Cuadro I
|
|
|
El mismo decorado del acto anterior.
|
|
|
Se reanuda la acción en el instante justo en que terminó el cuadro anterior. En escena, por lo tanto, siguen TERESA, FERNANDO, NICOLÁS, FEDERICO y DON JOSÉ. TODOS en la misma actitud en que estaban. FERNANDO, NICOLÁS y FEDERICO prosiguen mirando a DON JOSÉ como hipnotizados. El anciano, tan risueño. Hay un silencio suavísimo.
|
DON JOSÉ.-
¡Je! Vaya, vaya, vaya... |
|
|
(Otro silencio. TERESA, muy despacito, cruza la escena hacia la derecha. FERNANDO, un poco después, la sigue.)
|
FERNANDO.-
¡Teresa! |
TERESA.-
(Noblemente.) Fernando... Espero que no irás a decir alguna grosería. |
FERNANDO.-
No, no. |
TERESA.-
Gracias. |
FERNANDO.-
No es eso. Es que, simplemente, me gustaría estar preparado para todo. (Mira en torno ampliamente.) ¡Teresa! Ya somos cuatro. (Muy bajito.) ¿Van a venir más? |
MARÍA.-
(Dubitativa.) Pues... (Piensa muy detenidamente. Los mira a TODOS de uno en uno. Suspira. Y, al fin, con la mayor sinceridad.) No lo sé. |
FERNANDO.-
¡No lo sabe! (Admiradísimo.) ¿Han oído ustedes? ¡No lo sabe! |
NICOLÁS.-
¡Che, qué cosa! |
FEDERICO.-
(Emocionadísimo.) Es increíble... |
|
|
(Otro silencio. De pronto, DON JOSÉ algo amoscado.)
|
DON JOSÉ.-
Un momento. ¿Eso quiere decir que todos hemos venido a lo mismo? |
FERNANDO.-
¡Naturalmente! (Indignado.) ¿O es que creía usted que era el único? |
|
|
(DON JOSÉ mira en torno y posa los ojos en FEDERICO poseído del más profundo estupor.)
|
DON JOSÉ.-
¡Caray! Pero ¿el muchacho también? |
FEDERICO.-
¡También! (Enojadísimo.) ¡Le molesta? |
|
|
(DON JOSÉ vuelve a mirar alrededor de sí mismo y mueve significativamente la cabeza.)
|
DON JOSÉ.-
¡Huy, huy, huy...! Pues esto no me gusta nada. (Un poco dolido.) ¡Teresa! Usted me dijo que, llegado este momento, a lo sumo seríamos dos. Y a mí, eso, me pareció bien... |
FERNANDO.-
¡De veras? |
DON JOSÉ.-
¡Claro! Porque dos es lo natural... Se discute un poco y ya está: siempre se llega a un acuerdo. |
FERNANDO.-
(Estupefacto.) A ver... ¡Repita eso! |
DON JOSÉ.-
(Muy mundano.) Hombre, no se haga usted el inocente. ¡Je! (Se calla y vuelve a mirar en torno muy inquieto.) Pero, la verdad, siendo cuatro, no sé cómo nos vamos a arreglar... Difícil, muy difícil. |
|
|
(FERNANDO, NICOLÁS y FEDERICO apartan los ojos de DON JOSÉ, y casi inconscientemente se miran entre sí atónitos, consternados. Hablan muy bajito.)
|
NICOLÁS.-
¡Che, qué viejo! |
FERNANDO.-
Es un descarado... |
|
|
(FEDERICO, muy indignado, se dirige a DON JOSÉ.)
|
FEDERICO.-
Pero ¿no le da a usted vergüenza? Pretender a su edad... |
DON JOSÉ.-
Mire, pollo. Yo tengo que pensar en mi porvenir... |
FEDERICO.-
¡Ah! Luego, ¿confiesa usted que viene por interés? |
DON JOSÉ.-
Hombre, le diré. Me parece que ya es hora de que uno se recoja y tenga un hogar... Vamos, digo yo. |
FEDERICO.-
Pero ¿ustedes oyen? |
FERNANDO.-
¡Je! Cuando yo digo que es un descarado... |
FEDERICO.-
¡Hay que ver! (Con nobilísima decepción.) Y estos son los del 98... |
|
|
(DON JOSÉ, muy risueño, va hacia TERESA.)
|
DON JOSÉ.-
Bueno, Teresa. Mientras usted convence a estos caballeros para que se vayan..., porque pase lo que pase, el elegido voy a ser yo, ¡je!, ¿no es así?, yo voy a dar un vistazo por el piso. ¡Je! Muy pillo. Porque a mí, ¡je!, a mí me gusta tenerlo todo previsto... |
|
|
(Desaparece por el pasillo. Los tres hombres que quedan en escena se miran sin dar crédito a lo que ven. Después, uno tras otro, se vuelven hacia TERESA. Una gran pausa. FEDERICO es el primero que da un paso.)
|
FEDERICO.-
¡Teresa! Yo no puedo más. ¿Qué quiere decir todo esto? ¿Qué hacen aquí estos hombres? (Muy emocionado.) ¿Es que te has burlado de mí? Tú, Teresa. Mi sueño. Mi ideal. |
|
|
(TERESA, bajo las miradas de los tres, da unos pasos hacia el centro.)
|
TERESA.-
Federico, Nicolás, Fernando... Amigos míos. A mí no me gusta engañar a nadie. (Transición.) Bueno: quiero decir que lo que está sucediendo es muy natural. Tenía que suceder... Yo ni siquiera me atrevía a pensar en ello. Pero lo esperaba. Durante estos últimos años, a todos los hombres que se acercaban a mí para hacerme el amor, y conste que han sido bastantes, yo les decía lo mismo: no seré dueña de mis actos hasta que se case mi hija. Solo ese día podré disponer de mí misma. Hoy, al fin, se ha casado Marita. Y, claro, lo natural era que algunos de esos hombres vinieran a recoger mi palabra... Pasea sobre los tres una lenta mirada. Y mueve la cabeza con cierto disgusto. Por cierto, yo esperaba más... |
FERNANDO.-
(Atónito.) ¿Más? |
TERESA.-
Sí... Pero no importa. Quiero que sepáis que a vosotros os estoy muy agradecida. Porque si bien es cierto que sois pocos, también es cierto que sois los leales, los de verdad. (Vuelve a mirarlos de uno en uno.) ¡Fernando! ¡Federico! Nicolás! Estoy muy orgullosa de vosotros. (Los tres se miran y al mismo tiempo bajan la cabeza modestamente. Ella habla ahora con evidente melancolía.) De los otros, de los que no han venido, no quiero ni hablar... (Muy digna.) ¿Para qué? Lo mejor es el olvido... Y la culpa es mía, y solo mía, por poner ilusiones en quien no se lo merece. |
|
|
(Se sienta en un sillón, saca un pañuelito y se seca una lágrima. FEDERICO y NICOLÁS, insensiblemente, casi conmovidos, dan un paso hacia ella. FERNANDO, terriblemente ceñudo, se queda solo a la izquierda.)
|
FEDERICO.-
¡Oh, Teresa! |
NICOLÁS.-
Viejita... |
FEDERICO.-
No pienses más en ellos, que aquí estoy yo. |
FERNANDO.-
¿Cómo que aquí estoy yo? Querrá usted decir que aquí estamos nosotros... |
FEDERICO.-
(Insolente.) No, señor. Si hubiera querido, lo hubiera dicho. Pero he dicho que aquí estoy yo... Nada más. ¿Se entera? |
FERNANDO.-
¿De veras? |
FEDERICO.-
¡Sí! |
FERNANDO.-
¡Hombre! (Y muy decidido avanza hacia él.) Con las ganas que tenía yo de... |
FEDERICO.-
¿Sí? ¿Eh? |
|
|
(Y avanza
también. Pero TERESA,
rápidamente, se interpone entre los dos.)
|
TERESA.-
¡No! No, Fernando. Eso no. Permíteme que te diga que no estás a la altura de las circunstancias... |
FERNANDO.-
¿Tú
crees? |
TERESA.-
Y tú tampoco, Federico, ea. Siempre serás el mismo. Un niño. Un chiquillo impetuoso y egoísta que, cuando se enamora, siempre quiere ser el único. (Con mucha ternura.) Habráse visto... (Sonríe.) Claro que, bien pensado, ese es tu encanto. Por eso me fascinaste cuando te conocí. ¿Te acuerdas? |
FEDERICO.-
¿Te acuerdas tú? ¿Te acuerdas de nuestros paseos por la Moncloa al atardecer? |
TERESA.-
Por la Casa de Campo... |
FEDERICO.-
Por la Moncloa... |
TERESA.-
¿De veras? Bueno. Pues eso, será. Oye. ¿Y tú? ¿Te acuerdas cuando nos citábamos en aquel salón de té que se llamaba «Mississipi»? |
FEDERICO.-
¡Teresa! (Repentinamente serio. ) Ese no era yo. |
TERESA.-
¡Ah! ¿No? |
FEDERICO.-
¡No! |
TERESA.-
¿Tampoco? Pero, Dios mío, entonces, ¿con quién he ido yo al
«Mississipi»? |
(Furioso.) NICOLÁS.-
¡Conmigo! |
TODOS.-
¡Oh! |
TERESA.-
¡Jesús! ¡Qué cabeza la mía! Era Nicolás... |
NICOLÁS.-
¡Sí! Era yo... |
TERESA.-
Pobrecito, pobrecito... |
NICOLÁS.-
¡Era yo! Y ni siquiera se acuerda. ¡Oh! Cuando sepan en Buenos Aires cómo se trata a un argentino en la madre
patria... |
|
|
(FERNANDO se acerca a NICOLÁS con muchísimo interés.)
|
FERNANDO.-
¡Hombre! Entonces era usted el perillán que la besaba a escondidas del camarero, ¿eh? Era
usted... |
NICOLÁS.-
¡Claro! ¿Y cómo no la iba a besar, mi amigo? (Muy dolido, muy romántico.) Allí había tanto ambiente. Era un rinconcito oscuro, tapizadito de azul. Un farolito apagado... |
|
|
(FERNANDO, de pronto, indignadísimo, se revuelve como un energúmeno.)
|
FERNANDO.-
¡Eso es un tango! |
TODOS.-
¡Oh! |
FERNANDO.-
(Frenético.) Y a mí tangos, no. ¡Ea! ¡Tangos, no! |
TODOS.-
¡Oh! |
|
|
(Hablan los cuatro a un tiempo.)
