«Mi estética»: la visión poética de Salvador Rueda en 1917
Amparo Quiles Faz
La primera referencia sobre un texto de Salvador Rueda titulado «Mi estética» apareció en una carta del autor de Benaque a su amigo el escritor gaditano Eduardo de Ory Sevilla1 fechada en Madrid el 19 de julio de 1917:
Y... mentira parece que tú me surtas de lo mío propio, El Ritmo, y ¡hasta de cosas de América!, que es cuanto se puede decir. Obedece esta exclamación, a que me diste a mi paso por Cádiz, los artículos que iban publicados de Mi Estética en el Mercurio de Nueva Orleans, y solo los que me diste, tengo; quiere decir que me mandes ¡hombre! pero certificados, los demás artículos que hayan salido y salgan. ¡Está de Dios que tú estás más al tanto que yo de las cosas mías. No deja de tener gracia!2. |
Rueda había regresado desde México al puerto de Cádiz el 26 de mayo de 1917, procedente de un sexto viaje a Ultramar iniciado el 28 de diciembre de 1916 desde el mismo puerto de Cádiz a bordo del vapor Montserrat3 y que tuvo como primer destino el puerto mexicano de Veracruz, donde desembarcó a las 7 de la mañana del día 28 de enero de 19174.
A su regreso a Cádiz, y antes de tomar el tren hacia Málaga, Rueda visitó a su amigo Eduardo de Ory en la redacción de su revista Cádiz. España y América5 y ante la posibilidad de no encontrarlo, le dejó una carta con sus impresiones sobre México, carta que vio posteriormente -en agosto de 1917- luz editorial en la prensa mexicana6. Pese a que Ory se encontraba en la cercana ciudad de San Fernando, acudió a su encuentro y le entregó los números publicados de «Mi estética» en el Mercurio de Nueva Orleans, tal y como afirmaba en la carta mencionada anteriormente.
Esta breve mención al texto de «Mi estética» se completaba con la referencia que Julio Cejador hacía en su Historia de la lengua y la literatura castellana señalándola como segunda parte del Ritmo7. También mi maestro Cristóbal Cuevas apuntaba la existencia de «Mi estética», así como la profesora Marta Palenque. Todos ellos me ofrecieron otra pista sobre este texto al citar una carta de Rueda a Julio Casares en 1917 y remitiendo, a su vez, al artículo de Anna W. Ashhurst que transcribía en parte la primera de las cartas de «Mi estética»8.
El texto de «Mi estética» es un conjunto de seis cartas de Salvador Rueda dirigidas al filólogo y crítico Julio Casares Sánchez9 y publicadas en el Mercurio de Nueva Orleans desde marzo a agosto de 191710. Se completa este epistolario con una séptima carta del poeta de Benaque dirigida al director de la revista y publicada en febrero de 1917 a modo de prólogo publicitario de la obra11.
Sin embargo, no era la primera vez que Rueda utilizaba la vía epistolar como soporte para la publicación de sus teorías estéticas, sino que, por el contrario, ya lo había utilizado muchos años antes. Me refiero a la publicación de El ritmo, que vio la luz editorial en 1893 en las páginas de La Ilustración Ibérica de Barcelona, estructurada en entregas de cinco cartas entre junio y septiembre de ese año12 y que estaban dirigidas al crítico catalán José Yxart13. El origen de este texto de teoría poética responde a la petición que el citado crítico le había hecho a Rueda, también en carta del 16 de junio de 1893, con el fin de reunir las opiniones de los poetas sobre cuestiones métricas y rítmicas14, hecho recordado por las palabras de Rueda en 1902:
Así como hace ya años tuve que escribir un tomo entero de crítica, El Ritmo (cuyas ideas son, desde hace tiempo, propiedad de todos los escritores, porque el libro se convirtió en atmósfera), para poder contestar a una pregunta que me hizo sobre métrica el inmortal Ixart...15 |
Un año después, en 1894, el texto volvió a editarse como libro con el subtítulo de «Crítica contemporánea»16 y en él se incluían «Una carta de Yxart» a modo de prólogo, cinco cartas más sobre el ritmo17 y once artículos ajenos al tema18. Actualmente, y gracias a la labor de la profesora Marta Palenque, contamos con la magnífica edición de El ritmo publicada en 199319.
