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ArribaActo II

 

El mismo decorado.

 
 

La acción de este acto se inicia en el instante justo en que terminó el acto anterior. MARCOS y ELVIRA todavía están juntos, en el fondo. Aún se oye el piano, que cesa de tocar al poco... Unos instantes de pausa. De pronto, ELVIRA se desprende bruscamente de los brazos de MARCOS y escapa hacia la escalera.

 

MARCOS.-   (Yendo hacia ella.)  ¡Elvira!

ELVIRA.-  ¡Vámonos, Marcos, vámonos! ¡Sácame de aquí! ¡No resisto más!

MARCOS.-  ¿Qué dices? Y ¿adónde iríamos, si ni siquiera sabemos dónde estamos? ¿Es que no comprendes? ¿Es que no te das cuenta de que no tenemos más remedio que esperar aquí, como todos, hasta que se haga el día?  (Transición, con coraje.)  ¡Cuando pienso que si no hubiera ocurrido este estúpido accidente ya estaríamos en París...! ¡Es para volverse loco!

ELVIRA.-   (Con angustia.)  ¿Crees que esta gente sospecha algo? Tengo el presentimiento de que hay alguien que lo sabe. Alguien que lo sabe y espera no sé el qué. Me miran, ¿sabes? Me miran todos. El sacerdote, esa mujer que habla tanto... y los demás. Todos. Y cuando me miran, tiemblo. Me parece que todos van a hacerme la misma pregunta: «¿Por qué?».

MARCOS.-  Yo, en tu lugar, si alguien me preguntara, respondería, sencillamente: «Porque tengo derecho a ser feliz...».

ELVIRA.-  ¡Marcos! ¿Cuándo llegaremos a París?

MARCOS.-  ¡Quién sabe! Dentro de unas horas. A mediodía, quizá. Ten paciencia.  (Va hacia ella. La rodea los hombros, la lleva hacia el sofá. Con ternura.)  En París todo será distinto, ¿sabes? Allí nadie pregunta, nadie quiere saber. Es otro mundo.

ELVIRA.-  Sí...

MARCOS.-  Para ti y para mí, un mundo nuevo.  (Marcha. Llega hasta la chimenea. En pie, enciende un cigarrillo. Sin volverse.)  Di... ¿Qué piensas?

ELVIRA.-   (Muy bajo, despacio.)  Estaba pensando en él...

MARCOS.-  ¡Ah!

ELVIRA.-  Todavía, a estas horas, no sabe nada. ¿Comprendes? No puede saber nada. Le dije que iba a Barcelona, para pasar unos días en casa de mi madre. Mañana le escribiré, desde París.  (Un silencio.)  ¿Qué hará cuando lo sepa?

MARCOS.-  Nada... Es orgulloso.

 

(Se calla. Un pequeño silencio.)

 

ELVIRA.-  ¿Qué?

MARCOS.-  No pienses en él. Para ser feliz hay que hacer daño a alguien, ¿sabes? Yo lo he aprendido sufriendo. ¿Te acuerdas de la primera vez que te dije «Te quiero»? Hace ya unos años. Entonces pudo más él y te llevó. Le fue muy fácil, desde luego. Él era alegre y simpático. Era el preferido de todas las muchachas. Yo era un escritor sin nombre y sin dinero, que tenía poco tiempo para reír. Os casasteis. Yo asistí a vuestra boda, comiéndome las lágrimas. Desde entonces hasta hoy he vivido muchos días en el infierno, esperando...  (Se calla de pronto.)  Sí, Elvira. Para ser feliz hay que hacer daño a alguien. En cierto modo, la felicidad es un crimen... Un hermoso crimen.  (Transición, con otro tono, sencillamente.)  Es curioso. ¿Quién será esa persona que mañana, en París, va a cometer un delito?

 

(ELVIRA baja la cabeza. Pausa. Se oye dentro la voz de ANITA.)

 

ANITA.-   (Dentro.)  ¡Señor Villanueva! ¿Está usted ahí?  (Entrando.)  ¡Jesús! ¿Qué oscuridad!  (Enciende la pantalla que está junto al sofá y descubre a ELVIRA.)  ¡Ay, perdón! ¿Dormía usted?

ELVIRA.-  No... No dormía.

ANITA.-  Lo creo... ¿Quién puede pegar un ojo en estas circunstancias? Los únicos felices deben ser esos muchachos que se han casado esta mañana, que andarán por ahí haciéndose arrumacos en cualquier rincón. Pobres, ¡qué noche! Le advierto a usted que mi noche de bodas también fue muy célebre. Pero por otras razones, que no está bien que yo cuente, porque el pobrecito ya se ha muerto...

 (Cruza la escena. Va hacia MARCOS. Se sienta junto a él. En seguida, ELVIRA se levanta sin ruido alguno, sube la escalera y desaparece. Quedan solos ANITA y MARCOS.)  ¿Ha vuelto ya ese hombre, señor Villanueva? No, no ha vuelto. ¡Dios mío! ¿Quién será ese individuo, que lo sabe todo? ¿Cree usted que se trata de un policía? Justo. Lo mismo pienso yo. Un policía, ni más ni menos. ¡Ay, señor Villanueva, yo tengo muchísimo miedo! Sabiendo, como sabemos, que aquí, entre nosotros, hay una persona que va a París a cometer un delito; una persona que, indudablemente, es un ser inmoral y sin escrúpulos, un monstruo, lo que se dice un monstruo, ¿cómo puede una estar tranquila? Porque, lo que yo me digo: ¿qué delito es ese que ha de ser cometido precisamente en París, eh?  (Una transición. Alarmadísima.)  Oiga, ¿cree usted que se trata de algo internacional? ¿Algo de espionaje o así?

MARCOS.-  Señora, ¿qué puedo decir yo?

ANITA.-  ¡Ay, hijito! ¡Pues vaya usted a saber! A mí, una vez, en un cóctel, me presentaron a un señor rarísimo, que parecía un sabio, y luego me explicaron que el pobrecito era un espía que iba mucho por el telón de acero, y que hacía unas fechorías tremendas, y que traía de cabeza a todos los rusos... Pero, no; no creo que se trate de nada de eso, porque ninguno de los que están aquí se parece a aquel señor. Claro que tampoco puede tratarse de robar en un banco ni de tonterías por el estilo. Para asaltar un banco no hay que ir a París. En Madrid hay todos los bancos que se quiera. Y algunos, tan bonitos, que parecen perfumerías. No, no. Debe tratarse de algún delito más misterioso, más extraño. Pero, ¡Dios mío!, ¿quién es el delincuente? Porque, sea quien sea, está aquí, entre nosotros. Ya oyó usted al policía...  (De pronto se vuelve hacia MARCOS. Se da cuenta de que este, ensimismado, no la escucha, y salta, indignadísima.)  ¡Oiga! Pero ¿es que no me hace usted caso?

MARCOS.-  ¡Oh! Disculpe...

ANITA.-  ¡Jesús!

 

(Se levanta, ofendidísima, y marcha hacia la izquierda en el momento en que surge ROSA por la primera de la izquierda.)

 

ROSA.-  ¡Chiss! Tengo una corazonada. Me parece que ya sé quién es el delincuente...

ANITA.-   (Asustadísima.)  ¡Ay! ¿Quién es?

ROSA.-  ¡¡Mírelo!! Me viene siguiendo los pasos...

 

(Y en este momento, tan feliz y tan campante, aparece DON JOAQUÍN por la primera puerta de la izquierda. ANITA y ROSA, muy juntas, tapándose la boca con la mano, para sofocar un grito, escapan hacia la derecha.)

 

LAS DOS.-  ¡Ayyy!...

ANITA.-   (Bajísimo.)  ¿Este...?

ROSA.-  ¡Este!

ANITA.-  ¿Está usted segura?

ROSA.-  ¡Segurísima! ¿Cómo no nos hemos dado cuenta antes? Si no hay más que verlo: con esa cara de infeliz y esta pinta de inocente, que se ve que es capaz de todo...

ANITA.-   (Estremecida.)  ¡Ay!

