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Inocencio Ayala había aprendido en la escuela de don Severo Acosta que, hasta las últimas décadas de la época colonial, sólo había en el Paraguay pueblos de indios y de negros y mulatos libres. Los paraguayos propiamente dichos eran, en su mayoría, agricultores que vivían como sembrados en los campos. En los distintos «valles» o parajes había siempre una capilla en la que se congregaban para rezar, celebrar juntas, partir para la guerra o para guarnecer los fortines, llamados presidios, de las fronteras. Con el tiempo se formaron en torno de algunas capillas poblaciones estables. De allí que «capilla» y «capillero» equivalgan a «pueblo y «pueblero» en el habla popular.
En Capilla Duarte había un fortín que cerraba el paso hacia la Cordillera a los formidables indios mbayá, que bajaban desde el norte alentados por los portugueses, y a los guaicurú del Chaco hasta que el Dictador Perpetuo logró expulsar a los primeros más allá del río Apa, a ochenta leguas de allí, e hizo la paz con los segundos. Desde entonces los duarteños vivieron sin sobresaltos como el resto de sus compatriotas.
A Inocencio le pareció Capilla Duarte poca cosa comparada con Barrero Grande y Tobatí. Sólo tenía unos cuantos caserones con recovas y tejas. La iglesia estaba en lo alto de una loma desde la que se divisaba el río Manduvirá, cubierto de camalotes e irupé, que se perdía hacia el poniente en esteros y marjales. Era pequeña, de adobe, rodeada de corredores sostenidos por horcones en bruto. Enfrente había una gran cruz de madera, y, colgando de un travesaño apoyado en dos postes con horqueta, una campana de bronce que al repicar se hacía oír desde muy lejos.
La comandancia de urbanos estaba sobre la misma loma, en un fortín de piedra con almenas y un cañón asomando por una de sus troneras. A diferencia del de Barrero Grande, el jefe de urbanos tenía a su disposición una docena de soldados del ejército regular, bien montados y armados de sables y tercerolas, indios en su totalidad, al mando del ceñudo sargento Ceferino Mbyasá, el mismo a quien conoció Inocencio la noche de su llegada.
En la ahora apacible Capilla Duarte no parecía haber nada que justificase tal despliegue de fuerzas. Sin embargo, separado de ella pero dentro de su perímetro ideal, estaba el rancherío conocido como Minero-cuá («guarida de los mineros»), donde se guarecían las peonadas en espera de conchabo y desde donde partían las caravanas hacia las «minas» o yerbales de los grandes bosques del este.
Salvo la «Posada de la Viuda» y unos cuantos ranchos de aspecto espacioso y confortable, las más de las viviendas eran precarias chozas tan miserables —35→ como Inocencio no había visto ninguna en su valle. Bajo las enramadas de las pulperías los raído-poty, de casó-mbocá, camisá-pará, faja negra de lana de la que asomaba el mango de un cuchillo, pañuelo de seda y sombrero de fieltro adornado con toquillas multicolores, jugaban a las barajas, a la taba, apostaban a los gallos, cantaban, guitarreaban, chusqueaban con mujeres de bronce o palosanto, typoi acampanado y peinetones de oro. Había mestizos, indios, negros, zambos y mulatos. En algún momento tendrían que partir hacia lejanos montes infestados de alimañas y de indios salvajes, donde les esperaba un trabajo bestial, en condiciones infrahumanas, y despilfarraban alegremente el anticipo que habían recibido de los patrones yerbateros habilitados por el gobierno.
Ésta había sido la práctica corriente en la época colonial. Bajo la Dictadura Perpetua fue abolida al permitirse solamente beneficiar la yerba a los productores directos, que podían venderla en el país, o, sin intermediarios, a los mercaderes brasileños que arribaban al pueblo de Itapúa. La alcabala era tan insignificante que acabó por suprimirse. No justificaba los trabajos y gastos de recaudación de tantas y tan pequeñas partidas de yerba. Las licencias para beneficiarla en los bosques del Estado eran otorgadas por autoridades subalternas, que se limitaban a certificar que sería realizada por los propios trabajadores, en su exclusivo provecho, y no por cuenta de terceros. De este modo el usufructo de los yerbales pasó a ser un derecho de todo el pueblo, y un golpe bajo a los antiguos patrones yerbateros.
Muerto el Dr. Francia, el gobierno decretó el monopolio. Se reservó en exclusividad el privilegio de otorgar permiso para faenar en los yerbales. Estableció altos impuestos que privaron a los pobres de la posibilidad de labrar su propia yerba.
Al reanudarse el comercio exterior en gran escala, la demanda aumentó de tal manera que la búsqueda de nuevas «minas» provocó choques armados con los guaraníes monteses, que luego degeneró en una horrible matanza de indios ordenada por los Cónsules «con exclusión de criaturas y mozas». Se amonestó a los campesinos paraguayos por su desgana en participar en aquella cacería de seres humanos, siendo que ésta era «su propia causa».
Se volvió al sistema anterior de contratar jornaleros, endeudarlos y obligarles, así sea con el auxilio de la fuerza pública, a pagar con su trabajo. La lucrativa intermediación entre la peonada y los almacenes del Estado cayó de nuevo en manos de una minoría de pudientes de prosapia explotadora.
No se usaban esclavos. El trabajo en los yerbales sólo podían aguantarlo hombres libres empeñados en conservar su libertad.
En Minero-cuá y sus alrededores se construían carretas, se criaban mulas, se adiestraban bueyes, se preparaban cueros para hacer sobornales, y todo lo —36→ necesario para el beneficio de la yerba. La población fluctuaba según las épocas del año. Gente de paso las más, sin arraigo en el lugar ni en parte alguna. En bailes y pulperías a menudo saltaban de la vaina los cuchillos para jugarse por el suelo y cortar en una danza frenética. El sargento Seferino Mbyasá salía frecuentemente en comisión a perseguir homicidas. Los cepos de la Comandancia no andaban sin inquilinos. El látigo se descargaba en espaldas desnudas. Abundaban los intrusos, vagos, mal entretenidos, amancebados públicos, así como vecinos enteramente pobres dados a todo género de vicios. Si don Ovidio Ferreira, juez de paz de Barrero Grande lo hubiera sido de Capilla Duarte, no hubiese podido enviar informes edificantes al Presidente López. Y tampoco don Carlos hubiera podido hacer mucho al respecto. Del monopolio y la exportación de yerba mate provenía la mayor parte de las rentas del Estado, que la compraba por uno y la vendía por cinco. La yerba financiaba la defensa nacional, las obras de progreso, la instrucción pública, y, sobre todo, libraba de cargas a los inocentes paraguayos que, como don Melitón Ayala, vivían tranquila y dignamente de lo suyo. Eran razones más que suficientes para hacer la vista gorda a algunos desahogos del raidaje proletario, que no servía para otra cosa, y al cual, después de todo, le gustaba ese género de vida.
Además de los señorones que conseguían licencias y financiaban el beneficio, había una capa media de patrones yerbateros que dirigía directamente el laboreo de la peonada en los bosques. Hombres de pelo en pecho, mujeriegos, bebedores sin segundo que raras veces se embriagaban, podían perder en el juego, en una noche, la ganancia de un año. Ésta solía ser considerable, pero a ellos nunca les quedaba un real en el bolsillo y debían plata a todo el mundo. Al igual que sus peones, partían para el infierno de los yerbales retozando de júbilo, como escapando de algo que los oprimía el corazón. Si por algún motivo no podían ir, les alunaba la nostalgia. Se tomaban pendencieros, irascibles, andaban de un lado a otro como buscándose a sí mismos.
Uno de los primeros patrones yerbateros que se afincó en Minero-cuá fue don Teodoro Montiel. Con las ganancias del primer año de beneficiar la yerba construyó una hermosa casa, digna de su joven y delicada esposa, doña Carmen de la Peña de Montiel, y la trajo a vivir en ella.
La familia de doña Carmen era de rancio abolengo, y había sido muy rica hasta que fue despojada y humillada por el Dictador. Él era hijo natural de un estanciero mediano, partidario del Dr. Francia. Teodoro se estaba enriqueciendo rápidamente con el beneficio de la yerba porque era un mozo equilibrado y trabajador, muy querido por sus peones. Y además porque adoraba a su esposa y había jurado devolverle la opulencia a que era acreedora por su nacimiento.
La casa parroquial estaba ubicada detrás de la iglesia de Capilla Duarte. Era un rancho confortable, sombreado por una hermosa arboleda. La había reconstruido —37→ el presbítero Fidel Maíz a poco de llegar, con la ayuda de sus feligreses. Entre tanto se alojó en casa de su amigo y ex condiscípulo Teodoro Montiel, en Minero-cuá. Estuvo poco tiempo, sólo algunas semanas. Ya estaba instalado en su domicilio permanente cuando Teodoro partió hacia los yerbales.
No había pasado un mes cuando volvió un peón con la mala noticia: toda la noche lloró un urutaú llanto que pasma la sangre y mata al corazón; tres veces se oyó el fatídico chistido del diabólico suindá; don Teodoro Montiel no amaneció en su hamaca. Ni baqueanos ni descubierteros habían hallado el rastro. Si le hubiera matado un tigre o picado una víbora hubieran encontrado el cadáver. Restaba la posibilidad de que lo secuestraran los cayguá, pero don Teodoro se había ganado la voluntad de los indios, que colaboraron en la búsqueda. Desconcertados por el misterio, los mineros no se animaban a andar solos por las picadas por miedo a Caa-yaryi, la hembra insaciable que acecha al hombre en la espesura. Suspendieron el trabajo y querían regresar. El capataz pedía instrucciones a la patrona doña Carmen.
Ella le hizo decir que por motivo alguno se movieran de su sitio. Teodoro, tal vez desatinado por uno de esos repentinos ataques de locura que suelen aquejar a los individuos en el monte, atinara de repente sin recordar adónde se había ido. Si cumplían el compromiso, se los daría doble paga; si se marchaban, se les exigiría la devolución de lo que cada uno de ellos había recibido como anticipo.
La señora no se dejó abatir por la desgracia ni se entretuvo en lloriqueos. No llevó luto, porque no era seguro que su marido hubiera muerto. No obstante, puso frente a su casa un cartel que decía: «POSADA DE LA VIUDA».
