t-quiero.com
Lucía Scosceria

—3→
A
José Vicente Peiró Barco
Por
todo
—[4]→ —5→
Desde los remotos tiempos de Ruy Díaz de Guzmán (que no todo es historia lo que dice el recuerdo, parodiando a don Macedonio Fernández) iniciador de la narrativa en lengua hispánica con sus interpolaciones literarias aunque él no se lo propusiera, el relato adosado a la tarea imaginativa ha tenido en nuestro ámbito antiguo prestigio, si bien no acompañado por la necesaria persistencia creativa.
La expresión hispánica, y aun la propia temática, se mantiene desde la extensa época preindependiente hasta la silenciosa aparición del romanticismo en lo que va (nada menos) de 1537 a 1870, es decir, hasta los fragores mismos y el trágico final que, en la letra, sólo se evidenciarán a través del periodismo de guerra (particularmente «Cabichuí», «El Centinela» y «Cacique Lambaré», este último extremando a propósito la nota vernácula).
Puede señalarse que en el prolongado asedio posromántico (1870-1910) es cuando se verifican los mayores aportes por medio de algunos nombres significativos adheridos al influjo del «color local», vía el inevitable «americanismo literario» de época, de tanta vigencia entre los finales del siglo XIX y comienzos del XX, en el Río de la Plata, subyacente a pesar de la notoria presencia de corrientes europeas en auge, representadas, en mayor medida, por el naturalismo, que aquí recién se presentará en el primer lustro del 900.
Pero los autores previos que en el plano de la leyenda más contribuyeron, en tal etapa, a la difusión del relato breve, fueron: Enrique D. Parodi (1857-1917); Diógenes Decoud (1857-1920) y Adriano M. Aguiar (1859-1913), cuyas producciones tuvieron origen en los respectivos lugares de residencia: Argentina y Uruguay. Los tres murieron fuera del país.
La narrativa correspondiente al modernismo (1901-1931) tiene, como se sabe, más larga vigencia y comprende dos sectores: a) el propiamente dicho que se extiende desde los inicios del siglo anterior hasta 1920; b) La eclosión posmodernista, señalada entre 1920 y 1930, muy —6→ debilitada, por supuesto, en sus últimos tramos.
Todo esto tiene que ver con los avatares de la prosa unida al modernismo, que en el Paraguay inauguraron desde el 900 dos ensayistas ilustres: Arsenio López Decoud (1867-1945) y Manuel Domínguez (1868-1935). El tema exótico, con indudable influencia francesa que desde su andarivel posromántico había ofrecido Aguiar (1903) se acentuará con Fortunato Toranzos Bardel (1883-1942) a partir de 1906.
Esa orientación será retomada, dentro del grupo de Crónica (1913-1915) por Leopoldo Centurión (1893-1922) y Roque Capece Faraone (1894-1928), entre varios, cuyas narraciones cortas tienen un indudable rasgo historicista heredado. Tal había sido, venida de arrastrón, por la presencia del poeta argentino Martín de Goycoechea Menéndez (1877-1906), influjo que se mantendrá (con el ejemplo de su libro Guaraníes, 1905, subtitulado: Cuentos de los héroes y de las selvas) hasta los años 20.
En la primera versión de Tradiciones del hogar (1921) de Teresa Lamas de Rodríguez-Alcalá (1887-1975) y en no pocas páginas de Cuentos y parábolas (1922) de Natalicio González (1897-1966) se encontrarán las huellas dejadas por el autor de La noche antes. Ha de recordarse que en la década siguiente se edita el primer libro de Gabriel Casaccia (1907-1980): la novela Hombres, mujeres y fantoches (1930), característica de su pre-historia literaria, capítulo en que se ubican los cuentos de «El guajhú» (1938). De «La babosa» (1952) en más, ya todo en su obra será distinto.
Puede afirmarse en un orden cronológico no siempre estricto el agrupamiento de 1940, que produjo con posterioridad a seguros narradores como Josefina Plá (1903-1999), Hugo Rodríguez-Alcalá y Augusto Roa Bastos (ambos de 1917), es el que inaugura el rumbo de la narrativa (o «cuentística») que en términos generales habrá de llamarse contemporánea y que se extiende hasta el sector inmediato (1950), donde se da el caso de poetas devenidos narradores: José María Gómez Sanjurjo (1927-1988), José Luis Appleyard (el mismo año y fallecido en 1998), Rodrigo Díaz-Pérez (1924), Rubén Bareiro Saguier (1930) y Carlos Villagra Marsal (1932).
Desde el 60 en adelante rigen otras pautas que con las debidas precauciones podrían denominarse «estéticas». Otras influencias, otros gustos y estilos predominan. Su marco referencial excede la simple (y —7→ a veces tenaz) enumeración historicista, tan propensa al recuento lineal.
También será necesario tener en cuenta la producción indicada entre 1940 y mitad del 60, tan variada (individualmente) en modos estilísticos como en los temas escogidos. En ese aspecto el liderazgo de Casaccia (que no pertenece a ninguna «generación»), Rodríguez-Alcalá (don Hugo) y Roa Bastos, resulta insoslayable, sin quitar valor a quienes pudieran completar la nómina, siempre en alusión a los cultores del cuento.
Esta especie de mural literario, ceñido a cánones más informativos que interpretativos, termina cuando empieza el quehacer de la década del 50 y algo más. Lo que viene luego es otra cosa.
Y ahora, a la autora (no en verso, por supuesto). Mas, antes será preciso recordar que la literatura calificada como «femenina» entraña un hecho que en cierta manera puede ubicársela en límites contemporáneos, sin demeritar las aportaciones anteriores. Aunque se torna imperioso aclarar que nada hay de concreto sobre la mítica figura de Marcelina Almeida y sus vínculos con el grupo de La Aurora (1860). Todos los indicios apuntan a creer que no era paraguaya (más bien oriental del Uruguay) y que ni siquiera pisó el país.
En consecuencia debe considerarse como adelantada en el relato local a la mencionada Teresa Lamas Carísimo de Rodríguez Alcalá, esposa de don José, que cultivó el relato en los comienzos del 900, y madre de Hugo. Por lo demás, la contribución de la mujer al mayor auge de las letras vernáculas (en español) ha sido muy bien expuesta y explicitada por la escritora y narradora Dirma Pardo Carugati en el importante complemento a la reciente y segunda versión de la Historia de la literatura paraguaya por Hugo Rodríguez-Alcalá (Asunción, El Lector, 2000).
El libro de cuentos que hoy presenta Lucía Scosceria de Cañellas (proveniente de Nuestra Señora de la Encarnación de Itapúa) confirma su destreza en el oficio, ya que no es mezquina la bibliografía propia que puede ofrecer, dentro de la cual se manifiestan como variantes de una misma vocación sus poemas reunidos en volumen y sus novelas, —8→ que se anudan así a sus otras narraciones, cuya culminación provisional es este actualísimo haz que tiene por título t-quiero.com, que viene a configurar la suma de dos experiencias inevitables: la nacida del vivir propio y la de la imaginación.
No podrá argüirse que su temática sea monocorde, ni que la estructura de sus relatos pertenezca (salvo apariencias) a otros planos que el que impone el desarrollo del ordenamiento narrativo. Esto se muestra claro en la extensión de sus cuentos, que no están trazados a capricho.
Aparte, de «El Destello del Trueno», lo que continúa tiene un elocuente sentido de oralidad (después de todo ésta responde, hasta nuestros días, a la mejor tradición paraguaya) y se rige por una intercalación de sucesivas situaciones que cambian, en los lindes del lenguaje literario, de acuerdo, incluso, a la exposición de estados de ánimo trasmitidos, en forma que el relato lo permita, de la primera a la tercera persona.
Igualmente hay que agregar que la incorporación de un anecdotario no siempre convencional favorece la claridad del intento que lleva a la comunicación con el lector, en un afán receptivo que se sostiene sin desmayos en todas sus páginas. No se trata de una «claridad» premeditada (uncida a los actuales estragos de la «cultura light») o siquiera la famosa cortesía, razonada por Ortega como una de las obligaciones del filósofo, sino de ésa que parte de la necesidad del cómo decir antes que el qué decir.
Y si algún dejo «emocional» (más que «emotivo») deja rastrearse entre la trama literaria, preciso será reconocer que también su percepción queda a cargo del lector, más que del crítico. No está de más añadir que en eso ha consistido la maestría y a la vez el magisterio de Borges al encarecer (en prosa y en verso) la trascendencia del lector (en él paradojalmente el que escribe y el que lee), supremo artista de lo propio y de lo ajeno, en una especie de secreta y silenciosa entrega.
Tanto el cuento: «El Destello del Trueno» como «Voz ronca al teléfono», «La cita» y «No podrá ser» se identifican más que con lo mágico, con lo fantástico, sabiéndose ya que aunque aparentes hijos de una misma madre, suelen asumir su plena autonomía vital. Nuestra América es al respecto un terminante ejemplo venido del norte y vuelto del sur.
—9→En lo que se ha señalado sobre las propensiones a una más afianzada extensión, relacionada con los intereses del relato, cabe apuntar que «Feliz cumpleaños», «París, París» y «Primera comunión» certifican la capacidad de la autora para arribar a los lindes del cuento largo, que al fin de cuentas no suele ser más que una variante de la novela corta, según universales ejemplos.
Algo más: personas y paisajes funcionan aquí (repetimos) como elementos no vertebrales, pero sí necesarios, sin ceñirse a ellos con exclusividad. El shock psicológico o el trazo pictórico (por llamarlos de alguna forma) son elementos dependientes implícitos y por ello mismo no determinantes en cuanto al curso del relato.
Si bien no hay «pintoresquismo» ni forzoso «color local» en su obra (el que puede descubrirse pertenece a las gradaciones del texto y no son otros que las impuestas por la misma autora), dicho esto para permitir un nuevo recuento: el de la «marca» del interior en nuestras letras. Habrá que celebrar que desde una de «villas» seculares los dones de la vocación y del trabajo (el ostinato rigore de Leonardo) hallen en Lucía a una desvelada vigía de sus propios sueños.
La autora ha creído oportuno incluir tres relatos finales «electrónicos» en tiempos que para ella satisfacen las expectativas de la narración. Aunque ellos no son un suma y sigue, sino un mundo distinto en el amplio universo de la imaginación, pueden, sin deterioro del conjunto, incorporarse a un experimento que tiene mucho de aproximación a la destreza literaria y un poco del aire propio de lo que en épocas que parecen remotas se denominaba «comedia de enredos» aunque no siempre detenida en la expresión teatral.
Alguien creerá que se trata de un divertissement adherido al auge de la globalización. De la persistencia y del horizonte aplazarse por la autora dependerá en mucho su caracterización dentro de su propia obra. O sea, en particular, sin dudas, habrá de venir.
