Las mujeres decentes
Farsa en tres actos1
Víctor Ruiz Iriarte
Juan A. Ríos Carratalá (ed. lit.)
El objetivo de
Víctor Ruiz Iriarte para la temporada 1949-1950 era la
consagración como autor teatral. Ya había estrenado
obras capaces de despertar el interés del público,
las primeras figuras y la crítica. El aprendiz de
amante, era su mejor aval; se encontraba en condiciones para
dar un definitivo paso adelante y el envite se saldó con
éxito, corroborado con el estreno de El landó de
seis caballos en mayo del 50. El compromiso al iniciar la
temporada era delicado y no convenía arriesgar en exceso. La
compañía del Infanta Isabel, con Isabelita
Garcés al frente y la dirección de Arturo Serrano,
representaba una garantía, pero también había
que seleccionar con cuidado el género de una obra destinada
a abrir la temporada madrileña. Víctor Ruiz Iriarte
se sabía capacitado para diversos empeños. Su
producción anterior distaba de un encasillamiento
genérico. El desafío era encontrar el registro que le
permitiera un contacto fluido con el público destinado a
sustentar su carrera. Fiel a su concepción del teatro, la
propuesta la presentó como «un
juego, un juego cordial y divertido»
(Informaciones, 9 sept.
1949), que se concreta en una farsa cómica con título
de evocación molieresca: Las mujeres decentes.
La farsa era un
marco genérico idóneo para lucir las cualidades ya
señaladas en ocasiones anteriores por la crítica:
finura literaria, ingenio, gracia, poesía, fantasía,
apuntes críticos, buen gusto, malabarismo dialéctico,
tono ligero y elegante, conocimiento de los recursos teatrales,
humor exquisito contrapuesto a los chistes fáciles o las
groserías... Ni siquiera creaba «climas
morbosos», «¡tan de moda en estos últimos
desgraciados tiempos!», según el apocalíptico
Juan de Diego (Marca, 10 sept. 1949). Un teatro, en
definitiva, «leve y pasajero», capaz de cumplir la
misión prevista: «divertir al
público durante cien noches seguidas en Madrid -la obra es
de las que gustan, las carcajadas y los aplausos se multiplicaron
durante toda la noche- y circular después por toda
España en más de una
compañía»
, según Eduardo Haro
Tecglen (Informaciones, 10 sept. 1949). Y, además,
un teatro como «juego del espíritu» que permite
la diversión del propio autor, feliz en un registro que no
suponía, necesariamente, una renuncia a los
«más altos empeños» de los que hablaban
algunos críticos poco gustosos de la burla y la sonrisa de
una farsa.
La
valoración como éxito de Las mujeres
decentes se repite en todas las reseñas publicadas.
«El público rió
muchísimo con las frases y las situaciones
humorísticas que abundan con gran prodigalidad en la
obra»
, según Alfredo Marqueríe (abc, 10
sept. 1949). «La comedia gustó, se
rió y se aplaudió tan unánimemente, que el
autor y sus afortunados intérpretes fueron llamados a escena
en los tres actos»
, concluye un Jorge de la Cueva siempre
preocupado por la moralidad de los escenarios (Ya, 10
sept. 1949). «El éxito fue enorme;
los aplausos, al final de cada acto, obligaron al autor a salir a
saludar, mientras el telón subía y bajaba
reiteradamente
», según Eduardo Haro en
Informaciones. La reseña de la Hoja del
Lunes elogió el «estreno
afortunadísimo»
(12 sept. 1949). El ritual de las
grandes ocasiones se repitió en el selecto ambiente del
Infanta Isabel, pero siempre hay un apunte para la sorpresa:
«El autor fue obligado a salir a escena entre nutridos
aplausos al final de los tres actos y de aquellos forman parte
activísima todas las mujeres decentes que llenaban la
sala». La frase final de «R.» en la reseña
publicada en el Madrid (10 sept. 1949) parece hablar de la
decencia de las espectadoras. Se les suponía, pero mejor
sería pensar en un público de matrimonios de cuya
mentalidad tanto sabía el soltero Víctor Ruiz
Iriarte.
El desenlace de
este «juego cordial y divertido» es decente y hasta
aleccionador con la previsible boda como destino de los
protagonistas. Según Leocadio Mejías, se impone al
«ficticio fondo que parece dar vuelo a la
trama. Y todo termina con el triunfo de ese sentimiento pudoroso
que ha de guiar la vida y la conducta de nuestras
mujeres»
(Madrid, 10 sept. 1949). No
había motivos de alarma moral. El autor conocía los
límites de lo permitido, pero era preciso atraer a los
espectadores dejándoles asomarse a lo prohibido. Jorge de la
Cueva estimó que la exposición resultaba excesiva
para la decencia femenina, avisando incluso de la posibilidad de un
«escándalo» por el hecho de que la protagonista
pareciera renunciar a su honestidad para alcanzar el éxito.
En términos literales, nada de esto sucede, pero Ruiz
Iriarte sabía que la decencia, proclamada y asumida como
norma, aburría a los espectadores. Incluso a las
señoras de visita, como las recreadas al modo de Miguel
Mihura: «¿Sabes, hija mía,
que en estas casas que no son decentes se pasa muy bien el
rato?»
(ii). Ahí estaba el reto: en la
«indecencia», aunque fuera imaginaria y un tanto
inocente hasta desembocar en un motivo para la felicidad real, la
matrimonial. Había que asumir el riesgo de cualquier juego,
calculado e inofensivo, pero también necesario para
salpimentar una farsa capaz de interesar y provocar sonrisas de
complicidad.
La reseña
publicada por Díez Crespo en Arriba indica que
Las mujeres decentes no contiene motivos de
escándalo, porque «llega al
límite de la prudencia para insinuar situaciones o momentos
que pasan a los oídos del espectador como pura
imaginación»
(10 sept. 1949). En esa
«imaginación» como sinónimo de irrealidad
o evasión radica la clave de una permisividad tan controlada
y restrictiva, acorde con la mentalidad mayoritaria del
público de la época. Jorge de la Cueva pensaba en la
obligación de incluir personajes que rebatieran el peligro
de una decencia considerada como un estorbo para el éxito y
reconocimiento de las mujeres. Sin embargo, y hasta la censura de
la época así lo consideró, bastaba con mostrar
ese «peligro» como algo irreal, una
ensoñación propia de una farsa cuyas raíces
son tan teatrales como alejadas de cualquier realismo más
allá de los escenarios. Phyllis Zatlin Boring
(Víctor Ruiz Iriarte. Boston: Twayne, 1980. 58-60)
incluyó Las mujeres decentes en la categoría
de las «comedias de costumbres». Su
caracterización apenas se corresponde con una
denominación que nos remite al costumbrismo donde las
«identidades ilusorias» de los protagonistas no
encuentran fácil acomodo. Él mismo nos remite a una
realidad social o costumbrista trasladada a los escenarios con
diversas técnicas. No creo que sea el caso de este
«juego cordial y divertido», de una farsa cuyo
convencionalismo sólo se puede explicar en términos
teatrales -es «un puro juego de ingenio» (Juan de
Diego)- y permanece alejado de cualquier voluntad realista.
La fábula
de Las mujeres decentes «no
gravita sobre la tierra de la realidad y se lanza por los caminos
de lo inverosímil»
(Haro Tecglen). El texto de la
obra es pródigo en ejemplos para llegar a esta
conclusión. Sin embargo, como el mismo crítico
señala a continuación, Ruiz Iriarte tiene la
habilidad de hacer pensar al espectador que lo sucedido sobre el
escenario puede ser una réplica de la vida real. No es
así, por supuesto, pero ese «engaño»
forma parte de un juego cuyo convencionalismo radica en una
tradición teatral asumida con creatividad por el
comediógrafo. La reseña de la Hoja del lunes
avisaba de que nadie debiera buscar «en esta
producción del joven autor cosas más profundas o
trascendentales, porque no las hay. Es un mero entretenimiento,
limpio, equilibrado, bien pensado y diestramente conseguido. Pero
sin que las cosas pasen de ahí». Tampoco en el sentido
de captar unas costumbres de tan problemática
traslación a los escenarios españoles de la
época y, además, de improbable aceptación
entre un público como el habitual en el Infanta Isabel.
Isabel
Garcés tuvo a su disposición una obra concebida para
su lucimiento como primera figura. Su interpretación
encandiló a aquellos espectadores con las peripecias de
Paulina, la escritora que se inventa una personalidad
«indecente», con amores incluidos, porque a instancias
de su tío Fabián concluye que las novelas de una
mujer decente no interesan a nadie. «Todo
lo inventé yo para crearme una aureola de mujer atrevida,
para que mis libros tuvieran el éxito que yo
soñaba»
(iii). La estratagema funciona porque la
novelista recurre a la invención de unos amoríos con
Jerónimo, un aristócrata arruinado de clara
inspiración en el teatro de Enrique Jardiel Poncela, poblado
de criados y señoritos en un escenario donde nadie parece
trabajar. Esta actividad formaría parte de una realidad
ausente. Y, como en las obras del absurdo jardielesco, los cambios
de fortuna son un puro juego con final feliz. Víctor Ruiz
Iriarte nunca pierde un sentido del equilibrio que le aleja del
absurdo radical o el disparate. Las peripecias se alejan de lo
rocambolesco y la comedia encuentra ese desenlace tópico en
el anunciado matrimonio de Paulina y Jerónimo (el real, no
el imaginado de las novelas) para evitar cualquier asomo de
indecencia, de aquello que había formado parte de una
divertida trama para solaz de espectadores poco predispuestos a la
sorpresa y menos al escándalo. Isabelita Garcés, con
su inconfundible tonillo, había dicho que estaba dispuesta a
ser una «mujer indecente», pero nadie de su
público lo tomó como una amenaza porque el
«peligro» era una invitación al humor que
recorre la farsa de Víctor Ruiz Iriarte.
El desarrollo de la trama en Las mujeres decentes es una auténtica lección acerca de las convenciones teatrales imperantes en los escenarios españoles de la época. Todo funciona con la seguridad de lo experimentado e inamovible. El autor se siente seguro en un ritual que le condujo al éxito. Sus armas eran de buena ley, gracias a una cultura teatral evidenciada a cada paso. Así lo reconoció una crítica dispuesta a ponderar el cuidado y la exquisitez de un Víctor Ruiz Iriarte que, como tantos otros colegas, confiaba en el poder omnímodo de la palabra. Su recurso a la palabra le lleva a cometer algunos excesos, incluso a la aparición de lunares esporádicos que entran en contradicción con sus palabras: «El teatro es pura síntesis, pura sugerencia». La reiteración de algunos conceptos y las explicaciones redundantes no lo eran tanto en aquel marco teatral donde todo se daba masticado, pero restan agilidad a unos diálogos anclados en un estilo actualmente pasado de moda, con el regusto de una época que parece remota. La farsa, sin embargo, se lee con la curiosidad de descubrir los timoratos límites del escándalo para el público del Infanta Isabel y otros teatros similares. Ruiz Iriarte, de seguro, podría haber ido algo más allá, pero debía contar con los espectadores de una Isabelita Garcés poco dada al rompe y rasga. Las mujeres decentes es una obra bien situada en ese límite, imaginativa al servicio de una ilusión no exenta de convenciones y salpicada por una ironía coherente con el sentido lúdico de este juego de dos horas. La comedia no pasaría a la memoria de los espectadores, pero esos mismos sujetos, después de sonreír con la eterna «ingenua» del Infanta Isabel, estarían dispuestos a repetir la experiencia. Así se completaba una temporada y una trayectoria teatral como autor de éxitos.
