Luis Cernuda, el «peregrino» sin retorno
Concha Zardoya
En los primeros libros de Luis Cernuda casi no existe el motivo temático de España: ni su realidad histórica, ni tampoco sus gentes. En Donde habite el olvido (1932-1933), el poeta nos habla muchas veces de la tierra en un sentido cósmico, pero ya parece transparentar la enamorada luminosidad de Málaga, la caricia de la arena: «Tierra, tierra y deseo. / Una forma perdida»
(RD, 101)1 . En 1935 comenzó a componer sus Invocaciones -escritas después de un segundo viaje a Málaga en 1933-. El paisaje malagueño -«tierra ardorosa»
(106)- se asoma al poema dedicado «A un muchacho andaluz» que apareció ante él como una emanación del mar: «Tras la colina ocre, / entre pinos antiguos de perenne alegría»
(105). Y en «El joven marino» asoma la costa atlántica de Cádiz: la playa abre su dilatada curva,
«[...] semejante a una pomposa ramaabierta bajo la luz,con su armadura de altas rocascaída hacia las dunas de adelfas y de palmasen lánguido paraje del perezoso sur.Aun ven mis ojos las salinas de sonrosadas aguas,los leves molinos de vientoy aquellos menudos cuerpos áureos,parsimoniosamente movibles,junto a los bueyes fulvos,transportando los lunáticos bloques de salsobre las vagonetas, tristes como todo lo que pertenece a los trabajos de la tierra,hasta las anchas barcas resbaladizas sobre el pecho del mar».
(119-120)
He aquí una Andalucía real apenas transformada su imagen por el verso, ante la cual el poeta siente el goce contemplativo, fundiendo a ella la hermosura del cuerpo joven.
Reúne sus poemas en un volumen y, en 1936, aparece la primera edición de La realidad y el deseo. Pero la guerra civil empezó poco después de publicarse el libro. Cernuda marchó a París como secretario del embajador español y estuvo allí desde julio a septiembre. De regreso en Madrid, escribe para Ahora, El Luchador y Hora de España. En Historial de un libro (1958), el poeta nos habla de sus ideas y de sus sentimientos en aquellos días: «Ninguna otra vez en mi vida he sentido como entonces el deseo de ser útil, de servir... mi deseo de servir no sirvió para nada y para nada me utilizaron. La marcha de los sucesos me hizo ver poco a poco que no había allí posibilidad de vida para aquella España con que me había engañado. Al margen de todo, no pensé salir de allá, que hubiera sido lógico, dada mi opinión sobre la situación española; todavía me parecía que, trabajando en lo que siempre fuera mi trabajo, la poesía, estaba al menos al lado de mi tierra y en mi tierra»
(PL, 256)2 .
Algo de esto quiso expresar en los poemas escritos entre 1936 y 1937, que después formaron parte de Las nubes. La muerte trágica de Federico García Lorca le obsesionaba y así escribe la elegía a él dedicada y que titula «A un poeta muerto». En ella, el paisaje de España es trasfondo de trágica belleza -de la que forma parte el poeta fusilado-:
«Así como en la roca nunca vemosla clara flor abrirse,entre un pueblo hosco y durono brilla hermosamenteel fresco y alto ornato de la vida.Por eso te mataron, porque erasverdor de nuestra tierra áriday azul de nuestro aire oscuro».
(131)
Execra al hombre español -«Que acecha lo cimero / con su piedra en la mano»
(132)-, porque no sabe reconocer la palabra luminosa del poeta. El paisaje de Granada se asoma a la elegía con sus cipreses y laureles (133).
En la primera «Elegía española» invoca a España como madre: «Que ninguna mujer lo fue de nadie / como tú eres mía»
(135). La guerra da sentido a la vida, sin embargo. El poeta se duele hondamente.
«No sé qué tiembla y muere en míal verte así dolida y solitaria,en ruina los claros donesde tus hijos a través de los siglos;porque mucho he amado tu pasado entre sombra y olvido».
(136)
Pero España es eterna y sufre con el odio, la lucha y la crueldad de sus hijos, ella que los creó «para la paz y la gloria de su estirpe»
(137).