|
NICOLÁS.-
Oiga, amigo... |
TERESA.-
Pero, Fernando... |
FEDERICO.-
¡Oh! |
FERNANDO.-
¡He dicho que tangos no! ¡Maldita sea! |
|
|
(Y en este instante, tan apacible, aparece en el fondo DON JOSÉ.)
|
DON JOSÉ.-
¡Teresa! ¿Cuánto tiempo hace que compró usted este piso? |
TERESA.-
Cinco años. |
DON JOSÉ.-
Pues está muy bien conservado. Vaya si lo está. Pero, de todos modos, me parece que habrá que hacer obras... En el baño, hay goteras. (Mirándolo todo, con mucho aire experto ha cruzado la escena y ya está junto a la puerta de la izquierda. Se asoma al interior y guiña muy pícaro.) Oiga. ¿Esta es su alcoba? |
TERESA.-
¡Sí! |
DON JOSÉ.-
¡Ah! (Dichosísimo.) ¡Qué feliz voy a ser cuando dentro de poco yo también pueda decir que esa es mi alcoba! |
|
|
(Y sale. FERNANDO, NICOLÁS y FEDERICO, como animados por un impulso unánime, avanzan a un tiempo para lanzarse sobre DON JOSÉ, que ya ha desaparecido.)
|
FEDERICO.-
¿Qué? |
NICOLÁS.-
¿Qué ha dicho? |
FERNANDO.-
¡Lo mato! |
|
|
(TERESA se ha adelantado y se ha interpuesto entre ellos y la puerta.)
|
TERESA.-
¡No! Eso, no. |
LOS TRES.-
¡Oh! |
TERESA.-
(Severísima.) ¡Fernando! ¡Nicolás! ¡Federico! Vais a conseguir que me avergüence de vosotros. |
FEDERICO.-
Pero Teresa. Si es que lo que está pasando... |
TERESA.-
¡A callar! (Los tres, muy mohínos, bajan la cabeza ante tan justa reprimenda.) ¿Os parece bonito? ¿Es esta una manera de portarse? ¿Es esto todo lo que se os ocurre para resolver una situación como la nuestra? (Dolorosamente.) ¡Oh! Los hombres, los hombres. En qué conflictos la meten a una... |
|
|
(Los tres se miran atónitos. Ella pasea hacia el fondo. FERNANDO está en primer término a la derecha. NICOLÁS solo, sentado en el sofá. FEDERICO, en el fondo, en el umbral de la entrada. Hay un silencio. FERNANDO se vuelve despacio.)
|
FERNANDO.-
(Con gravedad.) Creo que tienes razón. Dejémonos de discusiones inútiles. Dejémonos de pelear a la española por una mujer. Después de todo nuestro problema es más sencillo de lo que parece. Hemos acudido a tu casa algunos de los hombres a quienes tú habías citado para hoy... (Un poquito emocionado mira a NICOLÁS, mira a FEDERICO y se mira a sí mismo.) Seguramente, hemos acudido los que te queríamos de verdad... |
TERESA.-
(Un paso.) Fernando... |
FERNANDO.-
Calla. (Un silencio.) Cada uno de nosotros se creía el único: el elegido de tu corazón. Ahora, al descubrir que nos has engañado, estoy seguro de que cada uno de nosotros te quiere más. Precisamente por eso: porque nos has engañado... Los hombres somos así. Aquí nos tienes, Teresa. A tus pies. La decisión, por tanto, ha de ser tuya... |
TERESA.-
(Muy bajo.) ¿Mía? |
FERNANDO.-
Sí, Teresa. Míranos bien. Y elige a uno de nosotros... |
|
|
(Teresa desde lejos le mira. Y en voz más baja todavía.)
|
TERESA.-
¿Tengo que elegir yo? |
FERNANDO.-
¿Por qué no? Es la única solución correcta. Y si estos señores están conformes... |
|
|
(NICOLÁS, muy emocionado, abandona el sofá y avanza hacia FERNANDO.)
|
NICOLÁS.-
¡Señor mío! Permita usted que, muy sinceramente, un caballero argentino felicite a un caballero español... Yo estoy de acuerdo. ¡Que elija ella! Y deme usted un abrazo. |
FERNANDO.-
¡Hombre! Con mucho gusto... (Casi conmovido. ) Pero, qué simpático... ¡Qué simpático es este Nicolás! |
NICOLÁS.-
¡Apriete! ¡Apriete! |
|
|
(Y se abrazan con la mayor efusión. Mientras, FEDERICO se ha acercado al grupo.)
|
FEDERICO.-
Yo también estoy conforme. ¡Que decida ella! |
FERNANDO.-
(Afectuosísimo.) Bien, muchacho. ¿Me permites que te tutee? |
FEDERICO.-
(Encantado.) ¡Uf! Lo estaba deseando... |
FERNANDO.-
(Muy padre.) Vamos a ver. ¿Qué estudias? |
FEDERICO.-
¡Arquitectura! |
FERNANDO.-
¡Hombre! ¡Qué casualidad! Pero si yo soy arquitecto... |
FEDERICO.-
(Contentísimo.) ¡No! |
FERNANDO.-
(Igual.) Que sí, que sí... |
FEDERICO.-
Pero, entonces, usted es Fernando Monreal... |
FERNANDO.-
¡El mismo! |
FEDERICO.-
El arquitecto del Cine Imperio... |
FERNANDO.-
¡Sí! |
FEDERICO.-
Pero si es usted mi ídolo... |
FERNANDO.-
¿De veras? |
FEDERICO.-
Emocionadísimo. ¡Maestro! |
FERNANDO.-
(Igual.) ¡Hijo! |
|
|
(Y se funden en un gran abrazo y se golpean ardorosamente las espaldas. NICOLÁS se entusiasma.)
|
NICOLÁS.-
¡Caballeros! (Con toda su alma.) ¡Viva España! |
|
|
(TERESA que, al otro extremo de la escena, en jarras, ha contemplado absorta los diálogos que anteceden, casi suelta un grito y pega un puñetazo sobre la mesa.)
|
TERESA.-
¡Basta! |
LOS TRES.-
¡Oh! |
|
|
(Los tres se vuelven hacia ella rápidamente. Ella comienza a pasear de un lado para otro, hablando como para sí. Está indignadísima y se le saltan las lágrimas.)
|
TERESA.-
Basta, sí, basta. Es intolerable, sencillamente intolerable. Se abrazan, se quieren, aquí, aquí mismo, en mi presencia, cuando de verdad deberían estar matándose. ¡Qué poca vergüenza! |
FEDERICO.-
¡Teresa! |
TERESA.-
¡Cállate! |
FEDERICO.-
¡Oh! |
TERESA.-
Y estos son los hombres. Sí, estos son los hombres. Horribles, abominables, detestables... |
NICOLÁS.-
(Muy asombrado.) Pero ¿qué dice la viejita? |
TERESA.-
(Chillando y llorando a lágrima viva.) ¡No me llames viejita! (TERESA se deja caer en un sillón junto a la mesa camilla, seca sus lágrimas con muchísimo coraje y se encara rabiosamente con FERNANDO, que está al otro extremo, a la derecha.) Conque he de ser yo quien elija, ¿eh? |
FERNANDO.-
¡Sí! |
TERESA.-
(Muy
decidida.) Está
bien. Puesto que vosotros lo habéis querido, ¡elegiré! |
|
|
(Los tres inconscientemente se vuelven, la miran y hacen el ademán de dar un paso hacia ella.)
|
FEDERICO.-
(Un murmullo.) Teresa... |
TERESA.-
Pero, naturalmente, no puedo escoger así, a ciegas. Para decidirme, he de saber lo que ofrece cada uno de vosotros... (Se los queda mirando. Ellos, uno a uno, bajan la cabeza. Ella sonríe. Con malicia, con coquetería.) Vamos a ver: de uno en uno. ¿Qué me ofreces tú, Federico? |
FEDERICO.-
¿Yo? (El muchacho, muy emocionado, se vuelve, impetuosamente, apasionadamente, hacia ella.) ¿Que qué te ofrezco yo? Pero ¿es que no lo sabes? Te ofrezco mi corazón, mi alma. ¡Mi vida entera! |
TERESA.-
Chiquillo... |
FEDERICO.-
Te ofrezco hasta lo que me separa de ti. Mi juventud, mi torpeza, mi inexperiencia... Todo eso, Teresa, todo eso. Todo para ti.
(Se arroja de rodillas a sus pies, le toma una mano y se la besa apasionadamente.)
|
TERESA.-
Federico... criatura. Es una oferta maravillosa. (Le mira. Sonríe con ternura. Después alza la cabeza y mira a los otros.) Un niño. ¿Verdad? Pero esa es su fuerza... Por eso hay que disculpar a una pobre mujer si durante un poco de tiempo, el tiempo que dura un sueño bonito, se deja conquistar por ese sueño de juventud. (Le mira. Le acaricia suavemente el cabello.) Le conocí hace dos años -¿te acuerdas, Federico?-, en una fiesta de la Ciudad Universitaria. Me conmovieron su entusiasmo y su pasión y su alegría. Tanta juventud... Durante días y días me siguió por las calles, me esperaba a la vuelta de todas las esquinas, me escribía cartas apasionadas. Me quería como lo que es, como un estudiante. Como solo quieren los hombres una vez: sin pensar en él mismo. ¡Como si en el mundo solo existiera yo! |
FEDERICO.-
¡Oh, calla, Teresa, calla! (Se incorpora y marcha hacia
el fondo, en medio de un silencio. Llega hasta FERNANDO que está
allí,
solo, y le interroga con ansiedad.) Maestro, ¿he estado bien? |
FERNANDO.-
(Sincerísimo.) Hijo... Has estado soberbio. |
FEDERICO.-
Entonces, ¿cree usted que tengo alguna probabilidad? |
FERNANDO.-
Hombre... No hay que perder la esperanza. |
FEDERICO.-
(Conmovido.) Gracias. |
FERNANDO.-
De nada... |
|
|
(TERESA, en una transición, muy voluble, se encara con NICOLÁS.)