(Isla Valle de Areguá, febrero de 2001)
Raúl Amaral
—[10]→ —11→
Tal vez en este libro de cuentos sea donde la escritora Lucía Scosceria esté más presente. No sólo porque se trata de vivencias de su infancia y adolescencia, sino también porque en la libertad con que han sido elegidos los temas, en las pausas del estilo que medita sobre la posición del que escribe, aparece el bosquejo inmediato, y quizás por eso más eficaz, de una teoría inédita y de una trasparente ternura, hasta cuando se refiere a la máquina.
Lucía Scosceria apunta a reflejar su propia identidad, su ayer que aparece con una frescura de cosa elemental y que requiere la insistencia de una permanente confrontación con ella misma, corrigiendo sus originales, buscando la semántica o tratando de lograr finales insólitos que en suma hacen a la esencia universal del cuento. ¿Hasta qué punto las vanguardias estéticas de este siglo habrían intentado exhibir lo impresentable, provocar ese efecto de vaciamiento del sentido que Kant llamara lo sublime? Quizá el lugar al que han llegado las artes contemporáneas (Lyotard analiza sobre todo la literatura y la música) sea el escenario imposible de ciertas modulaciones más terroríficas que placenteras. Éste precisamente no es el caso de Lucía Scosceria. Su prosa goza de una fresca sencillez, tal como preconizaba el inolvidable cuentista de la selva Horacio Quiroga, quien rogaba se escribiera con el mejor estilo para el común de la gente.
Es más fácil imitar a esta autora en el desliz y en el declive idiomático que en su imaginación creadora emparentada con un fino humorismo como en el cuento «Una lata de cerveza para Gabriel». Su visión sobre el pueblo en que vive (Encarnación) es como andar una antología, donde se suceden el amor, los changarines, las vías del viejo ferrocarril, y por qué no, la computadora, humanizada por las circunstancias del Hombre. Dentro de este mismo concepto existe una visión homogeneizada de cosas que parecen cuentos, pero que hacen a la historia de un pueblo que vive, que sueña y recrea su existir en la cotidiana pasión de encontrar su propio destino.
Esta tendencia de encontrar la paraguayidad, la esencia de su «perla del sur» hacen que Lucía vea lo suyo con el referente pueblo -político- ideológico de lo prehispánico, pero también de las etnias que siguen —12→ poblando la región.
Este libro es un verdadero esfuerzo de una escritora que reside en el interior y que trata de incorporar a su comarca y a su país, un nuevo libro, que es como un nuevo hijo en la prolífica producción de Lucía Scosceria. Los autores de la región se congratulan con este nuevo trabajo que sirve porque integra fronteras y se expande con el permanente mensaje de América Morena.
Pedro Abdón
Fernández
poeta, escritor, periodista del diario
El Territorio
Misiones (Argentina)
—13→
—[14]→ —15→
Mi corazón late como un gorrión enjaulado. Siempre es así cuando algo me asusta. Pero... ¿debo temer algo? Mientras me hago esta pregunta las palabras en la pantalla toman la forma que «Destello» quiere que ellas tengan.
-Mañana lo debo hacer de nuevo.
-¿Qué harás de nuevo? -contesto temiendo la respuesta, adivinándola.
-Eso.
Un estremecimiento involuntario me eriza los pelos de los brazos desnudos. Un frío sudor erupciona bruscamente sobre mi piel.
Sé a qué se refiere. Pero... ¿dirá la verdad? Detrás del monitor no siento timidez alguna, soy otra persona, sin inhibiciones, sin problemas. Muchas veces uso la mentira como un juego inocente para mantener curioso a mi interlocutor en Internet. Pero entre todos mis «amigos» cibernéticos, «Destello» es el que más me intriga. Ejerce sobre mí una atracción fascinante, hipnótica. Pero... ¿quiero realmente saber la verdad? No lo sé. Es curioso, pero nunca me pregunté si sería uno de mis «contactos» preferidos si hubiera sido diferente de lo que dice que es.
-¿Estas ahí, «Trueno»?
Pregunto cuándo lo hará.
-Mañana.
¿Cómo saber si miente? ¡Cuántas veces lo hice yo! Recuerdo cuando nos «conectamos» por primera vez y nos dimos nuestras señas particulares. Sus veinte años no eran problema (¿los tendría?). La respuesta a la clásica pregunta sobre sus actividades laborales fue la sorpresa. Las palabras «asesina profesional» fueron el gancho para que la colocara en mi archivo de personas interesantes.
Yo contesté con algunos datos, todos ficticios, desde luego. Le seguí la corriente. Le gusté. Nos comunicamos a menudo, contándonos cosas y sintiéndonos bien con nuestras charlas. «Destello» es el único amigo que me sigue interesando desde —16→ que tengo Internet. Los demás me aburrieron enseguida y les di el fin que doy a todas las cosas que llegan a ese estado. El olvido. Tiene «algo» que me llega. No puedo definir qué. Tal vez sean sus comentarios inteligentes, o sus palabras tiernas y su fino sentido del humor. A veces dice cosas cómicas, que me hacen reír. También hay temas sobre los cuales no quiere hablar, entonces no insisto.
-¿Otra vez acá?
La voz áspera de mi cónyuge me sobresalta. No quiero que lea lo que tengo escrito en la pantalla, rápidamente muevo el mouse y evito que lo haga.
-¿Qué quieres? -respondo, tratando de disfrazar el fastidio que me produce cuando entra en lo que considero mi «salón privado», el lugar donde está mi computadora.
Sin responder se retira con un portazo dándome a entender que odia lo que estoy haciendo. Lo sé y no me importa. Mi «adicción» como la llama mi consorte, está ocupando un lugar primordial en mi vida. Ya no lucha contra ella. Se ha limitado a hablarme de la comodidad de tener dormitorios separados, «puesto que tenemos intereses tan dispares». Consentí sin problemas, para que no sepa la hora en que me acuesto y así «navegar» a mis anchas. Tal vez en el fondo prefiera que tenga esta distracción con la que me encierro en mi estudio, en vez de salir de casa... como antes.
Cuando tengo la seguridad de que nadie está en la habitación, vuelvo a lo mío. Hoy «Destello» quiere contarme algo. Lo adivino por sus respuestas largas, dándome lugar a interrupciones para hacer preguntas aclaratorias.
¿Cómo olvidar lo que pasó tres meses atrás? Ella dijo que tenía un «contrato». Como siempre, le seguí la corriente nadando en mi escepticismo natural. Sólo que una semana después, en un periódico local, en un recuadro pequeño, leí una crónica policial. La autopsia hecha a un abogado que había muerto al accidentarse con su auto, reveló que tenía en la nuca una bala de —17→ nueve milímetros. Una noticia como tantas de las que se oye en la región. A mí me sacudieron cuatro cosas de esa lectura: la fecha del accidente, la profesión del difunto, la ubicación de la bala y sus medidas. Detalles que me había dado «Destello» días antes. A pesar de que sentí la adrenalina correr impetuosa por todo el cuerpo, quise disculparla. Coincidencias, me dije. Pero me causó una impresión tan grande que no me comuniqué varios días.
Cinco. Fueron todos los que pude aguantar sin ponerme en contacto. Sin nuestras conversaciones faltaba algo. Me sentía tan triste. La necesitaba. ¿Curiosidad? ¿Atracción? ¿Obsesión? ¡Qué sé yo! No le puse rótulo, pero me aferré a mi computadora esperando, rogando que ella estuviera ahí. Y estaba. ¡Qué alegría! ¡Qué euforia! ¡Y qué alivio! Todo era nuevamente bello, alegre, me sentía fuerte y con ganas de hacer de todo. Olvidé mis problemas conyugales. Como no sé cantar me puse a silbar una tonada que creí olvidada.
No quise hablar sobre lo que había leído en el diario. Tal vez más adelante lo hiciera. Y me sumergí en el placer de comunicarnos. Nuestros temas se volvieron algo personales, comencé a usar un poco más la sinceridad. Total, ella no sabía dónde vivía ni cómo era yo. La siento sincera, pero... ¿quién puede asegurarlo? Nadie.
Así hablamos por días, semanas, hasta hoy.
Vuelvo morbosamente al tema del asesinato. Pregunto cuánto le pagarán. Me dice una cantidad. Pregunto qué razones le dieron. No suelen darlas. Pero que en este caso (un clásico, según ella), el tipo sí dio explicaciones. Nunca le interesaron, desde luego. Quería matar a su mujer para estar con su amante, el divorcio lo arruinaría todo ya que perdería el dinero. Era todo de ella.
-Así que usarás tu frase ejecutora por última vez, ¿verdad?
Me sonaba algo folletinesco lo de: «¿Sabe cuándo es la hora de su muerte?», pregunta que precedía a la ejecución de sus víctimas, —18→ según «Destello».
Me respondió afirmativamente y me despedí. Hasta creo que le deseé suerte. (¿Cómo pude hacerlo?). Pero en el fondo no le creo nada. Y si es verdad... ¿Soy cómplice? Me obligo a no pensar más en ella y sin bañarme me arrojo a la cama vacía de la que me levanto sin haber conciliado el sueño. En la oficina la secretaria me sirve un café fuerte, como le había pedido para despabilarme. No lo consigo del todo. Cometo miles de errores en el trabajo. A las dos, me dirijo con premura al amplio estacionamiento donde se encuentra aparcado mi vehículo. Busco la llave para abrirlo. Un joven delgado me pregunta amablemente la hora, distraídamente le contesto. En vez de darme las gracias hace otra pregunta:
-¿Sabe cuándo es la hora de su muerte?
La sorpresa me impide hablar, reaccionar. Sé que palidecí bajo el maquillaje. En décimas de segundo supe que mis sospechas sobre las relaciones que mantiene mi marido con Miguela eran fundadas. Pero eso pasa ahora a segundo término. Quiero gritar que se detenga, que soy «Trueno», pero el estruendo que produce la pistola al dispararme me indica que «Destello» ha realizado con éxito su último trabajo...
—19→
—[20]→ —21→
Lucas pesa mucho y el bolso lleno de provistas que traigo del súper también. Llora cuando lo bajo para abrir la puerta del departamento. Marcos ha llegado. El olor del cigarrillo rubio que fuma me lo dice. Lo saludo y me responde con un gruñido. Va hacia su recinto «sagrado» como lo llamo yo, así que no lo molesto. Sé que no le gusta que le hablen cuando está encerrado en su cuarto de estudio. Él cree que no sé de sus «juegos» en la computadora. En realidad, no me interesan. Que tengan ellas sus palabras. Yo lo tengo a él en carne y hueso.
Preparo su receta preferida mientras Lucas se entretiene con sus juguetes. Pronto lo aburren. Esta tarde lo llevaré al parque para que respire algo de aire fresco. Debo apresurarme, ya son las once. Marcos volverá a salir a la una.