Habrían de pasar quince años, para que en 1908 encontráramos otro texto de teoría poética titulado «El hexámetro». En este caso se trata de una tríada de cartas más una «Fe de erratas» publicadas en las páginas del periódico madrileño España Nueva20. Como en el caso anterior, Rueda utilizó de nuevo la estructura epistolar para dirigirse, en este caso, al periodista y redactor jefe de España Nueva Augusto Vivero Rodríguez de Tudela21, quien le había invitado a «charlar» con los lectores del periódico:
Aceptada la invitación para echar cuatro chácharas con el público desde España Nueva, platiquemos unos minutos en derredor de la poesía como en derredor de la candela, ahora que las manos se alargan, por instinto de la lumbre, buscando la reconfortable caricia de las lenguas luminosas22. |
En este texto defendía Rueda la adaptación del verso griego a la métrica española, aportando para ello ejemplos basados en la naturaleza, y más concretamente en el natural canto de la codorniz: «La codorniz que da seis golpes canta un hexámetro matinal»23. Al tiempo que definía el ritmo interno de algunos poetas como «gracia metafísica, virtud psicológica, sentimiento del alma, y, como el amor, el que lo siente lo siente, sin más permiso que el de Dios»24.
Tras un salto temporal de nueve años (ocho si contamos desde la fecha de creación en 1916), Rueda publicó «Mi estética» en las páginas de la revista Mercurio de Nueva Orleans, texto que hasta ahora no había visto la luz editorial salvo en las páginas de la prensa de la época25.
Estas epístolas fueron escritas, de nuevo, bajo el signo del mandato y de la obediencia debida, como si una ineludible obligación se cerniera sobre la pluma de Rueda:
Me dijo usted que iba a hacer un detenido estudio del ritmo y de la poesía modernos en España, y el tema me mueve a echar un rato de charla con usted26. |
El carácter epistolar le ofrecía la posibilidad de mantener un tono de cordial aproximación y de estudiada naturalidad que facilitaría el acercamiento del gran público a un tema de teoría literaria. No se trataba de pontificar académicamente, sino de «echar un rato de charla» con el público lector27, al tiempo que defendía su genio natural para alejarse del talante artificioso de la academia:
Yo vine a Madrid desde los campos con mi melena atestada de abejas, y mi corazón lleno de armonías virginales. Si hubiera procedido de las aulas universitarias, mi historia hubiera sido, no solo distinta como es, sino contraria28. |
La publicación en la prensa le ofrecía además varias posibilidades: por una parte, llegar a un mayor número de lectores, algo que parece que se consiguió si atendemos a las palabras del director del Mercurio quien aseguraba «haber conquistado varios cientos de lectores nuevos al Mercurio»29. Y, por otra, provocar respuestas críticas en el mundillo literario:
Demasiado se me alcanza que es una obra que levantará polvareda de lucha, porque Ud. sabe que cuando se da un canon nuevo en arte, al principio, le crucifican a uno, y después, cuando el canon triunfa salen muchos que quieren ser crucificados, aprovechándose de la confusión natural en todo combate. Como el MERCURIO que usted dirige, se lee y se estima grandemente en todos los países de lengua castellana y es además una revista seria, fundamental, de interés perenne, creo que le va como anillo al dedo la publicación de mi libro que aparte de su interés de combate tiene una tendencia filosófica y trascendental30. |
