jóvenes a viajar y establecer después una escuela práctica para nuestros comediantes, y premios para los actores sobresalientes o gratificaciones y alguna colocación y decente destino dado a los eminentes para recompensas de largos y buenos servicios. Pide se reforme también el ornato [e]scénico y la danza y la música, cuyo mísero estado actual hace ver. Pondera los inconvenientes de estar el pueblo en pie y las ventajas para todos de que se sentase, sin lo cual no se podría verificar la reforma.

Para toda ésta indica se nombren uno o dos sujetos en cada capital donde no hubiese academias dramáticas, que con las luces y requisitos necesarios entendiesen en ella de acuerdo con el magistrado.

Y, pasando a indicar los fondos, asegura que con el producto de los teatros bastaría, así que el hospital, los frailes de San Juan de Dios, los niños desamparados, y la secretaría del corregidor dejen de repartirse buena parte de aquellos productos; de donde nace la ruin paga de los que verdaderamente trabajan para el teatro, y la mayor parte de todo su atraso; y cree que reformado, también rendiría más. Concluye, pues, el señor Jovellanos pidiendo muy encarecidamente que no desaproveche la Academia de esta ocasión, tal vez única, de clamar con instancia al gobierno por el arreglo de un ramo de policía general de que depende el consuelo y a caso la felicidad de la Nación.

Tal es, señor exc[elentísi]mo, el esqueleto, si nos es lícito decirlo así, de este excelente papel, que su autor viste de oportunas reflexiones, y de cuantos adornos sólidos y bellos es de desear. De todo él, resulta la noticia de los espectáculos que fueron, de los que son en el día, su depravado gusto y la necesidad urgentísima de su reforma, que si se ha omitido hasta el presente, porque otros cuidados no han dejado fijar sobre ellos la atención del gobierno, ahora que les echa una mirada y pide informe a un cuerpo tan respetable e ilustrado como la Academia, ni ésta puede sin descrédito suyo desperdiciar tan oportuna ocasión de representar cuanto nota, ni aquél, sin grave mengua, no curar de su remedio.

Entrando, pues, en las miras del señor Jovellanos, como que no pueden dejar de ser las de cualquier juicioso, nos parece que la consulta de la Academia debe comprehender todas estas partes: la absoluta prohibición de las fiestas de toros sin excepción alguna; que en los pueblos se permitan todas las honestas recreaciones de romerías, veladas, danzas y huelgas, dispensándoles los magistrados una discreta protección; que se piense en propagar las maestranzas, enderezándolas hacia el bien de que son capaces; que se proteja el pensamiento de las academias dramáticas y lo mismo los cafés y casas de conversación; que se permitan en el carnaval las máscaras y bailes públicos, bajo el mismo buen método que estuvieron; y que, por decirlo así, se reengendre el teatro.

Fáciles los anteriores métodos, acaso éste parecerá imposible porque nuestro teatro, este alcázar del mal gusto donde está encastillada la corrupción, no ha podido ser derrocado por tantos ingenios que, con todo el auxilio de la razón, le han combatido; pero esto fue así porque el gobierno no se ha mezclado, como debiera, en su constitución. Ahora se mezcla, y si nosotros logramos ser oídos, no se dude un punto del feliz éxito. Para facilitarlo, creemos debe comprehender la consulta de la Academia hasta los medios económicos de esta reforma, que según nuestro parecer es el siguiente:

Así como es injusto que en el día lucre la secretaría del corregimiento y los frailes de San Juan de Dios lo que trabajan los cómicos, lo sería también que de pronto se asignase el cuantioso producto del teatro para recompensar del ruin trabajo de sus actores. Ni es menos seguro que el teatro actual es más nocivo, como lo sería el cerrarlo de una vez hasta poder sustituirle el que debiese ser útil. Tampoco se lograría esta sustitución tan necesaria y tan deseada, sino se apunta el modo de indemnizar a los hospitales de lo que se les quita; pues aún está más distante de nosotros que la reforma de la [e]scena la de esta gravosa caridad, y el persuadirnos que no es el modo de asistir bien a los enfermos el hospital general. Para salir a estos inconvenientes, y que quedase el proyecto muy hacedero, somos de dictamen se debía empezar porque la Academia española proponga este año los asuntos para los dos dramas, y lo continúe el siguiente. En tanto se nombra un sujeto capaz por su patriotismo, instrucción y buen gusto de hacerse cargo de la reforma del teatro (cual sería por ejemplo el autor del anterior papel) para que bajo su dirección se formen los jóvenes actores, y al cabo de los dos años, instruidos éstos, y con los dramas premiados y con el reducido número que hay correctos y de mérito, como El delincuente honrado, El Pelayo, La Numancia, La Raquel (todos de académicos nuestros) y otros que sólo necesitan unas ligeras enmiendas, se les entregaría uno de los teatros, dispuesto de un modo decente y cómodo, y empezaría así el reinado de la razón y de la crítica. Dentro de pocos más años ya habría suficiente caudal de todo para llenar los dos teatros, y para fijar exclusivamente el imperio del gusto sin violencia ni estrépito.

Para subvenir a las gabelas que ahora carcomen los productos de la representación, y que debían cesar del todo con sus demás vicios, hay el arbitrio de los bailes de máscara en el carnaval, cuya fuerte entrada (como que sólo es diversión para los pudientes) rendiría más acaso que lo que ahora se saca estrujando la subsistencia de los míseros representantes. Establecidos en Madrid los cafés cual se pide, también se les pudiera cargar una moderada contribución. De este modo nos parece que sin ningún inconveniente tendría efecto cosa tan grande como sustituir a la escuela de la depravación la escuela de las buenas costumbres; o tantos ejemplos de un gusto bárbaro, otros tantos dechados del mejor gusto, y a un espectáculo necesario, que ahora es un martirio para los buenos y un tósigo para la multitud, otro que los solazase y enseñase, y quizá la única diversión digna del hombre.

Deseamos con ansia haber desempeñado la comisión de la Academia, tanto en el extracto del informe cuanto en lo poco que le hemos añadido, como exigen su confianza y la suma gravedad, utilidad e importancia de la materia.

Madrid, 23 de marzo de 1791

Antonio de Capmany [rúbrica]




ArribaAbajoNoticia sucinta de las diversiones públicas usadas desde tiempos antiguos en las ciudades y pueblos grandes del R[ei]no de Galicia, por D. Joseph Cornide296

En todas las naciones antiguas y modernas, cualquiera que fuese su Gobierno, hallamos establecidas fiestas y diversiones públicas, presididas por el gobierno, con el fin de proporcionar al público un honesto desahogo de sus diarias fatigas, y aunque en varios pueblos del gentilismo eran parte del culto de sus falsas deidades, las fiestas públicas también tenían por objeto la mira política de reunir las gentes para su recreación en sitios públicos y señalados por los magistrados, y con espectáculos análogos a sus costumbres y genio, como se advierte por la noticia que tenemos de los combates de los circos, juegos escénicos, y más espectáculos griegos y romanos, cuya diversidad y descripción es conocida a todos los eruditos, por cuya razón omito referirlos.

Siendo como llevo dicho las fiestas de todos los pueblos análogas a su carácter y costumbres, se establecieron en las naciones guerreras del norte a principios del siglo II los juegos llamados torneos, con el fin de ejercitar la juventud en el ejercicio y manejo de las armas, en que los caballeros armados de todas armas se presentaban en los combates siendo introducidos en la tela en carros triunfales, o en otras máquinas o vehículos que figuraban grutas o peñascos, tirados de varios animales fingidos o naturales. Estos juegos o diversiones eran muchas veces sangrientos, de resultas de acalorarse los competidores por la presencia de la dama que era asunto de la fiesta; y por esta razón se prohibieron por varios concilios y censuras eclesiásticas; pero en los tiempos presentes en que el amor a la humanidad procura separar de las públicas diversiones todo peligro que pueda causar el más ligero daño o incomodidad pudiera renovarse esta diversión estableciendo reglas que precaviesen los riesgos que en otros tiempos ocasionaron su prohibición.

A las mismas causas podemos atribuir la antigua y constante costumbre de las fiestas de toros en muchas provincias de España; pues, siendo común a todas las naciones guerreras, comenzando por los romanos, los combates de fieras y gladiadores, en cuyos sangrientos espectáculos se familiarizaban los hombres con la inhumanidad y se hacían intrépidos para la guerra; y, siendo los españoles por su carácter natural inclinados a las armas y habiéndose hallado por muchos siglos precisados a ejercitarlas con tan diversos y poderosos enemigos, como las historias nos dicen, no es de admirar que las diversiones en que se recreaban los cortos intervalos de la guerra fuesen en alguna manera sangrientos, haciendo alarde de la destreza y del valor, presentándose a vencer la fiereza de los toros sirviendo a la diversión de los espectadores tan arriesgado ejercicio; pero siendo innegable que las corridas de toros, según se hacen generalmente en España, son poco conformes a la caridad cristiana, a las reglas de una ilustrada policía y las costumbres suaves del presente siglo, es muy correspondiente al católico y benéfico corazón de nuestro Augusto soberano y a su ilustrado Gobierno el pensamiento de subrogar a esta peligrosa diversión otras más conformes a las leyes de la humanidad y de que no resulten tantos perjuicios morales y políticos como ocasionan las corridas de toros, que no refiero por tan conocidas.

