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ArribaActo II

 

Sala principal de la quinta, adornada con lujo. Puesta en el fondo, que guía a lo interior de la casa. Otra a la derecha del espectador, y otra a la izquierda, que conduce a la calle. Una ventana a la izquierda enseguida de la puesta. Dos mesas, una en el proscenio y otra al lado de la puerta del fondo. Es de noche

 

Escena I

 

PEDRO y ANA

 
 

Aparece ANA poniendo una hamaca, y el segundo encendiendo un cigarro

 
ANA
Ándate a tu rancho, pues.
¿No sabes que la señora,
cuando se viene a la sala
sin necesidad, se enoja?
PEDRO
¿Y por qué en ella estas tú?
¿Hay excepción de personas?
ANA
Yo vine a poner la hamaca.
PEDRO
Y yo por qué me acomoda
seguir a la dulce prenda
que adoro.
ANA
No soy zonza.
Si me quisieras, cual dices,
no fueras a lo de Antonia,
ni compraras un chumbé
y un rosario a la Petrona.
PEDRO

 (Se aproxima a ANA.) 

¿Tienes celos?
ANA

 (Burla fingida.) 

¿Yo, paisito?
PEDRO
Valen poco esas señoras.
PEDRO
Aquello fue un compromiso.
ANA
Pero si nada me importa.
PEDRO
Dejémonos de zonceras,
y hablaremos de otra cosa.
Los amos están reñidos.
ANA
¿Y en qué lo conoces?
PEDRO
Toma.
En que has quitado la hamaca
del cuarto de la señora,
y aquí la pones. Sin duda
todo este enojo ocasiona
ese huésped, don Nicandro;
doña Elisa cuando llora,
dice que la culpa es suya,
y el capataz, si le nombra
se pone desesperado.

 (Se sienta en la hamaca y se mece.) 

Ayer al tomar su ropa
para ausentarse de aquí,
echó mano a una pistola
y juró matar a ese hombre.
Yo entonces, con mucha sorna,
le pregunté qué tenía;
pero el hombre se sofoca,
y montado en el tordillo,
puso en el pecho la ropa,
y arrimando guasca al pingo,
se fue a lo de ño Virola.
ANA
¿Y vive allí todavía?
PEDRO
Tal pienso, pues la señora
allí le mandó una carta
que llevó anoche la Antonia.
ANA
¿Y supiste la respuesta
que dio el capataz?
PEDRO
Muy corta
parece que fue; repuso:
«Yo hablaré con la señora».
ANA
Ella salió a la oración
en su caballo, y a poca
distancia de este lugar
quiso la dejase sola
la gente que la acompaña,
y nadie sabe hasta ahora
dónde se encuentra.
PEDRO
Yo sí.
Es que ha querido en persona
saber donde fue su esposo.
ANA
¿Acaso estará celosa?
PEDRO
Puede ser; mas viene gente.

 (Se baja de la hamaca y observa.) 

ANA
¡Y aquí nos pillan!
PEDRO
¿Qué importa?
Es don Sebastián. Escucha.
Si pregunta no respondas.
ANA
¿Por qué?
PEDRO
Porque me parece
que como el otro, ocasiona
el gran disgusto que al ama
tiene en continua zozobra.
Ya le tenemos aquí.
Lo dicho; calla la boca,
o hablemos en guaraní,
que ese al fin no es su idioma.


Escena II

 

ANA, PEDRO, SEBASTIÁN

 
 

Sale SEBASTIÁN, se dirige a la puerta de enfrente, saca una llave y abre la puerta

 
SEBASTIÁN
Buenas noches. Una luz.

 (Viendo que no le responden.) 

Una luz para alumbrarme.
PEDRO
¿Mbaépa oyeruré co caraí?
SEBASTIÁN
Hablar español no saben.
Una luz pido, ¿no entienden?
Una luz para alumbrarme.
PEDRO
Aicuaáma, ahata arú.
 

(Vase.)

