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LIBRO TERCERO

EL YERNO DE GALVEZ


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LIBRO TERCERO

EL YERNO DE GALVEZ


I

El Yerno de Gálvez, como repetía malignamente el santurrón palaciego, reapareció en los círculos andaluces, sin disfraz, conspirando con jaque petulancia: Al Gobierno llegaban tardas y confusas noticias del travieso criollo:-Su paso por alguna ciudad sobornando guarniciones con dineros del Duque de Montpensier: Las entrevistas con Barca y con Caballero de Rodas: Los conciliábulos con las Juntas Revolucionarias.- En Córdoba, fué descubierto por la policía, y se corrieron órdenes para prenderle, pero le llegó a tiempo el soplo y pudo ocultarse. Por la ciudad divulgóse un sacrílego susurro. Se santiguaban las beatas.




II

El Gobernador Civil de Córdoba, Señor Méndez de San Julián, había puesto una ronda de vigilantes esbirros, sobre el convento de las Madres Trinitarias. Secretas confidencias le aseguraban que en aquella clausura estaba oculto el agente orleanista.-De este sacrilegio, aparece culpada una señora de piso, unida por lazos de parentesco con los Gálvez de Puente Genil: Doña Juana Albuerne, que por sus luces y limosnas, gozaba de mucho valimiento con la Madre Priora.- El Gobernador, sin resolverse a la campanada [92] del registro policíaco, conferenciaba con el Diocesano. Su Ilustrísima, reiteradamente, habíale significado que la masonería era la inventora de aquellos rumores urdidos para descrédito de las Benditas Madres. En la duda, esbirros de gorra y bastón, paseaban día y noche las aceras del convento.




III

Cuando a las monjitas llegó aquel mundano rum-rum de que un fracmasón se escondía por debajo de sus camas, novicias y profesas acudieron a levantar las colchas, a mirar con hipo asustado bajo los catres: Las más púdicas, recordaban haberse puesto en la meorica con poco recato, sin apagar la luz: Cuchicheaban con melindre a cuenta de aquel escrúpulo. Una monja arrugada y sin dientes, golpeaba con la escoba los pies del catre:

-¡Sal para fuera! ¿Etíope del Infierno, qué has podido ver? ¡Soy una esposa del Señor! ¡Mírame como mirarías a tu madre! ¡Sal, negro excomulgado!

La Madre Priora, entre monjas alumbrantes, saludaba con aspergios de agua bendita el umbral de las celdas. Después de estas ceremonias resplandeció la pureza de la clausura y todo se tuvo por obra del Maligno. Volvió al torno la tornera, las novicias a su bordado, a su calceta las viejas, a los almíbares y reposterías, Sor Milagro, Sor Juana Inés, Sor Manuela.

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IV

El Yerno de Gálvez aburríase lindamente en el desván de las Madres Trinitarias: Encendía un cigarro en otro, leía folletines y cifraba cartas que un monago zanquilón llevaba secretamente al sotanillo donde conspiraba la Junta Revolucionaria: Alguna diversión tuvo con el susto de las monjas y los apremios del sota-sacristán:

-Mi Señora Doña Juana vive alarmadísima. ¡Son de órdago sus responsabilidades! ¡Hay que considerarlo! De fuera ha venido el soplo, y no se podrá mantener el secreto con la Comunidad. ¡Es mucha la malicia de las mujeres! Se murmura por toda la vecindad, y no es para menos con el escándalo de guindas. ¡Hay que considerarlo, y sus amigos, que no le facilitan la evasión, no lo consideran. Salvo Don Segis, ninguno da la cara. Esa es la verí. Doña Juanita, repito que está volada y espera que los compinches de usted pongan mayor diligencia... Su señora tía, sin saberlo, ha incurrido en pecado mortal. ¡Profanación y sacrilegio! Nada menos viene a ser la presencia de usted en esta santa clausura. ¡Su Ilustrísima está que bota! Si usted no fuese un erudito tan a la moderna y menda un sujeto tan paupérrimo, me permitiría aconsejarle. ¿Adónde va usted, miembro de una familia cristiana, con rentas más que suficientes para darse la gran vida, con salud, con buena presencia, con relaciones para hacer carrera en el mundo? ¿No considera usted que sus prendas, y su educación están reñidas con la bullanga de los que no tienen nada?

[94] Fernández Vallín se divertía con la culti-parla-cañí del sota-sacristán. Por la bufarda del desvanillo, cortando la perspectiva de terrados y chimeneas, paseaba un gato. Fernández Vallín, llevado de inconsciente sugerencia, canturreó los primeros compases de una seguidilla antigua:


   -¡Quién fuera gato!
¡Quién fuera gato!

Con este soniquete, devanaba el aventurado propósito de fugarse por los terrados. Reiteró el sota-sacristán:

-¡Que sus amigos no se duerman!

-Esta noche me disfrazo y hago la del humo.

-Tampoco se trata de lanzarse, sin medir las consecuencias. Póngase de acuerdo con sus amigos... Ellos pueden hacerle muy bien la capa. Don Segis alguna cosa planea...

-¡Lo dicho! Esta noche me salgo de meditación por las azoteas. ¿Ve usted la bufarda? ¿Ve usted el gato? ¿Ve usted el guardillote de enfrente? ¡Allí ceno yo esta noche!

-¡No pierde usted el buen humor!

-¡Sin choteo!

-Ahí enfrente viven siete niñas huérfanas de militar, con una mamá castrense de coraceros. ¡Dios me perdone este hablar profano! ¡Ahí viven unas desgraciadas que se pasan el día de ventaneo!... Para mayor escándalo tienen un lorito que sólo canta procacidades. ¡No quiero condenarme pensando mal! Acaso solamente son criaturas ligeras de cascos, sin mayor malicia... Pero están en la pendiente y dan un malísimo ejemplo a las jóvenes honestas del barrio.

[95] -La mamá de esos pimpollos, si es militara de ley, a poco que vea guita, se pronuncia contra el Gobierno.

-¡No sería extraño, al descoco de esa señora! ¡Hace bajar los ojos con su remangue!... Y bien pudiera no pasar de la apariencia y en todo lo demás observar buena conducta. Don Segis estudiaba alguna diablura por ese lado.

En la perspectiva de terrados y chimeneas rompió a cantar el lorito:

-¡Dame rapé! ¡Dame rapé!




V

Presidía el Comité Democrático de Córdoba Don Epifanio de Castro Belona, personaje provinciano, jefe político de varias provincias, durante el bienio, buen señor, con un enfisema doctoral y sabihondo que llenaba su conversación de pausas: Como era abogado con muy buenos pleitos, los envidiosos le habían sacado el alias de Don Juris: También tenía admiradores, y la clientela de burgueses se fanatizaba contemplándole revestido de toga, muceta y birrete, colgado de un clavo entre dos estanterías con tejuelos de lujosas pastas, sobre el barómetro del regalo: Se apoyaba en una columna y tenía bajo el brazo, los textos del Derecho. Don Segis tomó asiento y encendió un cigarrillo, seguro de que iba a verle multiplicado en la puerta, con gorro de terciopelo, manguitos verdes, zapatillas bordadas. Y así sucedió, porque sin duda estaba escrito en las estrellas. Don Juris tomó asiento tras la mesa cargada [96] de legajos, y se dispuso a escuchar rascándose la nuez con la plegadera: Se hacía cargo con profundas cabezadas:

-¡Conozco a Gálvez!... No me confía sus asuntos... Eso no obsta... Del yerno tengo los mejores antecedentes. Usted cuenta conmigo. Estamos todos en el deber de ayudarnos.

Apuntó el Niño:

-¡Hoy por ti, mañana por mí!

-El do ut des del romano, querido Olmedilla. ¿No es eso lo que usted quiere significar?

-Probablemente, Don Epifanio.

-Fernández Vallín no es, precisamente, un correligionario. El caso se ha discutido en el seno del Comité. Fernández Vallín trabaja por la candidatura del Duque de Montpensier para Rey de España. En Córdoba, esa candidatura no cae simpática entre los elementos populares, con los cuales, desgraciadamente, necesitamos contar. Yo, personalmente, estoy en todo a la disposición de ustedes. Si se me pide consejo, hasta donde alcancen mis luces, pronto estoy a cumplir ese deber. Si alguna ayuda de fondos, se hará lo que se pueda. Se dispone en absoluto de mí, amigo Olmedilla. ¿Usted habrá pensado en alguna travesura para que vuele el pájaro? ¿Qué se le ha ocurrido a usted?

-Cegar a los guindas y sacarlo disfrazado por la casa contigua.

-¿La casa contigua no estará desalquilada? Y no estándolo, se nos ofrece esa cuestión previa. ¿Qué datos tiene usted referentes a los inquilinos de esa casa?

[97] -Una tarasca de tropa, con cinco pimpollos.

-¿Mujer mundana?

-Probablemente con algún trapicheo.

-¿Usted la conoce?

-De florearla al paso.

-No es grande el conocimiento para abordarla... Habrá que indagar si alguno de nuestros amigos...

-¡Se ha indagado! El Gran Pompeyo le hace cocos, y no parece que llore desengaños.

-Ese rey de bastos nos está resultando un tenorio. ¿Quiere usted que yo le capte?

-Usted es el llamado.

Este Gran Pompeyo era hermano mellizo y todo en el aire de aquel rotundo hablador, que tanto vociferaba por las tertulias republicanas de los cafeses madrileños. El Gran Virgilio. La semejanza de los dos hermanos dio pábulo al cuento de que enamoraban a las mismas mujeres sin que lo advirtiesen ellas: Se vestían iguales y jugaban el bastón, un nudoso garrote, con el mismo estilo de gigantes. Eran sobrinos de Don Epifanio. Castro Belona por la rama materna. Don Epifanio prometía:

-Ahora salimos juntos a la captura de ese perdis, y al paso le echamos un vistazo a la susodicha casa. Quiero cerciorarme. La San Juana tiempos atrás me ha venido con proposiciones encubiertas. Socaliñas de esas mujeres. La despedí, porque me pareció que era lío caro y de compromiso. Gente de clase... El esposo sin mandar una mota, destinado en el Archipiélago.

Le dió vaya Don Segis:

-¡Siempre la Virgen se aparece a los pastores!

[98]




VI

Recayeron por la Peña de la Perla: Tomaba allí café con copa y ejercía de hierofante el Gran Pompeyo. Don Juris se le puso al costado:

-¡Mozo, camomila!

Sumió la voz en profundos bajos el Gran Pompeyo:

-¿Está usted enfermo?

-¡El café envenena!

-¿Y llama usted café al brebaje que nos suministra Demetrio?

-¡Procura hablar bajo!

-¿Hay algo?

-¡Vallín!

-¡Que tiene a todas las monjas embarazadas!

-¡Hombre, no digas atrocidades!

-¡Me ha defraudado!

-¡Hablemos seriamente! Vallín no puede permanecer en su escondite, y se ofrece un medio para sacarlo por los tejados.

Explicó afónico Don Segis:

-Me ha mandado un croquis. Luego lo estudiaremos. Siempre hay mirones. ¡Prudencia! ¡Prudencia! Estamos en la obligación de ayudar al amigo y correligionario.

-¡Jamás correligionario de menda! Ese niño es de los de Antón Perulero.

-Hoy todos trabajamos por lo mismo. ¡Cúmplase la voluntad nacional! Hasta los republicanos convienen en hacer la revolución con ese lema.

[99] -¡Pero no en que la hagan exclusivamente los espadones, sin contar con el pueblo!

-¡Al pueblo, todos los hombres de gobierno le temen!

-Pues yo me declaro enemigo de la revolución de fajines sin masas. ¡Eso nunca será una revolución, será una cuartelada! ¿Espera usted algo de Prim? ¡Otro Narváez!

-¡Pero sin monjas ni frailes!

-¡Con negreros y bolsistas! Aquí hace falta una revolución proletaria que fusile a cuantos llevan fajines y bandas. ¡Y el resto, a la guillotina!

-¡Dirás al garrote!

-¡A la guillotina!

-¡No la tenemos en España!

-¡Se establece!

-¡De acuerdo! Una pregunta, y excusa la franqueza. ¿Tú andas mal de conquibus?

-¡Mal es poco!

-¿No podrás convidar a siete niñas y una mamá?

-¡Ni a mondadientes!

-¿Pero a tener medios?...

-¡A tener medios, convido yo a siete niñas y a siete docenas!

-¡Corriente! Pues tendrás medios.

-¡Orégano sea! Vamos a ver. ¿Esas niñas son de la alta, de la baja o de la intermedia?

-¡Militaras pensionistas!

-¿Ultramarinas?

-¡Tienen un loro!

-¡Ganado de buena lidia! ¿Y ha dicho usted que son siete? ¿El autor de sus días un héroe de Joló? ¿La mamá, [100] una jamona muy terne, que aún toma varas? ¡Las conozco! Nada de pensionistas. El autor de sus días es un coronel con mando en el Archipiélago. La familia se divierte con su cuenta y razón. Achuchones, sobeo, de ahí no se pasaba... Ahora no sé...

Intervino Don Segis:

-Supongamos que nada ha cambiado. ¿Tiene usted inconveniente en ponerse al habla con esas tarascas para sacar a Vallín? Mi situación usted la conoce. No puedo dar la cara. Estoy empapelado. Se me infama, suponiéndome encubridor de secuestros, se me embarga, se me procesa. Tengo amigos en la situación, acudo a ellos, y mis cuatro terrones, embargados. ¡Esto anda mal! En Andalucía las guarniciones están ganadas por el Duque. Vamos al caso. A Vallín le urge aburrir el nido. Yo he pensado transbordar al cautivo del coro al caño.

-¿Quiere usted explicarse por derecho?

-Pasar a Vallín por el tejado del convento a la querencia de doña Leopoldina.

-¡Y poner pasquines!

-Le disfrazaríamos y le sacaríamos por la puerta sin dejar a perro ni a gato salir de la casa. Se interesa su influencia con la Coronela.

-La mejor influencia es una untada de parneses.

-Se trabaja con fondos.

-¡Ole!

Salieron juntos.

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VII

El Gran Pompeyo, manejando su basto con estilo de tambor mayor, metióse por el zaguanillo de la casa contigua al enrejado paredón de las Trinitarias. Se arañó el bolsillo y puso dos pesetas en la mano pringosa de la Señá Donisia:

-¿Cómo andamos?

-¡Aperreá! ¿Y este aguinaldo?

-Para gárgaras.

-Usted dirá. Y como no sea sobre el vedado de los inquilinos, ya puede usted contar con una servidora. Estos días se desocupa un piso con muy buenas vistas. Algo deteriorado de papeles. Aun no se han ido los inquilinos, pero no les importará que usted lo vea.

El Gran Pompeyo sintióse penetrado de una corazonada:

-¿Se muda la Coronela?

-¡Ya podía! Esa se contenta con juntar recibos y colgar la ropa de las camas en los balcones, faltando a las Ordenanzas. Ya le han caído tres multazos, pero aluego salen por ahí la madre y las hijas moviendo el bulle bulle, y no hay cara para denegarse. ¡Pues que no ha pagado ninguna multa Doña Leopoldina! Y no es mala mujer. ¡Cuando ella tiene a nadie le falta! ¡Buen corazón y amiga de hacer un favor lo es! ¡De las primeras!... Las hijas, hay de todo... Ya no salen tan a la madre.

-¿Reciben visitas?

-No falta algún pelma que por las tardes mande por [102] pasteles y amontillado. La mayor toma lecciones de guitarra. ¡Es la más punto de todas ellas!

-¿No hay de noche gatos por la escalera?

-Yo, después que pongo el fecho a la puerta, me tiendo a dormir, rendida del trajín diario.

-¿Y el sereno no tiene con usted confidencias?

-El sereno pudiese suceder que se hallase más enterado que una servidora. La pregunta de usted, caballero, toca al privado de la honra. En una casa de siete mujeres, con la madre ocho, no pida usted que todas sean santas. Alguna descarriará más que la otra. ¿Adonde irá usted que no se vean esos ejemplos? Novios por las aceras, eso nunca falta... ¡Que alguno suba de ocultis, tampoco sería chasco!

La portera, flaca, dentona, los ojos descoloridos, el pañuelo en la punta del moño, la raya del pelo con calvas, se apartó con bufido de gata resfriada:

-¡En la acera de enfrente se nos ha puesto un guinda! Pues aún no he sacado la caldereta.




VIII

-¡Dame rapé! ¡Dame rapé!

