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El Inquisidor Mayor

Manuel Bilbao



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ArribaAbajoJuicio

El siguiente juicio es traducido de la Libre Recherche, revista universal publicada en Bruselas por Mr. Pascal Duprat, página 154, entrega 13, tomo 2.º, correspondiente al año primero, diciembre de 1855.

LITERATURA HISPANO-AMERICANA

EL INQUISIDOR MAYOR
O
EL GRAN INQUISIDOR

Esta obra es la primera que haya manifestado el espíritu de la conquista española en contraposición con el espíritu de la revolución en el virreinato del Perú.

El suceso ha correspondido al objeto. Dos ediciones han sido rápidamente agotadas, lo que es una novedad en la América del Sud.

El autor ha escogido a Lima, capital del Perú, como teatro de los acontecimientos que nos traza.

Su narración es muy anterior a la época de la independencia americana.

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Nada más interesante que el cuadro que nos presenta de aquella antigua ciudad. Nos manifiesta en el seno de esta ciudad, en donde todo es alegría, molicie y abandono, la conquista española, ahogada en la voluptuosidad y hartándose de oro a la sombra de la Inquisición.

Los descendientes de Pizarro, no teniendo ya batallas que dar, forman una oligarquía avarienta que explota las vastas posesiones del Perú, por las manos del esclavo y del indio siervo.

No más espíritu de empresas, costumbres caballerescas.

El ocio, el juego, el placer, las fiestas, todas las pasiones y todos los vicios, llenan la vida de esos soberbios dominadores. Todas las seducciones, todos los goces, parecen haberse encontrado en Lima.

El elemento africano y moro se combina allí con el elemento indígena para los placeres de los nuevos amos del terreno, y el catolicismo sirve como marco a estos extraños cuadros.

Se diría que era una parodia de las antiguas épocas babilónicas, faltándoles la grandeza bíblica.

Al lado de ese espectáculo, el escritor muestra otro.

Es la filosofía del XVIII personificada en un joven francés que muere víctima de sus opiniones, y que la Inquisición de Lima quema como a hereje.

El lector, a medida que el drama se desenvuelve, ve pasar bajo sus ojos el cuadro complicado de esta sociedad hispanoamericana, con todos los elementos que la componen.

Asiste a la lucha sorda todavía, del pasado y del porvenir.

Toca todos los problemas que se agitarán luego sobre esa tierra ya trabajada por la revolución, desde el catolicismo y la esclavitud, hasta la nueva forma de las Repúblicas Americanas, que deben salir del conflicto ya eminente entre la España y el Nuevo Mundo.

Se respira en esta obra la atmósfera perfumada y, embriagante de la naturaleza tropical, en donde el amor es el fondo, de la vida; pero se siente al mismo tiempo el aliento revolucionario pronto ya a remover la tierra como un volcán de las cordilleras.

No hay en la literatura española en la América, un solo libro que haya abrazado un horizonte tan vasto.

No lo hay tampoco que haya producido una tan grande impresión.



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ArribaAbajoIntroducción

Cuando en 1846 recorría las provincias del Sud de Chile buscando la salud que había perdido en las fatigas del estudio, la naturaleza de mi patria me absorbía por una infinidad de cuadros iluminados con los rayos de un sol brillante.

El cielo azul, intolerante para permitir que la nube le ocultase, dilataba su perspectiva grandiosa.

Valles limitados por el occidente con la bóveda del cielo, parecían por el oriente dar nacimiento a la atmósfera en las elevadas cumbres de los Andes.

Montañas cubiertas por densos bosques se presentaban como la manifestación de una naturaleza virgen; campos dilatados arrojaban, de las alfombras de verdor y flores que los visten, aromas selváticos.

El caballo me llevaba a escape tomando vida en el aire embalsamado que corría por las campiñas; los ríos se precipitaban con la rapidez de las fecundas cascadas que aumentan sus cauces: el calor del estío desaparecía bajo la sombra de espesos bosques.

Y yo corría siempre adelante, entusiasmado con tanta grandiosidad; admiraba, y no sabía qué, porque mi imaginación era absorta por multiplicadas impresiones que los cielos, las montañas, los ríos, los volcanes, los valles, producían a cada paso y a un propio tiempo sobre un espíritu encendido por la fiebre.

La vida de las poblaciones, que poco antes la creía la cuna de los goces, fue desde entonces para mí otra existencia distinta: el bullicio de las ciudades, los trajes que los habitantes llevan, las   —VIII→   costumbres que les aletargan, ese enjambre de agitaciones y de necesidades creadas que constituyen lo que llaman negocios del hombre; toda esa barahúnda de intrigas y de miserias, desapareció a mi vista, olvidé por un momento la sociedad y me sentí libre.

Y fue entonces, que adoré a la naturaleza, sobre todo lo que había adorado.

¡Tiempos de felices recuerdos que volaron a la par de la infancia!

En cinco días recorrí las distancias que separan a Santiago de Concepción, y la inquietud de aprender lo que de sí arroja la topografía de esa porción de territorio chileno, me entretuvo tres meses en andar como un salvaje viviendo la vida de los campesinos.

En mi carrera posterior, no se han podido borrar de mi pensamiento las impresiones de aquel corto episodio de la edad primera.

Querría dar rienda suelta a los recuerdos que aun conservo; pero este trabajo no tiene con ellos más que una accidental conexión.

Sin embargo, tocaré un incidente, porque él nos abre las puertas a la vida de las personas que figuran en este romance.

En una de mis excursiones por las montañas que se encuentran al frente del pueblo de San Carlos, en el lugar denominado Semita, me alojé por tres días con el objeto de visitar las máquinas de aserrar maderas que allí tiene don Ricardo Ponce.

Las casas de esa estancia, que cuenta catorce leguas de dimensión se divisan a gran distancia en razón de hallarse situadas sobre una elevada loma.

Es una bella situación y un bello conjunto de arquitectura inglesa.

El señor Price me recibió con la delicadeza de un verdadero inglés, y lleno de franqueza y de buen humor, me invitó para ir al día siguiente al de mi llegada, a visitar las expresadas máquinas.

Montamos en unos briosos caballos, acompañados de varios jóvenes que allí residían, y emprendimos nuestra ruta hacia adentro de los montes que teníamos al Oriente.

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Al haber avanzado como doce cuadras, penetramos en el bosque inmenso que forma la riqueza de esa propiedad.

El cielo desapareció a nuestra vista y el alto copo de los pinos, robles, laureles, cedros y de multitud de otros árboles, nos cubrió con su sombra.

El suelo cultivado en partes y en otras vestido de verde por los pastos naturales, producía en unión de las sombras, una atmósfera fría, en medio de la ardiente estación del verano.

Los caballos los lanzamos con ímpetu por entre aquellas dilatadas calles de árboles, tapizadas de una vegetación rica y viril.

La brisa inclinaba uno sobre otro a aquellos gigantes salidos de las entrañas de la tierra.

Un ruido monótono y perpetuo se desprendía de aquel movimiento.

Nuestros caballos seguían briosos y tascando el freno con impaciencia.

Las distancias desaparecían bajo las ilusiones de la admiración.

Íbamos alegres.

Después de una hora y cuarto salimos del entoldado sombrío y descendimos a una planicie de seis cuadras encajonadas por cerros cubiertos de árboles.

Allí había una casita preciosa de tres pisos, y a los costados de ella extensos galpones.

Al frente se veían dos grandes cascadas que daban movimiento a una máquina de aserrar madera.

Al entrar en aquel lugar, un anciano y varias mujeres nos salieron a recibir.

Por el lado de los galpones se veían algunos trabajadores que se ocupaban en el servicio.

Bajamos de las cabalgaduras y mientras se nos daba algún alimento, recorrimos todo aquel circuito industrial.

El anciano nos conducía, explicándonos cada cosa por su orden.

La agitación de cuatro leguas galopadas y lo mucho que habíamos andado a pie, nos llevó a la casita para descansar.

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Era este el lugar en que habitaba la familia del anciano y quien hacía de jefe en las labores.

Su esposa tenía alguna edad, pero interesaba por su limpieza y despejo.

Tenía a su lado dos jóvenes como de quince años de edad y tres varones pequeñuelos.

Una de esas niñas me llamó la atención al momento de verla.

Su semblante rosado estaba iluminado por unos hermosos ojos negros sombreados por largas y crespas pestañas que daban a su fisonomía un atractivo de que por cierto no se apercibía la familia.

Luego que entramos en conversación, me permití preguntar a la joven.

-¿No está usted triste en la soledad?

-No, señor -me contestó-, porque desde la edad de seis años vivo en el campo.

Estoy con mis padres, y esto me basta.

-Pero es extraño -le volví a decir- que a su edad no tenga usted ambición y deseo de estar en la sociedad.

La joven bajó con modestia su rostro algo sonrojado y la madre me contestó por ella:

-Creo que no serían tan felices mis hijas en un pueblo como lo son aquí.

Yo he residido en Lima con mi esposo, recién venidos de España, y le aseguro que a pesar de los goces de aquella ciudad, prefiero estar aquí.

-¿Por qué dice usted tal cosa? -le observé.

Yo también he estado en Lima ahora un año, y le aseguro que los recuerdos que tengo de él, me hacen desear el volver.

-Usted es demasiado joven -me dijo la señora-, y no dudo que aun solo haya vivido en los goces de la edad, pero yo que he presenciado los azares de la vida de los pueblos, el poco tiempo que queda para pensar, para consagrarse a Dios, a la educación; yo, mi amigo, que conozco esa multitud de males que amenazan a la juventud, le aseguro que es mejor este retiro.

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Y en verdad, después que se ha conocido algún tanto el mundo, cuando se ha palpado el acecho constante contra toda virtud, el poco estímulo para enaltecer la honradez, la poca lealtad para respetar los vínculos más sagrados; cuando se ha experimentado esa educación vacía, superficial, corruptora por las necesidades ficticias que crea y que día a día se inocula en las almas y de una manera insensible, se comprende la razón de esa señora que prefería el retiro a los halagos de la sociedad. Para mí, hace algún tiempo que solo diviso la felicidad de las familias, el reposo del hogar doméstico, la fidelidad pulcra en aquellos lugares que se apartan de las poblaciones.

Cuando veo a la juventud angelical que hace su entrada al mundo, la contemplo con toda la ilusión de la pureza, y luego medito que esa pureza va a perderse con el solo roce de la sociedad.

Gradualmente se pierde la virginidad del pensamiento, y cuando esta no existe, ya la mujer pierde su misión, no puede ser el origen de una generación sana y el vínculo de la tranquilidad que todos buscan en el consorcio.

Tratando de variar la conversación pregunté a la señora de la casa:

-¿Y en que pasan ustedes la vida? la ocupación es una distracción, pero no habiendo variación en ella, entiendo que debe sentirse un malestar continuo.

-El día lo pasamos cosiendo -me respondió-; leemos y preparamos el alimento diario.

Por las tardes salimos a pasear, a visitar nuestro jardín; rezamos y pedimos a Dios por los pecadores, por los que no se acuerdan de sus almas.

Al lado de mis hijos encuentro cuanto apetezco.

Por las noches me lleno de contento al cubrir a estos ángeles que duermen con una tranquilidad de verdaderos inocentes.

-Es usted feliz entonces -le dije-, porque su ambición está reducida a sus hijos y a su esposo.

En esta circunstancia entró el anciano y nos invitó a tomar una cazuela.

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Nos paramos con bastante gusto a hacer los honores a la mesa.

El hambre que sentíamos era más que regular, así fue que los primeros oficios se redujeron a desocupar los platos que se nos servían.

Satisfecho el apetito, la conversación entró a ser una necesidad.

Al fin, después de un rato de charla, la señora me preguntó:

-¿Mucho tiempo hace que usted viaja por el Sur?

En contestación le di cuenta del motivo de mi viaje y le manifesté el placer que tenía en conocer una parte tan bella de mi país.

La dueña de casa advirtió entonces al anciano, que yo había viajado por Lima.

-¡Usted ha estado en esa ciudad! -me interrogó el anciano con alguna alegría.

-Sí, señor.

-¡Hermoso país para un joven que tenga dinero que botar!

-¿Qué tiempo hace que usted dejó a Lima? -le pregunté.

-Cosa de catorce años.

-¿Se ha vuelto a acordar de ese lugar?

-Mucho, mucho, señor.

Ahora tres años lo tuve muy presente por unos papeles que me mostraron en Concepción, referentes a un suceso desastroso.

-Son muchos los cuentos que hay de aquel país -le dije.

-Pero del que yo hablo, no es cuento; es una historia bien triste.

-Bien podríamos oírsela a usted si no le es incómodo el referirla.

-Ahora es imposible complacerle; porque mis hijos no deben ir lo que no les aprovecha y sí les daña.

-Dispense usted -le dije entonces-, que no haya previsto...

Al levantarnos de la mesa, nos dijo

-Esta noche iré a las casas de la estancia y contaré a usted la historieta a que me referí.

Cerca de la una de la tarde nos regresamos al lugar de donde habíamos salido al amanecer, y serían las siete de la noche cuando el anciano se presentó animado de bastante buen humor.

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Pasado algún rato de descanso, le dije:

-Ahora que estamos entre hombres, cuéntenos lo que nos ha prometido.

-Con mucho gusto -me respondió, y colocándose al lado de una mesa nos refirió el asunto que sirve de fondo a la presente novela.

-¿Y en dónde leyó usted eso? -le interrogué cuando hubo concluido.

-En casa de mi amigo D. N. de A. que habita en Concepción.

