Por un piojo...
Cuadro de costumbres
Luis Coloma


Perpleja estaba aquella mañana Pepita Ordóñez sentada en su tocador, con dos cartas, una en cada mano. Dejolas al fin sobre un acerico erizado de alfileres, y, apoyando ambos codos entre la multitud de cachivaches que ocupaban la mesa de un Pompadour algo turquesco, fijó esa mirada sin vista conque la juventud contempla las ilusiones, en la luna del espejo. Allí se reflejaba su carita de muñeca de china, coronada por dos papillotes que levantaban sobre su frente sus cuatro puntitas de papel, como otros tantos erguidos cuernecitos.
Indudable era que Pepita Ordóñez soñaba despierta, paseándose por los floridos jardines que había hecho brotar en su imaginación alguna de aquellas cartas. Era ésta un billetito triangular, de un rojo subidísimo, márgenes negros, letra de mujer en el sobrescrito, de rasgos firmes y elegantes, y un diablito negro por sello, muy primoroso, montado en un velocípedo.
No por esto olía a azufre: apestaba a oppoponax, esencia entonces muy en boga, y bien merecía por todo su aspecto contener la cita de alguna cocotte en el kiosco de Saint-James. Nada de esto contenía sin embargo: las honradas damas españolas acogen con tanto afán las chucherías venidas de Francia, que no se cuidan de inquirir el mayor o menor decoro de su procedencia.
Suele decirse que detrás de la cruz está el diablo, y en aquella carta sucedía al revés: delante estaba el diablo y detrás la cruz, al frente de lo escrito, hecha con dos rasguitos muy devotos. Debajo decía:
«Mi querida Pepita: Anoche llegó Pepito de Bruselas...»
Aquí dejó escapar Pepita Ordóñez ese pequeño grito, corto, stacatto, propio de las mujeres nerviosas cuando se asustan, alegran o sorprenden: luego continuó leyendo con avidez progresiva:
«...y como hoy es jueves de compadres, quiere mamá celebrar la llegada de nuestro diplomático con una reunión de íntima confianza: echaremos las cédulas, se bailará un poquito y pasaremos un rato muy agradable, sobre todo si tú vienes. Pepito me ha preguntado mucho por ti, y está deseando verte. Si vienes temprano, antes que empiece a llegar gente, te enseñaré despacio el portbonheur1 que me ha traído Pepito de París y pienso estrenar esta noche: es precioso. Dice Pepito que vio a la princesa de Metternich uno lo mismo, lo mismo. Tengo mucha prisa y concluyo, porque mamá me ha dado el encargo de hacer yo las invitaciones para dar a la velada un sello de mayor confianza. Tuya afectísima amiga del alma,
MERCEDES, enfant de Marie».
Nerviosa y fuera de sí dejó Pepita la carta, sin notar que aún no la había terminado; faltaba esta postdata:
«Excuso decirte que tendremos mucho gusto en que te acompañe también tu prima».
Pero ya Pepita Ordóñez navegaba a velas desplegadas por las caprichosas ondas de su fantasía, sin cuidarse poco ni mucho de la prima anónima... Pepito había llegado, preguntaba por ella, deseaba verla, y era el Pepito en cuestión un guapísimo muchacho de veinticinco años, rico, conde, de talento, diplomático, que volvía de Bruselas decidido a casarse en su ciudad natal, donde es fama que saben ser las mujeres excelentes madres de familia. Sin titubear un instante, se aplicó Pepita Ordóñez aquel oportuno dístico:
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Y dando ya por convencida a la Providencia divina y por avisada a la Vicaría, comenzó Pepita Ordóñez a arreglar el porvenir con prudencia exquisita. Indudable era que el hado bonachón la haría aquella noche comadre de Pepito, y una vez dado este primer paso, podía ya comenzar a escoger el trousseau, como comenzó en efecto por la corona de nueve perlas, la corona condal que había de regalarle Pepito...
Y no la quería ella en forma de diadema, porque eso estaba ya muy visto; quería que fuese corona entera, con zafiros, como la que había visto en Sevilla a la Condesa de la Tuna, en un baile del palacio de San Telmo; y como claro está que era poco delicado decirlo así descaradamente a Pepito, decidió insinuárselo con mucha delicadeza por medio de Mercedes, la cuñada futura, o quizá mejor de aquella prima anónima: era ésta tan sencillota, tan infeliz, que de seguro se prestaría con el alma y con la vida...
En el traje de boda no había que pensar, porque era cosa de cajón, raso, encajes, azahar, todo blanco; con él se retrataría para legar aquel recuerdo a sus hijos... y dar de paso un revolcón a Elvirita Pacheco. ¿Pues no había dicho la muy mentecata que era ella una cursi?... Y todo porque la tal Elvirita pasaba los inviernos en Madrid, con su tía la Marquesa... ¡Pues vaya una elegancia!... Ya le enviaría ella una fotografía de su retrato de novia, con una dedicatoria muy cariñosa, muy expresiva, para que rabiara de firme.
En cuanto al traje para el magnífico sarao con que había de solemnizarse el matrimonio, era menester pensarlo despacio. ¿Sería rosa o celeste?... Eran los dos colores que mejor le sentaban: el rosa la hacía un poco pálida, quizá fuera preferible el celeste... Asmodeo había dicho en la Moda Elegante, que la Duquesa del Pino, envuelta en gasas azules, recordaba a Anfitrite saliendo del seno de las olas. Pepita Ordóñez no sabía a punto fijo quién era Anfitrite; pero pensó preguntarlo a D. Recaredo Conejo, señor muy erudito, y se decidió al fin por el traje de color de cielo.
Quiso, sin embargo, hacer una última experiencia; pero no había por allí nada celeste... ¡Ah, sí!, allí estaba en un rincón un papel de seda de aquel color, que había servido para envolver velas de esperma... Pepita Ordóñez lo rodeó a su garganta, bajando antes el cuellecito de percal no del todo limpio que la cubría... ¡Magnífico! ¡Ravissant!... Ya podían irse a freír monas Anfitrite y Asmodeo y la Duquesa del Pino con sus olas del mar y sus espumitas; pues sólo con el papel de las velas de esperma, eclipsaba ella a todas las bellezas acuáticas y terrestres...
Y cuando entusiasmada consigo misma, sonreía Pepita Ordóñez a la carita de muñeca que reflejaba el espejo, y extendía la mano como para asir por la frágil punta de las alas aquellos rosados ensueños, echó a rodar sin advertirlo la otra carta compañera de la del diablito, que yacía olvidada sobre la mesa. La carta cayó al suelo, produciendo sobre el pavimento un chasquido mate, una especie de suspiro de papel, que parecía decir lastimeramente:
-¿Y así se porta V. conmigo, señora doña Pepita?...
Pepita se inclinó para recogerla... ¡Qué fastidio!, ¡tener que ocuparse de majaderías, cuando la embargaban a ella pensamientos tan serios!... ¡Y la tal carta tenía una facha!... Era el sobre basto y cuadrado, y con letras gordas y desiguales, decía: Señorita doña Josefa Ordóñez y prima, calle de las Narangas, núm. 8. El prima, aquel prima que lo mismo podía ser el segundo apellido de Pepita, que representar, como realmente representaba a la prima anónima que ambas cartas consignaban como postdata, como sombra, como apéndice de Pepita, hizo aparecer en los labios de ésta un mohín de enfado; y cuando sus ojos se fijaron en lo de Narangas... ¡oh!, ¡entonces!... entonces su pudor académico se sintió cruelmente ofendido, y rasgó el sobre con gesto de cólera, digno de Molins o Fernández Guerra.
Un pliego impreso con el sello azul de las Hijas de María apareció dentro: en él notificaba la Presidenta a la señorita doña Josefa y a la prima anónima, que a las ocho de la mañana siguiente, viernes 3 de Marzo, sería la Comunión general de las Congregantas en la iglesia de costumbre: suplicábales al mismo tiempo la puntual asistencia, advirtiéndoles que en la misma Misa comulgarían cincuenta ancianas pobres de las socorridas por la Congregación: habíase de servir luego por las mismas Congregantas un abundante almuerzo a todas las viejas, y terminaría el acto distribuyendo entre aquellas infelices varios lotes de ropa, como premio a su puntual asistencia al catecismo.
La noticia causó en Pepita Ordóñez el efecto de una ducha de agua fría, y en vano su imaginación comenzó a correr de nuevo por otros caminos, retratándole al vivo el interesante grupo de su lánguida beldad, conduciendo a una decrépita anciana a la sagrada Mesa, a la melancólica luz y con el ascético encanto de aquel ángel que pintó Murillo, sosteniendo a San Juan de Dios cargado con un pobre...
También era esto bonito, pero más le gustaba a Pepita Ordóñez lo otro; y enfurruñada, casi llorosa, retorciendo entre los dedos la esquela de las Hijas de María, se agitaba en el asiento... ¡Pues estaba bonito! ¡Vaya una oportunidad qué tenía la Presidenta! ¡Como si no pudiesen comulgar otro día cualquiera aquel medio ciento de viejas!... Porque el conflicto era cruel: o era necesario renunciar a la fiesta de la Condesa, o no asistir a la Comunión general, o acudir a ésta llevando como preparación la música, el baile, las cédulas de compadres y comadres de aquélla.
Pareciole esto al fin lo más aceptable; porque después de todo, ella no iba a hacer nada malo en casa de la Condesa: todo se reducía a retirarse un poquito más temprano, dormir un par de horitas, y hacer siete minutitos de examen de conciencia al tiempo de levantarse...