Y así todo el día, el escándalo de la cotorra, frente al guinda de centinela en el esquinazo. La mamá y las niñas tan pronto asomaban como se metían dentro: Eran cubanas: La mamá, hija de un Segundo Cabo.-Don Leopoldo y Doña Manuela, aquel entonces gobernadores de la ínsula, la tuvieron en la pila: Fué bautizo de mucho lucimiento, [103] con baile y guateque en Capitanía: Doña Manuela y Don Leopoldo extremaron tanto el agasajo, que la ahijada recordó siempre el baile de su bautizo en los salones de Capitanía:- ¡Un sarao digno del Conde de Montecristo!-Las niñas mayores parecía que igualmente hubieran asistido al bautizo de su mamá, tan caídas estaban en aquel cuento de las Mil y Una Noche. Cuando Hermelinda, la mayor, enseñaba a las visitas el álbum de retratos, ya se sabía cómo acababa:

-¡Los Duques de Tetuán, padrinos de mamá! El bautizo de mamá fué sonado en toda la Isla. Hubo unos helados muy ricos de piña y Jerez. ¡Con el calor de aquel clima, deliciosos! Mamá no lloró más que cuando le pusieron la sal.

Doña Leopoldina -Coronela Fajarnés- se sujetaba los peinecillos, se miraba de refilón toda ella, paraba el rabillo del ojo sobre el descote:

-Los helados no eran de piña. Eran de mango y mamey. ¡Segis, le digo a usted que deliciosos!

-¡Así ha salido usted tan frígida!

-¡No sea usted tunante! El repostero iba a poner champagne en el sorbete, pero mi papá le mandó poner Jerez. Papá era muy patriota y quiso que en el bautizo de su hija todas las bebidas fuesen de España.

Jaleó el Gran Pompeyo:

-¡Un rasgo!

-¡Papá era así!

Confirmó Don Segis:

-¡Un buen catador!

-¡Otro tío guasa! Segis, usted que ha conocido a papá...

[104] -Por el retrato.

-¡Ay, qué tío mala sombra! ¡Papá era ciego por su patria!

-¡Lo mejor del planeta, Europa! ¡Lo mejor de Europa, España! ¡Lo mejor de España, la Almunia!

-¡Ve usted cómo le ha conocido!

Solfeó el Gran Pompeyo:

-No saque usted historias que nos hacen viejos, Leopoldina. ¡Este amigo desea tratar con usted un negocio más serio que casar a las niñas!

-¡No es usted nadie!

-Afine usted la pestaña, Leopoldina... Poca exposición y algunos cuartos es el negocio del amigo. Haga usted salir a los pimpollos.

-¡Niñas, ya estáis remontando el vuelo! Y cuidado con ponerse a escuchar detrás de las puertas. Si viene algún pelmazo, le recibís vosotras en el comedor. ¡Formalidad!

Hermelinda, Manola, Lulú, Leopoldita, Pilín, Silvana y Totó se fueron con el álbum de retratos. Repicaba por el achorizado pasillo el campanillote de la puerta. Tras los visillos del balcón era la jaula de la cotorrita policroma:

-¡Dame rapé! ¡Dame rapé!




IX

La Coronela ofrecióse con alma y vida, apenas malició que podían, por aquella gotera, lloverle unos cuartos, pero cuidó de advertir que lo hacía llevada solamente de su entusiasmo por la causa liberal: Sin embargo, a última hora, [105] si querían hacerle alguna fineza no la rehusaría: Con aquel familión veíase muy atropellada: Fajarnés apenas si se acordaba de mandar dinero. ¡Con el sueldo que tenía y las buenas ocasiones para ponerse las botas! Pero nunca había mirado por el porvenir de su familia:

-¿Usted, Segis, conoce a Fajarnés?

-Leopoldina, dejemos los recuerdos para más tarde. Ahora, a lo que importa. ¿Quiere usted enseñarnos la ventana que cae al tejado de las Trinitarias?

-Es el cuarto de la sirvienta.

El Gran Pompeyo soterró la voz:

-Conviene alejar a la maritornes.

-¡Se la aleja!

-Leopoldina, quiere usted aceptar mi modesta invitación y mandarla por pasteles y Tío Pepe?

El Gran Pompeyo, sonando la plata, puso tres duros sobre el velador.-Tapete de malla, caracoles y nácares marinos, una licorera de tómbola.- La Coronela, con guiño y sandunga, recogióse la falda: Corretona, soltando un chapín, salió al pasillo dando voces:

-¡Crisanta! ¡Crisanta!

-¡Va!

Crisanta acudió limpiándose las manos al delantal de los friegues:

-¡Mujer, no salgas así!

-¡Fuera bueno que enseñase algo!

-Toma ese dinero y baja por pasteles y montilla. Antes arregla tu cuarto, no me lo encuentre hecho una leonera.

-Con no asomar por allí.

[106] -Esa cuenta no es tuya.

Crisanta era moza serrana, rubiales y pecosa, la boca encendida, los ojos aguas verdes: Con las manos bajo el delantal, entró a tomar el dinero que estaba sobre el velador y se escurrió, gazapera. Murmuró Don Segis:

-Leopoldina, que tome boleta la maritornes y que deje el arreglo de su gabinete.

-A gusto de ustedes.

La Coronela se levantó. El Gran Pompeyo y Don Segis quedaron solos:

-¡Buena hembra! ¡Y toma varas!

-¡Pues a ello, Pompeyo!

-¡Me gustan más tiernas! ¡Las niñas dan el opio!

Venía por el pasillo el taconeo de la Coronela. Entró, perfumada y frufrante, un clavel en el escote, recogidas las mangas del peinador, frotándose las manos con una esencia, las muñecas con pulseras.




X

El cuarto de la sirvienta tenía un ventano azul sobre el tejado de las monjas. Pompeyo sacó el cuerpo, estudiando el paso:

-¡No estaría de más advertir al recluso!

La Coronela, que también quiso curiosear, abría los brazos en balancín sobre un banquillo tembleque:

-¡Sosténgame usted, Segis!

El Gran Pompeyo salió al terrado, y al socaire del ventanillo se quitó botas, chaqueta y calzones:

[107] -Me falta la espuerta para ser el perfecto albañil.

-¡A ver si se rompe usted el alma!

-¡Es usted encantadora!

Quebrando tejas y abriendo goteras pasó al tejado de las monjas y cantando, para advertir al cautivo, se acercó a la bufarda:


   -¡Levántate, carcunda,
que las cuatro son
y viene Espartero
con su división!

El gato, que dormía puesta la tripa al sol, saltó dentro. Vallín levantó la cabeza. Saludó el Gran Pompeyo:

-¡No está usted mal instalado!

Vallín le reconoció sin sorpresa:

-¿En qué piensan los amigos?

-De cabeza nos trae usted. Para esta noche tenemos dispuesto el cambio de nido... Luego se verá cómo sacarle a usted de Córdoba. ¡Está la situación muy negra!

-¡Ya lo sé!

-¡Todos andamos un poco a salto de mata!

Fernández Vallín metía el ojo sobre la vitola de Pompeyo.

-¿Se levanta usted de la siesta?

-¡Más quinqué, compadre! Con esta pinta soy el obrero albañil que le repara las goteras a la Comunidad.

-¿Habló con usted el Niño de Benamejí?

-Traigo su representación.

-¿Se puede ganar a la familia militara?

-Se puede conseguir hasta su complicidad, pero no [108] guardarán el secreto. ¡Es una familia a la polka! Segis velará sobre ella hasta que usted se halle seguro. Usted no hace parada: Meterse por la ventana y salir pitando por la puerta de la calle, dándole el cambiazo a los guardias.

-¿Con qué disfraz?

-El disfraz tiene que ser de acuerdo con el pasaporte que podamos agenciar. De Padre Cura no le veo a usted... De arriero, tampoco. No estaría usted mal de contrabandista. El Niño, que es un águila, nos sacará de dudas. Y hasta más ver, que aún tenemos que buscarle a usted el nuevo nido.

-¡Agencien ustedes que pueda salir de Córdoba!

El Gran Pompeyo le alargó la mano por la bufarda, donde había vuelto a tumbarse el gato:

-¡Se harán los posibles y los imposibles!

Descendió por el tejado de las monjas y se metió por el azul ventanillo donde revoloteaban los rizos de la Coronela Fajarnés:

-¡Es cosa de novela! ¡Será preciso que las niñas no se enteren! Yo he leído algo parecido en alguna parte.

Apuntó el Niño de Benamejí:

-En un folletín.

-¡Yo heroína de novela! Solamente falta que alguno de ustedes se chale y me rapte contra mi voluntad.

[109]




XI

Don Epifanio Castro Belona sacaba el gorro por la ventana de su despacho, mirando a la calle: Le apuraba el escrúpulo de comprometerse y la zozobra de los tratos con la tarascona militara. ¿Quién sabe si el tapadillo que le prometía la San Juana? Despidió al escribiente, viendo entrar al sobrino con Don Segis. El sobrino jugaba el nudoso basto con dos dedos: Retumbaron los toneles de su vozarrón:

-¡Tío, bátame usted palmas! He visto al recluso, y esto le dirá a usted mi completa victoria con la hermosa Coronela. ¡Todo arreglado para esta noche!

Apremió Don Juris:

-¿Qué dice el cautivo?

-En el preguntar es usted más conciso que un héroe de Esparta. ¡Aun estoy esperando sus parabienes!

-¡Y te los doy!

-El pájaro pía por aburrir el nido.

-¡La ilusión de todo encarcelado! El hombre, como las aves, ama innatamente la libertad. Es el sentimiento de que se nutre la dignidad humana. ¿Y adonde le llevamos esta noche con alguna seguridad?

Terció Don Segis con un quiebro prudente:

-Ese negocio hay que meditarlo. La calle está muy guardada.

El señor Castro Belona se abstrajo, maduraba un plan bajo el gorro de terciopelo:

[110] -Preparemos un golpe hábil. Sacar disfrazado al señor Fernández Vallín. ¿Qué dice usted, amigo Olmedilla?

-Que estamos de acuerdo.

-¿Y de qué le disfrazamos?

Terció el Gran Pompeyo:

-De contrabandista.

Se arrugó, displicente, Don Epifanio:

-¡Música de zarzuela, sobrino! ¡Música de zarzuela! La realidad es muy otra. Un disfraz que no diga nada, que pase en todas partes inadvertido. Unas alpargatas y una chamarreta de proletario. Esa es mi opinión. ¿Qué dice el amigo Olmedilla?

-A mí se me ocurre que lo más disimulado sería sacarle con una sera de carbón, bien tiznada la jeta.

-Viene usted a confirmar mi aserto, en cuanto a disfrazarle de proletario.

-Justamente.

Saludó quitándose el gorro el Señor Castro Belona.

-Me congratula la coincidencia de opinión. El atavío de proletario, completo, sin que falte un detalle, tengo el mayor gusto en ponerlo desde ahora al servicio del señor Fernández Vallín. ¡Veo la sorpresa pintada en los rostros! ¡Caballeros, nada tiene de extraño!... Yo tampoco me juzgo seguro y todos los días recibo anónimos con amenazas. El Gobernador me tiene entre ojos: Le inquieta nuestra propaganda. Como Presidente del Comité, yo recojo todas las responsabilidades, y no hace muchos días se pensó en detenerme, y fué consultado el Gobierno. Nicolás María paró el golpe. Una noche, sin embargo, estuve dispuesto a fugarme. Anselmita, como es la suma prudencia, no quiso [111] darme la llave del armario, donde tenía el disfraz. Se alegrará de verlo fuera de casa. El busilis está en sacar al pájaro del convento...

Maduró el Niño:

-Y proporciónale *proporcionarle* papeles.

Don Epifanio se rascó la nuez con el cuchillo de marfil:

-No faltarán papeles. La faena de compromiso es sacarle del convento, con el golpe de policía que allí ha puesto el Gobernador.

-No crea usted... También están muy guardadas las salidas de Córdoba.

-¡Ya lo sé! Tengo mi policía y estoy en antecedentes... Sin embargo, entiendo que no debe permanecer en la capital. Aquí sería mayor el riesgo para todos. Los deberes cívicos no están reñidos con la prudencia. Y para nosotros mismos es conveniente alejarle. ¿Cómo? ¡He ahí el problema!




XII

Tras larga polémica, llegóse a un medio acuerdo. El Niño de Benamejí, para cumplimentarlo, buscó a un mayoral contrabandista, terne de la tralla, que le estaba muy obligado.-El Zurdo Montoya, gallo del cané en el Corral de la Pulgona.- Allí le avistó, y con una seña le sacó del corro de jugadores, en la sombra de un carromato. Salió el tuno ajustándose la faja:

-¿Qué manda su merced?

-¿Puedo contar contigo?

Entonó el crudo una seguidilla cañí:

[112] -Pregunte su merced si el mozo rubio puede en dejar de salir por las mañanas para arreglar los cuadrantes de los reinos. ¿Qué otra cosa viene a ser la gachapla del padrino? ¡Con este ruin a toda hora se cuenta!

-Te necesito para trasponer a un amigo y dejarlo salvo en el Peñón. ¿Te comprometes?

-Por mi parte, se hará lo que se pueda. ¿El padrino trae maquinada alguna industria?

-¡Tú sabes cómo eso se hace!...

-Cómo eso se hace lo sabemos todos los nacidos... No es mucha ciencia. Pero estoy sin ganado, esperando a comprar en la feria de Solana. Tengo el carro sin mulas, que es un tener pan y no tener dientes. En esta semana compro tiro. Vendí en la cuadra, para ir a la feria con jandoripen, sin supedito... Con el sonacai pronto, el que tiene pestaña guipa las ocasiones y se saca otro provecho. La persona se halla a todo pronta. Eso dicho se está. El padrino me manda.

El Niño de Benamejí puso una mano en el hombro del terne:

-Te paso la escusa y hasta las ferias de Solana... Si para entonces no he salido del compromiso, te buscaré. ¡A ver si también tú me resultas rana!

-Padrino, no merezco esa mala razón.

-El tiempo lo dirá. Yo me voy esta noche a los Carvajales.

-¿Cuándo es el herradero?

-Mañana.

-¿Será de lucimiento?

-Como todos los años.

[113] -No ha mucho he pasado por aquella parte, y vaya unas pinturas. ¡Ni en Jerez he visto potros más bien sacados!

-Asómate por allí, que puede haber changa.

-¡A qué otra está un pobrete, padrino!

-Déjate ver. Si antes no se puede trasponer el contrabando, contigo cuento.

-¡Hasta el finibus!

-¡Búscame en los Carvajales!

-¡Mediante Dios!

-No faltes.

-No faltaré.

-Estás convidado.

Don Segis le dio la mano y se fué jaquetón con el cigarro atravesado en la boca, y el sombrero aburrido sobre una ceja: Se cruzó con un galán verdino y se saludaron:

-¡Con Dios, Don Segis!

-Con Dios, Linarejo.

Y el galán verdino fué a juntarse con el Zurdo Montoya: Tramitaban engaños para la venta de un caballo loco.




XIII

El Palacio de Torre-Mellada, en Córdoba, era un caserón destartalado:-Atrio de limoneros, cales rosadas, iris de un surtidor, arábicos arrayanes, doble arquería del orden toscano.- La sala del archivo, rejas y puerta de complicados entalles, estrellada de clavos enormes, caía a la verde penumbra del patio. En la tórrida galbana adormilábase la [114] canturia de unos albañiles que andaban a gatas por el tejado, reparando goteras. En la Sala del Archivo acogió el marchoso administrador al inflado señor Gálvez.-Don Pedro Gálvez de Puente Genil, empaque de mayor contribuyente, personaje de pueblo, juez de paz unas veces, otras alcalde, cacique con votos y olivas:

-Estoy muy disgustado con Benjamín. Augusto me escribe en el mismo sentido: Benjamín debió haberse quedado en Madrid. Le hubieran detenido, pero sólo algunas horas. Augusto hubiera parado el golpe. ¿Qué podía sucederle? ¿Que lo metiesen en un barco y lo plantasen en Canarias? Pues todos nos alegraríamos de tenerle allí sujeto.

-Le arde la sangre revolucionaria, Señor Don Pedro. Y siendo así, qué prudencia va usted a pedirle?

-¡Me tiene muy disgustado! ¡Sabe usted cómo están aquellas mujeres! ¡Rosarios y novenas! ¡Luces encendidas por toda la casa! ¡Lo menos que se lo figuran es en capilla! ¡Me tienen loco!

Le abrió los brazos Don Segis:

-Véngase usted a los Carvajales. Asiste usted al herradero, y se distrae, y se saca usted unos días de quebraderos. Al Señor Marqués le colmaba usted el gusto. ¡Anímese, don Pedro!

Bajo el espectáculo de la consternación familiar: arqueaba las cejas el hacendado de Puente Genil:

-¡Me tienen loco aquellas mujeres!

-Véngase usted a los Carvajales.

-¡Me retiene ese mala cabeza!

-Don Pedro, cachaza. El Gobernador no tiene rejo para meter un registro en el convento y si tenemos esperas, [115] ocasión vendrá de hacer las cosas en debida forma. Ya estudiaremos alguna travesura para trasponer el contrabando. Un tunante que me debe no estar en presidio se me ha rajado, y las razones que me opuso aún no sé si son verdades. El tiempo para ponerlo en claro no será muy largo.

