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La vida privada de mamá

Comedia en dos actos divididos en cinco cuadros

Víctor Ruiz Iriarte

Berta Muñoz Cáliz1 (ed. lit.)




«La vida privada de mamá»: adiós a la tristeza

La vida privada de mamá se estrenó la noche del 3 de octubre de 1956 en el Teatro Reina Victoria de Madrid, por la compañía de Tina Gascó y Fernando Granada, compañía que contaba ya con una extensa, fiel y feliz relación con las obras de Ruiz Iriarte. El espectáculo se mantuvo en cartel hasta el 13 de diciembre, a un ritmo de dos funciones diarias, de forma que superó la barrera de las cien representaciones, a partir de la cual un espectáculo se consideraba un éxito de público. Poco después de su retirada de la cartelera madrileña, la función emprendería una gira que pasaría por el Teatro Barcelona de esta ciudad y el Álvarez Quintero de Sevilla. Al año siguiente se tradujo al portugués y en los sesenta y setenta se retransmitiría por Televisión Española dentro de las series Risa Española (1969) y Estudio 1 (1972) (García Ruiz 1987, 55).

La obra se desarrolla en dos actos divididos en cinco cuadros, que transcurren en un mismo espacio escénico. Dicho espacio resulta muy representativo tanto del género en que se inscribe la obra como de la escritura de Ruiz Iriarte: no deja de ser el típico decorado «de tresillo», apto para todo tipo de enredos domésticos, que tanto juego ha dado a los comediógrafos contemporáneos; pero al mismo tiempo, el lenguaje con que el autor lo describe denota claramente el ambiente de intimidad y de calidez, al tiempo que de cierta elegancia que buscaba Ruiz Iriarte para sus comedias: palabras como «pequeño», «intimidad», «gracia», «distinción», «alegre» y «confort», todas ellas presentes en la primera frase con que se describe el decorado, nos dan, ya de entrada, no solo la idea del espacio escénico, sino del propio tono en que se va a desarrollar la comedia.

El asunto central de la pieza, al que se alude desde el título, es la contraposición entre la severa moral que aparenta ostentar la protagonista, y su auténtica vida privada. Teresa, viuda desde hace veinte años, aparenta no haber tenido relación amorosa alguna en todo este tiempo; sin embargo, el día de la boda de su hija aparecen en su casa cuatro supuestos pretendientes que estaban esperando este momento para realizar su sueño. Uno de ellos pronto quedará descartado, pues en realidad perseguía un objetivo bastante más prosaico, pero los otros tres confesarán haberse casado en secreto con ella, con el consiguiente desconcierto del público, que queda expectante hasta la explicación final. La situación avanza salpicada de continuos efectos cómicos, de manera que las representaciones hicieron las delicias del público del momento.

El autor contrapone así un tipo de moral austera y triste, tan propio del nacional-catolicismo que vive su época de esplendor en los años cincuenta, bajo el mandato de Gabriel Arias Salgado como Ministro de Información, con una moral más benévola, que, aun dentro de un orden, antepone la alegría de vivir a ciertas normas sociales. Es un tema que ya había tratado Ruiz Iriarte en comedias como La guerra empieza en Cuba, estrenada un año antes, donde la contraposición entre las gemelas Adelaida y Juanita reflejaba igualmente el contraste entre dos formas de entender la moral.

De algún modo, Ruiz Iriarte se estaba enfrentando a la rígida moralidad que se trataba de imponer desde las esferas oficiales, y el asunto, en la España de los años cincuenta, no era precisamente ligero. Sin embargo, lo hace desde la convención teatral de la comedia de enredo, género que en absoluto asustaba a los censores franquistas, y adoptando un punto de vista compasivo y tierno, al tiempo que un tono intrascendente, por lo que, lejos de producir escándalo alguno, pasó por una comedia ligera y casi vodevilesca. En su crítica de Arriba, Torrente Ballester intuyó que la obra podía haber ido más allá en su atrevimiento, aun a riesgo de desafiar a la censura, pero se había detenido justo a tiempo:

Personalmente creo que la comedia empieza de verdad al final del segundo cuadro, y que hay una línea de picardía apuntada dos o tres veces, que Ruiz Iriarte podría muy bien cultivar con más amplitud, aun a riesgo de ganarse un tres en la calificación moral. Hay una escena en el primer acto que sería mucho más eficaz con algo más de malicia. Reconozco que hay a quien le gusta el teatro sin nicotina, pero los fumadores de verdad prefieren el riesgo: La vida privada de mamá es muy entretenida y muy graciosa. (Arriba 4 oct. 1956: s.p.)

El propio Ruiz Iriarte, en uno de sus artículos, hizo alusión a su necesidad como autor de envolver la verdad en «cierta caricatura», aun a riesgo de que esta verdad no se plasmara de manera evidente:

En la otra parcela de mi labor la realidad inmediata aparece en primer plano traducida, con intención, a la farsa. Y la verdad de las cosas, envuelta en cierta caricatura, se diluye un poco. Pero, de todos modos, esta verdad se halla siempre presente, protagoniza la acción y toda la peripecia gira a su alrededor. (cito por García Ruiz 1987, 162).

De este modo, lejos de destacar atrevimiento alguno en la obra, la crítica destacó la levedad del asunto abordado y el tono ligero de la pieza. Así, Martínez Tomás escribió: «Con asunto intrascendente y tenue -la nostalgia de amor de una joven viuda que espera que se case su única hija para uncirse de nuevo en himeneo-, Ruiz Iriarte ha construido una comedia desenvuelta y traviesa, que bordea el vaudeville, pero sin descender a un enredo demasiado complicado, como ocurre otras veces en las obras del género» (La Vanguardia 19 ene. 1957: s.p.). Igualmente, el ya citado Torrente Ballester destacaba el agrado con que había presenciado la pieza y el efecto analgésico que esta producía: «La función fue alegre y el público lo agradeció. Siempre está bien ver en el escenario un animado grupo de chicas monas, y un conflicto que se resuelve satisfactoriamente hace unas veces de magnesia efervescente y otras de aspirina». Este crítico señaló igualmente que el «clima» en que se desarrolla la comedia «es la intrascendencia, aun en sus momentos más sentimentales, aun en lo más gordo del conflicto» (Arriba 4 oct. 1956).

En realidad, pese al tono de jocosa inmoralidad con que avanza la acción dramática, gracias a los equívocos de Teresa, que confunde a los pretendientes y mezcla recuerdos de un tímido erotismo, y sobre todo, gracias al hipotético triple casamiento, la comedia carece de elementos objetivos que pudieran chocar contra la moral imperante: por una parte, la protagonista lleva viuda nada menos que veinte años; por otra, sus relaciones con los pretendientes se adivinan bastante recatadas (únicamente se alude a algún beso furtivo, y el propio Nicolás le hará saber a Fernando que «no hubo nada» entre él y Teresa). Es más, Teresa se muestra terriblemente tímida cuando tiene que decir a su hija recién casada «lo que debe saber una niña inocente antes de quedarse a solas, por primera vez, con su marido...». Nada nos hace pensar, por tanto, que la viuda haya cometido «pecado» alguno; es más, para que no haya dudas, lleva un año casada en secreto.

La trama está construida con gran habilidad y dominio de la llamada «carpintería» teatral, como es costumbre en las comedias de Ruiz Iriarte. Tal como señala García Ruiz, «el encadenamiento causal de las situaciones está habilísimamente trabado, manteniendo hasta el final la tensión de la peripecia» (1987, 178). Para dicho autor, esta cualidad, junto con su trasfondo humano, se contará entre las mayores virtudes de la obra: «En este ejercicio de pericia técnica y en el fino humor de las situaciones, bajo los que subyace, sin embargo, un somero contenido humano que distingue la obra de un puro vodevil, están los méritos de La vida privada de mamá» (1987, 178-79).

También es destacable su dominio del lenguaje, siempre brillante e ingenioso. Así, por ejemplo, Torrente Ballester señaló: «está dialogado con agilidad y gracia» (Arriba 4 oct. 1956), y «Cervantes» en el Abc de Sevilla (23 abr. 1957) se refirió a la obra como «muy bien escrita, de suelto y cuidado diálogo». Asimismo, José Antonio Bayona destacó el brillo del lenguaje y sus efectos cómicos sobre la congruencia del diálogo: «Ruiz Iriarte nos ofrece un diálogo salpicado de sorpresas, donde saltan con ingenio la frase, el concepto inesperado, la réplica, al parecer incongruente con el tema dialogal. Estos efectos, estos leves trucos de expresión abundan en esta comedia» (La Vanguardia [Madrid] 4 oct. 1956).

En efecto, de acuerdo con el carácter de «caricatura» que señalaba el autor, estamos ante un tipo de comedia en el que el chiste y el golpe de efecto priman sobre cualquier tipo de verosimilitud de las situaciones o de consistencia psicológica de los personajes. Refiriéndose a la protagonista, Torrente Ballester señaló que «el de la protagonista, tomado en serio, hubiera sido un gran tipo de mujer; pero tomado en serio, el sesgo de la comedia hubiera sido más dramático y la gente no se reiría tanto». Este crítico señaló igualmente la inverosimilitud de la trama, aunque la disculpaba por su comicidad: «aunque el tema central no sea demasiado verosímil, es divertido» (Arriba 4 oct. 1956). No obstante, también hubo quien consideró que el grado de inverosimilitud de esta obra era superior a lo acostumbrado en el género, como el crítico barcelonés de La Vanguardia, quien escribió: «La inverosimilitud de la mayor parte de las escenas de la comedia le restan mérito y eficacia, sin embargo» (La Vanguardia 19 ene. 1957).

Tal como se deduce de los testimonios citados, la comicidad es la nota dominante en esta obra, y aún podríamos citar otros que dan cuenta de ello. Por ejemplo, Adolfo Prego: «El autor se lanzó esta vez al campo abiertamente cómico» (Informaciones 4 oct. 1956). Entre los mecanismos de que se sirve el autor para hacer surgir la comicidad se encuentran, como señaló García Ruiz (1987, 178), el contraste paradójico (así, por ejemplo, será Marita quien aconseje a su madre y proteja su inocencia), y la acumulación (el hecho de que sean tres los pretendientes, a los que se suma un cuarto que busca en realidad comprar el piso).

