El santo de Guatambú
Juan Bautista Rivarola Matto

A don Francisco Franco, un padre que no me otorgó
la naturaleza sino la amistad. |
—7→
Inocencio Ayala regresaba a su valle después de haber cumplido, durante cinco años, el servicio militar obligatorio en la fortaleza de Humaitá. Era de Barrero Grande, o Yukytyguasú, que significa lo mismo, en la región conocida como la Cordillera, que en la época en que se desarrolla esta historia era la más poblada y rica del Paraguay.
Formalmente los conscriptos debían ser dados de baja a los dos o tres años, pero siempre pasaba algo que prolongaba el servicio. Inocencio había relevado a los que aguardaron que se marchase la expedición naval brasileña al mando del almirante Ferreira de Oliveira; después, cuando ya era tiempo de volver a casa, tuvo que esperar que se fuese la expedición norteamericana, fondeada como la primera en son de guerra cerca de la confluencia de los ríos Paraná y Paraguay. En ambos casos hubo movilización de reservistas y fue inminente el inicio de las hostilidades. Luego el conflicto entre la Confederación Argentina y Buenos Aires hizo que se quedara un año más.
Los pleitos eran cosa de nunca acabar, como si todo el mundo estuviese empeñado en agotar la paciencia de los paraguayos. El gobierno había evitado hasta entonces el choque atinado, pero se pensaba que, tarde o temprano, éste se produciría. Muchos querían arreglar las cuentas de una vez, para que se respetase al Paraguay y se dejaran de andar provocándole a cada rato y molestando a la gente.
No había varón cumplido que, en reiteradas ocasiones, no hubiera tenido que dejar su valle, así fuera en tiempo de cosecha, para regresar, al cabo de meses o de años, sin que hubiese pasado nada.
El viejo presidente Carlos Antonio López siempre llegaba a un arreglo a última hora. Las personas mayores aprobaban su prudencia y las madres lo —8→ bendecían. En cambio los jóvenes la consideraban excesiva. Si no fuera por el inmenso respeto que les inspiraba don Carlos, la hubieran considerado lindante con la cobardía. Estaban seguros de que el general Francisco Solano López no se andaría con muchas vueltas para curar de antojos a quienes se prevalecían de la aparente mansedumbre de los paraguayos.
Los jóvenes concebían a don Carlos como un patriarca severo y providente, prolongación mitificada de las relaciones patriarcales que regían en sus propios hogares. En cambio, quien más quien menos había conocido de cerca al general López. Francisco Solano era como ellos, y acaso sometido como ellos a una autoridad venerable, inapelable, que ponía freno a sus ímpetus juveniles.
Así pensaban los jóvenes, e Inocencio Ayala era muy joven: tenía veinte años.
Había padecido por su valle una nostalgia animal. La rudeza cuartelera le hizo echar de menos la serena y protectora autoridad de su padre, el plácido amor de su madre, la jocunda alegría de sus hermanos. Viviendo entre esteros y tierras anegadizas, evocaba la cerranía donde muere el sol y nacen las estrellas; las praderas en flor, los arroyos que se deslizan brincando entre las piedras, las surgentes azules brotando en la fresca sombra de árboles benévolos. La monotonía del rancho le hacía añorar la variedad y la abundancia de la cocina familiar; los trabajos, la holganza; los galones, la igualdad; las órdenes, la libertad. Soñaba y fantaseaba el momento del regreso al hogar.
Desde Humaitá pudo haber ido en barco hasta Asunción; de allí en ferrocarril hasta Paraguarí, subiendo la Cordillera por el paso de Azcurra, en una jornada más llegar a su casa sin fatiga en cuatro o cinco días a lo sumo.
Fue lo que le aconsejó el alférez pagador cuando le entregó, fuera de sueldo, la fabulosa suma de cien pesos como premio por su ejemplar comportamiento en el servicio, y para ayudarle a ser tan buen ciudadano como había sido buen soldado. Le dio también una carta para el juez de paz y otra para el jefe de las milicias urbanas, con rúbrica del general López, en las que se recomendaba al soldado licenciado Inocencio Ayala.
En el momento de partir le dio quebranto separarse de sus compañeros. Decidió hacer el camino a pie con un grupo de licenciados como él, oriundos de las Misiones, Carapeguá y Paraguarí. Tenía una vida por delante para disfrutar de su valle y conocer la Asunción.
Valió la pena.
Desembarcaron en la Villa del Pilar, siguieron por el camino que cruza los esteros del Ñeembucú; en los antiguos pueblos de las Misiones Jesuíticas, Inocencio vio enormes edificios de piedra, los más de ellos en ruinas. Vadearon a nado el río Tebicuary. A medida que avanzaba el grupo se iba desgranando. Con cada amigo quedaba un trozo del alma de Inocencio, pero también se —9→ llevaba un pedazo, porque eran angyrú, almas compañeras, que por alejadas que estén nunca están del todo separadas.
Al cabo de un mes de la partida de Humaitá, Inocencio se despidió en Paraguarí del último de sus camaradas. Habían tardado tanto porque cada vez que arribaban a la casa de alguno de ellos se armaba una fiesta como para vivir contándola. Había carneada, sonaba el turú, acudía el vecindario. La farra duraba tantos días como los de más aguante tuvieran ganas de farrear. Al son de arpas, rabeles y guitarras, marcando el ritmo con tamboriles, mimby y gualambáu, los mozos hacían gala de vigor en el ñembopé-mbopé, de ingenio en las relaciones, que pícaramente retrucaban alegres mozas de typoi acampanado. Bailaban viejos y viejas, y hasta el cura, si lo había, bajo la complacida mirada del buen Dios.
| Ahí sale la vieja que quiere bailar, | |||
| de tanto que es chusca se pone a brincar, | |||
| no vale que sí, más vale que no, | |||
| que la uña de vieja te hará un rasguñón. |
Salían de llegada o serenata. Cantaban «tristes» desgarradores, poéticas vidalitas para hacerse compadecer de las mujeres, poniendo una nota de humor y de ironía en los versos y el rasgueo de las guitarras.
Cuando no había más remedio que seguir andando, el que debía quedarse no se resignaba y se comedía a acompañarles unas cuantas leguas. Se separaban sollozando. No se avergonzaban de llorar cuando les mandaba el corazón.
En alguna parte Inocencio tuvo una noche y un adiós, con la promesa de volver, que fue sincera. Era demasiado joven para saber que todo regreso es imposible.
Inocencio se había hecho soldado antes de tiempo, entre otras causas, porque desde niño los mayores le atribuyeron más edad de la que tenía y le pusieron en compromisos por encima de sus años. La madre procuraba protegerlo, el padre dejaba que se las viera. Así ocurrió cuando el celador Pablo Odriozola se apeó frente a la casa de don Melitón Ayala para recordarle la obligación de mandar a su hijo Inocencio, que ya estaba bien crecido, a la escuela pública del pueblo; o en alguna otra de su preferencia, si tenía con qué —10→ pagar. Doña Robustiana quiso objetar que la pobre criaturita no había cumplido siete años. Don Melitón le mandó que se callara. Así fue como Inocencio fue a parar, con otros chicos que el celador había reclutado en los alrededores, a la escuela del famoso maestro don Severo Acosta.
Inocencio se iría enterando poco a poco de muchas cosas acerca del maestro, oyendo aquí y allá la charla de las mujeres, las cuales, a diferencia de los hombres, no se cuidaban de mantener cerrada la boca. No había autoridad que se animase a meterse con ellas. No se tenía noticia de mujer libre o esclava metida en el cepo por deslenguada. «Kuñá» significa «lengua del diablo»; «kuimbaé», varón, «dueño de su lengua». Fue lo que replicó el maestro Severo Acosta a un alumno que quiso saber demasiado sobre los tiempos del Dictador Perpetuo.
Estaba prohibido hablar ni en favor ni en contra del Dr. Francia, para evitar la repetición de los disturbios que se produjeron inmediatamente después de su muerte. Las pocas veces que se lo nombraba, los hombres se descubrían, respetuosos o asustados. Las mujeres se persignaban; algunas para que Dios lo tuviera en su Santa Gloria; otras, para que el diablo en lo más profundo del infierno.
No se olvidaba que suprimió el diezmo y casi todos los demás impuestos, amén de librar absolutamente de ellos a los pobres. Y también de la obligación de servir la mitad del año en las milicias, acudiendo con armas, caballos y avíos propios a guarnecer lejanos fortines o a pelear en guerras que nada tenían que ver con ellos. Formó el ejército regular con gente paga, que se encargaba de cuidar el país mientras los pacíficos se dedicaban tranquilamente a lo suyo. Por eso no todos estuvieron conformes cuando se organizaron las milicias urbanas y se estableció el servicio militar obligatorio, y hubo frecuentes levas y movilizaciones. Pero, de ley pareja nadie se queja.
