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Abajo

Un paraguayo leal

Drama

Ildefonso A. Bermejo






ArribaAbajoActo I

 

El teatro representa los corredores de una quinta. Estos corredores se verán precedidos por un emparrado. En el corredor del frente habrá una puerta grande, que guía a una habitación aislada que conduce al campo; en el corredor de la izquierda, otra puerta, que conduce a las habitaciones de los criados; y en el corredor de la derecha, otra puerta, correspondiente a las habitaciones interiores de la parte de casa destinada a los amos. Los corredores estarán adornados con elegancia. Bancos, sillas y macetas con flores. En uno de los ángulos se verá un naranjo elevado

 

Escena I

 

Al levantarse el telón, aparece EUSTAQUIO sentado, y en un extremo del teatro, pero en primer término, tomando mate. En seguida, EDUARDO y ELISA. PEDRO y ANA en el otro extremo; un paraguayo después tocando el arpa; detrás, varios cantores y dos parejas paraguayas bailando el cielito al compás de la orquesta y de las siguientes coplas:

 
Si quieres ver tu pechito
libre de agudas saetas,
evita que en ti se claven
los ojos de una guaireña.
Cielito, ¡válgame Dios!
Cielito de amores ¡ay!
El corazón me trastornan
las niñas del Paraguay.
Cuando pones en la arena
tu blanco y pulido pie,
nacen flores más pintadas
que tu encarnado chumbé.
Cielito del alma mía,
cielito, ¡válgame Dios!
el corazón me traspasan
las niñas de la Asunción.
 

(Todos aplauden y dan signos de aprobación y de júbilo.)

 
EUSTAQUIO

 (Poniéndose de pie y dando la bombilla de mate a PEDRO.) 

Señores, basta de baile,
cada cual a su faena
hasta que llegue el momento
propicio para otra fiesta.
Los amos os agradecen
la humilde y sencilla oferta
que acabáis de tributarles,
por lo mucho que os aprecian;
Finis, pues, coronam opus,
y a tomar las herramientas.
EDUARDO

 (De pie con ELISA.) 

Eustaquio dice muy bien.
Os aprecio muy de veras
la demostración de afecto
que nos hacéis. En mi ausencia
me acordaré de vosotros,
porque cuidáis de mi hacienda
con esmero distinguido.
ELISA
Hoy os concedo licencia,
si mi esposo lo permite,
para ir a las carreras
del campo de Ybyray.
EDUARDO
Lo consiento.
ELISA
Es hora buena.
Disfrutad del asueto;
pero os hago la advertencia
de no entrar en pulperías
ni hacer ruinosas acuestas,
ora por el alazán
de don Vicente Baeza,
ora por la mala cara
de don Juan Félix siniestra,
por el tordillo de Jaime,
o el bragado de Pimenta.
Todos son buenos caballos,
cuando en la cancha se empeñan;
pero es preciso juicio.
¿Entendéis? Idos afuera.
¡Viva doña Elisa!
TODOS
¡Viva!
ELISA
Carece gente muy buena.
EUSTAQUIO
Superiores, doña Elisa,
y muy guapa en la faena.


Escena II

 

EUSTAQUIO, ELISA, EDUARDO

 
EUSTAQUIO
Conque, ¿os hago relación
del estado de la hacienda?
EDUARDO

 (Mirando el reloj.) 

Son las diez la mañana.
Bien; te escucharé.- Comienza.
ELISA
Yo me voy al otro cuarto,
para ver si están dispuestas
las demás habitaciones
para el huésped que se espera.
EDUARDO
Dices bien.
ELISA
Pues hasta luego.
EDUARDO
Yo pronto daré la vuelta.


