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ArribaAbajoDoce

María


El primer recorte de su álbum profesional fue el reportaje que le hiciera al travesti herido, Mamerto Sosa, o Ingrid. El Director le había felicitado, aunque deslizó una crítica. «Es un poco literario, sea más periodística», y la envió a hablar con el Jefe de Redacción, Don Carlos Rueda, un hombre maduro y bondadoso, cuya simpatía María ya había conquistado. «Me recuerdas a mi hija» le había dicho, y más tarde averiguó que la hija, y la madre, vivían en Estados Unidos, tras una separación cuyas causas no quería averiguar. El Jefe de Redacción también le felicitó, aunque con una recomendación distinta a la del Director. «Conserva ese toquecito literario -le dijo- y serás conocida por tu estilo, aunque no firmes, lo que en periodismo es mucho».

-Lo que sigue es bastante serio -le dijo- te vas a dedicar completamente a este caso de los travestis. Yo le dije al Director que podría ser peligroso para una chica, de modo que consintió en que cuando salgas fuera de la redacción a buscar material, te va a acompañar Centurión. Centurión ya está al tanto y vas a coordinar con él este negocio. ¿Tienes coche?

-Sí, lo tengo.

-Te va a ser útil. El Administrador te proporcionará un cupo de nafta.

Fue a sentarse en su pequeño escritorio, esperando a Centurión, que no aparecía, y revisando nuevamente las notas que había tomado en su entrevista a Ingrid, o Nicasio. La habitación del herido en el Policlínico   —38→   tenía una custodia, un joven suboficial de Policía con cara de adolescente. Nuevos tiempos -se dijo- es increíble el efecto que hace en los policías una credencial de periodista. Tardó segundos en entrar en la habitación, y allí estaba el travesti herido, con algunos restos de rouge en la boca, que la miraba con ojos calculadores.

-¿Mamerto Sosa?

-Ingrid, si no te es molestia. ¿Que quieres?

-Soy periodista, quisiera hacerte algunas preguntas.

Apretó el botón «récord» de su pequeño grabador.

-¿Voy a salir en el diario?

-Esa es la idea.

-¿Con fotos?

-No creo.

-Si no es con fotos, no digo nada.

-No creo que en una foto tomada ahora, salgas muy favorecido. Vio la mirada rencorosa del herido, y se corrigió.

-Favorecida.

-Tengo una postal en colores, con las chicas.

-Si dan permiso, la publicamos.

-Mejor no. El loco suelto ese puede usarlo para conocernos.

-¿Por qué crees que dispara y mata a los tra...

-¿A las chicas? No tengo ni idea, hija.

-Voy a hacerte la pregunta de otra manera. ¿Las mata porque son... lo que son, o es que tiene algo personal contra cada una de las víctimas?

-Ni idea, mujer.

-¿Hay alguna persona que tenga algo personal contra ti?

-¿Por qué?

-Te disparó, ¿no?

-De eso no hay duda. ¡Lo que duele! Voy entendiendo. Pero si tiene algo personal contra mí, también la debe tener contra Pamela y Azucena. Y yo no me trataba con ellas, eran del Barrio Pelopincho, un basurero, mi hija. Mi grupo es del barrio Republicano.

-Luego, no hay relación entre las víctimas -dijo María, recordando las series policiales de la televisión.

-¡Ninguna!

-¿Pero realmente no tienes enemigos?

-No podría decir eso, en nuestra profesión hay mucha competencia,   —39→   y celos.

María se estaba sintiendo levemente asqueada. «Aprende a ser dura» se dijo.

-¿Recuerdas un caso especial?

-No te voy a decir los nombres.

-No importa.

-Hace unos días nos tiramos de los pelos con Susana. La loca dice que es parecida a Susana Traverso. Se enojó tanto que quería clavarme una tijera. Bueno, le tenía loco al viejito.

-¿Viejito?

-Sin nombres, hija, sin nombres.

-Está bien. Era un viejito.

-Vicioso como el demonio, profesor de no sé que Universidad, y abuelo de una escritora que hace libros de versos. Tira la plata a raudales.

-Con Susana.

-Hasta que se lo quité. Susana juró matarme.

-¡De modo que se lo quitaste!

-No era justo que una sola se quede con toda la plata. Además, Susana no merecía. No tiene arte. En esta profesión hay que tener arte, hija.

-Especialmente con los viejitos.

-¡Tienen cada exigencia!

-¿Crees que haya sido Susana, o alguien contratado por Susana?

-No creo.

-Vamos al momento en que te dispararon. ¿Estabas sola?

-Sí, sola en la esquina.

-¿Cómo fue?

-Bueno, el auto negro venía lentamente. Y yo me engañé. A ese paso vienen los clientes, dándose tiempo para elegir. Pensé que tenía buena suerte, porque esa noche no había embocado ni una. Además el viejito está enfermo. Algo de los riñones, parece. De repente, el auto aceleró y oí un pum y me dolió horriblemente el cuello. Creo que no me dio en la cabeza porque en ese momento me moví para salir al encuentro del auto. Y no me acuerdo más.

-Pero recuerdas el auto.

El herido meditó un momento.

  —40→  

-Aprendemos a reconocer las marcas de los autos, y a los que vienen, adentro por la marca. No sé me entiendes. Los mejores clientes son los que vienen en Mercedes o en Volvo, ya es gente de edad, responsables y no hacen mucho escándalo, por la familia, seguramente. Los patoteros vienen en autos mau, aunque ahora están apareciendo en Mitsubishi Montero. Bueno, el auto ese no era Mercedes ni Volvo. No creo que sea un auto japonés. Era demasiado grande para ser un auto japonés. Parecía unos de esos Chevrolets negros que usaba Stroessner.

-¿Le dijiste eso a la Policía?

-¡Ni loca! ¡No voy a ser yo la que les ayude en su trabajo! ¡Chantajistas que son! Todavía no están enterados que tenemos nuestros derechos, humanos, los puercos.

Desgrabando aquella cinta, con algunos agregados de su cosecha

obre los vicios de la Sociedad hipócrita, ella había elaborado el artículo, que mereció las felicitaciones del Director y del Jefe de Redacción, y que -lo sabía- había puesto de malhumor a Centurión. «Suerte de principiante» le dijeron que dijo.

No incluyó en el artículo el episodio que siguió a su salida de la habitación de Ingrid, cuando el suboficial jovencito le dijo que «El Comisario quiere hablar con usted» y lo encontró esperándola, sentado en una cubículo que hacía de sala de espera. Un hombre maduro de impecable uniforme planchado, sin ninguna arruga, y con un cuerpo de atleta arruinado por una panza naciente, cruelmente apretado por un grueso cinturón.

-Soy el Comisario Riveros -le dijo- Mucho gusto, señorita.

-Lo mismo digo. ¿Me necesita?

-No se trata de interferir en su labor de prensa -recitó el Comisario- sólo quería preguntarle si el sujeto le dio una información nueva.

-No sé lo que es para usted una información nueva, señor Comisario.

-Algo que le haya llamado la atención. Con la Policía estos dege... estos sujetos se cierran.

-No creo que me haya dicho nada que no haya dicho a la Policía -mintió descaradamente.

-Con los periodistas se sueltan. Buscan publicidad.

Sintió un poco de piedad y soltó una pequeña información. De todos modos, lo leería en el diario, si publicaban su artículo.

-Ingrid tuvo un conflicto con otro travesti llamado Susana.

  —41→  

-Interesante -dijo el Comisario.

-Y algo más, Comisario, el coche negro no era japonés. Cree que es de marca americana.

Y dejó al Comisario tornando apuntes en su libreta y murmurando para sí algo sobre los degenerados de mierda.

Cuando llegó Centurión, ya tenía un plan de acción, sólo que no encontraba la forma de hacer que el plan pareciera elaborado por Centurión, cuyo ego parecía andar bastante lastimado.




ArribaAbajoTrece

Celia


Esa mañana tuvo tiempo para recoger de la Escribanía el poder general irrevocable que le había firmado mansamente su padre, hasta con expresión de alivio, recordaba Celia, como contento de transferir sobre los delicados hombros de su hija menor, todo el peso de su catástrofe. Con el documento certificado en la mano, se encaminó de inmediato a la Financiera, a demostrar su personería legal para ocuparse de los bienes, y de los males, de su padre, y solicitar algún tipo de plazo, un respiro para organizarse mejor.

Después de una corta espera, accedió al despacho del Presidente, que la invitó cortésmente a sentarse en un diván demasiado profundo, le ofreció café, le escuchó, no cesaba de mirarle las piernas, y le dijo que la cuestión ya escapaba de su control y estaba ya en la Asesoría Jurídica. «Pero veremos...».

Como de cincuenta años, canoso y con los abundantes cabellos plateados peinados con secador de pelo, bronceado y con un cuerpo sorprendentemente joven y esbelto, el Presidente no cesaba de sonreír mostrando una dentadura demasiado perfecta para ser natural. «El tipo se cree todo un galán maduro, un seductor», se dijo Celia, fatigada ya de tener apretadas las rodillas en ese asiento profundo que las hacía apuntar al techo.

-Naturalmente, hay alternativas, señorita -decía el Presidente, abriendo diestramente un resquicio de esperanza después de la negativa rotunda inicial.

Con sabiduría femenina, Celia adivinó que casi literalmente, el resquicio de esperanza estaba entre sus piernas, pero decidió seguir el   —42→   juego, recordando el carnaval que vivieron la noche anterior, con el relato de Dina de la seducción ejercida sobre Hermenegildo.

-No esperaría menos de un caballero como usted doctor. Usted hace honor a la publicidad su Financiera. Una Financiera con Corazón, ¿no?

-Tiene buena memoria, señorita.

-Es que el que inventó el lema es un genio -contestó, y vio como el Presidente se henchía de orgullo. «Acerté, el brulote lo inventó él» se dijo Celia.

Con gesto de soberbia autoridad (parece un gallo, se dijo Celia) el Presidente se acercó a su escritorio se sentó con media nalga dejando colgar un pie con medias de seda y mocasines de punta fina, levantó el tubo del teléfono, y marcó una sola tecla.

-Oiga, doctor Rodríguez -dijo- el expediente de Bienvenido Ibáñez. Me lo tiene en congeladora hasta nuevo aviso.

Colgó sin decir gracias, y se volvió a ella como John Wayne después de haber liquidado él solo un batallón de vietnamitas.

-Ha conseguido su tiempo, señorita.

-Le agradezco mucho, doctor.

-A propósito de tiempo, tal vez encuentre un momento para aceptar una invitación a cenar.

-Ya que hablamos de tiempo, doctor, déme usted un poco de tiempo.

-¿Para qué?

-Para asimilar el honor que me hace.

-Espero que no le lleve mucho. A propósito, vea ahora mismo al doctor Rodríguez, nuestro asesor jurídico. Es una persona bien dispuesta a ayudar. Le ayudará a plantear una solicitud de refinanciación de capital e intereses. Le prometo que la presentaré al Directorio.

-Otra vez gracias, doctor.

-Jaime.

-Don Jaime.

-Sin el «don» por favor es demasiado formal.

-Buenos días, doctor, perdón, Jaime.

-Y no se olvide de mi invitación.

«Viejo verde» murmuró al salir y buscar por el largo pasillo la puerta que dijera Asesoría Jurídica. La encontró. Entre sin Golpear. Entró sin golpear y vio sentado en un escritorio atestado de papeles a un joven de cabello rebelde, robusto y lleno de músculos y de mirada   —43→   alerta.

-Busco al doctor Rodríguez -le dijo.

-Yo soy el doctor Rodríguez. Déjeme adivinar. ¿Usted es algo de Bienvenido Ibáñez?

-No soy algo, soy su hija, y por añadidura apoderada. ¿Pero es usted el doctor Rodríguez?

-Parezco un jugador de fútbol, ya me lo dijeron. Mi madre quiere que tenga el cabello más corto y que use lentes. Es la idea que tiene de un abogado serio.

-Pues el Presidente me ha dicho que el abogado despeinado me va a ayudar a solicitar...

-Una refinanciación de capital más intereses.

-Eso mismo.

-Y además te invitó a cenar.

No le molestó el tuteo. Todo en él parecía espontáneo.

-¿Cómo lo sabes?

-Dios sabe que estoy cometiendo traición a la sacrosanta empresa, pero me caes simpática y nada debilita tanto mi corazón como ver a una chica simpática, que digo, hermosa, y en líos.

-Creo que me estás queriendo decir algo.

-Sí. Lo único consistente que te dijo Casanova, es la invitación a cenar.

Se sintió consternada.

-Pero... ¿y la solicitud de refinanciación?

-Mirá, muchacha. Hace sólo dos años que estoy aquí, pero conozco la Empresa. En veinte años, jamás aceptó refinanciar nada. Además he estudiado el expediente. Sumando la deuda de capital e intereses más intereses moratorios y gastos administrativos extras, llegas a una suma enorme, muy superior a todo lo que puedas ofrecer en garantía. Ni aún hipotecando tu casa, que según entiendo, ya está hipotecada a otra financiera. Es imposible por donde se lo mire...

La miró intensamente a los ojos.

-Claro que si aceptas su invitación a cenar tienes una posibilidad remota.