Llega 1937 y Cernuda recuerda el centenario de la muerte de Larra. En su elegía, ahora, España ya no es «madre» sino «madrastra»
:
«Y nuestra gran madrastra, mírala hoy deshecha,miserable y aún bella entre las tumbas grisesde los que como tú, nacidos en su estepa,vieron mientras vivían morirse la esperanza,y gritaron entonces, sumidos por tinieblas,a hermanos irrisorios que jamás escucharon.Escribir en España no es llorar, es morir,porque muere la inspiración envuelta en humo,cuando no va su llama libre en pos del aire».
(142)
En 1938, Luis Cernuda sale de España para dar unas conferencias en Inglaterra, facilitadas por un amigo inglés. Allí continúa escribiendo Las nubes, obra que termina en Glasgow en 1940. Su tono es elegíaco, lleno de nostalgia por su tierra española, de dolor por su destino trágico, y de tristeza también por su aislamiento y soledad en el extranjero. Sus poemas son una honda interpretación lírica de la tragedia española: ha entrado en ellos la Historia con toda su carga dramática. No solo llora el poeta por España, por García Lorca, por el niño muerto, sino también por el odio inútil. Nunca estuvo Cernuda más entregado a los demás, nunca sintió más profundamente la solidaridad humana. Y, ante su impotencia, desea la muerte. Se le caen sus «pobres paraísos»
(149), pues siente el dolor y la soledad de los demás: «Por mi dolor comprendo que otros inmensos sufren / hombres callados...»
(148). En el naufragio de España, él y muchos van a la deriva (149). Pero el poeta se consuela evocando Málaga -Edén originario-, en su fragmentario poema dramático «Resaca en Sansueña»:
«Ahora el calor asciende como una nube vagade lánguido sopor por las calles, terrazas,blancas tapias del pueblo, confusión de la espuma,tal se confunde el agua con su verde alameda».
(150)
La gente de Sansueña es clara y libre, aunque sufra: «Aptos al sufrimiento, el canto los redime / de llorar la miseria...»
(151).
En «Jardín antiguo» nos parece hallar una evocación de Sevilla, ensoñada por el poeta desterrado bajo cielos grises: «Ver otra vez el cielo hondo / a lo lejos, la torre esbelta / tal flor de luz sobre las palmas...»
(166).
En el romancillo «Un español habla de su tierra», Cernuda afirma rotundamente su españolismo: paisajes, historia, hombres, en esquemática y selectiva enumeración, evoca la tierra nativa, al mismo tiempo que se lamenta del destierro al que se ve condenado, privado de cuanto evoca:
«Las playas, parameras,al tibio sol durmiendo,los oteros, las vegasen paz, a solas, lejos.Los castillos, ermitas,cortijos y conventos,la vida con la historia,tan dulces al recuerdo.Ellos, los vencedorescaínes sempiternos,de todo me arrancaron.Me dejan el destierro.[...]Amargos son los díasde la vida viviendosólo una larga esperaa fuerza de recuerdos».
(176-177)
Con su hermoso poema «El ruiseñor sobre la piedra», el poeta cierra Las nubes. Carecemos de tiempo y espacio para interpretarlo en todos sus niveles y para comentarlo en todos sus motivos y detalles. Hemos de destacar, sin embargo, cómo El Escorial se hace símbolo, para el poeta, de España y de los españoles, símbolo de vida eterna. No es que Cernuda olvide a Andalucía, con su mar, sus olivos y sus cortijos blancos, no. Pero ahora su recuerdo sube al Guadarrama cubierto de pinares «Y allí encuentra regazo, alma con alma. / Mucho enseña el destierro de nuestra propia tierra»
(179). Perdido en el tiempo y en ajeno suelo, se vuelve a El Escorial «buscando recuerdos»
. Sus muros, dentro de él, son tan claros que «borran la sombra / nórdica»
en que está viviendo. La objetivación histórica se entreteje con la ensoñación subjetiva. En su canto de amor, el poeta «lirifica» el grandioso monumento y lo acerca a su soledad con metáforas e imágenes empequeñecedoras de gran delicadeza: le llama «lirio sereno en piedra erguido»
, «ruiseñor claro entre los pinos»
, «fruto de granada»
, «agua esculpida»
, «música helada en piedra»
, etc. Es alegre, «con gozo mesurado / hecho de impulso y de recogimiento»
(180).
