Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.

Miguel Hernández: El exilio frustrado

Francisco José Escudero Galante

La España de los primeros meses de 1939 era, desde luego, un campo de desesperanza y desolación para millones de españoles, pero sobre todo lo era de miedo..., miedo a todo lo que se movía, incluso al aire que se respiraba, porque era un aire viciado de rencor. Los meses previos y posteriores a la finalización de la guerra se convirtieron en terreno de mala hierba, donde prendió lo peor del ser humano: el ansia desquiciada de venganza y de odio. Lo definió muy bien Miguel Hernández en su poema «Canción primera»1:

Se ha retirado el campo

al ver abalanzarse

crispadamente al hombre [...]

Garras que revestía

de suavidad y flores,

pero que, al fin, desnuda

en toda su crueldad [...]

He regresado al tigre

aparta, o te destrozo.

Hoy el amor es muerte,

y el hombre acecha al hombre.



En este aire fétido, procedente de las cloacas del hombre convertido en fiera, tuvieron que lidiar miles y miles de republicanos españoles inundados de un solo anhelo: sobrevivir. Muchos lo consiguieron y pudieron empezar una vida nueva lejos de sus hogares, eso sí, con un profundo y amargo sentimiento de añoranza por su tierra. Otros, sin embargo, no tuvieron esa suerte y sus esperanzas se vieron truncadas por una mano de hierro y un corazón de piedra, símbolos de una represión de envergadura histórica. Los datos aportados por el hispanista británico Paul Preston2 son reveladores de este drama. Según Preston, «hoy por hoy, la cifra más fidedigna, aunque provisional, de muertes a manos de los militares rebeldes y sus partidarios es de 130.199. Sin embargo, es poco probable que las víctimas ascendieran a menos de 150.000, y bien pudieron ser más [...]».

En el caso concreto de Miguel Hernández, confluyen una serie de condicionantes y de actitudes un tanto contradictorias que lo convierten en peculiar, y que revelan la psicología de un hombre que, en su inocencia, no albergaba excesivo temor por lo que personalmente le pudiera ocurrir, y sí por lo que pudiera acontecer a su esposa e hijo. Por esa razón, su primer impulso no fue buscar el exilio, sino volver a su pueblo para cumplir con lo que consideraba una obligación de hombre recto y responsable, es decir, cuidar de su mujer y de su hijo en momentos difíciles. No terminaba de ver el peligro sobre sí mismo, consideraba que su inocencia estaba más que probada por ser consciente de no haber hecho mal a nadie, tan solo escribir contra la injusticia y utilizar la literatura como arma para la formación y culturización de los humildes. Esa conciencia inocente y generosa en el poeta era incluso reconocida y «certificada» por importantes dirigentes del nuevo régimen. Es el caso del falangista Juan Bellod Salmerón3, secretario provincial en Valencia de la Falange Española y de las JONS, quien, meses después de acabar la guerra y estando el poeta preso, remitió certificado de buena conducta sobre Miguel Hernández en los siguientes términos:

Certifico que conozco desde su niñez a Miguel Hernández Gilabert, hijo de Miguel y Concepción del remplazo de 1931, natural y vecino de Orihuela, constándome ser persona de inmejorables antecedentes, generosos sentimientos, y honda formación religiosa y humana, pero cuya excesiva sensibilidad y temperamento poético le ha hecho actuar atendiendo más a los dictados del apasionamiento momentáneo que a una voluntad firme y serena y fácilmente influenciable por acontecimientos y personas [...].

Conocidos sus antecedentes, no le creo capaz de haber intervenido en hecho alguno delictivo [...].