En el conjunto de la producción de Ruiz Iriarte, esta no es una de sus obras mejor valoradas. Los críticos de su tiempo encontraron ciertas similitudes entre esta comedia y otras anteriores del autor, y por lo general, coincidieron en que La vida privada de mamá no se contaba entre sus mejores creaciones. Así, Martínez Tomás escribió:

Menos dinámica y más simple de recursos escénicos que otras comedias del mismo Ruiz Iriarte, La vida privada de mamá no desmiente, sin embargo, el marchamo de fábrica. Muchos de sus chistes y algunas de sus situaciones tienen ese tono ligeramente atrevido e incisivo que ha hecho de Ruiz Iriarte uno de los comediógrafos que se siguen y escuchan con más complacencia. (La Vanguardia 19 ene. 1957)

Asimismo, Alfredo Marqueríe encontró similitudes con otras obras del autor, que, en su opinión, empezaba a caer en una cierta «fórmula» que sabía de antemano que iba a dar resultado. Por entonces, Ruiz Iriarte ya había alcanzado un notable reconocimiento como comediógrafo -Andrés Moncayo, por ejemplo, se refería a él como «este autor joven y depurado maestro de la comedia alegre, ingeniosa y divertida» (Informaciones 29 sep. 1956)- y precisamente por eso Marqueríe le exigía no «encasillarse para conseguir el éxito», y apostillaba: «Su talento, su cultura, su extracción literaria están capacitados para más altos empeños» (Abc 4 oct. 1956).

En cuanto a la interpretación, la crítica destacó la actuación de Tina Gascó («siempre gran comediante, hizo de su papel una creación magnífica», escribía Martínez Tomás en La Vanguardia, 19 ene. 1957), así como la de los tres pretendientes de Teresa, a los que el crítico de La Vanguardia tildó de «insuperables». Especialmente destacado fue el papel cómico de Rafael Alonso, que interpretaba al pretendiente sudamericano: Martínez Tomás se refirió a él como «un verdadero hallazgo de comicidad», e igualmente, Torrente Ballester escribió: «Rafael Alonso tuvo repetidas ocasiones para mostrar su talento cómico» (Arriba 4 oct. 1956). Al parecer, no solo desde el texto, sino también desde la interpretación, se buscó el efecto cómico por encima de otros matices: «Creemos que algunas exageraciones interpretativas que se advirtieron fueron deliberadas, porque así lo pedían ciertos tonos grotescos de la farsa», escribía Alfredo Marqueríe (Abc 4 oct. 1956).

Según el testimonio de los críticos de la época, el público acogió la obra con entusiasmo: «anoche fue muy reída y celebrada por el auditorio. Para todos, autor e intérpretes, sonaron fuertes los aplausos al final de los cuadros y de la obra, mientras el telón se alzaba una y otra vez» (La Vanguardia [Madrid] 4 oct. 1956). También el público del estreno barcelonés le dispensó una acogida bastante favorable, según relataba el crítico de La Vanguardia, Martínez Tomás: «La sala, todo lo concurrida y brillante que permitía el tiempo, se mostró complacida, acogió la obra con cierto entusiasmo y dispensó a los intérpretes justas ovaciones» (19 ene. 1957). Tal como señala Juan Antonio Ríos, el público de estas comedias estaba compuesto, fundamentalmente, por señoras de cierta edad y de cierta condición social, y posiblemente fueron esas señoras las que elevaron a la categoría de éxito la historia de una viuda todavía hermosa con tres pretendientes que «le hacían el amor». Entre el estreno, diez años atrás, de El cielo está cerca, donde el personaje de la viuda era una madre-criada, sin posibilidad de lucimiento alguno para la actriz que debía interpretarlo (García Ruiz 2012), y el estreno de la comedia que aquí presentamos, el autor había aprendido muchos secretos del oficio teatral y sabía en qué claves podía radicar el éxito de una obra: había aprendido a crear papeles atractivos para las actrices que harían sus papeles y, sobre todo, a seducir a su público; lo venía demostrando desde hacía años y lo demostraría una vez más con La vida privada de mamá.

Obras citadas

García Ruiz, Víctor. Víctor Ruiz Iriarte: autor dramático. Madrid: Fundamentos, 1987.

García Ruiz, Víctor. «Cerca están... las buhardillas». <http://ruiziriarte.com/obras/elcieloestacerca.htm> 20 enero 2012.

Ríos Carratalá, Juan Antonio. «Fino humor sugerente». <http://ruiziriarte.com/obras/academiadeamor.htm> 20 enero 2012.

Edición y notas de Berta Muñoz Cáliz

LA VIDA PRIVADA DE MAMÁ

Comedia en dos actos divididos en cinco cuadros

Esta comedia se estrenó en el Teatro Reina Victoria de Madrid el 3 de octubre de 1956 con el siguiente reparto

PERSONAJES
 
ACTORES
 
Teresa.TINA GASCÓ.
MARITA.GRACIA MORALES.
MERCEDES.MARISA PORCEL.
AMELIA.MARGARITA GIL.
CATALINA.PAQUITA MEDRANO.
TRINI.LOLITA GÓMEZ.
MARÍA.MARÍA PORTILLO.
JUANA.ISABEL OSCA.
FERNANDO.JOSÉ BÓDALO.
NICOLÁS.RAFAEL ALONSO.
FEDERICO.FERNANDO GUILLÉN.
DON JOSÉ.MIGUEL ÁNGEL.
ALFREDO.ENRIQUE ÁVILA.

Decorado: Emilio Burgos.






ArribaAbajoActo I


Cuadro I

 

Un cuarto de estar o pequeño salón, lleno de intimidad y de gracia, en un piso madrileño puesto con distinción y alegre sentido del confort. Al fondo, una amplia entrada sin puertas, que conduce, por un pasillo, al vestíbulo. En el chaflán del fondo con el lateral de la izquierda -son términos del público- una terraza sobre la calle con la planta dispuesta de modo que cuando un personaje entra en ella desaparece a la vista del espectador. Una puerta a la derecha y otra a la izquierda.

 
 

En la zona de la izquierda, una bonita mesa camilla rodeada de tres comodísimos sillones. Un sofá a la derecha. Ante el sofá, una pequeña mesita con flores y un teléfono. En la pared de la izquierda, en primer término, una cómoda, y sobre ella, en la pared, un gran espejo. Por aquí y por allá, libros, cuadros, flores. Pocos muebles.

 
 

Son las seis de la tarde de un día de mayo. Las vidrieras de la terraza están abiertas de par en par y las ramas de algunos tiestos con flores se vuelven hacia el interior. Y en todo, hasta en el aire, algo denuncia, misteriosamente, que este día, en la casa, es un día trascendental.

 
 

En escena están, al levantarse el telón, MARÍA y JUANA. MARÍA es una mujer de alguna edad: tiene toda la traza de un ama de llaves del mejor y más viejo estilo. JUANA es una doncella de la casa. Una muchacha joven y francamente agradable. Las dos están en pie, delante del sofá, frente a la puerta abierta de la derecha, espiando con muchísimo interés y una innegable emoción lo que sucede en el interior. MARÍA se seca, de cuando en cuando, unas lágrimas. JUANA está excitadísima. Durante un rato las dos miran y miran sin hablar. Dentro de esa habitación de la derecha, que se supone contigua al escenario, hay un gran barullo producido por media docena de voces femeninas que hablan al tiempo sin que sea posible distinguir ni una sola palabra de lo que dicen. Y así durante unos segundos... Hasta que

 

JUANA.-  ¡Ay, qué nervios, María! Le digo a usted que estoy más... que estoy más... ¡Huy!

MARÍA.-  Mujer... ¿Te quieres estar quieta?

JUANA.-  Pero si no puedo...  (De pronto.)  ¡Ay!

MARÍA.-  ¿Qué?

JUANA.-  ¡Ya! ¡Ya han empezado a vestirla!

MARÍA.-  A ver... ¡Qué bonita va a estar!

JUANA.-  ¡Claro! Como todas las novias...

MARÍA.-  ¡Más! Esta más que ninguna. Te lo digo yo. ¡Ay, Virgen! Cuando pienso que la he visto nacer...

 

(Nuevo bullicio en el interior que se interrumpe bruscamente. Y se oye, clarísima, esta frase pronunciada por una sola voz.)

 

MARITA.-   (Dentro.)  Estas enaguas son largas...

TODAS.-   (Dentro, como un chillido.)  ¡Síííí!

JUANA.-   (Consternada.)  ¡Ay, María! ¡Que las enaguas son largas!

MARÍA.-  ¡Jesús!

TODAS.-   (Dentro, como antes.)  ¡Noooo!

JUANA.-   (Tranquilizada.)  ¡No eran largas!

MARÍA.-  ¡Gracias a Dios!

 

(Nuevo jaleo dentro que, poco a poco, desciende de potencia, mientras aquí, en escena, se desarrolla el diálogo que sigue.)

 

JUANA.-  ¡Ay, María! Lo que es una boda. Yo estoy tan nerviosa y tan emocionada y tan... tan... que parece que soy yo la que se casa.

MARÍA.-  ¡No me digas!

JUANA.-  ¡Huy! Como se lo cuento. Esta noche no voy a pegar un ojo...

MARÍA.-  ¿Tú tampoco?

 

(Timbre en el teléfono. JUANA, que está muy cerca, lo toma rápidamente y sigue hablando en el mismo tono de excitación.)

 

JUANA.-  ¡Hola! ¿Quién es? ¡Diga! ¡Ah! Sí, señorito. Está bien, señorito. Adiós, señorito.  (Y cuelga el auricular. Muy sinceramente.)  ¡Pobre!

MARÍA.-  ¿Quién era?

JUANA.-  El novio... Dice que ya sale para la iglesia.

MARÍA.-  Pero si aún falta media hora...

JUANA.-  Es que está muy nervioso...Y se comprende, pobrecito. Hay que ver lo que arriesga un hombre cuando se casa. Porque una siempre va a lo seguro, digo yo.

MARÍA.-   (De pronto.)  ¡Calla!

JUANA.-  ¡Ay! ¿Por qué?

MARÍA.-  ¡La señora!

JUANA.-  ¡Oh!

 

(Y, por la puerta de la derecha, aparece TERESA. Una mujer joven todavía, arrogante, admirablemente bien vestida para la ceremonia de la boda de su hija. Está indudablemente conmovida. Viene con un pañuelo en la mano. MARÍA y JUANA la observan. Y MARÍA da un paso.)

 

MARÍA.-  ¡Señora! ¿Necesita algo la señora?

TERESA.-   (Sonríe. Muy bajo.)  No, María. Gracias. No necesito nada...

 

(Cruza la escena. Entra en la terraza. Desaparece. Solas, otra vez, MARÍA y JUANA.)

 

JUANA.-  ¿Ha visto usted? Se le saltan las lágrimas.

MARÍA.-  ¡Claro! ¿Y cómo no ha de llorar si hoy se queda sin lo único que tiene en el mundo...? Desde que se quedó viuda, al año de casarse, no ha tenido ni más cariño ni más ilusión que su hija. Y conste que, si hubiera querido, hubiera tenido los hombres así. Porque de guapa y de buena planta se puede poner donde esté la primera. Pero como si no. Ni un mal sueño ha pasado por su cabeza en todos estos años. Así tiene ella esa fama de honrada y de decente y de seria que es el ejemplo de todo Madrid. Nadie en estos veinte años la ha visto jamás en compañía de un hombre...

JUANA.-  ¡Pobre señora!

MARÍA.-  ¿Qué dices tú, descarada?

JUANA.-  ¡Ay, María!

