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Esta noche es la víspera

Comedia en dos actos y un prólogo

Víctor Ruiz Iriarte

Óscar Barrero Pérez, (ed. lit.)




«Esta noche es la víspera»: hay delitos, y delitos

Encerrar durante un par de horas a un grupo de personajes y enfrentarlos a una situación límite es un planteamiento de inspiración teatral y tantas posibilidades como la habilidad del dramaturgo permita. La excusa, en Esta noche es la víspera, obra estrenada por Víctor Ruiz Iriarte el 12 de diciembre de 1958, es el aterrizaje forzoso de un pequeño avión que transporta a catorce pasajeros a París. Resulta difícil conseguir un equilibrio adecuado en la distribución de los papeles de tal forma que la estructura no sea susceptible de algunas objeciones, bien salvadas por un autor de oficio como Ruiz Iriarte. La obra funciona con no poca eficacia a medio camino entre la comedia policíaca y la del análisis de personajes, complementándose los dos aspectos.

Esta noche es la víspera puede leerse como comedia policíaca. Se trata de descubrir al culpable de un delito atípico porque aún no se ha cometido. De ello nos informa el policía Valentín. El cuadro de sospechosos ante el que se enfrenta el despistado espectador es amplio. Todos pueden ser culpables, incluido el propio policía, a quien los restantes personajes han olvidado solicitarle el documento que justifique su acreditación profesional. Hasta el piloto podría ser culpable. ¿Y por qué no pensar, como hacen algunos personajes, en el sacerdote, que podría ser un delincuente disfrazado? O El buen señor, plácidamente dormido durante buena parte de la obra. O la misteriosa muchacha que parece ocultar un secreto. O el siempre enojado muchacho. O la Anita cuyos móviles para viajar a París no parecen nada claros. O don Joaquín, cuya bonhomía pudiera encubrir una personalidad delictiva. ¿Qué ha hecho salir a la un tanto arrabalera Rosa de su estrecho hábitat natural? Del odio del escritor Marcos puede imaginarse cualquier cosa, incluso que haya arrastrado a Elvira al crimen. Pensar en la pareja de recién casados resulta más difícil aunque no imposible. Sin embargo, preguntarse quién es el delincuente es únicamente una parte de la indagación. Porque tampoco se le dice al espectador qué delito se está persiguiendo, lo que aumenta la intriga.

Esta noche es la víspera puede, además, leerse como una comedia de análisis de personajes. Cada espectador se interesará, en mayor o menor medida, por unos o por otros. En el madrileño aeropuerto de Barajas, donde había empezado la aventura, sus respectivas historias eran individuales, o proyectos de pareja. Al final de la historia, las vidas de varios de ellos habrán cambiado.

Nos introducimos en la casa gracias a un flashback de una pareja formada por Elvira y Daniel, que ha superado una penosa enfermedad que a punto ha estado de dejar a este paralítico. La segunda pareja ya estuvo en ese lugar y revive ahora aquella experiencia ante los ojos del espectador. Ella y su compañero de aventura frustrada, el resentido Marcos, son personajes bien dibujados. La una, con sus muy justificados remordimientos y él con su rencor a cuestas, peleado con el mundo y la vida. Ambos, realmente, van a cometer uno de esos delitos de que habla el Padre José: «Delito es un asesinato y delito es un pensamiento. Delito es hacerle daño a un niño y delito es pisar una flor...». Si es así, todos somos delincuentes, aunque no lo diga el Código penal.

Avelina y Javier son los tópicos enamorados que han visto truncada por el accidente su luna de miel en París. Ella parece dulce y afable, feliz con su nuevo estado. Él, sin embargo, se diría que oculta algo. En ello, como se comprobará en el curso de la obra, tiene algo que ver otro personaje. ¿Quizá no le falte razón a Marcos cuando afirma que «para ser feliz hay que hacer daño a alguien»? En el caso de esta relación recién iniciada, así parece ser.

Rosa, una mujer enamorada en el ocaso de su esplendor físico, ha sido creada sobre la base del tipo castizo y chulapón pensado a la medida de la actriz que lo interpretó en su estreno, María Asquerino. Bien caracterizada, su motivo para viajar a París parece un tanto forzado, aunque no pueda decirse que sea enteramente inverosímil. Sus intervenciones resultan adecuadas para suscitar la sonrisa del espectador.

