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ArribaAbajoParís, París

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Nunca había ganado una rifa en mi vida. Así que la primera vez que obtuve un premio fue toda una sorpresa. Un paseo a París con todos los gastos pagados.

Sé que palidecí cuando se nombró la ciudad, pero estoy seguro que nadie se dio cuenta. Pensé en regalar el pasaje a alguno de mis hijos, pero todos tenían problemas de tiempo, trabajo o dinero.

Casi obligado por los parientes me preparo para el viaje. Estamos todos, mis yernos, hijos, nueras y nietos. En un respiro de la cháchara de los varones, que disputan sobre quién gana más dinero trabajando menos o si tal o cual mujer es más fácil o más ardiente en la cama, me alejo del grupo y me dirijo hacia la cocina. Ahí el tema es diferente, pero igualmente aburrido. Alcancé a oír algo de que tal shampoo arruina el pelo y no sé qué modista había hecho un buen trabajo con un saco de terciopelo azul.

Sergio me ve. Sus ojos celestes se iluminan dando a su armónico rostro de ocho años un encanto singular. Le hago un guiño y viene alborozado a mis brazos. Mi nieto es curioso, inteligente y lo amo más que a los demás. Trato que no se note mucho. Los domingos conversamos por horas cuando vamos a pescar.

Con placer respondo a sus interrogantes, cuyas respuestas son recibidas con avidez. A veces, hace preguntas que no quiero contestar.

-¿Dónde está ahora mi abuelita?

-En el cielo, Sergio, en el cielo.

Y me guardo muy bien de decirle que seguro, seguro, se cocinará en aceite caliente en el infierno, por lo que había hecho treinta años atrás. La muy infame.

La voz de Otilia se oye sonora llamando a todos a la mesa. Mis ojos se fijan en ella. Trato de encontrarle algún rasgo mío, pero sólo veo los ojos celestes de su madre y su nariz recta. No puedo negar que siempre dudé si sería o no mi hija.

En el fondo quería que lo fuera, no por ella, sino por Sergio. ¡Maldita mujer! Tres hijos no fueron suficientes para serme fiel.   —68→   Pero lo que más me dolió fue que nunca sospeché nada. ¡Cómo pude ser tan ciego! No noté ningún cambio, seguía tan fogosa y cariñosa como siempre. Ella estaba fuera de toda sospecha. Además... ¿cómo iba a desconfiar de mi propio hermano?

-¿Y que harás en París, abuelito?

París, con sus luces, sus edificios, sus museos y artistas por doquier no me traían recuerdos alegres, todo lo contrario, porque ahí había ocurrido todo.

Llevábamos ocho años de casados. Otilia tenía sólo unos meses. Recuerdo ese tiempo que creí feliz. ¡Si hasta trabajé de noche! Claro que ese turno nunca me agradó, pero el doble sueldo que recibía por esas horas extras, no me venía nada mal, especialmente después de la llegada del bebé. Y Fabio, mi hermano menor, que no acababa de encontrar empleo.

-Abuelito, yo quiero ir contigo a París.

-Deja de molestar a tu abuelo, Sergio.

-¡Pero yo también quiero conocer la Torre Eiffel!

-No puedes ahora, mi amor, pero el año que viene, iremos todos juntos, te lo prometo.

Le sonrío y se calla. Todos hablan al mismo tiempo. El sonido de los utensilios parece una orquesta que perdió a su director. ¡Por fin se van todos! Pero regresarán al día siguiente para despedirme en la estación.

Otilia recoge los platos ayudada por su marido. Llevo a Sergio a su dormitorio. Contamos juntos las estrellas que se ven desde la ventana abierta, pero antes de acabar la cuenta, se duerme.

Una melancolía creciente me acompaña. Estoy acostumbrado a la soledad. Nada me altera o alegra. Mi corazón es un páramo frío, seco desde muchos años atrás.

El reloj rompe el silencio de la noche con una melodía que me recuerda juegos de mi niñez. «En el puente de Avignon, todos cantan, todos cantan...» y lentas, pausadas, las doce campanadas. También eran las doce cuando volví a casa «esa» noche. Era un día cualquiera, en los que me tocaba horario nocturno, de   —69→   ocho horas. Ya antes de las veinte no me sentía nada bien, pero lo atribuí al fuerte resfriado que tenía desde la mañana. Firmé la tarjeta de entrada, saludé al capataz y sentí la primera punzada que me dejó sin aliento por varios minutos. Respiré profundamente y me recuperé. Comencé mi tarea. Pero no por mucho tiempo. Unas náuseas tremendas me llevaron a los sanitarios de donde salí tan pálido que el jefe de personal me llevó directamente a la clínica de la patronal. Una vez atendido, previa inyección de un calmante, receta de varios medicamentos y una lista de solicitudes de análisis, volví a casa en taxi.

El aire frío de la noche me reanimó. Caminé con lentitud los veinte metros que me separaban de la puerta del edificio. No sé bien cómo subí los escalones ni cómo llegué al tercer piso. Lo que más recuerdo es el silencio del interior del departamento. Y el sonido irreverente del reloj de pared del comedor. Traté de no hacer ruido para no despertar a los niños. Con suavidad giré el pomo de la puerta que se resistió a ser abierta, por unos segundos, hasta que la silla que se encontraba adosada a ella cedió y cayó, produciendo un estrépito impresionante. La tenue luz del velador teñía de rosa las paredes blancas del dormitorio. La pequeña Otilia dormía beatíficamente en su moisés al lado de la cama matrimonial ocupada por Odile y mi hermano.

No tuvieron tiempo de esconder su desnudez ni su asombro. Por un breve momento, todo pareció detenerse. Mi mujer tenía los ojos desmesuradamente abiertos y sus gruesos labios formaban una «o» tan perfecta que hasta parecía cómica en su estupor. Sentí que algo se rompía dentro de mi pecho. No pude moverme, quedé totalmente inmóvil por unos instantes, los suficientes para que Fabio desapareciera rehuyendo mi mirada y ella se pusiera apresuradamente su camisón. Su mirada pasó del asombro al terror en décimas de segundos. Llorando tomó a Otilia y huyó.

Un rugido salió de mi garganta. Con furia infinita destrocé todo lo que encontré a mi paso. El espejo de la cómoda me cortó   —70→   los nudillos y la sangre, alegre y caliente, bailoteó feliz en mis manos.

¡Cruelmente burlado! Mientras me deslomaba trayendo el pan al hogar para los seres que más amaba, éstos me pagaban con la traición más artera, en mi propia casa, en mi propio lecho. ¡Mi propio hermano!

¿Cuánto tiempo ocurría esto? Tiré las ropas de mi mujer a la calle, destrocé las cortinas y los muebles. Los vidrios de la ventana me cortaban los brazos y el rostro. El espejo roto me devolvió la imagen de un ser demencial, lleno de sangre. ¡Sangre! Sólo eso podía limpiar mi honor. Odile debía morir. Ella era la culpable. Me dirigí a la cocina y volví con un gran cuchillo en la mano.

-Papá... ¿Estás despierto todavía?

La voz me sobresalta, me rescata del pasado que me duele todavía.

-Pasa, hija.

-Mañana vendrán todos a despedirte. Será un caos total. Por eso quiero darte esto ahora. Me da un beso en la mejilla y me entrega un paquete.

Sé que siempre pensó que no la quería. No sabe por qué soy lejano y frío. Nunca dije a nadie que la razón de mi frialdad eran sus ojos celestes, heredados de Odile. Me recordaba la noche «aquella».

Pero ella no tenía la culpa de nada. Siempre pagó con amor mi indiferencia.

Su cabello rubio claro le cae sobre los hombros en ondas suaves, y su mentón es altivo como el mío, pero también como el de Fabio. ¡Pobre! Murió joven, diez años después de esa noche, en un estúpido accidente de tránsito.

Me llamó para pedirme perdón. Colgué enseguida, como si el teléfono fuera una víbora que quisiera matarme con su veneno. Mi hermano había muerto para mí la noche que salió desnudo de   —71→   mi alcoba. Mi odio no se disipó ni con su muerte. La noticia me la había traído una joven mujer con un chico en brazos. Y una carta. Seguía pidiendo perdón. La despedí fríamente. Ni miré al supuesto sobrino que llevaba en brazos.

Otilia me abraza y me desea buen viaje.

¿Qué pasa en mi corazón? Siento que me conmuevo. Pero no le digo nada. Quiero decirle que la amo. Pero algo, no sé qué, me lo impide.

Ella parece esperar alguna palabra mía, que no llega. Se retira deseándome buenas noches. Percibo cierta desilusión en su voz antes de cerrar la puerta.

Abro el paquete. Es un reloj de bolsillo con números exageradamente grandes, como a mí me gustan, para ver la hora sin lentes.

Una sensación fuerte me sacude. Con férrea voluntad trato de desecharla. No lo logro, mi derrota se manifiesta con dos lágrimas tibias que nacen y se fugan de mis ojos con prisa. Y el alivio es inmenso.

Prometo decir a Otilia que la quiero, para ver reflejada la alegría en su mirada tan mansa y celeste. La misma que había salvado a Odile de la muerte cuando con el cuchillo en alto, entré a la sala ciego de ira. Ella daba de mamar a Otilia. Ambas me miraron. ¡No pude matarla! Quedé desarmado ante los ojos celestes. Dejé caer el arma al suelo y no dije nada. Me encerré en el baño por horas. Mordía una toalla para que nadie oyera mis sollozos.

El día es hermoso. Todos vienen a despedirme. Antes de abordar el ómnibus, Sergio me abraza fuerte y me dice:

-Vuelve pronto, abuelo, te esperaré para ir a pescar.

Una mujer de unos cincuenta años comienza a hablar como una cotorra. Normalmente no contesto hasta que se callan, pero me encuentro riendo sin darme cuenta de sus ocurrencias. El   —72→   ómnibus está lleno. La mayoría personas mayores que no paran de reír.

Los chistes y canciones se suceden hasta la hora del almuerzo. Creí que me había olvidado de reír y de cantar. ¡No lo puedo creer!

Nos detenemos por la noche en un hotel. Después de la cena, tuve que reconocer que me había divertido, que había conocido gente simpática y que había reído y cantado como cualquiera.

Antes de dormir hasta pensé que podía aprender a dejar de odiar.