MARÍA.-  Andando... A tus obligaciones.

JUANA.-  Sí, señora.

MARÍA.-  Mira si está todo dispuesto para que los novios se cambien de ropa al volver de la iglesia. A última hora han decidido que desde aquí saldrán directamente para el Parador de Gredos2...

JUANA.-  ¡Voy! Sí, señora...

MARÍA.-  ¡Espera!

JUANA.-   (Deteniéndose.)  ¡Mande!

MARÍA.-  Y aquí que no entre nadie. ¿Me has oído?

JUANA.-  Sí, señora. ¡Ay, María, María! Lo que es una boda...

 

(Sale JUANA. MARÍA, sola, da unos pasos hacia la terraza. Pero antes, por allí aparece TERESA.)

 

TERESA.-  ¡María!

MARÍA.-  ¡Señora!

TERESA.-   (Sonriendo.)  Se va. Se va nuestra pequeña...

 

(MARÍA, conmovidísima, se echa a llorar desgarradoramente.)

 

MARÍA.-  ¡Ay, Virgen Santísima! En qué hora conoció la niña a ese granuja...

TERESA.-   (Atónica.)  ¿A quién te refieres?

MARÍA.-  ¡Al novio!

TERESA.-  Pero ¿qué dices, mujer? Alfredo es un gran muchacho...

MARÍA.-  Sí, sí... Pero se la lleva.

TERESA.-  ¡Naturalmente! Siempre es así. También a mí se me llevó mi marido...

MARÍA.-  ¡Digo! Y hay que ver lo que nos hizo después...

TERESA.-  ¿Qué hizo?

MARÍA.-  Morirse.

TERESA.-  Mujer...

MARÍA.-  Si es que los hombres siempre tienen que hacer una de las suyas. Que me lo digan a mí, que por algo me he quedado soltera.

TERESA.-   (Ríe.)  ¡Oh! Calla, calla...  (Y, riendo, marcha hacia la puerta de la derecha. Allí se detiene y mira un instante hacia el interior. Un silencio. Con una gran ternura en la voz.)  María.

MARÍA.-  Mande...

TERESA.-  Mírala. Ya le están poniendo el velo sus amigas...

MARÍA.-   (Se acerca.)  Está preciosa, ¿verdad?

TERESA.-   (Con suave orgullo.)  Yo creo que sí...

 

(Y MARÍA se echa a llorar nuevamente.)

 

MARÍA.-  ¡Ay, pobrecita mía! ¿Qué va a ser de ti?

TERESA.-  Pero, María... ¿Quieres callar? Alfredo y Marita van a ser muy felices, ya verás. Están muy compenetrados, ¿sabes? Él hace siempre lo que ella manda...

MARÍA.-   (Con innegable consuelo.)  Eso es verdad.

 

(TERESA vuelve hacia primer término y se sienta junto a la mesa camilla, muy pensativa.)

 

TERESA.-  ¡María!  (Azaradísima.)  Estoy en un apuro tremendo...

MARÍA.-  ¿La señora?

TERESA.-  ¿No lo adivinas? Marita se va a casar dentro de unos minutos y todavía...

MARÍA.-  ¿Qué?

TERESA.-  Todavía no le he dicho nada...

MARÍA.-   (En la luna.)  ¡Anda! ¿Y qué tiene que decirle la señora?

TERESA.-   (Muy bajito. Muy ruborizada.)  Mujer... Lo natural.

MARÍA.-  ¿Qué?

TERESA.-  Pero, María... Eso. Lo que me dijo a mí mi madre cuando me casé. ¿Comprendes? Unas pocas palabras que son muy difíciles. En fin, lo que debe saber una niña inocente antes de quedarse a solas, por primera vez, con su marido... Todo eso.

MARÍA.-   (Cayendo.)  ¡Acabáramos!

TERESA.-  ¿Te enteras ya?

MARÍA.-  ¡Claro! Pero ¿me quiere decir la señora por qué ha esperado la señora hasta ahora?

TERESA.-   (Muy bajo.)  Porque me da una vergüenza horrible...

MARÍA.-  ¡Oh!

TERESA.-  Me pongo colorada y no sé cómo empezar. Verás. Anoche entré en la alcoba de Marita dispuesta a prepararla como es debido. Ya estaba acostada. Me senté a su lado en la cama. Empecé a hablar de mil cosas diferentes esperando la ocasión... ¿Comprendes? Y de pronto, cuando creí que había llegado el momento y ya iba yo a lanzarme... me di cuenta de que Marita se había dormido.

 

(MARÍA se la queda mirando largamente con muchísimo embeleso.)

 

MARÍA.-  ¡Hay que ver! ¡Pero qué decente es la señora!

 

(TERESA vuelve la cabeza hacia MARÍA y se la queda mirando largamente... Luego, se pone en pie súbitamente con un casi imperceptible desasosiego.)

 

TERESA.-  María...

MARÍA.-  ¡Digo! Si es que no hay otra igual; si es que es la única; si por algo dicen de ella todo lo bueno que dicen...

TERESA.-   (Con cierta prudencia.)  Mira, María. En estas cosas nunca conviene exagerar. Por si acaso...

MARÍA.-  ¿Cómo?

TERESA.-  Quiero decir que a lo mejor un día te cuentan de mí...

MARÍA.-  ¿Quién?

TERESA.-  ¡Oh!

MARÍA.-   (Muy brava.)  ¡Al que sea, lo araño!

TERESA.-   (Azarada.)  Por favor: ¿te quieres callar?  (Un silencio. Mientras, TERESA va hacia el fondo. Desde allí se vuelve y se queda mirando a MARÍA.)  Oye...

MARÍA.-  ¿Qué?

TERESA.-  Se me está ocurriendo una idea. ¿Por qué no hablas tú con Marita?

MARÍA.-   (Sobresaltadísima.)  ¿Yo?

TERESA.-  Sí, sí... Tú.

MARÍA.-  Pero si yo soy soltera...

TERESA.-  ¿Y eso qué importa? A tu edad, ¿qué no sabrás tú?

MARÍA.-  Mire usted, señora. Cuando una mujer es soltera, soltera, como yo, todo lo que sabe lo sabe por referencias... Con seguridad, nada.

TERESA.-  ¡Ah! Eso, sí...

MARÍA.-  No, si yo ya me figuro lo le que pasa a la señora. Como hace veinte años que se ha quedado viuda, y durante ese tiempo la señora ha sido tan decente, tan decente, pues lo poco que sabía se le ha olvidado...

 

(TERESA se pone en pie avergonzadísima.)

 

TERESA.-  ¡Mujer! ¡Qué cosas dices!  (Se va otra vez hacia el fondo. Allí se detiene. Luego se vuelve como tomando una decisión.)  Está bien. Hablaré con mi hija, cueste lo que cueste, antes de que salga para la iglesia. Es mi deber de madre. Y lo cumpliré.

 

(Sale. MARÍA, viéndola ir, suspira profundamente.)

 

MARÍA.-  ¡Ay, Señor, Señor! Es una infeliz.

 

(En el acto, se oye un gran jolgorio en la habitación de la derecha y tumultuosamente, muy excitada, palmoteando de contento, entra un grupo, MERCEDES, AMELIA, CATALINA y TRINI. Son cuatro muchachas de muy parecida edad -de los 18 a los 22-. Muy bonitas, muy graciosas, muy gentiles. Visten las cuatro exactamente igual: vaporosos vestidos azul celeste, rosa o blanco y se tocan con airosos sombreros del mismo color. Son las damas de honor de la novia.)

 

TODAS.-  ¡¡Ya!!

MARÍA.-  ¡Ay!

CATALINA.-  ¡Ya está! ¡Ya está! ¡Ya está!

TODAS.-  ¡Ya está!  (Y, en efecto, en la puerta de la derecha aparece MARITA. Viste su traje de novia. Se toca con su velo de tul y lleva entre las manos un ramo de flores blancas. Muy decidida y con mucho aire, cruza la estancia y va hacia el espejo con un enorme desparpajo, sin hacer caso en absoluto de la admiración que provoca.)  ¡Oh!

AMELIA.-  ¡Preciosa!

TRINI.-  ¡Guapísima!

CATALINA.-  ¡Un cielo!

MERCEDES.-  ¡Un sol!

MARÍA.-   (Con entusiasmo.)  ¡Qué novia!

 

(MARITA rompe a hablar muy nerviosa, a una velocidad increíble.)

 

MARITA.-  Tengo un punto en una media... Lo noto. El vestido me cae de este lado y el velo me tira por aquí. Y tengo la impresión de que se me ve por delante el encaje de las enaguas. Y estoy segura, segurísima de lo que digo... Porque ya sabéis que yo no me equivoco nunca, eso es. Y la cintura podía haber sido un poquito más estrecha, digo yo. Porque así estoy hecha una gorda...

TODAS.-  ¡Oh!

TRINI.-  Pero, Marita, mujer...

MARITA.-   (Chillando.)  ¡Una gorda!

TODAS.-  ¡Oh!

 

(Revuelo. Todas rodean a MARITA, cariñosísimas y muy solícitas.)

 

AMELIA.-  ¡Ay, Marita!

TRINI.-  ¡No sabes lo que dices!

CATALINA.-  Estás maravillosa...

MERCEDES.-  El vestido te cae estupendamente. Y te favorece muchísimo. Para que lo sepas...

MARITA.-  ¡Ah! ¿Sí? ¿Y eso quién lo dice?

MERCEDES.-   (Monísima.)  ¡Yo!

MARITA.-  Ya, ya. Pues cualquiera se fía de ti, que siempre que un vestido me sienta mal te empeñas en que me lo ponga todos los días...

MERCEDES.-   (Un grito.)  ¡Marita!

TODAS.-  ¡Oh! ¡Oh!

MERCEDES.-  ¡Ayyy!  (Nerviosísima.)  ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, lo que ha dicho! ¡Ay, ay, ay!

 

(TRINI, CATALINA y AMELIA rodean a MERCEDES, que se deja caer sollozando y chillando en un sillón junto a la mesa camilla. Un gran alboroto.)

 

TRINI.-  ¡Mercedes!

CATALINA.-  ¡Criatura!

AMELIA.-  ¡Mujer!

TRINI.-  ¡No llores!

MERCEDES.-  ¡Ay, lo que ha dicho! ¡Ay, lo que ha dicho!

LAS TRES.-   (Al tiempo.)  Mercedes, Mercedes, Mercedes...

 

(Al otro lado, a la derecha, MARÍA está junto a MARITA.)

 

MARÍA.-  Pero, Marita: ¿por qué le has dicho eso?

MARITA.-   (Transición. Con mucho apuro.)  ¡Ay, María! Si es que no sé lo que digo; si es que estoy volada; si es que tengo una cosa aquí, una cosa...

 

(Se lleva una mano a la garganta y, llorando con muchísimo desconsuelo, se refugia en los brazos de MARÍA.)