-¿Tiene él los documentos que acreditan lo que usted me indica?

-Sí, señor.

-Tenga, entonces, la bondad de darme una esquela de recomendación, a fin de que me los manifieste.

El anciano escribió la carta y me la entregó.

Al día siguiente me despedí de los habitantes de Semita y me encaminé a Concepción, pasando por San Carlos de Chillán. Tan pronto que hube llegado a la ciudad me presenté al amigo del anciano, y con bastante afabilidad me manifestó los papeles que motivaban mi curiosidad.

Me permití hacer varios apuntes de lo que leía, y cuando terminé, me interrogó el dueño de los manuscritos:

-¿Piensa usted escribir alguna cosa sobre el particular?

-Quizás -le respondí-, aun cuando ello se presta para una novela y soy enemigo de tales trabajos por la intolerancia que manifiesta el público cuando en ellas se atacan sus vicios o faltas.

-Desprecie usted esa intolerancia -me repuso D. N. A., porque la grita de los vicios es honrosa contra la persona que la causa.

Vea usted que el asunto es importante.

Desde esa época guardaba aquellos apuntes sin acordarme de ellos.

La falta de ocupación en el destierro, me hizo vagamundear visitando las cosas particulares de Lima, y al entrar en la cárcel de la Inquisición, recordé mis borrones y me decidí a escribir el siguiente romance histórico en el fondo y calcado sobre las costumbres de aquella sociedad.

Lima, año de 1852.





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ArribaAbajoParte primera


ArribaAbajoCapítulo I

La llegada de una fragata española en tiempos del coloniaje


El 28 de mayo de 1746 llegaba al principal puerto del Perú, el Callao, la fragata de guerra española San Fermín.

Con este motivo el castillo del Sol que había en aquel puerto, despertaba con salvas la apatía de los habitantes de Lima.

Las campanas de sus numerosas iglesias respondían con repiques al estruendo del cañón. Los habitantes recorrían las calles mostrando en sus semblantes la alegría que inundaba sus espíritus.

Tales demostraciones a causa de la llegada de la fragata española, no se comprenderían al presente; pero en aquellos tiempos eran muy naturales.

Las comunicaciones con la Metrópoli eran tardías y difíciles. Por eso los españoles que habitaban las colonias, a la vez que los mismos colonos educados para considerar por madre patria a la España, olvidaban sus ocupaciones, sus pesares, sus diversiones y se entregaban a las emociones más vivas al ver llegar hombres y noticias del Viejo Mundo.

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El Virrey, para fomentar esta alegría, tenía dispuesto que el castillo del Sol fuese el que comunicara el aviso de la llegada de los buques españoles.

Tan pronto como las comunicaciones eran traídas a tierra, la valija era llevada a palacio. Una gran multitud se reunía bajo los balcones de la casa del Virrey y allí esperaba que el representante de los reyes se presentase a dar parte de que el monarca gozaba de salud.

Cuando el Virrey anunciaba que el Rey se encontraba sano y salvo, la multitud prorrumpía en un prolongado y repetido grito de «¡Viva el Rey nuestro señor!» y enseguida se repartía por la población en medio de los repiques que atolondraban los oídos, de las músicas que concurrían a la plaza y de las camaretas y cohetes que eran lanzados al aire.

En la noche había iluminación general.

La fragata San Fermín venía de España, para aumentar la custodia de los mares que bañan las extensas costas de los países que antes eran colonias españolas.

Traía a su bordo dos personas que formaban una familia.

Era un joven noble a quien el Rey destinaba para el servicio de la judicatura en Lima, y una bella mujer a quien Dios confiaba el cuidado del porvenir de un hombre.

Estos dos seres se hallaban recién casados, amándose con abnegación.

Parecía serles indiferente abandonar los goces del Viejo Mundo para residir en el Nuevo; sus corazones se bastaban.

Estos dos esposos se llamaban Rodolfo y Magdalena.

Él era español y ella napolitana.

Dotado el esposo de un físico varonil, revelaba en sus facciones la fuerza de una voluntad dominante; orgulloso como los nobles de su época, se hallaba exento de las ridiculeces de la clase social a que pertenecía.

Había sido educado en los colegios de París, y por consiguiente, su inteligencia despejada, le hacía elevarse sobre los errores que dominaban al mundo, y muy en especial a la España.

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La luz de la filosofía producida por los genios que brillaron para la libertad en el siglo XVIII, encontraba un apoyo en toda razón, en todo hombre que de buena fe amaba la civilización; y Rodolfo, aun cuando no era un ciego sectario de los enciclopedistas, aceptaba con bastante latitud el fundamento de esa filosofía: la soberanía de la razón.

Joven de treinta años, esbelto en las formas, alto de cuerpo, rostro sereno, su cara era poblada por una espesa barba negra.

Sus ojos pardos y animados formaban un conjunto interesante con su nariz perfilada y su boca pequeña.

Magdalena tenía en sí las dotes de espíritu que se requerían para la felicidad de Rodolfo.

Sus formas eran torneadas. El rostro pálido. Ojos verdes rasgados, recibían las sombras de largas pestañas que imprimían a su fisonomía ese encanto seductor de las almas bellas que se reflejan en ellos.

Cuerpo desenvuelto y fino, despedía al andar cierto aire de voluptuosidad que cautivaba.

Bella nariz, boca graciosa encendida por el carmín de la juventud, presentaban a Magdalena como a una flor no marchita aun, arrancada de los jardines del hermoso Nápoles, para embalsamar los verdes contornos del Rímac.

Rodolfo ponía en ella sus ojos con adoración; la amaba con esa fe que se ama al ser que se le entrega el porvenir de una generación nueva.

Vivían sin hijos, pero vivían felices, presentándose como el símbolo de la felicidad del matrimonio.

Magdalena no tenía antecedentes de nobleza, sus padres habían salido del pueblo, se habían elevado por sus esfuerzos, y con la virtud del trabajo habían logrado adquirir una posición social que era bien mirada por la aristocracia de cuna.

Educada con superficialidad, no tenía instrucción sobresaliente, y más que todo, le faltaba conocer esa ciencia del desengaño y del dolor que se llama del mundo. En Europa, recién había principiado a frecuentar las tertulias. Era en el Perú donde ella venía a entrar en el roce que llamamos social.

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Su corazón se hallaba purificado por el amor, pero ensayado en el crisol de las seducciones.

Ese mirar angelical de la mujer digna que encanta el contemplarla en los albores de la virginidad, daba a Magdalena el brillo que solo da la inocencia.

A estos jóvenes esposos acompañaba un sacerdote franciscano, hermano de Rodolfo.

El ardor cristiano de que se hallaba poseído le impulsaba a levantar en los bosques de los bárbaros el crucifijo de la fe.

El inmortal Arauco era su ensueño, porque allí el sacrificio de los misioneros era sellado con sangre, y el padre Anselmo (que así se llamaba) ambicionaba a la gloria del martirio.

Lleno de unción y religiosidad miraba a su hermano con amor entrañable.

Se embebía contemplándolo en la felicidad que le rodeaba, mas no lo envidiaba; porque su alma se hallaba absorta en esos amores más grandiosos que buscan el ideal en la eternidad.

Contemplaba la tranquilidad que el mundo proporcionaba a esos esposos; mas, él dilataba su mirada, queriendo penetrar en las tinieblas del futuro, en las tinieblas del porvenir, para entrever la tranquilidad de mundos luminosos y eternos.

El padre Anselmo, verdadero apóstol del Evangelio, al poner pie en tierra, su pensamiento primero fue marcharse pronto a las regiones del Sur.

Los esposos se mantenían aun sobre la cubierta del buque contemplando la soledad del Callao; no se atrevían a desembarcar, retenidos por la ilusión que les hacía considerarse allí más próximos a la patria que dejaban.

-He aquí -interrumpió Rodolfo la meditación de Magdalena-, el puerto que nos recibe para pasar a Lima.

-Es un sepulcro -contestó Magdalena, que se apoyaba en el brazo de su esposo como asiendo el único consuelo de su alma.

-¿Estás triste? -preguntó Rodolfo a Magdalena con una voz dulce y tierna.

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-Sí, y mucho.

En este momento de arribada, cuando he visto paralizada la carrera del buque, he arrojado una mirada ávida a cuanto nos rodea, he querido buscar una naturaleza risueña, pero no sé lo que por mí pasa; nada he encontrado; quizás la palidez del cielo entoldado me melancoliza, me impide alegrarme.

-No es extraño lo que te sucede, ángel mío- repuso Rodolfo-, a todos nos pasa lo mismo.

Ese malestar nace del contraste que se produce al sentir las primeras impresiones de un mundo desconocido que vienen a encontrarse con las que el espíritu conserva del mundo en que nace.

En estos momentos de la vida, raros y desconocidos, para la generalidad, se olvida la sociedad que pueda haber en el lugar que se visita, y el espíritu no hace sino comparar la naturaleza de la patria que se deja, con la de la patria que se busca.

Es en estos momentos también cuando las impresiones de la infancia cruzan por la mente con celeridad; cuando el amor al lugar que nos vio nacer revive con amargura; cuando el nombre de los padres, la imagen de los hermanos, las ilusiones de la amistad, todo ese pasado de halagos que ha apacentado la existencia, todo ese conjunto de amor, de caricias y de franqueza que se advierte en el corazón de la familia, se revisten de ilusiones tristes y hacen sombrío el presente, causan dolores que jamás se comprenden sino al sentirlos como nosotros los sentimos ahora.

A estas reflexiones sucedió un silencio, que por las lágrimas que rodaban de los ojos de los esposos, se comprendía el sentimiento que les dominaba.

De cuando en cuando se miraba uno a otro como quien busca la felicidad en la mirada del ser que se ama.

-Rodolfo -interrumpió Magdalena aquella situación diciendo a su esposo-, no recuerdes nada por ahora: háblame solo de ti que eres mi bien y mi porvenir.

Lejos de nuestros padres y patria, sabremos amarnos más, con más vida, con más concentración, porque al fin, yo no ambiciono sino a ver acrecentar tus halagos.

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-Eres un ángel, Magdalena -repuso Rodolfo enjugando las lágrimas de ella con un beso ardiente-, eres un ángel.

Esta tierra no ha de ser para siempre nuestra residencia.

El Perú es bastante rico, y en tres o seis años habremos hecho una fortuna que nos proporcione el bienestar en los pueblos que hemos dejado.

Rodolfo estrechaba en sus brazos a Magdalena, y ella, dotada de la delicadeza que da el espíritu apasionado, le embriagaba la existencia circundándolo de una nube de sensibilidad y de alegría.

Bello cuadro de esos amores que nacieran en el crepúsculo de una edad risueña y cuyo fin no se divisa.

Después de algunos momentos de expansión, los esposos desembarcaron, atravesando la espaciosa y tranquila Bahía del Callao, desierta entonces, porque en aquellos tiempos el comercio español tenía monopolizado el comercio de las colonias, razón por la cual los buques anclados no pasaban de seis u ocho, flameando en todos ellos la bandera de los reyes que disponían de estos países en virtud del derecho de conquista.

El Callao era una población crecida, pero sin actividad; monótona como todas las de las colonias, sin vida en sus industrias, en los cambios de productos, en las especulaciones mercantiles.

Las tiendas o almacenes se hallaban provistos de efectos que producía la España; mas nadie se agitaba; porque el comerciante, sentado siempre tras de un mostrador ordinario, estaba seguro de vender, si había necesidad de los efectos que tenía. Se sabía el consumo, la igualdad de los precios y la asistencia de los consumidores.

Esa vida sedentaria aumentaba el aspecto de tristeza que derrama el Callao, y producía en nuestros jóvenes viajeros gran parte del malestar que les había hecho derramar lágrimas.

Nuestros huéspedes atravesaron bien pronto la distancia que media entre el puerto y la capital; y con la mirada henchida de ilusiones, creyeron ir a encontrar una población monumental al pasar por la alameda de sauces que servía de camino y tenía por frontispicio la grandiosa portada que se llama del Callao.

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El carruaje avanzando con celeridad, puso a los viajeros dentro de los muros que circunvalan a Lima.

Ellos se imaginaban encontrar un orden de edificios elegantes que estuviese en armonía con las innumerables torres que se destacan sobre la población, y que anuncian desde larga distancia a los navegantes el mar de la ciudad de los reyes.

Pronto tocaron la realidad.

Lima, colocada sobre una pendiente suave que se desprende de una extensa cadena de cerros que se unen a los Andes, es una población que recibe el calor ardiente de los trópicos, modificado por las frescas brisas del mar.

Debido a su posición privilegiada, el clima es templado, delicioso, humedecido por el rocío de las noches, sin que se conozca la lluvia.

Fundada a seis millas del mar, al lado de un río poco caudaloso que nace en la Cordillera (el Rímac), ofrece a la vista un valle estrecho y pobre de vegetación.

Manantiales de aguas cristalinas como el espacio, contribuyen a aumentar el regadío que se distribuye en quintas pobladas por el chirimoyo, el plátano, el granado, la palmera, el palto, los frondosos naranjos y limoneros, y tantos otros árboles que embalsaman el ambiente.

Allí se encuentran las flores y los frutos que se producen en los climas cálidos y en los fríos.

Lima, dotada así por la naturaleza, imprime a sus hábitos la molicie de un enervante clima y la voluptuosidad de su atmósfera tibia y embriagadora.

Sus fundadores, sin calcular en el porvenir, dieron por de lineación a esta ciudad la misma que tienen todas las capitales de los países que fueron colonias españolas. Su base forma un tablero de ajedrez con calles que no tienen más ancho que el de doce varas.