Dos circunstancias deben tener principalmente las diversiones públicas en los pueblos grandes, que son: el no perjudicar a las buenas costumbres y que se puedan disfrutar a precios cómodos para la multitud; y en este supuesto daré noticia de diferentes fiestas usadas en tiempos antiguos en algunas ciudades y pueblos de este r[ei]no de Galicia con las reflexiones que me ocurran acerca de renovar su uso para subrogarlas a las fiestas de toros.

Las fiestas generalmente llamadas de plaza eran comúnmente propias de la nobleza, inventadas con el doble objeto de reunir la diversión pública con el ejercicio y destreza de las armas; todos los actores se presentaban montados en caballos y los espectáculos o diversiones se distinguían en corrida de sortija, artesilla, estafermo, cañas y alcancías; todas eran alusivas a la guerra y así por la sortija o anillo de fierro colocado a los dos tercios de la carrera, se figura el ojo del enemigo armado a cuyo objeto, por entre la visera, se debe dirigir el fierro de la lanza, lo mismo el tope de la artesilla y el escudo del estafermo; las cañas figuran los dardos o armas arrojadizas, y lo mismo las alcancías.

Estas fiestas, usadas en tiempos antiguos frecuentemente y aun en los nuestros en algunas de las principales ciudades y lugares grandes de este re[in]o de Galicia, se celebraban con los plausibles motivos de coronación de reyes, nacimientos de príncipes, casamientos, y también en celebridad de los Santos Patronos de los pueblos o de la dedicación de algún templo principal; en las fiestas r[eale]s las corridas de sortija eran llamadas de gala, así porque los caballeros se presentaban con el rostro descubierto y vestidos de gala, y por lo mismo eran más costosas y los premios de más valor; en las demás funciones, llamadas burlescas, todos se presentaban disfrazados y enmascarados; sin embargo de que semejantes diversiones son bastante conocidas en todas las ciudades de España en donde se hallan establecidas maestranzas; por comprenderse en los ejercicios de su instituto daré una sucinta noticia de la forma que las vi ejecutar en la plaza de la ciudad de Lugo.

Acordada por el Ayuntamiento, o por la nobleza con permiso de aquél, [en] la corrida de sortija se nombra un caballero para sustentar el campo, el que se llama mantenedor; si la sortija es de gala, el mantenedor ha de sustentar el campo todo el tiempo de la corrida con todos los caballeros que se presenten a disputar el premio; si es burlesca se juega a saca-ruin, esto es, quedando el campo por el que ganó el premio hasta que lo pierda, pero aunque sea en esta última se nombra un mantenedor, se eligen jueces del campo, que lo son la justicia con otros dos caballeros inteligentes del juego señalado el día; la víspera, por la tarde o noche, el caballero mantenedor acompañado de sus dos padrinos, que llevan sus lanzas doradas, y de otros caballeros acompañantes, sus caballos de mano, lacayos y volantes, sale de su casa llevando en el brazo izquierdo su escudo con el cartel de desafío, que aludiendo a la antigua fórmula o usanza de la caballería puede ser de la manera siguiente.

Don Florisel de Niguea y Mozambique caballero del Pindo297, a todo andante caballero valeroso, bridón que oprime el varón, y vibra el fresno. Salud. Siendo la bella Dorinda la más hermosa dama de todas las que pisan las amenas riberas del undoso Tajo, y por tan alto y singular mérito digna de ser celebrada y respetada de todo andante caballero, y por lo mismo acreedora a que mi esforzado corazón se ejercite en sustentar y defender que su singular mérito y hermosura no le iguala ni compite ninguna de cuantas cubre el sol; desde luego, reto y desafío a cualquiera intrépido y mal aconsejado caballero que lo contrario defienda a tres botes de lanza desde la cuja al ristre al ojo del enemigo; el campo, la plaza mayor de Madrid a la hora de las cinco de la tarde, etc.



Abajo del cartel se ponen las leyes y condiciones por que se pierden y ganan los premios. Este cartel se fija y clava con un puñal en un sitio público o en la misma plaza de las fiestas, y se asegura por el caballero mantenedor con un pistoletazo.

Al siguiente día y hora señalada, se colocan en un tablado, en el frente de la plaza, los jueces del campo y caballeros inteligentes en los juegos, y se presenta el primero el caballero mantenedor, acompañado de dos padrinos que llevan sus lanzas; y uno de ellos entra a pedir licencia para entrar en la plaza a los jueces y, obtenida, vuelve a buscar el ahijado que en medio de los dos padrinos dan la vuelta a la plaza, y se presenta a los jueces; sucesivamente, conforme llegan los caballeros competidores a la entrada de la plaza, entra cada padrino a pedir licencia para su ahijado y, al mismo tiempo, deposita en manos de los jueces en un bolsillo la cantidad señalada para pagar el valor de los premios que puede perder el caballero; y dejando su nombre apelativo, que toma por escrito uno de los jueces, juntos ya algunos caballeros, se da principio al juego; corre primero el mantenedor, y le sigue el competidor; y concluida la carrera concurren los dos padrinos al tablado de los jueces a solicitar el premio, esforzando cada uno, según las reglas del juego y manejo, las razones en favor de sus ahijados y, hecho concepto por los jueces del caballero a quien debe adjudicarse, teniendo ambos padrinos puestas las puntas de las lanzas sobre la mesa, se ata por uno de los jueces el premio a la punta de la del vencedor, y parten los padrinos a unirse con sus caballeros; y después el del vencedor parte a presentar el premio a la dama a quien le destina su ahijado.

En los juegos de artesilla y estafermo se sigue el mismo orden y todas tres diversiones concluyen con carreras de parejas o con escaramuzas de dos o cuatro cuadrillas, que cuando están bien ensayadas, y son diestros los que las guían, forman una especie de contradanza, y proporcionan una agradable vista y entretenimiento.

[En] las corridas de cañas y alcancías, en que se figuran combates de caballería de dos naciones enemigas, entra cada cuadrilla por distinta parte en la plaza, precedida de instrumentos bélicos y de acémilas con reposteros, cuyas acémilas conducen las cañas o alcancías, y después de dar la vuelta a la plaza forma cada nación haciendo frente a la otra; tomando los caballeros las cañas o alcancías, se da principio a la escaramuza concluyendo con parejas o escaramuza de cuatro hilos; siendo todas las reglas y por menor de estas diversiones conocidas a los caballeros maestrantes, tengo por escusado individualizarlas.

Las historias mudas, comúnmente nombradas entradas en la ciudad de Orense y otros pueblos de este r[ei]no, es un espectáculo tranquilo y divertido; se reduce a que cada uno de los gremios o comunidades de artesanos toma por su cuenta representar un pasaje de la Historia Sagrada o profana; precedido el permiso del Ayuntamiento, reparte entre sus individuos todas las figuras que han de pintar a la vista todo el pasaje de la historia, siendo de su cuenta presentarse vestido con la mayor propiedad, así en vestidos como insignias y atributos que hagan conocer el personaje que representa a pie o a caballo, según lo pide el pasaje a satisfacción de la persona nombrada por su gremio y por el Ayuntamiento; y señalado el día y hora de la función, y puestos en sus balcones la ciudad y cabildo eclesiástico, los mayordomos o diputados de cada gremio suben a la casa consistorial a pedir permiso para entrar en la plaza con su historia y, al mismo tiempo, presentan a la ciudad un papel en que se contiene una explicación breve del pasaje que representa su gremio, para facilitar la inteligencia de las figuras; obtenida la licencia hace su entrada en la plaza, yendo de dos en dos, siguiendo el orden que piden los sucesos del pasaje histórico que representan, y dando una vuelta por toda la plaza se forman al frente de la casa consistorial, en donde se detienen en tanto que por el Ayuntamiento no se les hace la señal de retirarse. En algunas de estas historias se mezcla algo de pantomima, haciendo por medio del gesto más inteligible el paso que se demuestra, especialmente siendo de alguna expedición militar, pues se figura el choque de dos ejércitos acometiendo, y retirándose como últimamente se verificó en la ciudad de La Coruña en las fiestas de proclamación de nuestro Augusto Monarca reinante; en que el gremio de carpinteros figuró la batalla de Clavijo con más de quinientas personas y con toda propiedad y destreza, de manera que consiguieron el aplauso de más de diez mil espectadores.

Esta especie de espectáculos, después de proporcionar al público una honesta recreación, tiene la ventaja de instruir sin ningún trabajo en los principales sucesos de la Historia Sagrada y profana, y en la de nuestra nación, con más verdad que la que se recibe por medio de los espectáculos dramáticos en las comedias llamadas historiales, en donde los hechos están alterados con la fábula, esencial al drama; y no obstante esto se conocen muchas personas en ciudades grandes que no tienen más noticias de nuestra historia que la que sacaron del teatro. Este género de gentes se instruían con más extensión y verdad en las historias mudas.

Los disfraces es otro género de entradas burlescas usadas en la ciudad de Orense la tarde de la víspera del corpus, y se reducen a distintas cuadrillas de máscaras ridículas, propias para excitar la alegría pública pero conservando la decencia, pues las presencian igualmente la ciudad y cabildo eclesiástico.

