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LIBRO QUINTO
CARTEL DE FERIAS
| ¡Solana ya no es Solana, | |||
| que es segundo Guasintón! | |||
| ¡Tie Recreo y toa la hostia | |||
| de una culta población! |
En la llanura fulgurante, el villaje ancho y decrépito. Fuera de bardas, el gitano aduar. Sobre un cerro de retamares la ruina del castillo. Triscan las cabras, y el pastor remontado en la sombra de la ruina, hace calceta.-En Solana del Maestre, como por todo aquel ruedo, las ferias aparejan siempre prematuros calores, y prosperan las alegrías del jarro. Por aquellos días, nunca faltaba el Trueno Madrileño en Los Carvajales. El Marqués de Torre-Mellada -parasol de alpaca, uniforme con espadín, sombrero apuntado-, entre un juez y un alcalde, los murguistas detrás, las vaquillas de la capea por delante, presidía, año tras año, la Ceremonia de los Verdes.
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Con pólvora y murga, la comitiva penetra en la Iglesia de Santiago. El Marqués de Torre-Mellada, ocupa un sillón puesto en el presbiterio, y dormita discretamente durante el oficio con armónium y solfa. En la sacristía, adonde luego pasó con el clero, los directores de las bandas, y el cabildo de concejales, hubo de pedir que abriesen la puerta para que entrase el aire, y abanicándose con el sombrero apuntado, dejóse caer en el asiento de una silla rebajada, ruedo de dos gatos que le subieron por el espadín, a olerle la cara:
-¡Qué confianza!
El sacristán los espantó metiéndoles encima el apagacirios. El Vicario de los Verdes, aún revestido con la capa de coro, salió a la calle, deshaciendo a puntapiés el retablo de beatas y zanganillos, venido por ensalmo a curiosear en la puerta. Volvió sofocado, y al del apagacirios le ordenó ponerse de centinela:
-Señor Marqués, nuestro alcalde desea comunicarle la solicitud de indulto que todo este vecindario eleva hasta las gradas del Trono.
Cacareó el palaciego:
-¡Me preocupo! ¡Me preocupo mucho por esos pobretes!
El alcalde se adelantó haciendo una gran genuflexión con el catite en la punta de la vara.
-Señor Marqués, si usía excelentísima no pone expediente, nuestro secretario hará lectura del documento.
[195] El Marqués de Torre-Mellada, opuso un apurado cacareo:
-¡Lo conozco! ¡Está muy bien! ¡Muy sentido! ¡Hasta muy literario!
Con una sonrisa declarándose autor, salióse de línea el secretario, un tipo calvo, de chaquet y pantalón de trabillas con las arrugas del arca:
-Está de manifiesto, por todos los antecedentes, de los archivos parroquial, judicial y municipal, la suma honradez y cultura de este municipio.
Barbolló el Vicario:
-Aquí, como en todas partes, pacen la buena y la mala pécora confundidas. Señor Marqués, en su reconocido valimiento pone sus esperanzas, no este núcleo escaso de feligreses, todo el distrito. Señor Marqués, de su favor en las regias antecámaras, no esperamos menos que el indulto de nuestros convecinos. ¡Hay que ganárselos al palo!
-¡Indudablemente! El espectáculo del palo es horrible. La pena de muerte muy necesaria, pero para otros criminales.
-¡Estos infelices son unos hambrientos!
El Marqués de Torre-Mellada era muy fácil para las promesas, y no concedía la menor importancia a sus buenas palabras: Se complacía con aquella propensión zalagotera, considerándola virtud de cortesano:
-Si contra toda razón, no se alcanzara el indulto, se verá cómo sacarlos de la cárcel de Córdoba. ¡Pero se conseguirá el indulto!... Desde ahora apuesto mis dos orejas: ¿Vamos, señores, creen ustedes posible verme sin orejas en la próxima feria?
[196] Con un solo de gallos celebró la ocurrencia, mientras el concurso, ausente a todo espíritu de chanza, con tijeretas de los ojos, le estudiaba las orejas.
Solana del Maestre, famosa por sus mostos y mantenimientos, se halla sobre los confines de la Mancha con Sierra Morena. Antañazo, como rezan allí los viejos, estuvo vinculada en una Encomienda de Alcántara: Hogañazo, las olivas, piaras y rebaños del término se reparten entre dos casas de nobleza antigua, y un beato arrepentido, comprador de bienes eclesiásticos, en los días de Mendizábal. Solana del Maestre, en la llanura fulgurante y reseca, es un ancho villar de moros renegados, y sus fiestas un alarde berebere.-Pólvora y hartazgo, vino y puñaladas.- En aquellas ferias, con los calores, las calles eran bocanas de lumbre, y un agobio el aire con polvo de trillas y moscas tabaneras. Los negros charros, los gitanos escuetos, el haldudo mujerío con vistosos pañuelos portugueses, adquirían en aquel ambiente una luminosidad agresiva. Entre acecinados pastores de zurrón y montera, trotaban piños de cabras, escandiendo el baladro de las esquilas con un hálito agreste: Iban las piaras tardas y gruñidoras en una tolva: Ringlas de mulos movían con desgarbo las cruces anqueras, y no faltaban trifulcas de arrieros al contorno de los dornajos, por las rinconadas de paradores y mesones. Los vastos [197] zaguanes rebosaban de gente aquel año subversivo de 1868. El cartel de ferias, bronco de rojos y gualdas, anunciaba veintitrés vaquillas de capea y cuatro novillos de muerte.
El Niño de Gloria y Curro el Chato, vestidos los ternos de luces -sudados oropeles famélicos- fumaban recogidos a una alcoba guardillera, en el Parador de Don Lope Calderete: Fumaban en silencio, resignados, con estoica cobardía, al escarnio, al hambre y a la muerte. La alcoba llena de sol y de moscas, tenía una buharda en el tejado. Brillaba el espejillo sobre el aguamanil de hierro. El Niño de Gloria, erguido y junto de pies, se pintaba coloretes con un naipe: Menudo, descolorido, triste, con la colilla pegada al labio, tenía un gesto vicioso de cinismo precoz. El Curro, entre nieblas de soñarrera y tabaco, bebía café con largos reposos, y alternaba menguados sorbos en la copa de ojén: Era un bigardote tenebrario, cobarde con los toros y bravucón en las tabernas: Lucía un jabeque y la mella de dos dientes: Masculló apicarado:
-Niño, no te comas la azogue, que te vas a ocasionar una fiebre tembladera. ¿Has visto la jeta de los morlacos? Esos guasones saben el calepino para examinarse.
El Niño de Gloria se volvió, bajando un párpado:
-Pues aguantaremos la soflama y los botellazos de la afición. A menda le gritan y le meten en la trena, pero no se deja empitonar por un choto atoreado.
[198] Curro el Chato trasegó el último sorbo de café:
-En el ruedo se pierde la frialdad de razonamiento, se calienta la sangre y es propensa una cegazón.
-Cuando se busca cartel. ¿Y qué cartel vas buscando en este corral de cafres? ¡Ni siquiera han sido para convidarnos las Autoridades!
El Curro escupió la colilla:
-Pagamos el cambiazo de alcaldes.
-Y la poca educación. Nosotros semos contratados para estoquear cuatro novillos, no para nombrar diputado. ¡Me parece! La opinión política en todas partes es empírica para los toreros. ¡Me parece!
El Niño de Gloria, que hablaba vuelto al espejo, terminó su razonamiento mojando con la lengua el envés del naipe.
Ya llevaban ambos chulos un buen espacio en silencio, cuando apareció en la puerta el posadero:-Aquel Don Lope Calderete, sangrador y albéitar-: El viejales, puesto de levitín y chistera, se movía con resortes de fantoche, sacando la tripa, engallando la cabeza:
-¡Chavales, habéis hecho la suerte! El Marquesito, que ahora llegó con su gresca de amigos madrileños, quiere apurar con vosotros una botella.
Ceceó el Curro:
-Maestro, nos hemos retirado de la bebida.
-Morral, ten pestaña. Al Marquesito os conviene camelarlo.
[199] El Niño de Gloria presumió, mirándose el perfil del talle y sacó la petaca:
-Ese ganado madrileño está muy atoreado.
-No seáis cepos. Al Marquesito hay que brindarle el primer morlaco.
El Curro tosió, apicarado:
-Le brindaremos la corrida, si es interés de usted, maestro.
Don Lope se apayasó con una mueca:
-¡Ya sería mucha soba!
Curro el Chato, abroncando el ceño, sacó una pregunta, como cabillo de madeja:
-¿Ese Marquesito no estaba convaleciendo en los Carvajales?
-Justamente.
-Pues entonces viene a ser hijo de un personaje muy repintado.
Atajó Don Lope:
-¡El Marqués de Torre-Mellada, un caballero muy ecuánime!
-No le niego su mérito.
Recalcó el huésped:
-Un gran señor, sin orgullo, cuando le sobran circunstancias para tenerlo.
El Niño de Gloria silbó, aprobando y encomiando:
-A ese personaje le han sacado unas coplas muy chuscas, donde le dicen alcahuete cotorrón. ¡Y cuando el río suena!
Se infló Don Lope:
-El Señor Marqués de Torre-Mellada, tengo motivos [200] para saberlo, es el primero en los secretos de Palacio.
Curro el Chato, que retenía una mosca en el puño, la soltó:
-Aun cuando sea el segundo, maestro.
-¡El primero!
-Corriente, el primero.
-En la casa parroquial le tenéis refrescando con unas madamas.
Se agitanó el Curro:
-También le brindaremos un torete al sexo femenino, si es el gusto del patrón.
Retrucó Don Lope:
-El gusto mío y el provecho vuestro.
-Del provecho ya se verá. No nos haga usted mal ojo.
Presumió el Niño de Gloria:
-Y le brindaremos al padre bonete y a la sobrina, que es un botón de rosa.
Se oía la gresca de comilona en el zaguán. La murga cruzaba la calle tocando un pasodoble, y el tiroteo de cohetes arreciaba entre un repique de campanas.
El Parador tenía una sala baja con cenefas azules y cantarera de barros rojizos, animada por un arlequín de papeles portugueses: A esta sala le decían Sala de los Clérigos. Estaba aparejada con mesas y banquillos que repartían [201] por corros las comilonas de tonsurados y cortijeros, chalanes y cosarios, sin que faltase en aquella parroquia la pepona del biribís y el tuerto de la chirlata. A la redonda de una mesa, la cuerda de señoritos madrileños alborotaba con castizo jaleo de guitarra y palmas. El Barón de Bonifaz, vestido a la cortijera, botines andaluces, calañés y alamares, punteaba con muy buen estilo las carceleras que sacó de mozo, huésped de la trena, el Señor Juan Caballero.-Un hombre, con la cabeza gris de plata y el perfil de medalla romana, comentó en la mesa donde comía con otros chalanes:
-¡De chipén, el niño!
Ladeóse el calañés aquel mozo aguileño que se sentaba frente por frente al encanecido feriante:
-¡Señor Juan! ¿No se le bailan a usted los dátiles? ¿Quiere usted echarse una canilla al aire, maestro?
-Rosalvino, déjalo para luego.
Insistieron, haciendo coro, los otros compadres, dos chalanes y un labrador con muchas olivas en los términos de Estepa. El Señor Juan batía el yesquero, apuntando una lenta y grave sonrisa de filósofo senequista:
-Caballeros, cada cosa a su tiempo. Ya se han pasado para mí los años del cantar y el majear y el revolucionar por el mundo. No es mi avío quitarle la vez a la gente nueva.
Rosalvino recaló el calañés sobre la oreja, donde lucia un arete:
-Señor Juan, deje usted la jonjana. ¿Quiere verse su merced con cuánta política le solicito la tiorba a ese pollo merengue?
[202] Cobró un empaque de dignidad labradora la figura del viejo:
-Rosalvino, hay que no faltar y tener miramiento. Esos caballeros se divierten sin hacernos ninguna molestia, y nos cumple corresponder. Para andar por el mundo, la cortesía es la mejor moneda.
Confirmó el ricacho de las olivas, con gesto reposado y sentencioso:
-Así es la verdad. Más puede sombrero que dinero.
