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Ocho mujeres y los demás

Mario Halley Mora



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  —4→  

ArribaAbajoPrólogo

Mi intención no ha sido de ninguna manera escribir una novela feminista, sino apenas una novela con protagonistas femeninos, sin muchas cargas dramáticas, y acaso con la simpleza con que transcurre la vida misma, en la óptica de los personajes femeninos de diversa extracción, involucradas hoy en el acelerado cambio de nuestra Sociedad. Un distinguido amigo, ilustre crítico, me ha reprochado «haber abandonado el gran teatro por la pequeña novela». No creo haber abandonado el teatro, grande o pequeño, sino, con la justificación de un grande como José Luis Appleyard, incorporar los trazos de algún oficio teatral a la novela, ya que son, al fin de cuentas, géneros que se desenvuelven en el marco de la narrativa. En cuanto al tamaño del libro, que no es el tamaño que pueda alcanzar la novela, es el condicionamiento económico que asfixia todo intento de explayarse a lo largo de muchas páginas, y obliga a la economía del papel y del estilo al mismo tiempo. En todo caso, esos condicionamientos obligan al escritor paraguayo a hacer de cada trabajo de narrativa, un ejercicio de síntesis permanente, en el que quizás se pierda alguna substancia mensurable de méritos literarios. De todas maneras, en esta novela vuelvo con todo gusto a los temas recurrentes que son ya muy notorios en mi modesta producción: mi ciudad de Asunción, y la mujer.

Cumplo en aclarar que todos los personajes son ficticios, los nombres y apellidos y linajes familiares también son imaginarios, aunque enmarcadas dentro de la peculiar composición de la Sociedad paraguaya, de modo que todo parecido de aquellos con personas reales, vivas o muertas, es pura casualidad.

Finalmente, con el permiso del lector, dedico esta novela a Zunilda, mi esposa, cuya infinita paciencia y comprensión me han acompañado y alentado siempre, a mi hija Charito, y a mis nietas, Elisa, Jazmín, Pacita, Zulma, Luján, Michele, María Sol y Lucía.

Mayo de 1994

Mario Halley Mora





  —5→  

ArribaAbajoUno

Celia


Mejor cierro las ventanas y aseguro las puertas -se dijo Celia- y miró afuera, al oscuro jardín como arrebujado con el frío de agosto, lloviznoso y desagradable. Papá andará de parranda, como siempre y apuesto a que nuevamente olvidó la llave o se le cayó al quitarse o ponerse los pantalones quién sabe donde y con quién. Pues que toque el timbre, o según el grado etílico que trae, trate de abrir la puerta a puntapiés.

Para empeorar las cosas no se había llevado el auto, o para mejorarlas -se dijo- porque esta vez no estarían rezando con sus hermanas para que papá no maneje borracho, y de noche. Desde el día anterior el coche se estaba negando a arrancar, y el furioso papá andaba preguntando cómo se dice «hijo de puta» en japonés para escribirle al fabricante del auto.

Aseguró las cuatro ventanas que daban al jardín, y la puerta frontal, además de la que llevaba al garaje y la que daba acceso de la cocina al patio. Murmuró su queja de siempre, que todo el vecindario ya había puesto rejas de hierro por todo sitio previsible donde se colaran ladrones, pero papá lo dejaba pasar, indiferente a que en sus ausencias, bastante repetidas, quedaban en casa cuatro mujeres, algo no muy tranquilizante, si se tiene en cuenta que ahora los ladrones no solamente roban, sino también violan.

-Y aquí hay cuatro posible vírgenes jóvenes y apetitosas -se dijo- toda una tentación para los adictos a las películas del cine Victoria y a las revistas pornográficas.

Sus hermanas, Dina y Elida, ya estarían dormidas en su habitación, y María estaría leyendo en la que compartía con ella. Había conseguido la última novela de Isabel Allende. Fanática lectora, tendría la luz encendida hasta la madrugada, porque era de las que leen un libro de un tirón. Por eso ella había quedado abajo, en la sala, mirando en la televisión por cable un programa mejicano bastante idiota, con el premio de un auto cero kilómetro para el concursante menos torpe. Tenía sueño, pero la perspectiva de tratar de dormir con el poderoso velador de María inundando de luz toda la habitación no le pareció muy agradable, de modo que tuvo la tentación de quedarse a dormir   —6→   en el diván, pero tuvo miedo. Los benditos ladrones nos están cambiando las costumbres -pensó- ahora las rejas ya no adornan, sino hacen fortaleza de las casas. Hay que poner rejas, papá. Además, ella, Celia, la hija menor y la preferida de papá por lo menos en la niñez, sentía el imperio de una soterrada responsabilidad, y solía esperarlo despierta.

Pensó que bien podía aprovechar el desvelo lector de María leyendo a su vez, el texto de Criminalística que era su obligación más inmediata en la Facultad, pero había descubierto que «lo que leo de noche no aprendo» y nunca se entregaba a lecturas nocturnas.

Con un suspiro decidió subir cuando le llamó la atención un ruido metálico en la puerta. Papá tratando de introducir la llave en la cerradura, en la obscuridad y con el pulso posiblemente temblón por el alcohol. Decidió ayudarlo abriendo la puerta accionando la cerradura interior, y allí estaba papá con esa nariz que se volvía cada vez más atomatada y surcada de venitas azules con los años y con los tragos, apuntando el vacío con una llave y sin tener mucho conciencia de que la puerta ya estaba abierta. El traje arrugado, la camisa manchada. La bufanda de lana que se puso esa tarde para proteger su garganta del frío, había desaparecido.

-Entra, papá.

-¿Por qué diablos no hay luz en el porche? -Su voz era pastosa y la lengua parecía de gelatina.

-Hay una luz en el porche, papá.

-Deberían tenerla encendida, desconsideradas.

-Está encendida, papá.

El hombre se volvió y enfocó la mirada a la luz, como para convencerse de que estaba encendida.

-Creo que debo ir al oculista -murmuró su padre y entró.

Celia aseguró la puerta y se apresuró a tomar del brazo a su padre, para repetir la escena de siempre. Ella tratando de ayudarle a subir la escalera, él rechazando indignado semejante ayuda ultrajante, murmurando cosas como «tu papá no es un inválido» o «¿crees que estoy borracho, por Dios?» y sólo aceptarla después del tropezón en el primer escalón.

Llevó a su padre hasta la habitación, que antes fuera de matrimonio y ahora era la melancólica estancia de un viudo. Pero nada había cambiado desde el fallecimiento de mamá. La gran cama, el tocador   —7→   de ella con toda la parafernalia de frascos, polvos, cepillitos y afeites. Papá no había permitido que se tocara nada, ni siquiera el peine, que acaso tuviera aun algunos de los cabellos rubios ceniza de mamá. Una vez ella había arreglado la cama, llevando la almohada de él al centro, y se asombró de la furiosa reacción de su padre y de la energía con que volvió a poner su almohada a la derecha, en perfecta linea con la de la ausente, a la izquierda, como si esperara que ella regresara a ocupar su sitio.

-¡No vuelvas a hacerlo! -Había rugido.

-Es insano, papá.

-Sencillamente, no vuelvas a hacerlo. ¿Entendido?

-Sí, papá.

Ayudó a su padre, que soñoliento y con el estupor del beodo había claudicado de todas sus rebeldías dejaba hacer, a desvestirse. El saco húmedo por la llovizna, los pantalones que ya traían corrido el cierre de la bragueta, la camisa arrugada como una vieja bandera sin gloria, y la ropa interior que despedía olores cuya procedencia decidió no preguntarse. Le quitó los zapatos y las medias, pensó llevarlo a la ducha, pero papá ya se estaba durmiendo, lo acostó y lo arropó. Empezó a roncar y a lanzar un acre vaho alcohólico, pero aún en la inconsciencia se movió bajos las frazadas, acomodándose a la derecha, en el lugar que le correspondía. Contempló a su padre con una mezcla de compasión y vergüenza. «Empezó a beber desde que mamá murió de aquella estúpida manera» se dijo, y apagó la luz.




ArribaAbajoDos

María


Cuando entró Celia a la habitación, María leía a Isabel Allende, pero no lograba concentrarse en la lectura. Inconscientemente estaba con el oído atento a los ruidos de abajo, a los conocidos ruidos que hacía papá al regresar de sus francachelas cada vez más frecuentes. Además, debería estar practicando en la procesadora de palabras, porque el Director del diario le había dicho que la llamaría, porque quería cambiar a la redactora de Sociales, que al parecer había montado su propio negocio con las fotografías en colores de los baby-shower, los casamientos linajudos y los veraneantes de San Bernardino. Sociales, no era precisamente lo que soñaba en la Facultad   —8→   de periodismo. Quería mucho más, un uniforme de combate y un casco, por ejemplo, y ser enviada en la línea de batalla. O cubrir un escándalo entre un General y una modelo, algo que conmoviera, que sacudiera. Y que le llenara de experiencias y apuntes para su gran novela, que se sentía capaz de escribirla, y leía a Isabel Allende, que de columnista pasó a una fama fulgurante de escritora. Isabel Allende, su ídolo. Lástima que su nombre, María Ibáñez, no traía evocaciones heroicas como el apellido de Isabel. Se preguntaba si no podía adaptar como escritora otro apellido, sonoro, relacionado con el martirio por la democracia aquí en el país, y desolada no encontró ninguno con la resonancia heroica de «Allende».

