Asociación1
José Mármol
Teodosio Fernández (ed. lit.)
Dejemos un momento el detalle de los acontecimientos que tenemos que seguir día por día, dejemos la materialidad del cuerpo social, y hablemos alguna vez del alma, porque los pueblos la tienen también con sus vicios y sus virtudes, con verdades, errores y supersticiones.
Abrumados con las impresiones del momento; aturdidos por el estruendo de la pólvora; luchando con el despotismo de una parte, con las nulidades de otra; hoy con la desgracia individual, mañana con la calamidad pública; halagados aquí con una esperanza, mortificados allá con un desengaño, etc., la vida de cada hombre en el Plata ha sido para la gran cuestión social lo que es el soldado sobre el campo de batalla. Éste no ve sino el enemigo que tiene a su frente, sin poder dar su atención ni alcanzar con su vista la gran síntesis del combate; y aquélla no puede fijarse sino en las ocurrencias que la impresionan en detalle, sin poder alcanzar el gran cuadro de los acontecimientos por que atraviesa.
Pero si nos alzamos con la mente de la atmósfera espesa de los partidos, del humo del cañón y del vapor de la sangre; si desde la altura a que se remonta el espíritu humano en los raptos de su meditación filosófica echamos una mirada sobre los pueblos de esta región de América, se divisarían entonces causas más graves y generales de la situación que nos oprime, que aquellas que, de cerca, divisamos en las dictaduras a quienes se ha combatido y se combate, y a las que atribuimos las causas inmediatas de males con que se quiere concluir.
No; la filosofía de nuestra historia infiltra más hondamente su mirada, y ante ella los tiranos del Plata, que han servido de escándalo en el mundo, no son causas, son simplemente consecuencias lógicas, infalibles, de causas anteriores y más vastas y poderosas que ellos.
Los fenómenos morales, como aquellos que nos sorprenden en la naturaleza física, no se explican nunca por sí mismos. ¿Hay quién pueda explicar a Rosas con Rosas mismo? No, la explicación de él se encuentra en el pueblo. Transportad a Rosas con todas sus propiedades morales a cualquier otro país del mundo, y la nulidad que él representaría allí, aunque allí fuese su tierra natal y el centro de sus aspiraciones, os demostrará que Rosas ha debido encontrar para su gobierno analogías morales que lo han facilitado, en los pueblos sobre que se ha extendido ese gobierno.
La tiranía es esencialmente unitaria en sus medios y fraccionaria en sus fines. Ella necesita la centralización de toda la acción gubernativa, y requiere al mismo tiempo la desasociación de las clases y la individualización de la sociedad.
Esas dos condiciones son para la tiranía lo que el color y la extensión para los cuerpos: son inseparables. Pero ni la una ni la otra han sido jamás, ni pueden serlo, la obra de un hombre. Son la obra de los pueblos. Por la indolencia de ellos; por su falta de hábitos de libertad y de justicia, de orden y de moral, el tirano absorbe sus derechos, y se hace la ley, el juez y el verdugo; y por la anarquía de las ideas y la incomunidad de los intereses, la tiranía marca luego a cada clase, a cada familia, a cada individuo los anchos límites de separación que han de servirle para que se ejerza luego su poder, no sobre un pueblo, sino sobre un hombre. Así han sido todos los tiranos: abortos siempre de las revoluciones civiles que relajan la asociación de los hombres, y cuyo imperio se ha ejercido siempre en pueblos que no conocían los hábitos de la libertad y de la ley, o que por un retroceso social se separaban de ellos. Y así también ha sido Rosas.
Antes de la independencia los pueblos argentinos no conocían otros hábitos civiles que los que se aprenden del avasallaje colonial bajo un sistema absoluto.
Después de la independencia, esos pueblos, hijos de la nación más guerrera del mundo, pasaron de la servidumbre de vasallos a la libertad y a la arrogancia de pueblos soldados, cuya música era el estruendo del cañón, su ambición la gloria militar, y su aspiración el exceso de la libertad.
Ningún hábito de justicia y de orden podía improvisarse en su vida de ciudadanos; ellos debían ser la obra del tiempo, del ejercicio suave de las instituciones y de los ejemplos benéficos del trabajo y del orden. Y no habíase comenzado a ello cuando apareció Rosas.
Él encontró, pues, a la sociedad en embrión, sin creencias públicas, sin clases establecidas, sin vínculos de asociación entre sí misma, sin espíritu para ella porque a nuestra vida española, la menos tendente a la asociación, había sucedido nuestra existencia de partidos y de desacuerdos civiles. La dictadura, pues, era fácil para el primero que tuviese la audacia de explotar las condiciones en que encontraba a la sociedad. Las explotó Rosas, y su dictadura no le debe otra cosa que la combinación de elementos que encontró preparados para ella.
Las resistencias vinieron luego; pero esas protestas vivas de la libertad fueron por un largo tiempo impotentes para poder destruir la base de un sistema de cosas fundado en condiciones filosóficas del pueblo mismo sobre que se ejercía.