Don Pedro Gálvez se mesaba el perillote de la luchana:

-¡El Zurdo Montoya me ha dado igual desengaño!

Saltó el marchoso Don Segis:

-Nos hemos ido sobre la misma querencia. Ese tunante se calló como un muerto que usted le hubiese buscado. ¿Cómo se disculpó con usted?

-No creo que fuese disculpa: Me aseguró que no tenía ganado.

-A mí lo propio.

-Siempre le hallé dispuesto y no creo que ahora...

-La gente se vuelve ingrata.

-Del Zurdo Montoya no lo creo.

-Pronto saldremos de dudas. Yo, como usted, siempre le he tenido en el mejor concepto, y aún no se lo pierdo. Le libré de una condena.

-Ya lo sé.

-Tiene la sangre muy acalorada, pero yo también la tengo, y la causa puede resucitarse. Me conoce y sabe hasta dónde llego...

-No habrá caso.

-En esa idea estoy, y espero a la feria. Decídase usted a ver nuestras fiestas, que este año van a ser de lucimiento. ¿Nos vamos a los Carvajales?

-No desecho completamente el ofrecimiento.

-Si usted se decide, expídame un telegrama para salir [116] a la estación de Pedrones. Y vaya usted dispuesto a firmar la escritura en Solana. Hay que proteger a ese notario, que es un padre de familia.




XIV

El Gran Pompeyo esperaba noticias en el comedor de la Coronela: Y en medio de la sosada del juego de prendas, cuando el pañolito iba de mano en mano con flácido vuelo, he ahí que se abre de capa y hace la jarra:

-Niñas, un servidor convida. ¿Dónde les hace a ustedes pasar la velada?

Clamó el coro femenino palmoteando:

-¡Mamá!

-¡Mamá!

-¡Mamá!

Entró por una puerta la mamá, sujetándose los peines:

-¿Estáis locas, niñas?

-¡Éste, que convida!

La Coronela Fajarnés gachoneó los ojos:

-¡Usted siempre tan galante! No puedo consentir que por estas chicuelas se sacrifique usted...

Leopoldina jugaba la comedia, pues era acuerdo anterior alejar a las niñas para meter en casa al fugitivo. Pompeyo, con un ademán, abarcó el ramillete de las niñas coronelas:

-¡Eso, y mucho más se merecen estas caras de ángel!

-¡No me las levante usted de cascos, que van a creérselo!

[117] Revolotearon por el pasillo tacones y faldas, vocingles y chuchurrines:

-¡Las tenacillas!

-¡Soy la mayor!

-¿Acabarás con el peine?

-¿Dónde están los polvos?

-¿Mamá, tú vas a rizarte?

-¡Todo el día estoy con jaqueca! Pompeyo, no me hable usted de ver la calle.

Totó, la más pequeña, llevó la noticia a las mayores:

-Mamá sale ahora con que tiene jaqueca.

-¡Pues saldremos sin mamá!

-¡Qué socorrida es la jaqueca!

-¡Ya la convencerá Pompeyo!

-¡Le da rabia que nos divirtamos!

Las niñas coronelas, sentadas por los baúles y en las camas, se estiraban las medias, dejaban caer los galorchos, gritaban por el calzador:

-¡Espérate!

-¡Pues date prisa!

Hermelinda encaróse con Totó:

-Pregunta a Pompeyo que adónde nos lleva.

Volvió Totó batiendo palmas:

-¡Al Circo! ¡Al Circo! ¡Al Circo!

Las niñas, que se peleaban ante el espejo por la brocha de polvos, quedaron deslumbradas.-¡Aquella misma tarde, desde sus balcones, habían visto el desfile de monos, titiriteros, dromedarios y jaulas de fieras, bellos acróbatas, alegres payasos!- Quedó vacía la caja de polvos:

-¡Pilín! ¡Silvana! ¡Tiradme del corsé!

[118]




XV

Aún alborotaban las niñas por la escalera, cuando ya estaba sobre el ventanillo de la maritornes la luz de una contraseña. Eran en el guardillote, el solemne Don Epifanio y Don Segis. Con las cabezas tocaban el cañizo de la techumbre. Por el ventanillo abierto, entraba un gran silencio de terrados y chimeneas, recogido en el cielo de estrellas. El farol, retirado del alféizar, alumbraba puesto sobre el baulete de la moza. La Crisanta había recibido el aguinaldo de una columnaria, para convidar al novio, un quinto de su pueblo. En el fondo de la casa cantaba playeras la Coronela. Don Segis ponía toda su atención en mirar por el ventano: Don Juris, acurrucado a los pies del catre, se alarmaba solemnemente, la atención zozobrante entre el ay de la espera y el boga, boga, marinero:

-¡Mujer de gancho!

-Pues no pierda usted el tiempo.

-¡Muy peligrosa!

-¡Cuestión de trasteo!

-Crea usted que siento haber conocido a esta mujer. Estamos en sus manos expuestos a caer en una ratonera. ¡No lo hemos pensado! ¡Puede entregarnos inermes a la policía! Real y verdaderamente, sí no lo hace es una heroína, y tiene derecho a un altar en nuestro corazón. ¿Pero cree usted que sea otra Mariana Pineda? Puede costarnos muy caro este servicio a la causa revolucionaria. ¡Con ello y con que luego lo olviden nuestros prohombres!

[119] El Señor Castro Belona amuebló la sombra con los roncones de su enfisema. En aquel momento, el fugitivo pasaba la zanca por el ventanuco:

-¡Viva la libertad!

Descubriendo la pinta de la luna, saltó dentro. Don Epifanio se sorprendió de que toda la atención se le fuese al canto de la Coronela:


   -Deja el remo,
Batelera,
Que me altera
Tu manera
De remar...

Como Ulises, Don Epifanio, se tapó las orejas:

-¡No perdamos momento! Urge salir de aquí.

Don Segis se recostó sobre la pared, con la lumbre del cigarro en la boca:

-¡Ya discutiremos eso!...

Don Epifanio había extendido sobre el catre las prendas para disfrazar al prófugo, y se las ofreció con gesto solemne:

-¡Aun a riesgo de comprometer la preciada libertad, le dejaremos a usted fuera de puertas! En Villar Grande, un compañero de mi profesión, está en antecedentes. Bastará con que usted se presente y le diga: ¡Naranjas!

-¿Villar Grande, cuánto dista?

Bromeó Don Segis:

-Pasa de una legua y no llega a veinte.

Se pavoneó Vallín:

-¡Tendré un buen caballo!

[120] Don Epifanio bajó la voz con afectado sigilo:

-¡Vamos a disfrazarle de humilde proletario! Un servidor se ha puesto alguna vez esas ropas... No aduzco el hecho para dignificarlas, sino como un antecedente...

-¿Pero he de andar a pie ese camino?

La ingratitud del criollo picó a Don Juris: Despegándose de la pared, dio con la cabeza en el techo: Retumbó el golpe:

-¡A pie o a gatas!

-¡Me han jorobado!

Fernández Vallín, desabrido y con mal gesto, comenzó a vestirse las burdas prendas, extendidas sobre el catre de la maritornes. El Niño puso el candil en un clavo y tomó asiento sobre el baulete:

-Querido Benjamín, con que usted se pruebe el vestuario nada se pierde. Que pueda concertarse la fuga para esta noche, no lo juzgo tan mollar como el amigo Don Epifanio. Villar Grande está lejos, y esas carreteras muy vigiladas.

Cortó rotundo el cubano:

-Segis, como quiera que sea, no vuelvo a entumecerme en el desván de las Madres. El compromiso de mi tía es muy grande.

Asentían los hipos asmáticos del Señor Castro Belona :

-¡Mi consejo es alejarse! ¡Alejarse! ¡Volar lejos de Córdoba!... Mi proyecto está cuidadosamente estudiado. En Casariche...

Don Segis sacó lumbre del veguero:

-¡Me lavo las manos!

[121]




XVI

La Coronela vino a pulsar en la puerta, y tuvo un alboroto de risas entrando:

-¡Ay, qué gracia! Ni su mamá le reconoce!...

Se amoscó, disimulándolo con bromas, el criollo:

-¿No le parezco a usted bien, paisana?

-¡Me ha dado usted flechazo!

El Niño y Don Epifanio, arrimados a la pared, para dejar lugar, disentían en voz baja:

-¡No engaña al más topo con esa pinta!

-¡Porque está usted en el secreto!

La Coronela Fajarnés se volvió:

-¡Era de menos anchuras el difunto!

Confirmó burlándose, Don Segis:

-Menos anchuras y menos guinda.

La Coronela tomó el farol y pasó la luz sobre la figura del disfrazado, desde la frente a los pies:

-¡Todo flamante!

Fernández Vallín, corrido y contrariado, mirábase los calzones, que apenas le rozaban los tobillos, y las mangas del camisote, sobre las sangrías.-El apresto y los dobleces de aquellas prendas estaban diciendo a voces su estreno.- Lo ridículo de su traza le infundió con un resentimiento vanidoso y agudo, el absurdo deseo de cubrirse con una careta: Esta sensación de que con la careta se sustraería a las miradas, era como el revenir de una credulidad perdida en remotos avatares: Nacido en un ingenio de azúcar, canciones de negras esclavas habíanle [122] adormecido en la cuna: Músicas y bailes cimarrones habían ilustrado su infancia, en las luces del trópico, frente a la fábula del manigual poblado de serpientes. ¡Acaso llevaba en la sangre un escondido efluvio de canela el travieso revolucionario! La Coronela volvió a pasarle la luz por el perfil de la figura. Vallín abría los brazos, náufrago, indiferente, en una suprema entrega al ridículo de su disfraz. La Coronela, sentada en el suelo, con la luz a un lado, reía enseñando la garganta: El prófugo, herido de aquella risa, le dio un puntapié a la luz. Saltó en pie la Coronela:

-¡Una gracia!

Vallín, prevaliéndose de la oscuridad, la aprisionó por el talle. Ella rió disimulando, y con un mismo impulso, en silencio, se besaron. La Coronela Fajarnés apretaba los labios fríos sobre el disfrazado criollo, hasta hacerle daño. El Gran Virgilio rozaba un fósforo. La Coronela Fajarnés renovó su risa en la oscuridad, y orientada por el ventanillo, abrió la puerta:

-Vamos a mi gabinete.




XVII

Un quinqué de porcelana alumbraba sobre el velador con tapete de ganchillo. La Coronela, luego de pasar la punta del peinador por el espejo de la cómoda, llamó a Vallín:

-¡Contémplese usted!

-¡Qué aire absurdo! ¡Parezco un náufrago!

[123] Leopoldina y Don Segis, con burlas a dúo, celebraban la facha del criollo. El Niño acabó poniéndose serio:

-Benjamín, insisto en que lo más prudente sería que usted se volviera al desván de las monjas. Ya le sacaremos a usted en condiciones. Espere usted mi vuelta de los Carvajales.

-¡Imposible, Segis!

El Señor Castro Belona habló con docta madurez:

-Yo observo, y digo resumiendo mis observaciones: ¿Qué falta y qué sobra en el disfraz de nuestro amigo?

Retoñó el enojo de Vallín:

-¡Parezco un náufrago!

-¡Muy bien! Pues vamos en lo posible a darle un carácter al disfraz: Se le hace algún desgarrón, se le mancha, no se le deja dos botones parejos. Amigo Vallín, de obrero sin trabajo, le haremos a usted mendigo. ¡Pero hay que sentirse un poco actor!

Vallín se quitó la chamarreta, y con algunos tirones, desgarró las mangas y el cuello, después la arrugó como una rodilla, pisoteándola. Propuso Don Segis:

-Muy conveniente trasquilarse la patilla, lo que llamamos los clásicos afeitadura de tijera. ¿Leopoldina encantadora, quiere usted suministrarnos ceniza del fogón y hollín de la chimenea?

-¡Ahora mismo!

Con intriga corretona fugóse la tarasca, y puestos los ojos en la puerta, apagó discretamente la voz el Señor Castro Belona:

-Mentira parece que esa mujer pueda ser la mamá de [124] una prole tan numerosa. ¡Representa más joven que sus niñas!

Apuntó don Segis, con jonjaneo:

-¡Y lo es! Simboliza la eterna juventud. Don Epifanio, vamos a conquistarla entre los dos... Para usted solo, esa mujer me parece demasiado.

Repulgóse, con aire muy digno, Don Epifanio:

-Me apena profundamente oírle a usted ese lenguaje. Esta señora, por el servicio que nos presta, y por ella misma, merece mis más respetuosos homenajes, téngalo usted entendido. ¡El honor de las mujeres, para mí siempre ha sido sagrado!

El Señor Castro Belona hablaba con atildada emoción, ingenuo y pedante. Se acercaba por el corredor el taconeo de la Coronela: Frufrante, arremangándose los brazos, entró portando un lebrillo: Calóse los lentes Don Epifanio.

-¡Ya trae usted hecha la mixtura! ¡Es usted una mujer admirable!

La Coronela, le puso en las manos el lebrillo, con una mirada de lanzadera, sin excusarle ni mohín, ni sonrisa. El Señor Castro Belona, ante aquellas muestras, lejos de animarse, cayó en un abatimiento de enamorado sin esperanza. Fernández Vallín, puesto ante el espejo, metía las manos en el lebrillo, y se refregaba la cara: Quedó con tanto tizne, que parecía un náufrago escapado por una chimenea. Leopoldina, volándose al recuerdo de un novelón con estampas, le sacó el parecido:

-¡El vagabundo de Clermont-Ferrat! ¡Pero exacto!

Gachoneaba los ojos sobre el criollo, y con celoso pique miró su reloj Don Epifanio:

[125] -Toca a su término la función del Circo. Pronto esta amable señora tendrá el gozo de volver a verse con sus niñas. ¡Urge el tiempo! Amigo Vallín, no se olvide usted de las instrucciones: Nosotros, sus amigos, le deseamos la mejor suerte. ¡Comprendo que el hombre para quien todo son triunfos en el mundo, que obtiene el homenaje de las mujeres, quiera vivir! ¡Cómo le envidio la juventud!

Don Segis alternó un guiño entre la Coronela y Vallín.

-¡Filosofa usted, Don Epi!

-¡Filosofía de sepulturero!

Le puso una vara la Coronela:

-¡Usted, Don Epi, es un hombre en lo mejor de la edad!

Suspiró, discreto, el señor Castro Belona:

-¡Sí, soy viejo, pero ello no impide, señora, que me lleve de usted un imborrable recuerdo! Me ha parecido usted esta inolvidable noche una segunda Mariana Pineda.

Don Epifanio tenía en la voz los trémolos mortecinos de un candil romántico: Estudiado de palabra y sin perder la ingenuidad del sentimiento, se decoraba el buen señor con la pedantería literaria de los conspicuos liberales, cuando entonaba en los teatros La Pitita el General Riego.




XVIII

Moviéndose en la punta de los pies, con celo folletinesco, tropezándose las manos, pusieron los últimos retoques en el disfraz del criollo, la Coronela y Don Epifanio. Don Segis, plantado en frente, insistía desaprobando la fuga, [126] y enumeraba los riesgos, con doctrina de veterano caído en aquellos lances. La Coronela se lanzó fuera del gabinete, arrastrando a Don Epifanio:

-Nosotros nos entendemos.

Corrieron a la cocina, y por el pasillo, ayudándose, tropezándose, trajeron a rastras la sera de carbón que completase el carácter del fugitivo, según el meditado plan del señor Castro Belona. El Niño se barrenó la frente con un dedo:

-¡Tenemos a Don Epi chalado!... Y usted, Benjamín, perdóneme que le aconseje...

Fernández Vallín le clavó las pupilas, resaltadas de blanco en el tizne de la cara, pupilas de carbonero:

-¿A usted, Segismundo, le parece una temeridad?

-¡Una locura!

-¡A mí lo mismo!

-¿Pues, entonces?

-¡Precisamente por eso!

-¡No lo entiendo!

-La fortuna es de los audaces.

-Benjamín, los valientes y el buen vino...

-Cuentos de comadres.

-No digo nada, y vamos andando. Encantadora Leopoldina, volveremos a vernos.

Cortó con emocionados hipos el Señor Castro Belona:

-¡No pretenderá usted que salgamos en grupo, Segismundo! Entiendo que debemos darnos un abrazo fraternal y salir escalonados: Vallín delante, rompiendo marcha, entregado a su destino. Usted, Segismundo, algunos pasos distanciado. En cuanto a mí, juzgo un deber no [127] abandonar a esta angelical señora. Y si me autoriza, quedaré acompañándola hasta la vuelta de sus niñas.

La Coronela le tendió la mano:

-Es usted más galante que los pollos del día. ¡Así me gustan a mí los hombres!

