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ArribaAbajoActo I

 

En el mismo lugar. Una noche de invierno. Todas las luces están apagadas. La escena en sombras. Un débil resplandor azul recorta el mirador. Durante las primeras escenas de este acto, nieva.

 
 

Se levanta el telón. Hay un silencio absoluto. Los copos de nieve se abaten sobre los cristales del mirador. Y, de pronto, comienza a oírse el murmullo sofocado de un grupo de gentes que, por el jardín, se acerca a la casa. Son voces confusas, sin precisarse en frases, de hombres y mujeres. Unas sombras se dibujan a contraluz detrás de los cristales del mirador. Y, entre las sombras, destaca con fuerza el punto luminoso de una linterna eléctrica. Alguien golpea, mientras, en la puerta de entrada. Son unos golpes duros y secos, que casi adquieren eco en el interior de la casa desierta. Y se oyen con claridad algunas palabras de los que están fuera.

 

AVELINA.-   (Fuera.)  ¿Qué pasa?

PILOTO.-   (Fuera.)  No contestan.

JAVIER.-   (Fuera.)  Llame otra vez...

JOAQUÍN.-   (Fuera.)  Eso... Más fuerte.

PILOTO.-   (Fuera.)  ¡Cállense! Por favor...

TODOS.-   (Fuera.)  ¡Oh!

 

(Un rumor. Ahora se ve cómo la linterna eléctrica se acerca al mirador. Se hace trizas, de un golpe, un cristal de la vidriera. Una mano se introduce por el hueco del cristal roto y, manejando con destreza el picaporte, abre una hoja de la vidriera. Una vez abierto el mirador, salta, ágilmente, al interior la figura de un hombre. Cuando se encienden las luces, veremos que se trata de un mozo de aspecto simpático que viste uniforme de piloto de una compañía -ninguna determinada- de viajes aéreos. Él es el portador de la linterna. Fuera, en el jardín, ante el mirador, queda el confuso grupo de los demás personajes que irán surgiendo en escena según se indica en el diálogo. Hablan entre sí con frases entrecortadas, sin cesar, como dominados por una nerviosa emoción colectiva. El PILOTO, más sereno que los demás, ya en el interior de la casa, se dirige a los que están fuera.)

 

PILOTO.-  Un poco de calma, por favor. No se muevan de ahí...

ANITA.-   (Fuera.)  ¿Y no sería mejor que pidiéramos socorro? A ver, los hombres. ¿Qué hacen los hombres?

JAVIER.-   (Fuera.)  ¡Señora! ¿Quiere usted callarse?

ANITA.-   (Fuera.)  ¡Maleducado!

TODOS.-   (Fuera.)  ¡Oh! ¡Oh!

PILOTO.-  Pero ¿dónde estarán las luces en esta casa?  (Entre las sombras, se ve cómo va de aquí para allá la linterna que maneja El PILOTO. Transcurren así unos segundos escasos, llenos por el ininterrumpido rumor de los que están en el jardín bajo la nieve. Y, al fin, de la oscuridad, brota una exclamación de triunfo del aviador.)  ¡Ah! Aquí está.

 

(El PILOTO ha descubierto una pantalla a la izquierda, cerca del sofá. Enciende. La escena se ilumina tibiamente. En el grupo de los que están fuera, un profundo rumor de consuelo.)

 

TODOS.-   (Fuera.)  ¡Oh!

PILOTO.-  ¡Gracias a Dios!  (Apaga la linterna. Se la guarda. Mira en torno. Descubre un teléfono sobre una mesita, en primer término, a la izquierda, junto al sofá. Toma el auricular con ansiedad. Golpea la horquilla nerviosamente... Espera. Es inútil. Al fin, abandona de golpe el auricular. Presuroso, se dirige a la puerta de entrada al fondo. Intenta abrir. Pero no puede. La llave está echada. Vivamente, marcha hacia el mirador.)  ¡Oh! Salten por aquí. No hay otro medio de entrar. Pero ya tenemos refugio...

 

(La primera persona que salta el alféizar del mirador es ANITA: una dama en su brillante otoño, con sus encantos, todavía indudables, realzados con cuidadísimo esmero. Traje de viaje. Un leve maletín. Está muy sobresaltada.)

 

ANITA.-  ¡Qué noche! ¡Ay, Dios mío! Jamás, jamás volveré a viajar en avión. ¡Qué sensación tan horrible! ¡Qué angustia! Y qué rápido ha sido todo...

PILOTO.-  Vamos, vamos. Deme la mano.

ANITA.-  No veo nada.

PILOTO.-  ¡Arriba!

ANITA.-  ¡Jesús! Es la primera vez que entro en una casa por la ventana. Si me vieran mis amigos de Madrid...

 

(Ya dentro, ANITA se sacude, se arregla los pliegues de sus ropas, desciende y pasa a primer término, hacia la izquierda. Mientras, ha entrado DON JOAQUÍN: un buen hombre, que refleja en su rostro la más encantadora inocencia, embutido en un gran abrigo. Ya peina bastantes canas.)

 

JOAQUÍN.-  Deje, deje... Puedo yo solo. ¡Je!

PILOTO.-  ¡Ajajá!

JOAQUÍN.-  Gracias... Muchas gracias.

 

(Entra, y comienza a merodear de un lado a otro, mirándolo todo con mucha curiosidad. Enciende otra pantalla colocada junto a la chimenea. Aumenta, claro es, la luz. En el mirador está ahora ROSA, una mujer muy arrogante. Guapa. Irritadísima en estos momentos.)

 

ROSA.-  ¡Maldita sea mi estampa! Para que luego me hablen a mí de los aviones. Si por algo no he salido yo en mi vida de la calle de Arlabán.

PILOTO.-  ¿Cómo se encuentra?

ROSA.-  Echando chispas. ¿Es que no se me nota?  

(ROSA, entre tanto, ya ha llegado junto a ANITA. Y Don Joaquín, muy afable, se acerca a las dos.)

 

JOAQUÍN.-  ¡Je! Esto de viajar en avión es una lata, digan lo que digan. Nunca sabe uno lo que va a pasar. Una vez, hace dos años, iba yo a Lisboa...

ROSA.-   (Irritadísima.)  ¡No!

JOAQUÍN.-  ¡Señora!

ROSA.-  A mí no me cuenta usted lo de Lisboa. ¡Ea!

JOAQUÍN.-  Bueno.  (Humildemente.)  Si no quiere...

 

(Y se aleja, resignado. Va a la chimenea y, con unos leños que encuentra próximos, enciende fuego. En el mirador está ahora AVELINA, una chica muy joven.)

 

AVELINA.-  ¡Ay, qué susto! Pero qué susto tan grande. ¿Hay algún herido?

PILOTO.-  Ninguno. Todos sin novedad.

AVELINA.-  ¡Gracias a Dios!  (De pronto, con sobresalto, mirando hacia atrás.)  ¡Javier! ¿Dónde te has metido?

JAVIER.-  Aquí estoy.

 

(Y, en efecto, unos segundos antes ha entrado JAVIER: un muchacho joven, grato, bien vestido.)

 

PILOTO.-  ¿Y los otros?

JAVIER.-  No lo sé. Se han quedado atrás. Es muy difícil dar un paso. Hay mucha nieve, y está tan oscuro...

PILOTO.-  Esperen aquí. Les saldré al encuentro...

 

(El PILOTO salta al exterior. Vuelve a encender su linterna y desaparece en el jardín.)

 

AVELINA.-   (Apuradísima.)  ¡Javier! ¿De verdad estás bien? ¿No te has dado ningún golpe?

JAVIER.-  No, no... Nada.

AVELINA.-  Mírate bien, por Dios. Que, a veces, en estos casos, hay quien se rompe una pierna y no se entera.

JAVIER.-  Pero, mujer, ¿no te digo que estoy bien?

AVELINA.-  ¡Ay, Dios mío! Y que todo esto haya ocurrido en una noche como la de hoy...  (Y, con muchísimo desconsuelo, se abraza estrechamente a JAVIER. Este se azara bastante ante la mirada implacable de ROSA.)  Oh, Javier, Javier...

JAVIER.-  ¡Je! Discúlpenla ustedes. Se ha puesto muy nerviosa. Como el susto ha sido tan grande. Parecía que íbamos a estrellarnos...

ROSA.-   (Irónica.)  Ya, ya. Pobrecita.

JAVIER.-  ¡Je! Vamos, Avelina. Serénate. Estás llamando la atención...

AVELINA.-  ¿De veras?  (Se vuelve rápidamente, y, con su espalda apoyada en el pecho de JAVIER, se encara con ROSA y ANITA, muy risueña y un poco ruborizada.)  Pero si es mi marido...

ROSA.-  ¡Ah! ¿Sí?

AVELINA.-  ¡Claro! ¿No se había dado usted cuenta?

ROSA.-  Pues, hija, la verdad, como estas cosas nunca se saben de seguro...

 

(DON JOAQUÍN que, tan risueño, se había acercado al grupo, inquiere, muy curioso.)

 

JOAQUÍN.-  ¿Qué ocurre? ¿Qué ocurre?

ROSA.-   (Estallando.) ¿Y a usted qué le importa?

JOAQUÍN.-  ¡Je! Perdone...

 

(Y, tan cortés, se retira, sube al fondo y se queda allí junto a la cristalera, de cara al jardín.)

 

ROSA.-  ¡Jesús! Este hombre me pone nerviosa... Siempre está en medio. Todo lo quiere saber. Es un pelma. Lo que se dice un pelma...

 

(En el mirador aparece ahora, sola, LA MUCHACHA: una chica joven, de aspecto descuidado, pero graciosa. Pantalones, «sweter», un chaquetón. Lleva un minúsculo maletín, casi como una cajita de cuero, del que no se separa. ANITA, cuando la ve, pega un respingo.)

 

ANITA.-  ¡Ay! Lo que nos faltaba. Esta chica es francesa y no habla ni una palabra de español. Me di cuenta en Barajas.  (A ROSA.)  ¿Habla usted francés?

ROSA.-  ¿Quién? ¿Yo?  (Con mucho orgullo.)  Ni pizca.

ANITA.-  Yo tampoco. Porque con lo poquito que sé me hago unos líos tremendos.  (Un suspiro.)  Pues estamos listas...

