No anduvo tacaño Morfeo con la señorita de Ordóñez, y después que hubo ésta llorado, rabiado y pateado su desgracia hasta muy entrada la noche, dejola dormir tranquila y en un solo sueño, hasta las diez de la mañana. Púsole entonces en los ojos un reflejo del sol que espléndidamente brillaba, y abrió Pepita el derecho: quiso abrir también el izquierdo, y una ligera molestia le impidió abrirlo del todo. Acudió asustada al espejo, y la hinchazón de su rosado párpado vino a anunciarle, que un gordo y feroz orzuelo se le entraba por la puerta, es decir, por el ojo, sin pedirle antes permiso: los lloriqueos y restregones de la noche anterior, comenzaban a producir sus resultados.
Terrible era aquel despertar, y muy acertadamente pensó Pepita, que muchos se hubieran ahorcado con menos causa: no queriendo, sin embargo, desollar su blanco cuello de cisne, limitose a darse a todos los diablos, decidiendo ponerse gravemente enferma durante los períodos del desarrollo, apogeo y descenso del importuno divieso. Temerario era entrar en batalla con Pepito, llevando los dardos de sus ojos embotados, y no era tampoco decoroso presentarse en público, con un lucero en un ojo y un candil con pantalla en el otro.
La toilette de Pepita no fue aquella mañana como la víspera, cuidadosa ni prolija; vistiose una bata de tartán nueva, pero sucia; prendiose con una alfiler en el pecho un pañolillo escocés, harto estropeado; metió con horrible cinismo los pies en unas panzudas babuchas de orillo con pieles de conejo, y dejose con descaro inaudito el moño sin peinar en lo alto de la cabeza, y el mechón sobrante colgando lacio sobre la frente, junto al sitio devastado de su malogrado compañero.
Pepita no esperaba aquel día a nadie, y no era tampoco de esas mujeres, que el instinto de lo bello y lo elegante, hace siempre y a todas horas primorosas y aseadas: era sólo vanidosa y presumida, y cuando no contaba con despertar la envidia o excitar la admiración, llevábala la indolencia hasta el desaseo: fenómeno más frecuente de lo que se cree en muchas de esas señoritas que aparecen en teatros y saraos vestidas como por mano de hadas.
Teresa había ido muy de mañana a la Comunión de las Hijas de María, con Rosita Piña que vino a buscarla; doña Angustias andaba muy afanada por la casa, empeñada en civilizar a una feroz roteña 2 que llamada a toda prisa había venido a sustituir a Marica, y Pepita, para descansar sin duda de haber dormido hasta las diez, tendiose en un sofá del gabinete bajo, y púsose a devorar un novelón romántico en cinco tomos, de ésos que se venden a cuatro cuartos la entrega. Gustaba mucho Pepita de este género de literatura, y sacaba de ella -como otras tantas lectoras- fantásticos sueños siempre, y principios prácticos a veces.
Llamábase la novela La tumba de Olimpia, y Pepita seguía con avidez, siempre creciente, las aventuras del héroe, Arturo, mancebo huérfano, poeta silvestre, especie de Ossian con zamarra, de tan rara abstinencia, que superaba la de aquél de quien se escribió este dístico:
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Arturo robaba a la heroína Olimpia de la cabaña paterna, rompiendo antes un hueso, con previsión prudentísima, al padre tirano que no tuvo a tiempo la de quebrar a su sensible hija aquella pierna de la mujer honrada que indica el proverbio.
Conducíala luego a un castillo feudal que encontraba al paso detrás de una mata, y allí resultaba que Olimpia no era hija de su padre, ni Arturo nieto de su abuelo; que otro padre, y otro abuelo caían, como quien dice, del techo; que el otro padre de Olimpia aparecía de repente con el hueso fracturado ya compuesto, que Arturo huía por el balcón; que Olimpia caía desmayada, y que cuando volvía en sí estaba muerta. Desengañado con todo esto Arturo se marchaba a Palencia, y allí debe de andar todavía, pues según el autor, un amigo desconocido lo colocó de sereno.
Teresa había leído el título de la novela, visto la lámina de la portada y dado de la obra este juicio crítico:
-Me parece que esta O-limpia, debía de llamarse O-sucia.
Pepita, sin embargo, gemía con la heroína y lloraba con el héroe, lo cual le era entonces fácil, porque el orzuelo le escocía bastante: eran ya las tres, y aún no había levantado cabeza del libro. Absorta en su lectura no vio cruzar por la ventana del gabinete que daba a la calle, una preciosa berlina, tirada por corpulenta yegua anglo-normanda, que vino a detenerse a la puerta misma de la casa.
Era el gabinete en que se hallaba Pepita una pieza aislada, sin más salida que la puerta que daba al patio, y en él solía recibir la viuda sus visitas de confianza. Sonó la campanilla del portal, al mismo tiempo que aterrada Olimpia, veía aparecer por la gótica puerta de su estancia una mano disforme sosteniendo una cabeza ensangrentada... ¿De quién era aquella mano?... ¿De quién era aquella cabeza?... Y como si un prodigio se encargase de dar respuesta a estas preguntas que ansiosa se hacía Pepita, vio ésta entreabrirse a deshora la puerta del gabinete para dar paso a otra negra mano que sostenía un estropajo, y a otra cabeza desgreñada que la miraba sonriendo, como quien encuentra lo que busca. Abriose al cabo toda la puerta y apareció la zafia roteña, sucesora de Marica, diciendo a alguien que en el patio había:
-¿Lo ve V. como estaba dentro?... Si toita la mañana ha estao tumbá en el cana-pies, apriende que apriende...
Oyose entonces un crujir de sedas, y ¡suerte fatal!, Pepita hubiera querido desmayarse como Olimpia, para volver en sí después de muerta... Delante tenía a Mercedes Pineda, su elegante amiga, y detrás de ella a Pepito, el Condesito diplomático, con el sombrero de copa en la enguantada mano, atildado, elegante, correcto, como un lord en Windsor Palace. Detrás de ellos, como sombra del cuadro, aparecía la roteña con el estropajo en la mano y la boca abierta, mirando estúpidamente a la aristocrática pareja.
Hay situaciones que no pueden describirse, y la situación de Pepita en aquel momento era una de estas. Pepito y Mercedes la comprendieron, y ésta, que era discreta, apresurose a sacar a Pepita del apuro, abrazándola cariñosamente diciendo:
-Pero mujer, ¿qué es esto?... ¿Qué chasco nos has dado anoche?...
-¡Un constipado atroz!..., hija, ¡atroz!, ¡atroz!... -exclamaba Pepita llevándose la mano a la garganta realmente seca y procurando sacar de las profundidades de su pecho una tos cavernosa-. Por eso me encuentran Vds. así... hecha una facha... Creo que estoy muy mala... Me acabo de levantar... Y por añadidura un orzuelo... Hija, dispensa... Esa mujer no tiene sentido común... podía haber avisado.
Y viendo a la roteña que seguía absorta ante las galas de Mercedes, como los indios de Méjico ante los arreos de Hernán Cortés, le gritó sin poder disimular su ira:
-¿Pero qué hace V. ahí parada como un poste?... Avise a la señora que están aquí el señor Conde de Pineda y su hermana.
La roteña se dio una palmada en el muslo con pastoril sencillez, y exclamó con la ingenuidad idílica de las calabazas de Rota:
-¿Lo ve V.?... ¿Lo ve V.?... En cuanto los vi lo dije... Condeses o Marqueses u cosa así son esos...
-¡Jesús, mujer, váyase V.!... ¡Hija, dispensa! -exclamaba Pepita ahogándose de bochorno y de coraje-. Eso es un cafre... Estamos sin criados... Todos se han ido... Y yo tan mala... Pero, Pepito, siéntese V... suelte V. el sombrero... Jesús, ¡qué vergüenza!... ¡encontrarme en esta facha!...
Y de su ojito hinchado se escapaba un oblícuo rayito de ternura, que pretendía herir mortalmente al Condesito. Era éste en verdad un guapísimo muchacho, de mediana estatura, barba rizada y finísima, un poco roja, rasgados ojos azules, que miraban siempre entre perspicaces y burlones: brillaba en toda su persona ese empaque naturalmente aristocrático, tan difícil de imitar, que nada tiene de altivo y sí a veces de impertinente, propio de la mayor parte de los jóvenes nacidos y educados en altas esferas. Su hablar era lento, algo meloso y no poco extranjerizado. Era, por otra parte, mozo de talento, de gran porvenir, amaba con pasión a su madre y a su hermana, y harto ya, con ser tan joven, de la ruidosa vida de las grandes capitales, prefería y buscaba los tranquilos goces de la familia: era hombre más conocedor del mundo de lo que de su edad pudiera esperarse, y poseía el inapreciable don, tan raro entre los jóvenes, de saber distinguir lo que vale de lo que reluce.
Comenzaron los dos hermanos a ponderar a Pepita el grande sentimiento que su ausencia del baile les había causado, y ésta contestaba a sus cumplidos con forzadas risitas, que no eran esta vez evaporaciones de la vanidad halagada, sino muecas de la vanidad herida: preocupábala mucho un descomunal descosido que tenía en el codo de una manga, y procuraba ocultar cuidadosamente bajo el pañolón, y con igual empeño escondía bajo el vestido las horripilantes pantuflas de pellejo de conejo, capaces por sí solas de apagar toda llama de amor en el corazón más inflamable.
Bajó al cabo doña Angustias, repitiéronse los cumplidos y las excusas, y después de media hora de esa charla insustancial, propia de las visitas ociosas, dijo de repente Pepita, fingiendo recordar en aquel momento lo que hacía veinticuatro horas estaba pensando:
-Y a todo esto no me has dicho quién me ha tocado de compadre...
Los dos hermanos cruzaron entre sí una rápida mirada; Mercedes dejó escapar esa tosecilla, prólogo obligado de todo aquel a quien embaraza una respuesta, y Pepito se puso a golpear con la contera del bastón las puntas de sus botas, con cierta risita guasona. Pepita comenzó a alarmarse, y repitió la pregunta.
-Yo quería que él mismo te diese la sorpresa -dijo al cabo Mercedes.
-¡Ay no, no!... Dímelo tú -tornó a decir Pepita.
-A ver si lo aciertas...
-Dame alguna seña...
-Uno que te quiere mucho...
-¡Jesús! -dijo Pepita; y flechó al Condesito las miradas de su ojo y medio.
-Y suspira siempre por ti...
-¡Ay qué empalago!... No me gustan más suspiros que los de canela.
-Ni con un candil hubieras encontrado compadre tan a gusto, hija...
-¿A gusto mío?...
-No diré yo tanto... Suyo al menos...
-¿Pero quién es?...
Mercedes volvió a toser, el Condesito se echó a reír, y la puerta se abrió en aquel momento para dar paso a la roteña, que asomó la cabeza diciendo:
-Aquí está otro...
-¿Pero quién es? -preguntó impaciente doña Angustias.
-Don Recaredo Conejo.