Poblada por aventureros, Lima se encontró desde temprano habitada por nobles que abandonaban la España, o por fieles que compraban sus títulos a fuerza de oro.

Hombres sin pasión por el arte, construían las casas en que vivían   —22→   sin consultar en nada la arquitectura y sacrificándolo todo a la comodidad interior.

De allí provenía que el aspecto de la población era el de largas calles, formadas por edificios de un piso, que tenían en sus fachadas algunas rejas cubiertas de celosías y sin adorno en el frontis.

El largo tiempo que la España había sido dominada por los moros, había formado un gusto especial en la raza colonizadora. Por eso era que sus edificios se resentían del aspecto morisco, dando al exterior de cada edificio la forma de una fortaleza o de un encierro.

Población rica y fanatizada, daba una prueba de ello en los inmensos paredones que ocupaban los barrios principales de la ciudad, dentro de los cuales se encerraban los conventos de monjas y de frailes, con sus iglesias y torres atrevidas.

En la época de que nos ocupamos, Lima tenía una población de 50000 almas, y para satisfacer las necesidades espirituales de sus pobladores, se contaban setenta edificios entre iglesias y capillas.

Magdalena y Rodolfo recibieron las impresiones de la fisonomía que ofrecía la población que iban a habitar, y con el espíritu algún tanto desconsolado, pararon en una casa de la calle de Indios, dispuesta para servirles de mansión.



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ArribaAbajoCapítulo II

Impresiones que recibían los recién llegados


Cuando se va a habitar un país, regularmente los informes que se reciben de él crean un mundo de ilusiones que solo desaparecen cuando se le visita.

Los viajeros de la fragata San Fermín, traían una idea halagüeña de lo que era Lima, por efecto de las descripciones que se hacían en Europa de las fabulosas riquezas del Perú.

Los multiplicados edificios religiosos, la magnificencia desplegada en los frontis de las iglesias, en las torres, en las portadas; la extensa muralla que circunda la ciudad, eran anuncios ostensibles de la riqueza del país, riqueza que llegó a ser proverbial en el viejo mundo y sirvió de cimiento a la suciedad limeña, por cuanto atrajo a su seno la inmigración de los que deseaban tener parte en las opulencias que el país derramaba.

Las fortunas colosales que se improvisaban, contribuían a extender la fama por esos mandos ávidos de placeres y de oro.

En aquel entonces, despedirse de la familia para pasar a América era un equivalente a la despedida que se da para viajar hacia la eternidad.

Los que no establecían su residencia en el Nuevo Mundo, al volver a la Metrópoli encontraban otra generación distinta a la que habían dejado.

El europeo joven y vigoroso, volvía cubierto con el manto empolvado de la edad.

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Mas, nada se oponía a la ambición de los que arrastraban una existencia amargada por la miseria.

Los nobles que habían dilapidado sus bienes, miraban estas regiones como una esperanza rehabilitadora.

La juventud que no encontraba elemento para alimentar la ostentación, se decidía también a buscar una posición en las extensas colonias de la España.

De aquí nacía que el Perú y Méjico fuesen poblándose de esas decantadas alcurnias.

Debido a estos motivos era que un considerable número de familias aristocráticas había formado en Lima el pedestal de su elevación.

Acostumbrados a la vida de los goces, desplegaban en Lima el lujo que bien podía rivalizar con el que desplegaran los magnates en España.

Una sociedad organizada con tales elementos, no podía ser la expresión de una sociedad nueva, llena de inocencia y de candor.

Ella había salido de la fuerza guerrera de los Pizarros y Almagros y alimentándose de los oropeles, de los perfumes y vicios que en pos de sí arrastraba la inmigración raquítica de los sustitutos de los conquistadores.

La elegancia en el vivir, la seducción en boga, la absorción en los amores, la sed de oro desenfrenada, he aquí los elementos que constituían el nuevo teatro que nuestros jóvenes esposos entraban a pisar.

Magdalena estaba llamada a descollar entre las bellas que en aquel entonces rivalizaban.

Rodolfo estaba llamado a aparecer en el orden jurídico y en el orden innovador.

Lima, a pesar de su desarrollo moral, estaba en la obscuridad.

Tenía universidades, colegios, y más que todo, conventos.

Se educaba para la abogacía o para el sacerdocio, y nada más; y esta educación no pasaba del escolasticismo de la época de los doctores.

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Las persecuciones a la razón eran santificadas a nombre del fanatismo, y las hogueras de la Inquisición sancionaban o justificaban los procederes de los corruptores que especulaban con el nombre de la fe.

La Santa Inquisición era la policía de las intenciones, de las relaciones amorosas, de las aspiraciones políticas y de las creencias.

Se hallaba en su más amplio apogeo, persiguiendo con el absolutismo de la orden toda espontaneidad útil, y amparando todo paso protector de la ignorancia.

Nunca hubo tanta superstición en la América, y nunca ha habido tampoco tanta corrupción.

La novedad de los habitantes, tan dispuesta entonces por la llegada de los viajeros (porque era un acontecimiento el venir de Europa), y las cartas de recomendación, hizo que nuestros viajeros fuesen conocidos al llegar.

Así fue, que las relaciones las adquirieron sin trabajo, y la novedad de unos por saber de su patria, de otros por darse tono con amistades que debían sobresalir, hicieron que Magdalena y Rodolfo se encontrasen en medio de la sociedad a los pocos días de su instalación.

El padre Anselmo fue a habitar en el convento de su orden.

Un mes bastó a Rodolfo y Magdalena para comprender la sociedad que pisaban.

Allá en sus coloquios íntimos, ellos encontraban un alivio comunicándose las observaciones que hacían al trato de las gentes que les visitaban.

-¿No es verdad, Magdalena -le decía Rodolfo en ese tête à tête que se acostumbra entre dos personas que se reflejan el uno en la mirada leal y tranquila del otro-, que después de todas las personas que hemos tratado, no se encuentra un descanso en la amistad de ellas?

Varias veces he procurado interesar en la conversación con los magnates, alguna cuestión que obligue a razonar, sea sobre historia,   —26→   sea sobre ciencias; pero en vano, me han dejado con la palabra mostrándose como disgustados de oírme.

Esta falta de comunicación con las inteligencias, me va a hacer extrañar más la culta Europa.

-El vacío que se advierte en el trato de los jóvenes como de la mujer -agregaba la esposa-, es insondable.

¿Quieres creer que los jóvenes no han salido del círculo de las vulgaridades?

Uno me decía en noches pasadas, que si yo extrañaba mi país, sería porque aun mi corazón estaría exento de pasatiempos.

Yo le miraba con tristeza al ver que esa misma frase me había sido repetida por otro, y creí que aquello debía ser un tema obligado en el estilo de los salones.

En las mujeres, en esas niñas tiernas y despiertas, no he podido entrever la seriedad del pensamiento.

Sin tener conmigo confianza, me han repetido que es mal visto no contar con amantes numerosos; que ellas no sabrían en que pasar la vida sino tuviesen la entretención deliciosa de las intrigas amorosas.

Por este estilo he oído conversaciones que, te aseguro Rodolfo, me han hecho volver mis ojos hacia ti, como único tabernáculo de mis amores y de mis recuerdos.

Dios quiera que no nos habituemos a una vida tan insípida.

Esta escuela en boga, de cifrar el orgullo en la concurrencia de amantes, era tan admitida, que se practicaba como la cosa más natural del mundo, sin advertirse que en ella se encontraba la desorganización de la familia y se desterraba del corazón de la mujer esa dignidad que la ennoblece y la hace la base de la moralidad de los pueblos.

-Es el error más craso -observaba Rodolfo-, creer que la felicidad se encuentra en la multiplicidad de las afecciones.

Un corazón acostumbrado a amar cuanto ve fácil de halagar el sentido, siempre está azaroso e inquieto; porque la volubilidad del sentimiento abate la idea que se tiene de la mujer; la desconceptúa   —27→   allá en su pensamiento, y jamás hace nacer la confianza para entregarle el porvenir.

El amor asimila, amalgama dos existencias en una.

La volubilidad es precisamente la ruptura de esa unificación que ha hecho grande al que la ha comprendido y sentido.

Yo he oído llamar amor a ese último estado, y me ha sorprendido que el deber social descanse sobre bases tan inseguras, como inmorales.

Es verdad que en el ser humano hay dos naturalezas, la que es dominada por el cuerpo y la que lo es por el alma.

Los que participan de la influencia de la primera, jamás llegarán a encontrar lo que diariamente buscan, un bienestar; porque el dominio de los sentidos se despierta ante cada objeto que aparece y le arrastra a ir en busca de impresiones que le satisfagan, sin encontrar reposo, hasta que la edad les amontona en el retiro de la degradación labrado por la deshonra.

En esos seres se manifiesta la superioridad del animal y a no ser por un pequeño destello del alma, sería fácil el reducirlos a la categoría del salvaje.

En los segundos se ve la elevación del espíritu que honra a la humanidad.

Allí aparecen dominadas las impresiones de la materia, y cuando un ser les arroba el pensamiento, ellos no intentan degradarle para adorarle, buscan siempre cómo engrandecerle, santificarle, por el amor que se aumenta a fuerza de honor y de ilusiones.

Es entonces el goce un elemento de progresión y no un materialismo de pasatiempos satisfechos.

Rodolfo, al paso que desahogaba su corazón susceptible a los descarríos sociales, tenía un placer de imbuir en su esposa ideas que no la hiciesen decaer en sus principios.

La amaba tanto y ella que también lo amaba, amenizaban por lo regular sus conversaciones con besos ardientes de felicidad.

-Es verdad -continuaba Rodolfo-, que hoy es difícil comprender esos amores que interesan el alma, porque el positivismo ha desvirtuado la naturaleza humana.

  —28→  

Lejos de irnos acercando a la purificación de los sentimientos, la ambición, y más que toda, esa vanidad insoportable de la ignorancia, nos arrastra a materializar lo más casto y virginal del sentimiento.

El orgullo consiste hoy en corromper, y el que, dotado de un fondo moral, quisiere detener la caída de un ser, va a sacrificarse sin fruto ante las murmuraciones de los salones.

La moralización del mundo es la reforma de la sociedad y para salvar de un naufragio triste y de oscuro porvenir, es necesario la regeneración de la mujer por el amor que fortifica e ilumina.

Mas, la mujer se aleja de ese camino, y en la decadencia que presenciamos, solo se alcanza a divisar la dislocación de los lazos sociales.

Magdalena escuchaba con agrado a su esposo, y como temiendo interrumpirle, se complacía en oírlo en medio de las caricias espontáneas que le prodigaba.

Estas confidencias terminaban por lo regular a una hora avanzada de la noche, y si de ellas nos hemos ocupado, es para presentar el juicio que hacían de Lima los que entraban a habitarlo, juicio que sirve para reflejar bajo un aspecto la sociedad en que va a desarrollarse el drama que nos ocupa.

Penetremos ahora en el seno de esa sociedad para conocer la opinión que se había formado de Rodolfo y Magdalena.



  —29→  

ArribaAbajoCapítulo III

Lo que era una recepción en Lima


Por lo que pasaba en uno de los salones del marqués de Obando, se podrá tener una idea de las opiniones que la sociedad limeña había formado de Rodolfo y Magdalena.

Era el marqués de Obando el jefe de la Marina española en las costas del Pacífico.

Hombre culto, se complacía en reunir con frecuencia a las familias que en aquel entonces pasaban por ilustradas o sociables.

Su casa era, por lo regular, el centro de agradables tertulias.

Vamos a asistir a una de esas reuniones que tenía lugar después de algún tiempo de la instalación de nuestros viajeros.

El salón de recibo era extenso, rodeado de sillas costosísimas por las labores que en el respaldo se dibujaban.

En el centro de los costados, había dos mesas con la cubierta de plata y sobre ellas dos candelabros del mismo metal, que sostenían diez luces.

Al frente de la entrada del salón, se veía un sofá de fondo punzó que indicaba el lugar destinado a la dueña de la casa.

Algunas sillas de brazos, con el respaldo gigantesco y una especie   —30→   de piano llamado clave, completaban el amueblado de la primera sala del marqués de Obando.

El techo con sus vigas descubiertas y talladas con prolijidad, sostenía en su centro una hermosa araña cubierta por una funda verde, que se descubría en las grandes funciones de la familia, en algún cumpleaños.

La pared se hallaba cubierta por cortinas de damasco amarillo, teniendo pendiente en una de las cabeceras una imagen de la virgen pintada al óleo.

La señora de la casa, que rayaba en los cuarenta años de edad, no se hacía esperar en esos días que hoy llamamos de recepción.

Desde las siete y media de la noche se colocaba en su asiento, aun cuando nadie hubiese llegado de visita.

Vestida con un traje ancho y subido de talle, acababa de cubrir su cuerpo con un largo pañuelón.

Tenía un rostro despejado, el cual adornaba con aretes inmensos de pedrería y perlas, collar de brillantes, y en las manos un abanico que no cesaba de estar en movimiento refrescando el aire que respiraba, a la vez que le procuraba la ocasión de lucir magníficos anillos de esmeralda.

Las ocho de la noche daban en la iglesia de San Pedro, y desde esa hora principiaban a entrar algunas señoras con sus hijas, que se iban colocando unidas y en fila.

Los jóvenes demoraban aun, y la impaciencia de aquellas bellas crecía al verse solas con algunos señores de edad y con las madres que eran las custodias de sus hijas.