Es por ello que, inicialmente, no hubo en Miguel Hernández una ansiedad vital por escapar al exilio, sino más bien una necesidad de volver a la normalidad de una vida en familia, con la responsabilidad de padre y esposo por encima de cualquier otra circunstancia. No tenía delitos de sangre, no había empuñado un arma, tan solo el lápiz, y con ese inocente argumento se convenció de que su deber estaba en Orihuela con su familia. Y, precisamente, eso mismo es lo que el poeta hizo marchando desde Madrid en dirección a Alicante. Era el 9 de marzo de 1939 y la desbandada en la España republicana era ya una tremenda realidad. El empresario editorial José M.ª de Cossío, para quien Miguel Hernández había trabajado en 1935 en la elaboración de la enciclopedia Los Toros con Espasa-Calpe, le acompañó andando hasta las afueras de la capital. Allí se despidieron y Miguel puso rumbo a Orihuela y a Cox, donde residían su esposa, Josefina, y su hijo, Manolillo. El poeta llegó a Cox el 14 de abril para celebrar un emotivo encuentro como padre y esposo, pero la alegría duró un suspiro. La situación durante los últimos días de marzo fue de auténtica desesperación para miles y miles de personas que llegaban a Alicante como último bastión de la República desde donde escapar en algún barco de la esperanza. El 28 de marzo de 1939 ha pasado a la historia de este país como fecha clave del exilio español. En ese momento, el puerto de Alicante es un hervidero humano, donde el drama y la desesperación inundan las mentes y los corazones de miles de republicanos españoles que sueñan con escapar de la represión de los vencedores. Al ver la llegada de las tropas, algunos gritan con la angustia de saber que sus días y los de sus familias pueden haber llegado a su fin. Son los soldados italianos del general Gambara los que entran por la zona norte de Alicante cantando «Giovinezza, giovinezza, primavera di bellezza, del Fascismo è la salvezza della nostra libertà per Benito Mussolini [...]»4, con el castillo de Santa Bárbara al fondo. Están llenos de júbilo y cantan su victoria. No tienen ni tiempo ni lugar para la piedad, y en cuestión de minutos plantan una línea de artillería que bombardea la salida de los barcos ante la angustia de miles de desdichados que claman por su vida en medio de la ratonera en la que se ha convertido el puerto. Al final, y gracias al valor y a la dignidad del capitán del buque británico Stanbrook, Archivald Dickson, cerca de 3.000 refugiados republicanos parten rumbo a Orán en busca de una esperanza convertida en necesidad vital.

Según el testimonio de Ramón Pérez Álvarez, compañero de cárcel del poeta, recogido por el escritor Enrique Cerdán Tato5, Miguel Hernández se desplazó ese mismo 28 de marzo a Alicante cuando la situación del puerto era desesperada. Es del todo improbable que el poeta acudiera al puerto con la intención de escapar en algún barco teniendo a su familia en Cox. No hay ninguna evidencia ni indicio que apunte a que el poeta intentara embarcar, todo lo contrario. Volvió por donde había llegado para reunirse de nuevo con su familia. Sin embargo, la tensión, el miedo y el rencor acumulados durante años de contienda hicieron que el ambiente esos días fuera irrespirable, y la seguridad de Miguel Hernández estaba en la cuerda floja. Ni Orihuela ni Cox eran en ese momento lugares recomendables para empezar de nuevo, y, por ello, Miguel toma la decisión de buscar un lugar alternativo que le proporcione estabilidad para él y para su familia y un trabajo que les permita salir adelante. Marcha a Sevilla en busca de su amigo el poeta Jorge Guillén para pedirle ayuda, tal y como relata en una carta dirigida a José M.ª de Cossío fechada el 19 de abril:

Querido Cossío,

Estamos todos bien por ahora. Yo salgo para Sevilla seguramente y pronto. Allí espero ver a Guillén y a otros amigos y espero hallar una buena acogida entre ellos. Mi mujer y nuestro niño quedan en Cox por ahora y si usted puede atenderles económicamente le agradeceré siempre que lo haga cuanto antes. Creo que tiene usted la dirección [...].