 

TODAS.-  ¡Oh!

MARÍA.-  ¡Hija mía!

 

(Y en el acto, AMELIA, TRINI, CATALINA, e incluso MERCEDES, se incorporan súbitamente y las cuatro, conmovidas y emocionadísimas, corren hasta el otro lado y rodean a MARITA y a MARÍA y prodigan a la novia toda clase de mimos y consuelos, hablando todas a la vez sin que se oiga una sola palabra con claridad. Un verdadero guirigay.)

 

TODAS.-  ¡Oh! ¡Oh!

TRINI.-  Pobrecita, pobrecita...

CATALINA.-  Marita, cariño, sol...

AMELIA.-  Pero, criatura, que te lo estropeas todo...

MERCEDES.-  No llores, que me partes el corazón.

TODAS.-  Marita, Marita, Marita...

 

(Y cuando ya desciende el tumulto, se oye, clarísima, la voz de AMELIA, que dice con muchísima inocencia.)

 

AMELIA.-  ¡Hay que ver! Resulta que en las bodas se emociona hasta la novia. Y yo creía que esto era cuestión de trámite...

 

(En el fondo, alteradísima, como siempre, surge JUANA.)

 

JUANA.-  ¡Señorita!

TODAS.-  ¿Qué?

JUANA.-  ¡El padrino!

TODAS.-  ¡Ay!

JUANA.-  ¡Que ya está esperando el padrino!

TODAS.-  ¡Oh!

JUANA.-  Y está más preocupado el pobre señor. Claro, como es de la parte del novio...  (De nuevo se ha iniciado el revuelo. MARITA ha corrido al espejo y se está dando los últimos toques al velo y al peinado. Las otras cuatro chicas, todas al tiempo, se arreglan presurosas el sombrero, los labios, etc. Todo muy vivo.)  ¿Y no saben ustedes? En la calle se está arremolinando la gente para ver salir a la señorita, y de un momento a otro van a empezar a gritar viva la novia...

TODAS.-  ¡Oh!

MARÍA.-  ¡Ah! Pues, eso, sí que no me lo pierdo...

 

(Salen precipitadamente MARÍA y JUANA por el fondo. Quedan en escena MARITA, MERCEDES, TRINI, AMELIA y CATALINA. MERCEDES y TRINI se pintan los labios juntas en primer término, a la derecha.)

 

MERCEDES.-  Mira... Esto es lo malo que tienen las bodas. Lo ordinarísima que se pone la gente. Como que pensándolo bien, para evitarse los sofocos de este día, dan ganas de no casarse.

TRINI.-  ¡No digas!

 

(Entra TERESA por el fondo.)

 

TERESA.-  ¡Niñas! Ya es la hora.

 

(TODAS se agitan muy excitadas.)

 

TODAS.-  ¡Ay!

MERCEDES.-  Sí, señora.

TRINI.-  Yo ya estoy lista.

CATALINA.-  Vamos, vamos...

AMELIA.-  ¡Ay! Pues ¿no me estoy emocionando yo también? Pero qué cosas...

 

(TRINI, AMELIA, CATALINA y MERCEDES, antes de salir, van de una en una hasta MARITA y la besan.)

 

TRINI.-  ¡Marita!

MARITA.-  ¡Trini!

MERCEDES.-  De verdad, de verdad: que seas muy feliz...

MARITA.-  ¡Gracias!

CATALINA.-  ¡Chiquilla! ¡Qué contenta estoy!

MARITA.-  ¡Calla! Os quiero más...

AMELIA.-  Oye.  (Muy bajito. Muy en secreto.)  A la vuelta de tu viaje de novios tenemos que salir una tarde las dos solitas para que me cuentes... Para que me cuentes eso. ¿Sabes? Es la única manera de enterarse. Porque la gente mete muchos bulos...

 

(Y echa a correr igual que las otras y desaparece como ellas han desaparecido, cada una a su tiempo. Ya han salido las cuatro. Y están solas en escena TERESA y MARITA.)

 

TERESA.-  ¡Espera!

 

(MARITA, que ya iba hacia el fondo, se detiene y se vuelve un poco sorprendida.)

 

MARITA.-  ¡Mamá!

TERESA.-  Verás.  (Con mucho azaramiento.)  Es que todavía faltan diez minutos... La iglesia está ahí, a la vuelta de la esquina. Y en las bodas hace bien que la novia llegue con un poquito de retraso. Un poquito nada más, ¿sabes? Es muy femenino.

MARITA.-  Bueno... Por mí.

 

(Un silencio. MARITA vuelve al espejo y, con despreocupación, se arregla algo en el tocado. Su madre, al otro lado de la escena, consulta su reloj... Mira a su hija con angustia y no sabe cómo empezar.)

 

TERESA.-  Además...  (Tímidamente.)  Tengo necesidad de hablar contigo.

 

(MARITA se vuelve sorprendida.)

 

MARITA.-  ¿Conmigo?

TERESA.-  Pues sí...

MARITA.-  ¿De qué?

TERESA.-   (Indignada.)  ¡Marita! Por Dios... Así no vamos a ninguna parte.

MARITA.-  Pero, mamá...

 

(TERESA se la queda mirando, suspira profundamente y marcha hacia el fondo. Luego, se vuelve muy decidida.)

 

TERESA.-  Mira, hija mía. En un día de mi vida, igual a este día tuyo de hoy, mi madre me dijo...

MARITA.-  ¡Ay! ¿Qué te dijo? ¿Qué te dijo la abuelita?

TERESA.-  ¿No lo adivinas?

MARITA.-  ¡No! Pero tengo una curiosidad...

 

(TERESA la vuelve a mirar y suspira profundamente.)

 

TERESA.-  Escucha, Marita. En estos últimos días, siempre que tú y yo hemos tratado el tema de tu boda, hemos hablado de muchas cosas. De tus vestidos, de los muebles, de la conveniencia de vender o no este piso, de los invitados... Pero en una boda hay algo más. Algo muy fundamental, de lo que también hay que hablar...  (Se calla. Y vuelve la cabeza sofocadísima.)  Nena... ¿Comprendes ya?

MARITA.-  No, no...

TERESA.-  ¡Oh!

MARITA.-  No caigo...

TERESA.-   (Angustiadísima.)  Pero, Marita, por Dios...

MARITA.-   (De pronto, muy satisfecha.)  ¡Ah, vamos!

TERESA.-   (Vivamente.)  ¿Ya?

MARITA.-  ¡Claro! ¿Insistes todavía en que a la vuelta del viaje de Mallorca pasemos una semana en la Costa Brava?

TERESA.-   (En un grito.)  ¡No!

MARITA.-  ¡Ay, mamá!

TERESA.-  ¡No me importa nada Mallorca! ¡No me importa nada la Costa Brava! ¡Todo eso viene después!

MARITA.-  ¿Después?

TERESA.-  ¡Sí!

MARITA.-  ¿Después de qué...?

TERESA.-  ¡Oh!  (Ya está a punto de echarse a llorar.)  Marita, hija mía, por piedad: tienes que ayudarme. Date cuenta de que para una madre esta es una situación muy violenta... ¿Cómo es posible que no comprendas lo que quiero decirte?  (Va hacia ella, la atrae hacia sí, la toma una mano y la sienta en el sofá.)  Ven aquí, hijita. Mírame. ¿Es que en este momento, minutos antes de tu boda, no estás preocupada por algo?

MARITA.-  ¿Yo?

TERESA.-  Sí, sí... Tú.

MARITA.-  Ni pizca...

TERESA.-   (Soltándola.)  ¡Oh!

MARITA.-  El que estará preocupadísimo es Alfredo... Como es natural.

TERESA.-  Marita, eres una inconsciente. ¿Quieres decirme que para una buena muchacha como tú la boda no plantea un problema?

MARITA.-   (Pensativa.)  ¿Un problema?

TERESA.-  ¡Sí! Un problema.  (Baja la cabeza como avergonzada.)  De alguna manera hay que llamarlo...

MARITA.-  Pues te diré, mamá. Yo creo que para una muchacha como yo no hay más que un problema. Casarse. Y el día de la boda, precisamente, se acaba el problema...

TERESA.-  ¡Qué barbaridad!

MARITA.-  Claro que, eso sí, este día se las trae. ¡Qué trajín! Ya estoy rendida y fíjate en lo que me queda todavía. Ahora, a las seis, la ceremonia, a las siete, el cóctel, a las ocho, en el coche, a la carretera, a las nueve en el Parador de Gredos...

TERESA.-   (Muy rápida.)  Ahí, ahí...

MARITA.-  Mañana a Barcelona...

TERESA.-  ¡No! Antes...

MARITA.-  ¿Dónde?

TERESA.-  ¡En Gredos! Vuelve a Gredos... Por favor.

MARITA.-  ¿Que vuelva a Gredos?  (Muy pensativa.)  ¿Y qué puede pasar en Gredos?  (Un silencio. MARITA se queda mirando a su madre que baja la cabeza. De pronto.)  ¡Ah vamos! Conque era eso...

TERESA.-  ¡Sí! ¡Eso!

MARITA.-  Pero, mamá...

TERESA.-  ¡Niña!

MARITA.-   (Sigue riendo.)  Mamá, por Dios... No seas inocente.

 

(TERESA se pone en pie alarmadísima, casi de un salto. MARITA sigue riendo divertidísima.)

 

TERESA.-  ¡Niña! ¿Qué...? ¿Qué quieres decir?

MARITA.-  ¡Ay, mamá! Ni siquiera me pasó por la imaginación que era de eso de lo que querías hablarme.  (Muy alegre.)  ¡Pero si no hacía falta!

TERESA.-  ¡Niña!

MARITA.-  ¡Pobre mamá! De manera que tú querías repetirme a mí el discurso que te hizo la abuelita en un día como el de hoy... A mí.  (Mirando a su madre con la más bondadosa ternura y con evidente piedad.)  ¡Mamá!

TERESA.-   (Humilladísima.)  ¿Qué?

MARITA.-   (Tiernísima.)  Eres una infeliz...

TERESA.-   (Un gemido.)  ¡Oh!

 

(MARITA, con mucha desenvoltura, muy maternal, se acerca a su madre, la besa y le da unos cachetitos muy reconfortantes en la mejilla.)

 

MARITA.-  Hala, hala... No te pongas colorada.

TERESA.-  ¡Ay, Dios mío!

 

(Y con mucha decisión, MARITA va hacia el fondo dispuesta a marchar. Pero, al llegar, se detiene pensativa, gira suavemente y se queda mirando a su madre.)

 

MARITA.-  A propósito, mamá. Yo a ti sí tengo algo que decirte.

TERESA.-  ¿Tú a mí?

MARITA.-  ¡Vaya! Es mi deber y estoy decidida a cumplirlo...  (MARITA avanza. Llega junto a su madre y se queda mirándola con mucho aplomo.)  ¡Mamá!

TERESA.-  Hija...