Don Severo Acosta había sido alumno del Colegio de San Carlos, en la Asunción, y profesor del mismo hasta que el Dictador cerró el único instituto de enseñanza media que existía en el Paraguay. Fue compañero en el aula y en la cátedra de don Carlos Antonio López. Don Carlos se refugió en una estancia de su esposa, cerca de Villa del Rosario; don Severo en Barrero Grande. Se dedicó a la lectura y la enseñanza para entretener el ocio, en vez de pasarlo como tantos jugando barajas con naipes fabricados del papel de los libros.
Cuando el maestro de la escuela pública se retiró de puro viejo, el Dictador nombró a don Severo en su lugar, con veinticinco pesos de sueldo. No los necesitaba. Era hijo del portugués Acosta Freire, el ganadero más rico de la región, que se había salvado de multas y confiscaciones.
No era un pobre de solemnidad como muchos linajudos de la región cordillerana, que quedaron en la calle con la supresión de las mercedes reales —11→ otorgadas durante la época colonial, mediante las cuales unos pocos privilegiados se habían adueñado de casi todo el país. Los agricultores dejaron de pagar arrendamiento por tierras que habían cultivado desde tiempo inmemorial, y los más se hicieron propietarios de alguna parcela.
Don Melitón Ayala era dueño de la tierra que cultivaba. Tenía una sólida y amplia casa de adobe, una carreta, varias yuntas de bueyes, unas cuantas lecheras y algunas cabezas más de ganado que pastaban en los campos comunales. Y un esclavo, taitá Simón, santero y ebanista, que tallaba santos milagrosos y los instalaba en nichos primorosamente labrados. Taitá Simón tenía rancho y taller aparte, comía a costa de los Ayala, sin que a éstos se les ocurriera sacar sisa de las ganancias del negro o pedirle que colaborara en las tareas agrícolas con abandono de su arte. Sea como fuere, no era poca cosa tener un esclavo de la calidad de taitá Simón.
Murmuraban las mujeres que el presidente Carlos Antonio López, tan falto como estaba de personas instruidas, no había llamado a don Severo Acosta a la capital porque era cuñado de don Juan Bautista Rivarola. Había intentado éste presentar en el primer congreso que se reunió después de la muerte del Dr. Francia, un proyecto de Constitución que no fue del agrado de don Carlos, y en el que se sospechaba había metido mano el maestro de escuela.
Sin embargo, don Severo gobernaba su escuela del mismo modo que don Carlos el país. No se le escapaba detalle, en todo intervenía. Exigente, despótico, implacable, no dejaba al alumno más opciones que estudiar o morir molido a palos. Usaba el método por el cual los más antiguos enseñaban a los más nuevos. «Qui docet, dicit. Sólo sabe el que ha enseñado», era la máxima del maestro. Hubo una ocasión en que se pusieron a prueba las ventajas y defectos de su pedagogía.
A poco de ser elegido presidente, don Carlos mandó a los pueblos del interior del país una circular ordenando que fuesen enviados a la capital los jóvenes que supiesen un poco de latín. Se trataba de remontar con ellos, en el menor tiempo posible, el raleado clero nacional. En un cuarto de siglo de Dictadura no se había ordenado un solo sacerdote. Lo más expeditivo hubiera sido traer curas del extranjero, lo mismo que se importaban ingenieros y técnicos. Pero, seguramente esto fue algo que a don Carlos ni se le pasó por la cabeza.
El partido de Barrero Grande envió una docena, todos alumnos de don Severo Acosta. Lastimosamente se comportaron de un modo poco acorde con la vocación sacerdotal. En castigo el Presidente de la República los enroló en el «cuerpo privilegiado de la marina». Los más de ellos se hicieron oficiales.
La mayoría de los chicos dejaba la escuela al cabo de un año o dos, después de haber aprendido a leer y escribir, sumar y restar, y no todos a multiplicar y —12→ dividir. En cuanto al catecismo, que lo aprendieran en la iglesia.
A los más despiertos don Severo los obligaba a quedarse o los mandaba a la escuela de artes y oficios que dirigía un inglés contratado por el gobierno. No atendía a los ruegos de las madres, que decían necesitar a sus hijos para que ayudasen en las tareas agrícolas. Inocencio tuvo esa desgracia.
-No, la señora -le dijo riendo don Severo a doña Robustiana, que suplicaba plañidera- tendrá que estudiar quiera o no quiera, le guste o no le guste, para que el Paraguay deje de ser un país de pura gente idiota, como decía el Dr. Francia, o de rústicos imbéciles, como dice el presidente López.
Si había algún prófugo, lo iba a buscar el celador Pablo Odriozola y lo traía de la oreja. La distancia o la falta de recursos no valían como pretextos para la deserción. Los indigentes eran alojados, alimentados y vestidos por cuenta del Estado. En Barrero Grande había muy pocos en esa situación. En cuanto a los útiles y textos, eran totalmente gratuitos.
Tuvo pues Inocencio que continuar la rutina de caminar media legua de ida por las mañanas, y regresar del mismo modo por las tardes, todos los días, salvo los domingos y fiestas de guardar y unas cortas vacaciones en lo más duro del verano y del invierno. La inasistencia injustificada y la impuntualidad eran castigadas con azotes.
Con dictados del maestro y textos que pasaban de mano en mano o se leían en grupo, en la escuela se estudiaba geografía, historia profana, gramática y latín. A unos pocos voluntarios, don Severo enseñaba francés.
Además de estas materias, había que aprender el «Tratado de derechos y deberes del hombre social», escrito por don Carlos Antonio López, que decía en uno de sus párrafos:
«Desdichado el pueblo que ignora que la soberanía reside en él; pero desgraciado también el que no conoce la necesidad de someter su propia fuerza por su propia felicidad y por el bien común. En el primer caso será su destino el de la más despiadada esclavitud, en el segundo de la más insoportable y horrorosa anarquía... Hemos adoptado el sistema republicano. Llamamos a nuestro estado república y cada uno lleva el nombre de republicano. Bien, pues no nos hemos de contentar con los nombres sino con la realidad de las cosas. El sistema republicano es el resultado de las virtudes civiles y de las luces... Jóvenes, el tiempo es nuestro. No tenemos tiranos que nos aflijan ni privilegios con que luchar, ni clases que destruir; puede entonces la ilustración conducirnos en brazos de la prosperidad...».
También se usaban como texto artículos seleccionados de «El Paraguayo Independiente», los más de ellos salidos de la pluma del mismo don Carlos:
—13→«La independencia de la República del Paraguay es la base y condición indispensable para la felicidad de sus hijos; casi todos ellos vieron la luz del día en los brazos de su patria soberana, libre de toda sujeción extranjera. Sin independencia ya la verían subordinada a una voluntad lejana e improvidente cuando no hostil, y sus costumbres, opiniones y destinos esclavizados al arbitrio ajeno: basta la sola idea para excitar la indignación».
El maestro Severo Acosta ponía especial empeño en que sus alumnos leyeran, copiaran y retuvieran en la memoria algunos párrafos en los que don Carlos Antonio López se refería a la Dictadura Perpetua. Como por ejemplo uno, extractado de «El Paraguayo Independiente»:
«Una de las grandes dificultades que el Gobierno nacional ha encontrado, y encuentra en sus trabajos, y empresas de mejora y adelantamiento, está en los hábitos de inercia, en esa falta de espontaneidad, que ha arraigado tan profundamente en el espíritu de nuestros conciudadanos la Dictadura tan larga y tirante, que ha tenido el país. Parece que nadie tuviera inspiraciones y voluntad propia. Se quiere y se espera que el Gobierno lo haga todo, y se halla el Gobierno en la penosa necesidad de hacerlo todo».
Y otro, tomado de «El Semanario»:
«No ha habido entre los paraguayos quienes aclamasen, ensalzasen y victoriasen a su Dictador; que le tributasen la más pequeña demostración de afecto público; o le ahogasen, y embriagasen insensándolo todos los días. Ese Dictador tan severo y temido, no logró jamás ver a su alrededor más que un silencio sepulcral y una soledad espantosa; signos inequívocos de la dignidad y elevación que mantenía ese pueblo al que algunos pretenden pintar degradado en su especie».
La lectura del periódico1 oficial «El Semanario» era habitual no solamente en la escuela, sino también en la iglesia, en las reuniones de las milicias urbanas, en las pulperías, en los cuarteles. De este modo la población estaba al tanto de cuanto hacía el gobierno, de los progresos del país y de la continuamente tensa situación internacional.