Con la intención de ir a Sevilla, el 20 de abril el poeta viaja primero en tren a Madrid, donde se entrevista con el escritor falangista Eduardo Llosent, quien precisamente le recomienda ir a Sevilla y le proporciona el contacto del poeta Joaquín Romero Murube en la capital hispalense. Sin embargo es un viaje de frustrante resultado, y el poeta comienza a ser consciente de su soledad y situación adversa. Piensa en acudir a Cádiz para intentar recabar el apoyo de otro amigo, Pedro Pérez Clotet, director de la revista literaria Isla con quien Miguel colaboró en su juventud, pero el resultado vuelve a ser decepcionante al conocer que Clotet no se halla en Cádiz. Al poeta cabrero se le agotan las opciones y la angustia comienza a apoderarse de su ánimo. Solamente le queda la alternativa de marchar a Portugal con la idea de llegar a Lisboa, posiblemente con intención de esperar allí la llegada de su mujer y su hijo y tomar un barco rumbo al exilio. Escribe a Josefina con fecha 29 de abril6, y en su carta hace referencia a Lisboa e insta a su esposa a que prepare su viaje.

Querida Josefina: Seguramente no vuelvo a Sevilla por ahora. Te llamaré desde donde me encuentre, que será donde halle mejor puesto. Ponte fuerte y valiente para el viaje, que lo puedas resistir. Me acuerdo mucho de mi Manolillo. He escrito a Lisboa, y allí recibirá noticias tuyas nuestro amigo Cuqui.

Besos y abrazos para todos. Para Manolillo y tú.

Miguel.


La desesperación del poeta no se intuye en sus cartas. Miguel esconde su crítica situación para no alarmar a los suyos, y por ello presenta una actitud positiva no acorde con su estado de ánimo real. Este hecho es una constante en el poeta, una actitud positiva que mantiene incluso para esconder situaciones dramáticas en prisión y que actúa como tapadera de una tremenda realidad. Es el caso, por ejemplo, de la carta que envió a Josefina para comunicarle su sentencia tras el juicio7. Le han condenado a muerte, pena conmutada posteriormente por treinta años de prisión, pero el poeta dice en tono alegre a su esposa que simplemente le han sentenciado a doce años, y que con buen comportamiento saldrá pronto de la cárcel:

Mi querida esposa,

Alégrate Josefina. Me han juzgado y he firmado doce años y un día de prisión menor. No te miento. El fiscal pedía 30 y al final me han rebajado 18. No es mucha edad 12 años, y casi todos los condenados a esa pena los suelen poner pronto en libertad. Es posible que me trasladen a un campo de trabajo o a un penal donde me darán un pico y en unos cuantos meses nos veremos juntos. Ha sido una verdadera suerte salir tan bien, y debes alegrarte. Yo estoy contento a pesar de todo. Ya te comentaré detalles del juicio [...]. Me da mucho orgullo tenerte por mujer y si te haces más fuerte, aún me dará más. A vivir y a dormir sin preocupaciones hija. Todo tiene remedio y compostura en esta vida. No digas que tenemos mala suerte que he visto a muchos que la tienen peor. Ánimo Josefina. Te dejo por necesidad. Adiós.

Hasta la vista, Manolillo. Hasta pronto Josefina. Os quiere.

Miguel


Otro ejemplo similar de esta actitud «tapadera» la muestra Miguel en la última carta que escribió a su madre desde la cárcel de Alicante al comienzo del año 1942. El poeta está consumiéndose por la tuberculosis y su estado físico es lamentable, prácticamente desahuciado, de hecho, falleció casi tres meses después. Sin embargo, en esa carta traslada a su madre la impresión de que se está recuperando y que pronto podrá verla, incluso podría ir él mismo por su propio pie8:

Reformatorio de Adultos de Alicante.

5 de enero de 1942.

Mi querida madre: me encuentro francamente mejor, un poco débil como adivinarás en la letra, pero dispuesto a ponerme bueno pronto y además fuerte [...] No quiero que se te ocurra venir hasta que llegue el buen tiempo, a pesar de la ganas tan grandes que tengo de verte. Esta primavera vendrás, si no se me ocurre a mí ir antes. Madre, me acuerdo mucho de ti. No sufras, come, cuídate y ya vendrán tiempos mejores...


Pero, poco a poco, la cruda realidad de los primeros días tras la finalización de la guerra se iba imponiendo en la mente del poeta. Solo y con sensación de abandono, Miguel decide cruzar la frontera portuguesa con la intención de llegar a Lisboa e intentar que su familia se reúna allí con él para salir de España.

