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Ibrahim, Fátima y El diablo cojuelo


René Andioc





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De las perdidas Cartas de Ibrahin, según las denomina Sempere y Guarinos en 17871, o Cartas Turcas, como las intitularon el propio Meléndez Valdés y sus colegas salmantinos en diciembre de 17882, parecen haberse rescatado dos escasas, concretamente la que debía de encabezar la colección (Carta de Ibrahim en Madrid a Fátima en Constantinopla), y la «respuesta» que le daría la esposa predilecta del turco al recibirla (Carta de Fátima en Constantinopla a Ibrahim en Madrid). La primera, como es sabido, la publicó Sebold hace años a partir de una copia manuscrita fechada en Segovia, 17883, y de este texto se conocen además dos ejemplares impresos: uno que apareció en el Diario de Madrid el 10 de diciembre de 1787 y reprodujo en 1982 Philip Deacon4, otro suelto, sin indicación del año, que estamparon por aquellos tiempos los tórculos barceloneses de los «Herederos de Bartolomé y María Angela Giralt» y adquirí de la librería anticuaria Hesperia, de Zaragoza, para la biblioteca del departamento de Español de la Universidad de Pau; no me ha sido posible fechar este documento con la suficiente exactitud pues la actividad de los referidos impresores (exceptuando naturalmente a los demás individuos de aquella fecunda dinastía) se extiende aproximadamente de 1746 a 17885, y no he dado con la solicitud de licencia de impresión. Lo que sí se puede afirmar, o por mejor decir, confirmar, pues ya lo advierte Deacon, es la superioridad del texto del Diario sobre el de Sebold, en el que las notas aclaratorias destinadas al lector español están por otra parte incorporadas, contra toda lógica, al texto de la carta; pero conviene agregar que el de Barcelona, a pesar de su impresión a todas luces descuidada (varias frases carentes de sentido por faltarles una palabra esencial) es sin embargo más parecido al publicado por Deacon pues no contiene las variantes del manuscrito segoviano. La segunda «carta turca» fue publicada en el Correo de Madrid de 19 de   -38-   diciembre de 1787, esto es nueve días después de la primera, y reeditada por el erudito britano a continuación de ésta.

En cuanto a la fecha de redacción de ambas, varios elementos confirman hasta cierto punto el paréntesis 1780-1787 propuesto por Demerson6: fuera de la referencia al «Reis Effendi» Floridablanca, en funciones desde 1777, el nombre de las demás esposas del turco, Zaira o Zayra (así en la primera traducción de la Zaïre de Voltaire por Margarita Hickey, que no llegó a publicarse a pesar de un informe favorable del censor en 17877, Zayda en la versión de Olavide, y Xayra en la de Huerta en 1784), y Zelmira (recuérdese la traducción de la tragedia de Belloy por el mismo Olavide, estrenada en 1771 y representada aun en 1781, 1782, 1783, 1785 y 1787); la «gracia y agrado» de la esposa del príncipe heredero, pues tendría María Luisa unos 36 años en la fecha de publicación de las cartas, si bien debió de hermosearla una pincelada de adulación; más decisiva me parece sin embargo la crítica de la moda del peinado mujeril que oculta la frente, a la que corresponden exactamente la sátira de Cañuelo contra el «pelo sobre las cejas» en el número XCV de El Censor, de 17868, y al parecer, ya sin la hipérbole satírica, una serie de figuras y retratos pintados por Goya en 1788 y principios del año siguiente (véanse La pradera de San Isidro, La gallina ciega, y las primeras efigies oficiales de la nueva reina). No fue en efecto mera casualidad la elección de la fecha en que se publicaron las dos «cartas turcas», así como tampoco, al menos en cierta medida, la de las Cartas Marruecas; en octubre y noviembre de 1787 ofrecía sintomáticamente el Correo de Madrid a sus lectores, con mayor frecuencia que antes, varios cuentos «orientales»: El dervis insultado, Cuento persiano, Beneficencia del califa Mostanser, El envidioso; y el dato más importante nos lo brindan los números 109 y 110, de 7 y 10 de noviembre de aquel mismo año: fue «Con motivo de la venida de un Ministro Turco a esta Corte»9 por lo que se publicaron en efecto en dicho papel, además de los anteriores, unas «Noticias de los Harems y Serrallos» sacadas de la obra del barón de Tott sobre turcos y tártaros publicada tres años antes10, y se da la circunstancia de que por una parte tanto el fingido Ibrahim como el redactor del periódico coincidieron   -39-   en la elección del tema de la condición de la mujer entre los turcos como más atractivo para sus lectores, pero por otra, varios pormenores de la Carta de Ibrahim y de la respuesta de Fátima relativos a la vida de las esposas turcas figuran también en el extracto de Tott: los «eunucos negros» de carácter «feroz», la «princesa» que pregunta «acerca de la libertad que gozan nuestras mugeres» y se entrega al «sentimiento de su existencia personal» -mucho peor, preciso es confesarlo, que la de Fátima-, las «tropas de bailarinas» y, curiosamente, la aparición de la sultana «ricamente vestida y adornada con todos sus diamantes» no como la esposa de Ibrahim, sino como... María Luisa en la carta primera; por último, sólo la reciente llegada del histórico «Ministro» me parece explicar la entonces extraña justificación por Fátima de los frecuentes obsequios y visitas de las madrileñas al embajador epistolar con la «humanidad» de éste, su «apacible trato» y, sobre todo, su «pecho desnudo de aquella ferocidad con que falsamente [...] pintan las historias» a los turcos: el 14 de septiembre de 1782 se firmó en efecto en Constantinopla un tratado de paz entre España y la Sublime Puerta, publicado en Madrid en noviembre del año siguiente, de resultas del cual zarpó una escuadra con presentes destinados al Sultán en 1784, regresando luego en 1785, y vino a la Corte en septiembre de 1787 el emisario Achmet Vasif Efendi, que fue recibido con una pompa que Modesto Lafuente califica de «verdaderamente oriental» y Fátima, justamente, de «suntuoso recibo».