-¿Cómo llegó papá? -Preguntó.

-Como siempre -dijo Celia.

-Si quieres, apago la luz.

-Muy gentil de tu parte.

-¿Percibo una ironía?

-Perdón, María. Lo de papá me apena y enoja.

-¿Quieres hablarlo?

-Prefiero dormir.

Esperó que su hermana se desnudara y se acostara, y apagó el velador. Pero no tenía sueño. Al apagarse la luz se hizo visible a través de los cristales de la ventana el gran jardín de la casa, aterido de frío y goteando llovizna. El gran jardín de la gran casa de la gran familia Ibáñez. La gran familia de Jaime Ibáñez, ahora compuesta por papá y las cuatro hermanas, porque mamá se había ido y el único hermano varón se mató (¿hace cuatro años ya?) en aquella monstruosa moto japonesa. Suerte, es un decir, que desde poco antes mamá estaba sumida ya en el no-mundo del coma, en el Sanatorio Panamericano, y no llegó a enterarse de la muerte de su querido Raúl.

-Es curioso -pensó María con los ojos abiertos en la obscuridad- que papá nunca mencionara que con la muerte de Raúl, se extinguía su largo linaje. Muy delicado de tu parte, gracias, papá. Aunque nosotras presentimos que vives con ese dolor de macho, pero no lo sacas afuera ni cuando el alcohol te suelta la lengua.

El apellido Ibáñez venía de muy hondo. Toda una novela en sí mismo, se dijo recordando sus apuntes destinados a escribir la historia de la familia. La bisabuela, Jacinta Velasco, había sobrevivido al exterminio   —9→   de la Triple Alianza. Casi niña y huérfana, porque su padre había muerto en la masacre de las minas de hierro de Ybycuí y su madre, dicen, acompañó a Madama Lynch hasta el mismo Cerro Corá, pero allí se perdió todo rastro de ella. Jacinta quedó en Asunción, bajo la protección de su madrina, doña Iluminada Otazú de Peruzzi, que gozaba de inmunidad ante los dos bandos porque su marido, Giorgio Peruzzi, era suizo-italiano, comerciante y astuto, que primero abastecía a las tropas de López y después a las fuerzas de ocupación de la Alianza, sin olvidarse jamás de tener izada la bandera suiza en la azotea de su casa, en un asta suficientemente alta como obligar a los artilleros a apuntar sus cañones hacia otro rumbo. De esa casa de gente bondadosa salió Jacinta para casarse a los 18 años con Juscelino Moreira, un civil jefe de Intendencia de las fuerzas imperiales de ocupación que por la naturaleza de sus funciones conoció a Giorgio, y en su casa, más tarde, a Jacinta, de cuya belleza quedó prendado.

De Juscelino Moreira tuvo dos hijos varones, Baltazar y Matías Moreira, que llegarían a ser ilustres ciudadanos, Baltazar poeta que un día se marchó a París y nunca volvió, y Matías político liberal cuya memoria es hasta hoy venerada por sus correligionarios. Jacinta enviudó siendo muy joven, cuando los hijos habidos con Juscelino aún no habían entrado en la adolescencia. La muerte de Juscelino es un misterio en la historia de la familia -se dijo María- porque unos la atribuyeron a la picadura de un escorpión escondido entre fardos de alfalfa, otros a un envenenamiento criminal y apuntaban a una cortesana francesa a cuya casa al parecer concurría muy frecuentemente el apasionado Juscelino, pero a tenor de una carta de la bisabuela, conservada por la familia, Jacinta atribuía la muerte de Juscelino a una «pasmadura de la sangre» y describía unos síntomas que según el Doctor Acosta, el médico de los Ibáñez a quien mostraron la carta, era ni más ni menos que tétano.

Jacinta se consoló muy pronto de su viudez, que de paso, le había dejado en holgada posición económica, al casarse con Federico Ibáñez, un hacendado correntino de los que emigraron al Paraguay por persecuciones políticas en Corrientes, y se estableció en Misiones, y con el matrimonio, de hecho se unieron dos fortunas, íntegramente dedicadas después a hacer florecer la estancia misionera. Y no solamente acreció la fortuna, sino también la familia, pues la joven   —10→   viuda fue prolífica como nueva esposa, concibiendo cinco varones, Timoteo, el mayor, un militar que llegó a Coronel y contra todas las reglas de una época de violencia murió de viejo y en su cama, dejando un tendal de hijos legítimos y naturales, subproductos de sus campañas revolucionarias, a algunos de los cuales «reconoció» y llevaron el apellido Ibáñez, pero a otros no, teniendo que conformarse con sobrellevar el apellido de sus respectivas madres. Alfonso se entregó al sacerdocio, viajó a Roma, aprendió mucha Teología y terminó como Profesor de latín y castellano en los Colegios de Asunción. Prudencio fue el tercer hijo, que se ahogó muy joven en las aguas del Tebicuary tratando de salvar un ternero llevado por la creciente. Anacleto fue el cuarto, que curiosamente aparecía poco en los papeles de la familia, pero sí en uno de los cuadernos de la bisabuela donde copiaba poesías y anotaba sus pesares y pensamientos, y se refería a Anacleto como «mi cruz» o el «castigo de mis pecados», o a veces con torrencial ternura «mi pobrecito Anacleto» de todo lo cual, María deducía que al matrimonio le había salido un hijo disminuido mental, mogólico, probablemente. Finalmente, el hijo menor, Rosendo, que fue abuelo de papá, que sólo abandonó la estancia un tiempo para estudiar tres años Teneduría de Libros en Asunción, y volvió a Misiones donde trabajó toda su vida con su padre, hasta que el buen correntino murió, y el abuelo Rosendo heredó todo, con anuencia de Alfonso, el hermano cura que no ambicionaba las materialidades de este mundo, y del hermano soldado, Timoteo, que no cambiaría por nada del mundo su austera existencia cuartelera por las comodidades de una estancia, y se conformó con una suma de dinero que le entregó el abuelo Rosendo, y que al parecer, el buen soldado usó como bálsamo de su conciencia ayudando a algunos de sus hijos naturales a montar algunas actividades comerciales de provecho, o a estudiar. Papá suele mencionar que el doctor Máximo Morínigo, el más ilustre abogado y diplomático de las primeras décadas de este siglo, fue uno de los hijos naturales de Timoteo Ibáñez.

La bisabuela Jacinta, a los ochenta años, aburrida de su dieta senil de arroz blanco y leche, un mediodía de verano pidió que le prepararan un plato de locro con «ipocué». Almorzó opíparamente, se echó a hacer la siesta y con toda seguridad, despertó en el Cielo y a la diestra del Señor.

  —11→  

María se enorgullecía de la precisión de sus apuntes, que se fueron volviendo más fáciles cuando los documentos fueron más recientes, como cuando el abuelo Rosendo se casó con una dama de San Ignacio, Misiones, maestra de escuela y por añadidura, reina de belleza de la ciudad, coronada en el mismísimo palacete Municipal, Angelina del Espíritu Santo Añazco, cuyos padres se enorgullecían de un grado de parentesco con el General Caballero. Y en las extrañas circunstancias de este matrimonio se dan algunos toques recogidos por el espíritu milagrero de la gente. Rosendo y Angelina tuvieron un hijo varón, bautizado Federico en memoria del abuelo correntino. Todo indicaba que Federico sería hijo único porque Angelina, que viajaba a Asunción a hacer tratamientos para la infertilidad no lograba concebir otro hijo. Sobrevino la Guerra del Chaco y Federico se presentó y fue movilizado como oficial de infantería y marchó a la contienda. Murió en la desastrosa batalla de Strongest, la única derrota paraguaya en la guerra a la edad de 20 años. Y después, de esta muerte anonadante para el matrimonio, en rigor en 1936, Angelina, a los 41 años, quedó embarazada, y nació papá. De ahí su nombre de Bienvenido.




ArribaAbajoTres

Dina


Dina tampoco podía dormir. Escuchó con resignación la bienvenida de borracho que hacía Celia a su padre, pero entre las cuatro hermanas, ella, la segunda, era la que mejor había asimilado la situación, con cierto fatalismo. Papá sabrá lo que hace con su vida, solía decirse, pero enseguida se arrepentía de su crueldad. Debería ser compasiva como Celia o como María, o maternal como Elida, pero tenía tendencia a dejarlo correr.

Por eso, lo que le causaba insomnio era sencillamente una obscura forma de resentimiento, que se coló en su conciencia cuando estaba viendo la televisión esa noche.

-¿Por qué ella y no yo?- Se había preguntado al ver y oír pontificar con aire sabihondo a la mujerona gorda, «mestiza de sargento y de cocinera» la calificó, que acababan de nombrar para un alto cargo en el Gobierno.