De vez en cuando, a pedido del maestro, el naturalista sueco Eberhard Munck, que había venido en viajes de estudios al Paraguay en 1841 y se quedó para siempre, les hablaba de plantas y animales. Don Cirilo Antonio Rivarola de unas leyes de Partidas que era preciso derogar antes de que a algún loco se le antojase aplicarlas. Lo más entretenido era cuando venía de visita el —14→ presbítero Fidel Maíz, párroco de Capilla Duarte, distante unas diez leguas de Barrero Grande. Una vez les contó la divertida historia de un tal Cándido, que vino al Paraguay en compañía de Cacambo, su sirviente. Cándido tenía una novia llamada Cunegunda; y un maestro, Pangloss, que en nada se parecía a don Severo Acosta.
A pesar de tan beneméritos servicios, no se libraba don Severo de las murmuraciones. Había quienes maliciaban que era apóstata y luterano; otros aseguraban que escondía libros heréticos. Y en verdad el maestro iba poco a la iglesia. Lo hizo el día en que un cura de paso, llamado Manuel Antonio Palacios, alertó en un sermón virulento a los buenos cristianos para que se cuidasen de cierto «rusoniano», que envenenaba las almas puras de los jóvenes inocentes con ideas anarquistas. Satanás se viste con diversos ropajes, sin desdeñar los hábitos del cura ni la toga del letrado, como el lobo se cubre con una piel de oveja para devastar el rebaño de Nuestro Señor.
Inocencio era obediente, aplicado y nada tonto, pero no se hallaba en la escuela. Poco de lo que le enseñaban tenía sentido para él, que no aspiraba a otra cosa que ser un labrador como su padre. Debía hacer grandes esfuerzos para retener materias tan abstrusas. En cambio le encantaba ayudar a taitá Simón, que era una especie de mago para él, y de él aprendió la habilidad de labrar retablos con la Virgen y el Niño, San José y los pastores, serafines y querubines, el burro y la vaca y los tres reyes magos montados en briosos parejeros.
Se libró del suplicio de gramáticas y latines cuando don Melitón recibió una mala cornada de un novillo que estaba amansando para buey, y su madre logró persuadir a don Severo de que a Inocencio, que ya era un muchachón de doce años, se lo precisaba en su casa.
Volvió a ser un campesino, mas no por mucho tiempo.
La casa de don Melitón Ayala no estaba en el pueblo o capilla de Barrero Grande, sino a media legua de éste, lindando con Acosta Ñu. Se llamaba así el paraje porque perteneció al portugués, o más exactamente brasileño Acosta Freire, padre del maestro Severo Acosta y suegro del capitán Juan Bautista Rivarola, ya fallecido, que casó sucesivamente con las dos hijas del rico hacendado, las cuales heredaron las dos terceras partes de los bienes de su padre. Como don Severo, solterón empedernido, vivía consagrado a su escuela, —15→ la casona y los campos de Acosta Ñu quedaron en posesión exclusiva de los hijos y nietos de don Juan Bautista.
Los Rivarola eran muchos y había de todo en la familia; pero tenían algo en común: eran sumamente engreídos y presumían de abolengo.
En réplica, los que entroncaban con las veinte familias godas y patricias que habían estado en el candelero bajo la soberanía de España y se creían los verdaderos aristócratas, aseguraban que los Rivarola fueron unos pobretones, sin figuración ni relevancia en la sociedad colonial, y sólo uno de ellos, Juan Bautista, adquirió cierto renombre, como otros de su laya mediopeluna, por su participación en los disturbios de la independencia; y acceso a la fortuna por sucesivo casamiento con dos ricas herederas.
Solía decir el maestro Severo Acosta que estas zonceras de linaje nunca se tomaron en serio, y citaba a Félix de Azara, quien, en las postrimerías de la época colonial, describía al Paraguay como «el país de los iguales». La revolución acabó de nivelarlos.
El Dr. Francia persiguió, empobreció y degradó socialmente a godos y patricios. Los Rivarola afirmaban, con dudoso fundamento, que habían sido declarados por el Dictador mulatos hasta la quinta generación. En verdad, murmuraban lenguas viperinas, el bando respectivo había sido firmado por el cónsul Fulgencio Yegros, que se preciaba de ello, y afectaba a los españoles de alto coturno. Mal podía alcanzar a los Rivarola, que eran de origen genovés, marranos seguramente, y con siglos de arraigo en la provincia. Acotaban malignamente que si bien había entre los Rivarola algunos rubios de ojos azules, por misterios de la naturaleza o diabólicos efluvios del Dictador Perpetuo, que era un mulato hecho y derecho, predominaban los de piel oscura, con motas en la cabeza. Inmunes a la maledicencia, ellos, y ellas sobre todo, continuaban pregonando su linaje y su limpieza de sangre en un país gobernado por el hijo de un sastre, que muy poco se fiaba de la gente de cuna.
Don Juan Bautista había sido sin disputa el más ilustre de los Rivarola. Siendo estudiante del Colegio de San Carlos tuvo que cambiar varias veces la pluma por la espada. Combatió en Montevideo y Buenos Aires contra las invasiones inglesas. Se distinguió en las batallas de Paraguarí y Tacuary peleando contra los porteños. Fue herido en la última. Jugó un papel decisivo en la preparación y ejecución de la revolución de mayo. Se mostró desde el principio partidario decidido de la independencia y la república. Fue diputado en todos los congresos que siguieron y alcalde de primer voto en el Cabildo de Asunción. Apoyó la dictadura temporal del Dr. Francia, inspirada, como el consulado, en idealizadas instituciones romanas. Se opuso abiertamente, con Mariano Antonio Molas, a la dictadura perpetua, por considerarla violatoria de los principios republicanos. No quiso participar en la conspiración de 1820 —16→ contra el Dictador Perpetuo, pero no delató a los conspiradores, que eran sus amigos o parientes, o habían sido sus condiscípulos o compañeros de armas. Por este crimen iba a ser fusilado. Lo salvó su hija María Inés, que suplicó al Dr. Francia, padrino de la niña y compadre de don Juan Bautista, que le perdonara la vida. Puesto en libertad, continuó desempeñando algunas funciones públicas, para retirarse finalmente a la estancia de Acosta Ñu. Muerto el Dictador, intentó proponer al congreso una constitución liberal. Don Carlos impidió que los soldados lo mataran allí mismo, y le mandó que se callara la boca. Pocos años después, sus amigos quisieron proponerlo candidato a la presidencia de la república. Respondió con las mismas palabras que usó don Carlos para rebatirle en el congreso: no se debe aspirar a más de lo que se puede.
Paradójicamente, el orgullo de una familia tan infatuada era un hombre sencillo, bondadoso, desinteresado. Ejecutaba sin vacilar, asumiendo los riesgos, lo que consideraba su deber. Luego se hacía a un lado, sin resentimientos y acaso con alivio, para que otros cargasen con el mérito. Murió de viejo. Los representantes del gobierno en Barrero Grande no creyeron necesario rendir honores oficiales a un prócer de la independencia.
Don Severo Acosta aludió a ello sobre la tumba de su cuñado y amigo. Mentando a Plutarco, dijo que la ingratitud hacia los grandes hombres es una característica de los pueblos fuertes; pero Dios le había dado en cambio a Juan Bautista la felicidad, el premio consuelo que concede a las personas generosas.
Los alumnos de la escuela asistieron al entierro.
Los hijos varones de don Juan Bautista eran tanto o más leídos de lo que había sido su padre. En tiempos de la Dictadura, entraban al país herméticamente cerrado algunos libros por la estrecha rendija abierta en Itapúa. Pero ninguna gaceta. Se vivía en la feliz ignorancia de cuanto acontecía en el mundo. Y en el propio país, abajo de la Cordillera. Un solo hombre se informaba, pensaba y decidía por todos sus compatriotas. Lo hacía con absoluta integridad, abnegación sin límites e indudable amor a la Patria y al pueblo. Aniquiló a la clase dirigente, que había medrado en desmedro de la Provincia, pero que poseía cultura europea y había aprendido a gobernar en trescientos años de ejercicio. Los estancieros y yerbateros medianos que habían iniciado la revolución, pronto se vieron enredados en mandonismos, rencillas e ineptitudes. Empezó a agitarse peligrosamente la campaña, o el «común» como se decía en aquel entonces para referirse al pueblo. Llamaron al Dr. Francia no una vez sino dos para que se hiciera cargo de un poder que ellos eran incapaces de controlar. Pronto mostraron su índole levantisca, que amenazaba sumir al país en el caos y la anarquía, como el que asolaba las provincias de costa abajo. De allí la dictadura perpetua, que dejó por mucho tiempo resuelto y fuera de discusión el problema del poder político. Aplicó como principio rector que se asegura la paz —17→ pública gobernando al servicio del pueblo, entendiendo por pueblo justamente al común. Hubo que aplastar sin piedad a quienes intentaron revelarse afectados por aquel principio. Tuvo que cerrar el Cabildo de Asunción, en el que cacareaban sus gallos, y el Colegio de San Carlos donde afilaban las espuelas sus gallitos. «Minerva duerme mientras Marte vela». Los campesinos que lo apoyaban eran demasiado atrasados y estaban demasiado dispersos para participar directamente en el poder o influir sobre éste. Se vio obligado a servirse de oficiales modestos y de funcionarios mediocres, personas sin gravitación propia ni amor a la responsabilidad, incapaces de hacer o proponer nada por propia iniciativa2. El común, libre de cargas y alborotos, llevó una existencia casi idílica, como habitante de una ínsula fantástica. Pero, el discípulo de Rousseau, de Voltaire y de Raynal; el estudioso de la gran revolución francesa, el émulo de Robespierre; el lector de la Enciclopedia, el matemático y el naturalista, el astrónomo que exploraba el universo con un teodolito; el ateo doctor en teología que quiso reemplazar a Dios, acabaría quejándose de que el Paraguay fuera un país de pura gente idiota. Sintiéndose morir quemó los papeles que seguramente contenían el resultado de sus estudios y meditaciones, y provocó un incendio en su casa. Se negó a designar un sucesor que tutelase a un pueblo al que dejaba en la orfandad. ¿Creyó tal vez que había fracasado? La Dictadura Perpetua había sido instituida en un congreso, veinticuatro años atrás, «con calidad de ser sin ejemplar». Y en efecto, no recuerda la historia del mundo un ejemplo parecido, una tragedia semejante.