Lo malo, lo temible, era aquel P. Rodríguez, director espiritual de las Hijas de María, que siempre andaba a vueltas con aquello de que no caben en un solo corazón Dios y el mundo; y luego aquella prima, ojito derecho del P. Rodríguez, tan huraña, tan infelizota, que nunca había podido comprender los imperiosos deberes que impone la sociedad a una señorita elegante, y que por ningún concepto consentiría en acompañarla a una y otra parte... Porque si ella pudiera conseguir esto, quizá, quizá el P. Rodríguez no se atreviera a condenar en Pepita lo que hubiera querido justificar en su discípula predilecta.
Y entonces fue cuando pensando en ello, se quedó Pepita Ordóñez perpleja, con los codos apoyados sobre el tocador, fija la vista en su carita de muñeca de china, que reflejaba el espejo, con los cuatro cuernecitos de los papillotes erguidos sobre la frente.
Y entonces fue también cuando se abrió la puerta del aposento para dar paso a la prima Teresa, que este era el nombre de la prima anónima que en ambas cartas figuraba: traía en las manos dos pedazos de tela de ínfimo percal rameado con pésimo gusto, y poniéndolos ante los ojos de Pepita extendidos en forma de paño de verónica, dijo entre impaciente y burlona:
-¿Pero me querrás decir dónde has cortado aquí lo de arriba y lo de abajo?... Lo que es esto, lo mismo puede ser el corte de un gabán, que el de una funda de almohada...
Y al hablar así Teresa, inclinaba sobre el malhadado gabán su airoso cuello, torneado, un poco largo, como suelen verse en las vírgenes de Perugino.


Pocos conocían en Z.** a Teresa Ordóñez por su verdadero nombre: llamábanla siempre la prima de Pepita, porque la brillante personalidad de ésta oscurecía entre sus rayos de relumbrón a la modesta niña, como el vulgar reflejo de la concha de nácar eclipsa a los ojos ignorantes el suave mate de la rica perla.
Era en efecto Pepita Ordóñez una de esas elegantes de provincia, reinas de salones de segundo orden, que tienen por cetro un abanico, y por sesera un bote de pomada o una borla de polvos de arroz: astros de primera magnitud en el menguado cielo de una capital corta, que por no haber abarcado nunca horizontes más dilatados, creen igualar a esos otros astros de la moda, que tan sólo conocen por las almibaradas crónicas de los reporters del gran mundo.
Cuando Pepita Ordóñez leía en ellas que la Duquesa H.** había puesto de moda en París el color de gacela meditabunda, o que la Princesa X.** andaba en Niza con pantalones, sonreía con el mismo aire de inteligencia mutua y amistad recíproca con que sonreiría Francisco José a Guillermo de Prusia, o el Czar Alejandro al Emperador de Turquía, al ver ya dominio del público las combinaciones diplomáticas y los tratados secretos, firmados diez años antes.
Y hay en efecto entre estas reinas Semíramis y aquellas reinas Nanás, un rasgo común que establece entre ellas la proporcionalidad de las figuras geométricas semejantes, la uniformidad de la fórmula elíptica, que lo mismo expresa la inmensa curva que recorre Urano en el espacio, que la descrita por la cola de un gorrión al saltar de tejado a tejado. Nunca, ni en la corte ni en el cortijo, llegan a ser estas reinas de salón ángeles de ningún hogar; siempre castiga la maledicencia sus vanidades, transformando en faltas sus ligerezas y en culpas sus errores...
Teresa era por el contrario el reverso de la medalla: enemiga de figurar, retraída sin ser oscura, hacíase cargo de su triste posición, y ofrecía con respecto a Pepita el contraste de las líneas superiores del triángulo, que separadas del todo por la base, sólo se juntan en el vértice. Este vértice era en ambas jóvenes doña Angustias, madre de Pepita, tía de Teresa, excelente señora, tonta de capirote; pero de esas tontas bondadosas que disimulan sus necedades con los reflejos de su bondad, y deslustran su bondad con los matices de sus tonteras.
-Es muy buena... ¡pero es tan tonta! Es muy tonta... ¡pero es tan buena! -decían de ella amigos y enemigos, mezclando en mayor o menor proporción, según la benignidad de sus criterios, los dos ingredientes de bondad y tontería, que componían el ente moral de la viuda de Ordóñez.
A ella debió Teresa un pedazo de pan en la miseria, y un amparo en la orfandad en que vino a dejarla la muerte de su padre. Era éste jefe de escuadra, y mandaba uno de los departamentos marítimos de más importancia al estallar la revolución de 1868; mas al resonar en España aquel grito de traición y de anarquía, el honrado marino, el leal caballero, protestó enérgicamente, oponiendo esa noble resistencia individual, tanto más heroica, cuanto es más inútil.
Destituyole entonces el Gobierno intruso, enviándole de cuartel a San Fernando, y allí murió a poco, sin haber vuelto a vestirse jamás aquel uniforme que en la rectitud de sus principios, creía para siempre deshonrado. En su testamento encargaba a Teresa que lo enterraran vestido de paisano, y que si el Gobierno manifestaba deseos de tributar a su cadáver los honores que por su grado le correspondían, adelantase el entierro y depositaran su cuerpo en la capilla del campo santo. «Porque ni aun después de muerto, decía la cláusula, quiero recibir nada de traidores».
Teresa era digna hija de aquel hombre que llevaba en su blasón una barra de acero con este lema: Me rompo, pero no me doblo, y entonces se reveló por vez primera su carácter, enervado hasta aquel momento por la prosperidad, que no es madre, sino madrasta del alma; porque así como es necesario la presión para hacer estallar la pólvora, así es también necesario el infortunio para poner de manifiesto ciertas grandes cualidades que se ocultan en muchos corazones.
Cuando los hipócritas compañeros del general difunto acudieron a tributarle en muerte los honores que le habían arrancado en vida, la indignación secó las lágrimas de dolor en los ojos de la huérfana, y ella sola se opuso a todos, haciendo sacar secretamente el cuerpo de su padre y acompañándolo en persona al depósito general del cementerio, según la voluntad expresada en el testamento. El Gobierno vio en esto un acto de rebeldía política por parte de aquella huérfana que contaba a la sazón trece anos, y contra toda justicia y todo derecho, la privó de la orfandad que le correspondía, dejándola en la miseria.
Tendiola entonces los brazos la viuda, y en ellos se refugió la huérfana, captándose de tal modo sus simpatías y su cariño, que a los dos meses publicaba doña Angustias por todas partes las virtudes de Teresa, diciendo con su bondadosa necedad:
-¡Pero qué alhajita de niña!... ¡Y qué talento tiene!... Ella sola arregla los visillos de mi casa...
Pepita, por su parte, acogió a la prima con el entusiasmo con que acoge una niña el regalo de una muñeca grande: pensó además la reina de salón encontrar en ella una dama de honor que pudiera llevar siempre a la cola, para confiarle el abanico y el pañuelo mientras ella valsaba. Pero bien pronto pudo convencerse de que, así en lo físico como en lo moral, sobraban a la dama de honor cualidades bastantes para arrebatarle a ella su corona de reina, y entonces comenzó a inspirarle Teresa ese amargo sentimiento, hostil hasta la crueldad, que suele degenerar en despotismo, y nace en el corazón del hombre mezquino cuando en sus relaciones con un subordinado tiene la superioridad material y la inferioridad moral.
Teresa comprendió al punto la causa de la mutación de su prima, y con ese refinado tacto de las personas discretas a la vez que desgraciadas, comenzó a evitar toda ocasión de hacer sombra a Pepita, huyendo para ello de la sociedad elegante que ella frecuentaba, y buscando su centro entre las amigas y beatas de medio pelo de las asociaciones piadosas, a que la llevaban su acendrada caridad y su religiosidad profunda.
Era una de estas asociaciones la de las Hijas de María, vulgarmente conocida con el nombre de las Señoritas del Ropero, y ocupaba en ella preferentemente la atención de Teresa, todo lo que al cuidado de los pobres socorridos se refería. En el caritativo taller de la Congregación, que dio origen al nombre de Ropero, era Teresa la oficiala más asidua en coser las ropas destinadas a los pobres, y Pepita, que gustaba de figurar así en lo divino como en lo profano, acudía también tijera en ristre, con el cargo de cortar camisas que parecían pantalones, pantalones con honores de chaquetas, y gabanes que al decir de Teresa, presentando un ejemplar de aquel género híbrido, podían servir muy bien para fundas de almohada.
Al oír Pepita Ordóñez la burlona pregunta de su prima, volvió bruscamente la cabeza y dijo con rabiosa ironía:
-¿Si será menester cortar los gabanes por los patrones de la Moda Elegante?... Y si te parece, que los cosa la modista y les ponga entredoses de guipure, y golpes de pasamanería...
Teresa fijó en Pepita sus grandes ojos negros, y comprendiendo que no estaba la Magdalena para tafetanes, y mucho menos para gabanes, se puso a combinar en silencio los informes pedazos del gabán rameado.
-Y te digo -añadió Pepita Ordóñez cada vez más encolerizada- que estoy ya de gabanes, y de camisas, y de chaquetas, y de Señoritas del Ropero, hasta la punta de los cabellos...
Y al decir esto, se tiraba la señorita con bastante precaución de las puntas de sus papillotes.
-¡Yo no sé en qué piensa esa Presidenta!... ¡Lo que allí pasa, no pasa en ninguna parte!... Mira... mira...
Y Pepita Ordóñez, haciendo un esfuerzo como si tocara un reptil, tiró en las faldas de Teresa el sobre rasgado de las Hijas de María. Teresa leyó el sobrescrito después de registrarlo por dentro y por fuera, y dijo con mucha calma:
-Será el aviso de la Comunión de mañana. ¿Y qué tiene?... ¿Te parece temprano?...