Escena III

EDUARDO
¿Cuánto ganado tenemos?
EUSTAQUIO
Hoy, señor, según mi cuenta,
en el último rodeo
conté siete mil cabezas.
Tenemos bastantes vacas,
unas seiscientas terneras
y más de tres mil novillos.
Pero, señor, con la seca
pasamos grandes apuros
y por eso no progresan.
Ahora repunta el maizal
que tenéis en la capuera;
pero si no se agusana,
tendremos buena cosecha.
El mandiocal, excelente;
le planté en tan buena tierra,
que retoña de primor;
desearía que le viera.
Planté dieciséis naranjos
para adornar la alameda
que hicimos junto al arroyo;
y he querido que la huerta
tenga cebollas, locotos,
porotos, zapallo, alverjas,
rábanos, coles, lechugas,
en fin...
Etcétera, etcétera...
EDUARDO
Y dime, ¿tenemos cueros?
EUSTAQUIO
Señor, poco se carnea;
Hoy sustento a mi peonaje
con legumbres, porque es fuerza
mezquiar algo las reses,
que ya sabéis que escasean.
Sin embargo, en el galpón
que está junto a la trampera,
he tendido unos cien cueros
comprados a Blas Correa.
Si hay alguno en la Asunción
que por ellos se interesa,
los puede, pues, ofrecer
del modo que les parezca.
Por lo demás, caminamos
como siempre... en toda regla.
 

(Se levantan.)

 
EDUARDO
Hoy aguardamos un huésped,
y por lo tanto quisiera
que dispusieses las cosas
de forma...
EUSTAQUIO
Nada me arreda.
Ya sabe que soy activo.
EDUARDO
Ni aún me quité las espuelas;
mi caballo está ensillado;
conque adiós, hasta la vuelta.
Voy yo mismo a recibirle,
pues sé que ha de estar muy cerca.
EUSTAQUIO
Vaya con Dios, y descuide,
que aquí estoy de centinela.


Escena IV

 

EUSTAQUIO, (luego) ELISA

 
EUSTAQUIO
¿Quién será este nuevo huésped
que exige tanta etiqueta?
¿Si será algún europeo
de ésos a que el amo obsequia
tan a manudo? Tal vez;
pero aquí el ama se acerca.
ELISA

 (Sale en traje de campaña.) 

¿Y mi esposo?
EUSTAQUIO
Ya se fue.
¿Qué tiene, señora?
ELISA

 (Con abatimiento.) 

Nada...
estoy algo disgustada,
con mi marido.
EUSTAQUIO

 (Con prontitud.) 

       ¿Por qué?
Perdonad mi desacato;
pregunta fue desatenta,
no debo pedirle cuenta...
Soy, señora, un insensato.
mi natural inquietud
condolido me ha inspirado,
el hombre que me ha sacado
de la dura esclavitud.
ELISA
Vuelve, Eustaquio, a tu reposo,
pues te juzga mi bondad
digno de la libertad que
que te concede mi esposo.
EUSTAQUIO
Le serví cuando era niño;
su padre me distinguía;
no digo bien, me quería
con entrañable cariño.
ELISA
De tu sincera lealtad
satisfecha, amigo, estoy,
y por eso a darte voy
una prueba de amistad.
EUSTAQUIO
El alma en pensarlo goza.
¿Con tal llaneza me trata?
Mi corazón se dilata
y de placer se alborota.
No sé como me contengo,
sin besar la blanca mano
de ese pecho tan cristiano...
A servirla me prevengo.
Contad con mi diligencia,
puesto que me conocéis.
Decidme lo que queréis
y mitigad mi impaciencia.
 

(Toman sillas y se sientan.)

 
ELISA
Vamos, pues, a comenzar,
para qué no se dilate.
EUSTAQUIO
¿Queréis que os sirva un mate?
 

(ELISA hace señal de que no quiere.)