Gachoneaba los ojos, avivándose el carmín de los labios con la punta de la lengua: Corrió al balcón, y lanzada a las resoluciones heroicas, atóse una liga, encandilando al policía apostado en la acera. Con breve intervalo, asomaron en la calle Vallín y Don Segis: Distanciados, sin contratiempo, esforzándose por retener el paso, doblaron la esquina. Resonaban las voces de una tasca: La luz de la puerta cortaba la calle.




XIX

Fernández Vallín, asegurado en que nadie le seguía, mirando atrás, apresuró el paso.-Callejuelas mal alumbradas, faroles trasnochados, palmas que requieren al sereno.- Salió a la ronda, y en la orilla del río tiró la sera de carbón para ir más libre. Sobre el puente brillaba la lumbre de un cigarro. Majuelos con algo de olivar, ceñían la polvorienta carretera. Alto cielo, verdes luceros, nocharniego concierto de grillos y sapos, una hoguera sobre un collado, espejos del río, juncales, médanos de luna, en los olivares la castañuela de los mochuelos. Sobre el puente, remota, una sombra levanta los brazos: Brilla la lumbre del veguero. Vallín recordó los presagios del Niño: Se santiguó:

[128] -¡Dios sobre todo!

En los primeros pasos alentóse con gallarda resolución, un impulso romántico prestigiaba su aventura revolucionaria: Lentamente sobrevínole una angustiada mudanza del ánimo, ante la recta sin término de la carretera. Con la fatiga del camino se juntaba el bordoneo del caviloso pensar, inscrito en los círculos de una torva incertidumbre, apretado en ellos, temoso, monótono, sin poder salir fuera de aquel pleroma. La clara noche, los verdes luceros, el silencio del campo, la indiferencia taciturna de todas las cosas, quitaban sentido a los afanes del mundo, los diluían en la angustia de un fin último. Recordó los años juveniles, los estudios, las devociones en el colegio de jesuítas, los propósitos que entonces tuvo de profesar en la regla de Loyola. Se apagaban las estrellas. Ante los ojos del fugitivo aparecía la visión de un pueblo de adobes, con gruñidos y cacareos. Bordeaba la carretera la erosión barcina de un cerrillo.-Grises de olivar, la medalla de la luna en el cielo sobre las rosas del alba, el artilugio de una noria seca.- Estaba franca la puerta del ventorrillo, y la dueña, refajo, chanclas, pañuelo pingón por los hombros, barría la entrada. Vallín se detuvo irresoluto: Sobre una cerca, le ladraba un perro. La mujer del ventorrillo, recogida al umbral, le observaba suspicaz:

-¿Qué se ofrece? ¡No estoy sola en casa!... ¡A ver si tomamos soleta! ¡Aquí no se mantienen holgazanes!

Vallín, llevándose de su natural altanero, puso en entredicho el disfraz:

-Yo pago mi gasto. Sáqueme usted una copa y un rosco, y vea usted, tía maulona, si la moneda es de recibo.

[129] Con insensato resentimiento, ponía un duro en mano de la mujeruca, que se agachó para sonarlo.

-Suelta otro majito, que este tiene hoja.

Vallín iba a dárselo, pero repentinamente sospechó la retorcida intención de la ventorrillera, caído en cuenta de lo que requería el disfraz:

-¿No le parece a usted de ley?

-¿Qué deseaba usted?

-Ya lo he dicho. Una copa y un rosco para andar camino.

-¿Va usted muy lejos?

-Voy adonde encuentre trabajo.

-¿Y no tiene usted otra moneda?

-No la tengo.

La ventera se entró al ventorrillo, y a poco salieron, con garrotes, un mozo y un viejo: Preguntaron a una:

-¿Qué se ofrece?

-¡Reparar las fuerzas!

Intimó el viejo, con ceñuda amenaza:

-¡Ya estás tocando marcha! Aquí no tenemos cambio para la moneda que has dado a la parienta.

-¡Pues a volvérmela!

-Eso es muy justo, majito.

Asomó la mujeruca, que tiró en medio de la carretera un duro taladrado. Vallín se inclinó para recogerlo, y al descubrir la engañifa, perdió toda continencia:

-¡Ningún hijo de zorra me roba a mí impunemente!

Sacó, arrebatado, un revólver, y alborotóse el grupo ventorrillero, que se metió a los adentros batiendo de golpe [130] la puerta y poniendo las trancas. Comenzó un rifirrafe de insultos y amenazas por las dos partes:

-¡Miserables!

-¡Cabra! ¿De qué presidio escapas?

-¡Bandidos!

-¡Sinvergüenza!

-¡Ladrones!

Fernández Vallín reprimió los impulsos de su sangre criolla, que le pedía a voces descargar los siete tiros del revólver sobre la puerta del ventorrillo.-A lo lejos brillaba la chapa del peón caminero, recomendándole prudencia.- Siguió adelante, recaído en la zozobra de cavilaciones y presentimientos, contrariado de su conducta en la pasada gresca, prometiéndose no volver a salirse de lo que pedía su disfraz: Caminaba con hambre. Por un cerro amarillo trepaba el carrero de un rebaño. Eran las lejanías por aquella parte, como límites de un lago rosa y celeste: Con el sol, encendíase el verde de los majuelos en resaltados cuarteles. A una y otra orilla de la carretera, dilatados campos de mieses, apasionadas olivas color de polvo, navas y vargas, toros y jarales.




XX

Entre olivas, a la vera del camino, acampaba un familión de gitanos. Las mujeres se peinaban las greñas. Críos desnudos, perros rabones, amatados jamelgos, asnos meditabundos, metían en ruedo de polvo al carricoche pintado de azul con toldete de remiendos. Pasaba Vallín de largo [131] y le dio voces una gitana, que levantaba al corito churumbel, azotándole la nalga:

-¿Llevas un mixto?

-No llevo nada.

-¡Cachéate bien, rubio serafín!... ¡Me ha escarriado el apaño, este venido de las negras calderas!

Tornó a zurrar la nalga del travieso, y le dejó revolcándose en una hoya, llorando a moco y baba. Vallín simuló registrarse:

-Lo dicho: No tengo.

-No hay más que rascarse y esperar que pase algún santo con ese avío. ¿Tú qué norte haces?

-Busco trabajo.

-¿Trabajo buscas y no encuentras? ¿Quieres tú más trabajo que correr el mundo para no sacar ni un pedazo de pan negro? El que nace sin estrella, con solo la carga de su suerte tiene trabajo superado... ¿Y tú de dónde eres? Tú no eres lo que aparentas.

Vallín disimuló:

-Ahí atrás me han tomado por el Saca-Mantecas.

-Ni eres saca-untos ni saca-bolsas.

-Pues seré lo que tú quieras.

Vallín se inquietaba mirando a la ceceosa, suspenso, como en aliento de serpiente: Era flaca, culebrina, morena, con un ojo velido: Se volvió a un vejete que mirlaba desde un carricoche:

-Estamos sin avío para hacer lumbre, tío Ronquete.

-Ráscate el jopo.

El tío Ronquete echó el busto fuera: Le cubrían el pecho sartas de rosarios, cruces y cadenetes: Mordía alambrillo [132] con un diligente alicate. El vejete aceituno, con el pectoral de brillos devotos, emocionó a Vallín: Le trajo el deseo piadoso de ponerse un rosario al cuello: Pensaba estar más defendido: Se le apareció el abandono de su casa, las velas encendidas a los santos, las novenas familiares, la alta noche y el llanto que la olorosa cabellera reprime en la almohada:

-¿Quiere usted venderme un rosario?

-Si usted paga lo justo.

-¿No estarán benditos?

-¡Benditos por el propio Padre Santo! Y toda la fabricación que sale de mis manos al igual. El comercio recibe bendito el género, y si las cuentas y el engarce están santiguados, no mete duda que lo estará el rosarete. A ver si nos ajustamos. ¿Cuál te hace el ojo?

Vallín disimulándose con el habla popular, eligió un rosario: Se arañaba el bolsillo y regateaba el precio, con la experiencia de la pasada trifulca:

-¡Catorce cuartos es demasiado! ¡Real y medio!

El tío Ronquete le alargó el rosario:

-¡Pierdo contigo dos cuartos, majito!

Fernández Vallín se lo puso al cuello:

-¡Con otro los ganarás!

-Es la ley del mundo, majito. Te llevas un rosarete de gusto. Mira el engarce.

Dos mozuelas se atusaban la greña, alternando un cacho de espejillo, el peine sin púas y el pringue de la alcuza para matarse las liendres. Saltó, avispada, una de aquellas endrinas:

-¡Dátil fino! ¡Déjate conmigo alguna cosa!

[133] De un escriño sacaba collares en sarta, cadenillas con cruces y patenas, luces y cabrilleos de latón y cristales. Vallín contaba los cobres de la vuelta:

-¡Este rosario me representa una semana de hambre!

-¡Tito arremojado, mira esta gargantilla! ¿No tienes tú una chavi para quien me la mercar?

Advirtió el viejo:

-¡Ostelinda, deja el rebridaque!

Otro tizne venía cantando por la carretera, y un asnete trotaba delante, con la feria de calderos y peroles:


   ¡Entre sol e sombra
Asoma la aurora
E tocan tambora
En Sebastopol!




XXI

El compadre de las calderas se contraseñó con la culebrosa del ojo velido, y bajo unas olivas se juntaron a tratar en secreto. Ostelinda echaba sus sartas en el escriño:

-¡Poca sal tienes, morcilla ajumada!

Vallín se puso al camino con renovado ánimo: El rosario que llevaba al cuello le servía de escudo.-Una voz secreta le había impulsado a comprarlo.- Se apartó cediendo camino al otro tizne que venía detrás, apurando al asnete cargado de peroles: Se detuvo el compadre:

-¡Buena ha sido la zaragata del ventorrillo!

Acautelóse Vallín:

-¡Cosa de nada!

[134] El compadre aguijó al borriquillo, y viéndole correr delantero, emparejó con el mohíno criollo:

-¡Esa familia es de lo peor que se ha visto!

Vallín se detuvo con aire bravucón:

-¡A mí no me va nada!

El de los calderos se puso a cantar, aguijando con la punta del verduguillo, los cuadriles del asno:


   -¡Viva Garibaldi
Nostro Capitán!

Se levantaba el sol alargando la línea uniforme de la carretera, entre los campos de mieses, por engañosas lontananzas de marinos horizontes. A la entrada de un lugarón, el pastor comunal sonaba el cuerno, y por todas las callejuelas acudían piños virriatos de ovejas y cabras. Madrugaba el lugarón envuelto en olores de establo y jarilla quemada. Caserío corcovado y tapiales con chumbos, se apretaban a la sombra de un tejadillo campanero, bajo el gallo de la veleta, que recortaba con tinta china su vuelo, inmovilizado en la rosa del alba. Sobre el arco de un puente, desfila en un caballejo, el pardillo de manta y catite, la negra rueda del sombrerote sobre la oreja. Yuntas de ganado muleño labraban una heredad partida por el camino carretero:

-¡Buen día de calores se presenta!

Trotaba el asno con su música de peroles y calderetes, aguijado por el verduguillo del compadre. El encubierto criollo se desazonaba viéndole a su lado. El de los cobres le brindó con la petaca:

-No lo gasto.

[135] -Nuevo eres en andar caminos. Para disimular las cuestas se ha inventado el tabaco. Pregunta a una tropa en marcha si prefiere pan o tabaco. Hubieras tú militado como este ciudadano. ¿Sabes tú quién es Garibaldi?

Murmuró Vallín divertido a su pesar:

-¿Garibaldi has dicho?

-¡Garibaldi! El moderno Napoleón. Yo he servido en sus filas. Sépase que este ciudadano es un revolucionario enemigo personal del Papa. Con este ciudadano puede usted franquearse. Usted no es lo que aparenta, usted se ha disfrazado para escapar de alguna gorda. Las manos de usted no son las del hombre trabajador. Y si no lo son, enseñe usted los callos.

Amontonó el ceño el criollo:

-He sido escribiente.

-¿Y cómo tanto ha bajado?

-¡Las enfermedades!

Le miró el tuno de los calderos:

-No valen disimulos con esta calandria. Usted escapa del Gobierno, Y como es usted el niño de la bola, se ha encontrado con el ciudadano Martínez, de Casariche. En Casariche pregunta usted, y allí le informan hasta los perros de quién es Martínez el Garibaldino. Me conocen con ese nombre por haber servido en las filas del Gran Patriota. El Prim de la Italia, que le pone las peras a cuarto al Padre Santo. ¡Caballero, puede usted confiarse!

-A ti te ha contado un cuento la tuerta del rancho.

Vallín, si con las palabras aún persistía en disimularse, en lo recóndito del ánimo ya se inclinaba sobre el propósito de confiarse y tratar con el tunante. Por los remotos [136] confines de un altillo, asomaban dos siluetas con luces de charoles:

-¡La Pareja! Apartémonos del camino, que no es conveniente el encuentro.

Fernández Vallín permaneció irresoluto sobre la carretera, sorprendido de la prisa con que el tuno metía el asnete por una senda traviesa. Comprendía que seguirle era confesarse, y aseguró jactancioso:

-¡Se me da un pitoche a mí de los tricornios!

Le encaró de lejos el compadre:

-¡Ojo! ¡Esa gente no se apea de pedir los papeles!

Fernández Vallín, desabrido, se salió de la carretera y murmuró el tunante:

-¡Se guipa alguna cosa!




XXII

Por sendas de jaras y retamares entraron a Monte Lebrija. El calderero, vaqueano de aquellos parajes, guiaba hacia Torre Lucera. Vallín, rendido de hambre y de sed, quemados los ojos del polvo, del sol, del sueño, sentía mayor desmayo al ver el mocho almenaje, siempre en lejanía, destacado sobre el horizonte, en una nava de tierras paniegas: Caminaba irritado, pisando la sombra del asnete, que tanto se detenía oliendo las jaras, como arrancaba trotero, con música de peroles y calderas. Un enjambre de moscas volaba sobre los ensangrentados cuadriles del bertoldo. El Garibaldino no dejaba la sonsaca:

[137] -Aparentando carecer de posibles, saca usted un chulí en el ventorrillo del Maluenda. ¡Para que afile la pestaña el más primavera! Caballero, no lo tome usía a molestia, pero usía es un personaje de muchas campanillas. Sujeto que para escapar de la justicia se viste de paria, o es un personaje, o un desgraciado de muy poca pupila para guipar lo que sucede en la feria del mundo.

Por las jaras, en aquel pronto, salieron voces, perros y escopetas:

-¡Alto y pecho en tierra!

Vallín, con arrebatada lucidez, reconoció en los asaltantes al mozo y al viejo del ventorrillo: Hizo un disparo y vio volar el sombrero del mozalbete. El padre y el hijo se aplastaron en las jaras. Espantóse el asnete, arrastrando en soga peroles y calderos. Vallín entre el desgarre de ladridos, esperó el estruendo de las ocultas escopetas. El Garibaldino levantaba los brazos y se ponía por delante:

-¡Amigos, no son maneras! Me interpongo para bien de todos. Vosotros bajáis las carabinas. ¿Es que vamos, por menos de nada, a tener aquí un zafarrancho? ¡Que se os quite de la cabeza! ¡La muerte de un hombre no se esconde así como quiera! Eso se queda para casos más extremos, y no está medio bien buscarse ahora un finibusterre.

El viejo salióse al camino, con el cañón de la escopeta vuelto a tierra:

-¡No me asusta el presidio!

Le siguió el mozalbete, que se había distanciado a la busca del sombrero:

-¡Si a rozarme llega, me le como las entrañas!

[138] El tuno de los calderos fué por el borriquillo, y teniéndole del ronzal inició el parlamento:

-¡Adonde vais vosotros con tantos humazos! El que más y el que menos tiene su contrabando y no está sin la ojeriza de la Pareja. Hay mucha vigilancia estos tiempos.

-¡Repito que no me asusta el grillete, y este muchacho es mi sangre!

El tuno de los calderos se puso a picar un cigarro:

-¡Sois unos ángeles!

Comenzaron los parlamentos y socaliñas. Fernández Vallín, receloso, con el revólver montado, atendía a la conchaba para aliviarle de dineros. Al cabo de cuentas, los tres tunos convenían en ayudarle:

-¡Entendidos!... ¡Y el sonacai por delante!




XXIII

Fernández Vallín, que atendía con un fulgor de cólera, repentinamente se desató en verboso torbellino de temerarias jactancias: Empuñaba el revólver: Tenía el arrebato lúcido, la fría y apasionada tensión de los jugadores en el tapete verde, y a sabiendas arriesgaba la vida en aquel albur de bravatas:

-¡Esto se resuelve a tiros! ¡La vida para mí no es nada! ¡Al primero que haga un gesto, le dejo frío! ¡Canallas! ¡Ladrones! ¡Miserables!