-¡Si no es eso, hija -exclamó Pepita hincando con tal furia la uña en el papel, que le hizo un agujero-. ¡Mira! ¿No ves que dice Narangas?...
-¡Vaya, mujer! -exclamó Teresa riendo-. ¿Quién le va a pedir perfiles ortográficos a la pobre Rosita Piña?...
-Pues si no sabe escribir, que escarde cebollinos en vez de redactar cartas... ¡Una secretaria que escribe Narangas!... ¡Vamos, yo me borro de la Congregación! ¡Me borro!...
-Pues ya puedes borrarte también de la tertulia de Mercedes Pineda -replicó vivamente Teresa- porque en tres renglones que te escribió el otro día, le cogí dos faltas garrafales.
-¡No es cierto! -gritó sulfurada Pepita-. Mercedes habla muy bien francés, y por eso se equivoca cuando escribe en castellano; lo cual es muy distinto. Y si no, aquí tienes una carta suya: léela, que te interesa...
Y Pepita Ordóñez, creyendo encontrar ocasión propicia, entregó con mucha diplomacia a su prima el rojo billetito triangular de Mercedes Pineda. Tomolo Teresa con cierta sonrisa de condescendencia, y al notar el diablito montado en un velocípedo que servía de timbre, dijo con mucha sorna:
-¡Mujer, qué monada!... ¡Poner al diablo por timbre de una carta!...
-¡Pues vaya una burla tonta! -replicó Pepita-. Si querrás que ponga un hisopo y un bonete...
-Entre poner un hisopo y poner un diablo, se pueden poner mil cosas que no choquen a nadie -respondió gravemente Teresa.
Una sonrisa maliciosa entreabrió sus labios al terminar la carta: hízose cargo del conflicto en que las dos invitaciones ponían a Pepita, y comprendió al punto el mal humor de ésta, sus invectivas contra la Congregación y sus repulgos ortográficos. Comprendió también el ataque que le esperaba a ella misma, y poniéndose desde luego en guardia, se echó a reír a carcajadas:
-¡Me borro, me borro, me borro! -decía imitando los ridículos aspavientos de su prima.
-¿Pues qué hay?...
-¡Ahí es nada!... Una señorita que convida para un baile y escribe ¡Port-bonheur! -continuó Teresa mostrando esa palabra escrita en el billete-. Te digo que Mercedes disparata en castellano cuando escribe en francés, y desbarra en francés cuando escribe en castellano.
Pepita Ordóñez arrebató la carta a su prima y se puso a buscar en ella la malhadada palabra.
-Sí, sí, mira, mira -prosiguió Teresa triunfante-. Port-bonheur, en vez de Porte-bonheur... Bonita manera de tomar el rábano por las hojas... Port, es puerto, hija; y Porte, lleva... Eso es peor en Mercedes, que en Rosita Piña escribir Narangas...
Y riéndose a carcajadas, gritaba en medio de su risa:
-Nada, nada; me borro de la Congregación de Merceditas, y no seré yo quien vaya allí en busca de compadre...
-¿Pero de veras no vas a venir? -exclamó Pepita dispuesta a comenzar la batalla.
-¿Pero no ves que escribe Port-bonheur?... ¿Cómo he de poner yo los pies en esa casa?...
-Pues harás una grandísima grosería, desairando una invitación que nos hacen.
-¡Bah! -replicó Teresa cambiando de tono-. No los matará el sentimiento: la misma falta hago yo allí, que los perros en Misa.
-En eso no vas descaminada -repuso incisivamente Pepita- pero nos pones a mamá y a mí en el compromiso de que crean las gentes que te dejamos siempre en casa como a la puerca Cenicienta.
Teresa miró a su prima, y se echó a reír con cierta amarga socarronería; pero como a fuer de buena andaluza era guasona, y sobre tener cierto maligno gustito en hacer rabiar a su prima, sabía por otra parte que sólo tomándolas a broma podían eludirse las despóticas exigencias de Pepita, abrió mucho los ojos, infló los carrillos y dejó escapar con gran solemnidad otro burlón:
-¡Port-bonheur!
-¡Cuidado que estás tonta, y necia, y pedante, con la palabreja! -gritó fuera de sí Pepita-. ¿Si querrás saber francés mejor que Mercedes?... ¿Te lo ha enseñado el P. Rodríguez o Rosita Piña?...
-¡Port-bonheur! -volvió a repetir Teresa entornando los ojos y echando bocanadas de viento.
-Si se tratase de capas pluviales o de zurcir medias de clérigo, ya podrían darte lecciones; pero lo que es de eso...
-¡Port-bonheur! -tornó a decir Teresa. Como quien dice, puerto de felicidad... Pues mira que estaría bonita la princesa de Metternich con un puerto colgado al brazo con sus barquitos y todo...
Pepita Ordóñez no pudo sufrir más tiempo que se burlasen de su querida Mercedes y de su colega la princesa de Metternich, reina ya un poco averiada del gran mundo parisiense, y gritó pálida de ira:
-Lo que tú tienes es una envidia que te come, porque te encuentras a nuestro lado siempre en segunda fila...
Teresa sintió en la punta de la lengua el hormigueo de las grandes desvergüenzas: contúvose, sin embargo, y lanzó a la cara de Pepita, a guisa de proyectil, otro burlón:
-¡Port-bonheur!
-Y si no vienes a casa de Mercedes, sé yo muy bien por lo que es: por los escrúpulos de beata mal intencionada, de santita hipócrita, aduladora del P. Rodríguez... Por la Comunión de mañana.
Teresa miró cara a cara a su prima, y dijo acentuando mucho las sílabas con burlona firmeza:
-¡Justo, justo, justito!...
-¿Lo ve V? ¿Lo ve V.? -gritó la otra- éstas son las santitas... Nosotras las pecadoras vamos a un baile, y luego a recibir a Dios como si tal cosa; porque claro está, no hacemos allí mal ninguno... Pero estos ángeles, estas santas canonizadas, no pueden, no se atreven. ¡Qué pecadazos no cometerán ellas, cuando tales miedos les entran!
-¡Figúrate tú! -replicó con sorna Teresa,
-Si no es menester que me lo figure; si yo lo sé; si conozco tus gazmoñerías mal intencionadas para ponerme a mí en ridículo, para echarla tú de niña hacendosa y recogida, y que me digan a mí la mesilla del turrón, porque ando en todas partes...
Así llamaban en efecto a Pepita, a causa de hallarse siempre en todas las fiestas, así divinas como profanas, a la manera que en las romerías andaluzas no faltan nunca los vendedores de avellanas y turrón, con sus mesitas ambulantes. Teresa, que ignoraba el apodo, se echó a reír muy de veras, diciendo con mucha gracia:
-Pues tiene chiste el nombrecito... Vaya, que la gente hace justicia.
-¡Ya lo creo que hace justicia! -repuso Pepita-. Por eso, a pesar de tus artimañas de mujer caserita, no has encontrado a quien hacer tragar el anzuelo... Como no te cases con tu amigo Minuto, el sacristán de San Marcos...
-¡Buen partido! -dijo con burlona formalidad Teresa-. Viudo con siete hijos y una renta de cabos de vela y zurrapas de vino de Misas... Como se me llegue a declarar, a los ocho días me caso.
-Y harás bien, hija mía, porque las demás uvas están verdes, y por mucho que hipocritees, ya sabes: aunque la mona se vista de seda... Teresa se queda.
-¿De seda? -replicó Teresa con cierto tono entre despreciativo y amargo-. Ni un solo vestido tengo; el último que tuve me lo compró mi padre.
Pepita pareció no comprender lo que con esto quería decir Teresa, y levantándose como para poner término a la conversación, dijo empinando el dedo:
-¡En resumidas cuentas! ¿Vienes o no vienes a casa de Mercedes?...
Teresa guiñó un ojo, torció la boca, y meneando en señal de negativa la cabeza, al mismo tiempo que el dedo índice de la mano derecha, dijo con voz de polichinela:
-¡No... no... y no!...
-¡Pues lo veremos! -gritó Pepita dirigiéndose furiosa a la puerta-. Ya se lo diré a mamá, y ella te hará bajar la cabecita... No faltaba otra cosa sino que fuese tu voluntad el árbitro de esta casa... Soberbia, hija mía, soberbia que te va a llevar al infierno, aunque te agarres a la sotana del P. Rodríguez...
-Gracias por el aviso, primita -contestó Teresa-. Huye de la soberbia, dijo el pavo.
Y se puso a hilvanar con gran sosiego las informes mangas del gabán rameado.


El mal humor, no quitó sin embargo a Pepita Ordóñez su ordinario apetito: encapotada, mohína y sin hablar palabra, almorzó aquella mañana tres chuletas de carnero y dos pares de huevos fritos. Sus dientecitos de perlas, un poco ralos, desgarraban las chuletas con la avidez y el empuje de cualquier gañán, y los huevos fritos desaparecían también en silencio, como una de esas pasiones vergonzosas a que se entregan los grandes hombres, buscando el mayor secreto. Su pasión por los huevos fritos recordaba a Pepita de continuo que estaba hecha de la misma arcilla que cualquiera prosaica Maritornes.
Teresa, por el contrario, espontánea y comunicativa como siempre, refirió a doña Angustias todos los pormenores de la fiesta que para el día siguiente preparaban las Hijas de María. Escuchábala la buena señora complacidísima, interrumpiéndola a veces con alguna sandez de las que de continuo colgaban de sus labios. Pepita callaba, comía y rabiaba, y nada se había hablado hasta entonces de la reunión de la Condesa, ni del billetito de Mercedes.
