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La ventana del diablo

Traducción (sic) popular

Pelegrín García Cadena

Pilar Vega Rodríguez (ed. lit.)

INTRODUCCIÓN

   De Valencia en una calle,

Que se titula en el día

Calle del Horno del Vidrio,

Existe una casa antigua,

   Cuyas vetustas paredes

Hoy renovadas se miran

Sin que el rastro se descubra

De su parda sillería.

   En el ángulo sombrío

Que la fachada termina,

Hacia el medio de la calle,

Y el cual en remotos días

   Sirvió de apoyo a las tapias

De un jardín que cerca había

Donde hoy existe un callizo

Sin entrada y sin salida;

   No ha mucho que una ventana

De estructura nunca vista,

Por estar de un modo extraño

Cortada en la misma esquina,

   Era el tema inagotable

De consejas peregrinas,

Y del ignorante vulgo

Pasmo, asombro y maravilla.

   Las viejas que cerca viven

Con hondo terror la miran,

Y siempre que cerca pasan

Se apresuran y santiguan;

   Y circulan por el barrio

De gomias1, duendes y arpías

Historias tan espantosas

Que los cabellos erizan.

   Unos, que han visto aseguran

Allá en la noche sombría,

Abrirse de la ventana

Las dos hojas por sí mismas,

   Y cabalgando en escobas,

Entrar catervas nutridas

De brujas, que en aquel sitio

Su aquelarre solemnizan.

   Otros, baladros2 horribles

Y espantosa gritería

Y ruido de cadenas

Que han oído certifican.

   Tal pretende que en las noches

De tempestad, cuando silba

Furioso el ronco huracán,

De la ventana maldita —111—

   Se desquician ambas hojas

Con un fragor que horroriza,

Y una fosfórica llama

Se escapa por las rendijas.

   Y al pasar de boca en boca

Estas versiones distintas,

Que excitada por el miedo

Abulta la fantasía,

   No falta quien da por cierto

(Y al decirlo se santigua)

Que ha visto el diablo en persona

Cierta noche que salía

   De la ventana; y tan cerca

Pasó de donde él le vía,

Que pudo asirle de un cuerno,

Si el pavor no le atosiga.

   No tan horrendas historias

De trasgos y brujerías

El vulgo supersticioso

Sin causa alguna fabrica.

   De la Ventana del Diablo

Aun se cuenta en nuestros días

La tradición misteriosa

Que tanto embuste origina.

   Como la oí siendo niño,

Voy, lector, a referirla;

Y cuenta que nada pongo

De mi propia fantasía.

   Tal como yo te la ofrezco

La misma fama la dicta,

Y en cierto códice antiguo

Fray Galcerán3 la consigna. —112—

ROMANCE I

DOS ESTUDIANTES

   En un menguado aposento

De ratas viles morada,

Cuyas húmedas paredes

Festonan las telarañas,

   Dos hombres, cuyos jubones

Son celosías de sarga,

Donde asoma una camisa

Que fue en otro tiempo blanca;

   El uno enfrente del otro,

   Y en gran silencio, ocupaban

Junto a una mesa algo coja

Dos sillas desvencijadas.

   Era una tarde de enero

Y el sol que a occidente baja

Un rayo cansado

En que rebullen y nadan

   Mil átomos juguetones,

Desliza oblicuo en la estancia

Por el estrecho lucero

De una mezquina buharda4.

   Y a su luz dudosa entrambos

Formando un arco la espalda,

Los codos sobre la mesa,

Sobre los puños la barba,

   En dos infolios5 abiertos

Atenta la vista clavan,

Cual si enfrascados y absortos

En su lectura se hallaran. —113—

Mas, aunque el libro parece

Que la atención les embarga,

Si se observan bien sus ojos,

La expresión incierta y vaga

De sus veladas pupilas

Da muestra patente y clara

De que en al que en su lectura

Tienen la mente ocupada.