Y los chalanes, cabeceando, también estuvieron en ello. El Señor Juan, como hubiera encendido la tagarnina, se puso en pie. Los compadres le imitaron, y en cabildo se salían todos afuera, a tiempo que entraban, con los capotes al brazo y en pareja, los dos novilleros. La cuerda de señoritos chulos empezaba a romper vasos y botellas, castizamente.
Los dos chavales toreros, alzáronse las monteras, saludando a los feriantes que salían. Entre unos y otros se trenzaron marchosos apretones de manos. El Señor Juan tenía una sonrisa de César:
-¡Tanto güeno!
El Niño de Gloria, con el capote al brazo, hizo un quiebro postinero:
-Lo bueno es la vista de su merced y la compañía.
Zaino y bronco, alardeó de gramático Curro el Chato:
-Lo bueno y lo óptimo.
[203] Don Lope Calderete engalló la cabeza y saoó la panza, en grotesco pugilato:
-Lo bueno, lo óptimo y lo supérfulo.
Rebatió el Curro:
-Cállese usted, Don Calderete. Lo supérfulo ya es adorno, y no necesita adornarse el Señor Juan Caballero. ¿Hablo bien, maestro?
El Señor Juan entristeció los ojos, con la mirada de los viejos, que miran remotas sus glorias y vecina la muerte:
-No sé qué cosa te diga... Pero los buenos caballos se lucen en pelo, y con muchas borlas los borricos amatados. En fin, sea lo que fuere, vosotros, niños, a cumplir en la plaza y a dejar bien puesto el pabellón. Para la mejor faena tengo yo una pelucona.
Curro el Chato, que se había puesto a la vera del marchoso viejo, le tocó respetuoso con la monterilla en el hombro:
-Señor Juan, sernos unos morrales para lo que su merced tiene visto por esas plazas de Dios. Y el ganado no es como para lucimiento.
Presumió, entornando los ojos, el Niño de Gloria:
-¡Se hará lo que se pueda, maestro! Tanta largueza bien vale una cornada.
Rosalvino ceceó con jaque dictamen:
-Al torero lo hace el ganado y el tendido.
El labrador de las olivas le miró con sorna:
-De tu propia opinión era mi compadre el Buñolero. Esa misma sentencia le oí la última vez en Estepa.
De repente, gran estrépito de barros y cristales. Don Lope Calderete rompe y atropella por el corro, aplastándose [204] la chistera. La cuerda de señoritos madrileños había volcado la mesa.
Don Lope, con la chistera hecha un fuelle, abría los brazos ante la cachiza, tan expresivo, que el levitín se le subía al cogote con un aleteo de faldetas: Era la caracterización del fantoche desolado. Un chaval cañí, que venía con la cuerda de señoritos, lloriqueaba, negro y aceitoso, sentado a la punta bailona de un taburete. Se abrazaba con la rota guitarra: En la boca tenía una mueca cobarde, y un resabio traidor en el rodar endrino de los ojos, con azulinos blancos. Cacareó Don Lope sacando el gallo de la voz entre el aspa de los brazos:
-Este desavío supongo que me será abonado. No querrán ustedes, que representan lo mejor de la juventud y de la nobleza, mejor no cabe, arruinar a un pobre industrial, siempre deferente con el público y el progreso. Recomiendo a ustedes que sean benévolos con las faltas. Si tienen alguna queja, les agradeceré que me la manifiesten para ponerle correctivo. Este desavío ya se incluirá en la cuenta. Ustedes, caballeros, no pierdan la formalidad, que están ocupadas todas las camas.
Don Lope Calderete remató la faena del trasteo, saludando a lo payaso con el acordeón de la chistera, entre la algazara y la burla de los perdis madrileños. Gonzalón Torre-Mellada, enternecido y baboso, con rosetas de fiebre, le abrazó y besó la calva:
-¡Calderete, tú eres mi padre!
[205] Y, con filial respeto, le dio en el cráneo una palmada. Creció la gresca. El Barón de Bonifaz cogió al gitano por la oreja y, cautivo, lo arrodilló ante Don Lope.
-Ínclito señor Calderete, este mal ángel tiene la culpa. Se negó a subir sobre la mesa y bailarse la danza del vientre, como era su obligación.
Sacó las uñas Don Lope:
-¡Charrán, voy a comerte los higadillos. ¿ Por qué esa desobediencia, mala sangre?
El gitano, con la greña sobre la frente, metía la cabeza en el pecho:
-¡Ni que me azoten! ¡Pero adonde se halle ese bailón renegado!... ¡Así le vea yo con las tripas arrastrás y picoteándolas todos los grajos de Estepa! ¡Bailar! ¡Cantar! ¡Donde se halle ese bailón renegado, ni siquiera respirar el aire!
El gitano, erguido sobre las dos rodillas, levantaba los brazos retadores, como los fusilados del Dos de Mayo. Don Lope Calderete tuvo intenciones de aplastarle: Se sostenía sobre un pie, con el otro levantado, bélico arcángel de un inverosímil cielo de fantoches:
-¡Los higadillos he de comerte!
Fulminó el gitano:
-Ese bailón renegado mató a mi güelo, mató a mi güela. ¡Así lo pasen con garfios! ¡Mató a los tres hermanos mayores de mi padre! ¡Y a los chavales de mi tío Antonio el Tuerto! ¡Bailón renegado! A todos quemó vivos dentro de una cueva que llenó de jara.
-Y no hizo con todo ello sino una muy buena obra, el Señor Juan Caballero.
[206] El Curro formuló este epitafio con una mano en la cadera y un gran desdén en el labio de púrpura morisca. Se amainó el gitano:
-Señor Curro, cállese usted la sinrazón. Que si mi padre no acabó achicharrado en aquella hora tan negra, lo dimanó la suerte de hallarse en estas ferias de Solana. Hoy se cumplen treinta y dos años. ¡Maldilto el tiempo, que corre como un galgo y se lleva la vida y el coraje, sin dar ocasión para cumplir con los muertos!
El Chirolé salióse a gatas del corro. Negro y arrugado, pegóse a un rincón y se limpió los ojos con el puño. Los señoritos y los toreros, pisando en la cachiza, se estrechaban las manos.
Doña Quica, la cirujana, una bruja con moño de castañuela, atisbona tras la cruz de su ventano, ceceó a los toreros, cuando salían del parador en el corro de señoritos. Rezongó el Niño de Gloria:
-Ya tenemos aquí a la bruja Marizápalos.
Secreteó Don Lope:
-No hay otras manos para bizmas y emplastos. Y, si se pone, receta en latín. El protomedicato la tiene ojeriza.
Llegaba la bruja lagartijera y corretona, el rebozo de merinillo revolante sobre el moñete: Una castaña pilonga con alas de mosca:
-¡Currillo!... ¡Tú, Gloria Patri!
El Curro hizo los cuernos con la zurda:
-¡Lagarto! ¡Lagarto!
[207] -No me antepongas así, mal cristiano. Ante todo, que no vos ocurra desavío ninguno. ¡Eso por delante! La horilla que os pido para mí la quiero, y por que nada malo vos acontezca tengo puesta una candelilla a Santiago el Verde. Pero cuanti menos se piensa, los santos, santicos de las alturas, no miran abajo, y el diablo sopla en un pestañeo. Primero son los santos, pero cuando entra el cuerno, es muy pertinente una mano experimentada. Ya sabéis vosotros que la melecina no vale para los huesos quebrados, que el saber de los libros no es competente.
El Curro escupió por la mella:
-¡Seña madre! ¿Tiene usted el bálsamo de Fierabrás?
Picardeó la vieja:
-Mejor cosa tengo, y aún cuando el torete se vaya con tu cabeza a los corrales, yo te la encuelo, hijo del alma. Tú, Gloria Patri, si el público te pone en cuartos, no te desconsueles, que yo te restauro.
-Lo que usted restaura, yo me lo sé.
-Calla, desvergonzado. No seáis roñas, rascaros una blanca. Y ustedes, señores condeses y duqueses. Señor Marquesito, ya veo que usted me saca de penas.
Gonzalón le dio un duro. La bruja zalamera, llena de requiebros la boca sin dientes, quiso besarle le mano:
-¡Viva la flor de la nobleza española!
-¡Hagan sus mercedes el bien de caridad a un pobre sin ventura que no puede ganarlo!
[208] Era la prosa de un tullido que, aculado en una tabla, sesgaba la rinconada entre nubes de polvo. Por el otro cabo venía trotando la pareja de ciego y lazarillo. Salía de los porches, aireando el talle, la verde gitana que ciñe el pandero al zagalejo y alarga pedigüeña la mano. Voceaba de lejos el Manco de los Romances. Al rezago acudían dos viejas haldudas y una moza enseñando el cirro que le come los pechos, y el evangelista que vende rosarios, y el viejo que pide para San Blas. Dejó su siesta en los granciones de una era, aquel soldado inválido que lleva al cuello el canuto de la licencia y teclea el acordeón con una sola mano. El Duque de Támara, que había soñado ser teniente de húsares, interrogó al soldado:
-¿Dónde has perdido el brazo?
-El brazo, propiamente, me lo cortaron en el hospital, pero la bala la recibí en los campos de Africa.
-¿En qué acción?
-En la Batalla de los Castillejos. ¡Creo que es bien nombrada!
-¿Tú has estado allí?
-Y en otras muchas partes. El General Don Juan Prim, creo que es bien nombrado, cuando visitó el hospital me dio un cigarro puro, me estrechó la mano y me prometió una cruz en nombre de la Reina. Aún estoy esperando.
Musitó el pardo santero:
-¿Quieres más cruz que la que llevas encima? Honores en la miseria para nada valen.
Y apostilló el ciego tunante:
-¿Sabes la historia del amén que dijo una vieja en la misa? Pues al sacristán, que era un gran borracho, le sobrevino [209] un parálisis de la lengua, y tomando su vez, saltó mi vieja con el amén, metiendo el zancajo. Y sobre el punto saltó el padre cura con esta sentencia: Amén de putil y de alcahueta, vale menos que una carajeta. Eso te digo.
Pepe Támara puso una limosna en la mano del soldado, y se la estrechó:
-¿Cómo te llamas?
-Francisco Segoviano.
-¿En qué regimiento servías?
-Segundo batallón de Ciudad Rodrigo.
-¿Recuerdas quién era tu capitán?
-El Señor Conde de Valderas.
-Justamente.
-¿Le conoce usía?
Cortó el aristócrata con un gesto imperioso:
-Preséntate mañana en los Carvajales. ¿Sabes dónde cae el coto?
-Y tanto que lo sé. El que tiene por su desgracia que andar caminos, sale veredero.
-Hasta mañana.
-¿Y la gracia de usía?
-Pregunta por el criado del Duque de Támara.
-¿Es usía el Señor Duque?
-Acaso. Tú pregunta por el criado.
Pordioseaba en torno la pelambre de pícaros con lacras y velidas. Llegaban rezando sus prosas el accidentado, el que va sobre ruedas en un camastrillo, el que pide para rehacer su casa quemada. Con este coro, entre manos pedigüeñas, señoritos y toreros llegaron al Compás de los Verdes.
[210]
El Zurdo Montoya -Bernal Montoya- gitano alcalaíno y notorio cuatrero, desde la puerta de unas cuadras, aseñó a la madre curandera que aún venía enlabiando a condeses y duqueses. Llegó la vieja corretona, y a poco, del adentro, un galán cortijero. El Montoya alzó los hombros y escupió, una mano en la puya y otra en la faja:
-Vamos a ver si esta bendita madre nos remedia.
Se avizoró la vieja:
-Entremos, hijos.
-No es secreto, y puede hablarse en la puerta.
-Estoy muy vigilada. Todo el protomedicato revoluciona en contra de mí. Veamos en qué puedo servir a este niño cortijero, que si no me engaño es andaluz de la sierra, y si no será sevillano.
-Sevillano de Estepa.
-¡Olé! La tierra de los buenos mozos. De allí salió Juanillo Caballero. ¡Un momento hace que le vi! ¡Cuerpo de San Blas! ¡El garbo que conserva ese hombre! Pues cumple mis años. También debe haber reunido buen caudal con el trato de caballerías que ahora trae. ¡Porque es entendido!
El galán cortijero, alto, verdino, silencioso, triste, fumaba reclinado en la puerta. El Zurdo Montoya, al otro canto, estiraba el flamenco compás y metía el ojo sobre el ganado que pasaba. Murmuró el cortijero, con galbana:
-Montoya, tú que eres el doctor, explica el caso.