Sin embargo, las jóvenes se agitaban en conversaciones íntimas, produciendo alguna animación con sus dichos y risas.

De súbito se sintieron pasos, y se dejó ver en la antesala un superior que entregaba a un lacayo su capa, el bastón y el sombrero.

Era el Inquisidor Mayor que entraba de visita.

A su presencia, como a la de cualquier concurrente que llegaba, las conversaciones se apagaron y las miradas de todos se fijaron en la persona que entraba.

  —31→  

Vestía pantalón de paño blanco, corto y prendido a la rodilla por un broche reluciente, haciendo lucir una pierna derecha, finalizada en pie pequeño, que resaltaba por lo negro del calzado de terciopelo y el brillo de la hebilla.

Chupa larga y abierta en el centro, de terciopelo punzó, dejaba sobresalir una valonilla encarrujada con esmero.

Corbata blanca, y una de aquellas casacas anchas que hoy visten los actores en la personificación de épocas pasadas, completaban la toilette del personaje que entraba.

Su semblante pálido, era expresivo por la mirada de águila que tenía.

Hombre de alta talla, con una cabellera rizada y empolvada, no dejaba de ser hermoso.

El Inquisidor Mayor entró al salón, recorrió con su vista la concurrencia y adelantando con paso grave se detuvo en el centro de pieza.

Desde allí principió a hacer las cortesías de estilo, que se reducían a ejecutar con pausa un verdadero solo de la gavota, acompañando tales movimientos con un caudal de voces galantes en que se indagaba el estado de la salud de la familia y mil otras frases, que formaban el ceremonial del buen tono.

Esto constituía al hombre de corte.

Los hombres y la dueña de casa se pusieron de pie, tomando la palabra esta para los saludos, al propio tiempo que el visitante saludaba.

A las cortesías del que saludaba, la señora de casa contestó con otras especiales, que consistían en tomarse el vestido con dos dedos por delante y suspenderlo con pulidez al tiempo de doblar suavemente y por tres veces las rodillas.

Concluida esta ceremonia, el Inquisidor pasó a tomar asiento al frente de las señoras; porque en aquel tiempo era impropio que delante de los padres, los hombres se entreverasen con las jóvenes para tertuliar.

No había remedio. Un flanco del salón ocupaba un sexo y otro el otro.

  —32→  

Después del Inquisidor entraron dos o tres jóvenes más, que pasaron por las horcas caudinas de la salutación.

La conversación que se emprendía, tenía que ser de voz en cuello, para que todos los concurrentes la oyesen y pudiesen tomar parte en ella. Esta costumbre hacía molestas las reuniones, porque obligaba a los tertulios a ocuparse de generalidades para llenar el tiempo. La palabra la llevaba por lo regular la dueña de casa y algún magnate u hombre de edad. Los jóvenes, puestos al frente de las niñas, emprendían diálogos mudos y ardientes, dejando a los ojos la expresión de los afectos.

Arreglados los concurrentes en sus puestos, la señora de la casa dirigió la palabra al Inquisidor.

-Estamos muy favorecidos, señor -le dijo-, con los huéspedes que nos han llegado.

-No hay duda, señora marquesa -contestó el Inquisidor Mayor-, son bastante interesantes.

-¿Los ha tratado usted?

-Estaba en mi deber el hacerlo, y puedo asegurar a usted que la señora Magdalena es un tipo muy superior al del esposo.

-Sobre el particular hay opiniones -observó la señora-. Nuestras jóvenes, y en particular mi marido, son apasionados del señor Rodolfo.

La gravedad que le caracteriza -me dicen-, llama la atención, mucho más cuando se le oye discurrir.

Su fisonomía es muy dulce y simpática.

-No es extraño que el señor Rodolfo se manifieste grave en este país -repuso el Inquisidor con vivacidad.

Ha estado acostumbrado a la conversación de los franceses, que procuran adivinar lo que pasa en el cielo.

Aquí amamos nuestra fe, y sería una locura el darle cabida a sus disertaciones sobre puntos filosóficos.

El tiempo más perdido es el que se consagra al raciocinio, porque no debemos saber más que lo que se nos manda creer. ¿No es   —33→   una falta de juicio pretender gastar el tiempo en aprender lo que no da para el sostén de la vida?

El marqués de Obando, hombre serio y afecto a los libros, trató de salir a la defensa de Rodolfo.

-Rodolfo tiene para mí el mérito de ser laborioso, de estimular al estudio a los que visitan. Puede ser fatigoso para muchos, pero no creo que por eso merezca un juicio tan severo como el emitido por el señor Inquisidor.

-En días pasados -repuso el Inquisidor dirigiéndose al marqués y tratando de justificar su opinión-, tuve una fuerte cuestión con el señor Rodolfo, acerca del derecho que me decía tener el hombre para pensar con absoluta independencia. Se la promoví con intención, por informes que había recibido del abate González.

Usted conoce a ese santo hijo de la compañía de Jesús; es él quien me ha asegurado que es sumamente perjudicial y peligroso por las doctrinas libres que sostiene, al procurar la emancipación de la razón.

El señor marqués al defenderlo, no habrá observado al señor Rodolfo bajo este aspecto, como yo; pero es un hecho lo que el abate me ha asegurado.

El auditorio se sorprendió al oír estas palabras, y como estupefacto de lo que se decía de Rodolfo, aprobó el juicio del Inquisidor.

El marqués de Obando, como atemorizado, se arrepintió de su opinión, e inclinó la cabeza en señal de arrepentimiento.

El Inquisidor Mayor era un hombre de 38 años, de figura gallarda, pero orgulloso por el temor que infundía con su poder. Ambicioso de reputación, le era insoportable consentir se elogiase a persona alguna en su presencia.

Aparentemente era la moralidad ejemplar, pero dotado de pasiones fuertes, no divisaba obstáculos a la satisfacción de sus deseos.

El tribunal le facultaba para sustraer de las casas a las personas que quisiera.

Bastantes veces se vio que la familia de honrados españoles tenían que permitir la salida de sus hijas al lugar misterioso que una orden del tribunal designaba.

  —34→  

El gran Inquisidor, como decimos, había visitado la casa de Rodolfo, y encendídose en sentimientos que se comprenderán fácilmente en el curso de este romance. Había puesto sus ojos en el ángel de dulzura, en esa esposa que respiraba el aliento del amor.

Mientras Magdalena se entregaba en brazos de la fidelidad, ya había quien pensase cómo interponerse entre la pasión del uno y la idolatría del otro.

Al propio tiempo que se hablaba de Rodolfo, las niñas, a quienes molesta cuanto no se relaciona con sus intrigas amorosas, se entretenían en hablar.

Una de esas marquesas jóvenes que estaba acostumbrada a dominar un círculo de hombres con la coquetería peculiar de la mujer, parecía alterada o inquieta al echar de menos a un tal don Santiago de Salazar, que tenía preeminencias en su corazón.

-Seguramente la señora Magdalena -decía esta marquesita respirando por la herida-, estará divertida con la visita de nuestros amigos.

-Es verdad -respondió la hija de uno de los vocales-, que nuestros jóvenes se han ausentado algún tanto de las casas.

La señora Magdalena parece distraerles de sus antiguas relaciones.

-Es lo que sucede por lo regular -observó uno de los señores de valonilla y pantalón de grana, con las personas que recién llegan.

En la esposa del señor Rodolfo hay gran belleza, y no es raro de que haya llamado la atención de la juventud.

-Así la han hecho aparecer -contestó la marquesita-, cual una deidad, y no toman en cuenta que bajo esa capa de dulzura y hermosura (que es problemática), debe haber un corazón más despierto de lo que se cree.

Es hija de Nápoles, y pronto sabremos en lo que vienen a parar estas misas.

El gran Inquisidor pareció herido al oír tachar la mujer que había visto, y sin poderse contener dijo con gravedad, como defendiéndola:

  —35→  

-Magdalena es una belleza excepcional. En esto no hay duda.

La señorita marquesa, que se llamaba Margarita, tenía el orgullo de considerarse distinguida por el Inquisidor; así fue que al oírle esta confesión, pareció sentirse herida en su vanidad, revelando ese sentimiento al recoger la declaración del Inquisidor.

-Se necesita abrigar alguna esperanza -dijo-, para sentar tan pronto en el trono a la señora que parece haber causado alguna impresión en el señor Inquisidor.

La cuestión continuó adelante, y a la par que los defensores de Magdalena callaban, el bello sexo se extendía en murmuraciones de este género, que demostraban una rivalidad ostensible.

En esta conversación dieron las nueve de la noche. Al oír esta hora, el señor Obando se levantó de su asiento con algunos ancianos y se dirigió a una pieza inmediata en donde se jugaba naipes.

Las señoras que estaban libres de pensar en galanteos, siguieron poco después a la sala de juego para hacer sus apuntes. La juventud se encontró entonces a sus anchas.

Los jóvenes se entreveraron con las bellas, los respetos a la paternidad desaparecieron; al silencio y restricción de la etiqueta, sucedió el desahogo de los corazones.

Cada cual fue entonces un atleta de verbosidad.

En estos momentos llegó el señor de Salazar, y la marquesita que rabiaba de celos, procuró llamarlo a cuentas.

-¿Qué trae usted de nuevo? -le preguntó.

Seguramente el salón de la napolitana le habrá hecho olvidar que antes que todo es preciso ver a las amigas que aman a sus amigos.

-Dispense usted, Margarita -le respondió Salazar-; me he entretenido conversando con Magdalena.

Allí estábamos algunos amigos que, como yo, queremos a esa señora por el espíritu que demuestra.

Margarita se iba encendiendo en cólera, por la impresión que le causaban tales palabras.

-¿Usted está amándola ya? -le dijo.

  —36→  

-¡Yo amando! es una distinción, un agrado el que he querido expresarle.

¿Cree usted que yo podría amar, existiendo usted?

-Pues es extraño que se pasen así las horas por agrado, sabiendo que aquí estábamos reunidas.

Más valdría que su discreción le hiciera pensar en mí sola, y no en seres que bajo aspecto alguno pueden ponerse al lado de señoras como yo.

-Pero ¿quién ha dicho que una amistad o un amor excluya un pasatiempo?

En cada halago que descubro en Magdalena, recuerdo las dotes de usted, y esto, lejos de darle incomodidad, debía agradarle, porque así la amo más.

-Preferiría que usted dejase de frecuentar esa casa.

-¿Y cómo romper la amistad que ya tengo?

-Obedeciendo, y despreciando el que dirán.

¿No sería una vergüenza para mí el que fuesen a creerle amante de Magdalena?

Jamás he podido soportar que mis adoradores tengan otras distracciones.

El amor es orgullo, y usted me humilla visitando a esa joven.

-Pero yo no amo a Magdalena -repuso Salazar-, es una simple amistad y nada más.

-¡Cuán difíciles son las amistades, mi amigo, entre jóvenes!

Ellas degeneran bien pronto en otros sentimientos.

-Pero usted sabe que es casada y no podría ir a perturbar la tranquilidad de dos corazones felices.

-Lo sé, y en prueba de ello sé también que yo, a pesar de ser soltera, correspondo la pasión que usted me profesa.

El matrimonio es el enlace de dos amores o de dos intereses.

Guardándose afección al marido ¿quién puede quitar a la juventud el fuego de los sentimientos?

  —37→  

¿Cree usted que si yo no lo amase, si en el amor no encontrara mi felicidad, sería disculpable ante Dios?

Salazar, que oía tales cosas, sintió repugnancia hacia la joven que las profería y temor de conciencia al escuchar el nombre de Dios invocado para justificar faltas que ofendían la moral.

Desde entonces el velo de las ilusiones pareció corrido, y sin atreverse a contestar, a causa de la lucha entre los sentidos que le mandaban conservar esa pasión, y el deber que le mandaba repulsar tal degradación, prefirió callarse y ahogar sus impulsos en la embriaguez de los halagos de Margarita.

-Pero, ya que usted exige de mí -repuso Salazar después de algunos momentos-, el que me prive de una amistad inocente, ¿tendré derecho para exigir de usted que también abandone ciertas amistades que me incomodan?

-¿De quién habla usted? -dijo Margarita,

-De las demostraciones que tiene con el Inquisidor Mayor y con el señor Castro.

-¿Me cree usted apasionada de ellos? sea usted sociable, querido amigo. Eso que usted ve es necesario en sociedad para conservar el aprecio de las gentes.

Estoy segura de que usted no me amaría, si me viese sin adoradores.

-Eso sería tolerable, Margarita, si no temiese que con la continuidad de las conversaciones, esos señores viniesen a tener algún lugar en su corazón.

-No me juzgue usted con tanta ligereza. Yo luego con el amor de los que me rodean, porque no he tenido otra pasión que la de usted, y esté seguro que todo se estrellará contra ese ídolo de mi juventud.

Margarita dejó caer a ese tiempo la mano para que la tomase Salazar, y comprimiéndola con descuido, le hizo perder la serenidad, acabando de completar su triunfo con una mirada tierna y de profundo amor.

Salazar no se atrevió a continuar, y vencido por las impresiones del momento, accedió a las órdenes de Margarita sin conseguir que ella accediese a las de él.

  —38→  

Salazar, orgulloso al considerarse soberano del corazón que creía poseer, se levantó del asiento para contestar a los llamados que le hacían dos parejas que ocupaban su tiempo en decir chismes y contar historietas.

Castro aprovechó de este momento para ocupar el lugar vacante, y sin pérdida de tiempo dijo a Margarita:

-¿Saldrá usted mañana al lugar que le indiqué poco antes?