Ganaba mucho dinero. Hacía préstamos a interés, invertía en el beneficio de la yerba, financiaba a los patrones que habían quedado sin capital e iba con ellos a medias en las ganancias. Se proponía reunir lo suficiente para radicarse en Buenos Aires, no como parienta pobre de unos tíos que allá estaban, sino como una dama de su alcurnia y condición. Quienes conocían su fuerza de carácter estaban seguros de que lo conseguiría.
Pasado un tiempo ya nadie se acordó del desdichado Teodoro Montiel, figura desvaída frente a la dominante personalidad de doña Carmen. Una mujer hermosa y sola, que alojaba en su casa a yerbateros, daba lugar a habladurías. Tenía muchos pretendientes. Le llevaban serenatas. Se componían para ella tiernas endechas de amor. En la «Posada de la Viuda» se hacían bailes para despedir a los que partían a los yerbales, para recibir a los que regresaban; o con cualquier otro pretexto. Los parroquianos podían traer a sus preferidas, con la sola y curiosa condición de comprarles zapatos, así ellas fueran negras o mulatas del cercano pueblo de Emboscada. Doña Carmen solamente intimaba con su confesor, el padre Fidel Maíz, lo cual, desde luego, en nada contribuía —38→ a su buena fama. A ella le importaba un comino. Como diría don Cirilo, en Minero-cuá se habían liberalizado la costumbres.
La iglesia de Capilla Duarte tenía una sola nave, y al fondo una pequeña sacristía en la que el párroco guardaba bajo llave los ornamentos del culto para evitar que en su ausencia el sacristán se disfrazase con ellos para hacer exorcismos o librar de encantamientos a los enamorados haciéndoles vomitar y expeler por las narices gusanos y lagartijas. Inocencio la encontró restaurada y embellecida. Según le contaron, al arribo del padre Maíz era un lugar siniestro. En ella se enterraban los muertos en violación de la ley. Por la noche rondaba el diablo con su séquito de condenados. Se oían lamentaciones de ánimas del purgatorio.
Las paredes de adobe estaban tiñosas, con huecos que mostraban el esqueleto de tacuaras; el techo de tejas rotas se llovía por todas partes; las imágenes y el altar, comidos por comejenes y roídos por las ratas. En tal estado se encontraban muchas iglesias a la muerte del Dictador Perpetuo, que había suprimido el diezmo y las órdenes religiosas, cerrado los conventos y confiscado los bienes de la iglesia, que era bastante rica en la época colonial. El gobierno se hizo cargo del sostenimiento del culto; pero, en la práctica, dejó librados a los curas a la caridad de los fieles, que por lo visto no era tanta.
La devoción de don Carlos Antonio López, sumada a su formidable energía, puso las cosas en su lugar. No devolvió los bienes a la iglesia, pero restableció el diezmo y se encargó de administrarlo. Quedaban pocos sacerdotes y ninguna monja en el Paraguay. En cuanto a los primeros, indujo expeditivamente a la vocación sacerdotal a un buen número de jóvenes brillantes. En lo segundo, dejó las cosas como estaban. El presbítero Fidel Maíz pertenecía a aquella primera camada. Confinado a la parroquia de Capilla Duarte, olvidada hasta entonces, ejecutó resueltamente la política del Estado.
La casa parroquial experimentó idéntico remozamiento. Tenía cuatro habitaciones: el dormitorio del párroco, su pequeño estudio, el comedor y el cuarto de los cachivaches, que miraba al patio del fondo. En este último fue instalado el paje Inocencio Ayala.
Allí se guardaban arreos y monturas, herramientas, muebles rotos, santos mutilados, pinceles y pinturas que sobraron al santero de Tobatí que restauró el altar y las imágenes del templo. Había también un cofre grande, que pesaba —39→ mucho y tenía candado. Una mesa, una silla, un carameguá para guardar la ropa hacían el mobiliario en uso. Para dormir había una hamaca.
En el patio del fondo había otro rancho que hacía de cocina y vivienda de Ramona, una esclava cedida en préstamo a la parroquia. Era una negra muy habladora. Por ella se enteró Inocencio de la triste historia de don Teodoro Montiel y de los entretelones de la no atribulada existencia de su viuda. Ramona lo sabía de buena fuente. Solía visitarla su amiga Vitó, esclava que servía en la «Posada de la Viuda».
Ramona se encariñó con Inocencio y lo cuidaba como a un hijo. No así el sacristán, que detestaba al paje como seguramente odiaba a todo el mundo. Con motivo o sin él le atizaba un garrotazo a traición cuando no había testigos y lo tenía a su alcance.
Se llamaba Filomeno Alcaraz. Había quedado al cuidado de la iglesia a la muerte del párroco anterior, quien, según Ramona, se maliciaba era su padre. Hasta el arribo del padre Maíz combinó sus funciones de sacristán con las de rezador, brujo y sepulturero. Flaco, alto, encorvado, ágil, caminador, saltarín como una langosta, tenía la cara roja, abotagada, picada de viruelas, cubierta de pelusa y una costra de mugre; ojos saltones, dilatados y malignos. A su pelambre hirsuta sólo le faltaban los cuernos. Dormía echado como un perro al pie del altar, único sitio a cubierto de los espectros que le atormentaban.
Era un misterio por qué el padre Maíz conservaba en su puesto a este espantoso individuo.
Inocencio cuidaba los caballos. Aprendió a ayudar misa y se hizo monaguillo. Acompañaba al cura haciendo sonar la campanilla cuando éste llevaba el Santísimo para una extremaunción. Solían cabalgar leguas tierra adentro. En ocasiones llegaban a Emboscada, que era pueblo de negros. Como algunos de estos hablaban con un acento extraño, el padre Maíz le explicó que habían sido esclavos escapados del Brasil. El Dr. Francia les daba asilo, los recibía, hablaba con ellos, los enviaba a algún pueblo de gente de color y les asignaba tierras para cultivar. El presidente López se negó a devolverlos a sus amos, que los reclamaron después de la muerte del Dictador, pero suspendió la antigua costumbre de dar asilo a desertores y esclavos fugitivos. Los negros eran muy divertidos. Se pasaban bailando y cantando al son de sus tamboriles.
Es una verdadera lástima que no se haya suprimido la esclavitud -decía el padre Maíz-, y sólo se decretase la libertad de vientres. Hubiera perjudicado a pocos y honrado al país. Pero don Carlos prefiere hacer las cosas poco a poco.
El único lugar adonde el párroco nunca llevaba a su paje era la «Posada de la Viuda». Él iba todas las tardes a jugar al tresillo y se quedaba a cenar.
De lunes a sábado, muy de madrugada, tomaban unos mates y se iban a la iglesia para celebrar la Santa Misa. El párroco despertaba de una patada al —40→ sacristán. Afuera el monaguillo7 hacía sonar la campana, lo cual le producía exaltado goce. Sólo acudían algunas viejas. El sacerdote oficiaba lo más rápidamente posible. En casa les esperaba un desayuno que, en su momento, fue una novedad para Inocencio: café con leche, pan recién horneado, manteca y dulces, servido en la mesa del comedor, sobre un mantel de encajes y en vajilla de porcelana.
Mientras desayunaban, tomándose su tiempo para hacerlo, conversaban acerca de las lecciones que Inocencio había estudiado el día anterior, y se le asignaban otras nuevas para el día siguiente. No eran muchas, y como el mozo tenía excelente retentiva, ejercitada bajo la vara de don Severo Acosta, no le costaba aprenderlas. Luego el padre Maíz sacaba una llave del bolsillo, abría la puerta de su estudio, entraba, llaveaba de nuevo y se quedaba encerrado hasta la hora de almorzar. Lo hacía con su paje. De paso le indicaba cómo debían usarse los cubiertos y el modo de comportarse en la mesa. Después de hacerla siesta enseñaban el catecismo a una veintena de chiquillos, que debían aprenderlo de memoria por el sistema de preguntas y respuestas:
-¿Quién pues es el origen del Supremo Gobierno?
-¡Dios mismo, de quien se deriva toda potestad! -berreaban las criaturas.
-¿Quién es superior al Gobierno?
-¡Sólo Dios en lo civil y tempora'aal!
-¿El Gobierno está sujeto al pueblo?
-¡No'ooo, que esto sería dejar sujeta la cabeza a los pies!
Si el padre Maíz no estaba de humor o tenía otra cosa que hacer, delegaba la tarea de enseñar el catecismo a su paje Inocencio.
Después se bañaba, se afeitaba, vestía en vez de sotana el elegante traje de capellán, y, montando el caballo que Inocencio le tenía ensillado, se iba a la «Posada de la Viuda». A partir de ese momento el paje podía hacerlo que se le daba la gana, sin excluir la de colarse en una pulpería de la plaza a escuchar los relatos cantados por los compuesteros.
Filomeno Alcaraz se marchaba a hacer brujerías o a visitar a alguna de sus amantes.
Inocencio cenaba con Ramona en la cocina, sentado en un apycá, junto al fogón, metiendo directamente la cuchara en la olla. Brillaban los ojos de la esclava al evocar su niñez, cuando servía en casa del buen amo don Bernardo de Velasco, el último de los gobernadores españoles. La transfirió a los Machaín junto con otros bienes, para ponerlos en recaudo. Los Machaín tuvieron que venderla a los Caballero para reunir el importe de una multa impuesta por el Dictador. Los Caballero cayeron en desgracia y se refugiaron en el campo cuando Pedro Juan se suicidó en la cárcel dejando escrita con sangre una leyenda en el muro de su celda: «No saciaré con la mía la sed de sangre del tirano —41→ de mi Patria». Ramona pasó por testamento a los Cabañas, de la Cordillera; por trueque a una pulpería; por embargo, a una estanciera devota; por préstamo, al padre Maíz. La revolución significó para la esclava, igual que para sus amos, una caída sin término. Sólo aspiraba a ser libre antes de morir:
-Si los esclavos van al cielo, Dios los reparte entre sus santos favoritos; si van al infierno, el diablo les hace hacer los trabajos más sucios y les obliga a atormentar a quienes fueron sus amos.
Tenía tres hijos, esclavos como ella, nacidos antes del decreto de libertad de vientres.