No queda claro para qué va a París Anita, católica y muy de derechas, como ella misma se define. Se trata de una mujer que, viuda desde hace diez años, siente el peso de la soledad. Cuenta, por un lado, que allí tiene a una amiga a la que visitar y, por otro, que el otoño anterior encontró en esa ciudad a un viejo amigo de su marido. Dada su ansiedad por llegar cuanto antes al destino previsto, cabe deducir, aunque no quede explícito, que lo que motiva este viaje es la esperanza del reencuentro con este hombre, probablemente casado. El peligro de un adulterio que ella no llega a reconocer parece cercano.

Valentín presenta el enigma de la obra (alguien va a cometer un delito) y fuerza la presentación de los demás personajes ante el espectador, en una especie de juego de la verdad, aunque él da muy pocos datos sobre sí mismo, si exceptuamos el principal; es decir, su condición de agente policial. Poco, pues, sabemos sobre él.

Sí sabemos mucho, sin embargo, del padre José, sacerdote que dedica su trabajo a los suburbios madrileños. No era la primera vez que en aquella época José María Rodero encarnaba sobre las tablas el papel de un sacerdote. Su intervención será decisiva, en la parte final de la obra, para que el espectador conozca la clave del enigma planteado. No resulta difícil evocar, en este punto, la figura del sagaz padre Brown creado por Gilbert Keith Chesterton.

El Buen Señor apenas interviene en la primera parte porque, en una hábil maniobra que encuentra pleno sentido en el segundo acto, el autor decide dejarlo dormir durante bastante tiempo. Su caracterización, por tanto, es mínima.

La Muchacha parece ser una joven francesa que no habla español. Como en esta obra es posible que nadie sea lo que parece, el espectador está obligado a dudar de lo que ve y oye. En principio, lo que oye son palabras pronunciadas en francés y lo que ve es a Gracita Morales en uno más de sus papeles de joven desmañada propios de aquella época suya.

El Muchacho permite que Ruiz Iriarte incida en una alusión reiterada, aunque también solapada: la homosexualidad. El motivo de su viaje a París es uno de los más claros y, a la vez, más ocultos en sus palabras. En cualquier caso, establece con la muchacha una peculiar relación que permite el giro final de su decisión.

Don Joaquín es el elemento cómico de la obra. Se trata de ese personaje molesto que incomoda en todas partes, a quien nadie quiere como compañero de viaje o de tertulia y que sabe que su presencia no es deseada en ningún sitio. Si es así, ¿por qué insiste en ella? Pura comicidad que, si no fuera por la necesidad de no excluir a nadie del grupo, casi obligaría a prescindir de él en la lista de presuntos culpables. Hasta aquí el análisis, simplificado, de estos personajes, dejando al margen el funcional de Elisa, que es quien enseña la casa a Daniel y Elvira. En general, se trata de personajes de notable interés y diversidad.

La tercera posibilidad de análisis es de carácter contextual y, al mismo tiempo, permite conferir a la obra una trascendencia que -no me cabe duda- fue propósito del autor darle. Impregnaba el ambiente cultural español de los años cincuenta un intenso catolicismo que permeaba el cine y la literatura en sus diversas manifestaciones de novela, poesía o teatro. Unas palabras iniciales del Piloto ya apuntan hacia esa interpretación: «Realmente, el hecho de que estemos aquí todos, sanos y salvos, resulta algo sobrenatural. No lo comprenderé nunca». Casi dos horas tardará en desvelarse el significado de esa observación.

Esta noche es la víspera se suma a la lista de obras de inspiración católica de los años cincuenta, aquellas que proponían un mensaje explícitamente cristiano como solución para el problema moral planteado. No hay nada que objetar a tal propósito. Sucede, en este caso concreto, que, como vio la práctica totalidad de la crítica inmediata, hubiera resultado difícil encontrar en la vida real una resolución tan perfecta para la totalidad de los casos propuestos. Por ser más precisos, aquí, en solo dos horas se solucionan, de la manera más acorde con la moral católica, los siguientes problemas: un caso de adulterio en el que está implicado un total de cuatro personas, un segundo de homosexualidad, un tercero de abandono de hogar, un cuarto de estafa y, cabe suponer, un quinto también de adulterio. La ambientación no deja lugar a dudas: poco antes de la resolución de todos los problemas empieza a amanecer y se oyen unas campanas que llaman a misa en la iglesia de un pueblecito cercano.