Juan Antonio Ríos Carratalá
Universidad de Alicante
Esta obra se estrenó en Barcelona, la noche del 3 de junio de 1949, en el Teatro Borrás, y en Madrid, el 9 de septiembre del mismo año, en el teatro Infanta Isabel, con el siguiente reparto:
| PERSONAJES |
ACTORES |
| PAULINA. | ISABEL GARCÉS. |
| PALOMA. | OLGA PEIRÓ. |
| REMEDIOS. | IRENE CABA ALBA. |
| DOÑA MARÍA. | MARGARITA LARREA. |
| LA DONCELLA. | MARÍA GARCÍA IBÁÑEZ. |
| MARTITA. | IRENE GUTIÉRREZ. |
| UNA SEÑORITA. | MARÍA LUISA MARFIL. |
| JERÓNIMO. | ANTONIO CASAS. |
| DOMINGO. | RICARDO JUSTE. |
| DON FABIÁN. | MANUEL GÓMEZ BUR. |
| VALDÉS. | JOSÉ LUIS CABALLERO. |
| CÁNDIDO. | JOSÉ CLEMENTE. |
| EL MOZO. | EMILIO GUTIÉRREZ. |
Dirección: Arturo Serrano.
|
El escenario está dividido en tres partes. La de la derecha y la de la izquierda -se entienden derecha e izquierda las del espectador-, iguales: idénticas de colores, de dimensiones, de planta y de ornato, son dos alcobitas. La del centro es un pasillo que, partiendo de otro pasillo que cruza por el fondo, es perpendicular a la batería y termina justamente en la concha del apuntador. Este pasillo, de blancas paredes, así como el que atraviesa el foro, está cubierto por una alfombra roja. Las dos alcobas, la de la derecha y la de la izquierda, tienen su correspondiente puerta al pasillo, frente a frente, única entrada a estos departamentos. La puerta de la derecha tiene un número encima del dintel: el 57. Otro en igual forma, la de la izquierda: el 56. Las dos alcobas están pintadas en el mismo tono azul gris claro que juega graciosamente con las cretonas y con las alfombras, y contrasta con el blanco del pasillo. En cada uno de los dos departamentos, hay, simétricamente dispuestas, una puertecita al fondo, que da paso al cuarto de baño. Y en el lateral, frente a la puerta del pasillo, un ventanal al campo. Porque -hora es ya de decirlo- estamos en el campo, en un hotel moderno, un balneario quizá, lugar para descanso y reposo, lejos del ruido y la algarabía de la gran ciudad. En cada una de las dos alcobas hay los mueblecitos imprescindibles. Una cama. Una mesilla de noche. Un silloncito. Y un teléfono, muy visible, junto a la cabecera de la cama. Las camas deliciosamente arropadas, lo más simples posible, cubiertas totalmente por telas, están colocadas frente a las puertas de entrada al pasillo, con las almohadas apoyadas en la otra pared. Las puertas de las entradas del pasillo están cerradas, excepto cuando se indique. Es de noche. Hay luz en el pasillo, y en las alcobas apagadas, entra, por las vidrieras abiertas, el resplandor azul de una noche de septiembre. |
||||
|
(No hay nadie en escena al levantarse el telón. En seguida, por el pasillo, avanzan JERÓNIMO y EL MOZO. JERÓNIMO es un hombre joven, sencillo, pero terriblemente decaído, con un lamentable aire de melancolía y tristeza. Muy desaliñado. Todo le da igual: no hay más que verlo. EL MOZO que le precede, llevando una maleta, es un criado del hotel, que mira a JERÓNIMO con verdadera curiosidad. Al llegar a la puerta de la habitación de la derecha, la 57, EL MOZO se detiene, abre, enciende una luz y el cuarto se ilumina. Luego brinda el paso a JERÓNIMO. Y entran los dos.) |
||||
|
MOZO.- Por aquí, señor. ¿El señor desea que se le prepare el baño? |
||||
|
JERÓNIMO.- No, gracias. No estoy cansado. (Se sienta en la cama, palpa lo muelle de sus ropajes y sonríe satisfecho en medio de su melancolía.) ¡Ah, qué cama tan agradable! ¡Y qué silencio alrededor! ¡Qué paz! Por una vez tienen razón las propagandas del Turismo: «Hotel de las Termas. Maravilloso lugar de descanso entre el mar y la montaña». ¿Dónde está el mar? ¿Se ve desde la ventana? |
||||
|
MOZO.- Tanto como verse... El mar cae un poco lejos. Está a cinco kilómetros. |
||||
|
JERÓNIMO.- ¡Ah! ¿Entonces lo que está cerca es la montaña? |
||||
|
MOZO.- Le diré. La montaña está pasando el primer pueblo. Total, un par de horitas. Lo malo es que no hay coche de línea... |
||||
|
JERÓNIMO.- (Más triste aún.) ¡Magnífico! De manera que estamos sobre el mar y la montaña, pero no hay que contar ni con el mar ni con la montaña... Como en Valladolid. |
||||
|
MOZO.- Eso es, sí señor. |
||||
|
(JERÓNIMO se encoge de hombros y razona para sí mismo.) |
||||
|
JERÓNIMO.- Está bien. Lo importante es que estoy en el campo, solo y lejos de todo. ¡Qué bien dormiré aquí esta noche, doce, catorce horas seguidas! Son las diez. A las once me acostaré y dormiré como un ángel... |
||||
|
MOZO.- (Escéptico.) ¡Pchs! ¡Qué se yo! |
||||
|
JERÓNIMO.- ¿Cómo? |
||||
|
MOZO.- Verá usted. Es que todas las noches, desde la una, hay baile en la terraza, con la orquesta del hotel. Y los huéspedes arman cada jaleo... |
||||
|
JERÓNIMO.- ¿Es posible? |
||||
|
MOZO.- ¡Uf! No quiera saber el señor. Esta noche toca concurso de «polka». |
||||
|
JERÓNIMO.- (Aterrado.) ¡Concurso de polka! Pero, ¿no dicen los folletos del Turismo que este es un lugar de reposo? ¿No es este un sitio solitario? |
||||
|
MOZO.- Pues ahí está. (Indignado.) ¡Por eso está lleno! |
||||
|
JERÓNIMO.- (Salta de la cama, asustadísimo.) ¿Ha dicho usted que está lleno? |
||||
|
MOZO.- Del todo. Las cien habitaciones del hotel. Al señor le han dado esta por un milagro. Se la reservaba a una señorita de Madrid. Una escritora. Después telegrafió diciendo que no venía. Luego, que sí. Y como, por lo visto, no ha venido... |
||||
|
JERÓNIMO.- ¿Dónde me he metido yo? ¡Cien habitaciones! ¡Cien huéspedes! |
||||
|
MOZO.- (Puntualizando.) ¡Quia, no, señor! Más, muchos más. Con decirle al señor que en algunas habitaciones duermen cuatro niños... |
||||
|
JERÓNIMO.- ¡Niños también! |
||||
|
MOZO.- (Lúgubre.) Sí, señor. Hay muchos. Son unos angelitos. Hay que verlos en el comedor apedreándose con las mandarinas... Hay uno que ha traído el tambor. |
||||
|
JERÓNIMO.- (Un escalofrío.) ¡¡El tambor!!2 |
||||
|
MOZO.- Se llama Carlitos. (Y mira a JERÓNIMO con sincera piedad.) Duerme aquí a la vuelta, en la 51. |
||||
|
JERÓNIMO.- (Desolado.) ¡Y esta es la soledad que yo buscaba! Cien huéspedes, muchos niños y un tambor. (Transición.) Me voy ahora mismo. ¡Pronto! Baje usted esa maleta. Dormiré en el pueblo de al lado. |
||||
|
MOZO.- No se lo recomiendo, señor. Hasta el pueblo hay quince kilómetros, y en la posada no admiten a los forasteros... Son muy suyos. |
||||
|
JERÓNIMO.- ¡Qué horror! (Y se sienta en la cama, cariacontecido.) Dígame usted: ¿qué clase de huéspedes hay en el hotel? |
||||
|
MOZO.- Ya se sabe que a estos sitios vienen a reponerse, sobre todo, los señores que han tenido un fracaso en la vida. |
||||
|
JERÓNIMO.- Como yo. |
||||
|
MOZO.- (Severamente.) Esos son los peores. Cuando llegan da pena verlos: se les saltan las lágrimas por nada. |
||||
|
JERÓNIMO.- ¡Lo creo! Si usted supiera... |
||||
|
MOZO.- Pero al día siguiente se visten de esmoquin y ya no hay quien los sujete... Me parece que el concurso de «polka» de esta noche lo va a ganar un señor que se ha quedado viudo hace un mes y ha venido aquí para llorar a gusto... |
||||
|
JERÓNIMO.- ¡Que sinvergüenza! |
||||
|
MOZO.- Pero no se preocupe el señor. Mañana toca concurso de tangos, y lo puede ganar el señor. ¡Dan una copa! |
||||
|
JERÓNIMO.- Pero, hombre... ¿Qué está usted diciendo? ¿Yo, ganador de un concurso de tangos? No, amigo mío. He dado mi último adiós a todo eso: a las mujeres, al traje de esmoquin, al baile, al «whisky»... Yo soy un vencido. Un derrotado. |
||||
|
(EL MOZO le mira de arriba abajo.) |
||||
|
MOZO.- Lo dicho. El señor se lleva el primer premio de tangos. |
||||
|
(Dentro y muy cerca, suena un fortísimo redoble de tambor. JERÓNIMO se pone en pie de un salto.) |
||||
|
JERÓNIMO.- ¿Eh? ¿Qué es eso? |
||||
|
MOZO.- ¡Maldita sea! El niño, que toca el tambor. |
||||
|
JERÓNIMO.- Pero, ¿a esta hora? ¿Es que ese niño no duerme? |
||||
|
MOZO.- Trasnocha mucho. |
||||
|
JERÓNIMO.- ¡Qué espanto! |
||||
|
MOZO.- La mamá del niño está en la terraza hasta la madrugada. Y claro, en algo se tiene que entretener la criatura... |
||||
|
(Otro redoble de tambor, furiosísimo y más largo. JERÓNIMO, aterrado, se coge la cabeza con las manos.) |
||||
|
JERÓNIMO.- ¡¡Oh!! |
||||
|
MOZO.- (Pesimista.) ¡Huy! Me parece que el niño va a pasar una mala noche... |
||||
|
JERÓNIMO.- (Excitadísimo.) ¡Cállese usted! ¡¡Que se calle ese niño!! ¡Fuera de aquí! ¡Quiero estar solo! |
||||
|
MOZO.- (Muy asustado.) Sí, sí, señor. (Sale al pasillo, cerrando la puerta. JERÓNIMO, sobre la cama, golpea furiosamente las almohadas. EL MOZO, mientras, se va por el pasillo, gritando.) ¡Niño! Carlitos, rico... |
||||
|
(Por el pasillo del fondo cruza REMEDIOS. Es una camarera del hotel, de cierta edad, de uniforme. Se detiene un instante en el fondo y llama al MOZO.) |