La Gazeta de Madrid de 12 octubre de 1787 y el Memorial Literario, de noviembre dedicaron varias páginas al sonado acontecimiento, y con un mes de anterioridad, el Diario Curioso, Erudito, Económico y Comercial, más tarde Diario de Madrid, había iniciado ya una serie de artículos destinados a tener informados a sus lectores con la mayor regularidad, dándola por concluida el 6 de octubre siguiente. El «Enviado» o «Ministro» (pues no tenía «carácter propio de Embaxador») llegó a Barcelona en una polacra francesa -igual que Ibrahim- el 25 de julio de 1787, permaneciendo en la ciudad condal hasta el 30 de agosto, y pasó luego a Valencia, de donde salió el 10 de septiembre; el 24 del mismo salió a recibirle el Introductor de Embajadores a cierta distancia del Real Sitio de San Ildefonso, donde a la sazón residía la Corte. Los citados periódicos enumeran los suntuosos presentes traídos por el Turco que quedaron «algunos días de manifiesto en una de las salas de Palacio a vista del pueblo»: todo son perlas, diamantes, rubíes, plata sobredorada, oro; más un «bote de oro» (dos piezas, según la Gazeta), naturalmente guarnecido de brillantes, y de especial interés tanto para nosotros como para la prensa   -40-   que también destaca su uso, pues bastaban unas gotas de su contenido, el agua, o esencia, o quintaesencia de rosa, para inducir a las españolas a «hacerle las mayores caricias» al jefe de Ibrahim... También se describe el acto de entrega de credenciales al rey sentado en su trono «guarnecido todo de perlas y piedras preciosas», frase que suena, palabra por palabra, como la de Ibrahim al referir éste la misma escena; y en conformidad con el protocolo, se repite con algunas variantes el ceremonial con el príncipe, luego la princesa, y por último el Primer Secretario Floridablanca, de lo cual indudablemente estaba enterado el esposo de Fátima, mejor dicho su creador, pues observa el mismo orden en su propia descripción11.

Ésta es, creo yo, la base histórica en que se fundamentan las dos fingidas «cartas turcas», como también partían de un acontecimiento real, la venida del embajador marroquí, las cadalsianas; pero por lo mismo no resultará descabellado el exponer algunas dudas -y no más- acerca de la identidad de las primeras y de las Cartas de Ibrahin (con n más acorde con la fonética española) mencionadas el mismo año de 1787 por Sempere en el artículo «Meléndez Valdés» de su Biblioteca, es decir, acerca de la atribución a «Batilo» de las dos publicadas en la prensa, pues además, el cuarto tomo (letras M-Q) de la obra del bibliógrafo del reinado de Carlos III se remitía a censura de la Academia de la Historia el 2 de mayo, esto es, más de dos meses antes de la llegada del enviado del Sultán12. A no ser que Meléndez las adaptase a las nuevas circunstancias... Más coincidencias se irán advirtiendo más adelante entre éstas y el contenido de ambas «cartas turcas».

Que la Carta de Ibrahim en Madrid... se da implícitamente como primera de una serie me parece evidente, como ya subraya Sebold. Pero, ¿lo fue realmente? La promesa hecha -dos veces como mínimo- por el firmante de ella a la destinataria de seguir mandándole noticias en lo sucesivo no constituye en sí una prueba indiscutible, pues en la naturalmente fingida y única Carta de Ibrahem Ali Golou escrita a Abdelvex Ben-Hussein, Vicario del Muftí, publicada en el Pensamiento   -41-   XLIV de El Pensador, de Clavijo y Fajardo13, y de la que puede que proceda, según se cree, el nombre del viajero de «Batilo», a no ser que se lo inspirase Montesquieu, también se anuncia una continuación («Esta materia es muy basta para tratada en sólo una Carta [...] En la primera ocasión proseguiré el mismo asumpto»), e incluso se alude a una supuesta epístola anterior que contiene, como si se tratara del inicio de un carteo, unas observaciones generales acerca del «Reyno de España». En el Discurso LXV de El Censor (1784), Cañuelo plantea la posibilidad de ir publicando más cartas del supuesto epistolario que posee de un marroquí que residió en España si a la primera que transcribe se le reserva buena acogida; en este caso, quien se compromete no es el mismo remitente sino el periodista, pero el procedimiento es idéntico (se publicó otra, es verdad, en el Discurso LXXXVII).

Resulta por otra parte sorprendente que en una copia manuscrita de 1788, esto es, de fecha posterior a la de la publicación en la prensa madrileña de la Carta de Ibrahim en Madrid... y de la respuesta de Fátima no figure más que la primera; tratándose de Segovia, tal vez no se enterase el copista de la aparición de ambas epístolas en el Diario y el Correo; pero conviene recordar que el impresor de la Ciudad Condal tampoco conocía más que la de Ibrahim, y que la publicó suelta, como si no fuera parte de una colección. Entre la aparición de la primera Carta Marrueca impresa (la VII) y la de la segunda (la XLV) mediaron cinco meses14; pero ambas se dieron a conocer en un mismo periódico, el Correo, y téngase en cuenta que se trataba de dos textos (fragmentario uno de ellos) no tan estrechamente vinculados como las dos «turcas», ya que la segunda de éstas es continuación, dentro del marco de una hipotética colección, de la anterior. Tampoco es «lógica» la respuesta inmediata de Fátima, quiero decir, sin que mediasen más cartas del extranjero recién llegado a Madrid, como ocurre por el contrario en las Cartas Marruecas (si bien tiene la primera de ellas un pre-texto, según se suele decir en la jerigonza al uso). También refuerza la impresión de que la carta de Fátima queda fuera de la «lógica» de un carteo fingido por un solo autor la mención, algo elíptica, por la esposa turca, de un caso concreto ocurrido en Madrid al cual no se   -42-   refirió antes su corresponsal, y parece ser una soirée en honor al embajador, en la que actuaría una cómica a instancias de su madre, con reprobación de la opinión pública; el pasaje, un poco molesto por lo que hace a la sintaxis, es el siguiente:

Acompañarle en el coche, llevarle a los saraos, conducirle a los teatros y demás demostraciones expresivas, no se verían en Constantinopla; pero en esta corte tan civilizada sería culpable dejar sin uso todo ceremonial político. Sé la censura que mereció cierta dama por haber tocado y cantado ante vuestro Xefe, y quedaba expuesta a más nota la inobediencia a su madre, a no haberlo así hecho, como su impolítica pública si hubiese desairado las instancias y ruegos de tan noble forastero. Del mismo modo juzgo su compañía en coche y teatros. Tal vez para estos extremos de buena crianza precederían importunaciones15.