Eran ambos estudiantes,

Según el códice narra,

Y el Corpus juris canonicus

El libro que contemplaban.

Su edad en los veinte frisa,

aunque su porte y su traza

Van publicando el rigor

Con que fortuna los trata,

Pesia la astrosa ropilla

Y a las calzas horadadas,

Aun dan patentes indicios

De su presencia gallarda.

Y a aun de su ingenio estrenado

Nos habla mucho la fama

Maguer que fray Galcerán

No menta esta circunstancia.

Mas puedo, lector, decirte,

Por ser cosa averiguada,

Que la sacra teología

Ambos mozos estudiaban,

Y que en las rudas contiendas

Y en las controversias arduas

Que en las aulas de aquel tiempo

Eran de la ciencia el alma,

Hugo Maza y Juan Belluga

(Que así los héroes se llaman —114—

De este cuento peregrino)

Se daban tan buena maña,

Y en sutilezas y argucias

Tan fecundos se mostraban,

Que al sofista más ladino6

Pudieran dar quince y falta.

De repente Juan Belluga

Enderezando la espalda

Y echando hacia atrás el cuerpo,

Dio en la mesa una palmada.

Quitó los ojos del libro

Al golpe rudo Hugo Maza,

Y fijó absorto en Belluga

La pensativa mirada.

Y mientras el tenue rayo

Del sol dejaba la estancia,

Es fama que entre los dos

Mediaron estas palabras.

BELLUGA
Pues que no hay otro remedio

¡Vaya al diablo la sotana!

Que bien mirado el asunto

No sirvo yo para papa.

MAZA
Vítor Belluga lo propio

Pensando ahora mismo estaba,

Que para ser un mal cura,

Mejor cosa es no ser nada.

BELLUGA
¿Luego al bonete renuncias?

MAZA
Renuncio de buena gana.

BELLUGA
Pues ya que nada lo estorba

Hablemos de las rapazas.

MAZA
Hablemos de ellas, Belluga,

Y hablemos hasta mañana, —115—

Que de pensar en Gertrudis

La boca se me hace un agua.

BELLUGA
Escucha, pues, Juan amigo,

Diréte el plan de campaña

Que, tras de hilarme los sesos,

Se me ha ocurrido.

MAZA
Pues habla,

Que siendo el plan cosa tuya

Ya, sin saberlo, me agrada.

BELLUGA
Tú por Gertrudis te mueres,

Yo pierdo el seso por Juana;

Las dos nos dieron su fe

Por las rejas de su casa,

Lanzando el pecho suspiros,

Manando los ojos agua,

Lo cual, en romance puro,

Quiere decir que nos aman.

MAZA
Veritas vincit: prosigue

Que espero tu plan con ansia.

BELLUGA
Mi plan es ir esta noche

Sin más tardanza a su casa,

Y pedir sus blancas manos

Al tirano que las guarda.

Se encoleriza el escriba

Al escuchar la demanda,

Y al ver nuestras bragas rotas,

Nos envía noramala.

Entran ellas afligidas

Y se arrojan a sus plantas,

Interceden, lloran, ruegan,

Se acongojan, se desmayan;

Ablándase el padre fiero,

Consiente al cabo, nos casa,

Y a su bolsón, cuando muera,

Le echamos ambos la garfa7.

MAZA
¿Y si el escriba se niega

Y al ruego de las rapazas

Responde con dos moquetes8?

BELLUGA
Si de esa suerte las trata,

Y por bien no conseguimos

El premio de nuestras ansias,

En caso tal, Hugo mío,

Será forzoso roballas9.

MAZA
Raptavae sit mulier! ¡bueno!

¡Me agrada mucho esa traza!

Robemos presto, Belluga,

Que me aflige la tardanza.

BELLUGA
Probar conviene primero

Si el viejo torvo se ablanda.

MAZA
No hará tal, que es escribano.