-¡Tu compadre! -dijo Mercedes sin poder contener la risa.
A Pepita le pareció que se caía de una torre abajo con todas sus ilusiones, y sólo tuvo fuerzas para murmurar, ¡qué horror!, al mismo tiempo que satisfecho, sonriente, erguida la pelada cabeza, entraba en el gabinete D. Recaredo.


Para la mejor inteligencia de las escenas que siguen en esta tan sencilla como verdadera historia, parécenos oportuno dar al lector una ligera idea del modo de echar las cédulas de compadres, tal como había tenido efecto la noche anterior en casa de la Condesa de Pineda.
Esta costumbre, tan general en Andalucía el penúltimo jueves antes de Carnaval, no es a nuestro juicio sino una añeja reminiscencia de los antiguos estrechos -nombre conservado aún en algunas provincias- que se celebraban antes el día de Reyes. En la corte de D. Martín, Rey de Aragón, se encuentra ya esta usanza, que estuvo muy en boga en los reinados de los Felipes III y IV, en que Lope de Vega, Moreto, Cervantes, Calderón, Góngora, y sobre todo el mordaz Quevedo, compusieron graciosos motes de estrechos, de los cuales se conservan algunos en la Biblioteca Nacional.
Dos métodos suelen usarse para sacar los estrechos: tómanse una porción de cintas del mismo color, iguales en número al de parejas de compadres. Átanse estas cintas por la mitad con un pañuelo y se reparten los cabos de un lado entre las señoras y entre los caballeros los del otro. Desatado el pañuelo a una señal convenida, queda cada cinta uniendo a un caballero y a una señora, y establece entre ellos el vínculo del compadrazgo, siendo obligación del compadre regalar a la comadre el objeto indicado en un mote o versillo, sacado también a la suerte.
Más lento, y a pesar de todo más general, es el método de las cédulas: escríbense los nombres de los caballeros y señoras en pequeñas cedulitas arrolladas, y vanse sacando alternativamente de dos cestitos en que se colocan. Pasan luego las parejas recogiendo las cedulitas que indica el regalo, y báilase luego el rigodón de compadres, en que cada uno de éstos tiene por pareja a la comadre que la suerte le ha designado.
Habíase hecho de este modo en casa de la Condesa de Pineda, y la suerte fatal burlose de Pepita, deparándole por compadre, en vez del Condesito, al insigne vate D. Recaredo Conejo. Nuestros lectores habituales le han conocido ya en los salones de la Condesa viuda de Santa María3: de entonces acá en nada había variado, a pesar de haber cumplido los cincuenta y cinco años. Ostentaba siempre la misma cara placentera, las mismas patillitas grises, los mismos juanetes en los pies, los mismos sabañones en las manos. Siempre la misma ubicuidad maravillosa en los círculos de la juventud aristocrática, que le franqueaban la protección y la confianza de la Santa María. Siempre la misma pluma, que así anotaba partidas de sal y tabaco en la modesta oficina, como escribía idilios y elegías, madrigales y sonetos a centenares de Filis y millares de Zaidas. Siempre el mismo lujo erudito, el mismo debordamiento del Diccionario de la conversación, mina de su saber, arsenal de su Musa, jardín de sus deleites y panacea de sus dolores. Siempre la misma suma cortesía oficinesca, la misma galantería comedida y honesta de los héroes de Calderón y Moreto, para quienes la cualidad de señora era sinónima de la dignidad de reina. Siempre, en fin, las mismas castas y platónicas ansias de ofrecer su corazón a todas las bellas, buscando una Laura como Petrarca, una Beatrice como Dante, una Eleonora como Tasso, sin haber encontrado aún al cabo de cincuenta, y cinco años, no ya una Badda para lo que tenía de Recaredo, pero ni siquiera una Coneja para lo que tenía de Conejo!...
Los dioses, sin embargo, comenzaban a serle propicios: Cupido y el Destino, el ciego Fatum, que dijeron los antiguos, hijo del Caos y de la Noche, habíanse aliado la anterior en casa de la Condesa de Pineda, para hacerle salir de compadre con Pepita Ordóñez, beldad por quien más de una vez se había perfumado las patillas y ungido la extensa calvicie con relumbrante clara de huevo.
Corría, sin embargo, el rumor de que no era la clemente benevolencia de aquellas deidades, sino la tramposa malevolencia de algunos humanos, la que había proporcionado a D. Recaredo aquella satisfacción a trueque de jugar a Pepita aquella mala pasada. Era sin embargo cierto, que si trampa hubo en la extracción de las cédulas, habíanla ignorado hasta después de hecha Mercedes y su hermano, y apresuráronse luego a visitar a Pepita para paliar en lo posible el berrenchín que su compadrazgo con el vate había de causarle.
Entró, pues, D. Recaredo en alas de sus esperanzas, vestido con particular esmero, pantalón y guantes claros, entallada levita negra, con un botoncito azul y blanco en el ojal, símbolo de la cruz de Carlos III con que la Restauración había premiado días antes sus veintitrés años de servicios en las oficinas de Rentas Estancadas. Traía en la mano una magnífica camelia roja, en cuyo centro había arrollado cuidadosamente las dos cédulas del compadrazgo.
Saludó reverente a doña Angustias, placentero a Mercedes, amistoso al Condesito, y cuadrándose ante Pepita con una mano sobre el pecho, presentole con la otra la hermosa flor, diciendo:
-Permítame V., bella Pepita, que con permiso de su señora madre, mi venerada doña Angustias, le ofrezca en esta flor el destino de los hados...
Mercedes y Pepito reían a carcajadas sin ningún disimulo, y Pepita, furiosa con los hados que tan mala partida le jugaban, la pegó con ellos diciendo:
-Mire V., D. Recaredo... Deje a los hados quietos en su casa, que ya podían haber sido conmigo más benignos.
-Conmigo no, Pepita bella, y por eso les doy gracias reverente...
-¡Pues ya las merecen!... ¡Una comadre tuerta!...
-¿Tuerta? -repitió D. Recaredo.
Y reparando en el ojo hinchado de Pepita, que disparaba contra él un rayo de mal disimulada ira, añadió cándidamente:
-¡Calla!... ¡Pues es verdad!... Es decir, se corrigió aterrado de su descortés franqueza; es verdad... que sobraba un sol en ese cielo y por eso se ha eclipsado uno... Que si de tuertos hablamos -prosiguió despeñándose en el abismo de su erudición- tuerto era el insigne caudillo Aníbal y tuerta también la Princesa de Éboli, la dama más hermosa de su tiempo... Por cierto que lo disimulaba con un bucle de sus cabellos, que dejaba caer sobre el ojo averiado...
-Dispense V., D. Recaredo -le interrumpió el Condesito-. Mil veces he visto en Madrid, en casa de Pastrana, el retrato de la Princesa, su antecesora, y no hay allí rizo ninguno... Lo único que hay es, un parche tamaño como un plato, que le tapa el ojo derecho.
-Me permito dudarlo, queridísimo Conde -replicó D. Recaredo que tenía más fe en el Diccionario de la conversación, donde había encontrado este dato, que en la infalibilidad misma de la Iglesia-. Pero a pesar de todo; vaya, que sea... Tuerto era también el infante D. Juan; tuerto el moro Muza...
-¡Don Recaredo, por Dios! -exclamó Mercedes-. Acabe V. ya con el catálogo de los tuertos, si ha de venir a comparar a Pepita con el moro Muza.
-Permítame V. que mencione a Camoens... Nada más que al dulcísimo Camoens, aquel que cantó:
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Y al decir esto D. Recaredo, repartía los papeles de captivo y de captiva, indicando alternativamente a Pepita e indicándose a sí mismo.
-¡Ojalá y fuera cierto! -exclamó la captiva cada vez más irritada-. Si yo le tuviera a V. cautivo, ya le encerraría donde no le diera el aire.
-Enciérreme V. en su corazón, Pepita bella, y yo le prometo no echar de menos ni el oxígeno ni el nitrógeno.
Pepita iba a protestar contra aquel amoroso análisis químico del aire, mas la puerta se abrió en aquel momento para dar paso a la roteña, que mirando a D. Recaredo con cierto aire conspirador que revelaba mutuas inteligencias, preguntó:
-¿Lo entro ya?...
Turbose un tanto D. Recaredo, y contestó perplejo:
-Sí..., no..., espera... Bien; éntralo...
Y como viese que Mercedes y Pepito le miraban atónitos, doña Angustias pasmada y Pepita con ganas de sacarle los ojos, añadió dirigiéndose a la viuda:
-Mi señora doña Angustias... Digo a V. lo de Temístocles a Euribiades antes de la batalla de Salamina, ¡pega, pero escucha!... Confieso que me he excedido, dando órdenes a su leal doméstica; pero no me condene V. todavía... Espere un momento.
No fue necesario esperar mucho: tornose a abrir la puerta de un vigoroso puntapié, y apareció de nuevo la roteña sofocadísima, sosteniendo con ambas manos un enorme ramillete de dulces, que terminaba en una tierna alegoría de azúcar coloreada. Una blanca paloma del tamaño de un gorrión grande, hallábase posada sobre una roca de piñonate: al pie yacía sobre un montón de huevo hilado, un diminuto cazador de rubia cabellera, traspasado de parte a parte por una enorme flecha del propio carcaj que a la espalda traía. En una mano levantaba el moribundo Nemrod de azúcar el arco todavía armado, y sostenía con la otra una banderita en que con caracteres dorados se hallaban impresos estos versos que firmaba D. Recaredo:
Era aquella torre monumental el regalo de compadre que hacía a Pepita D. Recaredo: la suerte había también decidido que fuese este regalo una paloma, y el galante vate encontró medio de confitar su pasión al mismo tiempo que su dádiva, como medio de hacerla dulce ya que no al corazón, al menos al paladar de la desdeñosa Pepita. Mercedes y su hermano se reían a carcajadas, y se acercaron a la roteña para examinar de cerca aquella obra maestra que había el amor inspirado a la confitura. Pepita creyéndose en ridículo a los ojos del Condesito, sentía vehementísimos impulsos de encasquetar en la pelada cabeza de D. Recaredo, a guisa de casco de Alcibiades, aquella pirámide de piñonates y de merengues. Doña Angustias, pasmada siempre, miraba a unos y miraba a otros, sin saber si reírse con los dos hermanos, o indignarse con su hija. Mientras tanto, D. Recaredo corría presuroso a la leal doméstica, y la ayudaba a colocar el dulce presente sobre un velador pequeño. A un gesto furioso de Pepita retirose la roteña, chupándose los dedos, pringados todos con el gran cerco de merengues que guarnecía los bordes del plato.
-¡Magnífico!... ¡Delicioso, D. Recaredo! -exclamaba Mercedes riendo como una loca-. Si esto recuerda aquello de Fernán Caballero... el regalo de D. Judas Tadeo Barbo a su adorada Casta... No le falta más que el letrerito:
Con que guste a Casta,
Basta.