 
Pues vamos a conversar.
ELISA
Viene un hombre a esta morada
con la más negra intención;
a buscar la perdición
de aquesta mujer honrada.
EUSTAQUIO
A fin de que el vandalismo
en esta estancia no brote,
echaré mano a un garrote
y le romperé el bautismo.
Decidme cuál es su nombre.
ELISA
Tu arrojo nos perdería,
porque tiene idolatría
tu patrón por ese hombre.
Modera, pues, el ardor,
que te haría desgraciado,
porque cualquier atentado
irritará a tu señor,
que se labra un precipicio.
EUSTAQUIO
¿Y de él no habrá quien le saque?,
¿quién es ese badulaque
que así le saca de quicio?
No me calienta la ropa
al cuerpo... Mas ya adivino.
¿Es aquel santafecino
que siempre hablaba de Europa?
ELISA
El mismo, lo has acertado.
EUSTAQUIO
Aquél que os galanteaba;
aquél que tanto lo echaba
de fino y civilizado;
cuya sabia ilustración
consecuente os perseguía,
y echar sobre vos quería
al más infame borrón.
Remedios ejecutivos
para esos nombres convienen,
pues sé que no se contienen,
si andamos con paliativos.
¡Dejadme!, ¡cuerpo de tal!
Sentado que no os respeta,
yo buscaré la receta
de su cura radical.
No ha de entrar en esta casa.
Para estar más garantido,
le diré a vuestro marido
la verdad de lo que pasa...
ELISA
¡Jamás, Eustaquio, jamás!
Desecha ese mal intento;
con proceder tan violento
una tumba me abrirás.
Es mala su condición,
y su elocuencia atrevida;
y yo quedaré vencida,
y él llevará la razón.
EUSTAQUIO
Entonces no hay esperanzas
en este trance espinoso,
si no digo a vuestro esposo...
ELISA
Sólo un medio se me alcanza,
y te lo quiero indicar.
EUSTAQUIO
De su labio estoy pendiente.
ELISA
Eustaquio, se acerca gente,
ya no podemos hablar.
 

(Miran por la puerta del foro.)

 
EUSTAQUIO
¡Por vida!
ELISA
¡Fiero destino es
hoy el que me rodea!
EUSTAQUIO
El amo, y con él se apea
también el santafecino.
ELISA
El que mi desdicha labra.
Viene a vengarse de mí.
Adiós; me aparto de aquí;
no digas una palabra.
EUSTAQUIO
¿Con qué fin he de callar?
¿Y triunfará ese bergante?
ELISA
¡Silencio!, más adelante
nos podremos explicar.


Escena V

 

EUSTAQUIO, (luego) EDUARDO, NICANDRO, SEBASTIÁN

 
EDUARDO
Por fin llegamos a tiempo

 (A NICANDRO.) 

Siéntate, vendrás cansado.
Y usted también, si le place.
 

(Arriman sillas y se sientan NICANDRO y SEBASTIÁN.)

 
NICANDRO
El camino no es muy largo,
pero este polvo molesta.
EUSTAQUIO
(¡Que no te hubieses ahogado!)
EDUARDO
Dispondré que el equipaje....

 (Reparando en EUSTAQUIO.) 

Pero calle; aquí está Eustaquio,
Oportuna es tu presencia.
Hay afuera tres caballos;
manda, pues, que desensillen
y que al potrero inmediato
los lleven para pastar.
Luego pasarás recado
a tu señora. Le anuncias
que aquí la están esperando,
dos amigos de su esposo.
EUSTAQUIO
Bien está, señor.
NICANDRO

 (Reparando.) 

Eustaquio.
Dios guarde al buen capataz.
EUSTAQUIO
Que viva usted muchos años.
NICANDRO
Recibe mi enhorabuena.
Sé que ya no eres esclavo;
tu conducta merecía
ese inestimable rasgo
de nobleza.
EUSTAQUIO

 (Con sequedad.) 

      Muchas gracias.
(¡Que no te partiera un rayo!)


Escena VI

 

EDUARDO, NICANDRO, SEBASTIÁN.

 
EDUARDO
¿Qué te parece mi quinta?
NICANDRO
Lo encuentro bien ordenado
todo. Está muy confortable,
delicioso... Sin embargo,
no es una Château parisiense.
Ya se ve, tú no has viajado,
no has visitado la Europa,
ni cultivas el contacto
de la gente comm'il faut;
siempre vives encerrado
en este desierto informe.
EDUARDO
Le tengo afición al campo.
Yo encuentro en él mi delicia;
tengo algunos intervalos
de aburrimiento, y entonces
se despiertan en mi ánimo
deseos de visitar
los países ponderados
que nos separan las aguas
del espumante Océano.
Pero gozo en la quietud
que respiran estos campos.
Las agrícolas faenas
proporcionan bellos ratos
de distracción saludable.
NICANDRO
No pensabas otro tanto
durante tu soltería.
Te desconozco, Eduardo;
te ha convertido el consorcio
en un filósofo rancio.
¡Oh poder del himeneo,
que a veces hace milagros!
No he de casarme, lo juro,
no he de buscar ese lazo,
que nos liga hasta el extremo
de convertir en esclavos
los hombres más deseosos
de libertad. ¡Fuera, diablo!
SEBASTIÁN
No arrebates ilusiones,
modera tus arrebatos,
que al señor no han de gustarle
tus reflexiones.
NICANDRO
Me callo.
EDUARDO
Puedes hablar lo que gustes;
yo por eso no me enfado,
ni la ilusión me arrebatas...
NICANDRO
Disimula el desacato.
No cuentes a tu señora
la descripción que te hago
del vínculo indisoluble
que por mi parte rechazo.
No quiero que me aborrezca
y me expulse de tu lado.
EDUARDO
Descuida, no soy tan necio...
Pero ya hace mucho rato
que salió de aquí el sirviente
para avisarla, y extraño
que aún no se presente.
Disimulen si me aparto;
voy a buscarla yo mismo.