-Tengo 26 años -se analizó- dicen que soy hermosa, pero quedemos   —12→   en bonita. Buena figura y todos los dientes. Licenciada en sicología, Licenciada en idioma inglés en la Universidad Nacional, curso de la Secretaria perfecta en Buenos Aires. Afiliada al Partido y Dios sabe que me pasé horas sobre la máquina de escribir y cenando empanadas grasientas con café negro durante la campaña electoral. Pero no me valió de nada, sigo siendo la Secretaria decorativa de un obscuro Subsecretario tan anodino que pasó desapercibido con la epidemia de cambios desde 1989, y que dejó de preocuparse de mi promoción cuando le dije no a su invitación a pasar juntos un momento agradable. Debí decirle simplemente no y no ponerme en puritana provocándole el susto de su vida al decirle que llamaría a su señora a ver si aprobaba el momento agradable. Si aquello fue acoso sexual duró poco. Lo que dura mucho es la frustración de él, que a su vez me frustra en mi trabajo a mí. Debo ser víctima de una forma retorcida de acoso sexual abortado. Consultaré con Celia, que estudia Derecho.

Sonrió y trató de dormir, pero no pudo.

-Papá tiene razón cuando nota la nerviosidad que traigo del trabajo y me dice que «hija, no necesitas trabajar» -reflexionaba- y en cierto modo tiene razón, como la tiene cuando le dice a Celia, su bebita, que no necesita estudiar, y a María, cuando se refiere a sus diplomas de la Facultad de Filosofía como un ponderable esfuerzo, pero puro tiempo perdido. Su mentalidad de ganadero bastante próspero le hace concebir el bienestar de la familia a partir de las vacas y los toros. Quería que todas sus hijas vistieran a la moda (para eso hay plata...), se fotografiaran en Punta del Este y trabajaran en obra de caridad para beneficio de los pobres, y desde luego, tuvieran su cochecito, pero sólo lo aceptaron Elida y María, esta señalando con aire de disculpa a sus hermanas que como periodista, le sería muy útil, cuando tuviera tal empleo, claro. Sólo Elida, la mayor, se salva de sus críticas. Se encarga con alegría de la cocina, de la limpieza, y se pregunta si ya no es hora de encontrar marido y tener muchos hijos, a los 28 años. Ella aceptó tener la camioneta porque la necesitaba para ir al supermercado. Y realmente sólo la usa para eso.

-Papá, tienes tres hijas ambiciosas y una conformista -dijo a la oscuridad- mérito de mamá. Vos firmabas los cheques y mamá nos llevaba a la mejor Escuela, al mejor Colegio. Ella, sin mucha educación, era fanática de la educación. Nos quejábamos, mamá, pero no cedías   —13→   un palmo, dulce como un hada, férrea como un sargento, a estudiar, a ser la mejor, la abanderada de los desfiles, el primer nombre en la lista de honor. Y lo lograste con casi todas, porque la cachazuda Elida se te empacaba con la mansedumbre invencible de una mula cansada. «No es para mí, mamá» se quejaba y se iba a leer a escondidas sus libros de poemas o andaba por la casa caminando o ayudando en las tareas domésticas como una zombie, con el audífono de una radio minúscula colgando de una cinta y sintonizada en FM incrustado en el oído. Sólo con ella te diste por vencida, mamá. Pero de todas maneras te agradecemos las cuatro. Somos lo que queremos ser, o por lo menos, mamá, estamos en camino.

-Lo que pudre es la caudilla rural esa con sus pechos de vaca y sus labios gruesos de lamesartenes. Dios, te pido humildemente perdón, pero sí me pudre. Tú, en tu infinita sabiduría, sabes que hay una escala de valores, que Tú mismo lo inventaste. ¿Cómo ella sí y yo no? ¿Cómo se llega y cuáles son las armas? Suelo imaginar que es la sabia manipulación del sexo, pero si fuera solamente el sexo, esa gorda estaría custodiando un archivo en un sótano polvoriento. Entonces... ¿Qué? Inteligencia, imagen, carisma, tener talento y demostrarlo, tener sentimientos altruistas y derramarlos, tener ambiciones y empujarlos, tener señorío, alcurnia moral, e imponerlos. Muy pocas han llegado no muy alto con esas armas. Entonces debe haber otra cosa. Algo que se resume en ser notoria. Notoria, puede ser la palabra mágica. Que las cámaras de TV te busquen, que los periodistas te enchufen la boca sus grabadoras, y cuando una cuestión se pone caliente, correr todo el mundo a preguntar que piensa Fulana, o mejor, que dice Fulana. Y lo que dice Fulana está ahí, importante, porque Fulana se da maña para andar por los pasillos, manejar pedigüeños, sentarse en el palco, dialogar con los monstruos, hablar en nombre de la mujer paraguaya, usar palabras adecuadas como «reivindicar», «redimir» y provocar el aplauso del mujerío cansado de oír vaciedades masculinas y hambrienta de que una de ellas tome por fin la larga posta.

-Soy una envidiosa de porquería -se dijo al fin. Pero desde mañana me pongo a trabajar para ser notoria. Ya descubriré cómo se hace, tal vez empezando a hacer olas. Algo se me ocurrirá. Como el asunto ese del acoso sexual.

  —14→  

Y se durmió por fin.




ArribaAbajoCuatro

Elida


Elida dormía profundamente, y soñaba que una voz viril, suave y susurrante, le recitaba un poema de Rubén Darío, sobre el fondo de Sueño de Amor, de Lizt. Era la voz el Príncipe Azul que se aproximaba montado en un caballo blanco, y su voz lejana era la nube del paisaje, y el verde y el brillo lunar de las montañas. El jinete glorioso se venía acercando, pero en medio de tanta dulzura, empezó a sentir la pena de siempre, porque en el momento justo en que el Príncipe desmontaba y se acercaba a su desmayada imagen de enamorada, pasaría de repente a otro mundo. A este mundo feo, porque lo maligno del sueño era que despertaba en el momento de mayor esplendor.

Despertó y en la oscuridad entreví a Dina dormida como siempre, acurrucada como un bebé y con el pulgar en la boca.

-Por lo menos debí hablarlo con ella -se dijo Elida pensando en su secreto. Su secreto era Marcelo, que quería casarse y era simpático, alto y fuerte y un poquito panzón y un poquito calvo y un poquito cerca de los 35. No exactamente el Príncipe Azul, pero aun siendo soltero tenía el aspecto de papá bonachón de numerosa familia que ella pensaba concebir como la culminación de sus sueños.

Había conocido a Marcelo en el supermercado. Primero lo conoció de vista, y pensó que era un esposo hacendoso haciendo las compras y examinando cuidadosamente cada frasco o paquete antes de ponerlo en el carrito de compras. En otra ocasión se atrevió a mirarle las manos, disimuladamente, y no tenía anillo de matrimonio. Sonrió con un extraño alivio y Marcelo creyó que le sonreía a él y le sonrió a ella, que esperó no haberse ruborizado tanto como para ser notado. El hielo se rompió en otro día en que coincidieron cuando a ella se le cayó una lata de durazno que fue rodando a parar bajo las estanterías. Se agachó a buscarlo cuando oyó por primera vez la voz de Marcelo.

-Déjeme ayudarla, señora.

Recogió el envase y galantemente lo puso en el carrito.

-Gracias, señor.

-A sus órdenes, señora.

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Durante toda la semana, sintió vergüenza por la respuesta de buscona que diera a Marcelo.

-No soy señora.

-Es una agradable noticia -respondió Marcelo, con una gran sonrisa que descubrió una dentadura de diversos tonos de marfil, obra maestra de algún buen dentista.

Una corta conversación sirvió para que ella informara como quien no quiere la cosa que sus días preferidos de supermercado eran los jueves a las 18, lo que ocasionó que los días preferidos por Marcelo fueran también casualmente los jueves a las 18. Fueron madurando la amistad a lo largo del itinerario compartido de dos carritos de compras, y del formal intercambio de informaciones sobre la mejor leche en polvo, las calorías de la manteca vegetal, el buen sabor del aceite de oliva español y del queso de rallar italiano, amén de que los fideos de sémola pueden comerlo -según Marcelo que tenía a su madre enferma de tal enfermedad- hasta los diabéticos.

Más tarde, terminadas sus compras, después de la estación en que Marcelo, con extrema cortesía (cortesía de timidote lanzado, se decía Elida con visceral sabiduría femenina) empujaba hasta la Caja los dos carritos, y cargadas las vituallas en la camionetita Nissan de ella y en el enorme Chevrolet negro de él, tomaban el fresco en el ancho estacionamiento, charlando y mirando correr el enloquecido tránsito de Mariscal López.

En esas charlas, Elida fue conociendo la historia bastante gris, pulida, rutinaria y sin aristas, de Marcelo, que se disculpaba de la lisura de su existencia, diciendo que «no hay nada heroico en mi vida, y ni siquiera fui al cuartel porque soy hijo único de madre viuda». Todo él -se decía Elida- muy lejos del Príncipe azul de coraza de plata y cabellera rubia al viento, con su calvicie que iba marchando desde la frente para atrás y su cara de angelote maduro. «Pero de todos modos, me agrada», se replicaba mensurando la distancia entre las imágenes del sueño y la carnadura de la realidad, y desde luego, desde la altura ya un poco melancólica de sus 28 años.