-¡Tienes razón! -exclamó Pepita sin poder disimular por más tiempo ni la ira ni el bochorno. Mas para que el caso sea igual, falta una cosa...
-¿Pues qué falta?
-Que algún caritativo Pedro de Torres sustituya ese letrero, con aquel otro de que habla también Fernán:
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Fue tan punzante el desdén y tan marcado el encono con que recalcó Pepita el último verso, que el sensible D. Recaredo pensó desmayarse, y asustado Pepito de la tormenta que amenazaba, quiso conjurarla distrayendo al vate.
-Pero D. Recaredo -le dijo- este artista no ha tenido en cuenta las dimensiones... La paloma es un avestruz junto al cazador: si éste quisiera montarla, podría correr en ella como los negros somalís en los avestruces... justamente al pasar ahora por Sajonia, vi en Dresde una de estas carreras divertidísimas...
-Pues lo que es al retratarlo a V., ha estado magnánimo-añadió Mercedes con la misma buena intención del Condesito, indicando al mísero cazador, moribundo en su lecho de huevo hilado-. Vea V., le ha puesto una cabellera dorada, que ni la del rey Absalón.
-¿Y qué quiere V. bella Mercedes? -replicó lastimeramente D. Recaredo-. No soy yo ningún Alejandro para mandar que no me retrate en tabla más que Apeles, ni en bronce más que Lisipo, según asegura Plinio... Si el confitero me ha retratado en azúcar, dándome una cabellera que no tengo, Dios le premie la buena obra... ¡Ay!, ¡bien veo que no es el amor, sino a la ocasión, a la que pintan calva!...
Y apoyándose en el brazo de Pepito con el aire de un Abelardo desahuciado, añadió muy quedo, indicando a la esquiva beldad, que llamaba siempre su dulce tirana:
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Otro golpe más rudo todavía esperaba a la vanidosa Pepita, en aquella mañana tan fecunda para ella en desilusiones y berrinches. A la anterior algazara había sucedido uno de esos silencios embarazosos que tienen mucho de cómicos y tan peligrosos son para las personas propensas a la risa. Mercedes, que lo era mucho, y Pepito que no lo era poco, habían vuelto a sus asientos, procurando a duras penas mantenerse serios.
Mortificado D. Recaredo, habíase sentado en el filo de una silla, y limpiaba los cristales de sus lentes, con un pañuelo perfumado con agua de Colonia, repasando en la memoria, para consolarse, la disertación que había preparado sobre los estrechos, y las diversas etimologías de la palabra compadre.
Pepita, vuelta casi la espalda al desairado vate, procuraba interesar al Condesito desgarrando su pecho, con una tos muy semejante a la que había oído a la última prima donna, que destrozó en el teatro de Z.** el asqueroso papel de Violeta Valery. Por su parte doña Angustias, compadecida de la poca airosa situación de D. Recaredo, rompió al fin el silencio preguntándole con su oportunidad de costumbre, si habían quitado ya en la oficina las esteras de invierno.
-No tienen que quitarlas, señora mía -respondió el vate- porque no las ponen en ningún tiempo.
-¡Mujer! -exclamó pasmada doña Angustias.
Y encontrando D. Recaredo en el pasmo de la señora y el episodio de las esteras, ocasión oportuna para lucir su discurso, endilgó a doña Angustias, a falta de otro auditorio, todo lo que había leído aquella mañana en el Diccionario de la conversación, acerca del origen y uso de los (estrechos, desde el arca de Noé hasta el año corriente de la era cristiana.
Mientras tanto procuraba Pepito distraer con otro de los fines de su visita a la dulce tirana de D. Recaredo, preguntándole sencillamente por su prima Teresa.
-¿Teresa? -exclamó Pepita tan extrañada como si le preguntase por la cocinera-. ¿Pero acaso V. la conoce?...
-No la conozco -replicó Pepito- pero anoche justamente he salido con ella de compadre...
El golpe fue cruel, y Pepita no pudo disimularlo... Horrible suerte era para ella salir de comadre con D. Recaredo; pero que Teresa saliese con el Condesito, era cosa que no podía soportar su susceptibilidad femenina, y su imaginación comenzó a correr como de costumbre en alas de la envidia, viendo ya a Teresa, a la beata Teresa, a la íntima de Rosita Piña, a la amiga de toda la cursilería santurrona, subiendo como para sí misma había soñado ella, de comadre de Pepito a Condesa de Pineda; de embajadora en Berlín, en Londres, en París, en Viena, luciendo por las cortes de Europa, su, su (de ella, de Pepita) corona de nueve perlas, mientras la reina de salón, la linda, la célebre Pepita Ordóñez, se quedaba en Z.** de empleada en Rentas Estancadas, con seis mil reales de sueldo, siendo la Laura de aquel Petrarca sin un pelo que tenía delante, siendo para todo el mundo la Señora de Conejo!!! ¡Ni al mismísimo diablo se le podía ocurrir burla más sangrienta!... ¡E ignoraba la pobrecilla que eran encubridores de la cruel burla, el mismo Condesito objeto de sus ansias, y la misma Mercedes, su amiga del alma! ¡Fíese V. de las cosas de este mundo!...
Pepita sintió realmente que de nuevo le amagaba el ataque de nervios. Púsola primero pálida la ira, luego verde la envidia, y fingiendo una carcajada que quería ser espontánea y era sólo nerviosa, exclamó atropellando hasta por el reparo natural que debía infundirle la presencia del inofensivo D. Recaredo:
-¿Usted compadre de Teresa?... ¡Jesús!... ¡Ya me consuelo... Gracias a Dios que no soy yo la única que queda en ridículo!...
Y de tal manera esforzaba Pepita sus carcajadas, que hasta se olvidó de mantener ocultas bajo el vestido, las cínicas babuchas de pellejo de conejo...
-¡Pero qué ocurrencia Dios mío! -decía-. ¡Compadre de Teresa!... Pues es menester que se presente V. a ella con estola y con roquete...
-Pero, mujer -exclamó Mercedes sorprendida- ¿qué tienes con Teresa?... Pues es una muchacha guapísima y muy agradable...
-¿Agradable Teresa? -gritó Pepita echando rayos por el ojo sano y centellas por el lisiado-. Ya quisiera yo que la hubieses oído explicarse aquí mismo, ayer por la mañana... No te tocaba a ti chica parte...
-¿A mí?...
-Lo que oyes -replicó Pepita, que sabía bien donde apuntaba-. Decía que era un escándalo que las Hijas de María fuéramos a tu casa, habiendo comunión a la otra mañana: que todas estábamos en pecado mortal...
-Pues para que veas -la interrumpió muy sentida Mercedes- ni una sola de las Hijas de María que convidé, ha faltado anoche en casa...
-Lo cual indica, según Teresa, que ninguna tiene juicio; que todas están excomulgadas...
-¡Pero, hija! -exclamaba apurada doña Angustias-. Si Teresa no ha dicho nada de eso...
-¡Calla, mamá!
-¿Cómo he de callar, si no sabes lo que estás diciendo?... Lo único que decía Teresa era, que no le parecía bien estar hasta la madrugada de baile, para ir luego a comulgar por la mañaña... Que era preciso optar por una cosa o por otra, y que aun prescindiendo de lo que ambas son en sí, era más obligatorio en las Hijas de María cumplir su reglamento, que echar las cédulas de compadres...
-¡Pues llámele V. hache!...
-Pues le llamo erre, que es cosa muy distinta -replicó doña Angustias-. ¿No es verdad, D. Recaredo?
Viose el vate comprometido, y no queriendo disgustar ni a la madre ni a la hija, tomó por el camino de su erudición diciendo:
-Siempre han sido lo mismo las Hijas de María... Ya en la Edad Media...
-Pero si hablamos de la edad entera, don Recaredo...
-Pues por eso digo a V. lo que cierto Obispo a la reina Ana de Austria, madre de Luis XIV -replicó el erudito hallando al fin una respuesta más aguda de lo que él mismo pensaba-. Consultábale la Reina si era lícito asistir a ciertas comedias de las cuales no perdía ella una, por ser muy aficionada, y el Obispo le contestó: Señora hay grandes razones en contra, y un alto ejemplo en pro...
-Pues yo creo -dijo pausadamente el Condesito, que había seguido con suma atención la acalorada polémica- que su primita de V. Teresa hablaba como un libro; y cierto estoy de que si mi madre hubiera sabido el compromiso en que ponía su convite a todas esas señoritas, hubiese dejado su fiesta para otro día.
-¡Oh, lo que es eso de seguro! -exclamó Mercedes-. La suerte fue que la papeleta de la comunión llegó tarde a casa, y mamá no la vio siquiera; que si no, nos quedamos sin compadres...
-¿Pero por qué, por qué? -chilló Pepita más rabiosa cuanto más contrariada.
-Por la misma razón -replicó Pepito con igual pausa- que si mañana hubiera un besamanos en Palacio, sería una falta de respeto al Rey, dar una fiesta a la misma hora, que quitase la concurrencia a la que él daba.
Pasmábase Pepita de oír así hablar al Condesito, y con una de esas risitas de dientes a fuera que llaman del conejo, le dijo al cabo:
-¡Vamos, vamos!... Ya se conoce que ha estudiado V. con los Jesuitas.
-Y no me pesa que así sea -replicó muy serio Pepito-. Pero tenga V. en cuenta que al decir lo que digo hablo sólo de tejas abajo, que si hablara de tejas arriba -declaro mi incompetencia- pero creo que pudiera decirse mucho más todavía.
-¡Jesús y qué puritano ha vuelto V. de Bruselas!... Ya veo que no era tan disparatado como yo creía, su compadrazgo de V. con Teresa...
-Desde que oí cómo pensaba ella me pareció a mí lo mismo -respondió Pepito- y le aseguro a V. que tengo ya ganas de conocerla.
-Pues ahí la tiene V. -replicó vivamente Pepita señalando a la puerta.
Y arrojando al retirarse el traidor dardo del Parto, añadió con rabiosa burla, pero muy bajo, para que no le oyera doña Angustias:
-Pues mucho cuidado, Pepito... que anda de por medio cierto caballero que llaman Minuto, sacristán de la parroquia de San Marcos...
Pepito comenzó a sospechar la razón de las malévolas insinuaciones de la Ordóñez, y mirándola un momento con ese justo desdén que inspira a los hombres superiores, la mujer que baja del alto pedestal del decoro, para, como vulgarmente se dice, meterse por los ojos, volviose bruscamente hacia la puerta.
En ella había aparecido Teresa, y allí se detuvo un momento: su alta estatura y la airosa mantilla que cubriéndole parte del rostro, caía en anchos pliegues por delante, le daba cierta semejanza con la famosa estatua del Pudor (Pudicitia) que se admira en Roma, como una de las obras más acabadas del arte antiguo. Detrás de ella asomaba la exigua figura de Rosita Piña; y ambas volvían de la función de las Hijas de María, después de terminado el almuerzo de las viejas, y el reparto de los lotes de ropa.