JOAQUÍN.-   (Muy sorprendido.)  ¡Caramba! ¿Se han asustado ustedes?

 

(Ellas dos retroceden aún más, y DON JOAQUÍN se queda estupefacto.)

 

LAS DOS.-  ¡Ayyy!

ANITA.-  ¡No se acerque!

ROSA.-  Si da usted un paso más, grito...

JOAQUÍN.-   (Azoradísimo.)  ¡Pero, señora!...

 

(Y de pronto, las dos, resurgiendo, avanzan hacia DON JOAQUÍN, francamente amenazadoras.)

 

ANITA.-  ¡Hable usted!

ROSA.-  ¡Confiese!

ANITA.-  ¡Dígalo todo!... ¡Vamos! ¿Para qué va usted a París?

JOAQUÍN.-   (Confundidísimo.)  ¿Yo? Para nada... Pero si yo nunca tengo nada que hacer. Lo que pasa es que cuando estoy en un sitio y me doy cuenta de que le estoy dando la lata a la gente, me marcho. Como soy tan pelma...  (Transición. De pronto, con terror, cae en la cuenta.)  ¡Anda! Pero ¿es que han creído ustedes que soy yo ese que buscan?

LAS DOS.-  ¡Sí!

JOAQUÍN.-   (Con espanto.)  ¿Yo? Pero, señora, por Dios, que soy el más infeliz de todos...

ROSA.-  ¡Hipócrita!

 

(DON JOAQUÍN, desconsoladísimo, se deja caer en el sofá a punto de llorar.)

 

JOAQUÍN.-  ¡Por favor! Ya sé que no soy simpático. Ya sé que soy muy pesado; pero de eso a suponer que soy un malvado... ¡Ah, no! Esto, no. Esto no me ha pasado nunca...

 

(Está atribuladísimo. Hay una pausa levísima. Ellas dos le miran, y luego se miran entre sí, suspensas. Muy bajito:)

 

ANITA.-  ¡Rosa! Me parece que nos hemos equivocado.

ROSA.-  ¿Usted cree?

ANITA.-  ¡Hija, por Dios! Pero si no hay más que verlo. Lo que pasa es que usted le ha tomado manía a este pobre hombre...  (Las dos se quedan mirando a DON JOAQUÍN, francamente enternecidas. Luego, dan un paso hacia él.)  Vamos... No lo tome usted así.

 

(ROSA y ANITA se sientan en el sofá, una a cada lado de DON JOAQUÍN.)

 

ROSA.-   (Halagadora.)  Después de todo, ¿por qué no había de ser usted? Tiene usted tantos méritos como los demás...

JOAQUÍN.-   (Agradecido.)  Muchas gracias.

ANITA.-  Hágase cargo. Lo natural es que cada uno sospeche de todos los demás. ¿Es que usted no tiene una sospecha?

JOAQUÍN.-  ¡Huy! ¡Que si la tengo!

ROSA.-  ¿De veras?

ANITA.-  Entonces, hablemos claro. Porque nosotros tres somos de confianza.  (De pronto se contiene, porque mira a ROSA con una irremediable suspicacia.)  Por lo menos, hasta cierto punto...

ROSA.-  ¿Cómo?

ANITA.-  No, nada... ¿Quién cree usted que puede ser?

ROSA.-  Diga, diga...

JOAQUÍN.-  Pues...  (Con mucho misterio, vuelve la cabeza y señala a MARCOS con un guiño.)  ¿Eh? ¿Qué les parece a ustedes?

ROSA.-  ¿Ese...?

ANITA.-  ¿Cómo? ¿Villanueva? ¡Ca! No creo. Villanueva es todo un caballero. Mire usted: los escritores son muy particulares. Hay que entenderlos. Conocí a un escritor que era bígamo, porque se había casado dos veces sin darse cuenta, y, ya harto de mujeres, el pobre vivía con una muchachita. Bueno. Pues era un caballero. Todo un caballero. ¡Oh! ¡Había que ver a aquel hombre con una taza de té en la mano! ¡Qué distinción! ¡Qué elegancia! No. Apostaría cualquier cosa a que Villanueva no es esa persona que va a París para hacer una barbaridad...

JOAQUÍN.-  Entonces...

ANITA.-  Veamos. Naturalmente, de la parejita de recién casados, ni hablar. Están muy enamorados, y en esas circunstancias se cometen muchas tonterías. Pero delitos, delitos, no.

ROSA.-  Oiga.  (Inspirada.)  ¿Y el padre José?

ANITA.-  ¿Cómo?  (Un respingo.)  ¿Qué dice? Pero, hijita... ¿Va usted a sospechar de un sacerdote? ¿Es que no es usted creyente?

ROSA.-  Más que nadie. Y tan de derechas como usted.

ANITA.-  Bueno... Eso habría que verlo.

ROSA.-  Pero ¿y si el padre José no es un auténtico sacerdote? ¿Eh?

ANITA.-  ¡¡Jesús!!

ROSA.-  ¿Qué me dice usted a eso?

ANITA.-   (Horrorizada.)  ¡¡No!! ¡No puede ser! Estoy segura, segurísima, de que el padre José es un verdadero cura.  (Una transición.)  Bueno, estoy casi, casi segura...  (Y, apuradísima, se santigua.)  ¡Ay, Dios mío!

ROSA.-  En fin... La verdad es que será la persona que menos sospechemos.

JOAQUÍN.-   (Un suspiro.)  Eso creo yo.

ANITA.-  Y yo.

 

(Un silencio. De pronto, DON JOAQUÍN y ANITA, como atacados por el mismo presentimiento, se miran entre sí y luego, automáticamente, se quedan mirando a ROSA...)

 

ROSA.-  Pero les advierto a ustedes que al primero que sospeche de mí, le suelto una bofetada...

JOAQUÍN.-   (En pie, asustadísimo.)  ¡Demonio!

ANITA.-  ¡Jesús! ¡Hijita! Cuidado que es usted de rompe y rasga...

 

(Se levanta, molestísima, y marcha hacia el centro.)

 

ROSA.-  Porque, vamos a ver, para que yo me entere: ¿usted qué va a hacer en París?

 

(ANITA, que se iba hacia el fondo, gira en redondo, sobresaltadísima. Toda rubor.)

 

ANITA.-  ¿Quién? ¿Yo?

ROSA.-  ¡Sí, usted!

ANITA.-  ¿Que qué voy a hacer yo en París?

ROSA.-  Eso. ¡Dígalo de una vez!

ANITA.-  ¡Ah, no! ¡Eso, no! Eso a nadie le importa. Este viaje a París pertenece a mi vida privada. Y mi vida es mía... Mía nada más.

ROSA.-  ¡Je! Cuando yo digo...

ANITA.-   (Airada, casi llorando.)  ¡¡Rosa!!

 

(De pronto, DON JOAQUÍN se pone en pie inspiradísimo.)

 

JOAQUÍN.-  ¡Callen!

LAS DOS.-   (Sorprendidas.)  ¿Eh?

JOAQUÍN.-  Pero si falta uno...

ANITA.-  ¿Cómo que falta uno?

JOAQUÍN.-  ¡Claro! ¿Es que no se acuerdan ustedes? Ese, ese buen señor que dijo que tenía sueño y se metió en una habitación...

ANITA.-  ¡Calle! Es verdad... Y no ha vuelto.

ROSA.-  ¿Se habrá escapado?

ANITA.-  ¡Dios mío!

 

(Y, ni corta ni perezosa, marcha hacia el fondo, se asoma a la segunda puerta de la derecha y entra. ROSA y JOAQUÍN esperan anhelantes. Vuelve a oírse, muy bajo, el piano. Un segundo después, vuelve ANITA, extrañadísima.)

 

JOAQUÍN.-  ¿Qué?

ANITA.-  Ahí está.

ROSA.-  ¿Y qué hace?

ANITA.-  Duerme...

JOAQUÍN.-  ¡Oh!

ANITA.-  Y jamás, jamás he visto una persona durmiendo con tanta felicidad...

 

(Un silencio. En este momento deja de oírse el piano bruscamente. Y se oye un penetrante grito de AVELINA en la habitación de la derecha.)