Cernuda pasa las vacaciones de verano en Oxford y aquí comienza, en 1941, Como quien espera el alba, continuado en Glasgow y terminado en Cambridge en 1944. Es un período muy productivo y así publica Ocnos en 1942, que luego amplía en la edición de 1949 y en la de 1963, año de su muerte.
En Ocnos -escrito en los melancólicos días de Escocia-, a través de Albanio -su alter ego-, Cernuda no solo recuerda su infancia, adolescencia, juventud y algunos momentos de su edad madura -reconstruyendo con una pureza lírica de calidad inimitable el hilo existencial de sus gozos y miedos, de su afán contemplativo, de sus descubrimientos y observaciones ante la vida, deseos, triste constatación del fluir del tiempo, que irían conformando su sensibilidad de poeta-, sino que recrea su Sevilla natal, la Andalucía de su origen, los primeros paisajes que vieron sus ojos, las primeras gentes que trató, su encuentro con Madrid y Castilla, la última estación que pisó al salir de España. Esta nos revela en Ocnos -aunque suavemente poetizada- su imagen real, precisa, sin desfiguraciones.
Sevilla se nos impone con toda su realidad, pues Albanio nos va mostrando sus calles, callejuelas, plazoletas del barrio antiguo, un convento, la capilla y el patio de la Universidad, un bazar, las tiendecillas de la plaza del Pan, «el viejo y destartalado coliseo»
(107)3, en donde por primera vez oyó la música de Bach y de Mozart... Albanio, niño aún, nos ha sumido en el ambiente de su casa nativa, con su patio y su vela, tan típicos; nos ha llevado al huerto, a la catedral, a los jardines del Alcázar... Con él hemos escuchado los viejos pregones, la «musiquilla insistente»
(62) del organillo, la voz de un piano, el lamento de una guitarra... Con él hemos ido al río «por las calles matinales, entoldadas unas, otras descubiertas hacia el cielo radiante, cuyo igual no encontraría después en parte alguna»
(39-40). Hemos conocido al maestro que le hizo escribir los primeros versos, a don José María Izquierdo que nunca dejó Sevilla, a los tenderos gallegos de la plaza del Pan, a la monja anciana que saludaba con un «Deo gratias!»
(92), a su madre, a sus dos hermanas... De Ocnos emerge intrahistoria sevillana y andaluza, finísimo costumbrismo «lirificado», pero jamás cursi. Viñetas y estampas de gran acuidad y transparencia, en donde olemos flores, admiramos el magnolio -símbolo de soledad-, seguimos el coche tirado por mulas y avanzamos por un camino orillado de chumberas y algún eucalipto. Presenciamos la riada, contemplamos el mar... En Ocnos, también, Cernuda se destaca como gran paisajista andaluz, esencial, al pintarnos -por ejemplo- desde lejos el panorama de Sevilla, el espectáculo del mar, etcétera. No es menor su pericia artística en la descripción de ambientes interiores, su aguda sensibilidad visual y acústica, con las que recrea atmósferas sevillanas de gran realidad.
Pero las lecturas, muy pronto, enseñaron a Albanio «que ni la vida ni el mundo eran sólo aquel rincón nativo, aquellas paredes que velaban sobre su existir infantil; y sembrando así para la curiosidad adolescente la semilla, el germen de una dolencia terrible... la dolencia que consiste en un afán de ver mundo, de mirar cuanto se nos antoja necesario, o simplemente placentero, para formación o satisfacción de nuestro espíritu»
(77). Más tarde descubriría que esa curiosidad era la «juventud del alma»
(78).
El destino le empuja a salir y a escapar de Sevilla en la que ya empezaba a ahogarse, a causa de su «ambiente letal»
(97). Va a Madrid y, en Ocnos, nos deja algunos recuerdos. Su arte de paisajista vuelve a revelarse al recordar a Castilla, en la viñeta poemática -digna de Azorín- que titula «Ciudad en la meseta». Y, después, Alba de Tormes, un pinar en la tormenta...
Llegan los años de la guerra civil y el poeta ha de salir de España en un anochecer de febrero. Ocnos recoge su impresión última en desnudas y dolorosas líneas:
«Atrás quedaba tu tierra sangrante y en ruinas. La última estación al otro lado de la frontera, donde te separaste de ella, era sólo un esqueleto de metal retorcido, sin cristales, sin muros -un esqueleto desenterrado al que la luz postrera del día abandonaba.