Fue hijo único del matrimonio de don Artemio Figueredo y de Judith Hoffman, hija a su vez de un Secretario de la Embajada de Alemania en Asunción, Erich Hoffman, en la década de los años 30. Cuando los Estados Unidos entraron en la II Guerra Mundial, los   —16→   diplomáticos alemanes vieron cernirse nubarrones obscuros sobre su cómoda misión diplomática y como pudieron, se marcharon a la Madre Patria, menos Erich que con la desaprobación total de los miembros de la Embajada, había mezclado su sangre aria, matrimonio mediante, con la de una paraguaya, Emilce Segovia, que ya tenía una hija, Judith, cuando fue abandonada la misión diplomática. El bueno de Erich pensó y tuvo razón, que nadie le molestaría y así fue hasta cuando el Paraguay declaró la guerra al Eje, y no precisamente para contribuir decisivamente a su derrumbe. Por entonces, Erich había montado ya una fábrica de chacinados en Luque, tenía un buen pasar y Emilce le dio otro hijo, un varón, Enrique Hoffman, Enrique, por el padre de Emilce.

Judith, a la edad de 18 años, se enamoró del Contador de la fábrica de chacinados, Artemio Figueredo, cuyo deber era ir un día a la semana a poner en orden los libros de don Erich, pero a medida que la rubia Judith crecía y florecía, el serio y pacato Contador encontraba misteriosamente más tareas que realizar, y terminó concurriendo a la fábrica todos los días hábiles de la semana. Don Erich percibía el tímido coqueteo de los jóvenes, sus miradas, sus rubores y también el temor de provocar la furia del alemán, y decidió cortar todo por lo sano de la manera más germanamente práctica. «¿Por qué no se casan de una vez?» estalló un día.

Se casaron y sólo trascurridos seis años de la boda, Judith concibió a Marcelo, su único hijo. Pero el bueno de Erich no habría de ver a su nieto, porque hombre sanguíneo, goloso, de cuello de toro y bebedor de cerveza, no resistió a la tercera manija de chopp una calurosa tarde de diciembre y su corazón estalló. Emilce confió a su hijo Enrique la dirección de la fábrica que había crecido, modernizado y hasta tenía dos camiones de reparto, con la recomendación de dar su parte de alguna manera a Judith y a su marido. Enrique hizo algo más. Asoció a Artemio Figueredo por partes iguales, le entregó la dirección y la gerencia de la fábrica, se hizo dar un sueldo y salió a vagar por las calles de Asunción en busca de gratificaciones homosexuales, hasta que un día amaneció muerto y molido a palos en la plaza Rodríguez de Francia, frente a los cuarteles de la Marina.

Artemio Figueredo hizo que la fábrica prosperara, tuviera su propio criadero de chanchos, un enorme criadero de pollos y su propio molino   —17→   de alimentos balanceados, y cuando murió doña Emilce, le llevaron a un suntuoso Panteón en el Cementerio Alemán, donde le esperaban ya los restos mortales del marido, previsoramente trasladados de su humilde tumba original. «Juntos en la Vida y en la Muerte» hizo tallar en mármol Artemio para la sepultura de sus suegros, sin imaginar que pronto, él iría a acompañarlos. Marcelo tenía trece años cuando un día, en pleno trabajo, Artemio sintió unos agudos dolores de estómago, que atribuyó a algo que había comido, y pidió a Judith un tecito de yaguareté-ca'a. Pero los dolores persistieron, decidió que le llevaran a un Sanatorio, al que llegó muerto por una peritonitis fulminante.

Judith desnudó entonces su paciencia y su valentía alemanas, y se hizo cargo de la dirección de la fábrica, y con espíritu previsor apartó a Marcelo de todo lo que no fuera una carrera de Contador primero, y de Doctor en Ciencias Económicas después. Una vez a la vista de los dos diplomas, entregó la floreciente empresa a Marcelo, adquirió una casa en Asunción y decidió pasar su vejez en paz y volviendo a los inacabables trabajos de tejido y bordado de su infancia. Pero no alcanzó esa pacífica felicidad, porque enfermó de artritis en su forma más agresiva, y era casi una inválida.

De modo que el Marcelo que conoció Elida, era el hijo solterón y devoto de una anciana señora enferma, próspero propietario de una fábrica aséptica como un quirófano de chacinados, de un criadero de pollos superlativo y un molino de alimentos balanceados, sano de alma y de cuerpo, austero hasta el límite de encargarse él mismo de las compras, tímido y ansioso de casarse, con el entusiasta apoyo de mamá Judith.

Sólo que Elida no se decidía.

-No sé si lo amo -se decía- pero por lo menos le respeto. De alguna manera es el hombre ideal para una dama bastante pernilarga y flaca de 28 años, que sueña ser esposa y madre. Lo mejor que puedo encontrar, aunque acaso alcanzara algo mejor si cuido mi figura como Dina, o me maquillo como María o haga danza jazz como Celia. Pero eso no es para mí. Quiero un hogar para mí, hijos, muchos hijos. Y lo mejor que me ha pasado es conocer a Marcelo.

Pero... ¿Quien cuidará a las chicas y a papá si me voy?



  —18→  

ArribaAbajoCinco

Bienvenido Ibáñez


Despertó cuando el resplandor del sol de agosto, brillante y frío, le dio en la cara. El mismo gusto amargo de siempre en la boca, el dolor palpitante de cabeza que lanzaba una aguda flecha de hielo cada vez que la movía. La resaca, se dijo con la conciencia rebosante de culpa. Apartó con un acto de valor las frazadas y se vio desnudo al mismo tiempo que escapaba un aroma agrio, de sudores y de hieles de su cuerpo.

-¿Quién demonios...? -imprecó al verse desnudo.

Celia -se dijo- mi linda y pobrecita Celia, el bebé de rizos dorados de papá. Me desnudó. Desnudó mi miseria y mi cuerpo. Linda tarea para una niña. Necesito una ducha. No, necesito un revólver para pegarme un tiro. Me está sucediendo lo peor. Tengo una familia hermosa y no la merezco. No soy un padre, ni un estandarte de orgullo. Soy una vergüenza. La gran...

-Pero consuélate, Bienvenido. Las has educado bien. O mejor, Niní las educó bien. Son chicas fuertes, macizas, cuerdas, juiciosas, alabado sea Dios. Me ven rodar por la pendiente, pero no serán arrastradas. No van conmigo hacia abajo. Me miran caer y se compadecen y lloran. Por mí, porque son tan maduras que no se compadecen de sí mismas, no lloran por sí mismas, porque ya están mas allá de la dependencia. Hurra las cuatro mosqueteras, y alabado sea Dios, otra vez.

-Niní, hoy amanecí religioso, vaya a saber por qué. Que Dios te tenga en la santa gloria que mereces. Te dí cuatro hijas y criaste cuatro amazonas.

Se levantó desnudo evitando mirarse a sí mismo, la pelambre gris de sus pelos en el pecho, en el pubis, hasta el ombligo, las piernas, la barba que enmarcaba unos ojos hundidos y rojizos. Abrió el agua fría que trajo la gelidez de la noche de agosto y le castigó con látigos helados. Aterido casi hasta el desmayo gritaba, rugía «alabado sea Dios». Salió de la ducha, murmurando que «me estoy volviendo masoquista, carajo», Alcohólico y masoquista, linda combinación, concluyó.

Hizo un esfuerzo supremo y se afeitó, y la maquinita de afeitar fue barriendo la espuma y al mismo tiempo devolviéndole su humanidad.

  —19→  

-Es grande el milagro que produce una afeitada. Es como salir de detrás de la barba donde estábamos escondidos, y volver a ser, volver a estar. Lástima que no puedo afeitarme la conciencia, porque allí crece la culpa. La gran culpa que no puedo compartir con nadie. Niní, perdón por mi brutalidad.

Encontró ropas interiores limpias en el ropero, blanquísimas, apiladas con un orden casi cuartelero, pero con el toque femenino de Elida, que ponía pétalos de jazmín entre las prendas que lavaba y planchaba. Elida, que casi con alegría apresurada había tomado el puesto de mamá, como si quisiera borrar con su cariño la imagen ausente que flotaba en toda la casa. Sintió fresca y perfumada la camiseta, suaves los calzoncillos vaya a saber con qué aderezo descubierto por Elida en el supermercado. Mejor que cuando Niní lo hacía.

-Niní. Espero me hayas perdonado. Me casé contigo, pero nunca te conocí. Eras hermosa, eras rubia, eras humilde, la flor de un barrio orillero.

Iba a nadar a la piscina del parque Caballero. Iba a bailar al Mbiguá. La vieja locomotora pasaba por su casa arrastrando lentamente los vagones de carga, desde la Estación hasta los andenes de Cambio Grande. Y los maquinistas la conocían, ponían las manos sobre las palancas del freno y le decían «cuidado» cuando subía de un salto a la cabina y reía con el calor de la caldera quemando su cara y dorando más sus cabellos. Niní, la de la casita con jazmines que trepidaba cuando pasaban los trenes de pasajeros. Niní, burguesita hermosa que dejó el tercer curso de la Escuela Normal para trabajar, porque papá ganaba poco como sastre y mamá nunca aprendió más que a cocinar, y fue dependiente en la «Mansión de las novias» de aquel turco mancón y su gorda mamá.