Escena VII

 

NICANDRO y SEBASTIÁN

 
SEBASTIÁN

 (Se pone de pie.) 

¿Es este aquel de que hablamos?
NICANDRO
El mismo. Todo lo sabes.
Esa mujer me ha burlado,
y yo me quiero vengar.
Esta noche convidamos
al marido a la reunión
do anoche nos alojaron.
Volveremos a jugar,
que él es muy aficionado.
SEBASTIÁN
Mis barajas andan solas.
NICANDRO
Esta noche lo arruinamos.
Es mi primer plan de ataque;
de lo demás yo me encargo.
Empobrezco el matrimonio,
y los celos infundados
que infundiré en el marido
harán nacer de contacto
repetidas disensiones,
hasta lograr paso a paso
la ansiada disolución
que mi cabeza ha fraguado.
Yo he de vengar el desprecio
de esa mujer.
SEBASTIÁN
Habla bajo,
que se acerca con su esposa...
NICANDRO
Di que vienes fatigado
y que quieres descansar,
y te marchas a tu cuarto.


Escena VIII

 

NICANDRO, SEBASTIÁN, EDUARDO, ELISA, EUSTAQUIO

 
NICANDRO

 (Adelantándose con afectada amabilidad.) 

Esto ya en sublime raya.
Os afirmo por quien soy
que me fascina el tipoy
de la hermosa paraguaya.
ELISA
Su lisonja no me engaña
El traje si no es de moda,
es el que más me acomoda,
cuando vivo en la campaña.
Y puedo en su consecuencia
adoptar, como advertís,
los usos de mi país
sin faltar a la decencia.
EUSTAQUIO
(Chúpate ese dulce amigo).
NICANDRO
Os presento a un camarada.
ELISA
Yo celebro su llegada.
SEBASTIÁN
Dichoso yo si consigo
obtener el alto honor
de merecer su amistad.
ELISA
En ella, pues, confiad,
si os acompaña el señor.
EUSTAQUIO
Se aciertan sus procederes,
puesto que dice el refrán:
«Dime con quién andas, Juan,
que yo te diré quién eres».
NICANDRO
Se ven cosas singulares,
y añadiré sorprendentes.
¿Son siempre aquí los sirvientes
así tan familiares?
EDUARDO

 (Con enfado.) 

¡Eustaquio!
EUSTAQUIO
Señor, perdón.
Me ausento; mas antes quiero
decir que ese caballero
tiene ya su habitación.
SEBASTIÁN
Señores, cansado estoy,
necesito reposar,
y me ausento a mi lugar.
EDUARDO

 (A EUSTAQUIO.) 

Conduce al señor.
EUSTAQUIO
Ya voy.


Escena IX

 

EDUARDO, ELISA, NICANDRO.

 
NICANDRO
Son ya muchas concesiones,
dispensa que te lo diga,
las que das a ese criado.
ELISA
Discúlpele la osadía;
el poco trato de gentes,
la confianza excesiva
que hacemos de su honradez,
parece que le autoriza
a ese afán de entrometerse
a donde no debería.
NICANDRO
Es un sirviente señora,
y el orgullo se lastima...
ELISA
La indulgencia, caballero,
siempre es propia de almas dignas,
y el hombre bien educado
jamás en su pecho abriga
el orgullo contra el débil.
Disimulad que os corrija
esta humilde paraguaya,
en este rincón metida.
Sed indulgente conmigo,
si faltando a la política
os soy demasiado franca.
NICANDRO

 (Sardónicamente.) 

