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LIBRO OCTAVO

CAPITULO DE ESPONSALES


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LIBRO OCTAVO

CAPITULO DE ESPONSALES


I

Monseñor Alejandro Franchi, Nuncio Apostólico, luego de haber celebrado misa, desayunábase con puches de polenta, ante majestuoso velador de caoba, sostenido por tres cisnes dorados. En pie, al otro extremo, un familiar se ocupaba en abrir los sobres de la correspondencia secreta. Monseñor posa la mirada en las manos pulidas del familiar, joven, rubio, alargado en sedeña sotana de abate elegante. La sala, cuadrada y prelacial, tiene una claridad tristona de calle angosta y balcones chatos. Monseñor Franchi, revestido en el reflejo carmesí del capusay, con un gesto sutil, deriva de los puches a la lectura de la correspondencia secreta, que sostiene con el Cardenal Antonelli. Monseñor, alargaba los rincones de la boca, sinuosa de disimulos, y repetía con sagaz intención la lectura de un pliego. La escribanía, en el centro del velador, daba sus brillos, coronada de plumas arlequines, como la frente de un cacique indiano. Monseñor, ha doblado el pliego, se ha santiguado, y reza con leve murmullo latino.




II

Silencioso, como si pisase con suelas de goma, asomó el ujier de antesala, encorvado con eclesiástica reverencia, sobre las hebillas de los zapatos:

[363] -Su Excelencia el Señor Marqués de Torre-Mellada espera en el salón rojo.

Monseñor hizo un leve gesto de asentimiento: Aún se detuvo a rasguear una esquela: Puso por toda escritura el signo de la cruz en el sobre, y se la entregó al familiar:

-Lorencino, haz el favor de imponerle nemas de lacre, y llevarla al Convento de Jesús. Usa de mi nombre, y procura dejarla personalmente en manos de la Madre Patrocinio. La santidad no excluye que sea mujer y monja, de suerte que intentará sonsacarte: En ese supuesto, voy a darte mis instrucciones. ¡Toda discreción es poca, hijo mío, y las artes del demonio superan siempre a la prudencia de los hombres! Por esas líneas, le pido una entrevista a la Seráfica Madre... Pero nada le aclaro referente a los motivos, y solamente la encarezco la urgencia No debe fiarse al papel lo que pueda comunicarse por la palabra. Tenemos enemigos poderosos, y en estos momentos ha venido a demostrárnoslo una tenebrosa maquinación, cuyos frutos son el secuestro del Conde Blanc. La Reina Isabel le había confiado cartas secretas para Su Santidad. A lo que parece ha caído en poder de una secta luciferina, que mantiene relaciones con la demagogia española. Monseñor Antonelli no ha vacilado en iniciar gestiones al fin de recuperar esos despachos, pero los enemigos del orden social exigen una suma cuantiosa, inaccesible para el erario de la Santa Sede. Últimamente, han amenazado con enviar alguno de esos documentos a la masonería española ¡Y eso puede ser muy grave, hijo [365] mío!... ¡Muy grave! La Seráfica Madre no dejará de reconocerlo así!... ¡Ve, hijo mío!

Insinuó con flema burlona y devota cadencia, el familiar:

-¿Monseñor, y si no pudiese entregar la esquela, por hallarse en tránsito la Reverenda Madre?

Monseñor le caló los ojos sin darle respuesta: Se levantó y estuvo un instante observándole cómo ponía los lacres en la esquela:

-Hijo mío, procura conducirte con prudencia. A la Seráfica Madre no le ocultes las angustias de mi corazón. ¡Los que han hecho el daño que miren de remediarlo!

Y pasó ante los espejos, recogiéndose con estilo estatuario, los pliegues del ropón.




III

El Marqués de Torre-Mellada, muy vanipavo, con levitín de fuelles, junco inglés y pantalón de trabillas, se atusaba la onda del bisoñé, el ojo atisbado a la puerta. Con extremosa cortesía acogió la entrada de Monseñor Franchi. La roja figura plegóse con igual ceremonia:

-¡Carísimo Marqués! ¡Desgraciadamente, creo penetrar el motivo de su visita!

Tenía un grave solfeo la voz de su Eminencia. El Marqués tornó a inclinarse con arcana indicación de pésame:

-¡Estamos sobre un volcán!

Monseñor le estrechó las manos, sin consentirle besar el anillo:

[366] -¡Querido Marqués, estamos en una hora de ensañada persecución a la Iglesia de Cristo! ¿Qué noticias han llegado a Palacio? Entéreme usted. Su Santidad ha tenido una subida de sangre a la cabeza y aún no le dan por bueno sus médicos de Cámara. Para Su Santidad ha sido un golpe muy doloroso y le aflige particularmente el daño que puede acarreársele a Su Majestad. Se hacen gestiones a fin de recuperar un importante documento. Al Santo Padre le preocupa que esos despachos lleguen a manos de los revolucionarios españoles, y puedan ser esgrimidos difamando a la Católica Majestad. Para satisfacer la cuantiosa suma que piden los carbonarios se procura un empréstito con la garantía del patrimonio privado de Su Santidad.

El palatino se despeñó por una escala de oficioso cacareo:

-¡La Señora en modo alguno podrá consentirlo!

Monseñor inclinóse deferente, ungido de bálsamos evangélicos:

-¿Y cómo está la Señora? Roma hubiera deseado que ignorase este lamentable incidente. Todavía no tengo cabal conocimiento de los hechos. Se me ha pedido, primeramente, una relación de los despachos que integraban la valija. ¡Correo oficial sin importancia, carísimo Marqués! Lo he comunicado así. Monseñor Antonelli, tranquilizado, en ese respecto, no concedió a la substracción del regio autógrafo, una importancia máxima. ¡En sí no parecía tenerla, carísimo Marqués! ¡Era, ciertamente, un atentado abominable el secuestro del Conde Blanc!...

[367] El repintado carcamal estiró el cuello con alardosa petulancia:

-¡No apruebo la conducta de ese caballero! ¡Debió haber vendido cara su vida!

Monseñor inclinaba la cabeza con amable sonrisa:

-¡Oh! El heroísmo no puede pedírsele a todas las naturalezas. Tampoco sabemos las circunstancias que concurrieron en el hecho. El Conde Blanc ha escrito una carta, a todas luces impuesta por sus opresores, y esa carta descubre los hilos de la tenebrosa maquinación... El Conde Blanc se declara portador de una carta confidencial, donde la Reina Isabel, como hija amantísima de la Iglesia Católica, somete a la consideración del Santo Padre escrúpulos políticos y privados que, en la hora presente, torturan la conciencia de la Regia Señora. ¡Esta revelación insospechada nos ha llenado de zozobras! Es una luz, pero luz turbadora como las llamas sulfurosas que enciende el báratro.

El palaciego guardó un edificante silencio, colmado de piadosas reflexiones. Monseñor juntaba las manos y ponía los ojos en las alturas. Ángeles rubios y azules, con inicios de dancil, deshojaban una guirnalda a lo largo del plafón. El palaciego, tras el edificante silencio, recobró el uso del fatuo cacareo:

-¡Estamos sobre un volcán! La Señora hallaría un gran consuelo recibiendo en audiencia a Monseñor. ¡Si Monseñor se dignase acompañarme a Palacio!...

-¡Oh! Ciertamente... Es lamentable que este incidente no haya podido substraerse al conocimiento de la Señora... A ese respecto he recibido instrucciones muy [368] precisas del Cardenal Antonelli. ¡Dios lo dispuso de otra manera, y debemos acatar sus altos designios! Soy con usted, carísimo Marqués.

Cerró el parlamento con una cortesía de gran estilo eclesiástico, y salió mirándose en los espejos, estudiando los pliegues del capisayo.




IV

Formó la guardia de pistolos ante la Puerta de Oriente. El Nuncio de Su Santidad, pausado y decorativo, entre golpes de alabarda, acudía, cargado de evangélicos bálsamos, al consuelo de la Católica Majestad. En el estrado de oros y damascos, adonde fué introducido, hacía espera Fray Antonio María Claret, Arzobispo de Trajanópolis y Confesor de la Reina Nuestra Señora. Saludáronse los dos eclesiásticos con gregoriano solfeo:

-¡Oh! ¡Qué grata sorpresa!

-No es menor mi satisfacción, aun cuando sabía que era usted esperado en Palacio. ¡La Reina está angustiadísima!

-¿Ha conferenciado usted con Su Majestad?

-No he conferenciado. La Augusta Señora, con feliz acuerdo, buscó los consuelos de la religión y la he oído en el Santo Tribunal. ¡Se ha fortificado en las aguas de ese Jordán! ¡Cuántas tribulaciones sobre el regio corazón de la Señora! ¡Qué brasa encendida de amor a sus súbditos y a la Santa Sede Apostólica!

El Reverendo Padre Claret usaba el tonillo de los predicadores ramplones. Monseñor Franchi, con delicada [369] sonrisa, le reparaba al manteo raído y a las manos con uñas de luto. El Reverendo tenía la boca vasta y oscura, rasgada de pastosas vocales catalanas, partida por él chirlo que diseñaba acentos de clérigo trabucaire, en aquella jeta payesa y frailuna. El Nuncio de Su Santidad guardaba una actitud de extremada reserva:

-Yo, hasta hoy, he ignorado que existía una carta de Su Majestad Católica. El Conde Blanc, guardando una reserva, sin duda impuesta, nada me había comunicado. Lejos de mi ánimo reprochárselo, ha procedido como un hombre de honor... Pero acaso hubiera sido conveniente otra cosa... ¡Acaso! Notoriamente no ha querido oírseme. Es una advertencia, y no volveré a incurrir con mis consejos en el desagrado de Su Majestad... ¡Y sin embargo de habérseme oído!...

Lamentó campechano el Confesor de la Reina:

-¡Las asechanzas del maligno han enradado esta madeja!

-¡Era poca toda prudencia! No quiero aventurar juicios, pero quizás mis indicaciones hubiesen sido de alguna eficacia... Tengo una triste experiencia de cómo actúan las Sociedades Secretas.

El Confesor de la Reina se revestía el pardo capillo de frailuco payés:

-La Augusta Señora es indudable que se ha guiado de un loable deseo. ¿Cómo podía ser de otra manera? ¿Quién osará poner en duda los excelsos sentimientos de Su Majestad? En esta ocasión no podía desmentirlos, y parece evidente que el móvil de su conducta ha sido el más ferviente celo religioso... ¡Un escrúpulo muy respetable! [370] La Reina Nuestra Señora ha querido para sí toda la responsabilidad de sus augustas resoluciones, sin comprometer al dignísimo representante de la Santa Sede. ¡Una prueba indeleble de acrisolado amor a la Iglesia!... ¡Su corazón es como un dulce almibarado de los que ángeles y serafines sirven en la mesa del Altísimo!

Monseñor Franchi acogía con especiosa misericordia, las razones del Reverendo Padre. Resabios de protocolo movían el ánimo del Prelado Romano: El gran estilo de sus artes diplomáticas se mal avenía con la escuela chabacana del Regio Confesor. Aquellas expresiones ramplonas, dechado de sagacidad frailuna, le inspiraban lástima, y acaso el despacho removía sus larvas en la conciencia de Monseñor: El vuelo ingrávido de un vilano que inicia su levedad en fluctuantes círculos.




V

Tras larga espera, los dos prelados fueron introducidos a la Real Cámara. Nuestra Augusta Señora enjaretó ponderativas disculpas, amable de sonrisas el labio borbónico, majestuosa y pechona, ceñidos los rubios cabellos por una diadema portuguesa, las sienes, con parches de sebo. La Católica Majestad, aludiendo al achaque de su jaqueca, decía cefalalgia, locuaz y sabihonda, inflándose con hipos de paloma. Los evangélicos pastores se dolían con diverso estilo. El Nuncio de la Santa Sede, musical y discreto, encarecía los milagros de las sales inglesas, y retrucaba el Confesor:

[371] -¡Sanguijuelas, Señora! Sanguijuelas en salva sea la parte, para bajar la sangre ¡Es la medicina de los viejos!

La Real Majestad sonreía alternativamente:

-La Pepita Rúa ha sido mi médico de cabecera: Ella está por los parches de sebo.

Se avino el Confesor:

-Sin duda que procuran alivio, pero el mal, de raíz sólo se lo llevan las sanguijuelas. ¡La sangre viciada hay que echarla fuera del cuerpo!

El Nuncio de Su Santidad inclinaba el rojo solideo:

-Hoy la medicina moderna tiene depurativos... Se tiende a no restar sangre al organismo. Es el concepto de la medicina moderna.

-No me convencen tales innovaciones. En eso, como en otras muchas cosas, me declaro rutinario. ¿Qué nos ha dado la ciencia moderna? ¡El ateísmo! ¡La demagogia! ¡La perversión de costumbres! ¿Creo que estaremos de acuerdo?

Monseñor Franchi, con alambicada sonrisa, plegó los hábitos y cruzó las manos:

-¡No abramos cisma! Ciertamente, el sectarismo científico es abominable. ¡Pero qué maravilloso espectáculo el de la razón humana iluminada por el faro de las verdades eternas!

La Reina Nuestra Señora inclinó las celestiales pupilas, jugando con los cabos de su pañoleta de encajes: Disimulaba con mitones, el rosicler herpético de las manos achorizadas y gigantonas cómo pedía el cetro de dos mundos:

-¡Estoy volada! ¡Qué audacia la de esas infames sectas [372] secretas!... ¡Atreverse a interceptar mi real correspondencia con el Santo Padre! No soy rencorosa, pero si los autores son habidos, debe hacerse un escarmiento!... ¡Un escarmiento muy grande, que sirva de ejemplaridad a esos herejes! Los Estados Pontificios debieran crear organismo como nuestra Guardia Civil. Monseñor Antonelli, seguramente, ya habrá pensado en ello. ¡No es tolerable que se repitan semejantes ultrajes!

Solfeó el Padre Claret:

-El Benemérito Instituto haría un gran bien en los Estados de Su Santidad.

El Nuncio Apostólico aclaró con atildada deferencia:

-No estamos sin un Cuerpo de Gendarmes organizado y sostenido por la munificencia del Emperador de Francia.

La Reina Nuestra Señora alargaba el labio borbónico con una mueca de pique, extasiados los ojos sobre las manos:

-Poca ayuda nos ha dado en esta ocasión la gendarmería que sostiene Su Majestad Cristianísima!... Desde ahora me ofrezco a sostener una fuerza equivalente organizada como nuestra Guardia Civil. Me tiene muy afligida la suerte de mi sobrino, y verdaderamente, ese tarambana no debió haberse aventurado sin una escolta, conociendo la inseguridad de los caminos romanos.

El Reverendo Padre derramó el bálsamo frailuno de sus consuelos, embastecida la boca por crasos dejos catalanes:

-¡La juventud es siempre temeraria!

[373] Monseñor Franchi subrayaba una actitud de prudente reserva:

-¡Acaso pudo evitarse este lamentable incidente, trasmitiendo por clave la carta de Su Majestad!... Mi consejo hubiera sido cifrar el documento y guardar el real autógrafo en los archivos de la Nunciatura. ¡Ya no tiene remedio!

Se entonó la Reina Nuestra Señora:

-¡No hablemos del pasado! ¿Qué puede hacerse ahora? Creo que esos infames piden una exorbitancia. ¡Algo así me ha significado Torre-Mellada! Yo estimo que nunca será tan grande que no pueda pagarla la Reina de España. Con un millón, ya se darán por satisfechos esos pobretes. ¡Es indispensable, sobre este punto, tranquilizar al Santo Padre! Mi Embajador en Roma tiene instrucciones del Ministro de Estado. ¡Pobrecito Santo Padre, cuántas muestras de amor le ofrece en todas las ocasiones a su amante hija!