 

AVELINA.-   (Dentro.)  ¡Ayyy!

 

(Todos se vuelven. Los que están sentados se ponen en pie. EL MUCHACHO surge por la segunda puerta de la izquierda. ELVIRA irrumpe en la meseta de la escalera. EL PADRE JOSÉ, por la primera de la izquierda. Todos se miran confusos y después clavan los ojos en la primera puerta de la derecha.)

 

TODOS.-  ¿Qué?

ANITA.-  ¿Qué es eso?

JOAQUÍN.-  ¿Quién grita?

ROSA.-  ¿Qué ocurre?

 

(Hablando todos al tiempo. Y, en la primera puerta de la derecha, aparece AVELINA, seguida de JAVIER. LA MUCHACHA viene demudada.)

 

AVELINA.-  ¡Se ha escapado!

ANITA.-  ¿Quién?

AVELINA.-  Esa chica... Se ha escapado. Estaba tocando el piano. De pronto, se levantó, echó a correr, abrió la ventana y saltó. ¡Y no hemos podido evitarlo!

JAVIER.-  No nos dio tiempo. Fue tan inesperado...

ANITA.-  ¿La francesa?

AVELINA.-  ¡Sí!

MUCHACHO.-  Qué dice? No es francesa.

TODOS.-  ¿Cómo?

 

(Todos se vuelven hacia EL MUCHACHO.)

 

ANITA.-  ¿Que no es francesa?  (EL MUCHACHO, de pronto, como tomando una decisión, baja rápidamente la escalera, cruza y sube hasta el mirador.)  ¿Adónde va usted?

MUCHACHO.-  Voy a buscarla.

 

(Empuja la vidriera del mirador. Salta ágilmente. Desaparece en el jardín. Todos se miran estupefactos. ANITA mira en torno con ansiedad y es la primera que rompe el silencio.)

 

ANITA.-  Pero, entonces, si no es francesa, ¿por qué nos ha engañado?  (De pronto.)  ¡Dios mío! ¿Será esta chica...? ¿Será esta chica la persona que mañana, en París, va a hacer algo espantoso? ¿Creen ustedes?

 

(Se los queda mirando a todos. Un silencio brevísimo. Y AVELINA, que estalla como en un ataque de nervios.)

 

AVELINA.-  ¡Javier!

JAVIER.-  ¡Avelina!

AVELINA.-  ¡No puedo más! ¡No resisto más!

JAVIER.-  ¡Calla, Avelina!

AVELINA.-  ¡No quiero! ¡Esta es mi noche de bodas! ¡Yo tengo derecho a ser feliz! ¿Por qué me pasa todo esto? ¿Por qué? Es mi noche de bodas. Esta noche es mía. Y me la han robado, me la han robado...

JAVIER.-  Cálmate, Avelina. Escucha...

AVELINA.-  ¡No quiero! ¡Déjame! ¡No me toques! ¡No te acerques!

 

(Y, nerviosísima, estremecida por los sollozos, escapa corriendo por la primera puerta de la derecha. Hay un silencio.)

 

ROSA.-  ¡Pobre muchacha!  (Generosamente.)  ¿Quiere usted que yo la cuide un ratito?

 

(JAVIER, que marcha tras AVELINA, se revuelve, con coraje, en el umbral mismo de la puerta y se encara con ROSA. Cierra la puerta de golpe.)

 

JAVIER.-  ¡No! Tú, no.

 

(Un movimiento de estupor en todos.)

 

TODOS.-  ¿Eh?

JAVIER.-  Cualquiera menos tú. ¿Me oyes?

JOAQUÍN.-   (Atónito.)  ¡Hola! ¡Pero si se conocen...!

ANITA.-  ¡Acabáramos! Entonces, este es el hombre que la abandonó hace quince días...

ROSA.-  El mismo. ¿Quieren ustedes que se lo presente? Pues allá voy. El muy...

JAVIER.-  ¡Rosa!

ROSA.-   (Con una calma estremecedora.)  ¿Es a mí?

JAVIER.-  Óyeme, Rosa. No me importa que se enteren todos. Todos, menos ella... Hace un momento, quise decírselo todo y no he tenido valor. ¿Entiendes? Dime: ¿qué significa todo esto? ¿Qué significa tu viaje a París, precisamente hoy, en el día de mi boda, y en el mismo avión en que viajamos mi mujer y yo? Habla, Rosa. Dime qué es lo que intentas...

ROSA.-  Lo que te he jurado...

JAVIER.-  Rosa, Rosa...

ROSA.-  Porque yo siempre cumplo mis juramentos, y bien lo pueden decir más de cuatro. Te juré que si me abandonabas y te casabas con otra no te sería fácil librarte de mí. Y aquí me tienes, dispuesta a ser tu sombra. ¿Que te vas a París? Pues yo, a París. Ya me he comprado unos pantalones y un jersey para no hacer mal papel. ¿A Venecia? Pues la Rosa, a Venecia. En la maleta llevo un par de botas de agua, porque me han dicho que allí está todo lleno de charcos. Y si un día vas por la India, allí me encontrarás, con un turbante y una calabaza de peregrino, que dinero y coraje me sobran para seguirte adonde vayas. Adonde vayas, Javier. Óyelo bien. Aunque te escondas en el último rincón del mundo. Para que tiembles de miedo y para que la conciencia, si es que la tienes, te grite todo lo miserable y todo lo canalla que has sido conmigo...

JAVIER.-  ¡Rosa! Eso no puede ser. ¿Es que te has vuelto loca?

ROSA.-  ¡Vaya!

JAVIER.-  ¡Rosa! Vuelve a Madrid. Te lo suplico. A mi regreso te veré y hablaremos...

ROSA.-  Conque hablaremos, ¿eh? Si será fresco...

JAVIER.-  ¿Serás capaz de decirle a Avelina...?

ROSA.-  ¡Claro!

JAVIER.-  ¡Oh!

ROSA.-  Pero, hombre, ¿para qué crees tú que me he metido yo en un avión, con las consecuencias que eso trae, que a la vista están?

JAVIER.-  Rosa, Rosa.

ROSA.-  Pero todavía es pronto. Se lo diré mañana, en París, para que no se le olvide. Lo tengo todo muy bien pensado, ¿sabes? De pronto, tac-tac. Alguien que llama con los nudillos en la habitación del hotel, a la hora del desayuno. «¿Quién es?». «Una visita». «Pase». Y allá va la Rosa. Bueno, para qué voy a seguir...

JAVIER.-  ¡¡Rosa!!

 

(ROSA se vuelve hacia él, con fiereza, indomable.)

 

ROSA.-  Pero ¿qué crees tú? ¿Que todo se había acabado con la música del órgano, y las flores, y la noticia en los ecos de sociedad? Pero ¿no comprendes que si para ti todo empieza ahora, para mí, ahora, todo se ha terminado? ¿No sabes que tú, para mí, eras el último, la última esperanza, la última ilusión, el último refugio? ¿Y quieres que me cruce de brazos y vea con calma cómo eres feliz a costa de mi desgracia y de mi pena? ¡Ah, no! Eso, no. Eso, no... Tú lo verás. ¡Por estas!

JAVIER.-  ¡¡Rosa!!

ROSA.-  Me llaman.

JAVIER.-  Está bien. Haz lo que gustes.  (Con rudeza.)  Pero no olvides que yo quiero a Avelina con toda mi alma, y antes que perderla soy capaz de todo. Conque ten cuidado, Rosa.

 

(Y avanza hacia ella. ROSA pega un grito y nerviosísima se deja caer en el sofá. La rodean ANITA, DON JOAQUÍN y EL PADRE JOSÉ.)

 

ROSA.-  ¡Ayyy!

ANITA.-  ¡Rosa!

JOAQUÍN.-  ¡Señora!

PADRE JOSÉ.-  ¡No chille!

ROSA.-  ¡Ayyy...! ¡Y todavía me amenaza! A mí. ¡A la Rosa! ¡Ay, cínico, sinvergüenza, mal hombre, charrán! ¡Golfo, más que golfo, que me lo debe a mí todo, que sin mí no sería nada...!