Más aun: si examinamos el contenido y la estructura de la respuesta de Fátima, lo que salta a la vista es en primer lugar, como advierte Deacon, la clara disconformidad de la turca con las ideas de su marido, y esta particularidad, a pesar de ser Fátima personaje ficticio y por encima exótico, no consuena con el status reservado en España al bello sexo por aquellos tiempos, al menos en la literatura (son tres varones los que se cartean en la obra de «Dalmiro», a diferencia de la de Montesquieu), máxime si se tiene presente que la musulmana interviene ya en la segunda y, por no decir más, en un plano de igualdad total. Y se observará que si bien Meléndez y sus compañeros califican de turcas las cartas por publicar, Sempere y Guarinos, en 1787, les da por título Cartas de Ibrahin, como si no hubiera más que un firmante de ellas.

Yo diría, y voy a tratar de aducir los argumentos de que dispongo, que, más que una «respuesta» ideada por el mismo autor de la primera (me refiero naturalmente al escritor, no al fingido corresponsal) para exponer lo que el erudito inglés llama «la otra cara de la moneda», esta segunda carta parece ser una réplica, una refutación, redactada   -43-   por distinto autor, como una reacción de disgusto ante las reflexiones de Ibrahim. Se advertirá en primer lugar que la epístola de la turca contiene un número desacostumbradamente importante de palabras o fragmentos de frases en cursiva -no aparece en la transcripción de Deacon-, unas treinta en total, que son otras tantas citas de la carta anterior y se insertan en sendos comentarios o discusiones; es que «Fátima» responde sistemáticamente y de la cruz hasta la fecha a las afirmaciones de Ibrahim, de tal forma que el plan de su respuesta es idéntico en sus pormenores y en su conjunto al de la carta primera. Además, la fórmula en estilo «asiático» u «oriental» con que el viajero da principio a su misiva, la vuelve a emplear «Fátima» no sólo valiéndose de las mismas palabras, sino dándole mayor extensión y énfasis, lo cual supone cierto retintín y parece indicarnos ya la clave en que se ha de leer:

Que el todopoderoso Alá colme tu corazón de verdaderos placeres, virtuosa Fátima, y que su santo Profeta te llene de consuelo en mi ausencia. El omnipotente Alá, que siempre fue, al cual no hallamos principio ni fin y que sostiene los cielos sin pilares, inflame tu magnánimo espíritu, Ibrahim amado; y su justo Profeta te conduzca a mis ojos con salud robusta.



Prosigue la parodia de tal forma que me basta con citar las frases de «Fátima» ampliando el procedimiento de ésta, esto es, poniendo en cursiva los parecidos con las partes correspondientes de la carta del turco para que resalte el efecto a que me refiero:

¡Oh cuánto cuesta a tu esposa Fátima este cuidado! Sabes muy bien las tiernas lágrimas con que remuneré los sollozos que en la tuya me pintas a la dura separación de mi lado. La obediencia y amor a nuestro soberano vencieron tu cariñosa repugnancia...



Se me dirá que se trata de un mero juego a que se entrega el autor por mediación de sus personajes, o de la imagen tradicional de la mujer tenida por más proclive a exteriorizar sus sentimientos, o que así solía hablarse en esta clase de obras; tal vez sí; pero por muy ampuloso que se considerase entonces el estilo oriental, cabe dudar que escribiese el verdadero autor en clave exclusivamente lírica -¡o épica!-, o simplemente en serio, la frase que sigue a las ya citadas, dirigida además, insisto en ello, a un esposo que zarpó en un velero: «Y al aire de mis suspiros surcaste el undoso piélago...»16; y sigue repercutiendo aún la tristeza de la bella Fátima en cuatro frases más (es que, a diferencia   -44-   de Ibrahim, no la pudo mitigar ella con la natural alegría de los marinos franceses...). En cambio, después de redactado el cuerpo de su larga carta, ya no sintió «Fátima», al iniciar el último párrafo, la necesidad de seguir expresándose con la misma ampulosidad, y, sin dejar de referirse por supuesto, y por el mismo orden, -igual que en la introducción, en la que se sigue el plan de la carta anterior- a los cinco mismísimos temas tratados por Ibrahim en su propia despedida17, lo hace con verdadero laconismo, e incluso sequedad: son, en la edición de Deacon, seis líneas poco más de trece en la introducción18, mientras que en la Carta de Ibrahim en Madrid... el equilibrio es casi perfecto (once frente a doce); un poco más arriba, otra respuesta a una afirmación fundamental del viajero está calcada en la formulación de éste:

El recato de nuestras mujeres, la suavidad de su trato y el respeto a sus maridos podría servir de norma a las de estos países...



El recato de nosotras, la suavidad de nuestro trato y el respeto que os tenemos y exageras, acaso en las más será violento...