-¡Entra, Teresa, entra! -le dijo cariñosamente doña Angustias-. Aquí están Mercedes y su hermano el Conde de Pineda, que quiere conocerte... Anoche ha salido contigo de compadre...
Un vivo sonrosado cubrió el rostro de Teresa, realzando su cándida sonrisa, como si la hiciera aparecer en el fondo de una rosa. Saludó a todos sin cortedad ni encogimiento, y fue a sentarse al lado de su prima, que no se dignó saludarla, ni tampoco a Rosita Piña. Don Recaredo había cedido a ésta cortésmente su asiento, y el Condesito, sentado al otro lado de Teresa, observaba atentamente la modestia de su traje, realzada por ese encanto que presta a la sencillez la elegancia natural, que es con respecto al lujo, lo que el gusto con respecto a las artes.
-¿Sabe V. -le dijo con una voz suave y cariñosa que hasta entonces nunca le había oído Pepita- que me encuentro en un compromiso?...
-¿Un compromiso? -repitió Teresa.
-Sí, y V. es la causa de ello...
-¿Yo?...
-Usted misma... porque a fuer de caballero, tengo que cumplir mis deberes de compadre, regalando a V. lo que indica esta cédula...
Y Pepito sacaba del guante una cedulita arrollada, mientras Teresa le miraba con cierto candoroso asombro.
-Aquí está indicado el regalo -prosiguió el Condesito- pero es, por decirlo así, un regalo anónimo, y es menester que V. lo especifique... Oiga V. lo que dice...
Y Pepito leyó con mucha pausa, la siguiente cuarteta:
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-¿Quiere V., pues, hacerme a mí uno grandísimo, diciéndome cuál debo yo de hacer a V. para cumplir como buen compadre?...
Cruzó al oír esto Teresa sus manos, que asomaban entre los vuelos de las mangas, bellas y correctas como algunas de Van-Dyck y del Ticiano, y exclamó con una sonrisa de gozoso asombro:
-¿Un favor?... ¿Lo oye V., Rosita?... ¡Un favor!... ¡Si esto parece cosa de milagro!... ¡Pues ya lo creo que se lo pediré!... Y uno muy grande tengo que pedirle... ¿No es verdad, tía Angustias?...
-Sí, por cierto -replicó vivamente la viuda, recordando el encargo que la víspera le había dado Teresa-. Anoche mismo llevaba yo la comisión de pedírselo a V. en su nombre, Pepito.
-Pues esto si que se llama llegar a tiempo -exclamó éste alegremente sorprendido-. Veamos, veamos cuál es ese favor que me proporciona a mí tanta dicha...
-Si es una cosa muy larga -dijo riendo Teresa.
-Pues a fe que no tenemos prisa.
-Y lo peor es que no estoy yo bien enterada...
-Pues entérese V. y dígamelo.
-¡No, no, ahora no! -exclamó Teresa que no quería referir delante de auditorio tan peligroso, la ridícula desventura de su amiga-. Primero tengo yo que hablar con Rosita...
-¡Hola, hola! -dijo picarescamente a ésta D. Recaredo-. ¿Es V. la ninfa Egeria de la bella Teresita?...
-¡No, no, no, señor!... Soy la secretaria de las Señoritas del Ropero -exclamó Rosita Piña aturdida y escandalizada al oírse llamar ninfa.
-Lo uno no quita a lo otro -replicó el galante vate- y bien merece Egeria tan prudente un Numa Pompilio tan bello.
-¡Pero señor, qué misterios! -dijo Pepita Ordóñez prosiguiendo en su sana intención de poner en ridículo a Teresa-. ¿Si querrán entre las dos hacerle conseguir a V. del gobierno que nombren obispo a su amigo Minuto, el sacristán de San Marcos?...
-¡Jesús, qué ocurrencia! -exclamó riendo Teresa-. ¡Qué cosas tienes!... No le haga V. caso... El favor que tengo que pedirle, se lo dirá a V. esta señora -añadió indicando a Rosita-. Yo se lo ruego a V. encarecidamente.
Pepito se volvió hacia la difunta oficial cuya resurrección le confiaban, e inclinándose ante ella como hubiera podido hacer ante la dama más empingorotada de la corte, le dijo:
-Ya tendré el gusto de ponerme a sus órdenes.
Y sin insistir más, varió la conversación, preguntando a Teresa por la fiesta de las Hijas de María... ¡Oh, todo había estado brillantísimo! ¡Qué función tan hermosa aquélla!... Ganas de llorar daba ver aquellas pobres viejecitas, arrastrándose hacia el comulgatorio, cuajado de luces, sembrado de flores, envuelto en las perfumadas nubes del incienso como si la Majestad divina quisiese desplegar toda su pompa, para probar a aquellos infelices con cuánta verdad dijo, que los últimos son los primeros, que todo el que a él llega es recibido, que toda tribulación encuentra en él descanso, paz, consuelo...
Y en el almuerzo, ¡cuánto había gozado luego Teresa! Porque a ella le gustaban mucho los viejos; parecíanle como seres de otro mundo, que llevan ya en la frente un destello de la inmortalidad. Esto le parecían a ella las canas; un rayito de la luz del cielo, que comunica a la cabellera del anciano los reflejos de la plata... ¡Y qué contentas estaban las viejecitas! Habían almorzado arroz con almejas y luego bacalao en blanco y de postre torrijas y café con leche. Una de ellas se empeñó en hacer probar a Teresa el arroz en su propia cuchara. ¡Qué risa entonces! A ella le daba un poco de asco, pero lo tomó sin titubear, por no disgustar a la pobrecita. ¡Cuesta tan poco hacer feliz a un humilde y queda luego en el corazón una dicha tan grande, tan dulce, tan santa!... Sólo un contratiempo hubo en toda la fiesta: a una vieja octogenaria le dio un accidente. ¡Y qué susto se llevó Teresa!... Estaba ella junto a la anciana y pudo recibirla en sus brazos: media hora larga se estuvo quietita, quietita, sosteniendo sobre su seno aquella cabeza decrépita, sin moverse, sin respirar apenas por miedo de molestarla, pidiendo a la Virgen Santísima que no se muriera aquella pobrecita, que tenía unos nietos tan chiquitos, tan monos, tan pobres... Y la verdad, la verdad, que también le daba a ella un poquillo de miedo de que se le quedase muerta encima, así de pronto, de pronto...
El Condesito escuchaba a Teresa embelesado con esa especie de ternura cariñosa con que se oye la ingenua charla de un niño... De repente vino a sacarlo de su arrobamiento un chillido agudo, uno de esos chillidos que solo da la mujer cuando la matan o cuando cruza un ratón rápidamente la estancia, meneando a compás el largo rabito.
Espantáronse todos; D. Recaredo dio un salto espontáneo como para echar a correr, y echó luego mano a la caja de las gafas, como hubiera podido empuñar un revólver. Pepita inclinada hacia atrás en la silla, recogidos casi los pies en el asiento, apuntaba con un dedo a Teresa chillando:
-¡Allí!, ¡allí!... ¡En la mantilla!...
-¿Qué? -exclamaron todos.
-¡¡Un piojo!!...
Creció el espanto. Asustada también Teresa, comenzó a sacudirse la mantilla.
-¡No, no! -gritaba Pepita- ¡que lo vas a tirar!... ¡Estate quieta!...
Abochornada entonces la muchacha, paseó en torno una mirada angustiosa, como pidiendo auxilio. Nadie se lo prestaba y ella sentía crecer en su imaginación, hasta tomar las proporciones de un cocodrilo, al asqueroso insecto, que sin duda le había dejado allí la anciana desmayada. Acercose entonces el Condesito, y con la punta de sus enguantados dedos cogió al feísimo bicho en los encajes mismos de la mantilla.
-¡Que se va a escapar! -gritaba Pepita-. ¡No lo tire V. dentro!... ¡Tírelo a la calle!...
-¿A la calle? -dijo con mucha paz el Condesito-. ¿Así cree V. que tiro yo las perlas?...
Y sacando con gran sosiego su cartera de piel de Rusia, le arrancó una hoja, lió en ella al piojo y se lo guardó tranquilamente en el bolsillo.
-¡Jesús, qué extravagancia! -exclamó Pepita estupefacta-. ¡Tal para cual!... La comadre recoge esas reliquias de sus adoradas viejas, y el compadre las va coleccionando... Cuando vaya V. a Inglaterra, quizá algún lord excéntrico le compre la colección.
-No cambiaría yo este ejemplar, ni por el mismo palacio de Windsor -contestó Pepito.
-Pues si va V. allí de embajador -dijo Pepita con rabiosa malicia- bien puede llevar de embajadora a su comadre... No le faltará un collar de esas riquísimas perlas.
Despidiéronse todos al cabo, y al salir D. Recaredo, dijo tímidamente a Pepita, indicando su monumental regalo:
-¿Pero es posible, bellísima Pepita, que no me dé V. el gusto de comerse en mi presencia siquiera uno de esos arquitos de piñonate?...
-¡Ni un piñón, D. Recaredo!
-¿Pero por qué, Pepita bella?... En el siglo XV inventó el holandés Buckalz la industria de salar los arenques, y el emperador Carlos V honró su memoría comiéndose uno sobre su sepulcro.
-Pues cuando V. se muera, me comeré yo sobre el suyo una docena de merengues -respondió Pepita.
Don Recaredo bajó la cabeza y dio lentamente dos pasos hacia la puerta; mas volviéndose de repente a su ingrata comadre, exclamó con el ademán de Elvino en la Sonámbula:
¡Ah!... per chè non posso odiarti?...


De malísimo humor volvió aquella mañana a su casa el buen P. Rodríguez. La función había estado magnífica, el cuadro edificante, los resultados prácticos y santos... Pero el grupito aristocrático, la crême, l'élite, las señoritas hupées del Palomarico de la Virgen que en su bendita ignorancia de esta jerga de salón, llamaba sencillamente el buen Padre, como en tiempos de D. Ramón de la Cruz, las Currutacas, habían brillado por su ausencia, sin pizca de respeto a las terminantes prescripciones del reglamento. Ignoraba el P. Rodríguez la causa, y se extrañaba y desesperaba porque de las diecinueve Currutacas, Hijas de María, solo cinco habían asistido a la solemne comunión de las viejas.
El buen señor comenzó a devorar con bastante apetito un resto del arroz con almejas y el bacalao en blanco que habían servido en el almuerzo de aquéllas, y para no perder tiempo, leía a la vez El Eco de Z.**, periódico de la localidad, sosteniéndolo a guisa de atril en la botella del vino tinto que usaba en sus comidas.
Preocupábale mucho la cuestión que por aquel entonces discutían las Cortes, sobre la Unidad Católica, y buscaba con avidez noticias de tan transcendental suceso. Ni una sola traía el periódico: ocupaba casi toda la primera plana, un largo artículo firmado por Fin-Flan, cronista de los salones elegantes de Z.**. El Padre Rodríguez volvió incomodado la hoja del periódico, mascullando:
-¡Majaderías!... ¡Pague V. cuatro pesetas al año para esto!...