PADRE JOSÉ.-  Vamos, vamos. ¡A callar!

ROSA.-  ¡Ay, señor cura! No me regañe usted, que bien pesarosa estoy yo de que haya usted oído todo lo que ha oído, que demasiado sabe una que estas cosas no son para curas...

 

(Se abre la primera puerta de la derecha y aparece AVELINA.)

 

AVELINA.-  ¿Ha pasado algo?

 

(EL PADRE JOSÉ, ANITA y DON JOAQUÍN responden a un tiempo.)

 

LOS TRES.-  ¡No!

AVELINA.-  ¡Ah! Pues me pareció oír voces...

ANITA.-  Nada, hijita, nada. ¿Qué quiere usted que pase? Que como estamos todos tan nerviosos, a esta señora le dio algo así como un patatús...

AVELINA.-  ¿De veras?  (Y muy afectuosa va hacia ROSA y se sienta junto a ella en el sofá.)  ¡Pobrecita! Con el cariño que yo la estoy tomando...

ROSA.-  ¡Ah! ¿Sí?

AVELINA.-  ¡Huy! No puede usted figurarse. Como que me parece que usted y yo vamos a ser grandes amigas...

ROSA.-  ¡No me diga!

 

 (La mira con ojos brillantes, dispuesta a todo.) 

ANITA.-   (Asustadísima.)  ¡Rosa! ¡Por Dios!

 

(ROSA se contiene y con un gesto rabioso, de infinito coraje, se pone en pie y se refugia en primer término a la izquierda.)

 

ROSA.-  ¡Maldita sea! Si no mirara...

 

(Se come materialmente las lágrimas. Hay un silencio. Todos, involuntariamente, miran a AVELINA. Esta corre y se refugia en JAVIER.)

 

AVELINA.-   (Desconcertada.)  ¡Javier! ¿Qué he hecho yo?

JAVIER.-  Tú, nada. Tú, ven conmigo.

 

(Y se la lleva por la primera puerta de la derecha. Salen. Un silencio cortísimo. DON JOAQUÍN está mirando a ROSA como fascinado.)

 

JOAQUÍN.-  ¡Qué mujer!

ANITA.-  Me figuro, padre José, que estará usted muy, muy extrañado. Porque estoy segurísima de que estas cosas no pasan en su barrio.

PADRE JOSÉ.-  ¡Je!

 

(Un leve chasquido que produce la vidriera del mirador, al abrirse, hace que todos vuelvan la cabeza hacia el fondo. Allí están EL MUCHACHO y LA MUCHACHA, que entran despacio. Avanzan. Al llegar al centro del escenario, la chica, en medio del silencio, viéndose objeto de las miradas de todos, escapa y se refugia en el sofá, tapándose la cara con las manos.)

 

ANITA.-  Bien. Supongo que ahora esta señorita nos dará una explicación. Vamos a ver, niña: ¿por qué nos has engañado? ¿Por qué nos hiciste creer que eras francesa? Di...

 

(Muy despacio, como asustada, LA MUCHACHA alza hacia ella sus ojos, bañados en lágrimas. Un silencio.)

 

MUCHACHA.-  Para que nadie me preguntara nada...

ANITA.-  Pero ¿por qué?  (LA MUCHACHA baja la cabeza. No contesta. ANITA se impacienta.)  ¿Quieres hablar de una vez?  (LA MUCHACHA calla. ELVIRA da un paso.) 

ELVIRA.-  ¡Déjela! ¡Por Dios...!

ANITA.-  ¡No quiero! Tiene que hablar. Pero ¿es que se les ha olvidado a ustedes que estamos buscando a un delincuente y puede ser ella?  (Se vuelve hacia LA MUCHACHA.)  ¡Vamos! ¿Por qué querías pasar inadvertida entre nosotros? ¿Qué has hecho?

 

(LA MUCHACHA la mira. Un silencio.)

 

MUCHACHA.-  Me he escapado de casa.

TODOS.-  ¿Qué?

ANITA.-  ¡Jesús!

MUCHACHA.-   (Con desesperación.)  ¡Sí! Me he escapado. Y no volveré nunca. ¡No volveré jamás! No quiero, no quiero, no quiero...

 

(Llena de lágrimas y de sofoco, apoya la cabeza en el respaldo del sofá y golpea furiosamente con los puños.)

 

ANITA.-  ¿Qué llevas ahí?  (Y rápidamente se lanza sobre la cajita de cuero de LA MUCHACHA, que está en el sofá. La abre... y sofoca un grito.)  ¡Jesús! Joyas...  (DON JOAQUÍN y ROSA se acercan. Miran. Un silencio.)  Entonces, está todo claro...

 

(LA MUCHACHA se revuelve.)

 

MUCHACHA.-  ¿Qué está pensando? Esas joyas son mías.  (Se calla. Más bajo.)  Eran de mamá.

ANITA.-  ¡Ah!

 

(Un silencio. Todos miran a LA MUCHACHA. ELVIRA se acerca despacio, y queda detrás del sofá. Con ternura.)

 

ELVIRA.-  Vamos. Dínoslo todo. ¿Por qué te has escapado de casa?

 

(LA MUCHACHA alza los ojos y la mira. Un silencio. Y con un dolor infinito.)

 

MUCHACHA.-  Porque mi padre se ha vuelto a casar...

ELVIRA.-   (Como sobrecogida.)  Criatura...

 

(Hay un silencio. LA MUCHACHA solloza quedamente. Y entre sollozos.)

 

MUCHACHA.-  Yo le cuidaba. Yo le mimaba como a un niño. Yo le quería más que a nada en el mundo. Era mío. ¡Mío nada más! Y esa mala mujer me lo ha robado.  (Un sollozo.)  ¡Oh, papá, papaíto! ¿Por qué has hecho eso conmigo? ¿Por qué? ¡Si yo te quería tanto, papá, tanto, tanto!...

 

(Llora. ELVIRA, conmovida, casi sin voz.)

 

ELVIRA.-  Nena.

MUCHACHA.-  Por eso me iba. Porque cuando papá sepa que estamos aquí, vendrá por mí. Y no quiero. No quiero volver. No volveré nunca, nunca, nunca...

 

(Se encoge más en el sofá. Todos la miran. ELVIRA se seca una lágrima. Poco a poco los nerviosos sollozos de LA MUCHACHA se hacen más tenues. Muy despacio, EL MUCHACHO avanza y se sienta junto a ella, en el sofá. Habla cariñosamente, con una voz nueva en él.)

 

MUCHACHO.-  Anda... No llores más. ¿Quieres?

 

(LA MUCHACHA alza los ojos y le mira. Se seca sus lágrimas.)

 

MUCHACHA.-  ¿Por qué has ido tú a buscarme?

MUCHACHO.-  ¡Pche!  (Sonríe.)  Porque te hubieras quedado como un pajarito helado sobre la nieve... Muerta de frío.

MUCHACHA.-  Gracias.

MUCHACHO.-  ¡Bah!  (Una transición.)  Oye. ¿Me perdonas lo de antes?

 

(LA MUCHACHA le mira y vuelve la cabeza, suavemente ruborizada.)

 

MUCHACHA.-  Claro...

MUCHACHO.-  Solo quería darte un beso, ¿sabes? Te veía tan asustada, tan pequeña. ¡Bah! No sé. De pronto me dio la tentación y ya está. A mí me parece que si siempre que uno tiene la necesidad de dar un beso pudiera dar un beso, uno no sería malo nunca. Pero no puede ser. ¿Verdad?  (Transición. Sonríe.)  ¡Qué bruto estuve! Bueno. Tú me has perdonado, ¿no?

MUCHACHA.-  Claro que sí. ¿Cómo te llamas?

M UCHACHO.-  José. ¿Y tú?

MUCHACHA.-  Marisa...

MUCHACHO.-  ¡Marisa! Me gusta. Es nombre de señorita. ¿Dónde vives en Madrid?

MUCHACHA.-  En la Castellana...