Monseñor Franchi arqueaba las cejas, con un gesto colmado de ampulosas perplejidades:

-¡La Corte Romana teme que el real autógrafo pase a poder de los revolucionarios españoles!

Empurpuróse el rostro de la Católica Majestad:

-¡Andan muy derrotados esos intrigantes, para poder pagarlo!

Monseñor apuntaba nuevas zozobras:

-Son lobos de la misma camada, que procuran la destrucción del orden social. Monseñor Antonelli abriga la sospecha de que esa carta haya vuelto a España.

[374] Se atufó la Real Majestad:

-Me alegraría, porque al que se le cogiese con ella encima, lo iba a pagar muy caro... Pero me resisto a creer en esa maquinación: Sobre todo, habiéndole puesto precio a mi carta. Lo harían si hubiesen perdido la esperanza...

El Padre Claret inflaba sus bajos:

-Lobos de la misma carnada, sí lo son, pero el conquibus es muy goloso.

Esclareció el Nuncio de Su Santidad:

-Monseñor Antonelli, al comunicarme sus recelos, no le da otro valor que el de conjeturas. Sin embargo, sus instrucciones son para que prevenga al Gobierno de Su Majestad.

La Majestad de Isabel Segunda, trascendía su enojo con buches de paloma real:

-Yo estoy muy reconocida al celo del Cardenal Antonelli. No tengo sus luces políticas, pero confío en la misericordia divina y creo que esa carta será fácilmente recuperada, sin ulteriores complicaciones. Esos herejes le han puesto precio y no desistirán de cobrarlo.

Asentía el Padre Confesor:

-No pierden ellos la tajada: El Cardenal Antonelli se nos pasa de listo, y cree en la sinceridad revolucionaria de los emigrados españoles. Entre nosotros, el democratismo es hambre atrasada, y todos sus chinchines tienen por objeto la conquista de La Gaceta. Cuantos hoy conspiran buscan comer. ¡Ahí está el busilis!

El Nuncio de Su Santidad hacía pliegues al ropón:

[375] -Con esa carta redoblarían sus aproches, y sin duda esa posibilidad no se le ha ocultado al Cardenal Antonelli.

La Reina Nuestra Señora tenía un incendio en la cara:

-¡Es posible! Pero me resisto a la idea de que vaya a ofrecerme ese cáliz de amargura, el Divino Redentor. Y en último resultado, no quiero pensar en lo que todavía está en ciernes. ¡Eso es llamar por el mal! Con esa carta y sin esa carta, la demagogia jamás entrará en Palacio. Salvaré mi alma si no alcanzo a salvar el Trono. ¡La Iglesia nunca podrá reprocharme el perjurio de entregar mi pueblo a las logias masónicas! A este respecto había escrito al Santo Padre. ¡Se ha extraviado mi carta, pero no se ha extraviado mi palabra real!

Se doblaron, con eclesiástico solfeo de parabienes, el frailuco catalán y el prelado vaticano.




VI

Los dos prelados, recelosos el uno del otro, encubiertas las suspicacias con amistosas expresiones, se despidieron en los umbrales de la Real Antecámara. En el fondo de la galería, conversaban la Dama de Servicio, Condesa-Duquesa de Villanueva de los Infantes, y el Marqués de Novaliches: Con un celo previsor, de criados encanecidos en las obligaciones de antesala, sabían estar atentos a las puertas, vigilantes sobre todos los pasos, y sostener el coloquio. Su Eminencia el Arzobispo de Trajanópolis, con el familiar al flanco, cruzaba la galería, y todas las cornejas palaciegas, en beato revuelo, acudieron a besarle [376] el anillo pastoral. El Padre Claret se detuvo, pródigo de bendiciones, con el humor chabacano que en los chascarrillos se le atribuye al glorioso San Pedro:

-¡Vaya! ¡Vaya! ¡Vaya! ¡Cuántas ovejas del Señor! ¡Bueno! ¡Bueno! ¡Bueno!

Interrogó la Duquesa de Fitero:

-¿Su Eminencia predica hoy en las Góngoras?

-En las Góngoras, a las tres. Poco después de las cuatro en las Salesas. A las seis, la novena de Nuestra Señora de Monserrat. A las siete, ejercicios espirituales para jóvenes solteras, en la Parroquia de San Sebastián. A las ocho, he de estar a la cabecera de un penitente: ¡Ahí tienen mi jornada! Porque a las nueve, después de la colación y rezar el santo rosario, hago propósito de entregarme a la falsa divinidad de Morfeo.

El Reverendo Arzobispo de Trajanópolis, acabó la cuenta tapándose las orejas, negándose a oír el laudoso murmullo del bando palatino:

-¡Cuántas almas ganadas para el Cielo!

-¡Su Eminencia se fatiga demasiado!

-¡Qué conmovedora batalla contra el poder de Satanás!

-¡Supera al esfuerzo humano!

-¡Su Eminencia puede enfermar!

-¡Es muy grande el poder de Nuestro Señor Jesucristo!

-¡Pasmoso que no se fatigue de la garganta!

-¡Se patentiza una ayuda muy señalada del Divino Redentor!

[377] -¿Y no toma ninguna medicina su Eminencia? Yo voy a mandarle una caja de pastillas de malvavisco.

Era una dama la del ofrecimiento, y para acordarse le dio un nudo a su pañolito de encaje. El Padre Claret soterraba las manos labriegas por las sisas de la roja sotana, y en el ristre enlutado de las uñas, sacaba hojas de oraciones, medallas, estampas, ramitos de espliego, todo con la bendición del Santo Padre. Barullón de evangélicos consejos, hizo partijilla entre Gentiles-Hombres, Mayordomos y Grandes. Con ingrata prosodia catalana, tejía una rocalla de milagreras hipérboles, que recordaba el estilo de los misioneros en tierras de Oceanía. El coro de la alta servidumbre se apapanataba con remilgos beatos. El Padre Claret sacó entonces su cebollón platero, de cuando era seminarista, y se llevó las manos a la tonsura:

-¡La mañana a pájaros! ¡Y aún tengo que hacer una plática de doctrina cristiana a Sus Altezas!

El General Marqués de Novaliches, Ayo del Serenísimo Príncipe de Asturias, con rancios extremos de etiqueta palaciega, se brindó como introductor: Era un vejestorio de cortos alcances, crédulo, picajoso, caballeresco y bien intencionado. El Padre Claret le pagó las flácidas cortesías con una medalla de Nuestra Señora de Loreto:

-¡Récele! Es una imagen muy milagrosa, y que concede señaladísimas gracias a quien se las pide devotamente.

El Ayo de Su Alteza entonó un solo de chirimía, colgándose la medalla sobre el pecho, en el deslumbrante tinglado de placas, cruces y veneras, regias mercedes [378] concedidas a los claros hechos de aquel aguerrido figurón de antecámara:

-¡A las órdenes de Su Eminencia!

-¡Pues cuando guste el Señor Marqués!

Al salir, aún distinguieron la roja magnificencia del Nuncio de Su Santidad: Pasaba ante los espejos de un dorado salón, declinando saludos, con elegante ceremonia.




VII

El Heredero de la Corona recibía las lecciones de catecismo, religión, moral y palotes, en una sala del entresuelo. Don Cayetano del Toro, clérigo de buena conducta, tímido y fanático, era el mentor: Las arduas enseñanzas del tonsurado se acendraban con el ejercicio de bayoneta y carabina, bajo el marcial comando del Coronel Zárate. Estas ilustres disciplinas se encaminaban al propósito de que, corriendo los años, fuese otro San Fernando, el Príncipe Heredero. Sin embargo, aquella mañana, el noble ejercicio de las armas, por lo mucho que le enardecía y sofocaba, se redujo a disparar tres pistones. Los Médicos de Cámara tenían puesto el veto a toda fatiga corporal, atendiendo a prevenir los resfriados de Su Alteza. El Augusto Niño, a una seña del dómine, adelantóse con ingenua petulancia, y, lanzado de carrerilla, lució su mucho saber, aplicación, memoria y felices disposiciones. El dómine, con la mano en suave vaivén, intentaba apaciguar la fuga del egregio discípulo:

[379] -Vuestra Alteza se fatiga demasiado. Es posible que tenga gusto en interrogarle el Eminentísimo Señor Arzobispo.

El Padre Claret marcó un signo de cazurra aprobación:

-¡Muy bien! ¡Muy bien! ¡Muy bien! No estará de más alguna preguntita... Y por delante mis parabienes al discípulo y al maestro.

-Su Alteza, estos días, ha leído con muy especial aplicación, los libros de Su Eminencia. Los conoce todos y tiene trazado, bajo mi dirección, breves síntesis de la doctrina que en cada uno expone Su Eminencia.

Al Heredero de la Corona le brillaban los ojos, con el deseo de lucir su flamante sabiduría: El Padre Claret le acarició la barbilla:

-Me es muy grato saber que mis lucubraciones han merecido el aprecio de Su Alteza.

El Augusto Niño desembuchó con otra carrerilla:

-«Consejos y Avisos a las Religiosas». Este opúsculo, el primero en el orden cronológico, corrige arraigadas corruptelas y esclarece los caminos de la oración. «La Cesta de Moisés entre las siete bocas del Nilo y Avisos saludables a los jóvenes para librarse de las asechanzas del Siglo». Llama la atención este opúsculo, tanto por la mucha doctrina que encierra como por el acierto con que expone y esclarece textos de San Francisco de Sales y San Ligorio: Todas las páginas son una continua y feliz alegoría: El Nilo representa el mundo, y las siete bocas de su delta siete peligros que amenazan a los jóvenes. El aire húmedo del río representa las falsas máximas del [380] liberalismo. He aquí el ornamento de este precioso libro: -Primero: Cesta tejida con mimbres y juncos de saludables y espirituales avisos, calafateada por el impenetrable preservativo de las virtudes cristianas.-Segundo: Gran Nilo del Mundo, que por siete bocas se precipita en el abismo de perdición temporal y eterna.-Tercero: Malos compañeros. Malos libros. Espectáculos y comedias. Cortejos y bailes. La Ociosidad y el Juego. Amor a los Deleites Sensuales. Amor a las Riquezas y Honores. Falsas máximas del Mundo.- A este opúsculo siguen: «Avisos a las Doncellas», «Avisos Muy Útiles a los Padres de Familia», «Avisos Muy Útiles para las Casadas», «Avisos Muy Útiles para las Viudas», «Avisos saludables para los Niños», «Avisos a un Militar Cristiano». El autor enumera las obligaciones de los diversos estados a los cuales se dirige, los peligros y dificultades que suelen encontrarse en ellos, y el modo de santificarse en cada uno. «El Rico Epulón en el Infierno», «Maná», «El Carnaval y su Entierro», «Convite a la Gloria», «La Escala de Jacob» y «La Galería del Desengaño» tienden a dispertar en su tibieza a los cristianos, muchos en número, pero esclavos de alguna pasión, con la esperanza temeraria de salvarse y no ser por ella condenados: Estos son los que buscan, ciegos, la suspirada joya de la felicidad en los honores, deleites y riquezas de este mundo, donde cabalmente no pueden estar. La felicidad solamente se halla en Dios Nuestro Señor. Quien por ella suspire ha de buscarla por los senderos de la oración y de la penitencia.

Solfeaba el Padre Claret:

[381] -¡Maravillosa retentiva! ¡Felices disposiciones!

El Augusto Niño tomaba mal los alientos, atropellándose con hipo afanoso, la voz sofocada y sin timbre: Le brillaban los ojos como si corriese, sobre aquella sabihonda retahíla, a la conquista de una corona de laurel. El Marqués de Novaliches intervino, paternal, en función de ayo:

-¡Su Alteza no debe agitarse!

El Augusto Niño se detuvo con alentar arroncado y fallido de gaita con agujeros. El Padre Claret le premió con una estampita:

-Vuestra Alteza me ha hecho recordar al Gran Rey David, que en edad párvula venció la soberbia filistea, aplastando con la piedra de su honda, la dura frente del Gigante Goliat. Mis felicitaciones también para el modesto jardinero que mantiene lozano el tierno arbolillo, limpiándole de malas hierbas. Por los países de extranjis se habla mucho de la educación que debe dársele a los colegiales, y no es raro, en estos tiempos tan decaídos, que se les pervierta poniendo en sus manos inocentes, a los autores griegos y latinos, que difunden los más crasos errores del paganismo. Afortunadamente, Vuestra Alteza ha encontrado conductores, que saben preservarle de esta cizaña, y darle la saludable educación que debe tener el futuro Rey de España. ¡Récele, Vuestra Alteza, al Santo Ángel de la Guarda, para que mantenga siempre puro el preciado tesoro de vuestro corazón!

El Dómine se enternecía.

-¡Su Alteza une a las felices disposiciones, la más bondadosa índole, y la más acrisolada aplicación!

[382] El Marqués de Novaliches, hueco y espetado, pulsaba al Augusto Niño:

-Vuestra Alteza no debe agitarse. Mi obligación es recordarle la prescripción facultativa.

-¡Marqués, no seas aprensivo! ¡Déjame que concluya!

-El Señor Arzobispo, creo que abunda en mi opinión.

El Padre Claret se estallaba los artejos:

-¡Así es! ¡Muy de acuerdo! ¡Acatemos la tiranía de los galenos!

Entró un Gentilhombre con el mensaje de que las Reales Personas asistían a la plática de Su Eminencia. Golpes de Alabarda. Largo y ceremonioso séquito. La Señora, con los ojos enrojecidos, pero pomposa y risueña, vestida de azul celeste, fayas y encajes, entró apoyada en el brazo del Conde de Girgenti:-El Príncipe de la Casa de Nápoles, Prometido de Su Alteza la Infanta Isabel Francisca.- El Rey Consorte, menudo y peripuesto, levitín de alpaca, dijes en la cadena del reloj, pantalón perlino, venía detrás en pareja con la Reina Madre.- El Infante Don Sebastián, pisando las colas, volvía el ojo tuerto sobre la Infanta Isabel Francisca. Después, Damas, Grandes, Gentiles-Hombres, Mayordomos.- El Reverendo Confesor hizo una plática con ornamento de latines:-Textos de los Santos Padres, que traían un resplandor de los retablos dorados, de las barbas ilustres y las nimbadas tonsuras en sabia meditación, sobre misales áureos.-La Corte se retiró edificada. Nuestra Augusta Señora, encendida de amor por las sacrosantas tradiciones, empeñó su real promesa de asistir aquella tarde a los toros con cachirulo de teja y mantilla española.

[383]




VIII

La Puerta del Sol lostrega el prestigio oriental de su nombre. Calle de Alcalá. ¡Tarde de toros! Calle de Alcalá, luminosa y retintinante. Puerta del Sol. Bulla de pregones:

-¡Altramuces! ¡Abanicos! ¡Naranjas! ¡El programa de la corrida! ¡La lista grande! ¡Nardos y claveles!