¿Qué puede el hombre contra la locura de todo? Y sin volver los ojos ni presentir el futuro, saliste al mundo extraño desde tu tierra en secreto ya extraña».
(130)
En Como quien espera el alba, se prolonga la melancolía y la nostalgia de España, viva aún en el recuerdo. En «Tierra nativa» vuelve a afirmar su amor por Andalucía y por Sevilla. Evoca el encanto de aquella tierra llana, «extendida como una mano abierta»
(191). Recuerda el patio, la fuente de su casa natal... Su recuerdo le traspasa el pecho. Nunca ha sido más suya la tierra en que nació:
«Raíz del tronco verde, ¿quién la arranca?Aquel amor primero, ¿quién lo vence?Tu sueño y tu recuerdo, ¿quién lo olvida,tierra nativa, más mía cuanto más lejana?».
(192)
Y, con ánimo más festivo, se atreve a describir en versos esbeltos a sus paisanos andaluces, autodescribiéndose a sí mismo en consecuencia:
«Sombra hecha de luz,que templando repele,es fuego con nieveel andaluz.Enigma al trasluz,pues va entre gente solo,es amor con odioel andaluz».
(199)
En «Quetzalcóatl» reaparece la evocación del cielo castellano -«puro y vasto»
- que le «enseñó la lección digna del alma / cuando lo contemplaba yo de niño / sobre las bardas últimas al páramo»
(209). La tierra se revela, otra vez, no como madre sino como «madrastra»
, pero aún «querida»
(209). Al separarse de ella, comenzó a morir pero dándolo al olvido. En este poema se enlazan, además, la sangrienta Historia de España y la de Méjico, Cortés y América, el conquistador y el indio:
«Realidad fabulosa como leyenda algunaallá nos esperaba, y nosotros la hallamostras sus cimas nevadas y sus lagos profundos:un reino virgen cimentado en el oro y la esmeralda...».[...]Astucia, fuerza, crueldad y crimen,todo lo cometimos, y nos fue devueltocon creces; mas vencimos, y nadie hizo otro tantoantes ni hará después; un puñado de hombresque la codicia apenas guardó unidosganaron un imperio milenario».
(210)
«¿Quién venció a quién?, a veces me pregunto.[...]Oh tierra de la muerte, ¿dónde está tu victoria?».
(212)
En el poema «Hacia la tierra», el amor -con el paso del tiempo- se cambia en extrañeza. Es amargo volver a la imagen primera de la tierra. Pero el alma ya no entiende «posibles paraísos»
. Cansada de los sueños, anhela «Volver a la morada / suya antigua»
y unirse «fatal y oscuramente, / con una tierra amada»
(218): España. Pero tal unión con la tierra la percibirá más tarde, en Méjico, y a través de un cuerpo y del amor.
Cernuda escribe Vivir sin estar viviendo entre 1944 y 1949, libro comenzado antes de dejar Cambridge y que continuó en Londres y, a partir de 1947, en Mount Holyoke (Massachusetts). Al llegar a los Estados Unidos, se consumó la separación espiritual entre España y el poeta, según declaración suya (PL, 268). El libro, sin embargo, aún contiene otro extenso poema conectado con la Historia de España, sobre la que proyecta el poeta su propia emotividad. Se titula «Silla del Rey» y, en él, Felipe II contempla su obra -El Escorial: templo, monasterio, palacio y tumba-, «dulce y dura, vasta y una»
, protectora de la Fe. Recuerda la profecía poética de Hernando de Acuña: «El tiempo de un monarca, un imperio y una espada»
(265). Cernuda no solo emplaza el monumento en su paisaje, con un fondo de sierra gris y «entre el verdor adusto»
(265), sino que de él trasciende la España sobretemporal, su trascendencia histórica. Pero el rey cree que su obra no es de fuera sino de dentro y del alma: «Y esto que yo edifico / no es piedra sino alma, el fuego inextinguible»
(266). «El fuego encierra al dogma y el dogma encierra al hombre»
(267). Felipe no puede ni debe equivocarse, pues aunque se equivocara sería acierto último: «El que mi error se tornara / verdad, pues que mi error no existe / sino por Él, y por Él acertando me equivoco»
(267). Mientras el monarca ve alzarse su obra, afirma su dogmatismo católico. «Y el futuro será, inmóvil, lo pasado»
(267). Una España sin cambio. El poeta ha centrado su atención en la España teocéntrica, en una Castilla con voluntad de Imperio. No sabemos si siente amor o desprecio por ellas: solo asegura que han sido y serán, al reflejarse el pasado en el futuro, como el monasterio escurialense en las aguas de su alberca.