Según Ramona, el padre Maíz estaba estudiando para un cargo que el Presidente López le tenía reservado en el Colegio Seminario de Asunción, si moderaba sus ideas, sujetaba su lengua y dominaba su afición por las mujeres.
La negra mostró los dientes, y ambos se echaron a reír.
Los domingos y fiestas de guardar, patrias o religiosas, había dos misas. Una de madrugada; otra, a las nueve de la mañana. A esta última asistía mucha gente, vestida con sus mejores galas. Unos venían a pie, otros a caballo, algunos trayendo en ancas una linda muchacha. Venía también doña Carmen Montiel, con escolta de caballeros. Montaba un moro ricamente enjaezado. En manita enguantada sostenía una sombrilla de seda. Sonreía al deslumbrado gentío con la distraída condescendencia de una señora muy principal, haciendo girar la sombrilla que jugueteaba con el sol. A algunos saludaba con una inclinación de cabeza, diciéndoles con voz cantarina, «buenos días, señor don Fulano; cómo está usted, doña Fulana».
El sermón era esperado con expectación. Muchos venían desde muy lejos sólo para escucharlo, porque el padre Maíz era un famoso orador sagrado. En castellano o guaraní, o usando alternativamente uno y otro idioma, pero sin mezclarlos jamás, hacía llorar o reír según le diera la gana. Invocaba al Dios de las naciones para que velase por la República y la librase de las acechanzas del Imperio esclavócrata y de las pérfidas intrigas de los anarquistas porteños, empeñados en envolver a los pacíficos aunque valientes paraguayos en una guerra cruel y estúpida, como son todas las guerras, al decir del Padre de la Patria don Carlos Antonio López. Él la había conjurado una y otra vez con prudencia y sabiduría inspiradas por el Espíritu Santo, contando siempre con la unidad de la nación y la cristiana obediencia del pueblo al Supremo Gobierno que vela por la paz y la felicidad de los ciudadanos. El Paraguay desea la prosperidad y la felicidad de todos los pueblos de América y del Mundo. El Paraguay no quiero nada de nadie, no amenaza a nadie, no es enemigo de nadie, no debe nada a nadie. Los paraguayos sólo irán a la guerra en defensa del honor y de la integridad de la Patria inviolable.
—42→Después de misa se armaba una colorida y alegre romería frente a la iglesia. Solía ser amenizada por la banda de indios de Tobatí o la de negros de Emboscada; o por músicos voluntarios del lugar, que siempre eran muchos.
Los domingos eran los únicos días en los cuales Inocencio veía a doña Carmen Montiel. No era su culpa si no se la podía sacar de la cabeza. Seguramente lo pasaba lo mismo a su admirado patrón y entrañable amigo el presbítero Fidel Maíz, a pesar de lo mucho que con ello arriesgaba.
Al presbítero Fidel Maíz no le gustaba que lo interrumpieran cuando estaba estudiando. Lo hacía por las mañanas. Había corrido la voz, y aquellos que tenían asuntos que tratar con él lo dejaban para la tarde, por urgentes que fueran. Una mañana vino llegando al galope el jefe de postas en persona a la casa parroquial. Sin apearse le entregó un sobre a Inocencio, que había salido a recibirle, y le dijo boqueando para recuperar el aliento:
-Hay que entregar enseguida, es del excelentísimo señor Presidente de la República.
-Así lo haré, señor -respondió el paje, sintiendo que el sobre le quemaba como si tuviera al diablo adentro.
Golpeó tres veces la puerta del estudio. Como no le respondieron, llamó a voces. Entonces oyó al padre Maíz que decía irritado:
-¿Qué diablos pasa? Si alguno está por morir que espere hasta la tarde; estoy muy ocupado.
-Perdóneme, señor, le trajeron una carta del presidente de la República.
La puerta se abrió como soplada por el viento.
El padre Maíz tomó la carta y se metió para adentro, olvidando cerrar la puerta. Muerto de curiosidad, Inocencio se quedó en el comedor. Al rato su patrón le llamó a gritos:
-¡Inocencio!
-¿Señor?
-¡Ah, conque estabas ahí?, ¡entra, muchacho!
Inocencio lo hizo por primera vez en casi un año que oficiaba de paje.
La habitación era pequeña, penumbrosa. Un ventanuco enrejado dejaba entrar un poco de luz. Había un armario, una biblioteca, un par de sillas de cuero y un escritorio cargado de libros y papeles, detrás del cual estaba sentado el padre Maíz, en mangas de camisa, sin afeitar, con el cabello revuelto, como —43→ solía estar hasta la hora en que se iba a la «Posada de la Viuda». Se lo veía excitado pero no muy contento.
-Siéntate -ordenó-, tengo que hablar contigo.
Inocencio obedeció.
El Presidente me ordena que vaya a la Asunción para hablar con él. Saldré enseguida, a ver si llego a la capital esta misma noche. Me llevo el tordillo. Cambiaré de caballo en Emboscada y Limpio.
-Si va a galopar, es mejor el overo.
-Está bien, ensíllame el overo -dijo el cura, sonriendo-. Ponle la montura inglesa, es más liviana.
Inocencio iba a levantarse. El padre Maíz lo detuvo con un gesto.
-Espera, tengo que hacerte otros encargos. En mi ausencia serás dueño de casa. Te dejaré algún dinero. Si tardo en regresar, cosa que no creo, pide lo que necesites al juez de paz. Esto no le va a gustar al sacristán. Ten cuidado con él, es un espía. No se te ocurra hacer alguna zoncera de muchachos que le dé pie para denunciarte a las autoridades. Sigue con la historia sagrada y con la historia profana, que son muy entretenidas; y no dejes de repasar el latín y la gramática, que son muy aburridos pero que no hay más remedio que aprender. Continúa enseñando el catecismo a esas pobres criaturas. Te dejaré la llave de mi celda, pero ni tú ni nadie deben entrar aquí en mi ausencia, ¿has entendido?
-Sí, señor.
-Confío en tu palabra.
Quedó callado, como entristecido, Inocencio se fijó en un retrato colgado en la pared, detrás del sacerdote. Sin duda no era un santo. Era un señor un tanto gordo, de cara redonda y mofletuda, corta melena y una boina en la cabeza. Miraba medio de costado de una manera burlona e inquietante. Tenía un cierto aire de familia con el padre Maíz. A sabiendas de que no era oportuno hacerlo, preguntó8 señalando el retrato:
-Ese que está ahí, ¿es su señor padre?
El párroco se volvió. Al ver el retrato se echó a reír.
-¡Dios me libre, ése es Martín Lutero, el peor enemigo de nuestra Santa Madre Iglesia! Seguramente ahora está ardiendo en lo más profundo del infierno.
-¿Por qué entonces lo tiene colgado ahí?
-Buena pregunta, y seguiré tu consejo, ¡lo sacaremos ahora mismo! Lo tenía como simple curiosidad, y también como recordatorio de que no debo ceder a la más artera de las tentaciones de Lucifer, la misma por cuya causa lo expulsaron del cielo cuando se llamaba Luzbel y era el arcángel favorito de Dios.
-¿Qué hizo don Martín?
—44→-Se le antojó pensar con su cabeza y armó un lío tan fenomenal que mató más gente que la peste negra.
Se puso de pie, descolgó el retrato, sacó una llave de uno de los cajones del escritorio y le dijo a Inocencio:
-Ven conmigo.
Entraron al cuarto de los cachivaches, dormitorio del paje. El padre Maíz: se acuclilló junto al pesado cofre que allí estaba y lo abrió. Estaba lleno de libros.
-Éstos son libros cuya lectura está prohibida por la Iglesia -explicó-. Tengo licencia especial para leerlos, pero hace mucho que no lo hago. Están aquí presos para que no contaminen a los libros santos que estudio en mi celda de penitente, pues ya me han causado demasiados trastornos. Encerremos también a don Martín, ¡que se vea con ellos!
-¿Qué dicen esos libros?
-No hay dos que digan lo mismo; no tienen la certidumbre de la religión católica y el Supremo Gobierno.
Dicho lo cual cerró de nuevo el cofre y lo aseguró con candado.
-Vete a ensillar el overo. Dile de paso a Ramona que nos sirva algo que comer mientras yo me preparo.
Aunque faltaba un par de horas para el mediodía el padre Maíz quiso que el paje le acompañase en la mesa. Como era su costumbre, se sirvió una copa de vino. Esta vez llenó otra para Inocencio.
-Te has portado muy bien y no tienes pelo de tonto -le dijo, mientras bebían-, y algunas cualidades propiamente populares: no eres ambicioso y en vez de orgullo tienes dignidad... ¿te gustaría ser sacerdote?
Inocencio no respondió.
-Está bien, admito que no es una profesión muy honorable desde que el Dictador Perpetuo convirtió a los curas en empleados públicos de última categoría. Sin embargo, tiene sus ventajas y un buen sacerdote puede hacer mucho por nuestra patria... Ya hablaremos de eso.
Hizo encargos al sacristán para que mantuviese limpia la iglesia y rezara alguna cosa con las viejas devotas, pero que no se le antojase hacer una parodia de la misa, con o sin consagración. Se despidió cariñosamente de Ramona. Inocencio le acercó el caballo ensillado. Antes de montar, el padre Maíz le dijo en voz baja:
-Vas a hacerme un favor: ve a ver a doña Carmen Montiel y dile, sin que otros te oigan, que estaré ausente unos días; pero, ni a ella ni a nadie le dirás adónde he ido ni llamado por quién. No le mando una esquela porque la gran señora no sabe leer ni escribir... ¡Hasta pronto, mi amigo!
Montó al overo, salió al paso, anduvo un trecho al trote y luego picó espuelas lanzándose al galopo tendido loma abajo.
—45→
Inocencio se dispuso a cumplir el encargo del padre Fidel Maíz esa misma tarde, después de dar la clase de catecismo. Se dio un baño. Usó un peine en vez de los dedos para echarse el cabello para atrás, y lo hizo frente a un espejito que le birló a la cocinera. Se puso una marinera encarnada sobre una camiseta de frisa, y acampanados pantalones azul marino. Con gran trabajo y no pocos sufrimientos logró calzarse unos pesados zapatones sin estrenar. Completó su tocado una boina colorada con un pompón negro en la coronilla. Todo eso le habían comprado sus padres en la tienda de don Odilón Núñez con el producto de la última cosecha, pero hasta ahora el muchacho no se había animado a usarlo. Aprovechó un momento en que Ramona entraba a la cocina y se escabulló por el fondo para que no le pillara el sacristán9.