 

(LA MUCHACHA, que está mirando a todos con aire desvalido, se acerca a ANITA tímidamente.)

 

MUCHACHA.-  Écoutez-moi, madame. Parlez-vous française, s'il vous plaît?

ANITA.-  ¡Ay, Jesús! Ya estamos.

ROSA.-  ¿Qué ha dicho?

ANITA.-  Pues eso que dicen siempre los franceses para empezar. Porque, eso sí, a pesar de que nadie los entiende, son unos charlatanes...

ROSA.-  ¡Ah! ¿Sí?

ANITA.-  ¡Huy! No quiera usted saber. En París hablan por los codos...

ROSA.-  Pues déjeme usted a mí. Ya verá.  (Y con toda decisión, se planta ante la atónita MUCHACHA y le habla muy despacio, silabeando muchísimo.)  Mire usted, señorita. Acabamos de tener una avería, como usted sabe, y el avión ha tenido que aterrizar donde menos esperábamos. Después, como ahí fuera, en el campo, hace un frío que no lo aguanta un cristiano, como pasa siempre en el campo, maldita sea, que yo no sé cómo hay a quien le gusta, hemos tenido que asaltar esta casa para no morirnos a la intemperie, víctimas del campo. De manera que lo mejor que puede usted hacer es esperar, calladita, a ver en qué acaba todo esto. ¿Entendido? Pues, hala.  (Y, muy satisfecha, regresa junto a ANITA.)  ¿Ha visto usted? Si, después de todo, es muy fácil...

ANITA.-  Verdaderamente...

ROSA.-  Y digo yo: ¿cómo se atreverán a andar por el mundo estos franceses que no saben más que el francés?

ANITA.-  ¡Calle usted: son incorregibles!

 

(LA MUCHACHA, que ha mirado a ANITA con los ojos muy abiertos, mira en torno con desolación, baja la cabeza y, al fin, humildemente, va despacito hasta la chimenea, se sienta sobre la alfombra y se queda con los ojos fijos en las llamas. De cuando en cuando, dirige furtivas miradas a los demás. En el mirador, precedida por EL PILOTO, aparece ELVIRA. Muy bien vestida, con sombrero y abrigo de viaje.)

 

PILOTO.-  Con cuidado.

ELVIRA.-  Gracias.

 

(Entra. Los demás se vuelven hacia ella y la miran con curiosidad.)

 

PILOTO.-  ¿Muy nerviosa?

ELVIRA.-  Un poco, como todos. Pero pasará pronto. ¿Dónde cree usted que estamos?

PILOTO.-  Cerca de los Pirineos. Unos kilómetros más allá, y el aterrizaje hubiera sido imposible.  (Pensativo.)  Realmente, el hecho de que estemos aquí todos, sanos y salvos, resulta algo sobrenatural. No lo comprenderé nunca...

ELVIRA.-  ¡Dios mío! ¿Y esta casa?

PILOTO.-  ¡Cualquiera sabe de quién será esta casa! Pero es el único refugio que se distingue por aquí. Todo lo demás es un inmenso campo cubierto de nieve. La verdad es que también esta casa parece otro milagro...

 

(El PILOTO, que ya está otra vez junto a la cristalera, brinca al jardín. Desaparece. ELVIRA, sola en el centro, mira a los demás y sonríe.)

 

ELVIRA.-  Buenas noches.

JAVIER.-  Buenas noches.

ELVIRA.-   (Sonriendo.)  Parece como si nos viéramos ahora por primera vez...

ANITA.-  Lo que pasa en los viajes... En Barajas, al subir al avión, ni siquiera nos hemos saludado.

 

(ELVIRA muy despacio va hasta la chimenea. Una vez allí extiende sus manos hacia el fuego. Se queda mirando a LA MUCHACHA y sonríe cariñosamente.)

 

ELVIRA.-  Buenas noches, pequeña.

ANITA.-  Inútil...

ELVIRA.-   (Volviéndose.)  ¿Cómo?

ANITA.-  No se moleste. Esa chica es francesa y no entiende una palabra de español.

ELVIRA.-  ¡Ah! ¿No? Bueno. Pero eso no importa. Yo hablo bastante bien el francés.

 

(Y se vuelve cariñosamente hacia LA MUCHACHA. Esta, al oír las últimas palabras de ELVIRA, se incorpora vivamente, como asustada, y retrocede. Todos hacen un movimiento de sorpresa. La muchacha los mira un instante, como si la persiguieran. Después, con un inconfundible afán de huir, cruza la escena y, subiendo aprisa la pequeña escalera, desaparece. Todos se quedan boquiabiertos. Un silencio.)

 

ANITA.-  ¿Han visto ustedes?

AVELINA.-  ¡Qué muchacha tan extraña!

JAVIER.-  Parece asustada... ¿Por qué?

 

(ELVIRA, que ha escuchado en silencio, sonríe y marcha hacia la puerta de la derecha.)

 

ELVIRA.-  Con permiso de ustedes, voy a curiosear un poco por ahí dentro. Una casa deshabitada es una tentación.

 

(Y marcha. Cuando ya está a punto de salir por la primera puerta de la derecha, se detiene, porque ANITA la llama.)

 

ANITA.-  ¡Espere!

ELVIRA.-  Diga.

ANITA.-  ¿Puedo hacerle una pregunta?

ELVIRA.-  ¿A mí? ¡Naturalmente!

ANITA.-  Por curiosidad... ¿Viaja usted sola?

ELVIRA.-   (Un silencio.)  Sí.

ANITA.-  ¡Ah!  (ELVIRA vacila un instante. Pero luego, con resolución, sale. Se miran, casi involuntariamente, todos los que quedan en escena.)  ¡Qué raro!

ROSA.-  ¿Qué es lo que es raro?

ANITA.-  Muy sencillo. Que yo juraría que esta señora no viaja sola. Y cuando yo lo digo... Porque a mí no se me escapa nada. Ni siquiera en las catástrofes.

ROSA.-  Pero entonces, si esa señora no viaja sola, su acompañante tiene que ser uno de nosotros...

ANITA.-  ¡Claro!

ROSA.-  ¡Ah!

 

(JAVIER y AVELINA están en primer término a la izquierda, muy juntos.)

 

AVELINA.-   (Muy bajo.) ¿Has oído?

JAVIER.-  ¡Calla! A ti no te importa. Tú no te separes de mí, oigas lo que oigas y pase lo que pase. ¿Te enteras?

 

(Hay un silencio. ANITA y ROSA se han aproximado a la chimenea. DON JOAQUÍN sigue inmóvil, en un sillón junto al mirador. Rompe el silencio con su tono pacífico de siempre.)

 

JOAQUÍN.-  Realmente, cuando a mí me pasó aquello de Lisboa...

 

(ROSA, que salta furiosa, como movida por un resorte, le corta.)

 

ROSA.-  ¡Cállese!

ANITA.-  Pero, mujer...

ROSA.-  ¡No puedo más, no puedo más! ¡Estoy muy nerviosa...!

JOAQUÍN.-   (Resignadísimo.)  ¡Bueno, bueno...! Me callaré.

 

(Y se recluye más aún, dentro de su sillón. Por donde se fue, aparece ELVIRA.)

 

ANITA.-  Qué, ¿ha encontrado usted algo interesante?

ELVIRA.-  Nada...  (Sonríe.)  Todo está abandonado y cubierto de polvo.

ANITA.-  ¡Qué horror! Nos pondremos perdidos...

ELVIRA.-  Hay un calendario viejo, con todas las hojas arrancadas. Hay un piano, con una partitura abierta... Algo de Beethoven.

ANITA.-  ¡Qué bonito!

ELVIRA.-  Nada de particular. Esta debe de ser una de esas casas que los propietarios solo habitan en verano... Gente rica, seguramente.  (Durante el diálogo anterior, ELVIRA ha cruzado la escena. Se sienta allá, en el mirador, frente a DON JOAQUÍN.)  ¿Creen ustedes que nos detendrán aquí mucho tiempo? Porque estoy deseando llegar a París...

 

(ANITA va hacia ELVIRA, muy afable, con una irreprimible curiosidad que apenas puede contener.)

 

ANITA.-  ¿Conoce usted París?

ELVIRA.-  No, no conozco París. Y le advierto que he viajado bastante. De chiquilla estuve dos años en un colegio de Irlanda. Después, pasé un verano en Suiza. Luego, en el viaje de novios, recorrimos media Italia: Roma, Nápoles, Venecia, Florencia... ¡Qué sé yo...! En fin, conozco hasta Mallorca.

ANITA.-  ¡Qué barbaridad!  (Transición.)  Y ahora, ¿piensa usted estar mucho tiempo en París?

ELVIRA.-  ¿Ahora?  (Un silencio.)  Toda la vida.

ANITA.-  ¡Ah!  (La mira intrigadísima. Después, despacito, marcha hacia ROSA. Cuchichea.)  ¿Ha oído? Comprenderá usted que nadie se queda en París toda la vida así como así...

 

(En este momento en el jardín, ante la cristalera, aparecen, guiados por EL PILOTO, EL MUCHACHO, EL PADRE JOSÉ y EL BUEN SEÑOR. Ayudados por EL PILOTO o no, según se indique en el diálogo, van entrando por el mirador. MARCOS, el primero: es un hombre desenvuelto, mundano.)

 

PILOTO.-  ¡Adelante!

MARCOS.-  Marcos.-Gracias. No se preocupe por mí.

 

(Entra EL MUCHACHO: muy joven, muy desaliñado, la cabeza descubierta, el pelo en desorden sobre la frente. Rechaza con displicencia la mano que le tiende EL PILOTO.)

 

MUCHACHO.-  Quite... No hace falta.

 

(Aparece VALENTÍN. Algo más de cincuenta años. Gran abrigo, sombrero, bufanda. Todo en él puede ser vulgar, salvo su rostro. En los ojos le brilla una chispa de inteligencia. Sonríe francamente.)

 

VALENTÍN.-  ¡Je! Agradecido. ¡Qué nochecita!

 

(Entra EL PADRE JOSÉ. Es un sacerdote muy joven, un muchacho de rostro jovial e ingenuo, bastante descuidado en su atavío. Se ha liado al cuello una bufanda de lana.)