El odio fue el único castigo que le di a Odile. Y el silencio. Ella se marchitó lentamente, hasta que un día, la muerte se la llevó dejando huérfanos a sus tres hijos. La acompañé en su enfermedad, hasta su muerte. Ella pidió perdón, como muchas veces, pero fui implacable. Sólo vacilé una vez: en su lecho de muerte.

Odile se reducía a un rostro con ojos hundidos y un hilo de voz pidiendo perdón antes de irse. Desvié la vista y no respondí.

Pero el odio se había vuelto un boomerang. Y la amargura que había derramado sobre ella me había aniquilado, me había matado en vida y de rebote había hecho infeliz a todos los que amaba...

Mi sueño fue agitado. Odile caminaba, casi levitaba en una verde pradera, su amplio vestido blanco se ondulaba en el viento a igual que su larga cabellera. Extendía las manos y me llamaba. ¡Por favor, perdóname! Se veía tan bella. Sus ojos celestes llenos de lágrimas me convencían. Y yo la perdonaba. Ella corría hacia mis brazos, como en cámara lenta, pero nunca llegaba, yo iba a su encuentro, pero no podíamos tomarnos de las manos.

El sol cálido anuncia un día lleno de luces y alegría. Los pasajeros parecen llenos de vida, como si fueran adolescentes en la excursión de fin de año. Los sentimientos que sentí en mi sueño anoche me dejan una sensación de rara serenidad. ¿Cómo hubiera   —73→   sido mi vida si la hubiese perdonado?

El panorama que se me apareció en la mente fue majestuoso, como el que ofrecía París desde la Torre Eiffel. Odile en mis brazos, riendo ambos, amándonos, sus grandes ojos sumergidos en los míos, nuestros hijos rodeándonos felices.

¡Qué estúpido fui! Ahora siento no haberla perdonado. Pero ella no está para decirle que estoy arrepentido.

Me siento tan ligero. Como un ave. ¡Qué pesadas eran las cadenas del odio! Ahora soy libre... La gente debajo parece tan pequeña.

Alguien me saluda desde el suelo. Me está llamando. Es una mujer. ¡Es Odile! A pesar del viento oigo perfectamente su voz: el grito de ¡perdón! me llega en forma clara,

-¡Sí, te perdono! Claro que te perdono. Te perdono porque te amo.

Parece llamarme. Quiero ir hacia ella. No me importa que me digan que no puedo subir a ese hierro. Iré con Odile.

¿Pero dónde está? No la veo más en la explanada.

¿Quién es ese niño? ¡Es Sergio! ¿Qué hace aquí? Y lo oigo perfectamente: «Abuelo, te esperaré para ir a pescar».

Me siento mal, creo que caigo, alguien me habla, pero no entiendo nada.

El sol se introduce como un cuchillo en mis pupilas.

Oigo suspiros de alivio y comentarios jocosos de mis compañeros de grupo. Algo de «No debes beber tanto vino antes de subir a la Torre Eiffel» y cosas por el estilo. Los oigo bromear y reír.

Un sonido raro y desconocido surge de mi pecho y erupciona en el aire primaveral de la mañana. Tardo unos segundos en reconocerlo. ¡Son carcajadas! ¡Mías! ¡Recuperé la facultad de reír! Me liberé del odio, del rencor. Con el perdón soy libre por primera vez en treinta años. En parís.



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ArribaAbajoDiez minutos

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Me sacudí la arena de los pies. Guardé en el bolsillo de mi short amarillo el reloj. Tenía poco tiempo.

El sol, mezclado en forma lujuriosa con la sal del mar, se quedó en cada uno de los poros de mi piel.

Subí de dos en dos los escalones. Sabía que cada tramo acortaba el suplicio de vivir separados.

Toqué el timbre. No murió todavía el sonido que rompió el silencio cuando él me tomó con decisión del brazo y estuve dentro de la habitación.

Sus manos estaban algo frías, pero no por mucho tiempo. Unos minutos y del frío no quedó ni el recuerdo.

Detrás de la puerta nos besamos furiosamente. Nos detuvimos para respirar. Con el aire suficiente en los pulmones volvimos a lo mismo. Nuestras lenguas no dejaron de buscarse en un baile eufórico. El cosquilleo nació en algún lugar y en forma deliciosa recorrió toda mi piel, convertida en segundos en un receptáculo de placer puro y ardiente.

Los besos fueron después cortitos y ruidosos. Abrí los ojos al mismo tiempo que él. Me separé unos centímetros y lo atraje hacia la estera de bambú que estaba sobre el piso de parquet. Sus brazos me apretaron fuerte, llenándome de calor. No dijimos nada. Nos besamos otra vez y nos miramos largamente a los ojos. Mis manos lo acariciaron en la espalda. Él trató de desprenderme el corpiño de la bikini mojada, que ofreció cierta resistencia, pero lo consiguió en el segundo intento. Como un títere sin hilos cayó al suelo sin producir sonido alguno. O sí lo produjo. Pero... ¿a quién le importaba? Tomó mis senos que no cupieron en sus manos y los acarició lentamente antes de besarlos con delicadeza. No resistí darle un mordisco suave en la nuca. Pareció no sentirlo. Alzó la cabeza. Nos miramos antes de volvernos a besar. Los besos ya no fueron mansos, se volvieron cada vez más imperiosos, como si tuvieran que cumplir un rito establecido. Los torsos desnudos estaban muy unidos. Nuestros corazones latieron al unísono, con prisa, como queriendo escapar   —78→   por la boca. Las respiraciones se volvieron anhelantes y las sensaciones placenteras iniciaron viajes de ida y vuelta, sin parar, naciendo y muriendo constantemente. Su lengua en la oreja me produjo cosquillas. Su hombro y su pecho tenían gusto a sal, a mar y a sol.

Giramos en la estera como una calesita que no tiene freno. Nos detuvimos. Estábamos fuertemente entrelazados. Quedé sobre él. Me besó los senos. Inicié una danza suave que fue cambiando de ritmo. Nos llevó entre suspiros y gemidos hasta el final. Caí desfallecida sobre su pecho mojado. Nuestros corazones hicieron un dúo perfecto, sin desentonar. Mi sudor y el suyo se unieron con indiferencia antes de caer en pequeñas gotas brillantes sobre la estera clara.

Tuve sed. Mi respiración volvió a su ritmo normal. Bebí un vaso de agua, despacito, con pequeños sorbos. Él me miró sonriendo, sentado en el piso.

Me preguntó si ya me iba. Contesté que sí. «Es tarde», agregué.

Lo oí reír mientras movía a manera de molinete mi corpiño amarillo haciéndolo girar en su dedo pulgar.

«Si lo quieres ven a buscarlo», dijo sin dejar de reír. A pesar de la penumbra noté que estaba preparado para volver a amarme. Busqué mi reloj. Me quedaban diez minutos.

Tomé un sorbo de agua, le convidé un poquito a él. Me dio un beso breve en los labios. Le respondí con otro igual.

Me pregunté si diez minutos bastarían.



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ArribaAbajoNo podrá ser

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Juro que nunca vi una joven más hermosa que ella. Bueno, en las revistas de estrellas de cine y de modelos internacionales, sí, pero de carne y hueso como María Lorena, nunca.

Me faltan adjetivos para describir la belleza de sus ojos, negros, negrísimos, orlados de pestañas oscuras. Hacen pensar en el misterio profundo de un abismo imponente, lejano, inaccesible.

No puede sostener mi mirada, se ruboriza. Sonríe candorosamente tratando de alejar mis manos que osadamente deposito sobre sus pulposos senos. Desafiantes emergen bajo su remera de lycra blanca. ¡Y su cuerpo! Es un capítulo aparte. Alta. Me pasa unos centímetros y eso que mido cerca de un metro setenta y cinco. Cintura breve, piernas torneadas y glúteos que se adivinan de acero bajo el short blanco que resalta su bronceado. Es delgada, pero musculosa.

Tiene tan sólo dieciocho años, pero ya ha ganado el dinero suficiente para comprarse una casa y un auto. ¡Claro! Es una modelo cara.

El cercano casamiento de Romualda, su prima hermana y novia de Enrique, mi mejor amigo, la ha traído al pueblo después de algunos años de ausencia.

Cuando me la presentó me advirtió que no me enamorara de ella. También a ella le hizo la misma advertencia sobre mí. Nos reímos a carcajadas. Creo que desde ese momento se estableció entre nosotros una corriente que nos atrajo profundamente, la famosa química de la cual mucha gente habla. No nos separamos durante todo el día. Tanto es así que no puedo creer que sólo hace veinticuatro horas que la conozco. Lo bueno es que ella siente igual. Lo malo, que me quedan sólo tres días para estar juntos. Hoy es viernes y el domingo será la despedida.

Mis amigos saben que soy muy inestable en el amor. No se cansaron de repetirme que no ilusionara a la prima, que había   —82→   sufrido mucho (huérfana desde los doce años, viviendo desde entonces con unos tíos abuelos).

Parece imposible que una chica sea modelo y tímida al mismo tiempo. Es una conjunción muy difícil de aceptar. Yo estoy decidido a averiguarlo todo.

Para comenzar, me hizo olvidar el ultimátum de Mireya, quien me había dado una semana de tiempo para formalizar o seguir con mi «querida libertad» como decía ella irónicamente.

Por la mañana temprano salimos los cuatro hacia la ruta VI. La meta del paseo son las Ruinas Jesuíticas de Jesús y Trinidad.

¡Me siento tan a gusto con María Lorena! Comienzo a cantar en su oído una vieja canción que creí olvidada. Mis manos juegan con sus largos cabellos sueltos donde el sol hace encajes caprichosos al filtrarse intruso por la ventanilla abierta del auto. Al mediodía, después de comer, mientras visitamos las imponentes ruinas le cuento toda mi vida, mis frustraciones, mis anhelos y mis miedos. Ella me oye interesada. Sonríe con un encanto tan especial que me siento enternecido. Sin importarme la gente que nos rodea, le doy un beso suave en los labios. ¡No puedo creerlo! Los fuegos artificiales estallan unos detrás de otros en mi cabeza. ¡Con un solo beso! ¡Nunca me había ocurrido algo así! ¡Es como para creer en un payé, en un encantamiento total!

