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LIBRO SEXTO

BARATO DE ESPADAS


[267]

LIBRO SEXTO

BARATO DE ESPADAS


I

-¡Al alimón! ¡Al alimón!

Claras luces madrileñas.-Salón del Prado.- Niñas y ruedas de la tarde, coloquio de nodrizas y roses marciales. Calesines y simones bajan, en puja, a la Estación del Mediodía. Arrastra el viento las silbatadas de la locomotora por las frondas del paseo. El cesante reumático profetiza en un banco:

-¡Agua tenemos!




II

En los amenes isabelinos ocurrieron notorios milagros, pero ninguno tan sobresaliente como la puntual llegada del tren andaluz, aquella clara tarde madrileña, cándida tarde de milagro, perfumada de lilas y canciones de Primavera. Al trote de los maravillados jamelgos retornaban simones y calesines cargados de viajeros, zancas abiertas, sobre el equipaje de valijas y sombrereras. El Marqués de Torre-Mellada, extremoso de mieles y obsequios, conducía en su carruaje al encapotado General Córdova: Brujuleaba por ganarle el aire:

-Te dejo en tu casa, y esperas hasta que conferencie con la Señora. Nada de hacerle el juego a Serrano. Si lo meditas, comprenderás que es un descabello esa cacareada [268] manifestación de fajines. ¿Fernandito, qué le dejáis a las cigarreras? Figúrate que el exprés hubiera traído el retraso de costumbre... Por un momento hazte esa cuenta. No hubieras estado a tiempo oportuno. ¡Es indudable!

En el Salón del Prado la nodriza y el sorche, alternativamente, empujan la rueda del barquillero. Marte enciende una tagarnina de a cuarto. Convida Ceres Pasiega. La tagarnina arde. ¡Hora plena de milagros!




III

El General Fernández de Cordova, sin tomarse descanso, metiendo prisa al asistente, revistióse los arreos militares y engomadas las guías del bigote, ilustrado el pecho con todo el cuelgue de medallas, cruces y veneras, echóse a la calle: Muy farolón, puesto en medio de sus ayudantes, bajó al Prado. Entre los Generales de la conjura mediaba el acuerdo de acudir en cotarro marcial a tomar el sol en aquellas frondas. Como era tarde de milagros, no faltó ninguno de los juramentados Martes.-Vistosas luces de plumeros y bandas engalanaron el barcino arenal, entre las fuentes de Cibeles y Neptuno. En un banco, tibio de sol, el terceto de cesantes, emulándose, canta los nombres:

-¡El Duque de la Torre!

-¡Don Domingo Dulce!

-¿Ha visto usted? No oculta la cara el General Serrano.

-Pierrat, Contreras, Caballero de Rodas, Nouvilas, Echagüe.

[269] -Esto es la caída del Gobierno.

-Buceta, Izquierdo, Sánchez Bregua. Juntos hemos sido escribientes en Oficinas Militares. ¡Suerte de gallego!

-Suerte de gallego, y la buena letra.

-¡Eso sí! Un pendolista de primera: Siendo sargento, puso en un librillo de fumar el Reglamento de Carabineros.

-¡Ya es mérito!

-¡También le ha valido el ascenso a oficial!

-¡Pues es un caso de justicia raro en España!

-Brigadier Letona, Zabala, Messina, Ustáriz, Baldrich, Alaminos, Milans, Serrano Bedoya.

-¿Los ha contado usted?

-¡Diez y ocho!

-¡Si esto no es la revolución, puede ser la mecha! ¡Son muchos charrascos!

-Consecuencia lógica de los nombramientos para las dos vacantes de Capitanes Generales. Crisis de Ultratumba provocada por los Duques de Tetuán y de Valencia.

-¡Tómelo usted a chacota!

-Ahora llega Córdova. Si no he contado mal, son diez y nueve.

Ante las luces de charrascos y pompones, un súbito desbarate de las ruedas infantiles prolongaba la arenosa avenida, en el rosa y malva del crepúsculo. El cisma de toses y bandas, fajines y ojos de gallo, subió por la esquina de Villa Hermosa. Pregones y tonadillas reverdecieron bajo las arboledas. La pasiega y el sorche tornaron a cambiar promesas empujando la ruleta pitagórica del barquillero.

[270]




IV

El Palacio de Oriente se hizo todo cruces al soplo de que habían salido a pintarla con terno de gala, salivillas y toses, diez y nueve jaques del Generalato. Entre apuros y sustos fueron alumbradas todas las santas imágenes de las Cámaras Reales. El Marqués de Torre-Mellada coincidió al pie de la gran escalera con el Marqués de Alcañices:

-¿Pepe, tú reprobarás la conducta de los Generales Unionistas? Los Grandes no podemos aplaudir esos aires matones. Yo confío que todo pasará como una nube de verano.

Adolfito Bonifaz se les juntó:

-Vengo de tu casa, Pepe. La Señora me ordenó que te buscase.

-Ya ves que me adelanto a los deseos de la Señora.

-Afrontando una silba, he dado orden al cochero de meterse por el Prado. Quería cerciorarme por mis ojos para enterar a la Señora... Yo conté hasta catorce espadones.

El Marqués de Alcañices dejóse caer con pausa y reserva:

-Yo he contado diez y nueve.

Se apuró a subir la escalera el Marqués de Torre-Mellada:

-El Gobierno, si dispone de la guarnición, debe prenderlos. En el caso contrario, dimitir y dejar libre la elección de la Corona.

Bajaban la Duquesa de Santa Fe de Tierra Firme y [271] Condesa de Olite, presidenta y secretaria de las Señoras Josefinas. Llegaban resplandecientes, con las regias promesas de un donativo para la tómbola de los parvulines bautizados en Conchinchina: Se detuvieron, coquetas y pedigüeñas. Sonaban las cornetas de San Gil. En el zaguán formaba la guardia de alabarderos: Las madamas se miraron:

-¿Hay revuelta?

Esclareció el Barón de Bonifaz:

-Son precauciones.

La Condesa de Olite se hacía toda misterio:

-Debe haber algo. El Confesor y la Santa han subido por la escalera secreta.

Se asombró la de Santa Fe:

-¿Cómo lo has guipado?

-Pestaña que una tiene.

Insistió la de Santa Fe:

-¿Pero hay pronunciamiento?

Cacareó un tramo de escalera arriba, el Marqués de Torre-Mellada:

-¡Una pantomima! ¡Nada! Pepe le ha puesto un nombre muy propio. La Parranda de Marte. Hay que divulgarlo, cubrirlos de ridículo, disolver la manifestación con las mangas de riego.

Le engatusó la de Olite:

-¡Propónselo a González Bravo!

[272]




V

El Conde de Cheste, Comandante General de Alabarderos, capa blanca, sombrero con plumas, haciendo piernas barateras, acudió a recibir órdenes de la Augusta Señora. Su Majestad, con magnánima entereza, refrenó los hipos y apuntó donaires:

-Si esos murguistas pretenden llegar hasta mí, quiero que sean inmediatamente arrestados y puestos a pelar patatas. Todos me deben cuanto son: Sin mí, el que más, sería hoy teniente del resguardo. No tuerzas la cara, que tus méritos y los de otros no los olvido en ningún momento. ¿Qué pretende esa Parranda de Marte? ¡Imponerse al Trono! ¿Es así como pretenden esos díscolos llegar a la Regia Cámara?

Aseguró el Conde de Cheste:

-La fórmula estará, sin duda, llena de respeto. Solicitarán presentar un memorial de agravios a Vuestra Majestad. Si Vuestra Majestad no se digna recibirlos, se limitarán a dejarlo para el Despacho en Secretaría.

-¿Y quieres decirme, qué boca de ángel te puso tan al corriente?

-Señora, son conjeturas que cualquiera puede hacerse.

-¿Sólo conjeturas?

-¡Absolutamente!

-¿Y si te equivocases?

-Lamentaría que llegase ese caso...

-Vas a darme un consejo de amigo, que pospone la opinión política a los intereses del Trono: ¿Qué hago yo con [273] el supuesto papelito? ¿Qué respuesta le doy? ¿Lo dejo sin respuesta?

-Vuestra Majestad habrá cumplido con someterlo a la iniciativa del Gobierno.

-¿Que resuelva el Gobierno? Tienes razón. Es lo constitucional, y esos templados no tendrían derecho a reprocharme nada... ¡Con todo, una dedalita de miel para amansarlos! ¿Tú como lo ves? El paso de hoy marca un cambio de frente en los Espadones Unionistas: Si pactan con los del progreso, hay que desbaratarles el pacto... La revolución, si estallase, sería para algo más que para un cambio de Gobierno. ¡No me hago ilusiones! Sería para imponerme la abdicación y arrancarme de las sienes la Corona.

Tomó tablas con la mano en el pecho, el Conde de Cheste:

-¡Eso querría ser! Dios hará que no se cumpla ese fementido deseo.

Desentonó la Señora:

-Dios y un poco de prudencia en sus criaturas.




VI

Se movió discretamente una cortina, y salió muy entonado el Rey Consorte:-Cabeza de peluquero, levitín de fuelles, bombachos color canela, botitas de rusell con tacón alto.- Pisándole la sombra, salió, desfigurada en beata de merinillo, la Monja de Jesús:

-¡Ave María!

La Augusta Señora abrazó con lagotero compunge, a la Seráfica Iluminada:

[274] -¡Patrocinio, interpón tu valimiento con el Altísimo! La cuadrilla de matachines se ha echado al ruedo, y, probablemente, intentará llegar hasta mi presencia.

-Vuestra Majestad cuenta con leales defensores y una heroica espada.

La monja derivaba un significativo golpe de ojos sobre el Conde de Cheste. El General se arrodilló esperando la gracia de besar el cabillo de correa, que, por el borde del manto, le coleaba a la Seráfica Madre:

-¡Qué tiempos de prueba, Señor Conde!

El Señor Conde se tocó la espada, con garbo de comediante:

-Si los conjurados llegasen en su desmán a pretender hollar la Regia Cámara...

Se apenó la Augusta Señora:

-No extremes las cosas. Si la Guardia hubiese de hacer fuego sobre esos locos, que sea después de agotadas todas las razones. ¡Esa promesa la exijo de ti! Con ella me dejas menos preocupada... Si se ponen pelmas y lo echan por la tremenda, no estará mal un escabeche con todos ellos. ¡Pero había de ser con todos!

Inflóse, fantasmón, el señor Conde de Cheste:

-Haremos una nueva representación de la Campana de Huesca.

El Rey Don Francisco, que se sonaba en el fondo de un balcón, vino a los medios, doblando con primor el pañuelo, el pasi-trote currutaco:

-¿No estará ganada la Guarnición?

Se engalló el Capitán General:

-La Guarnición permanecerá fiel a la Reina.

[275] Apuntó la Señora:

-¿No te cegará la confianza?

-Respondo con mi cabeza.

-¡Dime antes qué hago yo con tu cabeza! ¿Tienes seguridad en todos los Jefes de Cuerpo?

-¡Absoluta!

-¡Como ha visto una tantas ingratitudes!

El Rey Consorte acompañaba con su chirimía:

-¡Tantas! ¡Tantas!... Yo creo que debían ponerse baterías en los ángulos de Palacio. Isabelita, en puridad, está indefenso Palacio. Las Guardias, aun cuando hayan sido redobladas, son cuatro gatos... Sin duda harían una brillante defensa, basta para infundirles heroísmo el ilustre soldado que los manda. Pero mi duda está en que puedan los conjurados sacar tropas de los cuarteles y sitiarnos por hambre.

Se quitaba y se ponía los anillos la Reina Nuestra Señora:

-¡Cuando niña, me vi en ese trance!

Refrendó la monja:

-Aquel ayuno os libró de la regencia jacobina y os reintegró a los brazos de Vuestra Augusta Madre.

-¡Así fue! Dos días a galletas y chocolate...

Confirmó el Rey:

-¡En aquellos aciagos días las logias masónicas tuvieron secuestrada a la Corona!

Le salió el pavo a la Reina:

-¡Ese recuerdo, me impedirá siempre ceder ante las imposiciones y las intrigas de los interesados en perturbar con [276] otra regencia la paz de España! Ante todo la tranquilidad de mi conciencia.

El Rey Don Francisco, apuntó un discreto comentario:

-Estoy de acuerdo, y precisamente, ante el alarde de esos díscolos, lógicamente, temo que hayan trabajado los cuarteles. Sin duda, no intentarán tomar la escalera, y repetir la locura que una vez ha dado tan funestos resultados. ¡Evidentemente! ¿Pero puede asegurarse que, si cuentan con las tropas, no intentarán poner cerco a Palacio? Recogerán las lecciones de la Historia. El asalto a la escalera ha sido un lamentable fracaso, pero, poco después, aquellos mismos hombres alcanzaron el logro de sus ideales poniendo cerco a Palacio. Isabelita ha recordado muy oportunamente la gazuza de aquellos tres días a régimen de galletas y chocolate.

Sacó la Reina el cabillo de sus recuerdos infantiles:

-Al General Prim, desde los balcones, le veíamos caracolear en torno a Palacio... La cara verde de bilis, lleno de salpicaduras de lodo el pantalón colorado. La de Mina le llamaba el Caballo de Espadas. ¡Qué vueltas da el mundo!

Concluyó apenujado el Rey Consorte:

-¡Dios sobre todo!

Con sonrisa de pastaflora, solicitaba el asentimiento de la Madre Patrocinio: La Seráfica aprobó, musical y balsámica:

-¡Procuremos desagraviar con nuestras acciones al Santísimo!

La música afligida de aquella exhortación insinuaba una queja secreta recibida en celestiales confidencias. La Reina [277] Nuestra Señora, puesta en sobresalto, traspasada de recelos, temerosa de verse sometida a un sacrificio insuperable, intentó disimular con chungada borbónica, las zozobras de su Real Ánimo:

-La primera falta de esos parrandistas es que se hacen esperar demasiado. Pezuela, confío que tu espada leal sabrá defenderme.

Gatusona y mandona, le despidió dándole a besar su Real Mano.




VII

La Antecámara tenía un aire de velorio, los palaciegos, apagando las voces, se reunían por los rincones, con alcahuetes soplillos. El Marqués de Redín, en servicio de Gentilhombre, recibía las timoratas confidencias de su cuñado Torre-Mellada:

-El Gobierno está reunido y supongo que de ahí salga la crisis para dar paso a una situación unionista bajo la presidencia del General Serrano.

El Marqués de Redín se incrustaba el monóculo, con engalle de británica elegancia:

-Eso sería lo más cuerdo. Hay batallas que no deben darse. Sin embargo, sospecho que la prudencia no sea el numen que en estas circunstancias inspire al Gobierno.

-¡Sobre el Gobierno está la confianza de la Corona!

-El Conde de Girgenti, Príncipe de la Casa Real de Nápoles, llega esta noche a Madrid... ¿Crees que puede darle la bienvenida el partido que tiene en su historia el reconocimiento del Reino de Italia? La Familia Napolitana [278] lo tomaría como un agravio, y no olvides que cuenta con el apoyo del Vaticano. Como ves, empieza a dar sus frutos la absurda política de casar a la Infanta con Girgenti.

Torre-Mellada se compungía con asustados pianillos:

-¡Ese absurdo permite al carlismo una actuación contraria a las doctrinas de la Santa Sede! ¡El caos! ¡El caos! ¡Bueno está el partido de las sacrosantas tradiciones! ¡El caos! ¡El caos!

Tenía la voz una celeridad confitada. El Marqués de Redín, con el reflejo del monóculo, temblante en el arco de la ceja, adoptaba un docto y almidonado empaque académico:

-¡Explícate, querido!