Con las horas contadas (1950-1956) nace entre Mount Holyoke y Méjico. En el primer poema -«Águila y rosa»- vuelve a aparecer el tema histórico, pues Cernuda recrea el viaje de Felipe II a Inglaterra para desposarse con María Tudor. En el poema abundan las descripciones de ambientes y de trajes, junto al desarrollo psicológico de esos personajes históricos: hay color y vivacidad. Pero lo que más nos sorprende es que Cernuda haga un poeta del príncipe castellano: «Ama Felipe la calma, la quietud contemplativa; / si un mundo bello hay fuera, otro más bello hay dentro»
(282). Y aquel pueblo de hormigas laboriosas le envidia y de él murmura. La reina, en cambio, «gobierna y calla; ama y en el hijo confía»
(283). Felipe se impacienta. Lejos de cuanto es suyo, anhela regresar a España: «Su alma no está aquí, sino donde ha nacido. / Su centro está en su tierra...»
(283). Para Cernuda, el rey es un desterrado más -como él- en Inglaterra. Soberano y poeta coexisten en la misma experiencia del destierro.
En «Retrato de poeta» -al contemplar el cuadro del Museo de Boston pintado por El Greco-, hallamos una imagen conmovedora del desterrado, lejos de España. Cernuda se siente hermano del retratado -fray Hortensio Paravicino-, pero más solo que él: «Mi ausencia en esa tuya busca acorde, / como ola en la ola»
(290). «El norte nos devora, presos en esta tierra»
(291). Le contempla y le parece que el fraile trinitario está mirando hacia Toledo: «[...] aquel paisaje bronco / de rosas y de encinas, verde todo y moreno, / en azul contrastado a la distancia, / de un contorno tan neto que parece triste»
(289).
En «Palabra amada», Cernuda confiesa que la palabra que más le gusta -con todo lo que significa y sugiere- es el término «andaluz»
(291), reafirmando con él su andalucismo de raza y de espíritu.
En «Pasatiempo» constata que ha perdido su tierra definitivamente, porque transterrado ahora, se ha cerrado la vieja herida, tal vez curada por un nuevo amor (296). Méjico era, para Luis Cernuda, una especie de reencuentro con Andalucía: con su clima, con su lengua. Como si su pasado y su presente se fundieran en un eterno presente. Reencuentra el Edén de Sansueña en esa tierra de la Nueva España.
En «Díptico español» -con sus dos tiempos o partes- no solo confronta ontológicamente las épocas de su vida y de su poesía, sino las dos Españas antagónicas. Mas suplica «el acorde»
y «el concierto»
, la unificación de contrarios, para ser entero y uno solo. Sin embargo, condena con amargura a la España política de entonces, en la primera sección del poema que titula «Es lástima que fuera mi tierra»:
«Así ocurre en tu tierra, la tierra de los muertos,adonde ahora todo nace muerto,vive muerto y muere muerto;pertinaz pesadilla: procesión ponderosacon restaurados restos y reliquias,a la que dan escolta hábitos y uniformes,en medio del silencio: todos mudos...».
(329)
Han secuestrado y negado, según él, el patrimonio antiguo. «Lo que el espíritu del hombre / ganó para el espíritu del hombre / a través de los siglos»
(329). El pueblo sobrevive «sin alegría, libertad ni pensamiento»
(330). En cuanto a él mismo, no puede dejar de ser español ni cambiar de tierra ni de lengua:
«Soy español sin ganasque vive como puede lejos de su tierrasin pesar ni nostalgia. He aprendidoel oficio de hombre duramente...».
