El padre Luengo en la antesala del exilio: reflexiones de un jesuita expulso
Inmaculada Fernández Arrillaga
En 1767, los jesuitas fueron acusados de servir a la curia romana en detrimento de las prerrogativas regias, de fomentar las doctrinas probabilistas, de simpatizar con la teoría del regicidio, de haber incentivado los motines de Esquilache un año antes y de defender el laxismo en sus Colegios y Universidades. El destierro que, de madrugada, les sorprendió en sus residencias, respondía a una importante maniobra política que venía gestándose desde que, en abril de 1766, se emprendiera la Pesquisa Secreta, creada con la excusa de descubrir a los culpables de los disturbios madrileños de marzo del mismo año, pero que pretendía, como auténtico objetivo, comprometer a la Compañía de Jesús en los alborotos populares que habían hecho huir de Madrid al monarca. Así, con una efectividad y un sigilo sin precedentes, en la madrugada del 3 de abril de 1767, Carlos III expulsó a todos los jesuitas que habitaban en sus dominios. Seis días más tarde, el padre Luengo, uno de los más de cinco mil jesuitas desterrados1, comenzó a escribir su Diario mientras permanecía recluido en Coruña.
Manuel Rodríguez Luengo, «el cronista de la expulsión y la extinción»
en palabras del P. Eguía2, nació en Nava del Rey (Valladolid) el 7 de noviembre de 1735 e ingresó en la
Compañía a los diecinueve años3. Realizó estudios de Humanidades y Filosofía en Valladolid y de Teología en Salamanca. Ya en 1762 fue Prefecto de las conferencias escolásticas y luego profesor de Lógica en la Universidad de Salamanca hasta 1764; durante este tiempo tuvo en la Universidad sus dos actos, llamados mayor y menor4. En 1765 se trasladó a Medina del Campo para impartir enseñanzas de segundo curso de Física, hasta que en 1766, tras pasar unos meses en Arévalo, es destinado a Santiago de Compostela como Maestro de los Jóvenes que estudiaban Lógica; es en esta ciudad donde le sorprendió la orden de destierro, al amanecer del 3 de abril de 1767.
Días más tarde, ya en Coruña, Luengo comenzó a redactar un extenso y pormenorizado Diario5 donde anotó sus actividades cotidianas, sus sentimientos, los sucesos que acontecían a su alrededor, y todo aquello que consideraba de interés. Esta ardua labor -que continuó a lo largo de cuarenta y nueve años-, es la que ha posibilitado que en la actualidad podamos disponer de más de cincuenta tomos manuscritos e inéditos, en los que se nos ofrece uno de los testimonios documentales más interesantes y densos con los que contamos para estudiar la vida de aquellos regulares durante toda su expatriación. Gracias a esta crónica podemos hoy conocer la visión que tenían los expulsos de alguno de los hechos que fueron cruciales en su éxodo.
Hay que tener en cuenta que aquellos jesuitas españoles nunca entendieron el hostigamiento de que fueron objeto y, en un principio, lo tomaron como un correctivo que se imponía a toda la Iglesia y que ellos encarnaban. De ahí que en numerosas ocasiones, el Diario del P. Luengo resulte exageradamente encomiástico, ya que ponderaba todo aquello que favoreciese a mantener impecable la imagen de la Compañía de Jesús, no dudando en descargar vejatorios apelativos a quienes osaran degradarla. Pero eso sí, debemos resaltar la valentía de nuestro diarista en esa tarea de cronista, ya que, tras la publicación de la Pragmática Sanción, quedaba terminantemente prohibido hablar o escribir sobre cualquier materia que tuviera relación con los jesuitas bajo pena de lesa majestad6, además, si se sorprendía a alguno de los desterrados comentando la decisión regia, se le privaría de la pensión económica que se les adjudicó al expatriarlos. Hay que elogiar, al mismo tiempo, el tesón que llevó a nuestro diarista a no cejar en su labor durante los cuarenta y ocho años que pormenorizó en su obra.
Luengo comienza su relato indicando que el día anterior a la intimidación del decreto de expulsión, corría en boca de toda la ciudad los urgentes movimientos de tropa, habiendo llegado a Santiago una de las Compañías del Regimiento de Navarra que se hallaba en Pontevedra y no dejaba de comentarse que aquel destacamento iba contra los jesuitas7. Poco caso hicieron ellos de tan singulares rumores populares aunque, como en el caso de Luengo, fueran personalmente a advertirle. A la hora acostumbrada se retiraron «sin el menor cuidado por el negocio de los soldados y sin haber tomado la más mínima precaución ni en punto a libros y papeles, ni en ningún otro asunto»
8.
Creemos, pues, que para los jesuitas era poco «secreta» la Pesquisa que, desde los Motines de Esquilache se había abierto con la excusa de buscar a los culpables y cuyo objetivo, como se demostró con posterioridad, no fue otro que expulsar a los miembros de la Compañía de España. Estos regulares eran conocedores de los proyectos de los ministros de Carlos III, y sabían que, sin la protección de Isabel de Farnesio, podía empeorar su situación en el país, pero no llegaban a convencerse de que todo eso pudiera ocurrir, de ahí que, a pesar de haberles sido notificado, con todo tipo de detalles, lo que se les avecinaba, la intimación de la Pragmática de expulsión les cogió por sorpresa.