 

PADRE JOSÉ.-  ¡Je! Gracias... Muchas gracias.

 

(Entra un individuo menudo, rechoncho, vulgarísimo, de rostro risueño y bonachón. Le llamaremos simplemente EL BUEN SEÑOR. Se frota las manos; conserva encasquetado su sombrero. Es el único pasajero que se protege de la lluvia con un paraguas, que cierra al entrar.)

 

EL SEÑOR.-  Qué, ¿ya estamos todos?

PILOTO.-  Todos. Por suerte, este era un viaje de pocos pasajeros. Esta época del año es mala para el turismo...

 

(EL BUEN SEÑOR está mirándolo todo con sincera y gozosa admiración.)

 

EL SEÑOR.-  ¡Caramba! ¡Qué casa! Pero ¡qué casa...! Debe ser una maravilla sentirse dueño de todo esto. En pleno campo...

 

(Y, siempre lleno de admiración, desaparece por la segunda puerta de la derecha. La colocación de los demás personajes en este momento es la siguiente: DON JOAQUÍN continúa en el sillón del mirador. ELVIRA, sola, en el sofá, a la izquierda. ANITA, sentada en un gran sillón junto a la chimenea. A su lado, en pie, ROSA. JAVIER y AVELINA, muy juntos, ante la puerta cerrada del fondo. El muchacho, en pie, negligentemente apoyado en la barandilla de la escalera. MARCOS, el PADRE JOSÉ, VALENTÍN y El PILOTO, en la meseta del mirador.)

 

ROSA.-  Bueno. Y ahora que ya estamos aquí todos, sanos y salvos, ¿qué va a pasar?

ANITA.-  ¿Ahora? Pues, hijita, lo natural: que este señor y sus compañeros, que saben muchísimo de aviones, arreglarán en un momento la avería esa, y dentro de un rato todos estaremos en París...  (Y se dirige amablemente al PILOTO, con la más encantadora de sus sonrisas.)  ¿No es eso?

 

(TODAS las miradas se clavan en EL PILOTO. Este, despacio, baja del mirador.)

 

PILOTO.-  Pero, señores... Creí que todos lo habían comprendido. Ya no hay que pensar en reanudar el viaje esta noche.

 

(Un sobresalto general. Los que están sentados se ponen en pie. ROSA, ANITA y AVELINA van hacia EL PILOTO y le rodean, como acosándole.)

 

TODOS.-  ¿Qué?

ROSA.-  ¿Qué dice usted?

ANITA.-  ¿Se ha vuelto loco?

AVELINA.-  Pero, hombre...

ELVIRA.-   (Con angustia.) ¡No querrá usted decir que vamos a pasar la noche en esta casa...!

PILOTO.-  No veo otra solución para ustedes. Es imposible que puedan socorrernos hasta que se haga de día. Estamos perdidos en medio del temporal y absolutamente incomunicados. Ni siquiera funciona este teléfono...

ANITA.-  ¿Que no funciona? ¡Eso lo veremos!  (Y se lanza al aparato y marca un número, nerviosamente.)  ¡Oiga, oiga...!

ROSA.-  ¿Adónde llama usted?

ANITA.-  A mi casa.

ROSA.-  ¡Anda! Pero ¿se olvida usted de que estamos a muchos kilómetros de Madrid?

ANITA.-  ¡Ay, Dios mío! ¡Si es que no sé lo que hago!  (Golpeando nerviosamente en la horquilla.)  ¡Oiga! ¡Oiga!

PILOTO.-  Es inútil. Ese aparato no tiene corriente...

ANITA.-  ¡Oh!  (Se vuelve y mira en torno con desolación.)  ¡Pero, señores, esto es el colmo...!

AVELINA.-   (Bajísimo, con estupor.)  ¡Es fantástico...!

ANITA.-  ¡Ah, no! Pues conmigo no cuenten. Yo no puedo quedarme aquí. ¿Cómo voy a pasar la noche en una casa donde no he sido invitada? Sería la primera vez...

AVELINA.-  ¡Naturalmente! Esta señora tiene toda la razón. Nosotros tenemos que estar en París esta noche. Esta misma noche...

ROSA.-  ¡Ah! ¿Sí?  (Soliviantadísima.)  ¡Pues yo también, para que se entere...!

JOAQUÍN.-  A mí me da lo mismo.  (Amablemente.)  En París, no tengo nada que hacer...

ANITA.-   (Furiosa.)  ¡Usted se calla!

JOAQUÍN.-  Sí, señora.

ANITA.-  Todo esto es increíble. Debe de haber algún medio para que esta noche, esta misma noche, lleguemos a París. Si ese maldito avión no sirve, habrá otro, ¡digo yo! Un tren especial. Coches...

 

(De pronto, ELVIRA se yergue y se dirige al PILOTO con la voz velada por la angustia.)

 

ELVIRA.-  ¡Por Dios...! Haga usted algo. Un milagro. Pero llévenos a París esta noche.

PILOTO.-  Lo siento...

ELVIRA.-  ¡Oh!

PILOTO.-  No se puede hacer nada, créame. Estamos tan contrariados como ustedes. Permítanme que les pida todas las disculpas en nombre de la Compañía...

ANITA.-  ¡Oh, la Compañía...!

PILOTO.-  Confío en que mañana por la mañana serán ustedes trasladados al aeropuerto más próximo, y en otro aparato se continuará el viaje a París. Si alguno de ustedes desiste, podrá volver a Madrid. Ahora, por favor, un poco de paciencia. Son unas horas... Una noche. Esta casa es lo suficientemente grande como para que todos ustedes descansen con cierta comodidad. ¡Ah! Y no se preocupen por nada. La Compañía dará toda clase de satisfacciones al propietario de la finca... Buenas noches.

 

(Abre la hoja del mirador, salta y desaparece en el jardín. Un silencio. ANITA se revuelve.)

 

ANITA.-  ¡Oiga, oiga...!  (Se queda inmóvil. Con ansiedad recorre con los ojos el semblante de cada uno de los demás.)  Pero, ¿es que no vamos a hacer nada? ¿Por qué se quedan ustedes callados?

 (Otro silencio. Por la segunda puerta de la derecha surge EL BUEN SEÑOR, contentísimo.) 

¡Una cama! Ahí hay una cama... Una cama con mantas y un edredón de seda...

ANITA.-   (Furiosa.)  ¡¡Cállese!!

El SEÑOR.-  Pero...  (Estupefacto.) 

ANITA.-  ¡Le digo que se calle!

El SEÑOR.-  Bien, bien. Disculpen... Pero yo, yo tengo sueño.

 

(Y se marcha muy digno por la segunda puerta de la derecha.)

 

ANITA.-  Hay que hacer algo... No podemos permanecer aquí encerrados toda la noche. Hay que hacer algo.  (Mira alrededor de sí misma, como buscando. Con ansiedad da un paso hacia el sacerdote.)  ¿Qué dice usted, padre?

PADRE JOSÉ.-  ¡Huy!  (Sonríe.)  Yo no sé qué decir. Como es la primera vez que viajo en avión, no tengo costumbre...

ANITA.-  ¡Oh!  (Va hacia MARCOS, que, indiferente a todo, tranquilo, sereno, está allá, en el fondo, fumando un cigarrillo.)  ¿Qué piensa usted?

MARCOS.-  Nada... ¿Para qué?

 

(ANITA gira y va hacia la escalera, encarándose con EL MUCHACHO, que está como ausente.)

 

ANITA.-  ¿Y usted?

Muchacho.-Oiga. A mí, déjeme usted en paz...

ANITA.-  ¡Grosero!

TODOS.-  ¡Oh!

ANITA.-  ¡Grosero, más que grosero!...  (Está muy excitada. Va de un lugar a otro. Se deja caer en un sillón y gime, muy bajo.)  ¡Yo tenía que estar en París esta noche, Dios mío! ¡Yo tenía que estar en París esta noche!...

 

(Se seca unas lágrimas. Poco a poco, en medio del silencio general, se calla. AVELINA se estrecha más contra el pecho de JAVIER. ELVIRA, inmóvil, tiene los ojos clavados en la alfombra... MARCOS fuma, con la cabeza baja. EL MUCHACHO mastica algo. VALENTÍN, un poco aislado de los demás, en primer término, a la izquierda.)

 

VALENTÍN.-  Bien. Después de todo, este no es un mal refugio. ¡Buena finca! Cómoda, agradable... ¡Una delicia!  (Transición.)  Por cierto, ¿no les parece a ustedes que lo primero que deberíamos hacer es dar un vistazo por ahí dentro? Porque la noche todavía es larga. Faltan algunas horas hasta que se haga de día. Y digo yo que cada uno tendrá que elegir su rincón para echar un sueñecito...

ANITA.-   (Dolorosamente.)  Pero ¿cree usted que podremos dormir?

VALENTÍN.-  ¿Por qué no? Si no hay fantasmas...

 

(ANITA, ROSA y AVELINA, sobresaltadísimas, chillan al unísono.)

 

LAS TRES.-  ¡Ayyy!

AVELINA.-  ¡No! ¡Eso, no! ¡Fantasmas, no! ¡Fantasmas, no!...

ANITA.-  ¡Por Dios! No lo diga ni en broma...

 

(Ríe VALENTÍN. El PADRE JOSÉ, muy divertido también, avanza y se sitúa entre ANITA y ROSA.)

 

PADRE JOSÉ.-  ¡Ea! Este señor tiene muchísima razón. Por mi parte, estoy dispuesto a comenzar la exploración de la casa ahora mismo. ¿Quién me acompaña?

ROSA.-   (Irritadísima.)  ¡Vamos! ¡Maldita sea mi sombra!

PADRE JOSÉ.-   (Casi asustado.)  ¡Señora!

 

(Salen EL PADRE JOSÉ, ANITA y ROSA por la primera puerta de la izquierda. En seguida, EL MUCHACHO se va, silenciosamente, por la segunda puerta del mismo lado. MARCOS, tranquilo, como siempre, sin inmutarse, sale por la primera puerta de la derecha. ELVIRA sube los pocos peldaños de la escalera y desaparece. Quedan en escena AVELINA con JAVIER y, lejos, en el mirador, DON JOAQUÍN y VALENTÍN.)