¿Demasiados problemas de conciencia para solo doce pasajeros de un avión? Quizá. Pero esto es el teatro. ¿Excesivamente fácil tanta solución positiva, ajustada a lo que cabía esperar que fueran los deseos del público de 1958? Sin duda. Y sería incorrecto omitir las reservas de la crítica ante tal hecho. «La obra cobra de pronto un tinte rosado que no está a tono con el resto del asunto», escribía Alfredo Marqueríe en Abc (13 dic. 1958), no sin alabar el «excelente estilo teatral» del resto de la obra. Del reprochable «color de rosa» final hablaba también el anónimo comentario de La Vanguardia (14 dic. 1958). Casi las mismas palabras, «tinte rosa», empleaba Nicolás González Ruiz en Ya (13 dic. 1958): la tesis puede ser «bella», pero «demasiado ejemplar y, por lo tanto, poco verdadera»; los diálogos y la construcción de la obra, sin embargo, los juzgaba altamente elogiables. «Convencional» le parecía el desenlace al exigente Gonzalo Torrente Ballester, autor de la reseña de Arriba (13 dic. 1958), donde, sin embargo, alababa la comedia, especialmente los diálogos y la intriga. En curiosos errores de la puesta en escena y, cómo no, en lo inverosímil del desenlace se fijaba, también elogiando la obra, Elías Gómez Picazo en Madrid (13 dic. 1958). Entre los comentarios recogidos, únicamente el de Adolfo Prego para Informaciones (13 dic. 1958) obviaba el evidente reproche.

¿Convencionalismo? Ciertamente. A ningún crítico -pero sí, con acierto, al propio autor- se le ocurrió reprochar la inútil división en dos actos, muy obvia concesión a los esquemas estructurales de la época. Es esa una convención más, como hay tantas en el teatro. El desenlace no anula, al menos no por completo, el interés de los problemas humanos planteados en Esta noche es la víspera, aunque sea partiendo de una tesis demasiado explícita: el hecho providencial que permite a una serie de personajes rectificar unas decisiones equivocadas en sus vidas. Tiene razón Valentín, quien, sin saberlo, está invocando un axioma existencialista: «La vida es una eterna y angustiosa víspera. Siempre, siempre se puede elegir». Durante casi dos horas, los personajes de Ruiz Iriarte vivirán, en un nuevo y modesto A puerta cerrada, con una sospecha en la que los acompañará el lector. ¿Cuál va a ser el crimen? ¿Quién el criminal? ¿Podría ser que estuviéramos ante un delito puramente moral? Porque quizá, como dice el padre José, «el delito está en todo; se esconde en todo; hasta en las apariencias más nobles». Las respuestas acaso decepcionen pero solo si previamente se le ha exigido demasiado a la obra.

Obras citadas:

Ruiz Iriarte, Víctor. Teatro selecto de Víctor Ruiz Iriarte: El landó de seis caballos. El gran minué. Esta noche es la víspera. El carrusel. Un paraguas bajo la lluvia. Madrid: Escelicer, 1967.



Esta comedia se estrenó en el Teatro Goya, de Madrid, la noche del 12 de diciembre de 1958, con el siguiente reparto, por orden de aparición en escena

PERSONAJES
 
ACTORES
 
DANIEL.JAIME REDONDO.
ELVIRA.MARY CAMPOS.
ELISA.CARMEN SECO.
AVELINA.ROSA FONTANA.
EL PILOTO.JUAN OCAÑA.
JAVIER.PABLO SANZ.
DON JOAQUÍN. MANUEL DOMÍNGUEZ LUNA.
ANITA.LUISA SALA.
ROSA.MARINA ASQUERINO.
LA MUCHACHA.GRACIA MORALES.
MARCOS.CARLOS CASARAVILLA.
EL MUCHACHO.JOSÉ MARÍA VILCHES.
VALENTÍN.JOSÉ LUIS HEREDIA.
EL PADRE JOSÉ.JOSÉ MARÍA RODERO
EL BUEN SEÑOR.MARCIAL GÓMEZ.