A finales del mes de abril de 1939 se encuentra en la provincia de Huelva a cuatro kilómetros del pueblo de Aroche. Atravesando a pie campos y sierras, el poeta cruza la frontera para llegar a un pequeño pueblo portugués: Santo Aleixo. De allí pasa a otro pueblo próximo, Moura, donde, para poder comer, intenta vender el reloj de oro regalo de boda de su amigo el poeta Vicente Aleixandre. Las sospechas caen sobre él como una losa..... un español huido de aspecto lamentable y hambriento, que cruza la frontera, sin documentación y con un reloj de oro, son motivos suficientes para la denuncia. Inmediatamente es detenido por la policía portuguesa y conducido en camión y esposado al cuartel de Sobral da Adiça9, perteneciente al municipio de Moura. Miguel es trasladado inmediatamente por los gendarmes portugueses hasta la frontera y entregado a la policía del pueblo onubense de Rosal de la Frontera, primera etapa de su periplo penitenciario por las cárceles franquistas españolas. Es el 3 de mayo, y en el depósito carcelario de este pequeño pueblo de la provincia de Huelva el poeta es sometido a un durísimo interrogatorio con palizas incluidas que le hacen orinar sangre10.

El anhelo de libertad ha terminado para el poeta y en su mente ya no circula el interrogante sobre cómo salir hacia el exilio, sino el de cómo salir vivo de la situación límite en la que se encuentra en ese momento. Estando preso en Rosal de la Frontera, Miguel escribe a su esposa para decirle que se encuentra detenido y pide que lo comunique también a sus padres. El poeta intenta restar importancia a su situación pero es evidente su tensión. Pide a Josefina que busque el apoyo de personalidades de Orihuela, como el canónigo de la catedral, Luis Almarcha, o el falangista Juan Bellod, entre otros, con la intención de que intercedan para conseguir el traslado a su pueblo11.

Ve a mi casa y di a mi padre y a mis hermanos que estoy detenido, que un día de estos me llevan a Huelva desde este pueblo y que es preciso que me reclamen a Orihuela. Que hablen con don Luis Almarcha, Joaquín Andreu, Antonio Macando, Juan Bellod, Martínez Arenas, Baldomero Jiménez y quien sea preciso para la consecución de mi traslado a nuestro pueblo. La detención ha obedecido a que pasaba a Portugal sin la documentación necesaria. No es nada de importancia, pero haz lo que te digo para estar junto a nuestro hijo y a ti lo más pronto posible.


El itinerario de ese sueño frustrado de libertad queda reflejado en el propio informe elaborado por los agentes de la Jefatura del Servicio Nacional de Seguridad del puesto de Rosal de la Frontera12:

Interrogado detenidamente la forma en que se valió para pasar la frontera, manifiesta: que llegó al pueblo de Aroche (Huelva) -dirección Sevilla, Huelva, Valverde del Camino y Aroche- en camión hasta cuatro kilómetros antes de este pueblo. Llegando al atardecer; merendó, se compró unas alpargatas y, ya por la noche, sobre las veintiuna horas, sin conocer el terreno, él solo traspasó la frontera, llegando al pueblo portugués de Santo Aleixo a las diez y seis horas del día siguiente. Internándose en Moura y siendo allí detenido por la policía portuguesa [...].


No obstante, en su declaración ante la policía y en la ratificación de su testimonio efectuada ante el Tribunal Militar de Prensa de Madrid, el poeta afirma que no intenta cruzar la frontera para huir de la justicia, sino que su intención es puramente económica13. El poeta no cree que en la nueva España conformada tras la contienda pueda tener un hueco laboral como escritor para ganarse la vida.

Posiblemente sea una declaración de autoprotección motivada por el miedo y la necesidad de supervivencia, con la que pretende evitar aparecer como proscrito ante las autoridades, esquivar las torturas y una previsible condena:

Preguntado el móvil por el cual huyó de España, dice era económico, ya que en España, dada su labor durante la guerra, no podría encontrar trabajo en prensa ni en revista alguna actualmente, pero niega fuera por huir de la acción de la justicia, ya que el dicente estuvo en su pueblo de Orihuela hasta el 22 de abril de este año... ni ha asesinado ni denunciado a persona alguna [...].


