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ArribaAbajoActo II

 

El estudio de PAULINA JORDÁN en una elegante casa madrileña. Es una estancia clara, muy risueña, muy femenina. Al fondo, a un lado, gran mirador con hojas abiertas de par en par, que sobresale en la fachada como una pequeña terraza7. Al otro lado, puerta de entrada desde el «hall». La terracita aparece graciosamente decorada con su balaustrada al fondo, con algunas flores, y la gracia de color de un toldo a rayas verdes y blancas. Entra un sol de tarde muy alegre, y se ve un trozo de cielo azul limpio y radiante. En el lateral de la derecha dos puertas que dan paso al interior del piso. A la izquierda, toda la pared cubierta de libros, hasta el techo, y delante una mesa de trabajo llena de libros, de papeles y de flores. Pocos muebles, pero muy delicados, muy originales. Un gran sofá. Cerca, un sillón de orejas. Una moderna gramola. Un teléfono gramola. Un teléfono. Muchas flores.

 
 

(Al levantarse el telón, la escena está sola. Se oye un rumor de voces, y entra REMEDIOS, que trata de impedir el paso a VALDÉS y a CÁNDIDO. Estos son dos periodistas jóvenes, de buen aspecto. VALDÉS es desenvuelto, sonriente, casi deportivo. CÁNDIDO es muy joven, muy tímido. REMEDIOS verdaderamente ha cambiado un poco. Viste de oscuro, con cierta severidad. Es ahora el ama de llaves de PAULINA Jordán.)

 

REMEDIOS.-  ¡No, no y no! He dicho que no...

VALDÉS.-  Vamos, vamos.

REMEDIOS.-  Le digo que la señorita Paulina llegará cansadísima del avión... Vuelvan mañana.

VALDÉS.-  ¡Quia! Mañana habrá pasado la hora sagrada de la actualidad.  (Gentilmente.)  Siéntate, Cándido.

 

(CÁNDIDO, dócil, se sienta.)

 

REMEDIOS.-  ¡No! ¡No se siente usted!  

(CÁNDIDO, asustado, se levanta.)

  Les aseguro que la señorita Paulina me regañaría muchísimo...

VALDÉS.-   (Sonríe.)  No importa. Ya se sabe que los periodistas tenemos el corazón muy duro... Siéntate, Cándido.  

(Y, definitivamente, se sientan los dos en el sofá. Suena el timbre del teléfono.)

  Atienda el teléfono, señora. Por nosotros, no se preocupe. Como si fuéramos de confianza...

REMEDIOS.-  ¡Ay, Señor! No hay remedio...

 

(REMEDIOS acude al teléfono. CÁNDIDO habla muy bajito al oído de VALDÉS.)

 

CÁNDIDO.-  De manera que este es el estudio de la célebre Paulina Jordán...

VALDÉS.-  Sí. ¿Te gusta?

CÁNDIDO.-  ¡Precioso!  (Suspira.)  ¡Qué mujer!

REMEDIOS.-   (Al teléfono.)  Diga. Sí, sí, señor. Aquí el ama de llaves de la señorita Paulina... No, no, señor. Acabo de telefonear a la «Iberia» y me han dicho que el avión de Nueva York, donde viaja la señorita, llegará a Barajas dentro de unos minutos.  (Muy contenta.)  ¡Ay, sí, señor! El aeródromo está lleno de público para esperar a la señorita... Muchísima gente. Y periodistas. Y fotógrafos. Y el Nodo8. Este viaje de la señorita a Hollywood ha sido sensacional. Como desde que pasó lo que pasó, la señorita es tan popular...

CÁNDIDO.-   (Bajo.)  Y, ¿es verdad todo lo que dicen de ella?

VALDÉS.-  ¡Uf! ¡Si estas paredes hablaran...!

CÁNDIDO.-   (Se estremece púdicamente.)  ¡Qué horror!

REMEDIOS.-   (Al teléfono.)  Sí, señor. Llame más tarde, por favor.  (Cuelga el auricular.)  Un periodista inglés. Quiere una interviú con la señorita, como ustedes.  (Suspira.)  ¡Ay! Desde que la señorita es tan famosa, esto no es vivir...

CÁNDIDO.-  ¿De veras?

REMEDIOS.-  ¡Oh! Cartas, interviús, ramos de flores, peticiones de autógrafos... ¡La locura!

VALDÉS.-  Y, ¿a qué atribuye usted este éxito fulminante, este éxito repentino de Paulina Jordán?

REMEDIOS.-  Es muy sencillo.  (Tan campante.)  Como la señorita ha dejado de ser decente...

 

(CÁNDIDO, alarmadísimo, se pone en pie muy ruborizado.)

 

CÁNDIDO.-  ¡¡Dios mío!! ¡Y lo dice tan tranquila!

VALDÉS.-  ¡Hombre, Cándido!

REMEDIOS.-   (Atónita.)  ¡Anda! Pero, ¿quién es este señor, que no se ha enterado todavía?

VALDÉS.-  Discúlpele, mujer. El muchacho acaba de llegar de Zamora para aprender el oficio y aún no está al corriente de las cosas de Madrid.

REMEDIOS.-   (Piadosa.)  ¡Ah, vamos! El pobre...

VALDÉS.-   (Muy severo.)  ¡Cándido, que estás en Madrid! ¡¡Siéntate!! Y no te pongas colorado...

CÁNDIDO.-   (Avergonzado.)  Sí, señor. Usted perdone.

 

(Por el fondo, entra la DONCELLA. Es una muchacha joven, de uniforme.)

 

DONCELLA.-  Con permiso. Remedios, en el vestíbulo hay una señorita que dice que ha ido al colegio con la señorita Paulina. Está muy emocionada por el éxito de la señorita y quiere abrazarla a su llegada...

REMEDIOS.-   (Enérgica.)  ¡Despídela!

DONCELLA.-  Dice que tiene derecho a ver a la señorita. ¡Como han ido juntas al colegio...!

REMEDIOS.-  ¡He dicho que la despidas! Estoy decidida a que la dejen descansar...

DONCELLA.-  También hay dos muchachas empeñadas en esperar a la señorita Paulina para verla y para que les firme un autógrafo.

REMEDIOS.-  Que esperen a la señorita en el portal y que la vean al pasar. El autógrafo lo firmaré yo.

DONCELLA.-  Como usted mande.

 

(Y sale. VALDÉS y CÁNDIDO se han levantado de un salto.)

 

VALDÉS.-   (Asombradísimo.)  ¿Cómo? ¿Va usted a firmar un autógrafo de la señorita?

REMEDIOS.-   (Sencillamente.)  ¡Anda! Sí, señor. Firmo sus autógrafos, contesto sus cartas... Y lo paso muy bien. Sobre todo cuando contesto esas cartas de los que leen una novela de la señorita y se enamoran de ella...

VALDÉS.-  ¡Ah, sí! Y, ¿qué les dice usted?

REMEDIOS.-  ¡Pchs! Les doy esperanzas... Nunca sabe una lo que puede pasar.

 

(Ha entrado de nuevo LA DONCELLA, y ha puesto sobre la mesa, ante REMEDIOS, que está soberanamente sentada, un álbum de autógrafos. Luego se vuelve a marchar.)

 

CÁNDIDO.-   (Aterrado.)  Pero, ¡de qué cosas se entera uno en Madrid!...

VALDÉS.-  Oiga, oiga. ¿Y qué escribe usted ahí?

REMEDIOS.-  Una frase de la señorita. ¡Sé de memoria todas sus novelas! Como se trata de dos muchachas, he puesto una frase para menores... Mire.  (Y lee.) «El amor y la moral son cosas que solo van juntas por compromiso... Paulina Jordán». ¿Qué le parece?

VALDÉS.-  ¡Qué barbaridad!