-¡Ni loca!

-¡Bravo! Todavía hay decencia en el mundo. Mi mamá ya no lo cree.

  —44→  

-¿Pero qué voy a hacer?

-Por de pronto aceptar mi invitación. A tomar café, se entiende, y en un lugar tan inocente como el copetín Alberdi. ¿Me acompañas?

Se levantó dando por sentado que ella aceptaba la invitación y se dirigió a la puerta tomándola del brazo.

-¿Vas en camisa?

-Caray, siempre me olvido.

Se volvió y se puso el saco. Se sentaron en una mesa tan pequeña que las rodillas se tocaban.

-No te veo como el abogado de una Financiera.

-Yo tampoco me veo, pero ocurre que papá es accionista importante y... ¿Por qué me miras así?

-Dijiste que tu padre es accionista importante.

-Y crees que voy a influir a mi papá para que papá influya sobre Casanova. Desecha esa idea, mi papá es tan pelotudamente empresario como Casanova. La única diferencia es que mi papá es muy católico y muy fiel a mi mamá. En lo demás son iguales.

-Así que tu padre te colocó como asesor jurídico.

-Cuando el anterior murió de un síncope. Pero no pienso eternizarme allí. Me doy tiempo y preparo mi tesis doctoral «La Humanización del Crédito en el marco de la Humanización del Capital».

-¿Me estás tomando del pelo? Sería muy cruel de tu parte.

-Es la purísima verdad. Quiero ser Profesor Doctor, y después profesor, con minúscula. Quiero enseñar.

Cuando se despidieron ya cerca del mediodía, él conocía la historia de la familia Ibáñez, y ella la de la familia Rodríguez. Él prometió «estudiar en serio» el expediente de Bienvenido Ibáñez y ella le anotó su teléfono en una servilleta. Se despidieron como viejos amigos. Sólo al llegar a su casa se dio cuenta que no conocía el nombre de pila de Rodríguez.




ArribaAbajoCatorce

Bienvenido


Cuando firmó aquella escritura designando apoderada a su hija menor, sintió como que estaba firmando su propio certificado de defunción, de muerte civil. «Y de muerte moral», se dijo, levantándose   —45→   desnudo de la cama, abrió las ventanas para que el fresco viento de setiembre arrastrara el olor a sudor, almizcle y sexualidad fatigada que llenaba la habitación. Aspiró la brisa nocturna con intensidad y su cabeza se despejaba. Miró su reloj pulsera, que no se lo sacaba ni para hacer el amor. Las dos de la mañana. En la ancha cama dormía Loretta (¿o era Nora, o Daniela o Jessica? No recordaba bien a cual de las chicas había llevado a la cama), con el cabello rubio (teñido, claro) derramado sobre la ampulosa almohada de raso o vaya a saber qué substituto plástico del raso. Muebles pesados, torneados, espejos por todas partes, hasta en el techo, y rojo, mucho rojo en las cortinas, lazos, moños, tapices y pompones. Buscó su ropa y pisó algo de extraña blandura. El condón que le había obligado a usar Loretta, o Nora o quien sea, alargado y fláccido, derramando su contenido lechoso sobre la alfombra al ser oprimido por su pie. Se vistió sintiendo asco de sí mismo, no se lavó la cara ni se puso la corbata, perdida en alguna parte. Salió afuera, al estacionamiento donde estaba su coche, lo abrió y arrancó, saliendo a la calle.

No iría a su casa. No tenía intención de irse a su casa. En rigor, tenía vergüenza de irse a su casa, porque ya no era suya.

-Con todo el contenido de hijas de expresión seria -se dijo- que lo herían de una manera atroz porque no le herían de ninguna manera, no reprochaban, no pedían explicaciones, silenciosas, sólo le daban de tomar tazas y tazas de café cargado para despejar la borrachera, y limpiaban sus vómitos de la alfombra sin siquiera mostrar una expresión de asco. Sólo de pena, de lástima, de fatalista conformidad.

A esa etapa habían llegado, a la de aceptación resignada, después del ruego, del estímulo, de los besos, de los valientes «arriba, papá, que todavía sos joven». Y del perdón, de una cadena de perdones cuando llegaba a casa con las huellas de aquella disipación suicida.

-Algo te atormenta, papá. -Le había dicho una vez Elida, la paciente, la sufrida Elida- ¿Por qué no lo hablamos? Haz de cuenta que en mí te oye mamá.

-Pobrecita, -murmuró mientras conducía sin rumbo por las calles desiertas- mamá no necesita escuchar nada. Lo sabe todo. Porque ella es la víctima de todo. Mi víctima que empezó a serlo aquella noche del domingo que regresé después de pasar todo el fin de semana con Eloísa, la divorciada, loca de porquería que ya el sábado de mañana   —46→   había llamado por teléfono a Niní.

-¿Sabe que voy a pasar el fin de semana en San Bernardino con su marido?

Niní, lejos de las maldades de este mundo, habría quedado muda con el teléfono pegado a la oreja.

-¿No me dice nada, vieja?

Niní habría colgado el teléfono, despavorida por la intrusión de la perversidad en su mundo feliz mamá de cuatro niñas y un varón esbelto que eran la luz de sus ojos.

-Debí preverlo -se dijo mientras el coche saltaba y trepidaba sobre un empedrado hostil de una calle desconocida que lo llevaba a ninguna parte- Eloísa lo había dicho en serio y yo lo tomé en broma.

-Voy a hacer que saltes de tu casa como si tuvieras un resorte en el culo, y vas a aterrizar en mi casa.

El sueño de todas las queridas, de todas las amantes. Volver a ser señora, a cualquier costo.

-Y si con estanciero calentón y boludo, mejor.

La encontró llorando aquella noche de domingo. En los últimos tiempos, Niní lloraba mucho, a escondidas, que no vieran sus hijos. En realidad, vivió su dolor tan discretamente que los hijos nunca se enteraron.

-No estuviste en el Establecimiento.

-Estuve, quiero darme una ducha.

-No estuviste en el Establecimiento -repetía llorando mansamente.

-¿Dónde podría ir? Me mato trabajando y...

-¡No estuviste! Ni siquiera llevaste tu ropa de trabajo. Además, ella me llamó.

-¿Ella? -con sobresalto, intuyó que Eloísa había hablado en serio.

-Estuviste con ella en San Bernardino. Ni siquiera llevaste tu ropa de trabajo.

Le dolía a Niní que no hubiera hecho esfuerzo alguno para disimular esta aventura, y tantas otras aventuras de donde regresaba con manchas de rouge y aromas extraños en la ropa. Niní no desencadenaba tormentas conyugales. Sólo amargas brisas de temerosos reproches. Ni siquiera gritaba, porque las niñas dormían...

-Le dolía a Niní que no me importara mucho -susurró pasando frente a la masa obscura4 de una Iglesia desconocida.- Pobre Niní.

  —47→  

-¿Es más joven que yo?

-¿Cómo?

-Te pregunto si es más joven que yo.

-¿Quién?

-La mujer con quien estuviste.

-¡Estuve en el Establecimiento! ¡Estoy cansado, necesito una ducha y te vas a dejar de romper las pelotas!

Había entrado a la ducha, y cuando salió, Niní estaba sentada frente al espejo de su tocador, tenía encendida todas las luces del mueble, cuyo resplandor despiadado, como de reflector de tortura que se ve en las películas, le mostraba la magnitud de toda la pérdida de su antigua frescura, la boca caída, las bolsas bajo los ojos, la piel lavada mostrando la aspereza de los poros, el pelo de antaño rubio esplendor, grisáceo y ceniciento. Seis poderosas bombillas desnudando su vejez.

-¿Es más joven que yo?

Síntesis de todos los miedos que arrugan el corazón de las mamás prolíficas y hacendosas, y que asoman demasiado tarde.

El tiempo siguió su marcha. Nunca supo -o lo supo demasiado tarde- que esa noche había estallado una crisis en el corazón de Niní. Supo vagamente que se torturaba en sesiones de gimnasia, que recortaba maniáticamente de revistas y diarios las dietas milagrosas para adelgazar, los ejercicios para reducir el glúteo, recuperar la cintura, devolver la tersura a la piel, notaba que comía como un pajarito, y que alguna tintura milagrosa le había devuelto la juventud de sus cabellos, aunque con un brillo demasiado metálico.

Sus sucesivas escapadas continuaron, y la desesperación de Niní por equipararse a las jóvenes que les ofrecían sus primicias, se traducía en una angustiosa competencia contra el tiempo que se había llevado su lozanía y su belleza.

Hasta que decidió someterse a la cirugía estética, sin decirle nada. Sólo se enteró cuando sus hijos, Raúl aún vivía, le llamaron y le informaron que no había salido de alguna torpe anestesia, y había entrado en coma.

-Perdóname, Niní.

Siguió conduciendo, ahora sabiendo ya adonde se dirigía. Calles de barrio silenciosas, alguna ventana de la que salía el resplandor azulado de un televisor encendido por un angustiado anciano insomne,   —48→   perros vagos que perseguían ladrando al automóvil, y un patrullero policial que le siguió por algunas cuadras, y después se dijeron que no valía la pena y doblaron en una esquina, dejando que siguiera su camino. La ruta asfaltada, el suave ronroneo del motor del coche. Una curva, una cuesta empinada, y allá lejos, la silueta del puente recortado contra el cielo de setiembre. Enfiló al puente, aceleró y frenó exactamente donde la suave joroba del puente era más alta. Paró, y descendió del coche. Miró las aguas color acero. Puente Remanso. Remanso. Reposo.

-Perdón, Niní. Perdón, chicas.

A la madrugada, la Policía acudió a recoger el coche abandonado.




ArribaAbajoQuince

La familia


No sabían si hacer oficiar un funeral. El cuerpo no aparecía. Las cuatro decidieron no vestir luto, ni atenuado, aunque lo sentían en la profundidad del alma.

La cuestión legal se volvió complicada, y acudió en auxilio de las hermanas, el doctor Rodríguez, Cayo Rodríguez desde el segundo encuentro con Celia, y que mientras mantenía en la «congeladora» las deudas de Bienvenido Ibáñez con la Financiera, había ayudado a Celia a encontrar un respiro con las cuentas corrientes bancarias en rojo y estudiado la hipoteca sobre la casa, que aún tenía dos meses antes de los vencimientos. Otro respiro muy pequeñito.

-No puede haber sucesión sin un certificado de defunción. Si el cuerpo no aparece en siete años, recién lo darán por muerto. De modo, Celia, que tu poder general es absolutamente válido.

-Por favor, vamos a mantenemos unidas -rogó Elida, con la nariz enrojecida de tanto llorar.

-Es lo más razonable que podamos hacer -dijo Dina.

-Vamos a apoyarnos mutuamente, ahora más que nunca -dijo María.

-Van a encontrar el cuerpo de papá -dijo Celia- el río siempre devuelve. Si aparece...

-Los mismos acreedores pueden abrir la sucesión, y habrá una carnicería. Ojalá quede enredado en el fondo.

  —49→  

Se arrugó intimidado por las severas miradas de las cuatro chicas Ibáñez.

Más tarde, mientras tomaban café, hizo una reflexión.

-No estoy haciendo de abogado del diablo -dijo- pero esta especie de juramento de permanecer unidas me parece un tiro al aire.

Lo miraron interrogantes.

-Ya contra la naturaleza misma de las cosas -continúa- son chicas solteras, educadas, atractivas. Pronto empezarán a dispersarse. Las chicas están destinadas a casarse, formar familia. Y empiezan a tener otros intereses. Al menos, eso dice mi mamá.




ArribaAbajoDiez y seis

Judith


-Espero que ya hayas reflexionado sobre la impertinencia de esa señorita que al parecer no conoce el honor que le hacés.

-Sí, mamá.

-Me alegro. ¿Y... hay otra? Con tu aspecto y nuestro dinero, has de encontrar candidatas a montones. La Brunilda esa me interesa. ¿Cómo es?

Marcelo había decidido decir «sí mamá» a todo. Ganaba tranquilidad y tiempo. Sobre todo tiempo, porque había leído la carta de Elida y no se convenció en absoluto. Lo que sí supo, era que Elida lo necesitaba. Además, había leído en los diarios la noticia del al parecer, seguro suicidio de su padre. Elida estada necesitando ayuda, y no sería él quien la dejara en la estacada. Solo que se negaba a hablar por teléfono con él, y como decía su carta, no iba más al supermercado acostumbrado. Pero él estaba haciendo sus investigaciones, y todo se reducía ahora a mantener apaciguada a su madre, obsesionada en ser abuela en el más breve tiempo posible. De modo que por primera vez en su vida mentía a su madre. Se inventó una novia al gusto materno.

-Ya te dije, mamá, como vos, hija de un alemán.

-Ya me lo dijiste, y me parece espléndido. Nosotras las alemanas somos hacendosas. A veces creo que demasiado. Suelo creer que la muerte de tu padre se debió al exceso de colesterol y azúcar. Una no tarda en aprender, y le vas a decir a esa chica...

-Brunilda.

  —50→  

-Sí, Brunilda, que no ande mucho por la cocina, que el cerdo y el strudel no viene bien con nuestro clima. Es rubia, me dijiste.