Como el viejo y el mozo levantaban las escopetas, tornó a mediar el otro tunante:

-Ahora le ha llegado a este caballero la vez de cantar [139] su valentía. ¡Calma y buen tiempo! Este caballero tiene la mosca en la oreja, porque de antes le habéis escamoteado un chulí, con muy mala gracia: Caballero, usted no se acalore. El paso en que usted se ve no es nuevo. Usted, como cualquier nacido, tiene sus cuentas con la justicia, y excusa verle la cara. Pues vamos con estos pollos a estudiar cómo usía sale adelante. ¿Es otra cosa lo que tenemos hablado? Apéese usía de la sulfurosa, que de este mal paso le saca a usía el ciudadano Martínez de Casariche. ¿Tiene usía cincuenta onzas?

-¿Es la tarifa?

Fernández Vallín sostenía la mirada de reto: Metíanse por la jara el padre y el hijo, apartándose cada cual a tomar posición en opuesto flanco, con tácita conchaba. El tuno de los calderos, rasgaba, con una risa de soflama, su boca negra:

-¡Quietos vosotros! ¡Y usía, no se vaya del seguro, que aquí está para servirle el ciudadano Martínez de Casariche! Afloje usía la mosca, que conviene tener seguros a estos ángeles: Sepa usía que esa gente puede darle muy buena ayuda.

Repuso el criollo, despectivo:

-¡Cincuenta onzas! ¿A cambio de qué?

-¡A cambio de poner a usía en Gibraltar! ¿Hace?

-¿Y quién me asegura de que no voy a ser traicionado por esos bergantes?

-¡La mosca!

-¡No la tengo!

El compadre se recostó sobre el asnete:

-¡Pues usted verá lo que hace!

[140] Fernández Vallín sentía el aplacamiento de su cólera, con un frío desdén por las dos escopetas que distanciadas y encañonándole salían por la jara. Se resolvió a parlamentar:

-Ese dinero puedo entregarlo en Gibraltar.

-Vea usía de contentar ahora a esos gachós.

Volvió a sulfurarse la sangre criolla:

-¡Con una bala!

-¡Ya estamos en ello, pero por mi mediación se priva usía de ese gusto! ¡Tíreles usía cincuenta durandartes y no se hable más!

-¡No los tengo!

-¡Pues usía verá lo que hace!

Fernández Vallín, con dual inquietud, consideraba el peligro de soliviantar la codicia de aquellos tunos con la dádiva, y las consecuencias de la negativa, frente a las dos escopetas que le encañonaban. Simuló transigir:

-Tengo fondos en un Banco de Gibraltar. No cincuenta onzas, cien entregaría yo al que me pusiese libre en aquella plaza.

-Conviene antes algún resplandor.

-Pues vais a seguir ciegos. Si uno de vosotros quiere exponerse llevando una carta a Córdoba...

-¿En Córdoba tiene usted fondos?

-Indudablemente.

-Pues escribirá usted esa carta, y menda la llevará a su destino. Guárdese usía el revólver, que el trato es trato, y no tenga usía recelo de ninguna cosa.

-¡Ya lo sé! No está vuestro negocio en quitarme ahora la vida, sino en robarme.

[141] -¿Escribirá usted esa carta?

-¡No te repuches tú de ir con ella!

El compadre llamó a los ocultos en la jara:

-¡Allegaros acá vosotros y no hagáis más papeles!

Alobados, y por distintos lugares, volvieron al camino los ternes del ventorro: Bramó el mocete:

-¡Ya aburre tanto hablar!

Vallín le despreció con una mirada, y acudió el viejo, cambiando su guiño con el ciudadano Martínez:

-¡A ti te toca callar en donde esté tu padre!

Luego, el ciudadano propuso los términos de la componenda y para discutirla se salieron fuera del camino, a un raso quemado en la jara. El viejo ventorrillero, solapaba su dura expresión en un gesto malvado:

-¡Caballero, verá usted cómo se le sirve honradamente!

Brutalizó la voz del mocete:

-¡Que haya luz!

Y entonó con fervor demagógico el ciudadano de Casariche:

-¡En el mundo todos estamos para ayudarnos!

A lo primero se inclinaban por ocultar al fugitivo en el ventorro, hasta tener resolución de la carta: Luego apuntó el vejete sus dudas, recapacitando el compromiso que aquello le suponía si llegaba a olérselo la Pareja. Vallín, entonces, insinuó que le llevasen a Córdoba: Aseguróse el viejo:

-¿Podrá usted recoger fondos?

-Indudablemente.

-Pues esta noche a Córdoba. ¡Y ojo!

[142] Fernández Vallín, mirándose en manos de aquellos tunantes, comenzaba a discernir, como lo más seguro, volverse a la bufarda de las Madres Trinitarias. En Córdoba, sería lo más cuerdo aflojarles la mosca y cada uno por su lado.




XXIV

Escondiéndose, salieron al camino de ruedas que va por Cabrillas y Villar Grande a Nuño Domingo. Transitaba, entre nubes de polvo, el rezago de una feria.-Piños de ovejas y cabras, tropas de mulos y caballos, yeguas de vientre, recuas arrieras, carricoches de lisiados, galerones de titirimundis.- Quedándose a la sombra de unas encinas, volvieron a disputar sobre lo más conveniente. Revolvióse Vallín contra el acuerdo de los tunantes:

-¡El hijo de mi madre no se agazapa aquí sin comer!

El ciudadano de Casariche se golpeó el pecho:

-¡Cada cosa con su compás, caballero! Las ferias de primavera llevan mucha concurrencia por los caminos, y todo hay que mirarlo.

-Yo necesito un pedazo de pan que me sostenga. No faltará cerca algún ventorro.

-No faltan... Pero usted tiene el genio muy súbito, y donde que se vea entre concurrencia, nos mueve usted el gran escalzaperros.

-Y me denuncio.

-O le hacen a usted la capa. Esta gente se precia mucho de dar amparo a los delincuentes, y para darle a usted amparo ya estamos nosotros.

[143] Murmuró el viejo:

-Para darle amparo, para cubrirlo con nuestro cuerpo y para servirlo en cuanto se ofrezca.

-Está bien. Pero yo he resuelto hacer mi voluntad.

Terció el ciudadano de Casariche:

-No se quedará usted sin acallar la gazuza. ¡Esto hay!

De un zurrón sacó recado de aceite, sal y vinagre: Santiguóse el viejo:

-¡Alabada sea la gracia de Dios!

Vallín dudaba si tomarlo a broma:

-No es un banquete.

-Haremos gazpacho. El chaval, que no es manco, garbeará algunos frutos por esas huertas.

Fernández Vallín, sin atender aquellas discretas razones, se dirigió al camino, y los ventorrilleros le apuntaron los retacos con alteradas voces:

-¡Que te pongo una bala!

-¡Quieto!

-¡Tente!

-¡Falsario!

-¡Te juegas la vida!

-¡Alto!

-¡Quieto!

-¡Traidor sin palabra!

El ciudadano de Casariche, en el entanto, corría a tenerle: Fernández Vallín le dobló de una bofetada, y sin volver la cabeza siguió adelante. Los otros dos seguían encañonándole, poseídos de colérico asombro, ante aquel [144] desprecio de no volver la cara, un nunca visto rentoy, al rentoy de sus retacos: Bramó el chaval:

-¿Me lo tumbo, padre?

-Está el camino muy transitado.

-¡Que se nos vuela!

-¡Déjalo que se vaya de naja!

-¡Lástima no meterle una onza de plomo!

-¡Y no sacar cosa, si no es el compromiso de la trena!

-¡Nos la ha diñado!

Fernández Vallín, apresurando el paso, se juntaba a una cuerda de trajinantes.-Las ferias de Sevilla-no es cosa nueva-, con tanta gente forastera como allí acude, agonizan en luminosas boqueadas por las villas y caminos del Betis. Toda aquella tierra de moros romanizados, celebra con festejos de pólvora y campanas los verdes de Abril y Mayo.




XXV

Fernández Vallín, metido en la cuerda de trajinantes, aun cuando asegurado de momento, se sobresaltaba, presintiendo la delación de los tunos a quienes dejaba burlados: Fortaleciéndose de fe religiosa, besó el rosario que llevaba al cuello, y en aquel amparo descansó la zozobra de sus pensamientos, pero a lampadas fulminábale el recuerdo de los pícaros con sus acechos y malas artes. Andando camino, le distrajo la plática de un mozo que cargaba en espuerta, pintada imaginería de barros:-Toros, piqueros, santos de cerquillo, serafines en punto de baile, parejas de vito y fandango.- [145] El mozo, con verba flamenca, ponderaba el rejo de una hembra de entraña, que se había fugado de la trena enfriando al carcelero, después de haberle encendido las pájaras. Pidió esclarecimientos la picada de viruelas, que acompañaba a un tío vende-mantas:

-¿Dónde ha sido ese caso?

-En Solana ha sido.

Desdeñó el de las mantas azolando al mulo con la vara:

-¡Gachó con tus novedades! Eso, todo, anda puesto en coplas. La Tuerta del Molino se llama esa mujer, y es una criminal de las más notables, en vía de hacerse notoria por medio mundo.

Fernández Vallín, obscuramente, recordó a la faraona del gitano aduar, las soflamas que había tenido para su disfraz de tizne y guiñapo.-Aquella tunanta era también velida de un ojo.- Pasaban por la Venta de Calamucos, y arriscado, metióse adentro para reponer fuerzas. Sonaban ante el portón las amurriadas campanillas de un coche, de diligencias, con el tiro mirando hacia Córdoba: Refrescaban el mayoral y los pasajeros. Fernández Vallín comió, bebió, pagó el gasto y se proveyó de tabaco: Salió a la puerta. El mayoral requería la tralla, subido al pescante, montaban los viajeros, sacudía el tiro las colleras con aprontado son de campanillas. Fernández Vallín observaba a los viajeros:-Una vieja enferma de los ojos con una joven. Dos señorones de pueblo. Un asistente de infantería con maletines y sombrereras.- Decidióse y pordioseando, preguntó al mayoral, el cuánto de llevarlo hasta Córdoba:

-¡Cinco patacones!

-¿Nada menos?

[146] -Te pongo mitad de pasaje.

Se dolió Vallín:

-¡Mucho para un pobre!

-¡Dobla la costilla a trabajar!

-Estoy enfermo.

Intervino con ceceo campechano uno de los señorones:

-¡Chacota, dale billete a ese barbián!

-Ya lo oyes. Agradéceselo a Don Pedro Antonio.

-¡Gracias, caballero!

El Teniente veterano, con el recorte de un callo en la bota, gorro de cuartel, tapabocas y ronquera, montó el último. Encendieron cigarros los viajeros. Rodó la diligencia. La vieja de los ojos vendados solicitó de la joven que abriese la ventanilla, y sacó la cabeza.




XXVI

Don Pedro Antonio y el otro señorón anudaron la hebra:

-¡No pasamos el verano sin jarana!

Don Pedro Antonio miró de reojo al veterano de la ronquera y el ojo de gallo:

-¿Qué opina usted, mi Teniente?

-Un militar no debe tener opinión política.

-Será usted el primero.

Intervino el otro señorón:

-¿Qué vientos corren por los cuarteles?

-Lo que ustedes digan.

Le ofreció lumbre Don Pedro Antonio:

[147] -No se reserve usted de opinar, mi Teniente. ¡Está usted entre caballeros! La revolución ninguno de nosotros la desea. Es la demagogia, y a ninguno que tenga cuatro terrones le conviene... Todo hay que mirarlo. ¿Pero deja usted suelto al pueblo soberano, para que haga mangas y capirotes, si rueda lo existente? ¿Adonde iríamos entonces? Hay que mirarlo todo. La revolución, si llega, deben hacerla los elementos de orden. En las manos del pueblo soberano, iríamos al caos.

Sacó la voz el clerigote que bostezaba sobre La Esperanza:

-Cerradas las Cortes, algunos espadones van a viajar por cuenta del Gobierno.

-¿Cuándo es la clausura?

-El diario es del martes... Pues esta misma tarde. La cuenta es clara.

[149]






LIBRO CUARTO

LAS REALES ANTECÁMARAS


[151]

LIBRO CUARTO

LAS REALES ANTECÁMARAS


I

Plazuela del Congreso. Jardinillo municipal. El Manco Divino que cobra perenne alcabala del ruedo manchego, hace un punto de baile en calzas prietas, ante el Templo de las Leyes. Rinconete y Cortadillo, al pie del pedestal, juegan a la uña alfileres y formillas:

-Te pago cinco.

-Me pagas siete.

-Esa no te la paso.

-¡Por la leche que me han dado!

-Vamos a ventilarlo.

-¡Me caso en Cristina!

-¡No vale rachar la ropa ni mentar la madre!...




II

Ondea el Pabellón Nacional. Clausura de Cortes. Simones y carruajes oficiales:-Galones, escarapelas, aguardentosas bufandas, viseras aburridas.- Esbirros de capa y garrote toman el sol por las esquinas, sostienen los faroles:

-¡Claveles! ¡Claveles!

La florista engatusa con labia pindonga, y decora la solapa de los diputados que acuden al Oficio de Difuntos:

[152] -¡Claveles ! ¡Claveles!

Corre la salerosa a la portezuela de un charolado landó: Tronco de yeguas inglesas, cochero y lacayo británicos:

-¡Claveles! ¡Claveles!




III

El Embajador de Su Graciosa Majestad, seguido de dos Secretarios, cruza la acera: Flemático, hace la jarra, y en la palma de la morena deja una blanca, con tan puritano escrúpulo, que los dedos del guante no afrontan el roce más leve. Luciendo los bajos, la florista se apaña la faltriquera, y al requiebro de un chusco, responde rasgada:

-¡Si se ve algo, llévalo a los Mostenses!

-¡Está penado expender carne sin patente!

-¡Ya quisieras regalarte con una de mis tajadas!

La voz de un auriga ministerial se mete por medio:

-¡A la Vicenta, si gusta de tomar algo!...

Con inocentona malicia, ríen, sin entender palabra, los dos Secretarios de la Embajada Inglesa:

-Tengan ustedes, místeres, un ramo. Se lo regala la Vicenta. ¿No chamullan ninguna cosa? Tenga cada uno su ramo. No es nada, gusto en regalárselos de la Vicenta.

El chusco del tapabocas, que abre las portezuelas, guiña el ojo:

-¡Ya te sacaste la lotería!

La Vicenta jalea el talle, y recorre la acera, con la banasta en alto:

-¡Claveles! ¡Claveles!... ¡Son roñas estos místeres!

[153] El Duque de Fernán Núñez, por un clavel, le ha dado veinte durandartes a la Trini...

Un simón filosófico:

-No sería por el clavel.

-¡Por el clavel! Luego si ella ha querido corresponder de alguna manera... También pudo guardarse el parné, y me alegro verte güeno.

En la escalinata, un ciego romancista recuenta los pliegos del Horroroso Crimen de Solana. Los leones, duales y contrarios, esperezan un regaño simétrico:


   -¡La más culpada de todos,
Una mujer ha salido!
Oprobio del bello sexo,
Por sus perversos instintos,
A las inocentes víctimas
Sacaba los higadillos...




IV

Los ujieres saludaban. El Embajador de Su Graciosa Majestad, en medio de los dos acólitos, ocupa la tribuna diplomática. Diputados en los rojos escaños: En el banco azul, el retablo ministerial. Uniformes y cruces, levitas y calvas. El Conde de San Luis dormita en la Presidencia: Velan a los costados, anacrónicos bigardones con porras de plata y dalmáticas de teatro. Está en el uso de la palabra el Jefe del Gobierno: Muy entonado, sacándose los puños, anuncia la concesión de honores y haberes de Infante, [154] a Su Alteza Real el Serenísimo Señor Conde de Girgenti. Una voz en la tribuna de la Prensa:

Indigenti!

Risas. Protestas. El banco azul se conmueve con gestos y ademanes de reto. El Presidente de la Cámara, rompe una campanilla, y aquietado el jollín, vuelve a dormitar solemnemente. Un Secretario lee, y nadie se entera. Los señores diputados desvalijan sus pupitres de plumas, de papel y de obleas. En el aburrimiento de la tribuna pública, el ujier conversa con el cesante que pretende ser repuesto:

-¿Ha visto usted, Señor Cárdenas? Ya tenemos aquí a los loros ingleses.

-Son así. La Diplomacia Británica, adonde va, se entera de los problemas.

-Pues no crea usted que saquen mucha sustancia. Chanelan poca cosa de cristiano. Pero ahí están. No vendrá nadie del Cuerpo Diplomático... ¡Ellos perennes!

-¡Un gran pueblo!

-No soy quién para discutírselo a usted, Señor Cárdenas. Pero un servidor no los traga. Gente que no va a misa ni confiesa, para el gato.

-¡Hombre, así en absoluto!