Un nombre conocido pasó sin embargo ante su vista, llamándole la atención: hablábase allí de Serafinita Portazgo, Currutaca número uno, entre las varias que tenía él montadas en la punta de las narices.
-¡Toma! -exclamó el P. Rodríguez-. ¡Pues ya está aquí la púa del trompo!...
Y soltando la cuchara, púsose a leer por encima de las gafas el almibarado artículo, Fin-Flan no comenzaba su crónica como Jerónimo Paturot la suya, noticiando a las adorables Marquesas y espirituales Duquesas, que había comprado un canario; limitábase a invocar a Calíope, Euterpe y Terpsícore, y pasaba a asegurar luego que la noche había estado fresca. Narraba después con entonación épica la espléndida fiesta dada por la ilustre Condesa de Pineda, en obsequio de su hijo primogénito, recién llegado de Bruselas, y mojando a última hora la pluma en bandolina, concluía enumerando las señoras y señoritas que habían adornado con su presencia los suntuosos salones. Entre estas últimas, descubrió el P. Rodríguez con grande asombro, a las catorce prófugas de la comunión de aquella mañana. Para todas tenía Fin-Flan un epíteto lisonjero; unas eran bellas, otras lindas, otras elegantes. A las que no tenía ya el diablo por donde desecharlas, llamábalas discretas o simpáticas, y a veces espirituales.
-¿Lo ve V.?... ¿Lo ve V? -decía el P. Rodríguez aporreando el periódico-. Lo que yo digo... Hijas de María y sobrinas del diablo...
Mas su asombro creció de punto y llegó a convertirse en ira, cuando prosiguiendo su lectura vino a encontrar un poco más allá de las catorce prófugas, a las otras cinco Currutacas que había visto él por la mañana en la comunión, muy liaditas en sus mantillas, con los ojitos bajos, tan tiesecitas y devotas como si no hubiesen roto un plato en todos los días de su vida,
-¡Esto sí que no pasa! -exclamó el P. Rodríguez-. ¡No pasa y no pasa!... ¡Podrán divertirse conmigo, pero lo que es con Dios no se divierten! Deus non irridetur!... Que se vayan al baile y dejen la comunión si les da la gana, que después de todo, yo no puedo prohibirles en rigor que vayan a una casa honrada, a unas diversiones que son de suyo lícitas, por más que para muchas sean peligrosas. Pero que se estén bailando hasta las tres de la madrugada, como este mentecato Fin-Flan asegura, y vengan luego a recibir a Dios a las siete de la mañana como si tal cosa; que se confiesen conmigo las cinco una tras de otra, y no me digan una sola palabra de la preparación que han tenido, ¡esto no pasa y no pasa!... Deus non irridetur!
Y el P. Rodríguez, que era hombre ejecutivo, se levantó de la mesa desairando un trozo de queso que le aguardaba, y se encerró en su despacho. Allí escribió a la Presidenta de la Hijas de María una esquelita, ordenándole que reuniese el Consejo, y se procediera a la expulsión de aquellas cinco señoritas, hechas sin duda de acero de Birmingham, cuando después de bailar hasta las tres de la madrugada, tenían todavía fuerzas para darse golpes de pecho de las siete en adelante. Delenda Cartago, que hubiera dicho D. Recaredo Conejo.
Alborotose la Presidenta, protestó el Consejo, dividiose la plebe, y el P. Rodríguez, firme siempre en su terrible y oportuno Deus non irridetur, les dio a escoger entre su dimisión del cargo de Director espiritual, o la expulsión de las cinco señoritas delincuentes. Las Currutacas optaron, como era natural, por lo primero, y dejaron de ser Hijas de María, para formar otra Congregación aparte: lo malo para ellas fue, que ni buscándolo con un candil, encontraron Director espiritual: el único a propósito hubiera sido Fin-Flan, y nunca había pensado en recibir las órdenes.
En medio de estas perplejidades y angustias, desazones y trastornos que tan de cerca le tocaban, hallábase a la mañana siguiente Rosita Piña, cuando oyó llamar discretamente a la puerta de su aposento. Supuso ella que por la parte de fuera habían dicho Ave María Purísima y se apresuró a contestar por la de dentro sin pecado concebida. Su sorpresa y su turbación fueron entonces grandes; encontrose frente a frente al Condesito de Pineda, que con el sombrero en la mano, le presentaba mil corteses excusas, por haber venido a importunarla.
-¡Nada, nada de eso, señor D. Conde!, ¡que diga, Sr. D. José!... Usted viene a su casa -exclamó aturdida Rosita-. Pero pase V. adelante... Tome V. asiento...
Y cada vez más aturrullada la pobre vieja, tropezó con el gato, echó a rodar la canastilla de la costura y quebró los anteojos, por ofrecer a Pepito la más cómoda de sus sillas. Sentose al cabo éste, y se volvió a levantar al punto de un solo salto; había sobre el asiento un escapulario del Carmen a medio hacer, y clavada en él la aguja con que Rosita lo estaba cosiendo. Atribulada ésta estuvo a pique de echarse a llorar, y Pepito procuraba tranquilizarla, rascándose suavemente el cogote, como si las ramificaciones de sus nervios le hiciesen sentir allí el escozor de la aguja.
Serenáronse al fin ambos de sus respectivas emociones, y Pepito, con esa sencilla espontaneidad del poderoso delicado, tan distinta del seco desdén del orgullo, que ofende, como de la afabilidad protectora de la vanidad, que humilla, suplicó a Rosita le dijese en qué podía serle útil a ella, y complacer al mismo tiempo a Teresa.
Tosió la difunta, púsose colorada, y comenzó a relatar los síntomas que habían precedido a su muerte, y los remedios que necesitaba su resurrección. Mordiose los labios el Condesito para no reírse, y comprendió con cuánta prudencia se había negado Teresa a referir aquella misma historia delante de la burlona Pepita y el inspirado D. Recaredo: aquélla hubiera encontrado en la aventura tela larga con que poner en ridículo a la inofensiva Rosita, y éste hubiera compuesto un poema de La muerta en vida, condenándola contra su gusto a la inmortalidad, como Silvio Pellico a Zanze, su joven carcelera.
El asunto pareció al Condesito de facilísimo arreglo: bastábale poner cuatro letras a un amigo, enviándole la fe de vida y la partida de bautismo de la infortunada víctima. Azorose poco Rosita al saber que era necesario entregar, aquella partida de bautismo, que con tanto cuidado recataba ella de los ojos profanos, y notando su turbación el Condesito, preguntole si veía en ello algún inconveniente. Tartamudeó Rosita algunas excusas, y concluyó diciendo si no sería lo mismo que mandase ella directamente al amigo de Madrid ambos documentos.
-Exactamente igual -respondió el Condesito encogiéndose de hombros-. Hoy escribiré yo, y mañana enviaré a V. las señas de mi amigo.
Y dando con naturalidad perfectamente fingida otro rumbo a la conversación, comenzó a hablar a Rosita Piña de las virtudes de su amiga Teresa. Aquí perdió pie la beata... ¡Aquello era de lo que nunca se había visto! ¡Imposible encontrar en el mundo entero otra criatura como Teresa!... Tenía ella la prudencia de Santa Brígida, la dulzura de Santa Catalina, el candor de Santa Rosa, y sobre todo, la discreción, la energía, la fuerza de voluntad y el corazón de fuego de su gran tutelar Teresa de Jesús, la Santa Madre, como la llamaba siempre Rosita, por llevar hábito del mismo color que el de su orden.
-Siempre que pienso en la Santa Madre -decía Rosita- me la figuro con la cara de Teresa... Hasta tiene un lunar aquí, junto a la boca, como la Santa tenía... ¡Y qué alma, qué alma la suya! ¡Qué corazón tan recio, como de sí misma decía la Santa Madre!... Mire V.; hace dos años se fue a pasar la vendimia con la familia del señor Magistral... Una noche estaba ya encerrada en su cuarto, sola, sola, solita... Mira para una ventana, y ve asomar por debajo de la cortina los pies de un hombre escondido... ¡Vamos! ¡Yo me muero allí mismo: me quedo tiesa, tiesa!... Pues ella, nada: ni chistó siquiera. Se fue para una cómoda que allí había, como si tal cosa; hizo como si la quisiera abrir, y salta y dice: -¡Toma!... Si me dejé las llaves en el comedor!- Y se va suavemente hacia la puerta, sale, echa el cerrojo por fuera, alborota entonces la casa, y prenden al ladrón...
-Y luego -prosiguió Rosita que no sabía acabar hablando de Teresa- con ese valor y esas agallas, que esto es lo raro, más suave que una malva, más humilde que la tierra... Mire V., había en el Corral de los Chícharos una vieja... ¡el demonio, señor Conde, el demonio!... Era de Madrid, y decían que cuando lo del año treinta y cuatro, mató a un fraile... Tenía un hijo tonelero, baldado de las piernas... La vieja cayó muy malita, y fui yo a visitarla por las de la Conferencia. Llevé a Teresa... ¡Aquello tenía que ver! Se puso a enseñarla el catecismo; y como le llevábamos los caldos, y venía el médico, y le cuidábamos al hijo, la vieja callaba y comía, callaba y comía... Pero una mañana se le revolvió el diablo en el cuerpo, y puso a Teresa como un trapo... Al otro día, Teresa allí: furiosa la vieja, la volvió a insultar... Al otro día, Teresa allí: la vieja entonces, ciega de rabia, la pegó con una alcuza en la cabeza, y le hizo en semejante sitio -y Rosita señalaba la parte superior de la sien izquierda- una brecha muy regular... Yo misma se la curé, y guardo el pañuelo con la sangre, como si fuese de un mártir... Al otro día... ¡señor Conde!... ¡Teresa allí!... La vieja se quedó como San Pablo, al caer del caballo...
-Pero señora -le dijo- ¿cómo es posible que después de lo que hice ayer, vuelva V. a mi casa a traerme socorros?...
Y le dice aquel ángel del cielo, con su cara de reina dando limosna:
-¿Y por qué no? Le estaba enseñando a V. la doctrina de palabra, y debo también enseñársela de obra5.
-¡Mire V.!... Yo me puse a llorar, a llorar, y me llevé llorando tres días, y la vieja lo mismo, y el tonelerillo igual. A la otra mañana se confesaron los dos, y al domingo siguiente, estaba ya la vieja en el cielo, gracias a Teresa, que fue el ángel de su guarda... Le aseguro a V., que yo beso el suelo que ella pisa... No me extrañaría que el día menos pensado hiciera milagros
El Condesito escuchaba sin pestañear, atusándose la finísima barba, y aprovechando aquel corto respiro de Rosita, dijo con su acostumbrada pausa:
-Todo eso es admirable: verdaderamente admirable... Pero lo que yo no comprendo es, cómo todas esas virtudes no la han llevado ya a un convento...