||||
|
REMEDIOS.- Corre, que te está llamando Carlitos. Quiere que toques la trompeta, para formar entre los dos una banda... |
||||
|
MOZO.- ¡Voy! ¡Voy! ¡Huy, qué nochecita! |
||||
|
(Desaparecen EL MOZO y REMEDIOS, cada uno por un extremo del fondo. Mientras, en su habitación, JERÓNIMO se incorporó, tomó el auricular del teléfono y ahora habla.) |
||||
|
JERÓNIMO.- Óigame, por favor... ¿El «comptoir»? No, no señorita. No, no, no... No quiero cenar. (Indignado.) ¡Tampoco quiero el abc del domingo, porque hoy es jueves! La he llamado a usted para decirle que en este piso hay un niño que toca el tambor como un loco. (Escucha.) ¡Aaaaah! De manera, que es un niño muy nervioso y no se le puede contrariar... (Desconsolado.) Sí, sí. Ya sé que se llama Carlitos. Gracias. (Cuelga.) ¡¡Oh!! (Mientras JERÓNIMO ha pronunciado las anteriores palabras, en el pasillo ha surgido un singularísimo personaje: es DOMINGO. Un hombre de alguna edad, gordezuelo y solemne, que viste traje muy oscuro y sombrero hongo, con bastón. Mira en el pasillo a derecha e izquierda, examina los números de las puertas y, al fin, llama, pulcramente, con los nudillos en la habitación de JERÓNIMO. Este, sin levantarse, contesta.) ¡Adelante! |
||||
|
(DOMINGO entreabre y asoma tímidamente la cabeza.) |
||||
|
DOMINGO.- ¿Da su permiso el señor? |
||||
|
(DOMINGO entra en la alcoba. JERÓNIMO se levanta y va hacia él, disgustadísimo.) |
||||
|
JERÓNIMO.- ¿Tú otra vez? Pero, ¿no nos hemos despedido para siempre, en el vestíbulo, hace diez minutos? |
||||
|
DOMINGO.- (Compungido.) Sí, señor. |
||||
|
JERÓNIMO.- Entonces, ¡largo! Yo ya no necesito criado. Duerme en el pueblo esta noche, y mañana, en el tren, a Madrid. |
||||
|
DOMINGO.- (Con amargo reproche.) ¡Qué morboso es el señor! |
||||
|
JERÓNIMO.- ¿Qué dices? |
||||
|
DOMINGO.- (Dolorido.) El señor me envía a pasar la noche a un pueblo que está a quince kilómetros, en una posada en la cual no admiten forasteros... El señor padece crueldad mental. Nunca lo hubiera creído en el señor... |
||||
|
JERÓNIMO.- (Transición; conmovido.) Caramba, Domingo. Pero, ¿no sabes que estoy arruinado? Ayer terminó mi vida de soltero rico y despreocupado, y desde mañana seré un pobre hombre... Lo he perdido todo: fortuna, ilusiones, alegría. Todo. No tengo nada. Ni casa. Me queda un cochecillo para volver a Madrid y unas pocas pesetas en el bolsillo que apenas bastarán para pagar tres días de hospedaje en este hotel. Lo demás se fue con la aventura y la trampa. Me he refugiado aquí esta noche porque necesito aislarme, pensar un poco en mi porvenir. ¡Tendré que trabajar! |
||||
|
DOMINGO.- (Un escalofrío.) ¡Qué horror! |
||||
|
JERÓNIMO.- (Con angustia.) ¡Tendré que ingresar en un Sindicato! |
||||
|
DOMINGO.- (Horrorizado.) ¡El señor en un Sindicato! El señor, que pertenece a una familia donde no ha trabajado nadie en cinco generaciones... ¡Si lo dice la Historia de España! |
||||
|
JERÓNIMO.- (Desconsoladísimo.) ¡Todo se acabó! ¡Soy un vagabundo! |
||||
|
DOMINGO.- ¡El señor un vagabundo! Da frío pensarlo. |
||||
|
JERÓNIMO.- Comprende ya que no puedo tenerte a mi lado, Domingo. Tú eres un criado demasiado señor para ser criado de un vagabundo... |
||||
|
DOMINGO.- (Heroico.) Si el señor está arruinado, ¡yo soy capaz de trabajar para el señor! |
||||
|
JERÓNIMO.- (Conmovido.) No digas disparates, Domingo. Tú no has trabajado nunca... Somos dos vagos, Domingo... |
||||
|
DOMINGO.- (Con cierto orgullo.) Muy vagos, sí, señor. |
||||
|
JERÓNIMO.- Dos parásitos. Ahora sé que la vida no es como yo la entendía. Con una mujer a Londres, con otra a París, con otra a Nueva York. ¡Qué asco! Esto no es vivir. |
||||
|
DOMINGO.- (Boquiabierto.) ¿Está usted seguro, señor? |
||||
|
JERÓNIMO.- Sí, Domingo. Viven los otros: los que sufren, los que trabajan... |
||||
|
DOMINGO.- (Con franca repugnancia.) ¡Cómo se ve que el señor se va a hacer del Sindicato!... |
||||
|
(JERÓNIMO ha cogido a DOMINGO de un brazo, familiarmente. Lo lleva hasta la ventana. Y habla relamiéndose con su propia descripción.) |
||||
|
JERÓNIMO.- Mira, Domingo. Los que han sido mis iguales hasta ayer, están ahí, vestidos de etiqueta, rodeados de mujeres bonitas y elegantes. ¡Pobrecillos! Me dan una lástima... Luego bailarán la «polka» hasta la madrugada, y las parejas se esconderán entre los árboles para besarse... |
||||
|
DOMINGO.- (Encantado.) ¡Qué vida más perra! |
||||
|
JERÓNIMO.- (Sonríe, tristísimo.) En cambio, nosotros somos esta noche dueños de lo más hermoso... Sí, Domingo. ¡Nosotros somos dueños de la luna! Oye, Domingo, ¿qué impresión te produce sentirte dueño de la luna? |
||||
|
DOMINGO.- (Muy serio.) De momento, ninguna, señor. |
||||
|
(Se apartan ambos del ventanal. JERÓNIMO toma su maleta y se dispone a entrar en el cuarto de baño.) |
||||
|
JERÓNIMO.- Pues a mí me encanta... De verdad, no me siento desdichado, ni muchísimo menos. Después de todo, quién sabe si en mi nueva vida encontraré mi felicidad... ¡Je! Estoy casi contento. Estoy contentísimo. Vaya, Domingo, buenas noches. ¡Y hasta siempre! Cuídate, que tú eres muy delicado y no estás para hacer esfuerzos. Adiós, Domingo. Ya, ya te escribiré... |
||||
|
(Y muy emocionado, entra en el cuarto de baño, cerrando la puerta. DOMINGO, que está inconsolable, se queda solo en la habitación. Y muy patético.) |
||||
|
DOMINGO.- ¡Adiós para siempre, señor! |
||||
|
(Con un gesto doloroso, se seca una lágrima, se pone el hongo, y muy abatido, sale al pasillo dejando la puerta cerrada. Marcha y desaparece en el fondo. Inmediatamente, por el lado opuesto del pasillo del fondo, surgen PALOMA y REMEDIOS. PALOMA es muy joven, viste un traje muy deportivo, deliciosamente exagerado. Va mirando a todas partes con muchísimo recelo y francamente asustada. La camarera lleva su maletita. Se detienen las dos ante la puerta de la habitación de la izquierda. Abre REMEDIOS. Enciende la luz y brinda el paso a PALOMA.) |
||||
|
REMEDIOS.- Pase la señora, por favor. Su habitación. |
||||
|
PALOMA.- Gracias. (Ya están las dos dentro de la alcoba. PALOMA sigue mirándolo todo muy nerviosa.) Es muy bonita. (De pronto.) Dígame usted: esta noche, ¿debo cerrar la puerta con llave? |
||||
|
REMEDIOS.- No es necesario. Hay algunas señoras que no son tan decentes como la señora y dejan la puerta abierta, por si acaso. Pero, como si no... |
||||
|
PALOMA.- ¿De veras? |
||||
|
REMEDIOS.- Sí, señora. En cambio, los caballeros cierran todos por dentro. Están muy escarmentados... |
||||
|
PALOMA.- ¡Ah! Ya. Es que como es la primera vez que viajo sola... (En este momento se abre la puerta del baño de la habitación de JERÓNIMO. Asoma la cabeza JERÓNIMO, se cerciora de que ha desaparecido DOMINGO y respira. Entra en la alcoba. Sigue abatidísimo. Mientras, en la otra habitación, PALOMA y REMEDIOS prosiguen su diálogo. JERÓNIMO enciende el portátil de la mesilla de noche, apaga la luz central y, con la estancia a media luz, se echa en la cama, enciende un cigarrillo y se ensimisma.) Dígame... ¿Quién hay en esa habitación? |
||||
|
REMEDIOS.- Ahora, nadie. Pero en seguida llegará, de Madrid, una señorita, que la tiene reservada desde hace tres días. Ya creíamos que no venía. Pero se acaba de recibir un telegrama diciendo que se retrasa un poco porque ha tenido una avería en el coche. Es una señorita que escribe novelas. ¿Manda algo más la señora? |
||||
|
PALOMA.- No se vaya usted todavía. No me acostumbro a estar sola. Como es la primera vez que me escapo... |
||||
|
REMEDIOS.- ¿Que se ha escapado la señora? |
||||
|
PALOMA.- Sí, sí. |
||||
|
REMEDIOS.- ¡Ay, esto sí que me gusta a mí! La señora se ha escapado. ¡Como en las películas! Y, ¿con quién se ha escapado la señora? |
||||
|
PALOMA.- (Dignísima, casi llorando.) Con nadie. ¿Qué se ha creído usted? Yo soy muy decente. |
||||
|
REMEDIOS.- (Decepcionada.) ¡Ah, bueno! Entonces, no hay película. (Con cierto desprecio.) Cuando las señoras son decentes, no hay película... |
||||
|
PALOMA.- (Rencorosísima.) Pero me he escapado definitivamente... ¡Y no volveré a su lado jamás!... |
||||
|
(Se arroja sobre la almohada, y llora desconsoladamente. REMEDIOS se acerca cada vez más curiosa.) |
||||
|
REMEDIOS.- ¿Al lado de quién? |
||||
|
PALOMA.- ¡De mi marido! ¡¡Es un sinvergüenza!! ¡Le odio! (Furiosa.) ¡¡Y no le defienda usted!! |
||||
|
REMEDIOS.- ¡No, señora! |
||||
|
PALOMA.- Y si cuando sepa que me ha perdido para siempre, descubre donde estoy, y viene aquí para llevarme a Madrid por la fuerza... ¡No le deje usted pasar! |
||||
|
REMEDIOS.- ¡No, señora! |
||||
|