Los bailes en cuadrillas, llamadas en este país danzas, pueden concurrir para llenar muchos huecos del tiempo destinado a la diversión pública; antiguamente se usaban las danzas llamadas de hacha, porque todos los hombres que la componían llevaban una hacha de cera en la mano y, al sonido de la música, la manejaban con medida y compás resultando de sus cadenciosos y arreglados movimientos varias figuras. La danza llamada de espadas, de la cual hace mención Cervantes en las celebradas bodas del Camacho, era entretenida por sus ligeros y enredados movimientos; igualmente la de arcos, usada por el gremio de pescadores en esta ciudad de La Coruña; este género de diversión admite mucha variedad y ampliación, así por la diversidad de figuras como igualmente de alegorías y música.

Todas las referidas diversiones, contempladas imparcialmente y sin los caprichos producidos por la costumbre, son preferibles a las funciones de toros; así porque se halla distante el temor y sobresalto del menor peligro, como igualmente porque interesan y excitan más la curiosidad del público, por la variedad que contienen y siendo uno de los más fuertes estímulos para la concurrencia a las fiestas públicas, especialmente en las mujeres, la reunión de muchas gentes en lugar determinado en donde puedan hacer ostentación de sus gracias naturales y de sus costosos adornos; cualquier autorizado pretexto llena todos sus deseos, pudiéndose asegurar lo mismo por lo que respecta a la juventud varonil; y, por esta razón, luego que una absoluta prohibición del rey para las funciones de toros destierre toda esperanza de su restablecimiento, serán igualmente concurridas las diversiones que se les subroguen, y sus productos reemplazarán los ingresos que producían los toros para los establecimientos piadosos.

Debiendo ser los actores de las diversiones públicas en la corte los gremios o cuerpos de artesanos, se debe tener consideración a que en dichas diversiones no se les ocasione el menor gasto, a fin de que sin la menor zozobra concurran a proporcionar al público sus festejos, divirtiéndose ellos también, lo que se conseguirá indemnizándolos de los gastos que se les ocasione; pues a la manera que del producto de las fiestas de toros se pagan los toros, toreros y más gastos de la plaza, se deben rebajar del producto de las entradas de fiestas las ayudas de costa señaladas a los gremios, que graduarán los caballeros regidores diputados de fiestas con respecto a los gastos que cada uno de los gremios tenga que hacer298.




ArribaAbajoInforme dado por el padre Centeno299

Ex[celentísi]mo señor:

Habiendo pedido el Consejo a la Academia le informe acerca de los juegos espectáculos y diversiones públicas que se usaron y ejercitaron en lo antiguo en las respectivas provincias de España, a fin de que en las ciudades, capitales y pueblos del reino de numeroso vecindario, comercio y juventud, se establezcan diversiones lícitas y honestas en lugar de las representaciones de comedias, como expresa la or[de]n de este supremo tri[bun]al de 13 de oct[ubr]e de 1790, comisionó la Acad[emi]a para evacuarle al s[eño]r académico don Gaspar de Jovellanos el que, no obst[an]te hallarse ausente y sin sus libros, le evacuó últimamente, con más acopio de noticias y erudición que lo que se pudiera desear en unas circunstancias como en las que se hallaba este erudito y laborioso con académico, en Gijón, en veintinueve de diciembre de otro año, habiéndosele comisionado para ello en dos de junio de [17]86; en cuyo intermedio trabajó el informe que con singular gusto ha visto la Academia, y está lleno de eruditas noticias, de bella erudición y singular elocuencia; pero como gasta una gran parte de él en proponer los más acendrados principios para la reforma del teatro, y en la indagación de su establecim[ien]to y progresos en España, o por no satisfacer completam[en]te las intenciones de la Academia para informar al Consejo, ha resuelto la Academia que yo, el menor de sus individuos, lo evacuase con presencia del citado informe y demás ocurrido en el asunto.

Conozco muy bien lo espinoso y arduo de la materia por no haberla tratado de intento ninguno de nuestros historiadores, contentándose sólo con darnos la historia de las desgracias humanas como son las pestes, incendios, terremotos, guerras, hambres, etc., sin decirnos nada de los placeres con que aliviaban los pueblos éstas y otras semejantes calamidades; como si los estragos fuesen la única materia digna de conservarse en la memoria de los hombres y debiesen proscribirse de ella para s[iem]pre las inocentes y sencillas diversiones con que recompensa el pueblo la memoria triste y melancólica con que suelen afligirle las guerras. Suelen, cuando más, describirnos muy de paso las grandes funciones hechas en las cortes con motivo de la coronación de algún príncipe, de su nacim[ien]to, matrimonio, victoria, etc., pero callan del todo en orden a las públicas y usadas diversiones por las que fácilmente pudieran conocerse la índole, el carácter y costumbres de los hombres en cada prov[inci]a de España.

Réstannos, pues, muy pocos monumentos por donde podamos rastrear cuáles hayan sido éstas en lo antiguo, ni es posible ofrecer más que probables conjeturas por las que se pueda colegir en algún modo las que se usarían en las varias provincias, y éste será el asunto de la primera parte del discurso, reservando para la segunda el ver si serán o no adaptables a las actuales circunstancias, o cuáles en su defecto pudieran sustituirse en las numerosas poblaciones en lugar de las representaciones de comedias que quiere justísimam[en]te abolir el sup[rem]o Consejo como ilícitas y perjudiciales, por lo menos en el pie en que están, a la moral y a las buenas costumbres.


Primera parte

No es necesario remontarnos a los t[iem]pos más oscuros y fabulosos de n[uest]ra España para buscar en ellos el origen y establecim[ien]to de las públicas diversiones, pues, además de no haber monumento ni prueba segura que pueda acreditar una cosa tan dudosa, se puede suponer que conquistada España por los romanos adoptaría sus espectáculos y diversiones así como adoptó su religión, sus leyes y costumbres. Convencen esta verdad las ruinas que aún se conservan en varias ciudades de circos, teatros y anfiteatros edificados por ellos, y que son prueba de que nuestra nación conoció entonces las mismas fiestas que eran usadas entre sus vencedores, a saber: la lucha de hombres y fieras, la carrera de caballos que llamaban bigas y cuadrigas, como también las representaciones [e]scénicas propias de aquella edad.

Pero viniendo después a dominarnos los godos casi se abolieron las fiestas romanas, ya porque no eran conformes a la sencilla rudeza de los godos, ya porque prevaleciendo en ellos la necesidad del ejercicio de la guerra era casi ninguno el tiempo que tendrían para emplearlo en diversiones que siempre piden un ánimo sosegado y tranquilo, y ya también porque hallándose prohibidas muchas de ellas por los emperadores cristianos del oriente, como reliquias de las supersticiones gentílicas, tuvo poco que hacer la religiosa piedad de sus príncipes para proscribirlas del todo. Y así, no los representa la Historia entregados a otros placeres ni diversiones que a los ejercicios propios de la guerra, los que también, según San Isidoro300, servían para su diversión, pues dice: exercere se telis et pretiis preludere maxime diligunt, pero esta suerte de ejercicios no puede llamarse espectáculo público, pues no vemos que la usasen en común ni para divertir al pueblo.

En tiempo de los reyes de Asturias, aunque se usaban algunos ejercicios de fuerza y pujanza que se tomasen también por pasat[iem]po, no se puede decir que fuesen ni generales en la nación, ni con otro objeto que los mismos fines de la guerra, en que por necesidad se hallaba la Esp[añ]a en aquellos tiempos. Aun en tiempo de los prim[er]os reyes de León y condes de Castilla no hallamos seguro testimonio de semejantes diversiones. De manera que hasta la reunión de las dos coronas se puede asegurar que no conoció España alguna diversión que mereciese el nombre de espectáculo público, y aun entonces muy informe y rudo por la situación en que se hallaban los pueblos, sometidos al arbitrio de los grandes y señores, y dependiendo de ellos para conservar sus haciendas y su vida al abrigo de sus fuerzas, para librarse de las incursiones de los moros que llegaron por fin a apoderarse de España.

La única diversión entonces, y aun en los siglos posteriores, fueron el bofordo, el alanzar o romper tablados, ejercicios todos análogos a la miseria de aquellos tiempos infelices y guerreros, y que, por lo común, la ejercitaron solos los nobles y señores. De aquí provino sin duda el gusto a las romerías, que con pretexto de devoción se fomentó después hasta hacerse excesivo y merecer las justa[s] censuras del Gobierno. Por el mismo tiempo se puede colocar el origen entre nosotros de las danzas populares, sencillas, sí, al principio, pero corrompidas después por la demasiada libertad e indecencia, que merecieron severas prohibiciones de la Igl[esi]a y de las leyes. Pero sin embargo, en aquellos pueblos a donde o por su situación o por su pobreza no han podido aún penetrar el fausto ni la moda, se conservan todavía vestigios de su primera sencillez en los bailes y danzas con que suelen divertirse.