Don Carlos Antonio López jubiló a los viejos funcionarios, pasó a retiro a los viejos soldados. Introdujo sangre nueva en el anquilosado organismo del Estado. Movilizó a los más capaces, pero conservó el poder absoluto y puso buen cuidado en dejar al margen a aquellos que pudieran alborotar. Entre éstos estaban los Rivarola. No dejaba de encargar a las autoridades de la campaña que no perdieran de vista a los patricios. La Dictadura Perpetua se perpetuaba en don Carlos y en el alma de sus compatriotas.
La vida de la nación cobró de inmediato nuevo ritmo, cada vez más acelerado. Las energías acumuladas por el común bajo la Dictadura Perpetua se desplegaban con vigor, con paso seguro, sin vacilaciones; pero cargando sus estigmas.
-Se diría que Minerva está saliendo de su letargo -comentaba el maestro Severo Acosta-, pero Marte continúa velando.
Había hambre de saberlo ocurrido en el mundo durante los treinta años que el Paraguay estuvo ausente. Llegaban libros en cantidad, y no pocas gacetas que corrían de mano en mano. Proliferaban las escuelas de idiomas, como si el pequeño país buscase trascender los límites de la hispanidad. Y las escuelas privadas de señoritas, porque también las mujeres querían leer y escribir, sin —18→ miedo de recibir recados del demonio. El gobierno no consultaba al pueblo, pero lo mantenía informado como jamás lo había hecho gobierno alguno en parte alguna. El periódico oficial llegaba hasta los más alejados rincones del país y era leído con avidez por todas las clases sociales. Se apelaba a la conciencia de los ciudadanos para sostener la independencia y construir el porvenir. La enseñanza se hizo tan obligatoria como el servicio militar. Los jóvenes talentosos eran movilizados para que continuasen sus estudios por cuenta del Estado. Y no había más que obedecer. Se privilegiaba a los de modesto origen y escasos recursos, con el pretexto de que los ricos podían pagar su educación3. La imprenta nacional imprimía textos y cartillas, los cuales eran distribuidos gratuitamente en las escuelas, y también algunos libros de cultura general. Una vez llegó a don Severo una carretada de libros venidos del extranjero y pagados de su peculio. El maestro perdió completamente los estribos. Suspendió las clases, reunió a los escueleros y mandó abrir en presencia de ellos los cajones de embalaje.
Inocencio, que tenía entonces ocho años, se asustó al ver aquel hombre alto y flaco, de tez oscura, melena y bigotes blancos, que echaba fuego por los ojos y agitaba los brazos como un energúmeno.
-¡Pe poko hesekuéra, pe ñe mona heseve! -gritaba con voz de trueno, olvidando que estaba prohibido hablar en guaraní en la escuela-. ¡Tóquenlos, embadúrnense con ellos!
Entre multitud de libros de historia, geografía y matemáticas aparecieron títulos como «Ivanhoe», «Los tres mosqueteros», «Oliverio Twist», «Robinson Crusoe»... bellamente encuadernados y con asombrosas ilustraciones en daguerrotipo. Don Severo los hojeaba, los olía, se reía señalando los dibujos con su índice sarmentoso. Los chicos se amontonaban a sus espaldas y a su alrededor armando alboroto. Le habían perdido el miedo porque don Severo se había transformado en un niño como ellos. Es que el viejo maestro también veía esas cosas por primera vez en su vida.
Inocencio vio y oyó mucho en la escuela, el pueblo y la casona de Acosta Ñu, donde solía ir de vez en cuando. Pensaba poco en ello no solamente porque entendía sólo a medias sino porque le interesaban otras cosas. Tendría unos diez años de edad cuando una vez, mientras cuidaba unas vacas y tallaba una vaquita en un pedazo de palo de guayabo, sentado bajo un árbol, apareció Eberhard Munck, que por entonces residía en casa de los Rivarola. Andaba como de costumbre buscando yuyos4, haciendo apuntes y dibujos en un cuaderno. El sueco se sentó a su lado y le preguntó si conocía el nombre de algunos pájaros. Inocencio le nombró de corrido alrededor de ciento. El sabio tomó nota y le pidió que los describiera. Lo hizo sin vacilar, de la manera más exacta. No contento con eso, para regocijo de Munck, imitó trinos, silbidos, —19→ chistidos, graznidos, parpidos y gritos y le contó lo que con ellos querían decir los pájaros en guaraní. El sueco quedó tan asombrado que le cambió un hermoso cortaplumas de acero de su país por la vaquita que acababa de terminar. Inocencio quedó igualmente sorprendido de que ponderara tanto una zoncera, y que Munck se la comentara al maestro, quien tampoco le dio ninguna importancia. De habérselo pedido, el niño pudo haberle contado también la historia de cada uno de los pájaros, que, como los otros animales y las plantas, tienen su leyenda respectiva, ocurrida en tiempos del Cura Mono.

—20→
Inocencio había pasado de aburrido escuelero a feliz agricultor, al menos hasta que su padre acabara de convalecer de la cornada o al maestro se le antojase llamarlo de nuevo a filas. A él no le tocaba decidirlo, y a los mayores ni se les ocurría preguntarle cuál era su preferencia. Sospechaba que su padre procuraba adivinar las inclinaciones de su hijo; pero, ni el sargento veterano de artillería licenciado Melitón Ayala se iba a animar a llevarle la contra a don Severo, tal era el respeto y hasta el miedo que inspiraba a quienes fueron sus alumnos.
Inocencio se sentía a gusto en el campo. Disfrutaba del gozoso despliegue de la energía en el trabajo. Veía cosas mucho más interesantes que el contenido de los libracos que le habían obligado a estudiar. No tenía ganas de volver a la escuela. Sin embargo, en los años que asistió a ella se había hecho un poco capillero. No perdía ocasión de ir al pueblo. Curioseaba por la plaza, charlaba con los amigos, empezaba a mirar a las muchachas con más gusto que a los caballos.
En tales ocasiones el jefe de urbanos le solía preguntar, como quien no quiere la cosa, si había visto por ahí al padre Maíz paseando con don Cirilo Rivarola. Sin atreverse a mentir del todo a un autoridad, Inocencio procuraba hacerse el tonto y contestaba con evasivas. No se daba cuenta de que don Porfirio Quiñones era demasiado astuto para dejarse engañar. La reticencia del muchacho era un valioso indicio para él. Otros ya le habían ido con el cuento sin que les preguntase.
Inocencio había oído murmurar a las mujeres, que estaban al tanto de cuanto ocurría en el Paraguay, que al presbítero Fidel Maíz lo habían hecho párroco de Capilla Duarte para alejarlo de Asunción, donde era demasiado asiduamente visitado por una señorita de buena familia. Y también porque en sermones, conferencias y tertulias se expresaba de un modo demasiado atrevido al referirse a cuestiones religiosas y asuntos de gobierno.
En cuanto a don Cirilo, tenía la costumbre de hablar con una libertad rayana en el libertinaje. Practicaba la abogacía y era defensor de pobres y esclavos. Debía este nombramiento a su hermano Manuel María, juez de primera instancia en la capital, que gozaba de la confianza del Presidente de la República. Don Cirilo había heredado el carácter de su padre. Era muy estimado en la Cordillera.
Nadie iba preso por sus opiniones, pero el gobierno estaba al tanto de las andanzas y habladurías que pudieran alucinar a los «inocentes paraguayos», como los llamaba «El Semanario».