MARITA.-  ¿Te has dado cuenta de lo que significa este día de hoy para ti? Desde que murió papá han pasado veinte años. Durante todo este tiempo no ha habido en tu vida ni un amor ni siquiera un flirt... Has vivido como una monjita. Claro que hasta ahora te ha ayudado a defenderte mi presencia a tu lado. Porque una hija da mucha respetabilidad. Pero desde hoy irás sola a todas partes, eres joven todavía y estás guapísima...

TERESA.-   (Con timidez.)  Marita...

MARITA.-  ¡Silencio! Los hombres van a caer sobre ti como moscas... Y, la verdad, mamá, tú no estás preparada para eso.

TERESA.-  Pero, Marita...

MARITA.-  ¡Calla!  (Sensatamente.)  Hay que tener mucho cuidado, mamá. Si alguno se insinúa a fondo...

TERESA.-   (Con mucho interés.)  ¿Qué tengo que hacer?

MARITA.-  No decidas nada sin consultarme. Que aquí estoy yo para impedir que abusen de tu inocencia...

 

(Y otra vez, tan dispuesta, marcha hacia el fondo. TERESA, inmóvil, queda en primer término.)

 

TERESA.-   (Muy bajo.)  ¡Hija...!

 

(MARITA se detiene.)

 

MARITA.-  ¿Qué, mamá?

TERESA.-  ¿Por qué estás tan segura de mí? ¿No has pensado nunca que durante tantos años tu madre ha podido tener... alguna aventura? ¿No se te ha ocurrido pensar que puedo haberos engañado a ti y a todos los que me creéis una santa?

 

(LA MUCHACHA, desde el fondo, la mira y sonríe. Luego se echa a reír.)

 

MARITA.-  ¿Tú?

TERESA.-  ¡Sí! Yo. ¿Por qué no? Hubiera sido tan fácil, tan fácil...

MARITA.-   (Ríe más.)  ¿Tú? Pero, mamá, tú una aventura. Tú engañar a nadie. ¡Pobre mamá!  (Transición.)  Anda, vámonos, que me tengo que casar...

 

(Y, rápidamente, desaparece por el fondo. Queda TERESA sola. Baja la cabeza pensativa, suspira profundamente y, al fin, marcha despacio hacia el fondo. Pero antes de llegar suena el timbre del teléfono, qué está sobre la mesita. Teresa retrocede y toma el auricular.)

 

TERESA.-  Diga...  (De pronto, su rostro se transforma, se asusta muchísimo. Mira a un lado y a otro con terror. Y habla con un gran sofoco.)  ¿Cómo? ¿Eres tú, amor mío? Pero ¿cómo te has atrevido a llamar aquí? ¡Qué imprudencia! Pero ¿no te das cuenta, mi vida? Ahora mismo salimos para la iglesia. ¿Te has vuelto loco, cariño? Calla, calla, calla...

 

(Cuelga de golpe el auricular. Se incorpora. Mira en torno, muy alarmada. Y, al fin, rehaciéndose, con mucha naturalidad, marcha hacia el fondo.)

 

 
 
TELÓN
 
 


Cuadro II

 

El mismo decorado. Un par de horas más tarde.

 
 

No hay nadie en escena cuando se levanta el telón. El timbre del teléfono comienza a sonar con insistencia. Una vez, otra vez, varias veces... Por el fondo, entra, precipitadamente, TERESA, que se lanza sobre el aparato con ansiedad. Pero, un segundo antes de alcanzar el auricular, el timbre deja de sonar. No obstante, TERESA toma el auricular.

 

TERESA.-  ¡Diga! ¡Diga! ¡Oh!

 

(Cuelga el auricular muy defraudada y preocupadísima y mira fijamente al teléfono durante un largo rato. Y, al fin, aparece JUANA en el fondo.)

 

JUANA.-  ¡Señora! ¿Llamaban al teléfono?

TERESA.-  No, no... Yo no he oído nada.

JUANA.-  ¡Ah! Me pareció... Con permiso de la señora.

TERESA.-  ¡Oye!

JUANA.-  ¡Señora!

TERESA.-  Mientras hemos estado en la iglesia, ¿ha llamado alguien por teléfono?

JUANA.-  Pues sí, señora... Han llamado tres veces.

TERESA.-   (Con un escalofrío.)  ¿Tres... veces?

JUANA.-  Sí, señora.

TERESA.-   (Vagamente.)  Y... ¿quién era?

JUANA.-  No lo sé.

TERESA.-  ¡Ah!

JUANA.-  Ha sido una cosa rara, ¿sabe? El teléfono sonaba, yo lo cogía, y cuando yo decía: ¡Diga! No contestaba nadie...

TERESA.-  ¡Ah! ¿Sí?

JUANA.-  Sí, sí...

TERESA.-  Bueno... Sería una equivocación.

JUANA.-  No, señora.

TERESA.-   (Muy inquieta.)  ¡Ah! ¿No?

JUANA.-  No.  (Misteriosamente.)  Estoy segurísima de que era un lío...

 

(TERESA se pone en pie con un enorme sobresalto.)

 

TERESA.-  ¿Cómo? ¿Qué dices?

JUANA.-  Que sí, señora. Siempre que suena el teléfono y, una va y no contesta nadie, entonces lo que pasa es que la otra persona esperaba otra voz que no es la de una. Lo que yo digo... Un lío. No falla.

TERESA.-  Pero, mujer, ¿estás loca?  (Con muchísimo temor.)  ¿Quién puede tener un lío en esta casa?

JUANA.-  ¡Huy! En esta casa... Como no fuera la señora.

TERESA.-   (En vilo.)  ¡Juana!

JUANA.-  ¿Y quién va a pensar eso de la señora?

TERESA.-  ¡Claro!  (Muy bajito.)  ¿Quién va a pensar eso de mí?

 

(Mira a la doncella de reojo, azaradísima, y en seguida marcha hacia la puerta de la izquierda. Pero ahora suena, otra vez, el timbre del teléfono. TERESA se para en seco y vuelve rápidamente. Pero JUANA, que está más cerca, se adelanta y toma el auricular... Tranquilísima.)

 

JUANA.-  ¡Diga!  (Espera.)  ¡Diga!

 

(Un silencio. JUANA sigue esperando. TERESA la mira fijamente, con mucho susto. JUANA espera con una calma escalofriante. Al cabo, muy despacito, posa el auricular sobre la horquilla y se queda mirando a TERESA de hito en hito.)

 

TERESA.-   (Casi no se la oye.)  ¿Qué?

JUANA.-  Nada...  (Un silencio.)  Han colgado.

TERESA.-  ¿Como antes?

JUANA.-  Igual...

TERESA.-  ¡Ah!

JUANA.-  Cuando yo digo que aquí hay lío...

TERESA.-  ¡Je!  (Se miran. TERESA, muy sofocada, rehúye la muda interrogación de la doncella y se va hacia la izquierda, quitándose los guantes, el sombrero, etc. Con otra voz. Muy voluble.)  La boda ha resultado preciosa, ¿sabes? La gente muy bien vestida; la iglesia llena de flores y de luces... Un sueño.  (Más confusa todavía.)  El señor obispo no ha dejado de tocar el órgano durante todo el rato y el organista ha pronunciado una plática preciosa...

JUANA.-   (Estupefacta.)  ¿De veras?

TERESA.-  Sí, sí...

 

(Sale TERESA por la izquierda. Se queda JUANA sola, en el centro del escenario. Clava los ojos en la puerta por donde salió TERESA. Luego mira al teléfono... Al fin, como tomando una decisión, sale por el fondo, llamando.)

 

JUANA.-  María... ¡María!

 

(Otra vez queda la escena en soledad durante unos segundos. Dentro, estalla un alegre rumor. Y por el fondo, rodeado de CATALINA, TRINI y AMELIA, aparece ALFREDO. El novio. Un muchacho de veintitantos años que viste chaqué y sombrero de copa. Todavía está en medio de una excitación nerviosa tremenda... Habla muy deprisa. Las tres chicas le rodean divertidísimas.)

 

LAS TRES.-  ¡Bravo! ¡Bravo!

TRINI.-  ¡Viva el novio!

TODAS.-  ¡Viva!

ALFREDO.-  ¡Je! Gracias, chicas. ¡Muchas gracias! Me he portado, ¿eh? Creo que me he portado. Todo el mundo se pone nervioso cuando se casa, eso ya se sabe. Pues yo, nada; tan tranquilo. Sin nervios. Ni una pizca de nervios. Digo, ya se me nota...

TRINI.-  ¡Huy!

CATALINA.-  ¡Claro!

AMELIA.-  ¡Naturalmente!

TRINI.-  Pero si no hay más que verte...

ALFREDO.-  Eso, eso; eso mismo. Únicamente, cuando el señor obispo ha dicho: Esclava te doy y no compañera...

 

(Las tres muchachas, al tiempo, niegan con un chillido.)

 

TODAS.-  ¡No!

ALFREDO.-   (Muy asustado.)  ¡Ay! ¿Qué?

AMELIA.-  Al revés...

TRINI.-  ¡Claro!

CATALINA.-  Compañera te doy y no esclava...

ALFREDO.-   (Desconfiado.)  ¿De veras?

TODAS.-  ¡Sí!

ALFREDO.-  ¡Caramba! Pues a mí me habían dicho... Pero en fin, el caso es que, en ese momento, sí, me he sentido un poco trastornado, y me ha entrado una cosa rara por aquí dentro y no podía estarme quieto. Y voy y, sin querer, le doy un pisotón a Marita y, ¡zas!, se le rompe el vestido. Después, se ha enganchado el velo en el botón de esta manga, no sé porqué, y, al tirar, pues eso, lo que pasa, se le ha rasgado el velo por aquí y por aquí. Y como Marita tiene un genio que ya, ya, pues se ha puesto furiosa, como si yo tuviera la culpa, y en voz baja ha empezado a decir que si esto, que si aquello. Como que al señor obispo le ha sentado muy mal y le ha tenido que decir que se callara, eso es. Pero, nada, nada. ¿Yo nervioso? Ni hablar. ¡Huy! Pues tendría que ver. ¡Ah! Y conste que si he tropezado al pasar a la sacristía es porque en la puerta hay un escalón muy traicionero y en la oscuridad, claro, ¡zas! Catapún.  (Ríen las chicas.)  Pero yo, tranquilo, muy tranquilo. De nervios, nada; absolutamente nada. Yo, nervioso. ¡Huy! Ja, ja.

 

(Y nerviosísimo, agotado, se derrumba en un sillón y se da aire furiosamente con la chistera. Las tres muchachas, encantadas y divertidísimas, rompen a aplaudir.)

 

TODAS.-  ¡Bravo!

CATALINA.-  ¡Viva el novio!

TODAS.-  ¡Viva!

 

(Por el fondo irrumpe MARITA, seguida de MERCEDES. MARITA viene furiosísima, a punto de estallar. Tira su ramo de flores en cualquier parte y maneja el velo con aire fantástico....)