|
TERESA.-
Bien. (Sonríe.) Ya habló el primero. ¿Y tú, Nicolás? ¿Qué es lo que me das? |
NICOLÁS.-
(Muy optimista.) Pero, m'hijita, ¿y cómo lo dudas? Yo te ofrezco mucho más que el chico... |
FEDERICO.-
(Se revuelve.) ¡Oiga! |
FERNANDO.-
¡Quieto! |
|
| | (NICOLÁS, mientras, avanzó hacia TERESA.) |
NICOLÁS.-
Escúchame, reina. Yo soy muy rico... ¡Oh, no, no! Pero no rico de pesos, de esos que tienen un carro americano grande y reluciente, una casa linda en San Isidro y sacos de plata en los bancos de la calle Corrientes. Yo soy mucho más rico que esos ricos. ¿Y sabes por qué? Porque tengo imaginación. Cuando cierro los ojos y sueño, me siento el gobernador del mundo... Y son míos los boulevares de París, y el Arco de Triunfo, y los Canales de Venecia, y la estatua de la Libertad y el palacio de Buckingham y el mar azul de La Plata y el cielo de mi Buenos Aires querido... |
FERNANDO.-
(Entre dientes.) Pero, hombre... ¡Otro tango! |
NICOLÁS.-
Así te quiero, m'hijita. Para darte, no lo que tengo, que eso lo daría cualquiera, sino para alcanzar con la mano todo lo que puedas soñar y dártelo también. Porque la verdad es que desde aquel día que tú sabes yo te quiero, Teresa, yo te quiero de verdad... |
|
|
(Se calla. Baja la cabeza. TERESA le mira enternecida.)
|
TERESA.-
(Muy bajo.) Pero, Nicolás... ¿Estás llorando? |
NICOLÁS.-
¡Che! Es que soy un criollo sentimental... |
|
|
(Un silencio. NICOLÁS marcha solo hacia el fondo. Durante un instante TODOS le siguen con la mirada. Al cabo, ella, muy despacito, vuelve sobre sí misma y se queda mirando a FERNANDO.)
|
TERESA.-
Ya solo faltas tú, Fernando. ¿Qué me puedes ofrecer? |
FERNANDO.-
¡Pchs! Casi nada... |
TERESA.-
(Un suave temblor en la voz.) ¿De verdad? |
FERNANDO.-
Solo puedo ofrecerte a mí mismo. Y soy poca cosa... Un hombre. Un juguete. (Un silencio.) Yo no puedo ofrecerte juventud, como Federico, porque ya no soy joven. Tampoco puedo ofrecerte el Arco de Triunfo, porque es de Nicolás... Yo solo puedo ofrecerte cariño. |
TERESA.-
¡Ah! |
FERNANDO.
Cariño, mucho cariño... (Emocionado.) No tengo otra cosa. |
TERESA.-
¡Oh! Eso es tanto, tanto... (Ella da unos pasos pensativa. Se queda en el centro del escenario. Los mira de uno en uno. Sonríe.) Juventud, imaginación, cariño... En realidad, ¿quién ofrecerá más? |
|
|
(En ese momento, muy satisfecho, asoma DON JOSÉ por la izquierda.)
|
DON JOSÉ.-
¡Teresa! Yo le ofrezco medio millón... |
|
|
(Un sobresalto unánime e indignadísimo en FERNANDO, NICOLÁS y FEDERICO, que dan un paso hacia DON JOSÉ.)
|
TODOS.-
¡Oh! |
FEDERICO.-
¡Miserable! |
FERNANDO.-
¡Canalla! |
NICOLÁS.-
Pero ¿cómo se atreve? |
|
|
(TERESA, que está sola a la derecha, ríe. DON JOSÉ está a la izquierda rodeado por FERNANDO, NICOLÁS y FEDERICO.)
|
DON JOSÉ.-
¡Oigan! ¡Oigan! ¿Es que les parece poco? Pues yo creo que en medio millón este piso está muy bien pagado... |
TODOS.-
¿Cómo? |
FERNANDO.-
¡Oiga! Entonces, ¿lo que usted quiere es el piso? |
DON JOSÉ.-
¡Claro! |
TODOS.-
¡Oh! |
DON JOSÉ.-
Pero, hombre, ¿qué se habían ustedes creído? Quiero este piso, sí, señor. Le he hecho a Teresa muchísimas ofertas y ella siempre me ha contestado lo mismo. Cuando se case mi hija hablaremos. Por eso estoy aquí. Porque quiero el piso. ¡Ea! |
TODOS.-
¡Oh! |
FERNANDO.-
¡Acabáramos! |
|
|
(Y FERNANDO, NICOLÁS y FEDERICO se separan de DON JOSÉ y van hacia el fondo. TERESA continúa riendo con la mejor gana.)
|
TERESA.-
¡Pobre José! Ha habido un equívoco. Mientras usted se interesa por mi piso, estos tres caballeros estaban haciéndome el amor... |
|
|
(DON JOSÉ, muy severo, se encara con los tres.)
|
DON JOSÉ.-
¿Cómo? ¿Es verdad eso? |
TERESA.-
¡Sí! |
DON JOSÉ.-
¿De modo que le estaban ustedes haciendo el amor para quedarse con el piso? ¡Ah! Pues conmigo, no pueden. Lo que haga otro, hago yo. ¡Teresa! |
TERESA.-
¿Qué? |
DON JOSÉ.-
Si para conseguir el piso hay que hacer un sacrificio... se hace. Me caso con usted. |
TERESA.-
¿Será usted capaz? |
DON JOSÉ.-
Por conseguir un piso soy capaz de todo. (Da unos pasitos y se sitúa junto a los otros tres que se han reunido a la izquierda.) ¡Ea! Ya puede usted elegir... |
|
|
(TERESA, desde el otro lado, mira el grupo que componen los cuatro hombres. Y sonríe.)
|
TERESA.-
Bien... La verdad es, señores, que cualquier mujer, en mi caso, se sentiría muy halagada. No es nada... Cuatro caballeros, cuatro magníficos caballeros, dispuesto cada uno de ellos a ser mi marido. Realmente, es una situación extraordinaria. Lo terrible es que yo tengo que elegir... (Un silencio. Baja los ojos y sonríe.) Y no puedo elegir... |
DON JOSÉ.-
¿Por qué? |
TERESA.-
(Un silencio. Muy bajo. Muy bajo.) Porque ya estoy casada... |
|
|
(Los cuatro hombres, maquinalmente, vuelven atónitos la cabeza hacia ella. DON JOSÉ tan sobrecogido queda que casi no se le oye.)
|
DON JOSÉ.-
¿Cómo? ¿Que está usted casada? |
TERESA.-
(Suavemente.) Sí... Me casé en secreto, hace un año, a las seis de la mañana, en la parroquia de un pueblecito, cerca de Madrid. No lo sabe nadie. Él y yo prometimos tener nuestro matrimonio oculto hasta que se casara mi hija. |
|
|
(Los cuatro hombres, con los ojos clavados en ella, están poseídos por el más profundo asombro. Un silencio muy tenue.)
|
DON JOSÉ.-
¡Hola! ¿Y quién es su marido? |
|
|
(Los cuatro la miran fijamente sin moverse. Ella dirige una sonriente mirada al grupo. Luego se vuelve de espaldas y marcha hacia el primer término de la derecha. Se queda así, de espaldas a ellos. Con los ojos clavados en el suelo.)
|
TERESA.-
Mi marido está aquí en este momento... |
DON JOSÉ.-
(Absorto.) ¿Aquí? |
TERESA.-
Sí... Aquí. Él me está oyendo. Mi marido es uno de ustedes. |
Sí... Aquí. Él me está oyendo. Mi marido es uno de ustedes. |
|
|
(Un intenso silencio. Ni FERNANDO, ni FEDERICO, ni
NICOLÁS han dejado de mirar a TERESA, sin pestañear. Ella continúa vuelta de espaldas. DON JOSÉ se aparta del grupo y se vuelve hacia los otros tres.)
|
DON JOSÉ.-
¡Demonio! ¿Y quién es? (Silencio. Después, FERNANDO, NICOLÁS y FEDERICO, como respondiendo a un mismo pensamiento, se separan bruscamente, sin mirarse, y marcha cada uno a un lugar del escenario. DON JOSÉ, que se queda en el centro, está atónito. Como quien ve visiones.) Caramba, caramba, caramba... (Otro silencio. DON JOSÉ, muy nervioso, da un paso hacia TERESA.) Por favor, señora, si él no lo dice,
dígalo usted, que no puedo más... |
TERESA.-
No. (Un silencio.) Tiene que ser él el que lo diga... Tengo mis razones. (Se vuelve bruscamente, cruza la escena, sin mirar a ninguno, llega hasta la terraza. Ya está anocheciendo. Toca un conmutador y la escena se ilumina con la tibia luz de dos o tres pantallas. Y desde allí mismo.) Buenas noches, señores. Espero que mi marido sabrá hacerles los honores de la casa... |
|
|
(Entra en la terraza. Desaparece. Quedan en escena FERNANDO, NICOLÁS, FEDERICO y DON JOSÉ. Los tres primeros ni se mueven. DON JOSÉ mira en torno boquiabierto.)
|
DON JOSÉ.-
¡Caballeros! Por favor. Estamos entre hombres... ¿Quién es el marido? (Espera. Pero NICOLÁS, FEDERICO y FERNANDO continúan inmóviles e impenetrables. Los mira de uno en uno. De pronto, a FEDERICO.) Oiga, pollo. ¿Es usted? No me extrañaría nada porque la juventud de ahora... |
FEDERICO.-
(Irritado.) ¡Cállese! |
DON JOSÉ.-
¡Oh! Está bien. (A Nicolás.) ¡Je! ¿Es usted? |
NICOLÁS.-
¡Che, viejo! (Enfadadísimo.) ¡No me venga con macanas! |
DON JOSÉ.-
Bueno, bueno... (Se queda mirando largamente a FERNANDO y sonríe muy contento.) Oiga... ¿A que sí? ¿A
que es
usted? |
FERNANDO.-
¡Fuera! ¡Váyase de una vez! |
DON JOSÉ.-
(Dignamente.) Está bien. Me voy. Pero mañana por la mañana volveré... |
|
|
(Y desaparece. Quedan solos FERNANDO, NICOLÁS y FEDERICO. FERNANDO está en primer término a la derecha. Nicolás, en igual posición, a la izquierda. Y FEDERICO en el fondo. Los tres giran lentamente y se miran. Un silencio.)
|
FERNANDO.-
Bien... Supongo que uno de nosotros tiene algo que decir a los demás. |
|
|
(Un silencio. NICOLÁS mira largamente a FEDERICO y después a FERNANDO. Al fin, se repliega en sí mismo y baja la cabeza.)
|
NICOLÁS.-
Yo, no.