-¡Tendrá que ver eso! -dijo doña Angustias con su necedad crónica-. Veinte viejas comulgando...
-No son veinte, tía; son cincuenta.
-¡Mujer! -exclamó doña Angustias.
Y se quedó muda de pasmo, con la boca abierta y las cejas enarcadas, porque uno de los rasgos característicos de doña Angustias consistía en estar pasmada de continuo, y tan sorprendente era para ella la noticia de que estaba lloviendo, como hubiera podido ser la de que los cocodrilos del Nilo anidaban en el Guadalete. A todo contestaba siempre ¡mujer!, aunque fuese hombre el que hablara, y la tensión de sus cejas y la abertura de su boca, marcaban la intensidad de su pasmo.
-¡Cincuenta viejas comulgando! -exclamó al fin doña Angustias. Lo que es yo, no falto a eso... ¿A qué hora vas tú?...
-Yo iré tempranito con Rosita Piña -contestó Teresa-. Iré a eso de las seis, por si ocurre algo.
-Entonces iré yo más tarde con Pepita... ¿No es verdad, niña?...
La niña metió la cara en el plato, y contestó secamente:
-No sé si iré... Estoy un poco constipada...
Y una tosecita que parecía salirle de las orejas, vino en aquel momento a estremecer de lástima las puntas de sus papillotes.
Pasmose de nuevo doña Angustias al saber el constipado de la niña; y ésta, para tranquilizar sin duda a su madre, se zampó una sopa de huevo, del tamaño casi de su corazón impresionable. Teresa disimuló una sonrisa sorbiendo a pequeños tragos una taza de café, y dijo con la carita más inocente del mundo:
-Pues es menester que te acuestes tempranito y procures sudar...
Pepita escuchó la maliciosa advertencia de su prima con la asfixiante calma que precede a las grandes tempestades, y siguió comiendo y callando.
Media hora después, Teresa con la mantilla recogida sobre los hombros, y el velo medio caído sobre el rostro, con esa gracia natural que es lo supremo del arte, se dirigía a casa de Rosita Piña. Seguíale una criada vieja llamada Vicenta, llevando un gran envoltorio de prendas de vestir procedentes del Ropero, destinadas a formar los lotes que habían de repartirse al siguiente día entre las cincuenta viejas. Habíalas cosido todas Teresa, y para distribuirlas en paquetes iguales, dirigíase ésta a casa de Rosita Piña, vicesecretaria de las Hijas de María, y su amiga íntima.
Sucede a veces, que el nombre de una persona desconocida, hace formar idea errónea de ella, por razón de ciertas cualidades que aparecen anejas a este mismo nombre: nadie puede figurarse a una Blanca negra, ni a un Delgado gordo, ni a un Casado soltero. Algo de esto sucedía con Rosita Piña: al oír su nombre siempre en diminutivo, en labios tan juveniles como los de Teresa y Pepita Ordóñez, creíala todo el mundo alguna muchacha de la edad de estas.
La vicesecretaria de las Señoritas del Ropero era, sin embargo, una Hija de María, que bien pudiera ser tía de la misma Santa Ana: su edad, como la de las pirámides de Egipto, perdíase en los tiempos prehistóricos, sabiéndose tan sólo que su padre, valiente militar, había muerto gloriosamente en la batalla de Bailén, batiéndose a las órdenes del general D. Teodoro Reding. Desde entonces era Rosita Piña una de esas huerfanitas, censos irredimibles del Montepío, único que puede apreciar en la nómina de cada mes su longevidad pasmosa. Cobraba mensualmente once duros como orfandad, y con el talento de que carecen nuestros ministros de Hacienda, arreglaba a esta exigua renta su presupuesto de gastos, quitando al alimento lo que necesitaba el vestido, abriendo un agujero para cerrar otro, y reservando todos los meses dos pesetas inviolables: una para repartirla entre los pobres, y otra para gastos imprevistos, tales como un cuarto al cartero, un tubo del quinqué que se rompía, o medio real para el sello de una carta.
Los años habían hecho de Rosita Piña una verdadera beata, con todas las grandes virtudes, los pequeños defectos y las inofensivas ridiculeces, propias del gremio; que todas estas cualidades juntas se encuentran en esas almas sencillas que el mundo ciego y burlón ridiculiza, exigiéndoles con la intolerante ley del embudo propia de la lógica mundana, la perfección absoluta, por el solo hecho de que procuran buscarla, y la forma angélica por la sola razón de que desprecian la humana.
Reíanse de que la vicesecretaria escribiese Narangas, y nadie se admiraba de que aquellas ciento y pico de esquelas se hubieran escrito a la luz de un mal velón y a la cabecera de una pobre lavandera moribunda, que velaba Rosita Piña, hacía tres noches consecutivas, mientras la verdadera secretaria a quien correspondía de oficio repartir aquellas esquelas, lucía su bella persona en un palco del teatro.
Burlábanse de su inocente manía de ocultar la edad, y nadie se apresuraba a publicar que aquellos años ocultos estaban llenos de resignados sacrificios, de calladas abnegaciones, de lágrimas que sólo brotan de corazones muy generosos, de lágrimas derramadas ante infortunios ajenos.
Criticábanla que pasase la mayor parte del día fuera de casa, y nadie acertaba a comprender que aquella pobre vieja a quien nadie amaba, era ella sola capaz de amar a todo el mundo, que se sentía abrumada en su hogar yerto y solitario por la nostalgia de la familia, y buscaba por eso el hogar de los huérfanos para dejar allí el calor de la madre, el hogar de las madres para prestar allí los consuelos de hija, y el hogar de Dios, el hogar del Padre común de todos, al pie del Sagrario, para buscar en él fuerzas necesarias con que mirar cara a cara su triste, su monótono, su siempre solitario mañana!... Fuerzas para no desfallecer bajo el peso de la más triste, la más angustiosa, la más desoladora de todas las cruces. ¡La soledad del alma!... ¡Ah! Indudable era que Rosita Piña, según la cáustica frase de Pepita Ordóñez, era una rosa seca; ¡pero era una rosa seca que conservaba toda su fragancia!...
El mundo, sin embargo, más frívolo que malo, más mezquino que perverso, hacía justicia a las virtudes de Rosita sin dejar de reírse de ella, y las casas más aristócratas le franqueaban de par en par sus puertas; las familias más distinguidas la admitían en su trato íntimo, y las asociaciones piadosas se la disputaban para darle, sino los cargos de más honor, a lo menos los de más trabajo. Era en todas ellas la vicepresidenta, la vicesecretaria o la vicetesorera; era, en fin, el piadoso burro de carga de todas aquellas damas elegantes, enalbardado siempre con un honorífico vice. Por lo demás, sus maneras eran vulgares, su ignorancia crasa, su sencillez la de aquellos pobres de espíritu a que promete Dios el reino de los cielos, sin duda porque los hombres se encargan en la tierra de hacérselo merecer con sus burlas y sus desprecios.
En cuanto a su físico, habíalo pintado en cuatro palabras, con la maestría de Velázquez, cierta verdulera a quien inadvertidamente volcó Rosita Piña un día su canasto de lechugas. Mirola de arriba abajo aquella diosa Pomona, y gritó a sus compañeras:
-¡Allá va una mujé en cuclillas!... ¡Con cara de a real y cuerpo de a cuatro cuartos!
La cara de Rosita Piña era, en efecto, doble de lo que razonablemente podría exigir su exiguo cuerpecillo, y venía a ser en ella lo que en aquel diminuto gramático Philetas, el contrapeso de plomo que llevaba en las sandalias para que no se lo llevase el viento: era una especie de pleonasmo de carne, semejante a un pastel de masa blanda, en que hubiesen formado las facciones tirando menudos pellizcos. Su pelo, de un negro algo sospechoso, estaba tan charolado y pegado a las sienes, que parecía un gorrito de hule, y vestía en todo tiempo un hábito de estameña de la Virgen del Carmen, con su correa de charol a la cintura y su escudito de plata en el pecho.
Vivía Rosita Piña en una salita y una alcoba muy pequeñas, muy limpias, que por treinta reales al mes le cedían en su casa un pobre capellán de monjas y una excelente vieja que era su hermana. Teresa subió ligeramente la humilde y limpia escalera, bien conocida de ella, y se detuvo ante la puerta de la beata, que estaba entornada. Dio dos golpecitos y nadie contestó: empujó un poco, y un resplandor vivísimo de luces encendidas salió de la estancia: entonces se determinó a entrar.
La reducida pieza estaba vacía, y sobre una vieja papelera, brillante a fuerza de rudas frotaciones de aceite, veíase en un primoroso nicho de cristales y caoba una bonita imagen de San José, de medio metro de altura. Rodeábanla varios tiestos de loza llenos de flores, y hasta veinte o treinta cabos de vela de distintos gruesos y tamaños, todos encendidos. En la mano con que sostenía el Santo su florida vara, habíanle puesto un papelito doblado, y un gato blanco y negro, muy hermoso, muy limpio, estaba sentado en el suelo con mucha devoción, frente a la imagen, levantando de cuando en cuando una pata, como si quisiese enjugar una lágrima o darse un golpe de pecho. Parecía un gato muy piadoso: según Pepita Ordóñez, era este gato el único pariente de aquella pobre vieja que tenía por familia a la humanidad entera, porque comprendía y practicaba el significado de aquellas palabras que a todas horas repetía: ¡Padre nuestro, que estás en los cielos!...