El cañí, arrimado a la garrocha, se ladeó el catite. La [211] figura de perfil, el brazo y la mano, tenían una reminiscencia de figura faraónica:
-Este amigo, aquí presente, trae a la feria un caballo que ha salido un barrabás. Si se le quiere montar muerde y cocea. No hay modo de poderlo tener sujeto, y un caballo ansí, que no se deja desanimar, no lo puede vender ni el Santo Padre. Yo sé cómo ello se remedia, y hablé del caso con este amigo, y tras eso andamos, porque nos es muy precisa una melecina.
Saltó la vieja:
-Puedo no tenerla. ¿Qué melecina es la que dices?
-Ungüento negro de adormideras. Suministrándole esa melecina en una sopa de vino, el caballo irá a la feria como una oveja.
-El ungüento negro de adormideras es una melecina muy buscada que viene de Oriente.-La tierra de tus antipasados, Benaldillo-. Es melecina muy pagada por las mujeres cuando se interesan porque no se despierten sus maridos. El adarme, no más, vale una onza, y por veces, si hay equinocios y están borrascosos los mares, aún supera, porque entonces los navíos naufragan y otros recelan aventurarse en esas rutas. Pero si el caballo es rebelde, con echarle una copa de aguardiente en la oreja, lo amansas.
-Está la gente caída en esa industria, y el que compra un caballo, si no es un lilailo, lo primero, le huele la oreja. El aguardiente es muy denunciador. Si tienes el ungüento de adormideras, sácalo del escondrijo.
-Vale un doblón.
-Ya te contentarás con una peseta columnaria.
-¡Ay, qué enemigo! Voy a darte una maceración de [212] torvisco que cumple igualmente. La maceración de torvisco tú bien la conoces, Benaldillo.
-Ese caballo está pidiendo el ungüento de adormideras.
-Creo no pase de un dedalillo lo que me resta. Vendrás a mi covacha y lo veremos.
Jonjaneó el cañí:
-Señorito, le veo a usted con el ojo en las entradas del Compás. Usted tiene priesa por se najar a la capea, váyase, usted, muy conforme, que menda arreglará lo que se pueda con esta comadreja.
El verdino galán aprobó sonriendo, aburrido y nostálgico:
-Arréglalo, y aluego nos veremos.
Con estas palabras se fue, y cambiaron un guiño a su espalda el gitano y la vieja. Zongueó el cañí:
-Bata, ajorremos conversación.
-Tú dirás, hijo.
-No se hable más del ungüento de adormideras. La melecina que a esta horilla preciso se la has procurado en pasadas ferias a mi compadre, Antonio Guzmán.
-¿Antonio Guzmán?
-Justamente.
-Del Antonio Guzmán creo recordar. De la melecina, ni idea. ¿Sabes, negro, si vale mucha guita?
-La melecina poco vale, pero el compromiso, si se acontece, o el reparo, o el secreto, en sini fin, lo que pueda terciarse, se paga. Por lo más, la grasa de lobo y los polvos de guindilla no valen en por sí un jeme!
La bruja cruzó los garfios de las manos sobre el merinillo del manto, espetada y doctora:
[213] -Se edicionan polvos de Pica-Pica. Conozco la receta. Yo nunca la he suministrado. Ese que te lo ha dicho es un ruin levantador de calumnias. Conozco la receta, porque viene en los formularios. ¡Pero tú, escarriadote, considera en qué pasos tan malos andas! ¡Hasta muertes ocasionó un espanto en las ferias de Mérida!
-¿Bata, hacemos o no hacemos changa?
-¿Y si ventean alguna cosa los Civiles? Vosotros prontamente os trasponéis a otra parte, pero yo tengo aquí mi covacha.
-A todos nos conviene cautela.
-¡Eres propio un diablo tentador!
La vieja, azorrándose, entró en la cuadra. Siguióla el gitano: Cuchicheando en un rincón obscuro se convinieron, y la vieja recibió como señal del trato una peseta columnaria.
Al resguardo del carro toldero sesteaba el rancho de faraones. Hervía el aceite en las negras sartenes. Apestaba el humazo. El cadillo de chavales pelones jugaba en el polvo. Acezaba el can pitañoso, cautivo de una cadena a la galga del carro. En la vera de unas bardas, el caballo y el pollino, sueltos los jaeces sobre los cuadriles, cruzaban las soñolientas cabezas con un vaivén de pesadumbre, al mismo tiempo que se espantan las moscas con el rabo. El Tío Ronquete conversa entre dos mozuelas. Atareados en el mismo quehacer, aparejan cadenas, sartales y rosarios con un veloz triqui-triqui de alicates. El Zurdo Montoya, [214] terciado sobre la ceja el ruedo del catite, venía rozando el hombro con la barda. Dio un varazo y el rocín y el asno se apartaron con trote camastrón. Saltó avispada una de las mozuelas:
-¡Benaldio, te han dicho por un senigual alguna mala gachapla esos dos?
-¡Undevel, que sí me la han dicho!
-Me extraña, porque no hay dos más callados en todo el charnín.
¡Triqui-triqui! ¡Triqui-triqui! Mordían el alambrillo los alicates. El viejo advirtió, disimulado:
-Ostelinda, deja el rebridaque, que el planoró se trae su bulipen.
Saltó la otra mozuela:
-¡Aromali! Ese tiene más letra que el jabicote de la Misa.
El caballejo y el pollino, con los jaeces bailones, tornaban a la angosta sombra del tapiado. Remataba un sartal la otra mozuela, y, preso en dos dedos, lo bailó al sol:
-¡Benaldillo, míralo qué majo! ¿No tienes tú una chaví para quien me lo mercar, resalao? ¿Tú, tan presumido de ligero, cómo no te alcuentras en la capea?
-Estoy bizmado.
Cercioró el viejo:
-A las ferias se viene a ganar un chulí, no a dejarlo.
-Esa es la chachipé.
Con nuevo varazo espantó el cuatrero la pareja de rocín y jumento. Recalcó el vejete con sorna:
-Anda a modo, que si se espantan, a la sangre que tienen, arman una revolución en el charní.
[215] -Tío Ronquete, cállese usted esa palabra condenada, que es peor que mentar la filimicha. Un espanto apareja muchas ruinas.
-Pues no sería raro, que hay siempre muchos chories con el ojo en eso.
-¿Del Errate?
-Caloré y busné.
-Jabilla usté más de la cuenta, Tío Ronquete.
-Yo nada jabillo, que siempre camino por el drunji.
El catite sobre la oreja, hombro con la tapia, silbando y jugando la vara, iniciaba su camino el cañí:
-Tío Ronquete, tié usted toa la recamara de un juntuno.
-Chavoró, el mal que te deseo es verte con mucho sonacai... Curela tú no caer en las uñas del balichó.
-Tío Ronquete, sepa usted que a ninguno meten en el estaribel por ganarse honradamente el manró, manejando las cachas.
Murmuró el viejo socarrón:
-¡Dosta!
-¡Dosta! ¿Quiere usted beberse conmigo una copa de repañí?
-Déjame telerar estos rosarios y vete por alante, que luego me ajunto contigo en el cachimaní.
-¡No retardarse, planoró!
Alzóse el viejo, y atando el manojo de rosarios, murmuró a las mozuelas:
-Sonsoniche, y a ver cómo en el revoluco socalichás a pastesas.
Llegaba la algazara de la capea. Por ventanas, cadalsillos [216] y carromatos se veían jetas encendidas, pañuelos luminosos, picudos sombreros. Los tinglados de talabarte hacían vistosa perspectiva al final de la calle, sobre la pared de un convento. A la puerta de un tabernucho, dos borrachos enzarzados, mentaban el Santoral: Prim, Cristo, Cristina. ¡El Copón!
El Compás de los Verdes, donde se celebraban de antiguo lidias y capeas, era una rinconada con saledizos balcones y chatos soportales, que se cerraba con carros y talanqueras. Por ventanos, terradillos y aramboles, promovían vistosa algazara cromática, frazadas, jalmas y sobrecamas. En la casa del cura, al flanco de la iglesia, los damascos parroquiales decoraban el carcomido balaustre de la solana, y un cadalso, con percalinas nacionales, cerraba el Arquillo de los Caballeros. El alcalde, viejo zamarro, con alforjas y bota de vino, manta, vara y catite, presidía la fiesta. A una y otra mano, terciados los capotes de luces, los dos novilleros asistían con seriedad postinera. Era el coso un clamoreo trenzado de pitos y palmas. El gentío se enracimaba por canciles, cadalsos y ventanas. Un chusco de mala sangre arrojaba botellas al ruedo. Jaques y rufos, con baladro vinoso, promovían corros de pendencias, intuidos con la ruda emoción de los romances, que narran majezas de bandoleros en Sierra Morena. Una gitana, sacando el luminoso busto, saludaba con donosas bernardinas a los condeses y marqueses que llenaban la solana parroquial. Alargaba la mano cetrina y pedigüeña por entre los flecos de [217] su pañoleta de Oriente: Tenía el sol en las sartas y corales del pecho. En el ruedo bramaba suelta una vaquilla zaina, y entre los gritos de una mujer enrojecida, bajó a torearla el castizo borracho que se pisa la faja. En algarero ramo aplaudían desde la solana parroquial unas madamas con peinetas de tejón, claveles y madroñera. El Marqués de Torre-Mellada, muy refitolero, recomendábales juicio. Acudían aduladores celebrando los raídos donaires, el tonsurado, la sobrina y la hermana provecta. Cacareaba el Marqués:
-¡No las autoricen ustedes! ¡Acabarán por bajar al ruedo! ¡Son unas locas!
El clérigo, la hermana y la sobrina, extremaban el agasajo. Andaba el bonete con la pretensión de alcanzar un beneficio, y las dos mujeres le ayudaban a conquerir la voluntad del cotorrón personaje:
-Señor Marqués, estas rosquillas son obra de mi hermana. No las encarezco, pero debe probarlas. Es una receta de las Madres Calatravas.
-No, hermano, de las Benitas. A cada uno su palma.
Adolfito Bonifaz hacía guiños a la sobrina, moza de prietas carnes, que bajaba los ojos con malicia mojigata. Arrimándose murmuró con la sorna gachona de toreros y majos:
-¿Y usted qué amasa, niña?
La mozuela hizo un remilgo:
-Ayudo a mi madre. ¡Ay, qué gracia!
-Me gustaría verla a usted amasar.
-¡Ay, qué gracia! Pues tiene mucho que ver.
-¿No se arremanga usted los brazos?
[218] Encendióse la mojigata, aplastándose el vuelo de la basquiña, desazonada por la vecindad del perdis, y esquiva quedóse mirando al ruedo. Las elegantes tarascas -peinetas, claveles, lazos, fulares-, en vistoso y algarero ramo, se agolpaban al arambol de la solana. En la andanada arreciaba el tumulto. Los Guzmanes, gitanos cordobeses, enzarzados con unos chalanes, enarbolaban las picas lanzándose insultos y desafíos. La Guardia Civil, fiera de sol en charoles y fusiles, acudía poniendo paz a culatazos. Una madama aplaudió regocijada:
-¡Aquel sargento se parece al difunto Narváez!
El Marqués la amenazó con los guantes. Replicó la tarasca:
-¡Pues claro que se le parece! En el físico y en los procedimientos.
Terció el Vicario:
-Los únicos con esa gente cerril. ¡Créanme!
Se dolió el palaciego:
-Desgraciadamente, aún nos falta mucho camino para tener derecho a ser libres. ¡Nos falta cultura!
Suspiró la hermana del clérigo con rancio vinagre:
-Pues esta relajación nos viene de extranjis. Antes, en mi tiempo, no se bailaba como ahora el agarrao, y había más decencia en las costumbres.
[219]
Una añeja chirimía, con flacas falsetas y gallos bélicos, anunció el primer novillo de muerte. Los matadores, envueltos en las capas de luces, con jaleo de brazo y cadera, recorrían el coso filo de las tablas, tras de haber saludado en los medios. El torete, careto y retinto, salió de un corcobo e inclinó el testuz mirando por la punta de las astas. Curro el Chato le alegró con el capote corriéndole de rabo a cabeza, con miedo y mala gracia. No paró hasta el burladero:
-¡Morral! ¡Sinvergüenza! ¡Jindama!