-Es imposible casi, porque mis padres se acuestan tan tarde.

-Pero haga usted un esfuerzo.

Es la prueba que me satisfará de su pasión.

Salga, amor mío, cubierta con su manto, y pierda cuidado por su seguridad.

¿A qué horas se acuestan sus padres?

-A las diez.

-Dé usted al negro de la puerta una propina, y este proporcionará la salida y la entrada.

-¿Me asegura que no seré descubierta?

-Se lo juro, bella Margarita.

-Bien está.

Levántese usted de este asiento para que no nos crean sospechosos.

El Inquisidor observaba con los ojos encendidos estas conversaciones que no alcanzaba a percibir.

Tenía amor a Margarita, y su orgullo sufría cuando se imaginaba que alguien pudiera vencerle en ese terreno.

En el estado de excitación en que se encontraba, hállase desahogado con un joven que tenía al lado, moralizando sobre las costumbres.

-Para conocer el valor de la mujer -le decía-, basta observarla en la vida íntima.

La veréis ocupada de los cuentos que se forjan, y nunca la hallaréis dispuesta al elogio de otra mujer que descuelle.

¿Y en qué está eso? preguntádselo a las madres que desde la   —39→   infancia preparan el corazón de sus hijas a vivir de las exterioridades; indagadlo en la educación que reciben, trivial y llena de dobleces, sin fondo para columbrar la superioridad de la inteligencia, esclavas de ese círculo de torpezas y vaciedades que el mundo les infiltra con la insipidez del hombre que postra su misión ante el culto de la depredación.

El joven se manifestó convencido sin mayor esfuerzo, y a fin de agradar a aquel hombre, le apoyaba diciéndole para halagar su vanidad:

-En los pueblos poco adelantados, el genio es pernicioso, porque la envidia del vulgo que procura surgir, considera un obstáculo la superioridad de otro.

Igual cosa señor, pasa entre las jóvenes.

Ya habéis oído cómo hablan de Magdalena; la superioridad de la virtud, de la hermosura o del talento, son un blanco al que le declaran la guerra.

Entonces habréis observado que hay unión para la mordacidad y fino tacto para labrar la calumnia; y es por eso que las rencillas femeninas son aceptadas, porque el número de las nulidades es mayor en todas partes.

El Inquisidor cortó la conversación tan luego que vio a Margarita sola, y fue a sentarse a su lado por instancias que ella le hacía con la vista.

-¿Por qué ha estado usted tan retirado de mí? -le preguntó la marquesita.

-La he visto tan entretenida, que temí importunarle acercándome -le contestó el Inquisidor con aire de reconvención, como quien la acusaba de otras afecciones.

-¿Importunarme usted? ¿que no sabe que todos los hombres me son indiferentes, y que solo usted es para mí lo aceptable que encuentro?

-Gracias, Margarita, por el cumplimiento.

-¡Oh! no crea usted que soy como la generalidad de las mujeres que acostumbran engañar a tres y más hombres a un tiempo; yo   —40→   soy muy franca y le aseguro que Salazar y Castro no son más que unos buenos amigos, unos entretenedores del tiempo.

Fuera de ahí para nada más les quiero.

-Me consuela usted, Margarita, con sus palabras, porque yo que la amo con tanta hidalguía y pureza; yo que tengo fijo en usted mi porvenir, pues la amo para santificar en la tierra la vida, no me es posible presenciar que otros le hablen con los aires de la seducción.

-¿Está usted celoso? amigo, no tiene usted por qué desconfiar.

Usted me conoce que soy incapaz de dar oído a palabras que ofendiesen mi pureza.

Mi único pensamiento es esperar con ansiedad el día de Año Nuevo para que se realicen nuestros votos.

El Inquisidor Mayor estaba realmente enamorado de Margarita.

Le había prometido casarse, a presencia de la madre, en una de aquellas noches en que la naturaleza convida a excitar las pasiones y las personas a quienes se ama revisten un aspecto voluptuoso, seductor, que domina por efecto del magnetismo que se desprende de las palabras, de la voz, de las miradas, del aliento mismo que se exhala.

Margarita se presentaba como un ángel de candor a los ojos de aquellos a quienes creía propios para entregarles su mano.

El Inquisidor Mayor, hombre de mundo, tenía los ojos vendados por el amor, y aun cuando algunas veces sentía celos, la marquesita poseía buen tacto para desvanecérselos y acabar por afianzarlo más en sus esperanzas de felicidad.

Reanudando la conversación, el Inquisidor trató de poner a prueba la moralidad de la marquesita, tentando una entrevista.

-Margarita -le dijo-, yo deseo veros con más frecuencia y tener algunos ratos de soledad con usted.

¿Por qué no procura el que estemos a solas?

-Imposible, amigo querido, imposible, porque mis padres me custodian en extremo; y sobre todo, sería impropio el que yo recibiese a solas a un joven, aun cuando fuese una persona como usted.

  —41→  

-¿Pero sus padres no duermen por las tardes?

Yo querría verla siempre entre dos luces, hora en que por regular todo está tranquilo.

Margarita pareció sorprendida, al oír estas palabras, porque la hora del crepúsculo era la hora de las entrevistas amorosas.

En esa hora, la sociedad femenina tenía libertad para recibir a solas, porque los padres dormían y jamás podían salir a los salones por hallarse despeinados y sin la importancia física que da una toilette esmerada.

-Esa hora es fatal, mi amigo lo observó Margarita; yo, aun cuando tuviese oportunidad, no recibiría, porque el vulgo cree que esa hora la ocupamos nosotras en ver a los amantes.

-El tiempo nos proporcionará una entrevista eterna -repuso el Inquisidor, aludiendo al matrimonio.

La propia resistencia de Margarita a acceder a las instancias del Inquisidor, corroboraron a este en que ella era digna de recibir su nombre.

¡Cuando se penetra en esta farsa de misterios, cuánto aprende el corazón humano!

La tertulia continuó por este estilo hasta las once de la noche, hora en que los padres y madres que lo habían pasado jugando, volvieron por sus hijas para retirarse a sus casas.

Los jóvenes, al divisar que los ancianos venían, volaron a ocupar su antigua posición, tomando los asientos del frente y dejando a las jóvenes formando la fila compacta que tenían hasta las nueve de la noche.

Se salvaban las apariencias, y esto bastaba para la tranquilidad de las conciencias paternas.

Cada familia se despidió sin que alguien se atreviese a acompañarlas porque era ilícito y prohibido tomar a una joven del brazo.



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ArribaAbajoCapítulo IV

La hora de las denuncias.- Primera tentativa del abate González para dominar una familia


La fragata San Fermín que había conducido a nuestras playas a Rodolfo, traía entre las cartas de familia para los españoles residentes en el Perú, una para el jefe de la Compañía de Jesús, dirigida por uno de los hermanos de la orden residente en España.

Esa carta contenía algunos informes que tienen relación con nuestros personajes.

Conviene conocer los siguientes párrafos de ella.

«Junto con esta van dos personas a establecerse en Lima, y a fin de que no puedan seros un obstáculo en tiempo alguno, como para que los tengáis bajo vuestro puño, os daré algunos detalles de quién es él, quién su esposa.

»Rodolfo es hijo de una casa floreciente en otro tiempo, noble de cuna, y hoy algún tanto atrasada por accidentes de la fortuna.

»No es un católico como los buenos hijos de España: sus padres cometieron la falta de hacerlo educar en Francia; así es que su moral se resiente de las doctrinas ateas que allí dominan; pero es dócil a la razón y no es de dudar que por medio de su esposa se le pueda convertir totalmente, porque la ama con delirio.

  —43→  

»Esto os hará seguir el camino que la costumbre nos ha inspirado y nos ha dado tan buenos resultados.

»Rodolfo se casó hace tres meses con la joven que le acompaña, la cual es hija de un mercader.

»En ese país está un joven nuestro».

El abate leyó algunas instrucciones a este respecto que le sorprendieron.

«Os hablo del Inquisidor Mayor, quien mediante nuestra influencia, se encuentra en el puesto que ocupa.

»Aprovechaos de estas instrucciones para dominar a la vez al Inquisidor y a Rodolfo».

El abate González, que era el jefe a quien venían estas instrucciones, se quedó pensativo algunos momentos, y como procurando desenterrar algún provecho para la Orden, tomó su libro de apunte, y puso en unas de sus hojas:

«Medios que deben emplearse para la conversión de R.».

Estas líneas eran el recuerdo de las ideas que acababa de concebir, y la simple enunciación del objeto, lo bastaba para no olvidar sus trabajos al respecto.

El abate continuó leyendo algunas otras cartas, y luego que hubo concluido, hizo llamar a su celda al padre Ulloa, para recibir los datos que de costumbre tenía obligación cada hermano de dar a su superior.

Luego que este llegó, el abate González le interrogó:

-¿Qué dicen de nuevo nuestras devotas?

-Hoy he confesado a algunas -contestó Ulloa-, pero nada ofrecen de nuevo en sus conferencias.

Las familias siguen en el mejor orden. Algunas habladurías sobre lances amorosos, tal cual escándalo privado, y nada más.

-Todo eso es nada -repuso el abate González-, si es que en esos lances y escándalos no tenemos que utilizar algo para el engrandecimiento de nuestra orden.

  —44→  

-No nos toca nada -contestó Ulloa-; por eso no les he dado importancia, y las he despedido absueltas a comulgar.

-Está bien; ¿y las aulas cómo andan?

-Los jóvenes se amoldan -contestó Ulloa.

-Mucho cuidado con esos niños -recomendó el abate González-, porque de la educación de ellos, depende la educación de las familias, que son nuestro apoyo y nuestra esperanza.

Cuidado con los vicios.

Ayer, al pasar por el claustro vi que dos jóvenes solos jugueteaban.

Ya sabéis que nuestros estatutos prohíben la reunión aislada de dos, y que nunca debe permitírseles conversar si no se encuentran por lo menos tres juntos, puesto que la experiencia prueba que de este único modo pueden evitarse los secretos, y de este único modo conseguirse el que tengamos pleno conocimiento de las inclinaciones íntimas de cada individuo, a fin de poderlas encaminar por el buen camino.

El padre Ulloa se apresuró a satisfacerla admonición del superior.

-Pronto reconvendré al inspector -dijo-; porque ese es un descuido que no se repetirá.

-Está bien -repuso el abate-, poniendo término a este punto, para investigar acerca de otro que perseguía con interés.

-¿Y qué habéis adelantado tocante al aviso que distéis del extranjero que ha trastornado a aquella devota?

-Aun cuando he dado algunos pasos -contestó el padre Ulloa-, no he conseguido saber el lugar donde se le puede encontrar.

-Hace días -repuso el abate González-, que di aviso al Tribunal, y entiendo que sus agentes le andan cerca.

-No descuidéis, señor, este asunto que es de alta importancia.

-Descansad a este respecto, hermano, que lo que no podáis vosotros yo lo he de alcanzar.

Concluida esta investigación, el hermano Ulloa se retiró, y sucesivamente fueron entrando uno a uno los demás miembros de la orden, a dar el parte diario de lo que habían inquirido o llegaba a sus oídos.

  —45→  

Era la hora de las denuncias y de las conferencias privadas, que tenían lugar diariamente.

Allí el hermano delataba al hermano, se daba cuenta de las confesiones de los devotos y devotas, se reflejaba el movimiento instantáneo de cada familia, de cada individuo, de lo cual resultaba que lo fuese a la vez de toda la sociedad.

Era aquel el Tribunal del Director Supremo, que tenía que dirigir el movimiento de las conciencias por medio del conocimiento o parte que cada hermano daba diariamente

Allí se sabía todo secreto, todo paso por privado que fuese, y cuando el confesor o sacerdote acababa de dar cuenta de su misión, el abate González hacía sus apuntes y lo despachaba con las instrucciones que debía seguir.

Igual ceremonia se practicaba con cada uno de los hermanos; y de este modo, el jefe del convento venía a ser el jefe de la sociedad o país donde residía.

Este jefe daba parte al general de la orden que residía en Roma, y de aquí resultaba, que el general de esa orden era el jefe de las sociedades y países donde imperaba la orden de la compañía.

Pasada la hora de las denuncias y conferencias, el abate arregló su traje y salió a la calle.

Tomó por Plateros, y desde allí se dirigió, torciendo varias calles a casa de Rodolfo.

Era la primera visita que hacía a los que habían llegado de España, en pago de la que Rodolfo le había hecho al llevarle una carta de recomendación.

Al entrar se dirigió a la puerta principal que daba al frente de la calle y se anunció con las palabras sacramentales de la época, pronunciadas en alta voz:

-Ave María Purísima, la paz de Dios sea en esta casa.

Magdalena, se encontraba sola, y sin demora contestó:

-Adelante, señor.

El abate se presentó enseguida, preguntando por el señor Rodolfo.

-Mi esposo no ha regresado aun -contestó Magdalena. El señor   —46→   abate puede pasar a sentarse, que Rodolfo no se hará esperar mucho tiempo.

El abate tomó asiento al frente de Magdalena. Luego sacó del hábito una rica caja de oro llena de rapé y la presentó abierta a Magdalena, ofreciéndole una narigada, con el aire más fino que puede presentar una persona de maneras delicadas.

-Mil gracias, señor -le respondió Magdalena rehusándose a aceptar-. No lo uso.

El abate se sirvió a sí mismo, y enseguida, revistiendo un semblante amable y simpático, procuró entablar una conversación familiar.