 
SEBASTIÁN
Me comprendió este salvaje.
¿Tú tampoco hablas castilla
para poder explicarte?
ANA
Che cherera Ana Martínez.
SEBASTIÁN
La bruta por dónde sale.
 

(Sale PEDRO con una escoba.)

 
PEDRO
Coina Ape la reyerureba.
SEBASTIÁN
¿Qué es lo que diablos me trae?
¡Una escoba!
PEDRO

 (Riéndose.) 

Yporaité.
SEBASTIÁN
Prefiero a obscuras quedarme.
 

(Entra con violencia y cierra. PEDRO y ANA ríen mucho tiempo.)

 


Escena III

 

PEDRO, ANA

 
PEDRO
¡Qué punta lleva el amigo
ANA
Se va furioso.
PEDRO
¡Que rabie!
Harto sufre la señora,
bueno es que también la pague.
ANA
Habla bajo, no nos oiga.
PEDRO
Quiero ver lo que ahora hace.

 (Se asoma por el ojo de la llave.) 

Ha encendido una cerilla.
ANA
Si tuvo con que alumbrase,
¿Por qué ha pedido una luz?
PEDRO
¡De un bulto bastante grande
está sacando billetes
y muchas onzas!
ANA
¿Quién sabe dónde
dónde las habrá tomado?
PEDRO
Calla será comerciante.
Acércate y mira; ven.
 

(Los dos se ponen a observar por las rendijas.)

 
ANA
Pienso que quiere acostarse,
la se quita la chapona.
PEDRO
Ya se reclina en el catre.
ANA
¡Qué pensativo se ha puesto!
PEDRO
Está rezando una salve.
 

(Sale EUSTAQUIO sin ser visto por los curiosos.)

 


Escena IV

 

PEDRO, ANA, EUSTAQUIO

 
EUSTAQUIO
¿Qué observan estos curiosos
por el ojo de la llave?
 

(Da con el rebenque a PEDRO. Gritan los dos asustados.)

 
PEDRO
¡Dios mío!
ANA
Tapehó agüi!
 

(Vanse corriendo a murmurar a otra parte.)

 


Escena V

 

EUSTAQUIO

 
 

Se aproxima a la puerta por donde entró SEBASTIÁN y observa

 
EUSTAQUIO
Ya le tenemos en casa.
No ha de escaparlo muy bien,
y aunque aquí me encuentre el amo
yo le sabré responder.
Le tengo cariño al ama,
y al amo le tengo ley,
y he de mirar por la hacienda
que yo mismo le aumenté.
Además, que doña Elisa,
solicita mi poder,
para que libre a su esposo
de las garras de un infiel.
Ya me encuentro preparado;
tengo tendida la red,
y la fiera que persigo
en ella habrá de caer,
pero aquí está la señora;
me alegro; la animaré.


Escena VI

 