-Confirmado, plenamente confirmado la inteligencia del carlismo con los radicales. Mediador, un tal Cascajares. En Suiza está y celebra conferencias diarias con el Niño Terso. La noticia viene por nuestra Embajada de París. ¡Qué apostasía, Fernandito! ¡Qué apostasía por ambas partes! ¡Qué ausencia de ideales!... La Señora, no sé qué resolución adoptará.

Insinuó con embozada zumba el diplomático:

-La Señora debe escribírselo al Papa.

-¡Todos somos del mismo parecer, en la intimidad de la Señora. El carlismo, hay que reconocerlo, nunca se hubiese lanzado a pactar con las demagogias, sin la mediación de la diplomacia pontificia para la boda de Girgenti.

Sentenció Redín con sorna petulante:

-El Vaticano cambiará de política, aun cuando sólo sea al piadoso intento de contener en el camino de perdición al Duque de Madrid. No vaya a tomar ese joven el mal rumbo [279] del autor de sus días, y a parodiar la frase de su abuelo: Madrid bien vale una Constitución.

-¡Sería el colmo!

-¡Os dejaba pintados!

-¿A quiénes?

-A los camarilleros que trabajáis la abdicación en la rama legitimista.

-¡Qué absurdo! ¡Nosotros colaborando con Prim! ¡Un enviado de Palacio, Cascajares!

Sonaba con hoja de moneda fullera el remilgado cacareo del palatino. Redín le miraba incrédulo, con remotos dejos de lástima:

-El carlismo en esta ocasión actúa con una audacia maquiavélica, que no está en sus tradiciones: Simultáneamente parlamenta con los revolucionarios y con los círculos de Palacio.

Chifló con ladina quejumbre el palaciego:

-¡Fernandito, a mí no me compliques!... ¡Yo soy leal al Gobierno! La Señora no ha pensado en abdicar, y sin ese requisito no hay coyuntura para conversaciones con el Pretendiente.

-¡Sin duda! Pero en el vago supuesto de la abdicación, los camarilleros volvéis los ojos a Don Carlos.

-¡Antes que otra Regencia Progresista!... La abdicación impuesta por los revolucionarios no puede admitirse. ¡El Príncipe cautivo de las logias! ¿Tú entregarías la educación de un hijo a los redactores de La Nueva Iberia?

El diplomático, burlón y risueño, se ajustaba el monóculo:

-¡Es un grave caso de conciencia!

[280] -¡Me alegro que lo veas así! La Señora no abdicará, pero si abdicase, es indudable que lo haría renunciando a sus derechos y los de sus hijos, en la rama desterrada. Otra Regencia Progresista con allanamiento de conventos y expulsión de monjas y frailes, renovaría la guerra civil en España.

-La Reina es madre, y querrá legar el Trono al Príncipe.

-Es madre, pero también es muy buena cristiana y se da cuenta de los males que acarrearía una Regencia. La Señora pone sobre sus sentimientos maternales la salvación de las conciencias españolas, en el Seno de la Iglesia.

Admiróse Redín con irónica sorna:

-Tú escuchas entre cortinas los sermonetes del Padre Claret.

Adoptaba un aire de fatua suficiencia el Marqués de Torre-Mellada:

-Eres corrosivo. En modo alguno me obceco, y tal como ruedan las bolas, creo que debiera parlamentarse con Serrano. La Señora, me parece que está en ello. No lo divulgues. He recibido indicaciones para la busca y captura de cierto mensajero. No puedo decirte más.

Redín le clavó los ojos con aguda malicia:

-Jorge Ordax ha sido llamado a la Cámara de la Reina.

-¡Pues ya lo sabes todo!

-¡Aberrante!

[281]




VIII

El Duque de Ordax, casaca y llave de gentilhombre, espadín y media de seda, estaba de servicio en la Cámara del Príncipe Alfonso. Con un susurro, le saca por la galería el Marqués de Torre-Mellada. Le introduce en la Cámara Real. Jorge Ordax, ante una benévola indicación, besa la achorizada mano de Su Majestad Católica:

-Mira, vas a quitarte esas preseas, para cumplimentar una misión de suma importancia... ¡Muy discretamente!... Necesito en estos momentos que me sirvas con la lealtad que es proverbial en vuestra casa. Vamos a cuentas. ¿Sigues entendiéndote con la sirena ultramarina? Antonia todo lo puede con su marido, es la que más intriga para que se pronuncie contra el Gobierno. Tú la ves, y, plenamente autorizado, le aseguras mi propósito de entregar el poder al Duque de la Torre. ¡Un compás de espera! ¡No me mires atónito! Estoy disgustada por haber cedido a la presión del Gobierno. ¡Verás la jarana que arman los dichosos nombramientos de Capitanes Generales! Avístate con esa belleza y no le ocultes que vas de mi parte. Ella que brujulee para apaciguar la bilis de los descontentos. Lúcete, que te reservo una embajada.

El Duquesito de Ordax escuchaba con acentuada ceremonia de palaciego:

-¡La Señora me honra en extremo! Mi deber, como militar, es la obediencia... Pero la diplomacia nunca ha sido mi fuerte... Vuestra Majestad ha sido mal informada y me [282] supone un predicamento, de que no disfruto, con la Duquesa de la Torre.

Empavesó el busto la Católica Majestad.

-Pues eran otras mis noticias.

-Repito que está mal informada la Señora. Media el honor de una dama, y como caballero, estoy en el deber de disipar las suspicacias de Vuestra Majestad.

Se acachazó con un mohín zalamero la Augusta Persona:

-Deja la caballerosidad a un lado, y sirve lealmente a tu Reina.

-No es otro mi deseo.

-¡Pues no lo parece!


-¡Al Rey, la hacienda y la vida
Se ha de dar, pero el honor
Es patrimonio del alma,
Y el alma sólo es de Dios!



-¡No me vengas con coplas progresistas!

-Don Pedro Calderón no creo que tuviese noticia de don Baldomero Espartero.

-¡Muy antiguo haces tú ese texto! ¡Parece del Gil! ¡Y es el caso que me suena! ¿De dónde me suena? ¡Del Teatro! ¡Justo! La comedia que representan en la Cruz, Julián y Valero. Ya recuerdo, es un cantable de Valero. Los monterillas en el teatro hablan siempre para la cazuela. ¡Está bien! ¡Un Grande de España que rehusa servirme y aduce coplas de un rústico, que tuvo la vara de alcalde en Zalamea! ¡Está bien! ¡Un Grande que se zafa del real servicio con un cantable de teatro! ¡Un Grande [283] que toma ejemplo de un monterilla rural, posponiendo las obligaciones de su sangre y el primordial deber de su clase, que es el Servicio de las Reales Personas! ¡Lo tendré presente!

La nieta de cien reyes, empopada y augusta, señalaba la puerta.

Jorge Ordax se retiró con el despecho abierto a la perspectiva de sublevarse y obtener un grado de la Revolución: Recapacitaba bajando la gran escalera:

-El Duque de Montpensier tiene algo de Rey de Oros... Prefiero al Príncipe... ¿Pero quién regenta? ¡No hay más que aguantarse con lo que tenemos!... La República acabará haciéndose fatal en España... El Príncipe es un candil sin aceite...




IX

-¡Los Generales de la Unión en la calle! ¡Muy grave! ¡Muy grave!

-El Gobierno ha provocado el conflicto, con los ascensos de Concha y Novaliches.

-¡González Bravo es un impulsivo, y le creo capaz de liarse la manta a la cabeza!

-¿Qué puede hacer? ¿Meter en prisiones a todos los Generales? Sería de hecho la revolución, y nosotros, en todo caso, habríamos de regocijarnos.

La Tertulia Progresista sacaba sus oradores por el fondo verde de los Billares:

-¡Soplan aires de fronda! ¡Anuncios de auroras! ¡El fantasma de la tiranía!...

[284] Un cesante con cara de resucitado:

-¡Veo en el poder a la Unión!

Un chamelista:

-¡El seis doble!

Un escarmentado:

-La Isabelona hará el paripé. ¡Se pinta para ello!

-¡Cesante de Pósitos, me repondrían!

-Esta baza la ganan los Príncipes de la Milicia.

-La Tiara, tiene puesto el veto al morrión del progreso. España continúa siendo un feudo de Roma. Acuérdese usted de O’Donnell. Yo le he visto solicitar de rodillas con una vela verde la bendición de la Monja Milagrera.

-A estas horas, ya se ha ido por los calzones Paquita.

-¡Qué peste!

-El Padre Claret tendrá que menearse, sahumando con la chufleta.

-Pediría para Ultramar.

-¡También anda mal aquello!

-Al Páter, cuarenta palos en las plantas de los pies, por primera providencia. A la Monja, cambiarla de celda y ponerla el catre en casa de la Malagueña.

-¡Viva España con honra!

-¡Y sin Marfori!

-¡Fuera Marfori!

-Y el Pollo Real.

-¡Somos frígilis! El Pollo que se quede para remedio casero.

-El pueblo, el honrado pueblo, no ha escatimado la expresión de su entusiasmo, al paso invicto de los héroes más destacados de nuestras modernas epopeyas. ¡El Prado [285] de San Fermín aún resuena con los vítores y aplausos! Oficiales Generales de todas las armas, de todos los partidos, de todas las procedencias se dirigen en este momento a la Cámara Regia. Allí, como los ricos-hombres de otro tiempo, harán resonar la voz de la lealtad castellana. Les oiréis decir: ¡Una España con honra queremos!

El amargado chamelista interrumpe, sardónico:

-¡Eso con música!

Otras voces:

-¡Música! ¡Música!

El chamelista sin tabaco:

-¡Eso se canta!

Compases del Himno de Riego: Trémolos de un hortera romántico, víctima de las injusticias sociales:


   -¡Por sus prendas al hombre estimamos,
No tan sólo por conde o marqués!

La bulla deriva en ramplón entusiasmo:

-¡Otro Tamberlick!

El fácil poeta de las gacetillas brinda una letra: Improvisados coros la dan al viento:


   -¡Una España con honra queremos,
Y que invictos decoren su sien,
Los laureles de Otumba y Pavía,
De Sagunto y Numancia también!

La música sale por los balcones y recorre las aceras, saltando sobre los mecheros del gas que alumbraban de repente.

[286]




X

La Parranda de Marte, esparciendo una brisa alcanforada -preservativo de la polilla en los uniformes-, recorrió algunas calles con escolta de babiones y acabó la bélica jornada, encendiendo los vegueros en el rimbombante despacho de Don Augusto Ulloa:-Portieres de brocatel con blasones de linaje: Cerdos de Andrade: Dos gallos picando en un salero: Una constelación de sabrosas truchas del Ulloa: El pomposo farolón, con sorna de tresillista que tiene una puesta en el plato, ofrendaba odres de optimismo al rejalgar con que venía la Parranda de Marte:

-Creo, señores, que aún no es ocasión de liarse la manta a la cabeza... Confío que esta aldabada produzca saludables efectos en Palacio. ¡Calma! ¡Calma! ¡Calma!

Estalló el General Nouvilas:

-¡Esa Señora es imposible! ¡Se está buscando una patada en el tafanario!

Terció con su clásico navajeo el señor Duque de la Torre:

-Cambia en una loseta y malogra sus más loables cualidades.

El General Sánchez Bregua destacó su minúscula prosopopeya de cabo con buena letra:

-¡De acuerdo!

Se mantuvo un momento con el pulgar y el índice en rosquilla, pronto a volcarse en elocuentes considerandos. Don Augusto Ulloa, ganándole la vez, dilataba sus fuelles de buey galaico:

[287] -La Reina se hallaba muy bien dispuesta para llamar al Marqués de Miraflores: El Marqués de Miraflores, ilustre prócer -ilustre por su sangre y por su elevado espíritu de cultura-, propugna una loable política de conciliación, y a este fin hallábase en inteligencia con la Unión Liberal. El Señor Duque de la Torre, el egregio soldado aquí presente, pronto a sacrificarse por los altos intereses nacionales, no le rehusaba el apoyo de su espada. ¿Qué clandestina influencia pudo mudar el ánimo de la Corona? ¡Ah! ¿Qué pensar? La Corona sigue un camino equivocado, un camino que conduce fatalmente al destierro: Pavorosa tormenta cierra la noche de la Historia. ¿Cuál es nuestro deber? Sin duda en el corazón de todos palpita la misma respuesta: Sostener el Trono. Ganar las últimas trincheras del carlismo en la Cámara Regia. ¿Qué veis en lontananza? ¿Vosotros ilustres tantas veces en los campos de batalla, no descubrís ahora las líneas del enemigo? ¿Sobre qué terreno acampa? ¡Ah! ¡Os es desconocido, ilustres veteranos! ¡No es el terreno donde habéis cosechado tantos laureles! Esa vasta lontananza, poblada de sombras, es el campo de las Camarillas Ultramontanas. La Guerra Civil que habéis ganado con tanto denuedo, renace en la Regia Cámara. ¿Ilustres Generales, puede consentirlo vuestro deber de españoles e hijos de Marte? Un hombre civil cree que no. Perdonad mi franqueza, ya que la franqueza es una de vuestras virtudes. Un hombre civil cree llegada la hora de las resoluciones heroicas. El Ejército, en una lucha sangrienta se ha ceñido los laureles de la victoria, que son de un liberalismo templado. El Ejército no es, no puede ser, una demagogia [288] contagiada de las utopías modernas. El Ejército es la encarnación del Orden. Elementos de los partidos populares conspiran contra la forma monárquica, y otros partidos, más afines con nuestros ideales, conspiran contra la Reina. ¡En nuestro seno combaten opuestas tendencias! ¡Ah! Señores, cualquiera decisión en estos momentos me parece temeraria. ¡Ah! Yo os diría, recordando al llorado Duque de Tetuán: Consultad con la almohada.

Sobrevino un tumulto de voces:

-¡Basta de tolerar sofiones!

-¡Mesalina en el Trono de San Fernando!

-¡Antes que los avances ultramontanos, la República!

-El Ejército no puede ponerse el gorro frigio. El Ejército es el Orden. Retirado en Logroño, el glorioso anciano, invicto adalid de los principios constitucionales, ha consagrado una frase que es todo un programa: Cúmplase la Voluntad Nacional.

El general Nouvilas interrumpe:

-¿Y si la voluntad nacional fuese la República?

Responde del otro cabo el Marqués de Mendigorría:

-No sería la voluntad nacional, sería la locura nacional, y a los orates se les pone camisa de fuerza.

-¿El General Fernández de Córdova, no rehusaría el cargo de loquero?

-¿El General Fernández de Córdova, no rehusaría el to de su deber *en el cumplimiento de su deber*, no rehusaría fusilar al más querido de sus hermanos de armas.

-El General Ramón Nouvilas haría lo mismo.

Terció con humor el Duque de la Torre:

[289] -¡Caballeros, que aquí todos somos unas malvas!

Don Augusto Ulloa cubría todas las voces con su orneo de buey galaico:

-Orden y Progreso, encuadrados en un liberalismo templado, es el programa que nos legó el glorioso cuanto prudente Caudillo de Africa. La Unión Liberal no puede lanzarse a una política de aventuras. ¿Y qué es una política de aventuras? ¿Qué significa? Una política de aventuras es lo contrario de nuestros ideales, lo contrario de nuestra historia, la negación de nuestros compromisos con el País. ¡Desgraciadamente, hay quien tremola esa bandera, quien alienta implacables agravios contra la Corona! ¡No desconocéis las tentativas revolucionarias de un ilustre soldado que vive en la emigración!

El Señor Duque de la Torre inició un aplauso: Con gentil compás de pies, salió a los medios y abrazó al pomposo Don Augusto:

-Esta misma noche debe usted presentarle nuestro ultimátum al Señor González Bravo. El Gobierno sabe dónde estamos... Conviene por ahora no ir más lejos y esperar las decisiones de la Corona.