Y no hablemos del título. Que se trata de una réplica a la carta anterior lo pone también de manifiesto el empleo regular de unos verbos afines («pintas», «refieres», «dices», «indicas», «expones», «explicas»), que suponen cierta actitud crítica ante las noticias recibidas, y hacen patente el carácter sistemático de la respuesta, en la que se sigue, como queda dicho, el mismo plan de la carta de Ibrahim. Parece inverosímil que Meléndez, o el que fuese, redactara una colección entera de cartas basadas en este método, aunque esté la primera «con primor hilada», como dijo un contemporáneo al que más adelante nos hemos de referir.

La disconformidad de «Fátima» se expresa también de manera indirecta, en la selección que hace en su respuesta de los términos ya empleados por Ibrahim, y, naturalmente, en la significativa exclusión de algunos. Llamó indudablemente la atención la primacía -justificada quizá por el enfoque peculiar del «fastuoso» oriental- que concede el turco en su elogio de la familia real a la riqueza de ésta: «sumptuosidad» del palacio y jardines, «trono guarnecido de perlas y piedras preciosas», ministros y altos funcionarios «cubiertos de oro», María   -45-   Luisa «cubierta de ricas y preciosas joyas que parece que todas las minas de Oriente se habían agotado para adornarla», «magnificencia» del Reis Effendi19; sólo después vienen algunas prendas personales, tópicas por supuesto y por ende, como se verá, intercambiables: nobleza y bondad de Carlos III, gracia y agrado, rostro majestuoso de la princesa, no sin prudencia declarados más atractivos que su fausto en los adornos; de los cuatro «héroes» a quienes se refiere la carta, el príncipe heredero es el único definido exclusivamente por -digámoslo así- sus dotes personales: «noble figura», indicio de una «alma bella»; pues bien, «Fátima» desecha todas las alusiones a la riqueza, con excepción de la «magnificencia», ahora concedida, con pleno derecho, al propio monarca, añadiéndose a su «bondad» y «nobleza» ya notorias la «virtud» y, como es lógico, la «majestad»; al heredero se le conceden sólo «bellas prendas» tan vagas como las evocadas por el turco; «Fátima» también hace hincapié en el agrado y gracia de la princesa, y la encuentra por encima benigna; Floridablanca queda aun más favorecido cuantitativamente pues se celebran «su integridad, amor patricio, caritativo celo», además de su «dulce trato», «benevolencia» y «generoso estilo» que recuerda su anterior «magnificencia». Como se ve pues, la fatimita respuesta parece por una parte desaprobar implícitamente la mención enfática, e incluso quizá maliciosa, del fausto en cierto modo más que oriental del monarca y de su nuera, y por otra la redundante trivialidad de los elogios que se les tributan, agregándoles por su parte otros tan insignificantes y tópicos para ponerlo indirectamente de manifiesto; esa larga paráfrasis ponderativa que hace «Fátima» de unos elogios obligados me parece entrañar en efecto una fina ironía:

La representación del Reis Effendi es forzoso corresponda a la de su gran monarca [...] No podía menos de corresponder a su plácida benevolencia el generoso estilo con que refieres os ha tratado...20



A la frase hiperbólica de Ibrahim que lamenta no poder ser cristiano y convertirse en vasallo del buen Carlos replica la esposa en el momento menos pensado, esto es a propósito de un tema bien distinto, el de la condición de las mujeres turcas: «quizás muchas tomaran ser españolas mejor que   -46-   musulmanas»; ¿Y no es graciosa paradoja la de una esposa lejana y por encima encerrada en su harén que comenta las frases entusiásticas del esposo escribiendo: «No dudo tu sorpresa...»; «Ya yo tenía una idea de su magnificencia por una esclava...»; «De su bondad [...] vivo bien enterada»; «De su integridad... ya me hizo capaz la dicha esclava...»? Esto equivale a estropearle al pobre hombre el efecto que deseaba producir; dicho de otro modo, a dar a entender que todo eso carece ya de interés y novedad, pero aventajando al mismo tiempo al marido en los elogios, pues se afirma que hasta lo más recóndito de un harén turco llega la fama de los reyes y gobierno de España. ¿Cómo podrían ser en estas condiciones un mismo autor el que tan lindamente se burla de la Carta de Ibrahim... y el otro?

De todas las discrepancias, la primera que se advierte es que el elogio de Barcelona, con que se inicia cronológicamente la descripción de España por el viajero, no encuentra ningún eco en la respuesta de «Fátima», que tanto interés pone sin embargo en examinar todas las afirmaciones del esposo. Es más: éste considera «primera ciudad de España» a la Condal, pero la destinataria, o por mejor decir, su creador, contesta como si se tratara de la Villa y Corte:

Sólo Constantinopla os parecía ser la opulenta, noble, hermosa y rica ciudad del universo, y en Madrid halláis otra nueva Constantinopla que os admire.



No se debe descartar totalmente la posibilidad de que haya alguna relación entre esta particularidad y la publicación de la Carta de Ibrahim... suelta por un impresor catalán.

Además, parece que Fátima no entendió bien un pasaje de la carta de Madrid: empeñada en justificar la conducta de las españolas con el embajador musulmán, escribe que «acompañarle en el coche, llevarle a los saraos, conducirle a los teatros y demás demostraciones expresivas no se verían en Constantinopla»; más adelante se evoca una vez más esa «compañía en coches y teatros»; en realidad, el esposo turco no habla más que de las damas que van en coche con su jefe, y por eso es lo único que figura en cursiva en la respuesta; pero a continuación inmediata añadía el musulmán que en su tierra se ven mujeres juntas con hombres extraños sólo «cuando acuden compañías de bailarinas y cantatrices a las bodas de grandes señores»; ¿se deberá esta confusión a la emoción de la bella Fátima, o a que su creador, si bien estaba enterado de las festividades oficiales en honor a Achmet Vasif21, no fue autor de la Carta de Ibrahim?