A la mitad ya del siglo XIII, pacificada ya la España por la mayor parte, comenzó la nobleza, llena del espíritu guerrero, a entregarse a juegos y diversiones que, si bien no eran ajenos de su profesión y estado, la hacían también gloriosa no menos el esfuerzo y destreza que mostraban en ellos que el aplauso y voto de las damas. Los torneos, digo, las justas y cañas usadas hasta el siglo pasado, que si bien se las puede dar origen más antiguo, es constante que comenzaron a practicarse entre nosotros y a hacerse públicas por entonces, pues no contentos los caballeros con haberse mostrado valientes en la guerra, quisieron mostrarlo también en la paz y mucho más a la vista de sus damas. De aquí, sin duda, nació el ruidoso aparato, las divisas, las empresas, las galas, los premios que por su mano repartían las damas, etc. De manera que fue tan universal este entusiasmo en la nobleza que sola ella, y por largo tiempo, celebró con torneos el casamiento de los príncipes, la coronación, nacim[ien]to y las demás ocasiones de público regocijo, como se ve en casi todos n[uest]ro[s] historiadores, hasta el tiempo del e[mperado]r Carlos V, y aún se conserva bastante parte de ello en las ilustres maestranzas del reino. Pero el pueblo, que no podía entrar a la parte en tan magníficas y costosas diversiones, se contentaba con verlas y admirarlas, careciendo no obstante de otro espectáculo público en que pudiera recrearse.

Aunque a los mismos tiempos pudiéramos traer el origen de nuestra escena y aun algo antes, omitimos el hablar de ella, porque siendo el objeto del supremo Consejo el abolir las representaciones de comedias en las ciudades populosas, es inútil cuanto de ellas se diga y, para el caso en que se pensase en reformarlas, sé que obran en poder del actual caballero corregidor de esta villa, como también del antecesor, excelentes planes de reforma, trabajados por sujetos instruidos y celosos de la reforma del teatro, los que en tal caso se pudieran consultar para ponerlos en ejecución siempre que mereciesen la aprobación de este supremo tr[ibun]al tratado.

Por la misma razón, no juzgamos oportuno decir cosa alguna ni de la época en que comenzó en España la corrida de toros, ni de sus progresos y extensión en ella, pues habiéndose prohibido por justísimas razones por el señor Carlos III sería inoportuno el describirlas por notorias y por indignas de la atención del Consejo.

Si es grande el silencio de los historiadores en or[de]n a las públicas diversiones de la nación, no lo es menos sobre las que ha usado en particular cada una de sus provincias, de suerte que apenas habrá nación más seria que la española si se cree a los historiadores, que acaso juzgarían hacer una cosa indigna de la gravedad española refiriendo sus particulares diversiones. Entre los pueblos bárbaros del norte, y aun del Mediodía, fueron muy comunes los bailes de muchas parejas, como lo asegura Estrabón hablando de los bastitanos. La danza llamada carrica, la prima y la molinera, usadas entre los vizcaínos, asturianos y gallegos, son vestigios de los antiguos bailes que se usaban en los convites y aun en las fiestas de sus dioses. Pero hoy, habiéndose disminuido notablemente en estos pueblos la afición a semejantes bailes, sólo ha quedado entre ellos el juego a la pelota, a que son muy aficionados, y le usan por la mayor parte los vizcaínos y navarros en las fiestas principales, aunque necesita también de alguna reforma por las excesivas traviesas, o apuestas que en tales juegos suelen practicarse.

Entre los pueblos meridionales era el baile menos estrepitoso, pero más lleno de afectos, o bien producidos por lo ardiente del clima, o bien por la calidad de los alimentos. Aun desde tiempo muy antiguo, fueron muy celebrados los bailes de las mozuelas gaditanas, pues habla de ellas Juvenal en la sátira décimo primera301, diciendo:


Forsitan expectes ut Gaditana Canoro
incipia[n]t prurire choro, plausuque probatae
ad terram tremulo descendant clune puellae
irritamentum Veneris languentis.



Y en otro lugar, hablando del lascivo y disoluto baile de una dama gaditana dice:


Tam tremulum crissat, tam blandum prurit ut ipsum
masturbatorem faceret Hippolitum



Y en otra parte dice de ellas el mismo poeta:


Vibrabunt sine fine lumbos



Pero dejando aparte aquellas lascivas danzas que abolió después la religión Ch[ristia]na, sólo tenemos noticia de haberse introducido también en los tiempos posteriores los mismos regocijos usados en España como torneos, justas, corridas de toros, etc.; de lo que nos da un claro testimonio la Crónica de don Pero Niño hablando de los juegos celebrados en Sevilla para festejar a don Enrique III, pues dice:

E algunos días corrían toros, en los cuales non fue ninguno que tanto se esmerase con ellos así a pie, como a caballo, esperándolos, poniéndose a gran peligro con ellos e faciendo golpes de espada, tales que todos eran maravillados.



En Zaragoza vemos también que por los años de 1328, según refiere Zurita, libro VII, hablando de la coronación del rey don Alonso I dice

que se armaron caballeros muchos señores y dieron después sus ropas y vestiduras a los juglares que era oficio que se usaba más desfazadamente en aquellos tiempos. Duraron las fiestas muchos días y danzaban a tablado, que era un género de regocijo y ejercicio de la caballería, que se usaba mucho entonces; y dice Ramón Montaner que había bien hasta cien caballeros del reino de Valencia y de Murcia que jugaban a la gineta, que debía ser lo que agora se usa en los juegos de cañas, o en otro modo de escaramuzas.



La Crónica de Carlos V dice al año 1527 que este

emperador mandó que en Valladolid se hiciesen solemnes fiestas jugando cañas, corriendo toros, y un torneo y justa Real. Y el mismo emperador entró en la plaza, y corrió y quebró lanza con los que en la justa más se habían señalado.



La misma crónica, al año de 1517 dice también

que hubo justas y torneos con muchas invenciones y representando pasos a los libros de caballería. En algunas de estas entró el príncipe rey. Sobre todo se hizo una grande y maravillosa justa en la plaza Mayor, donde entraron sesenta caballeros en sus caballos encubertados con arneses de guerra y lanzas con puntas de diamantes, y treinta contra treinta se pusieron en los puestos para encontrarse en sus hileras. Los más de los caballeros cayeron en tierra y quedaron muy quebrantados, y algunos muy mal heridos. Murieron doce caballos, etc.



La Crónica de don Alonso XI al cap. 54 habla del recibimiento que se hizo al rey en su corte y dice que

en él obo muchas danzas de hombres y mujeres con trompas y atabales que traían cada uno de ellos. Y otrosí había muchos bestiales, hechos por manos de hombres, que parecían vivos, y muchos caballeros que bordaban a escudo y lanza, y otros muchos que jugaban la gineta.



Por manera que no se halla mención de fiestas públicas en estas provincias, sino de las ya citadas, que eran comunes en todas ellas en semejantes ocasiones.

Con igual motivo vemos también celebradas en el reino de Galicia las sobredichas fiestas, análogas a ejercicios de caballería, y principalmente en los pueblos grandes los juegos de artesilla, estafermo, como también las historias mudas llamadas comúnmente entradas en la ciudad de Orense, que se reducen, por lo común, a que cada gremio de artesanos representa cierto pasaje a la historia sagrada o profana, o nacional, y en algunas de ellas se mezcla también algo de pantomima, haciendo más inteligible el pasaje con el gesto, especialmente si es alguna expedición militar, en que se figura el combate o choque de dos ejércitos, como se vio últimamente en La Coruña en la proclamación de nuestro Augusto monarca, en que más de quinientas personas, figuraron con toda propiedad y destreza la insigne batalla de Clavijo. También se usan en Orense los disfraces, que es otro género de diversión burlesca, en que se juntan varias cuadrillas de máscaras ridículas, pero decentes y propias para excitar la pública alegría.

Pero todas las diversiones hasta aquí referidas no son más que fiestas, digámoslo así, eventuales o ligadas a un próspero suceso de la Nación; mas no son fiestas periódicas establecidas en ciertas ciudades del reino, y a que se pueda dar el nombre de espectáculo público, como lo es en Madrid el teatro y si se quiere también los toros; sin embargo, a no ser más de dieciséis días al año en los que se disfruta esta diversión pública. Y si se ha de dar este nombre a cualquier fiesta que por cualquier motivo se celebre en las ciudades principales, habremos tenido en España más diversiones públicas que en algunos otros reinos, pero no se puede dar semejante nombre a una fiesta que tal vez se celebra de diez, de veinte, o de treinta en treinta años.

Poquísimas son las ciudades que tengan teatro público todo el año, y muchas de ellas sólo lo disfrutan por ciertas temporadas, y esto basta para que el público esté contento y divertido. Pero, pues el Consejo con superiores razones y motivos quiere abolir aun esta corta diversión, nociva y perjudicial a las costumbres, veamos ahora qué otra diversión pudiera sustituirse en lugar de la representación de comedias.




Segunda parte

Para proceder con claridad en el asunto, debieran ponerse por fundam[en]to ciertos principios inconcusos y ciertos acerca de la felicidad de los pueblos, y en los cuales no pudiese caber duda alguna. Porque suponer, por ej[emplo], que los pueblos no pueden ser felices sin diversiones públicas es suponer lo que no se prueba ni probará jamás; antes bien, estamos viendo infinitos pueblos que sin ellas se han conservado muchos años en el mismo estado de felicidad que antes tenían. Sevilla, Burgos, León, Salam[an]ca, Pamplona, etc., de veinte años a esta parte no han tenido más que dos o tres corridas de toros, y tal cual temporada una infeliz compañía de la Legua que los divirtiese con sus representaciones; y ni aun esto han tenido muchas de d[ich]a[s] ciudades, y, sin embargo, no las vemos decaídas de su antigua felicidad, a lo menos por esta causa.