MUCHA CHO.-   (Con admiración.)  En la Castellana... Vaya.

MUCHACHA.-  ¿Y tú?

MUCHACHO.-  ¿Yo?  (Se calla un poco.)  ¡Bah! En un barrio donde tú no has estado nunca, seguramente. Cae lejos.

MUCHACHA.-  ¿Por qué vas a París?

MUCHACHO.-  Me espera un amigo.  (Con una irremediable presunción.)  Pero no creas que ese amigo es un cualquiera como yo... Qué va. Es muy rico. Y aristócrata. Tiene título. De vez en cuando, se marcha a Roma, o a París, o a Londres. Pero en seguida me llama.

MUCHACHA.-   (Sencillamente.)  ¿Por qué?

 

(EL MUCHACHO se calla. La mira. Luego vuelve la cabeza.)

 

MUCHACHO.-  Bueno... Tú no comprenderías  (Calla. Después, como asustado de haber hablado demasiado, mira en torno y se encuentra con que todos los demás personajes tienen los ojos puestos en él. Baja la cabeza. Y luego, súbitamente, con un arranque, mezcla de rabia y de rubor, se pone en pie y se encara con los demás.)  ¿Qué pasa? ¿Por qué me miran ustedes? ¿Qué les importo yo?

MUCHACHA.-   (Atónita.)  Pero...

MUCHACHO.-  ¡Déjame tú!

 

(Un gran silencio. Algunos bajan la cabeza. Otros miran a otro lado. DON JOAQUÍN marcha hacia el fondo. EL PADRE JOSÉ va a la chimenea, toma el atizador y hurga en los leños. Al cabo, en la segunda puerta de la derecha, aparece EL BUEN SEÑOR, tan orondo.)

 

El SEÑOR.-  Buenas noches. ¿Cómo están ustedes? ¡Je! A mí, tienen que disculparme. Yo, si no duermo a mis horas, estoy perdido. ¡Y cómo he dormido este ratito! Cuando se lo cuente a mi mujer, no se lo va a creer...  (Se sienta en el sofá, tan tranquilo.)  La pobre... ¿Pues no estaba empeñada en ir conmigo a París? Porque ella está enterada de todo. Sabe que París tiene muy mala fama... Claro que yo le dije: No, hijita, no. Debo ir solo. ¿Y saben ustedes lo que me contestó? Pues me dijo: Por algo será; por algo será que te vas tú solo a París. ¿Eh? ¿No es bueno? A sus años, y con tantos achaques, y la infeliz todavía, todavía. ¡Je!  (Se ríe con toda su alma. De pronto, se calla, mira en torno y se dirige a ANITA, muy intrigado.)  Oiga. ¿Es que ha pasado algo?

ANITA.-  ¿Que si ha pasado? Mire, por favor. No me ponga nerviosa... Y no presuma de inocente, porque a lo mejor es usted la persona que buscamos.

El SEÑOR.-   (Sorprendido.)  ¿Cómo? ¿Que me buscan ustedes a mí? ¿Y en qué puedo servirles?

ANITA.-  ¡Basta!

El SEÑOR.-  ¡Señora!

ANITA.-  ¡Basta de disimulo! ¡Señor mío! Sepa usted que, entre nosotros, hay una persona que va a París a cometer un delito...

El SEÑOR.-   (Estupefacto.)  ¿Cómo? ¿Entre nosotros...?

ANITA.-  ¡Sí!

 

(EL BUEN SEÑOR los mira a todos sorprendidísimo y mueve la cabeza con franco reproche.)

 

El SEÑOR.-  Caramba, caramba, caramba...  (De pronto.)  ¿Y quién es?

ANITA.-  ¿Cómo?

El SEÑOR.-  Digo que quién es esa persona...

ANITA.-  Pero si no lo sabemos...

El SEÑOR.-  ¡Hola! Entonces, ¿cómo se han enterado ustedes?

ANITA.-  ¡Toma! Porque nos lo ha dicho el policía...

El SEÑOR.-    (Estupefacto.) ¿Cómo? (Muy seguro.) ¡Ca! Eso no puede ser...

 

(TODOS le miran.)

 

ANITA.-  ¡Ay! ¿Por qué?

El SEÑOR.-  Porque el policía soy yo...

TODOS.-  ¿Qué?

 

(Un movimiento de estupor. ANITA, ROSA y DON JOAQUÍN van a él y le rodean.)

 

ANITA.-  ¿Qué ha dicho?

ROSA.-  ¿Cómo?

JOAQUÍN.-  ¿Usted?

TODOS.-  ¡Oh!

 

(Todo rapidísimo.)

 

El SEÑOR.-  ¡Calma! ¡Calma, por favor! Permítanme que me presente. Me llamo Bernardo Cifuentes. Comisario Cifuentes, para servir a ustedes... Tengo quince días de permiso. Voy a París para ver a mi hermano Jerónimo, que vive allí. Y no sé una palabra de lo que ustedes me cuentan...

ANITA.-   (Interrumpiéndole.)  ¡Dios mío! Entonces, si el policía es usted, ¿quién es el otro?

El SEÑOR.-  ¿Cuál?

ANITA.-  El otro. El que lo sabe todo...

 

(EL BUEN SEÑOR se queda atónito. Luego, se dirige a DON JOAQUÍN, que está cerca. Muy amable.)

 

El SEÑOR.-  ¿Usted?

JOAQUÍN.-  No, no. Yo, no.

El SEÑOR.-  ¡Ah! Bien.  (Se calla. Los mira a todos. Luego se dirige al PADRE JOSÉ.)  Bueno. Pero que yo me entere. ¿Qué delito es ese?

PADRE JOSÉ.-   No lo sabemos...

El SEÑOR.-  ¡Ah!

PADRE JOSÉ.-   (Sonríe.)  Pero ¿qué importa el delito? Delito es un asesinato y delito es un pensamiento. Delito es hacerle daño a un niño y delito es pisar una flor... Un crimen o un robo son delitos claros, concretos, definidos. Sí... Esos son los delitos que persiguen las leyes y los policías. Pero hay, además, otros delitos... Unos delitos pequeños, tremendos, increíbles, entre los cuales se va forjando el rencor que hace amarga y dura la vida. Son esos delitos que no persigue nadie. Son esos secretos delitos que son capaces de cometer el odio, el deseo, la ambición, la soberbia, la venganza. Y de esos delitos todos somos delincuentes. El hombre es un eterno fugitivo perseguido por sus pequeños y grandes delitos. Porque el delito está en todo; se esconde en todo; hasta en las apariencias más nobles. Está detrás de lo más puro. En el fondo del mismo amor...

 

(En el fondo, surge la voz de ELVIRA, que se ahoga en un sollozo.)

 

ELVIRA.-  ¡Cállese!  (TODOS se vuelven a mirarla. Ella, avergonzada, entre sollozos, corre a refugiarse en el sofá.)  Cállese, cállese... Por piedad.

 

(MARCOS, en un arranque incontenible, va hacia ella.)

 

MARCOS.-  ¡ELVIRA! ¿Qué tienes? ¿Qué te ocurre?  (Se detiene súbito. Comprende que se ha traicionado. Con rabia.)  ¡Oh!  (Un gran silencio. Todos miran a MARCOS. Este reacciona. Y, decidido, va hacia ELVIRA.)  No importa. ¡Que lo sepan! No importa.

JOAQUÍN.-  ¡Oh!

ROSA.-  Entonces...

ANITA.-  ¡Claro! Yo ya lo sabía. Llegaron juntos a Barajas en un taxi, y yo los vi... Es su amante. Huyen juntos a París.  (Muy despacio, con altivez, marcha hacia la izquierda.)  ¡Qué bochorno!

ELVIRA.-   (Con angustia.)  ¡No! ¡Eso, no! No me juzgue sin oírme... Escuche.

MARCOS.-   (Airado.) ¡Cállate! ¡No quiero que te disculpes! Nadie puede pedirte cuentas. Tu vida es tuya, y puedes hacer con ella lo que quieras...

ELVIRA.-  ¡Déjame! Tengo que hablar...

MARCOS.-  ¡Que te calles, te digo!