PALOMA.- (Con amorosísimo entusiasmo.) Le reconocerá usted en seguida. Es guapo, elegante, distinguidísimo... Tiene algunas canas. Es muy simpático. |
||||
|
REMEDIOS.- (Nostálgica.) Pues, la verdad: ¡no me explico cómo se ha escapado la señora! |
||||
|
PALOMA.- (Dando puñetazos en la almohada.) ¡Porque es un infame! ¡¡Un infame!! |
||||
|
(REMEDIOS ya está en la puerta, a punto de salir.) |
||||
|
REMEDIOS.- Pero, ¡qué infelices son estas señoras de Madrid!... Mire usted que escaparse sola. |
||||
|
(La mira con honda piedad y sale pasillo adelante. Desaparece. En la habitación de la derecha JERÓNIMO, inmóvil, parece dormido. PALOMA, en su alcoba, sobre la cama, también se incorpora y toma el teléfono.) |
||||
|
PALOMA.- Oiga, señorita. Una conferencia con Madrid. Con el 22-45-24... Sí, es la casa de don Eduardo Montiel. Claro que soy su mujer. ¿Qué había usted creído? Le llamo porque como me he escapado de casa, quiero que sepa que he llegado bien... ¡Ay, no, no es eso! Bueno, es que no sé lo que digo. |
||||
|
(Llora. Cuelga el auricular y vuelve a arrojarse sobre la almohada. Así está un rato sollozando de cuando en cuando, hasta que mientras ocurre el diálogo que sigue se levanta, y desaparece por la puertecita del cuarto de baño. En el pasillo ha aparecido de nuevo DOMINGO. Llega hasta la puerta de la habitación de JERÓNIMO, la abre, ve la habitación en sombras y enciende la luz. JERÓNIMO está dormido. DOMINGO, muy alborozado, se sienta en el borde de la cama y le zarandea cariñosamente.) |
||||
|
DOMINGO.- ¡Señor! ¡Señor! |
||||
|
JERÓNIMO.- ¡Domingo! |
||||
|
DOMINGO.- Sí, señor. Ahora mismo, al encontrarme en medio del campo, solo y desamparado, acabo de comprender que no puedo vivir sin el señor. |
||||
|
JERÓNIMO.- ¿Eh? ¡Fuera de aquí! |
||||
|
DOMINGO.- No insista el señor. Me quedo. |
||||
|
JERÓNIMO.- ¡¡Largo!! |
||||
|
DOMINGO.- Es inútil, señor. Si el señor sufre, sufriré con el señor; si el señor es un vagabundo, yo seré un vagabundo. Como que estoy decidido a trabajar yo también. |
||||
|
JERÓNIMO.- ¿Qué dices? |
||||
|
DOMINGO.- Nada, nada; me quedo. Es inútil que me eche el señor. ¡No me iré! Voy a pasar la noche en un sofá del vestíbulo... |
||||
|
JERÓNIMO.- (Conmovido.) ¿Lo has pensado bien? ¿No te da miedo el hambre? ¿No te asusta la miseria? |
||||
|
DOMINGO.- (Se estremece.) Todo por el señor. |
||||
|
JERÓNIMO.- ¿De veras? (Muy emocionado.) Entonces, ¿qué voy a decirte? Dame un abrazo, Domingo. |
||||
|
DOMINGO.- ¡A mis brazos, señor! |
||||
|
(Cae uno en brazos del otro, profundamente conmovidos. DOMINGO le da a JERÓNIMO unos golpecitos en la espalda. Surge PALOMA otra vez en la habitación de la izquierda. Ya se ha despojado de su chaqueta de viaje, de su sombrerito, de sus guantes, etc. Naturalmente sigue deconsoladísima. Toma el teléfono y llama.) |
||||
|
PALOMA.- Señorita... Por favor, ¿podría enviarme una taza de té? En seguida, señorita. Gracias. Sí, sí, estoy llorando. Es que no tengo más remedio que llorar... (En medio de su desconsuelo, cuelga el teléfono y se echa en la cama.) |
||||
|
DOMINGO.- ¡Ea! Se acabó la tristeza del señor. ¡Viva la vida! He reservado una mesa para los dos y he encargado una cena espléndida, con champaña... |
||||
|
JERÓNIMO.- (Inquieto.) Domingo, no te aproveches. |
||||
|
DOMINGO.- Compréndalo el señor. Siento la necesidad espiritual de esta cena. Esta fiesta será como mi despedida de todo un pasado. |
||||
|
JERÓNIMO.- (Enternecido.) ¡Ah! Entonces vamos al comedor. |
||||
|
(DOMINGO abre ceremonioso la puerta del pasillo.) |
||||
|
DOMINGO.- Pase el señor. |
||||
|
JERÓNIMO.- ¡Quita, hombre! Tú primero. Ya somos los dos iguales. Dos vagabundos. |
||||
|
DOMINGO.- (Enérgico.) ¡Pase el señor! Jerónimo de Alvear será siempre un señor, aunque sea un vagabundo... |
||||
|
JERÓNIMO.- Gracias, Domingo. ¡Qué bueno eres! |
||||
|
DOMINGO.- He ordenado a la orquesta que cuando nos sirvan el champaña toquen el vals de «La viuda alegre»3, que es la música que más le gusta al señor... |
||||
|
JERÓNIMO.- ¡Qué delicado eres, Domingo; pero qué delicado! A tu lado, da gusto arruinarse. |
||||
|
(Desaparecen por el fondo. PALOMA se incorpora y habla otra vez por teléfono.) |
||||
|
PALOMA.- ¡Señorita! He pedido una taza de té. Lo necesito muchísimo. Estoy desfallecida. ¡Una taza de té con limón! ¿Qué dice usted? ¿Qué en el campo no hay limones? Bueno. Entonces, la tomaré sin limón... |
||||
|
(Cuelga. Por el pasillo del fondo viene REMEDIOS precediendo a PAULINA Jordán. LA CAMARERA lleva una maleta. PAULINA un neceser. PAULINA es elegante, elegantísima. Tiene todo el aire y el encanto de una mujer de nuestro tiempo. Por su donoso atavío, por la gracia de sus ademanes, se ve que está acostumbrada a viajar. Las dos hablan todavía en el pasillo.) |
||||
|
PAULINA.- Ya he cenado en el parador. Mañana me llamarán por teléfono desde Madrid. También espero unos telegramas. Y periódicos y revistas. Mi nombre es Paulina Jordán. Acuérdese. ¡Ah! Y no quiero ver a nadie. Haré las comidas en mi cuarto... |
||||
|
REMEDIOS.- Muy bien, señorita. (En cómplice.) Esto es que la señorita ha venido al campo para escribir una novela, como si lo viera. A veces vienen de Madrid algunos escritores muy famosos para trabajar aquí. Luego, se reúnen todos en el vestíbulo y empiezan a discutir y a jugar al «poker». Y después se van a trabajar a Madrid... |
||||
|
PAULINA.- Yo no he venido a trabajar ni a jugar al «poker». Yo vengo a llorar... |
||||
|
(Y se le salta una lágrima. REMEDIOS la mira.) |
||||
|
REMEDIOS.- ¡Otra! |
||||
|
PAULINA.- ¿Cómo? |
||||
|
REMEDIOS.- No, nada. Es que llevamos una temporada... |
||||
|
(Ya han llegado a la puerta de la habitación de la derecha. REMEDIOS empuja, abre y enciende la luz. PALOMA, desesperada, toma otra vez el auricular.) |
||||
|
PALOMA.- Oiga... ¿Es que en este hotel no se puede tomar una taza de té? ¿Qué dice usted? ¿Que tenga en cuenta que estamos en el campo? Anda... Pero si yo creía que el té era cosa del campo. Como son hierbecitas... |
||||
|
(REMEDIOS y PAULINA ya están dentro de la habitación de la derecha. PAULINA, que se ha sentado en la cama, rompe a llorar con un infinito desconsuelo.) |
||||
|
PAULINA.- ¿Verdad que todas las mujeres somos desgraciadas? |
||||
|
REMEDIOS.- (Atónita.) ¡Pchs! Vaya usted a saber. |
||||
|
PAULINA.- (Como buscando consuelo.) Usted también es desgraciada, ¿no es eso? |
||||
|
REMEDIOS.- Pues..., ¿qué quiere que le diga a la señorita? No mucho. |
||||
|
PAULINA.- (Indignada.) ¿Cómo que no mucho? |
||||
|
REMEDIOS.- (Pensativa.) Bueno... La verdad es que, mirándolo bien, la vida es un asco. |
||||
|
PAULINA.- ¡Un asco! |
||||
|
REMEDIOS.- (Muy compungida.) Se pasa una la vida subiendo y bajando las escaleras. Barre que te barre. Friega que te friega... |
||||
|
PAULINA.- ¡Friega que te friega!... ¡¡A sus años!! |
||||
|
REMEDIOS.- (Casi llorando.) Eso digo yo. A mis años. Y de propinas, nada. No vaya a creer la señorita. |
||||
|
PAULINA.- (Conmovidísima.) De propinas, nada. ¡Pobre mujer! Y aún dice que no es desgraciada... |
||||
|
REMEDIOS.- Sí que lo soy; sí, señorita. Lo que pasa es que hasta ahora no me había dado cuenta. |
||||
|
PAULINA.- ¿Va usted a llorar? |
||||
|
REMEDIOS.- ¿Cómo quiere la señorita que no llore con esta desgracia? |
||||
|
(PAULINA la acoge en sus brazos con tierna generosidad y llora también con ella.) |
||||
|
PAULINA.- ¡Llore, criatura, llore! Pero, en mis brazos. ¡¡Lloraremos juntas!! |
||||
|
(La sienta a su lado en la cama, y las dos, estrechamente abrazadas, lloran desgarradoramente. En la otra habitación, PALOMA se incorpora de nuevo y toma nerviosa el teléfono.) |
||||
|
PALOMA.- ¡Oiga! ¡Una taza de té! ¡Una taza de té! ¡Una taza de té! ¿Cómo? ¿Qué dice usted? ¿Que ha desaparecido la camarera? ¿Que no se la encuentra por ningún lado? ¡Oh! (Suelta el teléfono, se pone en pie y sale al pasillo.) ¡Camarera! ¡Camarera! (Como la habitación de la derecha tiene la puerta abierta, PALOMA, desde el pasillo, descubre a PAULINA y a REMEDIOS llorando, y se acerca tímidamente al umbral.) Camarera... ¡Ay, ustedes perdonen! ¿Ha ocurrido algo? |
||||
|
PAULINA.- ¿Le parece a usted poco? ¡Que somos muy desgraciadas! |
||||
|
PALOMA.- (Encantada.) ¿De veras? |
||||
|
REMEDIOS.- ¡Ay! Sí, señora. ¡Ay, Virgen! |
||||
|
PALOMA.- (Llorosa.) ¡Toma! Pero si yo también soy muy desgraciada... |
||||
|
PAULINA.- (Casi con alegría en medio de sus lágrimas.) ¿De verdad? Entonces, pase y llore con nosotras... |
||||
|
(Entra; se sienta en la cama, al lado de PAULINA y REMEDIOS. Y los sollozos de las tres son desgarradores.) |
||||
|
PAULINA.- ¡Ay, Dios mío! |
||||
|
PALOMA.- ¡Ay, qué pena tan grande! |
||||
|
REMEDIOS.- ¡Ay! ¡Ay, Virgen! |
||||
|