-¡Pues... eso digo yo!, ¡eso digo yo! -exclamó Rosita entusiasmada al ver que el Condesito traducía su pensamiento-. Esa niña debe de ser para Dios, porque no hay hombre que la merezca... Y a la hora menos pensada viene uno de esos mequetrefes del día, con sus manos lavadas, y se la lleva sin comerlo ni beberlo... ¡Pues!, para hacerla desgraciada...
-¿Pero ella -prosiguió el Condesito- no ha manifestado nunca deseos de ser monja?...
-Le diré a V. -contestó Rosita en sus glorias, adelantando el cuerpo hasta sentarse en el filo de la silla, y poniéndose el dedo en la punta de las narices-. Yo no lo sé de cierto, porque ella es reservadilla, o quizá, quizá soy yo curiosa... Pero sospecho que en otros tiempos hubo algo... algo... Ella es pobre y no tiene dote. ¿Me entiende V.?... Doña Angustias no ha de dárselo, y quizá, quizá por eso, el P. Rodríguez le quitó el monjío de la cabeza.
-Pues por falta de dote no debía de quedar -dijo el Condesito con marcada indiferencia-. Muchas personas hay que se lo darían con gusto, y yo por mi parte, guardando todos los miramientos de delicadeza que una señorita como ella merece, no tendría inconveniente en ofrecérselo...
-¡Ojalá, ojalá, ojalá! -exclamó Rosita llena de santo celo-. Eso sería mi sueño de oro; el deseo de toda mi vida... Verla Salesa...
El Condesito hizo una mueca indescifrable y se despidió de Rosita, ofreciéndola con la misma afable sencillez de antes, su influencia y sus servicios. Rosita le acompañó encantada hasta la escalera, y aquella tarde, en el taller de las Señoritas del Ropero daba cuenta a Teresa de la visita de su compadre, diciendo entusiasmada:
-¡Pero qué bello sujeto!... Se parece a San Juan Evangelista... ¡Y qué cristiano!...
Y a poco más se le escapa, para probar la cristiandad del Condesito, el deseo que había manifestado éste de dotar a Teresa; detúvose, sin embargo, a tiempo, y limitose a añadir en apoyo de sus tesis.
-Dos veces estornudó y dijo ¡Jesús!
A la mañana siguiente recibía Rosita una carta del Condesito, notificándole que la noche anterior había escrito a su amigo D. Alfonso de Guevara, haciéndole cargo de su negocio; añadíale también, que según el deseo manifestado por ella misma, podía enviar a nombre de este señor la fe de bautismo y la de vida, sin más señas que la del membrete. Aludía Pepito al que traía la carta, y era éste el de las oficinas del Ministerio de Estado.
-¡Muy bien! -dijo Rosita llena de satisfacción y confianza.
Y acto continuo metió ambos documentos en un sobre, lo cerró con una enorme oblea encarnada que le dio su vecino el capellán de monjas, y puso la dirección en esta forma:
Sr. D. Alfonso de Guevara,
en
MEMBRETE.
Ella misma echó en el buzón el enorme cartapacio, y como ignoraba quién fuese el patrono, sin duda bastante descuidado, de las oficinas de Correos, rezó al echarlo un Padre nuestro por el feliz arribo de su misiva, al arcángel San Rafael, abogado de los caminantes.


Y aquí debíamos de terminar la relación de esta historia, suponiendo como suponemos que el lector le habrá buscado ya un desenlace, casando a Teresa con el Condesito, y dándole numerosa y masculina sucesión. No es, sin embargo, tarea tan fácil la de inflar a un perro, que dijo el bueno de Cervantes, y no sucedió todo tan punto por punto como sin duda el lector desea. Volviose Pepito a Madrid a los quince días de su llegada a Z.**, sin haber visto a Teresa más que tres veces en casa de doña Angustias, y una en la distribución de premios de cierta escuela gratuita, adonde fue él acompañando a su hermana.
Pepita, que llevaba cuenta y razón de todos los pasos del Condesito, pudo averiguar que había celebrado una larga conferencia con el P. Rodríguez: supúsose entonces que había ido a presentarle las excusas de su madre, muy afligida por haber llegado a saber que su fiesta de compadres fue causa involuntaria de los trastornos del Palomarico de la Virgen y de la desbandada general de las Currutacas.
Transcurrió más de una semana sin que hubiese noticias de Pepito, ni las tuviera tampoco Rosita Piña de su resurrección oficial en la nómina del Montepío. Una mañana hacía labor doña Angustias en el gabinete bajo que ya conocemos, y Teresa, sentada a su lado, cosía en una pequeña maquinita de Singer, los eternos gorros, sayas y gabanes de las Señoritas del Ropero. Entró Pepita azorada y nerviosa, con una carta en la mano, que acababa de llegar para doña Angustias por el correo: traía en el sobre el sello del Ministerio de Estado, y veíase en el reverso un timbre azul muy elegante. Era una corona condal caprichosamente colgada del ojo de una P, hecha con grande esmero.
-¡Mamá... mamá! -gritaba Pepita alborotada creyendo sin duda que en aquella carta pedían su blanca mano- ¡Pepito te escribe!... Mira, es su letra. El sello del Ministerio, y detrás la corona... ¡Qué preciosa!... ¡Elegantísima!...
Pasmose doña Angustias, púsose las gafas y dio vueltas al papel entre las manos, con esa necia perplejidad de todo el que recibe una carta inesperada. Decidiose al fin a abrirla, y volvió a pasmarse de nuevo; habíase encontrado con otro segundo sobre, abierto y dirigido a Teresa.
-¡Mujer! -exclamó-. Si es para ti, Teresa...
-¿Para Teresa? -chilló Pepita, y por un movimiento espontáneo, hizo ademán de arrancársela de las manos.
Pero ya Teresa la tenía en las suyas, y la leía en silencio. Poco a poco fuese poniendo pálida, pálida como la cera, y luego roja, roja como una amapola: dejó escapar una débil tosecita, y llevose la mano al corazón como si la sangre la ahogara. Por un momento pareció temblar su alma entre sus húmedos labios, como en el cáliz de una flor una gota de rocío.
-¿Pero qué dice? -grito Pepita, que con febril curiosidad seguía todos sus movimientos.
Teresa le alargó la carta, ya repuesta del todo, diciendo:
-Nada de particular... léela si quieres... Habla del asunto de Rosita Piña.
Abalanzose Pepita Ordóñez al papel, con la impremeditación del perro a la sombra de la carne, y no pudo notar, por lo tanto, que la infelizota Teresa se guardaba otro pliego en el bolsillo de su bata, que venía también en el sobre, y era el que ella había leído.
Pepita leyó de una sola ojeada la carta, corta y ceremoniosa; en ella decía el Condesito que los documentos de Rosita Piña no habían llegado, y que se apresurase a enviarlos, porque sólo su llegada se esperaba para terminar aquel asunto, de manera muy ventajosa para la vetusta huérfana. Ignoraba Teresa que Rosita Piña los hubiese enviado camino de Membrete y dijo reanudando su tarea de la máquina:
-Sin duda se han perdido esos papeles... Será necesario avisar esta tarde a Rosita, que envíe otros nuevos.
Pepita meneó la cabeza, y no se dio por convencida: había ella observado muy bien la grande emoción de su prima, y aquella carta fría e indiferente no la justificaba. Comenzó, pues, a devanarse los sesos para explicársela, y creyó al fin haber dado en el clavo: indudable era que Teresa se hallaba tan enamorada del Condesito que la sola vista de su carta bastaba para hacerle perder su habitual calma.
-¿Qué tal la santita? -decíase con redoblado encono-. ¿Si creerá la muy necia que le va a hacer tragar el anzuelo, porque salió con él de comadre y le dijo cuatro flores de cumplimiento?... ¡Mentira parece que quepan ciertas ideas en algunas cabezas!... Pues yo le aseguro que he de estar al acecho, y como la coja en algo, se ha de reír a su costa el mundo entero...
Muchas cosas, sin embargo, se escaparon al ojo avizor de Pepita Ordóñez: escapósele primero que a la mañana siguiente tuvo Teresa una larga conferencia con el P. Rodríguez en el confesonario; escapósele después que aquella misma noche escribió una carta, que si no fue larga, debió de ser difícil, pues rompió tres o cuatro borradores que para ella hizo; escapósele, finalmente, que aquella carta fue remitida abierta a la Condesa de Pineda para que la hiciese llegar a manos de su hijo.
El día de la Virgen de las Mercedes recrudeciéronse todas las sospechas y temores que Pepita Ordóñez abrigaba. Celebrábase aquel día el santo de Mercedes Pineda, y la tarde antes vino ésta en compañía de su madre a suplicar a doña Angustias permitiese a Pepita comer al día siguiente con ellas, y también... a Teresa!
Enfurruñose la niña al oír la segunda parte del convite, y con inconcebible y grosera ligereza, apresurose a contestar que con mil amores iría ella, pero que dudaba mucho aceptase su prima. Su sorpresa y su indignación fueron, por lo tanto, grandes, al ver que sin perder un punto de su habitual calma, aceptó Teresa el convite como la cosa más natural del mundo.
-¿Pero con qué vestido vas a ir, criatura? -exclamó Pepita ahogándose de ira-. ¿No ves que estará allí todo Z.** y te presentarás hecha una facha?...
Echose a reír Teresa, y con su airecito zumbón, contestó encogiéndose de hombros:
-¡Bah!... No me faltarán cuatro trapitos que ponerme...
Y con tan buen gusto supo combinar sus cuatro trapitos, que al verla ya vestida su prima, tuvo que confesarse con impotente rabia, que no necesitaba Teresa vestirse de sedas para salir de la categoría de aquellas monas pretenciosas en que había querido ella colocarla.
La Condesa, mujer discreta y muy afable, prodigó a Teresa cariñosas atenciones, habló a solas con ella largo rato, sentola en la comida a su derecha, y al despedir a las dos primas, ya muy entrada la noche cogiola ambas manos, y la besó cariñosamente en la frente, como hubiera podido hacerlo una madre.
Pepita Ordóñez no se murió de repente, porque la envidia envenena y no mata; pero sintió varias veces que el ataque de nervios le amagaba. El instinto de esta mezquina pasión, exagerado, pero certero siempre, le decía a voces que allí había algo, algo grave que trocaba dentro de su corazón en rabiosa saña, esa tristeza del bien ajeno, en que consiste a la vez el tormento y la culpa de la envidia. La berlina de la Condesa condujo a las dos primas a su casa, y en todo el largo trayecto no se cruzó entre ellas una sola palabra.
A los pocos días hubo carreras de caballos en el Hipódromo, y Pepita esperaba que Mercedes la convidase: había preparado un vestido muy elegante, y hecho venir de Madrid un sombrerito a propósito y muy nuevo, que tenía la caprichosa forma de una gorrita de jockey. El convite llegó al fin, ¡pero en qué forma!... Mercedes escribía a Teresa upa esquelita ofreciéndole en nombre de su madre un asiento en el coche, y suplicándole hiciese a Pepita igual ofrecimiento...