Antonio Guzmán, gitano cordobés, le tiró la navaja:
-¡Ladrón! ¡Sevillano habías de ser!
Rosalvino el de Estepa saltó al ruedo, amanotó la cachicuerna y escupió guardándola en la cintura:
-Si algún cabra se siente con derecho a esta herramienta, que se la pida a un sevillano de Estepa.
Tras esta majeza, volvióse al tendido y se juntó con la tropa de chalanes. El Señor Juan Caballero, que estaba en ella, le clavó los ojos: Tenían una tristeza desolada y cuerda, la melancolía de los viejos sin facultades, cuando siguen amando la fuerza y sus juegos valientes. La flaca chirimía daba sus gallos. El Curro, abierto de zancas, en una mano el estoque y el calañés en la otra, brindaba la muerte del novillo al Señor Juan Caballero:
-¡Dios te dé buena ventura!
Con resabio garboso le tiró una onza de oro:
[220] La gitanilla del busto luminoso y moreno gritó aspando las prietas manos, llenas de anillos:
-¡Chato, no quieras parné de bailón, que te traerá la negra!
-¡Así te nazcan alacranes en la lengua!
El Curro empezó el trasteo dejando la muleta en la cuerna del novillo. El populacho acompasaba la vaya con un ritmo ternario de tambor marroquí:
-¡Ma-le-ta! ¡Ma-le-ta!
Una pellejuda desinflada rebotó en las costillas del chulo. La tropa de gitanos cordobeses, varas en alto, rompía con apasionados denuestos la cantilena del tendido:
-¡Falso!
-¡Cabra!
-¡Iscariote!
El Curro, al resguardo de una columna, aguantaba la chacota, jurando por bajo, torcido el ojo al torete que con las pezuñas desgarraba la muleta colgante de un cuerno. Mugía la res frente al tendido en gresca. El Curro temerón y rosmero, con nueva muleta y mal garbo, reanudó la faena. El Niño de Gloria, tras el achaque de darle ayudas, la pintaba revolando el capote:
-¡Curro, déjalo ciego!
-Niño, me ha hecho mal ojo la chavi.
-¡Déjalo ciego!
El Curro, tardo y desabrido se fué al zaino, que en los canciles del toril mugía y corneaba: Lo trasteó sin arte, y al revuelo del trapo le pinchó los ojos. Arreciaron los gritos, y en el arrecio, con una estocada fullera a paso de banderillas, remató el chulo la faena. Pitos, cencerros, insultos, [221] brazos y varas en alto. La flaca chirimía del alguacil hacía su escala de gallos bélicos. El Compás de los Verdes tenía el sol en los guardillones, y en el ruedo la sombra morada de la tarde. El populacho baladrón enronquecía. Mozos y chavales, en racimo, se descolgaban de carromatos y rejas: Se doblaban y vencían talanqueras y canciles. Las mujeres sujetaban a los jaques de la villa: Amoratadas y despóticas, interponíanse dando alaridos. La Pareja de Civiles abría las zancas corriendo por la cima del aborrascado tendido: Daba la ilusión de pisar sobre las cabezas. Gitanos y chalanes se revolvían con furia de voces, picas, tijerones y navajas.
En un cerco, con la garrocha, se defendía el Señor Juan Caballero.-Aquel encanecido feriante de honrada palabra y honrado en su tierra, que había sido en los años mozos segundo de Joselito María, Rey de Sierra Morena.- Retrocediendo vino a quedar bajo el arambol donde las damas perejilas, en revuelo de rizos, espantaban los ojos, crispando las bocas pintadas. El clérigo, con un bramido, salióse del balcón. Gritóle la hermana:
-¿Adónde vas? ¡Mira por el respeto de tu corona!
-¡No miro más que soy de Estepa!
La sobrina sacó el busto ansiada y ahogada:
-¡Ánimo, Señor Juan! ¡Ya acude mi tío!
Adolfito Bonifaz le tocó la mano:
-¿Está usted por el viejo?
[222] -¡Por él estoy!
-¡Pues allá vamos!
-¡Pues ande usted!
-¡A su salud, niña!
Se doblaba sobre el arambol, con claro intento de saltar al coso, y le asió del brazo la mozuela:
-No se rompa una pierna. Baje por la escalera.
-¿Adónde cae?
-¡Venga!
Salieron afuera. En la penumbra de la sala, el perdis tornó a la mozuela por la cintura, besándola en la boca:
-¡Cedo a la tentación!
-¡Qué terrible!
Severa y rebelde, apagaba la voz la muchacha. Reía el perdis:
-¡Así se me doblan los ánimos!
-¡Ande! ¡Corra!
-¡Otro beso!
-¡No se retarde!
-¡Otro beso!
-¡Tómele y váyase!
Dudó Adolfito:
-¡Guárdemelo usted para luego!
-¡Luego, sí! ¡Corra! Váyase.
Salió el señorito, y la sobrina del cura, santiguándose atravesó por la penumbra y entró en el balcón con apresurado rumor de enaguas: Sobresaltándose miró al coso: En sus pupilas azoradas había más fuego que espanto. Vio en un relámpago que el señorito madrileño tiraba tajos con una cachicuerna, y le vio caer con el rostro cubierto de [223] sangre: Ahogó un grito. Las madamas perejilas, asustadas, se acogían bajo el cacareo llorón del repintado Marqués de Torre-Mellada.-Salían en tropel Gonzalón, Pepe Támara, Alfonsito Oropesa, Pepín Río-Hermoso. Don Segis, el sacristán y un monago.- El Marqués de Bradomín esbozó una sonrisa de premeditada impertinencia:
-Yo me quedo para enterrar los muertos.
El Marqués de Torre-Mellada abría los brazos, cacareante:
-¡La Guardia Civil! ¿Qué hace la Guardia Civil?
Saltó, entre asustada y burlona, Teresita Ozores:
-¿Qué quieres que haga? ¿Que dispare y te alcance una china?
-Tienes razón. Aquí estamos mal. Vámonos, niñas, a la sala.
Gritaba en el tendido una arpía gitana:
-¡Ahora las pagas todas, Juanillo Caballero!
-¡Dejámelo! ¡Dejámelo solo!
El viejo caballista paró un tajo. Tenía delante a un gitano negro y escueto que esgrimía una terrible faca:
-¡Con la vida no pagas, bailón renegado! ¡Degollador!
El Señor Juan se cubrió de asombro y espanto. Aquel gitano baladrón, al cual acababa de saltarle un ojo con la garrocha, se convertía de repente en Antonio Guzmán, el Tuerto.
[224]
Guzmanes de Córdoba, Maldonados de Extremadura, Montoyas de la Mancha, toda la grey faraona de esquiladores, cuatreros, jaques, ensalmistas y truhanes, arremetía contra el Señor Juan Caballero. Los de Estepa, en un haz, luchaban cercados en el revuelto golpe de gitanos. Las mujeres y los chavales, para cegarlos, les tiraban tierra a los ojos. El Señor Juan Caballero aún se defendía con la garrocha, pero en la mano izquierda, a prevención, empuñaba una pistola. El Vicario de los Verdes, confundido entre la gitana pelambre, repartía autoritarias bofetadas:
-¡Faraones! ¡Mala ralea!
Los gitanos se agachaban bajo la dura mano sacerdotal y con las caras rojas se revolvían contra el antiguo bandolero, retirado a los tratos de honrada chalanería en la sevillana villa de Estepa. Bramaba el clérigo:
-Anda, Juanillo, que esta canalla es flato de viejas.
Las mujeres, con las uñas de fuera y la greña en araños, cercaban al bonete: Brujas de cordobán y endrinas mozuelas le acosaban con rabioso plañir:
-¡Padre cura, no hable su merced tan de a ochavo!
-¡Padre cura, quítese su merced la corona!
-Si el flato de viejas no mirase las órdenes de su reverencia...
-¡Cuerpo de tal! Tenga su merced quietica la mano que llevo huesos en la cintura!
Daban sangre algunos rostros. Picas y varas, con seco [225] restallo, saltaban rotas. Relucían puñales y navajas. La cuerda de señoritos, con un impulso, se echaba sobre el gentío gitano. Una bruja clamaba mesándose:
-¡Pague ese ladrón renegado la deuda que arrastra!
La Guardia Civil repartía culatazos: La cabeza de un chavalillo manaba sangre. Una mujer obesa se desmayaba en un balcón. La Guardia Civil hundía el cachete de las culatas en las jetas endrinas de Montoyas, Maldonados y Guzmanes.
El Barón de Bonifaz, cubierto el rostro con un pañuelo, subía la escalera por su pie, entre Gonzalón y Pepe Támara. Las madamas, con lacrimoso veleide, se agolpaban al balaustral. En la alcoba del cura, la sobrina, seria y reconcentrada, mudaba los lienzos. La Doña Virginia, ante el ropero, rasgaba un vendaje. El Marqués, lloricón, se despintaba sobre el hombro de Teresita Ozores:
-¡Creí que lo habían matado, Teresita!
-¡Yerba mala!...
-¡Jesús!
-Toma mi pañuelo y suénate.
La sobrina asomó en la puerta de la alcoba:
-Pasen aquí al herido. Hagan el favor.
Seca y reprimida, le vio llegar, y se apartó. Pepe Támara y Gonzalón, a uno y otro lado, le amparaban. El Marqués, de puntillas, se vino detrás.
-¿Qué ha sido?
[226] Repuso el perdis:
-Un chirlo. ¡Nada!
-¡Creí que te habían matado! Eso es para que tengas juicio. A todos nos has dado un susto que no lo vales. Las chicas están muertas, y a mí tendrán que sangrarme. En Madrid, al saberlo, se harán comentarios, y andaremos en lenguas. Yo, sobre todo, que por mi posición tengo tantos envidiosos.
El Barón de Bonifaz recostóse dolorido en la cama: Recogió el pañuelo, que llevaba como un sudario sobre el rostro, y miró al flácido palaciego:
-¡Jeromo, vete adonde se fué el Padre Padilla!
La sobrina del cura, iluminándose en tintes bermejos, sonrió al herido, que se arrancó el pañuelo y se incorporó a mirarla, recalcándole los ojos, intensamente pálido, con el pelo pegado a las sienes. Y quedaba en la almohada una huella de sangre, del breve instante que tuvo reclinada la cabeza. Adolfito apagó la voz:
-¿Niña, quiere usted darme un sorbo de agua?
-¿La tomará usted con vinagre?
-Como usted quiera dármela.
Salió la sobrina, y el perdis rápidamente murmuró:
-Me estáis jorobando. Saliros fuera.
-¡Qué tío!
-¡Con mil diablos poneros fuera! Estoy camelando a la niña.
-¡Qué bárbaro!
-¡Está al caer!
-No eres tú nadie.
-¡Poneros fuera!
[227] -Estás delirando.
Entraba la sobrina, y el gesto del perdis fué tan imperioso, que los otros, por no hacerle mal tercio, se pusieron fuera.
La niña paleta miró a uno y otro lado viéndose sola. Severa y avizorada, acercóse al señorito madrileño, que dejaba caer la cabeza en la almohada y cerraba los ojos haciéndose el muerto. Murmuró con ceño la niña paleta:
-Beba, que le hará bien.
Adolfito mojó los labios y le pasó un brazo por la cintura:
-Después del vinagre, la miel.
-Diga la deuda.
-La miel.
-La deuda. Reclama usted como un judío Iscariote.
-¡Si estás deseando pagarme!
-¡Ave María!
-Tú eres una niña de mucha conciencia, y tendrás escrúpulo de no satisfacer tus deudas.
-Ahora descanse.
-Mira que devenga réditos.
La sobrina, abismada en una afanosa tortura y andando de espaldas, se alejó de la cama. Desde la puerta, trémula, sonajero el cristal que llevaba en las manos, pronunció en voz baja con sombría resolución:
-No soy ninguna fullera. Pagaré lo que adeudo.
-¿Con réditos?
[228] -Con lo que sea. Pero en la presencia de mi tío y de toda la gente que aquí está, ya que usted me pone en esa vergüenza.
El perdis bromeó:
-Págame y avisa al notario.
-¿Es que no me cree?
-No te creo.
-Usted ha de verlo.
-Mira que es un secreto de los dos.
-Pues romperé el secreto. Oiga la oración: Señor tío, señores presentes, un hombre, por dar ayuda a otro en peligro de morir, me pidió un beso. Se lo prometí. El hombre reclama su deuda como un judío: Sean todos testigos de cómo le pago. Esta es la oración. ¿Le agrada?