-Hace días que debía haber cumplido con el deber de saludar a ustedes -le dijo el abate-, pero ocupaciones que no faltan y el considerarles fatigados con las visitas, me ha hecho postergar el placer de conocer a usted y corresponderla atención de su señor esposo que me visitó al llegar.

-Rodolfo me había hablado de usted ya -le contestó Magdalena-, y para nosotros es un gran honor el contar a usted en el número de nuestros buenos amigos.

-Ese honor es para mí -se apresuró el abate a responder.

Pasados los cumplimientos, el abate entabló el siguiente diálogo con la esposa:

-¿Y la salud no ha sufrido con el clima?

-Felizmente nada he sufrido, señor abate.

-El semblante de usted revela su buen porte; sin embargo, su espíritu debe extrañar bastante aun la patria que ha dejado.

-Al lado de mi marido nada extraño. Es verdad que son tristes las primeras impresiones que se reciben, pero ellas pasarán luego, tan pronto como las amistades, la familiaridad, reemplacen los hábitos y gustos que se tenían.

-Es verdad, señora, y todo es más llevadero cuando el corazón se pone en Dios.

-Eso me ocupa siempre; mi amor a Dios y a Rodolfo.

  —47→  

Cuando me encuentro sin él, me extasío adorándole en mi corazón.

-Tiene usted razón.

El abate no se mostraba satisfecho aun de Magdalena, porque no descubría si era uno de esos espíritus que necesitan de intermediarios para dirigirse a la Divinidad; así fue que abordó la cuestión de lleno interrogándola con aire risueño, a fin de encubrir todo el sentido de la pregunta.

-¿De qué santa o santo es usted devota?

-Yo adoro a Dios tan solo, y a él solo le dirijo mis plegarias, porque me parece que es poco el tiempo que queda para adorar a otros santos, teniendo a Dios delante.

-Pero siempre es conveniente tener un santo de devoción que interceda por nosotros.

-Dios Dos oye, señor abate, en nuestras súplicas; y oyéndonos él, como único padre de todos, estoy cierta que él atiende nuestras oraciones.

-¡Cómo se conoce, señorita, que usted no ha sufrido calamidades en la vida!

-¿Por qué me dice usted eso?

-Porque es en la desgracia en donde se conoce el poder de los santos, los milagros que nos hacen.

Contaré a usted un hecho que pasó ahora poco en alta mar para que se convenza de ello.

Venía del Brasil a Buenos Aires un barco con algunos pasajeros después de tres días de navegación le acometió un fuerte temporal; el viento tronchó los palos en que se aferraban las velas, el buque pareció sumirse en las olas; los pasajeros y la tripulación desmayaron en la maniobra y resignáronse a morir. El capitán que era portugués, sacó de su camarote un San Antonio de su devoción.

Todos se rodearon de él y principiaron a hacerle promesas.

El viento principió entonces a disminuir y las olas a suavizarse.

El temporal pasó, y la nave, a costa de sacrificios, pudo arribar de nuevo al puerto de donde había salido.

  —48→  

Ya ve usted el resultado de una devoción.

-¿Y si se hubiesen encomendado a Dios -repuso Magdalena-, no habría sucedido lo mismo?

-Quizás no, porque a San Antonio se le podían hacer ofertas, promesas que es posible redimir con dádivas en este mundo, mientras que a Dios no.

Magdalena se sorprendió algún tanto de esta doctrina, y prefirió callar por no contradecir a todo un señor abate.

Y tenía razón en sorprenderse Magdalena, porque uno de los abusos más prominentes del catolicismo ha sido la invención de ese sistema de agentes intermediarios entre Dios y la criatura, y la enseñanza de comprometer a los santos con ofrendas pecuniarias.

Con tal sistema se ha organizado la defraudación de los espíritus inocentes, arrancándoles sus caudales; y lo que es peor de todo, alejando del hombre la idea de la virtud, para sumergirlo en la adoración de imágenes, que en buenos términos, han reemplazado las del paganismo.

Pasado que hubo un momento de silencio, el abate volvió a entablar la conversación sobre un punto que le importaba, y con esa frialdad y disimulo propio del que nada dice, dijo a Magdalena:

-Nosotros, señora, estamos encargados de la salvación de las almas, y Dios nos protege dándonos en este país una abundante cosecha.

-¿Mucha santidad hay aquí? -le preguntó Magdalena.

-Sí, señora, mucha.

Vaya usted de noche a los templos y se convencerá de ello.

¿Ha tomado usted algún director espiritual?

-Aun no, mi esposo es quien lo busca, y yo acepto el que me designa.

El abate hizo un gesto inapercibido de desagrado, pero luego se apresuró a ofrecerse.

-Yo creo, y espero que usted aceptará la oferta que le hago, de ocuparme en lo que me crea digno.

  —49→  

-Agradezco infinito, señor abate.

A tiempo que Magdalena acababa de pronunciar tales palabras, entró Rodolfo que venía de la calle.

El abate se adelantó a saludarle, y Rodolfo estrechó la mano que aquel le extendía.

Luego, sentándose, dijo el abate al esposo de Magdalena:

-Hemos estado disertando con la señora, y me ha complacido en extremo su juicio despejado.

Es usted muy feliz con semejante compañera que Dios le ha dado.

-Magdalena, señor -respondió Rodolfo, mirando con afabilidad a su esposa, que se sonrojaba del elogio del abate-, no tiene más que su gran virtud que la ilumina.

Rodolfo, sin dejar la palabra, varió en el acto de conversación, interrogando al abate.

-¿Ha visto usted al amigo, el señor Inquisidor Mayor?

-Está muy bueno.

-Sírvase usted decirnos, señor abate -interrumpió Magdalena-, cuál es el nombre del señor Inquisidor, hasta ahora no lo hemos sabido.

-Es un montañés, señora, venido de España algún tiempo ha.

Se llama Eduardo Ramírez.

-No sé qué impresión me hizo su fisonomía, el primer día que le vi, y estaba con curiosidad por saber quién era -repuso Magdalena.

-Es altamente apreciable -agregó el abate.

Siempre triste y estudiando, hace una vida ejemplar.

Creo que se casará dentro de algunos meses con la marquesita Margarita de...

-¿Qué tiempo ha que el señor Eduardo está en América? -preguntó Magdalena.

-Hará dos años, según creo.

-¿Ese señor ha viajado por Nápoles, señor abate? -añadió después.

  —50→  

-Entiendo que no, aunque no sé a punto fijo la verdad.

-¿Tiene familia el señor Eduardo? -preguntó Rodolfo.

-No, señor, es un hombre enteramente solo, recomendado por sus luces y virtudes.

Él no ha dicho jamás quién es su padre, y cuando se le ha preguntado por su familia, ha contestado con un suspiro profundo.

Magdalena tomó interés en esta conversación, sin darse cuenta a sí misma de ello.

Se puso triste, meditó algún tanto y como atormentada por algún recuerdo, pareció hacer un esfuerzo diciendo para sí:

-Es una locura creer que Víctor viva.

En vano me atormento pensando en cosas sobrenaturales, porque sería una desgracia que las sombras volviesen a la vida.

El abate se levantó del asiento para conversar, aparte de Magdalena, con Rodolfo.

Esta, comprendiendo que importunaba, se retiró del salón; así fue que los dos quedaron a solas.

-Señor Rodolfo -le dijo el abate-, es conveniente a vuestra posición que el público os vea con un director espiritual de vuestra casa.

-No tengáis cuidado, señor abate, porque yo no me opongo a lo que mi religión me manda; pero mi costumbre ha sido no tener confesor exclusivo para mi familia.

-Sin embargo, aquí es muy mal visto no tener un sacerdote conocido.

Yo como amo a ustedes, me intereso en darles este consejo.

-Perded cuidado, en pocos días más tendré que importunaros, quizá a vos, porque al fin sois el único sacerdote que conozco.

-Recibiremos un honor, yo y mi orden, con tener a ustedes por devotos.

Rodolfo continuó hablando con el abate largo rato sobre cosas insignificantes.

El reloj dio la una del día, y nuestro abate tomó su sombrero.

  —51→  

-Es la hora de comer, señor Rodolfo, y os dejo.

-Siento que me dejéis, volved a menudo y traed al señor Eduardo para que tertuliemos largo.

-Con gran gusto.

El abate se retiró a su convento, después de haber sondeado el terreno que deseaba conocer, dejando a los esposos tranquilos en su hogar.



  —52→  

ArribaAbajoCapítulo V

Soliloquio del abate González.- Una visita a la cárcel de la Inquisición


El abate González se había retirado de casa de Rodolfo persuadido de que Magdalena no se había olvidado de sus amores de la infancia. La curiosidad que la esposa había manifestado por saber el nombre del Inquisidor, le revelaba que quedaban en ese corazón cenizas ardientes de un amor que se había evaporado, ante la creencia de la muerte del hombre que antes que Rodolfo había imperado en él.

El abate necesitaba apoderarse de esta familia por la carta que el superior de España le había remitido.

Rodolfo podía hacer males a la compañía en el ejercicio de su cargo, y era fácil también que el Inquisidor cambiase, si se efectuara el matrimonio que proyectaba con Margarita.

Así fue, que su pensamiento lo contrajo a apoderarse de la dirección de Magdalena para asegurar más al Inquisidor.

El abate meditaba sobre el particular, al siguiente día de su visita, paseándose solo en su celda, sin levantar los ojos del suelo.

-Es preciso -se decía a sí mismo-, que vea al Inquisidor para sondearle el corazón.

  —53→  

Quizá Margarita le haya hecho olvidar sus primeros años; quizá los recuerdos de su pasión hayan muerto.

Él está bajo mi poder, porque no sabe que en mis manos está su perdición.

¿Qué me importaría desgarrar el alma de Rodolfo con celos que pudiera despertarle? ¿qué me importaría que Magdalena se encontrase anarquizada en su voluntad y que el Inquisidor fuese sacrificado por Rodolfo?

A todos los tengo en mi poder.

Por ahora me conviene saber de Eduardo lo que piensa; más tarde veremos lo que es preciso hacer.

El abate se iba entusiasmando con sus meditaciones.

De repente se detuvo al frente de un San Ignacio que tenía a la cabecera de la cama, le miró con respeto, y lleno de ardor y orgullo volvió a pasearse por su pieza, arrobado en un soliloquio que revelaba el poder de la orden, y le servía de desahogo a su corazón.

-La imagen sola de nuestro fundador -se dijo deteniéndose al frente de ella-, es una inspiración de recursos y de entusiasmo.

Yo, débil siervo de ese santo, quizás el más infeliz de todos mis hermanos, cuento con más poder que los representantes de los reyes.

-El Inquisidor es un dependiente nuestro, y el Virrey obedece a nuestro dependiente.

Y sin embargo de que somos absolutos, tenemos que andar siempre revelando la humildad y la servidumbre, porque ese es nuestro manto real.

¡Mundo de mentiras! -exclamó-, si pudiésemos descubrirnos al frente de nuestro poder, yo sería más resplandeciente que ese Virrey chapeado de oro; entonces no sería la parodia de una monarquía la que yo representase; sería la realidad de un delegado del imperio universal, que a sus plantas ve postradas las coronas y las tierras.

¡Y qué! -continuó inflamándose de vanidad.

  —54→  

¿Qué son al fin esos vetustos simulacros de una soberanía hereditaria?

Se llaman descendientes, en sus facultades, del Eterno, cuando en realidad no son más que agentes de la gran orden de San Ignacio.

Yo necesito desplegar mi ambición. Diez y ocho años hace que no hago más que ahogar mis pasiones viviendo entre hermanos, pero hermanos que conservan el odio en el corazón y la afabilidad en la apariencia.

Mi vida va corriendo, y nada he gozado aun del mundo...

La habitud de trabajar diariamente en el espionaje de la orden y de las familias, no es una existencia agradable.

Necesito goces, dominio, la ostentación de mi poder.

Quiero ver ante mis plantas a todas esas autoridades que el público reverencia.

¡Necesito levantar un trono para ser adorado yo solo!...

Pero no -continuó después de un corto rato de silencio, bajando de tono y revistiéndose de tristeza-, no soy nada; dependo de otro poder mayor, caería al día siguiente de mi elevación necesito resignarme a ser monarca sin corte.

¡Duro desengaño de la vida!...

¡Seré siempre hijo de San Ignacio!...

El abate se sentó abatido, como si saliese de un estado de fiebre.

Su orgullo se resentía en la lucha de su ambición con el imperio de las reglas que le mandaban ser como la serpiente que se desliza por entre las yerbas, para asaltar la presa que codicia cuando la tiene a su alcance.

-No quiero atormentarme -díjose el abate-; vale más que me contraiga al desempeño de mi cargo.

Este asunto de Magdalena me preocupa.

Si en este asunto no hubiese de por medio más que la posesión   —55→   de una familia, era fácil salvarlo todo; porque nada me importaría que la tranquilidad de ella fuese turbada.

Pero no es esto solo, necesito sobre todo asegurar a Eduardo.

Él puede escapárseme o casándose con Margarita o por el poder de otro amor.

El matrimonio es contra nuestros intereses, porque las riquezas que adquirimos por medio del Inquisidor, no las tendríamos como ahora las tenemos; y sobre todo, los capitales cuantiosos que Eduardo ha adquirido, irían a ser de la familia que crease. Mientras que no casándose, él, que no tiene herederos, que ha nacido de padres que no conoce, precisamente ha de dejarlos a la orden.

De lo contrario, ¡cuánto trabajo habríamos perdido levantando a ese hombre de la nada!