Al contrario. Me cautiva
esa dulce reprensión
de una preceptora amiga.
(Yo me vengaré de ti).
EDUARDO
Eres rigurosa, Elisa.
NICANDRO
Todo lo contrario, Eduardo.
Yo la encuentro persuasiva.
Su reconvención me encanta,
su labio elocuente admira,
y en mí encontrará un discípulo
obediente en cuanto diga.


Escena X

 

EDUARDO, ELISA, NICANDRO, PEDRO

 
PEDRO
Señor.
EDUARDO
¿Qué quieres?
PEDRO
Un hombre
que va para Villa-Rica,
ha parado en esta puerta,
y pienso que solicita
que aquí le demos posada.
EDUARDO
Su caballo desensilla,
y busca corriendo a Eustaquio
para que bien le reciba,
y que le prepare hamaca
y una abundante comida.
¿Le conocemos nosotros?
PEDRO
Nunca estuvo en esta quinta.
EDUARDO
Sin embargo, voy a ver
si es persona conocida,
para darle un hospedaje
digno a su categoría.
Con mi señora te dejo
si el cansancio no te obliga
a buscar como tu amigo
recogimiento.
NICANDRO
Descuida.
No faltes a tus deberes,
y déjame en compañía
de tu graciosa señora;
su sociedad me cautiva.
ELISA
Muchas gracias, caballero.
¡Qué lisonjero está el día!
 

(Mutuos saludos, y vase EDUARDO con PEDRO.)

 


Escena XI

 

NICANDRO, ELISA

 
 

Miradas maliciosas y significativas de NICANDRO. Temor y abatimiento de ELISA. Se sientan

 
NICANDRO
¿Recibisteis la misiva
que os mandé de la Asunción;
aquella carta expresiva,
elocuente, decisiva
que revela mi intención?
ELISA
La he recibido, señor,
y os digo con sentimiento
que no permite mi honor
acceder a vuestro intento,
sin llenarme de rubor.
NICANDRO
¿Y por qué me contrarresta,
cuando sabe que la adoro?
ELISA
No merece otra respuesta
el que lastima el decoro
de una mujer fiel y honesta.
NICANDRO
¿Me queréis precipitar
con ese combate necio?
ELISA
¿Me venís a deshonrar?
NICANDRO
Vengo, señora, a vengar
vuestro insultante desprecio.
He meditado muy bien
el plan que mi astucia ensaya;
¡No perdono!, ¡voto a quien!
el ultrajante desdén
de una simple paraguaya.
ELISA

 (Con energía.) 

Rechazo vuestra objeción
tan desnuda de atenciones;
yo no os debo explicación,
cuando exponéis por razones
ofender mi condición.
NICANDRO
Os pido que dispenséis.
Satisfaced mis agravios;
si combatirlos podéis,
empezad; ya me tenéis
pendiente de vuestros labios.
ELISA
Sabiendo vuestra venida,
y de vuestro injusto intento
por desgracia persuadida,
reservé este documento
para vivir prevenida.

 (Saca un papel.) 

A que me escuche le invite,
y os recomiendo el valor.
NICANDRO
¿Para qué le necesito?
ELISA
Para ver en este escrito
vuestro juez acusador.
Cabiendo el formal empeño
que entre los dos existía,
disipar quiso el ensueño,
que en su ilusorio beleño
mi corazón concebía.
En un principio luchaba;
pero tuve el heroísmo
que en el trance me faltaba,
para evitar el abismo
que el infierno preparaba.
Ahora escuchad decidido
la aterradora pintura,
que un padre de vos herido
hace aquí en esta escritura,
que oportuna he recibido.

 (Lee.) 

«Bolivia, diez de septiembre:
»Muy apreciable señor».

 (Habla.) 

Va dirigida a mi padre.

 (Lee.) 

«Llamar quiero su atención,
»sobre don Nicandro Acosta,
»que de Bolivia partió
»dejando execrables huellas
»de inicua reputación.
 

(NICANDRO se pone de pie dando señales de sorpresa.)