—21→Capilla Duarte distaba unas diez leguas de Barrero Grande, esto es, una cabalgata de casi todo un día. El padre Maíz la hacía a menudo. Rara vez llegaba hasta el pueblo. Paraba en Acosta Ñu, en la casona de los Rivarola. Del mismo modo don Cirilo solía ir a verlo a Capilla Duarte. Ambos, por su sus respectivos oficios, tenían pasaporte que les permitía transitar libremente en la región.
Inocencio iba a la chacra cuando empezaba a clarear. Generalmente volvía a su casa a media mañana, cuando apretaba el sol. Regresaba al trabajo después de almorzar y hacer la siesta, para seguirlo hasta el oscurecer. Don Melitón, que ya se levantaba pero no podía hacer fuerza sin sentir agudos dolores, estaba satisfecho de su hijo y empezaba a tratarlo como a un hombre. Al percatarse de ello, Inocencio, en vez de pasar al fondo donde estaban su madre y sus hermanos menores, se quedaba con su padre en la fresca sombra de un frondoso yvapovó, árbol que por lo general hace de sala en los hogares campesinos. Bajo el yvapovó no acecha el diablo, y en su intrincado ramaje anidan los querubines.
Se sentía sumamente halagado porque don Melitón no le hacía preguntas acerca de los sembrados ni le daba consejos, prueba de que lo consideraba capaz de arreglárselas solo. Hablaban poco, pero era lo mismo que si charlaran todo el tiempo. Don Melitón inspiraba a su hijo un profundo respeto. No le sería posible hacer nada que avergonzase u ofendiese a ese hombre, o tan siquiera algo que no mereciese su callada aprobación.
Una mañana al regresar de la chacra, Inocencio reconoció a dos caballos ensillados frente a la casa. En efecto, estaban con su padre, sentados a la sombra del yvapovó, don Cirilo Rivarola y el presbítero Fidel Maíz. Inocencio, con el sombrero bajo el brazo, se acercó a saludar y pidió la bendición. A don Cirilo, porque era su padrino; a Fidel Maíz, porque era sacerdote. Cuando iba a retirarse, le dijo don Melitón en guaraní, con una leve sonrisa socarrona y un tono veladamente irónico:
-Siéntate, hijo, y escucha lo que dicen estos sabios señores.
Don Cirilo era un hombre delgado, pura fibra, rostro triangular y mejillas hundidas; tez oscura como cuero sobado, corta melena y grandes bigotes. Vestía con cierto desaliño ropas de tropero y estaba descalzo. Fidel Maíz era alto, de anchos hombros, trigueño, rasurado, lo que las mujeres dirían todo un buen mozo. En vez de sotana vestía casaca negra de capellán. Colgábale del cuello una cadena que sostenía sobre el pecho un crucifijo de plata. Calzaba altas botas charoladas, que azotaba jugando con un largo mboreví, el terrible látigo de cuero de tapir. Inocencio, que nunca lo había visto tan de cerca, quedó muy impresionado. El padre Maíz era tenido por uno de los hombres más inteligentes e instruidos del Paraguay, sobrino de otro eminente sacerdote, el padre Marco Antonio Maíz.
—22→Como la generalidad de los paraguayos de la época, que conservaban la tradición de la Conquista, se expresaban, en tono mesurado y señorial, en castellano o guaraní según viniera al caso. A diferencia del resto de la América española la categoría de gran señor no comprendía exclusivamente a los poderosos, y era, antes que nada, un concepto moral. Las paraguayas, en cambio, como sus tatarabuelas indias, hablaban casi exclusivamente en guaraní.
El tema de conversación eran las tensas relaciones con el Brasil, de que informaba «El Semanario», y la posible movilización general.
-Espero estar bien para ese día -dijo don Melitón-, lo que ha de pasar que pase de una vez.
Desde hacía años la guerra se insinuaba como refusilos sin trueno más allá del horizonte. Don Melitón expresaba el fastidio de la gente por un amenazo de tormenta que no acaba de desencadenarse.
-Dios no permita que ocurra, al menos todavía -replicó el padre Maíz-. Con un poco más de tiempo nuestro magnífico ejército estará listo para hacer pedazos a los macacos, vengan solos o acompañados.
Don Cirilo se rió:
-Te dejas alucinar por las puras apariencias, y mi compadre no sabe lo muchos que son los negros: veinte veces más que nosotros. Por inútiles que sean no acabaríamos de matarlos nunca. Por suerte don Carlos sí lo sabe, y evitará la pelea mientras el fuego no queme.
-Y así tiene que ser -aprobó don Melitón-, no hay que descomponer el baile como un raído borracho, por ganas de alborotar; pero si nos atropellan, por muchos que sean los negros, van a saber quiénes son sus verdaderos padres. Hay que esperarlos aquí, no hay que salir del Paraguay. Así pensaba el Gran Señor -se refería al Dr. Francia-, y se lo recordamos a don Carlos cuando nos mandó a Corrientes.
Inocencio se acordó de que su padre había sido uno de los soldados que se sublevó en Payubré exigiendo regresar y reunir «junta» para que el común decidiera si debían salir o no a combatir en el extranjero. El joven general Francisco Solano López se adelantó solo a enfrentar a los escuadrones rebeldes que avanzaban desplegados en batalla. Les afeó su conducta y exigió que declarasen quiénes eran los cabecillas. Cuatro cabos fueron pasados por las armas, y perdonados los demás. Entre estos estaba Melitón Ayala. Continuó en el ejército hasta que fue licenciado con jinetas de sargento de artillería.
El gobierno, lejos de ocultar aquel escándalo, lo condenó en las columnas de «El Paraguayo Independiente», pero nunca más un soldado paraguayo fue enviado más allá de las fronteras.
—23→-Por sabio que sea don Carlos -dijo don Cirilo-, no es eterno y también se puede equivocar. Hace falta una constitución, una ley que nos permita decidir entre todos en vez de que lo haga por nosotros una sola persona. ¿Cómo evitar de otro modo que nos manden hacer algo que no queremos, o que consideramos contrario a nuestros intereses?
-Eso dije una vez, y casi me fusilan -respondió don Melitón-, pero así y todo, con constitución o sin constitución, puede ser que no me dejen hacer lo que quiera, pero nadie me va a obligar a hacer lo que no quiero. Y esto también, les aseguro, lo sabe el presidente López.
Don Cirilo y el padre Maíz escuchaban a don Melitón como a hombre de consejo. Los tres tenían aproximadamente la misma edad, pero don Melitón parecía el mayor de todos no tanto por su rostro curtido de labrador como por su carácter ponderado y sereno.
-Con respecto a la constitución, los argumentos que expone «El Semanario» son por lo menos atendibles -dijo el padre Maíz-, y expresan cabalmente la manera de pensar de don Carlos, para quien lo que importa no son las palabras sino la realidad de los hechos. De México para abajo todos los países tienen constituciones que sólo rigen en el papel. El nuestro es el único donde las leyes se cumplen, porque responden a nuestras necesidades. ¿Qué persiguen quienes reclaman una constitución liberal para un pueblo que, en su mayoría, no tiene la ilustración necesaria para aplicarla? ¿No será para usarla contra ese mismo pueblo cuyas libertades dicen defender? En el mejor de los casos, sólo aprovecharía a unos pocos; en el peor, debilitaría al Estado, dividiría a la nación, y de este modo, abriría las puertas a las potencias extranjeras y pondría nuestras riquezas en subasta pública, nos endeudaría hasta la coronilla y nos dejaría a merced de los prestamistas. Es lo que ocurre en toda la América que fue española y también en el Brasil, con la sola excepción del Paraguay. El gobierno debe ser fuerte, afirma don Carlos, a condición de que emplee esa fuerza5 para preparar y educar al pueblo para la libertad. Esto se logra no con constituciones sino con escuelas, estimulando la prosperidad fundada en el trabajo y el mérito, y condenando el privilegio.
-La única forma de aprender la libertad es ejerciéndola -replicó don Cirilo.
-Estoy de acuerdo, pero, ¿quien ejerce la libertad en Buenos Aires, Montevideo y Río de Janeiro? Unos pocos privilegiados. El pueblo, presunto depositario de la soberanía, no cuenta para nada. Es más, se lo desprecia. A mí no me preocupa don Carlos, que es un viejo muy coherente. El peligro está en cómo será usado un poder no limitado por la ley por quienes le sucedan.
-Entonces ya veremos, pues si hay muchos maestros ni la polenta se cocina -opinó don Melitón-; por ahora es mejor dejar las cosas como están, —24→ sino queremos que mientras pleiteamos los negros se prevalezcan por nosotros.
El padre Maíz, que había estado observando a Inocencio, le preguntó:
-¿Y tú qué opinas?
Tomado de sorpresa, el muchacho se volvió hacia su padre. Don Melitón le hizo una seña para que respondiese.