Durante la madrugada del 3 de abril, un nutrido grupo de milicianos y la mencionada tropa acordonaron el Colegio, pusieron guardias en sus entradas, sin llamar a la puerta hasta casi las cinco de la mañana, hora en la que acostumbraba a levantarse la comunidad. Hasta ese momento todo se desarrolló en silencio, contrastando con los golpes que despertaron al Colegio9, se abrieron las puertas y entraron el Asistente Froilán Feijoo10 con algunos notarios, muchos oficiales y gran número de soldados que se repartieron por todos los rincones del edificio. A los sacerdotes se les requirió en el aposento del Rector donde les fue leído el Decreto de expulsión y desde allí se dirigieron al encuentro de los Escolares y Adjuntos que se habían reunido en la capilla.
«En la capilla tomó su puesto el Señor Asistente en medio de ella teniendo allí su silla y mesa preparada y cerca de sí los Notarios. Nosotros nos sentamos en los bancos de una banda de la capilla y los oficiales estaban por allí repartidos sin particular orden. Dijo entonces el Señor Asistente, que venía a intimarnos un orden del Rey N. Sr. y que era razón oírle en pie en señal de veneración y respeto. Se levantó el Asistente y todos hicimos lo mismo y en esta postura nos intimó el Decreto de su Magestad Católica que se reduce a desterrar de todos sus dominios a los padres de la Compañía de Jesús, alegando por motivos de esta su Real Determinación la tranquilidad de sus Pueblos y otros que tenía reservados en su pecho»11. |
Tras esto se leyó la larga Instrucción que había llegado de la Corte sobre el modo en que debía ejecutarse la orden real12. Se decía en ella que el Asistente debía apoderarse de la Procuración, Archivo, Sacristía, Librería y otras oficinas. Le fueron, pues, entregadas las llaves de todos los recintos del Colegio pero Feijoo se las devolvió permitiéndoles que pusieran en sus baúles todo lo que libremente desearan llevar consigo. Mientras tanto, todos los sacerdotes y coadjutores fueron firmando la aceptación del Real Decreto por orden de antigüedad.
Más tarde, asegura Luengo que reunió a sus alumnos y comprobó, complacido, cómo el único pesar que parecían sufrir era el temor a no poder sacar del Colegio sus manuales para proseguir sus estudios13. Así pues, expuso el profesor de Lógica las inquietudes de los novicios al Asistente y éste consintió:
«Sí padre, que lleven sus libros, que estos son sus Breviarios. Se alegraron mucho con esta noticia todos los jóvenes y al punto se proveyeron de un curso lato de Filosofía del P. Losada y de todo el compendio. Y estos son todos los tesoros y riquezas que llevan consigo a Italia»14. |
Nuestro diarista resulta conscientemente reiterativo al presentarnos a gran parte de los oficiales y del personal de la administración como gentes que, en el fondo, rechazan la medida expulsatoria adoptada por el monarca, pero que, por lógica, no pueden desobedecerla, de ahí que nos los muestre siempre serviciales, brindándose a socorrer a los religiosos y hacerles más llevadero su exilio.
Los niños empezaron a acudir a la Escuela muy temprano, y fueron los primeros en encontrarse a los centinelas que guardaban las puertas cerradas. La noticia se extendió por toda la ciudad, viéndose la casa rodeada, al poco, de gran número de curiosos. Una vez más insiste Luengo en la caridad del Asistente, quien consintió -en contra de lo que mandaba la Instrucción-, que entrasen los vecinos en el Colegio a ver a los padres y a despedirse de ellos. A la hora de costumbre se permitió la retirada a los religiosos, pero no sin antes prevenirles que la Instrucción ordenaba que durmieran agrupados en las mayores piezas del recinto; así, se reunieron todos los sacerdotes en grupos de dos o tres en algunos aposentos, mientras que los estudiantes y coadjutores lo hacían en la capilla donde, previamente, se les había intimado el Real Decreto.
La política que se llevó con los novicios merece un estudio propio, pero apuntemos que, en general, a éstos les separaron de los padres siguiendo las órdenes de la disposición, en la que se daba opción a los novicios para que eligieran entre seguir o no a los padres camino de su destierro15. Tras leerles la mencionada notificación, la mayoría de los novicios de los colegios castellanos, fueron alejados de la influencia de los padres para que consideraran su decisión. Tanta fue esta prevención que en ocasiones se impedía el contacto de los jóvenes con el resto de los religiosos. No evitaban, por contra, advertirles pertinazmente, los peligros que corrían en caso de decidir seguir a sus tutores en el exilio, ya que se verían obligados a depender de la caridad de los expulsos para poder sustentarse o tendrían que pedir limosna, en caso que los padres decidieran no hacerse cargo de ellos. En cambio se les ofrecía la tranquilidad de quedarse en el país ingresando en cualquier otra religión.