 
»después de haber arruinado
»su proterva condición
»la casa buena y honrada
»de un comerciante español
»con el rapto de su hija
»su obra infame terminó.
»Abandonola después
»de arrebatarle su honor,
»y entregose luego al juego,
»su exclusiva profesión.
»Hemos llegado a entender
»que pretende sin rubor
»enlazarse en matrimonio
»en esa virgen nación
»con una joven sencilla,
»de nobleza y pundonor.
»El padre de la burlada
»os hace esta prevención,
»para que jamás consienta
»un enlace tan atroz».

 (Habla.) 

Vos estabais en Europa,
cuando mi padre leyó
esta misteriosa carta
de oportuna prevención;
y aun cuando palabra os diera
de aguardaros, destruyó
mis mentidas ilusiones
el oprobio y el baldón
que sin duda me esperaban
al enlazarme con vos.
Solitome Eduardo
en tan extraña ocasión,
y conociendo sus prendas,
mi padre no vaciló
en conceder su permiso
para nuestra honesta unión.
Os presentáis agraviado;
la culpa no tengo yo
de que tan negros informes
lanzaran del corazón
al hombre que no merece
la mano que me pidió.
Si queréis tomar venganza,
acaso será peor,
porque pondría en relieve
vuestra infame condición.
NICANDRO
¿Y tan negras imposturas
vuestra familia creyó?
ELISA
No miente, señor Nicandro,
un padre...
NICANDRO

 (Reprimiendo la rabia.) 

Pues vive Dios...
ELISA
Se reconoce al momento
del ofendido la voz,
y de la inicua deshonra
el incesante clamor.
NICANDRO
¿Y me daréis esa carta?
ELISA
¿Para qué la queréis vos?
NICANDRO
Para que jamás exista
de ignominia ese padrón,
que afecta mi porvenir
y mancha mi pundonor.
ELISA
Si me entregáis otra carta
que mi mano os escribió,
a la cual se puede dar
viciosa interpretación,
os daré en cambio este escrito.
NICANDRO
Yo os hiciera ese favor,
Si en mi poder existiera;
mas ella desapareció
en el último naufragio,
al venir a esta región.
ELISA
¿Me estáis diciendo verdad?
NICANDRO
Cierto; palabra de honor.
ELISA
¿No me engañáis?
NICANDRO
No, señora.
ELISA
Ved si generosa soy.

 (Le da la carta.) 

NICANDRO

 (Haciéndola pedazos, con sonrisa satisfactoria.) 

¡Ya estáis bajo mi poder!
ELISA
¿Me engañasteis?
NICANDRO

 (Satisfecho.) 

Sí.
ELISA
¡Traidor!
NICANDRO
Guardada esta en mi cartera.
ELISA
¿No me la daréis?
NICANDRO

 (Riendo.) 

¿Quién, yo?
No soy tan necio, señora;
he nacido antes que vos.
ELISA
¿Por qué os juzgue caballero?
Necia de mí.

 (Llorando.) 

NICANDRO
La intención
con que vine de vengarme,
no se ha destruido, no;
en mi cartera está el arma
que os dará muerte feroz.
Yo arrebataré el placer
de esta venturosa unión,
para que apuréis la copa
de la pena y el dolor.
ELISA
¿Cuál es mi crimen?
NICANDRO
La burla.
El escarnio con que vos
habéis tratado mi ausencia.
ELISA
Esto me prueba, señor,
que jamás me habéis amado;
que es verdad cuanto escribió
ese lastimado padre
que llora su deshonor.
La venganza os estimula,
el desprecio con que yo
aprecié vuestros amores.
Alguien se acerca.
 

(Saliendo.)

 
EUSTAQUIO
Yo soy.


Escena XII

 

ELISA, NICANDRO, EUSTAQUIO

 
 

Un momento de silencio. EUSTAQUIO se pone en medio y mira al uno y al otro con ademán indagatorio

 
EUSTAQUIO
Doña Elisa, ¿qué ha pasado?
Decídmelo, ¡vive Dios!
¿Por qué enmudecen los dos?
Usted, señora, ha llorado.
ELISA

 (Disimulando.) 