Adolfito, dramatizando, tiróse la venda que le ceñía la magullada frente, y lo hizo con tal arte que la sangre brotó, empañándole la cara con un reguero:
-¿Me cumples lo prometido?
-Póngase la venda.
-No quiero.
-Yo lo mando.
Llegóse ceñuda, recogió la venda sobre el alfombrín y, esquivando el cuerpo, la puso en la frente del señorito farsero. Después, humedecido en el vaso su pañolico, le lavó la sangre de la cara.
-¡Sácame del Purgatorio!
-¿Publicándolo?
-Las buenas obras deben ser secretas.
-Uno, al menos, tendrá que saberlo.
-Nadie.
[229] -¡El que tiene a la cabecera!
Adolfito, instintivamente, volvió los ojos: El Santo Cristo, con el bonete del vicario en el clavo de los pies, abría los brazos. El madero de la cruz resaltaba en el muro de áridas cales. La sobrina, al borde de las almohadas, hacía el intento de cubrir con su pañolico la faz del Crucificado. El Pollo Real la tomó por la cintura. La niña paleta se desprendió, azotándole las manos, y el mal seguro antifaz caía, resbalándose por la cruz. La sobrina del cura, afirmada en los cabeceros, tornó a cubrir con el pañolico la cabeza del Justo. El perdis, incorporado en las almohadas, abría los brazos, aupando a la devota mozuela. Llegaba el regocijado algareo de la capea. Picardeó Adolfito:
-¡Nos aplauden!
-Aplauden la faena del Niño de la Gloria.
-Aquí se ven milagros.
-Milagros del diablo.
Y la sobrina se clavó las uñas en la cara.
El Director de la Banda, subió a la rectoral con el Guardia Roldán: El Señor Cabo de los Civiles era un arrugadillo de pellejos autoritarios, marcial y jaquete, bigote de moco, ojos colgantes estriados de bilis y de sangre, peluquín heredado del General Narváez, la barbilla con mosca agarrotada entre las cifras reales. El Cabo Roldán tuvo un aparte con el Vicario de los Verdes:
[230] -El Jefe de la fuerza desea tomar declaración al herido, y ponerse a las órdenes del Señor Marqués.
Se atufó el bonete:
-¡El herido! ¿Acaso hay algún herido? Tajos más aparatosos y con mayor hemorragia, me los doy todas las mañanas al descañonarme la barba. El señor Barón de Bonifaz está descansando, y no es cosa de que le molesten con babionadas de expediente. ¡Ya comprendo, Cabo! Ustedes tienen un formulario y se atienen a esa letra! Yo también tengo mi formulario, y es pasar todos los pleitos a juez de mayor competencia. Ahí tiene usted al Señor Marqués. Formule usted su deseo al Señor Marqués.
El Cabo Roldán penetró en la sala con paso gallero. Por el cotarro elegante de damas y galanes, con líquida risa propalóse que entraba el General Narváez:
-¡Es el mismo, Jeromo! ¡En el otro mundo le han rebajado y puesto a mondar patatas!
-¡Criatura, respeta siquiera a los muertos!
-¡No te pongas lúgubre!
Teresita Ozores volvió los ojos sobre el Cabo Roldán. Aquella arbitraria semejanza, sin apagarle del todo la vena risueña, de pronto le infundía un sentimiento de asombrado misterio. El Niño de Benamejí, en los medios de la sala, dibujaba una revolera, toreando al espectro del Espadón:
-¡Mi enhorabuena, Cabo! ¡Usted querrá saludar al héroe de este Dos de Mayo! ¿Ha visto usted un tío más terne repartiendo leña? Pues para todo el mismo corazonazo: Dispuesto a dar el último duro y la vida por un amigo. ¿Querrá usted que le presente al Señor Marqués?
[231] El Cabo Roldán, abierto de zancas, sacaba la mosca, revolvía el ojo abesugado, en el bolsón del párpado:
-Don Segis, usted conoce los trámites. La fórmula de tomar declaración al herido hay que cumplimentarla. El Gobierno de la Provincia, tratándose de personaje tan importante, ha de poner la fila para la depuración de los hechos y que no queden sin penalidad los autores de la agresión.
El Niño de Benamejí acudió con pomposo galleo:
-¡Cabo, que no trascienda la menor cosa! ¡Así complacerá usted al Señor Barón de Bonifaz! ¡Ni la menor cosa! Los periódicos le sacarían punta promoviendo una campaña de escándalo para aumentar la tirada. A Córdoba me voy yo en el tren de esta noche, para evitar que hable la Prensa.
-¿Verá usted al Gobernador?
-¡Es posible!
-¡Dígale usted el día de luto que ha evitado la Benemérita!
-Le diré eso, y el valor y la prudencia que usted ha desplegado. ¡Muy bien, Cabo! ¡Muy bien! Veremos ahora al Señor Barón de Bonifaz. Al Señor Marqués, le saludará usted luego.
El Niño de Benamejí, apoyado por un guiño del clérigo, se llevó al tricornio fuera de la sala. Teresita Ozores suscitó el comentario de damas y galanes:
-¿Habéis visto? ¡El falso Espadón!
El Marqués de Bradomín trasnochó su galaica humorada:
-¡Resucita siempre que hace falta, en la capea!
[232]
La Casa Rectoral se llenó de hacendados cortijeros y señorío de los villotes comarcanos, clérigos de la parroquia y avinados cofrades de los Verdes. Un viejo de cabeza blanca, vestido sin gala, con zajones de ganadero, y un joven de levitín y castora, quebrado de color, permanecían en la puerta con aire desorientado. El Niño de Benamejí se detuvo con ellos:
-¡Han visto ustedes qué Dos de Mayo! ¡Estos sí que son toros de sangre!... ¡Y no hemos tenido un día de luto, por la oportuna intervención de la Benemérita!
El Marqués de Torre-Mellada, con la fisga sobre la puerta, escuchaba el rum-rum que le metía por la oreja la hermana del clérigo:
-Don Luis Pineda con el hijo que tuvo en el secuestro. ¡Se ha portado!... En el careo con los presos, declaró que a ninguno reconocía... ¡Un alma de Dios! No así el padre: Por no aflojar una miseria de su caudal, ha puesto a toda esa gente en las manos del verdugo. ¡Y el hijo mucho que lo cuente!... ¡Al mozo que era, no es conocido! ¡Para mí que en los jamases vuelve!... ¡Consunto, Señor Marqués! ¡Consunto!
El palaciego, con un suspiro, espació los ojos buscando a Gonzalón: Le descubrió en el fondo de una ventana, de codos sobre el alféizar, sacudidos los hombros por un acceso de tos:
-¡Son funestos los resultados de la crápula!... ¡Y si fuesen ellos solos a pasarlo!...
[233] La hermana del clérigo, sin parar mientes, soplaba el cismático rezo:
-¡El padre es un Alejandro! Como un toro está porque el hijo no ha declarado contra los presos, y no para de revolver Roma con Santiago. Se le han contrapuesto los parientes de Puente Genil y Don Manuel Reina. El Señor Ulloa, que tuvo un alto cargo, es yerno de Gálvez... El casado con la Manolita. Pues como vengan los suyos ha prometido sacarles el indulto... ¡Por acá los anuncios son de marimorena!
El Marqués, denegando con el ovillejo de los guantes, torcía la boca sobre la oreja:
-¡Necedades! ¡El país está harto de pronunciamientos! Un Gobierno con Ulloa en Gracia y Justicia, no es imposible... Ulloa es persona servicial. En última instancia, yo cuento con interesar la clemencia de la Señora.
-¡Usted, Señor Marqués, de ésta gana el Cielo!
Gonzalón, sofocado, limpiándose la boca con el pañuelo, se apartaba del alféizar: El padre le llamó:
-No estás todavía para bromas. ¡Abrígate! ¡Abrígate! Debes irte y llevarte a esas locas. Tu madre estará con cuidado.
-Yo me quedo al baile del Casino. Llévate tú a ese ganado.
-¡Eres incorregible, criatura! ¿Qué diversión puede haber para mí en un baile de pueblerinos?... ¿No lo comprendes?... Pero no han parecido los que esperaba y me quedo por si se presentan.
-¡Deben andar de cabeza!... ¿No has leído El Baluarte [234] de Córdoba? Trae las cargas de policía frente a Los Tres Clavitos.
-¡Una gente de tan buena posición, metida en jaleos revolucionarios! ¡Es incomprensible!
Una comadre beatona, picada de entremetimiento, se juntaba al disimulo con la hermana del cura:
-¡Ten ojo con la chavala!
Desvióse, sin ruido, tirándose la mantilla sobre la frente. La hermana del cura, inflado el ruedo de las faldas, se fué detrás con las manos en las caderas. Chifló el palaciego viéndola alejarse:
-¡Doña Virginia! ¡Doña Virginia! ¿Tiene su hermano El Baluarte de Córdoba?
Volvió el morro la vieja:
-¡Aquí no entran esos papeles!
Don Luis Pineda llamó la atención del hijo que con los ojos bajos castigaba el erótico deseo de contemplar a las madamas forasteras:
-¿No tenías El Baluarte?
El consunto, con aire apagado, se palpó la faldeta. Sacó el pañuelo:
-Debe habérselo usted guardado.
Se registró el viejo la zamarra de negros alamares:
-¡Una vez has tenido razón! Señor Marqués, tenga usted el periódico.
-¡Oh! ¡Amigo Pineda! ¿Qué hacía usted tan retirado? [235] ¿Es El Baluarte? ¡Gracias! Un momento para echarle la vista...
-Puede usted quedárselo.
-Usted lo ha leído...
-No tiene mucho que leer...
-¿Qué ha sido del Yerno de Gálvez? Usted estará mejor enterado.
-No mucho. A lo que parece, se fugó, cuando le llevaban al Gobierno Civil... Que se halle escondido donde se murmura, me parece una novela.
-Algunas veces he pensado lo mismo. En Madrid, sin embargo, se ha repetido ese caso, con el Coronel Lagunero.
-¿Que se ocultó en un convento?...
-Le hizo la capa una monja muy influyente: Doña Mariquita Alday.
-Ahora se lo cuelgan a Doña Juanita Alburne.
-¡Lo verdaderamente escandaloso es que se haya fugado, cuando le conducían al Gobierno Civil!
-¡Le habrán dejado fugarse!
-¿Qué comentarios hace El Baluarte?
-¡Para hablarlo todo de una vez, no le he roto la faja!
El Marqués, desplegado el periódico y con los lentes en la punta de la nariz, salió a recoger el último rayo de sol en la balconada: Volvió agitado, guardándose los lentes en el pecho:
-¡Que gentes de posición se comprometan tan absurdamente! ¡Y parece que se lo ha tragado la tierra!
-¡A lo mejor, le hace la capa el propio Gobierno!
-Pudiera suceder... Es una persona decente... Pero [236] no lo creo... El Gobierno se ha decidido a tener mano dura.
-El cubano habrá cegado a los guindas con dinero.
-¡La de siempre! El subordinado que se deja corromper. ¡Falta la conciencia del cargo!
El Barón de Bonifaz, con una venda sobre las cejas, sentado en el catre, templaba la guitarra vinculada a todas las fiestas castizas del tablado flamenco, y al trueno elegante. Don Segis, entró con el Cabo Roldán:
-Un momento, Adolfo. El Cabo Roldán, Comandante del Puesto, desea recibir órdenes. Ya le puse en autos respecto al deseo tuyo de no dar un cuarto al pregonero.
Atajó el Pollo Real:
-¡Guardia, la mayor discreción! ¿Fumará usted un cigarro?
-¡Gracias! El Señor Barón me permitirá que le pregunte el dictamen emitido por los forenses.
-¡Ni hacen falta, ni han parecido por aquí esos señores!
-¿El Señor Barón reconocería al agresor, si le fuese presentado?
Adolfito se incorporó haciendo gemir la guitarra:
-¡Hombre, sí! Me agradaría poder romperle la cara a bofetadas!
Saludó el Cabo:
-¡Si es habido tendrá algo más que una solfa!
[237] Recordó Adolfito:
-Alto y flaco. Media edad. Trazas de chalán con una brecha abierta en la sien. ¡Era zurdo!