CÁNDIDO.-   (Estremeciéndose.)  ¡Y dice que es para menores!

REMEDIOS.-   (Muy fina.)  ¿Quieren ustedes que les dedique un retrato de la señorita?

CÁNDIDO.-  ¡¡No!!

VALDÉS.-  ¡No! Muchas gracias. Es usted muy amable. Lo que quisiéramos, para adelantar la interviú, es hacerle a usted unas preguntas sobre Paulina Jordán...

REMEDIOS.-   (Con cierto hastío.)  Bueno. Pregunte lo que quiera. ¡Está una tan acostumbrada! ¡Como todos los periodistas preguntan lo mismo!...

VALDÉS.-  ¡Ah! ¿Sí? Bueno. Esta ama de llaves es un tesoro. Venga usted aquí. Siéntese.

REMEDIOS.-   (Prudente.)  ¿El señor cree que es correcto?

CÁNDIDO.-  Sí, mujer. No se preocupe.

REMEDIOS.-  Entonces, con su permiso.

 

(Avanza y se sienta delicadamente entre los dos en el sofá. CÁNDIDO saca un pequeño bloc y una estilográfica y apunta.)

 

VALDÉS.-  Diga usted... ¿Hace mucho tiempo que está usted al servicio de Paulina Jordán?

REMEDIOS.-   (Suspira.)  ¡Ay! Un año. Nos conocimos en el campo, en el Hotel de las Termas, donde yo servía de camarera. La señorita vivía tan sola en esta casa... Yo me despedí del hotel y vine aquí, para servir a la señorita. Desde entonces he sido como una madre para la señorita. Y ella...

CÁNDIDO.-  ¿Qué?

VALDÉS.-  Sí, sí. Hablemos de ella, por favor.

REMEDIOS.-  La pobre señorita iba por muy mal camino: era decentísima. Y ya saben ustedes que la decencia es una manía que perjudica mucho a las mujeres. La señorita Paulina era tan decente, tan decente, que no llamaba la atención, y sus libros no le interesaban a nadie...

VALDÉS.-  Siga...

CÁNDIDO.-   (Curiosísimo.)  Sí, sí.

REMEDIOS.-  Pero todo cambió allí aquella primera noche de su llegada al Hotel de las Termas.  (Sonríe.)  Aquella noche tuvo la señorita su gran aventura.

CÁNDIDO.-   (Nerviosísimo.) ¿Una aventura?

REMEDIOS.-  ¡Sí! Aquella noche descubrió a un hombre maravilloso: Jerónimo.

CÁNDIDO.-  ¿Jerónimo?

VALDÉS.-   (Suspira y asiente.)  ¡Jerónimo!

REMEDIOS.-  Fue un chispazo. Apenas se vieron cayeron uno en brazos del otro... ¡Jerónimo y la señorita se amaron locamente!

CÁNDIDO.-  ¡Aaaah!

REMEDIOS.-  Jerónimo es tan alegre, tan seductor. Es uno de esos hombres que vuelven locas a las mujeres y van por la vida de triunfo en triunfo. Además, tiene muchísimos millones.  (Suspira.)  Lo que se dice un hombre imponente.

CÁNDIDO.-  ¿Lo conoce usted?

REMEDIOS.-  ¡Ca! A Jerónimo no lo conoce nadie más que la señorita...

CÁNDIDO.-  ¡Ah!

REMEDIOS.-  Todas las noches llega Jerónimo a esta casa con un ramo de rosas... La señorita le abre la puerta cuando llega y le despide cuando se va. A nosotras nos prohíbe salir de nuestro cuarto. Yo sé cuando está Jerónimo en esta habitación, porque desde mi alcoba oigo en esa gramola el vals de «La viuda alegre», que es la música que más le gusta...

VALDÉS.-  ¿Oyes Cándido? ¡Cuando decía que si estas paredes hablaran!...

REMEDIOS.-   (Ruborizada.)  ¡Figúrese usted!...

CÁNDIDO.-   (Muy apurado.)  Yo estoy más violento...

REMEDIOS.-  Naturalmente, esto ha sido el escándalo de todo Madrid. La noticia de que la señorita tenía un amante corrió como la pólvora. Como la señorita Paulina no estaba acostumbrada a tener amantes, pues la pobrecilla se lo contaba a todo el mundo. Es más inocente... El caso es que cuando la señorita Paulina escribió esa novela que se llama «Jerónimo», el público se la quitaba de las manos... Los críticos, que son muy listos, dijeron que se ve en seguida que es una novela vivida. Se han vendido millares de ejemplares. La señorita Paulina ya es la escritora más famosa de España. La han llamado desde Holywood, porque van a hacer allí una película con la novela de la señorita, que es la historia de Jerónimo y de la señorita. El nombre de Jerónimo es ya tan popular como la señorita. Con decirles a ustedes que todo el que viene a esta casa deja recuerdos para Jerónimo. Y hasta recibimos postales el día de su santo...

CÁNDIDO.-  ¡Hay que ver! ¡Y en Zamora que no saben nada!

 

(VALDÉS se ha levantado y pasea ahora por la estancia.)

 

VALDÉS.-  Es fantástico. Y así, hasta hoy, que regresa Paulina Jordán de su triunfal viaje a Hollywood... A estas horas, en el aeródromo de Barajas hay una muchedumbre de admiradores esperando la llegada de la famosa novelista... Y hace un año nadie conocía a una escritora fracasada que se llamaba Paulina Jordán. Y todo, ¿por qué? Sencillamente, porque ha dejado de ser una pobre muchacha inofensiva y se ha convertido en una mujer que da que hablar... ¿Qué te parece?

REMEDIOS.-  Es lo que dice a veces la señorita: si yo hubiera sabido que lo que la gente quería era que yo tuviese un amante como Jerónimo, lo hubiera tenido muchísimo antes...

VALDÉS.-   (Indignadísimo.)  ¡Y mientras uno escribiendo artículos a treinta duros toda la vida!

REMEDIOS.-  ¡Ah, claro!  (Compasiva.)  Ustedes, los hombres, como nunca dejan de ser decentes, por muy sinvergüenzas que sean... ¡Pobrecillos, me dan una lástima!

CÁNDIDO.-   (Sobrecogido.)  ¡Qué barbaridad! ¡Pero qué barbaridad!

 

(Suena el teléfono. REMEDIOS, que estaba cerca, lo toma.)

 

REMEDIOS.-  ¡Diga! No, no, señor... Aún no ha llegado la señorita. Muchas gracias, señor.  (Cuelga y explica.)  Es de la embajada de una república sudamericana. No sé de cuál... Dicen que felicitan a la señorita por su éxito, y que ellos siempre están pensando en la madre patria.

VALDÉS.-  ¡Toma!

 

(Aparece PALOMA en el fondo. Presurosa, inquieta, algo le sucede. Viene vestida de calle, muy elegante.)

 

PALOMA.-  ¡Remedios! ¡Oh, perdón! Buenas tardes.

 

(VALDÉS y CÁNDIDO se levantan. REMEDIOS acude solícita al lado de PALOMA.)

 

REMEDIOS.-  ¡Señora!

PALOMA.-   (Muy azorada.)  Creí... creí que estabas sola. ¿No ha llegado Paulina todavía? ¿No? Entonces la esperaré en el gabinete. ¡Necesito verla inmediatamente! Quiero que me ayude, que me aconseje. ¡Ay, Remedios, qué desgraciada soy!

REMEDIOS.-  No diga más la señora. El marido de la señora que ha vuelto a engañar a la señora.  (Suspira.)  ¡Es un barbián!

PALOMA.-  ¡Quia! Eso no tendría importancia. Como ya estoy acostumbrada... Lo que ocurre ahora es mucho más grave. Es gravísimo, Remedios. Porque mi marido, pobrecito mío, mi marido no está acostumbrado...