(Otro silencio. FERNANDO mira de reojo al muchacho y luego, de frente, a NICOLÁS.)
|
FERNANDO.-
Yo, tampoco. |
|
|
(FERNANDO y NICOLÁS clavan los ojos en el muchacho. Y esperan. FEDERICO, de pronto, decidiéndose, da unos pasos adelante.)
|
FEDERICO.-
¡Señores! Yo... |
|
|
(FERNANDO y NICOLÁS van hacia él llenos de ansiedad.)
|
LOS DOS.-
¿Qué? |
|
|
(FEDERICO se contiene. Mira al uno y al otro casi con odio. Y retrocede.)
|
FEDERICO.-
Nada. (Un silencio.) Yo también volveré mañana... Buenas noches. |
|
|
(Y casi corriendo, escapa por el fondo. FERNANDO y NICOLÁS se quedan estupefactos mirándose el uno al otro. Un breve silencio.)
|
FERNANDO.-
Oiga. ¿Será este chico el marido de Teresa? |
NICOLÁS.-
¿Y por qué no? (Muy preocupado.) Precisamente, a la edad de Teresa es cuando las mujeres hacen las mayores tonterías... |
FERNANDO.-
(Una transición. Sonríe muy dueño de sí mismo.) No, no puede ser. |
NICOLÁS.-
¿Por qué? |
FERNANDO.-
¡Hombre! Está clarísimo. Porque si Teresa hubiera querido casarse con un arquitecto hubiera elegido uno con la carrera acabada... Digo yo. |
NICOLÁS.-
(Indignado.) ¡Oiga! No me sea presuntuoso... |
FERNANDO.-
¡Je! (Otro silencio. Ya hace un tiempo que están los dos sentados en el sofá.) Por curiosidad... ¿En qué fecha conoció usted a Teresa? |
NICOLÁS.-
¿Yo? |
FERNANDO.-
Sí, sí... Usted. |
NICOLÁS.-
¡Je! (Sonríe para sí mismo. Tiernamente... Con un suspiro.) Recién hace tres años... |
FERNANDO.-
¡Oh! |
NICOLÁS.-
(Despacito, muy dichoso con la evocación.) Yo vine a la madre patria con el corazón henchido de ilusiones. Yo estaba deseoso de incrementar las relaciones entre los hombres y los pueblos de habla española... |
|
|
(FERNANDO se pone en pie indignadísimo.)
|
FERNANDO.-
¡Vaya usted a paseo! |
NICOLÁS.-
¿Cómo? |
FERNANDO.-
Si aprovecha usted la ocasión para hacer política de la Hispanidad, hemos terminado. ¡Ea! |
NICOLÁS.-
(Muy extrañado.) ¿Qué me dice? |
FERNANDO.-
¡Siga! De modo que usted conoció a Teresa hace tres años... |
NICOLÁS.-
¡Sí! |
FERNANDO.-
¿Dónde? |
NICOLÁS.-
(Muy conmovido.) En los toros... |
FERNANDO.-
Hombre... |
NICOLÁS.-
Allí estaba, sentadita a mi lado, en la barrera. ¡Oh! Fue una tarde maravillosa. ¿Sabe? Yo adoro la fiesta bárbara española... |
FERNANDO.-
(Con enorme altivez.) ¡Yo no! |
NICOLÁS.-
(Extrañadísimo.) ¡Ah! ¿No? |
FERNANDO.-
¡No! ¿Qué pasa? |
|
|
(NICOLÁS se le queda mirando y mueve la cabeza con franco reproche.)
|
NICOLÁS.-
Así está España... |
|
|
(FERNANDO da unos pasos y se aleja. Muy enojado. Muy pensativo. De pronto, en el fondo, se detiene y se queda mirando a NICOLÁS.)
|
FERNANDO.-
Tres años. La conoció usted hace tres años... |
NICOLÁS.-
(Un suspiro.) Sí... |
FERNANDO.-
¿Y qué pasó? |
|
|
(NICOLÁS baja la cabeza y sonríe modestamente.)
|
NICOLÁS.-
Hombre, hombre, hombre... |
FERNANDO.-
Hable o... |
NICOLÁS.-
Pero ¡qué esperanza! No querrá que se lo cuente... Yo soy un caballero. |
FERNANDO.-
(Avanzando.) ¿De verdad? (Y avanza más como para lanzarse sobre él. NICOLÁS espera risueño. FERNANDO, en una transición, se detiene.) ¡Oh! Perdone. No sé lo que hago. (Va a la mesa camilla, se deja caer en un sillón y esconde la cara entre las manos.) Es para volverse loco... |
|
|
(Un silencio muy leve. NICOLÁS, muy despacio, sonriendo, va hasta FERNANDO y le da unos golpecitos en el hombro.)
|
NICOLÁS.-
Oiga. ¿Y usted? |
FERNANDO.-
¿Yo? |
NICOLÁS.-
Sí, mi amigo. Usted, usted. ¿Desde cuándo conoce a Teresa? |
|
|
(FERNANDO desvía la vista. Para sí mismo.)
|
FERNANDO.-
La conocí hace cinco años, poco más o menos. Después, estuvimos mucho tiempo sin vernos. Pero yo no la podía olvidar... |
NICOLÁS.-
(Sentimental.) ¿Qué va a decirme a mí, viejo? |
FERNANDO.-
¿Se da cuenta? |
NICOLÁS.-
¡Claro! |
FERNANDO.-
Luego, nos volvimos a encontrar... |
NICOLÁS.-
¿Y qué? |
FERNANDO.-
¿Cómo que y qué? |
NICOLÁS.-
¿Y qué hubo? |
FERNANDO.-
(Furioso.) ¿A usted qué le importa? |
NICOLÁS.-
¡Je! |
|
|
(NICOLÁS sonríe, triste, muy triste y marcha despacito al sofá, donde se sienta. Un silencio. Al cabo, FERNANDO vuelve la cabeza, ve la actitud de NICOLÁS, se pone en pie, y va hacia él en un impulso.)
|
FERNANDO.-
Escuche, Nicolás. |
NICOLÁS.-
¿Qué? |
FERNANDO.-
No, nada... |
|
|
(Vuelve. NICOLÁS sigue sonriendo.)
|
NICOLÁS.-
El chico la conoció hace dos años. Usted hace cinco. Y yo, tres. Teresa se casó hace un año. Luego, cualquiera, cualquiera de nosotros tres puede ser el marido de Teresa... |
FERNANDO.-
Sí. (Muy despacio.) Cualquiera. (Los dos se miran en medio de un silencio, fijamente, obstinadamente, casi con desafío. Los dos al tiempo vuelven los ojos hacia la terraza. Después vuelven a encontrarse sus miradas. FERNANDO, de pronto, como tomando una decisión, marcha hacia el fondo.) Buenas noches. |
NICOLÁS.-
Buenas noches. |
FERNANDO.-
Estoy seguro de que nos volveremos a ver... |
|
|
(Y sale. Queda NICOLÁS solo, sentado en el sofá, muy pensativo. Hay una pausa. Mira a la terraza y sonríe. Se pone pie. Muy despacito avanza hacia la
terraza. Pero cuando llega a mitad de camino se detiene. Parece que piensa algo. Sonríe. Ya decidido, regresa, toma su sombrero de donde esté, se encamina hacia el fondo y sale. La escena está sola un instante. Por la terraza asoma, prudentemente, TERESA. Ve que no hay nadie y entra con sigilo, casi de puntillas. Va hasta el fondo y llama bajito.)
|
TERESA.-
María, María... |
|
|
(Aparece MARÍA.)
|
MARÍA.-
¡Señora! |
TERESA.-
¿Se han ido? |
MARÍA.-
Sí, señora... |
TERESA.-
(Muy emocionada. Casi sin voz.) ¿Los tres? |
MARÍA.-
Los tres... |
|
|
(TERESA se queda un segundo mirando a MARÍA. Luego, regresa a primer término y se deja caer en un sillón. Y con la voz velada por las lágrimas, con mucha emoción.)
|
TERESA.-
¡Dios mío! ¡Qué tonto! ¡Qué tonto es! Pues ¿no cree que le he engañado? |
|
TELÓN
|
Cuadro II
|
|
|
El mismo decorado. A la mañana siguiente.
|
|
|
No hay nadie en escena al levantarse el telón. Por el fondo, entra JUANA precediendo a MERCEDES, a AMELIA, a TRINI y a CATALINA.
|
JUANA.-
Pasen, pasen las señoritas, y esperen todo lo que gusten. La señora salió y no dijo a dónde iba. Pero yo me pienso que no tardará... |
|
|
(Las cuatro chicas avanzan.)
|
MERCEDES.-
¡Qué silencio! ¡Qué callado está todo sin Marita! La verdad es que ahora, en esta casa se van a aburrir muchísimo... |
JUANA.-
¡Huy! ¡Qué va! |
MERCEDES.-
¡Ah! ¿No? |
JUANA.-
No, señorita. Con decirle a usted que yo me iba a despedir y me quedo... |
|
|
(Y sale. Las muchachas se miran un poco sorprendidas.)
|
CATALINA.-
¡Ay! ¿Qué habrá querido decir? |
TRINI.-
Pues vete a saber... |
|
|
(MERCEDES, seguida de AMELIA, avanzó hasta la mesa camilla.)
|
MERCEDES.-
¡Chiss! Venid. Se me ocurre una idea... |
CATALINA.-
A ver, a ver... |
|
|
(Las cuatro están ya en torno a la mesa camilla.)
|
MERCEDES.-
Mirad. Yo creo que si Teresa sospecha que venimos a hacerle un ratito de compañía porque hoy es su primer día sin Marita, se va a poner más triste de lo que está, porque debe de estar tristísima,
y se va a echar a
llorar... |
TRINI.-
¡Ay,
sí! |
CATALINA.-
Eso es verdad... |
MERCEDES.-
Tenemos que hacer algo por Teresa. Hay que sacarla de su tristeza y de su soledad. Claro que nos va a ser muy difícil. Porque ya sabéis cómo es ella de virtuosa, de mojigata, de seria y de todo eso... |
AMELIA.-
¡Huy! |
CATALINA.-
¡Que si es!... |
|
|
(En este momento, en el pasillo del fondo, aparece DON JOSÉ. Viene con su metro desplegado bajo el brazo, un lápiz y un pequeño bloc. Se queda allí mirando los muebles del pasillo y apuntando algo. Indudablemente está haciendo un inventario.)
|
MERCEDES.-
Teresa tiene que cambiar de vida, porque así no va a ninguna parte la pobrecita. Ya lo dice mi madre, que también es viuda. Y conste que a mamá no se le escapa nada. |
TRINI.-
¡Nada! |
CATALINA.-
¡Digo! Menuda es tu madre... |
MERCEDES.-
(Satisfechísima.) ¿Verdad que sí? |
AMELIA.-
Bueno. Pero que yo me entere. ¿Qué podemos hacer nosotras por Teresa? |
MERCEDES.-
Es muy sencillo. ¿Queréis que le busquemos un flirt? |
|
|
(En ese momento, DON JOSÉ, que actuaba con absoluta indiferencia respecto al diálogo de las muchachas, pega un respingo y se le cae el metro.)