BELLUGA
Pues virga ferrea: mañana

Anochecen sus pimpollos

Y no amanecen.

MAZA
¡Me agrada!

¿Y el Corpus juris?

BELLUGA
Al fuego.

MAZA
¿Y el bonete y la sotana?

BELLUGA
Váyanse a vestir al diablo,

Si es que el oficio le cuadra.

MAZA
¡Me agrada, Vitor Belluga!

¿Para cuándo es la embajada?

BELLUGA
Antes que cierre la noche.

MAZA
Pues salgamos sin tardanza,

Y manos compongan villa

Si es que los ruegos no bastan.

Y a un tiempo los dos teólogos

De la mesa se levantan,

Se calan hasta la oreja

Dos chapeos10 cuyas alas

En fe de amistad antigua —117—

Les quieren besar la cara,

Y de una angosta escalera

Bajando las rotas gradas,

Con pecho determinado

A la calle se abalanzan

Y el paso firme enderezan

Hacia una casa inmediata.

Era ya entrada la noche

Y entre sus sombras opacas

Dos bultos en un balcón

Distinguen Belluga y Maza.

Se acercan, páranse, miran,

Dan un golpe con las palmas,

Responden con una tos;

Se cruzan breves palabras.

Las damas (que damas eran

Las dos que al balcón estaban)

No sé qué escuchan que al punto

Se retiran asustadas,

En tanto que Juan Belluga

A la puerta de la casa

Con paso firme y ligero

Se acerca, y resuelto llama.

ROMANCE II

LA ENTREVISTA

Con los anteojos calados

Y un dedo en la barba puesto,

Alta la vista unas veces

Y otras clavada en el suelo,

Por su estudio se pasea

El escribano Verdejo

Dictando a su tagarote11 —118—

Se ignora qué documento.

Era Verdejo un vejete

Que contaba por lo menos

Setenta inviernos cumplidos:

Alto, amojamado, seco;

Con dos ojos manantiales

Donde se asoman a trechos

Cuatro pestañas que el flujo12

Les dejó para recuerdo.

Las piernas forman dos arcos

De la gota pasatiempo,

Sin muslos ni pantorrillas

Que desigualen los huesos.

Un solo diente a la boca

Le asoma mustio y enfermo,

Que por verse solo y triste

No se quita el sayo negro.

La nariz toda es tabaco

Y aun le sobra para el pecho,

Que a recoger lo que mana

No es bastante el pañizuelo.

Las orejas por crecidas

Se le emancipan del cuerpo,

Tan despegadas, que forman

Dos ventanicos abiertos.

Por no poder sujetallas

No ejerce en ellas su imperio

La estrecha jurisdicción

De un gorro sucio y mugriento.

Calzas negras atacadas,

Gabán de velarte13 negro

Componen el atavío

Del escribano Verdejo.

El cual a la escasa lumbre —119—

Que permite al aposento

La pantalla formidable

De un velón de tres mecheros,

Semeja en lo desvaído,

Torvo, flaco y macilento

De algún flamenco tapiz

Invención, pasmo y modelo.

Enfrascado en su minuta14

Medía la estancia el viejo,

Cuando súbito a la puerta

Llamaron con golpe recio.

Paróse, cortó la frase

Que dictaba por en medio

Y dijo para su sayo:

-«Testamentico tenemos».

Y en su sillón de baqueta

Sentóse muy grave y serio,

Y el tagarote la pluma

Dejó puesta en el tintero.

Con el sombrero en la mano,

Y haciendo curvas el cuerpo,

Entraron Maza y Belluga

De susto y vergüenza llenos.

Hacia la puerta el escriba

El cuello alargó por vellos,

Calándose bien las gafas

Y frunciendo el entrecejo,

Miróles muy de soslayo

El tagarote, y poniendo

Junto a la mesa dos sillas

Les hizo tomar asiento;

Y ellos turbados, confusos, —120—

Se quedaron y en silencio,

Bajando al suelo los ojos,

Y vueltas dando al sombrero.