El tiempo y los acontecimientos fueron despertando a los pueblos; pero a medida que el despotismo se les hacía más sensible, la ausencia de la asociación hacía infructuosos los esfuerzos individuales.
Rosas, entre tanto, reconcentrados todos sus medios de poder y de acción, era más poderoso que los pueblos, porque los pueblos no eran sino individuos.
«Asociaos y temblará y caerá delante de vosotros», habíamos dicho y repetido cien veces a los pueblos argentinos los enemigos todos del dictador, los hombres que sosteníamos contra él la guerra por la prensa.
Teníamos fe en que algún día esa asociación sería un hecho. El año 51 lo presenció al fin: cuatro pueblos, cuatro estados políticos se asocian, y no bien hacen resplandecer sus armas cuando la cuestión oriental -la palanca del poder de Rosas- queda resuelta en favor de la libertad, y todo el grande aparato de la dictadura empieza a conmoverse y a ofrecer su ruina para el momento en que el soplo de la colisión toque su frente.
No hay poder humano que resista el empuje de los intereses y de los hombres asociados. Napoleón batió a la Europa entera mientras se le presentó en detalle; pero el día en que Europa asoció sus armas y sus principios de resistencia, el coloso del siglo fue menos poderoso que la coligación de la Europa, y sucumbió ante ella.
Toda la historia política del mundo no enseña sino ejemplos de esa verdad, en alta y baja esfera, en grande y en pequeña escala. Aquí mismo, a nuestros ojos, en una pequeña miniatura de esas grandes lecciones a que nos referimos, acabamos de tener un ejemplo en el partido que hace poco tenía la denominación de blanco. Ese partido, de una derrota ha sabido reportar un triunfo, a merced de la asociación. Políticamente hablando, él quedó vencido el 8 de octubre. Pero conservó su espíritu y sus vínculos de unión. Sus contrarios, en el auge de su fortuna política, carecían de ella; y aquel partido, sin cabeza, despojado de repente de la poderosa protección en que se afianzaba, es hoy, tres meses después del 8 de octubre, quien representa el centro de acción política que habrá de regir dentro de algunas semanas los destinos del país. Estúdiese como se quiera esta metamorfosis política, y se encontrará su explicación filosófica en la asociación que supo conservar ese partido.
Hay mucho de grande y de solemne en los momentos en que estamos, y cada incidente de los que pasarán a nuestra vista es una lección que nos da la revolución para que sepamos aprovecharla más tarde; porque no se repetirá en muchos años, nunca quizá, la escena en que vemos desenvolverse hoy el destino futuro de estos pueblos.
Observemos que la tiranía está expirando al influjo de la primera grande asociación que se ha levantado contra ella.
Observemos que la revolución argentina ha encontrado eco en todas partes de la república, más por la promesa que hace de asociar los intereses generales por medio de delegados de la nación que habrán de organizarla y constituirla, que por otro cualquiera de los pensamientos que ha surgido de ella.
La caída de Rosas es un hecho, es una cuestión de tiempo solamente. ¿Pero qué habríamos hecho con anular la persona de ese hombre solamente? ¿Qué habríamos hecho con extinguir momentáneamente el efecto de causas que quedasen existentes?
Necesitamos asociar nuestros pueblos para darles en la unión la fuerza que les ha faltado en el aislamiento.
Necesitamos asociar las clases para dar a la sociedad el espíritu de cuerpo que le ha faltado.
Debemos asociar los intereses de las provincias para darles el espíritu de unidad nacional por medio de las conveniencias recíprocas de la asociación.
Necesitamos unir, en fin, los individuos por medio de la comunidad de las profesiones, de las tendencias, de las ideas y de sus intereses, para hacerlos solidarios de una necesidad idéntica en todos: la de que haya leyes y paz para que haya progreso y beneficios en la sociedad, que degeneren naturalmente en provecho de los individuos.
Y esta idea, salvadora, de las asociaciones argentinas debe ser desde ahora la orden del día en todos los hombres de la actualidad nacional, porque la cuestión con Rosas es asunto concluido: el Ejército Libertador no necesita ya que le digamos lo que es Rosas.
Es la asociación, sí, quien debe inspirar la propaganda de la actualidad; como durante el período de Rosas la guerra contra él, la revolución, en fin, fue el apostolado de la prensa argentina.
Recuérdese que lo primero que ha pedido la revolución actual es la asociación de la república, pues que un congreso no es otra cosa que la asociación política de todos los miembros constituyentes de un Estado.
¿Cuál será el último resultado político de la revolución actual? Solamente Dios puede saberlo. En las revoluciones los principios son siempre conocidos, pero jamás los fines; son piedras que se tiran desde la cumbre de una montaña; se ve la mano que las arroja y el punto de donde parten; después... Después ellas se precipitan, destrozan, arrastran y toman la dirección que los accidentes del terreno les facilitan.