|
LAS TRES.-
(Encantadas.) ¡Ay! |
AMELIA.-
¿Un flirt? |
MERCEDES.-
¡Claro! |
AMELIA.-
Pero si Teresa no tiene costumbre... |
MERCEDES.-
Bueno. Pero nosotras sí... (Muy suya.) Mira: Teresa lo necesita. Durante muchos años de viuda ha vivido muy alejada de los hombres. Y hoy, precisamente hoy, es el momento crítico. Se siente sola y abandonada. Está a punto. La llevaremos por ahí. Tomaremos el aperitivo en dos o tres sitios. Y estoy segura, segurísima, de que enseguida encontraremos una proporción para Teresa... |
AMELIA.-
¡Ay, sí! (Experta.) A la hora del aperitivo lo que se quiera... |
CATALINA.-
Bueno. Pero ¿qué clase de hombre? |
TRINI.-
Mujer... Pues una cosita que esté bien. |
MERCEDES.-
A ver... De momento, lo que haya. Mira: yo en estas cosas tengo mucha mano. El verano pasado en Zarauz, a mi tía Rosa le busqué un flirt precioso, precioso, con un americano. Y a mamá, no se diga... No sé qué sería de ella sin mí. Y eso que mamá y tía Rosa son muy conocidas. Con Teresa, que es novedad, la cosa va a ser coser y cantar... |
CATALINA.-
(Contentísima.) ¡Bravo! ¡Bravo! |
MERCEDES.-
Entonces, ¿estamos de acuerdo? |
TODAS.-
(Aplaudiendo.) ¡Sí, sí! |
MERCEDES.-
¡Lo que nos vamos a divertir! |
|
|
(DON JOSÉ, que ha escuchado todo lo anterior, francamente alarmado, ahora avanza.)
|
DON JOSÉ.-
¡Señoritas! |
|
|
(Las chicas se asustan y se ponen en pie.)
|
TODAS.-
¡Ay! |
CATALINA.-
¿Qué? |
AMELIA.-
¿Quién? |
MERCEDES.-
¿Quién es este señor? |
DON JOSÉ.-
Un momento. ¿De verdad, de verdad se proponen ustedes buscar un flirt para Teresa? |
MERCEDES.-
(Asombradísima.) Pues claro... |
DON JOSÉ.-
(Muy apurado.) Pero, señoritas, eso es una barbaridad. Eso lo va a complicar todo más de lo que está... |
MERCEDES.-
¡Ay! ¿Por qué? |
DON JOSÉ.-
¿Qué va a decir el marido? |
TODAS.-
¿Qué? |
MERCEDES.-
¿Qué marido? |
DON JOSÉ.-
¡Toma! ¡El marido de Teresa! |
|
|
(Las cuatro muchachas, con un estremecimiento unánime, se agitan y gritan a un tiempo.)
|
TODAS.-
¡Ayyy! |
MERCEDES.-
¿Qué? |
AMELIA.-
¿Qué ha dicho? Repítalo... |
TODAS.-
¡Ayyy! |
|
|
(Y las cuatro avanzan hacia DON JOSÉ y le rodean nerviosamente.)
|
MERCEDES.-
¿Qué dice usted? Pero si Teresa es viuda desde hace veinte años... |
DON JOSÉ.-
¡Ca! |
TODAS.-
¿Cómo? |
DON JOSÉ.-
Eso creía yo... Pero Teresa se volvió a casar en secreto hace un año. |
TODAS.-
(Al tiempo.) ¡No! |
DON JOSÉ.-
¡Sí! |
TODAS.-
¡Ayyy! |
|
|
(Todas agitadísimas, hablan a la vez.)
|
CATALINA.-
¡Ay, ay, Dios mío! |
MERCEDES.-
¡Ay, Catalina! |
AMELIA.-
¡Ay, Trini! ¡Teresa casada! |
TRINI.-
¡¡Casada!! |
MERCEDES.-
¡Y en secreto! |
TODAS.-
¡Sííí! |
MERCEDES.-
¡Ah! Pues esto tiene que saberlo mamá enseguida... |
|
|
(Y corre al teléfono y, muy nerviosa y muy aprisa, marca un número. Mientras las otras tres, excitadísimas, rodean a DON JOSÉ.)
|
TODAS.-
¡Ay, ay, ay! |
AMELIA.-
¡Hable usted! |
CATALINA.-
Diga, diga... |
TRINI.-
¡No se calle! |
CATALINA.-
Cuéntelo todo... |
AMELIA.-
¡Vamos! A prisa, a prisa... |
DON JOSÉ.-
(Sofocadísimo.) Pero, señoritas... |
|
|
(MERCEDES, que ya ha logrado la comunicación, habla por teléfono, tan excitada como las otras.)
|
MERCEDES.-
(Al teléfono.) ¡Mamá! ¡Mamá! Soy yo. ¿Me oyes? ¿Sí? Pues prepárate... ¡Teresa está casada! Sííí... Como lo oyes. Casada y muy casada. ¡En secreto! Hace un año. ¿Cómo? No. No le conocemos todavía. No nos lo han presentado. Pero para mí que es un señor viejecito que anda por aquí... |
DON JOSÉ.-
(Alarmadísimo.) ¡¡No!! Yo, no. |
|
|
(Va muy diligente hasta la mesita, le arranca a MERCEDES el auricular de las manos y habla él.)
|
MERCEDES.-
¡Ay! |
DON JOSÉ.-
(Al teléfono.) ¡Señora! Le doy a usted mi palabra de honor de que el marido de Teresa no soy yo. ¿Cómo? No, señora. Seguro, seguro, no se sabe. Pero hay tres sospechosos... |
|
|
(Las cuatro chicas gritan a la vez.)
|
TODAS.-
¿Qué? |
DON JOSÉ.-
(Al teléfono.) ¡Oiga! ¡Oiga! ¿Está usted ahí? ¡Señora! ¡Señora! ¡¡Hable!! (Y, muy asustado, le brinda el auricular a MERCEDES.) ¡Señorita! Para mí que su mamá se ha desmayado... |
TODAS.-
¡Oh! |
MERCEDES.-
Al teléfono. ¡¡Mamá!! ¡Mamá! ¡Mamaíta! ¿Estás ahí? ¿Sí? ¡Ay, mamá, qué susto me has dado! ¡Claro! Si yo también me he quedado sin respiración. Oye. No cuelgues, ¿eh? No te muevas de ahí. No te retires del aparato, que ya te iré dando noticias... (Deja el auricular descolgado sobre la mesita y va a reunirse con las otras en torno a DON JOSÉ, que se ha sentado en un sillón, junto a la mesa camilla.) Ahora mismo nos lo va usted a contar todo. Porque mamá no puede
más de curiosidad... |
DON JOSÉ.-
¡Señoritas! No sé si debo... |
TODAS.-
¡Sí! |
DON JOSÉ.-
Entonces, escuchen... |
TODAS.-
(Un murmullo.) A ver, a ver... |
|
|
(En el fondo, aparece FEDERICO. Viene muy contento y muy satisfecho.)
|
FEDERICO.-
¡Chiss! ¡Don José! |
|
|
(DON JOSÉ se pone en pie. Las chicas se vuelven expectantes.)
|
TODAS.-
¿Eh? |
DON JOSÉ.-
¡Muchacho! |
|
|
(FEDERICO avanza muy decidido y muy risueño.)
|
FEDERICO.-
¡Querido don José! ¿No han venido los otros? |
DON JOSÉ.-
Todavía no... |
FEDERICO.-
¿De verdad? (Muy ilusionado.) Pues entonces, va usted a ser el primero que lo sepa... |
DON JOSÉ.-
¿Qué? ¿Qué? |
FEDERICO.-
¡Don José! (Radiante.) ¡El marido de Teresa soy yo! |
|
|
(Una gran sensación.)
|
TODOS.-
¿¡Qué!? |
FEDERICO.-
¡Sííí! Soy yo. Soy yo... |
|
|
(DON JOSÉ, el pobre, se ha puesto en pie casi de un brinco. Las chicas, alborotadísimas, rompen a hablar todas al tiempo.)
|
TODAS.-
¡Ay! |
CATALINA.-
¡Trini! |
TRINI.-
¡Amelia! |
AMELIA.-
¡Catalina! |
TRINI.-
¡¡Él!! |
CATALINA.-
¡¡Es él...!! |
AMELIA.-
¡El marido...! |
|
|
(Mientras, MERCEDES ha corrido hasta el teléfono, ha cogido el auricular y, a voces, ya está hablando nerviosamente.)
|
MERCEDES.-
(Al teléfono.) ¡¡Mamá!! ¡¡Mamaíta!! Ya está aquí. Ya ha llegado el marido de Teresa. Te digo que si no lo veo, no lo creo. ¡¡No!! ¡Qué va! ¡Es un chico joven! ¿Cómo? ¿Cómo que cómo de joven? (De pronto, en una repentina inspiración, se vuelve a FEDERICO.) Oiga. ¿Es usted del SEU3? |
FEDERICO.-
¡Naturalmente! |
MERCEDES.-
(Al teléfono.) ¡Del
SEU, mamá! ¡Es del SEU! No te digo
más... |
DON JOSÉ.-
(Emocionadísimo.) Muchacho, muchacho. ¿Quién lo iba a pensar? Usted, usted el marido de Teresa... A mis brazos, perillán. A mis brazos... |
FEDERICO.-
¡Oh! |
|
|
(Se abrazan estrechamente.)
|
MERCEDES.-
(Al teléfono.) ¿Cómo? ¿Qué dices? ¿Que dónde lo ha encontrado? (Transición. Naturalísima.) Bueno. Mi madre está a la que salta... |
FEDERICO.-
Dígale que nos conocimos en la Ciudad Universitaria... |
MERCEDES.-
(Al teléfono.) ¡En la Ciudad Universitaria! Anda, mamá, para que aprendas. Te lo tengo dicho muchas veces. Es que no cultivas la juventud. Te pasas la vida en Villa Rosa4, y allí, para que lo sepas, no hay nada que hacer... Pero, nada, nada. |
|
|
(En este momento aparece en el fondo NICOLÁS. Trae el rostro resplandeciente y un aspecto muy primaveral.)