 

AVELINA.-   (Muy bajo.)  ¡Javier! No me atrevo a mirar a nadie. Tengo miedo de que me lo lean en la cara.

JAVIER.-  ¡Calla! Ven conmigo.

 

(La toma del talle y se la lleva por la primera puerta de la derecha. Quedan en escena VALENTÍN y DON JOAQUÍN. Un silencio. VALENTÍN, despacio, baja del fondo y llega hasta la chimenea. Allí se queda como ensimismado, los ojos fijos en los leños que arden, mientras DON JOAQUÍN sonríe bondadosamente.)

 

JOAQUÍN.-  ¡Je! ¡Qué curiosa situación! ¿No cree? He aquí unas cuantas personas que hace unas horas, cuando subíamos al avión en Barajas, no nos conocíamos... Como que ni siquiera nos hemos saludado. Y ahora, queramos o no, hemos de pasar juntos toda una noche, bajo el techo de una casa desconocida.  (Se calla. Como para sí mismo.)  Y ¿quiénes somos? ¿Quién es cada uno de nosotros?  (Se vuelve. Ve a VALENTÍN, que, callado, sigue como ausente.)  ¡Chiss! Oiga.

VALENTÍN.-  Diga...

JOAQUÍN.-  ¿Sabe usted que entre nosotros viaja un policía?

VALENTÍN.-   (Sorprendido.)  ¿Un policía?

JOAQUÍN.-  ¡Chis!  (Misteriosamente, pero encantado.)  ¡Entérese, entérese! Aquí, aquí hay un policía; pero no es un policía corriente, no, señor. Es un policía que viaja como un viajero más. De incógnito, ¡vaya! Para pasar inadvertido. Como que nadie lo sabe. Ni siquiera los pilotos.  (Sonríe.)  Yo, sí. ¿Comprende? Me enteré, por pura casualidad, en el aeropuerto, antes de subir al avión. Claro que no he hablado de esto con nadie. Solo con usted, nada más. ¡Je!

VALENTÍN.-  Pero... ¿Está usted seguro?

JOAQUÍN.-  Seguro, segurísimo... Si yo le dijera a usted por qué estoy tan seguro... Pero, no. ¡Eso, no! ¡Eso, no! No lo diré. El caso es que uno de los viajeros es policía...

VALENTÍN.-   (Pensativo.)  ¡Un policía aquí! ¿Por qué?

JOAQUÍN.-  ¡Ah! Eso...  (Durante un silencio brevísimo se miran. En seguida, DON JOAQUÍN baja la cabeza y marcha hacia la izquierda.)  Bueno. La verdad es que no sé por qué le he dicho a usted todo eso... ¡Je!

 

(Y tranquilamente, con las manos a la espalda, se va por la primera puerta de la izquierda. VALENTÍN le ve marchar en silencio. Ya está solo. Muy despacio, muy pensativo, mira en torno. Sube hasta la cristalera. Se queda de espaldas al público, ante las sombras de la noche que envuelven el jardín. Ya no nieva. Una corta pausa. Y al instante, comienzan a entrar los diferentes personajes que salieron, excepto EL BUEN SEÑOR. Dejaron dentro sus paquetes, sus maletines, algunos hasta el abrigo. LA MUCHACHA entra, al mismo tiempo que ELVIRA. Las entradas de unos y otros, en este momento, se realizarán cuando convenga al diálogo.)

 

ANITA.-  ¡Ay! No conozco a los dueños de esta casa; pero la verdad es que no me son simpáticos. Todo está lleno de raquetas, patines y balones... Deben de ser de esa gente horrible que se pasa la vida haciendo deporte.

AVELINA.-  Tienen un tocadiscos buenísimo. Pero no hay más que un disco...

ANITA.-  ¿Cuál?

AVELINA.-  «Suspiros de España».

ANITA.-  ¡Jesús! ¡Qué patriotismo! ¡Cuando yo digo que estos hacen mucho deporte...!

ROSA.-  Oiga. En la cocina hay té y azúcar, y hasta un poco de «whisky»...

ANITA.-  ¡Qué bien!

ROSA.-  Lo digo por si alguno quiere reponerse. Yo no necesito nada. He traído café en un termo.

ANITA.-  Pero ¡qué amable es usted!

JOAQUÍN.-   (Tímidamente.)  Yo he visto ahí dentro esta baraja y me he permitido tomarla. De manera que si alguno de ustedes quiere, podemos echar una partidita...

MARCOS.-   (Seco.)  No... Gracias.

JOAQUÍN.-   (Dulcemente, resignado.)  Bueno, bueno...

 

(Y, con un suspiro, se sienta en el mirador, ante la mesita, y comienza a hacer solitarios. Los demás se acomodan aquí y allá en los diversos sillones. Alguno se queda en pie. LA MUCHACHA, silenciosamente, se separa de ELVIRA y se sienta en los peldaños del mirador. EL MUCHACHO, en pie, cerca de la chica, se apoya en la barandilla de la escalera. ELVIRA se acomoda en el sofá. Hay un silencio. De pronto, VALENTÍN se planta en el centro... Muy brillante.)

 

VALENTÍN.-  ¡Señores! Tengo una idea. ¿Qué les parecería a ustedes si, para pasar la velada de un modo distraído, nos presentáramos los unos a los otros?

 

(Un movimiento de satisfacción en ROSA, ANITA, AVELINA, DON JOAQUÍN y EL PADRE JOSÉ. Los demás se quedan absolutamente indiferentes.)

 

AVELINA.-  ¡Ay! ¡Sí, sí!...

JOAQUÍN.-  ¡Hombre! En eso mismo estaba pensando yo...

PADRE JOSÉ.-  ¡Qué buena ocurrencia!

VALENTÍN.-  ¿Le gusta?

PADRE JOSÉ.-  ¡Huy! ¡Me encanta! Porque la verdad es que yo soy muy charlatán, ¿sabe? Y no puedo estar mucho tiempo callado.

VALENTÍN.-  ¡Bravo!

ROSA.-  ¡Ay! ¡Qué simpático es este cura! Me gusta.

ANITA.-   (Con ojo crítico.)  Y a mí. A mí también me gusta...

PADRE JOSÉ.-   (Casi ruborizado.)  ¡Je! Muchas gracias. Es favor...

ANITA.-  Y eso que, con franqueza, padre, cuando le vi a usted subir al avión en Barajas, me pareció usted uno de esos sacerdotes modernos, tan campechanos, que me fastidian muchísimo, la verdad. Venga usted aquí. Siéntese a mi lado. Hable usted el primero. Porque estoy segura, segurísima, de que en Madrid usted y yo tenemos muchos amigos comunes...

PADRE JOSÉ.-  ¡Ca! No creo. Yo soy un cura de suburbios.

ANITA.-   (Con espanto.)  ¡No!

PADRE JOSÉ.-  Sí, sí...

ANITA.-  ¡Jesús! Cuánta abnegación. Es un santito. ¡Un santito!

PADRE JOSÉ.-   (Muy alegre.)  ¡Qué va! Pero si yo lo paso tan ricamente...

ANITA.-  ¿Es posible?

PADRE JOSÉ.-  Sí, señora. Yo nací en una casa muy humilde. Por eso soy feliz allí, en mi barrio, entre mi gente. Si algún día caen ustedes por aquellos andurriales, pregunten, pregunten por el padre José, y verán cómo cualquiera les da razón. Y no crean, no crean que todo son penas entre la gente pobre. ¡Quia! También sabemos divertirnos un poquito. A mí me gusta mucho el cine, ¿saben ustedes?  (Un suspiro.)  Lo malo es que las señoras de la parroquia no me dejan ver más que las del Oeste... Me tienen frito. ¡Je! También tenemos un cuadro artístico. Y todos los años hacemos «El Divino Impaciente». Además, hay un equipo de fútbol.

JAVIER.-  ¿Le gusta a usted el fútbol?

PADRE JOSÉ.-  ¡Oh, no sabe usted! Ayer jugamos contra los de Villaverde, y les ganamos. Y, según dicen mis chicos, yo estuve muy bien...

JAVIER.-   (Con cierto susto.)  Pero ¿usted juega, padre?

Padre José.-Hombre... Yo soy el árbitro.

JAVIER.-  ¡Ah!

PADRE JOSÉ.-  Y cuando acabó el partido, los muchachos de mi equipo hasta me aplaudían y todo...

JAVIER.-  ¡Ah! ¿Sí? ¿Y qué decían los otros?

PADRE JOSÉ.-  Nada...  (Tiernamente.)  ¡Pobrecitos! ¿Qué iban a decir? Como soy cura...

JAVIER.-  ¡Qué barbaridad!

AVELINA.-  ¡Ay, qué padre este!

PADRE JOSÉ.-  ¡Je! Son buenos. Me quieren. Claro que siempre hay algún tozudo, más que tozudo, que no cree en Dios. La culpa de todo la tiene Madrid. Está tan cerca... Por la noche, cuando se encienden las luces, se ve cómo brilla todo, tan alegre, tan hermoso, tan grande. En nuestro barrio todo está sucio y lleno de polvo. ¡Una pena! De vez en cuando, llegan unas señoras muy elegantes, así como ustedes, y dicen que van a transformar el suburbio y que van a hacer una calle por aquí y otra por allá. Y casas con terrazas y flores en los balcones. Y una parroquia nueva. Pero se van y no vuelven. ¡Bah! Para mí, que son cosas de mujeres...  (Transición. Baja la cabeza. Luego se ruboriza al observar que todos le miran.)  ¡Anda! Se me olvidaba decirles a ustedes por qué voy a París. Resulta que en estos días se está celebrando allí un Congreso de Jóvenes Obreros Católicos. El asesor de los chicos españoles se ha puesto enfermo y el señor obispo ha resuelto que vaya yo a sustituirle. ¡Yo! ¡Figúrense ustedes! Como nunca he salido del barrio, tengo un apuro... Menos mal que voy bien preparado, eso sí. Me he comprado un plano de París.  (Se calla de nuevo. Mira a los demás, con timidez, y sonríe, casi sonrojado.)  Bueno. Ya saben ustedes quién soy. En el fondo, señora, un cura de esos que a usted no le gustan...