EUSTAQUIO, ELISA

 
ELISA
A mi ruego has accedido;
Dios te premie tanto bien.
¿Qué sabes, qué has observado?
EUSTAQUIO
Todo lo que pasa sé.
Ese Caifás de Nicandro
que el cielo confunda amén
llevó al amo a cierta casa
de perdición.
ELISA
¿Dónde fue?
EUSTAQUIO
Donde se juegan las onzas,
y hasta la vida también;
donde la estafa y el robo
predominan como juez;
donde se entierran fortunas,
y acuden allí en tropel,
cuanto malo encierra el mundo
en toda su redondez.
Allí llevó a vuestro esposo
ese infame Lucifer,
y allí le robó el dinero
y todo cuanto posee.
Sí, doña Elisa, es verdad;
don Nicandro y su lebrel,
que está encerrado en su cuarto
contando el robo ¡pardiez!
estafaron al señor;
pero yo le repondré;
he tomado mis medidas,
y nos veremos después.
Si la cólera del amo
despierta mi proceder,
que haga de mí lo que quiera;
yo contento quedaré
por haberle libertado
de la acechanza cruel
de un enemigo terrible,
que le ha querido perder.
No llore usted, doña Elisa,
que yo recuperaré
cuanto el esposo ha perdido.
ELISA
Pero, ¿qué piensas hacer?
EUSTAQUIO
Escarmentar a ese tuno.
ELISA
No presumas salir bien;
desiste de tu proyecto,
y ya que un marido infiel
a la razón ensordece,
yo a mi padre escribiré,
para que me dé un asilo
y un consuelo a la viudez
a que Eduardo me condena
por su injusto proceder.
Ya he perdido la esperanza
de ser dichosa con él.
EUSTAQUIO
¿Eso decís? ¡Voto al diablo!
¡Cuán poco le conocéis!
Vuestro marido es un ángel;
no penséis que su desdén
nace de la indiferencia
ni de un instinto cruel.
Un momento de extravío
le ha obligado a enloquecer
y a no cumplir los deberes
de un marido amante y fiel.
Yo le volveré al sendero
de la virtud y del bien;
yo sin ser hombre de luces
conozco el mundo...

 (Observando de pronto por la puerta de entrada.) 

¿Quién es?
Presumí sentir pisadas.
Venid y os explicaré
lo que con ese tunante
he determinado hacer;
no venga alguno y destruya
los planes que combiné.
 

(Vanse por la puesta del foro.)

 


Escena VII

 

NICANDRO

 
NICANDRO
Llegó al colmo mi esperanza.
Me retiro a la Asunción,
llevando en mi corazón
el placer de la venganza.
Allí se queda el marido,
furioso y desesperado,
con su suerte atribulado,
celoso y empobrecido.
Se ha satisfecho mi afán;
mi venganza está cumplida;
pensemos en la partida...
Llamemos a Sebastián.
 

(Se acerca a la puerta de la derecha y da tres golpecitos.)

 


Escena VIII

 

NICANDRO, SEBASTIÁN

 
SEBASTIÁN
Pronto has venido, Nicandro.
NICANDRO
Con efecto, aquí me tienes,
satisfecho de mi obra,
cual a mi genio conviene.
Gané al marido la plata;
pero aquí no se suspende
el proyecto colosal
que ha concebido mi mente.
Era preciso también
que la infiel que me aborrece
sintiera de mi despecho
el efecto contundente.
Cuando más acalorado
estaba el esposo imberbe,
le dije que su mujer
conmigo tuvo... ¿Me entiendes?
SEBASTIÁN
Comprendo lo que dirías.
NICANDRO
Nada en suma me detiene
para infundir en el joven
ese insoportable germen
de desesperados celos.
El desdichado me cree,
y ha jurado separarse
de su esposa para siempre.
Aprenda a tener constancia
esa traidora rebelde,
la primera que mi amor
ha pagado con desdenes.
NICANDRO
Ya es demasiado, Nicandro;
si un poco no te contienes,
y se descubre la trama,
y el marido se enfurece,
tal vez lo escapemos mal.
NICANDRO
No me respondas sandeces;
el marido es un Juan Lanas.
SEBASTIÁN
Sin embargo, sucede
que esas almas impasibles
comprenden algunas veces
el papel que representan
en circunstancias solemnes.
Tengo miedo, lo confieso;
dejemos si te parece,
este lugar, pues al fin
logramos aquello.
NICANDRO
Tente.
Hablemos de otro negocio.
¿Dónde están los intereses
que ganamos a Eduardo?
SEBASTIÁN
En esta bolsa los tienes.

 (Muestra un talego.) 

Aquí dentro van las onzas
y más de tres mil billetes.
NICANDRO
¿Los caballos?
SEBASTIÁN
Ensillados.
NICANDRO
Dame ese talego y vete.
Espérame en el camino,
que allá voy yo.
SEBASTIÁN

 (Dando el talego.) 