Al día siguiente, se reunieron por la mañana en el aposento del Rector dispuestos para la partida, aunque no se les había permitido celebrar misa pudieron visitar el Santísimo Sacramento y allí «pedir a Su Majestad su bendición»
, les salió al encuentro el padre Felipe Díez, portero del Colegio, que se despidió del resto afligido, porque sus condiciones físicas no le permitían acompañarles al exilio16.
Bajaron después al corral donde estaban dispuestos los caballos y las mulas que les transportarían; desde allí Luengo comenta que observó la congoja de las Religiosas de la Enseñanza17 quienes, desde las ventanas de las que habían retirado las celosías, se lamentaban por la marcha de los regulares. La disposición que se adoptó para el camino fue la siguiente: el capitán del Regimiento de Navarra con sus soldados al frente y separando al gentío a tambor batiente; tras ellos los padres que, rodeados por los flancos también de soldados, formaban una fila que cerraba otro grupo de tropa a las órdenes del Teniente capitán; los gritos de la multitud contrastaban con las ventanas de las casas de distinción donde «no se veía gente, todas ellas estaban cerradas, en lo cual procedieron con mucho juicio por no exponerse a decir o hacer en público alguna cosa menos conveniente a su carácter»
18.
Cuando salieron de la ciudad, y quedaron atrás los rumores del vocerío, se desmontó la parafernalia militar. En un ambiente más distendido, asegura Luengo que los oficiales se excusaron por haber utilizado aquellas maneras para sacar a los religiosos de la ciudad, afirmando que su intención era, únicamente, atemorizar a una multitud conmovida e inquieta que podía reventar en tumulto.
«De esta manera se ha logrado, que nuestro destierro y partida de la ciudad de Santiago haya sido ejecutada por una parte, sin inconveniente ni desorden y, por otra, con tanto honor y gloria nuestra, que aunque en traje de reos, como una cadena de malhechores conducidos por la tropa a una galera o presidio, nuestra salida ha sido un verdadero triunfo (...) Me atrevo a decir, sin miedo de exagerar, que jamás ha tenido la Compañía en España, día más glorioso que éste»19. |
A las once de la mañana ya habían recorrido las cuatro leguas20 que separaban Santiago de la pequeña aldea de Poulo donde pasaron todo el día entre la parvedad de la comida y las dificultades a la hora de dormir. El cura de la aldea sólo pudo abastecerse de seis colchones para todos y eso con la ayuda de otros tres sacerdotes de villas cercanas que fueron a visitar a los expulsos, el resto se tuvo que ir acomodando sobre mesas, arcas o en el suelo.
Lorenzo Uriarte, Rector del Colegio de Santiago, ofició una misa a primera hora, tras la cual retomaron la marcha, llegando a Corral, un pueblo que distaba tres leguas de Poulo, a las nueve del día 5. La intención era comer temprano en esta villa y salir hacia Coruña, pudiendo así llegar a esa ciudad pasada la media tarde pero, en Corral esperaba una orden del Capitán General de Coruña por la que se dictaminaba que no entrasen los jesuitas en aquella localidad hasta dadas las once de la noche. Aunque la medida disgustó a los padres, se consolaron por dos circunstancias: una, saber que se dirigían al Colegio de La Coruña, donde permanecían arrestados sus hermanos y, la otra, el hecho de unirse a la comitiva los padres Cascajedo y Morchón21, «que andaban haciendo Misión»
.
Cerca del anochecer, salieron de Corral con dirección a Coruña; varias veces hicieron altos en el camino para que se cumpliese la hora fijada. Próximos de la ciudad, el Capitán destacó a un cabo de escuadra para que preguntase si, efectivamente, habían dado las once, cuando éste volvió, confirmando la hora, se encaminaron hacia la villa.
«Tuvo algo de pavorosa esta entrada en La Coruña y era capaz de aterrar y llenar de espanto a cualquiera y especialmente a los que nunca habían estado en plazas de armas ni hubiesen visto el mar, como a muchos nos sucedía. Nosotros, ordenados en alguna manera y rodeados de nuestra numerosa escolta, entramos por la puerta en un profundísimo silencio. En la puerta se descubrían a beneficio de una lóbrega linternilla muchos granaderos sobre las armas y con el mismo silencio que nosotros. Nada en suma se veía sino soldados con toda la gravedad que tienen, cuando se ponen sobre las armas; y nada se oía sino algunos encuentros o tropezones de unas armas con otras y los horribles bramidos que daba el mar, que por sí solos bastan, sin concurrir con tantas circunstancias de espanto y terror, para atemorizar la primera vez»22. |
Caminaron por dentro del Arrabal, huyendo de las calles más frecuentadas. A las doce menos cuarto se encontraban delante de la portería del Colegio y del Alcalde del Crimen, éste, llamado Gerónimo Romero23, vestía con toda formalidad y estaba acompañado de varios notarios y un buen número de soldados. Desmontaron los jesuitas y entregaron las caballerías y todo lo que traían a la tropa, y siguieron a Romero al tránsito alto del Colegio de Coruña. Allí fueron por orden de antigüedad y se les señaló habitación: «seis sacerdotes en cada aposento, a todos los Hermanos Artistas en una pieza poco mayor que un aposento regular y otro aposentillo muy pequeño, y a los Hermanos Coadjutores en dos cuartos bien estrechos»
. Las camas eran de las destinadas para los soldados en sus cuarteles, las sábanas de estopa y la manta de las que se usaban para cubrir las caballerías. Pronto les llamaron a cenar, pero, como se había superado la media noche y había entrado el lunes, que era día de ayuno, sólo cenaron algunos jóvenes, yéndose el resto a dormir con un sorbo de vino.