PAULINA.- (En medio de sus lágrimas.) ¿Verdad que esto consuela mucho? |
||||
|
REMEDIOS.- ¡Mucho! |
||||
|
PALOMA.- ¡Muchísimo! |
||||
|
(Siguen llorando. Por el pasillo avanza un nuevo personaje. Es DON FABIÁN. Un caballero de bastante edad, muy grave, y ceremoniosamente vestido, pero con un gran aspecto bonachón. Llega por el pasillo y se detiene entre las dos puertas. Ve el grupo que ofrecen las tres mujeres llorando a lágrima viva y extrañadísimo entra en la habitación de la derecha y se planta ante ellas con las manos en la cabeza. Las tres al verle suspenden el llanto.) |
||||
|
DON FABIÁN.- ¡Oh! ¡Paulina! |
||||
|
PAULINA.- ¡Tío Fabián! |
||||
|
DON FABIÁN.- ¡Bravo! Acabamos de llegar. Te dejo sola cinco minutos, mientras arreglo tus papeles, y en tan poquísimo tiempo ya has tenido lugar para organizar una de las tuyas. ¡Bravísimo! (Irónico y furioso.) ¿Quieres presentarme a estas amiguitas? ¿Eh? |
||||
|
PAULINA.- (Tímida y ruborizada.) Todavía no las conozco. |
||||
|
DON FABIÁN.- ¿Es posible? |
||||
|
REMEDIOS.- Con permiso del señor... Yo soy la camarera del piso. |
||||
|
DON FABIÁN.- ¡Hola! |
||||
|
PALOMA.- Yo me llamo Paloma. Tengo la habitación de enfrente. Soy la señora de Montiel. Pero ya no soy una señora... |
||||
|
TODOS.- ¿Cómo? |
||||
|
PALOMA.- ¡Como que me he escapado de casa! |
||||
|
TODOS.- ¿Eh! |
||||
|
PALOMA.- ¡Ay, qué vergüenza! ¡Qué vergüenza! |
||||
|
(PALOMA rompe a llorar de nuevo y sale de la habitación, atraviesa el pasillo, y entra en su pieza. REMEDIOS la sigue y entra también con ella. En la otra habitación quedan solos PAULINA y DON FABIÁN. PAULINA está sentada en la cama. DON FABIÁN da grandes paseos indignadísimo.) |
||||
|
DON FABIÁN.- Paulina... ¿Dónde te has metido? Este hotel está lleno de locos. Me han preguntado que si bailo la «polka». ¡A mí! Y esta mujer que se ha escapado de casa... |
||||
|
(En la otra habitación, PALOMA se ha tendido de nuevo en la cama, boca abajo. LA CAMARERA está en pie a su lado y le da tiernamente golpecitos en el hombro.) |
||||
|
REMEDIOS.- ¡Señora! ¡Yo creo que la señora necesita tomar algo caliente! ¿Cómo no se le ha ocurrido a la señora pedir una taza de té? |
||||
|
PALOMA.- (Se incorpora vivamente.) ¿De verdad sería usted capaz de traerme una taza de té? |
||||
|
REMEDIOS.- (Muy campechana.) Sí, señora, ya lo creo. Entre nosotras... |
||||
|
(Y muy diligentemente, sale de la habitación, cierra la puerta tras de sí, y hace mutis por el pasillo. PALOMA, al quedarse sola, entra en el cuarto de baño. En la habitación de la derecha, DON FABIÁN cesa en sus paseos y se planta ante PAULINA.) |
||||
|
DON FABIÁN.- Entonces, ¿estás decidida? |
||||
|
PAULINA.- Sí, tío Fabián. No volveré a Madrid en mucho tiempo. Mis nervios necesitan este descanso. |
||||
|
DON FABIÁN.- ¡Soberbio! Por lo visto crees que vas a encontrar la paz bailando la «polka». (Transición.) Paulina, hace sesenta años que no salgo de Madrid, y cuando quiero buscar la paz me voy a la Gran Vía, y tan ricamente. Paulina, hija mía, óyeme. Soy tu única familia. Paulina, sobrina, oye al tío Fabián. Reconozco que tengo poquísima autoridad, pero esta noche te pido que me escuches por una sola vez en tu vida. Esta escapada es absurda, extravagante. Vuelve a tu casa y déjame volver a la mía. Volvamos a Madrid. |
||||
|
PAULINA.- Imposible. (Patéticamente.) Yo me quedo aquí. No quiero que en Madrid me vean llorar... |
||||
|
DON FABIÁN.- (Exasperado.) ¡¡Demonio!! Pero, ¿quieres explicarme cuál es tu desgracia? |
||||
|
PAULINA.- Soy una mujer fracasada, tío Fabián. He publicado tres novelas y no se ha vendido ninguna de las tres. Si aún crees que no es para sentirse desgraciada... |
||||
|
DON FABIÁN.- ¡Dichosa literatura! |
||||
|
PAULINA.- En esos tres libros he puesto lo mejor de mi imaginación. Y yo tengo mucha imaginación... |
||||
|
DON FABIÁN.- ¡Digo! Desde pequeñita. Muchas veces, cuando yo entraba en tu cuarto, te quedabas mirándome, y de buenas a primeras, me decías: «Hola, tío Fabián. Estaba ahora en la India, pero no me gusta el clima. Me voy al Canadá que está más fresco». Y así sigues. |
||||
|
PAULINA.- No me interrumpas, tío Fabián. En estos tres libros he puesto mis ilusiones, mis sueños de mujer. Además, escribo muy bien. Lo dice la gente. Bueno. La poca que ha leído mis novelas... |
||||
|
DON FABIÁN.- Poquísima. |
||||
|
PAULINA.- Entonces, ¿por qué no se venden mis novelas? ¿Por qué se venden más las de Vicky Baum? Supongo que no creerás que Vicky Baum escriba mejor que yo...4 |
||||
|
DON FABIÁN.- Hija mía. Yo no leo más que lo que tú escribes. (Enérgico.) Estoy decidido a que seas la mejor... |
||||
|
PAULINA.- (Muy conmovida.) Gracias, tío. Si todos fueran como tú... |
||||
|
DON FABIÁN.- Pero yo te diré, si quieres, por qué la gente no quiere tus novelas. A pesar de esa imaginación tuya, que tantos disgustos me ha dado; a pesar de la estupenda fantasía que derrochas en tus obras, no conoces la vida, Paulina. No es que tus libros le interesen poco al público; eres tú, tú misma, la que no interesas nada... |
||||
|
PAULINA.- ¿Qué quieres decir, tío Fabián? |
||||
|
DON FABIÁN.- (Gravemente.) Eres demasiado decente, hija mía. |
||||
|
PAULINA.- (Indignada.) ¡Tío, no seas inmoral! |
||||
|
DON FABIÁN.- La gente te conoce, sabe cómo eres... Tú escribes novelas de amor, y no sabes una palabra del amor. En tu último libro, «Tempestad en el alma», la protagonista es una aventurera, y ¡hay que ver qué aventurera! Es una aventurera buenísima. Un ángel de Dios... En el fondo, la pobre es una infeliz, como tú. Y es lo que yo digo: una novelista puede ser todo lo decente que le dé la gana, pero no hay derecho a que lo sepa todo el mundo... |
||||
|
PAULINA.- ¡Tío Fabián!... |
||||
|
DON FABIÁN.- Tu decencia es escandalosa. La semana pasado te invitó a cenar un periodista para hacerte una interviú y le diste un par de bofetadas... |
||||
|
PAULINA.- (Con rubor.) Era un desahogado. Se quería aprovechar... |
||||
|
DON FABIÁN.- ¡Estupendo! Todo eso a mí, al viejo tío Fabián, me encanta y me enorgullece. Pero a la gente le hace reír. La virtud no sirve para la publicidad... ¿Qué voy a decirte? ¡Pchs! Recuerda las grandes mujeres que han triunfado. Sarah Bernhardt tuvo una de líos... ¡Oh! Y la Duse, ¡pobrecita!, no digamos. ¡Una calamidad! Acuérdate de Jorge Sand y Chopin5. Todavía se murmura de ellos en la buena sociedad de Mallorca. Esa leyenda, esa aureola, es lo que a ti te falta, hija mía. Tus novelas son muy bonitas. Pero tú eres una pobre mujer sin interés. Si en tu vida hubiera un escándalo... |
||||
|
PAULINA.- ¡Tío Fabián! |
||||
|
DON FABIÁN.- ¡Si tuvieras un amante! |
||||
|
PAULINA.- (Temblorosa.) ¡Tío Fabián! |
||||
|
DON FABIÁN.- Entonces tus libros se agotarían. ¡Serías famosa! La gente creería ver en cada una de esas heroínas que tú te inventas un poco de tu vida. Algo de tu intimidad. |
||||
|
PAULINA.- (Atónita.) Entonces, ¿tú crees que yo debo dar un escándalo? |
||||
|
DON FABIÁN.- (Indignadísimo, pega un puñetazo en cualquier parte.) ¡¡Un cuerno!! |
||||
|
PAULINA.- ¡Ay! |
||||
|
DON FABIÁN.- ¡Quiero decir que se acabó la literatura! ¡Quiero que renuncies a esos sueños de fama y gloria! Ya has pasado soñando los mejores años de tu juventud. ¡Despierta, Paulina! Cásate con un ingeniero que no haya leído ni siquiera a Rubén Darío6. |
||||
|
PAULINA.- No... ¡Eso, jamás! |
||||
|
DON FABIÁN.- ¡Paulina, Paulina! |
||||
|
PAULINA.- No puedo renunciar. No quiero. Vete, tío Fabián. ¡No me has comprendido nunca! |
||||
|
DON FABIÁN.- ¡Y dale! ¡Otra vez la literatura! (La mira, suspira y se encamina hacia la puerta.) Está bien. Mañana volveré solo a Madrid. El aire del campo, después de tantos años de casino, no es nada bueno para mí. Si me necesitas, llámame. Buenas noches. |
||||
|
PAULINA.- ¿No me das un beso, tío Fabián? |
||||
|
DON FABIÁN.- Claro que sí, hija mía... |
||||
|
(La besa con mucho cariño. Ella alza hacia él los ojos muy abiertos y dice, tímidamente.) |
||||
|
PAULINA.- ¿Tú crees que un escándalo muy gordo lo arreglaría todo? |
||||
|
DON FABIÁN.- (Asustadísimo.) ¡Paulina! ¿Qué estás pensando? ¿Qué imaginas? ¡Paulina, que te temo! |
||||
|
PAULINA.- Buenas noches, tío Fabián. |
||||
|
(Y francamente sonrojada, entra en el cuarto de baño y cierra la puerta tras de sí. DON FABIÁN queda solo en la alcoba.) |
||||
|
DON FABIÁN.- ¡Paulina! ¡Ay, señor! Dios nos coja confesados... |
||||
|
(Sale DON FABIÁN por el pasillo, cerrando la puerta, y desaparece por el fondo. Durante este instante las dos alcobas están vacías; de pronto, suena vivamente el teléfono en la habitación de la derecha y se oye la voz de PALOMA, que responde.) |
||||
|
VOZ DE PALOMA.- ¡Voy! ¡Voy! |