Con unánime aliento se aliviaron aquellos pechos marciales. Don Augusto Ulloa reiteró el brindis de puros habaneros a los héroes de la conjura, y, alardoso en el obsequio, se los prendía por fajines y bandas. Su voz de labriego en el atrio, pujando la yunta, dominaba todas las voces. La vena gacetillera ha dejado en la métrica de ocho versos, la moraleja de Don Augusto Ulloa:

[290]


   Sin más letras que el Catón,
Este gallego Lucense,
Pasa por otro Brocense
En el Seno de la Unión.
   Con pieles en el gabán,
Mucha voz y mucha panza,
En la Villa y Corte alcanza
fama, cualquier charlatán.




XI

Don Juan Prim, con el ros ladeado, desde un marco de oralina, preside la Redacción de Gil Blas. Allí Enrique Selgas, Luis Rivera, Roberto Roberts, se reparten café y dan coba al mozo que pide la mosca. El Coronel Lagunero entra de golpe, vestido de paisano, garrote y zamarra:

-¡Qué vergüenza! ¡No hay ideales! La manifestación de espadas se ha quedado en manifestación de vainas! Se les arrugó la bragueta antes de ir a Palacio. Conviene recordarles que en caso análogo ha estado hecho un bravo el General Salazar.

Manolo Palacio recordó campanudo aquel soneto atribuido a Villergas:


   -¡Pueblo imbécil, no culpes a Espartero,
Que no pudo hacer más por agradarte!
¡Culpa fué tuya!
¡Culpa de pararte
Y no andar el camino todo entero!
¿No has visto en Zaragoza, al marrullero,
Siete días mortales esperarte?
[291]
¿Y luego no le vistes enviarte
Al loco Salazar, por mensajero?
¿No entró éste en Palacio dando voces?
¡Llamó a Paco cabrón! ¡A Isabel, zorra!
¡A poco más el Trono, viene abajo!
¿Y aún la intención del Duque no conoces?
¡Si es esto no entender, vete a la porra!
¡Si es esto no querer, vete al carajo!

-¡Bravo! ¡Bravo!

Ante la batiente mampara de gutapercha, se aflojaba el tapabocas un hombre pequeño, aceituno, con los bolsillos llenos de papeles, la mirada en constante acto de furibundo revuelo: Era Federico Balart, poeta disimulado y cojo de bastón: Sacó tabaco y se puso a liar un cigarro, con ahinco de moro que pleitea:

-Si la generalada de esta tarde origina la crisis, tendremos un Gobierno Serrano-Miraflores.

Bullanga de voces:

-¡Y el suicidio de Montpensier!

-¡Nos queda Don Juan!

-¡El Duque de la Torre tiene compromisos muy serios con el Conde de Reus!

Balart tiraba la bufanda, encendidos los ojos africanos:

-Compromisos que olvidaría de muy buena gana, con tal de poder anularle. Palacio es quien mueve los hilos de este complot, y eso explica que se haya eludido la visita a la Regia Cámara. Barrunto una maniobra para desbaratar los avances revolucionarios de las Juntas Populares. ¡Ha visto uno tanto! No me sorprendería que en la sombra [292] se ocultase una intriga de la Unión Liberal. Se repite siempre la Historia de España.

Paseábase haciendo piernas el Coronel Lagunero:

-Yo hubiera ido directamente a las alturas. ¡Era lo derecho!... Con cuatro tacos, imponerse a la tertulia de monjas y frailes.

Fulminó Balart:

-¡Las espadas se vuelven cachicuernas!

Apuntó Luis Rivera:

-Ahí tienes motivo para unas coplas.

El Coronel se estiraba los bigotes:

-Novaliches es un héroe de rigodón, y el otro de habanera. ¡Dos trotacámaras! Han sido pospuestos gloriosos veteranos, con superiores méritos de años y de campañas. ¡Yo sé cómo respiran algunos, y esperaba que intentasen algo más!

Sobrevino otra bullanga de voces tarambanas:

-¿Una procesión de cofradía, te parece poco, Milciades?

-¡Y con la bendición del Padre Claret!

-¡Con indulgencias del Papa!

-¡El recuelo del café se os ha subido a la gavia!

El General Prim, con el ros ladeado, más chulo que un ocho, sofrena su corcel de baraja. Cogotes rapados y brazos con alfanjes, espatarran su rabiosa impotencia de perros infieles, bajo el potro de naipe, que otras veces montaba el Patrón Mata-Moros.

[293]




XII

El Palacio de Oriente era todo cruces y luces mochuelas, todo un aspaviento, ante las benditas imágenes alumbradas por alcobas, camaranchos y retretes: Se alivió de penas, con las noticias del conciliábulo reunido en el rimbombante despacho de Don Augusto Ulloa. Nunca se supo por dónde llegó el soplo a las Camarillas de Palacio: Duendes sin duda anduvieron a la escucha tras los portieres:-Entre los gallos, los cerdos y las truchas de la armería galaica, duerme el secreto.- En las palaciegas antecámaras, fué de mucho consuelo saber que desistía de presentarse sonando espuelas, la temerona Parranda de Marte:

-¡El Gobierno nos ha tenido indefensos!

-El Gobierno ha dado una muestra de sensatez no concediéndole importancia a la comparsa de espatadanzarys.

-¡Nos hemos evitado una página de sangre!

-¡Sangre de españoles!

-La Guardia tenía orden de hacer fuego.

-¿Qué es el liberalismo? La masonería. ¿Y qué es la masonería? ¡Un pacto con Satanás!

-¿Pero qué pretenden esos jaques? ¿Que abdique la Señora y que sea al gusto de las logias? ¿Prim Regente del Reino? La abdicación puede ocurrir para aunar a todos los que profesan los sanos principios de Nuestra Santa Madre la Iglesia.

-No pueden olvidarse los derechos del Príncipe.

-¡Flor de un día!

[294] -El Conde de Girgenti es un joven de excelente natural y en ningún caso haría mal papel como Rey Consorte.

-Te recomiendo los Ecos de Asmodeo. ¡Interesantísimos, con la lista de los regalos que ha recibido la Infanta. ¡Te divertirás! Una reseña del trouseau con todos los modistos equivocados.

-¿De veras? ¡Lo que voy a pudrirle la sangre a ese trasto!

-¡Te las traes con Asmodeo!

-No me las traigo, pero es un estómago desagradecido. Se atraca de pastas finas tomo de alubias, y no se entera que son de Lhardy. Te gastas los ochavos por divertir a cuatro monos, das fiestas, y apenas si lo señala con alguna cursilería. Intolerable la ligereza de ese bohemio. Nos ha sucedido con el baile de trajes, que hemos dado en casa estos carnavales. Uno de mis chicos quería mandarle los padrinos.

-La gente joven es muy acalorada.

-Yo he visto los regalos. ¡Son magníficos!

-Todo se queda en los regalos.

-¿No te convence el Conde de Girgenti?

-Esta batalla la ganó Roma.

-Desengáñate, Fernandito, pudo ocurrir una hecatombe.

-No emplees el griego a tontas y a locas.

-¡No sabía que fuese griego!

-Hecatombe es matanza de cien bueyes.

-Pues no me retracto. Supóntelos con más arranque [295] y que hubieran pretendido hollar la Cámara Regia. ¡Una página de sangre!

El Marqués de Redín bajó el tono:

-La Señora, de pechos en el balcón, les daría la bienvenida. Era lo procedente. La Cuerda de Generales, adivinándole el pensamiento, se adelantaba a recibir sus Reales Ordenes.

-¿Y el Gobierno?

-¡Dimitiría!

-¿Tú lo juzgas un cadáver galvanizado?

-La crisis es fatal.

Se espabiló, batiendo un zancajo la Duquesa de Fitero, Dama de la Reina:

-¡No recuerdo más pulgas en Palacio!

La Leonera, rejas sobre la galería, era como el tinelo de la Alta Servidumbre: El susurro de murmuraciones, trisagios y vaticinios, no había cesado en toda la tarde. Sobre una consola con perifollos monjiles, mataba moros, entre cirillos verdes, el Patrón de España.




XIII

En la Cámara del Rey acogíase la intriga apostólica, años atrás fracasada en San Carlos de la Rápita. El Padre Claret entró orquestando con crasas vocales payesas el frailuno latinajo:

-¡Salutem pluriman!

Hábitos rojos, gran solideo, la jeta embridada de la oreja al mentón por el chirlo que le había pintado un moreno [296] en Tierra Caliente. El Rey Don Francisco, dando ejemplo, puso las dos rodillas en tierra para besarle la pastoral amatista. Solfeó con evangélica simplicidad la frailuna Eminencia:

-La Real Majestad, elevando su alma, no considera en mi persona al humilde sacerdote, hijo de padres obreros, sin otro bien que su honradez y su acrisolada fe religiosa.

Cobraba una expresión santurrona, la jeta ilustrada con el chirlo de los mártires. El Rey se incorporó, apoyándose en un barbilindo de la llave dorada, muy mimado del Augusto Consorte. La Seráfica Madre, saca por entre el misterio de sus velos, un papel plegado y sellado con obleas:

-Es un borrador... Otro igual tiene la Señora. Yo confío obtener el real autógrafo.

Maduró la frailuna Eminencia:

-El escrúpulo está muy justificado. ¡Es madre!

Suspiró musical la velada:

-Comprendo la lucha de conciencia que agita en estos momentos el corazón de la Reina.

El Padre Claret abrió el tonel de su prosodia payesa:

-La Barca de San Pedro no puede naufragar, pero esta seguridad no excluye las persecuciones, y la posibilidad de una era con nuevos y gloriosos mártires de la fe. Su Santidad, me consta, observa con ánimo acongojado los avances del liberalismo y el auge de las malas ideas, en los cenáculos políticos de Europa. Muy especialmente, mira por esta heroica Nación.

[297] Interrumpió con un majestuoso quiquiriquí el Rey Consorte:

-¡La hija predilecta del papado!... Desde los tiempos de mi ilustre abuelo el Rey Recaredo. ¡Ahí es nada! Una tradición que data de los tiempos más remotos, cuando regía la Sede Hispaliense la Lumbrera Isidoriana.

La Seráfica tornaba el misterio de sus velos hacia el Conde Blanc.

-¡Es uno de los monarcas más ilustrados de Europa!

El Rey, con pulida monada, devolvió la palabra al Reverendo. El Padre Claret alzóse el rojo solideo:

-La Santa Sede anhela en todo momento el triunfo de aquellas instituciones que mejor combaten los errores modernos contrarios a las Sagradas Enseñanzas de la Iglesia. En España desea fervientemente cuanto pueda contribuir a una más estrecha alianza de todos los católicos con el Trono. La Diplomacia y las alianzas de familia no pueden ser obstáculo para la realización de tan altos fines.

Se dolió con celestiales músicas la Madre Patrocinio:

-Esa alianza, desgraciadamente, está rota y corre por medio el río de sangre de nuestras discordias civiles.

Inflóse con fatuos pianillos la Real Persona:

-Yo estoy dispuesto a salvar mi conciencia... Si la sublevación de fajines trae la revolución, todo antes que pactar con las logias. Frente a la insubordinación, los juicios sumarísimos, y resistir hasta el último baluarte.

Asomó el Mitrado de Trajanópolis:

-Como quiera que la demagogia revolucionaria trae en mientes, una regencia con el Augusto Niño. ¡Carpetazo! [298] ¡Una y no más! ¡Ni Prim, ni Espartero! ¡Carpetazo!

Su Majestad le señaló asiento a su real diestra. Susurró de secreto:

-¿Isabelita se resuelve?

-¡Es madre!

Sulfurados tiples:

-¡Y Reina! ¡Primero Reina!

-Ahí está el camino de la amargura. Y Reina, que tiene un plazo muy perentorio para comparecer con gravísimas responsabilidades ante el Justo Juez.

-¿Y se obstina?

-¡Es madre!

-No lo comprendo. Por muy grande que sea la ceguera por su hijo, la salvación del alma es lo primero.

-¡Ciertamente! Y esas son las lágrimas de Su Majestad.

-Yo salvaré mi conciencia, sea cual sea la decisión de Isabelita. ¡Es el caso de los Reyes Católicos y la Beltraneja!... ¡Un heredero que, a bien decir, no es de tálamo! ¡Pues es el mismo caso!

Aplacó el Confesor de la Reina:

-Vuestras Majestades procederán en todo de acuerdo, dando ejemplo de la mejor avenencia, como debe ser entre esposos que tanto se quieren.

-Padre, es mi mayor deseo. ¡Si en todas las ocasiones he dado pruebas de ser un espíritu conciliador y tolerante!

-¡Muy loable! ¡Muy loable!

Sobre el hombro del valido lucían las reales tumbagas. Con arrumaco de bailarín, bombón y pulido, se puso en [299] pie el Augusto Consorte. Mueve sus velos la beata por el fondo de un espejo: Ha vuelto a sacar el doblado pliego y lo pone en las reales manos. El Augusto Consorte, en el fondo del espejo, se ha parado a leerlo. A escondidas, volviendo la cara, sorbe un polvo de rapé la Reverencia de Fray Fulgencio. El Rey se desvanecía por el fondo del espejo, con el papel en la mano. El Conde Blanc, famoso en las ruletas cosmopolitas, se inclinó ante los velos de la Seráfica:

-¡Qué rectitud de conciencia la del Tío Paco!




XIV

La Reina Nuestra Señora, aquejada de parecidos escrúpulos, se mira los dedos manchados de tinta, y se rasca con el cabo de la pluma, bajo una coca del peinado. Cuando escribe, amontona las uñas como los niños que andan en palotes. ¡Un borrón! Acude a la lengua, y lo enjuga, según lo practicaba el Dómine Candela. Requiere la arenilla, vierte el tintero, se mira las manos con dediles de luto:

-¡Buena la hice!

Considera con gran sobresalto la tinta en el pliego, en las manos, en el regazo. Hace sonar la campanilla. Acude rompiendo cortinas la rancia azafata:

-Limpia esa tinta. Tú, que todo lo sabes, sácame de dudas. ¿Qué significación tiene volcar el tintero?

-¡Esos son brujerías!

-Aun cuando lo sean.

[300] -Lo que supone el vulgar, es que la tinta vertida trae tormenta de celos.

-Pues no vas descaminada. Mira la hora, y sin aparecer todavía el palomo.

-Le habrán retenido otras obligaciones.

-¡La obligación primera es conmigo, no tiene otra!... ¿Qué va a ser esto?

La azafata enjuga la tinta empapando su pañolito, con pulcritud de momia repispoleta:

-¡Todo se ha puesto perdido!

La Católica Majestad, arqueando el rubio ceño, paraba los ojos sobre las manchas del regazo. Repentina le acudió la visión del anterior despropósito. Un concierto desconcertado: El papel con deltas de tinta, los dedos negros, la tinta en el regazo. La Reina se acercó al bufete:

-¡Ha sido una inundación!

-¡Si casi parece que cuanto más se limpia más crece!

-¡Ay, Pepita, no sé qué me da! La Madre Patrocinio me había entregado este papel para que lo copiase de mi mano. ¡Mírale! ¡Salvó sin una mancha!

-¡Viniendo de quien viene, casi parece natural ese milagro!

Meditó un momento la Católica Majestad:

-Probablemente, estarás equivocada, y la mancha de tinta significa otra cosa muy diferente de lo que has dicho. Patillas toda la noche ha estado dándome al codo para que no pudiese escribir. Viendo que nada lograba, a lo último me hizo el cubileteo de la salvadera.

-¡Esas mañas son mucho del tiñoso!

-¡Y ni una salpicadura en el escrito de Patrocinio!

[301] -¡La Madre Patrocinio, pone espanto al Infierno! Y bien sabe tirarle de las orejas a Patillas.

-¡Patrocinio tiene luces sobrenaturales!

-¡Para eso es santa!