 

MARITA.-  ¡En ridículo! ¡Me ha dejado en ridículo!

ALFREDO.-   (Aterrado.)  ¡Marita!

MARITA.-  ¡Calla!

ALFREDO.-   (Un gemido.)  ¡Oh!

 

(CATALINA, MERCEDES, TRINI y AMELIA van hacia MARITA y la rodean.)

 

TRINI.-  ¡Marita!

AMELIA.-  Mujer...

MARITA.-   (Chillando.)  ¡Dejadme!

TODAS.-  ¡Oh!

MARITA.-  Jamás, jamás se ha visto un novio con más miedo y más nervios y más... más... Ha sido una vergüenza. No se ha estado quieto ni un minuto. Me ha pisoteado. Me ha roto el vestido. Me ha rasgado el velo. Me ha desprendido el azahar. ¡Me ha dejado hecha una birria!

TODAS.-  ¡No!

MARITA.-  ¡Sí!  (Gritando.)  ¡Una birria!

TRINI.-  ¡Ay, Marita!

AMELIA.-  Pero, Marita, mujer...

MARITA.-  Hasta el señor obispo tuvo que decirle que se calmase. Y se lo dijo con una ironía... Porque el señor obispo se las trae. Que conste. ¡Oh! Yo creí que me moría de vergüenza. Después, al entrar en la sacristía, pegó un tropezón y se cayó de rodillas. Y yo, ¡yo misma! tuve que ayudarle para que se levantara. ¡Qué bochorno!

TODAS.-  ¡Oh!

MARITA.-   (Casi llorando.)  Pues, ¿y luego, en el cóctel? ¿De qué diréis que ha estado hablando con los invitados durante todo el rato? Pues ha estado hablando de los americanos, que es de lo que se habla siempre cuando no se tiene de qué hablar...

TODAS.-  ¡Oh!

CATALINA.-   (Severísima.)  Pero, hombre, Alfredo...

AMELIA.-  ¿A quién se le ocurre?

 

(MARITA, acompañada de TRINI y CATALINA, ya está en la puerta de la derecha. Allí se yergue soberanamente y se encara con ALFREDO, toda dignidad.)

 

MARITA.-  ¡Alfredo! Nunca, nunca olvidaré que el día de nuestra boda estabas preocupado por los Estados Unidos...

ALFREDO.-  ¡Oh!

CATALINA.-  ¡Marita!

TRINI.-  ¡Marita! ¡Espera!

 

(MARITA ha salido. Salen tras ella TRINI y CATALINA. Quedan en escena ALFREDO, MERCEDES y AMELIA.)

 

ALFREDO.-   (Indignadísimo.)  ¡Basta! Me voy. Me voy a cambiar de ropa... Porque si sigo aquí... Si sigo aquí un momento más acabaré poniéndome nervioso.

 

(Va hacia el fondo. Pero antes de llegar pega en la alfombra un tropezón morrocotudo y está a punto de caer. Las chicas gritan.)

 

ELLAS.-  ¡Ay!

ALFREDO.-  Y no quiero, ea. ¡No quiero!

 

(Se va por el fondo muy a prisa. MERCEDES y AMELIA, solas, se vuelven la una hacia la otra y se miran como en éxtasis.)

 

AMELIA.-  ¡Ay, Mercedes!

MERCEDES.-  ¡Ay, Amelia!

AMELIA.-  ¡Qué felices van a ser!

MERCEDES.-  ¡Huy! ¡Que si van a ser felices!

 

(Y, juntas las dos, marchan hacia la puerta de la derecha. Pero antes de que salgan suena el timbre del teléfono. MERCEDES y AMELIA se detienen. Automáticamente surge TERESA en la puerta de la izquierda, apresuradísima....)

 

TERESA.-  ¡Voy!

MERCEDES.-  Deje... No se moleste.  (Y como está más cerca, toma el auricular.)  ¡Diga!

TERESA.-  ¡Oh!

MERCEDES.-  ¡Diga!

 

(MERCEDES espera. TERESA, con la ansiedad pintada en el rostro, avanza un pasito... Muy bajo.)

 

TERESA.-  ¿Quién?

MERCEDES.-  ¡Chiss! Diga...  (Escucha un ratito. Luego, con un guiño, se vuelve hacia TERESA y AMELIA.)  No contesta nadie.

AMELIA.-  ¿Nadie?

MERCEDES.-  Nadie.

AMELIA.-  ¡Qué raro!

TERESA.-  Bueno... Será una confusión.

MERCEDES.-  Eso. Una confusión.  (Se va a AMELIA, la toma del brazo y volviendo a su tono anterior, marchan juntas hacia la derecha.)  ¡Ay, Amelia!

AMELIA.-  ¡Ay, Mercedes, Mercedes!

 

(Salen las dos por la derecha. Una vez sola, TERESA va al fondo, mira hacia dentro, se convence de que no hay nadie y, rápidamente, regresa, se sienta en el sofá, toma el auricular y se dispone a marcar un número... Y en ese instante, con gran sigilo, asoma en el fondo FERNANDO. Es un hombre que va por los cuarenta años, bien plantado, optimista, jovial. Se detiene un instante en la entrada y llama.)

 

FERNANDO.-  ¡Chiss! ¡Teresa!

 

(TERESA, lívida, se pone en pie de un salto. Cuelga el teléfono. Un grito sofocado.)

 

TERESA.-  ¡Ay! ¡Fernando!

FERNANDO.-   (Encantado.)  ¡Teresa!

TERESA.-  ¡Tú, aquí!

FERNANDO.-  ¡Sí!

TERESA.-  Pero ¿cómo has entrado? ¿Cómo has llegado hasta aquí?

FERNANDO.-  Muy sencillo. Llamé. Tus criadas me abrieron la puerta. Yo dije: vengo en busca de la señora... Y aquí estoy.

TERESA.-  ¡Dios mío! ¡Tú, en mi casa...!

FERNANDO.-  ¡Sí!

TERESA.-   (Miedosísima.)  ¡Vete! ¡Vete ahora mismo!

FERNANDO.-  ¡Quia! ¡Eso, jamás...!

 

(TERESA cruza presurosa la escena y cierra la puerta del cuatro de MARITA.)

 

TERESA.-   (Suplicante.)  Pero ¿te has vuelto loco? Todavía no se han marchado Marita y Alfredo. Están ahí las amigas de mi hija... ¡Fernando! ¿Qué pretendes poniéndome en esta situación?

FERNANDO.-   (Sonríe.)  ¿Y me lo preguntas tú?

TERESA.-  ¿Qué buscas aquí, Fernando?

FERNANDO.-  Lo mío...

TERESA.-  ¡Oh!

FERNANDO.-  Lo mío... Tu cariño.

TERESA.-   (Apuradísima.)  ¡Oh, loco, más que loco!

FERNANDO.-  Mi Teresa...

TERESA.-  Fernando, Fernando...

 

(FERNANDO, con dulce violencia, la atrae hacia sí y la besa. Y en este justísimo instante aparecen en el fondo MARÍA y JUANA, que se quedan boquiabiertas ante lo que ven.)

 

MARÍA.-  ¡Señora!

 

(TERESA y FERNANDO se separan rápidamente. Ella da un grito.)

 

TERESA.-  ¡Ayyy! ¿Qué...? ¿Qué quieres?

MARÍA.-  Digo que si la señora nos necesita ya sabe dónde nos tiene...

TERESA.-  ¡Sí!  (MARÍA y JUANA, impresionadísimas, se van. FERNANDO sonríe tan tranquilo. TERESA, muy excitada, comienza a pasear de un lado para otro.)  ¡Oh! Nos han visto, nos han visto...

FERNANDO.-  ¡Sí!

TERESA.-  Es horrible, Fernando. Aquí, en mi propia casa...

FERNANDO.-  Me alegro. Ya estoy harto. De un momento a otro voy a descubrir toda la verdad a gritos...

TERESA.-  No, por Dios. A gritos, no.

FERNANDO.-  ¡Sí! Desde esta terraza, para que se entere todo el mundo. Ya tengo pensado mi discurso. Escucha. ¡Pueblo de Madrid! He aquí al hombre más feliz del mundo. Soy yo, Fernando Monreal, de cuarenta y tres años de edad, arquitecto...

TERESA.-  ¡No, Fernando, no!

FERNANDO.-  Mujer...  (Muy serio.)  ¿Por qué voy a ocultar que soy arquitecto?

 

(Ella se deja caer en un sillón, junto a la mesa camilla. Con la voz ahogada.)

 

TERESA.-  Fernando, Fernando... ¿Por qué has venido?

FERNANDO.-   (Muy decidido.)  Porque no puedo más. ¿Me oyes? Hasta hoy, he respetado tus condiciones. ¡Silencio! Absoluto silencio. ¡Que nadie conozca nuestro secreto! Pero ya se acabó...

TERESA.-   (Asustadísima.)  ¡Calla!

 

(FERNANDO se acerca y habla más bajo. Con mucha ternura.)

 

FERNANDO.-  ¿Recuerdas nuestro pacto? Callaremos -me dijiste muchas veces- hasta que se case mi hija. Ese día se lo diremos a ella... y a todos. Pues bien: hace dos horas que tu hija se ha casado en la iglesia de la Concepción. Yo he presenciado la ceremonia desde un rinconcito de la iglesia, sin ser visto, ocultándome a las miradas de la gente, con los ojos puestos en aquella chiquilla cuya felicidad era la mía porque me daba la libertad para quererte. Y ya no puedo esperar más. ¿Me oyes? ¡No quiero! Hoy se acabó el misterio. Se acabaron las citas en los cafés solitarios. Se acabaron las entrevistas clandestinas...

 

(TERESA, ruborizadísima, se pone en pie, y, sin poderlo remediar, mira alrededor de sí misma.)

 

TERESA.-  ¡Calla!

FERNANDO.-  ¡Oh!

TERESA.-  ¡Fernando! Te lo suplico... No hables así en esta casa.

 

(FERNANDO la mira. Sonríe. Calla. Mira en torno.)

 

FERNANDO.-  ¡Oh! Perdóname. Olvidaba que aquí eres todavía la otra. La viuda respetable que ha renunciado al amor...

 

(Dentro se oye la voz de MARITA que llama.)

 

MARITA.-   (Dentro.)  ¡Mamá!

 

(TERESA se queda inmóvil.)

 

TERESA.-  ¡Dios mío! Mi hija... Escóndete, Fernando. ¡Aprisa! Entra en esa habitación... Es mi alcoba.

FERNANDO.-  Teresa...

TERESA.-  Escóndete... Por piedad.

FERNANDO.-  Está bien.  (La mira. Después marcha hacia la izquierda. Ya en la puerta.)  Pero nunca más me volveré a esconder. No lo olvides.

 

(Sale. Queda TERESA sola.)

 

TERESA.-  ¡Oh!