Decorado de Martín CEROLO e Ignacio DE PABLO ROMERO

Dirección: Manuel BENÍTEZ SÁNCHEZ-CORTÉS






ArribaAbajoPrólogo

 

Una mañana de verano. El vestíbulo de una buena casa de campo, mezcla de finca antigua y de villa de veraneo.

 
 

Al fondo, un gran mirador que avanza hacia el jardín -es como un gran rectángulo de cristales-, cuyo alféizar está a muy poca altura del piso. Este mirador se eleva con un par de peldaños sobre el pavimento del vestíbulo, formando una amplia meseta, en la cual hay, convenientemente distribuidos, dos grandes sillones y una mesita.

 
 

En el fondo, también a la derecha -términos del espectador-, puerta de entrada a la casa. Al otro lado del mirador, a la izquierda, una pequeña escalera de cinco o seis peldaños, frente al público, terminados en una meseta que continúa perdiéndose en el lateral. En la pared de la izquierda, dos entradas iguales, muy juntas, con cortinas. A la derecha, una gran chimenea. Una puerta a cada lado de la chimenea.

 
 

Un gran sofá en primer término, en la zona de la izquierda. Aquí y allá, donde convenga, grandes sillones. Un mueble con libros. Una mesita con teléfono cerca del sofá.

 
 

En el jardín hay un gran jolgorio de hojas verdes. Un sol radiante.

 
 

Cuando se levanta el telón, no hay nadie en escena; pero la puerta de entrada está abierta. Pían unos pájaros en el jardín... Pronto, ante la puerta, aparecen ELVIRA y DANIEL. Ella es una mujer joven, muy atractiva, muy elegante en su aparentemente descuidado atavío de verano. Él es un hombre de poco más de treinta años. También viste, con desaliño, traje veraniego. Camisa deportiva y sin corbata. Se apoya en un bastón: anda con cierta dificultad. Él se queda un instante bajo el dintel de la puerta. Ella entra sonriendo.

 

DANIEL.-  Pero, mujer... ¿Adónde vas?

ELVIRA.-  Deja... Tengo curiosidad.

 

(Avanza, llega hasta el centro, mirándolo todo. Da unos pasos y se asoma por la primera puerta de la izquierda. Luego, vuelve y sube aprisa la escalerita. DANIEL la contempla atónito.)

 

DANIEL.-  Pero, Elvira...

ELVIRA.-  ¡Chiss! Calla, calla...  (Baja aprisa la escalera, cruza y se asoma por la primera puerta de la derecha. Allí, al parecer, ve a alguien porque se detiene.)  ¡Oh! Buenos días.

 

(En la puerta primera de la derecha surge ELISA, una mujer pulcra y sencilla.)

 

ELISA.-  Buenos días. ¿Desean algo los señores?

ELVIRA.-   (Sonriendo.) Discúlpenos. Es que, al pasar por la carretera, vimos la puerta abierta. Y como además hay un cartel que dice que la casa se vende...

ELISA.-   (Muy campechana.)  ¡Ah, vamos! Entonces, bienvenidos sean los señores. Vean y revuelvan a su antojo, si es que la casa les interesa, y pregunten lo que tengan que preguntar, que a una servidora también le gusta dar la lata cuando se propone comprar algo.  (Transición.)  Bueno, ya saben los señores lo que quiero decir...

ELVIRA.-  ¿Vive usted aquí?

ELISA.-  ¡Ca! No, señora. La casa está deshabitada. Aquí no entra nadie desde hace dos años...

ELVIRA.-  ¡Ah!

ELISA.-  Yo vivo en el pueblo, que está a cinco kilómetros. Lo que pasa es que, como los dueños me dejaron la llave y las instrucciones para la venta, por si a alguien le interesa la casa, que, hasta ahora, la verdad, no han sido muchos, pues de vez en cuando me doy por aquí una vueltecita, para que el abandono no se lo coma todo. Y más ahora, en verano, que hay mucho turismo por la carretera. Y en eso estaba cuando han llegado los señores... Pero descansen, descansen un ratito. Yo, entre tanto, sacudiré un poco el polvo por ahí dentro. ¡Ah! Y lo dicho: con toda confianza, como si la casa fuese suya, que ojalá lo sea.