||||
|
(PALOMA entra corriendo por la puertecita del cuarto de baño. Viste ahora un primoroso pijama y se cubre con una gran bata. Se dirige al teléfono, presurosa y emocionada, y toma el auricular.) |
||||
|
PALOMA.- Sí, sí. Conferencia con Madrid. Yo he pedido conferencia con Madrid. Diga, diga. Oiga... ¿Quién está al aparato? ¿Es usted, Enriqueta? Soy yo, la señora... Claro... La misma. No, no me ha ocurrido ningún accidente. Es que me he fugado de casa. Así como usted lo oye... ¿Cómo? ¿Que tiene gracia? Enriqueta, no sea usted idiota, que esto es una cosa muy seria. ¡Muy seria! (Escucha un momento. Y luego, con enorme ansiedad.) ¿Y mi marido? ¿Se ha asustado mucho? ¿Se ha encerrado en su despacho? ¿Le ha visto usted llorar? ¿No? Bueno, será que el pobrecito disimula delante de ustedes... Enriqueta, por favor, vaya usted de puntillas al cuarto del señor y dígame lo que está haciendo. Vaya, sí... (Y espera un rato, anhelante. Al cabo.) ¿Qué? ¿Que se está vistiendo de etiqueta? ¿Se va a una fiesta? ¿Esta noche? Pero, ¿será capaz de ir a una fiesta, precisamente esta noche, cuando yo me he escapado de casa y ni siquiera sabe dónde estoy? ¡Dios mío! ¡Pero mi marido es un cínico! ¡Mi marido es un sinvergüenza! (Transición. Indignadísima.) ¡Enriqueta, no diga usted que sí cuando digo que mi marido es un sinvergüenza, porque me pone usted nerviosísima! ¡Ay, Dios mío! (De pronto, se le transfigura el rostro y la voz.) ¡¡Eduardo!! ¿Eres tú? Soy yo, Paloma, tu mujer. Estoy muy lejos. Eduardo, muy lejos; ya no me verás más... ¿Cómo? Estoy en el Hotel de las Termas. A muchísimos kilómetros de Madrid... En pleno campo ¿Qué? ¿Qué dices? ¿Que si hace buena temperatura? Pero, Eduardo, te digo que estoy muy lejos, te digo que no me verás más, y todo lo que se te ocurre preguntar es por la temperatura. Eduardo, ¡tú eres un fresco! ¡Oh! (Escucha durante unos instantes, moviendo la cabeza negativamente.) No, no, no... Esto no es una chifladura. ¡Es que no puedo más! ¡No puedo! ¡No quiero vivir contigo! ¿Lo oyes? Déjame hablar... Eduardo, está clarísimo. No quiero vivir contigo porque eres un sinvergüenza. Hace un año que nos casamos y ya me has engañado tres veces. No, no volveré. Esto te servirá de lección... ¿Cómo? ¿Qué dices? ¿Que te gusta que te llame sinvergüenza? (Casi llorando.) Eduardo. ¡Eduardo! ¡¡Eduardo!! (Un silencio. Escucha, mimosísima.) No, no, no. No volveré nunca. Es inútil. Puedes decirme los piropos que quieras. No te hago caso. ¡Pchs! Que no te oigo. (Escucha, encantadísima y con enorme atención.) Nada, nada... No oigo nada. ¡Nada! (Hay un largísimo silencio.) Sigue, Eduardo, mi vida, sigue. ¿Es verdad eso? ¿Será verdad? (Una transición. Una lágrima.) ¡¡No!! ¡No es verdad! Es mentira, todo mentira. Eres un embustero. ¡Eso es lo que tú eres! Un granuja, como dice mi madre. (Un silencio.) ¡Eduardo, no insultes a mamá! Estoy segura de que volverás a engañarme una y otra vez. Porque no tienes más remedio, porque te gustan todas. (Indignadísima.) Pero, ¿no has pensado alguna vez que yo puedo vengarme? ¿No piensas que si yo quisiera tendría un amante, y te haría muy desgraciado? ¿Eh? ¿No has pensado todo eso? ¿Cómo? ¿Que soy demasiado decente? (Desesperada.) Eduardo, que no me conoces; que soy capaz de todo, que soy capaz de todo... (Cuelga, con furia, el auricular, y, de una verdadera crisis de nervios y de lágrimas, cae de bruces sobre la cama.) ¡Oh, Dios mío! |
||||
|
(Surge PAULINA, en su habitación, naturalmente, por la puertecita del cuarto de baño. También se atavía con una linda «toilette» de noche. Viene con los ojos muy abiertos, sobrecogida, asustadísima. Trae en la mano la maleta de JERÓNIMO, que mira con curiosidad y enorme emoción... Deja la maleta encima de la cama y levanta la tapa, que se abre con toda facilidad; la vuelve a cerrar de golpe y, muy emocionada, cruza su habitación, sale al pasillo y llama con los nudillos en la puerta de la alcoba de PALOMA. Esta se asusta.) |
||||
|
PALOMA.- ¿Quién? ¿Quién es? |
||||
|
PAULINA.- ¿Está usted sola? |
||||
|
PALOMA.- (Un respingo. Indignadísima.) ¡Naturalmente que estoy sola! ¿Qué se ha creído usted? |
||||
|
PAULINA.- ¡Chiss!... Entonces, salga. Me sucede algo extraordinario. ¡Acabo de encontrar en mi habitación la maleta de un hombre! |
||||
|
PALOMA.- ¿Eh? ¿La maleta de un hombre? (Se lanza fuera de la cama. Corre a la puerta y abre. Están las dos en el pasillo, frente a frente.) ¿Es posible? |
||||
|
PAULINA.- Como lo oye. Venga usted. (La coge de una mano y se la lleva. Entran las dos en la habitación de PAULINA. Esta le señala a PALOMA la maleta, que yace encima de su cama.) ¡Mírela! |
||||
|
PALOMA.- ¡Oh! ¿Está usted segura de que esa maleta es de un hombre? |
||||
|
PAULINA.- Segurísima. Tiene una tarjeta. |
||||
|
(Muy juntas se aproximan las dos a la maleta. PALOMA lee.) |
||||
|
PALOMA.- «Jerónimo de Alvear». ¡Jerónimo! |
||||
|
PAULINA.- Mire, mire... Es una maleta que ha viajado mucho. Lea las etiquetas. Hotel Claridge, Londres. Hotel Plaza, Buenos Aires. Hotel Astor, Nueva York, ¡Qué barbaridad! |
||||
|
PALOMA.- Aquí hay otra: Gran Hotel, Logroño. |
||||
|
PAULINA.- ¡Ah! Mire, mire... Un disco de gramófono. Es el vals de «La viuda alegre». Debe ser su pieza favorita. |
||||
|
PALOMA.- ¿Usted cree? |
||||
|
PAULINA.- Seguro. ¡Ah! |
||||
|
PALOMA.- ¿Qué es eso? |
||||
|
PAULINA.- Camisas de seda natural... |
||||
|
PALOMA.- ¿Llamamos a la camarera? |
||||
|
PAULINA.- ¡No! |
||||
|
PALOMA.- (Muy bajo.) ¿Cree usted que debemos seguir registrando? |
||||
|
PAULINA.- ¡Desde luego! Yo no puedo perder esta oportunidad. Yo soy novelista, y todo esto me documenta muchísimo... ¡Ay! Es un hombre interesantísimo. |
||||
|
PALOMA.- ¿Por qué? |
||||
|
PAULINA.- Mire; en las camisas, debajo de las iniciales, tiene bordada una corona... (Triunfal.) ¡Es un aristócrata! |
||||
|
PALOMA.- No diga usted más. Es uno de esos que siempre están en el exilio... |
||||
|
(PAULINA, por su gesto, ha encontrado algo interesante en el fondo de la maleta.) |
||||
|
PAULINA.- ¡Calle usted! |
||||
|
PALOMA.- ¡Ay! |
||||
|
PAULINA.- ¡Fotografías! (Exhibe en alto tres postales.) ¡Tres retratos de mujer! |
||||
|
PALOMA.- A ver, a ver. ¡Ah! ¡Qué...! ¡Qué descaradas! |
||||
|
PAULINA.- ¿Las tres están dedicadas? |
||||
|
PALOMA.- ¿Cree usted que es correcto leer las dedicatorias? |
||||
|
PAULINA.- Por Dios, querida, no sea usted hipócrita; que estamos solas. (Y lee.) «Para Jerónimo, su víctima, Maruja?. (Admiradísima.) Dice «su víctima». |
||||
|
PALOMA.- (Igual.) Ya, ya. |
||||
|
PAULINA.- Debe ser un hombre de cuidado. (Lee en otra postal.) «A Jerónimo, el hombre de mi vida, su esclava, Juanita». ¡El hombre de su vida! Y dice «su esclava». |
||||
|
PALOMA.- Pobre Juanita. Lo que ha debido sufrir con un hombre así... |
||||
|
PAULINA.- ¡Ay! Esta es peor. (Lee.) «¿Qué has hecho conmigo, Jerónimo?». Y firma, Lola. (Suspira.) Ya no cabe duda de que Jerónimo es fascinante. Un hombre que ha hecho desgraciadas a tres mujeres, tiene que ser encantador. |
||||
|
PALOMA.- Sí, sí... Debe ser irresistible. ¿Qué habrá hecho con Lola? |
||||
|
(PAULINA sigue registrando en la maleta muy emocionada, con verdadero ardor.) |
||||
|
PAULINA.- Pijamas, una bata, ropa blanca... |
||||
|
PALOMA.- (Pudorosa.) No siga usted registrando, por favor... |
||||
|
(Y de pronto, un grito de gozo de PAULINA.) |
||||
|
PAULINA.- ¡Ay! |
||||
|
PALOMA.- (Muy asustada.) ¿Qué? ¿Qué ha visto usted? |
||||
|
PAULINA.- Un libro. (Con mucha emoción.) ¡Es un libro mío! ¡Jerónimo lee mis libros! Mírelo usted. (Le tiende un volumen.) «Tempestad en el alma». Es mi última novela. ¡Qué hombre tan espiritual! ¡Qué delicado! |
||||
|
PALOMA.- «Tempestad en el alma». Me gustaría leerla. |
||||
|
PAULINA.- (Le quita el libro de las manos y la mira superior.) No se la recomiendo. Quizá sea un poco atrevida para usted. |
||||
|
PALOMA.- ¡Ah! Pero, ¿usted escribe novelas atrevidas? |
||||
|
PAULINA.- ¡Pchs! ¡A veces! |
||||
|
PALOMA.- (Asustada.) ¡Qué horror! |
||||
|
PAULINA.- (En su mundo.) De manera que Jerónimo es un hombre que ha viajado; Jerónimo es un aristócrata; Jerónimo vuelve locas a las mujeres; Jerónimo tiene un gusto literario exquisito. ¡Qué hombre! ¿Se da usted cuenta? |
||||
|
PALOMA.- (Interesadísima.) Sí, sí. Yo creo que sí. |
||||
|
PAULINA.- (Entusiasmándose a medida que habla.) Y ese hombre extraordinario, ese hombre excepcional, está aquí... |
||||
|
(PALOMA se asusta mucho y mira por todas partes.) |
||||
|
PALOMA.- ¿Dónde? |
||||
|
PAULINA.- Está en espíritu. |
||||
|
PALOMA.- ¡Ah! |
||||
|
PAULINA.- Está en esta maleta. No puede haber mejor definición de un hombre que su propia maleta. Ahí están sus secretos, su intimidad, todo él... |