Después de la justa prohibición de los toros y de los fuegos de artificio, sabe muy bien el Consejo, mejor que nadie, que nunca han solicitado con igual motivo los pueblos estas diversiones; pero sí con los pretextos de edificar un puente, una plaza, un consistorio, un hospital, un convento o cualquier otra obra pía, o tal vez para con el producto de las fiestas pagar deudas y atrasos envejecidos, pero nunca para beneficiar al pueblo ni con el objeto de la pública felicidad directa de los vecinos; lo que hace ver claram[en]te que no serían tan frecuentes semejantes solicitaciones si, como parece justo, el producto de tales diversiones fuese muy moderado y se invirtiese todo en beneficio de los actores de la diversión; pero mientras haya aun la más remota esperanza de conseguir estas licencias, mientras hubiere semejantes necesidades en los pueblos, siempre se verá molestado el Consejo con suplicas de esta naturaleza, que al fin lograran arrancar una licencia por todos los medios imaginables.

¿Pero qué? ¿No han de tener diversiones los pueblos? Ténganlas enhorabuena, y las tendrán si las necesitan siempre que la legislación no los oprima con gavelas, imposiciones, reglamentos, ordenanzas, etc., que se dirijan a restringir su natural libertad o a exigirles aquello con que debieran subsistir. Y, si en algún pueblo los hospitales u obras pías tienen alguna contribución por estas fiestas, debieran desde luego suprimirse, acordándonos de que en otros países que no logran la dicha de ser católicos, se mantienen los hospitales con suscripciones voluntarias, como en Londres y en toda Inglaterra, en [H]olanda y otras partes. Y supuesto que en el día no pueden adaptarse a nuestra constitución, o a nuestro gusto, las diversiones o espectáculos que se usaron antiguamente, o alguna de éstas, u otra de cuantas abraza una imaginación fecunda, podrá desde luego introducirse en cada provincia con tal que principalmente sea arreglada a la honestidad y decencia que el público se merece, sobre lo cual deberán responder y velar sobre ello los respectivos magistrados ante los cuales el actor o actores de la diversión harán una prueba o ensayo, a fin a conseguir su permiso, siempre que merezca darse o presentarse al público.

Por este medio los ingenios tendrán el cuidado de estudiar muy bien el gusto del público para poder divertirle, y éste tendrá la satisfacción de lograr por un precio muy moderado la diversión que necesita, sin perjuicio ni de su conciencia ni de sus intereses.

A este fin convendría también, si pareciese al Consejo, prohibir absolutamente la entrada en estos reinos a todo extranjero que viniese a ellos con cualesquiera género de diversión ordinaria, como títeres o figuras de movimiento, máquinas de óptica, animales, etc., pues además de llevarse el dinero sin utilidad alguna de la nación, pudieran perjudicar a semejantes invenciones que para el mismo intento hiciesen o proyectasen los naturales. Teniendo éstos la seguridad de poder divertir al público, y asegurar en ello una más que decente ganancia según fuese la utilidad o el gusto de sus invenciones; no se puede dudar que con estos alicientes se estimularían muchísimos al estudio de las artes y ciencias, necesarias para ello, por cuyo medio se conseguiría que la física y las matemáticas, que tanto uso deberían tener en estas diversiones, se hiciesen familiares a la nación, de donde serían innumerables los beneficios que resultarían.

Del estado y progreso que hasta hoy han hecho entre nosotros las maestranzas, se puede colegir el que harían también ejercicios semejantes en las mayores poblaciones. Se debe contar con el carácter y, principalmente, con el gusto del pueblo. Para que se divierta, lo que se consigue sólo con darle libertad arreglada para ello pero sin precisarle a ésta o la otra diversión determinada. A él toca elegir aquellas diversiones que más sean de su genio y más se adapten a sus costumbres y modo de pensar, y sólo necesita que el gobierno le deje divertirse honestamente quitando todos aquellos reglamentos y ordenanzas que no miren directamente a conservar el buen orden, la honestidad, la pública utilidad, etc.; lo mismo debe entenderse de todo aquel que inventare cualquiera otra diversión pública, como corridas de caballos, lucha de gallos y otras semejantes, en las que, además de no haber el menor peligro de desgracias y fatalidades, puede el público divertirse a muy poca costa, siendo como llevamos dicho muy moderadas las entradas.

Para éstas pudiera poner el Consejo cierto arreglo, a fin de que tal vez la codicia de algún juez o jueces no pudiese lucrarse con perjuicio del público; y, evitado este inconveniente, nada debiera temerse de semejantes diversiones, porque sabiendo que son protegidas por el Gobierno, cada pueblo las multiplicaría a su arbitrio y gusto en los días y horas que no perjudicasen a sus trabajos diarios; el pueblo las mudaría cuando se disgustase de las antiguas. Sólo quiere tener la libertad y satisfacción, que en nada contraviene al Gobierno, de que las leyes no están en acecho para castigarle cuando no quebranta el orden o la decencia, y cuando en nada daña a sus semejantes. Con esta libertad racional y cristiana, aunque siempre sujeta a las leyes, a la moderación y la equidad, lejos de entristecerse el pueblo, buscará por sí mismo la diversión que le sea más conveniente; y en el caso de que no puedan restablecerse las antiguas diversiones de manejos, parejas, juegos de cañas, sortija, estafermo, cabezas, alcancías, y otros semejantes, podrá substituirles otros, o más útiles o más entretenidos, según lo pidiesen las circunstancias del lugar y tiempo.

Verdad es que, en este caso, y perseverando en la corte los toros y comedias que se prohíben en el reino, podrá temerse el inconveniente de que se vengan a ella los ricos y hacendados de los pueblos comarcanos, y aun de otros, atraídos por el mayor placer de las diversiones de la corte; y que viniéndose con ellos su familia y sus riquezas empobrezcan por una parte las provincias, y acumulen por otra, con un solo punto, la población y la riqueza del estado, perjudicando así a su agricultura, a su industria, a su tráfico interior, y aún, si así puede decirse, a sus costumbres. Pero este inconveniente tiene fácil remedio en las sabias disposiciones del Consejo, que sabrá tomar razón de los que y del motivo con que vengan a la corte, haciendo que se lleven a debido efecto sus providencias, pues de nada sirve mandar si se traspasan impunemente los mandatos y no se vela en su ejecución.

Nada se ha dicho de las particulares diversiones que suele haber en las ciudades y en los pueblos menos numerosos, las cuales, lejos de prohibir deberían por el contrario protegerse y ampliarse. Tales son las lumbradas, las cencerradas, las músicas, cuando no perjudican a la quietud y al descanso de los vecinos, los juegos privados de ajedrez, damas, chaquete, bolos, barra, pelota, el tejuelo, el baile, aunque sea público, y otras semejantes diversiones que en un día festivo, claro y sereno, llenan desde luego todos los deseos del pueblo y se alegra y esparce a satisfacción con estos entretenimientos cuando no llegan a turbarle en su alegría una multitud de corchetes, alguaciles y varas prontas para intimidarle al menor grito y atentas a sorprenderle cuando menos lo imagine. Tenga, sí, el delincuente temor a la justicia, pero sirva al inocente, al hombre honrado, no de freno sino de abrigo y custodia en los breves ratos que sus continuas tareas le permiten recrearse. Así se aumentarán precisam[en]te las públicas diversiones y, teniendo seguridad de las pesquisas y reglam[en]tos, odiosos por lo común de la justicia o de su estrépito y aparato, los pueblos a porfía se disputarán la mejoría y sencillez de sus diversiones; y amando cordialmente al Gobierno, a cuya sombra las disfrutan, estarán prontos para cuantos sacrificios de él se exijan. Apenas tiene el Gobierno relaciones más visibles con los pueblos que las que acabamos de insinuar; y cuando éstas sean en un todo dirigidas a su felicidad verdadera y lleguen a entenderlo así los pueblos, vivirán contentos con él, serán bien recibidos sus decretos respectivos a otros varios ramos de la administración pública en que tal vez por falta de intelig[enci]a o de luces vacila las más veces su opinión.

Madrid y junio 5 de 1793.

Dio este informe el P[adre] Fr[ay] Pedro Centeno.






ArribaAbajoInforme hecho a la Academia por Antonio Siles, Manuel Abella y José Antonio Conde302

[13 de marzo de 1807]


No nos detendremos en discursos prolijos, de que no hay necesidad, para informar a la Academia en esta materia, y omitiremos las impertinentes reflexiones políticas sobre la necesidad y conveniencia de las diversiones públicas, para proporcionar al pueblo honestos recreos y distracciones de sus continuas fatigas, ni entraremos en la vana cuestión de averiguar si los pueblos pueden ser felices sin diversiones públicas: únicamente se trata de decir cuáles han sido los juegos y espectáculos o diversiones públicas de los españoles.