Venían las novias proletarias ansiosas del vestido blanco y la corona de azahares y los guantes de seda hasta el codo, y los vestidos una y mil veces casados esperaban en fila en la larga vara del vestidor. Cosidos y recosidos, ajustados y agrandados, manchados y cepillados con quitamanchas con olor a máquinas viejas, Niní era una fiesta anticipada, compartiendo la expectativa ruborosa de las novias que venían a alquilar los tirajes, midiendo, descosiendo, cosiendo, poniendo un pliegue aquí, fabricando una cintura gentil y virginal por   —20→   allá, alfileres mordidos con sus dientes blancos y los labios generosos en amplia sonrisa. Con cada novia, Niní vivía una felicidad nupcial cómplice, sabiendo que alguna vez vendría el amado, y ella elegiría allí mismo, el traje de novia más trajinado, el que escuchara más veces la marcha nupcial y el que más gastado tuviera los ruedos por el baile del Vals de los Enamorados.

-Y llegué yo en mal momento para vos, Niní.

La vio caminando un casi anochecer de verano, del trabajo y rumbo a su casa, cruzando en diagonal la Plaza de San Roque, que entonces tenía aún una Iglesia ennoblecida por la carga del tiempo, y la siguió, admirando la gracia de su talle, el andar felino, y el vestido liviano que modelaba el cuerpo blanco, firme, fuerte y armonioso de una bailarina rusa. Un deseo intenso, hambre de la sangre y de la carne, circulaba por su cuerpo. «Esa mujer tiene que ser mía». La abordó ocultando sus prisas de animal en celo.

-¿La acompaño?

-¿Por qué no?

Su sonrisa era de una bienvenida cálida, inocente, confiada, de ser humano que tiene fe en la gente y encuentra amigos por todas partes. Se acostumbró a esperarla al terminar el día en las puertas de La Mansión de las Novias. Caminaban charlando hasta llegar a su casa. Cuando creyó maduro el momento, insinuó la aventura, el sexo, y ella se negó y no se ofendió, amable, comprensiva, escurridiza, segura de sí. Se devanaba los sesos tratando de encontrar el modo de alcanzar aquellas doradas primicias, y siempre chocaba con la negativa amable, con la desolación dulzona de un «no» envuelto en celofán.

Más tarde, ella le dijo que acostumbraba ir a bailar, con su hermana y con su primo, los sábados al Mbiguá, y él fue allí, bailó con ella, con la tortura de tener ese cuerpo tan próximo, tan firme y tan cálido y al mismo tiempo tan lejos. Persistió, conoció a los padres de ella, don Modesto y doña Rafaela, que se había cosido, de una tela que crujía, un vestido nuevo el día en que él inauguró sus visitas a la casa. Dos Modesto le estrechó la mano y se fue a jugar a las damas con sus amigos, los peones ferroviarios de guardia.

Niní jamás cedió al acoso. La aventura de Bienvenido fue primero asedio, luego obsesión. Y terminó proponiendo matrimonio. No fue una ceremonia a todo lujo, en la Catedral, como permitía su fortuna de   —21→   joven ganadero próspero, sino en la Iglesia de Trinidad, con pocos invitados, porque Niní, deslumbrada por ese marido que le había caído del cielo y estaba lleno de defectos pero aprendió a amar, no daba importancia al esplendor de una boda principesca, y porque Artemio no veía a doña Rafaela con sombrero y velo ante sus amigos. Incluso, Bienvenido cedió con cierta complacencia al capricho de Niní de ponerse uno de los trajes de boda de La Mansión de las Novias, algo extrañado de semejante contracción a la economía, y sin adivinar jamás las motivaciones líricas de Niní al ponerse el vestido que tantas novias humildes habían lucido en su noche de gloria.

La noche de bodas fue un asalto, un abordaje de pirata, que Niní consentía y acompañaba con suave entrega, quizás no feliz por aquella torna violenta de su cuerpo, pero sí feliz porque hacía feliz a su marido. Un resumen al fin, de su vida de casada.

Nació una niña, Elida, después Dina, y luego Raúl, que moriría tan joven. Después María y Celia, en ese orden.

Hasta que sobrevino la tragedia estúpida, debido a que nunca conoció realmente a Niní, y fue su brutalidad la que...

-Perdón, Niní.

Del piso de abajo ascendía el olor a café y a amor de la hacendosa Elida, y desenvainando su mejor sonrisa con gran esfuerzo, bajó a desayunar.




ArribaAbajoSeis

Judith


-¿Y para cuando es el casamiento?

-Ella me pide un poco de paciencia, mamá.

-¡Paciencia! ¿Para qué?

-Para esperar, mamá.

-¿Esperar qué?

Marcelo suspiró con resignación. «Cuando empieza con sus preguntas no para».

-Bueno, el momento oportuno.

-¿Y cuándo es el momento oportuno?

-No sé, mamá. Ella tiene sus problemas.

-¿Cuántos años tiene?

  —22→  

-Veintiocho. Ya te lo dije.

-¿Quieres darle un mensaje de mi parte?

-Sí, mamá. ¿Cuál?

-A los 28 años, el momento oportuno ya pasó. Pescar un momento oportuno después de los 28 es como sacar la lotería. Decile eso, con todas las letras. ¿Me oíste?

-Sí, mamá.

-¿Le dijiste que somos ricos?

-Ya lo sabe.

-¿Y?

-Ella también es rica, mamá.

-Huelo algo raro. ¿Cómo es que siendo rica, a los 28 años no encontró marido? ¿Es fea?

-No, es una chica agradable.

-¿Y cómo no encontró marido?

Marcelo se sentó resignado. Mamá no descansaría hasta exprimirle hasta el último jugo de la información.

-Es una situación especial, mamá.

-¿Cómo de especial?

-Bueno, ella es la mayor de cuatro hermanas, la mamá murió y ella tomó el trabajo de ser mamá. Además está su papá.

-¿Son inválidas las hermanas?

-Por cierto que no, mamá.

-¿Y por qué no se ocupan de sí mismas y de su papá?

-Bueno, digamos que son chicas modernas.

-¿Y eso que significa?

Lo que más irritaba a Marcelo era que su buena mamá, a cada pregunta golpeaba el piso con el bastón. Pero por nada del mundo mostraría impaciencia. «Que siga el diluvio».

-Y... creo entender que estudiaron, se educaron, tienen muchas ambiciones y ninguna vocación de dedicarse a la cocina, supongo.

-¡Un trío de loquitas!

-Yo no diría eso, mamá.

-La mujer es para el hogar.

-Mamá, por diez años dirigiste una fábrica.

-Porque tu papá tuvo el mal gusto de morirse de repente. Volvamos a... ¿Con es que se llama?

  —23→  

-Elida.

Sí, Elida. Le vas a decir que la quiero conocer.

-Mamá, ya se lo dije tres veces. Dice que aún no.

-¡Es presuntuosa!

-No, ella dice que es prudencia. Que significa un compromiso que aún no está segura de tomar.

-¿Ella dice que no? ¿Siempre vas a venir a decirme lo que piensa ella, lo que hace ella y lo que dice ella? ¿Y que pasa contigo?

-¿Qué pasa conmigo?

-¿Sos el varón de la pareja, no?

-Así parece.

-Así no parece ¡Eso de «ella dice» ya me tiene harta! ¿Cuándo vas a tomar decisiones vos?. «Vamos a ver a mi mamá o te vas al diablo con tus remilgos de hermana mayor». Así se hace. Además el tiempo corre.

-Ya sé, mamá.

-No, no sabes. Dios sabe que vivimos una soledad compartida. Quiero nietos y dudo que una mujer de 28 años pueda concebir, aunque es muy posible, lo reconozco. Supongo que será virgen.

-¿Cómo voy a saberlo?

-No es curiosidad malsana, hijo. Pero se da el caso que a una virgen de 28 años se le seca los ovarios. Preferiría que no fuera virgen.

-¡Mamá!

-Le podemos permitir alguna aventurita en su pasado. Algo así como cargar combustible a mitad de camino.

-Mamá... ¿de dónde sacas ese cinismo?

-Yo me casé virgen a los 19 años y tardé seis en embarazarme de tu papá. ¡Y eso que tu papá era fogoso!

-No me gusta oírte hablar de eso, mamá. A tu edad...

Marcelo ya empezaba a sentirse molesto. «Me basta con los repetidos pretextos de Elida» se dijo, pero su madre le estaba mirando acusadora.

-¡No has heredado el temperamento de tu papá!

-Supongo que no.

-Ahora que recuerdo, tuve un hermano homosexual.

-¡Mamá!

-Oye. ¿Por qué no la llevas a la cama?

  —24→  

-Porque la respeto, mamá.

-¡Pamplinas! Si es tan pacata como dices, y suponiendo que no tenga experiencias sexuales, la llevas a la cama, descubre a los 28 años la gloria del orgasmo y manda al diablo a su papá y a sus tres hermanas.

-Tienes una mente retorcida, mamá.

-Creo que te eduqué mal. Demasiado puritano. La vida no es así, no es una cadena de pureza, sino de pecados. Además... ¡Quiero nietos! ¿Me oyes?

-Sí, mamá.

-Sí, mamá. Dices siempre sí, mamá. Pero no comprendes. Me oyes y no me comprendes. Estoy vieja, mira mis manos, parecen garras, no puedo manejar ni una aguja de zapatero. Es el infierno, me duelen las rodillas, los codos. Me duele todo. Me duelo toda. Y también la soledad es dolorosa. Quiero que traigas una mujer aquí, quiero ayudarla a parir mis nietos. ¿Es mucho pedir?

