41
«Mi estética. V», art. cit., pág. 259.
42
«Página personal del Director», Mercurio, Revista mensual ilustrada, Nueva Orleans, febrero-1917, núm. 66, vol. XII, pág. 1.
43
«Mi estética. I», art. cit., pág. 75.
44
«Mi estética. III» art. cit., pág. 151.
45
«Mi estética. II», art. cit., págs. 113 y 114.
46
Ibid., pág. 114.
47
«Página personal del Director», Mercurio. Revista mensual ilustrada, Nueva Orleans, febrero-1917, núm. 66, vol. XII, pág. 1.
48
«Mi estética. I», art. cit., págs. 76-77. Similares comentarios vertiría Rueda años después: «Antes cualquier modificación o ampliación costaba crueles batallas: de los viejos, porque no querían ni las más lógicas reformas, y de los jóvenes, porque no eran ellos quienes las traían, y antes la muerte que fuese mi humilde persona. Y tan continuado que este desamor, encima de acogerse a mis innovaciones, que me fueron poniendo enfrente a todo poeta que sobresalía algo de los demás conforme iban viniendo al Parnaso. Tuve que luchar con todos, ni uno menos». Vid. Narciso Alonso Cortés, «Salvador Rueda y la poesía de su tiempo», Anales de la Universidad de Madrid, (1933), fasc. 2, II, pág. 175; «Los viejos retóricos me odiaron porque, no acostumbrados al oxígeno, las cucarachas salían a cientos de sus estrofas al sol hiriente de la nueva vida; y me odiaron los jóvenes porque no era cada cual de ellos el que venía con la nueva fórmula. Y en el acto hubo una alianza enemiga: había que saltarme los ojos y despedazarme vivo». Cfr. Manuel Galán, «El sermón de la escollera. Salvador Rueda celebra sus bodas con el mar», Vida Gráfica, s. a.
49
«Mi estética. I», art. cit., pág. 77. Al final de sus días recordaría estos ataques literarios con profunda acritud: «Mi llegada fue el de un ave rara, la de un Pajaro torcaz que entra de improviso en el corral de aves amaestradas. Los gallos zancudos, los pollos en ciernes, las gallinas cluecas y las adolescentes abrieron sus alas en desafío y vinieron hacia mi sañudamente con los picos abiertos. No era para menos... Un niño casi, un pobre cateto, un campesino que había estampado en su corazón y en su frente la religión eterna de la Creación, mientras guardaba los cuadrúpedos en las praderas, tenía la insolencia de traer el nuevo temblor estético, el nuevo escalofrío de la Belleza, en la copa divina de la Palabra. ¡Nefanda osadía!... » Cfr. Manuel Galán, art. cit.
50
«Mi estética. I», art. cit., pág. 77.