Los preparativos le habían llevado más tiempo del previsto. Había entrado el sol, empezaba a oscurecer y la «Posada de la Viuda» quedaba bastante lejos.
Inocencio andaba calzado por primera vez en su vida. Caminaba torpemente, le dolían horriblemente los pies. Recordó que a esa hora la «Posada de la Viuda» estaría llena de talladores yerbateros, que notarían el traje nuevo y los zapatos del paje del cura párroco. No perderían la ocasión de divertirse a su costa diciendo que se quemó la chipa y cosas por el estilo. Con este atuendo le sería imposible pasar desapercibido y muy difícil transmitir10 discretamente el mensaje de que era portador. No había pensado en ello; sólo quiso representar dignamente a su mandante. Ya era tarde para echarse atrás, pues no podía dejar para mañana el cumplimiento de la misión que le encomendaron. Si de obedecer se trataba, Inocencio era mozo decidido que podía llegar al heroísmo, como si lo impulsara algo más fuerte que su propia voluntad.
Salió al ancho y arenoso camino que, bordeando la lomada donde se encontraban la iglesia, el fuerte y las casas del pueblo viejo, se dirigía hacia el paso del río Manduvirá. Entre cocoteros, pastizales y arbustos achaparrados se insinuaban en la luz crepuscular ranchitos de palo y paja. A medida que avanzaba hacia el corazón de Minero-cuá oía más nítidamente gritos, música y cantares.
Ya era de noche cuando llegó a un lugar donde el camino desembocaba en una extensa explanada en la que había, formando un círculo, una cantidad de carretas con toldo de cuero. Junto a ellas, hombres emponchados, de gran sombrero caranday, calentábanse en torno de fogones en los que hervían ollas negras. En el centro del círculo, una gran fogata alumbraba a gente bailando como sombras desprendidas de las llamas. Lo hacían al son de arpas, rabeles y —46→ guitarras. Un pausado tambor marcaba el ritmo. Inocencio cruzó la cancha y entró al patio arbolado de la «Posada de la Viuda».
Como temía, el salón principal estaba lleno de ruidosos patrones yerbateros. Entonces tuvo una inspiración. Rodeó la casa y entró por el fondo, donde encontró la cocina, en la que había varias negras trajinando. Reconoció a una de ellas, llamada Vitó, amiga de Ramona. Entró resueltamente y la llamó aparte. Las otras esclavas lo miraron con furtiva curiosidad.
-Anda a decirle a doña Carmen que tengo un encargo para ella -ordenó Inocencio, autoritario.
-Enseguida, mi amo -respondió la negra, sonriendo astutamente.
Al momento regresó y le dijo que la siguiera.
Pasaron por un largo corredor que daba a un patio, y al que miraban las puertas y ventanas de las habitaciones de huéspedes, todas a oscuras. Doblaron por un pasillo y entraron a una salita11 lindamente amueblada. El ventanal tenía cortinas de encaje. Sobre una ménsula que sostenía un espejo, había un candelabro de bronce con velones de cera. Doña Carmen de la Peña de Montiel le aguardaba sentada en un sofá de madera labrada, cojines y espaldar rojos, bordados de oro. Vestida de miriñaque, parecía una de esas preciosa muñequitas de porcelana que vendían en la tienda de don Odilón Núñez, y que algunos ponían en los pesebres de la Navidad bajo glorietas de caaroveí entre santos, sandías, piñas, melones y racimos de uva.
La señora le tendió su gordezuela manecita ensortijada y le mandó que se sentara frente a ella en una silla del mismo juego que el sofá.
Tras recibir el mensaje la señora quedó un momento pensativa. Inocencio creyó ver cierto rencor en el gesto. Finalmente doña Carmen le dijo, mirándole a los ojos como un gato ofendido:
-El señor cura, tu amo, ha sido muy amable al comunicarme su partida. No tenía necesidad de hacerlo, aunque lo esperábamos a cenar, ¿sabes adónde fue?
-No me lo ha dicho, señora -mintió Inocencio en su mejor castellano, procurando imitar en todo al padre Fidel Maíz.
La dama lo observó con sonriente curiosidad. Inocencio comprendió que no le había creído. No acostumbraba mentir, debería estar alerta aunque estuviera fascinado.
-Eres un joven muy bien educado. Sin embargo... ¡A ver las manos!
Inocencio las mostró. Ella las tomó entre las suyas, las volvió hacia la luz, le pasó dos deditos por las palmas.
-Manos fuertes, callosas, cuarteadas, manos de labrador -dijo con voz cantarina, acariciante-, pero tú serás un caballero. Te daré un remedio para que se vuelvan suaves como estos cachetes ¡tan colorados! -exclamó pellizcándole en las mejillas.
—47→Inocencio se asustó: en la mirada y el gesto de doña Carmen Montiel relampagueó algo maligno que sólo había visto en las serpientes.
-Cenarás con nosotros -dispuso ella, levantándose-, ocuparás el lugar que tu amo ha dejado vacío... Espérame un momentito12...
Entró a una habitación contigua y volvió con un potecito de cristal labrado que brillaba en mil colores a la luz de las velas. Levantó la tapa y puso un poco de pomada en la palma de las manos de Inocencio.
-Todas las noches antes de acostarte te frotas así... y así... y así... ¿me lo prometes?
-Sí, señora, muchas gracias.
En el comedor privado de doña Carmen Montiel, tan lujoso como la salita, había otros tres comensales. Se presentó a Inocencio como ahijado de don Cirilo Rivarola y secretario privado del presbítero Fidel Maíz. El mozo puso en práctica sus lecciones de buena crianza con una desenvoltura que a él mismo le sorprendió. Pudo observar que, por lo menos, se comportaba mejor en la mesa que los otros convidados, que hacían ruido al sorber la sopa y no sabían usar los tenedores. Uno de ellos le produjo una vaga inquietud. Joven, muy apuesto, su intrépida mirada se posaba en doña Carmen como si fuera a comérsela. Era Miguel Ángel Moreno, el hijo descarriado de un hacendado de la zona. Expulsado de la marina se había hecho yerbatero.
Se bebió vino en abundancia. Para no pasar por un palurdo, Inocencio hizo lo mismo que los demás. Hubo una larga sobremesa. Habló solo cuando le dirigieron la palabra y lo hizo con propiedad y discreción. Se sirvió café y una copa de coñac. De despedida, le dijo doña Carmen, que lo había acompañado hasta la puerta:
-Ven a visitarme cuando quieras, y sin falta el mes que viene, en mi fiesta de cumpleaños. ¿Te vas a acordar? Es el 25 de agosto, el día que el diablo sale solo... ¡Ah, y no te olvides de tus manos!
Era tarde. En la explanada había terminado el baile. De la gran fogata quedaban solamente brasas próximas a extinguirse brillando en la oscuridad. Inocencio se sentó en el primer lugar que halló adecuado, se sacó los zapatos suspirando con alivio, los unió con los cordones, los colgó de un hombro y se echó a andar descalzo y feliz hacia la casa parroquial.
Iba a meterse en su cuarto cuando le atizaron un garrotazo en la cabeza. Esquivó el siguiente, escapó al patio y se refugió detrás del horno.
-¡Bandido, sinvergüenza! -vociferaba Filomeno Alcaraz agitando el garrote-, apenas se ausenta el amo y ya sale a farrear por ahí como un raído cualquiera. ¡Vas a ver cuando lo sepa el juez de paz!
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Don Francisco Olavarrieta, juez de paz de Capilla Duarte, era un hombre de mediana estatura, rostro moreno y afilado. Su amplia frente estaba coronada de cabellos blancos que acababan en una trenza que le caía sobre la espalda. Vestía levita verde con botones de oro, camisa de hilo con encajes en el cuello y en los puños, ajustados calzones que le llegaban un poco más abajo de las rodillas; calzaba medias blancas y zapatos con hebillas de plata y altos tacones. Seguramente era muy viejo, pero se mantenía erguido y estaba en sus cabales. Casi todos los nativos de Capilla Duarte eran hijos, nietos o bisnietos suyos. Ya no desempeñaba tareas administrativas propias de un juez de paz, que era el poder civil en la campaña. Se limitaba a ejercer su autoridad moral.
Su despacho tenía pesados muebles de la época colonial, sobriamente labrados por artífices. En un anaquel había unos cuantos libros encuadernados en cuero, y, sobre el escritorio, al alcance de la mano, un ejemplar de «Gil Blas de Santillana» y otro de «Don Quijote de la Mancha», por lo que pudo haber dicho, como Bolívar, del hombre como es y del hombre como debiera ser.
Don Francisco Olavarrieta recibió a Inocencio como lo hacía con todos: de pie en el centro de su despacho, apoyado en un bastón de empuñadura de plata, pues cojeaba de una pierna consecuencia de una herida que recibió en la batalla de Tacuary, cuarenta y cinco años atrás. Si el negocio a tratar merecía tiempo, se sentaba en uno de los sillones de cuero de alto y tieso espaldar, e invitaba a su interlocutor a hacer lo mismo. Su voz era grave y rotunda, pero no inspiraba temor porque todos sabían que era un hombre justo y bueno. Habló breve y concisamente, seguro de que sería escuchado y obedecido:
-De hoy en más, y hasta el regreso del padre Maíz, no volverás a poner los pies en Minero-cuá, guarida del raidaje arribeño mal entretenido que se aquerenció en mi Capilla. Si por mí fuera los confinaría al Tavegó, como en la época del Dictador, para que se pudrieran a su gusto sin contaminar a los decentes. Pero, tal como están las cosas, alguien tiene que beneficiar la yerba, indispensable para el sostenimiento del Estado. Tú, quédate en casa, estudia, no salgas de noche; y si precisas algo, ven a verme.
Inocencio sabía por Ramona que don Francisco Olavarrieta estimaba al padre Maíz. Lo defendía de las calumnias que los enemigos del sacerdote hacían llegar a oídos del Presidente de la República a pesar de que no aprobaba sus visitas a la «Posada de la Viuda».