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La segunda parte de la primera «carta turca» se dedica a las mujeres españolas; si el tema «Corte-Reyes-gobierno» ocupa en ambas un espacio equivalente (22 líneas frente a 17), el de las mujeres, en cambio, desarrollado en 29 líneas por «Ibrahim», suscita por parte de «Fátima» una respuesta mucho más larga, de 70 líneas, constituida por una defensa en regla de las madrileñas criticadas por el musulmán, y, al fin y al cabo, por una lección de relativismo frente a la «preocupación». A decir verdad, la crítica de «Ibrahim» no pasa de burlarse de la forma del peinado femenino y lamentar que las «mironas» casadas, mostrando más curiosidad y menos recato que sus hermanas orientales, se pasen horas enteras contemplando... la barba del exótico embajador e incluso le hagan algunas «las mayores caricias» en su coche a cambio de unas gotas de esencia de rosa22. La refutación de «Fátima» empieza con un panegírico de las «damas españolas», pero de lo que se va a tratar, a través de la justificación de la conducta de las madrileñas opuesta a la de las turcas, es de las dos maneras de concebir el status de las casadas, tema muy debatido, como es notorio, entre los moralistas o los dramaturgos «sociales» de la época. Este pasaje es un alegato en favor de lo que podríamos llamar, teniendo en cuenta su formulación en el texto, los «Derechos de la Mujer»; esa libertad, más concretamente, en forma perifrástica, «aquella común prerrogativa   -48-   que dio naturaleza a todo ser viviente» (pues la voz «libertad» sólo se usa en ambas cartas en el sentido de «infracción del recato») se opone al «rigoroso extremo», fruto de un «indiscreto celo o acaso de una imaginaria desconfianza», en que se funda el «cariño» oriental, o, por decirlo de una vez, el del Sganarelle de La escuela de los maridos molieresca y de sus secuaces en la decimoctava centuria, que no debían de escasear en la entonces llamada clase media:

Encerradas en nuestros harems toda la vida, privadas de aquella común prerrogativa que dio naturaleza a todo ser viviente y custodiadas de feroces y negros eunucos, representamos el papel de esclavas en calidad de esposas, y así admiráis que otros hombres, dictados de razón más clara, traten a sus mujeres como compañeras y las den lugar en sus comunicables placeres, festines y diversiones. Hácense noblemente cargo que no nacieron sus súbditas sino sus semejantes, y fuera del derecho que a su honor compete, en lo demás que el decoro permite no obran tiranos sino apacibles, fieles y amorosos23.



A través de Fátima, el autor defiende un «liberalismo» conyugal que otra Fátima, la de la Xayra de Voltaire en traducción de Huerta, define con palabras semejantes, refiriéndose a Francia:


      No excita tus deseos
la dulce libertad, ni ya suspiras
el agradable trato, las costumbres
de un pueblo tan humano en que dedica
todo su obsequio el hombre a las mugeres;
donde son veneradas y servidas,
y siendo compañeras de su esposo,
como a señoras se las trata y mira;
donde libres viviendo, sólo es freno
su honor de sus acciones; no a esta indigna
prisión su virtud deben; ni el ser libres
sus pasos tuerce o su conducta vicia24.



Se trataba en efecto de una actitud que muchos consideraban entonces poco compatible con la dignidad de la institución matrimonial. En el Diario de Valencia de 15 de mayo de 1813, un afrancesado (¿Moratín?) podía escribir aún que «en el pueblo donde reinan las buenas costumbres, las doncellas tienen honesta libertad y las casadas viven   -49-   en la mayor sujeción y recato»; ese «recato» que Ibrahim alaba en las turcas y desearía ver adoptar por las españolas, «Fátima» contesta que en su tierra «acaso en las más será violento y quizás muchas tomaran ser españolas mejor que musulmanas». En el relato del Viaje a Constantinopla en el año de 178425 que realizó la escuadra española después de firmarse el tratado de 1782 con el Gran Turco, Joseph Moreno, lector del barón de Tott y de Lady Montagu, escribe que los turcos «condenan a la mujer a un encierro perpetuo», pero también que «la reclusión [...] contribuye para conservar las costumbres» y que «éste es el único bien que aquel mal forzoso produce», agregando que a propósito del bello sexo, «por nuestro mal o por el suyo se dice: Mande en Europa y obedezca en Asia», transcripción exacta, se habrá advertido, del célebre endecasílabo con que concluye el parlamento del sultán en el acto III de la Xayra de García de la Huerta.

Pero hay más aún: en su artículo relativo a las dos cartas, Deacon señala que la segunda, o sea la respuesta de Fátima, iba precedida en el Correo de unos versos y una carta introductoria de Lucas Alemán y Aguado, por otro nombre Manuel Casal, escritor festivo que publicó muchas obrillas en la prensa de la época, y cuyo «papel intermediario» no puede explicar el estudioso inglés. El cuarteto a que me acabo de referir era el siguiente:


   Así como la crítica corrige,
la Sátira desdora y vilipendia,
y de crítica a Sátira es forzoso
distinguir en sus usos diferencia.



¿No confirma este epígrafe lo que venimos sospechando, es decir que la Carta de Fátima parece ser una reacción de disgusto ante la «sátira» contenida en la de Ibrahim? De sátira la califica otra vez Alemán en otro texto de que trataremos más adelante. Justamente, después de llamar «urbanidad» lo que para Ibrahim es «ligereza» de las madrileñas que se comprometen públicamente con el ilustre visitante, «Fátima» enuncia lo que puede considerarse como un juicio global sobre las críticas del turco: «Tú sabes que el inconstante vulgo forma la sátira sobre lo visible sin serle visible lo que satiriza»26, lo cual equivale por otra parte a calificar de superficial y por ende de vulgar el juicio   -50-   del autor de la primera carta. Éste es, pues, el sentido de la respuesta a Ibrahim.