¿Lo prometes?
Pero, ¿a qué esa detención?
NICANDRO
Quiero que apure las heces
del cáliz de la amargura
Elisa, antes que me ausente.
Yo no he de partir sin verla
o escribirle algún billete.
No perdamos tiempo. Adiós.
La luna nos favorece
y alumbra nuestro camino.
SEBASTIÁN
Supuesto que así lo quieres,
te dejo la plata y parto.

 (Con malicia.) 

¿Sabes que me pertenece
la mitad de ese dinero?
NICANDRO
¿Desconfías? ¿Y te atreves?
SEBASTIÁN
No te enfades, Nicandrito

 (Temblando.) 

quise advertir solamente...
quise decir... como... que...
la lengua se me entorpece.
Adiós, Nicandrito, Adiós.
Soy tu amigo como siempre.


Escena IX

 

NICANDRO

 
 

Pone el talego sobre la mesa del primer término

 
NICANDRO
Yo aplacara mi delirio
si pudiera, frente a frente,
presenciar tranquilamente
su dolor y su martirio.
Pero no lo lograré;
fuera una escena terrible;
ya que verla no es posible,
al menos la escribiré.
 

(Se sienta y se pone a escribir en la mesa primera. Mientras tanto, sale EUSTAQUIO de puntillas, cierra la puerta de la izquierda y se esconde en el primer cuarto de la derecha.)

 
NICANDRO
Desgraciada es la existencia
que arrastrará desde ahora.
Esta carta aterradora
es la última sentencia.

 (Lee.) 

«Señora Elisa: Habéis olvidado dos años de inocentes amores, en mi ausencia escogisteis a otro hombre, a un necio para suplantarme. He venido exclusivamente para vengarme de vos, y lo he conseguido. He tenido que mentir, lo confieso; pero a todo tiene derecho un despechado como yo. Un terrible divorcio os amenaza; estáis mal reputada a los ojos de vuestro marido. Le he ganado en el juego la mitad de su fortuna, y siento no haber podido disponer de vuestra dote. Seréis desgraciada para siempre. Adiós».

 (Habla.) 

Encontrar es necesario
un astuto confidente...
EUSTAQUIO

 (Sale.) 

Si el asunto es muy urgente
aquí tiene un emisario.
 

(Momento de silencio; se miran gran rato. NICANDRO procura esconder el talego y la carta.)

 
NICANDRO
(De su llegada reniego.)
¿A qué has venido?
EUSTAQUIO
Señor
a pediros al favor
de entregarme ese talego.
NICANDRO

 (Riéndose.) 

El enojo te acalora.
Ese dinero es ganado...
EUSTAQUIO
¡Ese dinero es robado!
Entréguelo sin demora,
pues de todo soy capaz,
NICANDRO
¿ Y tolero tu insolencia?
EUSTAQUIO
No me irrite La paciencia,
tengamos la fiesta en paz.
NICANDRO
Me canso de tolerante.

 (Furioso.) 

Eustaquio, mira por ti...
Pero me ausento de aquí,
lo mejor es despreciarte.
 

(Quiere irse y EUSTAQUIO se interpone con una pistola.)

 
EUSTAQUIO
¡Atrás digo, bribonazo!
NICANDRO
¿Quién a estorbarme se atreve?
EUSTAQUIO
Mire usted que si se mueve
le arrimo una pistola.

  (Apuntando.) 

NICANDRO
(Se destruyeron mis planes.
Buscaré conciliación).
Vuelve, Eustaquio, a la razón
y modera tus desmanes.
No haga de lo negro blanco
tu condición altanera.
Vaya, toma esta cartera
y déjame el paso franco.
 

  (Le arroja una cartera.) 

EUSTAQUIO
Ya soportaros no es dable.
¿Y has presumido, grosero,
conquistarme con dinero?

 (Recoge la cartera y se la tira a la cara.) 