En cuanto al sacristán Filomeno Alcaraz, a pesar de su facha era leído. Ladraba por carta a las autoridades de la capital cuanta maldad podía acerca de la gente de la Capilla, y especialmente contra el cura párroco.
—50→Inocencio pensaba noche y día en doña Carmen Montiel. Se moría de ganas de verla, pero no se le pasaba por la cabeza desobedecer al juez de paz. Antes de acostarse se frotaba las manos con la pomada que le diera la señora, y se acurrucaba en la hamaca, con la cabeza bajo el poncho, a oler aquel perfume rancio y mujeril. Le fue imposible concentrarse en el estudio; después de unas cuantas infructuosas tentativas lo abandonó por completo. Por las tardes cumplía escrupulosamente la obligación de enseñar el catecismo:
-¿Para que obliguen las leyes es menester que el pueblo las acepte?
-No; porque ésta sería más gobernarse por su voluntad que la del Supremo Gobierno.
-¿Está obligado el ciudadano a aceptar las penas?
-Sí, porque son justas y establecidas por la ley. Además, debe subir la escalera si lo ahorcan o aplicar la garganta al cuchillo si lo degüellan por sus delitos.
Los chiquillos eran despiertos, memorizaban con facilidad, pero no hacían preguntas. Esto era un alivio para Inocencio, al que embargaba una inquietud que le hacía barruntar que algo no estaba bien en todo aquello.
El padre Maíz tardaba en regresar y no se tenían noticias de él. Inocencio había vuelto a su afición de tallar madera, aprendida de taitá Simón. Usando el cortaplumas que le regalara Eberhard Munk se puso a hacer un retablo de la Navidad, con la secreta esperanza de poder regalárselo a doña Carmen Montiel el día de su cumpleaños.
No había perdido la habilidad, pero en vez del goce que experimentara en otro tiempo, trabajaba con dolor. Persistió en la tarea. Acabado el trabajo de tallista, echó mano a los tintes y pinceles que había en el cuarto de los cachivaches. Pintó las figuras y el pesebre, les dio un baño de cera y contempló la obra terminada.
Era perfecta, digna de un aventajado aprendiz de taitá Simón. Sin embargo lo desconcertaba. No era esto lo que había querido hacer. Ni los santos eran tan santos, ni los ángeles angelicales, ni los animalitos ingenuos. La Santa Virgen tenía un evidente parecido con doña Carmen Montiel, lo cual se le antojaba un sacrilegio. Era como si sus manos hubieran sido manejadas por el diablo, quien, como todo el mundo sabe, el 25 de agosto sale solo.
Llegó la fecha señalada sin que Inocencio hallara modo ni pretexto para llevar el regalo a la destinataria. Pensó por un momento pedirle a Ramona que lo hiciera llegar por intermedio de su amiga Vitó, esclava de doña Mercedes, pero lo descartó enseguida como una impertinencia. Ensombrecido por la frustración escondió el retablo entre los otros cachivaches de su cuarto, y se dispuso a pasar una jornada de amargura. Encargó a Ramona que diera asueto —51→ de su parte a los chicuelos del catecismo y se fue al potrero comunal a ver cómo andaban los caballos del párroco. Regresó ya bien entrada la noche. Ramona lo recibió llorando a mares. La fiesta de cumpleaños de doña Carmen Montiel había acabado en un desastre.
Ya la noche de la víspera habían llegado serenatas, una detrás de otra, hasta el amanecer. El baile comenzó por la mañana. Los patrones en la casa, junto con sus amigas; el raidaje en la explanada, donde se habían carneado unas cuantas vaquillonas y hubo vino argentino en demajuanas. En farrear los yerbateros son espléndidos, no ponderan por nada. En lo mejor de la fiesta, ya cerca del mediodía, doña Carmen Montiel bailaba graciosamente un cielito con el joven Miguel Ángel Moreno. De repente, como diablo en un velorio, apareció el padre Maíz abriendo cancha a latigazos. Llegándole a los músicos, con un largo facán cortó las cuerdas de los instrumentos. Después atropelló, jugando por el suelo su cuchillo, hacia Miguel Ángel Moreno. El mozo le dio pecho, diciéndole: «¡Clave, paí, clave sin miedo, aunque usted sea un mal sacerdote yo soy un buen cristiano y no voy a pelear con usted!».
-¡Dios nos guarde, el paí le largó nomás la puñalada! -continuó Ramona, entre sollozos-, que si el sargento Seferino Mbyasá no la saca pegándole un planazo en la muñeca, ahí nomás se desgraciaba el reverendo. Entre muchos apenas pudieron sujetarlo. «¡Puta, puta!», gritaba echando espuma por la boca. Los soldados lo trajeron maniatado arriba de una mula, paseándolo por la Capilla como si fuera un criminal, entre la mar de curiosos que le seguían riendo y haciendo burla de él. En la Comandancia lo metieron en el cepo, pero enseguida lo fue a sacar don Francisco Olavarrieta, que lo llevó a su casa, escoltado por amigos, bajo su responsabilidad.
Enseguida se supo por qué el paí Maíz había perdido la chaveta. Vino matando caballos desde la Asunción para asistir a la fiesta de cumpleaños de doña Carmen Montiel. Dicen que lo traía un espléndido regalo. Poco antes de llegar, se detuvo en casa de un amigo para bañarse y cambiarse de ropa. Allí le anoticiaron que Miguel Ángel Moreno se aprovechó de la ausencia del confesor de la viuda.
Ramona se enjugó las lágrimas con la punta de su rebozo, y siguió algo más calmada:
-Seguro que esa bruja le echó13 un maleficio con uno su remedio para enloquecer a los hombres y que desatinó a su marido don Teodoro Montiel. Mi amiga Vitó me contó que es grasa de víbora mezclada con extractos de Francia, que ña Carmen esconde en limetitas de cristal.
Tragó saliva Inocencio, se miró furtivamente la palma de las manos y las frotó en los pantalones.
Al día siguiente por la tarde le hizo llamar don Francisco Olavarrieta. Inocencio encontró al juez de paz muy abatido, sentado en uno de los tiesos sillones de su despacho.
-El padre Maíz está muy enfermo -le dijo-. Te hace decir que te regala, por tus leales servicios, el caballo tordillo, con el recado y los arreos que más te gusten, para que en el mañana mismo regreses a tu casa.
El rostro del muchacho estaba bañado en lágrimas.
-Estas cosas ocurren a veces a los hombres -continuó don Francisco, con la voz algo tomada-, y no olvides, mi hijo, que a pesar de lo ocurrido el padre Maíz es un gran hombre.
Al único que Inocencio informó, en pocas palabras, el motivo de su regreso fue a su padre. Don Melitón no hizo comentarios, pero, cosa rara en él, suspiró como si le faltara el aire.
La noticia voló por la Cordillera. Dio lugar a regocijados, interminables comentarios en la pulpería de don Odilón Núñez. En opinión de los notables, el orgulloso, el ilustrado presbítero Fidel Maíz no era más, había sido, que un raído pendenciero. Estaba liquidado.
Causó enorme sorpresa la aparición en el periódico oficial de la noticia de que el sacerdote había sido nombrado por el Presidente de la República, don Carlos Antonio López, rector del Colegio Seminario de Asunción. Venía después un extenso comentario de los méritos, la capacidad, la ilustración y el talento del presbítero Fidel Maíz, y del acierto de haberlo elegido para dirigir la formación de las futuras promociones del clero nacional.
No se volvió a hablar del escandaloso episodio, como si jamás hubiera ocurrido.
Poco después don Severo Acosta puso en conocimiento de don Melitón Ayala que su hijo Inocencio había sido seleccionado, por orden del Supremo Gobierno, entre los jóvenes que el maestro debía preparar para su ingreso al Seminario.
No había nada que discutir. Inocencio recordó aquello de «subir la escalera si lo ahorcan o aplicar la garganta al cuchillo si lo degüellan por sus delitos».
En uno de los lados de la plaza del pueblo de Barrero Grande había tres inmensos caserones unidos por una recova sostenida por sólidos pilares, sobre —53→ una plataforma de ladrillos. Los techos eran de tejas ennegrecidas por el tiempo; los reboques de adobe blanqueados a la cal. Las amplias habitaciones que daban a la calle tenían ventanales protegidos por rejas de hierro forjado o de madera tan dura como el hierro. Las enormes puertas con talladuras solían estar abiertas de par en par durante todo el día, y también por las noches si hacía mucho calor.
Cada uno de los edificios tenían detalles que lo diferenciaban y daban carácter. Habían sido construidos en épocas distintas, por diversos propietarios y cumplían funciones diferentes.
La primera era sede de la Comandancia de las Milicias Urbanas; la segunda, escuela pública, con una sala destinada a despacho del juez de paz; la tercera, pulpería de don Odilón Núñez con el aditamento de un almacén de ramos generales.
En la Comandancia de Urbanos residía el jefe de la misma, don Porfirio Quiñones. Al cuerpo de urbanos pertenecían todos los varones libres del partido, de dieciséis a cincuenta años de edad. En la Comandancia se guardaba una porción de fusiles de diverso calibre y procedencia; mosquetes, tercerolas, pistolones, un arcabuz del tiempo de Ñaupa, docenas de lanzas, sables y un cañoncito que tenía el sello real de España y que solía disparar salvas en las fechas patrias con pólvora fabricada por los mismos milicianos.
En el patio del fondo, bajo un cobertizo de paja, había un cepo de madera o yvyrakuá para sujetar a los presos. Se lo usaba ocasionalmente, cuando lo justificaba la peligrosidad del delincuente o era preciso castigar alguna falta menor, que era lo más común pues solían pasar años sin que se cometiera ningún delito en el partido. El comandante convocaba a los urbanos para realizar ejercicios militares o trabajos de interés público; y a veces para cazar un tigre que había sido visto merodeando por las zonas pobladas. Para dirigir tales menesteres sobraban, además del comandante, un sargento, dos cabos y el «celador» Pablo Odriozola, quienes más bien colaboraban con el juez de paz Ovidio Ferreira para controlar que los cultivos se hicieran conforme a los planes de gobierno y los niños asistieran a la escuela. Los licenciados del ejército regular trasmitían a sus «valles» o compueblanos lo que habían aprendido en el cuartel. En Barrero Grande no había soldados ni policías de profesión.