|
NICOLÁS.-
¡Buenos días! |
|
|
(TODOS se vuelven hacia él.)
|
TODOS.-
¡Oh! |
NICOLÁS.-
¡Che! ¡Qué sorpresa! La casa llena de caras bonitas... (Avanza y saluda muy gentil a DON JOSÉ y a FEDERICO.) ¿Cómo está el viejo? ¿Qué se dice el pibe? ¿No saben? ¿No saben que voy a darles la gran noticia? ¿No saben que voy a descubrir el secreto? |
FEDERICO.-
(Huraño.) ¿Usted? |
NICOLÁS.-
Pues claro... (Mira en torno, complacidísimo, lleno de dicha.) Sépanlo todos de una vez. ¡El marido de Teresa soy yo! |
TODOS.-
(Un grito unánime.) ¿¡Qué!? |
|
|
(Un revuelo general. NICOLÁS está en el centro.)
|
FEDERICO.-
(Irritadísimo.) ¡No! Eso no es verdad... |
NICOLÁS.-
¿Y cómo no, pibe? Si lo sabré yo... |
CATALINA.-
¡Amelia! |
AMELIA.-
¡Trini! |
TRINI.-
¡Catalina! |
MERCEDES.-
(Al teléfono.) ¡Mamá! ¡Mamá! ¿Estás ahí, mamá? |
|
|
(DON JOSÉ se vuelve severísimo hacia FEDERICO.)
|
DON JOSÉ.-
¡Joven! ¿Qué significa esto? |
FEDERICO.-
¡No es verdad! ¡No es verdad! |
MERCEDES.-
(Al teléfono.) ¡Otro! ¡Ha llegado otro que dice que es el marido de Teresa! ¡Síííí! ¡Mamá, por Dios, que no miento! Te lo juro, te lo juro, te lo juro... De pronto se vuelve hacia Nicolás y le ofrece el auricular. Caballero, por favor, ¿quiere usted decírselo a mamá, que no se lo quiere creer? |
NICOLÁS.-
(Muy amable.) ¿Y cómo no m'hijita? Si me encanta... (Muy tranquilo, muy sonriente, toma el auricular, se sienta en el sofá y comienza a hablar. Las cuatro chicas le rodean muy curiosas.) Aló, aló... ¿Cómo está la señora? Tanto que lo celebro. Habla Nicolás Luchetti, para servirla. Sí, señora. Argentino. ¿Cómo lo adivinó? De la mismita orilla del Plata... Papá era italiano, y mamá francesa. Pero yo soy muy, muy español... ¡Che, qué cosa la madre patria! |
|
|
(Las cuatro chicas, entusiasmadas, casi rompen a aplaudir.)
|
CATALINA.-
¡Ay! |
TRINI.-
¡Es estupendo! |
AMELIA.-
¿Sabéis lo que os digo? ¡Que me gusta este más que el otro! |
MERCEDES.-
¡Chiss! Callaos. Siga, siga usted, que mamá se está poniendo muy nerviosa... |
NICOLÁS.-
(Al teléfono.) El amor... ¿Quién puede explicar el amor? Es tan bello milagro, señora. Nos conocimos una tarde. Nos casamos una mañana. Una mañanita clara de mayo, en la iglesia de un pueblecito, a la hora del alba. Todavía recuerdo el olor del trigo y el piar de los pajaritos... |
|
|
(Unos momentos antes, a tiempo de oír el último párrafo de NICOLÁS, ha entrado FERNANDO por el fondo. Como todos tenían los ojos clavados en NICOLÁS no le ha visto nadie. Ha permanecido allí, quieto, escuchando. Y ahora, sin moverse de su sitio, dice muy sereno.)
|
FERNANDO.-
Miente usted. |
|
|
(Todos se vuelven súbitamente hacia FERNANDO.)
|
TODOS.-
¿Eh? |
FEDERICO.-
¿Qué? |
NICOLÁS.-
Oiga... |
|
|
(FEDERICO y NICOLÁS le miran con ceño. TRINI, AMELIA y CATALINA casi saltan. MERCEDES se apodera nuevamente del auricular del teléfono.)
|
FERNANDO.-
Usted no es el marido de Teresa. |
AMELIA.-
(Muy bajito.) ¡Trini! |
TRINI.-
¿A que sí? ¿A que sí? |
MERCEDES.-
(Al teléfono. Muy nerviosa. Pero muy excitada.) Prepárate, mamá. Prepárate, mamá... |
|
|
(FERNANDO lanza una mirada sobre todos. Y luego, sonríe.)
|
FERNANDO.-
El marido de Teresa soy yo... |
TODOS.-
¡Ayyy! |
|
|
(Un revuelo fenomenal.)
|
DON JOSÉ.-
¡Porras! |
FEDERICO.-
¡No es verdad! |
AMELIA.-
¡Trini! ¡Catalina! |
CATALINA.-
¡Amelia! |
TRINI.-
¡Tres! ¡Tres! ¡Tres! |
MERCEDES.-
(Al teléfono.) ¡Mamá! ¡Otro! ¡Otro marido! Tiene tres, mamá, tiene tres... (De pronto, lanza un grito y todos se vuelven hacia ella.) ¡Ay! |
AMELIA.-
¿Qué pasa? |
MERCEDES.-
He oído un golpe. Me parece que mamá se ha desmayado... (Apuradísima.) ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamaíta! ¿Me oyes? |
TODOS.-
¡Oh! |
|
TELÓN
|
Cuadro III
|
|
|
El mismo decorado. Media hora después.
|
|
|
Cuando se levanta el telón, sentados en torno a la mesa camilla, y en la actitud que es fácil imaginar, están FERNANDO, NICOLÁS y FEDERICO. FERNANDO en el sillón del centro, naturalmente frente al público; NICOLÁS en el sillón de la izquierda y FEDERICO en el de la derecha. Los tres están muy serios, enormemente serios ignorándose mutuamente. En el sofá, está DON JOSÉ.
|
NICOLÁS.-
Me han dicho en la camisería que este invierno se volverán a llevar calcetines de lana... |
FEDERICO.-
(Espantosamente indiferente.) ¡Ah! ¿Sí? |
NICOLÁS.-
Sí. |
FERNANDO.-
(Como los otros.) Pues yo creo que no favorecen nada... |
NICOLÁS.-
Bueno. Eso depende. Si es bonita la pantorrilla... |
FERNANDO.-
¿Usted cree? |
NICOLÁS.-
Pues, claro, amigo... |
|
|
(Con mucha discreción extiende una pierna, se levanta un dedito del pantalón y contempla complacido su tobillo. FERNANDO y FEDERICO se miran y luego le miran a él como para asesinarlo. Un pequeño silencio.)
|
FERNANDO.-
Vaya,
hombre, vaya. Conque calcetines de lana... (En desafío.) ¿Y de corbatas, qué? |
NICOLÁS.-
(Muy seguro.) Vuelven los estampados. |
FERNANDO.-
(Irónico.) ¡Qué bien! Rejuvenecen
mucho... |
|
|
(Otro silencio. FEDERICO mira al uno y al otro y luego dice con un monstruoso aire de superioridad.)
|
FEDERICO.-
¡Pamplinas! |
|
|
(FERNANDO se vuelve a él con una amabilidad escalofriante.)
|
FERNANDO.-
Pollo! ¿Puedo saber a qué aspecto de la existencia se refiere usted? |
FEDERICO
(Con un fabuloso desprecio.) Los hombres se vuelven presumidos cuando cumplen años. Cuando se hacen viejos. Entonces, sí, piensan en las corbatas, en los calcetines y en todo eso... (FERNANDO y NICOLÁS se ponen en pie mirando a Federico de una manera atroz. FEDERICO, sin advertirlos, sonríe.) ¡Je! |
|
|
(DON JOSÉ, en el sofá, atento a lo que sucede. Habla suplicante.)
|
DON JOSÉ.-
¡Señores! Por favor... Haya paz. Se lo suplico. Yo no puedo más. (Un silencio. FERNANDO y NICOLÁS se sientan lentamente y los tres recuperan su primitiva actitud. Un pequeño silencio. DON JOSÉ se seca el sudor.) ¡Señores! Seamos razonables. Teresa ya no puede tardar. ¿No creen ustedes que antes de que ella llegue deberíamos tenerlo todo resuelto? Si ustedes me dicen cuál de los tres es el marido de Teresa, yo voy preparando el recibito, y en un momento, ¡zas!, el piso para mí. Porque yo quiero el piso... Lo necesito. Por favor, señores, entre nosotros. Vamos a ver, vamos a ver. ¡Je! ¿Quién es? ¿Eh? ¿Quién es el marido de Teresa? |
|
|
(FERNANDO, NICOLÁS y FEDERICO se ponen súbitamente en pie, al mismo tiempo, y gritan con la misma arrogancia.)
|
LOS TRES.-
¡Yo! |
DON JOSÉ.-
(Sin fuerzas ya.) ¡Oh! Es el colmo. El colmo... |
|
|
(Un silencio. Por el fondo, asoman MARÍA y JUANA, que se quedan allí mirando intensamente a los tres hombres
sentados junto a la mesa camilla.
Después una pausa. MARÍA da un paso.)
|
MARÍA.-
Con permiso de los señores. Como la señora se retrasa, me gustaría estar
prevenida. ¿Los señores se van a quedar a almorzar?