¡Aquello no podía tolerarse!... ¿Convidarla a ella por medio de Teresa? ¿Relegarla al piso bajo de una postdata, en una carta dirigida a la santurrona? ¡Y esto lo hacía Mercedes, su amiga del alma!... Ganas le hubieran dado de tirarse por la ventana, si no las tuviera mayores de lucir en las carreras su gorrita de jockey! Por esto, y sólo por esto, ocultó Pepita sus rencores, esperando que Teresa se quedaría en casa como de costumbre, dejándole a ella todo el campo libre. Pero con gran sorpresa suya, la santurrona, impávida siempre y sin dar razón alguna de su conducta, aceptó el convite.
El furor de Pepita se desbordó entonces; insultó a su prima, faltó al respeto a doña Angustias, y diciendo que por nada del mundo se presentaría jamás en público con una cursilona que mantenía su madre de limosna, se encerró en su cuarto, dando un tremendo portazo. Allí se arañó la cara y se tiró de los pelos. Sosegose un poco, y comenzaron a pasar entonces por su imaginación, con esa tenaz persistencia con que el espíritu del mal aprovecha las tempestades del alma, para presentar la tentación de la culpa, desde la bellaquería hasta el crimen; desde la mezquindad hasta la infamia; desde rasgarle a Teresa el único traje decente que tenía, hasta levantarle una calumnia; desde tirarle al pozo sus únicas botas, hasta cortarle el cabello o sacarle los ojos!...
Por la ventana de su cuarto, atisbando detrás de las persianas entreabiertas, vio Pepita llegar el magnífico landó de la Condesa, con cuatro caballos a la D'Aumont; vio después salir a su prima y subir al carruaje, sentándose a la derecha de la dama, que la abrazó cariñosamente... Pepita estaba estupefacta. ¿Cómo diablos había arreglado la malvada aquel trajecillo blanco de alpaca, tan usado, casi harapiento, que parecía ahora tan flamante, tan de moda, como si acabase de salir de los talleres mismos de Lafernière de Worth?... ¿De dónde había sacado la ladrona, sí, la ladrona, la ladrona que le robaba sus amigos, su importancia, sus triunfos, su asiento en el coche?... ¿De dónde había sacado aquella seguridad, aquel aire de duquesa, aquella dulce majestad de reina dando limosna, feliz frase de Rosita Piña, que pintaba tan al vivo, la doble expresión de nobleza y de bondad, que caracterizaba la fisonomía de la pícara santurrona? Mentira parecía todo aquello, y Pepita llegó a creer por un momento en la varita de virtudes que a la puerca Cenicienta prestaba su madrina.
Los postiliones, con chaquetillas de terciopelo negro, calzón de punto blanco y botas de charol reluciente, terciaron sus látigos: arrancaron los cuatro caballos a un mismo tiempo, y el lujoso tren, digno de figurar en las llanuras de Chantyklli o en las de Epson, desapareció lentamente, con regia pausa, por la calle adelante. Angustiósele entonces el corazón a Pepita, y, rompió a llorar con la impetuosidad del despecho que se desborda, con la amargura de la envidia que se siente vencida... A la noche, otro nuevo golpe; un lacayo vino a avisar que la señorita Teresa no volvería hasta las once: se quedaba a comer con la Condesa de Pineda.
Teresa por su parte, habíase apresurado a notificar a Rosita Piña la pérdida de los documentos, y supo entonces por ella misma, que los había enviado a Membrete.
-¡Pero Rosita, por Dios! -exclamó Teresa riendo a carcajada tendida de la simplicidad de su amiga-. ¿En dónde está ese pueblo?... ¡Será cerca de Jauja!... Ya no me extraña que el arcángel San Rafael hiciera tan mal el encargo... Ni buscándolo en el Diccionario de Madoz, habría dado con Membrete...
Tuvo, pues, Rosita que sacar otra nueva fe de bautismo y otra de vida, y enviolas esta vez directamente al Condesito. Consideraba aquel contratiempo como un justo castigo de la Providencia divina, por su senil coquetería de ocultar la edad, y con ese santo espíritu de expiación, propia de las almas fuertes a la vez que humildes, se impuso el penoso sacrificio de publicar por todas partes la fecha de su nacimiento. Súpose entonces con general pasmo, que por el pasado Marzo había cumplido setenta y cuatro años. Iba con el siglo, como solía decir con cierto tonillo que indicaba bien a las claras el gusto con que hubiera visto al siglo pasar delante de ella.
Rosita envió sus documentos un martes, y al jueves siguiente recibía Teresa otra carta, dirigida esta vez a ella, con el sello del Ministerio de Estado, y la aristocrática corona colgando de la P por timbre. Entregáronsela delante de Pepita, y leyola en silencio, sin conmoverse en lo más mínimo.
-¿Pero qué dice? -chilló Pepita con su impertinencia acostumbrada, devorando la carta con los ojos.
-Una buena noticia -contestó Teresa impasible-. Que Rosita Piña tiene ya conseguida su pensión, y que por nuevos méritos averiguados de su padre, se la aumentan a quince duros... ¡Qué alegrón va a tener la pobrecilla!
Pepita Ordóñez seguía devorando el papel con la vista, y Teresa, ya fuese por cálculo, ya por descuido, levantose a poco, dejando sobre, el velador la carta... Pepita cayó en el lazo: abalanzóse a ella no bien salió Teresa, y sin escrúpulo de ningún género, la leyó de cabo a rabo. Era una carta fría y ceremoniosa como la anterior, y sólo en una frase encontró Pepita sospechosos miasmas: el Condesito llamaba siempre a Rosita Piña nuestra buena amiga...
Aquel nuestra, aquel pronombre posesivo en plural, que parecía establecer entre Teresa y Pepito cierta comunidad de bienes, se le atraganto a la de Ordóñez. Examinando detenidamente el sobre, halló otro dato alarmante: estaba éste demasiado dilatado, para haber contenido un solo plieguecillo. Indudable era que allí dentro había venido algo más que aquella carta que tenía en la mano. Pepita metió y sacó varias veces el pliego en el sobre, y acabó por convencerse de lo que sospechaba.
-¡Ah, raposa hipocritona! -exclamó fuera de sí la de Ordóñez-. Aquí hay gato encerrado, y el espantajo de Rosita les sirve de pantalla...
Y corriendo de puntillas se fue al cuarto de Teresa: ésta se había encerrado por dentro. Miró entonces Pepita por el agujero de la llave, y vio a su prima recostada contra el quicio de la ventana, leyendo atentamente una larga carta de dos pliegos.
-¡Los que venían en el sobre! -pensó Pepita; y esforzando la vista cuanto pudo, logró distinguir al frente de uno ellos, la malhadada P azul con la corona colgando.
¡Aquello era para volverse loca! ¿Qué enredos, qué misterios, qué trapisondas eran aquellas?... Si Pepita hubiera gastado pantalones, se hubiese paseado con las manos en los bolsillos, como hacía Napoleón en sus grandes perplejidades, cuando trataba de adivinar el plan estratégico de algún enemigo.
La Moda Elegante de aquella semana vino a dar nuevo rumbo a sus temores y más ancho campo a sus conjeturas, haciéndola respirar con más desahogo. Cierto era que se le escapaba a ella el Condesito; pero también lo era que no se lo llevaba Teresa, y bastaba esto para llenarla de cierta satisfacción rabiosa, algo semejante en lo ruin al gozo de un enano que pusiera el tacón sobre la cabeza de un Goliat; algo parecida en lo feroz y lo cobarde al del chacal que comenzara a hacer pedazos a un toro enfermo; porque así en los grandes crímenes que inspira, como en las grandes bajezas a que impulsa, la ferocidad y la cobardía son los dos rasgos distintivos de la envidia. En la crónica de salones, anunciaba el Fin-Flan de la corte varios matrimonios recientes, y algunos otros que se proyectaban: entre estos últimos, hacíase mención del próximo enlace del distinguido diplomático Conde de Pineda, con una bella Marquesa andaluza.
Pepita no quiso dernorar un momento el dar la noticia a Teresa, creyendo descargarle con esto un golpe terrible de muerte. Encontrola en el gabinete bajo, cosiendo en la maquinita de Singer un gorrito feísimo. Pepita le disparó el tiro a quemarropa, diciendo:
-¿Sabes que se casa Pepito?...
Teresa detuvo un momento la máquina, y contestó con su serena calma:
-¡Vaya una noticia!... Ayer se lo dijeron a Rosita Piña en casa de Portazgo.
El asombro dejó yerta a Pepita, y no pudiendo resistir a la curiosidad, preguntó al cabo dándose por vencida:
-¿Pero con quién se casa?...
-Con la Marquesa de la Rambla -respondió fríamente Teresa.
Y dando al manubrio de la máquina, la hizo prorrumpir en un rich, rich, rich, estridente y metálico, que parecía la carcajada del Destino, riéndose de Pepita.
Eacute;sta registró de cabo a rabo la Guía oficial de aquel año, y no halló ninguna Marquesa de la Rambla, ni aun entre los títulos pontificios. La Gaceta del 29 de Noviembre de 1875, vino tres días después a sacarla de dudas: publicaba una Real orden declarando a doña Teresa Ordóñez y Santisteban, capaz de percibir la orfandad que, como hija del difunto general de la Armada, D. José María Ordóñez, le correspondía, reintegrándole en bonos del Tesoro las pensiones atrasadas, y declarándola en posesión, libre de gastos, del título de Marquesa de la Rambla, cuyo expediente de sucesión había presentado en el Ministerio de Gracia y justicia el difunto general, en Febrero de 1868. El Gobierno de la Restauración que tan magnánimas condescendencias había tenido con tantos de sus traidores, hacía al fin justicia a uno de sus leales.
Publicose el decreto en 29 de Noviembre, supose en Z.*... el 30, y aquel mismo día recibió Teresa un oficio del Ministerio de Gracia y Justicia, poniendo oficialmente en su conocimiento la Real orden de Alfonso XII. Díjose entonces, que andaba en todo aquello la mano del Condesito, y corroborose este aserto cuando a los pocos días se presentó en casa de doña Angustias la Condesa de Pineda, a pedir para su hijo, con todo el ceremonial de costumbre, la mano de Teresa. El pasmo de la viuda dura todavía: obligación de justicia es consignar al mismo tiempo que su satisfacción tampoco ha cesado.
Las visitas de enhorabuena comenzaron a sucederse, sin que ninguna pudiese ver a Pepita. Estaba constipada, atrozmente constipada. Algunos días después logró verla D. Recaredo en casa de Portazgo.
-¿Lo ve V., bella Pepita? -le dijo-. Lo ve V. cómo los lazos del compadrazgo pueden estrecharse?...
-¿Y qué? -replicó Pepita verde de ira.
Don Recaredo miró al suelo, luego al techo, después a los lados, e invocando a Himeneo y demás númenes tutelares, tartamudeó con el esfuerzo supremo de quien acomete un imposible:
-Que lo mismo que Teresa y Pepito, podíamos nosotros estrechar los lazos que nos unen...
