Mémoires du baron de Tott sur les Turcs et les Tartares, Amsterdam, 1784.
Números del 9, 12, 13, 20 sept. y 6 oct. Lafuente (Historia general de España, XI, 1869, p. 11) lo llama Achmet Fuad Efendi; tampoco es muy rígida la ortografía en la prensa de la época. Doy las gracias a mi colega y amiga M. C. Barbazza por haberse tomado la molestia de mandarme copia del largo texto de la Gazeta.
A.H.N., Madrid, Consejos, 5553/79. La licencia se consiguió oficialmente el 3 de sept., es decir nueve días antes de iniciar el Diario su «reportaje»; se anunció la obra de Sempere en la Gazeta de 20 de noviembre.
Cito por mi ejemplar personal que no es la primera ed., sino la de Barc., Francisco Generas (¿1774?), t. IV. En la de Madrid se lee: «Ibrahim».
Véase la clásica ed. de Dupuis-Glendinning, Londres, Tamesis Books, p. LVII-LVIII.
Se olfatea -tal vez por exceso de imaginación...- una compañía más o menos oficialmente facilitada al embajador para hacer más amena su estancia en la Villa y Corte. Adviértase que a pesar de su carta y de lo que supone explícita e implícitamente la respuesta a ella, «Ibrahim» no habla de Madrid, sino del «sitio en que demora el Emperador de las Españas»; además, la «sumptuosidad» de los jardines de palacio me parece convenir mejor a los de S. Ildefonso. Pero por otra parte, se me dirá, con no poca razón por cierto, que el relato de lo ocurrido en Barcelona, Valencia y La Granja se leía en la prensa de Madrid; en efecto, las líneas que acabamos de citar nos traen a la memoria los conciertos de música popular (tiranas, tonadillas, fandangos con guitarra) del 11 de agosto y siguientes en Barcelona, si bien sólo se menciona a un tal Perera que sobresalió entonces, y no a una determinada cantante.
Sólo podían competir con ella los majos de Cruz, que de un resoplido «echaban una casa al suelo».
Zaira y Zelmira; preferencia concedida a Fátima; el harén; los celos; invocación a Alá.
El párrafo introductivo queda destacado en el ms. de Sebold.
Los lectores de la prensa sabían que el Reis Effendi era en Turquía el «Canciller del Imperio» (Gazeta de Madrid, 25 sept. 87) y conocían por tanto la identidad de su colega español.