-¡Ella sin duda sabe lo que debo hacer!

-¡Si ella no lo sabe, no lo sabe nadie!

-Anda, a ver si ha venido el palomo. ¡Qué aberración! Patrocinio rezando por mí, y yo pecando como una mujer liviana.

-¡Las recompensas de amor, en la fuerza de la sangre, están dispensadas!

-¡No lo están, Pepita!... ¡Pero somos frígilis!... Anda y entérate, que estoy inquieta.




XV

La rancia azafata no introdujo aquella noche el pecado en la Cámara de la Reina: La Seráfica Madre Patrocinio, usando de poderes sobrenaturales, había tomado su lugar. Allí, en la puerta, se levantó los velos: Resplandeció traslúcido de blancura, el bulto de la cara. Su Majestad Católica la llamó con blando bucheo:

-¡Patrocinio, qué vía crucis es el gobierno de los españoles!

La Seráfica sacó el papel, sentándose en el sofá a par de la Señora:

-¡La Reina Católica tiene una deuda pendiente!

Doña Isabel levantaba como reliquias las manos de la Seráfica Madre:

[302] -¡Se me pide algo que destroza mi corazón! ¡No puedo resolverme al despojo de un hijo adorado!

-¡Un hijo que representa la profanación de un Sacramento!

-¡Sí, ya lo sé!... ¡Las cosas son así!... ¡Me casaron una niña, sin experiencia, y así salió ello! Yo, en todo caso, soy la menos culpable de mis faltas. Patrocinio, eso tú bien lo sabes, porque nunca ha tenido secretos para su monjita la Reina de España.

Suavemente retiró la monja las manos, y tomó la cruz de su rosario:

-¡La monjita, sin duda, es una ingrata que no sabe corresponder con las regias deferencias!

-¡Nunca he respirado por ahí! ¡Eso me lo cuelgas tú ahora!

-¡Líbreme el Señor! Es un reproche para mí, que no sé recordarme de tantos favores como recibo de la Señora.

-Eres muy lista, Patrocinio. Sueltas una de las tuyas y ya tienes pensado cómo arreglarla.

-¡Una intrigante muy peligrosa! ¿No dicen eso los enemigos de la Iglesia?

-¡No me aumentes la jaqueca! ¡Vamos a ver! ¿Has pensado en lo que se pretende de mí? El Príncipe ha nacido con derechos que yo no puedo quitarle... Paco se mueve por la mala voluntad que siempre le tuvo.

-El Rey ha consultado el caso de conciencia con eclesiásticos muy doctos. Su Majestad don Francisco no se sale fuera del consejo que aquéllos le han dado tras de maduras reflexiones, como cumple a personas prudentísimas... [303] En mi ignorancia, juzgo muy recto y muy cristiano el escrúpulo de vuestro Augusto Esposo.

-¡Patrocinio, cómo os engaña! ¡Si todo le sale por una friolera!

-¡La Justicia no es siempre la virtud de los Reyes!

-Patrocinio, no te rehúso mi firma, pero déjame que lo piense. La comparsa de fajines no es tanto como la pintan. En los primeros momentos, cuando se dijo que venían a decirme cuatro frescas, y provocar la crisis ministerial, me reí. ¡Ya ves si los conozco! ¡Cuatro frescas! Es lo más probable que las hubieran oído con las orejas gachas. ¡Me lo deben todo! ¿Qué hubieran sido sin mí? Soldados obscuros. ¡Ya sabía yo que no osarían llegar a su Reina.

La Señora se encendía con despechado desgaire y buches de paloma real. Clavaba su alfiler la monja con musicales mieles:

-¡Faltó otro General Salazar!

Repuso aprontada la Reina:

-¡Aquel era un loco, y estos son muy cuerdos! ¡No tuviera yo otro toro en la plaza!... Patrocinio, eres muy lista, lo penetras todo, tienes luces celestiales, pero no eres madre. ¡La Virgen María se hará cargo que si obro ciega, es por amor al fruto de mis entrañas! ¡Patrocinio, no te enojes, pero es una lástima que no hayas parido! ¡Ya veríamos lo que tú eras puesta en mi caso!

Besó la Seráfica la cruz de su camándula:

-¡Jamás he quebrantado mis votos! ¡Jamás he abjurado de mis promesas! Casada en el mundo, hubiera implorado la divina ayuda para guardarle fidelidad al tálamo. [304] ¡Esposo mío celestial, tú sabes cómo tu sierva te ama!... ¡Sin duda, puede mucho el Maligno! ¡Pueden mucho sus tentaciones! ¡Las concupiscencias y los malos ejemplos, pueden mucho! ¿Pero qué estado se ve libre de asechanzas y ocasiones de pecar? ¡El ser monja profesa, no excusa las tentaciones, y el más santo, más tentado! ¡El Redentor del Mundo soportó el pérfido aliento, encima del monte! ¡El Ángel Lucifer, siempre humillado, llevó su intento de seducción hasta el Rey de Cielos y Tierra!

-¡Patrocinio, toda tú resplandeces cuando hablas con ese fuego! ¡Tu escrito se ha salvado milagrosamente del diluvio de tinta!

-La Divina Voluntad ha querido reservarlo para que lo copie Vuestra Majestad.

-Patillas no ha dejado gota en el tintero. Tendrá que ser mañana.

La Seráfica tomó entre sus guantes negros las rollizas manos reales, y puso en ellas el papel, oprimiéndolas con fuerte nervio, extraño de blancura el rostro, musical y apasionada:

-¡Rehusaría Isabel ayudar con los mayores sacrificios al reinado del Espíritu Santo!

-¡Si no ha de llegar el caso!

-¡Reconozco esa respuesta! Son las dilaciones que pone a toda obra buena el Ángel Luzbel. ¡Camina a nuestro lado, nunca nos deja, va con nosotros hasta la muerte!

-¡No me asustes! ¡La muerte repentina y en pecado mortal es la cosa que más temo!

La Seráfica puso la cruz sobre la boca de la Reina:

[305] -¡Juremos, juntas, servir los altos designios de Nuestra Santa Madre la Iglesia! En asunto tan grave, todo el escrito debe ser autógrafo de la regia mano. El Sumo Pontífice desea ardientemente la reconciliación de todos los católicos españoles.

-¡Naturalmente! ¡Qué más quisiéramos todos!

Sor Patrocinio se acercó al bufete:

-Escriba Vuestra Majestad. Yo haré el dictado.

-¡No queda gota en el tintero, Patrocinio!

-¡Véalo Vuestra Majestad, rebosante!

-¿Pepita, tú lo has llenado?

-¡Ave María!

Atónita ante el prodigio, cayó de rodillas Nuestra Augusta Señora. Sor Patrocinio extasiaba los ojos con musicales quejas, rendida a los dones del Espíritu Santo: La envolvía el aliento de aquellos celestes mensajes: Exhudaba *Exudaba* una suave fragancia de rosas y nardos, un divino bálsamo, que hacía translúcido el rostro de la Seráfica.




XVI

Firma la Reina entre lágrimas. Sor Patrocinio retira el papel: En silencio le hace cuatro dobleces y se lo guarda en el pecho bajo los siete puñales de un corazón de plata. Se aleja entre los sollozos de la Señora. Por el postigo del Moro, voló alechuzada a meterse en un coche con tiro de mulas que tenía apagados los faroles. Rodó el coche: Una mano presurosa, saliendo entre lutos, bajó las cortinillas. La Seráfica Madre, al trote de las mulas [306] bernardas, huía por las callejuelas del viejo Madrid. Penetró el coche en un zaguán palaceño, y detrás, con lento sigilo, fueron entornadas las hojas del portón. La Seráfica, sin ruido, toda velada, desaparece por una galería con los cuadros del Vía Crucis. De trecho en trecho, un brasero de cobre. El fámulo de sotanilla y vericu, corre el sahumerio, inflados los carrillos sobre la chufleta. Al final de la galería, los espejos de un estrado multiplican las luces. La Seráfica iba por el fondo, con levitación de marioneta. El vejete pulcro, mesocrático, manguitos verdes, que escribe, puesto el tintero de asta en una mesilla de naipes, se alela con profunda reverencia, los anteojos en la frente, la pluma de ave sobre la oreja. Una mampara de velludo, guarnecida con galones de oro, apaga la polémica de voces eclesiásticas: Se abre de pronto, con apasionante impulso. El Señor Patriarca de las Indias, revestido de sotana morada, apretado en un cortejo de meriñaques y manteos, uniformes militares y laicos levitones, se inclina ante la Seráfica:

-¡Mucha falta nos estaban haciendo las luces y los consejos de la Reverenda Madre!

-¿Ha venido Su Majestad el Rey?

-Le esperamos todavía, Reverenda Madre.

Sale por una punta del portier el fámulo de la chufleta, y lo mantiene en alto. El Rey Don Francisco entra acompañado del Conde Blanc:-Se disimulan con capas andaluzas y sombreros gachos.- Sor Patrocinio saca el pliego que guarda en el pecho y lo aprieta sobre el corazón de plata:

[307] -La Reina, en este autógrafo, somete el caso de conciencia a las decisiones del Santo Padre.

Susurró el Conde Blanc:

-Tío Paco, esta batalla hay que ganarla en Roma.

-Tú serás el portador de nuestras cartas al Santo Padre. Tomas el primer tren para Francia.




XVII

El Consejo de Ministros, con la mosca en la oreja, deliberaba reunido en la antigua Casa de Correos: Era empeñado el debate, disconformes los pareceres.-Las Madres de los Tres Clavitos, aquella noche, estuvieron en los ápices de ocasionar una crisis política, y mudar de raíz el Gobierno de España.- De menos cuidado fué para la vida ministerial el Barato de Martes.-La Reina mostrábase muy sentida con el escándalo de chuscadas, a cuenta de aquellas monjitas, y no había recatado un pique de enojo contra el Gobierno. El Consejo se prolongaba y no se ponían de acuerdo los Consejeros. Al Señor Coronado, Ministro de Gracia y Justicia, se le saltaba la dentadura. El Señor Catalina, Ministro de Fomento, era un coco arrugando la jeta. El Señor Roncali, Ministro de Estado, se santiguaba. Se pulía las uñas sobre el marroquín de su cartera, el Señor González Bravo. Tragaban alternativamente saliva los otros Consejeros. El Presidente agitó la campanilla, entregó al ujier algunos telegramas para la cifra, y tomó un sorbo de agua:

-¡Si a esas benditas se les descubre el contrabando, [308] para qué más! La situación, en términos precisos, viene a ser esta: No autorizar en ningún caso el registro de la clausura. He dado órdenes terminantes para retirar las rondas de policías, pero a estas horas siguen los corrillos y el escándalo y la chufla de los hijos y nietos de Abderramán. Tengo aquí un recorte de El Baluarte.

-No puede hacerse caso de los diarios liberales.

-Vamos con todo el pecho. La Reina desea que se suspendan las órdenes libradas para prender al cuñado de Ulloa. Que se le permita lucirse en la Corte. Sin duda es el modo de acallar maledicencias. El Baluarte será multado con cuatrocientos reales.

Este acto de saludable energía obtuvo la unánime aprobación del Consejo. El Presidente miró la hora, y convidó a chocolate con buñuelos: El vaso de agua con boladillo, remedio de biliosos, produjo la ejemplar avenencia que siempre debe reinar entre los Conductores de Pueblos.-En un salón vecino esperaba Don Augusto Ulloa.- El Presidente del Congreso, con expresiones de amistad, sigilosamente, habíale prometido el salvoconducto para Fernández Vallín.-Dos Auditores de la Rota acompañaban al pomposo camastrón galaico. Sobre la mesa de su despacho, bajo los iris de un enorme ojo de cristal, quedaba puesto a dormir el recado de los Espadones Unionistas.




XVIII

-¡La Nueva Iberia!

-¡El de la suerte!

El Señor Presidente del Consejo se retira con amargos [309] de bilis. Noche de Madrid: Clara arquitectura de estrellas. El Circo del Príncipe Alfonso apaga sus luces, y asaltan la acera todos los árboles de Recoletos. El tumulto de pregones, esparcido en rebatiña, rueda por la Plaza de Cibeles. El Carro de la Diosa, retenido en su cláusula de cristal, galopa sobre el cielo invertido de la noche.

-¡El de la suerte!

-¡La Nueva Iberia!

[311]






LIBRO SÉPTIMO

EL VICARIO DE LOS VERDES


[313]

LIBRO SÉPTIMO

EL VICARIO DE LOS VERDES


I

El Gobernador Civil de Córdoba, bajo la presión de los telegramas oficiales, hizo comparecer en su despacho al Director del Baluarte del Betis: Le amonestó puesto en pie, con las dos manos apoyadas en la mesa:

-El Presidente del Consejo me comunica haber sido detenido al cruzar la frontera el Señor Fernández Vallín. El hecho ha ocurrido cerca de Irún: En Dancharinea.Tome usted nota. El Diario, que usted tan dignamente dirige, publicará la noticia y una rectificación por haber acogido en sus columnas rumores absurdos, ayudando a extraviar la opinión y los trabajos de la policía. ¡Eso es intolerable, y he decidido multar al periódico con cuatrocientos reales! Para la rectificación, aténgase usted a esas cuartillas. Me deja usted mandado.

El Director del Baluarte, maestro de periodistas, saludó contoneándose:

-¿Se conserva el estilo?

-Son simples notas.

-¡Perfectamente! Yo mismo las daré forma periodística.

El Gobernador le tendió la mano:

-¡Es una lástima que no podamos entendernos!...

El maestro de periodistas protestó enfático:

-¡Nos entenderemos siempre, para todo lo que signifique el bien de la Patria!

[314] Se miraban a los ojos con nuevo estrechamiento de manos. El maestro de periodistas doblaba la cabeza sobre el hombro, con degüello de mártir multado en cuatrocientos reales.




II

El Baluarte del Betis -Diario Liberal de Córdoba- tenía su redacción sobre la imprenta, en un piso obscuro: Resmas de papel escalonaban el zócalo de las alcobas, y por los altos de la escalera, al pie del pasamanos, nunca faltaba el servicio de café con colillas apagadas. A toda la longura del pasillo iba un jirón de estera, sucio de lodo, con boquetes y tropezones de rómpete el alma. La cocina acentuaba una expresión de cales áridas, los fríos vasares desiertos, el ventanillo con geranios, el fogón apagado, las telarañas en el hollín de la chimenea. Un zángano pitañoso, sube y baja las pruebas. La bruja, con ramito verde en el moño, pasa la escoba por la escalera. En la mesa de redacción, los tinteros con plumas multicolores brindan su adorno de caciques africanos, al inspirado vate encargado de redactar los Ecos del Planeta:-Don Olegario Botella, que los ingeniosos de la redacción llamaban alternativamente, Don Ole Botellín, Don Botellín y Don Ole.- Se asoma al pasillo. La vieja de la escoba, el zángano pitañoso y dos compadres, suben en volandas el madejón de un espectro con ojos de fiebre: El Zurdo Montoya, que levantaba la mano de cera al entrarle en la sala de redacción y dejarle arrimado a la mesa:

-¡Acallaivos todos y dejaime que hable!

[315] Se dobló, escupiendo sangre. Don Ole, con aire gilí, le ofreció un vaso de agua. Oficiosa, se lo tomó de las manos la madre de la escoba, moviendo los verdes del moñete:

-¡Bebe, hijo! Tú dirás si te la quiebro con unas gotas de vinagre.

Bebió el Zurdo: Se limpió con el cerillo de los artejos, y doblado con quebradura de huesos, abrió el cisma de proposiciones heréticas:

-¡La España, para los pobres que llevamos un trato por las ferias, se está poniendo al tino de una mazmorra de Orán!

Actuaron los compadres:

-¡Así sucede!

-¡Una mazmorra de Orán!