Entretanto el escribano,

Torciendo sombrío el gesto,

De la estudiantil pareja

Hizo análisis completo.

Y sacando por el hilo

De sus raídos gregüescos

El ovillo de su hacienda,

Y hallándole igual a cero,

Mohíno al fin y cansado

De esperar por tanto tiempo,

De esta manera rompió

Con voz gangosa el silencio:

VERDEJO
-«Usarcedes15 sean servidos

De decirme a que vinieron,

Y despachen, que no estoy

Para tanto regodeo».

Hugo Maza con el codo

Le dio a Belluga muy recio,

El cual se rascó la frente

Mirando turbado al suelo,

Y al fin de heroico valor

Haciendo acopio en su pecho,

Con voz mal segura dijo,

Dando tormento al sombrero:

BELLUGA
«Vuesarced, señor, no extrañe

Mi turbación y silencio,

Porque es muy arduo el negocio

Que tratar con vos queremos,

Y aunque por dalle salida

Me estoy comiendo los dedos, —121—

El grandísimo bellaco

Se me atranca en el garguero»16.

Cuando esto oyó el escribano

Frunció un poco el entrecejo,

Creyendo que se trataba

De algún falso testamento.

VERDEJO
«Pues diga pronto, si quiere,

De su visita el misterio,

Y acabemos, que por Dios,

Estamos perdiendo el tiempo».

Segunda vez con el codo

Dio Maza a su compañero,

Sintiólo Belluga, y dijo

Por fin con tono resuelto:

BELLUGA
Pues que ha de ser, el negocio

Diré al punto y sin rodeos,

Que está de más la vergüenza

Siendo los fines honestos.

Usarced tiene dos hijas

Que nos aman con estreno,

Por quien el ciego Cupido

Nos tiene en sus redes presos.

Amantes somos y amados;

Y esto, señor, es tan cierto

Como lo rezan en cartas

Promesas y juramentos.

Hidalgos somos y honrados;

Aunque traten de esconderlo

Desdenes de la fortuna

Y desengaños del tiempo.

Si con estas condiciones,

Somos aptos para yernos,

Echadnos la bendición,

A la parroquia y «laus Deo». —122—

Esto al escriba le dijo

Belluga de un solo aliento,

Sin hacer punto y coma,

Como lección de chicuelo.

Al oír tal desatino

Montó en cólera Verdejo,

Levantóse del sillón

Y respondió muy soberbio:

VERDEJO
«¿Parécele a vuesarced,

Señor hidalgo, que tengo

Para escuchar desatinos

De sobra paciencia y tiempo?

Mis hijas no han de casarse

Mientras viva Blas Verdejo,

Y el que piense lo contrario

Se engaña de medio a medio.

Mi respuesta han escuchado,

Con que así váyanse luego

A remendarse las bragas,

Que a voces lo están pidiendo».

Cuando esto oyó Juan Belluga,

Levantóse de su asiento

Y replicó muy airado

Mostrándole el puño al viejo:

BELLUGA
¡Qué es remendarse las bragas

Dos hidalgos de abolengo!

Mereciérais, viejo loco,

Ser quemado por blasfemo.

El hidalgo que es honrado,

No ha de consentir remiendos,

Y esta es verdad tan sabida

Que hasta la reza el proverbio.

Y mirad que no es de sabios —123—

El estar menos atentos

A los adornos del alma

Que a los perfiles del cuerpo,

Y que esas dos desdichadas

Por quien vivimos muriendo,

De vuestros ciegos rigores

Han de sentir los efectos.

-¡Me agrada! -Maza en voz baja

Le dijo a su compañero.

Y dando un golpe en la mesa

Replicó irritado el viejo:

VERDEJO
¡Qué se han de morir mis hijas

Si no las caso con ellos!