(330-331)
En la segunda parte -«Bien está que fuera tu tierra»-, ya no necesita a esta, pero sí la que se levanta de toda su literatura, «Más real y entresoñada que la otra»
(333). Esta sí que es su verdadera tierra:
«La que Galdós a conocer te diese,como él tolerante de voluntad contraria,según la tradición generosa de Cervantes,heroica viviendo, heroica luchandopor el futuro que era el suyo,no el siniestro pasado donde a la otra han vuelto».
(334)
Su España es la «España viva y siempre noble»
, la España «que Galdós en sus libros ha creado»
(334). Esta España nos consuela y cura de aquella otra.
Finalmente, en «Peregrino», Cernuda se siente como un Ulises sin Ítaca y sin Penélope. ¿Para qué volver a su tierra donde no le espera nadie y si aún no está cansado de su peregrinación por el mundo?
«¿Volver? Vuelva el que tenga,tras largos años, tras un largo viaje,cansancio del camino y la codiciade su tierra, de su casa, sus amigos,del amor que al regreso fiel le espera.Mas, ¿tú? ¿Volver? Regresar no piensas,sino seguir libre adelante,disponible por siempre, mozo o viejo,sin hijo que te busque, como a Ulises,sin Ítaca que aguarde y sin Penélope.Sigue, sigue adelante y no regreses,fiel hasta el fin del camino y tu vida,no eches de menos un destino más fácil,tus pies sobre la tierra antes no hollada,tus ojos frente a lo antes nunca visto».(3534)
El poeta desdobla su yo para, dramáticamente, crear un antagonista -un tú- a quien ha de convencer que su destino -no «fácil»- no es regresar a su tierra nativa sino continuar el «largo viaje»
solitario. Como en el poema «Noche del hombre y su demonio», «Peregrino» es un diálogo -casi lucha dialéctica y sentimental- entre esas dos voces, entre esos dos deseos que conforman al poeta al final de su existencia, pues el libro a que pertenece -La desolación de la quimera- se publicó en 1962, un año antes de su fallecimiento. El deseo de volver a España -que no menciona- es reprimido por el continuo anhelo de ser fiel a sí mismo -libre, sin ataduras, «disponible», sin cansancio, enemigo de toda domesticidad, en peregrinaje hacia la muerte-. Heroica búsqueda la suya -Heroic Quest!-. Él seguirá fiel a su vida: a su destino de poeta solitario. No se lamenta ni tiene lástima de sí mismo: el equilibrado tono corrige el último sentido trágico del poema. No vacila en su decisión: es definitiva. El peregrino-poeta alcanzará «lo antes nunca visto»
y, al final, le aguarda la muerte solitaria: la íntimamente suya, la propia -como quería Rilke-, la muerte del héroe de sí mismo. Ha renunciado a todos los goces y bienes del hombre burgués o, simplemente, ejemplar. Ha desdeñado los universalmente reverenciados «valores» humanos. Cernuda es un outsider, al margen de las normas convenidas y, para él, esclavizadoras. No es un dandy, aunque por su apariencia exterior pudiera parecerlo. Rechaza vínculos y, en consecuencia, recompensas -tan gratas a otros poetas. Su peregrinación no le retrotrae al pasado sino que le llevará al futuro. Al final de su vida, acepta su destino, asumiendo consciente y total responsabilidad de lo que ha sido, no con romántica tristeza sino con sereno espíritu.
La tierra universal, la tierra cósmica ha absorbido a su tierra nativa. La terrigeneidad andaluza y española -pasando por la tierra mejicana que disolvió la melancolía y nostalgia del poeta, reanudando el lazo de la infancia perdida por el vínculo maravilloso del amor nuevo- se ha extendido a todo el universo, en un peregrinaje hacia lo desconocido.
Después de haber llegado a ser -como León Felipe- un poeta «del éxodo y del llanto»
-dulcificado este por su orgullo-, Luis Cernuda encontró en sus últimos años la alegría final de los viajes, deteniéndose para siempre en la noble tierra mejicana. Por amor y no por aquello de que «para morir cualquier tierra es buena»
. Peregrino sin retorno.
Con España y contra España -«madre»
, «madrastra»
, pero nunca verdadera «patria»
-, en atracción y hostilidad, en realidad y en deseo, amada y desamada, la poesía de Luis Cernuda concierta los extremos antagónicos en versos de rara fluidez y transparencia.