||||
|
PALOMA.- (Curiosa y emocionada.) ¿Va usted a escribir una novela sobre Jerónimo? |
||||
|
(PAULINA la mira ensoñadora y superior.) |
||||
|
PAULINA.- ¡Quién sabe! Presiento que Jerónimo ha venido a mi vida para algo más que para que yo escriba una novela... (Un silencio. Una sonrisa.) Pero ¿no ve usted que está claro todo? ¿Por qué aparece esta maleta, precisamente en mi habitación? ¿Quién la ha dejado en un rincón de mi cuarto de baño? ¿Por qué tiene dentro «Tempestad en el alma»? |
||||
|
PALOMA.- (Cavilando.) Verdaderamente. |
||||
|
PAULINA.- ¡Cállese! |
||||
|
PALOMA.- ¡Ay! |
||||
|
PAULINA.- Yo no soy una mujer vulgar. Yo tengo mucha imaginación. Esa maleta, ese hombre... Ese hombre único, maravilloso. (Iluminada.) ¡Si usted supiera! Si usted supiera que me lo imagino tal y como es... |
||||
|
PALOMA.- (Sugestionada.) Sí, sí. Es verdad. Yo también. Yo también podría decir ahora mismo cómo es Jerónimo... |
||||
|
PAULINA.- (Con ceño.) ¿Usted también? |
||||
|
PALOMA.- Sí, sí. |
||||
|
(Las dos se miran indefinidamente. La orquesta en el jardín interpreta en este punto el vals de «La viuda alegre». Las dos mujeres, automáticamente, dirigen sus ojos al ventanal.) |
||||
|
PAULINA.- (Muy bajo.) ¡«La viuda alegre»! |
||||
|
PALOMA.- ¡«La viuda alegre»! |
||||
|
PAULINA.- ¡Qué casualidad! |
||||
|
(Un silencio. Se miran las dos otra vez. PALOMA baja la cabeza muy confundida.) |
||||
|
PALOMA.- Es tardísimo. Buenas noches. |
||||
|
PAULINA.- Buenas noches. (Sigue oyéndose el vals. PALOMA sale al pasillo, lo cruza y entra en su habitación. Cada una de las dos mujeres está ya en su cuarto. PAULINA, desde el ventanal, oye ensimismada la melodía que viene del jardín. PALOMA se sienta en la cama, muy pensativa. PAULINA, muy despacio, se sonríe a sí misma. Vuelve junto al lecho, recoge todo el contenido desparramado de la maleta de JERÓNIMO. Lo guarda otra vez, excepto las dos fotografías, que quedan olvidadas sobre la mesilla de noche. Cierra la maleta y entra con ella en el cuarto de baño. Mientras, PALOMA, que seguía pensativa, toma una decisión y sonríe. Coge el auricular del teléfono.) |
||||
|
PALOMA.- ¡Señorita, por favor! Tome nota de un telegrama que le voy a dictar y póngalo urgente. Gracias. «Eduardo Montiel, Lista, cuarenta y cinco. Madrid. Acabo de conocer a un hombre fabuloso. Se llama Jerónimo. Es aristócrata, millonario. Me gusta muchísimo. Si no me juras que no volverás a engañarme, estoy dispuesta a fugarme con Jerónimo. A Nueva York o a Logroño. Me da igual. Tú verás. Paloma». Muchos gracias, señorita... (Cuelga. Vuelve PAULINA del cuarto de baño, sin la maleta, naturalmente. Otra vez están las dos, cada una en su alcoba. Las dos apagan la luz central. Quedan las alcobitas en la semipenumbra de las pantallitas de las mesillas de noche. Las dos mujeres se despojan de sus batas. Están ya en «pyjama», listas para el descanso. PAULINA, sin abandonar su sonrisa, se zambulle en la cama. Sentada en el lecho, se santigua y reza. Entretanto, PALOMA se arrodilla en el suelo, sobre la alfombra, se persigna y hace sus breves oraciones con la misma devoción. Las dos sonríen. Ya están las dos acostadas tranquilamente. Durante el juego anterior aparecen en el pasillo y bajan desde el fondo al primer término, JERÓNIMO y DOMINGO. Vienen cogidos del brazo. La alegría del champaña se refleja en sus ojos, un poco brillantes. Son realmente felices. Hablan en el pasillo.) |
||||
|
JERÓNIMO.- (Divertidísimo.) ¡Domingo de mi alma! Has tenido una idea genial. Ya tenemos un porvenir. Pero ¿cómo no se me ha ocurrido a mí antes? Si es sencillísimo. Lo único que nos queda es el coche... Pues ya está. (Ríe feliz.) ¡El coche! |
||||
|
DOMINGO.- (Riendo también.) ¡Claro! ¡El coche! |
||||
|
JERÓNIMO.- Mañana nos vamos a Madrid, convertimos nuestro coche en un taxi... ¡Y ya está! |
||||
|
DOMINGO.- ¡Ya está! (Ríe contentísimo.) El señor es un conductor estupendo... El señor será el chofer más elegante de Madrid. Ya parece que le estoy viendo con su gorra de plato. |
||||
|
JERÓNIMO.- Sí, sí, yo también me veo. (Dichoso.) De la Cibeles al Hipódromo, de la Gran Vía a las Ventas. Ya oigo cómo todo el mundo me grita: ¡Taxi! ¡Taxi! Cuánto dinero vamos a ganar. Si me llama una muchacha bonita la llevaré gratis. Si me para un señor con cara de magistrado, le diré que voy a encerrar... |
||||
|
DOMINGO.- (Tiernamente.) Parece que ha sido chofer toda su vida... |
||||
|
JERÓNIMO.- ¿Tú crees? |
||||
|
DOMINGO.- (Entusiasmado.) ¡Yo seré el golfo del señor! |
||||
|
JERÓNIMO.- ¿Qué es eso? |
||||
|
DOMINGO.- El golfo es ese individuo que va al lado del chofer, señor. |
||||
|
JERÓNIMO.- Hombre, Domingo. Tú, un golfo... |
||||
|
DOMINGO.- (Divertidísimo.) ¡Sí, señor! ¡Hay que ver qué bien lo vamos a pasar! ¡Je! ¡Taxi! ¡Taxi! |
||||
|
JERÓNIMO.- (Riendo también.) ¡A encerrar! |
||||
|
DOMINGO.- ¡Así! ¡Así! |
||||
|
JERÓNIMO.- Bueno. La verdad es que esto de arruinarse es divertido. |
||||
|
DOMINGO.- ¡Digo! Y eso que estamos empezando. |
||||
|
JERÓNIMO.- ¡Buenas noches, Domingo! |
||||
|
DOMINGO.- ¡Buenas noches, señor! (DOMINGO, siempre riendo, muy feliz, se va por el fondo. Queda JERÓNIMO solo en el pasillo, entre las dos puertas. La risa se le apaga poco a poco, hasta que la tristeza le asoma otra vez a los ojos y un profundo suspiro se le escapa. Se encoge melancólicamente de hombros. Mira los números de las puertas, como dudando, y luego, con toda decisión, abre y entra en la habitación de la derecha. PAULINA, que parecía dormida, al ver una sombra en el umbral, pega un salto tremendo entre las sábanas y grita con toda su alma.) |
||||
|
PAULINA.- ¡Ayyyy! ¿Quién es? ¿Quién anda ahí? |
||||
|
JERÓNIMO.- (Confundido, pálido, balbuceando.) ¡Perdón! ¡Perdón! (Retrocede. Sale al pasillo y cierra la puerta. PAULINA se queda sentada en la cama con un susto mortal. JERÓNIMO en el pasillo, se seca el sudor.) ¡Caramba! Por lo visto me he equivocado de puerta. ¡Qué barbaridad! |
||||
|
(Y, tranquilamente, empuja la puerta de la habitación de PALOMA y entra. PALOMA, aterrada, brinca entre las sábanas y lanza un grito de pavor.) |
||||
|
PALOMA.- ¡Ayyyy! ¿Quién es? ¿Qué quiere? |
||||
|
(JERÓNIMO, empavorecido, retrocede y sale otra vez al pasillo. Cierra la puerta de PALOMA. Está palidísimo.) |
||||
|
JERÓNIMO.- ¡¡Perdón!! ¿Qué es esto? Resulta que me he equivocado de piso. (Mira asombrado los números de las puertas.) Pues, señor, yo juraría... |
||||
|
(Y, muy preocupado, se marcha aprisa por el pasillo. Desaparece en el fondo. Entretanto, las dos mujeres, cada una en su cuarto, se han lanzado fuera del lecho, se han puesto los saltos de cama y corren a las respectivas puertas de sus habitaciones. Las dos abren a un tiempo y se encuentran en el pasillo cara a cara, muy asustadas. Un silencio. Se miran las dos, recorren con los ojos todo el pasillo hasta el fondo, luego vuelven a encontrarse sus miradas.) |
||||
|
PAULINA.- (Bajo.) ¿De veras está usted sola en su habitación? |
||||
|
PALOMA.- (Indignadísima.) ¡¡Y dale!! (Casi llorando.) Pero, ¿por quién me ha tomado usted? |
||||
|
(Y, dando un portazo, se mete, desconsolada, en su habitación. Muy furiosa, echa la llave en la cerradura y se vuelve a acostar. PAULINA entra también en su cuarto. También va a echar la llave, pero se detiene... Sonríe. Se despoja de su bata y se vuelve a acostar. Ahora regresa JERÓNIMO por el pasillo. Viene muy enfadado.) |
||||
|
JERÓNIMO.- Ya sabía yo que no me equivocaba... ¡Estoy seguro de que se trata de una confusión! ¡Es intolerable! |
||||
|
(Empuja de nuevo la puerta de PAULINA y entra, con decisión. Se repite el juego anterior. PAULINA grita, con espanto, entre las sábanas...) |
||||
|
PAULINA.- ¡Socorro! |
||||
|
(Aparece REMEDIOS en el pasillo, portadora de una bandejita con el servicio de té para PALOMA. Al oír el grito de PAULINA se inmoviliza, aterrada, en medio del pasillo.) |
||||
|
REMEDIOS.- ¡Ay! |
||||
|
JERÓNIMO.- ¡Chiss! ¡Chiss! |
||||
|
PAULINA.- ¡Socorro! (PAULINA, en la cama está sofocadísima, cubriéndose con las sábanas toda la cabeza.) ¿Quién es usted? ¿Qué quiere de mí? ¡Soco...! |
||||
|
JERÓNIMO.- ¡No! ¡No grite, por favor! Se lo explicaré todo. |
||||
|
PAULINA.- ¡No se acerque! ¡No me toque! ¡Yo soy una mujer decente! ¡Tío Fabián! |
||||
|
(REMEDIOS se estremece y sale corriendo por el fondo con su servicio de té.) |
||||
|
JERÓNIMO.- Por todos los santos, señorita. |
||||
|
PAULINA.- ¡No me mire! ¡Vuélvase de espaldas! |
||||
|
(JERÓNIMO se vuelve de espaldas a la cama.) |
||||
|
JERÓNIMO.- Sí, señorita. Como usted quiera. Pero le aseguro que está usted equivocada. Todo esto es un error de la dirección. Yo ahora solo quiero recuperar una maleta... |