Así, habían llegado procedentes de Santiago, diecisiete sacerdotes, quince estudiantes del primer año de Filosofía y diez coadjutores -contando los dos misioneros que se les unieron en Corral-, pero se quedaron en aquella ciudad tres religiosos: Santiago Ayuso, Rector del Seminario Irlandés y Santiago García, Procurador del Colegio; los dos debían dar cuentas de las rentas y hacer entrega de los bienes24. Con ellos quedó el portero, Felipe Díez, al que ya nos hemos referido. Cuando sus hermanos salieron hacia Coruña, los tres fueron custodiados en el Monasterio de San Martín de los Monjes Benitos.
El día 6 fueron a saludarles los hermanos del Colegio de Coruña, que se encontraban instalados en la planta baja del edificio compartiendo algunos recintos; el Alcalde Romero, había reservado para sí el aposento del Rector, mientras que un escribano ocupaba el que había sido del Procurador. Los jesuitas, retenidos en estos dos tránsitos, no tenían permiso para salir de ellos, habiéndose colocado un refectorio y acondicionado unas tribunas en la iglesia, para que cupieran los que ya estaban instalados y los que se les unirían del resto de Galicia. Podían decir una misa -dos en días festivos-, y de ninguna manera les estaba permitido pasear por la huerta del Colegio o entrar en contacto con personas del exterior.
La noche del día 8 al 9 de abril, llegaron al Colegio de Coruña los jesuitas de Pontevedra. El motivo del retraso estuvo en una parálisis que afectó al padre Isla25 y que, en opinión de los médicos que le atendieron, no posibilitaba su traslado; de hecho, se repitió la perlesía en Caldas y en Santiago, no pudiendo salir ya de esa última ciudad y quedándose, junto con los otros tres jesuitas, en el Monasterio de los Benitos26. Los expulsos de Pontevedra llegaron a Coruña disgustadísimos con su Capitán General, Maximiliano de la Croix27, quejándose de su rigidez, crueldad e incluso, acusándole de un comportamiento inhumano para con ellos. En cambio, todo eran halagos para la Marquesa de Figueroa quien, además de haberles entregado buena limosna en dinero y ofrecido socorrerlos allí donde parasen, había asistido al P. Isla dando su litera para trasladarle.
El 10 de abril, y también de noche, llegaron siete religiosos de Orense, el resto, enfermos y/o de avanzada edad, se tuvieron que quedar en su Colegio. Al día siguiente aparecieron los de Monforte y entre ellos, acabando con los temores de su posible reclusión en el castillo de San Antón, el P. Isidro López28. El día 12, por la noche, llegaron a Coruña los del Colegio de Monterrey, entrando a la misma hora y en las mismas circunstancias, que lo habían hecho todos los demás. Se esperaba que llegasen allí también los jesuitas procedentes del Colegio de Villafranca, pero éstos embarcarían en el puerto de Santander. Por lo tanto, se encontraban ya en Coruña en este día, todos los Colegios de Galicia: Santiago, Coruña, Pontevedra, Orense, Monforte y Monterrey, que agrupaban a ciento cinco religiosos, sin contar todos los que se habían ido quedando, por distintos motivos, en sus respectivas ciudades. Fue entonces, quince días después de haber llegado Luengo con sus hermanos desde Santiago, cuando se permitió a esta extensa comunidad de religiosos, bajar a la huerta a tomar el aire; hasta entonces habían permanecido en el interior del Colegio de Coruña, donde, en condiciones normales, residían trece jesuitas.
El 21 de abril, después del desayuno, se reunió a todos los regulares en el tránsito alto, allí esperaron durante una hora a que llegase el Alcalde Romero, porque tenía que comunicarles algunas cosas:
«En este teatro ridículo y en esta indecente postura, arremolinados como unos muchachos alredor de la mesa, oimos en un profundo silencio toda la Pragmática sanción, con la cual, como con una ley irrevocable, se establece el extrañamiento de la Compañía de Jesús de todos los Dominios de España, cubriéndonos al mismo tiempo muy bien de oprobio y de ignominia. Se nos hizo firmar a todos un papel, que era un Instrumento o certificación de la intimidación de esta Ley y se nos entregaron unos doce o catorce ejemplares para que en ningún tiempo podamos alegar ignorancia de lo que se nos manda en ella»29. |
Luengo aprovechó para transcribir la Pragmática en su Diario, siendo éste, el primer documento completo que aparece en él, nos indica que nuestro diarista no había pensado todavía, en formar la Colección de Papeles Curiosos que iban a acompañar, desde ese mismo año, a su Diario y en la que se esforzó por recopilar toda la documentación que consideraba importante para fundamentar sus elogios hacia la actuación de la Compañía de Jesús en aquel duro exilio.