 

(Y se va, tan risueña, por la primera puerta de la derecha.)

 

DANIEL.-  Bueno. Y ahora, vamos a ver: ¿me quieres decir por qué me has traído aquí? ¿Por qué en pleno viaje hacia Francia, a punto de pasar la frontera, paras el coche delante de esta casa, sencillamente porque la puerta está abierta?

 

(ELVIRA está sola en el centro.)

 

ELVIRA.-  No lo sé. De pronto, al doblar la curva, apareció esta casa, tan vieja y tan bonita, rodeada de montañas; tan solitaria, tan abandonada... No sabría explicarte. Detuve el coche, casi sin saber lo que hacía.

DANIEL.-   (Sonriendo.)  Es curioso. ¿Sabes que hace un momento andabas por aquí, de un lado para otro, como si conocieras esta casa de memoria?

ELVIRA.-  ¿De veras?

DANIEL.-  ¡Digo! Y la verdad es que acabas de entrar aquí por primera vez...

 

(ELVIRA se vuelve rápidamente hacia él. Luego, se reintegra a sí misma.)

 

ELVIRA.-  ¡Quién sabe! Quizá estuve aquí antes, en un sueño.

DANIEL.-  ¡Ah!  (Sonriendo.)  Un buen sueño.

ELVIRA.-  O un mal sueño.

 

(DANIEL, que ha cruzado despacio la escena, apoyado en su bastón, llega hasta el sofá. Y al sentarse no puede evitar un gesto de dolor.)

 

DANIEL.-  ¡Ay!

ELVIRA.-  ¿Te duele?

DANIEL.-  Un poco.  (Sonríe.)  Pero, ya sabes, cada vez menos. Te aseguro que a veces me cuesta trabajo creer que puedo andar por mí mismo. Después de tanto tiempo...

ELVIRA.-  Te curarás, Daniel, te curarás. Volverás a ser el que eras.

DANIEL.-  Sí. Ahora creo que sí. Ya casi lo soy...

ELVIRA.-  Daniel, Daniel...

 

(Ella se arrodilla. Hunde la cabeza en el pecho de DANIEL. Un silencio. Él le acaricia suavemente el peinado.)

 

DANIEL.-  ¿Estás contenta?

ELVIRA.-  ¡Oh!

DANIEL.-  ¿Eres feliz?

ELVIRA.-  ¡Mucho!

DANIEL.-  Gracias.  (Ella, en silencio, le toma una mano y se la besa.)  Oye.

ELVIRA.-  ¿Qué?

DANIEL.-  ¿Me permites que te haga una pregunta?

ELVIRA.-  Claro que sí...

DANIEL.-  ¡Calla! No te precipites. Es una pregunta difícil... Es una pregunta que llevo hace mucho tiempo dentro de mí, y que quizá nunca te hubiera hecho si no me hubiera curado. Pero ahora no la puedo evitar...

ELVIRA.-  ¿Qué dices? Tú puedes preguntarlo todo. Eres mi marido.

DANIEL.-  Escucha, Elvira. (Un silencio.)  Es solo una curiosidad. Dime... Durante lo peor de mi enfermedad, cuando todos creíamos, incluso los médicos, que yo pasaría el resto de mi vida en aquel sillón de ruedas; entonces, en aquellos meses tan crudos, que aún están tan cerca, tú -dime la verdad, Elvira-, ¿tú sentiste alguna vez la idea de abandonarme?

 

(ELVIRA alza el rostro y le mira con espanto. Se incorpora vivamente.)

 

ELVIRA.-  ¡Daniel!

DANIEL.-   (Confuso.)  ¿Ves? Ya te dije...

ELVIRA.-  ¿Cómo has podido pensar? Soy tu mujer...

DANIEL.-  Claro. Es verdad.  (La mira. Luego baja los ojos. Para sí mismo.)  Es que tú no sabrás nunca lo que fue mi vida entonces. Tu presencia a mi lado, más que un consuelo, era un remordimiento. Tanta juventud, tanta ternura, ¿para qué? Para un inválido. Yo, entonces, hubiera encontrado hasta legítimo que tú...

ELVIRA.-  ¡Calla!

DANIEL.-  ¡Oh! Perdona...