ELVIRA.-  ¡Oh, Marcos!

MARCOS.-  ¡Calla!  (La tiene entre sus brazos. La estrecha. Después, se vuelve y mira en torno, despacio. Sus ojos se posan en EL PADRE JOSÉ.)  ¿Qué mira usted, padre José? ¿Qué piensa usted? Me gustaría saberlo. He aquí a la pequeña humanidad que esta noche se ha refugiado en esta casa, desnudándose ante usted de sus pasiones, de sus vicios, de sus rencores. Y usted, en medio de todos, callado; fuerte por su debilidad, fuerte por su juventud, fuerte por su pureza, fuerte, más fuerte que nadie...

ELVIRA.-  ¡Marcos!

MARCOS.-  Usted, callado, siempre callado, escucha y sentencia. ¡Vamos! Hable, por una vez. ¿Qué piensa usted de estos pecadores que le rodean?

 

(EL PADRE JOSÉ baja la cabeza. Un silencio. Como si un sollozo se le cruzara en la garganta.)

 

PADRE JOSÉ.-  Yo tengo esperanza. La víspera no ha terminado todavía.

MARCOS.-  ¿Qué quiere usted decir?

PADRE JOSÉ.-  Pero ¿no se da usted cuenta, señor Villanueva, de que si no hubiera ocurrido este accidente de aviación, ya estaríamos todos en París, y ya todo, todo, sería irremediable? Es maravilloso que se nos dé esta víspera que no esperábamos, para que todos nosotros podamos elegir otra vez...

 

(Un silencio muy leve. MARCOS sonríe.)

 

MARCOS.-  ¡Oh! ¿Cree usted que este accidente ha sido un milagro?

PADRE JOSÉ.-  Todo lo maravilloso parece un milagro...

 

(Silencio. De lejos, de muy lejos, llega como un repique de campanas. TODOS se vuelven hacia el fondo. Hablan bajo, un poco sobrecogidos.)

 

JOAQUÍN.-  ¡Ah!

ROSA.-  ¿Oyen?

ANITA.-  ¡Campanas! Tocan a misa.

JOAQUÍN.-  Debe ser la iglesia de algún pueblecito...

 

(Por la primera puerta de la derecha surge, gozosa, AVELINA, seguida de JAVIER.)

 

AVELINA.-  ¡Está amaneciendo! ¿Han visto ustedes? Ya se hace de día...

ANITA.-  Es verdad. Se hace de día...

ROSA.-  ¡Gracias a Dios!

 

(Hay un silencio. Repiquetea el timbre del teléfono. TODOS se vuelven con la sorpresa en el rostro.)

 

ANITA.-  ¡El teléfono!

 

(MARCOS, que está más cerca, toma el auricular.)

 

MARCOS.-  Diga...  (Escucha.)  ¡Ah! Es usted... Sí, sí. Bien. Gracias.  (Deja el auricular, y ante la interrogación muda de todos.)  Era el piloto. Al parecer, todo está resuelto. En este momento, salen de un pueblo cercano varios coches que nos llevarán al aeropuerto más próximo... Unos cien kilómetros. Allí hay dispuesto otro avión. Por lo visto, llegaremos a París en las primeras horas de esta tarde.  (Transición.)  Prepara tus cosas, Elvira. Debemos estar listos para no permanecer en esta casa ni un minuto más de lo necesario...  (ELVIRA, en silencio, desaparece. MARCOS, sonriendo, se vuelve hacia EL PADRE JOSÉ.)  ¿Ve usted, padre José? El teléfono ha sido reparado. Se está haciendo de día... Vuelve la realidad y acaba la pesadilla. La víspera ha terminado... No era un milagro.

 

(Y, sin esperar respuesta, sale decidido por la primera puerta de la derecha. Una pausa brevísima y TODOS se miran.)

 

ANITA.-  Realmente, yo creo que todos debemos estar dispuestos...

ROSA.-  ¡Claro!

JOAQUÍN.-  ¡Je!

 

(ANITA y ROSA se van por la primera puerta de la izquierda.)

 

JAVIER.-  Vamos, Avelina.

AVELINA.-  Sí...

 

(Se van los dos por la primera puerta de la derecha. Los que quedan en escena se miran un instante y, luego, sin hablar, EL MUCHACHO sale por la segunda puerta de la izquierda; LA MUCHACHA sube la escalera; El buen señor se marcha por la segunda de la derecha, y DON JOAQUÍN marcha cansadamente hacia la primera izquierda. Queda en escena, solo, EL PADRE JOSÉ. Está en pie en la meseta del mirador. Baja muy despacio y se queda inmóvil con los ojos puestos en las llamas... Hay una pausa. Ya casi es de día. Y los primeros rayos de un sol tibio caen sobre el jardín. Un nuevo repique de campanas ahora un poco más fuertes. Y, por entre los árboles del jardín, despacio, muy despacio, avanza VALENTÍN. Lleva el cuello del gabán subido y las manos en los bolsillos. Llega ante la cristalera. Empuja la vidriera. Baja lentamente. Con gesto de cansancio, se sienta en un sillón al lado del PADRE JOSÉ.)

 

VALENTÍN.-  ¡Ah! He andado sin rumbo por estos alrededores. La noche, después de la nevada, quedó tan tibia y tan agradable... Y es tan bonito andar y andar, sin pensar en nada, olvidándolo todo. Pero qué cansado estoy...  (Se calla. De pronto, se incorpora y sonríe.)  ¿Qué? ¿Han averiguado ustedes quién es la persona que va a París a cometer un delito?

 

(EL PADRE JOSÉ se vuelve suavemente y le mira sonriente.)

 

PADRE JOSÉ.-  Sí...

VALENTÍN.-   (Incorporándose.)  ¿Cómo?

PADRE JOSÉ.-  Sí, sí, señor Mendoza. Bueno. Me explicaré. Ellos, los demás, no saben a quién se refiere usted. Pero yo, sí...

VALENTÍN.-  ¿Usted? ¿Y cómo lo ha adivinado usted?

PADRE JOSÉ.-  ¡Huy! ¡Pero si es muy fácil! Ya les dije que yo voy mucho al cine. Bueno, pues en las películas policíacas he aprendido que es muy sencillo descubrir al culpable. Por eliminación, ¿sabe? Del grupo de sospechosos se van eliminando, de uno en uno, los que no pueden ser, hasta llegar al final. Y es curioso: nunca llega uno a cero. Siempre hay alguien al final...

 

(VALENTÍN lo mira intrigado.)

 

VALENTÍN.-  Entonces... Dígame. ¿Quién es?

PADRE JOSÉ.-  ¡Je!  (Le mira y se calla. Y luego baja la cabeza casi ruborizado.)  Usted.

VALENTÍN.-  ¿Cómo? ¿Qué dice?

PADRE JOSÉ.-  ¡Je! Usted, señor Mendoza. No puede ser otro. Solo usted puede ser el posible autor de ese delito que está previsto para hoy en París...

VALENTÍN.-  ¡Ah!  (Un silencio.)  ¿Por qué?

PADRE JOSÉ.-  Pero si es muy sencillo, ya le digo. Basta con recordar un poco todo lo que aquí ha sucedido esta noche. Verá usted. Primero tuvo usted una gran idea. Se le ocurrió que nos presentáramos los unos a los otros. ¿Y por qué? Pues, sencillamente, porque usted quería descubrir, entre todos, una persona: el policía. Usted tenía miedo, porque sabía que entre nosotros viajaba un policía. Y era verdad. Pero le informaron a usted mal, señor Mendoza... El policía no estaba de servicio. Viajaba de vacaciones. No le vigilaba a usted. No tenía que ver nada con usted. Era un buen señor que se quedó dormido en esa habitación... Un viajero más.

 

(VALENTÍN, que está mirando al PADRE JOSÉ atentamente, sonríe.)

 

VALENTÍN.-  Bien... Entonces, si yo era quien se dirigía a París a cometer un delito, ¿por qué fui yo mismo quien habló? ¿Por qué puse a todos los demás sobre mi propia pista para que me descubrieran?