REMEDIOS.-  ¡¡Señora!!

PALOMA.-  ¿Qué va a pasar, Dios mío? ¿Qué va a pasar?

 

(Y sale desconsoladísima por una de las puertas de la derecha. REMEDIOS se queda de una pieza.)

 

REMEDIOS.-  ¡¡Señora!!  (Transición. Se vuelve.)  Ustedes perdonen. Es la señora de Montiel. También conoció a la señorita en el Hotel de las Termas. Desde entonces son muy buenas amigas.

VALDÉS.-  ¿Le sucede algo?

REMEDIOS.-  Siempre le sucede lo mismo: que es muy desgraciada. Pero me parece que lo que le sucede hoy, no le había sucedido nunca...

 

(Un rumor de voces fuera, en el vestíbulo. Y entra LA DONCELLA muy sofocada.)

 

DONCELLA.-  ¡Ayúdeme usted, Remedios! ¡El vestíbulo está lleno de gente que, a todo trance, quiere esperar a la señorita!...

REMEDIOS.-  ¡Que esperen en la calle!

DONCELLA.-  ¡Pero si la calle está llena! Asómese.

REMEDIOS.-  ¡Ay! ¿Es posible?

 

(Corren los cuatro a la terracita y se asoman a la calle.)

 

VALDÉS.-  ¡Qué manifestación!

CÁNDIDO.-  ¡Qué gentío!

REMEDIOS.-  ¡Cómo se va a emocionar la señorita! ¡Ay, qué alegría!

 

(En la puerta del fondo aparecen, tímidamente primero, y con rotunda resolución después, una señora, DOÑA MARÍA, y una muchacha, MARTITA.)

 

DOÑA MARÍA.-  ¡Chiss! ¡Chiss! Buenas tardes. ¿Cómo están ustedes? Pasa, hija mía.

DONCELLA.-  Pero, señora...

REMEDIOS.-   (Indignada.)  ¿Quién es esta señora?

DOÑA MARÍA.-   (Sobresaltada.)  No se asuste. Soy doña María, la señora del entresuelo, la del notario. Y no me diga que me vaya, porque es inútil. Conque, chitón. Estoy decidida a conocer de cerca a Paulina Jordán. Me parece que tengo derecho. Resulta ridículo que una viva en la misma casa que una mujer tan célebre, y no sea amiga suya. ¿No es eso lo que tú dices, Martita?

MARTITA.-  Sí, mamá.

DOÑA MARÍA.-  Siéntate, hija. ¡Ay, qué éxito, qué éxito el de esa mujer! Yo estoy más emocionada... Acabo de oír por la radio las palabras que ha pronunciado al bajar del avión y se me han saltado las lágrimas.

REMEDIOS.-  ¿Ya ha llegado?

DOÑA MARÍA.-  Hace un ratito.

DONCELLA.-   (Palmotea.)  ¡Viva la señorita!

TODOS.-  ¡Viva!

 

(Una SEÑORITA, muy recatada, bien vestida, asoma con timidez, por el fondo)

 

SEÑORITA.-  Buenas tardes.

DONCELLA.-  ¡La del colegio!

SEÑORITA.-  Yo quiero ver a Paulina...

REMEDIOS.-  ¡Imposible! Haga usted el favor de salir.

SEÑORITA.-   (Llorosa.)  Pero si Paulina y yo hemos ido juntas al colegio...

REMEDIOS.-   (Muy enfadada.)  ¡No tiene nada de particular! Hay muchísimas señoritas que han ido al colegio con la señorita Paulina... ¿No creen ustedes?

DOÑA MARÍA.-  ¡Naturalmente! No es para darse importancia...

SEÑORITA.-  Pero, ¿es que no me van a dejar verla? ¡Dios mío! Pero si nos conocemos desde niñas. Pero si hemos ido juntas al colegio...

DONCELLA.-  Señorita, por favor.

 

(La toma del brazo y se la lleva por el fondo.)

 

DOÑA MARÍA.-   (Indignada.)  La verdad es que hay gente entrometida, ¿verdad, hija mía?

 

(Un clamor de voces en la calle. VALDÉS, en la terraza, grita mirando hacia abajo.)

 

VALDÉS.-  ¡Ya está aquí!

 

(REMEDIOS corre a la terraza, llena de entusiasmo. DOÑA MARÍA y MARTITA la siguen.)

 

REMEDIOS.-  ¡Señorita! ¡Señorita Paulina!

VALDÉS.-  ¡No puede pasar el coche!

MARTITA.-  ¡Ay, mamá! ¡Ay, mamá!

CÁNDIDO.-  Ya, ya baja.

REMEDIOS.-   (Indignada.)  ¡La van a estrujar!  (A gritos.)  ¡Señorita! ¡Cuidado, señorita!

VALDÉS.-  ¡Ya entró en el portal!

REMEDIOS.-  ¡Ya está aquí! ¡Ya está aquí!

 

(Vuelven todos en grupo a la sala y salen corriendo. VALDÉS, CÁNDIDO y REMEDIOS. DOÑA MARÍA y MARTITA quedan solas en escena.)

 

MARTITA.-  Mamá. ¿No crees tú que es un poco atrevido esto de presentarnos aquí?

DOÑA MARÍA.-  Tú, déjame a mí. Estoy dispuesta a comprobar si esta mujer es tan desvergonzada como dicen. Por lo pronto, la casa no me gusta nada...

 

(MARTITA mira encantada alrededor.)

 

MARTITA.-  ¡Ay, mamá! ¡Pero si es preciosa!

DOÑA MARÍA.-  Demasiado frívola. Y luego, esto de que haya flores por todas partes es muy sospechoso, la verdad.

 

(Surge por una de las puertas laterales del interior LA SEÑORITA que fue al colegio con PALOMA. Viene ahora muy contenta.)

 

SEÑORITA.-  Por fin, me he podido escabullir. Tengo unas ganas de verla. Saben ustedes, como hemos ido juntas al colegio...

DOÑA MARÍA.-   (Soberana.)  ¡Largo!

SEÑORITA.-  Pero, señora...

DOÑA MARÍA.-  ¡A la calle! Aunque usted crea que se va a aprovechar porque la casa está sola, no está sola. ¡Estoy yo!

MARTITA.-  ¡Ay, mamá!

SEÑORITA.-   (Llora a lágrima viva.)  Nada, les digo que he ido al colegio con Paulina y como si no... ¡Ay, Dios mío! (Se va por donde ha venido, llorando a lágrima viva.) 

DOÑA MARÍA.-  ¡No soporto esta gente que se mete donde no la llaman!

 

(Fuera un alborozado rumor de voces en el vestíbulo. Se oye entre ellas la voz de PAULINA.)

 

VOZ DE PAULINA.-  Gracias. Muchas gracias. ¡Por favor! ¡Muchas gracias a todos!

 

(Y aparece en el fondo PAULINA Jordán. Viene risueña, triunfal, estremecida de emoción, con su traje de viaje y un gran ramo de flores en las manos. La vienen rodeando REMEDIOS, LA DONCELLA, VALDÉS y CÁNDIDO.)

 

PAULINA.-  Sí, sí... Muchas gracias a todos.

REMEDIOS.-  ¿No me da un beso la señorita?

PAULINA.-   (Ríe.)  Sí, mujer. ¡Muchos!

DONCELLA.-  ¿Y a mí?

PAULINA.-  ¡Claro que sí! Todos los besos que queráis. En el aeródromo me ha besado medio Madrid.  (Ingenuamente.)  Claro que ya estoy acostumbrada...

TODOS.-  ¿Eh?

PAULINA.-  Como vengo de América...

TODOS.-  ¡Ah!

VALDÉS.-  ¡Viva Paulina Jordán!