-Usted los defiende, y luego de sustentar esas ideas, se extraña usted, todavía, de que lo haya dimitido el Gobierno.

-El partido moderado, al que pertenezco desde hace muchos años, no es un partido obscurantista, y el favorable concepto que me merece el pueblo inglés, no lo creo, en modo alguno, relacionado con mi cesantía. ¡Otro gallo [155] nos cantara, con estadistas a la inglesa! ¿Le parece a usted de buen gobierno, que por cochinos seis meses no me jubile yo con los cuatro quintos?

Se distrajo el ujier:

-¡Aplauden!

-¡Insensatos!

-Ya podían haber dado el cerrojazo un mes antes. El Sábado de Gloria que hubiera sido, y me habría colocado de acomodador en el Circo del Príncipe.

-¡No se gobierna el mundo a nuestro deseo!

-¡Ya lo estamos tocando!

-¡Insensatos, aplauden sus exequias!

Terminaba la sesión: Parabienes en el redondel y siseos en la tribuna de la Prensa. El Conde de San Luis se ha puesto el sombrero ante el pomposo retrato de Nuestra Católica Majestad. La Soberana de Dos Mundos, corona y cetro, manto de armiño, vuelos de meriñaque, guipures y céfiros, luce sus opulentas mantecas, en una roja sinfonía de sombras, bajo el doselete de la Presidencia: Empopada de joyas y bandas, asoma el pulido chapín por la rueda del meriñaque, entre los cabezudos leones del Trono.




V

El Pasillo Circular. Corros vaticinantes. Sesudas calvas, panzas doctrinales, sabihondas levitas, brillos de espadines y bordados.-Diserta el Señor Presidente del Consejo, en la rueda de ilustres compadres:

-¡Ya lo sé, caballeros! Bravo Murillo y San Luis intentaron, [156] sin conseguirlo, sobreponerse al elemento militar. ¡Caballeros, a la tercera va la vencida, y espero demostrar que puede un hombre civil ejercer la dictadura en España!

El Señor Coronado salvó su opinión con pedagógico susurro:

-El mílite glorioso tiene siempre más propicia el aura popular.

Confirmó epigramático el Señor Catalina:

-¡Hable el ramo doméstico de niñeras y amas de leche!

Don Severo Catalina, Ministro de Fomento, nunca dejaba de lucir las sales de su ingenio: Feo y cascarrabias, era berrendo en colorado, como pintan a Judas: Tomaba muy a pecho que sus conmilitones no le celebrasen las jocosidades, y ellos, corazones blandos, le colmaban el gusto, salvo Don Carlos Marfori: El Pollo de Loja, con los pulgares en las sisas del chaleco, abravucaba la fachenda:

-¡Mano dura! No es otro el secreto.

Aprobó con unánime arrullo el coro ministerial. El Señor Coronado exhaló su soplo pedagógico:

Dura lex! ¡Dura lex!

-¡Y navajeo! ¡Y navajeo!

El Presidente del Consejo, formulada la honda sentencia, se destacó, requerido por el saludo de un engallado vejete:

-¡Señor Presidente!

-¡Ilustre amigo!

Don Manuel de la Concha, Marqués del Duero y Teniente General de los Ejércitos, vestido de paisano -levita [157] ajustada, chistera, botines blancos-, acogió con brusca intimación al Presidente del Consejo:

-Vengo de casa de Pepe. Esos nombramientos, no discuto méritos, son altamente inoportunos. Como se lo digo a usted, se lo he dicho a Pepe. En las circunstancias actuales crear descontentos en el generalato, es tanto como no amar a la Reina. Mi hermano está en el deber de no admitir el tercer entorchado, y dar con ello una prueba de deferencia a los ilustres compañeros, que, con razón o sin ella, alegan mayores servicios.

Gitaneó el Presidente del Consejo:

-¿Estima usted que reúne alguien mayores méritos que su ilustre hermano, el Marqués de la Habana?

El General se atufó:

-Sé lo mucho que vale mi hermano, pero ello no excluye mi censura respecto a la oportunidad de agraciarle con el tercer entorchado. En el escalafón ocupan lugar preferente los que han mandado Cuerpo de Ejército en Africa. Sobre los vínculos de la sangre, coloco los dictados de mi conciencia, y abogo por el más alto interés de la Reina. Esas mercedes sólo servirán para agriar el resentimiento de muchos leales servidores del Trono.

Acogióse a una terne soflama el Señor González Bravo:

-¡Déjelos usted que rabien!

-No estoy de acuerdo. Pepe debe oponerse, y lo mismo el Marqués de Novaliches.

-Verá usted como no lo hacen.

-¡Pepe lo hará!

-El Gobierno mantendrá el nombramiento.

-¡Cosechará usted tempestades!

[158] -Procuraré capearlas.

Bruscos y desabridos, sin darse la mano, se despidieron con las chisteras. El Señor Presidente del Consejo, vuelto a la rueda ministerial, brindó la petaca:

-Este patriota no sufre en paciencia que su hermano se adorne con el tercer entorchado. Ya veremos si un hombre civil puede ponerle el cascabel a los Invictos Generales.

El Señor Ministro de la Guerra, mirándose los galones de la bocamanga, volvió por el fuero de Marte:

-¡El Ejército es la salvaguardia de las Instituciones!

-Justamente, y por eso debiera permanecer apartado de las luchas políticas... No me ha sorprendido la actitud del Marqués del Duero: No me sorprenderá tampoco la de otros espadones, que de antiguo los conozco y todos tienen escrito en sus gloriosos aceros, el viva mi dueño de las cachicuernas. El Gobierno puede dimitir, pero en ningún caso someterse al dictado de una conjura militar. Eso es lo que nunca puede hacer el Gobierno. El Gobierno responderá llevando los decretos a La Gaceta. ¡Hasta Palacio han llegado las bravatas de algunos díscolos! ¡Es intolerable! Daremos la batalla a esos gallos, y hasta diré que me alegra tener una ocasión para poder humillarles la cresta. La lucha pequeña y de encrucijada me aburre. Venga algo gordo que haga latir la bilis, con tal que no venga por provocación o negligencia de mi parte. Entonces tiraremos resueltamente de navaja y nos agarraremos de cerca y a muerte. Entonces respiraré ancho, no que ahora todo se vuelven intrigas de comadres.

[159] Tras estas castizas máximas, ejemplario de la política española, tiró el chicote en medio del corro el Presidente del Real Consejo.




VI

Los Señores Ministros, fieles al protocolo, se trasladaron a la Cámara Regia. Nuestra Augusta Señora, aquella tarde, se cansó de la mano, firmando gracias y mercedes: Mirándose los dedos llenos de tinta, beata y maliciosa, engordaba el labio borbónico:

-¡Me apena saber que habrá algunos despechados! Mi corazón quisiera complacerlos a todos, pero no puede ser... ¡Y esta no me la perdonan los desairados!... Veremos por qué registro salen los espadones cuando vean La Gaceta.

La Católica Majestad, siempre magnánima, correspondía al ingrato desamor de su pueblo, aumentándole de real orden el número de los Héroes Nacionales.-¡Y los españoles, sin darse cuenta del ánimo generoso con que los gobernaba su Reina!- Graciosamente, sin recargo en los tributos, les otorgaba dos flamantes Capitanes Generales: Ceñidos de laureles, calvos y asmáticos, se los brindaba sin limitaciones, indistintamente para decorar en las cajas de cerillas y hacer pronunciamientos.-El Señor González Bravo espolvoreaba de arenilla los regios autógrafos:

-Esta noche irán a La Gaceta.

Rememoró la Reina Nuestra Señora:

-¡Pepe Concha y Manolo Novaliches son dos servidores leales y del más ortodoxo credo moderado, enemigos de las novedades que la demagogia nos quiere traer de [160] extranjis. ¡Yo creo que al concederles el tercer entorchado he obedecido a una voz de lo Alto!

Había firmado aquellas gracias, con un suspiro de consuelo, feliz de guiarse por las luces de la Seráfica Patrocinio. El Presidente del Consejo, por su parte, había buscado congraciarse el favor de las Camarillas Reales. Las conjuras palaciegas de monjas y frailes, damas cotorronas y apostólicos carcamales, promovían un céfiro santurrón, más traicionero que el aire del Guadarrama. El Presidente del Real Consejo, sabio de ciencia antigua, recordaba que muchas vidas ministeriales, cuando más lozaneaban, habían merado al soplo de los flatos camarilleros. Asistía al Consejo el Rey Don Francisco, y con gesto alambicado se inclinó para deslizar algunas palabras en la oreja de la Reina: La Augusta Señora, volviéndose al coro ministerial, dio a sus mantecas un empaque altanero y una azul frialdad al celaje de los ojos:

-Me olvidaba deciros... La Real Familia ha tomado el acuerdo de reconocer como a uno de sus miembros, al Príncipe Luis María César de Borbón. Al realizarlo, cumplimos deberes de conciencia, porque se trata de un nieto del Rey Fernando VII.

Los Señores Ministros se miraban de reojo, y con cautela gitana, esperaban que acudiese al envite el Señor Presidente del Consejo. La Reina Nuestra Señora, enjugábase los dedos manchados de tinta, en una salvilla de plata. Con resuello apoplético, tomó la palabra Don Luis González Bravo:

-Señora, supongo fruto de maduras reflexiones la decisión que ahora tenéis la bondad de comunicarnos, pero [161] no juzgo ocioso recordaros que a ella era opuesto el Duque de Valencia.

La Católica Majestad tenía una dura resolución en las pupilas de turquesa:

-Es asunto de conciencia, que sólo incumbe a la Real Familia. Narváez, autorizado por mí, pudo permitirse un consejo... ¡Mas, no!

Chifló el Rey Consorte:

-Su Santidad acaba de agraciar a nuestro sobrino con el título de Príncipe de Borbón. Eso significa el reconocimiento de su jerarquía como vástago del inolvidable Rey Fernando: Desde ese momento es indudable la obligación moral que pesa sobre la rama española. El Gobierno no puede poner en entredicho los actos del Santo Padre.

Inflaba la pechuga la Reina Nuestra Señora:

-De eso no se habla más... Es asunto privativo de mi conciencia. Su Santidad, al agraciarle, me ha mostrado el recto sendero. Reanudemos el despacho.

El Señor Presidente puso a discusión el cisma de las Madres Trinitarias de Córdoba.-¡Aquellas pánfilas, que habían quebrantado la clausura, dando escondite al pollo habanero, notorio revolucionario, y como tal incluido en el listín de las deportaciones que tenía a madurar el Gobierno de Su Majestad Católica!- El Señor Coronado, Ministro de Gracia y Justicia, apostilló el caso con profunda doctrina civil y canónica, manifestándose contrario al registro policíaco de la clausura, como pretendía el obcecado Gobernador de Córdoba.-El Señor Belda, Ministro de Marina, se aprontó a la defensa del Señor Méndez de San Julián:

-¡El Gobernador Civil de Córdoba no ha hecho más [162] que cumplir con su deber! Pero eso a quien cumple decirlo es a nuestro querido Presidente.

Se sacudió el Señor González Bravo:

-¡No me ha dejado usted ni respiro para abrir la boca, compañero!

-Querido Presidente, mis excusas por la viveza con que me he lanzado a intervenir... Francamente, me ha dolido la injusticia de los cargos que se hacen a esa Autoridad... Francamente, se trata de mi cuñado.

El Señor Ministro de Gracia y Justicia entornaba los párpados con escrúpulo timorato:

-Las rondas de polizontes vigilando el convento son escándalo y motivo de murmuraciones que afectan a la conducta de unas Vírgenes del Señor. Yo creo que todo ese aparato ha debido excusarse... Tal es mi opinión humildísima, y al exponerla, en modo alguno he querido causar molestia a mi compañero Don Martín Belda.

La Católica Majestad, con arrebato de sangre en las mejillas, pomposa y mandona, se quitaba y ponía los anillos reales:

-Estoy perfectamente enterada. Mi deseo es evitar maledicencias, pero en ningún caso encenderlas con golpe de policías. Eso me tiene muy disgustada con el Poncio de Córdoba.

En torno al gran velador del despacho, adormecían la pestaña los siete pardillos del Consejo Real. El Presidente, con sube y baja del entrecejo, elocuente aparato de la frente calva, puso a tono el asma y el ceceo:

-El Gobierno comparte plenamente los laudables sentimientos de Su Majestad.

[163] -Me das una satisfacción muy grande. Esas pobrecitas monjas son víctimas de alguna maquinación tramada en las logias.

-El Gobierno tiene confidencias que le aseguran de lo contrario.

El Presidente del Consejo arrugaba el calvo frontal con arrugas hondas, cargadas de perplejidades. Se picó la Reina:

-¡Me resisto a creerlo! En los conventos hoy se me quiere, y se trata, según me han enterado, de un intrigante enemigo del Trono.

La Católica Majestad no dejaba el mete y saca de los reales anillos, mirándose las manos de herpéticas mantecas, tan bastas y grandotas, que podían manejar como un abanico el pesado cetro de Dos Mundos.




VII

-Pepe Concha y Manolo Novaliches son tan leales y bravos militares, como buenos cristianos.

La Señora, decorando con el tercer entorchado a los piadosos espadones del moderantismo, había satisfecho su real antojo, pero al firmar aquellas mercedes, no era ajena al propósito de aplacar con guiños gatusones el resquemor de los Generales Unionistas. En reserva, con fe borbónica, maduraba cargar la culpa sobre los Consejeros de la Corona. Espadín y calcetas, por entre cortinas, acudió al regio llamado, el Marqués de Torre-Mellada:

-Voy a darte una comisión que exige mucho tacto. [164] Mis queridísimos hermanos vendrán a la boda, y me ha llegado el tole-tole de que algunos espadones descontentos proyectan hacerles una manifestación de simpatía. ¿Tú qué has oído?

El Marqués de Torre-Mellada elevó los ojos a las desnudas mitologías del techo: Suspiró santurrón:

-¡No puede creerse!

-¿Pero corren esas voces?

-¡Flatus vocis, Señora!... Una pitada a la cual no creo que se arrojen los Generales Unionistas.

-¡Cría cuervos!

-¡Yo me hago cruces!

-Serrano se ha comprometido a no hallarse ese día en Madrid. Por ese lado estoy segura... Con el pretexto de no asistir al ceremonial palatino de la boda, se irá de cacería a sus posesiones. ¡Con esa excusa los deja pintados a la pared, y el que venga atrás, que arree! Yo tengo que agradecérselo. El muy tuno, dice que lo hace por serme grato, que no ha dejado de quererme... ¡A otro perro con ese hueso! Adolfo dice que se ha puesto hasta romántico... ¡Me ha hecho gracia!

-¡El Duque de la Torre, no puede olvidar los favores que ha recibido de Vuestra Majestad!

Se achuscó la Señora:

-¡Y qué favores, Jeromo! ¡La flor y la nata!...

Encendióse el santurrón, con apurado cacareo:

-El Duque de la Torre, ausentándose en estas circunstancias, rinde un verdadero servicio a Su Reina. La conjura queda sin cabeza, y no creo que prospere el acuerdo... ¿Vuestra Majestad, sin duda lo conoce?

[165] -Acudir a la estación con sus ayudantes, de gran uniforme y espetera... ¿No es eso?

-Angelito Sardoal lo ha vociferado por todas partes.

-Y hace pocas noches, ha puesto el paño del púlpito en vuestra casa, tu primo Fernando Córdova.

-¡Y todos se lo hemos vituperado!

-Tu mujer la primera. Estoy enterada, y me ha parecido muy discreta su actitud cortándole los vuelos a Metralla.

Se asombró el palaciego con pueril regocijo:

-¡Vuestra Majestad, se halla perfectamente enterada!

-Pues así, de todo cuanto ocurre por vuestras casas: Baja a contármelo un pajarito del Cielo.

-¡No lo dudo!

-Vamos a cuentas. ¿Qué pretenden esos Martes? ¿Por dónde respira tu primo Metralla? ¿Pretenden, esos insensatos, poner veto a mis decisiones? ¡Pues se equivocan! Los decretos que tanto les alteran, saldrán mañana en La Gaceta. ¡Hasta ahí podían llegar las bromas! ¡Están dementes! Cuanto son, a mí me lo deben. Con todos he sido demasiado generosa. Algunos me han servido lealmente, y su alejamiento, lo creo circunstancial, y si hoy los llamase, no dudo que estarían a mi lado... Por eso estimo que debe ponerse una salivilla de miel en las escoceduras. Me han defendido con sus espadones, y olvidándolo pecaría de ingrata. El Gobierno, puedes asegurarlo donde convenga, está dispuesto a tener mano dura, y no deben echar por la calle del medio. ¿Tú te has penetrado de mis sentimientos? Es conveniente que veas a tu primo Fernando Córdova: Le desarmas con buenas palabras, no te quedes corto, mucha mano izquierda, le dejas entrever el bajalato [166] de algún Archipiélago. Me lo ablandas y procuras traérmelo secretamente, para que conferencie conmigo... Ese trueno anticuado, es el que más ruido mete... Aduce como mejor derecho que tuvo el mando de la Expedición a Italia. ¡Como si aquel simulacro hubiese sido una guerra extranjera! ¡Más razón tienen Ros y Zabala, que mandaron Cuerpo de Ejército en África! Razón no la tiene ninguno, porque todos los nombramientos son de Gracia Real.