Pero ¿a qué venía esa intervención de Manuel Casal en el asunto? Pues lo más curioso del caso es que, si bien se afirma, en la carta introductoria publicada a continuación de los versos, que la respuesta de Fátima se la mandó a Alemán un corresponsal, al parecer anónimo, de «Stamboul», ficción corriente en esta clase de obras, no así en los papeles manuscritos de D. Lucas; en esta enorme colección de unos noventa volúmenes (perdidos ya algunos de ellos) intitulada La estafeta del placer27, en la que se incluyen obras propias y ajenas, el 88 contiene una noticia interesantísima28; escribe en efecto el autor en la página 61, sin copiar el texto por tenerlo indudablemente impreso:

Carta de Ibraim embajador de Constantinopla en Madrid a Fátima en Constantinopla, qe vino el año de 1787, y se insertó en el Diario de 10 de Diciembre de dho. año -Véase Correo de Madrid nº 121 donde se hallará el citado Diario unido.



Carta mía de Fátima a Ibraim en respuesta a la antecedte Véase Correo de Madrid nº 122...



Se habrán advertido varios errores: el «ascenso» de Ibrahim a embajador y la discordancia entre las dos menciones del Correo, pues la Carta de Fátima fue publicada en el nº 121 (en el 122 figura otra carta de Alemán de tema totalmente distinto); pero ¿cabe considerar también equivocada la reivindicación como obra propia de la Carta de Fátima? ¿O no pasa de equivaler el posesivo a «que mandé yo» (al Correo)? Bien es cierto que si nos atenemos al estilo y tonalidad de esta obra y los comparamos con los que ostentan por lo general las producciones de Casal, se percibe una clara disonancia, como podrá comprobarlo el lector. Pero en cambio, no es menos cierto que muy a menudo suele diferenciar el autor las obras de propia cosecha («mía») y las ajenas («copia») a lo largo de su inacabable colección, y que no prohíja nunca la Carta de Ibrahim, que también apareció anónima; en el índice del mismo volumen 88 se reincide en el trastrueque de los números del periódico, pero también se reitera la atribución de la Carta de Fátima al festivo folletista: «Carta de Ibraim a Fátima. / Carta mía de Fátima a Ibraim».

Mas surge una nueva objeción, y es que este volumen 88 fue redactado como pronto en... ¡1834!, pues entre las páginas 60 y 61 se ha   -51-   insertado un «periódico burlesco» impreso en Madrid en febrero de aquel año y, naturalmente, se puede leer en la página 60 la referencia manuscrita a dicho papel. ¿No pudo confundirse D. Lucas a tantos años de distancia, prohijando en un perdonable acceso de amnesia a más de ochenta años de edad (y ayudado en cierto modo por el anonimato de la obrilla) la segunda «carta turca» de Meléndez o de quien fuese?

Deacon no se ha fijado en que el carteo de los dos orientales tuvo una pronta repercusión, que fue la publicación de una tercera carta en el número 123 del Correo de 26 de diciembre de 1787, esto es, una semana escasa después de aparecida la de Fátima en el mismo periódico; era obra de nuestro folletista y llevaba por título Carta del Diablo Cojuelo a los Diaristas de la Corte29; como se ve, en ella se apuntaba a la Carta de Ibrahim publicada en el Diario, y no a la contestación de «Fátima»; a este respecto, más explícito se muestra aún el autor en el volumen 88 de su Estafeta del placer, pues escribe a continuación del título de las dos «cartas turcas»: «Carta mía crítica del Diablo Cojuelo a los Diaristas sobre la de Ibraim a Fátima: véase dho. Periódico Correo n. 123», repitiendo exactamente el título en el índice final del volumen. Esta tercera carta, como la de Fátima, iba precedida en el Correo de una cartita introductoria firmada por Lucas Alemán, en la que éste se fingía otra vez mero intermediario, afirmando el idéntico enfoque de ambas («me hallé con otra cerrada al mismo intento»), y de unos versos, un romancillo hexasílabo, con la misma denuncia de la «crítica», o, en el cuerpo de la carta, «sátira», de los «censores» (entiéndase: el autor de la Carta de Ibrahim); y tampoco carece de interés advertir que los dos poemitas, el de la Carta de Fátima y el de la del «Diablo Cojuelo», se encuentran reunidos en el volumen 88 de La estafeta del placer30, el primero con el título de Crítica y sátira, y el segundo con el de Al fluxo de periodizar (o Periodistas, en el índice).

De manera que, de rechazo, queda reforzada la impresión que teníamos de un origen distinto de las dos «cartas turcas», debiendo considerarse la segunda, según creo, como una réplica a la anterior, como también lo es, si bien en distinta clave y en tono humorístico más propio de Casal, la tercera del «Cojuelo», la cual, repito, fue «recibida» por el mismo corresponsal que la respuesta de Fátima y publicada   -52-   por él en el mismo periódico, que fue el Correo y no el Diario de Madrid a pesar de ser éste su destinatario.

¿Qué necesidad tendría Casal, que se afirma autor de la Carta de Fátima, de publicar dos cartas seguidas dedicadas al mismo asunto? Confieso que no se me ocurre ninguna respuesta satisfactoria.

El «Diablo» manifiesta más abiertamente que «Fátima», con tono más polémico y jocoso a un tiempo, que no ha podido «digerir» bien el contenido de la Carta de Ibrahim, a la que califica de «sátira con más cola que los sátiros de la fuente de Atocha», valiéndose de la misma palabra que el poemita introductorio a la Carta de Fátima y dándolo ya a entender en el nuevo epígrafe. Se trata por lo mismo de una reacción idéntica a la suscitada por la primera «carta turca» en el autor de la segunda. Como éste, Casal va examinando una tras otra las afirmaciones del viajero musulmán, contestando a lo que éste «pondera», «dice», «trata», «supone», o «expresa», y poniendo también en cursiva las frases de que discrepa, todo por el mismo orden que en la anterior respuesta del Correo, pero afirmando sin rodeos lo que la otra, en cambio, a menudo sugería, insinuaba a medias palabras, de manera que nos la hace finalmente más inteligible: así por ejemplo la crítica reiterada de las «exageraciones», la «pompa y faramalla», la «expresión pomposa» con que alaba Ibrahim al monarca y príncipes, mientras que en «Fátima», el mismo juicio («exageración pomposa») se atribuye, con no poca ingeniosidad por cierto, a la incredulidad del propio Ibrahim ante las noticias de segunda mano que tenía de España antes del viaje; de «lisonja afectada» se califica a la hiperbólica ocurrencia del musulmán que quisiera ser cristiano y vasallo del buen rey Carlos, pues supone que tiene poca lealtad al Sultán; la «turca», por su parte, no contestaba directa sino indirectamente, atribuyendo a las mujeres del harén, como más justificado, semejante deseo.