PAULINA.-  Muchas gracias, Valdés. Usted siempre tan simpático. Quiere usted un interviú, como si lo viera. ¡Ah! ¿Y este señor?

VALDÉS.-  Un nuevo compañero. ¡Saluda, Cándido!

CÁNDIDO.-  Sí, señorita. Para servirla.

PAULINA.-  Encantada. Todos ustedes son muy buenos conmigo. Estoy verdaderamente emocionada. Creo que tengo ganas de llorar...

 

(DOÑA MARÍA avanza hacia ella emocionadísima.)

 

DOÑA MARÍA.-  ¡Pobre hija mía!

PAULINA.-   (Asustada.)  ¡Señora!

DOÑA MARÍA.-  Llore usted si lo necesita. Pero en mis brazos. Pobrecita, pobrecita.

PAULINA.-  ¡Señora!

DOÑA MARÍA.-   (Transición; alegrísima.)  ¿No me conoce usted? Soy la señora del entresuelo. Mi hija y yo queremos que una noche baje usted a cenar con nosotras. ¡No me diga que no! Ya sé; ya sé que nosotras no somos de su mundo. Pobres de nosotras, tan anticuadas. Las mujeres como usted, las escritoras, las artistas son de otro modo. No les importa la sociedad, no tienen prejuicios, viven una vida tan libre...

MARTITA.-   (En un ímpetu.)  ¡Cómo me gustaría ser escritora!

DOÑA MARÍA.-  ¡Silencio, niña!

PAULINA.-  Muchas gracias, señora. Es usted muy amable. Pepita, por favor. Prepara en el salón unas botellas de jerez y unos «sanwich». Estos señores me acompañarán...

DONCELLA.-  En seguida, señorita.

 

(Sale. VALDÉS, que está cerca de la terraza, llama a PAULINA.)

 

VALDÉS.-   (Riendo.)  Paulina, debe usted salir a la terraza y saludar a ese gentío. Que la vean. Por lo visto están dispuestos a no irse.

PAULINA.-  ¿Es posible?

 

(PAULINA se lanza al balcón, seguida de PAULINA, de CÁNDIDO y de VALDÉS. Se oye una nueva salva de aplausos. PAULINA alza la mano y saluda varias veces.)

 

MARTITA.-  Y a mí que me parece una infeliz.

DOÑA MARÍA.-  ¡Huy! No te fíes. Estas mujeres engañan a cualquiera.

 

(Vuelven de la terraza PAULINA, REMEDIOS, VALDÉS y CÁNDIDO. PAULINA tiene un dulce y dichoso cansancio. Todos la rodean.)

 

PAULINA.-  ¡Ay!

REMEDIOS.-  ¿Está contenta la señorita?

PAULINA.-  Contenta es poco...  (Sonríe.)  Nunca olvidaré el aeródromo de Barajas lleno de gente. Y esta calle. Todo esto es fantástico, sencillamente fantástico. Es la fama. Lo que yo quería. El sueño de toda mi vida.

VALDÉS.-  ¿La ha gustado a usted Hollywood?

PAULINA.-  ¡Oh! Muchísimo....

CÁNDIDO.-   (Muy tímido.)  ¿Le... le han hecho a usted el amor?

PAULINA.-   (Se ruboriza un poco.)  Sí. Esos americanos son terribles. Y claro, como tengo esta fama...

MARTITA.-  ¿Ha conocido usted a muchas estrellas?

PAULINA.-  Sí. Pero no vaya usted a creer. ¡Pchs!... De cerca, nada. Son muy poquita cosa.

VALDÉS.-  ¿Ha estado usted en Méjico?

PAULINA.-  No, por Dios. Yo no hago nada de lo que hace todo el mundo...

CÁNDIDO.-  ¿Quién va a hacer en la película el papel de Jerónimo?

PAULINA.-  ¡Melvyn Douglas9!

TODOS.-   (Admirados.)  ¡Ah!

PAULINA.-   (Con algún pesar.)  No llega a Jerónimo, claro. Pero es el que más se le parece...

MARTITA.-  ¿De verdad? ¡Mamá, yo quiero conocer a Jerónimo!

DOÑA MARÍA.-  ¡Niña!

 

(Durante el diálogo anterior, PAULINA se fue despojando de su chaqueta, de su sombrero, de sus guantes, de sus flores, etc. etc. Ahora se sienta frente al público, en su gran sillón de orejas. La rodean CÁNDIDO, VALDÉS y REMEDIOS. DOÑA MARÍA y MARTITA están un poco separadas.)

 

PAULINA.-  Ay... Qué cansada estoy. Pero qué feliz me siento de nuevo en mi casa.  (Suspira.)  ¡Otra vez en mi rincón!

VALDÉS.-   (Nostálgico.)  ¡El rincón de Jerónimo!

PAULINA.-   (Muy ruborizada.)  Por Dios, Valdés, no sea usted indiscreto...

DOÑA MARÍA.-   (Sin poderse contener.)  Pero, hija mía, si lo sabe todo el mundo...

PAULINA.-   (Contentísima.)  ¿Usted cree?

REMEDIOS.-  ¡Sí, señorita! Puede usted estar tranquila.

CÁNDIDO.-   (Con un escalofrío.)  ¡Dice que puede estar tranquila!

VALDÉS.-  Paulina, todos estamos llenos de curiosidad. La gente cuenta y cuenta de ese hombre extraordinario que usted sola conoce. Paulina, si quisiera usted hablarnos de Jerónimo...

PAULINA.-   (Sonríe muy dichosa.)  ¿Por qué no?

 

(Todos, curiosísimos, anhelantes, se acercan y la rodean.)

 

TODOS.-  ¡¡Oh!!

MARTITA.-  ¡Mamá! ¡Qué va a hablar de Jerónimo!

CÁNDIDO.-  Yo tengo una curiosidad...

PAULINA.-   (Dulcemente soñadora.)  No hay otro como él. Jerónimo...

 

(En la puerta del fondo, con mucha timidez, aparece JERÓNIMO. Viste un guardapolvo blanco, con cuello azul, de chofer de taxi; con gorra de plato, que, muy correcto, se quita al entrar.)

 

JERÓNIMO.-  ¿Se puede?

 

(Todos se enojan por la interrupción. PAULINA se pone en pie y se encara disgustadísimamente con el recién llegado.)

 

TODOS.-  ¿Eh?

VALDÉS.-   (Indignadísimo.)  ¡Hombre!

CÁNDIDO.-  ¡Qué oportunidad!

MARTITA.-  ¡Ahora que íbamos a saber quién es Jerónimo!

PAULINA.-   (Mirándole de arriba abajo.)  ¡Remedios!

REMEDIOS.-  ¡Señorita!

PAULINA.-  ¿Quién es este individuo?

 

(En este momento irrumpe la DONCELLA por el fondo.)

 

DONCELLA.-  Perdone la señorita. Este hombre no ha querido esperar en el vestíbulo... Dice que es muy importante que hable con la señorita.

PAULINA.-   (Disgustadísima.)  ¿Quién es usted?

 

(JERÓNIMO, entretanto, sonriente y un poco azorado, da muchas vueltas a la gorra de plato que tiene entre las manos.)

 

MARTITA.-  ¡Un chofer! ¡Ay, qué divertido, mamá!

PAULINA.-  ¡Vamos! ¿Quiere usted explicarse de una vez?

JERÓNIMO.-  ¡Je! Un momento...  (Se acerca a la puerta del fondo, se asoma y llama.)  Pasa, Domingo.

TODOS.-  ¿Cómo?

 

(En la puerta del fondo aparece DOMINGO. Viste el mismo indumento que JERÓNIMO. No es preciso decir que el atavío de chofer no le ha hecho perder su dignidad y su señorío.)