No hay duda sino que el hambre

Les tiene perdido el seso.

BELLUGA
Mirad que os quedáis sin hijas,

Que nos aman con extremo.

VERDEJO
¡No aman tal, que es patarata17!

BELLUGA
¡Si aman tal, que pruebas tengo!

VERDEJO
¿Qué son pruebas?

BELLUGA
Cartapacios.

VERDEJO
¿Qué contienen?

BELLUGA
Juramentos.

VERDEJO
¡Son patrañas!

BELLUGA
Son verdades.

VERDEJO
Eso pronto lo veremos».

Y a la puerta del estudio

Se acercó irritado el viejo

Gritando: ¡Gertrudis! ¡Juana!,

Con voz ronca y torvo ceño. —124—

ROMANCE III

ELLAS

   Inquietas y alborotadas

Y escuchando la contienda

Las hijas del escribano

Se hallaban junto a la puerta.

   Al asomarse a llamarlas

Topó el vejete con ellas,

Asiólas del brazo, y torvo

Les dijo de esta manera:

   ¿Escuchonas hay en casa?

¡Pues juro a las mocosuelas

Que a ser cierto lo que oyeron,

Pagarán con las setenas18!

   Y así diciendo, a tirones

En el estudio las entra,

Y al verlas Maza y Belluga

Se animan, callan y esperan.

   No son las rosas de Mayo

Cuando el alba llora perlas

Como Gertrudis hermosas

Ni como Juana hechiceras.

   Quince floridos Abriles

Pasaron solo por bellas,

Dejando todas sus galas

Para adornar su belleza.

   Soles son sus negros ojos

Que asombran pestañas luengas,

Granate sus rojos labios

Donde amor su miel encierra. —125—

   Su hermoso, naciente seno

Formaron las gracias bellas

De blanca nieve apretada

Que guarda dulces promesas.

   La garganta es leche y rosas

Y la cintura semeja

Tallo de flor delicada

Que mecen auras ligeras.

   Sepultóse el escribano

En su sillón de vaqueta19,

Muy prolongado el hocico,

Muy enarcadas las cejas.

   Y a un lado y otro, de pie

Se quedaron las doncellas

Confusas y medrosicas

Y aguardando la tormenta.

   Habló al fin el escribano,

Y con faz torva y severa

Mirando a Juana y Gertrudis

Así a decirles comienza:

   -Respondan a mis preguntas

Sin mentir las rapazuelas,

O vive Dios que ahora mismo

Les he de cortar la lengua:

   ¿Conocen a esos dos hombres?

-«Sí, padre» -responden ellas

Mirando al suelo turbadas.

Y el viejo con faz colérica:

   -¿Y es cierto lo que ellos dicen

De unas cartas sin vergüenza

En que ellas a hacer se atreven

Juramentos y promesas? —126—

   -«Sí, padre». «-¿Cómo, 'sí padre'?

¡Luego el pecado confiesan!».

Y ellas al ver que Belluga

Con los ojos las alienta:

   «Sí, padre», sin vacilar

Responden con voz resuelta.

«¡Me agrada!» -exclamó Hugo Maza

Dándose un golpe en la pierna,

   Con las alas del chapeo

Que tiene en la mano diestra.

«¡Pues no me agrada! -furioso

Gritó el vejete-; y en prueba

De que no he de consentir

Que escriban, hablen ni vean

   A dos hidalgos sin bragas

Dos mocosas sin vergüenza,

Desde ahora mismo encerradas

Van a quedar, de manera

   Que hasta olvidar su locura

La luz del día no vean.

Y vuesarcedes, hidalgos,

Tomen al punto la puerta

   Y acabemos, voló a tal,

Que me falta la paciencia».

Las niñas que tal oyeron,

Con voces muy lastimeras,

   Ante el viejo arrodilladas,

Del fallo tremendo apelan.