Se vierte sobre las aceras el vocerío de cafetines y tabernas. Zumbona manolería asalta la imperial de los ómnibus. Disputas y zaragatas. Las coimas de rumbo se lucen en calesa, florido el rodete y el pañuelo del talle. La Corte muestra su vana magnificencia en landós y carretelas. Clarines. Escolta de Guardias. Morriones y plumeros. Grupas en corveta. Caballerizos de espadín y tricornio, a la portezuela de las carrozas reales. La Reina Nuestra Señora, lozanea entre azules y guipures. A su izquierda se acoquina la pulcra insignificancia del Rey Consorte. Las Reales Personas no disimulan el desacuerdo del tálamo. La Señora saluda apomponada, florea la mano, tiene una afable sonrisa para su Pueblo. El Augusto Consorte se inclina con urbana mesura, en un término casi olvidado del gran atalaje. Charoles y metales. Cuatro yeguas andaluzas. Encumbrados palafreneros: Pelucas blancas y medias encarnadas. Otra sección de Guardias. Renovados clarines baten la marcha del Príncipe de Asturias. El Augusto Niño -uniforme de sargento- encanta al populacho con la monería de su saludo militar. Sonríe, entre bigotes y perillas marciales. Le asisten y celebran el General Marqués de Novaliches, Mayordomo y Montero Mayor [384] de Su Alteza. El General Sánchez Osorio, Jefe de Estudios. El Coronel Losada, Placa de San Fernando, Medalla de Africa, Gran diploma de la Asociación de Caza y Pesca, Primer Premio en los Concursos de Tiro, gloria nacional en los ejercicios de carabina y bayoneta.-La Marcha de Infantes. Más landós, más carretelas. Los Duques de Montpensier saludan. Aplausos y vítores.- Los Comités de la Unión Liberal pagan dos pesetas.-El retén de pistolos permanece formado ante la verja del Ministerio de la Guerra. Los Duques saludan: Sonrisa de soberanos. La misma algazara de cornetas. Caballerizos y palafrenes. Las mismas pelucas blancas, las mismas medias encarnadas. Otra sección de Guardias, más coches de la Real Casa. Landó a la Grand d’Aumont. La Infanta Isabel Francisca, rubia, chata, una fábula verde el vestido, cachirulo de carey, mantilla de madroños, belleza manchega de Princesa Aldonza. A su lado, la Duquesa de Casteluccio. En la bigotera un uniforme: Dormán y chascás con pompón de gala.- Otra ráfaga de cornetas.-El Príncipe Napolitano, Prometido de la Señora Infanta.- Vítores graneados. La Intendencia de Palacio paga dos reales:

-¡Altramuces! ¡Abanicos! ¡Naranjas! ¡El programa de la corrida! ¡La lista grande!

Alcahuetas y cesantes, pícaros y bohemios, ciegos y lisiados, con donaires y lástimas, dan tientos a la bolsa ajena. El gentío de a pie, con el sol en la espalda, sube hacia la plaza esparcido por las dos aceras. Endrina y garbosa, ondula la gitana prometiendo venturas. Sobre un penco trota el picador, amarillo jinete, con el azul monosabio a la grupa. Un ciego pregona el romance del Horroroso [385] Crimen de Solana. En la imperial de los ómnibus, chungas y algarabías, calañeses y peinetas de teja, bastoneo y pataleo, luces morenas. El mayoral arrea el tiro de mulas. Bailan borlones y cascabeles. Restalla la fusta. Avinados berridos blasfemos. En torno de la plaza tumulto de ruedas y caballos. Humo de fritangas:

-¡Agua, azucarillos, aguardiente! ¡El programa de la corrida! ¡Agua, azucarillos, aguardiente! ¡Claveles! ¡Claveles! ¡Claveles! ¡Patitas de bailador, déjame una mota!

Moscas y polvareda. Negrea el gentío en las entradas de la Plaza. Disputas taurómacas. Impacientes empellones:

-¡Naranjas! ¡Naranjas! ¡Fresca! ¡Fresquita!... ¡De la Fuente del Berro! ¡Aleluyas de don Pirlimplín! ¡Risa para un año! ¡El programa de la corrida! ¡El Horroroso Crimen de Solana!

Guitarra y solfa. Rondas de morapio. Apolo cuelga su laurel en la puerta de un ventorrillo. Desafina el ciego:


   ¡En un negro calabozo,
confesados y convictos,
pagan su sanguinidad
los malvados asesinos!
Piden indulto al Gobierno
el Clero y el Municipio,
militares y paisanos,
viejos, mujeres y niños.

[386]




IX

Lleno en la plaza. La charanga de un regimiento acomete la Marcha Real. Mareas de difuso vocerío. Un clarín. Sale a caballo Felipe III. Bronca en el sol:

-¡Naranjas! ¡Naranjas!

Tumulto en la talanquera del toril, y el toro en el ruedo: Bien criado, bien puesto de pitones, barroso, berrendo en colorado, divisa colmenareña. Aplausos al ganadero. La Reina le busca con los ojos y le saluda con el abanico. Las madamas de la grandeza engalanan sus palcos con ondulación de pañuelos chinescos. Algarero ramillete. Revuelo de abanicos. Peinetas, madroños, claveles. Aplausos en todo el ruedo taurino, al primer quite de Frascuelo. Un piquero por tierra. Trota el penco al filo de las tablas, pisándose las tripas. En los brazos de azules monosabios, se recuesta la mueca del garrochista, que se duele de la costalada. Frascuelo lancea. Palmas y oles. El colmenareño se va suelto sobre la querencia del caballo difunto. Levanta el testuz careto de sangre:

-¡Naranjas! ¡Naranjas!

Frascuelo, vestido de luces -corinto y plata-, subió al Palco Real. El espada era alto, membrudo, la jeta oscura, de una fealdad bravucona: Arrodillándose con garbo de rufo, besó la mano de Sus Majestades y Altezas. La Corte, acogía al espada con murmullo de lisonjas. La Señora le agasajó con una petaca, donde lucían las cifras reales:

[387] -Ya he visto que sabes arrimarte. ¡A mí me gustan mucho los toreros valientes!

Intervino un poco bronca la Infanta Isabel Francisca:

-¡Cúchares nunca ha hecho más!

Asentía el Rey Consorte:

-¡Y los toros eran muy grandes!

Frascuelo explicó, doctoral:

-Codiciosos, y eso es lo que hace falta para poder lucirse y dar gusto a la afición.

Tornó la Reina:

-Del público no estarás descontento.

Certificó el espada:

-¡Es muy noble este público de Madrid!

La Majestad de Isabel Segunda paseó por la plaza las azules pupilas: Comparaba y escondía una queja celosa, por el desamor que el pueblo había mostrado a su Reina. Despidió al espada:

-Ve a verme alguna vez. Ya sabes que tendré mucho gusto en ser madrina del primer hijo que tengas.

Frascuelo tornó a la plaza. Era muy extremada su devoción isabelina, y agradecía la petaca, en el propósito de lucirla, y dar achares a más de uno, con aquella muestra del real aprecio. En la barrera, tomó el botijo, echó un trago y, sentándose en el estribo, mostró la petaca. Un caballero garboso, brillantes en la pechera, patillas y calañés, aparecióse por el callejón repartiendo saludos protectores: Llegó al espada, y le asentó familiarmente en el hombro la mano pulida, brilladora de anillos y tumbagas:

[388] -¡De órdago, Salvador! Vamos a nombrarte archipámpano del volapié.

-¿Te ha gustado la faena?

-Superior. Templando y mandando como los propios ángeles.

-No ha estado mal, porque era un bicho de cuidado.

-Ya lo he visto. De los que saben latín.

-¡Y con unos pitones!

-Cúchares lo hubiera despachado a paso de banderillas. Te has pasado de guapo.

-El Señor Curro ya tiene hecho su cartel. Vamos con el quinto, Benjamín.

-Una palabra. Me he comprometido a que le brindes la faena a cierta ilustre dama.

-¿Quién es ella?

-La Duquesa de Montpensier.

-¡Benjamín, no me traigas enredos!

-¡Salvador, me he comprometido!

-¡Hasta los toros queréis llegar con la política!

-¿Dónde ves tú la política?

-Benjamín, que no le doy ese trágala a la Reina.

-La Reina, encantada.

-Déjame de mapamundis.

-¡Si a nada te comprometes con brindarle un toro a la Duquesa!

-¡Con tanto saber, a mí no me la das!

-¿Qué telarañas se te han puesto?

-¡Que no me la das!

-Pues cuento acabado, y a la recíproca, Salvador.

-No te atufes, compadre. Los de la casaca liberal, os [389] traéis esta tarde un trasteo de mucho mampori, que decimos por la tierra. Os parecen pocos los vivas, y queréis armar un jaleo. Benjamín, soy empírico, y nada se me ha perdido en la política. En todo lo que no sea por esa querencia, me mandas. Este toro, te lo brindaré a ti.

-Yo me retiro ahora de la plaza. Salvador, buena suerte.

El espada encogióse de hombros. Requirió el botijo, apuró un chorrillo, y se limpió la boca enorme con el dorso de la mano:

-¡Vamos allá!

Saltó del callejón al ruedo, y apoyado en el estribo, quedó un espacio atento a estudiar las intenciones que descubría el toro, entre el capoteo de los peones:

-¡Fresca! ¡Fresquita de la Fuente del Berro!




X

La Familia Real abandonó la plaza al comenzar la lidia del último toro. Las Augustas Personas, con largo séquito de palaciegos, repartían saludos y prodigaban sonrisas al ilusionado populacho de aguardiente y buñuelo. Madrid, polvoriento de sedes manchegas, tenía un último resplandor en los tejados. Sobre la Pradera de San Isidro, gladiaban amarillos y rojos goyescos, en contraste con la límpida quietud velazqueña que depuraba los límites azulinos del Pardo y la Moncloa. La luz de la tarde madrileña definía los dos ámbitos en que se combate eternamente la dualidad del alma española. La Corte de Isabel Segunda, con sus frailes, sus togados, sus validos, [390] sus héroes bufos, y sus payasos trágicos, obsesa por la engañosa unidad nacional, fanáticamente incomprensiva, era sorda y ciega para este antagonismo geomántico, que todas las tardes, como un mensaje, lleva el sol a los miradores del Real Palacio. En aquellos amenes, la unidad del credo religioso, que a lo largo de tres sombrías centurias pudo hacer las veces de vínculo político, se relajaba ya impotente para mantener la ficción, una vez abolidas las hogueras del Santo Oficio. La Fe Católica, encendida de dramatismo semítico, había dado su potente boqueada, quemando franceses, como había quemado hugonotes y judaizantes. España sostuvo la última de sus guerras religiosas frente a la invasión napoleónica, y haberlo desconocido es el pecado del vocinglero liberalismo, que legisló en las Cortes de Cádiz. Se quiso entonces coronar el fantasma de la unidad nacional con engañosos laureles militares, y enmascarar la furia teológica del pueblo alzado en armas, con los rejos peleones del morapio patriota. Tan ilusas fanfarrias, solamente alcanzaron para engalanar con ramos de floridos tropos, odas, arengas, proclamas, vítores. Sagunto y Numancia, Pavía y San Quintín, Lepanto y el Dos de Mayo, desempolvaron el diccionario de la rima, y los preceptos de la poética pseudoclásica. Pero la realidad es siempre más cruel que la mala retórica. Los Ejércitos Nacionales, que con heroicas retiradas, al perder todas las guerras, hacían gloriosos todos los desastres, no lograban mantener la pureza del caduco vínculo nacional, como la hoguera y el fraile.-Dos Españas acendraban sus luces en el horizonte de herrenales y tejares, dos almas diversas dilataban hasta opuestas playas su vasto secreto, en el silencio [391] de la tarde. Verdes fríos, pinares brumosos, adustos roquedos, mudables mares, lluvias y vientos, intuía la sierra, frente a la llanura encendida de ecos africanos, vocinglera de zambras y majezas, amarilla de espartos, reseca de sedes.- Las Católicas Majestades inmovilizaban una tierna carantoña frente al populacho. Madrid, tendido al sol, con polvo en la greña y moscas en las orejas, ilustraba la tarde con rufas hazañas, por garitos y tabernas.-Una jactancia chispona de jeta con chirlos, pasea su gesto bravucón a lo largo del reinado isabelino: Las fanfarrias militares han trascendido a la conciencia popular, con oles y falsetas de una jácara matona.- Saludaban los Reyes. Promovían bélico artificio de luces, espadines y bandas, charrascos y pompones. El oro de los entorchados y los retintos bigotes marciales, encandilaban a la tunería de daifas y pirantes. Se complacían los marchosos de gusto, con las rubiales mantecas de la Augusta Señora. Partió el cortejo de cara al sol, entre un fugitivo espanto de perros y gallinas que dormían en las hoyas. A la puerta del tabernucho, en una rueda de avinados fervores, enronquecía el ciego, al compás del guitarro:


   La más culpada de todos
Una mujer ha salido:
A las inocentes víctimas
Sacaba los higadillos,
Y guisados se los daba
De cena a los asesinos.

[392]




XI

El Marqués de Bradomín, a la salida de la plaza, compró el romance. Chifló Torre-Mellada:

-¡No vale la pena de leerlo! ¡Paparruchas! Toñete me ha venido con ese papel. Os diré que casi tengo en la mano el indulto. Mis afanes me cuesta. ¡Qué batalla! La Audiencia de Sevilla ha informado en contra. El Gobierno inflexible. Yo terne que terne. Me comprometí a que no se levante el patíbulo en Solana. A la Señora la he interesado en favor de los reos, echándome a sus plantas. ¡Es infalible! La Reina Isabel la Católica dicen que era muy buena, pero dudo que aventajase a la Señora! Y muchas veces no puede exteriorizar los sentimientos de su excelso corazón, por las exigencias políticas. Una Reina Constitucional, está siempre un poco atada. A lo mejor se le ocurre discrepar a un Ministro... Lo he dicho siempre, y como yo, pensamos todos en Palacio: A la Señora, para hacer la felicidad de los españoles, le ha sobrado la Constitución.

Murmuró Bradomín:

-Verdaderamente nada ha estorbado tanto al progreso de los españoles, como la Constitución. ¡Muertes, asolamientos, fieros males! ¿Y por qué? Por una hoja de higuera que se había puesto el bando cristino, frente al carlista. Cosa tan exigua, ha encendido la guerra civil, cuando en realidad, de las dos ramas borbónicas ninguna quería la Constitución.

[393] Torre-Mellada se adornó con un ramillete de sentencias florecidas en la Real Antecámara:

-La Constitución está en pugna con el Derecho Divino. Ninguna vieja monarquía puede hallarse conforme con recibir el poder del pueblo, cuando lo tiene recibido de Dios. Bien mirado es una aberración, pretender que haya Reyes Constitucionales. Tanto valdría empeñarse en el absurdo de que las monarquías se hagan republicanas. ¡Lógica! ¡Lo que yo digo, lógica!

-Estás hablando en perfecto carlista.

-Como se habla en Palacio. La Reina era una niña, y el pueblo estuvo a su lado por eso mismo. ¡Muy natural en un pueblo de tan nobles sentimientos como el español! Pero siempre se ha puesto por delante el Derecho Divino.

-Y la hoja de higuera constitucional.

-Con toda suerte de restricciones mentales. Así te lo concedo. Era una imposición de las circunstancias... La funesta influencia de Espartero... Pero la Monarquía ha repugnado siempre liberalizarse, y con ella cuantos aquí representan un sentido de orden: La Nobleza, el Clero, lo más sano de los cuarteles, las clases conservadoras del Comercio. Cuatro oradores de club y otros tantos grajos del periodismo, son los únicos que desafinan, pero el pueblo, se mantiene fiel a la sacrosanta tradición de nuestros mayores. Otro Santo Oficio es lo que hacía falta para limpiar al país de esa contaminación. ¡Una turba de descamisados! Porque no son otra cosa. Puedo aseguraros que es intolerable la tutela ministerial. ¡La Señora cuántas veces tiene que reprimir los impulsos de su corazón para no [394] disgustar al Consejo de Ministros! Se le ponen trabas, cuando quiere mostrarse magnánima, como sucede ahora con el indulto de los reos de Solana.