Eduardo no debe casarse.

¿Y para evitar ese matrimonio, qué hacer?

El abate pensó algunos instantes, y luego dándose una palmada en la frente exclamó.

No hay que temer; San Ignacio me ha inspirado.

¡Magdalena! ¡Magdalena!... -repitió algunas veces, y paseándose con la vista radiante de alegría, se fue a la pieza de dormir, y principió a componer su traje para salir.

-Caeré sobre ellos -dijo a la par que se arreglaba, con la rapidez del águila-, para arrancar de esas entrañas, gloria para Dios y prosperidad para la orden.

¿Qué me importa que el mundo se desplome cuando los intereses de la compañía están por delante?

¿Mis hermanos no han diezmado la Francia en la famosa San Bartelemy?

¿No han hecho caer las cabezas de Clemente XIV y de Enrique IV?

¿No han procurado hacer volar a Londres con un volcán de pólvora? ¿Y por qué? ¡por el bien de la religión y de la compañía! Pues bien. No serán las pequeñeces las que me detengan.

Devastamos las ciudades con la mansedumbre del cordero.

  —56→  

Hacemos arrodillar ante nuestro poder a los más soberbios del mundo.

Tenemos el veneno y el puñal para salvar a la humanidad.

Las dos terceras partes del globo yacen a nuestras plantas, adormecidas con la obediencia.

¡Oh poder! -exclamó el abate-, ahora prefiero ser oveja tierna.

¡Cuán sabia es nuestra institución! Deliraba hace poco con las pompas del mundo; pero ahora veo que la ostentación nos perjudicaría, nos derribaría del solio que ocupamos.

Es terrible nuestra misión -siguió el abate tomando su sombrero-; terrible por los lances amargos que tenemos que soportar en la tierra.

¡Bastaría el solo tormento de presenciar que otros gozan, sin poder gozar nosotros como ellos!

Cuando veo que alguno sufre, me consuela la idea de que hay otros que son más mortificados que nosotros.

El mundo es una expiación de nuestra naturaleza.

El goce debe desaparecer, es contrario a la salvación del alma.

El mundo, destierro del hombre, lugar de odio y de miserias, es hoy invadido por el vicio.

Cuando debieran llorar y abstenerse de los placeres, esa especie lanzada para la purificación, lo hace servir de teatro para sus diversiones.

¡Eso es impío! Olvidan la patria de los cielos, y el infierno abre sus puertas para recibirlos.

¡No puede tolerarse tal escándalo! Si estamos encargados de cosechar para el cielo, es preciso combatir la felicidad terrestre.

El espíritu divino me impulsa a marchar, voy a recorrer la ciudad, a derramarle el dolor...

No hay que detenerse ante las lágrimas del desgraciado.

Raza maldita, cuánto mejor sería que vivieseis del espectáculo de la muerte.

  —57→  

¡Quién pudiese destruir esos valles que sonríen al alma del pecador!

¡Quién pudiera sacar de los escombros de los siglos, las tinieblas que envolvían a la humanidad en la ignorancia! De ese modo no tendríamos que luchar con los obstáculos que se atraviesan en nuestro camino invocando la civilización.

Nuestro deber es sembrar la miseria y el dolor, para cosechar los despojos de una pronta muerte.

Vamos a destruir para salvar, fueron las últimas palabras del abate al salir de su celda a la calle.

Vamos a destruir para salvar...

Su rostro, algún tanto encendido por el estado febril en que se había encontrado, se revistió de una dulzura encantadora. La serpiente tomaba la piel de la oveja.

Puso bajo de la capa negra sus manos, en aptitud de orar, y con paso grave, la vista gacha y algún tanto gibado el cuerpo, se encaminó a la plaza de la Inquisición.

El tribunal de la Inquisición tenía despacho ordinario, como sucede en los juzgados que hoy conocemos, con la diferencia de que en ese tribunal la mayor parte de los juicios eran secretos y su jurisdicción omnímoda, porque no solo conocía de los crímenes positivos, sino también de las farsas que se inventaban para deshacerse de algún individuo o castigar algún enemigo.

El Inquisidor Mayor tenía su sala de despacho, como decimos, y allí solía pasar algunas horas dando audiencia a las delaciones que traían los agentes del Santo Oficio.

La sala algún tanto espaciosa, tenía a su frente un dosel negro, bajo el cual resaltaba la figura pálida del Inquisidor.

Para llegar a este lugar se subían algunas gradas que conducían a una plataforma en que se encontraban algunos asientos que servían para los jueces del Tribunal.

La mesa, sillas, dosel y piso eran cubiertos de negro, con las armas de la Inquisición al respaldo de cada asiento.

El techo de madera color cedro, manifestaba la obra jefe de talladores esmerados.

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Las vigas separadas de distancia en distancia, dejaban ver el relieve de los adornos artísticos.

El resto del salón se hallaba rodeado de algunos bancos corridos que eran destinados a la concurrencia.

Una calavera al lado del tintero, un crucifijo al frente de la mesa y algunos esqueletos de cuerpo humano, completaban el adorno de la sala del despacho.

Las ventanas elevadas, colocadas en las dobles murallas que formaban el cuadro de la sala, derramaban una luz apagada y tétrica.

Al lado del dosel había una puerta pequeña que no se apercibía a la vista del espectador, pero bien conocida de los miembros del Santo Oficio.

En este salón se encontraba Eduardo rodeado de algunos hombres que daban cuenta de su cometido.

Eran como las once del día cuando el portero golpeó la puerta del frente.

-Silencio, señores -dijo el Inquisidor-, algo ocurre cuando se nos interrumpe con golpes a la puerta.

Vea uno de ustedes lo que se ofrece.

-El señor abate González -anunció el portero, sin abrir la puerta.

-El señor abate -dijo el Inquisidor-; tened señores la bondad de retiraros y volved mañana.

Luego alzando la voz, que resonó con estrépito, ordenó:

-Haced entrar al señor abate.

El portero abrió una de las hojas de la puerta sin causar el menor ruido.

El abate pasó adelante.

El Inquisidor Mayor se quitó el gorro puntiagudo que usaba como símbolo de su autoridad, y bajando las escalas de la plataforma, salió a recibir al abate.

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-Os he interrumpido tal vez, querido hijo de Dios -le dijo el abate tomándole la mano.

-Nunca interrumpís, señor abate -contestó el Inquisidor-. Nada hay, por ahora, que me ocupe con urgencia.

-Lo celebro, porque mi visita es caprichosa. No tenía qué hacer en el convento, y he preferido pasar un rato en compañía vuestra.

-Agradezco la preferencia que me acordáis, señor abate.

Los dos personajes subieron a la plataforma y se sentaron bajo del dosel.

Se encontraban reunidos dos hombres que se estimaban en la apariencia, sin tener otros vínculos que los del interés de sus órdenes, pero prevenido el uno contra el otro por la desconfianza que reinaba en sus corazones, y por el conocimiento íntimo que tenían de sus actos privados, ante cuyo espectáculo desaparecía la estimación que solo produce la honorabilidad de los sentimientos.

Era aquella la representación de dos órdenes que se repartían la caza de hombres.

Colocados bajo la sombra del dosel, parecían simbolizar uno de los signos inquisitoriales.

Allá en las tinieblas de un edificio calculado para ocultar los rayos de luz, esos dos hombres parecían seres que representaban algo de los genios que habitan las cavernas.

El Inquisidor cedió su asiento al abate en demostración de ser aquel un jefe más alto en jerarquía en el Tribunal.

El abate con los ojos bajos tomó la calavera que estaba al lado del tintero, y como riendo en el fondo de su alma, la daba vuelta cual si fuese un objeto destinado a distraer.

De repente se dejó oír un quejido profundo que se ahogaba en las bóvedas del edificio.

-¡Por piedad! Todo lo diré... era el eco que venía a los oídos del abate.

-¿Qué significa eso, señor? -preguntó el abate sin inmutarse.

  —60→  

-Es la aplicación del tormento a un reo que no quiere confesar.

-¿De qué delito está acusado? ¿quién es el reo?

-Es el francés que me recomendasteis.

-¿Moyen? -dijo el abate como llamando a su memoria en auxilio-. ¿Moyen?... ¿me habláis de aquel hereje que fue descubierto por el hermano Ulloa?

-Sí, señor abate, del mismo.

-Recuerdo que os lo recomendé ahora poco, y según los avisos del hermano, es grave la causa que se le imputa.

-Se le acusa de haber vertido proposiciones inmorales delante de algunos individuos: pero nada sería eso, si no estuviera de por medio...

-El bien de nuestra orden, ¿no es verdad? -interrumpió el abate.

-De lo contrario no se le aplicaría el tormento.

-Sois muy católico, amado hijo de Dios.

Los ayes de la víctima volvían a repetirse.

-¡Perdón! estoy arrepentido...

-Voy a hacer que le saquen del tormento -dijo Eduardo.

-Esperad diez minutos más -replicó el abate-; ¿qué? ¿tenéis compasión?

-¿Compasión de los quejidos? esos dolores no han de haber sido como los míos; esos ayes no han de salir del alma, ni durar años como los ayes que yo he lanzado en medio de los pueblos y del océano, sin que nadie trajese la calma a mi corazón.

¡Compasión tener yo -repitió Eduardo- de los lamentos arrancados por el tormento a un cuerpo hereje!

¡Oh! no, todo lo contrario; porque ellos son la expresión de un arrepentimiento que salva una alma del infierno.

Mas, creo que es bastante tiempo de martirio; permitidme que mande suspender la tortura.

-Como gustéis, pero os aconsejo que no tengáis lástimas con los herejes.

  —61→  

Eduardo abrió la puerta secreta y desde allí mandó:

-Llevad ese hombre al calabozo.

Cuando hubo vuelto a su asiento, el abate tomó una de las frases del Inquisidor para abrir la conversación que deseaba entablar al hacer la visita.

-¿Me habéis hablado de grandes dolores vuestros? señor Eduardo -dijo el abate, fijando sus ojos en el Inquisidor como quien procura leer en la mirada algo que se revelase.

-Sí señor, de dolores que siento desaparecer en este país, con la idea de mi matrimonio.

-¿Pues, vuestros dolores se curan con el matrimonio?

Yo como os amo, querría daros un consejo de prudencia.

La felicidad que procuráis encontrar, no está en el matrimonio; quizá allí vais a encontrar un nuevo motivo de desesperación.

La felicidad que os es conveniente solo la hallaréis separándoos del mundo, en la consagración que hagáis de vuestra vida al servicio de Dios y de la Compañía.

Es verdad que hay grandes dolores en la humanidad, pero esos dolores se curan con nuevos dolores que se extienden a la generalidad.

¿No sentís una satisfacción al oír el quejido de un atormentado?

Dejaos del matrimonio que solo sirve para inutilizar las personas, entregándolas a vivir de cuidados y de celos.

-Señor abate, estoy cansado de vivir solo, de no tener un seno casto donde recostar mi frente agobiada por la amargura.

Yo necesito descanso, un ángel que me mire con amor, que despierte mi corazón; en Margarita creo divisar este bien.

Yo estoy resuelto a casarme, y si esa mujer, lejos de darme la calma y el descanso, hace azarosa mi existencia, estoy cierto que no empeoraré de condición.

El abate se quedó sumergido en un profundo silencio.

Veía que Eduardo estaba resuelto al matrimonio.

  —62→  

En aquel momento luchaba su espíritu, dominado por la cólera que le producía el no ser obedecido en la opinión que había emitido, siendo que estaba acostumbrado a ver acatada su voluntad sin oposición alguna.

-Eduardo -se dijo el abate a sí mismo-, está corrompido y perdido para la orden; pero yo le volveré al buen camino.

Y luego alzando la voz, repuso a Eduardo con la mayor amabilidad:

-Y ya que estáis decidido al matrimonio, Dios os ayude, buen amigo.

Eduardo miró al abate con interés, y como descontento con sí mismo al creerle resentido por la franca resolución que le había comunicado de casarse, procuró satisfacerle la susceptibilidad que consideraba herida.

-Pocas veces el hombre es comprendido, señor abate -le dijo Eduardo.

Las tareas a que se consagra lo transforman.

La persuasión del deber tiene que luchar con las pasiones que asaltan.

-Es verdad -repuso el abate-; pero también es perderse para el deber el dar soltura a la vehemencia del corazón.

El que tenga la misión de servir a Dios, debe matar las ilusiones, porque ellas no hacen sino arrastrar los incautos a un mundo de dolores cuando se toca la realidad.

Eduardo se sintió herido, y perdiendo algún tanto su calma

-¡Qué! -exclamó- ¡por Dios! ¿no habéis amado en el mundo? Señor abate, vos habéis sido joven y seglar, no os extrañe mi franqueza.

El que ama a Dios y a su servicio se consagra, sabe amar también lo que el pensamiento idealiza.

La frialdad no es condición del corazón religioso, de almas abnegadas al servicio de la humanidad.

¡Oh! ¡cuánto cuesta ser hombre del deber!

  —63→  

Señor abate, vuestras palabras me duelen, al oíros decir que me pierdo para el deber al buscar una compañera que mitigue mis dolencias íntimas.

Vos me conocéis demasiado, porque ante el único amor que he conservado puro, el amor a Dios, he servido con todas mis fuerzas, y siempre seré lo mismo porque la gratitud vive en mí.

-Si hasta ahora -replicó el abate con suma suavidad-, habéis despreciado la materia y cuanto nos rodea, ha sido porque el amor a Dios habitaba independiente y solitario en vuestro corazón.