ANITA.-   (Bajito.)  ¡Por Dios, padre!...

PADRE JOSÉ.-  ¡Je! Y ahora, ¿quién habla? Vamos a ver...

 

(Un ligerísimo silencio, durante el cual se miran unos a otros con indecisión. Bruscamente, La muchacha se pone en pie. Todos la miran. Ella baja la cabeza y, entre la atención general, cruza la escena despacito y sale por la primera puerta de la derecha. Todos se miran un poco sorprendidos.)

 

AVELINA.-  ¡Ay! ¡Pero qué rarísima es esta chica!

VALENTÍN.-  ¡Je!

AVELINA.-  Me está poniendo nerviosa.  (Otro silencio casi imperceptible. Dentro, en la habitación contigua, suenan, al piano, las primeras notas del «Para Elisa», de Beethoven. Todos miran hacia la puerta por donde salió LA MUCHACHA. AVELINA da un paso y se asoma.) 

¿Oyes, Javier? Está tocando el piano.

 

(EL MUCHACHO se incorpora.)

 

MUCHACHO.-  Buenas noches.

ANITA.-  ¿Adónde va usted?

MUCHACHO.-  ¡Pche! Por ahí dentro. A ustedes no les importa saber quién soy yo. A mí no me interesa nada saber quiénes son ustedes. ¿Para qué? Mañana nos separaremos y no nos volveremos a ver más...

ANITA.-   (Con enorme indignación.)  ¡Descarado!

MUCHACHO.-  Conque, lo dicho...

 

(Y, despacito, tranquilo, casi desafiante, cruza la escena y desaparece por la misma puerta por donde salió LA MUCHACHA. Hay como un suave rumor entre los presentes. Cesa de oírse el piano.)

 

ANITA.-  ¡Grosero! ¡Mal educado! No soporto a este chico. Me crispa los nervios. Bueno, en general, los muchachos de ahora son inaguantables. Siempre parece que están enfadados por algo. Antes, no éramos así. Éramos verdaderos jóvenes: alegres, simpáticos, divertidos. ¡Ay! Yo no lo puedo remediar. Sufro mucho en estos tiempos. Como soy tan católica y tan de derechas...  (Se queda mirando a todos, muy satisfecha de sí misma, y sonríe.)  Me llamo Ana María; pero todos ustedes pueden llamarme Anita... Lo prefiero.  (Muy rápida.)  Soy viuda.

ROSA.-  ¡Me lo estaba figurando!

ANITA.-  ¿Usted también es viuda?

ROSA.-  Pues, para el caso...

ANITA.-  ¡Ah, ya!  (Transición.)  Era un santo mi pobre marido. Un verdadero santo. ¡Y tan sufrido! ¡Oh! Cuando llegó la guerra, como vivíamos en Madrid, pues, naturalmente, le metieron en la cárcel. Después, nos pasamos a San Sebastián... Y lo volvieron a meter en la cárcel.

ROSA.-  ¿Otra vez?

ANITA.-  Sí, sí...

ROSA.-  Oiga: pero ¿qué ideas tenía su marido?

ANITA.-  Pues, hija, eso dependía de la cárcel...

PADRE JOSÉ.-  ¡Claro! ¡Pobre señor!

ANITA.-  El pobrecito murió hace diez años...

ROSA.-  ¿En la cárcel?

ANITA.-  ¡Oh, no! Nada de eso. Poco tiempo después, se casó mi única hija. Y desde entonces, ya pueden ustedes imaginar cómo es mi vida, en medio de la más espantosa soledad. Una soledad muy triste y muy dolorosa para una mujer que todavía es joven... ¡Ah! Y si ustedes quieren que les diga el motivo de mi viaje, se lo diré. Porque la verdad es que no puede ser más inocente. De vez en cuando, para huir de esta soledad, hago una escapadita a París. Tengo allí una íntima amiga. Vivo en su casa unos días y aprovecho para ver en las tiendas las últimas novedades.

 

(VALENTÍN, que la estuvo mirando con mucha atención mientras hablaba, sonríe.)

 

VALENTÍN.-  ¡Hola! ¿Y esa es la única razón de su viaje a París?

ANITA.-   (Desconcertada.)  ¡Ay! Pero ¿por qué me hace usted esa pregunta?

VALENTÍN.-  ¡Señora! Porque oyéndola a usted hace unos minutos cualquiera hubiera creído que para usted era cuestión de vida o muerte llegar a París esta noche...

ANITA.-   (Indignada.)  ¡Jesús! Pero qué impertinente y qué curioso es este señor... Oiga. ¿Quién es usted?

AVELINA.-  ¡Claro! ¡Que lo diga!

VALENTÍN.-   (Sonriendo.)  Bueno, bueno... No se preocupen ustedes por mí. No merezco la pena, de verdad. Les aseguro que aquí, entre nosotros, hay personas mucho más interesantes que yo.  (Y, muy despacito, se encara con MARCOS, que en este momento está, en pie, en la mesita del mirador.)  Buenas noches, señor Marcos Villanueva.

 

(En casi todos, al oír el nombre de MARCOS, hay un movimiento de curiosidad. ANITA y AVELINA, maquinalmente, dan un paso hacia el fondo.)

 

ANITA.-  ¡Ay! Pero ¿usted es Marcos Villanueva?

AVELINA.-  ¿El escritor?

ANITA.-  ¡Qué alegría conocerle, señor Villanueva! Yo soy una gran admiradora suya...

AVELINA.-  Y yo, y yo...

JAVIER.-  ¡Naturalmente! Y todos...

MARCOS.-  Gracias.

ANITA.-  Venga usted aquí. Acérquese. ¡Ay, qué suerte hemos tenido! Un escritor en una reunión resulta algo impagable. Los escritores dicen siempre unas cosas tan curiosas...

MARCOS.-  Pero, señora... Si yo no tengo nada que decir.

ANITA.-  ¿Cómo que no? Un hombre interesante siempre tiene algo que decir...

MARCOS.-  Es que, de verdad, yo no soy un hombre interesante...

ANITA.-  ¡Jesús! ¡Qué modestia! ¿Es usted soltero o casado?

MARCOS.-  Soltero...

ANITA.-  ¡Vamos! Y aún dice que no es interesante...

ROSA.-  ¿Qué querrá?

JAVIER.-  ¡Señor Villanueva! ¿Va usted mucho a París?

MARCOS.-  Sí... Bastante. Tengo un piso pequeñito en una bocacalle del «boulevard» Montmartre. Tengo amigos... Y paso allí algunas temporadas trabajando.

ROSA.-  No me choca. A todos los escritores les gusta París...

JAVIER.-  Se comprende. París es tan alegre...

MARCOS.-  A mí me gusta París porque es triste...

ANITA.-   (Muy contenta.)  Ya, ya está. Ya empieza. ¿No dije yo que los escritores siempre dicen lo contrario de lo que hay que decir?

MARCOS.-  En París es donde se refugian todos lo que huyen de algo. Por eso, el aire de París está lleno de nostalgias. Por eso es triste París. Y, por eso, me gusta.

PADRE JOSÉ.-  ¡Ah!  (Tímidamente.)  ¿Es que usted también huye de algo, señor Villanueva?

 

(MARCOS se vuelve, un poco sorprendido, y se queda un instante mirando al PADRE JOSÉ.)

 

MARCOS.-  Todos huimos de algo. O vamos en busca de algo, que es una manera de huir de todo lo demás.  (Un silencio.)  Yo no quiero engañarle, padre. Soy hombre de poca fe religiosa...

PADRE JOSÉ.-  ¡Je! Comprendo...

 

(Baja la cabeza. Un repentino silencio.)

 

JOAQUÍN.-  ¿Y qué escribe ahora, señor Villanueva?

MARCOS.-  Pues, desde hace una temporada, solo trabajo para el cine...

PADRE JOSÉ.-  ¡Hola! Eso me gusta.  (Interesadísimo.)  ¿Y qué clase de películas hace?

MARCOS.-  Cine católico...

PADRE JOSÉ.-  ¿Usted?

MARCOS.-  Sí.

PADRE JOSÉ.-  ¡Anda!  (Atónito.)  Para que se fíe uno del cine...

 

(Otro breve silencio. MARCOS, bajo las miradas de todos los demás, sonríe indiferente, casi lejano.)

 

ANITA.-  ¡Señor Villanueva! ¿Puedo hacerle una pregunta indiscreta? ¡Ay, no se extrañe! Yo, siempre que conozco a un hombre ilustre, le hago una pregunta indiscreta. Cuando me presentaron a André Maurois, y le vi delante de mí, con sus barbas y su camisa a cuadros...  (De pronto, se tapa la boca con la mano.)  ¡Ay, no! No era ese. Era el otro.

ROSA.-  ¿Quién?

ANITA.-  Uno que parecía un vaquero. Hemingway, o así se llamaba... Bueno, pues le hice una pregunta tremenda, tremenda.

ROSA.-  ¿Y qué contestó?

ANITA.-  Nada... Porque el pobrecito no se enteró. Estábamos en un cóctel, y en los cócteles, ya se sabe, usted pregunta, pregunta y no contesta nadie. Pero usted sí me va a responder, señor Villanueva.  (Sonríe con coquetería.)  ¿Pregunto?

MARCOS.-   (Sonriendo.)  Pregunte...

ANITA.-  Ya.  (Un silencio.)  ¿Es usted feliz?

MARCOS.-   (Después de otro silencio.)  No. Nunca he sido feliz.

ANITA.-  ¡Ay, pobre!...

MARCOS.-  Pero lo seré desde mañana...

AVELINA.-  ¡Ah!

VALENTÍN.-   (Con mucha atención.)  ¡En París!

MARCOS.-  Justo... En París.

ROSA.-  ¡Qué exigente!

AVELINA.-  Es maravilloso...

VALENTÍN.-   (Sonriendo.)  ¿Han oído ustedes? El pasaporte del señor Villanueva tiene visado para la felicidad. Realmente, por algo así merece la pena hacer un viaje a París...

 

(MARCOS alza la cabeza hasta VALENTÍN y le mira. De pronto, AVELINA, encantadísima, se planta en el centro.)