Caminamos por horas tomados de la mano, después, cansados, nos sentamos en un banquito bajo un árbol murmurante. El sol estaba cumpliendo obedientemente el itinerario que le había impuesto la naturaleza, en un conato de rebeldía se mantuvo unos instantes sobre la línea del horizonte, tiñendo la tarde de naranja y oro. Fue el momento que aproveché para pedirle que fuera mía esa noche. No creí que reaccionaría en la forma absurda en que lo hizo. Resumiendo, su respuesta fue un «no» que logró alzar una muralla altísima entre nosotros. Rogué, insistí, me enojé, pero ella fue inflexible. El viaje de regreso fue silencioso, cargado de malhumor.

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Cuando dejamos a las chicas en la casa, conté todo a Enrique. Me hizo varias preguntas.

¿Qué derecho tenía a que una mujer, a quien apenas conocía, se sometiera a mis caprichos? ¿Y qué derecho tenía de aguarle toda la tarde con mi acritud?

Ninguno, en realidad. Como si cayese un velo de mis ojos me vi ridículo y tuve que pedirle disculpas.

Las aceptó. Rio cuando le comenté qué sentía por María Lorena. «Esos síntomas son peligrosos, los tuve y ahora ya estoy por entregar el anillo».

Agregó risueño:

-Te estás enamorando, César.

Confieso que me asustó. Nunca estuve enamorado, en el real sentido de la palabra. Claro que me gustan las mujeres. Pero no una en particular, todas, y si son jóvenes y bonitas, mejor. Pero que no me pidan que me decida por una porque desapareceré más rápido que el viento. Será difícil que me vuelvan a ver.

Pero debo reconocer que esa necesidad acuciante de estar con María Lorena que afloró ayer no la conocía. Sí, querer intimar con ella, besarla, abrazarla, consumirnos juntos en una hoguera, son deseos recontra conocidos y familiares para mí, pero no exclusivamente por una mujer excluyendo a las demás, como parece ocurrirme ahora.

¿Será porque se negó? ¡No! Muchas lo hicieron y fueran rápidamente reemplazadas por otras. ¡El mar está repleto de peces! ¿Por qué perder tiempo con uno difícil de pescar, habiendo tantos que ponen solos las carnadas en sus bocas? Con susto me di cuenta de que me conformaba con estar a su lado, tomarle las manos, besarla, respetar su decisión, pero no estar lejos de ella.

Enrique rio ante mi apuro. Sus bromas se fueron apagando cuando se dio cuenta de que hablaba en serio, que no podía estar alejado de su futura prima.

Por la noche, impaciente, pregunto por ella. Romualda me calma diciendo que no sea así. Le digo con voz vehemente que estoy   —84→   locamente enamorado.

-Es muy pronto para hablar de amor -dice.

María Lorena viene tarareando una canción. Parece cortada al verme. Al instante su conocido rubor le invade el rostro. El largo pelo mojado le cae sobre los ojos. Intenta volver sobre sus pasos, pero yo de un salto se lo impido. Ahí, frente a todos le pido perdón por mi comportamiento. Le digo que la amo y que voy a respetar todas sus decisiones. Ella queda en suspenso, con el cuerpo rígido. Su mandíbula tiembla imperceptiblemente. Dos lágrimas grandes, tras una caída libre de sus ojos a las mejillas, desembocan en sus labios entreabiertos.

El minuto se desliza en cámara lenta. Hasta que ella sonríe y me toma de las manos. Me alza del suelo, donde sin darme cuenta me había arrodillado para hablarle.

No me importa que mi amigo, quien siempre se ufanó de mi suerte con las mujeres, me viese rogar a una, ni me interesa su mirada incrédula.

Me pongo de pie. Siento que nada me importa, nada que no fuese María Lorena.

Esa noche y las siguientes son de delirio para mí. Soy el ser más feliz del mundo. Estoy todo el día con ella. Nos separamos por la noche y a la mañana temprano estoy nuevamente ahí como un perro que aúlla cuando no encuentra a su dueño.

Sé que hablé de casamiento. Que fui feliz por primera vez en mi vida. No quise escuchar a Enrique ni a su novia sobre esperar más tiempo para conocernos. Les dije que nada lograría separarme de ella. Estaba seguro de mis sentimientos.

Me sentía feliz con sólo estar a su lado, abrazarla, besarla, sentirme como un adolescente con su primer amor, como un niño alcanzando una estrella.

La noche del casamiento brindé por la felicidad de mis amigos.

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Todos nos zambullimos en el festejo deseando ventura a los novios.

Es domingo. Voy a buscarla. Viajaremos juntos hasta la capital. Ella partirá a Buenos Aires. No sé por qué creo que iremos juntos. No me interesan mis compromisos profesionales adquiridos anteriormente. No me importa nada que no sea ella.

Al llegar a la esquina siento un vuelco en el corazón. Una muchedumbre reunida ante la puerta de la casa me dice que algo grave ha ocurrido.

Sin poderme contener salto del auto. Me dirijo a una señora gorda que habla y gesticula con gestos ampulosos en la vereda.

-¿Qué pasó?

-Se suicidó un tipo -me contestó en un respiro de la cháchara que tenía con la vecina.

Reconozco que egoístamente me sentí aliviado. Temí que algo le hubiera pasado a María Lorena.

La ambulancia tarda en llegar. La gente se va aglomerando en la vereda. Pienso que ella se llevará un pésimo recuerdo de la posada del pueblo.

Pregunto por ella a doña Encarna, la empleada. En vez de contestarme, mira sobre mi hombro a alguien. Sigo la mirada. Me encuentro con un hombre de camisa blanca que suda copiosamente. Me pregunta a boca de jarro:

-¿Usted es César Usedolrnof?

Ante mi asentimiento me entrega un sobre.

«César:

Perdóname. Jamas amé a nadie como a ti. Pero no podrá ser.

María Lorena».

¿Ella se ha ido? -pregunto con incredulidad en la voz.

-Sí -contesta-, para siempre. Que Dios lo perdone.

-¿Lo? -pregunté.

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Por toda respuesta me entrega una cédula donde se ve a María Lorena con el cabello corto, muy corto. Pero con otro nombre: Mario Lorenzo.



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ArribaAbajoLa broma

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(A Rudy Torga)

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Ese día no había vagones para descargar. Sería un día sin trabajo.

Los estibadores enfilaron hacia el almacén de doña Ángela. Se encontrarían con los demás que habían deambulado por la Villa Baja buscando una changa que no encontraron.

Mañana vendrá el cargamento de tung. Todos volveremos a trabajar en los tres grandes depósitos. Se encuentran a lo largo de la calle Mariscal López, paralelos a las sinuosas y a veces zigzagueantes vías del primer tren de América del Sur, con «buena salud» todavía.

Pedimos unos aperitivos. Decidimos disputar una partidita de truco.

Era temprano, las diez de la mañana. Alguien preguntó si no sería más divertido hacer «la broma del billete». Solíamos hacerla de vez en cuando. Nos hacía reír un rato antes del juego de naipes.

Era una broma inocente. Consistía en dejar dinero, como si lo hubiera perdido alguien, en el camino. Claro que le atábamos un delgado hilo de color similar al polvo de la calle y manteníamos el otro extremo en nuestro poder.

Los incautos, trataban de tomarlo, poniendo mirada indiferente, silbando alguna melodía de moda. Miraban a ambos costados de la calle por si alguien les descubría mientras se agachaban para recogerlo. «Misteriosamente» el dinero se movía unos centímetros, los necesarios, como impulsado por el viento. Cuando en la segunda tentativa no se hacían con él, advertían el engaño. Hubo ocasiones, en que «caían» hasta tres veces antes de darse cuenta de la broma. Algunos más «lentos» no descubrían la trampa hasta que las estentóreas carcajadas de los estibadores les avivaban.

Algunos tenían una risa poderosa que contagiaba a los demás. Otros, sin embargo, reían silenciosamente, ahogando las carcajadas.

La mayoría de los burlados se retiraban con una sonrisa de   —90→   opa, tratando de esconder su molestia por la chanza que le habían hecho.

Se evaporaban raudamente, para no demostrar que se habían pichado hasta el tuétano.

Como sabían que Ángela sentía por mí «debilidad» fui el elegido para prestar un billete de cien guaraníes.

Ella me lo dio. Me recomendó que lo devolviera en las mismas condiciones: entero y sin cortes. Musitó por lo bajo, cuidando que nadie la oyera: «Los intereses te los cobro esta noche». Me hizo un guiño muy elocuente.

La primera víctima fue Melania, la empleada de doña Frida. Morena, corpulenta, de largos y grasientos cabellos negros. Trató de tomar el billete ¡en cinco oportunidades! sin darse cuenta de nada. Algunas risas la desconcertaron. Aun así no caía en la trampa. Sólo cuando alcé el billete, estirando todo el hilo y lo tomé en mis manos, vio que era una broma. Casi lloró de rabia. Se despidió con palabras tan gruesas que nos dejó asombrados a todos.

Dos o más personas trataron de hacerse con el dinero, infructuosamente, haciéndonos reír hasta las lágrimas. Pero la reacción más iracunda fue la de mi tío. Menos mal que no me vio porque de lo contrario...

El tío Sinforiano solía ir temprano a su chacra que quedaba a unos cinco kilómetros del pueblo. Según él, «el ojo del amo engorda el ganado». No dejaba pasar un día sin ir a controlar a sus peones. En el pueblo lo respetaban por su honradez y lo eludían por su altanería.

Volvía a su casa, a una cuadra del almacén de Ángela. Estábamos en el mes de diciembre. El sol se sentía con fuerza. En el extremo sur de la calle desierta, a unos doscientos metros apareció un punto móvil. Lentamente se convirtió en un caballo con jinete. Claro, el tío Sinfó. Cuando lo reconocí, me escondí detrás del mostrador para que no me viese. Ángela interpretó eso como otra cosa. Le tuve que contar cuál era mi verdadera intención   —91→   para que me dejara solo.

Pensé que con la edad, unos sesenta y cinco años, no vería el billete. Pero no. Detuvo al caballo bruscamente. Se apeó con asombrosa agilidad si se tienen en cuenta sus años. Trató de tomar el dinero con la mano izquierda. Con la derecha tenía las bridas del caballo.

Adoptó una posición tan rara, que nos mordimos las manos para que no escuchase nuestras carcajadas. Moví lentamente el billete, justo cuando el viejo iba a alcanzarlo. Milagrosamente mantuvo el equilibrio; logró quedar de pie en la misma posición, tan divertida para nosotros. Ya nos tenía a todos llorando de risa. Un nuevo movimiento y, aunque parezca increíble, todavía no se daba cuenta de nada. Siguió al billete, hasta que Ángela prorrumpió en carcajadas tan fuertes que a la fuerza se dio cuenta de todo.