Escribe también, seis días más tarde, que, dado el retraso que estaba sufriendo la tarea de embarcarles, habían creído conveniente entablar algún estudio para no perder lo aprendido y, de paso, mantenerse ocupados mientras llegaba el momento de la partida. Así, sentados los jóvenes sobre las camas, en la pieza que compartían los Artistas -escolares que tras haber realizado los votos simples y perpetuos de castidad y pobreza, aprenderían, durante tres años, como mínimo, los estudios clásicos: Artes (ahora lo llamaríamos letras) y Teología-, con algunos Coadjutores, impartía Luengo su clase de Lógica por la mañana y aprovechaban, por la tarde, para aprender algo de italiano. Conscientes de la necesidad que tendrían de hablar esa lengua en un futuro muy próximo; había comprado Luengo a uno de los soldados del Regimiento de Milán que les hacían guardia, un librito de poemas de Tasso que, divertidos, intentaban traducir.
Desde las ventanas del Colegio, vieron entrar y echar anclas en la bahía a una embarcación que traía a bordo jesuitas. Era el día 27 y Luengo había oído que se trataba de los hermanos del Colegio de Oviedo30. Sabía también, que había sido el puerto de Ferrol el destinado para que se reuniera a toda la Provincia de Castilla. Pero desconocía la polémica que se había establecido entre el Intendente de Ferrol, Pedro Hordeñana y el Capitán General de Galicia, Maximiliano de la Croix, sobre el puerto en el que debían reunirse para embarcar los jesuitas castellanos. Mientras el primero sostenía que Coruña era la ciudad más apropiada, por haber allí un Colegio, Conventos y otras facilidades, de la Croix insistía que fueran con Hordeñana a Ferrol, negándose a recogerlos en la localidad coruñesa. Se amparaba en la falta de órdenes que, en este sentido, había recibido del Conde de Aranda31 y en que, la responsabilidad de dicho embarque y previa manutención de los expulsos, debía recaer en la Secretaría de Marina32. Aunque Hordeñana insistió en su petición a Arriaga33, dadas las muchas deficiencias con las que tenía que enfrentarse en Ferrol, al final debió hacerse cargo de tan difícil tarea y fue reuniendo a los jesuitas castellanos en esta ciudad, según iban llegando de las diferentes casas, seminarios y colegios34, y cuando el viento de tierra se lo permitía35.
Parecida suerte corrieron los jesuitas procedentes de Asturias; éstos llegaron el día 29, pero tuvieron también que echar áncoras en Coruña tras ardua lucha contra el viento. Por cierto que ese día, Luengo y todos los encerrados en Coruña pasaron un buen susto. Se declaró un incendio en la cocina del Colegio y el pánico se desencadenó al verse, no sólo amenazados por las llamas, sino encerrados e imposibilitados para librarse de su cautiverio. A media mañana pudo ser sofocado «sin otro daño que la ruina de la cocina y las pequeñas resultas que pueda tener esto»
.
El 1 de mayo comenzaron a llegar al Colegio de Coruña algunos jesuitas ancianos, otros enfermos y en general -exceptuando a los Procuradores-, todos aquellos religiosos que, por uno u otro motivo, se habían quedado en sus ciudades de origen y no habían acompañado a sus hermanos al exilio. La nueva orden de Aranda contradecía el espíritu y la letra de lo que indicaba la Instrucción firmada en Madrid, un mes antes, y en cuyo artículo XXIV se lee: «Puede haber viejos de edad muy crecida, o enfermos que no sea posible remover en el momento; respecto a ellos, sin admitir fraude ni colasión, se esperará hasta tiempos benignos, o a que su enfermedad se decida»
36. Luengo
escribe en su Diario que estaban llegando «todos los que no tengan peligro inminente de morir en el viaje; y según este orden, se cree, que vendrán otros enfermizos y estropeados, que han quedado en otras partes»
. Entre ellos el P. Isla, sobre quien caía el rumor de fingir sus males, -ante lo que Luego se escandaliza-, el portero del Colegio de Santiago, Felipe Díez, y los dos procuradores compostelanos, Santiago Ayuso y Santiago García, a los que nos hemos referido con anterioridad. De Monforte, el P. Velasco37 y el Procurador de aquel colegio Machain.
Más tarde, se extendieron una serie de noticias que alarmaron a los religiosos; la primera fue la negativa papal a recibirlos en los Estados Pontificios, por lo que llegaron a creer que cesarían los preparativos para su envío a Italia; la otra, la ejecución de un nuevo registro de sus pertenencias, ante lo cual Luengo decide llevar sus escritos con él y de la forma más oculta posible. Pero a ninguno de los dos rumores otorgaron mucha credibilidad; dudarán de la primera al ver que continuaban, sin cambio alguno, los preparativos para el embarque; en cuanto a la segunda, nunca llegó a efectuarse el citado registro para bien de nuestro Diario.