-Yo voy a hacer lo que me manden, ¿o qué otra cosa debo hacer?
-¡He aquí el porvenir de la patria! -exclamó don Cirilo, y se echó a reír mirando triunfalmente al padre Maíz.
La conversación tomó otros rumbos. Al cabo de un rato, el padre Maíz volvió a dirigirse a Inocencio.
-Necesito un paje, ¿te gustaría pasar un tiempo conmigo en Capilla Duarte?
Al mozo le encantó la idea, porque nunca había salido de su valle, y sería una gran cosa servir a un hombre tan notable como Fidel Maíz. No respondió. Su padre lo hizo por él:
-Cuando me alivie un poco más voy a mandártelo, pero sólo por un tiempo.
Las visitas se levantaron para irse. Habían venido, explicaron, para sentirlo un poco a don Melitón, que estaba herido. Se iban contentos por haberlo encontrado casi restablecido.
Pasaron meses. Don Melitón había vuelto al trabajo. Él y su hijo recogieron algodón, maíz, porotos, tabaco, cañadulce. Fabricaron miel. Ayudaron a los vecinos y fueron ayudados por éstos, en el sistema de la minga. El dueño de la chacra hacía el gasto de la comida. Al terminar el trabajo en cada una, había baile y comilona. Los Ayala marcaron ocho terneros. Seguían siendo pobres, por lo cual, exentos de otras cargas, sólo tuvieron que entregar el diezmo a Eberhard Munck, quien lo recaudaba por cuenta del Estado. Almacenaron suficiente para el consumo familiar. Parte del resto lo vendieron al almacén del Estado, parte al pulpero Odilón Núñez, según cuál ofreciese mejor precio. A igualdad de oferta, tenía privilegio el gobierno. «El Semanario» advertía que no se presionase en modo alguno a los productores. Don Melitón no quiso hacer lo que otros, que llevaron sus productos en carreta a la capital. La ganancia, según él, no justificaba el trastorno y el cansancio de los bueyes, que eran —25→ tratados poco menos que como miembros de la familia. Les sobraba para vivir, y esto era suficiente. Se aprovistaron de lo que no producían en casa, que no era mucho. Compraron algunas ropas, herramientas y lujos. Inocencio fue obsequiado con un traje de marinero, de tela y confección inglesas, y un par de botines, de industria nacional. Doña Robustiana pudo guardar en su carameguá, que era un cofre de madera forrado de cuero repujado, un buen montoncito de monedas de plata y una que otra onza de oro. Como la generalidad de los padres de familia, don Melitón, que no se entendía con el dinero, dejaba el tesoro a cargo de su mujer, lo cual le daba a ella un poder tan sólido como imponderable. Él era manirroto; ella avara como una rata vieja.
Fue un buen año. Seguramente el juez de paz Ovidio Ferreira escribiría en su informe al Presidente de la República:
«...hasta la fecha no ha ocurrido acontecimiento alguno digno de elevarse al conocimiento de V.E. pues según la razón que me han dado los Sargentos, Cabos y Celadores, a más de otros informes que he tomado, no hubo en todo este tiempo intruso, vago ni mal entretenido alguno, ni amancebados públicos sobre que tomar conocimiento y providencia, ni vecino alguno enteramente pobre dado a todo género de vicios, acreedor de una sujeción, poniéndose su persona a cargo de un hombre que lo sujete, y lo haga trabajar y esté a la mira de su conducta».
Doña Robustiana y sus tres hijas, menores que Inocencio, además de atender las tareas domésticas comunes y de criar a dos varoncitos más pequeños, atendían los cultivos de bastimento, tales como mandiocas, batatas, zapallos, locotes, melones, sandías y algunas otras cosas que los varones plantaban en poca cantidad y lo dejaban después al cuidado de las mujeres. Cuidaban las gallinas, los patos, los pavos, los cerdos, las cabritas, las ovejas; pisaban maíz en el mortero, preparaban almidón; ordeñaban las vacas y heñían quesos; hilaban, tejían y bordaban; y todavía les quedaba tiempo para mimar amorosamente un abigarrado jardín con toda clase de flores, helechos y enredaderas, cada uno de lo cuales tenía personalidad propia y merecía consideraciones especiales. No se daban tregua de la mañana a la noche. Parecían hacerlo sin esfuerzo, pero doña Robustiana, que no había cumplido treinta años, parecía tener más de cuarenta.
Aunque pobre, se sabía una gran señora, esposa legítima de un gran señor, con el que formalizó matrimonio cuando el Presidente López mandó perseguir a los amancebados públicos y metió en el cepo a quienes osaron tomar a la chacota tan insólita medida. Su conocimiento pormenorizado de la genealogía familiar se remontaba a la época de la conquista. Dominaba la trama y la urdimbre de los parentescos, cuya tela envolvía al Paraguay entero, e incluía a —26→ los López y a los Carrillo, familia de don Carlos, quien, por lo demás, de un modo u otro, estaba emparentado con casi todos sus gobernados.
Doña Robustiana estaba al tanto de los chismes de la Cordillera, de Asunción, del resto del país y aun más allá. Sabía lo que pasaba en la Residencia Presidencial, en la quinta de Trinidad, en la estancia de Mbopicuá. Ponderaba el modo absolutamente genial como don Carlos se mantenía informado de las opiniones y sentimientos del común: todas las madrugadas recibía a un barbero parlanchín al que dejaba hablar sin interrumpirle mientras éste le afeitaba. Era una lástima que Panchito -como ella llamaba familiarmente al general López-, se dejara crecer la barba en las Europas, como sabía de buena fuente.
La casa de los Ayala era de adobe, techo de paja y piso de tierra apisonada, con un alero en el frente, blanqueada a la cal e inmaculadamente limpia. Tenía dos cuerpos, unidos por un espacioso solero en el centro. Las habitaciones principales eran el dormitorio de los esposos, con una enorme cama con sábanas y almohadas con encajes a la aguja y perfumadas con pacholí, y cubierta con una colcha de algodón de tejido basto, borlas y flecos; y el comedor, con una larga mesa y sillas de cuero repujado. Había allí un nicho empotrado en la pared, en el que estaban instalados la Inmaculada Concepción y el Niño Jesús en su cunita. Debajo, en un altar, el Señor San Francisco, con un séquito de santos y santas de todo tamaño y catadura y especialidad de milagrero.
San Francisco era objeto de la especial devoción de doña Robustiana, que lo colmaba de regalos, lo adornaba con flores y lo alumbraba con velas. Don Melitón parecía tenerle cierta inquina. Cuando su mujer se dirigía al «seráfico» para agradecerle la abundancia de la mesa familiar, él solía decir con ese gracejo que suelen tener las personas habitualmente serias:
-¿Por qué no das las gracias a tu pobre marido? ¡Ahechasetépa Señor San Francisco ojehevipearö okaapi kokuépe! ¡Quisiera ver al Señor San Francisco con el trasero abierto carpiendo en las sementeras!
Los hijos dormían donde mejor les acomodase, en las dos habitaciones restantes, bajo el solero o afuera, entre los árboles, en hamacas o en catres de tiento.
La cocina era una dependencia un tanto precaria adosada, en el fondo, al cuerpo principal del edificio.
En el patio trasero estaban el horno, un cobertizo que servía de granero, el rancho y taller del esclavo taitá Simón. Una surgente brotada entre unas piedras por antiquísimo milagro de Paí Chumé, en pago de un servicio que le hiciera un remoto antepasado de don Melitón, les daba agua fresca y pura en abundancia.
En el horno residía Pombero, un duende travieso y bonachón quien, si se disgustaba, sabía malograr la parición de las vacas, extraviar a las gallinas, —27→ cuajar la leche. Se lo propiciaba con una diaria ración de tabaco, caña y miel de abeja, dejados sobre una viga del solero y que el duende invariablemente consumía. Don Melitón maliciaba que el provecho lo birlaba Che'olo, el loro que decía zafadurías, se mezclaba en las conversaciones y perpetraba la maldad de morderle la cola a Barcino cuando pillaba al perro durmiendo descuidado. So Perú, el burro de taitá Simón estaba tan viejo como el esclavo, pero seguía tan enamoradizo como en los tiempos en que salían a vender santos milagrosos por las quebradas de la Cordillera.
Inocencio había olvidado su afición infantil de tallar madera, y como el resto de la familia, apenas tenía presente la existencia del santero, quien solitario en su taller seguía tallando imágenes milagrosas.
La familia comía habitualmente en la cocina, o bajo los árboles, cada cual con su cuchara, directamente de la olla. Lo hacía con ellos taitá Simón. El comedor sólo se usaba en ocasiones especiales, en la que salía a relucir la platería heredada de los mayores. No había modo de convencer a taitá Simón para que se sentara con ellos.