Imprimo el último trabajo y estoy libre, por lo menos por la mañana. Las once y media. Tengo tiempo de revisar mi correo antes del almuerzo. Hoy me escribieron muchos amigos, pero «ella» no lo hizo. Abro algunos mensajes. Los contesto enseguida. Mi mujer entra a la pieza subrepticiamente. La presiento antes de verla. Menos mal que estoy contestando el e-mail de un amigo, no necesito cerrarlo. Ella se coloca detrás de mí. Me hace un masaje suave en los hombros, mientras me dice que el almuerzo tardará sólo unos minutos. Sé que ella lee el texto en el monitor. Dejo que lo haga. Sin ningún apuro guardo el material antes de enviarlo.
La acompaño al comedor donde juego con Lucas. Ella prepara la mesa con una sonrisa misteriosa en los labios.
No pido a Marcos el dinero que voy a necesitar esta mañana para tener una excusa e ir a su oficina. ¿Que quién está en su oficina? —22→ Su nueva secretaria. Bueno, no tan nueva. Hace dos meses que la contrató. ¡Qué coincidencia! El tiempo exacto en que se volvió conmigo más frío que un témpano de hielo.
Pero lo que realmente me puso sobre aviso fue una conversación telefónica que oí «sin querer» entre mi marido y Franco. Hablaban con gran entusiasmo sobre «los grandes atributos» de la chica. Me imaginé de qué se trataba. Así que dejo a Lucas en el jardín de infantes y me doy una vuelta por su trabajo.
Es bonita, no hay dudas de ello. También es joven y parece inteligente. Cuando supo que era la esposa de Marcos su mirada se volvió diferente, como midiéndome. En la comparación se dio varios puntos de ventaja. Marcos no está y se ve en apuros para impedirme entrar a su despacho. Nos hablamos con cortesía, pero ambas sabemos que mentimos.
Noto que puede ser un enemigo peligroso al cual hay que eliminar cuanto antes.
Son las doce de la noche. Ella duerme. Con infinitas precauciones me levanto de la cama para no despertarla. Voy a mi estudio. Busco el mensaje que esperé desde ayer. Sí, al fin. Lo abro y me llevo la sorpresa de mi vida. «Ella» me dice que no vuelva a escribirle nunca más. No soporta la mentira, bueno, tal vez alguna pequeña, pero eso de «soltero» que resulta «casado» le pareció un sacrilegio. ¡Ah, y que no vuelva a comunicarme, porque ya cambió su correo electrónico! Pero... ¿quién pudo descubrirme? ¿Cómo leyeron mis correos? ¿Y cómo supieron mi contraseña?
Las seis «amigas» me dejaron mensajes con idénticos contenidos, con pequeñas variantes en lo que se refiere a algún insulto más fuerte o más grosero que otro.
¡En un solo día perdí a mis seis amistades preferidas! Me queda Margarita, la única que conozco personalmente y que sabe todo —23→ de mí. La llamo por teléfono. Me dice que ella también recibió el mensaje. No, no se enojó porque me conoce. Entre risas me cuenta que la carta que recibió le advertía «que era casado y padre ejemplar» y que no era «la única amiga informática». Como prueba daba una serie de correos electrónicos para que lo comprobase.
-¿Qué pasó? ¿Una amante despechada tuvo acceso a tu computadora?
Le juro y rejuro que no tengo amante alguna, que ella es la única (por lo menos que me quede una), y con la promesa que volveremos a comunicarnos, corto.
Me siento muy molesto por toda esta situación. En primer lugar, sentía un afecto especial por todas «mis amigas» a las que perdí de un sopetón, en segundo, que habían invadido mi privacidad. Leer mi correspondencia es un atentado a la intimidad. ¿Cómo lo hicieron? ¿Quién pudo hacerme esto? Debe ser alguien cercano. Y qué sabe de computación.
Mi mujer es un cero a la izquierda en informática, así que sólo me queda... Dafne.
Estoy seguro que es ella. Tiene acceso a mi computadora, ya que le dicto algún que otro mensaje en la oficina y quedamos a «platicar» a menudo. Sé que es muy celosa. Últimamente comenzó a hablar de lo lindo que sería vivir juntos.
Así que tomo esta importante decisión: cambiar mi contraseña para entrar en mis correos y, por supuesto, cambiar también la secretaria.
Marcos está muy cariñoso hoy. ¡Hace tiempo no está así conmigo! ¡Si hasta se ofrece para acostar a Lucas mientras me doy un baño!
Sus ojos me miran nuevamente con ese brillo que tenía cuando éramos tan unidos y que extraño tanto últimamente.
—24→Elige una música suave y me invita a bailar. Mi cuerpo recuerda todavía cómo estremecerse de placer cuando me besa. Como quien no quiere le pregunto si ha despedido a la secretaria. Me responde que ahora eso no tiene importancia, que tenemos cosas más importantes que hacer. Tiene razón. Yo tampoco le digo que en estos meses me volví una experta en computación y que sólo un tonto pondría la fecha de nacimiento como contraseña para abrirla. En vez de eso, respondo a sus besos, cuidándome mucho de no reír a carcajadas.
—25→
—26→
Miro de reojo hacia la puerta entreabierta que da al corredor.
Con sigilo vuelvo a sentarme frente a la computadora. En menos de cinco minutos me estoy comunicando con Héctor. ¡Quién hubiera pensado que la austera jefa de personal tendría un amigo, que poco a poco estaba pasando al plano de pretendiente, por Internet! Éste es mi secreto, que lo tengo bien guardado.
El problema es que yo temo el encuentro, físico, se entiende. Me siento cómoda con el anonimato que me proporciona la pantalla, me hace desinhibida y natural. Lo comprendo. Sé todo lo que le gusta y lo que le disgusta. En qué trabaja, su vida pasada, que no se recuperó nunca de su viudez y sus sueños actuales. Mantenemos una relación totalmente platónica. Nos compenetramos totalmente. Acordamos no hablar de nuestras señas particulares ni mandarnos fotografías. Nos gustan los mismos poetas; nuestro preferido: Gustavo Adolfo Bécquer, la música romántica, caminar por la orilla del mar, conversar sobre literatura, leemos los poemas que escribimos en nuestros ratos libres y pasear al anochecer. Nuestras edades son casi iguales. Y somos libres. Él viudo, sin hijos, yo divorciada, sin hijos. Me enternecí con el relato de su matrimonio breve, truncado por la enfermedad y muerte de su querida esposa.
Ahora Héctor viene de su Corrientes natal a Buenos Aires y exige encontrarse conmigo.
Pero: ¿Y si me considera gorda? ¿Y si le parezco vieja? ¿Y si le desilusiono? Todas estas preguntas me aterrorizan porque me siento locamente enamorada de él, de la persona que hace más de tres meses me devolvió la alegría de vivir.
Silenciosamente se me escapa un suspiro de la garganta. Las letras saltarinas de la pantalla me dan el saludo de Héctor en su sitio habitual. Me dispongo a contestar.
-Sí, el domingo. En la confitería «El paraíso», a las cinco de la tarde. Yo también estoy impaciente por encontrarnos. (Las letras no revelan que estoy mintiendo). Llevaré un vestido blanco. Tendrás puesta una camisa blanca, llevarás un ramo de rosas rojas en la mano.
No puedo dormir. Me doy vueltas en la cama sin poder conciliar —27→ el sueño. Estos tres días previos al domingo me dejan con profundas ojeras. Mi idea no me parece tan brillante. Lourdes me va a ayudar.
Entro en la confitería con cierta aprensión. Busco la mesa más alejada de la puerta. Se encuentra poco iluminada. Me siento en la confortable silla como si fuera a desmayarme. Guardo en mi cartera el libro Rimas. Pido una gaseosa. Trato de tranquilizarme. Total, es imposible que me reconozca. Estoy vestida con una blusa rosa y una falda negra. Faltan diez minutos. Mis ojos no se apartan de la puerta. Entra y sale gente.
Se me corta la respiración. Un hombre de camisa blanca y un ramo de rosas rojas entra al lugar. ¡Es él! Es algo obeso, pero tiene una sonrisa a flor de labios. No es tan alto como me había dicho, pero todos podemos equivocarnos al describirnos. Lo veo mirar hacia todos lados, parece desconcertado. Su sonrisa se amplía mucho más al dirigirse al centro del local. La mujer de vestido blanco le sonríe. Él le entrega las flores. Se dan un apretón de manos y dos besos castos. Encontrados sentimientos me dejan confusa. Mis manos están heladas y mi rostro ardiente. ¿Qué se estarán diciendo? ¿Se sentirán bien juntos? ¡Soy yo la que debería estar en ese lugar! ¿Nunca superaré mi desconfianza hacia los hombres? ¡Diez años pasaron! Pero mi mente me muestra como una película en cámara lenta la cara asombrada de mi ex marido en la cama con otra. Como si fuera ayer. Lo perdoné, pero la desconfianza me tomó como amante. Nunca pudo abandonarme.
¡Pero me siento tan sola! Tal vez Héctor no sea igual, tal vez...
El local se llena poco a poco de gente. Paradójicamente me siento cada vez más sola.
Una carcajada se eleva de la mesa donde están Héctor y la mujer de blanco. Siento vértigos. Cierro los ojos unos instantes, pues las náuseas no me abandonan. Poco a poco me siento mejor. Las lágrimas me corren por las mejillas arrastrando a su paso el maquillaje que con esmero me puse por la tarde. ¡Estoy arrepentida de haber enviado a Lourdes en mi lugar! Héctor no podrá perdonarme nunca. Se nota que la están pasando de maravilla juntos. Una nueva carcajada me hizo abrir los ojos anegados —28→ en llanto.
Un desconocido dice algo sobre que no hay sillas en el lugar. Si le puedo dejar compartir la mesa. Que espera a alguien y no sé qué cosas más. Mi primer impulso es salir corriendo del salón. Poco a poco me calmo. El hombre cortésmente me entrega un pañuelo. Lo tomo con cierta vergüenza. No sé qué le digo, que perdí algo muy valioso, que soy cobarde, que nunca rehúya una obligación, que hoy había aprendido una lección y no sé cuántas cosas más. Sus ojos miran detrás de dos cristales transparentes, los que no impiden que vea en ellos cierta simpatía, no sé cómo estamos tomando café y le estoy contando todo sobre mi vida, mientras veo que Héctor y Lourdes están hablando muy animadamente sin dejar de reír.
El hombre dice que no me culpe por lo que hoy hice. Todos nos equivocamos, sin ir más lejos, él también había cometido muchos errores, que eran parte del aprendizaje del largo camino que se llama vida, donde nos caemos muchas veces, pero lo importante es levantarnos y volver a caminar. Creo que tomamos más de cuatro cafés, este hombre tiene la virtud de hacerme hablar hasta por los codos. Pienso si no será psicoanalista. De reojo veo que Héctor y Lourdes se levantan de la mesa. Él, caballerosamente, le retira la silla. Tomados del brazo toman rumbo hacia la calle. Curiosamente no me siento herida. Se lo debo todo al desconocido. Él mira el reloj. Me pregunta si quiero caminar por la plaza que se ve frente a la confitería y agrega:
-Antes de que muera la tarde.