Agatilló el Cabo:
-No diga más su Excelencia: ¡El Zurdo Montoya!
-¡Cabo, hay que echarle el guante!
-Déjelo, Vuecencia, de mi cargo.
El Barón de Bonifaz, bajo la albura del vendaje, enconaba el verde veneno de los ojos, cargados de perfidia valenciana:
-¡Cabo, excuse usted los trámites de papel sellado!
Saludó el Cabo:
-Se hará conforme a los deseos de Vuecencia. Si Vuecencia no tiene cosa que mandarme, con su venia me retiro.
Adolfito le tendió la mano:
-Cabo, envíeme usted una nota con su hoja militar para trabajarle una recompensa del Gobierno. Especifique usted en la nota los destinos que pudieran convenirle.
Al Cabo Roldan le temblaba la mosca:
-¡Gracias, Señor Barón! El pundonor militar nos tiene sujetos para muchas reclamaciones que son de justicia: Un servidor, lleva treinta años de servicio: Campaña de Joló, Campaña de Cuba, Campaña de Italia con el General Córdova. ¡Aquello no fué cosa! ¡Campaña de Africa! Tres años en el Fijo de Ceuta. En la Benemérita doce... Diez de servicio en esta provincia que no es la peor de las españolas, porque los malagueños se llevan la palma. Allí pasé los dos años de novato. Pues con tantos servicios, y teniendo interpuesta más de una instancia, no he sacado ni [238] una pensionada. Si Vuecencia se interesa, como manifiesta, tendrá en mí un perro de Terranova.
Saludo militar, media vuelta, y sale más jaquete que un ocho de Iturzaeta. Adolfito se sacudía la mano despegando los dátiles. La guitarra se escurría arrastrando la colcha gaitera.
En la solana parroquial las perejilas madamas hacíanse risas y monadas conversándole al Señor Juan Caballero. Del susto chillón habían saltado a la zalamería vocinglera, y jugando de los ojos bajo las mantillas, cercaban con apasionada intriga al novelesco salteador, que, garboso y marchoso, sobrio de ademanes y gestos, las enlabiaba con andaluces requiebros.-Damas de la corte isabelina, intrigantes y zalameras, mezclaban al remilgo orgulloso las sales chulapas, gustando, castizas, la emoción guitarrona y cortijera que asonanta los romances de bandidos.- Cuentos de fraile, majezas de cuatreros, milagrerías de santos iconos, cuernos de maridos, engaños de amantes, cifraban el mundo novelero de aquellas condesas y marquesas, no más letradas que las azafatas, ujieres, lacayos y sacristanes de Palacio.- En la rueda de madamas, con cesárea melancolía, el antiguo bandido gustaba su leyenda de bandido generoso: Reverdecía la ilusión juvenil, tan remota y aún fragante de cantares serranos. Con castizo requiebro pagaba el acogimiento, y se iba su recuerdo, lejano, lejano, a Joselillo María y la Duquesa de Alba. Recordaba de la cárcel y la reja y la voz que canta al son del guitarro:
[239]
| ¡Ya se murió mi madrina | |||
| la Duquesita de Alba! | |||
| ¡Si ella no se muriera, | |||
| a mí no me ajusticiaran! |
En el Compás de los Verdes -caídos canciles, derrengados caballetes- penetró una cuadrilla de chalanes y cortijeros de Estepa. El antiguo caballista se alzó saludando a todos con la mano. Respondieron diferentes voces:
-¡Salud, Señor Juan y la compañía!
-¡Aún vivimos, maestro!
-¡Aquí estamos para darle a usted escolta hasta Estepa!
-¡Hay que andar sobre aviso!
-Ya sabrá usted novedades: Que le entere a usted el Padre Vicario.
El tonsurado, requerido por una mirada del viejo caballista, le murmuró a la oreja:
-Hay un gitano muerto.
-Ese lo está hace treinta y dos años. Había resucitado esta tarde por el arte del mengue.
-No te alucines, Juanillo.
-Es la verdad de Dios. Me he visto peleando cara a cara con la sombra de Antonio Guzmán el Tuerto. ¿No es ese el difunto?
-Deja esa alucinación. Yo no más sé que el sacristán ha venido por las llaves de la iglesia para hacer señal.
El Señor Juan se inclinó sobre el arambol, interrogando a los jinetes de Estepa:
-¿Quién es el difunto, niños?
Respondió una voz:
[240] -No ha sido identificado.
Lento, grave, el antiguo caballista sonrió al clérigo:
-Si no es fantasma del otro, éste sería su hijo, acaso su nieto...
El Vicario, con brusquedad amistosa, le abatió la mano en el hombro:
-¡Juanillo, fué muy gorda aquélla, y siempre retoña!...
Murmuró el garboso viejo, con desdeñosa sonrisa:
-Hoy pensé que se remataba ese pleito... ¡Nunca he visto tan cerca la muerte!
La sobrina del cura salía a hurto de la alcoba. El vuelo esquinado de los vencejos flanqueaba el campanario de la iglesia, y picoteaba sobre el rojo poniente, el gallo de la veleta. El Señor Juan percibió el leve andar de la mozuela en la sala:
-Siento, niña, no poder saludar a ese caballero buen mozo, que me ayudó tan valiente.
Murmuró la sobrina del cura, abismada en la penumbra:
-No sé si descansa.
El antiguo caballista dio un paso, buscándola en la sombra:
-¿Quieres averiguarlo?
-Véalo su merced, que sólo tiene entornada la puerta.
-¿Qué te sucede, niña?
-Nada.
Se alejaba la sombra y la voz. El Señor Juan Caballero, con súbito presentimiento, empujó la puerta entornada. La alcoba era toda en anocheceres. Una luminaria de cohetes encendía los cristales de la ventana: Alcanzaron los resplandores al Santo Cristo. De la corona de espinas, cubriéndole [241] la faz, colgaba el pañolico de la sobrina del clérigo, y en el clavo de los pies aguzaba la sombra de sus cuatro cuernos, el bonete.
Don Lope venía por el desierto tendido, saltando de banca en banca, con la chistera apabullada y un vaivén de fantoche: Bordeando de esta suerte, pudo avecinarse a la solana parroquial: Traía estudiado un discurso y el papel de la cuenta: Saludó, quitándose la chistera:
-Excelentísimas condesas y duquesas, y otro tanto digo a los varones de mi sexo: Esta culta población celebra...
Aplaudían las tarascas de la solana, graznaban los caballeros. Don Lope sacaba del levitín el papel de su cuenta, y, con una genuflexión, se lo ofrecía al Marqués de Torre-Mellada:
-¡Dime lo que deseas, querido!
Volvió a saludar don Lope:
-Cobrar esta cuentecita.
-¡Jesús! ¡Creí que era un memorial pidiendo alguna gracia de la Reina!
-Solamente cobrar.
-Eso es cosa de mi administrador.
-Excelentísimo Señor, es muy grande mi urgencia.
-¡Bueno, hijo! El Señor Vicario me hará el favor de pagarte esa pequeñez. Señor Vicario, vea usted lo que es eso.
Se avinagró la hermana del bonete:
-¡Calderilla, no seas imprudente!
[242] -Doña Virginia, soy un modesto industrial.
El Vicario, repasando el papel, se hacía cruces:
-¡Pero esta cuenta es un escándalo!
-Incluyo la cachiza.
-¡Es un robo!
-Señor Vicario, la traigo para rebaja.
Suspiró el Marqués:
-No se discuta, no vale la pena, querido. Mi costumbre es no discutir las cuentas. ¿Y tú cómo te llamas, badulaque?
-Lope Calderete, para servir a mi dueño, el Señor Marqués.
-Ya recuerdo. Ahora te paga el Señor Vicario, Calderete. Tú tienes una hermana lega en el convento de las Descalzas Reales. Ya recuerdo. Me ha sido muy recomendada. Ya sé que tiene el deseo, muy meritorio, de pasar a una fundación de la Madre Patrocinio. ¡Pobrecita! Veremos de que pueda cumplírsele y rece por nosotros. Sólo así nos podemos hacer perdonar nuestros pecados. ¿Verdad, Señor Vicario?
Mudó la carátula, girando los ojos con alborozo refitolero. Un coche de campo tirado por mulillas cubiertas de borlones y cascabeles se metía al Compás de los Verdes. Las perejilas de la solana parroquial se agolparon sobre el arambol, agitando los abanicos.-Carolina Torre-Mellada, Eulalia Redín, Feliche Bonifaz, el Brigadier Valdemoro, y Bubi, faldero inglés, ocupaban el coche.- Con buena escuela de picadero, trotaban, a los estribos cuatro farolones de contrapuesta elegancia:-Fajín y ros, por obtener acatamiento de chicos y grandes, el Teniente General Fernández [243] de Córdova: Con terne atavío de cortijero, el Marqués de Alcañices: Jorge Ordax de húsar colorado y cordones de ayudante: Con chistera gris perla y polainas inglesas, el Marqués de Bogaraya. Palmoteaba Teresita Ozores:
-¡La capea ha resultado un paso honroso!
Desabrióse el palaciego:
-¡Muy lamentable! A Feliche no le sueltes de sopetón, el accidente de su hermano.
-¡Buen cuidado le da a Feliche!
-¡Comprende que al saberlo, tampoco puede quedarse como un palo!
El Brigadier Valdemoro, lastimado de una coz, renqueando, pero siempre galante sargento, se apeó de la bigotera para brindar su mano a las señoras. Las acompañó poniéndose al flanco: Renqueaba con marcial bizarría, apoyado en una garrota de pastor. En el zaguán de la Rectoral, las abandonó a los encomios zalameros de la vieja halduda, hermana del Vicario: Se rezagó para juntarse con el General Fernández de Córdova: El General venía muy sulfurado, tirándose del bigote: Jorge Ordax, a su izquierda, le asistía al palo, conforme a Ordenanza:
-¡Jeromo Torre-Mellada es un botarate! Me aseguró que los decretos no llegarían a salir en La Gaceta. Va a oírme cuatro frescas.
-Probablemente ha obrado de buena fe.
[244] -Empiezo a dudarlo... Pues va a enterarse de que conmigo no se juega. ¿Quiere usted molestarse en subir, y decirle que baje? Aquí en el zaguán podemos hablar sin testigos inoportunos.
Falso de sonrisa y con secreta alarma, acudió el palaciego:
-¡Me ha dicho Jorge!...
Cortó el General, azotándose las botas con el látigo:
-¡Te advierto que no soy una mona! Me has asegurado que los decretos no llegarían a publicarse, y has tomado el nombre de la Reina. Si estabas autorizado para hacerlo, la burla es todavía más sangrienta. Responde. ¿Te hallabas autorizado, o simplemente has hecho el zascandil, como toda tu pajolera vida?
-¡No te dispares, Fernandito!
-Responde por derecho.
-Probablemente yo estuve torpe y tú has dado una interpretación libérrima a mis palabras.
-Cuanto me has dicho, puedo repetirlo ce por be.
-Pues yo, con mis preocupaciones, no tengo cabeza para recordar una conversación sin importancia.
-¡Eres la auténtica mata de habas del cinismo!
-Por ese camino no puedo seguirte. Tú estás obcecado. Me ha dado en la nariz que tus recelos vienen por el lado de Arjonilla. Jorge te ha traído algún mensaje de Serrano.
-Así es. No hago reservas. El Duque de la Torre me ha hecho saber la publicación de los decretos en La Gaceta.
-¡Tan pronto!
Levantó el gallo el General Córdova:
[245] -¿Cómo tan pronto? ¿Tú los esperabas para más tarde? ¡Eres pintado para alcahuete!
Se atufó el Marqués:
-No abuses, Fernandito. Puedes ir tan lejos, que hagas inevitable un lance, y en ese terreno yo voy a todas partes. Un lance contigo me sería doloroso, nos hemos criado juntos, somos como hermanos. ¡En un lance contigo, yo tiraría siempre al aire!
-¡Majadero!
-¡No me importaría serlo! ¡Y tú harías lo mismo, no te pongas tan bravo!
Al General Fernández de Córdova le acudió una risa, de duros y agresivos gallos:
-¡Eres impagable!
Se compungió el palaciego:
-Deseo transigir diferencias: Las transijo y luego me dejan en las astas del toro.