 

DOMINGO.-  Con permiso. Muy buenas tardes.

PAULINA.-   (Furiosa.)  ¡¡Pepita!! ¿Queda algún otro chofer en el recibimiento?

JERÓNIMO.-  Un poco de calma, por favor. Este es mi ayudante. Se llama Domingo.

 

(DOMINGO saluda muy fino.)

 

VALDÉS.-   (Irónico.)  Hombre, pues mucho gusto.

JERÓNIMO.-  No sé hacer nada sin él. Le llevo a todas partes.

DOMINGO.-   (Casi emocionado.)  El señor es muy amable.

CÁNDIDO.-  ¡Le ha llamado el «señor»!

VALDÉS.-  Será un apodo. Esta gente se pone motes muy raros. Conozco a uno que le llaman el «marqués».

CÁNDIDO.-  ¡Ah, ya!

PAULINA.-   (Enfadadísima, da un puñetazo en la mesa.)  ¡¡Basta!! ¿Qué significa su presencia en esta casa? ¿Quiénes son ustedes?  

(JERÓNIMO y DOMINGO se miran largamente.)

  ¿Qué quieren ustedes de mí?

JERÓNIMO.-  ¡Je! Pues verá usted... Yo soy el chofer que ha traído a la señorita desde Barajas.

TODOS.-  ¡Ah!

JERÓNIMO.-   (Sonriendo.)  Nosotros estábamos con nuestro taxi en el aeródromo de Barajas cuando aterrizó el avión de la señorita. ¡Fue un momento tan emocionante! ¿Te acuerdas, Domingo?

DOMINGO.-  ¡No se me olvidará nunca!

PAULINA.-  ¡Ah! ¿Sí?

JERÓNIMO.-  La gente empezó a aplaudir y a aplaudir.  (Sonríe.)  Nosotros también aplaudimos. ¿No fue así, Domingo?

DOMINGO.-  Sí, señor. ¡Y cómo aplaudíamos!

PAULINA.-  ¿Es verdad?  (Sonríe.)  ¿Sabes, Remedios, que esta gente es muy simpática?

 

(Sale la DONCELLA.)

 

JERÓNIMO.-  De pronto, la señorita se acercó a nuestro taxi, abrió la portezuela y entró... Domingo y yo nos emocionamos muchísimo.

PAULINA.-  ¿De veras? Pobrecillos...

JERÓNIMO.-  ¡Digo! La señorita pudo tomar cualquier otro taxi y, sin embargo, tomó el nuestro... ¿No íbamos a emocionarnos?

DOMINGO.-  Al señor se le saltaron las lágrimas...

PAULINA.-  ¿Es cierto? ¿Lloró usted?

JERÓNIMO.-  Sí, señorita. Yo soy un sentimental. No puedo olvidar que la señorita es una gloria nacional.

PAULINA.-   (Felicísima.)  Hombre, tanto como una gloria nacional... ¿Usted cree?

JERÓNIMO.-   (Indignado.)  ¡Que si lo creo! ¿Oyes, Domingo?

DOMINGO.-   (Muy enérgico.)  La señorita es la primera gloria nacional...  (Mira, sereno, en torno.)  ¿Quién dice que no?

TODOS.-  ¡No! ¡No! ¡Claro! ¡Es una gloria nacional!...

PAULINA.-  Gracias, muchas gracias. Pero, por Dios, ¿qué hacen ustedes de pie?

REMEDIOS.-  ¡Señorita!

DOÑA MARÍA.-  Yo estoy voladísima.

 

(JERÓNIMO y DOMINGO se sientan tranquilamente en el sofá. Los demás de pie.)

 

JERÓNIMO.-  Muchas gracias. ¿No te dije, Domingo, que la señorita nos recibiría bien?

VALDÉS.-   (Admirado.)  Pero, ¡qué par de sinvergüenzas!

PAULINA.-  Un momento. ¿Usted y yo no nos hemos visto en algún sitio hace mucho tiempo?

JERÓNIMO.-  ¡Quién sabe!

PAULINA.-  Sí, sí. Ya está.

JERÓNIMO.-   (Ilusionado.)  ¿Me recuerda la señorita?

PAULINA.-  ¿Ha sido usted empleado de coches-cama?

JERÓNIMO.-   (Molestísimo.)  ¡No! No era yo, de verdad, señorita... Lo siento.

DOÑA MARÍA.-  ¡Bueno! Y ahora, que ya están ustedes cómodos, ¿nos dirán el objeto de su visita? Porque yo no puedo más...

JERÓNIMO.-  Sí, señora. Es muy sencillo. La señorita Paulina ha dejado olvidado en mi taxi este bolso...  (Y muestra un magnífico bolso, que hasta ahora había mantenido oculto.) 

TODOS.-  ¡¡Ah!!

PAULINA.-  ¡Mi bolso! ¿Has visto, Remedios?

MARTITA.-  ¡Su bolso!

REMEDIOS.-  ¡El bolso de la señorita!

JERÓNIMO.-   (Con dignidad.)  Ruego a la señorita examine el interior del bolso. Está todo. Hay una polvera de oro. Un billete de diez dólares. Quinientas pesetas.

PAULINA.-  Sí, sí... Justo.

JERÓNIMO.-  Un pitillera preciosa. Una postal de Greer Garson invitando a la señorita a pasar el fin de semana, y un telegrama de Sinclair Lewis, en el que llama a la señorita «Mi querida colega».

PAULINA.-  Sí, sí... Todo. No falta nada.

DOMINGO.-  También hay dos fotografías. Una de Joe Louis y otra de la estatua de la Libertad10. Como quien dice, la historia de América...

DOÑA MARÍA.-   (Indignada.)  Pero, ¿es que han registrado ustedes el bolso?

JERÓNIMO.-  Claro.

DOMINGO.-  ¡Naturalmente!

DOÑA MARÍA.-  ¡Oh!

JERÓNIMO.-  Comprenda la señora que todos los días no se encuentra uno el bolso de una mujer como la señorita, que es una gloria nacional.

TODOS.-  ¡Ah! ¡Muy bien! ¡Muy bien!

VALDÉS.-  ¡Bravo!

PAULINA.-  Muchas gracias. No sé qué decirles. No sé cómo agradecerles...

VALDÉS.-  ¡Es asombroso! Un bolso carísimo. ¡Y lo devuelven! ¡Qué generosidad! ¡Qué honradez! ¡Qué decencia! ¡¡Qué rasgo!!  (Señalando a JERÓNIMO y a DOMINGO con aire de triunfo.)  ¡Este es el noble pueblo español!

JERÓNIMO.-   (Modestamente.)  Hombre, no hay que exagerar.

VALDÉS.-  ¡Miradlos! Ahí los tenéis. Han devuelto, sencillamente, lo que para ellos pudiera constituir una fortuna. ¡Y son dos miserables!  

(JERÓNIMO y DOMINGO, en el sofá, se miran.)

  ¡¡Y son dos pobres diablos!!

DOMINGO.-   (Bajo.)  Le voy a dar a ese una bofetada...

JERÓNIMO.-  ¡Quieto, Domingo!

VALDÉS.-  ¡Ah! Pero esto no quedará así, no. Gestos como este debe conocerlos todo el mundo. ¡Que lo sepa el Gobierno!

JERÓNIMO.-  ¡No!

VALDÉS.-  ¡Que se les diga a los niños en las escuelas! ¡Pronto! Denme sus nombres y dos fotografías. Mi periódico lo publicará en primera plana. Ya tengo título: «Dos choferes ejemplares». ¿Qué tal?

JERÓNIMO.-   (Muy enojado.)  ¡Quiá! De eso, ni hablar. Y muchísimo menos la fotografía. Hay que ver qué cara de idiota saca uno en los periódicos cuando le retratan por honrado. Es un mal ejemplo para los niños.