Los jesuitas recluidos en Coruña recibieron orden formal del Capitán General para que se embarcaran hacia Ferrol, eran las diez de la mañana del 17 de mayo y debían estar todos a bordo a las nueve de la noche de ese mismo día. Comenzó así una agitada actividad. Además de preparar sus efectos personales, se procedió a la formación de un catálogo o lista en la que debían figurar todos los jesuitas; para su ejecución iban entrando, uno a uno, y por orden de antigüedad, al aposento de Romero, donde se les preguntaba su nombre, el de sus padres, lugar de nacimiento, clase social a la que pertenecían antes de entrar en religión y grado dentro de la orden38. Además les fue entregando medio año de la pensión que se ordenaba en la Pragmática Sanción39, es decir unos 50 pesos a cada sacerdote y cuarenta y cinco a los legos, pagaderos de las temporalidades, es decir, de todos los bienes que poseía la Compañía de Jesús en España e Indias y de los que fueron desposeídos. Luengo, se extraña de que no entregasen todo el dinero al Rector
«conforme a la pobreza religiosa. Pero aquellos deben tener órdenes en contrario; y así nos fueron llamando a cada uno de por sí, nos contaban el dinero y firmábamos el recibo. Y así por este empeño ridículo que sólo sirvió para que tuviéramos en nuestro poder un minuto aquel dinero, pues al salir le entregamos al Superior, se gastó mucho tiempo en esta segunda diligencia»40. |
pero no era casual que los oficiales entregasen el dinero de la pensión a cada uno de los regulares y no a sus provinciales, de este modo capacitaban a los religiosos de una exigua pero significativa capacidad económica que podría favorecer a aquellos que en un futuro gustasen secularizarse. De hecho, no todas las provincias españolas ofrecieron esta pensión a su Provincial, Andalucía, por ejemplo, no lo hizo. Al llegar a la isla de Córcega, donde -como agravante-, se encontraron inmersos en una cruenta guerra civil, muchos de los padres no fueron capaces de resistir la perspectiva de un largo alejamiento de su patria y optaron por abandonar la Compañía de Jesús para poder volver a España solicitando su secularización41. Además Luengo se quejaba de que algunos coadjutores huían del trabajo, «por haberseles metido en la cabeza que en este presente estado y teniendo pensión por el rey, ya todos somos iguales, y no tienen obligación a nada»
42.
Después de desayunar, hacia las dos de la mañana del día 18, bajaron a la portería donde se les volvió a recontar, por orden de lista, y según se les nombraba, salían a la calle. Caminaban acompañados del Alcalde, algunos escribanos y un piquete de soldados. Las gentes de la ciudad acudieron de nuevo, personas hacia las que Luengo sólo tiene palabras de agradecimiento, debido a las muchas muestras de apoyo que les dieron y que tampoco eludieron en esta despedida, sin amedentrarles la hora, ni la fuerza de la tropa. Atravesaron los expulsos la ciudad, salieron por una puerta poco frecuentada y
«Allí nos vimos de repente con todo el mar sobre nosotros, en un arenal húmedo y lleno de agua (...) confieso ingenuamente que como no había visto el mar desde cerca hasta esta ocasión, la fuerza, ruido y rumor espantoso de las olas, (...) me turbaron de manera que, atónito y casi fuera de mí me dejé caer sobre la arena mojada; y allí, tirado por tierra y haciendo fuerza contra mil horribles imaginaciones, esperé que me llegase el turno de embarcarme»43. |
El embarco fue lento ya que sólo se disponía de dos botes que, como no podían acercarse a la orilla, para acceder a ellos había que subir por una rampa de madera que iba de la arena a la lancha, «por lo que a mí toca -escribía Luengo-, que no tenía la cabeza para estas tramoyas y andamios, hubiera caído en la mar sino me hubieran subido casi en brazos los marineros»
. Una vez a bordo de la saetía «Santa María de la Mar», el escribano pasó lista comprobando que, de los ciento nueve que habían salido del Colegio, habían subido todos44. Únicamente, se quedaron en Coruña los padres Velasco, Esteban Romero y Portela, los dos primeros por enfermedad y el último, como Procurador del Colegio, despachando las cuentas con el Alcalde Romero.
Con la luz del día, pudieron reconocer las otras dos embarcaciones que habían entrado el día anterior, ya que se encontraban tan cerca de su saetía, que incluso podían hacerse entender con los que venían en cubierta; algunos pertenecían al Colegio de Palencia, en la otra los de Medina, con lo que se reunieron todos los estudiantes de Filosofía de la Provincia, que sólo cesaron la plática cuando se levantó el suficiente viento como para que pudiesen salir del puerto de Coruña, llegando a Ferrol a primeras horas de la tarde del 19 de abril. En Esteiro se reunieron con el resto de las embarcaciones que transportaban a los jesuitas castellanos, y como se encontraban bastante arrimadas las unas a las otras, pronto el alboroto fue grande, con la alegría del encuentro surgían miles de preguntas, todos querían hablar al mismo tiempo, preguntar por un pariente, un amigo, conocer los sucesos del día, saber cómo habían pasado sus prisiones en los distintos colegios, o quiénes se habían quedado en tierra, y por qué.