El cargo de Comandante de Milicias era puramente honorífico, pero don Porfirio Quiñones lo ejercía con gran placer. Era un autoridad, tenía mando, todo el mundo estaba bien dispuesto para hacerle un favor, que él podía corresponder con un servicio cuando diere lugar. Vivía en el pueblo, en casa del Estado, y tenía un magnífico uniforme para lucir en las solemnidades. Era propietario de una estanzuela y una chacra, atendidas por un esclavo, que oficiaba de capataz, y dos peones indios. Como Cincinato, él mismo trabajaba en su finca cuando no requería sus servicios la República.
—54→En el caserón del centro de la recova estaba la escuela, a cargo del maestro Severo Acosta. Además de los muchachos del pueblo y de las cercanías, había una porción de pupilos provenientes de lugares alejados. De la escuela y el cuartel ningún varón se salvaba.
La recova servía de antesala al despacho del juez de paz, ubicado en el local de la escuela, pared por medio con la pulpería de don Odilón Núñez.
A la que fuera si no modesta regular pulpería se había agregado un almacén de ramos generales. Vendía herramientas mejores y más baratas que las forjadas por el herrero del pueblo, un negro escapado del Brasil, considerado hasta entonces insuperable en su oficio. Telas más vistosas y menos costosas, aunque no más resistentes, que las tejidas a mano en el país. Sedas, casimires, camisas de Crimea, sobreros de fieltro, vinos y licores exquisitos, extractos de Francia en primorosas limetas de cristal, basines enlozados con florcitas pintadas, tan bonitos que daba pena darles el uso a que estaban destinados; y la mar de maravillas que, cuatro años antes, las más de las gentes no había visto en su vida.
En los fondos de la casa del pulpero, que abarcaba un tercio de manzana, negros esclavos y jornaleros indios se deslomaban acomodando frutos del país. Allí también venían a parar los productos del diezmo, que recaudaba el naturalista sueco Eberhard Munck, pagando por ellos una suma fija al Estado. El pulpero enviaba todo eso a la capital en carretas, que regresaban cargadas de mercaderías14 importadas de Europa y Buenos Aires. Don Odilón Núñez se había enriquecido rápida y enormemente desde que en 1852 la Argentina reconoció la independencia del Paraguay y el río Paraná quedó abierto a la libre navegación. El comercio exterior se había quintuplicado. Las exportaciones duplicaban a las importaciones.
Los beneficios alcanzaron a muchos. Circulaba el dinero. El gusano de la codicia penetraba en las conciencias.
El gobierno obligaba a los agricultores a producir más de lo que necesitaban para la subsistencia y otorgaba premios en metálico a los más eficientes. Pagaba por los productos buenos precios, lo que obligaba a los comerciantes a mejorar la oferta, lo cual les causaba no poco disgusto.
En cuanto al diezmo, suprimido por la Dictadura Perpetua, había sido restablecido por el Presidente López. Lo percibía y administraba el Estado, encargado del sostenimiento del culto desde que el Dr. Francia confiscó los bienes de la iglesia. Con ese dinero se reconstruían los templos en ruinas, se construían otros nuevos, se pagaban los sueldos de sacerdotes y sacristanes; se fundó el Seminario, en el que todos los seminaristas eran becados del gobierno. Así lo explicaba machaconamente «El Semanario», porque a nadie le gustó volver a pagar diezmos. Quizá por eso, en vez de recaudarlo directamente, —55→ como le hubiera sido fácil y de más provecho hacerlo, el gobierno había dejado el asunto en manos de un extranjero, hereje por añadidura.
Hasta hacía poco, ricos y pobres comían y vestían casi lo mismo, tenían los mismos derechos y obligaciones. Conociéndose desde siempre, y estando frecuentemente emparentados, se trataban como iguales. Los esclavos eran considerados antes que siervos, allegados.
Don Severo Acosta, presunto «rusoniano», replicó a quienes temían por la idílica igualdad de los buenos tiempos del Dictador Perpetuo, que la verdadera diferencia entre ricos y pobres consistía en que los pobres debían hacerlo todo por sí mismos, mientras los ricos podían encargar a otros que les hicieran el trabajo.
-Ante esto -concluía-, poco importa que el uno cague en el yuyal y el otro en una de esas escupideras enlozadas que vende don Odilón Núñez.
Sin embargo, la abundancia de bienes a los cuales no todos tenían acceso por igual, estaba haciendo las diferencias más visibles y acrecentaba el deseo de poseerlos. La diversificación de intereses creaba tensiones antes inexistentes. Las familias, que habían sido amplias y ramificadas fraternidades solidarias, se disgregaban en grupos si no hostiles, separados entre sí.
Los patrones disputaban por la paga con los jornaleros, por lo general negros libres e indios provenientes de las disueltas comunidades. Como la mayoría de la población vivía de lo suyo, la escasez de jornaleros se acentuaba en la medida en que crecía la demanda. Por añadidura se habían vuelto exigentes, díscolos e inestables. El gobierno tenía el mismo problema. A los delincuentes comunes ya no se lo mandaba a la cárcel sino a las fábricas del Estado, en las que también trabajaban conscriptos que estaban cumpliendo su servicio militar y obreros contratados en Europa que ganaban más que un ministro. Los servicios personales al Estado, que antes se hacían de buena gana porque eran pocos y de utilidad pública manifiesta, se estaban tomando frecuentes e incomprensibles. En el reparto de los mismos solían producirse arbitrariedades y enojosas discriminaciones. En las «juntas» o asambleas de todo el pueblo, eran cada vez menos los que hablaban y más los que se limitaban a escuchar.
A los esclavos se los hacía trabajar de sol a sol. Cuando alguno de ellos quería comprar su libertad, como tenía derecho a hacerlo, sus amos se resistían a otorgársela o fijaban precios prohibitivos. Se daban casos de venta y alquiler de esclavos, una práctica que se creía olvidada. Don Odilón Núñez acudió a un remate de siervos del Estado que se realizó en Paraguarí. Volvió quejándose de que sólo habían sido puestos en subasta mujeres y viejos inútiles, no obstante lo cual se vendieron carísimos.
—56→-He visto algunos vejetes ricachones pujando por las muchachitas -dijo, y agregó entre las carcajadas de los parroquianos de la pulpería-. Había entre ellas una negrita de mi flor que no me animé a comprar porque mi patrona le hubiera rompido la cabeza con un palo de mortero.
El abogado Cirilo Antonio Rivarola, defensor de pobres y esclavos, tenía cada vez más casos que atender. El juez de paz Ovidio Ferreira, hombre chapado a la antigua, hacía lo posible por administrar la justicia que se tambaleaba al embate de los nuevos tiempos.
Los señores de la recova se veían todos los días, como si vivieran en la misma casa. Pero las relaciones se habían tomado tensas, sólo formalmente amistosas. Además, todos los habitantes del partido, por uno u otro motivo, tenían que llegarse frecuentemente a la recova. Sin que nadie se lo propusiera o se percatase de ello, se fueron formando dos partidos. Uno en torno del maestro Severo Acosta y el juez de paz Ovidio Ferreira; otro a favor del comandante de urbanos Porfirio Quiñones y el pulpero Odilón Núñez.
Libraron su primera escaramuza una fresca y soleada mañana de mayo de 1856.
En la plaza, frente a la recova, descansaban bajo la sombra de los árboles, un centenar de reclutas que se dirigían a Villeta, para allí embarcarse con destino a Humaitá. Provenían de los partidos de San José de los Arroyos e Itacurubí de la Cordillera. Se les estaban agregando los alistados en Barrero Grande. Eran magníficos mocetones demás que mediana estatura. Se mostraban alegres y bulliciosos sin salir de los límites del decoro. No llevaban escolta ni custodia.
Se mezclaba con ellos una cantidad de chiquillos. Reidoras mujeres les obsequiaban chipas, dulces, limonadas. Había también personas mayores que habían acudido a despedir a sus hijos. La banda del pueblo ejecutaba galopas y cielitos. Repicaban alegres las campanas de la iglesia. Como en los días de fiesta patria, en el mástil de la plaza flameaba la bandera con los tres colores de la gran revolución francesa.
Como los alumnos de la escuela estaban alborotados, el maestro Severo Acosta decidió interrumpir las clases. Los chicos salieron corriendo en bandada. Tras ellos salió don Severo, seguido de unos cuantos muchachones a los que —57→ estaba preparando para el ingreso al Seminario de Asunción por encargo del recientemente designado rector del mismo, el presbítero Fidel Maíz, y por orden del Presidente de la República, que le había escrito al respecto que atendiese solamente al talento y la conducta, ya que con tales atributos y las lecciones del Seminario, a su tiempo Dios los llamaría a su ministerio con la vocación sacerdotal. Don Carlos agregó en la posdata que el maestro cuidara la enseñanza que les impartía, ya que por ahora no se precisaban oficiales en el cuerpo privilegiado de la marina.
Los futuros seminaristas se quedaron discretamente en la recova, junto al maestro, observando desde allí lo que ocurría en la plaza. Entre ellos estaba Inocencio Ayala. Le llevaba una cuarta al más crecido de sus compañeros. Tenía quince años y aparentaba dieciocho.
A pocos pasos, bajo la misma recova, ante la puerta de su despacho, estaba el comandante de urbanos Porfirio Quiñones. Lucía en la ocasión su vistoso uniforme azul marino y quepis a la francesa. Hombre de por sí grande e imponente, y el único en el pueblo que usaba barba, se agrandaba cuando estaba de uniforme. Alzaba la voz y ponía cara de pocos amigos, acordes con su grado de capitán honorario.
Trataba de persuadir de alguna cosa a un sargento del ejército regular, individuo de mediana edad, de aspecto digno y reposado, que vestía una desteñida casaca de bayeta roja, pantalones de lonilla y estaba descalzo. De un ancho cinturón con hebilla de cuerno pendía un sable. En vez de morrión tenía un sombrero caranday que hacía girar nerviosamente en las manos. Sin duda era el encargado de la conducción de los reclutas.