La Marquesa Carolina sacó una mano entre las blondas, sujetándose los claveles que prendía en el descote:

-¡Comprendo la clemencia para los reos políticos, pero con esos criminales!... El Señor Blasillo, un hombre que tenía nuestra confianza, no es digno de tu interés, Jeromo. Pudimos haber sido sus víctimas. ¡Esos recuerdos me han hecho imposibles los días que acabamos de pasar en Los Carvajales!

Feliche cerraba los ojos, con un gesto reconcentrado:

-¡Y aquella mujer!

Evocó Bradomín:

-¡La Sibila Manchega!

-¡Qué horror!

El Marqués de Bradomín ponía los ojos con leve burla en el papel del romance:


   -Esta mujer, ángel malo,
De lo malo que se ha visto,
En la boca de una cueva
Vigilaba a los cautivos,
Y, por escarnio, los fuerza
A que coman en un pilo,
Perdonando la expresión,
Como si fueran gorrinos.

El coche trasponía con suave mecimiento el gran portón del Palacio de Torre-Mellada. La Marquesa, con dengue estrechó la mano de Feliche:

[395] -Te quedas a comer conmigo y nos iremos a los Bufos. Jerónimo tiene banquete en la Casa Grande.

Feliche, agacelada, miró a Bradomín. Era feliz sometiéndose a la voluntad del amado, apretando los lazos de su enamorado cautiverio.




XII

El Marqués de Torre-Mellada, con un revuelo, cacareando, salió de manos de Toñete:

-La capa de maestrante.

Giraba sobre los talones, mirándose en un espejo. El ayuda de cámara le puso sobre los hombres la capa blanca. Pulsaban en la puerta con tremolín de artejos burlones, como de duende. Toñete acudió con quiebro de viejo danzante, y entornada la hoja, miró por el rendijín. El Marqués le interrogaba sacando el morro: Toñete falsificó una mueca de reverencia:

-¡El Excelentísimo Señor Barón de Bonifaz!

El Marqués, haciendo perifollos, desvióse del espejo para recibir al Pollo Real:

-¡Encantado de verte!

Adolfito, sombrero apuntado, paletó inglés, medias de seda, fumaba un veguero: Con chunga elegante, lanzó una gran bocanada de humo:

-Vengo a pedirte un lugar en el coche. Tengo enfermo el tronco de yeguas normandas. ¡Una friolera! ¡Cuatro mil napoleones!... ¡Tengo enfermo al cochero! ¡Otra friolera! Sesenta duros mensuales. Cierto que es el mejor cochero inglés. ¡Wiliam Smit sólo admite competencia con [396] Carlos Alba!... Tengo enfermo al lacayo negro. ¡Otra friolera! Siete libras de carne cruda en cada comida. ¡Igual que el león de la Casa de Fieras!

El Marqués de Torre-Mellada se hacía cruces:

-¡Adolfo, estás en un estado lamentable!

-¡Algo mareado! ¡Todo hace falta para sobrellevar esta vida de calamidades!

-¡No tienes enmienda!

-¡Completamente de acuerdo!

-¡Te pervierten las malas compañías!

-¡Indudablemente!

-¡En tu posición actual, es preciso que cambies de vida!

-¡Y tanto!

-¿Por qué no lo haces?

-¡Porque no quiero!

-Adolfo, con esa conducta te juegas la posición que tienes en Palacio. La Señora abrirá los ojos... ¡Es muy buena! Con todo eso, un día puedes verte sustituido... ¡Acabará, necesariamente, por supeditar los sentimientos de su corazón a las exigencias políticas! ¡Ya se anuncia otro cambio en la Alta Servidumbre! ¡No doy un ochavo por ti, si hacen Intendente a Marfori! ¡Tienes muy disgustado al Gobierno!

-¡Nos despedirán juntos!

-¿A mí?

-¡Probablemente!

-¿Sabes algo? ¿Tienes algún motivo especial para afirmar ese disparate? El Gobierno sólo ha recibido de mí pruebas de lealtad. En Palacio he sido el primero que se [397] ha pronunciado por la continuación del Gabinete. Luis Bravo no lo ignora.

-¡No te aflijas! Nos acogeremos juntos al desierto. Siempre será menos aburrido que los trisagios de la Casa Grande.

-Adolfito, tenemos que conservar nuestras posiciones... Por tu bien hablo... ¡Cambia de vida, no te juegues el porvenir tan bonito que ahora te sonríe!... ¡Procura asegurar lo que tienes!...

El Pollo Real, con los ojos chispones, tiraba del cigarro:

-¡En Palacio, los sueldos son irrisorios!

-¡No son sueldos!... Eso es precisamente lo que dignifica nuestros servicios a los Reyes. ¡No son sueldos!

-¡Son propinas!

-¡Hablas como un demagogo! ¡Propinas! ¡Te pones inconveniente! ¡Comprendo tus escrúpulos, los comprendo y los comparto! Hasta cierto punto... ¡Nada más que hasta cierto punto! La Señora tiene derecho a conocer tu situación, y, seguramente, dado sus generosos sentimientos, hubiera acudido a remediarla. Es el paño de lágrimas de todo zurriburri, y tú eres algo más, para el corazón de la Señora. ¡No seas orgulloso!

-¡Me haces demasiado panoli! He pinchado en hueso, después de una faena que ríete tú de Frascuelo! Cuando ya tocaba la guita, se ha puesto otro más chulo por medio y cargó con el santo y la limosna.

El Marqués se transfiguró con una mueca turulata:

-¿Hay moros en la costa?

-El Vicario de Cristo. ¡Ese pollo ha copado!

-¡Adolfo, que es el Padre de los Fieles!

[398] -¡A mí me ha jorobado!

-¡No blasfemes! Ya me penetro de todo el misterio ¡Yo las cazo en el aire!

-La Augusta, después de una escena de lágrimas, me ha ofrecido sus alhajitas para pignorarlas.

-¡Qué gran corazón! ¡Otra Isabel la Católica! ¿Te habrás sentido conmovido?

-¡No mucho! Colón pudo darse por satisfecho... Eran otras sus circunstancias... No parece que estuviese muerta por sus pedazos aquella Augusta. ¡Pero yo he sido pospuesto al Niño del Vaticano!...

-¡Es natural, y no debes tomarlo tan a contrapelo! La Santa Sede tiene que ser remunerada. ¡Hazte cargo! Se ha impuesto un sacrificio muy costoso al negociar con los masones. El Santo Padre está con sanguijuelas, ¡Me consta! ¡Ha tenido una subida de sangre al cerebro!

-¡Pamplinas! Que cuelgue la tiara y se venga aquí a pelarla en la regia alcoba. Le cedo el puesto.

-¡Estás obcecado!




XIII

En la Galería del Real Palacio un mundo de uniformes y mantos repartido en ruedas vistosas, susurraba fatuos comentarios de política y toros, modas y amoríos, novenas y sermones, desengaños y lisonjas, promesas y esperanzas:

-¡Inexplicable la conducta de Serrano!

-¿Tú esperabas otra cosa?

[399] -La Señora le ha dirigido una invitación especial, para que no excuse su asistencia a la boda de la Infanta.

-No lo creo.

-El Presidente está celebrando una conferencia con los Reyes.

-¿Algo grave?

-¡Barruntos!

-¿A tu hijo le han dado la llave de Gentil-Hombre?

-¡Estoy agradecidísima!

-Para el mío no ha llegado esa gracia.

-Llegará.

-¡Si Pepe Concha me cumpliese la palabra de nombrarlo su ayudante!

-¡Señores, no hay nada, nada, nada!

-¡Qué faena la de Frascuelo!

-¡Y la mejor no la hizo en el redondel!

-¿Es verdad que se ha negado a brindarle un toro a los Duques?

-¡En el callejón ha sido la mejor faena!

-¡Qué pretensión la de esos señores!

-¡Pues es un caballero Frascuelo!

-Se les aguó el programa a los de la Unión.

-¡Intrigantes!

-¡Un torero que les da lecciones de lealtad!

-¡Qué pitada!

-¡Un fiasco!

-¡Adiós mi dinero!

-¡Parece indudable! Mis noticias vienen directamente de la tertulia del General.

-¿Del General o de la Generala?

[400] -Su Alteza le ha escrito también.

-Todavía lo creo menos.

-La Señora no podía esperar una negativa.

-¿Y ha tomado el olivo?

-Eso parece.

-¡Es inconcebible!

-¡Estamos en tiempo de milagros! ¡El franchute había dado treinta mil reales para la ovación!

-¡Creo que exageras! ¡Déjalo en tres mil!

-¡Barata ovación!

-¡Frascuelo tiene todas mis simpatías!

-¡Vaya barbián!

-¡Mañana lo siento a mi mesa!

-¿Me convido?

-¡Encantada!

-Son noticias de Londres. Hay un pacto de Generales.

-¡Ríete! ¡No hay pacto! Prim gime cautivo en una sonrisa de la Reina Madre.

-¡Qué absurdo!

-¡Si hubo pacto, ya no lo hay!

-¿Tú haces el Mes de María?

-¡Estoy desolada! ¡Se me ha pasado!

-¡El General Serrano, ha salido ayer de Madrid!

-¿Confirmado?

-¡Plenamente! Una huida para no hallarse presente en las bodas de Su Alteza.

-Le remuerde la conciencia.

-No es hombre de escrúpulos.

El Marqués de Torre-Mellada movíase de corro en corro, [401] refitolero y pazguato. Adolfito recibía dilectas sonrisas de las madamas, serviles saludos de fajines y entorchados, amistosas carantoñas de la servidumbre palaciega, envidiosas miradas de los bizarros de la alabarda.




XIV

Los Serenísimos Señores Duques de Montpensier, recibían en sus habitaciones el homenaje del bando unionista que conspiraba, sin recato, contra la Majestad de Isabel Segunda. Generales, tribunos, y poetas decoraban aquella intriga, con grandes gestos de virtudes romanas. La Unión Liberal, se disfrazaba de matrona.-Casco, rodela, lanzón, una sábana por manto, jugaba la tragedia, después de haber representado en las tablas políticas, el intermedio de baile, entre los Muñuelos Progresistas, y los Escapularios Moderados.- El Capitán General de los Ejércitos, Duque y Grande, que con su bengala imponía el ritmo de quiebros y mudanzas, había estirado el descomunal zancajo en tierra francesa. El Héroe de Luchana se fué del mundo para no ver aquellos amenes. Héroe de cortas luces, pero tresillista de mucha cautela, resplandece en los fastos isabelinos, aplicando a la ciencia política, los ardides con que se llevaba las puestas en la tertulia de su Doña Manuela. La Unión Liberal, huérfana y sin combas, croaba la fábula de las ranas pidiendo Rey. La lucida comparsa de vates laureados, elocuentes tribunos, y farrucos fajines, rendía acatamiento de testas coronadas [402] a los Serenísimos Infantes. El Duque conversaba a un ángulo con el General Córdova. La Duquesa, asistida de damas y galanes ocupaba el estrado. Los Señores Alaminos, y Torre Beleña, desfilaban ante el ujier que sostenía el cortinón. Aún duraban los saludos, cuando llega el General Caballero de Rodas. A poco, casi sin tregua, portando gran fajo de papeles, muy misterioso y circunspecto, Solís y Angulo, Secretario del Duque. Tenían las voces un anovelado susurro de conjura. La Señora Infanta se compungía entre sus damas, oyendo la crónica palaciega de licencias y discordias, intrigas y milagros:

-¡No puedo creerlo! ¡Imposible que mi hermana pueda olvidar a tal extremo, las obligaciones de su sangre! ¡Una nieta de San Fernando! Jamás he tenido ambición de reinar, apartada voluntariamente de la Corte... ¡Jamás! Y nunca pensé que me viese forzada a recoger el legado de mi difunto padre el inolvidable Rey Fernando VII. Lejos de estos faustos, entregada a los plácidos goces de la familia, era feliz con mis hijos y mi marido...

Declamó campanudo el Señor López de Ayala:

-¡Cuando la impotente mano real deja caer el cetro en el fango, solamente está en condiciones de recogerlo sin mancharse, la mano de un ángel!

La Señora Infanta se mostró agradecida, sonriendo con celestial melindre:

-No adelantemos los sucesos, Ayala. La Reina, afortunadamente, puede abrir los ojos y operarse un cambio en su conducta, consagrándose a labrar la felicidad de los españoles. Yo espero que así ocurra. Conozco los generosos sentimientos que atesora el corazón de mi hermana, y [403] que no es culpable de los disturbios que afligen a España. La creo mal aconsejada, pero su corazón es bueno.

El campanudo poeta se llenó de aire:

-Las horas que alcanzamos sólo tienen precedente en la decadencia de Roma. Las causas de las crisis políticas, son de tal índole, que hemos de ocultarlas a nuestras madres y a nuestras esposas. España no puede tolerar más tiempo el vilipendio en que yace sumida, la revolución está en marcha, es ineludible, se proyecta en el horizonte como una fatalidad histórica.

-¡Las revoluciones son algo terrible! Ayala, no olvide usted que he visto rodar el Trono de Francia. ¡Por nada del mundo quisiera volver a vivir aquellas horas!

Sobrevino un silencio tembloroso de recuerdos dramáticos. Carolina Torre-Mellada lo aventó con su rubio mohín de rosicleres franceses:

-¡Las turbas descamisadas invadieron las Tullerías!... Yo estaba al lado de Su Alteza. ¡Qué heroica dignidad frente al peligro, cercada por los gritos y las amenazas de aquellos demagogos! ¡Que ánimo verdaderamente regio cuando los hombres más valientes estaban pálidos!

La Señora Infanta tuvo una mirada furtiva para su Augusto Consorte: El Duque alternaba la lectura de un pliego cabildeando con el grupo de chafarotes de la Unión: La Señora Infanta declinó los ojos sobre las manos cruzadas, y se preparó con un suspiro para el relato de aquellos terribles sucesos ocurridos en la Corte de Francia. Le complacía el recuerdo de sus horas de heroína. El Duque, al otro extremo de la cámara, con taimada mueca de asombro, dobla el escrito y deja caer los lentes, arrugando [404] la nariz de enorme curva borbónica: Se asombraba con crasas erres francesas:

-¡Incomprensible! ¡Verdaderamente esta carta sólo la escribe un perturbado! Sin ver el autógrafo, hay motivo para sospechar de la autenticidad del documento.

El secretario guardaba una actitud circunspecta:

-Indudablemente para alcanzar una plena convicción, sería preciso hacer un viaje a Londres.

-¿Está el vendedor en Londres?

-Eso dice el sujeto que ha facilitado la copia. En Londres... Un enviado de las Logias...

-¿Qué cifra?

-Quinientos mil reales.

-¡Oh! ¡Qué escándalo!

-En el pedir no hay engaño.

-¡Señores, si esa carta realmente existe, empiezo a temer por la razón de mi regia cuñada!

Aseguró Torre Beleña:

-El Gobierno, me consta, ha dado órdenes para comprar ese documento.

El Duque giró los ojos, y con un gesto paternal llamó a la Duquesa:

-Louisette, concédenos un momento.

La Señora Infanta con amable sonrisa, salió de la rueda de sus damas, para acudir al reclamo del Augusto Consorte:

-¡Estoy apenadísima! Alfonsito al volver de los toros, sufrió una recaída. ¡Un vómito de sangre! Ahora me lo ha dicho Carolina. ¡Estoy alarmadísima! ¿Era eso lo que tú deseabas comunicarme?