La Católica Majestad se abanicó la pechuga, con pava magnificencia. Promovió un susurro beato, el Marqués de Torre-Mellada:

-En la medida de mis cortas luces, procuraré satisfacer los deseos de Vuestra Majestad. El General Córdova, espero que no desoirá las obligaciones de su sangre.

-¡No me cuentes quién es Metralla! Tú le buscas.

-Precisamente, ayer hemos convenido salir esta madrugada para los Carvajales. Es cosa sabida, que no falta ningún año, al Herradero.

-Pues arréglale por allá otra montería, rétenlo una temporada. Y a propósito de los Carvajales... Quiero que invites a mi sobrino de la mano izquierda...

-Me cabe la satisfacción de haberme adelantado a los deseos de mi Reina. El Conde Blanc ha recibido una invitación particularísima.

-¡Tú siempre adivinándome los pensamientos!

La Reina Nuestra Señora, empechada y matrona, le despidió con un caramelo, y envidiaron el goloso presente, Mayordomos de Semana, Gentiles-Hombres de Casa y Boca, Damas de la Banda, y Grandes del Reino, con Ejercicio y Servidumbre en las Reales Antecámaras.

[167]




VIII

Las Augustas Personas, entre golpes de alabarda, con palatina ceremonia, se trasladaron a las habitaciones particulares del Serenísimo Infante Don Sebastián de Braganza: Esta Alteza Serenísima, agasajaba con un concierto sacro-profano, al nuevo Nuncio de Su Santidad.-Doña Cristina y Don Sebastián, en amante pareja adulona, salieron, con el mundillo de sus familiares, al encuentro de la Corte.- Los Reyes, repartiendo sonrisas y obligando genuflexiones, hicieron su entrada en la saleta de damascos lioneses: Mirando a una plataforma con atriles y solfas, ocuparon en el estrado dos sillones parejos. Promovía un casquivano susurro el séquito de plumas y lentejuelas, entorchados y bandas.-Un solista, acompañado de violas y piano, finalizó el primer tiempo, cantando el Estabat Mater, de Rossini. Sus Majestades, con bondad de protocolo, a dúo, le celebraron la voz y el buen estilo de capilla: Le despidieron dándole a besar la mano, y con amable indiferencia, siempre duales, fieles al mismo ritual, le olvidaron completamente, dejándole en una orfandad de levitín y rodilleras. Con transición de teatro, emulándose en las mieles, pasaron a conversar con el Enviado del Santo Padre:-Aquel Monseñor Franchi, Arzobispo de Tesalónica, que tanto había mediado en los arreglos matrimoniales del Conde de Girgenti.- Se dobló con aparatosa ceremonia el Legado del Papa. Correspondieron en el mismo aire las Augustas Personas: Gatuseó la Reina:

[168] -¡No ha cantado mal el pobrecito!

-Una voz maravillosa, cuyo descubrimiento se debe, según creo, al Serenísimo Señor Infante.

Chifló el Rey:

-Mi cuñado es el único para descubrir estos genios que se ocultan como modestas violetas.

Se abanicó la Reina:

-Será preciso pensionarle.

El melenudo de levitín y rodilleras, pasaba a cosechar los plácemes de la Señora Infanta Doña Isabel Francisca. Su Alteza le dio a besar la mano con brusquedad ramplona, que recordaba el estilo del Padre Claret. La Serenísima Infanta, contrariamente a su costumbre, mostrábase lacónica y reservada, sin que la buena música la hiciese cabecear un sueño pasajero. La Alta Servidumbre, rumoreaba que tales vinagres los promovía el acuerdo de matrimoniarla con el Conde de Girgenti. El Conde Indigenti, de unas aviesas aleluyas que circulaban manuscritas por desvanes y antecámaras de Palacio.




IX

-¡El prometido no es una ganga!

Unánimes las cornejas palatinas, repicaban con este rezo la castañeta del pico. El Infante Don Sebastián, por sacar de penurias al pariente napolitano, había sido el primer sugeridor de la boda, piadoso metimiento, que le atrajo la repulsa materna. Desde Trieste, con chapurreo portugués, le descomulgaba de hijo la Señora Princesa de [169] Beira: En un pliego, bajo cuatro obleas, por la posta certificada, habíale remitido su maldición con muchos borrones, y el sello de sus armas. Al Serenísimo Infante le lloró todo un día el ojo tuerto. La Corte Carcunda de Trieste, santurrona y cismática, no encubría su desacuerdo con la diplomacia vaticanista, y había llevado una conjura de gran estilo, para estorbar la boda que convertía en posible Rey Consorte, al Conde de Girgenti. La Princesa de Beira acogía con apasionada credulidad todos los rumores referentes a la mala salud del Príncipe de Asturias. Fanática y mandona, recriminaba con atribulado sobresalto la conducta de la Corte Pontificia:

-¡Dios está de nuestra parte! No puede ser de otra manera. Iré a Roma, y veré en audiencia al Santo Padre. Le demostraré cómo se halla obcecado en los asuntos de España. Nuestra Causa, es la Causa de Dios.

En el Palacio de Oriente, la Camarilla Apostólica del Rey Don Francisco, se arrugaba con el mismo melindre, garabatera de cruces:

-¡Dios ilumine al Santo Padre!

En la Servidumbre de la Reina había dos bandos: El apostólico, de trashumancia carcunda, y el contaminado por las ideas del siglo, que era favorable a la abdicación en el Príncipe. El Príncipe también tenía de su parte al gran tono, los abonados de la ópera italiana, los elegantes que se vestían en Londres.-Asomaba entre cortinas la vieja tramoya con el reconocimiento de los derechos que representaba la rama de Don Carlos María Isidro. Era la Causa de Dios, y no podía faltarle en la tierra, el dulce influjo de la Seráfica Madre Patrocinio:

[170] -¡Amor con amor se paga!

El Padre Claret también acogía con crasas vocales payesas la inteligencia con la rama sálica:

-¡El Vaticano volverá de su acuerdo! ¡Dios es muy grande!

Cautamente, en voz baja, sin salir de la sombra, la diplomacia vaticana, acogía la posible regencia mancomunada de los Condes de Girgenti. El rojo solideo, se inclinó con aparatosa cortesía:

-Jamás olvidaré tan grata fiesta, que me ofrece el honor de saludar a Sus Majestades.




X

El Rey Don Francisco volvía con deleite los ojos al sobrino de la mano izquierda, recién aparecido a pretender en la Corte.-El Conde Blanc, famoso en las ruletas internacionales, últimamente enrolado en los zuavos pontificios, como Príncipe Luis María César de Borbón.-Los Duques de Parma, Su Alteza Serenísima la Archiduquesa Beatriz de Este, los Condes de Barí y los de Siracusa, la Gran Duquesa de Toscana, le reconocían como bastardo de la sangre fernandina, brote lozano de su Majestad Católica. La Familia Real de España, indecisa algún tiempo, le abría amorosa los brazos, en aquel histórico entreacto, aconsejada, según se propaló en hablillas de antecámara, por la Seráfica Madre Patrocinio. El Augusto Monarca le habló con merengue, sacando la cadera:

[171] -Pronto recibirás un testimonio de nuestro aprecio. Isabelita quiere darte la gran cruz de Carlos III.

Se dobló solapado el Príncipe Pontificio:

-Es una distinción muy señalada que estimo profundamente, y sin embargo yo... El Rey Carlos III en algunos sitios despierta un doloroso recuerdo... El Vaticano, en todo evento, dirá la última palabra. Para mí sería altamente honroso, recibir tan señalada gracia.

Extremó los tiples de marioneta el Rey Don Francisco:

-Me agrada mucho descubrir tus dotes diplomáticas. No se me había pasado por el pensamiento el inconveniente que alegas, y mucho menos a Isabelita. Pero no vas descaminado. No será de Carlos III. Será de Isabel la Católica.

Enternecióse bizarramente el Príncipe Luis María César:

-Gustoso desnudaría mi espada y daría mi sangre por Vuestras Majestades.

El Rey Don Francisco, a su modo, arrogantizó la figura, sacando un cuarto de anqueta:

-¡Qué fuego tienes! ¡En todito descubres la sangre que circula por tus venas! Los Borbones, todos son valientes.

El Conde Blanc, famoso en las ruletas cosmopolitas, se inclinó con pomposa suficiencia:

-No lo desmentimos, Señor.

Su Majestad Don Francisco, le susurró en voz baja:

-En la intimidad, puedes llamarme Tío Paco.

La inolvidable fiesta, donde leves instantes habían sido las horas, terminó con un honesto fandango, que bailaron [172] la Primorosa y Malas Cachas-Estrellas del tablado flamenco, que sabían conducirse en los salones, sin alzar un demasiado la pierna.- La Reina Nuestra Señora aplaudió con los ojos húmedos de emocionado rocío:

-¡Mi adorada España!

Después del concierto, el sobrino de la mano izquierda fué invitado al rosario de familia en la Cámara de la Reina.




XI

Balcón miradero al Manzanares, azules lontananzas con árboles.-La Señora abre la pompa de su regazo entre un rojo solideo, y los velos de una tapada. La Reina Nuestra Señora, esperando la hora del rosario, celebra secreta merendona de compota y chocolate, con el Padre Confesor y la Madre de las Llagas. El soconusco, en la espiritual compañía de aquellas santificadas personas, era un regalo del Cielo:

-¡Dios sobre todo! Ya están firmados los dichosos nombramientos, y mañana saldrán en La Gaceta. Miraflores me ha puesto esta mañana el alma en un puño con la conjura de los Generales Unionistas. Me ha hecho indicaciones muy claras para que les contente con el Poder.

El Confesor sacó la tabaquera:

-Ese cándido no comprende que está siendo instrumento ciego de las logias carbonarias.

-¡Sabré resistirme! Mi madre tampoco deja de mandarme emisarios, aconsejándome que abdique. Me he contenido [173] para no contestarle que jamás entregaré la tierna flor de un hijo a los cuidados de otro jacobino como Espartero. ¿Y por qué la abdicación? ¿Acaso han triunfado los revolucionarios? ¿Que hay conspiraciones? Las hubo siempre. ¿Que esta vez prometen ir más lejos? Ya se verá. Y en todo caso no ha de faltarme la celestial ayuda y el amor de los españoles.

La monja y el fraile juntaban sus voces, celebrando tan saludables propósitos. Dulzona extasiaba los ojos Sor Patrocinio:

-La Reina de España es un dulce muy regalado para los festines de Lucifer. Las Legiones Infernales, no descansan para poder ofrecérselo.

Sorbió un polvo teológico el Confesor de la Reina:

-¡Naturalmente! Patillas apetece siempre el piperete preferido del Rey de Reyes. La Reina de España, ante todo, debe mostrarse madre cristiana y resguardar de la pestilencia la flor tiernísima del Augusto Niño.

La Católica Majestad remansaba el timorato pensamiento, en las memorias de su infancia, bajo las censuras de la Santa Sede:

-¡Abdicar, jamás! ¡Mi hijo educado por la demagogia, jamás! ¡Una abdicación impuesta, jamás!

Remachó el Padre Claret:

-¡Una abdicación impuesta por la ola revolucionaria!

Y entonó la monja, con dolorida expresión:

-Dios se vale de tantos temores y sobresaltos para probar la entereza de su amada hija frente a los enemigos de la Iglesia.

[174] La Reina se arrebolaba de fervores:

-¡Salvaré mi alma!

-¡Digna nieta del Tercer Fernando! Si vuestra Majestad, un día, fatigada del peso de la Corona...-El caso no es probable, y sólo en hipótesis coloco la perspectiva de otro Yuste.- Si Yuste abre sus puertas, y saluda con sus órganos a la Reina Católica... Santo y bueno. ¡La abdicación! ¿Pero en qué rama? ¡Y cuántas veces no hemos considerado el caso en el Santo Tribunal! La Reverenda Madre, tampoco es ajena a estos propósitos. Y referente al supuesto de que la conjura masónica se desbaratase con la abdicación, tampoco conviene cerrar completamente los ojos. La Italia, nos habla con sus ejemplos.

Doña Isabel se abanicaba con reservona suspicacia de alcaldesa:

-¡Me creo completamente segura! ¡Para aguar la fiesta de la revolución me bastaría con llamar a Serrano!

El Reverendo se frotaba las palmas, con sorna y rejalgares:

-Tiene muchos bemoles ese liberalismo templado.

Suspiró la Seráfica:

-¡Yo creo muy adicto al Señor González!

Dilataron sus odres las anchas vocales catalanas del Padre Claret:

-¡Muy adicto! En estas alarmas, la mejor garantía del Altar y del Trono! ¡Insustituible, para mis luces!

Suaves pianos de la monja:

-El Señor González, hasta el presente, ha dado muestras de una energía muy saludable.

[175] Se apuró la Reina:

-¡Si no he pensado un momento en retirarle los poderes! Nombré a Serrano para indicar que la tormentosa revolucionaria se disipa con un abanicazo de esta Santa Bárbara.

El Padre Claret, glosó, recogiendo el ruedo del manteo:

-El Arcángel San Miguel tiene un espadón de fuego, para defender a la Reina Católica. El Señor Duque de la Torre, puede quedarse por allá, muchos años, sacándole filo al suyo.

Sor Patrocinio, besaba la cruz de su rosario:

-¡Divino Señor, a todos los momentos abrimos las heridas de tu Santo Costado!

La Reina de España tenía el pañolito sobre los ojos:

-En el Cielo deben estar enojados conmigo, y lo comprendo. ¡Es natural! Los Reyes vivimos en un círculo de tentación. Nuestros alcázares no pueden ser Tebaidas.

Solfeaba el fraile dando lustre a la tabaquera:

-El más arduo problema que se nos ofrece en este valle de lágrimas, es el de nuestra salvación. Vuestra Majestad no puede perder su alma, si se mantiene en la gobernación de su pueblo como firme columna de la Iglesia.

Ilustró la monja con melosa intriga:

-¡La Reina Gobernadora ha cometido el mayor de sus yerros aviniéndose a gobernar con jacobinos! ¡Y se ganó las censuras de la Santa Sede!

El Confesor, recordándose del púlpito, abría los brazos:

-¡Que España no vuelva a caer en los errores del liberalismo, es la obligación primera de Su Majestad Católica! Dios Nuestro Señor, ten sus altos designios, dispuso [176] que en una guerra sangrienta fuese vencida la rama sálica y que las sienes de la augusta huérfana recibieran la corona de San Fernando. ¡Ahí es nada! Dios Nuestro Señor ha coronado vuestras sienes, para su servicio en la tierra, no para el fin execrable de entregar al influjo de las logias el Gobierno de la Católica España.

-¡Naturalmente! Para tomar una resolución he de oír a todos los que me aconsejan y rezan por mí.

Sonaban cornetas crepusculares con el relevo de guardias. Remotas, en la orilla del río -azules y morados de trastarde-, riñen de lengua dos lavanderas, y cada cual se azota la nalga con una mueca para los balcones reales.




XII

Fray Antonio María Claret, Arzobispo de Trajanópolis y Confesor de Nuestra Augusta Señora, guió el rosario en la penumbra de la Regia Cámara. El Conde Blanc, famoso en las ruletas internacionales, fué motivo de edificación para el concurso, rezando en armonioso latín romano, como era de protocolo en el rosario del Santo Padre.-Asistían con sus ayas y tenientas las Serenísimas Infantas doña Paz y doña Eulalia. Con áulicos y mentores, el Príncipe de Asturias. La Serenísima Infanta Isabel Francisca, con una dama de honor. Con el Pollo Meneses, Gentilhombre de su Cámara, la atiplada Majestad del Rey Consorte.- El Conde Blanc, después del rosario, presentó sus homenajes al Príncipe Alfonso. El Augusto Niño le acogió con vivaz simpatía:

-Me alegro que seas zuavo del Santo Padre. La primera [177] obligación de todo caballero cristiano. En España no tenemos ningún cuerpo de zuavos, y es un uniforme muy bonito. El de los mamelucos ya no me gusta tanto. Cuando yo sea rey, de lo primero que firme será la creación de un cuerpo de zuavos. Es un uniforme precioso, y a ti te va muy bien. ¿Mamá, por qué no creas un cuerpo de zuavos?

Sonrió picada la Católica Majestad:

-Te dejo a ti esa gloria, para cuando gobiernes.