El gato, que sobre ser piadoso era cortés, salió al encuentro de Teresa, empinando el rabo, arqueando el lomo, dejando escapar un cariñoso maullido, como si quisiese hacer los honores de la casa en ausencia de su dueña. Teresa le saludó con un confianzudo ¡Hola, Canene!, y tomando de manos de Vicenta el envoltorio de ropa, añadió meneando la cabeza:
Muchas luces tiene el Santo... algo gordo sucede...
Conocía bien a su amiga, y constábale que iban siempre sus apuros en razón directa de las velas del Santo Patriarca, especial protector suyo, que jamás había desoído sus ruegos, infantiles no pocas veces. Gordo debía ser el apuro que marcaba a la sazón el místico barómetro de la beata: ardían ante el Santo cuantas sobras de novenas y desechos de sacristía había podido recoger Rosita, que para semejantes ocasiones las iba coleccionando, y recordaba la iluminación, por sus artísticos detalles, la famosa de Moscou cuando la coronación del Czar último.
Resonaron en el corredor unos pasitos menudos y ligeros, y entró Rosita Piña con unos papeles en la mano, agobiado el cuerpecito, angustiada la caraza, rojos los ojillos, con dos grandes lagrimones pugnando por escapar de aquellas estrechas mazmorras. Despidió cortésmente a Vicenta que en aquel momento salía, fuese derecha a Teresa y la besó en silencio:
-¿Pero qué es esto? -exclamó Teresa pasmada, mirando sucesivamente a la imagen y a Rosita-. ¿Qué tiene V.? ¿Qué pasa?
Rosita Piña se dejó caer en una silla con muestras del mayor abatimiento.
-¿Ha muerto Dolores la lavandera? -preguntó Teresa que sabía la enfermedad de esta infeliz mujer, el esmero con que Rosita la velaba hacía tres noches, y la aflicción que estas desgracias ajenas la causaban.
-Está mejor... No es ella la muerta -contestó Rosita.
-¿Pues quién ha muerto?...
Rosita Piña hizo un puchero disforme, y contestó dándose con los papeles en el pecho:
-¡Yo!...
Teresa sintió descomunales ganas de reírse: pensando sin embargo que podría Rosita sentirse gravemente enferma y darse ya por difunta, preguntó con cariñoso sobresalto:
-¿Pero qué tiene V.? ¿Está V. mala?...
-¡Pues eso es lo gracioso! -exclamó Rosita llorando-. ¡Eso es lo triste!... que estando yo buena y sana no me quieran pagar, y digan que me he muerto...
De nuevo tuvo que morderse los labios Teresa para no reírse, y siguió mirando a Rosita estupefacta. Refiriole entonces ésta, que el día anterior, 1.º de Marzo, había ido con la puntualidad característica de las viudas y huérfanas del Montepío, a cobrar los once duros de su orfandad. Pero al encargado de pagarla, don Tomás Sánchez, muy bueno, muy bello sujeto, muy atento, que siempre la saludaba -a los pies de V.- y un día que la hizo esperar dos horas, la dijo que podía sentarse, habíanlo dejado cesante.
Hallábase en su lugar otro jovencito, muy bueno también, muy trabajador, tan trabajador, que en media hora larga no levantó la cabeza de lo que estaba haciendo, sin echar de ver siquiera que estaba ella aguardando. Pues este señor tan laborioso, tomó al fin los documentos que por fórmula le alargaba Rosita, los miro por encima, cotejolos con un voluminoso registro, y dijo después pausadamente:
-No ha lugar a la paga... Doña Rosa Piña y Menéndez, falleció el 15 de Febrero pasado.
Rosita Piña se quedó estupefacta; si hubiese visto al P. Rodríguez vestido de majo y tocando las castañuelas, no hubiera expresado su amplia fisonomía mayor sorpresa. Sus ojitos y su boquita se abrieron hasta desencajarse, y exclamó con todas las inflexiones del espanto y la sorpresa:
-¿De veras?!!!...
-Así consta en la Dirección general de Madrid, con el correspondiente certificado.
Rosita Piña quedó aplanada bajo el peso de aquella losa de sepulcro que tan inesperadamente arrojaba el Estado sobre su cabeza: comedida, sin embargo, hasta en el fondo de la tumba, solo se atrevió a replicar:
-¡Pero eso debe de ser equivocación!...
El laborioso oficinista cogió la pluma y se puso a escribir de nuevo, sin dignarse responder a la atribulada huérfana.
-¿Pero quién soy yo entonces -exclamó ésta volviendo a todas partes los extraviados ojos-. ¿Algún alma del purgatorio?...
-Pues si es V. un alma del purgatorio, vaya a que los curas le digan Misas -contestó el oficinista.
El saborcillo volteriano de esta respuesta acabó de aterrar a Rosita, y huyó a su casa afligidísima, creyéndose presa de alguna pesadilla horrible y palpándose a cada instante a ver si en realidad era cadáver. Consultó el caso con su vecino el Capellán de monjas, indagó éste lo ocurrido, y vínose en la cuenta de que aunque a Rosita le sobraba salud, habíanla matado por equivocación en la nómina: era necesario abrir un expediente para resucitarla, presentarse en la Dirección general de Madrid o buscar alguna buena influencia en la corte, que todos estos obstáculos allanase. Rosita se acostó aquella noche calenturienta y despertó llena de crueles escrúpulos: había soñado que para comprobar su existencia se miraba detenidamente al espejo y se encontraba viva, sana, fuerte, robusta y hasta... bonita!!!...
¡Horror!... ¿Sería aquello alguna levadura de amor propio escondido, que a la hora de la tribulación asomaba la oreja?... Necesario fue participar el horrible temor al P. Rodríguez, que la miró espantado de lo que puede fantasear un sueño, y lejos de consolarla la despidió con cajas destempladas.
-¿Y cómo voy yo a Madrid? -decía Rosita a Teresa, llorando a lágrima viva-. Dinero no tengo; en el tren no fían, y aunque fiaran... ¿Cómo se aventura una mujer sola, en ese Madrid atestado de liberales?...
Rosita Piña creía sencillamente que los liberales andaban en Madrid con cuernos y rabo, embistiendo por las calles a los pacíficos transeúntes. El liberalismo era su pesadilla, y llevaba su justo odio contra la moderna secta, hasta el punto de encontrar sospechoso aquello de Libera nos, Domine, que rezaba en la Letanía, y haberlo sustituido con un profundo, sencillo y esperanzado Carlista nos, Domine.
Teresa escuchaba compadecida la relación de aquella extraña desventura, y al oír que todo podía arreglarlo alguna persona influyente en la corte, exclamó con esa noble impremeditación de la juventud, que da siempre por hecho el bien que desea hacer:
-Pues si no es más que eso, dese V. ya por resucitada...
La difunta oficial miró a Teresa con el ansia con que Marta debió de mirar a Jesús al verle extender la mano hacia el sepulcro de Lázaro.
-Pues claro está -continuó Teresa- anoche llegó de Madrid Pepe Pineda, el hijo de la Condesa, que es diplomático y amigo de todo el mundo, y él le podrá arreglar a V. el asunto sólo con poner dos letras.
-¿Pero tú lo conoces? -preguntó Rosita.
Esta lógica pregunta hizo caer a Teresa de las alturas de su buen deseo. Ella no conocía al Condesito ni aun de vista, y la escena que poco antes había tenido con Pepita a causa del baile de compadres, le hizo caer en la cuenta de que difícilmente podría servirse de ella como de intermediaria. Comprendió, pues, que se había adelantado demasiado, y dijo titubeando:
-Yo no... pero mi prima y mi tía Angustias lo conocen mucho, y también a su madre, y ellas le hablarán...
-¡Dios las oiga! ¡El Santo Patriarca las inspire! -exclamó Rosita Piña cruzando las manos con vehemencia-. Yo por mí no tengo cuidado: Dios viste a los lirios del campo y cuida de los pajaritos... Y aunque yo no soy ningún lirio, ni tampoco un pajarito... pero en fin, vamos... es un decir... Pero esa pobre Dolores la lavandera... enferma, con siete hijos, sin más amparo que yo, porque lo que da la Conferencia no alcanza... Mañana la operan el zaratán, y aunque D. Manuel la cura de balde, porque es de lo que no hay, muy caritativo, un San Pantaleón; en fin, Dios se lo pague... Pero los caldos y la botica y todo, todito, lo tengo que pagar yo... Empeñé mi cuchara de plata, y ya se me fue hasta el último ochavo: ahora estoy gastando de los diez duros que tenía guardados para mi entierro...
A Teresa se le saltaron las lágrimas: cogió ambas manos a Rosita, y sacudiéndoselas fuertemente, le dijo:
-¿Pero por qué no me ha dicho V. eso antes, Rosita? ¿Qué necesidad tiene V. de gastar el dinero de su entierro?... Aunque después de todo, no la han de dejar sin enterrar por eso... Pero yo también tengo en mi hucha lo menos, lo menos once duros, y se los daré a V. para Dolores... Los fui reuniendo real a real, para cuando llegase el aniversario de mi padre, mandar decir algunas Misas... Pero también esa limosna le servirá de sufragio.
Rosita Piña se echó a llorar: su llanto hubiera enternecido a un ángel y hecho reír a un hombre.
-¡Dios te lo pague, hija mía, Dios te lo pague, Teresa! -exclamaba-. ¿Ves ese papelito que tiene San José en la mano?... Pues es la última receta del médico... Yo no podía pagarla; pero se la puse en la mano y le dije: ¡Procúrala tú, santo mío!, y ya ves cómo la ha procurado... No sabes el peso que me quitas de encima: estaba ya sin alientos, sin esperanzas, sin saber por dónde tirar... Hoy mismo, durante toda la hora de meditación, me parecía ver al diablo a mi vera, diciéndome como a aquel santo viejo de que habla el P. Rodríguez: ¡Ahórcate!, ¡ahórcate! Y yo, llena de santa firmeza, le respondía:
-¡Ahórcate tú!