Maza y Belluga irritados,

Votan, gritan y patean;

   Y al escribano amenazan

Con palabras descompuestas,

Pero éste, asiendo del brazo —127—

A las llorosas doncellas

   Por sacarlas del estudio,

Se ataruga20 y forcejea:

En su auxilio el tagarote

Corre al punto; se apodera

   De una de ellas, y a tirones

Entre los dos se las llevan.

Salieron Maza y Belluga

En pos de sus ninfas presas,

   Mezclando, con fieros gritos,

Maldiciones y ternezas.

Pero el viejo inexorable

A un cuarto oscuro las lleva,

   Almacén de cachivaches,

Donde el sol nunca penetra.

Las mete en él a empellones;

La puerta con furia cierra,

   Y dando vuelta a la llave

La guarda en su faltriquera.

Y a empujones y a patadas

Con los dos galanes cierra,

    Y a la escalera los saca

Cerrando al punto la puerta.

ROMANCE IV

LA BRUJA

   Echando votos y ternos

Por dar rienda a su coraje,

De casa del escribano

Salieron los dos galanes,

   Y parándose furiosos

En la mitad de la calle

Con voces muy descompuestas —128—

Dieron rienda a su coraje,

   Entre votos y reniegos

Y furiosos ademanes

Dirigen a los balcones

Denuestos que lleva el aire,

   Y a puñados furibundos

Se arrancan los aladares21,

Hincándose en la cabeza

Las diez uñas formidables.

   Mas viendo que nada logran

Las bravatas del coraje

Y que son en daño propio

De su furia los arranques,

   Se calmaron poco a poco,

Compusieron los semblantes,

Y es fama que entre los dos

Mediaron razones tales:

MAZA
¿Quid faciendum, Juan, amigo?

BELLUGA
No hay más remedio que ahorcarse.

MAZA
¡Pues cómo! ¿y tu plan de rapto?

BELLUGA
Fue cosa de sueño y aire.

MAZA
¿Luego a burlar no te atreves

Al cervero22 inexorable?

BELLUGA
No estando encerradas ellas

Sería la empresa fácil;

Pero así ¿quién nos ayuda?

¿Quién secunda nuestros planes?

MAZA
¡Ah, vejete del infierno

Rufián, modrego23, bergante24!

¿Quién te manda a ti esconder

En tinieblas impalpables

El brillante resplandor

De dos astros celestiales? —129—

BELLUGA
El alma diera al demonio

Con tal de poder vengarme

Robando a las dos rapazas

En las barbas de su padre.

MAZA
¡Me agrada! también la mía

Diera yo a cien satanases

Por una sola ventana

Que a su prisión me llevase.

No bien aquestas palabras

Pronuncian los dos galanes

Cuando súbito una voz

Chillona, aguda, vibrante,

   Como el siniestro sonido

Que allá en la sombría cárcel

Produce del potro fiero

La garrucha25 formidable;

-«No hay cosa más fácil» -dijo,

   Y el rostro los dos galanes

Volviendo sobresaltados,

Vieron con pasmo acercarse

   Apoyado en un bastón

Y con pasos desiguales,

De una vieja inmunda y fea

El espectro repugnante.

   Esqueleto que aun respira,

Galvanizado cadáver

Que cubre arrugado y seco

Pergamino en vez de carne,

   Con dos heridas por ojos,

Que parece manan sangre,

Y que fijan con los cuencos

La mirada formidable: —130—

   Boca hundida y asquerosa,

De la cual eran guardianes

Nariz y barbilla agudos,

Que el paso quieren cerrarle;

   Con dos manos descarnadas

Tendidas hacia delante,

Una trabada el bastón

Y la otra palpando el aire,

   Parece la horrible vieja

De alguna bruja espantable

Misteriosa aparición

O bien la terrible imagen,

   Que engendra la calentura

De un cerebro delirante,

Allá en el medroso imperio

De las sombras impalpables.