Tampoco le hizo gracia al «Cojuelo» la insistencia casi exclusiva del turco en las «perlas, diamantes, riquezas y suntuosidad de los vestidos, trono y Palacio» y en «la magnificencia del Reis Efendi y su buen trato, como si éstas fuesen las únicas prendas de este ilustre patricio. Ya veo que como forastero -prosigue- ignoraba su rectitud, gobierno, caridad, zelo y otras bellas qualidades que le adornan», prendas todas prácticamente idénticas a las antes enumeradas por «Fátima» y que por lo mismo ayudan a entender la crítica indirecta que entraña la frase de ésta: «De su integridad, amor patricio, caritativo celo y dulce trato ya me hizo bien capaz la dicha esclava».

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Por lo que hace a las madrileñas, también se muestra el «Diablo Cojuelo» buen «defensor de las mugeres Españolas» contra el «reparón» de Ibrahim, pero lo que era elogio de ellas en «Fátima» se convierte aquí en crítica de los que «todo se lo censuran y motejan» a esa «pobre gente», y por otra parte, en vez de tratar de explicar y justificar racionalmente el comportamiento del bello sexo, se limita a rebatir con jocoso formalismo los sucesivos reparos del viajero turco.

Resta decir que la primera parte de la carta la constituye el breve relato de la encuesta que va a realizar el «Cojuelo» por vía aérea, «plantándose de un vuelo en Constantinopla», acerca de la Carta de Ibrahim: y ocurre que la «deidad Musulmana», a quien halla en su harén muy ajena a «la pesadumbre que la carta la supone», manifiesta que ni conoce al presunto esposo, ni tiene noticia de su carta, ni le ha dado por lo tanto respuesta alguna, ya que ni siquiera sabe escribir. Esta divertida introducción ¿no podría sugerir también que cada una de las dos «cartas turcas», además de fingida naturalmente, era de distinto autor, o, cuando menos -y viene a ser lo mismo-, que Casal no conocía al autor de la primera?

He aquí pues, hasta donde pueden llegar mis dudas acerca de la autoría de Meléndez sobre las dos cartas publicadas una en el Diario y otra en el Correo de 1787, sin que se me oculte por otra parte la extraña disparidad de estilos entre la de «Fátima» y la del «Diablo Cojuelo», a pesar de reivindicarlas como propias Lucas Alemán. Tampoco descarto la posibilidad, ocioso es decirlo, de haberme planteado un falso problema. En cualquier caso, sigue sin explicación la renuncia de Meléndez a publicar unas Cartas turcas que, a finales de 1788, esto es, al año de aparecer la de Ibrahim y la de Fátima, seguía considerando dignas continuadoras de las Cartas Marruecas.





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Apéndice

Carta.- Señor Editor mi dueño: en seguida a la que en respuesta de Fátima a Ibraim remití a Vm. y tuvo la bondad de insertar en su Correo del Miércoles 19 del corriente, me hallé con otra cerrada al mismo intento. Su contenido tal vez puede ocupar algún espacio en su periódico, y culpar mi gratitud si se la ocultara. Hay va fresquita como una lechuga. Vm. déla el uso que guste, y mande a su afecto Don Lucas Alemán y Aguado.

Carta del Diablo Cojuelo a los Diaristas de la Corte.


Todo es escribir,
todo es componer,
todo criticar,
y el tiempo perder;
Señores Diaristas, ¿qué habemos de hacer?31
gastar tinta y plumas,
polvos y papel,
y dar que van dando,
salga rana o pez.