[405] -¡No era eso precisamente!... De Londres se ha recibido una copia de la carta que tu hermana ha dirigido al Santo Padre. Puedes leerla.

El Duque presentaba el pliego:

-¡Lee!

La Señora Infanta tomó el papel y aun insistió curiosa, mientras lo desdoblaba:

-¿Es como ha venido asegurándose?

-¡Mucho más grave!

Leía la Infanta con respiro de párvulo. El Augusto Consorte halló espacio para condolerse por la flaca salud de su sobrino el Príncipe:

-¡Desgraciada criatura! El Destino se muestra inclemente con la Real Familia Española.

Insinuó el General Córdova:

-¡El Príncipe arrastra una herencia fatal! Hace diez años el favorito era Puig-Moltó. No hace mucho, le hemos visto morir tísico.

Hubo un tácito acuerdo. La Infanta abrió los ojos cortando la lectura:

-¿Cómo ha escrito esto? ¡Llamar a la rama legítima! La rama legítima somos las hijas del Rey Fernando VII. ¡Ninguna otra! Ella podrá abdicar sus derechos y los de sus vástagos, pero no los míos.

Asintió el coro:

-¡Es indudable!

-¡El Rey Felipe V no podía cambiar la Ley de Sucesión!

-¡Se da por no existente el codicilo del difunto Rey Fernando!

[406] -¡Y la bofetada a Calomarde!

-¡Y una guerra, señores, y una guerra!

El Duque recogía el papel que le devolvía la Duquesa: Prudente y taimado volvía a repasarlo:

-¡Calma! ¡Calma! ¡Hay motivos para dudar que sea auténtica la carta de la Reina! ¡Es incomprensible que medite la abdicación desposeyendo a sus hijos!

Contradijo la Duquesa:

-¡No es incomprensible! Otras veces ha manifestado los mismos escrúpulos! Mi hermana es muy dueña de insinuar reparos a la legitimidad de sus hijos... Cumple, sin duda, con un deber de conciencia. Pero mis derechos nadie ha osado ponerlos en duda, y para sostenerlos, si es preciso, montaré a caballo.

El coro acogió con susurro de adulaciones y plácemes, la heroica decisión de la Señora Infanta. La lucida farándula de tribunos, chafarotes y poetas tuvo un trasnochado gesto romántico: Había asistido a los dramones históricos y a las paradas militares, a las logias masónicas y a los conciliábulos apostólicos: Eran hombres de mundo, viejos galanes con catarro de arrepentidos, que conspiraban por hacer feliz a la Patria. Fraques de Utrilla, cruces, uniformes y bandas se inclinaban en rueda ante la Serenísima Señora.




XIV

Las volubles hablillas palaciegas atorbellinaban su murmullo avispero, por galerías y antecámaras. Con el taladro de aquellos aguijones, eran lumbre las serenísimas [407] orejas del Príncipe Cayetano María Federico de Borbón, Conde de Girgenti. El Caballero Canofori, personaje de su séquito, le había mostrado una copia del regio autógrafo, que tarifaban los carbonarios italianos, desde la herética sede de Londres. El Príncipe, dura frialdad de turquesa en los azules ojos de estirpe real, amontonaba el rubio ceño, y tenía despechadas palabras juzgando a la Corte de España: Era tanto su enojo que traducía intenciones de romper los conciertos matrimoniales:

-Es indispensable que conozca mi resolución la Familia Real Española. La boda ha sido concertada por interés de las dos ramas, y la abdicación lesiona mis futuros derechos. ¡Oh! ¡Es un despojo que no puedo tolerar de ninguna manera! La Infanta, mi bella prometida, está llamada a reinar, teniendo en cuenta la delicada salud del Príncipe... Con ser tan bella, yo, felizmente, no soy enamorado de sus gracias, no he tenido tiempo para caer a sus plantas. Muy indispensable que sea transmitida mi resolución de romper y tomar el camino de Roma. Las capitulaciones aún no están firmadas, y sin duda no cabe aludir en ellas a la endeble salud del Príncipe Alfonzzino. ¡Oh!... Estaría algo fuera de todo protocolo... Pero lo que no puede escribirse, puede ser objeto de conversaciones.

El Príncipe Napolitano se paseaba por la cámara: Era rubio, menudo, el bigotejo oralino, los ojos azules y crueles. Con el instinto oscuro de lograr sus fines, lanzaba la pueril bravata de romper los conciertos matrimoniales. Príncipe sin dineros, buscaba mejorar de fortuna, por [408] sus bodas, y como acontece a muchos vástagos regios, en la intimidad de sus familiares, trataba cínicamente el tema de las usuras y trampas, que le agobiaban: Rencoroso, de cortas luces, frío de alma y viciado de sangre, tenía por veces un mirar insistente y vesánico, una súbita ausencia del pensamiento bajo la cláusula dura de los ojos. Sentía una desorientación de noche oscura, rasgada por súbitos relámpagos altaneros, que descubrían lontananzas de cínica desolación. El Caballero Canafori intervino áulico, ecuánime:

-No está confirmada la versión, y es posible que nunca haya escrito vuestra augusta prima la Reina de España.

El Caballero Canofari, antiguo diplomático, ejercía funciones de mentor cerca del Serenísimo Príncipe Cayetano María Federico. Apostilló otro personaje del séquito:

-¡No olvidemos hasta dónde llega la audacia de las sociedades secretas!

El Conde de Girgenti detuvo su paseo al otro extremo de la cámara, tecleando en el mármol de la consola:

-Admito vuestra duda... Mi situación no cambia. Yo no estoy dispuesto a enajenar mi libertad, sin haber definido cuáles son mis futuros derechos... La Infanta ha sido Princesa de Asturias... Puede volver a serlo... Puede ser Reina de España. La abdicación en la rama carlista es algo que daña mis intereses. ¡Yo esperaba que vosotros me ayudaseis!

Se adelantó, mesurado y dogmático, el Caballero Canofari :

-¿Puede dudarlo Su Alteza? Pero admitamos la posibilidad [409] de un complot urdido contra vuestra augusta prima. Procedamos a cerciorarnos, sin incurrir en la ligereza de dar crédito a las murmuraciones... Otra cosa sería una ofensa a los leales sentimientos de la Católica Majestad.

El Caballero Canofari hablaba con premioso atildamiento, rebuscando las expresiones como si dictase una nota diplomática. Se advertía que sus reparos y salvedades eran fórmulas de protocolo, maneras de viejo cortesano que en todo momento elude la censura de las regias flaquezas. El Príncipe Napolitano insistía tecleando con nerviosa crispación, sobre el mármol de la consola:

-¡Canofari, vas en mi nombre a solicitar una entrevista!

-¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!

-¡La Reina está obligada a explicarme la doblez de su conducta!

-¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!

La más amable y cauta sonrisa rasgaba la boca del astuto mentor. Arrebatóse la Serenísima Persona:

-¡Tampoco eso!

El Caballero Canofari, morosamente, trascendía a las sinuosidades de la sonrisa, un almíbar de sutil confidencia:

-No es, sin duda, el mejor camino para conocer lo que haya de verdadero en el asunto de la carta... Su Majestad no habrá guardado copia, y puede muy bien hacerle traición la memoria en sus referencias. Si Vuestra Alteza me lo autorizase, yo seguiría otro camino... Una gestión con el Nuncio de Su Santidad.

El Príncipe Napolitano asintió con incontinencia petulante de vástago regio:

[410] -¡Esa ha sido mi primera idea!... Veo que por una vez nos hallamos de acuerdo.

El Caballero Canofari se inclinó, agradador y mundano:

-¡Una vez que no será la última, Alteza!

Súbitamente se demudó la expresión del Príncipe: Vaciló con los ojos desorbitados, rechinando los dientes, convulsionada toda la figura. Acudieron los familiares a sostenerle. Una espuma epiléptica le asomaba entre los labios amoratados. Musitó una voz llena de prudencia:

-¡Es preciso que no trascienda la noticia de este accidente!




XV

¡Madrileña Calle del Nuncio! El carruaje con blasones reales, que descendía lentamente, se llenó de brillos al doblar el esquinazo de la iluminada taberna. La tapia de un jardín le arrojó encima toda la taciturnidad de su sombra de adobe. Otra vez a trompicar en la luz de un farol. El Caballero Canofari recogíase en el fondo del carruaje, absorto en cábalas de diplomático casamentero. Fluctuante, desconectada de tan graves preocupaciones, invadíale una visual, morosa reminiscencia de calle napolitana, con aquel mujerío gesticulante en los umbrales de las puertas. Cierto humazo de aceite le fijó el recuerdo con sensación desagradable. Sin duda la calle madrileña tenía el vocinglero y popular anochecer de una calle napolitana. ¡Sin duda! El Caballero Canofari sorbió un polvo de rapé, y, distraído, frotó contra el pecho la tabaquera, regio presente de Su Majestad Napoleón III.-La tapa de esmalte, ostentaba [411] el retrato de la Reina Hortensia.- El Caballero Canofari disimulaba una grave preocupación, bajo su mónita de vejete atildado.- La Corte de España alentaba una intriga de carcas y apostólicos, con daño de la Real Familia de Nápoles: Su Santidad, sin duda, era ajeno a tales furberías. ¡Debía serlo! La Santidad de Pío IX había mediado para vencer la desgana matrimonial de la Serenísima Infanta: El Príncipe Cayetano María Federico, Conde de Girgenti, se casaba bajo los auspicios del Santo Padre: Al Vaticano, políticamente, le interesaba la unión de las dos ramas borbónicas: Por aquellos conciertos matrimoniales se fortalecían los lazos de la sangre, nacionalizándose españoles los agravios e intereses de la destronada Dinastía de Nápoles. El Rey Piamontés hallaría siempre en todas sus aventuras italianas, la hostilidad de la Corte de España. El Caballero Canofari, inconscientemente, movido por la reminiscencia napolitana de la calle, se inclinó mirando por el vidrio, levemente distraído de sus cavilaciones. En las remotas lontananzas del pensamiento, solapaba una marrullera desconfianza de la política vaticana, pero dejaba en las afueras del monólogo mental la ronda de suspicacias, recelos y prevenciones. El carruaje entraba por la rinconada de la Nunciatura. Un lacayo, acanto del portón, levantaba los brazos con pausada advertencia. Del ancho zaguán venía el landó de Monseñor. Saludáronse los dos personajes y simultáneamente se apearon:

-¡Carísimo Monseñor!

-¡Egregio amigo!

-¡Oh! ¡Cómo lamento ser inoportuno!

[412] -¡El Caballero Canofari dispone siempre de mi mejor atención!

-Sólo un instante, Monseñor. ¿Cuándo podríamos entrevistarnos?

-Hablaríamos en este momento si no tuviese que trasladarme al convento de unas siervas de Jesucristo.

-¿Esta noche en el concierto de Palacio?

-¡Complacidísimo! Esta noche en el concierto de Palacio.

Con extremos ceremoniosos volvieron a sus carruajes. Las vecinas cotillearon en las aceras. Cantaba en el aceite el buñuelo. En la tasca, modernizada con un mechero de gas, la mojama y el morapio conjugaban chisponas confidencias. Los dos carruajes, uno en pos de otro, rodaban lentamente, perseguidos por la gritería de unos mozalbetes que jugaban al toro flameando viejos percales.




XVI

La Madre Patrocinio descendió al locutorio entre dos novicias, con aparato de velillas verdes. Inmóviles y veladas quedaron las alumbrantes a los quicios de la puerta, y la monja se adelantó, previa una profunda reverencia, al rojo Legado Pontificio. En los Medios de la estancia volvió a inclinarse y se alzó, descubriendo el rostro de lunaria blancura: Quedó con los ojos estáticos y las manos en cruz, mística y sobrenatural, envuelta en un aire de lirios e inciensos. Monseñor Franchi, frente a la seráfica [413] milagrera, ajustaba una bella sonrisa de prelado mundano, en las comisuras de su larga boca rasurada:

-Reverenda Madre, estamos sobre un volcán, como dice un ilustre personaje de la Corte.

La Madre Patrocinio exhaló un dramático suspiro:

-El lobo elige siempre la mejor oveja del rebaño... ¡Así son las asechanzas del maligno!

Entonó Monseñor:

-Por eso algunos doctos teólogos han podido escribir que la mayor tentación es no ser tentado.

Nuevo suspiro de la monja:

-El Maligno está siempre goloso del confite más estimado en la mesa de Dios Nuestro Señor.

El Nuncio Apostólico extremaba su deferencia galante:

-Indudablemente, carísima Madre... En esta ocasión, lo importante es que acudamos con toda diligencia a quitárselo de las uñas.

-Monseñor, de nada valdría nuestra diligencia si nos faltase la ayuda divina.

-¡Cierto!... Y para este combate con las potestades infernales, nos serán del mayor provecho las luces de la Seráfica Madre Patrocinio.

-Monseñor, mis luces son esas dos candelas verdes, gusanitos ante el potente faro teologal de Su Eminencia.

La Seráfica Madre sonreía con almíbar de santa que coquetea, en coloquio espiritual con un devoto que implora su celeste ayuda. Monseñor, con amplia ceremonia, le designó un sillón, y recogiéndose las desplegadas hopalandas con estudiada parsimonia, demoró el sentarse hasta que tuvo enfrente a la Seráfica Madre:

[414] -Antes de cosa alguna, carísima hija, he de interesar de esta Comunidad, que extreme las preces porque recobre su preciosa salud el Santo Padre.

En este momento la seráfica monja transportóse, besando la cruz de su rosario, y con piadosa congoja cayo de rodillas ante el ahumado lienzo de un Santo Cristo: Quedó en repentino éxtasis, inmóvil la nieve del rostro, las llagadas manos vestidas con albos mitones de seda, dramáticas en un rapto por tocar el Cielo. Acudieron las novicias alumbrantes a sostenerla, veladas como dos arcángeles, y quedó esperando en la penumbra el rojo Monseñor. Llegaba el rezo de la Comunidad, gangoso de colaciones y vigilias con aceite.

[415]






LIBRO NOVENO

PERIQUITO, GACETILLERO


[417]

LIBRO NOVENO

PERIQUITO, GACETILLERO


I


   -Si es bula o cartilla
No se sabe bien.
Tres millones dicen
Que costó el papel.
¿Serán tres millones
O pesetas tres?...




II

A la Historia de España, en sus grandes horas, nunca le ha faltado acompañamiento de romances. Y la epopeya de los amenes isabelinos hay que buscarla en las coplas que se cantaron entonces por el Ruedo Ibérico. Tomaba Apolo su laurel a la puerta de las tabernas, como en la guerra con los franceses, cuando la musa populachera de donados y sopistas, tunos y rapabarbas, era el mejor guerrillero contra Bonaparte. Toda España en aquellos isabelinos amenes gargarizaba para un Dos de Mayo.