||||
|
PAULINA.- ¿Una maleta? |
||||
|
JERÓNIMO.- Sí, señorita. Una maleta. |
||||
|
PAULINA.- ¿Se refiere usted a la maleta de Jerónimo? |
||||
|
JERÓNIMO.- Eso es... |
||||
|
PAULINA.- (Mirándole de arriba abajo, disgustadísima.) Supongo que no será usted Jerónimo... |
||||
|
JERÓNIMO.- (Risueño.) ¿Eh? No, claro que no... Ha acertado usted. Yo no soy Jerónimo. Yo... soy su criado. |
||||
|
PAULINA.- (Respira.) ¡Me lo figuré! |
||||
|
JERÓNIMO.- ¡Caramba! (Disgustadísimo.) ¿Y por qué se lo figuraba la señorita? |
||||
|
PAULINA.- (Naturalísima.) Hombre, porque no va a usted a ser Jerónimo... |
||||
|
JERÓNIMO.- ¡Ah! |
||||
|
PAULINA.- Además, qué sé yo. Tiene usted cierto aire... |
||||
|
JERÓNIMO.- (Casi en un salto.) ¿De veras? Es usted muy amable, señorita. Ya lo creo. (Indignado.) Bueno. ¿Dónde está la maleta? |
||||
|
PAULINA.- En el cuarto de baño. (JERÓNIMO entra en el cuarto de baño. PAULINA se lanza fuera de la cama y se cubre con su bata. Se sienta en el borde de la cama frente al público, pero vigilando cuidadosamente y espera. Vuelve JERÓNIMO muy despacito, con la maleta en la mano, y se dirige a la puerta de salida al pasillo. Mientras PALOMA, en su cuarto, quieta, como durmiendo.) Espere. Hace un momento se cayeron de la maleta estas fotografías. |
||||
|
JERÓNIMO.- (Sonríe.) ¡Ah! |
||||
|
PAULINA.- (Un poco azorada.) Tómelas. Pero no creerá usted que yo he registrado la maleta de su señor. |
||||
|
JERÓNIMO.- ¡Oh, no! Ya se sabe que de las maletas siempre se caen estas cosas... (Ahora tiene los tres retratos en la mano. Los mira y sonríe.) Es curioso que aún estén aquí. El señor creía que estos retratos se habían quedado en Madrid. |
||||
|
PAULINA.- ¿Conoce usted a estas mujeres? |
||||
|
JERÓNIMO.- ¡Anda! Muchísimo. Tanto como el señor. |
||||
|
PAULINA.- Y... ¿cómo son? |
||||
|
JERÓNIMO.- Las tres eran muy distintas. Pero las tres eran bonitas y alegres y las tres tenían una mentira predilecta. Las tres decían: «Te quiero?». (Suspira.) Las tres engañaban al señor. |
||||
|
PAULINA.- ¡Qué poca vergüenza! Engañar a un hombre tan interesante como Jerónimo. |
||||
|
JERÓNIMO.- (Admiradísimo.) Pues ahí tiene usted. Por lo visto, de estas cosas no se libra nadie. (Transición.) Pero, ¿está usted segura de que Jerónimo es un hombre interesante? |
||||
|
PAULINA.- ¿Va usted a dudarlo? |
||||
|
JERÓNIMO.- No, no. Yo en el fondo, no lo he dudado nunca. (Transición.) ¿Y hace mucho tiempo que la señorita conoce al señor? |
||||
|
PAULINA.- (Se ruboriza.) Realmente..., conocerle no le conozco. Pero no es necesario. |
||||
|
JERÓNIMO.- ¡Ah, ya! |
||||
|
PAULINA.- Sé lo bastante de él como para imaginármelo tal como es. Yo tengo mucha imaginación. Soy novelista. |
||||
|
JERÓNIMO.- ¡Ah, vamos! Ya decía yo. |
||||
|
PAULINA.- (Con timidez.) ¿Quiere usted hablarme de Jerónimo? |
||||
|
(JERÓNIMO avanza unos pasos. La mira. Ahora sonríe, divertido. Habla con una chispa de ternura en la voz.) |
||||
|
JERÓNIMO.- Con mucho gusto... El señor es, ¿cómo le diría a la señorita? Es un soñador. Eso es todo. Es tan ambicioso, que se empeña en encontrar la felicidad. Por eso está en la ruina. Porque la felicidad está ahora carísima, señorita. Como la felicidad de los hombres la tienen las mujeres... (Con un poco de lejana melancolía.) Figúrese... Ellas se han llevado en unos pocos años una verdadera fortuna. |
||||
|
PAULINA.- ¡Qué frescas! |
||||
|
JERÓNIMO.- Yo sé que eso para el señor no tiene gran importancia. Si eso dio por lo que sabía que era mentira, por un gran amor, hubiera dado la vida. Pero el gran amor no ha llegado. (Baja la cabeza, tristísimo.) El señor es de esa clase de hombres que no interesan a las mujeres. Jamás ha podido deslumbrar a ninguna. Nada, que no gusta. El señor no tiene ángel... |
||||
|
PAULINA.- (Ofendida.) ¡Qué sabe usted! |
||||
|
JERÓNIMO.- (Involuntariamente contento.) ¿Usted cree? |
||||
|
PAULINA.- ¡Qué poco conoce usted a Jerónimo! |
||||
|
JERÓNIMO.- ¿Eh? Bueno, me gustaría saber cómo se imagina la señorita al señor. |
||||
|
(PAULINA ríe, bajo, con rubor.) |
||||
|
PAULINA.- ¡Oh! Ya le he dicho que a mí no me falla la imaginación... |
||||
|
JERÓNIMO.- Es fabuloso, sencillamente fabuloso. |
||||
|
PAULINA.- Jerónimo es... (Le mira de arriba abajo y tiene un irreprimible deseo de reír, que contiene.) Bueno, no sé si me atreveré. |
||||
|
JERÓNIMO.- Diga, diga; puede usted hacer comparaciones. No me ofendo. |
||||
|
PAULINA.- Gracias. (Sonríe.) Jerónimo es un hombre completamente diferente de usted. |
||||
|
JERÓNIMO.- Eso, eso. Va usted muy bien. |
||||
|
PAULINA.- Usted no está mal, pero, claro, no se le puede comparar con Jerónimo. |
||||
|
JERÓNIMO.- ¡Claro! |
||||
|
PAULINA.- Él es tan alegre, tan fuerte, tan dominador... |
||||
|
JERÓNIMO.- (Boquiabierto.) Muchísimo. |
||||
|
PAULINA.- Tiene un aire irresistible. Parece que en cualquier momento va a conquistar el mundo. |
||||
|
(JERÓNIMO la oye sobrecogido, pero con verdadera admiración.) |
||||
|
JERÓNIMO.- Justo. Así es. Como si le conociera usted de toda la vida. Es sencillamente sorprendente. ¡Cuando el señor lo sepa! |
||||
|
PAULINA.- No..., eso no. |
||||
|
JERÓNIMO.- ¡Señorita! |
||||
|
PAULINA.- (Con mucho miedo.) Él no debe saber nada. Ni siquiera que hemos hablado usted y yo. Eso desharía todos mis planes. |
||||
|
JERÓNIMO.- (Asustado.) ¿Sus planes? |
||||
|
PAULINA.- Sí. Supongo que a usted no le importará que yo forme mis planes respecto a Jerónimo... |
||||
|
JERÓNIMO.- No, no... Por mí... Figúrese la señorita. |
||||
|
PAULINA.- Gracias. Y cállese. No quiero que él me confunda con una de esas lagartonas. |
||||
|
JERÓNIMO.- Estoy seguro de que el señor no la confundiría. Él sabe que no hay más que dos clases de mujeres: las que tienen experiencia y las que tienen imaginación. La señorita solo tiene imaginación. |
||||
|
PAULINA.- ¡Habla usted estupendamente! |
||||
|
JERÓNIMO.- (Modestamente.) ¡Pchs! Son muchos años al lado del señor... (La mira y sonríe.) Sí, es mejor que el señor y la señorita no se conozcan nunca. Lo siento muchísimo por el pobre señor. Es una pena. Pero es mejor así. Buenas noches, señorita. |
||||
|
PAULINA.- Buenas noches. |
||||
|
(JERÓNIMO la mira una vez más y sale definitivamente al pasillo. Allí se apoya contra la puerta, que él mismo ha cerrado, contempla su maleta y sonríe con una gran melancolía. Un leve intento de volver a entrar. Pero suspira, se aparta y, con un aire infinitamente triste, marcha muy despacio por el pasillo, hasta que desaparece por el fondo. PAULINA mientras, risueña y feliz, se ha despojado de su bata, y, de nuevo acostada, mira al techo y sonríe. Por el lado opuesto en que desapareció JERÓNIMO, surgen apresuradamente REMEDIOS, seguida de DON FABIÁN. Este viene tremendo. Sobre el «pyjama» se ha puesto una larguísima bata y una bufanda al cuello y trae en la mano una pistola. REMEDIOS lleva el servicio de té para PALOMA.) |
||||
|
DON FABIÁN.- ¿Dice usted que era la voz de un hombre? |
||||
|
REMEDIOS.- Sí, señor. |
||||
|
DON FABIÁN.- ¿Dice usted que ella pidió socorro? |
||||
|
REMEDIOS.- ¡Sí, señor! |
||||
|
DON FABIÁN.- (Estentóreo.) ¡Paulina! ¿Dónde está ese miserable? ¿Dónde? (DON FABIÁN pega una patada a la puerta de la derecha. DON FABIÁN, ya en la habitación de PAULINA, se queda extático viendo que su sobrina sonríe felicísima.) ¡Paulina! ¿Qué ha sucedido? |
||||
|
PAULINA.- (Dichosa, inefable, en su mundo.) Voy a darte una buena noticia, tío Fabián... ¡Ya he dejado de ser decente! |
||||
|
DON FABIÁN.- (Un brinco.) ¿Eh? ¿Qué has hecho? ¡Insensata! ¡¡Repite eso...!! |
||||
|
PAULINA.- ¡Aaay! |
||||
|
DON FABIÁN.- ¡La mato! (DON FABIÁN, desesperado, apunta con la pistola a todas partes.) ¡Maldita sea mi estampa! |
||||
|
(Suena un redoble de tambor mezclado con los tremendos alaridos de una trompeta. PALOMA se lanza del lecho, abre la puerta y sale al pasillo, gritando. DON FABIÁN, anonadado, desesperado ya, empieza a dar puntapiés a todos los muebles y a gritar, en el colmo de la indignación.) |
||||
|
PALOMA.- ¡Socorro! ¡Socorro! |
||||
|
PAULINA.- ¡¡Aaaayyy!! ¡Tío Fabián! ¡¡Socorro!! |
||||
|
DON FABIÁN.- ¡Fuego! ¡Fuego! ¡¡Fuego!! |
||||
|
(REMEDIOS, en el centro del pasillo, con el servicio de té en la mano, se dirige a las dos habitaciones, cuyas puertas están abiertas.) |
||||
|
REMEDIOS.- ¡Ay! No se asusten... Es que me olvidé de advertirles que en el hotel hay un niño un poco loco que, de vez en cuando, toca el tambor. Pero es muy rico... Se llama Carlitos. |
||||
|
(El tambor y la trompeta redoblan otra vez de un modo morrocotudo.) |
||||
|
TELÓN |
||||