Muy poco se sabe de estas cosas con la distinción y claridad que necesitamos, porque los escritores antiguos y de los medios tiempos no han sido tan diligentes como quisiéramos para describirnos las costumbres y ejercicios populares comunes y vulgares en sus tiempos, y solamente se ceñían a referir los acaecimientos grandes y de mucha importancia; sin embargo, por fortuna, quedan algunos claros monumentos de los ejercicios, fiestas y diversiones que usaban nuestros mayores, y algunos tan antiguos que preceden a las memorias de la historia griega y romana. En las antiquísimas monedas de plata y bronce celtibéricas y en otras asimismo antiguas de la Bética, de inscripciones en caracteres desconocidos, se notan certámenes ecuestres, carreras de caballos a la manera griega y por el estilo de los de Tesalia, Olimpia y Pisa; y, si bien pudiera creerse que las palmas triunfales que llevan al hombro los caballeros que en ellas vemos fuesen memorias de tiempos militares y victorias alcanzadas de sus enemigos, los caballos y apareados con un solo caballero, y la general conformidad con las memorias de los espectáculos periódicos de Grecia, nos persuaden que éstos eran memorias de los espectáculos y ejercicios ecuestres que daban nuestras ciudades libres o autónomas, y los comunes de los pueblos confederados en las sagradas y periódicas fiestas que celebraban en obsequio de sus deidades.

Apoya esta conjetura la autoridad de la historia, pues Estrabón dice algo de esto, y cuenta que los lusitanos daban certámenes gímnicos, juegos ecuestres con premios de armas, y de cuanto conviene a la caballería, que tenían peleas, carreras de a pie y de a caballo de estos espectáculos se daban en las principales ciudades de cada común o confederación, y las ciudades se esmeraban a competencia en el aparato, magnificencia y comodidad de sus circos y anfiteatros; y todavía quedan en nuestras más antiguas y famosas ciudades ruinas de estos edificios.

Estos juegos si en todo, como parece verosímil, eran a la manera griega, pues dice Estrabón de las sagradas fiestas de los españoles antiguos que en ellas se celebraban las fiestas y se hacían sacrificios a Marte con [h]ecatombes, sacrificando a cientos los cautivos y caballos que tomaban a sus enemigos, serían periódicos o bienales o quinquenales, que así lo hacían los griegos, ya que supongamos que estas costumbres y cultura fue tomada de las colonias griegas que había en España o que las tengamos por más antiguas; pero debieron acrecentar la pasión de los españoles a estos espectáculos y ejercicios ecuestres los africanos de Cartago y de ambas Mauritanias que tanto tiempo comunicaron con nuestros mayores, pues bien sabida es la fama de los diestros jinetes que los pueblos de Libia tuvieron siempre. Los romanos más parecen imitadores de las costumbres de los pueblos que subyugaban que introductores ni reformadores de ellos. Así que parece verosímil que en España continuaron las antiguas fiestas y espectáculos públicos del circo; y la barbarie y ferocidad de los pueblos en aquellos tiempos se congregaba a recrearse en ver ejercicios venatorios en que se ofrecían lides de fieras unas con otras, y con los condenados a ser víctimas de la ferocidad pública, infelices esclavos, insignes reos, homicidas y grandes facinerosos y también en España se usaba decir como en Roma: delatores ad leones, homicidas ad bestias.

De estos espectáculos venatorios tomados de los pueblos de Tesalia se usaron en España y en todo el imp[eri]o romano las tauromaquias303 y taurocatapsias, y otras diferentes lides en que los hombres a pie y a caballo lidiaban con bravos toros, y también de estos espectáculos ofrecen memoria nuestras antiguas monedas desconocidas; y es de notar que la primera vez que según Plinio304 se dio en Roma este espectáculo por el dictador Caio Julio Cesar. Fue acabada la guerra de Pompeyo en España y se conserva memoria de este espectáculo en una medalla de Julio Cesar que trae Ursino. En ella, por un lado, está la cabeza de Cesar con esta inscripción: C. CAESAR DICTATOR, y en el otro, hay un toro bravo y en acción de acometer, y esta inscripción: L. LAVINEIVS REGVLVS, que fue el presidente de la fiesta, de donde pudiera inferirse que llevó de España esta especie de espectáculo venatorio que después se repitió en Roma como menciona Suetonio en la Vida de Claudio, y Dión Casio en la de Nerón, y en tiempos posteriores los demás Cesares; la especial memoria que de ellos hacen estos dos célebres escritores prueba que el espectáculo era algo singular y extraño.

La naturaleza que enriqueció a nuestra España con los más hermosos caballos de Europa y con los más bravos y fieros toros del mundo parece que favoreció y acrecentó el gusto de nuestra nación a los espectáculos y ejercicios de la caballería y a las tauromaquias; y con la entrada de los godos no se acabaron estas diversiones en España pues como nación belicosa, dice San Isidoro305 que exercere res solis et praetiis preludere maxime diligunt y aunque de sus públicas diversiones y espectáculos no quedan expresas memorias, parece que los bofordos y el lanzar tablados fue ejercicio y fiesta pública de los godos, pues el nombre de wohord o bofordo y el bofordar o lancear son ciertamente de las lengua[s] gótica o escándica.

Asimismo, se sabe tan poco de los ejercicios y gimnástica de estos pueblos como de sus espectáculos y diversiones pacíficas. Sin embargo, parece que se acomodaron a las costumbres del país, pues en los primeros concilios eclesiásticos de España antes de los godos, y en el tiempo más floreciente de su imperio en ella, se prohíbe al clero el concurrir a los espectáculos públicos, que es positiva prueba de que los había.

La entrada y conquista de los árabes alteró notablemente las costumbres españolas; en este tiempo cesaron sin duda los espectáculos escénicos y los venatorios del circo, porque los fanáticos y supersticiosos árabes tienen por pecado el hacer mal a los animales y, los más delicados, aun condenan la caza como ocupación ilícita; pero en lugar de estas sangrientas y feroces lides de fieras, muy dados a los ejercicios de la caballería y a la destreza de las armas, usaron mucho las justas, parejas y torneos, los juegos de lanzas y cañas, y todas las gallardías y destreza de manejo, y con estas fiestas celebraban las juras y proclamas de sus reyes, ciertas fiestas periódicas de pascuas y otras ocasiones de público regocijo. También usaban el tirarse alcancías, palos y saetas, y el evitar los golpes hurtando el cuerpo, revolviendo con presteza los caballos, o recibiendo y reparando los tiros con sus escudos; la carrera y suerte de sortija y otras pruebas de destreza, y lo que llamaban jinetear por ser habilidades usadas con suma destreza por los caballeros tenetes o de la tribu africana Teneta. En los tiempos de la restauración de España es de creer que nuestros mayores cuidaban poco de las diversiones; pero cuando por el valor y propia virtud de nuestros Alfonsos306 y Fernandos principiaron los pueblos a respirar y gozar de su libertad, por lo común, imitaban las fiestas y ejercicios de los moros, y resucitaron tal vez algunos antiguos espectáculos de sus antepasados, los godos, de quien se gloriaban ser descendientes. De este tiempo son las romerías, y en ellas las lanzas de espadas, máscaras y disfraces de los concurrentes a éstas. Los nobles, en ocasiones de bodas de sus príncipes y de otros señores, bofordaban, lanzaban a tablados y estafermos, y rompían lanzas con diferentes pruebas de armas y de caballería. Entonces se renovaron las fiestas de toros y así se mencionan ya como usadas en tiempo del conde Fernán González en el antiguo poema307 de las fazañas de este héroe: si ya no es que supone el poeta usados en aquel tiempo los juegos y espectáculos usados en el suyo. En nuestras antiguas crónicas se hace memoria de ciertas fiestas de esta especie; en la de don Alonso XI, cap. 54, se dice el recibimiento que le hicieron en su corte

e que ovo muchas danzas de hombres e mugeres con trompas e atabales que traían cada uno de ellos; y, otrosí, sí había hi muchos bestiales hechos a mano que parecían vivos, y muchos caballeros que bohordaban a escudo y lanza, y otros muchos que jugaban la gineta.



Con la Crónica de don Pero Niño se cuentan los juegos celebrados en Sevilla para festejar al rey don Enrique III y dice:

e algunos días corrían toros en los cuales non fue ningún que tanto se estimase con ellos así a pie como a caballo esperándolos a gran peligro con ellos e faciendo golpes de espada que todos eran muy maravillados;



en Zaragoza, en la coronación del rey don Alonso I, dice el doctísimo Zurita que se armaron caballeros, que hubo torneos, que lanzaban tablados, que era género de regocijo y ejercicio de caballería que se usaba mucho en aquel tiempo; y cuenta Ramón Muntaner que había bien hasta cien caballeros de Val[enci]a y de Murcia que jugaban a la gineta, que era lo que agora se usa en los juegos de cañas, o en otro modo de escaramuzas. Continuaron estos ejercicios públicos y fiestas de caballería en tiempo de los reyes posteriores308, y se aumentó el gusto a estas diversiones, y a las fiestas de toros en tiempo de los reyes austriacos, y sus pocas ciudades obtuvieron licencias y privilegios para celebrar ciertas fiestas votivas de toros en sus playas; y, porque la afición a los ejercicios ecuestres no se acabase, las maestranzas conservan el instituto caballeresco de correr parejas.

Esto es lo que podemos decir de las fiestas y espectáculos, juegos y diversiones públicas de España en la corte y principales ciudades. Ha habido en los tiempos cultos harta pasión a los teatros escénicos, y a las máscaras y bailes, que no merecen el nombre de diversiones públicas de España y esto es lo que sucintamente hemos creído debemos informar a la Academia, que con superiores luces hará de ello el uso que estime conveniente.