¡Toma y calla, miserable!
Tal condición me atribuye
sin haber considerado
que el que no ha nacido honrado
tan sólo se prostituye.
NICANDRO
¿Conque no hay conciliación?
EUSTAQUIO
Mi resolución es ésa:
suelte la plata en la mesa
y menos conversación.
NICANDRO
¿Con ademán tan violento
a mi proyecto te opones?
EUSTAQUIO
Para tratar con bribones
no tengo mas argumento.

  (Señalando a la pistola.) 

NICANDRO

 (Con furor reconcentrado.) 

(No hay remedio; soy perdido;
ha conseguido triunfar,
y yo he venido a quedar
derrotado y confundido).

  (Con violenta resignación y suspirando.) 

Cedo al fin a tu altivez,
y ya que tanto de afliges,
toma el dinero que exiges,
y acabemos de una vez.
 

(Deja el talego sobre la mesa y se dispone a salir; pero EUSTAQUIO se interpone de nuevo y le detiene.)

 
NICANDRO
¿Qué me quieres?, ¡pesia tal!
¿Tampoco se me respeta?
EUSTAQUIO
La cosa no está completa.
Me falta lo principal.
NICANDRO
¿Qué falta?

 (Alterado.) 

EUSTAQUIO

 (Con calma.) 

No alce el grito,
ni escandalice a deshora.
NICANDRO
¿Qué es lo que quieres ahora?
EUSTAQUIO
El papel que habéis escrito.
NICANDRO
Eso no; nunca... jamás.
Aunque me cueste la vida.
Deja franca la salida,
que quiero partir.

  (Se dispone a salir.) 

EUSTAQUIO

 (Apuntando.) 

¡Atrás!
La tramoya se deshizo.
NICANDRO
Ya la indignación es harta.
EUSTAQUIO
Entrégueme, pues, la carta.
NICANDRO
¡Infame!

 (Queriendo amenazar.) 

EUSTAQUIO

 (Apunta.) 

Quieto, o le atizo.
NICANDRO
¿Y he de acceder a su empeño?
¿Y he de ser yo tan cobarde?
EUSTAQUIO
Despache pronto, que es tarde,
y me va viniendo el sueño.
NICANDRO
Accedo a tu pretensión,
porque me dejes en paz.
Tome, pues, el capataz.

 (Le tira la carta sobre la mesa.) 

EUSTAQUIO
¿No me hacéis una traición?
¿Es el mismo documento?
NICANDRO
¿Y lo puedes dudar?
EUSTAQUIO
Bueno será inspeccionar.
Quien hace un cesto, hace ciento.
 

(Se pone a deletrear a la luz. Mientras tanto NICANDRO recoge el talego con disimulo.)

 
NICANDRO
(Aprovecho esta ocasión,
burlando su vigilancia.
¡Magnífica circunstancia!)
 

(Se aproxima a la mesa; apaga la luz y vase con el talego corriendo por la ventana que salta.)

 
EUSTAQUIO

 (Grita.) 

¡Oh, me ha burlado! ¡Traición!


Escena X

 

EUSTAQUIO

 
 

Palpando la mesa desesperado

 
EUSTAQUIO
¡El dinero se ha llevado!
Mas la puesta está cerrada.

 (Se dirige a ella y después a la ventana.) 

Soy perdido. Se fugó;
ha saltado la ventana.
¡Una luz! ¡Ana! ¡Perico!
Pronto, que el infiel se escapa.
Pero yo tengo caballo
ya preparado! ¡Ah, canalla!
No te libras de mis uñas;
pero la luz mucho tarda.
 

(Abre la puerta de la izquierda y salen EDUARDO y PEDRO con una luz.)

 


Escena XI

 

EDUARDO, EUSTAQUIO, PEDRO

 
EDUARDO
¿Qué haces aquí?
EUSTAQUIO

 (Con timidez.) 