Se conseguía, además, tantear el terreno para su posterior publicación como libro en un volumen conjunto con El ritmo que inauguraría la «Biblioteca Mercurio», tal y como parece en una nota al final del texto, proyecto editorial que no llegó a término:
N. del D.- Ya concluida la serie de artículos que forman «Mi Estética» nos proponemos editar lo fundamental de la obra de Salvador Rueda. «El Ritmo» que marca su primer periodo y «Mi Estética» formarán un solo volumen cuidadosamente relacionado, corregido y aumentado por el autor. Nos proponemos hacer de la edición de este libro la inauguración de una nueva actividad de esta empresa que denominaremos «BIBLIOTECA MERCURIO». A fin de tener siquiera una idea de la acogida que nos espera en este campo solicitamos de todos los libreros de América sus órdenes provisionales para la obra de Salvador Rueda que editaremos en breve31. |
Además, la cercanía epistolar aportaba un matiz de igualdad entre el emisor y su destinatario, en este caso con el crítico Casares, al igual que anteriormente con el crítico catalán Yxart o el periodista cubano Vivero. A Casares se dirigía con palabras de «querido amigo, sabio eminente, venerado y egregio amigo», aunque no evitaba la admiración en sus despedidas, teñidas de cierto matiz de veneración religiosa entre un maestro y su discípulo:
Admiro más que nadie su genio analítico y su alma inflamada de santa justicia; [...] Besa sus manos de Maestro, su devoto creyente; [...] Le besa las manos llenas de fuerza, de justicia y de bondad, su devoto creyente32. |

Las cartas publicadas en la prensa le conferían también al discurso un carácter de supuesta provisionalidad e inmediatez, como si se estuvieran escribiendo casi a vuelta de correo, tal y como el poeta nos hace creer:
No hago memoria de si le he dicho en mi carta anterior; [...] Encendida la pluma, no es fácil darle un soplo y apagarla. Pero prometo no escribirle más que esta cuarta carta, hasta no tener palabras suyas; [...] Visto, según sus palabras provisionales, ahora recibidas, que le han hecho pensar mucho mis cartas anteriores...33 |
Pero este texto no se escribió «a vuela pluma», sino que se redactó casi medio año antes de su publicación, concretamente en diciembre de 1916 en la isla alicantina de Tabarca, tal y como indica al final del texto34. Datación textual confirmada por las palabras del escritor en su primera carta:
Hoy dispongo de unas horas libres en la isla de Tabarca, (Alicante), donde gracias a la generosidad de las gentes, poseo unas piedras en que soñar, metido en un salvaje cinturón de olas. Usted gusta vivir a la vista de una cordillera, el Guadarrama; y yo, cuando me canso de los montes, busco los mares. Desde ellos le hablo35. |
Rueda había descubierto la isla alicantina de Tabarca gracias a su amistad con Gabriel Miró con quien mantenía relaciones de amistad desde 190636. Allí llegó por primera vez un 22 de abril de 1908, instalándose primero en la residencia del Faro y posteriormente en una casita frente al mar. Para Rueda, la isla fue «su mesa sagrada y un divino trozo del Paraíso» donde «después de haber recorrido tantas tierras, vine a plantar mi casa»37. A la isla le dedicó su obra Zumbidos de caracol y allí pasó los veranos para reponerse de su siempre maltrecha salud y descansar de sus viajes: en julio de 1912; en septiembre de 1913 tras su viaje a Argentina; en verano de 1914 y en verano de 1916 cuando «se preparó para sus nuevos viajes a Hispanoamérica»38. Tabarca fue su refugio creativo y vital hasta el punto de que el poeta dispuso en su testamento ser sepultado allí.