 

(Y al punto de la puerta de la derecha brotan alegres y jubilosas CATALINA, TRINI, AMELIA y MERCEDES, que cruzan la escena corriendo en dirección hacia el fondo.)

 

TRINI.-  ¡Ya! ¡Ya! ¡Ya!

CATALINA.-  ¡Ya está lista!

MERCEDES.-  ¡Vamos a despedirlos en el portal!

AMELIA.-  ¡Vamos, vamos!

MERCEDES.-  ¡Adiós, Teresa!

TODAS.-  ¡Adiós! ¡Adiós!

 

(Salen las cuatro alborozadamente, y al mismo tiempo aparece MARITA, en la puerta de la derecha. Ya viste un traje de viaje. Se detiene un instante en el umbral, mirando a su madre. Luego, avanzan la una hacia la otra y se abrazan en el centro.)

 

MARITA.-  ¡Mamá! ¡Mamaíta!

TERESA.-  Nena...

MARITA.-  Adiós, mamá.  (Un suave silencio.)  Mamá, yo te prometo que siempre estarás orgullosa de mí. Mi sueño es ser en todo en todo, una mujer como tú...

TERESA.-   (Inquietísima.)  ¡No! Eso, no.

MARITA.-  ¿Cómo?

TERESA.-  Bueno, quiero decir...

 

(Y en el fondo, seguido de MARÍA, que se queda allí, aparece ALFREDO. También viste para el viaje. Lleva un pequeño neceser y una gabardina al brazo. También lleva un pequeño libro.)

 

ALFREDO.-  ¡Ea! Ya estoy listo. En un periquete. Oye, Marita. He pensado que lo mejor será que lleves tú el coche. Porque aunque yo no estoy nada nervioso. Pero nada...

MARITA.-   (Ceñuda.)  ¡Cállate!

ALFREDO.-   (Cohibido.)  ¡Je! Bueno.

MARITA.-  ¿Qué llevas ahí? ¿Qué libro es ese?

ALFREDO.-  Una novela policíaca. Por si me desvelo esta noche...

MARITA.-   (Un grito.)  ¿Qué?

ALFREDO.-  ¡Marita!

MARITA.-  Pero, ¿es que esta noche te vas a poner a leer una novela policíaca?

ALFREDO.-   (Con toda lógica.)  ¡Mujer! Si me desvelo...

MARITA.-  ¡Ayyyy! ¡Ay, mamá! Pero ¿tú has oído? Pero ¿con quién me he casado yo?

ALFREDO.-  Marita, ¡escucha! Yo te explicaré...

MARITA.-  ¡Cállate! ¡No me digas nada!

ALFREDO.-  Oye, Marita...

MARITA.-  ¡Cállate! ¡Y no me mires! Te digo que no me mires...

 

(Sale MARITA disparada por el fondo, seguida de ALFREDO. Quedan en escena TERESA y MARÍA. Esta, que está todavía bajo el dintel de la puerta del fondo, se asoma y mira a derecha e izquierda como buscando algo. Muy bajito.)

 

MARÍA.-  ¿Dónde está?

TERESA.-  En mi alcoba...

MARÍA.-  ¿Ya?

TERESA.-   (Angustiadísima.)  María.

 

(MARÍA, inflexible, la mira de arriba a abajo, y, con muchísima dignidad sale por el fondo. TERESA, sola, abrumada, toda en apuros, se abandona en un sillón junto a la mesa camilla. Y, de codos sobre la mesa, esconde la cara entre las manos. Un silencio. Muy despacito, surge FERNANDO por donde se fue... Sin ruido alguno, llega junto a ella. Sonríe.)

 

FERNANDO.-  Eres maravillosa. Teresa. ¿Cómo has podido sostener esta doble vida? ¿Cómo has podido ser dos mujeres en una durante tanto tiempo?

 

(Un rapidísimo silencio. TERESA alza la cabeza y se vuelve hacia FERNANDO. Parece otra. Todo sonríe en su rostro... Los ojos, la boca.)

 

TERESA.-  ¡No lo sé! Ahora, casi, casi me parece un imposible... ¿Cómo ha podido ser?  (Se calla. Vuelve a sí misma. Y sonríe complacida.)  Todos los días, al volver de mi otra vida, al salir de tus brazos, mientras abría la puerta de esta casa, sin saber cómo, yo volvía a ser la de siempre. La madre de Marita. Abajo, en la calle quedaba la otra...  (Sonríe.)  ¡La otra! Tan distinta. Tan alegre. Tan coqueta. Tan despreocupada. ¿Cómo es posible que las dos fueran una misma? Mi hija, sin saberlo, tuvo la culpa de que en su madre naciera otra mujer. Yo llevaba muchos años, tantos años, entregada al único cariño de Marita. Ya casi había olvidado que entre los hombres y las mujeres existe el amor. De pronto, un día, cuando Marita tenía quince años me di cuenta de que mi hija tenía su primer novio. Nunca me lo confesó... Pero no hizo falta. Si tú supieras cómo se transformó aquella chiquilla. A todas horas le brillaban los ojos, tenía la frente ardiendo, hablaba, reía, gritaba, qué sé yo... A mí misma, me quería más que nunca. Una noche, por causalidad la oí hablar por teléfono con él. Y no la reconocí. No era mi niña. Era una mujer que yo no conocía... ¡Qué palabras! Cuánta ternura, cuánta pasión, cuánta entrega, cuánta felicidad... Aquello, Fernando, aquello que hacía tan feliz a mi hija era el amor. ¡El amor! El único milagro que ocurre todos los días. Y el deseo y la ilusión de ser yo también feliz, como lo era mi hija, se me metieron en el alma y en el corazón y ya no fui dueña de mí. ¿Por qué no podía yo ser tan dichosa como lo era mi pequeña, como lo eran tantas y tantas mujeres? ¿Por qué seguir renunciando al amor si todavía me quedaba juventud? Y, desde entonces, poco a poco, sin saber cómo, como si algo me empujara, empecé a ser otra mujer. Con mil disimulos, con mil mentiras pequeñas, para que nadie sospechara nada. Todos los días salía a la calle con el alma llena de ilusiones y de esperanzas que solo conocía yo. Preparada para esperar el milagro de un poquito de amor. Soñaba, soñaba y soñaba... Me gustaba pasear sola por las calles al anochecer. Me pasaba las mañanitas en el Retiro, soñando entre los árboles...

FERNANDO.-   (Sonriendo.)  Justo. Allí nos conocimos una mañana...

 

(TERESA alza la cabeza y le mira. Con otro tono.)

 

TERESA.-  No, hombre. Tú y yo nos conocimos en la Estación del Norte...

FERNANDO.-  No.

TERESA.-  ¡Ah! ¿No?

FERNANDO.-  No, no...

TERESA.-  ¿Estás seguro?

FERNANDO.-  ¡Segurísimo!

TERESA.-   (Muy natural.)  Entonces, no digas más. Te confundo...

FERNANDO.-   (Picadísimo.)  ¿Cómo que me confundes? ¿Con quién?

TERESA.-   (Dignísima.)  ¡Fernando! Por favor... No seas suspicaz.  (Y, con mucha tranquilidad, vuelve a su anterior actitud. Vuelve a sonreír. Está encantada.)  Después de todo, yo no he hecho más que vivir ese sueño imposible que viven muchas mujeres. Ser una, sin dejar de ser la otra. Porque la verdad es que yo en ningún momento me he sentido hipócrita. ¡Quia! Eso sí que no. Ya me conoces. Tan sincera era cuando era yo, yo, la mujer que todo lo sacrifica por una hija, por un hogar, por un nombre; que vive rodeada del respeto y de la admiración de los demás; como cuando era, al mismo tiempo, una hora cada día, a veces solo un minuto, el tiempo que dure el beso más largo, la otra...  (Se le ilumina el rostro con una dulce sonrisa. Es muy dichosa evocando.)  ¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas de aquel salón de té que se llamaba «Mississipi» donde nos citábamos al principio de nuestras relaciones? Nos sentábamos al fondo, en el rinconcito tapizado de azul... Siempre que nos dábamos un beso nos sorprendía el camarero y tú te ponías más colorado. Como los hombres sois tan vergonzosos... Y enseguida, me preguntabas: ¿nos ha visto? Yo, para tranquilizarte, te decía que no. Pero la verdad es que el camarero nos veía siempre...

 

(Se ríe con la mejor gana. Mientras, FERNANDO, que la estaba mirando fijamente, se ha quedado terriblemente serio.)

 

FERNANDO.-   (Casi ronco.)  Teresa.

TERESA.-  ¡Ay! ¿Por qué me miras así?

FERNANDO.-  ¡Teresa! Yo no he estado nunca contigo en un salón de té: entre otras razones, porque odio los salones de té. Y, desde luego, estoy seguro, segurísimo, de que jamás, jamás, te he besado en público...

TERESA.-   (Muy sorprendida.)  ¡Ah! ¿No?

FERNANDO.-  ¡No!

TERESA.-   (Muy interesada.)  Entonces, ¿no eras tú?

FERNANDO.-  ¡¡No!!

TERESA.-  ¡Jesús! ¡Qué cabeza tengo! ¡Lo confundo todo...!

FERNANDO.-  ¡¡Teresa!!

TERESA.-   (Asustada.)  ¡Ay! ¿Qué?

FERNANDO.-   (Terrible.)  Mírame.

TERESA.-  Pero, Fernando...

FERNANDO.-  ¡Mírame! ¿Es que no he sido el único?

TERESA.-   (Muy disgustada.)  ¡Fernando! Debería darte vergüenza ser tan egoísta...

FERNANDO.-  ¡¡Teresa!!  (Suena en este momento el timbre del teléfono. Los dos se quedan inmóviles y, maquinalmente, vuelven la cabeza hacia el aparato. TERESA avanza. Pero FERNANDO, que está más próximo, toma nerviosamente el auricular.)  ¡Maldita sea! ¡Diga!

 

(Y espera.)

 

TERESA.-  ¡Oh!

FERNANDO.-  ¡Diga!  (Deja de golpe el auricular sobre la horquilla.)  ¡Qué raro! No contesta nadie. Y, sin embargo, juraría que al otro extremo del hilo había alguien. He oído como una respiración...  (Volviéndose hacia TERESA y mirándola con obstinada fijeza.)  ¡Teresa! ¿Qué quiere decir esto? ¿Quién te llamaba por teléfono?

 

(TERESA, vivamente interesada, da un paso hacia él.)

 

TERESA.-  Oye. Pero, ahora que caigo, ¿no eras tú el que ha estado llamando durante toda la tarde de ese modo tan misterioso?

FERNANDO.-  ¡¡No!!

TERESA.-  ¡Oh!

FERNANDO.-  Yo solo llamé una vez y hablé contigo. Cuando salíais para la iglesia...

TERESA.-  ¡Ay, Dios mío!  (Muy asustada.)  Entonces no digas más...

FERNANDO.-  ¿Qué?

TERESA.-  Era Nicolás...

 

(FERNANDO casi pega un salto. Gritando.)