(FERNANDO, muy amable, muy dueño de sí, se vuelve gentilmente hacia MARÍA.)
|
FERNANDO.-
¡Buena mujer! Como usted comprenderá, solo se quedará a almorzar uno de nosotros... El que desde hoy es el dueño de esta casa. Muy satisfecho. ¡El marido de la señora! |
FEDERICO.-
(Rápidamente, con rabia.) ¡Yo! |
NICOLÁS.-
Pero ¿qué dice? Me quedaré yo. |
FERNANDO.-
(Firme.) Se equivocan ustedes. El que se va a quedar soy yo... |
|
|
(Los tres, con un mismo impulso, se ponen en pie y se miran con una enorme agresividad.)
|
MARÍA.-
¡Ay! |
JUANA.-
¡María! |
DON JOSÉ.-
(Indignado.) ¡Basta! ¡Se acabó! Señora, prepare usted comida para todos... Yo también me quedo. |
|
|
(Se oye dentro la voz de TERESA, que llega.)
|
TERESA.-
(Dentro.) ¡María! ¡Juana! |
TODOS.-
¡Oh! |
MARÍA.-
¡La señora! |
(Aparece TERESA en el fondo. Viene de la calle. Muy risueña, muy alegre, con los ojos muy vivos. Al ver juntos en torno a la mesa camilla a FEDERICO, a NICOLÁS y a FERNANDO, sorprendidísima, se queda mirándolos con indudable emoción, con mucha ternura.)
|
TERESA.-
¡Oh! ¡Dios mío! |
(Y se echa a reír suavemente. Los tres hombres van hacia ella y la rodean con ansiedad. Ella avanza.)
|
LOS TRES.-
¡Teresa! |
TERESA.-
(Emocionada.) Fernando, Nicolás, Federico... Los tres. ¡Queridos míos! |
|
|
(Los tres hombres, rodeándola, se atropellan al hablar.)
|
FERNANDO.-
¡Teresa! Cuánto has tardado... |
NICOLÁS.-
¿De dónde vienes? |
FEDERICO.-
¡Dónde has estado? |
TERESA.-
¡Oh, oh, oh! (Ríe.) Pero, Nicolás, Federico, Fernanado... ¿Es que tenéis celos? |
LOS TRES.-
(Enérgicamente.) ¡Sí! |
TERESA.-
(Admiradísima y encantada.) ¿Los tres? |
LOS TRES.-
¡Sí! |
TERESA.-
¡Oh! ¿Ha oído usted, José? Tienen celos... Los tres. ¡Y no tienen motivo! (De pronto, se vuelve muy natural). ¡María! |
MARÍA.-
¡Señora! |
TERESA.-
Si sube un individuo que me ha venido siguiendo desde la calla Alcalá, decidle que no estoy... |
|
|
(FERNANDO, NICOLÁS y FEDERICO se estremecen.)
|
LOS TRES.-
¡Teresa! |
DON JOSÉ.-
¿Otro? |
TERESA.-
(Un suspiro.) ¡Otro! |
DON JOSÉ.-
Pero, señora. ¿Qué les da usted? |
TERESA.-
Por favor, José... no sea usted exagerado. |
LOS TRES.-
¡Oh! |
(Ya han salido MARÍA y JUANA. TERESA se encara con NICOLÁS, FERNANDO y FEDERICO muy satisfecha.)
|
TERESA.-
De manera que habéis vuelto... Bueno. Ya sabía yo que uno de vosotros, uno por lo menos, volvería. Pero los tres, la verdad, nunca me hubiera atrevido a creerlo... (Con mucha ternura.) Fernando, Federico, Nicolás. Si supierais cuánto me gustaría que los cuatro siguiéramos siempre así, unidos para toda la vida... |
|
|
(Los tres hombres tienen un estremecimiento.)
|
LOS TRES.-
¡No! |
FERNANDO.-
¡Teresa! ¿Qué estás diciendo? |
TERESA.-
¡Oh! Está bien, está bien... (Avanza un poco. Llega hasta la mesa camilla, se despoja del sombrero, de los guantes, del bolso, etc. Luego, se vuelve hacia los tres. Los mira. Sonríe. Cariñosísima.) Bueno. Ya estamos otra vez en la misma situación. Pero me figuro que toda esta noche pasada nos habrá servido a todos para reflexionar y que ahora, en un momento, vamos a poner las cosas en claro. (Todos la escuchan en silencio, mirándola con inequívoca emoción.) Ayer, yo descubrí que uno de vosotros es mi marido. Cuando yo esperaba que él dijera lleno de orgullo: Yo soy, él se calló... ¿Sabéis por qué se calló? Porque estaba avergonzado de mí. Porque tenía miedo de ser ante los demás el marido engañado. Y porque, como estaba loco de celos, quería averiguar la verdad. (Baja la cabeza, sonríe.) Por eso, me negué yo a decir quién era. Porque él dudaba de mí. Tenía que ser él, él, quien se humillara y dijera: Teresa, yo soy tu marido. Perdóname, por haber dudado de ti... (Se calla. Con otro tono, como antes.) En fin, el caso es que todos nos quedamos sin saber quién es mi marido. Y la verdad es que yo, por lo menos, no puedo más de curiosidad... Vamos a ver ¡Fernando! ¡Nicolás! ¡Federico! ¿Quién es mi marido? |
|
|
(Los tres unánimes y decididos, dan un paso hacia ella. Muy apasionados.)
|
LOS TRES.-
¡Yo! |
TERESA.-
(Asustadísima.) ¿Cómo? ¿Los tres? |
DON JOSÉ.-
¡Je! Ya sabía yo que le iba a chocar... |
TERESA.-
(Indignadísima.) ¡Ah, no! Esto, no. Esto es demasiado. Pero ¿qué significa? ¿Es que os habéis vuelto locos? Resulta que, anoche, después de un año de casada, yo no tenía marido, y hoy... (Con espanto.) ¡Hoy tengo tres! ¡Ah, no, no! Esto no. Pero, José, ¿usted ha oído? |
DON JOSÉ.-
¡Señora! A mí todo esto me parece ya tan natural... |
|
|
(TERESA, que está paseando de un lado para otro, muy indignada, casi furiosa, se para bruscamente ante los tres hombres.)
|
TERESA.-
¡Federico! |
FEDERICO.-
¡Teresa! |
TERESA.-
¡Habla! ¿Eres tú mi marido? |
FEDERICO.-
¡Sí! |
NICOLÁS.-
¡No es verdad! ¡Tu marido soy yo! |
|
|
(TERESA se lleva una mano a la boca sofocando un grito.)
|
TERESA.-
¡Oh! (A FERNANDO.) Y tú también, claro... |
FERNANDO.-
¡Sí! (Rabioso.) ¿Es que no lo sabes? |
|
|
(TERESA los mira fijamente de uno en uno, estupefacta.)
|
TERESA.-
Bajísimo. Es asombroso, asombroso. (Desconcertadísima, con desmayo, se deja caer en un sillón, se pasa una mano por la frente..) Pues señor, esto es para volverse loca. Porque lo peor es que me van a hacer dudar a mí también... |
DON JOSÉ.-
¡Señora! ¿Qué está usted diciendo? ¡Usted tiene que saberlo! |
|
|
(Un silencio. TERESA mira a DON JOSÉ. Una transición. Sonríe.)
|
TERESA.-
Sí... Lo sé. (Se ríe muy bajito. Los mira de reojo. Y vuelve a reír.) Fernando, Nicolás, Federico... ¿Y si mi marido no fuera ninguno de vosotros? (Un silencio. FEDERICO, NICOLÁS y FERNANDO se agitan suavemente. Callan. La miran fijamente.) ¿Y si yo os hubiera engañado? (Otro suave silencio.) ¿Y si marido fuera quien menos
sospecháis? |
|
|
(Sonríe. Y espera. FERNANDO, NICOLÁS y FEDERICO, lentamente, se miran entre sí. Luego, con un misterioso e involuntario acuerdo, los tres al tiempo, se vuelven, y se quedan mirando a DON JOSÉ fijamente. Este se lleva un susto tremendo y se pone en pie.)
|
DON JOSÉ.-
¡No! (FERNANDO, NICOLÁS y FEDERICO, mirando a DON JOSÉ de un modo siniestro, dan unos pasos hacia él.) ¡No! Eso, no. ¡Yo no soy el marido! ¡Lo juro! ¡Porras! Pero ¿cómo se les ocurre? |
|
|
(TERESA suelta una carcajada. NICOLÁS, FERNANDO y FEDERICO se detienen. Dentro se oye la voz de MARITA que llama.)
|
MARITA.-
(Dentro.) ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamá! |
|
|
(Todos se quedan inmóviles. TERESA, repentinamente seria, se pone en pie.)
|
TERESA.-
¡Jesús! ¡Mi hija! |
|
|
(La colocación de los personajes en este
momento es la siguiente: al fondo, junto a la terraza, FERNANDO, NICOLÁS y FEDERICO. Detrás del sofá, DON JOSÉ. TERESA, en pie, a la derecha, en primer término. Irrumpe MARITA por el fondo bulliciosamente. Muy alegre, sin ver a nadie, fijos los ojos en TERESA, corre hasta ella y se refugia en sus brazos.)
|
MARITA.-
¡Mamá! ¡Mamaíta! ¡Querida mamá! |
TERESA.-
¡Hija! |
MARITA.-
¡Mamá! Si supieras qué feliz soy. Bueno, ante todo, te diré que Alfredo no es lo que parece. ¡Quia! Ni muchísimo menos. Ya te
contaré... |
TERESA.-
Pero, Marita, hija... ¿Dónde esta tu marido? |
MARITA.-
Abajo, en el coche. Solo puedo
entretenerme un minuto... |
TERESA.-
Pero ¿qué haces aquí, al día siguiente de tu noche de
bodas? ¿Por qué has venido? |
MARITA.-
(Muy asombrada.) ¿Qué dices, mamá? Si me has llamado tú... |
TERESA.-
(Asombradísima.) ¿Yo? |
MARITA.-
¡Claro! La
telefonista
del hotel me dio tu recado esta mañana. De parte de su madre que antes de salir para Mallorca pase un momento por casa de su madre porque tiene que decirle algo muy importante... |
TERESA.-
¿Yo? Yo no he dado ese recado... |
MARITA.-
¿Es posible? Entonces, ¿quién...? |
|
|
(Del fondo, surge la voz de FERNANDO. Muy hondo.)
|
FERNANDO.-
Yo. |
|
|
(MARITA se vuelve rápidamente. Descubre a FERNANDO. Y el rostro se le ilumina con una gran sonrisa.)
|
MARITA.-
¡Oh! ¡Fernando! |
|
|
(FERNANDO, risueño, emocionado, avanza unos pasos con los brazos extendidos.)
|
FERNANDO.-
¡Chiquilla! |
MARITA.-
(Muy emocionada.) ¡Papá! |
TODOS.-
¿¡Qué!? |
|
|
(Sensación. MARITA y FERNANDO avanzan el uno hacia el otro y en el centro del escenario se funden en un gran abrazo. DON JOSÉ está impresionadísimo. En el fondo, inopinadamente, surgen MARÍA y JUANA que indudablemente han estado escuchando y rompen a aplaudir, contentísimas.)
|
DON JOSÉ.-
¡Ya! ¡Ya está! ¡Ya se sabe! |
MARÍA.-
¡Bravo! ¡Bravo! |
JUANA.-
¡Bravo! |
DON JOSÉ.-
¡Pronto! ¡Un papel y pluma! ¡Un papel y una pluma! ¡A prisa! |
|
|
(Y, seguido de MARÍA y JUANA, desaparecen por el fondo.)