El texto de «Mi estética» se publicó, muy acertadamente, mientras el poeta se encontraba de viaje por México. Como ya hemos señalado, Rueda llegó a la capital azteca un 7 de marzo de 1917 a las 8 de la mañana y la primera carta de «Mi estética» se publicó precisamente en ese mismo mes de marzo. Además de ello, el director informaba en este mismo número de los preparativos que se hacían allí para «hacerle una recepción real, como corresponden al abolengo del Príncipe de la Poesía Castellana» y en la segunda entrega de «Mi estética» se ofrecen dos fotografías del desembarco de Rueda en Veracruz, así como artículos y fotos de su estancia en México39. Rueda reiteraba también el carácter inédito del texto como una muestra de amistad para con el director del Mercurio, al tiempo que mostraba su interés en que fuera publicado cuando él se encontrase de viaje por México. Con ello, Rueda buscaba publicidad, tanto en España como en América, sobre sus periplos triunfantes por el país americano:
Y esto da ocasión, para que yo pueda destinar al MERCURIO de Ud. un breve libro inédito que relata las vicisitudes por que ha pasado la técnica de la poesía castellana y la misma poesía, durante los cincuenta años últimos, hasta hoy40. [...] Una y otra composiciones rompen lo inédito sola y exclusivamente para usted. Ruégole que las reserve en absoluto de la publicidad, hasta que yo regrese de mi cercano y nuevo viaje por tierras de América41. |
En «Mi estética» Rueda volvió a exponer las bases de su teoría poética, además de jalonarlo con referencias al universo literario, con comentarios de sus fobias y filias -más bien fobias-, y con datos autobiográficos que nos ofrecen un retrato vital y literario del poeta.
Uno de los primeros temas que inauguran «Mi estética» es la reivindicación de su papel como revolucionario poético. Rueda se sentía innovador del universo poético y lo recalcó una y otra vez con el dato irrefutable de la datación de sus obras:
[...] puesto que sabe Ud. que yo fui el precursor de toda esta transformación en el arte de la palabra rítmica. Cuando estaba ya revolucionado el ritmo por mí, en España, fue cuando llevaron a ella importaciones del francés Asunción Silva, Julián del Casal, Gutiérrez Nájera y, últimamente, después de estos tres citados, Rubén Darío42. [...] Y todavía más antes de que ninguno, ni uno solo, de los poetas y literatos que han vivido, y viven, hicieran modernismo, yo había dado a luz mi obra El Ritmo, y antes aún, había revolucionado la Poesía, y la fecha de ese período se levanta como un pilar indestructible de esta verdad. En la historia de las letras, a veces, la fecha de un libro tiene más honradez y más justicia que toda una legión de señores43. [...] descubrir la vasija o la forma nueva en que vaciar el nuevo espíritu, es lo que ha sido uno de mis aportamientos al Parnaso Español, en cuanto a mi acción de amplificador y de revolucionario del arte44. Las fechas en arte tienen más justicia que los hombres... De esta fase de los ritmos interiores, ni cuando yo publiqué mi tratado hace ya, tal vez, camino de cuarenta años, ni después, podía siquiera hablarse. Con la más absoluta seguridad le hubiesen metido a uno en un manicomio. Hoy está maduro el tiempo y puede hablarse del ritmo orquestal. Yo inventé esa orquesta hace mucho tiempo45. Las fechas y las composiciones están de pie para demostrarlo. A veces una fecha es más honrada que una época46. |
Rueda defendió su papel combativo en la lucha poética y por ello, calificó su texto con términos bélicos:
Es un libro de lucha, sincerísimo y verídico hasta más no poder serlo más... Este es el eje del libro, como ve, capitalísimo de interés histórico y polémico... Demasiado se me alcanza que es una obra que levantará polvareda de lucha, porque Ud. sabe que cuando se da un canon nuevo en arte, al principio, le crucifican a uno, y después, cuando el canon triunfa salen muchos que quieren ser crucificados, aprovechándose de la confusión natural en todo combate47. |