-Sí, mamá, rubia y un poquito pecosa, aquí en la nariz.

-Me alegro. Da posibilidad a mis nietos de salir rubios, como mi papá. Ya ando soñando con una pandilla de nietos rubios. ¿Cuándo la voy a conocer?

-Ya te dije, cuando regrese de Europa.

-Ah, sí, claro. De Europa.

-Donde fue a conocer a su abuela paterna.

-Brunilda... ¿cómo?

-¿Qué preguntas?

-El apellido.

Casi tomó de sorpresa a Marcelo. Inventó a la carrera el primer apellido alemán que le vino a la mente.

-Beckembauer.

-Bien, bien. Espero que regrese pronto de Europa. Llévame a la cama.

Ayudó a su madre a arrastrarse hasta su cama.

-Espero que no vivas apenado, hijo.

-¿Por qué?

-Por la chica esa a quien pusiste en su lugar en buena hora.

-¿Apenarme? ¡Pisch!

-Así me gusta, hijo. Con cuidado, con cuidado.

La ayudó a acostarse, con la delicadeza con que se deposita una flor sobre un almohadón de raso.

-Sos un buen hijo.

-Gracias, mamá.

-Espero ser una buena abuela.

-Seguro, mamá. Buenas noches.

Apagó la luz y salió de la habitación, yendo a la suya. Por enésima vez sacó del cajón de la mesita de luz la carta de Elida.

-No, mi querida Elida. Nada ha terminado.

Volvió al dorso la carta. Allí había anotado apresuradamente el nombre de aquel joven a quien había visto visitar la casa que se acostumbró a espiar, algo nada decoroso, pero el fin justifica los medios -se dijo. El nombre estaba ahí. Lo conocía porque había seguido al joven hasta su casa (el fin... etc.) y averiguó que se trataba   —51→   del doctor Cayo Rodríguez, abogado.




ArribaAbajoDiez y siete

Dina


Le había tocado ser la última oradora del día, cuando todo el mundo ya estaba harto de oír a los ocho oradores precedentes. Ante semejante concurrencia adormilada, con fatiga y con hambre, desarrolló su tema de «Ficción y Realidad de la Participación femenina en la Democracia». La ovación de sus sueños se redujo a un pequeño aplauso aislado, en el fondo de la sala, proveniente de su Jefe, Hermenegildo Santacruz. Se sintió desolada. Había esperado una entrada triunfal en el mundo de la política, y estaba sucediendo todo lo contrario.

El Presidente de mesa cerró el programa del día, y vio que la concurrencia y los congresistas se retiraban con alivio. Se dirigió a su vez a la salida, donde le esperaba Hermenegildo. No podía ocultar su contento que le bailaba entre los ojos y la sonrisa. «Piensa que me han puesto en mi lugar» se dijo enojada, de modo que rechazó cortésmente el ofrecimiento de llevarla a su casa.

-Me vienen a buscar unos amigos -mintió, y se quedó a esperar a los hipotéticos amigos hasta que vio alejarse el Toyota Crown de Hermenegildo. Obscurecía rápidamente aquel día de Octubre, con el primer viento cálido del Norte anunciando el verano y arrastrando hojarasca sobre el asfalto.

Decidió ir caminando hasta su casa, para darse tiempo a pensar.

-Demasiado lugares comunes -oyó que decía una voz masculina.

-¿Me habla a mí?

-Sí, señorita. La estuve escuchando. Demasiado lugares comunes. Usted parece haber reciclado toda la basura que venimos escuchando hace cuarenta años.

-No es muy gentil de su parte.

-Me llamo Braulio.

Observó al hombre, que vestía un pantalón vaquero arruinado, más por el tiempo que por la moda. Una remera con la leyenda de Marlboro, y en los pies, mocasines sin medias. La barba de tres días por lo menos no ocultaba un hermoso perfil griego. «Es lo único agradable que tiene. Ese perfil de Adonis» concluyó Dina, contemplando una especie de   —52→   cartera de mujer que el hombre llevaba en las manos, y que por su aspecto debió contener las cartas de Josefina a Napoleón y ahora contenía vaya a saber qué, acaso un trozo de salame y pan para la cena.

-Está bien, se llama Braulio. Mi exposición es basura reciclada. ¿Y qué más?

-Puede mejorar.

-¿Quién lo dice?

-Yo. Y antes que me pregunte con qué títulos, le cuento que soy Doctor en Filosofía, estuve becado dando un curso de dos años en la Sorbona. No soy escritor ni poeta porque soy bastante holgazán para escribir. En realidad soy holgazán para todo. Además soy honesto y no quiero engañar a la gente que cree porque uno estuvo en Francia ya tiene patente de genio. Vivo en una pensión donde llevo dos meses de atraso, y si usted me invitara a cenar podríamos ahondar un poco más el tema de su analfabetismo político.

-Usted no tiene pelos en la lengua, Braulio.

-La verdad nos hará libres.

-De modo que es místico.

-No, soy ateo a mi manera. No creo que Dios no exista, sino que ya no existe. París, 1968. ¿No ve como anda el mundo? ¿Me invita a cenar? Tengo hambre.

Dina paseó una mirada crítica sobre la facha lamentable del hombre. Braulio se dio cuenta del dudoso escrutinio.

-Sí -dijo -pero no huelo mal.

-También lee el pensamiento.

-Conozco a la gente.

De alguna manera, al ser descubierta con su prejuicio a flor de piel, avergonzó a Dina. Decidió creer a Braulio. Y también invitarlo a cenar. Lo que vendría después sería tomar un taxi y volver a casa con cierta seguridad. El Doctor en Filosofía podría ser un violador en potencia.

Caminaron hasta el Restaurant San Miguel, donde ocuparon una mesa al aire libre. Acudió el mozo, y sin cortesía alguna, Braulio hizo el pedido para él.

-Una milanesa napolitana a caballo, con tres huevos fritos, ensalada rusa y papas fritas.

-¿Para beber, señor?

Dina esperó que pidiera por lo menos una damajuana de vino, y se   —53→   sorprendió cuando Braulio pidió una gaseosa. ¿Quería impresionarla?

-¿La señorita? -Era el mozo.

-Sólo papas fritas y una cola.

-Hábleme de la basura reciclada -pidió ella, cuando el mozo se retiró.

Braulio habló como para sí.

-Cuando creemos que creamos, sólo memorizamos. Cuando creemos que imaginamos, sólo recordamos. No hemos sido educados para que la mente actúe con la libertad de un águila joven sino para que la memoria sea una alcancía que lo guarde todo. Y cada vez que necesitamos un pensamiento, lo desempolvamos y lo sacamos afuera. Hemos cerrado nuestro horno...

-¿Horno?

-Sí, horno ardiente, horno interior donde fraguamos nuestras propias ideas, y con nuestras propias ideas, nuestra libertad personal.

En este punto, Dina se convencía de que la abundante cena era una buena inversión. Tuvo que esperar el resto, porque el mozo apareció con las viandas solicitadas, y observó cómo Braulio devoraba con el ansia del náufrago acabado de rescatar. «Cuando dijo tengo hambre, lo dijo en sentido real» -reflexionó.

Cuando terminó la cena, Braulio se echó atrás, con aire satisfecho.

-Dios, que no eructe ni se dé palmadas en la panza -rogó en voz baja Dina, y Dios le escuchó. «Tampoco se hurga los lindos dientes con un palillo» observó Dina.

-Creo que tenemos que vivir juntos.

-¿Qué?

-En pareja, somos adultos. Provechoso para los dos. Yo le enseño lo mucho que sé, y usted paga la pensión.

-No, gracias, soy una chica algo anticuada.

-Ya me parecía. Pero no es una mala idea.

-Es brillante.

-Sin ironías, señorita.

-Me llamo Dina.

-Pues bien, Dina. Parece que usted ha decidido ser feminista. La felicito, pero tiene una idea equivocada de lo que es el feminismo. Para empezar, no es esa especie de fanatismo mahometano que se percibía en su exposición. Con esa postura sólo logrará que las esposas anden   —54→   cortando el pene del marido. No, no, no me hable, no me corte la inspiración. Usted ha caído en una trampa semántica. Confunde feminismo con activismo. Y confunde el activismo como agresión al varón, al macho.

Parece que anduve bastante confundida...

-Sin ironías, Dina, sin ironías. Tiene que volver a instalar su feminismo en un marco adecuado, y reorganizar todas sus ideas, y también su acción. Ya veo en sus ojos que se está preguntando donde diablos está ese marco.

-¡Caray! ¡Usted ve todo en mis ojos!

-Veo mucho, como que piensa que soy atractivo pero sucio. Otro prejuicio. Soy haraposo, no sucio. Pero dejemos eso. ¿En qué estábamos? Ah, sí, hay que instalar el feminismo en el marco adecuado. ¿Y cuál es el marco?.

-¿Cuál es la respuesta?

-El humanismo, mujer. La mujer debe sentirse hombre.

-¿Qué dice?

-Debe sentirse Hombre, con mayúsculas. La liberación femenina pasa por la liberación del Hombre, que estamos muy lejos de alcanzar. Mientras el Hombre no sea libre de la injusticia, de la pobreza y de la ignorancia, la mujer no será libre. Y el hombre, con minúscula seguirá consolándose tiranizando a la mujer.

-Pero si el varón no nos da espacio para...

-Es parte de la enfermedad que la Humanidad debe curar. Espero me entienda, se lo estoy diciendo con las palabras más elementales posibles.

-No necesita concebirme como un párvulo del pre-escolar -Contestó amoscada Dina, aunque veía abrirse un territorio nuevo frente a ella.

-En cierto modo lo es -respondió Braulio- porque si quiere saltar a la notoriedad política, aprenda todo de nuevo. ¿Quiere ser una buena líder política? Luche por el Hombre, con mayúscula. Creo que por hoy me he ganado mi cena.

-Le aseguro que sí, Braulio.

-Mi nombre suena con sílabas de miel en sus labios.

-No empecemos de nuevo.

Pagó la cuenta, y decidió no darse por enterada cuando depositó la propina para el mozo sobre el mantel, y vio que Braulio se lo metía   —55→   furtivamente en el bolsillo.

Él se ofreció a acompañarla hasta su casa. Dina desechó la idea inicial de refugiarse en un taxi y caminaron por la calle España primero, después por las más silenciosas que llevaban a Las Mercedes, donde ella vivía. Mientras caminaban, él no cesaba de perorar, como si sus nubes interiores fueran liberando una torrencial sabiduría. Hablaba y hablaba, para sí mismo y hasta para las estrellas, casi ajeno al hecho de que acompañaba a una dama. Y llegaron por fin.

-Esa es mi casa. Gracias por todo, Braulio. Me siento un poco más enriquecida. A propósito de la deuda en la pensión... -abría la cartera y se paralizó. Por primera vez vio el enojo en los ojos del hombre.

-Buenas noches -dijo, y se marchaba.

-¡Braulio! -llamó ella.

El hombre se volvió.

-¿Dónde puedo verle de nuevo?

-No se preocupe. La encontraré yo.

Y se fue silbando por la calle, arrojando al aire su vieja cartera de mujer, y cazándola al vuelo.

-Vaya tipo extraño -se dijo Dina, y entró a su casa.




ArribaAbajoDieciocho

María


María conducía su pequeño Honda, bastante irritada. La teoría de trabajo fue que saldrían juntos con Centurión, y efectivamente Centurión subió a su lado, le dijo que condujera por Palmas, y en la esquina de 14 de Mayo le pidió que se detuviera, le dijo que era una chica inteligente y podía bastarse sola, y bajó a reunirse con sus amigos en un ruidoso copetín. Por añadidura le dijo que «si encuentras algo nuevo, mañana lo escribimos juntos».

Ella sabía adónde debía ir, no temía a la noche temprana que caía. A la Parada de taxis donde Marcelino Otazú tenía su vehículo. El testigo ocular de la muerte de Azucena, o Florindo Ortellado. Metió el automóvil en un estacionamiento y fue caminando hasta la Parada de taxis, sin grabador, sin nada que revelara su condición de periodista.

Cuando llegó a la fila de coches amarillos se preguntó cómo haría para conocer a Marcelino Otazú, y decidió que la vía más rápida era   —56→   sencillamente preguntar.

-¿Quién es Marcelino Otazú?

-Es aquel del Peugeot 504, señorita.

Fue abordar el automóvil.

-Debe subir al primero de la fila, señorita.

-Me gusta este, es flamante.

Sin mayores explicaciones se instaló en el asiento trasero.

-¿Adónde vamos?

-A la Terminal de ómnibus, pero despacio, no tengo prisa.

Marcelino arrancó, y el motor diesel hizo su característico ruido de masticar tuercas.

-La ciudad es tranquila de día -dijo María.

-Ujúm.

-Dicen que de noche es un infierno.

-Si le cuento, señorita.

El hombre era canoso, moreno, de manos nervudas y firmes sobre el volante.

-Los travestis, y todo eso.

-Hay cada vez más degenerados, señorita. Yo no sé cómo no les fusilan a todos. Me contaron que el General Ibáñez...

-¿Quién?