-¿Estabas plenamente autorizado para hablarme como lo hiciste el día que salimos de Madrid? Si lo estabas, y la burla viene de arriba, no dejarán de oírme en Palacio.
-Fernandito de mi alma, probablemente he retenido mal las indicaciones de la Señora. Tú procura no irte del seguro, que, pese a todas las apariencias, estás en el mejor predicamento con la Reina.
Bajaba el bonete por la escalera, anunciándose con afectadas toses: Venía con el cuidado de que subiese a refrescar el señor General. Reiteró con escrúpulo de buena crianza:
-El señor General y su ayudante.
Puso los puntos el sulfurino Marqués de Mendigorría:
[246] -Ayudante del Duque de la Torre.
-¡Igual para el caso! Espero que no me desairen. Se ofrece lo que se tiene, todo ello, pobre don de una rica voluntad, como hace hablar el vate latino al pastor Marcelo.
A requilorio de tan clásicas humanidades, no quedaba otra que capitular, y se metieron escalera arriba. De pronto, interrogó el General Fernández de Córdova:
-¿A qué hora pasa el tren de Madrid por los Pedrones ?
Hizo cuentas el Vicario:
-Pues sobre la madrugada. Nos sacará de dudas mi hermana, que lleva en la cabeza las horas de todos los trenes.
Se alarmó Torre-Mellada:
-¿Vas a dejarnos?
-¡Naturalmente!
El Marqués se le pegó, hablándole a la oreja:
-La Señora me afirmó textualmente, y para que llegase a tu conocimiento, que irás de Capitán General a Filipinas. Mi consejo es que no te muevas de los Carvajales. Mañana se hace la primera montería. Quédate. Serrano ha sido siempre una pérfida sirena. Si persistes en irte, lo haremos juntos... Pero debes meditarlo.
-Tengo empeñada mi palabra.
-¿Cómo no has pensado en ponerte enfermo?
-No es mi escuela. Unidos diez y nueve Oficiales Generales, impondremos la dimisión al Gobierno. Te lo digo para que lo lleves como respuesta mía, a las alturas.
-¡Estás obcecado!
[247]
Al Compás de los Verdes llegaba un confuso ventalle de voces y bramas, encabritados relinchos, carreras, tropeles y zalagarda de cencerros. Las vacas de la capea, súbitamente embravecidas, se corneaban en los corrales. Se alborotaban los vecinos gallineros, y sobre los carros volcados, ladraban los perros con las orejas tiesas. Llegaban clamores del gentío:
-¡Un espanto! ¡Un espanto en la feria!
Por las calles, el gentío, revuelto y clamoroso, no cesaba de gritar:
-¡Un espanto! ¡Un espanto!
Se echaban fuera de las tabernas chalanes y ganaderos, las varas en alto, sosteniéndose con una mano los castoreños: Corrían desatalentados. A la puerta de los mesones, las monturas alforjeras rompían las riendas. Acudían los espoliques, rasgadas con zafios denuestos las bocas tintorras del morapio. Un clérigo zancudo, con la sotana entre las piernas, abría y cerraba su paraguas bermejo, cercado por una piara de gruñidores cerdos. Ganaderos y feriantes buscaban burladero, encaramados por rejas y bardas. Alguno, avezado en estos lances, hacía molinetes con la garrocha, y lograba remansar un espaciado círculo, en la ciega y bramadora fuga de hombres y bestias. Una vieja, con gayo refajo, arrodillada ante su cesto de huevos, abría los brazos. Las mulas y caballos encabritados, revueltos, con terrible rijo, la respetaban.-¡Milagros que se ven por [248] algunas ferias, y son como antífonas del Circo Romano!- Enmudecía el charlatán sobre su calesín. El buhonero, atropellado, rota la hucha de sus lilailos, gritaba en un círculo de espejillos, jabones, peines y navajas. Los tinglados de pañeros y talabartes doblaban sus flacos compases con un guiño absurdo. Se arrugaban tenderetes y tabanques. Un espacio silencioso y vacío sobrevenía a la ciega carrera de hombres y bestias. A la rezaga, pelambres de viejas y pícaros, coimes y coimas, afanaban la dispersa mercadería en la desnuda soledad, cercada de clamores y bramas alejándose. Con recio baladro de cencerros, los piños de cabras salían a las eras.
-¡Hay un planoró muerto en la trena!
-¡Lo mató a culatazos el sargento!
-¡Dai de los Calés! ¡Debel del Otalpe!
¡Madre de los Gitanos! ¡Dios del Cielo! ¡El Errate, atristado y nocturno, sentía el drama del muerto y el melodrama de ignorar quién era! Vagaba en torno del chato y carcomido caserón de la cárcel. Dos Guardias Civiles, las carabinas en descanso, geometrizados bajo el triángulo de charol, y las charreteras y las cruces del correaje, guardaban la puerta. Hacían planto en la calle viejas y mozuelas. Algunos bultos se recogían por las esquinas:
-¿Quién es el defunto?
-Nenguna luz se diquela.
-Los vellerifes nos satisfarán, si les sonsacamos.
[249] -O nos zurrarán el drupo.
-No le penela chi.
-Esperemos a que lo embleje la identificación.
-¡Menda se naja denantes! ¡Que lo identifique el Grobelén!
-Puede que ni tal muerto haiga, y que todo, a la fin, resulte jonjana.
-Defunto lo hay, que aúllan por demás los chureles.
-¿Y por qué había el defunto de ser caloré?
-Es caloré, porque siempre pagamos los del Errate. Cuenta sino quienes han ido al Estaribel.
Un gitano se jactaba entre otros, soterrando la voz:
-Ya le tenía partido el garlochín, cuando impensado salió por la puerta del padre cura el terremoto de chai madrilati, y eso le ha dado la bají.
Doblaba la campana de los Verdes. En el zaguán de la trena encendían un candilejo. Llegaba el tumulto verbenero. Los cohetes, al estallar, desconcertaban con luminosos triángulos el caserón de la cárcel y las rígidas figuras de los dos Guardias Civiles.
Se encendían candilejas y pregones. Batía un tambor, tecleaba un organillo, se despepitaba un figle. Sobresalía la voz rajada de un valenciano:
-¡La cogida del Sevilla en la Plaza de Madrid! ¡Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros! ¡María Griñón rezando en capilla!-Esta desgraciada mujer había llevado [250] en sus entrañas al Tigre del Maestrazgo.- ¡El Cura Merino en el patíbulo!
Otra voz, al son de un organillo napolitano:
-¡Vista de Nápoles, y erupción del Vesubio! Las cenizas del célebre volcán llegan hasta los navíos fondeados en el puerto! ¡La gran batalla de Sebastopol! ¡El Rey Víctor Manuel pasando revista a las tropas garibaldinas que le vitorean!
Salta en el organillo el himno del famoso guerrillero. Salmodia una voz:
-¡Para San Blas! ¡Para San Blas!
Otra voz de ruda prosodia tudesca:
-¡El triunfo de la Ciencia! Diploma de la Gran Academia de Berlín. El lente revelador del Universo-Micro-orgánico. Una pulga aumentada hasta tres mil diámetros. Pasen, señores. El último invento de Berlín. ¡La Ciencia reveladora! ¡El Fiat Lux! Bajo este lente, la pulga, aumentada hasta tres mil diámetros, nos produce el terror de una fiera!
Otra voz de extranjis:
-¡La Sílfide de las Tullerías! La señorita Hortensia, de paso para el gran Teatro de Lisboa, ejecutará sus arriesgados ejercicios de barra y trapecio. En obsequio al ilustrado público de esta villa, trabajará sin red. ¡La Sílfide de las Tullerías! ¡Estrella de París! ¡Espectáculo preferido del gran mundo!
La voz agarena de una vieja:
-¡Jigas de azabache para el mal ojo! ¡Espejillos, navajas y lendreras! ¡Al barato! ¡Al barato! ¡Papel de cartas, [251] batidores y peines! ¡Jabón d’olor! ¡Jabón d’olor! ¡Agua de esencia para las novias!
La voz huronera y ambulante que se acompaña con el regatón de una pértiga:
-¡Para San Blas! ¡Para San Blas! ¡Para San Blas: Abogado contra peste y rabia!
El Curro y el Niño tomaban café con el Tuerto de la Chirlata. El Curro había convidado para cambiar la onza que recibiera del Señor Juan:
-Vamos, pues, a descambiar la baria.
El Tuerto le conquería, para que entrase con aquel dinero a repartir ganancias en la chirlata. Un negocio de hacerse ricos en las ferias de Portugal. El oro y el moro:
-Nosotros dos, y mejorado si se nos arrima una chulama de buen trapío, como tengamos un tanto de cifra, alzamos un cúrelo, y abelamos jandoripen.
-¡O vamos con la quimbilia a la trena!
-Ese randiñó te puede caer donde menos lo diqueles.
-Jabillela sin fin de chichís ese burlo.
-Duquendió que sicobamos para llenar la zayna.
El Niño de Gloria guiñaba el ojo truhán, a hurto del chirlatero:
-Curro, no cierres las mirlas, que el curelo pinta de mucho mampori.
-¡Curelo pesquibado! ¡Barbí! ¡Pirela bastaró!
El Curro fumaba cerrando los ojos.
[252] -¡No me jonjabes duquendió! Esta llama es para socarrar un terno de luces que tengo en la peñaranda de Écija... ¡Por eso no descambio la baria y vas a ser tú el que apoquine los cafeses!
El Tuerto de la Chirlata saludó pinche, hundiéndose dos dedos en el bolsillo del chaleco:
-No tarifemos.
-Gachó, chanela que ha sido jonjana y bulipén. Aún me queda un chulí para abonar el gasto, sin descambiar la baria del señor Juan.
-¡Dosta, compadre! ¿Y del cúrelo, cierras las mirlas?
-Chamullaremos callicaste. Horita me najo, que me espera la lacha de una chaví.
Despreció el Niño de Gloria:
-¿Aún queda de eso por este foro?
-Para menda, queda.
-¡Currillo, no tengas que recibir los sudores!
También Linarejo Sánchez el taciturno y verdino galán cortijero, yacía sobre colchones en el parador de Don Lope Calderete. Doña Quica la Cirujana, le ponía hilas con aceite en una brecha sobre la tetilla izquierda. Alumbraba Don Lope, a la zaga de la bruja, con una palmatoria, y hacían rueda en circunspecto silencio, labradores hacendados del mismo término. Cubierta la herida se santiguaba la bruja:
-Le salvó el Agnus Dei que llevaba al cuello.
[253] Preguntó un compadre:
-¿Es profunda la herida?
-Sí que es profunda, y está símilmente sobre el corazón. Casi que se le ve latir debajo.
Con andaluza jactancia, sacó la voz y el cuerpo un viejo marchoso:
-¡Suerte has tenido, Linarejo!
-A cualquier cosa llamáis vosotros suerte. ¡Me dan una puñalada y me roban el Chorlito!
-¿El Chorlito te han robado? Pues también ha sido suerte, porque ese caballo tiene trastornado el meningito, y estabas a pique de que te estrellase.
La Madre Cirujana doblaba con mucho primor el trapo de las hilas y lo guardaba en el escriño, junto al dedal, alfiletero y tijeras. El herido cerraba los ojos. En la puerta apareció la figura de un hombre con zamarra y gorro de cuartel bordado de oro. Era Don Roque Sabariegos, general convenido de Vergara: Don Lope, con un paso flexible de bolanchera y la palmatoria en alto, le salió al encuentro. Quiso soplar un ladrón y apagó la vela. Murmuró el antiguo faccioso:
-Calderete, siempre tan badulaque.
-Se apagó con el viento de la puerta.
-¿Es mi sobrino el herido?
-¿Sobrino de usted? Se lo preguntaremos.
-¿Y la herida?
-Muy aparente, y de mucha suerte.
Abrió los ojos el herido descubriendo tras el estrellín de la vela, las negras siluetas del faccioso y del huésped:
-Tío, yo soy.
[254] Se acercó el veterano:
-¿Cómo ha sido eso?
-Como son estas cosas, por patriotismo.
Se ariscó el faccioso:
-No profanes la palabra.
Pronunció perezoso el herido:
-Patriotismo es...
-Patriotismo de cabila. ¡Qué te debe, ni qué le debes tú a Juanillo Caballero? Los buenos días y las buenas noches.
Comentó una voz del corro:
-Bien se conoce que su merced no es de Estepa.