El Príncipe se refugió en los brazos de Nuestra Augusta Señora:

-¡No te enfades, mamá!

-¡Pobre tontín, si piensas hacer la felicidad de los españoles con la creación de un cuerpo de zuavos!

El Príncipe, sorbiendo una lágrima, se llenó de suficiencia:

-Ya sé que eso no sería bastante. Pero siempre era algo, mamá. Ten seguro que todos los niños de mi edad se alegrarían extraordinariamente.

-¡No lo dudo!

-¡Pues ya era algo! ¿O es que los niños no son nadie?

La Señora le miró conmovida, cargados los ojos de dudas y tristezas:

-En estos tiempos los niños son más que los grandes. Despídete, que es hora de que te recojas y duermas, ya te llegará el tiempo de que te quite el sueño el peso de la Corona.

El Príncipe se inclinaba sobre el hombro maternal:

-¿Luis habrá visto muchas veces al Santo Padre?

Bombeó el labio con grata sonrisa la Augusta Señora:

[178] -Puedes preguntárselo.

-Ardo en deseos de que me digas cómo es el Santo Padre. ¿Cojea un poco, verdad? ¿Tú le habrás visto muchas veces? Yo tengo un retrato dedicado... Te lo enseñaré para que me digas si está parecido. ¿Tú le has visto de cerca?

-Muchas veces le he dado escolta, y muchas le he montado la guardia.

-¡Qué suerte!

Se abanicó la Reina:

-Cuéntanos algún particular del Santo Padre. Te oiremos con sumo gusto.

El Conde Blanc era meloso, insinuante, saturado de efluvios eróticos: Estaba muy al tanto de los cotilleos y murmuraciones de las Cortes Extranjeras: Sobre estas gracias mostraba la más acendrada fe religiosa, y era un piadoso regalo espiritual oírle referir la vida penitente del Santo Padre:-Ayunos, cilicios, azotes, dormir sobre una tarima.- Las Católicas Majestades se edificaban, suspensas del relato. La Señora, particularmente conmovida, se despechugó, con uno de sus generosos prontos reales:

-¡Como yo estuviese a su lado, ya te digo que esos disparates no se los consentía! Los Santos son como los niños, y arruinan su salud si se les deja salir con todo adelante.

Chifló el Rey Consorte:

-¡Muy extraño que no sean más conocidos los milagros del Sumo Pontífice! ¡Y con la vida de maceraciones que tú explicas, no está sin el don de milagros!

Decretó categórica la Reina Nuestra Señora:

[179] -¡Apuradamente! ¡Cómo iba a negárselo el Espíritu Santo!

El sobrino de la mano izquierda bajó la voz:

-El Santo Padre no está sin ese don precioso. Pero es tanta la humildad de aquel corazón, que con lágrimas en los ojos ha suplicado el mayor silencio, a cuantos nos hallamos en el secreto.

-¡Qué ejemplo!

El Barón de Bonifaz arrobó los ojos:

-¡La Santidad que le arrastra!

El Príncipe Alfonso, al despedirse, antojó ver desnuda la hoja del sable que lucía el Conde Blanc: Un corvo y dorado sable turco, que había pertenecido al Gran Duque de Berg.




XIII

Nuestra Augusta Señora se retiró a sus habitaciones privadas, con barruntos de neuralgia. Cerraba un ojo. Olvidados los regios disimulos, llenaba el aire de suspiros y el pañolete de lágrimas. Dócil a las recetas de su camarista, se puso parches de sebo, en las sienes, y alternó pajarete con bizcochos, para sobrellevar el peso de la Corona. Impensadamente, le sobrevino un cambio de humor, y desechó la preocupada aflicción, con sandunga populachera:

-¡Fuera penas! Pepita, sírveme otro culito de antiespasmódico.

La quintañona, cumplimentado el servicio, sacó un gesto de rancia pudibunda:

[180] -Si Vuestra Majestad me concediese su real licencia, ya le haría entrega de una esquelita.

-Venga.

La Doña Pepita corrió a ponerla en una bandeja, registrándose la faltriquera: Halduda y pilonga, se confitaba con almíbar beato:

-¡Es muy saladísimo!

Su Majestad rasgó el sobre:

-¡Y un corazón de niño! Con haber sido tan trueno, conserva vivo el tesoro de la Fe.

-Permanecer incorrupto en la relajación, presupone un milagro.

-¿Creerás que en ningún momento olvida santiguarse? ¡Aun al pecar! ¡Si te digo que me da a mí ejemplo!

-¡Casi no es para creído!

La Católica Majestad, conmovida por aquellos recuerdos, empañaba de lágrimas la tinta del billete.

-Pepita, voy a tener que acuñar moneda falsa.

-¡Qué gracia bendita!

-Revisas mi joyero, y eliges un lote, para llevarlo al Monte.

-Tendrá que ser un lote de alhajas discretas, que no vayan contando su procedencia.

-No me aumentes la jaqueca. Tú sabes muy bien cómo eso se hace.

-¡Que se vea en tales apuros la Reina de España!

-Un Rey de España ha empeñado su gabán para cenar, y su nieta aún no ha llegado a tanto.

-¡Jesús mil veces!

[181] -¡Hasta hay una función de teatro con ese argumento!

-Como que es un ejemplo muy para considerado.

Reía la Señora, enjugándose los ojos:

-¡Pepita, no hagas dengues! Es preciso que reúnas un buen puñado de dinero... Me ha referido sus apuros... Es tan caballero que tuve que ponerme seria para hacérselos confesar. ¡Ha sido un mala cabeza, pero qué corazón tan noble! Estoy en la obligación de redimirle... Me parece que es una buena acción: Así mi extravío obtendrá más fácilmente gracia a los ojos del Altísimo.

-Vuestra Majestad no ha de salvarse como mujer, sino como Reina de España.

-¡Eso es verdad! Yo seré juzgada por los méritos que contraiga en el gobierno de la Nación Española. Como Reina Católica, recibiré mi premio o mi castigo, pues no me parece natural que se me juzgue por fragilidades que son propias de la naturaleza humana.

-¡Claramente!

-En ese respecto me hallo perfectamente tranquila. Mis flaquezas de mujer son independientes de mis actos como Reina: Teólogos muy doctos me han dado las mayores seguridades sobre este particular. Como Reina Católica he de ser juzgada, y por eso quiero seguir escrupulosamente los consejos de la Santa Sede. Patillas habrá de chincharse, si tengo por abogado en la Corte Celestial a Su Santidad Pío IX.

La Doña Pepita se arrugaba lagartona:

-¡Vuestra Majestad no iba a repartirse con un pie en los profundos y otro en la Gloria de Dios!

[182] -¡Eres muy talentuda! No podría, por mucho que me abriese de piernas.

La Reina sacaba con sandunga el morrete: Envuelta en un peinador de lazos, con desgonce de caderas y celosos arreboles, pasó a su alcoba. Olvidado y caído sobre la alfombra, quedaba el billete, un pliego con escritura cruzada y cifra heráldica. La Doña Pepita, con pulcro cuidado, se lo puso bajo el corpiño, sujeto por un alfiler.




XIV

El Barón de Bonifaz pasó entre cortinas, asido al guiño refitolero de la Doña Pepita. Su Majestad le acogió espantadiza, descubriendo las aprensiones de su real ánimo:

-El Presidente del Consejo me ha puesto los nombramientos a la firma, y no juzgué político excusarme... La coacción ejercida por algunos descontentos me obligaba. Ya verán ahora esos intrigantes que soy la Reina de España. ¡Los más obligados a la obediencia se conjuran y pretenden imponer su veto a la Regia Prerrogativa! Que tengan paciencia. Ya les llegará su vez. Pues ahí los tienes, amenazándome como barateros. ¡Aconséjame!

Adolfito Bonifaz extasiaba los ojos, en la manera de Sor Patrocinio:

-La Reina de España ha pecado de complaciente al no diferir la firma. El Gobierno va demasiado lejos, provocando un conflicto que puede costarle la dimisión.

-Eso no es posible.

[183] -¡Tal puede venir la amenaza!

-El Gobierno tiene elementos para resistir.

-¿Y no sería más cuerdo excusar la batalla? Hablo con el pensamiento en la conveniencia de no restar defensores al Trono. La Reina, por esos nombramientos, deja obligados a los espadones del moderantismo, y con una crisis oportuna, desagravia al otro cotarro, entregándole el disfrute del Poder al Duque de la Torre.

-Lo había pensado, pero en los actuales momentos no puede hacerse eso... Compromisos de conciencia me impiden realizar un cambio político, que disgustaría a la Santa Sede. Aconséjame otra cosa. Deseo oírte. Tú no me engañas, y te abro mi corazón. ¡Ay, nene, temo el fregado que pueden mover esos revoltosos! Te diré: Tampoco estoy de acuerdo con liarse la manta, como quiere González Bravo. He pensado dejar en suspenso la publicación de los decretos, y esperar... No me parece mucha exigencia... Esperar a que se les aplaque la sulfurosa a los Martes Unionistas. Te aseguro que sería mi mayor satisfacción poder hacerles una jugarreta. Se lo merecen por intrigantes. Les enviaré con promesas a Pepe Alcañices. Me lo traes. Quiero saber por dónde respira. Es posible que, como tú, salga con el registro de dar el Poder a Serrano.

El Pollo Real, a estilo de tablas, metió una rodilla en tierra, pegándose al regazo de la Reina:

-Mi Graciosa Señora, me ha pedido un consejo y se lo he dado lealmente.

Suspiró la Graciosa Señora, tirándole de las orejas:

-¿Quieres que me atraiga las censuras de Roma? Yo he de salvarme por mis actos como Soberana Católica. Y [184] vamos a cuentas: Un pajarito me trajo el mensaje de que mi niño desea juerguearse en el Herradero de los Carvajales.

Adolfito besuqueó la augusta mano:

-Yo nunca disfruto de mayor juerga, que cuando me empleo en el servicio de mi Reina.

La Señora, amontonaba con sandunga el labio borbónico, recogiendo el venusto sentido de aquella lagotada:

-Una semana vas a dejar de ocuparte en mi real servicio... Ya ves, no quiero quitarte el gusto de que vayas a los Carvajales. Lo he pensado... Aprovecho la ausencia para hacer limpia de cuerpo y de alma, la Semana de la Purísima.

Adolfito, suspirando entre veras y burlas, requirió las manos de la Señora:

-¿Hoy comienza la privación?

-Sí, porque están sonando las doce... Ya es mañana.

Adolfito apagóse con lacerado lamento:

-Esta noche van adelantados todos los relojes de Madrid.

-Camelista. En los Carvajales tendrás de compañero a mi sobrino de la mano izquierda. Una pregunta. ¿Qué golpe te ha dado?

-¡Le he visto tan poco!

-¡Es muy apuesto!

-Sin duda.

La Católica Majestad apreció en conocedora:

-Quizá demasiadas redondeces... Pues yo me sé, y tú también, dónde ha dado flechazo... ¡Que existan esos vicios por el mundo! No tengo derecho para ser severa con [185] los pecados del prójimo, sin embargo se hace de mucha necesidad otra lluvia de fuego... Anda, bésame la puntita del dedo meñique. ¡Sin moderlo!

-¿Así?

-Así, hasta que podamos estar como teja con teja.




XV

En el Casino, jugando al monte, esperaban la hora del tren andaluz, algunos pollos del gran mundo, invitados al Herradero de los Carvajales. Armando jaleo tiraron los últimos albures, pidieron coches. El Conde Blanc y Adolfito, cambiando cortesías, se metieron en el mismo fiacre, como decía entonces el buen tono:

-¡Clamor del Pueblo!

-¡La Nueva Iberia!

-¡El de la suerte! ¿A quién se lo doy? ¡Mañana sale! ¡El de la suerte!

El Conde Blanc, en el fondo del coche, murmuró escéptico:

-Me han dicho que es caso muy raro la falsificación de billetes... La emisión fraudulenta de series dobles...

El Barón de Bonifaz sacó un suspiro de chunga:

-¡Somos un pueblo sin imaginación!

Desembocó el coche en las arboledas del Prado. Un sonámbulo de quepis y pincho, apagaba los faroles:

-¡Clamor!

-¡Iberia!

-¡Café caliente!

Sacó la cabeza el Conde Blanc:

[186] -¡Bella arquitectura la del Museo! ¿Tampoco por ahí se ha intentado un golpe?

Adolfito se tiró de los puños con cínica petulancia:

-¡Todos los buenos negocios están inéditos!

El Conde Blanc, famoso en las ruletas cosmopolitas, le miró con suspicaz extrañeza:

-Carísimo, esos milagros los hace la educación religiosa del pueblo. La España es todavía un ejemplo para el mundo.

En la Estación, bajo la marquesina de cristales rotos, agrupábase una hueste de criados con maletines, líos de mantas, perros de caza y escopetas en funda. La locomotora maniobraba en agujas. De pronto un bulto -paletó, bastón, chistera- salta a la vía, y haciendo la rana, se aplasta en los rieles. Grito del andén. La locomotora negra, sudosa, abierta la válvula del vapor, le pasa por encima lanzando silbatadas. Corren los mozos de tren. Se apea el maquinista, agarrándose la cabeza. Saliendo por fuera de la vía, un brazo trunco agarrotaba un papel entre los dedos. Muchas voces reclaman saber lo que escribió el suicida. Se apodera del papel el viajante de géneros catalanes: Un mozo del andén levanta su linterna:

-Soy una víctima del despótico Gobierno de Isabel. Pascual de Cárdenas.

Murmura el Jefe de Estación:

-¡Un loco!

El Cabo de Polizontes se apodera del escrito y ordena al grupo de curiosos que se disuelva: Deja dos números de vigilancia, se asegura el papel en la correa del cinto y aprieta el paso para poner el hecho en el superior conocimiento de sus Jefes.

[187]




XVI

Recibió el parte un chupatintas, y lo pasó a otro tal, que escribía en una mesa cargada de legajos. Este ruin, con el papel del suicida en la mano y la pluma en la oreja, lo elevó a conocimiento del oficial, que dormitaba en una leonera apestosa de tabaco, atufarada del quinqué a media mecha. El papelito del suicida, corriendo rigurosamente todos los grados del escalafón policial, ascendió al Gabinete Negro: Estuvo allí perdido en el acelero de timbres y mamparas, hasta que el secretario lo pasó con la firma al despacho de Su Excelencia. Carlitos Mori se detuvo en la puerta, pidiendo excusas: Pulida petulancia. El Presidente conferenciaba con Don Cándido Nocedal: Eran cuñados: Don Cándido Nocedal, ya por entonces se había puesto boina de carcunda. El secretario hizo ademán de retirarse: Le interrogó el Presidente:

-¿Qué noticias tenemos?

-¡Ya respiramos, Don Luis! El General Córdova ha tomado el tren para Los Carvajales.

-Lo esperaba.

-Por cierto que ha ocurrido un lamentable accidente: Se arrojó a la vía un pobre guillado. ¿Recuerda usted aquel infeliz que redactaba memoriales en verso?...

Le cayó un nublo sobre la cara al Presidente:

-Todavía esta tarde me atracó en el Congreso... Y creo que me ha dado una carta. No la he leído. Aquí la tengo.

Carlitos Mori la tomó arqueando las cejas sobre aquella [188] coincidencia de mal agüero, y poniéndose bajo la gran araña, rasgó el sobre: Buscó la firma:

-Pascual de Cárdenas. El suicida de la Estación.

-¿Qué escribe?

El secretario leyó con desentono:

-Ingrato amigo de la Joven España: Si esta carta, como tantas otras, quedase sin respuesta, si el recuerdo de una tierna amistad...

Cortó desabrido el Presidente:

-¡Nada! ¿Que me anuncia su muerte?...

Carlitos Mori adelantaba los ojos por el pliego:

-¡Así es!

Don Cándido Nocedal se petrificaba en una mueca de bilis y lástimas:

-¡Un botarate de palabra!

-¡Qué remordimiento, Cándido!

-¡Manda que le digan misas por el alma!

-¡No haber leído la carta!

-¡Reperoles! No la has leído, y nada le debes.

-El disgusto que tengo... ¡Y había una vacante!

-Que no hubieras cubierto con ese orate.

Don Cándido Nocedal era un feo cuarentón de mucha planta, ojinegro, cetrino, patillas de jaque, carátula de cartón mal humorada.




XVII

El Señor Presidente comenzó la firma: Quedó con la pluma en el aire:

-Torre-Mellada me ha pedido cuatro tricornios para [189] decoro de una procesión, no sé si de Solana: Se los ha ganado: Le mandaremos seis. Queda a tu cargo que se curse la orden, mañana seguiremos la firma. Te dejaré en tu casa, Cándido. Sólo me faltaba, para quitarme el sueño, la pantasma del pobre Cardenillo. ¡Hasta este momento no había caído en quién era!...

[191]