-Cambá ha olla cocináme -decía el esclavo-, el negro y la olla, en la cocina.
De un tiempo a esta parte, según doña Robustiana, taitá Simón se había vuelto hipocondríaco, esto es, melancólico, malhumorado, caviloso. Con frecuencia no aparecía a la hora de comer. Entonces doña Robustiana iba a ver qué le pasaba. Lo encontraba tendido en su hamaca, con las manos bajo la nuca, los ojos muy abiertos, como recordando. Decía que estaba bien, que simplemente no tenía apetito. Ella le obligaba a tomar un poco de caldo y a beber alguna pócima de yuyos. Una tarde lo fue a ver don Melitón. El negro salió con la ocurrencia de que quería comprar su libertad.
-¡Taitá Simón, si tú has sido siempre el más libre de nosotros! Pero, si es tu gusto, mañana mismo iré a la capilla para que el juez te dé el certificado de manumisión. No es preciso que pagues ni un real.
-Ya es tarde para eso, quiero comprar mi libertad. Algo ha de valer todavía este viejo esclavo.
-Para mí no tienes precio, taitá Simón.
-¿Te parece suficiente diez onzas de oro?
-Vales mucho más, pero por ser a ti voy a hacer la rebaja.
Taitá Simón sacó de un cofre, una por una, diez monedas de oro relucientes, con el perfil de Carlos III en una de sus caras, y las fue poniendo en manos de su amo Melitón Ayala.
Días después se le entregó el certificado en el que constaba, a su pedido, que había comprado su libertad, y que adoptaba el apellido que su madre obtuvo antes de morir, junto con la manumisión. Ya hombre libre, taitá Simón dispuso —28→ que vinieran a verle, a su costa, el juez de paz Ovidio Ferreira y don Cirilo Rivarola. Quería dictar su testamento. Don Melitón Ayala sería su albacea.
El documento empieza así:
¡VIVA LA REPÚBLICA
DEL PARAGUAY!
¡INDEPENDENCIA O MUERTE!
«Yo, Simón Cuquejo, ciudadano paraguayo, en pleno uso de mis facultades, y en ejercicio de los derechos que me otorga la ley...».
Dejaba sus instrumentos de trabajo, tintes, maderas estacionadas, retablos e imágenes terminadas y a medio hacer al santero Hermenegildo Araguá, indio de Tobatí.
El resto, una pequeña fortuna en monedas de plata y oro, para comprar la libertad de tantos esclavos a que diere lugar, a elección del albacea, su amigo Melitón Ayala, en consulta con el defensor de pobres y esclavos don Cirilo Antonio Rivarola. «Dispongo y mando -dice en uno de los párrafos finales- que lo dispuesto en este testamento sea mantenido en reserva hasta después mi muerte».
Nada para su entierro, nada para la iglesia, nada para una misa en sufragio de su alma. Nada para los Ayala que lo habían alimentado y atendido durante una parte de su vida sin pedirle nada a cambio.
Al día siguiente taitá Simón no se presentó a comer en la cocina. Doña Robustiana fue a llevarle un poco de caldo. Lo encontró, como solía, tendido en su hamaca, las manos en la nuca, los ojos muy abiertos. Estaba muerto.
A Inocencio se le grabó para siempre el gesto duro de aquel rostro, la expresión altiva de aquellos ojos que parecían pintados en un diablo de palo negro.
El féretro se instaló sobre la mesa del comedor. Acudió al velorio mucha gente: libres y esclavos, pobres y ricos. En la iglesia de Barrero Grande se cantó una misa de cuerpo presente. Una multitud siguió a la carreta que lo llevó al cementerio. Las plañideras, en sus lamentaciones, iban narrando los recuerdos que el santero había dejado en el pueblo.
Al enterarse del contenido del testamento, doña Robustiana se dolió, no por el dinero sino por la ingratitud.
-No hay que quejarse, mi señora -le dijo con Melitón Ayala-, don Simón Cuquejo dejó su herencia a los suyos.
—29→
A todo esto Inocencio seguía creciendo fuerte como un lapacho, sano como los aires de la Cordillera. Llegaron los primeros fríos. Los naranjales desbordaban de frutos. Las mujeres preparaban conservas, que envasadas en vasijas de alfarería las compraba don Odilón Núñez para enviarlas a la capital, desde donde se exportaban a las repúblicas de costa abajo y a Europa. Para hacerlo se juntaban las vecinas y la ocasión era propicia para hablar como cotorras. Para los hombres era tiempo de holganza. Con los pretextos más diversos don Melitón enjaezaba su caballo con arreos chapeados con platería acumulada durante generaciones, vestía sus mejores galas, calzaba espuelas de enorme rodaje que lo hacían andar en puntas de pie o arando en el suelo y levantando polvareda, y se iba a chusquear un poco por las estancias y pulperías donde se jugaba a la taba, se apostaba a los gallos, se corrían cuadreras y sortijas, y solía haber zambas complacientes, espigadas y jugosas como la cañadulce. En ocasiones regresaba a los dos o tres días con expresión culpable, tambaleándose un poco, y del dormitorio salían los apagados ecos de una disputa conyugal.
No se había vuelto a hablar del traslado de Inocencio a Capilla Duarte, hasta que un día le dijo don Melitón, que acababa de regresar de la estancia de Acosta Ñu, donde había ido a visitar a su compadre:
-Ya es hora de cumplir con paí Maíz. Irás mañana con tu padrino don Cirilo.
Doña Robustiana, a sabiendas de que seda inútil contradecir a su marido, plagueando entre dientes preparó a su hijo un atado de ropas y unos avíos para el camino. Al día siguiente, de madrugada, pasó a buscarlo don Cirilo. Le acompañaba un peón indio montado en una mula, que traía del cabestro un caballo ensillado para Inocencio.
En vez del camino real tomaron un atajo para salir directamente a Tobatí y desde allí dirigirse a Capilla Duarte. Hacía un frío glacial. Abrigados con el poncho, embozados con el pañuelo, el sombrero calado hasta los ojos, cabalgaron por sendas estrechas que serpenteaban trepando los cerros, entre bosques de árboles gigantes con colgaduras de lianas, en los que aparecían, de tanto en tanto, como espíritus tentadores, inquietantes orquídeas de fascinadora belleza. Pasaron arroyos que volcaban cascadas cristalinas en remansos azules. Siguieron el curso de uno de ellos, entre paredones de basalto encortinados de helechos. Curiosos venaditos de grandes ojos mansos levantaban la cabeza para verlos pasar. Tribus de monos saltaban de rama en rama, chillando y mostrándoles los dientes como si los llenaran de improperios. Ya sobre la meseta cordillerana se abrieron ante sus ojos extensas praderas en las que pacían —30→ millares de vacunos. Don Cirilo le dijo a Inocencio que pertenecían a una Estancia de la Patria.
-Hay también algunas haciendas de particulares; pero, de un modo u otro, al Estado es dueño de todo el Paraguay... y de toda la gente que hay adentro.
Cerca del mediodía entraron al antiguo pueblo de Tobatí. Era grande y hermoso, pero parecía desierto. Sólo se veían algunas indias viejas, como petrificadas bajo recovas en ruinas. Tenía un no sé qué de fantasmal que impresionó a Inocencio.
Según don Cirilo, Tobatí había sido una reducción de indios regida por los franciscanos de la época. Fueron vasallos al servicio de los encomenderos hasta poco antes de la independencia. Vivieron en comunidad y sometidos a tutela hasta que en 1848 el presidente López lanzó el memorable decreto de disolución de las comunidades.
-A los indios, convertidos en ciudadanos paraguayos, se les repartió en parcelas individuales las tierras de la comuna; pero ellos, sometidos a tutela durante siglos, en su mayoría se mostraron incapaces de valerse por sí mismos y se mandaron a mudar para hacerse peones. La libertad no es nada fácil, mi estimado Inocencio.
Pasaron frente a una iglesia apuntalada con pilotes como si estuviera apunto de venirse abajo. Inocencio y el indio que les acompañaba se sacaron el sombrero y se persignaron. Don Cirilo no lo hizo.
-Allí vive la Virgen de Tobatí -dijo don Cirilo, señalando la iglesia-, gemela de la Virgen de Caacupé, que le ha pisado el manto. Le han construido un santuario, recibe ofrendas de los ricos, entre ellos de las hijas del Presidente de la República. Aunque igualmente milagrosa que su hermana, la Virgen de Tobatí ha de conformarse con las velas de cebo que le ofrendan los indios.
Inocencio se rió. Su padrino lo observó sonriente, y soltó una carcajada.
El indio, montado en la mula, metido en su poncho de muchas listas blancas y negras, seguía con el sombrero apoyado en el pecho. Tenía la cara de piedra, absorto seguramente en una de esas oraciones en guaraní tan cerrado que sólo ellos comprenden lo que significan.