Estos hechos carecerían de relevancia si no fuese porque Luengo se impresiona tanto con los relatos que va oyendo que, aunque confiado en que otros hermanos escribirían sus experiencias, consideró necesario, a partir de ese momento, hablar de toda la provincia de Castilla en su Diario, abandonando la idea inicial que consistía en mencionar, únicamente, lo relativo a los jesuitas del Colegio compostelano.
La escasez de provisiones para la cena hizo que esa misma noche subieran al navío de guerra «San Juan Nepomuceno»45 casi todos los que habían llegado de Coruña. Ya a bordo, «nos dio el Señor Capitán una buena cena de la que teníamos harta necesidad, pues los más no habíamos probado un bocado desde las dos de la mañana que tomamos en el Colegio de la Coruña una jícara de chocolate»
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En este navío, computa Luengo doscientos dos jesuitas procedentes de gran parte de la Provincia de Castilla, otros doscientos viajarían a bordo del otro navío de guerra, el «San Genaro». Para poder transportar ambos buques al mayor número de jesuitas que pudieran, fue necesario reducir la tripulación a las dos terceras partes de su regular dotación46; y el día 20 comenta que son ocho las embarcaciones en las que viajarán a Italia. En efecto, éstos fueron: los dos navíos de guerra mencionados que en total albergaban a cuatrocientos dos religiosos, dos fragatas, la «Pedro Orenchiolo» con setenta individuos y «La Victoria» con treinta y uno, una urca «La Posta del Mar» con cincuenta y dos jesuitas y tres paquebotes, el «San Miguel», el «San Joachim» y el «San Joseph», que entre los tres cargaban noventa y siete47. A todas ellas fue de visita el padre Provincial Ignacio Ossorio, nombrando en cada embarcación un Superior que, en el caso del «San Juan Nepomuceno», sería Lorenzo Uriarte, hasta entonces Rector del Colegio de Santiago. Ese mismo día se les permitió dar un paseo por la bahía y entrar en las otras embarcaciones de jesuitas, por lo que el día pasó divertido haciendo o recibiendo visitas y en animada charla.
A la jornada siguiente, observaban desde cubierta cómo se iban embarcando las provisiones «que no pueden ser ni en más abundancia ni más escogidas»48, Luengo estaba convencido de que el trato que recibirían durante la travesía sería excepcional, pues tenían la fortuna de contar con dos prestigiosos personajes, leales a la Compañía de Jesús y de gran influjo en las disposiciones para la navegación. El primero Julián de Arriaga, Secretario de Marina e Indias49, y el segundo, Pedro de Hordeñana, Intendente del Departamento de Ferrol y hermano del padre Miguel de Hordeñana, doctor en la Universidad de Salamanca que, como los demás religiosos, se encontraba entre los desterrados.
La impresión que le causó a Luengo descubrirse a bordo de un navío como el «San Juan Nepomuceno», queda claramente expresada cuando describe las reformas que debieron llevarse a cabo para adecuar, un buque destinado a la guerra, para el transporte de más de 200 religiosos.
«En lo último, o parte posterior del navío que se llama Popa, hay tres buenas piezas o salas, una sobre otra perfectamente. La más alta de todas es la cámara del Capitán, en que vive él solo, y sirve para comer los Oficiales, porque alredor de ellos tienen sus camarotes o aposentillos; y la más profunda es la Santa Bárbara, en la que tienen las municiones de guerra, y viven algunos Artilleros. Desde estas tres salas hasta la proa del Navío hay tres como tránsitos bastante largos, el de arriba desde la cámara del Capitán al descubierto, en donde nadie vive. Los otros dos, que corren hasta la proa del Navío desde la cámara de en medio, y la Santa Bárbara están cubiertos y en ellos estamos colocados nosotros en esta forma» 50. |
Como se habrá observado, Luengo se refiere, insistentemente, al capitán, pero, por tratarse de un navío de guerra, lo idóneo sería hablar de comandante, máxima autoridad en el barco y que, efectivamente, se alojaba debajo de la cubierta toldilla. En el caso del «San Juan Nepomuceno» se trataba de José Beanes. Otra posible enmienda que habría que hacer a Luengo, dentro del párrafo precedente, sería lo referente a la santabárbara o pañol donde se almacenaba la pólvora que, dado el peligro que encerraba, estaba rodeado de medidas de seguridad para poder entrar en él, desde el tipo de calzado que había que llevar para no prender chispa alguna, a la selección del personal que accedía.