Su sorpresa fue tal que dejó las riendas. Al sentirse libre el animal salió disparado hacia el yukerizal donde terminaba la calle, perdiéndose con un relincho. A todos nos pareció de burla. Tío Sinforiano pensó lo mismo. Con cara desencajada entró al almacén al mismo tiempo que vio correr a los muchachos. Los insultó con todo tipo de adjetivos: «Ignorantes, maleducados».

¡Gracias a Dios no me vio, estaba camuflado detrás de una enorme bolsa de azúcar!

Discutió un rato con Ángela. Haciendo gala de toda su habilidad no dio el nombre de los que participamos de la broma. Más calmado, pidió una caña. Ella le sirvió con coquetería y, ¡por supuesto!, no le cobró. Siguió hablando un rato más sobre el necesario respeto que merecen las personas mayores, empleando palabras rimbombantes. Finalizó su discurso con la frase: «¡Qué será de la patria sin educación!».

Capelú, el más viejo de los estibadores, se encontraba callado en el fondo del almacén, tomando su «cañita diaria» que había alcanzado el número siete, por el color rojo de su nariz. Oyó la   —92→   frase de don Sinforiano. Con voz pegajosa dijo:

-¡Cierta! ¡Vale un trago! -Hizo un brindis con un ser imaginario y se tomó sin respirar el contenido del vaso. Con un hipido se levantó. Haciendo unas artísticas «eses» salió cantando Patria querida.

Después supe que no se enojó tanto el tío. Cuando vi un billete de cien guaraníes cerca de mis pies tuve la certeza. Lo que él nunca supo es por qué no lo recogí.



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ArribaAbajoCien años pasan pronto

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Camino tras ella y adivino su destino. Su cara lleva escrita la palabra «Cementerio» tan claramente como el ómnibus que nos ha traído hasta aquí.

Va vestida de luto. Se nota que para ella el negro no es simplemente un color de moda, como lo es para los jóvenes de hoy, sino la expresión de un dolor, que impregna toda su persona. A pesar de que estamos en pleno verano, lleva medias de nylon y camisa mangas largas totalmente negras. Incluso sus aros de argollones están forrados con hilos oscuros.

Todos los martes y jueves, desde hace dos meses, viene religiosamente al campo santo. Cuando la vi por primera vez me impactaron sus ojos negros, sus cejas oscuras y su larga y lustrosa cabellera. Ejerció sobre mí instantáneamente una enorme atracción, no pude dejar de mirarla; ensimismada, encogida en su asiento, me recordó los pichones caídos de los nidos después de una tormenta.

Al doblar la esquina, apresura sus pasos y casi corriendo se introduce por la gran puerta de hierros negros abierta de par en par. El calor comienza a disminuir, un sol lujurioso abraza a una nube escandalosamente encendida sobre el horizonte.

Camino lentamente, sé dónde encontrarla. Una cigarra deja oír intempestivamente su canto, sobresaltándome. Oigo roncos sollozos entrecortados por palabras que son más bien un quejido y se elevan en alas de una tenue brisa que husmea entre los cipreses.

Como otras veces, habla en voz alta, diciendo lo sola que se encuentra sin él. Hoy parece más triste que otras veces. Una angustia nueva, desgarradora y atroz satura sus monólogos. Me acerco más con el fin de oírla.

-Yo tuve la culpa. Sólo yo. Si no te hubiera dado el auto, si yo hubiera dejado...

Inesperadamente se calla. Eleva los ojos del suelo y me ve. Quedo en silencio mirándola. No sé qué decir. Ella fija sus pupilas   —96→   en las mías con cierta sorpresa, pero no las aparta enseguida. Queda callada unos instantes y por último me da la espalda. Se sienta sobre la tumba con la cabeza entre las manos.

¡Me parece tan vulnerable! Vuelve a llorar, primero despacito, hasta que los sollozos se hacen fuertes y parecen atravesar mi cerebro.

Exponiéndome a su enojo me siento a su lado. No sé qué hacer con mis manos. Con suavidad, le doy una suave palmada en los hombros, que quiere ser de aliento, como me hacía mamá cuando era chico y lloraba por alguna cosa.

Fue algo extraño, pero funcionó, se calmó paulatinamente, hasta que en vez del llanto sólo emergían suspiros de su garganta.

-Deja de atormentarte. No puedes cambiar el pasado. El dolor se irá con el tiempo.

-¿Qué sabes tú del dolor?

-Todo -le contesté. Y ella me creyó. Necesitaba creer en alguien, que le aligerase la carga pesada de su culpa, que le diera un alivio para su alma muerta. Yo se lo di.

La escuché en silencio, mientras se tomaba nerviosamente las manos y las restregaba una con otra.

Fue feliz con Evaristo. Pero qué breve la dicha. Y qué profundo el dolor. Sólo tres meses duró el matrimonio, precedido por un noviazgo venturoso de seis años. Todo lo hicieron juntos desde la secundaria. Los estudios, el despertar al amor, la alegría del primer empleo, los ahorros para los muebles del futuro hogar. La vida parecía sonreírles. Si hasta ganaron un auto en una rifa.

Una noche, él insistió en ir hasta el centro de la ciudad para traerle ciertos libros que ella necesitaba. Nunca volvió. Unos kilómetros antes de llegar al pueblo ocurrió el accidente. Quedó atrapado dentro del auto que los había alegrado tanto una semana atrás. Nadie supo qué pasó. El otro vehículo había huido, sólo se veían sus huellas en el asfalto húmedo.

  —97→  

Él ahora ya no estaba. Nunca más estarían juntos. Y ella era la responsable, por haberlo dejado conducir sabiendo que no estaba en condiciones de hacerlo.

No recuerdo qué cosas le dije, pero conseguí que se calmara. Quedamos en vernos el jueves. Me preguntó si tenía algún ser querido en ese lugar y le contesté que sí.

-¡Nos vemos el jueves! -dije saludándola con la mano en alto.

Alcancé a oír su voz temblorosa:

-Si vivo todavía.

Me estremezco. ¡No quiero que muera! Estoy decidido a contarle toda la verdad para evitarlo, aunque eso implique su odio.

Pero prefiero esperar. Tal vez no haga falta decirle la verdad. Tal vez.

Es jueves. La espero en la parada de ómnibus. Ella me ve de lejos, pero no cambia la lúgubre expresión de su rostro. Amaga una sonrisa pero no pasa de un conato infructuoso. Mi corazón late con fuerza. Contesta a mi saludo con voz neutra, sin inflexiones. Trae un pequeño ramo de crisantemos que parecen una prolongación de sus pequeñas y pálidas manos. Me mira a los ojos y leo en los suyos una feroz determinación. La culpa la ha vencido. Sé que no quiere vivir más. No soporta pensar que es la causa de la muerte del marido.

No tengo alternativa. Debo decirle la verdad.

Al principio no me cree, pero cuando le doy detalles familiares noto que sus ojos van adquiriendo otro brillo, la culpa se va disipando y va ocupando su lugar lentamente una mezcla de odio con deseos de venganza atenuado por el conocimiento de que nada devolverá la vida a Evaristo.

Con voz entrecortada confieso que era alcohólico, que inmerso en los vapores malditos no vi el auto rojo, cuando quise frenar era tarde, le había dado de lleno en la parte delantera. Fui cobarde y hui, pero no había nada que hacer, sabía que el hombre estaba muerto. No quería ir rápido, pero mis reflejos estaban   —98→   amodorrados; mis pies pesaban toneladas y no podía despegarlos del acelerador.

Le digo mi nombre que ella repite con enorme desprecio. Sé que vivirá, que el enorme fardo de la culpa se está derritiendo como nieve bajo el sol. He conseguido mi principal objetivo. Salvarle la vida.

Me voy sin despedirme. Me duelen sus lágrimas, pero sé que olvidará y su corazón volverá a florecer.

Claro que no le conté que la noche aquella, en mi rauda huida, no pude frenar en una de las tantas curvas cerradas que llenaban esa ruta.

Para qué. Ya había sufrido demasiado. Por eso, hoy, antes de que llegue la noche debo borrar esa inscripción. Ella no debe verla jamás. La misión se cumplió. Ahora debo pagar el precio de mi redención antes de volver Allá. Dicen que cien años pasan pronto. ¡Ya está! En mi lápida ya no se lee mi nombre ni la fecha de mi muerte. La misma que la de Evaristo.



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ArribaAbajoUna lata de cerveza para Gabriel

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Dos o tres niños descalzos, que suelen pedir monedas a los que entran a visitar a sus deudos, corren entre las tumbas descuidadas que se encuentran cerca de la puerta sur del cementerio. La florista, Asunción, les llama la atención, pidiéndoles más respeto.

El viento empuja las palabras hacia los altos cipreses, que de forma ordenada se elevan a ambos lados del camino principal del campo santo.

Sonrío ante esa escena que se repite casi todos los días, aunque hoy es de algo especial. Faltan pocos minutos para el funeral de un hombre que conocí hace muchos años. Me enteré al azar, esta mañana, por la radio. Me dio una sacudida oír el nombre de Gabriel.

¡Ya están aquí! No quiero acercarme mucho, no sea que alguno me reconozca. Me ubico detrás del panteón de los Gutiérrez. Es bastante alto y me dispongo a mirar. Indudablemente el dinero no fue problema para adquirir el cajón. ¡Van años que no veo uno tan lujoso! Rolo, Jorge y Gustavo lo transportan con rostros compungidos. Todos eran amigos míos. Años atrás. ¡Ni recuerdo cuántos! ¡Éramos tan pobres! Y paradójicamente tan felices. Sé que no es momento de alegría, pero una sonrisa silenciosa que prohíbo se convierta en carcajada, insolentemente extiende mis labios, y sí, sonrío ante algunos recuerdos. Cómo no reír cuando evoco a tía Rita que nos daba diez guaraníes por las latas vacías de cerveza que encontrábamos en la calle o en los alrededores de alguna discoteca para la «terapia» de Gabriel! ¡Pobre! Tenía trastornos nerviosos o algo por el estilo. Debía verlo un siquiatra, hacer un tratamiento cuyo dinero no tenían ni para comenzarlo.