Una leve inquietud se acrecienta en mi pecho al escuchar esa frase:
-No estás tan sola como crees, sabes. Lourdes es una buena chica y creo que se llevará bien con mi amigo...
¿Qué quiere decir? ¿Cómo sabe de Lourdes? Lee el interrogante en mis ojos. Sin decir palabra va me pone en la palma de la mano un pequeño libro. Las Rimas de Bécquer. Comprendo todo. Yo, no digo nada. Le doy la rosa roja que tengo casi mustia dentro de mi cartera y frente a las miradas azoradas de todos nos damos un gran beso.
—29→
—[30]→ —31→
Vittorio sale silbando de la casa. Con pasos ágiles alcanza la calle. La noche es oscura. Los faros de un auto iluminan el camino. Apenas tiene tiempo de apartarse para no ser atropellado. Pero se equivoca. Rebota dos veces sobre el capot y sale despedido con fuerza hacia la pared que queda manchada emulando una pintura surrealista. Cae al suelo. La mirada llena de odio del conductor se fija en él por unos instantes. No muchos. Con un chillido ensordecedor de los neumáticos, el auto se pone en movimiento y se pierde en la próxima esquina. La muerte no puede borrar el gesto de sorpresa que permanece con absurda insistencia en los ojos abiertos de Vittorio.
Siento sus ojos, mientras ejecuto la pieza. Me producen un efecto tan fuerte, que pierdo una nota, ante la mirada sorprendida del profesor Giovanni. Desvío la vista para no desconcentrarme y sigo con el Ave María. El violín llora entre mis dedos como si fuera una prolongación de mi cuerpo. Un aplauso cerrado premia mi actuación. Los condiscípulos me hablan todos a la vez, Giovanni me recrimina por la nota que perdí y Cecilia desaparece entre las personas que vienen a felicitarme.
La conocí hace dos meses, cuando ingresó al conservatorio. Tenía bonita voz de contralto. Me gustó, como le gustó a todo el elemento masculino de la Academia. Pero ella parecía no fijarse en nadie. La llamamos la «Inaccesible» porque no aceptaba ninguna invitación, ni de los chicos ni de las chicas.
Pronto se comenzaron a tejer historias sobre ella. «Era una millonaria de incógnito», o «Una pobretona que se avergüenza de su familia» fueron algunas de las hipótesis que se barajaron.
Nos intrigó tanto el caso que formamos una «comisión» encargada de conocer su identidad.
—32→El grupo deliberó en un bar cerca de la Fontana. Después de varios vinos pagados por todos en justo prorrateo, se tomó la decisión. El mejor dotado físicamente debía conquistarla. Inmediatamente todos los ojos se fijaron en mí como si yo fuera el mejor candidato. Me negué rotundamente, por varios motivos, el principal, que no quería tener líos con Gina, mi actual pareja, unas años mayor que yo, celosísima y de muy mal genio. ¡Claro que sabía resarcirme de todo cuando estábamos a solas! Llevábamos juntos casi un año. Me había acostumbrado a ella. Además, contribuía con los gastos de la renta, la luz y el agua. Gracias a eso, podía pagar la elevada cuota de una academia tan renombrada como lo era la «Arte e Música» a la que asistía. ¡No podía arriesgar todo eso por una pavada!
Todos dicen que soy un tipo bien parecido, pero yo no lo creo así. Las mujeres se me dan fácil, según ellas, porque les cautiva la mirada profunda de mis ojos. En realidad, no veo qué tienen de raro, son de color marrón como los de la gran mayoría de los romanos. Otras (muchas, la verdad) dicen que sienten curiosidad por sentir mis manos largas y finas sobre su cuerpo, con la misma delicadeza con que tomo el violín. Gina dice que le gustan de mí muchas cosas, que mi modestia me impide nombrar. A pesar de mis protestas, fui el elegido. No pude negarme, puesto que la votación me señaló por mayoría absoluta como «el ganador». Hasta Inés, que está muerta por mí, dio su voto. Y bueno, tuve que aceptar.
Todos estábamos con varias copas de más, cuando nos despedimos hasta el día siguiente.
A la tarde, cuando pensé que todos se habrían olvidado del tema, me recordaron mi «compromiso».
Dos años de compañerismo y farras se jugaban. Si no cumplía con lo pactado, sería mi muerte civil en el grupo.
Cecilia no miraba ni hablaba a nadie en la Academia. Los días miércoles pasaba de la sala de canto a la de piano justo en la hora de mi receso. No había urdido ningún plan. Y no se me ocurrió —33→ otra cosa que sentarme frente a ella y mirarla intensamente para abordarla. Ella ejecutaba los ejercicios sin mirarme, hasta que comenzó a errar con las teclas. A los cinco minutos reaccionó de una forma totalmente inesperada. Se levantó, cerró el piano y me dejó mirando el taburete vacío.
Me sentí como un tonto. Ya en el bar, comenzaron las chacotas. Que esa estrategia era démodé, que vaya al ataque en forma «frontal» y otras cosas más...
Al día siguiente no vi a Cecilia. No nos coincidían las horas de estudio, pero el viernes, aproveché mi hora libre. Con falta de creatividad, me senté nuevamente frente a ella y le clavé los ojos sin inmutarme. Ella aguantó unos minutos, hasta que explotó. «Si no tenía nada que hacer que lo hiciera otro lado, que no me daba cuenta que molestaba y que hablaría con el profesor si seguía acosándola».
Cuando más se indignaba, más bonita se veía. Descubrí con sorpresa, que me gustaba mucho.
En silencio me retiré del lugar, algo amoscado. Me evaporé antes de la salida para no soportar las bromas de todos.
Esa noche ocurrió por primera vez. ¡Lo juro! Tanto pensar en Cecilia, que Gina se convirtió en una molestia. Se sintió muy ofendida. Me envió enfadada a dormir al sofá. No cesaba de repetir «tu juventud no te sirve de nada» y «seguro hay otra mujer».
Realmente me intrigaba Cecilia. Ella se negó a hablar conmigo cuando probé otras tácticas que no vienen al caso narrar ahora. Comenzó a obsesionarme: no me la podía sacar de la cabeza ni un momento del día. Me despertaba y pensaba en ella, Gina me hablaba de una cosa y yo le contestaba con otra totalmente diferente. Últimamente me fastidiaba todo de ella: sus chistes subidos de tono y hasta su fogosidad, que tanto me había gustado al comienzo de nuestra relación. La estaba eludiendo todo lo que podía, pues de «placer había pasado a deber». Eso le quita —34→ el encanto a cualquier cosa. Pero eso no era todo. Comencé a evitar ciertas «escapadas» con Alicia, la pianista del tercer curso después de haber tenido la malísima idea de llamarme por teléfono a casa. Y estaba Inés, que dejó en algún lugar su timidez y pasó definitivamente a la acción. Me acorraló. Acabé haciendo todo lo que ella quería. Aclaro que no fue ningún «sacrificio», al contrario. Pero en estos días no estoy a la altura de las necesidades de mis «amigas». Y claro. Ya descubrí a la culpable: Cecilia.
Nadie la conocía, ni sabía dónde vivía. Debía tener dinero, si podía estudiar en la Academia. Creo que el más pobre era yo, que si no tuviera dos empleos no podría estar allí...
La situación duró más de un mes.
Volví alterado a casa porque me había impresionado el accidente que había tenido Alicia al cruzar una avenida. Tuve una terrible discusión con Gina, me fui dando un portazo. Salí a caminar para ver si me aplacaba. Lo hice lentamente, sin rumbo fijo. Media hora más tarde me encontré en la boca del metro. ¡Cuántos años que no entraba a uno! Más de cinco. Siguiendo un impulso bajé los escalones, saqué un ticket de la máquina. Subí sin saber adónde iba. Había mucha gente yendo a sus hogares. Eran las diez de la noche y en cada estación, subían y bajaban los pasajeros. Cuando faltaban dos para llegar a la última parada, entró al vagón una extraña pareja. Él tenía un bandoneón y prestamente ejecutó Venecia sin ti. La mujer comenzó a cantar al instante. ¡Casi me mata la sorpresa! A pesar de no verle el rostro, reconocí la voz de Cecilia. ¿Mi Cecilia? Unos minutos después, recogió monedas en un cacharro que presentaba a cada uno de los pasajeros. Algunos entusiastas seguían aplaudiéndola. Palideció cuando me vio. Sus ojos azules tomaron dimensiones extraordinarias, respiró boqueando como si le faltara el aire y como un autómata, retrocedió sin dejar de mirarme a los ojos, hasta diría con cierta desesperación. El brillo de unas lágrimas fulguró brevemente en sus mejillas. Fue hacia el hombre que tenía —35→ el bandoneón. Fila dijo algo, él abruptamente dejó de tocarlo, me miró con desagrado y apenas abierta la puerta se perdieron en la noche.
Caminé tras ellos con prisa, pero ya sea por la cantidad de gente o porque quisieron esconderse, no pude encontrarlos.
Volví a casa. Me acosté en el sofá de la sala, sin poder dormir debido al descubrimiento que había hecho. ¿Quién sería el hombre que estaba con Cecilia? ¿Su marido? ¿Su amante? Sólo de pensar en ello sentí unos celos terribles, que sabía eran sin fundamento, ella no era nada mío, ni siquiera amiga mía. ¿Sería la primera vez que cantaba en el metro para reunir dinero? ¿O era un «trabajo» habitual? ¡Y la mirada llena de terror que leí en sus ojos! Era lógico que no quería que nadie se enterase de lo que había visto. ¿Pensaría que divulgaría su secreto? Me sorprendí advirtiendo que jamás lo haría. ¿Por qué? ¡Qué sé yo! Pero la curiosidad me dejó insomne hasta la madrugada. Cuando al fin el sueño se apiadó de mí, Gina vino a pedirme, perdón, que no podía estar sin mí, que la cama vacía era inmensa, que me necesitaba y no sé qué otras cosas más. Pensé que no debía fallarle otra vez. Salí airoso pensando en los grandes ojos de Cecilia.
Decido hablar claramente con Cecilia. Pero no quiero que nadie de la Academia se entere. Ya no me interesa el estúpido pacto que sellamos con la barra de amigos, sólo quiero decirle que la amo.
Pero ella no aparece. Como tampoco apareció el viernes. Y las semanas siguientes. Las bromas continuaron hasta que un mes después, ingresó al primer curso de piano una beldad extravagante de hermoso cuerpo que acaparó la atención de todos. Y se olvidaron de Cecilia. Pero yo no.
Comencé a buscarla en el metro. Pero no volví a encontrarla. Ni al músico que la acompañaba.