Era consciente de lo que conllevaba iniciar cualquier innovación poética y sabía, por haberlos sufrido desde 1893, de los ataques de sus colegas literarios, tal y como recordaba en esta carta de 1916:
[...] los retóricos tradicionalistas veían en mí al Demonio que trajo la poesía nueva. [...] Contra mí, salvo la reducidísima cifra de los consagrados, se pusieron viejos y jóvenes. Había que echar a tierra mi cabeza de un tajo...48 |
Ante estos ataques, Rueda se batió en armas contra ellos tachándolos con múltiples apelativos: «plagiarios, indefinidos, impersonales, incoloros, innodoros e insaboros» (ibid.). Un Rueda cansado y dolorido -e incluso resentido- rememoraba un amargo pasado de enfrentamientos:
Contra mí, salvo la reducidísima cifra de los consagrados, se pusieron viejos y jóvenes. Había que echar a tierra mi cabeza de un tajo. Pero aquello no era sincera, era una impostura al ver que ellos no eran más que unas abstracciones impersonales. Y acorralándome por tener lo que ellos no tenían, (ni tienen), se agruparon entre sí para auscultarse y ver si encontraban en su espíritu una originalidad que revelar como la mía. Y fue entonces cuando comenzó el sudar tinta los prosistas y poetas, por si, con excesiva cultura, o con lecturas de tal vate famoso o de tal prosista célebre, extranjeros, podían dar con la receta del estilo personal. Hicieron infinitos tanteos y vertieron una exudación de sangre durante años para celestinearse un don virginal que no les había dado la Naturaleza. Ése, ése, ése. Ha sido el clavo, el eje, la mira, la ambición, el fundamento y el punto de combate sobre el cual se ha librado la lucha desigual de todos contra uno, en el advenimiento de la poesía moderna y de la prosa artística. Mi espalda ha sido el yunque resistente sobre que se han elaborado. A los cañonazos que yo recibía, contestaba llamándoles lo que más podía herirles: plagiarios, indefinidos, impersonales, incoloros, innodoros e insaboros; y a nuevas balas del ejército literario, nuevas verdades mías, que eran la pesadilla de su sueño, al analizarse y ver que se parecían, (y se parecen), a esos cubre-pies de ciertas camas de pueblo, que están hechas con retazos de telas de cien mil colores (o autores)49. |
Un proceso devastador que hizo que el inocente y hasta beatífico pueblerino se transformara en un ser cínicamente endurecido:
Imposible parece que se me acosara hasta el extremo de que siendo mi corazón el corazón más humilde que ha nacido de mujer y mi alma más sencilla que el alma de los pájaros, me convirtieran en un cínico, en un fatuo, en un jactancioso, en un toro de fuego, como dijo un insigne poeta que tiene su labor llena de imágenes más, y en una hoguera terrible que erguía sus llamaradas al cielo. Mi verdadero corazón era la negación más completa de todo eso50. |
Recluido en su soledad y aislado frente a sus congéneres: «Solo en mi dolor y en mi calvario!» (ibid.), se retiró al calor de la religión, porque Rueda era y sería siempre un hombre profundamente religioso:
Fue inútil el acorralamiento de presa perseguida, pues yo sabía curarme en la soledad con esa suprema sabiduría del instinto de los brutos enfermos, e iba a lamerme mis heridas en el silencio lleno de raíces medicinales, en el apartamiento poblado de yerbas santas que cicatrizan y confortan. Siempre me he curado las llagas que me hicieron, en el seno de Dios, bajo el tacto de sus dedos, sintiendo el terciopelo de su gracia, empapando mis lacerías en su risa, liándome en sus vendajes de amor... Así me he lamido mis heridas, en la ancha y misericordiosa soledad, donde no había temor a los seres humanos51. |
Abominaba del mundo artificial de los literatos y se apartaba de los cenáculos bohemios de los que él no formaba parte:
Nunca pude soportar las tertulias de envilecimiento moral, la piojosa bohemia, hedionda y gangrenada; y nada más lejos que crearme capillas literarias llenas de constantes adulaciones, con que algunas almas buscan el consuelo diario a las negaciones que les hizo la Naturaleza. Síntoma malo es en el artista tener absoluta necesidad de tonificarse diariamente con la mentira, tela de Persepole [sic] que lo mismo se hace que se deshace, oyendo el ruido descuartizador de las cervecerías literarias, de las mesas llenas de bisturíes y regadas con sangre de reputaciones ajenas52. |