Muy señores míos: yo soy el Diablo Cojuelo, para servir a Vms. Desde los quintos infiernos salgo a desengañar al mundo, porque no siempre hemos de ser los diablos embusteros. Llámanme Cojuelo porque las cojo al vuelo, y nada se me escapa, y aunque en efecto soy cojo de nacimiento, disimulo mi cojera con tanto arte como el mejor petimetre la suya. Mi empleo es atisbar, oler y escudriñar quanto pasa en la Corte, más bien que una vecina en casa agena. Porque tanto llegó a mis manos cierta carta del señor Ibraim a la señora Fátima, comunicada al público en 10 de Diciembre de este año de 87. Leíla y releíla con cuidado, (que aunque uno sea Diablo, puede equivocarse), y cierto que está de primor hilada. Pero no pudiendo digerir bien su contenido (porque hay diablos de estómago delicado), determiné, sin aguardar a más que a montar sobre mis ancas, plantarme de un vuelo en Constantinopla. Con efecto, en un santiamén (que son las mulas de paso más ligero) me hallé dentro de esta ciudad populosa. Híceme en el momento invisible, porque yo hago de mí lo que quiero (¡para eso soy Diablo!), y entrándome en el Harem del señor Ibraim, sin miedo de Eunucos blancos, negros, azules ni amarillos, me colé hasta la habitación de la señora Fátima, como entra Pedro por su casa. Hallé a esta deidad Musulmana sobre su sofá durmiendo (y por cierto que roncaba de lo lindo), a cuya suspensión y reposo creció mi admiración y cuidado, pues su sosiego era ageno de la pesadumbre que la carta la supone, y así determiné hacerme visible a sus ojos. En efecto visibléme de repente (¡qué terminillo, amigos, para un ahogo!) patentizéme (hay va otro, ¡qué bien bayla!), pero asustada la pobre muger de mirarme (como que no había visto Diablos de por acá en su vida), quedóseme en los brazos lipotímica (¡ya escampa, y llueven guijarros!). Animéla como pude y, recobrada, informéla por menor de mi mensage, manifestéla su papel de Vms., y comuniquéla el fin de mi llegada; pero la buena señora, haciendo sobre sí mil garavatos asombrada, y jurándome verdad por las siete cabrillas,   -55-   me dijo que ni por sueños conocía al tal Ibraim ni tenía noticia de tal carta, ni sabía escribir tampoco; que era una burla declarada. ¿Cómo es eso de burla? la dixe; vea vuesa Fatimidad cómo habla, que un Diario Curioso y Erudito que lo asegura y un celebrado Correo de Madrid que trae su respuesta son dos papeles periódicos que ni pueden engañarse ni engañarnos. Tasadamente el primero se informa hasta de un botón de acero que se pierda, y el segundo alambica y estruja los asuntos más que un Boticario el zumo de verengenas. Pues sea como quiera (me replicó enojada), ni tal carta he recibido ni tal respuesta he dado. En esto, levantóse con aire y dexóme a buenas noches. ¡Brabo chasco, amigos míos! ¡Desde que soy Diablo Cojuelo no me he visto en igual sonrojo! ¿Y por quién? Por Vms. ¿Posible es que impriman de bóbilis bóbilis disparates semejantes? Pero ¿qué disparate? si mi primo Pico fresco (que es un diablillo romo y muy agudo) dice que es una sátira con más cola que los sátiros de la fuente de Atocha. Pensemos despacio la tal carta, y que pague aquel que pierda. Para ponderar el señor Ibraim (y qualquiera) la nobleza, virtud, amor y bondad de nuestro soberano, ¿son menester tantas exageraciones? Con decir que es Don Carlos III Rey de España, ¿no está dicho lo noble, virtuoso, amable y benigno mejor que con tanta pompa y faramalla? Con expresar que los Príncipes nuestros señores son dignos hijos de tal padre, ¿no se satisface a más de lo que la ponderación exceda? Los Héroes grandes se conocen por el nombre, y más que las palabras dice el nombre su heroísmo. Pondera el señor Ibraim las perlas, diamantes, riqueza y suntuosidad de los vestidos, trono y Palacio como suspenso y admirado. ¿Pues qué digo? ¿Pensaba su merced que venía a los Carabancheles o que Madrid era algún cortijo de Andalucía? ¡Linda embajada! Dice, con expresión pomposa, que en aquel momento de la Audiencia hubiera dejado de ser Musulmán por ser vasallo de tal Monarca; ¡Qué lisonja tan afectada! Pues yo ni un solo momento dejaría de ser vasallo fiel de mi Rey DON CARLOS, aunque estuviera delante del Preste Juan y me sacara diamantes como huevos y perlas como castañas. Pero esto va en opiniones. Adelante. Exagera la magnificencia del Reis effendi y su buen trato, como si estas fuesen las únicas prendas de este ilustre patricio. Ya veo que como forastero ignoraba su rectitud, gobierno, caridad, zelo y otras bellas qualidades que le adornan. Trata después de las mugeres Españolas (¡aquí es ella!). ¡Como soy Diablo Cojuelo que me enfurezco ahora de veras! Si ni por pensamiento ofendió a Fátima con ninguna de ellas, mejor para su conciencia, que ese menos pecado la carga. Si cubren la frente con el pelo, señal es de que no quieren ser descaradas. ¡Valga el diantre al Señor Ibraim, y qué reparón parece! ¡Y dirá luego que apenas las ha visto! ¡No se sabe qué medio han de tomar las infelices! ¡Todo se lo censuran y motejan! Si visten largo, dicen que barren el suelo; si corto, que van con tonelete de danzante; si gastan seda, daca y toma el luxo; si lana, suena a Beaterio; si se rizan alto, tarascas y gigantes; si llevan liso el pelo, tías Nicolasas; ¿Qué ha de hacer esta pobre gente de su figura? ¿No ha de adornarse? A la fe de buen diablo que no lo entiendo; pero veo que más que Damas Ecos hay hombres narcisos. Que cubran la frente, como el señor Ibraim dice, transeat; pero que la tengan llena de Excrecencias, como supone, no, por vida de mi abuela, que Madrid no es Casa-Rubios del Monte, de donde nos vino tan raro fenómeno. Que sea la nariz lo primero que en ellas se descubre es una verdad de Pero-Grullo: en todas y todos pasa lo mismo, desde que se usan caras. Si se cubre más la frente la más hermosa, será para no ofender con su hermosura: su donaire, gracia y belleza no necesitan artificios ni celages. Que a su Xefe vayan a ver a su posada no es extraño, pues él no ha de ir de casa en casa a ser visto. Si les incomodan y molestan, cerrar las puertas y está todo   -56-   acabado. Si los hombres parecen Eunucos, para eso no lo son ni los gastan; del parecer al ser ay más que de un queso a una calabaza. Si la esencia de Rosa suya hace milagros, el oro esencial nuestro hace diabluras. Este sí que es (a fe de Cojuelo) el más poderoso Talismán en todas partes. Lo de acompañar a su Xefe en el coche a pública vista, nada tiene de nuevo. Cada día vemos coches atestados de hombres y mugeres sin conocerse. Hablen sobre ello las pasquas, expliquen este punto las noches de carnestolendas y digan quanto saben los simones. En una palabra, Señores Editores, yo soy un diablo defensor de las mugeres Españolas, y si Vms. se atreven otra vez a insertar cosa contra su apreciable sexo, por la laguna estigia les juro que no me ha de quedar Diarista, Correísta, Semanarista, Periodista ni otro acabado en ista que facha a facha no le envista y se acuerde de quien ha sido, es y será, en honor de las damas, su seguro protector y apasionado el Diablo Cojuelo.

(Correo de Madrid, nº 123, miércoles 26 de diciembre de 1787, p. 639-640).



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