Revuelto andaba el Palomarico de la Virgen, nombre que plagiando cierta frase de Santa Teresa, daba a las Hijas de María el cándido optimismo de Rosita Piña.
No parecían, sin embargo, al P. Rodríguez, blancas palomitas todas las que anidaban bajo su dirección en aquella arca santa. Porque hay en todas las asociaciones piadosas, especialmente de mujeres, un elemento por lo general aristocrático, inquieto, dominante, que cree hacer un favor a Dios al honrarle, y un servicio a la Religión poniendo la piedad de moda: tráelo allí la más absurda de las vanidades, cual es la de la piedad, y refrénalo por el pronto, entre las jóvenes, el candor y la docilidad de los pocos años.
Mas si una mano enérgica no las desenmascara pronto, o una voz severa no les hace comprender a tiempo, que sus costumbres son las que han de amoldarse a la piedad, y no la piedad a sus costumbres; que las asociaciones devotas son obras de perfección y no obligatorias, y que es la más vil de las hipocresías hacer gala de seguir los consejos, cuando no existe el cuidado de observar medianamente los preceptos, tornáranse estas blancas palomitas en esas lechuzas devotas, descrédito de la piedad verdadera, porque escandalizan al bueno y provocan la risa del malo; en ese tipo inverosímil, no nuevo hoy, pero sí más degradado, de la mujer devota por la mañana y pagana el resto del día...
Caricaturas de aquellas grandes señoras de la corte de Luis XIV, señoriles hasta en sus mismos vicios, que oían como quien oye llover las rudas verdades de Bourdalue, son muchas de esas otras damas que vemos hoy pedir en ciertos días a la puerta de los templos, valsar por amor del prójimo en los bailes de beneficencia, y tener siempre en los labios las palabras piedad y caridad, como la etiqueta de un frasco de agua de olor falsificada. Un rasgo común han conservado unas y otras a través de los siglos: el de tener los oídos frente a frente; lo que entra por el uno sale por el otro, sin dejar dentro nada de provecho.
Los billetitos rojos esparcidos por Mercedes Pineda a los cuatro vientos anunciando el baile de compadres, habían alborotado en el Palomarico de la Virgen a todas aquellas cuyo afán de divertirse se traslucía en todos sus actos, como el ardor del calenturiento se trasluce hasta en sus menores gestos. La vanidad y la conciencia se sintieron igualmente agitadas. ¿Cómo preparar en tan breve plazo alguna toilette sorprendente, nueva, deslumbradora, capaz de aprisionar entre gasas y flores algo más que con los vínculos del compadrazgo, a media docena siquiera de reacios galanes? ¿Cómo salir devotamente del compromiso en que la importunidad de la Presidenta venía a ponerlas, señalando para la Comunión de las Hijas de María la mañana siguiente a la noche del baile?...
Con la actividad desatinada de hormigas a que destrozan su hormiguero, comenzaron a circular al punto doncellas y criados, modistas y costureras: imposible era a juicio de peritos crear nada nuevo, pero no era difícil combinar con cierta novedad galas antiguas. Tranquila, aunque no satisfecha con esto la vanidad, pensose en buscar solución al caso de conciencia; cruzáronse entonces recados oficiosos, preguntas capciosas, misivas diplomáticas en que cada Hija de María, sin dejar traslucir su pensamiento, procuraba indagar la solución que daban las otras al conflicto religioso-bailable que se presentaba. Ni una siquiera hubo que entregase la carta que se iba buscando: todas aseguraron con unanimidad edificante, que la asistencia a la solemne Comunión era necesaria; pero todas, ¡oh desdicha!, comenzaban a sentir, por coincidencia milagrosa, los síntomas de un cruel constipado, igual, idéntico en todas ellas, que no les permitiría sin duda madrugar a la mañana siguiente: todas, en fin, como eficaz sudorífico que les trajese la reacción y les aclarase las laringes y desatascase las narices, tenían preparado y oculto en el fondo del tocador, no una manta de Palencia y una taza de tila, sino un fresco, ligero y vaporoso traje de baile.
El tiempo urgía, eran ya las cuatro de la tarde, y una de las más atrevidas, Ritita Ponce, decidiose al fin a hacer algunas investigaciones personales: necesario era que alguna levantase el estandarte, y nadie quería ser la primera en dar el mal ejemplo, por más que todas buscasen con ansia la ocasión de seguirlo.
Ritita Ponce tiró su plan: fuese derecha a casa de Pepita Ordóñez, y cogió a solas a la incauta doña Angustias. Acudió ésta presurosa y contrariada, como persona a que arrancan de perentorios quehaceres, y la vista perspicaz de Ritita descubrió al punto en su traje varias hilachillas de seda color de rosa.
-¡Ya caíste, mentecata! -pensó Ritita; y cogiendo con la punta de los dedos una de aquellas hilachas, se la mostró a la viuda diciendo:
-¡Hola!, ¡hola!... Esto me huele a preparativos de baile.
Aturrullose doña Angustias, y contestó precipitadamente con su agudeza ordinaria:
-Hilas..., hilas que estaba haciendo para el hospital... Ayer me las pidió Sor Tomasa.
Ritita Ponce no se detuvo a inquirir la extraña terapéutica que aconsejaba el uso de hilas de seda color de rosa, y conteniendo la risa que tan necia salida le causaba, varió de táctica. Sentose junto a la viuda, muy pegadita, y con voz muy baja y ademanes misteriosos, envolvió a la pobre señora en esta sarta de mentiras:
-Doña Angustias -le dijo- tengo un apuro muy grande, y sólo V. con su autoridad y su talento puede ayudarme...
-¡Mujer! -exclamó doña Angustias pasmándose esta vez con razón que le sobraba.
-Sí, señora... Ya conoce V. a Sir William Mackenzie, que ha pasado todo el invierno aquí en Z.**
-¿Aquel inglés largo, largo, con patillas color de lino?...
-¡El mismo!... Pues ha de saber V. que lo estoy catequizando, a ver si el pobrecito se bautiza...
-¡Mujer!... ¿Es moro acaso?...
-No, señora; es protestante, que viene a ser lo mismo...
-¡Mujer!...
-Sí, señora; y lo tengo ya tan convencido, que esta noche pensaba verlo en casa de Pineda, para tratar de quién ha de ser el padrino.
-¡Mujer!...
-Lo que V. oye... Pero mire V. por dónde se le ha metido a mamá en la cabeza, que no he de ir esta noche a casa de Pineda, a causa de la Comunión de mañana...
-¡Mujer!...
-Y dice que no iré yo, como no sea que vaya también Pepita; porque si una persona del respeto de V. se lo permite a su hija, cosa es esta que puede hacer ley.
¡Misterios del corazón!... Doña Angustias, lejos de pasmarse de que la madre de Pepita le diese la patente de legisladora, quedose muy complacida, y contestó modestamente, comenzando a soltar el queso, como el cuervo de la fábula:
-¡Jesús, mujer!... Tu mamá me favorece demasiado.
-¡Oh, no, no! Ya sabe lo que se hace -contestó Ritita con sonrisa aduladora-. Por eso es menester que me diga V. francamente, si va o no va Pepita a casa de la Condesa... Porque si va ella, iré yo; y si no va, tendré que quedarme; y si me quedo, se quedará también de rechazo ese pobrecito sin padrino, y quizá sin bautizar, y si se muere se lo llevarán los mismísimos, mismísimos diablos...
Y Ritita ensartaba todas estas mentiras con el mayor aplomo, agitando con terror el abanico, como si quisiese ahuyentar a los demonios que amenazaban llevarse a su catecúmeno Sir William Mackenzie.
-Jesús, mujer, que ocurrencia! -exclamó perpleja la viuda.
-Lo que V. oye, doña Angustias -replicó Ritita abriendo mucho los ojos-. A veces de cosas muy chiquititas, salen cosazas muy grandes, muy grandes...
-Pues mira, mujer; yo, si te he de decir la verdad, ninguna gana tenía de fiestas... Pero ya tú ves: Mercedes le escribió a Pepita, y la niña se ha empeñado en ir... y por eso...
-¡Irán Vds. al baile! -exclamó Ritita levantándose, como si con saber esto le bastase.
-Pues claro está... Pero no digas una palabra a nadie; porque...
-Descuide V., doña Angustias; que sé yo guardar un secreto.
-La niña no quiere que se sepa, por evitar que otras tomen pretexto de que ella va para ir también, y luego vienen los chismes, y el P. Rodríguez...
-¡Dichoso P. Rodríguez! ¡En todo ha de meterse!... Como si porque sea una Hija de María tenga necesidad de darle cuenta hasta de la sal que echa al puchero.
-Mujer, no tanto... Es verdad que el Padre exagera un poquito, pero lo que yo le digo a Pepita... Se le escucha siempre con respeto, y luego hace cada cual lo que le parece.
-Eso hago yo sin necesidad de oírlo, y es mucho más cómodo; que si fuera una a escuchar al P. Rodríguez, sería menester vivir en un rincón metida en un saco, con la cara para la pared. El domingo le decía tía Rosa que las muchachas necesitan exhibirse en sociedad, si alguna vez han de casarse... ¿Pues sabe V. lo que le contestó?...
Y Ritita Ponce, imitando el tono algo gangoso del P. Rodríguez, dijo muy despacio:
-Es muy cierto, señora, muy cierto. Pero V. notará que nadie compra la tela que está siempre de muestra... Cuando se va a comprar, toman todos de la pieza que está guardada allá adentro... Porque mire V., señora, tela siempre en el escaparate, preciso es que esté averiada.