PADRE JOSÉ.-  Porque usted no quería ir a París...  (VALENTÍN le mira fijamente.)  Por eso lo descubrió usted todo. Para que algo le impidiera ir a París. Porque en el fondo de su alma, usted no quería, no quería. Tenía que ir, pero no quería ir. Y cuando puso los pies en esta casa, cuando vio interrumpido un viaje que, en principio, lo hacía todo irremediable, entonces, usted, señor Mendoza, de buena gana hubiera dicho la verdad a gritos. De buena gana hubiera querido que los demás le atáramos de pies y manos para no poder ir a París. Porque usted fue el único que sintió la llamada de lo maravilloso... Usted sí comprendió. Usted nos descubrió a todos el valor de esta noche, de esta víspera que se nos daba para elegir otra vez. Y por eso se denunció usted a sí mismo. Para no poder ir hoy a París... Para salvarse.

 

(VALENTÍN le ha estado escuchando con la cabeza baja.)

 

VALENTÍN.-  Para salvarme... ¿Sabe usted lo que significa para mí la salvación, padre José? Volver a la pobreza, a la escasez, a la miseria. Vivir otra vez del poco dinero prestado que nos dan de mala gana. Carecer de todo, tener hambre; sufrir, llorar, llorar de coraje y de envidia porque lo mejor y más hermoso está prohibido. Eso. Eso significa para mí la salvación...

PADRE JOSÉ.-  Pero usted no quiere ir a París...

 

(VALENTÍN prosigue como si EL PADRE JOSÉ no le hubiera interrumpido.)

 

VALENTÍN.-  Mientras que allí me espera la fortuna, la seguridad, la vida resuelta para siempre. Es la última oportunidad para un gran fracasado. Un gran negocio, ¿sabe? Un gran negocio que, después, cuando pase mucho tiempo, se descubrirá que es una estafa. Dinero, mucho dinero. Necesitaban un pobre hombre, un hombre de paja, para el puesto de más peligro, y ese soy yo. Pero no importa. Tendré un pasaporte, y desde mañana el mundo será mío... Mío.

PADRE JOSÉ.-  Pero usted no quiere. La verdad es que usted no quiere...

VALENTÍN.-   (Con desesperación.)  ¡Qué sé yo si quiero! ¡Qué sé yo!

PADRE JOSÉ.-  No quiere. Le digo que no quiere...

 

(VALENTÍN se vuelve impresionado por la violencia que hay en las palabras del sacerdote.)

 

VALENTÍN.-  ¡Padre!

 

(EL PADRE JOSÉ se abalanza sobre VALENTÍN. Le toma de las solapas y le sacude con ímpetu, con toda su alma, con una enorme angustia.)

 

PADRE JOSÉ.-  ¡Y no irá! ¡No irá! ¡No puede ir! Le digo que no irá. No irá, no irá...

VALENTÍN.-  ¡Padre José!

 

(EL PADRE JOSÉ, de pronto, se queda como inmóvil. Asustado de sí mismo.)

 

PADRE JOSÉ.-  ¡Oh, perdón! Dios mío, cómo he podido, cómo he podido...  (Y se deja caer en el sillón. Un sollozo.)  Pero, no vaya, se lo suplico, no vaya. Yo se lo pido. De rodillas, si quiere...

 

(Un silencio. En este instante surge AVELINA por la primera puerta de la derecha, muy alborozada.)

 

AVELINA.-  ¡Padre José! Ya vienen por nosotros. Ya están ahí. Los he visto desde la ventana. Ya nos vamos...  (Alegre, contentísima, va a la puerta primera de la izquierda y llama.)  ¡Anita! ¡Rosa! ¡Don Joaquín! ¡Que nos vamos!  (Corre y llama por la primera puerta de la derecha.)  Javier, Javier. Date prisa...

 

(Aparece JAVIER, que lleva los maletines y los abrigos de los dos.)

 

JAVIER.-  Mira... No empieces a ponerme nervioso.

AVELINA.-  ¡Ay, Javier! ¡Al fin!

 

(Aparecen por donde se fueron: ANITA, ROSA, DON JOAQUÍN, EL MUCHACHO y LA MUCHACHA.)

 

ANITA.-  ¿De veras? ¿Es posible? ¿Nos vamos?

AVELINA.-  ¡Ya! ¡Ya! ¡Ya!

ANITA.-  ¡Ay, Jesús!

 

(Aparece EL BUEN SEÑOR, por la primera puerta de la derecha.)

 

El SEÑOR.-  Vámonos, vámonos... ¡Demonio! ¿Dónde está mi paraguas?

 

(Y se vuelve a marchar por donde vino. Entre tanto, por la primera puerta de la derecha, ha entrado MARCOS, ya dispuesto para la marcha. Cruza la escena, sube la escalera y desaparece. Ahora la puerta de entrada a la casa, que hasta ahora ha permanecido herméticamente cerrada, se abre con chirrido de bisagras. Y bajo su dintel aparece EL PILOTO.)

 

TODOS.-  ¡Oh!

PILOTO.-  ¡Buenos días!  (Alegremente.)  ¡Señores pasajeros del avión de París, en marcha!

AVELINA.-   (Contentísima.)  ¡Bravo!

ANITA.-  ¡En marcha!

PILOTO.-  Todo resuelto. Todo a punto para continuar el viaje. Los coches esperan en la carretera...

 

(En este instante, se oye dentro una llamada de MARCOS, que es como un grito.)

 

MARCOS.-   (Dentro.)  ¡Elvira! ¡Elvira!

TODOS.-  ¿Qué?

 

(Todos vuelven la cabeza hacia la meseta de la escalera. Un silencio casi imperceptible. Y en la meseta aparece MARCOS, pálido, demudado.)

 

MARCOS.-  ¡Elvira! ¿Dónde está? ¿Dónde está?

 

(Todos le miran.)

 

PILOTO.-  ¿Cómo? ¿Busca usted a esa señora que viajaba con ustedes? ¿Una señora que llevaba un abrigo negro? Se ha marchado...

MARCOS.-  ¿Qué? ¿Que se ha marchado?

PILOTO.-  ¡Claro! La encontramos hace un instante en la carretera, junto a la puerta trasera de la casa. Nos dijo que tenía que volver a Madrid urgentemente... Habló de su marido enfermo. Y en uno de los coches la llevaron a la estación. Llegará con el tiempo justo para tomar un tren que pasa dentro de media hora...

 

(Un silencio. Todos tienen la mirada puesta en MARCOS, que está en pie en la meseta. Él, casi sin voz, con una angustia infinita.)

 

MARCOS.-  Pero ¿no dijo nada más?

PILOTO.-  ¿Que si dijo? Ya le he contado...  (El piloto se vuelve a los demás.)  ¡Señores! Estamos a sus órdenes. No tarden, por favor.

 

(Sale por el fondo. En medio de un gran silencio, MARCOS baja despacio la escalera. De pronto, surge EL BUEN SEÑOR, ya provisto de su paraguas, que marcha apresurado hacia el fondo.)

 

El SEÑOR.-   Voy, voy... Ya voy.

 

(Sale. MARCOS ya está en el centro del escenario. Una suave sonrisa.)

 

MARCOS.-  Es curioso. Toda una vida esperando. Todo un mundo de ilusiones, de promesas. Y, de pronto, nada. Era un sueño.  (Alza la cabeza. Mira en torno.)  No sé si debo pedirles a ustedes disculpas, la verdad. Porque, en realidad, siempre es interesante el espectáculo que ofrece un hombre fracasado, humillado, pisoteado... Un pobre hombre.  (Se contiene. Tiene la voz ronca, como si sofocara una lágrima. Un esfuerzo.)  ¿Qué esperamos? Los coches aguardan...

 

(Va hacia el fondo. Al pasar se detiene un instante ante EL PADRE JOSÉ. Parece que va a hablar. Pero baja la cabeza y marcha de nuevo. Llega hasta el fondo y sale. TODOS quedan callados. Rompe el silencio la voz de ANITA.)