[418]




III

El Majo del Guirigay presumía tener en la mano los hilos de la conjura militar, o, cuando menos, tales seguridades daba en Palacio. Propenso a la jácara matona, con estos alardes, entendía curar del hipo a las Camarillas Reales. La Señora hubiera sido feliz sin la bizarría de tanto caporal que se jugaba los haberes a la carta de la revolución sólo por ganarse dos estrellas y servir a la Patria. Aquellos astrónomos, borrachines y galicosos, se ladeaban el ros, escupían por el colmillo, limpiábanse con toses el gaznate y rajaban marciales ternos, jurando purificar de licencias el Solio de San Fernando. Rijos y Toros, temas de la charla castiza, alternaban con el cante de los regios devaneos. El escándalo chulapón de coplas y guitarrones, reverdecía glorias beltranejas por tascas y por cuarteles, de mar a mar y de frontera a frontera. En vano los morriones progresistas se ponían plumas calderonianas, los corrillos populares tomaban a chunga las regias lozanías, y, sin propósito moralista, las sacaban en coplas, sólo por gustar el puro goce maldiciente. La Católica Majestad ofrecíase al coloquio de las lenguas, como una castiza que no le negaba ningún gusto a sus mantecas. El honor dogmático sólo lucía sus bravatas por los cuartos de banderas, donde un falo heroico presidía las rondas de aguardiente. La Corte, en el escampo, se arremangaba los hábitos, y con cabriola de can-cán corría al espectáculo de los bufos, después del Santo Rosario.

[419]




IV

En Londres, un italiano con las botas rotas, feriaba, haciendo misterios, la famosa carta de la Reina Nuestra Señora a Su Santidad Pío Nono.-¡El pliego de escrúpulos y confesiones, caído por artes infernales, en poder de una secta carbonaria!- Entre los emigrados españoles circulaban copias del regio autógrafo: Alguno lo recitaba de coro: Nuestra Augusta Señora, toda en lágrimas de arrepentimiento, exponía sus culpas de mujer, postrada, en metáfora, ante el Solio de San Pedro:-Acusaciones contra el frígido esposo, flaquezas de la carne, alarmas de conciencia, angustias y congojas, maternales quebrantos, cegueras del corazón que suponían detentar en su sangre, por siglos de siglos, la Corona de España. La redacción del papel olía a rapé de fraile: Era el fruto de una gran intriga apostólica, con hilos en Roma, Londres y Trieste: Todo lo movía desde su celda la monja por cuya boca hablaba el Espíritu Santo.- El italiano de las botas rotas, apóstol de la fraternidad universal, enemigo de todas las tiranías, aseguraba, secreto melodramático, que el regio autógrafo, con otros documentos de suma importancia para la revolución social y arreglo del mundo, estaba depositado en un cofre fuerte, bajo bóvedas subterráneas. Agentes orleanistas le habían hecho proposiciones: Al Duque de Montpensier le interesaba la posesión del regio autógrafo. ¡Pagaba bien! Pero al italiano de las botas rotas le repugnaba entenderse con la odiada casta de Luis Felipe. Por mucho menos dinero, [420] el apóstol de la fraternidad universal ofrecía el cismático papel a la revolución española: Mostraba una tarjeta de visita:

El Teniente Coronel

Felipe Solís y Angulo

Ayudante de S. A. R. El Serenísimo

Señor Duque de Montpensier






V

Los Condes de Reus y de Morella disputaban en catalán: No se entendían en cuanto a la candidatura para Rey de España. El General Cabrera se declaraba por Don Juan de Borbón: El General Prim, ponía las miradas en Don Carlos: Le juzgaba ambicioso, de noble corazón y de buen seso: Su juventud era una promesa. Atendía con mirada de gato el General Cabrera:

-¡Espere usted a conocerle como yo le conozco! Su primera culpa es haberse puesto a la cabeza del neísmo, que no reconoce a Don Juan.

-¡Todo el partido!

-¡No todo!

-¡La masa!...

[421] -¡Los partidos son cabezas! El Príncipe ha impedido la evolución del carlismo, conforme al pulso de los tiempos. Un programa político no puede ser inmutable como un dogma. Don Juan lo ha comprendido así, y esta significación no la tiene su hijo, hechura de dos mujeres fanáticas, sin un adarme de sindérisis.

-¿Para usted, el mejor candidato sería Don Juan?

-¡Indudablemente!

-¿A pesar de sus trapisondas?

-¡A pesar de todo!

-Don Juan de nada nos vale si el partido le deja solo y levanta la bandera de Carlos VII.

-Por donde viene usted a condenar, conmigo, la disidencia del Príncipe... Es ambicioso, pero falto de visión política, y no va más lejos que la de Beira. ¡Para esa momia no han pasado los tiempos de Calomarde! ¡La Corte de Trieste aún sueña encender hogueras! Don Carlos, educado en esa escuela, no es una esperanza de la Patria. El propósito de unir la revolución liberal con los derechos de la rama carlista, solamente puede lograrse con Don Juan. Sin duda ha cometido ligerezas, pero es hombre de su tiempo: Se le ha calumniado igualmente por liberales y ultramontanos. Muy superior al hijo en todo. Unir el interés de la legitimidad dinástica con la revolución liberal, me parece muy buena política. Yo, personalmente, no puedo negarle mi pobre colaboración. No faltará quien me acuse de traidor... El Príncipe y sus sacristanes sabrán cómo pienso: ¡Fuesen capaces de comprender el movimiento liberal de nuestra época y se habría salvado España!

El General Prim sacó el pecho y retorció los guantes:

[422] -El triunfo de la revolución no me inquieta. Me inquieta el porvenir: La demagogia republicana, la grave responsabilidad de encender otra Guerra Civil.

El Tigre del Maestrazgo le clavaba los ojos, duros filos verdes:

-Conténtese usted con Don Juan. No es todo, pero es algo... No es el partido, pero es el Derecho Divino. ¡Todavía mucho para el pueblo español! Ponga usted al hijo en guerra contra el padre, y verá usted cómo pierde crédito. Una buena política, en pueblos como el nuestro y el inglés, es apoyarse en los Mandamientos de la Ley de Dios. El cuarto, honrar padre y madre.

El Héroe de los Castillejos escorzóse en el sillón con saludo de litografía, al Héroe de Morella:

-¡Mi General, es usted un maestro! ¡A usted corresponderá toda la gloria de haber dado un Rey a la Revolución. Don Carlos, hablo por referencias, está hoy animado de los mejores deseos, comprende que todas las naciones evolucionan hacia el Régimen Constitucional. Don Carlos no discute este derecho de los pueblos. Mi General, usted, con su indiscutible autoridad, es el llamado a ganar esta batalla. Si Don Carlos da un manifiesto en sentido constitucional, yo le pongo en el Trono de España.

-Siempre tendría usted enfrente a las honradas masas, dispuestas a darle guerra. Entendido que Don Carlos no se fuese con ellas, una vez coronado. ¡Eso sería lo más probable! Acuérdese usted del Deseado y las Cortes de Cádiz: De la Napolitana y del Progreso. La ingratitud es condición de Reyes.

[423] -Don Carlos recogería la lección que supone la caída de Doña Isabel.

-Don Carlos profesa ideas de Rey Neto.

Ninguno de los dos se engañaba: Por igual se leían las intenciones. Pasó un ángel, y un olor de frutas de sartén se metió en la sala. Daba las cinco el reloj de la consola. Lady Cabrera, mitones y toca de encajes, pulcra momia inglesa, anunciaba el té.




VI

Un séquito rancio de emigrados españoles acompañaba en el destierro a Sus Altezas Reales Don Carlos y Doña Margarita. Don Carlos era un bello gigante mediterráneo, con soles en los ojos y barbas endrinas de pirata adriático. Jugaban en el ruedo materno Don Jaime y Doña Blanca. Doña Margarita era rubia, menuda, la boca grande, los ojos alegres, el peinado en dos conchas, la frente casta, generosa la curva del seno: De no haber nacido en paños reales, hubiera sido morena. El Pretendiente apuró el café y, dando lumbre al cigarro, salió a la galería seguido del General Algarra y don Miguel Marichalar, Gentiles-Hombres de Casa y Boca. Doña Margarita besó a sus hijos y, con una seña, indicó al aya que se los llevase. Los vio salir y se quedó abstraída, apoyado el pañolito sobre los ojos. Doña María La Hoz y Pimentel, en veces de camarista, acompañó un mohín de la boca con entorne de pestañas. Era muy bella matrona: Tenía empaque de dama discreta y pagada de serlo. No consentía la broma de que la llamasen [424] Doña Pimentel. Le venía el remoquete por la media lengua de Don Jaime. Doña Pimentel guardaba en el arca del pecho íntimas y lloronas confidencias de la Señora. Doña Margarita estaba celosa y sin consuelo: Asistía entre lágrimas al entierro de sus ilusiones. Doña Pimentel dejó el bordado de una bandera, se quitó los lentes de oro y accionó con ellos doctoralmente:

-Vuestra Majestad vive con la hidra de los celos enroscada al corazón. El Rey sólo piensa en vos, sólo tiene ojos para vos. ¿Dónde iba a buscar cosa que se os pareciese?

Ahogó un sollozo la Reina:

-¡Me dirás que estoy ciega!

-¡Seguramente!

-¡Le hablas y sacas monosílabos!

-Son muchas sus preocupaciones. En Grazt está hoy un agente de los liberales españoles con poderes para tratar con Don Carlos.

-¿Y te parece motivo para no hablarme?

-¡Vuestra Majestad le ha mortificado con sospechas fuera de lugar!...

-¡Es verdad! Sin querer le amargo la vida. ¿Y ese emisario no es un fantasma de tu imaginación?

-Ese emisario, el primer golpe lo ha dado en Trieste: Se llama Cascajares y Azara, familia navarra, contraparientes de Marichalar.

-¡Ya veo por dónde estás enterada!... ¿Y Carlos qué ha resuelto?

-No ha resuelto todavía. Cascajares sólo se ha visto con el General Algarra. Se le ha indicado que formule sus proposiciones en un escrito. Es lo más prudente.

[425] -¿Pero Carlos puede tratar con los liberales españoles?

-Hasta la Reina María Teresa conviene en ello.

Doña Margarita se levantó con sonrojo de lágrimas:

-¡Le amargo la vida cuando tiene más preocupaciones! ¿Pero por qué no me las cuenta?




VII

Doña Margarita salió a la galería acompañada de Doña Pimentel.

-¡Perdóname, Carlos! Te molesté inoportunamente en presencia de todos, y en presencia de todos quiero disculparme.

Recostó la cabeza bajo la barba endrina del Rey: Don Carlos la besó en la frente:

-Que duren los buenos propósitos.

-¿Por qué cuando tienes preocupaciones no me las cuentas? ¿Has recibido a un emisario de los liberales españoles?

-No lo he recibido todavía.

-¿Pero estás en ello?

-¡Probablemente!

-¡No sea un lazo de los fracmasones, Carlos! Te han dirigido un documento. ¿Puedo conocerlo?

Volvióse Don Carlos al General Algarra:

-¿Quieres darme el memorial de Cascajares?

La Reina, conmovida, reclinaba la cabeza en el hombro del Rey:

-Léemelo tú, Algarra.

[426] El General lo desarchivó de una cartera y se puso al costado de la Señora. Inició la lectura en secreto, y hubo de corregirle Don Carlos:

-No está por demás que todos lo oigan.

El General tomó aliento, y empezó:

-Señor: El cuerpo nacional gime en un lecho de espinas y el corazón de los hombres patriotas pasa por crueles pruebas. El General Don Juan Prim me ha honrado con plenos poderes, y revestido con ellos, llego a vos en solicitud de audiencia. Diferentes sucesos políticos cuya enumeración sería fuera de lugar, socaban *socavan* el Trono de San Fernando. La revolución llama a rebato. El General Prim, consciente de sus responsabilidades, teme el desencadenamiento de la demagogia republicana con todos sus horrores, y aleccionado por la experiencia, reconoce en vos al legítimo Rey de España. Públicas son las causas que han enajenado la voluntad del partido progresista al actual Régimen Monárquico. El General Prim, con los hombres más significados de la opinión liberal, se ofrece al servicio de Vuestra Majestad. Todos reconocen vuestros derechos históricos, pero, al mismo tiempo, todos desearían verlos sancionados por el sufragio de la Nación. Sobre estas bases, estoy plenamente autorizado para tratar con Vuestra Majestad.

Doña Margarita parpadeó con un gesto incomprensivo:

-¿Es eso posible?

Don Félix Cascajares venía de Trieste, precedido y anunciado por una carta de la Serenísima Princesa de Beira. Doña María Teresa declarábase ajena, y aun contraria, a la misión del Señor Cascajares. Sin embargo, [427] aconsejaba que se le oyese, aplazando toda respuesta hasta haber consultado con el Conde de Morella. La Serenísima Princesa de Beira, con aquel juego, sin declararlo, se prometía inquietar a la diplomacia vaticana interesada en la pureza del Dogma Carlista. Sólo Doña Pimentel malició las intenciones de la Reina Abuela. Poco después, en la partida de ecarté, se lo declaraba al General Algarra:

-No se pasará de conversaciones. El mayor estorbo será Don Ramón Cabrera. ¿Si el Conde de Reus hace la proclamación, qué le queda al Conde de Morella? Su candidato es Don Juan... Con Don Juan le unen otros lazos y cuenta más segura su influencia.

El General Algarra se puso un dedo en los labios:

-Hablaremos luego.

La Señora recordaba ante el piano, un acompañamiento de zortzico: Entre el haz estrellado de las brujas, brillaba el oro de su pelo: Don Miguel Marichalar, hinchaba el pecho robusto de elástico pelotari.




VIII

Luces de Baskonia:-Verdes prados, boinas azules, redes al sol, lluvias de la costa, marinos pinares.- En Royal Panorama, las fichas del dominó en los mármoles, los descartes de malilla, las canciones a coro, pregonaban la cerrazón y el aburrimiento de la tarde.-Boinas, sombreretes de suela, pipas y bufandas, chaquetones de agua. El Marqués de Bradomín, en una mesa de la ventana, revisa la Prensa de París: Nieblas de tabaco y olor de achicoria [428] mixtifican la lectura del viejo dandy y la distraen con melancolías del tiempo pasado, memorias desmemoriadas, imágenes de un café provinciano, tedio y amores, años de estudiante cuando el corazón corría su romántica borrasca. ¡Qué gran arquitecto había sido de castillos de naipes! ¡Cuántos lazos rotos! ¡Cuántas ilusiones fracasadas, ausencias, olvido, ceniza de desengaños!- Levantó la cortinilla de la vidriera y miró al puerto: En el abrigo del muelle barrido por las olas, cabeceaban los mástiles de algunas embarcaciones y la chimenea roja de un remolcador. La casilla del resguardo se ladeaba en la playa, y en la punta del muelle lucía con mojados reflejos, la charolada capucha de un aduanero. El Marqués de Bradomín dejó caer el cortinillo sobre la verdosa vidriera donde repicaba la lluvia, y con el ánimo disperso, volvió a la lectura de los ecos políticos, en «Le Journal des Debats».-A la puerta del cafetín se ha detenido con pesada bambolla la venerable antigüedad de un landó tirado por mulas bernardas: Asoma en la portezuela un escuerzo vestido de luto, los pies con chanclos, abre el paraguas en el estribo y de una carrera se mete al cafetín: Pasa entre las mesas, repara a los rincones, interroga en el mostrador. La rubia le indica la mesa de la ventana. El Marqués de Bradomín ha levantado los ojos del periódico. Aquel escuerzo narigudo era el capellán de la Casa de Luyando:-Un Don Lino Lorce, benemeritus en los Estudios de Oñate. Se acercó alzando el chisterín con eclesiástico cumplimiento. En dos dedos suspendía el paraguas cerrado, que orinaba por la contera un hilillo de agua. El Marqués le invitó a sentarse:

[429] -¡Con su permiso!

-¿Cómo queda aquella familia?

-¡Señor Marqués, en qué parte faltan trabajos y penalidades! Es el pan cotidiano, un pan ácido y dulcísimo, mezcla de dos sabores, como todo en este valle. Nos redimimos por el don de lágrimas, Señor Marqués.