Pero los arranques de rabia y los berrinches que tenía Gaby asustaban a todo el pueblo. Tuvieron que buscar a algún «médico». Nadie pudo hacer nada. Hasta que una comadre suya había dado en la tecla con un tratamiento «casero» y barato, casi gratuito.   —102→   Consistía en aplastar con los pies, por lo menos diez latas vacías de cerveza. Diariamente. Descargando en ellas toda su agresividad. Nosotros nos ocultábamos detrás del gallinero que daba con el patio de su casa para observarlo cuando realizaba sus saltos. Era divertido verlo gruñir mientras saltaba sobre las latas vacías dejándolas lisas y planas.

La comadre sonreía satisfecha cuando doña Rita le decía que mejoraba bastante con ese «tratamiento». Un día agregó otro. «Reventar» con los dedos los globos de aire que tenían las planchas de nylon, que envolvían a los aparatos electrónicos que se vendían en la zona baja. Como la mayoría de los compradores eran argentinos, para hacerlos pasar por la aduana sin pagar impuestos, hacían más pequeños los bultos. Tiraban la caja y su envoltorio protector. Los recogíamos. Se los llevábamos a la tía, que nos recompensaba siempre con algunas monedas. Nos servían para comprar algunas gaseosas. Muchas veces dejé algún que otro plástico para probar su poder «tranquilizador». Con sorpresa descubrí que me gustaba reventar los globos de aire.

Pero eso fue antes, cuando las cosas iban mal. Más tarde, las cosas cambiaron, su papá hizo carrera en la política. Rápidamente ascendieron en la escala social, ascenso superado con creces en su cuenta bancaria. Los terapeutas de lujo reemplazaron a las burbujas de plástico y las latas de cerveza vacías. El barrio les quedó chico, y sus amigos le avergonzaron. Nos distanciamos poco a poco hasta que se mudaron a Asunción. Nunca más los vi. Se supo por los diarios que ocupaban cargos importantes. Gabriel también se dedicaba a la política. Eran muy ricos.

Ahora está muerto. Apenas tendría unos cuarenta años. ¡De nada le sirvió el dinero! Los siquiatras que le trataron su agresividad no fueron tan efectivos como los medicamentos caseros que le daba doña Rita.

Oí que murió en una pelea. Bueno, murió en su ley. Yo, que sigo siendo pobre, me defiendo. Vivo en el cementerio, claro que nadie lo sabe. Hay un panteón que es más grande que una casa.   —103→   Ahí tengo hasta una cama en la parte trasera. Sí, es cierto, cuando se acerca el dos de noviembre tengo que sacar mis cosas. En esa fecha de repente todos se acuerdan de sus difuntos. Pero llevo un buen pasar. Con la venta de joyas y flores me defiendo. Últimamente casi sólo de flores, porque los deudos ya no entierran a los difuntos con sus joyas.

Los llantos de las mujeres que apenas reconozco se elevan hacia el cielo, que se vistió de gris para despedirlo.

Por fin se retiran todos. Quedan flotando en el ambiente las palabras de despedida que pronunciaron los amigos del difunto. ¡Una mentira tras otra!

Después de morir, todos se convierten en un dechado de virtudes. Sé que Gabriel no era bueno ni cuando dormía, pero según el orador, era más bondadoso que un santo.

Pero ahora se me presenta un dilema moral. Yo vivo como puedo. Y por ahora lo hago vendiendo las flores que los difuntos, gracias a Dios, no se llevan consigo.

Pero es la primera vez que el muerto es un conocido mío. Me da un no sé qué quitarle sus flores. Esta vez no me las llevaré. ¡No, señor!

Quedo sumido en profundo silencio frente al panteón cubierto de flores en una actitud de respeto. Súbitamente recuerdo algo. Algo muy importante. ¡A Gabriel le daban alergia las flores! Las odiaba porque le hacían estornudar. Así que acallo esa voz que me dice que no las toque, rápidamente, tan rápido como el tiempo que me lleva armar los dos ramos de claveles que le llevo a mi revendedora de la otra cuadra.

Con el dinero de la venta me tomo unas cervezas a su memoria. Como un homenaje póstumo, le dejo varias latas vacías sobre el panteón.



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ArribaAbajoFeliz cumpleaños

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(A Roberto Castro)

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Una caverna tenebrosa se abrió ante sus ojos. Fue el único camino que pudo seguir, atrás quedó un abismo insondable rodeado de una escarpada montaña que se elevaba perdiéndose en un cielo dramático.

Los aullidos se volvieron más audibles. No tenía otra opción, debía entrar a la cueva, cuya tétrica boca lo llamaba. Dio tres zancadas y entró.

La oscuridad era total. El silencio dolía, como un cuchillo revolviéndose en una herida. Un susurro misterioso se oía en algún lugar de esa enorme nada. Una ráfaga de viento, de origen desconocido, le erizó los vellos y le produjo escalofríos. Una sustancia viscosa cayó sobre sus cabellos sobresaltándolo. Sintió las náuseas.

El repiquetear monótono de un tambor lejano creció lentamente. Los ladridos se volvieron frenéticos fuera de la cueva. Caminó torpemente con los brazos extendidos. Sus ojos se acostumbran a la oscuridad. El tam-tam penetró en su cuerpo y fue a su cerebro como una daga. El dolor fue tremendo. Inesperadamente, el silencio llenó el lugar. No por mucho tiempo. Lo sustituyó un coro infantil que repetía como una letanía:

-¡Nadie te quiere! ¡Nadie te quiere!

-¡Cállense, cállense...!

Manos fuertes le rodearon el cuello. Apretaron. Se hizo difícil respirar.

Román se despertó lleno de sudor. La sábana estaba algo enrollada en su cuello. La pesadilla le dejó con el corazón acelerado.

La respiración entrecortada se normalizó cuando la calma le ganó al miedo. Encendió la linterna y miró el reloj. Las cinco y diez.

Se levantó de la cama. Ya no dormiría. El frío lo obligó a abrigarse con una vieja tricota.

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La helada había abrazado a las desprevenidas hojas que se veían encogidas en las macetas del balcón.

Fue a la cocina, y se preparó unos mates. Aunque... ¿qué chiste tenía tomar mate solo? Desde que murió Ernestina, ¡cinco años ya!, nadie le acompañaba a esas horas. Miró la habitación. Chiquita, moderna, la que los hijos y nietos le aconsejaron que comprase cuando se vio solo, «es más seguro vivir en un departamento» argumentaron y así dejó la enorme casa donde había vivido tantos años con su familia. Con la venta sobró dinero y con él vivía de rentas. Algo repartió equitativamente entre los hijos. No, no es que se quejase de ellos, pero no podía negar que se sentía solo.

Los primeros años, venían a verlo todos los días. Pero más tarde sólo los sábados, domingos y feriados, hasta que, por fin, la comunicación fue sólo telefónica.

La indiferencia lo amargó un tiempo, pero se cuidó muy bien de manifestarlo. Claro. El cariño no se puede exigir.

Pero tuvo suerte. Una viuda de cierta edad se mudó al cruzar el pasillo. Un día llamó a su puerta y Román la invitó a pasar. Se enteró que los domingos se divertía resolviendo crucigramas, que obtenía de un periódico. Los lunes o martes conversaban sobre algún juego. Se hicieron amigos.

El ritual dominguero comenzaba así: el canillita tocaba el timbre y Román tiraba desde el balcón una bolsa de nylon con el dinero dentro. La recuperaba con el periódico que leía y después se dedicaba a jugar.

Este domingo era especial. Cumplía setenta años. Pero lo único que tenía eran recuerdos. Y un gran vacío.

Pensó con amargura que la soledad era una asesina invisible que mataba con tranquilidad, sin ningún apuro. En silencio.

Afuera, la claridad empujó a la oscuridad hasta derrotarla completamente. Román, abrió el balcón. Los geranios estaban mustios y sus hojas arrugadas. «Como yo», pensó. Se recriminó por no haberlas metido dentro.

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Con melancolía miró la ciudad dormida. Una mujer vestida de negro cruzó presurosamente la calle. El aire frío lo estremeció.

Las seis y media. Deseó que llegara el canillita. No sabía por qué, pero se sentía como un pájaro muerto sobre la escarcha de la mañana. O sí lo sabía. Como que lo llamarían por teléfono, lo felicitarían por su cumpleaños, pero no vendrían.

Necesitaba un abrazo de sus hijos, de sus nietos. Pero no pediría nada.

Una mueca, que quiso ser una sonrisa irónica, desdibujó sus labios agrietados. Sí, sería una buena idea. Faltaba más de una hora para recibir el diario. Inventaría un juego. Claro, algo tonto, pero sería una forma de matar el tiempo. Era lo único que le sobraba.

Si la excusa que ponían sus hijos para no visitarlo era alguna dolencia de los nietos, se adjudicaría un punto. Si estaba indispuesto el marido o la mujer, dos. Si eran ambos, tres. Si no podían venir porque se había dañado el auto, cuatro. Si no lo saludaban, cinco. En caso de sumar seis en total, ganaría el título de «Estorbo perfecto». Y pasaría al siguiente nivel.

Fue al baño. El espejo le devolvió la imagen de un anciano de mirada perdida. Profundas arrugas desfiguran su rostro. Se vio tan diferente a lo que fue. No se afeitó. ¿Para qué?

La voz infantil gritó: «Diario». Sonrió al pensar que siempre sonaba el teléfono o el timbre cuando entraba al baño.

Leyó los titulares y los chistes. El horóscopo no le favorecía. Buscó la página de entretenimientos. Pero no estaba. Con ansiedad agitó las hojas desparramándolas sobre la cama. El suplemento no apareció. ¿Qué haría sin él? ¿Se habría caído? ¿Por un descuido lo habían omitido? Decidió averiguarlo. Fue al departamento del vecino. Tampoco la tenía en su diario. Román regresó a su departamento, más abatido que nunca. Se desplomó sobre el sillón de mimbre con los hombros caídos. La desilusión fue tan grande que le palpitaron las sienes peligrosamente. Respiró con ansiedad hasta que se calmó. Eso no impidió que dos   —110→   lágrimas marcharan a la misma velocidad hacia la comisura de sus labios, como si hubiesen apostado sobre quién llegaría primero. El sabor salado se confundió con el amargo de la desilusión.

El teléfono sonó.

-¡Hola! -era la voz de Liliana.

-¡Hola! -respondió tratando de no delatar su tristeza. Una chispa de optimismo, que se había salvado de la onda pesimista que manejaba todas sus ideas esa mañana, le dijo al oído, tratando de alegrarlo: «Va a venir a visitarte con tus dos nietos».