Junto a ellos escuchaban sin intervenir el pulpero Odilón Núñez y el naturalista sueco Eberhard Munck que era además un famoso médico herbolario.
El tono del comandante se hizo amenazador, pero no consiguió impresionar al sargento, que movía negativamente la cabeza.
-No hay caso, señor -dijo, finalmente-, está en la lista y lo tengo que presentar. Además, si dice veinte han de ser veinte.
Agotados sus recursos para vencer la tozudez del sargento, don Porfirio Quiñones se volvió hacia el pulpero e hizo un ademán de impotencia15. Entonces vio a Inocencio. Por la cara que puso sin duda se le ocurrió una idea. Lo llamó por su nombre y le ordenó que se acercara. Enseguida entraron todos al despacho del comandante de urbanos. El maestro Severo Acosta frunció el ceño y fue a ver a su vecino, el juez de paz Ovidio Ferreira.
Don Odilón Núñez y Eberhard Munck se instalaron en sillones de cuero repujado. Don Porfirio se sentó detrás de su escritorio. Ante él permanecieron de pie Inocencio Ayala y el sargento. Don Porfirio se tomó tiempo para —58→ reflexionar examinando un papel que levantó de la mesa. Después, dirigiéndose a Inocencio, pronunció en guaraní una de esas frases difusas que conllevan contradicciones y se prestan a las interpretaciones más diversas. Y que sólo son posibles en el idioma indígena. Podría ser traducida al español aproximadamente como sigue:
-¿Ha de ser por ahí seguramente a lo mejor o no que seas ganoso se haga de ti un soldado o quien sabe alguna otra cosa o qué?
Inocencio, tomado de sorpresa, sin embargo respondió sin vacilar en español lo que supuso se esperaba respondiese un paraguayo patriota:
-Sí, señor, desde luego.
Don Porfirio sonrió triunfalmente y exclamó, dirigiéndose al sargento:
-¡Se ha completado tu lista!
El sargento iba a protestar. Don Porfirio lo contuvo con un ademán autoritario y le ordenó en un tono que no admitía réplica:
-¡No discutas a tu superior, yo soy el que manda aquí!
Tachó algo en el papel, escribió una línea al final, lo puso frente a Inocencio y le dijo, pasándole la pluma:
-Irás de voluntario, lo que será una gran cosa para ti, ¡firma al lado de tu nombre!
Como Inocencio vacilara, don Porfirio montó en cólera:
-¡Qué lo que estás esperando! Ya diste tu palabra, ante testigos. Por hacerte un favor ensucié y cambié un documento del Supremo Gobierno. ¡No te atrevas a comprometerme, ya no puedes recular!
Inocencio había aprendido a obedecer sin discusión a los mayores, y absolutamente a las autoridades. El uniforme, los galones y la barba del comandante de urbanos acabaron de16 intimidarlo. Mientras firmaba se fijó que don Porfirio había tachado en la lista el nombre de Benedicto Núñez, hijo del pulpero.
En eso entraron como una tromba don Severo Acosta y don Ovidio Ferreira. El comandante de urbanos puso cara de enojo y ordenó al sargento:
-¡Sacá de aquí a tu soldado!
Ya en la recova, Inocencio oyó que estallaba en el despacho una violenta discusión. Eberhard Munck salió calándose el sombrero. Al ver a Inocencio se detuvo y le dijo, poniéndole una mano en un hombro:
-¡Yo no tengo nada que ver con este asunto!
Saltó a la calle y se alejó dando grandes zancadas.
El sargento, que parecía muy disgustado, le dijo al flamante recluta que se pondrían en marcha al día siguiente, al clarear, y que le daba permiso hasta la noche para que se despidiera de los suyos.
—59→Entonces Inocencio se dio cuenta cabal de lo ocurrido. Había tomado una decisión, aunque forzada, que cambiaría radicalmente su futuro. Y lo había hecho sin permiso de su padre. Se asustó, pero no estaba arrepentido.
Entró a la escuela a recoger sus cosas. No respondió a las preguntas de sus compañeros. En la puerta se encontró con don Severo, que regresaba hecho una furia.
-¡Monta mi caballo y ve al galope a tu casa! -rugió con voz de trueno-. Cuéntale a tu papá lo que pasó y dile que venga a verme enseguida.
Doña Robustiana pegó el grito al cielo al enterarse de que su hijito Inocencio había sido reclutado. Don Melitón tomó las cosas con calma. Encargó a su mujer que preparase las cosas que el muchacho debía llevar. Eran muy pocas.
-El soldado ha de andar liviano -sentenció con un dejo de orgullo-, le sobra lo que no sea su fusil y su deber.
La familia almorzó en el comedor. Inocencio ocupó una de las cabeceras. Esta vez don Melitón no hizo burlas al señor San Francisco.
No se durmió la siesta. Mientras la madre y los hermanos de Inocencio trajinaban y alborotaban, él se sentó con su padre bajo el yvapovó.
Parecía que don Melitón quisiera decirle muchas cosas pero que no atinara las palabras. Casi no hablaron, como de costumbre. Don Melitón le dio a su hijo algunos billetes, y agregó una reluciente onza de oro, diciendo:
-Nde plata sy rä.
Lo que equivale a un amuleto para no quedar sin blanca.
Entre tanto don Porfirio Quiñones tampoco podía dormir la siesta. Había hecho la campaña de Corrientes con Melitón Ayala. Melitón estuvo entre los sublevados en Payubré, mientras Porfirio fue uno de los que delataron a sus camaradas. No estaban enemistados, pero ni el uno ni el otro olvidó lo ocurrido. Porfirio, a pesar de su grado de capitán honorario y de su cargo de comandante de urbanos, se sentía incómodamente disminuido ante Melitón, a quien a pesar suyo respetaba y al que sin ninguna razón le tenía un poco de envidia. No se podía hacer nada contra él, parecía invulnerable. Fue perdonado por el general López y, después de servir dos años más en Humaitá, se retiró con el grado de sargento primero de artillería. En la vida civil era un ciudadano ejemplar.
—60→Acaso sin proponérselo y sin darse cuenta él mismo cabalmente de lo que estaba haciendo, se mantenía al acecho para pillar algún desliz de Melitón Ayala que diera pie para sacar a relucir sus malos antecedentes. Sospechó que había algo detrás de la amistad de don Melitón con don Cirilo Rivarola, el padre Fidel Maíz y don Severo Acosta, y así lo hizo saber al Supremo Gobierno. Pero, don Cirilo fue nombrado defensor de pobres y esclavos, el padre Maíz rector del Seminario y don Severo mantenía correspondencia personal con el Presidente de la República. También estaba de por medio el juez de paz Ovidio Ferreira, atento a cualquier abuso de autoridad del comandante de urbanos.
Don Porfirio Quiñones era muy amigo de don Odilón Núñez. Por mano del pulpero el comandante solía hacer criar sus dineritos.
Don Odilón Núñez quería que su hijo Benedicto, mozo de luces aunque un tanto haragán y mal entretenido, se hiciera sacerdote con la esperanza de que se corrigiese. Don Severo, aunque elogió la inteligencia del muchacho, se negó a admitirlo entre los futuros seminaristas que estaba preparando, hasta tanto diera pruebas de que estaba decidido a cambiar de conducta, ya que el Seminario no era un reformatorio para jóvenes descarriados.
En eso estaban cuando el mozo, que había cumplido dieciocho años, fue llamado a cumplir el servicio militar obligatorio. Don Odilón Núñez se presentó a la Comandancia de Urbanos en compañía de Eberhard Munck, quien en su carácter de médico certificó que Benedicto estaba siendo tratado de un mal venéreo que lo hacía temporalmente inapto para su incorporación al ejército. El sargento encargado de la conducción de los reclutas, hombre experimentado que conocía todas las argucias de que intentaban valerse los remisos para eludir la milicia, respondió que, de ser así, los médicos militares diagnosticarían la enfermedad, tratarían al enfermo y lo declararían temporal o definitivamente inútil. Él no estaba autorizado a decidir al respecto.
Furioso de que un simple sargento tuviera la osadía de desafiar ante testigos la autoridad de todo un capitán honorario y comandante de milicias, e interesado en hacerle un significativo favor al pulpero, don Porfirio, al ver a un hijo de Melitón entre los elegidos de don Severo Acosta, perdió la chaveta e hizo una barbaridad.
Fue un error imperdonable en un individuo tan astuto como él. No previó la inmediata reacción del maestro y del juez de paz en defensa del hijo de un campesino cualquiera. No era de balde había sido que aquel paí Palacios, que estuvo de paso por el pueblo, dijo en un sermón que el maestro era un hereje, un anarquista, un rusoniano, un lobo con piel de oveja.
Le invadió el pánico cuando don Severo le informó que Inocencio había sido seleccionado por especial recomendación del presbítero Fidel Maíz, de quien había sido paje y discípulo en Capilla Duarte, y que estaba de por medio —61→ una orden expresa del Supremo Gobierno que mencionaba al muchacho entre los que debían ser elegidos.
Caliente todavía, don Porfirio, en vez de reconocer su error humildemente y tratar de arreglar las cosas por las buenas, prevalido de su uniforme de capitán honorario, se peleó a grito pelado con don Severo y don Ovidio, que se marcharon indignados, amenazando que aquello no iba a quedar así.
Había caído en un tembladeral, cuanto más se sacudiera más se hundiría. No tenía la suerte de Melitón: nadie, absolutamente nadie, saldría a su favor. Don Odilón Núñez sería el primero en lavarse las manos. Estaba perdido.
Sólo le quedaba una esperanza de salvación. Don Porfirio saltó de la hamaca, desenvainó el sable, y así, en calzoncillos como estaba, se escurrió hasta una salita donde se encontraba el nicho de la Virgen de Caacupé. Se arrodilló ante la imagen milagrosa y juró por su espada que, si salía de este brete, el 8 de diciembre iría a pie, calzando botas, hasta el santuario de la Virgen, situado a cinco leguas de Barrero Grande, llevando una ofrenda de diez onzas de oro.
Justo en ese momento se le ocurrió a su esposa entrar a la habitación. Al verlo la mujer rompió a reír a carcajadas.
-¡Jesús mi Dios!, ¿qué estás haciendo ahí medio desnudo?