Cambió en un rictus amargo la sonrisa burlona del viejo dandy:

-¡El don de lágrimas es patrimonio de la juventud!... Don Lino, crea usted que el climaterio trae aneja la retirada de las lágrimas... Cuando la vejez se acerca, los ojos se hacen siempre menopáusicos.

El Don Lino sesgaba la sonrisa gazmoña, haciendo girar el sombrero en el puño del paraguas:

-¡No se declare viejo, Señor Marqués! Y permítame que le arguya. La aridez espiritual de que nos hablan todos los autores místicos no es la carencia de lágrimas, sino la ausencia de consuelo al derramarlas.

Hablaba con tiples nasales y recortada prosodia, euskarizando de zedas el castellano. Al Marqués de Bradomín empezaba a divertirle la ramplona pedantería de aquel narigudo, que sacaba la nuez por encima del alzacuello, con despepite de émbolo dialéctico. El viejo dandy, con sorna complaciente, jugó a colmarle el gusto:

-¡Don Lino, el estudio y las luces naturales harán de usted una lumbrera de la Iglesia!

Don Lino abrió la boca, negra de tabaco:

-Luces naturales no sé si las tengo, ese cuidado se lo dejo a las personas de superior conocimiento. Amor al estudio no me falta... Y a todas éstas aún no le he dicho [430] cosa de los buenos y malos acontecimientos con que se ha dignado visitar aquella casa el Señor de Cielos y Tierra. Libró con toda felicidad Doña Octavia. Pero a nublar la alegría de este suceso ha venido una indisposición del abuelo. No parece grave la dolencia, pero a sus años... Los ochenta ya no los cumple.

-El General Luyando ha sido compañero de mi padre bajo las órdenes de Don Carlos España.

-Lo ha recordado esta tarde, al darme sus instrucciones para que usted le represente en la Junta... ¡Si es que llega a celebrarse!

En el fondo del cafetín, el cotarro de los emigrados progresistas claveteaba con ajos y puños la invariable disputa, preñada de augurios políticos y bravatas revolucionarias. El Marqués de Bradomín bajó la voz:

-Me honraría muchísimo pudiendo ostentar la representación del General Luyando... En principio, y suponiendo una absoluta coincidencia de opiniones... Hablaremos luego, Don Lino.

Se guardaba los periódicos en un bolsillo del carrik, recogía los guantes y el junco indiano con virola de oro. El clérigo levantó la cortinilla para sacar pronóstico de las nubes:

-Tenemos una clara.

Salieron del cafetín y montaron en el estrafalario armatoste, que ostentaba, pintados en las portezuelas, grandes escudos de armería navarra.

[431]




IX

Con la mano en la oreja, doblado en el pescante, recibió el cochero la secreta consigna del Marqués: Interrogó con un vaho de aguardiente:

-¿Antes, pues, de llegar a Beovia?

-Al avistarla.

-¿Hay una verja?

-Justamente.

Y el viejo dandy entró en el carrruaje seguido del ordenado, que, santiguándose, tomó plaza en la bigotera:

-Venga usted a mi lado, Don Lino. ¡Todavía no soy obispo!

Don Lino rehusó con falsos acentos de beatona protesta:

-Voy como debo... Nada más que como debo. Todavía no soy más que un fámulo, un modestísimo capellán en la noble Casa de Luyando.

El Marqués le tomó de la mano:

-Venga usted y hablemos. Me gustan poco los alardes de modestia: ¿Cuáles son las instrucciones del General?

El escuerzo narigudo se apenó mojigato, resabido de zedas eúskaras:

-No queda con salud para usar de la péñola. Empleo esta locución de los poetas porque es la propia, y hablo con quien es perito en aquilatar el valor de un vocablo.

-¿No trae usted carta alguna?

[432] -No la traigo, ni pensé que me fuese exigida. Traigo, Señor Marqués, el carácter sacerdotal, que considero bastante para dar fe de mis palabras.

-Indudablemente. ¿Qué instrucciones verbales ha recogido usted del General Luyando?

-El Señor General, como por sus achaques no puede actuar de presencia, desea estar representado esta noche en la Junta. ¡Aun cuando no parece que llegue a celebrarse!...

-Don Lino, escúcheme usted un momento y después respóndame con franqueza: Hoy el partido carlista está más deshecho que nunca, por la mala inteligencia en que vive la familia proscripta. En el partido se marcan dos tendencias. Los partidarios de Don Juan...

-¡Muy pocos! ¡Ni siquiera cuentan!... Lasuen y algún otro perdulario.

Se inclinó con amable deferencia el Marqués de Bradomín:

-Usted acaba de nombrarme con una expresión algo arbitraria.

-¿Es usted partidario de Don Juan? ¡Nunca pude imaginarlo! ¡Lejos de mi ánimo la menor intención de ofender al Señor Marqués! ¡Estoy asombrado de verle campeón del Don Juan! ¡Retiro mis anteriores frases! ¡Una ligereza! ¡La ignorancia excusa la ofensa!

-Don Lino, no discutamos palabras. Es indudable que todos los derechos de la sucesión sálica corresponden a Don Juan.

El clérigo, que había cruzado las manos sobre el pecho, se compungía con aviesa mansedumbre:

[433] -El Don Juan, con sus manifestaciones de liberalismo, se ha puesto en pugna con la doctrina del syllabus.

Acentuaba el viejo dandy su amable displicencia:

-Eso nos ocurre a todos cuando hemos rodado un poco por el mundo. Don Juan no se ha liberalizado más que Don Ramón Cabrera.

-Son noticias falsas, Señor Marqués. Invenciones de las logias, que han sido desmentidas por el Héroe del Maestrazgo. Yo he visto cartas suyas...

-Yo acabo de conferenciar con el General, en Londres. También me ha honrado con sus poderes para representarle en la Junta.

-En ese caso...

-En ese caso creo que el partido no incurrirá en el absurdo de excomulgar al caudillo legendario y al Rey.

Don Lino adelantó el busto, con el reflejo de la luna en media cara, el triángulo de la nariz aplastado sobre la opuesta mejilla:

-El partido, antes que a las personalidades -así sean las más excelsas por mérito propios *propio* o timbres heredados-, debe tener presente las condenaciones del liberalismo, expuestas, en diferentes documentos Apostólicos.

-Señor mío, no es un demagogo nuestro Don Juan.

El escuerzo narigudo saltó en el asiento:

-¡Es lo más monstruoso que puede darse en quien está ungido con la gracia real! ¡Es un ateo! Lo ha sido, cuando menos... Puede, estos tiempos, haber cambiado.

El Marqués de Bradomín adoptó el empaque de un sutil cardenal:

-Usted y otros deben tener en cuenta que ningún acto [434] del partido puede anular los derechos históricos, vinculados en el hijo de Carlos V. El General Cabrera está dispuesto a sostenerlos frente a la tendencia ultramontana, que desea la abdicación en el Príncipe Carlos.

-Ya existe un acta de abdicación.

-Ha sido revocada.

-Pues habrá otra. El General Cabrera se quedará solo. Nadie le niega sus méritos, pero nuestra comunidad, antes que legitimista, es Católica Apostólica Romana. ¡Líbrenos Dios de otro Carolus Tercius!

-¿Y cree usted que se halla libre de parecérsele el joven Duque de Madrid?

-¡Señor Marqués, ha sido educado por una santa madre en las máximas de la más pura ortodoxia, ha tenido los mejores ejemplos políticos y morales, al lado de su ilustre abuelo el Duque de Módena! ¡Oh! Cuantos le conocen alaban su religiosidad, su condición magnánima.

-La rebeldía contra su padre oscurece tan relevantes prendas. El General Cabrera y los descamisados del partido, repugnamos esa conducta, y frente a la gran intriga apostólica, sostendremos la candidatura de Don Juan de Borbón. ¿El General Luyando es, sin duda, partidario del Príncipe Carlos?

-¡Acérrimo partidario!

-Siendo así, a usted le corresponde el honor de representarle en la Junta. Lamento no haber podido entrevistarme con nuestro ilustre veterano. El partido tiene fatalmente que evolucionar... Don Carlos, cegado por la ambición, puede llegar en sus concesiones progresistas mucho [435] más lejos que Don Juan. El Príncipe Carlos está en inteligencia con el Conde de Reus.

El clérigo se compadeció con una carcajada omnisciente, orquestada de gallos pedantes.

-¡Para ilusionar al caudillo de la revolución y contener el trueno gordo, son esos parlamentos a que alude el Señor Marqués! Sin saberlo, nos está prestando un gran servicio el viejo Cascajares.

La noche de estrellas, con los ramajes del camino blancos de luna, se metió dentro del carruaje. El clérigo retenía la escolástica suficiencia de sus gallos, con cautela de Loyola: Recobraba la mónita servil, prolongó la carátula nariguda para sacar una lección de astronomía por el vidrio de la portezuela:

-La luna nos trajo la virazón.

El viejo dandy, insinuante y displicente, se recogió en el fondo del carruaje:

-¡No he dormido la noche pasada!

Don Lino recobró su asiento en la bigotera. El trote de las mulas despertaba los ecos de la noche, rodaba el destartalado landó por un camino de estrellas.




X

El Marqués de Bradomín pasó el ovillejo de los guantes por el vidrio lloroso: Miró sonámbulo:

-¡Parece que hemos llegado!

Un mayordomo, con librea de gala, acudía por una escalinata de mármol. Abre la portezuela. El viejo dandy, [436] que pisa el estribo, friolero y dengoso, se recobra en el acto y sube la escalinata con gallardo continente, como si unos ojos de mujer estuviesen mirándole en cada ventana. El narigudo, guardando distancia, empuña el paraguas cerrado, desviándole del cuerpo con política de aldea. Una araña de cristal y bronces ilumina el salón con pinturas, donde el mayordomo los deja, tras una reverencia del blanco pelucón. El Marqués, en las notas distantes de un piano, reconocía los compases de un aire popular que tocaban en todos los circos ecuestres de Londres. Aquella música le confirmó en la sospecha que había tenido al apearse, con las vidrieras trascendiendo al jardín el reflejo de los salones iluminados. El clérigo atravesaba un ojo, observando al Marqués:-De algo que no lograba captar le advertía su lertera suspicacia.- Con roce de sedas, penetró en el salón una dama vieja y descotada, muy seca, jirafona y arrogante:

-Mon cher de Bradomín!

Mientras le alargaba la maño, volvía un cuarto de perfil sobre el hombro, y con leve inclinación, respondía al saludo del clérigo. El viejo dandy se sintió recaer en su tribulación y melancolía, al besar el pergamino de aquella mano: Con los ojos vueltos al pasado, cubierta el alma de recuerdos, advertía las mudanzas que aparejan los años: Disimulando sus emociones de galán viejo y romántico, interrogó en voz baja:

-¿Han llegado los amigos?

-La Junta está aplazada. Espeleta ha cursado las órdenes...

-No he recibido ningún aviso.

[436] -¡Usted no!... ¡Cómo privarnos de su grata compañía!... ¡Tenemos aquí al Señor!...

-Me lo había figurado.

-Viene un poco indispuesto, febril... Por eso ha sido el aplazamiento de la Junta.

La vieja dama tomó el brazo del viejo dandy, y se alejaron por un salón de fiestas vacío, luminoso, brillante.




XI

En el fondo de una galería, el piano de cola destacaba su teclado con la solfa en el atril y las bujías encendidas. Unos guantes olvidados en el musiquero, una puerta entornada, un rumor apagado de voces, contenían como en potencia magnética los espectros de una escena que acababa de ser abolida. Se abrió la puerta entornada, y apareció un vejete oralino, condecorado con una banda: El Caballero de Valatier, famoso edecán que acompañó en todas aquellas andanzas al Augusto Pretendiente. El Caballero explicó con erres francesas:

-Realmente, es por mucho lamentable. El Señor se hallaba rendido, y viene de recogerse. ¡Muy contrariado en extremo! ¡Cómo siente no poder verlo a usted esta noche mismo!

El Marqués de Bradomín reparó que a su lado estaba el escuerzo narigudo en prudente atención, con los ojos bajos: La Madama de Tarbes, mirándole a través de los impertinentes, ponía el entono de vinagre con que regañaba [438] a sus falderos y al cotorrín de la Martinica. El Marqués hizo la presentación del clérigo:

-Un capellán de la Casa de Luyando.

Se atizonó el gazmoño:

-Director espiritual y preceptor de sus vástagos.

Madama de Tarbes dejó caer los impertinentes:

-Es que ha venido con usted, señor de Bradomín.

-Trae la representación del General Luyando.

El capellán se sobaba las manos con un aire apagado y familiar:

-En la Junta esperaba que se me hubiese oído: El Señor Obispo de Pamplona me ha confiado también sus poderes.

El Caballero de Valatier le clavó los ojos con expresión enigmática:

-El General y Su Ilustrísima son dos potencias en la causa legitimista.

Madama de Tarbes, vagamente le señaló un asiento hacia el fondo del salón:

-Puede usted descansar, señor abate... Estos caballeros, para tratar sus negocios secretos, disponen de la biblioteca.

Inclinándose, asintieron el oralino edecán y el trasnochado dandy. El clérigo sesgaba la boca negra de tabaco:

-¡El Caballero de Valatier no me es desconocido!

Aturulló el edecán:

-¡Probablemente!

Paraba las pupilas sobre el narigudo, con expresiva advertencia de silencio: El Marqués, impuesto de aquel juego, devanaba un hilo de sospechas. Se las confirmó el narigudo [439] con su risa gazmoña: Atizonado bajo el levitín de preceptor con lamparillas, soslayaba la muda advertencia del edecán:

-¡Al Señor Caballero de Valatier le he sido presentado en una visita que hizo al General Luyando.

El Marqués de Bradomín cruzó entre el edecán y el clérigo para inclinarse ante la vieja Madama de Tarbes:

-Le haré a usted la partida de cartas, mientras estos señores tratan sus negocios secretos.

El oralino edecán fulminaba los ojos sobre el clérigo, que se había pasmado en un gesto de hipócrita extrañeza: Volviéndole la espalda, acudió oficioso por satisfacer al viejo dandy:

-El Señor consultará con usted la decisión que medita. ¡Todo es problemático! La Junta de esta noche ha sido suspendida para ganar tiempo y cambiar impresiones con usted. ¡El Señor está preso en los hilos de una intriga infernal!

El narigudo se incorporó encogido al borde de su asiento, con los caños barbones despepitándose entre dos cuerdas tirantes: La Madama de Tarbes, jirafona y seca, desplegada la cola, pasa al salón de fiestas: Se abanica ceremoniosa y saluda con galleos del moño.




XII

Salió Don Juan de Borbón, muy dramático, estrujando un moquero humedecido en Agua de Colonia: Era pequeño, rubio, bien formado, con aire de bailarín francés, compuesto [440] y petulante, que tiene para todas las cosas un guiño en el ojo y una sonrisa bajo el mostacho, cuando no la gola inflada con arias y declamaciones de Manfredo:

-¡No! No he vendido mi primogenitura por un plato de lentejas. Leo esa frase en tus labios. Si quieres seguir conservando mi amistad, no la pronuncies. Mi conducta dejará de parecerte un enigma, cuando me hayas escuchado. ¡Una fatalidad ha pesado siempre sobre mí!...

Don Juan de Borbón copiaba el estilo de los folletines románticos. El Marqués de Bradomín asintió con respetuosa ceremonia y mueca incrédula:

-La fatalidad es una invención de los trágicos griegos y de los arruinados en Monte Carlo.