Madrid, 13 de marzo de 1807

Antonio Siles

M[anuel] Abella

[Jos]é Ant[onio] Conde






ArribaAbajoCarta de Plinio a Calvisio [Rufo]

[24 de julio de 1797]309


C. Plinio a su amigo Calvisio, salud.

He pasado todos estos días en una quietud muy agradable. ¿Cómo, preguntarás, estando en la ciudad? Se hacían los juegos del circo a cuyo espectáculo no tengo la menor afición. Nada hay en él nuevo, nada vario, nada que no baste verlo una vez. Por eso me admira más ver tantos millares de hombres tan puerilmente aficionados a una misma cosa, unos caballos corriendo y unos hombres sentados en sus carros. Aún, si se agradaran de la velocidad de los caballos o de la destreza de los que los gobiernan, tendrían alguna disculpa, pero se aficionan a los vestidos y no aplauden otra cosa y, si en medio del certamen en la misma carrera los lleva un color a una parte y otro a otra, la afición y el aplauso se van con ellos y dejan de repente aquellos mismos jinetes cuyos nombres conocían y clamoreaban desde lejos. Tanta gracia y fuerza les hace una vil vestidura310. Dejo aparte el vulgo, que es tan vil como lo que aprecia, pero algunas personas graves hacen lo mismo y, cuando reflexiono que nunca se hartan de concurrir a una diversión tan vana, tan fría y tan común, tengo mucho gusto en no parecerme a ellos. Así, dedico de muy buena gana a las letras el ocio de estos días, que otros pierden en tan inútiles ocupaciones. A Dios.




ArribaAbajoFragmento de una carta de Jovellanos a José de Vargas Ponce, sobre los toros311

[Gijón, 13 de julio de 1792]


La censura de las fiestas de toros pide mucha meditación y tiempo, porque, si bien la causa es ventajosa, los argumentos con que puede y debe sostenerse son muchos y muy varios, y serán tanto más concluyentes cuanto más de propósito, más clara y ordenadamente se expusieren. Diré, sin embargo, lo que me ocurre en el instante, porque no tengo tiempo ni cabeza para más, bien seguro de que cualquiera cosa que diga recibirá mucho valor de la fogosa y elocuente pluma de usted312.

Tengo por inútil gastar mucho tiempo en la parte historial de esta diversión, la cual traté yo muy a la ligera en mi informe sobre espectáculos313, sin embargo de que hablaba con nuestra Academia de la Historia. Allí hay algo acerca del origen de ésta, que pudiera muy bien derivarse de los romanos, pues conocieron unos juegos con el nombre de Taurilia. Pero ¿quién ha de averiguar en qué se parecían o desemejaban de los nuestros?

Ni yo sé quién haya tratado de propósito de unos ni otros. Acuérdome de haber leído en Sevilla un folleto de Moratín el padre, impreso en esta corte hacia el año de 70 poco más o menos314, en que trataba de nuestras corridas de toros; pero no ha dejado en mi memoria rastro alguno de noticia o especie recomendable para el caso. Búsquele usted, no obstante, porque defendiendo, como recuerdo, la causa contraria, podrá ser útil tener a la vista sus argumentos. Nuestra causa puede vencer sólo con destruir las preocupaciones en que se apoya la contraria; pero, por si usted no hubiere de escribir respondiendo, diré cuál me parece el mejor plan que puede seguir en su escrito.

No habiendo de combatir usted esta diversión como teólogo, sino como filósofo, juzgo que debe examinar solamente sus relaciones políticas, morales y económicas, a saber: primero, si es o no diversión nacional y si, siéndolo, es de alguna gloria o utilidad a la nación; segundo, si tiene o no influencia en el genio o en lo que se llama carácter de los españoles; tercero, si produce alguna ventaja o desventaja a la agricultura o industria nacional. Propuesto este plan, es fácil establecer el orden analítico en el examen de las cuestiones subalternas y dar a los varios argumentos de nuestra causa la claridad y fuerza convenientes.

1.º Esta diversión no se puede llamar nacional, puesto que la disfruta solamente una pequeñísima parte de la nación. Si no se habla de capeos, novilladas, herraderos, enmaromados, etc., que en rigor no pertenecen a la cuestión, quedará reducida esta manía a una pequeñísima y casi imperceptible parte de nuestro pueblo. El reino de Galicia, el de León y las dos Asturias, que componen una buena quinta parte de nuestra población, desconocen enteramente las corridas de toros315. En otras muchas provincias han sido siempre raras y tenidas solamente en ocasiones extraordinarias y largos períodos. Aun en Andalucía, si se exceptúa Cádiz, son pocas las ciudades que las han disfrutado una, dos y a lo más cuatro veces al año, y en éstas el pueblo de la capital y el de su comarca, quedando la mayor porción del pueblo de las provincias sin gozarla ni conocerla. ¿Podrá, pues, llamarse diversión nacional la que sólo disfrutan con frecuencia Cádiz y Madrid?

Pero séalo enhorabuena. ¿Cuál es la gloria que nos resulta de ella? Esto de gloria es una cosa de opinión, y de opinión ajena. No consistirá por lo mismo en lo que nosotros creemos, sino en lo que creen los demás. ¿Cuál es, pues, la opinión de Europa en este punto? Con razón o sin ella, ¿no nos llama bárbaros, porque conservamos y sostenemos las fiestas de toros?

Ni esta gloria, cuando lo fuese, sería de la nación, porque no consistiría en que hubiese en ella hombres y mujeres que asistiesen con serenidad al circo, sino en que hubiese hombres capaces de lidiar con una fiera y de vencerla. Pero ni cien hombres arrojados pueden probar que una nación es valiente, ni este arrojo, si merece tal nombre aquella disposición del ánimo que los distingue, puede llamarse valor. El hábito de ciertas acciones, al mismo tiempo que las hace fáciles, disminuye la idea de su riesgo, y desde entonces su ejecución merece más el nombre de destreza que el de valor. El africano que persigue los leones, el indio los tigres, el asturiano los osos, esperándolos y venciéndolos cuerpo a cuerpo en campo raso y sin auxilio, merecen más justamente el nombre de valientes. Compárese con éste el triunfo de un hombre, que, criado en el circo, después de muchos años de aprendizaje y de otros tantos de ensayo, en que, si no perece, apenas con trémula mano puede acabar un toro de diez o doce golpes, se erige en maestro de esta profesión y sale a ejercitarla rodeado de veinte defensores y en un circo lleno de auxilios, salidas y recursos contra el riesgo, ¿por quién decidirá usted la palma? Aun así, es muy raro que uno de los héroes de este arte se presente con frescura a la frente del toro; y si tal vez nos ofrecen rasgos de temeridad, que suelen proceder del miedo o del despecho, jamás se ve alguno que pruebe verdadero valor. ¿Sabe usted de uno solo que haya pasado por hombre de espíritu fuera de la arena? ¿Conoce usted uno que no tiemble al ruido de un mosquete? Los tenemos por valientes, es verdad, y aun su valor nos parece maravilloso; pero otro tanto juzgamos de los bailarines de cuerda y de los saltadores valencianos; otro tanto de las acciones extraordinarias que hieren nuestro espíritu y que le admiran, no tanto por el valor que existe en sus actores, sino por el que falta en nosotros respecto de las mismas. ¿Con qué sorpresa no habrá usted visto en su primera navegación al grumete subido en los altos topes, desafiando el ímpetu de los vientos en medio de la oscuridad de la noche y del rumor de la tormenta?

2.º Pero se dirá que la frecuente vista de este espectáculo puede criar valientes. En este punto es harto más fácil el ataque. Concedamos que esta diversión endurece los ánimos y renunciemos esta ventaja a quien la quiera. Desde que no todos los hombres son soldados, desde que la industria y el comercio han separado la profesión militar de las demás, ya la ferocidad no es un mérito en el hombre civil. ¿Y lo es acaso en el soldado? Tampoco. La pólvora, la táctica y la filosofía han disipado este funesto error y han reconciliado la humanidad con el verdadero valor. Ya no se pide al soldado más que agilidad y obediencia, y estas dos cualidades no se aprenden en las plazas de toros. Si necesita perder el miedo al fuego, esto lo hará el hábito de la guerra; lo harán otros espectáculos harto más fieros. Es un error creer lo que se ha creído de nuestras fiestas. ¿Por ventura el pueblo de Madrid y el de Cádiz es más valiente que el de Ávila o Zaragoza? ¿Acaso las mujeres de los primeros (sabe usted que componen el mayor número de los espectadores) son más fieras que las de Garnica y Covadonga? ¿Sabe usted que hay alguna de las primeras que después de haber pasado la tarde en la grada cubierta, se desmaya en su casa a la vista de un ratón?

3.º Querrán los defensores de los toros sostener este espectáculo como una diversión popular, y si es así, querrán generalizarle para consuelo de nuestra gente. Dirán que el pueblo que no descansa no trabaja, y yo les paso esta paradoja. Pero usted sabe mi modo de pensar en la materia: el pueblo no ha menester espectáculos, basta se le deje divertirse. Él es el que, según su situación, su índole, sus facultades, debe buscar sus entretenimientos. Las diversiones populares deben ser fáciles, prontas, gratuitas, sencillas, inocentes, sin más aparato que el de la naturaleza en que deben tener su origen y de que no deben apartarse. ¿Halla usted acaso estos caracteres en el espectáculo de que tratamos? ¿Halla usted uno solo de ellos?