 

AVELINA.-  ¡Ay!  (Mira en torno, como escogiendo. Y de pronto, muy resuelta, se encara risueña con ELVIRA.)  ¡Ahora le toca a usted!

ELVIRA.-   (Sobresaltada, como despertando.)  ¿A mí? Pero si yo no tengo nada que contar...

AVELINA.-  ¿Cómo que no? Aquí, todos tenemos algo que contar. Además, no es necesario que se moleste. Yo pregunto y usted contesta. Una interviú. Así resultará más divertido. ¿Empiezo?

 

(ELVIRA sonríe, vencida por la ingenuidad de la muchacha.)

 

ELVIRA.-  Empiece...

AVELINA.-  Pues allá voy. ¿Cómo se llama usted?

ELVIRA.-  Elvira...

AVELINA.-  ¡Qué bonito! ¿Vive usted en el barrio de Salamanca?

ELVIRA.-  ¿Cómo lo sabe?

AVELINA.-  Porque la gente del barrio de Salamanca tiene algo especial. No sé. Un señorío. Una elegancia.  (Naturalísima.)  Yo vivo en Serrano, ¿sabe? Y tengo la impresión de que usted y yo nos hemos encontrado en algún sitio antes de ahora. Vamos, haga memoria. Mire usted, yo, a mediodía, tomo el aperitivo en el café de Roma. Por la noche, en Loto. Y pase lo que pase, meriendo todas las tardes en Manila...

ROSA.-   (Con un escalofrío.)  ¡Jesús! ¡Qué vida!

ELVIRA.-  No, no creo que nos hayamos visto antes. Yo apenas salgo de casa...

AVELINA.-  Es usted casada, claro...

ELVIRA.-  Sí...

AVELINA.-  Yo también.  (Y señala, muy orgullosa, a Javier.)  Mire. Este es mi marido.

ELVIRA.-  Encantada...

AVELINA.-  ¿Le gusta?

ELVIRA.-   (Sonríe.)  Desde luego...

JAVIER.-   (Azoradísimo.)  Pero, Avelina...

AVELINA.-  ¿Verdad, señora, que el matrimonio es algo maravilloso?

 

(Ya está sentada en el sofá, junto a ELVIRA. Esta la mira. Luego, mira a JAVIER; sonríe, vuelve a mirar a la muchacha y, con un involuntario gesto de ternura, le hace una caricia en la cara.)

 

ELVIRA.-  ¡Qué feliz es usted!

AVELINA.-  Muchísimo. ¿Y usted?

ELVIRA.-  No... Yo, no.

AVELINA.-  ¡Ah! Dispense...

 

(Y, muy azorada, desconcertadísima, se pone en pie y se refugia en JAVIER. Hay un cortísimo silencio. Todos miran a ELVIRA.)

 

ELVIRA.-  Mi marido está enfermo... Lleva mucho tiempo inmóvil en un sillón. Un accidente. Ocurrió al poco tiempo de nuestra boda. Y desde entonces, desde entonces...  (Bruscamente, se echa a llorar y se tapa la cara con las manos. Con angustia.)  Pero, por Dios, no me pregunten más. ¡No me pregunten!

PADRE JOSÉ.-  Por favor... ¡Dejen en paz a esa mujer! ¿No ven ustedes que sufre?

AVELINA.-  Pero...

JAVIER.-  ¡Calla tú!

 

(TODOS, sorprendidos, se vuelven hacia MARCOS. Luego, involuntariamente, las miradas recaen sobre ELVIRA.)

 

ELVIRA.-  Discúlpenme. No sé cómo ha podido ocurrir. Estoy avergonzada. Por favor... No se ocupen de mí.

 

(Se recluye más en el sofá. Hay un silencio. DON JOAQUÍN, que hasta ahora ha permanecido entregado a sus solitarios, se incorpora y dice tímidamente.)

 

JOAQUÍN.-  ¡Chiss! ¿Puedo hablar yo?

ROSA.-   (Casi en un grito.)  ¡¡Sí!!

TODOS.-  ¡Ay!

ANITA.-  ¡Jesús!

VALENTÍN.-  Pero, señora...

ROSA.-  ¡Sí! ¡Que hable! ¡Que se despache a su gusto! Desde que subimos al avión está usted metiéndose en todo lo que no le importa... Primero me preguntó que a qué hora llegaríamos a París; después me ofreció un cigarrillo; luego, quiso que tomara una píldora contra el mareo. ¡Oh! No puedo más. ¡Señor mío! Entérese de una vez. ¡Es usted un pelma!

JOAQUÍN.-  ¡Oh!

ANITA.-  Pero, mujer...

 

(Todos miran a DON JOAQUÍN, francamente apurados. Él baja la cabeza y sonríe, con melancolía.)

 

JOAQUÍN.-  Sí, señora, tiene usted razón. Yo soy un pelma...

AVELINA.-  ¡Ay, Javier! Este señor me recuerda a tu padre...

JAVIER.-   (Indignado.)  ¿Qué dices?

AVELINA.-  ¡Huy!

JOAQUÍN.-   (Un profundo suspiro.)  Es una fatalidad... Siempre que me acerco a los demás buscando un ratito de charla, un poco de cariño, resulta que a los demás se les pone una cara muy larga y, sin saber por qué, empiezan a ponerse nerviosos. ¡Toma! Como que, en el Casino, ha habido muchos socios que se han dado de baja porque no me pueden resistir...

PADRE JOSÉ.-   (Atónito.)  ¡No!

JOAQUÍN.-  Que sí, padre, que sí; que soy muy pelma. Pero lo que yo me digo: ¿por qué seré yo así? Porque hay otros que hacen y dicen las mismas cosas que yo y, sin embargo, resultan simpatiquísimos, y la gente se los disputa y todo el mundo los llama. Pero a mí no me llama nadie...

ANITA.-  ¿Nadie?

JOAQUÍN.-  Nadie...

ANITA.-  ¡Jesús! ¿No tiene usted mujer e hijos?

JOAQUÍN.-  ¡Qué va! Soy soltero. ¿No ve usted que soy tan pelma?  (Casi risueño.)  ¡Je! Ya digo que es una fatalidad. Pero si ustedes supieran cómo me gustaría ser de otro modo. Cómo me gustaría ser alegre y simpático y saber contar chistes muy graciosos, muy graciosos. Cómo me gustaría, Señor, cómo me gustaría...  (Transición. Un poquito ruborizado al ver que las miradas de todos convergen en él.)  ¡Je! Ustedes disculpen, que ya me estoy poniendo pesado. Es lo que me pasa siempre...  (Muy despacio, se reintegra al fondo, y una vez arriba, se vuelve y saluda muy fino.)  Joaquín Robledo, servidor de ustedes. Mucho gusto. Por mí, ya pueden ustedes seguir, que yo no quiero molestar...

 

(Se sienta otra vez en su sillón, allá, en el mirador, se sube el cuello del gabán, porque tiene frío. Toma de nuevo la baraja y comienza a hacer solitarios... Un cortísimo silencio. Dentro se oye un grito sofocado de LA MUCHACHA, y todos clavan los ojos en la puerta de la derecha.)

 

TODOS.-  ¿Qué?

ANITA.-  ¿Qué ocurre?

 

(En la puerta primera de la derecha surge LA MUCHACHA. Se queda allí, como clavada en el umbral, con un gesto de rabia, de ira contenida, como comiéndose las lágrimas. Un sollozo.)

 

MUCHACHA.-  ¡Oh!  (Entre todos, descubre a ELVIRA, que continúa sentada en el sofá. Corre hacia ella. Se arroja de rodillas a sus pies y hunde la cabeza en su regazo, como buscando un refugio, mientras solloza sorda y contenidamente.)  ¡Oh! ¡Oh!

 

(Todos miran a LA MUCHACHA, estupefactos. Ella sigue llorando.)

 

ELVIRA.-  Chiquilla.

AVELINA.-  Pero ¿qué ha pasado?

 

(Y, en el umbral de la primera puerta de la derecha, aparece EL MUCHACHO. Tan tranquilo, tan sonriente. Se apoya en una jamba y los mira a todos con una enorme indolencia, con una cínica sonrisa.)

 

MUCHACHO.-  ¡Je!

 

(Todos se vuelven hacia él.)

 

ANITA.-  ¡Ah, vamos!

ROSA.-  ¡¡Sinvergüenza!!

JAVIER.-  ¡Hola! Conque ha sido eso...

 

(Y trata de avanzar airadamente hacia EL MUCHACHO. Pero AVELINA le sujeta.)

 

AVELINA.-  ¡Javier! ¡Por Dios!...

JAVIER.-  ¡Déjame!

MUCHACHO.-  Bueno, bueno... No se alarmen, que no ha pasado nada. Es que por ahí dentro está algo oscuro y se ha asustado. La chica es muy asustadiza.

ANITA.-   (Rabiosísima.)  ¡Granuja!

ROSA.-  ¡Golfo!

MUCHACHO.-  ¡Je! Paparruchas...

 

(Y, tan sonriente, y tan dueño de sí mismo, se va por donde vino. Solo MARCOS, VALENTÍN y DON JOAQUÍN permanecen ajenos a la indignación general.)

 

TODOS.-  ¡Oh!

JAVIER.-  ¡Suéltame! Le voy a contar yo a ese...

AVELINA.-  No, Javier. Tú, no.

ANITA.-  ¡Es un cínico!

ROSA.-  ¡Un sinvergüenza!

AVELINA.-  ¡Vamos! Portarse así con una pobre chica... Porque, lo que yo digo, aunque sea francesa, no está bien.

 

(ELVIRA acaricia la cabeza de LA MUCHACHA, que se incorpora poco a poco.)

 

ELVIRA.-  Calla, calla...

ROSA.-   (Con muchísimo coraje.)  Los hombres... Todos iguales, ¡maldita sea su estampa!

PADRE JOSÉ.-  Oiga, oiga...

ROSA.-  Usted cállese, señor cura. Que usted no es un hombre...

PADRE JOSÉ.-  ¡Señora!

ROSA.-  Usted es un santo, que no hay más que verlo. Pero los demás... ¡Huy! Si sabré yo lo que digo, que todo lo que me pasa, incluyendo este accidente de aviación, me pasa por un canalla desagradecido, maldita sea su sombra. Bueno. Ya que estoy en el uso de la palabra, me presentaré. A lo mejor alguno de ustedes me conoce de nombre, porque en Madrid soy muy popular. Me llaman «Rosa la de los brillantes...».