Aunque sí reconoce haber recibido consejos para escapar a Chile por parte del diplomático de la embajada chilena Carlos Morla Lynch:

Afirma que Morla le aconsejó con el fin de que no cayera en manos de la justicia, que se marchara el dicente a Chile donde iba a publicar su labor de escritor [...].


Al margen de las intenciones del poeta en sus diferentes declaraciones en cuarteles y juzgados, lo cierto es que las nuevas autoridades consideraron que el detenido «ha cruzado clandestinamente la frontera por lugares no autorizados para hacerlo [...]» y estimaron que «puede hallarse comprendido en responsabilidades delictivas por su actuación en esa capital que pretendía evadir al internarse en Portugal [...]»14.

Todo parecía confabularse en contra del poeta, y ni su declaración ante la policía ni los apoyos verbales y escritos recibidos sirvieron para que la nueva España tuviera piedad.

Miguel Hernández fue trasladado desde Rosal de la Frontera a la prisión provincial de Huelva con fecha de 9 de mayo e iniciándose un proceso judicial sumarísimo de urgencia con el número 21.001 a cargo del Tribunal Militar de Prensa de Madrid. Después de pasar una semana en la cárcel de Huelva, el poeta fue trasladado el 15 de mayo a la prisión madrileña de Torrijos, donde pasó cuatro meses. Allí escribió el poeta sus famosas Nanas de la cebolla, dedicadas a su hijo Manolillo, y de ello queda constancia en la actualidad en una placa ubicada en plena calle, en la fachada del antiguo edificio de la cárcel, que recuerda este hecho.

Miguel pasó todo el verano en Torrijos, y el juez militar decretó el procesamiento de Miguel Hernández con fecha de 18 de septiembre de 1939 con la siguiente argumentación15:

[...] ratifica el procesamiento de Miguel Hernández Gilabert con todas sus consecuencias legales por estimar plenamente acreditado que dicho individuo, de tendencias notoriamente contrarias al Movimiento Nacional, desarrolló apenas iniciado este una activísima labor literaria en contra de los ideales que lo encarnaban, injuriando tanto a sus ideales como a sus figuras más prestigiosas, apareciendo como firmante de varios manifiestos destinados a sembrar en España y en el Extranjero la idea de que tan Glorioso Movimiento no era sino una vulgar invasión plagada de crímenes y alentar al mismo tiempo a la resistencia armada contra las fuerzas nacionales [...].


Paradójicamente, cuando el juez decreta este procesamiento, las autoridades se percatan de que el poeta había sido puesto en libertad de manera inexplicable tres días antes. Imaginamos que solamente cabe pensar en el caos administrativo de un país que acababa de concluir una guerra como posible explicación a semejante hecho. Ciertamente, el poeta estaba acusado de delitos menores (cruzar la frontera por un lugar no autorizado, no llevar la documentación correspondiente, no poder justificar la propiedad de un reloj de oro que la policía podía sospechar que fuera robado...), pero también de algo mucho más grave para el nuevo régimen fascista, como era el delito de adhesión a la rebelión. Cabe pensar que, tras un período en prisión, el poeta fuera puesto en libertad a tenor de sus delitos menores y que pasara desapercibido el resto en un contexto de caos administrativo y descoordinación burocrática propio de la España del momento. No lo sabemos a ciencia cierta, pero la realidad fue que Miguel Hernández fue puesto en libertad el 15 de septiembre de 1939, y, en este momento, tuvo su segunda oportunidad para salir de España y gestionar desde el exilio el reencuentro con su mujer e hijo. Tan solo tenía unos pocos días para tomar esa decisión y escapar, dado que el juez, al percatarse de la situación, emitió con carácter de urgencia una orden de busca y captura del poeta. Miguel no aprovechó la ocasión, no comprendió ese momento de vida que abrió una ventana de luz en su destino. Volvió a caer en su inocencia y bondad de criterio, consciente de que no había hecho mal a nadie y de que su obligación era regresar a su pueblo con su familia. Esa decisión fue su calvario y su libertad duró únicamente catorce días. Marchó a Orihuela para ver a sus padres y para visitar a los padres de Ramón Sijé en su domicilio de la oriolana calle Mayor. Al término de esta visita, el poeta recorrió la calle Mayor en dirección a la catedral, y allí mismo, frente a la casa de Eusebio Escolano, volvió a ser detenido. Había sido visto por la calle y denunciado por un vecino del pueblo, José M.ª Martínez Pacheco, El Patagorda. Con esta nueva detención, se había acabado cualquier atisbo de esperanza para el poeta. Continuaría el vía crucis carcelario iniciado en Rosal de la Frontera, y que concluiría el 28 de marzo de 1942 con la muerte del escritor en el Reformatorio de Adultos de Alicante. Miguel estuvo preso en once cárceles franquistas, y este recorrido penitenciario queda perfectamente reflejado en un mural ubicado en la cuarta sala temática del Museo Miguel Hernández/Josefina Manresa de Quesada (Jaén).