Declamó el Zurdo:

-¡Las Autoridades no son tales Autoridades! Por ahorrarse mandamientos de papel sellado, todo lo atrepellan, con malos tratos y sinrazones... En un olivar me han hallado estos dos apóstoles repartido en cuartos. ¡Menuda faena han tenido antes de ajuntarlos! Dicen cuando los tienen ajuntados: -¡Vamos, compadre, una copa de rapañí para acabar de encolarse! Con este remedio se libra usted de una cama en él hospital.- ¿Qué vos dije cuando se mentó el hospital? Primero me lleváis a los que hacen los papeles, para que publiquen el atropello. ¿Es ley a un hombre maniatado llevarlo por fuera de camino y dejarlo en medio de un olivar, lisiado para toda la vida?

Don Ole Botellín, rascándose un fósforo en la nalga, se ponía el pitillo en los labios:

-¡Jui! ¡Jui! ¡Jui!... ¡No es nada el lío que ustedes [316] me traen! Las Autoridades reducidas a los trámites legales, carecen de medios para mantener el orden y tener fila sobre la delincuencia. No soy el Director. Eso lo primero. La Dirección resuelve en estas cuestiones... Pero, dada la sensatez del periódico, no puede acoger en sus páginas una denuncia tan grave. En ese respecto, nuestra doctrina es no crear dificultades a los Órganos del Poder. No sé si ustedes me habrán comprendido. ¡Es indiferente! El Director viene sobre las cuatro. Para verle antes, en el Café de la Perla. Tiene allí su reunión, a la mano del mostrador, entrando. Ustedes le presentan su queja, estudian la manera de llegarle al corazón. Es posible que le conmuevan. ¡Vayan con Dios! ¡Desalojen! ¡Tengo a mi cargo la confección del periódico! El Director está a las cuatro: Antes en la Perla. Salgo con ustedes. Unos minutos que le robo, con gusto, al trabajo embrutecedor del periódico. Tomaremos un refresco. Yo convido.

Por detrás de los compadres, la vieja, con la escoba decía que no: Vio a Don Ole, que venía para ella, y sacó las uñas:

-¡Veremos quién paga!

-¡Doña Quica, hágame usted restitución de una melopea!

-¡Que conviden ellos!...

-¡No es decente!

-¡Viva el rumbo a costa ajena!

-¡Doña Quica, que la pico la nuez con el cortapapeles!

-¿Qué sería de usted si una servidora no se compadeciese? ¡Ni siquiera llevaría cuello planchado! ¡Hoy cena gazpacho!

[317] -¡Lo que a usted le plazca, Doña Quica! Afloje la mosca.

-¡Gilí!

-¡Blanca Flor de Chimenea!

-La cuenta es ahora once pesetas que le guardo.

Doña Quica se alzó la falda, y sujetándola en los dientes, sacó de la faltriquera el rosario y un diente de ajo, un alfiletero y medio peine. Entre migas de pan pudo contar treinta dos cuartos con un ochavo:

-¡Doña Quica, rásquese usted una pieza de plata!

-¡No, que la única que tengo es columnaria! Resígnese y tómela en cuartos.

-Doblo la noble cerviz a sus horcas caudinas.

-¿De qué le sirve tanto estudiar?

-¡De poca cosa!

-¡Para volverse loco y no tener camisa!




III

El inspirado vate y los prójimos del bronce se metieron a una tienda de techo bajo, con olores de amontillado. El coime del mostrador lavoteaba los vasos en una tinajilla pintada de verde. Venía la luz de costado a los cristales y a las aguas:

-¿Qué gustan de tomar, caballeros?

Don Ole pasó el índice lleno de tinta, rozando las fajas de los tres compadres:

-Estos amigos dirán.

[318] Respondieron en terna:

-Usted es el primero.

Saludos por ambas partes.

-¡Un culito de ginebra, Nicandro!

El Zurdo Montoya, con los ojos encendidos de fiebre, se recostaba en el mostrador:

-A menda, una sangría de limonada y vino de la tierra.

Se dobló para caer. El coime, con las manos mojadas, le agarró por el cuello:

-¡Este hombre está privado! ¡Pronto, a sacármelo para fuera! ¡Aquí están por demás las visitas del Juzgado!

Don Ole achicó de un trago el vasete de ginebra, y lo asentó con fuerza en el mostrador:

-¡Haré constar tu conducta en el periódico!

-¿Para usted la buena conducta sería consentir que se viniese cualquier ruina sobre el establecimiento? ¡Pues usted tiene luces para hacerse el cargo!

Llenando la puerta se salían a la acera los dos compadres, con el madejón del terne, que doblaba la cabeza de cera, los ojos vidriados, la sien sucia de sangre. Le dieron aire con los catites. Vino por la esquina un polizonte azul, sable de músico y bastón de autoridad:

-¡No están permitidos estos espectáculos en las calles céntricas! ¿Qué tiene ese hombre?

Se miraron los zainos, alternando la misma tocata:

-¡Pues no sabemos lo que tiene!

-Cuando sea reconocido por un cirujano habrá dictamen. ¿Nosotros cómo vamos a saber lo que tiene este roble? ¡Que lo era, y de los fuertes!... No podemos saberlo. [319] Le descubrimos al paso por unas olivas, y nos pidió que le acompañásemos hasta Córdoba.

El polizonte tocó el hombro del espectro, con el puño dorado del bastón:

-¡Te buscaba! Hay orden de ponerte un rato a la sombra! Conque, saca fuerzas, y echa p’alante.

Los dos compadres sacaban contra el zurrado, una sorna lagartona, adulando el aire del polizonte:

-¡Vamos, Currillo! ¡No es tanta la pena, que a un paso está la posada!

Gimió el Zurdo:

-¡No tiréis de mí, que tengo quebrantadas todas las costillas de ese rumbo!

Le habló, familiar, el guinda:

-¿En qué mala faena te cazaron, Currete?

-Eso, maestro, lo diré en estrados. Llevaime con tiento. ¡Meteime un pañuelo sobre la cara, que la luz me ciega!

-¡Fecha los ojos!

-¡No puedo!

-¡A este hombre se le acaba la vida!

Se volvió el polizonte con el bastón en alto:

-¡Vamos con él! ¿Sois tan flojos que no podéis tomarlo en suspenso?

-¡Son muchos huesos!

Gimió el terne:

-Y los quebrados se cuentan por dobles. Guarda, saque usted cédula de autoridad y reclame la ayuda de dos vecinos.

[320] El polizonte paseó los ojos por la calle, y a fin de cuentas levantó con el bastón el cortinillo de la taberna:

-¡Nicandrito, procúreme dos puntos que ayuden a llevar un pelma al Cuartelete!

El Zurdo agitó una mano, volviendo los ojos, la lengua atravesada entre los dientes:

-Dejaime arrimado a la pared. ¡Avisai el santolio!

Le recostaron en la pared. El escarrio de comadres pilongas, galopines, maritornes y vagos de acera, se corrió al atisbo de aquel romance carcelero. Sacó una silla la jamona del estanco: Casabé, mitones, pelerina de estambre, el gato sobre el ovillo de la calceta:

-¿Qué le ha dado?

-¡Alferecía parece!...

Salían a la puerta del colmado los doctores del chato y del julepe. El azul polizonte levantaba el bastón, y metido al medio de la rueda, embestía con el pecherín de botones dorados, abriendo plaza. Los dos compadres, movidos de la misma recelosa experiencia, se daban de ojo y salían de naja, para no verse en autos de Justicia.




IV

Un ómnibus destartalado, con viajeros del ferrocarril, se detuvo ante el Parador de la Estrella. Con voces y ternos salió la escalera, que un galopín arrimó a la baca. Se apearon los viajeros, agachándose bajo la amenaza de los fardos que el mayoral arrojaba de las alturas. El Vicario de los Verdes descendió con un maletín de alfombra, y [321] esperó a la sobrina, rezagada en el estribo: Ojos bajos, rizos deshechos, un mantoncillo negro por la cabeza:

-¡Aviva, mala pécora!

La mozuela se limpió los ojos: Ponía sobre el uno la punta del moquero, y atisbaba con el otro las sombras del Parador. El clérigo la hizo caminar delante. Al pisar el umbral, la metió dentro con un empujón, y, clavándole las tenazas en el codo, se la llevó escaleras arriba: La mozuela apenas fisgó un montón de equipajes, sombras de quepis y bufandas, lumbre de cigarros. La escalera, ocupada por el bamboleo del curda que subía las cajas de un viajante catalán, aumentó la quema del bonete:

-¡Vamos a estar aquí toda la mañana!

-¡No llevo una pluma!

Llegaron al piso. El curdela se arrimó a dejarles paso, y penetraron en una antesala con banquetas de hule. Salió un mozo en mangas de camisa, con zorros y mandilete: Por un pasillo lleno de puertas los guió hasta un alcobín claro, con cama de hierro:

-Por la explicación de su carta sacamos que sería esto lo que usted pedía.

La sobrina pasó la puerta, mirando las losetas. Sobre el pecho ahogado de sollozos, cruzaba el mantoncillo, y en un nudo sostenía las cuatro puntas del toallón con la teja del clérigo: Arrinconada al pie del catre, escondía la cara en el pañuelo. El clérigo pulsaba la doblez de la reja, y metía el resguardo sobre la altura y circunstancias de la calle:

-¿No hay un cuarto sin ventana?

-Lo hay, pero cae propio encima de la escalera.

[322] -¡Está bien! ¿Tiene llave la puerta?

-¡Téngala usted! Es de dos vueltas... Para mayor seguridad, tiene sonrojo por dentro. Para usted se le ha reservado una alcoba de la sala. Es buena habitación. Puede usted verla.

-Ya la conozco. ¿No hay otra más cerca?

-La tiene tomada Don Segismundo Olmedilla.

-Es amigo, y hablándole, se hará cargo. ¿A ver su puerta? ¿Esa? ¡Pues llama! ¡Espera!... Si está, dile que desea comunicarle una palabra urgente el Señor Vicario de los Verdes. ¿Contesta?

-Para mí que está fuera. Tiene una cuadrilla reparando las cales en el Palacio de Torre Mellada. Se anuncia que viene a ser madrina de una misa nueva la Infanta de San Telmo.

-¡El Palacio está hecho un cascajo! ¡Veremos que las ratas se comen a la Señora Infanta!

-¡Traerá perrillos ratoneros!

-Perrillos ratoneros nunca faltan en el séquito de las Personas Reales. Muchacha, métete adentro, si no quieres que te meta de una vez para siempre.

La mozuela, que sacaba la corujilla, escapó para dentro. El clérigo vino detrás. Cerró las maderas de la reja, puso los tranquillos, rascó un fósforo, encendió una vela:

-Dame el canal. Esas maderas, como si estuvieran clavadas. ¡Ni llamar, ni moverse!

Tiró sobre sí la puerta, y cerró con dos vueltas de llave. Bajó a la plazoleta: Le sorprendió ver la gente en grupos, estacionada ante La Flor Andaluza. Vinos y licores.

[323]




V

Un retablillo de viejas y mozuelas, con acentos populares y dramáticos, se encadilló al ruedo del clérigo:

-¡Venga, señor capellán!

-¡Padre cura, que se va por la posta!

-¡Venga su merced, padre curita! Una bendición con su latinillo para encaminarle a la Divina Presencia!

El cura se sacudió los andularios:

-¡Basta de algazara! ¡Hable uno solo! ¿Qué casa está ardiendo? ¡Uno solo! ¡Que yo me entere!

Le tomó por los andularios la pilonga del ramito en el moñete:

-Señor capellancito de mi vida, venga por esta mano. Otri poco. ¡Hala, dejai paso al señor capellán!

El Cabo de Polizontes levantaba el bastón con los borlines de su cargo, y abría plaza sacando el pecherín de botones dorados. Se clareó la fila de curiosos, y enhebróse la pilonga tirando del manteo. El Zurdo Montoya, caído en la silla, desmadejado de zancas, volvió las pupilas vidriosas sobre la estampa del clérigo:

-¡Padre cura, es la de vámonos!

Abrevió el clérigo:

-¿Estás en disposición de confesarte?

-¡De cabo a rabo toda mi vida tengo a la vista!

La jamona del estanquillo le ofreció un sorbo de agua. Recomendó una ceceosa verdina:

-¡No te canses hablando, Sinforoso!

Otra comadre entremetíase con un jarrico de Andújar:

[324] -¡Aguardiente para fricciones!

Acudió la pilonga de carrerilla, aprontando el pergamino de las palmas:

-¡Vierta usted unas gotas, doña Rosita! Le refrescaré a este dinfeliz los pulsos y las sienes.

El clérigo, malhumorado, se quitó la teja e hizo la señal de la cruz. Don Ole Botellín asaltó al clérigo con un guiño misterioso:

-¡Se hace el cadáver!

Giró sobre los tacones torcidos, aleteando las manos en la sisa del chaleco. El Zurdo Montoya, todo un gemido, estiraba las cuerdas del gañote:

-¡A ese niño, mal ángel,que me sirva una copa de aguardiente para dar calor a las entrañas!

El Vicario de los Verdes confundíase en la obscuridad de una sospecha. Aquel tuno estaba complicado en la trifulca de Solana. Le recordó en el tumulto de imágenes, con una brecha en la sien, tirando de faca, viniéndose ciego para cortarle la jeta al odioso Don Adolfito: ¡En qué nada había tenido la muerte aquel pollo crápula! El Zurdo apuró la copa de aguardiente, y tiró la cortina a los ojos de Nicandro:

-¡Toma, negra sangre! Para que te ricuerdes del moribundo a quien has negado un refresco de limonada. ¡Vamos, padre cura, que el alma tengo retenida en la nuez hasta soltar el último pecado! ¡Lo que más prisa me corre es el santolio!

-¡Bueno! ¡Bueno! ¡Conmigo no pintes la comedia! ¿Qué mal es el tuyo?

-¡Todos los huesos quebrantados!

[325] -¡Bueno! ¡Bueno! ¡Un San Benito de Palermo que te han arrimado!... Poca cosa para irse de este mundo. ¡Que te bizmen en el Hospital!

Se ajustaba la teja. El Zurdo le asió del manteo, resbalándose de la silla:

-Padre cura, meta usted su empeño para que no me chimpen en el Cuartelete. ¡Sáqueme usted para el Hospital!

El clérigo mudó de ánimo ante aquella lástima, con un sentimiento estoico y sombrío:

-Los auxilios espirituales te los prestaré cuando te halles en una cama del Provincial. ¡Cuatro hombres aquí! ¡Guardia, abra usted plaza!

El mayoral curda, con gorra de pellejos, se levantaba en el pescante:

-¡Venga! ¡De balde lo llevo!

El Cabo de Polizontes abrió filas.

-¡En marcha!




VI

El Zurdo Montoya quedó asilado en una cama del Hospital: Con paños de vinagre sobre la frente, recostado en las almohadas, percibía la blancura de la sala, el vuelo ratonil de las tocas, la lumbre del cigarro, y la uña desmesurada con que el practicante, a los pies de la cama, ponía ungüento en unas hilas: Para ver mejor, se levantó sobre la ceja un pico del paño vinagril:

-Padre cura, no se naje su merced sin tomarme la cuenta de los pecados.

[326] -¡Estoy con el chocolate!

-¡Despachamos en un bostezo!

Intervino el practicante:

-No la diñas, por lo de ahora...

El clérigo reparó que por entre las sábanas salía la mano del pecador, con un desvergonzado garabatillo de tres dedos. Barulló, echando sobre la cama su sombra negra:

-¡No te permito que me desacates la corona con ese relajo malvado!

El clérigo trituraba la mano del pecador, rechinando los dientes. El Zurdo se volvió de costado:

-¡Afloje usted el dátil! ¡Una cherinoliya no es para condenarse!