-No, mamá, lo que dices es justo.

-Pero la chica esa va postergando nuestra felicidad... o por lo menos nuestro consuelo. Marcelo, siempre has sido un buen hijo. Me has obedecido siempre y todo salió bien. ¿Es verdad?

-Así es, mamá.

-Pues me vas a obedecer nuevamente.

-¿En qué, mamá?

-¡Búscate otra!

Se levantó de su gran sillón trabajosamente, apoyada en el bastón. Marcelo intentó ayudarle, y ella lo rechazó con enojo. Se fue arrastrando su vencida humanidad rumbo a su dormitorio, envuelta en su vieja salida de baño ya sin color. Marcelo fue a la cocina, a preparar el vaso de cocoa caliente que su madre tomaba con sus pastillas para dormir, y mientras el brebaje humeaba, le entró la vieja sensación de alerta, porque veía venir un chantaje más de la larga cadena de chantajes que constituía su relación con su madre.




ArribaAbajoSiete

María


¿Cómo debía vestirse para la entrevista con el Director del diario? La noche antes había llamado por teléfono el Jefe de Redacción. Le   —25→   pidió que confirmara la existencia de su diploma de Licenciada en periodismo, y cuando ella le aseguró que sí la tenía, le concertó la cita. «Albricias, han echado a la de Sociales» se dijo con cierta perversidad. «Decidió ponerse un vestido de lana y botas, por el frío, y en la cabeza un gorrito ruso de piel que le habían regalado y le hacía parecer a Geraldine Chaplin en «Doctor Zhivago». A último momento se quitó el gorro.

-Voy a trabajar, no a seducir -se dijo.

Cuando esa mañana llegó al periódico, con su carpeta curricular y algunos trabajos hechos, la hicieron pasar de inmediato al despacho del Director, que se había cortado al afeitarse, tenía manchitas de sangre en el cuello de la camisa y lucía una expresión malhumorada. Sin1 responder a su saludo, le dijo:

-Sientese ahí.

«Ahí» era una silla frente a una mesita baja y en la mesita baja una máquina de escribir Underwood de por lo menos treinta años. «Jesús -se dijo- yo escribo con procesadora de palabras». Tomó coraje, al fin y al cabo era el mismo teclado. Sólo que la máquina aquella parecía pesada como un locomotora. Se sentó.

-Escriba algo que sea digerible -le dijo.

Llena de pánico, descubrió que tenía la mente en blanco. Creía que la cuestión era una entrevista protocolar, un test verbal o algo por el estilo, pero la ponían a escribir. Introdujo el papel sin tener idea de qué escribir.

-Cinco minutos -la voz del Director era tajante como el filo de un hacha.

Y empezó a escribir: «Señor Director, me gustaría trabajar en el diario. Sinceramente, Sociales no me gusta, pero por algo se empieza.

Déjeme mostrarle mi diploma, y el artículo que escribí sobre la supervivencia de las ballenas. Lo tengo en mi carpeta, verá que...»

-Es suficiente -dijo el Director- a ver eso.

Decía «eso» como si hubiera escrito en papel higiénico, y usado. Extrajo la cuartilla de la máquina, se lo pasó al Director y quedó de pie, frente al escritorio. El hombre leyó el breve escrito, frunció el labio y el bigote parecía querer explorar las profundidades de su nariz.

-Siéntese.

Obediente, se sentó, tiesa.

  —26→  

-No es para Sociales -dijo el Director- lo que queremos es reforzar las páginas de Policiales, donde andamos muy detrás de la competencia. Además, la sangre vende.

-Sí, señor Director.

-La tomamos a prueba por tres meses, señorita. Y ya tiene trabajo. Hable con Centurión. Él le informará.

-¿Quién és Centurión?

-Averiguar quien es Centurión es su primer trabajo de investigación -le respondió con una sonrisa de conejo, sin alegría- Buenos días.

Salió a la sala de Redacción. Inmensa y movida como un colmenar. En las paredes estaban fijados varios carteles de «gracias por no fumar» pero todo el mundo fumaba, todo el mundo con la corbata floja, y todos los escritorios con manchas verdes de tereré derramado. Una chica la miró amablemente.

-Busco al señor Centurión. La chica pegó un grito «¡Centú...!» y allá lejos un sujeto de lentes levantó la cabeza. La chica amable la señaló con el pulgar y Centurión la invitó a acercarse con el índice. «Vaya mundo periodístico» se dijo María, que tenía una idea distinta de como se hace un diario. Que esto parecía el mundo antes de la Creación, el caos. Le resultó difícil entender como de este caos salía un diario. Pero ya estaba metida. Centurión la miró con la indiferencia superior de veterano.

-¿La chica nueva?

-Sí, señor.

-No soy señor, soy Centurión. Por el momento su jefe.

Le señaló una mesa con una procesadora de palabras. A Dios gracias.

-Vas a trabajar allí... ¿Cómo te llamas?

-María.

-María, vas a trabajar allí. Supongo que sabes manejar eso.

-Sí, señor.

-¡Centurión! Y ahora a lo nuestro. Sentate.

Ella se sentó. Centurión revolvió unos papeles, encontró lo que buscaba.

-Sintonízame bien -dijo explorando sus intrincados apuntes- en fecha 2 de mayo, o sea hace un poco más de cuatro meses, a las tres de la mañana, pasó por la calle Herrera, esquina con México, un coche   —27→   obscuro. Del coche partió un disparo de rifle y le dio a un travesti en la mitad del coco. El travesti ya estaba en el infierno antes de terminar de caer. Hubo una testigo, Nicasio González, alias Pamela, otro degenerado, que estaba con la víctima, en la misma esquina. ¿Me sigues?

-Sí.

-¿Y por qué diablos no estás tomando notas?

Se apresuró en abrir su carpeta y anotar en el primer papel en blanco que encontró, al dorso del artículo sobre la supervivencia de las ballenas, y además decidió no interrumpirle, porque conocía aquel hecho por haberlo leído en los diarios y visto en la tele. Mejor dejarlo hablar. Le gustaba hablar, darse importancia, oírse a sí mismo.

-Bien. El 16 de Junio, la cuestión se repitió en Paraguarí y Teniente Fariña. Esta vez le tocó a Florindo Ortellado, Azucena según su nombre de guerra. Otro tiro en mitad de la frente. Sólo lo vio un chófer de taxi que pasaba por ahí, Marcelino Otazú. El mismo coche obscuro, se supone, el mismo rifle, se sabe. Cuando la Policía le preguntó por qué no persiguió al del rifle, dijo muy suelto de cuerpo que el tipo estaba haciendo un bien a la Sociedad y no deja de tener razón, para mi gusto. Y ahora viene lo lindo: anoche, o mejor esta madrugada, el tirador del coche obscuro intentó de nuevo y esta vez falló. El proyectil dio en el cuello a Ingrid, o Mamerto Sosa, como quieras, que está internado o internada, que se yo, en el2 Policlínico Policial y va a recibir la visita de una aprendiz de periodista que le va a hacer un reportaje.

-¿Yo?

-¿Con quién estoy hablando?

-Pero. ¿Qué le pregunto?

-¿No te enseñaron en la Facultad? Andá a verle a Romero que te va a dar una credencial. Y por si no has tomado nota, el reportaje es sólo el comienzo de un trabajo de investigación que vamos a hacer sobre este maloliente asunto. Volá.

Esta vez no preguntó quién era Romero. Se dio maña para ubicarlo en una cueva adosada a la Contaduría, que era otra cueva más grande adosada a la Administración. Y allí, en un cuartito obscuro, la Polaroid le tomó una foto horrible y en quince minutos ya tenía su credencial de periodista. Salió a la calle, con su credencial flamante en las manos. «Señor, en qué me he metido. Travestis asesinados. Yo no esperaba   —28→   esto».

Sin embargo, sentía una extraña exaltación cuando puso la llave y el pequeño Honda arrancó.




ArribaAbajoOcho

Celia


Ese mismo día, por la mañana, había escuchado a su padre hablando por teléfono con don Narciso, el Administrador de la Ganadera La Esperanza, como se denominaba el Establecimiento en Misiones de la familia. Al colgar el aparato, después de escuchar en silencio como cinco minutos de perorata de don Narciso, su padre disparó una palabrota y después «¡hasta esto más, maldición!». Subió a toda prisa la escalera rumbo a su habitación, con la obvia intención de vestirse y a correr a la oficina.

Adivinó que se trataba de problemas serios. Mejor dicho, supo que había problemas serios. «No puede ser de otra manera, con la vida que lleva papá y con las semanas que pasa sin ir a la oficina.»

Celia tomó una determinación y también se vistió apresuradamente, de modo que cuando su padre se dirigía al coche se pegó a él.

-¿Adónde vas?

-Voy contigo, papá.

-¿Para qué?

-Para ayudarte. Me aburro todo el día en casa.

-¿Y tu Facultad?

-Voy de noche, ya sabes.