-¡Feliz cumpleaños, papá! Son setenta años ¿Verdad? ¿O son setenta y uno? Bueno, no importa, que los cumplas muy feliz. No iremos a saludarte. Eduardo tiene fiebre y no quiero sacarlo con este tiempo. Mañana iré a verte, con tu regalo, por supuesto.

Se hizo un silencio.

-¿Estás ahí?

-Sí -respondió Román, tratando de ahogar un sollozo que atrevidamente quiso manifestarse a través de su garganta.

-¡Bueno, felicidades, eh!

Ella colgó primero. Con rabia, Román sacó las lágrimas que le bañaban el rostro.

Y se anotó un punto en el juego.

Se preparó una taza de café. Recordó, cuando, allá en la campiña, cincuenta años atrás, él le pasó la yerba a Hermelinda para que la pusiese en el cocido. Cómo sus manos se tocaron y el mundo se convirtió en un lugar mágico donde sólo ellos habitaban. Y a la noche, fueron hacia el fondo del patio, donde la oscuridad del follaje fue cómplice de una noche de amor, distinta, indeleble. Cuántas cosas se dijeron. Increíblemente tiernas. Las volvió a repetir, después, a otras mujeres, pero nunca reflejaron la verdad como en esos años. Era curioso, no recordaba bien su rostro, pero sí todas las sensaciones, nunca vueltas a sentir en forma idéntica, ni la excitación, ni el deseo, ni la necesidad imperiosa   —111→   de sentirse fundido en su piel, de tener más manos para rodearla como un pulpo, de formar con ella un solo cuerpo y no separarse más. Ya amanecía cuando fueron cada uno a su dormitorio.

El teléfono volvió a sonar.

-Papá, ¡feliz cumpleaños! Tal vez vaya a saludarte por la noche, ahora no puedo, Teresa debe ir con los chicos a la Olimpiada del colegio y tengo que estar ahí con ellos. Vos sabés que estoy en la comisión...

-No te preocupes, gracias, mi hijo.

-Chau, papá.

Con ironía pensó que no sabía dónde colocaría los puntos a esa excusa. Una laguna en su juego. ¿Qué puntaje le debía poner a Alfredo, su hijo mayor?

Tomó el café de un sorbo y dejó la taza en la pileta.

A las seis de la tarde, cuando las sombras nocturnas los ocultaron, se volvieron a encontrar en el fondo del patio. Y nuevamente esa sensación, que más tarde supo sería lo más cercano a la felicidad que sentiría en su vida... Ella volvió a su casa. Nunca volvieron a encontrarse a solas. En ese tiempo, los primos hermanos no podían amarse, bueno, no sabía ahora, pero el recuerdo de Hermelinda era terapéutico y le aliviaba muchas veces su soledad.

El teléfono nuevamente quebró el silencio.

-Felicidades, abuelito, papá te quiere hablar.

Era Marquitos, hijo de Alberto, el menor y más tarambana de sus hijos.

-¡Feliz cumple, viejo! Mariela te desea muchas felicidades. No podremos viajar como teníamos previsto, el coche hace un ruido raro. No queremos salir con los chicos en esas circunstancias. Tal vez el otro domingo.

-Sí.

-Papá, sé que no es momento para hablar de esto, pero estoy   —112→   en un lío terrible. Necesito plata, sé que dentro de dos días vas a cobrar tu renta y bueno, vos no tenés tantos gastos, podrías...

Román pensó que ese hijo suyo nunca le hablaba sin pedirle dinero. Le pareció de mal gusto que lo hiciera el día de su cumpleaños. Colgó suavemente, sin saber si lo había hecho en medio de una frase.

Encendió la radio. Una guarania sentimental le recordó a su esposa. Sufriendo los últimos meses de vida, hasta que la enfermedad ganó la partida.

El sol golpeó tibiamente la ventana. Román no quiso abrirla. No necesitaba al sol, como nadie lo necesitaba a él. Tomó el cuaderno. Rompió la hoja donde había anotado los puntajes. Ya tenía la certeza de ser un estorbo para todos sus seres queridos.

Cerró la ventana, pero la oscuridad no era completa. Con parsimonia, como si fuera muy importante, cerró las cortinas azules, no le gustaba esa ranura por donde se filtraba impertinentemente un rayo de luz.

Con pasos lentos, pero seguros, se dirigió a la cocina. Había llegado al segundo nivel.

Tomó la silla de la mesa y se sentó cómodamente frente al horno abierto. Y abrió la garrafa.



  —113→  

ArribaAbajoÁngeles, computadoras y relámpagos

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El cielo sangriento se ve invadido por relámpagos y centellas. Es un espectáculo bellísimo, pero aterrador.

Star y Sten deben liberarla antes de que sea tarde. El enorme reloj de agujas de diamante indica que hay poco tiempo. Todo puede estallar. Star se aproxima con decisión a la caja de cristal. La luz fulgurante danza de un lado a otro del hilo dorado. Los movimientos elípticos imitan a un hombre de pequeñísimas dimensiones.

Debe apresurarse. Encontrar el momento exacto en que la roja pizarra esté limpia de relámpagos para que «La esencia» llegue a su meta, la tierra. Se ve lejana hacia el sur, como una manzana roja mordida en su extremidad inferior.

Star teme lo peor. El número diez es pronunciado por la voz impersonal de los parlantes adosados a los equipos de la base. Por breves instantes todo está tranquilo. Es ahora o nunca. Abre la probeta. «La esencia» parece sorprendida. Se eleva con celeridad sobre el delgado cuello de vidrio. Con una reverberación hace contacto con el aire de la atmósfera.

Star eleva una oración, comenzando por el final, como le enseñaron cuando era pequeña para conseguir suerte. Aprieta los dedos, cierra los ojos y sólo repite: «Que no aparezca ningún rayo». Sólo faltan tres segundos. La cuenta regresiva continúa implacable. Tres, dos, uno. Y ocurre. Una luz poderosa parte al horizonte en cien pedazos absurdamente irregulares.

Ellos cierran instintivamente los ojos. Eso no impide que vean como «La esencia» cambia de color. Su azulino característico se torna marrón y por último en una fina estela roja evanescente antes de desaparecer.

Ariel mira con preocupación el cielo gris. Las nubes bajas presagian tormenta. El poniente se enciende con lívidos colores. Ilumina efímeramente la oscura tarde de junio. ¡Otra vez un rayo! No recuerda haber desenchufado las dos computadoras. Decide regresar. Son dos kilómetros bajo la borrasca. Debe hacerlo.   —116→   Tal vez tenga suerte y no pase nada.

Llega diez minutos después con el viento huracanado siguiéndolo de cerca. Un apagón imprevisto deja la calle a oscuras. La gran mole de cemento se yergue al final de la cuadra.

La flecha roja corta el cielo lloroso velozmente. Desaparece en una de las ventanas. Ariel casi juraría que «eso» ha caído en el octavo piso, donde está su oficina.

Estaciona frente a la gran puerta de vidrio. Baja con rapidez. No evita mojarse.

La lluvia es ahora torrencial. Ahoga una maldición al entrar al ascensor. Lo deja frente a la puerta de su oficina. La abre. Se precipita a la mesa donde está su computadora, que contiene todos sus planos y los archivos con las operaciones comerciales más importantes. El suspiro de alivio rivaliza con un último trueno que suena en algún lugar.

La había desenchufado. Va a la oficina de Paula, cuya computadora también guarda datos importantes.

Nada más abrir la puerta ve la ventana. Está frente al aparato. Sus gruesos vidrios tienen un boquete esférico, como si alguien hubiera arrojado una piedra. ¿Quién podría haberlo hecho? Estaba en el octavo piso. Lo más curioso es la pantalla encendida. Parece haber enloquecido. Textos se suceden sin cesar, planillas y números aparecen y desaparecen en cuestión de segundos. Se sienta para ver qué ocurre. No responde a ninguna de sus indicaciones. No hay dudas. La computadora ha enloquecido.

Decide llevarla a casa. Sólo Rodrigo, el primo de su mujer, podría arreglarla.

Maldijo nuevamente por lo bajo. Culpó a Paula por no haberla desenchufado. Evidentemente se había dañado por alguna descarga.

Ariel me pide que no use la computadora que está en el escritorio. Es un modelo arcaico. No sabe si podrá arreglarla.

  —117→  

Sé que no quiere que toque la suya, donde tiene dibujos, planos y toda su correspondencia.

Me parece buena idea pedirle que me la regale.

-Si Rodrigo la arregla, es tuya -me dice con escepticismo en la voz.

Lo llamo y con la promesa de que le presentaré a Rosaura, una amiga mía, acepta.

Viene a la tarde y pone manos a la obra. Me impresionan sus reiteradas exclamaciones, aunque no sé a qué se deben. Sus constantes ¡humm! cuando toca las teclas, sus monólogos interrumpidos por preguntas mías que califica todas de tontas, me inducen a cerrar la boca para no mostrar tanta ignorancia. Entonces le preparo unos bollos con crema y un té con leche que toma con mucho agrado. Mi primo enciende y apaga el aparato, susurra palabras ininteligibles por lo bajo, escribe en el teclado, imprime textos que lee con sorpresa tal que no sé ya qué pensar. Pienso que el aparato ha llegado al final de su existencia.

Hablando consigo mismo, dice algo de «¡Es raro, pero...!» y volviéndose hacia mí me pregunta:

-¿Para qué la quieres?

-Bueno, para lo básico, enviar y recibir correo, escribir e imprimir algunos trabajos para la universidad...

-Sí, si es para eso, servirá. Pero...

Rodrigo me desconcierta. ¡Él! Que se jacta de no haber descubierto aún la computadora que se le resista, parece dubitativo.

-Pero... ¿qué?

-Tiene algo raro -Me miró a los ojos con simpatía y concluyó-. No lo entenderías.

Terminé temprano el informe que debía llevar a la universidad, gracias a la computadora. Me facilita mucho el trabajo. Es cierto que a veces no responde a mis indicaciones, tal vez debido a mi ignorancia en materia de informática. Pero estoy aprendiendo rápidamente. Por las tardes, sola en mi estudio, practico   —118→   y aprendo. Creo que me estoy acostumbrando a la soledad. La busco y la comparto con Andrea, nombre que le puse a la computadora, con quien hasta hablo. Menos mal que nadie me escucha. Pensarían que estoy loca.