-Un Presidente de Chile, sabe. Metió a todos los pu... a los homosexuales en un barco, para llevarlos a una isla. En el mar vino un acorazado y hundió el barco a cañonazos. Cierto, me contó mi hijo, que estudia Derecho. A los travestis hay que mandarlos al Chaco, para que sean hombres. O se arreglen entre ellos y se mueran todos de Sida.

«El hombre es definitivamente moralista» pensó María.

-Mi papá dice que hay que matarlos a todos -mintió.

-Hay uno que ya lo está haciendo, señorita.

-¿De veras?

-¿No lee los diarios?

-Sólo la página de Sociales. ¿Dice usted que están matando a los travestis?

El coche había salido por fin del descomunal enredo del microcentro, y enfilaba por Pettirossi, a la busca del otro infierno del Mercado 4.

-Con un rifle.

-Noo. Eso solo sucede en la tele.

  —57→  

-¡Sucedió!

-No lo puedo creer.

-Yo vi. Salió mi nombre en el diario. Vinieron cantidad de periodistas impertinentes. Pero no les dije nada, ni a los periodistas ni a la Policía. Sólo que era un coche negro.

-¿Pero por qué?

-No estoy loco. Si el tirador ese sabe lo que yo sé, capaz que me tire a mí con su rifle.

-Tiene razón, señor. Con esta clase de gente hay que ser prudentes.

-Yo vi cuando le tiraron desde un coche negro. Hace unos días salió en el diario que era un Chevrolet como el blindado que Stroessner. No es cierto. No era Chevrolet. Era Buick.

-¡Mire que es observador usted!

-Estoy en el oficio. Era mecánico antes de comprar este Peugeot.

-¿No le siguió al coche negro?

-A la Policía le dije que no. No quiero compromiso.

María sintió que se le erizaban los cabellos. «A la Policía le dije que no...» Luego...

-¿De modo que...?

Seguí al coche negro.

«Encontró por fin a quien mostrar su valentía» se dijo María.

-¿Y por qué me lo dice a mí?

-Por su carita de escuelera. Y si va a la Policía y le dice...

-¡Jesús! Le tengo terror a los policías. Un tío mío murió torturado. Yo le quería mucho. Me traía revistas y libros, ¡pobrecito! ¡Qué valiente haber seguido al coche asesino!

-Quería saber quién era el tipo que tenía las bolas tan bien puestas para salir a hacer limpieza nocturna. Ellos no se dieron cuenta de que les seguía.

-¿Ellos? ¿No era una especie de vengador solitario, como en el cine?

-Eran entre dos. Pareja.

-Un hombre y una mujer. Vaya. ¿Jóvenes?

-Eso ya no pude ver más. Pero el coche era un Buick automático de ocho cilindros.

-No veo la relación.

-Es un coche de señores, de gente vieja.

  —58→  

El corazón le latía desordenadamente a María. Sólo le faltaba un dato, y antes de formular la pregunta, se encomendó a la Divina Providencia.

-¿Los siguió hasta su casa?

-No pude. Doblaron en Mariscal López a la izquierda, por una calle obscura, a la altura de una Estación de Servicio, por cerca de la Municipalidad. Y entonces encontré un pasajero bastante borracho.

Ya estamos llegando a la Terminal, señorita. ¿Dónde quiere bajarse?

-En la acera, nada más.

Descendió del auto, deslumbrada por lo que acaba de obtener del dicharachero de Marcelino Otazú. Buscó un papel en la cartera, y agachándose en el pupitre de una teléfono público que ya no tenía tubo, escribí afanosamente todo lo que había oído, cuando sintió que le tocaban indecorosamente el trasero. Se volvió de un respingo. Tres caras juveniles que olían a cerveza la miraban sonrientes. Las mejillas arreboladas y los ojos turbios, perversos. El siguiente toque fue en uno de los pechos, que una mano tosca aprisionó como si fuera una manzana. Propinó un arañazo al sujeto y echó a correr, para refugiarse en una atestada casilla donde una señora gorda freía hamburguesas.

-Entrá adentro, mi hija -le dijo la señora gorda.

Penetró en la estrecha casilla, detrás de la dueña de la casilla, suspirando de alivio, al ver el volumen de su protectora, que salió afuera armada de una espumadera de hierro.

-Patotero de mierda, si quieren puta vaya a la discoteca.

Los tres se fueron prefiriendo «palabras irreproducibles» como dicen los cronistas sin imaginación.

-Gracias, señora.

-No tenés que andar sola por aquí, mi hija.

-¡Pero si todavía no son las nueve!

-Este infierno funciona continuado, mi hija. ¿Perdiste algún ónibu?

-No, solo vine a esperar a mi mamá, que no llegó -mintió intuyendo que si decía que era periodista, perdería la maternal protección de la hamburguesera.

¿Cómo puedo conseguir un taxi?

-Mi marido tiene un taxi mau. Esperá.

Llamó con un vozarrón a un chiquillo de nomás de once años que miraba embobado las portadas de un centenar de revistas pornográficas   —59→   exhibidas en un puesto.

-¡Camellito!

El chico llamado Camellito acudió con paso vacilante y los ojos velados.

-¿Está enfermo?

-No, ya olió ya otra vez cola de zapatero. ¿Tenés dinero para el taxi?

-Claro, tengo dinero.

-Es diez mil hasta el centro.

-Está bien -pagaría cien mil para salirse de ahí.

Encargó el mandado al chico que cruzó la atestada avenida Fernando de la Mora sin tomar en consideración de que a cada minuto corría el peligro de morir aplastado.

-La cola de zapatero le lleva a otro mundo -rió la señora.

Mientras esperaba, María observaba aquel mundo que no conocía, y de donde el chico escapaba aspirando cola de zapatero. Ruido infernal en las discotecas, pobres mujerucas, algunas niñas maquilladas como para jugar a las mamás, teñidas con todos los colores del arco iris en la cabeza y con minifalda o shorts que apretaban sus desvaídas carnes. Vendedores ambulantes, borrachos, miríadas de pollos decapitados girando sobre los fuegos de la parrilla y un omnipresente olor a carne asada, a cloaca reventada, a humo de gasoil, que le penetraba hasta por los poros, y por los oídos, el estruendo de la música-cachaca, escapando de altavoces cuyos bajos como cañonazos le hacían trepidar las orejas.

Por fin apareció el taxi mau, o ilegal, que merecía de lejos tal denominación, porque era un viejo Brasilia que se caía a pedazos, con los tapizados con manchas de carne cruda y restos de verduras. El hombre que lo manejaba, increíblemente peludo, sólo vestía una camiseta, shorts y unas zapatillas japonesas enganchadas al dedo gordo.

-Para salir de aquí, esto es como la carroza de la Cenicienta -se dijo María, y se dejó conducir hasta el centro, en busca de su anhelado Honda.

Condujo hasta su casa recordando la conversación con el Comisario Riveros, en su despacho pulcrísimo y reluciente, con grandes fotos del Presidente y del Ministro del interior en la pared, tomando mate cocido caliente en tacitas de café y con las ventanas abiertas a un   —60→   cuidado jardín que más parecía de un convento de laboriosas monjas que de una Comisaría. Sólo el planchado uniforme del Comisario rivalizaba en pulcritud con el ambiente.

-Comisario, usted debe tener mucha experiencia en estas cosas.

-¿Va a salir en su diario lo que le digo?

-Sólo en forma general.

-¿Sin mencionarme, señorita?

-Palabra.

-Entonces apague el grabador. Vamos a tener una charla de amigos.

Me gusta usted, señorita. No, no se ponga a la defensiva. Soy casado y con hijos. Me gusta su inteligencia. Usted debería ser Policía.

-Gracias.

-¿Que decía de mi experiencia?

-¿Quién mata a los travestis?

-¿Cómo voy a saberlo?

-Hice mal la pregunta. Le pido un perfil. Un perfil de la persona que se siente impelido a matar travestis.

El Comisario reflexionó. Se echó atrás en su sillón y cruzó las manos en la nuca.

-La misma pregunta me hice yo. Hay varias respuestas posibles. La primera, esos degenerados tienen su propia mafia, sus territorios, sus protectores y sus propias leyes violentas. ¿Sabe usted que la violencia de un homosexual es mucho más feroz que la de una mujer enfurecida?

-Si usted lo dice.

-Es estadístico. Cuando encontramos un crimen especialmente, atroz, empezamos a buscar a putos involucrados, perdón, homosexuales.

-Vaya una novedad.

-Anótela como regla, señorita.

-Luego, estos crímenes...

-Puede ser arreglo de cuentas entre ellos. Es una posibilidad. Otra posibilidad que barajamos es que algún fanático, harto de tanta podredumbre y miseria, saliera a exterminarlos en buena hora.

-Ese fanático puede ser usted, comisario.

-¿Por qué lo dice?

-Los odia, ¿no?

-Con toda el alma, pero eso no me hace asesino. Estoy a este lado de la Ley.

  —61→  

-¿Por qué los odia?

-¡Son unos degenerados!

-Leí que son enfermos, errores de la Naturaleza. Que nacieron síquicamente femeninos. Y se sienten mujer.

-Dígame, señorita periodista... ¿Usted se siente mujer?

-¡Por supuesto que sí!

-Entonces... ¿Por qué no se dedica a la prostitución?

-¡Señor Comisario!

-Se ofende, en buena hora. Antes de dedicarse a la prostitución usted podría ser cocinera, o peinadora, o pedicura. ¿No? Entonces no me venga a decir que esos dege... enfermos, digamos, ¡sólo por sentirse mujer, tienen que andar por ahí ofreciendo el intestino como órgano sexual!

-¡No sea grosero, señor Comisario!

-¡No sea inocente, señorita periodista!

-Les tiene rabia de veras.

-Tengo tres hijos varones. El menor entrando en la adolescencia y el mayor saliendo. Mi señora está feliz con esta barrida que está haciendo el del rifle.

María no recordaba más de aquella conversación. A la mañana siguiente, escribió un artículo, sin dar intervención alguna a Centurión poniendo como interrogantes las opiniones del Comisario, sin mencionarlo, sino como de su cosecha, y luego se extendió a la exploración del sub-mundo de la Terminal de ómnibus, como raíz de tanto descalabro social y moral. No mencionó para nada el Buick, ni la pareja en el coche, ni la persecución de Otazú ni el área residencial donde Otazú había perdido la pista. Fue felicitada nuevamente por el artículo, y cuando saboreaba el éxito sin tener en cuenta las torvas miradas de Centurión, tuvo una inspiración. Llamó por teléfono al Comisario Riveros.

-¡Hola!

-Señor Comisario, soy María.

-¿Qué me ordena?

-¿Tiene usted un Buick como vehículo de la familia?

-¿Buick? Que disparate. Tengo un Paratí, legal, sí quiere saberlo.



  —62→  

ArribaAbajoDiecinueve

Celia


Se sentía desolada. La muerte sin cadáver de Bienvenido Ibáñez resultó más una trampa que un alivio. La Financiera, nada dispuesta a esperar siete años, embistió con toda furia sobre el blanco más apropiado, la apoderada del desaparecido. Ella, a quien aterrorizaba todo lo que se refería a tribunales y jueces. Su amigo, Cayo Rodríguez, renunció a su cargo de asesor jurídico de la Financiera, y con el disgusto de su padre y el aplauso de su madre, cuya única felicidad en esta vida era llevarle la contraria a su augusto marido, asumió la defensa de los herederos sin herencia de Bienvenido Ibáñez.

La renuncia de Cayo resultó en cierta manera, una renuncia o una rebeldía a la autoridad paterna, y el padre enfurecido decidió darle una lección al hijo claudicante, y juró que la Financiera le iba a aplastar en los tribunales, contratando a dos especialistas.

-Una lección no le vendrá mal a ese mocoso -dijo a su esposa, y su esposa le contó a Cayo y Cayo se lo contó a Celia.

-Me tienes que dar un poder. Soy tu abogado defensor -le había dicho Cayo, sentados en la misma mesita del copetín Alberdi donde sus respectivas rodillas habían intimado más que sus respectivos propietarios.

-¿Tenemos alguna posibilidad, Cayo?

-Absolutamente ninguna. Tu papá firmaba papeles sin leerlos. Especialmente en las letritas pequeñitas. Ponía mansamente la cabeza en la guillotina.

Más tarde, Cayo la invitó a cenar.

-¿Dónde?

-En casa, con mi mamá. Quiere conocerte.

-Es un honor. ¿Pero por qué?

-Sos la causa de la furia de papá y se volvió tu entusiasta partidaria. Además cree que entre nosotros hay romance.

-¿La hay?

-¿No la hay?

-No sé. Se lo voy a preguntar a mamá.

-Cayo... ¿No tienes por casualidad alguna manía edípica?

-¡Señorita!

  —63→  

-A cada paso mencionas a tu mamá. Pareces un hijo sobreprotegido.

-Sólo parece. Mamá no es sobreprotectora. Es mi compinche.

-¿En qué?

-En hacer rabiar a papá.

-Nunca sé si hablas en serio o en broma.

Aceptó la invitación de Cayo. Y conoció a la encantadora mamá de su amigo. Todavía joven y hermosa, con el espeso cabello teñido de un sentador platinado. «Parece una Lady inglesa», fue la primera impresión de Celia. Vital, sonriente y espontánea, realmente más parecía una compinche que una madre. «Ni siquiera parece madre de este grandullón» concluyó la muchacha.