Penetraron al subsuelo del edificio donde don Bienvenido tenía su propio lugar de estacionamiento y tomaron el ascensor al quinto piso. La Ganadera la Esperanza ocupaba la mitad del quinto piso. Su padre, con su llave, abrió el despacho de donde salió una bocanada de aire sucio, de encierro y de abandono. «¿Cuánto hace que no viene?». Tomó asiento en uno de los mullidos sillones y notó que su padre soplaba a puro pulmón el polvo acumulado sobre su ancho y labrado escritorio.

Poco después, entró don Narciso. El bueno de don Narciso, a quien desde niña conocía con su eterno aire de melancolía, de hombre que lleva sobre sus hombros el peso del mundo, ahora más viejo y más   —29→   encorvado, pero siempre todo redondo, redonda la cabeza y la cara, redondos y caídos los hombres, redonda la panza, y con los años, parecía haber perdido unos centímetros de estatura, y ganado otro par de lentes, que ya no eran aquellos quevedos que se sostenían sobre la punta de la nariz, sino unos gruesos lentes de miope. Desde el momento mismo de su entrada a la oficina, con su gruesa carpeta bajo el brazo, mostró inquietud por la presencia de Celia, y Celia sintió inquietud por la inquietud del antiguo empleado, que se había sentado sobre la silla frente al escritorio, en los bordes de la silla, como preparado para salir a la disparada.

-Déme un resumen de la situación, don Narciso.

Don Narciso vaciló, se volvió a mirar a Celia, evidentemente molesto.

-No creo conveniente que la niña... -Susurró.

-¿Por qué no te vas a tomar un helado o a comprar un disco, Celia?

-Papá, ya crecí. ¿Recuerdas?

-Sí, claro, ya creciste. Adelante, don Narciso.

Don Narciso no claudicaba del pudor administrativo que le embargaba.

-Es que hay datos... -aventuró de nuevo.

-Adelante, don Narciso -cortó Bienvenido.

-Bien -suspiró don Narciso.

-¿Qué es eso de la notificación de la Financiera?

-Nos hemos atrasado en los pagos de capital e intereses, don Bienvenido, más de lo establecido en los contratos de préstamos, y... bueno, como sobre la masa de dinero hay una garantía hipotecaria de parte de las tierras, hay peligro de una ejecución por vía judicial.

-¡Qué se la lleven! -Estalló Bienvenido.

Don Narciso lo miró escandalizado.

-Pero don Bienvenido. Son las mejores tierras, donde hemos puesto la pastura artificial.

-Pues entonces el ganado tendrá que prescindir de la pastura artificial. Nos queda tres mil hectáreas, ¿verdad?

El viejo Administrador tenía una expresión incrédula.

-¿Pero no se ha enterado de la sequía, don Bienvenido, y de la quemazón? Allí no pueden pastar ni los conejos, con el debido respeto.

  —30→  

Del rumor de la conversación, Celia iba sacando sus conclusiones. El peligro de la ejecución de la hipoteca. Vamos a recurrir a los bancos a los que hemos hecho ganar mucho dinero. No se puede, don Bienvenido. En los dos ya estamos sobregirados. Vendamos 200 cabezas a como sea. Imposible, no es la temporada de feria, es invierno y no tienen peso, además el veterinario se fue porque le adeudamos seis meses de sueldo, y sabe Dios en que estado sanitario andamos con las reses.

-¿Pero que es esa historia de estar sobregirados?

En ese momento fue que don Narciso se encogió, se ruborizó y miró furtivamente a Celia. Y por fin se atrevió a responder.

-Usted ha venido librando cheques, don Bienvenido -vaciló- con mucha prodigalidad.

Su padre se levantó de un salto, rojo de ira. ¿O de vergüenza?

-Mis cuestiones personales... -dijo y se detuvo. Miró fugazmente a Celia y calló. Y volvió a sentarse, lentamente, «como se derrumba una casa antigua -se dijo Celia- como termina casi un siglo de historia de la familia».

El veterinario se marchó porque no le pagaban el sueldo. Pero su padre giraba cheques con prodigalidad. ¿A quién? Era razonable la vergüenza que torturaba a don Narciso, y demasiado obvia la referencia de su padre a las cuestiones personales. «Pongamos cuestiones sexuales» se dijo Celia. Pago de favores, francachelas, whisky, champaña, cenas, músicos, mujeres, obsequios.

-Queda el recurso de vender el Establecimiento... -murmuraba su padre y el tiempo se paralizó en la vieja oficina, y las personas quedaron quietas como en una fotografía. La cabeza baja de su padre, el rostro demudado del Administrador que tenía los perfiles del pánico que le embarga al hombre cuando le quitan la tierra que pisa, el aire que respira y el mundo en que nació y donde espera morir en paz.

-Estamos un poco sobrepasados, alterados -era la voz de su padre- vamos a darnos tiempo y reflexionar. Mañana será todo más claro.

Se había levantado, se arregló la corbata, abandonó el escritorio, dispuesto a marcharse, a dejar todo como está, y que el tiempo solucionara todo. Típico recurso de irresponsable -se dijo Celia-. Solo que el tiempo se había agotado.

-Vamos, Celia.

  —31→  

-Me quedo, papá.

-¿Cómo?

-Tienes un nuevo Gerente.

-Como quieras -dijo Bienvenido, evitando mirarla, y se marchó como huyendo, de sí mismo, de su hija, del Establecimiento de casi un siglo.

Celia se levantó y fue a sentarse en el escritorio paterno, miró a los ojos esperanzados de don Narciso.

Y se entendieron sin necesidad de palabras.




ArribaAbajoNueve

La familia


La sala estaba iluminada por un velador grande, el televisor eternamente encendido, aunque nadie mirara, estaba apagado. Afuera, agosto se despedía con ráfagas heladas que hacían vibrar los cristales del ventanal. Una estufa eléctrica daba calor al ambiente, y allí estaban Celia, María, Dina y Elida, sintiendo que el frío de afuera se les había metido en los huesos, como si del mundo rosado y seguro que era el suyo, firme como una fortaleza apoyada en la inagotable prosperidad del Establecimiento, hubieran sido trasladadas a una estepa desolada del Canadá.

Celia, con voz neutra, terminaba de informar a sus hermanas que la ruina estaba cerca, que don Narciso había resuelto decir toda la verdad cuando su padre se marchó, y le informó, además de la práctica quiebra del Establecimiento, que también la casa estaba hipotecada. Celia esperó que sus hermanas asimilaran la calamidad y por fin dijo.

-He resuelto gerenciar el Establecimiento.

-¿Vos? -Incredulidad y amarga burla empañaban la voz de María.

-Sí, yo. ¿Hay alguna objeción?

-Pero... ¿podrás...? -Preguntó tímidamente Elida.

-No sé, lo intentaré. Lo que sé es que no voy a quedarme mirando como todo se viene abajo, papá incluido.

-Eso significa que debemos repartimos el trabajo -dijo Dina.

-No -respondió Celia- Eso significa que la única que no tiene trabajo soy yo. Y lo he encontrado. Tengo 21 años, soy mayor de edad. No sueño con ser periodista, como María, no tengo ambiciones   —32→   políticas como Dina, ni vocación de ama de casa, como Elida.

-Pero sí sueñas con ser escritora -dijo Dina.

-Para serlo, creo que tengo mucho por vivir para escribir de veras.

-No estoy de acuerdo -dijo María, y agregó: -lo cuerdo es lanzarnos todos al trabajo.

Elida, como una espectadora de un partido de tennis volvía la cabeza una y otra vez cuando hablaban las demás, y sentía un frío en el corazón, pensando en Marcelo, que se alejaba más. Justo cuando meditaba una sugerencia a la familia de tomar un ama de llaves y cocinera, se le venía encima esto. Ahora estaba prisionera de la casa.

Dina pensaba en el restablecimiento de un orden lógico, de un escalón potable, donde el prestigio y la fama femeninos, vinieran de la mano de la inteligencia y la belleza, el decoro y el señorío en un mundo gobernado por hombres que ya debían ceder espacio y dejarse de las retóricas hipócritas, y que las gordas deformes, fueran a la cocina, donde merecían. Le dolería tremendamente renunciar a todo eso, «la ambición es una enfermedad, se dijo, o una adicción»

María recordaba al travesti en el Policlínico, con el cuello vendado y aún con trazos de lápiz labial en la boca. Grotesco -pensó- pero detrás de ese grotesco estaba el misterio que ya le había atrapado.

-Vamos a recapitular todo -dijo Dina.

-¿Para qué? -Preguntó María.

-Para llegar a una decisión. ¿No estamos aquí para eso?

-¿Y qué hay de papá?

-Papá está más allá de toda decisión cuerda -dijo Celia.

-Entonces hago una recapitulación, -habló Dina- todo se viene abajo. Celia cree poder intentar salvar algo. Magnífico. Le dejamos cargar a Celia toda la responsabilidad y las demás perseguimos nuestros sueños. Parece una resolución razonable, porque hace a nuestro propio destino, a la identidad que queremos asumir. Pero sucede que con tal decisión razonable, me siento una egoísta de mierda.