Yo, señor...
EDUARDO
¿No te arrojé de mi casa?
¿A qué has venido otra vez?
EUSTAQUIO
Señor, hice mucha falta.
EDUARDO
Para encubrir a la infame
que ha labrado mi desgracia.
Cómplice, fuera de aquí
aléjate sin tardanza.
EUSTAQUIO
Señor, estáis obcecado,
pero ya el cielo os depara
un desengaño terrible;
más el tiempo se malgasta
en frívolas expresiones;
tomad, leed esta carta,
mientras voy a terminar
la obra que está comenzada.

 (Le entrega la carta.) 

Perico, toma el caballo
y a galopar sin tardanza.
 

(Vase con PEDRO corriendo.)

 


Escena XII

 

EDUARDO

 
EDUARDO

 (Pensativo.) 

¿Qué quiere darme entender
al entregarme esta carta?
¿Qué contiene?, ¿de quién es?
¿Será alguna oculta trama?
No sé qué presentimiento...
¿Quién la firma?

 (Observa el papel.) 

¡Dios me valga!
¡Nicandro Acosta! ¡Me aterra!
Y a mi esposa la consagra.
Veremos lo que dice.

 (Lee.) 

¡Cielos! Semejante infamia
puede caber en un hombre
de sus nobles circunstancias...
Luego me roba el dinero;
y por saciar su venganza,
a la inocente calumnia...
¿Y no he de tomar venganza?
Mi necia credulidad
tiene que ser castigada.
Perdón pediré a mi Elisa.
¿Y me atreveré a mirarla,
cuando tanto la ofendí
dando crédito a la farsa
que contra su casto amor
el pérfido maquinaba?


Escena XIII

 

EDUARDO, ELISA

 
 

ELISA se presenta en traje de amazona

 
ELISA
Tus intentos he sabido;
nada tienes que decir
y me vengo a despedir
del enojado marido.
Termine nuestro consorcio,
no le repruebo, ni alabo;
puede, pues, llevar a cabo
el proyectado divorcio,
como le parezca y cuadre,
y aunque me hacéis desgraciada,
no estaré desamparada
bajo el poder de mi padre.
EDUARDO
Elisa, tienes razón.
y sin embargo confío
en que obtendrá mi extravío
tu generoso perdón.
Error ha sido tamaño;
más dichoso si consigo
que se limite el castigo
a un terrible desengaño.
Yo dudé de tu inocencia;
te confieso mi delito
y por eso necesito,
Elisa, tu indulgencia.
ELISA
La indulgencia no demande,
que no puede conceder
esta ofendida mujer...
El ultraje fue muy grande.
EDUARDO
Pero el paso es muy violento.
Bien merece tu perdón...
ELISA
Vana es toda reflexión;
vano tu arrepentimiento.
 

(Se oye ruido de voces dentro.)

 
EDUARDO
¿No escuchas ese rumor?
¿Qué es lo que habrá sucedido?
 

(Salen EUSTAQUIO, NICANDRO y SEBASTIÁN, PEDRO, ANA y criados paraguayos con palos.)

 
EUSTAQUIO
Adentro.
NICANDRO
(Ya soy perdido)
EUSTAQUIO
Tomamos a este traidor.


Escena XIV

 

Salen EDUARDO, ELISA, EUSTAQUIO, NICANDRO, SEBASTIÁN, PEDRO, ANA, criados

 
EUSTAQUIO

 (A EDUARDO.) 

Es el último servicio
que os hago, señor, quizás;
si también os he ofendido,
paciencia y disimulad.
Este bribón que aquí veis,
os ha querido robar;
mas yo os devuelvo el dinero
sin que os falte ni un real.

  (Pone el talego sobre la mesa.) 

Os presento al mal amigo,
que os ha querido engañar,
para que reconvengáis
su proceder desleal,
o lo entreguéis a los jueces,
pues quiso también turbar
por ridícula venganza
de un matrimonio la paz.
La carta que habéis leído
todo os lo declara ya.
El agresor os escucha
sin poder la vista alzar
de vergüenza.
EDUARDO

 (A NICANDRO.) 

Lo merece.
¿Así la pura amistad,
hombre infiel, recompensabas?
NICANDRO

 (Altanero.) 