Eustaquio, no ha sido nada.
EUSTAQUIO
No, señora, me engañáis.
En vano disimuláis,
pues os miro atribulada.
Y os juro que no consiento,
pues todo lo he comprendido,
que os injurie un atrevido
sin que lleve un escarmiento.
NICANDRO
¿Y he de tolerar que, osado,
Eustaquio no se contenga,
y que aquí me reconvenga
la avilantez de un criado?
EUSTAQUIO
Este criado, señor,
adivina cuanto pasa,
y por eso se propaga
contra un indigno ofensor.
NICANDRO

 (Amenazando con el látigo.) 

Castigaré tu altiveza,
si pronto no se reprime.
EUSTAQUIO

 (Tomando una silla.) 

Paso atrás; no se aproxime,
o la estrello en su cabeza.
NICANDRO
Señora, ¿y usted consiente contra mí
contra mí tamaña afrenta?
ELISA

 (Conteniendo a EUSTAQUIO.) 

Su justo furor la alienta.
Por Dios, Eustaquio, detente.
EUSTAQUIO
¿Detenerme? No haré tal.
ELISA
Por Dios: peligra mi vida.
EUSTAQUIO
La virtud miro ofendida
por un hombre desleal.
¿Qué nos puede suceder?
ELISA
¡Mucho!
EUSTAQUIO
Luego usted no quiere
que su marido se entere?
No os acierto a comprender.
NICANDRO
Sal de aquí pronto.
EUSTAQUIO
No quiero,
a esta joven no abandono.
NICANDRO
Vete, o despierta mi encono.
EUSTAQUIO
Usté a de salir primero.
 

(ELISA hace movimiento de sujetar a EUSTAQUIO.)

 
No os asuste su fiereza;
salga usted se lo repito;
la sangre, que ya me irrito,
se me sube a la cabeza.
Mire que su terquedad
le puede caro salir,
y me puede conducir
a una atroz brutalidad.

 (Alterándose por grados.) 

Que me conozco, señor;
mire que en nada reparo;
váyase, que me disparo.

 (Risa de burla de NICANDRO.) 

¿Te mofas?
ELISA

 (Asustada.) 

¡Cielos!
EDUARDO

 (Sale y se interpone.) 

¡Traidor!
 

(Momento de silencio.)

 


Escena XIII

 

ELISA, EUSTAQUIO, NICANDRO, EDUARDO

 
EDUARDO
¿Qué es lo que ha pasado aquí?
¿Cómo a tanto se propasa
Eustaquio? ¿Qué ha sucedido?
NICANDRO
Lo diré en cuatro palabras.
Aunque ignoro las razones,
valido de su arrogancia,
Eustaquio me ha profesad
o una aversión declarada.
Hablando aquí con Elisa
en este instante me hallaba,
cuando vino tu criado
a meter su cucharada.
Le reprendí su osadía,
y soberbio me amenaza
de la manera que has visto.
Esto, amigo, no me agrada,
y por lo tanto me alejo
sin detención de esta casa,
hasta que tengas criados
más corteses.
EDUARDO
No te vayas.
EUSTAQUIO
(¿Y no he de poder hablar?)
ELISA

 (Bajo.) 

Me pierdes si no te callas.
EUSTAQUIO
¡Señor!...
EDUARDO

 (Con enfado.) 

¡Silencio!
EUSTAQUIO

 (Reprimiéndose.) 

¡Paciencia!
EDUARDO

 (A NICANDRO.) 

Disimula cuanto pasa
Yo pondré remedio a todo.
En tu aposento te aguarda
don Sebastián. Yo te juro
cortar a Eustaquio las alas,
que contra tu dignidad
hoy orgulloso levanta.
NICANDRO
Disimúlame. No puedo.
EDUARDO
Te exijo la tolerancia.
NICANDRO
Quiero darte gusto. Adiós.
(¡Ya comienza mi venganza!)


Escena XIV

 

EDUARDO, EUSTAQUIO, ELISA

 
EDUARDO
Para el paso que ahora doy,
tengo sobradas razones.
EUSTAQUIO
Más...
EDUARDO
No admito explicaciones.
Harto persuadido estoy
de tu conducta imprudente,
y quien así se propasa
debe salir de mi casa.
ELISA
Pero al menos ten presente...
EDUARDO

 (Con enfado.) 

No admito reconvenciones.
ELISA
¿Cómo?
EDUARDO

 (Con intención.) 