ANITA.-   (Casi con un estremecimiento.)  ¡Jesús!

AVELINA.-  ¡Ay!

ROSA.-  Lo de los brillantes me ha quedado, sabe usted, porque me dedico a la compraventa de alhajas...

ANITA.-  ¿Es que tiene usted una tienda?

ROSA.-  Quite usted de ahí. ¿Para qué quiero yo una tienda? Aquí, en el bolso, llevo todo mi negocio...  (Y, con muchísima desenvoltura, abre el bolso y saca varios estuches que brinda a ANITA.)  Tome. Para que se entretenga. Y si le gusta algo, ya hablaremos del precio... De amiga a amiga.

ANITA.-  ¿Son legítimos?

ROSA.-  Estos, sí...

PADRE JOSÉ.-   (Asustado.)  ¡Oiga! ¿Es que, a veces, no lo son?

ROSA.-  ¡Pche! A veces. Este negocio es may raro...

PADRE JOSÉ.-  ¡Ave, María!

ROSA.-  Usted cállese, señor cura.

PADRE JOSÉ.-  Pero, señora...

VALENTÍN.-  Naturalmente, ganará usted mucho dinero...

ROSA.-  Bastante, sí, señor. No puedo quejarme, que buena cuenta de duros tengo en el Banco. Y eso es lo que me pierde: que, como tengo, y tengo este corazón, pues doy lo que tengo, y no tengo nada mío. Y así se aprovecha de una cualquier granuja, que, al fin y al cabo, una es una pobre mujer...

AVELINA.-  ¡Pobrecilla!  (Muy interesada.)  ¿Es que ha tenido usted un amor desgraciado?

ROSA.-  ¿Uno?  (Con justísimo orgullo.)  Más de uno, hija, más de uno...

AVELINA.-  ¡Ay!

JAVIER.-  Ven aquí, Avelina...

ROSA.-  Déjela usted, hombre, déjela, que así aprenderá la infeliz para el día de mañana, cuando usted la abandone...

AVELINA.-   (Casi en un grito.)  ¡Ay! ¿Qué dice esta mujer?

PADRE JOSÉ.-  Pero, señora...

ROSA.-  Usted, cállese, señor cura, que de esos líos de hombres y mujeres no sabe usted ni pío...

PADRE JOSÉ.-  ¡Y dale!

ROSA.-  ...que bien me daría usted la razón si yo le contara. Porque ese canalla...

PADRE JOSÉ.-  ¿Cuál de ellos?

ROSA.-  Hombre... Siempre se refiere una al último.

PADRE JOSÉ.-  ¡Ah, ya!

AVELINA.-  ¡Dios mío! ¿Es que la ha abandonado?

ROSA.-  Peor. Se ha casado con otra...

AVELINA.-  ¡Qué infamia!

JAVIER.-  Pero, Avelina... ¿Por qué te interesa tanto esta historia?

AVELINA.-  Pues naturalmente que me interesa. Siga usted, Rosa.

ROSA.-  ¿Qué quiere usted que le cuente? Es lo de siempre. Le conocí hace unos años, cuando era estudiante y aún no había terminado la carrera de ingeniero.

AVELINA.-  ¡Ay, Javier! Ingeniero, como tú...

JAVIER.-  Somos muchos...

ROSA.-  El mío, entonces, era un pobre chico sin dos pesetas, ¿sabe usted? Yo le ayudé a terminar la carrera. Y después, para que se ganara la vida, como un señor, le puse un negocio de automóviles...

JAVIER.-   (Irritado.)  Ven aquí, Avelina. ¿Es que no me oyes?

AVELINA.-  Te he dicho que no quiero, ea. Siga usted, Rosa. ¿Y qué pasó después?

ROSA.-  ¿Después? Lo de siempre. Por lo visto, hace poco conoció a una chica de la buena sociedad. Una noche, hace quince días, me dijo: «Rosa, ya no te quiero»... Y esta mañana se ha casado con ella.

AVELINA.-  ¡Dios mío! Como nosotros...

TODOS.-  ¿Cómo?

 

(ANITA, VALENTÍN, el PADRE JOSÉ y DON JOAQUÍN, con los rostros sonrientes, rodean a la pareja.)

 

ANITA.-  ¿Que se han casado ustedes esta mañana?

AVELINA.-  Sí, señora. A las doce.

JAVIER.-   (Azoradísimo.)  En la iglesia de la Concepción...

ANITA.-   (Enternecidísima.)  ¡Hijita! ¿Me permite usted que le dé un beso?

JOAQUÍN.-  ¡Huy! Con muchísimo gusto...

PADRE JOSÉ.-  ¡Felicidades!

JAVIER.-  ¡Gracias!

VALENTÍN.-  ¡Enhorabuena!

JAVIER.-  ¡Gracias! Muchas gracias.

JOAQUÍN.-   (Embalado.)  Hombre... A propósito de bodas, le voy a contar a usted un chiste.

JAVIER.-   (Asustado.)  ¡No! ¡No me cuente usted nada!

JOAQUÍN.-  Bueno, bueno. Por mí...

 

(Todo lo anterior ha sido muy vivo, muy rápido. Ahora, sobre todas las voces se distingue la de ANITA.)

 

ANITA.-  ¡Un momento!  (Todos se callan y atienden.)  Pero, señores, si estos muchachos se han casado esta mañana, resulta que esta es su noche de bodas...

AVELINA.-  ¡Claro!

TODOS.-  ¡Oh!

AVELINA.-   (Emocionadísima.)  Por eso íbamos a París...

TODOS.-  ¡Oh!

AVELINA.-  ¿Comprenden ustedes ahora qué desgraciada soy?  (Casi llorando.)  Se pasa una la vida pensando en esta noche y, de pronto, ¡pum!, un accidente de aviación. Si hubiéramos ido en coche-cama, como yo quería...

ANITA.-  Bueno. Pero a mí me parece que todo puede arreglarse. Esta casa es muy grande, y contando con el permiso del padre José...

PADRE JOSÉ.-  ¡Señora! ¿Me quiere usted decir para qué hace falta mi permiso?

AVELINA.-   (Sofocadísima.)  Por Dios... ¿Se quieren callar? ¿No ven ustedes que me muero de vergüenza? ¡Ay, Javier, Javier!

 

(Y, llena de sofoco y de rubor, se escapa, huye hasta el fondo y se apoya en la pared, de espaldas al público y a los demás personajes.)

 

TODOS.-  ¡Oh!

ANITA.-  ¡La pobre!... Es una niña.

JAVIER.-  ¿Se hacen ustedes cargo? ¡Je!  (Y marcha al fondo, junto a AVELINA.)  Pero, Avelina, mujer... Escucha.

AVELINA.-  ¡Déjame, déjame!...

JAVIER.-  ¡Oh!

 

(Poco a poco, todos dejan de mirar a la pareja y vuelven hacia sí mismos; sus miradas se encuentran y sonríen.)

 

ANITA.-   (Tiernamente.)  ¡Qué cosas! Una noche de bodas en estas circunstancias. Con lo que esta noche significa para una mujer... ¿Verdad, Rosa?

ROSA.-  Pues ¿qué quiere que le diga?  (Sinceramente.)  En el fondo, yo soy soltera...

ANITA.-  ¡Ay! Es verdad...

 

(DON JOAQUÍN, VALENTÍN, ANITA y ROSA vuelven a sentarse como estaban. VALENTÍN, que ahora está en el centro, los mira a todos y sonríe.)

 

VALENTÍN.-  Bien... No me negarán ustedes que esto de irnos conociendo todos, así, poco a poco, resulta un juego apasionante. Ya, casi, casi sabemos quién es cada uno.  (Sonríe. Va mirando a los demás, de uno en uno, según los alude, con una delicada e imperceptible ironía.)  Una dama del barrio de Salamanca. Un escritor famoso. Una viuda distinguida y simpática. Un caballero socio del Casino. Una parejita de enamorados que se han casado esta mañana en la iglesia de la Concepción. Una vendedora de alhajas. Un sacerdote. Esta muchacha... Un buen señor, que se ha quedado dormido en esa habitación, envuelto en su edredón de seda, ajeno a todo, que seguramente en este momento tiene un bonito sueño.  (Vuelve la cabeza hacia la primera puerta de la derecha.)  Ese muchacho tan díscolo, tan extraño. Y yo, yo mismo.  (Baja un instante la cabeza, como recapitulando para sí.)  Unas pocas personas muy parecidas a las que en cualquier otro momento y en cualquier otro sitio puede reunir el azar como a nosotros nos ha reunido esta noche, en esta casa, un accidente en el avión de París. Todos, todos con nuestro pasaporte en regla y nuestro sencillo pretexto para ir a París. Y, sin embargo...

 

(Se calla otra vez. Mira en torno despacio, como buscando algo. ANITA le observa con curiosidad.)

 

ANITA.-  ¿Qué busca usted?

VALENTÍN.-   (Lentamente, sonriendo.)  El culpable...

 

(TODOS se vuelven hacia él, sin poder reprimir un mudo movimiento de sorpresa.)

 

TODOS.-   (Bajo.)  ¿Qué?

AVELINA.-  ¿Qué dice?

JAVIER.-   (Sonriendo.)  ¿El culpable? ¿Como en las comedias policíacas?

VALENTÍN.-   (Sonriendo también.)  Casi, casi...

JAVIER.-  Pero aquí no se ha cometido ningún delito...

VALENTÍN.-  Todavía, no.  (Un silencio.)  Esta noche es la víspera...

ANITA.-  ¿La víspera? ¿Por qué?

VALENTÍN.-  Porque aquí entre nosotros, hay una persona que va a París, precisamente, para cometer un delito...

TODOS.-  ¿Qué?

 

(Todos se ponen en pie, excepto VALENTÍN. Ha habido una exclamación de estupor colectivo que casi no se oye, que se ahoga en los labios de cada uno. Se miran los unos a los otros inmóviles...)

 

AVELINA.-  ¿Aquí?

ROSA.-  ¿Entre nosotros?