 

ANITA.-  ¡Dios mío! Esa mujer ha hecho algo maravilloso. No lo olvidaré nunca, nunca. Y pensar que hace un momento yo misma la juzgué tan ligeramente... Es horrible. Las mujeres deberíamos ser las primeras en comprender y, sin embargo, ya se ve, somos más crueles que los hombres. Porque, en el fondo, ¿qué no comprenderá una? Ya ven ustedes: yo misma. En el otoño pasado encontré en París a un viejo amigo de mi marido. ¡Ah! Un hombre extraordinario. Vive en París desde hace muchos años... De verdad, de verdad es algo fascinante. Bueno. Pues...  (De pronto se calla, azoradísima, y mira en torno, asustada.)  ¡Jesús! ¿Qué estoy diciendo? ¿Qué les importa a ustedes todo esto? La verdad es que, cuando me lanzo, soy muy, muy imprudente, y cualquiera pudiera pensar otra cosa. ¡Ea! Vamos. ¡Dense prisa! ¿No saben que nos están esperando?

 

(Y muy azorada, muy nerviosa, recoge su bolso, su maletín y algún paquete más y se va apresuradamente por el fondo. AVELINA, que está en el centro, se vuelve a los que quedan.)

 

AVELINA.-  Es verdad. Tenemos que darnos prisa. ¿Vamos, Rosa?

 

(ROSA se vuelve violenta, agresiva.)

 

ROSA.-  ¡A mí déjeme usted en paz!

AVELINA.-   (Desconcertada.)  Pero, Rosa...

ROSA.-  ¿Por qué se empeña usted en quererme a mí, precisamente a mí? ¿Es que quiere usted a todo el mundo?

AVELINA.-  ¡Claro! ¿No ve usted que estoy enamorada...?

 

(ROSA la mira. Luego mira a JAVIER que, en el fondo, junto a la puerta, espera anhelante.)

 

ROSA.-  Pero ¿tanto le quiere?

AVELINA.-  Mire, se lo diré en secreto.  (Avanza y le cuchichea al oído.)  ¡Con toda mi alma! No se puede querer más...

 

(ROSA, impresionada a su pesar, se vuelve a la muchacha.)

 

ROSA.-  Y si un día, ese cariño tan grande se lo roba otra mujer, ¿qué hará usted?

AVELINA.-  ¡Oh!  (Ríe.)  Eso es imposible. A mí nadie puede robarme a Javier...

ROSA.-  ¿Nadie?

AVELINA.-  ¡Nadie!

 

(ROSA está mirando a AVELINA como sorprendida. Luego, se vuelve rápida conteniendo una lágrima. Con coraje.)

 

ROSA.-  Váyase...

AVELINA.-   (Con sorpresa.)  Pero Rosa...

ROSA.-  Quítese de mi vista. Aprisa. A París. ¿No ve que él la está esperando?

AVELINA.-  Pero ¿y usted?

ROSA.-  Yo me quedo. Vuelvo a Madrid. ¡Bah! Cosas mías. Ventoleras. Después de todo, a mí lo único que de verdad me gusta es pasear por la calle Sevilla de siete a nueve.

AVELINA.-   (Riendo.)  ¡Rosa!  (De pronto.)  ¿Me da usted un beso?

ROSA.-  ¿Yo?  (Un silencio.)  Si usted quiere...

AVELINA.-  ¡Gracias!  (AVELINA se vuelve a los demás.)  ¡Adiós! ¡Adiós a todos! Me parece que nunca los olvidaré... Vamos, Javier.

 

(Y sale casi corriendo por el fondo. JAVIER da un paso.)

 

JAVIER.-  Gracias, Rosa.

 

(ROSA se revuelve terrible.)

 

ROSA.-  ¡Vete! ¡Quítate de en medio! Golfo, sinvergüenza, mal hombre, charrán... Vete. ¡Vete!

 

(Y sin poderse contener más se vuelve de espaldas, llega hasta el sofá y porrumpe en sollozos. Son unos sollozos hondos, profundos, irremediables. JAVIER calla un instante.)

 

JAVIER.-  Adiós, Rosa. ¡Y gracias!

 

(Sale. TODOS miran a ROSA, sentada en el sofá. DON JOAQUÍN, sin poderse contener, da unos pasos; en el colmo del entusiasmo.)

 

JOAQUÍN.-  ¡Qué mujer! Pero qué mujer...

ROSA.-   (Irritadísima.)  ¡Cállese! No sea usted pelma...

JOAQUÍN.-  ¡Oh!

 

(LA MUCHACHA se acerca a ROSA y se arrodilla junto a ella.)

 

MUCHACHA.-  Lléveme con usted. Lléveme a Madrid, a casa de mi padre... ¿Quiere?

ROSA.-  Sí, pequeña. Iremos las dos juntas.

MUCHACHA.-  Gracias.

 

(LA MUCHACHA hunde la cabeza en el regazo de ROSA. Esta la acaricia la cabeza.)

 

ROSA.-  Pero tienes que prometerme que nunca, nunca te volverás a escapar.

MUCHACHA.-  ¡Se lo prometo!

ROSA.-  Yo me escapé una vez, ¿sabes?

 

(Y ahora, inopinadamente, aprisa, entra ANITA, sofocadísima, que, sin vacilar, se dirige al sofá y se sienta junto a ROSA.)

 

ANITA.-  Bueno. He cambiado de idea. No voy a París. Pero espero, por favor, que nadie tenga la mala educación de preguntarme que por qué... Son cosas mías.

 

(VALENTÍN marcha hacia el fondo.)

 

PADRE JOSÉ.-   (Con ansiedad.)  ¿Y usted?

VALENTÍN.-  ¡Bah! Me quedo. Después de todo, no merece la pena...

 

(El PADRE JOSÉ avanza. Después de un silencio. Está en el centro. Los mira a todos. Hay un gozo, casi infantil, en sus ojos.)

 

PADRE JOSÉ.-  Bueno... Entonces, yo, yo tengo que despedirme de ustedes. Por favor, no se mueva nadie. No digan nada... Es mejor así, en silencio. Yo sé que todos, todos los que hemos convivido una noche en esta casa, maravillosa, no nos olvidaremos jamás; nos recordaremos siempre los unos a los otros. Será muy bonito. Y si algún día pasan ustedes por mi parroquia, allí estaré yo esperándoles... Es una parroquia muy pobre. Pero muy alegre. Vivo solo, y siempre me encontrarán. Y me gustaría tanto, tanto...  (Está muy emocionado. Se le corta la voz.)  ¡Je! Oiga, don Joaquín, ¿quiere usted ser mi compañero de viaje?

JOAQUÍN.-  ¿Yo?  (Emocionadísimo.)  Pero ¿de veras no le molesto?

PADRE JOSÉ.-  Quite usted, hombre. Además, me tiene usted que hacer un favor.

JOAQUÍN.-  A ver, a ver...

PADRE JOSÉ.-  Mire usted. Cuando lleguemos a París, me tiene usted que acompañar al hotel. Porque yo llevo un plano de París; pero, nada: que busco y que busco, y que no encuentro el hotel...

 

(Salen los dos por el fondo. Se oyen nuevamente, ahora con más intensidad, las campanitas que tocan a misa. Hay un silencio. EL MUCHACHO baja del fondo. Todos le miran. Va despacio, muy despacio, hacia la puerta... Está a punto de llegar, cuando en el umbral de la puerta surge EL PILOTO.)

 

PILOTO.-  Por favor... ¿Falta alguien?

 

(EL MUCHACHO le mira inmóvil, como indeciso. Es un segundo. Y al fin:.)

 

MUCHACHO.-  No falta nadie... Nosotros nos quedamos.

PILOTO.-  ¡Ah! Entonces... Buenos días.

 

(Desaparece EL PILOTO. EL MUCHACHO, en silencio y muy despacio, marcha hacia la chimenea. Se sienta en un sillón. Apoya los codos sobre las rodillas y esconde la cara entre las manos... Los demás, le miran. Hay una gran pausa. Las campanas repican más fuerte, alegremente, victoriosamente. Muy despacio, va cayendo el

 

 
 
TELÓN)