En vano se dirigen,
porque comprendo el origen
de estas grandes desazones.
EUSTAQUIO
¿Me apartáis de vuestro lado?
EDUARDO
Lo tienes muy merecido.
EUSTAQUIO
Quien con lealtad le ha servido
no debe ser expulsado
de modo tan vergonzoso.
Si delinquí inadvertido,
acaso tan sólo ha sido
por guardar vuestro reposo.
EDUARDO
Vana es toda observación;
cumple pronto lo mandado,
para dar al agraviado
cumplida satisfacción.
EUSTAQUIO
Bien está, señor, me alejo;
ya no insisto en mi defensa.
¿Es ésta la recompensa
que dais a este pobre viejo?
Pero recordad que un día
de agitación e inquietud,
en su tierna juventud
sólo yo fui vuestro guía.
Que alivié la situación
de vuestro padre, que, anciano,
sufrió el castigo inhumano
de diez años de prisión.
Que resuelto y sin rebozo,
sus riquezas escondía,
y le llevé cada día
de comer al calabozo.
Que es preciso que comprenda
que con afanes prolijos,
para entregarla a sus hijos
cuidé siempre de su hacienda.
No le refiero esta historia,
señor, porque me detenga,
sino porque la retenga,
cual conviene en la memoria.
Respeto su decisión,
la soporto y no me quejo;
para albergar a este viejo
no ha de faltar un galpón.
Y si el destino fatal
con la postración me enoja,
demandaré en mi congoja
la cama de un hospital.
EDUARDO
Yo a don Nicandro encontré
vejado en su condición.
Explícame la razón.
EUSTAQUIO
¿La razón?...

 (Mirando a ELISA, responde con decisión.) 

Yo me la sé.
EDUARDO
Si prometes con mi amigo
disculpar tu desacierto.
EUSTAQUIO

 (Con prontitud.) 

¿Disculpar? Primero muerto.
Siempre he de ser su enemigo.
EDUARDO
Tu condición me sorprende.
EUSTAQUIO
No lo puedo remediar.
Me cuesta a buenas tratar
con el hombre que os ofende.
EDUARDO
¿Y en qué me ofende? ¡Delirio!
EUSTAQUIO

 (Reprimiéndose con violencia) 

Ese bergante os encanta...
 

(ELISA le hace señas para que no hable.)

 
La lengua se me atraganta;
no puedo hablar ¡Qué martirio!
EDUARDO
Detén el labio, insensato.
Con injusticia le ofendes.
Sal de mi casa ¿Lo entiendes?
 

(ELISA quiere interponerse.)

 
Que se cumpla mi mandato.
EUSTAQUIO

 (Conmovido.) 

Si ese sólo es vuestro anhelo,
no replico; descuidad.
Dios os dé felicidad.
¡Señora, guárdeos el cielo!
 

(ELISA enjuga sus lágrimas y le acompaña hasta la puerta.)

 


Escena XV

 

ELISA, EDUARDO

 
EDUARDO
De lo que acaba de hacer
contra mí este miserable,
sólo vos sois la culpable;
lo he llegado a comprender.
Usted me ridiculiza,
francamente se lo digo
teniendo contra mi amigo
tan consecuente ojeriza
Ayer os amonesté,
para evitar un fracaso,
y no me habéis hecho caso,
aunque explícito os hablé.
Me va cansando el consorcio
donde el enojo me asedia.
ELISA
¿Y eso como se remedia?
EDUARDO
Señora, con el divorcio.
ELISA
¿Tal tu boca pronunció?
¿Y a cabo lo llevarás?
EDUARDO
Elisa, no digo más,
en mi casa mando yo.
 

(Vase.)

 


Escena XVI

 

ELISA, luego NICANDRO

 
ELISA
Espera... ¡pobre de mí!
Guerra me declara el cielo.
¿Quién podrá darme consuelo?
NICANDRO

 (Saliendo.) 

Señora, yo estoy aquí.
 

(ELISA da un grito de terror.)

 
Dan las doce.
¿Para qué tanta sorpresa?
Para comer si os agrada,
ésta es la hora señalada.
Adiós; espero en la mesa.
 

(Se ausenta riendo; ELISA cae abatida en la silla.)

 


 
 
FINAL DEL ACTO I
 
 


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