No presumas humillar
mi orgullo con esas frases.
Siempre altanera la faz,
diré que quise vengarme.
Si no lo pude lograr,
cuando ansioso lo esperaba
mi fiero encono, mi afán,
tiempo vendrán, más felices...
EUSTAQUIO
¡Nunca, infame, llegarán,
pues todos somos testigos
de tu fiera iniquidad,
y diremos a los jueces
el porvenir infernal
que deparas a estas gentes
que sólo anhelan la paz.

 (A EDUARDO.) 

Señor, no le perdonéis;
entregadle sin piedad
a la justicia ordinaria,
por que escarmiente al audaz
que anheló vuestro infortunio.
No más generosidad
con bribones de esta especie.
Que quien malas mañas ha,
dice un adagio español...
Ya acertaréis lo demás.
NICANDRO
No me intimida la suerte
que me aguarda; cesen ya
todas las reconvenciones.
Prepárate, Sebastián.
SEBASTIÁN
Demasiada injusticia
quererme a mi complicar
en asuntos tan ajenos
a mi condición de paz.
A nadie declaro guerra...
EUSTAQUIO
Tu innoble complicidad
en la trama de este infame,
te condena. Ven acá,
Perico.
PEDRO
Señor Eustaquio.
EUSTAQUIO
A estos dos hombres llevad
con al respeto debido
en casa del juez de paz,
para que forme el sumario
e iremos a declarar
cuando fuereros llamados.
PEDRO
Muchachos, vamos allá.
SEBASTIÁN
Más despacio; yo, señores...
Es una brutalidad
mi condena.
PEDRO

 (Amenazando.) 

No replique,
o le arrimo, voto a San.
NICANDRO
¡Maldición! ¡Me vengaré!
SEBASTIÁN
Muchas gracias, capataz.
EUSTAQUIO
No hay de qué, caballerito;
con mis servicios contad.
 

(PEDRO y demás criados se llevan a NICANDRO y SEBASTIÁN.)

 


Escena XV

 

EUSTAQUIO, EDUARDO, ELISA

 
EUSTAQUIO
Ahora, señor, Dios le guarde.
EDUARDO
Eustaquio, ¿por qué te vas?
EUSTAQUIO
Porque estoy aquí de más,
y ya, señor, es muy tarde.
EDUARDO
Es vana la pretensión;
no te concedo licencia,
y pido de tu indulgencia
un generoso perdón.
EUSTAQUIO

 (Enajenado de placer.) 

Estoy lleno de rubor...
Sí, sí, perdono el agravio
al escuchar de ese labio
palabras de tanto amor.
EDUARDO
Pero Elisa no perdona.
EUSTAQUIO
¿Que no perdona? ¡Bobada!
EDUARDO
¿Qué, no te revela nada
ese traje de amazona?
EUSTAQUIO
Terminó ya la contienda;
¿No veis que vuestro marido
de todo está arrepentido?
No penséis que ya os ofenda.
¿Vamos?, ¿en qué está pensando?
 

(Se coloca en medio de ELISA y EDUARDO.)

 
Un abrazo, ¿qué repara?

 (Riéndose.) 

Si le conozco en la cara
que lo está usted deseando.
EDUARDO
¡Elisa!
 

(Se abrazan.)

 
ELISA
¡Eduardo mío!
EUSTAQUIO
Llegó el dichoso momento.
Ahora sí que estoy contento.
Que no haya otro descarrío.
Reina la dicha y la paz
que tanto se ha deseado
aunque la ha proporcionado
LA HONRADEZ DE UN CAPATAZ.
 

(Al público.)

 
Acepta, ¡oh pueblo leal!,
esta dramática ofrenda
que abre la gloriosa senda
del teatro nacional.
Paraguayo, el galardón
que más estima y respeta
en este instante el poeta,
es el de tu aprobación.

 
 
FIN DEL DRAMA
 
 





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