Se acercaron unas tocas:

-¡Pobrecito, qué ejemplo para las otras camas!... ¡Así debían hacer todos, al entrar en este santo establecimiento! ¡Confesarse y arreglar sus cuentas con el Divino Tribunal!

El Zurdo Montoya se ajustó el compresil a las sienes:

-¡Un cigarrillo para entonarme, y vamos con el Yo Pecador!

Atropello el clérigo, esparciendo los manteos al borde de la cama:

-¡Despacha o tomo soleta!

Comenzó a santiguarse, con la teja sobre el pecho. La monja y el practicante se alejaron dándose achares. Rumió el clérigo el rezo de latines y sacó el último amén sobre un bostezo:

-¡Vamos a levantar esa sobremanta de malas obras y [327] malos pensamientos. ¡Por el primero! ¡La de siempre! El Nombre de Dios, muy respetado entre ajos y barajos. Por delante todas las concupiscencias, y atrás, arreando palo de ciego, la Justicia Divina. ¡Chúpate ahora ésa! Ibas muy gallo y te dieron en la cresta. Para mí no ha sido mayor novedad. Estabas empupilado desde la feria de Solana. Mírate la conciencia, revuelve en ella, y hallarás el viaje que le tiraste al señorito madrileño, en el zaragatón de la capea. ¿Sabes toda la gracia de aquel pollete? ¡Llevar el deshonor a los hogares! ¡Silbar de serpiente!... ¿Por qué no lo dejaste allí seco? ¡Tente, lengua! ¡Es una mala ejemplaridad la que te doy! ¡No la recibas! ¡Los santos, en el altar! ¡Que mis disparates no vayan a confirmarte en propósitos de venganza! Tenías la sentencia desde que le rozaste el viaje. ¡No hay castigo para los crímenes y desafueros de ese pollo!

-Muy al cabo lo cuenta usted, padre de almas. ¿Y si no hubiera venido la tormenta por ese lomazo? Menda rastrea otros vientos. Todo hay que decirlo, contando con que se recibe en confesión, para no publicarlo. ¿Conoce usted, padre cura, las familias de Puente Genil? De Gálvez el Viejo algo tendrá oído, y del yerno, que es muy personajote en la provincia. Esta noche era la convenida para esperarle con el carro fuera de puertas. De faltar, es mucho el compromiso que se apareja. Se restituye dinero y se restituye palabra. Usted, padre cura, no se complica en la menos. No más que poner en los autos a don Segis Olmedilla. Dónde hallarle, se lo pueden decir en el Parador de la Estrella.

-¿Qué tratos eran los tuyos?

[328] -Esperar esta noche, a hora fija, con un carro de mulas, fuera de puertas...

-¿Nada más?

-Ninguna otra cosa.

Los vuelos del manteo cubrieron el catre, el borde de la teja rozó el paño vinagril del pecador:

-¿Dónde está escondido el Yerno de Gálvez?

El Zurdo Montoya sacó una voz de ultratumba:

-¿Va usted a denunciarle?

-¡Si una palabra de mi boca hubiese de conjurar el trueno gordo, no la pronunciaría! ¡Primero arrancarme la lengua de cuajo! Venga lo que viniere, nunca será la pestilencia de lo presente. ¡Ojalá tuviese en su mano la mecha para volarlo todo, el Yerno de Gálvez! Pero no quiero ir a ciegas, y si hay gato, deseo saberlo. ¿Te han buscado para sacar al Yerno de Gálvez de Córdoba?

-Me habló el Niño de Benamejí.

-Está bien. Veré lo que hago... Volveré para que confieses debidamente. Repasa el pozo negro de tu conciencia. Haz examen, con el más firme propósito de enmendar tu vida y servir mejor a Dios...

Atropellaba una bendición. El Zurdo Montoya, incorporándose con quebranto de huesos, le besó la mano.

[329]




VII

El Vicario de los Verdes tenía una hermana monja profesa, en la Cuesta de los Tres Clavitos -Madres Calzadas-. A la santa portería, en penumbra de cales, llevó sus negros andularios: Pulsa en el torno:

-¡Ave María!

-¡Gracia plena! ¿Qué desea, hermano?

-¿Ya me desconoce, Sor Pánfila?

-¡No se extrañe! La voz, al pronto, me hizo novedad. Tiene usted encima un pecado muy grande con el cacao que nos ha servido...

Interrumpió el clérigo:

-¡Cayó de un asno para subir a un camello! ¡Soy el Vicario de los Verdes! Mi deseo es saludar a Sor María de la Divina Inmaculada.

-¡Y quería que le reconociese! ¡Tanto tiempo sin acordarse de estas monjitas! Sor María se alegrará de saber que aún le vive el hermano. ¡Alabado sea el Señor!

-Llévele aviso.

-¡Volando!

El clérigo comenzó a pasear la portería. Vino un monago a ponérsele delante y a besarle la mano:

-Sor María le hablará por el coro bajo. Puede pasar por la sacristía... No hay alma en la iglesia... Acabadas las misas, se cierra...

Y enseñaba dos enormes llaves encadenadas. Salió por delante y sobre unas escalerillas se detuvo. Puerta verde, esquilón en el alero. Dejó paso y entró, cerrando la puerta. [330] El Vicario sesgó la sacristía: Era ancha y obscura, con brillos de tallas, cornucopias y salvillas. En las cales del fondo, tres bultos que conversaban, volvieron la cabeza, cortando el tema. El clérigo, puesto el canal sobre el pecho, desplegado el manteo, pasó a la iglesia, y con una genuflexión, en los límites del presbiterio, saludó el altar: Atravesó la nave desierta, las claras luces de la cúpula, la arquería del coro alto. Tras la reja con pinchos de carlanca, las tocas de una monja. Un suspiro:

-Tengo recibida la carta que me puso. ¡Vaya sobresalto! Comuniqué el caso con la Madre Superiora. El depósito de la dote no puede dispensarse, porque se hace ante el notario eclesiástico... Solamente que persona de solvencia se aviniera a suscribir un compromiso, sujetándose con parte suficiente de sus bienes... La Madre Superiora no puede resolver... ¿Qué arrepentimiento muestra ese árbol torcido?

-La cabeza baja.

-¡Menos mal!

-¡Sumisión ciega!

-¿No dará guerra?

-¡Se la encalaboza, hermana!

-¡Hermano, ése no es arreglo!

-¡El mejor!

-¡El que una vez haya sido expediente con otra menos culpada, no lo considere!

-¡No amolemos con aguas pasadas!

-¡Ni a ese arbusto torcido, ni al mayor criminal le doy yo mi pasado!

[331] Se fué la monja algo lejos, descomulgándose en el aire del hábito: Volvió más encismada:

-¡Guardada estaba la niña! ¿De dónde sacó esos ejemplos?

-¡Un crápula, que la levantó de cabeza!

-¡Antes se había desviado de la recta conducta! Usted propio me lo ha venido a declarar.

-Es muy pajaritera. Si no se la mete bajo rejas, no acaba en el escándalo de ahora.

-Su orgullo hermano, se ve ahora bien castigado.

-¡En ninguna familia honesta debían nacer mujeres!

La monja se echó el velo y gangueó, haciendo papeles:

-¡Hermano, para todos los trámites, en la Secretaría del Obispado! ¡Hoy cayeron así las pesas, hermano. Mañana, otro día, puede encontrar más expedito el camino de sus deseos. ¡Sofismas del mundo, hermano! ¡Nos basta con el duende del fayado! ¡Ave María, esperanza nuestra!

El clérigo advertía que a los añejos resquemores llevaba, aquella vez, su hermana, el deliberado propósito de entorpecer la reclusión de la sobrina: No penetraba la causa del malvado capricho, ni discernía todas las alusiones. Y las encubiertas palabras con que la monja se fué de la reja, le complicaban el enigma. El Vicario de los Verdes atravesó la nave clara y pulcra, con los altares de rizados manteles, llenos de velillas y floreros. En la sacristía, los tres bultos del coloquio reservado, con el mismo ritmo de la vez pasada, cortaron la plática y volvieron la cabeza. El clérigo, largo y zancudo, el canal sobre el pecho, sesgó hacia la puerta. Al abrirla, quedaron en la ráfaga de luz los tres del misterio. El Vicario de los Verdes se detuvo [332] dudando si era ocasión de cumplimentar el ruego del Zurdo Montoya. Tenía ante los ojos al Niño de Benamejí: Tampoco le eran desconocidos los otros: Don Pedro Gálvez, de Puente Genil, y el sota-sacristán de las Madres.




VIII

Volvió desde la puerta el Vicario de los Verdes:

-¡Don Pedro Gálvez, de Puente Genil!

Salióse del trío un señorón buen mozo, caña, paletó y chistera: Empaque de mayor contribuyente, farolón de pueblo, juez de paz unas veces, otras alcalde, cacique con votos y olivas:

-¡A sus órdenes! Usted, si no me engaño, es el Vicario de los Verdes.

-¡Ya veo que no me desmiente, al cabo de tantos años! Tengo una comisión para usted, Señor Don Pedro... Lamento hacer de domingo siete cortando la reunión. ¡Una palabra, y despacho! ¿Le parece que pasemos a la iglesia, Señor Don Pedro? Estaremos más a gusto.

Pasaron a la iglesia. La puerta de la sacristía, franca sobre la callejuela, enunciaba una tapia con enredadera de pasionarias, cimada y corrida por un verde de limoneros. El sota-sacristán sacó un gran aspaviento inflado de preguntas:

-¿Usted podría explicarme, Don Segismundo? ¡Yo no lo entiendo! ¿Qué papel juega el Vicario de los Verdes? ¿Le buscó usted? ¡No alcanzo qué ayuda nos traiga!

[333] Don Segis asumía un gesto perplejo:

-¡Estoy en albis!... ¡Lo que sea sonará! ¡Algún pleito en el Supremo! Tiene la pinta. Al Vicario de Solana -a mí me da eso- le trae alguna recomendación para Ulloa.

El sacristán de las monjas extraviábase por otro laberinto de suspicacias:

-Doña Juanita ha ido de secreto al Palacio Episcopal: Su Ilustrísima trabaja un salvoconducto para que salga de España Don Benjamín. ¡Dios que lo entienda! El Señor Obispo aún está con la mosca de que lo tengamos en la clausura... ¡Algo extraño sucede! De guindas, ni uno queda por estos contornos.

-Me pone usted en cuidado. La policía, sin duda, ha tenido algún soplo y rastrea el nuevo escondite.

-¡Ha sido levantada en absoluto la vigilancia! ¡La Coronela, don Segis!...

-¿Unte?

-Las mujeres todo lo charlan.

-Hay que prevenir a Vallín.

-¿Unte, ha dicho usted? ¡No pondría mi mano en el fuego por esa veleta!

-Que la policía ha tenido algún soplo, parece indudable. En fin, esta noche saldremos de dudas... No alarmemos a Don Pedro.

El Vicario de los Verdes y don Pedro Gálvez tornaban a repasar la puerta del presbiterio y se despedían alternando protestas corteses:

-¡Señor Don Pedro, excuse las gracias!

-¡Le agradezco la molestia, y me obligo a una recíproca! [334] ¡Me manda usted, Señor Vicario! ¡Me manda usted!

Levantaba la voz con aparatosa solfa. El Niño y el sacris se allegaron con saludos al Vicario de los Verdes. El Niño le observaba:

-¿Qué novedad verle a usted en Córdoba, Padre Verdín?

-La novedad usted la hace, Don Segismundo. A este lugar me trajo la indispensable visita a una hermana carnal, que es aquí monja.

El sacristán sacó un gesto perplejo, de curioso olvidadizo:

-La Madre Adelina de la Cruz de Mayo...

Por el borde del manteo salió una mano de cordobán, diciendo nones:

-Sor María de la Divina Inmaculada.

-¡Cabal! ¡Cabal! ¿Cómo encontró a la Madre?

-¡Una gata histérica!

-¡Qué buen humor gasta!

-Si me doy a morder, contagio la rabia. Don Segismundo, de verme con usted, ya tenía pensamiento. Podemos ahora quedar citados. ¿Después de comer, usted no toma café? ¿Le parece que nos citemos en la Perla?

Don Segis asintió:

-¡Corriente, Padre Verdín! De dos a tres, en la Perla.

-Supongo que no estará mal visto. La Perla no es un café de cante...

-Todas las tardes está lleno de clérigos.

Explicó el sacristán de las monjas:

-Sacerdotes de los pueblos, que vienen por sus asuntos [335] a la capital. Los residentes no frecuentan esos lugares...

El Vicario de los Verdes torció el hilo de sus cavilaciones:

-¡Estoy aquí con la sobrina! Al cabo, hubo que reducirse a cumplirle el gusto de que sea monja. Tanta vocación y tanto ruego era por demás. El propósito que allá hicimos era ponerla en la regla de estas seráficas. Y el camino que yo me pensaba tan ancho, lo encuentro cerrado. De todo hablaremos, Don Segismundo. No molesto más.

Se fué, y los tres del secreto volvieron a juntarse bajo las dobles miradas del monaguillo, y del gato que acaricia en la nota encendida del ropón.




IX

El Vicario de los Verdes quedó un momento irresoluto, la negra silueta talar recortándose sobre el verde postigo, en lo alto de las escalerillas: Descendió reflexivo, jugando con los borlados cordones del manteo, y remontó la Cuesta de los Tres Clavitos. Por Arco del Niño se metió en las luces y vocingles de un mercado:-Lozas andaluzas, frutas, gallinas, huevos, macetas, jaulas, romances de cordel, talabartes, clavos, herraduras: Sobre mesillas con mantelete, roscos y licores: Papeles picados, botillería fabulosa de ámbares, rosicleres y verdes.- Un San Roquito de gubia popular, tutela los alfajores de tal tenderete: Una Santa Lucía, con los ojos en el plato, y manto celeste, que fué capote de paseo, da buen paladar [336] a los refrescos y anisados de esta otra mesilla con lienzos caseros, pulcra y vistosa a la sombra de un gran paraguas rojo. El Vicario de los Verdes camina con encontrados pensamientos, que van desde la sobrina burlada, al justo castigo que pudiera ser aquella tan anunciada revolución de las Logias. La cólera divina estaba de manifiesto. ¿No era un signo de la subversión de los tiempos la demagogia laborando por la honra de España? El Vicario se abismaba en una rencorosa desolación de eclesiástico. ¡El Trono caído en el fango!... ¡Todos salpicados! La España con honra de aquellos murguistas era el manifiesto de que vivía sin ella. ¡Todos salpicados! ¡Una ola de fango! ¡Burladas las leyes! En la confusión de aquellos pensamientos se levantaban expresiones pulpitables, que trascendían al torvo rencor del clérigo, con ecos de texto moral en latines de seminario. Se acercó a un tabanque de clavos, herraduras, cerrojos y bocados de freno, en el resguardo de una lonilla:

-¡Seis clavos, maestro!

Un vejete fuguillas, con pañuelo de flores a la sien, se corrió a servirle desde el otro cabo:

-¿De qué marca?

-¡Esos están buenos!

Señaló el clérigo unos clavos negros de la fragua, con ancho remate. El fuguillas, jugando posturas, se los dio envueltos en la hoja rancia de un librote comprado a peso, en servicio de la parroquia:

-¿Alguna otra cosa?

-¡Un martillo!

-Vea usted el que le conviene.

[337] -Un martillo con mango.

-¡Esos son ingleses! Quiebran todos. No tiene aceptación ese género. El mango, encarga usted que se lo pongan.

-¡Me urge emplearlo!

-¡No es nada el tiempo de aparejar un martillo!

-Aparéjalo y me lo llevo.

-¿Quiere su merced el martillo de que yo me valgo? Se lo lleva su merced y me da dos pesetas.

-Una, y está pagado.