—36→Una noche, hice el mismo itinerario que había seguido cuando la vi por última vez. Me bajé en la terminal sin saber qué rumbo tomar.
La primavera estaba en el aire. Respiré profundamente, sintiéndome libre. Me adentré en unas calles transversales hasta llegar a una plazoleta pobremente iluminada. Me senté fatigado en un banco de piedra. Quedé en silencio mirando las estrellas.
Varios autos se estacionaron a lo largo de la calle. De ellos bajaron gente que se dirigía a un restaurant. Yo oía con indiferencia las voces, las risas y la música que me traía la brisa que murmuraba entre las hojas de los árboles oscuros.
Una hora después decidí volver a casa. Caminé con lentitud y quedé petrificado en la vereda. La voz de Cecilia me impactó produciéndome una sensación semejante a una descarga eléctrica. Venía del restaurant que se veía unos metros. Una energía inusitada movía mis piernas que en cuestión de minutos me llevaron ahí. Era un edificio antiguo, amplio. Se llamaban «Il frutto proibito» según el cartel de su fachada.
Su voz y los lamentos del bandoneón hechizaban al público, fascinado con la actuación del dúo. Me senté en un lugar alejado del escenario, cerca de la puerta. Tomé un cappuccino. Aplaudí, como todos los demás, cuando terminaron su actuación.
Se retiraron detrás de una puerta transversal. Pregunté al mozo el nombre de la cantante. No, no sabía. Pero un comensal sentado a mi derecha se metió en la conversación. Dijo que la chica se llamaba Cecilia. No, no sabía si era la esposa del músico, tampoco dónde vivía, pero ahí estaba ella si quería preguntarle.
Ella venía con el hombre y sin medir consecuencias, la detuve.
Se sorprendió al verme. Palideció. Me miró por unos instantes que me parecieron siglos. Hasta creí advertir cierto interés en mí. Dijo algunas palabras al tipo del bandoneón. Éste me miró a los ojos con mirada triste, pero no dijo nada.
Yo la tomé de la mano. Me dirigí hacia la puerta. Dócilmente —37→ me siguió.
El aire fresco de la noche nos envolvió. Ella miró con temor a ambos lados de la calle. Me pidió que la llevara a algún lugar donde nadie pueda vernos. ¡Esas palabras me alegraron el corazón!
Tembló como una paloma asustada cuando entramos a la pieza pequeña del hotel. Nos miramos en silencio. Casi no hablamos. Dejamos que lo hicieran nuestros sentidos, por horas. Cuando quise volver a empezar, ella dijo que debía volver. La razón regresó a mi mente. Los interrogantes surgieron unos detrás de otros. No, no podía volver a la Academia de música porque estaba yo ahí. No, no es porque la vi cantando en el metro, sino porque mi vida corría peligro. ¿Mi vida? ¿De qué hablaba? Musitó algo de un ex marido psicótico, que juró que mataría al hombre que se le acercará. No, ya se divorció. Su locura fue la causa por la que el matrimonio durara sólo un año. Pero le advirtió que no sería de nadie. Y sabía que no hablaba en vano. El primer pretendiente que tuvo, Vittorio, apareció muerto en la puerta de su casa. Todos creyeron que fue un accidente. Pero ella sabía que era él. Por eso no tenía amigos ni hablaba con nadie, para no ponerlos en peligro. Dijo también que se sintió atraída por mis ojos (¡otra vez!) y no pudo evitar enamorarse de mí. Lo comprobó cuando me vio en el metro. Supo que la buscaba, no sabía cómo, pero lo supo. Y decidió desaparecer para salvarme. Ahora, si él llega a saber que estuvimos juntos, seré hombre muerto.
Me pareció tan fantástica su historia que en vez de asustarme me sentí más excitado. La convencí para amarnos una vez más.
Una claridad lechosa anunció el amanecer. La calle estaba desierta. Caminamos de la mano siguiendo el sendero que nos llevaría a su casa. Musitó algo sobre que su padre estaría preocupado cuando un estampido retumbó en la silenciosa mañana. El chillido de Cecilia se confundió con el segundo disparo que se —38→ perdió en el eco del primero. Los neumáticos del auto que arrancó con violencia protestaron.
Cecilia siguió gritando mientras miraba con incredulidad la sangre que brotaba de mi camisa blanca.
Creí volar. Un relámpago plateado se encendía en mi mente. Cecilia estaba pendiente de mi mirada. Me sujetaba con cariño la mano.
La ira le impidió respirar. No podía soportar que él no estuviera con ella. Sí. Prefería verlo muerto. Como a Vittorio, que no creyó en sus amenazas. Murió con la sorpresa en los ojos, cuando se le escapó la última gota de sangre por la boca, esa boca traicionera que había besado a otra mujer minutos antes.
Creyó que con la muerte de Alicia acabaría todo. Pero no fue así. Él tenía otra. Y eso no lo podía soportar. No, no. Sólo tendría que terminar lo que no pudo, días atrás. Sabía que extrañaría la música perfecta que sabía arrancar de su violín.
Si no era suyo, mejor muerto.
Gina entró en la blanca pieza del hospital. Sostuvo firmemente el revólver que sacó de su cartera y apuntó con decisión.
—39→
—[40]→ —41→
Supe que Adriana estaba locamente enamorada de Sergio. Eso me puso muy contenta. Él es un buen candidato. Es mi única hija y debo asegurarle el futuro. No es que sea interesada, como dice mi comadre Betty. ¡Claro que no! No me molesta que tenga dos o tres estancias llenas de animales en el campo, unas tres casas en la capital y dos negocios sobre la calle Palma. Lo importante es que ella dice quererle. Pero... ¿la quiere él? Hace dos años que viene a la casa como novio, pero nunca se decide. Y eso que mi Adriana es una mujer hermosa, qué digo hermosa, ¡hermosísima! Tiene rasgos muy bellos, cejas negrísimas que realzan de una manera extraordinaria sus ojos color turquesa, nariz recta pequeña, labios carnosos y cutis de terciopelo. Cuerpo de medidas perfectas. ¡Y su formación moral! Es un alma sensible. Sufre por todas las injusticias del mundo. Su único defecto, si puede llamarse así, es su timidez. Ya cumplió dieciocho años el mes pasado. Sé que sigue jugando con las muñecas que tiene guardadas en el placard. La descubrí muchas veces hablando con ellas.
¿Habré hecho mal en enviarla al colegio de monjas en la secundaria? La verdad es que las chicas de hoy se portan de manera diferente. ¡Bueno! No es que me queje, ¡al contrario! Sin ir más lejos, la hija de la vecina, va a la discoteca todos los sábados a las dos de la mañana. Viene después de salir el sol. ¡Y tiene dos años menos que Adriana! ¡Gracias a Dios que ella no la acompaña! No es mérito mío, debo admitirlo. Dice que no le gustan las relaciones de «una noche» que tienen sus amigas. Se queda a leer esas novelitas rosas de Corín Tellado en las que la heroína es más pura que la Virgen María. Un beso puede dar origen a cataclismos y borrascas terribles.
Ella me aseguró con orgullo que era virgen. La razón: ¡porque no estaba casada!
Pero ayer Adrianita me contó con los ojos llorosos e inflamados que habían visto a Sergio con una hermosa mujer. Se había dado cuenta de lo mucho que lo amaba. Y si él no se casaba con —42→ ella, se haría... monja. ¡Monja! ¿Mi única hija? ¡Sobre mi cadáver!
Logré calmarla, después de asegurarle que estaba equivocada. Sabía que él la amaba. Estaba segura que se casaría con ella.
Así que me convertí en detective privado por unos días. Mientras Adrianita iba a la oficina, yo comencé a seguir a mi futuro yerno porque de serlo, ¡lo sería!
No tuve que esperar mucho para orientar mis pesquisas.
Esa noche oí por el teléfono que tenemos en el dormitorio la conversación que estaba teniendo en la sala con Adriana. Después de todas las lindezas que se dicen los enamorados, Sergio avisó que no vendría para llevarla al cine, «porque el capataz avisó que una de las yeguas árabes pariría esa noche y debería ir a Paraguarí». Si era una mentira, estaba bien elaborada porque efectivamente tienen una estancia en ese lugar, donde crían caballos. Ella lo despidió muy mimosa. Quedaron en verse al día siguiente.
Pensé que podría ser una excusa para verse con otra mujer. Yo lo averiguaría. Dije a Adriana que iría a casa de Betty. Fui directamente a apostarme frente a la casa de Sergio. Bueno, no tan enfrente. Vi en las películas policiales que se debe hacerlo en forma disimulada.
Llegó la noche. Me saqué el lente de sol. Me lo había puesto para no ser reconocida. Además, ya no veía nada con él. Opté por un sombrero de pana negra. Ocultaba bastante mis facciones. El pantalón que usaba en vez de mi clásica pollera era del año pasado. Me avisó varias veces que había engordado cinco quilos. Me estaba matando. Pero mis pensamientos se detuvieron al instante cuando el gran portón de hierro se abrió electrónicamente. Sergio. Iba al volante de una camioneta lujosa.
Y comencé mi misión de Sherlock Holmes. Entré con rapidez al auto, con tanta mala suerte que se reventó el pantalón. Ahogué una maldición mientras la tela áspera del tapizado me hacía cosquillas en las piernas. Esperé prudentemente unos minutos —43→ (¡casi lo pierdo por mi cautela!) Y fui tras él. Tomó un camino secundario. Se dirigió hacia la ruta que va al interior. Sólo pude seguirlo unos kilómetros. Mi «escarabajo» apenas llega a ochenta kilómetros por hora.
Pero tuve una idea. Si realmente iba a la estancia, sólo debía llamar por teléfono y lo sabría. Esperé prudentemente en un pueblito sobre la ruta.
Me bajé en un parador que ostentaba pomposamente el nombre de «Quiosco cinco estrellas». Pedí una gaseosa. Me dirigí a la mesa más oscura y alejada de la puerta. Busqué mi libretita de direcciones. Marqué el número. Sergio preguntó quién hablaba. Me corté en el acto: no podía darle mi nombre. Sin darme cuenta pronuncié «Adriana». Dijo que una falsa alarma, que pasarían todavía unas horas para parir «Maravilla», que quedaría a controlar todo, y qué casualidad, justo iba a llamarme, o sea, a Adriana. También dijo que nunca se había dado cuenta que mi voz era muy ronca y sensual. Hizo una pausa. Con un tono mimoso preguntó:
-¿Para cuándo?... ¿Cuánto tiempo más deberé esperar?
Como no sabía a qué se refería me tiré a lo que me imaginé y ¡bingo! Acerté. Di las razones que siempre se dan; que sólo sería suya cuando fuera su esposa porque mi formación religiosa y que esto y que lo otro. Dijo que tenía pensado casarse, pero no sabía todavía cuándo.