Frente a ellos, Rueda se asimilaba a los seres naturales y en este caso en concreto, a los perros vagabundos y salvajes que conocen los secretos de la Naturaleza:
Los perros vagabundos y yo sabemos de una farmacopea que no está en los hombres, y encontramos en los vegetales hospitalarios y en las piedras y en las aguas empapadas de sortilegios amorosos y de ensalmos caritativos, serenidades hondas de pozo sagrado que nos llenan de frescor divino y de claridades de celeste remanso53. |
Y esta profunda religiosidad le había llevado a ser de nuevo «el primero» en integrar en su obra poética las imágenes eclesiásticas:
[...] porque de pequeño fui dichoso acólito de mi aldea, poblé mucho antes que ningún prosista y que ningún poeta de España mis versos diversísimos de trompeterías de órganos, de misales, de casullas, de incensarios, de espadas de arcángeles, de Eucaristías, de fascitoles, de patenas áureas, de cálices sublimes, de evangelios, de cíngulos, de todas las imágenes de supremo valor litúrgico que son ornamento incomparable del estilo54. |
Porque de Dios emana la inspiración poética, que como la fe, es otorgada por Dios aleatoriamente entre los creyentes:
Donde acaba el tecnicismo filológico en poesía, sabe usted que empieza el otro tecnicismo infinito cuya sabiduría está depositada por Dios en nuestra conscientísima y sapientísima inconsciencia55. [...] me había hecho antipático y odioso a fuer de franco, a fuer de impulsivo en defensa de las brutales acometidas, y abominable por poseer cosa tan ajena a mi voluntad y tan fatalmente impuesta por Dios -como era tener una originalidad y un estilo propios-, que son cosas tan irremediables como en lo físico ser alto o bajo, rubio o moreno56. |
En esta lucha de poeta «único» frente al mundo artificial de los «otros» literatos ocupa un lugar preponderante la figura de Rubén Darío. La ya tan estudiada relación de amor-odio entre ambos poetas57 tiene un papel destacado en «Mi estética», porque Darío fue el blanco de todas sus fobias. De hecho, la primera entrega está dedicada casi por entero a explicar la historia de sus relaciones con el nicaragüense. No exento de un amargo resentimiento, Rueda le dedicaba epítetos como «el más impersonal, siendo más, un maravilloso escultor, trasegador y amalgamador, que un creador»58.
De una primera camaradería se pasó a un total distanciamiento, una generosa amistad compartida -si creemos las palabras de Rueda- que dio paso a un resentido, amargo y reiterado reproche:
...antes también de que él comprendiese que yo era un hijo directo de la Naturaleza poliforme y polifónica, hicimos, como buenos camaradas, este pacto: de su parte, renovar nuestro ambiente literario con sus novedades traídas de París; y de la mía, proseguir mis tareas de revolucionario de la lírica... Cuando ninguno de los dos nos habíamos comprendido, quizás porque el cariño de camaradas solo nos hacía reparar en que los dos éramos modernizadores... Recuerdo este episodio, para que se vea lo unidos que estábamos, sin todavía habernos comprendido59. |
En esta primera carta relataba las dos estancias de Darío en España (1892 y 1899) y el episodio de ambos con Menéndez Pelayo en el Hotel Las Cuatro Naciones de Madrid60 del que, si seguimos creyendo a Rueda, salió mal parado el nicaragüense:
Pero ¡oh dolor! cuando apareció de nuevo Darío ante mis ojos, venía demudado, descompuesto de pena, atravesado por un dardo mortal; Rubén no sabía ocultar sus disgustos. Al gran narrador de las ideas heterodoxas, no le gustaba nada Rubén, lo creía un poeta compuesto de detritus franceses y, para más dolor, ni el Friso había servido para endulzar el mal humor del genio de la historia. En cambio -me dijo Rubén- tú si le gustas; dice que sientes con una profunda novedad el arte y la Naturaleza61. Me llené de desconsuelo al ver casi gemir al sensible y sincero Rubén, pues lo quería infinitamente. Para consolarlo, le di un rico trozo de la piña glasé, que era golosina de su devoción, y no la probó. Lo que hizo fue sacar de debajo de su lecho, de entre el escuadrón de botellas de vinos españoles que ocultaba, una de Jerez, a la que él le hizo unos absolutos honores62. |