-¿No representa nada el recuerdo, padre de almas? En las dos beatas van puestos los seis cuartos de los clavos.

El Vicario, con desabrida avenencia, pagó las dos pesetas, y por las sisas de la sotana manipuló el escamoteo de clavos y martillo: Se fué al sesgo del mercado. Mozuelas peripuestas acudían con alegres pinreles a besarle la mano. Una vieja curra, tras la mesilla de los alfajores, le saludaba levantando el San Roquito. La Santa Lucía del manto torero y la palma dorada, con el brindis de los ojos en el plato, le sugería, entre gulas ácimas, una sacrílega concordancia. Se santiguó para saludarse de aquella malvada ocurrencia y por el enredo de calles morunas encaminó las pisadas al Parador de la Estrella.




X

La sobrina, que escuchaba tras de la puerta, al rechinar la llave, corrió sin zapatos al refugio de un rincón, y [338] allí se pegó haciendo de mojigata: Con la cabeza entre las manos, percibió la claridad de la puerta y el trasponer de la llave. Otra vez las tinieblas. El ras de una cerilla:

-¿Dónde has puesto la palmatoria, mala pécora?

Lamentó la descarriada:

-Sobre la cómoda.

Se levantó sujetándose las faldas, sueltas de las jaretas. El clérigo alumbró la vela: Miró a la sobrina:

-¡Toma la luz y tenla levantada!

Tanteó las contras de la reja, arrimó una silla, y, subido en ella, sacó el martillo y los clavos por las sisas de la sotana: Se volvió. La sobrina, al pie de la cómoda, se sujetaba las enaguas: La luz de la vela le bailaba en la cara: Los rizos negros y la vislumbre roja en los planos de la mejilla, suscitaron en el clérigo, con un tumulto de sangre, dramáticas estampas de anacoretas tentados por hembras lascivas esclavas del Maligno. El clérigo desvió los ojos, puso un clavo en la madera y redobló encima con golpes de martillo. La sobrina, mal sujetas las enaguas, y el corpiño flojo, levantó la luz:

-¡No era preciso de clavos!... Estaba lo mismo cerrada con sólo su mandato.

El clérigo levantó el martillo sobre sobrina:

-¡Relajada! ¡Intentos me vienen de aplastarte!

Tanto vuelo metió al brazo, que la sobrina se espantó con un grito, dejando caer la palmatoria:

-¡Madre de mi alma!

El Vicario saltó de la silla y en la obscuridad persiguió a la despavorida:

-¡Aplastarte! ¡Aplastarte!

[339] Tropezó con el cuerpo, escondido al pie del catre, y lo levantó por la mata del pelo:

-¿Qué le dio, para así ponerse? ¿No me conformo con su autoridad? ¿Voy acaso contra la suerte que me destina?

El Vicario bramó en la sombra:

-Adecéntate para salir al comedor... Luego nos dan las sobras...

Oyó a la mojigata que se metía los herretes del justillo, que se calzaba los zapatos: Le turbó el cateo y el ras de la meorica bajo el catre:

-¡Señor tío, vaya usted saliendo!

-¡Tú por delante!

-¡Pues cuando guste!

El clérigo tanteó la puerta y metió la llave: Hizo pasar a la sobrina: La miró de soslayo:

-¡Recógete esas greñas! ¡En no habiendo bateo, ni meterse un peine, ni pasarse el pico de una toalla por la cara!

La sobrina inclinaba el descolorido perfil con ojeras de Dolorosa: La miró desconociéndola, y recordándola con los juegos rojizos de la vela en la cara: Contemplándola, el clérigo sentía todos sus pensamientos vueltos sobre la imagen anterior:

-¡Sierpe de dos cabezas!

[340]




XI

El comedor, lleno de bullicio en aquellas horas, era una sala baja de techo, con luz de camarote: Tenía vigas azules, descoloridos papeles donde alternaban quioscos, mandarines y piraguas. El asombro de la sobrina fué el reloj de cuadro, donde un tigre movía los ojos de cristal, al ritmo del péndulo: Después la mirada se fué al verdigualde de la cotorra puesta en la reja con una alcándara, y a las furias litográficas del Vesubio. Lo había visto mejor en la Feria de Solana: Allí el Vesubio vomitaba torrentes encendidos de azufre hirviente, sobre el aterrado Puerto de Nápoles.-Recordó las burlas del pollo madrileño en el panorama, el primer encuentro, el repentino cambio de miradas y el reconocerse perdida, si tal hombre, con aquellos ojos, se diese a seguirla. Sin embargo, no le había consentido que le pasase la mano por la cintura cuando miraban la toma de Sebastopol. ¡Qué filas de soldados! No se lo había consentido.- Siguiendo la sombra del manteo, ocupó una silla al extremo de la mesa: Le pusieron delante un plato: Metió la cuchara con melindre. El punto de azafrán la conmovía como un refinamiento de elegancias, era una proyección del mundo soñado. Por todas partes, luces del mismo engaño que traía en los ojos el tal hombre. La gente contaba que en bailes secretos bebía el vino por el zapato de raso de las mujeres. ¿Qué era aquello? Arida y desolada, como en otra ribera, intuía aquel tumulto de lances en una desgarradura de relámpago: Se asombraba de que pudiera parecerle tan lejana [341] su noche de tormentas. Levantó los ojos para mirar al señor viejo que le pasaba un periódico al vecino Capitán de la Guardia Civil:

-¡Es un escándalo! Las alusiones del articulista son bien claras.

Levantó la voz por el otro lado un energúmeno:

-¿Qué novedad cuenta el periódico? ¡Ninguna! ¡La que todos sabemos! ¡Lo que es público desde el primer día! Al Yerno de Gálvez, si quieren cazarle, que metan los sabuesos en los Tres Clavitos.

El clérigo levantó la cabeza y sorprendió la atención de la sobrina, puesta sobre aquel badulaque. Al pronto le pareció absurdo cuanto el sujeto decía, pero como ninguno al escucharle mostraba extrañeza, se avino de golpe sobre una sobresaltada certidumbre y sacó en claro los enigmas de la monja, su hermana: ¡Las Madres de los Tres Clavitos amparando conspiradores! ¡Buenas estaban las seráficas! Miró a la sobrina con adusto aleteo del pensamiento:

-¡Me repudro de que hayas puesto atención a tales calumnias! ¡Esos son huesos para los perros! Poner atención a ciertos dichos es ponerse a comer bajo la mesa con los perros. Come, sin mirar a parte ninguna.

El Capitán de la Guardia Civil se pasaba la servilleta peinando el bigote:

-¡Tiene mano la Nicolasa! ¡Estaban de gusto los callos!

[342]




XII

El Vicario de los Verdes, con el último bocado, puso a la sobrina en cierres y bajó al Café de la Perla:

-Café y copa.

Al mozo que le sirvió preguntó por Don Segis:

-Véalo usted. A la mano del mostrador.

Le descubrió en una tertulia de astros coletudos y señoritos jaques. Prefirió enviarle recado:

-A Don Segis Olmedilla dígale usted que tiene el mayor gusto en invitarle a una copa, el Vicario de los Verdes.

Vino Don Segis con el cigarro atravesado en la boca:

-¿Qué hay, amigo?

-¡Poco bueno, Don Segis! ¿Usted qué gusta de tomar?

-¡Cualquier veneno! Dame cazalla, Pepe.

Aprovechando el espacio del recado, con el mozo ausente, atropelló el clérigo:

-¿Qué pasa en el convento de los Tres Clavitos?

El Niño de Benamejí dio una vuelta al cigarro en la boca:

-Sé lo que dice la Prensa.

-¡Don Segis, no me haga comedias! En los Tres Clavitos hay gatuperio. Hoy he visitado a mi hermana... Daba por llano que más no era preciso para meter a la sobrina en clausura. ¡Usted ya está en antecedentes! ¡Sí llano! ¡Como una montaña! Aquella comunidad anda revuelta con el gatuperio del Yerno de Gálvez! ¡La aberración [343] de ocultar a un sectario de las logias no es concebible!

-Fernández Vallín es uno de los hombres más religiosos que conozco. Ha estado a punto de profesar en Loyola.

-¡Ah! ¡Que me perdone!

-Vallín media entre unionistas y moderados, para sacar la abdicación en el Príncipe Alfonso.

-¿Y la Regencia?

-La nombrarían las Cámaras.

Se sacudió los manteos el clérigo.

-¿Y qué falta hacen Cámaras? ¡Hogueras es lo que hace falta! ¡Hogueras y patíbulos! ¡Usted me mira asombrado! ¡Asómbrese usted más todavía! ¡Si solamente la voluntad bastase! ¡Si fuese posible el deseo, no dude usted, que todo rodaba hasta estrellarse! ¡El mal ejemplo cunde por toda España! ¿Que no soy el que era? ¡Cierto que no lo soy! Me mudé en otro. Tanicuanto deje a la sobrina en el convento -y usted puede ayudarme- renuncio el beneficio, compro un trabuco y me echo al campo.

-¿Para qué?

-¡Para derribar lo existente! La España se abrasa de enconos. ¡Se consume de envidia! Que me pongan delante, sin valimiento, al gallete de Madrid... ¿Que no le muerdo la nuez? ¡Vaya si se la muerdo! ¡No me lo he merendado por quitarme de una cadena para toda la vida, y por respeto a las sagradas Órdenes.

-Padre Verdín, le veo a usted con el gorro colorado y una tea.

[344] -¡Hace falla que estalle el trueno gordo!

El Niño de Benamejí, aparatoso y marchoso, echando humo, encaró al clérigo:

-Padre Verdín, tanta franqueza de su parte bien merece que un servidor no guarde con usted secretos. Estaba todo dispuesto para sacar esta noche al pájaro... Y sosegado el convento, juzgo cosa llana que usted deje allí a la sobrina. Nos valdremos de Doña Juana Albuerne.

-¡Conozco la tecla! Y a ese propósito quería hablar con usted.

-En eso, y en todo, completamente sus órdenes, Padre Verdín. Decía a usted que todo estaba corriente para sacar esta noche el contrabando... El Zurdo Montoya debía hallarse con el carro... ¡La noticia de usted nos ha dejado yertos! Vamos a precisar. ¿El Zurdo ha entrado en el hospital?

-Allí lo tiene usted.

-Gálvez sospecha que nuestro complot ha sido descubierto... Yo me guío por otro cuadrante.

-Y un servidor.

-El Zurdo tenía sobre su cabeza una tormenta de palos... ¡Nosotros dos sabemos algo!...

-¡Qué lástima no haberle partido el corazón al pollo mal ángel!

-¡Luto nacional! Vamos a cuentas. ¿Quiere usted servirnos, y verse con el Zurdo Montoya? Sacarle donde encierra el carro. A un hombre se le sustituye por otro, pero el carro y la reata son distinto cantar...

El clérigo asentía amontonando el ceño:

[345] -Veré a ése... Habrá carro y habrá reata y mayoral, si es necesario.

Llamó Don Segis con un duro en el mármol. Disputa y manoteo sobre quién paga:

-¡Otra vez!

-¡No! Pepe, devuelve esa moneda.

-¡Qué importa!

-¡Pero hombre!

-¡Vámonos!




XIII

Aceras angostas. Triangulados azoquejos. Lumbre de cales. El Arcángel San Rafael levanta el estoque sobre el concurso vocinglero de las fuentes. Brisas de azahares y callejones morados ondulando por tapias de huertos y conventos. Labrados canceles.-Motivos del moro.- Patios de naranjos y arrayanes, arquerías y persianas. En el verde silencio, el espejo de la alberca. La tarde, que acendra en el azul remoto una cristalina claridad de sierra, llegaba con remusgado cabrilleo hasta el catre del Zurdo Montoya -Montoya el Mozo-. Tenía el cuerpo una pavorida quietud, y el doblez de la sábana le tapaba la cabeza: Sobre el pecho cruzaba las manos con un ramito de oliva. En el encendido remusgo de la tarde, las moscas que le recorrían el haz amarillo de las manos, parecían más negras: El Vicario de los Verdes se detuvo santiguándose: Luego alzó el doblez de la sábana y miró la cabeza yerta del Zurdo Montoya:

-¡Has acabado!

[346] Volvió a cubrirle con el lienzo, y leyó el papel que el médico había puesto en la cabecera. En el catre vecino, un viejo con gafas, que enhebraba una aguja, le interrogó con afectada prosodia:

-¿Señor sacerdote, quiere usted decirme el dictamen del tío matasanos?

El tonsurado barullo:

-¡Ataque de alcoholismo!

Sacó la voz por otras almohadas, un espectro con la cabeza entre vendas:

-¿Ataque de alcoholismo, pone? ¿Qué viene a ser eso?

Explicó el viejo del opuesto costado:

-¡Beber intemperante!

El espectro se hundió en las almohadas:

-¡La cuera que le han arrimado!

El viejo, en el rayo de sol, levantaba la aguja y el hilo, guiñaba un ojo:

-¡No se hacen cargo de las circunstancias! Al tío matasanos, si le quitan la plaza, le ponen los gabrieles en el alero. ¡Ahora se llevan los ataques de alcoholismo! ¡El vino cuesta barato!... ¡Todo hay que decirlo! Hace falta palo, mucho palo. Sin ser doctrinario, señor sacerdote, sin ser doctrinario... Mire usted qué remiendo más bien puesto. En la vida tenemos que hacer de todo. Las Hermanas, unas grandísimas tarascas. Todo el día retozando con los practicantes. Yo lo veo. Todos roban... ¡Un presidio de África! ¡Todos se merecen un ataque de alcoholismo! ¡Je! ¡Je! Usted se hace cargo, señor sacerdote. ¿Cómo se pasa de la vida a la muerte? ¡Ahí está el beber intemperante! ¡Y bebe usted agua, y no le vale! ¡Ataque de alcoholismo, [347] señor sacerdote! ¡Ataque sobreagudo alcohólico! Puede usted levantar la sabanita. Los huesos de las costillas le salen por un costado. Tuvo el capricho de que todos lo viésemos. ¡Ataque de alcoholismo, señor sacerdote! ¡Pin, pan! ¡Tente tieso!

Acudieron los velos corretones de una monja que se barrenaba la sien con el dedo:

-Señor Vicario, apenas de haberse usted ido rindió el alma.

-¡Poco que barajó con sus fantasmas! ¡Je! ¡Je!

-Don Acisclito, usted oye y calla. Traiga que le enhebro la aguja. ¡A ver cómo se luce en ese remiendo!

El clérigo sacó una voz asombrada:

-Si ese cadáver no ha sido identificado, yo lo identifico: Es Bernardo Montoya -Montoya el Mozo, por unos lugares, y por otros, el Zurdo Montoya-. Tratante en caballerías: Ha vivido, si no vivía al presente, por el Corral de la Pulgona.

Acalla con su ademán la réplica de la monja y se arrodilla al pie del catre, rezando en latín. El vejete de la cama vecina, con el sol en las gafas, estudia el remiendo y anuda la hebra, embebido en una canturia de turulato:


   -¡Bueno, bueno, bueno!
      ¡Se casó Moreno!
      ¡Malo, malo, malo!
¡Mató a su mujer de un palo!

[348]




XIV

El Niño de Benamejí esperaba al clérigo en el Círculo del Recreo.-El Recreo de Córdoba, billares, mesas de tresillo, veladores de dominó, mozos de librea con servicios de café y licores, humo de habanos, ceceos y rijos de los zánganos que en el vestíbulo jalean a las mozas de garbo que cruzan la acera.- Los del chamelo, golpeando la ficha, se juegan una ronda. Los calvos tresillistas, en las salas llenas de humo, la tarde en penumbra y velas encendidas, meditan el arduo problema del Basto y la Espada. Don Ole Botellín, los anteojos en la frente, el lazo de la chalina deshecho, pasa como una exhalación y recorre los corredores buscando al Músico Mayor. Agita un periódico:

-¿Qué signo es éste?