VALENTÍN.-  Alguien que desde que entramos en esta casa trata de pasar inadvertido... Uno de nosotros.

 

(Hay una pausa tensa, muy corta. Se miran TODOS entre sí. Las palabras que se oyen están dichas, contenidas por una extrema emoción...)

 

AVELINA.-  ¡Javier!

JAVIER.-  ¡Uno de nosotros!

ANITA.-  Pero ¿está usted seguro?

VALENTÍN.-  Sí... Estoy seguro.

 

(Se calla. Todos le han escuchado inmóviles. Bruscamente, JAVIER reacciona y da un paso.)

 

JAVIER.-  ¡No puede ser! Usted se equivoca. Todos los que estamos aquí somos gente honrada.

VALENTÍN.-   (Fríamente.)  ¿Por qué?

 

(JAVIER le mira. Luego mira en torno y se repliega como derrotado.)

 

JAVIER.-  ¡No lo sé! Pero yo creo...

AVELINA.-   (Muy bajo.)  Oh, Javier...

 

(Una pausa brevísima. ANITA se revuelve con desasosiego.)

 

ANITA.-  Pero usted no tiene derecho a confundirnos a todos. ¡Diga usted quién es esa persona! ¡Dígalo!

VALENTÍN.-   (Sonriendo.)  No puedo...

ANITA.-  ¿Que no puede? ¿Por qué?

VALENTÍN.-  Porque esa persona todavía no es un delincuente. Y no lo será hasta mañana, hasta que lleguemos a París. Esta noche es la víspera, y nadie tiene derecho a atentar contra su libertad. ¿Quién es pecador la víspera del pecado? Nadie. Porque aún no existe el pecado... Todavía se puede elegir. Esto es lo terrible. La vida es una eterna y angustiosa víspera. Siempre, siempre se puede elegir.  (Transición.)  Además, ¿qué interés pueden tener los que son inocentes en saber quién será mañana un delincuente que, todavía, esta noche, es tan inocente como los demás? Dejémosle que viva su víspera confundido entre todos nosotros. Tiene toda esta noche para decidir si, dentro de unas horas, cuando se haga de día, continúa su viaje a París o vuelve a Madrid...  (Se levanta y, entre las miradas penetrantes de los demás, marcha hacia el fondo y sube al mirador.)  Parece que ha dejado de nevar. Debe ser muy bonito este jardín... Es como un bosque.  (Ya a punto de salir, se vuelve, como si se le hubiera olvidado algo.)  ¡Ah! Por cierto, todavía no me he presentado. Me llamo Valentín... Valentín Mendoza, para servirles.

 

(Abre el ventanal. Una vez en el jardín, se encasqueta el sombrero, se sube el cuello del gabán. Se mete las manos en los bolsillos. Y marcha, sin prisa, hacia el fondo, hasta que desaparece entre los árboles. Todos los que están en escena tienen los ojos puestos en él hasta que se pierde de vista. ANITA muy nerviosa, llena de angustia, da un paso hacia el mirador como si VALENTÍN no hubiera salido todavía.)

 

ANITA.-  ¡Oiga! ¡Escuche!  (Transición.)  ¡Dios mío! ¿Por qué no habla claro ese hombre? ¿Por qué no lo dice todo? ¿Por qué ese misterio?  (Vuelve. Ya está en el centro. Mira a los demás de uno en uno durante una gran pausa. Y luego, con la voz ahogada.)  ¿Han oído ustedes? Aquí hay un delincuente... Es uno de nosotros. Lo ha dicho bien claro ese hombre. Y él debe de saberlo. Pero ¿quién es? ¿Quién es?

AVELINA.-   (Asustada.)  ¡Oiga! ¿Por qué me mira? No creerá usted que nosotros...

JAVIER.-  ¡Calla!

AVELINA.-  ¡Oh!

ANITA.-  ¿Quién es? Dígalo, por Dios, quien sea. No nos obligue a continuar en esta incertidumbre. No nos obligue a soportar su presencia. Dígalo, y márchese. ¡Márchese!  (Con angustia.)  Pero, ¿es que nadie habla?

MARCOS.-  Por favor... No pretenderá usted que esa persona, sea quien sea, se delate a sí misma. Sería demasiado inocente.

JAVIER.-  ¡Claro!

ANITA.-  Entonces, ¿qué podemos hacer? Porque tenemos que defendernos. Nadie sabe de lo que puede ser capaz un individuo que hace un viaje a París nada menos que para cometer un delito... ¿Es que no lo comprenden ustedes? ¿Es que están ciegos? ¡Dios mío! ¿Es que no tienen miedo?

AVELINA.-  ¡Ay, sí! Yo tengo mucho miedo, Javier...

JAVIER.-  ¡Te he dicho que te calles!

 

(ANITA avanza hasta primer término y se deja caer en el sofá.)

 

ANITA.-  Yo soy una persona decente. Yo soy una señora. Me conoce medio Madrid. No tengo nada que ocultar. Todo lo que les he dicho a ustedes era verdad...

ROSA.-  ¡Y yo!

JOAQUÍN.-  Y yo, y yo...

AVELINA.-  Y nosotros...

JAVIER.-  ¡Naturalmente!

ANITA.-  Entonces...

 

(Rápidamente recorre con la vista a los presentes. Un silencio brevísimo. De pronto, DON JOAQUÍN se pone en pie, como atacado por una súbita inspiración.)

 

JOAQUÍN.-  Un momento.

 

(Todos se vuelven hacia él.)

 

ANITA.-  ¿Qué? ¿Qué va usted a decir?

JOAQUÍN.-  ¿Qué les parece a ustedes ese muchacho?

 

(Y señala con los ojos la primera puerta de la derecha. Automáticamente, todos giran la cabeza hacia allí.)

 

ANITA.-  ¡Ah!

JOAQUÍN.-  Digo yo que...

 

(En este instante surge EL MUCHACHO bajo el dintel de la puerta de la derecha. Se queda allí inmóvil. Sonríe. TODOS le miran. Al cabo:)

 

ROSA.-  ¿Por qué se ríe usted?

MUCHACHO.-  Porque lo he oído todo. Y me estoy figurando lo que darían ustedes por estar bien seguros de que ese que buscan soy yo...

 

(Y, muy tranquilo, entre las miradas de todos, cruza la escena y sale por la segunda puerta de la izquierda. ANITA, a punto de desfallecer, se apoya en ROSA.)

 

ANITA.-  ¡Rosa! No puedo más. No puedo tenerme en pie...

ROSA.-  Venga usted conmigo. Le daré un poco de café...

 

(Salen las dos juntas por la primera puerta de la izquierda. Quedan en escena ELVIRA, LA MUCHACHA, MARCOS, EL PADRE JOSÉ, DON JOAQUÍN, AVELINA y JAVIER. Estos dos últimos se hallan ahora en el centro, casi involuntariamente rodeados por los demás. JAVIER mira alrededor con recelo.)

 

JAVIER.-   (En voz muy baja.)  ¡Avelina! Tengo que hablar contigo.

AVELINA.-  ¿Ahora?

JAVIER.-  ¡Sí! Ven.

 

(La toma del brazo y se la lleva por la primera puerta de la derecha. En escena: ELVIRA, MARCOS, EL PADRE JOSÉ, LA MUCHACHA y DON JOAQUÍN. Este baja del fondo muy despacio y se dirige hacia la chimenea. Allí, en este momento, está LA MUCHACHA, contemplando absorta las llamas. DON JOAQUÍN se queda mirando a la chica con risueña insistencia.)

 

JOAQUÍN.-  Y ¿qué me dicen ustedes de esta muchacha? ¿Sabe o no lo que pasa?  (La muchacha se vuelve y le mira, asustada. Súbitamente, se pone en pie y, seguida por las miradas de todos los demás, sale corriendo por la primera puerta de la derecha. DON JOAQUÍN se queda boquiabierto.)  ¡Hola! ¿Han visto ustedes?  (Un silencio. Una transición.)  Bueno. Ahora que se han ido los demás, ¿qué piensa usted, señor Villanueva? ¿Quién cree usted que puede ser...?  (MARCOS le vuelve la espalda y marcha hacia el fondo. DON JOAQUÍN sonríe, un poco ruborizado, y baja la cabeza.)  ¡Je! Bueno. Realmente, no sé por qué pregunto... Son ganas de molestar.

 

(Y, muy despacito, se va calmosamente por la primera puerta de la izquierda. Quedan en escena: EL PADRE JOSÉ, MARCOS y ELVIRA, sentada en el sofá. Hay una pausa. MARCOS baja lentamente del fondo y llega hasta ELVIRA.)

 

MARCOS.-  ¿Usted se queda ahí?

ELVIRA.-  Sí... Procuraré descansar un poco.

MARCOS.-  Entonces...

 

(Va a la pantalla que está situada junto al sofá y la apaga.)

 

ELVIRA.-  Gracias.

MARCOS.-  Buenas noches.

ELVIRA.-  Buenas noches.

 

(LA MUCHACHA, dentro, comienza a tocar el piano, ahora suavísimo, el «Para Elisa». MARCOS marcha lentamente hacia el fondo. Sube al mirador. Enciende un cigarrillo. Un silencio. Al fondo, entre las sombras se recorta a contraluz el gran recuadro del mirador, en medio del cual se destaca la silueta de MARCOS, que, de espaldas al público, inmóvil, contempla el jardín. El PADRE JOSÉ, sin ruido, casi de puntillas, marcha hacia la segunda puerta de la izquierda. Ya, junto a la puerta, a punto de salir, se detiene. Parece que va a hablar. Pero sale. Durante unos pocos segundos, ELVIRA y MARCOS continúan inmóviles. De pronto, ELVIRA se incorpora, atraviesa la escalera, sube al mirador. Ya está allí a contraluz, frente a MARCOS, que se vuelve hacia ella. Bruscamente, ELVIRA, ahogando un sollozo, se refugia en el pecho de MARCOS. Este la coge con infinito cariño y la estrecha contra sí.)

 

ELVIRA.-  ¡Oh, Marcos, Marcos! No puedo más.

MARCOS.-  Calla, calla...

 

(Sigue oyéndose el piano. Cae despacio el...

 

 
 
TELÓN)