   La vieja con tardo paso

Se acercó a los estudiantes,

Y con voz acre y chillona,

Que endulzar procura en balde,

-¿Qué os pasa, hijitos? -les dijo-:

¿Por ventura ese petate26

De escribano os ha negado

Sus pimpollitos27?, ¡bergante!

   Pues sepa el viejo hediondo

Que no hallará dos galanes

Tan apuestos ni cumplidos

Si de encargo se los traen.

   ¡Anda, escribano ruin!

Que juro que no has de holgarte

De tu asquerosa avaricia.

¡Ay, ay, cupidillo infame! —131—

   ¡Qué mal tratas tus vasallos!

¡Qué mal premias los afanes

De tus fieles cuitadillos!

¿A que el rapaz inconstante

   Os clavó todo su arpón?

No importa; no hay que apurarse:

Seguidme hijitos, seguidme:

Yo haré que remedio alcancen

   Vuestras ansias. ¡Bellacuelos,

Buena fortunilla os cae!

¿Queréis sacar de la jaula

A las tórtolas amantes?

   Pues seguidme; y esta noche,

Si os agrada... ¡Ah, viejo infame!

¡Ladronazo con licencia,

Buen chasco vas a llevarte!».

   Dijo la vieja: y volviendo

La espalda a los dos galanes,

Calle arriba se encamina

Y el rostro vuelve a mirarles:

   Y con maligna sonrisa

Y con gestos repugnantes

Los llama, y el tardo paso

Detiene porque le alcancen.

   Y ellos mudos y obedientes,

Al impulso inexplicable

De un misterioso poder

Que rige sus voluntades;

   Absortos y fascinados,

Vacilan un breve instante,

Y al cabo la planta mueven

Y en pos de la vieja parten,

   Y en los torcidos y angostos

Callizos que al Temple salen

Se internan, y en las tinieblas —132—

Se pierden bruja y galanes.

ROMANCE V

EL CONJURO

En un sombrío aposento,

Que un negro candil alumbra,

Donde la luz y las sombras

El imperio se disputan,

Con los ojos muy abiertos

Y las piernas mal seguras,

De la horrible vieja en pos

Entraron Maza y Belluga.

Y al resplandor oscilante

De la llama que dibuja

Los objetos con vislumbres

Momentáneas y confusas,

La vista medrosa vuelve

En derredor, y se turban

Al ver el siniestro aspecto

De aquella mansión oscura.

Era un tabuco28 menguado,

Cuyas paredes desnudas

Ostentan por donde quiera

Filtraciones de la lluvia.

Sin más muebles que una silla

Grosera, quebrada y sucia,

Y una mesilla de pino

Cuyas tablas se disyuntan.

Un tizón que entre ceniza,

Su lumbre a trozos oculta,

Con roja luz del hogar —133—

Quebranta la sombra oscura.

Sobre él, de unas grandes trébedes.

Los negros pies se dibujan,

Sosteniendo una caldera

De extraña y siniestra hechura.

Y al medroso resplandor

Con que en la densa penumbra

Contorna la roja lumbre

Los objetos que circundan

El hogar; sobre un vasa29

Se destacan y dibujan

Momias de galo asquerosas,

Ungüentos, sierpes, alcuzas,

Calaveras descarnadas,

Y vampiros que espeluzan,

Y esqueletos repugnantes

De lagartos y lechuzas.

La horrible estancia contemplan

Pasmados Maza y Belluga,

Y en la garganta el pavor

La débil voz les anuda.

La bruja en tanto al hogar

Se acerca, y a la confusa

Negra humareda que exhala

La caldera en la penumbra,

Las manos tiende, y extrañas,

Oscuras frases pronuncia

Con voz honda y cavernosa,

Que amedrenta al que la escucha.