-Un «la».

-¡Ya lo tengo! Llevaba la mano fuera... ¡Ya lo tengo! Me ha costado trabajo. Hasta luego. Aún me falta resolver el Salto del Caballo.

Se fue, con la chalina flotante a sumirse en el sabio silencio de la biblioteca. En el velador del chamelo se hicieron comentarios:

-¡Vaya un tío guillé!

-¡Como todos los hombres de talento! Siempre le verán ustedes resolviendo problemas, consultando diccionarios, repasando la Prensa. En fin, ilustrándose... Lo que ninguno de nosotros hacemos. Yo paso.

Entre los señoritos del vestíbulo había tracas de gritos [349] y carcajadas, con espaciados silencios de bostezo y galbana. En los medios de la calle tenían destacado a un jorobeta, que, al asomo de las buenas mozas, batía las manos y cantaba:

-¡Pájaro!

El coro de zánganos, en tales ocasiones, salía de golpe a la puerta. Oles y rijos sin gracia. Otra vez las disputas de toros las mentiras de naipes, los relatos de majezas con bordoncete de propósitos obscenos declarados en alta voz:

-¡Esa hembra es para ir un rato a Panticosa!

Todos aquellos señoritos pelmas, celebraron el dictamen del Niño:

-¡Segis, muy flojo te hallas!

-¡O muy dispuesto!

-¿Qué harías tú si te vieses teniendo que dar gusto a la comunidad de los Tres Clavitos?

-El cubano quedará mal si no las deja a todas embarazadas.

-¡Quién te diera en su lugar!

-El convento está vigilado de día y de noche...

-Vallín no está en Córdoba. Yo puedo asegurarlo... A estas fechas navega con rumbo a Londres.

Opinó un gallo jaque:

-Siempre he creído que le haría la capa el propio Gobierno.

Y sacó la voz un aceituno con trazas de escribiente:

-¿Ese trapisonda, qué va buscando? ¿Arruinarse?

-¡O redondearse!

-¿Tendremos jaleo, Segis? ¿Qué dicen las cornejas de Palacio?

[350] -¡Poca cosa!

-Mayo no acaba sin tremolina. Los anuncios son ésos.

Don Segis sonreía como si estuviese en el secreto:

-No me dan susto la revoluciones cantadas como la lotería...

-¡Hay trabajos!

-Paco Leiva y otros cuantos que se reúnen a jugar el julepe y a beber montilla en los altos de La Perla.

-Las guarniciones están muy trabajadas.

-Se viene diciendo eso desde los tiempos de la Nana.

Cruzó muy de prisa Don Ole. Se detuvo precipitado ante el Músico Mayor:

-¡Tenemos que ponernos de acuerdo!... Combinar una hora que usted tenga libre y que yo la tenga. Va usted a darme unas lecciones de solfeo. Me es indispensable.

El Músico Mayor hizo un gesto de asentimiento. El inspirado vate, la chalina flotante, la pechera fuelle, las manos abiertas y haciendo garabitos con los dedos, se volvió al sabio silencio de la biblioteca.-Obras de Julio Verne, Diccionario Geográfico de Madoz, colecciones encuadernadas de La Gaceta.- La traca de risas duró mucho tiempo. Se contaron extravagancias de Don Ole. Se paseaba en pelo por las afueras: Llevaba los bolsillos llenos de hojas de eucaliptos: Se tragaba toda la Prensa. ¡Rarezas del talento! Había resuelto ecuaciones que los primeros sabios del extranjero no habían podido resolver. Y los vagos del vestíbulo y los profesionales del chámelo, reconocían que, aun cuando guillado, era una lumbrera don Olegario Botella:

-¡Pájaro!

[351] Nuevo golpe de bigardones sobre la puerta:

-¡Mala sombra!

-¡A ver si te arranco las orejas!

-¡No te ganes una soba!

-¡Pelmazo!

El jorobeta, en la esquina, se apretaba los ijares y guiñaba un ojo tras el Vicario de los Verdes.




XV

Don Segis salió al encuentro del Vicario:

-¿Qué hay?

-¡Réquiem im pace!...

-¿Cómo?

-Justicias de Africa.

-¡Muerto!

-¡Ya sabe usted que estaba empupilado! Este crimen va sobre la conciencia del Pollo Real.

-¡Pues nos hemos hecho la santísima!

-¡Ya lo comprendo!

-El Zurdo era el pintado para pasar el contrabando al Peñón.

-¡Han escrito ustedes un compromiso en el agua! ¡Siempre la vida es un soplo, y en estos tiempos mucho más!...

-¡Se nos viene abajo todo el tinglado!

-¿No puede aplazarse y buscar otro sujeto?... A usted no le faltan obligados entre los tunos del bronce.

-¡El Zurdo era el pintado!

[352] -Pues ese ya no vale...

-¡La tollina tuvo que ser bárbara!

-¡Para no contarlo!

-Realmente, se abusa un poco de los procedimientos extralegales!...

Barulló el clérigo:

-¡Se abusa tanto, que uno no sabe ya a qué carta quedarse! ¡Bandolerismo arriba, y bandolerismo abajo! Pobretes y potentados, ilustres personajes y tunos de presidio, operan con los mismos procedimientos. En todas las esferas se vive fuera de ley. ¡Yo he sido de los más obcecados para no verlo, y sin la bofetada recibida en mi honra, aún estaría con la tocata del orden con palo y tente tieso! ¡La España, estos tiempos, vive sin leyes! ¡Y barco sin timón, naufraga! ¡Se estrella! ¡Se hunde! ¡No se salvan ni las ratas!

Calló y los hábitos tenían un brusco roce atropellado. Se detuvo Don Segis:

-¿Y qué se hace?

-¡Parece usted un doctrino! Se busca otro compadre en el Corral de la Pulgona.

-Si contásemos con el carro y la reata del Zurdo...

-Se ponen los medios.

-¿Quiere usted acompañarme?

-Dejaré los hábitos en el Parador. Don Segis, me engancho en la revolución. Si llega la hora de levantar patíbulos no ha de escaparse del verdugo, el Pollo Real. ¡Hace falta un escarmiento muy resonante! ¡Que se oiga el trueno en toda Europa! Más aún de lo que ha sido la Revolución de Francia. ¡Sin aquellas impiedades! ¡Solamente [353] ardiendo en una gran hoguera, se purifica España! ¡Está roída de todas las miserias, y si para declararlo tuviese que ahorcar el alzacuello, por ahorcado! ¡Me alisto en las filas revolucionarias! ¡Me junto con los excomulgados! ¡Desoigo los mandatos de Roma! ¡Me futro en el Syllabus! ¡Relajo los votos! Mi conciencia no admite traiciones. ¡El Padre Santo no me quita el rubor que tengo en la cara! ¡Subo, dejo los hábitos y bajo!

El Vicario se metió en el Parador: Tuvo un repentino visaje de la sobrina: Se palpó la llave del encierro: La recordó en la luz roja, abrochándose el justillo. ¿Por dónde se le había metido aquel pensamiento? Palpando la llave se detuvo en la escalera y volvió a bajarla: Se reunió con el Niño: Explicó, aludiendo con el gesto a los hábitos:

-Después de todo, es indiferente. El caso es no perder tiempo.




XVI

Don Ole, la chistera de medio lado, las trabillas sueltas, un rollo de papeles saliéndole por las faldetas del levitín, se echó fuera del café:

-¡Don Segis! ¡Don Segis!

El Niño intentó capearle:

-¡Luego! Voy con este amigo...

Don Ole corrió a cortarle los terrenos:

-He dejado la confección del periódico para darle a usted la noticia. Telegrama de Madrid. El Yerno de Gálvez ha sido detenido al pasar la frontera...

[354] Faroleó el Niño:

-¿Qué me cuenta usted, Don Ole? ¿Detenido al pasar la frontera? ¿Y qué hacemos con la novela de los Tres Clavitos? El Baluarte debe seguir con ese folletín. Un periódico a la moderna sostiene siempre sus opiniones y jamás rectifica. Las Madres de los Tres Clavitos, aún pueden dar mucho juego. ¡Ustedes de seguro no publicarán ese telegrama en el periódico!

-¡Si está confirmado!... Son exigencias impuestas por conservar el buen nombre del periódico, su prestigio ante la opinión.

-¿Cuándo ha llegado el telegrama con la detención de Vallín?

-Hace unas horas. He supuesto que a usted, dada su relación con el cubano, le interesaría la noticia.

Soflameó Don Segis:

-¡Es natural! ¡Y muy agradecido, Don Ole! ¡La noticia, seguramente, vendrá por conducto autorizado!

-Nos ha sido comunicada por el Gobierno Civil. ¿La quiere usted más autorizada?

Quedó caviloso Don Segis:

-¡Indudablemente!

-¿No acepta usted una invitación? ¿Y el señor Vicario? Esta mañana he tenido el gusto de verle. ¡Pues no era broma lo del Zurdo Montoya! ¡Amigo, que la ha diñado! He recogido la versión en el Gobierno. Ataque de alcoholismo.

Cortó el Vicario:

-¡La versión oficial!

-¡Naturalmente! La más autorizada, la única que pueden [355] acoger las columnas de un periódico que tiene como deber primordial, no extraviar la opinión de sus lectores. En ese punto me hago solidario del criterio sustentado por la Dirección. ¡Señores, vamos a tomar alguna cosa!

Se disculparon. Pisando con los tacones, el rollo de papeles saliéndole por las faldetas del levitín, se fué Don Ole.




XVII

Don Segis, retardándose en la acera, confiaba sus atisbos al Vicario:

-¡Tenemos al Gobierno Civil propalando falsos rumores! ¡Maquiavelismo de capirote!... Simula ponerse la venda en los ojos, y desistir de la captura para infundir confianza...

Asesoró el Vicario:

-¡Ahora es el andarse más avisado! Me sujeta la vigilancia de la muchacha... De no ser así, con todo el pecho me tenía usted a su lado para ayudarle, don Segis.

Don Segis aprovechaba la buena disposición del clérigo:

-Usted, Padre Verdín, lo primero que hace es dejar los hábitos y verse con el pájaro. Le pone usted en antecedentes de todo lo ocurrido.

-¿Usted dirá cómo me introduzco en el convento?

-No está en el convento. Le halla usted en el mesón de San Blas.

-¿Y en lugar tan concurrido, no le han descubierto los guindas?

[356] -Precisamente el mucho entrar y salir de la parroquia le pone a cubierto.

-¿Si alguno le conoce?

-No le conoce ni su señora madre.

Bajaban al Corral de la Pulgona por callejuelas en luz de media tarde, calladas y solitarias. Trota el borriquillo con aguaderas y ondula sus faralaes un pregón muy garganteado:

-¡Agua!... ¡Fresca, de la fuente! ¡Agua!

Tapias con geranios. Cales. Volanderos cortinillos puertas y rejas. En cuerdas al sol, vistosos tendales de ropas remendadas. Mata las pulgas de una frazada amarilla, la gitana de la greña untosa y el cuello de bruja, con corales. Un mulo morcillo se revuelca con las herradura al aire. La vara del arriero lo levanta, y con el lomo sucio de polvo se mete por un portón con alfombra de paja trillada. Cuatro jaques, en una sombra, echados de bruces por tierra, tiran del naipe. Sobre una chumbera da luces un pingo de colorines. Un carro de toldo, con las lanzas mirando al cielo y el perro atado a la galga, escombra el corral. La comadre espulgadora reconoce a Don Segis:

-¡Tanto bueno por estos andurriales! ¡Y con un padre capellán! ¿Viene usted para avenir a algún mal casado?

El Niño no tuvo tiempo para la réplica: Una gitana con muchas voces y batir de brazos se metió en el corral:

-¡Me lo han matado! ¡Perros asesinos! ¡Me lo han matado!

El Vicario nubló la cara:

-¡Sangre de Montoya!

El Niño asintió:

[357] -¡Vámonos de naja! ¡Aquí no se hace nada!

Los del naipe se habían incorporado. Asomaban por las puertas algunas comadres. Dormilones zagales salían de las cuadras y pajares. Se echaba el pingo colorín por los hombros la vieja chamiza que espulgaba la manta:

-¿Dónde dices que fué la desgracia?

-¡En el santo hospital! Lo recogieron tendido en medio de un campo. ¡Perros asesinos!

-¡No hay más que tener conformidad, Belnaldina! ¡Al santo hospital me voy para darle la última despedida!

-¡Perros asesinos!

Bostezó un arriero dormilón, metiéndose por el vano amarillo de un pajar:

-Cállate la boca, que bien estamos sin zaragatas.

El Corral de la Pulgona, con aquella advertencia, se tornó más mudo que El Baluarte del Betis.

El Vicario abría las zancas, echándose fuera:

-¡Esa tunería, no está más encontrada con la legalidad que las Autoridades! ¡Con los ejemplos que reciben de arriba, hacen bien en vivir como viven! La Pareja asesina en los caminos, y el pueblo soberano lo sufre y no se rebela contra ese freno arbitrario y criminal, más fuera de ley que los penados de Ceuta. ¡Ojalá, como aseguran, estuviese encendida la mecha para volarlo todo!




XVIII

Subiendo al Parador, por la esquina del café, paseando a la puerta, descubrieron a Don Pedro Gálvez: Le abocó el Niño:

[358] -¿Sabe usted la trola que hace correr el Gobernador?

-La detención de mi yerno en la frontera.

-¿Ha visto usted Maquiavelo? ¡Y por los Tres Clavitos, no queda un guinda!

-También lo sé.

-¿Y Benjamín lo sabe?

-Lo sabrá cuando usted se lo diga: Augusto, en Madrid, le ha ganado la partida al Gobierno. El Presidente de la Rota es hechura de Augusto. ¡Augusto ha hecho muchos favores! El Presidente de la Rota ha podido interesar al Nuncio: El Nuncio, no es extraño que manifieste su disgusto con el escándalo movido alrededor de un convento, por las Autoridades de Córdoba... Ese ha sido el camino. El Gobernador se ha puesto completamente al servicio de Su Ilustrísima. Son las órdenes recibidas. Le ha hecho entrega de un salvoconducto para Benjamín.

-¿Del Gobierno de Madrid?

-De González Bravo. Para el Gobierno, Benjamín continúa profanando la clausura con su escondite. ¡Son unas águilas! El Secretario de Su Ilustrísima ha puesto el salvoconducto en manos de Juanita Albuerne. En el bolsillo lo tengo.

-¿Pero tan poca vergüenza tiene el Gobierno? ¿Así manda destocar?

-¡Del lobo un pelo!

-Me ha dejado usted pensativo. ¿No habrá alguna añagaza en todo eso?

-El Gobierno se ha comprometido con el Nuncio.

-¿Podemos confiarnos?

[359] -¡Absolutamente! Usted se lo hace entender así a Benjamín. Llévele usted el pliego.

Sacóse de la levita un sobre con lacres, y lo puso en las manos del caviloso Don Segis:

-¿Cree usted en un cambio político, don Pedro?

-¡Probablemente! Esta baza la han ganado las espadas.

-¡Diga usted las vainas! Los aceros no se han visto.

Un pelotón de chicuelos trotaba calle arriba con alegre vocingle. Detrás, la Guardia Municipal braceaba abriendo ancha calle a las Autoridades de la Provincia: Fajines y bandas, borlados bastones, con oficial prosopopeya, acudían a la estación para presentar sus respetos a los Serenísimos Duques de Montpensier.




XIX

Una compañía con bandera y música, se alineaba en el andén, al paso del expreso de Sevilla. Marcha de Infantes. Saludo de las Autoridades. Diez minutos de ceremonias. Sus Altezas juegan papeles reales: Van a la Corte para asistir a las bodas de su sobrina la Serenísima Infanta.

[361]