Entonces se me ocurrió una idea, fue como un relámpago y la llevé a la práctica, sin pensar en las consecuencias. Le dije que mientras no se decidiese, podríamos hablar de «eso» por teléfono porque era peligroso y «podíamos quemarnos» si lo hablábamos a solas. Pero había ciertas condiciones, desde luego. Las enumeré: serían dos veces a la semana, lunes y viernes, de ocho a nueve. Prohibido hablar personalmente de ello a solas porque de lo contrario se acabaría todo. Y las aceptó todas riendo.
No esperaba oír las cosas que oyó. Bueno, tengo cierta experiencia con ese tipo de «conversaciones». Comencé a hablar con —44→ un repertorio muy tórrido.
¡Quedó loco! ¡Le encantaba mi voz ronca y sensual! A medida que hablaba se puso muy erótico, me preguntaba cosas y yo contestaba exagerando todo.
Comprendí que se me había ido la mano, por no decir las palabras y me despedí hasta el viernes, no sin antes recordarle las condiciones para seguir platicando por teléfono de «esa manera». Con un jadeo seguido de un largo suspiro me contestó que sí.
Sergio llegó a las ocho en punto. Habló con Adriana. A la media hora se acercaron a la biblioteca, donde me encontraba leyendo un libro. Antes de que dijeran una palabra presentí de qué se trataba. Efectivamente, Sergio pidió formalmente la mano de Adriana. Lógicamente no puse reparos.
Un mes después se casaron.
Mi nieto Sergio juega a mi lado mientras mi hija habla por teléfono con su marido. Me dice que quiere saludarme. Le digo que lo haga por mí. No es por nada, pero con mi resfrío, hoy tengo la voz excesivamente ronca.
—45→
—[46]→ —47→
Hoy me ascenderán. Al fin saldré de la zona donde sólo cavo trincheras. Me asignaron la guardia permanente de un prisionero de grueso calibre. Un general. Personalmente, «El chico», nuestro jefe, me lo comunica. Es el mejor regalo de cumpleaños que me podía hacer, sin saberlo, claro. En la selva, nadie sabe que ayer cumplí diecinueve años. A excepción de Nina.
En la zona oscura se ve mucho movimiento. Se oye el zumbido de las balas. Sé que no debo preguntar nada. Las órdenes para mí ya están dadas. ¡Y me siento muy honrado de cumplirlas! Es más, estoy esperando que aparezca ese sucio capitalista, desalmado rico que no le importa la pobreza de nuestra gente con tal de ganar dinero. ¡Sí, jefe «Chico»! No podría elegir mejor guardián. Ese hombre saldrá de aquí sólo para el paredón.
Ramírez, mi secretario, trae a un hombre obeso al despacho. Sé que tiene alguna noticia sobre la guerrilla. Si pudiéramos atrapar a «El chico» desbarataríamos por un tiempo a una jauría de perros sedientos de sangre. Con el pretexto de buscar la libertad mataban y asaltaban sin compasión. Lo hago esperar. Lo observo por una ranura realizada en la pared. Son las tres de la tarde. El calor se siente en todos los poros del cuerpo. El ventilador de techo gira lentamente, meciendo el aire tórrido atrapado entre las paredes de mi austero despacho. El gordo «grasa sucia» saca un pañuelo del bolsillo trasero de su pantalón. Se enjuga el sudor de la frente, que cual catarata busca una caída libre hacia su rostro, siendo detenido en su intento por dos pobladas cejas que casi se unen sobre sus ojos pequeños, que me recuerdan a una rata. Se sienta en el extremo de la silla que le pasó sin mucha ceremonia Ramírez. Bajo las axilas se ven oscuras manchas. Delatan el calor que está soportando. Entro por la puerta del fondo.
El gordo pega un salto. Me saluda con excesiva cortesía. Sus ojos huidizos no pueden detenerse en mi mirada. Los posa en mi camisa, en mis labios, en mis manos, en las suyas, en cualquier parte, y habla, habla y habla. Recibe la paga prometida y la promesa de que nadie dirá una sola palabra de las muchas que pronunció.
Llamo a los hombres de mayor confianza. Planeamos todo. El recuerdo —48→ de mi sobrina descuartizada por el coche bomba me impulsa a unirme al grupo. Quiero estar presente cuando capturemos a ese asesino.
Los camaradas tuvieron mucho trabajo hoy. Enterraron a muchos hombres. También al «soplón» «grasa sucia» porque mi jefe se enteró que cobraba en arribos bandos y no quiso contribuir para la «causa». Augusto comentó que tuvo que hacer un hoyo mucho más ancho para que cupiera el gordo.
El sol se oculta lentamente detrás de la montaña. Una franja de luz se resiste a partir entre dos picos más altos. Los loros callan. Buscan sus árboles para pasar la noche. Con ella arribará también el prisionero que pasará en la «choza» sus últimos días.
Cuando llegamos al lugar indicado por el gordo, una intuición negativa me hizo latir el corazón más aceleradamente. El silencio era tan exagerado que debía ser anormal. Y lo era. Cuando me di cuenta, mis hombres yacían muertos alrededor. No tengo mucho tiempo para pensar. Un dolor lacerante me lleva a un pozo que gira, gira sin cesar.
Un grupo de soldados viene hacia la «choza». Augusto trae a alguien que parece herido. Es un hombre de edad indefinida. La cabeza sobre el pecho y la camisa verde manchada de sangre. Me pide la llave y abre la puerta. Lo descarga en el jergón sin miramiento alguno. Sale silbando una cumbia que está muy de moda en estos días.
Sólo hay oscuridad. ¿Será esto el cielo? ¿Un lugar oscuro donde sólo se oyen chicharras y algún que otro aullido de mono? El dolor intenso que siento en el brazo me saca de mis reflexiones prontamente. En todo caso será el infierno, pienso. No hay luz, pero por algunos intersticios de la pared se insinúa una débil claridad que pinta de gris oscuro a la penumbra. ¿Dónde estoy? Bastaron unos —49→ segundos para que mi mente recordara los últimos momentos de la tarde. No habíamos capturado a «El chico». Él nos había atrapado a todos. Con horror recuerdo que los demás, éramos diez, habían caído frente a mí, muertos. No tengo miedo de morir, pero lamento que no pude detener al que llevaba la muerte a mi pueblo. Y también la pérdida de mis hombres, que dejaron una familia. Como yo. ¡Familia! Juan, mi hijo mayor, se haría cargo. Pero... ¿quién borraría las lágrimas de los ojos de Clara, mi compañera de tantos años y de las niñas? Era una tarea harto dura, que sería difícil realizar.
Los quejidos dentro de la «choza» son más audibles. ¡Es el infame capitalista! ¿Cuánto tiempo lo tendrán aquí? Me molesta que esté herido. Aunque no debe saber nadie lo que siento. Lo considerarían una debilidad. No puedo negar que me cuesta odiar a un herido.
Tengo mucha sed. Oigo una voz lejana que clama pidiendo agua. ¡Otro sediento! ¿Dónde estará? La puerta se abre con un chirrido. Atrevidamente se mete una luna despintada en la celda.
-¿Qué quiere?
La voz juvenil con marcado autoritarismo apaga la palabra que mis labios habían estado implorando, sin darme cuenta.
-Agua -repite.
El joven vacila. Me acerca a los labios una lata, es una cantimplora. Bebo hasta que me la saca. Me ordena que me acueste y duerma.
¡No estoy muerto! El dolor terrible de mi brazo me lo dice. También la bendición del líquido corriendo por mi garganta seca.
¡No sé qué me pasó! Mi deber es impedir que este hombre se escape antes de ser ajusticiado, como dijo «Chico», no de hacerle de enfermero. Pero... ¿quién se enterará? Nadie. Además, sólo estará una o dos noches, lo que tardará «Chico» en volver del pueblo de Zalúa. Después, tendré otra misión.
Nina me trae el desayuno. Dice que me extrañó por la noche. Me —50→ niego a que venga hoy, como ella me pide, a acostarse «bajo las estrellas teniendo de almohada tus brazos». Me parece imprudente y se lo explico, pero ella por toda respuesta me cuenta con picardía cómo tiene «brazos para elegir» si no le brindo los míos. No me gusta mucho lo que dice. La convenzo que es sólo por esta noche porque el tipo ese no vivirá tanto. Se aleja con un movimiento de su falda tosca, para mí muy sensual, después de dos noches sin tenerla entre mis brazos. Trato de no pensar en su fogosidad. En lo que le haría si la encontrara con otro, mientras engullo las galletas con el cocido.
Yo no sé por qué le dan de comer a alguien, si después lo van a matar. Abro la puerta con precauciones. Sé que el prisionero puede ser peligroso. Pero está dormido con la boca abierta, respirando ruidosamente. La luz de la puerta deja ver la palidez extrema de su rostro. Contrasta con la sangre seca de su ropa.
Dejo la lata de cocido al lado del jergón. Pero el hombre se despierta y con una voz bien timbrada dice:
-Gracias.
Cuando iba a responder: «De nada», recordé que era mi prisionero y callé.
-¿Cómo te llamas?
¿Para qué quería saber mi nombre? Con todo el desprecio que pude le respondí que a él no debía importarle, que era un despojo humano y que mañana moriría, tal vez al amanecer.
Respondió cosas raras que me hicieron pensar por horas. Que si moría, era porque Dios lo había dispuesto así. ¿Qué Dios? ¡Era «Chico»! ¿Cómo no se daba cuenta? Y que me perdonaba. Pero... ¡este hombre estaba loco! ¿Qué tenía que perdonarme él? Tal vez, sólo tal vez, se refería a que si yo lo mataba, era para cumplir una orden. Como buen militar debía cumplirla. Y él comprendía eso. Me extrañó su tranquilidad sabiendo que su hora estaba cerca.
A las diez vino un soldado a relevarme. Debía volver a las cuatro. Nina me preparó un almuerzo exquisito, que sólo me daría después que fuera «cariñoso» según sus palabras. Era lo que menos quería hacer después de una noche sin dormir. Estaba exhausto. Pero cuando ella se propone algo, lo consigue.
Creo que amaneció un día de sol. Sé que éste puede ser el último —51→ de mi vida. A pesar de los dolores que siento, tomo el cocido que me sirve el mocetón de mirada ingenua que quiere ser severa. Pero intuyo que en el fondo, tiene intacto el corazón. No han podido convertirlo en una máquina. Todavía. Si no hubiese sido así no me hubiera dado agua. ¡Pobre muchacho! Le están por lavar el cerebro. Lo noté cuando dije que lo perdonaba.
Estoy contento. Nina siempre me deja con el ánimo por las nubes. A nadie se lo digo, pero me da pena el prisionero. Augusto me ha dicho que su vida es muy corta. No vivirá veinticuatro horas.