Beatriz, que así se llamaba la dama, sirvió a los jóvenes abundante porción de lomito al horno mechado con deliciosas hierbas, y vino, y ella solo consumió unas tiritas de carne magra sobre pan tostado.

-Es por la figura, hija -dijo a Celia- a propósito de figura, Celia, la tienes espléndida. Mi muchacho ha tenido buen ojo. Aunque no tienes el aspecto de princesita desvalida que yo creía.

-Mamá, aún no hemos llegado a la etapa de evaluar la figura -dijo Cayo.

-¡Pamplinas, hijo! Todo comienza por la figura. La flecha de Cupido tiene las mismas curvas que una cadera apetitosa.

-Mamá, la estás haciendo ruborizar.

-Buena señal. Una chica que en esta época se ruboriza es una rareza. Has encontrado un tesoro, hijo. Bueno... ¿Cuál es nuestro plan para hacerle infeliz a tu papá?

-¿Plan? -preguntó sorprendida Celia.

-Mamá dice que tiene un plan.

-Bueno, esto parece un asunto de familia.

-No, Celia, no es asunto de familia. Es tu problema financiero.

-¿Pero qué plan...?

-No empieces a preguntar. Mamá no es abogada, desde luego. Pero es la reencarnación de Lucrecia Borgia.

-A propósito, hijo, he puesto en tu vino un afrodisíaco fabricado en el Amazonas. Creo que lo necesitas para ser un poco más atrevido con esta niña que pide caricias a gritos.

Celia admiró la relación entre la deshinibida madre y el desenvuelto   —64→   hijo. «Quisiera ser una mamá como ella» pensó.

-¡Reencarnación de Lucrecia Borgia! -rió Celia.

-Sólo Dios, o más bien el diablo, sabe lo que estará maquinando contra papá.

-No veo la razón...

-¿Se lo cuento? -preguntaba Beatriz a su hijo.

-¡Contale!

-Claro, total pronto va ser de la familia -dijo Beatriz- acuso a mi augusto marido, doctor Miguel Rodríguez, de haberse casado conmigo.

-¡Grave delito! -exclamó Cayo.

-¿Me están tomando del pelo? -preguntó Celia.

-Nada de eso, hija mía. Me casé con Miguel Rodríguez, a los 18 años, deslumbrada por los versos que me escribía. Apasionados, románticos. Me transportaban al cielo. Después de la noche nupcial, desaparecieron los versos. Nunca los escribió él. Le pagaba a un poeta para que los escribiera, y a un calígrafo para que los copiara con primorosa letra. Descubrí todo, y llegué a conocer al poeta que me había enamorado. Un churro de novela, hija.

-¡Mamá!

-No te preocupes, ya murió de Sida. Por mi parte, he vivido sintiéndome engañada. Y vivo para hacerle la vida imposible. ¿Qué te parece, hija?

-No sé que decir. Es tan íntimo.

-Inocente. No veo la hora que seas mi nuera. A propósito, nunca me llames suegra. Es feo. Me vas a llamar mamá, ¿entendido?

-Cayo, tu mamá es un torbellino -dijo Celia riendo.

-Tampoco abuela. Mejor es mamá grande como en francés, sólo el castellano tiene esa palabra envejecedora. ¡Abuela! No me sienta.

De pronto, Celia se sentía cómoda y feliz en ese ambiente absolutamente liberado. Persistía sus dudas, porque de la misma manera que no sabía si tomar en serio o no a Cayo, tampoco sabía a que atenerse con su madre.

-Mañana regresa tu papá -decía Beatriz a su hijo- y yo empiezo mi conspiración Borgiana.

Más tarde él la llevó a su casa, en su moderno BMW que se deslizaba por las calles silenciosas.

-¿Hablaba en serio tu mamá de no sé que plan?

  —65→  

-Puedo jurarlo.

-¿Qué es?

-No tengo la menor idea, pero debe ser algo retorcido si viene de mamá.

-No sé si tomarte en serio. A vos y a tu mamá, pero he pasado un momento feliz, tan feliz que me olvidé de todo este drama de la hipoteca sobre el Establecimiento. Y la hipoteca de la casa.

-Ya está pagada.

-¿Cómo?

-Que la hipoteca de la casa está pagada.

-¿Pero quién la pagó?

-Juré guardar el secreto. No, no me mires así, no fuí yo, que soy hijo de rico, pero irremediablemente insolvente.

-¡Fue tu mamá! -exclamó ofendida -de ninguna manera...

-¡No fue mamá! -la interrumpió Cayo.

-¿Quién fue?

-Es un secreto.

-¡Quiero saberlo!

-Dime, Celia. ¿Me respetas?

-Por supuesto.

Por primera vez había dureza en la mirada de Cayo.

-Entonces, si me respetas, ¡no me obligues a faltar a mi palabra de honor!

-Pero... por lo menos, dime... ¿es alguien que yo conozco?

-No sé.

-¿Está relacionado con mi familia?

-Creo.

-¿Quieres dejar de hablar como un gángster?

-Okey.

Condujo en silencio hasta la casa de las hermanas Ibáñez. Descendieron y ella se despedía en el portal.

-Quisiera contarle a mi mamá que nos despedimos con un beso.

-Contale.

-No le puedo mentir a mi mamá.

Celia se dejó besar. Después le gustó. Y besó.



  —66→  

ArribaAbajoVeinte

La familia


-Quisiera saber de donde salió nuestro misterioso benefactor -decía Celia, en la sala familiar donde se había reunido las cuatro hermanas Ibáñez, después de la ligera cena que tomaron.

Les había contado que la hipoteca estaba pagada, que la escritura de levantamiento de hipoteca estaba en la Escribanía Pérez, y sólo faltaba que ella, haciendo valer el poder general, fuera suscribirla.

-¿No será Hermenegildo, Dina?

-¿Él? Si cuando tuvo que aflojar quinientos mil para el Congreso casi lloraba sangre. María, inquieta periodista...

-¿Quién, yo?

-¿No te habrás vuelto demasiado inquieta?

-¿Qué quieres decir?

-Dicen que las periodistas bonitas terminan en líos con el Director o el Administrador.

-Aire, hermanita -dijo María-. Además, ese dinero no viene de un amante, suponiendo que una de nosotras tenga un amante.

-¿Qué hay con los amantes? -preguntó Celia.

-No hay amante en el mundo actual tan generoso como para desprenderse de tanto dinero. La cotización de las cortesanas bellas ha bajado mucho.

-Entonces fue Cayo, Celia.

-Me juró que no fue él, y le creo, porque si hubiera sido él ya se hubiera estado exhibiendo como un pavo real.

-¿Por qué estás tan callada, Elida?

-No tengo la menor idea que aportar. Pero Cayo sabe quién es.

-No lo dirá ni si le torturan -dijo Celia.

-Hay una manera de hacerlo confesar -dijo Dina-, todo depende de vos, Celia.

-¿Qué tengo que hacer, acostarme con él?

-No. Comunícale que las decorosas hermanas Ibáñez se niegan a recibir ayuda de un extraño. Que en el plazo de un mes muestre la cara y las intenciones, o abandonamos la casa.

-¿Y si se lo cree?

-Nos vamos.

  —67→  

-¿Adónde?

-Dios proveerá -dijo María- ya somos adultas y Cayo tiene razón cuando dice que esto de permanecer unidas, es puro lirismo.

-Yo por lo menos, ya tengo solución. Un hippie tardío me ofreció vivir en pareja en una pensión -rió Dina.

-Quiero creer que estás hablando en broma -exclamó Elida con severidad.

-Claro que es broma, tranquilízate, Elida.

-¿Le vas a dar el ultimátum a Cayo? -preguntó María a Celia.

-Se la daré, y voy a dormir -respondió Celia- y no se olviden que el sábado es el aniversario de mamá. Debemos ir todas al cementerio.

Convinieron en ir el domingo, y cada una de las hermanas Ibáñez se fue a la cama llevando para el insomnio, la misteriosa identidad del benefactor que había salvado la casa de un seguro remate.




ArribaAbajoVeintiuno

Dina


«Parece que no fue un fracaso total» se dijo Dina, recordando la llamada telefónica del doctor Aparicio Montes.

-La escuché en el Congreso, tiene posibilidades, señorita.

Al principio supuso una broma de los compañeros del Ministerio, pero después se convenció de que por lo menos la llamada era seria.

-Desearía hablar con usted. ¿Puede venir a mi despacho?

Dijo que sí, sin tener idea de quien era el doctor Aparicio Montes, y anotó la dirección y la hora. Quinto piso del Edificio Alaska. Oficinas 22, 23 y 24. «El doctor Aparicio Montes ocupa mucho espacio, debe ser importante» se dijo. Viernes a las cinco de la tarde. No había peligro. Ningún seductor acecha a esa hora.

Buscó en su memoria algo relacionado con el doctor Aparicio Montes, y sólo encontró un vago recuerdo de un panel en la televisión, y algunas informaciones espaciadas en los diarios. Preguntó a su propio Jefe, Hermenegildo Santacruz, sobre la persona que le había llamado.

-¿Cómo se llama?

-El doctor Aparicio Montes.

-No es algo en el Gobierno. Ni del Partido, que yo sepa.

Profundizó su investigación y apuntó al edificio Alaska. Llamó a Cayo Rodríguez y le pidió datos.

  —68→  

-No, Dina. Es un edificio serio. No es de esos que se vinieron a menos y se convirtieron en un colmenar de bulines. Eso está de moda. Uno se esconde mejor entre la multitud.

Sin necesidad alguna, Cayo se explayó sobre las casitas de extramuros que ya pasaron de moda como niditos de amor. «Las viejas del vecindario montan todo un sistema de espionaje» concluyó.

También tenía informaciones sobre el doctor Aparicio Montes.

-Es un buen tipo -le dijo- aunque no debe ser muy feliz. Es el padre de la niñita que se soltó de la niñera y se lanzó a cruzar la calle, hace como un año. Murió atropellada. No, no sé a qué se dedica, pero tiene montada una oficina muy completa. No. No creo que sea del Partido. Nunca lo conocí como político.

Con todas esas informaciones, se sintió más tranquila y también más curiosa, cuando el viernes de tarde, a las cinco en punto, descendió del ascensor en el quinto piso. «Si no hubiera tanto lujo, tanto mármol y tanta alfombra muelle en el pasillo, este silencio sería el de un convento», pensó, contemplando el largo e iluminado túnel del quinto piso. Las oficinas 22, 23 y 24 estaban juntas, y vaciló entre ubicar al doctor Aparicio en la primera o en la última puerta. Se decidió por la del 24, pulsó un botón y sintió adentro un discreto toque electrónico, con los decibelios justos para no sobresaltar. Le abrió una secretaria elegante y rubia como un maniquí. Detrás de la rubia se coló hacia afuera un aire frío que la hizo estremecer.

-¿La señorita Dina Ibáñez? La están esperando. La atienden en un minuto, siéntese. ¿Un café?

-No, gracias.

Se sentó en un mullido sillón y observó que las oficinas 21, 22 y 23 no estaban separadas, sino eliminadas las paredes divisorias formaban una larga nave donde numerosos muchachos, pantalón negro, camisa blanca y corbata gris, y chicas, con una variante del uniforme masculino sólo en la falda, trabajaban en silencio, manipulando computadoras, escribiendo en veloces máquinas de escribir electrónicas, o clasificando fichas de plástico en casillero de acero. «Deben estar helados con este aire acondicionado», pensó Dina, aunque más tarde, averiguó que la temperatura polar era más bien por la seguridad de las computadoras que para el bienestar de sus operadores.

-El Doctor la recibirá ahora -anunció la secretaria rubia, y la   —69→   acompañó hasta una maciza puerta que golpeó con tres matemáticos y corteses toquecitos de nudillos y la abrió a Dina.

El doctor Aparicio Montes tuvo la deferencia de ponerse de pie detrás de su escritorio, recibió a Dina con un apretón de manos y le señaló una cómoda silla ubicada estratégicamente delante del mueble.

-Le agradezco mucho que haya venido.

«Está recitando el manual del Perfecto Ejecutivo -se dijo Dina- a renglón siguiente viene: no le quitaré mucho tiempo».

-No le quitaré mucho tiempo, señorita -acertó Dina.

Se echó atrás en su sillón, formó con ambas manos unidas una cúpula para sostener su nariz, y la observó por unos segundos. «Mostrar aplomo, según el manual -dijo para sí Dina- ¿Por qué es tan artificioso? Si no adoptara esa pose de robot humanoide sería hasta atractivo, con sus cabellos grises y su cara de Omar Shariff. Y los ojos tristes y húmedos de Omar Shariff».

-¿Le gustaría trabajar con nosotros?

-Por cierto, doctor, ¿pero quienes son «nosotros»?

-¿No le han dicho? Caramba, que olvido, somos de la Fundación Goethe. Y ya se está preguntando qué es la fundación Goethe.

-Eso mismo, doctor.

-Es una Fundación alemana, sin fines de lucro.

Dijo «sin fines de lucro», con un aire de superioridad moral que dejaba muy abajo a todos los que trabajaban con fines de lucro. Pero intuyó que todo en él era artificio, mimetismo, ocultando detrás de una fachada fría a un hombre distinto.