Y a sus conjuros el humo,

Tomando cuerpo y figura

De un fantasma que horripila,

Muestra las formas confusas: —134—

Visión que lenta se eleva,

Se cierne un punto sañuda,

Y otra vez humo se torna

Y en las tinieblas se oculta.

En un rincón de la estancia,

Temblando Maza y Belluga,

La horrible visión contemplan

Y de pavor se espeluznan.

Y con las manos asidas,

Helada la sangre, y muda

La lengua, que el miedo embarga,

Vivas estatuas figuran.

La vieja en tanto se acerca

Con lento paso y ceñuda,

Fijando en ellos los ojos,

Con voz que el silencio turba

De aquel siniestro recinto

Y horrible en el aire zumba:

-«Jamás (les dice) su nombre

Se invoca en la noche oscura

Sin que él responda al que llama.

Id de su cárcel oscura

A sacar a vuestras damas

Antes que las sombras huyan».

Y así diciendo, a la puerta

De la calle los empuja,

Y ellos, del pavor movidos,

El paso incierto apresuran,

Y así que el umbral traspasan

De la mansión de la bruja,

Ligeros, cual dos centellas,

Emprenden ambos la fuga. —135—

ROMANCE VI

LA VENTANA

Bramaba con furia el viento

Y era en punto media noche,

Cuando al pie de una ventana

Que al ángulo mismo rompe

De un edificio sombrío,

Parados están dos hombres

Que con los brazos abiertos

Esperan mudos. E inmóviles,

Dos bultos que uno tras otro

El breve espacio recorren

De la ventana a la calle,

Deslizándose veloces.

Ruge el trueno en las alturas

Y entre densos nubarrones

Que el firmamento encapotan,

La luna su faz esconde.

Por los desiertos callizos

El viento con furia rompe,

Haciendo crujir las tablas

De ventanas y balcones;

Y relámpagos fugaces

Con roja luz de la noche

Rasgan las hondas tinieblas

Y miedo en el alma ponen.

Las hijas del escribano,

Que ellas son las que veloces

Por la soga se deslizan

En busca de aquellos hombres, —136—

Fueron a dar en los brazos

De sus medrosos raptores,

A quien su propia osadía

Pavor en el alma pone.

Y apenas la dulce carga

Sintieron de sus amores,

Los estudiantes movidos

Del miedo por los resortes,

La calle oscura y siniestra

A abandonar se disponen,

Y a un tiempo mismo apagadas

Se oyeron allí las voces

De las medrosas doncellas

Preguntar a sus raptores:

-«¿Quién ha abierto esa ventana?».

Y ellos -¡El diablo!- responden.

Y del pavor acosados

La planta mueven veloces,

Y dos agudos gemidos

El ronco viento llevóse.

Y diz que en aquel instante

Se escuchó un trueno disforme,

Y un diluvio descargaron

Los espesos nubarrones.

Y una horrible carcajada

En las tinieblas oyóse;

Y luego otra vez sumida

Quedó en silencio la noche. —137—

ROMANCE VII

CONCLUSIÓN

Muchas fueron las pesquisas

Que practicó el escribano

Por saber el paradero

De los cuatro enamorados.

A toda España en su busca

Mandó cartas y emisarios

Y gastó toda su hacienda

En este afán el cuitado.

Pero es opinión del vulgo

(Y en ella fundo el relato)

Que emisarios y misivas

Corrieron el mundo en vano.

Fray Galcerán asegura

Que anduvo en todo esto el diablo,

Y que el sañudo arquitecto

No olvidó sus honorarios.

Tú, lector, como discreto

Falla a tu placer el caso;

Que yo, en tan arduo negocio,

Simple historiador me llamo.


FUENTE

García Cadena, Peregrín, Obras literarias selectas: leyendas, novelas, poesías, Valencia, Teodoro Llorente y C.ª, 1883 (Valencia, Domenech), pp. 110-137.

Edición: Pilar Vega Rodríguez.