Miguel Hernández ha quedado para la historia y para el recuerdo de millones de personas como un símbolo del exilio frustrado y como víctima de la crueldad del hombre deshumanizado. Miguel fue juzgado y condenado a muerte por escribir, por su faceta como escritor. Así de sencillo y así de tremendo. La acusación de aquella pantomima de juicio presentó como pruebas condenatorias el original de Teatro en la guerra, y publicaciones en la prensa del frente como el poema «Viento del pueblo» editado por el periódico El Mono Azul. Ese fue el delito del poeta: escribir. De hecho, en el auto de procesamiento del poeta decretado por el juez militar Martínez Gargallo se hace especial referencia a la «activísima labor literaria». Efectivamente, ese fue su delito y la causa de su condena. Su sentencia a muerte16 fue decretada por un indecente tribunal formado por D. Pablo Alfaro como presidente, los señores D. Francisco Pérez, D. Ignacio Díaz y D. Miguel Caballer como vocales, y D. Vidal Morales como vocal ponente, quienes destacaron en su fallo que:

[...] el procesado Miguel Hernández Gilabert, de antecedentes izquierdistas, se incorporó voluntariamente en los primeros días del Alzamiento Nacional al 5º Regimiento de Milicias [...] Dedicado a actividades literarias, era miembro activo de la alianza de intelectuales antifascistas, habiendo publicado numerosas poesías y crónicas y folletos de propaganda revolucionaria y de exaltación contra las personas de orden y contra el Movimiento Nacional, haciéndose pasar por «el poeta de la revolución». CONSIDERANDO que los hechos probados constituyen un delito de adhesión a la rebelión [...].

FALLAMOS que debemos condenar y condenamos al procesado MIGUEL HERNÁNDEZ GILABERT como autor de un delito de adhesión a la rebelión, a la pena de muerte [...].


Paradójicamente es la misma faceta que le ha valido para que el tiempo, la literatura y la historia le hayan convertido en poeta universal e icono de la lucha por la libertad y los derechos de la gente. El poeta representa hoy en día exactamente lo contrario que aquel tribunal de la infamia y aquel régimen de rencor. Sin embargo, a pesar de que fue víctima del odio, de su obra siempre se desprende un anhelo de esperanza, como la que destila en «Eterna sombra»17 cuando el poeta escribe: «Yo que creí que la luz era mí, precipitado en la sombra me veo [...], pero hay un rayo de sol en la lucha que siempre deja la sombra vencida». O también en su poema «Canción última»18:

Florecerán los besos sobre las almohadas.

Y en torno de los cuerpos elevará la sábana

su intensa enredadera nocturna, perfumada.

El odio se amortigua detrás de la ventana.

Será la garra suave.

Dejadme la esperanza.



La justicia histórica y la justicia literaria han devuelto al poeta la dignidad que aquel tribunal de la indecencia le usurpó. Falta todavía que lo haga la justicia legal y administrativa, cuyo aparato sigue, en pleno siglo XXI, manteniendo en vigor aquel disparate jurídico.