-La Fundación proporciona ayuda a los países del Tercer Mundo, especialmente en programas de salud, educación y calidad de vida para las clases más carenciadas.

-¿Estamos en el Tercer Mundo?

-¿No miró a su alrededor?

-Ahora que lo dice, miré. Tiene razón, estamos en el Tercer Mundo.

-Tengo una vacancía, y como le dije por teléfono, usted tiene posibilidades. A propósito. ¿Trajo su currículum?

-Nadie me lo pidió.

-No importa. Me lo trae después, con su diploma universitario, si lo tiene.

-Los tengo.

  —70→  

-Magnífico. ¿Dónde queda Malmoe?

-¿Cómo dice?

-Que donde queda Malmoe.

-¿En Suecia?

-Sí. ¿Y que es el producto interno bruto?

-Supongo que la suma de todos los bienes producidos en un país.

-Bien bien. ¿Y la explosión demográfica?

-La población que aumenta sin control.

-Lo ha dicho bien, señorita. Pero me gustaría saber que pasa cuando el índice de explosión demográfica es superior al índice del producto interno bruto.

-La gente andará con hambre, me parece.

-Mas o menos correcto. Veo que es soltera.

-Así es.

-¿Vive en pareja con algún... varón?

-¿No le parece la pregunta demasiado personal? Pero le contestaré. Vivo castamente con mis tres hermanas solteras.

-¿La raíz cuadrada de 26?

-¿Qué?

-La raíz cuadrada de 26.

Con pánico, porque se reconocía ramplona en matemáticas de toda la vida, hizo rápidos cálculos mentales. Tardó, pero respondió.

-Cinco y alguna fracción pequeñita.

-Está bien. ¿Cuánto gana en su trabajo?

-¿No es otra pregunta personal, doctor?

-No, puede ser para hacer más atractiva nuestra oferta de trabajo. Dina le dijo la cifra de su sueldo mensual. El doctor Aparicio Montes le ofreció el triple y un poco más. Tuvo la intención de aceptarlo a la carrera. Pero decidió ser tan ejecutiva como el doctor.

-Es un sueldo atractivo -dijo pacatamente- pero no sería honesta si no conociera la naturaleza de mi trabajo.

«Esta frase debería estar en un manual» se dijo.

-Tiene razón, señorita. Se trata de hacer una investigación sobre las condiciones de vida de la gente rural y ciudadana de este país, caída en la extrema pobreza. Las causas económicas, sociales, culturales, y en un informe final, la magnitud del problema. ¿Se cree capaz?

-Sí tengo los recursos, sí, doctor.

  —71→  

-¿Recursos?

-Una investigación seria requiere de viajes. Y los datos recogidos computarizados. Este no es un trabajo para una persona sola. A lo sumo, para un equipo de dos o tres.

-La oficina le podrá todos los recursos. Y la felicito.

-En ese caso, acepto.

-Me complace mucho.

-¿Puedo preguntarle algo, Doctor?

-Por supuesto.

-¿Por qué me eligió a mí?

-No entiendo la pregunta.

-Veo que la oficina de la Fundación es un templo a la Diosa Eficiencia.

Por primera vez, la cara de Omar Shariff mostró la humanidad de un sonrisa divertida.

-¿Y?

-Supongo que con tantas computadoras, tendrán un listado completo de especialistas, con su currículum al día, en una especie de lista de espera para ser llamados cuando se los necesite.

-Tenemos ese listado.

-¿Y por qué a mí? ¿Elegida al azar, porque me vio como lamentable oradora y obligada a responder un cuestionario tonto que se le venía ocurriendo a usted sin orden ni lógica? ¿Está peleado con la Diosa Eficiencia, doctor?

-Digamos que de vez en cuanto me gusta ser humano y jugarme por instinto.

-A propósito de instinto, doctor. Que quede bien sentado.

-Bien sentado qué.

-Que soy una chica honesta.

Se había puesto serio, con expresión casi hosca.

-Bien, que quede bien sentado también, señorita, que le estoy ofreciendo trabajo, no la estoy comprando.

Llamó por el interno.

-Edith, la señorita se marcha.

Apareció Edith con tal velocidad que Dina sospechó que había estado parada detrás de la puerta, con el oído pegado a la madera.

-La secretaria le entregará una carpeta para que la estudie, y vuelva   —72→   el lunes. Estamos felices de tenerla con nosotros.

«Otra vez el Manual del buen Ejecutivo», se dijo Dina, aceptó el apretón de manos del doctor Aparicio Montes, y acompañó a la rubia Edith.

Edith se afanaba ordenando en una carpeta una variedad de folletos y manuales de distinto tamaño y color.

-Esto es para ti -le dijo-. Tienes en la carpeta todo lo que es y hace en el planeta la todopoderosa Fundación Goethe.

No le extrañó a Dina la repentina familiaridad de la chica. Era de su misma edad y no cabían mucho los formulismos.

-¿Qué te parece el Jefe?

-Un hombre muy correcto.

-¿Es atractivo, no?

-A su manera -dijo prudentemente.

-Además, muchacha, eso no cuenta para mí. Tengo entendido que voy a ser empleada de un Jefe casado.

-Ya no. Se divorció. O mejor, ella se divorció de él. ¿No lo sabías?

-No lo he averiguado.

-Después de la muerte de una hijita, ella volvió a los Estados Unidos. Es norteamericana.

Simuló no dar mucha importancia a la información, aunque se confesó que de pronto, muchos de sus puntos de vista habían cambiado con respecto a Omar Shariff. Pero nada radicalmente.

Cuando salía con la carpeta bajo el brazo, rememoró la naturaleza de la investigación que debía hacer. «Condiciones de vida de la gente rural y ciudadana de este país, caída en la extrema pobreza. Las causas económicas, sociales, culturales, y en un informe final, la magnitud del problema.» Nada menos.

-¡Dios, tengo que pagar otra cena a Braulio! -Se dijo.




ArribaAbajoVeintidós

Beatriz


El doctor Miguel Rodríguez sudaba pedaleando la bicicleta fija. Su obsesión por la cintura fina y la esbeltez crecía en la medida en que abultaba inevitablemente la panza, y los muslos antes todo fibra muscular se iba pareciendo cada vez más a un jamón carnoso y de   —73→   sanguíneo color rosado.

-Es el momento oportuno -se dijo Beatriz.

Iba envuelta en su informe túnica hawaiana, recostada en la puerta del gimnasio particular de su marido, con los brazos cruzados en calma actitud.

-Hoy tuve un alegrón enorme -dijo.

Su marido siguió pedaleando y sudando.

-Hoy tuve un alegrón enorme -repitió.

El pedaleo se volvió más lento.

-No te creo. Hoy no tuve ninguna desgracia.

-Es lo que crees. ¡Ja!

-Estás esperando a que te pregunte de donde viene tu felicidad. Considera hecha la pregunta -decía Miguel volviendo a acelerar.

-Estuve hablando con Cayo.

La bicicleta se detuvo. Parecía jadear como su jinete.

-¡Ese mequetrefe!

-Claro que le prometí no decirte nada, pero me hace infeliz verte tan seguro de ti mismo. Así que voy a decirte. Y si no estoy equivocada, esta noche te agarra tu insomnio.

-¿Qué es lo que le dijiste a Cayo?

-Nada. Me lo dijo él. En confidencia. Me siento culpable al contártelo. Es sobre la cuestión de la demanda a la chica esa que parece le ha chupado los sesos.

-Cayo no puede decir nada al respecto. Lo único que le queda es retirarse prudentemente.

-¡Que raro! ¡Es lo mismo que dijo Cayo!

-¡Se va a retirar del caso!

-Nooo, querido. Él piensa lo contrario. Que la Financiera debe retirar la demanda.

-¡Qué loco!

-Eso mismo le dije yo. ¡Qué loco! Si la Financiera jamás perdió un pleito. ¿Sabes lo que me dijo? ¡Que esta vez va a perder!

-¿Perder? Me reiría si no estuviera tan cansado. ¿Por qué habríamos de perder?

-No sé, no entendí bien. Ya sabes que en estas cuestiones soy pavota como una recién nacida. Lo que no entiendo es cómo un expediente puede tener vicios. Yo creía que sólo las personas tienen vicios.

  —74→  

-¿Vicios?. ¿Cayo dijo que el expediente tiene vicios?

-Sí, no sé que informalidad fiscal en el expediente, que un abogado alerta como él descubrió. No sé. Son tan complicados ustedes los abogados.

«Estoy poniendo mi mejor cara de analfabeta -se dijo- y ya empiezo a detectar cierta inquietud en el tipo».

-¿Dijo la palabra «fiscal»?

-Sí, querido, lo oí bien. Además es una linda palabra. Todas las palabras que terminan en ele son sonoras. Cristal, rosal, clavel. ¿Viste?

-Fiscal no es una linda palabra.

-¿Se refiere a las patentes, verdad?

-No, a los impuestos.

-Ahora que lo mencionas, querido. Cayo dijo que la demanda es como un Caballo de Troya. En ese orden ya no soy burra que digamos. El Caballo de Troya, es meterse adentro de la fortaleza del enemigo, y hacerle más daño de lo que él piensa hacerte.

-¿Y dijo la palabra «fiscal»?

-Lo oí bien querido. Creo que si ustedes ganan la demanda por un lado, por otro van a perder igual cantidad de dinero.

-¡Eso es chantaje!

-No me hables en términos legales, que no entiendo nada. Yo sólo te cuento lo que saqué en limpio y para que te agarre un lindo y sudoroso insomnio.

-¿Y dijo que en el expediente...?

-Algo como una Espada de Damocles. Fiscal.

Exactamente como había previsto, secándose el sudor con una toalla, Miguel se dirigió al teléfono de la sala, dejando la huella de sus pies húmedos en la alfombra. Llamó. -¿Caballero? Suerte que aun está en la oficina. Mire, si su auto aun está en el taller tome un taxi y vaya a casa del doctor Espínola. Él tiene el expediente del caso de Bienvenido Ibáñez. Dígale que postergue su devolución al Secretario. Y me lo trae a mí, esta misma noche. Esta misma noche, a cualquier hora. Dígale que posiblemente algunos documentos fiscales arrimados al expediente contienen algún tipo de error, y que confíe en mí. Que hablaremos mañana.

Colgó, y Beatriz ya no parecía una fina dama inglesa, sino una   —75→   maligna bruja de cuento de hadas que sonreía de oreja a oreja. Había conseguido su objetivo.




ArribaAbajoVeintitrés

María


Era la cuarta vez que vagaba por los alrededores de una «estación de servicio, sobre la Avenida Mariscal López, a la altura de la Municipalidad» donde Marcelino Otazú había perdido al Buick negro. Encontró dos instalaciones del género, pero ninguno tenía enfrente los semáforos que prohibían doblar a la izquierda como había dicho el chófer de taxi.

Eran ya las 9 de la noche y el tránsito se había atenuado un poco, de modo que las idas y vueltas en su pequeño Honda Civic de 10 años no era muy complicado. En la segunda incursión, había descubierto que frente a la primera de las gasolineras no existía calle que doblara a la izquierda. En la tercera, sí había calle pero podía doblarse a la izquierda, dobló y exploró como ocho manzanas. Primero se detuvo en una casilla a beber una gaseosa y preguntó al vendedor ambulante sobre algún vecino que tuviera un Buick negro. Nada. Después hizo sucesivamente la misma pregunta al almacenero de la esquina.

-Debe estar equivocada, señorita, esos coches ya no se usan, tragan nafta una barbaridad.

Más tarde se detuvo frente a un taller mecánico silencioso e inactivo en la noche, donde un sereno cenaba empanaditas con pan y gaseosas y su perro dormía en una casillita. El hombre era viejo y las manos se sacudían con el mal de Parkinson. «Un antiguo mecánico a quien por piedad le hacen trabajar de sereno» se dijo María. El hombre era toda una mina de información.

-No existe en diez cuadras a la redonda un auto así -le dijo- y no creo que en Asunción exista.

-Consumen mucha nafta -le alentó María.

-Sí, tiene razón, señorita.

-Pero un amigo lo vio sin lugar a dudas.

-¿Le preguntó a su amigo el modelo?

-No.

-Debe ser un modelo antiguo.

  —76→  

El perro había despertado, se desperezó mirando indiferencia a María, y aceptando el resto de la cena de su amo.

-Esos autos no se fabrican más, señorita. O a lo mejor, no se importan más desde que la nafta es muy cara. Así que el auto debe ser muy antiguo, modelo setenta por ahí. Ha de ser uno de esos autos que la gente conserva por cariño, y salen sólo de vez en cuando.

«Para matar travestis»

-Un auto de gente vieja, seguramente.

-Eso mismo. Yo conozco al doctor Jovellanos, aquel que fue Secretario del Presidente Chaves, que tiene un Packard de 1956 que todavía anda como una seda. Únicamente el dueño es más viejo que el auto -rió.