|
MARITA.-
(Cariñosísima.) ¡Papá! De manera que has sido tú quien me ha llamado... |
FERNANDO.-
Sí, pequeña. Yo he sido. Me hacías tanta falta... |
TERESA.-
(Apuradísima.) Pero, Marita, ¿tú conocías a Fernando? |
MARITA.-
Pues claro... |
TERESA.-
¿Y tú sabías que me había casado con él? |
MARITA.-
¡Naturalmente, mamá! |
TERESA.-
¡Oh! (Un gemido.) Y te has callado, te has callado durante tanto tiempo... |
|
|
(Se sienta en un sillón a la derecha. Marita corre hacia ella.)
|
MARITA.-
¿Y no era ese tu deseo, mamá? ¿No querías ser fiel hasta la última hora al cariño de tu hija? Escucha, mamá. Hace poco más de un año, una tarde vino a buscarme Fernando. Me dijo que te quería, que no podía esperar más. Entonces, yo le di la solución. Puesto que mamá no quiere casarse hasta que me case yo, casaos vosotros en secreto... |
TERESA.-
¿Cómo? Pero ¿fue idea tuya? |
MARITA.-
¡Claro! Vuestra boda era una solución de urgencia. Era la única manera de que se acabaran los coqueteos de mamá que ya se iban haciendo peligrosos... |
TERESA.-
¡Dios mío! Lo sabía todo, todo. ¡Oh, es para morirse de vergüenza...! |
MARITA.-
Bueno. Pero no me negarás que he disimulado bien para seguirte la corriente... |
TERESA.-
¡Oh, Marita, Marita! |
|
|
(Y avergonzadísima esconde la cara entre las manos. MARITA se acerca y la acaricia.)
|
MARITA.-
Mamá... ¿Crees que yo no sé hasta dónde has llegado con tus coqueterías? Tú solo querías jugar, mamá. Jugar un poco. Porque lo necesitabas, pobrecita. (Se vuelve hacia FERNANDO, muy segura.) Te advierto, Fernando, que desde que os casásteis, mamá ha sido absolutamente formal. Te lo digo yo, que la he tenido muy vigilada... (De pronto piensa en algo y se ríe.) Y eso que había dos pretendientes... |
|
|
(FERNANDO mira largamente a NICOLÁS y a FEDERICO, que están sentados uno a cada lado de la mesa camilla.)
|
FERNANDO.-
¡Ah! ¿Sí? Cuenta, cuenta... |
MARITA.-
¡Huy! Uno era estudiante de no sé qué... Uno de estos chicos tontos que siempre se enamoran de las mujeres de cierta edad. |
|
|
(FERNANDO, NICOLÁS y TERESA miran tímidamente a FEDERICO, que se estremece y esconde la cara entre las manos.)
|
FEDERICO.-
¡Oh! |
MARITA.-
Y el otro... Y se echa a reír. Un silencio. Nicolás alza la cabeza asombradísimo. Teresa y Fernando le miran.. No quieras saber. Era uno de esos suramericanos que andan por aquí... Del Paraguay, me parece. |
|
|
(NICOLÁS pega un contenido puñetazo sobre la mesa. Y con voz ronca.)
|
NICOLÁS.-
¡Argentino! |
MARITA.-
¡Ah! ¿Le conoce usted? |
NICOLÁS.-
Un poco. |
MARITA.-
Por cierto, mamá. ¿Me quieres explicar quiénes son estos señores? |
TERESA.-
(Muy rápidamente.) No... Ahora no. |
MARITA.-
Bien... Entonces me marcho. ¡Papá! |
FERNANDO.-
¡Marita! Eres adorable. |
MARITA.-
Adiós, papá. (Le abraza de nuevo.) ¿Era esto lo que querías de mí? ¿Que mi madre supiera que yo era muy feliz porque vosotros os queríais? |
FERNANDO.-
Sí, Marita. Era eso. ¡Gracias! |
MARITA.-
¡Tonto! ¡Adiós, mamá! El pobre Alfredo debe estar poniéndose nerviosísimo... No sabe vivir sin mí. (Corre hasta el fondo y, desde allí, arroja un beso.) ¡Felicidades! Os adoro a los dos. (Y se va. Quedan todos inmóviles. Y MARITA reaparece en el acto.) ¡Ah! ¿No sabéis? Me parece que voy a tener un niño... |
|
|
(Sale definitivamente. Los demás continúan sin moverse. TERESA, al fin, se pone en pie.)
|
FERNANDO.-
Teresa. |
No! ¡Déjame ahora! Por favor. ¡Déjame! |
|
|
(Y entra en la habitación de la derecha. Quedan solos FERNANDO, NICOLÁS y FEDERICO. Fernando mira en torno satisfechísimo, se estira los puños y toda su persona adquiere un irremediable aire de toma de posesión..)
|
FERNANDO.-
¡Je! Vaya, vaya... (NICOLÁS y FEDERICO, muy despacito vuelven los ojos hacia él.) ¡Je! Me figuro que, naturalmente, ustedes se querrán marchar... (Otro silencio. Pero, antes, me gustaría saber: ¿Por qué tenían tanto empeño en aparentar que cada uno de ustedes era el marido de TERESA? |
|
|
(FEDERICO se vuelve hacia él con mucho coraje.)
|
FEDERICO.-
Usted no podía comprenderlo. Porque era como un sueño... Porque era maravilloso que todos los creyeran aunque solo fuera por unos minutos. (Con rabia.) Y porque soy un iluso. Un niño. Un muchacho estúpido de esos que siempre se enamoran de las mujeres de cierta edad. ¿No lo ha oído usted? ¿Es que no lo ha oído? |
|
|
(Y con un coraje infinito se deja caer de bruces sobre la mesa camilla y esconde la cara entre los brazos. Un gemido sordo. FERNANDO y NICOLÁS le miran callados. FERNANDO da un paso.)
|
FERNANDO.-
Muchacho... Escucha. |
|
|
(FEDERICO se revuelve vivamente.)
|
FEDERICO.-
¡Déjeme! ¡No se acerque! |
FERNANDO.-
¡Oh! |
|
|
(FEDERICO escapa y llega hasta el fondo.)
|
FEDERICO.-
Y sepa usted que le aborrezco con toda mi alma... |
(Sale. NICOLÁS y FERNANDO se quedan callados viéndole salir. Luego, se miran entre sí.)
|
NICOLÁS.-
¡Je! Discúlpele. No se lo tome en cuenta. Es la primera vez que una mujer se burla de él... No tiene experiencia. |
FERNANDO.-
¿Usted
sí? |
NICOLÁS.-
¡Huy! Si yo le contara... |
FERNANDO.-
¡Hombre, cuéntelo todo! Entre
nosotros... |
NICOLÁS.-
¡Che, viejo! No
querrá que le cuente mis fracasos... Sería bueno. |
FERNANDO.-
¡Oh! Perdón... |
|
|
(NICOLÁS le mira largamente. Luego sonríe con una sonrisa llena de secreto.)
|
NICOLÁS.-
¡Che! ¿Sabe por qué dije que era el marido de Teresa? Por hacerle a usted daño... |
FERNANDO.-
¡Ah! |
NICOLÁS.-
¡Sí! Para verle a usted sufrir. Para vengarme. Porque yo sabía desde ayer que el marido de Teresa era usted. Por eso lo hice, ¿comprende? Por maldad. (Está muy conmovido. Pero sonríe suavemente.) ¡Che! No me tenga lástima. Yo soy muy malo, viejo... |
FERNANDO.-
(Sonríe afectuosamente.) ¿De
veras? |
NICOLÁS.-
¡Huy! No quiera saber. Pregunte, pregunte por mí en Buenos Aires... Tengo hecha cada fechoría. Ya le digo que no me tenga lástima. |
|
|
(FERNANDO le
mira largamente y sonríe.)
|
FERNANDO.-
¡Pobre Nicolás! |
NICOLÁS.-
(Muy bajo.) ¿Y eso? |
FERNANDO.-
No es usted malo. Es usted un ingenuo. Como ese muchacho que acaba de salir de aquí con lágrimas en los ojos. Como yo... Como todos los hombres. Juguetes. Juguetes de papel que se rompen entre las manos de las mujeres. Verá usted. Dentro de un instante, cuando Teresa salga de esa
habitación, yo me acercaré y le diré: ¡Teresa! ¿Me perdonas por haber dudado de ti? Y ella, que ha jugado con todos, me responderá como una reina generosa: por Dios, querido, no se hable más, no tiene importancia... |
NICOLÁS.-
(Muy admirado.) ¡Che, viejo! Cómo hablan los españoles... (Con un repentino entusiasmo.) Oiga. ¿Sabe usted que, en el fondo, desde el primer momento me fue usted muy
simpático? |
FERNANDO.-
¡Anda! Pues si yo le dijera... |
NICOLÁS.-
(Muy contento.) ¿Sí? |
FERNANDO.-
¡Sí! |
NICOLÁS.-
Oiga. ¿Estará bien que nosotros nos demos un abrazo? |
FERNANDO.-
Yo creo que estando solos... |
NICOLÁS.-
¡Viejo! |
FERNANDO.-
¡Nicolás! |
|
|
(Y se abrazan estrechamente. Cuando se separan, NICOLÁS sufre una transición y mira en torno con mucha melancolía.)
|
NICOLÁS.-
Gracias. Y ahora, adiós. |
FERNANDO.-
¿Se marcha? |
NICOLÁS.-
¡Claro! Se hace tarde. Y usted tiene que atender a su mujer... |
FERNANDO.-
¿A dónde va usted? |
NICOLÁS.-
¿Yo? (De pronto furioso.) ¡Al Paraguay! |
FERNANDO.-
Hombre... |
|
|
(NICOLÁS marcha hacia el fondo. Y desde allí se vuelve.)
|
NICOLÁS.-
Oiga. ¿La quiere usted mucho? |
FERNANDO.-
Tanto como usted... |
NICOLÁS.-
¡Ah! Pues quédese tranquilo, ¿sabe? Entre ella y yo no hubo nada. |
FERNANDO.-
(Bajo.) Gracias. |
NICOLÁS.-
La viudita solo quería jugar... |
|
|
(Sale muy despacito. Queda FERNANDO solo. Regresa despacito y se sienta junto a la mesa camilla. Se sienta pensativo. Aparece TERESA. Le mira. Va hacia él.)
|
TERESA.-
Fernando... |
FERNANDO.-
¡Teresa! (Alza los ojos y la mira.) ¿Me perdonas por haber dudado de ti? |
TERESA.-
(Generosísima.) Por Dios, querido, no se hable más, no tiene importancia. |
FERNANDO.-
(Con toda su alma.) ¡Claro! |
|
TELÓN
|