DOMINGO.-  La honradez no es fotogénica...

PAULINA.-  Yo no sé cómo recompensarles. Si me atreviera... ¿Querrían ustedes aceptar estas quinientas pesetas que había dentro del bolso?

 

(Da un paso hacia ellos muy risueña, con los billetes en la mano. JERÓNIMO la mira largamente. Luego él y DOMINGO se vuelven a mirar.)

 

TODOS.-  ¡Oh!

JERÓNIMO.-   (Muy triste.)  ¡Quinientas pesetas, Domingo!

DOMINGO.-  ¡Quinientas pesetas, señor!

PAULINA.-   (Tímidamente.)  ¿Le he ofendido a usted?

JERÓNIMO.-  No, señorita. La señorita es muy espléndida. Pero nosotros esperábamos de la señorita algo de muchísimo más valor.

PAULINA.-   (Sonriendo.)  Diga... ¿Qué esperan de mí?

JERÓNIMO.-   (Sonríe, mientras la mira encantado.)  Yo quiero de la señorita algo que guardaré toda mi vida como un tesoro. ¡Señorita! ¿Quiere usted firmarme este ejemplar de su novela «Jerónimo»? (Saca un libro del bolsillo de su guardapolvo y se lo entrega.) 

PAULINA.-   (Gozosísima.)  ¡Oh! ¿Lee usted mis novelas?

JERÓNIMO.-  ¡¡Todas!! Pero, sobre todo, esta de «Jerónimo».

DOMINGO.-  Es la que le ha hecho más impresión.

JERÓNIMO.-  Es que la señorita escribe de un modo...

DOMINGO.-  ¡Hay que ver cómo está pintado este hombre!

JERÓNIMO.-  La primera escena, cuando Jerónimo entra en la alcoba de la señorita, y la señorita cae en seguida en sus brazos..., es que se está viviendo. Dan ganas de llorar.

VALDÉS.-  ¡Y luego dicen que el pueblo no lee!

DOMINGO.-  Esa novela es para el señor como la Biblia para los ingleses. La lee a todas horas.

PAULINA.-   (Feliz.)  ¿De verdad? ¿Hace usted eso con mi novela?

JERÓNIMO.-  ¡Sí, señorita!

PAULINA.-  ¿Para qué?

JERÓNIMO.-   (Muy serio.)  Para aprender a conocerme a mí mismo...

VALDÉS.-  ¡Bravo!

CÁNDIDO.-  ¡Magnífico!

MARTITA.-  ¡Tiene una respuesta para todo!

DOMINGO.-  Si los señores supieran. Esa novela le ha hecho tanto efecto que...

JERÓNIMO.-   (Bajo.)  Domingo, que te pasas.

DOMINGO.-  Que muchas noches, cuando sueña, el pobre dice en voz alta: «¡Jerónimo soy yo!»

TODOS.-  ¡¡Oh!!

 

(Todos ríen. PAULINA da unos pasos hacia JERÓNIMO, le mira de arriba abajo y rompe a reír divertidísima.)

 

PAULINA.-  ¿Es verdad eso? ¿Sueña usted que usted es Jerónimo? ¡El pobre!...  (Ríe y se vuelve hacia los demás.)  ¿No tiene gracia?

 

(Todos miran a JERÓNIMO y, al unísono, rompen en una carcajada.)

 

TODOS.-  ¡Ay!

VALDÉS.-  ¡Muchísima!

CÁNDIDO.-  ¡Qué barbaridad!

MARTITA.-  ¡Ay, mamá, que se cree que es Jerónimo!

DOÑA MARÍA.-  Calla, hija; pobrecito. ¡Hace diez años que no me reía así!

REMEDIOS.-   (Muerta de risa.)  ¡Ay qué hombre! Pero qué hombre este... ¿Pues no dice que es Jerónimo?

MARTITA.-  ¡Vamos, es para morirse!

CÁNDIDO.-  Estas cosas no pasan en Zamora... ¡Ay! ¡Ay!

VALDÉS.-   (Casi congestionado.)  ¡Ay!

 

(Todos ríen a la vez. Un tumulto de risas. Algunos se tienen que sentar en los sillones o en el sofá. JERÓNIMO y DOMINGO, muy serios, se miran con un tremendo desconsuelo.)

 

JERÓNIMO.-  ¡Hay que ver qué gracia les ha hecho!

DOMINGO.-   (Le da unos golpecitos en la espalda.)  Valor, señor. ¡Un poco de valor!

 

(Poco a poco han ido cesando las carcajadas. DOÑA MARÍA se seca las lágrimas.)

 

DOÑA MARÍA.-  ¡Nunca creí que pudiera reírme tanto!

PAULINA.-  ¡Ay! Ha sido realmente divertido...

DOÑA MARÍA.-  ¡¡Cuando lo sepa Jerónimo!!

TODOS.-  ¡Eso, eso! ¡Cuando lo sepa Jerónimo!

 

(Vuelven a reír largamente. JERÓNIMO y DOMINGO se miran angustiadamente. Entra la DONCELLA.)

 

DONCELLA.-  Con permiso de la señorita. Los «sanwichs» y el jerez están dispuestos.

PAULINA.-  Vamos todos. Tomaremos una copa.  

(La DONCELLA y REMEDIOS salen delante.)

  ¿Le agrada, Valdés?

VALDÉS.-  ¡Soberbio! En marcha, Cándido.

PAULINA.-  Usted, señora. Y la niña. Por aquí....

DOÑA MARÍA.-  Sí, querida...  (Al salir.)  ¿Sabes, hija mía, que en estas casas que no son decentes se pasa muy bien el rato?

MARTITA.-  Sí, mamá. Como que eso lo he pensado yo muchas veces...

DOÑA MARÍA.-  ¡¡Niña!!

 

(Salen las dos. PAULINA se dirige a JERÓNIMO y a DOMINGO, muy sonriente.)

 

PAULINA.-  Deme usted ese libro... Se lo firmaré encantada. Pero antes quiero que los dos tomen una copa de jerez con nosotros.

JERÓNIMO.-  ¡Señorita!

PAULINA.-  Supongo que no se negarán a aceptar esta pequeña recompensa.

DOMINGO.-  Un momento. Si hay champán, yo prefiero champán.  (Con digna nostalgia.)  Es lo que yo he bebido siempre.

 

(PAULINA, VALDÉS y CÁNDIDO ríen.)

 

PAULINA.-  ¡Naturalmente!

VALDÉS.-  Bueno.  (Ríe.)  Dice que es lo que ha bebido siempre. Es un fresco...

CÁNDIDO.-   (Divertidísimo.)  ¡Qué sinvergüenza!

VALDÉS.-  ¡Qué desahogo!

DOMINGO.-  Cuando yo digo que le voy a dar a uno una bofetada...

VALDÉS.-  Venga usted con nosotros, hombre; venga usted... ¡Pero qué golfo más simpático!

 

(Entre VALDÉS y CÁNDIDO se llevan a DOMINGO, dándole fuertes palmadas en la espalda. Quedan solos PAULINA y JERÓNIMO. Él mira alrededor y sonríe. La mira a ella. Ella también le mira. Un pequeño silencio.)

 

PAULINA.-  ¿No entra usted?

JERÓNIMO.-  ¡Je!

PAULINA.-   (Sonriendo.)  ¿Qué está usted mirando?

JERÓNIMO.-  Miraba a la señorita. Miraba todo esto. Esta habitación tan bonita, que conozco tan bien.

PAULINA.-  ¿Qué dice?

JERÓNIMO.-  La describe usted maravillosamente en su novela...

PAULINA.-  ¡Ah, sí, es verdad!...

JERÓNIMO.-  Todo está igual. La terraza, la mesa, ese florero azul. El «Quijote» en el estante más alto... El sofá. Y este sillón.  