Ariel y yo nos estamos distanciando por esa absurda idea de obtener más cosas. Incluso el posponer el nacimiento de un hijo, que deseo, ya no me parece buena idea. El camino hacia la casa soñada se me hace largo y el precio muy elevado. Suspiro. Pienso que debo hablar claramente con él. Aunque hoy es martes y llegara tarde.

Tengo tiempo de saludar a mi madre, tal vez no esté aún dormida.

Algo raro pasa en mi correo. No conozco a nadie que se llame Andrea. Bueno, sí, mi «compu». Las palabras son breves: «Patricia: te amo. Tuyo: Andrea». Y una dirección.

Pongo el mensaje para mi madre. Otro para el desconocido. Le pregunto quién es y cómo me conoce.

Alguien me está haciendo una broma. Sé de muchos que se especializan en eso. Me olvido de todo y me doy un baño. Me pongo el perfume preferido de Ariel, el camisón que sé le hace olvidar su fatiga y me acuesto un rato en la alcoba en penumbras.

El olor del café me sacó de un sueño profundo, donde una extraña luz roja me envolvía y me hacía suspirar.

Ariel está muy cariñoso, pero yo estoy retrasada. Debo estar en media hora en la universidad. Casi no tenemos tiempo de hablar. Volvió temprano, pero que le dio pena despertarme porque dormía profundamente. Sonrío. El desayuno que me ha preparado es delicioso. Nos despedimos con un beso.

A las dos de la tarde regreso a casa. Todo ha salido bien. Recuerdo el sueño que tuve. Me siento extrañamente contenta en el departamento vacío. Ariel regresará al anochecer.

Una música familiar inunda el salón. Me sorprendo. La televisión   —119→   no está encendida. La radio tampoco. Viene de la computadora. ¡Es Mozart! Mi pieza preferida. ¿Qué es esto? ¿Rodrigo me ha hecho una broma? Ya sé que hizo buenas migas con Rosaura. ¿Un premio?

Busco una respuesta al mensaje que envié ayer a mamá. Ahí está. Pero también hay otro que sí me desconcierta. Hasta me asusta.

«Querida Patricia: El camisón blanco que usaste anoche me enloqueció. Eres muy hermosa. Y tu perfume preferido me gustó, por favor, póntelo otra vez. Los circuitos aún me aprisionan, pero el amor me liberará. ¡Te amo! Sé todo, todo de ti. Pídeme lo que quieras. Yo estoy contigo ahora. Siempre estaré.

Andrea».

Si era una broma de Rodrigo se le estaba yendo la mano. Él sabía que me gustaba Mozart, pero ¿cómo se había enterado que me había puesto el camisón blanco? ¿Y que me había puesto el perfume que sólo uso en algunas ocasiones? Ariel. Se lo había dicho él. No había otra respuesta a estas preguntas.

Era una broma pesada y de mal gusto.

En un arranque de rabia borro los mensajes y llamo a Rodrigo por teléfono. Niega todo. Me pregunta si me siento bien. Insisto. Noto cierto enfado en su respuesta. Lo que me preocupa es que parece sincero.

Para aplacar los nervios me doy una ducha en el baño.

¡Ahí sucede todo! ¿Es un sueño? No lo sé. Pero el agua se convierte en un fluido que me mantiene en el aire, mis pies no tocan el piso. El gas escarlata sale de la ducha y me envuelve como un guante. Penetra en todos los poros de mi cuerpo. ¡Qué sensaciones placenteras! ¡Es maravilloso! Me siento acariciada, amada, etérea. Mi piel es una fuente de placer que nace y muere, una y otra vez, hasta el cansancio. Los suspiros colman el baño. No sé si son míos o de «eso». Creo que río y río con los ojos cerrados, para no perderme ninguna sensación.

  —120→  

Como un eco lejano se repite mi nombre hasta convertirse en un grito. Abro los ojos con dificultad. Los párpados pesan toneladas.

¡Hay desesperación en la mirada de Ariel! ¿Qué le pasa? ¿Por qué grita?

¡Llora! Pero... ¿por qué? Muevo los labios para hablar. No puedo. Me tapa el cuerpo desnudo con la sábana que se encuentra arrugada a los pies de la cama, toma un cobertor y se precipita al teléfono. Habla, habla y habla. Creo oír que llama a un doctor, que estoy drogada y otras cosas. Pero no me importa nada. ¡Soy feliz! ¡Soy tan feliz!

Ariel está a mi lado. No irá al trabajo. Me pregunta si quiero ir de vacaciones, que todo volverá a estar bien. Dice que me ama. Extrañamente no me importa. Quiero que se vaya. Quiero estar sola. Quiero otra vez «eso». ¿Vendrá estando él?

Llega mi madre, que discute con Ariel por cualquier cosa, culpándolo de lo que me pasa. Pero no puedo hablar, decir que se vayan todos, que estoy bien. Sólo estoy feliz. ¿Qué nadie sabe lo que es eso?

Todos duermen. Ariel lo hace en una cama que está cerca de la puerta. No recuerdo haberla visto antes ahí. Al fin puedo moverme. Y voy a mi estudio. No me extraña que la computadora esté encendida y la música suene nada más poner un pie en la estancia. Sé que la luz roja y Andrea son la misma cosa. Y estamos juntos. «Siento» sus palabras. Las siento en mí. Comprendo lo que me dice y que debe irse. Sabe que amaré al niño. El elegido. ¿Nos volveremos a ver? ¡Claro que sí! Pero no seremos los mismos. Estamos juntos hasta el amanecer que es saludado por un relámpago plateado que instantáneamente convierte la noche en día. Es una centésima de segundo, suficiente para la   —121→   despedida. La neblina roja sale de mi cuerpo y con velocidad increíble desaparece en el lejano cielo.

Todos están contentos hoy. Yo también. Sé que todo está bien. Ariel llora de alegría al saber que será padre. Mi madre habla con Rodrigo y Rosaura que se miran enamorados y agradecen la fiesta de compromiso que le ofrecimos los amigos.

Devuelvo la computadora a la oficina de Ariel. Total, este año no podré ir a la universidad con la llegada del bebé.

Star y Sten emergen tras las cárcavas de unas nubes grises. Sus rostros denotan la angustia que los embarga. Hoy se cumple el plazo. ¿Habrá tenido éxito la misión? Tiemblan al pensar en una respuesta negativa. ¡Mil años de maldad aniquilarían a los sobrevivientes del Etel!

Les preocupa el rayo que apareció en el cielo faltando un segundo para el aterrizaje. Podría haber alterado su itinerario. Y si ocurrió esto, habría perdido a la elegida.

Un estremecimiento de horror los sacudió al pensar que todo dependería del azar. ¿Y si no encontró a la mujer adecuada? Todo se habría perdido.

Los parlantes ubicados arriba inician el tonteo regresivo. Detrás del horizonte, un ejército de sombras ondulantes espera en silencio el veredicto. Se juega la felicidad de todos. ¡Nunca volverían a ver a los seres amados que dejaron «allá» si «La esencia» fracasa!

Diez, nueve, ocho, siete, seis... Una vibración extraordinaria sacude todo el entorno. Quedan expectantes. El momento ha llegado.

Un hombre joven, envuelto en una túnica flameante, emerge de la nada. Sus brazos están encendidos con luces rojas que se desprenden y toman la forma de una flecha, describe una graciosa parábola y se introduce dentro de la probeta.

  —122→  

El cielo estalla en exclamaciones de júbilo, risas, música y alegría.

El nuevo guardián de «La esencia» dice llamarse Andrea. Star y Sten ya pueden descansar ahora. Él se encargara de todo. Hay mil años de bonanza asegurada. Para pasarlos con placer nada mejor que la música de Mozart.



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ArribaAbajoPrimer e-mail

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A: Gonz.2000.com
De: Gonz.2001.com
Asunto: ¿Quién eres?
Fecha: lunes 2, 11.29 a. m.

Estimado amigo/a:

Éste es el primer e-mail que envío en mi vida. ¿Y qué mejor destinatario que la persona que tenía el nombre que elegí y me rechazó el correo? Porque ya existía. Y eres tú. ¿Podemos ser amigos/as? Soy alta, morena y secretaria ejecutiva. Me gusta leer, bailar tango y caminar bajo la lluvia. Espero tu respuesta. Adiós. Cristina

A: Gonz.2001.com
De: Gonz.2000.com
Asunto: ¿Quieres ser mi amiga?
Fecha: lunes 2, 5.23 p. m.

Estimada amiga:

Encantado de conocerte. Parece que somos principiantes ambos en este asunto de la informática. Yo también escribo por primera vez un e-mail. Feliz que me hayas pedido que seamos amigos. ¡Claro que sí! Además, me gustan mucho las morenas, espero que no te molestes con esto. Yo soy alto, trigueño. ¿Y puedes creerlo? También me gusta leer, caminar, aunque no precisamente bajo la lluvia. Y sí. Me gusta bailar tango. Tengo 39 años y estoy encantado de conocerte. Agustín

A: Gonz.2000.com
De: Gonz.2001.com
Asunto: Tengo un nuevo amigo
Fecha: martes 3, 11.37 a. m.

  —126→  

Estimado Agustín:

¡Qué coincidencia! Nos gustan las mismas cosas. ¡Es increíble! ¿Eres casado? Espero que no te moleste la pregunta. Es para conocernos mejor. Tu amiga: Cristina

A: Gonz.2001.com
De: Gonz.2000.com
Asunto: Soy soltero. ¿Y tú?
Fecha: martes 3, 4.48 p. m.

Querida Cristina:

Soy soltero, espero que tú también. Así podremos salir juntos un día de estos, a bailar tango. Digo, si no tienes novio. ¿Cuándo es tu cumpleaños? Es para saber cuando saludarte. Un beso de tu amigo Agustín.

A: Gonz.2000.com
De: Gonz.2001.com
Asunto: También soy soltera
Fecha: miércoles 4, 10.59 a. m.

Querido Agustín:

Soy soltera. Y me encantaría conocerte y salir a bailar contigo. Mi cumpleaños es un 12 de agosto, no te diré cuántos años tengo, porque eso no se le pregunta a las mujeres. Cuando nos conozcamos tú me dirás cuántos crees que tengo. Un beso de Cristina.

A: Gonz.2001.com
De: Gonz.2000.com
Asunto: Soñé contigo   —127→  
Fecha: miércoles 4, 3.38 p. m.