Por otra parte, es indudable que nuestra agricultura sufre mucho por la manía de las fiestas de toros. Cuesta más criar uno bueno para la plaza que cincuenta reses útiles para el arado. El número de éstas mengua y se encarece cuanto se multiplica el de aquéllas, y esta carestía pudiera ser funestísima, si, prevaleciendo la opinión contraria, las corridas de toros se convirtiesen en una diversión general y frecuente. No es tan pequeño como parece el número de reses que malogra este espectáculo. En él no deben entrar sólo las muertas, sino también las estropeadas en capeos, novilladas, embolados, toros de cuerda, etc.; y si se abriese la mano a esta diversión por todos los pueblos, sin contar más que un toro por cada villa o ciudad, resultaría una suma demasiado considerable. Ni se diga lo que de las terneras, que cuantas más se consumen más se crían, porque el aumento de éstas supondrá siempre el crecimiento general, y el de los toros la general disminución de la especie útil, pues requiriendo pastos, vaqueros, diligencia y capital separados, es claro que en razón de su aumento menguarán el capital, la industria y el tiempo destinados a la producción de animales del trabajo.

También pierde la industria: los pueblos que ven toros no son ciertamente los más laboriosos. Un día de toros en una capital desperdicia todos los jornales de su pueblo y el de su comarca. Aun en éste desperdicia los de la ida y vuelta, y lo mismo puede decirse del de la capital, puesto que las visitas al campo, las veladas y encierros apartan a los jóvenes del taller desde la víspera y no los vuelven a él tan prontamente; y si además se cuenta lo disipado en trajes, bebidas y francachelas, a que es más expuesta esta diversión que otra ninguna, ¿cuánto no subirá el cálculo?

Aplíquese usted a formarle, aunque sea sólo por aproximación, y el resultado será escandaloso.

¿Y las costumbres? ¿Qué no pudiera decirse en esta parte, si considerando filosóficamente el espectáculo, se tratase de averiguar su influencia en los ánimos? Basta considerar la disposición con que se va y se viene de él. ¿Qué impresión podrá causar aquel hervoroso tumulto, que la estación, la hora, el lugar, el objeto, la confusión, la frenética gritería y las torpes combinaciones excitan en los ánimos, en el del joven inocente, la incauta doncella...? Basta, yo no me propongo dar a usted la materia de su disertación, sino el plan de ella.




ArribaAbajoSátira cuarta. Contra las corridas de toros316

[19 de septiembre de 1797]



¿Comedias? Ni por pienso. Ésta es la escuela
en que la incauta juventud aprende
el arte del amor, arte funesto,
origen de los males que desolan
al Universo todo. Las comedias
corrompen y envenenan las costumbres.
Son la peste del mundo.
Los autores, los sabios catedráticos lo dicen.
¿Y toros? Eso sí, vaya en buen hora
con algazara el pueblo a pelotones
a gozar el placer, digno sin duda
de los héroes de Roma, a cuya vista
la humanidad temblaba, y que en el circo
del gladiator la sangre derramada
era grato espectáculo a sus ojos.
Brame rabiando el bruto jarameño,
ensangrentada la cerviz, que arrastra
el duro arado, gaje el más precioso
de los dones de Ceres y Pomona,
y sea, en fin, trofeo de la espada
del diestro matador. ¿A quién se ofende?
Criada para el hombre aquella fiera,
si, pereciendo entre tormentos, sirve
a su recreo, nada importa, paga
a su señor el feudo que le debe.
¿Y qué importa tampoco que furioso,
por el suelo arrastrando las entrañas,
corra de una a otra parte el ancho circo
y entre dolores dé el postrer aliento,
el brioso alazán, hijo del Betis,
del hombre compañero y de la patria
glorioso defensor en muchas lides?
Él no es más que una bestia, y si su dueño
de ella usar quiere así, no hace otra cosa
que usar de su caudal o de su plata.
Pero, ¿el hombre? El hombre ¿en qué peligra?
Corre tal vez despavorido, huyendo
una cercana muerte. Mas se salva.
Vuelve al circo, repítese la escena,
y ya de polvo y de sudor cubierto,
busca en sus fuerzas casi desmayadas
a su vida un asilo mal seguro.
Tropieza aquí, y el miedo le sostiene.
Cae después, se desconcierta un miembro,
la fiera le acomete; pero escapa,
aunque contuso o herido, y en su rostro
retratada la imagen de la muerte.
Pero, ¿qué importa eso? Éste es su oficio,
el lidiador así gana su vida.
En todo hay riesgo; como no perezca,
nada hay perdido, todo es inocente.
Pero, ¿perece alguno? ¿Y quién perece?
¿Uno entre ciento...? Nimiedad, pobreza
de espíritu; entre ciento uno tan solo
no merece la pena de contarse.
He aquí el lenguaje del doctor Toribio.
En el siglo dieciocho así se piensa:
se proscribe el amor y se defiende
un odio eterno de la especie humana.
La escena se detesta, en que sensible
el hombre a los encantos lisonjeros
de la belleza, endulza las costumbres,
que en las selvas contrajo de la Gocia,
y en que si el vicio infame se presenta
con todo su atractivo y sus ornatos,
la sólida virtud que por fin triunfa
su faz horrible y su fealdad descubre.
Pero, el circo..., en el circo se tolera,
y aun más se califica de inocente,
y el pueblo, almas feroces, se atropella
al funesto espectáculo, en que ¡oh, siglo!
el hombre se degrada hasta el extremo
de ser juguete y presa de los brutos.
Clama, clama por fieras, y desdeña
a sus Sénecas, Plautos y Terencios.
Así, mísera Iberia, así retratas
a Roma en su barbarie, así desmientes
el siglo de las luces, y eternizas
el padrón horroroso de tu infamia.




ArribaCarta de un quidam a un amigo suyo, en que le describe el rosario de los cómicos de esta corte317

[Madrid, 1 de agosto de 1788]


¡Qué rosario, amigo mío, qué rosario tan magnífico el de Nuestra Señora de la Novena! Anoche le vi, y aún no he salido de mi admiración. ¡Qué música, qué faroles, qué estandarte, qué borlas! Pero sobre todo, ¡qué concurrencia, qué gentío, qué devoción! Si éste no es un objeto de edificación el más recomendable, ¿dónde iremos a buscarlos? Parece que la piedad ha querido presentar en él un contraste de los más maravillosos. Aquellos mismos hombres que, en la opinión de otros hombres tétricos y regañones, sólo sirven para distraer y escandalizar al pueblo; los mismos que están asalariados para disiparle; los mismos que le embaucan, que le alteran, que le corrompen por profesión, le ofrecen en este Rosario un ejemplo de edificación y humildad, y reparan en un día, ¿qué digo en un día?, en un par de horas, todo el mal que pudieron hacerle en un año entero. Tal es la idea que se forma al ver por esas calles de Dios este bendito Rosario.

Y en efecto, ¿quién no se sentirá penetrado de la mayor edificación al ver que los que ayer han representado los tiranos, los impíos, los traidores y los disolutos; los que han remedado los tramposos, los estrafalarios, los tontos y los abates, hoy, llenos de humildad y compunción y sellados con el clavo de siervos de María, se entregan fervorosísimamente al culto de esta gran Reina, y como que renuncian al derecho que les dan a la admiración pública su ingenio, su destreza, sus sales y gracejos, por adquirir la más digna suerte con su piedad, su fervor y su humildísima modestia? Cuál, enarbolando el estandarte, se presenta más contento que cuando representa en su corral a un famoso maese de campo colocando una bandera sobre la más alta almena del más alto alcázar de una fortísima ciudad, redimida a punta de lanza del infame yugo de los moros, y cuál, gobernando la procesión con su vara de plata, va más hueco que cuando contrahace a Carlos V dirigiendo sus huestes al asalto de la rebelde Túnez, o al insigne Manolo conduciendo su gallarda comparsa, restituida de las inhospitales playas de Numidia. Así es que trocados los oficios del arte histriónica acreditan cuánto mejor es en su idea edificar que entretener, excitar la devoción que la risa, y adquirir las bendiciones que las palmadas del pueblo.

Pero lo que más digno de alabanza me pareció fue el ingenioso medio que inventaron estas devotas gentes para dotar su Rosario y los demás piadosos, festivos, solemnes cultos de su santa Hermandad. Confieso que le ignoraba hasta ahora, y que le he sabido con grandísima complacencia. Haber señalado partido de primera dama a la Virgen Santísima en una y otra compañía, y además dar una comedia en su obsequio, para atribuirle todo su producto, es una gracia que sólo pudo ocurrir a unas personas que tienen tantas y que están acostumbradas a hacer reír a los demás. Ayúdeme Vmd., pues, a celebrarla y congratúlese conmigo de la excelencia de nuestras instituciones, que saben tan bien conciliar la piedad con el entretenimiento, y sacar, por decirlo así, sabrosa miel de devoción de las amargas y venenosas flores del vicio y la impiedad.




Epílogo


Éstos que viste ayer, Fabio, fingiendo
con tristes casos del amor voltario,
la hinchazón del orgullo estrafalario,
del fraude y la traición el caos horrendo,
hoy por las calles su rumor siguiendo
contritos el magnífico Rosario,
su piedad, su fervor extraordinario
van a María humildes ofreciendo.
¡Notable ejemplo de virtud, que todos
ven con espanto, admiran con ternura
al paso de la mística comparsa!
Sólo un chispero, gastador de apodos,
dijo, con más donaire que locura:
«Al fin en este gremio todo es farsa».