María anotó mentalmente, que se ratificaba lo dicho por Otazú. «Un auto de gente vieja» y por añadidura, un auto de modelo antiguo. Una mujer y un hombre en el vehículo. ¿Una pareja de ancianos en el viejo coche conservado por sentimentalismo? Imposible, las parejas de ancianos sentimentales no salen con un rifle a matar travestis. Se sintió desolada y evocó al Comisario Riveros como una fuente de consulta. Pero el Comisario había leído su artículo anterior y estaba disgustado porque ella le estaba ocultando información.

Ahora estaba indagando en su cuarta exploración de la zona. Volvió a una reflexión de Otazú que ella había pasado por alto. Que el Buick dobló a la izquierda en forma antirreglamentaria. Por lo tanto, dobló en una esquina con semáforo. Buscó la esquina con semáforo, cerca de una estación de servicio, y lo halló. La calle Denis Roa. Comprobó que efectivamente, viniendo del centro por Mariscal López, una señal prohibía el giro a la izquierda. Se adelantó una cuadra, volvió por el carril contrario y dobló por Denis Roa, hacia el norte. Una calle ancha, asfaltada, la suntuosa Iglesia de San Cristóbal, un cruce de semáforos, una zona residencial bastante obscura, y ya completamente desorientada, se encontró con los edificios del Colegio Goethe, huertas húmedas de plantas para jardinería, y sorprendentemente, la autopista.

«Zona residencial obscura» anotó mentalmente. Valía la pena explorarla de día.

Desanduvo la misma calle hasta alcanzar nuevamente el semáforo que controlaba el cruce con la calle Lilio. La luz roja lo detuvo. Esperó   —77→   el paso. Luz verde. Avanzó y oyó un rugido a sus espaldas. Alguien con prisa, se dijo y dio paso. A su lado pasó enorme, trepidante como una bestia, un auto de modelo antiguo, negro y reluciente, enorme como una catedral rodante que se alejaba como una flecha obscura en la noche. Con desesperación, hundió el pie en el acelerador del fatigado Honda Civic. El pequeño coche tosió, se sacudió y se detuvo, con el motor ahogado.

Se reprochó furiosa. Pero se tranquilizó. Aquel coche (no sabía si era Buick) era negro, antiguo, casi una reliquia familiar conservada brillante y pulida. Pero en el volante no iba un viejo, sino un hombre joven.

A la mañana siguiente concurrió temprano a la Redacción. Le esperaba una sorpresa. El Asesino del Rifle había atacado de nuevo esa madrugada. La víctima, enviada al otro mundo por un preciso disparo entre los ojos, era Mafalda, o Mateo Ruiz.

Concluyó que ella había visto el siniestro coche de la muerte, sólo unas horas antes de que saliera a cazar travestis. Pero manejado por un hombre joven. Otazú había seguido a una pareja posiblemente madura.

-Que lío -se dijo, y llamó por teléfono al Comisario Riveros, tapando el tubo para que las atentas orejas de Centurión no captaran la conversación.




ArribaAbajoVeinticuatro

La familia


Fueron las cuatro al cementerio en el aniversario de la madre. Pasaron la mañana allí, limpiando, puliendo, rezando a veces, liberando los arruinados candelabros de sus capas de cera de velas. Cerca del mediodía se retiraban caminando por la fúnebre avenida, cuando observaron que Dina se detenía abruptamente, mirando a un hombre que había depositado flores frente a un tumba blanca y reluciente, y parecía meditar frente a la misma, con la cabeza inclinada.

-Es él -había dicho Dina.

-¿Quién es él?

-El doctor Aparicio Montes, el hombre que me ha dado mi nuevo empleo en la Fundación Goethe.

-Parece un viudo desconsolado -dijo María.

  —78→  

-Es un padre desconsolado -corrigió Dina- debe ser la tumba de su hijita, que murió atropellada. Me da pena.

-¿Por qué no está con su esposa?

-Es divorciado.

-Tu deber es ir a saludarlo -pontificó María.

-Claro, porque es mi patrón.

-Y también porque es divorciado -agregó Celia, con picardía en la mirada.

-¡Chica!

-Celia tiene razón -dijo María- nunca un varón es más vulnerable que cuando sufre.

-¿Dónde aprendiste eso, chiquilina?

-En mi manual de periodismo.

-¡Mentira! -exclamó Dina, y agregó-, además, no es precisamente el hombre de mis sueños.

-De todos modos, debes ser cortés -decía Elida, que por fin había hablado.

-Tienes razón -concedió Dina.

Se encaminó hacia el hombre que se había arrodillado para acomodar las flores.

-Buenos días, doctor. -Saludó pensando en la importunidad de decir «buenos días» en un cementerio y a un padre doliente.

-Hola -respondió el doctor, levantándose y sacudiendo la tierra de sus rodillas.

Dina observó la fotografía en colores de una niña extraordinariamente rubia y sonriente. La sonrisa infantil aprisionó su mirada y le hizo un nudo en la garganta.

-¿Verdad que era hermosa?

-Sí -apenas pudo responder con la mandíbula dura y temblorosa.

«Vamos, Dina, no te conocía tan flojona» se dijo.

-¿Algún deudo? -preguntaba cortésmente Aparicio.

-Es el aniversario de mi madre.

-No sé que decirle. Mis pésames queda mal.

-Queda bien, doctor. Me marcho, mis hermanas me esperan.

-¿Van a un lugar especial, señorita Dina?

-No, a casa, a comer tallarines.

«Tiene una mirada de súplica, como si estuviera solo y espera que   —79→   lo inviten» observó Dina. «O es mi imaginación funcionando sensiblemente en el cementerio»

-¿No querría almorzar conmigo, señorita?

Dudó un momento, sólo un momento.

-Con mucho gusto.

Poco después, subió al coche de Aparicio Montes, viendo de reojo a sus tres hermanas que como pájaros curiosos la observaban desde la altura de la alta acera de la Recoleta.




ArribaAbajoVeinticinco

Elida

Elida había aceptado rápidamente su suerte, con esa capacidad de resignación que la acompañaba desde niña. Marcelo empezaba a ser un recuerdo que dolía, pero a ese dolor ella encontraba un bálsamo en la convicción de que era útil a sus hermanas, tan madre para ellas como podía serlo una hermana mayor.

Las chicas habían discutido la situación con ella. Dina había dicho que no es justo. Celia que todas eran grandecitas y podían cuidarse solas. María, que Cayo tenía razón cuando decía que sostener la casa y la unidad era una ficción, porque de una u otra manera, todas se habían ya asumido a sí mismas, y lo inevitable era que cada una buscara su propia realización.

-Estar atadas a la casa y a la familia es atarnos al pasado -había dicho María.

-Y a valores que funcionan como ancla.

-No queremos decir -le consolaba Dina- que renunciamos a ser familia, sino que es hora de que todos empecemos a volar solas.

-En cierta manera -había agregado Celia- ya lo hemos hecho. Estamos viviendo nuestras vidas, ganamos nuestro dinero, aunque eso por mi parte es una ficción. No sé de donde saca don Narciso la suma mensual que me corresponde como Gerente del Establecimiento.

-Da igual -era Dina- ya hemos soltado amarras, Elida. Poco a poco tu vocación maternal va quedando sin objetos. Deberías salir, ir a la peluquería, maquillarte un poco, conocer gente.

-No -había replicado ella con enojo-. No deben pensar así. Papá se ha ido. Debemos mantenernos unidas.

  —80→  

-No es racional, es una obsesión, Elida -dijo María.

-Es lo que mamá les hubiera dicho -replicó Elida-, ustedes son jóvenes, inexpertas, inocentes y creen que el mundo se conquista así nomás. Chicas, son mujeres, son jóvenes, son hermosas. Buscan el éxito. No se lo alcanzarán. Rezo por ustedes cuando pienso en...

-¿En qué? -inquirió María.

-En el sexo -respondió Elida con una vocecita.

-¿Qué quieres decir?

-¿No pagan con sexo las mujeres todos sus éxitos?

-¡No es una regla! -protestó Celia.

-Entiendo lo que Elida quiere decir -dijo Dina-, somos tres vírgenes lanzándose a un mundo de lobos. Es lo que pensaría mamá, pero mamá ya no está. Y si estuviera, no diría eso. Ella confiaría en nosotras, y hasta comprendería que jóvenes y sanas como somos, si tenemos oportunidad y ganas, podemos disfrutar del sexo.

-¡Jesús! -exclamó Elida.

-Hermana querida -seguía argumentando Dina- dije disfrutar del sexo, no manipular el sexo. Eso nos haría cortesanas, y ninguna pensamos serlo. ¿Verdad, chicas?

-¡Jamás! -dijeron a coro, María y Celia.

Elida rememoraba aquella charla para su gusto de tono bastante subido, cuando a hora inesperada apareció Cayo, con un gran paquete envuelto en papel madera en la mano.

-No encuentro a Celia por ninguna parte, Elida.

-¿Pasa algo?

-Que anoche entraron ladrones en casa. Se llevaron casi todas las joyas de mamá. Una verdadera fortuna.

-¿Y qué tiene que ver Celia con eso?

-No lo comprenderías.

-Yo nunca comprendo nada.

-Perdón si te ofendí. Pero desearía que entregaras este paquete a Celia. Y no lo abras, por favor.

-Nunca lo hago.

-Hoy amanecí muy torpe. Bueno, me voy. Mi casa está lleno de Policías y mamá debe estar desolada.

Se fue sin dar mayores explicaciones dejando el desprolijo paquete en manos de Elida.

  —81→  

Cuando acababa de marcharse sonó el teléfono. Era Celia, que avisaba que se quedaría en la oficina y no vendría a almorzar.

-Oye, Celia, acaba de pasar por aquí Cayo como un huracán despeinado. No sé. Dijo que entraron ladrones en su casa y se llevaron una fortuna en joyas. Te buscaba. No sé. Dejó un paquete para vos. No sé, me dijo que no lo abriera como si yo fuera una curiosa. ¿Qué dices? ¿Que lo abra? ¿Estás segura? Bueno.

Depositó el tubo sobre la mesita y abrió el paquete. Volvió al teléfono.

-Son papeles -dijo- sí, papeles en una carpeta. Si no me equivoco es un expediente. A ver. Sí, tiene una tapa. Dice Juicio por Cobro de Guaraníes y Ejecución Hipotecaria a Bienvenido Ibáñez.




ArribaAbajoVeinticinco

Dina


La cooperación que le prestó Braulio fue inapreciable. Le diseñó formularios, cuestionarios y tablas, y hasta consiguió o fabricó, Dina no sabía a qué atenerse, un programa de computación que según las operadoras de la Fundación facilitaban enormemente el trabajo de análisis y recopilación del resbaladizo tema de la investigación. Aún más, Braulio la acompañó en sus incursiones por los barrios pobres y por caseríos de cartón y plástico marginales. De su mano fue conociendo los perfiles más crudos de la pobreza. Vivió, palpó y quiso llorar de pena al ver a niños caminando descalzo o jugando sobre los arroyos de las aguas servidas.

-¿Dónde está tu papá?

-Yo no tengo papá.

Sólo habían mamás resignadas a su suerte, manipulando sin remedio el abandono de sus hijos y organizándolos para mendigar o robar. Chozas primarias que no protegían del frío, de la lluvia ni de los mosquitos, y una fatalista conformidad materna por la muerte por diarreas o infecciones bronquiales.

-Me arreglo como puedo nomás -decía una mujer sin «hombre que cuide por mí» pero rotundamente embarazada.

Aspiró aquel clima que no era ya de deseperación, sino de acomodo a la deseperación. Una ciudad primaria de sobrevivientes, con chicas   —82→   que salían al anochecer, pintadas y arregladas para ejercer la prostitución, que se cruzaban con hombres rudos y generalmente borrachos que venían a recoger la cosecha de monedas de los chicos en los semáforos, y a eyacular en la vagina ruinosa de las mujeres enflaquecidas y agotadas que concebirían así una nueva vida condenada al abandono.

Recorrió con Braulio las sendas tortuosas de esas ciudades del sufrimiento, entró en las chozas alumbradas por velas, interrogó a la miseria y recogió los datos del espanto.

-Te pedirán una conclusión final de todo esto -le decía Braulio- no es nada difícil, querida mía. Escribe sobre la descompensación social, sobre el dinero acumulado en los bolsillos de unos pocos y la miseria aplastando la espalda de los muchos. Y debes poner que existe una cultura perdida, la virtud de la maternidad naufragada en la necesidad, y los vientres sagrados profanados por el comercio de niños para la adopción de innombrables propósitos, la paternidad borracha porque los hombres ya no buscan responsabilidades sino se fugan de la realidad. Tienes ahí la tasa de desempleo. Úsala. Ya sabes las causas. Los ricos tienen miedo de invertir donde la pobreza ha dejado de ser un paisaje conocido para convertirse en amenaza. En realidad, querida Dina, no necesitas escribirlo. Ya lo hice yo.

Y sacaba del bolsillo una mugrienta libreta de cincuenta páginas con un manuscrito de prolija letra pequeñita y perfecta.

-Braulio. No sería honesto de mi parte...

-Sólo te doy en préstamo mis ideas, o mejor, conozco tus ideas pero sé expresarlas mejor. En cuanto a la honestidad, piensa que el fin justifica los medios, muchacha, al menos si es cierto que los teutones ricos van a mandar ayuda para esta gente.

-Braulio, no sé como pagarte.