(Él se acerca al sillón. Ella le ve hacer, sonriendo muy satisfecha.)

  Por la noche, entra Jerónimo y se sienta en este sillón.  

(Se sienta. PAULINA sonríe.)

  ¿Se sienta así?

PAULINA.-   (Divertida.)  Hombre.  (Ríe.)  Precisamente así... Se sienta con un poco más de gracia.

JERÓNIMO.-  ¡Ah, de modo que Jerónimo se sienta con más gracia que yo! Claro, es natural.  (Sonriendo.)  Me figuro qué feliz debe sentirse aquí Jerónimo, con usted arrodillada a sus pies, oyendo el vals de «La viuda alegre»...  (De pronto.)  ¿Y después?

PAULINA.-   (Ruborizada.)  Le diré. La pregunta no me parece delicada...

JERÓNIMO.-   (Boquiabierto.)  ¡Ah, ya! Perdone la señorita.

 

(Se dirige hacia la puerta por donde salieron los demás. Ella le detiene.)

 

PAULINA.-  ¡Espere! Ya sé de qué le recuerdo.

JERÓNIMO.-   (Con ilusión.)  ¿De verdad?

PAULINA.-  Sí. ¿Ha sido usted camarero del Bar Basque, en San Sebastián?

JERÓNIMO.-  ¡No!  (Triste.)  No se moleste señorita: no me recuerda. La señorita y yo no nos hemos visto nunca. ¡Nunca! De verdad, señorita.

 

(Y sale. Sola, PAULINA sonríe y se encoge de hombros. Sentada a la mesa, muy satisfecha, escribe algo en el libro de JERÓNIMO. PALOMA, de puntillas, surge en el umbral de la otra puerta.)

 

PALOMA.-  ¡Chiss, chiss! ¡Paulina!

PAULINA.-   (Muy alegre.)  ¡Paloma!

PALOMA.-  ¿Estás sola? Entonces...

 

(Corren la una hacia la otra y, en el centro de la habitación, se besan y se abrazan.)

 

PAULINA.-  Pero, ¡qué bonita estás!...

PALOMA.-  ¿Te parece? Estaba deseando que volvieras de Hollywood. Tengo que decirte algo muy importante... ¿No nos oye nadie?

PAULINA.-  Nadie. ¿Se trata de tu marido?

PALOMA.-   (Un mohín.)  No, no, nada de eso... ¡El pobre! Hace tres días que no lo veo. Anoche me retiré tarde. Y hoy no he almorzado en casa.

PAULINA.-  ¿Qué no has almorzado en casa?

PALOMA.-  Como lo oyes. Me encanta la comida del restaurante. Y luego, esas sobremesas del hogar son tan aburridas...  

(PALOMA se sienta en el sofá con mucho desenfado, muy desenvuelta, cruza una pierna sobre la otra. PAULINA la observa con muchísima curiosidad.)

  ¿Me das un cigarrillo?

PAULINA.-  Pero, ¿tú fumas?

PALOMA.-  Ahora, sí. Desde hace unos días...

PAULINA.-  Toma.

PALOMA.-  Gracias.  

(Una pausa. PALOMA fuma y tose lastimosamente. PAULINA no aparta los ojos de ella.)

  Paulina... Durante tu viaje a América han ocurrido muchas cosas. He cambiado mucho.

PAULINA.-  Ya, ya.

PALOMA.-  Voy a confiarte un secreto. Es algo muy íntimo, ¿sabes?  (Un silencio.)  Paulina: ¡tengo un amante!

 

(PAULINA se pone en pie, descompuesta y asustada.)

 

PAULINA.-  ¿Eh? ¿Qué has dicho? ¿Te has vuelto loca?

 

(PALOMA fuma tranquilamente.)

 

PALOMA.-  No, no. Te aseguro que no.

PAULINA.-   (Espantada.)  ¡Y lo dices así, tan tranquila!

PALOMA.-  ¡Pchs!... Entre nosotras...

PAULINA.-  ¡Paloma! Tener un amante es una cosa gravísima.

PALOMA.-   (Fuma y tose.)  Ya lo sé. Como que estoy encantada...

PAULINA.-  ¡Paloma!  (Una transición. Se sienta otra vez, muy cerca de ella, en el sofá.)  Oye, ¿y qué sensación produce tener un amante?

PALOMA.-  Mujer... A ti, ¿qué voy a decirte?...

PAULINA.-  ¡Ay, es verdad! Es que a veces se me olvida.

PALOMA.-  ¿Qué te diré yo que no sepas?

PAULINA.-  Calla, calla. ¿Qué es lo que no sabré yo?

 

(Un silencio. PALOMA sigue lanzando humo al espacio. Las dos se miran a veces y sonríen.)

 

PALOMA.-   (Soñadora.)  Tener un amante es una sensación extraña y deliciosa. Como si una estuviera en peligro. ¿No crees?

PAULINA.-  Desde luego. Tener un amante debe ser peligrosísimo. Figúrate la de tragedias que pasan por tener un amante. Piénsalo bien, Paloma. Puede ocurrir hasta un crimen pasional.

PALOMA.-   (Sonriendo.)  Ca, no lo creas. Esas cosas solo pasan en el extrarradio, y como yo vivo en la calle Serrano...

PAULINA.-  Eso es verdad. En el barrio de Salamanca los amantes están mejor educados. Por eso abundan más...  (PAULINA la mira con los ojos muy abiertos. Admiradísima.)  Pero, ¡lo que has aprendido, Paloma!...

PALOMA.-  Ya te digo que he cambiado mucho.

 

(PAULINA se ha puesto en pie, se vuelve a sentar rápidamente al lado de PALOMA.)

 

PAULINA.-   (Con miedo.)  ¿Lo sabe tu marido?

PALOMA.-   (Muy natural.)  Todavía, no. Pero supongo que se enterará en seguida...

PAULINA.-  ¡Paloma!

PALOMA.-  Después de todo, tener un amante y que no lo sepa el marido, ¡pchs!, no merece la pena...

PAULINA.-   (Se levanta muy asustada y pasea por la habitación en torno al sofá, donde sigue sentada PALOMA.)  ¡Claro! No se me había ocurrido...

 

(PALOMA, de pronto, se yergue, furiosa.)

 

PALOMA.-  ¡Sí, lo sabrá! ¡Estoy deseando que lo sepa! Me gustaría ver qué cara pone cuando se entere. Él, que tanto se burla de esta mujercita tan decente y tan insignificante. ¡Él, que se siente tan seguro de mí! ¡Toma, miserable, golfo, sinvergüenza! ¡¡Para que aprendas!!  

(Se vuelve a sentar. PAULINA la sigue observando desde todas partes. PALOMA vuelve otra vez a su tono frívolo y desvergonzado.)

  ¿Verdad, Paulina, que, después de todo, tener un amante no tiene tanta importancia como cree una antes de tenerlo? Pero, ¡si es la cosa más natural!...

PAULINA.-  Pero, Paloma. ¡Tú has perdido la moral!

PALOMA.-  Bueno, supongo que tú, precisamente tú, no irás a reñirme...

PAULINA.-   (Azaradísima.)  No, claro; figúrate, yo... Es que no sé lo que digo. Me has dado una sorpresa. Reconocerás que no es frecuente que una señora casada tenga un amante.

PALOMA.-  ¡Paulina! No seas del antiguo régimen.

PAULINA.-  Bueno, quiero decir que no es normal que una señora tan decente como tú...

PALOMA.-   (Ufana.)  Pero es que yo ya no soy tan decente.

PAULINA.-  ¡Ah! ¡Claro!  (Enérgica.)  ¡Ni yo tampoco! ¿Qué has creído?

PALOMA.-  ¡Qué poca vergüenza tenemos, Paulina!