-¡Fuera! -rugió el capitán honorario blandiendo la espada-. ¡Fuera, vaca corsaria, voy a cortarte la cabeza!
-¡Socorro! -escapó gritando la mujer-, ¡nuestro señor comandante ya se enloqueció del todo!
Don Melitón Ayala y su hijo Inocencio llegaron tranquilamente a la escuela a media tarde. Don Severo Acosta y don Ovidio Ferreira lo estaban esperando. Tenían redactada una petición al gobierno, con el relato pormenorizado de lo ocurrido esa mañana. Esperaban que don Melitón la firmase. Ellos lo harían como testigos. Con esto, aseguró don Ovidio Ferreira, los días de don Porfirio Quiñones en la comandancia de urbanos estaban contados. El pueblo se libraría de un pobre diablo cuyo engreimiento lo estaba tomando peligroso.
Don Melitón sonrió astutamente y dijo:
-Socorro y vuelto yo no pido, que se vea quien no los da -y dirigiéndose a su hijo, agregó-: Te hacen hombre antes de tiempo. Aprovecha.
La Virgen de Caacupé le había hecho el milagro al comandante de urbanos Porfirio Quiñones.
—62→
Esa noche hubo baile en la plaza. Después los reclutas se fueron a dormir bajo las recovas o en las casas del vecindario17; o pasaron la noche charlando, cantando, tocando la guitarra. No se tuvo en cuenta que debían ponerse en marcha a la madrugada. Nadie sabía cuándo iba a regresar.
El sargento tenía a un toqueño de ayudante. Era un soldado negro tocador de cometa y de tambor. Sonó la diana como un vibrante y achacoso gallo mañanero. Ya los reclutas estaban en la plaza, entre el gentío que había acudido a despedirlos. El sargento tenía dividida su tropa en pelotones al mando de cabos designados por él mismo. La mayoría de los jóvenes había recibido alguna instrucción militar en las milicias urbanas. Las tradiciones militares hicieron el resto. No fueron olvidadas en medio siglo de paz, porque fue una paz con arma al brazo. Marte seguía velando.
Un centenar de entusiastas muchachones se puso en marcha en correcta formación, marcando el paso al son de la caja del toqueño, entre los vítores del pueblo. Al frente cabalgaba el sargento, con un largo arreador colgándole del hombro. Inocencio iba con el corazón henchido de júbilo. Y de gratitud a su padre: no tenía ninguna gana de hacerse sacerdote y don Melitón lo había comprendido.
Ser soldado era un honor, un privilegio de ciudadanos al que los indios accedieron tras la disolución de sus comunidades. Los delincuentes, los individuos de mala conducta manifiesta y la hez del raidaje proletario eran excluidos. La masa fundamental del ejército provenía de sólidos hogares de agricultores independientes. Como resultado, en los últimos quince años había habido solamente seis deserciones: cuatro hacia el extranjero, dos hacia el interior del país. En todo este lapso no hubo que castigar ningún delito.
Desde su más tierna infancia, Inocencio oyó hablar del ejército en términos admirativos. Como se mantenía de las Estancias de la Patria, de lo que él mismo producía y de los recursos provenientes de los estancos del Estado, no gravaba a la población. Por el contrario, realizaba tareas de interés público como la construcción de caminos, puentes, desecación de pantanos. Se dedicaba a lo suyo y no tenía privilegios. En cuanto al servicio militar obligatorio y las movilizaciones de reservistas, se comprendía que eran necesarias. Al primer llamado los hombres acudían en masa. No había más que elegir a los más aptos y prescindibles tanto para la marcha normal del país como para el sostenimiento de sus hogares.
En 1853, reconocida la independencia del Paraguay por la Confederación Argentina, firmado con ésta un tratado de límites y abierto18 el río Paraná a la —62→ libre navegación, apareció el último número de «El Paraguayo Independiente». Ya no fue obligatoria la inserción en todo documento público de la leyenda «Independencia o Muerte», aunque siguieron usándose por mucho tiempo los papeles sellados que la tenían impresa. Gran parte de las tropas fueron licenciadas; los oficiales y suboficiales que quisieron hacerlo pasaron a retiro. El Presidente de la República reconoció sus sacrificios. Les dijo que había llegado el tiempo de que cada uno se dedicase al logro de la propia prosperidad. El general López fue a Europa en misión diplomática y viaje de estudios, llevando un nutrido séquito de oficiales de todas las armas.
Pero, la calma duró poco. El congreso de la Confederación Argentina no ratificó el tratado de límites. Los paraguayos ocuparon militarmente las Misiones allende al Paraná. Se produjeron escaramuzas con los correntinos. Hubo que expulsar a los brasileños de territorios en litigio. La amenaza de guerra con el Brasil obligó a una nueva movilización general. Para el momento en que Inocencio se incorporó a filas el peligro había sido conjurado, pero no se sabía por cuánto tiempo. En rigor se había pactado con los brasileños una tregua de cinco años.
Los paraguayos estaban orgullosos de su ejército, creado a su imagen y semejanza. Aunque nunca había librado una batalla, personas tan ilustradas y sensatas como don Severo Acosta y el presbítero Fidel Maíz no vacilaban en afirmar que era el mejor del mundo, capaz de medirse con el brasileño y el argentino, así vinieran juntos o separados. Eran ideas emanadas de un pueblo que había vivido trescientos años en casi absoluto aislamiento, que sólo se conocía a sí mismo y que había hecho morder el polvo a cuantos se atrevieron a agredirlo. El único aguafiestas que Inocencio había conocido era su padrino Cirilo Antonio Rivarola.
-No dudo que nuestros soldados son morales, disciplinados y valientes -decía don Cirilo-, pero los oficiales son pocos, sin ninguna experiencia de combate ni preparación profesional. La marina está un poco mejor en este sentido, pero sólo cuenta con un buque de guerra para enfrentar a las cincuenta cañoneras y acorazados de la Flota Imperial del Brasil. Los jefes del ejército, salvo el general López y acaso dos o tres más, no pasan de ser buenos cuarteleros. El armamento es insuficiente y anticuado. Nada de esto es ocurrencia mía. Lo he oído decir al general López en el Club Nacional, y su hermano Benigno no cesa de repetirlo. En estas condiciones sería muy arriesgado ir a la guerra contra un estado poderoso como es el Brasil, el cual, seguramente, encontrará el modo de aliarse con Buenos Aires y la Confederación Argentina. Tiene para eso excelentes diplomáticos y dinero de sobra. Don Carlos está en lo cierto cuando afirma que lo prudente es quedarse en casa y no pelear salvo que nos ataquen y nos obliguen a defendernos.
—64→Inocencio, quien según el padre Maíz no era ambicioso, compartía con la generalidad de sus compatriotas la más sencilla y soberbia de las ambiciones: quería ser feliz.
Lo era en ese momento.
El sargento cabalgaba tranquilo, sin volverse ni una vez para ver cómo marchaba su tropa. A poco de salir del pueblo mandó al toqueño que se dejara de hacer barullo, y les dijo a los reclutas que marchasen como se les diera la gana, pero sin amontonarse ni romper del todo la formación.
Siguieron alegremente, riendo y chacoteando. Las gentes con las que se cruzaban se detenían sonriendo a verlos pasar. Las viejas los bendecían. Los viejos se sacaban el sombrero para saludar a los futuros tetärerekuára, custodios de la Patria.
Hicieron alto en un arroyo para refrescarse y comer el avío. El sargento desmontó, aflojó la cincha de su caballo, se lavó los pies como indefectiblemente hace un campesino cuando encuentra un arroyo, y se sentó a pitar un cigarro en compañía del toqueño.
A mediodía llegaron a Piribebuy, que era el pueblo más grande de la Cordillera. Les esperaban con asado y banda de músicos. Se les incorporó un numeroso contingente de reclutas. Por la tarde se bañaron en el riacho que cruza el pueblo, mezclados con hombres, mujeres y niños del lugar, todos como Dios los mandó al mundo. De noche, baile y serenatas. Al amanecer, nuevo desfile a paso marcado por el toqueño. Ese día bajaron de la Cordillera. Durmieron en Paraguarí. En dos jornadas más arribaron a Villeta descansados y contentos.
Entraron a la villa en correcta formación marcando orgullosamente el paso; pero aquí no atrajeron ni la atención de los chiquillos, pues los villetanos estaban acostumbrados al constante arribo de contingentes de reclutas. Hicieron alto en un explanada arenosa que daba a una empalizada en cuyo centro había un portón guardado por centinelas con bayoneta calada. El sargento ordenó que esperasen, se adelantó hasta el portón, saludó militarmente y lo dejaron pasar.
Al punto los reclutas se vieron acosados por una cantidad de mujeres que ofertaban refrescos, chipas y butifarras. Inocencio usó por primera vez un poco del dinero que le diera su padre.
Como una hora después reapareció el sargento en compañía de un alférez y varios cabos. Cada uno de éstos traía un rebenque en la mano. Por primera vez oyó Inocencio rudas voces de mando. Quienes no las entendieron o no obedecieron con presteza recibieron zurriagazos. Se contó una y otra vez a los reclutas. Se pasó lista. Finalmente el alférez se dio por satisfecho y se marchó seguido del sargento, dejando a los novatos en poder de los cabos. Se abrió el —65→ portón y al trote, levantando polvareda, doscientos asustados mozos cordilleranos fueron tragados por el cuartel.
Inocencio, para quien la marcha hasta Villeta había sido un viaje de placer, se sintió de repente como un potro metido por primera vez en un corral entre una tropa de yeguarizos. Bestias pequeñas, despiadadas, brutales, le aturden a gritos, le lastiman, le obligan a seguir por donde quieren. El mundo abierto a los cuatro vientos se encierra de pronto en una empalizada. Galopa alrededor, bufa, da coces hasta que agotado y sediento agacha la cabeza sin entender lo que le pasa. Echó de menos a su valle, a su familia, a la gente amistosa dispuesta a ayudarlo, entre la que uno se siente protegido y seguro. Esa noche, acurrucado en un catre de tientos, con la cabeza escondida bajo el poncho, lloró procurando contener los sollozos. En adelante sólo podría contar con sí mismo y con sus compañeros. Comenzaba a ser soldado.
—66→