-Ven a vivir conmigo en la pensión.

-Braulio, sólo tienes hacia mí una obsesión sexual.

-Mentira. Te amo.

-¡Braulio!

-Está bien, no te amo, pero debes ser maravillosa en la cama. ¿Sí?

-No.

-Entonces me pagas una cena en el San Roque.

No recordaba ya cuantas veces negó favores sexuales a Braulio y terminó pagando copiosas cenas. Pero con Braulio había recogido un   —83→   rico material. Y Braulio le ayudó también a ordenar, clasificar y extraer estadísticas y conclusiones sobre la pobreza en el campo, adonde habían viajado dos chicas jóvenes y precisas acopiadoras de datos, idealistas y entusiasmadas por el trabajo que estaban realizando, y que ella, Dina, había seleccionado en los cursos superiores de la Facultad de Derecho, con la aprobación de Aparicio. Hasta que estaba llegando a la etapa de elaboración final del informe, con la ayuda de las veloces dactilógrafas y operadoras de computación que había puesto a su disposición la Fundación Goethe.

El problema ético solía producir irritantes mordeduras en su conciencia. El trabajo era en un 70% de Braulio. Pero Braulio mismo había dicho que ningún ser humano es autónomo por sí mismo, y que recoger ayuda y experiencia en un libro o varios libros o en una sola persona, eran exactamente, la misma cosa. Y que además, ningún trabajo valía por el «quién lo hizo» sino «para qué sirve» y si servía para sacar del pozo al prójimo, todo estaba justificado.

-Además, querida mía, no te has acostado un sola vez conmigo, y por ahí empieza la purificación de tu conciencia -decía masticando un enorme muslo de pollo.

Lo que entonces no preveía Dina, eran los abruptos cambios en su destino que se originarían en el trabajo que estaba haciendo.

Tampoco preveía, pero si le consternaba, la evidente atracción que ejercía sobre el doctor Aparicio Montes, que no ocultaba su interés en ella. Se lo había comentado a María, y su hermana era partidaria de alentar las ilusiones del hombre, siempre que apuntaran al matrimonio, porque se sabía que era bastante rico.

-Es que no está en mis proyectos casarme, ser una ama de casa -respondía Dina-, tengo mis ambiciones. Además, si yo fuera una aspirante a esposa, Aparicio está usando la táctica equivocada. Es casi repelente en la continua mención de su desgracia. Su soledad, su sufrimiento. Se compadece mucho a sí mismo y parece que no busca amor, sino la compasión de otro. Ni de lejos quiero ser una esposa que le ponga el hombro al marido para que se pase la vida llorando.

-¿No será que mi hermanita es una mujer frígida?

-En absoluto. Sólo que al final de cuentas, las mujeres también tenemos que administrar nuestras pasiones, hijita. No soy absolutamente frígida.

  —84→  

Y al decirlo, evocaba los agresivos avances de Braulio, y una que otra tentación de decirle que sí.




ArribaAbajoVeintiséis

Judith


-¿Cuándo regresa Brunilda de Europa?

-En unas semanas más, mamá.

-A este paso, creo que no voy a ver mis nietos.

-Es cuestión de tiempo nada más, mamá.

-Tiempo es lo que se va acabando, hijo.

-¿Qué estás diciendo, mamá?

-Le prohibí al médico que te lo dijera. Prefiero decírtelo yo. Tengo que internarme, hijo.

-¿Pero por qué? ¿Qué pasa?

-Son los riñones, hijo. Empiezan a fallar, y cuando falla el riñón, envenena la sangre, y el corazón... bueno, al menos eso entendí

-Mamá, en esta época hay trasplantes que se hacen como si se sacara una uña encarnada.

-Eso mismo dijo el médico.

-¿Y qué esperamos? ¿Qué prefieres? Houston, San Pablo, Buenos Aires.

-No, he vivido con lo que Dios me puso adentro. Voy a morir con eso, sí voy a morir. No es que sea Testigo de Jehová, hijo. Le tengo terror a la cirugía. Además, ya he vivido lo suficiente.

-Pero mamá.

-Voy a aceptar la internación, si eso calma tu conciencia, pero de una vez por todas, pastillitas e inyecciones sí, pero nada de carnicería. ¿Me prometes?

-No, mamá.

-Entonces no me interno nada.

-Está bien, mamá.

-Hazme la promesa.

-Te prometo, mamá. Pero déjame decirte que tengo la sensación de que quieres morir.

-Puede ser. A lo mejor pensaba otra cosa si tuviera nietos.

La ayudó a acostarse. No le estaba ayudando a vivir a su madre y   —85→   le pesaba la conciencia. Ya podía haber una mujer fecundada con la panza superlativa caminando por la casa, si no anduviera perdiendo tiempo esperando una decisión de Elida y pagando hipotecas. Y para empeorar las cosas, el ultimátum de la familia Ibáñez para que se diera a conocer, que le transmitiera el doctor Cayo Rodríguez, estaba por cumplirse.




ArribaAbajoVeintisiete

La familia


-El hecho es -decía Celia a sus hermanas una noche de domingo- que está en nuestro poder el expediente judicial contra papá. Lo ha traído Cayo después de una incursión de ladrones a su casa. Yo no sé aún la razón de que el expediente estuviera en casa de Cayo, pero la conclusión que he sacado es que la mamá de Cayo, una señora obsesionada en hacerle la vida imposible al marido, y creo que con alguna razón, inventó lo de los ladrones, escondió sus joyas en alguna parte, y entregó el expediente a Cayo.

El grueso expediente objeto de la asamblea familiar reposaba sobre el obscuro piano que presidía la sala, y que no sonaba desde que mamá -Niní la había cerrado hacía mucho tiempo, después de ensayar vanamente un Nocturno de Chopin.

-¿Quiere decir que el Establecimiento se salva si no aparece el expediente? -preguntó Elida.

-No del todo, según entiendo con mi tercer curso de Derecho. Pienso que la Financiera puede reconstruir todas las operaciones que hizo papá, con las escrituras de las hipotecas, los registros de prendas y esas cosas. Pero no sé a qué atenerme con respecto a los pagarés. Están en el expediente, firmados de puño y letra por papá. Sólo tendrán fotocopias que imagino no tienen valor legal. En todo caso, chicas, si guardamos el expediente, vamos a tener un largo plazo de respiro, creo yo.

-¿Por qué no consultamos a un abogado? -preguntó María.

-Cayo es abogado -dijo Dina.

-No puedo complicarlo más. Técnicamente, él y su mamá son ladrones -explicó Celia.

-Entonces, algún otro abogado -sugirió Elida.

  —86→  

-Es que no se trata de eso -dijo Dina- me parece que le leo el pensamiento a Celia, y que me corrija si me equivoco. El problema es ético.

-¿Que es qué? -saltó Elida.

-Ético -respondió Celia- papá ha contraído deudas legalmente documentadas. Ha dilapidado todo. La posición de la Financiera es legal, aunque no sé si es justa. Reclama sus derechos.

-Y aquí entra en juego la moral de la familia Ibáñez -dijo María- ¿Se queda con el expediente? Somos una familia de tramposos que a lo mejor logra conservar el patrimonio familiar con un buen abogado. Y no nos educaron para eso. ¿Devolvemos el expediente?. Ni el Papa nos salva del remate del Establecimiento.

-¡Hay una diferencia! -exclamó Elida, sorprendente exaltada.

-Decinos cual -preguntó Dina.

-Que si la Financiera pierde lo que prestó a papá no va a la ruina, y si nosotras devolvemos el expediente, quedamos en la calle.

-No tanto. Nos queda la casa -dijo María.

-Que pagó Mandrake el Mago y moralmente le pertenece. Ya nos hemos puesto de acuerdo al respecto -respondió con acritud Elida.

-Hay un punto -dijo Dina- que debemos tomar en consideración. Hablamos de conservar el Establecimiento, aún a costa de la trampa. ¿Qué es para lo que queda de la familia Ibáñez el Establecimiento? ¿Estamos inclinadas a ser cuatro hermanas ganaderas y oligarcas o hemos decidido abrimos paso con nuestro propio impulso? No sé bien cómo expresarme. Papá ya ha perdido el establecimiento, moral y legalmente. ¿Por qué no nos resignarnos y seguimos adelante?

-Antes de decidir -habló en tono reflexivo Celia- quiero pensar en voz alta sobre este asunto. Hablamos de abrirnos paso en este mundo por nuestros propios medios, por nuestro propio impulso, como dijo Dina. Perfecto, decoroso, decente. ¿Pero abrimos paso en qué mundo?. En un mundo absolutamente corrupto, y en un país que en ese orden parece ir a la cabeza. Fortunas, rangos, excelencias, figuraciones, fama, todo empieza con el que robó, engañó, pasó sobre el cadáver del competidor, saqueó lo que no es suyo. Y que incluso, torció la ley y corrompió la justicia para quedarse con la mayor tajada.

-Lo estoy viendo yo, cada día, en el trabajo que estoy haciendo -agregó Dina-, lo podrido y lo inmoral es la norma. La honestidad es   —87→   la excepción. Los magnates se unen y los pobres se dispersan por un territorio cada vez más grande de miseria, pobreza, enfermedad y derrotismo. Braulio me lo hizo ver, me ha explicado las razones de tantos sufrimientos, y siempre encontramos como la principal la codicia, el lujo exagerado, el pirata disfrazado de político, el idealista arrinconado.

-Al parecer tu Braulio te ha venido cantando al oído el tango Cambalache -comentó María, con aire divertido.

-Más que eso, hermanita, todos estamos bailando el tango Cambalache. Pero quiero seguir la ocurrencia de Celia. Ella se pregunta si es posible ser un cuarteto de mariposas blancas en una selva de vampiros. Y yo me pregunto también. Y en especial, debo preguntarme adónde conduce volar contra viento y nadar contra la corriente. Y de pronto voy más allá y me interrogo si es justa la Ley que nos va a dejar sin el Establecimiento, si es recto el Juez que va a ordenar el remate, si es honesto todo el sistema que hace que la Financiera arrebate a una familia un patrimonio de cien años. Y si contienen la verdad todos esos papelotes del expediente que en cada letra nos condena a la pobreza. ¡Tenemos el derecho de dudar de todo!

-Y a rebelarnos -dijo Elida.

-Y a volvernos sinvergüenzas para vivir en un mundo de sinvergüenzas -dijo María-. ¿Es esa la conclusión?

-No creo que sea esa la conclusión, chicas. Porque está de por medio lo que mamá, sin saberlo la pobrecita, nos enseñó durante toda su vida. La autoestima. No sé si hubiéramos estado deliberando y dudando si hubiéramos sido cuatro varones. Pero somos cuatro mujeres jóvenes, en el principio de su carrera y de su vida útil. Los varones tapan una mancha con otra mancha más grande, y no pasa nada. Les palmean las espaldas, les felicitan. Mirá que sos vivo. Así se hace, hermano. Esta es la época de los astutos. Adelante, compinche, mirá que el poder vale la pena, socio. El corrupto flota y sobrevive. La corrupta se hunde sin remedio. Somos mujeres. Y una mancha en la mujer llama a la ferocidad de la condena.

-Parece que vamos a ser honestas por el temor al qué dirán. ¿Será honesta esa honestidad, entonces? -preguntó Dina.

-Estamos entrando en honduras filosóficas inútiles, Dina -contestó María- yo no me atrevo mucho a ser corrupta. Dios sabrá si le temo   —88→   a mi conciencia o le temo a la Sociedad. En todo caso, no quiero vivir escondiéndome ni de mi misma ni de los demás.

-Yo tampoco -subrayó Dina-. Devolvamos el expediente entonces. Y adiós el Establecimiento. Es un lindo intento buscar nuestra realización por nosotras mismas.

-¿Sin raíces? -inquirió Elida.

-Nuestras raíces están en la familia -dijo Dina- en papá, mamá, nuestros abuelos. No están en el Establecimiento. Además, nos consideramos chicas liberadas, ambiciosas, capaces de abrirnos paso. Hagámoslo limpiamente. Es un falso punto de partida conservar lo que ya no es nuestro.

-Yo, al menos, no quiero ser rica. Quiero ser famosa -dijo María.

-¡Que moralista de telenovela! -reprochó Elida.

-Creo que debemos devolver el expediente -dijo Celia.

-¿Cómo lo hacemos? -preguntó Dina-. No podemos hacerlo sin desatar el escándalo en casa de Cayo.

-Se lo devolvemos a Cayo, su mamá encontrará la forma de su reaparición -dijo Celia.

En ese momento sonó el timbre de la puerta. Dina fue a ver y volvió con Cayo.

-Cayo, caes en el momento justo. Es sobre el expediente -saludó Celia.

-Yo no venía por eso.

-Cualquiera sea la razón de tu venida lo más importante es que te devolvemos el expediente -dijo Celia, depositando el grueso paquete en las manos de Cayo.

-Me inclino reverente ante la honestidad de las hermanas Ibáñez. Y es más, creo que nos han dado una lección, a mi mamá y a mí. No sé qué haremos con estos papeles, pero la razón de mi venida es otra.

-¿Cuál? -preguntó Dina.

-Han encontrado el cuerpo de Bienvenido Ibáñez -informó Cayo.