Entro en la «choza». Lo veo caminando en círculos por el reducido espacio. Le digo que me llamo Damacio y que morirá pronto. Se lo digo todo de golpe esperando los insultos. Pero el hombre sonríe y me habla dulcemente. Me dice que no teme a la muerte. Sólo espera que su familia no sufra mucho y que me perdona. ¡Otra vez con el perdón! Trato de eliminar la ironía cuando le pregunto qué es lo que me perdona. «Que cumplas con tu deber. Si tu deber es matarme, debes hacerlo. Y yo te perdono». ¡Conque era eso! Súbitamente recordé que los cuidadores de prisioneros tenían el «honor» de ser sus ejecutores. No sé por qué la mirada límpida de este hombre me hace dudar de la honorabilidad de esa acción. ¿Quiere decir que debo matarlo? ¿Yo? Para disimular el caos de mis pensamientos le pregunto si puedo hacer algo por él. Dice que sí. Pienso que me pedirá que lo deje escapar. Pero no. Me pide una Biblia. Sé que Nina tiene una sobre la mesita de luz, debajo de la imagen de San Antonio. Le respondo que se la conseguiré. Enseguida. No quise decirle que si tardaba no la podría leer.
¡Pobre joven! Es un alma perdida. Sé que aún vive en su corazón la bondad, batallando contra el mal. ¡Cuántos como él serán engañados y reclutados para convertirlos en mercenarios de un déspota! Odio la miseria que lleva a perder la dignidad del hombre. Estoy seguro que será mi verdugo. Y eso cambiará su vida para siempre. Me trae una Biblia sin tapa. Dice que es de su novia. Es todo lo que puede hacer por mí. Casi con vergüenza dice que no sabe leer. Le pregunto —52→ si quiere que lea algo para él. Asiente en silencio. Le leo varios pasajes que lo desconciertan. Sus ojos están abiertos por la sorpresa. Tienen un brillo diferente. Horas después, se despide murmurando por lo bajo. Alcanzo a entender que cualquier cosa que pase esta noche no será culpa suya. Evita mirarme a los ojos y se va.
Sigo leyendo muchos pasajes de la Biblia, me reconfortan mucho. Me preparo para morir. Elevo una plegaria a Dios por mi familia. Mis ojos se llenan de lágrimas, no por mí, por ellos. Sé que sufrirán porque nos amamos mucho.
La oscuridad de la «choza» se vuelve más espesa. No distingo ni mi mano. Inesperadamente, una estela de luz ilumina la reducida celda.
Damacio me habla con voz temblorosa. Musita que no puede matarme, que huya, que escape, que me da una oportunidad.
Cuántas veces se ha matado así a los prisioneros. ¡Corre por tu vida! Y con puntería certera la detienen en la carrera. Así que el pobre Damacio debe matarme. No quiero que quede marcado por mi muerte. Se lo digo. Niega que deba cumplir orden alguna. Quiere que huya. ¡Pobre! Yo soy el que va a morir y tengo lástima de mi verdugo. Sé que me disparará al huir. No importa. Me levanto y le reitero que lo perdono. Mi familia también lo perdona. Me pregunta si no confío en él. Le respondo que cumpla con su deber. Lentamente le doy la espalda y salgo afuera. El fusil está en su mano derecha.
-¡Corra, corra por su vida!
Y hago así. Mis piernas se mueven despacio. Un paso detrás de otro. Y otro. Y otro más. No oigo todavía el disparo. Camino en vez de correr. Me parece oír el sonido del fusil al descerrajarse.
Corro, corro por mi vida. Primero tambaleante, después con decisión.
El corazón salta y va de la boca al pecho, del pecho a la boca. El bosque es oscuro, la muerte también, apenas respiro, sólo corro, corro y corro.
Mis tímpanos parecen explotar y mis ojos quedan ciegos ante el esplendor. El auto se detiene y alguien me recoge en la ruta. El milagro se ha producido.
—53→
—[54]→ —55→
¡Qué hermosa está Purita! Su cuerpo conserva las curvas que tanto me gustaban y sus ojos tienen el mismo desafío de siempre. No sé si produce ese efecto en todos los hombres, pero su magnetismo sigue vivo para mí. Por breves momentos nuestras miradas se encuentran y creo ver en ella la complicidad que siempre nos unió.
Su marido ha engordado y aparenta más años de los treinta que tiene. Creo que me sonríe, pero no, el saludo es para Pedro, que se encuentra a mi izquierda y le corresponde con una sonrisa.
El calor es sofocante. La mañana de diciembre clara y festiva. Las palabras del sacerdote me llegan como ráfagas de viento, perdiéndose muchas de ellas entre la numerosa concurrencia y algunos llantos de bebés que son callados a medias por sus madres.
¡Ay, Purita! ¿Cuántos años pasaron? ¿Ocho? ¿Nueve? Supiste despertar a un león dormido que creí muerto. ¡Cuántas sensaciones contradictorias! ¡Cuánto disimulo para seguir gozando de tus delicias! Hacías honor a tu nombre, pues eras una flor pura, que entregó sus virginales pétalos que cayeron como un río torrentoso dejando el primer dolor atrás para dar inicio al océano de lujuria, pasión, miedo, alegría, felicidad, ternura y esperanzas. Me sentí tan feliz de ser el primero.
Pero tu vientre fue pródigo y el fruto prohibido comenzó a crecer. ¿Qué hacer? Tu novio Luis siempre te había respetado, o mejor, nunca dejaste que te tocara, porque eras sólo mía. Pero nuestro sueño debía terminar, pues podía ser descubierto todo. Hallaría un padre al hijo que venía sin ser llamado.
¿Y quién mejor que Luis? Tuve que enrollar mis celos y permitir que fueras suya.
No quise oír los pormenores de tu carne sacrificada por nosotros, ni su alegría ante la entrega tanto tiempo requerida y sorpresivamente —56→ conseguida. Pero lo habías hecho por los tres.
Y todo volvió a su lugar, la rutina, la ausencia de sueños, mi cómoda normalidad.
El calor me agobia, me siento mal. Pero debo resistir. No puedo fallarle a Guadalupe, mi hija. Ojalá nadie se dé cuenta de nuestro parecido. En realidad, me parece idéntica a una foto que me sacaron en el quinto grado.
Sacando fuerzas de flaqueza y respirando hondo me repongo. Un suspiro profundo y sonoro sale de mi garganta perfectamente audible para Vania, quien me mira interrogadora con sus ojos verdes. Sin palabras le hago comprender que todo está bien. Mis manos son dos mariposas que aletean lentas, pero lo suficientemente elocuentes para llevar el mensaje. Ella desvía la mirada hacia el ramo de niñas que en instantes harán su primera comunión.
Aprovecho que las nenas van en fila hacia el altar para sentarme y recuperar el ritmo de mi cansado corazón. Es en momentos como este que me recrimino por ser tan débil y no hacer una dieta que me libere de mi sobrepeso. Según el doctor, bajando quince kilos y dejando el cigarrillo mejoraría mi calidad de vida. No son muchos cincuenta y dos años.
Alguien canta el Ave María con una voz perfecta y su eco retumba en las tres naves de la amplia catedral. Vania la tararea en voz bajita. ¡Pobre! Sé que quiso tener otros hijos, pero una enfermedad después del único que tuvimos -Leopoldo- se lo impidió.
¡Por fin terminó la misa! La corbata casi me ahogó y el sudor corrió por mis espaldas como un grifo sin control. Con infinito placer me quito el saco en las escalinatas, saludo a mi nuera Astrid, que se cuelga de Leo como si fuera un madero salvador y alguien se lo pudiera sacar. ¡Pobre Leopoldo! No sacó mi gusto por las mujeres. Astrid es flaca, casi se podría decir una tabla y —57→ su escaso, por no decir inexistente busto, la hace parecer un conscripto famélico. Su rostro carece de vida, enjuto y ocupado totalmente por dos ojos saltones que parecen ver asombrados todo lo que ocurre a su alrededor.
Todos felicitan a la pequeña Guadalupe. ¡Dios mío! ¡Cómo me parece! Los ojos claros de Vania la miran sin sospechar que es hija mía. ¿Qué habría pensado mi dulce y fría esposa, ¡una santa!, si lo hubiera sabido?
Envuelta en su vaporoso vestido de tul blanco, mi hija se me acerca.
-¿Qué tal, tío Iván? -pregunta con voz cristalina, mientras me da dos besos en las mejillas. Su tío Arcadio sonríe cortésmente y su «padre» me pasa la mano con amabilidad.
Me lleno de felicidad al estrecharla entre mis brazos. Purita me saluda con un beso rozándome levemente una mejilla dejándome inquieto por las sensaciones que me produce su perfume. Siento los ojos de mi mujer clavados en los míos.
Desvío la mirada. No quiero que vea el orgullo que me inspira la niña. ¡Quisiera gritar a los cuatro vientos que es mi hija! ¡Claro que no puedo! ¡Ése es un secreto compartido sólo por Purita y yo!
La iglesia colmada de gente es una colmena sonora. El calor sofoca a Iván. Lo veo sentarse y temo que sufra un desmayo. Pero no. Me hace un gesto con las manos para indicarme que todo está bien.
Las niñas se dirigen al altar para hacer su primera comunión. Parecen albas palomas dispuestas a volar con sus vestidos de blancos y transparentes tules.
¡Qué linda es Guadalupe! Tiene grandes ojos negros, me resultan tan familiares, tiene un cierto parecido a alguien, pero no sé a quién.
—58→Desde ayer, que me enteré que lo volvería a ver, tiemblo como una colegiala. Traté de conciliar el sueño, pero diferentes imágenes se cruzaban en mi mente y lo único que hacía era dar vueltas y vueltas en la cama, abrazarme a la almohada y recordar.
¿Qué fue lo que apagó el ardiente amor que sentía por Iván? Tal vez su ausencia de romanticismo después de unos meses de casados. O sus silencios cuando estábamos juntos. Casi no nos hablábamos después del nacimiento de Leopoldo. Yo lo amaba. Deliraba por sus ojos negros y sus manos cálidas, pero los besos se fueron espaciando tanto, que pronto quedaron como un recuerdo, algo que fue y nunca más volvió. La pasión murió como un fuego apagado con un caudal enorme de agua, dejando frías hasta las cenizas.
Un cariño sosegado y el amor a Leopoldo nos mantuvo juntos. ¿O fue la inercia? Nunca lo supe.
Los días eran monótonos desde que Leopoldo estudiaba en Posadas y volvía sólo los fines de semana. La casa quedaba vacía de elementos masculinos. Purita, una sobrina lejana que vivía con nosotros para seguir sus estudios secundarios, se llevaba muy bien conmigo. Ella me contaba todo lo que pasaba en la oficina de Iván, pues trabajaba ahí por las mañanas, empleo que consiguió después de que aprobó el examen de Computación, exigido por mi marido. Por la tarde, me ayudaba en algunas tareas de la casa y me hacía compañía. Por la noche estudiaba en la Escuela de Comercio. Era como una hija para mí. Pronto tuvo novio, un tipo esmirriado de rostro aniñado, que pidió permiso para visitarla. Consulté con Iván, con miedo, porque él es tan moralista, tan estricto, que temí se negara, pero gracias a Dios, casi no opuso reparos, le concedimos los días sábados y domingos por las tardes para verse.