«Han retirado a la bodega los cañones de uno y otro lado en el pedazo de tránsito desde la Santa Bárbara hasta el arbol mayor, y aquí han hecho una división de tablas, dejando para los marineros una gran pieza desde el palo o arbol mayor hasta la proa, y otra como de once varas en cuadro para nosotros, desde el Palo mayor hasta la Santa Bárbara; y esta la dividieron después en dos, y quedaron los aposentos de once varas de largos y de anchos como unas cinco a seis. En cada uno de los lados o bandas han formado dos órdenes o filas de catres o sepulturas de tablas una encima de la otra y con ellas han llenado de manera los dichos aposentos que no han dejado más que un senderillo estrecho, en que no caben dos a un tiempo, para entrar y salir de las sepulturas. Cada una de estas es algo más de dos varas de larga, de ancha cinco cuartas cortas, y lo mismo o poco más de alta, contando no solamente el costado que forma la tabla, sino también el aire que queda libre para cada una; y asi, ni los que están en la fila u orden inferior se pueden sentar francamente sobre su cama, porque tropiezan con las camas del orden superior, ni los de este, porque dan con la cabeza en el techo del Navío. En un rinconcito o esconce que hay entre los dos aposentos y como debajo de una escalera se ha formado un oratorio en que se han dicho algunas misas. Ciento diez vamos acomodados al modo dicho en los dos aposentos que han formado desde el palo mayor hasta la Santa Bárbara. En esta pieza, que está bastante embarazada con cañones y otras cosas, van solamente unos treinta y dos, y con menos estrechez que los otros. Unos veinte tienen sus camas sobre sus tarimas o catres, en el mismo piso o pavimento de la pieza, unidas y pegadas entre sí de manera que sólo se ha dejado desocupado algún otro sendero para el paso y comunicación; los otros doce tienen sus colchones en el aire colgados de cordeles y no hay más de esta manera porque lo impide la caña del timón del Navío, que con su movimiento de un lado a otro, cuando se va caminando, forma dentro de la misma Santa Bárbara un semicírculo muy grande»51. |
En opinión del modelista naval, apasionado conocedor de este tipo de navíos del XVIII, Miguel Godoy y Sánchez, es posible que a Luengo, quien por razones obvias, desconocía la terminología naval, le sorprendiera el nombre de santabárbara y lo ampliara hacia esa zona de popa, pero en el caso de ese tipo de navíos, la santabárbara siempre se situaba en el sitio más recóndito y seguro, generalmente hacia el centro del buque, en la parte más profunda y cerca del palo mayor, con el fin de resguardarlo y que el enemigo no la alcanzara. Es, pues, bastante improbable la disposición que comenta Luengo, en cuanto al pañol en el que iba la pólvora y al que, en ningún momento, hubiese sido permitida la entrada de intruso alguno y donde, desde luego, no podría realizarse la maniobra al timón que refiere.
Cuando Luengo detalla los colchones o camastros se refiere a los coys, es decir, trozos rectangulares de lona que, colgados de sus cuatro puntas, servían de cama a bordo y que eran normalmente utilizados por toda la marinería. Cuando no se usaban para descansar, se colocaban en cubierta hechos unos ovillos y pegados unos a otros, a modo de apoyo para hacer fuego y para que sirvieran de parapeto. Es lógico que a un religioso, acostumbrado a las dimensiones sencillas pero desahogadas, de su aposento dentro del Colegio, le resultara estrecho y asfixiante el espacio que les fue concedido a bordo, y en el que pasaría dos largos meses y medio, pero era ni más ni menos, del que disfrutaba la marinería en los mejores momentos, es decir cuando no tenían que viajar con los setenta y cuatro cañones montados y abarrotado de pólvora para poder hacer frente al enemigo, en esas situaciones la marinería colgaba sus coys donde buenamente podía. La vida en estos buques, además de corta, era de todo, menos cómoda. Cuando el «San Juan Nepomuceno» se hundió, en plena batalla de Trafalgar, ya habían muerto su comandante, el Brigadier de la Real Armada, Cosme Damián Churruca y el segundo comandante, arrastrando al fondo del mar a ocho oficiales, ciento cincuenta y cuatro hombres y doscientos cuarenta y tres heridos52.
Pero, en 1767, que es la fecha que nos ocupa, este navío de guerra sólo contaba un año, exacta edad tenía el «San Genaro»53, que comandaba el convoy que llevaba a los jesuitas de la provincia de Castilla; el cual, gracias a un madrugador viento del nordeste, tiró cañonazo de leva muy temprano, todas las embarcaciones se pusieron en movimiento y
«a las ocho en punto de la mañana de este día 24 de mayo de este año mil setecientos sesenta y siete empezamos a caminar, saliendo finalmente de España nuestra Patria y de los dominios de Su Majestad Católica en cumplimiento del destierro, a que se nos condena sin saber cuándo se nos permitirá volver a verla, ni de nuestro destino otra cosa, que el que nos llevan a Italia»54. |
Comenzaba así uno de los más dilatados e interesantes diarios que se conservan sobre aquella experiencia, y hay que leerlo sin abandonar la perspectiva del subjetivismo lógico que contienen las opiniones de un «militante comprometido con su causa», un jesuita, en este caso, para quien la Compañía es baremo para diferenciar lo positivo de lo negativo en su concepto más integral. Para él sólo tiene relevancia aquello que sirva para exaltarla y lo que no, sencillamente, la injuria. Desde luego, no puede decirse que el gris fuera un color que favoreciera a nuestro diarista, pero tampoco le hace mucha falta, ya que su responsabilidad quedaba manifiesta: elaborar un panegírico de la Compañía de Jesús durante uno de los exilios más conmovedores de nuestra historia en época Moderna.