¿Cuál es el término de nuestra revolución actual? Los sucesos y no los hombres serán quien lo determinen. La obra de la organización no es tan fácil como la de destruir una dictadura; y durante el período de labor y reconstrucción, de teoría y de práctica de nuestra carta constitucional, es que habrán de surgir las situaciones, los sucesos y los hombres que han de definir el tiempo de nuestro ensayo constitutivo.
Entonces, pues, necesitamos la asociación para precavernos de los peligros que trae consigo el aislamiento.
La asociación para dar valor y respetabilidad a las ideas que surjan de las necesidades de los pueblos.
Asociación para contener al poder en los límites que le prescriba la ley.
Asociación vasta y genérica para evitar los círculos, las fracciones y los partidos.
Asociación política:
Primero, de los individuos para formar las clases.
Segundo, de las clases para organizar la sociedad.
Tercero, de las provincias para constituir la nación.
Cuarto, de los estados continentales para dar poder, paz y grandeza a nuestra vida exterior.
Pero las dos primeras de estas asociaciones políticas deben ser hasta cierto punto exclusivistas.
Queremos la asociación en política, pero de los hombres patriotas y morales, sean más o menos ilustrados, unitarios o federales, viejos o jóvenes.
Queremos en la asociación la fusión de las antiguas ideas que dividieron los pueblos y los individuos. Pero no queremos fusión de todos los hombres argentinos porque es un absurdo; primero, por que ella es una aplicación moral que sólo se ejerce sobre las ideas y no sobre las cosas; segundo, porque no puede haber sinceridad y buena fe en la unión de los hombres corrompidos por la dictadura con los que han representado el principio de la libertad; y tercero, porque sería un escándalo cívico el legar al futuro ese nocivo ejemplo de una tolerancia que sería un insulto a la justicia.
Así la vida política de la nación queda garantida con la asociación de sus hijos. ¿Queréis garantir también su vida industrial, comercial, civilizada, progresista? ¿Queréis garantir al mismo tiempo los elementos orgánicos de su vida moral? A los unos y a los otros aplicad entonces la asociación.
Ahí tenéis el secreto de ese apogeo de riqueza, de civilización y de gloria, de moral y de orden en que están brillando como el sol del siglo los Estados Unidos y la Inglaterra. La Francia decae porque no ha perfeccionado todavía esa teoría de la civilización moderna, cuya práctica han planteado y perfeccionan esos otros dos pueblos que están a la cabeza del espíritu de la época.
En Inglaterra, por ejemplo, no surge una idea, no palpita un sentimiento en el corazón, no se hace un cálculo, no se toca una producción de la naturaleza o del arte, que no encuentre dos, cien, mil hombres que se asocien para favorecerla2.
A excepción de la antigua Sociedad de Beneficencia, no conocemos una sola asociación que merezca este nombre en toda la vida de la República Argentina; y es necesario que trabajemos mucho para reconquistar lo que hemos perdido con nuestro funesto individualismo.
Algunas semanas más, y ya sentiremos en nuestra patria, libre de la dominación de Rosas, la necesidad de asociarnos para los trabajos políticos, iniciadores y preparatorios, de la época nueva que se nos prepara.
Desde el extranjero, los que escribimos estas palabras hemos propagado muchas veces en nuestra patria la teoría de la asociación. Pronto la libertad nos abrirá esas puertas de nuestro edén perdido, que nos cerró la tiranía. Volveremos a ella con la conciencia del que ha cumplido una misión santa, en estado de abnegación y de virtud; y desde ese día, sueño dorado de nuestra juventud gastada en la desgracia, repetiremos a nuestros hermanos esa doctrina salvadora de la asociación de las ideas, de los esfuerzos, de los intereses de todos, ¡para que de nuestra generación quede algo siquiera que no sean lágrimas, escándalos y sangre...!
¿Llegaremos a ver la práctica de nuestros deseos? Sí. La dictadura de Rosas ha sido una cátedra permanente de donde han caído sobre la conciencia del pueblo las lecciones más elocuentes y más lógicas sobre lo que le es conveniente hacer en lo futuro para precaverse de los males que surgieron de sus errores pasados.
A costa de la tiranía, los pueblos que la han soportado se han aleccionado para la libertad. Y a costa del infortunio santo del destierro dos generaciones argentinas han aprendido en el extranjero la práctica de los elementos que dan a los pueblos su felicidad y su grandeza.
Sí, tenemos fe en el porvenir de nuestra patria. Esa fe que nos acompañó en las épocas en que hasta la mirada de Dios parecía alejada para siempre de la tierra de nuestra vida y de nuestras más puras afecciones. Esta fe con que saludamos la revolución de Entre Ríos, y con que hoy esperamos saludar dentro de poco las olas del Plata que lloraban ayer al pie de nuestra patria, y que mañana su murmullo hará coro a los cantos de su libertad y de su gloria.