Narró también su ayuda solidaria para la publicación de «A la seguidilla» de Darío en El Liberal de Madrid:
Aproximadamente en ese tiempo, tal vez algo antes, queriendo yo a viva fuerza vincular en España la influencia del exquisito americano, envié poesías suyas, que él personalmente me dio, a varios periódicos de Madrid, y solo Miguel Moya, ya revelador de su gran talento, publicó en El Liberal los versos de Darío A la seguidilla metro que desconocía cuando se lo hice sentir63. |
Así como el hecho de anteponer a su libro En Tropel (1892) el poema de Darío titulado inicialmente «La Musa de Rueda» y rebautizado con el de «Pórtico». Hecho que, si continuamos creyendo a Rueda, delata la absoluta generosidad del benaqueño para con el americano:
También por entonces y a fin de que el archiexquisito americano tomase carta de naturaleza entre nosotros, puse una espléndida poesía suya, que él me escribió, titulada La Musa de Rueda y vuelta a titular encima Pórtico, (Andrés González Blanco conserva el autógrafo, que le regalé); la puse, repito, al frente de mi libro En Tropel, como prólogo, para que recorriese por toda España, ya que a la sazón mis libros eran rabiosa y desesperadamente mordidos por los retóricos tradicionalistas que veían en mí al Demonio que trajo la poesía nueva; así la composición de Rubén caería en manos de todos y se haría del todo popular el poeta64. |
Pero junto al Rueda altruista, sin embargo, no ceja el benaqueño en su papel de mentor con el nicaragüense, llegando a decir que todo lo español lo aprendió de él: «...escribió Darío las referidas estrofas, que ya tenían algo más de sangre española que francesa, pues a su larga convivencia conmigo debe Rubén lo que de españoles tienen, a veces, sus versos»65; y que descubrió la Naturaleza en sus versos, «pues la Naturaleza para él, entonces, era solamente el campo»66.
Los dos poetas provenían de fuentes distintas, encarnadas en la oposición artificial/natural, extranjero/nacional, francés/ español, tal y como no cesó Rueda de señalar:
[...] pero sus innovaciones eran transmisiones de fórmulas conocidísimas en el idioma de Verlaine, bellísimamente acopladas a nuestra arquitectura parnasiana; mientras que las mías eran creadas con elementos de nuestro idioma, y sacadas de nuestra idiosincracia, y exudadas de la masa de sangre de nuestro genio español... Rubén y yo éramos valores absolutamente distintos67. |
Frente al hombre natural que era Rueda, proveniente de los montes de la Axarquía malagueña, estaba Darío, el hombre artificial que traía consigo los diccionarios de la rima del Barrio Latino parisino:
Mis metros, también han brotado de la soledad, del fondo religioso de los campos, de la orquestación sagrada de la Naturaleza. Ella me ha revelado por medio de las plantas, mis metrificaciones y el engranaje de mis ritmos68. Venía Rubén muy parapetado de Diccionarios, de antologías francesas, de prontuarios de la rima, de andadores y patines transpirenaicos con que comenzar su tarea de trasegador de valores poéticos al español69. |
Un episodio que inclinaba la balanza hacia un generoso -y resentido- Rueda frente a un desagradecido Darío:
El poeta se declaraba hijo de la Naturaleza y abominaba de las academias y universidades, porque para Rueda, el genio nacía por obra y gracia de Dios, mientras los otros se habían perdido entre artificiosos vericuetos:
Los centros de cultura ponen los cerebros de los artistas, (no diré de otra clase de hombres) muy distanciados de la Naturaleza, y acaban los poetas solo en entes de la razón...70 |
Su visión poética tiene una clara base pitagórica, pues para Rueda todo ser tiene su propio ritmo musical y todos forman parte de ese «Gran Todo», de esa «Obra Musical» o «Selva Musical»:
Todo ser nacido, anda por música, o vuela por música, como resultante de los complicados contrapesos, atracciones y equilibrios con que marcha todo el Sistema Universal. El Gran Todo, aparte de otros prodigios, no es sino una infinita Obra Musical de que es síntesis y microcosmos el poeta71. |
Una música orquestal aprehendida por el poeta en sus primeros años en la aldea e interiorizada hasta el fondo de su ser:
Para mí, que pasé los diez y ocho años primeros de mi vida oyendo en la soledad de los campos la profunda e inarticulada ópera de la Naturaleza, ha consistido el ritmo interior de mis versos, en oír antes de escribirlos, en el fondo del tema elegido, qué clase de música pudiera éste tener, qué clase de vaga orquestación, y según he oído, cerebral y sentimentalmente, el fondo de las cosas, de las plantas y de los hombres72. |
Una selva musical basada en los ritmos naturales y en la seguidilla gitana española, unos ritmos escritos por «la mano que durante muchos años había vendimiado las viñas como labriego»73 y que plasmaban en la paleta del idioma a las plantas y a los animales, en oposición a esos otros poetas que miraban la naturaleza desde el balcón «dentro del despacho cómodo y con los pies sobre una rica piel o una rica alfombra... o cuando madrugan para ir al Paseo del Retiro»74:
Basado siempre en cosas naturales, he aprendido de las plantas y de los seres que da la Naturaleza, la lógica de los ritmos, viendo por ejemplo, en los brutos, en los reptiles y en los insectos, que cada uno tiene la lógica del andar, del volar, del brincar, del ondular, del deslizarse, que corresponde, como expresión del movimiento a cada organismo, y que proviene de la causa que lo engendra75. |
La visión poética de Rueda buscó la renovación de los metros, introduciendo los versos de nueve, once y doce sílabas y el verso multisílabo y ampliando con ello la capacidad compositiva del español:
[...] y tomando como base de mi Selva musical ese organismo, lo enriquecí con versos de nueve y doce unidades y además con uno multisílabo que tiene, a veces, tantas unidades, como pueda hoy el oído humano. Antes, éste, solo podía sujetar las catorce sílabas del metro alejandrino; y desde mi aparición hasta hoy, el oído puede retener, paladear y esculpir en su fondo, tropeles aterciopelados o resonantes, amorosos o bélicos, guerreros o bucólicos, de treinta a cuarenta silabas. El progreso es enorme y la capacidad estética infinita76. |
Al tiempo que propuso la recreación de temas e introducción de nuevas palabras, a las que denominaba «científicas»:
[...] hizo que introdujera en la lírica española innumerables voces científicas, e infinitas voces populares, y que creara, como antes digo, dentro de las cuadrículas clásicas, nuevos órdenes de estrofas... Suprimo el enumerarlas y analizarlas en gracia a la brevedad. Le distraigo demasiado. Tampoco trataré de quitar a usted tiempo con el examen detallado del empleo que hice, agudizándolo hasta el martirio, de palabras escultóricas, pictóricas, musicales, y otras de ensueño, de indecisión, de magia, de sorpresa, de misterio, de fuerza grandiosa, de suavidad, de violencia, e infinitas más, para quitar la sordina de corcho que tenía también el léxico poético en general, no solamente las estrofas, cuando yo vine a Madrid...77 |
Una poética que él definió en varias ocasiones como lógica y que resume en uno deseos finales que resuenan a «bienaventuranzas»:
Quisiera para los poetas, que son la más alta voz de los siglos, almas de una vasta cultura, el templo sublime de la Naturaleza, Universidad de Universidades, Profesora de ternura, Criadora de moral, Génesis de todo amor, Madre de la lógica, Sección eterna de variedad. Poema inmortal de Belleza, venero de perenne sabiduría. Los que imitan estilos de otros, o estilos clásicos y antiguos, los faltos de inventiva, los no iluminados por la gracia, los indigentes de sentimiento, los hambrientos de originalidad y los desnudos de inspiración, deben penetrar en el recinto de la Naturaleza y comulgar en su Eucaristía78. |
Con estas palabras Rueda cerraba un capítulo poético con sus bases ideológicas claramente expuestas: Naturaleza, Religión y Poesía, los tres pilares de su Gran Todo Universal.