ELVIRA.-  ¡Daniel! ¿Estás seguro de que me hubieras perdonado?

DANIEL.-  Sí... Te hubiera perdonado. Te perdonaría.  (Libera sus manos suavemente. Le toma la cara. La besa. Y en una transición, muy alegre.)  ¡Ea! ¡Se acabó! Fuera lágrimas, fuera penas. Ando, me muevo, luego soy un hombre como los demás. Son las doce de la mañana de un día maravilloso. Estamos en un alto de nuestro primer viaje después de tantos meses de pesadilla. Estamos viviendo casi, casi nuestro viaje de novios otra vez... ¡Oh, no! Esto es mejor todavía.  (De pronto, alegrísimo, se vuelve hacia ella.)  ¡Elvira! Tengo una idea. ¿Te gustaría que esta casa fuera nuestra?

ELVIRA.-  ¡Daniel! ¿Qué dices?

DANIEL.-  ¿Por qué no? Está en venta. Y sé que te gusta. Cuando entramos aquí ibas como fascinada.

ELVIRA.-   (Emocionada.) ¿Serías capaz?

DANIEL.-  ¡Claro! Me encantaría tener un refugio como este para descansar un poco tú y yo, solos, lejos de Madrid, lejos de todo. Por otra parte, los médicos dicen que debo pasar una temporada en el campo. ¿Dónde mejor que aquí? No se puede negar que todo esto es bonito. Esa chimenea... El jardín. Tienen cosas de muy buen gusto. ¡Ah! Mira.

ELVIRA.-  ¿Qué es eso?

 

(DANIEL tiene entre las manos un pequeño objeto que tomó de la mesita del teléfono que está junto al sofá.)

 

DANIEL.-  Una polvera.

ELVIRA.-  ¡Ah!

DANIEL.-  Una polvera igual, igual a aquella que tú perdiste. ¿Te acuerdas? La que compramos en Venecia, cuando nuestro viaje de novios.

 

(ELVIRA ha palidecido suavemente. Está inmóvil... Casi no se atreve a extender la mano.)

 

ELVIRA.-  A ver...

DANIEL.-  Mírala. Es igual, igual. Con su góndola grabada en la tapa...

 

(ELVIRA tiene la polverita entre las manos.)

 

ELVIRA.-  Sí... Es igual.

DANIEL.-   (Sorprendido.)  Pero ¿qué te ocurre?

ELVIRA.-  ¿A mí? Nada. ¿Por qué?

 

(Por la primera puerta de la derecha aparece ELISA, que cruza hacia la izquierda.)

 

ELISA.-  ¡Hala! Por aquí, ya pueden pasar los señores sin mancharse mucho. De cuatro manotazos he sacudido lo más visible... ¡Uf! No puedo más. Lo que son los años. Cuatro zancadas, y ya estoy molida...

 

(Un pequeño silencio. De pronto, DANIEL, alza los ojos hasta ELISA.)

 

DANIEL.-  ¡Espere! ¿Y dice usted que desde hace dos años no ha entrado nadie en esta casa?

ELISA.-  ¡Nadie!  (Una transición.)  Bueno, es decir...

DANIEL.-  ¡Ah!

ELISA.-  Una noche hubo aquí gente, sí, señor. Fue este invierno pasado, en el mes de enero. Un avión que iba a París tuvo una avería y aterrizó cerca de esta casa, ahí, junto a la carretera. Era de madrugada y estaba nevando... No quiera usted saber. Los viajeros no encontraron a mano más refugio que esta casa. Y aquí se metieron, ¿sabe usted? Aquí pasaron la noche. Cuando se hizo de día se los llevaron. En el pueblo, ni les vimos la cara. Pero, lo que yo me he dicho muchas veces: ¿qué pasaría aquella noche?

 

(Se va por la primera puerta de la izquierda. Una pausa. DANIEL aún tiene la polverita entre las manos.)

 

DANIEL.-  ¿Has oído?

ELVIRA.-   (Un silencio.)  ¡Daniel! No hemos entrado por casualidad en esta casa. Te he traído yo...

 

(DANIEL se vuelve.)

 

DANIEL.-  ¿Tú? ¿Por qué?

ELVIRA.-   (Un silencio.)  Escucha.


 
 
OSCURO
 
 

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