Se detuvieron frente a un caserón de piedra con recovas. Tenía un escudo de cerámica, muy bien dibujado y pintado, que mostraba un león custodiando una pica que sostenía un gorro frigio en la punta, y una leyenda que decía «PAZ Y JUSTICIA».
Era la escuela, de momento sin alumnos por las vacaciones de invierno.
Les recibió el maestro Victoriano Yaguareté. Saludó parcamente y les convidó a pasar. Llevaba puesto un poncho de bayeta colorada y estaba descalzo. Era bajo, gordo, de cabellos lacios, renegridos, piel cobriza, cara redonda, ojos achinados, labios gruesos, manos y pies pequeños. Inocencio lo —31→ conocía de mentas. Había sido condiscípulo de don Severo Acosta en el Real Colegio Seminario de San Carlos. Su escuela era famosa en la Cordillera.
Los tres pasaron al despacho del maestro. Los muebles eran viejos y destartalados, pero de buena factura. Había una enormidad de textos, cartillas, cuadernos y hojas sueltas en una abarrotada estantería, sobre una mesa, las sillas y en el suelo; todo en desorden, cubierto de polvo e impregnado de un fuerte olor a indio.
Se acomodaron como pudieron en tanto don Victoriano Yaguareté sacaba la cabeza por una puerta que daba al fondo y lanzaba un rugido. Al rato apareció una muchacha rechoncha con un mate espumoso, que pasó a don Cirilo. Luego, yendo y viniendo hizo la rueda una y otra vez, paciente e incansable, hasta que uno tras otro fueron dando las gracias. Don Victoriano, don Cirilo y el peón encendieron sus cigarros y al punto estaban escupiendo a diestro y siniestro, salpicando los papeles que estaban en el piso.
El tema del momento era la escuadra que se preparaba en el Brasil para castigar la insolencia de los paraguayos, que habían sacado a patadas al encargado de negocios Pereira de Leal. El peón, que era sargento de infantería licenciado, y veterano del asalto y ocupación del fuerte Pan de Azúcar, construido por los brasileños en territorio en litigio, opinaba que los coludos monos negros no se animarían a pelear cuando la cosa fuera en serio.
-Los monos gritan de balde. Si no consiguen espantar a su contrario, se pichan y se van.
La muchacha anunció que la comida estaba lista. Pasaron al fondo. En una mesa un tanto grasienta había una fuente de cerámica llena de locro y otra de mandiocas. Sentados en bancos, don Cirilo y el peón de un lado, el maestro e Inocencio del otro, comieron con sendas cucharas de madera. Luego echaron manos y dientes a soquetes de hueso y carne. Se limpiaron con un único repasador de lienzo. Después, uno tras otro, metió una calabaza con mango dentro de un cántaro, se enjuagó la boca, escupió hacia el patio y bebió hasta saciarse. Don Cirilo no aceptó el ofrecimiento de que se echaran una siestita en hamaca. Quería llegar a destino antes del oscurecer. Se despidieron, montaron y siguieron camino un tanto amodorrados por la comilona.
Inocencio creía que de haber venido a pie se hubiera cansado menos. Aunque era buen jinete nunca había hecho una larga jornada a caballo. Apenas —32→ se sostenía en el recado cuando su padrino dispuso hacer un alto a la vera de un arroyo. Se dieron un baño. Don Cirilo cambió sus ropas de tropero por camisa de seda, chaqueta de cazador, bombachas y botas. Aliviados y contentos siguieron cabalgando por el camino que bajaba suavemente de la Cordillera en tanto el sol iba cayendo.
Don Cirilo contó que cuando el padre Maíz vino a Capilla Duarte, hacía diez, años que había muerto de viejo el último párroco. Era un paraje perdido, estancado en el tiempo. Al verlo llegar montado en caballo blanco muchas mujeres cayeron de rodillas creyendo que era el arcángel San Miguel. Salió a recibirlo el juez de paz, vistiendo levita, calzones a la pantorrilla6, medias blancas, con el tricornio bajo el brazo y luciendo una larga trenza. La gente del lugar se dedicaba a la cría de ganado y sólo cultivaba para bastimentos. Los chicos iban a la escuela, pero no había nada que leer y ninguna necesidad de hacerlo. Ya entonces, sin embargo, se venía formando hacia el paso del río Manduvirá, junto al camino que bordea el pueblo y se dirige a los yerbales, un rancherío llamado Minero-cuá, habitado por arribeños de índole muy distinta a la de los pobladores originarios.
De esto hablaban y estaba oscureciendo cuando se les cruzó una patrulla a caballo. Eran tres soldados indios al mando de un sargento tan indio como ellos. Los viajeros se descubrieron respetuosamente. El sargento le preguntó a don Cirilo si el muchacho que le acompañaba tenía pasaporte. Respondió que era su ahijado, y lo traía para paje del párroco Fidel Maíz.
-¡Cómo te llamas! -dijo el sargento, de mal modo, dirigiéndose a Inocencio.
-Inocencio Ayala, para servirle, señor.
-¡Jhu'm! -gruñó el sargento, y la patrulla siguió de largo.
Inocencio se enojó, y una vaga inquietud le quitó en parte el contento del viaje y de la novedad de la aventura. No estaba acostumbrado a que lo trataran de este modo. En su valle las relaciones se basaban en el mutuo respeto.
Pasaron de largo, dejándola a la derecha, en una loma, la cabecera de Capilla Duarte, donde estaban la iglesia y la casa parroquial en que vivía el padre Maíz. Don Cirilo explicó que quería llegar primero a la «Posada de la Viuda», en pleno Minero-cuá. Ya era de noche y hacía mucho frío.
La «Posada de la Viuda» era una casa grande, con corredores en el frente. Los ventanales, protegidos por rejas, de un gran salón que había en el centro, estaban abiertos de par en par, lo mismo que una puerta. El peón indio llevó los caballos para el fondo. Don Cirilo e Inocencio subieron unas gradas de ladrillos, cruzaron el corredor y entraron en la sala.
Había una cantidad de hombres bien vestidos, de aspecto vigoroso, sentados en torno a mesitas, que jugaban a las barajas, charlaban, gritaban, reían a —33→ carcajadas, bebían, fumaban y escupían con mala puntería hacia unos salivaderos puestos en el suelo. En uno de los extremos de la sala había un mostrador, y detrás de éste, una estantería repleta de una notable variedad de botellas, seguramente conteniendo diversas clases de bebidas. Despachaba un negro vestido de blanco.
Al ver entrar a don Cirilo todos se levantaron a saludarlo y estrecharle la mano. Entre ellos estaba el presbítero Fidel Maíz. De Inocencio no hicieron el menor caso. El muchacho fue a sentarse en el alféizar de una ventana, arropado en su poncho. Estaba muerto de sueño y de cansancio, pero la curiosidad por lo que estaba viendo pronto lo despabiló.
Como sabría después, los más de aquellos hombres eran patrones habilitados para beneficiar la yerba. Daban la impresión de ser individuos formidables. Lanzaban alaridos que hacían bambolear las botellas de la estantería.
Enterada de que acababa de llegar don Cirilo, la dueña de la posada hizo su aparición. Se llamaba doña Carmen Montiel. Era blanca, de rostro ovalado, colorete en las mejillas y carmín en los labios. Más bien baja, rellenita, con los cabellos color de miel de abeja peinados hacia arriba y sujetos con peinetón. El vestido era rojo, de seda seguramente; acampanado, con volados, encajes y lentejuelas. Llevaba sobre los hombros un rebozo celeste que jugaba con la luz. Calzaba dorados y puntiagudos zapatitos de taco alto. Resplandecía de oros y pedrerías. A Inocencio se le antojó que esa belleza no podía ser de este mundo. Muy amable con todos, doña Carmen mantenía a distancia a aquellos brutos. A don Cirilo trató con familiaridad, hablándole en fluido castellano, cosa poco común en las mujeres de cualquiera condición. Enseguida descubrió a Inocencio que la miraba embobado.
-¿Y este mozo, quién es? -dijo, acercándosele y fijando en él sus hermosos ojos azules, a un tiempo fríos y amistosos.
-Es mi ahijado -explicó don Cirilo-, lo he traído para paje del paí Maíz.
Entonces el sacerdote advirtió la presencia del muchacho.
-¡Ah, así que por fin viniste! -exclamó adelantándose a darle palmaditas en la espalda-. ¡Cuánto me alegro, de veras! Ten un poco de paciencia, que luego iremos a casa.
-¡Qué esperanza, eso será mañana! -declaró la señora-, el pobre ha de estar cansado y hambriento... Ven conmigo para que te den de comer y una buena hamaca para dormir.
Inocencio la siguió dócilmente, sintiendo por primera vez en su vida la dicha y el tormento de un amor desesperado.