-¡A mí no me une ningún lazo con V.! -replicó Pepita furiosa-. ¿Se entera V. bien, don Recaredo?... El día en que me ahorque, le cederé un extremo de la cuerda para que haga lo mismo... Ése será el único lazo que nos una...
-¡Magnífico!... ¡Bellísimo!... ¡Sublime! -exclamó D. Recaredo con acento pindárico-. Moriremos juntos, como los amantes de Teruel, D. Diego de Marcilla y doña Isabel de Segura, nacidos en 1192, en dicha ciudad...
Y aquí relató el erudito de cabo a rabo la fe de bautismo de los famosos amantes, sin omitir el nombre de los padrinos, el del cura que los bautizó, y hasta el del monaguillo que hizo de acólito en la ceremonia.
Rosita Piña reventaba de satisfacción, y acudió presurosa a dar la enhorabuena a Teresa. Al ver al Condesito, le amenazó con el abanico, diciendo:
¡Ah pícaro!, ¡y me decía a mí que quería dotarla para que fuese Salesa!...
El Condesito se echó a reír, acordándose de su conferencia con Rosita Piña.
-Mire V., Rosita -le dijo- si a Teresa la llamara Dios, no sería yo seguramente quien se la disputase... Pero le voy a contar a V. un cuento popular que me refirió a mí en el Tyrol un guía de los Alpes, y que podrá quizá tranquilizarla6.
-Cuentan por allá que San Pedro tenía dos hermanas, una mayor que él, y otra más chica. Ésta entro en un convento, y San Pedro, muy satisfecho, quiso convencer a la otra para que hiciese lo mismo; pero ella le contestaba:
-No: prefiero casarme.
Todo el mundo sabe, que después de su martirio, quedó San Pedro nombrado portero del cielo. Un día le dijo el Señor:
-Pedro... Abre la puerta de par en par, porque debe de llegar hoy un alma muy grande.
San Pedro fue a abrir muy contento,. diciendo para su capote:
-Sin duda debe de ser mi hermana la monja.
Pero no fue el alma de la monja, sino la de la casada, la que llegó aquel día al cielo. Diole Dios un asiento muy alto, y San Pedro se dijo muy sorprendido:
-¿Qué guardará entonces para cuando venga mi hermana la monja?...
Algún tiempo después, le dijo el Señor de nuevo:
-Pedro... Abre la puerta... Pero no la abras del todo: abre solo el postiguillo.
-¿Quién llegará hoy? -pensó San Pedro.
Y a poco llegó el alma de su hermana la monja, que entró apretándose como pudo por aquellas estrechuras. Dios la colocó muy por debajo de su hermana la casada, y San Pedro se quedó estupefacto... Entonces comprendió lo que dice San Francisco de Sales, mi querida Rosita: que no consiste todo en el estado, sino en la perfección del eslado, que mediante siempre la gracia divina, depende únicamente de la voluntad del que lo profesa.
-Y por aquí podrá V. sacar -prosiguió el Condesito con su afable sonrisa, algún tanto impertinente- que no ha ido a parar Teresa a tan malas manos... Su futuro marido ha leído también los autores ascéticos.


Celebrose al fin la boda de Teresa y de Pepito con grande pompa y aparato, siendo los padrinos el monarca reinante y su hermana la entonces Princesa de Asturias. El trousseau fue magnífico, y por una rara coincidencia, era la corona condal, regalada por el novio, en todo idéntica a la que había soñado Pepita: corona entera, con magníficos zafiros. A Pepita le pareció sin embargo muy chabacana, sin duda por lo que parecieron verdes a la zorra de la fábula las uvas de aquella parra.
Entre los regalos de boda, había dos muy notables por distintos conceptos. Una pililla de agua bendita de plata filigranada, regalo de Rosita Piña: en ella había al cabo gastado la infeliz el dinero que guardaba para su entierro, prefiriendo quedar insepulta, después de muerta, a pasar en vida la plaza de ingrata.
Era el otro regalo una cajita de valor incalculable, formada por una gran esmeralda, perfectamente ahuecada: cerrábala una perla de notable tamaño y otras seis iguales formaban cerco completo en torno de ella. Aquella riquísima joya encerraba solo un cadáver... El de aquel feliz piojo, recogido por Teresa con caridad tan grande, denunciado por Pepita con intención tan aviesa, y recogido por el Conde con tan singular galantería. A este asqueroso insecto, según aseguraba Pepito, debía su felicidad; porque su aparición en la mantilla de Teresa le había hecho fijarse en ella, y comprobar despacio las raras virtudes de la que era ya su esposa.
-Pues es un romanticismo de muy mal gusto -había opinado Pepita- o mejor dicho, es... una grandísima porquería!!!...
Y aquí volveríamos a poner punto final, y ya definitivo a nuestra narración, si no nos detuviera un reparo muy considerable. Hannos motejado algunos, que cortamos nuestras historias de repente, dejando al lector en la ignorancia del paradero de aquellos personajes con que le habíamos hecho trabar conocimiento. A esto podríamos contestar, que nadie pregunta por el jilguero que cantó al pie de su ventana al romper el alba: canta, amanece y echa a volar sin dejar rastro en el aire. Algo de esto contestaba Schiller a los que querían saber la suerte de Thecla; mas como nosotros no somos Schiller, ni nuestros personajes son ruiseñores, ni tampoco jilgueros, sino seres de carne y hueso con que puede tropezar el lector a cada paso, cuando menos lo piense, preferimos complacerle, dando noticias detalladas de nuestros principales héroes.
Los Condes de Pineda residen en la actualidad en Berlín, en cuya embajada desempeña Pepito un alto puesto. Tienen un hermoso niño, que ha acariciado muchas veces el viejo emperador Guillermo, complaciéndose en oírle balbucear el alemán con su biznieto el actual Komprinz Federico.
Don Recaredo y Rosita Piña murieron ambos, víctima el uno de sus corteses entusiasmos, víctima la otra de una indiscreción de su fervor religioso.
Hemos dicho en otro libro7, que el mecanismo de la vida de D. Recaredo giraba sobre dos polos opuestos: su horror a los constipados y su amor a la cortesía. Para conciliar estos dos extremos sobre su pelada cabeza, había discurrido el vate ponerse para recorrer las calles una peluca, que dejaba a cubierto su cabeza, cuando a cada instante echaba a voltear el sombrero a todos los vientos.
Mas súpose un día la vuelta a España de cierta augusta desterrada por quien tuvo siempre don Recaredo el más leal entusiasmo. La regia proscripta debía de llegar a Z.** y la multitud invadía la estación de bote en bote. Don Recaredo, de rigurosa etiqueta vestido, luciendo en el ojal la cruz de Carlos III con que pocos meses antes le habían condecorado, poníase sobre las puntas de los pies, para saludar aunque sólo fuese desde lejos a la augusta dama. Extendíase la vía solitaria entre frondosas huertas, brillando a lo lejos los rails con reflejos de plata. De repente sonó un estridente silbido, y apareció en ella una máquina exploradora: dos minutos después precipitábase en la estación el tren regio, cubierto de banderas españolas que agitaba el cierzo de Marzo entre torbellinos de negro humo, dando resoplidos como un monstruo engalanado, que llegara presuroso a una fiesta de Titanes...
Una salva formidable saludó desde la batería próxima a la desterrada que volvía a la patria; diez músicas rompieron a un mismo tiempo en los majestuosos acordes de la Marcha real española, y un viva inmenso, atronador, espontáneo, fue a ensordecer los oídos, no del todo desmemoriados de la augusta señora... Aquel vértigo contagioso envolvió a D. Recaredo en su torbellino, haciéndole olvidar sus prudentes precauciones: quitose con una mano el sombrero y con otra la peluca, y agitando ambos trofeos en el aire, gritó tambaleándose:
-¡Vivaaaa!!...
¡Infeliz vate!... Una racha colada de aire, traidora, fría, lenta, pasó en aquel momento sobre su pelada cabeza. Don Recaredo sintió el helado beso de la pulmonía sobre su cráneo sudoroso: encogió el cogote, cerró los ojos, inclinó la cabeza, y ya no volvió a levantarla... Ni aun tuvo tiempo de dictar su epitafio: exánime llegó a su casa, confesose cristianamente, recibió con tranquilo fervor los demás sacramentos, y tres días después le borraba la muerte del número de los vivos, y el Director de Rentas Estancadas de la nómina de empleados. La ingratitud le borró a su vez de la memoria de sus amigos. ¡Sólo nosotros hemos conservado sus predosos recuerdos!
Causas muy distintas motivaron la muerte de Rosita Piña: organizábase una famosa peregrinación a Roma, y Teresa pudo conseguir de ella que la acompañase a visitar la tumba de los Apóstoles. Rosita Piña aceptó el convite como deslumbrada, sintiendo al preparar su menguada maleta, los temores y las esperanzas, las ansias y los deliquios que debió de sentir Sebastián Elcano al embarcarse en La Victoria para dar la vuelta al mundo.
Una vez en Roma, desaparecieron sus miedos, y excitada por los piadosos incentivos de la Ciudad Eterna, dejose llevar sin rienda alguna de lo que llamaba Pepita Ordóñez su vicio de corretear iglesias. Tocole una tarde visitar el histórico templo de San Pablo di tre fontana, extramuros de Roma, donde se conservan las tres fuentes milagrosas que brotaron al rodar por el suelo en tres saltos la cabeza de San Pablo. Rosita Piña midió la capacidad de su estómago por la inmensidad de su fervor, bebiéndose en cada fuente un pimporro de tal calibre, que llegó a su casa hidrópica del todo: declarósele un cólico de mala especie, y en dos días llegó a las puertas de la muerte.
Teresa y el P. Rodríguez, que dirigía un grupo de la peregrinación, no se separaban de su lado. En el dintel de lo eterno, recorrió aquella alma sencilla su largo pasado, y sólo una culpa encontró que le causara remordimientos; había bordado en el año 15 unos tirantes para Riego, y quizá, quizá pudo contribuir con esto a la propagación de los errores liberales que tanto afligían a la Iglesia.
-¡Calla, viejecilla! -le dijo el P. Rodríguez sin poder contener ni la risa ni las lágrimas. Verás qué zarpazo das en la gloria...
La viejecilla sonrió, y sonriendo también el Ángel de su guarda, se la llevó al cielo.
Pepita Ordóñez vive todavía, sigue soltera, y está muy gorda, atrozmente gorda. No hace todavía un año diose un baile de trajes en cierta casa muy conocida, y Pepita se presentó con un estrambótico vestido de pastora,
-¿Pero qué traje es ése? -preguntó uno.
-¿Pues no le ves?... De zagala que acaba de devorar a su rebaño.
-No, señor -dijo entonces una dama famosa por su punzante sátira-. Ese traje es de soltera descontenta del oficio...
Lo que antes dijimos, se cumplió en Pepita. Ninguna reina de salón ha sido nunca ángel de ningún hogar...
FIN