 

FERNANDO.-  ¡¡Teresa!!

TERESA.-  ¡Ay!

FERNANDO.-  ¿Quién es Nicolás?

TERESA.-  Fernando...

FERNANDO.-  ¡¡Dilo!!

TERESA.-   (Indignada.)  Pero, Fernando, querido, ¿cómo voy a explicarte, ahora, en un momento, quién es Nicolás? Vamos, hombre.

FERNANDO.-  ¡¡Teresa!!

 

(Y va hacia ella. En el fondo, aparece MARÍA evidentemente impresionada.)

 

MARÍA.-  ¡Señora!

TERESA.-  ¿Qué?

MARÍA.-  Ahí hay otro...

FERNANDO.-  ¿Otro?

MARÍA.-  ¡Otro!

TERESA.-  ¡Oh!

MARÍA.-  Con permiso de la señora, yo creo que lo mejor será dejar la puerta abierta...

 

(Desaparece. FERNANDO avanza otra vez hacia TERESA.)

 

FERNANDO.-  Teresa, Teresa... ¿Quién es el otro?

 

(Dentro se oye una voz masculina, alegre y jubilosa, que avanza.)

 

UNA VOZ.-   (Dentro.)  ¿Dónde está? ¿Dónde está mi reina?

 

(TERESA se incorpora como movida por un resorte.)

 

TERESA.-  ¡Ay!

FERNANDO.-  ¿Qué?

TERESA.-  ¡¡Nicolás!!

FERNANDO.-  ¡Caramba! ¡Qué casualidad!

 

(Y mentalmente se prepara para algo terrible. En el fondo, aparece NICOLÁS. Este NICOLÁS es simpático, desenvuelto. Tiene un acento argentino. Se planta vivamente alborozado, emocionadísimo, ante TERESA.)

 

NICOLÁS.-  ¡Oh, Teresa!

TERESA.-   (Casi emocionada.)  Nicolás...

NICOLÁS.-   (Fascinadísimo.)  La viejita...

TERESA.-   (Transición.)  ¡No! Eso no. Te he dicho muchas veces que no me llames viejita...

NICOLÁS.-  Ya somos libres. Ya podemos querernos. Ya casó la niña y yo que lo vi. Me pasé la tarde escondidito detrás de la vidriera del café de enfrente de la iglesia con mi pobre corazón brincándome en el pecho como un pajarito. Y, al fin, salió la comitiva. Y apareció la pebeta vestida de blanco del brazo del muchacho. ¡Che, qué linda estaba! Y a mí me pareció que en el aire había música de ángeles y que las campanitas repicaban a gloria. Porque tú ya eras libre y ya podíamos querernos. ¡Mi reina! Cuando lo sepan en Buenos Aires...  (Está encandiladísimo. Da un paso hacia ella.)  Pero ¿es que no dices nada? ¿Es que no vas a darme un beso? ¿Eh? ¿Es que no vas a darme un beso?

 

(Y avanza, decidido por completo. Pero se detiene al oír la ronca voz de FERNANDO.)

 

FERNANDO.-  ¡Quieto!

TERESA.-  Fernando... Por Dios.

NICOLÁS.-  ¡Oiga!

FERNANDO.-  Si da usted un paso más...

NICOLÁS.-  Pero ¿qué dice, viejo?

FERNANDO.-   (Molestísimo.)  ¡De viejo, ni hablar!

 

(NICOLÁS, muy sorprendido, se vuelve hacia TERESA.)

 

NICOLÁS.-  Oye, ¿quién es este? ¿Por qué está aquí? ¿Es de la familia? ¿Es algún primo?

FERNANDO.-   (Furiosísimo.)  ¡Soy su padre!

NICOLÁS.-   (Atónito.)  ¿Su padre?

FERNANDO.-  Sí.

NICOLÁS.-   (Amoscado.)  ¡No me diga, viejo!

FERNANDO.-  ¡No!  (Hecho una furia.)  ¡Viejo, no! He dicho que viejo, no...

 

(TERESA, que está muy asustada, se interpone entre los dos hombres.)

 

TERESA.-  Un momento, Fernando. Es necesaria una explicación. Yo lo diré todo...

FERNANDO.-  ¡No! No hace falta. Está muy claro.  (Se vuelve hacia NICOLÁS y le mira fijamente.)  De manera que el que se ha pasado la tarde llamando por teléfono era este... criollo.

NICOLÁS.-  ¡Alto! ¿Qué dice el viejo?

FERNANDO.-  ¡Maldita sea! Si me vuelve a llamar viejo no respondo...

NICOLÁS.-  Yo no llamé por teléfono...

FERNANDO.-  ¡Ah! ¿No?

NICOLÁS.-  Pues claro que no...  (Mirando a TERESA con mucho arrobo.)  ¿Y para qué había de llamar, si sabía que ella me esperaba?

TERESA.-  Nicolás... Modérate, que no estamos solos.

 

(Un silencio. FERNANDO, que está como obsesionado por algo que se le acaba de ocurrir, se vuelve hacia TERESA con los ojos abiertos de par en par. Y con una calma escalofriante.)

 

FERNANDO.-  ¡Hola! Entonces, ¿es que todavía hay otro?

NICOLÁS.-  ¿Cómo otro?

FERNANDO.-   (Irritadísimo.)  ¡Cállese usted!

NICOLÁS.-  ¡Che!

FERNANDO.-  Habla, Teresa. ¿Quién es el que llamaba por teléfono? ¿Quién es el otro?

TERESA.-   (Francamente preocupada.)  Pues espérate que haga memoria. Porque como tengo esta cabeza, así, de momento, no caigo...

FERNANDO.-   (Con espanto.)  Pero, Teresa... ¿Qué dices?

TERESA.-   (De pronto. Muy segura.)  Ya está. Tiene que ser Federico...

FERNANDO.-  ¿Federico?

NICOLÁS.-  ¡Demonio! ¿Y quién es Federico?

 

(Dentro se oye una voz juvenil que avanza impetuosa pasillo adelante.)

 

Una Voz.- (Dentro.)  ¡Teresa! ¡Teresa! ¿Dónde estás?

 

(FERNANDO y NICOLÁS se estremecen visiblemente. Teresa, en cambio, se pone muy contenta y avanza hacia el fondo presurosa con las manos extendidas.)

 

FERNANDO.-  ¿Qué?

NICOLÁS.-   (Al tiempo.)  ¿Qué?

TERESA.-  ¡Ay! Ahí está. ¿No lo dije? Es él, es él. ¡Federico! Si no me podía fallar. ¡Federico!

 

(Por el fondo, irrumpe FEDERICO. Un muchacho muy joven con deportivo aspecto de estudiante. Entra casi de un salto. Gozosísimo.)

 

FEDERICO.-  ¡Hip! ¡Hip! ¡Hurra!

TERESA.-  ¡Chiquillo!

FEDERICO.-  ¡Mi Teresa! Este es nuestro día. Al fin se ha casado Marita, y ya pueden saber todos que nos queremos. Aquí me tienes. He contado las horas y los días y los minutos. Ya eres mía. ¡Oh, Teresa, Teresa!

TERESA.-   (Enternecida, halagadísima.)  ¡Qué chiquillo! Pero qué chiquillo eres...

FEDERICO.-  ¡Hip! ¡Hip! ¡Hurra!

 

(Ríe TERESA encantada. Y avanzan el uno hacia el otro con las manos extendidas. Pero se inmovilizan al oír la voz airada de NICOLÁS.)

 

NICOLÁS.-  ¡No la toque!

FEDERICO.-  ¿Cómo?

NICOLÁS.-  Le juro, compadre, que si la toca...

TODOS.-  ¡Oh!

TERESA.-   (En medio, como una mártir.)  Nicolás. Nicolás... Pero ¿es que os habéis propuesto entre todos darme la tarde? ¡Oh! No os lo perdonaré nunca, nunca.

 

(FERNANDO, que antes se acercó a NICOLÁS para contenerle, ahora le sacude afectuosamente unas cariñosas palmaditas en la espalda.)

 

FERNANDO.-  Ea, ea. No se excite. Ya se irá usted acostumbrando. Yo, como he llegado el primero...

 

(FEDERICO, que está muy sorprendido, se dirige a TERESA.)

 

FEDERICO.-  ¡Teresa! ¿Es que pasa algo de particular?

TERESA.-  Hombre... Te diré.

FERNANDO.-  Nada, nada. ¿Qué va a pasar? Que estamos muy contentos de tener entre nosotros un representante de la nueva generación. ¡Je! Vaya, vaya con Federico. Conque era usted el que esta tarde llamaba por teléfono una y otra vez... ¿Eh?

FEDERICO.-  No, señor.

FERNANDO.-   (Un escalofrío.)  ¿Cómo?

FEDERICO.-  Yo no he llamado por teléfono...

FERNANDO.-  ¡Ah! Entonces, eso quiere decir que aún queda otro...

FEDERICO.-  ¿Otro?

NICOLÁS.-  ¡Cuatro!

FEDERICO.-  Pero, Teresa...

FERNANDO.-   (Furiosísimo.)  ¡Habla, Teresa! ¿Quién es el cuarto?

 

(Los tres hombres se vuelven hacia TERESA y la miran de un modo entre amenazador y expectante.)

 

TERESA.-  Pues, mirad, no lo sé, la verdad. Estoy desorientada. Ahora ya puede ser cualquiera...

LOS TRES.-  ¡Teresa!

 

(Y en ese instante surge en el fondo DON JOSÉ. Un viejecito. Un viejecito menudo, pulcro y elegante que usa bastón. Viene muy contento y desde la entrada llama muy dichoso.)

 

DON JOSÉ.-  ¡Teresa! ¡Teresita! ¡Je!

 

(TODOS se vuelven rápidamente hacia él. FERNANDO, NICOLÁS y FEDERICO se quedan estupefactos.)

 

TODOS.-  ¡Oh!

TERESA.-   (Muy conmovida.)  ¡Dios mío! ¡José!

DON JOSÉ.-  ¡Teresa! ¡Mi querida Teresa! Ya se ha casado la niña y aquí estoy yo... Yo cumplo siempre mi palabra.

 

(A la izquierda, juntos, en grupo, están FERNANDO, NICOLÁS y FEDERICO, que no pueden apartar los ojos del recién llegado. TERESA avanza hacia DON JOSÉ toda ternura.)

 

TERESA.-  ¡José! ¿Y esa bronquitis?

DON JOSÉ.-  ¡Huy! Tan campante...

TERESA.-  ¿Y el reuma?

DON JOSÉ.-  ¡Anda! En verano, ni lo noto. ¡Je! Estoy hecho un roble, lo que se dice un roble.  (Muy pícaro.)  ¡Teresa! ¡Teresita! Esta tarde he llamado varias veces por teléfono. Pero como nunca oía esa preciosa voz y a mí me gusta ser discreto... ¿eh?


 
 
TELÓN
 
 

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