La mayoría de las veces venía acompañado por un hombre joven de ojos profundos y aterciopelados que después de saludar cortésmente se despedía con una sonrisa. Purita dijo que era Arcadio, —59→ el hermano mayor de Luis.
Un domingo a la tarde le invité a tomar café y aceptó encantado. Purita y Luis nos acompañaron por una hora y después salieron a caminar. Iván había ido a pescar con Leopoldo y sus amigos y me encontré hablando y hablando con el joven como si lo hubiese conocido de toda la vida. La verdad es que no sé lo que pasó. Sólo sé que apenas tuvimos tiempo de recomponer nuestro atuendo y no ser descubiertos.
Arcadio estaba casado, pero eso a mí no me importaba. En realidad no me importó nada durante el tiempo que estuvo conmigo, y si no me descubrieron fue por pura casualidad porque estaba tan loca que no tomaba casi precauciones.
Pero en febrero Purita nos contó con el rostro ruboroso y los ojos llenos de lágrimas que su novio la había abandonado, se había ido a Buenos Aires y ella estaba embarazada de dos meses.
Jamás pensé que Iván la dejaría en la casa. Estaba casi segura de que la mandaría al campo, lugar de donde había venido, por haber «caído» como decía él y no haber sabido comportarse como una joven de familia.
Pero gracias a Dios la quería como a la hija que no tuvimos, al igual que yo y no la desamparamos. La consolamos diciéndole que estaba en su casa y la de su hijo si su padre no se hacía responsable.
¡Pobre chica! ¡Los hombres son todos iguales! Una vez que consiguen sus fines, no le interesan las consecuencias. Por eso mi abuela decía que debíamos decir siempre no. Primero, el matrimonio.
Pero un milagro ocurrió. Cuando Purita tenía cinco meses de embarazo volvió inesperadamente Luis de Buenos Aires arrepentido y más enamorado que nunca. Sus pedidos de perdón fueron aceptados y la boda se realizó a los pocos días.
Viajaron todos a Buenos Aires, Purita, Luis y Arcadio, y con él toda mi pasión y mis sueños.
—60→Hoy el espejo me devolvió una imagen que no me gustó. Los leves círculos violáceos debajo de los ojos son la consecuencia del insomnio de la noche anterior. Tuve que esmerarme con el maquillaje. A pesar de que pasaron más de ocho años de «aquello» el saber que estamos bajo el mismo techo ahora me rejuvenece el corazón.
El calor se hace sentir cada vez más. Algunos chicos lloran sobre el ruido uniforme de la gran masa de gente que llena el lugar. Alguien gira la cabeza y una mirada aterciopelada se posa en mi rostro y una sonrisa viaja hasta mí con un mensaje silencioso.
-¿Cómo estás, Vania?
La respuesta está en mis ojos verdes, y él la capta.
-Ahora que te veo otra vez, viva.
Alguien canta el Ave María y la euforia que siento me hace tararearla haciendo un coro atenuado, pronunciando las palabras despacito.
¡Quiero cantar, quiero vivir, quiero amar!
¡Por fin termina la misa! Deseo tocar las manos de Arcadio. Pero debo saludar primero a Astrid que pegada a mi hijo me da dos besos fríos. Parece una niña insegura con su incipiente panza que me dice que seré abuela muy pronto.
Guadalupe se separa de las demás niñas y viene corriendo hacia nosotros. Arcadio y sus padres la siguen de cerca.
Siento que mis piernas se doblan ante la mirada aterciopelada.
-¿Qué tal, tío Iván? -Y después nos saluda a todos con un revuelo de su falda vaporosa. Creo que me voy a desmayar, Purita besa a Iván, aprovecho para mirar a Arcadio. ¡Ay, quisiera decir a los cuatro vientos que éste es el hombre que me saca el cartel de «muerta» y me pone el de «viva» con sólo darme la mano!
¡Claro que no puedo! ¡Ése es un secreto compartido sólo por Arcadio y yo!
—61→
Me siento emocionada al volver al pueblo donde pasé mi adolescencia. ¡Nueve años han pasado! Muchas cosas cambiaron. Ahora soy una señora con un buen pasar económico, no necesito trabajar. Luis y Arcadio heredaron la empresa de sus padres y rápidamente progresaron.
Iván me sonríe con picardía. ¡Qué viejo esta! ¡Y qué gordo! Le devuelvo la sonrisa y tengo que hacer un esfuerzo para no prorrumpir en carcajadas. Luis mira a Guadalupe, la que cree su hija, y su mirada se vuelve tierna, como cuando me confiesa sus debilidades y yo lo perdono. En realidad nos complementamos muy bien. Somos sinceros el uno con el otro. Él sabe de mis «amistades» y yo de sus preferencias. En la noche de bodas se sinceró conmigo. Lo consolé y lo acepté. Su secreto era conocido hacía tiempo por mí. Nos comprendimos y nos toleramos. Tal vez tengamos otro hijo, no es seguro. Antes me molestaba verlo con sus amigos. Pero después me acostumbré. Hace dos años tiene una relación con Pedro, que sabe que yo sé. También sabe que no nos separaremos y que formamos una familia unida, no precisamente del tipo común, pero que se complementa.
¡Bueno! ¿Quién puede decir lo que es una familia normal? ¿O tradicional?
¿La de Iván y Vania? Más de veinticinco años juntos, una casa, un hijo, un trabajo estable y amigos comunes.
Pero... ¿y bajo la coraza? Ellos me acogieron, pero bien que tuve que pagar su hospitalidad trabajando en la oficina y en la cocina por mi comida y mis estudios. No es que eso estuviera mal, pero el viejo comenzó a acosarme desde que puse un pie en la casa. Lo mantuve a raya casi dos años (me amenazó con devolverme al campo porque mi presencia lo volvía loco, según sus textuales palabras y añadía: «El verte y no tenerte me está matando»), cuando me di cuenta que prefería que me fuera si no accedía —62→ a sus pretensiones, me entregué.
Pero debía ser virgen, para hacérselo creer, esperé el segundo día de mi menstruación y accedí a sus requerimientos. ¡Pobre Iván! Lloró cuando vio tanta sangre. Pero por lo menos se sacó el gusto y dejó de perseguirme por un tiempo, yo era la vestal que había bajado de su pedestal por amor. Ni se dio cuenta que no era un himen el que se había desgarrado. ¿Que por qué no me fui? No podía. Había entregado mi corazón a Leopoldo. Éramos dos corazones puros, a quienes Cupido había herido con la misma intensidad el primer día en que nuestros ojos se unieron. Él tenía diecisiete años, yo quince. ¡Cuántos cuidados para que el fuego de nuestra pasión no dejase ningún rastro! Nos amábamos cuando podíamos, menos de lo que queríamos y eso que aprovechábamos todos los momentos propicios. Gracias a Dios nunca nos descubrieron. Estoy segura de que si lo hubieran sospechado siquiera, me habrían puesto de patitas en la calle, a pesar de sus frases de «Te queremos como una hija». Para no herir a Leo nunca le conté del acoso de su padre. ¿Luis? Era la pantalla ideal. Leo conocía sus debilidades, sabía que no era peligroso que saliera con él y figurase como novia suya.
Pero cuando Leopoldo fue a Posadas a estudiar nos veíamos sólo los fines de semana y me sentí huérfana sin él. Luis se convirtió en mi paño de lágrimas. Pero ocurrió algo que yo no esperaba. Unas náuseas matinales me dieron la noticia de que Leopoldo me había dejado un recuerdo vivo en el vientre. Pero él nunca podría ayudarme. Así que le dije a Iván que esperaba un hijo suyo. El pánico le cambió el color a su rostro y el amor que decía tener por mí se manifestó en su justa dimensión. Con voz helada me dijo que debía entregarme a Luis, para que sea el padre de la criatura.
-No importa si no se casa contigo. Lo criaremos en casa, vos, yo y mi mujer. Ella no debe saber nada.
Logré mi propósito con Luis. Fue muy tierno, parecía muy asustado y todo terminó enseguida. Gracias a Dios no quiso repetirlo, —63→ según él porque me respetaba mucho. Salíamos a dar largas caminatas mientras su hermano mayor, Arcadio, hacía compañía a Vania, que en ese tiempo se sentía algo enferma.
Pasado un tiempo prudencial, comuniqué a Luis que sería padre. Pareció contento. Pero, inesperadamente partió a Buenos Aires con su hermano Arcadio. Iván tuvo que contarle a su esposa la «desgracia» que me había ocurrido. Ella me dijo que no me preocupara, que mi hijo tendría un hogar en la casa. Le agradecí con lágrimas en los ojos, ella lloró con sollozos más fuertes que los míos. Me pregunté por qué sentía tanto dolor.
Leopoldo comenzó a cambiar conmigo. Los fines de semana que tanto esperábamos para poder encontrarnos por unos minutos a solas se fueron espaciando, hasta que hubo semanas en que no apareció. Un sábado vino con un grupo de compañeros de facultad y fueron todos a bailar. Comprendí que otra había ocupado su corazón. Cuando Luis apareció sorpresivamente a buscarme y a cumplir como padre me sentí liberada y lo único que quería era salir de esa casa.
Nunca volví a sentir mariposas en mi corazón, como cuando estaba con Leo, pero tengo una cierta tranquilidad, una quietud que me hace sentir conforme con lo que tengo. Luis adora a Guadalupe y ella a él.
Alguien canta con hermosa voz el Ave María antes de terminar la misa. Después, nos reunimos todos en la escalinata de piedra. Leo me mira con disimulo cuando su mujer se lo permite. Me la presenta y me dan pena sus dos congojas oscuras. Nos saludamos con cortesía. Yo no puedo dejar de mirar a Leo. ¡Es tan bello! Con una sola mirada suya se despertó todo el amor que sentía por él, dormido por tantos años. El tiempo queda en suspenso por unos instantes cuando me abraza y me da un beso en cada mejilla. Todos felicitan a Guadalupe, Leo la alza en brazos —64→ y la hace girar. Ella ríe feliz.
-¿Qué tal, tío Iván? -pregunta con su fresca voz sin saber que es su abuelo, mientras nos saludamos todos efusivamente Arcadio y Luis van caminando delante de mí.
Leo me hace una seña que es imperceptible para todos. Yo le hago un guiño y él ríe con disimulo. Ambos sabemos que el fuego no estaba apagado, sólo dormido y se ha despertado hoy.
Me adelanto a los demás para que no vean el brillo que despiden mis ojos cuando veo a Leo. Quisiera gritar a todos que nos amaremos por siempre y que Lupita es nuestra hija.
¡Claro que no puedo! ¡Ése es un secreto compartido sólo por Leo y yo!