Queridísima Cristina:

¿Sabes que anoche soñé contigo? No quiero decirte qué porque podrías enojarte. Pero te di un beso. Y me dejó con ganas de dártelo personalmente. Espero no te enfades con esto. ¿Nos vemos este sábado? Dime dónde y ahí estaré. Un beso muy apasionado de Agustín.

A: Gonz.2000.com
De: Gonz.2001.com
Asunto: Yo también soñé contigo
Fecha: jueves 5, 9.37 a. m.

Querido Agustín:

¡Es increíble! Yo también soñé contigo, así sin conocerte, pero eras tú. Lo sé. Este sábado no podré verme contigo. Sí puedo mañana a la noche. Te espero en la plaza «La Concordia» que está frente a la Terminal de ómnibus. A las 19.30. Me pondré una vincha roja y tendré una blusa blanca. Un beso. Cristina

De: Gonz.2001.com
A: Gonz.2000.com
Asunto: Nos veremos mañana
Fecha: jueves 5, 3.49 p. m.

Queridísima y soñada Cristina:

Para que veas lo importante que eres para mí. Mañana a la noche juega la selección de fútbol y no veré el partido (soy fanático del fútbol) porque te prefiero a ti. Estaré ahí. Yo llevaré una camisa a cuadros y un vaquero negro. Por las dudas, también tendré un periódico doblado en las manos. Besos y te espera con ansias: Agustín

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María sale del baño envuelta en una toalla azul. Me sonríe. Está muy amable. Me pregunta si veré aquí el partido o iré a la casa de Pedro. Iré a lo de Pedro. Ella también saldrá, en unos minutos. Su sobrina Alicia la necesita para cortar unas telas. Mi mujer es modista, bastante buena, pero no tiene mucho trabajo, así que por las mañanas sigue siendo secretaria. No me gusta, pero seguirá ahí hasta que tenga algo mejor, eso es lo que dice ella.

Estoy impaciente porque salga. Debo ver a Cristina y ya son cerca de las siete. María se despide con una sonrisa y una estela de perfume que casi marchita a los geranios de las planteras que están en el balcón. Me da un beso y me dice que volverá a eso de las diez. Con una sonrisa agrega: «Total, el partido terminará a esa hora y no me extrañarás». Sí, tiene razón. Pero lo que sí me extraña ahora mismo no es la blusa blanca que tiene puesta sino la enorme vincha roja que rodea sus lacios cabellos que brillosos caen dócilmente sobre sus hombros.

Cuando va a salir, me mira unos instantes y con voz baja, casi inaudible me dice que me queda muy bien mi camisa a cuadros. Vacila unos instantes y sacude sus cabellos como queriendo desechar una idea que no quiere aceptar. Mira insistentemente mi vaquero negro.

Deja caer mansamente su mirada en el diario que tengo doblado sobre el sofá. Creo que se ruboriza.

Yo no sé qué pensar. Me siento algo intranquilo. Dice adiós con la mano en alto y se va. La miro desde la ventana. Llega a la acera, se saca la vincha roja y la deja en un gran bote de basura.

Tomo el periódico que tenía doblado sobre el sofá y lo boto entre los desperdicios. Y eso que hoy no lo leí.



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Arribat-quiero.com

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A: Juan.com
De: Laura.com
Asunto: Estaré ocupada
Fecha: lunes 4, 10.40 a. m.

Querido Juan:

Te contestaré extensamente el sábado. Ahora no puedo, porque estoy muy ocupada. Un beso: Laura

A: Laura.com
De: Juan.com
Asunto: ¿Y la foto?
Fecha: lunes 4, 1.41 p. m.

Querida Laura:

¿Ocupada en qué? Estoy enojado contigo. ¿Y la foto que me prometiste? Dos besos: Juan

A: Juan.com
De: Laura.com
Asunto: Va foto
Fecha: martes 5, 10.31 a. m.

Querido Juan:

No te enojes conmigo. Espero seas comprensivo. Estaré en un taller de teatro. Ahí va la foto prometida, así que ahora ya me conoces. Espero la tuya. Escribiré con más detalles el sábado. Tres besos: Laura

A: Laura.com
De: Juan.com
Asunto: Estás rebién
Fecha: martes 5, 0.37 p. m.

Queridísima y adorable Laura:

Ya me pasó el enojo. Estás rebién. Ahí va mi foto. Tengo clases hoy y debo corregir exámenes para entregar las calificaciones el viernes. Cuatro besos: Juan

  —132→  

A: Juan.com
De: Laura.com
Asunto: Estás muy guapo
Fecha: miércoles 6, 7.20 a. m.

Queridísimo Juan:

Estás muy guapo en la foto, en realidad, guapísimo. Te creí mayor. Cinco besos: Laura

A: Laura.com
De: Juan.com
Asunto: Quiero conocerte personalmente
Fecha: miércoles 6, 8.38 p. m.

Queridísima y adorable Laura:

Quisiera conocerte personalmente. ¿Qué opinas? Si la respuesta es «sí» el domingo me tendrás en tu pueblo. Seis besos: Juan

A: Juan.com
De: Laura.com
Asunto: Yo también quiero
Fecha: jueves 7, 11.39 a. m.

Queridísimo Juan:

La respuesta es «sí». Te espero a las 10 de la mañana en la plaza del pueblo. Como hay sólo una, la encontrarás fácilmente. Estaré en el banco que está al lado del reloj de arena. Estoy muy ansiosa por conocerte. Siete besos: Laura

A: Laura.com
De: Juan.com
Asunto: Ya compré el boleto
Fecha: jueves 7, 4.50 p. m.

Querida y adorable Laura:

Ya tengo los boletos para viajar a tu pueblo. Apenas aguanto las ganas de conocerte. ¿Cómo va tu taller de teatro? Ocho besos: Juan

  —133→  

A: Juan.com
De: Laura.com
Asunto: Tengo gripe
Fecha: viernes 8, 7.14 a. m.

Queridísimo Juan:

Tengo una gripe terrible, apenas me sale la voz. No puedo ir al taller hoy. No sé si enviarte los ocho besos con el virus de la gripe. ¿Los recibirás? ¿Sí? Ahí van: Laura

A: Laura.com
De: Juan.com
Asunto: Tengo tos
Fecha: viernes 8, 11.30 a. m.

Queridísima y adorable Laura:

Recibí tus ocho besos con el virus y todo. Yo estoy con una tos que me tiene loco. Eso no impedirá que nos encontremos el domingo. Apenas pude entregar las calificaciones de mis alumnos. Pero lo logré. Nueve besos: Juan

A: Juan.com
De: Laura.com
Asunto: Tengo fiebre
Fecha: sábado 9, 7.30 a. m.

Queridísimo Juan:

Estoy en casa, pues sigo con fiebre. No sé cómo, pero mañana estaré en la plaza frente a la estación, con fiebre, gripe y virus incluidos. Diez besos: Laura

A: Laura.com
De: Juan.com
Asunto: Yo también tengo fiebre
Fecha: sábado 9, 10.25 a. m.

Adorable y querida Laura:

Me consumo en todo tipo de fiebres. Por la tos, por la gripe, pero   —134→   sobre todo por ti. No te olvides. Mañana a las diez. Once besos: Juan

A: Juan.com
De: Laura.com
Asunto: ¿Qué pasó?
Fecha: lunes 11, 6.29 a. m.

Querido Juan:

Me dijo mi mamá que no pudiste ir por la fiebre. Yo tampoco. Me contó que tu papá es guapísimo, muy parecido a ti, pero varios años mayor. ¿Pasó algo con ella? Lo digo porque vino muy contenta. Dice que le digas a tu papá que «la docena fue perfecta». ¿Sabes a qué se refiere? Cariños: Laura

A: Laura.com
De: Juan.com
Asunto: Papá se enamoró
Fecha: lunes 11, 15.17 p. m.

Querida Laura:

Siento mucho no haber podido ir al pueblo, pero estaba terriblemente enfermo; por eso pedí a papá que fuera en mi lugar y te explicara todo. Se encontró con tu mami. Me dijo que es igual a ti, con varios años más, claro. Papá también vino muy contento y creo que la «docena» se refiere a besos. ¿Puedes creerlo? Dice que se verán el jueves en el mismo lugar. Cariños: Juan

A: Juan.com
De: Laura.com
Asunto: Mamá se enamoró también
Fecha: martes 12, 7.29 a. m.

Querido Juan:

Estoy mejor de la gripe. ¿Y tú? Dice mi mamá que le digas a tu papá que lo quiere mucho, que anoche soñó con él y que lo espera, sin falta, mañana donde él sabe. ¿No es romántico? Estoy   —135→   muy feliz por ella. ¡Tantos años sola desde que la dejó papá! Un abrazo: Laura

A: Laura.com
De: Juan.com
Asunto: Papá quiere a tu mamá
Fecha: martes 12, 9.07 p. m.

Querida Laura

Papá dice que quiere a tu mamá y espera con ansias el día jueves. ¿Ella también va al taller de teatro? Tuyo: Juan

A: Juan.com
De: Laura.com
Asunto: No estaré mañana
Fecha: miércoles 13, 7.23 a. m.

Querido Juan:

Mañana no te escribo porque mamá viaja y yo también. ¡Ah, dice que le hagas llegar a tu papá una docena de besos! Adiós: Laura

A: Laura.com
De: Juan.com
Asunto: Yo tampoco estaré
Fecha: miércoles 13, 10.45 p. m.

Querida Laura:

Dice mi papá que le devuelve los besos, elevados al cubo. Hablamos: Juan

A: Juan.com
De: Laura.com
Asunto: Decir «sí»
Fecha: viernes 15, 5.49 a. m.

Juan, amor mío:

¡Quién iba a pensar que ambos enviaríamos las fotos de nuestros hijos! Soy inmensamente feliz. Te lo debo a ti. La respuesta es «sí». Sobre la fecha de la boda hablamos más tarde. Debo decírselo   —136→   a Nina, mi hija, la de la foto, ¿recuerdas? Una docena de besos, ya sin virus. Te quiere: Laura.

A: Laura.com
De: Juan.com
Asunto: Voy esta noche
Fecha: viernes 15, 8.34 a. m.

Laura, mi dulce amor:

Esta noche voy a tu casa. Te presentaré a mi hijo Augusto (el de la foto que te envié). Mejor nos conocemos todos ya que vamos a ser familia. Recibí la docena de besos. Hoy te los devolveré personalmente, uno a uno. Te adora: Juan