Pero amando cosas de la tierra, cambiareis, mi amigo, porque os ligareis a ella por la familia que vais a formar.

Tengo la experiencia de siglos y creo no engañarme.

-¿Yo ligarme a la tierra? -repuso Eduardo con animación- ¿no sabéis que mi patria está allá arriba, mi porvenir en salvar almas por medio de la conversión o del castigo de los que aquí viven en el pecado?

La familia me hará concentrarme más en mis deberes. En las caricias de mis hijos, veré una bendición del cielo y nada más.

-Señor Eduardo, habláis así porque vuestra imaginación es ardiente; la fuerza de la pasión os domina.

Nuestro espíritu es frágil, hoy se alucina con una idealización que se forja; y mañana se estrella con la realidad de un desengaño...

El abate marcó estas palabras con un tono compasado, fijando la vista en Eduardo que expresaba en su fisonomía la inquietud de su interior; y continuó: -Sí, mi amigo, con la realidad de un desengaño, el alma habituada al dolor acaba por dar cabida a la duda, a perder las convicciones, y entonces la ilusión se cambia en tormento.

¿Qué os importa, amigo, sacrificaros diez o veinte años más (que será lo que viviréis), sustrayéndoos al mundo para ser feliz en la inmortalidad?

La mujer no es lo que vos creéis; quizás al darle la mano de esposo abrazáis la deshonra...

  —64→  

Eduardo se estremeció al oír estas últimas palabras, se levantó del asiento dando un profundo suspiro, y apoyándose en el borde de la mesa:

-Señor abate, no hablemos -le dijo-, de la duda.

Dejadme vivir con una esperanza que me halaga.

Necesito de esa esperanza y estoy resuelto a realizarla, porque la vida que paso me es insoportable.

No conozco padres, los amigos me acatan por temor, las mujeres me miran por interés.

¡Oh! yo necesito una familia en que depositar mis dolores, necesito un bálsamo a mi vida que dulcifique mi corazón.

El abate se vio vencido por la resolución del Inquisidor, y haciendo aparecer una risa halagüeña en sus labios, demostró cierta conformidad con el pensamiento de Eduardo.

-Bien, mi amigo -le dijo-, no hablaremos más de este asunto.

Espero que olvidareis nuestro debate, porque no debe quedar rastro de aquello en que diferimos por algún accidente. En lo que os he dicho, no debéis ver más que un grande interés por vuestra felicidad.

-Lo reconozco, querido abate, y agradezco vuestra franqueza.

El abate sacó de su bolsillo la caja de rapé, y tomando una narigada, vio la hora que era.

-Son las doce solamente.

Las campanas de las iglesias principiaron a tocar, y los personajes se pusieron de pie para rezar una oración que todos los habitantes repetían a esa misma hora, fuese cual fuese el lugar donde se encontrasen.

Concluida la oración, volvieron a sentarse.

-Aun me queda tiempo -dijo el abate-, y si no tuvieseis que hacer, desearía dar una vuelta por esta Santa Casa.

-Con mucho gusto -respondió el Inquisidor.

-Vamos si queréis.

  —65→  

Eduardo abrió la puerta secreta, y llamó al carcelero para que abriese los calabozos.

El abate siguió tras del Inquisidor.

Saliendo de la sala de despacho, pasaron a un pequeño cuarto que tenía dos puertas, una que comunicaba al lugar de las prisiones y otra a una bóveda.

Esta última puerta era de fierro y bien afianzada con cerrojos y gruesas llaves. Conducía a la bóveda en la cual se depositaban los tesoros.

El Inquisidor abrió la puerta y señaló al abate un número crecido de talegas, algunas barras de plata y piezas del mismo metal labradas.

-¿Como cuánto tendréis ahí? -le preguntó el abate.

-Entre las piezas de plata labrada, alhajas, y moneda sellada, habrá, según creo, novecientos mil duros.

-Luego que completéis un millón, es preciso mandar socorros a nuestro General en Roma.

-A la disposición de la orden está todo.

Cerraron la puerta y se dirigieron al interior de la cárcel.

Antes de entrar en los callejones en que estaban las viviendas, había un patio pequeño que daba alojamiento al portero, verdugo y otros empleados al servicio del «Santo Oficio».

La cárcel era en su plano un verdadero tablero de damas.

Nuestros personajes penetraron en el corazón del edificio, y siguiendo por un callejón se detuvieron ante una puerta que se veía en el medio de una pared.

-¿Quién está aquí? -preguntó el abate.

El portero abrió, y en el fondo de una pieza oscura, iluminada por un rayo de débil luz que penetraba por la rejilla del techo, se dejó ver un negro atado a la pared por una gruesa cadena.

-Este es Manuel Gallano -dijo el Inquisidor-, acusado de brujo y de relaciones con espíritus malignos, porque ha curado a algunos enfermos sin ser médico.

  —66→  

-Tenéis razón, dejémosle.

El portero cerró la puerta, y continuaron por el callejón hasta doblar a otro, que en la misma forma que el anterior, no tenía más que una puerta.

La forma del calabozo era igual, y en el centro de él había un madero de dos varas y media de alto.

Allí estaba suspenso un hombre que desfallecía de fatiga.

-¿Y este otro? -indagó el abate.

-Es aquel fraile agustino que dijo dos misas sin autorización.

Está en prisión hasta que confiese su delito.

-El crimen es bárbaro, bien merece el lugar que ocupa.

El Inquisidor y el abate continuaron dando vuelta por otros callejones y visitando lo que en cada uno de los calabozos había.

Al pasar por una de esas puertas, sintieron algunos quejidos apagados.

-He aquí al hereje Moyen -dijo Eduardo, señalando con el dedo a un hombre atado al suelo por una cadena, lleno de magulladuras, que se retorcía.

Era un espectro espantoso, por lo desencajado de su rostro, las barbas crecidas y algunos tintes de sangre.

-Por piedad -dijo este hombre-, hacedme matar cuanto antes, los dolores que sufro me son insoportables.

¡Por piedad, señor, matadme!... y volvió a revolcarse en el piso.

-¿Qué sentís hermano descarriado? -le preguntó el abate.

-Mis huesos están rotos, señor, una plancha de fierro parecía molerme; los pies se me juntaron con la cabeza; señor, prefiero la muerte, ved la tortura y me tendréis lástima.

Yo soy inocente...

-Cerrad la puerta -gritó el Inquisidor, al oír la palabra inocente, y la voz del reo fue apagada en la espesura de las murallas.

De allí siguieron hasta llegar al fin de uno de los callejones; entraron en una pieza donde se encontraban torturas, puntas afiladas   —67→   de acero enclavadas en el piso, y otra multitud de instrumentos dispuestos para los diferentes castigos que se daban.

En el rincón de una de las piezas se veía un hornillo encendido, para la quema de los cuerpos humanos que eran sentenciados a tal pena1.

Luego que hubieron concluido de visitar los diferentes departamentos de la cárcel, el abate exclamó:

-¡Cuán sabio plan es el de esta casa!

Dobles murallas que apagan la luz del día, calabozos solicitarios que es imposible dejen de convertir los espíritus pervertidos.

¡Oh! ¡muy hábil debió ser el arquitecto de este edificio!

Los dos personajes se retiraron a la sala del Tribunal, quedando las prisiones en un completo silencio.

-Me voy contento por el rato que he pasado en vuestra compañía, amigo Eduardo -le dijo el abate tomando su sombrero.

Os recomiendo mucho a Moyen; ya sabéis que es un extranjero que ha trastornado a esa muchacha dispuesta a ser monja.

Le ha hablado de matrimonio y de amor, cometiendo la irreligiosidad de hacerle creer que la mujer estaba destinada para la delicia del mundo y no para la mortificación.

Esa joven Enriqueta está enamorada de él, y si saliese podría pervertirla de nuevo.

Cuidado, buen amigo, cuidado con él.

-Descansad en mí, señor abate, y no creáis que me olvidaré tampoco de falsificadores de cruces, los cuales con gran descaro usurpaban una de las entradas a la orden.

El abate se despidió del Inquisidor Mayor, y este le acompañó hasta la puerta. Luego que se quedó solo, la conversación del abate lo vino a la memoria; pareció preocuparle algunos instantes.

-¿Por qué se opondrá él a mi matrimonio?, se interrogó a sí mismo.

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Es verdad que la compañía de Jesús me ha levantado de la postración en que estaba yo; pobre artista en otro tiempo, hoy soy una autoridad, todo lo debo a la orden; pero no creo que tales servicios me priven el amar.

¿Seré tan desgraciado como en mis primeros años?

¿Algún nuevo impedimento vendrá a matar mis ilusiones?

¡Dios mío! ¡si tal es mi destino, poned término a mi existir!

¿Para qué quiero riquezas ni honores, cuando mi corazón está herido?

¿No era más feliz cuando el día lo ocupaba en mi taller, y la noche en adorar a aquel ángel, cuya imagen está grabada en mi alma?

El Inquisidor se pasó la mano por la frente, se encontró agitado por la fiebre y se retiró a su casa pensativo y triste.

El abate González había salido convencido de que Eduardo se casaría si no se tocaban prontos recursos que lo impidiesen.

Había sondeado el corazón del Inquisidor, y allí había encontrado un recuerdo, que aunque amortiguado por el amor a Margarita, conservaba aun bastante vitalidad.

El abate se encontraba agitado en su espíritu, no porque desconfiase en los recursos de su imaginación, sino por encontrar el método que debía emplear para conseguir su fin.

-He sido demasiado ligero -pensó para sí-, al querer combatir una pasión con el raciocinio.

Me había olvidado que la pasión hace perder la cabeza.

El remedio es otro: un fuerte dolor se cura con otro mayor, una impresión dominante se desvirtúa con otra más dominante, un amor arraigado se borra con otro amor más vivo.

Nuestra naturaleza es esclava de las impresiones; hoy queremos con delirio un objeto, mañana nos causa odio porque otro objeto nos alucina con la novedad.

La suerte está echada, vamos a convertir a Eduardo.

Vamos allá...

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El abate se acercó a la mesa de escribir y redactó el siguiente billete:

«Amigo Eduardo

»Se me olvidó deciros hoy en mi visita, que la señora Magdalena y el señor Rodolfo me instaron para que os llevase a su casa.

»La visita que les hicisteis a su llegada les agradó bastante y desean teneros por tertulio.

»Espero que el domingo entrante iremos a hacer este cumplido, pues me comprometí a ir con vos.

»Vuestro amigo y hermano.

»González».

Luego que hubo escrito, llamó a un sirviente y le dijo:

-Id a casa del señor Inquisidor Mayor y entrégale esta carta en mano propia.

-¿Traeré la contestación?

-Si el Inquisidor os la da sin que se la pidáis; si no vuélvete en el acto.

Observa quiénes están en casa del Inquisidor y qué hace a estas horas.

El Inquisidor vivía en una casa esquina de la calle de Bodegones2.

Sin familia, habitaba en hermosos salones, decorados con el lujo de la época.

La pieza de estudio era la que él prefería, por encontrarse allí rodeado de estantes bien provistos de libros, empastados con pergamino amarillo.

Sobre cada puerta había una imagen, un crucifijo en la mesa y algunos cuadros con retratos de varones ilustres por sus virtudes católicas.

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En una de las esquinas de la pieza había un armario incrustado de concha de nácar, cerrado a la vista por dos puertas elevadas.

Abriendo esas puertas se dejaba ver una escala de cajones y de divisiones con rótulos, que designaban los diferentes objetos que allí se encerraban.

Eduardo estaba tendido en una silla de brazos, con el semblante decaído por emociones que pasaban en su espíritu.

-No quiero pensar -decía-, en mi suerte, porque no tengo fe en la felicidad.

¿Margarita será lo que yo pienso?

¿Será la mujer pura, casta en el pensamiento, vírgenes en el corazón?

El matrimonio no puede existir, es una burla, una mentira, cuando la mujer que se elige para entregarle el porvenir, la honra de una familia, ha perdido la idea de la virtud.

La corrupción es grande en el mundo; la virtud va semejándose a un sueño pasado con la edad primera.

Las costumbres van formando un nuevo modo de ser que nos familiariza con la corrupción, nos hace transigentes con lo que es degeneración de las nobles facultades del alma, y de aquí nace que el que se deja llevar por la corriente de los usos sociales, cae con facilidad y es sacrificado.

¡Pero no! es preciso no ser fatalista, apartemos la duda.

Quiero hacerme ilusiones, porque necesito de ellas.

Eduardo fue interrumpido en sus desahogos por golpes que daban a la puerta.

-Pasad adentro -dijo.

Se presentó el sirviente del abate González y le entregó la carta que traía.

Eduardo la tomó, y mientras la leía, el lego registraba con la vista la pieza.

Eduardo se acercó a la mesa, y contestó en otro billete:

«Mi venerable abate: agradezco la invitación que me hacéis, y no faltaré a acompañaros el día que me indicáis.

»Saludo, etc.

»Eduardo».

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El lego se retiró con la contestación, Eduardo volvió a sentarse.

-No querría ver a nadie -dijo-, porque las visitas me son incómodas.

En el día he circunscrito mis relaciones a una sola casa, a la de Margarita, y preferiría no volver a perder mi tiempo en la esclavitud estúpida que impone la etiqueta.

Pero es necesario dar gusto al abate, y poco importa inutilizar dos horas.

El abate, luego que tuvo la contestación en sus manos, se entregó a orar, como de costumbre, delante de un crucifijo.



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