Y Ritita Ponce, que llevaba ya treinta y tres años de exhibirse por todos los escaparates sociales, sin encontrar marchante ninguno, concluyó muy indignada:
-Con que ya ve V., que según el P. Rodríguez, una señorita de mundo viene a ser como un bacalao colgado a la puerta de una tienda de ultramarinos; que corre el peligro de que lo ensucien las moscas.
Esto dijo Ritita con arrogante desdén, y sin dejar a doña Angustias tiempo de pasmarse, dio media vuelta y como lanzadera que va de un lado a otro tejiendo una tela de chismes, comenzó a recorrer una por una las casas todas de sus amigas, diciendo que Pepita Ordóñez iba al baile con su madre, y que Teresa las acompañaba también, con permiso, por supuesto, del P. Rodríguez.
Animáronse con esto las retraídas Hijas de María, los constipados sufrieron un descenso general en toses y estornudos, y comenzaron poco a poco a salir las galas de sus escondrijos, a la manera que los caracoles sacan lentamente los cuernos al sol, después de pasada la lluvia. Ritita por su parte, retirose muy satisfecha a su casa, una vez terminada la propaganda, y comenzó a disponer las galas que habían de ayudarle a llevar la luz de la fe a la nebulosa alma de Sir William Mackenzie.
De todas las mentiras que había ensartado aquella tarde, sólo ésta tenía algo de verdad en el fondo; porque realmente abrigaba Ritita Ponce la idea de administrar a Sir William un sacramento; pero no era el primero, era el séptimo.
Desesperaba ya a los treinta y tres años de encontrar marido indígena, y comenzaba a buscarlo exótico.


Mientras tanto, volvía Teresa de casa de Rosita Piña, preguntándose por qué dará Dios tanto corazón a quien da tan poco dinero, y discurriendo el modo más a propósito de confiar la resurrección oficial de su difunta amiga al Condesito diplomático. Parecíale imposible alcanzar para su protegida la mediación de Pepita, y aun en la misma doña Angustias no se atrevía a fijar grandes esperanzas. Participaba siempre la madre, a lo menos por el pronto, de las necedades y rabietas de la hija, y preciso era que la negativa de Teresa a concurrir al baile de compadres, que tanto había, encolerizado a la una, hubiese también ofendido a la otra, al llegar a su noticia. No era, pues, ocasión muy oportuna de pedir favores ni a la madre ni a la hija, y mucho menos tratándose de la mísera Rosita y el apuesto Condesito, encarnaciones, por decirlo así, una y otro, de los dos polos en que giraba el conflicto.
Teresa no se engañaba en efecto: hallose al entrar en casa con dos amigas de su prima, que atraídas por los chismes de la catequista de Sir William Mackenzie, hablaban alborotadamente con Pepita y doña Angustias. La madeja se enredaba: pasmábase la viuda de que tan pronto hubiese hecho Ritita traición a sus confianzas, y la niña dirigía a su madre miradas y aun palabras furibundas, por haberse dejado arrancar su secreto, a trueque de librar de las garras del diablo al honorable Sir William.
Callaron todas al entrar Teresa con manifiesta grosería, recibiéndola con frialdad, que dejó helada a la pobre muchacha: púsose Pepita a cuchichear por lo bajo con una de sus amigas, y la misma doña Angustias contestó secamente a dos o tres preguntas que se aventuró a dirigirle Teresa. Retirose ésta avergonzada y ofendida, y pesarosa doña Angustias al verla salir, la recomendó eficazmente que se mudase al punto de calzado: había llovido y estaba húmedo el piso.
Teresa entró casi llorosa en su cuarto, el más modesto de la casa: sentía esa opresión de corazón propia de los caracteres sensibles y expansivos, cuando tropiezan con la dureza o el desdén de las personas cuyo calor buscan, y consideraba, por otra parte, las fatales consecuencias que podía tener el capricho de una niña terca y mal educada, en la suerte de una criatura tan excelente como Rosita Piña, y una infeliz tan desgraciada como Dolores la lavandera. Dejose caer en un sillón, abatida por completo, y comenzó a llorar amargamente.
Dios vino al punto en su ayuda, por esos extraños caminos por donde dirige los hechos, para el triunfo de sus designios. Oyó a poco en el corredor de fuera un gran portazo, un furioso y recalcado ¡Caramba!, unas patadas impacientes, y una voz aguda y colérica, que medio declamaba, medio cantaba con rabiosa ironía:
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Sorprendida Teresa abrió la puerta de su cuarto y vio en el fondo del pasillo a Marica, la única y zafia camarera de la casa, que crispaba los nervios de Pepita con sus ordinarieces, pateando furiosa junto a la puerta del fondo como si a ella estuviese pegada, levantando con una mano para que no arrastrase, una larga falda de gasas y crespones blancos y rosa, y sosteniendo con la otra un ancho cinturón de este último color, dispuesto ya artísticamente en forma de enorme lazo. El viento había cerrado violentamente la puerta por donde Marica salía, cogiéndola presa por las faldas contra el quicio, con ambas manos ocupadas. Teresa no pudo menos de reírse de la extraña figura de Marica, asomando entre gasas y crespones, y corrió a sacarla de aquella crítica posición, diciendo:
-¡Espera... espera... no te impacientes!
-Dios se lo pague a V., señorita -dijo Marica al verse libre-. De buena me he escapado... Si la puerta llega a coger la falda, y se desgarra, me saca la señorita los ojos, con ese genio que tiene.
-¿Va a ponerse ese traje esta noche? -preguntó Teresa.
-Si a última hora no se le ocurre otra cosa, porque tiene más pareceres que un abogao -respondió de muy mal humor Marica-. Primero dijo que el blanco, luego que el celeste, después se le antojó el rosa... y a todo esto, me duelen a mí ya los puños de ensartá la abuja.
El guardarropa de Pepita era de los más surtidos que había en Z.**, y no pudiendo las modestas rentas de la viuda cubrir tantos gastos, resultaban forzadas economías interiores, que inspiraban a la impaciente Marica, coplas como la que poco antes entonaba.
-Y todavía -prosiguió Marica- se ha de volver atrás siete veces; porque la señora quería que le pidiese a V. emprestá no sé qué cosa, y la señorita decía: -¡Prefiero no ir!..., ¡ni el santolio le pido yo a Teresa!...
Marica contaba todo esto irritada, remedando la voz algo chillona de Pepita, y concluyó diciendo:
-No le empreste V. naá, señorita... ¡Anda que se ponga el morrión de un carabinero!...
-¿Pero que quería que yo le prestase? -preguntó Teresa,
-Pues no lo sé... creo que era un peinecillo de corales...
-¡Ah, ya! -exclamó Teresa.
Y como asaltada de una idea repentina, se dirigió vivamente a su cuarto. Mirola entrar Marica muy enfadada, y meneando la cabeza, se alejó refunfuñando:
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-Ahora va la pajuata esta y le da lo que quería... ¡Como no le dieran un cañazo en mitá de la frente!...
Mientras tanto había abierto Teresa el cajón alto de una cómoda de caoba y sacado un gran estuche de piel de Rusia, envuelto cuidadosamente en papeles de seda. Sobre un fondo de terciopelo blanco, destacábase dentro un magnífico aderezo de corales rosa, de gran valor artístico por estar raramente trabajado con el primor y la paciencia que para labrar el marfil emplean los chinos.
Teresa colocó el estuche abierto sobre la cómoda y estuvo contemplándolo largo rato, con la cabeza apoyada en ambas manos; poco a poco fuese hinchando su pecho, un sollozo se escapó de sus labios, y unas tras de otras vinieron muchas lágrimas a humedecer el terciopelo del estuche... Aquel aderezo había sido de su madre, ¡era el único recuerdo que de ella le quedaba!
Pareció al fin la muchacha tomar un partido, y encogiéndose de hombros, dijo entre dientes:
-También el estuche era suyo.
Colocó después en una gran caja de cartón las numerosas piezas del aderezo, descansando primorosamente sobre algodones de pella, y volvió a guardar el estuche vacío, besándolo antes en una rozadura que sobre la tapa tenía, y en el botoncito de metal un poco torcido que empujaba el resorte... La pobre niña creía besar allí las huellas de las manos de su madre.
Fuese luego en busca de doña Angustias, llevando la caja de cartón consigo, y la encontró sola en su aposento, cosiendo apresuradamente unos lazos de terciopelo rosa en los zapatos de raso blanco, no del todo diminutos, que había de ponerse aquella noche Pepita. Mirola la viuda por encima de las gafas, sin decir palabra, y quiso hacer un gesto que sólo a medias le salió enfadado. Animada con esto Teresa, sentose en una sillita baja, casi a los pies de su tía, y la dijo suavemente:
-Me ha dicho Marica, que Pepita va a ponerse esta noche su traje rosa...
-¿Y qué? -contestó doña Angustias con pujos todavía de inexorable.
-Pues nada -replicó Teresa bajando humildemente la cabeza-. Se me ha ocurrido que con ese traje vendría muy bien mi aderezo de corales.
Y al decir esto Teresa, destapaba con mano temblorosa la caja de cartón, dejando al descubierto las preciosas joyas. Doña Angustias se quedó con la boca abierta y el zapato en la mano, mirando alternativamente, ora a Teresa, ora a la caja que le presentaba.
-Yo había pensado -prosiguió Teresa con la voz ligeramente alterada- regalárselo para el día de su santo... Pero si se lo quiere V. dar desde ahora, podrá lucirlo esta noche...