Gruñó el convenido de Vergara:
-Donde hasta la Virgen Santísima protege a los ladrones. ¿No dicen así por allá?
Cercioró un viejo:
-Así dicen. Y eso dimana de un milagro, que le salvó la vida al propio Señor Juan Caballero. En aquellos entonces no más que le decían Juanillo el Cantaor. El Señor Juan, que sufría una persecución a muerte, estaba esperando que pasase la solanera metido entre unos olivos, la jaca con más resuello que un galgo, cuando sintió encima la patrulla de miqueletes montados. De un salto se puso a caballo y salió espoleando. Aun cuando llevaba la jaca cansa de correr día y noche, escapando de aquella persecución tan encizañada, los miqueletes ni por soñación le competían, pero el teniente montaba un overo que había sido de un marquesito sevillano. Y como lo llevaba fresco, se veía en mucho compromiso el Señor Juan Caballero. Ya casi que se consideraba perdido. En todo el [255] largo de la carrera, por darle alivio a la jaca, había ido soltando la canana, el trabuco, las alforjas, hasta la silla. La jaca se había quedado en pelo, pero no sacaba ventaja. Llegaron así, ganando terreno el teniente, hasta un barranco muy profundo. El Señor Juan metió las espuelas y pasó al otro lado con este grito: ¡Acórreme, Virgen de Linarejo! El caballo del teniente se reculó, sin atreverse al salto, y fué entonces, según cuentan, cuando dijo el teniente lo que su merced recordaba: ¡Hasta la Santísima Virgen protege en esta tierra a los ladrones!
-Llamar a eso milagro es una blasfemia.
-¿No le parece milagro a su merced ese vuelo de una jaca cansa, que ninguna bestia herrada ha podido dar ni antes ni después?
Atestiguó la bruja:
-Milagro y muy grande. Juanillo Caballero, en aquella ocasión, pasó sobre el manto que le tendió desde el Cielo la Santísima Virgen de Linarejo. Y otro milagro manifiesto que se halle con vida este galán tan guapo. El Agnus Dei que llevaba al cuello fué su coraza.
El viejo faccioso se abismó con ceño de inquisidor:
-Conviene no confundir las obras divinas con los juegos del diablo.
Socarroneó el viejo:
-¿Viene su merced a significar que no se debe recibir moneda sin haberla sonado?
Ceceó un galán:
-Lo que mi padre ha referido es verdad. Ese salto es un vuelo de pájaro, y no le da ninguna bestia herrada.
Alzó la cabeza el herido:
[256] -Yo lo he dado en el Chorlito.
-¿Que tú lo has dado?
-Yo lo he dado.
Terció el viejo socarrón y marchoso:
-Ese salto se da, pero con una jaca rendida no se da.
Mostró su desdén el convenido de Vergara:
-El peligro presta alas, y el miedo también hace milagros.
Insistió Linarejo, con doloridos acentos:
-Ese salto yo lo he dado por el gusto de hacerle perder el color a una mujer.
Hubo un holgorio novelero de comentarios:
-¡Mucho tenía que valer la gachí, compadre!
-¿Y cuando ibas por el aire, no recordaste de ningún Santo del Cielo?
-Sólo me relampagueó volver los ojos para ver si tenía la cara pálida aquella mujer.
-¡Pues eres tú más que don Juan Tenorio!
Formuló el faccioso, con dejo áspero de inquisidor:
-La juventud es muy loca.
Y el viejo cortijero:
-Cada edad tiene su caudal, y conforme se gasta uno, se gana otro. Se gastan ilusiones y se recogen experiencias. Tú, Linarejo, más tarde o más temprano, recogerás alguna lección de esa gran locura que cuentas haber realizado con Chorlito. Nada se pierde. Las ilusiones que se pierden en el albur, se ganan como experiencias en el gallo.
Linarejo doblaba la cabeza mareado. En nieblas de tabaco agrandaba sus picos sobre la pared la sombra de [257] un gorro de cuartel y hacía cabriolas el borlanchín. Cabriolas muy expresivas y endiabladas. Le sobrevino un dolorido ardor en el pecho y entendió que la bruja le curaba con aceite hirviendo. Andaban todos en rueda a su redor, cerró los párpados y le traspasó el deleite del que vuela en sueños.
Don Lope Calderete repica el aldabón: El gallinero del cura cacarea alborotado, ladran remotos canes, abren los brazos por la copa de las higueras, grotescos espantos y la luna carirredonda, clarea el Compás de los Verdes. El Padre Vicario saca la punta del gorro por medio ventanillo:
-¡Basta de escándalo!
Sujetándose las jaretas salía de su alcoba con una palmatoria la hermana del Padre Vicario:
-¡Caso muy apremiado ha de ser para venir con esa bulla!
Don Lope en la calle:
-El santolio para un huésped. ¡Me ha caído la lotería!
La hermana del bonete, posa la palmatoria y se ata los refajos: Las pulsaciones del reloj y los ojos del gato, amueblan el corredor:
-Hermano, no queda otra que importunar al herido. En la alacena de su alcoba está el cofre del Santolio.
-Sueño de piedra había de tener para no haberse despertado.
[258] -¿No será mal visto que yo entre tan a deshora en la alcoba de ese joven?
-Me pasaré yo. Voy a echarme la sotana.
Con súbito sobresalto fugóse la vieja, llevándose la palmatoria, agarrándose la frente con una mano: Volvió desolada.
-La Rosina no está en su cama.
-¿Cómo que no está?
-Acabo de verlo.
-¡De baile se nos ha ido esa zarandaja! ¡Mañana la baldo!
-¡Ojalá fuera eso! Peor cosa me temo y no me aguardo más un instante, para ponerlo en claro.
Corrió a llamar en la alcoba que por el accidente de la capea ocupaba el Pollo Real:
-Caballero, sírvase usted abrir la puerta. ¿Me oye usted, caballero? ¡Mucha prudencia, hermano!
-¿A cuento de qué?
-¡Ahí dentro está la gran relajada!
Bramó el bonete:
-¡Todas unas sois las mujeres! ¿En qué fundamentas tus palabras?
-¡Lo siento dentro de mí! ¿Me estás escuchando, disoluta? ¡He de arrastrarte de los pelos! Caballero sin vergüenza, abra usted la puerta.
El bonete apartó a la hermana, y a puras costaladas, jadeando, logró saltar los cierres. Del tantarantán que pegó metióse en la alcoba. Oyó gemir a la sobrina: Reparó la ventana abierta y fué sobre ella. El Pollo Real se descolgaba por una cuerda hecha con las sábanas desgarradas. [259] Acudió el clérigo a descolgar su escopeta de cazador, y en dos zancadas se repuso en la ventana haciendo puntería. Sintióse, de pronto, sujeto en la crispadura de unos brazos. Le sofocó el aliento de la sobrina:
-¡Máteme a mí, si es tanta su saña!
Se interpuso la madre con las uñas de fuera:
-¡Para siempre te encierro en los Tres Clavitos de Córdoba!
-¡Llévatela de mi vista, que me vienen tentaciones de matarla!
Hacía señal la campana. El bonete se rascó una cerilla en el zapato y en las tablas de una alacena buscó el cofre de los Santos Óleos.
Faldeando por el Cerro del Castillo, iba de retorno, con buen paso de andadura, la tropa de Estepa. Sobre el roto almenar, las cigüeñas velaban la noche de luceros. Traía el viento remotas voces de pastores y feriantes, en vaga ruta tras las reses descarriadas. Rosalvino, saliendo al raso la tropilla, metió el cuartago a emparejar con la mula bernarda que regía el Señor Juan Caballero.
-¡Ha sido esta feria un estropicio, Señor Juan!
-¡Por ti lo siento!
-A mí me hablaron Lechuga y el Maruxo.
-Buena gente. Pero si vale un consejo...
-Tras él vengo.
-Del sastre apártate cuanto puedas. Le acompaña a [260] ese hombre un sino muy negro... Y sabe ser amigo, y tiene palabra... ¿Recuerdas cuando le vimos en la feria? Pues con solamente verle, me ha hecho mal de ojo. Esta zaragata del espanto y la otra de la plaza te lo confirman. Verle venir para mí, y tener un santiamén de todo cuanto después ha pasado, fué una misma cosa. ¿Qué te han propuesto esos dos caballeros?
-Acuñar moneda.
-Poca estimación se tienen. Para esos sujetos ya no hay cortijos, ni diligencias, ni labradores con onzas, ni canónigos y marqueses en Córdoba y Sevilla. ¡En bien poco se precian! Tú, si te pones fuera de ley, hazlo noblemente. ¡Y qué otra voy a decirte, si la ley te pesa! Yo no valgo para predicador, y a más, tengo muchas culpas en la conciencia. Si te sales del camino legal, que sea noblemente: Has de tener el arranque de gritar: Rosalvino de Estepa no reconoce ni jueces ni varas. Él tiene sus leyes. Porque no hay oficio sin su código, y el que mejor lo cumple más prospera. Eso nunca debes olvidarlo, Rosalvino.
-El Maruxo trabaja en todo, ya sabe su merced.
-El Maruxo es buen compañero, fuera de esa aberración de la moneda falsa. Rosalvino, los ímpetus que tú tienes piden mejor empleo. A mí me avergonzaría la celebridad de Luis Candelas. Tú puedes ser Rey de Sierra Morena.
-Usted se chancea, Señor Juan.
-Como yo pude serlo, de no habérseme metido la grima de la sangre, con aquellas muertes. Hoy la he sentido. Cuando iba a disparar la pistola, he visto resucitado a Antonio el Tuerto. Si no me vale esa ilusión milagrosa, cargo [261] mi vida con otra muerte. ¡Y te hablaba enantes del sino negro de Lechuga! ¡Sino de carbón el de Juan Caballero!
-¿Señor Juan, no volvería usted a la Sierra?
-¡Jamás!
-Recapacite usted, maestro, que esta feria ha sido nuestra ruina.
-¡Fuera solamente ruina! Para mí estas ferias han sido el entierro.
-Señor Juan, espante usted esas murrias.
-¡El fin de todo! Al reñir primero, y después en una casa que no nombro, he sentido los años. Los gitanos me acorralaban y la casa guardaba para mí un desengaño todavía más cierto.
-¡Malas fe!
-¡Renegadas!
-Maestro, tire usted de la cantimplora.
-Hoy ha sido mi entierro. ¡Ferias de Solana, qué mal me habéis tratado! Digo las ferias, y es la vida que no quiere nada con los viejos. ¡El Santo Cristo tenía la cara cubierta con un pañuelo! ¡Ay, que no supiera yo el misterio de ese pañolico alcahuete!
Tropezó la mula, y el viejo caballista la contuvo, jurando recio. El grillo y el sapo cantaban alternos. Pastores y ganaderos, en vaga ruta por los campos, tras las huidas reses, se respondían con voces en la clara noche de estrellas. Cuatreros y caballistas, esquivándose a los caminos de cañada, iban arreando los piños garbeados en el espanto de la feria-cabras y recuas de mulos, rebaños de ovejas y gruñidores marranos.-Iban agudo, faldeando los [262] oteros y por la sombra de los olivares, para trasponer el robo a los cobijadores cortijos de la Sierra. Azacaneaban en la noche. Iban por una desolación de lontananzas con estrellas, suscitando los ladridos de remotos perros.
Por el camino carretero rodaba el carricoche del Tío Ronquete. Había renovado el tiro con una recua de tres mulillas, y el viejo gitano, en vanguardia, montaba la cruz de sus calzones en una yegua bien enjalmada, con alegre caballito al flanco:
-¡Salud, Señor Juan y la buena gente! Ya he tenido noticia del sinjuicio y mala conducta de algún caloré. A esos llamo yo caballos sin solabarrí.
A lo lejos, cruzaba la llanura el tren de Madrid. Para verlo pasar remontando las bardas manchegas, asomaba la luna su chato rosicler de Aldonza Lorenzo:
-¡Mucho se oye el pito de la máquina!
-Tenemos el tiempo mudado.
-No podían ser de dura estas calores.
Hacía señal de muerto la campana de los Verdes. Por la carretera, en las ancas de un mulo, al cabo de una recua, canta el berebere:
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| -¡Solana, corral de cabras, | |||
| para no verte me voy! | |||
| ¡Si la entrada tienes mala, | |||
| la salida es aun pior! |
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