Don Juan, con la cabeza entre las manos, se reclinaba en una consola. Apartóse con el peinado en desorden y un gesto fatalista:

-Querido Bradomín. ¡Graves sucesos desde que me has dejado en Londres! ¡Un folletín! ¡Algo sorprendente y satánico! Estoy en poder de una secta carbonaria o masónica -no está claro-, que opera por el magnetismo.

El Marqués de Bradomín se pasmó con patética ironía:

-¡Discípulos de Cagliostro!

Don Juan de Borbón se ensombrecía:

-¡Estoy en sus manos!... Te contaré... Sentémonos. En Londres, como sabes, este invierno han estado de moda las sesiones de magnetismo. En los salones de la mejor sociedad se ha hecho magnetismo. ¿Qué más? Se ha hecho magnetismo en la Cámara de la Reina Victoria. Yo he visto cosas extraordinarias. ¡Qué más! Mi caso es una novela de Eugenio Sué: Estoy bajo el imperio magnético de una [441] secta carbonaria. Vengo huyendo de Londres. La misma banda, no hace mucho, magnetizó al correo que llevaba un pliego de mi prima Isabel para Su Santidad. ¡Ahora mi caso! Tienen logias en todas las grandes capitales de Europa. ¿En los salones mundanos, en los espectáculos, no has sentido alguna vez el malestar de una mirada? Esa banda se ha introducido en la mejor sociedad. Actúa en Monte Carlo, en París, en Londres, en Viena. No se diga en los círculos rusos. Entre sus afiliados hay mujeres bellísimas. Yo estoy en manos de esa banda, por haber sido débil y dejarme hacer el horóscopo por una falsa Princesa Polaca. En manos de esa mujer fatal he obrado como un autómata. ¡Me ha sustraído importantes documentos, tan reservados, de tal índole, que sería su publicación la mayor de cuantas catástrofes han caído sobre nuestra familia, y no excluyo el martirio de Luis XVI! Ante eso, el deber de rescatarlos me imponía los mayores sacrificios. Diez mil libras me han pedido por el rescate de esos documentos, y como no disponía de numerario, me dirigí a todos los miembros de la familia interesados en que esos documentos no se divulguen. Todos han respondido llorándose, y ninguno aflojó dos cuartos. Ya estaba desesperado, con la pistola en la sien, cuando una fuerza superior me apartó el brazo, y disparé rompiendo la luna del espejo. Ante aquella advertencia de un poder sobrenatural, tiré lejos de mí la pistola. Huí de Londres. Pensé abandonar el mundo: Retirarme a un convento de Tierra Santa. Sigo en ese propósito, pero el honor de la familia no podía dejarlo caído en los círculos dantescos de una banda tenebrosa. ¡A ese precio he renunciado la primogenitura! La abdicación de [442] mis derechos, el abandono del mundo, el fracaso de todos mis sueños, en un platillo de la balanza... En el otro, un cheque para rescatar el honor de los Borbones. ¡Tal ha sido mi odisea! Esta noche espero el desenlace.

El Marqués de Bradomín experimentaba un asombro humorístico oyendo aquellos lances de melodrama. Jugaba el Señor su papel con magnífico desparpajo. Complicando la intriga, el clérigo narigudo salióse de su rincón y cayó de rodillas ante la Augusta Persona:

-La Banca Bilbaína oponía reparos, y hasta hoy no ha podido negociarse la letra sobre Londres. Tengo en mi poder el resguardo. El General Luyando, en nombre de todo el partido, se impone ese adelanto. Luego se verá cómo cada uno contribuye. La abdicación de vuestro derecho es requisito indispensable.

Don Juan, entre las luces de la consola, cruzado el pecho por una banda, con el narigudo a sus pies, tomaba una bella actitud de teatro. Se hizo una colecta, y aquella misma noche, el narigudo intrigante, salió para la Corte Carlista de Villa Seirlern.




XIII

Cerca de Grazt, en una quinta con musgos románticos, jardines de recortados bojes y fuentes mitológicas, se aposentaba la Corte de Don Carlos.-Aquella: tarde de nevasca, encendida la chimenea, con el telón romántico del jardín, tras el llanto de los cristales, el emisario de los revolucionarios españoles conferenciaba con el Augusto Pretendiente. Don Carlos, con benévolo acogimiento, le aseguraba [443] que bajo su bandera cabían todos los españoles, y, sin aventurar ninguna promesa, descubría su favorable disposición para ponerse al frente de un movimiento purificador, dentro de los límites del progreso legítimo y las posibles concesiones al espíritu del siglo. Don Félix Cascajares, con premioso discurso y música progresista, ponderaba los males de la Patria:

-Señor, no olvidéis que vuestra negativa puede acarrear la más desenfrenada demagogia, días de luto y de sangre.

Don Carlos respiró ancho, poseído de una obscura conciencia histórica:

-¡Todo lo considero!

-Meditad, Señor, en la grave responsabilidad que pesa sobre vuestra conciencia de español y de Rey.

-¡Enorme!

-Aceptad el ofrecimiento de quienes antes fueron leales enemigos, y ahora acuden a vos intérpretes del sentimiento monárquico, consustancial con la Nación Española.

Don Félix Cascajares copiaba el estilo de trenos lacrimosos que había pasado de moda con el corbatín del Divino Argüelles. Por la rocalla de tópicos progresistas, apuntaba la buena intención del viejo Cascajares. Entre el acento de la ribera, por veces sacaba notas de chirimía, subiendo la voz a la cabeza, como los vascos de la montaña. Don Carlos sentíase animado de generosa voluntad, dispuesto a escribir una página de la Historia de España. El fuego confortador de la chimenea y el paisaje del jardín aterido, juntaban una gracia emotiva, favorable a las confidencias. El Olimpo de mármoles temblaba corito en lo profundo de [444] las avenidas, bajo los abetos de carbón, salpicados de nieve. El Pretendiente estrechó la mano del viejo Cascajares:

-¡Me hallará usted siempre dispuesto a los mayores sacrificios por la Patria. Sólo pido a usted tiempo para reflexionar: En asunto tan grave, deseo asesorarme con el Conde de Morella. El tiempo de escribir y esperar la respuesta de Londres.

Don Carlos tomó de la mesa un retrato y se lo dedicó al Generoso Patriota Español Don Félix Cascajares y Azara. El candoroso progresista lo agradeció de primeras con música baturra, y luego que leyó la dedicatoria al pie de la ventana, con notas de chirimía. El Olimpo, encoritado, huía por la negra avenida salpicada de nieve.




XIV

El Tigre de Maestrazgo, con catarro de cabeza, la barba de ocho días y una mascada indiana al cuello, hacía solitarios en su quinta de Wentworth. Lady Cabrera le ponía un toquillón por los hombros, le cuidaba con tisanas y vahos aromáticos, le mimaba con caramelos: Se puso a observar la disposición del solitario que jugaba el General:

-Hace falta un Rey.

El General se volvió con expresión sagaz:

-¡Precisamente!

Desbarata los naipes y recoge el correo que le presenta el secretario. Con furruña de gato viejo, examina un sobre que trae los sellos de Grazt: Se lo pasa al secretario: Soslayando [445] el filo verde de los ojos, se limpia las gafas con una punta del pañuelo gargantero:

-Lea usted.

El secretario, un vejete con trazas de sacristán, rasgó el sobre y sacó el pliego:

-¡Carta autógrafa del Rey!

Quedó perplejo en un mudo gesto interrogante. Reiteró el General:

-Lea usted.

Don Quirse Togores, veterano de dos guerras, leyó con amilanado respeto:

-Querido General. Estos días ha llegado un emisario de los revolucionarios españoles. Me hizo entrega del documento que te adjunto, y verbalmente me propuso una fórmula para recibir en audiencia al Conde de Reus. Aun cuando me parece que como español no debo negarme, he rehusado una respuesta afirmativa hasta recibir tu consejo. Me falta experiencia, y desearía que estuvieses a mi lado para aconsejarme en asunto tan grave, y que tan directamente se relaciona con los destinos de España. Contéstame por telégrafo cuándo puedes ponerte en camino. Todos te esperamos. No dudo que acudirás sin tardanza, y esta será otra prueba de afecto y adhesión que nunca olvidará tu afectísimo-Carlos.

Hubo un silencio. El General se inclinaba para atizar el fuego de la chimenea:

-Expida usted un telegrama urgente a Grazt: Diga usted que estoy gravemente enfermo.

-¿Y quién lo firma?

-Fírmelo usted.

[446] Se apagó el secretario:

-¿No sería más político que lo firmase la Condesa?

-Ponga usted mi firma. Estar grave no es haberse muerto...

El Conde de Morella, que llevaba la barba de ocho días, pasó a su cámara e hizo comparecer al barbero: Sentíase con ánimos de desmentir el telegrama enviado a la Corte Carlista en Villa Seirlern.




XV

El italiano que hacía la feria del regio autógrafo, recorría ahora los círculos de la emigración española, vestido de mago con turbante y hopalanda de Oriente. Realizaba prodigios por los míseros cafetines llenos de humo, y dejaba sobre las mesas papelitos de colores donde aparecía sacándose llamas de la boca: Leía el porvenir en las rayas de la mano, en la lumbre de las cachimbas, en la espuma de la cerveza. Recayó por la tertulia donde sonaba la bolsa un caballero jaquetón, enfermo de los ojos, andaluza fachenda. El italiano llevóse la diestra al turbante y extendió el brazo con saludo masónico: El jaquetón de la pestaña tierna soltó un mal texto:

-¡Vas a leerme el porvenir en el fondo de este vaso!

El farandul doblóse con sonrisa de sabio, y en las uñas negras levantó un sol de oropel que llevaba colgado sobre el pecho:

-Hermano, sírvete, a mi vista, dar tres sorbos en el vaso.

-Voy a complacerte.

[447] Llevó la cuenta con mucha bullanga el cotarro de los emigrados:

-¡Una!

-¡Dos!

-¡Tres!

El farandul tomó el vaso:

-¡Tu estrella es negra! ¡Tu sino adverso!

Se atufó, con repentino ceño, el jaquetón de la barba rala y los ojos enfermos:

-¿Veré la revolución en España?

-¡La verás!

-¡Pues no es tan negra mi estrella!

-¡Lo es!

-Tú buscas que te sepulte el vaso en los sesos. ¿Quién traerá la revolución?

-¡Todos!

-¡Y Don Juan!

-Pesará sobre ti la acusación de su muerte...

-¡Te la has ganado!

El caballero de la pestaña tierna, con vigoroso golpe, estampó el vaso en la frente del mago, salpicándole de vino y de sangre, la media luna en el nudo del turbante. El sulfurado jaquetón se sacó del pecho un fajo de billetes, y con befa los pasó por la nariz del mago: Toda la noche había estado bebiendo por el triunfo de la revolución, y se hallaba borracho:

-¡El General Prim! ¿Alguno lo duda? ¡El General Prim!... He preguntado si alguno lo duda... La revolución es un hecho... El General Prim. He preguntado si alguno lo duda, para abrirle el sesamen con una botella. [448] Una bomba son las noticias llegadas esta misma tarde. ¡Una bomba Orsini!... ¡Nos es conocido el telegrama circular de González!




XVI

Madrid.-Presidencia del Consejo.-Telegrama circular a todos los Gobernadores Civiles:- Urgente.-Descifre V. S. por sí mismo P. en T.-La Policía en estas últimas horas ha descubierto los hilos de un vasto complot que en modo alguno halla descuidado al Gobierno. El Gobierno, por anteriores informes, sabía que los partidos extremos buscaban una inteligencia con la Unión Liberal. Realizado el pacto, la policía no tardó en conocer los trabajos revolucionarios: Se trataba, según todos los informes, de un cambio de Monarquía y Dinastía. Es indudable que la realización de tan criminal propósito representa la ruina del país, y su consecuencia sólo puede ser el triunfo de la más espantosa demagogia. España, con una revolución de esa índole, se igualaría a las más pequeñas e impotentes Repúblicas Americanas. El Gobierno, que considera como el más alto de sus deberes salvar al país de conflicto tan pavoroso, ha detenido a los Generales Duque de la Torre, Córdova, Dulce, Zabala y Brigadier Letona. Al propio tiempo, ante el abuso que de ciertos nombres hacen los revolucionarios, dispone que salgan de España Sus Altezas Serenísimas los Duques de Montpensier. El Gobierno ha puesto en inmediata ejecución los acuerdos antedichos, y sigue reunido en Consejo. Se adoptarán las resoluciones más enérgicas para hacer frente a todas las consecuencias [449] que puedan derivarse, y cualquiera que sea la actitud en que se coloquen los elementos revolucionarios. Sin carácter oficial, conviene que V. S. haga circular la verdad de lo ocurrido, procurando infundir al país la mayor confianza en las decisiones del Gobierno.-Reina el orden más completo en todas las Provincias de la Monarquía. Continúa y continuará inalterable en este Capital. Recomiendo a V. S. la mayor vigilancia. Cuide V. S. de mantener el orden público, usando, si hubiere para ello el más mínimo pretexto, de un rigor que aniquile inmediatamente cualquier intentona de perturbación.




XVII

Toda España, por aquel tiempo de dictadura y trisagios, roncas y trapisondas marciales, vivía con las manos en las orejas, esperando que estallase el trueno gordo. Se preparaba para el tiro, como al final de un melodrama. Del Ministerio de la Gobernación salían una y otra noche mandamientos secretos de registros y prisiones. Juerguistas, trasnochadores y barrenderos municipales, burras de leche y canes sonámbulos, corrían las estrepitosas nuevas por todos los rincones de la Villa y Corte. Los periódicos de la opinión liberal, padecían a diario denuncias y secuestros: Se ocultaban sus redactores por sótanos y desvanillos, algunos desfigurábanse con pelucas y barbas de teatro, otros se rasuraban las suyas naturales, La Logia de la Escalerilla, siempre con oradores, propugnaba la moral del tiranicidio, y le ponía un morrión miliciano al [450] Padre Juan de Mariana. La nociva jurisprudencia escolástica tomó auge con la prisión de Doña Walda.-¡Doña Walda, la Estanquera de Leganitos que le hacía los pitillos a don Nicolás María Rivero!- España, de mar a mar, se encogía con un temblor de luneta intuyendo la conjura de embozados, el misterio de santos y contraseñas en voz baja, los cabildos tenebrosos, los coros de puñales juramentados.




XVIII

Periquito Gacetillero difundía el mensaje revolucionario por la redondez del Ruedo Ibérico. Y en las ciudades viejas, bajo los porches de la plaza, y en los atrios solaneros de los villorrios, y en el colmado andaluz, y en la tasca madrileña, y en el chigre y en el frontón, entre grises mares y prados verdes. Periquito Gacetillero abre los días con el anuncio de que viene la Niña. ¡Y la Niña, todas las noches quedándose a dormir por las afueras!...





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INDICE



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INDICE
Páginas
LIBRO PRIMERO.- Almanaque revolucionario......7
LIBRO SEGUNDO.- Espejos de Madrid................. 35
LIBRO TERCERO.- El Yerno de Gálvez................89
LIBRO CUARTO.- Las reales antecámaras.............149
LIBRO QUINTO.- Cartel de ferias........................... 191
LIBRO SEXTO.- Barato de espadas......................... 265
LIBRO SÉPTIMO.- El Vicario de los Verdes..........311
LIBRO OCTAVO.- Capítulo de esponsales............. 361
LIBRO NOVENO.- Periquito, Gacetillero............... 415









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ACABOSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO

EN LA IMPRENTA RIVADENEYRA

DE MADRID A XXIII DIAS

DEL MES DE OCTUBRE

DE MCMXXVIII

AÑOS