PAULINA.-  Es verdad, poquísima...

 

(Se miran las dos, y, suavemente, en una transición, bajan los ojos y miran al suelo, muy avergonzadas. Un silencio.)

 

PAULINA.-   (Curiosa.)  Y... ¿cuándo empezó?

PALOMA.-  Realmente, me enamoré de él hace un año.

PAULINA.-  ¡Un año! Es curioso.

PALOMA.-  ¿Qué?

PAULINA.-  No, nada.

PALOMA.-  Pero la aventura ha comenzado ahora...

 

(PAULINA, curiosísima, se sienta al lado de PALOMA en el sofá.)

 

PAULINA.-  Y..., ¿es guapo?

PALOMA.-  ¡Oh!

PAULINA.-  ¿Es... interesante?

PALOMA.-  ¡Oh! Si le oyeras hablar... ¡No hay otro como él!

PAULINA.-   (Ceñuda.)  Bueno, no será tanto.

PALOMA.-  Te aseguro que es único.

PAULINA.-   (Casi indignada.)  Paloma querida, no digas tonterías. Siempre quieres ser la primera en todo. Cuando hablas de tu marido, resulta que es el hombre más sinvergüenza del mundo. Cuando lloras porque eres desgraciada, eres la mujer más desgraciada de la tierra. Y ahora que tienes un amante, te figuras que es el hombre más interesante que ha dado la Humanidad. Y estoy segura que será un hombre como todos.

PALOMA.-  ¡Quia!

PAULINA.-   (Cada vez más indignada.)  ¡Lo que se dice un muchacho corrientito!...

PALOMA.-  ¡Quia!

PAULINA.-  ¡Paloma, no digas «¡quia!», que me pones nervosísima! Y, además, es una ordinariez.  

(Ríe PALOMA.)

  ¡Y no te rías! No querrás hacerme creer que tu amante es un hombre como Jerónimo.
 

(PALOMA, como bruscamente sobrecogida, se pone de pronto en pie y baja los ojos al suelo.)

 

PALOMA.-  ¡Por Dios, Paulina! Yo no quisiera hacerte daño.

PAULINA.-  ¿Eh? ¿Tú a mí? ¿Qué has hecho?

PALOMA.-  Paulina...

PAULINA.-  Oye, oye, oye. ¿Quién es ese hombre? ¿Le conozco yo?

PALOMA.-   (Retrocede.)  ¡Sí!

PAULINA.-  ¿Quién es?

PALOMA.-   (Desde lejos, con muchísimo miedo.)  Es... es lo que tú te figuras. Es el mismo.

PAULINA.-  ¿Jerónimo?

PALOMA.-  ¡Jerónimo!

PAULINA.-   (Un grito.)  ¡Ayyy!

PALOMA.-   (Empavorecida.)  Paulina... ¡Socorro!

PAULINA.-  ¡Miserable! Tú, mi mejor amiga. ¡¡Tú!!

 

(Al grito de PAULINA han comenzado a entrar muy asustados, los otros. Entran ahora REMEDIOS, LA DONCELLA, DOÑA MARÍA y MARTITA, CÁNDIDO y VALDÉS.)

 

REMEDIOS.-  ¡Señorita!

DONCELLA.-  ¿Ha gritado la señorita?

DOÑA MARÍA.-  ¿Qué ocurre?

MARTITA.-  ¡Ay, mamá, que se pelean! Pero, qué bien lo estamos pasando...

 

(PAULINA, enfurecida, pasea de un lado a otro, seguida de las dos doncellas. PALOMA está aterrada y se esconde donde puede. CÁNDIDO, VALDÉS, DOÑA MARÍA y MARTITA en medio.)

 

PAULINA.-  Engañarme a mí. ¡Y ella! ¡¡Esa mosquita muerta!!

VALDÉS.-  ¡Paulina, por favor! Serénese...

PAULINA.-  Esa inocente, ese ángel... ¡Esa tonta!

PALOMA.-  ¡Por Dios, Paulina!

REMEDIOS.-  ¡Señorita!

PAULINA.-  ¡Se ha aprovechado de mi viaje, para engañarme con Jerónimo!

TODOS.-   (Escandalizados.)  ¡¡Oh!!

DOÑA MARÍA.-  ¡Qué horror!

PALOMA.-  Paulina, yo te explicaré...

PAULINA.-  ¡No me expliques nada!

 

(En este momento, con un aire muy feliz entra JERÓNIMO seguido de DOMINGO.)

 

JERÓNIMO.-  ¿Se puede? ¿Es que pasa algo?

 

(Se acerca a REMEDIOS con mucha curiosidad.)

 

REMEDIOS.-   (Furiosa.)  Casi nada. ¡Jerónimo, que es un sinvergüenza!

JERÓNIMO.-  ¿Eh? Sujétame, Domingo.

REMEDIOS.-  Y un golfo... Y un charrán, como todos los hombres, pues está engañando a la señorita con esa señora que era su mejor amiga.

JERÓNIMO.-  ¡Pellízcame, Domingo!

DOMINGO.-  ¡Señor!

PAULINA.-  ¡Ah!  (En el colmo.)  Pero esto no queda así. ¡Quia! Se lo diré a tu marido y él se vengará por los dos. Y creo que lo menos que puede hacer un marido es buscar a Jerónimo y pegarle un tiro.

 

(JERÓNIMO se estremece y salta.)

 

JERÓNIMO.-  ¡¡Ca!!

TODOS.-  ¿Qué?

JERÓNIMO.-  Eso sí que no. De ninguna manera. Hasta aquí podíamos llegar...

 

(Todos se vuelven hacia él indignadísimos.)

 

TODOS.-  ¿Eh? ¿Qué? ¿Qué dice este hombre?

DOMINGO.-  ¡Señor!

JERÓNIMO.-  ¡Que no, hombre, que no! ¡¡Aquí se acabó todo!! Se acabó la novela. Se acabaron los milagros que hace la imaginación de la señorita. Se acabó la fantasía de esa señora que dice que es mi amante. Ahora mismo voy a buscar a su marido y se lo cuento todo. Porque un tiro, ¡ni hablar!

VALDÉS.-  Pero hombre, ¿a usted qué le importa todo esto?

JERÓNIMO.-  ¡¡Y dale!!

PAULINA.-  Pero, ¿usted quién es?

JERÓNIMO.-   (Furioso.)  ¡¡Jerónimo!!

TODOS.-  ¿Eh?

PAULINA.-  ¡Dios mío! ¡¡Él!!

JERÓNIMO.-  ¿Lo oyen ustedes? ¡Jerónimo! ¡El héroe de esa señorita que no me conoce! ¡El amante de esa señora que no he visto en mi vida! ¡El de «La viuda alegre»! ¡El dueño de la maleta que encontraron ustedes en el cuarto del hotel! ¡El hombre irresistible! ¡Ea! ¡Ese soy yo!

PAULINA.-  ¡Qué horror!

PALOMA.-  ¡Qué espanto!

JERÓNIMO.-  ¡La víctima de la imaginación de dos mujeres!

PAULINA.-  ¡Ay!

JERÓNIMO.-  ¡Ese soy yo! ¡Que lo sepan todos! ¡Se acabó la fantasía! ¡¡Al cuerno!! ¡Yo soy Jerónimo!

TODOS.-  ¡Oh!

 

(PAULINA y PALOMA caen como desmayadas, cada una en un sillón. Alboroto. Surge muy feliz la señorita que fue al colegio con PAULINA.)

 

SEÑORITA.-  Buenas tardes. Como Paulina y yo hemos ido juntas al colegio, me parece que ahora es la ocasión...

TODOS.-   (Frenéticos.)  ¡¡Fuera!! ¡¡A la calle!!


 
 
TELÓN