-No es así -replicó María- lo estuve pensando. Celia dice que no tiene trabajo y lo encontró. En cierto modo, se está comprometiendo a salvar tanto el Establecimiento como el pasado de la familia. Pero si todas ponemos el hombro con el mismo fin, descartamos nuestros sueños, y quedamos prisioneras del Establecimiento y del pasado. La   —33→   pregunta es... ¿Vale la pena?. Enajenamos a una tradición, a una riqueza, vivir para sostener en pie un viejo castillo, que significa dinero, y comodidades, pero significa también que vamos a quedar vacías. Repito... ¿Vale la pena?

Callaban y se miraron, hasta que la voz tímida de Elida rompió el silencio, y lo que dijo, lo dijo consciente de que perdía a Marcelo.

-No vale la pena -señaló- mamá dijo que nos educaba para ser nosotras mismas. Quizás, porque ella nunca consiguió ser ella misma.

Estaría feliz en el Cielo si sus hijas se abren paso en la dirección que elijan. Chicas, salgan a buscar el sitio que anhelan, que yo ya estoy en el mío. Lo malo es que debo aprender a hacer economía.

-Entonces, está resuelto, -terminó María- ¡hurra por la nueva Gerente del Establecimiento La Esperanza!

El hielo se rompió y una sensación de que todo está en orden iluminó sonrisas en las jóvenes y bonitas caras de las hermanas Ibáñez.




ArribaAbajoDiez

Dina


La nota que había recibido y leído la mañana anterior, y que le llevó toda una noche concebir su plan, decía: «El Comité del Coordinador del Congreso de la Juventud Partidaria, que se refiere en un marco general a la problemática de la juventud frente al cambio, ha resuelto solicitarle, en su calidad de ilustrado intelectual del Partido, su participación como disertante del tema que se sirva elegir dentro de la temática del Congreso. En caso de aceptar le rogamos enviarnos el tema de su conferencia, de no más de 15 minutos, a fin de incluirlo en el programa que estamos elaborando y a la brevedad posible. Al mismo tiempo, y en razón de los gastos que demandan la realización de este Congreso, solicitamos de su generosidad de siempre y de su especial preocupación por los jóvenes, un aporte de acuerdo a su reconocida generosidad».

La nota iba dirigida al Señor Subsecretario, doctor Hermenegildo Santacruz, es decir su Jefe.

Se sentó frente a la máquina electrónica de escribir, y redactó la respuesta: «Estimados jóvenes. En primer lugar, mis calurosas felicitaciones por la iniciativa de llevar adelante el Congreso que mencionan   —34→   en su amable invitación. El tema en general es de suma oportunidad en los momentos políticos que vive el Partido y el país. Lamentablemente, razones de trabajo, como la elaboración del Plan Quinquenal de Defensa Forestal y Preservación del Medio Ambiente3 Dentro del Marco del Desarrollo Sostenible, que me han encargado insume todo mi tiempo, por lo que permito recomendar a la señorita Licenciada Dina Ibáñez, activa correligionaria y culta exponente de la feminidad de nuestro Partido, para que intervenga en el Congreso en nombre de la juventud femenina, abarcando el tema «Ficción y realidad de la participación femenina en la construcción de la Democracia». Con respecto a la solicitud de fondos, que la considero muy atendible, me satisface extenderles un cheque por Gs. 500.000 -modesto aporte que espero contribuya al éxito del evento. Salúdoles cordialmente. Hermenegildo Santacruz.»

Extrajo el papel de la máquina, se dijo «ahora o nunca»y fue a golpear la puerta del despacho del Subsecretario. La voz dijo adelante, y ella entró, consciente de las apretaduras de la minifalda que se había puesto esa mañana con deliberada intención, de la blusa ajustada y del maquillaje un poquitín recargado.

-¿Qué hay, señorita? -dijo el doctor Santacruz recorriendo con la vista el armonioso espectáculo de aquel cuerpo joven y esbelto, generalmente envuelto en un severo traje sastre con la falda hasta la más decorosa largura, pero ahora luciendo inusitado esplendor.

-Una nota a contestar, Hermenegildo.

Nunca le había llamado a su jefe por su nombre. A veces doctor, a veces señor Subsecretario, y hasta Su Excelencia, pero esta vez lo llamó Hermenegildo con el agregado de un susurro íntimo, y notó que el sonido inesperado de su nombre en labios de su atractiva secretaria, enrojecía un poco las mejillas del hombre, con un rubor que se acentuaba en sus grandes orejas. «Blanco perfecto», se dijo Dina a sí misma. El tipo empieza a sentir las urgencias del celo.

-Sí, sí, a ver, a ver.

Dina le alcanzó la nota invitación, que el Subsecretario desplegaba sin mirar el papel sino la turgencia de sus bustos bajo la blusa tensa. Por fin la leyó. Frunció la nariz, y siguió leyendo. Dina lo miraba y caía en la cuenta de que era en cierto modo atractivo, cerca de los cuarenta, moreno, con una barba que aún afeitada dejaba un rastro azulado en   —35→   sus mejillas y los cabellos lisos, peinados como Carlos Gardel. «Sería atractivo si no fuera tan petulante. En todo caso, una víctima perfecta». Terminó la lectura y dijo:

-Tome nota para contestar esta invitación...

-Ya está contestada, Hermenegildo.

-¿Cómo?

Dina le alcanzó la respuesta que había elaborado. El funcionario la leyó con sorpresa primero, con incredulidad después, la miró con una expresión desconcertada.

-Que yo sepa, no me han encargado ningún plan de no sé qué ambiental. En rigor, parece que en el Ministerio se han olvidado de encargarme nada. Usted lo sabe, Dina.

-¡Vamos! Lo inventé yo. De todos modos hubiéramos tenido que inventar algún pretexto, Hermenegildo. Conozco su pánico de hablar en público.

-Pero aquí dice que Ud. va a desarrollar no sé que tema.

-Se lo pido y si me dice que sí, le deberé un favor, Hermenegildo.

-¿Favor?

-Claro. Un favor, algo personal. Digamos un secreto compartido. Eso fortifica las relaciones humanas. Nada une más a las personas que compartir secretos, creo que eso es de Freud -inventó.

-Claro, por cierto, por supuesto. Pero... ¿Se atreve?

-¿A qué?

-A hablar en público.

-Ojalá fuera a oírme, Jefe.

Era también la primera vez que le decía Jefe, con una connotación cómplice.

-Bueno, visto de ese modo, no me puedo negar.

Firmó la nota y se la pasó con el aire de quien está obsequiando un estuche de terciopelo con una pulsera de brillantes adentro.

-Por cierto que iré a escucharla.

-Gracias, Hermenegildo.

-Buena suerte.

-¿No se olvidó de algo?

-¿De qué?

-El cheque, Hermenegildo.

-¿Pero de dónde voy a sacar 500 mil...? El presupuesto está mas   —36→   que...

-¿Presupuesto?. Yo pensaba que esto andaba sobre carriles puramente amistosos, de persona a persona.

El hombre la miró intensamente. Ella infló todo lo que pudo el busto. «Lástima que tengo pezones chatos» se dijo.

Vio que el Subsecretario abría el cajón inferior de la izquierda, aquel donde tenía sus objetos personales y que ella había abierto una vez por descuido, para ver la tapa de una revista Play Boy. Pero esta vez extrajo su chequera, formuló un cheque por 500 mil, y se lo pasó. Dina tomó el papel, pero el Doctor no lo soltaba, mirándola a los ojos. Sólo lo soltó cuando ella le hizo un guiño.

Volvió a su escritorio a escribir el sobre. Una voz interior le hizo una pregunta:

-Vamos, Dina, nunca te creí tan manipuladora.

-Sólo uso mis recursos -se contestó.

-No son de buena ley, provocaste deseos malsanos.

-Sólo provoqué deseos. Lo de malsano corre por cuenta del tipo.

-¿Era necesario provocar deseos? -insistió la voz acusadora.

-¿No leíste que primero el poder, después el dinero y finalmente el deseo mueven el mundo?.

-Sí, pero en todo caso estás cayendo en alguna forma de acoso sexual -se dijo.

-Sí, pero para variar, esta vez es al revés -se contestó, y metió la nota y el cheque en el sobre.




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Elida


Volvió a leer la carta que terminara de escribir: «Mi querido Marcelo. Espero me perdones, pero debo decirte con gran dolor de mi corazón que me siento en la obligación moral de declinar tu hermosa oferta de matrimonio, que en otras circunstancias me hubiera hecho muy feliz de aceptar, como haría dichosa a cualquier muchacha a quien le realizaras ese pedido, dado tu buen carácter y tu acrisolada honradez. Por favor no me busques y olvídame, que espero te sea fácil y pronto encuentres una buena chica que llene el vacío de tu corazón. Te lo digo por escrito porque no tengo el valor de decírtelo personalmente.   —37→   No me creas una ingrata ni una consentida. Mis razones son de familia y difíciles de explicar, pero aun así te suplico que las respetes. No me verás más porque he decidido hacer mis compras en otro sitio que no fuera ese supermercado donde creí encontrar la felicidad y el Destino dijo que no. Tu amiga para siempre. Elida»

Firmó la carta con un suspiro, la metió en un sobre, pasó la lengua sobre la goma que tenía para ella el amargo sabor del fracaso, y cerró el sobre. Lo dejó sobre la mesa contemplándolo como el condenado contemplaría el filo de la guillotina, olió un aroma a quemado en la cocina, y salió disparada.



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