Doña Angustias se quitó las gafas, agitó por tres veces el zapato en que tenía metida la mano a guisa de guante, y repitió a compás y en tres tonos distintos que expresaban el pasmo, la satisfacción y el enternecimiento, su muletilla acostumbrada:
-¡Mujer!... ¡Mujer!.. ¡Mujer!...
Y no ocurriéndole luego otra cosa que decir, dio un zapatazo en el hombro de Teresa, y se echó a llorar enternecida. Ésta lloraba y reía al mismo tiempo presentándole la caja.
-¿Cómo eres tan terca? -dijo al fin la viuda.
-¿Y qué quiere V.? -contestó Teresa con gran mansedumbre-. Harto siento luego causarle a V. estos disgustos...
-¿Disgustos tú?... ¿Tú a mí, hija mía? -exclamó doña Angustias abrazándola tiernamente.
Y queriendo enjugarle las lágrimas con la mano en que tenía el zapato, a poco más le salta un ojo. Teresa quiso al fin poner término a aquella escena, y dejando la caja sobre la mesa de costura de doña Angustias, dijo marchándose:
-Con que V. se la dará a Pepita... ¿No es verdad, tía?...
-¡No, no! -gritó con viveza doña Angustias-. Yo no puedo permitir eso... Prestado para esta noche, bueno; porque así como así, rabiaba la niña por pedírtelo y no quería... ¡Cómo ha de ser!, también tiene ella su geniecito... Pero para regalo es mucho, hija mía, y no quiero...
-¡Bueno!, ¡bueno!... ¡Ya hablaremos de eso! -exclamó Teresa echando a correr, contenta y satisfecha de sí misma, al ver realizado su proyecto de captarse la voluntad de doña Angustias, para hacerle más tarde la petición que deseaba. Y no acordándose siquiera, con ese noble desinterés de las almas generosas, del costoso sacrificio que para ello se imponía, decíase llena de gozo:
-¡Gracias a Dios!... ¡Qué contenta se pondrá mañana la pobre Rosita Piña!
Doña Angustias se apresuró a entrar en el tocador de Pepita con la caja abierta en la mano, y llena de satisfacción y enternecida todavía dijo a su hija:
-¡Mira!... ¡Mira lo que te regala Teresa!
Pepita disimuló el vivo movimiento de vanidosa alegría que el regalo le causaba, y miró desdeñosamente la caja.
-¡Qué niña ésa! -exclamaba doña Angustias entusiasmada-. ¡Qué corazón el suyo!... ¡Más humilde que la tierra!...
-¡Vaya una hazaña! -replicó Pepita con la superioridad despreciativa con que trataba siempre a su madre-. Bien podía haber hecho el regalo de manera más decente...
-¡Pero mujer!...
-¿Pues no ves que le falta el estuche?... Sino que eres tonta de capirote...
-¡Mujer!...
-Y no ves más allá de tus narices... ¿Pues no conoces que a Teresa le han entrado ahora ganas de ir al baile y quiere congraciarse conmigo?... Pero yo le aseguro que no irá... ¡capaz soy de quedarme sólo porque ella no vaya, y darle firme en la cabeza!
A esto se redujo todo el agradecimiento de Pepita: a la hora de comer dignose dirigir a su prima una medio sonrisa, y se levantó de la mesa antes de terminada la comida, porque la peinadora llegaba presurosa, y era preciso no perder tiempo. Teresa aprovechó tan buena coyuntura para hacer su recomendación a la bienaventurada doña Angustias, y ésta se prestó a ello gustosísíma, pidiéndole apuntados en un papelito, todos los datos que para la resurrección de Rosita Piña eran necesarios. La amistad de la Condesa y doña Angustias era íntima y antigua, y todo hacía esperar a Teresa un pronto y feliz desenlace.
Comenzaron las idas y venidas que la toilette de Pepita requería, y por dos horas largas anduvo revuelta toda la casa. Desprendiose Pepita al cabo de ellas, como la mariposa del capullo, de los mil cachivaches de tocador que la rodeaban, y apareció a los fascinados ojos de Marica y doña Angustias, en todo el esplendor de su tocado. Era su traje un vaporoso conjunto de gasas y crespones blancos y rosa, hábilmente dispuestos, que presentaban los suaves matices rosados de una nube de la tarde: de ella arrancaba el busto de Pepita, que no era ciertamente una belleza, pero aparecía realzado entonces por la doble aureola de la frescura de la juventud y los recursos del arte. Destacábase con gusto exquísito, entre sus bucles, de un rubio ceniciento, una delicadísima peineta de coral rosa, y el resto del aderezo aparecía esparcido acá y allá, como toques más oscuros de aquel color rosado que tanto encanto prestaba a tan vaporoso traje. Doña Angustias había dado dos pasos atrás, contemplándola extasiada, y corrió en busca de Teresa para que pudiera también admirarla.
Aplacada la deidad con el incienso que ante ella quemaban, dejose admirar por su prima con una sonrisa bondadosa, evaporación sin duda de su vanidad que rebosaba. Cogió en su obsequio un abanico, perteneciente también al aderezo, con varillas de coral y país de plumas blancas, y abanicándose suavemente en lánguida postura, preguntó a su prima:
-¿Qué te parezco?...
Teresa la contempló un momento con admiración sincera, y exclamó con entusiasmo:
-¡Muy bien, primita!... ¡Preciosa!...
Y preciosa estaba realmente la niña... Nadie hubiera creído que aquella figura tan lánguida, tan ideal, tan vaporosa, se había zampado aquella mañana tres chuletas de carnero y dos pares de huevos fritos.
Faltaba, sin embargo, todavía el remate del artístico peinado; veíanse aún sobre la frente de Pepita los dos erguidos papillotes, y era necesario soltarlos a última hora, después de amoldarlos con las tenacillas, para formar los dos graciosos ricitos que constituían la imprescindible moda de entonces. Llena de satisfacción Teresa y rebosando buen deseo, ofreciose espontáneamente a desempeñar tan arduo cometido; más la diosa, rechazando con severa dignidad sus cariñosas ofertas, contestó que con Marica le bastaba.
Retirose, pues Teresa, viendo desairados sus buenos oficios, y doña Angustias se marchó también a despachar su toilette, siempre abreviada, porque era la viuda de esas mamás que ahorrando en sus personas lo que derrochan en sus hijas, se presentan siempre junto al lujo de éstas, algún tanto pingajientas; tipo bastante común entre las elegantes de medio pelo.
Restableciose al fin la calma por tanto tiempo interrumpida, y oyose distintamente a la campanada de las nueve, detenerse a la puerta el simón que había de llevar a la madre y a la hija a casa de la Condesa. A poco, un espantoso alarido, aún más terrible en el silencio, resonó por todos los ámbitos de la casa...
Teresa se levantó despavorida y corrió al cuarto de su prima; al mismo tiempo entraba doña Angustias a medio vestir por la otra puerta... El cuadro era terrible: Pepita, sentada ante el tocador, medio caída contra la pared, lanzaba agudos chillidos; de pie a su lado, Marica, pálida de espanto, miraba estúpidamente las caldeadas tenacillas de rizar que tenía en la mano, en cuya punta se descubría un rubio ricito. Un fuerte olor a pelo chamuscado, invadía todo el aposento.
Doña Angustias y Teresa se lanzaron a Pepita, creyéndola gravemente herida: ni la menor rozadura tenía en la frente. Distraída Marica mirando la linda peineta de corales, había apretado tanto el papillote entre las tenazas caldeadas, que el ricito quedó chamuscado y arrancado por completo. Las consecuencias eran fatales, y harto pronto las comprendió Pepita.
-¡Ay!, ¡ay!, ¡ay!, ¡ay!, ¡ay! -chillaba como si la matasen.
-¡No te apures, hija! -gritaba doña Angustias- que todo podrá arreglarse!...
Y en vano procuraban arreglarlo: la frente aparecía calva por un lado, y colgaba por el otro un largo mechón, escapado del papillote que había sobrevivido al desastre.
-¡Imposible!... ¡Imposible! -gritaba Pepita- ¡Si estoy horrible!... ¡Si estoy hecha un adefesio!...
-¡Tranquilízate, mujer! -le decía Teresa-. En vez de dos rizos te pones uno, y queda todo arreglado...
Pepita acogió esperanzada esta idea, que sobre ser un recurso era una originalidad, y en un segundo enroscó Teresa en su dedo el mechón sobrante, y formó a Pepita un rizo solo en mitad de la frente. Contempló un momento su obra en el espejo, y casi estuvo a pique de reírse... El rizo se destacaba redondo, abierto como el ojo de un cíclope, espantado como debió de estar el del gigante Polyfemo, al ver que le amenazaba la aguda estaca de Ulises.
-¡Qué irrisión!... ¡Qué disfraz! -chilló Pepita arañándose la cara.
Y perdida ya toda esperanza, un ataque repentino de nervios vino a deshacer la nube de gasas no en lluvia, sino en jirones, dando a Teresa el sentimiento de ver rodar por el suelo las sacrificadas joyas de su madre. Lleváronla a la cama, y sosegose un poquito a eso de las once: entonces pidió encarecidamente a su madre que plantase aquella misma noche en la calle a Marica, causa involuntaria de la espantosa catástrofe. Esto pareció aliviarla mucho.
Media hora después, salía Marica con el lío de su ropa debajo del brazo, no sin tener antes la satisfacción de decir a doña Angustias:
-Mire V. señora, la verdá en su lugar... Sin querer lo hice; pero no me pesa... Lo que siento es que no le cogí también las narices con las tenacillas y se las dejo rizás pa toda la vida...

